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  Introducción a las fuentes

TOMÁS DE CELANO

VIDA SEGUNDA

TRATADO DE LOS MILAGROS

Capítulo I Origen admirable de su Religión

01. Desde que recibimos el encargo de escribir los milagros de nuestro santísimo padre Francisco, ya en el primer plan que nos hicimos, determinamos señalar, antes que ningún otro, aquel milagro solemne que sirvió de lección al mundo, que lo conmovió y lo dejó sobrecogido. Fue el nacimiento de su Religión, la fecundidad de la estéril, el alumbramiento de una prole numerosa.

O1. Parecía el viejo mundo maltrecho por la sarna de los vicios; diríase que las órdenes estaban cansadas en el seguimiento de las huellas apostólicas y que, al mediar su carrera la noche de pecados, se había impuesto el silencio a las enseñanzas sagradas. De pronto se presenta en la tierra un hombre nuevo, y rápidamente se formó en torno a él un ejército nuevo, quedando todos sorprendidos por los signos de esta novedad apostólica. Luego, tras el eclipse que había sufrido, sale a plena luz la perfección de la Iglesia primitiva, cuyas maravillas leía el mundo sin que pudiera contemplar sus ejemplos. Siendo esto así, ¿por qué no habremos de decir que los últimos son los primeros? Si vemos que de hecho se ha realizado aquello de que el corazón de los padres se volverá a los hijos, y el de los hijos a los padres? ¿Se podrá despreciar el célebre y conocido mensaje de las dos órdenes sin que ello alcance al gran acontecimiento que va a tener lugar en breve? Nunca hubo, desde los tiempos apostólicos, una lección al mundo tan sorprendente.

01. Se ha de admirar luego la fecundidad de la estéril. Estéril y seca esta pobrecilla religión que está lejos de toda humedad de las cosas terrenas. Estéril de veras, ya que ni siega ni encierra en graneros, ni toma para el camino del Señor la alforja repleta. Y, no obstante, este santo creyó contra toda esperanza para llegar a ser heredero del mundo, y no vaciló al considerar su cuerpo sin vigor y estéril el seno de Sara, seguro de que el poder divino le suscitaría por ella un pueblo de hebreos. No se gobierna con despensas llenas, ni con almacenes de provisiones, ni con vastas posesiones, sino con la pobreza, que a la par lo alimenta maravillosamente en el mundo y lo hace digno del cielo. ¡Oh largueza de Dios, más poderosa que los hombres, que comunica gloria a nuestra cruz y procura riquezas a nuestra pobreza!

01. Hemos visto, en fin, dilatarse en poco tiempo esta viña, extendiendo sus ramas de mar a mar. Concurrieron multitudes de todo el mundo, afluyeron en tropel, y se reunieron como por ensalmo las piedras vivas para la construcción de este templo esplendoroso. Y no sólo la hemos visto aumentada en poco tiempo por el número de sus hijos, sino también glorificada, pues sabemos que muchos de ellos han conseguido la palma del martirio; a algunos los veneramos inscritos en el catálogo de los santos por el testimonio perfecto de una santidad acabada. Pero volvamos a hablar del que es cabeza de todos ésos; de él intentamos hablar ahora.

Capítulo II El milagro de las llagas. Cómo se le apareció el serafín

02. El hombre nuevo, Francisco, brilló por un prodigio nuevo y estupendo, pues apareció marcado con un privilegio singular, nunca concedido en los siglos pasados, es decir, fue distinguido con las sagradas llagas y conformado en su cuerpo mortal al cuerpo del Crucificado. Todos los recursos del lenguaje humano no bastan a enaltecerlo como merece. Por otra parte, es inútil pedir las razones del milagro: hay que admirarlo; inútil buscar precedentes: es único.

02. Todos los afanes del hombre de Dios, en público como en privado, se centraban en la cruz del Señor; desde el momento en que comenzó a militar para el Crucificado, diversos misterios de la cruz resplandecieron en su persona. De hecho, cuando al principio de su conversión había decidido decir adiós a los placeres de esta vida, Cristo le habla durante la oración desde el leño de la cruz; de la boca de la imagen salen estas palabras: "Francisco, vete y repara mi casa que, como ves, se arruina". Desde aquel instante, la memoria de la pasión del Señor se le imprimió con caracteres profundos en el alma, y a medida que ahondaba en la conversión, le desfallecía el alma cuanto le hablaba el Amado.

02. ¿No buscó refugiarse en la cruz al escoger el hábito de penitencia, que reproduce la forma de la cruz? Si bien ese hábito se adaptaba a su propósito tanto mejor cuanto eran mayores sus anhelos de pobreza, sin embargo, con ese mismo hábito mostraba con más claridad el misterio de la cruz: según había ido el alma revistiéndose interiormente del Señor crucificado, así había ido su cuerpo entero revistiéndose por fuera de la cruz de Cristo; como Dios había vencido a las potestades aéreas con este signo de igual manera militaba con él para Dios el ejército de Francisco.

03. El hermano Silvestre, uno de los primeros hermanos, hombre de plena ejemplaridad en todo, ¿no vio, acaso, salir de la boca del Santo una cruz de oro, que, con sus brazos extendidos, santiguaba maravillosamente el mundo entero? Se ha escrito también, con testimonio de relato fidedigno, cómo el hermano Monaldo, insigne por la pureza de costumbres y práctica de virtudes, vio con sus propios ojos a San Francisco crucificado durante un sermón de San Antonio cuyo tema versaba sobre la cruz.

03. Asimismo, era costumbre suya y había ordenado a sus primeros hijos que tributasen a las imágenes de la cruz, dondequiera que las vieran, el honor y la reverencia que se les debe. La señal de tau le era preferida sobre toda otra señal; con ella sellaba las cartas y marcaba las paredes de las pequeñas celdas. Y el hombre de Dios que se llamó Pacífico, favorecido con visiones celestiales, vio con sus propios ojos, sobre la frente de San Francisco, una gran señal de tau multicolor, que resplandecía con fulgores de oro.

03. Es, pues, muy conforme a razón y a la fe católica el hecho de que este hombre, a quien el amor maravilloso de la cruz prevenía de esta manera, llegara a ser objeto de admiración por el honor admirable de la cruz. Por eso, nada más verídico que lo relatado acerca de las llagas de la cruz.

04. He aquí como se desenvuelve el hecho... (= lC 94-95).

05. Finalmente, dos años después, Francisco cambia con su muerte feliz este valle de lágrimas por la patria bienaventurada; la fama asombrosa de este hecho glorioso llega a oídos del pueblo y la gente se conmueve y agolpa, alabando y glorificando el nombre del Señor. La ciudad de Asís y la región que la rodea se apresuran ávidas de ver el espectáculo nuevo, que por voluntad de Señor nuevamente se daba en este mundo. La novedad del milagro convertía el llanto en júbilo, y la visión de los ojos corporales, en estupor y arrebatos de éxtasis. Veían el santo cuerpo hermoseado con las llagas de Cristo, no con las heridas de los clavos en las manos y en los pies, sino con los clavos mismos maravillosamente plasmados, por virtud divina, con la carne misma, o, más bien, como brotados de la carne, los cuales, oprimidos de uno u otro lado, abultaban al instante en el opuesto como si se tratara de un único músculo.

05. Lo que decimos lo hemos visto; estas manos han escrito lo que estas manos han palpado; hemos acariciado con los ojos llenos de lágrimas lo que atestiguan nuestros labios, y lo que hemos jurado una vez, con la mano puesta sobre objeto sagrado lo proclamamos a toda hora como verdadero. Varios hermanos nuestros han visto esto, con nosotros, en vida del Santo, y a su muerte, más de cincuenta, además de incontables seglares, lo han venerado. ¡No haya, pues, lugar para la duda; a nadie parezca incierto este gran don de la bondad eterna! Pluguiera a Dios que fueran muchos los que, como miembros, se unieran a Cristo Cabeza con igual amor seráfico, para que merecieran parecida armadura en las batallas de esta vida y gloria semejante en el reino de los cielos.

05. ¿Quién que está en sus cabales osaría decir que todo esto no redunda en gloria de Cristo? Que la pena infligida a los incrédulos sirva de escarmiento a los tibios y dé nueva certeza a los devotos.

06. Había en Potenza, ciudad del reino de la Pulla, un clérigo llamado Rogerio, personaje venerable y canónigo de la iglesia principal. Aquejado de larga enfermedad, entró un día, con intención de orar para recobrar la salud, en una iglesia, en la cual había un cuadro de San Francisco con las sagradas llagas. Se acerca y se arrodilla ante la imagen en actitud muy devota de oración. Pero, fijando los ojos en las llagas del Santo, divaga en pensamientos vanos y no rechaza con prontitud conveniente el aguijón de la duda que insidiosamente se le insinúa. Al engaño del antiguo enemigo, comienza a decirse con el corazón destrozado: "¿Será verdad que este santo ha sido objeto de tamaño milagro o se tratará de una ilusión de los suyos? Ha sido - acosaba la duda - pura invención o, tal vez, un engaño tramado por los hermanos. Parece transcender los linderos de la inteligencia humana; estaría en contradicción con las exigencias de la racionabilidad".

06. ¡Locura del hombre! ¡Necio! Deberías haber venerado el prodigio divino con humildad tanto más grande cuanto menos podías tu comprenderlo. Te tocaba saber, a poco que hubieras reflexionado, que le es muy fácil a Dios renovar constantemente el mundo con nuevos milagros, obrar entre nosotros, para su gloria, milagros que no ha hecho en otros tiempos.

06. Pero pasó que a quien acaricia tales pensamientos frívolos, Dios inflige una herida dolorosa, para que, por los padecimientos que le causa, aprenda a no blasfemar. De improviso, se siente herida en la palma de la mano izquierda - siniestro como él era - y oye al mismo tiempo un silbido como de flecha lanzada por ballesta. Transido de dolor por la herida y asombrado por el sonido, saca luego de la mano el guante que llevaba puesto, y el que no había recibido antes ningún golpe en la palma de la mano, ve en medio de ésta una llaga que parecía abierta por una flecha y que le producía fiebre tan alta, que creía morirse. Y ¡cosa de admirar!: en el guante no se veía ninguna señal. Como para dar a entender que la herida que se escondía bajo el guante era un castigo simbólico de la que se escondía en el fondo del alma.

07. Pasa dos días entre quejidos y gritos que le hace dar el dolor fuerte de la llaga, y confiesa ante todos la falta de fe de su incrédulo corazón; protesta creer que San Francisco tuvo llagas verdaderas y asegura con juramento que se le han desvanecido ya las dudas. Pide con insistencia al santo de Dios que, por sus llagas sagradas, lo socorra, y une a las repetidas súplicas la ofrenda de abundantes lágrimas. ¡Portento! Al abjurar él su incredulidad, sigue la curación del cuerpo a la del alma. Cesa el dolor, desaparece la fiebre, se desvanece toda señal de herida. El hombre se torna humilde ante Dios, devoto para con el Santo, estrechamente ligado en adelante a la Orden de los hermanos menores.

07. Este milagro tan portentoso fue ratificado con testimonios jurados y de un modo especial confirmado con el del obispo del lugar. ¡Sea por todo bendita la potencia admirable de Dios, que brilla de modo tan llamativo en la ciudad de Potenza!

08. Es costumbre de las nobles matronas romanas, viudas o desposadas, sobre todo de las que conservan el privilegio de la generosidad en medio de las riquezas y han sentido infundírseles el amor de Cristo, tener en sus casas alguna celdilla o lugar reservado a propósito para la oración, con un icono pintado, precisamente del santo de su devoción. Una señora de abolengo noble, noble también por sus virtudes, había escogido por su protector a Francisco. Tenía un cuadro de él en la cámara, donde oraba al Padre que está en lo secreto. Un día, mientras oraba, sus ojos buscaban con todo empeño las sagradas llagas, pero en vano. Y esto la afligía, a la par que la asombraba. Pero no era de extrañar que las echase de menos, porque el pintor no las había representado. Por varios días guarda en su interior esta pena, sin manifestarla a nadie. Pero sigue mirando a menudo la imagen, y la pena va renovándose con eso. Inesperadamente aparecen un día aquellas maravillosas señales en las manos, como suelen verse en otras imágenes: el poder de Dios había suplido el descuido del artista.

09. Asustada y muy admirada, la mujer hace venir en seguida a su hija, que seguía a la madre en los santos propósitos, e, indicándole lo ocurrido, le pregunta con interés si de hecho había visto hasta entonces la imagen sin llagas. La niña afirma y jura que antes estaba sin llagas y ahora las tiene. Pero como la razón humana busca, más de una vez, tropiezos a sí misma y pone en duda lo que es verdad, la mujer deja entrar el escepticismo corrosivo en el alma, preguntándose si el cuadro no tendría pintadas las llagas desde que fue hecho. En respuesta, Dios, con su poder, añadió un segundo milagro para que no se menospreciara el primero: desaparecen, de pronto, las llagas, y el cuadro quedó despojado del privilegio. Así, el segundo milagro comprobaba el primero. Yo mismo conocí a esta mujer: estaba casada, era virtuosísima; bajo un vestido seglar llevaba el alma consagrada a Cristo Señor.

10. Desde sus primeros destellos se deja seducir la razón humana, ya por los atractivos de los sentidos, ya por groseras imaginaciones, hasta el punto de envolver en duda, por influencia de la imaginación inquieta, lo que debe ser creído. Por eso, no sólo nos cuesta creer los hechos maravillosos de los santos, sino que la fe misma halla no pocos estorbos en lo tocante a las verdades de la salvación.

10. Un hermano, menor por la Orden, predicador de oficio, recomendable por la vida, estaba firmemente persuadido de la realidad de las sagradas llagas de San Francisco; pero, bien por la dificultad de elevarse sobre lo ordinario o bien por el asombro que causa lo extraordinario, comienza a sentir la mordedura de la duda respecto al milagro acaecido en el Santo. Era de ver la lucha que se entabló en su alma entre la razón, que defendía la verdad, y la imaginación, que se empeñaba en contrariar a aquélla con sugestiones. La razón, apoyada en muchos argumentos, asegura que es como se dice, y, a falta de otras pruebas, apela a la verdad creída por la Iglesia.

10. Se oponen los sentidos, que alcanzan sólo la sombra de las realidades, contra el milagro, so pretexto de que contraría las leyes naturales y de que no se habla de tamaña cosa en siglos pasados. Una tarde, cansado el hermano por la lucha, entra en la celda con la razón debilitada y con la fantasía abiertamente provocadora. Durante el sueño le aparece San Francisco con los pies enlodados y le dice en tono de humilde dureza y de enojo contenido: "¿Qué luchas traes en tu alma? ¿Qué roña de dudas? Mira mis manos y mis pies". El hermano, que veía las manos atravesadas por los clavos, no veía las llagas de los pies enlodados. "Quita - insistió San Francisco - el lodo de mis pies y mira el lugar de los clavos". El hermano, en sueños, le pone las manos en los pies, los lava del lodo y toca con las manos las heridas de los clavos. Al despertarse después, el hermano llora, y, por una confesión pública, logra limpiar su alma, embarrada, por decirlo así, con el lodo de la duda.

11. No se piense que las sagradas llagas del invicto caballero de Cristo son tan sólo signo de una prerrogativa y privilegio otorgado a un amor supremo. a más de esto poseen una gran fuerza, como se deja ver en la novedad de un milagro evidente acaecido en España, en el reino de Castilla. Son armas poderosas al servicio de Dios.

11. Había dos hombres que venían injuriándose por largo tiempo, igualmente implacables en el odio. Su irritación no conocía sosiego, ni había lugar a templanza duradera en las injurias mutuas ni a un pasajero remedio de aquel dolor que cada uno llevaba dentro, si no moría uno de los dos con la más cruel de las muertes. En la imposibilidad de cometer un asesinato publico, cada uno, precavido con una coraza, preparaba de muchas maneras frecuentes asechanzas a su contrario. Una tarde, avanzado el crepúsculo, un hombre de vida muy honesta y de fama intachable acertó a pasar por el camino en que uno de los enemigos tenía tendidas asechanzas para matar al rival. El hombre, como de costumbre, iba deprisa, después de la hora de completas, a la iglesia de los hermanos menores, por la mucha devoción que tenía a San Francisco. Los hijos de las tinieblas se precipitan de sopetón sobre el hijo de la luz, creyéndolo, sin duda, el enemigo esperado, para darle muerte; lo asaltan por todas partes con espadas y lo dejan medio muerto. Finalmente, el cruelísimo enemigo le hunde profundamente la espada en la garganta, e, incapaz de sacarla, se la deja en la herida.

12. Se acude de todas partes, y la vecindad entera llora la muerte del inocente con gritería que llega al cielo. El pobre tenía todavía un soplo de vida, y, conforme al consejo de los médicos, no se le saca de la garganta la espada. Tal vez lo hacían en razón de la confesión, siquiera por alguna señal. Toda la noche, hasta la hora de maitines, los médicos se empeñaron en limpiarle de la sangre y en curarle las heridas; pero, viendo que, por ser éstas muchas y profundas, no conseguían nada, cesaron de curarlas. Con los médicos estaban también a la cabecera los hermanos menores, muy apenados, en espera del último suspiro del amigo.

12. En esto, suena la campana de los hermanos para maitines. La esposa del herido que la oye, corre al lecho y grita: "Señor mío, levántate pronto; vete a maitines, que tu campana te llama". El que se creía morir, da al instante dos suspiros profundos, trata de balbucir algunas palabras entrecortadas. Levanta la mano en dirección de la espada hundida en la garganta y parece indicar a alguien que se la saque. ¡Cosa maravillosa! A la vista de todos, la espada vuela de pronto y, como lanzada por alguien de mucha fuerza, se clava en la puerta de la casa. Se levanta el hombre en perfecta salud, como despertando de un sueño, y cuenta los prodigios de Dios.

13. Era tal el espanto que había sobrecogido a todos, que, como fuera de sí, creían estar alucinados. Pero el curado les dice: "No temáis; no creáis que es alucinación lo que veis: San Francisco, a quien siempre he tenido devoción, acaba de irse de aquí y es él quien me ha curado del todo. Aplicó sus llagas sacratísimas a cada una de mis heridas; su suavidad fue una caricia sobre ellas; su contacto bastó, como veis, a rehacer todas las fracturas. Cuando oíais el murmullo de mi agitado pecho, parecía que el Padre santísimo quería irse después de haber curado todas las heridas, pero dejándome la espada en la garganta. Yo le hacía señas con la mano, en la imposibilidad de hablar, para que me sacase la espada, que era el verdadero peligro de muerte inminente. Y él, asiéndola, la lanzó con fuerza, como habéis visto todos. Acarició luego y tocó, como antes en las otras heridas, con sus sagradas llagas la garganta herida, y la sanó tan perfectamente, que la carne herida no se diferencia en nada de la que nunca fue tocada". ¿Cómo no asombrarse ante esto? Y ¿quién sostendrá que cuanto se dice de las llagas de San Francisco no es todo de Dios y sólo de Dios?

Capítulo III El poder que tuvo sobre las creaturas insensibles, y, en primer lugar, sobre el fuego

14. La cauterización sin dolor (= 2C 166).

15. El agua que brotó de la roca (= 2C 46).

16. La fuente milagrosa de Gagliano (= LM mil 10,1).

17. El agua cambiada en vino en San Urbino (lC 61).

18. La epizootia del valle de Rieti (= LM 13,6).

19. Panes bendecidos que curan enfermedades (= lC 63). Tempestades y granizos rechazados (= 2C 35-36). Poderes milagrosos de su cordón (= lC 64); de retazos de sus hábitos (= lC 63); y del heno de la gruta de Greccio (= lC 84-87).

Capítulo IV Poder que tuvo sobre las creaturas sensibles

20. Sermón de las avecillas en Bevagna (= lC 58).

21. Silencio impuesto a las golondrinas en Alviano (= lC 59).

22. El mismo milagro obrado en su nombre en Parma (= LM 12,5).

23. Diálogo y oración con un pájaro en el lago de Rieti (= 2C 167).

24. Idéntica escena con un pez en el mismo lago (= lC 61).

25. El halcón despertador de maitines (= 2C 168).

26. El faisán domesticado (= 2C 170).

27. La cigarra que cantaba con él en la Porciúncula (= 2C 171).

28. Las abejas que hacen miel en su taza (= 2C 169).

29. La liebre mansa, en Greccio (= lC 60).

30. La misma escena con un conejo en el lago de Perusa (= lC 60).

31. Un rebaño de ovejas le hace fiesta en el camino de Siena a Espoleto (= LM 8,7).

32. Vuelo de alondras en la tarde de su muerte (- LM 14,6).

Capítulo V Cómo la bondad de Dios se ponía a disposición de Francisco

33. Multiplicación de víveres en una travesía (= lC 55).

34. De regreso de España, Dios le proporciona un ave (= lC 56).

35. Dios le provee de vestidos en Rieti (= 2C 43).

36. Multiplicación de víveres en favor de su médico (= 2C 44).

Capítulo VI La señora Jacoba de Settesoli

37. Jacoba de Settesoli, dama romana noble y santa, había merecido el privilegio de un amor singular de parte de Francisco. No tengo por qué referir, en alabanza de ella, su linaje ilustre, la gloria de su familia, el esplendor de sus riquezas, ni, en fin, la perfección de sus virtudes ni su castidad durante la prolongada viudez.

37. Postrado ya Francisco en aquella enfermedad que, cerrando el paso al dolor, había de poner fin glorioso a la feliz carrera de la santidad, pocos días antes de la muerte quiso enviar un mensaje a Roma para la señora Jacoba de Settesoli, avisándole que se diera prisa, si quería ver el regreso a la patria del que ella había amado tanto en la condición de desterrado. Se escribe una carta, se busca un mensajero veloz, y, hallado, se dispone a partir. De pronto hay a la puerta traqueteo de caballos, estrépito de soldados, rumor de escolta notable. Un compañero del Santo, el que precisamente daba las últimas instrucciones al mensajero, va a abrir la puerta, y se encuentra cara a cara con la que se buscaba en lugares remotos.

37. Vivamente sorprendido, corre en seguida hacia el Santo y, sin poder contener la alegría, le dice: "Padre, una buena noticia". Y el Santo, cortándole la palabra al instante, exclama por toda respuesta: "¡Bendito sea Dios, que a nuestro hermano señora Jacoba le ha encaminado hacia nosotros! Abrid las puertas y haced pasar a la que está ya entrando, porque la disposición que prohibe la entrada a las mujeres no reza con fray Jacoba".

38. Todo el noble cortejo de huéspedes se sintió muy dichoso y conmovido; gozo y consolación espiritual que se desataron luego en lágrimas. Y, para que no faltara nada al milagro, la santa mujer había traído todo cuanto se le avisaba por la carta que trajera para las exequias del Padre: un paño ceniciento para mortaja de su cuerpecillo, cantidad de cirios, una muselina que cubriese la cara, una almohadilla para la cabeza y un pastel que el Santo había deseado comer. Todo lo que había deseado Francisco, Dios mismo había sugerido a esta señora.

38. Mas voy a continuar el relato de esta peregrinación - fue, en efecto, una verdadera peregrinación - para consuelo de quien la hizo. Una gran multitud del pueblo, sobre todo la fervorosa población de Asís, espera el próximo nacimiento del bienaventurado para el cielo. Pero, fortalecido con la llegada de los piadosos romanos, parece que va a prolongar un poco su vida. Al ver esto, la señora quería despedir su séquito y quedarse con sus hijos y con algunos escuderos. El Santo la disuade, diciéndole: "No hagas eso, que yo me voy el sábado; tú volverás el domingo con todo tu séquito".

38. Todo acaece así: el que había servido valientemente en las filas de la Iglesia militante, hace su entrada en la Iglesia triunfante a la hora predicha. Paso por alto el concurso de pueblos, los cantos de gloria, el volteo solemne de las campanas, los raudales de lágrimas; calle el llanto de sus hijos, los sollozos de sus amigos, los suspiros de sus compañeros. Quiero llegar cuanto antes a lo que puede consolar a la peregrina destituida del consuelo de su padre.

39. Deshecha en lágrimas como está, el vicario del Santo la hace entrar discretamente y, puesto en brazos de ella el cadáver de su amigo, le dice: "Helo aquí; ten después de su muerte al que has amado en vida". Con llanto más pronunciado aún y con lágrimas más ardientes, Jacoba lo abraza y besa entre sollozos y voces de lástima; levanta el paño que lo cubre para verlo, y contempla el vaso precioso en que se había escondido el precioso tesoro, y lo contempla enriquecido con cinco perlas; considera las cinceladas, que sólo la mano del Todopoderoso había verificado para asombro del mundo, y, no obstante la muerte del amigo, se siente envuelta en gozo desacostumbrado. Decide luego que no hay que disimular ni esconder por más tiempo el inaudito prodigio, sino ponerlo resueltamente a la vista de todos. Corren todos a porfía para admirar este espectáculo, y, llenos de estupor, comprueban y admiran que es verdad que Dios no hizo tal a nación alguna.

39. Pero no continúo; no quiero balbucir lo que no sabría explicar. Juan Frangipani, joven a la sazón, futuro procónsul de los romanos y conde del sacro palacio, atestigua con juramento y confirma espontáneamente, para prueba de los que dudan, cuanto, a una con su madre, vio y tocó entonces con sus manos. Dejemos que, confortada con esa inmensa gracia, la peregrina vuelva a su patria, y pasemos a otros hechos que siguieron a la muerte del Santo.

Capítulo VII Los muertos resucitados por los méritos de San Francisco

40. Voy a hablar de los muertos resucitados por los méritos del confesor de Cristo, y pido atención a lectores y oyentes. Por brevedad, omitiré muchas circunstancias y manifestaciones de los que testifican admirados y anotaré sólo los hechos milagrosos.

40. En el castro del Monte Marano, cerca de Benevento, una señora de linaje noble, y más noble aún por sus virtudes, tenía particular devoción a San Francisco y le mostraba no poca reverencia. Agravada por enfermedad y reducida al extremo, se fue por el camino de toda carne. Como murió al atardecer, se difiere hasta el día siguiente la sepultura, para dar tiempo de llegar a sus muchos familiares. Por la noche llega el clero para celebrar las exequias y cantar los maitines; rodea a la muerta una multitud de hombres y mujeres en oración.

40. De pronto, a la vista de todos, la mujer se levanta sobre el lecho y llama a uno de los sacerdotes presentes, padrino suyo, y le dice: "Padre, quiero confesarme. Oye mi pecado. Porque yo me he muerto, y debería estar encerrada en una oscura cárcel por no haber confesado el pecado que te descubriré. Pero San Francisco, de quien he sido siempre muy devota, ha orado por mí, y se me ha concedido volver de nuevo al cuerpo para poder confesarme y obtener el perdón de mi pecado. En cuanto te lo habré confesado, me iré, a vuestra vista, al descanso prometido". Temblando, se confiesa con el sacerdote, que también tiembla, y, recibida la absolución, vuelve a recostarse sobre el lecho y se duerme felizmente en el Señor. Ante este milagro, ¿quién puede alabar dignamente la bondad de Cristo? Y ¿quién enaltecer como se merecen la eficacia de la confesión y los méritos del Santo?

41. En Celano, un caballero (= LM 11,4).

42. En Roma, un niño de siete años (= LM mil 2,4).

43. En Nocera Umbra, un niño (= LM mil 2,3).

44. En Capua, un niño ahogado (= LM mil 2,5).

45. En Sesa Aurunca, un joven aplastado (= LM mil 2,6).

46. En Pomarico, una niña (= LM mil 2,2).

47. En Sicilia, un joven aplastado en un lagar (= LM mil 2,7).

48. En Alemania resucita un muerto (= LM mil 2,8).

Capítulo VIII Accidentes evitados por su intercesión

49. En Roma, caída de un hombre de lo alto de una torre (= LM mil 3,1).

50. En Pofi, un sacerdote en peligro de ahogarse (= LM mil 3,2).

51. En Celano, caída de un niño al pozo (= LM mil 3,3).

S2. En Ancona, curación de una niña (= LM mil 3,11).

53. En Nettuno, una mujer salvada en el derrumbamiento de una casa

54. En Corneto, un niño salvado en iguales circunstancias (= LM mil 3,5).

55. En Corneto, un niño que había tragado una hebilla.

56. En Ceprano, un herido grave (= LM mil 3,9).

57. En Lentini, un cantero aplastado (= LM mil 3,6).

58. En San Severino, idéntica escena (= LM mil 3,7).

59. En Gaeta, un albañil aplastado por una viga (= LM mil 3,8).

60. En Peschici, abasto de piedras para la construcción de la iglesia.

61. En San Gemignano, curación de un joven moribundo (= LM 3,10).

62. En Piazza Armerina, idéntico milagro.

63. En el mismo lugar, caída de un joven en una torrentera.

64. En el mismo lugar, una mujer enferma de tisis.

65. En Rete, un niño enfermo.

66. En Trapani, un moribundo.

67. En Todi, un niño a punto de muerte (= lC 139).

68. Caída grave de un joven (= lC 140).

69. En Arezzo, un niño con tumores y fiebre (= lC 140).

Capítulo IX Hidrópicos y paralíticos

70. Un hidrópico, en Fano (= lC 141).

71. Un paralítico, en Gubbio (= lC 142).

72. Una joven paralítica de Arpino, curada en Vicalvi.

73. Un joven paralítico, en Arpino.

74. Una joven epiléptica, en Poggibonsi.

75. Pedro Mancanella, paralítico, en Gaeta.

76. Un artrítico, en Todi.

77. Bontadoso, curado de gota (= lC 142).

78. Una paralítica (= lC 141).

79. Un joven hidrópico, en Narni (= lC 141).

80. Una mujer de mano seca, en Narni (= lC 141).

Capítulo X Naufragios

81. Navío en peligro, en las proximidades de Barletta (= LM mil 4,1)

82. Milagro del agua dulce y de la tempestad apaciguada (= LM mil 4,2).

83. El hermano Jacobo de Rieti, salvado de peligro de ahogarse (= LM mil 4,3).

84. Cinco pasajeros salvados de naufragio en el lago de Rieti.

85. Una tripulación de Ancona salvada de la tempestad (= LM mil 4,5).

86. El hermano Buenaventura. Un hermano de Ascoli (= LM mil 4,4).

87. Un ciudadano de Pisa y toda la tripulación.

Capítulo XI Presos puestos en libertad

88. En Grecia, un hombre injustamente condenado (= LM mil 5,1).

89. En Massa Trabaria, un pobre encarcelado por deudas (= LM mil 5,2).

90. Evasión milagrosa de cinco dignatarios.

91. Alberto de Arezzo, encarcelado injustamente por deudas (= LM

92. Un joven de Citta di Castello.

93. Ocupando la sede del bienaventurado Pedro el señor papa Gregorio IX, fue necesario volver a emprender en varios países la cruzada contra los herejes. Entre ellos fue capturado en Roma un tal Pedro, de la ciudad de Alifia, acusado de herejía. El señor papa Gregorio se lo confió para su custodia al obispo de Tívoli. Este, como quiera que se le encomendó bajo pena de perder su diócesis, le puso en cadenas.

93. Pero la simplicidad del preso abogaba en favor de su inocencia, por lo que se le mitigó la prisión. Algunos nobles de la ciudad, que, según dicen, por inveterado odio contra el obispo, querían ver a éste incurso en la pena con que el papa le había amenazado, aconsejaron secretamente a Pedro que huyese de la cárcel. El preso los atiende, y una noche huye presurosamente muy lejos.

93. Cuando el obispo se dio cuenta del suceso, lo llevó a mal, así por la pena que le esperaba como por el deseo de sus enemigos que se había cumplido. Toma diligente las precauciones debidas, envía emisarios en todas direcciones, da por fin con el pobre hombre, y, por ingrato, lo somete a una prisión vigiladísima. Manda preparar una cárcel oscura, rodeada de muros gruesos, y protegerlo dentro con gruesas tablas cosidas con clavos de hierro. Tenía los pies impedidos con grilletes de hierro de muchas libras y el pan y el agua eran tasados.

93. Sin esperanza de liberación el pobre, Dios, que no consiente que perezca el inocente, viene luego, por su bondad, en ayuda de él. El pobre hombre, que se entera de que aquel día es víspera de la fiesta de San Francisco, comienza a invocarlo con plegarias mezcladas con lágrimas, pidiéndole que se compadezca de él. Era grande la confianza que tenía en el Santo, porque, como decía, había oído a los herejes hablar muy mal de él. Al caer la noche de su fiesta, Francisco, compadecido, baja a la cárcel y, llamando al preso por su nombre, le ordena que se levante rápidamente. Despavorido, pregunta el preso quién es el que le habla. Oye que se le dice que es Francisco. Se levanta, llama a un guardia y le dice "Tengo mucho miedo; alguien me ordena que me levante. Y dice ser San Francisco. "Acuéstate en paz, desgraciado - le responde el guardia -, y duerme. Deliras, porque apenas has comido hoy".

93. Pero como el santo de Dios insistía en ordenarle que se levantara, el preso ve al mediodía que las cadenas de sus pies caen al suelo en pedazos; vuelto a la cárcel advierte que las tablas se sueltan por sí, saltando los clavos al aire, y que tiene abierto delante de sí el camino de la libertad. Libre, no acertaba, en su asombro, a escaparse; continuaba a la puerta gritando. Los guardias estaban también espantados. Corren a avisar al obispo que el preso está libre. El obispo, desconocedor aún del milagro, cree que el preso ha huido, y, sobrecogido de temor, cae de su sitial, pues había estado enfermo. Pronto se entera, con todo, de lo sucedido; se va, movido de devoción, a la cárcel, reconoce una evidente manifestación del poder de Dios, y adora allí al Señor. Por último, se presentan al papa y a los cardenales las cadenas; viendo lo que había sucedido, se admiran y bendicen a Dios.

94. Guidalotto, de San Geminiano, falsamente acusado de envenenamiento (= LM mil 5,5).

Capítulo XII Mujeres libradas de peligros de parto. Algunos que no guardaban su fiesta

95. Una condesa dálmata (= LM mil 6,1).

96. Una romana, Beatriz de nombre (= LM mil 6,2).

97. Juliana, de Calvi, de la Umbría (= LM mil 6,3).

98. Una mujer de Viterbo (= LM mil 6,4).

99. La esposa de un juez de Tívoli (= LM mil 6,3)

100. Parálisis padecida por una sirvienta en Mans (=LM mil 9,2).

101. El mismo castigo en una mujer de Campagna.

102. Locura súbita y curación de una mujer de Valladolid (= LM mil 9,2).

103. Parálisis facial en una hija de Piglio (= LM mil 10,3).

104. Enfermedad de la hija de Mateo de Tolentino.

105. En Pisa, un recién nacido que su madre quiso que se llamara Francisco.

106. Una mujer de Arezzo (= LM mil 6,5).

107. En Sicilia, milagro de la sangre en la harina.

108. Una mujer de Arezzo (= lC 63).

Capítulo XIII Hernias curadas

109. El hermano Jacobo de Iseo (= LM mil 8,2).

110. Un ciudadano de Pisa.

111. Un morador de Cisterna de Roma.

112. Nicolás, capellán de Ceccano.

113. Un habitante de Spello (= lC 144).

114. Juan, joven de la diócesis de Sora.

115. Pedro, siciliano.

Capítulo XIV Ciegos, sordos y mudos

116. El hermano Roberto, ciego, en Nápoles (= LM mil 7,1).

117. El caballero Gerardo, ciego, en Zancati (= LM mil 7,7).

118. Una mujer ciega, en Tebas, Grecia (= LM mil 7,2).

119. Un chico de catorce años, tuerto, en Pofi (= LM mil 7,3).

120. Un sacerdote, tuerto en accidente, en Castro dei Volsci (= LM mil 7,4).

121. Una mujer ciega, en Narni.

122. Pedro Romano, ciego, en Monte Gargano (= LM mil 7,5).

123. Un joven ciego de nacimiento (= LM mil 7,6).

124. Una joven ciega, en Bevagna (= LM 12,10).

125. Un joven sordomudo, en Castel della Pieve (= lC 147-48; LM mil 8,1).

126. Una mujer muda, en la Pulla.

127. Una mujer muda, en la diócesis de Arezzo.

128. El juez Alejandro, mudo (=LM mil 9,4).

129. Castigo del caballero Gineldo, de Borgo San Sepolcro (= LM mil 9,3).

130. Sibilia, ciega, curada en el sepulcro del Santo (= lC 136).

131. Una Joven ciega de nacimiento, en Vicalvi.

133. Una ciega, en Arezzo.

133. Un joven ciego, en Arezzo. Un ciego de Spello (= lC 136).

134. Una ciega, en Poggibonsi.

136. Una ciega de Gamerino (= lC 136).

137. Una ciega de Gubbio (= lC 136).

138. Un ciego de Asís (= lC 136).

139. Albertino de Narni, ciego (=lC 136).

140. La joven Villa, paralítica y muda (= lC 149).

141. Un mudo, de la diócesis de Perusa (= lC 149).

142. Una mujer con la garganta obstruida por una piedrezuela (= lC 150).

143. Bartolomé de Arpino, curado de sordera.

144. Una muda, en Piazza Armerina (Sicilia).

145. Un sacerdote, loco y mudo, en Nicosia (Sicilia).

Capítulo XV Leprosos y afectados de hemorragia

146. En San Severino, el joven Atto, leproso (= lC 146).

147. Buonuomo, de Fano, paralítico y leproso (= lC 146).

148. Rogata, mujer noble, de la diócesis de Sora (= LM mil 8,6).

149. Una mujer de Sicilia.

Capítulo XVI Locos y posesos

150. Pedro de Foligno, poseso (= lC 137).

151. Una mujer de Narni, posesa (= lC 138).

152. Una loca y epiléptica, en Marítima (= LM mil 8,3).

153. Una joven posesa, en Norcia.

154. Una joven epiléptica.

l55. Una posesa, en Sangemini (= lC 69).

156. Una posesa, en Citta di Castello (= lC 70).

Capítulo XVII Deformaciones y fracturas

157. Un bebé de pie deforme, en el condado de Parma.

158. Un pequeño monstruo, en Scoppito, en los Abruzzos (= LM mil 10,~).

159. Un morador de Cori, en la diócesis de Ostia, había perdido del todo el uso de una pierna; no podía ni andar ni moverse. Su estado le sumía en profunda tristeza, y no cabía esperar remedio humano. Una noche, como si viera de veras delante a San Francisco, se dirigió a él en la forma siguiente: "Ayúdame, San Francisco, en memoria de los servicios que te he prestado y de la devoción que te he mostrado. Yo te he llevado sobre mi asno, he besado tus santos pies y tus santas manos; he sido siempre devoto tuyo y te he querido bien, y ves cómo ahora me muero con agudísimos dolores".

159. San Francisco, movido por estas quejas, recordó los favores recibidos; agradecido de la devoción, se aparece con otro compañero mientras el hombre está de vela. Le dice que viene respondiendo a su llamada y que le trae el remedio para curarlo. Le toca en el lugar del dolor con un pequeño bastón, rematado con el signo de la tau que tiene consigo. Se deshace al momento la postema, sana el enfermo, y hasta hoy puede verse la señal de la tau en el lugar donde el Santo le había tocado. Esta señal utilizaba el Santo para firmar sus cartas cada vez que, por deber o por caridad, tenía que despachar algún mensaje.

160. Una formación defectuosa de cerviz (= lC 127).

161. Un criado cojo, del condado de Narni (= lC 128).

162. Nicolás de Foligno, lisiado (= lC 129).

163. Un niño contrahecho (= lC 130).

164. Un contrahecho, con las piernas adheridas a las nalgas, en Fano (= lC 131).

165. Una niña paralizada, en Gubbio (= lC 132).

166. Un niño paralizado, en Montenero (= lC 133).

167. Un tullido, en Gubbio (= lC 134).

168. Riccomagno, con elefancía, en la diócesis de Volterra.

169. Dos mujeres de la misma diócesis, Verde y Sanguigna, paralizadas.

170. Jacobo de Poggibonsi, disforme.

171. Una mujer de mano seca, en Vicalvi.

172. Una mujer paralítica, en Capua.

173. Bartolomé de Narni, tullido (= lC 135).

174. Un hidrópico de ocho años, en la diócesis de Rieti (= LM 12,9).

175. Un niño tullido, en Toscanella (= lC 65).

176. Pedro de Narni, paralítico (= lC 66).

177. Una mujer de manos retorcidas, en Gubbio (= lC 67).

178. Jacobo, niño ovillado, en Orte (= LM 12,9).

179. Un escrofuloso, en Orte.

180. Un joven tullido, en Citta di Castello.

181. Práxedes, famosísima entre las religiosas de Roma y del imperio romano, se esconde desde muy tierna niñez en un encierro austero y vive en él por cuarenta años por amor de su Esposo eterno, merecedora por esto de singular confianza de San Francisco. Francisco la recibe a la obediencia - cosa no otorgada a ninguna otra mujer - y le concede el hábito de la Religión, es decir, túnica y cordón.

181. Habiendo subido un día a la terraza de su celdilla para algún quehacer, se le fue la cabeza, dio un paso fatal y cayó cruelmente a tierra, y quedó con pie y pierna fracturados y un hombro completamente desviado. Mas la virgen consagrada a Cristo, que había vivido por muchos años sin querer poner los ojos en creatura alguna y con propósito firme de no mirarla en adelante, se encuentra ahora tendida en el suelo como un tronco, rechazando toda ayuda y sin saber a quién dirigirse. Le habían aconsejado ya algunos religiosos y un cardenal le había mandado que dejase aquel aislamiento y se acompañase de alguna mujer consagrada a Dios, porque estaba expuesta a morir por cualquier descuido; pero ella rehusaba absolutamente esa propuesta y resistía, como le era posible, por no faltar al voto en lo más mínimo.

181. Ahora se vuelve con insistencia a la bondad misericordiosa de Dios, y, a la caída de la tarde, se queja afectuosamente a San Francisco y le dice: "Padre mío santísimo, tú que acudes bondadoso a aliviar a tantos a quienes ni siquiera conociste en tu vida, ¿por qué no vienes a socorrer a esta miserable, que ya cuando vivías en este mundo mereció de alguna manera tu dulcísima gracia? Como ves, Padre santo, estoy en la alternativa de faltar al voto o de morir".

181. Mientras revolvía en su interior y expresaba a su modo estas reflexiones y manifestaba con reiterados suspiros sus sentimientos dignos de compasión, de pronto se encuentra dominada de profundo sueño y cae en éxtasis. Y he aquí que el benignísimo Padre, revestido de relucientes blancas vestes de gloria, baja al oscuro encierro y le habla con ternura: "Levántate - le dice -, hija bendita; levántate y no temas. ¡Recibe la señal de la recuperación total de tu salud y continúa guardando inviolable tu propósito!" La toma de la mano, la levanta y desaparece.

181. Ella va de acá para allá en su pequeña celda, sin acabar de comprender lo que le ha hecho el siervo de Dios. Piensa que está viendo una visión. Se vuelve, por fin, hacia la ventana y hace la señal de costumbre. Llega apresuradamente un monje y con indecible sorpresa le pregunta: "¿Qué ha pasado, madre, para que hayas podido levantarte de esta manera?" Pero ella, pensando que todavía sigue soñando y que no está allí tal monje, pide que le enciendan el fuego. Una vez que han traído la lumbre, vuelve ella en sí, y, sin sentir dolor alguno, cuenta ordenadamente todo lo ocurrido.

Capítulo XVIII Milagros varios

182. Había en la diócesis de Sabina una anciana octogenaria, madre de dos hijas. Murió una de ellas, dejando un niño, que la abuela confió a la otra hija para criarlo; pero, encinta después ésta, tampoco podía amamantarlo. No había quien atendiera al pobre huerfanito, no había quien diera leche al niño sediento. Se lamenta y sufre la anciana por el nietecillo. Angustiada por aquella extrema pobreza, no sabe a quién dirigirse. El niño se debilita y desfallece, y, con él, la abuela. Se echa ésta a la calle, llama a las puertas de las casas, y nadie escapa de sus voces lastimeras. Una noche, en su deseo de mitigar los vagidos de la creatura, le aplica los labios al propio marchito pecho, y, bañada en lágrimas, pide ayuda y solución a San Francisco. Acude sin tardar el que amaba la inocencia de los niños, y con la piedad de siempre se apiada de los desdichados. "Mujer - dice -, soy Francisco, a quien has invocado con tantas lágrimas. Pon tus pechos en la boca del niño, que el Señor te dará leche abundante". Obedece la abuela al dicho del Santo, y en seguida los pechos de la abuela octogenaria dan leche abundante.

182. El caso fue conocido de todos, porque los ojos hacen fe, y todos quedan llenos de estupor cuando ven que la ancianidad decaída recobra lozanía juvenil. Acuden muchísimos a observarlo; entre ellos se encuentra el conde de la provincia, que, no habiendo dado crédito al rumor que circulaba, hubo de rendirse ante la evidencia. Porque la anciana rugosa lanzó un chorro de leche sobre el conde, que allí presente inquiría de este modo sobre el caso, y lo ahuyentó de allí con semejante aspersión. Bendicen todos al Señor, que hace grandes portentos y veneran con diligencia a su siervo San Francisco. Con este admirable alimento, el niño fue creciendo rápidamente, y más de lo que correspondía a su edad.

183. Curación de un buey (= LM mil 10,3).

184. En Espoleto, restitución de una acémila robada (= LM mil 10,3).

185. En Antrodoco, reparación de una bacía rota (= LM mil 10,3).

186. En Monte dell’Olmo, reparación de una reja de arado (= LM mil 10,3).

187 Curación de Mateo, clérigo de Vicalvi, envenenado (= LM mil

188. En Siena, curación de Nicolás (de un tumor a la mandíbula).

189. En Sahagún, un cerezo reverdecido (= LM mil 10,2).

190. En Villasilos, desaparición del mildiu (= LM mil 10,2).

191. En Palencia, saneamiento del gorgojo en un granero de trigo (= LM mil 10,2).

192. En Petramala, contención de una invasión de sapos (= LM mil 10,2).

193. En Galete, curación de una fístula mamaria.

194. En Grecia, curación de una úlcera.

195. Un hermano epiléptico curado con la señal de la cruz (= lC

196. Un hermano curado de fístula inguinal.

197. Curación de un hombre herido con flecha (= lC 143).

Capítulo XIX Conclusión

198. Puesto que la inmensa piedad de Cristo el Señor confirma con los prodigios que acompañan cuanto se ha escrito y divulgado acerca de su santo y padre nuestro y con razón parece absurdo someter a juicio humano lo que ha sido corroborado con milagros divinos, yo, suplicante y humilde hijo de dicho Padre, ruego a todos que lo acepten favorablemente y lo escuchen con reverencia. Y aun cuando no haya acertado a expresarlo como se debiera, sin embargo, los hechos en sí son dignísimos de toda veneración.

198. No vayan, pues, a despreciar la falta de habilidad del narrador, antes bien consideren su fidelidad, su empeño, su trabajo. No podemos estar anotando cada día novedades, no podemos cambiar lo cuadrado por lo redondo, no podemos adaptar a la múltiple variedad de tiempos y quereres lo que se nos ha transmitido en un momento determinado. No nos hemos lanzado a escribir este relato por vanidad culpable, ni nos hemos engolfado en materia tan rica y varia a impulsos de la propia voluntad, sino que nos forzaron a ello las repetidas instancias de los hermanos y nos obligó a llevarlo a cabo la autoridad de nuestros prelados. Esperamos de Cristo Señor la recompensa; a vosotros, hermanos y padres, pedimos benevolencia y caridad. Sea, pues, así. Amén. Con esto termina el libro. En alabanza y gloria de Cristo.