INFORMES SOBRE EL TRATAMIENTO

DE LOS INDIOS, LA POBLACION DE LA TIERRA

Y EL RECAUDO DE LA HACIENDA REAL

EN LA PROVINCIA DE CARTAGENA

Fray Tomás de Toro

Sacra Católica Cesárea Majestad.

El obispo de la provincia de Cartagena de las Indias del Mar Océano dice, que Vuestra Majestad tuvo por bien de le elegir para el dicho obispado mandándole ir a residir personalmente con cargo de protector de los indios a la dicha provincia, así para aprovechar espiritualmente en las personas de los cristianos e indios del dicho obispado, procurando el buen tratamiento de ellos. Y así le dijo a él y al obispo de Panamá, en presencia del Cardenal de Sigüenza, del Conde de Osorno y del comendador mayor Cobos y de otros muchos: "Mirad, que os he echado aquellas ánimas a cuestas; parad mientes que deis cuenta de ellas a Dios y me descarguéis a mí".

Y pues Vuestra Majestad le echó tan gran carga a cuestas, es razón que él descargue su conciencia haciéndole fiel y verdadera relación de lo que ha podido saber en este tiempo que ha que llegó a este puerto de esta dicha provincia, así en lo que toca al tratamiento de los indios, como a la población de la tierra y buen  recaudo de la hacienda de Vuestra Majestad.

Dice, señor, que lo que hasta ahora ha sabido y por dicho de muchos ha oído es, que toda la mayor parte de esta sierra es alzada y los indios muy escandalizados a causa de las crueldades y malos tratamientos de los cristianos, los cuales por donde quiera que van queman con sus pies las yerbas y la tierra por donde pasan y ensangrientan sus manos, matando y partiendo por medio niños, ahorcando indios, cortando manos y asando algunos indios e indias, o porque los llevan por guías y les yerran el camino, o porque no les dicen donde hallarán oro, que esto es su apellido y no el de Dios y el de Vuestra Majestad.

Y así se despuebla toda esta tierra, que no hay en ella sino muy poquitos pueblos de indios que estén de paz, y aún éstos cada día, viendo las opresiones de los cristianos y sus malos tratamientos cuando por sus pueblos van, cada día se rebelan, que ni los unos ni los otros pueden oír el nombre de cristianos más que de demonios o basiliscos.

Son tan grandes las severidades y malos ejemplos que los cristianos les hacen y les dan, que con gran dificultad se convertirán a la Santa Fe Católica. No han cesado los cristianos hasta ahora de traer indios e indias, niños y niñas, cuantas pueden haber por todas las partes donde andan, vendiéndolas aquí a mercaderes, los cuales los llevan y envían a Santo Domingo para volverlos a vender, sin ser esclavos.

El les ha ido ahora a la mano, que muchos indios e indias, niños y niñas que han traído de otros pueblos a este de Cartagena, no se los ha consentido vender; de lo cual los que los trajeron y todos los otros cristianos están muy despechados.

Crea Vuestra Majestad que si todas estas cosas dichas no se remedian sin dilación, que muy en breve quedará toda esta tierra despoblada de indios como lo está La Española, donde se contaron dos cuentos de ánimas cuando allí entró el almirante y no se hallaran doscientos ahora en toda ella.

Y también Santa Marta está casi perdida y despoblada, y por toda esta costa de Tierra Firme pasa lo mismo, y no hay necesidad de abrir la puerta a que muchos cristianos vengan, antes hay‑ necesidad de sacar de aquí de esta provincia muchos de los que hay, porque ellos están perdidos y mueren de hambre y así para sustentarse roban las haciendas y comidas de los indios, y así ellos como los indios perecen de hambre en tanta manera, que muchos cristianos son muertos por los caminos y en los arcabucos, y le dicen que no hay quien pueda sufrir el mal olor de los cuerpos muertos.

Y estos malos tratamientos y crueldades que hasta aquí se han hecho en esta dicha providencia a los indios, de ello sabe el dicho obispo que ha sido y es contra la voluntad de Vuestra Majestad, porque el gobernador de esta provincia le mostró la instrucción de Vuestra Majestad por la cual le mandaba y manda que trate con los indios de esta dicha provincia por vía de rescates y por esta vía hiciese de paz toda la dicha tierra, y no le dio Vuestra Majestad al dicho gobernador Pedro de Heredia facultad para por otra vía hacer guerra a los dichos indios; y así el mismo gobernador confiesa que él no ha podido con buena conciencia hacer lo que él y sus capitanes y tenientes han hecho, como parece muy a la clara por la dicha instrucción que Vuestra Majestad le mandó dar, en la cual no hay la tal facultad.

Y aún también parece por Santo Tomás, el cual dice: secunda secundae, cuestión 66, artículo 8: "En la sociedad humana ninguno sufre coacción sino del poder público. Y así, cualquiera que quita alguna cosa, si es persona privada y no usa de poder público, obra ilícitamente y comete una rapiña. Como sucede con los ladrones".

Y el Cayetano sobre el mismo artículo: "Cuenta, pues, como dicen algunos que los infieles no están bajo el dominio temporal de los príncipes cristianos, como lo estaban los paganos, que nunca fueron súbditos del Imperio Romano y vivían en tierras donde no se conocía el nombre cristiano. Porque sus señores, aunque infieles, son sus señores legítimos y se gobiernan con régimen Real o político. Ni están privados por su infidelidad del dominio de los suyos, ya que el dominio es de derecho positivo y la infidelidad  de derecho divino que no quita el derecho positivo; y en esto dice que no conoce ninguna ley en cuanto a lo temporal.

Contra éstos ningún rey ni emperador, ni siquiera la Iglesia Romana, puede promover guerra para ocupar sus tierras o someterlos al dominio temporal, porque no puede hallarse causa para una guerra justa, siendo así que Jesucristo mismo, Rey de reyes, a quien fuera dado todo poder en el cielo y en la tierra para tomar posesión del mundo, no mandó soldados en armas, sino santos predicadores, como ovejas entre lobos.

Nunca, ni siquiera en el Antiguo Testamento  se dice que la posesión de tierras debía hacerse a mano armada. Nunca, dice, se declaró la guerra a pueblo alguno de infieles por la razón de no ser fieles, sino porque no dejaban pasar o porque los habían ofendido, como sucedió con los Madianitas, o para recuperar lo que se les había prometido con generosidad divina.

Hasta pecaríamos gravísimamente, dice, si intentáramos por este camino dilatar la fe de Cristo. Y no seríamos legítimos dueños de ellos sino que cometeríamos grandes latrocinios. Y estaríamos obligados a restituir, como injustos guerreadores y ocupadores.

Dice, que deben ser enviados varones predicadores que con el ejemplo y la palabra los conviertan a Dios; y no a quienes los opriman, despojen, escandalicen, sometan y los hagan hijos de doble pecado, como lo hacían los fariseos, como a la letra en esta tierra  desta provincia pasa; y porque Vuestra Majestad sabía bien esto que estos sobredichos doctores dicen, como cristianísimo y muy católico príncipe y temeroso de Dios, Nuestro Señor, no quiso dar facultad al dicho gobernador para que él y sus  tenientes y capitanes hiciesen lo que se ha hecho hasta aquí y aún se hace, que es oprimir, robar, ahorcar, asar indios vivos e indias, cortarles manos y echárselas al cuello por joyeles, y esto no por graves delitos de los indios, salvo porque yendo por guías perdían el camino y lo erraban, o porque no les decían donde hallarían oro, o porque no se lo daban.

No dice él, invictísimo César, que no haya en esta tierra gente de guarda, antes dice que hay necesidad que haya gente, no para hacer las crueldades dichas, salvo para amparar a los predicadores y prelados que Vuestra Majestad, por hacer lo que arriba los sobredichos doctores dicen, ha enviado en todas estas partes, y a nosotros, aunque indignos, a esta dicha provincia, y mal esperarían estos infieles a los que les predicásemos las cosas de la fe y del servicio de Dios y de Vuestra Majestad, si no viniese gente de guarda que los tuviese en cuenta y razón y los hiciera esperar y oír más el como se hará esto.

Véalo Vuestra Majestad y los del su Real Consejo de las Indias donde el reverendísimo Cardenal de Sigüenza, famosísimo teólogo, preside y tantos famosos juristas asisten, que el dicho obispo por descargo de su conciencia refiere lo que pasa, de lo cual tiene entera probanza y la enviará cada y cuando Vuestra Majestad fuere servido. Y por no alargar los testigos suplica a Vuestra Majestad mande tomar juramento en forma al alguacil mayor de esta provincia, Alvaro de Torres, que él dirá que es verdad todo lo que aquí se escribe y aún otras muchas cosas más, que como persona que ha muchos años que ha estado en Santa Marta y aquí, la sabe por vista de ojos y por la larga experiencia, y como persona tal, el gobernador, oficiales de Vuestra Majestad y regidores de esta ciudad de Cartagena lo envían por procurador de todo lo que a esta tierra y bien de ella conviene, para que procure todo esto y traiga en breve el despacho, antes que esta tierra se despueble y es periculum in mora.

Y también dirá, so cargo del juramento que se le tomare, lo que siente del recaudo que se ha puesto y se pone en la hacienda de Vuestra Majestad, porque se ha traslucido al dicho obispo que no hay tanto recaudo como por ventura había de haber, porque cada uno busca lo que le conviene, y no en servicio de Dios y de Vuestra Majestad, y esto cree el que narra de parte de sus oficiales, tesorero, contador y veedor, los cuales, si no tuviesen fidelidad, usurparse ha mucha parte de la hacienda de Vuestra Majestad, y cumple que ellos personalmente residan en sus oficios y que no puedan poner ni pongan sustitutos en sus oficios donde ellos pueden residir, ni puedan vender ni traspasar los dichos oficios, por los muchos inconvenientes que se seguirían a la hacienda de Vuestra Majestad.

Y si en algún tiempo ha habido necesidad de oficiales fieles, ahora las hay más que nunca, por haberse descubierto grandísima riqueza de muy y muchas sepulturas de los indios de esta provincia en el río del Cenú, de algunas de las cuales dizque han sacado mas de veinte o treinta mil pesos de oro finísimo, y así dicen que en muchos años no se acabará de sacar el oro que en ellas hay.

De esto se podrá también Vuestra Majestad informar del dicho alguacil mayor Torres, procurador de esta provincia, el cual pudiera llevar a Vuestra Majestad más de treinta mil pesos de oro, si estos oficiales de Vuestra Majestad se los dieran. El lleva entera relación de esto.

El daño que se halla que se hace allí a los indios comarcanos de las dichas sepulturas, no sin gran cargo de conciencia de los cristianos, es comerles por el presto todos sus mantenimientos, para sustentarse los cristianos y los negros que andan cavando las sepulturas; y así andan todos los indios del Cenú huidos y remontados, por las grandes opresiones con que los cristianos los oprimen, ultra de tener presos algunos de los caciques de la tierra.

Para remedio de esto habríanse los cristianos de proveer de bastimentos de la isla Española, Cuba y Jamaica, para no hacer vejaciones ni opresiones a los dichos indios.

Y para el buen recaudo de la hacienda de Vuestra Majestad habíase de advertir a que las personas que tienen los dichos cargos y oficios, los mereciesen, y si no los mereciesen algunos de los que los tienen al presente, se den a otros que los merezcan, para que haya fidelidad en la marca y quintos de la hacienda de Vuestra Majestad.

Y porque el dicho obispo estas cosas o algunas de ellas ha sabido por oídas, tiene determinación de irse juntamente con el gobernador Pedro de Heredia al río del Cenú, para ver la disposición que hay para hacer pueblos e iglesias, y ver por vista de ojos el recaudo que tiene la hacienda de Vuestra Majestad, para hacerle entera relación, no solamente de oídas sino de vista, que será más cierta y verdadera.

En las cosas que tocan al culto divino también quiere el dicho obispo dar cuenta a Vuestra Majestad y así le ha hace saber que no faltan sacerdotes, clérigos ni frailes, y no hay necesidad al presente de enviar más, antes conviene que algunos que son díscolos y de no muy buen ejemplo salgan de aquí infincionen (sic) esta grey, y los que quedaren sean pocos y escogidos, para que Dios sea servido, porque hasta aquí, como los clérigos hayan sido siempre mercenarios, más cuidadosos de acrecentar el provecho temporal de sus bolsas que de inducir cristiandad ni autoridad espiritual, los cristianos que en estas partes residen no han conocido ni sabido qué cosa sea autoridad espiritual, porque han vivido sin signo de obediencia y sin freno de razón, apacentándose en los prados de sus vicios y pecados enormes, no solamente de latrocinios y adulterios, estando muchos de ellos amancebados y otros en logros y usuras, otros conociendo indias carnalmente sin estar bautizadas, y éstos son muchos, y otros que para poder echarse con ellas las han hecho bautizar sin ser enseñadas en las cosas de la fe, y así bautizadas se han huido algunas veces de los dichos cristianos y se han vuelto a sus pueblos, y han acaecido extraños casos en esta materia.

Ha acaecido éste muy de espantar, que un cristiano, queriendo forzar a una india por bautizar, la metió en un arcabuco para tener parte con ella, y ella, por defenderse de él, lo mató ahogándolo, y así lo hallaron otro día los cristianos, sacados los ojos y comida su natura de animales o de aves, por justo juicio de Dios. Y como hasta aquí no ha habido prelado que de éstos y de otros pecados los reprendiese y castigase, así como cosa insólita y nueva y molesta, rehuyen de toda autoridad eclesiástica, y han sido en las cosas que conforme al derecho divino y común y canónigo se les manda, muy rebeldes y desobedientes.

Y lo peor es, que las justicias de la tierra, de las cuales la Iglesia Católica ha de usar como de vigoroso brazo para reprimir las insolencias y temerarias osadías de aquéllos a quien el divino temor y las eclesiásticas censuras no reprimen, y que se han de hallar como hijos muy queridos cabe su madre para defenderla y ampararla y para que sea obedecida de los hijos desacatados, así ellos como los otros oficiales de Vuestra Majestad, tesorero y contador, han sido los primeros que se han mostrado rebeldes desobedientes contra la Iglesia, dando mal ejemplo para hacer lo mismo, y no sólo son negligentes en favorecer la Iglesia, como la cristiana profesión les obliga, más antes favorecen y amparan a los malos.

Y lo que más grave es y que ni él puede decir ni sentir sin gran dolor de su ánimo, entonces piensan haber hecho alguna grande hazaña y haberse mostrado muy grandes servidores de Vuestra Majestad y defensores de su Real justicia, cuando han hecho algún desacato a la Iglesia y resistido sus mandamientos y desacatado y afrontado a sus ministros y amparado a los delincuentes y viciosos, amancebados públicos y públicos logreros y usureros, diciendo que es tierra nueva, que todos estos males se han de sufrir en ella.

Lo cual todo sabe el dicho obispo que es muy ajeno de la voluntad de Vuestra Majestad, por ser como es desde su tierna edad tan católico y tan verdadero y obediente hijo de la Santa Madre Iglesia, y que en lo que éstos piensan servirle, le ofenden muy gravemente. Porque en verdad, la tranquilidad y obediencia del pueblo a su príncipe y sus ministros, tiene a Dios y a su Iglesia.

Humildemente suplico a Vuestra Majestad por su Real provisión mande que en este caso se tenga la orden que se debe tener, aborreciendo las cosas que tocan a la autoridad de la Iglesia y culto divino y de la Santa Fe Católica, porque hay gran necesidad y es periculum in mora, por los muchos conversos que hay en estas partes y malos cristianos.

Y así no faltan muchos errores y herejías que el dicho obispo ha encomendado a prender y castigar algunos delincuentes, y si hubiese desmán en dar el favor y ayuda necesaria, éstos y otros sus consortes quedarían muy favorecidos y nacerles han alas para su mal.

Y el alguacil mayor Torres lleva ahora al inquisidor mayor, por mandado del dicho obispo, un preso con su proceso y hacienda a Sevilla.

En lo de la erección de la iglesia dice el dicho obispo que no la ha hecho ni ve ahora sazón para hacerla, porque en toda aquella provincia no hay ganados ni labranzas ni otras crianzas de que pagar diezmos, y así no los ha habido ni los hay como en otras partes que hay las dichas granjerías, ni los habrá de aquí a muchos años, y antes teme que según la prisa que se dan los cristianos a maltratar los indios, que toda esta tierra se habrá de despoblar, lo que Dios no permita.

Y si esto por nuestros pecados y por los suyos Dios permite, él suplica desde ahora a Vuestra Majestad tenga por bien, que con facultad de Su Santidad él renuncie a este obispado y se vaya no a Castilla, que no quiere ir allá en toda su vida, sino a un monasterio de su orden de los que el padre Fray Domingo de Betanzos ha hecho en la Nueva España, donde pueda con un compañero predicar a aquellas ánimas y salvar la suya, aparejándose para morir en su orden de fraile, que la tiene por más seguro estado que no éste en que Vuestra Majestad y Su Santidad le pusieron, máxime viendo hacer a los cristianos tantas exorbitancias, sin poderles ir a la mano.

También el dicho obispo hace saber a Vuestra Majestad que el salario de los trescientos mil maravedíes que en cada un año le manda dar por protector de los indios no bastan para sustentarse él y su familia, aunque no sea mucha, por la gran carestía de los bastimentos, que vale una pipa de harina cerca de treinta castellanos, y una de vino, más de cuarenta, y un huevo, medio real, un pollo, un ducado, y una gallina, dos pesos.

Y en el Cenú ha valido un queso cuarenta pesos y un pernil de tocino cincuenta, de suerte que si Vuestra Majestad no le manda acrecentar el salario para que él y los padres que le ayudan puedan vivir, que por lo menos ha menester dos mil pesos de oro para las cosas necesarias para la comida y el vestido, que otras gullerias no las pide, antes dice con el apóstol: habentes alimenta et quibus tegamur his contento simus. Y a no ser servido Vuestra Majestad de mandarle dar esto (por) vía humana, él, ni su familia no se podrá sustentar, y así será forzado de retirarse no de los trabajos, que ya está ofrecido hasta la muerte, salvo de este obispado y provincia tan estéril de mantenimientos, e irse como dicho tiene con facultad de Su Santidad a algún convento de su Orden, donde en estas partes de las Indias pueda predicar, donde haya mejor disposición para hacer fruto en las ánimas.

Y ultra de lo dicho dice el dicho obispo que él debe los trescientos mil maravedíes, los cuales tomó prestados para pagar los fletes y cosas necesarias, así para el culto divino como para su casa, y allende de esto debe los cuatrocientos ducados y más que costaron sus bulas. Su Vuestra Majestad no le hace merced de ellos y de acrecentarle el dicho salario, no le parece que él se puede sufrir en esta tierra, ni tampoco se pueden sufrir ni sustentar los clérigos que en esta dicha provincia están, que son cuatro, si Vuestra Majestad no les manda dar de su hacienda congrua sustentación, porque como él ha dicho, diezmos no los hay ni los habrá de aquí a muchos años, pues esperar que los indios de los pueblos sustenten como Vuestra Majestad mandó por su cédula, es excusado, que los indios no saben dar nada sin que se lo paguen con rescate y los cristianos están tan alcanzados que mueren de hambre, de suerte que ni los unos ni los otros no pueden sustentar a los clérigos sobredichos.

Y así teme el dicho obispo que lo habrán de dejar solo e irse los clérigos a España o a otras partes donde tengan más provecho, pues quedar él solo sin clérigos y sin frailes, que también teme que se le irán, no ve cómo él pueda permanecer en la tierra, tampoco como ellos.

Y sobre todo lo dicho le piden los oficiales de Vuestra Majestad almojarifazgo de las cosas que trae para su sustentación y de los frailes y clérigos que consigo tiene, si Vuestra Majestad por su provisión Real no manda que no se las pidan ahora ni en algún tiempo.

Alvaro de Torres, alguacil mayor de esta provincia, que va por procurador de ella, lleva dieciséis mil pesos de oro a Vuestra Majestad y pudiera llevar treinta y cinco mil si los oficiales los quisieran dar. El podrá dar relación verdadera a Vuestra Majestad de todas las cosas de esta tierra y dirá sin interés propio ni afición ajena, la verdad, mandándole Vuestra Majestad tomar juramento en forma. Nuestro Señor guarde la Sacra Católica Cesárea persona de Vuestra Majestad con mayor acrecentamiento de Reinos en la tierra y después de largos años le dé el Reino del cielo en la gloria. De éste su pueblo y puerto de Cartagena de las Indias del Mar Océano, último de mayo.

Besa las manos de Vuestra Sacra Católica Cesárea Majestad su humilde capellán, Fray Tomás, Epus. Carthaginiensis.1