VI. Conclusión

 

La llamada de Jesús ni obliga ni condiciona a nadie. Ella da al hombre tanto la libertad como la capacidad de seguirla. Tiene un tono que contiene ambas cosas a la vez ya que en ella habla alguien que hace capaz de tomar la mejor decisión posible, y a la vez, da el mejor contenido posible a la vida. La respuesta no se produce después de un largo proceso de reflexión sino que las dos cosas - llamada y respuesta - se incluyen mutuamente.

La llamada es pura misericordia para con los pecadores que son capaces de reconocerla como la del Médico que sana. Los que creen tener buena salud, sienten que no tienen necesidad del Médico, y por eso se vuelven incapaces de escuchar la llamada del que sana y salva.

Mateo, que se reconocía como pecador, y que sabía "que estaba mal", reconoce esta llamada y la percibe como la llamada de la misericordia. Los otros pecadores también reconocieron su necesidad de la misericordia de Jesús y por ello se han acercado. La comunidad de mesa con todos ellos es expresión de la misericordia salvífica de Dios, que se explicita en Jesús como Médico y que se convertirá cada vez más en esa comida en la que Jesús se da a sí mismo como medicina suprema, como medio de salvación por excelencia.

Las palabras de Jesús son revelación del Padre para sus discípulos. Mt 11,28-30 muy probablemente perteneció al tesoro de la comunidad, ya que se encuentra también en el evangelio de Tomás (logion 90). Nuestro evangelista lo ha colocado luego del himno de júbilo de Jesús para darle a este himno una interpretación de acuerdo a la teología del capítulo. De este modo 11,28-30 es un comentario redaccional por el cual se declara a los discípulos como los auténticos depositarios de la revelación de Jesús.[1]

La esencia del discipulado mateano radica entonces, en la obediencia a la voluntad del Padre en la interpretación liberadora de la ley que ha realizado Jesús y que sus discípulos históricos han sabido acoger.[2] Del mismo modo que Jesús fue el mediador de la revelación del Padre, los discípulos históricos se han convertido en los mediadores de dicha revelación para los creyentes de la comunidad.

La aceptación de la llamada se continúa, por lo tanto, en el seguimiento de Jesús, como en los otros sinópticos, pero este seguimiento es caracterizado en nuestro evangelio como la obediencia total a la enseñanza del Jesús histórico tal como ella ha sido transmitida a sus discípulos históricos y que Mateo ha sabido consignar en su obra. El evangelio es en definitiva el depósito de la revelación que el Padre había entregado a Jesús.

Esta obediencia inteligente a su enseñanza es el modo concreto por el cual se camina hacia la perfección del Padre (5,48), quien al igual que su Hijo en el banquete (9,10-13), manifiesta su misericordia con absoluta libertad (5,45).

El relato de la llamada es para el lector una invitación a confiarse en Jesús dejando de lado otras seguridades. En su brevedad y concretez más que presentarnos el proceso histórico de una persona que llega a decidirse por Jesús, y sin suponer la ausencia de un tal hecho histórico en su base, el relato se interesa fundamentalmente por presentar en una escena simbólica que sea fácil de recordar, la imagen del discípulo ideal de Jesús. Un discípulo que ha abandonado la seguridad que le daba su trabajo, su casa y su familia, para seguir a Jesús en su propuesta de una justicia superior y confiar en que el Padre le dará lo necesario para la jornada (6,33). Por todo ello los relatos vocacionales juegan un rol parenético para los lectores del evangelio, ya que por medio de ellos son invitados los lectores a hacer otro tanto desde su situación concreta. Se trata de una lección acerca de la fe y del renunciamiento que deben estar a la base de toda vocación cristiana.

El discipulado es el lugar adecuado para aprender a vivir aquella "justicia superior" que permite al discípulo entrar al reino de los cielos (5,20), ya que por medio de dicha experiencia el discípulo acepta las diferencias que tiene con los demás en la experiencia común de haber sido llamado misericordiosamente por Jesús. La misericordia que como personas y como grupo experimentan de Jesús, los invita a reconciliarse mutuamente. Ello lo notamos si tenemos en cuenta las diferencias culturales y religiosas que existían entre los distintos discípulos que ha llamado Jesús. Entre un Pedro pescador y un Mateo cobrador de tasas y un Pablo fariseo por ejemplo. El haber experimentado en sí mismos el perdón de Jesús, los llevaba a no juzgarse los unos a los otros. Este es otro modo mediante el cual nuestro evangelista ha unido su cristología con su eclesiología. A Jesús se lo encuentra y conoce en el seguimiento, el cual se realiza en su Iglesia.[3]

En las obras misericordiosas de Jesús se invita incluso a reconocer que el derecho del Padre fue llevado a la victoria y que resplandece como la luz (Os 6,5; Mt 12,20). En efecto, en las dos citaciones del Antiguo Testamento que Mateo ha introducido - traduciéndolas de acuerdo a sus propias finalidades teológicas tanto en 8,17 (Is 53,4) como en 12,18-21 (Is 42,1-4) - notamos que Jesús es presentado como alguien revestido de poder.[4]

Dicho poder se manifiesta en las obras realizadas en obediencia al Padre bajo la imagen del siervo sufriente de Yahveh. Así como por medio de la imagen del siervo en 8,17 se había resaltado su poder para rescatar al hombre de las enfermedades que lo oprimen o lo llevan a vivir marginado de Dios y de su pueblo; por medio de la misma imagen del siervo en 12,18-20, se resalta que en el actuar misericordioso de Jesús se ha establecico triunfalmente la justicia (e[wj a'n evkba,lh| eivj ni/koj th.n kri,sin 12,20).[5]

Este poder de Jesús no es ejercido como un poder al servicio del dominio por la opresión de los demás como los grandes de este mundo (20,25), ni es como el de Herodes un poder utilizado para salvaguarda de su propio orgullo (14,6-12). No, el de Jesús es un poder que le permite sentir compasión para con el más pequeño y cambiar sus planes poniéndose al servicio de los que lo necesitan (14,14). Un poder ejercido por alguien que es humilde de corazón (11,29) y con una mansedumbre perseverante (11,28; 12,19-20). Un poder puesto al servicio del reino de los cielos que vino a anunciar.

Con este modo suyo de obrar Jesús ha manifestado la misericordia del Padre para con los que sufren (9,27; 15,22; 17,15 20,30s) y para los que están fatigados y sobrecargados (11,28). Así, con mansedumbre y en aparente debilidad (21,5; 11,29; cf. 8,17; 12,18-21) toma partido por los pequeños y enseña a sus discípulos que ellos deben hacer otro tanto (18,5-14). En definitiva, es un poder que se ha hecho pequeño (1,21.23) e invita a los demás a que también lo sean (18,1-4).

También por medio de sus palabras Jesús manifiesta la misericordia del Padre, ya que al interpretar la ley según la verdadera voluntad de Dios (9,9-13; 9,14-15; 12,1-8; 15,1-20) la vuelve para los que acogen su enseñanza un yugo suave y una carga ligera. De modo que si se disponen con mansedumbre y humildad de corazón a recibir sus palabras y ponerlas por obra (11,30; 7,21-27) les procurará la salvación de modo suave y ligero. En efecto, ellas liberan al que las acoge de la interpretación farisaica que por no alcanzar a descubrir lo esencial (23,23-24) pone al hombre en un estado de fatiga y sobrexigencia (11,28), dejándolo solo en su desgracia (23,4).[6]

Todos estamos invitados a realizar el proceso de aprendizaje de la misericordia de Dios que se nos ofrece en la vida y palabras del Jesús histórico, tal y como ha sido transmitida a sus discípulos. A todos se invita a acercarse para recibir el descanso.

Tristemente, los fariseos han mostrado con su insistencia en el juzgar a los demás que no alcanzaron a comprender que las palabras y obras de Jesús eran el reflejo de la voluntad y misericordia de Dios (7,1-5; 12,7) y por ello son llamados ciegos (23,23-24). Es evidente que la proclamación del reino que Jesús realizaba implicaba el fin de aquel otro reino basado en el legalismo y en la hipocresía que los fariseos y los otros grupos de poder habían levantado. El peligro de la falta de humildad y mansedumbre de corazón se manifiesta en ellos como un peligro real para todo hombre, incluso para aquél que se dice y se cree religioso.

La oposición entre los fariseos y Jesús se encuentra, en última instancia, entre dos imágenes distintas de Dios. De un lado los fariseos presentan un Dios que se muestra incapaz de compadecerse. Juan dirá de ellos que tienen al diablo por padre (Jn 8,44), el cual como homicida desde el principio, quiere la muerte de Jesús (Mt 12,14). Su actividad maligna se ha demostrado desde el prinipio y logrará asociar a muchos en su deseo de muerte (3,7; 27,20-25).

Jesús, como verdadero Hijo de Dios, nos presenta en sus palabras y obras, la misericordia del Padre. El ha revelado la divinidad y perfección de Dios bajo el aspecto de la misericordia, e invita a los que lo siguen a recibir su misericordia y aceptar su modo de obrar (11,26-30) para luego poder obrar de la misma manera con los demás (5,48).[7] Los discípulos van realizando un lento proceso de aprendizaje, que no supone la ausencia de las crisis (8,26; 14,31; 16,8; 17,20; 28,17), aunque sin llegar por ellas a abandonar a su Maestro.

Las categorías de la fe y de la duda describen en nuestro evangelio la existencia cristiana dentro de la realidad presente. Son expresión de su grandeza y de su miseria en un momento en que nos encontramos contínuamente bajo la acción del tentador, el cual arrebata el reino a todos aquellos que no lo alcanzan a comprender (13,19).

La persistencia de la duda aún en los momentos de adoración (28,17) es la figura de la Iglesia que al ser embestida por las olas cree que su Señor (8,25) está dormido. Sin embargo, la pequeñez de la fe (ovligopisti,a) o la duda (dista,zw) no causan necesariamente el abandono del Señor ya que el discípulo aún dudando lo puede seguir.

Un dato importante es que la duda presente en el mandato final del evangelio en 28,17 no queda solucionada en el relato. Es como si se preocupase por dejar latentes tanto el acto de fe como el de la duda. Simplemente se manda a los discípulos que aprendan a convivir con estas dos realidades que se encuentran conjuntamente. Lo podrán hacer en la medida en que reconozcan la presencia permanente del Señor junto a ellos (28,20b; 1,22-23; 18,20). Dicha presencia la reconcerán a su vez en la medida en que obedezcan a sus mandamientos. La duda se resuelve en la experiencia de la presencia del Señor que se tiene al compartir su misión.[8]

En la medida en que siguen a Jesús los discípulos se van haciendo capaces de comprender y de vivir su enseñanza, y a su vez de llevar a cabo su mandato misional: poreuqe,ntej ou=n maqhteu,sate... dida,skontej (28,19-20a). Por medio de este mandato Mateo liga el obrar del Jesús terrestre con el del que ha sido exaltado. Se vuelve así normativo lo que dijo e hizo el primero. El creyente que no ha conocido al Jesús terrestre pero que tiene experiencia del que ha sido exaltado, debe hacerse contemporáneo de los primeros discípulos para hacer del mismo modo que ellos han hecho: escuchar, comprender y vivir las enseñanzas que el Jesús histórico ha dado con sus palabras y con su vida y a su vez transmitírselas a los demás.[9]

El fundamento de la conversión propuesta por el evangelio radica, por una parte, en el rechazo de aquellos sentimientos religiosos según los cuales Dios debería manifestarse como alguien que castiga a los malvados y da su recompensa a los justos; y por otra, en la escucha y en el seguimiento del llamado de un Dios que perdona hasta el punto de parecer débil y vulnerable.[10] El contexto de los capítulos 8-9 de nuestro evangelio confirma esta realidad, ya que los milagros narrados son un ejemplo de cómo Jesús ha asumido las flaquezas de todos los kakw/j e;contej.

Jesús muestra en la comida con los pecadores que la razón de ser de su Iglesia está en la liberación del hombre de todos los prejuicios que son indignos de su naturaleza. El enfrentamiento con los fariseos no tiene su mayor importancia en cuanto hecho más o menos histórico, sino en cuanto que el mismo pone de relieve el peligro de un tipo de hacer y pensar religioso, incluso de un hacer y pensar religioso que se define como cristiano. La definición de un comportamiento religioso en preceptos da seguridad y a aquél que los observa, le da un sentimiento de ser un hombre religioso. Pero estos preceptos religiosos pueden desarrollarse con una especie de autonomía propia. Como ejemplo de ello vemos las críticas que Jesús hace a los fariseos respecto de sus interpretaciones de la ley de Moisés y de las tradiciones orales. A partir de todo ello Mateo subraya en 9,9-13 - en el sentido de Jesus en 22,34-40 - la unidad que debe existir entre el amor a Dios y el amor al prójimo.

Naturalmente no se trata de una identidad, sino que cada una de estas dos realidades tiene su peso propio; pero, si no se tiene en cuenta la relación con el prójimo, el servicio a Dios puede llegar a ser mentiroso y volverse incluso contra el prójimo, como el ejemplo lo enseña. Jesús ya había hablado de la relación que existe entre el amor al prójimo y el culto en 5,23-24 pero los fariseos, con su comportamiento, demuestran que no entienden y que es cierta la crítica respecto a la hipocresía de su culto que se les hará en 15,7-9. El motivo es siempre el mismo: la incapacidad de comprender el amor al prójimo como demostración del amor a Dios.

Jesús, con su respuesta, invita a todo lector a pasar de una lógica de la exclusión - algunos sí y otros no - a una lógica de la transformación gracias a la misericordia, que se lleva a cabo por medio del ofrecimiento de una relación de amor que es sanadora. La clasificación entre pecadores y justos nunca dio vida a nadie. Para vivir esta transformación es necesario asumir que la condición humana es la de ser pecador y eventualmente, justo.[11] Además, la comunidad eclesial no es una comunidad de justos sino de justificados o en vías de justificación, no es una comunidad de libres sino de liberados o en vías de liberación. Es una comunidad de gente en camino, o, para decirlo con términos mateanos, de gente en seguimiento.


 

[1] El Cristo mateano es en los v.28a y v.29a la sabiduría encarnada y la manifestación de la Torá divina respectivamente. Abandonar a los maestros judíos para seguir a Jesús no significa por lo tanto negar la Torá. Cf. Zumstein, La condition du croyant ..., 130-152.

[2] Cf. Luz, "The disciples in ...", 124.

[3]  Cf. PESCH, "Manifestation de la miséricorde de Dieu", 24.

[4] También la citación de Is 42,1-4 que Mateo trae en 12,18-21 es una traducción propia del evangelista que se acomoda a las intenciones por las cuales la ha puesto en su evangelio, cf. Stendahl, The School of St. Matthew and Its Use of the OT, 107ss. Ello resulta claro en 12,20, donde Mateo ha agregado los términos eivj ni/kroj que no se encuentran ni en el texto masorético, ni en el Targum, la LXX o la Peshitta. En 12,20, más que una traducción, Mateo ha realizado una interpretación teológica de la cita de Isaías. Cf. BARTH, "Matthew's Understanding of the Law", 125-128.

[5] De este modo Mateo presenta al Jesús terrestre con los rasgos del Señor Resucitado en medio de la asamblea cristiana. Ello se puede también notar por la abundancia del término Ku,rie en comparación con el de Marcos y por el hecho de que la autoridad que es entregada a los discípulos en 10,1.8 es probablemente una autoridad entregada a la comunidad mateana. Cf. Held, "Matthew as Interpreter of the Miracle Stories", 262-264; Bornkamm, "End - Expectation and Church in Matthew", 37; LUZ, "The disciples in ...", 100 y 111.

[6] Cf. BARTH, "Matthew's Understanding of the Law", 148 nota 2.

[7] Cf. PESCH, "Manifestation de la miséricorde de Dieu (Mt 9,9-13)", 22-23.

[8] Cf. BARTH, "Matthew's Understanding of the Law", 132-133; ZUMSTEIN, La condition du croyant ..., 239-255.

[9] La composición de 28,16-20 nos hace ver que la aparición fue colocada aquí por el evangelista con la sola finalidad de poder introducir su encargo final, que es donde radica el peso de la perícopa. Cf. BARTH, "Matthew's Understanding of the Law", 131-137; ZUMSTEIN, La condition du croyant ..., 202.

[10] Cf. LAMARCHE, "L'appel de Lévi", 108.

[11] Cf. GENUYT, "Evangile de Matthieu 9,9-26", 7.

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