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  Introducción a las fuentes

LEYENDA DE PERUSA

SU CUERPO SERÁ HONRADO DESPUÉS DE LA MUERTE

4. Un día, mientras el bienaventurado Francisco yacía enfermo en el palacio episcopal de Asís , un hermano, hombre espiritual y santo, le dijo en son de broma y riendo: "¿Por cuánto vendes tus sayales al Señor? Muchos baldaquines y paños de seda se alzarán y se extenderán sobre este tu cuerpo, vestido ahora de saco". El santo Francisco llevaba entonces, por razón de la enfermedad, una gorra de piel recubierta del mismo sayal que el vestido. El bienaventurado Francisco, , más bien, el Espíritu Santo hablando por su boca, respondió con un gran fervor de espíritu y con alegría: "Dices la verdad, porque así será".

BENDICE LA CIUDAD DE ASÍS MIENTRAS ES LLEVADO A LA PORCIÚNCULA

5. El bienaventurado Francisco permanecía todavía en el mismo palacio; pero, viendo que su mal empeoraba de día en día, hizo que le llevasen en camilla junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, pues no podía ir a caballo, ya que se había agravado su enfermedad.

5. Al pasar junto al hospital, pidió a los que lo llevaban que dejaran la camilla en el suelo; y como, a consecuencia de la gravísima y larga enfermedad de los ojos, apenas podía ver, pidió que le giraran la camilla de suerte que quedara con el rostro vuelto a la ciudad de Asís. Enderezándose un poco, bendijo la ciudad, diciendo: "Señor, creo que esta ciudad fue en tiempos antiguos morada y refugio de hombres malos e injustos, mal vistos en todas estas provincias; pero veo que, por tu misericordia sobreabundante, cuando tú has querido, le has manifestado las riquezas de tu amor, para que ella sea estancia y habitación de quienes te conozcan, den gloria a tu nombre y difundan en todo el pueblo cristiano el perfume de una vida pura, de una doctrina ortodoxa y de una buena reputación. Te pido, por tanto, Señor Jesucristo, Padre de las misericordias , que no tengas en cuenta nuestra ingratitud, sino que recuerdes siempre la abundante misericordia que has mostrado en esta ciudad, para que ella sea siempre morada y estancia de quienes te conozcan y glorifiquen tu nombre bendito y glorioso en los siglos de los siglos. Amén". Acabada esta plegaria, le llevaron a Santa María de la Porciúncula.

BUSCA SIEMPRE LA VOLUNTAD DEL SEÑOR

6. Desde el día de su conversión hasta el de su muerte, el bienaventurado Francisco estuvo siempre - en salud enfermedad - atento a conocer y a cumplir la voluntad del Señor.

AL ANUNCIO DE SU PRÓXIMA MUERTE, SE HACE CANTAR EL CÁNTICO DE LAS CRIATURAS

7. En cierta ocasión dijo un hermano al bienaventurado Francisco: "Padre, tu vida y tu proceder fueron, y son ahora, una luz y un espejo no sólo para tus hermanos, sino también para la Iglesia universal de Dios. Así será también tu muerte. Ella causará a los hermanos y a innumerables personas gran dolor y tristeza, mas para ti será un inmenso consuelo y gozo infinito. Tú pasarás, en efecto, de un gran trabajo, a un gran reposo; de un mar de dolores y tentaciones, al gozo infinito; de la estricta pobreza que siempre has amado y practicado voluntariamente desde tu conversión hasta el último día, a riquezas inmensas, verdaderas e infinitas; de la muerte temporal, a la vida eterna, donde verás sin cesar, cara a cara, al Señor tu Dios, a quien has contemplado en este mundo con tanto fervor, deseo y amor".

7. Y añadió, ya sin rodeos: "Padre, es necesario que sepas que, si el Señor no envía desde el cielo un remedio para tu cuerpo, tu enfermedad es incurable y vas a vivir poco tiempo, según dijeron ya los médicos. Te hablo así para confortar tu espíritu, para que te alegres de continuo en el Señor interior y exteriormente; sobre todo, para que los hermanos y cuantos vienen a verte te encuentren alegre en el Señor, pues saben y. están persuadidos de que vas a morir muy pronto; y con el fin de que, para los que presencien esto y para los que lo oigan, tu muerte constituya un memorial, como lo ha sido para todos tu vida y tu conducta". Entonces, el bienaventurado Francisco, aunque se encontraba consumido por las enfermedades, alabó al Señor con ardiente fervor de espíritu y gozo interior y exterior, y dijo: "Pues, si pronto voy a morir, llamad al hermano Ángel y al hermano León para que me canten a la hermana muerte".

7. Acudieron en seguida estos hermanos, y, derramando abundantes lágrimas, entonaron el cántico del hermano sol y de las otras criaturas del Señor, que el Santo había compuesto durante su enfermedad para gloria de Dios y consuelo suyo y de los demás. A este canto, antes de la última estrofa, añadió estos versos sobre la hermana muerte: "Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquel que muera en pecado mortal! Bienaventurado aquel a quien encontrare en tus santísimas voluntades, pues la muerte segunda no le hará mal".

ULTIMA VISITA DEL "HERMANO JACOBA"

8. Un día llamó el bienaventurado Francisco a sus compañeros y les dijo: "Vosotros sabéis que la señora Jacoba de Settesoli fue siempre y es muy fiel a nuestra Religión y devota de la misma. Creo que, si le informáis de mi estado, esto será para ella una delicadeza y un gran consuelo. Decidle en especial que! os envíe, para una túnica, un paño monástico de color ceniza como el que fabrican los cistercienses en los países de ultramar; que os envíe también aquel manjar que tantas veces me preparaba cuando estuve en Roma". Los romanos llaman a este pastel "mostaccioli", y se hace con almendras, azúcar miel y otros ingredientes.

8. Esta señora era una viuda muy piadosa y entregada a Dios; estaba emparentada con las familias más nobles y ricas de Roma. Era tan abundante la gracia conseguida de Dios por los méritos y predicación del bienaventurado Francisco, que parecía otra Magdalena, que continuamente lloraba y vivía devotamente por el amor de Dios.

8. Escrita la carta, conforme al deseo del santo Padre, un hermano andaba en busca de otro que pudiese llevarla, cuando de pronto llaman a la puerta. Acude un hermano a abrirla, y se encuentra con la señora Jacoba, que había venido de prisa desde Roma para visitar al bienaventurado Francisco; corrió alegre a comunicarle que acababa de llegar para verle la señora Jacoba, acompañada de su hijo y de muchas otras personas. Y le preguntó: "¿Qué haremos, Padre? ¿Le permitiremos entrar y que venga hasta aquí para verte?" Preguntaba esto porque, por voluntad del bienaventurado Francisco, estaba establecido desde tiempos antiguos que, por el honor y dignidad de aquel lugar, ninguna mujer debía ser introducida en el claustro . El respondió: "Esta regla no es aplicable a esta señora, a quien tal fe y devoción ha hecho venir de tan lejos". Pasó la señora a donde el bienaventurado Francisco, y, al verle, rompió a llorar copiosamente. ¡Oh maravilla! Había traído un paño mortuorio de color ceniza para hacer una túnica y todo lo que en la carta se le pedía que trajera. Al ver esto, todos los hermanos pensaron, con la más viva admiración, en la santidad del bueno de Francisco.

8. Y la señora Jacoba dijo: "Hermanos, estando en oración, oí en mi interior una voz que me dijo: ’Marcha y visita a tu Padre, el bienaventurado Francisco; apresúrate y no pierdas un instante, pues, si tardas, no le hallarás vivo. Debes llevar tal calidad de paño para hacerle una túnica y lo necesario para hacerle tal manjar. Toma también para las velas gran cantidad de cera, e igualmente de incienso’".

8. El bienaventurado Francisco no había ordenado que en el escrito se pidiera incienso, pero el Señor había inspirado a esta señora, para recompensa y consuelo de su alma y para que nosotros conociéramos mejor cuán grande era la santidad de aquel pobrecillo a quien el Padre celestial quería rodear de tanto honor en el momento de su muerte. El que había inspirado a los reyes que llegaran con regalos para honrar al Niño, su Hijo amado, en los días del nacimiento de su pobreza, habló a esta noble señora, que residía lejos, para que viniese con regalos a venerar y honrar al glorioso y santo cuerpo de su santo siervo, que con tanta entrega y fervor amó e imitó, en la vida y en la muerte, la pobreza de su Hijo amado.

8. Esta señora preparó el manjar que el santo Padre había deseado. Pero él comió poco, porque su cuerpo iba desfalleciendo cada día más a causa de su gravísima enfermedad y acercándose a la muerte. Mandó también fabricar muchas velas para que, después de su tránsito, ardieran ante el santo cuerpo. Con el paño que ella había traído, los hermanos hicieron la túnica con que fue enterrado. El mismo ordenó a los hermanos que la cosiesen, superpuesta, una tela burda en señal y ejemplo de la santísima humildad y pobreza. Y sucedió que, según la voluntad de Dios, dentro de la misma semana en que vino la señora Jacoba, el bienaventurado Francisco pasó al Señor.

QUIERE QUE SUS HERMANOS SIRVAN A LOS LEPROSOS

9. Ayudado de Dios y procediendo con sabiduría desde el principio de su conversión, el bienaventurado Francisco se fundamentó a sí mismo y fundamentó la Religión sobre piedra firme, es decir, sobre la excelsa humildad y pobreza del Hijo de Dios, llamándola Religión de los Hermanos Menores’.

9. Sobre la más profunda humildad: por tanto, desde el principio de la Religión, después que los hermanos empezaron a multiplicarse, quiso que viviesen en los hospitales de los leprosos para servir a éstos. En aquella época, cuando se presentaban postulantes, nobles y plebeyos, se les prevenía, entre otras cosas, que habrían de servir a los leprosos y residir en sus casas .

9. Sobre la mayor pobreza: se dice efectivamente en la Regla que los hermanos deben habitar las casas como extranjeros y peregrinos y que nada deben desear tener bajo el cielo si no es la santa pobreza, gracias a la cual el Señor les proporcionará en este siglo alimentos para el cuerpo y virtudes para el alma, y en el futuro conseguirán la herencia celestial .

9. Para sí mismo quiso como fundamento la más perfecta pobreza y humildad, y así, aunque era gran prelado en la Iglesia de Dios, quiso, por libre elección, ser tenido como el último, no sólo en la Iglesia, sino también entre sus hermanos.

SE HUMILLA ANTE EL OBISPO DE TERNI

10. Un día en que predicó al pueblo de Terni en la plaza delante del palacio episcopal, asistía a la predicación el obispo de la ciudad, hombre de discreción y de vida interior. Al terminar el sermón, el obispo se levantó y dirigió al pueblo, entre otras, las siguientes palabras: "Desde el día en que plantó y edificó su Iglesia, el Señor la ha adornado siempre con santos varones, que la han hecho crecer con su palabra y ejemplo. En estos últimos tiempos la ha enriquecido con este hombre pobrecillo, humilde e iletrado (al decir esto, señalaba con el dedo al bienaventurado Francisco ante todo el pueblo). Por eso debéis amar y honrar al Señor y guardaros de todo pecado, pues no ha favorecido tanto a todas las naciones .

10. Acabada la predicación, descendió del lugar desde donde había hablado; el señor obispo y el bienaventurado Francisco entraron en la catedral. Allí, el bienaventurado Francisco se inclinó ante el señor obispo y se arrojó a sus pies, diciéndole: "En verdad os digo, señor obispo, que ningún hombre me ha hecho tanto honor en este mundo como vos ahora. Pues los demás hombres dicen: ’¡Este es un santo!’, atribuyendo la gloria y la santidad a la criatura y no al Creador. Vos, en cambio, como hombre discreto, habéis sabido distinguir lo que es precioso y lo que es vil".

10. Cuando le prodigaban honores y proclamaban su santidad, el bienaventurado Francisco replicaba frecuentemente: "No puedo asegurar que no tendré hijos e hijas". Y añadía: "Si en un momento dado el Señor quisiera quitarme el tesoro que me ha confiado, ¿qué quedaría? Un cuerpo y un alma. También los infieles tienen esto. Debo estar convencido de que, si el Señor hubiera concedido a un ladrón, y hasta a un infiel, bienes tan grandes como a mí, serían más fieles al Señor de lo que soy yo". Y decía también: "En una pintura en tabla representando a nuestro Señor a la bienaventurada Virgen, honramos a éstos y les recordamos; sin embargo, la tabla y la pintura nada se atribuyen por ser tabla y pintura. De igual manera, el siervo de Dios viene a ser una pintura, es decir, una criatura de Dios, en la que éste es honrado por razón de sus beneficios. A ejemplo de la madera y de la pintura, el siervo de Dios nada debe atribuirse a sí mismo, sino que ha de rendir honor y gloria a Dios sólo, y reservarse para sí, mientras viva, vergüenza y tribulación, pues, mientras vive, la carne es siempre enemiga de los beneficios de Dios" .

RENUNCIA AL GOBIERNO DE LA ORDEN Y QUIERE ESTAR SIEMPRE EN DEPENDENCIA DE UN GUARDIÁN

11. El bienaventurado Francisco quiso permanecer humilde entre los hermanos. Para vivir en mayor humildad renunció, pocos años después de su conversión, al cargo de superior en un capítulo que se celebró en Santa María de la Porciúncula . En presencia de todos los hermanos habló así: "A partir de ahora, yo estoy muerto para vosotros; pero aquí tenéis al hermano Pedro Cattani , a quien yo y vosotros obedeceremos". Entonces, todos los hermanos prorrumpieron en llanto y derramaron abundantes lágrimas. Luego, el bienaventurado Francisco, inclinándose ante el hermano Pedro, le prometió obediencia y reverencia. Desde entonces hasta su muerte fue un súbdito más, como cualquiera de los hermanos. Súbdito del ministro general, quiso también serlo de los ministros provinciales: obedecía al ministro de la provincia en que moraba a la que iba por motivo de predicación; pero, para mayor perfección y humildad, ya mucho antes de su muerte dijo en cierta ocasión al ministro general: "Quiero que confíes para siempre tu representación a uno de mis compañeros le obedeceré como a ti, pues, por el bien y el valor de la obediencia, quiero que en vida y en muerte estés siempre conmigo".

11. Desde entonces hasta su muerte, tuvo siempre por guardián a uno de sus compañeros, y a él obedecía como a representante del ministro general. En cierta ocasión dijo a sus compañeros: "Entre otras gracias, el Altísimo me ha concedido la de obedecer tan diligentemente a un novicio de un día, si él fuese mi guardián, como al primero más anciano en la vida y religión de los hermanos. El súbdito debe ver, en efecto, en su prelado no al hombre, sino a Dios, por cuyo amor se hizo súbdito. También decía: "No hay prelado en todo el mundo que se haga temer por sus súbditos y por sus hermanos tanto como haría el Señor que me temieran mis hermanos, si yo me lo propusiera; pero el Altísimo me ha otorgado la gracia de estar contento con todos como quien es el menor en la Religión".

11. Nosotros que hemos vivido con él hemos visto muchas veces con nuestros propios ojos que, como él mismo lo asegura, si algún hermano no le atendía en lo que necesitaba le decía alguna palabra que suele molestar a cualquiera, se retiraba en seguida a orar, y al volver no quería recordar lo sucedido ni decía: "Tal hermano no me ha atendido me ha dicho tal palabra".

11. Cuando más cercano estaba a la muerte, tanto más atento se mostraba a descubrir la mejor manera de vivir y morir en toda humildad y pobreza.

ULTIMA BENDICIÓN AL HERMANO BERNARDO

12. Cuando la señora Jacoba preparó aquel pastel para el bienaventurado Francisco, el Padre se acordó del hermano Bernardo y dijo a sus compañeros: "Este pastel le gustaría al hermano Bernardo". Indicó a un hermano que se acercara y le encargó: "Vete y di al hermano Bernardo que venga en seguida".

12. El hermano partió y volvió donde el bienaventurado Francisco con el hermano Bernardo, quien, sentándose a los pies del lecho, dijo: "Padre, te ruego que me bendigas y me muestres tu afecto, pues, si tú me lo manifiestas con ternura paternal, creo que Dios mismo y los otros hermanos de la Religión me amarán más" .

12. El bienaventurado Francisco no podía verle, pues hacía muchos días que había perdido la vista. Extendió la mano derecha y la puso sobre la cabeza del hermano Gil , que fue el tercer hermano y se encontraba entonces sentado junto al hermano Bernardo, creyendo que la ponía sobre la cabeza de éste. Mas al palpar, como hacen los ciegos, la cabeza del hermano Gil, reconoció su error por virtud del Espíritu Santo, y le dijo: "Esta no es la cabeza del hermano Bernardo".

12. Entonces éste se acercó más al bienaventurado Francisco, quien posó las manos sobre su cabeza y le bendijo. Luego dijo a uno de sus compañeros: "Escribe lo que voy a dictarte. El primer hermano que me dio el Señor fue el hermano Bernardo. Fue él quien primero comenzó y puso en práctica con toda diligencia la perfección del santo Evangelio distribuyendo sus bienes entre los pobres. Por eso y por otras muchas prerrogativas, estoy obligado a amarle más que a cualquier otro hermano de toda la Religión. Quiero, pues, y ordeno, en cuanto está en mi poder, que el ministro general, cualquiera que sea, le ame y le honre como a mí mismo y que los ministros provinciales y los hermanos de toda la Religión lo miren como si de mí se tratara". Estas palabras fueron, para el hermano Bernardo y para los demás hermanos allí presentes, motivo de gran consuelo.

12. Un día, el bienaventurado Francisco, teniendo en cuenta la altísima perfección del hermano Bernardo, profetizó acerca de él ante algunos hermanos: "Os digo que para ejercitar al hermano Bernardo le han sido puestos algunos de los más importantes y sutiles demonios, con el objeto de crearle muchas tribulaciones y provocarle a tentación. Pero, el Señor, que es misericordioso, le librará, al acercarse su muerte, de toda tentación y de toda prueba interior y exterior, y concederá a su alma y a su cuerpo tal paz, serenidad y consuelo, que todos los hermanos que lo vean y lo oigan quedarán maravillados y tendrán lo acaecido como milagro. En esta paz, serenidad y consuelo del hombre interior y exterior pasará todo su ser de este mundo al Señor".

12. Estas palabras fueron para todos los que las escucharon objeto de gran admiración, porque lo que el bienaventurado Francisco había predicho bajo la inspiración del Espíritu Santo, se cumplió a la letra y punto por punto. En su última enfermedad, el hermano Bernardo tenía el espíritu tan sosegado y tranquilo, que no quería acostarse. Y, si se acostaba, lo hacía como si se sentase, a fin de que ni el más ligero vapor de los humores que le subiera a la cabeza le trajera imágenes y sueños ajenos a lo que estaba pensando de Dios. Si alguna vez sucedía esto, en seguida se levantaba y se agitaba, diciendo: "¿Qué me pasa? ¿Por qué pienso así?" Para reanimarse le gustaba aspirar el aroma de agua de rosas; pero, conforme se acercaba su fin, ya no acudía a este recurso, porque estaba continuamente en la meditación de Dios. Si alguno le ofrecía el agua de rosas, decía: "No me distraigáis".

12. Para poder morir tranquilo, sosegado y sereno, encomendó totalmente el cuidado de su cuerpo a un hermano que era médico y estaba a su servicio. Le dijo: "Ya no quiero preocuparme de la comida bebida. Te confío este cuidado. Si me das algo, lo tomaré; si no, no". Desde que cayo enfermo quiso que lo acompañara siempre, hasta la hora de su muerte, un hermano sacerdote. Y, cuando le asaltaba algún pensamiento por el que luego le reprochaba su conciencia, en seguida se confesaba y acusaba su culpa.

12. Luego de morir, su carne quedó blanca y relajada, y el semblante, sonriente. Parecía entonces más hermoso que cuando vivía, y cuantos le contemplaban, hallaban más encanto viéndolo muerto que vivo, pues parecía un santo que sonreía.

PREDICCIÓN A LA HERMANA CLARA

13. La misma semana en que murió el bienaventurado Francisco, la señora Clara, primera plantita de la Orden de las hermanas, abadesa de las señoras pobres de San Damián de Asís, émula de San Francisco en la continua observancia de la pobreza del Hijo de Dios, estaba también muy enferma y temía morir antes que el bienaventurado Francisco. Lloraba amargamente y no se podía consolar, pues creía que antes de morir no podría ver a quien, después de Dios, consideraba como a padre suyo, es decir, al bienaventurado Francisco; él había sido el consolador del hombre interior y exterior y él quien primero la cimentó en la gracia de Dios.

13. Se le hizo saber al bienaventurado Francisco por medio de un hermano. Al oírlo tuvo compasión de ellas; es que las amaba, a ella y a sus hermanas, con afecto paternal por la santa vida que llevaban y, sobre todo, porque, a los pocos años de haber comenzado a tener hermanos, se convirtió Clara, con la gracia del Señor, mediante las exhortaciones del bienaventurado Francisco; su conversión constituyó motivo de gran edificación no sólo para la Religión de los hermanos, sino para toda la Iglesia de Dios.

13. .Mas, considerando el bienaventurado Francisco que lo que ella deseaba, verle a él, no era entonces posible por estar ambos gravemente enfermos, para consolarla le dio por escrito su bendición y la absolución de todas las faltas posibles a sus órdenes y deseos y a los mandamientos y deseos del Hijo de Dios. Además, para que disipara toda tristeza y se consolase en el Señor, dijo - no él, sino el Espíritu Santo por medio de él - al hermano que Clara había enviado: "Ve y lleva este escrito a la señora Clara. Le dirás que no sufra ni esté triste, porque no pueda verme ahora; pero que esté segura de que, antes de su muerte, ella y sus hermanas me verán y les proporcionaré un gran consuelo".

13. Poco después, el bienaventurado Francisco falleció durante la noche. A la mañana siguiente, todo el pueblo de Asís, hombres y mujeres, y todo el clero, tomando el santo cuerpo del lugar donde había fallecido y entonando himnos y alabanzas, con ramos de árboles en las manos, le llevaron, por voluntad divina, a San Damián, para que se cumpliera la palabra que el Señor había pronunciado por boca de su Santo para consuelo de sus hijas y servidoras.

13. Se quitó la reja de hierro de la ventana, a través de la cual suelen comulgar las hermanas y a veces escuchan la palabra de Dios; los hermanos tomaron de la camilla el santo cuerpo y lo sostuvieron en sus brazos delante de la ventana durante largo rato. La señora Clara y sus hermanas se consolaron muy mucho viéndole, aunque derramaron abundantes lágrimas y sintieron gran dolor, pues después de Dios era él, en este mundo, su único consuelo.

LA ALONDRA

14. Era la tarde del sábado anterior a la noche en que el bienaventurado Francisco pasó al Señor; después de las vísperas vino una bandada de pájaros llamados alondras, que, a poca altura sobre el techo de la casa en que él yacía, volaban y revoloteaban cantando.

14. Nosotros que hemos vivido con el bienaventurado Francisco y hemos escrito estas cosas sobre él, damos testimonio de que muchas veces le oímos decir: "Si yo hablase al emperador, le suplicaría que, por amor de Dios y en atención a mi ruego, firmara un decreto ordenando que ningún hombre capture a las hermanas alondras ni les haga daño alguno; que todas las autoridades derramen trigo y otros granos por los caminos fuera de las ciudades y castillos, para que, en día de tanta solemnidad, todas las aves, y particularmente las hermanas alondras, tengan qué comer; que, por respeto al Hijo de Dios, a quien tal noche la bienaventurada Virgen María, su madre, reclinó en un pesebre entre el asno y el buey, estén obligados todos a dar esa noche a nuestros hermanos bueyes y asnos abundante pienso; y, por último, que en este día de Navidad todos los pobres sean saciados por los ricos".

14. El bienaventurado Francisco, efectivamente, celebraba la fiesta de Navidad con mayor reverencia que cualquier otra fiesta del Señor, porque, si bien en las otras solemnidades el Señor ha obrado nuestra salvación, sin embargo, como él decía, comenzamos a ser salvos desde el día en que nació el Señor. Por eso quería que en ese día todo cristiano se alegrase en el Señor y que, por amor de Aquel que se nos dio a sí mismo, todo hombre fuese alegremente dadivoso no sólo con los pobres, sino también con los animales y las aves.Y decía de la alondra: "Nuestra hermana la alondra lleva un capuchón como los religiosos y es una ave humilde, que va gozosa por los caminos buscando algunos granos, y, aunque los encuentre entre el estiércol, los saca y los come. Cuando vuela, alaba al Señor, como los buenos religiosos, que menosprecian lo terreno y tienen su conversación en el cielo. Además, su vestido, es decir, su plumaje, es de color de tierra; así da buen ejemplo a los religiosos, que no deben llevar vestidos de colores y delicados, sino de color pardo como la tierra". Como el bienaventurado Francisco veía todo esto en las hermanas alondras, las amaba mucho y las contemplaba de buen grado.

CONSIDERABA UN ROBO RECIBIR MAS LIMOSNAS DE LAS NECESARIAS

15. El bienaventurado Francisco decía frecuentemente a los hermanos: "Jamás fui un ladrón, quiero decir que de las limosnas, que son la herencia de los pobres, siempre acepté menos de lo que me tocaba, a fin de no lesionar el derecho de los otros pobres, pues hacer lo contrario es cometer un robo".

DIOS SALE FIADOR DE LOS QUE CONFÍAN EN EL

16. Como los hermanos ministros tratasen de persuadir al bienaventurado Francisco de que concediese el tener algo, al menos en común, para que la gran multitud de hermanos tuviera a qué recurrir, San Francisco acudió a Cristo en su oración y le consultó sobre este punto El Señor le respondió en seguida que familia era suya, y que, por mucho que creciera, estaba siempre dispuesto a socorrerla y que siempre la protegería si confiaba en El.

RESPUESTA QUE DIO AL HERMANO ELÍAS Y A LOS DEMÁS QUE NO QUERÍAN OBLIGARSE A LA REGLA QUE ESTABA ESCRIBIENDO

17. Estando el bienaventurado Francisco con el hermano León y el hermano Bonicio de Bolonia retirado en un monte para componer la Regla (pues se había perdido la primera, escrita bajo el dictado de Cristo), muchos de los ministros se reunieron en torno al hermano Elías, vicario del bienaventurado Francisco, y le dijeron: "Hemos oído que ese hermano Francisco está componiendo una nueva Regla. Tememos que la haga tan dura, que no la podamos observar. Queremos que vayas donde él y le digas que nosotros no queremos obligarnos a esa Regla. ¡Que la componga para él, no para nosotros!"

17. El hermano Elías les respondió que no quería ir, porque temía la reprensión del hermano Francisco. Como ellos insistían en que fuese, les contestó que en todo caso iría, si ellos le acompañaban. Partieron, pues, todos juntos. Cuando el hermano Elías, acompañado de los mencionados ministros, llegó al lugar en que se encontraba el bienaventurado Francisco, le llamó. Este respondió al ver a los ministros: "¿Qué desean estos hermanos?" Replicó el hermano Elías: "Son ministros que, habiendo oído que estás componiendo una nueva Regla, y, temerosos de que la hagas demasiado estrecha, dicen y reafirman que no quieren obligarse a ella; que la hagas para ti, no para ellos".

17. Entonces, el bienaventurado Francisco levantó su rostro hacia el cielo y le habló así a Cristo: "Señor, ¿no dije bien que no te creerían?" Y se escuchó en lo alto la voz de Cristo, que respondía: "Francisco, nada hay en la Regla que proceda de ti; todo lo que ella contiene viene de mí. Quiero que esta Regla sea observada a la letra, a la letra, a la letra; sin glosa, sin glosa, sin glosa". Y añadió la voz: "Sé lo que puede la debilidad humana y lo que yo quiero ayudarles. Los que no quieren observarla, que se salgan de la Orden". El bienaventurado Francisco se volvió a aquellos hermanos y les dijo. "¿Habéis oído? ¿Habéis oído? ¿Queréis que consiga que se os repita?" Los ministros se retiraron confusos y reconociendo su culpa.

SE NIEGA A ACEPTAR NINGUNA DE LAS REGLAS MONÁSTICAS EXISTENTES

18. Hallábase el bienaventurado Francisco en el capítulo general de Santa María de la Porciúncula llamado capítulo de las esteras Asistían a él cinco mil hermanos, muchos de ellos hombres sabios y muy doctos; rogaron al señor cardenal, el futuro papa Gregorio, que estaba presente en el capítulo , que persuadiese al bienaventurado Francisco a seguir los consejos de los hermanos sabios y a dejarse dirigir por ellos. Invocaban las Reglas de San Benito, de San Agustín, de San Bernardo, que determinan detalladamente las normas de vida.

18. El bienaventurado Francisco escuchó la advertencia del cardenal sobre este asunto; tomándole de la mano, le condujo a la asamblea del capítulo y habló a los hermanos en estos términos: "Hermanos míos, hermanos míos, Dios me llamó a caminar por la vía de la simplicidad. No quiero qué me mencionéis regla alguna, ni la de San Agustín, ni la de San Bernardo, ni la de San Benito. El Señor me dijo que quería hacer de mí un nuevo loco en el mundo, y el Señor no quiso llevarnos por otra sabiduría que ésta. De vuestra ciencia y saber se servirá Dios para confundiros; y confío en que el Señor se servirá de sus mandatarios para castigaros. Y todavía, para vergüenza vuestra, volveréis a vuestro primer estado; de buena mala gana". El cardenal, estupefacto, nada replicó, y todos los hermanosquedaron asustados.

RELACIONES ENTRE LOS HERMANOS Y EL CLERO SECULAR 19. (= 2C 146).

SE NIEGA A CONSEGUIR PRIVILEGIOS DE LA CURIA ROMANA

20. Ciertos hermanos dijeron al bienaventurado Francisco: "Padre, ¿no ves que los obispos no nos permiten a veces predicar, y nos obligan así a estar largos días ociosos antes de poder dirigirnos al pueblo? Sería conveniente que consiguiera del señor papa un privilegio en favor de los hermanos, mirando así por la salvación de las almas".

20. Les respondió, reprendiéndoles fuertemente: "Vosotros, hermanos menores, no conocéis la voluntad de Dios y no me permitís convertir al mundo entero, como Dios quiere. Mi deseo es que primeramente convirtamos a los prelados con nuestra humildad y nuestra reverencia para con ellos. Cuando vean la vida santa que llevamos y el respeto que les profesamos, ellos mismos os pedirán que prediquéis y convirtáis al pueblo, y lo congregarán para que os oiga, mucho mejor que los privilegios que pedís, y que os llevarían al orgullo. Si sois ajenos a toda avaricia e inculcáis al pueblo que entreguen a las iglesias sus derechos, los obispos os rogarán que oigáis las confesiones de su pueblo, aunque de esto no debéis preocuparos, pues, si los pecadores se convierten, ya encontrarán confesores. Para mí, el privilegio que pido al Señor es el no recibir privilegio alguno de los hombres, sino mostrar reverencia a todos y convertirlos, mediante el cumplimiento de la santa Regla, más con el ejemplo que con las palabras".

REPROCHES DE CRISTO POR LA INGRATITUD DE LOS HERMANOS

21. En cierta ocasión dijo nuestro Señor Jesucristo al hermano León, compañero del bienaventurado Francisco: "Me lamento de los hermanos". A lo que respondió el hermano León: "¿Por qué, Señor?" "Por tres razones - replicó el Señor -. Primeramente, porque no reconocen los beneficios que, como sabes, les otorgo con largueza cada día sin que siembren ni recojan. Después, porque pasan todo el día murmurando y sin hacer nada. Por último, porque con frecuencia se provocan mutuamente a la cólera y no se reconcilian ni perdonan las injurias que han recibido.

PARALITURGIA DE LA ULTIMA CENA Y MUERTE

22. Una noche, el bienaventurado Francisco se vio tan fuertemente atacado por los dolores de las enfermedades, que le era casi imposible descansar y dormir. Habiendo aminorado el dolor por la mañana hizo llamar a todos los hermanos de aquel lugar Cuando los tuvo sentados frente a él, posó su mirada sobre ellos; considerándoles representantes de todos los hermanos. Luego, comenzando por un hermano, bendijo sucesivamente a todos poniendo su mano derecha sobre la cabeza de cada uno. Bendijo así a todos los que vivían entonces en la Religión y a los que habían de vivir en ella hasta el fin del mundo. Y parecía compadecerse a sí mismo, porque no podía ver a todos sus hijos y hermanos antes de morir.

22. Luego mandó traer panes y los bendijo. Como, a causa de la enfermedad, no podía partirlos, hizo que un hermano los partiera en muchos trozos; y, tomando de ellos, entregó a cada uno de los hermanos su trozo, ordenándoles que lo comieran entero. Pues así como el Señor el jueves santo quiso cenar con los apóstoles antes de su muerte, del mismo modo - así les pareció a aquellos hermanos - el bienaventurado Francisco quiso antes de su muerte bendecirles a ellos, y en ellos, a todos los demás hermanos, y quiso también que comieran de aquel pan bendito como si realmente lo comieran con todos los demás hermanos.

22. Creemos que ésta fue su intención, pues, aunque ese día no era jueves, había dicho a los hermanos que creía que era jueves. Uno de los hermanos guardó un trozo de aquel pan y, después de la muerte del bienaventurado Francisco, algunos enfermos que comieron de él se vieron inmediatamente libres de sus males.

PENITENCIA EXCESIVA. NECESIDAD DE DISCRECIÓN

50. En cierta ocasión, al principio de la Orden, cuando el bienaventurado Francisco empezó a tener hermanos, moraba con ellos en Rivo Torto. Una vez a media noche, cuando los hermanos descansaban en sus yacijas, un hermano exclamó, diciendo: "¡Me muero! ¡Me muero!" Todos los hermanos se despertaron aturdidos y asustados.

50. El bienaventurado Francisco se levantó y dijo: "Levantaos, hermanos, y encended la lámpara". Cuando tuvieron luz, preguntó Francisco: "¿Quién es el que ha gritado: ’Me muero’?" Un hermano respondió: "He sido yo". El bienaventurado Francisco le dijo: "¿Qué te ocurre, hermano? ¿Por qué te vas a morir?" "Me muero de hambre", contestó él. El bienaventurado Francisco, hombre lleno de caridad y discreción, no quiso que aquel hermano pasase vergüenza de comer solo. Mandó preparar en seguida la mesa, y todos comieron con aquel hermano.

50. Hay que tener en cuenta que tanto éste como los demás hermanos eran recién conversos y con indiscreto fervor se entregaban a grandes penitencias corporales. Después de la comida, habló así el bienaventurado Francisco a los hermanos: "Hermanos míos, entendedlo bien: cada uno ha de tener en cuenta su propia constitución física. Si uno de vosotros puede pasar con menos alimento que otro, no quiero que el que necesita más intente imitar al primero. Cada uno, según su naturaleza, dé a su cuerpo lo necesario. Pues, si hemos de evitar la demasía en el comer y beber, igualmente, e incluso más, hemos de librarnos del excesivo ayuno, ya que el Señor quiere la misericordia y no el sacrificio".

50. Y añadió: "Mis queridos hermanos, lo que he hecho, es decir, el que, por amor de mi hermano, hemos comido con él a fin de que no pasara vergüenza de comer él solo, lo he hecho impulsado por su gran necesidad y por caridad. Pero os digo que, por lo demás, no quiero hacerlo, pues no sería ni religioso ni honesto. Mas quiero y os ordeno que cada uno, teniendo en cuenta nuestra pobreza, satisfaga a su cuerpo según le fuere necesario".

50. Los primeros hermanos, en efecto, y los que durante mucho tiempo se les unirían, mortificaban sus cuerpos no solo con una excesiva abstinencia en la comida y bebida, sino también durmiendo poco, pasando frío y trabajando con sus manos. Llevaban, a raíz de la carne, cinturones de hierro y cotas de malla que podían procurarse, así como los cilicios más punzantes que pudieran conseguir. Por eso, el santo Padre, pensando que con este proceder los hermanos podían caer enfermos, como efectivamente ya había acaecido con algunos poco tiempo antes, prohibió en un capítulo que los hermanos llevaran sobre la carne otra cosa que la túnica.

50. Nosotros que vivimos con él podemos dar este testimonio: si bien desde el momento en que tuvo hermanos y durante toda su vida practicó con ellos la virtud de la discreción, procuró, con todo, que se guardasen siempre, en cuestión de alimentos y de cosas, la pobreza y la virtud requeridas por nuestra Religión y que eran tradicionales a los hermanos más antiguos; sin embargo, en cuanto a él, tenemos que decir que trató a su cuerpo con dureza tanto desde los inicios de su conversión, cuando todavía no contaba con hermanos, como durante toda su vida, a pesar que desde joven fue de constitución delicada y frágil, y en el mundo no podía vivir si no rodeado de cuidados.

50. Un día, juzgando que sus hermanos empezaban a quebrantar la pobreza y exagerar en materia de alimentos y de cosas, dijo a algunos hermanos, pero refiriéndose a todos: "¿No creen los hermanos que mi cuerpo tiene necesidad de un régimen especial? Sin embargo, porque debo ser modelo y ejemplo para todos los hermanos, quiero usar alimentos y cosas pobres y no delicadas y estar contento con ellos".

ELOGIO DE LA MENDICIDAD

51. Cuando el bienaventurado Francisco comenzó a tener hermanos, se alegraba tanto de su conversión y de que el Señor le hubiera dado tan buena compañía y tanto les quería y veneraba, que no les enviaba a pedir limosna, sobre todo porque pensaba que se avergonzarían de hacerlo. Y, para ahorrarles esa vergüenza, salía él solo todos los días a pedir. Pero esto le fatigaba demasiado (ya en el siglo era delicado y débil de contextura, y se fue debilitando cada vez más, desde que abandonó el siglo, por las excesivas abstinencias y por las mortificaciones que se imponía). Comprendió que no podía él soportar trabajo tan pesado. Por otra parte, ésta era la vocación de los hermanos, aunque se avergonzasen. Como pensase que no caían en la cuenta y que todavía no tenían discreción suficiente como para adelantarse a decirle: "Nosotros queremos ir a mendigar", les habló así: "Mis queridos hermanos e hijitos míos, no os avergoncéis de ir a pedir limosna, pues por nosotros el Señor se hizo pobre en este mundo. Por eso, a ejemplo suyo y de su santísima Madre, hemos escogido el camino de la auténtica pobreza. Esta es nuestra herencia, que ganó y dejó nuestro Señor Jesucristo para nosotros y para todos los que, siguiendo su ejemplo, quieren vivir en santa pobreza" .

51. Y añadió: "En verdad os digo que muchos de los más nobles y sabios de este mundo vendrán a esta congregación y se tendrán por muy honrados al ir a mendigar. Id, pues, a pedir limosna, confiadamente y con el corazón alegre, con la bendición del Señor Dios. Debéis ir a pedir limosna con más presteza y alegría que un hombre que ofreciera cien denarios por uno, pues vosotros, los que pedís limosna, ofrecéis el amor de Dios, diciéndoles: ’Dadnos limosna por el amor del Señor Dios’; el cielo y la tierra son nada en comparación de este amor".

51. Como todavía eran muy pocos, no les podía enviar de dos en dos; envió a cada uno individualmente por los castillos y villas. Al regreso, cada uno enseñaba al bienaventurado Francisco las limosnas que había recibido, y se decían uno a otro: "Yo he traído más que tú". Y el bienaventurado Francisco se alegraba viéndoles tan contentos y felices. Desde entonces, cada uno pedía más a gusto permiso para salir a la limosna.

NO QUIERE QUE LOS HERMANOS SE INQUIETEN POR EL MAÑANA

52. En la misma época, cuando el bienaventurado Francisco vivía con los hermanos que tenía entonces, su alma era de una pureza admirable: desde el momento en que el Señor le reveló que él y sus hermanos debían vivir conforme al santo Evangelio, resolvió hacerlo así, y procuró observarlo a la letra todo el tiempo de su vida.

52. Por eso, cuando el hermano que se cuidaba de la cocina quiso preparar a sus hermanos legumbres, no le permitió que las pusiera de víspera a remojo en agua caliente para el día siguiente, como es costumbre, para que los hermanos observaran la palabra del santo Evangelio: No os inquietéis por el mañana . Y así, aquel hermano las ponía a reblandecer después que los hermanos habían dicho los maitines. Por la misma razón, muchos hermanos, por largo tiempo y en muchos lugares en que tenían que cuidarse solo de sí mismos, y, sobre todo, en las ciudades, por observar esto, no querían mendigar ni recibir más limosnas de las necesarias para el día.

DELICADEZA CON UN ENFERMO

53. En cierta ocasión, morando el bienaventurado Francisco en el mismo lugar, había allí un hermano, hombre de profunda vida interior y además antiguo en la Orden, que estaba muy débil y enfermo. Haciéndose cargo de su estado, el bienaventurado Francisco tuvo compasión de él. Pero como entonces los hermanos, sanos enfermos, con gozo y paciencia tomaban la pobreza como abundancia y en sus enfermedades no usaban medicinas, sino que más a gusto hacían lo que era contrario al cuerpo, se dijo a sí mismo el bienaventurado Francisco: "Si este hermano comiese, bien de mañana, unas uvas maduras, yo creo que le haría bien". Un día se levantó muy temprano y, sin hacer ruido, llamó al hermano y le llevó a una viña que hay cerca de aquella iglesia.

53. El mismo escogió una vid que tenía racimos hermosos y maduros. Sentándose con el hermano junto a la cepa, empezó a comer uvas para que él hermano no tuviese vergüenza de comérselas solo. Y, estando comiendo los dos, aquel hermano alabó al Señor Dios. Mientras vivió refería frecuentemente a los hermanos, con mucha devoción y saltándosele las lágrimas, esta delicadeza que el santo padre había tenido con él.

PODER DE SU PLEGARIA

54. En cierta época, viviendo el bienaventurado Francisco en el mismo lugar , para orar se retiraba a una celda que estaba situada detrás de la casa. Estando un día en ella, llegó el obispo de Asís para visitarle. Al entrar en la casa llamó a la puerta con el fin de llegarse al bienaventurado Francisco. Se la abrieron y entró en la celda (dentro de ésta se había construido con esteras otra celdilla muy pequeña; en la misma estaba el bienaventurado Francisco). Y como sabía el obispo que el santo Padre le profesaba confianza y amor, se acercó con libertad y abrió la estera de la confianza y amor, se acercó con libertad y abrió la estera de la celdilla para verle. Pero, apenas metió la cabeza en ella, súbitamente ñor, porque no era digno de ver al Santo, y retrocedió de espaldas. En seguida salió de la celda temblando y estupefacto. Delante de los hermanos manifestó su falta y su pesar de haber venido en aquella ocasión a aquel lugar.

LIBERA A UN HERMANO DE GRAVES TENTACIONES DIABÓLICAS

55. Había un hermano, hombre espiritual y antiguo en la Religión, que gozaba de la amistad del bienaventurado Francisco. Pues bien, en cierta ocasión venía sufriendo por largos días muy graves y crueles sugestiones del diablo, que le tenía como postrado en la más profunda desesperación. Tal agitación sufría a diario, que sentía vergüenza de confesarse todos los días. En esta situación se mortificaba excesivamente con abstinencias, vigilias; llantos y disciplinas. Mucho tiempo llevaba en este cotidiano tormento, cuando, por disposición divina, llegó a aquel lugar el bienaventurado Francisco. Paseándose un día el bienaventurado Francisco por las cercanías con otro hermano y con este que así era atormentado, separándose un poco del primero, se aproxima al que era tentado y le dice: "Hermano muy querido, quiero y te digo que en adelante no te consideres con la obligación de confesar a nadie esas sugestiones y tentaciones del diablo. No tengas miedo: ellas no han hecho mal a tu alma. Cada vez que te veas turbado por esas sugestiones, te autorizo a que reces siete veces el padrenuestro".

55. El hermano se alegró mucho, porque le había dicho que no tenía necesidad de confesar aquellas tentaciones; sobre todo, porque sufría gran confusión al tener que confesarse todos los días; esto agravaba su sufrimiento. Aquel hermano quedó admirado de la santidad del santo Padre, que, por inspiración del Espíritu Santo, había conocido sus tentaciones; pues él a nadie las había confesado, sino a los sacerdotes; y con frecuencia cambiaba de sacerdote, porque le daba vergüenza el que un único sacerdote conociera todas sus flaquezas y tentaciones. Desde el momento en que le habló el bienaventurado Francisco, se vio libre de aquella gran prueba interior y exterior que había sufrido durante tanto tiempo. Por la gracia de Dios y por los méritos del bienaventurado Francisco, recibió gran paz y tranquilidad de alma y cuerpo.

LA PORCIÚNCULA, ESPEJO DE LA ORDEN

56. Viendo el bienaventurado Francisco que Dios quería multiplicar el número de los hermanos, les dijo: "Mis queridos hermanos e hijitos míos, veo que el Señor quiere multiplicarnos. Por eso creo conveniente y religioso conseguir de nuestro obispo de los canónigos de San Rufino del abad del monasterio de San Benito una iglesia pequeña y muy pobre donde los hermanos puedan recitar sus horas, y tener, junto a la misma, solamente una casa pequeña y pobrecilla, construida de barro y madera, donde los hermanos puedan descansar y dedicarse a lo que han menester. El lugar en que moramos no es, en efecto, adecuado, y, desde que al Señor place multiplicarnos, esta casa es excesivamente pequeña para vivir en ella, y, sobre todo, porque no tenemos iglesia donde puedan los hermanos recitar sus horas; si alguno muriese, no estaría bien enterrarlo aquí en una iglesia de los clérigos seculares". Estas palabras fueron del agrado de los demás hermanos.

56. Lo que había propuesto, se lo propuso al obispo. El obispo le respondió: "Hermano, no tengo iglesia alguna que pueda daros". Acudió a los canónigos de San Rufino y les hizo el mismo ruego, y ellos le respondieron lo mismo que el obispo.

56. Entonces se encaminó al monasterio de San Benito de Monte Subasio y expuso al abad lo mismo que había dicho al obispo y a los canónigos y la respuesta que de unos y otros había recibido. El abad, conmovido, consultó con sus hermanos; y, por ser voluntad del Señor, hicieron cesión al bienaventurado Francisco y a sus hermanos de la iglesia de Santa María de la Porciúncula, la más pobre de las que ellos poseían. Era también la más pobre de todos los alrededores de la ciudad de Asís. Era lo que de tiempo atrás había deseado el bienaventurado Francisco. El abad le dijo: "Hermano, te concedemos lo que pides. Pero queremos que, si el Señor acrecienta vuestra congregación, este lugar sea la cabeza de todos los vuestros". Estas palabras agradaron al bienaventurado Francisco y a sus demás hermanos.

56. Y quedó muy contento del lugar donado a los hermanos, sobre todo porque la iglesia llevaba el nombre de la madre de Cristo, porque era muy pobre y por el sobrenombre con que se la conocía. Se la llamaba, en efecto, iglesia de la Porciúncula, lo que presagiaba que ella había de ser la madre y cabeza de los pobres hermanos menores. Este nombre de la Porciúncula fue dado a la iglesia porque el lugar donde fue construida desde antiguo era llamado "Porciúncula". El bienaventurado Francisco solía decir: "El Señor no quiso que se les diera a los hermanos ninguna otra iglesia , ni permitió que los primeros hermanos construyesen poseyesen una nueva, porque ésta venía a ser una profecía que se cumplió con la llegada de los hermanos menores".

56. Aunque era muy pobre y por el transcurso del tiempo estaba semiderruida, los habitantes de la ciudad de Asís y su comarca habían tenido por esta iglesia una devoción singular, que ha ido creciendo hasta nuestros días. Desde que los hermanos llegaron y se establecieron en aquel lugar, casi todos los días el Señor aumentaba su número. La noticia de los hermanos y su fama se extendió por todo el valle de Espoleto. Antiguamente, esta iglesia recibía la denominación de Santa María de los Ángeles; luego, la gente de la provincia la llamó Santa María de la Porciúncula. Por eso, cuando los hermanos comenzaron a repararla, los hombres y mujeres de aquella provincia decían: "Vamos a Santa María de los Ángeles".

56. El abad y los monjes habían dado esta iglesia al bienaventurado Francisco y a sus hermanos sin condición alguna y no les habían exigido pago alguno renta anual. Sin embargo, el bienaventurado Francisco, como bueno y experimentado maestro, que quiso construir una casa sobre roca firme , y su congregación sobre gran pobreza, en señal de mayor humildad y pobreza enviaba cada año a los monjes una canastilla de peces pequeños que se llaman lochas, para que los hermanos no tuviesen ningún lugar como propio, ni habitasen lugar alguno que no fuese ajeno; lo que buscaba era que los hermanos no tuvieran derecho a venderlo enajenarlo de manera alguna. Y cuando los hermanos llevaban los pececillos a los monjes, éstos, en razón de la humildad del bienaventurado Francisco, que por iniciativa propia tenía este gesto, enviaban a él y a sus hermanos una vasija de aceite.

56. Y nosotros que hemos vivido con el bienaventurado Francisco, damos testimonio dé que decía expresamente acerca de esta iglesia que, por las muchas gracias que el Señor le mostró allí y por lo que le fue revelado en aquel lugar, la bienaventurada Virgen ama esta iglesia con predilección sobre todas las iglesias que ella ama en el mundo. Por esta razón, durante toda su vida tuvo a este lugar gran devoción y reverencia. Y para que los hermanos tuvieran este recuerdo en su corazón, próximo ya a la muerte, quiso que en su testamento se escribiera que ellos hicieranlo mismo.

56. Pues, cuando se avecinaba la muerte, dijo delante del ministro general y de otros hermanos: "Quiero tomar ciertas disposiciones acerca del lugar de Santa María de la Porciúncula y dejarlas en testamento a los hermanos para que este lugar sea tenido siempre por ellos en gran veneración y devoción. Es lo que hicieron nuestros antiguos hermanos: aunque este lugar ya era santo, ellos, sin embargo, conservaban su santidad con la continua oración de día y de noche y observando constantemente el silencio; y, si alguna vez hablaban después de la hora fijada para el silencio, era para tratar, con la mayor devoción y del modo más discreto, de las cosas que se referían a la gloria de Dios y a la salvación de las almas. Cuando acontecía - lo que era raro - que algún hermano iniciaba una conversación inútil u ociosa, en seguida era advertido por otro. Mortificaban su cuerpo no sólo con el ayuno, sino también con frecuentes vigilias, el frío, la desnudez y el trabajo de sus manos. Con frecuencia, para no estar ociosos, iban a ayudar a los pobres en sus campos; y éstos alguna vez les daban pan por el amor de Dios.

56. "Con estas y otras virtudes se santificaban a sí mismos y el lugar. Los que les sucedieron vivieron durante muchos años de forma parecida, aunque sin llegar a equipararse a los primeros. "Pero después, con ocasión de que muchos hermanos y otros visitaban el lugar más de lo acostumbrado, y particularmente porque todos los hermanos, e igualmente cuantos quieren ingresar en la Religión, tienen que llegarse allí , mas también porque los hermanos son más tibios en la oración y en otras obras buenas y más disipados que antes para proferir palabras ociosas e inútiles y comunicar nuevas de este mundo, aquel lugar no es tenido por los hermanos que moran en él y por los otros religiosos en la reverencia y devoción que conviene y que yo querría.

56. "Es mi deseo que esté siempre bajo la autoridad directa del ministro general, para que así tenga un cuidado y solicitud mayor de atender el lugar, sobre todo constituyendo en el mismo una familia buena y santa. Los clérigos sean escogidos entre los hermanos más santos y honestos y entre los que, de toda la Orden, sepan decir mejor el oficio, a fin de que no sólo los demás hombres, sino también los hermanos, los oigan con agrado y mucha devoción. Sean elegidos para servirles algunos de entre los hermanos y laicos santos, hombres discretos y honestos.

56. "Quiero que ningún hermano ni otra persona entre a este lugar, salvo el ministro general y los hermanos que les sirven. Los moradores de él no hablen con persona alguna, a excepción de los hermanos que les sirven y del ministro cuando les visite. "Quiero igualmente que los hermanos laicos que les sirven estén obligados a que no les refieran las noticias novedades de este siglo que han oído y que no han de ser convenientes para sus almas. Y, por eso, quiero especialmente que nadie entre a este lugar, para que mejor conserven la pureza y santidad, y que en este lugar no se profiera palabra alguna vana perjudicial al alma y se conserve todo puro y santo cantando los himnos y las alabanzas del Señor. Y cuando alguno de estos hermanos muera, para cubrir la plaza del difunto, el ministro general llamará, de dondequiera que esté, a otro hermano santo. Porque, si los hermanos y los lugares donde residen se apartaren algún día de la pureza santidad y honestidad que deben tener, quiero que al menos este lugar sea espejo y buen ejemplo para toda la Orden, un candelabro delante del trono de Dios y delante de la bienaventurada Virgen, y que, gracias a él, el Señor tenga piedad de los defectos y culpas de los hermanos y guarde y proteja siempre su Religión y su plantita".

56. Se aproximaba la fecha del capítulo, que en aquel tiempo se celebraba todos los años en Santa María de la Porciúncula. Viendo el pueblo de Asís que los hermanos, por la gracia de Dios, se habían multiplicado y se multiplicaban cada día, y que, particularmente al reunirse allí todos a capítulo, no tenían más que una cabaña muy pobre y pequeña, techada de paja, con paredes de madera y barro, tal como la habían construido los hermanos cuando se establecieron en aquel lugar, tuvieron una reunión general, y en pocos días con rapidez y devoción levantaron una casa grande, con muros de piedra y cal, sin el consentimiento del bienaventurado Francisco, que estaba ausente.

56. Cuando, de vuelta de una provincia, vino el bienaventurado Francisco al capítulo y vio la casa construida en aquel lugar, quedó extrañado. Pensó que aquella casa podría ser ocasión de que los hermanos, en los lugares en que estaban habrían de estar, levantaran hicieran levantar casas grandes. Y como, sobre todo, quería que aquel lugar fuese modelo y ejemplar de todos los lugares de los hermanos, un buen día, antes de finalizar el capítulo, subió al tejado de aquella casa y mandó a algunos hermanos que también subieran. Con ayuda de éstos empezó a arrojar al suelo las tejas de que estaba cubierta la casa, con el propósito de destruirla.

56. Se hallaban allí unos caballeros y otros ciudadanos de Asís; el común les había encargado proteger aquel lugar, pues eran muchísimos los de la ciudad y los extraños que de todas partes habían venido para presenciar el capítulo de los hermanos, y se habían reunido en sus proximidades; viendo que el bienaventurado Francisco y los otros hermanos querían demoler aquella casa, corrieron donde ellos y dijeron al bienaventurado Francisco: "Hermano, esta casa es del común de Asís y nosotros somos sus representantes; por eso, te ordenamos que no destruyas nuestra casa". El bienaventurado Francisco les respondió: "Está bien; si esta casa es vuestra, no quiero tocarla". En seguida bajó del tejado, y lo mismo hicieron los que con el estaban.

56. Por eso, el pueblo de Asís, durante mucho tiempo, observó el acuerdo de que cada año el podestá, cualquiera que fuera, tendría la obligación de mandar retejar la casa y efectuar los trabajos de reparación que fueran necesarios. En otra época, el ministro general proyectó construir una pequeña casa para los hermanos de aquel lugar, a fin de que pudieran descansar y decir las horas. Como por aquel entonces todos los hermanos de la Orden y los postulantes venían y acudían a aquel lugar, sus moradores Sufrían muchas molestias casi todos los días. No tenían dónde dormir y recitar las horas en aquel lugar, pues debían ceder las celdillas donde desandaban a los muchos hermanos que venían.

56. De ahí el mucho trastorno que con frecuencia tenían que padecer, ya que después del mucho trabajo, les resultaba difícil atender a las necesidades del cuerpo y a la vida del alma. Estaba casi terminada la casa aquella, cuando el bienaventurado Francisco regresó a aquel lugar. Una mañana oyó, desde la celdilla donde había pasado la noche, el ruido que hacían los hermanos en el trabajo. Se sorprendió de que sería aquello y preguntó a su compañero: "¿A qué se debe este ruido? ¿En qué trabajan estos hermanos?". Su compañero le contó lo que ocurría.

56. Francisco inmediatamente mandó llamar al ministro y le dijo: "Hermano, este lugar es modelo y espejo de toda la Religión. Por lo tanto, a fin de que los hermanos de toda la Orden que vienen acá lleven a sus lugares el buen ejemplo de la pobreza, prefiero que los hermanos de este lugar soporten, por el amor del Señor Dios, molestias y penurias a que disfruten de satisfacciones y consuelos y a que los demás hermano de nuestra Religión imiten el ejemplo, y edifiquen en sus lugares, diciendo: ’En Santa María de la Porciúncula, primer lugar de los hermanos, se han levantado edificios buenos grandes; lo mismo podemos hacer en nuestros lugares, pues tenemos malos alojamientos.

RECHAZA HABITAR UNA CELDA QUE SE DICE SUYA

57. Un hermano, hombre de profunda vida interior, con quien el bienaventurado Francisco tenía gran amistad, vivía en un eremitorio. Pensando que si alguna vez venía allí el bienaventurado Francisco, no tendría un sitio apropiado para estar, mandó construir, en un rincón solitario próximo al lugar de los hermanos, una celdilla donde pudiese dedicarse a la oración cuando llegase. Efectivamente, pocos días después vino el bienaventurado Francisco. El hermano le llevó a ver aquella celdilla; el bienaventurado Francisco le dijo: "Esta celdilla me parece muy hermosa; pero, si quieres que pase aquí unos días, haz que la revistan interior y exteriormente de cascotes de piedra y de ramas de árboles".

57. Pues, aunque las paredes no eran de piedra, sino de madera, como ésta era lisa, trabajada con hacha y azuela, le pareció demasiado elegante la celdilla al bienaventurado Francisco. El hermano se apresuró a que la arreglaran según el deseo del Santo.

57. Cuarto más pobres y religiosas eran las celdas y las casas de los hermanos, con tanto más agrado las miraba y se hospedaba a veces en ellas. Llevaba algún tiempo viviendo y orando en aquella celdilla, cuando un día, estando fuera y cerca del lugar de los hermanos, se le acercó uno de los que vivían allí. El bienaventurado Francisco le preguntó: "De dónde vienes, hermano?" "De tu celda", respondió el hermano. El bienaventurado Francisco replicó inmediatamente: "Porqué has dicho que esta celda es mía, en adelante será otro el que la habite, que yo no".

57. Los que vivimos con él oímos repetir muchas veces aquella frase del santo Evangelio: Las zorras tienen sus cuevas, los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza. Decía también: "Cuando el Señor se retiró a la soledad para orar y ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches, no mandó que le preparasen celda ni casa alguna, sino que se cobijó bajo una roca del monte". Por eso, a ejemplo suyo, nunca quiso tener celda ni casa, ni que se la hicieran. Es más, si ocurría que alguna vez decía a los hermanos: "Preparadme tal celda", no quería luego habitarla, recordando las palabras del santo Evangelio No seáis solícitos . Próximo a la muerte, quiso que se escribiera en su testamento que todas las celdas y casas de los hermanos deberían construirse solamente con barro y maderas, para guardar mejor la pobreza y humildad .

COMO QUIERE QUE SEAN LOS LUGARES PREPARADOS PARA LOS HERMANOS

58. Estando en cierta ocasión en Siena para curar sus ojos (habitaba él una celda donde, después de su muerte, se edificó en memoria suya un oratorio), el señor Buenaventura, que había dado el terreno donde se edificó el lugar de los hermanos, dijo al bienaventurado Francisco: "¿Qué te parece este lugar?" El le respondió: "¿Quieres que te diga cómo deben construirse los lugares de los hermanos?"

58. Dijo él: "Sí, Padre". El bienaventurado Francisco añadió: "Cuando los hermanos llegan a una ciudad donde no tienen lugar y encuentran quien quiera darles terreno suficiente para edificar el lugar, tener huerta y cuanto necesiten, lo primero que han de ver es cuánto terreno les basta, teniendo en cuenta siempre la santa pobreza que prometimos observar y el buen ejemplo que hemos de dar a los demás".

58. El santo Padre hablaba así porque quería librar a los hermanos de todo pretexto para violar la regla de la pobreza en sus casas, iglesias, huertas y demás cosas de su uso. quería que no fuesen propietarios de ningún lugar, sino que siempre vivieren en ellos como peregrinos y forasteros. Quería, por ello que en cala lugar no fuesen colocados muchos hermanos porque le parecía difícil para una comunidad numerosa observar la pobreza. Desde el principio de su conversión hasta el día de su muerte, su deseo constante fue que se guardara perfectamente la santa pobreza.

58. "Luego deberían ir al obispo y dirían: ’Señor, fulano de tal quiere, por amor del Señor Dios y bien de su alma, darnos el terreno necesario para la construcción de un lugar. Nuestra primera diligencia es acudir a vos, sobre todo porque sois el padre y maestro de las almas que forman la grey que se os ha confiado, así como también de las nuestras y de las de los hermanos que permanecieren en este lugar. Con la bendición del Señor Dios y la vuestra, queremos edificar en dicho lugar’". Hablaba así el Santo pensando que el bien de las almas que los hermanos desean conseguir en el pueblo, se consigue mejor viviendo en paz con los prelados y los clérigos, pues así ganan para Dios a éstos y al pueblo, que no ganando sólo al pueblo, Con escándalo de los prelados y clérigos.

58. Decía él: "El Señor nos ha llamado en ayuda de su fe y delos prelados y clérigos de nuestra madre la santa Iglesia. Por eso debemos, en la medida de lo posible, amarlos siempre, honrarlos y venerarlos. Los hermanos se llaman menores porque, de la misma manera que por el nombre, también por su conducta y ejemplo deben ser humildes con todos los demás hombres de este mundo. Cuando al principio de mi conversión me separé del mundo y de mi padre carnal, el Señor puso sus palabras en boca del obispo de Asís para darme consejo y ánimo en el servicio de Cristo. Por esta razón y por otras muchas cualidades eminentes que aprecio en los prelados, quiero amarlos, venerarlos y tenerlos como a mis señores; y no sólo a los obispos, sino también a los pobrecitos sacerdotes.

58. "Después de recibir la bendición del obispo, vayan y hagan que se les abra una zanja larga alrededor del terreno recibido para la construcción del lugar, y, en vez de levantar una tapia, planten un buen seto en señal de pobreza y humildad. Luego hagan que les construyan casas pobrecitas, de barro y maderas, y algunas celdillas donde los hermanos puedan orar algunas veces, morar más honestamente y trabajar libres de toda palabra ociosa.

58. "También harán que les construyan las iglesias; no han de les levanten grandes iglesias con el pretexto de predicar al pueblo o alegando otros motivos, pues la humildad será mayor y el ejemplo más atrayente si los hermanos van a otras iglesias para predicar por mantenerse fieles a la santa pobreza a la humildad y a su estado. "Y si aconteciere que algunos prelados clérigos regulares vienen a sus lugares, las casas pobrecitas, las celdillas y las iglesias que hay allí les servirá de verdadera predicción y marcharán edificados.

58. Y añadió: "Con demasiada frecuencia los hermanos hacen construir grandes edificios con quebranto de nuestra santa pobreza, para perjuicio y mal ejemplo del prójimo. Luego, con el fin de hallar un lugar mejor y más santo, abandonan esos lugares y edificaciones. Entonces, los bienhechores que les habían dado las limosnas y también los demás que ven y oyen esto, se escandalizan y se turban gravemente. Por eso, es preferible que los hermanos se hagan construir lugares y edificios pequeños y pobres, siendo fieles a su profesión religiosa y al deber de dar buen ejemplo al prójimo, a que procedan contra su profesión den mal ejemplo a los otros. Si alguna vez los hermanos abandonasen los lugares pequeños y los edificios pobres por razón de hallar un lugar más conveniente a su vida, e] mal ejemplo sería menos pernicioso y el escándalo menor.

TESTAMENTO DE SIENA

59. En los días y en la misma celda en que el bienaventurado Francisco había dicho estas cosas al señor Buenaventura, una tarde sintió ganas de vomitar debido a sus males de estómago. Los esfuerzos que hizo fueron tan grandes, que empezó a echar sangre, y continuó echándola durante toda la noche hasta la madrugada.

59. Viendo sus compañeros que casi moría por la debilidad y por los dolores de la enfermedad, con inmensa pena y llorando le dijeron: "Padre, ¿qué quieres que hagamos? Bendícenos y bendice a todos tus hermanos. Deja también a tus hermanos un memorial de tu última voluntad, para que, si el Señor quiere llevarte de este mundo, tus hermanos puedan decir y recordar: ’Estas son las palabras que nuestro Padre dijo a sus hijos y hermanos al morir".

59. Y él les dijo: "Que se acerque a mí el hermano Benito de Piratro" . Este hermano era sacerdote, prudente y santo y antiguo en la Religión. En algunas ocasiones celebraba la misa para el bienaventurado Francisco en aquella celda, pues el Santo, aunque enfermo, de buen grado quería oír devotamente la misa siempre que le era posible.

59. Acercándose el hermano, el bienaventurado Francisco le dijo; "Escribe que bendigo a todos mis hermanos, a los que están en la Religión y a los que vendrán a ella hasta el fin del mundo". El bienaventurado Francisco tenía por costumbre en tiempo del capítulo, cuando los hermanos estaban reunidos, al final del mismo, bendecir y absolver a todos los hermanos presentes y a los demás que estaban en la Religión, y bendecía también a los que en lo venidero habían de entrar en ella. Y no sólo lo hacía en los capítulos, sino también en otras muchas ocasiones bendecía a todos los hermanos que vivían en la Religión y a los que habían de ser sus miembros. El bienaventurado Francisco continuó: "Ya que la debilidad y los dolores de mi enfermedad me impiden hablar, voy a dejar expresada a mis hermanos mi última voluntad en tres frases: que, en señal del recuerdo de mi bendición y testamento, se amen y se respeten siempre unos a otros; que amen y respeten siempre a nuestra señora la santa pobreza; que sean siempre fieles y sumisos a los prelados y a todos los clérigos de la santa madre Iglesia".

59. Recomendaba a los hermanos que temieran y evitaran el mal ejemplo. Por fin, maldecía a aquellos que con sus perversos y malos ejemplos fuesen causa de que los hombres hablen mal de la Religión, de la vida de los hermanos y de los buenos y virtuosos hermanos, que por eso sufren vergüenza y aflicción.

FRANCISCO BARRE LAS IGLESIAS

60. En cierta ocasión, estando el bienaventurado Francisco junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula cuando todavía eran pocos los hermanos, salía de vez en cuando a visitar las aldeas y las iglesias de los alrededores de Asís, anunciando y predicando a los hombres la penitencia. Llevaba consigo una escoba para barrer las iglesias, pues sufría mucho cuando, al entrar en ellas, las encontraba sucias. Por eso, cuando terminaba de predicar al pueblo, reunía a todos los sacerdotes que se encontraban allí en un local apartado para no ser oído por los seglares. Les hablaba de la salvación de las almas, y, sobre todo, les recomendaba mucho el cuidado y diligencia que debían poner para que estuvieran limpias las iglesias, los altares y todo lo que sirve para la celebración de los divinos misterios.

VOCACIÓN DEL HERMANO JUAN EL SIMPLE

61. Un día, el bienaventurado Francisco entró en la iglesia de una aldea de la ciudad de Asís y se puso a barrerla. En seguida corrió la noticia de su llegada por toda la aldea, pues sus habitantes gustaban mucho de verle y oírle.

61. Un hombre llamado Juan, de admirable simplicidad, estaba arando en un campo suyo cercano a la iglesia; tan pronto supo que había llegado, corrió a él y le halló barriendo la iglesia. Le dijo: "Hermano, quiero ayudarte; déjame la escoba". El se la dio, y Juan barrió lo que faltaba. Luego, sentándose los dos, aquel hombre habló al bienaventurado Francisco: "Hermano, desde hace tiempo deseo dedicarme al servicio de Dios; sobre todo desde que oí hablar de ti y de tus hermanos; pero no encontraba ocasión de acercarme a ti. Ahora que al Señor plugo que te viera, quiero hacer lo que tú me digas".

61. Al ver tanto fervor, el bienaventurado Francisco se llenó de alegría en el Señor, sobre todo porque todavía eran pocos los hermanos y porque le pareció que aquel hombre, dada su pura simplicidad , sería un buen religioso. Le dijo: "Hermano, si quieres llevar nuestra vida y unirte a nosotros, has de expropiarte de todos los bienes que hayas adquirido sin escándalo y dárselos a los pobres, según el consejo del Evangelio, pues es lo que han hecho aquellos de mis hermanos a quienes les ha sido posible".

61. Oído esto, marchó presuroso al campo donde había dejado los bueyes, les desunció y, presentando uno de ellos al bienaventurado Francisco, le dijo: "Hermano, durante tantos años he servido a mi padre y a los de mi casa. Aunque es pequeña esta parte de la herencia que me corresponde, quiero tomarme este buey como porción mía y darlo a los pobres en el modo que, según Dios, te parezca mejor".

61. Cuando vieron que se disponía a abandonarles, sus padres y e sus hermanos, que todavía eran pequeños, ellos y todos los de la casa, se echaron a llorar y gemir fuertemente. Ante este espectáculo, el bienaventurado Francisco se movió a compasión; sobretodo, porque la familia era numerosa y sin recursos. Les dijo. "Preparad la comida y disponed la mesa para que comamos todos juntos. Cesen los llantos, porque os he de dejar alegres". Dispusieron en seguida la mesa y comieron todos con alegría general. Después de comer, el bienaventurado Francisco les habló: "Este hijo vuestro quiere servir a Dios; no debéis entristeceros por esta determinación, sino alegraros. Es un honor para vosotros, no sólo a los ojos de Dios, sino también a los ojos del mundo. Sacaréis provecho para vuestras almas y para vuestros cuerpos, pues Dios será honrado por uno de vuestra sangre y todos nuestros hermanos serán hijos y hermanos vuestros. Aquí tenéis una criatura de Dios que quiere servir al Creador, y como ser servidor de Cristo es reinar, no puedo ni debo devolvéroslo. Mas, para que recibáis y conservéis de él algún consuelo, quiero que se desprenda de ese buey en vuestro favor, ya que sois pobres, aunque, según el Evangelio, debería dárselo a otros pobres".

61. Quedaron consolados con estas palabras, y, sobre todo, se alegraron de habérseles entregado el buey, pues eran pobres. El bienaventurado Francisco, que amaba mucho en sí y en los otros la pura y santa simplicidad y se complacía siempre en ella, desde que vistió a Juan con el hábito religioso le llevaba consigo como compañero. Era éste de tanta simplicidad, que creía que debía hacer todo cuanto el bienaventurado Francisco hiciera.

61. Cuando éste estaba en una iglesia en un lugar apartado para orar, lo quería ver y observar para poder copiar todos sus gestos. Si el bienaventurado Francisco se arrodillaba levantaba al cielo sus manos juntas, si escupía tosía, otro tanto hacía el hermano. El bienaventurado Francisco, con mucha alegría, comenzó a reprenderle de tales simplezas. Mas el otro respondía: "Hermano, yo prometí hacer todo lo que tu hagas; quiero, por consiguiente, hacer lo que tú haces".

61. El bienaventurado Francisco quedaba admirado y contento de ver en él tanta pureza y simplicidad. Este hermano hizo tales progresos en todas las virtudes y buenas costumbres, que el bienaventurado Francisco y los otros hermanos estaban muy admirados de su perfección. Poco tiempo después murió sin desviarse de ella. Por eso, el bienaventurado Francisco, con gran alegría interior y exterior, contaba su vida a los hermanos y le llamaba no "hermano Juan", sino "San Juan".

EL HERMANO "MOSCA" DA SUS BIENES A SUS PARIENTES

62. En cierta época, el bienaventurado Francisco recorría predicando la provincia de la Marca. Un día en que hablaba a los habitantes de una villa, se le acercó uno para decirle: "Hermano quiero dejar el mundo y entrar en Religión". El bienaventurado Francisco le respondió: "Hermano, si quieres entrar en la Religión de los hermanos, primero debes, según la perfección del santo Evangelio, distribuir todos tus bienes a los pobres y luego renunciar completamente a tu voluntad".

62. Oído esto, el hombre se marchó de prisa, y, guiado por amor carnal, no espiritual, distribuyó sus bienes entre sus parientes. Volvió donde el bienaventurado Francisco para decirle: "Hermano, ya está hecho; me he despojado de todos mis bienes". Francisco le preguntó: "¿Cómo lo has hecho?" "Hermano - respondió -, he dado todas mis cosas a algunos de mis parientes que estaban necesitados".

62. El bienaventurado Francisco, conociendo, por iluminación del Espíritu Santo, que era un hombre carnal, le replicó: "Continúa tu camino, hermano mosca; has dejado lo tuyo a tus parientes y quieres vivir de las limosnas entre los hermanos". El hombre volvió presuroso por el camino que había traído, negándose a dar sus bienes a los pobres.

"ESE MONTE ES TU TENTACIÓN"

63. En la misma época, durante su estancia en el mismo lugar de Santa María, el bienaventurado Francisco fue víctima, para bien de su alma, de una grave tentación de espíritu . Se encontraba fuertemente turbado interior y exteriormente, en su alma y en su cuerpo. Algunas veces hasta huía de la compañía de los hermanos, porque no podía, a causa de aquella tentación, presentarse con su sonrisa habitual. Se mortificaba privándose de comer y hasta de hablar. Frecuentemente se retiraba a orar a un bosque cercano a la iglesia. Allí podía dar curso libre a su pena y derramar abundantes lágrimas en la presencia del Señor, para que El, que todo lo puede, se dignase enviar del cielo el remedio contra tan grande tribulación.

63. Durante más de dos años, día y noche, fue atormentado por aquella tentación. Un día, estando en oración en la iglesia de Santa María, se le dijo en su interior aquella frase del Evangelio: Si tuvieras fe como un grano de mostaza y dijeras a este monte que se trasladase de aquí allí, se iría . El bienaventurado Francisco preguntó: "¿Cuál es ese monte?" "Ese monte es tu tentación", escuchó. "Entonces, Señor, que suceda en mí según tu palabra", dijo Francisco. Y al instante se halló tan tranquilo, que le parecía que jamás había padecido semejante tentación.

COME CON UN LEPROSO

64. Un día, al volver el bienaventurado Francisco de la iglesia de Santa María de la Porciúncula, encontró allí, en compañía de un leproso cubierto de úlceras, al hermano Jacobo el Simple, que había llegado aquel mismo día. El santo Padre le había recomendado aquel leproso, y particularmente todos los demás leprosos que estuvieran más llagados. Hay que tener en cuenta que en aquel tiempo los hermanos habitaban en las leprosería. Este hermano Jacobo era como el médico de los muy ulcerados, y así, con todo cariño tocaba y curaba las llagas y cambiaba el vendaje.

64. El bienaventurado Francisco dijo al hermano Jacobo en tono de reproche: "Tú no deberías llevar contigo a los hermanos cristianos, pues no está bien ni para ti ni para ellos". ("Hermanos cristianos" era el nombre que Francisco daba a los leprosos.) El santo Padre le hizo esta advertencia porque, aunque estaba muy contento de que el hermano les ayudara y sirviera, sin embargo, no quería que sacara del hospital a los más llagados, y en especial porque el hermano Jacobo era muy simple, y con frecuencia iba con algún leproso a la iglesia de Santa María, y, sobre todo, porque las gentes, en general, sienten horror a los enfermos que están muy cubiertos de úlceras.

64. No bien hubo terminado la amonestación, el bienaventurado Francisco se acusó a sí mismo y confesó su culpa al hermano Pedro Cattani, que entonces era ministro general; más que todo, porque creyó que su reprensión al hermano Jacobo había avergonzado al leproso, dijo su falta con la intención de repararla ante Dios y ante el leproso.

64. Habló así al hermano Pedro: "Te pido que apruebes, y en manera alguna me la niegues, la penitencia que quiero hacer". El hermano Pedro respondió: "Como te agrade, hermano". Pues era tal la veneración, respeto y sumisión que el hermano Pedro tenía al bienaventurado Francisco, que jamás osaba cambiar su obediencia, aunque entonces, como en muchas otras ocasiones, quedara por ello afligido interior y exteriormente.

64. El bienaventurado Francisco dijo: "Mi penitencia será comer de un mismo plato con el hermano cristiano". Cuando se sentó a la mesa para comer con el leproso y con otros hermanos, puso la escudilla entre los dos. El leproso era todo llaga y úlcera; los dedos con los que tomaba la comida estaban contraídos y sangrantes; y así, cada vez que los metía en la escudilla, caía en ella la sangre.

64. Ante esta escena, el hermano Pedro y los otros hermanos estaban estremecidos de pena; pero no se atrevían a decir palabra por respeto al santo Padre. El que escribe estas líneas vio la escena y da testimonio. Es lo único que de él se conoce.

65. El bienaventurado Francisco caminaba en cierta ocasión por el valle de Espoleto, y le acompañaba el hermano Pacífico, natural de la Marca de Ancona; en el siglo había sido conocido con el nombre de "el rey de los versos". Este maestro de cantores era de la clase noble y cortesano. Se hospedaron en la leprosería de Trevi . El bienaventurado Francisco dijo al hermano Pacífico: "Vamos a la iglesia de San Pedro de Bovara , pues quiero pasar allí la noche".

65. Esta iglesia estaba situada no lejos de la leprosería; nadie la habitaba, pues en aquella época Trevi estaba en ruinas y nadie vivía en este castro villa .

65. Por el camino dijo el bienaventurado Francisco al hermano Pacífico: "Vuelve al hospital; quiero estar solo esta noche. Mañana al amanecer vienes donde mí".

65. Ya solo, recitó completas y otras oraciones, y luego trató de descansar y de dormir. En vano, pues se vio sobrecogido interiormente de temor y sintió tentaciones diabólicas. Se levantó al punto, salió fuera de la iglesia y se santiguó, diciendo: "Demonios, yo os mando de parte de Dios todopoderoso: podéis hacer sufrir a mi cuerpo todo lo que os conceda nuestro Señor Jesucristo; estoy dispuesto a soportarlo, pues no tengo mayor enemigo que mi cuerpo s; vosotros me vengaréis así de este adversario y enemigo mío". Al instante desaparecieron las tentaciones. Vuelto al lugar donde se había acostado, descansó y durmió apaciblemente.

65. A la madrugada estaba de regreso el hermano Pacífico. El bienaventurado Francisco estaba ante el altar en el interior del coro; el hermano Pacífico quedó y le esperó fuera del coro, orando también él al Señor delante del crucifijo. Cuando se puso a orar el hermano Pacífico, fue arrebatado en éxtasis, si con su cuerpo sin el, Dios lo sabe ; vio en el cielo gran número de tronos, y entre ellos uno más elevado, glorioso y radiante de luz y adornado con toda clase de piedras preciosas. Admirado de su esplendor, se preguntaba qué clase de sede era aquélla y a quién le pertenecía: Oyó al punto una voz que le dijo: "Este trono fue de Lucifer, y en su lugar se sentará en él el bienaventurado Francisco". Cuando el hermano Pacífico recobró sus sentidos, el bienaventurado Francisco salió inmediatamente del coro y se le aproximó. Súbitamente se postró el hermano a los pies del bienaventurado Francisco, extendidos los brazos en forma de cruz, juzgándole, a causa de la visión, como habitante del cielo. Y le dijo "Padre, perdóname los pecados y ruega al Señor que me perdone y tenga piedad de mí". Francisco, tendiéndole la mano, le levantó, y comprendió que había tenido alguna visión durante la oración.

65. Parecía todo transformado y hablaba al bienaventurado Francisco no como a un hombre que vive en carne, sino como a quien reina en el cielo. Luego, como inquiriendo de lejos y no queriendo manifestar la visión al bienaventurado Francisco, le preguntó: "Hermano, ¿qué piensas de ti mismo?" El bienaventurado Francisco respondió: "Yo pienso que soy el más grande pecador que hay en este mundo".

65. En el mismo momento sintió en su interior el hermano Pacífico una voz que le decía: "Aquí tienes la señal de que es verdad la visión que has tenido, pues como Lucifer fue precipitado de aquel trono a causa de su orgullo, así el bienaventurado Francisco, por su humildad, merecerá ser exaltado y sentarse en él".

UN SER MISTERIOSO LE REGALA CON UN CONCIERTO

66. En cierta ocasión en que el bienaventurado Francisco estaba en Rieti y se había hospedado durante unos días en casa de Tabaldo "el Sarraceno" a causa de la enfermedad de sus ojos, dijo a uno de sus compañeros que en el mundo había aprendido a tocar la cítara: "Hermano, los hijos de este mundo no comprenden las cosas de Dios. Antiguamente, los instrumentos músicos, como cítaras, salterios de diez cuerdas y otros, servían a los santos para la alabanza a Dios y para consuelo de sus almas; pero ahora los emplean los hombres para la vanidad y el pecado, en contra de la voluntad del Señor. Quisiera que te procuraras en secreto de algún buen hombre una cítara y con ella me cantases algún verso bello y honesto, y luego, acompañados de ella, dijésemos las palabras y alabanzas del Señor, pues mi cuerpo está afligido por esta gran enfermedad y dolores. Querría que de esta forma se redujera el dolor del cuerpo para alegría y consuelo del espíritu".

66. Es de saber que durante su enfermedad el bienaventurado Francisco había compuesto las Alabanzas del Señor, que las hacía cantar, a veces, a sus hermanos para gloria de Dios, consuelo de su alma y también para edificación del prójimo.

66. El hermano respondió: "Padre, me da vergüenza ir a pedir la cítara; más que nada, porque los habitantes de esta ciudad saben que he sido tentado de volver a tocar la cítara". "Está bien, hermano - dijo el bienaventurado Francisco -, no hablemos más de , esto".

66. Hacia la media noche siguiente, estando despierto el bienaventurado Francisco, oyó al lado de la casa donde descansaba el punteo de una cítara que acompañaba un poema bello, tan agradable como nunca en su vida había escuchado. El músico se paseaba, alejándose primero hasta donde podía ser oído y volviendo luego sin dejar de tocar. Así estuvo durante una hora larga.

66. El bienaventurado Francisco comprendió que todo aquello era merced de Dios y no obra del hombre; quedó anegado de alegría, y su corazón se desbordó con gran entusiasmo en alabanzas al Señor, que se había dignado consolarle tan abundantemente. Por la mañana al levantarse dijo a su compañero: "Hermano, te hice un ruego, y no me complaciste; pero el Señor, que consolará a sus amigos en las tribulaciones , se ha dignado complacerme esta noche". Y le contó lo sucedido.

66. Los hermanos, al enterarse, admirados, consideraron lo acaecido como un gran milagro. Estaban seguros de que Dios había intervenido para consolar al bienaventurado Francisco, porque, por decreto del podestá que estaba en uso, nadie podía transitar por la ciudad, no ya a media noche, pero ni siquiera después del tercer toque de la campana. Y además porque, como lo declaró el bienaventurado Francisco, fue en el silencio, sin palabras ni estrépito de voces - porque era obra de Dios--, como el músico iba y venía tocando durante una larga hora para consuelo de su alma.

LA VIÑA DE RIETI

67. Por el mismo tiempo, a causa de la enfermedad de los ojos, el bienaventurado Francisco vivió junto a la iglesia de San Fabián, situada en las cercanías de la misma ciudad y servida por un sacerdote secular pobre. El señor papa Honorio con otros cardenales residía entonces allí . Muchos de los cardenales y otros de la alta clerecía, llevados por la veneración y devoción que tenían al Santo, iban casi todos los días a visitarle. La iglesia tenía una pequeña viña junto a la casa donde descansaba el bienaventurado Francisco. La casa tenía una puerta por la que pasaban a la viña casi todos los que le visitaban, máxime porque en aquella época las uvas estaban maduras y el lugar invitaba a descansar. La viña, pues, fue por este motivo casi del todo saqueada: unos cogían los racimos y se los comían, otros se los llevaban, y había quien los pisoteaba

67. El sacerdote, a la vista de esto, estaba escandalizado y turbado. "Este ano - decía -mi cosecha está perdida. Mi viña es pequeña, pero me da todos los años el vino que necesito". Enterado de esto el bienaventurado Francisco, le hizo llamar para decirle: "No estés turbado y escandalizado, pues no podemos cambiar ya lo hecho. Pon tu confianza en el Señor, que por mí, su siervecillo, puede repararte el daño. Dime: ¿Cuántas cántaros de vino te dio la viña cuando más te dio?" "Trece, Padre", respondió el sacerdote. "No te dejes llevar de la tristeza - repuso el bienaventurado Francisco -, ni injuries a nadie, ni presentes queja contra alguno. Ten confianza en el Señor y en mis palabras. Si recoges menos de veinte cántaros, yo haré que te las llenen".

67. El sacerdote quedó tranquilo y calló. Pues bien; por voluntad de Dios, sucedió que recogió veinte cántaros, no menos, según la promesa del bienaventurado Francisco. Quedó maravillado el sacerdote, así como todos los que tuvieron conocimiento de lo sucedido, considerándolo como un gran milagro en atención a los méritos del bienaventurado Francisco, no sólo porque la vina había sido devastada, sino también porque, aunque hubiera estado cargada de racimos y no hubiera desaparecido uno solo, al sacerdote y a los demás les parecía imposible que produjera veinte cántaros de vino.

67. Nosotros que hemos vivido con él podemos testimoniar que, cuando decía: "Así es o así será", su palabra se cumplía siempre. Nosotros hemos visto cómo se han cumplido sus promesas, bien durante su vida, bien después de su muerte.

EL BANQUETE OFRECIDO AL MÉDICO

68. Durante el mismo tiempo, el bienaventurado Francisco residió en el eremitorio de los hermanos de Fonte Colombo, cerca de Rieti, a causa de la enfermedad de los ojos. El médico de los ojos vino un día a visitarle y se entretuvo con él, como de costumbre, cosa de una hora. Se disponía ya a marchar, cuando el bienaventurado Francisco dijo a uno de sus companeros: "Id y servid al médico una buena comida". Le respondió su compañero: "Padre, te lo decimos avergonzados: estamos tan pobres en este momento, que nos da vergüenza invitarle y darle ahora de comer". "Hombres de poca fe - dijo el bienaventurado Francisco -, no me hagáis hablar más".

68. El médico, dirigiéndose al bienaventurado Francisco y a sus compañeros, dijo: "Hermano, precisamente porque los hermanos son tan pobres, será para mí un placer comer con ellos". Este señor era muy rico, y, aunque el Santo y sus compañeros le habían invitado muchas veces, nunca había querido quedarse a comer.

68. Fuéronse los hermanos y prepararon la mesa, y, avergonzados, sacaron el poco pan y vino que tenían y la escasa ración de hortalizas que habían cocido para ellos. Y se sentaron a comer. Apenas habían empezado la comida, llamaron a la puerta del eremitorio. Se levantó uno de los hermanos y fue a abrirla. Esperaba una mujer que traía un gran canasto lleno de hermoso pan, peces, pasteles de camarones, miel y uvas que parecían recién cogidas. Se lo enviaba al bienaventurado Francisco una señora de un pueblo distante del eremitorio casi siete millas.

68. Al ver esto, los hermanos y el médico quedaron muy asombrados, reconociendo que el bienaventurado Francisco era un santo. Por eso, el médico dijo a los hermanos: "Hermanos míos, ni vosotros ni yo apreciamos lo que es debido la santidad de este hombre".

ANUNCIA UNA CONVERSIÓN

69. Dirigiéndose en cierta ocasión el bienaventurado Francisco hacia Celle di Cortona, seguía el camino que pasa al pie de

69. un castro que se llama Limisiano, y que está cerca del lugar de los hermanos de Pregio. Una señora noble del castro se iba acercando muy aprisa para hablar con él. Uno de los compañeros vio a la señora, que, muy fatigada por el caminar, corría para alcanzarlos; se acercó presuroso al bienaventurado Francisco y le dijo:"Padre, por amor de Dios, vamos a esperar a esta señora que nos sigue, muy fatigada ya, con el deseo de hablarte". El bienaventurado Francisco, lleno de caridad y piedad, la esperó. Cuando la vio tan acalorada y que venía con gran fervor de espíritu y devoción, le preguntó: "¿Qué deseas, señora?" "Padre, te pido que me bendigas". "¿Eres casada soltera?" "Padre, hace mucho que el Señor me dio el buen deseo de servirle. He tenido y tengo gran deseo de salvar mi alma; mas tengo un marido tan cruel, que es un verdadero obstáculo en el servicio a Cristo, tanto para mí como para él; por eso, mi alma se aflige de gran dolor y de angustia de muerte". El bienaventurado Francisco, viendo su fervor y, sobre todo, su juventud y su complexión delicada, apiadado, la bendijo. Y dijo: "Vete, encontrarás a tu marido en casa; dile de mi parte que a él y a ti os pido, por el amor de aquel Señor que para salvarnos sufrió el tormento de la cruz, que salvéis vuestras almas en vuestra casa".

69. Ella marchó, y al entrar en casa halló allí a su marido, como le había dicho el bienaventurado Francisco. "¿De dónde vienes?", le preguntó él. "Vengo de ver al bienaventurado Francisco. Me ha bendecido, y con sus palabras he quedado consolada y alegre en el Señor. Además me ha mandado que te diga y te ruegue de su parte que salvemos nuestras almas en nuestra casa".

69. No bien hubo dicho estas palabras, la gracia de Dios vino a él por los méritos del bienaventurado Francisco, y respondió con mucha dulzura y bondad, completamente transformado de repente por el Señor: "Desde ahora, señora, sirvamos a Cristo como te agrade y salvemos nuestras almas, según te ha dicho el bienaventurado Francisco". Su mujer le propuso: "Señor, me parece bien que vivamos en castidad, pues ésta es una virtud muy agradable al Señor y que nos procura grande recompensa". "Me agrada, señora - dijo el marido -, ya que es lo que a ti te agrada; y en esto, como en toda obra buena deseo unir mi voluntad a la tuya".

69. A partir de aquel día y durante muchos años guardaron castidad e hicieron muchas limosnas a los hermanos y a otros pobres, de suerte que no sólo los seglares, sino incluso los religiosos, admiraban su santidad; más que nada, porque él había sido muy mundano y tan de repente se había convertido en espiritual. Marido y mujer perseveraron hasta el fin de sus días en estas y otras muchas buenas obras y murieron con muy pocos días de intervalo. Su muerte fue muy llorada por el perfume de buena vida que habían difundido a lo largo de sus días, alabando y bendiciendo al Señor, que les había concedido muchas gracias, la pureza y la concordia en su servicio. Ni la muerte les distanció, ya que murió el uno poco después del otro. Hasta el día de hoy los recuerdan como a santos los que los conocieron.

RECHAZA A UN JOVEN QUE SE INSPlRA EN MÓVILES HUMANOS

70. En el tiempo en que todavía nadie era admitido a llevar la vida de los hermanos sin el permiso del bienaventurado Francisco, un día vino a verle, con otros compañeros que querían entrar en la Religión, el hijo de un señor de Lucca, noble según el mundo. Francisco estaba entonces enfermo y se hospedaba en el palacio del obispo de Asís. Cuando los hermanos presentaron a aquéllos al bienaventurado Francisco, el hijo del noble se inclinó ante él y comenzó a llorar con grandes gemidos, suplicando que le aceptara.

70. El bienaventurado Francisco, mirándole fijamente, le dijo: "Hombre miserable y carnal, ¿por qué mientes al Espíritu Santo y me mientes a mí? Lloras carnalmente y no espiritualmente".

70. Acababa de decir esto, cuando llegaron a la puerta del palacio los parientes del joven, que venían a caballo para apoderarse de él y volverlo a casa. En cuanto oyó el estrépito de los caballos y, mirando por una ventana del palacio, vio a sus parientes, se levantó al instante, salió a su encuentro y volvió al siglo con ellos, como el Espíritu Santo le había dado a conocer al bienaventurado Francisco. Los hermanos y todos los presentes quedaron admirados, ensalzando y alabando a Dios en su Santo.

PROVISTO DE UN PEZ LUCIO EN INVIERNO

71. Estando en cierta ocasión muy enfermo en el palacio del obispo de Asís , sus hermanos le rogaban y animaban para que comiera algo. Les respondió: "Hermanos míos, no tengo gana alguna de comer; pero, si hubiera algo del pescado lucio , tal vez lo comería..."

Acababa de decir esto, cuando se presentó un hombre con una canasta en que traía tres lucios bien aderezados y platos de camarones, de los que el santo Padre comía a gusto. Todo se lo enviaba el hermano Gerardo, ministro de Rieti .

Los hermanos se maravillaron viendo su santidad y alabaron al Señor, porque así dio gusto a su siervo con lo que los hombres no podían proporcionarle; sobre todo, porque era invierno y en aquella región no se podían proveer de aquellos peces.

PENETRA LAS CONCIENCIAS

72. Un día, el bienaventurado Francisco iba de camino conun hermano de Asís , hombre espiritual, originario de una familia noble y poderosa. El bienaventurado Francisco, muy débil y enfermo, montaba un asno. El hermano, cansado por el viaje, decía para sus adentros: "Su familia no puede compararse con la mía, y, sin embargo, él va montado, y yo, detrás, a pie, fatigado, arreando a la bestia". Esto pensaba, cuando Francisco de pronto se apea del asno y le dice: "No es justo ni conveniente que yo cabalgue y tú vayas a pie, pues en el mundo tú eras más noble y más poderoso que yo". El hermano, asombrado y confuso, se echó llorando a sus pies y confesó sus pensamientos secretos y su culpa. Estaba maravillado de la santidad de Francisco, que conoció al instante lo que él estaba pensando en su interior. Cuando los hermanos se presentaron en Asís al señor papa Gregorio y a los cardenales para pedir la canonización del bienaventurado Francisco, este hermano atestiguó ante ellos la autenticidad de este hecho.

BENDICE A UN HERMANO QUE VENIA A VERLE

73. Un hermano , hombre espiritual y amigo de Dios, vivía en el lugar de los hermanos de Rieti. Un buen día, impulsado por el deseo de ver a Francisco y de recibir su bendición, se encaminó con gran devoción al eremitorio de los hermanos de Greccio, donde estaba entonces el Santo. Este, después de comer, se había retirado a la celda en que oraba y descansaba. Como era tiempo de cuaresma, no bajaba de la celda más que a la hora de la comida y en seguida volvía a ella. Muy triste por no haberle hablado y, sobre todo, porque debía volver a su convento aquel mismo día, achacaba el contratiempo a sus pecados.

73. Cuando los compañeros del bienaventurado Francisco trataban de consolarle y él había andado apenas la distancia de un tiro de piedra para volverse a su lugar, el bienaventurado Francisco, por voluntad de Dios, salió de la celda y llamó a uno de sus compañeros (el que solía acompañarle en su paseo hasta la fuente del lago) y le mandó: "Di a ese hermano que se vuelva hacia mí". El hermano volvió su mirada hacia el bienaventurado Francisco, quien hizo sobre él la señal de la cruz y lo bendijo. Luego marchó con gran alegría interior y exterior y alabó al Señor, que le había complacido en su deseo. Su consuelo fue tan grande porque a sus ojos había sido voluntad de Dios que él recibiera esta bendición sin haberla pedido por sí ni por otro.

73. Los compañeros del Santo y los otros hermanos del eremitorio quedaron asombrados, considerando el caso como muy milagroso, pues nadie había dado cuenta a Francisco de la llegada de aquel hermano. Ni sus compañeros ni los otros hermanos se atrevían a acercarse a él sin ser llamados. Tanto aquí como en cualquier otro lugar en que el bienaventurado Francisco se dedicaba a la oración, quería estar apartado de todos y quería que nadie se le acercara sin ser llamado.

LECCIONES DE POBREZA EN GRECCIO Y LA PORCIÚNCULA. ELOGIO DE LOS HABITANTES DE GRECCIO. EL MILAGRO DE LOS LOBOS

74. Estando el bienaventurado Francisco en este mismo lugar, vino para celebrar con él la fiesta de la Navidad del Señor un ministro de los hermanos . Estos, con ocasión de la venida de este ministro y para honrarle, preparaban el mismo día de la Navidad una mesa cubierta de hermosos y blancos manteles que habían adquirido, y vasos de cristal para beber.

74. Cuando baja el bienaventurado Francisco de la celda para comer y ve la mesa elevada y adornada con refinamiento, se aleja sin ser visto y pide a un pobre, que había llegado aquel día al eremitorio, prestados el sombrero y el bastón que había llevado en sus manos. Llama silenciosamente a uno de sus compañeros y sale al exterior del eremitorio sin notarlo los otros hermanos.

74. Estos se sentaron a la mesa sin esperarle; más que nada, porque el santo Padre los tenía habituados - y es lo que quería - a que, si el no llegaba puntualmente a la hora de la refección y los hermanos querían comer, comenzasen la comida. Su compañero cerró la puerta y quedó por dentro junto a ella.

74. El bienaventurado Francisco llamó, e inmediatamente el hermano le franqueó la entrada. Avanzó - el sombrero echado a la espalda y el bastón en la mano como un peregrino - hasta la puerta de la casa donde estaban comiendo los hermanos y dijo como suelen los mendigos: "Por el amor de Dios, dad una limosna a este peregrino pobre y enfermo".

74. El ministro, como los demás hermanos, lo reconocieron inmediatamente. El ministro respondió: "Hermano, también nosotros somos pobres, y, siendo muchos, nos son necesarias las limosnas que comemos. Pero, por el amor de aquel Señor a quien has invocado, entra y te daremos una porción de las limosnas que el Señor nos ha proporcionado". Entró y se quedó de pie frente a la mesa. El ministro le tendió la escudilla en que estaba comiendo y un trozo de su pan. Recibiólos y se sentó en el suelo junto al fuego y de cara a los hermanos, sentados ya a la mesa, que estaba elevada. Les dijo suspirando: "Cuando he visto esta mesa suntuosa y refinada, he pensado que no era la mesa de los pobres religiosos que diariamente piden de puerta en puerta. Ciertamente, a nosotros nos toca dar ejemplo en todo de humildad y de pobreza más que los otros religiosos, pues a este género de vida hemos sido llamados y a él nos hemos comprometido delante de Dios y de los hombres. Ahora me parece que estoy sentado como debe estar un hermano".

74. Quedaron avergonzados los hermanos, pues consideraban que les había dicho la verdad, y algunos se echaron a llorar amargamente viéndole sentado en el suelo y advirtiendo que les corregía tan santa y cuidadosamente.

74. Decía el bienaventurado Francisco que los hermanos debían tener mesas tan humildes y sencillas, que pudiera edificarse la gente del mundo; y que, si un pobre era invitado por los hermanos, pudiera sentarse junto a ellos y no en el suelo, mientras los hermanos estaban en sus asientos.

74. El señor papa Gregorio, cuando era obispo de Ostia, vino un día al lugar de los hermanos en Santa María de la Porciúncula. Entró en la casa y, junto con muchos caballeros, monjes y otros clérigos de su comitiva, se fue a ver el dormitorio de los hermanos. Cuando vio que dormían en el suelo, sin que tuvieran debajo otra cosa que un poco de paja, sin almohada y cubiertos con unos trozos de manta pobres y deshilachados, rompió a llorar en presencia de todos y dijo: "¡Mirad dónde duermen los hermanos! Nosotros, miserables, nos rodeamos de tantas cosas superfluas; ¿Qué será de nosotros?" El y los demás marcharon edificados. No vio mesa alguna, pues los hermanos comían sentados en el suelo. Y, aunque este lugar desde su fundación había sido siempre visitado por los hermanos durante mucho tiempo más frecuentemente que ninguno otro de la Religión (porque era aquí donde vestían el hábito los que entraban en la Religión), los hermanos de aquel lugar, lo mismo cuando eran pocos que cuando eran muchos, comían siempre sentados en el suelo. Mientras vivió el santo Padre, siguiendo su ejemplo y deseo, los hermanos de aquel lugar comían sentados en el suelo.

74. Viendo el bienaventurado Francisco que el lugar de los hermanos en Greccio era adecuado y pobre y gustándole los habitantes de aquel castro, si bien eran pobrecitos y simples, más que los demás de la provincia, con frecuencia descansaba y moraba en este lugar, en razón, sobre todo, de que había una celda pobre y retirada, en la que se solía alojar el santo Padre.

74. Su ejemplo, su predicación y la de sus hermanos movieron, por la gracia del Señor, a muchos del pueblo a ingresar en la Religión . Muchas mujeres guardaban la castidad viviendo en sus casas, vestidas con el hábito religioso. Y, aunque cada una de ellas permanecía en su casa, vivían honestamente una vida de comunidad y afligían sus cuerpos en ayuno y oración; de suerte que, aun cuando eran jóvenes y sencillas, su manera de comportarse parecía, a los hombres y a los hermanos, propia no de personas seglares y de personas de su parentela, sino de personas santas y religiosas que hubiesen servido largos años al Señor. Muchas veces, el bienaventurado Francisco solía decir a los hermanos cuando les hablaba de los hombres y mujeres de aquel lugar: "En ninguna otra ciudad se ha convertido a la penitencia tanta gente como en Greccio, no obstante ser éste un poblado pequeño".

74. En aquella época, los hermanos del lugar, lo mismo que los de otros muchos lugares, solían alabar al Señor al atardecer. Con frecuencia, hombres y mujeres, grandes y pequeños, salían de sus casas, y de pie en el camino, ante el castro, alternaban con los hermanos, respondiendo en alta voz: "Loado sea el Señor Dios". Hasta los niños pequeños que no sabían hablar bien, cuando veían a los hermanos, alababan al Señor a su manera.

74. Desde hacía muchos años, esta buena gente sufría una gran calamidad: grandes lobos devoraban a los hombres y todos los años el granizo devastaba viñas y sembrados. Un día les dijo el bienaventurado Francisco en la predicación: "Oíd lo que os anuncio por el honor y la gloria de Dios: si cada uno de vosotros se enmienda de sus pecados y se convierte a Dios de todo corazón con el firme propósito y la voluntad de perseverar, tengo la seguridad de que nuestro Señor Jesucristo, por su gran misericordia, os librará de la calamidad de los lobos y del granizo que venís sufriendo desde hace mucho tiempo. Y aumentará y multiplicará en vuestro favor los bienes espirituales y temporales. Pero también os prevengo que, si volvéis a vuestro vómito - Dios no lo permita -, este castigo y esta calamidad volverán y aún padeceréis catástrofes más terribles".

74. Desde aquel día y hora, por providencia divina y los méritos del santo Padre, cesó aquella tribulación. Cosa más extraordinaria y milagro más asombroso aún: cuando venía la granizada y arrasaba los campos de los pueblos vecinos, ni siquiera tocaba las de Greccio que lindaban con aquéllos. Durante dieciséis veinte años se vieron colmados de bienes espirituales y temporales.

74. Mas por la riqueza comenzaron a enorgullecerse y a odiarse mutuamente, a herirse y hasta a matarse a espada, a matar a escondidas a animales del vecino, a saquear y a robar de noche y a cometer otras muchas fechorías. Cuando el Señor vio que sus obras eran perversas y que no cumplían las condiciones señaladas por su siervo, su celo se indignó contra ellos, apartó de ellos la mano de su misericordia, y el castigo del granizo y de los lobos cayo de nuevo sobre el pueblo, como les había amenazado el santo Padre; y se vieron afligidos por otros males mayores que los de antes. Al ser destruido por el fuego el pueblo entero, perdieron todos sus bienes, salvando tan sólo la vida . Los hermanos y cuantos oyeron al santo Padre predecir la prosperidad y la adversidad, admiraron su santidad al comprobar cómo sus palabras se cumplieron a la letra.

PREDICE INFORTUNIOS SOBRE PERUSA

75. Un día en que predicaba el bienaventurado Francisco en la plaza de Perusa a una gran multitud que allí se había congregado, unos caballeros de Perusa se pusieron a correr con unos caballos simulando un torneo de armas, e impedían con ello la predicación . Hombres y mujeres, deseosos de escuchar la palabra del Santo, les llamaron la atención; pero ellos continuaron en su juego. Volviéndose a los caballeros el bienaventurado Francisco, les dijo con todo el ardor de su alma: "Escuchad y entended bien las cosas que el Señor os anuncia por mí, su siervo. Y no digáis: ’¡Bah!, éste es un hombre de Asís'".

75. El bienaventurado Francisco dijo esto porque de antiguo existía gran enemistad entre asisienses y perusinos. Y añadió lo que sigue: "El Señor os ha exaltado y engrandecido sobre todos los pueblos vecinos, por lo que debierais estar reconocidos a vuestro Creador y mostraros humildes no sólo ante el Dios omnipotente, sino también ante vuestros mismos vecinos. Mas vuestro corazón está hinchado de arrogancia y soberbia por vuestra fortaleza. Saqueáis a vuestros vecinos y matáis a muchos de ellos. Por eso os digo que, si no os convertís pronto a El y no dais satisfacción a aquellos a quienes habéis ofendido, el Señor, que no deja sin castigo injusticia alguna, os prepara una terrible venganza, castigo y humillación: hará que os levantéis unos contra otros, estallará la discordia y guerra civil y os sobrevendrán mayores males que los que os pudieran causar vuestros vecinos".

75. El bienaventurado Francisco, en efecto, no pasaba por alto en su predicación los vicios de la gente que ofendían públicamente a Dios al prójimo. Mas el Señor le había dado tanta gracia, que cuantos le veían escuchaban, pequeños grandes, sentían hacia él respeto y veneración por razón de la riqueza de gracias que había recibido de Dios, y, cuando les reprendía, sentían vergüenza, pero quedaban edificados; e incluso a veces con esta ocasión, y para que orase por ellos con más fervor, se convertían al Señor.

75. Pocos días después sucedió, por permisión divina, que se desencadenó una lucha entre los caballeros y el pueblo. Este echó fuera de la ciudad a los caballeros, quienes, con ayuda de la Iglesia, arrasaron muchos sembrados, viñas y árboles y causaron al pueblo todos los males que pudieron. Los plebeyos, en revancha, asolaron los campos, viñas y árboles de los caballeros. Así, los habitantes de Perusa, en castigo, sufrieron más que sus vecinos a quienes habían molestado. Se cumplió a la letra la predicación hecha por el bienaventurado Francisco.

EFICACIA DE SU ORACIÓN

76. En el curso de uno de sus viajes por una provincia, el bienaventurado Francisco se encontró con el abad de un monasterio que le tenía mucho afecto y veneración. El abad se apeó del caballo y habló con él, aproximadamente durante una hora, sobre el estado de su alma. Al despedirse, el abad le pidió con gran devoción que orase por él. "De buena gana lo haré", dijo el bienaventurado Francisco. Cuando el abad se había alejado un tanto, el Santo dijo a su compañero: "Hermano, esperemos un poco; voy a rogar por el abad, como le he prometido". Y rezó por el.

76. Era costumbre del bienaventurado Francisco, cuando alguien por devoción le suplicaba que pidiese por el bien de su alma, hacer oración por él cuanto antes, para que no se olvidara. El abad continuaba su camino, y no estaba todavía muy distante del bienaventurado Francisco, cuando recibió en su corazón la visita del Señor. Un dulce calor inundó su rostro y quedó enajenado un instante. Cuando volvió en sí, conoció que el bienaventurado Francisco había rogado por él. Alabó a Dios y sintió la alegría interior y exterior. Desde entonces tuvo todavía mayor devoción al santo Padre, pues había comprobado él mismo la excelencia de su santidad. Durante su vida refirió este suceso muchas veces a los hermanos y a otras gentes, pues lo consideraba como un gran milagro.

OLVIDA SUS PROPIOS DOLORES RECORDANDO LOS DE CRISTO

77. El bienaventurado Francisco padeció durante mucho tiempo y hasta su muerte del hígado, del bazo y del estómago. Y, cuando marchó a ultramar para predicar al sultán de Babilonia y Egipto , contrajo una grave enfermedad de la vista a consecuencia de lo que sufrió por la fatiga del viaje, en el que, tanto de ida como de vuelta, tuvo que soportar grandes calores . Y era tal el fervor de su espíritu desde su conversión a Cristo, que, a pesar de los ruegos de los hermanos y de otras personas, por la compasión que les producía, no quiso preocuparse con que fuera atendida alguna de estas enfermedades. Se portaba así porque, gracias a la gran dulzura y compasión qué a diario percibía en la meditación de la humildad y los pasos del Hijo de Dios, lo que para la carne era amargo, se le hacía dulce para el espíritu . Es más: de tal manera se dolía a diario de los sufrimientos y amarguras que Cristo toleró por nosotros y de tal manera se afligía de ellos interior y exteriormente, que no se preocupaba de sus propias dolencias.

LLORA LA PASIÓN DE CRISTO

78. En cierta ocasión, a los pocos años de su conversión, mientras caminaba solo no lejos de la iglesia de Santa María de la Porciúncula, iba llorando y sollozando en alta voz. Yendo así Francisco, tropezó con él un hombre piadoso - le conocemos y de él escuchamos este relato - que le había ayudado mucho y consolado cuando todavía no tenía hermano alguno e incluso más tarde. Conmovido de piedad para con él, le preguntó: "¿Qué te pasa, hermano?" Pues pensaba que sufría dolores a causa de alguna enfermedad. Respondió Francisco: "De esta manera debería ir yo, sin vergüenza alguna, por todo el mundo llorando y sollozando la pasión de mi Señor". Y aquel hombre comenzó a llorar y a derramar lágrimas abundantes a una con Francisco.

MEDITA LOS EJEMPLOS DE HUMILDAD DEL HIJO DE DIOS

79. Otra vez, durante su enfermedad de la vista sufría tan grandes dolores, que un día le dijo un ministro: "Hermano, ¿por qué no dices a tu compañero que te lea algún pasaje de los profetas algún otro capítulo de las Escrituras? Tu alma se recreará en el Señor y hallará gran consuelo". Sabía que se alegraba mucho en el Señor cuando escuchaba la lectura de las divinas Escrituras. Mas él respondió: "Hermano, siento todos los días tanta dulzura y consuelo en el recuerdo y meditación de la humildad manifestada en la tierra por el Hijo de Dios, que podría vivir hasta el fin del mundo sin mucha necesidad de escuchar meditar otros pasajes de las Escrituras".

79. Con frecuencia recordaba y luego recitaba a los hermanos aquel verso de David: Mi alma no quiere otro consuelo. Por eso, queriendo ser, como él decía frecuentemente a los hermanos, ejemplo y modelo para todos ellos, rehusaba no sólo los medicamentos, sino también la alimentación, que le era necesaria por sus achaques. Y como lo que acabamos de decir lo tenía en cuenta no sólo cuando parecía estar sano que siempre estaba débil y enfermo, sino también en sus enfermedades, era siempre austero con su cuerpo.

SEVERIDAD CONSIGO MISMO DURANTE LA ENFERMEDAD

80. Estando convaleciente de una grave enfermedad, le pareció, examinándose, que durante ella había sido un tanto complaciente en la comida, por más que apenas había comido, porque los muchos, diversos y prolongados males no se lo permitían.

80. Un buen día se levanta, aunque todavía estaba con fiebres cuartanas, y ordena que convoquen a los habitantes de Asís en la plaza para predicarles. Terminado el sermón, les ruega que nadie se marche, porque en seguida va a volver. Entra en la iglesia de San Rufino y baja a la confesión con el hermano Pedro Cattani, primer ministro general elegido por él mismo, y con otros hermanos. Ordena al hermano Pedro que le obedezca y no se oponga a lo que quiere decir y hacer. El hermano Pedro responde: "Hermano, yo no puedo, no debo hacer sino lo que deseas, tanto en lo concerniente a ti como a mí".

80. Entonces, el bienaventurado Francisco se despoja de su túnica y manda al hermano Pedro que le conduzca así, desnudo, con la cuerda al cuello, delante del pueblo. A otro hermano le ordena que tome una escudilla llena de ceniza y que, subiendo al lugar desde donde había predicado, arroje y esparza la ceniza sobre su cabeza; pero este hermano, por piedad y compasión que se le despertó para con él, no le obedece. El hermano Pedro sí le conduce tal como le había ordenado, sollozando fuertemente, y con el los otros hermanos.

80. Cuando está de nuevo, así desnudo, delante del pueblo y en el lugar desde donde había predicado, habla en estos términos: "Vosotros y los que, siguiendo mi ejemplo, dejan el mundo, entran en la Religión de los hermanos y siguen su vida, me creéis un hombre santo. Pues bien, yo confieso delante de Dios y de vosotros que durante esta mi enfermedad he comido carne y caldo de carne".

80. Casi todos se echan a llorar de piedad y compasión de él, sobre todo porque hacía mucho frío y era invierno y él no se había curado todavía de la calentura cuartana. Se golpeaban el pecho y se acusaban, diciendo: "Si este santo, cuya vida conocemos y a quien vemos vivo en una carne ya casi muerta por el exceso de la abstinencia y por la austeridad que ha mantenido respecto del cuerpo desde el comienzo de su conversión a Cristo, se acusa con un gesto corporal de tanta humildad de un caso de clara y justa necesidad, ¿qué hemos de hacer nosotros, miserables, que hemos vivido querido vivir todo el tiempo de nuestra vida según los caprichos y deseos de la carne?"

ABORRECE LA HIPOCRESÍA EN EL VESTIDO Y EN LA ALIMENTACIÓN

81. También aconteció que, durante la cuaresma de San Martín, que hizo en un eremitorio, los hermanos, a causa de su enfermedad, le sirvieran los alimentos condimentados con tocino, porque el aceite le hacía mucho mal. Terminada la cuaresma, y con ocasión de predicar a una gran muchedumbre congregada cerca del eremitorio, comenzó con estas palabras: "Vosotros venís a mí con gran devoción y creyendo que soy un santo; mas yo confieso ante Dios y ante vosotros que durante esta cuaresma que he pasado en este eremitorio he tomado alimentos condimentados con tocino".

81. Más aún, rara era la vez en que, si los hermanos los amigos de éstos, cuando comía en sus casas, le daban algún manjar especial en atención a manifiesta necesidad de su cuerpo por sus enfermedades, no dijera en seguida y en público, ya en casa, ya fuera de ella, delante de los hermanos de los seglares que ignorasen el detalle: "Hoy he comido tal cual manjar", pues no quería ocultar a los hombres lo que era conocido por Dios.

81. Es más: dondequiera ante cualesquiera, religiosos seglares, que estuviere, si su espíritu se veía alguna vez agitado por sentimientos de vanagloria soberbia por cualquier otro vicio, inmediatamente lo confesaba ante ellos con claridad y sin paliativos. Un día dijo a sus compañeros: "Quiero ser ante Dios, lo mismo cuando estoy en eremitorios que en otros lugares, como los hombres me ven y me consideran, porque, si ellos me creen santo y no vivo como tal, sería un hipócrita".

81. Una vez en invierno, en atención a su enfermedad del bazo y al frío del estómago, uno de sus compañeros, que era su guardián, le procuró, porque entonces hacía mucho frío, una piel de zorro y le rogó que le permitiera cosérsela a la túnica por su parte interior y en el lugar que abrigaba el bazo y el estómago. Hay que tener en cuenta que el bienaventurado Francisco, desde que se entregó al servicio de Cristo hasta el día de su muerte, no quiso vestir más que una sola túnica, remendada cuando quería remendarla . El bienaventurado Francisco respondió: "Si quieres que lleve esta piel bajo la túnica, que cosan también un trozo de ella por el exterior, para que todos se den cuenta de que llevo una piel bajo mi hábito". Así se hizo. Pero no la llevó muchos días, aunque la necesitaba por sus enfermedades.

SE ACUSA DE VANAGLORIA

82. En otra ocasión iba por la ciudad de Asís y le seguía mucha gente. Una anciana muy pobre le pidió limosna por el amor de Dios. Rápidamente le da el manto con que cubría sus espaldas. Y a continuación declara delante de todos que aquel gesto había producido en él un sentimiento de vanagloria. Los que vivimos con él vimos y oímos otros muchos ejemplos semejantes, pero no podemos citarlos, porque sería muy largo escribirlos y narrarlos. Su principal y sumo cuidado fue siempre no ser hipócrita a los ojos de Dios. Su enfermedad hacía necesarios ciertos cuidados en la comida, pero él se creía en la obligación de dar buen ejemplo a los hermanos y a los demás para evitar toda ocasión de murmuración y escándalo. Por eso prefería soportar pacientemente y de buena gana las molestias de su cuerpo - esto lo hizo hasta el día de su muerte - antes de poner remedio a las mismas, aunque lo hubiera podido hacer según Dios y el buen ejemplo que debía dar.

EL CARDENAL HUGOLINO LE EXHORTA A QUE SE DEJE CURAR. COMPOSICIÓN DEL CÁNTICO DE LAS CRIATURAS

83. Viendo que el bienaventurado Francisco continuaba siendo duro con su cuerpo, como lo había sido siempre, y, sobre todo, que, estando perdiendo la luz de los ojos, rehusaba que se los curaran, el obispo de Ostia, que después fue papa, le hizo esta advertencia con mucho amor y compasión: "Hermano, no obras bien al no cuidar de ser ayudado en la enfermedad de los ojos, pues tu salud y tu vida son muy útiles a ti y a los demás. Si te compadeces de los hermanos enfermos y has sido siempre misericordioso con ellos y continúas siéndolo, ahora no debes ser cruel contigo, porque tu enfermedad es grave y te encuentras en una evidente necesidad. Por eso te ordeno que te dejes ayudar y curar" .

83. Dos años antes de su muerte , estando ya muy enfermo y padeciendo, sobre todo, de los ojos, habitaba en San Damián, en una celdilla hecha de esteras. Viéndole el ministro general tan afligido por la enfermedad de los ojos, le mandó que se hiciera y se dejara ayudar y cuidar; incluso le dijo que deseaba estar presente cuando el médico comenzase el tratamiento, sobre todo para que con mayor seguridad se dejara medicinar y para animarle en aquel gran sufrimiento. Pero entonces hacía mucho frío y él tiempo no era propicio para empezar la cura.

83. Yacía en este mismo lugar el bienaventurado Francisco y llevaba más de cincuenta días sin poder soportar de día la luz del sol, ni de noche el resplandor del fuego. Permanecía constantemente a oscuras tanto en la casa como en aquella celdilla. Tenía, además, grandes dolores en los ojos S día y noche, de modo que casi no podía descansar ni dormir durante la noche; lo que dañaba mucho y perjudicaba a la enfermedad de sus ojos y sus demás enfermedades. Y lo que era peor: si alguna vez quería descansar dormir, había tantos ratones en la casa y en la celdilla donde yacía - que estaba hecha de esteras y situada a un lado de la casa -, que con sus correrías encima de él y a su derredor no le dejaban dormir, y hasta en el tiempo de la oración le estorbaban sobremanera. Y no sólo de noche, sino también le molestaban de día: cuando se ponía a comer, saltaban sobre su mesa; lo cual indujo a sus compañeros y a él mismo a pensar que se trataba de una tentación diabólica, como era en realidad.

83. En esto, cierta noche, considerando el bienaventurado Francisco cuántas tribulaciones padecía, sintió compasión de sí mismo y se dijo: "Señor, ven en mi ayuda en mis enfermedades para que pueda soportarlas con paciencia". De pronto le fue dicho en espíritu: "Dime, hermano: si por estas enfermedades y tribulaciones alguien te diera un tesoro tan grande que, en su comparación, consideraras como nada el que toda la tierra se convirtiera en oro; todas las piedras, en piedras preciosas, y toda el agua, en bálsamo; y estas cosas las tuvieras en tan poco como si en realidad fueran sólo pura tierra y piedras y agua materiales, ¿no te alegrarías por tan gran tesoro?" Respondió el bienaventurado Francisco: "En verdad, Señor, ése sería un gran tesoro, inefable, muy precioso, muy amable y deseable". "Pues bien, hermano - dijo la voz -; regocíjate y alégrate en medio de tus enfermedades y tribulaciones, pues por lo demás has de sentirte tan en paz como si estuvieras ya en mi reino".

83. Por la mañana al levantarse dijo a sus compañeros: "Si el emperador diera un reino entero a uno de sus siervos, ¿no debería alegrarse sobremanera? Y si le diera todo el imperio, ¿no sería todavía mayor el contento?" Y añadió: "Pues yo debo rebosar de alegría en mis enfermedades y tribulaciones, encontrar mi consuelo en el Señor y dar rendidas gracias al Padre, a su Hijo único nuestro Señor Jesucristo y al Espíritu Santo, porque El me ha dado esta gracia y bendición; se ha dignado en su misericordia asegurarme a mí, su pobre e indigno siervo, cuando todavía vivo en carne, la participación de su reino. Por eso, quiero componer para su gloria, para consuelo nuestro y edificación del prójimo una nueva alabanza del Señor por sus criaturas. Cada día ellas satisfacen nuestras necesidades; sin ellas no podemos vivir, y, sin embargo, por ellas el género humano ofende mucho al Creador. Cada día somos ingratos a tantos dones y no loamos como debiéramos a nuestro Creador y al Dispensador de todos estos bienes".

83. Se sentó, se concentró un momento y empezó a decir: "Altísimo, omnipotente, buen Señor..." Y compuso para esta alabanza una melodía que enseñó a sus compañeros para que la cantaran. Su corazón se llenó de tanta dulzura y consuelo, que quería mandar a alguien en busca del hermano Pacífico, en el siglo rey de los versos y muy cortesano maestro de cantores, para que, en compañía de algunos hermanos buenos y espirituales, fuera por el mundo predicando y alabando a Dios.

83. Quería, y es lo que les aconsejaba, que primero alguno de ellos que supiera predicar lo hiciera y que después dé la predicación cantaran las Alabanzas del Señor, como verdaderos juglares del Señor. Quería que, concluidas las alabanzas, el predicador dijera al pueblo: "Somos juglares del Señor, y la única paga que deseamos de vosotros es que permanezcáis en verdadera penitencia". Y añadía: "¿Qué son, en efecto, los siervos de Dios sino unos juglares que deben mover los corazones para encaminarlos a las alegrías del espíritu?" Y lo decía en particular de los hermanos menores, que han sido dados al pueblo para su salvación.

83. A estas alabanzas del Señor, que empiezan por "Altísimo, omnipotente, buen Señor...", les puso el título de Cántico del hermano sol, porque él es la más bella de todas las criaturas y la que más puede asemejarse a Dios.

83. Solía decir: "Por la mañana, a la salida del sol, todo hombre debería alabar a Dios que lo creó, pues durante el día nuestros ojos se iluminan con su luz, por la tarde, cuando anochece, todo hombre debería loar a Dios por esa otra criatura, nuestro hermano el fuego, pues por él son iluminados nuestros ojos de noche". Y añadió: "Todos nosotros somos como ciegos, a quienes Dios ha dado la luz por medio de estas dos criaturas. Por eso debemos alabar siempre y de forma especial al glorioso Creador por ellas y por todas las demás de las que a diario nos servimos".

83. El así lo hizo, y lo hacía con alegría en la salud y en la enfermedad, e invitaba a los demás a que alabaran al Señor. Y, cuando arreciaban sus dolores, él mismo entonaba las alabanzas del Señor y hacía que las continuaran sus compañeros, para que, abismado en la meditación de la alabanza del Señor, olvidara la violencia de sus dolores y males. Así perseveró hasta el día de su muerte.

RESTABLECE LA PAZ ENTRE EL OBISPO Y EL "PODESTÁ" DE ASÍS

84. En este mismo tiempo, estando enfermo y predicadas y compuestas ya las alabanzas, el obispo a la sazón de Asís excomulgó al podestá ; éste, enemistado con aquél, había hecho, con firmeza y de forma curiosa, anunciar por la ciudad de Asís que nadie podía venderle comprarle, ni hacer con él contrato alguno. De esta forma creció el odio que mutuamente se tenían. El bienaventurado Francisco, muy enfermo entonces, tuvo piedad de ellos, particularmente porque nadie, ni religioso ni seglar, intervenía para establecer entre ellos la paz y armonía.

84. Dijo, pues, a sus compañeros: "Es una gran vergüenza para vosotros, siervos de Dios, que nadie se preocupe de restablecer entre el obispo y el podestá la paz y concordia, cuando todos vemos cómo se odian". Por esta circunstancia añadió esta estrofa a aquellas alabanzas:

84. "Loado seas tú, mi Señor, // por aquellos que perdonan por tu amor // y soportan enfermedad y tribulación. // Bienaventurados aquellos que las sufren en paz, // pues de ti, Altísimo, coronados serán".

84. Después llamó a uno de sus compañeros y le dijo: "Vete donde el podestá y dile de mi parte que acuda al obispado con los notables de la ciudad y con toda la gente que pueda reunir".

84. Cuando el hermano partió, dijo a otros dos compañeros: "Id y, en presencia del obispo, del podestá y de toda la concurrencia, cantad el Cántico del hermano. sol. Tengo confianza de que el Señor humillará sus corazones, y, restablecida la paz, volverán a su anterior amistad y afecto".

84. Cuando todo el mundo estaba reunido en la plaza del claustro del obispado, los dos hermanos se levantaron y uno de ellos tomó la palabra: "El bienaventurado Francisco ha compuesto en su enfermedad las alabanzas del Señor por las criaturas para gloria de Dios y edificación del prójimo. El os pide que las escuchéis con gran devoción". Y empezaron a cantarlas. El podestá en seguida se pone en pie, junta sus brazos y manos y con gran devoción y hasta con lágrimas escucha atentamente como si fuera el Evangelio del Señor, pues sentía hacia el bienaventurado Francisco gran confianza y veneración.

84. Al final de las alabanzas del Señor, el podestá habló al pueblo: "En verdad os digo que no sólo perdono al señor obispo, al que debo reconocer por mi señor, sino que perdonaría al asesino de mi hermano o de mi hijo". Y, arrojándose a los pies del señor obispo, le dijo: "Por el amor de nuestro Señor Jesucristo y de su siervo el bienaventurado Francisco, estoy dispuesto a daros por todas mis ofensas la satisfacción que deseéis". El obispo le tendió las manos y le levantó, diciendo: "Mi cargo exige en mí humildad, pero tengo un carácter pronto a la cólera; te pido me perdones".

84. Los dos se abrazaron y besaron con gran ternura y afecto. Los hermanos admiraron, una vez más, la santidad del bienaventurado Francisco, pues se había cumplido a la letra lo que había predicho acerca de la paz y concordia de aquellos dos personajes. Todos los testigos de la escena consideraron como un gran milagro, por los méritos del bienaventurado Francisco, el que tan pronto los visitara el Señor y el que, sin recordar palabra alguna ofensiva, hubieran pasado de tan gran escándalo a tan leal avenencia. Nosotros que hemos vivido con el bienaventurado Francisco, damos fe de que, si él decía: "Tal cosa está sucediendo o sucederá", su palabra se cumplía casi a la letra. Con nuestros ojos hemos contemplado lo que sería muy largo de escribir y narrar.

CÁNTICO EXHORTACIÓN A LAS DAMAS POBRES

85. Aquellos mismo días y en el mismo lugar, el bienaventurado Francisco, después de haber compuesto las alabanzas del Señor por sus criaturas, compuso también unas letrillas santas con música, para mayor consuelo de las damas pobres del monasterio de San Damián, particularmente porque sabía que estaban muy afectadas por su enfermedad .

85. Como no podía, a causa de la enfermedad, visitarlas y consolarlas personalmente, hizo que sus compañeros les transmitieran la letra que había compuesto para ellas. Con estas palabras, como siempre, les quiso manifestar brevemente su voluntad: que debían tener una sola alma y vivir unidas en caridad, ya que, por su predicación y ejemplo, ellas se habían convertido a Cristo cuando los hermanos eran todavía pocos. Su conversión y su vida eran prestigio y edificación no sólo de la Religión de los hermanos de la que eran su plantita, sino de la Iglesia entera de Dios

85. Conocedor el bienaventurado Francisco de que desde el principio de su conversión, por voluntad y necesidad, llevaban una vida muy austera y pobre, sentía siempre gran piedad por ellas.

85. Por eso, en el mensaje les ruega también que, como el Señor las había congregado de muchas partes para unirlas en la santa caridad, en la santa pobreza y en la santa obediencia, mantengan hasta morir fidelidad a éstas. Les pide especialmente que con alegría y acción de gracias provean discretamente a sus necesidades corporales, sirviéndose de las limosnas que el Señor les proporcionaba; y, sobre todo, recomienda que tengan paciencia las sanas por los trabajos que soportan por sus hermanas enfermas y estas en las enfermedades y necesidades que sufren.

CAUTERIZACIÓN DE FRANCISCO EN FONTE COLOMBO

86. El tiempo favorable para el tratamiento de los ojos se aproximaba . El bienaventurado Francisco, aunque sufría mucho de los ojos, dejó aquel lugar y se puso en camino. Llevaba la cabeza cubierta con un capuchón que le habían confeccionado los hermanos, y, como no podía soportar la claridad del día por los insufribles dolores provenientes de la enfermedad de los ojos, tapaba sus ojos con una venda de lana y lino cosida al capuchón. Sus compañeros le condujeron en una cabalgadura al eremitorio de Fonte Colombo, cerca de Rieti, para consultar con un médico de esta villa, especialista de los ojos.

86. Vino éste a visitar al bienaventurado Francisco y le dijo que era necesario cauterizar la parte superior de la mejilla hasta el entrecejo del ojo que estaba más afectado por el mal. Pero si bien el bienaventurado Francisco no quiso que empezara el tratamiento hasta que llegara el hermano Elías.

86. Esperó algún tiempo; pero como no llegaba, retenido por toda suerte de impedimentos, Francisco dudaba si someterse al tratamiento; pero, obligado por la necesidad, y, más que nada, por obediencia al señor obispo de Ostia y al ministro general, se decidió a obedecerles; como le resultaba muy gravoso el cuidarse de sí mismo de esta manera, por eso quería que interviniera su ministro.

86. Más tarde, una noche que los dolores no le dejaban dormir, piadosamente y compadecido de sí mismo, dijo a sus compañeros: "Mis queridos hermanos e hijitos míos, no os moleste ni os pese el tener que ocuparos en mi enfermedad. El Señor os dará por mí, su siervecillo, en este mundo y en el otro, el fruto de las obras que no podéis realizar por vuestras atenciones y por mi enfermedad; obtenéis incluso una recompensa más grande que aquellos que prestan sus servicios y cuidados a toda la Religión y a la vida de los hermanos. Debíais decirme: ‘Contigo haremos nuestros gastos y por ti será el Señor nuestro deudor’".

86. Hablaba así el santo Padre para alentar y sostener su pusilanimidad de espíritu y su debilidad, no fuera que, tentados por todo aquello, dijeran alguna vez: "Ni podemos orar ni tampoco tolerar tanto trabajo". Quería prevenirles contra la tristeza y el desaliento, que les llevarían a perder el mérito de sus trabajos.

86. Un día vino el médico provisto de un hierro con que solía cauterizar en casos de enfermedad de los ojos. Mandó hacer fuego para calentarlo; encendido el fuego, puso en él el hierro. El bienaventurado Francisco, para reconfortar su ánimo y apartar todo temor, dijo al fuego: "Hermano mío fuego, el Señor te ha creado noble y útil entre todas las criaturas. Sé cortés conmigo en esta hora, ya que siempre te he amado y continuaré amándote por el amor del Señor que te creó. Pido a nuestro Creador que aminore tu ardor para que yo pueda soportarlo". Terminada la súplica, hizo la señal de la cruz sobre el fuego.

86. Nosotros que estábamos con él, nos retiramos por el amor que le teníamos y la compasión que nos producía; sólo el médico quedó con él. Cuando el médico concluyó su trabajo, volvimos a él y nos dijo: "¡Cobardes! ¡Hombres de poca fe! ¿Por qué habéis huido? En verdad os digo que no he sentido dolor alguno, ni siquiera el calor del fuego; y si, esto no está bien quemado, quémelo mejor".

86. El médico, al ver que ni siquiera se había movido, consideró esto como un gran milagro y dijo: "Os digo, humanos míos, con la experiencia que tengo, que temería pudiera soportar semejante quemadura no sólo uno que es débil y enfermo, sino el que sea fuerte y sano de cuerpo". La quemadura era muy extensa: iba desde la oreja hasta el entrecejo, pues durante muchos años, día y noche, le lagrimeaban los ojos. Por eso, a juicio del médico, era necesario abrir todas las venas, aunque, en opinión de otros médicos, la operación era completamente inconveniente. Y así fue, pues de nada le aprovechó. También otro médico le perforó las dos orejas, sin resultado alguno positivo.

86. No nos debe asombrar que el fuego y las demás criaturas se mostraran algunas veces atentas con él . Pues, como pudimos comprobarlo nosotros que estuvimos con él, con tan gran sentimiento de caridad las amaba y veneraba y de tal manera gozaba con ellas y con tanto cariño y simpatía las quería, que se turbaba cuando alguien no las trataba con delicadeza. Les hablaba con gran alegría interior y exterior, como si ellas tuvieran conocimiento de Dios, como si entendieran y hablaran. Con frecuencia, en esos coloquios quedaba arrebatado en la contemplación de Dios.

86. Sentándose un día junto al fuego, sin que se diera cuenta, el fuego prendió en sus paños de lino en la parte que cubría su pierna. Sintió el calor del fuego; mas cuando uno de sus compañeros, que se dio cuenta que se le quemaban las ropas, corrió a apagárselas, le dijo: "No, mi querido hermano, no hagas mal a nuestro hermano fuego". Y no le permitió apagarlo. Entonces, el otro corrió a donde el hermano que era el guardián y le trajo consigo. Y así, aunque contra la voluntad de Francisco, apagó sus vestidos.

86. Tampoco le gustaba que se apagaran las velas, las lámparas o el fuego, como suele hacerse cuando es necesario: tanta era la ternura y piedad que sentía por el fuego. Ni quería que el hermano arrojara, como se hace muchas veces, las brasas o tizones, sino que los dejara delicadamente extendidos sobre la tierra, por respeto de Aquel de quien es criatura.

NO QUIERE SERVIRSE DE UNA PIEL QUE HABÍA SUSTRAÍDO AL FUEGO

87. Durante una cuaresma que pasó en el monte Alverna aconteció un día que su compañero prendió el fuego para la hora de la comida en la celda donde solía comer. Luego se dirigió a la celda que el bienaventurado Francisco empleaba habitualmente para su oración y descanso, a fin de leerle el evangelio de la misa del día. El bienaventurado Francisco, en efecto, cuando no podía acudir a la misa, quería oír el evangelio del día antes de la comida.

87. Cuando se dirige Francisco para comer a la celda donde el compañero había preparado el fuego, ve que las llamas alcanzan la cumbre de la celda y que está ardiendo. El compañero trata de apagar el incendio como puede; pero él solo nada consigue. El bienaventurado Francisco no quiere ayudarle. Toma una piel con que se cubría de noche y marcha al bosque.

87. Los hermanos del lugar, aunque estaban lejos de la celda, pues la celda estaba distante del lugar de los hermanos, tan pronto como se dieron cuenta del incendio, vinieron y sofocaron el fuego. El bienaventurado Francisco volvió luego para comer. Después de la comida dijo a su compañero: "No quiero abrigarme en adelante con esta piel, pues he pecado de avaricia al no querer que el hermano fuego las destruyera.

AMOR A LAS CRIATURAS

88. Cuando se lavaba las manos, escogía un lugar donde el agua de las abluciones no fuera luego pisada. Cuando tenía que caminar sobre las piedras, su paso era tímido y respetuoso por amor de aquel que es llamado piedra.

88. Si recitaba el pasaje del salmo: Me pusiste en alto sobre la roca; por reverencia y devoción lo cambiaba, diciendo: "Bajo los pies de la roca me has levantado". Al hermano que hacía leña para el fuego le recomendaba que no cortase el árbol entero, sino una parte tan sólo, para que continuara viviendo la planta. Esto mismo mandó a un hermano del lugar donde él residía.

88. Al hermano que cultivaba el huerto le decía que no dedicara todo el terreno al cultivo de verduras comestibles, sino que reservara parte de él, para que produjera hierba verde y a su tiempo las hermanas flores. Más aún: decía que el hermano hortelano debía tener en algún lugar del huerto un hermoso jardín donde cultivase toda clase de hierbas aromáticas y de plantas de bellas flores, a fin de que en su estación invitasen a la alabanza de Dios a cuantos las contemplasen, porque toda criatura dice y proclama: "Es Dios quien me creó para ti, ¡oh hombre!"

88. Nosotros que hemos vivido con él hemos podido apreciar cómo hallaba en casi todas las criaturas un motivo de alegría íntima, que se manifestaba interiormente; cómo las acariciaba y las contemplaba amorosamente como si su espíritu estuviera no en la tierra, sino en el cielo. Y es verdadero y manifiesto que, a causa de los muchos consuelos que había recibido y recibía en las criaturas de Dios, compuso poco antes de su muerte unas Alabanzas del Señor por sus criaturas, para mover los corazones de los que las escuchasen a la alabanza de Dios y a fin de que el Señor fuera alabado por todos en sus criaturas.

DESAPEGO Y GENEROSIDAD

89. Por este mismo tiempo, una mujer muy pobre de Machilone vino a Rieti para curar sus ojos. Un día en que el médico visitó al bienaventurado Francisco, le dijo: "Hermano, una mujer que sufre de la vista ha venido a verme; pero es tan pobre, que me creo en la obligación de ayudarle y de pagar sus gastos".

89. En seguida, el bienaventurado Francisco, movido a compasión por esta mujer, llamó a uno de sus compañeros, que era su guardián, para decirle: "Hermano guardián, tenemos que restituir lo ajeno". "¿De qué se trata, hermano?" "Este manto que recibimos prestado de una mujer muy pobre y que sufre de la vista, es preciso devolvérselo". Le dijo el guardián "Hermano, haz lo que te parezca mejor". El bienaventurado Francisco, lleno de alegría, llamo a uno de sus íntimos, hombre espiritual, y le mandó: "Toma este manto y también doce panes; vete y di a la mujer pobre y enferma que te indicará el médico que la atiende: ‘Un hombre pobre a quien prestaste este manto te da las gracias por el préstamo que le hiciste; ahora toma lo que es tuyo".

89. Fue el hermano y transmitió a la mujer las palabras del bienaventurado Francisco. Ella, creyendo que se le burlaba, replicó tímida y avergonzada: "Déjame en paz; no sé de qué me hablas". El otro puso en manos de la mujer el manto y los doce panes. Viendo la mujer que era verdad lo que decía el hermano, aceptó todo temblorosa, pero radiante de gozo. Mas, temiendo que le robaran el obsequio, se levantó por la noche sin ser notada y regresó contenta a su casa.

89. El bienaventurado Francisco había dicho a su guardián que por amor de Dios socorriese diariamente a la mujer mientras permaneciese allí. Nosotros que hemos vivido con el bienaventurado Francisco damos testimonio de que, estando sano, tenía tanta caridad y piedad no sólo hacia sus hermanos, sino también hacia los pobres, sanos o enfermos, que, halagándonos primero a nosotros, para que no nos disgustáramos, con gran gozo interior y exterior daba a otros lo que necesitaba su propio cuerpo, y que los hermanos conseguían a veces con gran solicitud y devoción; privaba a su cuerpo de cosas que le eran muy necesarias.

89. Por eso, el ministro general y su guardián le tenían mandado que no diera la túnica a ningún hermano sin su permiso, pues algunas veces los hermanos se la pedían por devoción, y él al momento se la daba. También sucedía que, al ver él a un hermano enfermizo o mal vestido, a veces le daba su túnica; otras, como nunca llevó ni quiso tener para sí más que una túnica, la partía, para dar un trozo al hermano y quedarse él con el resto.

POR SOCORRER A LOS POBRES DABA HASTA SU PROPIA TÚNICA

90. Recorría cierta provincia predicando, cuando se encontraron con él dos hermanos franceses, que quedaron muy contentos de la entrevista. Antes de despedirse, por la veneración que le profesaban, le pidieron su túnica "por el amor de Dios". En cuanto oyó que invocaban el amor de Dios, se despojó de su túnica, quedando desnudo durante un rato .

90. (Pues el bienaventurado Francisco tenía la costumbre de que, cuando se le decía: "Por el amor de Dios, dame la túnica, la cuerda" u otra cosa que tuviera, en seguida la daba por respeto a aquel Señor que se llama Amor. Se disgustaba mucho, y por eso reprendía a los hermanos cuando observaba que alguno de ellos invocaba por una bagatela el amor de Dios. Decía: "El amor de Dios es algo tan sublime, que no se debe nombrar sino raramente, en caso de gran necesidad y con profundo respeto".

90. Uno de los hermanos franceses se quitó su túnica y se la dio a Francisco. Con frecuencia se veía en gran apuro y necesidad por haber dado a alguien su túnica o parte de ella, pues no le era tan fácil volver a encontrar o hacerse preparar otra; sobre todo, porque siempre quería que fuese muy pobre, hecha de trozos de tela, y algunas veces hasta remendada por dentro y por fuera. Rara vez, o, mejor dicho, nunca, consintió en tener o llevar una túnica de paño nuevo; él se ingeniaba para que algún hermano que la llevaba usada de muchos años se la cediera; y en ocasiones recibía de un hermano una parte de la túnica, y de otro el resto. A causa de sus enfermedades y por motivo del frío, algunas veces reforzaba interiormente su túnica con un trozo de tela nueva.

90. Observó esta práctica de la pobreza en el vestir hasta que volvió al Señor. Como era hidrópico y estaba casi del todo escuálido y tenía otras muchas enfermedades, pocos días antes de su muerte los hermanos le prepararon varias túnicas para poder cambiárselas de día y de noche cuando fuera necesario.

QUIERE SOCORRER A UN POBRE CON UN PEDAZO DE SU TÚNICA

91. Otra vez se acercó a un eremitorio de los hermanos un pobre, vestido de ropas miserables, y pidió a los hermanos por el amor de Dios un pedazo de tela pobre. El bienaventurado Francisco dijo a un hermano que viese si en casa había un paño o un retazo que darle. Buscó el hermano por toda la casa, y nada encontró.

91. Pero, no queriendo que el pobre se volviese con las manos vacías, el bienaventurado Francisco, a ocultas, para que su guardián no se lo prohibiese, tomó un cuchillo y, sentado en un lugar escondido, comenzó a cortar un pedazo de su túnica, el que llevaba cosido interiormente a ésta, para así dárselo en secreto a aquel pobre. En seguida cayó en cuenta el guardián de lo que quería hacer, y, acercándose, le prohibió entregar aquello al pobre; más que nada, porque hacía mucho frío y él estaba enfermo y aterido.

91. Replicó el bienaventurado Francisco: "Si quieres que no se lo dé, es del todo necesario que le proporciones algún pedazo de tela a este hermano pobre". Y así por razón del bienaventurado Francisco, los hermanos le dieron alguna tela de sus propios vestidos.

91. Si los hermanos le procuraban un manto, sea cuando iba a predicar por el mundo a pie o a lomo de asno (desde que comenzó a enfermar no podía ir a pie, y por eso tenía a veces que viajar en asno, ya que no quería cabalgar a caballo sino por estricta y muy grande necesidad, como fue poco antes de la muerte, al írsele agravando la enfermedad), sea cuando estaba en algún lugar, no quería recibirlo sino a condición de que pudiera dárselo al pobre que encontrara o que viniera en su busca, si, a su juicio, estaba evidentemente necesitado de él.

RUEGA AL HERMANO GIL QUE DÉ SU MANTO A UN POBRE

92. Cierta vez, en los comienzos de la Religión, viviendo él en Rivo Torto con los dos únicos hermanos que entonces tenía , un hombre, que sería el tercer compañero, dejó el siglo para abrazar aquel género de vida. Durante algunos días llevó las míseras ropas con que había venido del siglo; y aconteció que vino un pobre pidiendo limosna al bienaventurado Francisco.

92. Este dice al que fue su tercer hermano: "Da tu capa a este hermano pobre". Al instante, gozoso, se la quita de los hombros y la entrega al pobre. Sintió entonces que el Señor inundaba su corazón de una nueva gracia, porque había dado con alegría la capa al pobre.

HACE QUE SE DÉ EL NUEVO TESTAMENTO A LA MADRE DE DOS HERMANOS

93. Otra vez, estando junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, llegó una pobrecita anciana, que tenía dos hijos en la Religión de los hermanos, a aquel lugar para pedir al bienaventurado Francisco que la socorriese, ya que aquel año no tenía lo necesario para vivir.

93. El bienaventurado Francisco preguntó al hermano Pedro Cattani , que entonces era ministro general: "¿Tenemos alguna cosa para darle a nuestra madre?" (A la madre de cualquier hermano llamaba su madre y madre de todos los hermanos de la Religión.)

93. El hermano Pedro respondió: "Nada tenemos en casa que podamos darle, especialmente teniendo en cuenta que desearía una limosna tal, que pudiese con ella adquirir las cosas necesarias a su cuerpo. Tan sólo tenemos en la iglesia un Nuevo Testamento, del que hacemos las lecturas en maitines". (En aquel tiempo, los hermanos no tenían breviarios, ni siquiera muchos salterios.)

93. El bienaventurado Francisco le dijo: "Da a nuestra madre el Nuevo Testamento para que lo venda y remedie su necesidad. Creo firmemente que agradará más al Señor y a la bienaventurada Virgen, su madre, que demos el Nuevo Testamento que el que leamos de él". Y se lo dio.

93. Se puede decir y escribir del bienaventurado Francisco lo que se dijo y escribió de Job: La misericordia salió del seno de mi madre y ha crecido al mismo tiempo conmigo . Para nosotros que hemos vivido con él sería muy largo de escribir y narrar, no ya lo que hemos escuchado a otros acerca de su caridad y bondad, sino solamente lo que hemos visto con nuestros propios ojos.

CURACIONES MILAGROSAS

94. Por la misma época, viviendo el bienaventurado Francisco en el eremitorio de San Francisco de Fonte Colombo, la peste bovina, vulgarmente llamada "bove", y de la que ningún vacuno suele librarse, atacó a todos los bueyes de San Elías, villa situada en las proximidades del eremitorio. Todos los bueyes contrajeron la enfermedad y comenzaron a morir.

94. Una noche, un habitante del pueblo, hombre espiritual, tuvo una visión y escuchó una voz que le decía: "Vete al eremitorio donde está el bienaventurado Francisco y procúrate el agua con que se haya lavado las manos y los pies y rocía con ella a los bueyes; quedarán curados al instante. Se levantó muy temprano, marchó al eremitorio y contó la visión a los compañeros del bienaventurado Francisco.

94. A la hora de la comida, éstos recogieron en un recipiente el agua con que se había lavado las manos. Por la tarde le rogaron que les permitiese lavarle los pies, sin manifestarle el motivo de su deseo. Dieron luego esta agua al hombre, quien la llevó, y, como si fuera agua bendita, roció con ella a los bueyes que yacían medio muertos y a los demás. En seguida, por gracia del Señor y por los méritos del bienaventurado Francisco, todos quedaron curados del mal. En este tiempo, el bienaventurado Francisco llevaba ya las llagas en sus manos, pies y costado.

EL CANÓNIGO GEDEÓN DE RIETI

95. Por estos mismos tiempos, cuando el bienaventurado Francisco, por causa de la enfermedad de la vista, residía por algunos días en el palacio del obispo de Rieti, un clérigo de la diócesis llamado Gedeón, hombre muy mundano, se encontraba muy enfermo y con grandes dolores en los riñones, que le tenían postrado en cama desde hacía tiempo. Le era imposible moverse o volverse en su cama sin ayuda; no podía levantarse ni caminar sino llevado por varios; y aun así, iba encorvado y como encogido por los dolores de los riñones, sin ser capaz de ponerse tieso.

95. Un día se hizo llevar a donde el bienaventurado Francisco, se arrojó a sus pies y con abundantes lágrimas le suplicó que trazara sobre él la señal de la cruz. El bienaventurado Francisco le respondió: "¿Cómo voy a signarte con la señal de la cruz a ti que de tiempo atrás vienes viviendo según tus deseos carnales, sin meditar ni temer los juicios de Dios?" Pero, viéndole tan afligido por su enfermedad y por los dolores, se compadeció y le dijo: "Te signo en el nombre del Señor. Pero, si El se digna curarte, guárdate de volver a tu vómito, porque en verdad te digo que, si vuelves a él, te abrumarán mayores males que los anteriores y recibirás un castigo terrible por tus pecados y por tu ingratitud y tu desprecio de la bondad del Señor". E hizo la señal de la cruz sobre el clérigo, quien al momento se puso recto y se levantó curado interiormente. Al erguirse se oyó cómo crujían sus huesos de la parte de los riñones, como crujen las ramas secas al partirlas con las manos.

95. Como, pasados algunos años, volvió él a su mala vida sin atender a las recomendaciones que el Señor le hizo por medio de su siervo Francisco, sucedió que, habiendo cenado cierto día en casa de otro canónigo y habiendo quedado a dormir en ella, de repente cayó sobre todos el techo de la casa. Los demás pudieron escapar. Sólo quedó atrapado y murió el miserable.

ELOGIO DE LA MENDICIDAD

96. A su regreso de Siena y de Celle di Cortona, el bienaventurado Francisco vino junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula; marchó luego a vivir en Bagnaia, encima de Nocera, donde acababan de construir una casa para los hermanos y donde éstos moraban. Permaneció allí bastante tiempo.

96. Pero, como comenzaron a hinchársele los pies y las piernas a causa de la hidropesía, comenzó a sentirse muy mal. Al tener noticia las gentes de Asís de que estaba muy enfermo, vinieron en seguida a aquel lugar unos caballeros para llevarle a Asís. Temían que muriese allí y que otros se adueñaran de su santísimo cuerpo.

96. Cuando le llevaban enfermo, se detuvieron para comer en un castro del común de Asís . El bienaventurado Francisco con sus compañeros descansó en casa de un hombre que le recibió con mucha alegría y cariño. Los caballeros recorrieron todo el poblado para comprar lo que necesitaban, pero no encontraron cosa alguna. Volviéndose a donde el bienaventurado Francisco, le dijeron bromeando: "Hermano, vas a tener que damos parte de tus limosnas, porque nada hemos hallado para comer". El bienaventurado Francisco respondió con gran fervor de espíritu: "Si no habéis hallado cosa alguna, ha sido porque habéis puesto la confianza en vuestras moscas, es decir, en vuestros dineros y no en

96. Dios. Volved a las mismas casas donde quisisteis comprar y, sin avergonzaros, pedid limosna por el amor de Dios. El Espíritu Santo les inspirará y recibiréis todo en abundancia". Marcharon y pidieron limosna, como les había recomendado el santo Padre.

96. Todos, hombres y mujeres, les dieron en abundancia y con gran alegría de lo que tenían. Regresaron muy contentos y contaron al bienaventurado Francisco todo lo sucedido. Consideraron el caso como un gran milagro, pues todo había acaecido exactamente como él les había anunciado. Pedir limosna; por el amor del Señor Dios era, para el bienaventurado Francisco, una acción de la más alta nobleza, dignidad y distinción ante los ojos de Dios, y también ante los del mundo .

96. En efecto, todo lo que el Padre celestial creó para utilidad del hombre, continúa concediéndolo después del pecado, gratuitamente y a título de limosna, a dignos e indignos, por el amor que tiene a su querido Hijo. Por eso decía el bienaventurado Francisco que el siervo de Dios ha de pedir limosna por el amor del Señor Dios con mayor confianza y alegría que quien, queriendo comprar algo, por su generosidad y liberalidad fuese proclamando: "A quien me dé una moneda, le daré cien marcos de plata y hasta mil veces más". Pues el siervo de Dios ofrece el amor de Dios como pago a quien hace limosna; y, en su comparación, son nada todas las cosas que hay en la tierra y hasta las que hay en el cielo.

96. Tanto cuando eran pocos los hermanos como cuando fueron muchos, si, al ir por el mundo predicando el bienaventurado Francisco, algún noble o rico le invitaba por devoción a que quedara a comer en su casa y a hospedarse en ella (en muchas de las ciudades y castros a los que iba a predicar no había entonces lugares de los hermanos) aun cuando supiera que el que le había invitado había preparado por amor de Dios abundantemente todo lo necesario para el cuerpo, por motivo del buen ejemplo que debía dar a los hermanos y por la nobleza y dignidad de la dama Pobreza, a la hora de comer salía por limosna, y a veces decía al que le había invitado: "Jamás renunciaré a mi dignidad real, a mi herencia, a mi vocación y profesión y a la de todos los hermanos menores: ir a pedir limosna, aunque no recoja más que tres mendrugos, pues quiero ejercer mi oficio".

96. Y, contra la voluntad del anfitrión, salía por limosna. El que le había invitado le acompañaba en la mendicación, recogía las limosnas que daban al bienaventurado Francisco y luego las conservaba como reliquias por devoción a él. El que esto escribe lo ha visto muchas veces, y de ello da testimonio.

HOSPEDADO POR EL CARDENAL HUGOLINO, VA POR LIMOSNA ANTES DE LA COMIDA

97. Un día en que el bienaventurado Francisco visitaba al señor obispo de Ostia - que más tarde fue papa -, salió a la hora de comer a pedir limosna, eras lo hizo a escondidas para no molestar a dicho señor. Cuando regresó Francisco, el obispo estaba sentado a la mesa y había empezado a comer, pues aquel día tenía invitados unos caballeros parientes suyos. El bienaventurado Francisco puso la limosna sobre la mesa del señor obispo y se sentó junto a él (el señor obispo quería que el bienaventurado Francisco ocupara ese puesto cuando estaba a su mesa). El obispo estaba un tanto confuso por esta salida a mendigar, pero nada le dijo; sobre todo, en atención a los invitados.

97. Después de comer algo, el bienaventurado Francisco tomó sus limosnas y les fue dando un poco, de parte del Señor Dios, a los caballeros y a los capellanes del obispo. Todos recibieron su parte con gran respeto: unos la comieron; otros, por devoción a Francisco, la guardaron, y todos se descubrían la cabeza al recibir la limosna por devoción al santo Francisco. El señor obispo se alegró al observar la veneración que manifestaban los comensales, máxime teniendo en cuenta que el pan que recibían no era de trigo.

97. Terminada la comida, se retiró el señor obispo a su habitación, llevándose consigo al bienaventurado Francisco; elevó sus brazos y le abrazó allí con alegría y gozo desbordante, diciéndole: "Hermano mío simplón, ¿por qué me has afrentado saliendo a pedir limosna, cuando mi casa es la casa de tus hermanos?" El bienaventurado Francisco respondió: "Al contrario, señor, yo os he hecho un gran honor. En efecto, cuando un inferior cumple con su oficio y obedece a su señor, rinde homenaje al Señor y a su prelado". Y añadió: "Yo debo ser ejemplo y modelo de vuestros pobres. Sé que en la vida y religión de los hermanos hay y habrá hermanos menores de nombre y de hecho que, por el amor del Señor Dios y por la unción del Espíritu Santo que les instruye e instruirá en todas las cosas, se abajarán a toda humildad, sumisión y servicio de sus hermanos. Pero hay y habrá otros que, por vergüenza o por malas costumbres, rehusan y rehusarán humillarse y abajarse para mendigar y para desempeñar trabajos serviles. Por eso debo enseñar con mi comportamiento a quienes están en la Religión y a los que vendrán a la miseria para que no tengan excusa delante - de Dios ni en este mundo ni en el otro.

97. Así, pues, cuando estoy en vuestra casa, señor nuestro y papa nuestro , y en la de los grandes y de los ricos de este mundo, que por el amor del Señor Dios no sólo me reciben en sus casas con mucha devoción, sino que me obligan a quedarme con ellos, no quiero avergonzarme de ir a pedir limosna. Más bien, quiero tenerlo según Dios, como gran nobleza, como dignidad real y honor de aquel soberano Rey que, siendo Señor de todos, quiso hacerse por nosotros servidor de todos, y, siendo rico y glorioso en su majestad, vino a ser pobre y despreciado en nuestra humanidad. Por eso quiero que los hermanos presentes y los venideros sepan que para mí es mayor consuelo interior y exterior cuando me siento a la mesa pobre de los hermanos y contemplo ante mí las pobres limosnas que recogen pidiendo de puerta en puerta por el amor del Señor Dios, que cuando me siento a vuestra mesa o a la de otros señores y la veo cubierta abundantemente de toda clase de manjares, aunque sé que me los ofrecéis con gran devoción. El pan de la limosna es pan santo, santificado por la alabanza y por el amor de Dios, pues el hermano que va a mendigar debe empezar por decir: ‘Alabado y bendito sea el nombre de Dios’, y luego debe pedir: ‘Dadnos una limosna por el amor del Señor Dios’".

97. El señor obispo, muy edificado de esta conversación con el santo Padre, le dijo: "Hijo mío, haz como bien te parezca, pues el Señor está contigo y tú con El". El bienaventurado Francisco quería - y lo decía con frecuencia - que ningún hermano estuviera mucho tiempo sin salir a mendigar, para que luego no sintiera vergüenza cuando tuviera que hacerlo. Es más: cuanto más grande y noble había sido un hermano en el mundo, tanto más edificado quedaba y mayor alegría sentía al verle ir por limosna y desempeñar los trabajos humildes, por el buen ejemplo que daba a los demás. Es lo que se practicaba en los primeros tiempos.

97. En los comienzos de la Religión, cuando los hermanos moraban en Rivo Torto, había entre ellos uno que oraba poco y no trabajaba ni quería tampoco ir por limosna, porque le daba vergüenza, pero comía bien. El bienaventurado Francisco, considerando esta conducta, fue advertido por el Espíritu Santo de que se trataba de un hombre carnal. Por lo que le dijo: "Anda tu camino, hermano mosca, que quieres comer a costa del trabajo de tus hermanos y quieres vivir ocioso en el servicio de Dios, como el hermano zángano entre las abejas, que no recoge ni trabaja, y come el fruto y trabajo de las buenas abejas". Aquel hermano marchó por su camino, y, como era un hombre carnal, no imploro misericordia.

BESA EL HOMBRO DE UN HERMANO QUE TRAE LIMOSNA

98. Durante una de las permanencias del bienaventurado Francisco junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, volvía un varón espiritual de pedir limosna en Asís. Al llegar cerca de la iglesia, empezó a alabar a Dios en alta voz y con gran alegría. Al oírle el bienaventurado Francisco, salió de casa, corrió hacia él con gran alborozo y le besó en el hombro del que colgaba la alforja de las limosnas. Luego le arrebató la alforja y, cargándosela, la llevó a la casa de los hermanos y dijo ante ellos: "Así quiero ver a mi hermano al ir por limosna y al regresar con ella: contento y alegre".

SERENIDAD Y ALEGRÍA EN VÍSPERAS DE MORIR

99. Aquellos días en que, de regreso de Bagnaia, el bienaventurado Francisco estaba en cama muy enfermo en el palacio episcopal de Asís, los habitantes de la ciudad, temiendo que, si moría de noche, los hermanos llevasen secretamente el santo cuerpo para enterrarlo en otra ciudad, decidieron hacer guardia diligentemente todas las noches en tomo al palacio. El bienaventurado Francisco estaba muy enfermo. Para confortar su espíritu y para evitar que decayera su ánimo por las muchas y diversas dolencias, con frecuencia mandaba por el día a sus compañeros que cantaran las alabanzas del Señor que había compuesto mucho antes durante su enfermedad. También les hacía cantar por la noche, para edificación de los que, por él, montaban guardia alrededor del palacio.

99. El hermano Elías, viendo que el bienaventurado Francisco encontraba así contento y fortaleza en el Señor para sobrellevar tantas dolencias, le dijo un día: "Carísimo hermano, me consuela y edifica inmensamente la alegría que muestras por ti y tus compañeros en medio de tanta aflicción y dolor. Sin duda, los habitantes de esta ciudad te veneran como a un santo en vida y lo harán después que mueras; pero, como están convencidos de que tu enfermedad es grave e incurable y que pronto morirás, podrán pensar y decirse al oír cantar estas alabanzas: ‘¿Cómo puede mostrar tanta alegría próximo a morir? Debería pensar en la muerte’".

99. El bienaventurado Francisco le respondió: "¿Recuerdas la visión que tuviste en Foligno, en la que, según me dijiste, una voz te advirtió que yo no viviría más que dos años? Antes de tu visión, con frecuencia, de día y de noche, pensaba en la muerte por la gracia del Espíritu Santo, que despierta todo buen pensamiento en la mente de sus fieles y pone toda palabra buena en sus labios. Pero después de tu visión he procurado con mayor solicitud pensar en la hora de mi muerte". Y añadió con gran fervor de espíritu: "Deja, hermano, que me alegre en el Señor y que cante sus alabanzas en medio de mis dolencias; por la gracia del Espíritu Santo estoy tan íntimamente unido a mi Señor, que, por su misericordia, bien puedo alegrarme en el mismo Altísimo".

¡BIENVENIDA LA HERMANA MUERTE!

100. En otra ocasión y por aquellos días vino al mismo palacio para visitar al bienaventurado Francisco un conocido y amigo, médico de Arezzo, llamado Buen Juan. El Santo le preguntó sobre su enfermedad: "¿Qué opinas, hermano Juan, de mi hidropesía?" (El bienaventurado Francisco no quería designar por su nombre a los que se llamaban Bueno, por respeto al Señor, que dijo: Nadie es bueno, sino sólo Dios . Asimismo, ni de palabra ni por escrito quería llamar a persona alguna "padre" o "maestro", por respeto al Señor, que dijo: A nadie déis en este mundo el nombre de padre, ni permitáis que os llamen maestros, etc.)

100. El médico le respondió: "Hermano, con la gracia de Dios te irá bien". Lo quería decirle que pronto iba a morir. El bienaventurado Francisco insistió: "Hermano, dime la verdad, yo no soy un cobarde que teme a la muerte. El Señor, por su gracia y misericordia, me ha unido tan estrechamente a El, que me siento tan feliz para vivir como para morir". Entonces, el médico le dijo claramente: "Padre, según nuestros conocimientos médicos, tu mal es incurable, y morirás a fines de septiembre o el de octubre". El bienaventurado Francisco, que yacía enfermo, extendió los brazos y levantó sus manos hacia el cielo con gran devoción y reverencia y exclamó con gozo inmenso interior y - exterior: " Bienvenida sea mi hermana la muerte".

ULTIMAS VOLUNTADES DE SAN FRANCISCO

101. El hermano Ricerio, de la Marca de Ancona, noble por su nacimiento y más noble por su santidad, a quien el bienaventurado Francisco tenía gran afecto , vino un día al mismo palacio para visitarle. En el curso de la conversación, que versó sobre el hecho de la Religión y la observancia de la Regla, le suplicó: "Dime, Padre: ¿cuáles fueron tus intenciones cuando empezaste a tener hermanos y cuáles son las que ahora tienes y las que crees has de mantener hasta el día de tu muerte? Quisiera estar seguro de tus intenciones y de tu voluntad primera y última, para saber si nosotros hermanos clérigos, que tenemos tantos libros, los podemos guardar aunque digamos que pertenecen a la Orden".

101. El bienaventurado Francisco le contestó: "Hermano, ésta fue mi primera y última intención y voluntad, si mis hermanos me hubieran creído: ningún hermano debería tener otra cosa que el hábito, como se nos concede en la Regla, con la cuerda y los calzones".

101. Por lo que un día dijo a sus hermanos: "La religión y vida de los hermanos menores es un pequeño rebaño que el Hijo de Dios pidió en estos últimos tiempos a su Padre celestial, diciéndole: ‘Padre, yo quisiera que suscitaras y me dieras un pueblo nuevo y humilde que en esta hora se distinga por su humildad y su pobreza de todos los que le han precedido y que se contente con poseerme a mí solo’". El Padre dijo a su Hijo amado: "Hijo, lo que pides queda cumplido".

101. "Por eso - añadió el bienaventurado Francisco - , quiso el Señor que los hermanos se llamasen hermanos menores, pues ellos son este pueblo que el Hijo de Dios pidió a su Padre, y del que el mismo Hijo de Dios dice en el Evangelio: No temáis, pequeño rebaño, porque el Padre se ha complacido en daros el reino ; y también: lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis . Sin duda, se ha de entender que el Señor habló así refiriéndose a todos los pobres espirituales, pero principalmente predijo el nacimiento en su Iglesia de la Religión de los hermanos menores".

101. Tal como le fue revelado al bienaventurado Francisco que su Religión debía llamarse la de los hermanos menores, hizo él insertar este nombre en la primera reglas que presentó al señor papa Inocencio III, y que éste aprobó y le concedió y luego anunció a todos en el consistorio . El Señor le reveló también el saludo que debían emplear los hermanos, como hizo consignar en su testamento: "El Señor me reveló que para saludar debía decir: ‘El Señor te dé la paz’".

101. En los comienzos de la Religión, yendo de viaje el bienaventurado Francisco con un hermano que fue uno de los doce primeros, éste saludaba a los hombres y mujeres que se le cruzaban en el camino y a los que trabajaban en el campo diciéndoles: "El Señor os dé la paz" .

101. Las gentes quedaban asombradas, pues nunca habían escuchado un saludo parecido de labios de ningún religioso. Y hasta algunos, un tanto molestos preguntaban: "¿Qué significa esta manera de saludar?" El hermano comenzó a avergonzarse y dijo al bienaventurado Francisco: "Hermano, permíteme emplear otro saludo".

101. Pero el bienaventurado Francisco le respondió: "Déjales hablar así; ellos no captan el sentido de las cosas de Dios. No te avergüences, hermano, pues te aseguro que hasta los nobles y príncipes de este mundo ofrecerán sus respetos a ti y a los otros hermanos por este modo de saludar". Y añadió: "¿No es maravilloso que el Señor haya querido tener un pequeño pueblo, entre los muchos que le han precedido, que se contente con poseerle a El solo, Altísimo y glorioso?"

101. Mas, si alguno quisiera preguntar por qué el bienaventurado Francisco no obligó en su tiempo a los hermanos a observar una pobreza tan estricta como aquella de la que habló al hermano Ricerio, ni ordenó que la observasen los hermanos, nosotros que vivimos con él respondemos, tal como lo oímos de su boca, que él había dicho a los hermanos eso mismo y otras muchas cosas, e hizo también escribir en la Regla muchas cosas que pedía al Señor en asidua oración y meditación para utilidad de la Religión, afirmando que ésa la absoluta voluntad del Señor.

101. Pero, cuando las exponía a los hermanos, éstos las consideraban pesadas e insoportables, ignorando ellos entonces lo que había de sobrevenir a la Religión después de su muerte. No quiso entrar en lucha con los hermanos, ya que temía mucho el escándalo en sí como en los hermanos, y así cedió, a disgusto suyo, a la voluntad de ellos. Y se excusaba delante del Señor. Mas, a fin de que la palabra que el Señor había puesto en su boca para bien de los hermanos no volviera vacía al Señor , él quería cumplirla en sí mismo, y así obtener del Señor la recompensa. Con esto, finalmente, encontraba su espíritu descanso y paz.

"HEMOS PROMETIDO LA OBSERVANCIA DEL SANTO EVANGELIO"

102. En cierta ocasión y por los días en que acababa de regresar de ultramar, un ministro hablaba con él del capítulo de la pobreza con el deseo de conocer su voluntad y pensamiento en esta materia. Le preguntó, sobre todo, para que le esclareciese aquel pasaje de la Regla que cita las prohibiciones del Evangelio: "No llevéis cosa alguna para el camino, etc. El bienaventurado Francisco le respondió: "Mi pensamiento es que los hermanos no deberían tener más que el hábito con la cuerda y los calzones, como se prescribe en la Regla; y, en caso de necesidad, calzado". El ministro replicó: "¿Qué he de hacer yo, que tengo tantos libros que suponen un valor superior a las cincuenta libras?"

102. Preguntó esto porque quería tenerlos con seguridad de conciencia y, sobre todo, porque tenía remordimientos de poseer tantos libros, sabiendo que el bienaventurado Francisco interpretaba estrictamente el capítulo de la pobreza.

102. El bienaventurado Francisco le dijo: "Hermano, yo no puedo ni debo obrar contra mi conciencia, ni contra la observancia del santo Evangelio que hemos prometido". Al oír estas palabras, el ministro quedó triste; Viéndole tan turbado, el bienaventurado Francisco le dijo con fervor de espíritu, dirigiéndose en él a todos los hermanos: "Vosotros los hermanos menores queréis que los hombres os consideren y os llamen los observadores del santo Evangelio, pero en la práctica queréis tener bolsas" .

102. Los ministros sabían muy bien que, según la Regla, los hermanos estaban obligados a observar el santo Evangelio. Sin embargo, hicieron que se suprimiese el pasaje de la Regla que dice: No llevéis cosa alguna para el camino, etc., juzgando que ellos no estaban obligados a observar la perfección del santo Evangelio.

102. Por eso, el bienaventurado Francisco, advertido por el Espíritu Santo, se expresó así delante de algunos hermanos: "Los ministros, ¿piensan burlarse de Dios y de mí? Pues bien, a fin de que todos los hermanos sepan y queden advertidos de que están obligados a observar la perfección del santo Evangelio, quiero que se escriba al principio y al fin de la Regla: Los hermanos están obligados a observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

102. Y para que los hermanos nunca tengan excusa ante Dios, quiero mostrarles con las obras y observar siempre, con la ayuda del Señor, las prescripciones que El ha puesto en mi boca, como ya les dije y ahora les anuncio, para salud y bien de mi alma y de mis hermano". Efectivamente, él observó a la letra el santo Evangelio desde el día en que empezó a tener hermanos hasta la hora de su muerte.

EFICACIA APOSTÓLICA DE LOS SANTOS HERMANOS

103. Hubo una vez un hermano novicio que sabía leer el salterio, pero no bien. Como gustaba mucho de la lectura, pidió al ministro general permiso para tener un salterio. El ministro se lo concedió. Sin embargo, el novicio no quiso tener el salterio sin haber obtenido el consentimiento del bienaventurado Francisco, principalmente porque había oído decir que no quería que sus hermanos estuvieran ansiosos de ciencia y de libros, sino, más bien, los quería ver - como les predicaba - apasionados por la pura y santa simplicidad , por la santa oración y por la dama Pobreza. En ella se habían formado los santos y primeros hermanos, y creía el bienaventurado Francisco que éste es el camino más seguro para la salvación del alma. Y no es que despreciase o mirase con malos ojos la ciencia sagrada; al contrario, profesaba un afectuoso respeto a los sabios de la Religión y a todos los sabios, como lo dice en su testamento: "A todos los teólogos y a los que nos administran las palabras divinas les debemos honrar y tener en veneración, como a quienes nos administran el espíritu y la vida" .

103. Mas, mirando al futuro, sabía por el Espíritu Santo, y lo decía muchas veces a los hermanos, que muchos, con el pretexto de edificar a los demás, abandonarían su vocación, es decir, la pura y santa simplicidad, la santa oración y nuestra dama Pobreza; les sucedería que, creyendo iban a ser más devotos e iban a sentirse más inflamados en el amor de Dios por sus conocimientos de la Escritura, precisamente por este saber se encontrarían interiormente fríos y vacíos, y no podrían volver a su primera vocación por haber dejado pasar el tiempo que se les había dado para vivir su vocación. "Y temo mucho - concluía - que les sea quitado lo que creían tener , porque abandonaron su vocación".

103. Decía también: "Muchos son los hermanos que de día y de noche ponen todo su afán y empeño en la adquisición del saber, olvidando su santa vocación y la devota oración. Cuando hablan con algunos o predican al pueblo y ven o conocen que las gentes quedan edificadas o se convierten a penitencia al oír sus palabras, se hinchan y enorgullecen del trabajo y ganancia de otros. Ellos creen que los hombres se han edificado o convertido a penitencia por sus discursos, cuando ha sido el Señor quien les ha edificado y convertido por las oraciones de los santos hermanos, aunque estos lo ignoren, porque Dios quiere que no lo adviertan para que no encuentren en ello ocasión de orgullo. Estos son mis caballeros de la Tabla Redonda: los hermanos que viven ignorados en lugares desiertos y apartados para dedicarse con mayor diligencia a la plegaria y meditación, para llorar por sus pecados y por los de otros. Su santidad es conocida por Dios, aunque algunas veces sea ignorada por los hermanos y por las gentes. Cuando sus almas sean presentadas por los ángeles al Señor, éste les hará conocer el fruto y recompensa de sus trabajos, es decir, la multitud de almas salvadas por sus oraciones: puesto que habéis sido fieles en las cosas pequeñas, yo os constituiré sobre las grandes .

103. He aquí cómo explicaba el bienaventurado Francisco aquel d texto: La mujer estéril dio a luz muchos hijos y la madre de muchos se vio abandonada . "La mujer estéril - decía - es el religioso que por sus oraciones y virtudes se santifica y edifica a los demás".

103. Repetía frecuentemente estas palabras en sus coloquios con los hermanos, y, sobre todo, en el capítulo, junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, ante los ministros y los demás hermanos. De esta manera formaba a los ministros y a los predicadores para que obraran bien. Les inculcaba que la prelatura y el oficio y la solicitud de predicar jamás les debía llevar a abandonar la santa y devota oración, el ir por limosna y el trabajar con sus manos, como hacen los otros hermanos, por el buen ejemplo y para ganar sus almas y las de los demás.

103. Y añadía: "Los hermanos súbditos se edifican en gran manera al ver que sus ministros y los predicadores se entregan con gusto a la oración y se abajan y se humillan". Como fiel discípulo de Cristo, él mismo, mientras tuvo salud hacía lo que enseñaba a sus hermanos. Llegó cierto día el bienaventurado Francisco al eremitorio donde vivía el novicio de quien se ha hablado más arriba. Este se le acercó para decirle: "Padre, sería para mí un consuelo muy grande tener un salterio; pero, aunque el ministro general haya querido concedérmelo, quiero tenerlo de acuerdo con tu conciencia".

103. La respuesta del bienaventurado Francisco fue ésta: "El emperador Carlos, Rolando y Oliverio y todos los paladines y valientes guerreros, que fueron esforzados en el combate, persiguieron a los infieles hasta la muerte, sin ahorrar sudores y fatigas, y consiguieron sobre ellos una victoria gloriosa y memorable; y, por fin, los mismos santos mártires murieron en la lucha por la fe de Cristo. Son muchos los que buscan el honor y la alabanza de los hombres por la sola narración de estas gestas que aquéllos realizaron". Por eso, escribió la explicación de estas palabras en sus admoniciones, donde escribe: "Los santos hicieron las obras, y nosotros, con narrarlas y predicarlas, queremos recibir honor y gloria". Es como si dijera: La ciencia hincha y la caridad edifica .

DICHOSO QUIEN SE HACE ESTÉRIL POR DIOS

104. En otra ocasión, estando el bienaventurado Francisco sentado y calentándose junto a la lumbre, volvió el novicio a hablarle del salterio. El bienaventurado Francisco le dijo: "Cuando tengas un salterio, anhelarás tener un breviario; y, cuando tengas un breviario, te sentarás en un sillón como un gran prelado y dirás a tu hermano: ‘Tráeme mi breviario’". Diciendo esto, con gran fervor de espíritu tomó ceniza con la mano, la esparció sobre su cabeza y la restregó en la miseria como quien la lava, mientras decía: "¡Quiero breviario! ¡Quiero breviario!" Y repitió muchas veces estas palabras mientras continuaba haciendo el mismo gesto de la mano en la cabeza. El hermano quedó confuso y avergonzado.

104. Luego continuó el bienaventurado Francisco: "También yo, hermano, sufrí la tentación de tener libros; pero para conocer la voluntad del Señor sobre este punto tomé el libro de los evangelios y le pedí al Señor que me diera a conocer, en la primera página que yo abriese al azar, lo que El quería de mí. Terminada mi plegaria, abrí el libro, y ante mis ojos apareció este versículo: A vosotros se os ha dado conocer el misterio del reino de Dios, pero a los otros todo se les dice en parábolas" . Continuó: "Son tantos los que desean adquirir ciencia, que es dichoso quien se hace estéril por amor del Señor Dios".

EL NOVICIO QUE QUIERE UN SALTERIO

105. Muchos meses más tarde, estando el bienaventurado Francisco junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, se hallaba cerca de su celdilla en el camino que pasa detrás de la casa, cuando de pronto viene aquel hermano a hablarle otra vez del salterio. Le dijo el Santo: "Vete y haz lo que tu ministro te diga". Apenas oyó esto el hermano, inició el regreso por el mismo camino que había traído.

105. Quedóse el bienaventurado Francisco en el mismo sitio y se puso a reflexionar sobre lo que había dicho al hermano. Y en seguida le gritó: "Espera, hermano, espera". Y se le acercó para decirle: "Vuelve conmigo a indicarme el sitio donde te he dicho, en cuanto a tu salterio, que hagas lo que tu ministro te diga. Cuando retomaron al lugar, el bienaventurado Francisco se arrodilló ante el hermano, diciéndole: "Mea culpa, hermano, mea culpa. Quien quiera ser hermano menor, no debe tener sino las túnicas que concede la Regla, la cuerda y los calzones, y el calzado, si la manifiesta necesidad o la enfermedad lo exigen".

105. Cada vez que un hermano venía a pedirle consejo de este género, le daba la misma respuesta. Por lo que decía: "Tanto sabe el hombre cuanto obra; y tanto sabe orar un religioso, cuanto practica". Cómo si dijera: Al buen árbol no se le conoce sino por sus frutos

POR QUÉ TOLERABA CIERTOS ABUSOS

106. En los días en que el bienaventurado Francisco residía de nuevo en el mismo palacio, uno de sus compañeros le habló en cierta ocasión: "Padre, perdóname, porque lo que voy a decirte, ya lo han advertido otros muchos. Tú sabes cómo en tiempos anteriores, Por la gracia de Dios, floreció toda la Religión en la pureza de la perfección, cómo los hermanos observaban con celo y fervor la santa pobreza en todas las cosas: en casas pequeñas y pobres, en utensilios pequeños y pobres, en libros pequeños y pobres y en vestidos pobres. En esto como en las demás cosas exteriores eran todos de una sola voluntad, decididos a observar cuanto se refiere a nuestra profesión y vocación y al buen ejemplo; y así eran también unánimes en el amor a Dios y al prójimo. Ahora bien, desde hace poco tiempo esta pureza y esta perfección comenzaron a deteriorarse, aunque los hermanos, excusándose, repitan que todo esto no se puede observar por la multitud de los hermanos; muchos hermanos creen que hasta el pueblo está más edificado por esta nueva manera de vivir y les parece que así se vive de manera más conveniente. Menosprecian el camino de la simplicidad y de la pobreza, que fueron origen y fundamento de nuestra Religión. Viendo todo esto, creemos que te disgusta; pero estamos sorprendidos de cómo lo soportas y no lo corriges, si es que te disgusta". El bienaventurado Francisco respondió: "Hermano, que el Señor te perdone por haber intentado ser mi contrario y adversario y por mezclarme en cuestiones que no son de mi incumbencia". Y añadió: "Mientras tuve el gobierno de los hermanos y ellos permanecieron fieles a su vocación y profesión, a pesar de que desde los comienzos de mi conversión a Cristo era yo enfermizo, a poco que me preocupaba, les satisfacía con mi ejemplo y mis exhortaciones. Pero cuando vi que el Señor multiplicaba cada día el número de los hermanos, y que éstos, por tibieza y por falta de espíritu, empezaban a desviarse del camino recto y seguro por el que antes andaban y a tomar, como dices, otro más ancho, sin tener en cuenta ni su profesión, ni su vocación, ni el buen ejemplo; cuando me apercibí de que ni mis consejos ni mi modo de vivir podían apartarles de ese camino emprendido, entonces puse la Religión en manos del Señor y de los ministros. Yo renuncié a mi cargo, y me excusé ante los hermanos en el capítulo general de no poder, a causa de mi enfermedad, ocuparme del cuidado de los hermanos. Sin embargo, si los hermanos vivieran ahora y hubiesen vivido antes según mi voluntad, no querría, para su consolación, que tuvieran otro ministro que yo hasta el día de mi muerte. En efecto, cuando el súbdito fiel y bueno conoce y observa la voluntad de su prelado, no tiene éste que preocuparse mucho de él. Hasta experimentaría yo tanta alegría por la bondad de los hermanos y recibiría tan gran consuelo a la vista de nuestras ganancias, mías y suyas, que no me resultaría gravoso complacerlos aunque estuviera postrado en el lecho por la enfermedad".

106. Y dijo: "Mi cargo es espiritual: estar sobre los hermanos para contener los vicios y corregirlos. Y, si no puedo reprimirlos y enmendarlos con mis exhortaciones y mi ejemplo, no quiero convertirme en verdugo que castigue y flagele, como hacen los poderes de este mundo. Confío en el Señor que cairán sobre ellos los enemigos invisibles (funcionarios del Señor encargados de castigar en este mundo y en el otro a los transgresores de los mandamientos divinos), y se vengarán haciendo que sean castigados por los hombres de este siglo, con gran vergüenza y confusión suya, y así volverán a su vocación y profesión. Sin embargo, hasta el día de mi muerte no cesaré de enseñar con mi ejemplo y mi vida cómo han de marchar los hermanos por el camino que el Señor me mostró, y que yo les mostré y les enseñé a fin de que no hallen excusa delante del Señor, ni yo tenga que rendir cuentas más tarde ante Dios ni de ellos ni de mí mismo".

106. Por eso, hizo escribir en su testamento que todas las casas de los hermanos debían fabricarse de arcilla y madera, en señal de santa pobreza y humildad, y que las iglesias que habían de constituirse para los hermanos fuesen pequeñas. Es más: quiso que todo esto, y particularmente lo referente a la construcción de las casas dé madera y barro y cuanto hacía a los buenos ejemplos, comenzara a aplicarse en el lugar de Santa María de la Porciúncula, que fue el primer lugar donde, después que estuvieron los hermanos, el Señor comenzó a multiplicarlos; quería que por siempre constituyera un memorial para los hermanos presentes y para los que en el futuro han de entrar en la Religión.

106. Hubo quienes le dijeron que no les parecía bien que las casas se hicieran de barro y madera, porque la madera resultaba más cara que la piedra en muchos lugares y provincias. (El bienaventurado Francisco no quería discutir con ellos, pues estaba muy enfermo y a las puertas de la muerte; efectivamente, murió poco después.)

106. Pero escribió luego en su testamento: "Guárdense los hermanos de recibir en absoluto iglesias y moradas, ni nada de lo que se construye para ellos, si no son como conviene a la santa pobreza que prometimos en la Regla, hospedándose siempre allí como forasteros y peregrinos".

106. Nosotros que estuvimos con él cuando compuso la Regla y casi todos sus escritos, damos testimonio de que en la Regla y otros escritos suyos hizo poner muchas cosas de las que eras contrarios algunos hermanos, particularmente prelados. Y sucede que hoy, después de la muerte del bienaventurado Francisco, serían muy útiles a toda la Religión aquellas cosas a las que algunos hermanos se opusieron. Pero, como tenía tanto horror al escándalo, condescendía de mal grado a los deseos de los hermanos.

106. Decía con frecuencia: "¡Ay de los hermanos que se oponen a lo que sé que es voluntad de Dios para el mayor bien de la Orden! Aunque muy a pesar mío, condescenderé a sus deseos". Y muchas veces decía a sus compañeros: "Este es mi dolor y mi aflicción: que aquellas cosas que consigo de Dios a fuerza de mucha oración y meditación para utilidad actual y futura de toda la Religión y de las que he sido confirmado por El que son según su voluntad, las quitan algunos hermanos valiéndose de su autoridad y de las luces de la ciencia, diciendo: ‘Tales prescripciones se deben guardar y observar; tales otras, no’". Sin embargo, temía . tanto el escándalo, como hemos dicho, que transigía en muchas cosas y condescendía a deseos que iban en contra de su voluntad.

REPARACIÓN DE LAS PALABRAS OCIOSAS E INÚTILES

107. Estaba nuestro Padre junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula. Tenía la costumbre de ocuparse en algún trabajo a una con sus hermanos después de comer, para que ni él ni sus hermanos perdieran, por medio de palabras ociosas e inútiles después de la oración, el bien que con la asistencia de Dios habían ganado en ella. Por eso, un día, para evitar ese lapso de palabras ociosas e inútiles, mandando a sus hermanos que lo observaran, ordenó lo que sigue: "Si un hermano, estando entre los hermanos sin hacer nada o haciendo algo, profiriese alguna palabra ociosa o inútil, esté obligado a recitar una vez el padrenuestro, alabando a Dios al principio y al final de esa su oración. Pero con esta condición: si el transgresor, consciente de su falta, se acusa de ella antes de ser corregido, dirá el padrenuestro y las alabanzas de Dios en bien de su alma; si es advertido por otro hermano antes de que se acuse él mismo, dirá el padrenuestro por el hermano que le ha corregido, según el modo antes indicado. Pero si, advertido por un hermano, trata de excusarse y no quiere recitar el padrenuestro, lo dirá dos veces por el hermano corrector, si del testimonio de éste o tal vez del de otro tercero constase que la palabra vana o inútil había sido pronunciada. Recitará estas alabanzas de Dios al principio y al final de esa oración tan fuerte y clamante, que todos los hermanos presentes las oigan y entiendan; éstos durante tal recitación deben callar y escuchar. Si alguno no guarda silencio y habla mientras el otro reza deberá decir el padrenuestro con las alabanzas de Dios por el rezador. Siempre que un hermano entra a una celda, casa en otro sitio y encuentra allí o en otro sitio a uno o más hermanos, debe alabar y bendecir a Dios diligentemente". El muy santo Padre acostumbraba recitar siempre estas alabanzas, y su gran deseo y voluntad era que también los otros hermanos las dijeran igualmente con fervor y devoción.

DEVOCIÓN A LA EUCARISTÍA

108. Después del capítulo celebrado en el mismo lugar y en el que por primera vez fueron enviados hermanos a algunos países de ultramar, el bienaventurado Francisco, que había quedado allí con algunos hermanos, les dijo: "Mis muy queridos hermanos, yo debo ser modelo y ejemplo para todos. los hermanos. Por tanto, si he enviado a mis hermanos a países lejanos, donde sufrirán fatigas, humillaciones, hambre y pruebas de toda clase, es justo y me parece muy conveniente que también yo vaya a alguna comarca lejana para que mis hermanos puedan sobrellevar con mayor paciencia los sufrimientos y privaciones, sabiendo que también yo los soporto".

108. Y les ordenó: "Id y pedid al Señor para que acierte yo la provincia donde pueda trabajar para mejor gloria suya, provecho y salvación de las almas y buen ejemplo de nuestra Religión. Era, en efecto, costumbre del santísimo Padre, cuando se proponía partir a predicar no sólo en una provincia lejana. sino también en las provincias vecinas, orar y hacer orar a los hermanos para que el Señor le inspirase a dónde debía encaminarse según el deseo de Dios.

108. Los hermanos se retiraron, y, concluida la oración volvieron donde el bienaventurado Francisco, que les habló así: "En nombre de nuestro Señor Jesucristo, de la gloriosa Virgen su madre y de todos los santos, escojo la provincia de Francia, una nación católica que, entre todas las naciones católicas de la santa Iglesia, profesa la más grande veneración al cuerpo de Cristo, lo que me complace sobremanera. Por eso, me será muy grato estar con sus gentes".

108. El bienaventurado Francisco tenía, -en efecto-, grandísima reverencia y devoción al cuerpo de Cristo. Por ello, quiso escribir en la Regla que, en las provincias donde morasen, los hermanos debían tener cuidado y preocupación del mismo, y debían predicar y exhortar a los clérigos y sacerdotes a que tuviesen el cuerpo de Cristo en lugar decente y conveniente; si éstos no lo hacían, quería que lo hicieran los hermanos.

108. Y en cierta ocasión quiso también enviar por todas las provincias algunos hermanos con copones para que colocasen en ellos con respeto el cuerpo de Cristo cuando lo hallasen colocado en contra de las normas. Por reverencia al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, quiso también insertar en la Regla que, "si los hermanos hallan escritos con las palabras y los nombres del Señor por los que se confecciona el santísimo sacramento no bien colocados o tirados indecorosamente por el: suelo, los recojan y levanten, honrando de esta manera al Señor en las palabras que El pronunció; muchas cosas se santifican, en verdad, por las palabras de Dios, y el sacramento del altar se realiza por la virtud de las palabras de Cristo".

108. Y aunque no escribió esta prescripción en la Regla, sobre todo porque los ministros no juzgaron oportuno ponerla como precepto, el santo Padre quiso manifestar a los hermanos en su testamento y en sus escritos su voluntad a este respecto. Quiso también enviar hermanos a todas las provincias con buenos y hermosos utensilios de hierro para la elaboración de las hostias.

108. Escogió el bienaventurado Francisco los hermanos que debían de acompañarle y les ordenó: "En el nombre del Señor, id de dos en dos en compostura y, sobre todo, en silencio, orando al Señor en vuestros corazones desde la mañana hasta después de tercia. Evitad las palabras ociosas o inútiles, pues, aunque vayáis de camino, vuestro comportamiento debe ser tan digno como cuando estáis en el eremitorio o en la celda. Pues dondequiera que estemos o a dondequiera que vayamos, llevamos nuestra celda con nosotros; nuestra celda, en efecto, es el hermano cuerpo, y nuestra alma es el ermitaño, que habita en ella para orar a Dios y para meditar. Si nuestra alma no goza de la quietud y soledad en su celda, de poco le sirve al religioso habitar en una celda fabricada por mano del hombre".

108. Cuando llegaron a Arezzo, casi la ciudad entera era presa de un escándalo espantoso y de una guerra que se mantenía día y noche. Había, en efecto, dos facciones que se odiaban desde tiempos atrás. El bienaventurado Francisco se alojó en un hospital a las afueras de la ciudad. En seguida se percató de la situación, y, al oír tanto alboroto y fragor durante el día y durante la noche, se persuadió de que eran los demonios quienes gozaban de ello e incitaban a todos los habitantes de la ciudad a destruirla por el fuego y otros medios peligrosos. Movido a piedad en favor de la ciudad, llamó al hermano Silvestre, sacerdote, hombre de Dios, de fe sólida y de una simplicidad y pureza admirables. El santo Padre le veneraba como a santo. "Vete - le dijo - a la puerta de la ciudad y en alta voz ordena a los demonios que salgan todos ellos de esta ciudad". El hermano Silvestre se levantó, marchó a la entrada de la ciudad y gritó con todas sus fuerzas: "Loado y bendito sea el Señor Jesucristo. De parte de Dios todopoderoso y en virtud de la santa obediencia a nuestro santísimo padre Francisco, ordeno a todos los demonios que salgan de esta ciudad".

108. Y gracias a la bondad de Dios y a la plegaria del bienaventurado Francisco, sin más predicación, se restablecieron al poco tiempo la paz y concordia entre aquellos ciudadanos. Al no poder predicarles en esta ocasión, el bienaventurado Francisco les dijo más tarde en el primer sermón que les dirigió: "Vengo a hablaros como a gente encadenada por los demonios. Vosotros mismos, por vuestra miseria, os encadenasteis y os vendisteis, como se vende a los animales en el mercado; os entregasteis en manos de los demonios al someteros a la voluntad de aquellos que se destruyen a sí mismos y continúan destruyéndose y quieren vuestra ruina y la de toda la ciudad. Sois miserables e ignorantes, pues no reconocéis los beneficios de Dios; pues, aunque algunos de vosotros lo ignoren, en cierta ocasión liberó a esta ciudad por los méritos de un hermano muy santo llamado Silvestre".

108. Habiendo llegado el bienaventurado Francisco a Florencia, encontró allí al señor Hugolino, obispo de Ostia, que más tarde fue papa. Este había sido enviado por el papa Honorio como legado al Ducado, a Toscana, Lombardía y la Marca de Treviso hasta Venecia . El señor obispo se alegró mucho de la llegada del santo Padre.

108. Pero, cuando le oyó que quería ir a Francia, se lo prohibió, diciéndole: "Hermano, no quiero que vayas a las partes ultramontanas, pues hay en la curia romana prelados y otras gentes que muy a gusto impedirían el bien de tu Religión. Otros cardenales y yo que la amamos, de muy buena gana la protegeremos y ayudaremos si permaneces en los alrededores de esta provincia".

108. El bienaventurado Francisco le respondió: "Señor, es muy vergonzoso para mí quedarme en estas provincias mientras he enviado a mis hermanos a países lejanos". El señor obispo le replicó en son de reproche: "¿Por qué enviaste a tus hermanos tan lejos a morir de hambre y a sufrir tantas calamidades?" El bienaventurado Francisco respondió con gran fervor y con espíritu de profecía: "Señor, ¿pensáis y creéis que el Señor Dios ha enviado a los hermanos sólo para estas provincias? Os digo de verdad: Dios ha elegido y enviado a los hermanos para provecho y salvación de todos los hombres del mundo entero; serán recibidos no sólo en los países de fieles, sino también de infieles. Y, con tal de que observen lo que prometimos al Señor, El les proveerá de lo necesario tanto en tierra de infieles como en la de fieles".

108. El señor obispo quedó admirado de estas palabras y reconoció que tenía razón, pero no le permitió marchar a Francia; el bienaventurado Francisco envió a aquel país al hermano Pacífico con otros hermanos , regresando él al valle de Espoleto.

RETRATO DEL VERDADERO HERMANO MENOR

109. Como se aproximaba la celebración del capítulo que se había de celebrar junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, el bienaventurado Francisco dijo un día a su compañero: "No me consideraré hermano menor mientras no tenga lo que te voy a decir: piensa que los hermanos vienen con gran devoción y veneración a visitarme y me invitan al capítulo, y yo, conmovido por su devoción, voy al capítulo con ellos. Estando todos reunidos, me piden que anuncie la palabra de Dios a toda la asamblea. Me levanto y hablo según me inspira el Espíritu Santo. Supongamos que al término de mi sermón reflexionan y se levantan contra mí, diciendo: ‘No queremos que reines sobre nosotros , no tienes elocuencia, eres muy simple; nos avergonzamos de tener por superior a uno tan simple y despreciable; en adelante no tengas la pretensión de decir que mes nuestro prelado’. Y me desprecian y me expulsan del capítulo. Pues bien, no me consideraría hermano menor si no me siento tan gozoso cuando me vilipendian y me arrojan vergonzosamente porque no me quieren de superior, como cuando me honran y veneran, a condición de que el provecho de ellos sea igual en entrambos casos. Pues, si me congratulo de su aprovechamiento y devoción cuando me exaltan y honran - que en esto puede correr peligro mi alma - , más he de alegrarme y regocijarme, por mi aprovechamiento y el bien de mi alma cuando me vituperan y arrojan vergonzosamente, ya que esto es para mí una ganancia".

LA HERMANA CIGARRA

110. Era en verano. El bienaventurado Francisco moraba en el mismo lugar y habitaba la última celda, cerca del seto del jardín detrás de la casa; la misma celda que, después de la muerte del Santo, habitaba el hermano Rainerio el hortelano. Un día, al bajar de aquella celdilla, vio al alcance de su mano una cigarra posada en una rama de la higuera que hay junto a la celda. Extendió la mano hacia la cigarra y le habló: "Ven, mi hermana cigarra". En seguida ésta trepa a lo largo de sus dedos; mientras la acaricia con un dedo de la otra mano, le dice: "Canta, mi hermana cigarra". Ella le obedeció en seguida y se puso a cantar, lo cual inundó de consuelo al bienaventurado Francisco, que también se puso a alabar a Dios. Así transcurrió una hora larga. Luego la colocó en la misma rama de la higuera de donde la había tomado.

110. Cada vez que el Santo bajaba de su celda durante ocho días, la hallaba en el mismo sitio, la ponía en su mano, y tan pronto le decía, acariciándola, que cantase, ella cantaba. Pasados los ocho días, dijo a sus compañeros: "Vamos a dar permiso a la hermana cigarra para que vaya a donde quiera. Nos ha consolado bastante. Y podría ser ocasión de vanagloria para nuestra carne". Recibido el permiso, partió la cigarra y no volvió a aparecer.

110. Los compañeros admiraron la obediencia y la mansedumbre que mostró la cigarra al bienaventurado Francisco. Tanta alegría encontraba él en las criaturas por amor del Creador, que el Señor, para consuelo de su alma y de su cuerpo, amansaba las criaturas que para el resto de los hombres son salvajes.

QUIERE SER EJEMPLO PARA TODOS LOS HERMANOS

111. En cierta ocasión, el bienaventurado Francisco residía en la ermita de San Eleuterio, cerca del castro llamado Condigliano, en la comarca de Rieti. Como no vestía más que una túnica, por razón del frío intenso que hacía y de la necesidad manifiesta reforzó interiormente con algunos retazos su túnica y la de su compañero. Con ello encontró algún alivio su cuerpo.

111. Poco después, al regresar un día de la oración, con gran alegría dijo a su compañero: "Debo ser modelo y ejemplo para todos los hermanos. Por tanto, aunque mi cuerpo necesite llevar la túnica reforzada con retazos, debo pensar en mis hermanos, que, teniendo esta misma necesidad, acaso no tienen ni pueden tener la posibilidad de hacer otro tanto. Entonces yo debo ponerme en su situación y soportar sus privaciones, a fin de que ellos las sobrelleven más pacientemente viendo mi modo de obrar".

111. Nosotros que hemos vivido con él no podríamos contar cuántas fueron las veces que negó a su cuerpo lo necesario en la comida y en el vestido para dar buen ejemplo a los hermanos, y para ayudarles así a soportar más pacientemente su indigencia. En todo tiempo, pero especialmente cuando el número de hermanos comenzó a crecer y él renunció al cargo de superior, el principal y supremo cuidado del bienaventurado Francisco fue enseñar a sus hermanos, con las obras más que con las palabras, lo que debían hacer y lo que debían evitar.

¿QUIÉN HA PLANTADO LA RELIGIÓN DE LOS HERMANOS?

112. Un día, viendo y oyendo que algunos hermanos daban mal ejemplo en la Orden y que otros hermanos se apartaban de la cima de su profesión, con el corazón dolorido se dirigió al Señor en la oración para decirle: "Señor, te confío la familia que me diste". El Señor le respondió: "Dime: ¿por qué estás tan triste cuando un hermano abandona la Religión u otros no van por el camino que te mostré? Dime: ¿quién ha plantado la Religión de los hermanos? ¿Quién hace que el hombre se convierta para que en la religión haga penitencia? ¿Quién da la fuerza para perseverar? ¿No soy yo?"

112. Y le fue dicho en espíritu: "No escogí en tu persona a un sabio, ni a un hombre elocuente para gobernar mi familia religiosa, sino a un hombre simple, para que sepas tú y sepan los demás que soy yo quien vigilaré sobre mi grey. Te puse en medio de los hermanos como un signo para que las obras que hago en ti las vean ellos y las pongan, a su vez, en práctica. Los que andan por mis caminos me poseen y me poseerán más plenamente aún; pero los que no quieren andar por ellos serán desposeídos de lo que creen tener. Por eso, te digo que no te aflijas tanto; haz bien lo que haces, trabaja bien lo que trabajas, pues yo he plantado la Religión de los hermanos en la caridad perpetua. Has de saber que la amo tanto, que, si alguno de los hermanos vuelve a su vómito y muere fuera de la Religión, llamaré a otro para que reciba la corona que le estaba designada a aquél. Y, aun en el caso de que ese otro no hubiera nacido, haré que nazca. Y has de saber que amo de corazón la vida y religión de los hermanos; y tanto la amo, que, aun en la hipótesis de que en la Religión de los hermanos no quedaran más que tres, no la abandonaré jamás".

112. Estas palabras confortaron el ánimo del bienaventurado Francisco, que quedaba muy contristado cada vez que tenía noticias de que los hermanos habían dado algún mal ejemplo. Y, aunque no podía impedir del todo la tristeza cuando le contaban alguna falta de los hermanos, sin embargo, después que el Señor le animó con las dichas palabras, las evocaba en su recuerdo y se las repetía a sus hermanos.

112. Les decía también muchas veces en los capítulos y en las exhortaciones: "He resuelto y he prometido guardar la Regla; los hermanos se obligaron también a observarla. Desde que renuncié al cargo de superior de los hermanos, no me siento obligado, en razón de mis enfermedades, sino a darles buen ejemplo para mayor utilidad de mi alma y de la de todos ellos. Pues he aprendido del Señor, y estoy seguro de ello, que, aunque la enfermedad no fuera razón suficiente para retirarme, el mayor servicio que puedo prestar a la Religión es pedir al Señor todos los días que la gobierne, la conserve, la proteja y la defienda, pues a esto me obligué ante el Señor y ante los hermanos: quiero tener que rendir cuentas al Señor si algún hermano se perdiere por mi mal ejemplo". Cuando algún hermano venía a decirle que debía ocuparse más de los asuntos de la Religión, le contestaba: "Los hermanos tienen su Regla; incluso se comprometieron a ella. Y para que ellos no tengan excusa, volví a prometerla ante ellos cuando plugo al Señor hacerme su superior, y quiero continuar en su observancia hasta el fin de mi vida. Por eso, desde que los hermanos saben lo que han de hacer y han de evitar, no me queda sino predicarles con el ejemplo, ya que para esto les he sido dado durante mi vida y después de mi muerte.

NO SUFRE QUE HAYA OTRO MAS POBRE QUE ÉL

113. Yendo en cierta ocasión de predicación por una provincia el bienaventurado Francisco, se encontró con un hombre muy pobre. Ante el espectáculo de tanta pobreza, dijo a su compañero: "La pobreza de este hombre nos avergüenza y nos reprocha nuestra pobreza". "¿Cómo, hermano?", preguntó el compañero. "Es para mí - dijo él - una gran vergüenza el encuentro con uno que es más pobre que yo. He escogido la santa pobreza para hacerla mi señora, mis delicias, mi tesoro espiritual y temporal. Sepa todo el mundo que he hecho profesión de pobreza ante Dios y los hombres. Por eso, debo sentir vergüenza cuando hallo otro más pobre que yo".

CORRIGE A UN HERMANO QUE PIENSA MAL DE UN POBRE

114. El bienaventurado Francisco había llegado al eremitorio de los hermanos de Rocca di Brizio para predicar a las gentes de aquella provincia; el día del sermón se le acercó un hombre pobre y enfermizo. Al verlo, se fijó en su pobreza y enfermedad, y, compadecido, comentaba con su compañero la desnudez y enfermedad del pobre.

112. Su compañero le dijo: "Hermano, es verdaderamente muy pobre, pero puede ser que no haya en toda la provincia otro que sea más rico que él en el deseo". El bienaventurado Francisco le reprendió por no haber hablado bien, y el hermano reconoció su falta. Entonces le preguntó: "¿Quieres hacer la penitencia que te indique?" "Con mucho agrado", contestó. "Pues bien: despójate de la túnica y vete desnudo a postrarte a los pies del pobre; dile cómo has pecado contra él calumniándole y ruégale que ore por ti para que Dios te perdone".

112. Fue el hermano e hizo lo que le había ordenado; luego se levantó, se puso la túnica y regresó. El bienaventurado Francisco le dijo: "¿Quieres que te diga cómo has pecado contra ese, pobre y hasta contra el mismo Cristo?" Y añadió: "Cuando ves a un pobre, debes pensar en Aquel en cuyo nombre se te acerca, es decir, en Cristo, que vino a tomar sobre sí nuestra pobreza y nuestras dolencias. La pobreza y la enfermedad de este hombre son un espejo en el que debemos ver piadosamente la pobreza y el dolor que nuestro Señor Jesucristo sufrió en su cuerpo para salvar al género humano".

UNOS BANDIDOS SE CONVIERTEN

115. En el eremitorio que los hermanos tienen encima de Borgo San Sepolcro, sucedió que venían, a veces, unos ladrones a pedir pan a los hermanos; vivían escondidos en los grandes bosques de la provincia, pero de vez en cuando salían de ellos para despojar a los viajamos en la calzada o en los caminos. Algunos hermanos del lugar decían: "No está bien que les demos limosnas, ya que son bandidos que infieren tantos y tan grandes males a los hombres". Otros, teniendo en cuenta que pedían limosna con humildad y obligados por gran necesidad, les socorrían algunas veces, exhortándoles, además, a que se convirtieran e hicieran penitencia.

115. Entre tanto llegó el bienaventurado Francisco al eremitorio. Y como los hermanos le pidieron su parecer sobre si debían o no socorrer a los bandidos, respondió: "Si hacéis lo que voy a deciros, tengo la confianza de que el Señor hará que ganéis las almas de esos hombres". Y les dijo: "Id a proveeros de buen pan y de buen vino y llevadlos al bosque donde sabéis que ellos viven y gritad: ‘¡Venid, hermanos bandidos. Somos vuestros hermanos y os traemos buen pan y buen vino’. En seguida acudirán a vuestra llamada. Tended un mantel en el suelo y colocad sobre él el pan y el vino y servídselos con humildad y buen talante. Después de la comida exponedles la palabra del Señor y por fin hacedles, por amor del Señor, un primer ruego: que os prometan que no golpearan ni harán mal a hombre alguno en su persona. Si pedís de ellos todo de una vez, no os harán caso. Los bandidos os lo prometerán al punto movidos por vuestra humildad y por el amor que les habéis mostrado. Al día siguiente, en atención a la promesa que os hicieron, les llevaréis, además de pan y vino, huevos y queso, y les serviréis mientras comen. terminada la comida, les diréis: "¿Por qué estáis aquí todo el día pasando tanta hambre y tantas calamidades, maquinando y haciendo luego tanto mal? Si no os convertís de esto, perderéis vuestras almas. Más os valdría servir al Señor, que os deparará en esta vida lo necesario para vuestro cuerpo y luego salvará vuestras almas. Y el Señor, en su misericordia, les inspirará que se conviertan por la humildad y caridad que habéis tenido con ellos".

115. Se levantaron los hermanos y obraron según el consejo del bienaventurado Francisco. Los bandidos, por la gracia y la misericordia de Dios, que descendió sobre ellos, aceptaron y cumplieron a la letra punto por punto todas las peticiones hechas por los hermanos; y, agradecidos a la familiaridad y caridad que les mostraron los hermanos, empezaron a llevar a hombros leña para el eremitorio. Así, por la misericordia de Dios y gracias a la caridad y bondad que los hermanos tuvieron con ellos, unos ingresaron en la Religión, otros se convirtieron a la penitencia y prometieron ante los hermanos no cometer más tales fechorías y vivir en adelante del trabajo de sus manos.

115. Mucho se admiraron los hermanos y cuantos oyeron y conocieron lo sucedido con los ladrones; les hacía ver la santidad del bienaventurado Francisco: tan pronto se convirtieron al Señor quienes mas pérfidos e inicuos, según él lo había anunciado.

DESCUBRE EL ENGAÑO DE UN HERMANO QUE PASABA POR SANTO

116. Había un hermano que llevaba una vida santa y ejemplar: día y noche se dedicaba a la oración y guardaba un silencio tan riguroso, que, a veces, cuando se confesaba con un hermano sacerdote, lo hacía por señas, sin decir una sola palabra. Parecía ser muy devoto y fervoroso en el amor de Dios: cuando se sentaba con los hermanos, aunque no hablase, manifestaba tanta alegría interior y exterior al escuchar cualquiera conversación piadosa, que movía a devoción a los hermanos y a todos los que le veían. Todos le miraban como a un santo.

116. Llevaba este hermano muchos años en este género de vida cuando llegó el bienaventurado Francisco al lugar donde él moraba. Al enterarse de su manera de actuar, dijo a los otros hermanos: "Sabed en verdad que es una tentación diabólica y un engaño, pues no quiere confesarse".

116. Llegó allí el ministro general para visitar al bienaventurado Francisco, y ante éste comenzó a elogiar al hermano. El bienaventurado Francisco le dijo: "Créeme, hermano, que éste está engañado y es conducido por el espíritu maligno". A lo que el ministro general respondió: "Me parece asombroso y casi increíble que un hombre en el que vemos tantas señales y obras de santidad, pueda ser lo que dices". "Haz la prueba - replicó Francisco - . Mándale que se confiese dos veces, o al menos una cada semana. Si no te hace caso, sábete que es verdad lo que te he dicho".

116. Un día en que el ministro general hablaba con este hermano, aprovechó la ocasión para decirle: "Hermano, quiero firmemente que te confieses dos veces, o al menos una por semana". El hermano puso un dedo sobre los labios y movió la cabeza, dando a entender con los gestos que no lo haría. El ministro no insistió más por temor a escandalizarle.

116. Pocos días después, este hermano abandonó voluntariamente la Religión y tornó al siglo vistiendo de seglar. Cierto día, dos de los compañeros del bienaventurado Francisco que iban de camino encontraron a este hombre que andaba solo, como un pobrísimo peregrino. Compadecidos, le dijeron: "Pobrecito, ¿dónde está la vida piadosa y santa que tu llevabas? No querías darte a conocer a tus hermanos ni les hablabas, amante de la vida solitaria. Y ahora vas por el mundo como hombre que no conoce a Dios y a sus siervos". Comenzó a hablarles, perjurando como suelen los hombres del mundo. Dijéronle los hermanos: "Desgraciado, ¿por qué perjuras como los hombres del mundo, cuando en otro tiempo, estando en la Religión, te abstenías no sólo de palabras ociosas, sino incluso de las buenas?" A lo que respondió: "No puede ser de otro modo". Y se separaron. Pocos días después murió.

116. Los hermanos y otras personas admiraron el hecho y se percataron de la santidad del bienaventurado Francisco, que había anunciado su caída cuando era considerado como un santo por los hermanos y otros hombres.

PERSECUCIONES DIABÓLICAS Y CONSUELOS

117. Una vez, el bienaventurado Francisco fue a Roma para visitar al señor Hugolino, obispo de Ostia, que más tarde fue papa. Después de estar con él unos días, y con su anuencia, fue a visitar al señor León, cardenal de Santa Cruz . Era éste muy afable y cortés y tenía suero gusto en estar con el bienaventurado Francisco, a quien veneraba profundamente. Por eso, suplicó a éste con entera devoción que se quedara algunos días con él, pues, siendo invierno, arreciaba el frío y casi todos los días corría un viento fuerte y llovía mucho, como suele ocurrir en esa época del año. "Hermano - le dijo - , este tiempo no es bueno para viajar. Es mi deseo que, si no tienes inconveniente, te quedes en mi casa hasta que el tiempo mejore para viajar; como todos los días doy de comer a cierto número de pobres, recibirás la comida en lugar de uno de ellos". El señor cardenal le hablaba así porque sabía que, aun siendo de tanta santidad que era venerado como santo por el señor papa, por los cardenales y por todos los magnates de este mundo que le conocían, el bienaventurado Francisco en su humildad quería ser recibido siempre como un pobrecillo dondequiera le ofrecieran hospitalidad . Y añadió: "Voy a poner a tu disposición una buena casa retirada, donde podrás comer y orar según lo desees".

117. Estaba con el señor cardenal el hermano Ángel Tancredi , uno de los doce primeros hermanos; dijo éste al bienaventurado Francisco: "Hermano, hay cerca de aquí, en la muralla de la ciudad, una bella torre amplia y espaciosa, con nueve galerías. Allí podrás encontrarte tan apartado del bullicio como en un eremitorio". "Vamos a verla", respondió el bienaventurado Francisco.

117. Cuando la vio le agradó, y, volviendo a donde el señor cardenal, le dijo: "Señor, acaso quede con vos algunos días". El señor cardenal se alegró. Fuese el hermano Ángel y dispuso la torre de manera que el bienaventurado Francisco con su compañero pudieran habitarla de día y de noche, pues, en tanto fuese huésped del cardenal, no quería bajar de allí ni de día ni de noche; el hermano Ángel se ofreció a darles la comida al bienaventurado Francisco y a su compañero desde fuera, pues ni él ni otro debía llegarse a donde él.

117. Marchó el bienaventurado Francisco con su compañero a establecerse en la torre. La primera noche, cuando se disponía a conciliar el sueño, cayeron sobre él los demonios y le apalearon fuertemente. En seguida gritó a su compañero, que estaba alejado de él: "Ven aquí". El hermano se levantó y acudió presuroso. El bienaventurado Francisco le dijo: "Hermano, los demonios me han golpeado con dureza; quiero que quedes aquí conmigo, por que tengo miedo de estar solo". El hermano permaneció junto a él toda la noche. El bienaventurado Francisco temblaba como quien tiene fiebre. Los dos estuvieron de vigilia toda la noche.

117. El bienaventurado Francisco hablaba con su compañero y le decía: "¿Por qué me habrán apaleado los demonios? ¿Por qué habrán recibido del Señor permiso para hacerme mal?" Y proseguía así en su reflexión: "Los demonios son mandatarios de nuestro Señor. Lo mismo que el podestá envía sus guardias para castigar a un culpable, también el Señor corrige y castiga a los que ama por medio de sus guardias, es decir, los demonios, que en esta función son sus ministros. Ocurre frecuentemente que aun el religioso perfecto peca por ignorancia .

117. "Por eso, como ignora su pecado, es castigado por el diablo, para que por este castigo vea y considere diligentemente en su interior y exterior en qué ha ofendido, pues nada queda impune en aquellos a quienes ama el Señor más tiernamente en esta vida. En cuanto a mí, puedo decir que, por la gracia y bondad de Dios, no veo falta alguna de la que no me haya purificado por la confesión y satisfacción.

117. "Más aún, en su misericordia, me ha concedido el don de conocer en la oración las cosas en que le puedo agradar o desagradar. Mas puede ser, según pienso, que el Señor ha querido castigarme por medio de sus mandatarios por el motivo siguiente: sin duda, el señor cardenal me trata con bondad de buen grado; mi cuerpo tiene necesidad de cuidados, y yo los puedo aceptar de él con confianza; pero mis hermanos, que andan por el mundo sufriendo hambre y toda clase de tribulaciones y los que viven en casas pobrecillas y en los eremitorios, al oír que soy huésped del señor cardenal, podrán tener pretexto para murmurar contra mí. Podrán decir: ‘Mientras nosotros sufrimos toda suerte de privaciones, él tiene sus consuelos’.

117. "Por esto, tengo que darles siempre buen ejemplo; máxime teniendo en cuenta que para eso les he sido dado. Los hermanos quedan más edificados cuando vivo con ellos en lugares pobrecillos que cuando estoy en otros lugares; sobrellevan sus tribulaciones con más paciencia cuando oyen y saben que también yo las sufro con ellos". Y, aunque el bienaventurado Francisco fuese enfermo de siempre - estando en el siglo era ya delicado y endeble de constitución - y día a día hasta su muerte fuese enfermo cada vez más, sin embargo, consideraba que tenía que dar buen ejemplo a los hermanos y que debía evitar siempre a éstos todo motivo de murmuración, de suerte que no pudieran decir: "El tiene todo lo necesario y nosotros no lo tenemos". Y fueron tantas las privaciones, que, sano o enfermo, se quiso imponer hasta el día de su muerte, que cuantos tuvieren noticia de ellas como la tenemos nosotros que por algún tiempo convivimos con él hasta el fin de sus días - y las quisieren recordar, no podrán contener sus lágrimas, y, si sufren necesidades y tribulaciones, las soportarán con mayor paciencia.

117. El bienaventurado Francisco bajó muy temprano de la torre y se fue a contar al señor cardenal todo lo que había pasado y todo lo que había comentado con su compañero. Y añadió: "Las gentes tienen gran confianza en mí y me creen un santo. Pero ahora sucede que los demonios me han arrojado de la cárcel". El quería vivir, en efecto, retirado en aquella torre como en una cárcel, sin hablar con nadie más que con su compañero. Mucho se alegró el señor cardenal de verle otra vez; pero, porque le reconocía y veneraba como a un santo, quedó satisfecho de su decisión de no permanecer allí más tiempo. Habiendo conseguido el bienaventurado Francisco el consentimiento para partir, volvió al eremitorio de San Francisco de Fonte Colombo, cerca de Rieti.

LA VISIÓN DEL SERAFÍN EN EL MONTE ALVERNA

118. El bienaventurado Francisco llegó un día al eremitorio del monte Alverna, lugar que le agradó tanto por su aislamiento, que decidió hacer allí una cuaresma en honor de San Miguel Había llegado al lugar antes de la fiesta de la Asunción de la gloriosa Virgen María; contó los días que separaban la fiesta de Santa María de la de San Miguel: mas cuarenta. Entonces dijo: "En honor de Dios y de la bienaventurada Virgen María, su madre, y del bienaventurado Miguel, príncipe de los ángeles y de las almas, quiero hacer aquí una cuaresma"

118. Entró en la celda que pensaba ocupar continuamente durante todo ese tiempo; la primera noche rogó al Señor que le diera una señal de si era voluntad divina que él se quedara allí. Es que, cuando el bienaventurado Francisco se detenía en algún lugar para orar o cuando iba por el mundo a predicar, se preocupaba siempre de conocer la voluntad del Señor para poder agradarle más. Temía algunas veces que, so pretexto de retirarse a la soledad para orar, su cuerpo buscase en realidad descansar y rehuir las fatigas de ir por el mundo a predicar, que es por lo que Cristo bajó del cielo a éste mundo. Incluso hacía que los que él estimaba queridos del Señor rogaran para que les revelara si su deseo era que fuese a predicar por el mundo o si en alguna ocasión quería que quedara en un lugar solitario para dedicarse a la oración .

118. Estaba orando al despuntar el día, cuando pájaros de todas clases vinieron a posarse sobre la celda que habitaba. Pero no todos al mismo tiempo: venía uno, que desgranaba su dulce melodía y se retiraba; venía otro, cantaba y remontaba el vuelo, y así los demás. Este hecho fue para el bienaventurado Francisco motivo de gran admiración y de inmenso consuelo. Como quería saber lo que esto significaba, oyó interiormente la voz del Señor: "Esto es señal de que el Señor te hará bien en esta celda y en ella te concederá muchos consuelos". Y así fue en verdad. Efectivamente, entre otras muchas consolaciones ocultas o manifiestas que le otorgó el Señor, destaca la visión del serafín: inundó su alma de un inmenso consuelo, que, renovando los lazos de sus relaciones con el Señor, perduró a lo largo de su vida. Cuando su compañero le trajo la comida aquel día, le contó todo lo acontecido.

118. Fueron muchas las consolaciones que conoció en esta celda; pero, según refirió a su compañero, los demonios le hicieron sufrir muchas tribulaciones por las noches. Por eso dijo una vez: "Si supieran los hermanos todo lo que me hacen sufrir los demonios, ninguno de ellos me negaría su piedad y compasión". Por eso, según hizo saber muchas veces a sus compañeros, no podía él prestar a sus hermanos la atención que requerían ni mostrarles la familiaridad que deseaban.

EL EPISODIO DE LA ALMOHADA EN GRECCIO

119. En cierta ocasión, el bienaventurado Francisco moraba en el eremitorio de Greccio. Día y noche permanecía para orar en la celda del fondo, la que está detrás de la celda mayor. Una noche, durante el primer sueño, llamó a su compañero, que ocupaba la celda grande y más antigua. Este se levantó en seguida, se fue a él y entró en el zaguán junto a la puerta de la celdilla en que estaba acostado el bienaventurado Francisco. Este le habló: "Hermano, esta noche ni he podido dormir ni estar erguido para hacer oración l, pues la cabeza me da vueltas y me tiemblan las piernas; parece como que hubiera comido pan de cizaña". Su compañero trataba de consolarle con palabras de compasión

119. El bienaventurado Francisco dijo: "Yo creo que el demonio se ha metido en la almohada en que apoyo la cabeza". Esta almohada de plumas se la había adquirido de víspera el señor Juan de Greccio, a quien el Santo quería con gran cariño y a quien durante toda su vida dio muestras de mucha familiaridad. Desde que salió del siglo, nunca quiso dormir el bienaventurado Francisco en colchón o usar almohada de plumas ni por motivo de enfermedad ni por ningún otro motivo. Mas esta vez los hermanos le habían obligado, contra su voluntad, a aceptar la almohada por causa de la muy grave enfermedad de los ojos.

119. Tiró, pues, la almohada a su compañero. Este la recogió con la mano derecha, se la colocó en el hombro izquierdo teniéndola asida con la mano derecha y salió fuera del zaguán. Al instante perdió el habla, y no podía mover los brazos ni las manos ni desprenderse de la almohada. Estaba en pie, rígido, como un hombre privado del sentido, e inconsciente de lo que pasaba en él y a su alrededor. Llevaba así, más o menos, una hora, cuando, por la misericordia de Dios, le llamó el bienaventurado Francisco. Al instante volvió en sí y tiró la almohada tras sus espaldas y se acercó al bienaventurado Francisco y le contó cuanto había ocurrido

119. El bienaventurado Francisco le dijo: "Esta tarde, cuando rezaba completas, sentí que el diablo entraba en la celda". Pero después que descubrió ser verdad que era el diablo quien le había impedido dormir o estar erguido para orar, dijo a su compañero: "El demonio es muy astuto y sagaz. Puesto que, por la misericordia y gracia de Dios, no puede hacer mal a mi alma, quiere impedir que satisfaga las necesidades del cuerpo, no dejándome ni dormir ni estar erguido para orar. Lo que busca es quitarme la devoción y la alegría del corazón para que me queje de la enfermedad".

119. Durante largos años sufrió mucho del estómago, del bazo, del hígado y de los ojos. Sin embargo, tenía tanto fervor y oraba con tanta reverencia, que no se permitía, durante la plegaria, apoyarse en el muro o tabique; se mantenía siempre de pie, con la cabeza descubierta, y algunas veces de rodillas, sobre todo cuando pasaba en oración la mayor parte del día y de la noche. Incluso cuando iba a pie por el mundo, se detenía siempre para rezar las horas. Si, por sus continuas enfermedades, cabalgaba, se apeaba para decir las horas.

COMO REZABA EL OFICIO DIVINO. LA ALEGRÍA ESPIRITUAL

120. Volvía en cierta ocasión de Roma - era cuando se hospedó por algunos días en casa del señor León - ; el día en que salió de la ciudad llovió de la mañana a la noche. Como estaba muy enfermo, iba a caballo; pero para recitar sus horas se apeó y se mantuvo de pie a la orilla del camino a pesar de la lluvia, que le calaba completamente. El decía: "Si el cuerpo quiere estar sosegado y tranquilo para tomar un alimento que vendrá a ser comida de los gusanos juntamente con él, con cuánta paz y serenidad debe tomar el alma su alimento, que es Dios mismo".

120. Decía también: "El diablo se alegra mucho cuando puede apagar o impedir la devoción y el gozo interior producido en el siervo de Dios por una oración pura o por otras buenas obras. Cuando el demonio consigue apropiarse algo del siervo de Dios y éste no tiene la sabiduría de anularlo o destruirlo cuanto antes por medio de la confesión, contrición y satisfacción, en breve el primer cabello, al que irán sumándose otros nuevos, lo convertirá en viga".

120. Y afirmaba: "El comer, dormir y otras necesidades corporales deben ser satisfechas con discreción por el siervo de Dios, para que el hermano cuerpo no pueda murmurar: ‘No puedo estar erguido y dedicarme a la oración, ni alegrarme en las tribulaciones, ni realizar otras buenas obras, porque no me das lo que necesito".

120. Decía también: "Si el siervo de Dios atiende con discreción a su cuerpo y lo cuida de modo conveniente y honesto, y, no obstante, el hermano cuerpo es perezoso, negligente o somnoliento en la oración, las vigilias y otras buenas obras del alma, lo debe castigar como a bestia mala y perezosa que quiere comer y se niega a ganar y a llevar la carga. Y si, por escasez y pobreza, el hermano, sano o enfermo, no puede tener las cosas necesarias y, pidiéndoselas por amor de Dios correctamente y con humildad a su hermano o a su prelado, no se las dan, sufra pacientemente por el amor del Señor, y El le concederá el mérito del martirio. Y por cuanto hizo lo que dependía de él, es a saber, por haber pedido lo que necesitaba, se le excusa de pecado, aun cuando el cuerpo se enferme más gravemente a causa de esa privación".

120. A pesar de que el bienaventurado Francisco fue siempre, desde el principio de su conversión hasta el día de su muerte, muy duro con su cuerpo, su principal y supremo cuidado fue tener y conservar en todo momento, interior y exteriormente, la alegría espiritual. Decía que, si el siervo de Dios se esforzase en poseer y conservar la alegría interior y exterior que procede de la pureza del corazón, los demonios no podrán hacerle mal alguno; por el contrario, se verán obligados a decir: "Como este siervo de Dios conserva su alegría tanto en la tribulación como en la prosperidad, no podemos hallar entrada alguna para penetrar en él ni nos es posible dañarle".

120. En cierta ocasión reprendió a uno de sus compañeros, al que veía triste y con el semblante sombrío, y le dijo: "¿Por qué manifiestas así la tristeza y el dolor que sientes por tus pecados? Esto es asunto para vosotros dos: Dios y tú. Pídele que te devuelva, por su misericordia, el gozo de su salvación . Delante de mí y de los otros, trata de mostrarte siempre alegre, porque no es conveniente que un siervo de Dios aparezca ante su hermano u otro cualquiera, agrio y con el semblante acongojado.

120. "Yo sé que los demonios tienen envidia de mí por todas las gracias que he recibido de la misericordia del Señor. Como no pueden hacerme daño directamente en mi persona, se esfuerzan en hacérmelo en mis compañeros. Pero, si no pueden conseguir su propósito ni en mí ni en mis compañeros, se retiran llenos de confusión. Si alguna vez me encontrara yo tentado y abatido, pienso que sería suficiente ver la alegría de mi compañero para pasar, por este motivo, de la tentación y abatimiento a la alegría interior y exterior".