YO CLARA, PLANTITA DE SAN FRANCISCO

M. Victoria Triviño, osc.

 

La vida de la hermana Clara tomaba los colores del otoño. Presentía próximo su fin y, en un esfuerzo supremo por confirmar y transmitir la novedad de su experiencia, comenzó a elaborar su forma de vida y redactó su testamento. Al hacer memoria de su historia de gracia glorificó al Padre de las misericordias, recordó la profecía de Francisco, en la que revelaba -aun antes de tener hermanos- la común misión de edificar la Iglesia, ponderó la consiguiente responsabilidad de las hermanas pobres de ser "ejemplo y espejo" a nivel individual y comunitario. Luego, cuando va a recomendar "el compromiso con nuestra señora la santísima pobreza, apela a la voluntad del hermano Francisco, y escribe:

"Yo, Clara, servidora aunque indigna de Jesucristo y de las hermanas pobres... verdadera plantita de san Francisco..."

Clara recurrió al rico lenguaje de los símbolos que, en la Edad Media, estaban en la mente y en los labios de todos. Era el lenguaje más adecuado para manifestar la trascendencia y profundidad de su relación con el hermano Francisco. Habló de planta y plantador, de columna y edificación.

SIMBOLISMO DE LA PLANTA

En la Biblia

La planta es un símbolo que está presente en la Biblia y en la tradición universal. En la Biblia se aplica al pueblo de Israel y también a los pueblos vecinos.

Tiene siempre sentido colectivo. Israel es planta en tierra buena: "Tu le llevas y le plantas en el monte de tu herencia..." (Ex 15, 17), "Yo los sembraré para mí en esta tierra" (Os 2, 25; Ver 1Re 14, 15; 2Sam 7, 10; Is 60, 21). Es un terebinto (Is 61, 31), lirio (Os 14, 6), vid (Is 5). Nínive es una planta. "Todas tus fortalezas son higueras cargadas de brevas; si se las sacude caen en la boca de quien va a comerlas" (Nah 3, 12). Nínive es un ricino... (Jonás 4, 1-11).

Se regenera con su propia semilla. "Todos los de tu pueblo serán justos, para siempre heredarán la tierra; retoño de las plantaciones de Yahvéh, obra de mis manos para manifestar mi gloria" (Is 60, 21; cfr. Is 61, 11; Mc 4, 1; Mt 13; 1 Cor 3, 9).

Variedad de plantas según la fidelidad o infidelidad. Robles de justicia (Is 61, 3); ciprés (Os 14, 9); cardo y zarzal (Miq 7, 4) Viña e higuera (Os 9, 10; 10, 1) lirio, olivo, trigo y vid (Os 14, 6-8), higuera estéril (Mt 21, 18), mostaza (Mt 13, 31).

Cuidados del plantador. ¿Qué se hace con la viña? Se planta en fértil, se cava y despedrega, se planta de cepa exquisita, se protege edificando una torre, se excava un lagar, se espera y vigila, se poda y escarda, se vendimia... Si no se cuida ni se escarda, ni se riega, crecen las zarzas y espinos, se hace silvestre "Nadie tiene piedad de su hermano" (Is 9, 18). "Mi amigo tenía una viña..." (Is 5; Mt 20. 1 ss). Dios la restaura (Nah 2, 3; Jn 15).

Los frutos. La "simiente de justicia" debe dar "cosecha de amor" (Os 10, 12-13). "Vosotros sois plantación de Dios"... (1Cor 3, 9).

En la tradición universal

La plantación, el jardín, es un espacio donde la naturaleza se halla cuidada, seleccionada, sometida y evoca la idea del paraíso. Atrae por su belleza que penetra los cinco sentidos. La vista por su colorido, selección y disposición; el oído por el rumor de las plantas al ser sacudidas por el viento. El olfato por la fragancia, el tacto por la finura de pétalos y hojas, por la robustez de los troncos y la fragilidad de los tallos protegidos de espinas...

La "planta" siempre tiene sentido colectivo: una nación, un pueblo...

Quiere la planta sus riegos, las lluvias y el rocío del cielo. El agua de la sabiduría que nutre poderosamente es la Palabra de Dios, o la doctrina del maestro de espíritu.

Entonces la "planta" aparece como el símbolo de primer grado de la vida, del flujo incesante de la existencia, del nacimiento perpetuo. Va evolucionando haciendo su ciclo completo...

Dentro de sí engendra la propia semilla, y en sus transformaciones incesantes va desplegando todas las posibilidades de su "forma" peculiar de existir, según su especie.

Cuando acabe un ciclo, iniciará otro a partir de su semilla. En la primavera siguiente, la planta revivirá y echará sus brotes de manera diferente, nueva. Nunca será exactamente igual... porque está a merced de muchas cosas: del tiempo, de los cuidados del plantador, de la calidad de la tierra, y de la claridad de su propia semilla.

CLARA, VERDADERA PLANTITA...

"Yo, Clara, verdadera plantita"... "Francisco plantador y ayuda"... Así lo expresó ella, la Dama Pobre, Clara de Asís. El le mostró el camino y la cuidó con sus riegos. Ella nació de la misma semilla, arraigó en el mismo espíritu, y con las hermanas que Dios le dio en sororidad, mostró una forma de vida nueva y diferente en la Iglesia.

"El Hijo de Dios se ha hecho para nosotros Camino, y nuestro bienaventurado padre Francisco, verdadero enamorado e imitador suyo, nos lo ha mostrado y enseñado de palabra y con el ejemplo" (TestCl 1).

Le prometió obediencia a una con las pocas hermanas que el Señor le había dado... Francisco se gozó al ver que no se arredraban ante la pobreza, la ignominia, el trabajo, tribulación y desprecio del mundo... Comprobó que en medio de esas situaciones ingratas, y lacerantes, eran "dichosas". La examinó sobre los rasgos del propio carisma y forma de vida que, en discernimiento, todos iban descubriendo paso a paso. Y ellas, las señoras pobres, corrían en santa porfía.

"... según lo había comprobado frecuentemente examinándose con los ejemplos de los santos y de sus hermanos... "

Conforme al sentido del simbolismo de la planta lo usa, Clara, para definir la colectividad de hermanas pobres. Aunque dice "Yo, Clara... plantita", un poco más adelante afirma en plural: que san Francisco "nos plantó" "como plantita suya que éramos".

"Por don del Señor, nuestro beatísimo Padre Francisco nos fundó, nos plantó y nos ayudó en el servicio de Cristo y en lo que prometimos a Dios y a nuestro Padre; como plantita suya que éramos fue en vida solícito en cultivarnos y alentarnos siempre de palabra y obra" (TestCl 7).

Quiere la planta sus riegos, la doctrina y cuidado del plantador y ayuda. A la plantita nueva, el hermano Francisco se cuidó de nutrirla directamente, por sí y por los hermanos que le daría como capellanes, limosneros, visitadores, para mantenerse fiel en su propio espíritu... El lo decía muchas veces cuando los frailes le iban con deseo de imitar los usos y costumbres de los monjes: "Ni san Benito, ni san Agustín, ni san Bernardo..." Clara lo sabía, para no perder la originalidad y lozanía de su forma de vida franciscana, debería recibir siempre los riegos de los Menores. Cuando le dificulten recibir el pan de la Palabra, se negará a recibir el pan de la limosna. Hará "huelga de hambre". Para que no falten jamás a la plantita sus riegos, pide en su Testamento "de rodillas" el cuidado de los hermanos que tienen su mismo carisma.

"Por la cual, encomiendo y confío mis hermanas, presentes y futuras, al sucesor del bienaventurado Francisco y a toda la Religión de los Menores y les ruego que nos ayuden a progresar de continuo en el servicio de Dios y especialmente en la observancia más fiel de la santísima pobreza" (TestCl 7).

Las palabras de Clara tienen una fuerza irresistible si se reciben realmente como un Testamento. Ella es fiel a una Alianza que arranca del núcleo de su Forma y Vida. En razón de haber elegido la misma forma evangélica, Francisco, por él y por sus hermanos, quiere y promete cuidar la plantita con amoroso cuidado y diligente solicitud.

La planta evoluciona por ciclos en armonía con la naturaleza que la sustenta y rodea. Así la plantita de la II Orden, durante ocho siglos, ha hecho sus ciclos conforme a los signos de los tiempos. Ha sido afectada por las crisis de la historia y las ha superado con nuevos brotes una y otra vez. La variedad de las fundaciones y reformas son otros tantos brotes vigorosos con los que alboreó una nueva primavera cuando todo parecía agostarse. Un vigoroso exponente de esta realidad es la Descalcéz. Este poderoso movimiento de reforma superó una de las más graves crisis históricas de España (s. XIVXV), dando a la II Orden una forma proféticamente incisiva sobre el pecado de su tiempo. Mientras algunos monasterios se extinguían, se fundaban en cadena muchos más. La planta que moría había dejado simiente y los sucesores de Francisco colaboraron activamente en plantar y regar. Cuando parecía que no había vocaciones, acudieron las doncellas en gran número fascinadas por el "ejemplo y espejo" (Cf TestCI 3) de las Descalzas. Francisco y Clara aparecieron con rostro renovado en la mística del Siglo de Oro inundando de claridad los siglos XVI-XVII. Ese es el secreto de la misteriosa y fecunda continuidad de la ""plantita" que va haciendo sus ciclos en los diversos continentes, razas y tierras.

FRANCISCO PLANTADOR Y AYUDA

La planta necesita un plantador amante de su trabajo. Si carece de él puede empobrecerse, incluso malograrse, y no llegar a hacer su ciclo vital. El jardinero debe trabajar con inteligencia, sabiendo plantar en el momento oportuno la virtud de las estaciones, regando cuando falta la lluvia, podando para vigorizar la planta (no en defensa de alguna forma de perfeccionismo o ley caduca), proporcionando en el tesoro del alma todo aquello que va a ser grato al Señor de la plantación. Un buen jardinero sabe exactamente lo que va a plantar, y sigue el crecimiento de cada plantita... Tratarlas con cuidado no quiere decir tratar a todas igual. Las conoce por su nombre. El trato engendra el amor y las obras de amor son una epifanía del Amado.

Escribe Juan Antonio Merino, nuestro filósofo franciscano que el franciscanismo rompe el anonimato:

"La experiencia franciscana nos transporta a una ontología de la totalidad, en donde Francisco y el que piensa y siente como él, se encuentran en fraternal relación con todos los seres, con todos los hombres y con Dios. De este modo todos los seres pierden su anonimato para convertirse en realidades alegóricas y cuasi personalizadas. Esta presencia consiste en una comunión y participación afectiva con Dios, con los hombres y con la naturaleza. La existencia humana no puede reducirse a un estar-frente-al-otro de un modo impersonal y cosístico, sino que se transforma en comunión y confraternización cósmica. El mundo para el franciscano es un sacramento y un horizonte de alusividad y de referencias porque todo él está transido de presencias que remiten a la gran presencia de Dios" (Visión franciscana de la vida cotidiana. Madrid 1991. Paulinas. p 1§8).

¿Qué es necesario compartir? La obra de Dios, el discernimiento sobre los signos de los tiempos, el gozo de la presencia, el amor a la altísima pobreza, la santa unidad haciendo visible el amor...

"Y amándoos mutuamente con la caridad de Cristo, mostrad exteriormente por las obras el amor que interiormente os alienta" (TestCl 9).

La mayor pobreza que se sufre en muchos lugares es la falta de un acompañamiento espiritual colectivo y, también, personalizado. ¿Se puede lanzar la semilla sin volver a ver si se la comieron los pájaros, si la oprimen las zarzas, si la acaricia el sol? Quien lanza la semilla de la Palabra a voleo, debe volver a ver si germina. Para no dejar que se la coman los pajarillos, que la pisen los vecinos, que la ahoguen los cuidados vanos...

Francisco de Asís compartió las olorosas palabras del Señor en el conventillo de san Damián y, cuando pasó de este mundo al Padre, recibió el beso de las vírgenes de Cristo. San Antonio de Padua cuidó a las hermanas pobres de Arcela. Entre ellas entregó su espíritu y recibió el mismo homenaje póstumo que su bienaventurado padre Francisco. Sobre su cuerpo exánime se inclinaron las vírgenes de Cristo con el beso de paz. Los escritos de las clarisas de los ss. XVXVII muestran que hubo buenos plantadores y hermosas plantitas.

LO QUE MOSTRÓ FRANCISCO A CLARA

Francisco y sus hermanos, especialmente Felipe Longo y Pacífico que fueron visitadores, Marcos como capellán, compartieron la Palabra con Clara y sus hermanas muchas veces. Dicen que a Clara le gustaba escuchar a los predicadores doctos... y, paso obligado para los capitulares, simples o doctos, era San Damián.

Pero, sin palabras, Francisco le mostró su amor a Jesucristo que le atravesaba el alma y el cuerpo. El amor apasionado, hasta recibir en su carne las marcas del Crucificado. Ella fue testigo muy próximo de la maravilla de la gracia, del don de Dios en el Hermano. Compartió el Belén de Greccio y la Pascua de La Verna. Rezaba cada día en comunión con él el Oficio de la Pasión y un día... supo que el Serafín Crucificado le había traspasado. ¿Qué debe ser para una virgen consagrada, cuyo Único es Jesucristo, ver al hermano así identificado con el Señor Crucificado, su Amor, su Único... La vista de Francisco, su palabra... la adentraba en Dios.

Si algo quiso aspirar "mamar" Clara, del Hermano Francisco, fue ese amor apasionado que conduce al éxtasis: "Tu eres el Bien... Tu eres Hermosura..." Ella podía decir estas cosas ante el bellísimo Cristo de San Damián porque era su guardiana, porque allí comenzó la historia franciscana. El Cristo que es el corazón de la FORMA franciscana.

"...suspirando de amor, y forzada por la violencia del anhelo de tu corazón, exclama en alta voz: ¡Atráeme! ¡Correremos a tu zaga al olor de tus perfumes, oh Esposo celestial! ¡Correré y no desfalleceré, hasta que me introduzcas en la bodega, hasta que tu izquierda esté bajo mi cabeza y tu derecha me abrace deliciosamente, y me beses con el ósculo felicísimo de tu boca" (4CtaCl, 5).

De hecho, con muy pocos meses de diferencia respecto a Francisco (de septiembre a la Pascua), sabemos que Clara gustó "lo que tanto había deseado" en el éxtasis de Viernes Santo, cuando Felipa dijo que Clara parecía concrucificada.

Conclusión

Francisco y Clara. Cuando florecen los rosales, aunque haya nieve, hay algo que es... mucho más que rezar por los hermanos, o interceder por sus necesidades. Hay un profundo compartir la experiencia de Dios. Hay una emulación santa. Y todos, hermanas y hermanos bebieron ávidamente en las mismas aguas del río de la Vida y comieron el mismo Pan.