El artículo ha sido publicado en     "Apuntes para Peregrinos", del CIPFE, 1997. Si se desea obtener el artículo con notas solicitarlo al autor:

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Babilonia

la ciudad corrupta

(estudio de teología bíblica basado en Apocalipsis 17 y 18)

PRIMERA PARTE

Hno. Claudio C. Bedriñán, ofm.cap.

Montevideo 1997

INTRODUCCIÓN

Para comprender cualquier obra escrita se requiere una serie de operaciones previas que no siempre resulta fácil discernir. Por eso se impone una explicitación. Damos a continuación una descripción del método de interpretación que emplearemos en el presente trabajo.

El Apocalipsis es una obra compleja, si las hay, en el N.T. Sin entrar ahora a definir su género literario digamos simplemente que es una carta pastoral dirigida a la Iglesia por parte de un autor con sensibilidad profética, que puede ser definido como el heredero más grande de los profetas de Israel. Se le llama justamente «apocalipsis», por su relación evidente con el género apocalíptico, pero con simbolismo múltiple. En él se encuentra como condensada una buena parte de la Biblia. Un escrito de fuerte color litúrgico. La obra personal de un místico vidente elevado a las más altas revelaciones.

Teniendo en cuenta estos elementos nos podemos preguntar cómo debemos interpretar esta obra gigantesca. La variedad misma de los sistemas propuestos a lo largo de los siglos muestra con evidencia que la tarea está lejos de ser fácil. Contrariamente a lo que se puede pensar, la principal dificultad no es el desciframiento del simbolismo, que, por otra parte, no carece de dificultades. ¿Qué significa, por ejemplo, la cifra de la bestia? ¿Qué representa exactamente el milenio? Son problemas todavía muy discutidos y la lista podría alargarse fácilmente. Sin embargo, gracias al A.T. y a la tradición apocalíptica poseemos claves para interpretar muchas figuraciones.

De hecho, el Apocalipsis se articula en diferentes planos: el histórico, el profético y el escatológico. Y es precisamente aquí donde se encuentra la principal dificultad de interpretación: establecer exactamente las proporciones y las relaciones entre los diferentes planos.

Siendo una carta pastoral, mira a una situación histórica concreta y a ella se refiere constantemente. Siendo una profecía y al mismo tiempo un apocalipsis, descubre el porvenir y los secretos del mundo futuro. Esto ha dado origen a diversos sistemas de interpretación, según el acento que se ponga en cada una de estas componentes.

Abordaremos nuestro texto del Apocalipsis en cuanto tal con los métodos histórico-críticos. Y nos moveremos fuera del texto con un sistema de interpretación al que podemos llamar histórico-litúrgico ya que éste, guiado por las indicaciones provenientes del texto, privilegia la liturgia cristiana como «lugar» de interpretación del Apocalipsis, en una interacción entre «lector» y «grupo de escucha» como sujeto interpretante. De esta manera evitaremos lo que podría ser una interpretación arbitraria de un lector común.

La mediación hermenéutica, que hace inteligible el texto para nuestro presente, permitirá que el mensaje teológico del libro pueda ser comprendido y asimilado por la comunidad eclesial en oración. La interpretación del Apocalipsis pasa a través de la comprensión de varias fases: el aspecto literario, el simbolismo y la actualización.

Para estudiar el aspecto literario del texto tendremos metodológicamente en cuenta la crítica textual, los elementos gramaticales y lingüísticos considerados en el contexto de su estructura global. El simbolismo del Apocalipsis, distanciándose de la realidad, se constituye como una estructura en sí. Este simbolismo es una construcción hecha por el autor abstrayéndose de la historia para interpretarla. La actualización se obtendrá por un proceso inverso en el cual se concretizará el contenido del simbolismo en la vida concreta de la comunidad cristiana.

Según este sistema de interpretación la asamblea litúrgica es llamada, en la primera parte del libro (1,4–3,22), a una purificación y tonificación en el interior de sí misma, en contacto con Cristo resucitado, conmemorado con particular atención e intensidad justamente el día del Señor. Tal purificación comporta en la asamblea la aceptación de los «imperativos» de Cristo resucitado, que la transforma habilitándola para interpretar adecuadamente el mensaje que el Espíritu le dirige, y de este modo poder «vivir» superando, junto a Cristo, la presión de las fuerzas hostiles que le causan engaño y daño en su historia.

La actividad específica de discernimiento se desarrollará en la segunda parte –mucho más extensa– del libro (4,1–22,5). Esta es una lectura cristiana de la historia, en la que Juan retorna como protagonista directo de la narración. Es la voz de Cristo, la misma que fue escuchada anteriormente –se subraya (cf. 4,1)– y que ahora invita a Juan a subir al cielo para poder considerar, desde el punto de vista de la trascendencia divina «los hechos que deben suceder» (4,1). No se trata de ver con anticipación en la línea de la crónica de los hechos, sino de interpretar, a la luz de la trascendencia, lo que va a suceder. Un hilo liga en profundidad la obra con la lógica del plano de Dios, en razón del cual los hechos «deben» suceder. Hay un proyecto divino (cf. 10,7) que se actúa progresivamente en la historia y que se revela a «sus siervos los profetas» (10,7b). Juan, cualificado como siervo (cf. 1,1) y en contacto con el Espíritu (cf. 19,10b), podrá acoger la revelación de parte de Dios y expresarla a los demás.

Intentaremos valorar el proceso de simbolización que hace el autor del Apocalipsis con el análisis de uno de sus textos. El autor nos describe un cuadro simbólico impresionante de la denominada «ciudad de Babilonia». El análisis más detallado que realizaremos estará reservado a todo el capítulo 18 de la obra apocalíptica. Sin embargo, se hace también necesario considerar el capítulo 17 ya que forma una unidad con el capítulo que le sigue anunciando la acción que se narrará. Este análisis estará precedido por el estudio de un versículo (Ap 14,8) que hace las veces de preludio al juicio de Babilonia. Es decir, que en este trabajo introduciremos el análisis de los capítulos 17 y 18 del Apocalipsis, como lo hace el mismo autor del libro, con un primer anuncio de la caída de Babilonia en 14,8 (cf. también 16,9b). La alusión a Babilonia es más bien genérica, pero ya deja entrever todo un esquema teológico madurado en el A.T. acerca de la ciudad pagana símbolo de la anti-Jerusalén.

Dicho brevemente, este esquema elaborado por el visionario de Patmos se puede presentar del siguiente modo: se inicia con una exposición detallada del simbolismo de la ciudad de Babilonia recibiendo el apelativo de gran prostituta (17,3b-6). Le sigue una aplicación concreta hecha por el ángel intérprete (17,7-18). En el gran lamento de 18,1-24, se desarrolla ulteriormente el simbolismo ya encontrado en 17,3b-6: las varias escenas que se suceden subrayan las características emblemáticas de Babilonia. Éstas son: la autosuficiencia cerrada en el horizonte terreno (18,7); la avidez que no duda en sacrificar la vida humana (17,12-13); el lujo ostentoso y ofensivo (18,16); todo un aparato comercial y consumístico de la vida diaria (18,19b). De todo el conjunto emerge un cuadro teológico de sumo interés para nuestro tema de la corrupción a nivel socio-político. Este esquema teológico, construido por nuestro autor, tiene las características de una sociedad pagana organizada como tal en todos los niveles de la vida. Además, la relación que se verifica entre el estado que se hace adorar y la ciudad secularizada (cf. 17,3.7: la Bestia sostiene a la prostituta) constituye una indicación de teología política.

 

La hora del juicio a Babilonia

El preludio del juicio a la ciudad de Babilonia acentúa la certeza de la realización de tal evento. Veremos el contexto de Ap 14,8, su exégesis detallada, y hacia el final, introduciremos el tema de la identidad de esta ciudad.

 

1. Anticipo del juicio a Babilonia (Ap 14,8)

Nuestro versículo se encuentra incluido en la perícopa 14,6-13, que en línea general se puede decir que se refiere al anuncio del juicio de Babilonia. Esta perícopa, a la vez, pertenece a la cuarta sección del libro del Apocalipsis (11,15–16,16) dada en llamar «sección de los tres signos»: ellos son: la Mujer, el Dragón y los 7 Ángeles con las copas, que nos presentan la lucha entre el bien y el mal en su dramático desarrollo, hasta su punto culminante, el «gran día» de 16,16. Se trata de una sección particular ya que no se estructura a base de un septenario y presenta una fisonomía propia acerca de la que hicimos referencia en el capítulo anterior. En el capítulo 14, se interrumpe el hilo conductor que en forma antitética nos presentaba la «mujer» y el «dragón». Este capítulo comienza con la descripción del Cordero que se encuentra situado sobre el monte Sión, pero esta escena no presenta ningún nexo importante con lo que le antecede. Razón por la que, para muchos autores, este capítulo constituye un cuerpo extraño en el conjunto del libro. Sin embargo, deteniéndonos en los aspectos literarios de la perícopa que nos interesa se puede precisar:

Los contactos literarios con lo que precede son claros (...) en 14,6-13. El desarrollo dentro de la perícopa está articulado sobre tres ángeles que se subsiguen: se pone de relieve su concatenación («otro ángel»: 14,6; «otro ángel un segundo»: 14,8; «otro ángel un tercero»: 14,9) desde el versículo 6 al versículo 9. Siguen después reflexiones del autor (14,12) y una revelación aislada, que no ha dejado de suscitar dificultades. El «otro ángel» de 14,6 se remonta espontáneamente al otro «ángel» del que se habló antes, en singular, es decir el «séptimo ángel» de 11,15. Encontramos luego, siempre en el ámbito del texto 14,6-13, «acepta la marca sobre su frente o sobre su mano»: 14,9b) que nos conduce a la misma expresión de 13,16b.

Nuestra perícopa está bien delimitada por la frase «y vi» con que comienza el v. 6 que, a su vez, es la misma con que continúa la perícopa siguiente en el v. 14. Por otra parte, notamos un paralelismo entre 14,6-12 y 14,14-20, basado en una multiplicidad de correspondencias entre las que resaltan: «otro» (14,6.8.9) con «otro» (14,15.17.18); sobre todo porque en la serie 14,6-12 a «otro» le sigue en dos casos (14,8.9) el número ordinal progresivo. Es decir, que los tres ángeles están bien presentes en la mente del autor del Apocalipsis. Continuando con el paralelismo:

En el primer texto de las dos series existe el fuerte contacto literario: «ha llegado la hora» (14,7 y 14,15). En el segundo y tercer texto de las dos series aparecen puntos de contacto pero más variados: «impudicia, ánimo enardecido» dicho, con un cierto esfuerzo gramatical, de Babilonia (14,8), se lo retoma y dicho más propiamente de Dios «cólera» (14,19). Existe después la contraposición genérica entre «vino» por una parte y el «llegar a ser vino» por otra (14,8 y 14,20). «Babilonia» (14,8) es retomada genéricamente por «ciudad» (14,20): este último termino, sin la contraposición de los dos cuadros, sería incomprensible: ¿de qué «ciudad» se trataría? Incluso la abundancia en extensión de la sangre vertida, expresada por el vino, propia de la segunda serie (14,20), alude probablemente a la universalidad extensiva de «todas las gentes» (14,8) de la primera.

No todos los puntos de contacto entre estas dos series tienen, en cuanto a su claridad, el mismo peso; pero se puede afirmar que, en el conjunto, la correspondencia existe. Se trata de un paralelismo literario sin un continuado desarrollo narrativo, más bien, son motivos literarios idénticos, pero como en compartimentos estancos en ambas series y cada serie sigue su ritmo propio.

La relación más importante que posee esta perícopa, y más precisamente nuestro versículo, se verifica más bien con la sección conclusiva del libro (16,17–22,5). Notemos la exclamación del primer ángel en el v. 7: «porque vino la hora de su juicio». Aunque la hora del juicio ya llegó, ésta será descrita totalmente luego en Ap 17 y 18. En este sentido, afirma Dyer:

El contexto más amplio, de hecho, comienza en 14,8, en el cual un ángel volando en el cielo predice proclamando, «Cayó, cayó Babilonia la grande, ella que con el vino de su impudicia dio a beber a todas las gentes». Varias de las frases usadas aquí serán luego repetidas en Apocalipsis 17 y 18. El título «Babilonia la grande» se usa en los tres capítulos; y el anuncio «Cayó, cayó Babilonia la grande» se repite en 18,2. La referencia a las naciones que han sido emborrachadas con el vino de su fornicación (14,8) se encuentra también en 17,2 y 18,3. El anuncio se cumple en los capítulos 17 y 18, y por lo tanto existe una sola Babilonia en vista en 14,8.

 

2. Un segundo ángel anticipa la caída: análisis de Ap 14,8

Veamos el texto de nuestro versículo organizado esquemáticamente para hacer resaltar sus elementos literarios:

14,7: porque ha llegado la hora de su juicio...

14,8: Y otro ángel, un segundo

le siguió diciendo:

«Cayó, cayó

Babilonia la grande

la que con el vino

del furor

de su impudicia

dio a beber a todas las naciones».

El versículo en cuestión (14,8) es introducido por la frase «y otro ángel, un segundo». Un segundo ángel precisa lo que ya había dicho el primero. No se dice que este ángel vuele en lo alto del cielo, pero cabe imaginarlo, puesto que, se especifica que sigue (h)kolou/qhsen) al primero. Como nos lo indica el simbolismo del ángel, estamos en el ámbito de la trascendencia, pero siempre en relación con la historia de los hombres. El ángel es portador de un mensaje divino destinado a estos hombres. La asamblea que escucha el anuncio piensa que este ángel anunciará un mensaje duradero («evangelio eterno») como el anterior (14,6). Sin embargo, será todo lo opuesto, se trata de la proclamación de la realidad efímera y caduca de Babilonia.

El ángel predecesor anunciaba la actualidad del juicio. Ahora el juicio sobre la ciudad de Babilonia se describe prolépticamente como ya realizado: «cayó, cayó Babilonia, la grande». Se acentúa el hecho, mediante la repetición del verbo, de la caída de Babilonia en la perspectiva de una conclusión definitiva del sistema terreno simbolizado en esta ciudad y del que se irá precisando cada vez más el alcance en los capítulos sucesivos. Por lo que respecta al uso del aoristo en este versículo y al modelo veterotestamentario inspirador de Is 21,9, que Juan retoma directamente del texto hebreo, nos remitimos al comentario que más adelante hacemos de Ap 18,2. Aquí sólo transcribimos la opinión de Prigent al respecto: «lejos de presentar una progresión cronológica de los acontecimientos futuros, nuestro autor clarifica situaciones y problemas diversos con la única luz de su certeza cristiana. Así puede decir que el juicio está ya realizado, a propósito del testimonio cristiano que lo actualiza (Ap 11), o por el llamado a la conversión de los paganos que se hace urgente (Ap 14), o por la comunión con Cristo como vida más allá del juicio (Ap 20)».

La identidad de esta ciudad no se explicita, razón por la cual muchos autores piensan que se trata de una identificación demasiado conocida para el grupo de oyentes. La identificación más verosímil hace pensar en la ciudad de Roma capital del imperio y culpable de haber destruido el Templo de Jerusalén, morada del Dios vivo (cf. 1Pe 5,13: «Los saluda la que está en Babilonia, a la que Dios ha elegido lo mismo que a la de ustedes...». Esta identificación es clarísima en el libro apócrifo judío 2Baruc 11,1s y 67,7 cuando se lamenta la caída de Jerusalén en manos de las fuerzas romanas en el año 70. En este lugar, la identificación con Roma cae por su propio peso. Sin embargo –tendremos oportunidad de volver sobre el argumento más adelante–, dada la construcción minuciosamente pensada que hace el autor del Apocalipsis acerca de la organización de esta ciudad que denomina «la grande Babilonia» (cf. Dn 4,27[tm]: )ft:Bar lebfB y 4,30[lxx]: BabulwÜÜn h( mega/lh), nos inclinamos a pensar que se trata de un símbolo. Un símbolo que representa un sistema terreno bien armado, opuesto a la voluntad de Dios, anunciado por los profetas del A.T. y que encuentra su concretización en todos los tiempos.

Esta imagen del v. 8 «con el vino del furor de su impudicia», que encontraremos también en 18,3, relaciona la imagen de 17,2 «con el vino de su impudicia» acerca del vino de las prostituciones con la imagen «del vino de la ira de Dios» de 16,19 y 14,10. Por lo tanto, cuando en el capítulo 17 se dirá que Babilonia se ha emborrachado con el vino de sus prostituciones, la asamblea cristiana que escucha y actualiza el mensaje probablemente entiende dos cosas. Por un lado, según la interpretación tradicional, verá en la prostitución una alusión a la corrupción como consecuencia de la idolatría (cf. 18,23); y por otro lado, se le representará, en el vino de Babilonia, la ciudad de Roma como conquistadora de la tierra. En consecuencia, las victorias militares de Roma son vistas como parte del plan de Dios (cf. Jr 51,7-8). No obstante, Roma será castigada por la sangre inocente que derramará (18,24).

La imagen del beber de la ira de Dios también la encontramos en el Apocalipsis siríaco de Baruc 13,8, (verosímilmente contemporáneo al Apocalipsis de Juan [95-120 d.C.]) en el oráculo del Señor contra las ciudades prósperas:

Y si alguna vez esas villas prósperas preguntan porqué el Dios todopoderoso nos infligió tal castigo, diles, tú y tus semejantes, quienes han asistido a esta catástrofe y al castigo que se abatió sobre vosotros y sobre vuestro pueblo al tiempo fijado, (diles) que los pueblos serán punidos con rigor. Y ellos persistieron (en el mal). Si entonces ellos dicen: «¿cuándo sucederá eso?» tú les responderás: «Vosotros habéis bebido el vino filtrado, bebed también las heces. Porque tal es el juicio del Altísimo que no hace acepción de personas».

Son muchos los testimonios que hablan de Babilonia como nombre simbólico de Roma. En el libro de los Oráculos Sibilinos V,143, Roma es denominada Babilonia en un contexto donde se hace mención del retorno de Nerón, ya que a un monarca misterioso, rey de Babilonia se lo describe con las características que llevan a identificarlo con este legendario emperador romano.

Otro texto que nos habla de la identificación entre Roma y Babilonia lo encontramos en el Apocalipsis siríaco de Baruc 11,1, en un oráculo contra las ciudades prósperas, razón por la cual, además, hay que excluir una identificación con Jerusalén que, a la sazón, estaba en ruinas: «Pero así me expresaré, yo, Baruc, contra ti, Babilonia: / Habiendo sido próspera y Sión habitaba en su gloria, / Grande será nuestro dolor por (ver) te igual a Sión».

Es, por tanto, muy probable que el simbolismo les resultase sumamente evidente a los primeros destinatarios del Apocalipsis. Tertuliano invoca Ap 14,8 como una prueba de que los autores bíblicos frecuentemente usan nombres propios con un sentido figurado. Es preciso, por lo tanto, que esta semejanza se apoye sobre una base común: tanto Babilonia como Roma fueron feroces capitales imperiales y ambas fueron perseguidoras de los santos de Dios.

El versículo termina con la frase «ha embriagado a toda la gente». La «embriaguez» provocada por Babilonia en todo el mundo, en última instancia, es instrumento en manos de Dios, de su cólera. Los efectos negativos causados por el sistema terreno que Babilonia representa tienen un alcance universal, como universal es la influencia del poder imperial. Pero, por más fuerte que pueda parecer, este poder se ubica siempre bajo el control omnipotente de Dios.