AFECTO, AMISTAD

OPTATUS VAN ASSELDONK

 

Introducción - 1. Francisco celebrado hoy como genio de amor excepcional - 2. Inspiración humano-cristiana. Ejemplos de amistad espiritual: Clara Práxedes, y Jacoba. -4. Importancia actual - Conclusión.

INTRODUCCIÓN

El tema de la amistad fue siempre valorado en la tradición espiritual cristiana. En tiempos de san Francisco los amigos no eran solo un valor tenido en alta consideración sino también objeto de especulación filosófico-teológica. Bastaría recordar el tratado sobre la amistad espiritual de Alfredo di Rielvaux y la teología "trinitaria" referida a la amistad en el tratado de Guillermo de St. Thierry. El medioevo fue época de grandes amistades espirituales como las que tuvieron San Bernardo y Jacques de Vitry que fue amigo íntimo, padre e hijo espiritual de María d'Oignies, madre de las beguinas. Aparece sin embargo nueva y original la amistad fraterno-cósmica de san Francisco. Digna de particular atención se revela la amistad entre Francisco y Clara, especialmente por la relevancia que esta encuentra en la sensibilidad de las costumbres modernas.

Francisco es considerado hoy como genio de amor excepcional

En el presente estudio tomamos en consideración el amor de san Francisco en la acepción común de amor-afecto, tal como es conocido en la experiencia humana por más que sus raíces y motivaciones últimas sean exquisitamente místicas. Queremos mostrar como la inmersión total de Francisco en Dios no le disminuyó en nada la riqueza de resonancias de su afectividad y sensibilidad humana.

Por más que la palabra afecto recurra solamente una vez en los escritos de san Francisco, referida a la relación directa con Dios (Rnb 23,23:69: toto visu, toto affecto, totis visceribus), en las fuentes biográficas el término es corriente. Celano habla de afecto y de devoción hacia todos los seres creados "como nunca antes se había escuchado" (2 Cel 165:750). Siendo hermanos de todas las otras creaturas, sin embargo "más allá de toda medida amaba con un amor particularmente íntimo, con todo el afecto del corazón, a los hermanos..." (2 Cel 172:758). El afecto fraterno-materno del santo ha profundamente tocado a los primeros biógrafos franciscanos (véase MADRE).

No nos sorprende que, en un tiempo de desvalorización de los valores del corazón y del sentimiento en nombre de la razón y de la técnica, sicólogos, antropólogos, pedagogos, sociólogos, etc., preocupados por salvar al hombre íntegro, miren a san Francisco como un genio del amor. Es interesante, a este propósito, que los mayores admiradores de Francisco heraldo del amor humano sean escritores, teólogos, poetas, filósofos no franciscanos: como frecuentemente sucede en las cosas humanas, la posesión apaga el deseo: la indigencia lo exaspera. Se podrían citar, entre los admiradores más ilustres, Chesterton, De Greef, Van Doornik, Lavelle, Congar, Lippert, Von Galli, Scheler... A este último si refiere gustosamente Leclerc en su análisis sico-analítico-simbólico de la afectividad de Francisco, partiendo del Cántico de las creaturas.

En realidad entre tantos santos tradicionales, enamorados de dios, sobresale singularmente el santo de Asís por la riqueza del corazón, capaz de amar con igual ardor y pureza a Dios Padres y a las creaturas hermanas. De acuerdo a las interpretaciones más agudas de este amor por las creaturas – piénsese sobre todo en la interpretación de Scheler y de Leclerc -, Francisco, impulsando por la fuerza del Espíritu, habría sublimado mediante el proceso vital de "espiritualización" cristiana, su naturaleza de amante, transformando en caridad la concupiscencia. El eros que inspiraba el amor cortesano, tan caro al joven Francisco de la "gaia sciencia", se transforma en ágape en la experiencia de comunión con la humanidad de Cristo. Los estigmas serán el sello último de este proceso de trasformación mística que signa toda su vida. El amor por las creaturas es, para Francisco, celebración de la liturgia pascual de alabanza y acción de gracias, con Cristo, por Cristo y en Cristo. Esta es la "novedad" subrayada por Celano.

2. Inspiración humano-cristiana

A primera vista, parecería difícil probar con textos claros –fuentes franciscanas a la mano- la explicación propuesta por Leclerc, centrada en la función decisiva del Espirito, que transforma desde el interior el eros (o amor humano) "posesivo" en caridad "oblativa", abierta a Dios y a todos en libertad de espíritu y de corazón. En el fondo, sin embargo, los escritos de Francisco y las fuentes biográficas, especialmente las celanenses, revelan un mismo criterio herméneutico.

En los escritos de Francisco, la operación del Espíritu del Señor en nosotros, contra el espíritu de la carne (ver Cuerpo, demonio, pecado), aparece como central. La lucha entre la vida del Espíritu y la muerte de la carne o del amor propio en nosotros, inspirada en las fuentes bíblicas- especialmente la joanneas y paulinas- nos revela el secreto íntimo del seguimiento de Cristo (ver Jesús Cristo) en el Espíritu. El "espíritu" de la carne – expresión original del santo – se manifiesta particularmente en el orgullo, en la vanagloria, en la ira y la turbación, en la tristeza: en fin, en el amor propio que quiere apropiarse el bien que Dios y el Espíritu del Señor obra en nosotros y en los otros.

El texto más profundo dice: "Nada debe disgustar al siervo de Dios fuera del pecado. Y sea cual fuere el pecado que una persona cometa, si, debido a ello y no movido por la caridad, el siervo de Dios se altera o se enoja, atesora culpas (cf. Rom 2,5). El siervo de Dios que no se enoja ni se turba por cosa alguna, vive, en verdad, sin nada propio. (Am 11:160; cfr. Lmin 2-5:234).

Por el contrario El Espíritu del Señor se manifiesta en la humildad y en la paciencia (pobres de espíritu), en la paz y en la perfecta alegría, o en el gozo en las persecuciones y tribulaciones del cuerpo y del alma. 5

En las Alabanzas o saludos a las virtudes encontramos el texto franciscano más directo en relación a la "espiritualización" del eros, del que habla Leclerc. Francisco nos sintetiza la victoria sobre los vicios y pecados de la carne o del amor propio gracias a la obediencia del espíritu, hermana de la señora santa caridad. Efectivamente toda verdadera y perfecta virtud garantiza la posesión de todas las otras virtudes y la victoria sobre todos los vicios y pecados. Y la virtud más exaltada en la obediencia al Espíritu, es decir la plena y perfecta obediencia, en la fuerza del Espíritu, que hace obedecer la "carne" al espíritu interior santificado, a los propios hermanos y a todos los hombres y a los animales, inclusive los más feroces: E de modos que pueda hacer de él lo que quieran, en cuanto se lo permita el Señor" (SalVir 14-18:258).6

Aquí parece, pues, el perfecto obediente –pobre, humilde, sin (amor) propio, perfectamente "inspirado" por el Espíritu del Señor, autor de la caridad y de la obediencia del Espíritu, mortificando "todas las diabólicas y mundanas tentaciones y todos los temores humanos... todas las voluntades carnales y corporales", es decir, al espíritu de la carne. Este hombre, verdadero siervo de Dios y de todas las creaturas, ha sido capaz de cantar, alabando agradeciendo, en el éxtasis de la alegría espiritual, en medio de los sufrimientos el Cántico de las creaturas, en unión íntima con el Señor Jesús crucificado, lleno de gloria pascual (cfr. OfP 1). El Cántico de las creaturas con todo derecho podría seguir al salmo del viernes santo en el Oficio.

En las biografías celanenses, el criterio hermenéutico aparece muy semejante al de los escritos de Francisco.

Recordando el amor estático del santo por todas las creaturas, sus hermanos y hermanas, Celano nota que el autor no podía obrar de otro modo, porque, "lleno del espíritu de Dios" (1 Cel 80), intuía "los secretos (de la creación) en modo admirable y sólo por él conocido, porque había conquistado la libertad de la gloria reservada a los hijos de Dios" (1 Cel 81).

En realidad era "un hombre nuevo y de otro mundo" (1 Cel 82), libre y liberado de los deseos del mundo, liberal hacia todos, "que tuvo un corazón franco y noble más que cualquier otra persona" (1 Cel 120).

La libertad de los hijos de Dios es el fruto perfecto de la vida del Espíritu (Cfr. Rom 8,21). En tal libertad, contradictoria con el espíritu de las tinieblas, la creación se convierte en un espejo de la bondad fontal, toda en todas las cosas, y motivo de alabanza. "Esta Bondad Fontal", que un día será todos en todos. En este santo aparecía claramente desde el momento presente como todo en todas las cosas" (1 Cel 165).

Pero impresiona aún más en el biógrafo la acentuación del insaciable deseo de Francisco de renovarse siempre en el Espíritu, con ímpetu creciente hasta el fin de su vida. En tal deseo, nadie jamás lo ha superado (C fr. 1 Cel 93). Esta era la "santa novedad" que lo empujaba a recomenzar siempre desde el principio hasta la muerte (cfr. 1 Cel 103; ibid. 89). El sentía la urgencia de aquella santa novedad contrapuesta a la falsa novedad y a la libertad vacía de algunos hermanos de espíritu mundano (cfr. 1 Cel 104). Jamás se concedía reposo, a pesar de que su cuerpo fuese tan débil, porque nunca estaba satisfecho de las metas alcanzadas. El Espíritu lo empujaba sin descanso y la carne obedecía cada día mejor: "aquél espíritu siempre dispuesto, aquél espíritu devoto, espíritu ardiente que habitaba en él" (cfr. 1 Cel 97; Rom 8,11).

Celano continúa: "El acuerdo entre el Espíritu y la carne aparecía en él tan perfecto, que esta última, en vez de constituir un obstáculo al primero, lo precedía en la carrera hacia la santidad... La obediencia constante había terminando por hacer voluntaria esta sumisión, y esa docilidad cotidiana lo había vuelto un lugar propio de una gran virtud. Efectivamente, frecuentemente la costumbre se convierte en naturaleza" (1 Cel 97).

En fin, el cuerpo, según la ley de la naturaleza se irá consumiendo, mientras que el espíritu puede rejuvenecer: "se constata que el espíritu se vuelve más dispuesto en la carne enferma" (1 Cel 98). Hay que notar que Francisco, lleno del Espíritu de Dios, luchó del principio al fin de la vida sobre todo contra el "espíritu" de la carne, es decir, contra los pecados "espirituales" del amor propio: el orgullo, la vana gloria, la impaciencia, la ira, la turbación por el pecado ajeno, la tristeza "espiritual". Ante todo el atendía los defecto "espirituales", luego los "corporales" (1 Cel 51), sabiendo que las tentaciones del espíritu son más sutiles que las de la carne (2 Cel 110; 116). Nosotros, escribe Celano, "no distinguimos los afectos, no examinamos de que espíritu somos" (2 Cel 139), mientras Francisco estuvo atentísimo a ello, desenmascarando también la santidad fingida (2 Cel 28-29)8.

El sufrió con gran provecho durante muchos años la tentación del espíritu: gravissima tentatio spiritus, por falta de fe (2 Cel 115:702). En las recomendaciones de la verdadera alegría, o gozo del espíritu, como remedio contra las tentaciones de vanagloria, causa de pecado, encontramos como telón de fondo su experiencia personal (2 Cel 125-134). El Señor mismo le reprochó un día la impaciencia y la turbación por los pecados de los hermanos (2 Cel 158). Se confesaba a todos de un sentimiento de vanagloria, por haber dado su capa a una pobre mujer (2 Cel 132:716). "La carne -decía – recoge alabanzas y aplausos de la gente por las virtudes, las vigilias y las oraciones. No deja nada al alma e inclusive saca provecho de las lágrimas" (2 Cel 134:718). Por eso escondió los estigmas, en cuanto pudo, hasta su muerte.

Celano parece haber penetrado, a través de sus escritos en el fondo del alma del santo, cuando pone en evidencia la lucha contra el espíritu de la carne para adherir sobre todo al Espíritu del Señor, en humildad y paciencia, y así convertirse en un solo Espíritu con el Señor Jesucristo, sin apropiarse de nada, ni siquiera en apariencia: pobre (ver pobreza), sin nada propio, a no ser sus vicios y pecados.

En tiempos de grandísima tristeza de Espíritu, Francisco, afligido por tantos malos ejemplos, preveía para el futuro el ingreso en la Orden de hermanos "guiados solo por la operación del Espíritu Santo" sin mancha carnal (2 Cel 152;157). En ese contexto hay que entender la voluntad de Francisco – frustrada – de que el Espíritu Santo fuese el Ministro general de la Orden (2 Cel 193).

Quizá ningún raciocinio puede expresar mejor la unidad de Francisco con su Señor, en el Espíritu, con aquella visión de un hermano, referida solo por Celano: "... el padre gloriosos se apareció a un hermano de vida loable, mientras estaba dedicado a la oración. Estaba vestido con una dalmática púrpura, y lo seguía una muchedumbre innumerable de personas. Algunos se separaron del grupo para preguntar al hermano" ¿No es este, por acaso, Cristo? Sé es él, respondía. Pro otros le volvían a preguntar ¿No es éste san Francisco? Y el hermano respondía también afirmativamente. En realidad les parecía, tanto a él como a la muchedumbre que Cristo y Francisco fuesen una sola persona. Esta afirmación, bien entendida, no puede ser juzgada temeraria, porque quien adhiere a Dios se convierte en un solo espíritu con él y el mismo Dios será todo en todos." (2 Cel 219).

3. EJEMPLOS DE AMISTADOS ESPIRITUALES.

CLARA, PRÁXEDES Y JACOBA

La amistad entre Francisco y Clara es ejemplo antológico de las amistades humano-cristianas del santo de Asís. Lo analizaremos con particular atención, porqué él nos ofrece también la llave de comprensión de otras amistades semejantes, como la que tuvo con Jacoba y Práxedes.

El ambiente cultural-cristiano en el que el joven Francisco y Clara, algo más que adolescente, vivieron su juventud, estaba totalmente impregnado del espíritu del amor cortés (véase cortesía), aquel amor que, en la joven donna-señora resumía el eterno femenino, símbolo de los más nobles deseos e ideales, y cuya encarnación perfecta –en sentido religioso- era la Virgen maría, Madre de Jesús. Por analogía ideal, Francisco llamará "señora" tanto a la pobreza como a la caridad, que asumirán de ese modo la concretez y la vitalidad de aquella fuerza poderosa que es siempre la persona (ver hombre). Esto nos revela un rasgo típico de la mentalidad medieval, por la cual lo ideal y lo concreto se compenetran en una ósmosis difícilmente comprensible para el hombre moderno.

La cultura cortés, de origen provenzal, - ampliamente difundida especialmente en Francia, Italia y Bélgica, asumía coloraciones humanas y religiosas diversas, en las diversas regiones. Jacques de Vitry describe, por ejemplo, la ascesis de las monjas cistercienses y de las beguinas que, en Bélgica, se inspiraban en amor estático-místico, tendiente a sublimar el amor cortés en el amor esponsal trinitario.

Entres las palabras claves de la cultura cortés, hay que tener presentes: cortesía, nobleza, afabilidad, alegría, dulzura (véase alegría), novedad, libertad, unidad de espíritu, fidelidad, éxtasis de amor, noble misericordia por los pobres y débiles, afecto terno por la belleza de la naturaleza.

La cultura cortés, porque "nueva", se expresaba gustosamente en la lengua vulgar, en formas poéticas aptas para ser cantadas y musicadas. Las lenguas preferidas eran el francés, el flamengo y el italiano. Las Laudes serán un fenómeno típico de la religiosidad, de la literatura amorosa y del arte popular de la época.

Origen de la amistad entre Francisco y Clara

En las fuentes históricas no aparece ninguna relación directa entre los dos jóvenes antes de su relación espiritual vocacional. Se dieron a conocer mutuamente como personas espiritualmente adultas, es decir responsables en el obedecer al Espíritu del Señor. Clara, instruida por la madre en el Espíritu, practica la vida de oración, penitencia y misericordia hacia los pobres (LegC 3-4). "Instruida por la unción del Espíritu Santo" se alejaba de las cosas mundanas "revistiéndose interiormente de Cristo". (LegC 4). Francisco ya convertido y dócil a la guía del Espíritu y solo preocupado por vivir para su Señor, que le había hablado en el Crucifijo de San Damián, y en el leproso. En la visita que le hizo el Señor en San Damián "quedó ebrio de celeste consolación, sintió el empujón decisivo para abandonar totalmente el mundo" (TestC 10-11). En el encuentro con el leproso lo amargo le fue cambiado en dulzura espiritual y corporal, y se actuó, pues, una conversión del hombre total. (Test 13).

El amor de Dios era para él de una riqueza tal que su ofrecimiento al prójimo constituía para él "una prodigalidad propia de nobles" (2 Cel 196; 1 Cel 17). Reparando la iglesita de san Damián, "como ebrio de Espíritu" predijo la llegada de las Pobres Damas, hablando en francés, como solía hacerlo - añade Celano - "cada vez que estaba lleno del ardor del Espíritu Santo, (...) para expresar el calor exuberante de su corazón" (2 Cel 13). Clara explica como Francisco "que aún no tenía ni hermanos ni compañeros" y "casi inmediatamente después de su conversión" (...) en un rapto de gran alegría e iluminado por el Espíritu Santo, profetizó en relación a nosotras (...) que las futuras hermanas daría gloria al Padre celeste en toda su santa Iglesia" (TestC 9-14). El había viste en el Espíritu santo, proféticamente, la llegada sus primeros seguidores.

De los primeros encuentros de Clara con Francisco nos queda una preciosa relación: "Habiendo oído hablar de Francisco, ya célebre, que como hombre nuevo, con nuevas virtudes, renovaba el camino de la perfección que había desaparecido del mundo, tenía muchos deseos de sentirlo y de verlo, por moción del Padre de los espíritus, del cual ambos, aunque de modo diverso, habían recibido las primeras inspiraciones. No fue menor el deseo de Francisco que a su vez había visto madura a la jovencita tan rica de gracia, de encontrarla y de hablarle, para ver si en algún modo le era concedido arrancar del mundo perverso a esta noble presa y devolverla a su Señor..." (LegC 5).

Al noble trovador no le faltan deseos de conquistar la graciosa "madonna"; solo que los dos "amantes" han sido "inspirados" por el Señor. El texto continúa: "La visita, pues, pero ella lo visita más frecuentemente, regulando la frecuencia de sus encuentros de modo que aquella atracción divina pudiese pasar inadvertida a los hombres, y no tuviesen que padecer murmuraciones públicas que manchases su fama" (LegC 5).

Los dos jóvenes – Clara tenía apenas 18 años y Francisco estaba casi en los 29 se encontraban, pues, "clandestinamente", acompañados solamente ella de una mujer y él del hermano Felipe Longo, para hablar de su amor: el Amor de dios. En aquellos encuentros, ya frecuentes, las palabras del hombre de Dios "le parecían de fuego y las obras sobrehumanas". El "padre" Francisco la exhortaba ardientemente a despreciar el mundo la "destilaba en sus oídos la dulzura de las nupcias con Cristo... Esposo que el amor encarnó" (LegC 5).

Desde el comienzo aparece la dulzura del amor esponsal, del cual estaba llena la cultura "mística" del tiempo. La alegría y la dulzura del Espíritu son típicas de la primitiva experiencia franciscana. El gozo junto a la dulzura de la amistad de Jesús fue lo que convención a la virgen Clara a ofrecerse a sí misma – cuerpo, alma y corazón – como templo del grande Rey Esposo: Francisco fue el "fidelísimo embajador" (LegC 6). Fue para ella modelo y guía: "poco tiempo después de su conversión (...) conforme a la inspiración que el Señor le había comunicado mediante sus loables vida y enseñanza." (TestC 25-26).

Francisco fue tan tocado por el gozo y la dulzura de las hermanas, aún en medio de las tribulaciones, acogidas como ocasión de testimonios de fidelidad al Padre al Hijo y al Espíritu Santo, que les prometió cuidado perenne y afecto fraterno de parte de la Orden (TestC 27-29; Fv: 139; 2 Cel 204-205).

Concluyendo: de acuerdo a las fuentes existía entre Francisco y clara un amor profundo, cordial, noble, ardiente, inspirado por el Espíritu de caridad (Agapé). Uno amaba al otro intensamente "en el Espíritu", con un amor que sin nada perder de la riqueza humana, se había encendido en sus corazones desde el primer instante por el toque de la gracia: no fue un eros inicial que luego se va convirtiendo en Agapé sublimándose, sino caridad divina que hace inmediatamente que todas las cuerdas del corazón sean instrumentos de donación.

b) La motivación íntima de la amistad de Clara y Francisco

El Espíritu Santo, autor de la vocación evangélica de Francisco y Clara fue también, sin duda, el inspirador de su amistad. La cual, por ser don del Espíritu, no solo no se vio probada de afecto, alegría y de toda resonancia humana, sino que, por el contrario alcanzó una plenitud de tales valores como para no poder ser desconocida ni siquiera por el rigorismo hagiográfico medieval. El Hno. Esteban que decía que "el bienaventurado francisco no quería tener familiaridad con ninguna mujer", debía, sin embargo añadir que "solamente a la bienaventurada Clara parecía tenerle afecto (Frate Stefano 3: Fonti Francescane F 2682).

Ciertamente que Clara fue una de las mujeres miraba a la cara y de las cuales conocía el rostro. (2 Cel 112). EI mismo contexto de este texto durísimo muestra la sutileza del biógrafo que distingue entre mujer y mujer, entre hermanos y hermanos: "Temía que el ánimo frágil se quebrantase fácilmente y que el fuerte se debilitara. Y repetía que, si no se trata de persona de virtud más que experimentada (probatissimum virum), entretenerse familiarmente con ellas sin ser contagiados es tan fácil, cuanto, según dice la Escritura, caminar sobre el fuego sin quemarse los pies". "Sin embargo aquellas mujeres que habían convertido su ánimo en morada de la sabiduría con una santa y perseverante devoción, las instruía con maravillosos pero breves discursos".

Exigía que tales coloquios fueran tenidos sólo por hermanos "espirituales" y con mujeres verdaderamente "espirituales". La expresión hermano espiritual recurre tantas veces en las biografías primitivas, también en este contexto, como para encontrarla inclusive en la narración de la muerte de Clara, que quiso a su cabecera "sacerdotes y hermanos espirituales" (LegC 45).

Celano revela expresamente "el afecto en el Espíritu Santo" que Francisco había tenido siempre por las Hermanas, y que quería que los hermanos siempre lo mantuvieran con ellas los hermanos. Era el afecto que lo inducía a él y, que debía inducir siempre a los hermanos, a cuidar especialmente de las Pobres Damas, "porqué un sólo y mismo Espíritu ha hecho salir los hermanos y aquellas señoras pobrecillas de este mundo malvado" (2 Cel 204).

Explicando su rara presencia corporal en cercanía de las hermanas, queriendo dar ejemplo a los hermanos, afirma enérgicamente su perfecto amor, pero poner como condición imprescindible para el servicio a las Hermanas que sea encomendado "solamente a personas de espíritu, probadas por una digna y larga vida religiosa" 2 Cel 205).

Tal severidad revela la coherencia de Francisco con su experiencia fundamental del conflicto entre carne y espíritu que está inscrito en el hombre. El conflicto nace en la raíz misma de la persona, donde el yo debe escoger entre él mismo y Dios, y donde se insinúa más fácilmente el veneno sutil y traicionero del orgullo y de la soberbia, de la vanagloria, del orgullo y de la soberbia, que aturde la conciencia como una droga y hace parecer "santo" lo que es diabólico. La "carne"e diabólico. La "carne" para Francisco, non es tanto la fuente contaminada de la impureza sensual, cuanto de la impureza de espíritu y del corazón que rechazan la santa operación del Espíritu Santo. No sorprende, pues, que en sus escritos, como en el resto de las biografía, sean mucho más combatidos los vicios espirituales de la soberbia con todos sus derivados que la sensualidad.

Francisco había centrado perfectamente el sentido pleno de la nueva vida espiritual que se actúa con la inserción en Cristo por medio del bautismo. Renacimiento que da pie a un proceso de "espiritualización", que tiene que ser entendido no ya como el rechazo de lo humano, sino como "perfeccionamiento" de lo humano en Cristo. Es claro que mientras el hombre se encuentra inmerso en la situación de ambigüedad propia de la existencia terrena, donde siempre se puede rechazar el llegar a ser uno mismo, negándose a crecer en Cristo, el esfuerzo de Espiritualización no puede jamás tener sosiego, ni podrá jamás presumir el haber llegado a la meta, marcado sólo por la muerte. Más aún, dado que el renacer es un continuo renovar la propia opción total del ser en Cristo, en todo gesto, en todo pensamiento, en todo gesto, en cada acción, el proceso de "espiritualización" se convierte en un continuo "comenzar de nuevo". Sólo en este contexto general se entiende la extrema severidad y reserva de Francisco en relación a la amistad y al afecto, considerados por él como valores a salvar en el Espíritu del Señor, por fidelidad y cortesía (2 Cel 130:714; 133:717; 134:718) y llegar a ser de ese modo un frater spiritualis.

Desde este supremo deseo "espiritual" se explican sus extremismos en la lucha de la carne (amor propio) en cualquier lugar donde manifieste, también en la esfera sexual. Da pena que una cierta interpretación deformada haya dado mayor relieve y difusión a los extremismos de la sensualidad más que al espíritu carnal.

De parte de Clara el afecto y la amistad por Francisco parecen haber causado pocos problemas de conciencia. Tanto ella como las Hermanas expresan espontáneamente y frecuentemente el deseo de ver y sentir a su Padre. Los hermanos, encabezados por el Vicario aprueban este deseo (2 Cel 207). Francisco, una vez, "doblegado por tanta insistencia, aceptó", pero redujo la predicación a una acción simbólica – recitó el Miserere en medio de un círculo de cenizas – e hizo de ese modo entender que como hombre era siempre un posible pecador que debe defender en la ciudadela de la castidad (2 Cel 140; 3 Comp 15). Clara entendió la lección a la vez que tuvo la certeza del amor de Francisco por ella y por las Hermanas: "el Padre les fue negando poco a poco su presencia física. Sin embargo intensificó su preocupación amándole aún más en el Espíritu Santo" (2 Cel 204).

Ella sabía muy bien que el Padre las amaba desde los inicios porque había optado en el Espíritu por ser hijas y siervas del Padre, esposas del Espíritu Santo, madres de Cristo. Sin embargo ella tenía que tomar siempre la iniciativa si pretendía verlo y escucharlo. Tenemos testimonios indudables en varias leyendas populares, como la de las rosas, de la comida en medio del fuego del amor, de la luna en el pozo, de la predicación de Alejandro de Hales y el hermano Gil sobre la caridad y la castidad: ¿podemos pensar en algo más casto que la caridad?".

Un episodio, históricamente cierto, confirma la madura libertad en el Espíritu de los dos amigos seráficos. Tuvo lugar poco antes de la muerte de Francisco. Gravemente enferma, quebrantada y llorosa, sin paz "pensando que no volvería a ver de nuevo a Francisco, su padre después de Dios, aquel que la confortaba en el espíritu y en el cuerpo, [...] Clara hizo conocer a Francisco su angustia [...]. EI santo [...] quedó muy conmovido, porque amaba a Clara y a sus hermanas con amor de padre" y "le mandó por escrito su bendición con el propósito de consolarla, absolviéndola de todas sus eventuales faltas [...]. Además, para alejarle toda tristeza y consolarla en el Señor, Francisco, o mejor el Espíritu de Dios que hablaba en él, dijo al hermano con el que mandó el recado: "Ve y lleva esta carta a la Señora Clara. Le dirás que deje de lado toda angustia y tristeza, porque no pueda verme ahora; pero que esté segura de que, antes de su muerte, ella y sus hermanas me verán y les proporcionaré un gran consuelo" (LP 13)

De modo que Clara, tan severa consigo misma en materia de pobreza-penitencia, al punto de haber tenido que ser moderada por Francisco, en su amistad muestra un equilibrio sereno y madura, como la luna Clara en la noche, el agua límpida, como nuestra hermana la madre tierra. Mientras que Francisco, el peregrino del Absoluto (Congar), el incansable asceta del Amor regenerante, es el sol incandescente, el viento tempestuoso, el fuego devorador, que solo al final, poco antes de morir, encuentra junto a Clara, en San Damián, la armonía de los opuestos que sustancia la poesía del Cántico del hermano Sol: hermano y hermana, padre y madre, luna, fuego y tierra, carne y espíritu, vida y muerte, Dios y mundo...

Sor Clara Augusta Lainati, que sintetiza la vocación clariana "en el Espíritu", define a Clara de este modo:

"Clara vivió de Francisco en Dios, expresó a Francisco en su rostro femenino. Esto quiere decir su definirse y su sentirse femeninamente su "plantita". De Francisco y de su ideal humanísimo y sublime, ella es su plenitud humana en el verdadero sentido del adiutorium bíblico. Su Vocación no fue meramente paralela, sino "complementaria", come la de Cristo y María en el Espíritu, que da vida a la Iglesia: "Sigan, pues los hombres al nuevo seguidor del Verbo Encarnado: imiten las mujeres las pisadas de Clara, retrato de la Madre de Dios, nueva guía para las mujeres" (LegsC).

Sin duda que Francisco y Clara han vivido, en esta profunda unidad del Espíritu, su vocación fraterno-materna en la Iglesia, por medio de los carismas o dones complementarios en la libertad de los hijos de Dios (Cor 12 1,13; Gal. 3,28; 2 Cor 3,17). Precisamente en esta unidad profunda en el Espíritu que Francisco ha visto y vivido la unidad de toda vocación cristiana en la Iglesia y en el mundo y la igualdad fundamental fraterna, presupuesta a toda diversidad de estados y oficios. Es por esta "espiritualidad", fruto de la acción unificante del espíritu, que Francisco es sentido y reconocido como hermano-amigo no solamente de los seres humanos sino de todas las creaturas. El sobrenombre de "plantita" con el que se gustaba definirse Clara, su primogénita, hace alusión a la universalidad del amor en el Espíritu que hacer hermanos y hermanas todas las creaturas.

La amistad de Francisco con Práxedes y Jacoba

Otras dos amistades nos permiten entender mejor aún el pensamiento de Francisco: la Praxedes y la Jacoba de Sietesolios. Es extraño que en relación a estas dos mujeres, Francisco no haya usada aquella severidad y aquella reserva que caracterizaron su amistad con Clara y sus hermanas. El hecho es tanto más notable porque el mismo biógrafo –Celano- es el que lo presenta. Probablemente la actitud demasiado severa de Francisco frente a ellas nacía de la preocupación prudencial y sabia de evitar todo pretexto a las acusaciones de promiscuidad con las religiosas, acusación común contra los herejes contemporáneos. Además había que alejar el peligro que suponía la excesiva familiaridad con las mujeres que estaban experimentando los movimientos pauperísticos de la época.

Es menos conocido el caso de Práxedes, una "famosa" religiosa-eremita "encerrada en una pequeña celda" en Roma. Celano escribe: "Ella gozaba de una especial amistad con san Francisco (familiaritatis gratiam specialem)". Expresión esta jamás usada respecto a Clara y sus hermanas. Y sigue Celano: "El santo la recibió en la obediencia, cosa que no había hecho con ninguna otra mujer" (3 Cel 181). Tal comportamiento lo había expresamente prohibido a sus hermanos (Rnb 12,3).

Esta religiosa afirma haber merecido, durante la vida del santo, por más que indignamente, su "dulcísima amistad (tuam dulcissimam gratiam)". Si se piensa en la discreción y en la reserva de la que se había rodeado toda la vida la piadosa monja, esta simple expresión tiene el peso de una gozosa confesión, que legitima la 'interpretación de una experiencia inefable.

El episodio más interesante se refiere a la Señora Jacoba, noble viuda romana. Lo cuenta solo la 3 Cel. Ella "había merecido el privilegio de un particular afecto (amoris praecipui) de parte del santo" (3 Cel 37). San Buenaventura cuenta un particular: Francisco, habiendo tenido consigo en Roma un queridísimo corderito, al partir "lo confió a una noble matrona, Señora Jacoba de Sietesolios para que lo guardase en su casa". El corderito terminó comportándose casi como un hermano "espiritual" (LegM 8;7).

Poco antes de morir, Francisco se muestra amigo delicadamente afectuoso, lleno de naturaleza serena, noble y atenta. "Pocos días antes de morir, pidió que se avisase a Doña Jacoba, en Roma, para que si quería volver a ver que aquel a quien había tanto amado [...] se apresurase en venir". Pero la Señora, movida de su afecto intuitivo o por "divina ispiratione", como sugiere el texto, estaba ya a la puerta.

Previniendo al hermano que le anunciaba la llegada Francisco exclamó: "¡Bendito sea Dios, que ha conducido a nosotros a la Señora Jacoba, nuestro hermano! Abran las puertas, exclama, ¡háganla entrar porque para el hermano Jacoba no es necesario observar el decreto relativo a las mujeres!" (3 Cel 37).

4. IMPORTANZA ATTUALE

Tenemos aquí a un Francisco espontáneo y libre, perfectamente "espiritualizado", sin complejos o escrúpulos ascéticos o jurídicos, en la libertad de los hijos de Dios. La "carísima", - apelativo usado en la carta que preparó para ella, y expresión afectuosamente usada por el cardenal Rinaldo y Hugolino respecto a Clara- ¡había llegado! El biógrafo, que sabía mostrado tanta severidad en las dos biografías precedentes, escribe: "Con la llegada de la peregrina romana el santo se repuso un poco y se pensaba que aún viviría un poco más de tiempo" (3 Cel 38).

¡La fuerza del afecto profundo parece reavivar el moribundo! La humanidad ya libertad de Francisco se reencuentra con sus tiernos e ingenuos recuerdos de la infancia cuando hace escribir al Hermano Jacoba de traerle aquellos dulces que acostumbraba prepararle cuando la visitaba en Roma. La intuición de Jacoba, que llega a la puerta con el dulce deseado, aún ante de la carta hubiese partido, sugiere la unidad del hombre y la mujer que han redescubierto en el Espíritu la respectiva complementariedad: madre e hijo e la amistad. Justamente Esser ha notado a este propósito: "Fue un grande santo, quien se había conservado de tal modo un verdadero hombre".

La pureza y la intensidad de la amistad de Jacoba son subrayadas por la Leyenda de Perusa, que hacer notar como la noble señora fue siempre fiel y aficionada a san Francisco e a sus hermanos (Legp 101).

El toque más humano y casi patético de la historia de Jacoba y Francisco lo tenemos después de la muerte del santo:

Deshecha en lágrimas como está, el vicario del Santo la hace entrar discretamente y, puesto en brazos de ella el cadáver de su amigo, le dice: "Helo aquí; ten después de su muerte al que has amado en vida". Con llanto más pronunciado aún y con lágrimas más ardientes, Jacoba lo abraza y besa entre sollozos y voces de lástima; levanta el paño que lo cubre para verlo, y contempla el vaso precioso en que se había escondido el precioso tesoro, y lo contempla enriquecido con cinco perlas; considera las cinceladas, que sólo la mano del Todopoderoso había verificado para asombro del mundo, y, no obstante la muerte del amigo, se siente envuelta en gozo desacostumbrado. Decide luego que no hay que disimular ni esconder por más tiempo el inaudito prodigio, sino ponerlo resueltamente a la vista de todos. Corren todos a porfía para admirar este espectáculo, y, llenos de estupor, comprueban y admiran que es verdad que Dios no hizo tal a nación alguna. (3 Cel 39).

Levantando el velo del rostro de Francisco muerto, para reencontrar la imagen de su amor, Jacoba ha develado también para nosotros el último secreto de una experiencia quizá irrepetible, pero no por eso menos admirable y menos edificante.

CONCLUSIÓN

El Papa Juan Pablo II, en su discurso improvisado a las Clarisas del Protomonasterio de Asís, el 12 marzo 1982, nos hacer pensar en la importancia de esta "amistad franciscana" para la vitalidad de nuestra espiritualidad presente: "Es difícil separar los nombres de Francisco y de Clara, estos dos fenómenos, estas dos leyendas, leyendas de santidad. Es una cosa profunda, una cosa que no puede ser entendido con criterios humanos. El binomio Francisco y Clara es una realidad que se comprende solamente a través de categorías cristianas, espirituales del Cielo, pero es también una realidad de esta tierra, de esta ciudad, de esta Iglesia. Todo ha tomado cuerpo aquí. No se trata de puro espíritu, no son y no eran puros espíritus: eran cuerpos, eran personas, eran espíritu [...]. Nos queda el modo en el que Francisco veía a su hermana; el modo en el que él desposó a Cristo; veíase a si mismo a imagen de ella, esposa de Cristo, esposa mística con la que conformaba su santidad. Veíase a sí mismo como un hermano, un pobrecito a imagen de la santidad de esta auténtica esposa de Cristo en la cual encontraba la imagen de la perfectísima esposa del Espíritu Santo, María Santísima. No es solamente una leyenda humana, sino un leyenda eterna, digna de ser contemplada a través de categorías divinas, de ser contemplada en la oración [...] necesitamos redescubrir la leyenda divina de Francisco y de Clara".