IV CONCILIO DE LETRÁN, 1215 VII ecuménico

contra los Albigenses, Joaquín, los valdenses, etc.)

De la Trinidad, los sacramentos, la misión canónica, etc.

La reforma de los clérigos

Capítulo 14. Castigo de la incontinencia de los clérigos.

Queremos mejorar la vida y las costumbres de los clérigos. Para su reforma todos deberán vivir observando la continencia y la castidad, especialmente aquellos que han sido constituidos en el orden sagrado. Se esforzarán para no caer en los vicios de la carne, especialmente en aquel sobre el cual descenderá la ira del cielo. Cuiden de ser ministros en presencia de Dios con cuerpo y corazón puro.

Para que el relajamiento no sea incentivo al delito, establecemos que aquellos que fueran encontrados en el vicio de la incontinencia, de acuerdo a la gravedad del pecado, sean castigados con penas canónicas. Prescribimos que estas penas sean observadas estrictamente, de modo que si no se convierte del mal por el temor divino, sea al menos cohibido por las penas temporales.

Si alguien suspendido por tal causa presumiere celebrar los misterios divinos. No solamente será despojado de los beneficios eclesiásticos. Sino esta doble culpa sea depuesto a perpetuidad.

El prelado que presuma apoyar a estos tales en sus iniquidades, especialmente si obtienen por ello dinero u otros beneficios temporales, serán pasibles del mismo castigo.

Capítulo 15. Cómo corregir el alcoholismo de los clérigos.

Los clérigos se abstendrán diligentemente de la crápula y de la ebriedad : sean moderados en beber vino. Deben privarse del vino porque la ebriedad lleva a perder el control de la mente e incentiva la libido.

Por lo cual decretamos que sea erradicado este abuso. Vemos que en algunos lugares los bebedores se sienten obligados a beber, apoyados por las lisonjas de los alcohólicos. Si alguien fuere encontrado culpable de este hecho, a no ser que satisfaga conveniente ante el superior competente, sea suspendido tanto del beneficio como del oficio.

Capítulo 16. El vestido de los clérigos

Los clérigos no podrán ejercer los oficios o comercios seculares, especialmente los deshonestos. No podrán frecuentar los espectáculos de circo o de teatro ni las tabernas, a no ser que se vean obligados por grave necesidad cuando van de camino. No jueguen ni a los dados ni a otros juegos de azar semejantes.

Tengan un corona y tonsura consiguiente y ejercítense en los oficios divinos y en otras obras buenas. Lleven una vestidura cerrada, que no debe hacerse notar ni por ser muy corta ni muy larga. No usen paños de color rojo o verde, ni mangas u oros adornos de puntilla, pectorales, zapatos dorados, ni ninguna otra cosa superflua. Los que son sacerdotes o están en dignidad, para el oficio divino no lleven capas con magas dentro de la iglesia... no lleven como adorno cinturones de otro o plata, ni anillos, a no ser aquellos que corresponden a la dignidad del oficio que desempeñan. Los pontífices, tanto en público como en la iglesia lleven vestidos de lino, a no ser que fueran monjes, a los cuales les conviene seguir usando el hábito monacal. No usen el palio en público...

Cuidado de los utensilios litúrgicos

Capítulo 17. Sobre la convites de los prelados y su negligencia en los divinos oficios.

Confesamos con dolor que no solamente los clérigos de menor rango, sino también algunos prelados de las iglesias se pasan día y noche en vela en fiestas y reuniones ilícitas. Hay quienes celebran misas solemnes apenas cuatro veces al año, y lo que es más grave aún, lo hacen por interés, y mientras dura la celebración huyen del silencio del coro y se entretienen fuera conversando con laicos, y el lugar de abrir sus oídos a las cosas de Dios escuchan sermones indebidos. A estos tales los inhibimos con pesa de suspensión, y los obligamos en virtud de la obediencia a celebrar diariamente tanto el oficio diurno cuanto el nocturno, con dedicación y devoción.

Capítulo 19. Que no se expongan signos mundanos en las iglesias.

Consideramos incorrecto que algunos clérigos expongan en las iglesias propios y ajenos vestidos hasta el punto que parecen más casas de laicos que basílicas de Dios. Otro que no solamente dejan descuidada las iglesias, sino que también dejan tan inmundo los vasos del ministerio y las vestimentas de los ministros y los manteles del altar y los mismos corporales que causas horror.

Porque nos consumen el celo de la casa de Dios, prohibimos firmemente sea admitidos estos ornamentos en las iglesias, a no ser que por invasión del enemigo o por un incendio repentino u otras necesidades urgentes sea oportuno que encuentren refugio en las iglesias. Acabado el problemas sean devueltos a su lugar de origen.

Mandamos que los oratorios, los vasos, los corporales y los ornamentos, sean conservados limpias y sanas. Parece sobremanera absurdo que se conserve sucio los no se haría en las cosas profanas.

Capítulo 22 Cómo conservar el crisma y la eucaristía

Establecemos que en todas las iglesias el crisma y la eucaristía sean conservados en un lugar seguro con cerradora, de modo que no pueda tomarlos ninguna mano temeraria para celebrar algún rito horrible o nefasto. El que está encargado de su custodia los dejare sin cuidado será suspendido de su oficio por tres meses. Si por su incuria llegara a suceder algo nefasto será sometido a una pena mayor.

La confesión de los pecados

Capítulo 21. Acerca de la confesión, de la obligación del sacerdote al secreto, de la obligación de comulgar al menos por Pascua.

Todo fiel de uno u otro sexo, después que hubiere llegado a los años de discreción, por lo menos una vez al año, deberá confesar personalmente y con honestidad, todos sus pecados al propio sacerdote y procurará cumplir según sus fuerzas la penitencia que le impusiere. Además, por lo menos en Pascua, recibirá reverentemente el sacramento de la Eucaristía, a no ser que no lo aconseje el propio sacerdote. Éste, por alguna causa razonable, puede juzgar que el fiel debe abstenerse algún tiempo de su recepción. Si no cumpliere estas normas se le prohibirá el acceso a la Iglesia de por vida, y, al morir, se le privará de cristiana sepultura. Este benéfico decreto ha de ser publicado con frecuencia en las Iglesias, a fin de que nadie confunda el velo de la excusa por la ceguera de su ignorancia.

Si alguien, por justa causa, quisiere confesar sus pecados con un sacerdote ajeno, pida y obtenga primero licencia del suyo propio. En caso contrario aquel no podrá ni absolverle ni ligarle.

El sacerdote, por su parte, sea discreto y cauto y, como médico competente, derrame vino y aceite en las heridas (cf. Lc. 10, 34). Pregunte diligentemente las circunstancias del pecador y del pecado, para que pueda prudentemente inferir qué consejo tenga que dar y que remedio administrar, usando de diversas experiencias para salvar al enfermo.

Evitará delatar en modo alguno al pecador, ni de palabra, ni por señas, ni de cualquier otro modo. En caso de necesitar de más prudente consejo, pídalo cautamente sin nombrar de ningún modo a la persona interesada. El que se atreviere a revelar el pecado que le ha sido confiado en el juicio de la penitencia, decretamos que no solamente ha de ser depuesto de su oficio sacerdotal, sino también relegado a un monasterio de estricta observancia para hacer perpetua penitencia.

Pastoral del enfermo

Capítulo 22. Que el enfermo provea antes a la salud del alma que a la del cuerpo.

La enfermedad corporal a veces proviene del pecado tal como lo afirmó el Señor cuando dijo al paralítico por él sanado : Vete y no peques más, no sea que el futuro te suceda algo peor. Por lo cual decretamos y severamente prescribimos por el presente decreto : Cuando el médico del cuerpo es llamado por un enfermo en primer lugar lo aconseje e induzca a llamar a los médicos de las almas. Solamente después que el enferme se encontrare provisto de la salud espiritual, proceda al remedio de la medicina, el cual será más saludable, dado que quitada la causa, desaparece el efecto.

Una vez que hubiere sido publicada por los prelados locales, se le impedirá el ingreso a la iglesia al medico que no cumpliere esta constitución, hasta que satisfaga convenientemente por su transgresión.

Dado que el alma sea mucho más preciosa que el cuerpo, prohibimos bajo anatema, que los médicos receten algo al enfermo que se convierta en peligro para el alma.

La restitución de lo robado

Capítulo 39. Sobre la restitución que ha de dar a dueño legítimo aquél que no ha robado directamente un bien.

Muchas veces sucede que alguien es expoliado injustamente y el bien enajenado por el ladrón es transferido a una tercera persona. En ese caso el poseedor no se atiene a restituir el bien al probar el derecho de propiedad del propietario legítimo. Por lo cual, no obstante el rigor del derecho civil, decretamos que, si alguien es consciente de dicho bien ha sido recibido de un ladrón, cae en el mismo pecado de retener injustamente lo ajeno. Deberá pues restituir el bien a su legítimo dueño.

Capítulo 65. La extorsión ilícita de dinero

Capítulo 66. Sobre la ambición de los clérigos

Oímos decir que algunos obispos que, al fallecer los rectores de las iglesias, las condena al entredicho y no nombran a nadie para substituirlos hasta que le entregan una cierta cantidad de dinero....

A la sede apostólica llega frecuentemente la denuncia de que algunos clérigos exigen dinero y extorsionan a la gente en ocasión de la exequias de los muertos, en la bendición de los matrimonio, y en cosas similares. Y si por acaso no fuere satisfecha su ambición, les oponen falsos impedimentos.

Una laudable costumbre que había sido introducida por laicos piadosos, la han convertido en levadura para la depravación de la herejía. Establecemos que confieran gratuitamente los sacramentos de la iglesia, por lo cual prohibimos exigir dinero para la celebración de los sacramento, conservando las piadosas costumbres de la limosna.