QUINTO CENTENARIO

DE AMERICA LATINA

¿descubrimiento o encubrimiento?

Ignacio Ellacuría

 1. EL QUINTO CENTENARIO DEL «DESCUBRIMIENTO» VISTO DESDE AMERICA LATINA.

«Cristianisme i Justícia» pidió hace un año a Ignacio Ellacuría una reflexión sobre el «5º Centenario visto desde América Latina». Nos dijo en diversas ocasiones que estaba trabajando el artículo... Ahora dificilmente nos llegarán sus notas, pero no renunciamos a publicar su autorizado punto de vista. Por esto hemos tomado la grabación magnetofónica de la conferencia que sobre el mismo tema tuvo en nuestro Centro el 27 de enero pasado, en un ciclo coorganizado con «Associació per al diàleg amb les cultures (OSMI» y la «Comssió Internacional de la Crida». Conservando el tono coloquial de la charla, hemos procurado adaptarlo al estilo escrito.

Tratar el tema del quinto centenario del descubrimiento desde la óptica latinoamericana presupone, en primer lugar, un marco teórico de comprensión de dicho acontecimiento histórico.

Obviamente, el quinto centenario visto desde España y por sectores poco críticos va a aparecer una vez más como un cántico a una gran hazaña. En el fondo da la impresión de que lo que más les interesa a los que lo conmemoran desde esa óptica grandilocuente es engrandecerse ellos mismos, es poder decir: «¡que gran cosa hicimos!», es poder contar y cantar las glorias de esto tan grande que hicieron.

Pero en America Latina la verdad es que el quinto centenario, en cuanto tal, no le interesa prácticamente a nadie. Y ello, a mi modo de ver, es lo mejor que puede suceder. El problema es que desde fuera nos va a llegar toda una cascada de escritos, celebraciones y programas. Y, ante tal situación, nosotros vamos a tener que tomar partido, vamos a tener que apuntarnos a las voces capaces de comprender críticamente este asunto. Naturalmente intentaremos que nuestra crítica no se produzca de forma destructiva, pero lo que no vamos a poder tolerar es que se repita, ahora conmemorativamente, lo que realmente pasó en la historia.

1.1. SE REPITE LA MISMA HISTORIA CON NUEVOS PROTAGONISTAS.

Las conmemoraciones suelen ser distintas de la realidad; por otro lado, ya han pasado cinco siglos como para que se repitan mecánicamente las mismas cosas.

Pero sí que podría pasar, y de hecho está pasando, que el actual «representante conquistador» del mundo occidental -que es ahora EE.UU.- hiciera con respecto al denominado «nuevo mundo», dentro de las posibilidades históricas de nuestro tiempo, lo que antaño hicieron España y Portugal.

Por eso, nuestro combate no se dirige contra lo que pasó hace cinco siglos, sino que lo que pretendemos es recoger la experiencia de lo que pasó entonces para decirles -sobre todo a los norteamericanos, y en parte también a los europeos, en cuanto pertenecientes a la misma civilización cristiano-occidental- que su enfoque actual respecto de América Latina y del Tercer Mundo, en general, no ha cambiado mucho con respecto a lo que pasó cinco siglos atrás.

Este enfoque de la actuación de las potencias occidentales actuales con respecto a los paises del Tercer Mundo se caracteriza, dicho de una manera breve, por cubrir una realidad, que fundamentalmente es de dominio y de opresión, con un manto ideológico muy bonito pero que no es más que pura fachada. Con ello lo que están consiguiendo es falsificar la realidad. Y esto es preciso desenmascararlo.

Lo que se ha hecho hasta ahora, durante estos cinco siglos, es un fenómeno de dominación de unos pueblos, de unas culturas, de unas lenguas, de unas religiones etc. Por tanto, siendo consecuentes, a nuestro modo de ver, lo que corresponde hacer en el quinto centenario (y en todos los demás que puedan venir) es una liberación.

No hay que ser absolutamente cerrado sosteniendo que ese proceso continuado de dominación a lo largo de cinco siglos no ha aportado ningún tipo de bien; ello sería concebir el proceso de dominación y liberación como un cuadro claramente diferenciado en blanco y negro. Y la realidad nunca es así tan «clara y distinta». Pero, con todo, lo que no podemos negar o pretender ignorar es que, al cabo de cinco siglos, otros paises están haciendo en América Latina lo que hizo entonces España. Repito: esto hay que desenmascararlo.

1.2. EL «DESCUBIERTO» ES SIEMPRE EL OPRESOR.

1.2.1. Hace cinco siglos...

¿Qué sucede realmente en la relación mutua que se estableció entre estos dos grupos de naciones a las que nos venimos refiriendo?

A mi modo de ver, lo primero que sucede es que el «conquistador» o dominador se pone al descubierto. Así, hace cinco siglos, con el «descubrimiento» del llamado «nuevo mundo», lo que realmente se descubrió fue lo que era España en verdad, la realidad de la cultura occidental y también de la Iglesia en ese momento. Ellos se pusieron al descubierto, se desnudaron sin darse cuenta, porque lo que hicieron respecto a la otra parte fue «encubrirla» no «descubrirla». En realidad es el Tercer Mundo quién descubre al primer mundo en sus aspectos negativos y en sus aspectos más reales.

Desde este punto de vista para el Tercer Mundo, sería muy interesante y fructífero, con motivo de este quinto centenario, poder oir la autoconfesión del Primer Mundo. Pero eso, naturalmente, va a ser muy difícil. Por eso nosotros creemos que si el profeta (que en este caso es el Tercer Mundo) no le dice al Primer Mundo la verdad, el Primer Mundo no va a ser capaz de ver y descubrir su propia realidad y, en cambio, va a seguir diciéndole al Tercer Mundo lo que debe hacer.

Si nos fijamos bien, en el comienzo de la conquista lo que dijeron los conquistadores es que venían a hacer a los indígenas cristianos. Pero es obvio que no venían a eso, que tal afirmación era una gran mentira (por más que se quisiera justificar con las mejores razones teológicas, y por más que algunos creyeran sinceramente tales justificaciones). La verdad es bien diferente: España fue a América a dominar, a conquistar a ampliar su poder y sus fuentes de riqueza; vino a eso acompañada de una carga ideológica o ideologizada representada, sobre todo en aquel momento, por la iglesia romana. Fue, pues, la estructura socio-histórica española de entonces la que quedó desvelada (pues estaba oculta) como una poderosa fuerza humana. Quedó desvelado, igualmente, que esa fuerza se movía, sobre todo, por la afanosa búsqueda de riqueza y poder: eso es realmente lo que movía a los individuos que acudieron a América Latina.

Por otro lado, dicha fuerza estaba sobredeterminada por una totalidad expansionista que buscaba el acrecentamiento de su poder (no en vano se habla del Imperio Español) y de su política representada por el régimen político imperante. Y todo ello legitimado por una ideología «cristiana» que, si bien es verdad que aportaba una serie de valores humanizantes -y en este sentido cabe reconocer que entre la colada de gentes que llegaron a América Latina entraron personas realmente con una intención y con una acción contraria a la dinámica principal del proceso- también es verdad que estuvieron siempre subordinados a la consecución efectiva de lo que se pretendía, colectiva y nacionalmente.

1.2.2. ...y también hoy.

También hoy podemos decir con toda verdad que el Primer Mundo se acerca al Tercer Mundo, globalmente, de esa misma forma y con esas mismas intenciones. Y también viene con un ropaje ideológico que no pretende otra cosa sino encubrir, de una manera «bonita», sus intenciones reales.

Las naciones poderosas de hoy nos dicen que vienen al Tercer Mundo para hacernos «ricos» y para hacernos «demócratas». Pero estas «generosas proposiciones» encierran un proyecto político y económico muy distinto. Y para descubrir y desenmascarar la verdad última de dicho proyecto, no hay que mirar al interior de las fronteras de las naciones dominantes de Occidente, sino que es preciso mirar fuera de sus fronteras, allí donde se manifiestan los efectos últimos de lo que es y de lo que pretende ese proyecto occidental cuyo máxime representante y portador es EE.UU..

Efectivamente, EE.UU. puede ser demócrata, hasta cierto punto, dentro de sus fronteras, siempre y cuando mantenga internacionalmente una posición antidemocrática. Por lo tanto, la democracia, tal como la defienden, es falsa, engañosa, no les importa absolutamente nada como valor universal. Pero la verdad de su sistema político, económico y cultural, donde con mayor claridad se pone de manifiesto, no es en el lugar donde se sacan todos los provechos de ese sistema, sino en el lugar donde necesita estar conquistando y dominando para mantener su estructura de poder.

Podríamos ilustrar esto que aquí sostenemos de diversas maneras. Por poner un ejemplo: ¿Es creíble pensar que a EE.UU. le importa mucho que haya elecciones democráticas en Nicaragua? La verdad es que no le importa absolutamente lo más mínimo. Es más, si Nicaragua fuera un extraordinario aliado de EE.UU., éste le permitiría perfectamente tener el régimen político que quisiera. Lo que pasa es que al capitalismo, por razones de diversa índole, el régimen político que mejor le corresponde y mejor le sirve para defender sus intereses es «este» régimen «democrático».

Otro caso ilustrador lo tenemos en El Salvador. Dentro de la búsqueda pactada de soluciones pacíficas al conflicto interno que está viviendo este país, la guerrilla ha ofrecido su voluntad de acudir a unas posibles elecciones pero, para ello, ha solicitado un cierto tiempo para poder preparar bien su candidatura. Pues bien, la respuesta gubernamental ha sido que no, que eso está contra la Constitución, que la constitución preve que el período presidencial sea de cinco años y que, por tanto, la prolongación del mismo tres meses más -como solicita la guerrilla- es anticonstitucional. Afortunadamente, en este contexto, la Iglesia ha dicho una palabra bastante profética e interesante: «la paz está por encima de la Constitución». Ello fue percibido por los «constitucionalistas», por los «legalistas» y por los «demócratas», como una especie de «herejía». Pero, en el fondo de toda esta «trampa legalista» de la Constitución, nos damos cuenta de que el verdadero problema radica en el temor de los poderosos y opresores: al ver que la propuesta del FMLN puede representar un peligro para el proyecto norteamericano y para el proyecto de ARENA -que piensa ganar las próximas elecciones-, se retiran y dicen «no aceptamos esa propuesta». Y es que, en definitiva, lo que están buscando no es una solución política que responda realmente a las necesidades y a la voluntad de las gentes del pueblo, sino que están buscando una vez más la conquista del poder.

Creo que estos breves ejemplos pueden servirnos para comprender la actualidad de este quinto centenario y la perspectiva desde la cual nosotros quisiéramos abordarlo.

1.3. TAMBIEN LA IGLESIA QUEDO Y QUEDA AL DESCUBIERTO.

La Iglesia fue un elemento importante del conjunto del proceso «conquistador» de hace cinco siglos. Si bien no fue la Iglesia quién, desde un afán misionero y evangelizador, proyectó la «misión americana», también es verdad que la Iglesia acabó legitimando este proyecto ideado por otros.

Esta legitimación no siempre y en todo lugar tuvo efectos negativos, sino que, en muchas ocasiones, su acción llegó a ser mejoradora de la realidad existente. En algunos lugares la Iglesia hizo cosas realmente importantes para combatir contra ese proceso dominador y aplastador. Ciertamente hubo elementos eclesiales -sobre todo entre las órdenes religiosas- en los cuales primaba el servicio a la fe sobre el servicio a la corona, la preocupación evangelizadora sobre las pasiones y los intereses no cristianos, la defensa del indio sobre la legitimación del explotador. Ya en ese momento, pues, se hizo presente -y no de una manera ocasional- la opción preferencial por los pobres. No puede decirse que tal opción fuese la asumida por la iglesia entera en todo momento, por toda la jerarquía, por todas las órdenes religiosas, pero tampoco puede decirse que tal opción fuese algo ocasional o meramente puntual.

Pero, en cualquier caso, lo cierto es que la acción de la Iglesia en el proceso conquistador y colonizador fue siempre de carácter subsiguiente y acompañante; pero no tuvo nunca la iniciativa de lo que se estaba haciendo. Tal iniciativa corrió siempre a cargo de los intereses económico-políticos.

Esta realidad nos descubre algo de más profundo: toda ideología, cuando es ideologizada, pretende encubrir algo malo y, para ello, presenta algo bueno a modo de «tapadera», y esta necesidad de presentar algo bueno puede ser aprovechada para hacer cosas buenas. Así pues, el imperio lleva a la Iglesia para legitimar su proceso, y la Iglesia da la «cara buena» de ese proceso (aunque, en algunas ocasiones, ni siquiera eso).

De este modo, por lo que se refiere la Iglesia, podemos también decir que quedaron al descubierto cosas buenas pero también males muy serios, tales como su propensión a identificarse con el poder y la riqueza -que es un elemento permanente de tentación en la iglesia-, su sutil tendencia a preferir y priorizar su «institucionalidad» sobre su «misión» -realidad ésta también muy actual-. En buena parte, pues, la Iglesia se dejó llevar por este razonamiento: «Ahora no puedo realizar la misión, que me es propia, de anunciar el Reino de Dios conforme al mensaje de Jesús porque, de hacerlo así, pondría en peligro la institución eclesial y, ante todo, eso hay que salvarlo. Cuando la ocasión sea más propicia, entonces ya realizaré dicha misión».

La película «La Misión» nos ofrece un ejemplo interesante para ilustrar esta cuestión histórica de la misión de unos hombres, frente a la institucionalidad del país que estaba al frente de la colonización, e incluso de la Iglesia institucional. Porque, en definitiva, ¿cuál fue la razón por la que expulsaron a los jesuitas de las reducciones del Paraguay? ¿Por qué desde la Curia romana, y desde las autoridades supremas de la misma Compañía de Jesús, se dio la orden de retirarse de esa misión, de ese anuncio y de esa realización concreta de la fe cristiana en medio de la historia? Estas preguntas sólo tienen una respuesta: porque la misión de los jesuitas de las reducciones del Paraguay estaban poniendo en peligro la institución universal de la Compañía de Jesús.

Pero no solamente en el pasado, sino que también hoy, la Iglesia en Latinoamérica sigue teniendo la tentación de priorizar su institucionalidad sobre su misión, y sigue luchando contra esa tentación.

Estoy pensando, por ejemplo, en lo que nos pasa a nosotros en la Universidad Centro Americana (UCA). Muchas veces preferimos salvar la institucionalidad que realizar la misión. (Con todo, también es verdad que hemos puesto muchas veces nuestra institución en peligro de que nos pongan bombas, de que nos disparen. Cuando salí ahora de El Salvador ya estaba la bomba próxima a la Universidad, por esto mandé al periódico una nota avisando que salía del país, para que no les pusieran la bomba a mis compañeros mientras yo no estaba). Nosotros no nos vamos a callar porque nos pongan bombas. No quiero decir con esto que estemos arriesgando mucho la institución pero sí que hemos arriesgado un poco en repetidas ocasiones. Una vez escribimos un libro en defensa de una huelga cosa que nos costó unos 200 mil dólares, pues el gobierno nos amenazó con quitarnos la subvención si salíamos en defensa de la huelga de los maestros. Y muy conscientemente de que perdíamos y nos debilitábamos como institución, apoyamos la huelga.

En esta misma dirección quisiera remarcar que la Iglesia en el Salvador no recibe nunca dinero de la Agencia Norteamericana para el Desarrollo, porque ese dinero es corrupto, es dinero que se da de manera disimulada para hacer la guerra en El Salvador, o para hacer la política norteamericana. Nosotros podríamos tener a nuestra disposición millones de dólares procedentes de dicha Agencia para hacer cosas buenas, pero en cuanto predicásemos e hiciésemos nuestra misión liberadora entre los grupos populares y marginados, nos quitarían en seguida ese dinero.

Quisiera poner un último ejemplo actual. También en el campo de la teología se ha experimentado, a su manera, la tentación que indicaba. En este caso la tentación de la teología es la de ofrecer una reflexión y una praxis cristiana que no se historicen e inculturen en el contexto latinoamericano. Y una teología cristiana que no se historice y que no se inculture en el lugar donde está, resulta ser también opresora. Pero al respecto, he de decir también que, la tan discutida «teología de la liberación», lo que ha buscado en América Latina -con mayor o menor fortuna- es tratar de hacer una lectura latinoamericana del cristianismo, de un cristianismo que nos ha llegado cargado de «europeísmo».

1.4. BREVE CONCLUSION.

Repitamos, pues, una vez más, y a modo de resumen, la intuición que hemos venido desarrollando hasta aquí: en la primera entrada de Europa, encabezada por España y Portugal, en el ámbito de lo que es hoy América Latina, lo que se puso de manifiesto fue un «descubrimiento del que conquista»; y un «cubrimiento violento y violador de los pueblos allí existentes», de sus culturas, de su religión, de sus personas, de sus lenguas. Se cubrió lo que había allá y se cubrió violentamente. Este cubrimiento profundo dio lugar a una «nueva cultura», «nueva raza», «nueva religiosidad», etc.

Desde esta perspectiva lo que hoy queda aún por hacer es un descubrimiento de aquello que está encubierto; es decir una posibilitación real de que surja el «nuevo mundo», no como repetición del «viejo mudo», sino como verdadera «novedad».

La pregunta esencial ahora es: ¿es esto posible? ¿es puramente utópico? ¿tiene realmente solución la problemática de nuestro «viejo mundo»?

2. SOLUCION EN EL NORTE, PROBLEMA EN EL SUR.

Desde mi punto de vista -y esto puede ser algo profético y paradójico a la vez- EE.UU. está mucho peor que América Latina. Porque EE.UU. tiene una solución, pero, en mi opinión, es una mala solución, tanto para ellos como para el mundo en general.

En cambio en América Latina no hay soluciones, sólo hay problemas, pero por más doloroso que sea, es mejor tener problemas que tener una mala solución para el futuro de la historia.

Evidentemente que América Latina tiene un terrible problema: toda ella es un problema. Y el gran desafío actual consiste en resolver ese problema, pero no con la solución que ofrece EE.UU.. Con ello no estoy diciendo que todo lo que tiene y ofrece EE.UU. es malo y negativo, pero sí que su solución ofrecida, tomada en bloque, no es buena. Y no lo es por un principio absolutamente kantiano: una solución no universalizable para todo el mundo no es una solución humana.

Dado que la solución de EE.UU. no es universalizable para todo el mundo, no es una solución humana, no sirve para la humanidad. Si todo el mundo tuviera los niveles de consumo de EE.UU. (de carne, de electricidad, de petróleo etc.) acabaríamos en veinte años con los recursos existentes. Luego, desde un punto de vista concreto, medible, ecológico de la realidad del mundo, esa no es ni puede ser la solución. En el mejor de los casos es una solución para ellos de la cual están contentos y se sienten orgullosos. Mientras, nosotros y todo el Tercer Mundo, lo que tenemos, lo que nos han dejado, es un gran problema.

Y ese gran problema puede expresarse de una manera significativa en esa frase popular del castellano que dice: «le han dejado como a un Cristo». Bien, pues efectivamente al Tercer Mundo le han dejado como a Cristo. Desde el punto de vista de la fe eso es lo que hemos denominado, en diversas ocasiones, el «pueblo crucificado». Pero como antes decía, por doloroso que parezca, es mejor tener un gran problema que una mala solución del mismo. Porque, no sabemos bien de qué manera, pero la fe nos dice que en este pueblo con problemas, en este «pueblo crucificado», es donde realmente está Cristo presente, es donde El quiso ponerse. Desde esta perspectiva creyente hay, pues, un enorme potencial para resolver el problema, cuya formulación abstracta no es difícil de precisar pero cuya solventación concreta sí es bien difícil de realizar.

2.1. CIVILIZACION DEL CAPITAL Y CIVILIZACION DEL TRABAJO.

Nuestro problema radica en que la civilización hoy en día dominante -y esto vale tanto para el Este como para el Oeste- es la civilización del capital. Ella es la que viene configurando el mundo y la que ha hecho de la inmensa mayor parte del mundo (de las 4/5 partes de la humanidad) un «Cristo». Frente a esa civilización dominante, hay que luchar por construir una civilización nueva: la civilización del trabajo. Ese es el gran desafio que tenemos por delante.

Esto, pues, hay que entenderlo bien. Lo importante es que el destino de la humanidad no sea regido por las leyes internas del capital. Porque estas leyes, no es que sean inmorales, pero sí que son amorales, y llevan una dinámica determinada que arrastra a todos los que se meten en ella. Podemos decir que no es que los capitalistas hagan al capital, sino que es el capital el que hace a los capitalistas y les va empujando a hacer lo que están haciendo en Occidente, y también en la URSS. Porque aquí lo definitivo no es que el capital sea poseído por manos privadas o por manos colectivas. Ese es un punto importante a distinguir, pero no es lo fundamental. Lo fundamental es que ambas son civilizaciones del capital. Y todos sabemos que el capital, por su propio desarrollo, va realizando un montón de cosas, no solamente inútiles y engañosas para la humanidad, sino cosas que obligan a la mayor parte de esa humanidad a vivir de una manera determinada, de una manera problemática.

Frente a eso nosotros quisiéramos luchar por una civilización del trabajo, en la cual quien mueva la historia sea el trabajo, pero no el trabajo para producir capital, sino el trabajo para desarrollar la humanidad. En este sentido también se ha pronunciado el Papa en su encíclica «Solicitudo rei socialis». En ella sostiene la prioridad del trabajo sobre el capital, y lo dice muy claramente: esa es la medida de un orden político y económico justo o injusto; en cualquier orden económico en el que predomine la dinámica del capital sobre la dinámica del trabajo, ese orden es injusto, ese orden configura todo un pecado estructural el cual genera todo el resto de pecados. Contrariamente, en aquella civilización en la que predomine la dinámica del trabajo sobre la dinámica del capital, puede decirse que en ella realmente apunta la inspiración cristiana.

2.2. ¿POR EL CAMINO DE LA VIOLENCIA?

La lucha por esa «novedad» en El Salvador, que es el país que mejor conozco y al cual me voy a referir, ha surgido con bastante fuerza a través de procesos violentos, reflejados, de una manera especial, en el movimiento revolucionario guerrillero -del cual, dicho sea de paso, no soy un alabador ciego y acrítico, pues su postura tiene también grandes problemas-, como fuerza que se levanta en protesta contra la invasión, la colonización, y la opresión del pueblo salvadoreño.

Yo he mantenido siempre que toda violencia es mala. Pero sostengo también que hay unas violencias peores que otras; esto es claro. Todo acto de violencia es malo; pero puede que en alguna ocasión sea inevitable.

En este sentido la «teología de la liberación», por ejemplo, ha insistido en que la violencia más grave, y la raíz misma de toda violencia, es la violencia estructural; es decir, la violencia de la civilización del capital que mantiene a la inmensa mayoría de la humanidad en condiciones biológicas, culturales, sociales y políticas absolutamente inhumanas. Esa es la violencia estructural fundamental. Por eso, decir que los teólogos de la liberación defienden la violencia y que la teología de la liberación propicia la violencia, es un error, pues ésta es la teología que más sistemáticamente ha denunciado que la violencia estructural -a la cual, por cierto, nadie ha acusado de «violenta», pues a todos les ha parecido una cosa normal, reflejo del orden establecido etc.- es la violencia fundamental contra la que hay que combatir para erradicarla, a ser posible con el mínimo de violencia.

Cierto es que la respuesta a la violencia estructural ha solido ser la violencia revolucionaria. Yo no creo que necesariamente se tengan que identificar siempre «revolución» y «violencia», pero a veces -y en caso de El Salvador en concreto- se ha echado mano de la violencia guerrillera para combatir a lo que se estimaba una violencia estructural. Hacer de la violencia una causa, hacer de la violencia un bien o un ideal, ciertamente no es cristiano y probablemente tampoco es ético. Pero el problema fundamental sigue estando en ver hasta qué punto esa violencia es inevitable. Y repito, la violencia revolucionaria en sí misma es mala pero quizás muchas veces la han vuelto inevitable.

En ese sentido nosotros tratamos, en El Salvador, de combatir primero la violencia estructural existente con todas nuestras fuerzas no violentas. Así, el trabajo «institucional» de nuestra Universidad se resume en un combate contra la violencia estructural del país a base de crear las condiciones que posibiliten la liberación de las mayorías populares oprimidas. A eso se dirige, con mayor o menor éxito, el potencial de nuestra Universidad.

Y desde esta postura, nos hemos dirigido a otros grupos, como el guerrillero, que combaten esa violencia de otra manera. En concreto, yo mismo he tenido unas conversaciones muy largas y muy críticas con uno de los combatientes guerrilleros más destacados, el comandante Villalobos. Precisamente en una de ellas le dije que las acciones que habían tomando -hacía poco habían matado a algunos alcaldes- eran unas acciones absolutamente intolerables desde el punto de vista cristiano y contraproducentes desde el punto de vista político. Le dije también que otras acciones que están poniendo en práctica en el Salvador (como poner bombas en casas de militares, gasolineras, etc.) con el objetivo de procurar una insurrección popular -o, como llaman ahora, un «estallido social»-, dadas las condiciones actuales del país, me parecían también desacertadas.

Igualmente, hemos estado peleando para que se haga el menor daño al menor número posible de gentes. Cuando conseguimos una declaración de la Comandancia Militar del FLMN de que no van a dañar a los civiles consideramos haber hecho un gran avance. Vamos a ver ahora si avanzamos un poco más a fin de que termine la guerra a través de las propuestas de negociación que hemos lanzado.

Pero, en este momento, a pesar de que creo que la lucha armada no tiene mucho futuro en el Salvador, no podemos pedirle al FNML que deje de hacer la guerra con el ejercito, incluso que deje de hacer sabotajes, así sin más. Lo que sí les podemos decir es que hay que negociar, hay que buscar la paz, porque el camino de la violencia no da más de sí en el Salvador.

Entonces, como ven, nuestro objetivo y nuestra lucha está en conseguir que termine la guerra y que termine la violencia estructural. Y, mientras tanto, conseguir que disminuya el daño que hace todo tipo de violencia dentro del país. Creemos que éste es un planteamiento mucho más pacifista que violentador.

3. NUESTROS MARTIRES SON LA SEMILLA DE LA ESPERANZA.

Con todo esto hemos podido ver cuál es el fondo en el que nos movemos. En El Salvador, en Centroamérica, sigue pasando lo mismo que ocurrió cuando la «conquista» hace cinco siglos. Unas potencias externas, aliadas con unos elementos internos, han ido configurando una civilización del capital y unas ideologizaciones que están ahí encubriendo lo que de verdad está pasando. En esa situación estamos.

Pero en esa situación en que estamos, también han ido surgiendo distintas formas de rebeldía, no puramente retóricas o políticas, sino reales, trabajosas, sufrientes, incluso martiriales, tanto en el seno de la iglesia como en determinados movimientos sociales e incluso políticos. Y esto hace que ahí, en esta rebeldía, haya una semilla de esperanza que dará algún fruto nuevo. Ciertamente que en El Salvador, dentro de esta situación que hemos estado viviendo, ha estado presente y sigue estando presente la semilla de la liberación, tanto entre las mayorías populares -que no han perdido la esperanza- como entre la iglesia.

Mantener viva esa semilla de la liberación ha sido algo que ha costado mucha sangre; son muchos los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que han muerto asesinados. Ellos son también el legado de una iglesia que, a lo largo de estos cinco siglos, no sólo dejó semillas malas en América Latina, sino también mucha lucha y mucha sangre fecunda a favor del pueblo sencillo. Ellos son, sencillamente, nuestros mártires.

En el marco de esta lucha esperanzada -y también martirial- por la liberación, quisiera traerles a la memoria el recuerdo de un caso excepcional como es el de Monseñor Romero. Recuerdo que él decía -resignado y esperanzado a la vez- cada vez que mataban a un sacerdote en El Salvador: «triste sería que cuando está muriendo tanta gente del pueblo, no matasen a ningún cura».

El hablaba -aunque no le dieron mucho tiempo para hablar porque lo mataron antes de tiempo- de que la opción preferencial a favor de las mayorías populares y de los pobres de la tierra, debía ser un elemento fundamental en la acción de la iglesia y en su predicación. Y si un hombre hubo últimamente que no tuvo miedo -como decía antes- de poner en juego la institucionalidad de la iglesia frente a la misión de la iglesia, éste fue Monseñor Romero. Naturalmente que todos los poderes de este mundo se le apartaron, le amenazaron y le atacaron hasta asesinarlo. Su sucesor, Msr. Rivera Damas, a juicio de los más radicales ya es un hombre bastante más moderado y no demasiado progresista, bien visto por la Santa Sede, etc. Yo no voy a entrar en estos juicios: es visible que Msr. Rivera nunca toma los tonos proféticos de Msr. Romero. Pero lo que yo quería señalar aquí es que este hombre que es ético, prudente y mesurado no ha sido elegido todavía ni una sola vez presidente de la Conferencia episcopal: fíjense como está nuestra iglesia ¡que tiene miedo hasta de Msr. Rivera!

De todos modos, yo quisiera ratificar lo siguiente. Toda esta sangre martirial derramada en El Salvador y en toda America Latina, lejos de mover al desánimo y a la desesperanza, infunden nuevo espíritu de lucha y nueva esperanza en nuestro pueblo. En este sentido si no somos un «nuevo mundo» ni un «nuevo continente», sí somos claramente y de una manera verificable -y no precisamente por la gente de fuera- un continente de esperanza, lo cual es un síntoma sumamente interesante de una futura novedad frente a otros continentes que no tienen esperanza y que lo único que realmente tienen es miedo.