Brevísima relación

de la destrucción Indias, V.

pp. 135‑138.

BARTOLOME DE LAS CASAS,

 

         Dos consecuencias importantes tuvo la protesta de Montesinos y la actividad firme de la comunidad dominicana. Fue la primera la convocación de la Junta de Burgos por el Rey Fernando a par­tir de 1512 De aquí saldrán las primeras leyes reconociendo, al menos teóricamente, la libertad de los indios, aunque esto no implique de momento la total liberación de la servidumbre, que se mantiene en forma transitoria y benévola, según el espíritu de las leyes, "para mejor disponerlos y constreñirlos a la perse­verancia en el trabajo y en la virtud". En la práctica, las cosas si­guieron casi como antes, pero se había despertado frente a las in­justicias una conciencia crítica que no se acallará en lo sucesivo.

          La segunda consecuencia de la protesta fue la conversión del clérigo y colono Bartolomé de Las Casas. La llamada primera conversión ocurre en 1514, en la Villa de Sancti Spiritus, Cuba. Allí renuncia a su encomienda y decide ‑dedicarse en lo sucesivo a la defensa de tos indios. Viaja a España con Montesinos, denun­cia la encomienda como una forma larvada de esclavitud y pro­pone como remedio la colonización pacífica de las Indias median­te la importación de agricultores castellanos. Fracasa el proyecto de colonización pacífica. A fines de 1523 tiene lugar la llamada segunda‑conversión de Las Casas con el ingreso de éste en la Orden de Santo Domingo. Siguen años de formación y estudio en los que Las Casas adquiere  una gran erudición. En 1534 empren­de viaje: Panamá, Nicaragua, Guatemala, México. En 1537 Paulo III emite la bula Sublimis Deus declarando que los indios son  "verdaderos hombres", al tiempo que Vitoria en la Universidad de Salamanca lee la primera relección De Indiis.

          En 1541, estando en España en espera de la iniciación de las Juntas de Valladolid, de las que saldrían las Leyes Nuevas de In­dias, Bartolomé de Las Casas levanta su voz profética de denuncia, golpeando la conciencia cristiana con el más terrible de sus escritos. No le podemos pedir objetividad histórica, pues no es historiador; tampoco un proyecto político, pues no es polí­tico. En este escrito Bartolomé está en posesión del espíritu pro­fético que denuncia y anuncia: denuncia la destrucción y anuncia el castigo de Dios a los opresores.

1. Condición del aborigen

Descubriéronse las Indias en el año de mil e cuatrocientos y noventa y dos. Fuéronse a poblar el año siguiente de cristianos españoles, por manera que ha cuarenta e nueve años que fueron a ellas cantidad de españoles; e la primera tierra donde entraron pa­ra hecho de poblar fue la grande y felicísima isla Española, que tiene seiscientas leguas en torno. Hay otras muy grandes e infi­nitas islas alrededor, por todas las partes della, que todas estaban e las vimos las más pobladas e llenas de naturales gentes, indios dellas, que puede ser tierra poblada en el mundo. La tierra firme, que está de esta isla por lo más cercano doscientas e cincuenta le­guas, pocas más, tiene de costa de mar más de diez mil leguas des­cubiertas, e cada día se descubren más, todas llenas como una col­mena de gentes en lo que hasta el año de cuarenta e uno se ha descubierto, qué parece que puso Dios en aquellas tierras todo el golpe o la mayor cantidad de todo el linaje humano.

Todas estas universas e infinitas gentes a todo genero crió Dios los más simples, sin maldades ni dobleces, obedientísimas y fidelísimas a sus señores naturales y a los cristianos a quien sir­ven  más humildes, más pacientes, más pacíficas e quietas, sin rencillas ni bollicios, no rijosos, no querulosos, sin rancores, sin odios, sin desear venganzas, que hay en el mundo.

Son asimismo las gentes más delicadas, flacas y tiernas en complexión y que me­nos pueden sufrir trabajos y que más fácilmente mueren de cual­quier enfermedad, que ni hijos de príncipes y señores entre noso­tros, criados en regalos e delicada vida, no son más delicados que ellos, aunque sean de los que entre ellos son de linaje de labrado­res.

Son también gentes paupérrimas y que menos poseen ni quie­ren poseer de bienes temporales; e por esto no soberbias, no am­biciosas, no cubdiciosas. Su comida es tal que la de los sanctos pa­dres en el desierto no parece haber sido más estrecha ni menos deleitosa ni pobre. Sus vestidos, comúnmente, son en cueros, cu­biertas sus vergüenzas, e cuando mucho cúbrense con una manta de algodón, que será como vara y media o dos varas de lienzo en cuadra. Sus camas son encima de una estera e, cuando mucho, duermen en unas como redes colgadas, que en lengua de la isla Espaniola llamaban hamacas.

Son eso mesmo de limpios e desocupados e vivos entendimien­tos, muy capaces e dóciles para toda buena doctrina, aptísimos para recebir nuestra sancta fe católica e ser dotados de virtuosas costumbres, e las que menos impedimientos tienen para esto que Dios crió en el mundo.

Y son tan importunas desque una vez co­mienzan a tener noticia de las cosas de la fe, para saberlas, y en ejercitar los sacramentos de la Iglesia y el culto divino, que digo verdad que han menester los religiosos, para sufrillos, ser dotados por Dios de don muy señalado de paciencia; y, finalmente, yo he oído decir a muchos seglares españoles de muchos años acá e muchas veces, no pudiendo negar la bondad que en ellos ven: cierto, estas gentes eran las más bienaventuradas del mundo si solamente conocieran a Dios.

2. Como lobos y tigres

En estas ovejas mansas, y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles desde luego que las conocieron como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte, hasta hoy, e hoy en este día lo hacen, sino des­pedazallas, matallas, angustiallas, afligillas, atormentallas y des­truillas por las extrañas y nuevas e varias e nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad de las cuales algunas pocas abajo se dirán, en tanto grado, que habiendo en la isla Es­pañola sobre tres cuentos de ánimas que vimos, no hay hoy de los naturales della doscientas personas.

La isla de Cuba es cuasi tan luenga como desde Valladolid a Roma: está hoy cuasi toda des­poblada. La isla de Sant Juan y la de Jamaica, islas muy grandes e muy felices e graciosas, ambas están asoladas. Las islas de los Lucayos, que están comarcanas a la Española e a Cuba por la par­te del Norte, que son más de sesenta con las que llamaban de Gi­gantes e otras islas grandes e chicas, e que la peor dellas es más fértil e graciosa que la huerta del rey de Sevilla, y la más sana tie­rra del mundo, en las cuales habrá más de quinientas mil ánimas no hay una sola criatura. Todas las mataron trayéndolas e por traellas a la isla Española, después que veían que se les acababan los naturales della. Andando un navío tres años a rebuscar por ellas la gente que había, después de haber sido vendimiadas, por­que un buen cristiano se movió por piedad para los que se halla­sen convertillos e ganallos a Cristo, no se hallaron sino once personas, las cuales yo vide. Otras más de treinta islas, que están en comarca de la isla de Sant Juan, por la mesma causa están despobladas e perdidas. Serán todas estas islas, de tierra, más de dos mil leguas, que todas están despobladas e desiertas de gente.

De la gran Tierra Firme somos ciertos que nuestros españoles por sus crueldades y nefandas obras han despoblado y asolado y que están hoy desiertas, estando llenas de hombres racionales más de diez reinos mayores que toda España, aunque entre Aragón y Portugal en ellos, y más tierra que hay de Sevilla a Je­rusalén dos veces, que son más de dos mil leguas.

Daremos por cuenta muy cierta y verdadera que son muertas en los dichos cuarenta años por las distintas tiranías e infernales obras de los cristianos, injusta y tiránicamente, más de doce cuen­tos de ánimas, hombres y mujeres y niños; y en verdad que creo, sin pensar engañarme, que son más de quince cuentos.

Dos maneras generales y principales han tenido los que allá han pasado, que se llaman cristianos, en estirpar y raer de la haz de la tierra a aquellas miserandas naciones.

La una, por injustas, crueles sangrientas y tiránicas guerras.

La otra, después que han muerto todos los que podrían anhelar o sospirar o pensar en libertad, o en salir de los tormentos que padecen, como son todos los señores naturales y los hombres varones (porque comúnmente no dejan en las guerras a vida sino los mozos y mujeres, oprimiéndolos con la más dura, horrible y áspera servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas.

A estas dos maneras de tiranía infernal se reducen e se resuelven, o subalternan como a géneros, todas las otras diversas y varias de asolar aquellas gentes, que son infinitas.

La causa por que han muerto y destruido tantas y tales e tan in­finito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por te­ner por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días e subir a estados muy altos e sin proporción de sus personas; conviene a saber, por la insaciable cudicia e ambición que han te­nido, que ha sido mayor que en el mundo ser pudo, por ser aque­llas tierras tan felices y tan ricas, e las gentes tan humildes, tan pa­cientes y tan fáciles a subjectarlas; a las cuales no han tenido más respecto ni dellas han hecho más cuenta ni estima hablo con ver­dad por lo que sé y he visto todo el dicho tiempo, no digo que de bestias (porque pluguiera a Dios que como bestias las hubie­ran tractado y estimado, pero como y menos que estiércol de las plazas. Y así han curado de sus vidas e de sus ánimas, e por esto todos los números e cuentos dichos han muerto sin fe e sin sacra­mento.

Y ésta es una muy notoria e averiguada verdad, que todos, aunque sean los tiranos e matadores, la saben e la confiesan: que nunca los indios de todas las Indias hicieron mal alguno a cristia­nos, antes los tuvieron por venidos del cielo, hasta que, primero, muchas veces hubieron recibido ellos o sus vecinos muchos ma­les, robos, muertes, violencias y vejaciones dellos mesmos.