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Diccionario de las Fuentes Introducción a las fuentes
TOMÁS DE CELANO
VIDA SEGUNDA
SEGUNDA PARTE
El amor de San Francisco a la oración
Capítulo LXI El tiempo, el lugar y el fervor de su oración
94. El varón de Dios Francisco, ausente del Señor en el cuerpo, se esforzaba por estar presente en el espíritu en el cielo; y al que se había hecho ya conciudadano de los ángeles, le separaba sólo el muro de la carne. Con toda el alma anhelaba con ansia a su Cristo; a éste se consagraba todo él, no sólo en el corazón, sino en el cuerpo. Como testigos presenciales y en cuanto es posible comunicar esto a los humanos, relatamos las maravillas de su oración, para que las imiten los que han de venir.
94. Convertía todo su tiempo en ocio santo, para que la sabiduría le fuera penetrando en el alma, pareciéndole retroceder si no veía que adelantaba a cada paso. Si sobrevenían visitas de seglares u otros quehaceres, corría de nuevo al recogimiento, interrumpiéndolos sin esperar a que terminasen. El mundo ya no tenía goces para él, sustentado con las dulzuras del cielo; y los placeres de Dios lo habían hecho demasiado delicado para gozar con los groseros placeres de los hombres.
94. Buscaba siempre lugares escondidos, donde no sólo el espíritu, sino en cada uno de los miembros, pudiera adherirse por entero a Dios. Cuando, estando en público, se sentía de pronto afectado por visitas del Señor, para no estar ni entonces fuera de la celda hacía de su manto una celdilla; a veces -cuando no llevaba manto - cubría la cara con la manga para no poner de manifiesto el maná escondido. Siempre encontraba manera de ocultarse a la mirada de los presentes, para que no se dieran cuenta de; los toques del Esposo, hasta el punto de orar entre muchos sin que lo advirtieran en la estrechez de la nave. En fin, cuando no podía hacer nada de esto, hacía de su corazón un templo. Enajenado, desaparecía todo carraspeo, todo gemido; absorto en Dios, toda señal de disnea, todo visaje.
95. Esto en casa. Pero, cuando oraba en selvas y soledades, llenaba de gemidos los bosques, bañaba el suelo en lagrimas, se golpeaba el pecho con la mano, y allí - como quien ha encontrado un santuario más recóndito - hablaba muchas veces con su Señor. Allí respondía al Juez, oraba al Padre, conversaba con el Amigo, se deleitaba con el Esposo. Y, en efecto, para convertir en formas múltiples de holocausto las intimidades todas más ricas de su corazón, reducía a suma simplicidad lo que a los ojos se presentaba múltiple. Rumiaba muchas veces en su interior sin mover los labios, e, interiorizando todo lo externo, elevaba su espíritu a los cielos. Así, hecho todo él no ya sólo orante, sino oración, enderezaba todo en él - mirada interior y afectos - hacia lo único que buscaba en el Señor.
95. Y ¿acertarías tú a imaginar de cuánta dulzura estaba transido quien así estaba habituado? El sí lo supo; yo no sé otra cosa si no es admirar. Lo sabrá el que lo experimenta; no se les da el saber a los inexpertos. Inflamado así el espíritu que bullía de fervor, bien sea en su aspecto exterior, bien en su alma toda entera derretida, moraba ya en la suprema asamblea del reino celeste.
95. El bienaventurado Padre no desatendía por negligencia ninguna visita del Espíritu; si se le ofrecía, respondía al regalo y saboreaba la dulzura así puesta delante por todo el tiempo que permitía el Señor. Aun cuando le apremiase algún asunto o se encontrase de viaje, al notar en lo profundo de grado en grado ciertos toques de la gracia, gustaba aquel maná dulcísimo reiterada y frecuentemente. Y en efecto: hasta de camino, dejando que se adelantasen los compañeros, se detenía él, y, quedándose a saborear la nueva iluminación, no recibía en vano la gracia.
Capítulo LXII Se deben rezar con devoción las horas canónicas
96. En el rezo de las horas canónicas era temeroso de Dios a par de devoto. Aun cuando padecía de los ojos, del estómago, del bazo y del hígado, no se apoyaba en muro o pared durante el rezo de los salmos, sino que decía las horas siempre de pie, la cabeza descubierta, la vista recogida y sin languideces. Si cuando iba por el mundo caminaba a pie, se detenía siempre para rezar sus horas; Y si a caballo, se apeaba. Un día volvía de Roma; no cesaba de llover; se apeó del caballo para rezar el oficio; pero, como se detuvo mucho, quedó del todo empapado en agua. Pues decía a veces: "Si el cuerpo toma tranquilamente su alimento, que mas tarde, a una con él, se convertirá en pasto de gusanos, con cuanta paz y calma debe tomar el alma su alimento que es su Dios".
Capítulo LXIII Cómo ahuyentaba las imaginaciones en la oración
97. Creía faltar gravemente si, estando en oración, se veía alguna vez agitado de vanas imaginaciones. En tales casos no difería la confesión, para expiar cuanto antes la falta. Le era tan habitual ese cuidado, que rarísimamente le molestaban semejantes moscas.
97. Durante una cuaresma, con el fin de aprovechar bien algunos ratos libres, se dedicaba a fabricar un vasito. Pero un día, mientras rezaba devotamente tercia, se deslizaron por casualidad los ojos a mirar detenidamente el vaso; notó que el hombre interior sentía un estorbo para el fervor. Dolido por ello de que había interceptado la voz del corazón antes que llegase a los oídos de Dios, no bien acabaron de rezar tercia, dijo de modo que le oyeran los hermanos: "¡Vaya trabajo frívolo, que me ha prestado tal servicio, que ha logrado desviar hacia sí mi atención! Lo ofreceré en sacrificio al Señor, cuyo sacrificio ha estorbado". Dicho esto, tomó el vaso y lo quemó en el fuego. "Avergoncémonos - comentó - de vernos entretenidos por distracciones fútiles mientras hablamos con el gran Rey durante la oración".
Capítulo LXIV Un éxtasis
98. Era levantado muchas veces a la dulzura de tan alta contemplación, que, arrebatado por encima de sí mismo, a nadie revelaba la experiencia que había vivido de lo que está más allá del humano sentido. Pero por un caso que fue notorio queda para nosotros claro con qué frecuencia quedaba enajenado en la dulcedumbre del cielo.
98. Una vez que tenía que pasar por Borgo San Sepolcro, lo llevaban sobre un asno. Y como quiera que había manifestado la voluntad de descansar en cierta leprosería, fueron muchos los que se enteraron que el varón de Dios había de pasar por allí. Corren de todas partes hombres y mujeres que quieren verlo y tocarlo, como es costumbre, por devoción. Y ¿qué pasa? Lo manosean, lo tiran de un lado y de otro; le cortan retazos de la túnica para guardarlos como recuerdo; el hombre parece insensible a todo, y, como si estuviera muerto, no advierte nada de lo que sucede. Se acercan, por fin, al lugar; y, mucho después de haber dejado atrás Borgo, el contemplador de las cosas del cielo ,como quien vuelve de otro mundo, pregunta con interés si están cercanos a Borgo.
Capítulo LXV Cómo se comportaba después de la oración
99. Al volver de sus oraciones particulares, en las cuales se transformaba casi en otro hombre, se esmeraba con el mayor cuidado en parecer igual a los demás, para no perder - con el aura de admiración que podría suscitar su aspecto inflamado - lo que había ganado.
99. Lo explicó así muchas veces a sus familiares: "Cuando el siervo de Dios es visitado por el Señor en la oración con alguna nueva consolación, antes de terminarla debe levantar los ojos al cielo y, juntas las manos, decir al Señor: Señor, a mí, pecador e indigno, me has enviado del cielo esta consolación y dulcedumbre; te las devuelvo a ti para que me las reserves, pues yo soy un ladrón de tu tesoro". Y más: "Señor, arrebátame tu bien en este siglo y resérvamelo para el futuro. Así debe ser - añadió -; que, cuando sale de la oración, se presente a los demás tan pobrecillo y pecador como si no hubiera obtenido una gracia nueva. Por una recompensa pequeña - razonaba aún - se pierde algo que es inestimable y se provoca fácilmente al Dador a no dar más".
99. En fin, solía levantarse para la oración tan disimuladamente, tan sigilosamente, que ninguno de los compañeros advirtiese ni cuándo se levantaba ni cuándo oraba. En cambio, al ir a la cama por la noche, sacaba ruido casi estrepitoso para que los demás se dieran cuenta de que se acostaba.
Capítulo LXVII Cómo un obispo que lo sorprendió en oración perdió el habla
100. Estaba San Francisco en oración - en el lugar de la Porciúncula -, cuando el obispo de Asís vino a hacerle, como de costumbre, una visita de amistad. En cuanto entra en el lugar, se acerca con poca consideración y sin ser llamado a la celda del Santo y, empujando la portezuela, hace por entrar. Apenas mete la cabeza y ve al Santo que ora, le sacude de pronto un temblor, y, paralizándosele los miembros, pierde también el habla. De repente, la voluntad del Señor lo echa violentamente hacia fuera y es alejado andando hacia atrás. Doy por sentado que, o éste no era digno de presenciar aquel misterio, o aquél que lo experimentaba - era digno de experimentarlo por más tiempo. El obispo, estremecido, vuelve a los hermanos, y a la primera palabra de confesión de su culpa recobra el habla.
Capítulo LXVII Cómo un abad experimentó la eficacia de su oración
101. Otra vez, el abad del monasterio de San Justino, del obispado de Perusa, se encontró con San Francisco; saltó enseguida del caballo y conversó un rato con él acerca de la salvación de su alma. Por último, al separarse, le pidió humildemente que rogara por él. San Francisco le respondió: "Señor, lo haré con gusto". Poco se había separado aún el abad, cuando San Francisco dijo al compañero: "Hermano, espérame un poco, que quiero pagar la deuda contraída". De hecho fue siempre ésta la costumbre del Santo: no echarse a las espaldas la oración que se le pedía, sino cumplir cuanto antes, como ahora, la promesa de hacerla; en consecuencia, mientras el Santo oraba a Dios, el abad sintió de súbito en el espíritu un ardor y una dulzura que no había experimentado hasta entonces, hasta el punto de que, extasiado. fue visto desvanecerse del todo. Permaneció así por muy poco espacio, y vuelto en sí comprobó la eficacia de la oración de San Francisco. Por eso, en adelante se encendió en un mayor amor a la Orden y contó a muchos como milagro lo acaecido.
101. Estos son los pequeños mutuos regalos que convienen a los siervos de Dios; éste, el intercambio recíproco de dones que les cuadra. Este santo amor, que a las veces se llama espiritual, queda contento con el fruto de la oración; la caridad tiene a menos los pequeños regalos de la tierra. Creo que es característica del santo amor ayudar y ser ayudado en el combate espiritual, recomendar y ser recomendado ante el tribunal de Cristo. Y ¿hasta qué grados de oración piensas que pudo llegar aquel que por sus méritos pudo elevar tan alto a otro? La inteligencia que de las Sagradas Escrituras tenía el santo y la eficacia de sus palabras
Capítulo LXVIII La ciencia y la memoria que tuvo
102. Aunque este hombre bienaventurado no había hecho estudios científicos, con todo, aprendiendo de Dios la sabiduría que viene de lo alto e ilustrado con las iluminaciones de la luz eterna, poseía un sentido no vulgar de las Escrituras. Efectivamente, su ingenio, limpio de toda mancha, penetraba hasta lo escondido de los misterios, y su afecto de amante entraba donde la ciencia de los maestros no llegaba a entrar. Leía a las veces en los libros sagrados, y lo que confiaba una vez al alma le quedaba grabado de manera indeleble en el corazón. La memoria suplía a los libros; que no en vano lo que una vez captaba el oído, el amor lo rumiaba con devoción incesante. Decía que le resultaba fructuoso este método de aprender y de leer y no el de divagar entre un millar de tratados. Para él era filósofo de veras el que no anteponía nada al deseo de la vida eterna. Y aseguraba que quien, en el estudio de la Escritura, busca con humildad, sin presumir, llegará fácilmente del conocimiento de sí al conocimiento de Dios. A menudo resolvía de palabra cuestiones difíciles, y, sin ser maestro en el hablar, ponía de manifiesto, a todas luces, su entendimiento y su virtud.
Capítulo LXIX El dicho de un profeta, que expuso a petición de un hermano predicador
103. Durante .su permanencia en Siena llegó uno de la Orden de los predicadores, varón ciertamente espiritual y doctor en sagrada teología. Así que visitó al bienaventurado Francisco, el uno y el otro .se detuvieron largamente, disfrutando de una colación dulcísima sobre las palabras del Señor. Y el maestro se animó a preguntarle sobre aquel dicho de Ezequiel: Si no le hablares para retraer al malvado de sus perversos caminos, yo te demandaré a ti de su sangre. "A propósito, mi buen padre - le dijo -, conozco a muchos a quienes, a pesar de saber que están en pecado mortal no les hablo siempre de su maldad. ¿Se me pedirá, por eso, la cuenta de tales almas?"
103. El bienaventurado Francisco se le declaró iletrado, y, por tanto, en el puesto de aprender, que no en el de responder a la sentencia de la Escritura. El humilde maestro añadió: "Hermano, aunque tengo oído a algunos sabios exponer ese pasaje, me gustaría, no obstante, que me dijeras cómo lo entiendes tú". Le respondió el bienaventurado Francisco: "Si hay que entender el pasaje universalmente, yo le doy el sentido de que el siervo de Dios debe arder por su vida y santidad, de forma que con la luz del ejemplo y con el testimonio de la vida reprenda a todos los malvados. Quiero decir, que el resplandor de su vida y el aroma de su fama harán saber a todos su iniquidad". Muy edificado, por consiguiente, aquel varón, dijo a los compañeros del bienaventurado Francisco al despedirse: "Hermanos míos, la teología de este varón, asegurada en la pureza y en la contemplación, es águila que vuela; nuestra ciencia, en cambio, queda a ras de tierra".
Capítulo LXX Algunos pasajes que aclaró a preguntas de un cardenal
104. En otra ocasión, huésped de un cardenal en Roma, las preguntas de éste sobre pasajes oscuros las aclaraba de tal modo, que se diría que era un hombre embebido de continuo en las Escrituras. El señor cardenal le dijo: "Yo no te pregunto como a Ietrado, sino como a hombre que tiene el espíritu de Dios, y así es que recibo con gusto tus interpretaciones, porque sé que proceden solamente de Dios".
Capítulo LXXI A un hermano que le aconsejaba la lectura, explica el Santo cuál es su ciencia
105. Un compañero suyo, viéndolo enfermo y aquejado de dolores de parte a parte, le dijo una vez: "Padre, las Escrituras han sido siempre para ti un amparo; te han proporcionado siempre alivio en los dolores. Haz, te lo pido, que te lean ahora algo de los profetas; tal vez tu espíritu exultará en el Señor". Le respondió el Santo: "Es bueno recurrir a los testimonios de la Escritura, es bueno buscar en ellas al Señor Dios nuestro; pero estoy ya tan penetrado de las Escrituras, que me basta, y con mucho, para meditar y contemplar. No necesito de muchas cosas, hijo; .sé a Cristo pobre y crucificado».
Capítulo LXXIl Las espadas que el hermano Pacífico vio resplandecer en la boca del Santo
106. Había en la Marca de Ancona un seglar olvidado de su salvación e ignorante de Dios, que se había prostituido entero a la vanidad. Lo llamaban el "rey de los versos", por no tener rival en interpretar canciones lascivas y en componer cantares profanos. En suma, la gloria mundana había enaltecido tanto al hombre, que el emperador lo coronó con grandísima pompa. Mientras, caminando así en tinieblas, arrastraba la iniquidad con ligaduras de vanidad, la bondad divina, compadecida, decide llevarlo por otro camino para que no perezca el que vive abandonado.
106. Por disposición de la Providencia divina, el bienaventurado Francisco y él se encuentran en un monasterio de pobres enclaustradas. El bienaventurado Padre había ido allí con sus compañeros a visitar a las hijas; éste había ido con muchos camaradas a visitar a una pariente. Y la mano de Dios fue sobre el: ve con los ojos corporales a San Francisco signado en forma de cruz por dos espadas transversas muy resplandecientes; la una, de la cabeza a los pies; la otra - transversal -, de mano a mano por el pecho. No conocía aún al bienaventurado Francisco, pero llega conocerlo ahora a la luz de milagro tan patente. Y, sobrecogido por la visión, empieza a proponerse mejorar de conducta, pero a la larga.
106. El bienaventurado Padre, empero -que habla primero a todos en general -, vuelve después la espada de la palabra de Dios hacia el hombre. Y, aparte con él, lo amonesta amablemente de la vanidad del siglo y el desprecio del mundo; y le traspasa luego el corazón con la amenaza de los juicios de Dios. Responde él inmediatamente: "¿Para qué más palabras? Vayamos a los hechos. Sácame de entre los hombres y devuélveme al gran Emperador". Al día siguiente, el Santo le vistió el hábito, y, como a quien ha sido devuelto a la paz del Señor, le pone el nombre de hermano Pacífico. Su conversión fue para muchos tanto más edificante cuanto más numerosos habían sido sus camaradas en la vanidad.
106. Y gaudioso en la compañía del bienaventurado Padre, el hermano Pacífico comenzó a sentir una unción que nunca había conocido hasta entonces. Otra vez, en efecto, se le concede ver lo que a otros les quedaba velado. Pues poco después vio en la frente del bienaventurado Francisco la gran señal "tau", que, por los anillos variopintos que la rodeaban, representaba la belleza del pavo.
Capítulo LXXIII La eficacia de su palabra y el testimonio de un médico sobre esto
107. El predicador del Evangelio, Francisco, que a los rudos predicaba con recursos materiales y rudos, como quien sabía que la virtud es más necesaria que las palabras, usaba, en cambio, con los espirituales y más capaces un lenguaje más vivo y profundo. Sugería en pocas palabras lo que era inefable, y, acompañando las palabras con inflamados gestos y movimientos, arrebataba por entero a los oyentes a las cosas del cielo. No echaba mano de esquemas previos, pues nunca planeaba sermones que a él no le nacieran. El verdadero poder y sabiduría Cristo comunicaba a su lengua una palabra eficaz.
107. Un médico docto y elocuente dijo en cierta ocasión: "La predicación de otros la retengo palabra por palabra; se me escapan, en cambio, únicamente las que expresa San Francisco. Y, si logro grabar algunas en la memoria, no me parecen ya las mismas que sus labios destilaron".
Capítulo LXXIV Cómo, en virtud de su palabra, ahuyentó de Arezzo los demonios mediante el hermano Silvestre
108. Las palabras de Francisco no sólo tenían eficacia cuando las decía, que a veces, aun transmitidas por otros, no volvían vacías. Así sucedió una vez cuando llegó a la ciudad de Arezzo al tiempo en que toda la población, revuelta en guerra civil, estaba en trance de exterminio total. Con tal suerte, que el varón de Dios, huésped en un burgo fuera de la ciudad, ve que los demonios se alborozan por aquella tierra y excitan ciudadanos contra ciudadanos con el fin de que se maten. Llamo, pues, a un hermano llamado Silvestre, varón de Dios y de sencillez recomendable, y le mandó, diciendo: "Vete a la puerta de la ciudad y, de parte de Dios todopoderoso, intima a los demonios que salgan cuanto antes de ella". La sencillez piadosa se encamina pronta a cumplir la obediencia, y, dedicándose primero al Señor en alabanzas, grita con fuerza ante la puerta: "De parte de Dios y por mandato de nuestro padre Francisco, salíos, demonios todos, de aquí a muy lejos". Poco después, la ciudad vuelve a la paz, y sus moradores observan con gran calma el código de ciudadanía.
108. Por eso, el bienaventurado Francisco, predicándoles después un día, comenzó el sermón con estas palabras: "Hablo a vosotros como a quienes estuvisteis en una ocasión bajo el yugo y cadenas de los demonios, pero sé que al fin fuisteis liberados gracias a las plegarias de un pobre".
Capítulo LXXV La conversión del hermano Silvestre mismo y una oración suya
109. Creo que no resultará impropio añadir a esta narración la conversión del mencionado Silvestre, cómo le movió el Espíritu a entrar en la Orden. En consecuencia: Silvestre era aquel sacerdote secular de la ciudad de Asís a quien el hombre de Dios había comprado en aquel entonces piedra para reparar una iglesia. Viendo en su día que el hermano Bernardo - la primera plantita de la Orden de los Menores después del santo de Dios - se despojaba de todos los bienes y los daba a los pobres, atizado por voraz codicia, mueve pleito al varón de Dios acerca de las piedras que hacía tiempo le vendió, como si no las hubiera pagado como debía. Francisco sonríe viendo el ánimo del sacerdote, inficionado por el veneno de la avaricia. Pero con el fin de apagar de alguna manera la maldita pasión, le llena de monedas las manos, sin contarlas siquiera. Se alegró el presbítero Silvestre con lo que se le dio, pero se admiró aún más de la liberalidad del donante; de vuelta en casa, recapacita una y otra vez sobre el hecho, comenta entre sí con atinada acusación que él, siendo anciano, se ve amador del mundo, y queda estupefacto al observar de qué manera aquel joven llega a despreciarlo todo. Pero ya desde ahora, impregnado del buen olor, Cristo le abre el seno de su misericordia.
109. Le muestra en una visión cuanto valen las obras de Francisco, con cuánta prestancia brillan a los ojos de él, con cuanta magnificencia llenan el mundo entero. En efecto, ve en un sueño una cruz de oro que, saliendo de la boca de Francisco, tocaba con su cabecera los cielos; y cuyos brazos, extendidos a lo ancho, ceñían, abrazándolos, ambos lados del mundo. Compungido el sacerdote con la visión, sacude una demora - que puede resultarle perjudicial -, abandona el mundo y se hace perfecto imitador del varón de Dios. Este se inició en la Orden viviendo en perfección, y fue consumado en la más alta perfección por la gracia de Cristo.
109. Pero ¿qué hay de extraño en ver a Francisco en la forma del Crucificado, a quien no hizo otra cosa en todo momento si no es acompañarle con la cruz? Enraizada de tal modo en lo más profundo la cruz mirífica, ¿qué tiene de extraordinario si, brotando de buena tierra, ha dado flores, fronda y frutos vistosos? Ninguna cosa de otro género podía crearse en ella cuando ya desde los comienzos la había reivindicado de tan prodigioso modo toda entera para sí aquella cruz maravillosa. Pero ya es hora de que reanudemos el tema.
Capítulo LXXVI Un hermano liberado de asaltos del demonio
110. Un hermano venía de mucho tiempo atrás molestado por una tentación espiritual, más sutil y dañosa que la del incentivo de la carne. Acude al fin a San Francisco y se echa humildemente a sus pies. Pero, deshecho en lágrimas, no acertaba a decir palabra, por impedírselo los profundos sollozos. El Padre piadoso se compadece de él, y, conociendo que es molestado con instigaciones del maligno, dice: "Por el poder de Dios, os mando, demonios, que no combatáis más a mi hermano, como habéis osado hacerlo hasta ahora". Al punto, desvanecida la negrura de las tinieblas, el hermano se levanta librado, y ya más no sufrió la acometida; talmente como si no la hubiese sufrido nunca.
Capítulo LXXVII La cerda cruel que se comió el cordero
111. Se ha puesto ya de relieve en otro lugar el poder admirable de su palabra respecto a los animales. Contaré, con todo, un episodio que tengo a mano. Una noche en que el siervo del Excelso se hospedaba en el monasterio de San Verecundo, del obispado de Gubbio, una ovejita parió un corderillo. Había una cerda muy cruel, la cual, sin miramiento a una vida inocente, lo mató con una dentellada rapaz. Al levantarse de mañana los de día, hallan el corderillo muerto Se dan cuenta, desde luego, de que la cerda es la causante del maleficio. A esta noticia, el Padre piadoso se mueve a compasión y, acordándose de otro Cordero, se lamenta del corderillo muerto, diciendo delante de todos: "¡Oh, hermano corderillo, animal inocente, que eres una representación siempre útil a los hombres! Maldita sea la impía que te mató. Ni hombre ni animal coma su carne". Y hubo prodigio: la puerca maléfica comenzó luego a sentirse mal, y, penando por tres días las torturas de unos padecimientos, terminó en una muerte vengadora. Tirada en la estacada del monasterio, arrojada allí durante largo tiempo, seca cual una tabla, no fue comida para ningún famélico.
Contra la familiaridad con las mujeres
Capítulo LXXVIII Desaconseja la familiaridad con las mujeres. Cómo trataba con ellas
112. Mandaba que se evitasen a toda costa las melosidades tóxicas, es decir, las familiaridades con mujeres, las cuales llegan a engañar aun a hombres santos. Temía de verdad que a causa de ellas se quebrase pronto el que es frágil, y el fuerte se fuese debilitando en el espíritu. De no ser uno varón probadísimo, no contaminarse en el trato con ellas es tan difícil como andar alguien sobre brasas sin que se le abrasen los pies, aseguraba el Santo recurriendo a la Escritura. Pero, con el fin de enseñar con la práctica, él mismo se mostraba modelo de toda virtud. Tan es así que le era una molestia la mujer, que pensaras tú que se trataba más de miedo y horror que de cautela y ejemplo. Cuando la locuacidad importuna de aquéllas suscitaba en la conversación temas que le resultaban fastidiosos, con palabra abreviada y humilde, con los ojos bajos, acudía al silencio. Y en ocasiones, levantando los ojos al cielo, parecía que sacaba de allí la respuesta que daba a quienes hablaban de cosas de la tierra.
112. En cambio, a aquellas cuyas mentes -dada su perseverancia en una devoción consagrada - había logrado que fuesen domicilio de la sabiduría, las amaestraba con alocuciones maravillosas, si bien breves. Cuando hablaba con alguna mujer, lo hacía en voz clara, de modo que pudieran oír todos lo que decía. Una vez llegó a decir al compañero: "Carísimo, te confieso la verdad: si las mirase, no las reconocería por la cara, si no es a dos. Me es conocida - añadió - la cara de tal y de tal otra; de ninguna más".
112. Muy bien, Padre, pues nadie se santifica por mirarlas; muy bien - diré -, porque en ello no hay ganancia ninguna, sí muchísima pérdida; a lo menos, de tiempo. Son estorbo para quien quiere emprender el camino arduo y contemplar la faz llena de gracia.
Capítulo LXXIX Parábola contra la falta de modestia en mirar a las mujeres
113. Solía flagelar los ojos no castos con esta parábola: "Un rey muy poderoso envió a la reina, uno tras otro, dos embajadores. Vuelve el primero, y refiere, no más, la respuesta estrictamente; y es que los ojos del sapiente habían estado en la cabeza y no habían divagado. Vuelve el segundo, y, después de la respuesta breve y corta, se entretiene tejiendo todo un discurso sobre la hermosura de la señora: Señor - dice -, en verdad que he visto una mujer bellísima. ¡Feliz quien la posee! Le replica el rey: "Siervo malo, ¿has puesto en mi esposa tus ojos impúdicos? Está claro que hubieras querido poseer a la que has mirado con tanta atención".
113. Manda llamar otra vez al primero y le dice: "¿Qué te parece de la reina?" "Traigo muy buena impresión - dice -, porque ha escuchado en silencio el mensaje y ha respondido sabiamente" "Y de su hermosura - replica -, ¿no dices nada?" "Señor mío - responde -, a ti toca contemplarla; a mi llevarle tu embajada". Y el rey dictamina: "Tú, el de ojos castos, como de cuerpo también casto, quédate de cámara; y salga de esta casa ese otro, no sea que contamine también mi tálamo".
113. Y solía decir el bienaventurado Padre: "Donde hay bien defendida seguridad, preocupa menos el enemigo. Si el diablo logra con su habilidad asirse de un cabello del hombre, lo transforma con presteza en viga. Ni desiste aunque no haya podido por muchos años derribar al que tentó, esperando que ceda al fin. Este es su quehacer; día y noche no tiene otra preocupación".
Capítulo LXXX Ejemplo del Santo contra la demasiada familiaridad
114. Una vez que San Francisco se encaminaba a Bevagna, no pudo llegar al castro por la debilidad que le había causado el ayuno. Entonces, el compañero, pasando aviso a una señora espiritual, pidió humildemente pan y vino para el Santo. En cuanto lo oyó, ella, con una hija virgen consagrada a Dios, corrió a donde el Santo a llevarle lo que necesitaba. Mas el Santo, reanimado algún tanto con la refección, a la recíproca, confortó él a madre e hija con la palabra de Dios. Pero mientras les hablaba no miró a la cara de ninguna de las dos. Cuando ellas se fueron, el compañero le dijo: "Hermano, ¿por qué no has mirado a esa virgen santa que ha venido a ti con tanta devoción?" El Padre le respondió: "¿Quién no tendrá reparo en mirar a una esposa de Cristo? Porque, si los ojos y la cara dan expresión a la predicación, ella tenia que mirarme a mí y no yo a ella".
114. Muchas veces, hablando de esto, afirmaba que es frivolidad toda conversación con mujeres, fuera de la confesión o de algún breve consejo que se acostumbra. Añadía: "¿De qué asuntos tiene que tratar el hermano menor con mujeres, si no es cuando, por motivos religiosos, pide la santa penitencia o un consejo para mejorar la vida?".
Las tentaciones que padeció
Capítulo LXXXI Las tentaciones del Santo y de cómo venció una
115. Según aumentaban los méritos de San Francisco, aumentaba también la discordia con la antigua serpiente. A más excelentes carismas de aquél, seguían más sutiles tentaciones de ésta, y se entablaban combates más violentos. Y por más que hubiese comprobado que se las había con un hombre que era guerrero esforzado, que no había cedido ni por un momento en el combate, sin embargo, seguía todavía empeñado en presentar batallas al constante vencedor.
115. Por algún tiempo, en efecto, experimentó el Padre una pesadísima tentación espiritual, para enriquecimiento, por cierto, de su corona. Por esta causa se angustiaba y se colmaba de dolores, maltrataba y maceraba el cuerpo, oraba y lloraba amargamente. Tal combate se prolongaba por años; hasta que un día, mientras oraba en Santa María de la Porciúncula, oyó en espíritu una voz: "Francisco, si tienes fe como un grano de mostaza, dirás a esta montaña que se traslade, y se trasladará". "Señor -respondió el Santo -, ¿cuál es la montaña que quisiera yo trasladar?" Y oyó de nuevo: "La montaña es tu tentación". Y él, llorando, dijo: "Señor, hágase en mí como has dicho". Puesta en fuga al instante toda tentación, queda librado y se aquieta del todo en su interior.
Capítulo LXXXII Cómo el diablo, llamándolo, le tentó de lujuria y cómo lo venció el Santo
116. Sucedió en el eremitorio de los hermanos de Sarteano. El maligno aquel que envidia siempre los progresos de los hijos de Dios, osó tentar al Santo como sigue. Veía que el Santo se santificaba más y que no descuidaba por la de ayer la ganancia de hoy. Una noche en que se daba a la oración en una celdilla, el demonio lo llamó tres veces:
116. - Francisco, Francisco, Francisco. - ¿Qué quieres?- respondió éste. - No hay en el mundo - replicó aquél - ni un pecador a quien, si se convierte, no perdone el Señor; pero el que se mata a fuerza de penitencias, nunca jamás hallará misericordia.
116. En seguida, una revelación hizo ver al Santo la astucia del enemigo, que se había esforzado para inducirlo a la tibieza. Pero ¿que más? El enemigo no desiste de presentar nuevo combate. Y, viendo que no había acertado a ocultar el lazo, prepara otro: el incentivo de la carne. Pero en vano, porque quien había descubierto la astucia del espíritu, mal pudo ser engañado con el sofisma de la carne. El demonio desencadena, pues, contra él una tentación terrible de lujuria. Mas el bienaventurado Padre, en cuanto la siente, despojado del vestido, se azota sin piedad con una cuerda: "¡Ea, hermano asno! - se dice -, te corresponde estar así, aguantar así los azotes. La túnica es la Religión, y no es lícito robarla; Si quieres irte a otra parte, vete".
117. Mas como ve que las disciplinas no ahuyentan la tentación, y a pesar de tener todos los miembros cárdenos, abre la celda, sale afuera al huerto y desnudo se mete entre la mucha nieve y, tomando la nieve, la moldea entre sus manos y hace con ella siete bloques a modo de monigotes. Poniéndose ante éstos comienza a hablar así el hombre: "Mira, este mayor es tu mujer, estos otros cuatro son tus dos hijos y tus dos hijas; los otros dos, el criado y la criada que se necesitan para el servicio. Pero date prisa - continúa - en vestir a todos, porque se mueren de frío. Y si te molesta la multiplicada atención que hay que prestarles, sirve con solicitud al Señor sólo". El diablo huye al instante confuso y el Santo se vuelve a la celda glorificando al Señor. Un hermano piadoso que estaba en oración a aquella hora, fue testigo de todo gracias a la luz de la luna, que resplandecía mas aquella noche. Mas el Santo, enterado después de que el hermano lo había visto aquella noche, le mandó que, mientras él viviese, no descubriera a nadie lo sucedido.
Capítulo LXXXIII Cómo libró de la tentación a un hermano y los bienes de la tentación
118. Un hermano tentado que estaba una vez a solas con el Santo, le dijo: "Padre bueno, ruega por mí, pues creo que, si tienes a bien rogar por mí, me veré en seguida libre de mis tentaciones. Es que me siento tentado sobre mis fuerzas; y estoy seguro de que el caso no es cosa oculta para ti".
118. "Créeme, hijo - le dijo San Francisco -, que por eso mismo te tengo por mayor servidor de Dios, y sábete que cuanto más tentado seas, te amaré más. Te digo en verdad - añadió - que nadie ha de creerse servidor de Dios hasta haber pasado por tentaciones y tribulaciones. La tentación vencida - añadió aún - es, en cierto modo, el anillo con que el Señor desposa consigo el alma de su siervo. Muchos se complacen de méritos acumulados por años y se alegran de no haber tenido ninguna tentación. Y porque el terror solo bastaría para hundirlos antes del combate, el Señor ha tomado en cuenta la debilidad de su espíritu. Que los combates fuertes rara vez se presentan si no es allí donde existe una virtud recia".
Cómo lo azotaron los demonios
Capítulo LXXXIV Cómo lo azotaron los demonios y que se ha de huir de los palacios
119. Este varón de Dios no solo se enfrentaba con las acometidas de las tentaciones de Satanás, si no que luchaba con él cuerpo a cuerpo. Invitado en una ocasión por el señor León, cardenal de la Santa Cruz, a morar por algún tiempo con él en Roma, escogió para sí una torre apartada, que en una galería de nueve apartamentos con cubierta facilitaba unas estancias reducidas como de eremitorio. Sucedió, pues, la primera noche; después de una prolongada oración con Dios, cuando se disponía a reposar, vienen los demonios y entablan firmes contra el santo de Dios una lucha a muerte. Lo hostigan por muy largo tiempo y con extrema crueldad y lo dejan al fin medio muerto. Al retirarse los demonios, recobrado ya el aliento, el Santo llama a su compañero, que dormía en otra de las estancias, y al presentársele le dice: "Hermano, quiero que estés a mi lado, porque tengo miedo a quedarme solo. Hace poco que me han azotado los demonios". Y temblaba el Santo y sentía escalofríos como quien tiene fiebre altísima.
120. Pasada, pues, la noche sin pegar ojo, dijo San Francisco a su compañero: "Los demonios son ministros de nuestro Señor, que se sirve de ellos para castigar los excesos. Y es señal de gracia mayor que no deje nada sin castigo en su siervo mientras vive en el mundo. Mas yo no recuerdo falta que no haya lavado en la satisfacción por la misericordia de Dios, porque en su dignación paternal ha tenido a bien manifestarme siempre en la oración y en la meditación qué es lo que le agrada y desagrada. Pero puede ser que haya permitido a esos ministros echarse sobre mí por esto: el que yo me hospede en los palacios de los potentados no da buena idea de mí ante los demás. Mis hermanos, que conviven en lugares pobrecillos, al oír que yo estoy con cardenales, pensarán tal vez que nado en delicias. Por tanto, hermano, pienso que va mejor a quien está puesto como modelo huir de los palacios y hacer fuertes a los que padecen penurias, padeciendo iguales privaciones". Así que de mañana se presentaron al cardenal, y, después de haberle contado todo, se despidieron de él.
121. Sirva esto de enseñanza a los hermanos palaciegos, y ténganse por abortivos, arrancados del seno de su madre. No condeno la obediencia, pero sí repruebo la ambición, la ociosidad, las comodidades. En suma, propongo de modo absoluto a Francisco por modelo para todas las obediencias. Pero en todo debe descartarse cuanto, por agradar a los hombres, desagrada a Dios.
Capítulo LXXXV Un ejemplo a propósito
121. Revivo en este momento algo que, a mi parecer, de ninguna manera debe pasarse por alto. Un hermano, viendo que otros hermanos moraban en un palacio, halagado de no sé qué gloria, deseó hacerse también palaciego como ellos. Deseoso de conocer la vida de palacio, ve una noche, en sueños, que los que he mencionado están fuera del lugar de los hermanos y alejados del trato con ellos; los ve además comiendo de un dornajo muy tosco y asqueroso, en el que comían garbanzos mezclados con heces humanas. Este espectáculo desconcertó vivamente al hermano; y desde que se levantó, de madrugada, no pensó más en palacios.
Capítulo LXXXVI Tentaciones que sufrió en un lugar solitario y de la visión de un hermano
122. El Santo con un compañero llegó un día a una iglesia situada lejos del poblado. Deseando orar en soledad, advierte al compañero: "Hermano, quisiera estarme aquí a solas esta noche. Vete al hospital y vuelve mañana muy temprano".
122. Y se mantiene solo en larga y devotísima oración con el Señor. Después tantea dónde reclinar la cabeza para dormir; y de pronto, turbado en su espíritu, comenzó a sentir pavor y tedio y a estremecerse en todo el cuerpo. Se daba cuenta notoriamente de los asaltos diabólicos contra él y de cómo catervas de demonios corrían de un lado a otro sobre el techo con estrépito. Así, pues, se levanta inmediatamente, sale fuera y, signándose en la frente, dice: "De parte de Dios todopoderoso, os digo, demonios, que hagáis en mi cuerpo cuanto os es permitido. Lo sufro con gusto, pues, como no tengo enemigo mayor que el cuerpo, me vengareis de mi adversario cayendo sobre él en vez de mí". En consecuencia, los demonios que se habían adunado para aterrorizar el espíritu del Santo, viendo un espíritu muy decidido en carne flaca, se disipan al punto llenos de confusión.
123. A la madrugada siguiente vuelve el compañero; al ver al Santo postrado ante el altar, espera fuera del coro, y ora también entretanto con fervor delante de una cruz. E inesperadamente, arrebatado en éxtasis, ve en el cielo, entre muchos, un trono más distinguido que los otros, adornado con piedras preciosas y todo resplandeciente de gloria. Admira en su interior el precioso trono y se pregunta para sí de quién es. En esto oye una voz que le dice: "Este trono fue de uno de los que cayeron del cielo, y ahora está destinado al humilde Francisco". Vuelto luego en sí el hermano, ve que el bienaventurado Francisco sale de la oración; y sin más, tendido en el suelo con los brazos en cruz, le habla no como a quien vive en el mundo, sino como a quien ya reina en el cielo, y le dice: "Padre, ruega por mí al Hijo de Dios para que no me impute mis pecados". El varón de Dios, tendiéndole la mano, lo levanta, y comprende que algo le ha sido revelado en la oración.
123. Ya de regreso, el hermano pregunta al bienaventurado Francisco: «¿En qué concepto te tienes?» Responde: "Me parece que soy el más grande de los pecadores, porque, si Dios hubiese tenido con un criminal tanta misericordia como conmigo, sería diez veces mas espiritual que yo". A esto, el Espíritu sugirió al momento en el interior del hermano: "Reconoce la verdad de la visión que has tenido, pues la humildad elevará al humildísimo al trono que perdió la soberbia".
Capítulo LXXXVII Un hermano liberado de tentación
124. Un hermano espiritual y de muchos años en la religión, afligido por una gran tribulación de la carne, parecía estar a punto de ser absorbido por el abismo de la desesperación. El dolor acrecentaba de día en día, porque su conciencia, más por mal formada que por discreta, le obligaba a confesarse por nada. Ciertamente, se legitimaría tanta ansia de confesión si hubiese cedido, aunque poco, a la tentación, mas no por haberla sentido. Pero era tanto el pudor que él tenía, que temiendo manifestar todo a un único sacerdote, aun a pesar de no existir pecado alguno, repartía incluso los pensamientos, confiando parte a unos y parte a otros.
124. Hasta que un día que iba con el bienaventurado Francisco le dijo el Santo: "Hermano, te digo que en adelante no debes confesar tu tribulación a nadie. Y no tengas miedo, ya que lo que te ocurre a ti sin consentirlo tú redundará para ti en corona, no en culpa. Y cuantas veces fueres molestado, di con mi autorización siete padrenuestros". Admirado de cómo el Santo hubiese llegado a conocer esto y regocijado y contento en extremo, evadió toda tribulación.
La verdadera alegría espiritual
Capítulo LXXXVIII La alegría espiritual, su alabanza y el mal de la tristeza
125. Aseguraba el Santo que la alegría espiritual es el remedio más seguro contra las mil asechanzas y astucias del enemigo. Solía decir: "El diablo se alegra, sobre todo, cuando logra arrebatar la alegría del alma al siervo de Dios. Lleva polvo que poder colar - cuanto más sea - en las rendijas más pequeñas de la conciencia y con que ensuciar el candor del alma y la pureza de la vida. Pero - añadía -, cuando la alegría espiritual llena los corazones, la serpiente derrama en vano el veneno mortal. Los demonios no pueden hacer daño al siervo de Cristo, a quien ven rebosante de alegría santa. Por el contrario, el ánimo flebe, desolado y melancólico se deja sumir fácilmente en la tristeza n envolverse en vanas satisfacciones".
125. Por eso, el Santo procuraba vivir siempre con júbilo del corazón, conservar la unción del espíritu y el óleo de la alegría. Evitaba con sumo cuidado la pésima enfermedad de la flojera, de manera que, a poco que sentía insinuársele en el alma, acudía rapidísimamente a la oración. Y decía: "El siervo de Dios conturbado, como suele, por alguna cosa, debe inmediatamente recurrir a la oración y permanecer ante el soberano Padre hasta que le devuelva la alegría de su salvación. Pues, si se detiene en la tristeza, adolecerá del mal babilónico, que al cabo, si no se purifica por medio de lágrimas, creará en su corazón una roña duradera".
Capítulo LXXXIX La cítara que oyó tocar a un ángel
126. Durante su permanencia en Rieti para la cura de los ojos, llamó un día a uno de los compañeros, que en el mundo había sido citarista, y le dijo: "Hermano, los hijos de este siglo no entienden los misterios divinos. Hasta los instrumentos músicos, destinados en otros tiempos a las alabanzas de Dios, los ha convertido ahora la sensualidad de los hombres en placer de los oídos. Quisiera, pues, hermano, que trajeras en secreto de prestado una citara y compusieras una bella canción a cuyo son aliviaras un poco al hermano cuerpo, que esta lleno de dolores" Le respondió el hermano: "Padre, me avergüenzo mucho por temor de que la gente vaya a sospechar que he sido tentado por esta minucia". "Dejémoslo entonces, hermano - replicó el Santo -, que es conveniente renunciar a muchas cosas para que no se resienta el buen nombre".
126. La noche siguiente, en vigilia el santo varón y meditando acerca de Dios, de pronto suena una cítara de armonía maravillosa, que enhila una melodía finísima. No se veía a nadie, pero el oído percibía por la localización del sonido que el que tañía y cantaba se movía de un lado a otro. Finalmente, arrebatado el espíritu a Dios, el Padre santo, al oír la dulcísima canción, goza de lleno tales delicias, que piensa haber pasado al otro siglo. Al levantarse al amanecer, el Santo llama al dicho hermano y, tras haberle contado al detalle lo sucedido, añade: "El Señor, que consuela a los afligidos, no me ha dejado nunca sin consuelo. Mira: ya que no he podido oír la cítara tocada por los hombres, he oído otra más agradable".
Capítulo XC Que el Santo cantaba en francés cuando estaba más alegre
127. Algunas veces hacía también esto: la dulcísima melodía espiritual que le bullía en el interior, la expresaba al exterior en francés, y la vena del susurro divino que su oído percibía en lo secreto rompía en jubilosas canciones en francés. A veces - yo lo vi con mis ojos - tomaba del suelo un palo y lo ponía sobre el brazo izquierdo; tenía en la mano derecha una varita corva con una cuerda de extremo a extremo, que movía sobre el palo como sobre una viola; y, ejecutando a todo esto ademanes adecuados, cantaba al Señor en francés. Todos estos transportes de alegría terminaban a menudo en lágrimas; el júbilo se resolvía en compasión por la pasión de Cristo. De ahí que este santo prorrumpía de continuo en suspiros, y al reiterarse los gemidos, olvidado de lo que de este mundo traía entre manos, quedaba arrobado en las cosas del cielo.
Capítulo XXI Cómo reprochó a un hermano que estaba triste y le aconsejó el modo de portarse
128. Vio una vez a un compañero suyo con cara melancólica y triste, y, como le desagradaba esto, le dijo: "No va bien en el siervo de Dios presentarse triste y turbado ante los hombres, sino siempre amable. Tus pecados examínalos en la celda; llora y gime delante de tu Dios. Cuando vuelvas a donde están los hermanos, depuesta la melancolía, confórmate a los demás". Y poco después añadió: "Los enemigos de la salvación de los hombres me tienen mucha envidia y se esfuerzan siempre en turbarme a mí en mis compañeros, ya que no consiguen turbarme a mí en mí mismo. Y amaba tanto al hombre lleno de alegría espiritual, que en cierto capítulo general hizo escribir, para enseñanza de todos, esta amonestación: "Guárdense los hermanos de mostrarse ceñudos exteriormente e hipócritamente tristes; muéstrense, más bien, gozosos en el Señor, alegres y jocundos y debidamente agradables".
Capítulo XCII Cómo ha de tratarse el cuerpo para que no proteste
129. Asimismo, el Santo dijo una vez: "Hay que atender con discreción al hermano cuerpo para que no provoque tempestades de flojera. Quítesele toda ocasión de protesta, no sea que llegue a sentir fastidio de velar y de perseverar reverente en la oración. Porque podría decir: Desfallezco de hambre, no aguanto sobre mí el peso de tus prácticas. Pero, si protestase así después de haberse alimentado lo bastante, sábete que el jumento perezoso necesita ser espoleado y que al asno flojo le aguarda el aguijón".
129. Sólo en esta lección anduvieron discordes las palabras y las obras del santísimo Padre. Pues sometía su cuerpo - de veras inocente - a azotes y privaciones y multiplicaba sobre él los castigos sin motivo. Es que el ardor del espíritu había aligerado el cuerpo ya tanto, que, si el alma era sedienta de Dios, aquella carne santísima desfallecía de sed.
La falsa alegría
Capítulo XCIII Contra la vanagloria y la hipocresía
130. Pero él, que se entregaba a la alegría espiritual, evitaba con cuidado la falsa, como quien sabía bien que debe amarse con ardor cuanto perfecciona y ahuyentar con esmero cuanto inficiona. Así, procuraba sofocar en germen la vanagloria, sin dejar subsistir ni por un momento lo que es ofensa a los ojos de su Señor. De hecho muchas veces, cuando era ensalzado, trocaba luego el aprecio en tristeza, doliéndose y gimiendo.
130. Un invierno en que por todo abrigo de su santo cuerpecillo llevaba una sola túnica con refuerzos de burdos retazos, su guardián, que era también su compañero, adquirió una piel de zorra, y, presentándosela, le dijo: "Padre, padeces del bazo y del estómago; ruego en el Señor a tu caridad que consientas que se cosa esta piel por dentro con la túnica. Y, si no la quieres toda, deja al menos coserla a la altura del estómago".
130. «Si quieres que la lleve por dentro de la túnica - le respondió Francisco -, haz que un retazo igual vaya también por fuera; que, cosido así por fuera, indique a los hombres la piel que se esconde dentro". El hermano oye, pero no lo acepta; insiste, pero no logra otra cosa. Cede al fin el guardián, y se cose retazo sobre retazo para hacer ver que Francisco no quiere ser uno por fuera y otro por dentro.
130. ¡Oh identidad de palabra y de vida! ¡El mismo por fuera y por dentro! ¡El mismo de súbdito y de prelado! Tú que te gloriabas siempre en el Señor, no querías otra gloria ni de los extraños ni de los de casa. Y no se ofendan, por favor, los que llevan pieles preciosas si digo que se lleva también piel por piel, pues sabemos que los despojados de la inocencia tuvieron que cubrirse con túnicas de piel.
Capítulo XCIV Una confesión suya de hipocresía
131. El episodio tuvo lugar en el eremitorio de Poggio, alrededor de la Navidad. El Santo comenzó su predicación a una gran multitud, convocada para oírlo, con estas palabras: "Vosotros me tenéis por santo, y por eso habéis venido con devoción. Pero yo os confieso que en toda esta cuaresma he tomado alimentos preparados con tocino". Y así, atribuía muchas veces a gula lo que había tomado antes por razón de la enfermedad.
Capítulo XCV Una confesión suya de vanagloria
132. Con igual fervor, si alguna vez sentía en su espíritu cualquier movimiento de vanagloria, lo manifestaba luego delante de todos con llaneza. Yendo una vez por la ciudad de Asís, se le acerca una viejecilla pidiendo limosna. Como no tenía otra cosa que darle fuera del manto, se lo entregó luego con pronta generosidad. Y como sintiera cierto cosquilIeo de vanidad, confesó al punto ante todos que había tenido vanagloria.
Capítulo XCVI Réplica suya a los que lo alaban
133. Procuraba guardar en lo secreto del alma los dones del Señor, no queriendo exponer a la gloria lo que podría ser causa de perdición. En efecto, como quiera que eran muchos los que lo alababan a menudo, les respondía con frases como éstas: "No queráis alabarme como a quien está seguro; todavía puedo tener hijos e hijas. No hay que alabar a ninguno cuyo fin es incierto. Si el que lo ha dado quisiera en algún momento llevarse lo que ha donado de prestado, sólo quedarían el cuerpo y el alma, que también el infiel posee". Hablaba de este modo a los que lo alababan. A sí mismo se decía: "Francisco, si un ladrón hubiera recibido del Altísimo tan grandes dones como tú, sería más agradecido que tú".
Capítulo XCVII Dichos suyos contra los que se alaban a sí mismos
134. Decía muchas veces a sus hermanos: "Nadie debe halagarse, con jactancia injusta, de aquello que puede también hacer un pecador". Y se explicaba: "El pecador puede ayunar, orar, llorar, macerar el cuerpo. Esto sí que no puede: ser fiel a su Señor. Por tanto, en esto podremos gloriarnos: si devolvemos a Dios su gloria; si, como servidores fieles, atribuimos a él cuanto nos dona. La carne es el mayor enemigo del hombre: no sabe recapacitar nada para dolerse; no sabe prever para temer; su afán es abusar de lo presente. Y lo que es peor - añadía -, usurpa como de su dominio, atribuye a gloria suya los dones otorgados al alma, que no a ella; los. elogios que las gentes tributan a las virtudes, la admiración que dedican a las vigilias y oraciones, los acapara para sí; y ya, para no dejar nada al alma, reclama el óbolo por las lágrimas".
Su cuidado en ocultar las llagas
Capítulo XCVIII Lo que respondió a los que preguntaban por ellas y el esmero en ocultarlas
135. No deben silenciarse los disimulos que urdió alrededor y el empeño con que ocultó aquellas insignias del Crucificado, dignas de ser veneradas incluso por los espíritus más elevados. Desde que allí, a los principios, el verdadero amor de Cristo había transformado al amante en fiel imagen de él, fue tan grande la cautela del Santo en callar y ocultar el tesoro, que ni siquiera sus familiares se dieron cuenta por mucho tiempo. Pero la Providencia no quiso que estuvieran escondidas por siempre sin que las vieran los más caros del Santo. Por otra parte, el estar en miembros del cuerpo que se llevan descubiertos, no consentía que permanecieran ocultas. Uno de sus compañeros que vio en cierta ocasión las llagas de los pies, le dice: "¿Qué es esto, buen hermano?" Y recibió esta respuesta: "Atiende a tus cosas".
136. Otra vez, el mismo hermano pide al Santo la túnica para sacudirla; viéndola con manchas de sangre, le dijo al Santo después de habérsela devuelto: "¿Qué manchas de sangre son esas de la túnica?" Pero el Santo, poniendo el índice sobre uno de los ojos, le respondió: "Pregunta qué es esto si no sabes que es un ojo".
136. Por eso, rara vez se lava del todo las manos, sino sólo los dedos, para no descubrir el secreto a los que están cerca de él; y rarísimas veces los pies, y todavía más a ocultas. Si se le pide la mano para besarla, da media mano, es decir, presenta al beso sólo los dedos, de modo que puedan depositar el beso; y a veces, en lugar de la mano, alarga la manga del hábito. Cubre - para no ser vistos - los pies con escarpines de lana, aplicada a las llagas una piel que mitigue la aspereza de la lana. Y, aunque el Padre santo no podía encubrir las llagas de los pies y de las manos a los compañeros, se disgustaba si alguien las miraba. Por eso, los compañeros mismos - llenos del espíritu de prudencia - ladeaban los ojos cuando él se veía en la precisión de descubrir las manos o los pies.
Capítulo XCIX Un hermano las vio valiéndose de una treta piadosa
137. Mientras el varón de Dios residía en Siena, llegó a la ciudad un hermano de Brescia. Anheloso de ver las llagas del Padre santo, pide con insistencia al hermano Pacífico que esto le sea posible. Le propone éste: "A punto de partir del lugar, le pediré que me dé a besar las manos, y, cuando me las diere, te guiñaré, y verás las llagas".
137. Prontos para la salida, se van los dos a donde estaba el Santo y Pacífico, puesto de rodillas, dice a San Francisco: "Bendícenos, madre amadísima, y dame a besar la mano". Alargada, bien que no a gusto, la besa, y guiña al compañelo para que la vea. Pide también la otra, la besa y la muestra al compañero. Al salir ellos el Padre entró en sospecha de que había habido de por medio alguna treta santa, como la hubo de hecho. Y, juzgando impía la piadosa curiosidad, el Padre llama en seguida al hermano Pacífico y le dice: "Hermano, que el Señor te perdone, que a veces me causas mucha pena". Pacífico se postra luego en tierra y pregunta humildemente: "¿Qué pena te he causado, madre queridísima?"» Y como San Francisco no dio respuesta alguna, el episodio se cierra con el silencio.
Capítulo C La llaga del costado, vista por un hermano
138. Pero, aunque a algunos les fueron manifiestas las llagas de las manos y de los pies - ya que estos miembros quedan al descubierto -, nadie, sin embargo, fue digno de ver la del costado mientras vivió, fuera de uno, y él una sola vez. Porque cuantas veces hacía sacudir la túnica, tapaba la llaga del costado con el brazo derecho; o en ocasiones, aplicando la mano izquierda al costado herido, tapaba aquella santa llaga. Mas a un compañero suyo, al hacerle masaje, se le deslizó la mano sobre la llaga y le produjo gran dolor. Otro hermano, empeñado con afanosa curiosidad en ver lo que estaba escondido a los demás, dijo un día al Padre santo: "Padre, ¿quieres que te sacuda la túnica?" El Santo le respondió: "El Señor te lo recompense, hermano, pues en verdad que lo necesito". Y, mientras e! Padre se desvestía, el hermano miró con atención, y vio la llaga reproducida en el costado. Solo éste la vio en vida del Santo; ningún otro hasta después de la muerte.
Capítulo Cl Cómo ocultaba las virtudes
139. En tal grado había renunciado este hombre a toda gloria que no supiera a Cristo; en tal grado había fulminado anatema eterno a todo favor humano. Sabía que el precio de la fama es la merma del secreto de la conciencia y que es mucho más perjudicial abusar de las virtudes que no tenerlas. Sabía que no es menor virtud salvaguardar las gracias adquiridas que procurar otras más.
139. Por desgracia, más la vanidad que la caridad nos empuja a muchas cosas; y el favor del mundo prevalece al amor de Cristo. No discernimos las inclinaciones, no examinamos los espíritus; y, cuando es la vanagloria la que nos ha impelido a actuar, nosotros pensamos que hemos sido movidos por la calidad. Además, si llegamos a hacer algún bien, por pequeño que sea, no acertamos a sostener su peso; sea cual fuere, lo descargamos en vida, y, por último, no arribamos a puerto. Soportamos con paciencia no ser buenos; pero nos es intolerable no padecer o no ser tenidos por buenos. Así, vivimos del todo pendientes de las alabanzas de los hombres; es que, al fin y al cabo, no somos sino hombres.
La humildad
Capítulo CII Humildad de San Francisco en el porte, en los sentimientos y en las costumbres y contra el sentir propio
140. La humildad es la salvaguardia y hermosura de todas las virtudes. Si el edificio espiritual no la tiene por cimiento, a medida que parece elevarse, va adelante su ruina. Para que no faltara nada al varón tan rico de gracias, la humildad lo henchió con mas copia de bienes. Por cierto, a su juicio, no era sino un pecador, cuando de verdad era un dechado esplendoroso de toda santidad. Se esforzó en edificarse a sí mismo sobre la humildad, para fundamentarse en la base que había aprendido de Cristo. Olvidando lo que había ganado, ponía los ojos sólo en los fallos, convencido de que era más lo que le faltaba que lo que poseía. Sólo una pasión le urgió: la de hacerse mejor, la de adquirir nuevas virtudes, sin contentarse con las ya adquiridas.
140. Fue humilde en el hábito, más humilde en los sentimientos, humildísimo en el juicio de sí mismo. Este príncipe de Dios no se distinguía cual prelado sino por esta gema brillantísima: que era el mínimo entre los menores. Esta era la virtud, éste el título, ésta la insignia de ministro general. No había altanería en sus palabras, ni pompa en sus gestos, ni ostentación en sus obras.
140. Había comprendido por revelación el juicio que se ha de hacer de muchas cosas; pero, al tratarlas con otros, anteponía al suyo propio el juicio de los demás. Tenía por más seguro el consejo de los compañeros; mejor que el propio, el parecer ajeno. Solía decir que no ha dejado todas las cosas por el Señor quien se reserva la bolsa del juicio propio. Respecto a sí, prefería la afrenta a la alabanza, porque la afrenta obliga a la enmienda, la alabanza empuja a la caída.
Capítulo CIII Su humildad para con el obispo de Terni y para con un campesino
141. Una vez que el Santo predicaba al pueblo de Terni, el obispo de la ciudad - encomiándole delante de todos al fin de la predicación - dijo lo siguiente: "En esta última hora, Dios ha ilustrado a su Iglesia con este pobrecillo y despreciado, simple e iletrado; por lo que estamos obligados a alabar siempre al Señor, que, como sabemos, no hizo tal a gente alguna". Al oírlo el Santo, aceptó con gratitud admirable que el obispo hubiese dicho de él en términos tan claros que era despreciable. Y, luego que entraron en la iglesia, se echó a sus pies, diciendo: "Verdaderamente me has dispensado un gran honor, Señor obispo, ya que tú me has atribuido enteramente lo que me corresponde, mientras otros me lo ocultan. Como dotado de discernimiento, has distinguido lo precioso de lo vil y has dado a Dios la alabanza y a mí el desprecio".
142. Pero el varón de Dios no solo se mostraba humilde con sus mayores, sino también con los iguales y con los de condición inferior, más dispuesto siempre a recibir que a hacer observaciones y correcciones. Así, un día que, conducido en un asnillo - la debilidad y los achaques no le permitían andar a pie -, atravesaba por la heredad de un campesino que estaba trabajando en ella, corrió este hacia el santo y le preguntó con vivo interés si era él el hermano Francisco. Y como el varón de Dios respondiera con humildad que era el mismo por quien preguntara, le dice el campesino: "Procura ser tan bueno como dicen todos de eres, pues son muchos los que tienen puesta su confianza en ti. Por lo cual te aconsejo que nunca te comportes contrariamente a lo de se dice de ti".
142. Mas el varón de Dios, Francisco, que oye eso, se desmonta del asno y, postrado delante del campesino, le besa humildemente los pies y le da, gracias por el favor de le ha hecho con la advertencia. A pesar, pues, de ser tan celebrado por la fama - tanto que muchos lo tenían por santo -, él se juzgaba vil a los ojos de Dios y de los hombres, sin ensoberbecerse ni de la celebridad ni de la santidad que poseía, pero ni siquiera de los muchos y santos hermanos e hijos que se le habían dado como preludio de la remuneración de sus méritos.
Capítulo CIV Cómo renunció al generalato en un capítulo y una oración suya
143. Por conservar la virtud de la santa humildad, a pocos años de su conversión renunció al oficio de prelado de la Religión en un capítulo delante de todos los hermanos, diciendo: "Desde ahora he muerto para vosotros. Pero - añadió - os presento al hermano Pedro Cattani, a quien obedeceremos todos: vosotros y yo". E, inclinándose en seguida ante él, le prometió obediencia y reverencia. En vista de esto, los hermanos lloraban, y oían los lamentos que arrancaba la pena al darse cuenta de que quedaban - en cierto modo - huérfanos al perder tan magnífico padre. El bienaventurado Francisco se levanta y, juntas las manos y alzados los ojos al cielo, dice: "Señor, te recomiendo la familia que me has confiado hasta ahora. Y porque no puedo tener el debido cuidado de ella por las enfermedades que tú, dulcísimo Señor, conoces, la dejo en manos de los ministros. Deberán dar cuenta delante de ti, Señor, en el día del juicio si - por negligencia o por mal ejemplo, o también por alguna corrección áspera de ellos - llegare a perderse algún hermano". Y ya, hasta la muerte, permaneció súbdito, portándose con mayor humildad que ningún otro.
Capítulo CV Cómo renunció a los compañeros
144. Otra vez puso todos sus compañeros a disposición de su vicario , diciendo: "No quiero distinguirme por este privilegio de libertad singular; que en adelante los hermanos me acompañen de lugar a lugar como el Señor les inspirare. Vi, en cierta ocasión - añadió -, un ciego que en el camino era guiado por una perrita. Esta era, en efecto, su gloria: que, abandonando toda apariencia de singularidad y de jactancia, habitase en él la fuerza de Cristo.
Capítulo CVI Sus dichos contra los que aman prelacías y descripción del hermano menor
145. Viendo que había quienes aspiraban a prelacías, de las cuales ya la ambición misma - sin mentar otras cosas - los hacía indignos, solía decir que esos tales no eran hermanos menores, sino que habían perdido la gloria por haber olvidado la vocación a la que eran llamados. Y confutaba en frecuentes pláticas a algunos - dignos de compasión - que llevaban a mal ser removidos de sus oficios, cuando lo que buscaban no era la carga, sino el honor.
145. Y una vez dijo a su compañero: "No me parece que sería hermano menor si no tuviera la disposición que te describiré. Voy, por ejemplo - añadió -, al capítulo como quien es prelado de los hermanos; predico; amonesto a los hermanos; y cuando termino replican: No nos conviene un iletrado y despeciable; por tanto, no queremos que tú reines sobre nosotros, porque tú no sabes hablar y eres un simple e ignorante. Y, por último, teniéndome todos por vil, me echan afrentosamente. Te aseguro que, si no oyere estas palabras con el habitual semblante, con la acostumbrada alegría, con idéntico propósito de santidad, no soy, no, hermano menor".
145. Y añadía aún: "En la prelacía acecha la caída; en la alabanza, el precipicio, en la humildad del súbdito la ganancia del alma. ¿Porqué aplicarnos, pues, más a los peligros que a las ganancias, siendo así que hemos recibido el tiempo para ganar?".
Capítulo CVII La sumisión para con los clérigos que quería en los hermanos y por qué
146. Y si bien quería que sus hijos tuvieran paz con todos y que se mostraran como niños a todos, así y todo enseñó de palabra y confirmó con el ejemplo que debían ser sumamente humildes con los clérigos. Solía decir: "Hemos sido enviados en ayuda a los clérigos para la salvación de las almas, con el fin de suplir con nosotros lo que se echa de monos en ellos. Cada uno recibirá la recompensa conforme no a su autoridad, sino a su trabajo. Saber, hermanos - añadía -, que el bien de las almas es muy agradable a Dios y que puede lograrse mejor por la paz que por la discordia con los Clérigos. Y si ellos impiden la salvación de los pueblos, corresponde a Dios dar el castigo, que por cierto les dará a tiempo. Así, pues, estaos sujetos a los prelados, para no suscitar celos en cuanto depende de vosotros. Si sois hijos de la paz, ganareis pueblo y clero para el Señor, lo cual le será más grato que ganar a sólo el pueblo con escándalo del clero. Encubrid - concluyó - sus caídas, suplid sus muchas deficiencias; y, cuando hiciereis estas cosas, sed más humildes".
Capítulo CVIII La reverencia que mostró al obispo de Imola
147. Cierta vez que San Francisco llegó a Imola, ciudad de la Romagna, se presentó al obispo del lugar para pedirle licencia de predicar. "Hermano - le respondió el obispo -, basta que predique yo a mi pueblo". San Francisco -la cabeza baja - sale humildemente. Al poco rato vuelve a entrar. Le pregunta el obispo: "Qué quieres, hermano? ¿Qué buscas otra vez aquí?» Y el bienaventurado Francisco: "Señor, si un padre hace salir al hijo por una puerta, el hijo tiene qué volver a él entrando por otra". El obispo, vencido por la humildad, lo abraza con cara alegre y le dice: "Predicad desde ahora, tú y tus hermanos, en mi obispado, pues tenéis mi licencia general; y conste que esto lo ha merecido tu santa humildad".
Capítulo CIX La humildad de él con Santo Domingo y de Santo Domingo con él y el mutuo afecto de los dos
148. Santo Domingo y San Francisco, las dos lumbreras resplandecientes del orbe, coincidieron en Roma con el señor ostiense - que más tarde fue sumo pontífice -. Y según que alternaban los tres en hablar cosas melifluas acerca del Señor, les dijo, finalmente, el obispo: "En la Iglesia primitiva, los pastores de la Iglesia eran pobres, hombres que ardían en caridad y no en codicia. ¿Por qué no escoger para obispos y prelados aquellos de entre vuestros hermanos que destacan sobre los demás por la doctrina y por el ejemplo?".
148. Surge luego entre los dos santos porfía sobre la respuesta, no por quitársela de la boca el uno al otro, sino por cedérsela mutuamente, o mejor, por incitarse ambos a ser el otro el primero en responder. En efecto, por el aprecio mutuo que se profesaban, el uno para el otro resultaba ser el primero. La humildad venció por fin a Francisco, para no adelantarse; venció también a Domingo, para obedecer al ser el primero en responder.
148. Tomando, pues, la palabra el bienaventurado Domingo, dijo al obispo: "Señor, mis hermanos - si se dan cuenta - están ya bastante encumbrados, y, en cuanto depende de mí, no permitiré que obtengan otro género de dignidad". Después de estas breves palabras, el bienaventurado Francisco se inclina ante el obispo y dice: "Mis hermanos se llaman menores precisamente para que no aspiren a hacerse mayores. La vocación les enseña a estar en el llano y a seguir las huellas de la humildad de Cristo para tener al fin lugar más elevado que otros en el premio de los santos. Si queréis - añadió - que den fruto en la Iglesia de Dios, tenedlos y conservadlos en el estado de su vocación y traed al llano aun a los que no lo quieren. Pido, pues, Padre, que no les permitas de ningún modo ascender a prelacías, para que no sean más soberbios cuanto más pobres son y se insolenten contra los demás". Estas fueron las respuestas de los dos santos.
149. ¿Qué decís vosotros, hijos de santos? Los celos y las envidias os delatan como degenerados; y no menos como bastardos la ambición de bienes. Os mordéis y devoráis mutuamente, pues las guerras y las contiendas no tienen otro origen que las ambiciones. Es incumbencia vuestra luchar contra los escuadrones de las tinieblas, en rudo combate contra los ejércitos de los demonios, pero volvéis vuestras espadas los unos contra los otros. Los padres, llenos de sabiduría, se miran con familiaridad de cara, pero los hijos, llenos de envidia, no pueden ni soportar el verse los unos a los otros. ¿Qué hará el cuerpo si tiene dividido el corazón? Seguramente, la doctrina de la santidad daría más fruto en el mundo entero si el vínculo de la caridad uniese más estrechamente entre sí a los ministros de la palabra de Dios. De hecho, lo de hablamos o enseñamos se vuelve sumamente sospechoso desde el momento en que hay señales claras que evidencian que existe entre nosotros cierto fermento de odio. Yo bien sé de una y otra parte que no son responsables los buenos, sino los malos, quienes - para evitar el contagio de los santos - creería justo que fuesen expulsados.
149. ¿Qué decir, en fin, de esos que saben cosas de alta sabiduría? los padres llegaron al reino por el camino de la humildad y no de la altivez; los hijos, rondando la ambición, no buscan el camino de la ciudad que es su morada. Y ¿qué puede esperarse sino que, no siguiendo el camino de los padres, tampoco consigamos su gloria? ¡No sea así, Señor! Haz que bajo las alas de los maestros humildes sean humildes los discípulos; haz que se quieran bien los que son hermanos espirituales y veas los hijos de tus hijos como prenda de paz para Israel.
Capítulo CX Cómo se recomendaron el uno al otro
150. Terminadas las respuestas de los dos santos - como dejamos dicho arriba -, el señor obispo de Ostia, muy edificado de ellas, dio gracias sin fin a Dios. Y, a la despedida, el bienaventurado Domingo pidió a San Francisco que tuviera a bien darle la cuerda con que se ceñía. San Francisco no accedía, rehusando, con una humildad comparable con la caridad que mostraba Santo Domingo, en la petición. Pero venció al fin, afortunada, la devoción del que había pedido, y se ciñó devotamente la cuerda bajo la túnica interior. Por último, ambos santos se despiden dándose las manos y haciéndose dulcísimas recomendaciones. Y dice el Santo al Santo: "Hermano Francisco, quisiera que tu Religión y mi Religión se hicieran una sola y viviéramos en la Iglesia con la misma forma de vida". Después, ya que se separaron, dijo Santo Domingo a los circunstantes, que eran muchos: "En verdad os digo que los demás religiosos deberían seguir a este santo varón que es Francisco. ¡Tan alta es la perfección de su santidad!".
La obediencia
Capítulo CXI Que por practicar la obediencia tuvo siempre un guardián
151. Este perspicacísimo negociante, puesta la mirada en ganar de muchas maneras y en convertir todo el tiempo presente en mérito, quiso ser guiado con el freno de la obediencia y someterse a sí mismo al gobierno de otros. De hecho, no sólo renunció al generalato, sino que, para mayor mérito de obediencia, pidió también un guardián particular, a quien venerase como a prelado suyo. Así, pues, dijo al hermano Pedro Cattani - a quien tiempo atrás había prometido obediencia -: "Te ruego por Dios que confíes tus veces para conmigo a uno de mis compañeros, a quien pueda obedecer con la misma entrega que a ti. Sé - añadió - el fruto de la obediencia y que para quien doblega el cuello al yugo de otro no pasa un instante sin ganancia". De este modo - otorgada su instancia -, dondequiera permaneció obediente hasta la muerte, en obediencia reverente y constante a su guardián
151. Llegó a decir una vez a sus compañeros: "Entre otras gracias que la bondad divina se ha dignado concederme, cuento ésta: que al novicio de una hora que se me diera por guardián, obedecería con la misma diligencia que a otro hermano muy antiguo y discreto. El súbdito - añadió - no tiene que mirar en su prelado al hombre, sino a aquel por cuyo amor se ha sometido. Cuanto es más desestimable quien preside, tanto más agradable es la humildad de quien obedece".
Capítulo CXII Cómo describió al verdadero obediente y tres clases de obediencia
152. Otra vez, el bienaventurado Francisco, sentado entre sus compañeros, dijo exhalando un suspiro: "Apenas hay en todo el mundo un religioso que obedezca perfectamente a su prelado" Conmovidos los compañeros, le replicaron: "Padre, dinos cuál es la obediencia más alta y perfecta". Y él, describiendo al verdadero obediente con la imagen de un cadáver, respondió: "Toma un cadáver y colócalo donde quieras. Verás que, movido, no resiste; puesto en un lugar, no murmura; removido, no protesta. Y, si se le hace estar en una cátedra, no mira arriba, sino abajo; si se le viste de púrpura, dobla la palidez.
152. Este es - añadió - el verdadero obediente: no juzga por qué se le cambia, no se ocupa del lugar en que lo ponen, no insiste en que se le traslade. Promovido a un cargo, conserva la humildad de antes; cuanto es más honrado, se tiene por menos digno". Otra vez, hablando sobre el particular, dijo que las obediencias que se conceden por pedidas son propiamente licencias; llamó, en cambio, santas obediencias a las que se imponen sin haberlas pedido. Afirmaba que ambas son buenas, pero más segura la segunda. Pero consideraba máxima obediencia, y en la que nada tendrían la carne y la sangre, aquella en la que por divina inspiración se va entre los infieles, sea para ganar al prójimo, sea por deseo de martirio. Estimaba muy acepto a Dios pedir esta obediencia.
Capítulo CXIII Que no se debe mandar por obediencia con motivos leves
153. Opinó que rara vez se ha de mandar por obediencia; y que de primeras no ha de lanzarse el dardo, cuando esto debería ser lo último. "No hay que darse prisa - decía- en llevar la mano a la espada". Pero de quien no corría a obedecer el precepto de la obediencia, opinaba que ni temía a Dios ni respetaba al hombre. Nada más verdadero que estas enseñanzas. ¿Qué es, en efecto, la autoridad de mandar en quien manda temerariamente sino espada en mano de un furioso? Y ¿qué desahucio hay comparable con el del religioso que desprecia la obediencia?
Capítulo CXIV Cómo echó al fuego la capucha de un hermano porque había venido sin obediencia, aunque atraído por devoción
154. Manda una vez que se eche en medio de una gran fogata la capucha quitada a un hermano que había venido sin obediencia y solo. Y como nadie se atrevía a salvarla del fuego por el temor que les infundía un mínimo ceño del Padre, manda el Santo que la extraigan de las llamas y la sacan ilesa. Aunque los méritos del Santo bastasen para lograr esto, tal vez medió también el haberlo merecido el hermano. Porque, por más que le faltara la discreción, única guía de las virtudes, lo había dominado la devoción de ver al Padre santísimo.
Los que dan ejemplo bueno o malo
Capítulo CXV El ejemplo de un buen hermano y una costumbre de los hermanos antiguos
155. Afirmaba que los hermanos menores han sido enviados por el Señor en estos últimos tiempos para esto: para dar ejemplos de luz a los envueltos en las tinieblas de los pecados. Solía decir que se sentía penetrado de suavísima fragancia y ungido de ungüento precioso cuando oía las proezas de los hermanos santos que hay esparcidos por el orbe.
155. Sucedió que un hermano llamado Bárbaro había disparado una palabra injuriosa contra otro hermano en presencia de un varón noble de la isla de Chipre. Pero al darse cuenta de que aquel choque había herido algún tanto al hermano, ardiendo en deseo de vindicta contra sí, toma estiércol de asno, lo mete en la boca para molerlo y se dice: "Mastique estiércol la lengua que ha lanzado el veneno de la iracundia contra mi hermano". El caballero, asombrado y maravillado ante lo que veía, marchó muy edificado, y desde aquella hora se puso a sí mismo con todos sus bienes, con liberalidad, a disposición de los hermanos.
155. Era costumbre inviolable de los hermanos que, si alguno decía acaso a otro tal o cual palabra molesta, postrándose luego en el suelo, cubriera de besos santos los pies del ofendido, aunque éste se resistiese. Exultaba el Santo con estos casos, es decir, cuando oía que sus hijos sacaban de entre sí mismos ejemplos de santidad, y colmaba de bendiciones muy deseables a tales hermanos que de palabra o de obra inducían a los pecadores al amor de Cristo. Enteramente lleno como vivía del celo de las almas, quería que los hijos se le asemejasen de veras.
Capítulo CXVI Cómo algunos daban mal ejemplo y la maldición del Santo contra ellos y cómo el mal ejemplo le era insoportable
156. Asimismo, quien profanaba la santa Religión con obras o ejemplos malos, incurría en terribilísima maldición de él. Le contaron, pues, un día que el obispo de Fondi había dicho a dos hermanos que se le presentaron con una barba que, so pretexto de mayor desprecio de sí mismos, dejaban crecer mas y más: "Tened cuidado, no vaya a deslustrarse la hermosura de la Religión con esas novedades presuntuosas".
156. Se levantó de pronto el Santo y, tendidas las manos al cielo, prorrumpió, bañado en lágrimas, en estas palabras de oración, o mejor, de imprecación: "Señor Jesucristo, que elegiste a los apóstoles en número de doce, del cual, si bien cayera uno, no obstante, los demás, unidos a ti, predicaron el santo Evangelio llenos de un mismo espíritu. Tú, Señor, acordándote de tu antigua misericordia, has plantado en esta hora postrera la Religión de los hermanos para sostenimiento de tu fe y para llevar a cabo por ellos el misterio de tu Evangelio. ¿Quién dará satisfacción por ellos en tu presencia si, en el ministerio para el que fueron enviados, no sólo no dan ejemplos de luz a todos, sino que les muestran obras de las tinieblas? De ti, santísimo Señor, y de toda la corte celestial y de mí, pequeñuelo tuyo, sean malditos los que con su mal ejemplo confunden y destruyen lo que por los santos hermanos de esta Orden has edificado y no cesas de edificar".
156. ¿Dónde están los que se dicen felices con la bendición de él y se jactan de gozar a su gusto de la intimidad de él? No lo quiera Dios; pero, si se encontraran, sin haberse arrepentido, con que han dado escándalo con obras de las tinieblas, ¡ay de ellos!, ¡ay de su condenación eterna!
157. Solía decir: "Los hermanos mejores se cubren de vergüenza por las obras de los malos hermanos y, aunque no hayan pecado ellos, cargan con el juicio que se hace por el ejemplo de los depravados. Con esto, me hunden una cruel espada y me la revuelven sin cesar en las entrañas". Por eso sobre todo se aislaba de la compañía de los hermanos, para no oír contar de uno o de otro algo malo, que le renovase el dolor.
157. Solía decir también: "Vendrá tiempo en que la Religión amada de Dios sea difamada por causa de los malos ejemplos, hasta el punto de avergonzarse de salir en público. Pero los que llegaren a entrar entonces en la Orden serán guiados por sola la operación del Espíritu Santo; la carne y la sangre no los mancharán en nada, y serán de veras benditos del Señor. Y, aunque no se hubiesen dado en ellos obras meritorias, enfriándose la caridad, que excita a los santos a actuar con fervor, les sobrevendrán inmensas tentaciones, y quienes fueren hallados a tal tiempo victoriosos en la prueba, serán mejores que los de antes. Pero ¡desdichados aquellos que, pagados de sólo la apariencia de vida religiosa, se engolfarán en el ocio y no resistirán constantes a las tentaciones permitidas para prueba de los elegidos; porque sólo los que fueren probados recibirán la corona de la vida, a los cuales ejercita entre tanto la malicia de los réprobos".
Capítulo CXVII La revelación que Dios le hizo acerca del estado de la Orden y de que la Orden no perecerá nunca
158. Mas recibía mucho consuelo con las visitas del Señor, en las cuales se le aseguraba que los fundamentos de su Religión permanecerían indefectiblemente firmes. Se le prometía también que al número de los que perecían sustituiría ciertamente otro igual de elegidos.
158. Como el Santo se turbara una vez de los malos ejemplos y se presentara turbado a la oración, recibió del Señor este reproche: "¿Por qué te conturbas, homúnculo? "Es que acaso te he escogido yo como pastor de mi Religión de suerte que no sepas que soy yo su principal dueño? A ti, hombre sencillo, te he escogido para esto: para que lo que yo vaya a hacer en ti con el fin de que los demás lo imiten, lo sigan quienes quieran seguirlo. Yo soy el que ha llamado, y yo el que defenderá y apacentará; y para reparar la caída de algunos suscitaré otros; y, si no hubieren nacido todavía, yo los haré nacer. No te inquietes, pues, antes bien trabaja por tu salvación, porque, aun cuando el número de la Religión se redujere a tres, la Religión permanecerá por siempre firme con mi protección". Desde entonces solía decir que la virtud de un solo santo podía más que una multitud de imperfectos, porque un solo rayo de luz hace desaparecer espesas tinieblas.
Contra el ocio y los ociosos
Capítulo CXVIII La revelación que tuvo de cuándo sería servidor de Dios y cuando no
159. Desde que este hombre, abandonando las cosas caducas, comenzó a adherirse al Señor, no consintió en desperdiciar ni la menor partecilla del tiempo. De hecho, aun después de haber acumulado en los tesoros del Señor méritos incontables, se le veía siempre con el mismo ánimo que al principio, cada vez mas dispuesto a ejercitarse en las cosas del espíritu. Consideraba ofensa grave no estar haciendo algo bueno; tenía por retroceso no adelantar continuamente.
159. Una vez, mientas descansaba en la celda en Siena, llamó de noche a los compañeros que dormían y les dijo: "Hermanos, he rogado al Señor que me haga saber cuándo soy siervo suyo y cuándo no. Pues - añadió - no quisiera ser sino su siervo. Y el mismo benignísimo Señor acaba de responderme con su dignación: "Sábete siervo mío verdadero cuando piensas, hablas y obra cosas santas. Hermanos, os he llamado por esto: quiero quedar en vergüenza ante vosotros si dejo de hacer alguna vez una de esas tres cosas".
Capítulo CXIX La penitencia impuesta en la Porciúncula por palabras ociosas
160. Otro día en Santa María de la Porciúncula, el hombre de Dios, que veía cómo la ganancia de la oración se perdía después en conversaciones ociosas, ordenó, para remedio de éstas, lo siguiente: "Cualquier hermano que incurriere en alguna palabra ociosa o inútil, está obligado a decir en seguida su culpa y a rezar un padrenuestro por cada palabra ociosa. Igualmente, es mi voluntad que, si el hermano se adelanta a acusar su falta, diga el padrenuestro por su propia alma; si se la reprocha antes algún otro hermano, lo dirá por el alma del que le ha reprochado".
Capítulo CXX Cómo, trabajando él, no podía ver a los ociosos
161. Solía decir que los perezosos que no se familiarizan con ninguno de los trabajos, serán vomitados de la boca del Señor. Ningún ocioso podía presentársele delante que no recibiese un reproche mordaz. Pues él, modelo de toda perfección, se ocupaba y trabajaba con sus manos, sin permitirse desperdiciar en nada el don precioso del tiempo. Dijo también una vez: "Quiero que todos mis hermanos trabajen y se ocupen en algo, y que los que no saben ningún oficio, lo aprendan". Y, señalando el motivo, añadió: "Para ser menos gravosos a los hombres y para que el corazón y la lengua no divaguen, con el ocio, por cosas ilícitas". Y la ganancia o merced del trabajo no la quería a disposición del que trabaja, sino del guardián o de la familia.
Capítulo CXXI Lamentación dirigida a él sobre los ociosos y los glotones
162. Séame permitido, Padre santo, elevar hoy al cielo una lamentación sobre los que se dicen tuyos. Muchos que prefieren holgar y no trabajar, a quienes les resultan odiosas las prácticas de la virtud, demuestran que no son hijos de Francisco, sino de Lucifer. Hay entre nosotros más remisos que dispuestos al esfuerzo, siendo así que, habiendo nacido para el trabajo, debieran considerar su vida como milicia. Ni gustan de progresar en la acción ni pueden adelantar en la contemplación. Después de haber escandalizado a todos por su singularidad, trabajando más con las fauces que con las manos, detestan al que pide cuenta en la puerta y no aguantan que se les toque ni con la punta de los dedos. Pero, como decía el bienaventurado Francisco, me sorprende más el descaro de los que en su casa no hubieran vivido sino del propio sudor, y ahora, sin trabajar, comen del sudor de los pobres. ¡Sagacidad extraña! Aunque no hacen nada, los creerías ocupados siempre. Saben los horarios de las comidas; y, si el hambre los acosa alguna vez, acusan al sol de haberse dormido.
162. ¿Voy a creer, Padre bueno, que estos hombres abominables son dignos de tu gloria? ¡Ni siquiera de tu hábito! Tú has enseñado siempre a buscar las riquezas de los méritos en este tiempo falaz y fugaz, para no verse obligados a mendigar en el futuro. Y estos que han de acabar luego en el destierro, ni siquiera disfrutan en la tierra. Reina este mal en los súbditos porque los prelados lo disimulan, como si fuera posible no incurrir en el castigo de aquellos cuyos vicios toleran.
Los ministros de la palabra de Dios
Capítulo CXXII Qué cualidades debe tener el predicador
163. A los ministros de la palabra de Dios los quería tales, que, dedicándose a estudios espirituales, no se embargasen con otras ocupaciones. Pues solía decir que los ha escogido un gran rey para transmitir a los pueblos las órdenes recibidas de boca de él. Observaba: "El predicador debe primero sacar de la oración hecha en secreto lo que vaya a difundir después por los discursos sagrados; debe antes enardecerse interiormente, no sea que transmita palabras que no llevan vida". Aseguraba que el oficio de predicador es digno de veneración; y cuantos lo ejercen, dignos de ser venerados por todos. "Ellos son -decía - la vida de la Iglesia, los debeladores de los demonios, la luz del mundo".
163. Dignos de mayor honor juzgaba aún a los doctores en sagrada teología. Por cierto que un día hizo escribir, dirigiéndose a todos: "A todos los teólogos y a los que nos administran las palabras divinas debemos honrar y tener en veneración, como a quienes nos administran espíritu y vida". Una vez que escribió al bienaventurado Antonio, hizo comenzar la carta con estas palabras: "Al hermano Antonio, mi obispo".
Capítulo CXXIII Contra los que ambicionan vana alabanza. Exposición de un pasaje profético
164. Pero decía que son de llorar los predicadores que venden - muchas veces - lo que hacen a cambio de una alabanza vana. Y para curar los tumores de ésos les medicinaba de vez en cuando con este antídoto: "¿Por qué os gloriáis de haber convertido a quienes han sido convertidos por las oraciones de mis hermanos los simples?»
164. Y añadía aquel texto: Parió la estéril muchos hijos, con esta explicación: "Estéril es mi hermano pobrecillo, que no tiene el cargo de engendrar hijos en la Iglesia. Ese parirá muchos en el día del juicio, porque a cuantos convierte ahora con sus oraciones privadas, el Juez los inscribirá entonces a gloria de él. Y se marchitará la que muchos tiene, porque el predicador que se goza ahora de haber engendrado muchos por su virtud, conocerá entonces que no hubo nada suyo en ellos"
164. Mas a los que pretenden ser alabados como retóricos más que como predicadores, hablando con elegancia, pero sin amor, no los quería mucho. Y decía que distribuyen mal el tiempo quienes se dan del todo a la predicación sin reservar nada a la devoción. Alababa al predicador - en concreto, a aquel predicador - que a tiempos se retiraba a gustar dentro de sí, a saborear dentro del alma.
La contemplación del Creador en las creaturas
Capítulo CXXIV El amor del Santo a las creaturas sensibles e insensibles
165. Este feliz viador, que anhelaba salir de este mundo, como lugar de destierro y peregrinación, se servía, y no poco por cierto, de las cosas que hay en él. En cuanto a los príncipes de las tinieblas, se valía, en efecto, del mundo como de campo de batalla; y en cuanto a Dios, como de espejo lucidísimo de su bondad. En una obra cualquiera canta al Artífice de todas; cuanto descubre en las hechuras, lo refiere al Hacedor. Se goza en todas las obras de las manos del Señor, y a través de tantos espectáculos de encanto intuye la razón y la causa que les da vida. En las hermosas reconoce al Hermosísimo; cuanto hay de bueno le grita "El que nos ha hecho es el mejor". Por las huellas impresas en las cosas sigue dondequiera al Amado, hace con todas una escala por la que sube hasta el trono.
165. Abraza todas las cosas con indecible afectuosa devoción y les habla del Señor y las exhorta a alabarlo. Deja que los candiles, las lamparas y las candelas se consuman por sí, no queriendo apagar con su mano la claridad, que le era símbolo de la luz eterna. Anda con respeto sobre las piedras, por consideración al que se llama Piedra. Cuando ocurre decir el versículo Me has exaltado en la piedra, como para expresarlo con alguna mayor reverencia, dice: "Me has exaltado a los pies de la Piedra".
165. A los hermanos que hacen leña prohibe cortar del todo el árbol, para que le quede la posibilidad de echar brotes. Manda al hortelano que deje a la orilla del huerto franjas sin cultivar, para que a su tiempo el verdor de las hierbas y la belleza de las flores pregonen la hermosura del Padre de todas las cosas. Manda que se destine una porción del huerto para cultivar plantas que den fragancia y flores, para que evoquen a cuantos las ven la fragancia eterna.
165. Recoge del camino los gusanillos para que no los pisoteen; y manda poner a las abejas miel y el mejor vino para que en los días helados de invierno no mueran de hambre. Llama hermanos a todos los animales, si bien ama particularmente, entre todos, a los mansos. Pero ¿cómo decirlo todo? Porque la bondad fontal, que será todo en todas las cosas, éralo ya a toda luz en este Santo.
Capítulo CXXV Cómo las creaturas le correspondían con amor y el fuego que no lo lastimó
166. De ahí que todas las creaturas se esmeran en corresponder con amor al amor del Santo y - como se merece - con muestras de agradecimiento. Cuando las acaricia, le sonríen; cuando les pide algo, acceden; obedecen cuando les manda. He ahí, para solaz, algunos casos.
166. Durante la enfermedad de los ojos, obligan al Santo a que se deje curar, y llaman al lugar a un cirujano. Viene, pues, el cirujano, trayendo consigo un instrumento de hierro para cauterizar; y dispone que lo tengan al fuego hasta volverse incandescente. Mas el bienaventurado Padre, animando a su cuerpo, que tremaba ya de horror, habla así al fuego: "Hermano mío fuego, el Altísimo te ha creado dotado de maravilloso esplendor sobre las demás creaturas, vigoroso, hermoso y útil. Sé ahora benigno conmigo, sé cortés, porque hace mucho que te amo en el Señor. Pido al gran Señor que te ha creado que temple tu ardor en esta hora para que pueda soportarlo mientras me cauterizas suavemente". Al término de esta plegaria hace la señal de la cruz sobre el fuego y queda intrépido. El médico toma en las manos el hierro candente y tórrido, los hermanos huyen presa de la compasión, el Santo se ofrece, dispuesto y alegre, al hierro. Crepitante, penetra el hierro en la tierna carne, y el cauterio se extiende, sin solución de continuidad, de la oreja a la sobreceja.
166. Cuánto dolor le causara el fuego, lo testifican las palabras de quien mejor lo notó, es decir, del Santo. En efecto, sonriéndose, dijo el Padre a los hermanos que habían huido y volvían: "Pusilánimes, de corazón encogido, ¿por qué habéis huido? Os digo en verdad que no he experimentado ni ardor de fuego ni dolor alguno en la carne". Y, dirigiéndose al medico, le dijo aún: "Si la carne no está todavía bien cauterizada, cauterízala de nuevo". El médico, que tenía experiencia de reacciones diferentes en casos parecidos, hizo valer el hecho como milagro divino, observando: "Hermanos, os digo que hoy he visto maravillas". Creo yo que el Santo, a cuya voluntad se aplacaban creaturas inhumanas, había vuelto a la inocencia primera.
Capítulo CXXVI La avecilla que vino a posarse en sus manos
167. San Francisco iba de paso, en una pequeña barca, por el lago de Rieti al eremitorio de Greccio. El pescador le ofreció una avecilla de río para que se solazara en el Señor con ella. Tomándola gozoso el bienaventurado Padre, la invitó mansamente, abiertas las manos, a marchar en libertad. Pero como ella no quería irse, sino que se recostaba en las manos del Santo como si estuviera en un nido pequeño, el Santo, con los ojos levantados, se sumergió en oración. Después de mucho tiempo, vuelto en sí como quien viene de otro mundo, mandó con dulzura a la avecilla que volviera sin temor a la libertad de antes. Con este permiso y una bendición marchó volando, mostrando, con un ademán del cuerpo, una alegría especial.
Capítulo CXXVII El halcón
168. Mientras el bienaventurado Francisco, huyendo, según costumbre, de la vista y el trato con los hombres, estaba en cierto eremitorio, un halcón que había anidado en el lugar entabló estrecho pacto de amistad con él. Tanto que el halcón siempre avisaba de antemano, cantando y haciendo ruido, la hora en que el Santo solía levantarse a la noche para la alabanza divina. Y esto gustaba muchísimo al santo de Dios, pues con la solicitud tan puntual que mostraba para con él le hacía sacudir toda negligencia. En cambio, cuando al Santo le aquejaba algún malestar más de lo habitual, el halcón le dispensaba y no le llamaba a la hora acostumbrada de las vigilias; y así - cual si Dios lo hubiere amaestrado -, hacia la aurora pulsaba levemente la campana de su voz. No es de maravillar que las demás creaturas veneren al que es el primero en amar al Creador.
Capítulo CXXVIII Las abejas
169. Una vez, el siervo de Dios se hizo construir en cierto monte una celdilla, en la que se entregó a penitencia muy rigurosa por cuarenta días. Al retirarse pasados los días, la celda quedó como en la soledad al no haber ningún sucesor. Había quedado en ella un vaso de arcilla, que el Santo usaba para beber. Como quiera que algunos acostumbraban ir a veces al lugar por veneración del Santo, encuentran un día el vaso lleno de abejas Estaban éstas fabricando en él, con arte maravilloso, las celdillas de un panal, que simbolizaban de veras la dulzura de la contemplación que el santo de Dios había gustado en el lugar.
Capítulo CXXIX El faisán
170. Cierto noble del condado de Siena envió al bienaventurado Francisco, que estaba enfermo, un faisán. En la alegría de recibirlo, no por el apetito de comerlo, sino por la costumbre que tenía de alegrarse siempre en tales casos por amor del Creador, le dijo al faisán: Hermano faisán, alabado sea nuestro Creador". Y a los hermanos: "Hagamos ahora prueba de si el hermano faisán quiere quedarse con nosotros o volver a los lugares a los que está hecho y que le son mas convenientes". Y, por orden del Santo, un hermano lo llevó lejos y lo dejó en una viña; pero el faisán volvió con paso veloz a la celda del Padre. El Santo ordena de nuevo que se le aleje más; pero el faisán volvió a toda prisa a la puerta de la celda y logró entrar en ella como forcejando, amparándose bajo las túnicas de los hermanos que estaban en la puerta. Después de esto, el Santo, abrazándolo y acariciándolo mientras le decía palabras de ternura, mandó que se le diese de comer con diligencia.
170. Presenciando esto un médico gran devoto del santo de Dios, pidió el faisán a los hermanos, no para comerlo, sino para alimentarlo por reverencia al Santo. Y ¿qué? Lo llevó consigo a casa; pero el faisán, igual que si hubiese recibido una injuria, al verse separado del Santo, no quiso comer nada todo el tiempo que estuvo separado de él. Se maravilló el médico, y, devolviendo en seguida el faisán al Santo, contó al detalle todo lo que había pasado. En cuanto el faisán, dejado en el suelo, vio a su padre, comenzó a comer con gusto.
Capítulo CXXX La cigarra
171. En la Porciúncula, cerca de la celdilla del santo de Dios, una cigarra que se aposentaba en una higuera cantaba muchas veces con suave insistencia. La llamó un día bondadosamente hacia sí el bienaventurado Padre, extendiéndole la mano, y le dijo: "Hermana mía cigarra, ven a mí". La cigarra, como si estuviera dotada de razón, se pone al pronto en sus manos. Le dice: "Canta, hermana mía cigarra, y alaba jubilosa al Señor, tu creador". Obediente en seguida, la cigarra comenzó a cantar, y no cesó hasta que el varón de Dios, uniendo su alabanza al canto de ella, la mandó que volviese al lugar donde solía estar. Allí se mantuvo, como atada, por ocho días seguidos. Y el Santo, al bajar de la celda, la acariciaba con las manos, la mandaba cantar; a estas órdenes estaba siempre dispuesta a obedecer. Y dijo el Santo a sus compañeros: "Licenciemos a nuestra hermana cigarra, que bastante nos ha alegrado hasta ahora con su alabanza, para que nuestra carne no pueda vanagloriarse de eso". Y al punto, con el permiso del Santo, se alejó y no apareció más en el lugar. Los hermanos testigos del hecho quedaron admirados sobremanera.
La caridad
Capítulo CXXXI Su caridad y cómo, para salvar las almas, quería mostrarse modelo de perfección
172. No es de extrañar que a quien la fuerza del amor había hecho hermano de las demás creaturas, la caridad de Cristo lo hiciera más hermano de las que están marcadas con la imagen del Creador. Solía decir al efecto que nada hay más excelente que la salvación de las almas. Y lo razonaba muchas veces recurriendo al hecho de que el unigénito de Dios se hubiese dignado morir colgado en la cruz por las almas. De aquí nacieron su recurso a la oración, sus correrías de predicación, sus demasías en dar ejemplo. No se creía amigo de Cristo si no amaba las almas que él ha amado. Y ésta era - en lo más íntimo de él - la razón principal de su veneración a los doctores, que, como colaboradores de Cristo, desempeñan la misma misión con Cristo. Y aun a los mismos hermanos - como a quienes profesaban juntos una misma fe singular y como a quienes unía una misma participación en la herencia eterna - los abrazaba con el más entrañable y total amor sobremanera.
173. Cuantas veces lo reprendían por la aspereza de su vida, respondía que había sido dado ala Orden como modelo, igual que el águila que incita a volar a sus polluelos. Por eso, si bien su carne inocente, que se sometía ya espontánea al espíritu, no necesitara que se la azotase por pecados, con todo, el Santo le infligía nuevos malos tratos por la razón de ser modelo, recorriendo los caminos difíciles solamente por el ejemplo debido a los demás.
173. Con razón por cierto, pues se mira más a las obras que a las palabras de los prelados. Padre, con las obras perorabas con más suavidad, persuadías con más facilidad, probabas con más seguridad. Aunque los prelados hablen lenguas de hombres y de ángeles, si no dan ejemplos de caridad, poco me aprovecharán a mí, nada a sí mismos. Pero si el que tiene que corregir no se da nada a temer y el capricho suplanta a la razón, ¿bastarán los sellos para salvarse? Sin embargo, se ha de hacer lo que mandan con imperio, para que la corriente de agua, bien que pasando por canales enjutos, llegue a los cuadros del jardín. Y entre tanto recójanse rosas de las espinas, para que el mayor sirva al menor.
Capítulo CXXXII El cuidado de los súbditos
174. Y hablando de esto, ¿quién ha llegado a tener la solicitud de Francisco por los súbditos? Alza en todo momento las manos al cielo por los verdaderos israelitas, y, aun olvidado de sí, busca, antes que todo, la salvación de los hermanos. Se postra a los pies de la Majestad, ofrece sacrificios espirituales por los hijos, mueve a Dios a hacerles bien. Lleno de temor, compadece con amor a la pequeña grey atraída en pos de sí, no sea que, después de haber perdido el mundo, pierda también el cielo. Le parecía desmerecer la gloria para sí si no hacía gloriosos a una consigo a los que se le habían confiado, a quienes su espíritu engendraba más trabajosamente que las entrañas de la madre cuando los había dado a luz.
Capítulo CXXXIII Compasión para con los enfermos
175. Tenía mucha compasión de los enfermos, mucha solicitud por las necesidades de ellos. Si la caridad de los seglares le enviaba alguna vez manjares selectos, aun necesitándolos él sobre todos, los daba a los demás enfermos. Hacía suyos los sufrimientos de todos los enfermos y les dirigía palabras de compasión cuando no podía prestarles otra ayuda. En días de ayuno comía también él, para que los enfermos no se avergonzaran de comer, y no tenía reparo en pedir carne por lugares públicos de la ciudad para el hermano enfermo.
175. Aconsejaba, con todo, a los enfermos sufrir con paciencia las privaciones y no dar mal ejemplo si no se les satisfacía en todo. Así, en una regla hizo escribir estas palabras: "Ruego a todos mis hermanos enfermos que en sus enfermedades no se aíren ni se conturben contra Dios o contra los hermanos. No pidan medicinas con demasiado afán, ni tengan desordenado deseo de que sane la carne, que ha de morir pronto y es enemiga del alma. Den gracias a Dios por todo y quieran estar como Dios quiere que estén. Porque Dios ejercita con el aguijón de los castigos y de las enfermedades a cuantos ha ordenado para la vida eterna, como dice El mismo: "Yo reprendo y castigo a los que amo" .
176. Enterado un día de las ganas de comer uvas que tenía un enfermo, lo llevó a la viña y, sentándose bajo la vid, comenzó a comerlas para animar al enfermo a que las comiera.
Capítulo CXXXIV La compasión que tenía para con los enfermos de alma y cómo algunos se conducen contrariamente
177. Alentaba con mayor demencia y soportaba con mas paciencia a aquellos enfermos de quienes sabía que, como niños que fluctúan, estaban agitados por tentaciones y vivían con el ánimo apocado. Por eso, evitando con ellos las correcciones ásperas - si no veía peligro en esto -, se ahorraba la vara para guardar las almas. Decía que toca al prelado, que es padre y no tirano, prevenir las ocasiones de pecar e impedir que caiga quien, una vez caído, difícilmente se levantaría.
177. ¡Desdichada insensatez, digna de compadecerse, la de nuestros días! Y no se trata sólo de que no levantamos o no sostenemos a los débiles, sino que a veces los empujamos para que caigan. Tenemos en nada el sustraer al sumo Pastor una ovejuela, por la cual ofreció en la cruz poderosos clamores y lágrimas. De diferente manera te portabas tú, Padre santo, que preferías la enmienda a la perdición. Sabemos, con todo, que el mal del amor propio está muy arraigado en algunos, y que éstos necesitan cauterio y no ungüento. Está claro, pues, que para muchos es más saludable regirlos con cetro de hierro que pasarles la mano. Pero aceite y vino, vara y cayado, severidad y demencia, cauterio y unción, cárcel y regazo, todo tiene su tiempo. Todo ello reclama el Dios de las venganzas y el Padre de las misericordias, quien, sin embargo, prefiere la misericordia al sacrificio.
Capítulo CXXXV Los hermanos españoles
178. En ocasiones, este varón santísimo era arrebatado hacia Dios de modo maravilloso y experimentaba en su espíritu transportes de alegría cada vez que llegaba hasta él el buen olor de los hijos. Un clérigo español dado a Dios tuvo la dicha de ver y hablar con San Francisco. Y, entre otras noticias que le trajo de los hermanos de España, alegró al Santo con el siguiente relato:
178. - Tus hermanos, que viven en un eremitorio pobrecillo de nuestra tierra, se habían reglamentado su forma de vida de tal modo que la mitad de ellos atendía a los quehaceres de casa, y la otra mitad a la contemplación. Así, cada semana la vida activa se tornaba contemplativa, y la quietud de los contemplativos activa. Un día, puesta la mesa y hecha la señal de llamada, acuden todos menos uno de los contemplativos de turno. Después de alguna espera se van a la celda para llamarlo a la mesa, a tiempo en que él, en una mesa más espléndida, era alimentado por el Señor.
178. Y así es como le encuentran postrado rostro en tierra, tendido en forma de cruz, sin respiración ni movimiento que diera señales de vida. A su cabeza y a sus pies ardían dos candelabros, que con su resplandor alumbraban maravillosamente la celda. Le dejan en paz para no estorbar la unción, para no despertar a la amada hasta que ella quiera. Con este motivo, los hermanos tratan de espiar por los resquicios de la celda, estando detrás de las paredes y atisbando por entre las celosías. ¿Qué más? Mientras los amigos miraban a la que habita en los jardines, de pronto se desvanece la luz y el hermano vuelve en sí. Se levanta luego, y, acudiendo a la mesa, dice la culpa por la tardanza. Esto ha sucedido -concluyó el español - en nuestra tierra.
178. Rociado por la fragancia de los hijos, no podía San Francisco contener su gozo. Al instante prorrumpió en alabanzas, y, como si para él no hubiera otra gloria que la de oír buenas nuevas de los hermanos, desde lo más íntimo exclamó: Gracias te doy, Señor, santificador y guía de los pobres, que me has regocijado con tales noticias de mis hermanos. Bendice, te ruego, a aquellos hermanos con amplísima bendición y santifica con gracias especiales a cuantos por los buenos ejemplos hacen que su profesión sea fragante".
Capítulo CXXXVI Contra los que viven mal en los eremitorios y que quería que todas las cosas fueran comunes
179. Aunque hayamos visto por estos episodios la caridad del Santo, que quiere que nos alegremos con él en los éxitos felices de los amados, creemos, con todo, que quedan reprendidos, y no poco, aquellos que viven diferentemente en los eremitorios. Pues son muchos los que convierten el lugar de contemplación en lugar de ocio, y del plan de vida eremítica - instaurada para llevar las almas a la perfección - hacen una sentina de placeres. Los anacoretas de hoy tienen como norma vivir cada uno a su gusto. No extiendo esto a todos, pues sabemos de santos de carne y huesos que viven en los eremitorios según normas estupendas. Como sabemos de los padres que precedieron, que fueron flores solitarias. ¡Ojalá los eremitas de hoy no degeneren de la hermosura primitiva, la alabanza de cuya santidad perdura eterna!
180. Por lo demás, San Francisco, recomendando a todos la caridad, exhortaba a mostrar afabilidad e intimidad de familia. "Quiero - decía -que mis hermanos se muestren hijos de una misma madre; y que a uno que pidiere la túnica, la cuerda u otra cosa, se la dé el otro generosamente. Pasen también unos a otros los libros y demás cosas que gustan, que no se vea nadie forzado a quitárselas al otro". Y, con el fin de no decir tampoco en esto algo que Cristo no hiciera por él, era el primero en hacerlo.
Capítulo CXXXVII Dos hermanos franceses a quienes dio su túnica
181. Dos hermanos franceses muy santos toparon con San Francisco en el camino. A los que experimentaban ya una alegría indecible por el encuentro, se les duplicó el gozo, según que había sido larga la fatiga por el deseo de verlo. Después de dulces demostraciones de afecto y de gratas conversaciones, su ardiente devoción pidió a San Francisco la túnica que vestía. Este, sacándola en seguida y quedándose desnudo, se la entregó con muchísimo gusto, y se vistió - recibida en piadoso cambio - la de uno de ellos, más pobre que la suya. No sólo hacía tales cosas, sino que estaba también pronto a entregarse por entero a sí mismo hasta agotarse; y daba muy gozosamente cuanto le pedían.
La detracción
Capítulo CXXXVIII Cómo quería que se castigase a los detractores
182. Si toda alma llena de caridad aborrece a los que Dios aborrece, así ocurría en san Francisco. Execrando, en efecto, de modo espantoso a los detractores más que a otra clase de viciosos, solía decir de ellos que llevan veneno en la lengua, con que inficionan a los demás l. Por eso, si los chismosos y pulgas mordaces hablaban alguna vez, los evitaba - como nosotros mismos lo vimos - y se apartaba por no prestarles oído, no fuera que se manchase oyéndolos.
182. Así, un día que oyó a un hermano denigrar la fama de otro, volviéndose a su vicario, el hermano Pedro Cattani, se expresó en estos términos terribles: "Amenazan divisiones a la Orden si no se hace frente a los detractores. El perfume suavísimo de muchos se tornará pronto hediondo si no se tapan las bocas de los hediondos. Anda, anda, examina con cuidado, y si ves que el hermano acusado es inocente, haz saber a todos - por medio de una corrección severa - quién es el que ha acusado. Si tú no puedes castigarlo por ti mismo, ponlo en las manos del púgil florentino. (Es que llamaba púgil al hermano Juan de Florencia, que era hombre alto de estatura y muy forzudo.) Quiero - continuó - que tú, así como todos los ministros, tengáis sumo cuidado de que este mal pestífero no se difunda más".
182. Y a veces juzgaba que quien había arrancado el buen nombre de su hermano, merecía ser despojado del hábito, y que no podía elevar los ojos a Dios si primero no devolvía lo que había robado. Por eso - como muestra de una abominación más eficaz -, los hermanos de entonces habían dispuesto entre sí, con una sanción en firme, evitar cuidadosamente todo cuanto rebajara el honor de los demás o sonare a injuria. ¡Muy recta y acertadamente por cierto! Pues ¿qué es el detractor sino hiel entre los hombres, fermento de maldad, deshonra del universo? Y ¿qué es el hombre de lengua doble sino escándalo de la Religión, veneno del claustro, desintegración de la unidad? ¡Ay!, que la tierra está cubierta de animales venenosos, y ningún hombre de bien puede escapar de las mordeduras de los enemigos. Se prometen premios a los acusadores y, humillando la inocencia, se da, a las veces, la palma a la falsedad. Más: cuando alguien no es capaz de vivir de su hombría de bien, se gana con qué comer y con qué vestir destruyendo la de los demás.
183. A este propósito, San Francisco observaba a menudo: "El detractor se dice a sí: Me falta santidad de vida, no tengo el prestigio de la ciencia o de otra disposición peculiar, por lo que no encuentro puesto ni ante Dios ni ante los hombres. Ya sé qué he de hacer: pondré tacha en los elegidos y ganaré el favor de los grandes. Sé que mi prelado es un hombre y que echa a veces mano de este mismo procedimiento, es decir, de cortar los cedros y dejar ver sólo zarzales en el bosque. ¡Ea, miserable! Sáciate de carne humana, y pues no puedes vivir de otra manera, roe las entrañas de los hermanos. Esos tales se esfuerzan en parecer buenos, no en hacerse de veras; denuncian vicios y no se despojan de vicios. Alaban sólo a aquellos por cuya autoridad quieren verse protegidos y omiten toda alabanza si ésta no ha de llegar a oídos del interesado. Venden, a cambio de alabanzas dañosas, la palidez del rostro debida al ayuno con el fin de parecer espirituales que juzguen de todo, sin que ellos puedan ser juzgados por nadie. Tienen la fama de la santidad, pero no las obras; nombre de ángeles, pero no la virtud de los mismos.
Descripción del ministro general y de otros ministros
Capítulo CXXXIX Cómo debe portarse con los compañeros
184. Hacia el fin de su vida de entrega al Señor, un hermano solícito siempre de las cosas que se refieren a Dios, movido de amor hacia la Orden, inquirió: "Padre, tú te irás, y la familia que te ha seguido va a quedar en este valle de lágrimas. Indica, si lo ves en la Orden, alguno en cuya confianza pueda descansar tu animo, a quien pueda imponerse con seguridad el peso de ministro general". Respondió San Francisco, entrecortando sus palabras con suspiros: "Hijo, no veo ninguno capaz de ser caudillo de ejército tan diverso, pastor de grey tan numerosa. Pero quiero haceros su retrato, esto es, como dice el adagio, modelaros el tipo, en el cual se vean las cualidades que ha de tener el padre de esta familia".
185. "Debe ser - dice - hombre de mucha reputación, de gran discreción, de fama excelente. Hombre sin amistades particulares, no sea que, inclinándose más a favor de unos, dé mal ejemplo a todos. Hombre amigos de entregarse a la santa oración, que dé unas horas a su alma y otras a la grey que se le ha confiado. Debe comenzar la mañana con la santa misa y encomendarse a sí mismo y la grey a la protección divina con devoción prolongada. Después de la oración - siguió diciendo - se pondrá a disposición de todos, pronto a ser importunado por todos, a responder a todos, a proveer con dulzura a todos.
185. "Debe ser hombre en quien no haya lugar para la sórdida acepción de personas, que tenga igual cuidado de los menores y de los simples que de los sabios y mayores. Hombre que, por más que se le haya dado distinguirse en letras, sin embargo, se distinga más como imagen de sencillez piadosa en la conducta y promotor de la virtud. Hombre que execre el dinero - corruptela principal de nuestra profesión y perfección - y que - cabeza de una Religión pobre, mostrándose modelo a la imitación de los demás no use jamás de peculio.
185. "Debe bastarle para sí - añadió - el hábito y un pequeño libro de registros; y para los hermanos, un guardaplumas y el sello. No sea coleccionista de libros ni muy dado a la lectura, a fin de no sustraer al cargo lo que da de más al estudio. Hombre que consuele a los afligidos, como último asilo que es de los atribulados, no sea que, por no hallar en él remedios saludables, el mal de la desesperación domine a los enfermos. Para plegar los insolentes a la mansedumbre, abájese él; y, a fin de ganar las almas para Cristo, ceda algún tanto de su derecho. No cierre las entrañas de la misericordia, como a ovejas que se habían perdido, a los desertores de la Orden, sabedor de que se dan tentaciones muy fuertes, que pueden empujar a tan gran caída.
186. "Quisiera que todos lo veneraran como a quien hace las veces de Cristo y lo proveyeran con buena voluntad de todo cuanto necesita. No deberá, con todo, complacerse en los honores ni contentarse más en los favores que en las injurias. Si alguna vez, por debilidad o por cansancio, necesitase más dieta, no la tome en lugar escondido, sino a la vista de todos, para que los demás no tengan reparo de atender al cuerpo en su flaqueza.
186. "A él sobre todo toca discernir las conciencias que se cierran y descubrir la verdad oculta en los pliegues más íntimos y no dar oídos a los charlatanes. Finalmente, debe ser tal, que, por la ambición de conservar el honor, no haga vacilar de ningún modo la indefectible norma de la justicia y que sienta que un cargo tan grande le resulta más peso que honor. En todo caso, ni la demasiada suavidad engendre indolencia, ni una indulgencia laxa, relajación de la disciplina, de manera que, siendo amado de todos, llegue también a ser temido de los obradores del mal.
186. "Y quisiera verlo rodeado de compañeros virtuosos que - al igual que él - se mostraran ejemplo de toda buena obra: rigurosos contra las comodidades, fuertes en las dificultades y afables con tal oportunidad, que recibieran con santo agrado a cuantos acudieren a ellos. "Ahí tenéis - concluyó - el tipo de ministro general de la Orden; tal como debe ser".
Capítulo CXL Los ministros provinciales
187. El dichoso Padre requería también todas estas cualidad