VIDA DE HERMANO GIL

CAPITULO I

CÓMO FUE RECIBIDO EN LA ORDEN DE LOS MENORES EL HERMANO GIL, TERCER COMPAÑERO DE SAN FRANCISCO

Porque el ejemplo de los hombres santos mueve a los otros al desprecio de los placeres transitorios y al deseo de la salvación eterna, diré algunas palabras a honra de Dios y de su santísima Madre, la Virgen María, y para utilidad de los lectores, acerca de lo que el Espíritu Santo obró en nuestro santísimo padre hermano Gil, el cual, aún seglar, movido de este divino Espíritu, comenzó de por sí a pensar cómo podría agradar a sólo Dios en todas sus acciones.

Por este tiempo, San Francisco, como pregonero enviado por Dios para ejemplo de vida, de penitencia y de santa humildad, dos años después de su conversión atrajo a un hombre de admirable prudencia y muy rico de bienes temporales, llamado Bernardo, y a Pedro Catáneo, y les indujo a la observancia de la pobreza evangélica, de suerte que por su consejo distribuyeron a los pobres, por amor de Dios, todos sus tesoros temporales y abrazaron la regla de penitencia, la perfección evangélica y el hábito de los hermanos Menores, prometida con grandísimo fervor esta observancia para todo el tiempo de su vida, y así lo cumplieron perfectísimamente.

Ocho días después de esta conversión y distribución de bienes, al ver hermano Gil, que aún andaba en traje seglar, el desprendimiento de tan notables caballeros y ciudadanos de Asís, que a todos había causado admiración, se sintió encendido en el divino amor, y al día siguiente, que era la fiesta de San Jorge del año 1209, muy temprano y bien solícito de su salvación, se fue a la iglesia de San Jorge, donde estaba el monasterio de Santa Clara, y después de hacer oración, llevado del gran deseo de ver a San Francisco, se dirigió hacia el hospital de los leprosos, donde habitaba en compañía de hermano Bernardo y de hermano Pedro Catáneo, retirado en una choza con suma humildad. Al llegar a una encrucijada de cuatro caminos, sin saber cuál elegir, se encomendó a Jesucristo, precioso guía, que le condujo derechamente al tugurio mencionado. Pensaba ahora en el asunto a que venía, cuando le salió al encuentro San Francisco, que volvía de orar en el bosque. Hermano Gil se puso inmediatamente de rodillas y le pidió humildemente que le recibiese en su compañía. Reparó San Francisco en el aspecto devoto de hermano Gil, y le contestó:

- Hermano carísimo, te ha hecho Dios una grandísima gracia. Si viniese a Asís el Emperador y quisiese hacer caballero o camarero suyo a un ciudadano, ¿no debería éste alegrarse mucho? Pues ¿cuánto más debes alegrarte tú, escogiéndote Dios por caballero y servidor suyo amadísimo en la guarda de la perfección del santo Evangelio? Ten firmeza y constancia en la vocación que Dios te ha dado.

Y tomándole de la mano, le levantó, le introdujo en la referida choza y dijo a hermano Bernardo:

Dios nuestro Señor nos ha mandado un buen hermano; alegrémonos todos y comamos en caridad.

Después de la comida, San Francisco marchó con hermano Gil a Asís, a buscar paño para hacerle el hábito. En el camino les pidió limosna una pobrecita por amor de Dios, y sin saber cómo socorrerla, San Francisco se volvió a hermano Gil con una cara de ángel y le dijo:

- Por amor de Dios, carísimo hermano, démosle esa capa a la pobrecita.

Hermano Gil, que esperaba que el Santo se lo dijese, obedeció con tal prontitud de corazón, que le pareció a San Francisco ver volar inmediatamente aquella limosna al cielo, y hermano Gil se elevó también en derechura con ella, porque sintió en su interior indecible gozo y una nueva mudanza. Adquirido por San Francisco el paño y hecho el hábito, recibió en la Orden a hermano Gil, que por su vida contemplativa fue uno de los gloriosísimos religiosos que tuvo el mundo por aquel tiempo. Inmediatamente después lo llevó en su compañía a la Marca de Ancona, entre cantos y loas magníficas al Señor del cielo y de la tierra. Dijo San Francisco a hermano Gil:

- Hijo, nuestra Religión ha de ser como el pescador, que echa sus redes, y aprisionados muchos peces, recoge los grandes y echa los pequeños al agua.

Admiróse hermano Gil de esta profecía, porque aún no tenía la Orden más que tres hermanos y San Francisco. Aunque éste no predicaba todavía públicamente al pueblo, amonestaba y advertía por el camino a hombres y mujeres, diciéndoles sencillamente:

- Amad y temed a Dios y haced penitencia de vuestros pecados.

Y hermano Gil añadió:

- Haced lo que os dice mi padre espiritual, porque está muy bien dicho.

En alabanza de Jesucristo y del pobrecillo Francisco. Amén.

CAPITULO II

COMO HERMANO GIL FUE A SANTIAGO

En el decurso del tiempo fue una vez hermano Gil, con licencia de San Francisco, a Santiago de Galicia, y en todo el viaje ni una sola vez sació el hambre, por la grande pobreza que había en todo el país. Pedía limosna, y no hallaba quién le hiciese una caridad. Al anochecer vino a encontrarse en una era en que habían quedado algunos granos de habas, y recogiéndolos, hizo con ellos su cena y allí durmió aquella noche porque se quedaba de buena gana en lugares solitarios y apartados de la gente, para poder orar y velar con más libertad. Se sintió tan confortado por Dios con esta cena, que le parecía que no estaría tan bien alimentado si hubiera comido variedad de manjares.

Continuó el viaje, y encontró un pobrecito que le pidió limosna por amor de Dios, y el caritativo hermano Gil, que no tenía más que el hábito con que cubría su cuerpo, cortó la capucha y se la dio al pobre por amor de Dios, y así caminó después sin ella veinte días continuos.

Al regresar por la Lombardía, le llamó un hombre, y él se acercó de buena gana al creer que le daría una limosna, pero alargó la mano y metió en la de hermano Gil un par de dados, invitándole a jugar. Hermano Gil le respondió humildemente:

- Dios te lo perdone, hijo.

Andaba de esta manera por el mundo, le hacían muchas burlas, y todas las recibía pacíficamente.

En alabanza de Jesucristo y del pobrecillo Francisco. Amén.

CAPITULO III

DE LA VIDA QUE HIZO HERMANO GIL CUANDO FUE A VISITAR EL SANTO SEPULCRO

Fue hermano Gil a visitar el Santo Sepulcro, con licencia de San Francisco, y cuando llegó al puerto de Brindis se detuvo allí varios días, porque no había nave preparada. Y por querer vivir de su trabajo, buscó un cántaro, lo llenó de agua y gritaba por la ciudad:

- ¿Quién quiere agua?

Y recibía por su trabajo pan y las cosas necesarias a la vida corporal para sí y para su compañero. Después pasó el mar, visitó con mucha devoción el Santo Sepulcro de Cristo y los demás Santos Lugares, y a la vuelta se detuvo varios días en la ciudad de Acre. Y según la costumbre de vivir de su trabajo, hacía espuertas de juncos y las vendía, no por dinero, sino por pan para sí y para el que le acompañaba; y por la misma recompensa llevaba los muertos a enterrar, y cuando esto le faltaba, recurría a la mesa de Jesucristo en demanda de limosna de puerta en puerta. Y así, con mucha fatiga y pobreza, volvió a Santa María de los Ángeles.

En alabanza de Jesucristo y del pobrecillo Francisco. Amén.

CAPITULO IV

COMO HERMANO GIL ALABABA MAS LA OBEDIENCIA QUE LA ORACIÓN

Estaba una vez un hermano en oración en su celda, y enviándole a decir el Guardián que saliese a buscar limosna, fuese inmediatamente a hermano Gil y le dijo:

- Padre mío, yo estaba en oración, y el Guardián me ha mandado que vaya a pedir limosna; me parece que sería mejor hacer oración.

- Hijo - le respondió - , ¿no has aprendido ni entendido aún qué cosa es oración? Verdadera oración es hacer la voluntad del Prelado; y es indicio de grande soberbia en el que sometió su cuello al yugo de la obediencia santa el querer sacudirlo con alguna excusa para hacer la propia voluntad, aunque le parezca que obra más perfectamente. El religioso que es perfecto obediente se asemeja al caballero que monta un poderoso caballo, merced al cual pasa intrépido por medio del enemigo- y el religioso desobediente, quejumbroso e indócil, es semejante al que monta un caballo flaco, triste, enfermo y resabiado, al cual los enemigos vencen, matan o prenden con poca fatiga. Dígote que si un hombre tuviese tanta devoción y elevación de espíritu que hablase con los ángeles, y ocupado en eso le llamase su Prelado, debería dejar inmediatamente el coloquio de los ángeles y obedecer al Prelado.

En alabanza de Jesucristo y del pobrecillo Francisco. Amén.

CAPITULO V

COMO HERMANO GIL VIVÍA DE SU TRABAJO

Residía una vez hermano Gil en un convento de Roma y quiso vivir de su trabajo corporal, como lo tenía de costumbre desde que entró en la Orden, y lo hizo de este modo:

A la mañana, temprano, oía misa con mucha devoción. Después se encaminaba a un bosque, distante de la ciudad ocho millas, y traía a cuestas un haz de leña, que vendía por pan y otras cosas de comer. Una vez, entre otras, al venir con una carga de leña, se la ajustó una mujer, y, convenido en el precio, se la llevó a casa. En atención a que era religioso, la mujer le dio mucho más, pero él dijo:

- No, buena mujer; no quiero dejarme vencer de la avaricia; no recibo más de lo que me prometiste.

Y no sólo no tomó de más, sino que le devolvió la mitad de lo pactado y se marchó, dejándola muy edificada.

Hermano Gil hacía por recompensa cualquier clase de trabajo que no desdijese de la santa honestidad. Ayudaba a los trabajadores a recoger las aceitunas y a pisar las uvas. Estaba un día en la plaza; un hombre ofrecía jornal a un trabajador para llevarle a varear nueces, y éste se excusaba con la mucha distancia del sitio y la dificultad de subir. Dijo entonces hermano Gil al que buscaba jornalero:

- Amigo mío, si me quieres dar parte de las nueces, voy contigo a varearlas.

Habiéndose convenido, fue con él a varear, y subió, aunque con mucho temor, haciendo primero la señal de la cruz. Cuando acabó, le tocaron tantas que, no teniendo en qué llevarlas, se quitó el hábito, y atándole mangas y capucha, hizo de él un saco, lo llenó de nueces, cargó con él a cuestas hasta Roma,- y allí las dio todas a los pobres, con grande alegría por amor de Dios.

En tiempo de las siegas iba hermano Gil a espigar con los otros pobres, y si alguien le daba un haz entero, respondía:

- No tengo granero en que guardarlo, hermano mío.

Y las más de las veces daba por amor de Dios las espigas que había recogido.

Pocas veces ayudaba hermano Gil a otro todo el día; porque ponía por condición que le habían de dejar tiempo para rezar las horas canónicas y hacer oración mental.

Una vez que fue hermano Gil a la fuente de San Sixto a buscar agua para los monjes, un hombre le pidió de beber, y él le respondió:

- ¿Y cómo he de llevar yo a los monjes el cántaro sin llenar?

Indignóse con esto aquel hombre y le dijo muchas injurias y villanías. Hermano Gil se fue muy angustiado al monasterio, tomó un vaso grande, volvió luego a llenarlo en la fuente, y buscando al hombre le dijo:

- -Amigo mío, toma y bebe cuanto quieras; no te incomodes, pues me parecía una villanía llevar a los santos monjes las sobras del agua bebida.

Compungido el hombre y edificado de la caridad y humildad de hermano Gil, reconoció su culpa y en lo sucesivo le tuvo grande devoción.

En alabanza de Jesucristo y del pobrecillo Francisco. Amén.

CAPITULO VI

COMO FUE SOCORRIDO HERMANO GIL MILAGROSAMENTE EN UNA GRANDE NECESIDAD PORQUE, POR LA MUCHA NIEVE, NO PODÍA PEDIR LIMOSNA

Morador hermano Gil en Rieti, en casa de un Cardenal, al no tener allí la quietud de espíritu que deseaba, próxima la cuaresma dijo al Cardenal:

Padre mío, con vuestra licencia y para mi tranquilidad, quisiera ir con mi compañero a pasar esta cuaresma en algún lugar solitario.

- ¿Adónde quieres ir, padre mío carísimo? - le respondió el Cardenal - . La carestía es grande, y vosotros sois aún poco conocidos- quédate conmigo de buena gana, pues tendré por grande dicha haceros dar, por amor de Dios, todo lo que os haga falta.

Insistió hermano Gil en marchar, y partió fuera de Rieti, a la cima de un monte alto, en el castillo de Ceuta; encontró allí una iglesia dedicada a San Lorenzo, entró en ella con el compañero y se dieron a la oración y meditación. Como no eran conocidos, les tenían poca devoción y reverencia y pasaban gran penuria; añadióse a esto que cayó una gran nevada, y ni tenían con qué vivir, ni podían salir a buscarlo, ni se lo mandaban de fuera; y estuvieron así encerrados tres días enteros. Al ver Hermano Gil que no podía trabajar ni pedir limosna, dijo al compañero:

- Hermano mío carísimo, clamemos en alta voz al Señor para que, por su piedad, nos socorra en necesidad tan extrema, porque algunos monjes, estando en gran necesidad, clamaron a Dios, y la divina clemencia les socorrió en sus necesidades.

No cesaron, pues, de orar a ejemplo de ellos, y pedían a Dios de todo corazón el remedio. Y el Señor, que es todo piedad, miró a su fe, devoción, sencillez y fervor, y los socorrió por este medio. Miraba un hombre hacia la iglesia donde estaban hermano Gil y su compañero, y se dijo a sí mismo, inspirado por Dios: "¡Quién sabe si en aquella iglesia estará alguna buena persona dada a la penitencia y, faltándole lo necesario por causa de la nieve, se morirá de hambre! Quiero saber si mi imaginación es verdadera o no". Y con algunos panes y vino se fue allá; llegó con mucha dificultad a la iglesia y encontró a hermano Gil y su compañero puestos devotísimamente en oración, y estaban tan marchitos y pálidos a causa del hambre, que más parecían muertos que vivos. Grandísima fue su compasión, y luego que les dio de comer y de beber, se volvió y refirió a sus vecinos aquella extrema necesidad, exhortándoles y pidiéndoles por amor de Dios que socorriesen a los dichos hermanos.

Desde entonces, a ejemplo de este hombre, muchos les llevaron pan y otros alimentos por amor de Dios, y establecieron cierto orden entre sí para proveer por turno durante toda la cuaresma a la necesidad de los hermanos. Al considerar hermano Gil la grande misericordia de Dios y la caridad de aquellos hombres, dijo a su compañero:

- Hermano mío carísimo, hasta aquí hemos pedido a Dios que nos proveyese en nuestra necesidad, y nos oyó; ahora hay que darle las gracias y la gloria y pedir por esta gente que nos mantiene con sus limosnas, y por todo el pueblo cristiano.

Y haciéndolo con gran fervor y devoción, concedió el Señor tanta gracia a hermano Gil, que muchos, a su ejemplo, abandonaron este ciego mundo, y muchos otros, que no estaban en disposición de ser religiosos, hicieron en sus casas grande penitencia.

En alabanza de Jesucristo y del pobrecillo Francisco. Amén.

CAPÍTULO VII

DE LA MUERTE DEL SANTO HERMANO GIL

La vigilia de San Jorge, a la hora de maitines, cumplidos cincuenta y dos años después de haber tomado el hábito de San Francisco, recibió Dios el alma de hermano Gil en la gloria del paraíso, cuando se celebraba la fiesta de San Jorge.

En alabanza de Jesucristo y del pobrecito Francisco. Amén.

CAPITULO VIII

COMO ESTANDO EN ORACIÓN UN SANTO HOMBRE VIO EL ALMA DE HERMANO GIL QUE VOLABA AL CIELO

Un santo hombre, que estaba en oración cuando hermano Gil pasó de esta vida, vio subir al cielo su alma, con otras muchas que entonces salían del purgatorio, y a Jesucristo que le venía al encuentro y la conducía con multitud de ángeles, entre melodiosos cánticos y acompañada de todas aquellas almas, hasta introducirla en la gloria del paraíso.

En alabanza de Jesucristo y del pobrecillo Francisco. Amén.

CAPITULO IX

COMO, POR LOS MÉRITOS DE HERMANO GIL, FUE LIBRADA DEL PURGATORIO EL ALMA DE UN HERMANO PREDICADOR, AMIGO SUYO

Estaba ya hermano Gil con la enfermedad de la que a pocos días murió, y enfermó también de muerte un hermano dominico. Otro religioso amigo de éste, viéndole próximo a morir, díjole:

- Hermano mío, si te lo permitiese el Señor, quisiera que después de tu muerte vinieses a decirme en qué estado te encuentras.

El enfermo prometió complacerle, caso de que le fuese posible.

Ambos enfermos murieron el mismo día, y el de la Orden de Predicadores se apareció a su hermano superviviente, y le dijo:

- Voluntad es de Dios que te cumpla la promesa.

- ¿Qué es de ti? - le preguntó el hermano.

- Estoy bien - respondió el muerto - , porque aquel mismo día murió un santo hermano Menor, llamado hermano Gil, al cual, por su grande santidad, concedió Jesucristo que llevase al cielo todas las almas que había en el purgatorio. Con ellas estaba yo en grandes tormentos, y por los méritos del santo hermano Gil me veo libre.

Dicho esto, desapareció, y el hermano que tuvo esta visión no la reveló a nadie; pero ya enfermo, temeroso del castigo de Dios por no haber manifestado la virtud y gloria de hermano Gil, hizo llamar a los hermanos Menores. Se presentaron diez, y, reunidos con los hermanos Predicadores, reveló el enfermo devotamente la visión ya referida. Investigaron con diligencia, y supieron que los dos habían muerto el mismo día.

En alabanza de Jesucristo y del pobrecillo Francisco. Amén.

CAPITULO X

DE LAS GRACIAS QUE DIOS HABÍA DADO A HERMANO GIL Y DEL AÑO DE SU MUERTE

Decía de hermano Gil hermano Buenaventura de Bagnoreggio que Dios le había concedido gracia especial, no sólo para él, sino también para todos los que con devoción le encomendaban cosas espirituales.

Hizo grandes milagros en vida y después de muerto, según se ve en su leyenda.

Pasó de esta vida a la gloria celestial el año 1252, en la fiesta de San Jorge, y está sepultado en Perusa, en el convento de los hermanos Menores.

En alabanza de Jesucristo y del pobrecillo Francisco. Amén.

CAPITULO XI

DE UNA CUESTIÓN NOTABLE QUE TUVO HERMANO GIL CON HERMANO GERARDINO

Estaba una vez en Perusa el santo hermano Gil, y vino a visitarle la ilustre Jacoba de Sietesolios, nobilísima dama de Roma, que era muy devota de la Orden de los hermanos Menores. Mientras hablaban, llegó también con el mismo objeto un hermano espiritual y devoto, llamado hermano Gerardino, y en presencia de otros hermanos que allí había rogó a hermano Gil que les dijese alguna palabra de edificación. Condescendió hermano Gil, y dijo:

- Por aquello que el hombre puede, llega a lo que no quiere.

Replicó entonces hermano Gerardino, para hacerle hablar más:

- Me maravillo, hermano Gil, de que por lo que el hombre puede, venga a lo que no quiere. Porque el hombre de por sí no puede nada, y esto lo puedo probar con varias razones. Primera: porque el poder presupone el ser, y aun conforme a éste es la operación, como vemos en el fuego, que calienta porque es cálido. Pero el hombre de por sí no es nada. El que piensa que es algo, no siendo nada, se engaña, dice el Apóstol, y, si es nada, síguese que nada puede. Segunda: porque, si pudiese algo, sería, o por razón del alma separada del cuerpo, o por razón del cuerpo solo, o por razón de ambos unidos. Pues bien, el alma despojada del cuerpo no puede merecer ni desmerecer. El cuerpo sin alma tampoco, porque no tiene vida, está informe, y todo acto es forma. Pues por razón del conjunto, si el alma separada del cuerpo no puede, menos podrá unida a él, porque el cuerpo corruptible agrava al alma, y si un jumento no puede andar sin carga, mucho menos con ella..

Hasta una docena de argumentos propuso a hermano Gil el dicho hermano Gerardino para hacerle hablar y que se explicase; y todos los presentes se admiraban de la argumentación.

- Has hablado mal, hermano Gerardino - respondió por fin hermano Gil - ¨ tienes que decir la culpa por todo eso.

Hermano Gerardino dijo la culpa sonriéndose, y al ver hermano Gil que no la decía de corazón, añadió:

- De esa manera no vale; y cuando aun el decir la culpa es sin mérito, no le queda al hombre por dónde satisfacer.

Después prosiguió:

- ¿Sabes cantar, hermano Gerardino?

Y al responder que sí, le dijo:

- Pues canta conmigo.

Saca de su manga hermano Gil una cítara como las que suelen hacer los muchachos, y empieza desde la primera cuerda, sigue por las demás, contesta en verso, y deshace uno por uno los doce argumentos. Contra el primero dice: - Yo no hablo del ser del hombre antes de la creación, hermano Gerardino, porque entonces nada es y nada puede; hablo del hombre ya creado, al que dio Dios el libre albedrío, con el que puede merecer, si consiente en el bien, y desmerecer, si disiente. Has dicho mal y erraste, hermano Gerardino, porque el Apóstol no habla de la nada en cuanto al ser ni en cuanto al poder, sino respecto al merecimiento, como cuando dice en otra parte: Si no tuviese caridad, nada soy. Yo no hablé del alma separada, ni del cuerpo muerto, sino del hombre vivo, el cual, si consiente a la gracia, puede obrar el bien, y rebelándose contra ella, obra el mal. En el texto que has aducido: El cuerpo que se corrompe agrava el alma, la Escritura no dice que le quita el libre albedrío.

Y del mismo modo rebate las demás razones, tanto que hermano Gerardino vuelve a decir la culpa, pero esta vez reconoce sinceramente que la criatura puede algo.

- Ahora sí que has dicho bien la culpa - exclamó hermano Gil - . ¿Quieres que te muestre aún más claramente cómo la criatura puede algo?

Y subiéndose sobre un arca, grita:

- ¡Oh mísero condenado que yaces en el infierno!

Y al responder en persona del condenado, con voz fuerte, terrible y espantosa, dice entre alaridos y lamentos:

- ¡Ay! ¡Ay! ¡¡¡Desgraciado de mí!!! ...

- Dinos - pregunta hermano Gil - , ¿por qué te has ido al infierno?

- Porque los males que podía evitar no los evité; y el bien que pude hacer, no lo hice.

- ¿Qué harías, infeliz condenado, si te diesen tiempo de penitencia?

Y responde en persona del mismo:

- Poco a poco desecharía de mí todo el mundo para librarme de las penas eternas; porque aquél ha de tener fin, pero mi condenación ¡jamás!, ¡jamás lo tendrá!...

Vuélvese entonces hacia hermano Gerardino, y dice:

- ¿Has oído, hermano Gerardino, cómo la criatura puede algo? Dime ahora: si cae en el mar una gota de agua, ¿le da su nombre al mar o el mar a la gota?

Y respondió que queda absorbida gota y nombre, y todo se llama mar.

En esto hermano Gil, arrebatado en éxtasis a vista de todos los presentes, entiende que la naturaleza humana, respecto a la divina, fue absorbida como gota en el piélago infinito de la divinidad, al encarnarse Nuestro Señor Jesucristo, el cual sea bendito por los siglos de los siglos. Amén.

CAPÍTULO XII

COMO, AL DUDAR UN HERMANO PREDICADOR ACERCA DE LA VIRGINIDAD DE MARÍA. HERMANO GIL HIZO NACER TRES LIRIOS

En tiempo de hermano Gil hubo un gran maestro de Teología de la Orden de Predicadores que padeció durante muchos años fuertes dudas acerca de la virginidad de la Madre de Cristo, pues le parecía imposible que pudiese ser madre y virgen a un tiempo. Pero, como verdadero católico, se dolía mucho de su duda y deseaba hallar algún varón iluminado de Dios que le librase de ella. Tuvo noticia de la santidad de hermano Gil, y cómo muchas veces era arrebatado en éxtasis y permanecía elevado en el aire, por lo cual se determinó a ir en busca de él.

Estaba hermano Gil de noche en oración, y le manifestó Dios la tentación de aquel hermano y cómo a la mañana vendría a declarársela. Hermano, Gil tomó un báculo en que solía apoyarse, porque era ya muy anciano, y salió a su encuentro. En cuanto le vio venir, sin darle tiempo a que saludase ni dijese palabra, hirió la tierra con el báculo, diciendo:

- Hermano Predicador, ¡virgen antes del parto!

Y en el mismo sitio donde dio con el báculo brotó al instante un lirio hermosísimo.

Dio luego otro golpe y dijo:

- Hermano Predicador, ¡virgen en el parto!

Y nació otro lirio blanquísimo.

Tercera vez hirió el suelo diciendo:

- Hermano Predicador, ¡virgen después del parto!

E inmediatamente brotó un tercer lirio. Después de esto hermano Gil huyó.

El maestro Predicador, sintiéndose repentinamente libre de su duda y tentación, preguntó, muy asombrado, si aquél era hermano Gil, y le dijeron que sí. Desde entonces le tuvo siempre grandísima devoción, y lo mismo a toda la Orden.

En alabanza de Jesucristo y del pobrecillo Francisco. Amén.

CAPITULO XIII

CONSEJO QUE DIO HERMANO GIL A HERMANO JACOBO DE LA MASSA

Hermano Jacobo de la Massa, que era lego y un santo hombre, y había estado con Santa Clara y con muchos de los compañeros de San Francisco, fue muy devoto; y muy favorecido con la gracia del éxtasis, quiso tomar consejo de hermano Gil, y le preguntó cómo debía conducirse al sentir esta gracia.

- Ni añadas ni disminuyas - le respondió hermano Gil - y huye de la multitud cuanto puedas.

- ¿Qué quieres decir con eso? - repuso hermano Jacobo - : explícamelo, reverendo Padre.

Y contestó:

Cuando la mente está dispuesta para ser introducida en aquella gloriosísima luz de la bondad divina, no añadas por presunción ni disminuyas por negligencia, y ama la soledad cuanto puedas para guardar la gracia.

En alabanza de Jesucristo y del pobrecillo Francisco. Amén.

APENDICE

CAPITULO I

EJEMPLO DE HERMANO LEÓN CUANDO SAN FRANCISCO LE MANDO QUE LAVASE UNA PIEDRA

Hablaba San Francisco con hermano León en el monte Alverna y le dijo:

- Hermano ovejuela, lava esta piedra con agua

Obedeció presto hermano León y lavó la piedra con agua. Díjole San Francisco con grande gozo y alegría:

- Lávala con vino.

Y lo hizo.

- Lávala - le volvió a decir - con aceite.

Y también lo hizo.

- Hermano ovejuela - dijo de nuevo el Santo - , lava la piedra con bálsamo.

- ¡Oh dulce Padre! - le respondió - , ¿cómo podré yo hallar bálsamo en este lugar tan agreste?

- Has de saber, hermano ovejuela de Cristo - añadió el Santo - , que en esta piedra estuvo sentado Cristo una vez que se me apareció aquí; y te he dicho cuatro veces que la lavases porque Jesucristo (y has de guardar secreto) me prometió cuatro privilegios singulares para mi Orden.

El primero, que todos los que amen de corazón a mi Orden y a los hermanos que perseveren en ella alcanzarán buen fin, por la divina misericordia. El segundo, que los perseguidores de esta santa Religión serán duramente castigados. El tercero, que ningún perverso podrá durar mucho en la Orden si persevera en su maldad. El cuarto, que esta Religión durará hasta el día del juicio final.

En alabanza de Cristo. Amén.

CAPITULO II

CÓMO SAN FRANCISCO Y HERMANO BERNARDO FUERON A PEDIR LIMOSNA

Poco después de la fundación de la Orden fue un día San Francisco a una ciudad a pedir limosna con hermano Bernardo, el primogénito de sus hermanos. Cansados ambos, se sentaron sobre una piedra. Pero acosados del hambre los pobrecillos de Cristo, y como era cada vez más viva la necesidad de comer, dijo el santo Padre al compañero:

- carísimo, esperémonos aquí cuando volvamos de pedir limosna por el amor de Dios.

Con este acuerdo se separaron, recorrieron calles y plazas, llamaron a las puertas de las casas y entraron en ellas confiadamente, pidieron limosna y les fue dada reverentemente. Pero el devoto hermano Bernardo, quebrantado de la mucha fatiga, no guardó nada, sino que comía apenas se los daban los pedacitos de pan y los mendrugos y demás restos que le ofrecían. De modo que cuando volvió al lugar convenido no había reservado ni llevaba nada. Llegó luego el Padre San Francisco con la limosna que había recogido y se la enseñó al compañero, diciendo:

- Mira, hermano mío, cuánta limosna me ha dado la divina Providencia; a ver la que has traído tú y comamos juntos en el nombre de Dios.

Hermano Bernardo, humillado y temeroso, se postró a los pies del piadoso Padre y le dijo:

- Padre mío, confieso ,mi pecado: no he traído nada de las limosnas que recogí, sino que he comido todo lo que me dieron, porque casi me moría de hambre.

San Francisco, al oírlo, lloraba de gozo, lo abrazó y exclamó:

- ¡Oh hijo dulcísimo! En verdad eres tú más dichoso que yo, eres un perfecto observador del Evangelio, porque no has acumulado ni guardado cosa alguna para el día de mañana, sino que todo tu pensamiento volviste al Señor.

En alabanza de Cristo. Amén.

CAPITULO III

COMO HERMANO LEÓN TUVO EN SUEÑOS UNA VISIÓN TERRIBLE

Una vez vio en sueños hermano León los preparativos para el juicio divino. Veía a los ángeles que tocaban trompetas y otros varios instrumentos y congregaban grandísima muchedumbre en un campo. A un lado colocaron una escala roja que llegaba de la tierra al cielo, y a la parte opuesta otra que era blanca, y bajaba del cielo a la tierra. En la cima de la roja apareció Cristo en ademán de un señor ofendido y muy irritado. San Francisco estaba en la misma escala algunas gradas más abajo de Cristo, y bajaba más, y llamaba y decía con gran voz y fervor:

- Venid, hermanos míos, venid confiadamente, no temáis; venid y acercaos al Señor, que os llama.

Al oír a San Francisco corrieron a su encuentro los hermanos, y subían, muy confiados, por la escalera roja. Pero cuando ya estaban todos en ella comenzaron a caerse, quién del tercer escalón, quién del cuarto, quién del quinto o del sexto, y caían todos uno tras otro, de suerte que no quedó ninguno en la escala.

A la vista de tal desgracia, movido San Francisco a compasión de sus hermanos, como Padre piadoso, rogaba por sus hijos al Juez para que tuviese misericordia de ellos. Y Cristo le mostraba las Llagas sangrientas y le decía:

- Mira lo que me han hecho tus hermanos.

El Santo, después de insistir un poco en la misma súplica bajó algunas gradas, y llamó a los hermanos que habían caído en la escalera roja, y les dijo:

- Levantaos, hijos y hermanos míos; tened confianza, no os desaniméis; corred seguros a la escala blanca y subid por ella, que así seréis admitidos en el reino de los cielos.

Corrieron los hermanos, enseñados por su Padre, a la dicha escala, y en la cima apareció, piadosa y clemente, la gloriosa Virgen María, Madre de Jesucristo, y los recibió; y así entraron sin ninguna dificultad en el reino eterno.

En alabanza de Cristo. Amén.

CAPITULO IV

VOCACIÓN DE UN FAMILIAR DE NICOLÁS III

El año 1280, estaba el Papa Nicolás III en su cámara con el Ministro General y algunos Ministros provinciales. Hablaban acerca de la declaración de la Regla, y entró allí a tomar cierto objeto uno vestido con el hábito de los hermanos Menores y salió inmediatamente. Luego que estuvo fuera, dijo el Papa:

- ¿Visteis aquel lego que entró en la cámara?

Respondiéronle los hermanos que sí, y añadió:

- Quiero informaros de él. Cuando fui elegido Papa pedí a un Abad de la Orden del Cister que me enviase un lego bueno, fiel y prudente, que me cuidase y sirviese con diligencia; y me mandó este que visteis entrar aquí con vuestro hábito. Un día vio a la puerta hermanos Menores, que venían a la limosna del pan, y comenzó a entristecerse y sentir gran melancolía. Viéndole así triste le pregunté la causa, e insistiendo yo en querer saberla, me respondió:

- Santísimo Padre, el motivo de mi desconsuelo es que, ya profeso en mi Orden, estaba un día en oración y yo no sé si en mí o fuera de mí, me pareció ver toda la ciudad en alboroto, y pregunté a los que corrían:

- ¿Qué es eso?, ¿qué es eso?

- Vamos a ver a Nuestro Señor Jesucristo - me respondieron.

Eché yo también a correr con ellos, y cuando llegué a la plaza la encontré llena de hombres puestos en círculo, y en medio vi a Nuestro Señor Jesucristo con las sagradas Llagas, vestido con el hábito de los hermanos Menores, y predicaba con los brazos abiertos y decía: "El que quiera salvar su alma, sígame y vístase con este hábito que Yo traigo". Por eso. cuando vi venir por el pan a los hermanos con aquel hábito que tenía Jesucristo, me entristecí de repente y me entró tan grande amargura que no estaré jamás contento ni consolado hasta que me vea vestido con él. Os pido por el amor de la pasión de Cristo que me lo vistáis, si queréis consolarme.

Yo le alabé mucho su Orden, diciéndole que era antigua, aprobada, buena y santa; pero, al fin, al no poder consolarle, le vestí vuestro hábito, como habéis visto. Y creo que su visión habrá sido verdadera; porque, como sabéis, el que quiera salvarse tiene que seguir a Cristo y vestir como los hermanos Menores, ser como si no tuviera cuerpo, orar con la mente y dejar al mundo con sus vanidades.

En alabanza de Cristo. Amén.

CAPÍTULO V

DE UN DEVOTO EJEMPLO Y MILAGRO DE SAN FRANCISCO

Por los años de 1343 hubo en España, en Ciudad Rodrigo, del reino de Castilla, un Obispo llamado Pedro, el cual, aunque pecador, era muy devoto de San Francisco. Y como enfermase, bien que no de gravedad, un familiar suyo tuvo esta visión:

Estaba el Obispo sentado en su cátedra, y salían de la tierra unos perros negros que se lanzaban contra él y le rasgaban las vestiduras; pero salía de detrás de la cátedra un hermano Menor que apartaba y ahuyentaba los perros, y después dijo al familiar: "Ve y dile al Obispo que se confiese y haga penitencia, porque estos animales son demonios, que tienen potestad sobre él a causa de sus pecados". Cuando despertó fue a referir secretamente toda la visión al Obispo; pero éste se turbó y dijo que no estaba tan enfermo que necesitase confesión.

De allí a tres días tuvo el dicho familiar otra visión. Veía dos perros grandísimos, negros y horribles, que querían devorar al Obispo, y un hermano Menor se lo estorbó y los echó de allí, diciendo luego al familiar: "Vete a decir al Obispo que se confiese y haga penitencia, porque morirá presto de esta enfermedad".

Habiéndoselo referido todo detalladamente, se turbó el Obispo y se airó contra él, porque le había dicho que moriría; y de la penitencia y confesión no se cuidó.

Pasados otros tres días vio el familiar una hoguera grandísima, y en ella una caldera llena de pez hirviente, y los demonios asían del Obispo para echarlo dentro- pero aquel hermano Menor lo impidió y dijo al familiar: "Dile al Obispo que sin remedio tiene que morir de esta enfermedad, que se confiese sin tardanza";

- Ya se lo he dicho - respondió - , y de ninguna manera me lo quiere creer; dame alguna señal para que me crea y se confiese.

- Mete el dedo en esta pez - le dijo el hermano - , y dile: San Francisco, de quien sois devoto me ha dicho esto, y en prueba de la verdad mira el dedo tiznado de la pez, y seco.

Refirió, pues, todo eso al Prelado, el cual quedó estupefacto al ver el dedo seco, y se compungió, por su devoción a San Francisco. Se confesó inmediatamente, y, agravándose la enfermedad, murió a los pocos días.

Los sobrinos y hermanos ocultaron su muerte tres días para poder llevarse sus cosas y las del Obispado. El 4 de mayo de 1343 fue conducido su cadáver al convento de los hermanos Menores, y haciéndole éstos las exequias, se levantó el Obispo en el féretro, a vista de todo el pueblo. Sus parientes, que sabían estaba muerto de cuatro días, echaron a huir, y el Obispo les gritaba:

- No huyáis! He muerto de verdad, pero ahora no estoy muerto. Fui llevado al juicio de Cristo: dio contra mí sentencia de eterna condenación porque al confesarme de mis pecados no tuve contrición verdadera ni propósito de dejar definitivamente la ocasión en que siempre había estado, aunque la aparté por el momento. Pero intercedió por mí San Francisco, alegó la grande devoción que siempre le tuve, la limosna que por su amor hice siempre a los hermanos Menores, pues mi casa y cuanto yo tenía era más de ellos que de mi familia, y la gran fe de que por sus méritos no había de morir mal. Y rogó él por mí a Cristo: me alcanzó la gracia de volver al cuerpo por espacio de veinte días para hacer penitencia de mis pecados, y, transcurrido ese plazo, moriré otra vez.

En este término recobró lo que sus parientes le habían llevado, y de todo dispuso discreta y santamente, e hizo condigna penitencia de sus pecados. Y llegada dentro del mismo plazo la fiesta de la Exaltación (traslación del cuerpo) ' de San Francisco, celebró en ella la misa y predicó al pueblo lo que queda dicho. Habló de San Francisco con tanto fervor, que, siendo hasta entonces poco conocidos allí los hermanos Menores, les tenían después mucha devoción y reverencia en toda la provincia.

Este milagro lo predicó hermano Francisco Giumpareta en Santa Cruz (Florencia) por la fiesta de San Francisco, en 1344, y hermano Bartolomé de Milán, Lector de Luca, se lo escribió a hermano Luis, Lector de Florencia, y se lo había oído a un hermano Menor que se halló presente cuando resucitó el referido Obispo

En alabanza de Cristo. Amén.

CAPITULO VI

COMO DE UNA IMAGEN DE SAN FRANCISCO SALIÓ SANGRE FRESCA

En un convento de hermanos Predicadores estaba pintada en el refectorio una imagen de San Francisco con las sagradas Llagas. Un hermano de dicha Orden, obcecado por el orgullo, no podía ni quería comprender que San Francisco hubiese tenido las sagradas Llagas; y un día, después de comer, al salir del refectorio todos los hermanos, se llegó a la imagen y temerariamente le borró y destruyó del todo las Llagas, y se marchó. Pero, volviendo aquel mismo día, halló la imagen adornada con las sagradas Llagas mejor que antes, y de nuevo se las destruyó furiosamente. Cuando volvió otra vez, ya la imagen estaba restaurada.

Muy indignado con esto, la destruyó de manera que dejó enteramente desnuda la pared en que estaba pintada; pero brotó de improviso abundantísima sangre, con tanta fuerza como de una cuba llena cuando acaba de taladrarse, y bañó cara, pecho y todo el vestido del hermano. Cayó éste por tierra estupefacto, y comenzó a gritar y llamar a voces a los hermanos. Conmovióse la comunidad, y acudieron todos al rumor, quedando atónitos y estupefactos por la grandeza del milagro. Con mucha devoción recogieron del suelo la sangre con una esponja, hicieron restaurar después la imagen muy hermosamente y por la honra del hábito mandaron los superiores que a nadie se refiriese el caso fuera de la Orden. Pero aquel hermano dijo que más quería ser echado de la Orden que ocultar un milagro de tanta honra para el Padre San Francisco.

¿Y qué venganza tomó de este hermano el humilde Francisco? No otra que cambiarlo de repente en otro hombre. Renunció con mucho fervor a todos sus libros y se hizo hombre de grande oración. Por devoción a San Francisco fue a visitar su iglesia en Asís, y en presencia de muchos hermanos Menores confesó muy humildemente el sobredicho milagro, y mostró, no sin muchas lágrimas, la sangre que había recogido del suelo. Parte de ella la dejó en testimonio del milagro y parte la guardó por devoción a San Francisco.

CAPITULO VII

DE UN EXCELENTE MILAGRO DE LAS LLAGAS DE SAN FRANCISCO

Hubo en el reino de Castilla un hombre muy devoto de San Francisco, que, al ir a la iglesia de los hermanos Menores para oír completas, le asaltaron unos bandoleros, y sin ninguna compasión le hirieron tan cruelmente, que cayó casi muerto a sus pies. Al huir los malhechores, uno de ellos, más cruel, le atravesó un cuchillo por el cuello de modo que no pudo quitárselo, y partieron, dejando al herido por enteramente muerto.

Al clamor de los circunstantes acudió mucha gente, y todos le lloraron por muerto, sin la menor esperanza de vida. Le levantaron y llevaron a su casa; y estaban los parientes con los preparativos para la sepultura, al tocar los hermanos a maitines a medianoche. Al oír la mujer la campana, acordándose que él acostumbraba ir a maitines a la iglesia de los hermanos Menores, prorrumpió en doloroso llanto y decía:

- ¡Ay de mí, Señor mío! ¿Dónde está ahora tu fervor y tu devoción? ¡Levántate y ve a maitines, que te llama la campana !

Oyó él este llanto, y hacía señas con las manos para que le quitasen el cuchillo, que no le dejaba hablar, e inmediatamente, a vista de todos, le fue quitado rápidamente sin saber por quién, y se levantó de repente sano del todo y dijo:

- Oíd, deudos y amigos míos queridos, y mirad el admirable poder de San Francisco, de quien fui siempre devoto, y que ahora mismo sale de aquí. Vino con sus santísimas Llagas y puso las manos sobre mis heridas; con el olor y suavidad de las Llagas me confortó y sanó perfectamente. Cuando os indicaba que me quitaseis el cuchillo de la garganta, porque no podía hablar, él lo asió y me lo quitó sin ningún dolor y luego frotó con su mano sobre la herida y me dejó sano como veis.

En alabanza de Cristo. Amén.

CAPITULO VIII

COMO SAN FRANCISCO ENVIO HERMANOS POR PRIMERA VEZ A INGLATERRA Y DEL GRAN MILAGRO QUE HIZO CRISTO EN EL VIAJE

Hermano Angel de Pisa fue nombrado Ministro de Inglaterra por San Francisco, y partió con hermano Alberto de Pisa y otros tres compañeros. Llegaron a Cantorbery el día 3 de mayo, y fueron recibidos con mucha caridad por los hermanos Predicadores. Prosiguieron el viaje, y llegaron a un bosque muy sombrío en que había un monasterio de monjes negros '; y como era casi la hora de vísperas y el tiempo estaba lluvioso y los viajeros muy mojados y fatigados, pidieron albergue, por amor de día, por temor a perecer de hambre o de frío, o ser acometidos por las fieras de aquel bosque.

Al verles el portero escuálidos por la penitencia y en hábito desusado y no entender su lengua, pensó que serían bufones o juglares, y así se lo anunció al Prior, que había venido a solazarse allí aquellos días con cuatro monjes. Introducidos los hermanos y presentados al Prior y monjes, aunque dijeron que no eran bufones ni juglares, sino siervos de Dios y pregoneros del reino celestial y de la Orden de los Apóstoles, Prior y monjes mandaron que fuesen echados fuera de la puerta del monasterio, como pordioseros bribones y gente baja, y que no les diesen pan, ni vino, ni albergue, ni se les tuviese compasión alguna. Compadecido el monje más joven al ver esta crueldad, los siguió y pidió por favor al portero que los escondiese dentro y los albergase en el pajar y que él les llevaría de comer. Condescendió el portero, y los ocultó en el pajar. El monje les llevó secretamente pan, vino y otras cosas, y después los visitó y se encomendó con mucha devoción a sus oraciones.

Aquella noche tuvo el dicho monje esta visión: veía en la iglesia un trono admirable y resplandeciente, en que estaba sentado Cristo bendito, y alrededor había mucha gente que era llamada a juicio. Comenzó Jesucristo diciendo:

- Sean conducidos a mi presencia los dueños de este lugar.

Y al instante fue traído el sobredicho Prior y los cuatro monjes. Por el lado opuesto vino un pobrecillo humilde y despreciable, que vestía el hábito de aquellos pobres hermanocitos mencionados, y dijo:

- Justísimo Juez, la sangre de los hermanos Menores despreciada esta noche, al negárseles comida y albergue en este lugar, clama venganza; pues ellos por tu amor abandonaron el mundo y todo lo temporal. Y habían venido aquí para ganar las almas que se hallan desviadas de ti, Señor mío, y que tú compraste con tu preciosa sangre sobre el madero de la cruz, y este que aquí está los hizo echar fuera como bufones y juglares.

Miró entonces Cristo al Prior con semblante terrible, y le dijo:

- ¿De qué Orden eres, Prior?

- De la de San Benito - respondió.

- ¿Es verdad lo que éste dice? - preguntó Cristo a San Benito.

- Señor mío dulcísimo - respondió - , éste y sus compañeros son destructores y arruinadores de mi Orden, como se ve en el modo de recibir a estos hermanos Menores, perfectos siervos tuyos; pues yo mandé en mi Regla que nunca la mesa del Abad estuviese sin peregrinos y pobres forasteros, y ya ves Señor mío, cómo ha hecho éste.

Dio Cristo la sentencia mandando que fuesen colgados de un olmo que había en el claustro, y cuando ya estaban colgados el Prior y tres compañeros, se volvió Cristo al cuarto que había obrado misericordia, y le dijo:

- ¿De qué Orden eres tú?

Trémulo el joven, porque acababa de oír la repulsa de San Benito, que los desechaba, respondió con mucho miedo:

- Señor mío, yo soy de la Orden de este pobrecito.

- Francisco, ¿es éste de tu Orden? - preguntó Cristo.

- Señor - respondió - , es de los míos, y desde ahora lo recibo por mi hermano.

Y al decir esto le abrazó muy tiernamente, con lo cual despertó el monje, encontrándose estupefacto de la visión, y sobre todo porque había oído a Cristo en el sueño nombrar a Francisco. Con esta admiración se levantó para referir al Prior la visión que había tenido. Pero, al entrar en su celda, le halló estrangulado y todo disforme, marchito y maltrecho. Corre a los compañeros, y los encuentra también estrangulados y maltrechos del todo. Va en busca de los hermanos para referirles el milagro, y halla que el portero los había echado fuera antes de amanecer, por miedo al Prior.

Entonces fue a referir todo esto al Abad de Abindo, y oyéndoselo el Abad a este monje joven, tuvo grandísimo temor y así él como todos los monjes quedaron atónitos.

Divulgóse el suceso casi por todo el país, y cuando estos benditos hermanos llegaron a la ciudad de Oxford se presentaron al Rey Enrique, y los recibió con mucha amabilidad y les dio lugar en que establecerse libremente.

Se extendió tanto por toda Inglaterra la fama de estos religiosos, por la santidad de su vida y la novedad del milagro, que no sólo aquel monje librado por San Francisco de tan horrible juicio se hizo hermano, y fue el primero en vestir el hábito, sino también otros muchos, entre ellos un grande Obispo y un Abad ', los cuales, cuando se edificó el convento, cargaban sobre sí con mucha humildad y devoción las piedras y el barril del agua para la fábrica.

Cuando entró hermano Angel en Inglaterra era un joven de treinta años, muy agraciado y devoto. Era diácono, y no quiso ordenarse de sacerdote sin licencia del Capítulo general, y entonces, al llamar el Arzobispo de Cantorbery por medio de su Arcediano a los que se habían de ordenar, dijo: "Vengan los hermanos de la Orden de los Apóstoles". Y este nombre tuvieron en Inglaterra por largo tiempo.

Recorrió dicho hermano Angel con mucho fervor aquella provincia, fundó e hizo edificar muchos conventos y admitió a muchos en la Orden. Obró muchos milagros en vida y después de su muerte. Dio su alma a Dios el día siguiente a la fiesta de San Gregorio Papa, y está sepultado en Oxford.

En alabanza de Cristo. Amén.

CAPITULO IX

ADMIRABLE CONVERSION DE UN PECADOR OBSTINADO DE ESPOLETO

Había en la ciudad de Espoleto un hombre perverso y cruel que por ningún motivo ni razón del mundo quería ni podía ver a los hermanos Menores, sobre todo cuando iban por limosna. Blasfemaba, maldecía, se complacía en decirles afrentas y les perseguía con palabras groseras, villanas y deshonestas. Los hermanos se dolían de ello y se lo decían a San Francisco, que moraba entonces en aquel convento. El Santo llamó a hermano Andrés de Siena, que andaba casi siempre pidiendo limosna, y le dijo:

- Vete y prueba con toda insistencia si puedes conseguir alguna limosna de ese hombre tan cruel.

Fuese allá hermano Andrés, por el mérito de la santa obediencia, y tanto lo importunó que, no por devoción, sino por quitárselo de delante, le dio una limosna de pan, injuriándole villanamente y echándosela de lejos como a un perro. Apenas la recibió hermano Andrés, se volvió al convento con grandísimo gozo y alegría y se la presentó a San Francisco. El Santo distribuyó este pan entre todos los hermanos, dando un poco a cada uno, y les dijo:

- Rezad cada uno tres Padrenuestros pidiendo a Dios que reduzca y convierta este pecador al camino de la verdad.

¡ Cosa admirable ! Aún no se habían levantado de cenar los hermanos, cuando llegó este hombre al convento con mucha contrición y devoción y se echó a los pies de San Francisco y lloraba amargamente, y confesaba su culpa y ceguera delante de todos. Quedó mudado en otro hombre, se hizo bueno y fue singular amigo y bienhechor de los hermanos Menores.

CAPITULO X

ASOMBROSO MILAGRO DE CRISTO, QUE EN LOS BRAZOS DE SU MADRE VINO A BENDECIR AL PUEBLO EN SANTA MARIA DE LOS ANGELES EN TIEMPO DE LA INDULGENCIA

Estaba el pueblo reunido, como de costumbre, en Santa María de los Angeles la noche de la Indulgencia del año 1303 y se notó una repentina y grande conmoción en la gente, como cuando se ve por primera vez algún grande acontecimiento despertaron los hermanos que descansaban en el pórtico encima de la entrada, y también la gente que dormía corrieron a una y otra parte para saber lo que pasaba, y no vieron otra cosa que una paloma blanquísima que con vuelo veloz dio cinco vueltas alrededor de la iglesia.

Mas, viva aún la conmoción y el rumor, un hermano llamado Francisco Cozzo quiso averiguar el hecho, y salió del pórtico en busca de hermano Conrado, sanctae memonae, que está sepultado en el convento de la Isla y obra muchos milagros, y como le hallase en oración delante del altar, le dijo

Carísimo padre, bien oyes el gran rumor y conmoción que hay en el pueblo, como si ocurriese algún milagro

- Hijo - le respondió - , no digas a nadie, mientras yo viva lo que te voy a decir. He visto bajar de lo alto del cielo a la gloriosa Virgen María con admirable luz y resplandor; traía en el brazo a su dulcísimo y bendito Hijo, Jesucristo, y bendecía a todo el pueblo que vino devotamente a esta santísima Indulgencia, y al dar el dulcísimo Jesús con sus propias manos su bendición y gracia, todo el pueblo se puso en conmoción y tumulto.

En Alabanza de Cristo. Amén.

CAPITULO XI

COMO SANTO DOMINGO CONFIRMÓ LA INDULGENCIA DE SANTA MARÍA DE LOS ÁNGELES

Una mujer de Alemania que vino a la Indulgencia de Santa María de la Porciúncula dijo y juró ante el altar de San Francisco, en presencia de algunos hermanos y muchos seglares y de Merlino, natural de Asís, el cual traducía sus palabras que había visto un milagro de la santa Indulgencia, y lo refirió de este modo:

- Yo, Isa, había determinado hace muchos años venir a la santa Indulgencia, y por muchos impedimentos que tuve retardé el cumplirlo hasta ahora. Tenía ya todo dispuesto para venir, fui a la vecina iglesia de los hermanos Predicadores, llamé a mi confesor, y antes de confesarme le dije cómo quería ir a San Francisco, a la Indulgencia de Santa María de los Angeles.

Se alteró e indignó al oírlo, y no quiso confesarme ni darme licencia para venir, diciendo que esta Indulgencia no era lo que se decía. Me volvía a casa disgustada y con mucha amargura, cuando encontré a dos hermanos Predicadores, que me dijeron:

- ¿Por qué estás así turbada?

Habiéndoles dicho el motivo, me respondieron:

- Ten ánimo, no te entristezcas más; ven con nosotros al convento y buscaremos un buen confesor que te consuele.

Fui con ellos, e hicieron como me habían prometido. Después que me confesé, estos dos hermanos mandaron llamar a otros del convento, y cuando estuvieron reunidos, les dijo en mi presencia uno de los dos:

- Carísimos hermanos, tened por cierto, sin ninguna duda, que la Indulgencia de Santa María de los Angeles es verdadera y cierta, y ante Dios mucho mayor de lo que se cree; y para que vosotros lo creáis, sabed que yo soy Santo Domingo, vuestro Padre y primer Fundador de esta Orden, y éste es San Pedro Mártir.

Y dicho esto, desaparecieron repentinamente. Al ver yo tan gran milagro, me puse en camino y vine, como veis, a ganar esta santísima Indulgencia.

En alabanza de Jesucristo bendito. Amén.

CAPÍTULO XII

COMO EL EMPERADOR DE CONSTANTINOPLA SE HIZO HERMANO MFNOR POR DIVINA REVELACION

El Emperador de Constantinopla, llamado Juan, se hizo hermano Menor de esta manera:

Próximo al fin de su vida, lleno de mucha felicidad y prosperidad mundanas, al ver que envejecía, comenzó a pensar en la muerte; y se cree que le infundió Dios cierto deseo de saber cuál sería su fin. Embargado por este pensamiento, tuvo una noche en sueños esta visión: un hombre muy venerable, vestido de blanco, traía en la mano el hábito de los hermanos Menores con la cuerda y las sandalias, y le dijo:

- Juan, Emperador: ya que andas tan solícito de conocer tu fin, has de saber que debes terminar tu vida con este hábito de los Menores, pues así lo quiere Dios.

Despertó el Emperador, y se puso a considerar la grande humillación de pasar del imperio a ser hermano Menor, y por nada del mundo podía determinarse a ello; por lo cual, doliéndose íntimamente, comenzó a exhalar profundos suspiros, y casi lloraba. A sus lamentos acudieron los camareros y familiares, y preguntándole el motivo de sus quejas y tristeza, no lo quiso decir.

La noche siguiente se le aparecieron también en sueños dos hombres, que vestían de blanco y traían el hábito, cuerda y sandalias, diciéndole:

- Es voluntad de Dios que mueras con este hábito.

Esto le causó horror, y quejándose con dolorosos gemidos, acudieron los camareros, y tampoco les quiso decir la razón de su llanto.

La tercera noche se le aparecieron en sueños tres hombres, muy venerables, vestidos de blanco, trayéndole el hábito, cuerda y sandalias, y le dijeron insistentemente que con aquel hábito debía morir, que así era la voluntad divina- y añadieron:

- No creas que es ilusión o sueño vano, sino que, como te lo decimos, así es necesario que se cumpla, sin engaño.

Al despertar, mandó llamar a su confesor, hermano Angel; cuando éste llegó, estaba el Emperador en la sala y lloraba muy amargamente.

- Sé el motivo de tu llanto - le dijo hermano Angel - , porque me ha sido revelada la visión que has tenido de parte de Dios, y ten por cierto que Dios ha determinado que acabes tu vida con el hábito de los hermanos Menores.

Y le confortó trayéndole a la memoria muchos ejemplos de grande humildad y que la humildad es muy acepta a Dios; porque al que se humilla en este mundo, le ensalza en el paraíso.

Después de algunos días le acometió una fiebre terciana, y para cumplir la voluntad divina, que por tres veces le había sido manifestada en visión, con plena advertencia y con sumo fervor y humildad, y no sin muchas lágrimas de los circunstantes, entró este Emperador en la Orden de San Francisco y en ella acabó sus días muy loablemente.

E impidiéndole alguna vez los hermanos el hacer los oficios humildes, como ir por la limosna, lavar la vajilla y barrer el convento, hizo con mucho afecto esta oración:

- Dulcísimo Señor mío Jesucristo, concédeme por gracia que yo, que viví en el siglo con tanta pompa y vestidos preciosos y vanos, te agrade yendo a pedir limosna con la alforja al cuello, y pueda seguirte a Ti, que por mí te hiciste humilde y pobre en este mundo para darme la gloria.

Y esta oración fue oída por Dios, porque dio a todos los hermanos grandísimo ejemplo de humildad, y lleno de virtud y gracia de Dios pasó de esta vida a la de los bienaventurados

En alabanza de Cristo. Amén.

CAPITULO XIII

COMO CIERTO TIRANO AL VER TRES VECES A UN COMPAÑERO DE SAN FRANCISCO ELEVADO EN EL AIRE, SE CONVIRTIO Y SE HIZO HERMANO MENOR

San Francisco procuraba conformarse a Cristo en todas las cosas y enviaba a sus hermanos, de dos en dos, a predicar por todas las provincias. Sucedió una vez que dos de sus primeros discípulos, dirigiéndose a países desconocidos, vinieron a parar a un castillo habitado por unos hombres muy malos. Estaba entre ellos un tirano muy cruel e impío, que era amo y capitán de todos aquellos malhechores y ladrones, y aunque tan vil y de malas costumbres, era de una familia noble Como corderos entre lobos llegaron allí al atardecer los dichos hermanos, fatigados del hambre, frío y cansancio, y por medio de otra persona pidieron al señor del castillo les diese hospedaje aquella noche, por amor de Nuestro Señor Jesucristo.

Inspirado por Dios, los recibió agradablemente y los trato con mucha humildad y cortesanía. Mandó hacer una grande lumbre y ponerles la mesa como a gente noble. Uno de los hermanos, que era sacerdote y tenía gracia especial para hablar de Dios, al notar que allí nadie hablaba de Dios ni del bien del alma, sino sólo de robos, muertes y otros muchos males que habían hecho por todas partes, y que se alegraban de las maldades e impiedades que cometían, al acabar de cenar dijo al capitán:

- Señor, mucha cortesanía y caridad has tenido con nosotros, y seríamos unos ingratos si no procurásemos corresponder por nuestra parte según Dios. Te ruego que reúnas a toda la familia para que os podamos recompensar de estos beneficios con otros espirituales.

Muy deferente el capitán, hizo reunir allí a todos; y aquel hermano comenzó a hablar de la gloria del paraíso, la alegría eterna que allí hay, la Compañía de los ángeles y de los bienaventurados, la gloria sin fin, la abundancia de los tesoros celestiales; cómo aquélla es vida perpetua, luz inefable, paz inalterable, salud sin quiebra; en suma, la vista de Dios y todos los bienes sin ningún mal. Pero el hombre, por su desgracia y por sus pecados, pierde tantos y tan grandes bienes y se gana el infierno, donde hay dolor y tristeza eterna en compañía de los demonios, vida que no se puede vivir, miseria infinita, tinieblas espesas, la presencia ¨ de Lucifer, fuego y frío eternos, remordimientos, ira y desesperación, muerte que nunca acaba, llanto y crujir de} dientes; todos los males sin ningún bien. Y a lo que entiendo, todos vosotros corréis muy de prisa a ese abismo de males, pues no se ve en vosotros obra ni palabra buena. Os aconsejo y os ruego, Carísimos, que por estas bajezas mundanas y carnales, que pasan como sombra, no perdáis los sumos bienes celestiales, que duran eternamente, ni os precipitéis de ese modo en tan grandes y atroces tormentos.

Estas palabras, dichas con fervoroso espíritu, impresionaron y movieron tanto al capitán, que pidió con lágrimas al hermano que le pusiese en camino de salvación. Habiéndose confesado con mucho arrepentimiento, le dijo el mismo hermano que en penitencia de tantos pecados, le convenía ir en peregrinación a los santuarios, ayunar, orar, hacer buenas limosnas y otras obras de piedad. A lo que respondió:

- Padre queridísimo, yo nunca he salido de esta provincia, ni siquiera sé el padrenuestro ni el avemaría. Ponme otra penitencia.

- Pues quiero yo - contestó el santo hermano - satisfacer y rogar por ti a Nuestro Señor, para que no se pierda tu alma. Por ahora sólo te pido que me traigas una poca paja en que podamos acostarnos mi compañero y yo.

Fue bien contento a buscar la paja, y les preparó cama en una habitación en que ardía una lámpara. Al pensar en la virtud y santas palabras del hermano, determinó observarle aquella noche; y vio que se echaba sobre la cama; mas después, cuando creía que todos dormían, se levantó y se puso con las manos dirigidas al cielo, orando por su huésped En esta actitud se elevó en el aire hasta el techo del palacio y prorrumpió en tan grandes sollozos y copiosas lágrimas pidiendo a Dios perdón para aquella alma, que difícilmente se habrá visto hombre que llorase a sus parientes y amigos difuntos tan de corazón como este hermano los pecados de su huésped. Y por tres veces fue visto elevado en el aire, siempre con los mismos lamentos y compasivas lágrimas, oyéndolo todo el dicho señor que le observaba ocultamente. Por lo cual a la mañana corrió a echársele a los pies, y, con lloros amargos, le rogaba que le dirigiese por el camino de la salvación, con protestas de que estaba firmemente dispuesto a obedecerle en cuanto le mandase.

Por consejo del santo hermano vendió todo lo que tenía, hizo las debidas restituciones, distribuyó lo demás a los pobres, conforme al Evangelio, y, ofreciéndose a sí mismo al Señor, entró en la Orden de los hermanos Menores y perseveró santamente en ella hasta el fin de su vida.

En alabanza de Nuestro Señor Jesucristo, que sea bendito por los siglos. Amén.

CAPITULO XIV

MILAGRO DE SAN FRANCISCO EN ESPAÑA

Hubo en España un señor rico y noble, dueño de una fortaleza. Devoto de San Francisco, lo mismo que su mujer, daba hospedaje a los hermanos y era su principal bienhechor.

Como no tenía herederos, por ser estéril la esposa, hicieron voto a San Francisco que, si les alcanzaba sucesión, le servirían con toda su casa y darían hospitalidad a todos los hermanos de su Orden perpetuamente. Favorecióles desde lo alto el bienaventurado Padre San Francisco y les alcanzó de Dios un hijo.

Sucedió que, cuando tenía este niño ocho años, un día salió su madre temprano a la iglesia, como acostumbraba, dejándole dormido en casa. Cuando despertó y vio que era de día, se levantó, y dirigiéndose luego a la huerta, subió a un árbol a comer cerezas, que a la sazón estaban maduras. Pero inclinándose descuidadamente, cayó del árbol sobre unas estacas agudas y quedó clavado en una, que le entró por el vientre y salía por el dorso.

Volvió de la iglesia la madre, y advirtió que el niño se había levantado; pero al creer que estaría, como otras veces, con los sirvientes, no pensó en buscarle hasta que tuvo la mesa puesta para comer con su marido. Buscándole entonces, y llamándole por todas partes los criados, entraron por fin en la huerta, y viéndole así desgraciadamente muerto, avisaron a los padres.

Corrieron éstos con dolor y llanto, y hallaron a su hijo ya muerto y atravesado en la estaca. Sacáronle de allí, y entre alaridos de dolor le llevaron a casa, y estaban al lado del cadáver, transidos de pena por la desgracia, e invocaban a San Francisco, cuando les anunció el portero que venían derechos hacia el castillo dos hermanos Menores.

Al oír esto los padres del niño, encargaron que nadie diese muestras de pena ni de llanto, sino que todos les acompañasen a recibir a los hermanos con alegre semblante, como acostumbraban, y que preparasen agua para lavarles los pies.

Retiraron el cadáver a otra habitación interior, salieron al encuentro de los hermanos, les recibieron con mucho agrado y benignidad y les lavaron los pies.

La señora hizo llevar el agua en que les había lavado los pies a la habitación donde yacía muerto el niño, invocó con lágrimas a San Francisco (pues tenía confianza en Nuestra Señora y en los méritos de su siervo), metió con sus manos el cadáver en el cubo y comenzó a lavarlo y echarle agua en el vientre y en la herida, y decía:

- San Francisco, devuélveme ahora el hijo único que por tu intercesión me dio el Señor, para que con los dos favores quedemos más obligados a dar gracias a Dios y a ti, yo y toda mi casa.

¡Cosa admirable! A la vista del padre y de la madre y de muchos de la familia se levantó el niño sano e incólume, sin que le quedase otra señal que una pequeña cicatriz en el vientre, como testimonio de tan gran milagro.

El llanto doloroso de los parientes y circunstantes se convirtió en lágrimas de gozo y alegría. Padre y madre acudieron a comunicar el hecho a los hermanos que habían dejado en la sala y darles las gracias, pero ya no pudieron hallarlos. Entonces prorrumpieron en alabanzas al Señor, con lágrimas vivas, y reconocieron unánimes que San Francisco había venido a resucitarles a su hijo.

Refirió este milagro hermano Guillermo Quertorio, Provincial de Génova, hombre de entera probidad y famoso en la Orden el cual, de paso por España, al Capítulo general, se hospedó en la casa de este señor noble, padre del niño resucitado.

- Padre Provincial - le dijo - , esta casa es vuestra y de todos vuestros hermanos, y debéis estar en ella con toda confianza.

Al retirarse les dijo:

- Podéis quedar con la señora y hablarle de las cosas de Dios

Y como los hermanos dilatasen algo el empezar la conversación espiritual, les dijo la señora:

- Para que tengan completa confianza aquí con nosotros, les voy a decir cuánto debemos a San Francisco y a su Orden mi marido, yo y este hijo que está presente. Porque este hijo lo tuvimos por intercesión del Santo y además nos lo resucitó.

Y les contó toda la crónica del milagro, como queda dicho, y en prueba de ello les mostró la cicatriz en el cuerpo del niño.