SOBRE LA NECESIDAD DE DISIMULAR

LAS NUEVAS LEYES E INDICACIONES

PARA EL BUEN GOBIERNO DE LOS NATURALES

DE ESTA TIERRA Y CONVERSION DE ELLOS

Fray Martín de Calatayud

Muy alto y muy poderoso señor.

Desde Cartagena escribo a Vuestra Alteza mi determinación de venir a este Nuevo Reino con parecer del juez y gobernador que a estas partes Vuestra Alteza envió, a fin (de) que, entretanto que él acababa la residencia de Cartagena, hubiese en este Nuevo Reino quién hiciese espaldas en servicio de Su Majestad y no se le pasase a la vecindad alguno de los daños del Perú y desacatos que allí, en de servicio de Su Majestad pasan y también para este efecto juntamente envió el dicho juez a un caballero y deudo suyo, llamado Pedro de Ursúa, por su teniente y capitán general, para que así en este Nuevo Reino entretuviese los negocios y gente de él en toda paz y quietud, hasta que él viniese, como dicho tengo.

Y llegados, fuimos muy bien recibidos, yo para mi oficio pastoral y este caballero para el efecto a que venia. El cual se ha dado tan buena maña en el cargo que le fue encomendado, de la buena gobernación de los moradores de este Reino y buen tratamiento de los naturales de él, que con la instrucción que del juez de residencia y gobernador traía y su mucha prudencia y valor de persona, toda la tierra está en mucha paz y concordia.

Pero como (la) hallamos escandalizada y algo alterada, por lo que había oído de las nuevas leyes y ordenanzas de Su Majestad, que nos pareció estaba a dos dedos de resbalar en los inconvenientes que los del Perú han caído, nos pareció a este caballero y a mí cumplía al servicio de Su Majestad y de Vuestra Alteza, por el presente disimular con las dichas leyes y ordenanzas (en) cuanto a la publicación de ellas por vía de pregón.

Aunque cuanto al efecto este caballero hace guardar algunas de ellas, entreteniéndolos con alguna esperanza que les damos, que cuando el juez y gobernador que Vuestra Alteza ahora ha enviado venga, Su Majestad proveerá de alguna moderación y remedio, en especial cuanto a los repartimientos, porque en ninguna manera pueden sufrir con paciencia que los tales repartimientos vacaren y queden en cabeza de Su Majestad, y que se quiten a los que son o han sido tenientes de gobernadores, como ya por otra lo tengo escrito a Vuestra Alteza; y dan muchas razones para que, ejecutándose cuanto a esto las leyes, no podrán permanecer las Indias en obediencia y servicio de Su Majestad, cuanto a los naturales de ellas. Y en la verdad, a los que ahora nuevamente venimos, y en esto no nos corre pasión más de desear el servicio de Dios y de Su Majestad y que estos indios vengan en conocimiento de Dios, así nos parece, según lo que vemos por experiencia.

Porque estas Indias (en) cuanto a los naturales de ellas, no podrán sustentarse en obediencia de su Majestad sin que haya poblaciones de españoles y éstas no podrán durar ni permanecer sin que los moradores de ellas tengan cuenta con los indios por via de repartimiento, como ahora. Porque si saben los españoles que los repartimientos de indios no les han de durar más de por vida, no procurarán de casarse en las Indias, ni (de) perpetuarse en ellas; pues saben que después de muertos ellos, no queda a su sucesión en qué vivir.

Y así, mientras gozaren de los repartiemientos no procurarán el buen tratamiento de los indios encomendados, sino (el) aprovecharse de ellos por todas las vías que pudieren, y así aprovechados, dar consigo en España.

Y los que no tienen repartimientos, que viven en estas tierras y las ayudan a sustentar, viven en ellas con esperanza que se les podrán pagar sus trabajos con darles los repartimientos que vacaren; y viendo que éstos, después de vacos, han de quedar en cabeza de Su Majestad, no les resta otro remedio sino volverse a España; pues lo que dicen a éstos (que) se les dará para su honesto entretenimiento, no es bastante para detenerlos en las Indias con tantos trabajos y dejar su naturaleza.

Y así quedarán las Indias desamparadas, así de los unos españoles como de los otros por discursos del tiempo. Por manera que, quedando los indios solos o con tan pocos españoles que no puedan resistirles, no querrán los indios acudir con la debida obediencia y servicio que a Su Majestad se debe como de vasallos, pues las leyes dicen que lo son, pues ahora muy mal y de mala gana acuden con él.

Porque el servirse de los indios libres, de aquéllos que no pueden estar sin algún servicio, no se puede excusar, por no haber acá españoles de quién servirse, porque éstos puestos acá no quieren servir a nadie, aunque en España no hayan sido de otro oficio sino servir.

Luego el servicio no puede ser sino de indios; los cuales, aunque al principio vengan a servir contra su voluntad, después huelgan de ello viéndose mejor tratados de los españoles y con más descanso que entre sus naturales, entre los cuales viven como bestias; y con los españoles se les pega policía en su manera de vivir y se les enseña la doctrina cristiana, teniendo los prelados el cuidado de ello que deben.

Con la cual es excusado pensar aprovecharles, mientras viviere entre los acostumbrados ritos y supersticiones de sus naturales. Así que, servirse de los indios los españoles aunque al principio sea contra su voluntad, es tratar a su provecho los negocios de ellos, como de quien no sabe lo que le cumple.

Porque llevar indios cargados de camino, tampoco se puede excusar, a lo menos en este Nuevo Reino, so pena de ningún español salir de un pueblo a otro, porque como hay mucho despoblado y allí no haya ventas ni otros lugares donde se pueda tomar comida necesaria, luego es necesario llevarla, y está no puede llevarse en bestias porque no las hay, sino caballos, que valen a quinientos pesos, que pocos los alcanzan; luego indios han de llevar esta comida y otras cosas necesarias hasta que la tierra esté más poblada de cristianos y haya por los caminos ventas y lugares don de se halle lo necesario.

Entretanto, algún remedio podría ser que los que gobiernan estas tierras tuviesen cuenta con hacer guardar la moderación en los trabajos de los indios y la satisfacción de ellos.

Y pues el gobernador que a estas partes por Su Majestad y Vuestra Alteza ahora es venido, es persona tan sabia y cuerda y tan celosa del servicio de Dios y Su Majestad, como me consta por lo que en la gobernación de Cartagena le vi hacer a él, como a persona bastante, se le podría remitir la moderación de estas leyes en lo que viese cumplía al servicio de Dios y de Su Majestad y a la quietud y pacificación de los españoles que acá vienen y buen tratamiento y conservación de los indios y naturales de estas tierras, cuya gobernación es a su cargo; pues en todo tengo por cierto que hará su deber.

Esto me atrevo a escribir a Vuestra Alteza, pues me manda por sus cartas (que) le avise del estado de las cosas de esta provincia y lo que me pareciere. Vuestra Alteza debe mandar proveer para el bien de ella.

En cuanto a lo que toca a mi oficio, como Vuestra Alteza me mandó enviar las bulas de mi obispado con sus ejecutoriales y por ellas se me da bastante jurisdicción, así de parte de Su Santidad como de Su Majestad, mandando por las dichas ejecutoriales se obedezcan las dichas bulas, aún antes de ser consagrado, tomé luego posesión en Santa Marta del dicho obispado y proveí la iglesia de cura y vicario, como me pareció convenía, y puse mi pro la Vela, que se pasó al Río de la Hacha, para que de allí gobernase aquella parte de mi obispado, como lugar de mayor población; mientras yo proveía de remedio en este Nuevo Reino, a donde, así como protector de los indios como por pastor de todos, procurare, con el favor divino, hacer lo que debo.

Por otra carta avisé a Vuestra Alteza el provecho que yo sentía se podía hacer a los indios y naturales de este Reino, cuanto en venir en conocimiento de nuestra Santa Fe Católica, era juntar algunos niños de los caciques y principales y de otros con la voluntad de sus padres, en cada ciudad, y hacer de ellos una congregación o colegio, para que allí se les enseñase la doctrina cristiana;pues esto se les podía imprimir en la tierra edad antes que tuviesen noticia de los ritos y supersticiones de sus padres, y de aquí se podía sacar grande provecho, no solamente a los niños, que serían buenos cristianos, más de allí se podía derivar a sus padres nuestro cristianismo. Y para esto suplicaba a Vuestra Alteza mandase señalar algún repartimiento en cada ciudad, para que los niños y quien los tuviese a cargo fuesen mantenidos.

Lo cual los indios darían de buena gana, pues veían se empleaba en sus hijos y naturales. Ahora torno a suplicar lo mismo a Vuestra Alteza, y mientras (que) esto se provea, haré en esto según mis pobres fuerzas alcanzaren, procurando haber los más niños que pudiere, a los cuales servirá de colegio mi casa y yo de capellán para enseñarlos.

Y porque desde Cartagena escribí a Vuestra Alteza (*) lo que había yo hecho y ordenado en la pesquería de las perlas del Cabo de la Vela, conforme a la provisión y mandamiento que para ello de vuestra Alteza traía y le envié el proceso e información que sobre ello hice y lo que determiné y proveí, y cómo reservé para mí tratar la materia de la libertad o esclavonia y servidumbre de los indios de la dicha pesquería, hasta que por Vuestra Alteza me fuese enviada declaración del título que las leyes dicen, que muestre el señor del indio esclavo porque sea tenido por tal, que cosa que venía confusa no osé determinarme, pues era cosa tan importante, hasta que por Vuestra Alteza me viniese la dicha declaración.

Venida aquélla, si Vuestra Alteza fuere servido que yo entienda en ello, luego me partiré de aquí pues el camino por el río abajo no es (más) de veinte días hasta el Río de la Hacha.

A los curas de este Nuevo Reino se les solía dar cien mil maravedíes por respecto de la carestía de los vestidos y otras provisiones y mantenimientos que aquí hay, y con esto apenas se podrán sustentar. No dan ahora más de cincuenta mil maravedíes que no tienen para un vestido.

Suplico a Vuestra Alteza, pues la carestía siempre dura, si fuere de ello servido, mande se les den los cien mil maravedíes como solían, que como los diezmos siempre vayan creciendo, con poco que se dé del arca de Su Majestad se puede suplir hasta que los diezmos valgan.

Y porque estas ciudades del Nuevo Reino se van aumentando de cada día en los vecinos y moradores, para que con éstos se pueda bien cumplir en la administración de los sacramentos y el culto divino se haga decentemente, sería necesario haber en las tales iglesias más que un cura y sacristán. Suplico a Vuestra Alteza lo mande proveer como fuere servido.

Después de haber escrito a Vuestra Alteza desde Cartagena mi determinación de venir a este Nuevo Reino y el fin para que era de procurar tenerle en toda paz y quietud, y que no se les pegase de las enfermedades y daños del Perú por la mucha vecindad y aparejo que hay para ello, y esto entretanto que Vuestra Alteza me mandaba enviar el breve para que con un solo prelado me pudiese consagrar.

Y desde aquí luego hice saber a Vuestra Alteza mi llegada y cuán necesaria y conveniente fue para el dicho efecto. Y siempre este Nuevo Reino ha perseverado en todo sosiego, no habiendo los alborotos que en otras partes, sustentándole en esto la esperanza (de) que Su Majestad y Vuestra Alteza les harán en algunas cosas que desde aquí a Vuestra Alteza escribí

Y como para el buen gobierno de los naturales de esta tierra y conversión de ellos, que es lo que más Su Majestad y Vuestra Alteza nos encomiendan y mandan a los que venimos por su mandado a éstas partes, es necesario comenzar reformando las estragadas costumbres y descuidos de vida cristiana de los españoles que por acá están, porque más daño y estrago hace en el corazón del indio, para no creer las cosas de nuestra fe católica, la mala vida del cristiano, que provecho mi predicación.

Y a esta causa, usando de mi jurisdicción, puse mis cartas de edicto para corregir y castigar los pecados públicos, y como quiera que casi todos estén in eadem donatione y los unos callan los pecados de los otros, siempre ha redundado algún provecho. Y (he) querido en esto andar poco a poco con esta gente, porque como están algo vidriados y delicados con la ocasión que han tomado con las ordenanzas, hame parecido no apretarlos del todo por otra parte, para que no resurtiesen en alguna desverguenza que después fuese mala de remediar, quedando que Su Majestad y Vuestra Alteza hayan proveído del remedio que por bien tuvieren; y el juez de residencia sea venido y yo consagrado, se pondrá de todo el remedio convenible.

Y en este comedio, el virrey del Perú desde el principio de septiembre acá ha enviado por dos veces por socorros a este Nuevo Reino, porque Gonzalo Pizarro con pujanza de gente le hizo retraer hasta Popayán, cien leguas de aquí, a donde ahora está. Y la primera vez no se le envió socorro de gente, porque cada día esperábamos la venida del juez de residencia, con la cual mejor se podía hacer; pero esta segunda vez que volvió el que primero salió, con el cual me envió esta carta que a Vuestra Alteza envío con ésta, fue acordado se le enviase socorro de alguna gente de pie y de caballo, pues teníamos por muy cierto en ello se hacía servicio a Dios y a Su Majestad.

Y este mismo tiempo, la víspera de la Natividad, recibí unos despachos de Vuestra Alteza entre los cuales venía el breve para que con un solo prelado me pudiese consagrar; y como quiera que esperando yo este despacho tenía hecho un bergantín para irme en el río Grande abajo a consagrarme en la costa y hechos otros gastos a este propósito, me determiné mudar el parecer de este viaje e irme a consagrar al Perú (o) a Quito en compañía de esta gente del socorro, porque con esta mi ida se podían hacer muchos efectos en servicio de Dios y de Su Majestad y Vuestra Alteza, demás de efectuarse mi consagración, porque debe haber en este Reino mucho desorden cuando gente de guerra sale de él, sacando muchos indios cargados y maltratados en el camino, muriéndose muchos en él, y otros quedarse en otras gobernaciones, y por esto ha habido perdición de millares de ellos, y yendo yo como protector, moderar se ha el sacar de los indios y en el camino tener cuenta cómo sean bien tratados y aliviados en sus trabajos, así en la carga que llevaren como en su comida sean bien proveídos, y haré que este caballero, teniente del juez de residencia, que está aquí, me provea de algunos hombres de a caballo para que vuelvan con los indios que de este Reino salieren, desde Timaná, primer lugar de la gobernación de Benalcázar.

Y también podría ser que con el ayuda de Nuestro Señor yo llegase a coyuntura y sazón que impidiese muertes de hombres, dando algún concierto, o detuviese estos negocios del Perú en calma hasta que Su Majestad y Vuestra Alteza proveyesen lo que fuesen servidos. Y, finalmente, no podrá dejar de aprovechar, andando yo entre ellos, darles a entender como a cristianos y hombres de razón, el cual camino que llevan los del Perú, en haber resistido tan sin vergüenza a los ministros de Su Majestad, cosa en que es imposible ellos poder permanecer, y así, cuán bien les estaría dar un corte como no se persiguiesen los yerros comenzados, mas antes procurasen con nuevos servicios y, conociendo sus culpas, aplacar la ira de Su Majestad y Vuestra Alteza; que, según dicen los que de allá vienen, ha habido en esto mucha falta en los prelados del Perú, de no se haber ocupado en conveniente a ella.

Dios me dé gracia que en todo le sirva a Dios y a Vuestra Alteza contente, que éste es mi intento, para lo cual no rehusaré cualquier trabajo, pues a esto vine. De todo lo que allá sucediera yo haré entera y verdadera relación a Vuestra Alteza.

Recibí otras cartas de Vuestra Alteza, las cuales hablaban de ciertas provisiones que me mandaba enviar para el Cabo de la Vela y un jubileo; todo esto sacó de mi envoltorio el juez de residencia en Cartagena y lo envió a donde convenía.

Así me lo escribió. Recibí la provisión sobre ir o enviar los casados por sus mujeres cosa muy necesaria, con otra provisión que me dicen acá está para que se casen los que no lo están dentro de cierto término, para ataJar la soltura que la carne tiene en esta tierra, que no siendo otro remedio más conveniente que estar los hombres con sus mujeres que como no puede dejar de haber indias de servicio, es necesario haber quien los reprima de ellas, y esto son sus legítimas mujeres de ellos.

Recibí una cédula por la cual Vuestra Majestad me hace merced de cuatrocientos pesos de maravedíes aplicados a su cámara y fisco, teniendo respecto al naufragio que padecí.

Beso las manos de Vuestra Alteza por la merced, que aunque aquí no haya al punto de qué se cobrar, podía haberlo adelante, que todo será menester según lo mucho que en la mar perdí y el gasto que yo he hecho en la venida y estada de este Nuevo Reino,por el camino ser grande y trabajoso y las costas de esta tierra sin medida; porque todas las cosas valen a muy grandes precios, más que en el Perú tres doblado, por no poder entrar aquí las cosas necesarias de la costa sin muy grande riesgo y trabajo, que después de llegados trescientas leguas al desembarcadero del Reino río arriba, se paga por cada carga del indio, que es una arroba, de traer hasta el primero lugar del reino, que es Vélez, cuatro pesos, que tanto pagué por la ropa que aquí metí.

Y así, una vara de paño negro fino vale diez y seis, de ruán a peso y medio, y unos zapatos sencillos para un muchacho, un peso, y de hacer un jubón,dos pesos, y por aquí se podrá sacar lo demás. Y pues yo tengo que vivir lo más en este Nuevo Reino, por ser la mayor parte del obispado y de donde más necesidad hay de mi presencia y donde más fruto se espera, y demás de tener otra costa y gastos con mi provisor que tengo puesto en el Río de la Hacha y Santa Marta, a Vuestra Alteza suplico que tenga respecto a esto, pues le tiene en acrecentar a sus oficiales que aquí están, tres tanto que solían tener, porque de cien mil maravedíes que tenían de partido, se les ha subido a cuatrocientas mil, pues yo no tengo más granjerías que ellos para sustentar mi casa, mas mucha más costa, por tener mas gente y obligación de recibir a los que a ella vinieren. Y por esta misma causa en otras cartas he suplicado a Vuestra Alteza manda se acrecentara los curas de esta tierra hasta tener cien mil maravedíes, que no les dan más de cincuenta.

Y también, que enviase Vuestra Alteza a mandar que en cada ciudad hubiese dos curas, porque de no haber más que uno se siguen muchos inconvenientes y faltas en las cosas necesarias, porque no pueden ser bien proveídos en el culto divino y administración de los sacramentos los cristianos, así porque son muchos y siempre se van aumentando, como porque teniendo algún impedimento el cura, no hay otro que supla esta armonía y orden eclesiástico del culto y oficio divino.

Y como una ciudad está muy apartada de otra, para llegarse el sacerdote con la pureza y limpieza que conviene a celebrar, se halla aquel aparejo de otro sacerdote que era menester. Y como quiera que para reconciliar con Dios, después de la ofensa, baste el interior arrepentimiento, no teniendo copia de confesor; pero la probación que dice el apóstol que cada uno haga de si para llegar dignamente a tan alto misterio hácese mejor por la confesión, de la cual queda más verdadero y cierto propósito de no pecar y darse mejor remedio para lo por venir, confesar las culpas le reprime en alguna manera y le es freno para no cometerlas; porque de dilatar la confesión, acostúmbranse a pecados, haciendo mochila de ellos, y de la costumbre y continuación nace el mismo pecado y tener en poco el pecar, y así hacen anchas sus conciencias y no podrán sino hacer a su molde las otras y no las angostar con la debida reprensión, finalmente reprímense las culpas ajenas con la censura del sacerdote en las suyas propias. Y por eso es muy bien que Vuestra Alteza mande que no pasen acá sacerdotes sino muy examinados en vida y ejemplo.

Cuanto a lo que toca a la protecturía, Vuestra Alteza me haría señalada merced que me eximiese de ella, y del todo la encomendase al que tiene cargo de la gobernación de esta tierra o mandase enviar muy declarado en qué puedo entender tocante al buen tratamiento y conservación de los naturales, en que el gobernador no me pueda ir a la mano, ni dar entendimientos a mi protectoría.

Porque este otro día, queriendo ir cierta gente a una entrada y descubrimiento, en los cuales suele haber mucho desorden en el llevar de los indios cargados y sacarlos fuera de su natural, queriendo yo proveer en esto hice pregonar que ninguno sacase indio ni india del Reino, ni llevarle a entrada ni descubrimiento, sin presentarle ante mí y mi licencia. Mandó luego pregonar el que tiene la gobernación, que a él se había de pedir esta licencia y él la había de dar y no yo, y que no se hiciese de otra manera; y aunque yo hice mis requerimientos, hízose como lo quiso. Y así es esto ocasión que nos atropellemos e impidamos en lo que toca al buen tratamiento y conservación de los naturales.

Para irme a consagrar, pedí mi salario a los oficiales de donde me lo mandaba, pues yo no tenía otra hacienda para Vuestra Alteza, mostrando las cartas de Vuestra Alteza por poder hacer la jornada sino los gajes de Vuestra Alteza.

Respondiéronme que la cédula, por donde Vuestra Alteza me mandaba dar mi salario, den hasta quinientos mil maravedíes, residiendo en el obispado, y no de otra manera; y porque no puedo irme a consagrar sin salir del obispado, dicen que tienen escrúpulo de me lo dar y así no me dieron sino dos meses adelantados, y esto con fianzas que di, y yo tengo que estar a lo menos ocho meses.

A Vuestra Alteza suplico, pues en me ir a consagrar hago lo que Vuestra Alteza me manda y resta para hacer mi oficio, que mande sacar de escrúpulo a los oficiales y que tengan por servido todo el tiempo que yo gastare en mi consagración. Y porque en otras cartas he hecho saber a Vuestra Alteza lo que por acá me parecía se debía proveer, no torno aquí a repetirlo.

Nuestro Señor la muy alta y poderosa persona de Vuestra Alteza guarde y conserve por muchos años, como sus reinos y señoríos tienen necesidad.

De esta ciudad de Santafé, del Nuevo Reino de Granada de las Indias, a 5 de febrero de 1546.

De Vuestra Alteza capellán y siervo,

Fray Martín de Calatayud.