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  Introducción a las fuentes

TOMÁS DE CELANO

VIDA SEGUNDA

SEGUNDA PARTE

El amor de San Francisco a la oración

Capítulo LXI El tiempo, el lugar y el fervor de su oración

94. El varón de Dios Francisco, ausente del Señor en el cuerpo, se esforzaba por estar presente en el espíritu en el cielo; y al que se había hecho ya conciudadano de los ángeles, le separaba sólo el muro de la carne. Con toda el alma anhelaba con ansia a su Cristo; a éste se consagraba todo él, no sólo en el corazón, sino en el cuerpo. Como testigos presenciales y en cuanto es posible comunicar esto a los humanos, relatamos las maravillas de su oración, para que las imiten los que han de venir.

94. Convertía todo su tiempo en ocio santo, para que la sabiduría le fuera penetrando en el alma, pareciéndole retroceder si no veía que adelantaba a cada paso. Si sobrevenían visitas de seglares u otros quehaceres, corría de nuevo al recogimiento, interrumpiéndolos sin esperar a que terminasen. El mundo ya no tenía goces para él, sustentado con las dulzuras del cielo; y los placeres de Dios lo habían hecho demasiado delicado para gozar con los groseros placeres de los hombres.

94. Buscaba siempre lugares escondidos, donde no sólo el espíritu, sino en cada uno de los miembros, pudiera adherirse por entero a Dios. Cuando, estando en público, se sentía de pronto afectado por visitas del Señor, para no estar ni entonces fuera de la celda hacía de su manto una celdilla; a veces -cuando no llevaba manto - cubría la cara con la manga para no poner de manifiesto el maná escondido. Siempre encontraba manera de ocultarse a la mirada de los presentes, para que no se dieran cuenta de; los toques del Esposo, hasta el punto de orar entre muchos sin que lo advirtieran en la estrechez de la nave. En fin, cuando no podía hacer nada de esto, hacía de su corazón un templo. Enajenado, desaparecía todo carraspeo, todo gemido; absorto en Dios, toda señal de disnea, todo visaje.

95. Esto en casa. Pero, cuando oraba en selvas y soledades, llenaba de gemidos los bosques, bañaba el suelo en lagrimas, se golpeaba el pecho con la mano, y allí - como quien ha encontrado un santuario más recóndito - hablaba muchas veces con su Señor. Allí respondía al Juez, oraba al Padre, conversaba con el Amigo, se deleitaba con el Esposo. Y, en efecto, para convertir en formas múltiples de holocausto las intimidades todas más ricas de su corazón, reducía a suma simplicidad lo que a los ojos se presentaba múltiple. Rumiaba muchas veces en su interior sin mover los labios, e, interiorizando todo lo externo, elevaba su espíritu a los cielos. Así, hecho todo él no ya sólo orante, sino oración, enderezaba todo en él - mirada interior y afectos - hacia lo único que buscaba en el Señor.

95. Y ¿acertarías tú a imaginar de cuánta dulzura estaba transido quien así estaba habituado? El sí lo supo; yo no sé otra cosa si no es admirar. Lo sabrá el que lo experimenta; no se les da el saber a los inexpertos. Inflamado así el espíritu que bullía de fervor, bien sea en su aspecto exterior, bien en su alma toda entera derretida, moraba ya en la suprema asamblea del reino celeste.

95. El bienaventurado Padre no desatendía por negligencia ninguna visita del Espíritu; si se le ofrecía, respondía al regalo y saboreaba la dulzura así puesta delante por todo el tiempo que permitía el Señor. Aun cuando le apremiase algún asunto o se encontrase de viaje, al notar en lo profundo de grado en grado ciertos toques de la gracia, gustaba aquel maná dulcísimo reiterada y frecuentemente. Y en efecto: hasta de camino, dejando que se adelantasen los compañeros, se detenía él, y, quedándose a saborear la nueva iluminación, no recibía en vano la gracia.

Capítulo LXII Se deben rezar con devoción las horas canónicas

96. En el rezo de las horas canónicas era temeroso de Dios a par de devoto. Aun cuando padecía de los ojos, del estómago, del bazo y del hígado, no se apoyaba en muro o pared durante el rezo de los salmos, sino que decía las horas siempre de pie, la cabeza descubierta, la vista recogida y sin languideces. Si cuando iba por el mundo caminaba a pie, se detenía siempre para rezar sus horas; Y si a caballo, se apeaba. Un día volvía de Roma; no cesaba de llover; se apeó del caballo para rezar el oficio; pero, como se detuvo mucho, quedó del todo empapado en agua. Pues decía a veces: "Si el cuerpo toma tranquilamente su alimento, que mas tarde, a una con él, se convertirá en pasto de gusanos, con cuanta paz y calma debe tomar el alma su alimento que es su Dios".

Capítulo LXIII Cómo ahuyentaba las imaginaciones en la oración

97. Creía faltar gravemente si, estando en oración, se veía alguna vez agitado de vanas imaginaciones. En tales casos no difería la confesión, para expiar cuanto antes la falta. Le era tan habitual ese cuidado, que rarísimamente le molestaban semejantes moscas.

97. Durante una cuaresma, con el fin de aprovechar bien algunos ratos libres, se dedicaba a fabricar un vasito. Pero un día, mientras rezaba devotamente tercia, se deslizaron por casualidad los ojos a mirar detenidamente el vaso; notó que el hombre interior sentía un estorbo para el fervor. Dolido por ello de que había interceptado la voz del corazón antes que llegase a los oídos de Dios, no bien acabaron de rezar tercia, dijo de modo que le oyeran los hermanos: "¡Vaya trabajo frívolo, que me ha prestado tal servicio, que ha logrado desviar hacia sí mi atención! Lo ofreceré en sacrificio al Señor, cuyo sacrificio ha estorbado". Dicho esto, tomó el vaso y lo quemó en el fuego. "Avergoncémonos - comentó - de vernos entretenidos por distracciones fútiles mientras hablamos con el gran Rey durante la oración".

Capítulo LXIV Un éxtasis

98. Era levantado muchas veces a la dulzura de tan alta contemplación, que, arrebatado por encima de sí mismo, a nadie revelaba la experiencia que había vivido de lo que está más allá del humano sentido. Pero por un caso que fue notorio queda para nosotros claro con qué frecuencia quedaba enajenado en la dulcedumbre del cielo.

98. Una vez que tenía que pasar por Borgo San Sepolcro, lo llevaban sobre un asno. Y como quiera que había manifestado la voluntad de descansar en cierta leprosería, fueron muchos los que se enteraron que el varón de Dios había de pasar por allí. Corren de todas partes hombres y mujeres que quieren verlo y tocarlo, como es costumbre, por devoción. Y ¿qué pasa? Lo manosean, lo tiran de un lado y de otro; le cortan retazos de la túnica para guardarlos como recuerdo; el hombre parece insensible a todo, y, como si estuviera muerto, no advierte nada de lo que sucede. Se acercan, por fin, al lugar; y, mucho después de haber dejado atrás Borgo, el contemplador de las cosas del cielo ,como quien vuelve de otro mundo, pregunta con interés si están cercanos a Borgo.

Capítulo LXV Cómo se comportaba después de la oración

99. Al volver de sus oraciones particulares, en las cuales se transformaba casi en otro hombre, se esmeraba con el mayor cuidado en parecer igual a los demás, para no perder - con el aura de admiración que podría suscitar su aspecto inflamado - lo que había ganado.

99. Lo explicó así muchas veces a sus familiares: "Cuando el siervo de Dios es visitado por el Señor en la oración con alguna nueva consolación, antes de terminarla debe levantar los ojos al cielo y, juntas las manos, decir al Señor: ‘Señor, a mí, pecador e indigno, me has enviado del cielo esta consolación y dulcedumbre; te las devuelvo a ti para que me las reserves, pues yo soy un ladrón de tu tesoro’". Y más: "Señor, arrebátame tu bien en este siglo y resérvamelo para el futuro. Así debe ser - añadió -; que, cuando sale de la oración, se presente a los demás tan pobrecillo y pecador como si no hubiera obtenido una gracia nueva. Por una recompensa pequeña - razonaba aún - se pierde algo que es inestimable y se provoca fácilmente al Dador a no dar más".

99. En fin, solía levantarse para la oración tan disimuladamente, tan sigilosamente, que ninguno de los compañeros advirtiese ni cuándo se levantaba ni cuándo oraba. En cambio, al ir a la cama por la noche, sacaba ruido casi estrepitoso para que los demás se dieran cuenta de que se acostaba.

Capítulo LXVII Cómo un obispo que lo sorprendió en oración perdió el habla

100. Estaba San Francisco en oración - en el lugar de la Porciúncula -, cuando el obispo de Asís vino a hacerle, como de costumbre, una visita de amistad. En cuanto entra en el lugar, se acerca con poca consideración y sin ser llamado a la celda del Santo y, empujando la portezuela, hace por entrar. Apenas mete la cabeza y ve al Santo que ora, le sacude de pronto un temblor, y, paralizándosele los miembros, pierde también el habla. De repente, la voluntad del Señor lo echa violentamente hacia fuera y es alejado andando hacia atrás. Doy por sentado que, o éste no era digno de presenciar aquel misterio, o aquél que lo experimentaba - era digno de experimentarlo por más tiempo. El obispo, estremecido, vuelve a los hermanos, y a la primera palabra de confesión de su culpa recobra el habla.

Capítulo LXVII Cómo un abad experimentó la eficacia de su oración

101. Otra vez, el abad del monasterio de San Justino, del obispado de Perusa, se encontró con San Francisco; saltó enseguida del caballo y conversó un rato con él acerca de la salvación de su alma. Por último, al separarse, le pidió humildemente que rogara por él. San Francisco le respondió: "Señor, lo haré con gusto". Poco se había separado aún el abad, cuando San Francisco dijo al compañero: "Hermano, espérame un poco, que quiero pagar la deuda contraída". De hecho fue siempre ésta la costumbre del Santo: no echarse a las espaldas la oración que se le pedía, sino cumplir cuanto antes, como ahora, la promesa de hacerla; en consecuencia, mientras el Santo oraba a Dios, el abad sintió de súbito en el espíritu un ardor y una dulzura que no había experimentado hasta entonces, hasta el punto de que, extasiado. fue visto desvanecerse del todo. Permaneció así por muy poco espacio, y vuelto en sí comprobó la eficacia de la oración de San Francisco. Por eso, en adelante se encendió en un mayor amor a la Orden y contó a muchos como milagro lo acaecido.

101. Estos son los pequeños mutuos regalos que convienen a los siervos de Dios; éste, el intercambio recíproco de dones que les cuadra. Este santo amor, que a las veces se llama espiritual, queda contento con el fruto de la oración; la caridad tiene a menos los pequeños regalos de la tierra. Creo que es característica del santo amor ayudar y ser ayudado en el combate espiritual, recomendar y ser recomendado ante el tribunal de Cristo. Y ¿hasta qué grados de oración piensas que pudo llegar aquel que por sus méritos pudo elevar tan alto a otro? La inteligencia que de las Sagradas Escrituras tenía el santo y la eficacia de sus palabras

Capítulo LXVIII La ciencia y la memoria que tuvo

102. Aunque este hombre bienaventurado no había hecho estudios científicos, con todo, aprendiendo de Dios la sabiduría que viene de lo alto e ilustrado con las iluminaciones de la luz eterna, poseía un sentido no vulgar de las Escrituras. Efectivamente, su ingenio, limpio de toda mancha, penetraba hasta lo escondido de los misterios, y su afecto de amante entraba donde la ciencia de los maestros no llegaba a entrar. Leía a las veces en los libros sagrados, y lo que confiaba una vez al alma le quedaba grabado de manera indeleble en el corazón. La memoria suplía a los libros; que no en vano lo que una vez captaba el oído, el amor lo rumiaba con devoción incesante. Decía que le resultaba fructuoso este método de aprender y de leer y no el de divagar entre un millar de tratados. Para él era filósofo de veras el que no anteponía nada al deseo de la vida eterna. Y aseguraba que quien, en el estudio de la Escritura, busca con humildad, sin presumir, llegará fácilmente del conocimiento de sí al conocimiento de Dios. A menudo resolvía de palabra cuestiones difíciles, y, sin ser maestro en el hablar, ponía de manifiesto, a todas luces, su entendimiento y su virtud.

Capítulo LXIX El dicho de un profeta, que expuso a petición de un hermano predicador

103. Durante .su permanencia en Siena llegó uno de la Orden de los predicadores, varón ciertamente espiritual y doctor en sagrada teología. Así que visitó al bienaventurado Francisco, el uno y el otro .se detuvieron largamente, disfrutando de una colación dulcísima sobre las palabras del Señor. Y el maestro se animó a preguntarle sobre aquel dicho de Ezequiel: Si no le hablares para retraer al malvado de sus perversos caminos, yo te demandaré a ti de su sangre. "A propósito, mi buen padre - le dijo -, conozco a muchos a quienes, a pesar de saber que están en pecado mortal no les hablo siempre de su maldad. ¿Se me pedirá, por eso, la cuenta de tales almas?"

103. El bienaventurado Francisco se le declaró iletrado, y, por tanto, en el puesto de aprender, que no en el de responder a la sentencia de la Escritura. El humilde maestro añadió: "Hermano, aunque tengo oído a algunos sabios exponer ese pasaje, me gustaría, no obstante, que me dijeras cómo lo entiendes tú". Le respondió el bienaventurado Francisco: "Si hay que entender el pasaje universalmente, yo le doy el sentido de que el siervo de Dios debe arder por su vida y santidad, de forma que con la luz del ejemplo y con el testimonio de la vida reprenda a todos los malvados. Quiero decir, que el resplandor de su vida y el aroma de su fama harán saber a todos su iniquidad". Muy edificado, por consiguiente, aquel varón, dijo a los compañeros del bienaventurado Francisco al despedirse: "Hermanos míos, la teología de este varón, asegurada en la pureza y en la contemplación, es águila que vuela; nuestra ciencia, en cambio, queda a ras de tierra".

Capítulo LXX Algunos pasajes que aclaró a preguntas de un cardenal

104. En otra ocasión, huésped de un cardenal en Roma, las preguntas de éste sobre pasajes oscuros las aclaraba de tal modo, que se diría que era un hombre embebido de continuo en las Escrituras. El señor cardenal le dijo: "Yo no te pregunto como a Ietrado, sino como a hombre que tiene el espíritu de Dios, y así es que recibo con gusto tus interpretaciones, porque sé que proceden solamente de Dios".

Capítulo LXXI A un hermano que le aconsejaba la lectura, explica el Santo cuál es su ciencia

105. Un compañero suyo, viéndolo enfermo y aquejado de dolores de parte a parte, le dijo una vez: "Padre, las Escrituras han sido siempre para ti un amparo; te han proporcionado siempre alivio en los dolores. Haz, te lo pido, que te lean ahora algo de los profetas; tal vez tu espíritu exultará en el Señor". Le respondió el Santo: "Es bueno recurrir a los testimonios de la Escritura, es bueno buscar en ellas al Señor Dios nuestro; pero estoy ya tan penetrado de las Escrituras, que me basta, y con mucho, para meditar y contemplar. No necesito de muchas cosas, hijo; .sé a Cristo pobre y crucificado».

Capítulo LXXIl Las espadas que el hermano Pacífico vio resplandecer en la boca del Santo

106. Había en la Marca de Ancona un seglar olvidado de su salvación e ignorante de Dios, que se había prostituido entero a la vanidad. Lo llamaban el "rey de los versos", por no tener rival en interpretar canciones lascivas y en componer cantares profanos. En suma, la gloria mundana había enaltecido tanto al hombre, que el emperador lo coronó con grandísima pompa. Mientras, caminando así en tinieblas, arrastraba la iniquidad con ligaduras de vanidad, la bondad divina, compadecida, decide llevarlo por otro camino para que no perezca el que vive abandonado.

106. Por disposición de la Providencia divina, el bienaventurado Francisco y él se encuentran en un monasterio de pobres enclaustradas. El bienaventurado Padre había ido allí con sus compañeros a visitar a las hijas; éste había ido con muchos camaradas a visitar a una pariente. Y la mano de Dios fue sobre el: ve con los ojos corporales a San Francisco signado en forma de cruz por dos espadas transversas muy resplandecientes; la una, de la cabeza a los pies; la otra - transversal -, de mano a mano por el pecho. No conocía aún al bienaventurado Francisco, pero llega conocerlo ahora a la luz de milagro tan patente. Y, sobrecogido por la visión, empieza a proponerse mejorar de conducta, pero a la larga.

106. El bienaventurado Padre, empero -que habla primero a todos en general -, vuelve después la espada de la palabra de Dios hacia el hombre. Y, aparte con él, lo amonesta amablemente de la vanidad del siglo y el desprecio del mundo; y le traspasa luego el corazón con la amenaza de los juicios de Dios. Responde él inmediatamente: "¿Para qué más palabras? Vayamos a los hechos. Sácame de entre los hombres y devuélveme al gran Emperador". Al día siguiente, el Santo le vistió el hábito, y, como a quien ha sido devuelto a la paz del Señor, le pone el nombre de hermano Pacífico. Su conversión fue para muchos tanto más edificante cuanto más numerosos habían sido sus camaradas en la vanidad.

106. Y gaudioso en la compañía del bienaventurado Padre, el hermano Pacífico comenzó a sentir una unción que nunca había conocido hasta entonces. Otra vez, en efecto, se le concede ver lo que a otros les quedaba velado. Pues poco después vio en la frente del bienaventurado Francisco la gran señal "tau", que, por los anillos variopintos que la rodeaban, representaba la belleza del pavo.

Capítulo LXXIII La eficacia de su palabra y el testimonio de un médico sobre esto

107. El predicador del Evangelio, Francisco, que a los rudos predicaba con recursos materiales y rudos, como quien sabía que la virtud es más necesaria que las palabras, usaba, en cambio, con los espirituales y más capaces un lenguaje más vivo y profundo. Sugería en pocas palabras lo que era inefable, y, acompañando las palabras con inflamados gestos y movimientos, arrebataba por entero a los oyentes a las cosas del cielo. No echaba mano de esquemas previos, pues nunca planeaba sermones que a él no le nacieran. El verdadero poder y sabiduría Cristo comunicaba a su lengua una palabra eficaz.

107. Un médico docto y elocuente dijo en cierta ocasión: "La predicación de otros la retengo palabra por palabra; se me escapan, en cambio, únicamente las que expresa San Francisco. Y, si logro grabar algunas en la memoria, no me parecen ya las mismas que sus labios destilaron".

Capítulo LXXIV Cómo, en virtud de su palabra, ahuyentó de Arezzo los demonios mediante el hermano Silvestre

108. Las palabras de Francisco no sólo tenían eficacia cuando las decía, que a veces, aun transmitidas por otros, no volvían vacías. Así sucedió una vez cuando llegó a la ciudad de Arezzo al tiempo en que toda la población, revuelta en guerra civil, estaba en trance de exterminio total. Con tal suerte, que el varón de Dios, huésped en un burgo fuera de la ciudad, ve que los demonios se alborozan por aquella tierra y excitan ciudadanos contra ciudadanos con el fin de que se maten. Llamo, pues, a un hermano llamado Silvestre, varón de Dios y de sencillez recomendable, y le mandó, diciendo: "Vete a la puerta de la ciudad y, de parte de Dios todopoderoso, intima a los demonios que salgan cuanto antes de ella". La sencillez piadosa se encamina pronta a cumplir la obediencia, y, dedicándose primero al Señor en alabanzas, grita con fuerza ante la puerta: "De parte de Dios y por mandato de nuestro padre Francisco, salíos, demonios todos, de aquí a muy lejos". Poco después, la ciudad vuelve a la paz, y sus moradores observan con gran calma el código de ciudadanía.

108. Por eso, el bienaventurado Francisco, predicándoles después un día, comenzó el sermón con estas palabras: "Hablo a vosotros como a quienes estuvisteis en una ocasión bajo el yugo y cadenas de los demonios, pero sé que al fin fuisteis liberados gracias a las plegarias de un pobre".

Capítulo LXXV La conversión del hermano Silvestre mismo y una oración suya

109. Creo que no resultará impropio añadir a esta narración la conversión del mencionado Silvestre, cómo le movió el Espíritu a entrar en la Orden. En consecuencia: Silvestre era aquel sacerdote secular de la ciudad de Asís a quien el hombre de Dios había comprado en aquel entonces piedra para reparar una iglesia. Viendo en su día que el hermano Bernardo - la primera plantita de la Orden de los Menores después del santo de Dios - se despojaba de todos los bienes y los daba a los pobres, atizado por voraz codicia, mueve pleito al varón de Dios acerca de las piedras que hacía tiempo le vendió, como si no las hubiera pagado como debía. Francisco sonríe viendo el ánimo del sacerdote, inficionado por el veneno de la avaricia. Pero con el fin de apagar de alguna manera la maldita pasión, le llena de monedas las manos, sin contarlas siquiera. Se alegró el presbítero Silvestre con lo que se le dio, pero se admiró aún más de la liberalidad del donante; de vuelta en casa, recapacita una y otra vez sobre el hecho, comenta entre sí con atinada acusación que él, siendo anciano, se ve amador del mundo, y queda estupefacto al observar de qué manera aquel joven llega a despreciarlo todo. Pero ya desde ahora, impregnado del buen olor, Cristo le abre el seno de su misericordia.

109. Le muestra en una visión cuanto valen las obras de Francisco, con cuánta prestancia brillan a los ojos de él, con cuanta magnificencia llenan el mundo entero. En efecto, ve en un sueño una cruz de oro que, saliendo de la boca de Francisco, tocaba con su cabecera los cielos; y cuyos brazos, extendidos a lo ancho, ceñían, abrazándolos, ambos lados del mundo. Compungido el sacerdote con la visión, sacude una demora - que puede resultarle perjudicial -, abandona el mundo y se hace perfecto imitador del varón de Dios. Este se inició en la Orden viviendo en perfección, y fue consumado en la más alta perfección por la gracia de Cristo.

109. Pero ¿qué hay de extraño en ver a Francisco en la forma del Crucificado, a quien no hizo otra cosa en todo momento si no es acompañarle con la cruz? Enraizada de tal modo en lo más profundo la cruz mirífica, ¿qué tiene de extraordinario si, brotando de buena tierra, ha dado flores, fronda y frutos vistosos? Ninguna cosa de otro género podía crearse en ella cuando ya desde los comienzos la había reivindicado de tan prodigioso modo toda entera para sí aquella cruz maravillosa. Pero ya es hora de que reanudemos el tema.

Capítulo LXXVI Un hermano liberado de asaltos del demonio

110. Un hermano venía de mucho tiempo atrás molestado por una tentación espiritual, más sutil y dañosa que la del incentivo de la carne. Acude al fin a San Francisco y se echa humildemente a sus pies. Pero, deshecho en lágrimas, no acertaba a decir palabra, por impedírselo los profundos sollozos. El Padre piadoso se compadece de él, y, conociendo que es molestado con instigaciones del maligno, dice: "Por el poder de Dios, os mando, demonios, que no combatáis más a mi hermano, como habéis osado hacerlo hasta ahora". Al punto, desvanecida la negrura de las tinieblas, el hermano se levanta librado, y ya más no sufrió la acometida; talmente como si no la hubiese sufrido nunca.

Capítulo LXXVII La cerda cruel que se comió el cordero

111. Se ha puesto ya de relieve en otro lugar el poder admirable de su palabra respecto a los animales. Contaré, con todo, un episodio que tengo a mano. Una noche en que el siervo del Excelso se hospedaba en el monasterio de San Verecundo, del obispado de Gubbio, una ovejita parió un corderillo. Había una cerda muy cruel, la cual, sin miramiento a una vida inocente, lo mató con una dentellada rapaz. Al levantarse de mañana los de día, hallan el corderillo muerto Se dan cuenta, desde luego, de que la cerda es la causante del maleficio. A esta noticia, el Padre piadoso se mueve a compasión y, acordándose de otro Cordero, se lamenta del corderillo muerto, diciendo delante de todos: "¡Oh, hermano corderillo, animal inocente, que eres una representación siempre útil a los hombres! Maldita sea la impía que te mató. Ni hombre ni animal coma su carne". Y hubo prodigio: la puerca maléfica comenzó luego a sentirse mal, y, penando por tres días las torturas de unos padecimientos, terminó en una muerte vengadora. Tirada en la estacada del monasterio, arrojada allí durante largo tiempo, seca cual una tabla, no fue comida para ningún famélico.

Contra la familiaridad con las mujeres

Capítulo LXXVIII Desaconseja la familiaridad con las mujeres. Cómo trataba con ellas

112. Mandaba que se evitasen a toda costa las melosidades tóxicas, es decir, las familiaridades con mujeres, las cuales llegan a engañar aun a hombres santos. Temía de verdad que a causa de ellas se quebrase pronto el que es frágil, y el fuerte se fuese debilitando en el espíritu. De no ser uno varón probadísimo, no contaminarse en el trato con ellas es tan difícil como andar alguien sobre brasas sin que se le abrasen los pies, aseguraba el Santo recurriendo a la Escritura. Pero, con el fin de enseñar con la práctica, él mismo se mostraba modelo de toda virtud. Tan es así que le era una molestia la mujer, que pensaras tú que se trataba más de miedo y horror que de cautela y ejemplo. Cuando la locuacidad importuna de aquéllas suscitaba en la conversación temas que le resultaban fastidiosos, con palabra abreviada y humilde, con los ojos bajos, acudía al silencio. Y en ocasiones, levantando los ojos al cielo, parecía que sacaba de allí la respuesta que daba a quienes hablaban de cosas de la tierra.

112. En cambio, a aquellas cuyas mentes -dada su perseverancia en una devoción consagrada - había logrado que fuesen domicilio de la sabiduría, las amaestraba con alocuciones maravillosas, si bien breves. Cuando hablaba con alguna mujer, lo hacía en voz clara, de modo que pudieran oír todos lo que decía. Una vez llegó a decir al compañero: "Carísimo, te confieso la verdad: si las mirase, no las reconocería por la cara, si no es a dos. Me es conocida - añadió - la cara de tal y de tal otra; de ninguna más".

112. Muy bien, Padre, pues nadie se santifica por mirarlas; muy bien - diré -, porque en ello no hay ganancia ninguna, sí muchísima pérdida; a lo menos, de tiempo. Son estorbo para quien quiere emprender el camino arduo y contemplar la faz llena de gracia.

Capítulo LXXIX Parábola contra la falta de modestia en mirar a las mujeres

113. Solía flagelar los ojos no castos con esta parábola: "Un rey muy poderoso envió a la reina, uno tras otro, dos embajadores. Vuelve el primero, y refiere, no más, la respuesta estrictamente; y es que los ojos del sapiente habían estado en la cabeza y no habían divagado. Vuelve el segundo, y, después de la respuesta breve y corta, se entretiene tejiendo todo un discurso sobre la hermosura de la señora: Señor - dice -, en verdad que he visto una mujer bellísima. ¡Feliz quien la posee! Le replica el rey: "Siervo malo, ¿has puesto en mi esposa tus ojos impúdicos? Está claro que hubieras querido poseer a la que has mirado con tanta atención".

113. Manda llamar otra vez al primero y le dice: "¿Qué te parece de la reina?" "Traigo muy buena impresión - dice -, porque ha escuchado en silencio el mensaje y ha respondido sabiamente" "Y de su hermosura - replica -, ¿no dices nada?" "Señor mío - responde -, a ti toca contemplarla; a mi llevarle tu embajada". Y el rey dictamina: "Tú, el de ojos castos, como de cuerpo también casto, quédate de cámara; y salga de esta casa ese otro, no sea que contamine también mi tálamo".

113. Y solía decir el bienaventurado Padre: "Donde hay bien defendida seguridad, preocupa menos el enemigo. Si el diablo logra con su habilidad asirse de un cabello del hombre, lo transforma con presteza en viga. Ni desiste aunque no haya podido por muchos años derribar al que tentó, esperando que ceda al fin. Este es su quehacer; día y noche no tiene otra preocupación".

Capítulo LXXX Ejemplo del Santo contra la demasiada familiaridad

114. Una vez que San Francisco se encaminaba a Bevagna, no pudo llegar al castro por la debilidad que le había causado el ayuno. Entonces, el compañero, pasando aviso a una señora espiritual, pidió humildemente pan y vino para el Santo. En cuanto lo oyó, ella, con una hija virgen consagrada a Dios, corrió a donde el Santo a llevarle lo que necesitaba. Mas el Santo, reanimado algún tanto con la refección, a la recíproca, confortó él a madre e hija con la palabra de Dios. Pero mientras les hablaba no miró a la cara de ninguna de las dos. Cuando ellas se fueron, el compañero le dijo: "Hermano, ¿por qué no has mirado a esa virgen santa que ha venido a ti con tanta devoción?" El Padre le respondió: "¿Quién no tendrá reparo en mirar a una esposa de Cristo? Porque, si los ojos y la cara dan expresión a la predicación, ella tenia que mirarme a mí y no yo a ella".

114. Muchas veces, hablando de esto, afirmaba que es frivolidad toda conversación con mujeres, fuera de la confesión o de algún breve consejo que se acostumbra. Añadía: "¿De qué asuntos tiene que tratar el hermano menor con mujeres, si no es cuando, por motivos religiosos, pide la santa penitencia o un consejo para mejorar la vida?".

Las tentaciones que padeció

Capítulo LXXXI Las tentaciones del Santo y de cómo venció una

115. Según aumentaban los méritos de San Francisco, aumentaba también la discordia con la antigua serpiente. A más excelentes carismas de aquél, seguían más sutiles tentaciones de ésta, y se entablaban combates más violentos. Y por más que hubiese comprobado que se las había con un hombre que era guerrero esforzado, que no había cedido ni por un momento en el combate, sin embargo, seguía todavía empeñado en presentar batallas al constante vencedor.

115. Por algún tiempo, en efecto, experimentó el Padre una pesadísima tentación espiritual, para enriquecimiento, por cierto, de su corona. Por esta causa se angustiaba y se colmaba de dolores, maltrataba y maceraba el cuerpo, oraba y lloraba amargamente. Tal combate se prolongaba por años; hasta que un día, mientras oraba en Santa María de la Porciúncula, oyó en espíritu una voz: "Francisco, si tienes fe como un grano de mostaza, dirás a esta montaña que se traslade, y se trasladará". "Señor -respondió el Santo -, ¿cuál es la montaña que quisiera yo trasladar?" Y oyó de nuevo: "La montaña es tu tentación". Y él, llorando, dijo: "Señor, hágase en mí como has dicho". Puesta en fuga al instante toda tentación, queda librado y se aquieta del todo en su interior.

Capítulo LXXXII Cómo el diablo, llamándolo, le tentó de lujuria y cómo lo venció el Santo

116. Sucedió en el eremitorio de los hermanos de Sarteano. El maligno aquel que envidia siempre los progresos de los hijos de Dios, osó tentar al Santo como sigue. Veía que el Santo se santificaba más y que no descuidaba por la de ayer la ganancia de hoy. Una noche en que se daba a la oración en una celdilla, el demonio lo llamó tres veces:

116. - Francisco, Francisco, Francisco. - ¿Qué quieres?- respondió éste. - No hay en el mundo - replicó aquél - ni un pecador a quien, si se convierte, no perdone el Señor; pero el que se mata a fuerza de penitencias, nunca jamás hallará misericordia.

116. En seguida, una revelación hizo ver al Santo la astucia del enemigo, que se había esforzado para inducirlo a la tibieza. Pero ¿que más? El enemigo no desiste de presentar nuevo combate. Y, viendo que no había acertado a ocultar el lazo, prepara otro: el incentivo de la carne. Pero en vano, porque quien había descubierto la astucia del espíritu, mal pudo ser engañado con el sofisma de la carne. El demonio desencadena, pues, contra él una tentación terrible de lujuria. Mas el bienaventurado Padre, en cuanto la siente, despojado del vestido, se azota sin piedad con una cuerda: "¡Ea, hermano asno! - se dice -, te corresponde estar así, aguantar así los azotes. La túnica es la Religión, y no es lícito robarla; Si quieres irte a otra parte, vete".

117. Mas como ve que las disciplinas no ahuyentan la tentación, y a pesar de tener todos los miembros cárdenos, abre la celda, sale afuera al huerto y desnudo se mete entre la mucha nieve y, tomando la nieve, la moldea entre sus manos y hace con ella siete bloques a modo de monigotes. Poniéndose ante éstos comienza a hablar así el hombre: "Mira, este mayor es tu mujer, estos otros cuatro son tus dos hijos y tus dos hijas; los otros dos, el criado y la criada que se necesitan para el servicio. Pero date prisa - continúa - en vestir a todos, porque se mueren de frío. Y si te molesta la multiplicada atención que hay que prestarles, sirve con solicitud al Señor sólo". El diablo huye al instante confuso y el Santo se vuelve a la celda glorificando al Señor. Un hermano piadoso que estaba en oración a aquella hora, fue testigo de todo gracias a la luz de la luna, que resplandecía mas aquella noche. Mas el Santo, enterado después de que el hermano lo había visto aquella noche, le mandó que, mientras él viviese, no descubriera a nadie lo sucedido.

Capítulo LXXXIII Cómo libró de la tentación a un hermano y los bienes de la tentación

118. Un hermano tentado que estaba una vez a solas con el Santo, le dijo: "Padre bueno, ruega por mí, pues creo que, si tienes a bien rogar por mí, me veré en seguida libre de mis tentaciones. Es que me siento tentado sobre mis fuerzas; y estoy seguro de que el caso no es cosa oculta para ti".

118. "Créeme, hijo - le dijo San Francisco -, que por eso mismo te tengo por mayor servidor de Dios, y sábete que cuanto más tentado seas, te amaré más. Te digo en verdad - añadió - que nadie ha de creerse servidor de Dios hasta haber pasado por tentaciones y tribulaciones. La tentación vencida - añadió aún - es, en cierto modo, el anillo con que el Señor desposa consigo el alma de su siervo. Muchos se complacen de méritos acumulados por años y se alegran de no haber tenido ninguna tentación. Y porque el terror solo bastaría para hundirlos antes del combate, el Señor ha tomado en cuenta la debilidad de su espíritu. Que los combates fuertes rara vez se presentan si no es allí donde existe una virtud recia".

Cómo lo azotaron los demonios

Capítulo LXXXIV Cómo lo azotaron los demonios y que se ha de huir de los palacios

119. Este varón de Dios no solo se enfrentaba con las acometidas de las tentaciones de Satanás, si no que luchaba con él cuerpo a cuerpo. Invitado en una ocasión por el señor León, cardenal de la Santa Cruz, a morar por algún tiempo con él en Roma, escogió para sí una torre apartada, que en una galería de nueve apartamentos con cubierta facilitaba unas estancias reducidas como de eremitorio. Sucedió, pues, la primera noche; después de una prolongada oración con Dios, cuando se disponía a reposar, vienen los demonios y entablan firmes contra el santo de Dios una lucha a muerte. Lo hostigan por muy largo tiempo y con extrema crueldad y lo dejan al fin medio muerto. Al retirarse los demonios, recobrado ya el aliento, el Santo llama a su compañero, que dormía en otra de las estancias, y al presentársele le dice: "Hermano, quiero que estés a mi lado, porque tengo miedo a quedarme solo. Hace poco que me han azotado los demonios". Y temblaba el Santo y sentía escalofríos como quien tiene fiebre altísima.

120. Pasada, pues, la noche sin pegar ojo, dijo San Francisco a su compañero: "Los demonios son ministros de nuestro Señor, que se sirve de ellos para castigar los excesos. Y es señal de gracia mayor que no deje nada sin castigo en su siervo mientras vive en el mundo. Mas yo no recuerdo falta que no haya lavado en la satisfacción por la misericordia de Dios, porque en su dignación paternal ha tenido a bien manifestarme siempre en la oración y en la meditación qué es lo que le agrada y desagrada. Pero puede ser que haya permitido a esos ministros echarse sobre mí por esto: el que yo me hospede en los palacios de los potentados no da buena idea de mí ante los demás. Mis hermanos, que conviven en lugares pobrecillos, al oír que yo estoy con cardenales, pensarán tal vez que nado en delicias. Por tanto, hermano, pienso que va mejor a quien está puesto como modelo huir de los palacios y hacer fuertes a los que padecen penurias, padeciendo iguales privaciones". Así que de mañana se presentaron al cardenal, y, después de haberle contado todo, se despidieron de él.

121. Sirva esto de enseñanza a los hermanos palaciegos, y ténganse por abortivos, arrancados del seno de su madre. No condeno la obediencia, pero sí repruebo la ambición, la ociosidad, las comodidades. En suma, propongo de modo absoluto a Francisco por modelo para todas las obediencias. Pero en todo debe descartarse cuanto, por agradar a los hombres, desagrada a Dios.

Capítulo LXXXV Un ejemplo a propósito

121. Revivo en este momento algo que, a mi parecer, de ninguna manera debe pasarse por alto. Un hermano, viendo que otros hermanos moraban en un palacio, halagado de no sé qué gloria, deseó hacerse también palaciego como ellos. Deseoso de conocer la vida de palacio, ve una noche, en sueños, que los que he mencionado están fuera del lugar de los hermanos y alejados del trato con ellos; los ve además comiendo de un dornajo muy tosco y asqueroso, en el que comían garbanzos mezclados con heces humanas. Este espectáculo desconcertó vivamente al hermano; y desde que se levantó, de madrugada, no pensó más en palacios.

Capítulo LXXXVI Tentaciones que sufrió en un lugar solitario y de la visión de un hermano

122. El Santo con un compañero llegó un día a una iglesia situada lejos del poblado. Deseando orar en soledad, advierte al compañero: "Hermano, quisiera estarme aquí a solas esta noche. Vete al hospital y vuelve mañana muy temprano".

122. Y se mantiene solo en larga y devotísima oración con el Señor. Después tantea dónde reclinar la cabeza para dormir; y de pronto, turbado en su espíritu, comenzó a sentir pavor y tedio y a estremecerse en todo el cuerpo. Se daba cuenta notoriamente de los asaltos diabólicos contra él y de cómo catervas de demonios corrían de un lado a otro sobre el techo con estrépito. Así, pues, se levanta inmediatamente, sale fuera y, signándose en la frente, dice: "De parte de Dios todopoderoso, os digo, demonios, que hagáis en mi cuerpo cuanto os es permitido. Lo sufro con gusto, pues, como no tengo enemigo mayor que el cuerpo, me vengareis de mi adversario cayendo sobre él en vez de mí". En consecuencia, los demonios que se habían adunado para aterrorizar el espíritu del Santo, viendo un espíritu muy decidido en carne flaca, se disipan al punto llenos de confusión.

123. A la madrugada siguiente vuelve el compañero; al ver al Santo postrado ante el altar, espera fuera del coro, y ora también entretanto con fervor delante de una cruz. E inesperadamente, arrebatado en éxtasis, ve en el cielo, entre muchos, un trono más distinguido que los otros, adornado con piedras preciosas y todo resplandeciente de gloria. Admira en su interior el precioso trono y se pregunta para sí de quién es. En esto oye una voz que le dice: "Este trono fue de uno de los que cayeron del cielo, y ahora está destinado al humilde Francisco". Vuelto luego en sí el hermano, ve que el bienaventurado Francisco sale de la oración; y sin más, tendido en el suelo con los brazos en cruz, le habla no como a quien vive en el mundo, sino como a quien ya reina en el cielo, y le dice: "Padre, ruega por mí al Hijo de Dios para que no me impute mis pecados". El varón de Dios, tendiéndole la mano, lo levanta, y comprende que algo le ha sido revelado en la oración.

123. Ya de regreso, el hermano pregunta al bienaventurado Francisco: «¿En qué concepto te tienes?» Responde: "Me parece que soy el más grande de los pecadores, porque, si Dios hubiese tenido con un criminal tanta misericordia como conmigo, sería diez veces mas espiritual que yo". A esto, el Espíritu sugirió al momento en el interior del hermano: "Reconoce la verdad de la visión que has tenido, pues la humildad elevará al humildísimo al trono que perdió la soberbia".

Capítulo LXXXVII Un hermano liberado de tentación

124. Un hermano espiritual y de muchos años en la religión, afligido por una gran tribulación de la carne, parecía estar a punto de ser absorbido por el abismo de la desesperación. El dolor acrecentaba de día en día, porque su conciencia, más por mal formada que por discreta, le obligaba a confesarse por nada. Ciertamente, se legitimaría tanta ansia de confesión si hubiese cedido, aunque poco, a la tentación, mas no por haberla sentido. Pero era tanto el pudor que él tenía, que temiendo manifestar todo a un único sacerdote, aun a pesar de no existir pecado alguno, repartía incluso los pensamientos, confiando parte a unos y parte a otros.

124. Hasta que un día que iba con el bienaventurado Francisco le dijo el Santo: "Hermano, te digo que en adelante no debes confesar tu tribulación a nadie. Y no tengas miedo, ya que lo que te ocurre a ti sin consentirlo tú redundará para ti en corona, no en culpa. Y cuantas veces fueres molestado, di con mi autorización siete padrenuestros". Admirado de cómo el Santo hubiese llegado a conocer esto y regocijado y contento en extremo, evadió toda tribulación.

La verdadera alegría espiritual

Capítulo LXXXVIII La alegría espiritual, su alabanza y el mal de la tristeza

125. Aseguraba el Santo que la alegría espiritual es el remedio más seguro contra las mil asechanzas y astucias del enemigo. Solía decir: "El diablo se alegra, sobre todo, cuando logra arrebatar la alegría del alma al siervo de Dios. Lleva polvo que poder colar - cuanto más sea - en las rendijas más pequeñas de la conciencia y con que ensuciar el candor del alma y la pureza de la vida. Pero - añadía -, cuando la alegría espiritual llena los corazones, la serpiente derrama en vano el veneno mortal. Los demonios no pueden hacer daño al siervo de Cristo, a quien ven rebosante de alegría santa. Por el contrario, el ánimo flebe, desolado y melancólico se deja sumir fácilmente en la tristeza n envolverse en vanas satisfacciones".

125. Por eso, el Santo procuraba vivir siempre con júbilo del corazón, conservar la unción del espíritu y el óleo de la alegría. Evitaba con sumo cuidado la pésima enfermedad de la flojera, de manera que, a poco que sentía insinuársele en el alma, acudía rapidísimamente a la oración. Y decía: "El siervo de Dios conturbado, como suele, por alguna cosa, debe inmediatamente recurrir a la oración y permanecer ante el soberano Padre hasta que le devuelva la alegría de su salvación. Pues, si se detiene en la tristeza, adolecerá del mal babilónico, que al cabo, si no se purifica por medio de lágrimas, creará en su corazón una roña duradera".

Capítulo LXXXIX La cítara que oyó tocar a un ángel

126. Durante su permanencia en Rieti para la cura de los ojos’, llamó un día a uno de los compañeros, que en el mundo había sido citarista, y le dijo: "Hermano, los hijos de este siglo no entienden los misterios divinos. Hasta los instrumentos músicos, destinados en otros tiempos a las alabanzas de Dios, los ha convertido ahora la sensualidad de los hombres en placer de los oídos. Quisiera, pues, hermano, que trajeras en secreto de prestado una citara y compusieras una bella canción a cuyo son aliviaras un poco al hermano cuerpo, que esta lleno de dolores" Le respondió el hermano: "Padre, me avergüenzo mucho por temor de que la gente vaya a sospechar que he sido tentado por esta minucia". "Dejémoslo entonces, hermano - replicó el Santo -, que es conveniente renunciar a muchas cosas para que no se resienta el buen nombre".

126. La noche siguiente, en vigilia el santo varón y meditando acerca de Dios, de pronto suena una cítara de armonía maravillosa, que enhila una melodía finísima. No se veía a nadie, pero el oído percibía por la localización del sonido que el que tañía y cantaba se movía de un lado a otro. Finalmente, arrebatado el espíritu a Dios, el Padre santo, al oír la dulcísima canción, goza de lleno tales delicias, que piensa haber pasado al otro siglo. Al levantarse al amanecer, el Santo llama al dicho hermano y, tras haberle contado al detalle lo sucedido, añade: "El Señor, que consuela a los afligidos, no me ha dejado nunca sin consuelo. Mira: ya que no he podido oír la cítara tocada por los hombres, he oído otra más agradable".

Capítulo XC Que el Santo cantaba en francés cuando estaba más alegre

127. Algunas veces hacía también esto: la dulcísima melodía espiritual que le bullía en el interior, la expresaba al exterior en francés, y la vena del susurro divino que su oído percibía en lo secreto rompía en jubilosas canciones en francés. A veces - yo lo vi con mis ojos - tomaba del suelo un palo y lo ponía sobre el brazo izquierdo; tenía en la mano derecha una varita corva con una cuerda de extremo a extremo, que movía sobre el palo como sobre una viola; y, ejecutando a todo esto ademanes adecuados, cantaba al Señor en francés. Todos estos transportes de alegría terminaban a menudo en lágrimas; el júbilo se resolvía en compasión por la pasión de Cristo. De ahí que este santo prorrumpía de continuo en suspiros, y al reiterarse los gemidos, olvidado de lo que de este mundo traía entre manos, quedaba arrobado en las cosas del cielo.

Capítulo XXI Cómo reprochó a un hermano que estaba triste y le aconsejó el modo de portarse

128. Vio una vez a un compañero suyo con cara melancólica y triste, y, como le desagradaba esto, le dijo: "No va bien en el siervo de Dios presentarse triste y turbado ante los hombres, sino siempre amable. Tus pecados examínalos en la celda; llora y gime delante de tu Dios. Cuando vuelvas a donde están los hermanos, depuesta la melancolía, confórmate a los demás". Y poco después añadió: "Los enemigos de la salvación de los hombres me tienen mucha envidia y se esfuerzan siempre en turbarme a mí en mis compañeros, ya que no consiguen turbarme a mí en mí mismo. Y amaba tanto al hombre lleno de alegría espiritual, que en cierto capítulo general hizo escribir, para enseñanza de todos, esta amonestación: "Guárdense los hermanos de mostrarse ceñudos exteriormente e hipócritamente tristes; muéstrense, más bien, gozosos en el Señor, alegres y jocundos y debidamente agradables".

Capítulo XCII Cómo ha de tratarse el cuerpo para que no proteste

129. Asimismo, el Santo dijo una vez: "Hay que atender con discreción al hermano cuerpo para que no provoque tempestades de flojera. Quítesele toda ocasión de protesta, no sea que llegue a sentir fastidio de velar y de perseverar reverente en la oración. Porque podría decir: ‘Desfallezco de hambre, no aguanto sobre mí el peso de tus prácticas’. Pero, si protestase así después de haberse alimentado lo bastante, sábete que el jumento perezoso necesita ser espoleado y que al asno flojo le aguarda el aguijón".

129. Sólo en esta lección anduvieron discordes las palabras y las obras del santísimo Padre. Pues sometía su cuerpo - de veras inocente - a azotes y privaciones y multiplicaba sobre él los castigos sin motivo. Es que el ardor del espíritu había aligerado el cuerpo ya tanto, que, si el alma era sedienta de Dios, aquella carne santísima desfallecía de sed.

La falsa alegría

Capítulo XCIII Contra la vanagloria y la hipocresía

130. Pero él, que se entregaba a la alegría espiritual, evitaba con cuidado la falsa, como quien sabía bien que debe amarse con ardor cuanto perfecciona y ahuyentar con esmero cuanto inficiona. Así, procuraba sofocar en germen la vanagloria, sin dejar subsistir ni por un momento lo que es ofensa a los ojos de su Señor. De hecho muchas veces, cuando era ensalzado, trocaba luego el aprecio en tristeza, doliéndose y gimiendo.

130. Un invierno en que por todo abrigo de su santo cuerpecillo llevaba una sola túnica con refuerzos de burdos retazos, su guardián, que era también su compañero, adquirió una piel de zorra, y, presentándosela, le dijo: "Padre, padeces del bazo y del estómago; ruego en el Señor a tu caridad que consientas que se cosa esta piel por dentro con la túnica. Y, si no la quieres toda, deja al menos coserla a la altura del estómago".

130. «Si quieres que la lleve por dentro de la túnica - le respondió Francisco -, haz que un retazo igual vaya también por fuera; que, cosido así por fuera, indique a los hombres la piel que se esconde dentro". El hermano oye, pero no lo acepta; insiste, pero no logra otra cosa. Cede al fin el guardián, y se cose retazo sobre retazo para hacer ver que Francisco no quiere ser uno por fuera y otro por dentro.

130. ¡Oh identidad de palabra y de vida! ¡El mismo por fuera y por dentro! ¡El mismo de súbdito y de prelado! Tú que te gloriabas siempre en el Señor, no querías otra gloria ni de los extraños ni de los de casa. Y no se ofendan, por favor, los que llevan pieles preciosas si digo que se lleva también piel por piel, pues sabemos que los despojados de la inocencia tuvieron que cubrirse con túnicas de piel.

Capítulo XCIV Una confesión suya de hipocresía

131. El episodio tuvo lugar en el eremitorio de Poggio, alrededor de la Navidad. El Santo comenzó su predicación a una gran multitud, convocada para oírlo, con estas palabras: "Vosotros me tenéis por santo, y por eso habéis venido con devoción. Pero yo os confieso que en toda esta cuaresma he tomado alimentos preparados con tocino". Y así, atribuía muchas veces a gula lo que había tomado antes por razón de la enfermedad.

Capítulo XCV Una confesión suya de vanagloria

132. Con igual fervor, si alguna vez sentía en su espíritu cualquier movimiento de vanagloria, lo manifestaba luego delante de todos con llaneza. Yendo una vez por la ciudad de Asís, se le acerca una viejecilla pidiendo limosna. Como no tenía otra cosa que darle fuera del manto, se lo entregó luego con pronta generosidad. Y como sintiera cierto cosquilIeo de vanidad, confesó al punto ante todos que había tenido vanagloria.

Capítulo XCVI Réplica suya a los que lo alaban

133. Procuraba guardar en lo secreto del alma los dones del Señor, no queriendo exponer a la gloria lo que podría ser causa de perdición. En efecto, como quiera que eran muchos los que lo alababan a menudo, les respondía con frases como éstas: "No queráis alabarme como a quien está seguro; todavía puedo tener hijos e hijas. No hay que alabar a ninguno cuyo fin es incierto. Si el que lo ha dado quisiera en algún momento llevarse lo que ha donado de prestado, sólo quedarían el cuerpo y el alma, que también el infiel posee". Hablaba de este modo a los que lo alababan. A sí mismo se decía: "Francisco, si un ladrón hubiera recibido del Altísimo tan grandes dones como tú, sería más agradecido que tú".

Capítulo XCVII Dichos suyos contra los que se alaban a sí mismos

134. Decía muchas veces a sus hermanos: "Nadie debe halagarse, con jactancia injusta, de aquello que puede también hacer un pecador". Y se explicaba: "El pecador puede ayunar, orar, llorar, macerar el cuerpo. Esto sí que no puede: ser fiel a su Señor. Por tanto, en esto podremos gloriarnos: si devolvemos a Dios su gloria; si, como servidores fieles, atribuimos a él cuanto nos dona. La carne es el mayor enemigo del hombre: no sabe recapacitar nada para dolerse; no sabe prever para temer; su afán es abusar de lo presente. Y lo que es peor - añadía -, usurpa como de su dominio, atribuye a gloria suya los dones otorgados al alma, que no a ella; los. elogios que las gentes tributan a las virtudes, la admiración que dedican a las vigilias y oraciones, los acapara para sí; y ya, para no dejar nada al alma, reclama el óbolo por las lágrimas".

Su cuidado en ocultar las llagas

Capítulo XCVIII Lo que respondió a los que preguntaban por ellas y el esmero en ocultarlas

135. No deben silenciarse los disimulos que urdió alrededor y el empeño con que ocultó aquellas insignias del Crucificado, dignas de ser veneradas incluso por los espíritus más elevados. Desde que allí, a los principios, el verdadero amor de Cristo había transformado al amante en fiel imagen de él, fue tan grande la cautela del Santo en callar y ocultar el tesoro, que ni siquiera sus familiares se dieron cuenta por mucho tiempo. Pero la Providencia no quiso que estuvieran escondidas por siempre sin que las vieran los más caros del Santo. Por otra parte, el estar en miembros del cuerpo que se llevan descubiertos, no consentía que permanecieran ocultas. Uno de sus compañeros que vio en cierta ocasión las llagas de los pies, le dice: "¿Qué es esto, buen hermano?" Y recibió esta respuesta: "Atiende a tus cosas".

136. Otra vez, el mismo hermano pide al Santo la túnica para sacudirla; viéndola con manchas de sangre, le dijo al Santo después de habérsela devuelto: "¿Qué manchas de sangre son esas de la túnica?" Pero el Santo, poniendo el índice sobre uno de los ojos, le respondió: "Pregunta qué es esto si no sabes que es un ojo".

136. Por eso, rara vez se lava del todo las manos, sino sólo los dedos, para no descubrir el secreto a los que están cerca de él; y rarísimas veces los pies, y todavía más a ocultas. Si se le pide la mano para besarla, da media mano, es decir, presenta al beso sólo los dedos, de modo que puedan depositar el beso; y a veces, en lugar de la mano, alarga la manga del hábito. Cubre - para no ser vistos - los pies con escarpines de lana, aplicada a las llagas una piel que mitigue la aspereza de la lana. Y, aunque el Padre santo no podía encubrir las llagas de los pies y de las manos a los compañeros, se disgustaba si alguien las miraba. Por eso, los compañeros mismos - llenos del espíritu de prudencia - ladeaban los ojos cuando él se veía en la precisión de descubrir las manos o los pies.

Capítulo XCIX Un hermano las vio valiéndose de una treta piadosa

137. Mientras el varón de Dios residía en Siena, llegó a la ciudad un hermano de Brescia. Anheloso de ver las llagas del Padre santo, pide con insistencia al hermano Pacífico que esto le sea posible. Le propone éste: "A punto de partir del lugar, le pediré que me dé a besar las manos, y, cuando me las diere, te guiñaré, y verás las llagas".

137. Prontos para la salida, se van los dos a donde estaba el Santo y Pacífico, puesto de rodillas, dice a San Francisco: "Bendícenos, madre amadísima, y dame a besar la mano". Alargada, bien que no a gusto, la besa, y guiña al compañelo para que la vea. Pide también la otra, la besa y la muestra al compañero. Al salir ellos el Padre entró en sospecha de que había habido de por medio alguna treta santa, como la hubo de hecho. Y, juzgando impía la piadosa curiosidad, el Padre llama en seguida al hermano Pacífico y le dice: "Hermano, que el Señor te perdone, que a veces me causas mucha pena". Pacífico se postra luego en tierra y pregunta humildemente: "¿Qué pena te he causado, madre queridísima?"» Y como San Francisco no dio respuesta alguna, el episodio se cierra con el silencio.

Capítulo C La llaga del costado, vista por un hermano

138. Pero, aunque a algunos les fueron manifiestas las llagas de las manos y de los pies - ya que estos miembros quedan al descubierto -, nadie, sin embargo, fue digno de ver la del costado mientras vivió, fuera de uno, y él una sola vez. Porque cuantas veces hacía sacudir la túnica, tapaba la llaga del costado con el brazo derecho; o en ocasiones, aplicando la mano izquierda al costado herido, tapaba aquella santa llaga. Mas a un compañero suyo, al hacerle masaje, se le deslizó la mano sobre la llaga y le produjo gran dolor. Otro hermano, empeñado con afanosa curiosidad en ver lo que estaba escondido a los demás, dijo un día al Padre santo: "Padre, ¿quieres que te sacuda la túnica?" El Santo le respondió: "El Señor te lo recompense, hermano, pues en verdad que lo necesito". Y, mientras e! Padre se desvestía, el hermano miró con atención, y vio la llaga reproducida en el costado. Solo éste la vio en vida del Santo; ningún otro hasta después de la muerte.

Capítulo Cl Cómo ocultaba las virtudes

139. En tal grado había renunciado este hombre a toda gloria que no supiera a Cristo; en tal grado había fulminado anatema eterno a todo favor humano. Sabía que el precio de la fama es la merma del secreto de la conciencia y que es mucho más perjudicial abusar de las virtudes que no tenerlas. Sabía que no es menor virtud salvaguardar las gracias adquiridas que procurar otras más.

139. Por desgracia, más la vanidad que la caridad nos empuja a muchas cosas; y el favor del mundo prevalece al amor de Cristo. No discernimos las inclinaciones, no examinamos los espíritus; y, cuando es la vanagloria la que nos ha impelido a actuar, nosotros pensamos que hemos sido movidos por la calidad. Además, si llegamos a hacer algún bien, por pequeño que sea, no acertamos a sostener su peso; sea cual fuere, lo descargamos en vida, y, por último, no arribamos a puerto. Soportamos con paciencia no ser buenos; pero nos es intolerable no padecer o no ser tenidos por buenos. Así, vivimos del todo pendientes de las alabanzas de los hombres; es que, al fin y al cabo, no somos sino hombres.

La humildad

Capítulo CII Humildad de San Francisco en el porte, en los sentimientos y en las costumbres y contra el sentir propio

140. La humildad es la salvaguardia y hermosura de todas las virtudes. Si el edificio espiritual no la tiene por cimiento, a medida que parece elevarse, va adelante su ruina. Para que no faltara nada al varón tan rico de gracias, la humildad lo henchió con mas copia de bienes. Por cierto, a su juicio, no era sino un pecador, cuando de verdad era un dechado esplendoroso de toda santidad. Se esforzó en edificarse a sí mismo sobre la humildad, para fundamentarse en la base que había aprendido de Cristo. Olvidando lo que había ganado, ponía los ojos sólo en los fallos, convencido de que era más lo que le faltaba que lo que poseía. Sólo una pasión le urgió: la de hacerse mejor, la de adquirir nuevas virtudes, sin contentarse con las ya adquiridas.

140. Fue humilde en el hábito, más humilde en los sentimientos, humildísimo en el juicio de sí mismo. Este príncipe de Dios no se distinguía cual prelado sino por esta gema brillantísima: que era el mínimo entre los menores. Esta era la virtud, éste el título, ésta la insignia de ministro general. No había altanería en sus palabras, ni pompa en sus gestos, ni ostentación en sus obras.

140. Había comprendido por revelación el juicio que se ha de hacer de muchas cosas; pero, al tratarlas con otros, anteponía al suyo propio el juicio de los demás. Tenía por más seguro el consejo de los compañeros; mejor que el propio, el parecer ajeno. Solía decir que no ha dejado todas las cosas por el Señor quien se reserva la bolsa del juicio propio. Respecto a sí, prefería la afrenta a la alabanza, porque la afrenta obliga a la enmienda, la alabanza empuja a la caída.

Capítulo CIII Su humildad para con el obispo de Terni y para con un campesino

141. Una vez que el Santo predicaba al pueblo de Terni, el obispo de la ciudad - encomiándole delante de todos al fin de la predicación - dijo lo siguiente: "En esta última hora, Dios ha ilustrado a su Iglesia con este pobrecillo y despreciado, simple e iletrado; por lo que estamos obligados a alabar siempre al Señor, que, como sabemos, no hizo tal a gente alguna". Al oírlo el Santo, aceptó con gratitud admirable que el obispo hubiese dicho de él en términos tan claros que era despreciable. Y, luego que entraron en la iglesia, se echó a sus pies, diciendo: "Verdaderamente me has dispensado un gran honor, Señor obispo, ya que tú me has atribuido enteramente lo que me corresponde, mientras otros me lo ocultan. Como dotado de discernimiento, has distinguido lo precioso de lo vil y has dado a Dios la alabanza y a mí el desprecio".

142. Pero el varón de Dios no solo se mostraba humilde con sus mayores, sino también con los iguales y con los de condición inferior, más dispuesto siempre a recibir que a hacer observaciones y correcciones. Así, un día que, conducido en un asnillo - la debilidad y los achaques no le permitían andar a pie -, atravesaba por la heredad de un campesino que estaba trabajando en ella, corrió este hacia el santo y le preguntó con vivo interés si era él el hermano Francisco. Y como el varón de Dios respondiera con humildad que era el mismo por quien preguntara, le dice el campesino: "Procura ser tan bueno como dicen todos de eres, pues son muchos los que tienen puesta su confianza en ti. Por lo cual te aconsejo que nunca te comportes contrariamente a lo de se dice de ti".

142. Mas el varón de Dios, Francisco, que oye eso, se desmonta del asno y, postrado delante del campesino, le besa humildemente los pies y le da, gracias por el favor de le ha hecho con la advertencia. A pesar, pues, de ser tan celebrado por la fama - tanto que muchos lo tenían por santo -, él se juzgaba vil a los ojos de Dios y de los hombres, sin ensoberbecerse ni de la celebridad ni de la santidad que poseía, pero ni siquiera de los muchos y santos hermanos e hijos que se le habían dado como preludio de la remuneración de sus méritos.

Capítulo CIV Cómo renunció al generalato en un capítulo y una oración suya

143. Por conservar la virtud de la santa humildad, a pocos años de su conversión renunció al oficio de prelado de la Religión en un capítulo delante de todos los hermanos, diciendo: "Desde ahora he muerto para vosotros. Pero - añadió - os presento al hermano Pedro Cattani, a quien obedeceremos todos: vosotros y yo". E, inclinándose en seguida ante él, le prometió obediencia y reverencia. En vista de esto, los hermanos lloraban, y oían los lamentos que arrancaba la pena al darse cuenta de que quedaban - en cierto modo - huérfanos al perder tan magnífico padre. El bienaventurado Francisco se levanta y, juntas las manos y alzados los ojos al cielo, dice: "Señor, te recomiendo la familia que me has confiado hasta ahora. Y porque no puedo tener el debido cuidado de ella por las enfermedades que tú, dulcísimo Señor, conoces, la dejo en manos de los ministros. Deberán dar cuenta delante de ti, Señor, en el día del juicio si - por negligencia o por mal ejemplo, o también por alguna corrección áspera de ellos - llegare a perderse algún hermano". Y ya, hasta la muerte, permaneció súbdito, portándose con mayor humildad que ningún otro.

Capítulo CV Cómo renunció a los compañeros

144. Otra vez puso todos sus compañeros a disposición de su vicario ‘, diciendo: "No quiero distinguirme por este privilegio de libertad singular; que en adelante los hermanos me acompañen de lugar a lugar como el Señor les inspirare. Vi, en cierta ocasión - añadió -, un ciego que en el camino era guiado por una perrita. Esta era, en efecto, su gloria: que, abandonando toda apariencia de singularidad y de jactancia, habitase en él la fuerza de Cristo.

Capítulo CVI Sus dichos contra los que aman prelacías y descripción del hermano menor

145. Viendo que había quienes aspiraban a prelacías, de las cuales ya la ambición misma - sin mentar otras cosas - los hacía indignos, solía decir que esos tales no eran hermanos menores, sino que habían perdido la gloria por haber olvidado la vocación a la que eran llamados. Y confutaba en frecuentes pláticas a algunos - dignos de compasión - que llevaban a mal ser removidos de sus oficios, cuando lo que buscaban no era la carga, sino el honor.

145. Y una vez dijo a su compañero: "No me parece que sería hermano menor si no tuviera la disposición que te describiré. Voy, por ejemplo - añadió -, al capítulo como quien es prelado de los hermanos; predico; amonesto a los hermanos; y cuando termino replican: ‘No nos conviene un iletrado y despeciable; por tanto, no queremos que tú reines sobre nosotros, porque tú no sabes hablar y eres un simple e ignorante’. Y, por último, teniéndome todos por vil, me echan afrentosamente. Te aseguro que, si no oyere estas palabras con el habitual semblante, con la acostumbrada alegría, con idéntico propósito de santidad, no soy, no, hermano menor".

145. Y añadía aún: "En la prelacía acecha la caída; en la alabanza, el precipicio, en la humildad del súbdito la ganancia del alma. ¿Porqué aplicarnos, pues, más a los peligros que a las ganancias, siendo así que hemos recibido el tiempo para ganar?".

Capítulo CVII La sumisión para con los clérigos que quería en los hermanos y por qué

146. Y si bien quería que sus hijos tuvieran paz con todos y que se mostraran como niños a todos, así y todo enseñó de palabra y confirmó con el ejemplo que debían ser sumamente humildes con los clérigos. Solía decir: "Hemos sido enviados en ayuda a los clérigos para la salvación de las almas, con el fin de suplir con nosotros lo que se echa de monos en ellos. Cada uno recibirá la recompensa conforme no a su autoridad, sino a su trabajo. Saber, hermanos - añadía -, que el bien de las almas es muy agradable a Dios y que puede lograrse mejor por la paz que por la discordia con los Clérigos. Y si ellos impiden la salvación de los pueblos, corresponde a Dios dar el castigo, que por cierto les dará a tiempo. Así, pues, estaos sujetos a los prelados, para no suscitar celos en cuanto depende de vosotros. Si sois hijos de la paz, ganareis pueblo y clero para el Señor, lo cual le será más grato que ganar a sólo el pueblo con escándalo del clero. Encubrid - concluyó - sus caídas, suplid sus muchas deficiencias; y, cuando hiciereis estas cosas, sed más humildes".

Capítulo CVIII La reverencia que mostró al obispo de Imola

147. Cierta vez que San Francisco llegó a Imola, ciudad de la Romagna, se presentó al obispo del lugar para pedirle licencia de predicar. "Hermano - le respondió el obispo -, basta que predique yo a mi pueblo". San Francisco -la cabeza baja - sale humildemente. Al poco rato vuelve a entrar. Le pregunta el obispo: "Qué quieres, hermano? ¿Qué buscas otra vez aquí?» Y el bienaventurado Francisco: "Señor, si un padre hace salir al hijo por una puerta, el hijo tiene qué volver a él entrando por otra". El obispo, vencido por la humildad, lo abraza con cara alegre y le dice: "Predicad desde ahora, tú y tus hermanos, en mi obispado, pues tenéis mi licencia general; y conste que esto lo ha merecido tu santa humildad".

Capítulo CIX La humildad de él con Santo Domingo y de Santo Domingo con él y el mutuo afecto de los dos

148. Santo Domingo y San Francisco, las dos lumbreras resplandecientes del orbe, coincidieron en Roma con el señor ostiense - que más tarde fue sumo pontífice -. Y según que alternaban los tres en hablar cosas melifluas acerca del Señor, les dijo, finalmente, el obispo: "En la Iglesia primitiva, los pastores de la Iglesia eran pobres, hombres que ardían en caridad y no en codicia. ¿Por qué no escoger para obispos y prelados aquellos de entre vuestros hermanos que destacan sobre los demás por la doctrina y por el ejemplo?".

148. Surge luego entre los dos santos porfía sobre la respuesta, no por quitársela de la boca el uno al otro, sino por cedérsela mutuamente, o mejor, por incitarse ambos a ser el otro el primero en responder. En efecto, por el aprecio mutuo que se profesaban, el uno para el otro resultaba ser el primero. La humildad venció por fin a Francisco, para no adelantarse; venció también a Domingo, para obedecer al ser el primero en responder.

148. Tomando, pues, la palabra el bienaventurado Domingo, dijo al obispo: "Señor, mis hermanos - si se dan cuenta - están ya bastante encumbrados, y, en cuanto depende de mí, no permitiré que obtengan otro género de dignidad". Después de estas breves palabras, el bienaventurado Francisco se inclina ante el obispo y dice: "Mis hermanos se llaman menores precisamente para que no aspiren a hacerse mayores. La vocación les enseña a estar en el llano y a seguir las huellas de la humildad de Cristo para tener al fin lugar más elevado que otros en el premio de los santos. Si queréis - añadió - que den fruto en la Iglesia de Dios, tenedlos y conservadlos en el estado de su vocación y traed al llano aun a los que no lo quieren. Pido, pues, Padre, que no les permitas de ningún modo ascender a prelacías, para que no sean más soberbios cuanto más pobres son y se insolenten contra los demás". Estas fueron las respuestas de los dos santos.

149. ¿Qué decís vosotros, hijos de santos? Los celos y las envidias os delatan como degenerados; y no menos como bastardos la ambición de bienes. Os mordéis y devoráis mutuamente, pues las guerras y las contiendas no tienen otro origen que las ambiciones. Es incumbencia vuestra luchar contra los escuadrones de las tinieblas, en rudo combate contra los ejércitos de los demonios, pero volvéis vuestras espadas los unos contra los otros. Los padres, llenos de sabiduría, se miran con familiaridad de cara, pero los hijos, llenos de envidia, no pueden ni soportar el verse los unos a los otros. ¿Qué hará el cuerpo si tiene dividido el corazón? Seguramente, la doctrina de la santidad daría más fruto en el mundo entero si el vínculo de la caridad uniese más estrechamente entre sí a los ministros de la palabra de Dios. De hecho, lo de hablamos o enseñamos se vuelve sumamente sospechoso desde el momento en que hay señales claras que evidencian que existe entre nosotros cierto fermento de odio. Yo bien sé de una y otra parte que no son responsables los buenos, sino los malos, quienes - para evitar el contagio de los santos - creería justo que fuesen expulsados.

149. ¿Qué decir, en fin, de esos que saben cosas de alta sabiduría? los padres llegaron al reino por el camino de la humildad y no de la altivez; los hijos, rondando la ambición, no buscan el camino de la ciudad que es su morada. Y ¿qué puede esperarse sino que, no siguiendo el camino de los padres, tampoco consigamos su gloria? ¡No sea así, Señor! Haz que bajo las alas de los maestros humildes sean humildes los discípulos; haz que se quieran bien los que son hermanos espirituales y veas los hijos de tus hijos como prenda de paz para Israel.

Capítulo CX Cómo se recomendaron el uno al otro

150. Terminadas las respuestas de los dos santos - como dejamos dicho arriba -, el señor obispo de Ostia, muy edificado de ellas, dio gracias sin fin a Dios. Y, a la despedida, el bienaventurado Domingo pidió a San Francisco que tuviera a bien darle la cuerda con que se ceñía. San Francisco no accedía, rehusando, con una humildad comparable con la caridad que mostraba Santo Domingo, en la petición. Pero venció al fin, afortunada, la devoción del que había pedido, y se ciñó devotamente la cuerda bajo la túnica interior. Por último, ambos santos se despiden dándose las manos y haciéndose dulcísimas recomendaciones. Y dice el Santo al Santo: "Hermano Francisco, quisiera que tu Religión y mi Religión se hicieran una sola y viviéramos en la Iglesia con la misma forma de vida". Después, ya que se separaron, dijo Santo Domingo a los circunstantes, que eran muchos: "En verdad os digo que los demás religiosos deberían seguir a este santo varón que es Francisco. ¡Tan alta es la perfección de su santidad!".

La obediencia

Capítulo CXI Que por practicar la obediencia tuvo siempre un guardián

151. Este perspicacísimo negociante, puesta la mirada en ganar de muchas maneras y en convertir todo el tiempo presente en mérito, quiso ser guiado con el freno de la obediencia y someterse a sí mismo al gobierno de otros. De hecho, no sólo renunció al generalato, sino que, para mayor mérito de obediencia, pidió también un guardián particular, a quien venerase como a prelado suyo. Así, pues, dijo al hermano Pedro Cattani - a quien tiempo atrás había prometido obediencia -: "Te ruego por Dios que confíes tus veces para conmigo a uno de mis compañeros, a quien pueda obedecer con la misma entrega que a ti. Sé - añadió - el fruto de la obediencia y que para quien doblega el cuello al yugo de otro no pasa un instante sin ganancia". De este modo - otorgada su instancia -, dondequiera permaneció obediente hasta la muerte, en obediencia reverente y constante a su guardián

151. Llegó a decir una vez a sus compañeros: "Entre otras gracias que la bondad divina se ha dignado concederme, cuento ésta: que al novicio de una hora que se me diera por guardián, obedecería con la misma diligencia que a otro hermano muy antiguo y discreto. El súbdito - añadió - no tiene que mirar en su prelado al hombre, sino a aquel por cuyo amor se ha sometido. Cuanto es más desestimable quien preside, tanto más agradable es la humildad de quien obedece".

Capítulo CXII Cómo describió al verdadero obediente y tres clases de obediencia

152. Otra vez, el bienaventurado Francisco, sentado entre sus compañeros, dijo exhalando un suspiro: "Apenas hay en todo el mundo un religioso que obedezca perfectamente a su prelado" Conmovidos los compañeros, le replicaron: "Padre, dinos cuál es la obediencia más alta y perfecta". Y él, describiendo al verdadero obediente con la imagen de un cadáver, respondió: "Toma un cadáver y colócalo donde quieras. Verás que, movido, no resiste; puesto en un lugar, no murmura; removido, no protesta. Y, si se le hace estar en una cátedra, no mira arriba, sino abajo; si se le viste de púrpura, dobla la palidez.

152. Este es - añadió - el verdadero obediente: no juzga por qué se le cambia, no se ocupa del lugar en que lo ponen, no insiste en que se le traslade. Promovido a un cargo, conserva la humildad de antes; cuanto es más honrado, se tiene por menos digno". Otra vez, hablando sobre el particular, dijo que las obediencias que se conceden por pedidas son propiamente licencias; llamó, en cambio, santas obediencias a las que se imponen sin haberlas pedido. Afirmaba que ambas son buenas, pero más segura la segunda. Pero consideraba máxima obediencia, y en la que nada tendrían la carne y la sangre, aquella en la que por divina inspiración se va entre los infieles, sea para ganar al prójimo, sea por deseo de martirio. Estimaba muy acepto a Dios pedir esta obediencia.

Capítulo CXIII Que no se debe mandar por obediencia con motivos leves

153. Opinó que rara vez se ha de mandar por obediencia; y que de primeras no ha de lanzarse el dardo, cuando esto debería ser lo último. "No hay que darse prisa - decía- en llevar la mano a la espada". Pero de quien no corría a obedecer el precepto de la obediencia, opinaba que ni temía a Dios ni respetaba al hombre. Nada más verdadero que estas enseñanzas. ¿Qué es, en efecto, la autoridad de mandar en quien manda temerariamente sino espada en mano de un furioso? Y ¿qué desahucio hay comparable con el del religioso que desprecia la obediencia?

Capítulo CXIV Cómo echó al fuego la capucha de un hermano porque había venido sin obediencia, aunque atraído por devoción

154. Manda una vez que se eche en medio de una gran fogata la capucha quitada a un hermano que había venido sin obediencia y solo. Y como nadie se atrevía a salvarla del fuego por el temor que les infundía un mínimo ceño del Padre, manda el Santo que la extraigan de las llamas y la sacan ilesa. Aunque los méritos del Santo bastasen para lograr esto, tal vez medió también el haberlo merecido el hermano. Porque, por más que le faltara la discreción, única guía de las virtudes, lo había dominado la devoción de ver al Padre santísimo.

Los que dan ejemplo bueno o malo

Capítulo CXV El ejemplo de un buen hermano y una costumbre de los hermanos antiguos

155. Afirmaba que los hermanos menores han sido enviados por el Señor en estos últimos tiempos para esto: para dar ejemplos de luz a los envueltos en las tinieblas de los pecados. Solía decir que se sentía penetrado de suavísima fragancia y ungido de ungüento precioso cuando oía las proezas de los hermanos santos que hay esparcidos por el orbe.

155. Sucedió que un hermano llamado Bárbaro había disparado una palabra injuriosa contra otro hermano en presencia de un varón noble de la isla de Chipre. Pero al darse cuenta de que aquel choque había herido algún tanto al hermano, ardiendo en deseo de vindicta contra sí, toma estiércol de asno, lo mete en la boca para molerlo y se dice: "Mastique estiércol la lengua que ha lanzado el veneno de la iracundia contra mi hermano". El caballero, asombrado y maravillado ante lo que veía, marchó muy edificado, y desde aquella hora se puso a sí mismo con todos sus bienes, con liberalidad, a disposición de los hermanos.

155. Era costumbre inviolable de los hermanos que, si alguno decía acaso a otro tal o cual palabra molesta, postrándose luego en el suelo, cubriera de besos santos los pies del ofendido, aunque éste se resistiese. Exultaba el Santo con estos casos, es decir, cuando oía que sus hijos sacaban de entre sí mismos ejemplos de santidad, y colmaba de bendiciones muy deseables a tales hermanos que de palabra o de obra inducían a los pecadores al amor de Cristo. Enteramente lleno como vivía del celo de las almas, quería que los hijos se le asemejasen de veras.

Capítulo CXVI Cómo algunos daban mal ejemplo y la maldición del Santo contra ellos y cómo el mal ejemplo le era insoportable

156. Asimismo, quien profanaba la santa Religión con obras o ejemplos malos, incurría en terribilísima maldición de él. Le contaron, pues, un día que el obispo de Fondi había dicho a dos hermanos que se le presentaron con una barba que, so pretexto de mayor desprecio de sí mismos, dejaban crecer mas y más: "Tened cuidado, no vaya a deslustrarse la hermosura de la Religión con esas novedades presuntuosas".

156. Se levantó de pronto el Santo y, tendidas las manos al cielo, prorrumpió, bañado en lágrimas, en estas palabras de oración, o mejor, de imprecación: "Señor Jesucristo, que elegiste a los apóstoles en número de doce, del cual, si bien cayera uno, no obstante, los demás, unidos a ti, predicaron el santo Evangelio llenos de un mismo espíritu. Tú, Señor, acordándote de tu antigua misericordia, has plantado en esta hora postrera la Religión de los hermanos para sostenimiento de tu fe y para llevar a cabo por ellos el misterio de tu Evangelio. ¿Quién dará satisfacción por ellos en tu presencia si, en el ministerio para el que fueron enviados, no sólo no dan ejemplos de luz a todos, sino que les muestran obras de las tinieblas? De ti, santísimo Señor, y de toda la corte celestial y de mí, pequeñuelo tuyo, sean malditos los que con su mal ejemplo confunden y destruyen lo que por los santos hermanos de esta Orden has edificado y no cesas de edificar".

156. ¿Dónde están los que se dicen felices con la bendición de él y se jactan de gozar a su gusto de la intimidad de él? No lo quiera Dios; pero, si se encontraran, sin haberse arrepentido, con que han dado escándalo con obras de las tinieblas, ¡ay de ellos!, ¡ay de su condenación eterna!

157. Solía decir: "Los hermanos mejores se cubren de vergüenza por las obras de los malos hermanos y, aunque no hayan pecado ellos, cargan con el juicio que se hace por el ejemplo de los depravados. Con esto, me hunden una cruel espada y me la revuelven sin cesar en las entrañas". Por eso sobre todo se aislaba de la compañía de los hermanos, para no oír contar de uno o de otro algo malo, que le renovase el dolor.

157. Solía decir también: "Vendrá tiempo en que la Religión amada de Dios sea difamada por causa de los malos ejemplos, hasta el punto de avergonzarse de salir en público. Pero los que llegaren a entrar entonces en la Orden serán guiados por sola la operación del Espíritu Santo; la carne y la sangre no los mancharán en nada, y serán de veras benditos del Señor. Y, aunque no se hubiesen dado en ellos obras meritorias, enfriándose la caridad, que excita a los santos a actuar con fervor, les sobrevendrán inmensas tentaciones, y quienes fueren hallados a tal tiempo victoriosos en la prueba, serán mejores que los de antes. Pero ¡desdichados aquellos que, pagados de sólo la apariencia de vida religiosa, se engolfarán en el ocio y no resistirán constantes a las tentaciones permitidas para prueba de los elegidos; porque sólo los que fueren probados recibirán la corona de la vida, a los cuales ejercita entre tanto la malicia de los réprobos".

Capítulo CXVII La revelación que Dios le hizo acerca del estado de la Orden y de que la Orden no perecerá nunca

158. Mas recibía mucho consuelo con las visitas del Señor, en las cuales se le aseguraba que los fundamentos de su Religión permanecerían indefectiblemente firmes. Se le prometía también que al número de los que perecían sustituiría ciertamente otro igual de elegidos.

158. Como el Santo se turbara una vez de los malos ejemplos y se presentara turbado a la oración, recibió del Señor este reproche: "¿Por qué te conturbas, homúnculo? "Es que acaso te he escogido yo como pastor de mi Religión de suerte que no sepas que soy yo su principal dueño? A ti, hombre sencillo, te he escogido para esto: para que lo que yo vaya a hacer en ti con el fin de que los demás lo imiten, lo sigan quienes quieran seguirlo. Yo soy el que ha llamado, y yo el que defenderá y apacentará; y para reparar la caída de algunos suscitaré otros; y, si no hubieren nacido todavía, yo los haré nacer. No te inquietes, pues, antes bien trabaja por tu salvación, porque, aun cuando el número de la Religión se redujere a tres, la Religión permanecerá por siempre firme con mi protección". Desde entonces solía decir que la virtud de un solo santo podía más que una multitud de imperfectos, porque un solo rayo de luz hace desaparecer espesas tinieblas.

Contra el ocio y los ociosos

Capítulo CXVIII La revelación que tuvo de cuándo sería servidor de Dios y cuando no

159. Desde que este hombre, abandonando las cosas caducas, comenzó a adherirse al Señor, no consintió en desperdiciar ni la menor partecilla del tiempo. De hecho, aun después de haber acumulado en los tesoros del Señor méritos incontables, se le veía siempre con el mismo ánimo que al principio, cada vez mas dispuesto a ejercitarse en las cosas del espíritu. Consideraba ofensa grave no estar haciendo algo bueno; tenía por retroceso no adelantar continuamente.

159. Una vez, mientas descansaba en la celda en Siena, llamó de noche a los compañeros que dormían y les dijo: "Hermanos, he rogado al Señor que me haga saber cuándo soy siervo suyo y cuándo no. Pues - añadió - no quisiera ser sino su siervo. Y el mismo benignísimo Señor acaba de responderme con su dignación: "Sábete siervo mío verdadero cuando piensas, hablas y obra cosas santas. Hermanos, os he llamado por esto: quiero quedar en vergüenza ante vosotros si dejo de hacer alguna vez una de esas tres cosas".

Capítulo CXIX La penitencia impuesta en la Porciúncula por palabras ociosas

160. Otro día en Santa María de la Porciúncula, el hombre de Dios, que veía cómo la ganancia de la oración se perdía después en conversaciones ociosas, ordenó, para remedio de éstas, lo siguiente: "Cualquier hermano que incurriere en alguna palabra ociosa o inútil, está obligado a decir en seguida su culpa y a rezar un padrenuestro por cada palabra ociosa. Igualmente, es mi voluntad que, si el hermano se adelanta a acusar su falta, diga el padrenuestro por su propia alma; si se la reprocha antes algún otro hermano, lo dirá por el alma del que le ha reprochado".

Capítulo CXX Cómo, trabajando él, no podía ver a los ociosos

161. Solía decir que los perezosos que no se familiarizan con ninguno de los trabajos, serán vomitados de la boca del Señor. Ningún ocioso podía presentársele delante que no recibiese un reproche mordaz. Pues él, modelo de toda perfección, se ocupaba y trabajaba con sus manos, sin permitirse desperdiciar en nada el don precioso del tiempo. Dijo también una vez: "Quiero que todos mis hermanos trabajen y se ocupen en algo, y que los que no saben ningún oficio, lo aprendan". Y, señalando el motivo, añadió: "Para ser menos gravosos a los hombres y para que el corazón y la lengua no divaguen, con el ocio, por cosas ilícitas". Y la ganancia o merced del trabajo no la quería a disposición del que trabaja, sino del guardián o de la familia.

Capítulo CXXI Lamentación dirigida a él sobre los ociosos y los glotones

162. Séame permitido, Padre santo, elevar hoy al cielo una lamentación sobre los que se dicen tuyos. Muchos que prefieren holgar y no trabajar, a quienes les resultan odiosas las prácticas de la virtud, demuestran que no son hijos de Francisco, sino de Lucifer. Hay entre nosotros más remisos que dispuestos al esfuerzo, siendo así que, habiendo nacido para el trabajo, debieran considerar su vida como milicia. Ni gustan de progresar en la acción ni pueden adelantar en la contemplación. Después de haber escandalizado a todos por su singularidad, trabajando más con las fauces que con las manos, detestan al que pide cuenta en la puerta y no aguantan que se les toque ni con la punta de los dedos. Pero, como decía el bienaventurado Francisco, me sorprende más el descaro de los que en su casa no hubieran vivido sino del propio sudor, y ahora, sin trabajar, comen del sudor de los pobres. ¡Sagacidad extraña! Aunque no hacen nada, los creerías ocupados siempre. Saben los horarios de las comidas; y, si el hambre los acosa alguna vez, acusan al sol de haberse dormido.

162. ¿Voy a creer, Padre bueno, que estos hombres abominables son dignos de tu gloria? ¡Ni siquiera de tu hábito! Tú has enseñado siempre a buscar las riquezas de los méritos en este tiempo falaz y fugaz, para no verse obligados a mendigar en el futuro. Y estos que han de acabar luego en el destierro, ni siquiera disfrutan en la tierra. Reina este mal en los súbditos porque los prelados lo disimulan, como si fuera posible no incurrir en el castigo de aquellos cuyos vicios toleran.

Los ministros de la palabra de Dios

Capítulo CXXII Qué cualidades debe tener el predicador

163. A los ministros de la palabra de Dios los quería tales, que, dedicándose a estudios espirituales, no se embargasen con otras ocupaciones. Pues solía decir que los ha escogido un gran rey para transmitir a los pueblos las órdenes recibidas de boca de él. Observaba: "El predicador debe primero sacar de la oración hecha en secreto lo que vaya a difundir después por los discursos sagrados; debe antes enardecerse interiormente, no sea que transmita palabras que no llevan vida". Aseguraba que el oficio de predicador es digno de veneración; y cuantos lo ejercen, dignos de ser venerados por todos. "Ellos son -decía - la vida de la Iglesia, los debeladores de los demonios, la luz del mundo".

163. Dignos de mayor honor juzgaba aún a los doctores en sagrada teología. Por cierto que un día hizo escribir, dirigiéndose a todos: "A todos los teólogos y a los que nos administran las palabras divinas debemos honrar y tener en veneración, como a quienes nos administran espíritu y vida". Una vez que escribió al bienaventurado Antonio, hizo comenzar la carta con estas palabras: "Al hermano Antonio, mi obispo".

Capítulo CXXIII Contra los que ambicionan vana alabanza. Exposición de un pasaje profético

164. Pero decía que son de llorar los predicadores que venden - muchas veces - lo que hacen a cambio de una alabanza vana. Y para curar los tumores de ésos les medicinaba de vez en cuando con este antídoto: "¿Por qué os gloriáis de haber convertido a quienes han sido convertidos por las oraciones de mis hermanos los simples?»

164. Y añadía aquel texto: Parió la estéril muchos hijos, con esta explicación: "Estéril es mi hermano pobrecillo, que no tiene el cargo de engendrar hijos en la Iglesia. Ese parirá muchos en el día del juicio, porque a cuantos convierte ahora con sus oraciones privadas, el Juez los inscribirá entonces a gloria de él. Y se marchitará la que muchos tiene, porque el predicador que se goza ahora de haber engendrado muchos por su virtud, conocerá entonces que no hubo nada suyo en ellos"

164. Mas a los que pretenden ser alabados como retóricos más que como predicadores, hablando con elegancia, pero sin amor, no los quería mucho. Y decía que distribuyen mal el tiempo quienes se dan del todo a la predicación sin reservar nada a la devoción. Alababa al predicador - en concreto, a aquel predicador - que a tiempos se retiraba a gustar dentro de sí, a saborear dentro del alma.

La contemplación del Creador en las creaturas

Capítulo CXXIV El amor del Santo a las creaturas sensibles e insensibles

165. Este feliz viador, que anhelaba salir de este mundo, como lugar de destierro y peregrinación, se servía, y no poco por cierto, de las cosas que hay en él. En cuanto a los príncipes de las tinieblas, se valía, en efecto, del mundo como de campo de batalla; y en cuanto a Dios, como de espejo lucidísimo de su bondad. En una obra cualquiera canta al Artífice de todas; cuanto descubre en las hechuras, lo refiere al Hacedor. Se goza en todas las obras de las manos del Señor, y a través de tantos espectáculos de encanto intuye la razón y la causa que les da vida. En las hermosas reconoce al Hermosísimo; cuanto hay de bueno le grita "El que nos ha hecho es el mejor". Por las huellas impresas en las cosas sigue dondequiera al Amado, hace con todas una escala por la que sube hasta el trono.

165. Abraza todas las cosas con indecible afectuosa devoción y les habla del Señor y las exhorta a alabarlo. Deja que los candiles, las lamparas y las candelas se consuman por sí, no queriendo apagar con su mano la claridad, que le era símbolo de la luz eterna. Anda con respeto sobre las piedras, por consideración al que se llama Piedra. Cuando ocurre decir el versículo Me has exaltado en la piedra, como para expresarlo con alguna mayor reverencia, dice: "Me has exaltado a los pies de la Piedra".

165. A los hermanos que hacen leña prohibe cortar del todo el árbol, para que le quede la posibilidad de echar brotes. Manda al hortelano que deje a la orilla del huerto franjas sin cultivar, para que a su tiempo el verdor de las hierbas y la belleza de las flores pregonen la hermosura del Padre de todas las cosas. Manda que se destine una porción del huerto para cultivar plantas que den fragancia y flores, para que evoquen a cuantos las ven la fragancia eterna.

165. Recoge del camino los gusanillos para que no los pisoteen; y manda poner a las abejas miel y el mejor vino para que en los días helados de invierno no mueran de hambre. Llama hermanos a todos los animales, si bien ama particularmente, entre todos, a los mansos. Pero ¿cómo decirlo todo? Porque la bondad fontal, que será todo en todas las cosas, éralo ya a toda luz en este Santo.

Capítulo CXXV Cómo las creaturas le correspondían con amor y el fuego que no lo lastimó

166. De ahí que todas las creaturas se esmeran en corresponder con amor al amor del Santo y - como se merece - con muestras de agradecimiento. Cuando las acaricia, le sonríen; cuando les pide algo, acceden; obedecen cuando les manda. He ahí, para solaz, algunos casos.

166. Durante la enfermedad de los ojos, obligan al Santo a que se deje curar, y llaman al lugar a un cirujano. Viene, pues, el cirujano, trayendo consigo un instrumento de hierro para cauterizar; y dispone que lo tengan al fuego hasta volverse incandescente. Mas el bienaventurado Padre, animando a su cuerpo, que tremaba ya de horror, habla así al fuego: "Hermano mío fuego, el Altísimo te ha creado dotado de maravilloso esplendor sobre las demás creaturas, vigoroso, hermoso y útil. Sé ahora benigno conmigo, sé cortés, porque hace mucho que te amo en el Señor. Pido al gran Señor que te ha creado que temple tu ardor en esta hora para que pueda soportarlo mientras me cauterizas suavemente". Al término de esta plegaria hace la señal de la cruz sobre el fuego y queda intrépido. El médico toma en las manos el hierro candente y tórrido, los hermanos huyen presa de la compasión, el Santo se ofrece, dispuesto y alegre, al hierro. Crepitante, penetra el hierro en la tierna carne, y el cauterio se extiende, sin solución de continuidad, de la oreja a la sobreceja.

166. Cuánto dolor le causara el fuego, lo testifican las palabras de quien mejor lo notó, es decir, del Santo. En efecto, sonriéndose, dijo el Padre a los hermanos que habían huido y volvían: "Pusilánimes, de corazón encogido, ¿por qué habéis huido? Os digo en verdad que no he experimentado ni ardor de fuego ni dolor alguno en la carne". Y, dirigiéndose al medico, le dijo aún: "Si la carne no está todavía bien cauterizada, cauterízala de nuevo". El médico, que tenía experiencia de reacciones diferentes en casos parecidos, hizo valer el hecho como milagro divino, observando: "Hermanos, os digo que hoy he visto maravillas". Creo yo que el Santo, a cuya voluntad se aplacaban creaturas inhumanas, había vuelto a la inocencia primera.

Capítulo CXXVI La avecilla que vino a posarse en sus manos

167. San Francisco iba de paso, en una pequeña barca, por el lago de Rieti al eremitorio de Greccio. El pescador le ofreció una avecilla de río para que se solazara en el Señor con ella. Tomándola gozoso el bienaventurado Padre, la invitó mansamente, abiertas las manos, a marchar en libertad. Pero como ella no quería irse, sino que se recostaba en las manos del Santo como si estuviera en un nido pequeño, el Santo, con los ojos levantados, se sumergió en oración. Después de mucho tiempo, vuelto en sí como quien viene de otro mundo, mandó con dulzura a la avecilla que volviera sin temor a la libertad de antes. Con este permiso y una bendición marchó volando, mostrando, con un ademán del cuerpo, una alegría especial.

Capítulo CXXVII El halcón

168. Mientras el bienaventurado Francisco, huyendo, según costumbre, de la vista y el trato con los hombres, estaba en cierto eremitorio, un halcón que había anidado en el lugar entabló estrecho pacto de amistad con él. Tanto que el halcón siempre avisaba de antemano, cantando y haciendo ruido, la hora en que el Santo solía levantarse a la noche para la alabanza divina. Y esto gustaba muchísimo al santo de Dios, pues con la solicitud tan puntual que mostraba para con él le hacía sacudir toda negligencia. En cambio, cuando al Santo le aquejaba algún malestar más de lo habitual, el halcón le dispensaba y no le llamaba a la hora acostumbrada de las vigilias; y así - cual si Dios lo hubiere amaestrado -, hacia la aurora pulsaba levemente la campana de su voz. No es de maravillar que las demás creaturas veneren al que es el primero en amar al Creador.

Capítulo CXXVIII Las abejas

169. Una vez, el siervo de Dios se hizo construir en cierto monte una celdilla, en la que se entregó a penitencia muy rigurosa por cuarenta días. Al retirarse pasados los días, la celda quedó como en la soledad al no haber ningún sucesor. Había quedado en ella un vaso de arcilla, que el Santo usaba para beber. Como quiera que algunos acostumbraban ir a veces al lugar por veneración del Santo, encuentran un día el vaso lleno de abejas Estaban éstas fabricando en él, con arte maravilloso, las celdillas de un panal, que simbolizaban de veras la dulzura de la contemplación que el santo de Dios había gustado en el lugar.

Capítulo CXXIX El faisán

170. Cierto noble del condado de Siena envió al bienaventurado Francisco, que estaba enfermo, un faisán. En la alegría de recibirlo, no por el apetito de comerlo, sino por la costumbre que tenía de alegrarse siempre en tales casos por amor del Creador, le dijo al faisán: Hermano faisán, alabado sea nuestro Creador". Y a los hermanos: "Hagamos ahora prueba de si el hermano faisán quiere quedarse con nosotros o volver a los lugares a los que está hecho y que le son mas convenientes". Y, por orden del Santo, un hermano lo llevó lejos y lo dejó en una viña; pero el faisán volvió con paso veloz a la celda del Padre. El Santo ordena de nuevo que se le aleje más; pero el faisán volvió a toda prisa a la puerta de la celda y logró entrar en ella como forcejando, amparándose bajo las túnicas de los hermanos que estaban en la puerta. Después de esto, el Santo, abrazándolo y acariciándolo mientras le decía palabras de ternura, mandó que se le diese de comer con diligencia.

170. Presenciando esto un médico gran devoto del santo de Dios, pidió el faisán a los hermanos, no para comerlo, sino para alimentarlo por reverencia al Santo. Y ¿qué? Lo llevó consigo a casa; pero el faisán, igual que si hubiese recibido una injuria, al verse separado del Santo, no quiso comer nada todo el tiempo que estuvo separado de él. Se maravilló el médico, y, devolviendo en seguida el faisán al Santo, contó al detalle todo lo que había pasado. En cuanto el faisán, dejado en el suelo, vio a su padre, comenzó a comer con gusto.

Capítulo CXXX La cigarra

171. En la Porciúncula, cerca de la celdilla del santo de Dios, una cigarra que se aposentaba en una higuera cantaba muchas veces con suave insistencia. La llamó un día bondadosamente hacia sí el bienaventurado Padre, extendiéndole la mano, y le dijo: "Hermana mía cigarra, ven a mí". La cigarra, como si estuviera dotada de razón, se pone al pronto en sus manos. Le dice: "Canta, hermana mía cigarra, y alaba jubilosa al Señor, tu creador". Obediente en seguida, la cigarra comenzó a cantar, y no cesó hasta que el varón de Dios, uniendo su alabanza al canto de ella, la mandó que volviese al lugar donde solía estar. Allí se mantuvo, como atada, por ocho días seguidos. Y el Santo, al bajar de la celda, la acariciaba con las manos, la mandaba cantar; a estas órdenes estaba siempre dispuesta a obedecer. Y dijo el Santo a sus compañeros: "Licenciemos a nuestra hermana cigarra, que bastante nos ha alegrado hasta ahora con su alabanza, para que nuestra carne no pueda vanagloriarse de eso". Y al punto, con el permiso del Santo, se alejó y no apareció más en el lugar. Los hermanos testigos del hecho quedaron admirados sobremanera.

La caridad

Capítulo CXXXI Su caridad y cómo, para salvar las almas, quería mostrarse modelo de perfección

172. No es de extrañar que a quien la fuerza del amor había hecho hermano de las demás creaturas, la caridad de Cristo lo hiciera más hermano de las que están marcadas con la imagen del Creador. Solía decir al efecto que nada hay más excelente que la salvación de las almas. Y lo razonaba muchas veces recurriendo al hecho de que el unigénito de Dios se hubiese dignado morir colgado en la cruz por las almas. De aquí nacieron su recurso a la oración, sus correrías de predicación, sus demasías en dar ejemplo. No se creía amigo de Cristo si no amaba las almas que él ha amado. Y ésta era - en lo más íntimo de él - la razón principal de su veneración a los doctores, que, como colaboradores de Cristo, desempeñan la misma misión con Cristo. Y aun a los mismos hermanos - como a quienes profesaban juntos una misma fe singular y como a quienes unía una misma participación en la herencia eterna - los abrazaba con el más entrañable y total amor sobremanera.

173. Cuantas veces lo reprendían por la aspereza de su vida, respondía que había sido dado ala Orden como modelo, igual que el águila que incita a volar a sus polluelos. Por eso, si bien su carne inocente, que se sometía ya espontánea al espíritu, no necesitara que se la azotase por pecados, con todo, el Santo le infligía nuevos malos tratos por la razón de ser modelo, recorriendo los caminos difíciles solamente por el ejemplo debido a los demás.

173. Con razón por cierto, pues se mira más a las obras que a las palabras de los prelados. Padre, con las obras perorabas con más suavidad, persuadías con más facilidad, probabas con más seguridad. Aunque los prelados hablen lenguas de hombres y de ángeles, si no dan ejemplos de caridad, poco me aprovecharán a mí, nada a sí mismos. Pero si el que tiene que corregir no se da nada a temer y el capricho suplanta a la razón, ¿bastarán los sellos para salvarse? Sin embargo, se ha de hacer lo que mandan con imperio, para que la corriente de agua, bien que pasando por canales enjutos, llegue a los cuadros del jardín. Y entre tanto recójanse rosas de las espinas, para que el mayor sirva al menor.

Capítulo CXXXII El cuidado de los súbditos

174. Y hablando de esto, ¿quién ha llegado a tener la solicitud de Francisco por los súbditos? Alza en todo momento las manos al cielo por los verdaderos israelitas, y, aun olvidado de sí, busca, antes que todo, la salvación de los hermanos. Se postra a los pies de la Majestad, ofrece sacrificios espirituales por los hijos, mueve a Dios a hacerles bien. Lleno de temor, compadece con amor a la pequeña grey atraída en pos de sí, no sea que, después de haber perdido el mundo, pierda también el cielo. Le parecía desmerecer la gloria para sí si no hacía gloriosos a una consigo a los que se le habían confiado, a quienes su espíritu engendraba más trabajosamente que las entrañas de la madre cuando los había dado a luz.

Capítulo CXXXIII Compasión para con los enfermos

175. Tenía mucha compasión de los enfermos, mucha solicitud por las necesidades de ellos. Si la caridad de los seglares le enviaba alguna vez manjares selectos, aun necesitándolos él sobre todos, los daba a los demás enfermos. Hacía suyos los sufrimientos de todos los enfermos y les dirigía palabras de compasión cuando no podía prestarles otra ayuda. En días de ayuno comía también él, para que los enfermos no se avergonzaran de comer, y no tenía reparo en pedir carne por lugares públicos de la ciudad para el hermano enfermo.

175. Aconsejaba, con todo, a los enfermos sufrir con paciencia las privaciones y no dar mal ejemplo si no se les satisfacía en todo. Así, en una regla hizo escribir estas palabras: "Ruego a todos mis hermanos enfermos que en sus enfermedades no se aíren ni se conturben contra Dios o contra los hermanos. No pidan medicinas con demasiado afán, ni tengan desordenado deseo de que sane la carne, que ha de morir pronto y es enemiga del alma. Den gracias a Dios por todo y quieran estar como Dios quiere que estén. Porque Dios ejercita con el aguijón de los castigos y de las enfermedades a cuantos ha ordenado para la vida eterna, como dice El mismo: "Yo reprendo y castigo a los que amo" .

176. Enterado un día de las ganas de comer uvas que tenía un enfermo, lo llevó a la viña y, sentándose bajo la vid, comenzó a comerlas para animar al enfermo a que las comiera.

Capítulo CXXXIV La compasión que tenía para con los enfermos de alma y cómo algunos se conducen contrariamente

177. Alentaba con mayor demencia y soportaba con mas paciencia a aquellos enfermos de quienes sabía que, como niños que fluctúan, estaban agitados por tentaciones y vivían con el ánimo apocado. Por eso, evitando con ellos las correcciones ásperas - si no veía peligro en esto -, se ahorraba la vara para guardar las almas. Decía que toca al prelado, que es padre y no tirano, prevenir las ocasiones de pecar e impedir que caiga quien, una vez caído, difícilmente se levantaría.

177. ¡Desdichada insensatez, digna de compadecerse, la de nuestros días! Y no se trata sólo de que no levantamos o no sostenemos a los débiles, sino que a veces los empujamos para que caigan. Tenemos en nada el sustraer al sumo Pastor una ovejuela, por la cual ofreció en la cruz poderosos clamores y lágrimas. De diferente manera te portabas tú, Padre santo, que preferías la enmienda a la perdición. Sabemos, con todo, que el mal del amor propio está muy arraigado en algunos, y que éstos necesitan cauterio y no ungüento. Está claro, pues, que para muchos es más saludable regirlos con cetro de hierro que pasarles la mano. Pero aceite y vino, vara y cayado, severidad y demencia, cauterio y unción, cárcel y regazo, todo tiene su tiempo. Todo ello reclama el Dios de las venganzas y el Padre de las misericordias, quien, sin embargo, prefiere la misericordia al sacrificio.

Capítulo CXXXV Los hermanos españoles

178. En ocasiones, este varón santísimo era arrebatado hacia Dios de modo maravilloso y experimentaba en su espíritu transportes de alegría cada vez que llegaba hasta él el buen olor de los hijos. Un clérigo español dado a Dios tuvo la dicha de ver y hablar con San Francisco. Y, entre otras noticias que le trajo de los hermanos de España, alegró al Santo con el siguiente relato:

178. - Tus hermanos, que viven en un eremitorio pobrecillo de nuestra tierra, se habían reglamentado su forma de vida de tal modo que la mitad de ellos atendía a los quehaceres de casa, y la otra mitad a la contemplación. Así, cada semana la vida activa se tornaba contemplativa, y la quietud de los contemplativos activa. Un día, puesta la mesa y hecha la señal de llamada, acuden todos menos uno de los contemplativos de turno. Después de alguna espera se van a la celda para llamarlo a la mesa, a tiempo en que él, en una mesa más espléndida, era alimentado por el Señor.

178. Y así es como le encuentran postrado rostro en tierra, tendido en forma de cruz, sin respiración ni movimiento que diera señales de vida. A su cabeza y a sus pies ardían dos candelabros, que con su resplandor alumbraban maravillosamente la celda. Le dejan en paz para no estorbar la unción, para no despertar a la amada hasta que ella quiera. Con este motivo, los hermanos tratan de espiar por los resquicios de la celda, estando detrás de las paredes y atisbando por entre las celosías. ¿Qué más? Mientras los amigos miraban a la que habita en los jardines, de pronto se desvanece la luz y el hermano vuelve en sí. Se levanta luego, y, acudiendo a la mesa, dice la culpa por la tardanza. Esto ha sucedido -concluyó el español - en nuestra tierra.

178. Rociado por la fragancia de los hijos, no podía San Francisco contener su gozo. Al instante prorrumpió en alabanzas, y, como si para él no hubiera otra gloria que la de oír buenas nuevas de los hermanos, desde lo más íntimo exclamó: Gracias te doy, Señor, santificador y guía de los pobres, que me has regocijado con tales noticias de mis hermanos. Bendice, te ruego, a aquellos hermanos con amplísima bendición y santifica con gracias especiales a cuantos por los buenos ejemplos hacen que su profesión sea fragante".

Capítulo CXXXVI Contra los que viven mal en los eremitorios y que quería que todas las cosas fueran comunes

179. Aunque hayamos visto por estos episodios la caridad del Santo, que quiere que nos alegremos con él en los éxitos felices de los amados, creemos, con todo, que quedan reprendidos, y no poco, aquellos que viven diferentemente en los eremitorios. Pues son muchos los que convierten el lugar de contemplación en lugar de ocio, y del plan de vida eremítica - instaurada para llevar las almas a la perfección - hacen una sentina de placeres. Los anacoretas de hoy tienen como norma vivir cada uno a su gusto. No extiendo esto a todos, pues sabemos de santos de carne y huesos que viven en los eremitorios según normas estupendas. Como sabemos de los padres que precedieron, que fueron flores solitarias. ¡Ojalá los eremitas de hoy no degeneren de la hermosura primitiva, la alabanza de cuya santidad perdura eterna!

180. Por lo demás, San Francisco, recomendando a todos la caridad, exhortaba a mostrar afabilidad e intimidad de familia. "Quiero - decía -que mis hermanos se muestren hijos de una misma madre; y que a uno que pidiere la túnica, la cuerda u otra cosa, se la dé el otro generosamente. Pasen también unos a otros los libros y demás cosas que gustan, que no se vea nadie forzado a quitárselas al otro". Y, con el fin de no decir tampoco en esto algo que Cristo no hiciera por él, era el primero en hacerlo.

Capítulo CXXXVII Dos hermanos franceses a quienes dio su túnica

181. Dos hermanos franceses muy santos toparon con San Francisco en el camino. A los que experimentaban ya una alegría indecible por el encuentro, se les duplicó el gozo, según que había sido larga la fatiga por el deseo de verlo. Después de dulces demostraciones de afecto y de gratas conversaciones, su ardiente devoción pidió a San Francisco la túnica que vestía. Este, sacándola en seguida y quedándose desnudo, se la entregó con muchísimo gusto, y se vistió - recibida en piadoso cambio - la de uno de ellos, más pobre que la suya. No sólo hacía tales cosas, sino que estaba también pronto a entregarse por entero a sí mismo hasta agotarse; y daba muy gozosamente cuanto le pedían.

La detracción

Capítulo CXXXVIII Cómo quería que se castigase a los detractores

182. Si toda alma llena de caridad aborrece a los que Dios aborrece, así ocurría en san Francisco. Execrando, en efecto, de modo espantoso a los detractores más que a otra clase de viciosos, solía decir de ellos que llevan veneno en la lengua, con que inficionan a los demás l. Por eso, si los chismosos y pulgas mordaces hablaban alguna vez, los evitaba - como nosotros mismos lo vimos - y se apartaba por no prestarles oído, no fuera que se manchase oyéndolos.

182. Así, un día que oyó a un hermano denigrar la fama de otro, volviéndose a su vicario, el hermano Pedro Cattani, se expresó en estos términos terribles: "Amenazan divisiones a la Orden si no se hace frente a los detractores. El perfume suavísimo de muchos se tornará pronto hediondo si no se tapan las bocas de los hediondos. Anda, anda, examina con cuidado, y si ves que el hermano acusado es inocente, haz saber a todos - por medio de una corrección severa - quién es el que ha acusado. Si tú no puedes castigarlo por ti mismo, ponlo en las manos del púgil florentino. (Es que llamaba púgil al hermano Juan de Florencia, que era hombre alto de estatura y muy forzudo.) Quiero - continuó - que tú, así como todos los ministros, tengáis sumo cuidado de que este mal pestífero no se difunda más".

182. Y a veces juzgaba que quien había arrancado el buen nombre de su hermano, merecía ser despojado del hábito, y que no podía elevar los ojos a Dios si primero no devolvía lo que había robado. Por eso - como muestra de una abominación más eficaz -, los hermanos de entonces habían dispuesto entre sí, con una sanción en firme, evitar cuidadosamente todo cuanto rebajara el honor de los demás o sonare a injuria. ¡Muy recta y acertadamente por cierto! Pues ¿qué es el detractor sino hiel entre los hombres, fermento de maldad, deshonra del universo? Y ¿qué es el hombre de lengua doble sino escándalo de la Religión, veneno del claustro, desintegración de la unidad? ¡Ay!, que la tierra está cubierta de animales venenosos, y ningún hombre de bien puede escapar de las mordeduras de los enemigos. Se prometen premios a los acusadores y, humillando la inocencia, se da, a las veces, la palma a la falsedad. Más: cuando alguien no es capaz de vivir de su hombría de bien, se gana con qué comer y con qué vestir destruyendo la de los demás.

183. A este propósito, San Francisco observaba a menudo: "El detractor se dice a sí: ‘Me falta santidad de vida, no tengo el prestigio de la ciencia o de otra disposición peculiar, por lo que no encuentro puesto ni ante Dios ni ante los hombres. Ya sé qué he de hacer: pondré tacha en los elegidos y ganaré el favor de los grandes. Sé que mi prelado es un hombre y que echa a veces mano de este mismo procedimiento, es decir, de cortar los cedros y dejar ver sólo zarzales en el bosque. ¡Ea, miserable! Sáciate de carne humana, y pues no puedes vivir de otra manera, roe las entrañas de los hermanos. Esos tales se esfuerzan en parecer buenos, no en hacerse de veras; denuncian vicios y no se despojan de vicios. Alaban sólo a aquellos por cuya autoridad quieren verse protegidos y omiten toda alabanza si ésta no ha de llegar a oídos del interesado. Venden, a cambio de alabanzas dañosas, la palidez del rostro debida al ayuno con el fin de parecer espirituales que juzguen de todo, sin que ellos puedan ser juzgados por nadie. Tienen la fama de la santidad, pero no las obras; nombre de ángeles, pero no la virtud de los mismos.

Descripción del ministro general y de otros ministros

Capítulo CXXXIX Cómo debe portarse con los compañeros

184. Hacia el fin de su vida de entrega al Señor, un hermano solícito siempre de las cosas que se refieren a Dios, movido de amor hacia la Orden, inquirió: "Padre, tú te irás, y la familia que te ha seguido va a quedar en este valle de lágrimas. Indica, si lo ves en la Orden, alguno en cuya confianza pueda descansar tu animo, a quien pueda imponerse con seguridad el peso de ministro general". Respondió San Francisco, entrecortando sus palabras con suspiros: "Hijo, no veo ninguno capaz de ser caudillo de ejército tan diverso, pastor de grey tan numerosa. Pero quiero haceros su retrato, esto es, como dice el adagio, modelaros el tipo, en el cual se vean las cualidades que ha de tener el padre de esta familia".

185. "Debe ser - dice - hombre de mucha reputación, de gran discreción, de fama excelente. Hombre sin amistades particulares, no sea que, inclinándose más a favor de unos, dé mal ejemplo a todos. Hombre amigos de entregarse a la santa oración, que dé unas horas a su alma y otras a la grey que se le ha confiado. Debe comenzar la mañana con la santa misa y encomendarse a sí mismo y la grey a la protección divina con devoción prolongada. Después de la oración - siguió diciendo - se pondrá a disposición de todos, pronto a ser importunado por todos, a responder a todos, a proveer con dulzura a todos.

185. "Debe ser hombre en quien no haya lugar para la sórdida acepción de personas, que tenga igual cuidado de los menores y de los simples que de los sabios y mayores. Hombre que, por más que se le haya dado distinguirse en letras, sin embargo, se distinga más como imagen de sencillez piadosa en la conducta y promotor de la virtud. Hombre que execre el dinero - corruptela principal de nuestra profesión y perfección - y que - cabeza de una Religión pobre, mostrándose modelo a la imitación de los demás no use jamás de peculio.

185. "Debe bastarle para sí - añadió - el hábito y un pequeño libro de registros; y para los hermanos, un guardaplumas y el sello. No sea coleccionista de libros ni muy dado a la lectura, a fin de no sustraer al cargo lo que da de más al estudio. Hombre que consuele a los afligidos, como último asilo que es de los atribulados, no sea que, por no hallar en él remedios saludables, el mal de la desesperación domine a los enfermos. Para plegar los insolentes a la mansedumbre, abájese él; y, a fin de ganar las almas para Cristo, ceda algún tanto de su derecho. No cierre las entrañas de la misericordia, como a ovejas que se habían perdido, a los desertores de la Orden, sabedor de que se dan tentaciones muy fuertes, que pueden empujar a tan gran caída.

186. "Quisiera que todos lo veneraran como a quien hace las veces de Cristo y lo proveyeran con buena voluntad de todo cuanto necesita. No deberá, con todo, complacerse en los honores ni contentarse más en los favores que en las injurias. Si alguna vez, por debilidad o por cansancio, necesitase más dieta, no la tome en lugar escondido, sino a la vista de todos, para que los demás no tengan reparo de atender al cuerpo en su flaqueza.

186. "A él sobre todo toca discernir las conciencias que se cierran y descubrir la verdad oculta en los pliegues más íntimos y no dar oídos a los charlatanes. Finalmente, debe ser tal, que, por la ambición de conservar el honor, no haga vacilar de ningún modo la indefectible norma de la justicia y que sienta que un cargo tan grande le resulta más peso que honor. En todo caso, ni la demasiada suavidad engendre indolencia, ni una indulgencia laxa, relajación de la disciplina, de manera que, siendo amado de todos, llegue también a ser temido de los obradores del mal.

186. "Y quisiera verlo rodeado de compañeros virtuosos que - al igual que él - se mostraran ejemplo de toda buena obra: rigurosos contra las comodidades, fuertes en las dificultades y afables con tal oportunidad, que recibieran con santo agrado a cuantos acudieren a ellos. "Ahí tenéis - concluyó - el tipo de ministro general de la Orden; tal como debe ser".

Capítulo CXL Los ministros provinciales

187. El dichoso Padre requería también todas estas cualidades en los ministros provinciales, bien que en el ministro general deba destacar de modo singular cada una de ellas. Quería que sean afables con los menores y atrayentes por su mucha benevolencia, de modo que los culpables de algo no tengan reparo en confiarse al amor de ellos. Los quería comedidos en las órdenes, propicios a las faltas, dispuestos más bien a soportar las injurias que a devolverlas, enemigos de los vicios, médicos de los viciosos. Los quería, en fin, tales, que por su vida sean espejo de disciplina para los demás. Mas quería también que les preceda el honor que se les debe y que se los ame como a quienes soportan el peso de cuidados y trabajos. Aseguraba que los que gobiernan de ese modo y según estas normas las almas que se les confían, son, delante de Dios, dignos de los más grandes premios.

Capítulo CXLI Lo que respondió el Santo acerca de los ministros

188. Cierto hermano preguntó una vez al Santo cómo así había privado de su cuidado a los hermanos y los había dejado en manos de otros, como si ya no le pertenecieran ‘. Le respondió: . Pero cuál sea el resultado, se verá al final». Y poco después—en un momento en que se le agravó en extremo la enfermedad--, movido por la fuerza del espíritu, se incorporó en el lecho y dijo:«¿Quiénes son esos que me han arrebatado de las» manos la Religión mía y de los hermanos? Si voy al capítulo general, ya les haré ver cuál es mi voluntad». Replicó el hermano: «¿Es que ya no vas a cambiar esos ministros provinciales que durante tanto tiempo han abusado de la libertad?» Y el Padre, lamentándose, dio esta terrible respuesta: .

188. No decía esto de todos, sino de algunos que, por lo demasiado que duraban en el cargo, parecía que habían reivindicado la prelatura como derecho de herencia. A todos los prelados de regulares, cualquiera que fuese el cargo que ostentasen, recomendaba esto sobre todo: que no cambiasen las costumbres sino para mejorarlas, que no mendigasen favores negociados, que no pensasen en ejercer un poder, sino en cumplir un deber.

La santa simplicidad

Capítulo CXLII Cuál es la verdadera simplicidad

189. El Santo procuraba con mucho empeño en sí y amaba en los demás la santa simplicidad, hija de la gracia, hermana de la sabiduría, madre de la justicia. Pero no daba por buena toda clase de simplicidad, sino tan sólo la que, contenta con Dios, estima vil todo lo demás. Esta se gloría en el temor de Dios, no sabe hacer ni decir nada malo. Porque se conoce a sí, no condena a nadie, cede a los mejores el poder, que no apetece para sí. Esta es la que, no considerando como máximo honor las glorias griegas, prefiere obrar a enseñar o aprender. Esta es la que, dejando para los que llevan camino de perderse los rodeos, florituras y juegos de palabras, la ostentación y la petulancia en la interpretación de las leyes, busca no la corteza, sino la médula; no la envoltura, sino el cogollo; no la cantidad, sino la calidad, el bien sumo y estable.

189. Esta la requería el Padre santísimo en los hermanos letrados y en los laicos, por no creerla contraria, sino verdaderamente hermana de la sabiduría; bien que los desprovistos de ciencia la adquieren más fácilmente y la usan más expeditamente. Por eso, en las alabanzas a las virtudes que compuso dice así: "¡Salve, reina sabiduría, el Señor te salve con tu hermana la pura santa simplicidad".

Capítulo CXLIII El hermano Juan el simple

190. Mientras San Francisco pasaba junto a una villa vecina a Asís, un tal Juan, varón simplicísimo, que araba en la heredad, le salió al encuentro y le dijo: "Quiero que me hagas hermano, pues desde hace mucho tiempo deseo servir a Dios". El Santo se alegró a la vista de la simplicidad del hombre y correspondió al deseo de él con estas palabras: "Hermano, si quieres hacerte compañero nuestro, da a los pobres lo que tuvieres, y te recibiré en cuanto te despojes de los bienes". El hombre suelta al instante los bueyes y ofrece uno a San Francisco, diciendo: "Demos este buey a los pobres, porque tengo derecho a recibir tanto de mi padre en herencia". Sonríe el Santo y estima en mucho este rasgo de simplicidad. Pero los padres y los hermanos pequeños, luego que se enteran de esto, corren con lágrimas en los ojos, lamentando más la pérdida del buey que la del hombre. El Santo les dice: "Estaos tranquilos. Ved que os devuelvo el buey y me llevo al hermano". Toma, pues, consigo al hombre y, después de haberle vestido el hábito de la Religión, lo escoge por compañero especial en gracia de su simplicidad.

190. Y así fue: si San Francisco estaba - donde sea - meditando, Juan el simple repetía e imitaba de inmediato todos los gestos y posturas de aquél. Si el Santo escupía, él escupía; si tosía, él tosía; unía suspiros a suspiros y llanto a llanto; cuando el Santo levantaba las manos al cielo, levantaba también él las suyas, mirándolo con atención como a modelo y reproduciendo en sí cuanto él hacía. Advirtiéndolo éste, le pregunta un día por qué hace esas cosas. "He prometido - le responde - hacer todo cuanto haces tú; para mí es un peligro pasar por alto algo". El Santo se complace en la pura simplicidad, pero le prohibe con dulzura que lo siga haciendo. Y así, no mucho después, el simple voló al Señor en esa puridad. El Santo, que proponía muchas veces su vida a la imitación, con muchísimo regocijo lo llamaba no hermano Juan, sino San Juan.

190. Obsérvese que es propio de la santa simplicidad ajustar la vida a las normas de los mayores, apoyarse siempre en los ejemplos y enseñanzas de los santos. ¿Quién dará a los sabios de este mundo ir con tal aplicación tras el que reina ya en los cielos, al igual que la santa simplicidad se conformaba con él en la tierra? En fin, que, habiendo seguido al Santo en vida, se le adelantó a la vida.

Capítulo CXLIV Cómo procuraba la unidad entre los hijos y cómo habla de ella en parábolas

191. El Santo tuvo siempre constante deseo y solicitud atenta de asegurar entre los hijos el vínculo de la unidad para que los que habían sido atraídos por un mismo espíritu y engendrados por un mismo Padre, se estrechasen en paz en el regazo de una misma madre. Quería unir a grandes y pequeños, atar con afecto de hermanos a sabios y simples, conglutinar con la ligadura del amor a los que estaban distanciados entre sí.

191. Una vez propuso una parábola con moraleja rica de enseñanza: "Se celebra - dijo - un capítulo general de todos los religiosos que hay en la Iglesia. Y como quiera que concurren letrados y no letrados, sabios y quienes sin tener ciencia saben agradar a Dios, se encarga un discurso a uno de los sabios y a uno de los simples. Delibera el sabio, como sabio al fin, y piensa para sí: ‘No ha lugar a ostentar ciencia donde hay perfectos sabios, ni está bien que, diciendo cosas sutiles ante personas agudísimas, destaque yo por mis alardes. Acaso consiga más fruto hablando con sencillez’.

191. "Amanece el día señalado, se reúne la asamblea de los santos, hay expectativa por oír los discursos. Se adelanta el sabio, vestido de saco, cubierta de ceniza la cabeza, y, predicando más ante la admiración de todos con su compostura, dice con brevedad de palabra: ‘Grandes cosas hemos prometido, mayores nos están prometidas; guardemos éstas, suspiremos por aquéllas. El deleite es breve; la pena, perpetua; el padecimiento, poco; la gloria, infinita. De muchos la vocación, de pocos la elección, de todos la retribución. Los oyentes compungidos de corazón rompen en llanto, y veneran como a santo al verdadero sabio. El simple dice para sí: ‘El sabio me ha robado todo lo que yo había decidido hacer y decir. Pero ya sé qué he de hacer. Sé algunos versos de salmos; haré el papel de sabio, ya que él ha hecho el de simple’.

191. "Llega la hora de la sesión del día siguiente. Se levanta el simple, propone como tema el salmo escogido; e, impulsado por el Espíritu, habla tan fervorosa, sutil y devotamente merced a la inspiración divina, que todos, con asombro, confiesan convencidos: ‘El Señor tiene sus intimidades con los simples» .

192. Esta parábola con moraleja, que narraba, como se ha dicho, el varón de Dios, la explicaba como sigue: "Nuestra Religión es la asamblea numerosísima y como un sínodo general, que reúne de todas las partes del mundo a los que siguen igual forma de vida. En ella, los sabios convierten en provecho suyo lo que poseen los simples, viendo que los idiotas buscan con fervor las cosas del cielo y que los iletrados, en cuanto hombres, saben gustar las cosas espirituales, en cuanto promovidos por el Espíritu. Los simples, a su vez, aprovechan en ella lo propio de los sabios, viendo igualados a su nivel a hombres ilustres que habrían podido vivir con gran prestigio en cualquier parte del mundo. Resplandece así - concluía el Santo - la hermosura de esta familia dichosa, cuyo multiforme ornato agrada no poco al padre de familia".

Capítulo CXLV Cómo quería el Santo que se le hiciera la tonsura

193. De cuando en cuando, San Francisco decía al peluquero que le iba a rasurar: "Ten cuidado de no hacerme una corona grande, pues quiero que mis hermanos simples tengan puesto en mi cabeza". Quería, en fin, que la Religión fuera lo mismo para pobres e iletrados que para ricos y sabios. Solía decir: "En Dios no hay acepción de personas, y el ministro general de la Religión - que es el Espíritu Santo - se posa igual sobre el pobre y sobre el rico". Hasta quiso incluir estas palabras en la Regla pero no le fue posible, por estar ya bulada.

Capítulo CXLVI Cómo quería que los grandes sabios que venían a la Orden se despojaran de todas las cosas

194. Dijo una vez que el clérigo encumbrado, cuando venía a la Orden, debía renunciar, en cierto modo, a la ciencia misma, para ofrecerse, expropiado de esa posesión, desnudo en los brazos del Crucificado.

194. "La ciencia - observaba - hace indóciles a muchos, impidiendo que cierto engolamiento que se da en ellos se pliegue a enseñanzas humildes. Por eso - continuó - quisiera que el hombre de letras me hiciese esta demanda de admisión: ‘Hermano, mira que he vivido por mucho tiempo en el siglo y no he conocido bien a mi Dios. Te pido que me señales un lugar separado del estrépito del mundo donde pueda pensar con dolor en mis años pasados y, recogiéndome de las disipaciones del corazón, enderece mi espíritu hacia cosas mejores’. ¿Adónde creéis - añadió - que llegaría el que comenzara de esta manera? Sin duda, se lanzaría, como león desatado de cadenas, con fuerza para todo, y el gusto feliz experimentado al principio se incrementaría en continuos progresos. En fin, éste sí que se entregaría seguro al ministerio de la palabra, porque esparciría lo que le bulle dentro". ¡Enseñanza verdaderamente llena de piedad! ¿Qué otra cosa hay, en efecto, de más urgente necesidad - para el que viene de un mundo tan distinto - que eliminar y limpiar con prácticas de humildad los afectos mundanos fomentados y arraigados por mucho tiempo? Estos que así entran, pronto en la escuela de perfección llegarán a la meta de la perfección.

Capítulo CXLVII Cómo quería que se instruyeran y cómo apareció a un compañero deseoso de darse a la perfección

195. Le dolía que se buscara la ciencia con descuido de la virtud, sobre todo si cada uno no permanecía en la vocación a la cual fue llamado desde el principio. Decía: "Mis hermanos que se dejan llevar de la curiosidad de saber, se encontrarán el día de la retribución con las manos vacías. Quisiera más que se fortalecieran en la virtud, para que, al llegar las horas de la tribulación, tuvieren consigo al Señor en la angustia. Pues -añadió - la tribulación ha de sobrevenir, y en ella los libros para nada útiles serán echados en las ventanas y en escondrijos. No decía esto porque le desagradaban los estudios de la Escritura, sino para atajar en todos el afán inútil de aprender y porque quería a todos más buenos por la caridad que pedantes por la curiosidad.

195. Presentía, asimismo, tiempos inminentes, en que estaba seguro de que la ciencia sería ocasión de ruina, y, en cambio, el haberse dado a cosas espirituales, sostenimiento del espíritu. A un hermano laico que quería un salterio y le pedía permiso de tenerlo, en lugar del salterio, le ofreció ceniza.

195. El Santo, después de su muerte, apareció en visión a uno de los compañeros que se dedicaba a veces a la predicación y se lo prohibió y le ordenó emprender el camino de la simplicidad. Testigo le es Dios de haber experimentado después de esta visión tan gran dulzura, que por muchos días el rocío de la alocución del Padre parecíale que se le instilaba al presente en sus oídos.

Las devociones especiales del Santo

Capítulo CXLVIII Cómo se conmovía a la mención del amor de Dios

196. No resultará ni inútil ni impropio hablar brevemente de las devociones especiales de San Francisco. Aunque, como quien gozaba de la unción del Espíritu, su devoción la extendía a todo, sentía, sin embargo, especial inclinación a ciertas devociones. Entre otras expresiones usuales en la conversación, no podía oír la del amor de Dios sin conmoverse hondamente. En efecto, al oír mencionar el amor de Dios, de súbito se excitaba, se impresionaba, se inflamaba, como si la voz que sonaba fuera tocara como un plectro la cuerda íntima del corazón. Solía decir que ofrecer ese censo a cambio de la limosna era una noble prodigalidad y que cuantos lo tenían en menor estima que el dinero eran muy necios. Y cierto es que él mismo observó inviolable hasta la muerte el propósito que - entretenido todavía en las cosas del mundo - había hecho de no rechazar a ningún pobre que pidiera por amor de Dios.

196. En una ocasión, no teniendo nada que dar a un pobre que pedía por amor de Dios, toma con disimulo las tijeras y se apresta a partir la túnica. Y lo hubiera hecho de no haberle sorprendido los hermanos, de quienes obtuvo que dieran otra cosa al pobre. Solía decir: Tenemos que amar mucho el amor del que nos ha amado mucho.

Capítulo CXLIX Su devoción a los ángeles y lo que hacía por amor de san Miguel

197. Tenía en muchísima veneración y amor a los ángeles, que están con nosotros en la lucha y van con nosotros entre las sombras de la muerte. Decía que a tales compañeros había que venerarlos en todo lugar; que había que invocar, cuando menos, a los que son nuestros custodios. Enseñaba a no ofender la vista de ellos y a no osar hacer en su presencia lo que no se haría delante de los hombres. Y porque en el coro se salmodia en presencia de los ángeles, quería que todos cuantos hermanos pudieran se reunieran en el coro y salmodiaran allí con devoción. Respecto a San Miguel, que tiene el encargo de conducir las almas a Dios, decía muchas veces que hay que venerarlo aún más. Y así, en honor de San Miguel ayunaba devotísimamente la cuaresma que media entre la fiesta de la Asunción y la de aquél. Solía decir: "Cada uno debería ofrecer alguna alabanza o alguna ofrenda especial a Dios en honor de tan gran príncipe".

Capítulo CL Su devoción a nuestra Señora, a quien encomendó especialmente la Orden

198. Rodeaba de amor indecible a la Madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad. Le tributaba peculiares alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana. Pero lo que más alegra es que la constituyó abogada de la Orden y puso bajo sus alas, para que los nutriese y protegiese hasta el fin, los hijos que estaba a punto de abandonar. ¡Ea, Abogada de los pobres!, cumple con nosotros tu misión de tutora hasta el día señalado por el Padre.

Capítulo CLI La devoción a la navidad del Señor y cómo quería que se atendiera a todos en esa fiesta

199. Con preferencia a las demás solemnidades, celebraba con inefable alegría la del nacimiento del niño Jesús; la llamaba fiesta de las fiestas, en la que Dios, hecho niño pequeñuelo, se crió a los pechos de madre humana. Representaba en su mente imágenes del niño, que besaba con avidez; y la compasión hacia el niño, que había penetrado en su corazón, le hacía incluso balbucir palabras de ternura al modo de los niños. Y era este nombre para él como miel y panal en la boca.

199. Una vez que se hablaba en colación de la prohibición de comer carne en navidad, por caer esta fiesta en viernes, le rebatió al hermano Morico: "Hermano, pecas al llamar día de Venus al día en que nos ha nacido el Niño. Quiero - añadió - que en ese día hasta las paredes coman carne; y ya que no pueden, que a lo menos sean untadas por fuera".

200. Quería que en ese día los ricos den de comer en abundancia a los pobres y hambrientos y que los bueyes y los asnos tengan mas pienso y hierba de lo acostumbrado. "Si llegare a hablar con el emperador - dijo -, le rogaré que dicte una disposición general por la que todos los pudientes estén obligados a arrojar trigo y grano por los caminos, para que en tan gran solemnidad las avecillas, sobre todo las hermanas alondras, tengan en abundancia". No recordaba sin lágrimas la penuria que rodeó aquel día a la Virgen pobrecilla.

200. Así, sucedió una vez que, al sentarse para comer, un hermano recuerda la pobreza de la bienaventurada Virgen y hace consideraciones sobre la falta de todo lo necesario en Cristo, su Hijo. Se levanta al momento de la mesa, no cesan los sollozos doloridos, y, bañado en lágrimas, termina de comer el pan sentado sobre la desnuda tierra. De ahí que afirmase que esta virtud es virtud regia, pues ha brillado, con tales resplandores en el Rey en la Reina. Y que a los hermanos - reunidos en capítulo - que le pedían su parecer acerca de la virtud que le hace a uno más amigo de Cristo respondiese como confiando un secreto del corazón: "Sabed, hijos, que la pobreza es camino especial de salvación, de frutos muy variados, bien conocidos por pocos".

Capítulo CLII La devoción al cuerpo del Señor

201. Ardía en fervor, que le penetraba hasta la médula, para con el sacramento del cuerpo del Señor, admirando locamente su cara condescendencia y su condescendiente caridad. Juzgaba notable desprecio no oír cada día, a lo menos, una misa, pudiendo oírla. Comulgaba con frecuencia y con devoción tal, como para infundirla también en los demás. Como tenía en gran reverencia lo que es digno de toda reverencia, ofrecía el sacrificio de todos los miembros, y al recibir al Cordero inmolado inmolaba también el alma en el fuego que le ardía de continuo en el altar del corazón.

201. Por esto amaba a Francia, por ser devota del cuerpo del Señor; y deseaba morir allí, por la reverencia en que tenían el sagrado misterio. Quiso a veces enviar por el mundo hermanos que llevasen copones preciosos, con el fin de que allí donde vieran que estaba colocado con indecencia lo que es el precio de la redención, lo reservaran en el lugar más escogido. Quería que se tuvieran en mucha veneración las manos del sacerdote, a las cuales se ha concedido el poder tan divino de realizarlo. Decía con frecuencia: "Si me sucediere encontrarme al mismo tiempo con algún santo que viene del cielo y con un sacerdote pobrecillo, me adelantaría a presentar mis respetos al presbítero y correría a besarle las manos, y diría: "¡Oye, San Lorenzo, espera!, porque las manos de éste tocan al Verbo de vida y poseen algo que está por encima de lo humano’".

Capítulo CLIII La devoción a las reliquias de los santos

202. El hombre amado de Dios, que se mostraba devotísimo del culto divino, no descuidada ni dejaba sin venerar cosa que se refiriera a Dios. Hallándose en Monte Casale, en la región de Massa, mandó a los hermanos que trajesen - de una iglesia que estaba abandonada de todos al lugar de los hermanos - con toda reverencia unas reliquias santas. Le dolía vivamente saber que desde hacía mucho tiempo no se les daba el honor debido. Pero, precisado él - por una causa que surgió - a irse a otro lugar, los hijos, olvidando el mandato del Padre, descuidaron el mérito de la obediencia. Mas un día que los hermanos querían celebrar misa, al quitar, como de costumbre, la sabanilla del altar, encontraron unos huesos muy bien conservados y extraordinariamente olorosos. Los hermanos quedaron muy sorprendidos al observar lo que no habían visto hasta entonces. De regreso poco después el santo de Dios, indaga con diligencia si se ha cumplido su orden referente a las reliquias. Mas, confesando humildemente los hermanos su negligencia en obedecer, obtuvieron el perdón mediante una penitencia. Y les dijo el Santo: "Bendito sea el Señor mi Dios, que ha hecho por sí lo que debisteis haber hecho vosotros".

202. Considera atentamente la devoción de Francisco, admira el beneplácito de Dios respecto al polvo de que estamos hechos y proclama la alabanza de la santa obediencia, pues Dios obedeció a los ruegos de aquel cuya voz no obedecieron los hombres.

Capítulo CLIV La devoción a la cruz. Un misterio oculto

203. Y para terminar: ¿quién podría decir, quién podría comprender cuán lejos estaba de gloriarse si no es en la cruz del Señor? Sólo a quien lo ha experimentado le es dado saberlo. De seguro que, aun cuando de alguna manera percibiéramos en nosotros aquellas cosas, no encontraríamos de ningún modo para expresar realidades tan excelentes y maravillosas palabras que están ya envilecidas por su aplicación a lo cotidiano y vulgar. Y tal vez por eso tuvo que ser revelado en la carne lo que no hubiera podido ser explicado con palabras. Hable, pues, el silencio donde falla la palabra, que también lo significado clama cuando falla el signo. Baste a los hombres saber sólo esto: que no está todavía del todo claro por qué apareció en el Santo aquel sacramento, pues, cuando él se ha dignado hacer alguna revelación, lo que se refiere a la razón y a la finalidad nos lo ha dejado pendiente del futuro. Resultará veraz y digno de fe quien tendrá por testigos la naturaleza, la ley y la gracia.

Las damas pobres

Capítulo CLV Cómo quería que las trataran los hermanos

204. No está bien silenciar la memoria del edificio espiritual, mucho más noble que el material, que, después de reparar la iglesia de San Damián, levantó el bienaventurado Padre en aquel lugar, guiándolo el Espíritu Santo, para acrecentar la ciudad del cielo. No es de creer que para reparar una obra perecedera que estaba a punto de arruinarse le hubiera hablado - desde el leño de la cruz y de modo tan estupendo - Cristo, el cual infunde temor y dolor a los que le oyen. Pero, como el Espíritu Santo había predicho ya anteriormente, debía fundarse allí una orden de vírgenes santas que, como un cuerpo de piedras vivas pulimentadas, un día habrán de ser llevadas para restauración de la casa celestial.

204. Después que las vírgenes de Cristo comenzaron a reunirse en el lugar, afluyendo de diversas partes del mundo, y a profesar vida de mucha perfección en la observancia de la altísima pobreza y con el ornato de toda clase de virtudes, aunque el Padre se retrajo poco a poco de visitarlas, sin embargo, su afecto en el Espíritu Santo no cesó de velar por ellas. En efecto, el Santo - que las veía abonadas por pruebas de muy alta perfección, prontas a soportar y padecer por Cristo toda suerte de persecuciones e incomodidades, decididas a no apartarse nunca de las santas ordenaciones recibidas - prometió prestar ayuda y consejo a perpetuidad, de su parte y de la de sus hermanos, a ellas y a las demás que profesaban firmemente la pobreza con el mismo tenor de vida. Mientras vivió fue solícito en cumplirlo así, y, próximo ya a la muerte, mandó con interés que lo cumplieran por siempre, añadiendo que un mismo espíritu había sacado de este siglo a los hermanos y a las damas pobres.

205. A los hermanos que se sorprendían a veces de que no visitara personalmente más a tan santas servidoras de Cristo, decía: "Carísimos, no creáis que no las amo de veras. Pues si fuera culpa cultivarlas en Cristo, ¿no hubiese sido culpa mayor el haberlas unido a Cristo? Y si es cierto que el no haber sido llamadas para nadie es injuria, digo que es suma crueldad el no ocuparse de ellas una vez que han sido llamadas. Pero os doy ejemplo para que vosotros hagáis también como yo hago. No quiero que alguno se ofrezca espontáneamente a visitarlas, sino que dispongo que se destinen al servicio de ellas a quienes no lo quieren y se resisten en gran manera: tan sólo varones espirituales, recomendables por una vida virtuosa de años".

Capítulo CLVI Cómo reprendió a algunos que por voluntad propia iban a los monasterios

206. Aconteció, en efecto, a cierto hermano que tenía en un monasterio dos hijas de vida ejemplar; como dijera una vez que llevaría a gusto al monasterio un regalillo de nada de parte del Santo, éste lo increpó con muchísimo rigor, repitiéndole unas palabras que no es del caso referir ahora. Por lo que envió el presente con otro que no quería ir, pero que no se resistió muy obstinadamente. Otro hermano se fue un día de invierno - movido a compasión - a un monasterio, no sabiendo que la voluntad del Santo era tan estrictamente contraria. Enterado de lo ocurrido, el Santo le obligó a andar muchas millas desnudo en el más crudo rigor de una nevada.

Capítulo CLVII De una predicación que les hizo más con el ejemplo que con la palabra

207. Estando en San Damián el Padre santo, e incitado con incesantes súplicas del vicario a que expusiera la palabra de Dios a las hijas, vencido al fin por la insistencia, accedió. Reunidas, como de costumbre, las damas para escuchar la palabra de Dios y no menos para ver al Padre, comenzó éste a orar a Cristo con los ojos levantados al cielo, donde tenía puesto siempre el corazón. Ordena luego que le traigan ceniza; hace con ella en el suelo un círculo alrededor de sí y la sobrante se la pone en la cabeza. Al ver ellas al bienaventurado Padre que permanece callado dentro del círculo de ceniza, un estupor no leve sobresalta sus corazones. De pronto, se levanta el Santo y, atónitas ellas, recita el salmo Miserere mei, Deus por toda predicación. Terminado el salmo, sale afuera más que de prisa. Ante la eficacia de esta escenificación fue tanta la contrición que invadió a las siervas de Dios, que, llorando a mares, apenas si podían sujetar las manos que querían cargar sobre sí mismas la vindicta. Les había enseñado plásticamente que las consideraba como a ceniza y que - en relación con ellas - ningún sentimiento llegaba a su corazón que no correspondiera a la reputación presignificada.

207. Tal era su trato con las mujeres consagradas; tales las visitas, provechosísimas, pero motivadas y raras. Tal su voluntad respecto a todos los hermanos: quería que las sirvieran por Cristo - a quien ellas sirven -, cuidándose, con todo, siempre, como se cuidan las aves, de los lazos tendidos a su paso.

Recomendación de la Regla a los hermanos

Capítulo CLVIII Recomendación de la Regla de San Francisco. El hermano que la llevaba consigo

208. Francisco tenía ardentísimo celo de la profesión común de una vida y de la Regla y distinguió con especial bendición á los celadores de ella. Así es que decía a los suyos que la Regla es el libro de la vida, esperanza de salvación, médula del Evangelio, camino de perfección, llave del paraíso, pacto de alianza eterna. Quería que la tuvieran todos, que la supieran todos y que en todas partes la confirieran con el hombre interior para razonamiento ante el tedio y recordatorio del juramento prestado. Enseñó que había que tenerla presente a todas horas, como despertador de la conducta que se ha de observar, y - lo que es más - que se debería morir con ella.

208. Un hermano laico (a quien creemos hay que venerarlo entre los mártires) que grabó en sí esta enseñanza, ha logrado la palma de una victoria gloriosa. En efecto, al conducirle los sarracenos al martirio, levantando en alto la Regla entre las manos, las rodillas humildemente dobladas, dijo al compañero: "Hermano carísimo, me acuso, ante los ojos de la Majestad y ante ti, de todas las faltas que he cometido contra esta santa Regla". A esta breve confesión siguió el golpe de espada, que puso fin a la vida con el martirio, realzado luego con prodigios y milagros. Había entrado en la Orden siendo aún tan joven, que apenas podía con el ayuno reglamentario; pero con ser tan tierno, llevaba, sin embargo, un cilicio sobre la carne. ¡Feliz muchacho, que comenzó felizmente y cabo más felizmente!

Capítulo CLIX Una visión que abona la Regla

209. El Padre santísimo tuvo, respecto a la Regla, una visión acompañada de una voz que venía del cielo. Era el tiempo en que se trataba entre los hermanos acerca de la confirmación de la Regla; al Santo, preocupado con vivo interés por este asunto, se le dio a ver en sueños lo que sigue: le parecía que había recogido del suelo pequeñísimas migajas de pan, que tenía que distribuir a numerosos hermanos que le rodeaban hambrientos. Temía mucho distribuir migajas tan menudas, ante el riesgo de que se le deslizasen por las manos partículas tan diminutas; pero una voz del cielo le animaba con voz poderosa: "Francisco, haz con todas las migajas una hostia y dala a comer a los que quieran comerla". Hizo el Santo como se le había dicho, y cuantos no la recibían devotamente o, recibida, tenían a menos el don, aparecían después notoriamente tocados de lepra. A la mañana siguiente, doliéndose el Santo de no poder descifrar el misterio de la visión, la refiere a los compañeros. Pero poco más tarde, permaneciendo él en vela en oración, se le dio a oír del cielo esta voz: "Francisco, las migajas de la noche pasada son las palabras del Evangelio; la hostia es la Regla; la lepra, la maldad".

209. Los hermanos de entonces, que estaban muy prontos a toda obra de supererogación, no juzgaban dura o difícil esta fidelidad que habían jurado. Y es que no hay lugar para la languidez y la desidia allí donde el estímulo del amor excita sin cesar a más y mejor.

Las enfermedades de San Francisco

Capítulo CLX Cómo conversó con un hermano sobre la atención que se debe al cuerpo

210. Francisco, el pregonero de Dios, siguió las huellas de Cristo por el camino de innumerables contratiempos y enfermedades recias, pero no echó pie atrás hasta llevar a feliz término con toda perfección lo que con perfección había comenzado. Aun estando agotado y deshecho corporalmente, no se detuvo nunca en el camino de la perfección, nunca consintió en disminuir el rigor de la disciplina. Pues ni era capaz de condescender en lo más mínimo con su cuerpo, ya exhausto, sin remordimiento de la conciencia. E incluso cuando, contra su voluntad, porque era necesario, hubo que aplicarle calmantes por los dolores corporales, superiores a sus fuerzas, habló con calma a un hermano, de quien sabía que iba a recibir un consejo leal: "¿Qué te parece, carísimo hijo, que mi conciencia protesta desde lo íntimo a menudo por el cuidado que tengo de mi cuerpo? Teme ella que soy yo demasiado indulgente con él, enfermo; que me preocupo de aliviarlo con fomentos que lo miman. No porque - acabado como está por largas enfermedades - se deleite ya en tomar algo que le resulte atractivo, pues ya hace tiempo que perdió la apetencia y el sentido del gusto".

211. El hijo, dándose cuenta de que el Señor le ponía en los labios la respuesta adecuada, le respondió con tino: "Dime, Padre, si tienes a bien, con cuánta diligencia te obedeció el cuerpo mientras pudo".

211. "Hijo, soy testigo - respondió él - de que me ha sido obediente en todo, de que no ha tenido miramiento alguno consigo, sino que iba, como precipitándose, a cumplir cuanto se le ordenaba. No ha recusado trabajo alguno, no se ha hurtado molestia alguna, todo para poder cumplir perfectamente lo mandado. Hemos estado de acuerdo yo y él en esto: en seguir sin resistencia alguna a Cristo el Señor.

211. "Padre - replicó el hermano -, y ¿dónde esta entonces tu generosidad, tu piedad, tu mucha discreción? ¿Es acaso esta correspondencia digna de amigos fieles: recibir con gusto el favor y desatender en tiempo de necesidad al que lo hace? ¿En qué has podido servir hasta ahora a Cristo tu Señor sin la ayuda del cuerpo? Y ¿no se ha expuesto para eso a todo peligro, como confiesas tú mismo?

211. "Hijo - concede el Padre -, confieso que lo que dices es mucha verdad". "Y ¿es esto razonable - insiste el hijo -: que desasistas, en necesidad tan manifiesta, a un amigo tan fiel, que se ha expuesto - por ti - a sí mismo con todo lo suyo a la muerte? Lejos de ti, Padre, que eres amparo y báculo de los afligidos; lejos de ti tamaño pecado contra el Señor". "Bendito seas tú, hijo - replicó el Padre -, que has procurado tan sabios y saludables remedios a mis dificultades.

211. Comenzó luego a hablar con alegría al cuerpo: "Alégrate, hermano cuerpo, y perdóname, que ya desde ahora condesciendo de buena gana al detalle a tus deseos y me apresuro a atender placentero tus quejas". Pero ¿que podía deleitar a aquel cuerpecillo ya extenuado? ¿Qué podía darle consistencia, si iba desmoronándose por todas partes? Francisco estaba ya muerto al mundo y Cristo vivía en él. Los placeres del mundo le eran cruz, porque llevaba arraigada en el corazón la cruz de Cristo. Y por eso le brillaban las llagas al exterior - en la carne -, porque la cruz había echado muy hondas raíces dentro, en el alma.

Capítulo CLXI Lo que el Señor le había prometido en las enfermedades

212. Era milagroso de veras que un hombre abrumado con dolores vehementes de parte a parte tuviera fuerzas suficientes para tolerarlas. Pero a estas sus aflicciones les daba el nombre no de penas, sino de hermanas. Eran, sin duda, muchas las causas de donde provenían. De hecho, para que alcanzase más gloria por sus triunfos, el Altísimo le preparó situaciones difíciles no sólo en sus comienzos, ya que, estando como estaba avezado en las lides, le proporcionaba todavía ocasiones de victoria. Los seguidores de él tienen también en esto un ejemplo, porque ni con los años moderó su actividad ni con las enfermedades su austeridad. Y no sin causa logró purificación completa en este valle de lágrimas hasta llegar a pagar el último ochavo - si había algo en él que debiera ser purgado en el fuego -, para que finalmente purificado del todo pudiera subir de un vuelo al cielo. Pero, a mi juicio, la razón principal de sus sufrimientos era - como él aseguraba refiriéndose a otros - que en sobrellevarlos hay una gran recompensa.

213. Así, pues, una noche en que se sentía más agobiado que de ordinario por varias y dolorosas molestias, comenzó a compadecerse de sí en lo íntimo del corazón. Mas para que su espíritu, que estaba pronto, no condescendiera, cual hombre sensual, con la carne, ni por un instante en cosa alguna, mantiene firme el escudo de la paciencia invocando a Cristo. Hasta que al fin, mientras oraba así puesto en trance de lucha, obtuvo del Señor la promesa de la vida eterna a la luz de este símil: "Si toda la tierra y todo el universo fueran oro precioso sobre toda ponderación; y - libre tú de los dolores -se te diera en recompensa, a cambio de las acerbas molestias que padeces, un tesoro de tan grande gloria, en comparación de la cual el oro propuesto no fuera nada, es más? ni siquiera mereciera nombrarse, ¿no te gozarías sufriendo de buena gana lo que ahora sufres por un poco de tiempo?» "Me gozaría - respondió el Santo -, me gozaría lo indecible. "¡Exulta, pues - le dijo el Señor -, porque tu enfermedad es prenda de mi reino, y espera seguro y cerciorado, por el mérito de la paciencia, la herencia de mi reino!

213. ¡Cuán grande alegría debió de experimentar este hombre dichoso con la feliz promesa! ¡Con cuánto amor también, y no sólo con cuánta paciencia, debió de abrazar las molestias del cuerpo! Esto lo conoce él al presente a perfección; que entonces no le fue posible decir lo indecible. Alguna poca cosa dijo, con todo, a los compañeros, como pudo. Entonces compuso algunas Alabanzas de las creaturas, incitándolas a alabar a su modo al Creador.

Tránsito del Padre santo

Capítulo CLXII Cómo exhortó y bendijo al fin a los hermanos

214. El fin del hombre, dice el sabio, descubre lo que el es. Esto se ve gloriosamente cumplido en este santo. Corriendo por la vía de los mandamientos de Dios con alegría del alma, llegó, por los grados de todas las virtudes, a escalar la cima, y como obra dúctil, perfectamente elaborada a golpes de martillo de múltiples tribulaciones, conducido a la perfección, alcanzó el límite de su consumación. Precisamente sus obras maravillosas resplandecieron más, y apareció a la luz de la verdad que todo su vivir había sido divino cuando, vencidas ya las seducciones de la vida mortal, voló libre al cielo. Pues tuvo por deshonra vivir para el mundo, amó a los suyos en extremo, recibió a la muerte cantando.

214. De hecho, al acercarse a los últimos días, en los cuales a la luz temporal que se desvanecía sucedía la luz perpetua, demostró con ejemplo de virtudes que nada tenía de común con el mundo. Acabado, pues, con aquella enfermedad tan grave que puso fin a todos los dolores, hizo que lo pusieran desnudo sobre la desnuda tierra, para que en aquellas horas últimas, en que el enemigo podía todavía desfogar sus iras, pudiese luchar desnudo con el desnudo 3. En verdad que esperaba intrépido el triunfo y estrechaba ya con las manos entrelazadas la corona de justicia. Puesto así en tierra, despojado de la túnica de saco, volvió, según la costumbre, el rostro al cielo y, todo concentrado en aquella gloria, ocultó con la mano izquierda la llaga del costado derecho para que no se viera. Y dijo a los hermanos: "He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra".

215. A la vista de esto, los hijos se deshacen en lágrimas, y, entre continuados suspiros que les nacen de lo profundo del alma, desfallecen por la demasía de dolor y compasión. Entre tanto, al contenerse algo los sollozos, el guardián, sabido - más en verdad por inspiración divina - del deseo del Santo, se levantó de pronto y, tomando la túnica, los calzones y una capucha, dijo al Padre: "Reconoce que, por mandato de santa obediencia, se te prestan esta túnica, los calzones y la capucha. Y para que veas que no tienes propiedad sobre estas prendas te retiro todo poder de darlas a nadie". El Santo se goza y exterioriza el júbilo del corazón, porque ve que ha guardado fidelidad hasta el fin a la dama Pobreza. El no querer tener, ni siquiera al fin de su vida, hábito propio, sino prestado, lo hacía por el celo de la pobreza. La gorra de saco la solía llevar en la cabeza para cubrir las cicatrices que le dejó la curación de los ojos, aunque más necesitaba una de piel, liviana, con lana suave y exquisita.

216. Alza después el Santo las manos al cielo y canta a su Cristo, porque, exonerado ya de todas las cosas, se va libre a El. Pero, con el fin de mostrarse en todo verdadero imitador del Cristo de su Dios, amó en extremo a los hermanos e hijos, a quienes había amado desde el principio. Mandó, pues, que llamasen a todos los hermanos que estaban en el lugar para que vinieran a él, y, alentándolos con palabras de consolación ante el dolor que les causaba su muerte, los exhortó, con afecto de padre, al amor a Dios. Habló largo sobre la paciencia y la guarda de la pobreza, recomendando el santo Evangelio por encima de todas las demás disposiciones.

216. Luego extendió la mano derecha sobre los hermanos que estaban sentados alrededor, y, comenzando por su vicario, la puso en la cabeza de cada uno, y dijo: "Conservaos, hijos todos, en el temor del Señor y permaneced siempre en El. Y pues se acercan la prueba y la tribulación, dichosos los que perseveraren en la obra emprendida. Yo ya me voy a Dios; a su gracia os encomiendo a todos". Y bendijo - en los hermanos presentes - también a todos los que vivían en cualquier parte del mundo y a los que habían de venir después de ellos hasta el fin de los siglos. Nadie se acapare para sí esta bendición que el Santo dio en los presentes para los ausentes; como ha sido descrito en otro lugar, hubo en aquella ocasión una cláusula especial; pero de ella se hizo uso para iniciar, más bien, el oficio.

Capítulo CLXIII Su muerte y lo que hizo antes de la muerte

217. Como los hermanos lloraban muy amargamente y se lamentaban inconsolables, ordenó el Padre santo que le trajeran un pan. Lo bendijo y partió y dio a comer un pedacito a cada uno. Ordenando asimismo que llevaran el códice de los evangelios, pidió que le leyeran el evangelio según San Juan desde el lugar que comienza Antes de la fiesta de la Pascua, etc. Se acordaba de aquella sacratísima cena, aquella última que el Señor celebró con sus discípulos. Todo esto lo hizo, en efecto, en memoria veneranda de aquélla y para poner de manifiesto el afecto de amor que profesaba a los hermanos.

217. Así que los pocos días que faltaban para su tránsito los empleó en la alabanza, animando a sus amadísimos compañeros a alabar con él a Cristo. El, a su vez, prorrumpió como pudo en este salmo: Clamé al Señor con mi voz, con mi voz supliqué al Señor, etc. Invitaba también a todas las creaturas a alabar a Dios, y con unas estrofas que había compuesto anteriormente él las exhortaba a amar a Dios. Aun a la muerte misma, terrible y antipática para todos, exhortaba a la alabanza, y, saliendo con gozo a su encuentro, la invitaba a hospedarse en su casa: "Bienvenida sea—decía—mi hermana muerte". Y al médico: "Ten valor para pronosticar que está vecina la muerte, que va a ser para mí la puerta de la vida". Y a los hermanos: "Cuando me veáis a punto de expirar, ponedme desnudo sobre la tierra - como me visteis anteayer -, y dejadme yacer así, muerto ya, el tiempo necesario para andar despacio una milla". Llegó por fin la hora, y, cumplidos en él todos los misterios de Cristo, voló felizmente a Dios.

Cómo un hermano vio el alma del Padre santo en su tránsito

217a. Un hermano - uno de sus discípulos, célebre por la fama notable que disfrutaba - vio el alma del Padre santísimo que subía derecha al cielo, a modo de una estrella grande como la luna y luciente como el sol, avanzando sobre la inmensidad de las aguas llevada sobre una nube blanca.

217a. Con este motivo se reunió numerosa multitud de pueblos, que alababan y glorificaban el nombre del Señor. La ciudad de Asís se lanza en tropel y toda la región corre a ver las maravillas de Dios, que el Señor había manifestado en su siervo. Los hijos se lamentaban de la orfandad de tan gran padre y hacían ver con lágrimas y suspiros los afectos de piedad del corazón. La novedad del milagro cambió, sin embargo, el llanto en júbilo; el luto, en fiesta. Veían el cuerpo del bienaventurado Padre condecorado con las llagas: veían en medio de las manos y de los pies, no ya las hendiduras de los clavos, sino los clavos mismos, formados de su carne, mejor aún, connaturales a la carne misma, que conservaban el color negruzco del hierro, y el costado derecho, enrojecido de sangre. Su carne, naturalmente morena antes, brillando ahora con blancura extraordinaria, daba fe del premio de la resurrección. Sus miembros, en fin, se volvieron flexibles y blandos, sin la rigidez propia de los muertos, antes bien trocados en miembros como de niño.

Capítulo CLXIV La visión que tuvo el hermano Agustín ya moribundo

218. Era por entonces ministro de los hermanos de la Tierra de Labor el hermano Agustín, que, moribundo ya, sin habla desde hacía algún tiempo, exclamó de pronto - de modo que oyeron los que estaban presentes -, diciendo: "Espérame, Padre, espérame. Mira que me voy contigo". Y a los hermanos que le preguntaban muy admirados a quién hablaba así: "¿No veis - respondió con animación - a nuestro padre Francisco, que se va al cielo?". Y al instante, su alma, dejando el cuerpo, siguió al Padre santísimo."

Capítulo CIXV Cómo el Padre santo, después del tránsito, apareció a un hermano

219. A otro hermano de vida laudable que a la sazón estaba absorto en oración, se le apareció aquella misma noche y hora el glorioso Padre vestido de dalmática de púrpura, seguido de innumerable multitud de hombres. Muchos se separaron de la multitud y vinieron a preguntar al hermano: "Hermano, no es éste el Cristo?" Respondió el hermano: "Sí que es él". Pero otros inquirían con nueva pregunta: "¿No es San Francisco.?" Y el hermano respondía igualmente que sí. Y es que, igual al hermano que a la multitud que acompañaba a Francisco, le parecía que la persona de Cristo y la del bienaventurado Francisco era la misma.

219. Para quien quiera entender bien esto no es temerario, pues quien se adhiere a Dios se hace un espíritu con el y el mismo Dios será todo en todas las cosas. Finalmente llegó el bienaventurado Padre con el maravilloso cortejo a lugares amenísimos, que, regados por aguas cristalinas, verdeaban con la hermosura de toda clase de hierbas, y que constituían un plantío de toda clase de árboles deliciosos y de aspecto primaveral por la belleza de las flores. Se veía, asimismo, un palacio deslumbrante de magnificencia y hermosura singular, en donde entró con transportes de alegría el nuevo vecino del cielo; allí encontró a numerosísimos hermanos; y, sentados a una mesa preparada con todo ornato y colmada de variedad de delicias, comenzó a una con ellos el banquete deleitable.

Capítulo CLXVI Visión del obispo de Asís acerca del tránsito del Padre santo

220. El obispo de Asís había ido por aquellos días en peregrinación a la iglesia de San Miguel. Estaba hospedado de regreso en Benevento, el bienaventurado padre Francisco se le apareció en visión la noche misma del tránsito y le dijo: "Mira, padre, dejando el mundo, me voy a Cristo". Al levantarse de mañana el obispo, contó a los compañeros lo que había visto, y ante notario - que para esto había sido citado - hizo constar el día y la hora del tránsito. Y así, del todo apenado y bañado en lágrimas, se dolía de haber perdido el mejor padre. De regreso ya en su ciudad, refirió al detalle lo sucedido y dio rendidas gracias sin fin al Señor por sus dones.

Canonización y translación de San Francisco

220a. En el nombre del Señor Jesús. Amén. En el año de su encarnación 1226, el 4 de octubre - el día que había predicho - cumplidos veinte años desde que se adhirió con toda perfección a Cristo, el varón apostólico Francisco, seguidor de la vida y huellas de los apóstoles, libre de las cadenas de la vida mortal, pasó felizmente a Cristo; y, sepultado cerca de la ciudad de Asís, comenzó a brillar en todas partes con variedad de milagros, con tantos y tan admirables prodigios, que atrajo en breve tiempo a gran parte del mundo a lo que era la admiración del nuevo siglo. Como brillara ya en diversas partes con nueva luz de milagros y afluyeran de todas partes muchos que se alegraban de haber sido librados de sus desgracias por intervención de él, el señor papa Gregorio, que a la sazón estaba en Perusa con todos los cardenales y otros prelados de diversas iglesias, comenzó a mover el asunto de la canonización, hasta que, acordes todos, convinieron en ella. Leen y aprueban los milagros que había hecho el Señor por su siervo y enaltecen con ponderadísimos elogios la vida y conducta del bienaventurado Padre.

220a. Convocados previamente a tan gran solemnidad los príncipes de la tierra y numerosos prelados, acompañados de multitud incontable del pueblo, haciendo corte al dichoso papa, entran el día señalado en la ciudad de Asís para celebrar en ella, para mayor exaltación del Santo, su canonización. Al llegar todos al lugar preparado para tan solemne concentración, el papa Gregorio se dirige, en primer lugar, a todo el pueblo y narra con afecto melifluo las maravillas de Dios. Ensalza, asimismo, al santo padre Francisco en un discurso celebérrimo, bañado en lágrimas al dar a conocer la pureza de su vida. Y, acabado el discurso, el papa Gregorio, alzando las manos al cielo, proclamó con voz vibrante...

Capítulo CLXVII Oración de los compañeros al Santo

221. Henos aquí, bienaventurado Padre nuestro: el afán de la simplicidad se ha empeñado en cantar a su manera tus magníficas obras y en divulgar para tu gloria siquiera unas cuantas de las incontables virtudes de tu santidad. Sabemos que nuestras palabras—que no están a tono para cantar las excelencias de tan alta perfección han dejado muy sombreadas tus esplendorosas maravillas. Te pedimos - a ti y a los lectores - que apreciéis nuestro afecto por el empeño que hemos puesto, alegrándonos de que el ápice de una vida maravillosa supere a la pluma humana.

221. Porque ¿quién, ¡oh insigne entre los santos!, podrá engendrar en sí mismo o comunicar a los demás aquellos fervores de tu espíritu?; y ¿quién será capaz de concebir aquellos inefables afectos que desde ti saltaban incesantemente hasta Dios? Pero hemos escrito lo que precede enfrascados en tu dulce memoria, intentando - mientras vivimos - darla a conocer a los demás siquiera balbuciendo. Te nutres ya de la flor de harina, tú en otro tiempo hambriento; te abrevas en el torrente de delicias, tú que hasta ahora tenías sed. No te creemos, con todo, saciado de la abundancia de la casa de Dios corno para que te hayas olvidado de tus hijos, pues Aquel en quien te abrevas se acuerda también de nosotros. Llévanos, pues, en pos de ti, Padre venerado, para que corramos tras el suave perfume de tus ungüentos, nosotros a quienes ves tibios por la desidia, lánguidos por la pereza, semivivos por la negligencia. Ya la pequeña grey te sigue con paso vacilante, y la mirada deslumbrada de sus ojos enfermos no aguanta los destellos de tu perfección. Haz que nuestros días sean como los primeros, tú que eres espejo y modelo de perfectos, y no consientas que, siendo iguales a ti en la profesión, seamos desiguales en la vida.

222. Nos postramos ya ante la clemencia de la majestad eterna; presentamos ahora nuestras humildes oraciones por el siervo de Cristo, nuestro ministro, sucesor tuyo en la santa humildad y émulo en el celo de la verdadera pobreza, el cual se cuida de tus ovejas con solicitud, con suave dulzura por amor de tu Cristo. Te pedimos, santo, que lo guíes y veles por él, para que, adherido siempre a tus mismas huellas, llegue a conquistar a perpetuidad la alabanza y la gloria que tú has conseguido.

223. Padre benignísimo, te suplicamos también con todo el afecto del corazón por aquel hijo tuyo que ahora - como ya en otras ocasiones - ha escrito con devoción tus loores. El se ofrece y consagra a ti, y a la par te presenta y dedica esta pequeña obra compilada, Si no acreditado por méritos, sí, en cambio, por el empeño que ha puesto piadosamente. Dígnate defenderlo y guardarlo de todo mal, dale aumento de méritos en santidad y haz que por tus ruegos llegue a gozar por siempre de la compañía de los santos.

224. Padre, acuérdate de todos tus hijos, que, angustiados por indecibles peligros, sabes muy bien tú, santísimo, cuán de lejos siguen tus huellas. Dales fuerza, para que resistan; hazlos puros, para que resplandezcan; llénalos de alegría, para que disfruten. Impetra que se derrame sobre ellos el espíritu de gracia y de oración, para que tengan, como tú, la verdadera humildad; guarden, como tú, la pobreza; merezcan, como tú, la caridad con que amaste siempre a Cristo crucificado, quien con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.