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  Introducción a las fuentes

ESPEJO DE PERFECCIÓN

PARTE SEGUNDA

CAPÍTULO V.- SU CELO POR LA PROFESIÓN DE LA REGLA Y POR TODA LA RELIGIÓN

Cómo alababa la profesión de la Regla y quería que los hermanos la supieran, hablaran de ella y murieran con ella

76. El bienaventurado Francisco, perfecto celador de la observancia del santo Evangelio, vigilaba ardentísimamente por la común profesión de nuestra Regla, que no es sino la observancia perfecta del Evangelio. A los que son y serán verdaderos celantes de la misma, los bendijo con bendición especial. Decía que esta profesión nuestra es para sus imitadores libro de la vida, esperanza de salvación, arra de la gloria, medula del Evangelio, camino de la cruz, estado de perfección, llave del paraíso y pacto de eterna alianza. Quería que todos los hermanos la tuvieran y que todos la supieran; quería también que los hermanos en los coloquios, para quitar el tedio, hablasen de ella con frecuencia y que, para recordar el juramento emitido, reflexionaran acerca de ella muchas veces. en su interior.

76. Enseñó también que debían llevarla siempre ante los ojos, como aviso y despertador de la vida que tenían que llevar y de la observancia regular a que estaban obligados; y lo que es más todavía, quiso y enseñó que los hermanos debían morir con ella.

Un santo laico que fue martirizado con la Regla en las manos

77. Hubo un hermano laico que nunca olvidó estas santas enseñanzas del beatísimo Padre. Creemos firmemente que forma parte del coro de los mártires, pues, estando entre los infieles en ansias de martirio y siendo conducido a él por los sarracenos, estrechaba con gran fervor la Regla entre sus manos; y, puesto de rodillas, dijo a su compañero: "De todas las faltas que he cometido contra esta Regla, querido hermano, me confieso culpable ante los ojos de la divina Majestad y ante ti".

77. A esta breve confesión siguió el golpe del alfange, que, al cortar su vida, le ciñó la corona del martirio. Este jovencito había entrado en la Orden sin apenas poder soportar los ayunos de la Regla, y llevaba, sin embargo, tan joven, la loriga a raíz de la carne. ¡Joven feliz, que felizmente empezó la carrera y más felizmente la acabó!

Quiso que la Orden estuviera siempre bajo la protección y corrección de la Iglesia

78. El bienaventurado Francisco decía: "Iré a recomendar la Religión de los hermanos menores a la santa Iglesia romana. Con su vara poderosa, los malévolos serán asustados y corregidos, y, en cambio, los hijos de Dios gozarán de libertad en todas partes para aumento de la eterna salvación. Reconozcan así los hijos los dulces beneficios de su madre y sigan siempre con singular devoción sus huellas venerandas.

78. Con su protección no habrá en la Orden ningún mal tropiezo, ni el hijo de Belial pisará impune la viña del Señor. Ella, madre santa, emulará la gloria de nuestra pobreza y no permitirá jamás que con la nube de la soberbia se oscurezca el resplandor de la humildad. Ella conservará vigorosos en nosotros los vínculos de la caridad y de la paz, reprimiendo con estrictas penas a los disidentes; y en su presencia florecerá siempre la observancia de la pureza evangélica; y no consentirá que ni por un momento se desvirtúe el olor de la buena fama y de la santa vida".

Cuatro privilegios que el Señor otorgó a la Religión y reveló al bienaventurado Francisco

79. El bienaventurado Francisco decía que había alcanzado del Señor, según le fue comunicado por un ángel, estas cuatro prerrogativas: que la religión y profesión de los hermanos mejores duraría hasta el día del juicio; que ninguno que de propósito persiguiera a la Orden viviría mucho; que ningún pecador que quisiera vivir mal en la Orden podría permanecer en ella mucho tiempo, y que todo el que amara de corazón a la Orden, por mayor pecador que sea, al fin alcanzará misericordia.

Las condiciones que señaló como necesarias en el ministro general y en sus consejeros

80. Era tanto el celo que tenía por la conservación de la perfección en la Religión y tan alta le parecía la perfección de la profesión de la Regla, que muchas veces pensaba en quién sería el idóneo para empuñar, después de su muerte, el gobierno de toda la Religión y mantenerla, con la ayuda de Dios, en su perfección; y no lo descubría por ninguna parte. Cuando estaba ya próximo a la muerte, le dijo un hermano: "Padre, tú irás al Señor, y esta familia que te ha seguido quedará en este valle de lágrimas; dinos si tú conoces en la Orden alguno en quien confíes y a quien puedas imponer el cargo de ministro general" .

80. El bienaventurado Francisco respondió con palabras entrecortadas por los suspiros: "Hijo mío, para capitán de este numeroso y multiforrme ejército, para pastor de tan vasto y extendido rebaño, no descubro ninguno con suficientes cualidades, pero señalaré en un cuadro cómo debería ser el jefe y pastor de esta famiglia. "Ha de ser - dijo - de vida muy ponderada, de mucha discreción, de reconocida fama, libre de preferencias particulares, no sea que, amando más a una parte, levante escándalo en el todo. Ha de ser muy amante de la oración, pero de modo que dedique un tiempo a su alma y otro a su grey. Antes que nada, muy de mañana antepondrá el santísimo sacrificio de la misa, y con todo afecto y mucha devoción encomendará en él su persona y la grey a la protección divina. Después de la oración quedará a merced de todos, dispuesto a ser despellejado, dispuesto a responder a todos, a atender a todos con caridad, paciencia y mansedumbre.

80. "No ha de tener acepción de personas, cuidando no menos de los sencillos e ignorantes que de los sabios y letrados. Aunque le haya sido otorgado el don de la ciencia, muéstrese, sin embargo como ejemplar de piedad y sencillez, de paciencia y de humildad, y cultive las virtudes en sí y en los demás, ejercitándose continuamente en su práctica y estimulando a ellas más con el ejemplo que con discursos. Deteste el dinero, que es la principal corruptela de nuestra profesión y perfección, y, como modelo v cabeza, que ha de ser de todos imitado, nunca jamás lleve bolsa. Para sí bástele tener el hábito y algún opúsculo, y para los demás, u estuche con la pluma, la tablilla y el sello. No sea amontonador de libros ni muy dado a la lectura, no sea que robe al oficio lo que consagra al estudio. Consuele con benignidad a los afligidos, pues el consuelo es el último remedio para los atribulados, no sea que, faltándoles los medios para sanar, prevalezca en ellos la enfermedad de la desesperación.

80. Para conseguir que los protervos se dobleguen a la mansedumbre, humíllese él primero y sepa perder algo de su derecho para ganar el alma. "A los prófugos de la Orden ábrales las entrañas de su clemencia, así como a ovejas que se habían perdido, y nunca les niegue la misericordia, teniendo en cuenta que han de ser tentaciones muy fuertes las que pueden conducir a tan profunda caída; y si el Señor las permitiera en él, podría tal vez caer más hondo. Quisiera que fuera honrado por todos con devoción y reverencia, como vicario de Cristo, y que todos trataran de proveerle en todo con benevolencia según lo que necesitare y lo que consiente nuestro estado. Es menester, sin embargo, que no encuentre más complacencia en los honores y favores que deleite en las injurias, de suerte que los honores no cambien sus costumbres sino para mejorarlas. Si alguna vez necesitare de alimento más especial y mejor, no lo tome en oculto, sino en público, para evitar a los demás la vergüenza que habrían de pasar si tuvieran que proveerse en sus enfermedades y achaques.

80. "A él, sobre todo, le incumbe discernir las conciencias ocultas y sacar la verdad por hilos escondidos. Como principio, tenga por sospechosas todas las acusaciones hasta que la verdad, después de diligente examen empiece a esclarecerse. No preste oídos a los charlatanes. y, ante todo, cuando acusan, téngalos por sospechosos y no les de crédito fácilmente. Por último, debe ser de tal temple, que, a trueque de retener el honor, no mancille ni relaje de ninguna manera la virtud insobornable de la justicia y de la equidad. Y obre de tal manera, que no ocasione la muerte a alma alguna por el excesivo rigor, ni por demasiada blandura sobre la relajación de la disciplina. Sea temido de todos y amado de los mismos que le temen. Piense siempre y esté convencido de que la prelacía es, para él, más bien carga que honor.

80. "Quisiera también que tuviera algunos compañeros adornados de virtud, severos con los caprichos, fuertes en las contrariedades, piadosos y compasivos para con los pecadores, iguales en el aprecio para con todos; que por el trabajo nada reciban, sino lo puramente necesario para el cuerpo; que no ansíen otra cosa que la gloria de Dios, el bien de la Orden, los méritos de la propia alma y la perfecta salvación de todos los hermanos; asimismo, debidamente afables para con todos y dispuestos a recibir con santa alegría a cuantos acudieren a ellos, y esforzados en mostrarse a todos en todo pura y sencillamente como forma y ejemplo de la observancia del Evangelio, según lo profesado en la Regla. Tal debiera ser el ministro general de esta Religión y tales debieran ser sus compañeros".

Cómo le habló el Señor una vez que se encontraba muy afligido porque los hermanos se desviaban de la perfección

81. Según el celo constante que sentía por la perfección de la Religión, tenía que ser en él la tristeza que se produjera si alguna vez oía o veía alguna imperfección en ella. Pues bien, cuando llegó a enterarse de que algunos hermanos daban mal ejemplo en la Religión y que los hermanos comenzaban a decaer del supremo ápice de la profesión, herido de un grande y profundo dolor, dijo una vez al Señor en la oración: "Señor, a ti te encomiendo la familia que me diste".

81. Y al momento escuchó que el Señor le decía: "Dime, simple e ignorante hombrecillo, ¿por qué te afliges tanto cuando algún hermano sale de la Religión o cuando sabes que los hermanos no andan por el camino que yo te mostré? Dime también: ¿quién ha plantado esta Religión de hermanos? ¿Quién hace que el hombre se convierta a penitencia? ¿Quién da la fortaleza de perseverar en ella? ¿No soy yo? No te elegí por ser hombre dotado de ciencia y de elocuencia para que estés al frente de esta mi familia, pues quiero que ni tú ni los que han de ser verdaderos hermanos y sinceros observantes de la Regla que yo te di vayáis por el camino de la ciencia y de la elocuencia. Te elegí a ti, simple e ignorante, para que sepáis tú y tus hermanos que velaré por mi grey; te he puesto a ti como enseña de ellos para que las obras que yo obro en ti, ellos las imiten de ti.

81. Los que caminan por la senda que te he mostrado, me tienen a mí, y me tendrán más abundantemente; en cambio, a los que quisieren ir por otro camino, aun aquello que creen tener, les será quitado l. Así, pues, te digo que en adelante no te aflijas tanto, sino que pienses en hacer lo que haces y en obrar lo que obras, porque en amor perpetuo he establecido la Religión de los hermanos. Y ten entendido que amo tanto a la misma, que, si alguno de los hermanos volviere al vómito y muriere fuera de la religión, yo enviaré otro que herede su corona; y, si no hubiere nacido todavía, le haría nacer. Y para que sepas hasta dónde llega mi espontánea voluntad de amar la vida y religión de los hermanos, te digo que, aun en el supuesto de que no quedaran más que tres hermanos en ella, todavía sería mi Religión y no la abandonaría jamás".

81. Oído todo esto, su alma quedó maravillosamente consolada. Y si bien, dado el ardiente celo que tenía siempre por la perfección de la Religión, no podía por menos de afligirse profundamente cuando oía que los hermanos cometían alguna imperfección de la que se derivaba mal ejemplo o escándalo, pronto (después que había sido ya confortado con este consuelo del Señor) se decía trayendo a la memoria aquello del salmo: "He jurado y prometido guardar las leyes del Señor y observar la Regla que el mismo Señor me dio para mí y para los que quieran imitarme. Todos los hermanos se obligaron a guardarla lo mismo que yo.

81. Así, desde que dejé el oficio de gobernar a los hermanos por mis enfermedades y otros motivos razonables, no me siento constreñido a otra cosa que a rogar por la Religión y a dar buen ejemplo a los hermanos. Pues del Señor he recibido esta gracia - y estoy de verdad convencido - de que la mayor ayuda que podría yo prestar a la religión - aun en el caso de que la enfermedad no me excusara del abandono del cargo - es dedicarme a diario a la oración, para que el Señor la gobierne, conserve y proteja. Me he obligado con el Señor y con los hermanos a que, si alguno de éstos perece por mi mal ejemplo, tenga yo que rendir cuentas al Señor" .

81. Todo esto lo recapacitaba en sí para aquietar su corazón, y lo comentaba también muchas veces en los coloquios con los hermanos y en los capítulos. Y si algún hermano le insinuaba que debía intervenir en el gobierno de la Orden, le respondía: "Los hermanos tienen su Regla, que juraron guardar; y para que no puedan excusarse recurriendo a mí, luego que el Señor tuvo a bien constituirme en prelado de ellos, juré en su presencia guardarla yo también. Por eso, desde que los hermanos conocen lo que deben hacer y lo que deben evitar, sólo me resta enseñarlos con mis obras, porque para esto les he sido dado durante mi vida y después de mi muerte".

Celo singular que mostró por el lugar de Santa María de la Porciúncula y las normas que estableció allí contra las conversaciones ociosas

82. Mientras vivió tuvo siempre celo singular y empeño primordial en que en el santo lugar de Santa María de los Ángeles, como cabeza y madre de la Religión, se conservara, mas que en otros lugares de la Orden, toda la perfección de la vida y de la convivencia. Quería y procuraba que dicho lugar fuera forma y ejemplo de humildad, de pobreza y de toda perfección evangélica para los demás lugares y que sus moradores fueran más mirados y solícitos que los demás en todo lo que debían hacer y evitar con relación a la perfecta observancia regular.

82. En consecuencia, cierto día ordenó que, para evitar la ociosidad, que es la raíz de todos los males, y más en el religioso, los hermanos a diario se ocuparan, juntamente con él, en hacer algo después de la comida, no fuera que el bien adquirido en el tiempo de la oración lo perdieran luego, total o parcialmente, con palabras inútiles y ociosas, a las cuales es más propenso el hombre después de haber comido.

82. También mandó y ordenó con entereza que, si algún hermano, desocupado o trabajando, dijera alguna palabra ociosa entre los hermanos, esté obligado a rezar una vez el padrenuestro, alabando a Dios al principio y al fin de la oración. Mas si, consciente de su falta, se adelantare a excusarse de ella, diga por su alma el padrenuestro y las alabanzas del Señor, como queda dicho. Pero, si otro hermano se hubiere adelantado a corregirle, diga en la forma indicada el padrenuestro por el alma del hermano que lo corrigió.

82. Si el que ha sido corregido se excusare y no quisiere rezar el padrenuestro, esté obligado, del mismo modo, a decir dos padrenuestros por el alma del que lo corrigió. Si, por testimonio del mismo o de otro, se comprobare ser cierto que había dicho la palabra ociosa, rece en alta voz las dichas alabanzas de Dios al principio y al .fin de la oración, de suerte que los hermanos presentes las puedan oír y entender. Estos, mientras las dice, guarden silencio y escuchen. Si alguno hubiere oído que un hermano dice una palabra ociosa y callase y no corrigiese al hermano, esté obligado a decir, de la manera indicada, el padrenuestro con las alabanzas de Dios por el hermano que dijo la palabra ociosa.

82. Si, al entrar un hermano en una celda, en una casa o en un lugar cualquiera, encontrare allí a otro o más hermanos, debe bendecir y alabar devotamente al Señor. El Padre santísimo ponía gran solicitud en decir estas alabanzas del Señor, y enseñaba y exhortaba con ardiente voluntad a que los hermanos las dijeran también solícita y devotamente.

Cómo exhortó a que los hermanos no abandonaran nunca este lugar

83. El bienaventurado Francisco sabía que en cualquier rincón de la tierra está establecido el reino de los cielos y creía que en todo lugar se puede dispensar la gracia a los elegidos de Dios, pero conocía por experiencia que el lugar de Santa María de la Porciúncula estaba enriquecido de gracia más abundante y era más frecuentemente visitado de los espíritus celestiales.

83. Por eso, decía muchas veces a los hermanos: "Mirad, hijos, no abandonéis nunca este lugar; si os echan por una parte, entrad por otra, pues este lugar es, en verdad, santo y morada de Cristo y de la Virgen, su madre. Cuando éramos pocos, fue aquí donde el Altísimo nos hizo crecer en número; aquí, con la luz de su sabiduría, iluminó las almas de sus pobres; aquí encendió nuestros corazones en el fuego de su amor. Aquí, todo el que orare con devoto corazón, alcanzará lo que pide, y quien pecare contra este lugar, será más gravemente castigado. Por tanto, hijos míos, tened este lugar como dignísimo de toda reverencia y honor; como verdadera morada de Dios, amada con predilección por El y SU madre. Y cantad en él de todo corazón con voces de júbilo y de alabanza a Dios Padre y a su Hijo, el Señor Jesucristo, en la unidad del Espíritu Santo.

De las grandezas que obró el Señor en Santa Maria de los Ángeles

84. Lugar santo, en verdad, entre los lugares santos. / Con razón es considerado digno de grandes honores. / Dichoso en su sobrenombre más dichoso en su nombre; / su tercer nombre 3 es ahora augurio de favores. / Los ángeles difunden su luz en él; en él pasan las noches y cantan. / Después de arruinarse por completo esta iglesia, la restauró Francisco; / fue una de las tres que reparó el mismo Padre. / La eligió cuando cubrió sus miembros de saco. / Fue aquí donde domeñó su cuerpo y lo obligó a someterse al alma. / Dentro de este templo nació la Orden de los Menores cuando una multitud de varones se puso a imitar el ejemplo del Padre. /Aquí fue donde Clara, esposa de Dios, se cortó por primera vez su cabellera / y, pisoteando las pompas del mundo, se dispuso a seguir a Cristo.

84. La Madre de Dios tuvo aquí el doble y glorioso alumbramiento de los hermanos y las señoras, / por los que volvió a derramar a Cristo por el mundo. / Aquí fue estrechado el ancho camino del viejo mundo y dilatada la virtud de la gente por Dios llamada. / Compuesta la Regla, volvió a nacer la pobreza, se abdicó de los honores y volvió a brillar la cruz. / Si Francisco se ve turbado y cansado, aquí recobra el sosiego y su alma se renueva. / Aquí se le muestra verdadero aquello de que duda y además se le otorga lo que el mismo Padre demanda.

CAPÍTULO VI SU CELO POR LA PERFECCIÓN DE LOS HERMANOS

Cómo les describió al hermano perfecto

85. El bienaventurado Padre, en cierto modo identificado con los santos hermanos por el amor ardiente y el celo fervoroso con que buscaba la perfección de los mismos, pensaba muchas veces para sus adentros en las condiciones y virtudes que debería reunir un buen hermano menor. Y decía que sería buen hermano menor aquel que conjuntara la vida y cualidades de estos santos hermanos, a saber, la fe del hermano Bernardo, que con el amor a la pobreza la poseyó en grado perfecto; la sencillez y pureza del hermano León, que fue varón de altísima pureza; la cortesía del hermano Angel, que fue el primer caballero que vino a la Orden y estuvo adornado de toda cortesía y benignidad; la presencia agradable y el porte natural, junto con la conversación elegante y devota, del hermano Maseo;

85. la elevación de alma por la contemplación, que el hermano Gil tuvo en sumo grado; la virtuosa y continua oración del hermano Rufino, que oraba siempre sin interrupción, pues, aun durmiendo o haciendo algo, estaba siempre con su mente fija en el Señor; la paciencia del hermano Junípero, que llegó al grado perfecto de paciencia por el perfecto conocimiento de su propia vileza, que tenía siempre ante sus ojos, y por el supremo deseo de imitar a Cristo en el camino de cruz; la fortaleza corporal y espiritual del hermano Juan de Lodi, que en su tiempo fue el más fuerte de todos los hombres; la caridad del hermano Rogerio, cuya vida toda y comportamiento estaban saturados en fervor de caridad; la solicitud del hermano Lúcido, que fue en ella incansable; no quería estar ni por un mes en el mismo lugar, pues, cuando le iba gustando estar en él, luego salía, diciendo: "No tenemos aquí la morada, sino en el cielo".

Cómo describía unas miradas impúdicas para hacer amar a los hermanos la honestidad

86. Entre las virtudes que amaba y deseaba ver practicadas por los hermanos, después de la virtud fundamental de la santa humildad, apreciaba, sobre todo, la hermosura y la limpieza de la honestidad. Queriendo enseñar a sus hermanos a tener ojos castos, solía valerse de esta parábola para describir las miradas impúdicas: "Un rey piadoso y poderoso envió dos mensajeros sucesivamente a la reina. Volvió el primero y refirió de palabra las palabras de la reina y nada dijo de ella. Había tenido los ojos sabiamente recogidos en su cabeza, y para nada los fijó en la reina. Volvió el otro, y, a las pocas palabras, empezó a tejer una larga historia de la hermosura de la reina, y dijo: ‘Señor, he visto en verdad una hermosísima mujer; ¡ dichoso el que tal gozo tiene ! ‘

86. "El rey dijo a éste: ‘Siervo malo, tú has fijado tus ojos impúdicos en mi esposa; está claro que has querido poseer lo que mirabas’. "Mandó llamar de nuevo al primero, y le dijo: ‘¿Qué te ha parecido la reina?’ ‘Muy bien me ha parecido - dijo -; me escuchó con agrado y paciencia’. Este respondió con perspicacia. El rey, de nuevo: ‘¿Es ella hermosa?’ Y respondió: ‘Señor, a ti te corresponde verlo y juzgarlo; yo tuve por misión hablarle’. "El rey dio la sentencia: ‘Tú miras con ojos puros: quédate en mi cámara, tú de cuerpo casto, y disfruta de mi felicidad. Este otro, impúdico, salga de mi palacio, no sea que mancille mi tálamo’". Y añadía: "¿Quién no debería temer poner sus ojos en la esposa de Cristo?"

Tres consignas que dejó a los hermanos para que perseveraran en la perfección

87. Un día en que por la flaqueza de estómago sentía ansias de vomitar, por la mucha violencia que tuvo que hacerse, vomitó sangre durante toda la noche hasta la hora de maitines. Creyendo sus compañeros que, debido a su extremada debilidad y angustia, estaba a punto de morir, le dijeron con gran sentimiento y muchas lágrimas: "¿Padre, qué haremos sin ti? ¿A quién nos confías huérfanos?

87. "Tú has sido siempre para nosotros el padre y la madre, que nos engendran y alumbran en Cristo. Tú has sido para nosotros el guía y pastor, el maestro y censor que enseña y corrige, más que con las palabras, con el ejemplo. ¿Adónde iremos, como ovejas sin pastor? ¿Huérfanos sin padre? ¿Hombres rudos y simples sin guía? ¿Adónde iremos a buscarte, oh gloria de la pobreza, alabanza de la sencillez, honor de nuestra vileza?

87. "¿Quién nos enseñará la senda de la verdad a nosotros, ciegos? ¿En dónde estará la boca que nos hable y la lengua que nos aconseje? ¿Dónde el espíritu fervoroso que nos dirija por el camino de la cruz y nos anime a la perfección evangélica? ¿Dónde estarás para recurrir a ti, luz de nuestros ojos, y te busquemos, consuelo de nuestras almas? ¡Ves, Padre~ ves, tú te mueres! ¡Mira qué desolados nos dejas, tristes y llenos de amargura!

87. "¡Ya se acerca aquel día; día de llanto y amargura, día de desolación y tristeza! ¡Día este amargo, que, desde que vivimos contigo, siempre temíamos que llegara y en el que ni siquiera podíamos pensar! Ni es de extrañar, porque tu vida era para nosotros una continua luz, y tus palabras, hachas encendidas que nos inflamaban a seguir de continuo el camino de la cruz, la perfección evangélica, el amor y la imitación del dulcísimo Crucificado.

87. "Ya, pues, Padre, imparte, por lo menos, tu bendición sobre nosotros y sobre los demás hermanos, hijos a quienes engendraste en Cristo, y déjanos algún recuerdo de tu voluntad para que tus hermanos lo tengan siempre presente y puedan decir: ‘Nuestro Padre nos ha dejado a sus hermanos e hijos estas palabras en su muerte’".

87. Entonces, el piadosísimo Padre, con mirada paternal, dijo a sus hijos: "Llamad al hermano Benito de Piratro". Era éste un sacerdote santo y discreto que celebraba a veces la misa al bienaventurado Francisco cuando éste estaba enfermo, pues quería oírla siempre que podía, por más enfermo que se sintiera.

87. Cuando llegó el hermano Benito, le dijo el Padre santo: "Escribe que bendigo a los hermanos que hay y habrá hasta el fin del mundo. Y porque mi debilidad y los dolores de la enfermedad me impiden hablar, manifiesto brevemente en tres frases mi voluntad e intención a todos los hermanos actuales y venideros. Esto es: que, en señal del recuerdo de mi bendición y testamento, se amen mutuamente, como yo los he amado y los amo; que amen y guarden siempre nuestra señora la pobreza y que vivan siempre fieles y sumisos a los prelados y clérigos de la santa madre Iglesia".

87. De esta manera, nuestro Padre siempre solía bendecir y absolver, al fin del capítulo, a todos los hermanos presentes y a los que habían de venir a la Religión; y lo hacía muchas veces, impulsado por el fervor de la caridad, aun fuera del capítulo. Amonestaba también a los hermanos que temieran el mal ejemplo y se abstuvieran de él, y maldecía a cuantos con sus malos ejemplos provocaren a los hombres a hablar mal de la religión y de la vida de los hermanos, pues los buenos y santos hermanos se avergüenzan de ello y sufren mucho.

Amor que manifestó a los hermanos, momentos antes de su muerte, repartiendo a cada uno un pedazo de pan, como lo hizo Cristo

88. Una de las noches se agravaron tanto los dolores de su enfermedad, que apenas pudo en toda la noche ni descansar ni dormir. Después del amanecer, cuando los dolores habían disminuido algo, mandó llamar a todos los hermanos que había allí, y luego que se colocaron en rededor de él, se imaginó y vio en ellos a todos los hermanos. Y, poniendo la mano derecha sobre la cabeza de cada uno, bendijo a todos: presentes y ausentes y a los que habían de ingresar en la Orden hasta el fin de los tiempos. Y se le veía como afligido, porque no le era posible ver a todos sus hermanos e hijos antes de su muerte.

88. Con deseo de imitar en su muerte a su Señor y Maestro, a quien en vida había imitado con toda perfección, mandó que le trajeran unos panes; los bendijo y los hizo partir en pedazos pequeños, porque él no tenía ya fuerzas para hacerlo. Luego, tomando el pan, fue dando a cada uno un pedazo, con el mandato de que lo comiera todo. De este modo, como el Señor el jueves antes de su muerte quiso comer con sus apóstoles en señal de amor, también el bienaventurado Francisco, perfecto imitador de Cristo, quiso manifestar con este signo su amor a los hermanos.

88. Y está claro que tuviera intención de hacerlo para imitar a Cristo, porque luego preguntó si era jueves. Al saber que no era tal día, dijo que pensaba que era jueves. Uno de los hermanos guardó un trocito de aquel pan, y, después de la muerte del bienaventurado Francisco, muchos enfermos que probaron de él sanaron al momento de sus enfermedades.

Cómo temía que sus hermanos se turbaran a causa de sus enfermedades

89. Debido a los muchos dolores de las enfermedades, no podía descansar; y observaba que los hermanos andaban muy solícitos y afanosos por atenderle. Como tenía más estima de las almas de los hermanos que de su propio cuerpo, empezó a preocuparle que, a consecuencia del mucho trabajo que por él se imponían, pudieran incurrir en la más mínima ofensa de Dios si se dejaban llevar de la impaciencia.

89. Así, movido de piedad y compasión, dijo una vez a sus compañeros: "Carísimos hermanos e hijitos míos, no os pese atenderme en la enfermedad, porque el Señor, mirando a este pequeñuelo siervo suyo, os galardonará en esta vida y en la otra con el fruto de las obras que ahora os veis precisados a omitir por cuidarme en la enfermedad; es más, adquirís mayor ganancia que si trabajarais en favor vuestro, porque todo el que me ayuda, ayuda a toda la Religión y a la vida de los hermanos. Y aun podéis decirme: ‘Contigo haremos nuestros gastos, pero por ti será el Señor nuestro deudor’".

89. Hablaba así el Padre santo, queriendo animarlos a levantar su espíritu deprimido, por el ardiente celo que tenía por la perfección de sus almas. Temía que alguna vez, pesarosos de aquellos afanes, dijeran: "No tenemos tiempo para orar ni podemos llevar tanto trabajo", y, tocados del tedio y de la impaciencia, perdieran el mucho fruto del pequeño trabajo.

Cómo exhortó a las hermanas de Santa Clara

90. Después que el bienaventurado Francisco había compuesto las Alabanzas del Señor por las creaturas, escribió también unas letrillas santas, con canto, para consuelo y edificación de las damas pobres, porque sabía que estaban muy afligidas a causa de su enfermedad. Como no podía ir personalmente a visitarlas, se las envió por medio de sus compañeros. Con ellas les quiso manifestar su voluntad, a saber, cómo habían de vivir y trabajar humildemente y estar unidas en la caridad. Pues sabía que su conversión y santa vida no sólo era una exaltación de la Religión de los hermanos, sino la mayor edificación de la Iglesia universal.

90. Como desde el principio de su conversión llevaban ellas una vida de estrechez y pobreza, siempre las miraba con ojos de piedad y compasión. Así, en estas últimas palabras les rogaba que, a la manera que el Señor las había reunido de muchos lugares para que vivieran unidas en la práctica de la santa caridad, de la santa pobreza y de la santa obediencia, así también debían vivir siempre y morir abrazadas a esas virtudes. Y especialmente las exhortó a que de las limosnas con que el Señor se dignara regalarlas, tomaran discretamente para sus cuerpos lo suficiente con alegría y acción de gracias; y de manera más especial a que todas tuvieran mucha paciencia: las sanas, en los trabajos que habrían de sobrellevar en cuidar a las enfermas, y las enfermas, a su vez, en soportar sus enfermedades.

CAPÍTULO VII SU CONSTANTE FERVOR DE AMOR Y COMPASION A LA PASION DE CRISTO

No se cuidaba de sus enfermedades por amor a la pasión de Cristo

91. Sentía el bienaventurado Francisco tal fervor en el amor y compasión de los dolores y sufrimientos de Cristo y sufría tanto externa e internamente todos los días ante la consideración de la pasión del Señor, que no se cuidaba de sus propias enfermedades. Durante largo tiempo hasta el día de su muerte padeció enfermedades del estómago, del hígado y del bazo; y, a contar del tiempo en que regresó de ultramar, sufrió dolores atroces de los ojos; no obstante, nunca se preocupó de hacerse curar.

91. Sabiendo el señor ostiense l que el Santo había tratado siempre, ahora y antes, con dura austeridad a su cuerpo, y, sobre todo, que había comenzado a perder la vista por descuidar su curación, le reconvino con mucha piedad y compasión, diciéndole: "Hermano, no obras bien al no dejarte curar; tu vida y salud son muy útiles a los hermanos, a los seglares y a toda la Iglesia. Si tú siempre te compadeces de tus hermanos enfermos, si siempre has sido piadoso y misericordioso con ellos, no has de ser cruel contigo ahora que te encuentras en tanta necesidad. Te mando, por tanto, que hagas que te curen y ayuden". Mas nuestro Padre santísimo consideraba dulce lo que era amargo para la carne, porque de la humildad y del seguimiento del Hijo de Dios extraía de continuo inmensa dulcedumbre.

Cómo fue encontrado llorando en alta voz la pasión de Jesucristo

92. Poco después de su conversión caminaba solo por las inmediaciones de la iglesia de Santa María de la Porciúncula, llorando y suspirando en alta voz. Un hombre muy espiritual se encontró con él, y, pensando que tuviera algún dolor proveniente de enfermedad, le preguntó: "¿Qué te pasa, hermano?" Y le respondió: "En esta forma debería ir por todo el mundo, sin avergonzarme, llorando la pasión de mi Señor". Entonces aquel hombre empezó a llorar con él y a derramar copiosas lágrimas. Nosotros hemos conocido a este hombre y de él lo hemos sabido; y él sirvió de mucho consuelo y compasión al bienaventurado Francisco y a nosotros sus compañeros.

Cómo ciertos esparcimientos exteriores terminaban en lágrimas por la compasión de Cristo

93. Ebrio de amor compasivo a Cristo, el bienaventurado Francisco exteriorizaba así sus sentimientos: La dulce melodía espiritual que bullía en su interior, la expresaba frecuentemente en francés, y el soplo del susurro divino que furtivamente percibía en su oído, estallaba en júbilo manifestado en la misma lengua. A veces, cogía del suelo un palo; lo apoyaba en el brazo izquierdo y, tomando otro palo en su mano derecha, lo rasgueaba, a modo de arco, cual si de viola u otro instrumento se tratara, mientras, acompañando con gestos acompasados, cantaba en francés al señor Jesucristo. Todo este regocijo terminaba, por fin, en lágrimas, y el júbilo se deshacía en compasión de la pasión de Cristo. Con esto exhalaba continuos suspiros; y, redoblando sus gemidos, olvidado de lo que tenía en las manos, se quedaba absorto mirando al cielo.

CAPÍTULO VIII SU CELO POR LA ORACIÓN Y EL OFICIO DIVINO Y POR CONSERVAR LA ALEGRIA ESPIRITUAL EN SI Y EN LOS DEMÁS

La oración y el Oficio divino

94. A pesar de que durante tantos años fue aquejado de las enfermedades referidas, era tal su devoción y reverencia a la oración y al oficio divino, que, en el tiempo en que oraba o rezaba las horas canónicas, nunca se apoyaba en ningún muro o pared, sino que estaba siempre de pie y con la cabeza descubierta; algunas veces se arrodillaba, máxime por razón de que pasaba en oración la mayor parte del día y de la noche; incluso cuando iba por el mundo, se detenía siempre para decir las horas; y si por enfermedad cabalgaba, se apeaba para decir las horas.

94. Un día llovía a torrentes; él iba a caballo por su enfermedad y gravísima necesidad l. Cuando quiso rezar las horas, ya completamente calado, se apeó del caballo; con tanto fervor, devoción y reverencia recitó el oficio, de pie en el camino y desguarnecido de una lluvia continua, como si hubiera estado en la iglesia o en la celda. Y dijo a su compañero: "Si el cuerpo quiere estar sosegado y tranquilo para comer su alimento, siendo así que ambos han de ser pasto de gusanos, ¡con cuánta paz y sosiego, con cuánta reverencia y devoción debe el alma tomar su alimento que es el mismo Dios!"

Cómo amó siempre, en sí y en los demás, la alegría espiritual interior y exterior

95. Fue siempre sumo y principal afán del bienaventurado Francisco disfrutar continuamente de alegría espiritual interior y exterior aun fuera de la oración y del oficio divino. Y lo mismo quería de modo especial en sus hermanos; incluso los reprendía muchas veces cuando los veía exteriormente tristes y desganados.

95. Decía que, si el siervo de Dios pusiera interés en conservar interior y exteriormente la alegría espiritual, que trae su origen de la pureza de corazón y se adquiere por la devota oración, nunca podrían los demonios dañarle, pues dicen: "Cuando el siervo de Dios está alegre tanto en lo próspero como en lo adverso, tenemos cerrada la puerta para acercarnos a él y causarle daño". Pero los demonios saltan de gozo cuando logran matar o impedir de alguna manera la devoción y alegría que proviene de la fervorosa oración y de otras obras virtuosas.

95. "Pues cuando el diablo logra hacer suyo algo en el siervo de Dios y éste no es prudente y solícito en borrarlo y arrancarlo cuanto antes por la virtud de la santa oración, contrición, confesión y satisfacción, en breve el primer cabello, al que irá sumando otros nuevos, se convertirá en viga. Hermanos míos, ya que la alegría espiritual dimana de la limpieza de corazón y de la pureza de una continua oración, es necesario poner todo el empeño posible en adquirir y conservar estas dos virtudes, con el fin de que, para edificación del prójimo y escarnio del enemigo, podáis tener esta alegría interior y exterior que de todo corazón deseo y amo verla y sentirla tanto en mí como en vosotros. A él y a su comparsa toca estar tristes; a nosotros, en cambio, alegrarnos y gozarnos en el Señor".

Como corrigió a un compañero que se mostraba triste

96. Decía el bienaventurado Francisco: "Sé que los demonios me tienen envidia por los dones que el Señor me ha concedido; sé también y veo que, cuando no pueden dañar directamente a mi persona, me tienden asechanzas y tratan de hacerme daño a través de mis compañeros. Mas, si no logran causarme daño ni directamente ni a través de mis compañeros, huyen muy avergonzados. Es más, si alguna vez me siento tentado o desganado, en cuanto contemplo la alegría de mi compañero, quedo libre de la tentación y de la desidia y recobro la alegría interior y exterior"

96. Por eso, el mismo Padre reconvenía con firmeza a los que exteriormente se mostraban tristes. Una vez reprendió a uno de sus compañeros que aparecía con cara triste y le dijo: "¿Por qué manifiestas en lo exterior dolor y tristeza de tus faltas? Muéstrasela a Dios; pídele que te perdone por su misericordia y devuelva a tu alma la alegría de su salvación, de la que has sido privado por el demérito del pecado. Delante de mí y de los demás, procura siempre tener alegría, pues es indigno del siervo de Dios aparecer ante sus hermanos u otros con tristeza y rostro turbado".

96. No se ha de pensar y creer que nuestro Padre, amante de toda madurez y honestidad, quería que esta alegría se manifestara con risas y exceso de palabras vanas, porque así no se demuestra la alegría, sino, más bien, la vanidad y fatuidad. Es más, aborrecía, especialmente en el siervo de Dios, la risa y la palabra ociosa. No sólo no quería que el siervo de Dios se riera, sino que le desagradaba el que se procurase a los demás la menor ocasión para reírse. En una de sus exhortaciones expuso claramente cómo tiene que ser la alegría del siervo de Dios. Dice así: "Dichoso aquel religioso que no tiene placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y con ellas incita a los hombres al amor de Dios en gozo y alegría. Y ¡ay de aquel religioso que se deleita en palabras ociosas y vanas y con ellas incita a los hombres a la risa".

96. Entendía por alegría del rostro el fervor y la solicitud, la disposición y la preparación de alma y cuerpo para hacer todo bien de buena gana, porque los hombres más se mueven en ocasiones por este fervor y disposición que por la misma obra buena. Es más; si la obra, aunque buena, no aparece realizada de buen grado y con fervor, más engendra tedio que estimula al bien.

96. Por eso, no quería ver caras tristes, que manifiestan muchas veces la desidia e indisposición del alma y la pereza del cuerpo para toda obra buena. Amaba, en cambio, en sí y en los demás, la sensatez y madurez en el rostro y en todos los miembros del cuerpo y sus sentidos; y, en cuanto podía, inducía a esto de palabra y con el ejemplo. Tenía experiencia de que esta gravedad y modestia en el obrar eran como la muralla y escudo invulnerable contra las flechas del diablo; de que el alma desprovista de esta defensa era como soldado sin armas entre huestes de enemigos fortísimos y muy armados, siempre deseosos de darle muerte y dispuestos al degüello.

Cómo aconsejaba a los hermanos a dar lo suficiente al cuerpo para que no desfallecieran en la oración

97. Considerando y entendiendo el santísimo Padre que el cuerpo ha sido creado en razón del alma y que los ejercicios corporales están subordinados a los espirituales, decía así: "El siervo de Dios, tanto en el comer y dormir como en remediar otras necesidades, debe dar con discreción lo suficiente al cuerpo, para que el hermano cuerpo no pueda quejarse y decir: ‘No puedo estar de pie y dedicarme a la oración, ni alegrarme en mis tribulaciones, ni hacer otras obras buenas, porque no atiendes a mis necesidades’.

97. "Pero si el siervo de Dios satisface con discreción y de manera conveniente a sus necesidades corporales y el hermano cuerpo quiere ser negligente, perezoso y soñoliento en la oración, vigilias y otras obras buenas, entonces lo deberá castigar como a un jumento malo y perezoso que quiere comer y se niega a ganar y llevar la carga. En cambio, si, por escasez y pobreza, el hermano cuerpo, sano y enfermo, no puede tener lo necesario y, pidiéndolo por amor de Dios honesta y humildemente a su hermano o prelado, no se lo dan, sufra pacientemente por amor de Dios, que también buscó quien le consolase y no lo encontró. Esta necesidad, sobrellevada con paciencia, le será imputada por el Señor como martirio. Y, puesto que ha hecho lo que estaba de su parte, esto es, haberlo pedido humildemente, está excusado de pecado aunque se agrave la enfermedad corporal".

CAPÍTULO IX ALGUNAS TENTACIONES QUE PERMITIO EL SEÑOR EN ÉL

Cómo el demonio penetró en la almohada que tenía debajo de la cabeza

98. Estando el bienaventurado Francisco en el eremitorio de Greccio, oraba una noche en la última celda, que está después de la mayor; al primer sueño llamó a su compañero, que descansaba cerca de él. Se levantó el compañero y fue a la entrada de la celda donde estaba el bienaventurado Francisco, y el Santo le dijo: "Hermano, no he podido dormir esta noche ni estar erguido para orar, pues me tiemblan mucho la cabeza y las piernas y me parece como que hubiera comido pan de cizaña".

98. El compañero le dirigió palabras de consolación, pero el bienaventurado Francisco le dijo: "Yo creo que el diablo está en este cabezal que tengo a la cabeza". Nunca, desde que dejó el siglo, se permitió descansar en jergón de plumas ni usar almohada de plumas; pero, contra su voluntad, los hermanos le obligaron a aceptar aquella almohada por razón de la enfermedad de sus ojos.

98. Se la echó a su compañero; tomándola éste con la mano derecha, se la puso sobre el hombro izquierdo. Al salir al vestíbulo de la celda, perdió de repente el habla, y no podía tirar la almohada ni mover los brazos; quedó rígido de pie, sin poder moverse de un lugar a otro e insensible. Habiendo permanecido así cierto tiempo, lo llamó, por gracia de Dios, el bienaventurado Francisco; al momento se recuperó y dejó caer la almohada por la espalda.

98. Volvió a donde estaba el bienaventurado Francisco y le contó todo lo ocurrido. Díjole el Santo: "Al anochecer, cuando rezaba completas, sentí que el diablo venía a la celda. Veo que este diablo es muy astuto, porque, no pudiendo hacer daño a mi alma, intenta impedir el descanso necesario del cuerpo, para que no pueda dormir ni estar erguido para orar, para impedir la devoción y la alegría del corazón, y provocarme así a murmurar de mi enfermedad".

Una tentación molestísima que tuvo por más de dos años

99. Viviendo en el lugar de Santa María le sobrevino, para provecho de su alma, una gravísima tentación. Sufría tanto en el alma y en el cuerpo, que se apartaba muchas veces de la compañía de sus hermanos, porque no podía mostrarse tan alegre como solía. Se mortificaba con privaciones de comida, bebida y palabras; oraba con más insistencia y derramaba abundantes lágrimas, a fin de que el Señor se apiadara de él y se dignara darle alivio suficiente en tan gran tribulación.

99. Por más de dos años le duró la tribulación; y un día que oraba en la iglesia de Santa María escuchó como si en espíritu se le dijeran estas palabras del Evangelio: Si tuvieras tanta fe como un grano de mostaza, dirías a este monte: Vete de aquí allá, y se iría. San Francisco respondió al momento: "Señor, ¿cuál es ese monte?" Y oyó que se le respondía: "Ese monte es tu tentación". Y el bienaventurado Francisco: "Pues, Señor, hágase en mí como has dicho". Al instante quedó libre de la tentación cual si nunca hubiera sido turbado por ella.

99. Igualmente, en el tiempo que permaneció en el monte Alverna y recibió en su cuerpo las llagas del Señor, padeció también tantas tentaciones y tribulaciones de parte de los demonios, que no podía mostrarse alegre como de costumbre. Y decía a su compañero: "Si supieran los hermanos cuántas y qué tribulaciones y aflicciones sufro de parte de los demonios, no habría ninguno que no se moviera a compasión y no tuviera piedad de mí".

Tentación que le ocasionaron los ratones, consuelo del Señor y su certeza del reino

100. Dos años antes de su muerte, estando en San Damián en una celdilla formada de esteras y padeciendo indeciblemente por la enfermedad de los ojos - tanto que por espacio de más de cincuenta días no podía ver ni la luz del día ni la del fuego -, sucedió, por permisión divina y para aumento de sus aflicciones y méritos, que una plaga de ratones invadió la celda y, saltando de día y de noche sobre él y a su alrededor, no le dejaban orar ni descansar. Y, cuando comía, trepaban a la mesa y le molestaban muchísimo. Tanto él como sus compañeros reconocieron en ello una tentación diabólica.

100. Viéndose el bienaventurado Francisco atormentado con tantos sufrimientos, una noche, movido a compasión de sí mismo, dijo interiormente: "Señor; ven en mi auxilio y socórreme en mis flaquezas para que pueda sobrellevarlas con paciencia. Al momento oyó en su espíritu: "Dime, hermano; si alguno te diera por tus enfermedades y tribulaciones un tesoro grande y precioso en cuya comparación estimaras en nada la tierra convertida en oro puro, todas las piedras convertidas en piedras preciosas, v toda el agua en bálsamo, ¿no te alegrarías de verdad?" Respondió el bienaventurado Francisco: "Señor, grande y precioso sería ese tesoro, apetecible y muy codiciable".

100. Y oyó de nuevo en su interior: "Pues regocíjate, hermano, y salta de júbilo por tus enfermedades y tribulaciones, y condúcete en adelante con tanta seguridad como si estuvieras en mi reino". Se levantó por la mañana y dijo a sus compañeros: "Si el emperador diera a un criado suyo todo un reino, ¿no debería estar repleto de alegría aquel criado? Y si le diera todo su imperio, ¿no debería regocijarse más todavía?" Y añadió: "Pues yo tengo que gozarme muchísimo en mis enfermedades y tribulaciones, y fortalecerme en el Señor, y dar gracias a Dios Padre, y a su único Hijo, el Señor Jesucristo, y al Espíritu Santo por la inmensa gracia que el Señor me ha hecho; quiero decir, por haberse dignado certificar en vida a este indigno siervo suyo de que gozaré de su reino.

100. Por eso, para alabanza de Dios, para nuestro consuelo y para edificación del prójimo, quiero componer una nueva alabanza de las creaturas del Señor, de las cuales nos servimos todos los días, sin las cuales no podemos vivir y en las cuales el género humano tantas veces ofende a su Creador. Y continuamente somos ingratos a tantas gracias y beneficios que nos da; no alabamos al Señor, creador y dador de todos los bienes, como es nuestra obligación". Y, sentándose, se puso a meditar un rato. Y luego dijo: "Altísimo, omnipotente, buen Señor", etc.; aplicó una música a esta letra y enseñó a sus compañeros a recitarla y cantarla.

100. Su espíritu gozaba entonces de consuelo y dulzura tan hondos, que quería mandar que llamasen al hermano Pacífico, que en el mundo era llamado el "rey de los versos" y fue muy cortesano maestro de cantores; tenía intención de darle algunos compañeros, buenos y espirituales, que fueran con él por el mundo predicando y cantando las alabanzas del Señor. Deseaba que quien mejor pudiera predicar entre ellos, predicase primero al pueblo y después cantaran todos juntos las alabanzas del Señor, como juglares de Dios.

100. Quería que, después de cantar las alabanzas, el predicador dijera al pueblo: "Nosotros somos juglares del Señor, y esperamos vuestra remuneración, es decir, que permanezcáis en verdadera penitencia". Y añadía el bienaventurado Francisco: "¿Pues qué son los siervos de Dios sino unos juglares que deben levantar y mover los corazones de los hombres hacia la alegría espiritual?" Y de manera muy especial decía esto de los hermanos menores, que ha puesto Dios en el mundo para la salvación de su pueblo.

CAPÍTULO X EL ESPIRITU DE PROFECIA

Cómo predijo que habían de hacerse las paces entre el obispo y el "podestá" de Asís en virtud de las alabanzas de las creaturas que había compuesto y que hizo cantar por sus compañeros en presencia de aquéllos

101. Después de haber compuesto el bienaventurado Francisco las predichas alabanzas de las creaturas que llamó Cántico del hermano sol, aconteció que se originó grave discordia entre el obispo y el podestá de la ciudad de Asís. El obispo excomulgó al podestá, y éste mandó pregonar que ninguno presumiera vender ni comprar nada al obispo, ni celebrar ningún contrato con él.

101. ¡El bienaventurado Francisco que oyó esto estando muy enfermo, tuvo gran compasión de ellos, y más todavía porque nadie trataba de restablecer la paz. Y dijo a sus compañeros: "Es para nosotros, siervos de Dios, profunda vergüenza que el obispo y el podestá se odien mutuamente y que ninguno intente crear la paz entre ellos". Y al instante, y con esta ocasión, compuso y añadió estos versos a las alabanzas sobredichas:

101. "Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor y soportan enfermedad y tribulación. Bienaventurados aquellos que las sufren en paz, pues por ti, Altísimo, coronados serán". Llamó luego a uno de sus compañeros y le dijo: "Vete al podestá y dile de mi parte que tenga a bien presentarse en el obispado con los magnates de la ciudad y con cuantos ciudadanos pueda llevar". Cuando salió el hermano con el recado, dijo a otros dos compañeros: "Id y cantad ante el obispo, el podestá y cuantos estén con ellos el Cántico del hermano sol. Confío en que el Señor humillará los corazones de los desavenidos, y volverán a amarse y a tener amistad como antes".

101. Reunidos todos en la plaza del claustro episcopal, se adelantaron los dos hermanos, y uno de ellos dijo: "El bienaventurado Francisco ha compuesto durante su enfermedad unas alabanzas del Señor por sus creaturas en loor del mismo Señor y para edificación del prójimo. El mismo os pide que os dignéis escucharlas con devoción". Y se pusieron a cantarlas. Inmediatamente, el podestá se levantó y, con las manos y los brazos cruzados, las escuchó con la mayor devoción, como si fueran palabras del Evangelio, y las siguió atentamente, derramando muchas lágrimas. Tenía mucha fe y devoción en el bienaventurado Francisco.

101. Acabado el cántico de las alabanzas, dijo el podestá en presencia de todos: "Os digo de veras que no sólo perdono al obispo, a quien quiero y debo tener como mi señor; pero, aunque alguno hubiera matado a un hermano o hijo mío, lo perdonaría igualmente". Y, diciendo esto, se arrojó a los pies del obispo y dijo: "Señor, os digo que estoy dispuesto a daros completa satisfacción, como mejor os agradare, por amor a nuestro Señor Jesucristo y a su siervo el bienaventurado Francisco".

101. El obispo, a su vez, levantando con sus manos al podestá, le dijo: "Por mi cargo debo ser humilde, pero mi natural es propenso y pronto a la ira; perdóname". Y, con sorprendente afabilidad y amor, se abrazaron y se besaron mutuamente. Los hermanos quedaron estupefactos y radiantes de alegría al comprobar que se había cumplido puntualmente lo que había predicho el bienaventurado Francisco acerca de esta concordia. Y todos los presentes lo juzgaron por gran milagro; atribuyeron a los méritos del bienaventurado Francisco que tan de inmediato los visitara el Señor, haciendo que volvieran los dos de tanto escándalo y discordia a tan perfecta concordia sin el menor recuerdo de pasadas injurias.

101. Nosotros que vivimos con el bienaventurado Francisco, damos testimonio de que, cuando decía de alguno: "Es o será así", siempre se cumplía a la letra. Y nosotros hemos visto tantas cosas que sería prolijo escribirlas o contarlas.

Cómo previó la caída de un hermano que no quería confesarse bajo capa de guardar silencio

102. Hubo un hermano, en su porte exterior de vida devoto y santo, que de día y de noche parecía muy solícito en hacer oración. Guardaba de tal manera silencio continuo, que, cuando se confesaba con el sacerdote, se valía, a veces, de señas, no de palabras. Tan devoto y fervoroso parecía en el amor de Dios, que, sentado en ocasiones con los hermanos, con sólo oír buenas palabras - nunca hablaba--, se alegraba de forma extraordinaria interior y exteriormente; tanto que con esto movía muchas veces a devoción a los demás hermanos.

102. Habiendo llevado muchos años este tenor de vida, sucedió que viniera el bienaventurado Francisco al lugar donde él estaba. Cuando le informaron de la vida de este hermano-, les dijo: "Tened, en verdad, por cierto que está asediado por tentación diabólica; la señal es que no se quiere confesar". Llegóse allí el ministro general a visitar al bienaventurado Francisco y empezó ante él a elogiar al mencionado hermano. Pero el bienaventurado Francisco atajó: "Créeme, hermano, que está llevado y engañado por el espíritu maligno".

102. El ministro general repuso: "No deja de ser raro y casi increíble que pueda suceder esto en un hombre que ostenta tantas señales y obras de santidad". Mas el bienaventurado Francisco continuó: "Pruébalo; dile que se confiese una o dos veces a la semana. Si no te obedeciere, ten por cierto que es verdad lo que he dicho". El ministro general intimó al hermano: "Hermano, quiero absolutamente que te confieses dos veces a la semana, o una por lo menos". El taciturno se puso el dedo en la boca y, moviendo la cabeza y haciendo señas, manifestó que no lo haría de ninguna manera, por amor al silencio. El ministro, temiendo escandalizarlo, lo dejó. Pocos días después salió de la Orden voluntariamente y regresó al siglo vestido de hábito seglar.

102. Y sucedió que dos de los compañeros del bienaventurado Francisco que iban de camino cierto día, tropezaron con él, que venía solo, como paupérrimo caminante. Con gran compasión le hablaron: "¡Infeliz! ¿Dónde ha quedado aquel tenor de vida tan devoto y santo? No querías conversar ni mostrarte a tus hermanos, y ahora andas errante por el mundo, como hombre que no conoce a Dios". El empezó a hablar, perjurando muchas veces por su fe, como suelen hacer los del mundo, y le dijeron: "¡Infeliz! ¿Por qué juras ahora por tu fe, como suelen hacer los del siglo, cuando antes evitabas no sólo las palabras ociosas, sino hasta las buenas?"

102. Y así, le dejaron. A los pocos días murió. Nosotros quedamos admirados al ver que se cumplía a la letra lo que había dicho el bienaventurado Francisco en el tiempo en que aquel desdichado era tenido como santo por los hermanos.

Uno que lloraba delante del bienaventurado Francisco para que lo recibiera en la Orden

103. En el tiempo en que ninguno era admitido a la Orden sino con licencia del bienaventurado Francisco, vino a él, que estaba enfermo en el palacio del obispo de Asís, el hijo de un noble de Lucca con otros muchos que querían ingresar en la Orden. Al presentarse todos ellos al bienaventurado Francisco, hizo el joven una reverencia ante él y empezó a llorar a lágrima viva, al mismo tiempo que pedía ser admitido a la Orden. El bienaventurado Francisco, mirándole, le dijo: "Hombre infeliz y carnal, ¿por qué mientes al Espíritu Santo y a mí? Tu llanto es carnal, no espiritual".

103. Y, dicho esto, llegaron al palacio, a caballo, unos parientes suyos que querían sacarlo y llevárselo. Al oír el ruido de los caballos, se asomó a una ventana, y vio que eran allegados suyos. Inmediatamente bajó donde ellos y, tal como lo había predicho el bienaventurado Francisco, se volvió con ellos al siglo.

La viña de un sacerdote que dejaron sin uvas a causa del bienaventurado Francisco

104. A causa de la enfermedad de los ojos, moraba el bienaventurado Francisco, en compañía de un pobre sacerdote, en la iglesia de San Fabián, cerca de Rieti. Entonces se encontraba el papa Honorio con toda la curia en dicha ciudad. Muchos cardenales y otros personajes del clero visitaban casi todos los días al bienaventurado Francisco por la devoción que le tenían. Poseía la iglesia una pequeña viña junto a la casa en que estaba el bienaventurado Francisco, y en la casa había una puerta, por la que casi todos los que lo visitaban pasaban a la viña. Lo hacían porque las uvas estaban entonces en sazón y el lugar era agradable. Como consecuencia, toda la viña quedó hollada y casi limpia de uvas.

104. El sacerdote empezó a enojarse, diciendo: "Aunque es pequeña la viña, de ella recogía lo suficiente para mis necesidades, y este año todo lo he perdido". Cuando llegó esto a oídos del bienaventurado Francisco, mandó llamar al sacerdote y le dijo: "No te turbes, señor, pues de momento no podemos hacer otra cosa; pero ten confianza en el Señor y espera, que por este pequeñuelo siervo suyo podrás resarcirte íntegramente del daño causado. Dime: ¿cuántos cántaros de vino has cosechado el año en que esta viña más ha dado?" El sacerdote respondió: "Trece cántaros, Padre". El bienaventurado Francisco contestó: "No estés por más tiempo malhumorado ni ofendas por esto de palabra a nadie; ten fe en el Señor y en mis palabras; si recogieres menos de veinte cántaros, yo haré que llegues a ese número".

104. A partir de ese momento, el sacerdote guardó silencio y quedó tranquilo. Al tiempo de vendimiar recogió de la viña, por la divina largueza, veinte cántaros de vino, no menos. El sacerdote quedó maravillado, y lo mismo cuantos lo oyeron; y decían que, aunque las cepas hubieran estado cargadas de racimos, era imposible que hubieran dado tal cantidad de uva. Nosotros que vivimos con él damos testimonio de que no sólo en este caso, sino siempre, se cumplía a la letra lo que él había predicho.

Unos caballeros de Perusa que le impedían predicar

105. Predicando el bienaventurado Francisco en la plaza de Perusa ante un gran concurso de fieles, algunos caballeros de la ciudad montados a caballo empezaron a correr por la plaza y a divertirse con las armas, e impedían la predicación. A pesar de que los asistentes a la predicación les afeaban su proceder, no cesaban de su diversión. Dirigiéndose el bienaventurado Francisco a ellos, les habló así con fervor de espíritu: "Escuchad y atended lo que el Señor os anuncia por este pobre siervo suyo; ni digáis que ¡Este es de Asís!" (Se expresaba así porque el odio ciudadano entre Perusa y Asís era ya inveterado, y todavía está vivo.)

105. Y continuó hablándoles: "El Señor os ha levantado por encima de vuestros vecinos, mas por eso mismo estáis más obligados a reconocer a vuestro Creador, humillándoos no sólo ante él, sino también ante vuestros vecinos. Pero, engreídos por la soberbia, arruinasteis a vuestros vecinos y matasteis a muchos. Pero yo os anuncio que, si no os convertís pronto a Dios y dais satisfacción a los que habéis ofendido, el Señor, que nada deja impune, hará que, para mayor venganza y castigo y para vuestro mayor escarnio, os levantéis en lucha unos contra otros, y, una vez que haya estallado la sedición y la guerra intestina, tengáis que sufrir tal cúmulo de tribulaciones como jamás os hubieran podido originar vuestros vecinos".

105. El bienaventurado Francisco no callaba nunca en sus predicaciones los vicios del pueblo, sino que los denunciaba y los corregía con valor. Pero le había dado el Señor tantas gracias y dones, que cuantos oían sus palabras, de cualquier clase y condición que fuesen, le oían con temor y le reverenciaban por la gracia que Dios había derramado en él. Y, por mucha que fuera la vehemencia con que eran reprendidos, siempre quedaban prendados de sus palabras, y se convertían al Señor o se compungían de corazón.

105. Y permitió Dios que, a los pocos días, se armara tal escándalo entre los caballeros y el pueblo, que éste llegó a arrojar de la ciudad a los caballeros. Los caballeros, apoyados por la Iglesia, devastaron los campos y los viñedos y talaron los árboles, y causaron todo el mal que pudieron al pueblo. El pueblo, a su vez, destrozó todos los bienes de los caballeros; y así, según la predicción del bienaventurado Francisco, pueblo y caballeros quedaron castigados.

Cómo previó la oculta tentación y tribulación de un hermano

106. Un hermano muy espiritual y familiar del bienaventurado Francisco venía sufriendo, desde hacía muchos días, sugestiones gravísimas del diablo, que lo pusieron al borde de la desesperación. Y crecía cada día tanto la sugestión, que ya se avergonzaba de confesarse tantas veces; en su angustia, se mortificaba mucho con abstinencias, vigilias, lágrimas y disciplinas.

106. Dios había dispuesto en su divina providencia que el bienaventurado Francisco llegara a aquel lugar. Y un día que paseaba el hermano con el bienaventurado Francisco, conoció éste, por moción del Espíritu Santo, la tribulación y tentación del hermano. Apartándose un poco de otro hermano que iba con ellos, se acercó al atribulado y le dijo: "Carísimo hermano, quiero que no te creas obligado a confesar más esas sugestiones diabólicas y que no tengas miedo, pues no han dañado lo más mínimo a tu alma; con mi aprobación di siete padrenuestros cuando te veas acosado de ellas".

106. El hermano se alegró mucho de que le hubiera dicho que no tenía que confesarse, pues era particularmente esto por lo que vivía tan angustiado. Pero se quedó estupefacto considerando que el bienaventurado Francisco había leído en su interior lo que sólo conocían los sacerdotes a los que se había confesado. Al momento fue liberado de la tribulación por la gracia de Dios y los méritos de San Francisco, y gozó desde entonces de admirable paz y sosiego. Era lo que el Santo esperaba y ésta la razón por la que lo descargó de ir a confesarse.

Lo que predijo del hermano Bernardo y cómo todo se cumplió

107. Como en los días cercanos a su muerte le hubieran preparado una comida más delicada, se acordó del hermano Bernardo, que fue el primero de los hermanos, y dijo a sus compañeros: "Esta comida es muy buena para el hermano Bernardo". Y mandó llamarlo. Luego que llegó, se sentó junto al lecho donde yacía el Santo. Y dijo el hermano Bernardo: "Padre, te ruego que me des tu bendición y me muestres tu amor. Si me muestras tu afecto paternal, creo que Dios y todos los hermanos me amarán más".

107. El bienaventurado Francisco, que desde hacía muchos días había perdido la luz de los ojos, no lo podía distinguir; extendió su mano derecha y la puso sobre la cabeza del hermano Gil, el tercer hermano, que, por estar sentado junto a él, creyó que era la del hermano Bernardo. Mas, conociéndolo por luz del Espíritu Santo, dijo: "Esta no es la cabeza de mi hermano Bernardo".

107. Entonces, éste se acercó más, y el bienaventurado Francisco, poniendo la mano sobre su cabeza, lo bendijo, y mandó a uno de sus compañeros: "Escribe lo que te voy a decir: El primer hermano que me dio el Señor fue Bernardo; el primero que empezó a cumplir y cumplió con toda diligencia la perfección del Evangelio distribuyendo todos sus bienes a los pobres. Por esto y por otras muchas prerrogativas suyas, estoy obligado a amarlo más que a ningún hermano en toda la Orden. Así que, en cuanto está de mi parte, quiero y mando que, cualquiera que fuese el ministro general, lo ame y reverencie como a mí mismo. Y que los ministros y todos los hermanos de toda la Religión lo miren como si de mí se tratara". El hermano Bernardo y los demás hermanos se sintieron muy consolados con estas palabras.

107. Considerando el bienaventurado Francisco la altísima perfección a que había llegado el hermano Bernardo, profetizó de él en presencia de algunos hermanos, diciendo: "Os aseguro que, para ejercitarlo, acosarán al hermano Bernardo algunos de los más terribles y sagaces demonios, que lo enredarán en mil tribulaciones y tentaciones. Pero, al acercarse su fin, el Señor misericordioso apartará de él toda suerte de tribulaciones y tentaciones y establecerá en tanta paz y consuelo su espíritu y su cuerpo, que todos los hermanos que lo presencien quedarán muy maravillados y lo tendrán por gran milagro; y en esa paz y consuelo de alma y cuerpo volará al Señor".

107. Todo esto se cumplió a la letra en el hermano Bernardo, no sin gran admiración de todos los hermanos que lo habían oído del bienaventurado Francisco. El hermano Bernardo gozaba en su última enfermedad de tanta paz y consuelo espiritual, que no quería estar echado en el lecho. Y, si yacía, estaba medio incorporado, para que ni la más ligera nubecilla subiera por su mente y le impidiera la consideración de Dios por el sueño o alguna nación. Y si alguna vez le sucedía lo que quería evitar, luego se levantaba y se despabilaba, diciendo: "¿Qué pasa? ¿Por qué he pensado así?" No quería tampoco tomar medicinas; y al que se las ofrecía le decía: "Mira, no me distraigas".

107. Para poder expirar con más paz y más libre de todo, abandonó el cuidado de su cuerpo en manos de un hermano que hacía de médico, y le dijo: "No quiero tener ningún cuidado de la comida y de la bebida. Lo dejo en tus manos: si me la ofreces, la tomaré; si no, no la pediré". Desde el momento en que cayó enfermo, quiso tener cerca un sacerdote hasta la hora de morir; y, cuando le venía a la mente algo que agobiara su conciencia, al punto se confesaba. Después de su muerte se tornó blanco; su cuerpo, blando, y su cara, sonriente. Aparecía más hermoso de muerto que vivo, y todos se complacían más en contemplar su aspecto después de muerto que cuando vivía; parecía, en verdad, un santo sonriendo.

Cómo, cercano a su muerte, comunicó a la bienaventurada Clara que aún lo vería, y se cumplió después de su muerte

108. Dentro de la semana en que murió el bienaventurado Francisco, la señora Clara - la primera planta de las hermanas pobres de San Damián en Asís, émula principal del bienaventurado Francisco en la conservación de la perfección evangélica - temerosa de morir antes que él, pues los dos estaban gravemente enfermos, lloraba amargamente y no lograba consolarse, porque creía que no iba a ver más al bienaventurado Francisco, que era su único padre después de Dios, su confortador y maestro y el primero que la fundamentó en la gracia de Dios.

108. Valiéndose de un hermano, se lo comunicó al bienaventurado Francisco. Al escucharlo el Santo, se compadeció de ella por el amor singular y el afecto paterno que le profesaba. Pero, considerando que no podía suceder lo que ella pretendía, esto es, verlo vivo para consuelo de ella y de todas las hermanas le dio por escrito su bendición y le perdonó todo defecto que pudiera haber cometido contra sus exhortaciones y contra los mandamientos y consejos del Hijo de Dios. Y para que se sobrepusiera a toda tristeza, iluminado por el Espíritu Santo, le habló así al hermano que ella le había mandado: "Ve y di a la señora Clara que abandone toda tristeza y dolor porque no pueda verme por ahora; pero que sepa de cierto que, antes de morir ella, me verán ella y sus hermanas, y tendrán en esto gran consuelo".

108. Y sucedió que, muerto el bienaventurado Francisco poco después al anochecer, vino por la mañana todo el pueblo y el clero de la ciudad de Asís, y entre himnos y alabanzas, llevando todos ramos de árboles, levantaron el santo cuerpo del lugar donde expiró. Por disposición divina, lo llevaron a San Damián, para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del bienaventurado Francisco para consolar a sus hijas y siervas.

108. Y, removida la reja de hierro por donde las monjas solían 3 comulgar y escuchar la palabra de Dios, los hermanos levantaron del ataúd el santo cuerpo y lo sostuvieron en sus brazos ante la ventanilla por buen espacio de tiempo, mientras la señora Clara y sus hermanas se consolaban con verlo, aunque llenas de pena y de lágrimas al verse privadas de los consuelos y exhortaciones de tan gran padre.

Cómo predijo que su cuerpo seria honrado después de muerto

109. Un día en que yacía enfermo en el palacio del obispo de Asís, un hermano espiritual le dijo en plan de bromas y sonriéndose: "¿Por cuánto venderías al Señor estos sacos tuyos? Muchos baldaquinos y telas de seda se pondrán sobre este cuerpecillo, ahora cubierto de saco". Entonces tenía una gorra cubierta del mismo saco que el vestido. Y respondió el bienaventurado Francisco, o, más bien, el Espíritu Santo por él, y dijo con gran fervor y gozo espiritual: "Dices verdad, pues así sucederá para alabanza y gloria de mi Dios".

CAPÍTULO XI PROVIDENCIA DIVINA PARA CON ÉL EN LAS COSAS EXTERIORES

Cómo el Señor proveyó a los hermanos que estaban con el médico sentados ante una mesa muy pobre

110. Estando el bienaventurado Francisco en el eremitorio de Fonte Colombo, cerca de Rieti, por la enfermedad de sus ojos, lo visitó un día el especialista en esta enfermedad. Como se hubiese detenido allí bastante tiempo y quisiese ya marchar, el bienaventurado Francisco dijo a uno de los compañeros: "Id y dadle de comer opíparamente al médico". El compañero respondió: "Padre, nos ruboriza el decirlo, pero estamos ahora tan pobres, que nos da vergüenza invitarle a comer".

110. El bienaventurado Francisco dio por respuesta a los compañeros: "Hombres de poca fe, no me hagáis hablar más". Y el médico dijo a Francisco: "Hermano, por lo mismo que los hermanos son tan pobres, tengo más gusto en comer con ellos". El médico era muy rico, y, aunque el bienaventurado Francisco y sus compañeros le habían invitado muchas veces, nunca había aceptado el comer allí.

110. Fueron los hermanos y prepararon la mesa; con gran rubor presentaron un poco de pan y de vino con algunas hortalizas que habían preparado para ellos. Apenas se sentaron a la paupércula mesa y empezaron a comer, cuando llamaron a la puerta. Se levantó uno de los hermanos y fue a abrir. Y, al abrir la puerta, se encontró con una mujer que acababa de llegar con una cesta grande llena de un pan hermoso, de una porción de peces, de pasteles de camarones, de miel y de uvas frescas al parecer, que enviaba al bienaventurado Francisco la señora de un castro que distaba siete millas.

110. Ante el suceso, los hermanos y el médico quedaron admirados y llenos de gozo, y todos reconocieron la santidad del bienaventurado Francisco, atribuyendo el hecho a sus méritos. Y el médico dijo a los hermanos: "Hermanos míos, ni vosotros ni yo conocemos como debiéramos la santidad de este hombre".

Cierto pescado que apeteció comer en una enfermedad

111. Otra vez que estaba enfermo muy grave en el palacio del obispo de Asís ‘, los hermanos le instaban a que comiese algo. Y él les respondía: "No tengo ganas de comer; pero, si tuviese un trozo del pez que se llama lucio, lo comería con gusto". Lo acababa de decir, cuando llegó un hombre con una canasta con tres buenos lucios bien preparados y una torta de camarones, que comía a gusto el Padre santo. Esto era enviado por el hermano Gerardo, ministro de Rieti. Admirando todos la divina Providencia, alabaron al Señor, que había provisto a su siervo de lo que entonces era imposible hallar en Asís, porque era invierno.

Manjar y paño que deseaba, cercano a su muerte

112. Estando el bienaventurado Francisco en Santa María de los Ángeles durante su última enfermedad, es decir, de la que murió, llamó un día a sus compañeros y les dijo: "Sabéis que la señora Jacoba de Settesoli l ha sido y es muy devota y fiel á mí y a nuestra Religión. Creo que agradecería mucho y le serviría de gran consuelo que le comunicarais mi estado de salud, y en particular que le dierais el encargo de que me envíe paño religioso de color ceniza, y también de aquella vianda que solía prepararme tantas veces en Roma". Los romanos llaman a este manjar "mostaccioli", y se prepara con almendras, azúcar y otros ingredientes.

112. Era esta señora muy espiritual y viuda, de las más nobles y ricas de toda Roma; por los méritos y predicación del bienaventurado Francisco había conseguido tan inmensa gracia del Señor, que, por las lágrimas que continuamente derramaba y por la devoción que profesaba al amor y dulzura de Cristo, parecía otra Magdalena. Escribieron la carta, como había dicho el Santo, y un hermano buscaba a algún otro hermano que la llevara a la dicha señora. Entonces mismo llamaron a la puerta. Cuando el hermano abrió la puerta, vio que era la misma señora Jacoba, que a toda prisa había venido a visitar al bienaventurado Francisco.

112. En cuanto la reconoció, uno de los hermanos fue en seguida a dar al bienaventurado Francisco la alegre noticia de que había llegado de Roma la señora Jacoba con un hijo suyo y muchas personas más a visitarlo. Y preguntó: "Padre, ¿qué hacemos? ¿Le permitimos entrar y venir hasta aquí?" Preguntaba esto porque sabía que, por voluntad de San Francisco, se había establecido que, por mayor honestidad y devoción a este lugar, no se permitiera entrar en él a ninguna mujer. Y respondió el bienaventurado Francisco: "Con esta señora, a quien su gran fe y devoción ha impelido a venir desde tan lejos, no reza este estatuto".

112. Entró, pues, la señora hasta el lugar donde yacía el bienaventurado Francisco y derramó muchas lágrimas ante él. ¡Y cosa admirable! Había traído el paño mortuorio, de color ceniza, para una túnica y todo lo demás que contenía la carta, como si la hubiera leído. La señora habló así a los hermanos: "Hermanos míos, he oído que se me decía en espíritu cuando oraba: ‘Ve y visita a tu padre bienaventurado Francisco; date prisa y no tardes, porque, si te detienes mucho, no lo encontrarás vivo. Y lleva tal paño para túnica y tales cosas para que le prepares tal vianda. Lleva también buena cantidad de cera para hacer velas, e incienso’". Todo esto, menos el incienso, contenía la carta que se iba a enviar.

112. Y así sucedió que el mismo que inspiró a los reyes que fueran con presentes a adorar a su Hijo el día de su nacimiento 4, inspiró también a aquella noble y santa señora que fuera con sus regalos a honrar a su amadísimo siervo en los días de su muerte, o, más bien, de su verdadero nacimiento. La señora preparó aquella vianda de la que gustaba comer el santo Padre; pero apenas la probó, pues le iban faltando las fuerzas y se acercaba a la muerte. Mandó hacer también muchas velas para que lucieran después de la muerte ante su santísimo cuerpo; y del paño que había traído hicieron los hermanos una túnica, con la que fue sepultado. Pero él mandó a los hermanos que la cosieran por fuera de saco en señal y ejemplo de santísima humildad y como obsequio a dama Pobreza. Y en la misma semana que vino la señora Jacoba, voló al cielo nuestro Padre santísimo.

CAPÍTULO XII SU AMOR A LAS CREATURAS Y AMOR DE ÉSTAS A ÉL

Amor especial que tuvo a las alondras, porque representan al buen religioso

113. Absorto el bienaventurado Francisco todo él en el amor de Dios, contemplaba no sólo en su alma, tan hermosa por la perfección de todas las virtudes, sino también en cualquiera creatura, la bondad de Dios. Por eso, se sentía como transportado de entrañable amor para con las creaturas, y en especial para con aquellas que representaban mejor algún destello de Dios o alguna nota peculiar de la Religión.

113. Así, entre todas las aves, amaba con predilección una avecita que se llama alondra. De ella solía decir: "La hermana alondra tiene capucho como los religiosos y es humilde, pues va contenta por los caminos buscando granos que comer. Y, aunque los encuentre en el estiércol, los saca y los come. Cuando vuela, alaba a Dios con dulce canto, como los buenos religiosos, que desprecian todo lo de la tierra y tienen su corazón puesto en el cielo, y su mira constante en la alabanza del Señor. El vestido, es decir, su plumaje, es de color de tierra, y da ejemplo a los religiosos para que no se vistan de telas elegantes y de colores, sino viles por el valor y el color, así como la tierra es más vil que otros elementos".

113. Y porque las consideraba adornadas de estas propiedades, se complacía mucho en verlas. Y fue del divino beneplácito que estas avecillas le demostraran señales de afecto especial en la hora de su muerte. Pues en la tarde del sábado, después de vísperas y antes de la noche, hora en que el bienaventurado Francisco voló al Señor, una bandada de estas avecillas llamadas alondras se vino sobre el techo de la celda donde yacía y, volando un poco, giraban, describiendo círculos en torno al techo, y cantando dulcemente parecían alabar al Señor.

Cómo quiso persuadir al emperador a que diese una ley especial para que en la Navidad del Señor los hombres proveyeran abundantemente a las aves, al buey y al asno y a los pobres

114. Nosotros que vivimos con el bienaventurado Francisco y escribimos esto, damos testimonio de haberle oído decir muchas veces: «Si yo lograra hablar con el emperador, le suplicaría y le persuadiría a que, por amor de Dios y mío, diera una ley especial de que nadie coja o mate a las hermanas alondras ni les haga daño alguno.

114. "Asimismo, que las autoridades de las ciudades y los señores de los castros y de las villas estuvieran obligados a mandar a sus subordinados que cada año el día de la Navidad del Señor echaran grano de trigo o de otros cereales por los caminos del campo para que pudieran comer las hermanas alondras y otras aves en fiesta tan solemne. Y también que, por reverencia al Hijo de Dios, a quien esa noche la Santísima Virgen María acostó en un pesebre entre el buey y el asno, todos aquellos que tuvieran alguno de estos animales les dieran esa noche abundante y buen pienso; igualmente, que todos los ricos dieran en ese día sabrosa y abundante comida a los pobres».

114. El bienaventurado Francisco tenía a esta solemne fiesta de Navidad mayor reverencia que a otras fiestas, y así decía: «Solamente después que el Señor ha nacido por nosotros, hemos podido ser salvos». Y quería que en este día todo cristiano saltara de gozo en el Señor y que, por amor de quien se nos entregó a nosotros, todos agasajaran con largueza no sólo a los pobres, sino a los animales y a las aves.

Amor y obediencia que le demostró el fuego cuando tuvo que hacerse un cauterio

115. Cuando vino al eremitorio de Fonte Colombo, cerca de Rieti, a ponerse en cura de los ojos, a lo que le habían obligado, por obediencia, el señor obispo de Ostia y el hermano Elías, ministro general, un día lo visitó el médico. Examinada la enfermedad, dijo al bienaventurado Francisco que querría hacerle un cauterio desde la parte superior de la mejilla hasta la ceja del ojo más enfermo. El bienaventurado Francisco no quería ponerse en tratamiento si no venía el hermano Elías, porque le había dicho que quería estar presente cuando el médico iniciara la cura. Quería que fuera el ministro general quien lo dispusiera todo, porque le asustaba y le resultaba muy duro tener tan gran responsabilidad de sí mismo.

115. Como lo hubiera esperado por algún tiempo y no llegara por impedírselo sus muchas ocupaciones, permitió por fin que el médico hiciera lo que quería. El médico puso el punzón de hierro en el fuego para hacer el cauterio, y el bienaventurado Francisco, para fortalecer más su espíritu y para que no desfalleciera, habló así al fuego: "Hermano mío fuego, noble y útil entre todas las creaturas, muéstrate ahora cortés conmigo, ya que siempre te he amado y te seguiré amando por amor de tu Creador. Ruego también a nuestro Creador, que nos ha creado a los dos, que modere tu ardor, para que yo pueda soportarlo". Y, acabada esta oración, trazó sobre el fuego la señal de la cruz.

115. Nosotros que estábamos con él entonces, nos retiramos despavoridos, porque no lo resistía nuestra piedad y compasión, y se quedó el médico solo con él. Luego que el médico acabó el cauterio, volvimos a él y nos dijo: "Pusilánimes y de poca fe, ¿por qué habéis huido? Pues yo os digo en verdad que no he sentido dolor alguno, ni el ardor del fuego. Y, si todavía no ha quedado bien cauterizado, puede cauterizarlo mejor".

115. El médico no pudo menos de admirarse y decir: "Hermanos míos, os confieso que hubiera temido que cauterio tan recio no hubiera podido soportarlo, no ya éste, débil y enfermo, sino ni el hombre más fuerte. Y él, ¡ni se ha movido ni ha dado muestra alguna de dolor!" Juzgó necesario el médico quemar todas las venas desde la oreja hasta la ceja, pero no le sirvió de nada. Asimismo, otro médico le perforó con un punzón candente las dos orejas, y tampoco le alivió nada.

115. No es de admirar que el fuego y otras creaturas se le mostraran en ocasiones obedientes y respetuosas, pues - nosotros que hemos estado con él - hemos visto muchísimas veces con qué afecto las miraba y se complacía en ellas, y cómo su espíritu, llevado de tierna compasión, aspiraba a que nadie las tratara con desconsideración; él conversaba con ellas con gozo interior y exterior como si fuesen seres racionales; y muchas veces le servían para quedar arrebatado en Dios.

No quiso apagar ni permitió que apagaran el fuego que prendió en sus calzones

116. Entre las creaturas inferiores e insensibles, amaba singularmente al fuego, por su belleza y utilidad. Por ello, nunca le quería estorbar en su misión. Una vez que estaba sentado al amor de la lumbre, se le prendieron, sin darse cuenta, los calzones de lino por la rodilla, y, cuando empezó a sentir el calor del fuego, no quiso apagarlo. El compañero, viendo que se le estaba quemando la tela, se acercó presuroso a matar el fuego; pero el Santo se lo impidió y le dijo:

116. "Hermano carísimo, ¡no hagas mal al hermano fuego!" Y no permitió de ninguna manera que lo apagase. Este hermano salió precitadamente a llamar a Francisco; y el guardián apagó el fuego, contra la voluntad del Santo. Ni por urgente necesidad quería apagar el fuego, o el candil, o las velas: ¡tanta era su piadosa atención para con él! No quería tampoco que los hermanos arrojaran las brasas o tizones de un lugar a otro, como es costumbre, sino que quería que los dejaran en el suelo por reverencia a quien los ha creado.

No quiso usar mas una piel por haber impedido que el fuego la arrasara

117. Un día de aquellos en que ayunaba una cuaresma en el monte Alverna, a la hora de comer, el compañero encendió fuego en la celda que hacía de comedor, y, dejándolo encendido, fue en busca del bienaventurado Francisco a otra celda donde éste oraba. Llevaba consigo un misal para leerle el evangelio de aquel día, porque los días que no podía oír misa quería oír el evangelio de la misa del día antes de la comida.

117. Cuando volvió, para comer, a la celda donde estaba el fuego encendido, vio que estaba ardiendo, y las llamas llegaban al techo. El compañero empezó a apagarlo a toda prisa, pero él solo no podía sofocarlo. El bienaventurado Francisco no se prestó a ayudarle, sino que, tomando una piel que usaba por la noche, se marchó con ella al bosque.

117. Los hermanos de aquel lugar, que estaban un poco lejos, cuando se dieron cuenta de que se quemaba la celda, vinieron corriendo y apagaron el fuego. Luego vino el bienaventurado Francisco a comer, y después de la comida dijo al compañero: "No quiero usar ya más esta piel, porque mi avaricia no ha consentido que el hermano fuego la devorara".

Amor especial que profesó al agua y a las piedras, a los árboles y a las flores

118. Después del fuego, amaba con amor singular al agua, porque representa la santa penitencia y la contrición, por las cuales se limpian las manchas del alma y porque la primera ablución del alma se hace con el agua del bautismo. Así, cuando se lavaba las manos, se cuidaba de elegir un lugar en el que no pudiera ser pisada el agua que caía a tierra.

118. También, cuando era preciso andar sobre las piedras, caminaba con gran temor y reverencia, por amor de aquel que es llamado piedra. Y, cuando rezaba el versículo del salmo: Me has ensalzado sobre la piedra, decía con profunda y reverente devoción: "Bajo los pies de la roca me has exaltado". Al hermano encargado de preparar la leña para la lumbre le decía que nunca cortase el árbol entero, sino que dejara algunas ramas íntegras, por amor del que quiso salvarnos en el árbol de la cruz.

118. Igualmente, decía al hermano encargado de cultivar el huerto que no destinase toda la tierra para hortalizas comestibles, sino que dejara un trozo de tierra para plantas frondosas, que a su tiempo produjera flores para los hermanos, por amor de quien se llama Flor del campo y lirio de los valles. Decía incluso que el hermano hortelano debería cultivar en algún rincón de la huerta un bonito jardincillo donde poner y plantar toda clase de hierbas olorosas y de plantas que produzcan hermosas flores, para que a su tiempo inviten a cuantos las vean a alabar a Dios. Pues toda creatura pregona y clama: "¡Dios me ha hecho por ti, oh hombre!"

118. Y nosotros que estuvimos con él veíamos que era tan grande su gozo interior y exterior en casi todas las creaturas, que, cuando las palpaba o contemplaba, más parecía que moraba en espíritu en el cielo que en la tierra. E, impelido por los muchos consuelos que experimentó y experimentaba en la consideración de las creaturas, poco antes de morir compuso unas alabanzas al Señor por las creaturas 4 para excitar a los que las oyeran a alabar a Dios y para que el mismo Señor fuera alabado en sus creaturas por los hombres.

Cómo ensalzaba, más que a ninguna creatura, al sol y al fuego

119. Con mayor afecto que a las demás creaturas carentes de razón, amaba al sol y al fuego. Y se explicaba así: "Por la mañana, cuando nace el sol, todos deberían alabar a Dios, porque ha creado el sol para nuestra utilidad: por él nuestros ojos ven la luz del día. Y por la tarde, al anochecer, todo hombre debería alabar a Dios por el hermano fuego; por él ven nuestros ojos de noche. Todos, en efecto, somos como ciegos, y el Señor da luz a nuestros ojos por estos dos hermanos nuestros. Por eso, debemos alabar especialmente al Creador por el don de estas y de otras creaturas de las que nos servimos todos los días.

119. El lo practicó siempre así hasta su muerte. Es más: cuando se agravaba su enfermedad, empezaba a cantar las alabanzas del Señor a través de las creaturas, y luego hacía que las cantaran sus compañeros, para que, considerando la alabanza del Señor, se olvidara de la acerbidad de sus dolores y enfermedades. Pensaba y decía que el sol es la más hermosa de todas las creaturas y la que más puede asemejarse a Dios y que en la Sagrada Escritura el Señor es llamado sol de justicia; así, al titular aquellas alabanzas de las creaturas del Señor que compuso con motivo de que el Señor le cercioró de que estaría en su reino, las quiso llamar Cántico del hermano sol.

Esta es la alabanza de las criaturas que compuso cuando el Señor le cercioró de su reino

120. Altísimo, omnipotente, buen Señor, tuyas son las alabanzas, la gloria, y el honor, y toda bendición. / A ti solo, Altísimo, corresponden, y ningún hombre es digno de hacer de ti mención. / Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, especialmente el señor hermano sol, el cual es día y por el cual nos alumbras. / Y él es bello y radiante con gran esplendor; de ti, Altísimo, lleva significación.

120. Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas; en el cielo las has formado luminosas, y preciosas, y bellas. / Loado seas, mi Señor, por el hermano viento, y por el aire, y el nublado, y el sereno, y todo tiempo, por el cual a tus criaturas das sustento. / Loado seas, mi Señor, por la hermana agua, la cual es muy útil, y humilde, y preciosa, y casta.

120. Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual alumbras la noche: y él es bello, y alegre, y robusto, y fuerte. / Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra, la cual nos sustenta y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

120. Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor y soportan enfermedad y tribulación. / Bienaventurados aquellos que las sufren en paz, pues por ti, Altísimo, coronados serán. / Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. / ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal. / Load y bendecid a mi Señor y dadle gracias y servidle con gran humildad.

CAPÍTULO XIII SU MUERTE. ALEGRÍA QUE DEMOSTRÓ CUANDO SUPO CON CERTEZA QUE ESTABA MUY CERCANO A LA MUERTE

Cómo respondió al hermano Elías, que le reprochaba porque mostraba tanta alegría

121. Cuando yacía enfermo en el palacio del obispo de Asís y parecía que Dios había aplicado su mano sobre él con más peso que de ordinario, temeroso el pueblo de Asís de que, si moría de noche, los hermanos tomaran el cuerpo santo y lo llevaran a enterrar a otra ciudad, acordaron que todas las noches hubiera centinelas apostados por los alrededores, fuera de los muros del palacio, para impedirlo.

121. Nuestro Padre santísimo, para fortalecer más su espíritu, no fuera que con la acerbidad del dolor, que de continuo le punzaba, alguna vez desfalleciera, hacía que sus compañeros le cantaran muchas veces al día las alabanzas del Señor; y lo mismo hacía de noche para consuelo y edificación de los seglares que hacían vela en las afueras del palacio.

121. Viendo el hermano Elías que el bienaventurado Francisco en tan dolorosa enfermedad se fortalecía y se gozaba así en el Señor, le dijo: "Carísimo hermano, es para mí de hondo consuelo y edificación ver la alegría que muestras por ti y por los demás compañeros en tu enfermedad. Pero, aunque los hombres de esta ciudad te tienen por santo, sin embargo, como están persuadidos de que tu enfermedad es incurable y que pronto morirás, al oír que estas alabanzas se cantan de día y de noche, podrían decirse para sí: ‘¿Cómo manifiesta tanta alegría el que está próximo a morir? Debería pensar en ello’".

121. El bienaventurado Francisco le respondió: "¿Te acuerdas de la visión que tuviste en Foligno y me dijiste entonces que alguno te había dicho que yo no viviría dos años? Pues ya antes que tuvieras esa visión, por la gracia de Dios, que sugiere todo lo bueno al corazón y lo expresa por boca de sus fieles, pensaba continuamente, día y noche, en el término de mi vida. Pero desde aquel momento en que tuviste la visión, he sido más solícito en pensar todos los días en el punto de mi muerte". Y luego, con gran fervor de espíritu, dijo: "Déjame, hermano, gozarme en el Señor y en sus alabanzas mientras padezco, pues, por la gracia recibida del Espíritu Santo, estoy tan adherido y unido a mi Señor que, por su gran misericordia, bien puedo regocijarme en el Altísimo".

Cómo indujo al médico a que le dijera cuánto podía tener de vida

122. En aquellos días lo visitó en el mismo palacio un médico de Arezzo llamado Buen Juan, muy íntimo del bienaventurado Francisco. Este le preguntó: "¿Qué te parece, Finiato, de mi mal de hidropesía?" No quiso llamarlo por su nombre propio, porque no quería llamar bueno a ninguno que se llamara así, por reverencia al Señor, que dice: Ninguno es bueno, sino sólo Dios. Asimismo, no llamaba a ninguno "padre" o "maestro", ni lo escribía en sus cartas, por la misma reverencia al Señor, que dice: Y a nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra, ni os llaméis maestros, etc.

122. El médico le dijo: "Hermano, por la gracia de Dios, te irá bien". De nuevo el bienaventurado Francisco: "Dime la verdad: ¿qué te parece? No te dé pena, pues, gracias a Dios, no soy un asustadizo que tema la muerte. Confortado con la gracia del Espíritu Santo, estoy tan unido con mi Señor, que estoy contento con morir como con vivir".

122. Entonces le dijo abiertamente el médico: "Padre, según los conocimientos de nuestra ciencia médica, tu enfermedad no tiene cura, y creo que a fines del mes de septiembre o el 4 de octubre morirás" . Al oír esto el bienaventurado Francisco, que yacía en el lecho, extendió con toda devoción y reverencia sus manos al Señor y dijo con íntima alegría de alma y cuerpo: "Bienvenida sea mi hermana muerte".

Cómo, cerciorado de que había de morir pronto, ordenó que le cantaran las alabanzas que había compuesto

123. Después de todo esto, un hermano le dijo: "Padre, tu vida y tu comportamiento fue y es luz y espejo, no sólo para tus hermanos, sino para toda la Iglesia, y lo mismo será tu muerte. Y, aunque tus hermanos y otros sientan tristeza y dolor por tu muerte, para ti será consuelo y gozo infinito. Tú pasarás, de grandes trabajos, al eterno descanso; de muchos dolores y tentaciones, a la paz perdurable; de la pobreza temporal, que amaste siempre y practicaste perfectamente, a las verdaderas e infinitas riquezas, y de la muerte temporal, a la vida sin fin, en donde verás cara a cara a tu Dios y Señor, a quien en este mundo has amado y ansiado con fervoroso amor".

123. A continuación le dijo con toda claridad: "Padre, has de saber en verdad que, si Dios no te ayuda con alguna medicina del cielo, tu enfermedad no tiene cura y poco vivirás ya, según dictamen de los médicos. Te digo esto para vigorizar tu espíritu y para que te goces siempre en el Señor interior y exteriormente con el fin de que tus hermanos y otros que te visitan te encuentren siempre gozoso en el Señor; que para quienes lo ven y para quienes lo oigan después que hayas muerto, tu muerte sea memorial perpetuo, como lo fue y será siempre tu vida y tu conducta".

123. Entonces, el bienaventurado Francisco, aunque más decaído que de ordinario por las molestias de la enfermedad, pareció recobrar más alegría espiritual oyendo que tenía próxima la hermana muerte, y con gran fervor de espíritu alabó al Señor, diciendo: "Pues, si es voluntad de mi Señor que muera pronto, llama a los hermanos León y Angel para que me canten a la hermana muerte".

123. Tan pronto como llegaron los dos hermanos, llenos de tristeza y dolor, cantaron entre lágrimas el Cántico del hermano sol y de las demás creaturas del Señor que el Santo había compuesto. Y, al llegar a la última estrofa del Cántico, añadió estos versos de la hermana muerte, diciendo; "Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal".

Cómo bendijo a la ciudad de Asís cuando era llevado a morir a Santa María

124. Certificado el Padre santísimo, tanto por el Espíritu Santo como por dictamen de los médicos, de la inminencia de la muerte, estando todavía en dicho palacio y sintiéndose cada vez más abrumado y falto de fuerzas, dispuso que lo trasladaran en una camilla a Santa María de la Porciúncula, porque anhelaba acabar su vida allí donde había empezado a experimentar la luz y la vida del alma.

124. Cuando llegaron al hospital, situado a la mitad del camino entre Asís y Santa María ‘, dijo a los que lo llevaban que dejaran las parihuelas en el suelo. Como, debido a su prolongada y grave enfermedad de los ojos, apenas veía nada, hizo que le volvieran de forma que tuviera el rostro mirando hacia la ciudad de Asís.

124. Entonces, incorporándose un poco, dio la bendición a la ciudad, diciendo: "Señor, como, según creo, esta ciudad fue en la antigüedad lugar y refugio de hombres malvados, así veo que, cuando has querido, por tu mucha misericordia has manifestado en ella de forma singular la abundancia de tus bondades y que por tu sola bondad la has elegido para que sea lugar y morada de los que te conozcan de verdad y den gloria a tu santo nombre y ofrezcan a todo el pueblo cristiano olor de buena fama, de vida santa, de la doctrina verdadera y de la perfección evangélica. Te ruego, pues, Señor mío Jesucristo, Padre de toda misericordia que no te acuerdes de nuestras ingratitudes, sino ten presente la inagotable clemencia que has manifestado en ella, para que sea siempre lugar y morada de los que de veras te conozcan y glorifiquen tu nombre, bendito y gloriosísimo, por los siglos de los siglos. Amén".

124. Dichas estas palabras, lo llevaron a Santa María. Cumplidos los cuarenta años de edad y los veinte de su admirable penitencia el día 4 de octubre del año del Señor 1226 voló al encuentro de nuestro Señor Jesucristo, a quien amó de todo corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas, con vivísimo anhelo y afecto, a El siguió perfectísimamente, tras El corrió velozmente y, por fin, gloriosísimamente llegó a El, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

124. Aquí acaba el Espejo de perfección del estado del hermano menor, en el cual se puede ver reflejada suficientemente la perfección de su vocación y de su profesión de vida. Toda alabanza y toda gloria sea dada a Dios Padre, al Hijo y al Espíritu Santo ¡Aleluya, aleluya, aleluya! Honor y acción de gracias a la gloriosísima Virgen María. ¡Aleluya, aleluya! Enaltecimiento y glorificación a su siervo santísimo Francisco. ¡Aleluya! Amén.