Una Formación para el futuro de la vida Franciscana en América Latina

CARLOS BAZARRA OFM CAP.

 

 

Si no queremos pecar de ingenuos, hemos de reconocer nuestra profunda incapacidad para una auténtica labor formativa de religiosos del futuro. No hay fórmulas "ex opere operato".

Primero, porque en la tarea educativa, todos quedamos un poco al margen del formando: podemos influir pero no decidir.

Y, segundo, porque en la formación religiosa la gracia interviene siempre de modo eminente y no es manipulable. Puede sorprendernos presentándose donde no esperábamos, o estar ausente cuando la dábamos como un presupuesto evidente.

La prudencia nos exige una postura de humildad. Sabemos lo que se debe evitar, las circunstancias en las que ciertamente Dios no actúa. Pero cuando hemos logrado evitar todo lo negativo para nuestros formandos, aún no sabemos si lograremos un verdadero religioso del futuro. Las decepciones son muy frecuentes.

Con estos presupuestos se ha de interpretar la audacia de exponer el tenía de la formación para el futuro de la vida franciscana en América Latina.

I. Formación.

Para encuadrar el tema de la formación de un modo adecuado, hemos de situarlo dentro de las coordenadas de lo viviente y de lo consciente. Ante todo, de lo viviente. Aunque a veces se usa el símil de tallar una estatua o construir una casa, no es esa formación la que nos interesa. No se trata de eso. Hablamos de formación de seres vivos, que no consiste en yuxtaponer o acumular materiales en línea de "tener" o "poseer", sino en la línea intrínseca de "ser". Es un desarrollo desde dentro. Como el grano de trigo que da cauce libre a todo lo que tiene en sí con la asimilación de elementos ambientales (agua, luz, tierra, aire...) hasta llegar a granar en espiga.

Pero tampoco nos basta lo viviente. No vamos a formar un jardín o una granja. Son hombres, personas, las que se forman. Seres conscientes que se proponen unos objetivos hacia los que hacen tender sus esfuerzos de un modo libre.

Para hablar de educación y formación, hay que partir del hombre. El ser humano tiene en común con todos los seres vivos, que es un ser inacabado, imperfecto. Pero a diferencia de los demás vivientes, el hombre sabe que es imperfecto y busca su plenitud. La formación genuina humana implica una búsqueda, realizada por el mismo sujeto. El hombre tiene que ser sujeto, no objeto, de su propia formación. El perro, el caballo o el oso pueden ser objeto de educación; el sujeto sería el domador, los animales serían objeto de domesticación. Pero esto no vale para el hombre.

Cuando la persona humana toma conciencia de su ser inconcluso, se pone en camino hacia su futuro. Futuro es lo que está sin hacer. Incluye necesariamente la dialéctica del "ya" pero "todavía no". Lo acabado no tiene futuro. La formación es un proceso dialéctico. No puede ser para el pasado ni para el presente, porque el pasado y el presente ya están hechos y terminados. La formación es siempre para el futuro. Si no es para el futuro, no es formación.

Hay quienes juegan con cierta ambigüedad al hablar de formación. El futuro que ofrecen es una repetición del pasado. De este modo lo que propugnan es una inmovilidad, el estancamiento, la muerte. Eso valdría para una estatua, no para un ser vivo. Formación para el pasado es una contradicción en los mismos términos. Eso sería dar muerte, mientras que la formación a la que nos referimos es para dar vida.

Este camino hacia el futuro es un proceso histórico. Porque es una creación consciente y libre del hombre. No nos referimos a los acontecimientos producto de la necesidad ciega de la naturaleza. La historia es un quehacer que supone libertad y tiende a la libertad. Por eso la formación, además de identificarla con un proceso vital y una tensión hacia el futuro, hay que reconocerla como un hacer historia.

Hemos de concluir que formarse es vivir hacia la plenitud personal y social creando nuestra propia historia. Formación no es invernadero. No es una etapa aséptica. Aunque a veces se emplean expresiones que pueden inducir a error. Si decimos, por ejemplo, "semillero" o " seminario" la intención primordial es destacar que se trata de algo vital, viviente, pero sería abusar de la metáfora deducir que tiene que ser inconsciente o impersonal, carente de libertad. Si hablamos de "edificación" no se puede tomar la palabra como si se tratara de acumulación en la línea de "tener", sino más bien destacando el aspecto creativo y solidario por el que todos nos edificamos mutuamente.

Resulta obvio que la formación, como proceso vital, dura mientras estemos en este mundo, es permanente y abarca todos los aspectos de la persona, no sólo el intelectual. Hablar de formación religiosa es ponerse en camino hacia el Reino de Dios, no como un juego o ejercicio de entrenamiento, sino como un compromiso en el que se arriesga el futuro. No es algo periférico, sino el núcleo central de la existencia humana. Es tomar la vida en serio.

2. Formación evangélica.

Hay que dar por supuesto que toda formación ha de coincidir sustancialmente con la formación que ofrece el Evangelio. Porque Jesús brinda la perfección definitiva, la última, la del mismo Dios: Sean perfectos (acabados) como es perfecto (acabado) su Padre celestial (Mt 5, 48).

Las perfecciones parciales que se pueden ofrecer deben estar en la línea de esta perfección última. Así los carismas peculiares que pueden ofrecer las diversas Órdenes y Congregaciones de la Iglesia no tienen que perder de vista el fin de todo cristiano. Antes y después de ser dominicos, jesuitas u hospitalarios, debemos ser cristianos: No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que debamos salvarnos (Hech 4, 12,). La enseñanza, o la atención de los enfermos pueden ser fines específicos de una congregación, pero como un medio de llegar a ser de verdad cristianos.

Además de esta motivación general, los franciscanos tenemos otro motivo particular: Y es que lo que propiamente se propuso Francisco de Asís y con él la Orden, no fue éste o aquel detalle del Evangelio, sino el mismo Evangelio en su integridad, en lo sustancial. Creo que es una verdad de pacífica posesión entre los franciscanistas. La doy por supuesta.

Por tanto es imprescindible determinar la formación evangélica para saber cómo ha de ser la formación franciscana. Y si determinamos que en algo nos hemos separado del proyecto evangélico, tener el coraje de amputar y rescindir esos elementos espurios que se han podido infiltrar en nuestro estilo de formación.

Es patente que el Evangelio presupone y afirma que somos seres inconclusos. Todos somos pecadores: El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra (Jn 8, 7). Si ustedes, siendo malos (Mt 7, 11). Por la desobediencia de un sólo hombre, todos fueron constituidos pecadores. (Rm 5, 29).

De la constatación de nuestra imperfección arranca el dinamismo que tiende hacia un futuro mejor. Para que sean hijos de su Padre celestial. (Mt 5, 45). Todos hemos de considerarnos en camino hacia la perfección, y Jesucristo asume expresamente la terminología educativa para afirmar de un modo radical que todos somos discípulos al negarnos .el título de "maestros":

Ustedes no se dejen llamar maestros porque uno solo es el Maestro, Cristo. (Mt 23, 8).

Aquí encontramos la paradoja de ser enviados a hacer discípulos (Mt 28, 19), sin constituirnos por eso en maestros. Solamente renunciando a ser maestros, se puede enseñar a ser discípulo. A ser discípulo se enseña siendo discípulo, de ahí que el único Maestro sepa anonadarse (Fil 2, 7) y ponerse a los pies de los discípulos (Jn 13,12-16). No está el discípulo por encima del maestro. (Mt 10, 24).

La afirmación de que todos somos discípulos y no maestros corrobora el que cada uno de nosotros es sujeto y no objeto de formación. En el orden sobrenatural, si la gracia es imprescindible, no por eso el hombre se convierte en un ser pasivo, sino que tiene que aceptar libremente el llamado divino y responder de modo activo colaborando en su propia formación. Dios es para todos un ejemplo de cómo respeta la libertad de sus hijos, sin jamás presionar ni coaccionar, cosa que a veces intentamos los hombres erigiéndonos en maestros, sin tener derecho ni capacidad para enseñar a nadie.

Estamos dentro de la vida, en la línea del ser, no en la del tener, por consiguiente nadie puede educar a otro.

La misma afirmación se deduce cuando Jesús nos habla en metáfora no de enseñanza, sino de generación: Hay que nacer de lo alto (Jn 3, 7). Nadie puede recibir nada si no se le ha dado del cielo (Jn 3, 27). Por eso: Ustedes son todos hermanos. Ni llamen a nadie "Padre" en la tierra, porque uno solo es su Padre, el del cielo (Mt 23, 8-9).

El paralelismo es perfecto: Un solo Padre y un solo Maestro; todos nosotros hijos, hermanos, discípulos.

La formación (o la generación) sólo puede venir, en línea vertical, de Dios. Entre nosotros la tarea se limita a la colaboración de hermanos o condiscípulos. No cabe entre nosotros la distinción de niveles: unos arriba y otros abajo, unos maestros y otros discípulos; unos Padres y otros hijos; unos sabios y otros ignorantes; unos perfectos y otros imperfectos.

Sería hora de que en la Iglesia fuéramos eliminando esos diversos niveles, comenzando al menos por la terminología. Porque si conservamos las palabras, las ideas que evocan mantienen estilos de vida contrarios al evangelio. Y nunca daremos un paso para romper el círculo vicioso.

¿Cuál es el futuro que Cristo nos propone en su pedagogía evangélica? El anuncio escatológico del Reino de Dios. No Dios como un ser absoluto, sino el Dios del Reino, un Dios para los hombres, un Dios Padre. Tampoco un Reino puramente humano, sino unos hombres hijos de Dios y hermanos entre sí. Un reinado en que se deja a Dios ser Dios, un solo Dios, el único Padre, cuya voluntad es la norma de vida de los hombres. Esta voluntad divina es la hermandad real de todos los hombres, sin diferencia de clases, compartiendo cuanto se tiene, y eliminando toda barrera. Que nadie suplante a Dios arrogándose atribuciones divinas y tiranizando a los demás.

Para expresar este futuro, Jesús utiliza la metáfora del banquete o comida. La comida en la mentalidad semita no era solamente el acto de alimentarse, sino principalmente el gesto de compartir, de comunión de vida, de fraternización. El capítulo 14 de Lucas destaca la idea convivial, acentuando el carácter de minoridad, de buscar los últimos puestos (vv. 7-11) y de compartir con los más pobres (vv.12-14). Entonces alguien exclama: ¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios! (Lc 14, 15). Y Jesús aprovecha para explicar el futuro del Reino de Dios como un banquete en el que se hace participar a los más necesitados (Le 14, 16-24). Este es el Reino de Dios, un sentarse a la mesa de la vida para disfrutar de los dones del Padre, dándose preferencia a aquellos a quienes los otros hombres, no Dios, han marginado.

En este sentido la imagen que ofrece el mundo es lamentable, y Jesús lo describe en la parábola del rico que banquetea todos los días, mientras el pobre Lázaro tiene que conformarse con las migajas (cfr. Lc 16,19-22).

Dios no puede conformarse con esta injusticia social generalizada; tiene otros planes: Yo dispongo un Reino para ustedes, como mi Padre lo dispuso para mí, para que coman y beban a mi mesa en mi Reino (Lc 22, 29-30). Vendrán de Oriente y Occidente, de Norte y Sur, y se pondrán ala mesa en el Reino de Dios. (Lc 13, 29).

Y Jesús quiere hacer patente este simbolismo, aceptando las invitaciones a comer y haciéndose acreedor a críticas: Ahí tienen un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores (Lc 7, 34). Este es un punto de escándalo, precisamente por ser comida con pecadores, por lo que implica de solidaridad. Son frecuentes las alusiones a un Jesús que se sienta a la mesa. La multiplicación de los panes, al aire libre, es, más que un milagro, el símbolo del Reino donde el compartir produce sobreabundancia (cfr. Am 9, 13-15), sin que nadie pase hambre. En esta perspectiva el dejarse comer para que los otros tengan vida (este es el misterio de la Eucaristía) es algo inaceptable para quienes ni siquiera están dispuestos a compartir. Aquí se entra en crisis, porque no se acepta el Reino que es hermandad y solidaridad, no se quiere renunciar al egoísmo ni a los privilegios, hay que mantener las distancias sobre la plebe... Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él (Jn 6, 66). Y si muchos no entran en crisis es porque reducen la Eucaristía a un rito mágico que a nada compromete.

Hay que prestar atención al hecho de que el primer milagro de Jesús, anticipando su hora, fue precisamente para hacer posible la celebración de un banquete que amenazaba con suspenderse por falta de vino (Jn 2, 1-12). Y el último gesto de su vida fue también una cena en la que hace realidad el anuncio evangélico de morir para dar vida, asumiendo el papel de siervo, el último lugar a la mesa: ¡Cuánto he deseado comer esta Pascua con vosotros! (Lc 22,14).

Quedan atrás sus comidas con los pecadores, sus charlas de sobremesa donde afloraron sus mejores parábolas, como la del hijo pródigo donde la reconciliación y la vuelta a casa se celebra con un espléndido banquete, al que curiosamente no quiere asistir el otro hermano (Lc 15, 11-32). Después vendrán las comidas de Jesús resucitado con los discípulos de Emaús, que le reconocen al partir el pan (Lc 24, 3 5); con sus apóstoles a la orilla del lago (Jn 21,12-13). Pedro recordará este detalle de Jesús resucitado: a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de de entre los muertos (Hech 10, 41).

El primer dato obvio de la Eucaristía, su signo más evidente, es la solidaridad fraterna de los que se sientan a la misma mesa. El segundo dato es su carácter sacrificial, el tener que renunciar cada uno a lo suyo para ponerlo en común con los demás (el morir para que los otros tengan vida). San Pablo reprueba a los corintios haber perdido el signo eucarístico: Cuando se reúnen, ya no es comer la cena del Señor; porque cada uno come primero su propia cena y mientras uno pasa hambre, otro

se embriaga (1 Co 11, 20-21). El tercer dato sería la presencia del Señor: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18, 20). Tomen, coman, esto es mi Cuerpo (Mt 26, 26,).

El proceso es el siguiente: la comunidad de mesa significa comunidad de vida. Implica despojarse del propio yo (morir) para que los demás tengan vida. Entonces es realidad el Reino de Dios, es real la presencia de Jesús entre los hombres.

Creo que la teología tradicional ha dado demasiada importancia al pan y al vino en sí, cuando lo que Jesús destacó no fue el pan en sí (no insistió en que tuviera que ser de trigo o de otra clase) sino en el pan compartido en gesto fraterno. Hay que rescatar el sacramento como acción comunitaria y superar esa noción estática, cosística, en la que hemos caído. El Señor se hace presente no sólo por las palabras sacerdotales sobre el pan de trigo, sino principalmente por la comunidad de amor y justicia de los comensales. Sin justicia y fraternidad no hay Eucaristía.

Jesús hace un análisis de la realidad y la describe en la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-22). Unos nadan en la abundancia y otros apenas reciben las migajas. Eso es un pecado contra la fraternidad. Se exige un proceso de cambio y superación desde esta sociedad injusta hacia una nueva humanidad, de un banquete para unos pocos (los ricos) que excluyen a los pobres, a un banquete en que los primeros puestos sean precisamente para los pobres. Ser cristiano es aceptar este proyecto y comenzar a caminar hacia su realización.

Con todos los inconvenientes que puede tener un esquema, considero fundamentalmente válido el cuadro sinóptico adjunto como un resumen de la formación evangélica que impartió Jesús a sus discípulos, desde un estado de inconclusión-imperfección hacia la plenitud del Reino de Dios, significado en el banquete escatológico. Esta plenitud se manifiesta en la revelación de Dios Trinidad (comunidad divina) superando la idea de un Dios en "su espléndida soledad". Las consecuencias de esta revelación del Dios del Reino afectarán profundamente al Reino de Dios.

Primera columna. Se refiere a los judíos, a los teistas en general y a muchos cristianos que no llegan a vivir consecuentemente su fe en la Trinidad. El Dios que aceptan es unipersonal y eterno, transcendente, 'intemporal. Es invisible, a Dios

 

DIOS

DIOS-HOMBRE

DIOS -ESPIRITU

Designación evangélica Padre Hijo del Hombre

Hijo de Dios

Abogado

Espíritu de Verdad

Con relación al mundo Transcendente Inmanente Transparente
Con relación a la Historia Intemporal Histórico-pasado Histórico-futuro
Relación hombre-Dios A través de Ritos A través del hombre A través del pobre
Conciencia Mágica Ingenua Crítica
Religiosidad Ontológico-esencial Existencial-personal Social
Espiritualidad Alienación Imitación Seguimiento
Actitud Vital Reaccionaria Reformista Liberadora
Exigencias Sometimiento a los ritos Autoritarismo: obediencia ciega Docilidad al Espíritu
Conversión Negación de cambio Cambio personal Cambio de estructuras
Virtud Temor-fe Amor Justicia
Oración-Acción Contemplación

Ortodoxia

Contemplación y acción

Ortodoxia y praxis

Contemplación en la acción

Ortodoxia y Ortopraxis

nadie le ha visto nunca (Jn 1, 18), fuera de nuestro alcance, de ahí que el acceso queda reducido a ritos, mediante una conciencia mágica, que atribuye efectos sobrenaturales a una eficacia mecánica de fidelidad a unos gestos, palabras, cosas. Es lo que se llama una religiosidad ontológico-esencial, porque se mueve en un nivel ajeno a lo propiamente humano. No afecta a la vida del hombre, es una espiritualidad alienante, y la actitud que se toma frente a la vida es reaccionaria, los ritos son inmutables y en su inmutabilidad reside la eficacia, mediante la repetición mecánica. Es el inmovilismo ahistórico, la reacción a todo lo nuevo, el hombre para el sábado (cfr. Mc 2, 27), el sometimiento a los elementos materiales, contra lo que nos pone en guardia Pablo: ¿Cómo retornan ustedes a esos elementos sin fuerza ni valor, a los cuales quieren volver a servir de nuevo? (Gl 4, 9). Una vez que han muerto con Cristo a los elementos del mundo, ¿por qué sujetarse, corno si aún vivieran en el mundo, a preceptos como `no tomes', `no gustes', `no toques', cosas todas destinadas a perecer con el uso y debidas a preceptos y doctrinas puramente humanos? Tales cosas tienen una apariencia de sabiduría por su piedad afectada, sus mortificaciones y su rigor con el cuerpo: pero sin valor alguno contra la insolencia de la carne. (Col 2, 20-23).

Es un peligro en el que podemos caer los que nos llamamos cristianos. Nos negamos al cambio, a la conversión. Estamos dominados por el temor. La fe en Dios no es liberadora, como afirma Santiago: ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan (Sant 2, 19). En el fondo es una actitud demoníaca. Cristo se lo reprochaba a los judíos: Ustedes tienen por padre al diablo. (Jn 8, 44).

Finalmente el dilema entre acción y contemplación se resuelve eliminando el compromiso y recluyéndose en un mundo abstracto, etéreo e irreal, un mundo imaginario, Es una religiosidad soporífera.

Una pregunta: ¿En algunos ambientes la formación que se imparte no es de este tipo?

Segunda columna. Hay cristianos que han avanzado, dardo un paso más. Pero están lejos de la plenitud trinitaria. Reconocen al Padre y al Hijo pero prácticamente no reconocen al Espíritu: No hemos oído decir que exista el Espítu Santo (Hech 19, 2).

Dios se hace hombre, inmanente a este mundo. Dios se hace historia. El hombre es el lugar del encuentro con Dios, superando el ritualismo. Pero la historia terrena de Jesús queda en el pasado, en su tiempo, en su coyuntura geográfica y cultural. Su realismo histórico impide la alienación y nos compromete en favor del hombre. Pero la conciencia en esta perspectiva, aunque supera lo mágico, se mantiene en una línea de ingenuidad. Es religiosidad personal, pero volcada sobre el pasado, puramente imitativa. No se descubre su Espíritu, queda en la carne que no sirve de nada, el Espíritu es el que da vida (Jn 6, 63). Les conviene que yo me vaya para que venga el Espíritu (Jn 16, 7).

Todo se reduce a una obediencia ciega que pretende justificar, en nombre de Cristo, todo autoritarismo, rompiéndose la fraternidad y comunidad de vida expresada en la participación de una misma mesa.

Se establece el amor como virtud fundamental, y es cierto, pero puede encerrar la ambigüedad de un amor encubridor de injusticias, que defiende el orden establecido sin profundizar ni analizar si existe auténtica participación y libertad. Un régimen totalitario o de seguridad nacional es, de hecho, la negación del Espíritu. Habrá ortodoxia, pero la praxis puede ser encubridora y legitimadora de un orden injusto.

Tercera columna. Pero Jesús no sólo es Hijo del Padre, sino plenitud del Espíritu. El-Espíritu está sobre mí, me ha enviado a anunciar la buena nueva a los pobres (Le 4,18).

Es el Espíritu el que nos descubre que son precisamente los pobres los que deben ser invitados a la mesa: Cuando des una comida no llames a tus vecinos ricos... Llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos, y serás dichoso (Lc 14, 12-14). Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios (Lc . 6, 20).

No es el hombre abstracto, sino el pobre el que es lugar teológico, desde donde Dios nos habla.

El Espíritu nos libera del temor y nos permite llamar a Dios "Padre" (cfr. Rm 8, 15 y Gl 4, 6). Pero no podemos llamar a Dios "Padre" sino desde una situación de fraternidad o de lucha a favor de la misma. La pobreza es un pecado contra la fraternidad.

El Espíritu nos exige pasar de una conciencia ingenua a una conciencia .crítica. Jesús terminó su obra pero nosotros tenemos que continuarla. No imitación sino seguimiento. Mirar al futuro, interpretar la ambigüedad de la historia, enfrentarnos a situaciones nuevas, tratar de liberar al pobre de esa situación de injusticia y pecado. No basta el cambio personal, hay que trabajar por cambiar las estructuras e implantar la justicia que requiere la verdad de la Eucaristía. No es la Ley la que justitica (cfr. Rm 7) sino el ponerse en camino, como Abrahán, en plena docilidad al Espíritu, que no sabes de dónde viene ni a dónde va (Jn 3, 8).

La praxis se hace ortopraxis, porque el Espíritu con la capacidad crítica que nos confiere, nos da el recto obrar, nos lleva a la verdad completa (Jn 16, 13) y no necesitan que nadie les enseñe (1 Jn 2, 27).

Esta es la formación evangélica, que pone a cada persona en plena apertura al Espíritu, la compromete en la lucha por la justicia en favor del pobre y su liberación, con capacidad crítica, en una proyección social, mirando al futuro con auténtica creatividad para hacer posible el Reino de Dios en comunidad fraterna de vida y de mesa, sin clases sociales, sin desigualdades. El es nuestra paz: de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne ta Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca. Pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu (Ef 2,14-18).

3. Formación franciscana

El único futuro garantizado es el del Reino de Dios. Cualquier Orden religiosa, pero fundamentalmente la franciscana por su identificación con el Evangelio integral y no con un apostolado específico, debe asumir el proyecto del Reino de Dios.

La Orden Franciscana tiene tal vez la misión de ofrecer al mundo y a la Iglesia la esencia misma del Evangelio, sin adherencias extrañas. Es lo que hizo Francisco en su tiempo. No quiso ser monje ni sacerdote. Inspirado por el Espíritu Santo, intuyó que lo nuclear del mensaje de Cristo era ser hermano, uno más en medio del pueblo, sin constituir un estamento privilegiado. Que nadie se llame Padre. Y dentro de esa clase popular, dar la preferencia a los pobres, a los leprosos, a los sarracenos y otros infieles. Salir a los caminos para traer a la mesa del Padre a todos esos marginados. Crear comunidad y buscar el último puesto, a los pies de los hermanos, como Jesús en la cena de la noche de su Pasión.

La Iglesia y la Orden está constituida por hombres. Y los hombres somos falibles. En el Vaticano II la Iglesia reconoció "que no siempre, a lo largo de su prolongada historia, fueron todos sus miembros, clérigos o laicos, fieles al Espíritu de Dios. Sabe también que aún hoy día es mucha la distancia que se da entre el mensaje que ella anuncia y la fragilidad humana de los mensajeros (GS 43).

Con sinceridad y con amor, yo diría que la Orden ha caído en dos defectos fundamentales mutuamente implicados: Aburguesamiento y clericalización. Sin generalizar ni incluir a todos en esta crítica.

A) La Orden se ha aburguesado.

Su misma historia es elocuente. Sus constantes reformas son prueba de ese afán (que la honra) de querer salir de un nivel de vida fácil. La pobreza se ha constituido en la gran aporía franciscana. La escisión de Conventuales y Observantes, y más tarde de Observantes y Capuchinos, habla expresivamente de un deseo de ser y vivir pobres. La Orden tiene grandes inmuebles, posesiones y reservas económicas. Hemos hablado mucho de "pobreza" como virtud abstracta, no como realidad, porque nos hemos alejado de los pobres que son quienes pueden enseñarnos a ser pobres.

Tal vez nuestro sino sea estar comenzando siempre, convirtiéndonos siempre, con continua formación permanente. Apenas cejarnos un poco en nuestro esfuerzo, ya volvemos a olvidar la solidaridad con los pobres, esa comunidad de mesa y vida, la fracción del pan, la utopía escatológica, nuestro futuro.

B) La Orden se ha clericalizado.

No es que el ser clérigo, y en concreto sacerdote, sea un mal.

Al contrario, es un servicio. La sacerdotalización en cambio es un acaparamiento de atribuciones, es invertir en un poder sobre los demás lo que tenía que ser servicio. Algo que el Evangelio ha rechazado siempre: Nada de eso entre ustedes, de dominar como señores absolutos (Mc 10, 42-43). En una nación pueden ser necesarios los militares en su misión defensiva frente a los enemigos. Pero si los militares pasan a gobernar y acaparar todos los cargos, entonces estamos en una militarización del país, lo que constituye un abuso.

El sacerdote es quien visibiliza el sacerdocio invisible de Cristo. Y ese sacerdocio invisible es precisamente reunir a los hermanos en torno a la mesa, bajo la presidencia del único Padre, Dios. Pero si el sacerdote en vez de hacernos sentir la hermandad fundamental, se constituye en rango superior y busca el primer puesto en vez del último, está traicionando su misión.

El Vaticano II, aun moviéndose todavía con una teología sacerdotal que desde Trento venía prevaleciendo, supo iniciar una línea rectificadora, dando preferencia en la Lumen Gentium al capítulo del pueblo de Dios, pero no fue lo suficientemente lógico dejando el capítulo del laicado detrás del de la jerarquía. Estas vacilaciones aparecen también en el Presbyterorum Ordinis donde se sigue llamándoles "padres y maestros" (PO 9). -compárese con el texto mateano: ustedes no se dejen llamar padres ni maestros (Mt 23, 8-9)- y, sin embargo ya tiene afirmaciones muy nítidas en favor de la fraternidad esencial: "Los presbíteros tomados de entre los hombres y constituidos en favor de los hombres en lo que a Dios se refiere para que ofrezcan dones y sacrificios por los pecados, conviven, como con hermanos, con los otros hombres" (PO 3). "Los presbíteros del N.T. por su vocación y ordenación, son en realidad segregados, en cierto modo, en el seno del Pueblo de Dios; pero no para estar separados ni del pueblo mismo ni de hombre alguno... ni podrían tampoco servir a los hombres si permanecieran ajenos a la vida y condiciones de los mismas" (PO 3). "Los sacerdotes del N.T.... son juntamente con todos los fieles, discípulos del Señor que, por la gracia de Dios que llama, fueron hechos partícipes de su Reino. Porque regenerados como todos en la fuente del bautismo, los presbíteros son hermanos entre sus hermanos, como miembros de un solo y mismo Cuerpo de Cristo, cuya edificación ha sido encomendada a todos" (PO 9).

En esta línea está el carisma franciscano: detectar y subrayar lo fraterno, vivirlo y anunciarlo a todo el mundo. Proclamar la primacía de la vida fraterna llevará automáticamente a una desclericalización de la Iglesia como Cristo la propuso. Porque la sacerdotalización abusiva operada a lo largo de los siglos (centrando todos los ministerios en el sacerdote) ha traído como consecuencia la escasez de sacerdotes. La solución no es aumentar por todos los medios el número de sacerdotes, sino descentralizar y repartir los ministerios.

Nos hallamos ante el mismo fenómeno, pero en otro sector, cual es el del desarrollo desorbitado de las grandes ciudades. Lo que en un principio eran pequeños grupos de producción agrícola, con relaciones familiares e interpersonales, ambiente sano y contacto con la naturaleza, se han ido transformando en grandes centros anónimos, burocráticos, de cemento y asfalto, masificadores. Y la Iglesia se ha dejado contagiar, perdiendo la sencillez de sus orígenes evangélicos, y ha creado las grandes parroquias urbanas con sus exigencias de burocracia, centralización de servicios y una indudable lejanía del espíritu del Evangelio.

Se oye un clamor generalizado en favor del grupo pequeño, de la minifraternidad, del retorno al campo. La desclericalización lleva consigo la renuncia al prestigio ante los grandes del mundo, y el rechazo a todo poder. Nuestra minoridad está pidiendo una sensibilización en estos campos e iniciar un nuevo éxodo de los centros urbanísticos hacia la periferia del suburbio y del campo, recuperando la libertad cristiana para el anuncio profético de la buena nueva a los pobres.

4. Desafío de América Latina

Para los que trabajamos en este Continente, nuestra "Tierra Santa„ es América Latina. El amor de Jesús a su pueblo - No he sido enviado sino para las ovejas perdidas de Israel (Mt 15, 24) - es una invitación a que nosotros hagamos lo mismo con nuestro pueblo. Debemos tener una respuesta para esta gente, sin pensar en tradiciones europeizantes. El mismo Francisco de Asís supo hablar de "lugares y tiempos" (211 4). Nuestra fidelidad al Evangelio pasa a través de la fidelidad al hoy de América Latina.

Quiero aludir, lo más brevemente posible, a la voz del pueblo latinoamericano a través de los dos eventos más significativos del Episcopado iberoamericano: Medellín y Puebla, y principalmente en los aspectos de formación.

Unas citas, no más, para reflexionar.

MEDELLIN puso el acento en una educación liberadora. "La tarea de la educación de estos hermanos nuestros no consiste propiamente en incorporarlos a las estructuras culturales que existen en torno de ellos, y que pueden ser también opresores, sino en algo mucho más profundo. Consiste en capacitarlos para que ellos mismos, como autores de su propio progreso, desarrollen de una manera creativa y original un mundo cultural, acorde con su propia riqueza y que sea fruto de sus propios esfuerzos" (Documento 4, N.o 3).

Se pone un relieve especial en que los educandos sean sujetos de su formación: "educación liberadora es la que convierte al educando en sujeto de su propio desarrollo" (Documento 4, N.o 8); en la necesidad de no prolongar las situaciones injustas, y fomentar la creatividad: "Los métodos didácticos están más preocupados por la trasmisión de los conocimientos que por la creación entre otros valores, de un espíritu crítico. Desde el punto de vista social, los sistemas educativos están orientados al mantenimiento de las estructuras sociales y económicas imperantes, más que a su transformación" (Documento 4, N.o 4). Esto es inadmisible. Se denuncia una educación uniforme, pasiva, que fomenta el "tener más" en vez de "ser más" (cfr. Documento 4, N .O 4). "La educación en todos sus niveles debe llegar a ser creadora, pues ha de anticipar el nuevo tipo de sociedad que buscamos en América Latina; debe basar sus esfuerzos en la personalización de las nuevas generaciones, profundizando la conciencia de su dignidad humana, favoreciendo su libre autodeterminación y promoviendo su sentido comunitario" (Documento 4, N.o 8). "Debe capacitar a las nuevas generaciones para el cambio permanente y orgánico que implica el desarrollo. Esta es la educación liberadora que América Latina necesita para redimirse de las servidumbres injustas y, antes que nada, de nuestro propio egoísmo. Esta es la educación que reclama nuestro desarrollo integral" (Documento 4, N.o 8).

Ya hablando directamente a los religiosos, destaca, además de una seria formación espiritual, la conexión del desarrollo con la justicia y la caridad, la necesidad de la formación social dando importancia a las experiencias vitales, con miras a la adquisición de una mentalidad social; preocuparse por promover las clases marginadas, poner al servicio de los demás nuestros bienes, e incluso aplicar a las tierras que poseemos la reforma agraria" (cfr. Documento 12, N .O 13).

Y a los mismos sacerdotes les recuerda con gran claridad: "El sacerdote, como Cristo, está puesto al servicio del pueblo. Esto pide de él, aceptar sin limitaciones las exigencias y las consecuencias del servicio a los hermanos y, en primer lugar, la de saber asumir las realidades y "el sentido del pueblo" en sus situaciones y en sus mentalidades. Con espíritu de humildad y de pobreza, antes de enseñar debe aprender, haciéndose' todo a todos para llevarlos a Cristo" (Documento 13, N.o 13).

PUEBLA, en cuanto al tema de la educación, prefiere hablar de educación evangelizadora que "asume y completa la noción de educación liberadora" (P 1026).

Las características de esta educación evangelizadora son las siguientes

Humanizar y personalizar al hombre para crear en él el lugar donde pueda revelarse y ser escuchada la Buena Nueva...

integrarse al proceso social latinoamericano...

ejercer la función crítica propia de la verdadera educación, procurando regenerar las pautas culturales que posibiliten la creación de una nueva sociedad, verdaderamente participativa y fraterna, es decir, educación para la justicia.

convertir al educando en sujeto, no sólo de su propio desarrollo sino también al servicio del desarrollo de la comunidad: educación para el servicio (P nn. 1027-1030).

El acercamiento al pobre "ha puesto en una luz más clara su relación con la pobreza de los marginados, que ya no supone sólo el desprendimiento interior y la austeridad comunitaria, sino también el solidarizarse, compartir y -en algunos casos- convivir con el pobre" (P 734). "Así, viviendo pobremente como el Señor y sabiendo que lo único Absoluto es Dios, comparten sus bienes; anuncian la gratuidad de Dios y de sus dones; inauguran, de esta manera, la nueva justicia y proclaman "de un modo especial" la elevación del Reino de Dios sobre todo lo terreno y sus exigencias supremas (LG 44); con su testimonio son una denuncia evangélica de quienes sirven al dinero y al poder, reservándose egoístamente para sí los bienes que Dios otorga al hombre para beneficio de toda la comunidad" (P 747).

La confesión sincera del Episcopado es edificante y debe estimularnos a todos:

"No todos en la Iglesia de América Latina nos hemos comprometido suficientemente con los pobres; no siempre nos preocupamos por ellos y somos solidarios con ellos. Su servicio exige, en efecto, una conversión y purificación constantes, en todos los cristianos, para el logro dé una identificación cada día más plena con Cristo pobre y con los pobres" (P 1140).

He aquí el gran desafío de América Latina. Nuestro mundo presenta el aspecto de un gran banquete para unos pocos (los ricos, los poderosos, los satisfechos), y una inmensa mayoría que no puede contentarse ni con las migajas. Hay que realizar el banquete del Reino de Dios, todos hermanos sentados a una misma mesa, y eso requiere la transformación de la sociedad actual, y superación de esa mentalidad capitalista de que la vida (y la formación para la misma) es una competencia donde triunfa el que más puede, sin importarle los otros.

Los franciscanos, dentro de nuestras propias estructuras, hemos de testimoniar esta fraternidad minorítica y liberadora, saber buscar el último puesto, y hacer que este testimonio fermente y transforme la sociedad en que vivimos inmersos. Las nuevas generaciones franciscanas han de vivir y formarse como agentes de cambio y no perpetuadores del sistema injusto actual.

Ni Dios ni la historia nos perdonarán nunca si nuestros Centros de formación promueven generaciones de franciscanos conformistas, "domesticados", no sólo condescendientes con el club de los "epulones" sino incluso formando parte del mismo. Y no nos lo perdonarán porque éste es el "pecado contra el Espíritu" que no tiene remisión (cfr. Mc 3, 29): haber recibido el Espíritu para anunciar la buena nueva a los pobres (Le. 4, 18) y terminar nuestra existencia sin que el pobre haya entrado en nuestra vida ni nosotros en la suya. Rechazar al pobre es ignorar a Cristo Jesús (cfr. Mt. 25, 45), extinguir el Espíritu (cfr. 1 Tes -5, 19). Automáticamente es dejar de ser cristiano, y por consiguiente dejar de ser franciscano. Hemos perdido nuestro tiempo.