La encíclica “Etsi quam diu"

de León XII

del 24 de setiembre de 1824

la declaratoria de independencia de 1825

El 25 de agosto de 1825 se reunía la “Sala de representantes” de la  Banda Oriental, presidida por un sacerdote y reunida junto a la iglesia. Dicha Sala invocó como fundamento de sus decisiones “la soberanía ordinaria y extraordinaria que inviste para constituir la existencia política de los pueblos que la componen” y dispuso:

1º - Declarar írritos, nulos, disueltos y de ningún valor para siempre todos los actos de incorporación, aclamaciones y juramentos arrancados a los pueblos de las Provincia Oriental por la violencia de la fuerza, unida a la perfidia de los intrusos poderes de Portugal y del Brasil, que la han tiranizado, hollado y usurpado sus inalienables derechos, y sujetándola al yugo de un absoluto despotismo desde el año 1817 hasta el presente de 1825.

2º - En consecuencia de la antecedente declaración, reasumiendo la Provincia Oriental la plenitud de los derechos, libertades y prerrogativas inherentes a los demás pueblos de la tierra se declara de hecho y de derecho, libre e independiente del Rey de Portugal, del Emperador del Brasil y de cualquier otro del Universo, y con amplio y pleno poder para darse las formas que en uso y ejercicio de su soberanía estime convenientes.

Léase a contraluz el documento pontificio.

A los venerables hermanos, los arzobispos y obispos de América.

LEÓN XII, PAPA.

Venerables hermanos, Salud y la Bendi­ción apostólica. Aunque Nos persuadimos habrá llegado hace ya tiempo a vuestras manos la encíclica que, en la elevación de nuestra humildad al solio de san Pedro, remitimos a todos los obispos del orbe católico, es tal el incendio de caridad en que nos abrasamos por vosotros y por vuestra grey, que, hemos determinado, en manifestación de los sentimientos de nuestro corazón, dirigiros especialmente nuestras palabras.

A la verdad, con el mas acerbo e incom­parable dolor, emanado del paternal afecto con que Os amamos, hemos recibido las funestas nuevas de la deplorable situación en que tanto el Estado como a la Iglesia ha venido a reducir en esas regiones la cizaña de la rebelión, que ha sembrado en ellas el hombre enemigo, como que conocemos muy bien los graves perjuicios que resultan a la religión, cuando desgra­ciadamente se altera la tranquilidad de los pueblos. En su consecuencia, no pode­mos menos de lamentarnos amargamente, ya observando la impunidad con que corre el desenfreno y la licencia de los malva­dos; ya al notar como se propaga y cunde el contagio de libros y folletos incendia­rios, en los que se deprimen, menospre­cian y se intentan hacer odiosas ambas potestades, eclesiástica y civil; y ya, por último, viendo salir, a la manera de lan­gostas devastadoras de un tenebroso pozo, esas juntas que se forman en la lobreguez de las tinieblas, de las cuales no dudamos afirmar con san León papa, que se concreta en ellas como en una inmun­da sentina, cuanto hay y ha habido de más sacrílego y blasfemo en todas las sectas heréticas, Y esta palpable verdad, digna ciertamente del más triste descon­suelo, documentada con la experiencia de aquellas calamidades que hemos llorado ya en la pasada época de trastorno y confusión, es para Nos en la actualidad el origen de la más acerba amargura, cuan­do en su consideración prevemos los inmensos males que amenazan a esa heredad del Señor por esta clase de de­sórdenes.

Examinándolos con dolor, se dilata nues­tro corazón sobre Vosotros, venerables hermanos, no dudando estaréis íntima­mente animados de igual solicitud en vista del inminente riesgo a que se hallan ex­puestas Vuestras ovejas. Llamados al sagrado ministerio pastoral por aquel Señor que vino a traer la paz al mundo, siendo el autor y consumador de ella, no dejaréis de tener presente que vuestra primera obligación es procurar que se conserve ilesa la religión, cuya incolumi­dad, es bien sabido, depende necesaria­mente de la tranquilidad de la patria. Y como sea igualmente cierto que la religión misma es el vínculo más fuerte que une tanto a los que mandan cuanto a los que obedecen, al cumplimiento de sus diferen­tes deberes, conteniendo a unos y otros dentro de su respectiva esfera. conviene estrecharlo más, cuando se observa que con la efervescencia de las contiendas, discordias y perturbaciones del orden público, el hermano se levanta contra el hermano, y la casa cae sobre la casa.

La horrorosa perspectiva, venerables hermanos, de una tan funesta desolación, Nos obliga hoy a excitar vuestra fidelidad por medio de este nuestro exhorto, con la confianza de que, mediante el auxilio del Señor, no será inútil para los tibios ni gravosa para los fervorosos, sino que, estimulando en todos vuestra cotidiana solicitud, tendrán complemento nuestros deseos.

No permita Dios, nuestros muy amados hijos, no lo permita Dios, que cuando el Señor visite con el azote de su indignación los pecados de los pueblos, retengáis vosotros la palabra a los fieles que se hallan encargados a vuestro cuidado con el designio de que no entiendan que las voces de alegría y de salud sólo son oídas en los tabernáculos de los justos; que entonces llegarán a disfrutar el descanso de la opulencia y la plenitud de la paz, cuando caminen por la senda de los man­damientos de aquel Señor que inspira la alianza entre los príncipes y coloca a los reyes en el solio; que la antigua y santa religión, que sólo es tal mientras permane­ce incólume, no puede conservarse de ninguna manera en pureza e integridad cuando el reino dividido entre si por fac­ciones es, según la advertencia de Jesu­cristo señor nuestro, infelizmente desolado; y que vendrá con toda certeza a verifi­carse, por último, que los inventores de la novedad se verán precisados a reconocer algún día la verdad y a exclamar, mal de su grado, con el profeta Jeremías: Hemos esperado la paz y no ha resultado la tran­quilidad; hemos aguardado el tiempo de la medicina, y ha sobrevenido el espanto; hemos confiado en el tiempo de la salud, y ha ocurrido la turbación.

Pero ciertamente nos lisonjeamos de que un asunto de entidad tan grave tendrá por vuestra influencia, con la ayuda de Dios, el feliz y pronto resultado que Nos promete­mos si Os dedicáis a esclarecer ante vuestra grey las augustas y distinguidas cualidades que caracterizan a nuestro muy amado hijo Fernando, rey católico de las Españas, cuya sublime y sólida virtud le hace anteponer al esplendor de su grandeza el lustre de la religión y la felici­dad de sus súbditos; y si con aquel celo que es debido exponéis a la consideración de todos los ilustres e inaccesibles méritos de aquellos españoles residentes en Euro­pa, que han acreditado su lealtad, siempre constante, con el sacrificio de sus intere­ses y de sus vidas, en obsequio y defensa de la religión y de la potestad legítima.

La distinguida predilección, venerables hermanos, para con vosotros y vuestra grey, que nos estimula a dirigiros este escrito, nos hace, por el mismo caso, estremecer tanto más por vuestra situa­ción, cuanto os consideramos mayormente oprimidos de graves obligaciones en la enorme distancia que os separa de vues­tro común padre. Es, sin embargo, un deber que Os impone vuestro oficio pasto­ral el prestar auxilio y socorro a las perso­nas afligidas, el descargar de las cervices de todos los atribulados el pesado yugo de la adversidad que los aqueja, y cuya idea obliga a verter lágrimas; el orar, por último, incesantemente al Señor, con humildes y fervorosos ruegos, como de­ben hacerlo todos aquellos que aman con verdad a sus prójimos y a su patria, para que se digne su divina majestad imperar que cesen los impetuosos vientos de la discordia y aparezca la paz y tranquilidad deseada.

Tal es sin duda, el concepto que tenemos formado de vuestra fidelidad, caridad, religión y fortaleza; y en tanto grado Os consideramos adornados de estas vir­tudes, que Nos persuadimos cumpliréis de modo todos los enunciados deberes que Os hemos recordado, que la Iglesia dise­minada en esas regiones obtendrá por vuestra solicitud la paz y será magnífica­mente edificada, siguiendo las sendas del santo temor de Dios y de la consolación del divino Espíritu.

Con esta confianza, de tanto consuelo para Nos, para esta santa Sede y para toda la universal Católica Iglesia, que nos inspiren vuestras virtudes, ínterin el cielo, venerables hermanos, derrama sobre vosotros y sobre la grey que presidís el auxilio y socorro que le pedimos, os da­mos a todos con el mayor afecto la bendi­ción apostólica.

Dado en Roma, en San Pedro, sellado con el sello del pescador, el día 24 de setiem­bre de 1824, año primero de nuestro pontificado.

[El lugar del sello del pescador]