Yo el Supremo

Augusto Roa Bastos

Comienza a sobarse las manos. Lenta contradanza en torno al lecho. El sacramento de la confesión, Señor, como Vuecencia sabe... Un sacerdote... No, Céspedes, no necesito de ningún lenguaraz que traduzca mi ánima al dialecto divino. Yo almuerzo con Dios en la misma fuente. No como ustedes, piara de pícaros, en opíparos platos que luego sale lamiendo el diablo. El vicario tropezó con el meteoro. Le salían chispas por los oídos. Aguarde un momento, Céspedes. Tal vez tenga usted razón. Acaso ha llegado el momento para un ajuste privado de cuentas de mis públicos hechos con la iglesia. ¡Gracias a Dios, Excelencia, que Su Señoría ha resuelto recibir el sa­cramento de la confesión! No, mi estimado Céspedes Xeria, no se trata de sacramentos ni de secretamientos. Nada que confesar ni ocultar en cuanto a mi doble Persona. Ya se encargarán de eso los folicularios con o sin tonsura. En cuanto a mi comportamiento con la iglesia ¿no ha sido gene­roso, magnánimo, bondadosísimo? Agréguele usted los su­perlativos que quiera. ¿No es así, provisor? Así es, Exce­lencia. Siempre se quedará corto en alabar la acción del Patronato del Gobierno sobre la iglesia católica nacionali­zada de romana en paraguaya. Dejé a la iglesia que se gober­nara por sí misma con entera libertad, sobre la base del Catecismo Patrio Reformado. A su paternidad le consta. Desde que Yo lo puse al frente de la iglesia como vicario general, cuando se dementó el obispo Panés, hace veinte años, usted ha venido manejando a discreción la industria del altar. Lo que resulta justo, pues según el apóstol, los que sirven en los altares es de ellos de donde han de sacar el sustento. Lo que resulta injusto es que los servidores del altar saquen de esta industria ciento más que el sustento, conforme su paternidad también lo sabe. Su Excelencia ha dicho la pura verdad. Mi gratitud será eterna por su magna­nimidad... No se apure, Céspedes. Vaya a llamar al actuario y vuelva. Quiero que estas confesiones entre Patrono y Pas­tor figuren en acta, sin secreto ninguno. Tal debería ser la esencia del sacramento de la confesión. Santificado no por el secreto sino por la fe pública. Pecado y culpa nunca se redu­cen a la conciencia o inconsciencia privada. Afectan siempre al prójimo, incluso al menos próximo. Por lo que he resuelto que este ajuste in extremis sea pregonado y difundido a mi muerte en todos los púlpitos de la capital, las villas y los pueblos de la República.

¿Cuáles son mis pecados? ¿Cuál mi culpa? Mis difamadores clandestinos de adentro y de fuera me acusan de haber convertido a la Nación en una perrera atacada de hidrofobia. Me calumnian de haber mandado degollar, ahorcar, fusilar a las principales figuras del país. ¿Es cierto eso, provisor? No, Excelencia, me consta que ello no es cierto en absoluto. ¿Cuántos ajusticiamientos se han producido, Patiño, bajo mi Reino del Terror? A raíz de la Gran Conjura del año 20, fueron llevados al pie del naranjo 68 conspiradores, Excelen­cia. ¿Cuánto duró el proceso de estos infames traidores a la Patria? Todo lo que fue necesario para no proceder a tontas y a locas. Se les otorgó el derecho de defensa. Se agotaron todos los recaudos. Podría decirse que el proceso no se cerró nunca. Continúa abierto todavía. No todos los culpa­bles fueron condenados y ejecutados. Algunos se salvaron. Así fue como sólo después de quince años de su muerte, el inaugural traidor de la Patria en Paraguary y Takuary, Ma­nuel Atanasio Cavañas, fue descubierto en la trenza de la conjura, y sometido a la misma condena que los demás. Porque eso sí, mi estimado vicario, aquí de la Justicia no se salva ningún culpable vivo o muerto. Entonces, dígame usted, provisor, contésteme si es que puede; le pregunto, considere, respóndase a sí mismo: Menos de un centenar de ajusticia­mientos en más de un cuarto de siglo, entre ladrones, cri­minales comunes y traidores de lesa Patria, ¿es esto una atro­cidad? ¿Qué podría decirme, por comparancia, del vandalaje de bandidos que hacen temblar con su cabalgata infernal toda la tierra americana? Saquean, degüellan, a todo trapo y a mansalva. Cuando han acabado con las poblaciones inermes, se degüellan los unos a los otros. Cada cual lleva atada al tiento de su montura la cabeza del adversario cuando ya la suya se le está volando de los hombros bajo el sablazo a cercén que la atará al tiento de otra silla. Jinetes decapitados galopando en charcos de sangre. Arreciando las distinciones y los límites, le diría que se han acostumbrado a vivir y a matar sin cabeza. Total, para qué la necesitan, para qué la quieren, si sus caballos piensan por ellos.

Arreciando las distinciones y los limites también le diría que, frente a esos atilas montaraces, me yergo humilde y me siento modesto. Jefe patriarcano de este oasis de paz del Paraguay, no uso la violencia ni permito que la usen contra mí. Digamos, en fin, aunque sea mucho y sólo por figura y movimiento de la mente, sentirme aquí un recatado Abraham empuñando el cuchillo entre estos matorrales del tercer día de la Fundación. Solitario Moisés enarbolando las Tablas de mi propia Ley. Sin nubes de fuego alrededor de la testa. Sin becerros sacrificiales. Sin necesidad de recibir de Jehová las Verdades Rebeladas 61.3 Descubriendo por mí mismo las mentiras dominadas.

Lado a lado, imposible compararme con ellos. Mas tampo­co se me rebaja la honra aun si la transeúnte coincidencia con aquellos patriarcas fundadores la hubiéramos de establecer en relación de tiempo y lugar. Al fin de cuentas, también ellos tuvieron sus dificultades marcadas por nudos de cuarentenas. Moisés necesitó 40 años para conducir a su pueblo a la Tierra Prometida, y todavía andan vagando por ahí de sión en sión. Dimensión inalcanzable. El pobre Moisés pasó 40 días, que fueron otros cuarenta años, en el Monte Sinaí para recibir los 10 mandamientos que nadie cumple. Yo precisé menos tiempo; me han bastado 26 años para imponer mis tres mandamientos capitales y llevar a mi pueblo no a la Tierra Prometida sino a la Tierra Cumplida.

Yo he logrado esto sin salirme del eje de mi esfera. Según la Biblia, el diluvio cubrió la tierra durante cuarenta días. Aquí, males y daños de toda especie diluviaron durante tres siglos y el Arca del Paraguay está a salvo. En el Nuevo Tes­tamento se lee que Jesús ayunó 40 días en el desierto y fue tentado por Satanás. Yo en este desierto ayuné 40 años y fui tentado por 40 mil satanases. No fui vencido ni me cru­cificarán en vida. Conque, ¡figúrese usted, provisor, si me preocupará la cábala cuarentaria!.

Ustedes, tonsos clerigallos, hablan de Dios pintando som­bras. y bosquejando abismos en las ratoneras de los templos. No es creyendo sino dudando como se puede llegar a la verdad que siempre muda de forma y condición. Ustedes pintan a Dios en figura de hombre. Mas también al demonio pintan en figura de hombre. La diferencia entonces está en la barba y en la cola. Ustedes dicen: Jesús nació bajo el po­der de Poncio Pilatos. Fue crucificado. Descendió a los infiernos. Al tercer día resucitó de entre los muertos y subió a los Cielos. Pero yo le pregunto: ¿Dónde nació Jesús? En el mundo, Céspedes. ¿Dónde trabajó? En el mundo. ¿Dónde pasó su martirio? En el mundo. ¿Dónde murió? En el mun­do. ¿Dónde resucitó? En el mundo. Por tanto, ¿dónde están los infiernos? En el mundo, pues. El infierno está en el mundo y ustedes mismos son los diablos y diablillos con tonsura y la cola la llevan colgando por delante.

En la Biblia leemos que cuando Caín mató por envidia a su hermano Abel, Dios le preguntó: Caín, ¿qué has hecho de tu hermano Abel? Le preguntó, mas no lo castigó. Por lo tanto, si existe, Dios no castiga a nadie. El castigado es él, por enseñar la verdad. ¿Qué verdad? ¿Qué Dios? A esto es lo que yo llamo pintar sombras que nadie puede agarrar por largas que tenga las uñas, por más velas benditas que empuñen sus malditas manos.

Pese a todo yo no prohibí aquí ningún culto. Tampoco se me antojó crear el culto del Ser Supremo, que algunos débiles gobernantes tienen que entronizar en los altares abriendo el paraguas de la protección para el mañana. El Dictador de una Nación, si es Supremo, no necesita la ayuda de ningún Ser Supremo. Él mismo lo es. En este carácter lo que hice fue proteger la libertad de cultos. Lo único que impuse fue que el culto se sometiera a los intereses de la Nación. Promulgué el Catecismo Patrio Reformado. El ver­dadero culto no está en ir y venir, sino en comprender y cumplir. Obras quiero yo, no palabras, que éstas son fáciles y la obra difícil, no porque sea difícil obrar sino porque el mal original de la naturaleza humana lo tuerce y envenena todo, si no hay un alma de hierro que vigile, oriente y proteja a la naturaleza y a los hombres.

Lo que hice fue proteger la Iglesia Nacional contra los abusos de los que debiendo servirla y dignificarla la degra­daban y envilecían con la relajación de sus vicios, la inmorali­dad de sus costumbres. Ustedes los curas y los frailes vivían públicamente con sus concubinas. Lejos de avergonzarse, se vanagloriaban de ello. ¿Eh? ¡Ah! Ahí está el librejo de los Rengger y Longchamp. Testimonio en este aspecto insospechable. El prior de los dominicos, entre otros, cuenta Juan Rengo, le confesó alegremente en una reunión ser padre de veinticuatro hijos habidos con diferentes mujeres. ¿Cuántos ha engendrado usted, Céspedes? ¡Por Dios y la Virgen Santísima, Excelencia, me pone en un verdadero aprieto! Vuecencia sabe... Sí, que ha sementado más de cien hijos; la mayor parte, en las gentiles salvajes de Misiones, que usted tenía la obligación de cristianar, no de preñar. Muchos de estos hijos suyos revistan hoy en las tropas de línea cus­todiando fronteras. Más dignos que usted. Aquí, en la ca­pital, no diré que mi vigilancia ha logrado volverlo casto. Al menos ha morigerado un tanto sus lujuriosos pujos. ¡Si to­davía lo hiciera para desafiar las reglas del derecho canónico con las reglas del derecho de pernada! Los secuaces de la tonsura han enderezado aquí ambos derechos en la torcida sensualidad de sus bragas. Lo que no tiene disculpa. En 1525 Martín Lutero casó con una monja. Me casé, alegó don Martín, no por amor, sino por odio a unas reglas repo­dridas de vejez. Hubiera podido abstenerme, ya que ningu­na razón íntima me obligaba a hacerlo. Pero di el paso para mofarme del diablo y sus esbirros, de los príncipes y de los obispos, de los inventores de estorbos, al comprender que ellos eran lo bastante locos como para prohibir el matri­monio de los sacerdotes. Con gusto provocaría un escándalo aún mayor, dijo don Martín, si supiera que hay otra actitud con la que puedo complacer a Dios y poner fuera de sí a mis enemigos.

No estruje el rollo, Céspedes. Acepte sus culpas como yo las mías. En esta confesión ex confessione hemos de ab­solvernos mutuamente. Excelencia, mi gratitud será eterna por su magnanimidad bondadosísima. Honor que me ha hecho de haber internado a estas pobres almas en la Casa de Muchachas Pobres. La Casa no se llama ahora así, Céspedes. Ya no hay pobres en el Paraguay. Usted sabe que por Auto Supremo la Casa se llama ahora de Recogidas y Huérfanas. ¿Qué son sino huérfanas, aunque estén vivos sus padres? Huérfanas, pero no pobres. Hijas adoptivas del Estado. Los hijos no tienen por qué cargar las culpas de sus padres.

Por otra parte, a usted también le consta, yo no confis­qué los bienes, los conventos, las innumerables propiedades de la iglesia con el fin de heretizar el país. Lo hice para cortar las alas a los relajados servidores de Dios que en rea­lidad se sirvieron de él en la crapulosa vida que llevaban a costa del pueblo ignorante. Por poco no paseaban por las calles sus gordas humanidades in puribus. Ya no regían para los tonsos regulares e irregulares ni siquiera el pudor y menos la vergüenza. Para qué el hábito talar si estos tales entraban a talar vientres por doquier y a cualquier hora. ¿Cómo bajaban al río los monjes para tomar su baño, Patiño? En cueros, Excelencia. ¿En algún lugar recoleto? No, Señor, hacia el desaguadero de la Lucha, en el riacho lleno siempre de lavanderas. Vea usted, Céspedes. A más de uno de sus secuaces, pirañas y palometas trozaron el miembro incélibe. Subían ensangrentados. Lo que al parecer no los condenaba al celibato forzoso pues al poco tiempo, como si les hubiese reverdecido el muñón, volvían a hacer de las suyas. ¿No debía tomar medidas el Gobierno contra estas iniquidades? ¿Es esto haberse levantado contra Dios?  ¿No era acaso protegerlo contra los agravios más negros de la clerigalla?

Cuando al obispo Panés se le prevaricó el cerebro, ¿qué hacía el dementado Patiño? Por los días de aquella época, Señor, sabía venir a molestar a Su Excelencia todos los días queriéndole hacer creer que tenía enjaulado al Espíritu Santo en el Sagrario de la catedral. Afirmaba que el Dios-Pájaro le dictaba sus pastorales y humillas, y que el obispo en persona era quien las copiaba con una de las plumas que arrancaba a las alas del Espíritu Santo. La última vez, a un nuevo pedido de audiencia, Su Merced me ordenó decir al obispo que si el asunto era hablar otra vez sin ton ni son del Palomo Trinitario, lo mandara asar y lo comiera. Que un buen pichón como ése tendría la suficiente virtud para sacarle de la cabeza todo el vapor de locura que había allí amontonado, y que si eso no bastaba para curarlo, que se buscara una querida como los otros frailes, que no iban a los bailes pero que se quedaban con la mejor parte. Salvo error u omisión en la cuenta, eso fue lo que pasó, Señor, y yo me lavo las manos. ¡Ah imbécil y malvado Patiño! Todo lo trabucas y confundes. Tienes la horrible palabra del idio­ta. No te mandé decir al obispo insano que asara el Palomo Trinitario y se lo comiera. Te ordené decirle que hiciera sajar en dos un pichón y se lo aplicara en forma de emplasto a la cabeza. Sabes muy bien que ése es el remedio que se usa aquí y en otras partes para extraer los malos humores del cerebro. Un pichón, cualquier pichón. ¡No el Espíritu Santo, sacrílego idiota! Lo de la querida fue agregado por tí, mulato irreverente, vocinglero canalla, en la burla a ese pobre viejo casi nonagenario. No te mandé que le dieras ese grosero mensaje. Te ordené decirle que yo no era un ocioso como él para recibirlo a cada rato, y que si quería que anduviésemos bien, se ocupara de sus asuntos, salvo que prefiriera ser relevado de la silla. Después se han avanzado a calumniarme de que yo lo hice envenenar con las botellas de vino de misa que le envié como obsequio. ¡Excelencia, por Dios, la sombra de esa duda ha quedado suficientemente aclarada! La muerte de S. Ilma. sucedió a causa de su mala salud y más que avanzada edad. Cuando murió el obispo, ¿qué encontraron en el sagrario? Telarañas, Excelencia. Vea usted provisor, ¡qué tenue el esqueleto del Espíritu! Yo no hice más que confiscar los bienes de la iglesia. Limpiarla de la horda impura que la poblaba. Limpié las ratoneras de los conventos. Los convertí en cuarteles. Mandé derribar y quemar los derruidos templos. Dejé intacto el culto. Res­peté los sacramentos. Destituí al obispo demente. Lo puse en la silla a usted, que sin ser el mejor tampoco era el peor. Pues aun cuando el Gobierno ha dejado de ser católico debe seguir respetando la fe religiosa, con tal que sea honrada, austera, sin malicia, sin hipocresía, sin fanatismo, sin fetichismo.

Aquí, por culpa de ustedes los Paí, sucedió todo lo con­trario. ¿Se acuerda, provisor, de los comandantes que hacían pedir imágenes de santos para guardar las fronteras? Acaba de ver usted lo que le ha querido hacer el cura de la Encar­nación a la viuda de mi centinela Arroyo. Asuntos de estipendios. Ruines asuntos.

El Paí-cura es el que ha hecho adúltero a este pueblo leal. Lleno estaba de inocencia, de natural bondad. ¡Si por lo menos lo hubiesen dejado vivir en su primitivo cristianismo! Ya el Antiguo Testamento narra las iras de Jehová contra Jerusalén agusanada de escribas y fariseos. Narra las fechorías de los malos sacerdotes, de los falsos profetas. Si esto sucedía en los tiempos de Jehová con el llamado Pueblo de Dios, ¿qué miserias no iban a reinar en estas tierras que los católicos conquistadores y misioneros vinieron a reducir a un anticipado infierno para mayor gloria de Dios?

Al obispo Panés lo saqué de su silla en 1819, luego de muchos años de no querer cumplir sus obligaciones ni ejercer su ministerio. Su misma demencia, verdadera o simulada, no era sino el estado de su encono furioso contra los patriotas. ¡Ateo! ¡Hereje! ¡Anticristo! , ponen el grito en el cielo mis calumniadores clandestinos. ¿Qué hacen aquí abajo los cu­ras? Nada más que espumar la olla de sus negras intencio­nes. Nadie conoce mejor que el cucharón el fondo de la olla. Desollé los cucharones de frailes y curas. Los saqué de sus madrigueras y cubiles de vergüenza y degradación. El coman­dante Bejarano, Excelencia, si me permite meter la cuchara, sacó por su orden los confesionarios a la calle y los repartió por la ciudad para garitas de los centinelas. ¡Lindos de ver, Señor, esos nichos de madera labrada y dorada de las calles! Los guardias sentados adentro, vicheando a través de los vi­sillos de raso. Las puntas de las bayonetas caladas refuci­lando afuera a los rayos del sol. Muy satisfecho, riéndose difunteramente, Su Excelencia solía decir: ¡Ningún ejér­cito del mundo tiene a sus centinelas en garitas más luju­riosas! Las mujeres seguían viniendo a arrodillarse ante las rejillas de los confesionarios-garitas queriendo confesar sus pecados. Denuncias. Quejas. Delaciones. Pleitos entre co­madres. Alguno que otro grano quedaba a veces en el cedazo de la rejilla. El guardia-cura imponía la penitencia a las pe­cadoras en los zanjones y mandaba a los pecadores a la prevención más cercana. Un sin-juicio vino a confesar al centinela haber asesinado a Su Excelencia. ¡Yo quiero pagar mi culpa! ¡Quiero pagar mi crimen contra nuestro Supremo Gobierno!, gritaba para que lo oyera todo el mundo frente al Cuartel de los Recoletos. Le salía espuma por la boca. ¡Yo he matado a nuestro Karaí-Guasú! ¡Quiero pagar, quie­ro pagar, quiero pagar! ¡Quiero que me ajusticien! El cen­tinela no sabía qué hacer con el loco. Vaya y dése preso en el cuartel. ¡No, yo quiero que me maten ahora mismo!, seguía gritando el loco. Saltó de donde estaba hincado. Se agarró a la bayoneta del guardia y la enterró en su pecho hasta la cruz. ¡Yo maté al Gobierno! ¡Ahora lo rematé!, fueron sus últimas palabras.

Es lo que digo, Céspedes. Tales son los endiablamientos que han producido en esta pobre gente los malos Paí. Todos practican el engaño. Luego intenta curar el quebranto, curar las heridas de mi pueblo diciendo: ¡Todo va bien! ¡Paz! ¡Paz! ¡Paz! Pero esa paz no existe por ningún lado. Los curas no pastorean hombres en los prados del Evangelio. Pastorean demonios. ¿No acaba de afirmarlo el propio papa de Roma? ¿No acaba de enfatizar sobre la pluralidad espan­tosa del diablo? ¡El mismísimo pontífice! ¿Cuántos demonios sabía usted, Céspedes, que existían en el Nuevo Testamento? Sesenta y siete, Excelencia. No, provisor, anda atra­sado en noticias demonológicas. El papa en su última bula, reproducida en La Gaceta porteña, ha afirmado que hay miles de millones de demonios. ¿Lo ha oído usted? ¡Miles de millones! Han proliferado más que la especie humana. ¡Vea usted qué fertilidad espermática la de satán! Ahora cada pecador ya no tiene un solo pobre diablo sino millones de poderosos, rijosos demonios. ¡Qué puede hacer un solo ángel de la guarda contra tantísimos malignos! ¿Estamos pues todos condenados sin remisión posible a dar de cabeza en el infierno? ¿Qué hacer contra el Príncipe de las Tinie­blas? Por de pronto, suprimir el resto del aparato eclesiás­tico, que ha demostrado no servir en la lucha contra satán sino para echar con tanto gasto el culo a las goteras, como vulgarmente se dice. Desde la erección de la iglesia en el Paraguay en 1547, la industria del altar ha producido tantas riquezas, que parece fábula para mejor reír. He echado cuentas minuciosamente. Con la mitad de tales riquezas pudimos comprar tres veces todas las Yslas de las Yndias del mar Océano que están debaxo del gremio del Señor componiendo el ynmenso Aprisco de la Fe, según dice la bula de erección. La bula íntegra no se ocupa más que de las man­das estipendiarias, salarias, arancelarias, prebendarias, canon­jiarias, calendarias y demás beneficios de todo el personal que debía cobijar el ynmenso Aprisco de la Fe. De las rentas annuas, doscientos ducados de oro, asignados a la mesa epis­copal, quedando facultado el obispo para aumentarla, am­pliarla, alterarla libre, lícitamente, cuantas veces le pareciera conveniente en su diócesis. A la dignidad de deán, ciento cincuenta libras. A las de arcediano y chantre, ciento trein­ta pesos. A los canónigos, ciento. ¿Qué hacen estos anacoretas? El arcediano, Excelencia, toma el examen a los clé­rigos que se han de ordenar. El chantre debe asistir en el facistol y enseñar a cantar a los sirvientes del coro. A los canónigos les toca celebrar misa en ausencia del obispo, y cantar las Pasiones, las Epístolas, las Profecías y las Lamen­taciones. Bueno, bueno, Céspedes. Como no hay más prelados, coros, facistoles, y ya estamos hasta la coronilla de pasiones, profecías, epístolas pasquineras, lamentaciones in­fames: suprimidos los cargos. Suprimidas las cargas. ¿Me ha entendido, provisor? Nada más de canonicatos, acolicatos, prebendados ni fascistones de ninguna especie. Igualmente suprimidas las indignidades de racioneros a razón de setenta pesos cada uno; de medio-racioneros a treinta y cinco rupias per capita. ¿Qué es esta canonjía de magistral? El que debe enseñar gramática al clero, Excelencia. Supri­mido. ¿Y la de organista? El que tiene por obligación, Señor, tocar el órgano en las misas pontificales, a voto del Prelado o Cabildo. Es también el que con el deán ha de dar licencia a las personas que por causa de una necesidad expresa de sus órganos necesitan salir del Coro en el momento del Culto. ¡Vea, Céspedes, lo que se ha gastado desde 1547 a esta parte en esta gente yente viniente del coro al común! ¡Fuera! ¡Se acabó! A todos los ensotanados-ensatanados que hayan sobrevivido a la abolición de 1824, mándelos a trabajar en las chacras, en las estancias de la Patria. A los que por su edad o enfermedad no pudieran, intérnelos en los hospitales, asilos, casas de salud o de orates.

El único organista de verdad que surgió en el Paraguay, Modesto Servín. Tómelo como ejemplo, Céspedes. ¡Un ge­nio! Jamás costó un real al Estado. Come su alma. De eso vive, y da a los más necesitados las mandiocas y maíces de su chacra, plantados por sus manos. Pudo ser organista en la Basílica de San Pedro. Prefirió ser fiel a su Patria tocando en el pobre templo de un pueblo de indios. Organista de Jaguarón. Maestro de primeras letras. Santidad última. El lugar donde nació ya debía estar consagrado. Suprimido el cargo. El que toque el órgano, que lo haga por gusto, con arte y por amor al arte al igual que Modesto Servín.

¿Hay más indignidades y oficios-desquicios eclesiásticos, Céspedes? Hay Señor, el de pertiguero, el de mayordomo o procurador, el de tesorero, cuya misión es mandar cerrar y abrir la iglesia; hacer tocar las campanas; guardar todas las cosas del servicio; cuidar de las lámparas y cálices; proveer el incienso, luces, pan y vino y demás cosas necesarias para celebrar. Luego, Excelencia, la dignidad de perrero, el cual ha de echar a los perros fuera del templo y ha de barrer la Casa de Dios los sábados y vísperas de las fiestas que traen vigilia. ¿Cuánto le ha asignado la Erección al maris­calato de los perros? Doce libras de oro, Excelencia. ¿Sabe usted, provisor, cuánto gana un maestro de escuela? Seis pe­sos más una res vacuna por mes. ¿Sabe cuánto gana un soldado de las tropas de línea? Lo mismo, más el vestuario y equipo. Mande a los perreros a trabajar en comisión con los efectivos de urbanos en las batidas annuas de perros de la ciudad, villas y pueblos. Ya están trabajando en eso, Exce­lencia. Desde la Reforma de la Iglesia introducida por el Supremo Gobierno, los perreros colaboran en la batida y cacería de perros y son los encargados de sacrificar a los canes rabiosos que cada año son más en cantidad. ¿Cuánto gana usted, Céspedes? La dote y mensa del obispo por sede vacante, Señor. Más las de arcediano, chantre y canónigo.

Más las raciones enteras y medias raciones que me corres­ponden por sustentar la carga del Hábito Pontifical y la Administración de nuestra Iglesia. ¡Me parece una barba-

ridad! Desde hoy percibirá usted la paga de un o}icial del ejército. Todos los curas, cualesquiera sean sus oficios y ma­leficios, recibirán un salario igual al de los maestros de escuela. ¿Le parece bien, provisorio? Usted lo ha dicho, Ex­celencia. Acátese su Voluntad Suprema. ¿Qué hay de la llegada del nuevo obispo? ¿Nuevo obispo, Excelencia? No se me haga el desentendido, Céspedes. ¿O es que teme per­der su silla bacante? No es eso, Excelencia; sólo que no tenía ninguna noticia de la llegada de ningún nuevo obispo. No es nuevo sino muy viejo. Se trata del opulento clérigo Manuel López y Espinoza, designado por el papa el año 1765. ¡Imposible, Señor! El doctor don Manuel López y Espinoza, nombrado obispo de esta Diócesis el año que Vuecencia menciona, tendría ahora más de ciento cincuenta años. Debe de haber muerto hace mucho tiempo. No, Céspedes. Estos obispos matusalénicos no mueren. ¿No finó el obispo Cár­denas a los ciento seis años? López y Espinoza está tardando en llegar porque lo transportan en silla de mano desde el Alto Perú. Viene acompañado por un ejército de familiares y esclavos. Trae consigo las cuantiosas haciendas que tenía en Trujillo, en Cochabamba, en Potosí y en Chuquisaca. Ga­nado. Carretas cargadas de lingotes de plata. Opulencia opu­lentissima. Lo último que he sabido de él es que ha desviado su lenta marcha por el Gran Chaco, abandonando la antigua ruta de Córdoba del Tucumán por temor a las guerrillas del Norte. He estado aguardando todo este tiempo su llegada. Indios guaykurúes adiestrados, soldados baquea­nos, mis mejores vaqueros rastreadores patrullan desde hace años en su búsqueda todas las rutas probables del Chaco. Estoy seguro de que la silla gestatoria-migratoria llegará a Asunción, aunque más no sea con el petrificado esqueleto de López Espinoza sentado en ella. No me interesa el írrito viejo. Desde ya, Céspedes, puede usted contar con la mitra, el báculo del prelado sesquicentenario, si aún continúa vivo. Si no lo está, encárguese de dar cristiana sepultura a la osamenta viajera cuando arribe a nuestras costas. Los bie­nes que traiga el patriarca episcopicio serán incorporados al patrimonio nacional, los que sumados a los ahorros que aca­bamos de hacer con el personal de la iglesia, podrán costear por sí solos el gran ejército que tengo proyectado en defensa de la soberanía de la Patria.

La Yglessia del Paraguay, verdadero Grano de mostaza en estas ynmensidades, apenas brotada en tierra tan bien rega­da, se desarrolla explendorosamente cual frondosissimo Arvol en cuyas ramas Aves del Cielo de todos los colores y pluma­ges han anidado preciosissimas y sin cuento, reconocen con celestial encanto los primeros informes a poco tiempo de la Erección. ¡Vea usted cómo ha crecido el grano de mostaza! ¡Demasiadas aves de rapiña entre sus ramas! Vamos a proceder de modo que el frondosissimo Arvol se enmiende consigo mismo: que el follaje empapado de amor sirva para algo más que albergar pájaros de cuenta. Punto.

¿Debió haber permitido Dios que se cometieran todas estas iniquidades? ¿Eh? Se lo pregunto a usted que se titu­la su ministro. No, Excelencia, la verdad es que no debió haberlas permitido. ¿Qué piensa usted que es Dios? Yo, Excelencia, pienso que, según el Catecismo Patrio Reformado, Dios Justo, Dios Omnipotente, Dios Sabio es... ¡Alto! Se lo voy a decir yo sin tantas jacarandainas: Dios es quien es definitivamente. El demonio, lo contrario. ¡Excelencia, es la mejor definición de Dios que haya oído en mi vida!

Vayamos ahora a un pequeño examen. ¿Cuál es la primera pregunta del Catecismo? Con todo gusto, Excelencia. La pri­mera pregunta es: ¿Cuál es el Gobierno de tu País? Respuesta: El Patrio Reformado. La segunda pregunta, provi­sorio. La segunda, Señor, es: ¿Qué se entiende por Patrio Reformado? Respuesta: El regulado por principios sabios y justos, fundados en la naturaleza y necesidades de los hombres y en las condiciones de la sociedad. La tercera. La tercera pregunta, Excelencia, es... es... ¡Sí! La tercera pre­gunta es: ¿Cómo se prueba que es bueno nuestro sistema? Respuesta: Con hechos positivos... Se ha equivocado usted provisorio. Esta respuesta corresponde a la quinta pregunta. El hecho positivo es que usted anda mal de la memoria. Me obliga usted a que le rebaje el sueldo a la paga de subteniente. Sea más frugal y recobrará la memoria. Los encantos de la frugalidad no se pagan con oro. La verdadera santidad no es la fingida. No es la que se oculta bajo la tonsura cuyo tamaño es el de un real de plata, según lo estableció la Erección, como unidad monetaria de los estipendios. ¡Si esto es religión que venga el diablo y lo diga! ¡Qué dife­rencia entre los malos servidores de la religión y los que la sirven en pobreza suma, en total renunciamiento! Éstos ven a Dios en el prójimo, en el semejante. Tanto más vívidamente, cuanto más pobre, más sufrido es éste. Aquí tuvimos un ejemplo. El P. Amancio González y Escobar, el cura fun­dador de los pueblos melodiosos del Chaco. No tengo, señores, otros bienes que la pobreza, parte de mi religión, es­cribió antes de morir. Esta cuja me la prestó un hermano. Este colchoncillo me lo cedió la piedad de una anciana. Aquella tinaja me la fabricó un indio. Esta caja, un vecino honrado. Esta mesa, este reclinatorio, un ebanista leproso, fabricante de instrumentos: Mando que sean restituidos a sus dueños los pobres, en tanto yo restituyo la vida a quien la debo. No hay en mi choza otros expolios que los que hará la muerte en el saco de mi cuerpo. Únicamente mi alma es de Dios. Esto dijo con sus palabras y sus actos el padre Amancio. Evangelizó a los indios en la misma medida en que los indios lo evangelizaron a él. Ésta es la lengua que habló el curita melodioso de Emboscada. La entendieron todos. Lengua de apóstol. Usted, Céspedes Xeria, no es creyente. Sin embargo habla como si lo fuera. A mi manera, yo tengo cierta fe en Dios, de la que usted carece. Para mí no existe un consuelo religioso. Sólo existe un pensamiento religioso. Para usted sólo existen el premio y el castigo, que no tienen sentido después de la muerte. Salvo que la vida pueda dar un sentido a la muerte en este mundo sin sen­tido. No lo tiene o no entendemos este sentido porque no es forzoso que el sentido del mundo sea el de nuestra vida. Nuestra civilización no es la primera que niega la inmorta­lidad del alma. Después del combate, dice uno de los Libros más antiguos del mundo, las mariposas se posan sobre los guerreros muertos y los vencedores dormidos. Usted, Céspe­des Xeria, no es de esas mariposas. Si la iglesia, si sus ser­vidores quieren ser lo que deben ser, tendrán que ponerse algún día de parte de los que nada son. No sólo aquí en el Paraguay. En todos los lugares de la tierra poblados por el sufrimiento humano. Cristo quiso conquistar no sólo el po­der espiritual. También el temporal. Derrocar al Sanhedrín.

Destruir la fuente de los privilegios. Quebrar la frente de los privilegiados. Sin esto, la promesa de la bienaventuranza, papel pintado. Cristo pagó su fracaso en la cruz. Pilatos se fue a lavar los platos. Sobre este fracaso inicial los falsos apóstoles descendientes de Judas erigieron la falsa religión judeo-cristiana. Dos milenios de falsedades. Pillaje. Destruc­ción. Vandalismo. ¿En esta religión debo creer? Desconozco a este Dios de la destrucción y de la muerte. ¿A un Dios desconocido debo confesar mis pecados? ¿Quiere que me ría a carcajadas? No, Céspedes. ¡Déjese de bromas fúnebres! ¿Tiene algo más que decir? Sólo he venido humildísimamente, Señor, a testimoniar a Vuecencia la gratitud y fide­lidad de la Iglesia Paraguaya a su Patrono Supremo. Con asentimiento y consejo de mis hermanos en religión, me he permitido traer para someter a su examen la Oración Fú­nebre que el Padre Manuel Antonio Pérez, nuestro más brillante Orador Sagrado, ha de pronunciar en las exequias de Su Señoría... digo, cuando llegue el momento, si es que llega, y si Su Excelencia se digna aprobarla. Ya llegó ese momento, Céspedes. Ya ese momento es pasado. Lleve el pasquín funerario y péguelo con cuatro chinches en el pór­tico de la catedral. Allí, las moscas que ganan batallas serán sus más devotas y puntuales lectoras. Corregirán su puntua­ción y sentido. Ahorrarán trabajo a los historiadores. Ego te absolvo... (roto, quemado, lo que sigue).