SAN FRANCISCO Y LO FEMENINO

Celso Márcio Teixeira. ofm.

 

 

 

INTRODUCCION

El equilibrio psicológico de una persona depende de la manera como resuelve o concilia en sí misma los arquetipos masculino y femenino. Francisco concilió muy bien esos arquetipos. Por eso fue un hombre equilibrado. Las fuentes franciscanas, primariamente los escritos y secundariamente las biografías lo evidencian. Este estudio, al basarse en las fuentes, desagradará a quienes gustan de ver en Francisco, aun de modo poético e ingenuo, un desequilibrado.

Hablar de lo femenino sin hablar de lo masculino ya es un desequilibrio, es querer tener en cuenta sólo un lado de la moneda; pero hay que tener en cuenta los dos. Por eso, al tratar de la manera cómo Francisco se situó ante lo femenino, aun sin entrar en muchos detalles, debemos abordar el modo como se situó ante lo masculino.

No trataremos explícitamente el contexto histórico de la época. Lo suponemos conocido. Vamos a atenernos únicamente al modo como Francisco ve lo femenino. Pero a lo largo de este estudio aludiremos a uno u otro aspecto de su contexto histórico.

En la primera parte de este estudio trataremos de abordar la convivencia-experiencia que Francisco tuvo de lo femenino. En la segunda abordaremos los valores de lo femenino que él tematizó. En la tercera veremos cómo Francisco integró en sí mismo y cómo expresa lo femenino.

EXPERIENCIA DE LO FEMENINO

Entre las experiencias y convivencias que Francisco tuvo de lo femenino hay que destacar la que tuvo con su propia madre, con santa Clara y con Jacoba de Settesoli.

La madre de Francisco

La primera experiencia que una persona tiene de lo femenino acontece a través de la relación con la propia madre. La psicología moderna subraya incluso la importancia del contacto físico de la madre con el hijo después del nacimiento de éste, durante el período de la lactancia, contacto-experiencia fundamental para el posterior equilibrio psíquico del niño. A medida que el niño se va convirtiendo en adulto, el contacto físico pasa a ser menos necesario, para dar lugar a otras formas de contacto y convivencia. Toda convivencia de una persona con su madre, a partir del contacto físico, la lleva a experiencias graduales de lo femenino y sus valores.

También Francisco debió vivir la primera experiencia de lo femenino a través de la convivencia con su propia madre. Como sucede con todas las madres de todos los tiempos, también la madre de Francisco lo habría rodeado de toda clase de cuidados. Pero, antes de abordar esta relación, veamos quién fue ella.

¿Quién fue la madre de Francisco?

Los historiadores, basados en fuentes no anteriores al siglo XVI, afirman que la madre de Francisco era de origen francés. Esta afirmación tiene su base histórica, si se piensa en los frecuentes viajes de Pedro Bernardone, el padre de Francisco, a Francia. El propio nombre de "Francisco" (sinónimo de francés), el conocimiento que él tenía de la lengua francesa, el amor por Francia confirmarían el origen francés de su madre. Con todo, según Arnaldo Fortini, lo que más confirma el origen francés de la madre de Francisco es el sobrenombre de "Pica", que se encuentra hasta en los documentos públicos de Asís. Este sobrenombre no sería otra cosa que el adjetivo patrio o gentilicio de quien proviene de Picardía, región de Francia en la que, a partir del siglo XII, florecían la industria y el comercio de tejidos.

En cuanto al nombre de la madre de Francisco, sólo un códice de la Leyenda de los Tres Compañeros lo cita: "matrem vero honestissi mam, nomine Picam". Los primeros biógrafos nos dan el nombre del padre, pero silencian completamente el nombre de la madre. Este sólo vuelve a aparecer en una fuente del siglo XIV, en la Leyenda del Anónimo de Bruselas. Según esta Leyenda, Pedro Bernardone tuvo una esposa de nombre Juana, "habuit uxorem nomine Johanam". A pesar de estar el Anónimo de Bruselas más distante del contexto de san Francisco que de aquel ejemplar de la Leyenda de los Tres Compañeros, lo más probable es que el nombre de la madre de san Francisco haya sido realmente Juana.

El nacimiento del primogénito de Doña Juana ocurrió durante la ausencia de Pedro Bernardone. Este andaba en viaje de negocios por Francia. En la pila bautismal Doña Juana dio al hijo el nombre de Juan; pero el padre, a su regreso, le impuso el sobrenombre de Francisco.

Relación de Francisco con su madre

Las fuentes franciscanas son extremadamente parsimoniosas en noticias o informaciones sobre la relación de Francisco con su madre. Por un lado, Francisco evita, en sus escritos, hablar de sus experiencias; por otro, los biógrafos, por principios hagiográficos de la época, destacan de tal manera la figura del santo que eclipsan casi totalmente las circunstancias y vínculos familiares que están en la base de la identidad humana. Es decir, que el biógrafo tiende a valorizar al santo en detrimento del hombre. Un descubrimiento del hombre debe intentarse, por lo mismo, a través de una lectura de las entrelíneas, sea de los propios escritos de san Francisco, sea de las fuentes biográficas.

De la globalidad de las fuentes se puede deducir que Francisco tuvo, durante su infancia y juventud, una buena relación con Doña Juana y Don Pedro Bernardone. De hecho, las fuentes sólo nos muestran una ruptura de esa relación en la etapa de la conversión de Francisco. Antes de esa ruptura sugieren el amor de los padres por el hijo Francisco.

Muchos piensan que Francisco sólo experimentó el amor de la madre. Pero esto no corresponde a la realidad. La Leyenda de los Tres Compañeros, por ejemplo, afirma que los padres de Francisco " lo amaban con mucha ternura". Afirma también el amor específico del padre por el hijo: "Su padre, en cambio, viéndolo en tan abyecta condición, se requemaba de sentimiento; y, por lo mismo que le había amado mucho, se avergonzaba tanto y tanto sufría al contemplar la carne de su hijo extenuada por la excesiva penitencia y por el frío". También el Anónimo Perusino hace la misma constatación, al decir que "el padre lo amaba a su modo" (Ap 8).

De hecho, el padre hacía gala de prodigalidad con Francisco. Ciertamente era él quien le daba dinero para los banquetes con los compañeros, como para armarse ricamente cuando Francisco se inscribió en la guerra de Apulia. De vez en cuando llamaba la atención a Francisco por sus excesivos gastos, pero, como era rico y "no quería entristecerle, le permitía tales excentricidades". En fin, Pedro Bernardone amaba al hijo y quería verlo como rey de la juventud, y estaba dispuesto a financiar su proyecto.

La gran pelea de Pedro Bernardone con Francisco no fue a causa del dinero, sino porque él "lo amaba a su modo". De hecho, entrelíneas, las Fuentes nos muestran a un padre preocupadísimo, "con dolor del corazón, tratando de encontrar al hijo perdido, queriendo traerlo de vuelta". Estas sólo son algunas indicaciones de la experiencia que Francisco tuvo del amor paterno. Este amor del padre lo marcó profundamente.

El amor de Doña Juana por su hijo generalmente no es objeto de duda. De hecho, sabiendo que Pedro Bernardone era un hombre de negocios, y que hacía largos viajes comerciales, se puede deducir que Doña Juana era quien llevaba el mayor peso en la tarea de la educación de los hijos. Ciertamente, la relación familiar de Francisco durante la infancia y la adolescencia fue más intensa con su madre que con su padre. Ya al final de la adolescencia y en la juventud la relación debió ser mayor con el padre, teniendo en cuenta que quería instruirlo en el arte del comercio. Muy probablemente Francisco hizo algunos viajes con su padre.

No tenemos detalles sobre la educación que Francisco recibió en su infancia y adolescencia, especialmente por parte de Doña Juana. Pero los biógrafos modernos quieren ver en ella no sólo a la "amiga de toda honestidad", sino también a "una mujer de una profunda fe, de un ferviente amor a Dios, de una gran caridad con el prójimo, de una pureza, mansedumbre y generosidad a toda prueba". Todo lo que Francisco tenía de puro, de noble y grande habría sido transmitido por Doña Juana en su esmerada tarea de madre educadora.

Esto tiene sentido. En cuanto al amor a Dios, ella no sólo debió haber introducido a Francisco en la vida de piedad, sino que también lo encaminó hacia un mejor conocimiento de la doctrina en la Iglesia de San Jorge, donde, además del catecismo, aprendió a leer y escribir. En cuanto a la caridad con los pobres, se sabe que los mendigos iban a pedir limosna a la casa de los Bernardone. Los pobres suelen pedir limosna en las casas donde saben que no serán defraudados. Y el principio de nunca negar limosna a quienes la pidieran por amor de Dios lo debió aprender Francisco de Doña Juana, aunque no creemos que Pedro Bernardone prohibiera dar limosnas.

Un hecho importante en la vida de Francisco es que aprendió de su madre la lengua francesa. Dona Juana le transmitió también, con la enseñanza de la lengua materna, algo de su manera de pensar, de su sensibilidad, de sus gustos, de su cultura de origen. La lengua francesa estaba ligada para Francisco a valores de nobleza y grandeza. Por eso gustaba cantar las alabanzas de Dios en lengua francesa, como los juglares (fenómeno cultural originario sobre todo de Francia) cantaban las gestas de los Caballeros de la Tabla Redonda.

No es fácil determinar de quién habría heredado Francisco esta o aquella virtud, este o aquel valor. De lo poco que conocemos del padre y de la madre de Francisco se puede deducir, no en términos absolutos, pero sí aproximativos, que del padre, burgués y comerciante, heredó su coraje, el gusto por los viajes, por la aventura, por la lucha, por la conquista de gloria y posiciones y hasta por la prodigalidad (pues era rico); y de la madre debe haber heredado: la nobleza y cortesía, la reverencia, la sensibilidad por lo bello y por la naturaleza, la compasión por los que sufren.

El mismo tuvo la experiencia de la compasión de su madre: cuando el padre lo puso en prisiones, la madre, compadecida, lo liberó.

Todos estos valores le fueron transmitidos dentro de una relación humana, familiar, pero más con el ejemplo que con palabras. Hay verdadera relación humana cuando hay transmisión y asimilación o intercambio de valores.

Clara de Asís

Ciertamente, Francisco tuvo otras experiencias de lo femenino a través de la convivencia con otras mujeres; convivió con criadas y con otras niñas en su infancia, y debe haber tenido amigas en su juventud. Pero merece especial consideración alguien que no fue amiga de la infancia ni de la juventud, pero que lo marcó de una manera particular.

¿Quién fue Clara de Asís?

Clara proviene de una familia de la nobleza tanto por parte del padre como de la madre. Su padre se llamaba Favarone y era hijo de Offreduccio. Su madre se llamaba Ortolana, mujer de profunda piedad; hizo tres peregrinaciones, una de ellas a Tierra Santa. Más tarde se haría también clarisa. Los tíos de Clara, Monaldo y Cipión, eran hombres de armas.

Clara nació en 1194, siendo bautizada en la catedral de San Rufino, allí donde Francisco recibió el nombre de Juan. De su madre, Clara aprendió los primeros rudimentos de la fe, la compasión por los pobres y el gusto por la vida de piedad y de oración. Muy pronto comenzó a privarse de alimentos para darlos a los pobres y, aunque lo hacía en forma oculta, la noticia de su bondad se extendió a todo el pueblo.

Es difícil determinar la época del nacimiento de la vocación de Clara. Según su biógrafo, la vocación de Clara está ligada al hecho de "haber oído hablar a Francisco, ya famoso, que, como hombre nuevo, renovó el camino de la perfección, ya que ésta había desaparecido del mundo". Esta expresión "siendo ya famoso' Francisco", nos permite deducir que el nacimiento de la vocación de Clara no puede ser situado antes de 1210. Según el proceso de canonización, Clara rechazó el matrimonio ofrecido por su padre a los 17 años (alrededor de 1211). Es bien probable que haya sido por esta época cuando ella buscó a Francisco para exponerle sus propósitos. Según la Fuentes, Francisco visitaba a Clara, y ésta visitaba con más frecuencia a Francisco; ella acompañada siempre de otra persona, y él acompañado de un hermano. A partir de ahí, creció una profunda amistad entre ambos.

En el domingo de Ramos de 1212, Clara fue a la Catedral para las ceremonias litúrgicas. Absorta en sus oraciones, no se dirigió al obispo para buscar su ramo. El obispo, entonces, descendió de las gradas del presbiterio y fue hasta Clara, depositando el ramo en sus manos. Aquella misma noche, de acuerdo a lo convenido con Francisco, Clara huyó de la casa, y dirigiéndose a la Porciúncula, deja que le cortaran el cabello, como signo de la vida de penitencia que comenzaba. A partir de ese momento, Clara fue conducida enseguida al monasterio de San Pablo, situado en las proximidades de la actual Bastia, donde permaneció por algunos días. Ahí tuvo que enfrentar a los parientes que querían llevarla de vuelta a su casa. Después de lo cual fue llevada a otro monasterio benedictino, San Angel de Panzo. Dieciséis días después de su fuga a este monasterio, recibió a su hermana Inés. La furia de los parientes se dirigió ahora, también en vano, contra Inés. La permanencia en ese lugar fue igualmente corta. De ahí Clara se trasladó a San Damián, donde permanecería hasta el fin de su vida.

Durante los tres primeros años en San Damián, Clara vivió bajo la directa dependencia de Francisco. El Concilio IV de Letrán (1215) prohibió por decreto la fundación de nuevas órdenes. Cualquier nueva fundación debería vivir según alguna Regla ya existente, o de san Benito o de san Agustín. Así, pues, Clara debía adoptar la Regla benedictina como base canónica. Como la vocación de Clara era vivir el Evangelio a la manera de san Francisco y no a la manera de san Benito, ella consiguió del Papa Inocencio III, en 1216, el privilegio de la pobreza; esto es, no obstante aceptar la estructura benedictina, podía vivir la pobreza absoluta sin -posesiones ni rentas.

Después de la muerte de Inocencio III en 1216, Honorio III encargó al Cardenal Hugolino el cuidado de las "damianitas". Este compuso para ellas en 1219 una Regla en la que ni siquiera se aludía al privilegio de la pobreza. Cuando el Cardenal Hugolino se convirtió en Gregorio IX, comenzó a conceder a todos los monasterios licencia para poseer bienes inmuebles y rentas fijas. Clara, sin embargo, consiguió del mismo Papa en 1228 la confirmación del "Privilegium Paupertatis".

Pero Clara quería más. Luchaba por una base jurídica legal franciscana. A través de Inés de Praga, en 1243, presionó pidiendo al Papa que en la profesión no se hiciera mención de la Regla de san Benito, sino que se redactara una nueva forma de profesión adaptada al modo de vida de las Damas Pobres. La presión de Inés surtió efecto. En 1247, el Papa Inocencio IV escribió para ellas una Regla. Esta marcó la conquista de dos pasos importantes en la lucha de Clara: la fórmula de profesión de la Regla de san Benito fue sustituida por la fórmula de san Francisco; y a partir de ahí la Orden de las Clarisas pasaba a la jurisdicción de los Ministros de la Orden de los Hermanos Menores. Una cláusula, sin embargo, significaba un paso atrás: "Os sea permitido recibir y tener en común rentas y posesiones".

Clara, entonces, previendo que no viviría ya mucho tiempo, y no queriendo dejar a las hermanas en la ambigüedad, comenzó a escribir su propia Regla. Tomó la Regla Bulada de san Francisco y la adaptó a la vida contemplativa femenina, aprovechando uno u otro elemento de carácter disciplinar de las Reglas de Hugolino y de Inocencio IV Su Regla fue aprobada por el mismo papa.

La relación de Francisco con Clara

La profunda amistad existente entre Francisco y Clara es lo que se podría llamar relación equilibrada entre dos personas de distinto sexo. Los estudiosos del franciscanismo están de acuerdo en considerar a Clara como la "expresión femenina" del franciscanismo, "imagen femenina del ideal franciscano", "versión femenina de la vida según el Santo Evangelio", "expresión de Francisco en su rostro femenino". De hecho, Francisco y Clara son como las dos caras de la misma moneda que, de manera perfectamente equilibrada, nos presentan el modo masculino y el modo femenino de vivir el Evangelio, modos diferentes, pero con el mismo amor, con la misma pasión, con la misma intensidad, con la misma radicalidad. Exactamente en esto consiste el equilibrio de la amistad de estas dos personas: ellas eran caras de una misma moneda, eran respectivamente expresiones masculina y femenina del mismo Evangelio. El punto de equilibrio no estaba situado en uno de los dos, sino en el Evangelio, realidad superior que atraía a ambos. No era uno el que atraía al otro, sino, al decir de la Leyenda de Santa Clara, "el Padre de los Espíritus atraía a ambos, aunque de modos diferentes".

Francisco amaba a Clara y viceversa. Se amaban con ternura, llenos de cuidados el uno para el otro. Pero este amor mutuo era superado por el amor de ambos por Dios, por Jesucristo, por el Reino. Este es el secreto de la relación casta y equilibrada de Francisco con Clara.

Un cierto romanticismo decadente origina leyendas que no tienen ninguna base en las fuentes, y son fruto únicamente de la fantasía, que sólo sirven para lisonjear a los corazones vacíos. Este modo de ver la relación de los dos santos no tiene para nada en cuenta a las Fuentes. Estas son clarísimas mostrando que Francisco quiso conquistar a Clara no para sí, sino para Cristo: "Es grande el deseo de Francisco de encontrar a Clara y de hablar con ella para ver si, de algún modo, le fuera permitido arrebatar al mundo perverso esa noble presa y entregársela a su Señor". El propio Francisco, en sus coloquios con Clara, le habla en términos de nupcias con Cristo: "El destila en sus oídos la dulzura de las nupcias con Cristo, convenciéndola de guardar la perla de la castidad virginal para aquel santo Esposo, que por amor se hizo hombre". Y el deseo de Clara era exactamente "hacer de su cuerpo un templo sólo para Dios y merecer, con la práctica de las virtudes, las nupcias con el Gran Rey". Y cuando Francisco le cortó la cabellera y la vistió con el hábito de la penitencia "Clara se convirtió en esposa de Cristo".

Por tratarse de alguien que quería desposar a Cristo, Francisco la trataba con la máxima discreción. Así, la Leyenda de Santa Clara habla de encuentros entre los dos: "El la visita, y ella lo visita más frecuentemente, regulando la frecuencia de los encuentros de manera que aquella atracción divina no fuese percibida por ninguna persona y que no surgieran murmuraciones públicas que la mancillaran". La discreción hacía que tanto Francisco como Clara llevasen a otra persona como acompañante. Exactamente esa misma discreción y reverencia llevó más tarde a Francisco a prohibir la entrada de hermanos en los monasterios de clarisas, con el fin de que no fuera manchada, con habladurías maliciosas, la relación de los hermanos con las Damas Pobres. Esta reverencia de Francisco se trasluce en los escritos que dejó a Clara y sus hermanas. En la Ultima Voluntad escrita a Clara llama a las Damas Pobres "señoras mías". Este título era usado por los juglares y caballeros cuando se dirigían a las jóvenes y damas .

Si Francisco tenía hacia Clara una reverencia propia de un caballero ante la esposa de Cristo, Clara, a su vez, profesaba a Francisco un amor filial. Al comienzo, ella lo escuchó como guía, confiándose enteramente a él, y, a partir de aquel momento, "su alma quedó toda ligada a sus santos consejos y acogía con corazón ardiente lo que le enseñaba en relación con el buen Jesús". Después pasó a tener un amor filial hacia él. De hecho, como dice G. Mancini, "Clara era la mujer nacida del alma de Francisco, la otra mujer que se convirtió en su hija... de ahí el hecho de que ella se sintiera la plantita de Francisco". Es Clara quien se llama a sí misma " la plantita de san Francisco". A partir de está autodenominación de Clara, ese título aparece también en otras Fuentes.

Ese título tiene su origen en la terminología bíblica. Dios es comparado con un agricultor que planta con amor una viña y cuida de ella con cariño. En el lenguaje bíblico hay toda una relación afectiva que liga al agricultor a su planta. Así Clara siente el cuidado y el afecto que Francisco tenía por ella. Por eso, Clara llama a Francisco no sólo su fundador, sino también plantador de la Segunda Orden.

En los escritos de santa Clara se patentiza su relación filial con san Francisco. Se refiere a él casi siempre con el apelativo "nuestro padre Francisco". En ningún lugar de sus escritos lo llama hermano. Este lenguaje traduce, pues, la relación y el tipo de afecto que ligaba a Clara con Francisco.

No sólo el lenguaje de las palabras muestra esta relación. También el lenguaje de los sueños, que deja fluir los símbolos del inconsciente hacia el consciente, presenta a Clara lo que significa la realidad Francisco. Como cuenta un testimonio del Proceso de Canonización (lll, 29), Clara soñó que Francisco la amamantaba a su pecho. Dar el pecho es el símbolo del amor que nutre, que sustenta y da vida, que da de su propia vida. Así Clara veía a Francisco: un jardinero que tenía para su plantita no sólo sentimientos de padre, sino también cuidados de madre.

Jacoba de Settesoli

Otra persona que tuvo una relación de profunda amistad con san Francisco fue Jacoba de Settesoli. Esta figura, como la madre de Francisco, ha quedado un tanto apagada en las fuentes franciscanas. Pero fue de gran importancia para Francisco en la experiencia de lo femenino.

¿Quién fue Jacoba de Settesoli?

Dentro de las pocas noticias que las fuentes franciscanas nos dan de Jacoba de Settesoli, consta que ella era una señora de la nobleza de Roma. Los historiadores afirman que se casó con Graciano Frangipane, conde de Marino y señor de Septizonium, y que tuvo dos hijos: Juan y Graciano. En 1217 Jacoba perdió a su marido, iniciando un período de larga viudez.

El biógrafo de san Francisco sugiere que, amén de "los ilustres orígenes y de la gloria familiar", Jacoba era poseedora de grandes riquezas. En la Edad Media, normalmente, la nobleza y la riqueza iban juntas; pero sucedía también, especialmente con el surgimiento de la burguesía, que personas que no pertenecían a la nobleza se hacían muy ricas y otras de la nobleza acababan siendo pobres. La familia de Jacoba debe haber sido no sólo rica, sino también con cierta influencia y poder político, pues su hijo Juan Frangipane, que la acompañó a Asís con ocasión de la muerte de san Francisco y fue uno de los testigos de los estigmas, fue más tarde procónsul de Roma y conde del Sagrado Palacio.

Las dotes morales de esta noble dama no pasaron inadvertidas para el biógrafo que la alaba por la "notable santidad, por la perfección de las virtudes y por la vida ejemplar durante su larga viudez". Mujer de profunda piedad y vida de oración, había querido entrar en un monasterio después de la muerte de su marido, pero debía cuidar de sus hijos, y sirvió al Señor en el mundo.

El comienzo de la amistad entre Jacoba y Francisco data, según los historiadores, de 1212, y Francisco se debió hospedar más de una vez en su casa. Ella le preparaba "mostaccioli", un dulce hecho de almendras, con azúcar o miel y otros ingredientes, que Francisco apreciaba mucho.

No hay noticia de que Jacoba visitara a Francisco a no ser en los primeros días de octubre de 1226. Francisco yacía en su lecho de muerte, cuando dictó una carta en la que pedía la presencia de Jacoba y que ella le trajera algunas cosas. Cuando el emisario estaba a punto de partir llegó Jacoba con su comitiva, trayendo "una túnica para la sepultura, algunas velas, un sudario para cubrir el rostro, un almohadón para la cabeza y algunos de aquellos dulces que Francisco gustaba", precisamente lo que pedía en la carta. Cuando murió Francisco, Fray Elías le entregó el cuerpo del santo con estas palabras: "Ven, para que puedas tener en tus brazos, después de muerto, a quien amaste en vida".

Es de suponer que fue ella quien preparó el cuerpo de Francisco para la sepultura, ya que ella trajo la túnica, las velas y demás accesorios, y teniendo en cuenta que Fray Elías le entregó el cuerpo exánime de Francisco. De esta manera, Jacoba fue la primera laica en contemplar las llagas, convirtiéndose también en testigo de ese prodigio.

El motivo del traslado definitivo de Jacoba a Asís no fue sólo para permanecer más cerca de los restos mortales de su santo amigo, sino también por el afecto que tenía por la Orden. Ciertamente debe haber pasado el tiempo de su permanencia en Asís, dedicando a los hermanos la misma amistad que dedicara a san Francisco, prestándoles los mismos auxilios y el mismo apoyo. De hecho, ella pasó el resto de su vida en Asís. Según algunos autores, falleció a edad avanzada, el año 1274. Los hermanos la sepultaron en la cripta de la basílica de san Francisco, privilegio de pocos de los primeros compañeros del santo. En la inscripción de la pared de su sepultura se lee: "Aquí descansa Jacoba, santa y noble... romana". Jacoba de Settesoli recibió en la Orden una veneración especial: su nombre fue inscrito en el martirologio franciscano, y figura el día 8 de febrero como beata.

Relación de Francisco con Jacoba de Settesoli

El primer biógrafo de san Francisco es quien nos da la más importante pista para evaluar la relación de Francisco con Jacoba. Escribe así: "La dama romana, Jacoba de Settesoli,... mereció el privilegio de una afecto muy especial de parte de san Francisco".

El propio Francisco manifestó esa especial afección. Con excepción de los hermanos presentes, Jacoba fue la única persona cuya presencia quiso junto a su lecho de muerte. Las Fuentes, por ejemplo, no hacen mención de que hubiera mandado llamar a su hermano Angel, que todavía vivía. Pero mandó llamar a Jacoba. Este afecto era recíproco. Las palabras de Fray Elías a Jacoba son la expresión del sentimiento de ella hacia san Francisco: "Ven, para que puedas tener en tus brazos a quien amaste cuando estaba vivo".

Fuentes tardías, como la Leyenda Perusina y el Espejo de Perfección, interpretan la relación de Francisco con Jacoba al mismo nivel de la relación de Cristo con María Magdalena: "Por los méritos de la predicación del bienaventurado Francisco, ella había recibido de Dios tantas gracias que parecía María Magdalena, por el don de las lágrimas y la piedad". Cuando las Fuentes franciscanas comparan a Jacoba de Settesoli con María Magdalena no quieren ciertamente afirmar que Jacoba hubiera sido una pecadora antes de conocer a Francisco, sino mostrar que el afecto de Jacoba era comparable al de María Magdalena.

Jacoba se arrodilló a los pies de san Francisco, y se aferró a aquellos santísimos pies señalados y adornados con las llagas de Cristo, y con tanta devoción los besaba y bañaba con sus lágrimas que los hermanos que le acompañaban parecían ver a la propia -Magdalena a los pies de Jesucristo, y por ningún medio la podían separar.

Una prueba de la gran amistad de Francisco por Jacoba la tenemos en este episodio: cuando ella llegó a Asís para visitar a san Francisco moribundo, los hermanos se encontraron frente a una dificultad singular; tiempo antes, Francisco había prohibido la entrada de mujeres en aquella parte de la casa; dándose cuenta de la confusión de los frailes, Francisco dijo simplemente: "¡Bendito sea Dios que nos envió a nuestro hermano, la señora Jacoba! Abran las puertas y déjenla entrar, pues el artículo que prohíbe la entrada de mujeres no vale para Fray Jacoba". Para Francisco, la amistad que mantenía con Jacoba estaba por sobre las normas disciplinarias. Y, para demostrarlo, hizo una excepción, llamándola hermano.

El título de hermano dado a Jacoba muestra el gran aprecio y cariño que tenía por la noble señora. Aprecio, porque la consideraba en un pie de igualdad con cualquiera de sus hermanos; cariño, porque este título que le da tiene una connotación cariñosa. Ese modo cariñoso de nombrarla lo conserva la Orden Franciscana hasta el día de hoy.

Otro aspecto que no puede pasar inadvertido en la relación de Francisco con la noble dama romana es el cuidado con que ella lo trataba. Una frase de la carta que él mandó escribir lo testimonia elocuentemente: "...mande también de aquel dulce que me preparó tantas veces, cuando yo iba a Roma". La expresión "tantas veces" sugiere que Francisco, siempre que iba a Roma, si no se hospedaba en casa de Jacoba, al menos la visitaba. Y ella, con todo esmero, le preparaba los dulces de los que tanto gustaba. Este hecho, insignificante a primera vista, tiene un importante significado femenino. Es muy propio de la mujer querer agradar a la persona que ama, querer cuidar de ella. Y Jacoba no sólo cuidaba de él en vida, sino que quiso cuidarlo también estando moribundo, disponiendo los detalles de la sepultura (túnica, velas, almohada, sudario). Los detalles forman parte del cuidado femenino.

La "Cuarta Consideración de las Llagas" afirma que Jacoba no sólo cuidó de la sepultura de Francisco, sino que también "corrió con todos los gastos". Esta afirmación, por lo demás verosímil, nos ofrece otro aspecto de la relación de ambos: Jacoba debe haber sido una bienhechora de Francisco y de la Orden o, según la expresión del propio Francisco, una amiga espiritual. Las fuentes no son explícitas al respecto; pero siendo ella una persona muy rica, debe haber socorrido más de una vez a Francisco. A no ser en la narración de algunos milagros y de la caridad que tuvo con algunas mujeres, las fuentes hacen cuestión no sólo de guardar silencio sobre este asunto, sino de mostrar que Francisco tenía aversión a las mujeres. Según el biógrafo, Francisco hablaba de las "venenosas melosidades" y del mundano "chismorreo" de las mujeres, exhortando siempre a los hermanos a evitarlas.

En los escritos de san Francisco existen algunas normas que él da sobre la manera cómo los hermanos deben relacionarse con las mujeres45, pero de esas normas no se puede deducir que hubiera tenido horror por el sexo femenino. Su relación con Clara y Jacoba prueban más bien lo contrario. Creemos, sin embargo, que es de la autoría de Francisco la parábola narrada en 2C 113. Con esta parábola, Francisco intenta mostrar dos maneras de relacionarse con las mujeres los hermanos: una, la del hombre impuro y deshonesto, que ve a la mujer como objeto de posesión, de deseo, de placer; y la otra, la del hombre honesto y casto, y cómo se comporta ante la mujer, con respeto y reverencia por el misterio que lo femenino desvela. Se trata de una parábola que Francisco utiliza para explicar el pasaje del Evangelio: "Todo hombre que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón" (Mt 5, 28). Nótese que este pasaje es citado en los escritos de san Francisco justamente donde se regula la relación de los hermanos con las mujeres.

La aversión que el biógrafo quiso atribuir a san Francisco hay que atribuirla no a Francisco sino al biógrafo que, con la finalidad de edificar a la nueva generación de hermanos, propuso a sus lectores la imagen de un santo con un exagerado carácter ascético-moralista.

VALORES DE LO FEMENINO TEMATIZADOS POR FRANCISCO

Francisco, al relacionarse con lo femenino, hace la experiencia de los valores y antivalores del mismo. Alguno de esos valores llegó a tematizarlos (expresar, verbalizar, elaborar). No pretendemos con esto afirmar que él haya hecho un análisis profundo de su experiencia, sino sólo que, a lo largo de su vida, expresó valores en la convivencia con lo femenino. En sus escritos se trasluce especialmente la aguda percepción que tuvo del amor materno y la plástica concepción de las virtudes.

El amor materno

El amor en sí no es ni masculino ni femenino. Trasciende esa dualidad. Lo masculino y lo femenino, a su vez, se tornan formas de expresión y concretización del amor. Hay, por tanto, un modo masculino y un modo femenino de amar, o, de otra manera, hombre y mujer expresan el amor de maneras diferentes, comprometiendo cada uno en esa expresión todo su ser con todas sus diferencias y características.

Francisco, en su espiritualidad, privilegia el amor materno. Este se convierte para él en la realidad-símbolo, el paradigma del amor que debe existir entre los hermanos de su fraternidad: "Y donde quiera que estuvieren y se encontraren los hermanos muéstrense familiares entre sí. Y, con confianza, manifiesten el uno al otro su necesidad, porque si una madre ama y cuida a su hijo carnal, ¿con cuánta mayor diligencia debe cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual"?.

Se acostumbra atribuir la preferencia de Francisco por el amor maternal a la experiencia negativa que tuvo con su padre. Se trata de un equívoco. Como ya lo hemos señalado, Francisco tuvo una sublime y profunda experiencia del amor paterno. Fue una experiencia tan profunda y sublime que, al romper sociológicamente con su padre Pedro Bernardone, Francisco no rompió afectivamente con su arquetipo de padre, atribuyendo ese arquetipo únicamente a Dios. Con otras palabras: Pedro Bernardone, por su actitud hacia Francisco, contradijo de tal manera el arquetipo de padre que él mismo había ayudado a grabar en lo íntimo de Francisco, que éste no podía ver este arquetipo sino atribuido perfectamente a Dios.

De hecho, un análisis de los escritos de san Francisco nos muestra lo siguiente: si exceptuamos tres ocasiones en las que la palabra padre del texto de Lc 16, 26, Mt 19, 26 y Mt 23, 9 es citada en la Regla no Bulada, en todas las demás ocasiones el término padre es atribuido a Dios. En su misma fraternidad, no quiere que ningún hermano se llame padre o prior. Creemos que si su experiencia fundamental del amor paterno hubiera sido negativa, Francisco no habría hablado de Dios como padre con tanta exclusividad.

Por lo mismo, Francisco tematiza el amor de madre, no por contraposición a una percepción negativa del amor de padre, sino por el valor intrínseco del amor materno. Sin duda, también tuvo una experiencia positiva del amor materno. Francisco, en la relación con lo femenino, especialmente a través de su madre, captó características propias del amor materno, características que juzgó necesarias para el desarrollo de su fraternidad. De ahí su insistencia en proponer el amor materno como prototipo del amor al hermano espiritual.

Del texto citado de la Regla se puede extraer una de las características del amor materno. Ser madre, para Francisco, es amar y nutrir. De tal manera el nutrir es una de las características del amor materno que él da a la tierra que nos sustenta el nombre de "madre". Nutrir es dar la vida, hacer vivir al otro, y no sólo cuidar del sustento propio sino también del sustento del otro. Ese preocuparse con el hermano es característico del amor materno. Por eso, en el capítulo que trata del trabajo, Francisco dice expresamente: "En cuanto a la paga por el trabajo, reciban lo necesario para el cuerpo, para sí y sus hermanos".

Otra característica del amor materno es el cuidado que el hermano espiritual debe tener con el hermano enfermo. Luego de hablar del amor que nutre, Francisco escribe: "Y si alguno de los hermanos cayere en enfermedad, los demás hermanos deben servirlo como ellos mismos quisieran ser servidos". Al escribir esta frase, Francisco tenía todavía presente ante sí la figura de la madre que ama y nutre y que, cuando el hijo se enferma, redobla sus cuidados con él. Teniendo presente esa imagen, exhorta a sus hermanos: "Si alguno de los hermanos cayere en enfermedad, dondequiera que esté, los otros hermanos no lo abandonen, a no ser que se delegue a uno de los hermanos o más, si fuera necesario, para que lo sirvan como ellos mismos desearían ser servidos".

En el mismo contexto del amor materno que cuida del hijo, debe ser entendida la preocupación de Francisco por el bienestar de los hermanos, cuando prescribe: "Los ministros y los custodios, y sólo ellos, cuiden diligentemente, por medio de amigos espirituales, de las necesidades de los hermanos enfermos y de los que necesitan ropa, de acuerdo con las exigencias de los lugares, tiempos y frías regiones, como mejor percibieren que conviene a su necesidad". En conexión con estas características, el amor materno es para Francisco amor que está dispuesto a servir, amor que se hace menor. Como una madre está pronta para servir a su hijo con alegría, así debe ser también el hermano menor con su hermano espiritual. Esta característica se hace patente en los cargos de autoridad dentro de la fraternidad. No hay superiores en la fraternidad franciscana, sino ministros y servidores; es decir, aquellos que tienen como responsabilidad lavar los pies a sus hermanos; no hay abades o priores, sino custodios y guardianes, a saber, aquellos que guardan y cuidan. El servicio de la fraternidad no es ejercicio de poder o dominio, sino cuidado por las almas de los hermanos.

De hecho, cuando hacemos estas afirmaciones, no queremos confundir los conceptos. Queremos solamente mostrar que la característica femenina del cuidado y del servicio al hermano son elementos importantes para la comprensión de la minoridad. Así lo entendían también los escritores de la Leyenda de los Tres Compañeros y el Anónimo Perusino al unir el amor materno, nutrir y servir: "Se amaban con un amor entrañable, y cada uno servía al otro como la madre alimenta a su hijo único y querido. Ardía en ellos de tal manera el fuego de, la caridad que les parecía fácil entregar sus cuerpos a la muerte, no sólo por amor de Cristo, sino también por la salvación del alma o por la salud del cuerpo de sus hermanos". "Amar", "alimentar", "servir", "dar la propia vida" son términos propios del modo de relación de una madre con su hijo.

Las virtudes

Como el amor, tampoco las virtudes son en sí masculinas o femeninas. Se convierten en masculinas o femeninas en la medida que el hombre o la mujer las asimila y les imprime su modo de ser. Francisco consideraba a las virtudes como femeninas. Esto no quiere decir que él haya vivido femeninamente las virtudes. Como hombre, las vivía masculinamente, les daba su modo de ser masculino, las concretaba masculinamente. Como en el caso del amor, hay un modo masculino y un modo femenino de practicar las virtudes.

La concepción de las virtudes en cuanto femeninas se trasluce en esta oración poética de Francisco: "¡Salve, reina sabiduría, el Señor te guarde con tu santa hermana, la santa y pura simplicidad!, ¡Señora santa pobreza, el Señor te guarde con tu hermana la humildad!, ¡Señora santa caridad, el Señor te guarde con tu santa hermana la obediencia!, ¡Santísimas virtudes, el Señor las guarde a todas, de quien procedan y provienen!".

Francisco llamaba a todas las virtudes "señoras". Es un modo original de concebir a las virtudes. Sin duda, Francisco debió haber experimentado, en su relación con lo femenino, el modo femenino de practicar la virtud. Las tres damas de las que habló anteriormente eran personas de nobles virtudes. Pero, por otro lado, Francisco convivió con hombres virtuosos, hombres que vivían las virtudes con un sello masculino. Recuérdese, de paso, a fray Egidio, fray Maseo, fray Angel, fray León, fray Rufino. Pero Francisco prefirió contemplar las virtudes en rostros femeninos. Al llamar a las virtudes "señoras", Francisco privilegia, en su concepción, el modo femenino de vivir las virtudes. Para él, las virtudes tienen características femeninas.

La principal característica femenina de las virtudes que entresacamos de sus escritos es la fragilidad. El valor femenino de la fragilidad se puede percibir en la continuación de la citada oración de Francisco: "Cada una (de las virtudes) confunde a los vicios y pecados.

La santa sabiduría confunde a Satanás y todas sus astucias. La pura y santa simplicidad confunde toda la sabiduría de este mundo y la sabiduría del propio yo. La santa pobreza confunde a la codicia, la avaricia y los cuidados de este mundo.

La santa humildad confunde a la soberbia y a todos los hombres que están en el mundo e igualmente a todas las cosas del mundo. La santa caridad confunde a todas las tentaciones de la carne y todos los temores carnales. La santa obediencia confunde a todos los carnales y propios deseos...".

De la estructura de este texto se puede deducir que la fragilidad femenina de las virtudes es exactamente la fragilidad escogida por Dios para confundir la fuerza brutal del mundo. Esta afirmación se entiende mejor teniendo a la vista lo dicho por san Pablo: "Lo necio de este mundo Dios lo eligió para confundir a los sabios, y lo débil según el mundo Dios lo eligió para confundir a los fuertes; lo vil y despreciable según el mundo Dios lo eligió, como todo lo que nada es, para destruir a los que son" (1 Cor 1, 27-28). Francisco concibe las virtudes dentro de la paradoja evangélica: Dios elige a los pequeños para realizar grandes maravillas. Como Dios miró la pequeñez de María (Cf. Lc 1, 48) y como oculta sus secretos a los sabios para revelarlos a los sencillos, humildes y pequeños (Cf. Mt 11, 25), así él quiso escoger la femenina fragilidad de las virtudes para confundir a los poderosos.

Pero, para entender mejor esta concepción de las virtudes es necesario comprender el alma poética de Francisco. Francisco fue un poeta plástico, visual, concreto, es decir, no gustaba de las abstracciones. Personificaba sus ideas como queriendo verlas y tocarlas. Esto formaba parte de la estructura de su pensamiento. El "veía corporalmente" en la Eucaristía al Altísimo, y oía en las Escrituras la voz del Hijo de Dios. Los atributos que aplica a María en el Saludo a la Madre de Dios son sustantivos concretos: "Salve, palacio del Señor. Salve, tabernáculo del Señor. Salve, morada del señor. Salve, vestidura del Señor".

Dentro de este modo visual y plástico de pensar, Francisco personificó también a las virtudes. Y, como caballero que era y nunca dejó de ser -sólo cambió la corte de los reyes de este mundo por la del Gran Rey-, veía las virtudes como damas de honor de la Corte de Jesucristo.

Entre las virtudes que reciben el nombre de "señora", la pobreza es la que más aparece en las fuentes franciscanas. Hay que destacar el Sacrum Commercium, en el que el personaje principal es la dama Pobreza. Este opúsculo fue escrito en 1227, es decir, al año siguiente de la muerte de san Francisco. Fue escrito, sin embargo, por un hermano de la primera generación franciscana. En este "auto-sacro" el autor presenta a Francisco y un grupo de hermanos en busca de la dama Pobreza, para hacer con .ella un pacto, una alianza. Quieren convertirse en servidores del Señor de los ejércitos y del rey de la gloria, y buscan la pobreza para que ella sea su compañera y les indique el camino. Dama Pobreza es, como lo sugiere el opúsculo, la esposa de Cristo. Francisco la elige como su dama y la de sus hermanos, dentro del espíritu caballeresco de la época.

A partir de la segunda generación franciscana se comenzó a considerar a la pobreza como esposa de Francisco. El opúsculo Sacrum Commercium pasó a ser interpretado como las nupcias de Francisco con Dama Pobreza, y el arte, especialmente la pintura, visualiza a Cristo celebrando el matrimonio de ambos.

LA INTEGRACION DE LO FEMENINO

La psicología moderna, a partir de Jung, afirma que el hombre tiene en sí dos elementos constitutivos, lo masculino y lo femenino, el animus y el anima. De la integración de esos elementos en la psique humana depende el equilibrio de la persona. Para ser equilibrado, el hombre tiene que integrar lo femenino y la mujer lo masculino.

Francisco integró muy bien lo femenino en su personalidad. Y cuando prescribió el amor fraterno como paradigma para el amor entre los hermanos, aun sin saberlo, estaba ofreciendo a los hermanos un poderoso medio de salud y equilibrio psíquicos, porque les proponía formas concretas de integración de lo femenino

De hecho, él no se avergonzaba de lo femenino. Con mucha naturalidad se consideraba "madre de los hermanos". En una carta a fray León, por ejemplo, él mismo se considera como madre: "Te hablo así, hijo mío, como madre...". Por su parte, san Buenaventura hace alusión en varias ocasiones al corazón materno de Francisco. Es común encontrar en la biografía de que es autor expresiones como ésta: "Francisco parecía tener cariño de madre", "él los engendraba todos los días, como una madre, en Cristo".

Tomás de Celano narra un episodio en que un hermano simplemente llama a Francisco "madre". Queriendo mostrar las llagas de san Francisco a otro hermano, fray Pacífico acordó con él que le besaría la mano a Francisco, y en ese momento le mostraría la llaga. Fray Pacífico pidió entonces la bendición: "Bendícenos, madre amadísima, y dame a besa-r tu mano". Más tarde, Francisco descubrió el engaño y llamó la atención de fray Pacífico sobre la pena que le había causado. Fray Pacífico preguntó: "¿Qué pena te he causado, madre queridísima?".

De este episodio se puede inferir que había una cierta costumbre de llamar "madre".

Otro episodio que muestra cómo Francisco integra con naturalidad lo femenino: Francisco andaba por un camino y vio a la vera del mismo a tres pobrecitas mujeres, que lo saludaron: "Bienvenida, Dama Pobreza". Francisco se llenó de inefable alegría por este saludo, porque no había ningún saludo que le alegrara tanto como éste.

Uno de los indicadores de que lo femenino está integrado en la personalidad es cuando está integrado en el lenguaje, cuando no se tiene vergüenza de expresarlo verbalmente. El lenguaje de Francisco es rico en expresiones de lo femenino. Podemos decir sin exagerar que Francisco, al proponer el amor materno como parámetro para la relación de los hermanos, estaba adoptando la mejor manera de valorar lo femenino. Además del ejemplo materno, otros ejemplos nos muestran cómo el lenguaje de Francisco asimiló definitivamente lo femenino. Veamos algunos:

Francisco llamaba a los hermanos madres. La Regla para los Eremitorios comienza con estas palabras: "Aquellos que quisieren vivir como religiosos en eremitorios no sean más de tres, o, como máximo, cuatro hermanos. Dos de ellos sean madres y tengan dos o al menos uno como hijo". En esta Regla, Francisco, cuando trata de la manera de relacionarse con los hermanos, sólo emplea los términos "madre-hijo", del principio al fin.

Francisco llamaba madre a quien tenía un cargo en la Orden. El primer biógrafo afirma que fray Elías, vicario del santo, fue escogido por Francisco como madre70. Así se entiende que Francisco deseara que los cargos fueran asumidos en la Orden dentro de ese mismo espíritu de relación madre-hijo. Ministros, custodios y guardianes son madres para los hermanos encargados de su cuidado.

Los hermanos y todos aquellos que hacen penitencia son madres de Nuestro Señor Jesucristo. Así se expresa en la Carta a todos los Fieles: "Y todos aquellos hombres y mujeres que así obraren... verán posarse sobre ellos el Espíritu del Señor, y El tendrá en ellos su morada permanente, y ellos serán hijos del Padre Celestial, cuyas obras hacen. Y ellos son esposos, hermanos y madres de Nuestro Señor Jesucristo... Somos madres si con amor y conciencia pura y sincera lo traemos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo y lo damos a luz por obras santas que sirvan de luminoso ejemplo a los otros". Se trata, indudablemente, de un lenguaje simbólico pero un lenguaje que integra realistamente lo femenino en lo que es más propio de lo femenino, es decir, la acción de gestar y dar a luz.

En una parábola, Francisco se identifica con la mujer madre de muchos hijos. Francisco contó al papa la parábola de una mujer pobre que moraba en el desierto. Un rey se enamoró de ella y tuvieron muchos hijos. Cuando los hijos crecieron, ella les dijo que no debían avergonzarse de la pobreza, pues eran hijos de rey. Cuando los hijos se presentaron al rey, éste, viendo en ellos su semejanza, los recibió con alegría y los declaró sus herederos. Con esta parábola, Francisco se compara a la mujer pobre del desierto, cuyos hijos son los hermanos. El rey es el Hijo de Dios, a quien los hermanos se asemejan por la pobreza72. Es digno de notarse la naturalidad con que Francisco expresa lo femenino en su lenguaje.

Compara a los hermanos a las mujeres estériles que dan a luz. a muchos hijos. Para exhortar a los hermanos predicadores que buscaban en su predicación más la propia gloria que la edificación de los oyentes, Francisco interpreta así el versículo de la Escritura que dice: "Hasta la estéril dio a luz muchos hijos" (1 Sin 2,5): "La estéril es mi hermano pobrecito que no recibió en la Iglesia el encargo de engendrar hijos; él va a dar a luz muchos hijos en el día del juicio, porque el juez va a premiar en la gloria a los que ahora convierte con sus oraciones particulares. Y se marchitará la que muchos tiene, porque el predicador que se goza ahora de haber engrendrado muchos él mismo, conocerá entonces que no hubo nada suyo en ellos". Francisco no sólo se compara a sí mismo con una mujer, sino también a sus hermanos.

La gallina negra del sueño. Estando Francisco muy preocupado por proteger a su Orden, "pues lobos voraces amenazaban al rebaño", Francisco tuvo el siguiente sueño: "Vio a una gallina pequeña y negra, semejante a una paloma doméstica, con las piernas y las patas cubiertas de plumas; tenía incontables polluelos que rondando sin parar en torno a ella no lograban cobijarse todos bajo sus alas". Francisco interpreta su sueño: "Esa gallina soy yo, pequeño de estatura y de tez negra. Los polluelos son los hermanos, que se multiplican en número y gracia, a quienes no bastan mis pobres fuerzas para defenderlos de la maldad de los hombres ni ponerlos a cubierto de las acusaciones de lenguas enemigas. Por eso los voy a recomendar a la Santa Iglesia Romana". El lenguaje de los sueños es igualmente muy importante para revelar lo íntimo de la persona. Y Francisco reconoció en la gallina negra del sueño la expresión de su lado femenino.

Cuadernos Franciscanos. Chile, 1993, 102