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  Introducción a las fuentes

TOMÁS DE CELANO

VIDA SEGUNDA

 

PRIMERA PARTE

PRÓLOGO

En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén. AL MINISTRO GENERAL DE LA ORDEN DE LOS HERMANOS MENORES

01. A la Santa asamblea del capítulo general ya celebrado y a ti, reverendísimo padre, ha parecido bien encomendar. no sin disposición divina, a nuestra pequeñez que, para consuelo de los contemporáneos y recuerdo de los venideros, escribamos los hechos y también los dichos de nuestro glorioso padre Francisco; nosotros precisamente que, por la larga experiencia de asiduo trato y familiaridad con él, le hemos conocido más que los demás.

01. Acudimos, pues, con prontitud pía a obedecer los santos mandatos, que en modo alguno es permitido desoír; pero como la reflexión tira más fácil a mirar lo endeble de nuestras fuerzas, nos sacude el justo temor de que a asunto tan digno, por no haberlo tratado como merece, se le pegue algo nuestro que vaya a desagradar a los demás. Tememos mucho, queremos decir, que esta materia, digna de llevar en sí todo sabor de suavidad, se vuelva desabrida por incapacidad de quienes la tratan y que el mero hecho de haberlo intentado se atribuya más a presunción que a obediencia.

01. Porque si a este trabajo, fruto de muchos desvelos, sólo le esperase el juicio de tu benevolencia, venerable padre, que no creyese oportuno publicarlo, recibiríamos muy contentos igual la enseñanza de la corrección que el gozo de la aprobación. Desde luego, tan gran diversidad de dichos y de hechos, ¿quién puede pesarla en balanza de tanta precisión, de modo que la exposición de cada uno de ellos consiga de todos los oyentes un mismo y único juicio de aceptación?

01. Mas porque buscamos con sencillez el provecho de todos y de cada uno, exhortamos a los lectores a interpretar con benevolencia y a aceptar o llevar a bien la sencillez de los narradores, de manera que no venga a menos la reverencia que merece el personaje de quien se habla. Nuestra memoria, de hombres rudos al fin, más débil con el correr del tiempo, no puede abarcar cuantos dichos precisos del mismo circulan y los relatos que encomian sus hechos, ya que ni la habilidad de una mente avezada se valdría para grabarlos del todo aunque se los pusieran delante. Excuse, pues, todos los fallos de nuestra incompetencia la autoridad de quien así lo ha dispuesto reiteradamente.

02. Este opúsculo contiene, en primer lugar, algunos hechos maravillosos de la conversión de San Francisco, que, por no haber llegado de ninguna manera a noticia del autor, quedaron, por tanto, fuera de las leyendas que había escrito ya. A continuación intentamos decir y declarar con esmero cuál fuera la voluntad buena, grata y perfecta del santísimo Padre para consigo y para con los suyos en toda práctica de doctrina del cielo y en la tendencia a la más alta perfección, que mantuvo siempre en sus relaciones santamente amorosas con Dios y ejemplares con los hombres. Se intercalan algunos milagros que hacen al caso. Describirnos, en fin, llanamente, sin alardes de estilo, cuanto se nos ofrece, queriendo, en lo posible, aficionar a los despreocupados y complacer a los entusiasmados.

02. Te pedimos, padre bondadosísimo, que te dignes consagrar con tu bendición los presentes, nada despreciables, que se recogen en este trabajo, y que hemos recopilado con no poco esfuerzo, corrigiendo los yerros y eliminando lo superfluo. para que cuanto tu autorizado criterio abone por bien dicho crezca en todas partes en consonancia con tu nombre de Crescencio, y se multiplique en Cristo. Amén.

PARTE PRIMERA

Comienza el memorial según los deseos de mi alma la reseña de los hechos y dichos de nuestro santísimo padre Francisco. Su conversión

Capítulo I Cómo primero se llamó Juan y después Francisco. Lo que la madre profetizó de él y lo que predijo él de sí mismo y la paciencia que tuvo en la prisión

03. Francisco, siervo y amigo del Altísimo, a quien la Providencia divina impuso este nombre para que, por lo singular y desacostumbrado de él, la fama de su ministerio se diese a conocer más pronto en el mundo entero, fue llamado Juan por su madre cuando, renaciendo del agua y del Espíritu Santo, de hijo de ira pasó a ser hijo de gracia.

03. Esta mujer, amiga de toda honestidad, mostraba en las costumbres una virtud distinguida. como quien gozaba del privilegio de cierta semejanza con Santa Isabel así en la imposición del nombre al hijo como en el espíritu de profecía. Porque a los vecinos, que admiraban la grandeza de alma y limpieza de costumbres de Francisco, les respondía así, como inspirada por Dios: "¿Qué vendrá a ser este hijo mío? Veréis que por sus méritos llegará a ser hijo de Dios."

03. De hecho era ésta la opinión de algunos que veían complacidos que Francisco, ya algo mayor, se distinguía por aspiraciones muy buenas. Rechazaba en toda ocasión cuanto pudiera parece injuria a alguno; y viéndole adolescente de modales finos, a todos parecía que no pertenecía al linaje de los que eran conocidos como padres suyos. Como el nombre de Juan dice referencia a la obra del ministerio que recibió, así el nombre de Francisco la dice a la difusión de su fama, la cual, después de haberse convertido él plenamente a Dios, esparció pronto por todas partes.

03. Por eso, entre las fiestas de los santos, tenía como la más solemne la de San Juan Bautista; la dignidad de este nombre le imprimió un sello de virtud misteriosa. Entre los nacidos de mujer, no ha parecido uno más grande que aquél; entre los fundadores de religiones, no ha parecido uno más perfecto que éste. Observación, por cierto, merecedora de encomio.

04. Profetizó Juan encerrado en el secreto del útero materno; Francisco, preso en la cárcel del siglo, desconocedor aún de los designios divinos, anunció lo por venir. Cuando, en efecto, se desencadena no poco estrago, por el conflicto de la guerra, entre lo ciudadanos de Perusa y de Asís, Francisco, con otros muchos, cae prisionero, y, encadenado como ellos, experimenta las miserias de la cárcel. Los compañeros de infortunio se sumen la tristeza, lamentándose desdichados de la desgracia de su prisión: Francisco se alegra en el Señor; se ríe de las cadenas; las desprecia. Dolidos, reprueban aquéllos la conducta del que se muestra alegre entre cadenas; lo juzgan exaltado y loco. Francisco responde en son de profecía: "¿De qué creéis que me alegro? Hay aquí escondido un presentimiento: todavía seré venerado como santo en todo el mundo". Y de hecho ha sucedido así: se ha cumplido al pie de la letra lo que dijo entonces.

04. Había entre los compañeros de prisión un caballero soberbio e inaguantable. Mientras todos los demás se proponen hacerle el vacío, Francisco le sobrelleva siempre con paciencia. Aguanta al inaguantable, y gana a todos para reconciliarlos con el caballero. Capaz de toda gracia, vaso elegido de virtudes, rebosa ya de carismas.

Capítulo II El caballero pobre a quien vistió y la visión que, viviendo aún en el siglo, tuvo sobre su propia vocación

05. Liberado poco después de la prisión, se vuelve más compasivo con los pobres. Decide, desde luego, no apartar los ojos del necesitado que al pedir invoque el amor de Dios. Un día se encontró con un caballero pobre y casi desnudo. Movido a compasión, le dio generosamente, por amor de Cristo, los ricos vestidos que traía puestos. ¿Qué menos hizo que aquel varón santísimo, Martín? Sólo que, iguales los dos en la intención y en la acción, fueron diferentes en el modo. Este dio los vestidos antes que los demás bienes; aquél, después de haber dado los demás bienes, dio al fin los vestidos. El uno como el otro vivieron en el mundo siendo pobres y pequeños y el uno como el otro entraron ricos en el cielo. Aquél, caballero, pero pobre, vistió a un pobre con la mitad de su vestido; éste, no caballero, pero sí rico, vistió a un caballero pobre con todos sus vestidos. El uno y el otro, luego de haber cumplido el mandato de Cristo, merecieron que Cristo los visitara en visión: el uno, para recibir la alabanza de lo que había hecho; el otro, para recibir amabilísima invitación a hacer lo que aún le quedaba.

06. Y así, poco después se le muestra en visión un suntuoso palacio, en el cual ve provisión abundante de armas y una bellísima esposa. Francisco es llamado por su nombre en sueños y alentado con la promesa de cuanto se le presenta. Con el objeto de participar en lances de armas, intenta marchar a la Pulla, y, preparados con exageración los arreos necesarios, se apresta a conseguir los honores de caballero. El espíritu carnal le sugería una interpretación carnal de la visión anterior, siendo así que en los tesoros de la sabiduría de Dios se escondía otra mucho más excelente.

06. Una noche, pues, mientras duerme, alguien le habla en visión por vez segunda y se interesa con detalle por saber a dónde intenta encaminarse. Y como él le contara su decisión y que se iba a la Pulla a hacer armas, insistió en preguntarle el de la visión: "¿Quién puede favorecer más, el siervo o el señor?» "El señor", respondió Francisco. Y el otro: "¿Por qué buscas entonces al siervo en lugar del señor?" Replica Francisco: "¿Qué quieres que haga, Señor?" Y el Señor a él: "Vuélvete a la tierra de tu nacimiento, porque yo haré que tu visión se cumpla espiritualmente".

06. Se vuelve sin tardanza, hecho ya ejemplo de obediencia, y, renunciando a la propia voluntad, de Saulo se convierte en Pablo. Es derribado éste en tierra, y los duros azotes engendran palabras acariciadoras; Francisco, empero, cambia las armas carnales en espirituales, y recibe, en vez de la gloria de ser caballero, una investidura divina. A los muchos que se sorprendían de la alegría desacostumbrada de Francisco, respondía él diciendo que llegaría a ser un gran príncipe.

Capítulo III Cómo un grupo de jóvenes lo nombró su señor para que les costeara el banquete, y el cambio obrado en él

07. Comienza a transformarse en varón perfecto y a ser distinto de como era. De regreso ya en casa, le siguen los hijos de Babilonia y lo llevan, contra su gusto, a cosas contrarias a la orientación que había tomado. Un grupo de jóvenes de la ciudad de Asís, que en otro tiempo lo había tenido como abanderado de su vanidad, lo busca todavía para invitarlo a comidas de cuadrilla, en que siempre se sirve a la lascivia y a la chocarrería. Lo nombran jefe, por la mucha experiencia que tenían de su liberalidad, sabiendo, sin duda, que se iba a cargar con los gastos de todos. Se hacen obedientes por llenar el estómago, toleran la sujeción para poder saciarse. El, para no aparecer avaro, acepta el honor ofrecido, y entre sus reflexiones santas tiene en cuenta la cortesía. Hace preparar un gran banquete y repetir exquisitos manjares; saturados hasta el vómito, los jóvenes manchan las plazas de la ciudad con cantares de borrachos. Tras ellos va Francisco, llevando, como señor, un bastón en la mano. Pero el que interiormente se había hecho sordo por entero a todas estas cosas, va quedando poco a poco distanciado de ellos en el cuerpo, mientras canta al Señor en su corazón.

07. Como contó él mismo, fue tan grande la dulzura divina de que se vio invadido en aquella hora, que, incapaz de hablar, no acertaba tampoco a moverse del lugar en que estaba. Se enseñoreó de él una impresión espiritual que lo arrebataba a las cosas invisibles, por cuya influencia todas las de la tierra las tuvo como de ningún valor, más aún, del todo frívolas.

07. Estupenda dignación en verdad esta de Cristo, quien a los que ponen. en práctica cosas pequeñas hace merced de muy preciosas y guarda y saca adelante a los suyos en la inundación de copiosas aguas. Cristo dio de comer pan y peces a las turbas y no desdeñó en su mesa a los pecadores. Buscado por las gentes para proclamarlo rey, huyó y subió a un monte a orar. Son misterios de Dios que Francisco va descubriendo; y, sin saber cómo, es encaminado a la ciencia perfecta.

Capítulo IV Cómo, vestido con los andrajos de un pobre, comió con los pobres ante la iglesia de San Pedro y la ofrenda que hizo en ésta

08. Pero ya se deja ver en él el primer amador de los pobres, ya las santas primicias preludian la perfección que logrará. Así es que muchas veces, despojándose de sus vestidos, viste con ellos a los pobres, a quienes, si no todavía de hecho, sí de todo corazón intenta asemejarse. Una vez en Roma, adonde había llegado como peregrino, se quitó por amor a la pobreza, el rico traje que llevaba puesto y cubierto con el de un pobre, se sentó gozoso entre los pobres en el atrio de la iglesia de San Pedro (que era lugar de afluencia de pobres), y, teniéndose por uno de ellos, con ellos comió de buena gana. Y mucho más a menudo hubiera hecho esto de no haberlo impedido la vergüenza de ser visto de los conocidos. Al acercarse al altar del príncipe de los apóstoles, sorprendido de las escasas aportaciones que dejaban allí los concurrentes, arroja dinero a manos llenas, indicando que merecía especial honor de todos el que había sido honrado por Dios sobre los demás.

08. Proporcionaba también con frecuencia ornamentos de iglesia a sacerdotes pobres, dando el honor debido a todos, hasta a los de grado más humilde. El que había de recibir la investidura de embajador apostólico y ser todo íntegro en la fe católica, estuvo desde el principio lleno de reverencia para con los ministros y los ministerios de Dios.

Capítulo V Cómo, estando él en oración, el diablo le mostró una mujer, y la respuesta que le dio Dios y lo que hizo con los leprosos

09. Francisco lleva alma de religioso bajo el traje seglar, y, huyendo del público a lugares solitarios, es instruido muchísimas veces con visitas del Espíritu Santo. Lo abstrae y atrae aquella dulzura generosa que desde el principio experimentó penetrarle tan plenamente, que nunca más le faltó por toda la vida

09. Cuando frecuenta lugares retirados, como más propicios a la oración, el diablo se esfuerza con sugestiones malignas en separarlo de allí. Le trae a la imaginación la figura de una mujer de Asís monstruosamente gibosa, que causaba horror a cuantos la veían. Lo amenaza con hacerlo semejante a ella si no desiste de sus propósitos. Pero, confortado por el Señor, experimenta el gozo de la respuesta de salvación y de gracia: "Francisco - le dice Dios en espíritu -, lo que has amado carnal y vanamente, cámbialo ya por lo espiritual, y, tomando lo amargo por dulce, despréciate a ti mismo, si quieres conocerme, porque sólo a ese cambio saborearás lo que te digo". Y de pronto es inducido a obedecer el mandato de Dios y guiado a probar la verdad de lo sucedido.

09. Si de algunos - entre todos los seres deformes e infortunados del mundo - se apartaba instintivamente con horror Francisco era de los leprosos. Un día que paseaba a caballo por las cercanías de Asís le salió al paso uno. Y por más que le causaba no poca repugnancia y horror, para no faltar, como transgresor del mandato, a la palabra dada, saltando del caballo, corrió a besarlo. Y, al extenderle el leproso la mano en ademán de recibir algo, Francisco, besándosela, le dio dinero. Volvió a montar el caballo, miró luego a uno y otro lado, y, aunque era aquél un campo abierto sin estorbos a la vista, ya no vio al leproso.

09. Lleno de admiración y de gozo por lo acaecido, pocos días después trata de repetir la misma acción. Se va al lugar adonde moran los leprosos, y, según va dando dinero a cada uno, le besa la mano y la boca. Así toma lo amargo por dulce y se prepara varonilmente para realizar lo que le espera.

Capítulo VI La imagen del crucifijo que le habló y el honor en que la tuvo

10. Ya cambiado perfectamente en su corazón, a punto de cambiar también en su cuerpo, anda un día cerca de la iglesia de San Damián, que estaba casi derruida y abandonada de todos Entra en ella, guiándole el Espíritu, a orar, se postra suplicante y devoto ante el crucifijo, y, visitado con toques no acostumbrados en el alma, se reconoce luego distinto de cuando había entrado. Y en este trance, la imagen de Cristo crucificado - cosa nunca oída -, desplegando los labios, habla desde el cuadro a Francisco. Llamándolo por su nombre: "Francisco - le dice -, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo". Presa de temblor, Francisco se pasma y como que pierde el sentido por lo que ha oído. Se apronta a obedecer, se reconcentra todo él en la orden recibida.

10. Pelo... nos es mejor callar, pues experimentó tan inefable cambio, que ni él mismo ha acertado a describirlo. Desde entonces se le clava en el alma santa la compasión por el Crucificado, y, como puede creerse piadosamente, se le imprimen profundamente en corazón, bien que no todavía en la carne, las venerandas llagas de la pasión.

11. ¡Cosa admirable e inaudita en nuestros tiempos! ¿Cómo no asombrarse ante esto? ¿Quién ha pensado algo semejante? ¿Quién duda de que Francisco, al volver a la ciudad, apareciera crucificado, si aun antes de haber abandonado del todo el mundo en lo exterior, Cristo le habla desde el leño de la cruz con milagro nuevo, nunca oído? Desde aquella hora desfalleció su alma al oír hablar del amado. Poco más tarde, el amor del corazón se puso de manifiesto en las llagas del cuerpo.

11. Por eso, no puede contener en adelante el llanto; gime lastimeramente la pasión de Cristo, llena de lamentos los caminos, no admite consuelo. Se encuentra con un amigo íntimo, que, al conocer la causa del dolor de Francisco, luego rompe a llorar también él amargamente.

11. Pero no descuida por olvido la santa imagen misma, ni deja, negligente, de cumplir el mandato recibido de ella. Da, desde luego, a cierto sacerdote una suma de dinero con que comprar lámpara y aceite para que ni por instante falte a la imagen sagrada el honor merecido de la luz. Después, ni corto ni perezoso, se apresura en poner en práctica lo demás, trabajando incansablemente en reparar la iglesia que había adquirido Cristo con su sangre, Francisco, que de pasar poco a poco de la carne al espíritu, no quiso verse de golpe encumbrado.

Capítulo VII La persecución del padre y del hermano

12. Pero el padre según la carne persigue al que se entrega a obras de piedad, y, juzgando locura el servicio de Cristo, lo lacera dondequiera con maldiciones. Entonces, el siervo de Dios llama a un hombre plebeyo y simple por lo demás, y, tomándolo por padre, le ruega que, cuando el padre lo acosa con maldiciones, él, por el contrario lo bendiga. Evidentemente, lleva a la práctica el dicho del profeta y declara con hechos lo que dice éste de palabra: Maldicen ellos, pero tú bendecirás.

12. Por consejo del obispo de la ciudad, que era piadoso de veras, devuelve al padre el dinero que el hombre de Dios habría querido invertir en la obra de la iglesia mencionada, pues no era justo gastar en usos sagrados nada mal adquirido. Y, oyéndolo muchos de los que se habían reunido, dijo: "Desde ahora diré con libertad: Padre nuestro, que estas en los cielos, y no padre Pedro Bernardone, a quien no sólo devuelvo este dinero, sino que dejo también todos los vestidos. Y me iré desnudo al Señor". ¡Animo noble el de este hombre, a quien ya sólo Cristo basta! Se vio entonces que el varón de Dios llevaba puesto un cilicio bajo los vestidos, apreciando más la realidad de las virtudes que su apariencia.

12. Un hermano carnal, a imitación de su padre, lo molesta con palabras envenenadas. Una mañana de invierno en que ve a Francisco en oración, mal cubierto de viles vestidos, temblando de frío, el muy perverso dice a un vecino: "Di a Francisco que te venda un sueldo de sudor". Oyéndolo el hombre de Dios, regocijado en extremo, respondió sonriente: "Por cierto que lo venderé a muy buen precio a mi Señor". Nada más acertado, porque recibió no sólo cien veces más, sino también mil veces más en este mundo y heredó en el venidero, para sí y para muchos, la vida eterna.

Capítulo VIII La vergüenza vencida y la profecía de las vírgenes pobres

13. Se esfuerza de aquí en adelante por convertir en austera su anterior condición delicada y por reducir a la bondad natural su cuerpo, hecho ya a la molicie.

13. Andaba un día el hombre de Dios por Asís mendigando aceite para alimentar las lámparas de la iglesia de San Damián, que reparaba por entonces. Y como viese que un nutrido grupo de hombres se entretenía jugando a la puerta de la casa donde pensaba entrar, rojo de vergüenza, hace para atrás. Pero, vuelta luego su noble alma al cielo, se reprocha la cobardía y se juzga severamente. Vuelve en seguida sobre sus pasos, y, confesando ante todos con franqueza la causa de su vergüenza, como ebrio de espíritu, pide, expresándose en lengua Francesa, la provisión de aceite, y la obtiene. En un transporte de fervor, alienta a todos a favorecer la obra de la iglesia, y en presencia de todos profetiza, hablando en francés con voz clara, que llegará a haber en ella un monasterio de santas vírgenes de Cristo. Y es que siempre que le penetraban los ardores del Espíritu Santo, comunicaba, expresándose en francés, las ardientes palabras que le bullían dentro, conociendo de antemano que en aquella nación singularmente le habían de tributar honor y culto especial.

Capítulo IX Los alimentos, mendigados de puerta en puerta

14. Desde que comenzó a servir al Señor de todos, quiso hacer también cosas asequibles a todos, huyendo en todo de la singularidad, que suele mancharse con toda clase de faltas.

14. Así, al tiempo en que se afanaba en la restauración de la iglesia que le había mandado Cristo, de tan delicado como era, iba tomando trazas de campesino por el aguante del trabajo. Por eso, el sacerdote encargado de la iglesia, que lo veía abatido por la demasiada fatiga, movido a compasión, comenzó a darle de comer cada día algo especial, aunque no exquisito, pues también él era pobre. Francisco, reflexionando sobre esta atención y estimando la piedad del sacerdote, se dijo a sí mismo: "Mira que no encontrarás donde quieras sacerdote como éste, que te dé siempre de comer así. No va bien este vivir con quien profesa pobreza; no te conviene acostumbrarte a esto; poco a poco volverás a lo que has despreciado, te abandonarás de nuevo la molicie. ¡Ea!, levántate, perezoso, y mendiga condumio de puerta en puerta".

14. Y se va decidido a Asís, y pide cocido de puerta en puerta, y, cuando ve la escudilla llena de viandas de toda clase, se le revuelve de pronto el estómago; pero, acordándose de Dios y venciéndose a sí mismo, las come con gusto del alma. Todo lo hace suave el amor y todo lo dulce lo hace amargo.

Capítulo X El desprendimiento de bienes del hermano Bernardo

15. Un hombre de Asís llama do Bernardo, que después fue un hijo perfecto, al decidir despreciar del todo el siglo a imitación del varón de Dios, pide consejo a éste. En la consulta se expresó en estos términos: "Padre, si alguien hubiera poseído por largo tiempo bienes de un señor y no quisiera retenerlos ya más, ¿cuál seria el partido más perfecto que tomaría acerca de ellos?".

15. El varón de Dios le respondió diciendo que el de devolverlos todos a su señor, de quien los había recibido. Y Bernardo: "Sé que cuanto tengo me lo ha dado Dios, y estoy ya dispuesto a devolverle todo, siguiendo tu consejo". "Si quieres probar con los hechos lo que dices - concluyó el Santo -, entremos mañana de madrugada en la iglesia y pidamos consejo a Cristo, con el evangelio en las manos".

15. Entran, pues, en la iglesia con el amanecer, y, previa devota oración, abren el libro del evangelio, decididos a cumplir el primer consejo que encuentran. Ellos abren el libro; Cristo, su consejo: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres. Hacen lo mismo por segunda vez, y tan con esto: No toméis nada para el camino. Lo repiten por tercera vez, y tan con esto otro: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo. Ninguna vacilación: Bernardo cumple todo al pie de la letra, sin dejar pasar ni una iota.

15. Muy pronto son muchísimos los que se desprenden de los espinosos cuidados del mundo y vuelven, tomando a Francisco por guía, a la patria, al bien infinito. Sería largo decir cómo cada uno de ellos ha logrado el premio de la vocación divina.

Capítulo XI La parábola que propuso ante el papa

16. Cuando Francisco se presentó con los suyos al papa Inocencio para pedir la aprobación de la regla de su vida, viendo el papa que el plan propuesto por Francisco sobrepasaba las fuerzas normales, le dijo, como hombre muy discreto: "Hijo, pide a Cristo que nos manifieste por ti su voluntad, para que conociéndola accedamos con mayor seguridad a tus piadosos deseos". Acepta el Santo la orden del pastor supremo, recurre confiado a Cristo, ora con insistencia y exhorta a los compañeros a orar devotamente a Dios Es más: obtiene respuesta en la oración, y transmite a los hijos un mensaje de salud La conversación familiar de Cristo se da a conocer mediante parábolas:

16. "Francisco - le dice -, así hablarás al papa: Había en un desierto una mujer pobre, pero hermosa. Por su mucha hermosura llegó a amarla un rey; convino gustoso con ella, y tuvo de ella hijos graciosísimos. Algo mayores ya éstos y educados en nobleza, la madre les dice. ‘No os avergoncéis, queridos, de ser pobres, pues sois todos hijos de un gran rey. Idos en hora buena a su corte y pedidle cuanto necesitéis’. Ellos, al oír esto, se admiran y alegran, y, animados con que se les ha dado fe de su linaje real, sabedores de que son futuros herederos, la pobreza misma la miran ya como riqueza Se presentan confiados al rey, sin temer severidad en él, cuyos rasgos ostentan. El rey se reconoce retratado en ellos, y pregunta, sorprendido, de quién son hijos. Y como ellos aseguraran ser hijos de una mujer pobre que vive en el desierto, abrazándolos dice: ‘Sois mis hijos y mis herederos; no temáis. Si los extraños comen de mi mesa, más justo es que me esmere yo en alimentar a quienes está destinada con todo derecho mi herencia’. Y el rey manda luego a la mujer que envíe a la corte, para que se alimenten en ella, todos los hijos tenidos de él".

16. El Santo se llena de alegría con la parábola y lleva luego al papa la respuesta divina.

17. Esta mujer representaba a Francisco, por la fecundidad de muchos hijos, no por lo que tienen de molicie los hechos; el desierto es el mundo, inculto entonces y estéril en enseñanzas virtuosas; la descendencia hermosa y numerosa de hijos, el gran número de hermanos, hermoseados con toda suerte de virtudes; el rey, el Hijo de Dios, de quien, por la semejanza que les da la santa pobreza, reproducen configurados con él, y se alimentan de la mesa real, sin avergonzarse de su pobreza, pues, contentos de imitar a Cristo y viviendo de limosna, están seguros de que a través de los desprecios del mundo llegarán a ser bienaventurados.

17. El señor papa se admira de la parábola propuesta y ve claro que Cristo mismo le ha hablado en este hombre. Se acuerda de una visión tenida pocos días atrás, que - afirma, ilustrado por el Espíritu Santo -se cumplirá precisamente en este hombre. Había visto en el sueño que la basílica de Letrán estaba a punto de arruinarse y que un religioso pequeño y despreciable, arrimando la espalda la sostenía para que no cayera Ciertamente - dijo - es éste quien con obras y enseñanzas sostendrá la Iglesia de Cristo. Por eso, el señor papa accede con facilidad a la petición de Francisco; por eso, lleno de devoción divina, amó siempre con amor especial al siervo Dios. Y le otorgó luego lo pedido, y, ofrecido a él, prometió que le otorgaría aun mucho más.

17. Desde esa hora, en virtud de la facultad que se le había concedido, Francisco empezó a esparcir la semilla de virtudes y a predicar con mayor fervor por ciudades y castillos.

Santa María de la Porciúncula

Capítulo XII El amor del Santo a este lugar, la vida de los hermanos en él y el amor de la Virgen Santísima a él

18. El siervo de Dios Francisco, pequeño de talla, humilde de alma, menor por profesión, estando en el siglo, escogió para sí y para los suyos una porcioncilla del mundo, ya que no pudo servir de otro modo a Cristo sin tener algo del mundo. Pues no sin presagio divino se había llamado de antiguo Porciúncula este lugar que debía caberles en suerte a los que nada querían tener del mundo.

18. Es de saber que había en el lugar una iglesia levantada en honor de la Virgen Madre, que por su singular humildad mereció ser, después de su Hijo, cabeza de todos los santos. La Orden de los Menores tuvo su origen en ella, y en ella, creciendo el número, se alzó, como sobre cimiento estable, su noble edificio

18. El Santo amó este lugar sobre todos los demás, y mandó que los hermanos tuviesen veneración especial por él, y quiso que se conservase siempre como espejo de la Religión en humildad y pobreza altísima, reservada a otros su propiedad, teniendo el Santo y los suyos el simple uso.

19. Se observaba en él la más estrecha disciplina en todo, tanto en el silencio y en el trabajo como en las demás prescripciones regulares. No se admitían en él sino hermanos especialmente escogidos, llamados de diversas partes, a quienes el Santo quería devotos de veras para con Dios y del todo perfectos. Estaba también absolutamente prohibida la entrada de seglares. No quería el Santo que los hermanos que moraban en él, y cuyo número era limitado, buscasen, por ansia de novedades, el trato con los seglares, no fuera que, abandonando la contemplación de las cosas del cielo, vinieran, por influencia de charlatanes, a aficionarse a las de aquí abajo. A nadie se le permitía decir palabras ociosas ni contar las que había oído. Y si alguna vez ocurría esto por culpa de algún hermano, aprendiendo en el castigo, bien se precavía en adelante para que no volviera a suceder lo mismo. Los moradores de aquel lugar estaban entregados sin cesar a las alabanzas divinas día y noche y llevaban vida de ángeles, que difundía en torno maravillosa fragancia.

19. Y con toda razón. Porque, según atestiguan antiguos moradores, el lugar se llamaba también Santa María de los Ángeles. El dichoso Padre solía decir que por revelación de Dios sabía que la Virgen Santísima amaba con especial ardor aquella iglesia entre todas las construidas en su honor a lo ancho del mundo, y por eso el Santo la amaba más que a todas.

Capítulo XIII Cierta visión

20. Un hermano devoto de Dios había tenido, antes de convertirse, una visión, relativa a la misma iglesia, que es digna de ser contada. Veía alrededor de esta iglesia incontables hombres heridos de ceguera lastimosa, de rodillas, con la faz vuelta al cielo. Todos, con voz que movía a lágrimas, levantadas las manos al cielo, invocaban a Dios, pidiendo misericordia y luz. De pronto sobrevino del cielo un gran resplandor, que, difundiéndose sobre todos, comunicó luz y llevó la curación anhelada a cada uno.

Tenor de vida de San Francisco y de los hermanos

Capítulo XIV El rigor de la disciplina

21. El bizarro caballero de Cristo no tenía miramiento alguno con su cuerpo, al cual, como a extraño, le exponía a toda clase de injurias de palabra y de obra. Quien intentara enumerar sus sufrimientos sobrepasaría el relato del Apóstol, que cuenta los que padecieron los santos. Otro tanto habría que decir de toda aquella primera escuela de hermanos, que se sometía a toda ciase de incomodidades, hasta el punto de considerar vicioso complacerse en algo que no fuera consuelo del espíritu. Y hubieran desfallecido muchas veces al rigor de los aros de hierro y cilicios con que se ceñían y vestían, de las prolongadas vigilias y continuos ayunos con que se maceraban, de no haberse atenuado, por reiterados avisos del piadoso pastor, la dureza de tan gran mortificación.

Capítulo XV La discreción de San Francisco

22. Una noche, mientras los demás descansan, una de sus ovejas rompe a gritar: "¡"Hermanos, ¡que me muero, que me muero de hambre!". Se levanta luego el egregio pastor y corre a llevar el remedio conveniente a la ovejita desfallecida. Manda preparar la mesa, y ésta bien provista de exquisiteces rústicas, en la que, como muchas otras veces, el agua suple la falta de vino. Comienza a comer él mismo, y, para que el pobre hermano no se avergüence, invita a los demás a hacer la misma obra de caridad. Después de comer en el temor del Señor, para que no falte nada a los servicios de caridad, propone a los hijos una parábola extensa acerca de la virtud de la discreción. Manda que siempre se ofrezca a Dios un sacrificio condimentado con sal y les llama la atención para que cada uno sepa medir sus fuerzas en su entrega a Dios. Enseña que es el mismo pecado negar sin discreción al cuerpo lo que necesita y darle por gula lo superfluo. Y añade: "Sabed, carísimos, que si he comido, lo he hecho por obligación y no cediendo a un deseo, ya que la caridad fraterna me lo ha dictado. Sea para vosotros ejemplo la caridad, no el hecho de comer, pues la caridad es pábulo del espíritu, y la comida lo es de la gula" .

Capítulo XVI La providencia que tomó para el porvenir, cómo encomienda la Religión a la Iglesia Romana y una visión que tuvo

23. El Padre santo, que progresaba sin cesar en méritos y en virtud, viendo que sus hijos aumentaban en número y en gracia por todas partes y extendían sus ramos maravillosos por la abundancia de frutos hasta los confines de la tierra, se dio a pensar muchas veces con cuidado sobre el modo de conservar y de ayudar a crecer la nueva plantación teniéndola enlazada con lazo de unidad.

23. Observaba ya entonces que muchos se revolvían furiosos, como lobos, contra la pequeña grey, y que, envejecidos en la maldad, tomaban ocasión de hacer daño por el solo hecho de su novedad. Preveía que entre los mismos hijos podrían ocurrir percances contrarios a la Santa paz y a la unidad, y, como sucede muchas veces entre los elegidos, dudaba de si llegaría a haber algunos rebeldes, hinchados del sentimiento de su propia valía dispuestos en su espíritu a discordias e inclinados a escándalos.

24. Y como el varón de Dios diese en su interior muchas vueltas a estas y parecidas preocupaciones, una noche mientras dormía tuvo la siguiente visión. Ve una gallina pequeña y negra, semejante a una paloma doméstica, con las piernas y las patas cubiertas de plumas. La gallina tenía incontables polluelos, que, rondando sin parar en torno a ella, no lograban todos cobijarse bajo las alas. Despierta el varón de Dios, repasa en su corazón lo meditado y se hace intérprete de su propia visión: "Esa gallina -se dice - soy yo, pequeño de estatura y de tez negruzca, a quien por la inocencia de vida debe acompañar la simplicidad de la paloma, la cual, siendo tan extraña al mundo, vuela sin dificultad al cielo. Los polluelos son los hermanos, muchos ya en número y en gracia, a los que la sola fuerza de Francisco no puede defender de la turbación provocada por los hombres, ni poner a cubierto de las acusaciones de lenguas enemigas. Iré, pues, y los encomendaré a la Santa Iglesia Romana, para que con su poderoso cetro abata a los que les quieren mal y, para que los hijos de Dios tengan en todas partes libertad plena para adelantar en el camino de la salvación eterna.

24. Desde esa hora, los hijos experimentarán las dulces atenciones de la madre y se adherirán por siempre con especial devoción a sus huellas venerandas. Bajo su protección no se alterará la paz en la Orden ni hijo alguno de Belial pasará impune por la viña del Señor. Ella que es santa emulará la gloria de nuestra pobreza y no consentirá que nieblas de soberbia desluzcan los honores de la humildad. Conservará en nosotros inviolables los lazos de la equidad y de la paz, poniendo severísimas penas a los disidentes. La Santa observancia de la pureza evangélica florecerá sin cesar en presencia de ella y no consentirá que ni por un instante se desvirtúe el aroma de la vida".

24. Esto es lo que el santo de Dios únicamente buscó al decidir encomendarse a la Iglesia; aquí se advierte la previsión del varón de Dios, que se percata de la necesidad de esta institución para tiempos futuros.

Capítulo XVII Cómo pidió que el obispo de Ostia hiciese las veces de papa

25. Al llegar el varón de Dios a Roma fue recibido con mucha devoción por el señor papa Honorio y por todos los cardenales. Y es que cuanto había difundido la fama brillaba en la vida, resonaba en el habla, y ante eso no podía faltar la devoción. Predica ante el papa y los cardenales con resolución y fervor, hablando de su plenitud cuanto el Espíritu le sugería. A su palabra se conmueven los montes, y, prorrumpiendo éstos en profundos suspiros que brotan desde sus mismas entrañas, lavan con lágrimas al hombre interior.

25. Después de predicar con versa familiarmente por algún tiempo con el papa y le hace esta petición: "Como sabéis, Señor, los pobres y despreciados no pueden llegar fácilmente a tan alta majestad. Tenéis el mundo entero en vuestras manos y las enormes preocupaciones no os dejan tiempo para ocuparos de asuntos de menos monta. Por eso, Señor - concreta Francisco -, acudo a las entrañas de vuestra santidad, para que nos concedáis, con veces de papa, al Señor obispo de Ostia, aquí presente, para que, sin mengua de vuestra dignidad, que está sobre todas las demás, los hermanos puedan recurrir en sus necesidades a él y beneficiarse con su amparo y discreción".

25. Agradó al papa esta petición, y, como había pedido el varón de Dios, confió luego la Orden al señor Hugolino, que era entonces obispo de Ostia. El santo cardenal toma a su cuidado la grey que se le confía, y, hecho padre solícito de la misma, fue hasta su dichosa muerte su pastor y director.

25. A esta sumisión especial se debe la prerrogativa de amor y la solicitud de la Santa Iglesia romana nunca cesa de manifestar a la Orden de los Menores.

PARTE SEGUNDA

Introducción

26. Dejar para recuerdo de los hijos constancia de las glorias de los padres que han precedido, indica honra de los padre, amor de los hijos. Quienes no llegaron a conocerles personalmente, al menos con sus hechos se sienten provocados al bien, se sienten promovidos a mejorar cuando los padres, distanciados por el tiempo, vuelven a recordar a sus hijos enseñanzas dignas de memoria.

26. Pero considero al bienaventurado Francisco como espejo santísimo de la santidad del Señor e imagen de su perfección. Quiero decir que todas sus palabras y acciones exhalan un aroma divino, y si dan con alguien que las considera atentamente y es discípulo humilde, muy pronto, imbuido de enseñanzas saludables, lo llevan a amar eso que es la más alta filosofía.

26. Después de haber adelantado ya, con sencillez y como de pasada, algunas cosas de San Francisco, creo que no estará de más añadir unas cuantas entre muchas, de modo que el Santo quede avalado, y nuestro amor decaído, estimulado.

Espíritu de profecía que tuvo San Francisco

Capítulo I

27. Elevado, en cierto modo, sobre las realidades mundanas, el bienaventurado Padre había sometido con admirable eficacia las cosas de la tierra; y, teniendo puesta siempre la mirada de su entendimiento en la luz suprema, conocía por revelación no sólo lo que él había de hacer, sino que predecía muchos sucesos con espíritu de profecía, escudriñaba los secretos de los corazones, conocía las cosas lejanas, preveía y anunciaba de antemano el porvenir. Los ejemplos van a probar lo que decimos.

Capítulo II Cómo descubre la impostura de un hermano tenido por santo

28. Había un fraile que, a juzgar por las apariencias, se distinguía por una vida de santidad excepcional; pero era él muy singular. Entregado a todas horas a la oración, guardaba un silencio tan riguroso, que tenía por costumbre confesarse no de palabra, sino con señas. Con las palabras de la Sagrada Escritura concebía un gran ardor, y, oyéndolas, se mostraba transido de extraña dulzura. Pero ¿a qué continuar? Todos lo tenían por tres veces santo.

28. Llegó un día al lugar el bienaventurado Padre, vio al hermano, escuchó al santo. Y como todos lo encomiaran y enaltecieran, observó el Padre: "Dejadme, hermanos, y no me ponderéis en él las tretas del diablo. Tened por cierto que es caso de tentación diabólica y un engaño insidioso. Para mí esto es claro, y prueba de ello es que no quiere confesarse". Muy duro se les hacía a los hermanos oír esto, sobre todo al vicario del Santo. Y objetan. "¿Cómo puede ser verdad que entre tantas señales de perfección entren en juego ficciones engañosas?" Responde el Padre: "Amonestadle que se confiese una o dos veces a la semana; si no lo hace, veréis que es verdad lo que os he dicho".

28. Lo toma aparte el vicario y comienza por entretenerse familiarmente con él y le ordena después la confesión. El hermano la rechaza, y con el índice en los labios, moviendo la cabeza, da a en tender por señas que en manera alguna se confesará. Callaron los hermanos, temiendo un escándalo del falso santo. Pocos días después abandona éste, por voluntad propia, la Religión, se vuelve al siglo, retorna a su vómito. Y, duplicada su maldad quedó privado de la penitencia y de la vida.

28. Hay que evitar siempre la singularidad, que no es sino un precipicio atrayente. Lo han experimentado muchos tocados de singularidad, que suben hasta los cielos y bajan hasta los abismos. Atiende, en cambio, la eficacia de la confesión devota, que no sólo hace, sino que da a conocer al santo.

Capítulo III Otro caso parecido contra la singularidad

29. Algo parecido ocurrió con otro hermano llamado Tomás de Espoleto. Todos lo tenían en buen concepto y emitían juicio seguro de su santidad. Mas la apostasía comprobó el juicio del santo Padre, que lo creía un perverso. No perseveró por mucho tiempo, como tampoco dura mucho la virtud que se disfraza con disimulo. Salió de la Religión, y, al morir fuera de ella, sólo entonces se dio cuenta de lo que había hecho.

Capítulo IV Cómo predijo la derrota de los cristianos en Damieta

30. Cuando el ejército de los cristianos asediaba Damieta, estaba presente el santo de Dios con sus compañeros, que habían atravesado el mar con ansias de martirio. Y como los nuestros se preparasen a la batalla el día señalado, oyéndolo el santo, se dolió en lo profundo Y dijo al que le acompañaba: "Si el encuentro tiene lugar en ese día, me ha dado a entender el Señor que no se les resolverá en éxito a los cristianos. Pero, si descubro esto, me tomarán por fatuo; y, si me callo, la conciencia me lo reprochará. Dime: ¿qué te parece?" Respondió el compañero: "Padre, no se te dé nada ser juzgado por los hombres, que no es precisamente ahora cuando vas a empezar a ser tenido por fatuo. Descarga tu conciencia y teme, más bien, a Dios que a los hombres.

30. Corre luego el Santo y se enfrenta a los cristianos con consejos saludables, disuadiéndoles de la batalla, anunciándoles la derrota. Los cristianos hacen escarnio de la verdad: se endurecieron en el corazón y no quisieron tomar en consideración el aviso. Se van. Se entabla el combate. Se lucha. Muchos de los nuestros se ven acorralados por el enemigo. Durante el combate, el santo, con el alma en vilo, hace que el compañero se levante a observar, y como ni a la primera ni a la segunda ha visto nada, le manda observar por tercera vez. Y ve ahí que todo el ejército cristiano se da a la fuga, reportando de la batalla la deshonra en vez del triunfo. Y fue tal el desastre de los nuestros, que quedaron muy reducidos, pues entre muertos y cautivos perdieron 6.000. Consumía, por tanto, al Santo la compasión que sentía de ellos, y no menos a ellos el arrepentimiento de lo que habían hecho. Y lloraba, sobre todo, por los españoles, al ver que su arrojo los había diezmado.

30. Conozcan esto los príncipes de toda la tierra y sepan que no es fácil guerrear contra Dios, es decir, contra la voluntad del Señor. La obstinación - que al apoyarse en las propias fuerzas desmerece la ayuda del cielo - suele tener un fin desastroso. De esperar del cielo la victoria, hay que entablar las batallas con espíritu de sumisión a Dios.

Capítulo V De un fraile cuyos secretos de alma conoció

31. Al volver de ultramar en compañía del hermano Bernardo de Asís, el santo, por la fatiga del camino y por su debilidad, tuvo que montar por algún tiempo sobre un asno. El compañero que le seguía, fatigado también él, y no poco, comenzó a decir par a sí, víctima de la condición humana: "Los padres de él y los míos no se divertían juntos. Y ahora él va montado y yo voy a pie conduciendo el asno".

31. Iba pensando esto el hermano, cuando de pronto se desmontó el santo y le dijo: "No, hermano, no está bien que yo vaya montado y tú a pie, pues en el siglo tú eras más noble y poderoso que yo. Quedó sorprendido el hermano, y, todo ruborizado, se reconoció descubierto por el santo. Se le postró a los pies, y, bañado en lágrimas, confesó su pensamiento, ya patente, y pidió perdón.

Capítulo VI El hermano sobre quien vino el diablo. Contra los que se apartan de la comunidad.

32. Había Otro hermano famoso ante los hombres, más famoso aún ante Dios por la gracia. El padre de toda envidia, envidioso de las virtudes de aquél, intenta abatir el árbol que tocaba en los cielos y arrebatar de las manos la corona: ronda, sacude, descubre y ventea las tendencias del hermano, tanteando el modo de ponerle un tropiezo que sea eficaz. Y, so pretexto de mayor perfección, le sugiere el deseo de apartarse de los demás, para hacerle al fin caer más fácil arremetiendo contra él al estar solo, ya que, caído y solo, no tenga quien lo levante. ¿Que pasó? Se aparta de la Religión de los hermanos y se va como peregrino y huésped por el mundo. Hizo del hábito una túnica corta, llevaba la capucha descosida de la túnica, y andaba en esa forma por la tierra, despreciándose en todo.

32. Pero andando así, al faltarle luego los consuelos divinos, comenzó a fluctuar en medio de tentaciones borrascosas. Le inundaron las aguas hasta el fondo del alma, y, sufriendo la desolación del hombre interior y exterior, corre como pájaro que se precipita en la red. Al borde casi del abismo, estaba ya en peligro de caer en él, cuando la mirada providente del Padre, compadecido del miserable, le miró con bondad. Y él, sacando lección de la acometida, vuelto por fin en sí, se dijo: "Torna, miserable, a la Religión que en ella está tu salvación". No aguarda más: se levanta luego y corre al regazo de la madre.

33. Y cuando llegó a Siena, al lugar de los hermanos, San Francisco estaba allí. Y ¡cosa extraña! No bien lo vio, huyó de él santo y se encerró precipitadamente en la celda. Turbados los hermanos, indagan la causa de la huida. Les responde el Santo: "¿Por qué os sorprendéis sin saber la causa de la huida? He corrido a refugiarme en la oración para librar a este equivocado. He visto en el hijo algo que con razón me ha disgustado; pero, gracias a Cristo, el engaño se ha desvanecido ya del todo". El hermano se arrodilló, y, cubierto de rubor, se confesó culpable. El santo le dijo: "Perdónete el Señor, hermano. Pero en adelante ten cuidado de no separarte de tu Religión y de tus hermanos ni con pretexto de santidad". Y, desde entonces, el hermano se hizo amigo de estar reunido y vivir en fraternidad, apreciando, sobre todo, los grupos en los que más brillaba la observancia regular.

33. ¡Grandes son las obras del Señor en la congregación, en la asamblea de los santos! En ella los tentados resisten, los caídos se levantan, los tibios se animan, el hierro con el hierro se aguza, y el hermano, al amparo del hermano, llega a tener la seguridad de una ciudad fuerte, y, aunque por la turbamulta del mundo no puedas ver a Jesús, en nada te estorba, por cierto, la de los ángeles del cielo. Tan sólo esto: no huyas, y, fiel hasta la muerte, recibirás la corona de la vida.

34. Un caso muy parecido ocurrió poco después con otro hermano. No se sometía éste al vicario del Santo, sino que tenía por maestro propio otro hermano. Pero, advertido - mediante un intermediario - por el Santo, que estaba allí, se echó luego a los pies del vicario, y, abandonando al maestro de antes, se somete a la obediencia de aquel a quien el Santo le había señalado como prelado. En esto, el Santo suspiró profundamente y dijo al compañero que había hecho de mediador: "Hermano, he visto sobre los hombros del hermano desobediente al diablo, que le apretaba el cuello. Sometido a semejante caballero, despreciando el freno de la obediencia, seguía las bridas de sus sugestiones" Y - añadió - como rogara yo al Señor por él, al instante se alejó el demonio, abatido".

34. Tan grande era la penetración de este hombre, de ojos debilitados para ver las cosas corporales, perspicaces para las espirituales Y ¿qué extraño, si se carga sobre sí un peso ignominioso quien no quiere llevar al Señor dé la majestad? No hay término medio: o llevas la carga ligera, que, por mejor decir, te llevará a ti, o, colgada a tu cuello una muela de molino, la maldad te hunde a ti en un mar de plomo.

Capítulo VII Cómo libró de lobos feroces y del granizo a la población de Greccio

35. El Santo moraba a gusto en Greccio, en el lugar de los hermanos, ya porque lo encontrara rico en pobreza, ya porque en una celdilla más apartada, adaptada en el saliente de una roca, se entregaba con más libertad a las ilustraciones del cielo. Este es el lugar en que, hecho niño con el Niño, celebró, tiempo ha, la navidad del Niño de Belén.

35. Sucedía por entonces que la población era acometida de muchas desgracias: bandadas de lobos rapaces devoraban no sólo animales, sino también hombres, y el granizo asolaba cada año mieses y viñedos. Predicando un día San Francisco, les dijo: "En honor y alabanza del Dios todopoderoso, oíd la verdad que os anuncio: Si cada uno de vosotros confiesa sus pecados y hace dignos frutos de penitencia, yo os doy palabra de que todas esas plagas se alejarán y de que, mirándoos con amor el Señor, os enriquecerá con bienes temporales. Pero - añadió - oíd también esto: os anuncio asimismo que, si, desagradecidos a los beneficios, volviereis al vómito, sobrevendrá de nuevo la plaga, se duplicará el castigo, y la ira de Dios se encenderá aún más sobre vosotros " .

36. Y, de hecho, por los méritos y las oraciones del Padre santo, cesaron desde entonces los desastres, se retiró el peligro y los lobos y el granizo no les causaron ningún daño. Y lo que es mas asombroso: Si alguna vez caía granizo en campos vecinos, al acercarse a los de Greccio, o cesaba o se desviaba.

36. Ya tranquilos, los habitantes de Greccio crecieron mucho en número y se enriquecieron en demasía de bienes temporales. Pero pasó lo que pasa con la prosperidad: que los rostros se abotargan de gordura y se ciegan con la grosura, o, por mejor decir, con la basura de los bienes temporales. Cayendo, en fin, en culpas más graves, se olvidaron de Dios, que los había salvado. Mas no impunemente, porque la sanción de la justicia divina castiga menos la caída que la recaída. Se despierta, pues, la ira de Dios contra ellos, y a la vuelta de los males ahuyentados se unió ahora la espada de los hombres, y la mortandad ordenada por el cielo acabó con muchísimos; en una palabra, el castro entero quedó abrasado por las llamas vengadoras. Es bien justo que a quienes vuelven las espaldas a los beneficios caiga sobre ellos la destrucción.

Capítulo VIII Cómo, predicando a los habitantes de Perusa, les predijo una sedición que habría entre ellos, y recomendación de la concordia

37. Pocos días después, una vez que bajó de la mencionada celda, el bienaventurado Padre dijo con voz de queja a los hermanos que estaban allí: "Mucho mal han hecho los perusinos a sus comarcanos y su corazón se ha ensoberbecido, para deshonra suya. pero el castigo de Dios se avecina, ya tiene puesta su mano en la espada". A los pocos días se levanta movido por el fervor del espíritu y se encamina hacia la ciudad de Perusa. Los Hermanos pudieron apreciar claramente que había tenido alguna visión en la celda.

37. En cuanto llega a Perusa, se pone a predicar al pueblo, reunido de antemano; mas como unos caballeros corrieran, como es costumbre, en torneos y juegos de a caballo con lances de armas e impidieran oír la palabra de Dios, el Santo, vuelto a ellos, dijo entre sollozos: "¡Perversidad deplorable la vuestra, hombres dignos de compasión, que no reparáis ni teméis el juicio de Dios! Pero oíd lo que el Señor os hace saber por mí, pobrecillo. El Señor os ha encumbrado - añadió - sobre cuantos viven en vuestro derredor, por lo que deberíais ser mejores con los comarcanos y más agradecidos con Dios. Pero, ingratos al favor, acometéis con mano armada a los comarcanos, los matáis y los asoláis. Os aseguro que no quedaréis sin escarmiento, porque Dios hará que vosotros, para castigo más violento, caigáis en la ruina por una guerra civil, de modo que, amotinados, os levantéis el uno contra el otro. La indignación de Dios enseñará a quienes la dignación no enseñó".

37. No muchos días después, desencadenada entre ellos la discordia, empuñan las armas contra el prójimo: los del pueblo arremeten contra los caballeros, y los caballeros, espada en mano, contra los del pueblo. Se lucha, en fin, con tal fiereza y tanta mortandad, que hasta los comarcanos, a quienes habían hecho tanto mal, se compadecían de ellos".

37. ¡Sanción digna de alabanza! Pues se habían apartado del que es uno y sumo, era inevitable que no hubiese unión entre ellos. No hay lazo capaz de unir más estrechamente a los hombres de un pueblo como el amor filial a Dios, y la fe no fingida, sino sincera.

Capítulo IX Una mujer a la que predijo la conversión de su marido

38. Por aquellos días, el varón de Dios marchaba a Celle di Cortona; enterada una mujer noble del castillo llamado Volusiano, corre a su encuentro; fatigada por la larga caminata, ella, que era blanda ya de por sí y delicada, llegó por fin a donde el Santo. El Padre santísimo, al notar el cansancio y la respiración entrecortada de la mujer, compadecido, le dijo: "¿Qué quieres, señora?". "Padre, que me bendigas" . Y el Santo: "¿Eres casada o no?" "Padre - respondió ella 1, tengo un marido cruel y sufro con él, porque me estorba en el servicio de Jesucristo. Este es mi dolor más grande: el de no poder llevar a la práctica, por impedírmelo mi marido, la buena voluntad que me ha inspirado. Por eso, te pido a ti, que eres santo, que ruegues por él, para que la misericordia divina le ilumine el corazón".

38. Admira el Santo la fortaleza viril de la mujer, la madurez de alma de la joven, y, movido a piedad, le dice: "Vete, hija bendita, y sábete que tu marido te dará muy pronto un consuelo. Dile, de parte de Dios y de la mía - añadió -, que ahora es el tiempo de salvación, y después el de la justicia".

38. Con la bendición del Santo, se vuelve la mujer, encuentra al marido, le comunica el mensaje. De repente, el espíritu santo descendió sobre él, y, cambiándolo de hombre viejo en nuevo, le hace hablar con toda mansedumbre en estos términos: "Señora, sirvamos al Señor y salvemos nuestras almas en nuestra casa". Replicó la mujer: "Me parece que hay que poner la continencia por cimiento seguro del alma, y luego edificar sobre ella las demás virtudes". "Eso es - dijo él -; como a mi, también a mí me place". Y, llevando desde entonces, por muchos años, vida de célibes, murieron santamente en el mismo día, como holocausto de la mañana el uno y sacrificio de la tarde el otro.

38. ¡Dichosa mujer, que ablandó así a su señor para la vida! Se cumple en ella aquello del Apóstol: Se salva el marido infiel por la mujer fiel. Pero diré con un adagio popular: mujeres como ésa pueden contarse hoy con los dedos de una mano.

Capítulo X Cómo supo en espíritu que un hermano había escandalizado a otro hermano y predijo de él que dejaría la Religión

39. Hace algún tiempo vinieron de la Tierra de Labor dos hermanos, el mayor de los cuales dio muchos escándalos al joven. Había sido, por decirlo así, tirano y no compañero. Pero el joven lo sufría todo por Dios en silencio admirable. Habiendo llegado a Asís y entrando el joven a donde estaba San Francisco (le era por cierto, familiar al Santo), le preguntó el Santo entre otras cosas: "¿Cómo se ha portado contigo el compañero en este viaje?" "De verdad que muy bien, amadísimo Padre". Y el Santo: "¡Cuidado, hermano! No mientas por causa de humildad, porque sé cómo se ha portado contigo; pero espera un ,poco y verás.

39. Mucho se admiró el hermano de que el Santo hubiese conocido por el Espíritu cosas sucedidas tan lejos. No muchos días después, en efecto, el que había escandalizado a su hermano sale de la Religión, despreciándola. Indudablemente, es señal de maldad y argumellto evidente de poco seso no llevar una misma voluntad llevando el mismo camino con un buen compañero.

Capítulo XI Cómo conoció que a un joven que vino a la Religión no le guiaba el espíritu de Dios

40. Por aquellos mismos días vino a Asís un muchacho noble de Luca que quería entrar en la Religión. Presentado a San Francisco, le pedía de rodillas y con lágrimas que lo recibiera. Y, mirándolo detenidamente el varón de Dios, conoció al pronto, por inspiración del Espíritu, que no era buena la intención que animaba al muchacho. Y le dijo: ""Desgraciado y carnal, ¿cómo crees poder engañar al Espíritu Santo y a mí? Tu llanto es carnal y tu corazón no está en Dios ve, - intimó -, porque no gustas nada espiritualmente".

40. Apenas había dicho esto el Santo, avisan que los padres están a la puerta y buscan al hijo para llevarle consigo; y, saliendo luego éste, se volvió gustoso con ellos. Los hermanos quedan admirados del suceso, alabando al Señor en su santo.

Capítulo XII Un clérigo curado por él, a quien, a causa de sus pecados, predijo males más graves

41. Cuando el santo Padre yacía enfermo en el palacio episcopal de Rieti, un canónigo de nombre Gedeón, sensual y mundano, guardaba cama, enfermo y aquejado de dolores en todo el cuerpo.

41. Haciéndose llevar a San Francisco, ruega con lágrimas que le haga sobre sí la señal de la cruz. Le replica el Santo: "Cómo quieres que te signe con la señal de la cruz, si has venido satisfaciendo la concupiscencia de la carne; sin temor de los juicios de Dios? Te signo, pues, en el nombre de Cristo; pero sábete que si; curado ya; vuelves al vómito, vendrán sobre ti males aún más graves". E insistió "Por el pecado de ingratitud acaecen a la postre daños peores que a los comienzos". Hecha la señal de la cruza, el que había estado tullido se levantó luego sano, y, prorrumpiendo en alabanzas; dijo: "Estoy curado". Y los huesos de la cintura hicieron chasquidos, que oyeron muchos, como cuando se rompe la leña seca con las manos.

41. Pero después de una corta temporada, olvidado de Dios, el clérigo se dio otra vez a los desórdenes carnales. Habiendo cenado una tarde en casa de un canónigo y durmiendo en ella aquella noche, se derrumbó inesperadamente el techo sobre todos los de la casa. Escaparon los demás de la muerte; sólo el miserable pereció aplastado. No hay que extrañar que, como dijo el Santo, las postrimerías fuesen para el canónigo peores que los comienzos, pues el perdón obtenido reclama agradecimiento y la recaída en la culpa ofende al doble.

Capítulo XIII Un hermano tentado

42. Continuaba el Santo en el mismo lugar. Un hermano espiritual de la custodia de Mársica, atormentado por tentaciones pesadas, se dijo para sí: "Si pudiera tener, al menos, un pedacito de las uñas de San Francisco, estoy seguro de que se desvanecería toda esta tempestad de tentaciones y, con el favor del Señor, volvería la calma".

42. Con el debido permiso, se va al lugar, expone el asunto a un compañero del Padre santo. Le responde el hermano: "No creo que me sea posible conseguírtelas, pues, aunque se las cortamos de vez en cuando, manda que las arrojemos, prohibiéndonos su conservación". De pronto llaman a este hermano y le ordenan que se presente al Santo, que lo busca. "Hijo - le dice -, hazte con unas tijeras para cortarme las uñas". Se las presenta el hermano, que previamente las había tomado con esa intención; y, recogiendo los recortes, se los entrega al hermano que los había solicitado. Este los recibe con devoción, con mayor devoción aún los conserva, y se ve luego libre de todo asalto.

Capítulo XIV Un hombre que ofreció el paño según lo había pedido antes el Santo

43. Una vez, en el mismo lugar, el Padre de los pobres, que vestía una túnica vieja, dijo a uno de sus compañeros, a quien había nombrado su guardián: Hermano, quisiera que, si puedes, me busques paño para una túnica". Oído esto, el hermano se pone a pensar cómo pueda lograr el paño tan necesario y tan humildemente pedido.

43. Al día siguiente muy de mañana, ya en la puerta para salir a la villa en busca del paño, se da de cara con un hombre que estaba sentado a la entrada en espera de hablar con el hermano; y le dijo: "Recíbeme, por amor de Dios, este paño que da para seis túnicas, y, reservándote una, distribuye las demás como quieras, para bien de mi alma". Lleno de alegría, vuelve el hermano a donde Francisco y le da la noticia de la oferta hecha por el cielo El Padre le dice: "Recibe las túnicas, pues fue enviado para atender de esa manera a mi necesidad. Sean dadas gracias - añadió - a aquel que parece ocuparse de nosotros".

Capítulo XV Cómo convidó a su médico a comer en ocasión en que los hermanos no tenían qué darle y cómo, de pronto, proveyó el Señor; y la providencia de Dios con los suyos

44. Mientras el bienaventurado varón moraba en un eremitorio cercano a Rieti, lo visitaba todos los días el médico para curarle los ojos.- Un día dijo el Santo a los suyos: "Convidad al médico y dadle de comer muy bien". Le respondió el guardián: "Padre, confesamos con rubor: tan pobres como nos encontramos ahora, nos da vergüenza convidarlo".

44. El Santo le replicó: "¿Qué queréis, que os lo repita?" El médico, que estaba presente, observó: "Carísimos hermanos, para mí será un placer participar de vuestra pobreza". Los hermanos se ponen en movimiento y colocan sobre la mesa cuanto hay en la despensa: Un poco de pan, no mucho vino y, para más regalo, algunas legumbres que vienen de la cocina. Entretanto, la mesa del Señor se compadece de la mesa de los siervos: llaman a la puerta, se acude en seguida. Y he aquí que una mujer les obsequia con una cesta repleta de provisiones: una hogaza sabrosa, peces, ensaimadas de camarones y, para colmo, miel y racimos de uvas.

44. Ante esto, la mesa de los pobres se alegra, y, dejando para el día siguiente los alimentos de pobres, comen hoy los manjares exquisitos. Conmovido muy de veras, el médico exclamó: "Ni vosotros los hermanos, como debierais, ni nosotros los seglares comprendemos la santidad de este hombre". Cierto que hubieran podido hartarse comiendo, si el milagro no los hubiera llenado más que las viandas.

44. Es que la mirada del Padre no se despreocupa de los suyos, antes bien con mayor providencia mantiene a los que mendigan con mayor necesidad. Como quiera que Dios es más generoso en su liberalidad que el hombre, el pobre disfruta de una mesa más copiosamente abastecida que el tirano.

Cómo libró de una tentación al hermano Ricerio

44bis. Un hermano llamado Ricerio, noble de familia y de costumbres, esperaba tanto de los méritos del bienaventurado Francisco, que creía merecer, desde luego, la gracia de Dios el que tenía a favor la benevolencia del Santo, o la indignación de Dios el que carecía de ella. Y anhelaba de corazón alcanzar el favor de la confianza del Santo; pero temía mucho que éste descubriera en él cualquier asomo de defecto que le era imperceptible, y por eso se encontrase él más ajeno a su favor.

44bis. Sufriendo así esta aflicción continua y pesada, que no manifestaba a nadie, ocurrió un día que, turbado como solía estar el hermano, se acercó a la celda en que el bienaventurado Francisco hacía oración. El varón de Dios, que se dio cuenta a la par de su llegada y de su estado de ánimo, lo llamó afectuosamente y le dijo: "Hijo, en adelante no te turbe ningún temor, ninguna tentación, porque me eres muy amado y te distingo con especial aprecio entre los que me son más amados. Ven a mí con confianza cuando quieras y libremente, cuando quieras, me dejas". Se admiró no poco el hermano y se alegró con las palabras del santo Padre; y en adelante, seguro del aprecio de éste, creció también, según había creído en la gracia del Salvador.

Capítulo XVI Dos hermanos a quienes, saliendo de la celda, bendijo, conocido por inspiración del espíritu el deseo que tenían

45. San Francisco acostumbraba pasar todo el día en la celda apartada, sin volverse a los hermanos más que cuando necesitaba tomar algún alimento; y no a las horas señaladas para la comida, porque más viva era en él el hambre de la contemplación, que lo reclamaba del todo para sí con mucha más frecuencia.

45. Un día llegaron de lejos al lugar de Greccio dos hermanos que vivían una vida grata a Dios. El único motivo del viaje era ver al Santo y recibir de él la bendición hacía tiempo deseada. Pero al llegar no lo encontraron, porque se había retirado de entre los hermanos a la celda, y se entristecieron notoriamente. Por otra parte, la incerteza de cuándo saldría suponía una larga espera. Se alejan, pues, ya, abatidos, echando la culpa del fracaso a habérselo merecido. Iban como a un tiro de piedra del lugar, acompañados de algunos que moraban con el bienaventurado Francisco y que trataban de consolarlos, cuando de pronto el Santo, que los sigue, llama y dice a uno de los compañeros: "Di a mis hermanos que han venido aquí que me miren". Y, al volver ellos la cara hacia él, los signó con la señal de la cruz y los bendijo con muchísimo afecto. Con esto, ellos, doblemente contentos, porque habían logrado con ventaja su intento y un milagro, se volvieron alabando y bendiciendo al Señor.

Capítulo XVII Cómo por su oración sacó agua de la roca y la dio a beber a un campesino

46. Una vez, el bienaventurado Francisco quiso ir a cierto eremitorio para darse allí más libremente a la contemplación; sintiéndose bastante débil, obtuvo de un hombre pobre un asno para el viaje. Montaña arriba en días de verano, el campesino, fatigado por el camino escabroso y largo que hacía siguiendo al varón de Dios, se resiente y desfallece de sed antes de llegar al lugar. Comienza a gritar tras el Santo con vehemencia y pide que se le compadezca; asegura que se muere de sed si no se le reanima con el alivio de una bebida. El santo de Dios, compasivo siempre con los abatidos, saltó en seguida del asno e hincado de rodillas, alzando las manos al cielo, no cesó de orar hasta saberse escuchado. "Ven pronto - dijo después al campesino -, y encontraréis allí agua viva, que Cristo en su misericordia ha hecho brotar ahora de la piedra para que bebas tú".

46. ¡Dignación estupenda de Dios, que se inclina tan fácil a sus siervos! Gracias a la oración del Santo, el campesino bebió del agua que había brotado de la piedra, apagó la sed en la roca durísima. Y aguas no las hubo allí antes, ni han sido descubiertas después, como .se ha comprobado escrupulosamente. ¿Qué extraño que quien está lleno del Espíritu Santo reproduzca, a su vez los prodigios obrados por todos los justos? Ni es para asombrarse si quien, por donación de gracia especial, es uno con Cristo, realiza prodigios semejantes a los de los otros santos.

Capítulo XVIII Las avecillas que alimentó y cómo una de ellas pereció por voraz

47. Estaba un día el bienaventurado Francisco sentado a la mesa con los hermanos; aparecen dos avecillas, macho y hembra, que, solícitas por sus crías, a satisfacción de su deseo, recogen cada día de la mesa del Santo unas migajas. El Santo se alegra con las avecillas, las acaricia, como acostumbra, y cuida de darles de comer. Un buen día, la pareja presenta los pajarillos a los hermanos, como en señal de gratitud por haberlos alimentado, y, confiándoselos, desaparecen ya del lugar. Los pajarillos se hacen a los hermanos, y, posándose en sus manos, están en casa no como huéspedes, sino como quien habita junto a los hermanos. Huyen a la vista de los seglares; y se dan a conocer como quienes han sido criados tan sólo por los hermanos. Observa esto el Santo y queda asombrado, e invita a los hermanos a alegrarse: "Ved - dice - lo que han hecho nuestros hermanos petirrojos; ni que tuvieran inteligencia. Como que nos han dicho: Mirad, hermanos, os dejamos nuestros hijuelos que se han alimentado de vuestras migas. Haced de ellos lo que queráis; nosotros nos vamos a otros lares". Así, pues, los pajarillos se familiarizan del todo con los hermanos y comen junto con ellos.

47. Pero la voracidad viene a deshacer la unión cuando la altanería de uno mayor persigue a los más pequeños. Comiendo él por placer hasta hartarse, impide que los demás coman. "Mirad - dice el Padre - lo que hace ese glotón; pletórico él y harto, no puede ver que los hermanos que tienen hambre coman. Con muerte bien triste va a desaparecer". Al dicho del Santo sigue luego el castigo. El perturbador de los hermanos se posa, para beber, sobre una vasija, y, cayendo de improviso en el agua, perece ahogado; y ni gato ni bestia alguna osó tocar el ave que había incurrido en la maldición del Santo.

47. Horrenda tiene que ser la codicia en los hombres, cuando en las aves es castigada con tanto rigor. Y de temer también la condena de los santos, que atrae tan fácilmente el castigo.

Capítulo XIX Cómo se cumplió al detalle cuanto predijo del hermano Bernardo

48. Otra vez habló así, en profecía, del hermano Bernardo, que fue el segundo en la Orden: "Os digo que para probar al hermano Bernardo han sido asignados demonios muy astutos y los más malos entre los malos; pero, por más que se empeñen incansables en hacer caer del cielo la estrella, el resultado, sin embargo, será muy otro. Cierto que será atribulado, aguijoneado, congojado, pero al fin triunfará de todo". Y añadió: "Al acercársele la muerte, calmada toda tempestad, ya vencida toda tentación, disfrutará de admirable serenidad y paz, y al término de la carrera de la vida volará felizmente a Cristo".

48. Y de hecho así fue: su muerte resplandeció en milagros, y tal como lo había predicho el varón de Dios, así sucedió al detalle; por lo que a su muerte dijeron los hermanos: "A la verdad, mientras vivía, no fue conocido este hermano". Pero dejamos a otros cantar las alabanzas del hermano Bernardo.

Capítulo XX El hermano tentado que quería tener algún escrito de puño y letra del Santo

49. Sucedió al tiempo que vivía el Santo en el monte Alverna. El permanecía retirado en la celda. Uno de los compañeros deseaba con mucho afán tener por escrito, para que le confortase, alguna de las palabras del Señor, acompañada de una breve anotación manuscrita de San Francisco. Creía, en efecto, que con eso desaparecería, o se aliviaría por lo menos, una tentación molesta - no de la carne, sino del espíritu - que lo atormentaba. Aunque se consumía con este deseo, le daba pavor descubrirlo al Padre santísimo; pero a quien no se lo manifestó el hombre, se lo reveló el Espíritu.

49. Y así, un día llama el bienaventurado Francisco al hermano y le dice: "Tráeme papel y tinta, porque quiero escribir unas palabras del Señor y sus alabanzas que he meditado en mi corazón". En cuanto los tuvo a mano, escribió de su puño y letra las alabanzas de Dios y las palabras que quiso, y, por último, la bendición para el hermano, a quien dijo: "Toma para ti este pliego y consérvalo cuidadosamente hasta el día de tu muerte". Al instante desaparece del todo la tentación; se guarda el pliego, que después ha hecho prodigios.

Capítulo XXI El mismo hermano a quien, por satisfacerle, dio una túnica

50. Con el mismo hermano se manifestó otro caso maravilloso. Esto ocurrió mientras el Santo yacía enfermo en el palacio de Asís. El mencionado hermano pensó para sí: "Ya el Padre se avecina a la muerte; mi alma experimentaría grandísimo consuelo si, una vez que haya muerto, lograra tener yo la túnica de mi Padre". Como si el deseo del corazón hubiera sido una petición hecha de palabra, lo llama poco después el bienaventurado Francisco y le dice: "Te doy esta túnica; tómala, que quede para ti; aunque yo la vista mientras vivo, sin embargo, que pase a ti después de mi muerte". El hermano, admirado de la profunda penetración del Padre, tomó al fin, consolado, la túnica, que más tarde, por santa devoción, fue llevada a Francia.

Capítulo XXII El perejil que, a su mandato, se encontró de noche entre hierbas del campo

51. Hacia el fin de su enfermedad, una noche le apeteció comer perejil, y lo pidió humildemente. Llamado el cocinero para que se lo trajera, advirtió que a aquella hora no acertaría a encontrarlo en el huerto. "He cogido perejil - dijo -todos estos días y lo he cortado tanto, que aun de día me resultaría difícil acertar con él; cuánto más ahora, que es ya noche cerrada, no podré distinguirlo de otras plantas".

51. "Vete, hermano—replicó el Santo--; que no te sea enojoso, y trae las primeras hierbas que te vienen a las manos. Se fue el hermano al huerto, y, arrancando hierbas agrestes, las que de primero le venían a las manos - él no veía nada -, las llevó a casa. Miran los hermanos las hierbas silvestres, las remiran con más atención, y descubren entre ellas un perejil lozano y tierno.

51. El Santo, con lo poco que tomó, se reanimó mucho. Y les dijo el Padre: "Amadísimos hermanos, cumplid los preceptos a la primera indicación, sin esperar que se os repitan. Y no os defendáis con pretexto de imposibilidad, porque, aun cuando yo os mandase algo que está sobre vuestras fuerzas, no le faltarían fuerzas a la obediencia». Hasta en esto el espíritu de profecía acreditó la prerrogativa del espíritu.

Capítulo XXIII El hambre que predijo que sobrevendría después de su muerte

52. Los santos son a veces movidos por el Espíritu Santo a hablar de sí mismos algunas cosas admirables, es a saber, cuando la gloria de Dios exige que se revele lo que El ha dictado o cuando lo reclama la norma de la caridad para edificación del prójimo. Así es que, cierto día, el bienaventurado Padre contó a un hermano a quien amaba muchísimo esto que acababa de conocer en la intimidad familiar con Dios. "Hoy - dijo - hay en la tierra un siervo de Dios por quien el Señor no permite - mientras aquél viva - que el hambre haga estragos entre los hombres".

52. No hubo en esto asomo de vanidad, sino una manifestación virtuosa que la santa caridad, que no busca lo que sea para sí, descubrió con palabras de modestia y sencillez para nuestra edificación; ni debía ocultarse en inútil silencio la prerrogativa singular de tan pasmoso amor de Cristo a su siervo.

52. Los testigos de vista sabemos con cuánta tranquilidad y paz ha transcurrido el tiempo en vida del siervo de Cristo y cuán fecundo ha sido en toda clase de bienes. Ni hubo hambre de la palabra de Dios, porque entonces sobre todo la palabra de los predicadores estaba cargada de toda virtud y porque los corazones de todos los oyentes eran gratos a Dios. Brillaban ejemplos de santidad en quienes profesaban la vida religiosa y la hipocresía de los sepulcros blanqueados no había llegado a inficionar a tan señalados santos, ni las enseñanzas de los que se disfrazan habían despertado mucha curiosidad. Justamente había, pues, abundancia de bienes temporales cuando los eternos eran amados de veras por todos.

53. Después de su muerte, en cambio, la situación era del todo distinta: todo se alteró. Estallaron en todas partes guerras y revueltas, y la mortandad, en diversas formas desastradas, se enseñoreó pronto de muchos reinos. Un hambre de muerte se extendió por todas partes, y su ferocidad, que supera toda calamidad, ¡a cuántos arrebató! Debido a ella, la necesidad convirtió en alimento toda suerte de cosas e hizo que los hombres recurrieran a comer lo que ni los animales comían. Se llegó a elaborar pan con corteza de árboles y cáscaras de toda fruta dura; y hubo padre, acosado por el hambre, cuya piedad no hizo duelo por la muerte del hijo - por decirlo menos crudamente -, según es cierto por el testimonio de alguno.

53. Mas para que apareciera a la vista quién había sido aquel servidor fiel por cuyo amor la cólera de Dios había retirado la mano del castigo, el bienaventurado padre Francisco puso de manifiesto pocos días después de su muerte - al hermano a quien había predicho en vida los desastres que sucederían - que el tal siervo del Señor era él mismo. Así fue que una noche, mientras el hermano dormía, lo llamó el Santo con voz perceptible y le dijo: "Hermano, llega ahora el hambre que el Señor no permitió que cayese sobre la tierra mientras viviera yo". Despertó el hermano a la llamada y como después todo ce por be. Y a la tercera noche de esto, el Santo se le apareció otra vez y le repitió lo mismo.

Capítulo XXIV La clarividencia del Santo y nuestra ignorancia

54. A nadie tiene que parecer extraño que destacara con tales privilegios el profeta de nuestros días, pues cierto es que su entendimiento, desprendido de las sombras de las cosas terrenas y no atado a los placeres de la carne, volaba a lo más alto, se sumergía puro en la luz. Embebido así en los resplandores de la luz eterna, atraía del Verbo lo que después resollaba en sus palabras.

54. ¡Ay! ¡Cuán desemejantes somos hoy los que, envueltos en tinieblas, no sabemos ni lo necesario! Y ¿por qué así sino porque, complacientes con la carne, también nosotros quedamos envueltos en el polvo de los mundanos? Ciertamente, si aliáramos nuestro corazón y nuestras manos al cielo, si nos decidiéramos a estar pendientes de las realidades eternas, acaso tendríamos noticia de lo que ignoramos: Dios y nosotros. Quien vive en el fango, no puede ver, de fuera, otra cosa que fango; quien tiene los ojos puestos en el cielo, es imposible que no vea las cosas del cielo.

La pobreza

Capítulo XXV Encomio de la pobreza

55. El bienaventurado Padre, de paso por este valle de lágrimas, desdeñó las riquezas pobres, que son patrimonio de los hijos de los hombres, ya que, ambicionando fortuna más cuantiosa, codicia de todos corazón ardientemente la pobreza. La mira y la ve familiar del Hijo de Dios, pero ya repudiada de todo el mundo, y se empeña en desposarse con ella con amor eterno. Enamorado como estaba de su hermosura, para estar más estrechamente a unido a su esposa y ser los dos un mismo y solo espíritu, no solo abandonó al padre y a la madre, sino que se desprendió también de todas las cosas. Así es que la estrecha con castos abrazos y ningún momento se concede no serle esposo. Enseñaba a sus hijos que ella es el camino de la perfección, ella la prenda y arras de las riquezas eternas.

55. Nadie ha ansiado tanto el oro como él la pobreza; nadie ha puesto tantos cuidados en guardar su tesoro como él esta margarita evangélica. En esto principalmente se mostraba ofendido: si veía en casa o fuera de casa - en los hermanos - algo que contradecía la pobreza. El, en efecto, desde el principio de la Religión hasta la muerte, se tuvo por rico con sólo la túnica, el cordón y los calzones; no tuvo más. El hábito pobre indicaba en él dónde tenía amontonadas sus riquezas. Contento con esto, así seguro, ligero, por tanto, para la carrera, se sentía gozoso de haber cambiado las perecederas riquezas por el céntuplo.

La pobreza de los edificios

Capítulo XXVI

56. Enseñaba a los suyos a hacer viviendas muy pobres, de madera, no de piedra, esto es, unas cabañas levantadas conforme a un diseño muy elemental. Y, al hablar de la pobreza, solía repetir muchas veces a los hermanos aquello del Evangelio: Las raposas tienen cuevas, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo de Dios no tiene dónde reclinar la cabeza ‘.

Capítulo XXVII La casa que comenzó a destruir en la Porciúncula

57. Era el tiempo en que debía celebrarse el capítulo en Santa María de la Porciúncula. Se acercaban ya los días señalados. El pueblo de Asís, dándose cuenta de que les falta en el lugar una casa donde celebrarlo, la construye a toda prisa, ausente y desconocedor de ello el varón de Dios. En cuanto llegó éste al lugar vio la casa, y, disgustado, se dolió amargamente. A seguido se encarama para hacerla desaparecer; sube al tejado y con mano ágil arranca tejas y ladrillos. Manda que suban también los hermanos y que no quede nada hábil de aquello que es la abominación de la pobreza. Pues decía que pronto se divulgaría en toda la Orden, y todos habrían de tomar como modelo aquello que aparecía como tan atentatorio en aquel lugar.

57. Y hubiera destruido la casa hasta los cimientos de no haber estorbado el fervor de su espíritu los caballeros allí presentes, quienes aseguraban que la casa no era de los hermanos, sino del municipio.

Capítulo XXVIII La casa de Bolonia de la que hizo salir aun a los enfermos

58. Volviendo un día de Verona con intención de pasar también por Bolonia, oye decir que recientemente habían construido allí la casa de los hermanos. En cuanto oyó la denominación " casa de los hermanos", volvió sobre sus pasos y se encaminó a otro lugar, sin acercarse a Bolonia. Manda luego que los hermanos salgan en seguida de la casa. Ante el mandato, se abandona la casa, de modo que ni los enfermos quedan, pues son desalojados con los demás. Y no hay permiso de volver a ella hasta que Hugolino, a la sazón obispo de Ostia y legado del papa en Lombardía, declara en público durante un sermón que la mencionada casa es propiedad suya. Atestigua y escribe esto uno que en aquella ocasión, con estar enfermo, fue desalojado de la casa.

Capítulo XXIX La celda atribuida a él, donde no quiso entrar más

59. No quería que los hermanos habitasen en lugarejo alguno sin asegurarse antes de que era propiedad de un dueño determinado. Quiso siempre en los hijos la condición de peregrinos: acogerse bajo techo ajeno, caminar en paz de un lado a otro, anhelar la patria.

59. Sucedió, pues, en el eremitorio de Sarteano; un hermano preguntó a otro de dónde venía; éste respondió que de la celda del hermano Francisco. En oyéndolo el Santo, replicó: "Ya que has puesto a la celda el nombre de Francisco, atribuyéndome su propiedad, busca otro que viva en ella, pues yo no la habitaré en adelante". Y observó: "Cuando el Señor estuvo en la soledad donde oró y ayunó por cualellta días, no hizo construirse allí ni celda ni casa alguna, sino que estuvo al amparo de una roca de la montaña. Podemos seguirle nosotros en no tener nada en propiedad, como está prescrito, aunque no podamos vivir sin hacer uso de las casas.

La pobreza de los enseres

Capítulo XXX

60. Este hombre odiaba no sólo la ostentación de las casas, sino que detestaba profundamente que hubiese muchos y exquisitos enseres. Nada quería, en las mesas y en las vasijas, que recordase el mundo, para que todas las cosas que se usaban hablaran de peregrinación, de destierro.

Capítulo XXXI El episodio de la mesa preparada el día de la Pascua en Greccio y modo en que, a imitación de Cristo, se presentó como peregrino

61. Un día de Pascua, los hermanos del eremitorio de Greccio habían preparado la mesa más esmeradamente que de costumbre, con manteles blancos y vasos de cristal. Baja de la celda el Padre y va a la mesa; la ve alzada y adornada con vana afectación; pero la mesa halagüeña no consigue halagarle. Disimuladamente, poco a poco se retira, se toca la cabeza con un sombrero de un pobre que estaba allí presente, y con un bastón en la mano sale afuera. Espera fuera, a la puerta, a que los hermanos comiencen a comer, pues no solían esperarlo si no llegaba a la llamada.

61. Comenzada ya la comida de los hermanos, el pobre de veras llama a la puerta y dice: "Una limosna, por amor del Señor Dios, para este peregrino pobre y enfermo". Responden los hermanos: "Pasa, hombre, por amor de Aquel a quien has invocado". Entra, pues, de imprevisto y se presenta a los comensales. ¿Quién imagina el estupor que sobrecoge a los ciudadanos ante el peregrino?. Danle una escudilla al que pide, y, sentado solo en el suelo, coloca el plato sobre la ceniza y dice: "Ahora estoy sentado como hermano menor", y dirigiéndose a los hermanos: "Mas que los otros religiosos, nosotros debemos sentirnos obligados a imitar los ejemplos de pobreza del Hijo de Dios. He visto la mesa abastecida y adornada, y no la he reconocido como mesa de pobres que van pidiendo de puerta en puerta".

61. El desarrollo de la anécdota comprueba que era éste semejante al peregrino aquel que, en día idéntico, era el único en Jerusalén. Logró, con todo, que mientras hablaba les ardiese el corazón a los discípulos.

Capítulo XXXII Contra el deseo desordenado de los libros

62. Enseñaba también que en los libros debe buscarse el testimonio del Señor, no el valor material; la edificación, no la vistosidad. Y quería que fuesen pocos, y ellos a disposición de los hermanos que los necesitaban. Por eso, un ministro que deseaba con ansia - y con su permiso - tener algunos libros de lujo y muy costosos, tuvo que oír que le decía: "No quiero perder, por tus libros, el libro del Evangelio que he prometido observar. Sí, tú harás lo que quieras; pero no te pondré un lazo con mi permiso".

La pobreza en los lechos

Capítulo XXXIII Un episodio del obispo de Ostia y su elogió

63. Tan abundante era la copiosa pobreza en petates y lechos, que quien tenía sobre las pajas unos paños remendados creía tener un lecho suntuoso. Esto ocurrió durante un capítulo que se celebraba en Santa María de la Porciúncula. Llegó al lugar a visitar a los hermanos el señor obispo de Ostia con numeroso séquito de caballeros y clérigos. Al ver que los hermanos dormían en el suelo y reparando en los lechos - que bien podían tomarse por cubil de fieras -, deshecho en lágrimas, dijo delante de todos: "Mirad dónde duermen los hermanos. Y añadió: "¿Qué será de nosotros miserables, que abusamos de tantas cosas superfluas?" Todos los presentes, compungidos hasta llorar, se retiran edificados.

63. Este fue aquel señor ostiense que, habiendo llegado, finamente, a ser la puerta principal de la iglesia, se opuso siempre a los enemigos hasta que devolvió al cielo la hostia sagrada, es decir, aquella alma bienaventurada. ¡Hombre él de corazón piadoso, de entrañas de caridad! Elevado a lo excelso, se dolía de o tener alteza de merecimientos, estando como estaba, a la verdad, en mayor altura por sus virtudes que por la sede que ocupaba.

Capítulo XXXIV Lo que le pasó una noche con la almohada de plumas

64. Ya que he mencionado los lechos, se me ocurre otro episodio cuyo relato puede ser útil. Desde que este santo, convertido a Cristo, había dado al olvido las cosas del mundo, no quiso acostarse sobre colchón, ni tener para la cabeza almohada de plumas. Y ni enfermedad ni hospedaje en casa ajena bastaban a aflojar el freno de esta norma estrecha. Pero sucedió que, hallándose en el eremitorio de Greccio, molestado de mal de ojos mucho más que de ordinario, fue obligado, contra su voluntad, a hacer uso de una pequeña almohada.

64. Así, pues, a la madrugada de la primera noche llama el Santo al compañero y le dice: "Hermano, esta noche no he podido ni dormir ni levantarme a orar. Siento vértigos en la cabeza, me flaquean las rodillas y todo el cuerpo se agita como si hubiera comido pan de cizaña. Pienso - siguió diciendo - que en esta almohada que tengo bajo la cabeza está el diablo. Quítamela, que no quiero tener por más tiempo al diablo bajo mi cabeza".

64. Ante esta queja dolorosa, el hermano se compadece del Padre; toma, para llevarla, la almohada que le ha tirado hacia él; pero, al salir de la celda, pierde de inmediato el habla, y se siente oprimido y cohibido por terror tan espantoso, que no puede dar un paso ni mover para nada los brazos. Poco después, a la llamada del Santo, que ha tenido conocimiento de esto, se ve libre, vuelve y cuenta todo lo que ha padecido. El Santo le dijo: "Ayer por la noche, rezando las completas, tuve la certeza de que el diablo venía a la celda". Y añadió aún: "Nuestro enemigo es muy astuto y perspicaz, y, cuando no puede hacer mal dentro en el alma, da, por lo menos, al cuerpo ocasión de queja".

64. Reflexionen los que procuran almohadillas para todos los lados, con el fin de que, donde quiera que caigan, caigan sobre blando. El diablo va con gusto en compañía de la opulencia, se goza de hacerse presente ante los lechos suntuosos, sobre todo cuando no son necesarios o están en contradicción con la vida profesada. Pero no es menos verdad que la serpiente antigua huye del hombre despojado de todo, ya porque tiene a menos el trato con el pobre, ya porque le causa pavor la excelsitud de la pobreza. Si el hermano piensa en que el diablo se esconde entre plumas, contento recostará la cabeza sobre paja.

Algunos casos contra el dinero

Capítulo XXXV Áspera corrección a un hermano que lo tocó con sus manos

65. El amigo de Dios, despreciando como despreciaba sobremanera todas las cosas del mundo, más que todas aún execraba el dinero. Desde el comienzo mismo de su conversión, lo menosprecia señaladamente y enseña siempre a sus seguidores que huyan de él como del diablo mismo. Este era el principio ocurrente que proponía a los suyos: que equiparasen el estiércol y el dinero en una misma apreciación y afecto.

65. Así, pues, un día entró a orar en la iglesia de Santa María de la Porciúncula un seglar, que como ofrenda depositó dinero junto a la cruz. Después que salió el seglar, un hermano tomó sencillamente el dinero y lo arrojó a la ventana. Llega a saber el Santo lo que ha hecho el hermano. Este, viéndose descubierto, se apresura a pedir perdón y, postrado en tierra, se muestra pronto a recibir el castigo. El Santo lo reprende y le reprocha muy severamente por haber tocado el dinero. Le manda tomarlo de la ventana con la boca y depositarlo - llevado así, en la boca - sobre estiércol de asno fuera del seto del lugar. Y mientras el hermano cumple contento la orden, todos los demás que la han oído quedan llenos de temor. Por lo demás, todos aprenden a despreciar más de veras una cosa tan gráficamente rebajada a par del estiércol y se animan con nuevos ejemplos cada día a despreciarIo.

Capítulo XXXVI Castigo de un hermano que toma dinero

66. Caminando un día juntos dos hermanos, se acercan a un hospital de leprosos. Encuentran dinero tirado en el camino. Se detienen y discuten sobre lo que han de hacer con semejante estiércol. Uno de ellos, dando vaya a la conciencia del otro, intenta tomarlo para llevarlo a los leprosos necesitados de dinero. Se le interpone el compañero, como a quien está engañado por una equivocada piedad, recordándole al temerario lo prescrito en la Regla, según la cual es evidente que el dinero que hall hallado debe pisotearse como se pisotea el polvo. Aquel, que fue siempre en su comportamiento de cerviz dura, se enterca en su opinión, ante la advertencia, desprecia la Regla, se agacha y toma el dinero. Pero no se escapa del juicio de Dios: pierde al instante el habla, le rechinan los dientes, no acierta a hablar.

68. Así delata la pena al insensato, así enseña el castigo al soberbio a obedecer las leyes del Padre. Erradicada, en fin, la infección, los labios, lavados en las aguas de la penitencia, se abren a la alabanza. Un proverbio antiguo dice: "Corrige al necio, y te lo harás amigo".

Capítulo XXXVII Reproche a un hermano que, so pretexto de necesidad, quería reservar dinero

67. El hermano Pedro Cattani, vicario del Santo, venía observando que eran muchísimos los hermanos que llegaban a Santa María de la Porciúncula y que no bastaban las limosnas para atenderlos en lo indispensable. Un día le dijo a San Francisco: "Hermano, no sé qué hacer cuando no alcanzo a atender como conviene a los muchos hermanos que se concentran aquí de todas partes en tanto número. Te pido que tengas a bien que se reserven algunas cosas de los novicios que entran como recurso para poder distribuirlas en ocasiones semejantes". "Lejos de nosotros esa piedad, carísimo hermano - respondió el Santo -, que, por favorecer a los hombres, actuemos impíamente contra la Regla" "Y ¿qué hacer?", replicó el vicario. "Si no puedes atender de otro modo a los que vienen - le respondió -, quita los atavíos y las variadas galas de la Virgen. Créeme: la Virgen verá más a gusto observado el Evangelio de su Hijo y despojado su altar, que adornado su altar y despreciado su Hijo". El Señor enviará quien restituya a la Madre lo que ella nos ha prestado".

Capítulo XXXVIII El dinero convertido en serpiente

68. El varón de Dios, de paso una vez con un compañero por la Pulla, en las cercanías de Bari halló en el camino una bolsa grande hinchada de monedas, que los negociantes llaman talego. El compañero aconseja e instiga con insistencia al Santo a tomar la bolsa que estaba en el suelo y a distribuir el dinero entre los pobres. Se pone de relieve la piedad para con los necesitados y queda avalorada la misericordia con esta distribución. Pero el Santo se niega en absoluto a hacer tal cosa y asegura ser un engaño del diablo. "Hijo - dice -, no es lícito llevarse lo ajeno; y darlo a otros conlleva castigo por pecado y no gloria por merecimiento".

68. Dejan atrás el lugar, se dan prisa por llegar al término del viaje. Pero el hermano, engañado por una piedad huera, no ceja; continua aún sugiriendo la infracción. Condesciende el Santo en volver al lugar, no para complacer el deseo del hermano, sino para dar a conocer al inocente el misterio de Dios. Llama a un joven que estaba en el camino sentado en el brocal de un pozo, para que por la palabra de dos o tres testigos brille el misterio de la Trinidad. Llegados los tres al lugar de la bolsa, la ven hinchada de monedas. El Santo no deja acercarse a ninguno de los dos, por que se descubra, mediante la oración, el engaño del diablo. Alejándose como a un tiro de piedra, se pone a orar devotamente. Vuelto de la oración, manda al hermano que levante la bolsa, la cual, en virtud de su oración, contenía una culebra en lugar de dinero.

68. El hermano se pone a temblar y se espanta, y - no sé qué presiente -reacciona en su interior contra lo acostumbrado. Desechando, por fin, del corazón la vacilación ante el temor a la santa obediencia, toma la bolsa en las manos. Y he ahí que sale de la bolsa una no pequeña serpiente, que hace ver al hermano el engaño del diablo. Y el Santo comenta: "Hermano, para los siervos de Dios, el dinero es eso: un diablo, una serpiente venenosa".

La pobreza en los vestidos

Capítulo XXXIX Cómo reprendió el Santo, de palabra y con el ejemplo, a los que visten vestidos suaves y delicados

69. Revestido como estaba este hombre de la virtud de lo alto, era más el calor del fuego divino que sentía dentro que el que le daba por fuera la ropa con que abrigaba el cuerpo. Execraba a los que en la Orden llevaban vestidos por partida triple y a los que usaban sin necesidad prendas delicadas. Y aseguraba que una necesidad expuesta más por el capricho que por la razón, es señal de un espíritu apagado. Decía: "Cuando el espíritu se entibia y llega poco a poco a enfriarse en la gracia, por fuerza la carne y la sangre buscan sus intereses. Porque - observaba también -, si el alma no encuentra gusto, ¿qué queda sino que la carne vuelva a lo suyo. Y entonces el instinto animal inventa necesidad, la inteligencia carnal forma conciencia". Y añadía aún: "Convengamos en que mi hermano tiene necesidad verdadera; que le afecta la falta de algo. Si se da prisa en remediarla y el echarla de sí, ¿qué premio recibirá? Hubo, ciertamente, ocasión de merecer; pero él ha dado bien a entender que le había disgustado". Con estas y parecidas observaciones flageló a los que no querían sufrir ninguna necesidad, pues no soportaba con paciencia era, para él, igual que volverse a Egipto.

69. En fin, no quiere que los hermanos tengan en ningún caso más de dos túnicas; concede, sin embargo, que éstas pueden reforzarse cosiéndoles algunos retazos. Manda que se tenga horror a los paños finos, y a los contraventores censura acremente ante todos; y para confundirlos con el ejemplo, cose sobre la propia túnica un tosco retal de saco. Aun a la hora de la muerte misma pide que la túnica de mortaja esté cubierta de tosco saco.

69. Permitía, con todo, a los hermanos a quienes asistía una razón de enfermedad o necesidad llevar sobre la carne una túnica más blanda, pero con tal que el hábito exterior fuese áspero y vil. Pues decía: "Vendrán días en que en tal grado se suavizará el rigor, dominará la tibieza hasta tal punto, que los hijos de un padre pobre no se avergonzarán ni en lo más mínimo de usar incluso paños de la calidad de la escarlata, distintos sólo en el color". En todo esto, Padre, nosotros, hijos espúreos, no te engañamos a ti; es, más bien, nuestra maldad la que se engaña. Queda esto más claro que la luz y se agrava de día en día.

Capítulo XL Predice que los que se apartan de la pobreza tendrán el escarmiento de la indigencia

70. El Santo repetía, a veces, los avisos siguientes: "En la medida en que los hermanos se alejan de la pobreza, se alejará también de ellos el mundo; buscarán y no hallarán. Pero, si permanecieren abrazados a mi señora la pobreza, el mundo los nutrirá, porque han sido dados al mundo para salvarlo". Y éste: "Hay un contrato entre el mundo y los hermanos: éstos deben al mundo el buen ejemplo; el mundo debe a los hermanos la provisión necesaria. Si los hermanos, faltando a la palabra, niegan el buen ejemplo, el mundo, en justa correspondencia, niega el sostenimiento".

70. Preocupado con la pobreza, el hombre de Dios, temía que llegaran a ser un gran número, porque el ser muchos presenta, si no una realidad, sí una apariencia de riqueza. Por esto decía: "Si fuera posible, o, más bien ¡ojalá pudiera ser que el mundo al ver hermanos menores en rarísimas ocasiones, se admire de que sean tan pocos. Atado de todos modos con vínculo indisoluble a la dama Pobreza, vive en expectación del dote que le va a legar ella no al presente sino en el futuro. Solía cantar con más encendido fervor y júbilo más desbordante los salmos que hablan de la pobreza, como éste: No ha de ser por siempre fallida la esperanza del pobre; Y este otro: Lo verán los pobres, y se alegrarán.

La mendicación

Capítulo XLI Elogio de la mendicidad

71. El padre santo se servía de las limosnas buscadas de puerta en puerta mucho mas a gusto que de las ofrecidas espontáneamente. Decía que avergonzarse de mendigar es ir contra la salvación; aseguraba, en cambio, que el pudor al mendigar (la vergüenza que no le echa a uno para atrás) es santo. Aprobaba el rubor que sale a la cara por candidez, pero no al que da muestras de abatido por la vergüenza. En ocasiones, exhortando a los suyos a pedir limosna, hablaba así: "Id, porque los hermanos menores han sido dados al mundo en esta última hora para que los elegidos les provean a ellos, de suerte que el Juez los avale, diciendo: Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis". Por eso afirmaba que la Religión había sido aprobada por el gran profeta, que expresó tan evidentemente el nombre de la misma. Quería, por tanto, que los hermanos conmorasen no sólo en las ciudades, sino también en los eremitorios; aquí se dará a todos ocasión de merecer y se quitará a los réprobos cualquier apariencia de excusa.

Capítulo XLII Ejemplo del Santo en pedir limosna

72. Por no ofender ni una sola vez a esta santa esposa, el siervo del Dios altísimo solía hacer esto: cuando aceptaba de los señores el trato de distinción de sentarle a sus mesas espléndidas, de primero limosneaba en las casas vecinas unos mendrugos, y después iba pronto - así enriquecido en la pobreza - a sentarse a la mesa. Cuando le preguntaban por qué hacía eso, respondía que por un feudo concedido para poco tiempo no quería renunciar a una herencia duradera por siempre. "La pobreza - aseguraba - es la que nos hace herederos y reyes del reino de los cielos, y no vuestras riquezas engañosas".

Capítulo XLIII Ejemplo que dio en la curia del señor obispo de Ostia y la respuesta al obispo

73. En una visita que hizo San Francisco al papa Gregorio, cuya memoria es digna de veneración, cuando éste tenía aún una dignidad inferior, al acercarse ya la hora de comer, el Santo sale a pedir limosna; vuelve, y pone sobre la mesa del obispo unos pedazos de pan negro. Ante esto, el obispo se ruboriza algún tanto, más bien por motivo de los comensales, que no eran de los invitados habitualmente. El Padre, con aire de alegría, distribuye las limosnas recogidas a los caballeros y capellanes que están comiendo. Todos las reciben con muestras de devoción; unos las comen allí mismo, otros las guardan por veneración. Acabada la comida, se levantó el obispo y, llevando a un departamento interior al varón de Dios, lo apretó entre sus brazos y le dijo: "Hermano mío, ¿por qué me has avergonzado en mi casa - que es la tuya y la de tus hermanos - yendo a pedir limosna?"

73. Le replicó el Santo: "Por lo contrario, os he honrado honrando a un Señor más grande. Pues ese Señor se complace con la pobreza, sobre todo con la que se practica en la mendicidad voluntaria. Y yo tengo por dignidad real y nobleza muy alta seguir a aquel Señor que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros". Y añadió: "Encuentro mayor placer en una mesa pobre abastecida de pequeñas limosnas que en las suntuosas, provistas de viandas en número casi incontable". El obispo - desde entonces mucho más edificado -dijo al Santo: "Haz lo que parezca bien a tus ojos, que el Señor está contigo".

Capítulo XLIV Su exhortación, de palabra y de ejemplo, a pedir limosna

74. Es verdad que al principio, por mortificación propia y por consideración a la vergüenza de los hermanos, iba - solamente él - no pocas veces a la limosna. Pero, observando que muchos no atendían a su vocación como era obligado, llegó a decir en una ocasión: "Amadísimos hermanos, el Hijo de Dios, que se hizo pobre en este mundo por nosotros, era de condición más noble que la nuestra. Por amor a El hemos elegido el camino de la pobreza; no tenemos que sentirnos avergonzados de pedir limosna. No se conforma que los que han de heredar el Reino se avergüencen ni una sola vez de lo que son las arras de la herencia del cielo. Os aseguro que vendrán a incorporarse en nuestra congregación muchos nobles y sabios, que tendrán a mucha honra el mendigar limosnas. Ya que vosotros sois las primicias, alegraos y regocijaos y no reuséis hacer lo que transmitís para que esos santos lo hagan.

Capítulo XLV Reprensión a un hermano que no quería mendigar

75. El bienaventurado Francisco solía decir con frecuencia que el verdadero hermano menor no debería estar mucho tiempo sin ir por limosna. "Y cuando más noble es un hijo mío - observaba -, esté tanto más dispuesto a ir, porque con eso se le aumentan los méritos".

75. Había en cierto lugar un hermano que era un nadie para limosnear y una legión a la hora de la mesa. El Santo, que lo veía amigo del vientre, participando en el fruto y no en el trabajo, lo reprendió una vez con estas palabras: "Vete por tu camino, hermano mosca, pues quieres comer del sudor de tus hermanos y estarte ocioso en la obra de Dios. Te pareces al hermano zángano, que no aporta nada al trabajo de las abejas y pretende ser el primero en comer la miel". El hombre carnal - que ve descubierta su glotonería - vuelve al mundo, que por cierto no había abandonado de veras. Salió de la Religión, y el que era ninguno para la limosna, es ya ninguno entre los hermanos; el que era legión a la hora de la mesa, es ahora legión demonios.

Capítulo XLVI Cómo, saliéndole al encuentro, besó el hombro de un hermano que llevaba la limosna

76. Otra vez, un hermano que volvía con la limosna de Asís a la Porciúncula, cerca ya del lugar, rompió a cantar, alabando al Señor en voz alta. El Santo, que lo oye, se levanta de golpe, le sale corriendo al encuentro y, besándole el hombro, carga el caco en el suyo y exclama: "Bendito sea mi hermano que va presto, humilde pide, vuelve contento".

Capítulo XLVII Cómo animó a unos caballeros seglares a pedir limosna

77. El bienaventurado Francisco, cargado de achaques y declinando ya casi hacia el final de la vida, estaba en el lugar de Nocera. El pueblo de Asís lo reclamaba. Había enviado una solemne embajada, pues no quería ceder a otros la gloria de poseer el cuerpo del varón de Dios. Los caballeros lo trasladaban a caballo con veneración. Llegaron a una villa nobilísima llamada Satriano. La hora que era y el hambre les abrieron la gana de comer. Recorrieron la villa y no encontraron nada que comprar. Los caballeros volvieron a donde el bienaventurado Francisco y le dijeron: "Necesitamos que nos des de tus limosnas, porque aquí no hemos encontrado nada que comprar".

77. Respondióles el Santo: "Ya lo creo que no encontráis; y es que os fiáis más de vuestras moscas que de Dios". Daba el nombre de moscas a las monedas. "Pero volved - continuó - a las casas a las que os acercasteis, y, ofreciendo el amor de Dios en lugar de las monedas, pedid limosna con humildad. No os avergoncéis, que después del pecado todas las cosas se nos dan como limosna, y el gran Limosnero reparte pródigo con piadosa demencia a los que merecen y a los que desmerecen". Los caballeros se sobreponen al rubor, y, pidiendo limosna con decisión, adquieren más cosas por el amor de Dios que por el dinero. Y es que todos dieron con gesto risueño y a porfía. Y no prevaleció el hambre donde pudo más la pobreza opulenta.

Capítulo XLVIII El trozo de capón cambiado en pez en Alejandría

78. A través de la ofrenda de la limosna, buscaba más que el sustento del cuerpo, el ganar las almas; y lo mismo en darla que en recibirla, se mostraba él a los demás como ejemplo.

78. Acercándose a Alejandría de Lombardía con intención de predicar la palabra de Dios, lo hospeda en su casa con devoción un hombre temeroso de Dios y de fama reconocida. Invitado a comer de todo lo que se le pusiera delante (conforme al santo Evangelio), accedió amable, vencido por la devoción del huésped. Se da prisa éste y prepara con esmero un capón de siete años escogido para el hombre de Dios. Sentado a la mesa el patriarca de los pobres y gozosa la familia, se presenta a buen punto a la puerta un hijo de Belial, un pobre de toda gracia, que simula pobreza de todo lo que es necesario. Para suplicar la limosna invoca con astucia el amor de Dios y con voz que mueve a lástima pide que se le atienda por Dios. El Santo repasa en su interior cuanto le dice el nombre sobre todas las cosas bendito y para él más dulce que la miel; con sumo placer toma el trozo de ave que le habían servido y, poniéndolo en una rebanada de pan, lo pasa al pordiosero. Y, ¿qué sucedió? Que el infeliz lo guardó para desacreditar al Santo.

79. Al día siguiente, el Santo predicaba, como de costumbre, la palabra de Dios al pueblo reunido. de improviso, el malvado aquel lanza un grito y se empeña en dejar ver a todos el trozo de capón. "Sabed - dice en voz alta - quién es este Francisco que predica, a quien veneráis como santo: ved el trozo de carne que mientras comía me dio ayer al atardecer". Increpan todos al muy perverso, y le echan en cara que esté poseído del demonio. De hecho, en lo que él sostenía con empeño ser un trozo de capón, veían todos un pescado. Pero hasta el miserable, atónito ante el milagro, se vio obligado a reconocer lo que los demás atestiguaban. Se avergonzó, al cabo, el infeliz y lavó con la penitencia el delito descubierto. Y, hecha pública la infame intención que había tenido, pidió perdón al Santo delante de todos. Después que el malsín vuelve en sí, la carne del capón vuelve a cobrar su apariencia normal.

Los que renuncian al mundo

Capítulo XLIX Ejemplo de un hombre que dejó sus bienes a los parientes y no a los pobres, a quien reprochó el Santo

80. A los que venían a la Orden enseñaba el Santo que, antes de nada, habían de dar el libelo de repudio al mundo, y que a continuación habían de ofrecer a Dios primero sus bienes en los pobres de fuera, y luego, ya dentro, sus propias personas. No admitía a la Orden sino a los que se expropiaban de todo lo suyo y no se reservaban nada de nada, para cumplir así el santo Evangelio y para evitar que las bolsas reservadas sirvieran para su ruina.

81. El hecho sucedió en la Marca de Ancona. Después de una predicación del Santo, se presentó a él uno que pidió con humildad el ingreso en la Orden. El Santo le dijo: "Si quieres asociarte a los pobres de Dios, distribuye antes tus bienes entre los pobres del mundo".

81. Oído esto, se fue el hombre; pero, guiado por el amor de la carne, distribuyó sus bienes entre los suyos, sin entregar nada a los pobres. Cuando volvió y contó al Santo su espléndida largueza, le dijo éste con un deje de burla: "Sigue por tu camino, hermano mosca, pues no has salido todavía de tu casa y de tu parentela. Has dado tus bienes a los parientes y has defraudado a los pobres; no eres digno de vivir entre los santos pobres. Has comenzado por la carne, has puesto al edificio espiritual un cimiento ruinoso". Vuelve el hombre carnal a los suyos y reclama sus bienes; pero como no quería dejarlos a los pobres, abandona muy luego sus propósitos de virtud.

81. Semejante modo de distribuir - digno de compasión - engaña hoy a muchos: pretenden una vida santa, y la inician sirviendo a la carne. Y no es así; que ninguno se consagra a Dios con el intento de hacer ricos a los suyos, sino para lograr la vida con el fruto de buenas obras, redimiendo los pecados a precio de misericordia. Y aun para el caso de verse necesitados los hermanos, enseñó muchas veces que se recurra, más bien, a otros que no a los que entran en la Orden. Esto desde luego, en primer lugar, por el ejemplo, y después para evitar toda apariencia de torpe ganancia.

Una visión que se refiere a la pobreza

Capítulo L

82. Me place contar aquí una visión del Santo digna de recordarse. Una noche, tras larga oración, adormeciéndose poco a poco, acabó por dormirse. Su alma santa es introducida en el santuario de Dios; y ve en sueños, entre otras cosas, una Señora con estas características: cabeza, de oro; pecho y brazos, de plata; vientre, de cristal, y las extremidades inferiores, de hierro; alta de estatura, de presencia fina y bien formada. Y, sin embargo, esta señora de belleza singular se cubría con un manto sórdido. Al levantarse a la mañana el bienaventurado Padre, refiere la visión al hermano Pacífico - hombre santo -, pero no le revela lo que quiera significar.

82. Aunque muchos otros la han interpretado a su aire, no me parece fuera de razón mantener la interpretación del mencionado Pacifico, que, mientras la escuchaba, le sugirió el Espíritu Santo. Es ésta: "La señora de belleza singular es el alma hermosa de San Francisco. La cabeza de oro, la contemplación y sabiduría de las cosas eternas; el pecho y los brazos de plata, las palabras del Señor meditadas en el corazón y llevadas a la práctica; el cristal por su dureza, designa la sobriedad; por su transparencia, la castidad; el hierro es la perseverancia firme; y el manto sórdido es el cuerpecillo despreciable - créelo -con que se cubre el alma preciosa".

82. Pero muchos en quienes reside el Espíritu de Dios interpretan que esa señora, en calidad de esposa del Padre, es la pobreza: "A esa -dicen - la hizo de oro el premio de la gloria; de plata, el encomio de la fama; de cristal, una misma y única profesión sin dineros fuera ni dentro; de hierro, la perseverancia final. Mas el manto sórdido para esa esclarecida señora lo ha tejido la opinión de hombres carnales.

82. Son también muchos los que aplican este oráculo a la Religión, tratando de ajustar la sucesión de los tiempos al curso señalado por Daniel. Pero que se refiera al Padre corre claro, si consideramos, sobre todo, que - en evitación del orgullo - se negó a dar ninguna interpretación. Y en verdad que, de referirse a la Orden, no la hubiera callado.

Compasión de San Francisco para con otros pobres

Capítulo LI La compasión que tuvo con los pobres y cómo envidiaba a los más pobres que él

83. ¿Qué lengua puede expresar la compasión que tuvo este hombre para con los pobres? Poseía, ciertamente, una clemencia ingénita, duplicada por una piedad infusa. Por eso, el alma de Francisco desfallecía a la vista de los pobres; y a los que no podía echar una mano, les mostraba el afecto. Toda indigencia, toda penuria que veía, lo arrebataba hacia Cristo, centrándolo plenamente en él. En todos los pobres veía al Hijo de la señora pobre llevando desnudo en el corazón a quien ella llevaba desnudo en los brazos. Y, aun cuando se había desprendido de toda envidia, no pudo desprenderse de una, la única: la envidia de la pobreza; si veía a alguien más pobre que él, de seguida lo envidiaba; y, en combate de emulación con la pobreza, temía quedar vencido en la lucha.

84. En una de sus correrías apostólicas, el varón de Dios topó un día en el camino con uno muy pobre. Viendo su desnudez, se vuelve compungido al compañero y le dice: "La pobreza de este hombre es motivo de mucha vergüenza para nosotros y una muy grande reprensión de nuestra pobreza".

84. "¿Por qué, hermano?", le replicó el compañero. Y el Santo responde con voz lastimera: "Yo he escogido la pobreza por todas mis riquezas, por mi señora; y ve ahí que la pobreza brilla más en él. ¿No sabes que se ha propagado por todo el mundo que somos los más pobres por amor de Cristo? Pero este pobre nos convence de que de lo dicho no hay nada".

84. ¡Envidia nunca vista! ¡Emulación que había de ser emulada por los hijos! No es ésta aquella que se duele de los bienes ajenos, ni aquella a la que hacen sombra los rayos; no es aquella que se opone a la piedad, ni aquella que se corroe de livor. ¿Piensas que la pobreza evangélica no tiene nada que envidiar? Tiene a Cristo, y, por él, todo en todas las cosas. ¿Por qué vives codicioso de los réditos, clérigo de hoy? Cuando mañana veas en tus manos las rentas de los tormentos, comprenderás las riquezas de Francisco.

Capítulo LII Cómo reprendió al hermano que hablaba mal de un pobre

85. Uno de los días en que predicaba vino al lugar un pobrecillo que estaba además enfermo. Compadecido de la doble calamidad, es decir, de la pobreza y de la enfermedad, el Santo se puso a hablar con el compañero sobre la pobreza. Y, cuando la compasión con el paciente pasó a ser ya afecto de su corazón, le dijo el compañero al Santo: "Hermano, es verdad que es un pobre, pero no hay tal vez en toda la provincia otro más rico que él en deseo". Al momento, el Santo lo reprende con aspereza; y, cuando el compañero confesó la culpa cometida, le dijo: "Anda listo y quítate en seguida la túnica y, postrado a los pies del pobre, reconócete culpable. Y no sólo le pedirás perdón, sino también que ore por ti". El compañero obedeció; se fue a dar satisfacción y volvió. El Santo le dijo: "Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor y de su madre pobre. Y mira igualmente en los enfermos las enfermedades que tomó él sobre sí por nosotros".

85. En suma: que Francisco llevaba siempre consigo el hacecillo de mirra; que estaba siempre contemplando el rostro de su Cristo; que estaba siempre acariciando al valón de dolores y conocedor de todo quebranto.

Capítulo LIII El manto regalado a una viejecita en Celano

86. El hecho sucedió en Celano. Un día de invierno, San Francisco llevaba puesto, doblado en forma de manto, un paño que le había prestado cierto amigo de los hermanos de Tívoli. Y, estando en el palacio del obispo de Marsi, se le presenta una viejecita que pedía limosna. En seguida suelta del cuello el paño y se lo alarga - aunque no es suyo - a la viejecita, diciéndole: "Anda, hazte un vestido, que bien lo necesitas". Sonríe la viejecita, y, sorprendida, no sé si de temor o de gozo, toma de las manos el paño. Se larga muy presta y, por que no se diera - si tardaba - el peligro de que lo reclamasen, lo corta con las tijeras.

86. Pero, al comprobar que el paño cortado no basta para una túnica, torna a donde el Santo, en alas de la generosidad que había experimentado, y le hace ver lo insuficiente del paño. El Santo vuelve los ojos al compañero, que llevaba a la espalda otro de igual medida, y le dice: "¿Oyes, hermano, lo que dice esta pobrecilla? Suframos el frío por amor de Dios y da el paño a la pobrecilla para que complete la túnica". Dio él, da también el compañero; y, despojados el uno y el otro, visten a la viejecita.

Capítulo LIV Otro pobre a quien dio también el manto

87. En otra ocasión, al volver de Siena, se encontró también con un pobre. El Santo dijo al compañero: Es necesario que devolvamos el manto al pobrecillo, porque le pertenece. "Lo hemos recibido prestado hasta topar con otro más pobre que nosotros". El compañero, que advertía cuanto lo necesitaba el compasivo Padre, se resistía a que, negligente consigo, se cuidara de otro. "Yo no quiero ser ladrón - le replicó el Santo -; se nos imputaría a hurto si no lo diéramos a otro más necesitado". Desistió aquél, este regaló el manto.

Capítulo LV Un caso parecido con otro pobre

88. Caso parecido ocurrió en Celle di Cortona. El bienaventurado Francisco llevaba un manto nuevo, que con todo empeño habían procurado los hermanos para él. Llega al lugar un pobre lamentándose de la muerte de su mujer y de la orfandad en que quedaba la familia, muy pobre. Le dice el Santo: "Te doy por amor de Dios, este manto con la condición de que no lo des tu a nadie, si no es a buen precio". Los hermanos se presentaron rápidos al momento con ánimo de quitarle el manto e impedir semejante donación. Pero el pobre, animado de coraje con la presencia del santo Padre, sacando las uñas, lo defendía como cosa que le pertenecía. Por fin, los hermanos rescataron el manto, y el pobre se fue una vez que le dieron su precio.

Capítulo LVI Cómo donó el manto a uno para que no odiase a su patrón

89. San Francisco encontró una vez en Colle, condado de Perusa, a uno muy pobre, a quien había conocido estando todavía en el siglo. Y le preguntó: "¿Cómo te va, hermano?" El pobre, irritado, comenzó a maldecir contra su señor, que le había despojado de todos los bienes. "Por culpa de mi señor -dijo - a quien el Señor todopoderoso maldiga, no puedo menos de estar mal".

89. Más compadecido del alma que del cuerpo del pobre, que persistía en su odio a muerte, el bienaventurado Francisco le dijo: "Hermano, perdona a tu señor por amor de Dios, para que libres tu alma de la muerte eterna, y puede ser que te devuelva lo arrebatado. Si no, tú, que has perdido tus bienes, perderás también tu alma". "No puedo perdonar de ninguna manera - replicó el pobre -, si no me restituye primero lo que se ha llevado". El bienaventurado Francisco, que llevaba puesto un manto, le dijo: "Mira: te doy este manto y te pido que perdones a tu señor por amor del Señor Dios". Amansado y conmovido por el favor, el pobre, en cuanto recibió el regalo, perdonó los agravios.

Capítulo LVII Cómo dio el ruedo de su túnica a un pobre

90. Una vez, en cierta ocasión le ocurrió esto: le pidió un pobre, y como no tenía otra cosa de que echar mano, rasgó la fimbria de su túnica y se la entregó al pobre. En igual situación, otras veces se desprendió también de los calzones. Así se conmovían sus entrañas de piedad para con los pobres; seguía con estos sentimientos las huellas de Cristo pobre.

Capítulo LVIII Cómo hizo dar a la madre pobre de dos hermanos el primer ejemplar del Nuevo testamento que hubo en la Orden

91. Viene un día al Santo la madre de dos hermanos y le pide limosna confiadamente. Compadecido de ella, el Padre santo dijo a su vicario el hermano Pedro Cattani: "¿Podemos dar alguna limosna a nuestra madre?" Es de saber que llamaba su madre y madre de todos los hermanos a la madre de cualquier hermano. Le respondió el hermano Pedro: "No queda en casa nada que se le pueda dar". Pero añadió: "Tenemos un ejemplar del Nuevo Testamento, por el que leemos las lecciones en maitines los que carecemos de breviario". Le replicó el bienaventurado Francisco: "Da a nuestra madre el Nuevo Testamento, para que lo venda y remedie su necesidad, ya que en el mismo se nos amonesta que socorramos a los pobres. Creo por cierto que agradará más a Dios el don que la lectura".

91. Se le da, pues, el libro a la mujer; y así, el primer ejemplar del Testamento que hubo en la Orden fue a desaparecer en manos de esta santa piedad’.

Capítulo LIX Cómo dio el manto a una mujer enferma de los ojos

92. Durante los días en que San Francisco se hospedaba en el palacio del obispo de Rieti buscando la curación de la enfermedad de los ojos, llegó al médico una pobrecilla mujer, de Machilone, que padecía también un mal parecido al del Santo. El Santo habla confidencial con su guardián y le insinúa: "Hermano guardián, es necesario que devolvamos lo ajeno". "Padre - le respondió el guardián -, devuélvase en hora buena, si tenemos algo que es ajeno". "Restituyámosle - replicó el Santo - este manto, que hemos recibido, de prestado, de esa pobrecilla mujer, pues no tiene nada en la bolsa para sus gastos". " Hermano, ese manto es mío - observó el guardián - y no prestado por nadie. Úsalo por el tiempo que quieras; cuando no quieras usarlo más, devuélvemelo".

92. Y es que el guardián lo había comprado poco antes, porque lo necesitaba San Francisco. Insistió el Santo: "Hermano guardián, tú has sido siempre cortés conmigo; haz también ahora - te lo ruego - honor a tu cortesía". "Padre - respondió el guardián -, haz con libertad lo que te inspira el Espíritu".

92. Llama luego el Santo a un seglar muy devoto y le dice: "Toma este manto y doce panes y vete a aquella mujer pobrecilla y dile así: Un hombre pobre, a quien prestaste el manto, te da gracias por haberlo prestado; pero toma ya lo que es tuyo". Se fue el hombre y habló como se le había indicado. La mujer, creyendo que se burlaba de ella, dijo ruborizada al hombre: "Déjame en paz con tu manto. No entiendo lo que dices". Insiste el hombre, y le pone todas las cosas en sus manos. Al ver ella que no hay engaño en el caso, temerosa, por otra parte, de que le quiten lo que acaba de ganar tan fácilmente, se levanta de noche y, sin preocuparse de la curación de los ojos, se vuelve a casa con el manto.

Capítulo LX Cómo se le aparecieron en el camino tres mujeres y después de haberlo saludado extrañamente desaparecieron

93. Contaré en pocas palabras un caso de significación poco clara, pero certísimo de toda certeza. Al tiempo en que Francisco, el pobre de Cristo, se dirigía con prisa de Rieti a Siena en busca de remedio para los ojos, atravesaba la llanura vecina a la Rocca Gampiglia en compañía de un médico amigo de la Orden. Y he aquí que en el trayecto que recorría San Francisco aparecen tres mujeres pobrecitas a la vera del camino. Eran tan parecidas en estatura, edad y cara, que se diría que las tres habían salido del mismo molde. Cuando llega hasta ellas el Santo, inclinan éstas reverentes la cabeza y le enaltecen con un saludo nuevo: "Bienvenida sea la dama Pobreza". El Santo se llenó al instante de un gozo indecible, como quien no había encontrado saludo más placentero para dedicarlo a los hombres que el que ellas habían dictado Y creyéndolas en un principio mujeres realmente muy pobres, vuelto al médico que le acompañaba, le dice: "Te lo pido en consideración a Dios: dame algo para esas pobrecillas". Nada más oírlo, se ofreció éste, se apeó volando del caballo y repartió a cada una unas monedas.

 

Apenas prosiguen ya el camino que llevaban, así que los hermanos y el médico extienden la vista en todo lo largo de aquella desierta llanura, no ven ni rastro de las mujeres. Asombrados en extremo con las maravillas del Señor, cuentan el episodio en la seguridad de que no fueron mujeres aquellas que habían trasvolado más veloces que las aves.