IV CONCILIO DE LETRÁN, 1215 VII ecuménico

contra los Albigenses, Joaquín, los valdenses, etc.)

De la Trinidad, los sacramentos, la misión canónica, etc.

Decreto sobre los herejes.

Excomulgamos y anatematizamos a toda suerte de herejía que se alce contra la fe santa, ortodoxa y católica, que acabamos de exponer. Condenamos a todos los herejes, cualesquiera sea el nombre con el cual se los denomine. Porque si bien se presentan de modo diferente a la luz del día, están muy unidos en la clandestinidad : el orgullo los hace a todos iguales.

Los condenados serán entregados a la potestad secular presente o futura a fin de que sean castigados como corresponde. Los clérigos serán previamente degradados de sus órdenes.

Los bienes de todos los laicos condenados serán confiscados. Los de los clérigos se entregarán a las iglesias de las cuales recibían estipendios.

Los que fueren encontrados sólo notoriamente sospechosos, habida cuenta de la gravedad de la sospecha, serán entregados al ejército. A no ser que la persona pudiere demostrar la propia inocencia luego de una congrua penitencia. Han de ser evitados por todos hasta que no puedan dar una digna satisfacción. Serán condenados como herejes si al cabo de un año permanecieren en su estado de excomunión.

Las potestades seculares, si fuere necesario, serán amonestadas e inducidas mediante censuras eclesiásticas, sean cual fuere el cargo que ocupen. Si quisieren ser consideradas y tenidas como fieles, harán público juramento de defender la fe, y de eliminar de sus territorios y jurisdicción, mediante varones de fe probada, a todos los herejes señalados por la iglesia.

Todo el que asuma cualquier tipo de poder, espiritual o temporal, estará obligado a firmar dicho juramento.

Si un Señor temporal, exigido y amonestado por la iglesia, fuere negligente en purgar su territorio de la inmundicia de la herejía, será excomulgado por el obispo metropolitano y sus sufragáneos. Si se negare a dar satisfacción en el lapso de un año, el hecho serán puesto en conocimiento del Sumo Pontífice.

En tales casos sus vasallos serán declarados libres del juramento de fidelidad, y su tierra será expuesta a la ocupación de los Señores católicos, que tomarán posesión con la finalidad de exterminar a los herejes sin impedimento alguno, conservando el feudo en la pureza de la fe. Quedarán a salvo los derechos del Señor Principal, siempre y cuando este no oponga a dicha tarea ningún obstáculo e impedimento. Porque las presentes disposiciones también son válidas para los que poseen un feudo principal.

Los católicos que asuman el carácter de cruzados dedicándose al exterminio de los herejes, gozarán de idénticas indulgencias, privilegios y subsidios de los que se dirigen a Tierra Santa.

Tanto los simples creyentes como muy especialmente los maestros, defensores y propagadores de los herejes, serán sometidos a la pena de la excomunión. Decretamos inapelablemente que una vez que les fuere notificada la excomunión, si se negaren a dar satisfacción en el correr de un año serán, ipso jure, declarados infames.

En consecuencia no serán admitidos a los cargos o consejos públicos, ni podrán ser electores, ni testigos. Serán declarados incapaces de hacer actos jurídicos. Ni tendrán libertad de hacer testamento, ni de recibir herencias dejadas en sucesión. No podrán tampoco hacer contratos ni llamar a juicio a terceros.

Si por acaso se presentaren ante un juez, la sentencia no tendrá ninguna validez, y nadie podrá ser obligado a comparecer en sus causas. Si fuere abogado su defensa no será admitida en modo alguno. Si fuese notario, los documentos que pudiere redactar no tendrán ningún valor, siendo tan condenables como su autor. En casos semejantes recomendamos un trato análogo.

Los clérigos serán despojados de todo oficio y beneficio. Donde hay mayor culpa ha de ejercerse una venganza mayor. Una vez juzgados por la iglesia, serán evitados con sentencia de excomunión, hasta que den una satisfacción conveniente. Damos por descontado que los clérigos jamás administrarán a estos pestilentes los sacramentos eclesiásticos ni tendrán la presunción de darles cristiana sepultura. Tampoco podrán recibir de sus manos donativos o limosnas. Si actuaren en contrario serán privados de su oficio, al cual no serán nunca readmitidos sin un indulto especial de la sede apostólica.

Los religiosos que estuvieren en análoga situación no podrán reclamar sus derechos propios en las diócesis en las que perpetren sus execrables excesos.

Hay quiénes "bajo apariencia piedad y sin ningún poder", como dice al apóstol, reivindican para sí el derecho de la predicación. Dado que el mismo apóstol dice :"¿Cómo predicarán si no son enviados?", nadie podrá usurpar para sí el oficio de la predicación, tanto pública como privada. Esto vale tanto para los que hubieren sido vetados como los que no han recibido la misión canónica mediante autorización de la sede apostólica o de un obispo católico.

Todo arzobispo u obispo recorra su propia jurisdicción, por sí mismo o por su archidiácono, o por intermedio de personas idóneas y honestas. Lo hará dos veces al año, o al menos anualmente, si le pareciere suficiente. Busque tres o más varones que puedan ser buenos testigos y si fuere necesario obligue a jurar a todo el vecindario.

Si alguno llegare a saber que en el lugar alguien vive como hereje, o bien que hay quiénes celebran reuniones clandestinas, o quiénes se apartan de la convivencia común con los fieles, por su vida y por sus costumbres, ése tal deberá denunciar el hecho a su obispo.

Dicho obispo convocará a los acusados a su presencia, los cuales si no pudieren excusar la culpa denunciada, o si con posterioridad reincidieren en la perfidia primera, serán castigados canónicamente.

Si alguno se negare con obstinación condenable a efectuar un juramento religioso, o no quisiere jurar en modo alguno, por ese mismo hecho será considerados hereje.

Esta es nuestra explícita voluntad y mandato. Y así lo prescribimos estrictamente en virtud de la obediencia a fin de que todo lo antedicho sea puntualmente puesto en práctica.

Los obispos vigilen diligentemente sus diócesis, si es que quieren evitar las penas canónicas. Si algún obispo fuere negligente o remiso en purgar en su diócesis la levadura perversa de la herejía, y esto fuera demostrado con claros indicios, sea depuesto del oficio episcopal y en su lugar sea instituido otro idóneo, capaz de confundir la depravación de la herejía.