CAPÍTULO NOVENO

Evangelización y elección de los predicadores

El anunciar la buena nueva de la Palabra de Dios, a ejemplo de Cristo, maestro de IE vida, es uno de los más dignos, útiles, altos y divinos oficios que hay en la Iglesia de Dios, dei cual depende en especial la salvación del mundo. Se ordena, pues, que ninguno predique sin antes haber sido examinado y aprobado por el capítulo general y le haya sido concedida la licencia por el padre vicario general, tal como lo exige la Regla.

Solamente se otorgue tal oficio a quien sea de vida santa y ejemplar, juicio claro y maduro, voluntad fuerte y fervorosa. Porque la ciencia y la elocuencia no edifican sin la caridad, y mas aun, muchas veces destruyen.

Los prelados no hagan acepción de personas al imponer tal oficio, ni se muevan por amistad o favor humano, sino simplemente, por honor de Dios, prefiriendo que sean pocos y buenos que muchos e incapaces. Tomen el ejemplo de Cristo suma sabiduría que teniendo ante si las gran turba de los hebreos eligió, después de orar prolongadamente, solo 12 apóstoles y 72 discípulos.

Predicar a Cristo crucificado

Se manda a los predicadores que no prediquen fruslerías ni novelas, poesías, historias o otras cosas superfluas, curiosas, inútiles, menos aún ciencias perniciosas, sino que, é ejemplo del apóstol Pablo, prediquen é Cristo crucificado en el cual están todos los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios.

Esta es aquella divina sabiduría la cual Pablo santísimo predicaba a los perfectos, una vez que se convirtió en cristiano adulto Cuando era un hebreo impúber, pensaba conocía, y hablaba como un niño, de las sombras y figuras del Antiguo Testamento.

No deberíamos usar otros argumentos fuera de los de Cristo (cuya autoridad está por encima de todas las personas y razonamientos de este mundo) y de los de santos doctores.

Predicar por exceso de amor

Al desnudo y humilde crucificado no le convienen palabras pulidas, equívocas o doradas, sino desnudas, puras, simples, humildes y bajas, y por lo tanto divinas, ardientes, llenas de amor, a ejemplo de Pablo, vaso de elección, el cual no predicaba con palabras de sublime elocuencia humana sino con e poder el Espíritu.

Por lo cual se exhorta a los predicadores a grabar a Cristo bendito en su corazón y de entregarlo desde su pacífica posesión. En ellos hablará la abundancia del amor, no solo con las palabras, sino mucho más con las obras. Tomen ejemplo de Pablo, doctor de los gentiles, el cual no se abrevia a predicar a los demás nada que antes no lo hubiera vivido. Cristo, perfectísimo maestro nos enseñó no solo con la doctrina sino con las obras. Estos son los grandes en el reino del cielo, que primero obran y después enseñan y predican.

Predicar habitualmente

No piensen que es suficiente predicar solamente la cuaresma o el adviento, sino que procuren predicar asiduamente, al menos en todas la fiestas, a ejemplo de Cristo, espejo de toda perfección, que caminaba por Judea, Samaría y Galilea predicando por la ciudades, villa y alguna vez a una sola mujer como se lee de la Samaritana.

Retorno a la soledad

Cuando por el contacto con seglares sientan disminuir el Espíritu, vuelvan a la soledad y permanezcan en ella hasta que, llenos de Dios, el fervor los mueva a las gracias divinas.

Obrando de este modo, a veces Marta y a veces María, seguiremos a Cristo en vida mixta, el cual, habiendo orado en el monte descendía al templo a predicar, y más aún descendió del cielo a la tierra para salvarlas almas.

Vivir pobremente

Se prohibe a los predicares el recibir alimentos, sino que vivan como pobres y mendigos, tal como lo han prometido voluntariamente por amor de Cristo. Sobre todo se cuiden de toda suerte de avaricia, de modo que predicando libre y sinceramente a Cristo, produzcan frutos más abundantes.

Por lo cual se prohibe que busque limosnas 'al predicar, tanto por si mismo como por intermedio de los hermanos. Según la doctrina apostólica todos deben saber que no buscan sus propiedades sino las de Jesucristo.

Método y contenido

Quien no sabe leer a Cristo, libro de la vida, no tiene la doctrina suficiente que lo habilite para poder predicar, aunque estudien. Se prohibe, pues, a los predicares de llevar consigo muchos libros, dado que en Cristo encontrarán todas las cosas.

Este bendito oficio de la predicación es tan excelente y apreciadísimo a Cristo, Dios nuestro. Él lo ha demostrado cuando, con el gran fervor de su divina caridad, lo ha querido practicar por salvación de nuestras almas, regalándonos la salubérrima doctrina evangélica. Queremos grabar mejor en el corazón de los predicadores el modelo y el modo que deben emplear con el objeto de evangelizar lo más dignamente posible a Cristo crucificado, predicar el reino de Dios y fervorosamente obrar la conversión y la salvación de las almas. Reiteramos, inculcamos, imponemos que en sus predicaciones usen la Sagrada Escritura y especialmente el Nuevo Testamento, y sobre todo el sagrado Evangelio, a fin de que siendo nosotros predicadores evangélicos seamos capaces de engendrar a pueblos evangélicos.

Predicar la penitencia

Dejen de lado todas las cuestiones y opiniones vanas e inútiles, lo cantos irritantes, las sutilezas que pocos entienden. Por el contrario, a ejemplo del santísimo precursor Juan Bautista, de los santísimos apóstoles y santos predicadores, inflamados del amor divino, a ejemplo de nuestro dulcísimo Salvador prediquen: poenitentiam agite, appropinquabit enim regnum coelorum.

Confórmense a lo que nuestro padre seráfico nos amonesta en la Regla: annuncient vitia et virtutes, poenam et gloriam cum brevitate sermonis. Deseen y busquen solamente la gloria de Dios y la salud de las almas, redimidas con la preciosísima sangre del cordero inmaculado, Jesucristo bendito.

Predicación examinada y casta

Su hablar sea cuidadoso y casto, y no nombren a personas particulares. El glorioso san Jerónimo dice que a nadie ofende el hablar genéricamente. reprobando ciertamente los vicios, pero honrando en la creatura la imagen de su creador.

Como nos exhorta el seráfico padre en su Testamento, empéñense en temer, amar y honrar a los venerandos sacerdotes, los reverendos obispos, los reverendos cardenales, y sobre todos al santo y sumo pontífice, vicario de Cristo en la tierra, cabeza universal, padre y pastor de todos los cristianos y de toda la Iglesia militante, y a todos los demás estados eclesiásticos, que viven según el orden la santa Iglesia romana, y que se encuentren humildemente sujetos al nuestra cabeza, padre y señor, al sumo pontífice.

Tal como nos lo enseña nuestro santo padre en el mismo Testamento, debemos honrar y venerar a todos los predicadores que nos administran las santísimas palabras divinas como aquellos que nos administran el Espíritu y vida.

Necesidad de la oración

Para que predicando a los demás no sean condenados, dejen con frecuencia la frecuentación de los pueblos y, con el dulcísimo Salvador, asciendan al monte de la oración y contemplación, y se empeñen en inflamarse del amor divino, a fin de que, estando ellos mismo bien caldeados, puedan caldear a los demás.

Libros y biblioteca

Tal como ha sido dicho, no lleven consigo muchos libros, para que puedan leer más asiduamente el excelentísimo libro de la cruz.

Porque siempre fue intención de nuestro dulce padre que los libros necesarios de los hermanos se tuviesen en común y no en privado, para mejor observar la pobreza y remover del corazón de los hermanos todo afecto y particularidad, se ordena en cada uno de nuestros lugares haya una pieza pequeña en la cual se tenga la Sagrada Escritura y algunos santos doctores.

Los libros inútiles de los gentiles convierten al hombre más fácilmente en pagano que en cristiano - como ha sido ya dicho en el primer capítulo - . Por lo cual no se conserven en nuestros lugares. Pero si se encontrase alguno, según la disposición de los padres vicarios, general o provincial, se lo regale a los pobres.

Estudio: letras y las Escrituras

Quien debe predicar con dignidad y con el orden debido, además de una vida religiosa y proba, también tiene que poseer alguna noticia de la sagrada Escritura. Esto no se puede conseguir sino mediante algún tipo de estudio de las letras. A fin de que en nuestra congregación un ejercicio tan noble y fructuoso, como es el predicar, no resulte en prejuicio de las pobres almas de los seglares, se ordena que haya algunos estudios devotos y santos, rebosantes de caridad y humildad, tanto en la gramática positiva como en la sagradas letras.

A dicho estudio pueden ser promovidos aquellos hermanos que, a juicio del vicario provincial y de los definidores, sean de caridad ferviente, laudables costumbres, conversación santa y humilde, y que sean aptos para aprender. De este modo, con su vida y doctrina, podrán después ser útiles y fructíferos en la casa del Señor.

Exhortación a los estudiantes

No busquen los estudiantes adquirir la ciencia que hincha, sino la iluminativa e inflamante caridad de Cristo, la cual edifica el alma. Nunca se sumerjan tanto en el estudio de las letras, que por ello descuiden el estudio sagrado de la oración. Esto obraría expresamente en contra de la intención del seráfico padre, el cual no quería que jamás, por estudio alguno de las letras, se abandonase la santa oración.

Para mejor poder tener el Espíritu de Cristo, procuraran, tanto los lectores como los estudiantes, de dar mayor importancia al estudio espiritual que al literal. Obrando de este modo, encontrarán tanto mayor provecho en el estudio, cuanto más prioricen el Espíritu sobre la letra: sin el Espíritu no se adquiere el verdadero sentido, sino la simple letra, que ciega y mata.

En pobreza y humildad

Procuraran también, con la santa pobreza de jamás abandonar el camino real que conduce al paraíso, la santa humildad. Recordándose siempre del dicho de Jacopone:

la ciencia habida

produce mortal herida,

si no está vestida

de corazón humillado

Será un nuevo motivo de humillación el reconocer que han asumido una nueva obligación con Dios por haber sido promovidos a estudio y haber sido introducidos a la verdadera y suave inteligencia de las letras sagradas, bajo cuyo sentido está escondido aquel Espíritu que es mas dulce que la miel para quien lo gusta.

Siempre que entraren a la lección, exhortamos que, en spiritu humilitatis et in animo contrito. eleven su mente a Dios y digan:

Domine, iste vilissimus servus tuus et omni bono indignus, vult ingredi ad videndum thesauros tuus. Placeal tibi ut ipsum indignissimum introducas et des sibi in his verbis et sancta lectione tantum te diligere quantum te cognoscere, quia nolo te cognoscere nisi ut te diligam, Domine Deus Creator meus. Amen.

Señor, este muy vil siervo tuyo e indigno de todo bien, quiere entrar a contemplar tus tesoros. Concédeme benigno que en ellos pueda iniciarme,  aunque sea indigno en grado sumo, de modo que en estas palabras y lecciones santas pueda amarte tanto como conocerte, puesto que no quiero conocerte sino con el fin de amarte, Señor Dios, mi Creador, Amén.

CAPÍTULO DÉCIMO

Visita de los ministros

Se ordena que el padre vicario general se esfuerce, en su trienio, de visitar personal mente todos los lugares y hermanos de nuestra congregación, y que los vicarios provinciales visiten sus hermanos.

Los guardianes no dejen de exhortar caritativamente a los súbditos a la perfecta observancia de los preceptos y consejos divinos y evangélicos, de la Regla prometida y de las presentes ordenaciones, y especialmente de la altísima pobreza, firmísimo fundamento de toda la observancia recular.

Con toda humildad y caridad corrijan los infractores, siempre mezclando el vino de la severa justicia con el aceite de la dulce misericordia.

Humilde obediencia

Los hermanos súbditos obedezcan en todo con humildad a sus prelados, a no ser en aquello que, sin ninguna duda, reconozcan una ofensa divina.

Manifiesten a sus prelados, como vicarios de san Francisco y del mismo Cristo, Dios nuestro, la debida reverencia. Cuando sean reprendidos y corregidos por ellos, se comporten según la laudable costumbre de nuestros antiguos y humildes padres y hermanos. Humildemente se pongan de rodillas, no respondan con soberbia, y nunca contradigan al prelado, sobre todo en el capítulo o en el refectorio, si antes no hubieren pedido y obtenido el permiso. Si hicieren algo en contrario, harán la disciplina durante un miserere delante de los hermanos.

Todos los hermanos, por todos los medios procuren corregir sus defectos, adquirir las virtudes celestiales con frecuentes actos virtuosos, y vencer a las malas con las buenas costumbres.

Eviten los prelados de ahogar las almas de sus súbditos con mandatos por obediencia a los cuales harán recurso solamente si se vieren constreñidos por la piedad divina o por caritativa necesidad.

Acogida fraterna y bendición del superior

Se ordena que los hermanos forasteros sean recibidos con caridad fraterna. Estos, como verdaderos hijos del Padre Eterno, visiten primero la iglesia. Hecha alguna reverencia y oración, se presenten al prelado, mostrándole su obediencia, sin la cual a ningún hermano le será licito andar fuera de nuestros lugares.

Los hermanos del lugar, cuando salen por algún servicio, pidan primero la bendición a su prelado y lo mismo harán al volver

Obediencia y devoción

Para que todo sea hecho con el mérito de la santa obediencia y con la religiosidad debida, ningún hermano presuma tomar alguna refacción tanto dentro ni fuera de nuestros lugares, sin la licencia y bendición del prelado o del padre o hermano más antiguo.

Los hermanos procuren evitar los discursos vanos o superfluos. No procuren ir a otras iglesias para ganar indulgencias, dado que muchos sumos pontífices nos han concedido a nosotros un número mucho mayor.

Los hermanos fugitivos

Ordenamos que ningún hermano fugitivo de una provincia sea aceptado en otra sin la licencia escrita del padre vicario general. Si se obra en contrario, la recepción será nula y el que los recibiere será gravemente castigado al arbitrio del padre vicario general.

Escribir o recibir cartas

Para evitar posibles inconveniente, se ordena que ningún hermano joven mande o reciba cartas sin licencia de su prelado.

Humildad y reverencia

A ejemplo de nuestro Señor Jesucristo y de nuestro seráfico padre, todos los hermanos deberán siempre desear ser súbditos y obedecer, antes que ser prelados y mandara a los demás. Aquellos a los cuales ha sido impuesto por obediencia la prelacía, no sean pertinaces en rechazarla, sino que con toda humildad y solicitud, cumplan el ministerio que les ha sido encomendado.

Exhortamos a todos nuestros hermanos que, según la admonición de nuestro padre, en el capítulo 10 de la Regla, se guarden de toda soberbia y vanagloria, envidia y avaricia, cuidado y solicitud de este mundo, de toda detracción y murmuración, especialmente de los prelados eclesiásticos, del clero o de personas religiosas, especialmente de los que pertenecen a nuestra religión; demostremos reverencia a cada uno según su grado, considerándolos a todos como nuestros padres y mayores en Cristo Jesús nuestro Salvador.

CAPÍTULO UNDÉCIMO

No aceptar cuidado de monjas

Según la sentencia de santos doctores, especialmente de san Jerónimo, los siervos de Dios deben evitar y con santa cautela huir de la familiaridad de las santas mujeres. Por lo cual nuestro capítulo general, con gran madurez, consejo y deliberación, redacta esta constitución que ha de ser observada sin excepciones por nuestra congregación: nuestros hermanos, por ningún motivo, ni bajo cualquier especie de bien, virtud o santidad, ni a pedido de los pueblos ni de los señores, acepten el cuidado de monasterios ni de confraternidades, ni de congregación alguna de hombres ni de mujeres, ni le nombren confesores, y no tengan cuidado alguno de ellos Acrediten más en los vivificantes ejemplos de Cristo nuestro Salvador y en las salubérrimas doctrinas de los santos que en las persuasiones humanas.

No entren en los monasterios

Es propio de los verdaderos religiosos y siervos de Cristo huir no solamente de los pecados y males evidentes, sino también de todo lo que puede tener alguna apariencia de mal. Queremos, pues, que los hermanos no vayan a ningún tipo de monasterio o otras casas en las cuales vivan en comunidad mujeres religiosas, sin licencia del vicario provincial. En este asunto será vigilante, y advierta muy bien de no conceder fácilmente licencia sino a hermano probados, y en caso de necesidad o de gran piedad. Bien decía nuestro padre san Francisco que Dios le habla quitado las mujeres y el demonio le había procurado monjas.

Prudencia y discreción

Para que, limpios de corazón, podamos ver a Dios con el ojo de una fe sincera, y sea mas más aptos para las cosas celestiales los hermanos no tengan sospechosas compañías con mujeres, ni superfluas conversaciones, ni entrevistas largas y no necesarias con ellas.

Constreñidos a hablarles por necesidad para dar buen ejemplo al mundo, estemos siempre en lugar manifiesto, de modo que ambos puedan ser vistos por el compañero. En todo lugar permanezcan en el buen olor de Jesucristo, conversando con pureza discreción y honestidad. Recuerden aquel memorable ejemplo que se lee en nuestras crónicas, de aquel santo hermano, que quemando un poco de paja dijo, "Tanto gana la paja con el fuego, como el religioso siervo de Dios con las mujeres".

De san Luis obispo, nuestro hermano, dijo el Papa Juan XXII (sic) en su canonización que al fin de su pubertad el amor de la castidad se le habla radicado de tal modo en el corazón que por su fiel custodia huía de todos los modos posibles de las compañías de las mujeres. Nunca hablaba solo con sola, si no fuese con su madre y hermanas, dado que el habla conocido que la mujer era más amarga que la muerte.

San Bernardo dice que hay dos cosas que desacreditan y confunden los hermanos: la familiaridad con las mujeres y la especialidad de los alimentos.

Clausura

No queremos que en nuestros lugares entren mujeres sin gran necesidad o por excesiva devoción, cuando sin escándalo no se lo pueda negar Si entran, tengan honesta compañía de hombres y de mujeres. Pero antes de admitirlas se ha de obtener el consenso de los hermanos de aquel lugar.

Sean nombrados dos hermanos maduros santos para acompañarlas, hablando siempre de cosas edificantes, en Cristo nuestro Señor, y de la salvación del alma, con toda honesta religiosidad y óptimo ejemplo.

Nuestra conversación sea rara no solo con las mujeres, sino también con hombres seglares, porque la excesiva familiaridad nos es perjudicial.

CAPÍTULO DUODECIMO

Número de los hermanos en los lugares y vida fraterna

Para que la pureza de la Regia sea mejor observada conjugando el orden debido de las cosas con la altísima pobreza, ordenamos que en nuestros lugares no vivan menos de seis hermanos ni mas de doce, los cuales, congregados en el nombre del dulce Jesús, vivan en un solo corazón y una sola alma, esforzándose siempre de tender hacia una mayor perfección.

Para ser en esto verdaderos discípulos de Cristo, se amen cordialmente, soportándose mutuamente los defectos, ejercitándose siempre en el amor divino y en la caridad fraterna, esforzándose siempre en dar óptimo ejemplo en uno al otro y toda persona haciendo continua violencia a las propias pasiones e inclinaciones viciosas. Como dice nuestro Salvador, el reino del cielo padece, violencia y los violentos, es decir aquellos que se hacen a si mismos fuerza y violencia lo arrebatan.

Campanas y ornamentos de la Iglesia

Se ordena que en nuestras iglesias haya solo una pequeña campana de alrededor de ciento y cincuenta libras pequeñas.

En nuestros lugares no haya otra sacristía que un armario o un baúl, con una buena llave, que la ha de llevar siempre consigo un hermano profeso. En dicho armario o baúl se guardarán las cosas necesarias al culto divino.

Se tengan dos cálices pequeños, uno de estaño y el otro con la sola copa de plata. No se tengan más dos o tres pobres ornamentos, sin oro, plata, terciopelo o seda, u otra preciosidad, o curiosidad, pero con gran limpieza.

Los manteles de los altares sean de tela no preciosa. Los candelabros de madera, nuestros misales y breviarios, así como todos los demás libros nuestros, estén pobremente encuadernados y sin adornos curiosos, de modo que en todas las cosas que están a nuestro pobres uso, resplandezca la altísima pobreza y podamos ascender hacia la maravilla de las riquezas celestes, donde esta todo nuestro tesoro. delicias y gloria.

EI Evangelio y la tradición

Porque es imposible ordenar leyes y estatutos para todos los casos particulares que puedan suceder, ni pudiendo determinar su número, exhortamos en la caridad de Cristo a todos nuestros hermanos que en todas sus obras tengan siempre ante los ojos el santo Evangelio, la Regla prometida a Dios, las santas y laudables costumbres y los sagrados ejemplos de los santos, dirigiendo sus pensamientos, palabras y obras a honor y gloria de Dios y salvación del prójimo: el Espíritu Santo les iluminará en todas las cosas.

Uniformidad de las ceremonias

Para la uniformidad de las ceremonias, tanto en coro cuanto en todos los lugares, se lea la doctrina de san Buenaventura y las ordenaciones de nuestros antiguos padres.

Para mejor conocer en cada cosa la intención de nuestro seráfico padre, se lean sus Florecillas, las Conformidades y los otros libros que hablan de él.

Misión y misioneros

La conversión de los infieles fue muy apreciada por nuestro seráfico padre, a gloria de Dios y para su salvación. De acuerdo a la Regla se ordena que, si algunos hermanos perfectos, inflamados del amor de Cristo bendito y del celo de la fe católica, quisiera, por divina inspiración, ir a predicarla entre ellos, recurran a sus vicarios provinciales o al padre vicario general, y si fueran por ellos juzgados idóneos, vayan con sus licencia y bendición a tal ardua empresa.

Pero no quieran los súbditos presuntuosamente juzgarse idóneos para tan difícil y peligroso negocio. Al contrario, con temor y humildad, remitan su deseo al juicio de sus prelados.

Se podrá diferenciar entre infieles muy apacibles, dúctiles y dispuestos a recibir fácilmente la fe cristiana, como aquellos recientemente encontrados por españoles y portugueses en las Indias, y entre los turcos y agarenos, quienes con armas y torturas sostienen y defienden su secta maldita.

No se preocupen los prelados del exiguo número de los hermanos, ni se aflijan con la partida de los buenos, sino que arrojando todas sus solicitudes en aquél que tiene continuo cuidado de nosotros, dispongan todas las cosas según los dictados del Espíritu de Dios, y con la caridad que nada hace mal.

Pobreza y limpieza

Para que la santa esposa de Cristo, Señor nuestro, y la pobreza, esposa amada de nuestro padre, permanezca siempre con nosotros, guárdense siempre los hermanos que en las cosas pertinentes al culto divino, en nuestros edificios, en los muebles que usamos, se encuentre ninguna curiosidad, superfluidad o preciosidad. Sepan que Dios prefiere la obediencia a la santa pobreza prometida a los sacrificios, Dice Clemente en la declaración que mas se deleita el corazón limpio en las obras santas que en las cosas preciosas y llena de adornos.

A pesar de lo cual en nuestra pobreza debe resplandecer la limpieza.

Los ministros y la observancia

Porque nuestro Salvador primero obró y después enseñó a los demás, todos nuestros prelados sean los primeros a observar las presentes constituciones, y después, con santo y eficaz determinación, estimulen a todos los súbditos a observarlas inviolablemente. Si algunas cosas pudieran parecer en principio algo difíciles, la santa costumbre las hará facilísimas y deleitables.

Para que se graben mejor en la mente de los hermanos, y así las observen, todos los guardianes las harán leer en la mesa al menos una vez al mes. A pesar de que no queremos por esta constitución obligar a los hermanos bajo pecado ninguno, queremos que los trasgresores sean gravemente castigados. Y si los guardianes fueren negligentes en observarlas y hacerlas observar, y en castigar los transgresores, sean ellos más gravemente castigados por los padres vicarios provinciales y estos por su padre vicario general.

Ordenaciones y uniformidad

Porque las presentes constituciones han sido redactadas con grandísima diligencia y madura deliberación y fueron aprobadas por todo nuestro capítulo general, y también por la Sede Apostólica, no se cambien sin el consentimiento del Capítulo general.

Exhortamos a todos nuestros padres y hermanos presentes y futuros que no hogar cambios a las constituciones presentes, ni siquiera en los capítulos generales. Como lo sabemos por experiencia, los frecuente. cambios en las constituciones han producido gran detrimentos a la religión.

No se hagan constituciones provinciales Para los casos particulares se proveerá su tratamiento en la agenda de los capítulos generales. Las presentes se dejen estables para que por ellas viva y sea regulada con santa uniformidad toda nuestra congregación.

Bendición de Francisco a los hermanos celantes

Nuestro seráfico padre, estando a punto de morir, dejo la bendición de la santísima Trinidad a los celantes y verdaderos observantes de la Regla, y le añadió su bendición paterna. Procuremos, pues, con diligencia y amor observar la perfección mostrada y enseñada a nosotros en dicha Regla y Orden dejando de lado toda negligencia.

Servir a Dios con amor filial

El servir a Dios con el solo fin de huir de la pena es propio solo de los espíritus serviles y mercenarios. Es propio solo de los verdaderos hijos de Dios el obrar por amor a Dios y hacer lo que es grato a su Majestad, y por gracia divina y gloria y para dar buen ejemplo al prójimo, o por muchas causas semejantes. Por lo cual guárdense los hermanos de transgredir las presentes constituciones con el pretexto de que no son obligatorias bajo pecado. Sabiendo de qué Espíritu somos, observen inviolablemente las leyes, sanciones, y estatutos de la religión, de modo que se añada gracia en su cabeza y merezcan mediante esta entrega la clemencia divina. Así serán conformes al Hijo de Dios, el cual, no estando obligado a la le, hecha por él mismo, ha querido observarla por la salvación de todos.

Conserven siempre el sublime estado de la religión y sean motivo de muchos bienes en los prójimos. Los buenos servidores no solamente cumplen las cosas que mandan sus patrones o señores, por medio de amenazas, sino quieren agradarías en muchas otras cosas.

La común observancia

Dirijamos nuestros ojos a nuestro Redentor de modo que habiendo conocido su divino beneplácito, nos esforcemos por agradarle no solamente no despreciando las presentes constituciones, lo cual seria grave pecado sino que, por amor, no seamos negligentes.

La observancia de estas constituciones ayudará a cumplir no solo la observancia íntegra de la Regla prometida, sino también la ley divina y los consejos evangelices. La gracia de Dios por medio de Jesucristo nos librará de los peligros.

En las fatigas abundará nuestra consolación por medio de Jesucristo, y todo lo podremos en aquel que nos conforta, Cristo omnipotente. Nos dará a conocer todas las cosas el que es virtud y sabiduría de Dios, el que da a cada uno abundantemente sin reprochar a nadie. Nos suministrara la fuerza necesaria aquel que es Virtud y Verbo, que sustenta en sí todas las cosas.

Predicación de san Francisco

Recordemos frecuentemente, padres y hermanos carísimos aquel tema memorables y sagrado sobre el cual nuestro seráfico padre hizo una solemnísima predicación a más de 5 mil hermanos:

“Grandes cosas hemos prometido a Dios, pero Dios nos las ha prometido mayores. Cumplamos aquellas que hemos prometido y con ardiente deseo sus piremos por alcanzar aquellos bienes que nos han sido prometidos. Los placeres de este mundo son breves, pero la pena del infierno que se adquiere por ir atrás de las delicias es perpetua. La pasión que padecemos por amor de Cristo y la penitencia que hacemos por él durará poco, pero la gloria que Dios no dará por esto será infinita. Muchos son llamados al reino de vida eterna, pero pocos son los elegidos, porque poquísimas personas siguen a Cristo en la verdad del corazón. Pero al final Dios dará a cada uno la retribución de acuerdo a sus obras, tanto a los buenos como los malos, o la gloria o gehenna". (Flor 18: 2Cel 191).

Aspirar a la perfección

Estas cosas que hemos prometidos, a pesar de que son grandes son nada en comparación de la retribución eterna que Dios nos quiere dar si somos fieles observantes.

Obremos, pues virilmente, y no desconfiemos de las fuerzas que el óptimo Padre que nos creó nos ha dado para observar la perfección evangélica. El no solamente nos dará las fuerzas con su ayuda, sino más aún, nos dará sus dones celestiales con tanta abundancia que, superados todos los impedimentos, no solamente podremos obedecer a su hijo dulcísimo, sino también seguirlo e imitarlos con grandísima alegría y simplicidad de corazón, despreciando perfectamente estas cosas visibles y temporales, y aheleando siempre las celestes y eternas.

Por Cristo al Padre en el Espíritu

Cristo, Dios y hombre, luz verdadera, esplendor de la gloria y fulgor de luz eterna espejo sin mancha e imagen de Dios, que ha sido constituido del Padre eterno juez y legislador y salvación de los hombres, del cara el Espíritu Santo ha dado testimonio. En é están todos nuestros méritos, ejemplos de vida, ayudas, favores y premios. En él sea nuestra meditación e imitación, en el cara todas las cosas son dulces, fáciles, ligeras suaves, doctas, santas y perfectas. Él es luz y esperanza de los gentiles, fin de la ley salud de Dios, Padre del mundo futuro nuestra ultima esperanza, hecho por Dios para nosotros sabiduría y justicia, santificación y redención. Con el Padre y el Espíritu Santo, es coeterno, consubstancial, coigual, un solo Dios, y vive y reina, al cual sea sempiterna alabanza, honor, majestad, y gloria, por los siglos de los siglos, Amen.