DESAFÍOS DE CLARA DE ASÍS PARA HOY

Jorge Danielián ofmcap.

 

Introducción

Estamos caminando hacia el final de la celebración del 8° centenario del nacimiento de Clara de Asís. Abundaron en toda la familia franciscana celebraciones, reflexiones, retiros, talleres marcados por este acontecimiento. Acontecimiento que el Papa Juan Pablo destacó repetidas veces como algo importante en la vida de la Iglesia. "En nuestra época es necesario repetir el descubrimiento de santa Clara, porque es importante para la vida de la Iglesia. Es necesario redescubrir este carisma, esta vocación: urge redescubrir la leyenda divina de Francisco y Clara

Todo ello nos acercó un poco más a la vida de Clara, a sus escritos, a sus mensajes evangélicos. Y también nos acercó a nuestras hermanas clarisas en el conocimiento y en el afecto.

Para que toda esta reflexión no quede en pura teoría y buenos deseos es oportuno presentar ahora como una síntesis de las enseñanzas y actitudes de Clara. Estas actitudes pueden iluminar y provocar desafíos a la familia franciscana, e incluso al mundo y a la Iglesia de hoy. De cara a un conveniente y necesario compromiso de vida, de conversión y actualización de nuestro carisma franciscano.

Las abreviaciones de los escritos de santa Clara en este artículo son las siguientes:

CIR, Regla de Clara; CIT, Testamento de Clara; Cl IC, Primera carta a Inés de Praga; CI2C, Segunda carta a Inés de Praga; C13C, Tercera carta a Inés de Praga; C14C, Cuarta carta a Inés de Praga.

En uno de los encuentros celebrativos del acontecimiento, concretamente en un sencillo taller clariano, una hermana franciscana, juniora, llegó a decir como síntesis de un trabajo-grupal: "nos parece que la Regla de santa Clara hubiera sido escrita después del Concilio Vaticano II". Clara puede provocar desafíos, incluso a nuestra época posconciliar.

Es que los santos -particularmente algunos de ellos- tienen intuiciones evangélicas que les permiten vivir y anticiparse a los tiempos y a las épocas. El espíritu que les guía les permite ver las cosas profundas de Dios (cfr. 1 Cor.2,10). Dos de estos santos son Clara y su inspirador, Francisco (cfr. CIT. 48).

En esta nota aprovecho las investigaciones de otros hermanos más eruditos. Simplemente quiero recoger y recordar algo del fruto de las celebraciones del acontecimiento jubilar. Para que cada uno se lo devuelva al Señor con la palabra y el ejemplo. Parte de las bonitas reflexiones que hicimos y de los valores que redescubrimos a lo largo de este año centenario.

En primer lugar, trataré de presentar y describir la realidad más cercana a nosotros. Luego haré una síntesis de las actitudes de Clara, inspirada siempre e iluminada en Francisco. Esas actitudes pueden arrojar algo de luz sobre nuestra realidad personal, comunitaria, social y eclesial.

REALIDAD DEL HOMBRE DE HOY

En esta descripción quiero destacar y acentuar, sin negar lo comunitario, el aspecto personal o individual del hombre. Es una acentuación "metódica", cartesiana; no porque lo comunitario o social no sea importante, afortunadamente se ha avanzado y se le ha prestado suficiente atención después del Concilio. Sino porque, de hecho y en la práctica, se le presta menos atención a lo personal. Y sabemos que la raíz de todos los males, problemas y sus remedios están dentro, en el corazón, no fuera de nosotros (cfr. Me. 7,24 ss.).

Lo característico del hombre de hoy es que se siente -y es- capaz de lo mejor y de lo peor (cfr. GS.9). Por eso vive entre la esperanza y el miedo; busca la paz interior y no la encuentra; quiere lograr un sano equilibrio y vive en un constante des-encuentro consigo mismo; "no hace el bien que quiere sino el mal que no quiere" (Rom. 7,19); tiene suficientes capacidades para mirarse en positivo a sí mismo y al mundo que lo rodea y vive con una mirada negativa alimentada por las múltiples influencias externas.

Capaz de lo mejor

El hombre de hoy es capaz de lo mejor porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Algunas de las capacidades positivas fundamentales con que el hombre nace y le son connaturales, son las siguientes:

capacidad de conocer, amar y comunicarse con Dios y de darle un culto consciente;

capacidad de conocer, amar y transformar con su trabajo el mundo que lo rodea y del cual forma parte, completando así la obra de Dios, su Creador;

capacidad de vivir en fiesta, en comunidad, en sociedad;

capacidad también de vivir, por un tiempo, en silencio y soledad; no es frecuente vivir esta dimensión, aunque le sea connatural al hombre;

capacidad de gozar la verdad y la belleza; y de vivir "jugando" en todo lo que hace;

capacidad de sufrir y descubrir el sentido del sufrimiento que le permita "sufrir sin sufrir" para su crecimiento y maduración (cfr. Hebr. 5,7);

la capacidad de compadecer y sentirse solidario con todo el sufrimiento humano; y finalmente, la capacidad de compartir los bienes con los demás, sabiendo que no son absolutamente suyos, sino universales.

Capaz de lo peor

El hombre de hoy es capaz de lo peor, porque ha entrado en él el pecado y ha dejado en él tendencias negativas (cfr. Rom. 7, I 5-24; 2 Cor. 12, 7-10). Además de los siete pecados o raíces de donde proceden muchas de las sombras o negatividades, se dan estas otras tendencias que obstaculizan el encuentro con nosotros mismos y con los demás, quitándonos la paz interior. Señalo algunas de las más frecuentes en nuestra realidad:

prisa, que es una violencia contra el ritmo propio del tiempo y de la naturaleza de las cosas, pues la prisa aplasta y agota ese ritmo natural que nos permitiría tener una relación cordial, serena y gozosa con las personas, acontecimientos y cosas;

ansiedad, que seca la vida del hombre y la reduce a un mero ir y venir superficialmente, tensionado y vacío de sentido; y es fruto de un activismo mecánico y frenético; es una acción que queda en puro movimiento;

competencia, que nos hace compararnos constantemente con los demás; que nos hace violentos, agresivos e insatisfechos; nos lleva a estar sobre los demás (dominio) y no estar-con-ellos y para-ellos (fraternidad y servicio);

búsqueda de una imagen frente a los demás y temor a perderla (cfr. Av.19);

tendencia a absolutizar personas, opiniones y cosas; apego a algo que creemos condición necesaria para nuestra paz y felicidad;

indecisión, que nos priva de libertad y coraje para aceptar los riesgos;

y falta de paciencia para saber esperar con fortaleza el resultado de una decisión, situación o acontecimiento, sea adverso o agradable.

Realidad del mundo

De esta realidad interior del corazón, lugar íntimo donde residen nuestras raíces buenas y malas, nace la realidad del mundo del que somos parte, al cual pertenecemos y en e cual participamos; y del cual somos también artífices. A veces las estructuras alimentan, dificultan o condicionan nuestro ser interior. Esta realidad mal llamada "externa", externa a nosotros, la hemos analizado y descrito muchas veces, mirando sobre todo su aspecto negativo.

Aspectos negativos

Y decimos que somos y vivirnos en un mundo secularista. El hombre, con su técnica, es capaz de promover un maravilloso progreso que muchas veces lo hace prescindir de Dios, y lo hace esclavo de su misma técnica, impidiendo su progreso moral y humano. Vivimos en un mundo rico, pero pobre y empobrecido por el egoísmo de unos pocos que retienen para sí las riquezas que, en su primer destino, eran universales y para toldos. El pecado introdujo la propiedad privada que sigue teniendo sus límites sociales. Y, la propiedad trae aparejado el poder y dominio de unos hombres sobre otros.

Vivimos en un mundo consumista y hedonista que, en lugar de compartir solidariamente sus bienes, los goza y derrocha escandalosamente. Somos parte de un mundo sometido a diversas formas de esclavitud social y (sicológica. Está de tal manera estructurado y (programado que no deja ser a la persona ella misma, sino que la programa y condición desde el comienzo de su existencia. Sin embargo proclama la libertad. Vivimos en un mundo de desigualdades fundamentales respecto a la mujer, los hermanos indígenas y afroamericanos.

Podríamos multiplicar estas características negativas, pero las señaladas son suficientes para nuestro objetivo. Muchos de estos rasgos se dan como "signos de nuestro tiempo", son universales; pero se hacen más cercanos a nuestro mundo latinoamericano.

Tendencias positivas

Dios sigue suscitando personas que son signos y testigos de su amor al hombre e instrumentos de su misericordia y fidelidad, como Teresa de Calcuta, Hurtado y tantos otros. Están vigentes los santos y profetas de nuevo cuño. Muchas veces son personas anónimas y ávidas de un nuevo orden de cosas que les permitan ser protagonistas de su historia y de su felicidad. Vivimos en un mundo que toma conciencia de su unidad e interdependencia y va superando los rígidos nacionalismos, buscando una mayor solidaridad en organismos regionales e internacionales. Un mundo que también va despertando la conciencia de una igualdad fundamental de todos, prescindiendo de las condiciones sociales, culturales, raza o color de la piel. Y da prioridad a enfermos, niños y ancianos, inspirado en el respeto por la persona humana y sus derechos (cfr. GS.25).

La Iglesia en el mundo

También la Iglesia es parte de esta realidad y no puede escapar a sus luces y sombras. Señalo algunas tendencias englobantes de la Iglesia de hoy.

A pesar de haber declarado los Obispos en el Concilio la igualdad fundamental de todos dentro del Pueblo de Dios con funciones y servicios diversos (cfr. LG.32,37), y haber hecho una opción clara por el hombre y por el pobre, no se ve coherencia en la relación de la Iglesia jerárquica con el resto del Pueblo de Dios en estos aspectos.

Más bien se nota, en varios niveles, una involución a la práctica y doctrina preconciliar. No quisiera correr el riesgo de generalizar, pero es una tendencia bastante notable hacia un poder central de gobierno, a pesar de algunas estructuras colegiales y el criterio de subsidiariedad o descentralización declarado y aceptado en el Concilio.

La falta de participación de algunos sectores del Pueblo de Dios, el lento progreso de la inculturización y los frenos a la libertad de expresión afectan, no pocas veces, al valor supremo de la comunión. Cuando estoy escribiendo esta nota, se está celebrando en Roma el Sínodo africano no como habrían deseado los Obispos. Ejemplo claro del aún vigente cenI tralismo de Roma.

ACTITUDES DE CLARA

Trato ahora de provocar desafíos recordando algunas actitudes más significativas de Clara en su vida y en su carisma franciscano. Puede ser que arroje alguna luz sobre nuestra realidad y nos ayude a transformarla en su relación con Dios, con los hermanos y con la Iglesia.

Una experiencia de Dios

Clara abrió su corazón y vivió la experiencia de Dios compartiéndola con sus hermanas y siendo modelo para ellas. Cuando comunica esta experiencia en sus escritos: la Regla, el Testamento y, sobretodo, en sus caritas a Inés de Praga, lo hace en un lenguaje esponsal tan vivo y connatural que es, a su vez, manifestación de lo que vive en la cotidianeidad, madre y esposa de Cristo, esposa del Espíritu Santo.

Su experiencia, su encuentro y contacto frecuente con Dios y con Jesucristo por el Espíritu, le traía como una especie de olfato de Dios, descubriéndolo en todas las cosas, personas y acontecimientos. Por esta experiencia, instinto y olfato de Dios se puede decir con verdad que Clara era contemplativa en la acción; vivía en un estado continuo de la presencia de Dios. Pero al mismo tiempo eras activa en la contemplación: tenía la certeza de realizar, junto con sus hermanas, "una misteriosa fecundidad apostólica" (cfr. PCI.7). Y con esta certeza y convicción le escribe a Inés: "Para servirme de la mismas palabras del apóstol (1 Cor.3,9) te considero colaboradora del mismo Dios y sostén de los miembros vacilantes de su cuerpo inefable". (C1.3C.8).

Primacía a Jesucristo

Clara da una evidente primacía a Jesucristo y al Espíritu Santo en su relación y camino hacia el Padre y los hermanos. "Mírate cada día en este espejo, ¡oh! reina, esposa de Jesucristo, y observa de continuo en él tu rostro". Y le invita a Inés a descubrir en las distintas partes de este espejo la dichosa pobreza simbolizada en el pesebre; la humildad santa en toda su vida y la inefable caridad manifestada en su muerte en la cruz (cfr. CLAC. 26).

El Cristo de Clara, como el de Francisco, es el Cristo pobre, desnudo, hijo de una madre pobre, el Cristo que descubre en el pesebre, en la cruz, en los pobres y en la eucaristía, donde se realiza, como en síntesis, el "memorial" o recuerdo de su vida, muerte y resurrección, "hasta que él vuelva". Cristo es "el camino mostrado y enseñado con la palabra y el ejemplo por el padre san Francisco, verdadero amante e imitador suyo" (CIT.5).

Primacía de Espíritu

La primacía del Espíritu Santo es una de las características del evangelio de Cristo y de su interpretación hecha por Pablo. También la espiritualidad franciscana le da esa primacía. "Pongan empeño en aspirar, sobre todas las cosas, a poseer el espíritu del Señor y su santa operación, y orar a El con un corazón puro" (2 8.10,9; CIR.10,9). Quiso Francisco que el Espíritu Santo fuera el ministro general de la Orden (cfr. 2 Cel. 193). Esta primacía del Espíritu Santo informó toda la vida de Clara: su relación con Cristo y su Padre, su relación con las hermanas, su servicio de madre, animadora y legisladora de la vida fraterna.

Clara había asimilado e incorporado a su vida con todas sus consecuencias el criterio evangélico: "el sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado" (Mc.2,27); y el criterio paulino: "La letra mata pero el espíritu vivifica" (2 Cor. 3,6; cfr,. Av.7). Es otra de las intuiciones de Francisco y de Clara: privilegiar y acentuar el aspecto espiritual sobre el jurídico, la dimensión pastoral, el bien de la persona y de la comunidad frente a la ley normativa.

Clara: espejo y modelo

Clara es un espejo y modelo para vivir en "dimensión contemplativa" y al mismo tiempo un desafío para quienes pretenden prescindir de Dios en sus vidas o tienen con El unía relación puramente conceptual, ideológica; vocal y mecánica. "La experiencia de Dilos es el nuevo nombre de la contemplación en América Latina", ha dicho Juan Pablo II en su "Carta a los religiosos y religiosas de América Latina, con motivo del V Centenario de la evangelización del nuevo mundo". (n.25).

Animadora de relaciones fraternas

Si quisiéramos sintetizar la relación de Cara, abadesa, madre y hermana con las hermanas, podríamos decir que fue una verdadera animadora de las relaciones fraternas, y (servidora de todos.)

Clara tenía conciencia y vivía la igualdad fundamental de todas las hermanas; y por eso permitía y exigía la corresponsabilidad y participación de todas ellas en la vida del monasterio. Y era coherente con esta conciencia y convicción. Basta leer el capítulo c arto de su Regla; y otras expresiones a lo largo de toda ella.

Clara tenía conciencia y vivía un ejercicio pobre y menor de la autoridad evangélica hecha servicio (cfr. Mt.20,20). Y asimiló bien la relación que Francisco establece entre el ministro y el hermano: "Tanta familiaridad debe haber entre la abadesa (madre) y las hermanas que éstas las traten como las señoras a sus siervas, porque así debe ser que la abadesa sea sierva de todas las hermanas" (CIR.10,5).

Legisladora discreta

Clara dejaba un gran espacio al Espíritu Santo, ministro general de la Orden (2 Cel. 193). Guiada por ese Espíritu entendió bien que las normas y las leyes han de ser llevadas a la vida "según los lugares, los tiempos y frías regiones" (2 R.4,2; cfr.CIR,2,17). Por eso es reconocida como la legisladora de la discreción y de la misericordia.

Esta discreción y flexibilidad aparece repetidas veces en la Regla:

En cuanto a los vestidos (CIR.2,17); en cuanto al ayuno (CIR. 3,8-11); en cuanto al silencio (CIR.5,1-4); en cuanto a la pobreza y no-propiedad (CIR.6,12-15); en cuanto a la clausura (CIR.2,13; 11,8); y en cuanto al destino y uso de los regalos o dinero que percibe una hermana (CIR.8,9-11).

Todas estas disposiciones de discernimiento y flexibilidad tienen como raíz y fuente la certeza de que el Espíritu Santo está en todas las hermanas, también en las jóvenes "porque muchas veces revela el Señor a la menor lo que es mejor" (CIR.4,18). Radica en la confianza de Clara la madurez de las hermanas. Hasta tal punto que prescribe, como Francisco, que las hermanas puedan juzgar no apta a la abadesa y elegirse otra como abadesa y madre (CIRA,7.8; 2 R.8,4).

CLARA Y LA IGLESIA JERÁRQUICA

Defensora tenaz del carisma franciscano

Fue, tal vez, una de las características más notables en la vida de Clara y la que puede impactar y sorprender a quien se le acerca por primera vez a ella. Este aspecto de su vida nos permite ahondar y profundizar en dos temas claves en su vida y carisma: el seguimiento de Cristo pobre, desnudo y sin propiedad; y la dependencia jurídica y atención espiritual de las hermanas por parte de Francisco y de sus hermanos menores. Amos temas Clara los consideraba esenciales para salvaguardar el carisma franciscano.

Al mismo tiempo, nos permite matizar su relación con la Iglesia jerárquica de su época, con los Obispos y Papas que se sucedieron a lo largo de su vida: Inocencio III, el Cardenal Hugolino, luego Papa con el nombre de Gregorio IX; Honorio III, Inocencio IV, y el Cardenal Rainaldo, luego Papa Alejandro IV, que la canonizó a los dos años de su muerte (1255).

Paul Sabatier admira esta actitud de Clara frente a la jerarquía como una de las más bellas escenas de la historia de la vida religiosa. La presenta como "una mujer que durante un cuarto de siglo sostiene una lucha de todos los días manteniéndose al mismo tiempo respetuosa e inquebrantable".

"Privilegio de la pobreza"

Con este privilegio Clara salía al paso de dos presiones que, según ella, le impedían vivir el evangelio al estilo franciscano: la Regla de san Benito como base de su forma do vida, exigencia del Concilio IV de Letrán; y la estructura institucional de la vida consagrada en aquella época que no se la concebía sino con posesiones y rentas que dieran una cierta seguridad económica, sobre todo a las monjas de clausura.

Para obviar intromisiones de señores feudales y de Obispos, era común entonces solicitar a los Papas privilegios especiales. Clara, quiso para su monasterio de San Damián este singular privilegio: poder vivir el evangelio de la altísima pobreza, renunciando a cualquier forma de propiedad, siguiendo a Cristo y a su santa Madre.

Ante esa perspectiva y cuando le fue impuesta la Regla de san Benito, Clara se apresuró a obtener de los Papas el "privilegio de! la pobreza" que le permitiera vivir este valor nuclear del evangelio. Ella misma reconoce esta preocupación y solicitud en su Testamento: "Más aún, para mayor cautela me preocupé de que el señor Papa Inocencio, bajo cuyo pontificado comenzamos y otros sucesores suyos corroboraran con sus privilegios nuestra profesión de altísima pobreza, que prometimos también a nuestro padre a fin de que en ningún tiempo nos apartásemos, en manera alguna, de ella" (CIT.42).

Y esta misma preocupación y cautela se la transmite a su amiga del alma, Inés de Praga, que había logrado, también ella, el privilegio de la pobreza para su monasterio. Después de recomendarle que siga los consejos del padre, hermano Elías, ministro general, haciendo un singular elogio de esta figura luego tan discutida en la Orden, le dice a Inés: "Y si alguno te dice o te insinúa otra cosa, que te impida el camino de la perfección que has abrazado, o que parezca estar en oposición con la vocación divina, ¡con todos los respetos! no le hagas caso, sino abrázate, virgen pobrecilla, al Cristo pobre" (C1. 2C. 15-18).

Gesto y palabra profética de Clara

A pesar del privilegio de la pobreza, concedido por Inocencio III a San Damián y la aprobación de Honorio III a los monasterios que seguían el estilo pobre, sin posesiones, el Cardenal Hugolino, siendo ya Papa Gregorio IX, comenzó a ofrecer posesiones, bienes inmuebles y rentas, incluso a las damianitas. Como lo recuerdan los testimonios de las hermanas Pacífica de Guelfuccio de Asís, Bienvenida de Perusa y sor Felipa en el proceso de canonización, Clara se opuso terminantemente a aceptarlos.

Más tarde, con ocasión de la canonización de san Francisco (16 de julio 1228) Hugolino vuelve a insistirle. Y cuando le dice: "Si temes por el voto, Nos, te desligamos del mismo voto", ella inspirada por el Espíritu que siempre la guió, le responde: "Santísimo Padre, a ningún precio deseo ser dispensada del seguimiento indeclinable de Cristo"". Y no tiene más remedio que confirmarle el "privilegio de la pobreza" (17 setiembre 1228).

Paul Sabatier comenta con su habitual sagacidad y cierta ironía la propuesta de Hugolino: "¿Cómo se puede entender que precisamente en la vigilia de la canonización de san Francisco el pontífice haya tenido la idea de proponerle e invitarla a ser infiel a sus votos?". Y admira la respuesta de Clara: "hermosa y santa respuesta, que equivale a un grito de libertad, donde se pinta de cuerpo entero la hija espiritual del pobrecillo".

Desafíos que nos hace Clara

A esta altura de nuestra reflexión podemos recoger algunos desafíos que nos hace Clara a través de sus actitudes y gestos proféticos y que pueden iluminar nuestra experiencia de pobreza.

La no-propiedad colectiva es la clave para la utopía de una nueva sociedad en la que los bienes sean universales, es decir, para todos y no para unos pocos. Se compartan y dejen de ser instrumentos de dominio y de poder. Somos simples administradores y no propietarios absolutos y egoístas de lo que tenemos. "Lo que me sobra para vivir dignamente no me pertenece, lo estoy robando a los pobres", era la enseñanza y la denuncia de los santos Padres y escritores eclesiásticos de los primeros siglos, como san Juan Crisóstomo, san Basilio y otros.

Clara también nos hace un desafío cada vez que buscamos una excesiva seguridad en nuestros pobres lugares insertos o en las grandes casas y conventos. Y sabemos que este mínimo estado de seguridad económico les falta a tantos hermanos que no tienen voz y una institución que los respalde.

Clara nos pone ante un desafío cuando vivimos usando y gozando los bienes con un ritmo consumista y no con la sobriedad y austeridad que exige el evangelio. Clara nos recuerda que el desapego o desapropiación personal de toda apetencia es el secreto y condición primera para la paz interior y la felicidad. Decir "esto me pertenece y me es absolutamente necesario para ser feliz" es la causa de todo sufrimiento y de la falta de paz.

Finalmente, Clara y Francisco, con su lucha por el evangelio de la altísima pobreza iluminan otro episodio de la historia de la Orden franciscana, ocurrido en la primera mitad del siglo XIV. Se trata de una fuerte polémica entre el Papa Juan XXII, apoyado y asesorado por Obispos, Cardenales y los seguidores de santo Domingo por una parte, y los franciscanos por otra. Estos, siguiendo el camino franciscano y clariano de la pobreza de Cristo, argumentaban a partir de la no-propiedad con que vivían Cristo y el grupo de los apóstoles. Esta afirmación franciscana, con una evidente alusión a la situación y al poder de la Iglesia de aquella época, fue condenada por el Papa como herética. Pero la dura polémica arrojó nueva luz sobre la utopía de una nueva sociedad y una nueva Iglesia, como apuntábamos más arriba. Y también vuelve a poner en evidencia y sobre el tapete la verdad de que, en la raíz de muchos conflictos intraeclesiales, está la existencia de diversas cristologías y eclesiologías.

Dependencia jurídica y solicitud por las hermanas

La misma tenacidad mostrada por Clara en la defensa del "privilegio de la pobreza" la manifestó en la necesidad de mantener y de incrementar la intención y la promesa de san Francisco y de sus hermanos de visitar y asistir espiritualmente a las hermanas de San Damián. También en este ámbito hubo de enfrentar, a veces, a los prelados y a los Papas, si bien es cierto que pronto pusieron a las hermanas bajo la dependencia y asistencia de los hermanos menores.

En los comienzos, junto con la Regla de san Benito, el Cardenal Hugolino designa a un hombre de toda su confianza, el cisterciense fr. Ambrosio como visitador estable, con el desagrado de Clara, que obtiene, por privilegio de Honorio III, el nombramiento d fr. Felipe Longo, hermano menor, en ausencia de Francisco en Oriente. Las razones p r las que Clara rechaza a ese visitador eran explicables y justificadas: la incomprensión del carisma franciscano podrían perturbar a las hermanas, coartar la libertad interna del monasterio y enfriar la comunión con los hermanos menores. Posteriormente, fueron los mismos hermanos menores quienes retacearon este cuidado espiritual a las hermanas de San Damián. Hasta que Urbano IV -¡curiosamente él!- intervino en favor de las hermanas diciendo que los hermanos deben asistirlas "porque son miembros de un mismo cuerpo".

Es que la actitud de Francisco había sido algo ambigua en este aspecto: en un comienz9 les promete tener solicitud de ellas, y lo hace. Al final de su vida, las visita menos, no por desdén, sino para "dar ejemplo a quienes se ofrecían espontáneamente" (cfr.2 Ce1.2052 6). Incluso establece en su Regla la prohibición de entrar en monasterios de monjas (2R. 11).

Actitudes de Clara

Clara, conociendo la intención profunda de Francisco, siempre tuvo empeño en mantener y acrecentar su comunión con los hermanos. En resumen:

guardó el escrito con la promesa de Francisco y lo insertó en su Regla (cap.6,4) y en su Testamento (n.29);

frente al nombramiento del cisterciense fr. Ambrosio, como visitador, logra del Papa Honorio III el del hermano Felipe Longo (El desagrado de Francisco se debió a la forma de obtenerlo, o sea, por privilegio, que no entraban en la mente de Francisco);

en su Testamento vuelve a encomendar a sus hermanas al cuidado de la Iglesia y de los hermanos menores (cfr.CIT.44; 50.51);

en su Regla pide cuatro hermanos menores para el servicio del monasterio: un capellán, un clérigo de buena fama; y dos hermanos legos (cfr. CIR. 12,5-7).

Otro gesto profético

Interpretando su amigo y admirador Gregorio IX el capítulo 11 de la Regla de san Francisco, determinó con su autoridad, que ningún hermano visitara los monasterios sin licencia especial de la Santa Sede. De acuerdo a esta disposición, Juan Parenti, Ministro general, prohibió a los hermanos confesar y predicar a las damas pobres. Clara no veía así la cosa, para ella era muy importante. Y dolida porque las hermanas iban a verse privadas del manjar de la doctrina sagrada, dijo a los hermanos que les traían la habitual ayuda material: "Vuelvan donde su Ministro y declárenle de mi parte que por qué les prohibió alimentar nuestras almas con sus piadosas pláticas, de nada sirve que en adelante alimenten nuestros cuerpos con sus limosnas.) Y el Papa, al enterarse de la reacción de Clara, entregó inmediatamente el asunto al Ministro general.

Otra intuición de Clara

Es la misma Iglesia del Concilio Vaticano II la que exhorta insistentemente a salvaguardar y mantener la fidelidad al propio carisma. Siempre que recomienda o solicita a los religiosos la inserción y colaboración en la pastoral diocesana o parroquial, tiene el cuidado de añadir frases como éstas: "sin perder la índole propia de cada Congregación"; "en cuanto lo permite la índole del Instituto". Y un documento posconciliar que trata de regular las relaciones de Obispos y religiosos, vuelve a recordar: "la identidad de cada Instituto sea asegurada de tal manera que pueda evitarse el peligro de la imprecisión con que los religiosos, sin tener suficientemente en cuenta el modo de actuar propio de su índole, se insertan en la vida de la Iglesia de una manera vaga y ambigua".";' Y para lograr esto, es bueno que los Obispos recuerden y procuren que "las religiosas sean tenidas en gran estima y sean valorizadas justamente por el testimonio que dan en calidad de mujeres consagradas, más aún que por los servicios que prestan útil y generosamente"

La experiencia enseña y demuestra que esto no sucede, muchas veces por olvido o por ignorancia de los Obispos o de las mismas religiosas.

EVALUANDO LAS ACTITUDES DE CLARA

Como lo hemos venido haciendo a lo largo de este artículo, seguimos mirando a Clara y a Francisco como dos "leyendas inseparables", que se iluminan recíprocamente. La actitud de Clara y de Francisco frente a la Iglesia jerárquica está ocasionada y motivada en primer lugar, por las dificultades y riesgos que trae consigo el momento en que una inspiración e intuición, vivida en sencillez evangélica, tiene que entrar en los moldes de la institución u organización jurídica. Este paso siempre significa poner límites al espíritu del carisma, pérdida de espontaneidad y vigor, ahogo del espíritu por un excesivo normalismo. La intuición es como la luz de un farol que se difunde y expande, y la intuición convierte a ese farol en un marco que aprisiona la luz y la empobrece.

En la vida de Francisco, el primer encuentro de su intuición evangélica con la institución lo recuerda en su Testamento: "Yo la hice escribir en pocas palabras y con sencillez, y el señor Papa me la confirmó" (Test. 14.15). Luego vendrán otros dos momentos: cuando Francisco y sus hermanos viajan a Roma para obtener la aprobación del Papa Inocencio, y finalmente, la aprobación definitiva de la Regla por Honorio III en 1223.

El camino de Clara para insertar su carisma en la institución no fue menos largo y costoso que el de Francisco. Duró toda su vida hasta dos días antes de su muerte (9 agosto 1253).

"Nadie me enseñó lo que debía hacer"

Esta actitud firme y tenaz de Clara está inspirada también en las palabras de Francisco. Después de expresar repetidamente que el Señor tuvo la iniciativa en todo lo concerniente a su vocación, dice: "Y después que el Señor me dió hermanos, nadie me mostraba lo que debía hacer sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio" (Test.14).

Esta frase inspiradora y clave para entender la rectitud de Francisco puede tener varios sentidos: el carisma franciscano es totalmente original, no quiso imitar a nadie, ninguna Regla anterior le satisfacía: de ahí la negativa a las propuestas del Papa. Nacido el carisma franciscano de un fenómeno o movimiento popular espontáneo, Francisco se lamenta de que nadie le haya ayudado a discernir. Lejos de una actitud polémica y anticlerical, muestra el dolor al ver que la Iglesia no acompaña a los fieles, a los hijos más humildes (R. Manselli). "Nadie sino el Altísimo me reveló"... Descontado el sentido técnico de la expresión "revelar", Francisco quiere decir que fue libre, y nadie le obligó a hacer lo que hizo y que fue el Señor el que lo condujo y no autoridad humana alguna. ('S)

Clara, motivada e inspirada por Francisco repite frecuentemente en sus escritos que fueron la palabra, el ejemplo y las enseñanzas del beatísimo padre Francisco las que le mostraron el camino, que no es otro que el mismo de Cristo. (cfr. CIT 5,24.46; CIR.6,1; Cl 2C.4).

"La obediencia perfecta"

Las actitudes de Francisco y Clara frente a la autoridad jerárquica, se iluminan, explican y legitiman por lo que ellos mismos escribieron en sus Reglas sobre la obediencia dentro de la fraternidad. "Si sucediere que algún Ministro mandase algo contra nuestra vida, o contra la conciencia de un hermano, éste no está obligado a obedecerle, porque no cabe obediencia donde se comete delito o pecado" (I R.5,2;cfr. 2 8.10,3; CIR.10,1).

Francisco vuelve a clarificar más en detalle este tema de la obediencia en el Aviso 3. Luego de recordar la obediencia ascética (v.l3), la obediencia verdadera (v.4), la obediencia caritativa (v.5.6) pasa a describir la obediencia perfecta (v. 7-9):

"Si el superior le manda a un hermano algo contra su conciencia, aunque no obedezca, no por eso lo deje, aunque tenga que soportar persecución por parte de algunos hermanos. Pues el que prefiere soportar persecución antes que separarse de sus hermanos, permanece con verdad en la obediencia perfecta, ya que da su vida por sus hermanos" (Av. 3, 7-9).

"Esa fue la obediencia heroica de un Francisco que desobedeció y muy gravemente a quienes imponían, obligando con graves penas, el apoyo y la participación en las cruzadas, a quienes le exigían a adoptar reglas antiguas y probadas, y le aconsejaban tener prudentes propiedades. La perfecta obediencia es, según los dictados del Espíritu, solo y a pesar de todo y de todos. En la libertad suprema de permanecer fielmente unido en comunión a pesar de todo y de todos") Esta obediencia perfecta, que también puede llamarse "carismática", es decir, a través del Espíritu y sin mediaciones humanas, la describe y clarifica con su habitual lucidez y con más recursos sicológicos Pablo VI en su exhortación sobre la vida religiosa.

Una evaluación original

Como es habitual en él, Paul Sabatier hace este singular juicio de las actitudes de Clara y Francisco frente a la Iglesia: "Sería absurdo hacer de Francisco un rebelde o un protestante inconsciente; pero también sería falso presentarlo como un puro eco de la autoridad o como un hombre que hubiera renunciado a su propia conciencia". "Clara murió victoriosa no contra alguien, ni contra Gregorio IX o contra Inocencio IV o contra la autoridad., sino victoriosa consigo y con ellos. Son los dos elementos que hacen tan original el catolicismo de san Francisco y Clara: la sumisión en la libertad, la libertad en la sumisión".

AYER Y HOY

Esta actitud de libertad en la sumisión y de sumisión en la libertad, de respetuosa firmeza y constante tenacidad que admiramos en Francisco y en Clara, se repite también en algunos fundadores y otros santos, como santa Teresa de Jesús, santa Catalina de Siena, san Bernardo y otros en su relación con la Iglesia jerárquica.

Y se da, hoy día, en no pocos hermanos nuestros que tienen puntos de vista distintos a los de la Iglesia jerárquica. Por este motivo han sido, a veces, objetos y sujetos de amonestaciones, llamados al silencio y privados del ejercicio de la enseñanza en la Iglesia o del ministerio.

Con motivo de la publicación de un libro de uno de ellos la comisión permanente de la Conferencia Episcopal de Uruguay hizo una declaración con criterios muy equilibrados y sanos.09) Transcribo algunos de ellos aptos para juzgar situaciones de conflictos intraeclesiales con una mirada evangélica y positiva:

"La critica, en la Iglesia, es un derecho y una responsabilidad. Defendemos el derecho de pensar diversamente y expresar públicamente sus convicciones o experiencias propias siempre que no amenace lo fundamental de la fe católica".

"La libertad es ciertamente un bien, pero resplandece en su significado más profundo cuando va a la par de la verdad". "En la Iglesia hay un vasto campo para la opinión, la búsqueda y la investigación".

"La crítica constructiva y evangélica tiene sus reglas de juego:

sufrir de verdad por el objeto de la crítica;

hay modos, lugares y oportunidades para hacer las criticas;

tener en cuenta el resultado de la corrección buscada y el influjo en los fieles".

"En la larga historia de la Iglesia no han faltado voces proféticas -le hombres y mujeres- y pensamos en este momento en santa Catalina de Siena, san Bernardo, que contribuyeron a revitalizar el testimonio-de la Iglesia en su época. Sus ejemplos -como los de tantos hombres y mujeres de hoy- son para nosotros un estímulo".

Y llega el papa Juan Pablo II, siempre sorpresivo en sus signos, que en preparación del jubileo del año 2000 nos invita a hacer una reflexión, ojalá acompañada de gestos concretos como el de Pablo VI pidiendo perdón a los hermanos ortodoxos. Invita a revisar especialmente aquellos hechos históricos, en los que la Iglesia, santa y pecadora, se haya podido equivocar en la evaluación y discernimiento de situaciones y temas ambiguos o, al menos, ambivalentes.

Que el ejemplo y actitudes de Clara y Francisco sean para nosotros un estímulo y oportunidad para revisar nuestra experiencia de Dios, nuestro camino de la altísima pobreza, nuestra relación fraterna, nuestra relación con el mundo, y nuestra relación con la Iglesia.

Cuadernos franciscanos, Chile, 1994, N° 106