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EXIIT QUI SEMINAT

NICOLAS III 15 de agosto de 1278

Nicolás, obispo, siervo de los siervos de Dios, para perpetua memoria.

El que siembra la buena simiente ha salido del seno de su Padre para venir a este mundo a sembrar la divina semilla. Jesucristo, el hijo de Dios, revestido con vestiduras humanas, ha venido a sembrar en esta tierra la palabra evangélica, entregándola a todos los hombres, a los buenos y a los malos, a los ignorantes y a los sabios, a los presurosos por recibirla y a quiénes la desdeñan.

Según la expresión del profeta, vino a la tierra como un agricultor que hace su siembra para el futuro, desparramando su semilla, la doctrina evangélica, sobre todos sin distinción. Había venido con el fin de atraerlos a todos hacia si, para salvar a todos los hombres, ofreciéndose a Dios su Padre Para salvarlos se ha inmolado a si mismo en rescate y redención del género humano.

A la verdad, la semilla divina derramada sobre todos por la caridad expansiva de Dios, ha caído en parte a lo largo del camino, es decir sobre los corazones permeables a las sugestiones de los espíritus malignos. En parte sobre las piedras, es decir sobre los corazones donde la fe prácticamente no ha ahondado y donde ni siquiera ha abierto surcos. En parte en medio de las espinas: sobre los corazones destrozados por los aguijones de aquí abajo, o sea por la solicitud por las riquezas. De modo que el buen grano en parte ha sido pisoteado, al ser despreciado por los corazones depravados. En parte se ha vuelto estéril, privado del rocio de la gracia. El resto ha quedado ahogado por los deseos desordenados. Sin embargo, una parte del buen grano cayó en la tierra buena, en un corazón dócil y apacible.

Esta es la Religión apacible y dócil de los Hermanos Menores, religión bien enraizada por Francisco, el glorioso confesor de Cristo, en la pobreza y humildad. Este renuevo de la semilla divina ha germinado para desparramar con su Regla la buena simiente entre los hijos que su ministerio le engendró por obra de Dios en la observancia del evangelio.

Estos son los hijos dóciles, quiénes, según la palabra del apóstol Santiago, recibieron con mansedumbre al HiJo de Dios, el Verbo eterno, plantado sobre el suelo de la humanidad, en el Jardín del seno virginal, para germinar allí con el poder de salvar las almas.

Estos son los discípulos de esta Regla santa que se funda en la palabra del evangelio, y que está cimentada en los ejemplos y en la vida de Cristo, fortificada por las enseñanzas y la acción de los Apóstoles, fundadores de la Iglesia militante.

Esta es, en fin, la Religión verdaderamente pura e inmaculada a los ojos de Dios Padre, la Religión que desciende del Padre de las luces, y que su hijo ha transmitido a los apóstoles por medio de su ejemplo y de su palabra. La que el Espíritu Santo ha inspirado al Bienaventurado Francisco y a sus discípulos. Religión que encierra en si el testimonio de la Trinidad entera.

Nadie en adelante se atreverá a causarle molestias, como atestigua San Pablo: Cristo la ha confirmado con los Estigmas de su pasión, con los cuales adornó maravillosamente a su Fundador.

Sin embargo, la astucia del antiguo enemigo no ha dejado de perseguir a los Hermanos Menores y a su Regla. Más aún, esforzándose por dañarla, este enemigo ha sembrado cizaña entre la buena simiente, suscitando a veces gente envidiosa, celosa, colérica, llena de celo indiscreto. Muerden a los Hermanos, ladrando contra su regla, desgarrándola, la declaran ilícita, inobservable y peligrosa .

Hay gente que no quiere reconocer que esta santa Regla ha sido, como acabamos de decir, instituida por los preceptos y consejos del Salvador, fortificada por la doctrina y la vida de los apóstoles. Que ha sido aprobada por varios Soberanos Pontífices, confirmada por la Sede Apostólica, y dotada de muchos testimonios divinos, verdaderamente dignos de crédito. Dado que se ve brillar a tantos religiosos santos que han pasado su vida y terminado su días en la observancia de esta Regla. De los cuales muchos han sido ya inscritos en el catálogo de los Santos por la misma Sede Apostólica, a causa de su virtud y de sus milagros,

En fin, como lo dijo recientemente, en estos mismos días, por así decirlo, nuestro predecesor de piadosa memoria, el Papa Gregorio X, aprobó dicha regla en razón de su manifiesta utilidad para la Iglesia universal. Esto fue declarado en el Concilio General de Lión.

Como nosotros mismos no queremos prestarle una atención menor, hacemos ahora una reflexión más profunda sobre un hecho que los demás fieles católicos deben sopesar cuidadosamente, a saber: Dios mira con bondad a los Hermanos Menores y a su Orden, preservándolos con su ayuda, salvándoles de los ataques de la envidia, tanto que en lugar de haberse ahogado en las olas de la tempestad, lejos de estar consternados y abatidos, han hecho más bien progresos en la observancia regular y en el cumplimiento perfecto de sus obligaciones.

Sin embargo, es bueno que la Orden camine en la luz, lejos de los senderos peligrosos, en una claridad pura y neta, favorable a su progreso. Así lo han querido los Hermanos reunidos en Capitulo General. Por lo cual nuestro querido Hijo, el Ministro General y varios Ministros Provinciales de la misma Orden, asistentes al Capitulo, se allegaron a nuestra presencia, y hemos comprobado su intención de plena observancia de la Regla y la firme resolución de su fervor

Por lo cual nos ha parecido bien cerrarles el camino a los envidiosos que los muerden, y declarar las cosas que en la Regla pudieran parecer dudosas, y exponer con mayor claridad las que ya han sido declaradas por nuestros predecesores, a fin de satisfacer la delicadeza de la conciencia de los Hermanos en relación a algunos puntos que tocan la Regla misma.

Además, desde nuestra más tierna infancia, hemos profesado nuestro afecto a esta orden. Habiendo crecido entre sus Hermanos, frecuentemente hemos conversado con ellos acerca de la Regla y de la santa intención del mismo Bienaventurado Francisco. Hemos tenido la oportunidad de tratar con algunos de sus compañeros, testigos de su vida y de sus conversaciones. Más adelante, una vez que vestimos la púrpura, habiendo recibido de la santa sede el oficio de protector, gobernador y corrector de la orden, hemos podido conocerla mejor aún. Dicho oficio me hizo en cierto sentido como palpar las condiciones de su existencia.

Sentado ahora en el trono apostólico, estamos persuadidos, tanto por los medios citados, como por una larga experiencia propia, que es necesario precisar cuál fue la piadosa intención del santo fundador acerca de cosas que tocan la Regla misma, y a su observancia. Entonces hemos puesto toda nuestra atención en esta Orden, y hemos discutido con total madurez todas las cuestiones, tanto las ya sabidas, por haber sido declaradas y aprobadas por nuestros predecesores, como las otras, sobre la misma Regla y sobre otras cosas anexas.

En el presente escrito, pues, queremos nosotros mismos decretar, declarar, aprobar de modo más amplio, editar y acordar, algunas cuestiones, tal como extensamente expresamos en los artículos siguientes.

ARTÍCULO Iº

sobre la observancia del santo evangelio

En primer lugar hemos comprendido que algunos dudan, preguntándose si los Hermanos de esta Orden están obligados a todos los consejos, como si fueran preceptos del evangelio. Sea porque la Regla comienza por estas palabras : "La Regla y vida de los Hermanos Menores, es ésta, a saber: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en castidad". Sea porque la misma Regla dice también: "Terminado el año de probación, serán recibidos a la obediencia, prometiendo observar para siempre esta vida y regla". Sea porque la misma Regla termina con estas palabras: "A fin de que observemos la pobreza y humildad y el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, el Santo Evangelio que firmemente prometimos guardar".

A causa de los insultos mordaces de algunos adversarios de los Hermanos y de la Regla, y a causa de algunos hechos que se fueron dando con posterioridad, y que hay que tener en cuenta, esta declaración parecia oscura en ciertos aspectos, incompleta en otros, insuficiente sobre muchos otros, contenidos en la Regla misma.

Queremos terminar con esta carencia y oscuridad proponiendo una interpretación perfecta, y a fin de librar a los espíritus de toda duda y escrúpulo haremos una exposición aún más completa y precisa. Por lo tanto declaramos:

Al comienzo de la Regla se dice con forma modal y no absoluta que la Regla y vida de los Hermanos Menores es observar el Santo Evangelio, es decir, con la determinación o especificación del "viviendo en obediencia, sin propio y en castidad". Son tres elementos que la misma Regla desarrolla de modo extremadamente meticuloso, y a los cuales relaciona otras muchas cosas mandando, prohibiendo, aconsejando, amonestando, exhortando, o utilizando otras expresiones que bien se pueden reducir a las mencionadas.

Se puede, pues, descubrir con claridad manifiesta la intención de la Regla cuando afirma repecto a la profesión, al parecer de modo absoluto : "Los que sean recibidos, prometan para siempre guardar esta vida y Regla". Y, al final: "Observemos el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo y este Santo Evangelio que firmemente prometimos". Porque estas expresiones han de ser comprendidas en el sentido expresado al inicio de la misma Regla, es decir, con las modificaciones, determinaciones o especificaciones apuntadas. El todo ha de entenderse como una observancia del Evangelio tal como ella ha sido modificada, determinada y especificada por la misma Regla en los tres aspectos propuestos al comienzo.

No parece verosímil que el Santo Fundador, habiéndose expresado al principio con modificaciones, determinaciones y especificaciones, al reiterar suscintamente el asunto un poco después, haya entendido la expresión en sentido absoluto, sin ninguna modificación, especificación o determinación, tal como habían sido por el mismo manifestadas poco antes.

Ateniéndose, además, a la argumentación de ambos derechos, bien sabemos que hay que referir siempre lo que aparece al comienzo con lo dicho en el medio y al fin; las cosas dichas al medio con las que están al principio y al fin; y las que aparecen al fin con las otras dos.

Podemos suponer que alguien diga de modo absoluto: "Yo prometo observar el Santo Evangelio". Si el que el que hace la profesión entiende obligarse a la observancia de todos los consejos, no podría, ni apenas ni jamás, observar literalmente lo prometido. Tal promesa escondería una trampa para el que la formula.

Pero podemos suponer también que no se haya tenido tal intención. La promesa no debe, entonces, ser interpretada como voluntad de observar el Evangelio de modo más riguroso que el enseñado por el mismo Jesucristo. Es decir, la observancia de los preceptos como preceptos, y la los consejos cómo consejos.

Aparece manifiesto por el contexto de la Regla que tal sea el sentido de San Francisco en las palabras citadas. En ella algunos consejos evangélicos son presentados como consejos, bajo palabras de admonición, exhortación o consejo. Otros son formulado con forma de prohibición o con palabras de precepto. Lo cual muestra claramente que la intención del legislador no ha sido la de obligar a los Hermanos por la profesión de la Regla a la observancia tanto de todos los consejos como de todos los preceptos del evangelio. Sino solamente de aquellos que en la misma Regla están formulados bajo forma de precepto o de prohibición, o con palabras equivalentes.

Para calmar definitivamente las conciencias de los Hermanos de esta Orden, declaramos que la profesión de esta Regla obliga solamente a los consejos evangélicos que están expresados en dicha Regla bajo forma de precepto o de prohibición o con diversas formas equivalentes.

Hay también otros consejos del Evangelio que los obligan más que a los demás fieles, porque su estado así lo exige. Dado que por la profesión de la Regla han abrazado el estado de perfección, y que se han ofrecido al Señor como holocausto eminente por el desprecio de todas las cosas de este mundo.

Es por eso que con la bolsa, Cristo representó la persona de los débiles. Así como en otras muchas cosas ha cargado con las debilidades de la carne humana, tal como lo atestigua la historia evangélica. Para acomodarse a los débiles, no solamente fue condescendiente en las debilidades de la carne, sino que se abajó a los débiles hasta en su mente.

De modo que él asumió nuestra naturaleza humana siendo perfecto con sus obras, y haciéndose humilde en las nuestras, siempre permaneciendo sublime en las propias. Abajándose por su caridad suprema hasta realizar actos conformes a nuestra imperfección, no se desvió, sin embargo, de la rectitud de su perfección suma.

Si bien Cristo ha realizado y enseñado las obras de la perfección, ha hecho también algunas obras de los débiles, como por ejemplo: a veces se lo ve huir, otras tener bolsa. Pero permaneciendo él mismo perfecto, ha hecho ambas cosas perfectamente, para poder ser camino de salvación tanto para los perfectos como para los imperfectos. El ha venido a salvar, y ha querido finalmente morir también por unos y por otros.

Nadie se atreva a contradecirnos equivocadamente afirmando que quiénes renuncian de tal modo a la propiedad son suicidas, y que tientan a Dios, poniendo su vida en peligro. Sin duda que no. Porque para vivir se confian en la divina Providencia sin desdeñar ninguna providencia humana. Al contrario, están sostenidos: o bien por las ofrendas espontáneas o bien por lo que ellos mendigan humildemente; o por lo que ellos consiguen por su propio trabajo. Tal es la triple vía que la Regla expresamente preve como modo de vida.

Si es cierto que, según la promesa del Salvador, la fe no faltará jamás en la Iglesia, tampoco faltarán las obras de misericordia. Por lo cual los pobres de Cristo no tienen razón alguna para desconfiar.

Pero, si, contra toda probabilidad, las obras de misericordia viniesen a desaparecer por completo, los Hermanos, Así como los demás hombres, podrán providenciarse de lo necesario para satisfacer las necesidades de la naturaleza, según lo establece el derecho natural en caso de necesidad extrema. Dado que la necesidad está eximida de toda ley.

Pero en relación a todas las cosas que están contenidas en la Regla, sea como precepto, sea como consejo, Así como todas las demás, el voto de su profesión no los obliga a observar nada que está propuesto por el texto mismo de la Regla. Es decir que están obligados a observar las cosas que en esta Regla están formuladas con palabras obligatorias.

En cuanto a las demás cosas que están expresadas con palabras de admonición, exhortación, información, o instrucción, o con otras palabras cualesquiera, su observancia es conveniente al estado de los Hermanos. Son coherentes al bien y a la equidad para quiénes, imitando a Padre tan grande, eligieron seguir de más cerca las huellas de Cristo.

ARTÍCULO II °

de la renuncia a la propiedad

En la Regla se dice expresamente "que los hermanos no se apropien de nada, ni de casa, ni de lugar, ni de cosa alguna". Ha sido declarado por Gregorio IX y por varios de nuestros predecesores que este punto tiene que ser observado tanto en privado como en común.

Tal renuncia extrema ha sido denigrada venenosamente por la astucia insensata de algunos calumniadores. A fin de que los discursos de estos ignorantes no lleguen a obscurecer la claridad de la perfecta profesión de los mismos Hermanos, decimos que la renuncia a la propiedad de todas las cosas por Dios, tanto en privado como en común, es santa y meritoria. Ha sido propuesta por Cristo, quien, para mostrarnos el camino, ha enseñado la perfección con sus palabras y la ha confirmado con sus ejemplos. Los primeros fundadores de la iglesia militante lo han transmitido tal como ellos mismos lo habían recibido de la fuente misma, y lo han hecho fluir en los canales de sus enseñanzas y de su vida, derramándolo sobre quiénes querían vivir en la perfección.

Nadie imagine que la fuerza de esta afirmación pueda ser debilitada por aquello de que Cristo tenia bolsa. Porque Cristo, cuyas obras son perfectas, ha seguido con sus actos los caminos de la perfección de modo tal que, condescendiendo a veces con las imperfecciones de los débiles, por una parte exaltaba el camino de la perfección y por otra no condenaba tampoco los caminos de los débiles e imperfectos.

ARTÍCULO III

el uso de las cosas

La renuncia a todo tipo de propiedad de ninguna manera debe entenderse como obligación a la renuncia del uso de las cosas. Porque en los bienes temporales es importante distinguir la propiedad, la posesión, el usufructo, el derecho al uso, el simple uso de hecho. De este último, el simple uso de hecho, todos tenemos necesidad por ser necesario para mantenernos en vida, aunque carezcamos de todos los anteriores. Y no hay profesión alguna imaginable que pueda excluir el simple uso de hecho.

A quiénes hicieron voluntariamente profesión de seguir a Cristo pobre, en la observancia de una tan gran pobreza, les conviene renunciar a todo dominio y contentarse con el uso necesario de las cosas.

Esta abdicación de todo dominio y de toda propiedad sobre el uso mismo, no entraña de por si la renuncia al simple uso de cualquier cosa que sea. Porque el uso no implica, de por si, titulo de derecho, sino solamente refiere al hecho de usar. El simple hecho, no da ningún derecho sobre el uso mismo de las cosas.

Más aún, según la Regla y según toda verdad, está permitido a los Hermanos tener uso moderado de las cosas necesarias a la vida y al cumplimiento de los deberes de su estado, con excepción de lo antedicho sobre el dinero. Exceptuado el cual, los Hermanos pueden usar libremente de las demás cosas mientras dure el permiso del otorgante, y en conformidad a lo que está contenido en la presente declaración.

No podemos argumentar en contra con lo providenciado por el derecho civil con sus decretos relativos a las cosas humanas, a saber: el uso y el usufructo no pueden separarse del dominio perpetuo.

Esto fue legislado solamente en relación a la utilidad temporal de las cosas: se tiene miedo a que el dominio de las cosas temporales, separado siempre de su uso, pudiera resultar inútil para su dueño.

Pero la conservación del dominio de las cosas temporales con las concesión de su uso a los pobres, no es infructuosa para el dueño, teniendo en cuenta que es meritoria para la eternidad. También es ventajosa para la profesión de pobres voluntarios, profesión tanto más útil cuanto que intercambia perfectamente los bienes temporales por los bienes eternos.

Instituyendo esta Regla, el Confesor de Cristo no tuvo la mínima intención de abdicar del uso necesario de cuánto exista. Más aún, ha escrito lo contrario en su Regla, y lo contrario ha hecho durante su vida. Ha usado, por necesidad, de las cosas temporales, y en varios pasajes de su Regla él mismo declara que su uso es permitido a los Hermanos.

La Regla dice, en efecto: "que los clérigos recen el oficio divino, por cuyo motivo podrán tener breviarios". Allí se insinúa claramente que los hermanos debían hacer uso del breviario y de los libros útiles para la recitación del oficio divino.

En otro capitulo se dice: "para las necesidades de los enfermos, y para el vestido de los otros Hermanos, que los Ministros y Custodios, ayudados por amigos espirituales, tengan cuidado y solicitud, según los lugares, tiempos y frías regiones, como vean lo aconseja la necesidad."

También en otro lugar, exhortando a los religiosos a evitar la ociosidad ejerciendo un trabajo congruente, San Francisco dice que los Hermanos pueden "recibir, como remuneración por su trabajo, las cosas necesarias a la vida, para ellos mismos y para los Hermanos".

En otro Capitulo se añade: "que los Hermanos vayan confiadamente por limosna".

La misma Regla quiere, en fin, que "en la predicación que hacen los Hermanos, sus palabras sean examinadas y castas, para utilidad y edificación del pueblo, anunciándoles los vicios y las virtudes, la pena y la gloria". Pero es evidente que esto supone la ciencia, y la ciencia exige el estudio, y el ejercicio del estudio no puede hacerse convenientemente sin el uso de los libros.

De lo cual resulta suficientemente claro que la Regla concede a los Hermanos el uso de las cosas necesarias para el alimento, el vestido, el culto divino y el estudio de la sabiduría.

Lo que precede, pues, hace que resulte evidente a los hombres inteligentes que la Regla en su renuncia no es solamente observable, posible y licita, sino aún más meritoria y más perfecta. Tanto más meritoria cuanto más aparta a sus discípulos de todos los bienes temporales, por el amor de Dios.

ARTÍCULO IV º

el dominio eclesiástico de los bienes concedidos a los Hermanos

Los Hermanos no pueden adquirir nada como propiedad privada ni para ellos mismos ni para su Orden, aún en común. Lo que les es ofrecido por amor de Dios les es concedido o donado de modo tal que sin una declaración contraria del bienhechor o donante, se presume verosímilmente la intención, ofreciendo, concediendo o donando el bien, de concederlo, donarlo, y ofrecerlo de modo perfecto.

Por tal gesto se renuncia al bien en cuestión, con el deseo de transferir a otros la propiedad, por el amor de Dios.

Ahora bien, en lugar de Dios no hay nadie a quien el dominio de tal bien pueda ser transferido de modo más conveniente que la persona del Romano Pontífice, Vicario de Cristo, y la Sede Apostólica.

El Papa es, en efecto, el Padre de todos, y especialmente de los Hermanos Menores. El Hijo adquiere para su Padre los bienes que le son ofrecidos, concedidos o donados. De modo semejante a que el servidor los recibe para su señor, el monje para su monasterio.

Por tal motivo, a fin de no dejar incierto el dominio de los bienes donados a los Hermanos, reiteramos nosotros mismos lo que ya fue hecho por nuestro predecesor Inocencio IV, de feliz memoria. Recibimos por autoridad apostólica para nosotros mismos y para la Iglesia Romana, el dominio y la propiedad de todos los utensilios, libros y muebles, presentes y futuros, que la Orden y los mismos hermanos puedan obtener lícitamente, y de los cuales pueden usar, con simple uso de hecho.

Por esta Constitución perpetuamente válida, decretamos que estos bienes pertenecen plena y libremente a nosotros mismos y a la Iglesia Romana.

De modo semejante los bienes comprados con limosnas diferentes, y ofrecidos o concedidos a los Hermanos, bajo no importa que tipo de cláusula. Por más que en la formas verbales los Hermanos deberán cuidar mucho no usar palabras incompatibles con su estado. Estos lugares ofrecidos o concedidos pueden tener distintos dueños, sea que la posesión fuera conjunta o indivisa, sea que los dueños poseyeran cada uno una de las partes. Siempre que no se hubieren reservado algo para si en la ofrenda o concesión de los terrenos poseídos por indiviso o por porciones separadas, estos lugares mencionados nosotros los recibimos con la misma autoridad para nuestro dominio, derecho y propiedad, Así como para el de la Iglesia Romana.

Los lugares y las casas ofrecidos o concedidos a los Hermanos para su habitación, tanto por personas físicas o morales, si los Hermanos llegan a habitarlos con permiso del bienhechor, que ellos vivan Allí solamente mientras dure su buena voluntad. Apenas ésta fuere revocada y la revocación hubiere sido notificada a los Hermanos, éstos serán libres de partir, abandonando esa residencia, menos la iglesia y los oratorios destinados a la Iglesia y el cementerio. Porque estos lugares sagrados nosotros los recibimos de la misma manera y con la misma autoridad como propiedad nuestra y derecho propio y el de la Iglesia Romana.

Pero del dominio y la propiedad de los demás lugares que hayan sido reservados por los dueños, no retenemos absolutamente nada, ni para nosotros, ni para la Iglesia Romana. A menos que hayan sido recibidos con el consentimiento expreso de nosotros mismos y de la mencionada Iglesia Romana.

Si al conceder estos lugares, el bienhechor se ha reservado expresamente el dominio, entonces la estadía de los Hermanos no hace, de modo alguno, pasar tal posesión al derecho de esta Iglesia. Antes bien queda totalmente libre en manos del bienhechor.

ARTÍCULO V º

el uso pobre

A los Hermanos les es licito usar de aquellos utensilios y demás objetos con el fin de subvenir a sus necesidades, y para el cumplimiento de los deberes de su estado. Ya hemos dicho que ellos no deben acceder al uso indiscriminado de todos los bienes.

No deben recibir con superfluidad, abundancia, riqueza o con una acumulación que destruya la pobreza, aquellos bienes que les están permitidos. Que ni siquiera los reciban con el fin de venderlos o donarlos, ni bajo pretexto de previsión del futuro, ni por otro motivo. En relación a la propiedad aparezca en ellos una total renuncia, y en relación al uso una verdadera necesidad.

Que los Ministros y Custodios tanto en conjunto como por separado en sus administraciones y custodias, regulen el uso de los bienes con discreción, según la necesidad de las personas y las exigencias de los lugares. En este punto la calidad de las personas, la diversidad de los tiempos, la situación de los lugares y otras circunstancias, exigen a veces que se provea en mayor o menor grado, o de modo diferente.

Pero obren en todo de manera que siempre en ellos y en sus actos brille la santa pobreza que la Regla les prescribe.

ARTÍCULO VI º

las limosnas en dinero para las necesidades pasadas

La Regla misma prohibe a los Hermanos bajo forma de precepto riguroso "recibir en forma alguna por ellos mismos o por medio de otros dineros o pecunia". Lo que los hermanos desean observar para siempre, deben observarlo además como deber impuesto.

A fin de que la pureza de su estado no sean en nada manchada en la observancia de este precepto, y para que ellos mismos no tengan en absoluto la conciencia atormentada por remordimiento alguno, y para que no sean atacados por los calumniadores, tratamos el tema en este ARTÍCULO, más a fondo que nuestros predecesores, dándole al tema un desarrollo más claro.

Comenzamos diciendo que los hermanos se han de abstener de hacer préstamos. No les está permitido contraer préstamos en razón de su estado.

Sin embargo, a fin de proveer a las necesidades que según los tiempos les puedan sobrevenir, cuando las limosnas para satisfacerlas viniesen a escasear y no sean ya suficientes, entonces podrán decir, sin atarse por ninguna obligación, que tienen la intención de empeñarse fielmente en pagarles mediante las limosnas que puedan conseguir de la ayuda de otros amigos de los hermanos.

En estos casos los Hermanos harán de suerte que quien que da la limosna sea también quien efectúe el pago, total o parcial, según el Señor les inspirare. Y que lo haga por si mismo, o por otra persona que no haya sido en modo alguno nombrado por los Hermanos.

Siempre que fuere posible, el intermediario será nombrado por el mismo donante, según su beneplácito. Sin embargo, si no quisiera o no pudiera designarlo, o por estar a punto de ausentarse, o porque no conoce a personas fieles para confiarles esta comisión, o por estar impedido por otra causa o razón cualquiera, entonces declaramos y afirmamos que los Hermanos no dañan en nada la pureza de la Regla y no cometen ninguna falta a su observancia, si toman en sus propias manos el cuidado de indicar o de nombrar o aún de presentar una o varias personas, a quien se pueda confiar la ejecución de las cosas mencionadas, si Así pluguiere al bienhechor.

De todos modos se ha de contar con su asentimiento a las subrogaciones que mencionaremos más adelante. Y bajo la condición de que el donante conserve plena, libre e integramente el dominio, la propiedad, y la posesión del dinero, con la libre facultad de recuperarlo, hasta el momento mismo en que fuere gastado para el asunto en cuestión.

De suerte que los Hermanos no tendrán ningún derecho sobre esta pecunia, y serán excluidos de su administración y de su empleo. Tampoco tendrán derecho alguno en contra de la persona, nombrada O no por ellos, cualquiera fuera su condición. Ni para perseguirla en un juicio, ni para reclamarle nada por otros medios, cualquiera fuere el modo conque se hubiere comportado en la comisión que le fuera encargada.

Sin embargo, les está permitido a los Hermanos insinuarle o especificarle sus necesidades, y al exponerlas, rogarle que efectúe el pago. Pueden exhortarle a comprometerse y a comportarse con fidelidad y a cuidar la salud de su alma en ]a comisión que le ha sido confiada. Pero en todos los casos deberán abstenerse absolutamente de toda administración o manejo de la pecunia. Y de toda acción o juicio contra la misma persona, como acabamos de decir.

Puede suceder que la persona, nombrada o no por los Hermanos, no pudo cumplir por si misma con la comisión que le fuera encargada. Sea por razón de ausencia, de enfermedad, de voluntad contraria, de gran lejanía de los lugares donde debía efectuar el pago, o por cualquier otro impedimento.

En ese caso les será permitido a los Hermanos, con toda pureza de conciencia, el obrar con esta persona como acabamos de declarar que pueden obrar con la primera en orden a la designación, nominación o presentación de otra persona para la mencionada comisión Si es que no pudieren o no quisieren recurrir al primer donante.

El ministerio de tales personas por vía de subrogación, como ha sido dicho, parece ser generalmente suficiente, al menos para casos ordinarios, presumiendo que el pago pueda efectuarse rápidamente. Sin embargo, si la distancia de los lugares donde tiene que efectuarse, o si otras situaciones o circunstancias diversas llevaren a pensar que son necesarios los servicios de varias personas subrogadas, entonces será permitido a los Hermanos tomarlos por si mismos, nombrando o presentando varias personas para la comisión a llevar a cabo, según la naturaleza de la cosa y según el procedimiento arriba mencionado,

ARTÍCULO VIIº

limosnas en dinero para necesidades futuras

Es conveniente y oportuno dar satisfacción a las necesidades de los Hermanos, y no solo dando solución o satisfacción de las deudas contraídas por esta causa, como acabamos de decir. Sino también previendo las necesidades inminentes.

Tanto que dichas necesidades sean inmediatas o inminentes y de pronta solución en el tiempo, como que, menos frecuentemente, conlleven necesariamente más tiempo, como la edición de libros, la construcción de iglesias o residencias, compra de tejidos o de libros en lugares remotos, u otras cosas semejantes que se puedan presentar, necesidades todas que tienen que ser saludablemente prevista con la moderación arriba mentada.

A este sujeto distinguimos claramente y declaramos que los Hermanos pueden obrar con segura y sana conciencia, del modo siguiente .

En los casos de necesidad tanto en los de necesidad inmediata o inminente que puede ser satisfecha en poco tiempo, como en aquellos en los cuales, por otras circunstancias, el tiempo no es corto, como en los ejemplos arriba mencionados, se dirigirán al donante, a su delegado o al sustituto, y obrarán con en ellos en todo y para todo como lo hemos declarado en el ARTÍCULO del pago de las deudas de las necesidades pretéritas.

A veces la naturaleza misma de la necesidad a solucionar, aunque en ese mismo momento pudiera ser muy inmediata y urgente, exige prolongar el plazo de tiempo. Por ejemplo, cuando es previsible que la distancia de los lugares donde el asunto tenga que ser tratado, o por otras circunstancias, obligue a que el dinero tenga que pasar por varias manos antes de satisfacer la necesidad en cuestión.

Casos en los cuales es imposible que todas esas personas sean conocidas del dueño y donante principal del dinero o de su sustituto, y ni siquiera de una tercera persona delegada por el sustituto.

Si se presentara un caso análogo, declaramos y afirmamos que en esta coyuntura se observe lo que ya hemos dicho al tratar de las necesidades pasadas y urgentes que pueden expedirse o bien rápidamente, o bien a largo plazo. Además de estas dos modalidades, los Hermanos deseosos de conservar a toda costa la pureza de su Regla y de su observancia, se dirigirán, si fuera posible, una vez más a su bienhechor o a un delegado que lo pueda reemplazar.

Le rogarán tenga a bien actuar de modo semejante a lo dicho en los dos casos mencionados, conservando siempre la propiedad del dinero, con pleno derecho a recuperarlo en cualquier momento, hasta que sea efectivamente gastado en el asunto para el cual había sido destinado. Le rogarán que tenga a bien dar su consentimiento, adquiescencia y autoridad para que dicha limosna en dinero pueda ser manipulada por cualquier persona nombrada por él o por los Hermanos.

Habiendo obtenido tal consentimiento, los Hermanos podrán con seguridad hacer uso de la cosa comprada o adquirida con esa pecunia, sin que importe cual de las modalidades de las mencionadas se haya empleado.

Para mayor claridad en todo este asunto, declaramos por esta Constitución, válida a perpetuidad, que los Hermanos que observen todas sus disposiciones relativas a la pecunia para subvenir a sus necesidades, pasadas o inminentes, no deben ser juzgados o criticados como gente que recibe dinero por si o por interpuestas personas, en contra de la Regla y de la pureza de su profesión.

Lo que antecede manifiesta claramente que los Hermanos se abstienen no solo de la recepción, de la propiedad, del dominio y del uso de la pecunia, sino aún más, de todo tipo de manipulación, y que permanecen totalmente ajenos al dinero.

ARTÍCULO VIIIº

empleo de la limosna en caso de muerte del donante

Puede suceder que el donante muera antes que el dinero haya sido gastado lícitamente en la adquisición del bien necesario a los Hermanos.

Si el donante había declarado su intención a la persona delegada, y si le había mandado gastar el dinero para las necesidades y uso de los Hermanos, entonces, para emplear ese dinero, los Hermanos podrán recurrir a tal persona como si fuera el mismo donante. Pase lo que pase, vivo o muerto, al donante, ya sea que deje herederos o no. La muerte o la oposición del heredero no podrá poner nada en contrario.

ARTÍCULO IXº

del sobrante superfluo de la pecunia

Nuestro corazón tiene en gran estima la pureza de la Orden. Añadimos, pues, que en los casos en los que un bienhechor haga donación de dinero, los Hermanos podrán rogarle que el sobrante del mismo, una vez realizada la compra de lo necesario, sea empleado para otras de las mencionadas necesidades. Si no lo consiente, entonces el sobrante le será restituido.

Sin embargo los Hermanos arreglen las cosas de modo de no dejar concientemente al bienhechor dar más dinero que el estrictamente necesario, según el valor estimado de la cosa a comprar.

ARTÍCULO X º

de la presunción en favor de los modos lícitos

En la despaciosa exposición previa, el donante o el sustituto podrán fácilmente caer en error. Es, pues, conveniente aclararla lo mejor posible, para utilidad del bienhechor y para la pureza de la Orden, para la sinceridad de los espíritus simples y para seguridad y salvación de todos.

Por eso es que hacemos pública en la presente Constitución, válida a perpetuidad, una explicación clara del tema, fácil de comprender con un poco de buen sentido.

Afirmamos que la pecunia enviada u ofrecida a ]os Hermanos debe siempre entenderse como ofrecida o enviada cumplimiento estrictamente los modos expuestos más arriba, salvo una intención contraria expresamente declarada por quien la ofrece o la envia.

Y en esta declaración explícitamente contraria no es verosímil que un bienhechor ponga a su limosna una condición perjudicial a si mismo o a los demás. Privándose por una parte a si mismo del mérito y por la otra quitando a los demás la pureza de la conciencia, o frustrándoles una limosna útil, mediante la cual el bienhechor quería proveer a sus necesidades.

ARTÍCULO XI º

de los legados dejados en testamento

A veces los bienes son legados a los Hermanos, de diversos modos, por la última voluntad de los moribundos. Ni en la Regla, ni en las declaraciones de nuestros predecesores está dicho expresamente como hay que actuar en tales casos.

Para no dejar en esta cuestión dudas para el futuro, y para proveer a las intenciones de los legatarios y a la conciencia de los Hermanos, declaramos, ordenamos y afirmamos que si el testador ha expresado en su legado un modo no permitido ni aceptable para los Hermanos, en razón de su profesión, entonces los Hermanos deberán rehusar absolutamente la aceptación del legado. Como por ejemplo, 5i legara una viña o un campo a cultivar, una casa para alquilar, o si usara palabras semejantes para casos análogos, o si insertara en el legado modalidades del género.

Pero si en su legado el testador expresa una modalidad licita, diciendo por ejemplo: lego esta suma de dinero a gastar en las necesidades de los Hermanos; o una casa, o una campo, una viña o cosas semejantes, para que sean vendidas por tal persona, o por personas que puedan venderlos, con la finalidad de que el dinero producido por la venta sirva para la residencia de los Hermanos o para otras necesidades. Si el testador usa modos o palabras semejantes, decretamos que, consideradas las necesidades de los Hermanos y las precauciones arriba mencionadas, es necesario observar en todo y para todas las cosas, lo que nosotros mismos hemos declarado antes en relación a las ofrendas en dinero.

Los legados deberán ser ejecutados generosamente por los herederos y por los ejecutores testamentarios. Los prelados y los jueces seculares, encargados por el derecho o por la costumbre de proveer en tales casos, cumplirán expeditamente su oficio en favor de las piadosas voluntades de los moribundos.

Si se deja a los Hermanos un legado en forma genérica, sin expresar ninguna condición, por la presente Constitución queremos y ordenamos a perpetuidad que estos legados indeterminados sean entendidos y tratados en todo y para todas las cosas de la manera que hemos prescrito y declarado en relación a la pecunia y a la limosna enviada u ofrecida de manera indeterminada. Es decir, el legado será entendido y ejecutado por los Hermanos de modo licito, de suerte que no se prive del mérito al legatario ni del beneficio a los Hermanos.

ARTÍCULO XIIº

del intercambio de libros y de muebles

En cuanto a los libros y a los muebles de la Orden que no son propiedad de nadie en particular, por ese mismo hecho pasan a ser propiedad particular de la Iglesia Romana, inclusive para el caso de su venderlos o cambiarlos.

Queriendo proveer a la conciencia y a las necesidades de los Hermanos, permitimos, por autoridad apostólica el trueque de estos bienes por otros cuyo uso está permitido a los Hermanos. Este trueque deberá ser realizado con la autorización del Ministro General y de los Ministros Provinciales en sus administraciones respectivas. Acordamos también a dichos ministros el poder de regular del uso de tales bienes muebles.

Pero si hay que venderlos con estimación de precio, por la prohibición de la Regla no está permitido a los Hermanos recibir dinero, ni por si, ni por otros. Ordenamos, entonces, y queremos que el dinero o el precio de la cosas vendidas sea recibido y gastado para comprar otras cosas licitas, cuyo uso está permitido a los Hermanos.

El dinero así adquirido será manejado por un procurador, delegado de la Santa Sede o del Cardenal gobernador de la Orden en nombre de la Santa Sede. Se procederá en estos casos de acuerdo a las disposiciones antes establecidas para las necesidades pretéritas y para las inminentes.

ARTÍCULO XIIIº

de los donativos de poco valor

Por esta presente concesión permitimos a los Hermanos regalar, tanto dentro como fuera de la Orden, los muebles viles o de poco valor, por causa de piedad o de devoción, o por otra causa honesta y razonable, contando con el permiso previo de sus Superiores, y ateniéndose a las ordenaciones hechas en el Capitulo General, o en los Capítulos Provinciales, quiénes tienen que establecer la estimación de cuales han de ser consideradas cosas viles y de poco valor, y el modo de recibir la mencionada autorización.

ARTÍCULO XIVº

del número de las túnicas

Si bien en la Reg]a se dice: "que los Hermanos tengan una túnica con capucho y otra sin capucho". Y si bien la intención del fundador parece no conceder sin necesidad el uso de varias túnicas, sin embargo, declaramos que con el permiso de los Ministros y de los Custodios, tanto en conjunto, como separados en sus respectivas administraciones, los Hermanos podrán usar varias túnicas, según los Ministros y Custodios consideren bueno, teniendo en cuenta las necesidades diversas y otras circunstancias a pesar atentamente según Dios y según la Regla.

Obtenido este permiso, los Hermanos no deben en modo alguno pensar que se han desviado de la Regla. Porque expresamente se dice en ella que "los Ministros y los Custodios deben tener cuidado y solicitud por las necesidades de los enfermos y por el vestido de los demás Hermanos, según los lugares, y tiempos y frías regiones".

ARTÍCULO XVº

los Ministros y sus delegados para las necesidades de los Hermanos.

En la Regla se prescribe que "para el vestido de los Hermanos y para las necesidades de los enfermos, solo los Ministros y los Custodios deben tener cuidado y solicitud". Parece claro que la palabra "solo" parece restringir tal solicitud, no confiándola sino a los Ministros y a los Custodios, con exclusión de otras personas.

Sin embargo, hay que considerar atentamente que en el tiempo en que la Regla ha sido redactada, cuando los Hermanos no eran tan numerosos como al presente, pudieran haber parecido suficientes Ministros y Custodios para tales cuidados.

Hay que observar, considerando tanto la multiplicación de los Hermanos como la condición de los tiempos presentes, si el Bienaventurado Francisco, institutor de la Regla habría querido imponer a los Ministros y Custodios un yugo tan pesado, imposible de llevar. O si habrá querido, en consecuencia de esta imposibilidad, privar a los Hermanos de bienes indispensables.

Por lo cual autorizamos a los Ministros y Custodios a poder ejercer por otras personas su solicitud. Estos otros Hermanos deben cumplir con celo la carga que les habrá sido confiada, y que la Regla impone principalmente a los Ministros y Custodios.

ARTÍCULO XVIº

el trabajo

La Regla quiere que "los Hermanos a quiénes el Señor ha dado la gracia de trabajar, trabajen fiel y devotamente, de suerte que alejando la ociosidad, que es enemiga del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción."

A causa de estas palabras de la Regla, hay quiénes de tanto en tanto han malignamente acusado y aún hoy acusan a los Hermanos de llevar una vida ociosa y de transgredir la Regla.

Para acabar con estos ataques de la maldad, declaramos: si consideramos las mencionadas palabras y la forma o modo de expresión con la que comprometen a los Hermanos al trabajo, no parece que sea la intención del fundador someter o forzar a] trabajo manual a quiénes se aplican al estudio, a los oficios divinos y al santo ministerio.

Según el ejemplo de Cristo y de un gran número de Santos Padres, este trabajo espiritual supera al trabajo manual tanto como las cosas del alma están sobre las cosas corporales.

Declaramos, pues, que las mencionadas palabras de la Regla se aplican a los Hermanos que no están encargados de los oficios espirituales, y que serían ociosos si no se ocuparan convenientemente en el servicio de los demás.

A menos que sean ellos mismos hombres de una oración tal y de una contemplación tan perfecta, que en buen derecho, no tendrían que ser apartados de un ejercicio tan piadoso y bueno.

Hay, pues, Hermanos que no está dedicados al estudio y a las funciones santas, y que han sido destinados al servicio de aquellos que están ocupados en el estudio y el santo ministerio y los oficios divinos. Estos hermanos merecen la misma alimentación que los hermanos que sirven. Es lo establecido por la ley sancionada por David, guerrero valiente, ley equitativa que concede con justicia parte igual a los soldados que guardan los equipajes, como a aquellos que salen a combatir.

ARTÍCULO XVIº

los predicadores

La Regla dice expresamente que "los Hermanos no deben predicar en modo alguno en la diócesis de algún obispo, si éste se lo prohibiere".

Aceptamos este punto de la Regla, manteniendo integra, sin embargo, la autoridad apostólica. Declaramos que estas palabras tienen que ser observadas literalmente, tal como están en la Regla, a menos que la Sede Apostólica no ordene o conceda otra cosa para utilidad del pueblo cristiano, o no haga en el futuro otra ordenanza o concesión.

En este mismo capitulo la Regla añade inmediatamente: "que ninguno de los Hermanos tenga la osadía de predicar al pueblo si no después de haber sido examinado y aprobado por el Ministro General, y de haber obtenido de él el oficio de la predicación".

Hay que tener en cuenta el estado original de la Orden, cuando tenia pocos miembros, y ver ahora en la actualidad tan gran número de Hermanos, y considerar la utilidad de las almas.

Por eso permitimos que el Ministro General no sea el único a ejercer el poder de examinar o aprobar a los Hermanos como predicadores, concediendo la autorización de predicar al pueblo. Hay que tener presente que tal autorización implica el reconocimiento de la capacidad de la persona para el oficio de la predicación, como está expresado en la Regla.

Otorgamos el mismo poder a los Ministros Provinciales reunidos con los Definidores en los Capítulos Provinciales. Por otra parte esta costumbre ya ha sido aceptada entre los privilegios de los hermanos, y está hoy vigente.

Los mismos Ministros pueden revocar, suspender y restringir ]a autorización de predicar, en tiempo y modo que juzgarán oportuno.

ARTÍCULO XVIIIº

la recepción de los Hermanos

Queremos la salvación de las almas para la mayor gloria de Dios, y por eso deseamos ver aumentar tanto el número como los méritos de los Hermanos Menores, cuya Orden hace, por amor de Dios, tanto más amable la religión cristiana. Consecuentemente, por el presente estatuto, confirmamos y concedemos no solamente al Ministro General, sino también a los Ministros Provinciales el poder de recibir como Hermanos a quiénes quieran huir del mundo.

Sin embargo, el poder de los Ministros Provinciales podrá ser restringido por el Ministro General, según el mismo lo crea conveniente.

Los Vicarios de los Ministros Provinciales, ha de saber que el oficio de Vicario no les permite ejercer tal poder. A menos que no les haya sido especificamente confiado por los mismos Ministros, a los cuales concedemos la facultad de delegarlo, tanto a los vicarios como a otras personas. Sin embargo, los Provinciales se cuidarán bien de delegar indiscriminada y genéricamente. Antes bien lo harán luego de madura reflexión.

Llenen de buenos consejos a los delegados, de modo que todo se haga con discreción.

No se deben admitir en la Orden a todos indiferentemente. Solo han de ser admitidos quiénes puedan ser útiles a la Orden por su instrucción, aptitudes u otras condiciones requeridas, y a quiénes sean capaces de adquirir méritos para si mismos y dar buen ejemplo a los demás.

ARTÍCULO XIXº

el custodio que debe ser enviado al Capitulo General

Se dice en la Regla que "si el Ministro General viniese a fallecer, la elección de su sucesor sea hecha en el Capitulo de Pentecostés por los Ministros Provinciales y los Custodios". Los Hermanos tienen dudas sobre este punto de la Regla. Preguntan si es necesario hacer venir al Capitulo General la multitud de todos los Custodios. O si, para hacer todas las cosas con mayor tranquilidad, es suficiente hacer participar solamente algunos de cada Provincia, encargados de representar a los demás.

Respondemos que los Custodios de cada Provincia deben escoger uno de entre ellos, para confiarle su voz y sus funciones, enviándoles al Capítulo General en lugar suyo, junto al Ministro Provincial.

Por lo demás, esto ya ha sido establecido por los mismos Hermanos en un estatuto que ya hemos aprobado. Como lo habría hecho, según se dice, también nuestro predecesor, dando la misma respuesta para el caso.

ARTÍCULO XXº

el ingreso a los monasterios de monjas

Se dice en la Regla que "los Hermanos no entren en Monasterios de Monjas, exceptuados quiénes hayan obtenido especial licencia de la Santa Sede".

Los Hermanos han considerado atentamente que este precepto se dirige a los Monasterios de Monjas inclusas, de las cuales la Santa Sede tiene cuidado especial.

Se cree también que esta interpretación haya sido la de los Ministros Provinciales reunidos en Capitulo General, en una Constitución dada al tiempo de la redacción de la Regla, viviendo aún San Francisco.

A pesar de lo cual los Hermanos han pedido ser informados con certeza acerca de si el mencionado precepto debe entenderse de todos los Monasterios en general, dado que la Regla no exceptúa ninguno. O si bien debe entender so]o de las Monjas inclusas.

Respondemos que, en general, esta prohibición se extiende a todos los Monasterios de Monjas. Y por Monasterios queremos que se entienda el claustro, las habitaciones, las oficinas interiores. Los Hermanos pueden entrar a los lugares que son visitados por los seglares. Tanto para pedir limosna como para la predicación, al menos aquellos que los Superiores han autorizado, viendo su madurez y aptitudes.

Sin embargo exceptuamos los Monasterios de aquellas Monjas llamadas inclusas, donde el acceso no está permitido a persona alguna, sin un permiso especial de la Santa Sede, tal como ya sido respondido por nuestro predecesor Gregorio IX.

ARTÍCULO XXIº

el testamento de San Francisco

El Confesor de Cristo, el Bienaventurado Francisco, de santa memoria, sobre el fin de su vida ha hecho una recomendación llamada "el Testamento". Allí prohibe "glosar las palabras de la Regla". Y para usar sus propias expresiones, no se deberá decir "es así o asá que estas palabras tienen que ser entendidas". Y "los Hermanos", añade, "no pidan privilegios a la Sede Apostólica". Inserta también otras cosas que no podrían ser observadas sin mucha dificultad.

Por lo cual los Hermanos se preguntan con mucha hesitación si están obligados a observar este Testamento. Ya propusieron sus dudas a nuestro predecesor, Gregorio IX, rogándole clarificara sus conciencias.

Se dice que este Pontífice, considerando los peligros de las almas, y las dificultades que Podrían encontrar en dicho punto, quitar las dudas de sus corazones, diciendo que los Hermanos no están obligados a observar este Testamento, que no podría obligar sin su consentimiento, y más aún con el de los Ministros, puesto que a todos concernía. Y que San Francisco no podría tampoco obligar a su sucesor, no teniendo nadie autoridad sobre sus pares.

Creemos conveniente no innovar nada en este punto.

ARTÍCULO XXIIº

otras declaraciones de los Pontífices precedentes

Sabemos que algunos de los Soberanos Pontífices, nuestros predecesores, han dado diversas Letras para aclaración de la Regla, sobre la Regla misma o sobre otras cosas concernientes.

Tales Letras no han acabado con los ataque mordaces de los adversarios que ya hemos mencionado. Tampoco han sido suficientes al estado de los hermanos sobre muchos puntos a los cuales era necesario proveer nuevamente de modo diferente. La experiencia así lo ha mostrado en muchos acontecimientos.

No queriendo perturbar el Espíritu de los Hermanos en la observancia de los asuntos tratados a causa de posibles divergencias entre estas Letras y la presente constitución o ente alguna posible oposición entre sentidos diferentes, a fin de se provea a su estado y al cumplimiento de la Regla en todos y cada uno de ]os artículos que contiene nuestra Constitución decretamos que:

Si bien se confirman en todo o en parte las otras Letras Apostólicas mencionadas, los hermanos no tendrán que observar ninguna otra constitución que la nuestra. Y esta Constitución, declaración y ordenación, debe ser observada inviolablemente a perpetuidad

ARTÍCULO XXIIIº

la presente Constitución

Hemos discutido las cosas que preceden con mucha madurez.

Es evidente que la Regla es licita y santa y perfecta y observable, y que no expone a ningún peligro.

Aprobamos esta Regla con la plenitud de la potestad apostólica y la confirmamos y mantenemos a perpetuidad. Así como todas las cosas antedichas, que hemos establecido, ordenado, concedido, dispuesto, decretado, declarado y suplido.

En virtud de la obediencia prescribimos rigurosamente que en las Escuelas se haga leer esta Constitución, Así como se hace con las demás Constituciones o Letras Decretales.

Al leerla, exponiéndola o glosándola, algunos, bajo pretexto de libertad permitida, podrían expandir el veneno de su iniquidad contra los Hermanos y contra la Regla, corrompiendo con sus inventos y sutilezas el sentido de la presente Constitución, dándole interpretaciones divergentes o contrarias.

De modo tal que la diversidad de opiniones y sentidos falsos podría sorprender la piedad de muchos espíritus, desviando los corazones del deseo de entrar en Religión.

Para prevenir, pues, la perversidad de tales detractores, nos vemos forzados a cerrarles el paso, prescribiendo por adelantado una regla para los lectores de esta Constitución.

Mandamos rigurosamente que la presente Constitución sea expuesta fielmente y a la letra, tal como ha sido promulgada. Y que los Lectores o Expositores no añadan ninguna concordancia, ni objeción alguna, ni cualesquiera opiniones, divergentes u opuestas. Que de ningún modo se hagan glosas sobre esta Constitución, a no ser para explicar la letra, casi gramaticalmente, a fin de hacer]a más inteligible. De modo que el sentido no sea en nada corrompido por el Lector, ni desviado hacia otro objeto que el de la letra.

Y para que la Santa Sede no se vea obligada a trabajar más adelante contra los detractores, prohibimos rigurosamente a todos y a cada uno, sea cual fuere su preeminencia, su estado o condición, dogmatizar, escribir, sacar conclusiones, predicar, o hablar mal, en público o en privado, contra la Regla de los Hermanos y contra su profesión, ni contra las cosas precedentemente establecidas, ordenadas, dispuestas, decretadas, declaradas, suplidas, aprobadas, o confirmadas. Si, a pesar de todo, alguno encuentra aquí alguna ambigüedad, que refiera su duda a la autoridad suprema de ]a Sede Apostólica, pidiendo aclaraciones sobre su intención. Porque solamente a esta Sede le pertenece, en estos asuntos, editar leyes y declararlas con posterioridad.

A quiénes glosen por escrito esta Constitución de modo diverso al que hemos señalado. I,os Doctores y los Lectores que en su enseñanza pública corrompan conciente y deliberadamente el sentido de esta Constitución. Aquellos que en sus Comentarios, escritos y libelos, formulen o prediquen conciente y deliberadamente contra las cosas precedentes, contra una o varias de ellas. Todos ellos, sean cuales fueren sus privilegios, indulgencias o Letras apostólicas, sus dignidades, grados, Ordenes o lugares, sean religiosos o seculares, cualquiera hayan sido las concesiones por ellos obtenidas, en especial o genéricamente, en cualquier modo o expresión, no permitimos hacer uso de ninguna de ellas en relación a las cosas mencionadas. Todos, pues, sepan que han caído en la sentencia de excomunión, que pronunciamos y mantenemos en su contra, y de la cual no podrán ser absueltos por nadie más que por el mismo soberano Pontífice.

Además, queremos que se denuncie a estos detractores, contra los cuales hemos proferido la sentencia de excomunión. y a todos los demás, si se los encontrare, que estuvieren en contra de algunas de las cosas predichas. Que se los denuncie a nosotros mismos y a la Sede Apostólica, a fin de que quiénes no se apartan de las trasgresiones por la medidas equitativas ya tomadas, sean reprimidos por el rigor de los castigos apostólicos.

ARTÍCULO XXIVº

conclusión

A nadie le estará absolutamente permitido infringir esta Declaración, ordenación, concesión, disposición, adición suplementaria, aprobación, confirmación y constitución. Nadie podrá contravenirla con temeraria audacia.

Si alguno se atreviera a intentarlo, sepa que deberá enfrentar la indignación de Dios Todopoderoso y la de los Bienaventurados Pedro y Pablo, sus Apóstoles.

Dado en Suriano, cerca de Viterbo, el 15 de agosto de 1278.