EL TRABAJO 

EN LA FORMACIÓN INICIAL

Jerónimo Bórmida, OFM. cap.

ALGUNOS PRESUPUESTOS ACLARATORIOS

1. En este trabajito no pretendo hacer "teoría" sobre el trabajo en la formación inicial. Quisiera ser capaz de recoger la re­flexión realizada en la Provincia Rioplatense de los Hermanos Menores Capuchinos a lo largo de estos últimos años de experiencia formativa, en los cuales muchos hemos soñado con nuevas concretizaciones para nuestra vida religioso‑franciscana. Y nuestros sueños son a veces pesadillas, ante la imposibilidad de concretarlos en la vida real, por los terrores que luego se introyectan en la cotidianidad. Los sueños se plasman en base a las experiencias, logros y fracasos, y están como preñados de todas las teorías que alguna vez en la vida hicimos nuestras. Quisiera ahora comenzar a ordenar este material testimonial, como para seguir ordenadamente la reflexión y la praxis formativa.

2. Cuando me refiero a las "experiencias" hechas o por hacer, no expreso nada que sea peyorativo. Primero porque experiencia significa aquello que está realmente ubicado en el terreno de la existencia de los "entia". Lo que configura el entorno, el hábitat, el humus vital de todo ser. Y segundo porque la experiencia tiene una connotación de provisoriedad: aceptamos esta provisoriedad como una de las características del hombre histó­rico, del hombre creyente, y del hombre dis­cípulo de Francisco de Asís. Quisiéramos vivir los valores de la praxis y los de la provisoriedad, y eso es la experiencia.

I. CARÁCTER PEDAGÓGICO DEL TRABAJO EN LA FORMACIÓN INICIAL

1. Atipicidad de la vida religiosa y de la formación inicial

Es uno de los temas más discutidos, y con mil puntas, desde la reflexión sobre el cristia­nismo anónimo hasta las preguntas sobre la especificidad de la vida religiosa, no digo ante la vida "simplemente" humana, sino inclusive en relación a la vida "solamente" cristiana.

Para comprender en su real portada el tema de la atipicidad del trabajo en la forma­ción inicial, y saber al menos lo que no que­remos decir, deberíamos repasar los temas nada concluidos de las relaciones fe‑política; religión‑política; sacerdotes‑política... el porqué de las prohibiciones históricas sobre el trabajo manual de los sacerdotes, el viraje de la política eclesiástica que se aparta polí­ticamente de la adhesión política partidaria... En definitiva el gran tema de lo sagrado­profano.

Sigo sin ver claro por qué tiene que ha­ber un campo "específico" del laico, como si no fuera propio de todo miembro del "laós" la predicación de la palabra, la celebración (cada uno según su "carácter") de los sacramentos, y la vida santa que busca la perfec­ción. Como si no fuera propio de todo el pueblo de Dios la transformación del mundo. No veo por qué (¡porqués dogmáticos, claro!) hay unos que pueden y otros que no pueden.

Un ejemplo aún vigente en los chistes para festividades. El novicio que va a hacer su profesión tendría que aprovechar su última noche para hacer aquellas cosas que luego no va a poder hacer por los votos. El novio tiene que aprovechar su última noche de soltero... Como si lo que después no pudiera hacer lo hubiera podido antes... ¡sin traicionar su com­promiso bautismal!

No, cuando hablo de atipicidad me re­fiero a dos niveles de tipo existencial.

El primero, el de la praxis pastoral de la comunidad cristiana actual, el de las coorde­nadas socio‑culturales. Es evidente que la "iglesia" considera determinados roles como típicos de un sector del pueblo de Dios y atípicos para otros sectores. Es claro que la sociedad no ve como "normal" el trabajo de los religiosos. Me contaba un amigo de cierta edad, que teniendo un alto puesto en un Ente Autónomo del estado, en Uruguay, tenía que dar el visto bueno a todos los nuevos contratos de trabajo. Y sucedió que entró a trabajar un cura. Cuando tal crimen llegó a oídos del Jefe fue recriminado duramente... ¡cómo había dejado entrar a un cura en un ente del esta­do laico! La respuesta fue clara. Para el es­tado "laico" no interesa si el sujeto es cura, abogado, mujer o varón, interesa si hay alguna cláusula legal que impida su admisión. Te­niendo aptitud y méritos para el cargo todo ciudadano es igual ante la ley. Pero el sujeto era un ciudadano "atípico". Es decir que es­tamos ante un hecho que no tenemos más re­medio que tener en cuenta: el formando que vaya a trabajar, sólo saber compañeros y pa­trón su condición de aprendiz de brujo... ya no está en las mismas condiciones que sus compañeros. Es atípico, se evade el común.

El segundo, el de la realidad y exigencias propias del período de la formación inicial. El iniciado no es un profeso que tiene ya claro su rol en la orden, en la iglesia y en la sociedad. Aún no ha adquirido la capacitación para un posible rol que en el futuro quisiera cumplir... y está pasando por todos los partos imaginables e inimaginables en la lucha por integrarse a un grupo humano y a la utopía no siempre coincidente con las tareas y la vida de ese grupo humano.

Esto condiciona radicalmente (en sus raíces) la "experiencia" del trabajo en las diversas etapas de la formación inicial. Vamos a explicitar algunas de estas características.

2. Trabajo y exigencias de la formación inicial

El formando es un trabajador con exigen­cias peculiares. Un joven "común" que trabaja y estudia, y si se quiere aún más, milita, no so­porta habitualmente la presión constante de la vida fraterna que por añadidura adolece de inicialidad.

El postulante se agota en el solo intento de ser un buen formando. Está intentando asumir, de hecho y en la casi totalidad de los casos, una vida totalmente extraña a su vida anterior, tanto a nivel de valores como de costumbres: levantarse temprano, a hora fija y comunitariamente, presionado por la mar­cación rigurosa y a veces implacable del gru­po. Y desde que le amanece la conciencia está bajo presión grupal que juzga y obliga cons­tantemente a la autoevaluación: oración en privado y en común, limpieza de la casa, tra­bajo, vuelta a casa a la hora acordada, ora­ción, estudios internos, capítulo local, prepa­ración de la comida, conversaciones con los compañeros o con el formador, crisis voca­cionales propias y ajenas, alejamiento de un cohermano... siempre de vuelta a los actos comunes. El formando se encuentra fácil­mente agotado y sin saber por qué. Nada de las expansiones habituales de los compañeros de trabajo, quienes terminan sus obligaciones y casi siempre disponen de su tiempo a volun­tad, o al menos sin el riesgo de ser expulsa­dos de la fraternidad ante el incumplimiento de los acuerdos hechos (piénsese en todos los "incumplimientos" posibles, que distienden al joven, quiérase o no) tanto personalmente, como propósito de vida, tanto como inte­grante de un grupo de adhesión.

Es por eso que el formando busca trabajo a medio tiempo, para disponer del tiempo necesario a la tarea formativa, cosa que no es muy accesible en nuestros parámetros ocu­pacionales. Trabajar supone un mínimo de diez a once horas fuera de casa. Y queda poco tiempo para el resto. Obliga a la fraternidad a levantarse a horarios intempestivos (5 de la mañana) para posibilitar la oración frater­na, exige encontrar tiempos inverosímiles para el capítulo local (domingo de madruga­da), hacer opciones radicales y dejar otros trabajos de tipo pastoral. Aleja, de hecho, y sin quererlo, de las tareas específicamente "religiosas" que se regulan por horarios y rit­mos de gente no trabajadora... Cursillos, se­minarios, retiros, encuentros... se alejan de las posibilidades reales. Por lo tanto no es fácil implicar ambas realidades, al menos de modo habitual.

De allí las vías de solución: trabajo por cuenta propia en la casa del postulantado, tra­bajo tipo changa, ocasionales, y muchos otros etcéteras. Estamos ante un tipo de trabajo "atípico", propio de las etapas formativas, y subordinado a las exigencias específicas de la formación para la vida religioso‑francis­cana.

3. Carácter pedagógico del trabajo en la formación inicial

El trabajo en la formación cumple su función si logra satisfacer correctamente su finalidad educativa. Aunque el joven haya trabajado con anterioridad, por más que el postulante haya sido "laburante" de profesión y alma... el hecho de trabajar en y desde la fraternidad modifica radicalmente los parámetros de la "experiencia formativa".

Hay elementos de la forma de vida fra­terno - menor que parecerían transmisibles de modo privilegiado mediante la pedagogía del trabajo.

Se mencionan, entre otros, los siguientes factores educativos:

1. Puesta en común del salario, de lo que realmente "duele", del dinero ganado con el sudor de la frente hasta que no se realice no se sabe vivencialmente lo que significa poner en común, dejar todo...

2. El sometimiento a un horario, sin excu­sas, sin excepciones amistosas... Saber por experiencia lo que es no tener tiempo, es­tar cansado para reuniones, no tener mucha voluntad de misas y reuniones el día del des­canso...

3. Aprendizaje de la coordinación armónica trabajo, estudio, oración, vida fraterna...

4. Aprender a trabajar en y desde la frater­nidad, tomando opciones laborales con el consejo del Capítulo, sintiéndose enviado y evaluado por la fraternidad...

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II. CARACTER ASCÉTICO DEL TRABAJO EN LA FORMACION INICIAL

1. Horario bajo un patrón

Hay que "endurecer" al futuro profesional en las lides del evangelio. No queremos “man­tequitas". Y todos los fenómenos iniciáticos históricos suponen una serie de pruebas du­ras, con mayor o menor grado de absurdidad, que el iniciado tiene que pasar antes de ser admitido a la participación plena de los "mis­terios". Tiene que pasar la prueba. Y luego mantener en constante ejercicio para no per­der el entrenamiento, pero hay que pasar an­tes la prueba...

Dentro de estas categorías es que frecuen­temente se ubica el trabajo "fuera", bajo pa­trón, que el formando tiene que asumir como condición del camino formativo inicial. Qui­zás con excepción de quienes tuvieron que padecer la vida cuartelera del servicio militar obligatorio, parece cierto que la inmensa ma­yoría de los jóvenes se enfrentan por vez pri­mera al fenómeno del "horario" de una vida marcada desde la mañana a la noche. Pero en las actuales condiciones formativas estas exi­gencias se han flexibilizado al máximo. Se ha­bla mucho de autorritmo, autoexigencia... Y hay como una sensación de necesidades no satisfechas: y el trabajo en medios ajenos, que no están en dependencia de papá y mamá for­madores, con reglamentos que se mueven, con patrones muy poco cristianos y hasta inhuma­nos... puede proporcionar el elemento ascético carenciado. Horario y patrón a sufrir, perse­verantemente, con un compromiso que no se puede dejar, un medio ascéticamente muy efi­caz. Y si el joven no aguanta... no sirve, no pasó la prueba iniciática... no participa en la celebración de los misterios.

Si el joven no vence al dragón no se casa con la princesa: desde este punto de vista el trabajo tiene características específicas de la formación inicial.

2. Trabajar en lo que puede y encuentra

Considerado en su dimensión ascético­pedagógica, el trabajo que realice el formando tiene que ser duro, exigente y no necesaria­mente acorde con su gusto y preparación. Se trabaja en lo que se puede y encuentra, no en lo que quiere. Importa que el horario no ele­gido exija a la fraternidad reflexión, acomodos de todos para todos, o de todos para uno, que se aguce el ingenio para lograr cumplir con exigencias y objetivos de la vida evangé­lica en fraternidad (oración diaria, personal y común, trabajos de la casa hechos por todos, capítulo, retiros periódicos, etc.), "a pesar" de las condiciones que el trabajo asalariado bajo patrón ajeno imponen a los hermanos que trabajan.

El asunto se complica cuando no todos trabajan, cuando hay horarios prácticamente incompatibles, cuando uno tiene que aceptar trabajos inmundos para poder mantener algo de vida fraterna, en vez de escoger un trabajo excelente pero que...

Se tiene que pasar por la "experiencia reflexionada" (orada, juzgada) de padecer frío y calor, lluvia y enfermedad... que haga de la perseverancia un valor adquirido con esfuerzo.

A este objetivo no sirve, pues, el trabajo realizado en casa, o en otras casas de la pro­vincia, los trabajos de tipo cuentapropismo o artesanal... Hay que recurrir al mercado de tra­bajo y padecer la experiencia.

Aparece entonces el problema de la du­ración ....

3. Ejercicio constante y obligado

Se tiene que poner fecha de inicio y fe­cha de término. Claro que la fecha de inicio puede ser entendida desde el día en el cual el formando (por sí mismo) sale a buscar tra­bajo, todos los santos días (santas madruga­das, obligando desde el pique a opciones fra­ternas para la oración de la mañana), como todos los santos mortales. Y que si no consi­gue nada... la fraternidad también evalúa si el iniciado es capaz de creatividad, inventiva como para "ganarse el mango" como lo hacen los santos padres de familia no canonizables y en espera de algún Papa laburante que los lleve a los altares de la santidad normal.

Pero tiene que establecerse una fecha de comienzo. Y el trabajo no puede ser aban­donable (¡no hay motivos ni faltas justifica­das!) hasta la fecha acordada para el término. Podrá eventualmente ser despedido: la fra­ternidad entonces tendrá que evaluar y cons­tatar si el despido no se debió a la falta de responsabilidad laboral del iniciado: no es falta de confianza, es acuerdo fraterno que posibilita la experiencia hecha a fondo... El joven "marcará tarjeta" también en casa.

Aquí entran en juego la constancia y la obligatoriedad. Se tiene que demostrar tanto la capacidad de aguante como la de obrar li­bremente en condiciones de "no libertad", aquellas que constituyen el 99,99% de las con­diciones normales de la vida humana: no se tiene libertad de respirar o no respirar, de amar o no amar, de trabajar o no trabajar...

El trabajo tipo "changas" sólo "sirve" a la experiencia formativa cuando efectivamente no hay otro medio para traer algunos pesos para parar la olla fraterna, dato que no es in­frecuente en nuestros mercados laborales ac­tuales. Normalmente estamos hablando de un trabajo que permita una permanencia de un año (marzo‑diciembre) formativo.

III. TRABAJO Y DIVISION DEL TRABAJO

1. Trabajo manual - trabajo intelectual

Estamos ante una famosa y antigua antinomia que hoy es sólo relativamente válida.

Porque cuando hablamos de trabajo "manual" no estamos mentando una realidad análoga a la del artesano que produce con sus manos un producto terminado por las mismas manos que manipularon la materia desde el inicio del proceso productivo. Lo "intelectual" no equivale a la tarea del "filósofo", que por­que piensa predomina...

Tendríamos que ahondar mucho más, con algún especialista en la materia. Porque im­porta conocer detalladamente el campo y las reglas del juego para ver cómo jugamos en la experiencia de trabajo "iniciático".

Tomamos un diccionario ideológico de la lengua castellana y a la voz "inteligencia" se nos presentan los siguientes afines:

intelecto, entendimiento, entendederas, ra­zón, uso de razón, intelección, aprehen­sión, percepción, raciocinio, juicio, com­prensión, conocimiento, discernimiento, sentido común, imaginativa, mente, cla­rividencia, cerebro, meollo, cabeza, casco, pupila, intuición, instinto, habilidad, ima­ginación, reflexión, idea, necedad, torpe­za, incomprensión, persona, personalidad, mentalidad, calzar puntos, conocer, saber, entender, pensar, intelectual, mental, es­peculativo, teorético, sensato, juicioso, cuerdo, prudente, listo, ingenioso, talen­toso...

Me parece que cuando hablamos de tra­bajo "manual" nos referimos a otra esfera de realidades: algo "bruto", sin necesidad de pe­nar pensando, hecho con las manos... aun­que también la computación es de algún mo­do trabajo "manual", y aunque hoy en día la mayoría de los trabajos manuales exigen el dominio de un oficio especializado con no pequeña carga de teoría...

Hemos hablado de la necesidad de que en el postulando hubiera un mínimo espacio de tierra para que el postulante tenga ocasión de "manipular" la hermana madre tierra, ex­periencia que madura y equilibra, que ayuda a comprender los ritmos histórico‑biológicos de crecimiento... Hemos dicho que hoy por hoy no hay tanto desprecio por el trabajo manual cuanto por el verdadero "trabajo" in­telectual siendo bajísimo el nivel de reflexión seria y sistemática a nivel de la orden... El hecho es que la mayoría abunda por otro pe­cado capital, el clericato, que ya trataremos más adelante.

El tipo de trabajo habitual modela todo el yo‑global, esto es indiscutible, así como es indiscutible la negación de la división del tra­bajo en la alternativa franciscana de la Regla. Pero aquí se trata de saber qué tipo de trabajo tenemos que exigir para que la experiencia formativa sea fructuosa.

* ¿Qué hacer con un iniciado que ya tiene oficio?: lo continúa en lo posible... ¿sea cual fuera, profesor, bancario...? ¿No es preferible otra cosa para la "experiencia iniciática?

* Si el iniciado ya trabaja: continúa en lo posible en el mismo trabajo, sin dejarlo... ¿también el primer año de postulantado? ¿Sea cual fuere, sin excepciones? ¿La ma­yoría cambia de ciudad al ir al postulan­tado... o de país?

* Se deberán formular las preguntas y los problemas concretamente suscitados en los últimos años de formación, para no repetir discursos ya hechos y negados.

2. División entre invención y ejecución

Aquí tenemos otro elemento de juicio im­portante para la elección del tipo de trabajo deseable para el iniciado. El que trabaja en una computadora puede estar haciendo una tarea menos dignificante que el que limpia las calles de la ciudad. Porque está limitado a una tarea puramente mecánica, en la cual su de­cisión no cuenta sino en mínima medida. Es esclavo del programador, único verdadero responsable del trabajo "intelectual". El otro está haciendo una tarea cuya utilidad inme­diata es evidente, y en la cual se establecen lazos humanos impensables en la soledad del hombre y la máquina.

Un trabajo "bruto" puede padecer de me­nos alienación que un pulcro trabajo de ofi­cina. Sólo interesaría saber discernir cuáles son los valores a descubrir, acentuar, confirmar según las características, necesidades, aspira­ciones, carencias, de cada formando. Para al­guien que nunca tocó una pala, puede ser interesante una experiencia de pala y pico. Para quien estuvo toda su vida sentado en un escritorio tratado de "señor", puede ser útil la experiencia de ser barrendero público o junta basura... Para quien nunca tomó deci­siones y padece complejo de "impotencia", puede convenir una tarea que exija creación, invención, toma de decisiones...

Claro que a la hora de la verdad el joven tendrá que trabajar en lo que pueda y encuen­tre, pero vamos perfilando cada vez con más claridad los agrupamientos de valores que querríamos conseguir a través de la experien­cia formativa del trabajo.

Y recordamos que una es la dimensión que habrá que buscar para el trabajo del her­mano profeso y otras las características del trabajo iniciático.

3. El estudio como "trabajo"

Trabaje o no "manualmente", con o sin salario, en casa propia o ajena... de todos mo­dos, el formando tiene que asumir un ritmo de vida exigente, duro, casi "implacable". Si estudia tiene que sujetarse a la "ley del estu­dio" con idéntica contracción y obligatorie­dad que a la del trabajo. No puede faltar a clase, tiene que completar las ocho horas mí­nimas, atenerse al horario acordado, impuesto o autoimpuesto... de lo contrario no sirve, no pasó la prueba de vencer al dragón.

Se dijo muchas veces en la provincia que los formandos que estudiaban recibían una especie de salario de la provincia, y que por lo tanto tenían que saber rendir cuentas, jus­tificar la paga recibida. Y quien no estudiaba ocho horas, quien no rendía por culpa pro­pia, quien terminaba el año con exámenes pendientes sin haber hecho todos los esfuer­zos posibles... era aconsejado tomar los rum­bos del hermano mosca.

Vale la pena traer a colación un aspecto muchas veces reflexionado y no siempre con­cientizado. No se mide el "valor‑trabajo" de un formando por su dedicación al estudio diez horas diarias (éste puede ser un "traga"), ni por el entusiasmo y perseverancia en la huer­ta fraterna (éste puede ser un campesino que descansa trabajando en la huerta). Aquí entra mucho de la cultura y educación familiar. Al­guien que desde niño fue acostumbrado a compartir las tareas de la casa las continuará haciendo casi naturalmente, mientras que para otro la limpieza del baño o el lavado de la ropa equivaldría a un parto con fórceps. Para quien su casa paterna fue siempre "un jaspe", la preocupación por la limpieza y or­den de la casa puede tener un significado muy diverso al que proviene de medios don­de tal cosa nunca fue virtud.

Por eso es que resulta difícil, formativa­mente hablando, llevar adelante un año sin compromisos externos que obliguen al joven a un horario no dependiente de la voluntad de cada uno, de la fraternidad o de los for­madores. Llegar a un ritmo de estudio auto­impuesto, duro, rígido, constante (llueve, true­ne, haga calor o frío...) es tarea de titanes para el joven (mayoritario) que inicia la for­mación... o que la está por terminar al fin de su vida. El estudio, como la oración, es uno de los medios ascéticos más duros, con excep­ción, claro está, de los "vocacionales del gé­nero". Impone programación, horario, plazos, metas... y no abandonar nunca el ejercicio.

IV. DIVERSOS TIPOS POSIBLES DE TRABAJO FORMATIVO

1. Patrones y patrones

Brevemente: no podemos ilusionarnos con un trabajo formativo "iniciático" bajo patrones complacientes. Siempre, claro está, hay que conformarse a las posibilidades reales existentes en el medio y en la coyuntura del momento. Pero en principio no estamos in­tentando hacer una experiencia de trabajo interno a la fraternidad o en otras fraterni­dades, o con amigos de la fraternidad.

Queda fuera de discusión que todos, sin distinción, formadores y formandos, "trabaja­dores" o "estudiantes", todos deben ocuparse por igual y según sus posibilidades de todos los trabajos domésticos, pero no se trata sólo de esa experiencia formativa que tiende a durar la vida del hermano menor que consi­dera blasfemo tener sirvientes. Se trata de trabajo asalariado, en casa ajena, menores y súbditos... Y aquí necesitamos de patrones "en serio".

Como en los otros apartados interesa cla­rificar qué es lo que se pretende lograr con la experiencia formativa y para cada formando.

2. Fábrica, oficina, comercio...

Cada ámbito posible de trabajo tiene con­secuencias en el campo formativo. No es lo mismo ser empleado público que bedel de un colegio privado; cadete en una oficina, o peón de albañil... Todos estamos concientes de la dificultad del mercado de trabajo y de las exigencias de especialización para la ma­yoría de los empleos posibles. Un puesto de obrero no cualificado, al menos en nuestros medios, tiene más aspirantes que puestos so­ñables.

De trabajar en fábrica se evidenciarían mejor los valores de solidaridad, sindicalismo, lucha, conciencia de clase... en principio el trabajador se maneja con un número relativa­mente grande de compañeros. Al contrario, otro tipo de trabajo que aparentemente es más duro, como el de "ciruja", tiene la ventaja de un trabajo regulable en horario y exigen­cias, y no posibilita prácticamente nada la di­mensión solidaria.

Reitero que estamos hablando del tra­bajo iniciático del formando, porque un pro­feso dedicado a ciruja con un proyecto de fu­turo despacioso, puede intentar dimensiones solidarias en cualquiera de los trabajos posi­bles, pero aquí se trata de una experiencia pasajera, puntual.

También hay que tener en cuenta otras dimensiones del problema, como por ejemplo: si todos los hermanos trabajan en el mismo ámbito, puede que se faciliten la reflexión, la búsqueda, el juicio. Si se consiguieron trabajos disparatados, entonces se enriquece el ámbito de los aportes y se puede elaborar entre todos un juicio más global de la reali­dad laboral...

De todos modos parecería que en princi­pio interesarían más determinados trabajos y no otros. Aunque posiblemente habrá que aga­rrar lo que se pueda... ¿por dónde rumbear preferentemente?: oficina, fábrica, empleados de comercio, construcción... hay que clarifi­car y optar para que el joven sepa lo que la provincia desea con su experiencia y lo que le va a exigir en su "prueba". No se puede exigir sin normas claras previamente acor­dadas.

3. Trabajar para comer

Es la ley de la vida: quien no trabaja no come. De los puntos más cuestionadores de la formación para la vida religiosa. En lugar de formar hermanos menores capaces de vivir perfomativamente la vida evangélica en me­dio del mundo, parecemos condenados a ca­pacitar pequeños burgueses integrados y repe­tidores del sistema dominante.

Y uno de los puntos claves, no resuelto ni fácilmente resolvible: el trabajo para comer.

No negamos la importancia pedagógico­ascética del trabajo en la formación inicial, pero no podemos olvidar la dimensión nor­mal del trabajo: se trabaja para legitimar el sustento recibido.

Hay que tener en cuenta un doble orden de factores:

1. El formando tiene que terminar el día con la conciencia satisfecha por haberse ganado el pan. Si es estudiante, cansado del esfuerzo serio y perseverante, día tras día, con o sin ganas, bien o mal dispuesto el organismo... Habiendo empleado co­rrectamente el día, alejando el demonio de la acidia. El formando tiene que alejar la ociosidad, cueste lo que cueste, consiga o no trabajo remunerado, ocupe su tiempo como fuera.

Más adelante hablaremos de la gratuidad y de todas sus consecuencias, pero ahora nos ceñimos a uno de los principios rec­tores de la iniciación: el que no trabaja, no come.

2. El formando, en lo posible tiene que po­der experimentar la gratificación del tra­bajo dignificante. Trabajo estable, en el oficio, arte o profesión en el que cada uno está preparado o quiere prepararse por vocación personal. El trabajar en lo que fuere, y con la creatividad del que se enfrenta a la necesidad que no tiene ley, no niega la ley del "llamado al puesto de trabajo querido por Dios para cada uno".

Sin embargo, y a pesar de todos los pesa­res: quien no quiere trabajar... ¡fuera! Está ro­bando el pan de los pobres.

V. TRABAJO Y MUNDO DEL TRABAJO

1. Mundo clerical y mundo laical

Dada la situación actual de la Orden y en particular de la Provincia (no nos metemos con la Iglesia...) sería conveniente que se ob­viara todo tipo de trabajo clerical para la ex­periencia de "trabajo iniciático". Que la expe­riencia sea lo más laica posible, y esto implica varias cosas:

1. Que no implique ningún tipo de privilegio, ni al buscar ni al ejercer el trabajo. Ni recomendaciones, ni consideraciones. To­tal "anonimato" de la condición "clerical". No hay pedidos de salidas para retiros, ca­pítulos, encuentros, cursos... uno se la banca en caso de tener que faltar, como se la bancan los demás compañeros.

2. Que en lo posible no se trabaje en me­dios clericales (parroquias, colegios...) ni demasiado "católicos" o "religiosos". El iniciado tiene que experimentar el mundo que está más allá de !as fronteras de la propia opción.

3. El desafío es: demostrar primero que el iniciado vale por lo que es y no por lo que representa, y segundo, mostrar la fe cristiana con la fuerza de la propia vida y de la palabra justa para explicar la vida.

Si uno no se gasta la quincena en el bar, si uno respeta la mujer... por qué...

Es vital que el formando viva reflexiva­mente desde la fraternidad y el evangelio el tormentoso mundo del trabajo "laico", antes de ahogarse en las miasmas clericales que amenazan el futuro. Es vital que el iniciado se abra a la misión antes de caer en la mera pastoral de conservación. Es vital que per­ciba el reino de Dios que ya está presente más allá de las fronteras de los guardianes profe­sionales del reino.

2. Trabajo y capital

Proponemos una experiencia iniciática de trabajo dentro del sistema capitalista. No so­nemos con escapar del sistema demoníaco, dia‑bólico, omnipresente. Veamos:

1. Al trabajar vamos a quitar el trabajo a alguien que lo necesita... siempre que es­temos al interior de este mundo capitalista, y de yapa periférico y dependiente. Por­que el sistema para funcionar tiene que tener una masa de desempleados que presione la oferta y la demanda. No es excusa para no trabajar.

2. Siempre vamos a estar sirviendo al sis­tema, tomemos una Coca, fumemos un cigarrillo o trabajemos en una fábrica, ofi­cina, escuela, banco, comercio... o parro­quia... o paguemos con misas... no es po­sible trabajar en algo totalmente alterna­tivo "al exterior" del planeta. El no que­rer trabajar sirviendo al sistema no es excusa para no trabajar.

3. El montar un "negocio" (taller, imprenta, cooperativa) para trabajar por cuenta pro­pia no nos permitirá jamás algo totalmente alternativo. Primero porque necesitamos capital para instalarnos, y recurrimos a la orden capitalista. Segundo porque si no ju­gamos las leyes de juego del sistema nos fundimos, somos excretados por el siste­ma. No niego posibilidades reales exis­tentes, y hay pruebas de ello. Pero por una parte estaríamos haciendo propues­tas de futuro para los profesos, y aquí ha­blamos de las características del trabajo iniciático, y por otra estaríamos hablando de integración a "otro sistema" y no al enquistarse como forúnculo al sistema dominante. La provisoriedad e imperfec­ción de la experiencia no es excusa para no trabajar. Trabajar implica relacionarse críticamente, con mayor o menor posibi­lidad de alternativa, con el sistema do­minante, en nuestro caso capitalista‑de­pendiente. Muy distinta sería una expe­riencia al interior de otro sistema, en Cu­ba, Nicaragua, o algunos de los países "socialistas". Como muy distinta lo es en los países capitalistas de centro... estamos aquí y en este presente.

3. Trabajo y lucha de clases

Un mundo que asusta al sistema intra­eclesiástico al cual está integrada la forma­ción, quiera o no, y al que de hecho se inte­gra el formando a través de sus pruebas iniciá­ticas. Tendríamos que revisar las hoy increíbles enseñanzas de la doctrina social pontificia de fines de siglo pasado hasta mediados del presente. Hoy es admitido, hasta recomen­dado, para el "simple" cristiano el terreno de la lucha sindical. Pero aún con un bagaje de ambigüedades y reservas que asusta.

Se trata de que el iniciado no juegue en ningún momento el papel de mediador pro­pio del "clérigo". El asunto es que se ubique del otro lado de la frontera, de parte del tra­bajador. Que mire la realidad con los ojos del obrero.

Como es un "laico" en sentido pleno del término, al menos antes de la profesión; como si la experiencia es realizada en tiempos aún "atípicos" de la profesión temporal; o en úl­timo término sin el peso de haber sido un­gido presbítero‑presidente de la comunidad... aun reconociendo y aceptando las reglas de juego de la normativa disciplinar de la Igle­sia... hay que determinar explícitamente qué pretende la provincia al exigir al iniciado asumir el mundo del trabajo. Para evitar equí­vocos.

Sindicatos, partidos políticos "obreristas", parecen cosas normales. La "izquierda", la "lucha de clases", aunque no se quiera, exis­ten. Es este un campo bien interesante y con poca experiencia en la provincia como para poder evaluar. La teoría aparece clara. El ini­ciado asume el mundo del trabajo con todas sus consecuencias y en eso precisamente con­siste la prueba. Aunque atípica, aunque im­perfecta, transitoria.

Siendo un postulante, se exige la "mino­ridad": participar en sindicatos o en partidos rechazando el liderazgo; la fraternidad: las opciones se toman siempre en capítulo..., etc. A tener en cuenta y resolver.

VI. TEOLOGIAS DEL TRABAJO

1. Castigo del pecado

No puedo ahora explayarme en un campo en el cual no soy especialista, y sólo voy a acotar algún aspecto entresacado de lo que tantas veces hemos conversado, como para motivar la reflexión y la síntesis. Hay dos maneras de abordar la relación trabajo ‑ pecado:

1. Una reflexión sobre el hecho del trabajo tal cual hoy se vive y se padece. El tra­bajo se experimenta como un yugo, como una condena, como la pena por algún error cometido aunque no se sea del todo responsable y consciente. Hay algo que está radicalmente enfermo en la realidad del trabajo humano. Y todo lo habitual al referirse al pecado "original", origen originante y modelo del desquiciamiento existente.

En nuestra realidad el hombre trabaja en lo que no quiere para sobrevivir misera­blemente... todos conocemos la realidad y no abundamos. Decir que esto está den­tro de la esfera del pecado implica un re­conocimiento de la necesidad de luchar contra el pecado, de instaurar ámbitos liberados conquistados al menos germi­nalmente por Cristo..., etc. Este discurso puede ser liberador.

2. Una teoría legitimadora: el trabajo "tiene" que ser "castigo". La naturaleza del hom­bre hace del trabajo "labor", sufrimiento. Vinimos a la tierra para sufrir, y sólo asu­miendo con paciencia las fatigas de este valle de lágrimas alcanzaremos el cielo prometido... Ya conocemos el disco.

Un trabajo agradable, gratificante, que permita gozar de la vida... es poco me­nos que opuesto al plan de Dios... Este discurso es peligrosamente alienante.

Estamos proyectando una Orden donde el hermano sea capaz tanto de participar de las "miserias y abyecciones", como de crear ámbitos alternativos, donde el trabajo sea gozo y realización de la vocación humana. Revísense las Constituciones.

2. Trabajo y co‑creación del mundo

Aquí también el discurso puede ser con­tradictorio:

1. El relato del libro del Génesis es la utopía del mundo querido por Dios, denuncia de las condiciones actuales laborales en el mismo anuncio de lo que hubiera te­nido que ser o de lo que será si acepta­mos el plan del creador.

El trabajo, para el cual los animales y los árboles son compañeros, es el cultivo de este jardín maravilloso, casa habitación de creaturas con nombre propio que hay que respetar. La creación continúa y el hombre es el co‑agente: hombres, anima­les, plantas y Dios están juntos, hermana­dos en la tarea apasionante de la creación que está lejos de haber concluido. Pero esto no es así, no tiene que ser así. Si se señala este ideal es porque se está en des­acuerdo con la realidad que no se ignora.

2. De hecho hay co‑creadores, privilegiados y poco numerosos en el presente. Son muy pocos los que tienen la posibilidad de decidir sobre la propia historia, y me­nos aún los que tienen cierta capacidad de decidir realmente sobre la historia co­lectiva. Un discurso sobre el trabajo co­creación divino‑humana sin denunciar la realidad simplemente animalesca de la gran masa trabajadora... está proponiendo teorías alienantes.

Habría que repensar toda la ideología de la "realización personal". El trabajo cris­tiano implica muchas veces solidaridad hasta en la negación total de la propia dignidad, lo que es bastante peor que la renuncia a la propia vida. La teología del trabajo nacida en la Europa desde la eufo­ria tecnócrata, no sólo no sirve para nues­tra realidad, sino que ignora o niega la kénosis del que opta con Cristo por vivir como Cristo.

La Orden está planteando un nuevo tipo de relación del hermano con el mundo del trabajo: reléanse los estupendos numerales de las Constituciones en relación a la "forma­ción especial" (n. 37ss) y la introducción del capítulo sobre "nuestra manera de trabajar": "Dios Padre, que trabaja sin cesar, nos llama a cooperar en el perfeccionamiento de la crea­ción y también en el desarrollo de la propia personalidad mediante la gracia del trabajo, con lo que nos unimos a nuestros hermanos y promovemos el mejoramiento de la socie­dad... Jesucristo confirió nueva dignidad al trabajo..." (n. 75). Pero esta "verdad" no puede convertirse en ideología de la clase dominan­te, la única que tiene en los hechos posible acceso normal a este tipo de relación con el trabajo. También hemos de implicar en nues­tras opciones y proyectos: renuncia, abaja­miento, cruz, trabajo inútil y no querido... al optar por la forma de vida franciscana hemos decidido compartir el pecado hasta sus heces, aunque no nos realicemos mucho...

Preparamos a los jóvenes mediante una prueba iniciática para afrontar esta doble cara del trabajo del hermano menor: realización - kénosis.

3. Trabajo y gratuidad

Un tema que da para mucho. Que exigiría una reflexión aparte en otra reunión del equi­po de formación. Porque estamos tocando uno de los puntos neurálgicos del sistema ideoló­gico dominante, utilitarista, pragmaticista, productivista. . .

Hoy por hoy nada es gratuito y el hombre vale por lo que produce, así como el religioso "sirve" si hace misas, distribuye comuniones y absoluciones, administra bautismos, recorre muchos kilómetros predicando misiones... y muy especialmente si construye templos, es­cuelas, casas populares, distribuye alimentos, medicinas, ropa... cosas y edificios bien visi­bles y medibles. Hoy por hoy nadie entiende lo que "no sirve para nada".

Las dificultades de encontrar vocaciones para el estudio y la investigación y para hacer parte de las fraternidades de tipo eremítico contemplativo, la de entender la "presencia", todas ellas actividades tan poco productivas... está señalando uno de los puntos que más tendrían que ser reflexionados, concientiza­dos, reubicados al tratar del trabajo como ex­periencia educativa de la formación inicial.

Gratuidad no se opone a la "justa" retri­bución por el trabajo, pero elimina el presu­puesto de que todo trabajo tiene que ser re­munerado. O que el trabajo vale en la me­dida que produce más mercancía. O que la opción por uno u otro trabajo tenga que ha­cerse primariamente en base al salario que se pueda ganar... O que un salario "justo" es el que remunera la cantidad de trabajo hecho, cuando todos sabemos que un salario justo es el que atiende las posibilidades y ne­cesidades reales del trabajador... (no segui­mos, y convendría estudiar la "Laborem excer­cens". . .) .

Al hablar de gratuidad y trabajo ten­dríamos que tocar temas tales como:

·       la re­creación, la fiesta, el descanso, los paseos

·       la oración, los retiros, la contemplación, la lectura de la Escritura

·       la cultura, el cine, el teatro, el arte, la música, el deporte, las conversaciones, las lecturas gratuitas

·       la amis­tad, las visitas de los parientes y de otras fraternidades, un regalo para el cumpleaños

·       los trabajos domésticos, una comida bien he­cha, un baño bien limpio * la participación en la vida de la Orden y de la Provincia..., etc.

El iniciado que hace una experiencia de trabajo iniciático debe ser capaz de descubrir la gratuidad inclusive en el trabajo duro que tuvo que agarrar porque no había otro, que no sirve para nada; en la necesidad de encuen­tro y de oración personal y fraterna; en la tranquila opción por no hacer durante el año ningún otro tipo de trabajo "gratificante", del orden pastoral por ejemplo... Si no se pasa la prueba de la gratuidad, no hay casamiento con la princesa.

4. Otros temas

Probablemente nos quedemos cortos y no toquemos puntos que son mucho más impor­tantes. El desarrollo de los temas anteriores tendría que haber sido mucho más profundo y extenso, y hubo aspectos que ni siquiera hemos tocado directamente, tales como tra­bajo y alienación. Se tendrá que llamar a al­gún especialista, o aprovechar recursos que se vayan presentando (cursos, seminarios), a fin de que el iniciado que hace la experiencia de trabajo, conjuntamente vaya ahondando en la reflexión sobre lo vivido.

De todos modos, si se considera oportuno, este trabajo podría ser retomado en otras reuniones del Equipo de Formación. Se po­dría seguir trabajando el material que ahora ofrecemos, se podrá convocar a algún especia­lista... lo cierto es que quedan muchos temas para conversar. Voy a terminar con algunos aspectos que tocan más directamente a la vida interna de la fraternidad, centrales para una buena ubicación del futuro del formando que busca alternativas franciscanas en relación a la vida y al trabajo.

VII. EL TRABAJO Y LA FRATERNIDAD

1. Trabajo y apropiación

Es uno de los peligros más evidentes, y que señala la misma Regla. El que trabaja tien­de a considerar como propiedad el producto de su trabajo, o al menos la paga recibida. Es interesante constatar cómo cambia la menta­lidad cuando el dinero que se está gastando es el que ha sido producido por el "sudor" de los componentes de la fraternidad. Cuando se manejaba "plata dulce" proveniente de la caja provincial el formando se destacaba por la caridad fraterna, el amor a los pobres, el compartir... luego se mide el peso, duele cuan­do se gasta...

Tendríamos que hacer aquí un elenco de axiomas en relación a la apropiación, como haciendo un juego que obligue a bajar a lo concreto el tema de la relación trabajo‑pro­piedad‑apropiación. Por ejemplo:

* El que ganó más no tiene más derecho a gastar que aquel que ganó menos.

* Si un hermano rechaza un pago por un trabajo, está haciendo un acto de propie­tario, tal actitud sería apropiarse del pro­ducto del trabajo...

* Podríamos seguir agregando frases rela­tivas al tema. Es conocido y podría ser buen ejercicio.

2. Trabajo y trabajos domésticos

Si por trabajar "fuera" hay que caer en la blasfemia de tener sirvientes... entonces la prueba inicia a otra forma de vida que no es la franciscana y que está en sus antípodas.

Inclusive cuando una fraternidad está en­cargada de una parroquia (difícil hoy encon­trar fraternidades muy numerosas...) no hay excusa valedera para no encargarse de las ta­reas domésticas, salvo la excusa pereza y las motivaciones de la ideología de la clase domi­nante. Siempre se puede pagar una secretaria, trabajo dignificante de tipo ministerial, mien­tras que el hermano gasta tiempo limpiando sus propios baños (¡ay! el tema de la gratuidad y de lo sagrado‑profano, el de la profecía de una vida alternativa...). La comida se puede hacer sin excesivos problemas, con un mí­nimum de organización y de profesionaliza­ción, basada en una buena planificación ini­cial y estructura capitular normal. Tal como lo hacen muchas amas de casa que trabajan. Y tal como lo pueden enseñar quienes han tenido ya experiencia.

Una fraternidad donde los hermanos tra­bajan, tiene que exigir a los hermanos labu­rantes el cuidado de la economía doméstica, limpieza, cocina, en la medida de las reales posibilidades, claro está. No alargo, pero los que han hecho el ejercicio, reitero, bien pue­den aportar ideas.

3. Trabajo y economía local y provincial

Una fraternidad normal tiene que tender no sólo a la automantención, sino también a una economía que permita ayudar a los po­bres y colaborar convenientemente con la eco­nomía provincial.

Claro que estamos en el período de for­mación inicial. Pero la automantención se hace difícil solamente en caso de que la ma­yoría de los jóvenes estudien dentro del sistema burgués del clericato. Es muy difícil que el salario de un obrero pague los estudios uni­versitarios del mismo obrero, menos aún si este obrero tiene pretensiones "sacer"dotales. Tan difícil como hacer coincidir horarios. Y más aún, si el obrero‑estudiante es por aña­didura formando religioso con cursos, cursitos, retiros, retiritos, capítulos capitulitos, encuentros, dirección espiritual, oración... se hace muy di­fícil... porque todo, absolutamente todo está pensado para gente que no trabaja fuera, bajo patrón, asalariadamente...

Pero si los formandos se dedican sólo a trabajar, para vivir la vida evangélico fraterna en medio del mundo, entonces el dinero, sin duda alguna, sobra. Baste recurrir a experien­cias pasadas en la provincia. Si algunos tra­bajan y otros estudian, la automantención se logra sin excesivos problemas, al menos para los gastos normales y ordinarios: como prueba la casa de formación de la provincia argentina en Quilmes.

Aquí se presenta un matiz importante: ¿estamos preparando para una vida alterna­tiva dentro de la orden?... con nuevos tipos de trabajos que rompan no ya la hegemonía sino la monocridad clerical. Y para presentar alternativas que sean aceptadas y aceptables, tenemos que presentar a la provincia y a la orden alternativas a la vez que "espirituales", económicas: claras, convincentes en el papel y en los hechos. La provincia tiene que man­tenerse, con todos sus gastos a veces grandes, previsibles e inevitables: provincial; viajes; formación especial... viejos y enfermos. Toda fraternidad tiene que aportar al fondo provin­cial para cubrir entre todos las necesidades de la Fraternidad.

Y claro, queda fuera de toda discusión, to­da fraternidad tiene que, además, "ayudar a los pobres", como fuera, con formas nuevas o viejas...

He aquí, a mi entender, uno de los nudos gordianos de la problemática del trabajo en la historia de la Orden. Francisco fra­casó en su propuesta porque no era económicamente viable. Y la Orden, de laburante terminó en mendicante. Y para no mendigar vergonzosamente, están los derechos de estola, que de todos modos son menos vergonzantes. Siempre es mejor un trabajo, aunque clerical, que la mendici­dad pudiendo trabajar.