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Diccionario de las Fuentes  Introducción a las fuentes

LEYENDA DE PERUSA

SU CUERPO SERÁ HONRADO DESPUÉS DE LA MUERTE

4. Un día, mientras el bienaventurado Francisco yacía enfermo en el palacio episcopal de Asís , un hermano, hombre espiritual y santo, le dijo en son de broma y riendo: "¿Por cuánto vendes tus sayales al Señor? Muchos baldaquines y paños de seda se alzarán y se extenderán sobre este tu cuerpo, vestido ahora de saco". El santo Francisco llevaba entonces, por razón de la enfermedad, una gorra de piel recubierta del mismo sayal que el vestido. El bienaventurado Francisco, , más bien, el Espíritu Santo hablando por su boca, respondió con un gran fervor de espíritu y con alegría: "Dices la verdad, porque así será".

BENDICE LA CIUDAD DE ASÍS MIENTRAS ES LLEVADO A LA PORCIÚNCULA

5. El bienaventurado Francisco permanecía todavía en el mismo palacio; pero, viendo que su mal empeoraba de día en día, hizo que le llevasen en camilla junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, pues no podía ir a caballo, ya que se había agravado su enfermedad.

5. Al pasar junto al hospital, pidió a los que lo llevaban que dejaran la camilla en el suelo; y como, a consecuencia de la gravísima y larga enfermedad de los ojos, apenas podía ver, pidió que le giraran la camilla de suerte que quedara con el rostro vuelto a la ciudad de Asís. Enderezándose un poco, bendijo la ciudad, diciendo: "Señor, creo que esta ciudad fue en tiempos antiguos morada y refugio de hombres malos e injustos, mal vistos en todas estas provincias; pero veo que, por tu misericordia sobreabundante, cuando tú has querido, le has manifestado las riquezas de tu amor, para que ella sea estancia y habitación de quienes te conozcan, den gloria a tu nombre y difundan en todo el pueblo cristiano el perfume de una vida pura, de una doctrina ortodoxa y de una buena reputación. Te pido, por tanto, Señor Jesucristo, Padre de las misericordias , que no tengas en cuenta nuestra ingratitud, sino que recuerdes siempre la abundante misericordia que has mostrado en esta ciudad, para que ella sea siempre morada y estancia de quienes te conozcan y glorifiquen tu nombre bendito y glorioso en los siglos de los siglos. Amén". Acabada esta plegaria, le llevaron a Santa María de la Porciúncula.

BUSCA SIEMPRE LA VOLUNTAD DEL SEÑOR

6. Desde el día de su conversión hasta el de su muerte, el bienaventurado Francisco estuvo siempre - en salud enfermedad - atento a conocer y a cumplir la voluntad del Señor.

AL ANUNCIO DE SU PRÓXIMA MUERTE, SE HACE CANTAR EL CÁNTICO DE LAS CRIATURAS

7. En cierta ocasión dijo un hermano al bienaventurado Francisco: "Padre, tu vida y tu proceder fueron, y son ahora, una luz y un espejo no sólo para tus hermanos, sino también para la Iglesia universal de Dios. Así será también tu muerte. Ella causará a los hermanos y a innumerables personas gran dolor y tristeza, mas para ti será un inmenso consuelo y gozo infinito. Tú pasarás, en efecto, de un gran trabajo, a un gran reposo; de un mar de dolores y tentaciones, al gozo infinito; de la estricta pobreza que siempre has amado y practicado voluntariamente desde tu conversión hasta el último día, a riquezas inmensas, verdaderas e infinitas; de la muerte temporal, a la vida eterna, donde verás sin cesar, cara a cara, al Señor tu Dios, a quien has contemplado en este mundo con tanto fervor, deseo y amor".

7. Y añadió, ya sin rodeos: "Padre, es necesario que sepas que, si el Señor no envía desde el cielo un remedio para tu cuerpo, tu enfermedad es incurable y vas a vivir poco tiempo, según dijeron ya los médicos. Te hablo así para confortar tu espíritu, para que te alegres de continuo en el Señor interior y exteriormente; sobre todo, para que los hermanos y cuantos vienen a verte te encuentren alegre en el Señor, pues saben y. están persuadidos de que vas a morir muy pronto; y con el fin de que, para los que presencien esto y para los que lo oigan, tu muerte constituya un memorial, como lo ha sido para todos tu vida y tu conducta". Entonces, el bienaventurado Francisco, aunque se encontraba consumido por las enfermedades, alabó al Señor con ardiente fervor de espíritu y gozo interior y exterior, y dijo: "Pues, si pronto voy a morir, llamad al hermano Ángel y al hermano León para que me canten a la hermana muerte".

7. Acudieron en seguida estos hermanos, y, derramando abundantes lágrimas, entonaron el cántico del hermano sol y de las otras criaturas del Señor, que el Santo había compuesto durante su enfermedad para gloria de Dios y consuelo suyo y de los demás. A este canto, antes de la última estrofa, añadió estos versos sobre la hermana muerte: "Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquel que muera en pecado mortal! Bienaventurado aquel a quien encontrare en tus santísimas voluntades, pues la muerte segunda no le hará mal".

ULTIMA VISITA DEL "HERMANO JACOBA"

8. Un día llamó el bienaventurado Francisco a sus compañeros y les dijo: "Vosotros sabéis que la señora Jacoba de Settesoli fue siempre y es muy fiel a nuestra Religión y devota de la misma. Creo que, si le informáis de mi estado, esto será para ella una delicadeza y un gran consuelo. Decidle en especial que! os envíe, para una túnica, un paño monástico de color ceniza como el que fabrican los cistercienses en los países de ultramar; que os envíe también aquel manjar que tantas veces me preparaba cuando estuve en Roma". Los romanos llaman a este pastel "mostaccioli", y se hace con almendras, azúcar miel y otros ingredientes.

8. Esta señora era una viuda muy piadosa y entregada a Dios; estaba emparentada con las familias más nobles y ricas de Roma. Era tan abundante la gracia conseguida de Dios por los méritos y predicación del bienaventurado Francisco, que parecía otra Magdalena, que continuamente lloraba y vivía devotamente por el amor de Dios.

8. Escrita la carta, conforme al deseo del santo Padre, un hermano andaba en busca de otro que pudiese llevarla, cuando de pronto llaman a la puerta. Acude un hermano a abrirla, y se encuentra con la señora Jacoba, que había venido de prisa desde Roma para visitar al bienaventurado Francisco; corrió alegre a comunicarle que acababa de llegar para verle la señora Jacoba, acompañada de su hijo y de muchas otras personas. Y le preguntó: "¿Qué haremos, Padre? ¿Le permitiremos entrar y que venga hasta aquí para verte?" Preguntaba esto porque, por voluntad del bienaventurado Francisco, estaba establecido desde tiempos antiguos que, por el honor y dignidad de aquel lugar, ninguna mujer debía ser introducida en el claustro . El respondió: "Esta regla no es aplicable a esta señora, a quien tal fe y devoción ha hecho venir de tan lejos". Pasó la señora a donde el bienaventurado Francisco, y, al verle, rompió a llorar copiosamente. ¡Oh maravilla! Había traído un paño mortuorio de color ceniza para hacer una túnica y todo lo que en la carta se le pedía que trajera. Al ver esto, todos los hermanos pensaron, con la más viva admiración, en la santidad del bueno de Francisco.

8. Y la señora Jacoba dijo: "Hermanos, estando en oración, oí en mi interior una voz que me dijo: ’Marcha y visita a tu Padre, el bienaventurado Francisco; apresúrate y no pierdas un instante, pues, si tardas, no le hallarás vivo. Debes llevar tal calidad de paño para hacerle una túnica y lo necesario para hacerle tal manjar. Toma también para las velas gran cantidad de cera, e igualmente de incienso’".

8. El bienaventurado Francisco no había ordenado que en el escrito se pidiera incienso, pero el Señor había inspirado a esta señora, para recompensa y consuelo de su alma y para que nosotros conociéramos mejor cuán grande era la santidad de aquel pobrecillo a quien el Padre celestial quería rodear de tanto honor en el momento de su muerte. El que había inspirado a los reyes que llegaran con regalos para honrar al Niño, su Hijo amado, en los días del nacimiento de su pobreza, habló a esta noble señora, que residía lejos, para que viniese con regalos a venerar y honrar al glorioso y santo cuerpo de su santo siervo, que con tanta entrega y fervor amó e imitó, en la vida y en la muerte, la pobreza de su Hijo amado.

8. Esta señora preparó el manjar que el santo Padre había deseado. Pero él comió poco, porque su cuerpo iba desfalleciendo cada día más a causa de su gravísima enfermedad y acercándose a la muerte. Mandó también fabricar muchas velas para que, después de su tránsito, ardieran ante el santo cuerpo. Con el paño que ella había traído, los hermanos hicieron la túnica con que fue enterrado. El mismo ordenó a los hermanos que la cosiesen, superpuesta, una tela burda en señal y ejemplo de la santísima humildad y pobreza. Y sucedió que, según la voluntad de Dios, dentro de la misma semana en que vino la señora Jacoba, el bienaventurado Francisco pasó al Señor.

QUIERE QUE SUS HERMANOS SIRVAN A LOS LEPROSOS

9. Ayudado de Dios y procediendo con sabiduría desde el principio de su conversión, el bienaventurado Francisco se fundamentó a sí mismo y fundamentó la Religión sobre piedra firme, es decir, sobre la excelsa humildad y pobreza del Hijo de Dios, llamándola Religión de los Hermanos Menores’.

9. Sobre la más profunda humildad: por tanto, desde el principio de la Religión, después que los hermanos empezaron a multiplicarse, quiso que viviesen en los hospitales de los leprosos para servir a éstos. En aquella época, cuando se presentaban postulantes, nobles y plebeyos, se les prevenía, entre otras cosas, que habrían de servir a los leprosos y residir en sus casas .

9. Sobre la mayor pobreza: se dice efectivamente en la Regla que los hermanos deben habitar las casas como extranjeros y peregrinos y que nada deben desear tener bajo el cielo si no es la santa pobreza, gracias a la cual el Señor les proporcionará en este siglo alimentos para el cuerpo y virtudes para el alma, y en el futuro conseguirán la herencia celestial .

9. Para sí mismo quiso como fundamento la más perfecta pobreza y humildad, y así, aunque era gran prelado en la Iglesia de Dios, quiso, por libre elección, ser tenido como el último, no sólo en la Iglesia, sino también entre sus hermanos.

SE HUMILLA ANTE EL OBISPO DE TERNI

10. Un día en que predicó al pueblo de Terni en la plaza delante del palacio episcopal, asistía a la predicación el obispo de la ciudad, hombre de discreción y de vida interior. Al terminar el sermón, el obispo se levantó y dirigió al pueblo, entre otras, las siguientes palabras: "Desde el día en que plantó y edificó su Iglesia, el Señor la ha adornado siempre con santos varones, que la han hecho crecer con su palabra y ejemplo. En estos últimos tiempos la ha enriquecido con este hombre pobrecillo, humilde e iletrado (al decir esto, señalaba con el dedo al bienaventurado Francisco ante todo el pueblo). Por eso debéis amar y honrar al Señor y guardaros de todo pecado, pues no ha favorecido tanto a todas las naciones .

10. Acabada la predicación, descendió del lugar desde donde había hablado; el señor obispo y el bienaventurado Francisco entraron en la catedral. Allí, el bienaventurado Francisco se inclinó ante el señor obispo y se arrojó a sus pies, diciéndole: "En verdad os digo, señor obispo, que ningún hombre me ha hecho tanto honor en este mundo como vos ahora. Pues los demás hombres dicen: ’¡Este es un santo!’, atribuyendo la gloria y la santidad a la criatura y no al Creador. Vos, en cambio, como hombre discreto, habéis sabido distinguir lo que es precioso y lo que es vil".

10. Cuando le prodigaban honores y proclamaban su santidad, el bienaventurado Francisco replicaba frecuentemente: "No puedo asegurar que no tendré hijos e hijas". Y añadía: "Si en un momento dado el Señor quisiera quitarme el tesoro que me ha confiado, ¿qué quedaría? Un cuerpo y un alma. También los infieles tienen esto. Debo estar convencido de que, si el Señor hubiera concedido a un ladrón, y hasta a un infiel, bienes tan grandes como a mí, serían más fieles al Señor de lo que soy yo". Y decía también: "En una pintura en tabla representando a nuestro Señor a la bienaventurada Virgen, honramos a éstos y les recordamos; sin embargo, la tabla y la pintura nada se atribuyen por ser tabla y pintura. De igual manera, el siervo de Dios viene a ser una pintura, es decir, una criatura de Dios, en la que éste es honrado por razón de sus beneficios. A ejemplo de la madera y de la pintura, el siervo de Dios nada debe atribuirse a sí mismo, sino que ha de rendir honor y gloria a Dios sólo, y reservarse para sí, mientras viva, vergüenza y tribulación, pues, mientras vive, la carne es siempre enemiga de los beneficios de Dios" .

RENUNCIA AL GOBIERNO DE LA ORDEN Y QUIERE ESTAR SIEMPRE EN DEPENDENCIA DE UN GUARDIÁN

11. El bienaventurado Francisco quiso permanecer humilde entre los hermanos. Para vivir en mayor humildad renunció, pocos años después de su conversión, al cargo de superior en un capítulo que se celebró en Santa María de la Porciúncula . En presencia de todos los hermanos habló así: "A partir de ahora, yo estoy muerto para vosotros; pero aquí tenéis al hermano Pedro Cattani , a quien yo y vosotros obedeceremos". Entonces, todos los hermanos prorrumpieron en llanto y derramaron abundantes lágrimas. Luego, el bienaventurado Francisco, inclinándose ante el hermano Pedro, le prometió obediencia y reverencia. Desde entonces hasta su muerte fue un súbdito más, como cualquiera de los hermanos. Súbdito del ministro general, quiso también serlo de los ministros provinciales: obedecía al ministro de la provincia en que moraba a la que iba por motivo de predicación; pero, para mayor perfección y humildad, ya mucho antes de su muerte dijo en cierta ocasión al ministro general: "Quiero que confíes para siempre tu representación a uno de mis compañeros le obedeceré como a ti, pues, por el bien y el valor de la obediencia, quiero que en vida y en muerte estés siempre conmigo".

11. Desde entonces hasta su muerte, tuvo siempre por guardián a uno de sus compañeros, y a él obedecía como a representante del ministro general. En cierta ocasión dijo a sus compañeros: "Entre otras gracias, el Altísimo me ha concedido la de obedecer tan diligentemente a un novicio de un día, si él fuese mi guardián, como al primero más anciano en la vida y religión de los hermanos. El súbdito debe ver, en efecto, en su prelado no al hombre, sino a Dios, por cuyo amor se hizo súbdito. También decía: "No hay prelado en todo el mundo que se haga temer por sus súbditos y por sus hermanos tanto como haría el Señor que me temieran mis hermanos, si yo me lo propusiera; pero el Altísimo me ha otorgado la gracia de estar contento con todos como quien es el menor en la Religión".

11. Nosotros que hemos vivido con él hemos visto muchas veces con nuestros propios ojos que, como él mismo lo asegura, si algún hermano no le atendía en lo que necesitaba le decía alguna palabra que suele molestar a cualquiera, se retiraba en seguida a orar, y al volver no quería recordar lo sucedido ni decía: "Tal hermano no me ha atendido me ha dicho tal palabra".

11. Cuando más cercano estaba a la muerte, tanto más atento se mostraba a descubrir la mejor manera de vivir y morir en toda humildad y pobreza.

ULTIMA BENDICIÓN AL HERMANO BERNARDO

12. Cuando la señora Jacoba preparó aquel pastel para el bienaventurado Francisco, el Padre se acordó del hermano Bernardo y dijo a sus compañeros: "Este pastel le gustaría al hermano Bernardo". Indicó a un hermano que se acercara y le encargó: "Vete y di al hermano Bernardo que venga en seguida".

12. El hermano partió y volvió donde el bienaventurado Francisco con el hermano Bernardo, quien, sentándose a los pies del lecho, dijo: "Padre, te ruego que me bendigas y me muestres tu afecto, pues, si tú me lo manifiestas con ternura paternal, creo que Dios mismo y los otros hermanos de la Religión me amarán más" .

12. El bienaventurado Francisco no podía verle, pues hacía muchos días que había perdido la vista. Extendió la mano derecha y la puso sobre la cabeza del hermano Gil , que fue el tercer hermano y se encontraba entonces sentado junto al hermano Bernardo, creyendo que la ponía sobre la cabeza de éste. Mas al palpar, como hacen los ciegos, la cabeza del hermano Gil, reconoció su error por virtud del Espíritu Santo, y le dijo: "Esta no es la cabeza del hermano Bernardo".

12. Entonces éste se acercó más al bienaventurado Francisco, quien posó las manos sobre su cabeza y le bendijo. Luego dijo a uno de sus compañeros: "Escribe lo que voy a dictarte. El primer hermano que me dio el Señor fue el hermano Bernardo. Fue él quien primero comenzó y puso en práctica con toda diligencia la perfección del santo Evangelio distribuyendo sus bienes entre los pobres. Por eso y por otras muchas prerrogativas, estoy obligado a amarle más que a cualquier otro hermano de toda la Religión. Quiero, pues, y ordeno, en cuanto está en mi poder, que el ministro general, cualquiera que sea, le ame y le honre como a mí mismo y que los ministros provinciales y los hermanos de toda la Religión lo miren como si de mí se tratara". Estas palabras fueron, para el hermano Bernardo y para los demás hermanos allí presentes, motivo de gran consuelo.

12. Un día, el bienaventurado Francisco, teniendo en cuenta la altísima perfección del hermano Bernardo, profetizó acerca de él ante algunos hermanos: "Os digo que para ejercitar al hermano Bernardo le han sido puestos algunos de los más importantes y sutiles demonios, con el objeto de crearle muchas tribulaciones y provocarle a tentación. Pero, el Señor, que es misericordioso, le librará, al acercarse su muerte, de toda tentación y de toda prueba interior y exterior, y concederá a su alma y a su cuerpo tal paz, serenidad y consuelo, que todos los hermanos que lo vean y lo oigan quedarán maravillados y tendrán lo acaecido como milagro. En esta paz, serenidad y consuelo del hombre interior y exterior pasará todo su ser de este mundo al Señor".

12. Estas palabras fueron para todos los que las escucharon objeto de gran admiración, porque lo que el bienaventurado Francisco había predicho bajo la inspiración del Espíritu Santo, se cumplió a la letra y punto por punto. En su última enfermedad, el hermano Bernardo tenía el espíritu tan sosegado y tranquilo, que no quería acostarse. Y, si se acostaba, lo hacía como si se sentase, a fin de que ni el más ligero vapor de los humores que le subiera a la cabeza le trajera imágenes y sueños ajenos a lo que estaba pensando de Dios. Si alguna vez sucedía esto, en seguida se levantaba y se agitaba, diciendo: "¿Qué me pasa? ¿Por qué pienso así?" Para reanimarse le gustaba aspirar el aroma de agua de rosas; pero, conforme se acercaba su fin, ya no acudía a este recurso, porque estaba continuamente en la meditación de Dios. Si alguno le ofrecía el agua de rosas, decía: "No me distraigáis".

12. Para poder morir tranquilo, sosegado y sereno, encomendó totalmente el cuidado de su cuerpo a un hermano que era médico y estaba a su servicio. Le dijo: "Ya no quiero preocuparme de la comida bebida. Te confío este cuidado. Si me das algo, lo tomaré; si no, no". Desde que cayo enfermo quiso que lo acompañara siempre, hasta la hora de su muerte, un hermano sacerdote. Y, cuando le asaltaba algún pensamiento por el que luego le reprochaba su conciencia, en seguida se confesaba y acusaba su culpa.

12. Luego de morir, su carne quedó blanca y relajada, y el semblante, sonriente. Parecía entonces más hermoso que cuando vivía, y cuantos le contemplaban, hallaban más encanto viéndolo muerto que vivo, pues parecía un santo que sonreía.

PREDICCIÓN A LA HERMANA CLARA

13. La misma semana en que murió el bienaventurado Francisco, la señora Clara, primera plantita de la Orden de las hermanas, abadesa de las señoras pobres de San Damián de Asís, émula de San Francisco en la continua observancia de la pobreza del Hijo de Dios, estaba también muy enferma y temía morir antes que el bienaventurado Francisco. Lloraba amargamente y no se podía consolar, pues creía que antes de morir no podría ver a quien, después de Dios, consideraba como a padre suyo, es decir, al bienaventurado Francisco; él había sido el consolador del hombre interior y exterior y él quien primero la cimentó en la gracia de Dios.

13. Se le hizo saber al bienaventurado Francisco por medio de un hermano. Al oírlo tuvo compasión de ellas; es que las amaba, a ella y a sus hermanas, con afecto paternal por la santa vida que llevaban y, sobre todo, porque, a los pocos años de haber comenzado a tener hermanos, se convirtió Clara, con la gracia del Señor, mediante las exhortaciones del bienaventurado Francisco; su conversión constituyó motivo de gran edificación no sólo para la Religión de los hermanos, sino para toda la Iglesia de Dios.

13. .Mas, considerando el bienaventurado Francisco que lo que ella deseaba, verle a él, no era entonces posible por estar ambos gravemente enfermos, para consolarla le dio por escrito su bendición y la absolución de todas las faltas posibles a sus órdenes y deseos y a los mandamientos y deseos del Hijo de Dios. Además, para que disipara toda tristeza y se consolase en el Señor, dijo - no él, sino el Espíritu Santo por medio de él - al hermano que Clara había enviado: "Ve y lleva este escrito a la señora Clara. Le dirás que no sufra ni esté triste, porque no pueda verme ahora; pero que esté segura de que, antes de su muerte, ella y sus hermanas me verán y les proporcionaré un gran consuelo".

13. Poco después, el bienaventurado Francisco falleció durante la noche. A la mañana siguiente, todo el pueblo de Asís, hombres y mujeres, y todo el clero, tomando el santo cuerpo del lugar donde había fallecido y entonando himnos y alabanzas, con ramos de árboles en las manos, le llevaron, por voluntad divina, a San Damián, para que se cumpliera la palabra que el Señor había pronunciado por boca de su Santo para consuelo de sus hijas y servidoras.

13. Se quitó la reja de hierro de la ventana, a través de la cual suelen comulgar las hermanas y a veces escuchan la palabra de Dios; los hermanos tomaron de la camilla el santo cuerpo y lo sostuvieron en sus brazos delante de la ventana durante largo rato. La señora Clara y sus hermanas se consolaron muy mucho viéndole, aunque derramaron abundantes lágrimas y sintieron gran dolor, pues después de Dios era él, en este mundo, su único consuelo.

LA ALONDRA

14. Era la tarde del sábado anterior a la noche en que el bienaventurado Francisco pasó al Señor; después de las vísperas vino una bandada de pájaros llamados alondras, que, a poca altura sobre el techo de la casa en que él yacía, volaban y revoloteaban cantando.

14. Nosotros que hemos vivido con el bienaventurado Francisco y hemos escrito estas cosas sobre él, damos testimonio de que muchas veces le oímos decir: "Si yo hablase al emperador, le suplicaría que, por amor de Dios y en atención a mi ruego, firmara un decreto ordenando que ningún hombre capture a las hermanas alondras ni les haga daño alguno; que todas las autoridades derramen trigo y otros granos por los caminos fuera de las ciudades y castillos, para que, en día de tanta solemnidad, todas las aves, y particularmente las hermanas alondras, tengan qué comer; que, por respeto al Hijo de Dios, a quien tal noche la bienaventurada Virgen María, su madre, reclinó en un pesebre entre el asno y el buey, estén obligados todos a dar esa noche a nuestros hermanos bueyes y asnos abundante pienso; y, por último, que en este día de Navidad todos los pobres sean saciados por los ricos".

14. El bienaventurado Francisco, efectivamente, celebraba la fiesta de Navidad con mayor reverencia que cualquier otra fiesta del Señor, porque, si bien en las otras solemnidades el Señor ha obrado nuestra salvación, sin embargo, como él decía, comenzamos a ser salvos desde el día en que nació el Señor. Por eso quería que en ese día todo cristiano se alegrase en el Señor y que, por amor de Aquel que se nos dio a sí mismo, todo hombre fuese alegremente dadivoso no sólo con los pobres, sino también con los animales y las aves.Y decía de la alondra: "Nuestra hermana la alondra lleva un capuchón como los religiosos y es una ave humilde, que va gozosa por los caminos buscando algunos granos, y, aunque los encuentre entre el estiércol, los saca y los come. Cuando vuela, alaba al Señor, como los buenos religiosos, que menosprecian lo terreno y tienen su conversación en el cielo. Además, su vestido, es decir, su plumaje, es de color de tierra; así da buen ejemplo a los religiosos, que no deben llevar vestidos de colores y delicados, sino de color pardo como la tierra". Como el bienaventurado Francisco veía todo esto en las hermanas alondras, las amaba mucho y las contemplaba de buen grado.

CONSIDERABA UN ROBO RECIBIR MAS LIMOSNAS DE LAS NECESARIAS

15. El bienaventurado Francisco decía frecuentemente a los hermanos: "Jamás fui un ladrón, quiero decir que de las limosnas, que son la herencia de los pobres, siempre acepté menos de lo que me tocaba, a fin de no lesionar el derecho de los otros pobres, pues hacer lo contrario es cometer un robo".

DIOS SALE FIADOR DE LOS QUE CONFÍAN EN EL

16. Como los hermanos ministros tratasen de persuadir al bienaventurado Francisco de que concediese el tener algo, al menos en común, para que la gran multitud de hermanos tuviera a qué recurrir, San Francisco acudió a Cristo en su oración y le consultó sobre este punto El Señor le respondió en seguida que familia era suya, y que, por mucho que creciera, estaba siempre dispuesto a socorrerla y que siempre la protegería si confiaba en El.

RESPUESTA QUE DIO AL HERMANO ELÍAS Y A LOS DEMÁS QUE NO QUERÍAN OBLIGARSE A LA REGLA QUE ESTABA ESCRIBIENDO

17. Estando el bienaventurado Francisco con el hermano León y el hermano Bonicio de Bolonia retirado en un monte para componer la Regla (pues se había perdido la primera, escrita bajo el dictado de Cristo), muchos de los ministros se reunieron en torno al hermano Elías, vicario del bienaventurado Francisco, y le dijeron: "Hemos oído que ese hermano Francisco está componiendo una nueva Regla. Tememos que la haga tan dura, que no la podamos observar. Queremos que vayas donde él y le digas que nosotros no queremos obligarnos a esa Regla. ¡Que la componga para él, no para nosotros!"

17. El hermano Elías les respondió que no quería ir, porque temía la reprensión del hermano Francisco. Como ellos insistían en que fuese, les contestó que en todo caso iría, si ellos le acompañaban. Partieron, pues, todos juntos. Cuando el hermano Elías, acompañado de los mencionados ministros, llegó al lugar en que se encontraba el bienaventurado Francisco, le llamó. Este respondió al ver a los ministros: "¿Qué desean estos hermanos?" Replicó el hermano Elías: "Son ministros que, habiendo oído que estás componiendo una nueva Regla, y, temerosos de que la hagas demasiado estrecha, dicen y reafirman que no quieren obligarse a ella; que la hagas para ti, no para ellos".

17. Entonces, el bienaventurado Francisco levantó su rostro hacia el cielo y le habló así a Cristo: "Señor, ¿no dije bien que no te creerían?" Y se escuchó en lo alto la voz de Cristo, que respondía: "Francisco, nada hay en la Regla que proceda de ti; todo lo que ella contiene viene de mí. Quiero que esta Regla sea observada a la letra, a la letra, a la letra; sin glosa, sin glosa, sin glosa". Y añadió la voz: "Sé lo que puede la debilidad humana y lo que yo quiero ayudarles. Los que no quieren observarla, que se salgan de la Orden". El bienaventurado Francisco se volvió a aquellos hermanos y les dijo. "¿Habéis oído? ¿Habéis oído? ¿Queréis que consiga que se os repita?" Los ministros se retiraron confusos y reconociendo su culpa.

SE NIEGA A ACEPTAR NINGUNA DE LAS REGLAS MONÁSTICAS EXISTENTES

18. Hallábase el bienaventurado Francisco en el capítulo general de Santa María de la Porciúncula llamado capítulo de las esteras Asistían a él cinco mil hermanos, muchos de ellos hombres sabios y muy doctos; rogaron al señor cardenal, el futuro papa Gregorio, que estaba presente en el capítulo , que persuadiese al bienaventurado Francisco a seguir los consejos de los hermanos sabios y a dejarse dirigir por ellos. Invocaban las Reglas de San Benito, de San Agustín, de San Bernardo, que determinan detalladamente las normas de vida.

18. El bienaventurado Francisco escuchó la advertencia del cardenal sobre este asunto; tomándole de la mano, le condujo a la asamblea del capítulo y habló a los hermanos en estos términos: "Hermanos míos, hermanos míos, Dios me llamó a caminar por la vía de la simplicidad. No quiero qué me mencionéis regla alguna, ni la de San Agustín, ni la de San Bernardo, ni la de San Benito. El Señor me dijo que quería hacer de mí un nuevo loco en el mundo, y el Señor no quiso llevarnos por otra sabiduría que ésta. De vuestra ciencia y saber se servirá Dios para confundiros; y confío en que el Señor se servirá de sus mandatarios para castigaros. Y todavía, para vergüenza vuestra, volveréis a vuestro primer estado; de buena mala gana". El cardenal, estupefacto, nada replicó, y todos los hermanosquedaron asustados.

RELACIONES ENTRE LOS HERMANOS Y EL CLERO SECULAR 19. (= 2C 146).

SE NIEGA A CONSEGUIR PRIVILEGIOS DE LA CURIA ROMANA

20. Ciertos hermanos dijeron al bienaventurado Francisco: "Padre, ¿no ves que los obispos no nos permiten a veces predicar, y nos obligan así a estar largos días ociosos antes de poder dirigirnos al pueblo? Sería conveniente que consiguiera del señor papa un privilegio en favor de los hermanos, mirando así por la salvación de las almas".

20. Les respondió, reprendiéndoles fuertemente: "Vosotros, hermanos menores, no conocéis la voluntad de Dios y no me permitís convertir al mundo entero, como Dios quiere. Mi deseo es que primeramente convirtamos a los prelados con nuestra humildad y nuestra reverencia para con ellos. Cuando vean la vida santa que llevamos y el respeto que les profesamos, ellos mismos os pedirán que prediquéis y convirtáis al pueblo, y lo congregarán para que os oiga, mucho mejor que los privilegios que pedís, y que os llevarían al orgullo. Si sois ajenos a toda avaricia e inculcáis al pueblo que entreguen a las iglesias sus derechos, los obispos os rogarán que oigáis las confesiones de su pueblo, aunque de esto no debéis preocuparos, pues, si los pecadores se convierten, ya encontrarán confesores. Para mí, el privilegio que pido al Señor es el no recibir privilegio alguno de los hombres, sino mostrar reverencia a todos y convertirlos, mediante el cumplimiento de la santa Regla, más con el ejemplo que con las palabras".

REPROCHES DE CRISTO POR LA INGRATITUD DE LOS HERMANOS

21. En cierta ocasión dijo nuestro Señor Jesucristo al hermano León, compañero del bienaventurado Francisco: "Me lamento de los hermanos". A lo que respondió el hermano León: "¿Por qué, Señor?" "Por tres razones - replicó el Señor -. Primeramente, porque no reconocen los beneficios que, como sabes, les otorgo con largueza cada día sin que siembren ni recojan. Después, porque pasan todo el día murmurando y sin hacer nada. Por último, porque con frecuencia se provocan mutuamente a la cólera y no se reconcilian ni perdonan las injurias que han recibido.

PARALITURGIA DE LA ULTIMA CENA Y MUERTE

22. Una noche, el bienaventurado Francisco se vio tan fuertemente atacado por los dolores de las enfermedades, que le era casi imposible descansar y dormir. Habiendo aminorado el dolor por la mañana hizo llamar a todos los hermanos de aquel lugar Cuando los tuvo sentados frente a él, posó su mirada sobre ellos; considerándoles representantes de todos los hermanos. Luego, comenzando por un hermano, bendijo sucesivamente a todos poniendo su mano derecha sobre la cabeza de cada uno. Bendijo así a todos los que vivían entonces en la Religión y a los que habían de vivir en ella hasta el fin del mundo. Y parecía compadecerse a sí mismo, porque no podía ver a todos sus hijos y hermanos antes de morir.

22. Luego mandó traer panes y los bendijo. Como, a causa de la enfermedad, no podía partirlos, hizo que un hermano los partiera en muchos trozos; y, tomando de ellos, entregó a cada uno de los hermanos su trozo, ordenándoles que lo comieran entero. Pues así como el Señor el jueves santo quiso cenar con los apóstoles antes de su muerte, del mismo modo - así les pareció a aquellos hermanos - el bienaventurado Francisco quiso antes de su muerte bendecirles a ellos, y en ellos, a todos los demás hermanos, y quiso también que comieran de aquel pan bendito como si realmente lo comieran con todos los demás hermanos.

22. Creemos que ésta fue su intención, pues, aunque ese día no era jueves, había dicho a los hermanos que creía que era jueves. Uno de los hermanos guardó un trozo de aquel pan y, después de la muerte del bienaventurado Francisco, algunos enfermos que comieron de él se vieron inmediatamente libres de sus males.

PENITENCIA EXCESIVA. NECESIDAD DE DISCRECIÓN

50. En cierta ocasión, al principio de la Orden, cuando el bienaventurado Francisco empezó a tener hermanos, moraba con ellos en Rivo Torto. Una vez a media noche, cuando los hermanos descansaban en sus yacijas, un hermano exclamó, diciendo: "¡Me muero! ¡Me muero!" Todos los hermanos se despertaron aturdidos y asustados.

50. El bienaventurado Francisco se levantó y dijo: "Levantaos, hermanos, y encended la lámpara". Cuando tuvieron luz, preguntó Francisco: "¿Quién es el que ha gritado: ’Me muero’?" Un hermano respondió: "He sido yo". El bienaventurado Francisco le dijo: "¿Qué te ocurre, hermano? ¿Por qué te vas a morir?" "Me muero de hambre", contestó él. El bienaventurado Francisco, hombre lleno de caridad y discreción, no quiso que aquel hermano pasase vergüenza de comer solo. Mandó preparar en seguida la mesa, y todos comieron con aquel hermano.

50. Hay que tener en cuenta que tanto éste como los demás hermanos eran recién conversos y con indiscreto fervor se entregaban a grandes penitencias corporales. Después de la comida, habló así el bienaventurado Francisco a los hermanos: "Hermanos míos, entendedlo bien: cada uno ha de tener en cuenta su propia constitución física. Si uno de vosotros puede pasar con menos alimento que otro, no quiero que el que necesita más intente imitar al primero. Cada uno, según su naturaleza, dé a su cuerpo lo necesario. Pues, si hemos de evitar la demasía en el comer y beber, igualmente, e incluso más, hemos de librarnos del excesivo ayuno, ya que el Señor quiere la misericordia y no el sacrificio".

50. Y añadió: "Mis queridos hermanos, lo que he hecho, es decir, el que, por amor de mi hermano, hemos comido con él a fin de que no pasara vergüenza de comer él solo, lo he hecho impulsado por su gran necesidad y por caridad. Pero os digo que, por lo demás, no quiero hacerlo, pues no sería ni religioso ni honesto. Mas quiero y os ordeno que cada uno, teniendo en cuenta nuestra pobreza, satisfaga a su cuerpo según le fuere necesario".

50. Los primeros hermanos, en efecto, y los que durante mucho tiempo se les unirían, mortificaban sus cuerpos no solo con una excesiva abstinencia en la comida y bebida, sino también durmiendo poco, pasando frío y trabajando con sus manos. Llevaban, a raíz de la carne, cinturones de hierro y cotas de malla que podían procurarse, así como los cilicios más punzantes que pudieran conseguir. Por eso, el santo Padre, pensando que con este proceder los hermanos podían caer enfermos, como efectivamente ya había acaecido con algunos poco tiempo antes, prohibió en un capítulo que los hermanos llevaran sobre la carne otra cosa que la túnica.

50. Nosotros que vivimos con él podemos dar este testimonio: si bien desde el momento en que tuvo hermanos y durante toda su vida practicó con ellos la virtud de la discreción, procuró, con todo, que se guardasen siempre, en cuestión de alimentos y de cosas, la pobreza y la virtud requeridas por nuestra Religión y que eran tradicionales a los hermanos más antiguos; sin embargo, en cuanto a él, tenemos que decir que trató a su cuerpo con dureza tanto desde los inicios de su conversión, cuando todavía no contaba con hermanos, como durante toda su vida, a pesar que desde joven fue de constitución delicada y frágil, y en el mundo no podía vivir si no rodeado de cuidados.

50. Un día, juzgando que sus hermanos empezaban a quebrantar la pobreza y exagerar en materia de alimentos y de cosas, dijo a algunos hermanos, pero refiriéndose a todos: "¿No creen los hermanos que mi cuerpo tiene necesidad de un régimen especial? Sin embargo, porque debo ser modelo y ejemplo para todos los hermanos, quiero usar alimentos y cosas pobres y no delicadas y estar contento con ellos".

ELOGIO DE LA MENDICIDAD

51. Cuando el bienaventurado Francisco comenzó a tener hermanos, se alegraba tanto de su conversión y de que el Señor le hubiera dado tan buena compañía y tanto les quería y veneraba, que no les enviaba a pedir limosna, sobre todo porque pensaba que se avergonzarían de hacerlo. Y, para ahorrarles esa vergüenza, salía él solo todos los días a pedir. Pero esto le fatigaba demasiado (ya en el siglo era delicado y débil de contextura, y se fue debilitando cada vez más, desde que abandonó el siglo, por las excesivas abstinencias y por las mortificaciones que se imponía). Comprendió que no podía él soportar trabajo tan pesado. Por otra parte, ésta era la vocación de los hermanos, aunque se avergonzasen. Como pensase que no caían en la cuenta y que todavía no tenían discreción suficiente como para adelantarse a decirle: "Nosotros queremos ir a mendigar", les habló así: "Mis queridos hermanos e hijitos míos, no os avergoncéis de ir a pedir limosna, pues por nosotros el Señor se hizo pobre en este mundo. Por eso, a ejemplo suyo y de su santísima Madre, hemos escogido el camino de la auténtica pobreza. Esta es nuestra herencia, que ganó y dejó nuestro Señor Jesucristo para nosotros y para todos los que, siguiendo su ejemplo, quieren vivir en santa pobreza" .

51. Y añadió: "En verdad os digo que muchos de los más nobles y sabios de este mundo vendrán a esta congregación y se tendrán por muy honrados al ir a mendigar. Id, pues, a pedir limosna, confiadamente y con el corazón alegre, con la bendición del Señor Dios. Debéis ir a pedir limosna con más presteza y alegría que un hombre que ofreciera cien denarios por uno, pues vosotros, los que pedís limosna, ofrecéis el amor de Dios, diciéndoles: ’Dadnos limosna por el amor del Señor Dios’; el cielo y la tierra son nada en comparación de este amor".

51. Como todavía eran muy pocos, no les podía enviar de dos en dos; envió a cada uno individualmente por los castillos y villas. Al regreso, cada uno enseñaba al bienaventurado Francisco las limosnas que había recibido, y se decían uno a otro: "Yo he traído más que tú". Y el bienaventurado Francisco se alegraba viéndoles tan contentos y felices. Desde entonces, cada uno pedía más a gusto permiso para salir a la limosna.

NO QUIERE QUE LOS HERMANOS SE INQUIETEN POR EL MAÑANA

52. En la misma época, cuando el bienaventurado Francisco vivía con los hermanos que tenía entonces, su alma era de una pureza admirable: desde el momento en que el Señor le reveló que él y sus hermanos debían vivir conforme al santo Evangelio, resolvió hacerlo así, y procuró observarlo a la letra todo el tiempo de su vida.

52. Por eso, cuando el hermano que se cuidaba de la cocina quiso preparar a sus hermanos legumbres, no le permitió que las pusiera de víspera a remojo en agua caliente para el día siguiente, como es costumbre, para que los hermanos observaran la palabra del santo Evangelio: No os inquietéis por el mañana . Y así, aquel hermano las ponía a reblandecer después que los hermanos habían dicho los maitines. Por la misma razón, muchos hermanos, por largo tiempo y en muchos lugares en que tenían que cuidarse solo de sí mismos, y, sobre todo, en las ciudades, por observar esto, no querían mendigar ni recibir más limosnas de las necesarias para el día.

DELICADEZA CON UN ENFERMO

53. En cierta ocasión, morando el bienaventurado Francisco en el mismo lugar, había allí un hermano, hombre de profunda vida interior y además antiguo en la Orden, que estaba muy débil y enfermo. Haciéndose cargo de su estado, el bienaventurado Francisco tuvo compasión de él. Pero como entonces los hermanos, sanos enfermos, con gozo y paciencia tomaban la pobreza como abundancia y en sus enfermedades no usaban medicinas, sino que más a gusto hacían lo que era contrario al cuerpo, se dijo a sí mismo el bienaventurado Francisco: "Si este hermano comiese, bien de mañana, unas uvas maduras, yo creo que le haría bien". Un día se levantó muy temprano y, sin hacer ruido, llamó al hermano y le llevó a una viña que hay cerca de aquella iglesia.

53. El mismo escogió una vid que tenía racimos hermosos y maduros. Sentándose con el hermano junto a la cepa, empezó a comer uvas para que él hermano no tuviese vergüenza de comérselas solo. Y, estando comiendo los dos, aquel hermano alabó al Señor Dios. Mientras vivió refería frecuentemente a los hermanos, con mucha devoción y saltándosele las lágrimas, esta delicadeza que el santo padre había tenido con él.

PODER DE SU PLEGARIA

54. En cierta época, viviendo el bienaventurado Francisco en el mismo lugar , para orar se retiraba a una celda que estaba situada detrás de la casa. Estando un día en ella, llegó el obispo de Asís para visitarle. Al entrar en la casa llamó a la puerta con el fin de llegarse al bienaventurado Francisco. Se la abrieron y entró en la celda (dentro de ésta se había construido con esteras otra celdilla muy pequeña; en la misma estaba el bienaventurado Francisco). Y como sabía el obispo que el santo Padre le profesaba confianza y amor, se acercó con libertad y abrió la estera de la confianza y amor, se acercó con libertad y abrió la estera de la celdilla para verle. Pero, apenas metió la cabeza en ella, súbitamente ñor, porque no era digno de ver al Santo, y retrocedió de espaldas. En seguida salió de la celda temblando y estupefacto. Delante de los hermanos manifestó su falta y su pesar de haber venido en aquella ocasión a aquel lugar.

LIBERA A UN HERMANO DE GRAVES TENTACIONES DIABÓLICAS

55. Había un hermano, hombre espiritual y antiguo en la Religión, que gozaba de la amistad del bienaventurado Francisco. Pues bien, en cierta ocasión venía sufriendo por largos días muy graves y crueles sugestiones del diablo, que le tenía como postrado en la más profunda desesperación. Tal agitación sufría a diario, que sentía vergüenza de confesarse todos los días. En esta situación se mortificaba excesivamente con abstinencias, vigilias; llantos y disciplinas. Mucho tiempo llevaba en este cotidiano tormento, cuando, por disposición divina, llegó a aquel lugar el bienaventurado Francisco. Paseándose un día el bienaventurado Francisco por las cercanías con otro hermano y con este que así era atormentado, separándose un poco del primero, se aproxima al que era tentado y le dice: "Hermano muy querido, quiero y te digo que en adelante no te consideres con la obligación de confesar a nadie esas sugestiones y tentaciones del diablo. No tengas miedo: ellas no han hecho mal a tu alma. Cada vez que te veas turbado por esas sugestiones, te autorizo a que reces siete veces el padrenuestro".

55. El hermano se alegró mucho, porque le había dicho que no tenía necesidad de confesar aquellas tentaciones; sobre todo, porque sufría gran confusión al tener que confesarse todos los días; esto agravaba su sufrimiento. Aquel hermano quedó admirado de la santidad del santo Padre, que, por inspiración del Espíritu Santo, había conocido sus tentaciones; pues él a nadie las había confesado, sino a los sacerdotes; y con frecuencia cambiaba de sacerdote, porque le daba vergüenza el que un único sacerdote conociera todas sus flaquezas y tentaciones. Desde el momento en que le habló el bienaventurado Francisco, se vio libre de aquella gran prueba interior y exterior que había sufrido durante tanto tiempo. Por la gracia de Dios y por los méritos del bienaventurado Francisco, recibió gran paz y tranquilidad de alma y cuerpo.

LA PORCIÚNCULA, ESPEJO DE LA ORDEN

56. Viendo el bienaventurado Francisco que Dios quería multiplicar el número de los hermanos, les dijo: "Mis queridos hermanos e hijitos míos, veo que el Señor quiere multiplicarnos. Por eso creo conveniente y religioso conseguir de nuestro obispo de los canónigos de San Rufino del abad del monasterio de San Benito una iglesia pequeña y muy pobre donde los hermanos puedan recitar sus horas, y tener, junto a la misma, solamente una casa pequeña y pobrecilla, construida de barro y madera, donde los hermanos puedan descansar y dedicarse a lo que han menester. El lugar en que moramos no es, en efecto, adecuado, y, desde que al Señor place multiplicarnos, esta casa es excesivamente pequeña para vivir en ella, y, sobre todo, porque no tenemos iglesia donde puedan los hermanos recitar sus horas; si alguno muriese, no estaría bien enterrarlo aquí en una iglesia de los clérigos seculares". Estas palabras fueron del agrado de los demás hermanos.

56. Lo que había propuesto, se lo propuso al obispo. El obispo le respondió: "Hermano, no tengo iglesia alguna que pueda daros". Acudió a los canónigos de San Rufino y les hizo el mismo ruego, y ellos le respondieron lo mismo que el obispo.

56. Entonces se encaminó al monasterio de San Benito de Monte Subasio y expuso al abad lo mismo que había dicho al obispo y a los canónigos y la respuesta que de unos y otros había recibido. El abad, conmovido, consultó con sus hermanos; y, por ser voluntad del Señor, hicieron cesión al bienaventurado Francisco y a sus hermanos de la iglesia de Santa María de la Porciúncula, la más pobre de las que ellos poseían. Era también la más pobre de todos los alrededores de la ciudad de Asís. Era lo que de tiempo atrás había deseado el bienaventurado Francisco. El abad le dijo: "Hermano, te concedemos lo que pides. Pero queremos que, si el Señor acrecienta vuestra congregación, este lugar sea la cabeza de todos los vuestros". Estas palabras agradaron al bienaventurado Francisco y a sus demás hermanos.

56. Y quedó muy contento del lugar donado a los hermanos, sobre todo porque la iglesia llevaba el nombre de la madre de Cristo, porque era muy pobre y por el sobrenombre con que se la conocía. Se la llamaba, en efecto, iglesia de la Porciúncula, lo que presagiaba que ella había de ser la madre y cabeza de los pobres hermanos menores. Este nombre de la Porciúncula fue dado a la iglesia porque el lugar donde fue construida desde antiguo era llamado "Porciúncula". El bienaventurado Francisco solía decir: "El Señor no quiso que se les diera a los hermanos ninguna otra iglesia , ni permitió que los primeros hermanos construyesen poseyesen una nueva, porque ésta venía a ser una profecía que se cumplió con la llegada de los hermanos menores".

56. Aunque era muy pobre y por el transcurso del tiempo estaba semiderruida, los habitantes de la ciudad de Asís y su comarca habían tenido por esta iglesia una devoción singular, que ha ido creciendo hasta nuestros días. Desde que los hermanos llegaron y se establecieron en aquel lugar, casi todos los días el Señor aumentaba su número. La noticia de los hermanos y su fama se extendió por todo el valle de Espoleto. Antiguamente, esta iglesia recibía la denominación de Santa María de los Ángeles; luego, la gente de la provincia la llamó Santa María de la Porciúncula. Por eso, cuando los hermanos comenzaron a repararla, los hombres y mujeres de aquella provincia decían: "Vamos a Santa María de los Ángeles".

56. El abad y los monjes habían dado esta iglesia al bienaventurado Francisco y a sus hermanos sin condición alguna y no les habían exigido pago alguno renta anual. Sin embargo, el bienaventurado Francisco, como bueno y experimentado maestro, que quiso construir una casa sobre roca firme , y su congregación sobre gran pobreza, en señal de mayor humildad y pobreza enviaba cada año a los monjes una canastilla de peces pequeños que se llaman lochas, para que los hermanos no tuviesen ningún lugar como propio, ni habitasen lugar alguno que no fuese ajeno; lo que buscaba era que los hermanos no tuvieran derecho a venderlo enajenarlo de manera alguna. Y cuando los hermanos llevaban los pececillos a los monjes, éstos, en razón de la humildad del bienaventurado Francisco, que por iniciativa propia tenía este gesto, enviaban a él y a sus hermanos una vasija de aceite.

56. Y nosotros que hemos vivido con el bienaventurado Francisco, damos testimonio dé que decía expresamente acerca de esta iglesia que, por las muchas gracias que el Señor le mostró allí y por lo que le fue revelado en aquel lugar, la bienaventurada Virgen ama esta iglesia con predilección sobre todas las iglesias que ella ama en el mundo. Por esta razón, durante toda su vida tuvo a este lugar gran devoción y reverencia. Y para que los hermanos tuvieran este recuerdo en su corazón, próximo ya a la muerte, quiso que en su testamento se escribiera que ellos hicieranlo mismo.

56. Pues, cuando se avecinaba la muerte, dijo delante del ministro general y de otros hermanos: "Quiero tomar ciertas disposiciones acerca del lugar de Santa María de la Porciúncula y dejarlas en testamento a los hermanos para que este lugar sea tenido siempre por ellos en gran veneración y devoción. Es lo que hicieron nuestros antiguos hermanos: aunque este lugar ya era santo, ellos, sin embargo, conservaban su santidad con la continua oración de día y de noche y observando constantemente el silencio; y, si alguna vez hablaban después de la hora fijada para el silencio, era para tratar, con la mayor devoción y del modo más discreto, de las cosas que se referían a la gloria de Dios y a la salvación de las almas. Cuando acontecía - lo que era raro - que algún hermano iniciaba una conversación inútil u ociosa, en seguida era advertido por otro. Mortificaban su cuerpo no sólo con el ayuno, sino también con frecuentes vigilias, el frío, la desnudez y el trabajo de sus manos. Con frecuencia, para no estar ociosos, iban a ayudar a los pobres en sus campos; y éstos alguna vez les daban pan por el amor de Dios.

56. "Con estas y otras virtudes se santificaban a sí mismos y el lugar. Los que les sucedieron vivieron durante muchos años de forma parecida, aunque sin llegar a equipararse a los primeros. "Pero después, con ocasión de que muchos hermanos y otros visitaban el lugar más de lo acostumbrado, y particularmente porque todos los hermanos, e igualmente cuantos quieren ingresar en la Religión, tienen que llegarse allí , mas también porque los hermanos son más tibios en la oración y en otras obras buenas y más disipados que antes para proferir palabras ociosas e inútiles y comunicar nuevas de este mundo, aquel lugar no es tenido por los hermanos que moran en él y por los otros religiosos en la reverencia y devoción que conviene y que yo querría.

56. "Es mi deseo que esté siempre bajo la autoridad directa del ministro general, para que así tenga un cuidado y solicitud mayor de atender el lugar, sobre todo constituyendo en el mismo una familia buena y santa. Los clérigos sean escogidos entre los hermanos más santos y honestos y entre los que, de toda la Orden, sepan decir mejor el oficio, a fin de que no sólo los demás hombres, sino también los hermanos, los oigan con agrado y mucha devoción. Sean elegidos para servirles algunos de entre los hermanos y laicos santos, hombres discretos y honestos.

56. "Quiero que ningún hermano ni otra persona entre a este lugar, salvo el ministro general y los hermanos que les sirven. Los moradores de él no hablen con persona alguna, a excepción de los hermanos que les sirven y del ministro cuando les visite. "Quiero igualmente que los hermanos laicos que les sirven estén obligados a que no les refieran las noticias novedades de este siglo que han oído y que no han de ser convenientes para sus almas. Y, por eso, quiero especialmente que nadie entre a este lugar, para que mejor conserven la pureza y santidad, y que en este lugar no se profiera palabra alguna vana perjudicial al alma y se conserve todo puro y santo cantando los himnos y las alabanzas del Señor. Y cuando alguno de estos hermanos muera, para cubrir la plaza del difunto, el ministro general llamará, de dondequiera que esté, a otro hermano santo. Porque, si los hermanos y los lugares donde residen se apartaren algún día de la pureza santidad y honestidad que deben tener, quiero que al menos este lugar sea espejo y buen ejemplo para toda la Orden, un candelabro delante del trono de Dios y delante de la bienaventurada Virgen, y que, gracias a él, el Señor tenga piedad de los defectos y culpas de los hermanos y guarde y proteja siempre su Religión y su plantita".

56. Se aproximaba la fecha del capítulo, que en aquel tiempo se celebraba todos los años en Santa María de la Porciúncula. Viendo el pueblo de Asís que los hermanos, por la gracia de Dios, se habían multiplicado y se multiplicaban cada día, y que, particularmente al reunirse allí todos a capítulo, no tenían más que una cabaña muy pobre y pequeña, techada de paja, con paredes de madera y barro, tal como la habían construido los hermanos cuando se establecieron en aquel lugar, tuvieron una reunión general, y en pocos días con rapidez y devoción levantaron una casa grande, con muros de piedra y cal, sin el consentimiento del bienaventurado Francisco, que estaba ausente.

56. Cuando, de vuelta de una provincia, vino el bienaventurado Francisco al capítulo y vio la casa construida en aquel lugar, quedó extrañado. Pensó que aquella casa podría ser ocasión de que los hermanos, en los lugares en que estaban habrían de estar, levantaran hicieran levantar casas grandes. Y como, sobre todo, quería que aquel lugar fuese modelo y ejemplar de todos los lugares de los hermanos, un buen día, antes de finalizar el capítulo, subió al tejado de aquella casa y mandó a algunos hermanos que también subieran. Con ayuda de éstos empezó a arrojar al suelo las tejas de que estaba cubierta la casa, con el propósito de destruirla.

56. Se hallaban allí unos caballeros y otros ciudadanos de Asís; el común les había encargado proteger aquel lugar, pues eran muchísimos los de la ciudad y los extraños que de todas partes habían venido para presenciar el capítulo de los hermanos, y se habían reunido en sus proximidades; viendo que el bienaventurado Francisco y los otros hermanos querían demoler aquella casa, corrieron donde ellos y dijeron al bienaventurado Francisco: "Hermano, esta casa es del común de Asís y nosotros somos sus representantes; por eso, te ordenamos que no destruyas nuestra casa". El bienaventurado Francisco les respondió: "Está bien; si esta casa es vuestra, no quiero tocarla". En seguida bajó del tejado, y lo mismo hicieron los que con el estaban.

56. Por eso, el pueblo de Asís, durante mucho tiempo, observó el acuerdo de que cada año el podestá, cualquiera que fuera, tendría la obligación de mandar retejar la casa y efectuar los trabajos de reparación que fueran necesarios. En otra época, el ministro general proyectó construir una pequeña casa para los hermanos de aquel lugar, a fin de que pudieran descansar y decir las horas. Como por aquel entonces todos los hermanos de la Orden y los postulantes venían y acudían a aquel lugar, sus moradores Sufrían muchas molestias casi todos los días. No tenían dónde dormir y recitar las horas en aquel lugar, pues debían ceder las celdillas donde desandaban a los muchos hermanos que venían.

56. De ahí el mucho trastorno que con frecuencia tenían que padecer, ya que después del mucho trabajo, les resultaba difícil atender a las necesidades del cuerpo y a la vida del alma. Estaba casi terminada la casa aquella, cuando el bienaventurado Francisco regresó a aquel lugar. Una mañana oyó, desde la celdilla donde había pasado la noche, el ruido que hacían los hermanos en el trabajo. Se sorprendió de que sería aquello y preguntó a su compañero: "¿A qué se debe este ruido? ¿En qué trabajan estos hermanos?". Su compañero le contó lo que ocurría.

56. Francisco inmediatamente mandó llamar al ministro y le dijo: "Hermano, este lugar es modelo y espejo de toda la Religión. Por lo tanto, a fin de que los hermanos de toda la Orden que vienen acá lleven a sus lugares el buen ejemplo de la pobreza, prefiero que los hermanos de este lugar soporten, por el amor del Señor Dios, molestias y penurias a que disfruten de satisfacciones y consuelos y a que los demás hermano de nuestra Religión imiten el ejemplo, y edifiquen en sus lugares, diciendo: ’En Santa María de la Porciúncula, primer lugar de los hermanos, se han levantado edificios buenos grandes; lo mismo podemos hacer en nuestros lugares, pues tenemos malos alojamientos.

RECHAZA HABITAR UNA CELDA QUE SE DICE SUYA

57. Un hermano, hombre de profunda vida interior, con quien el bienaventurado Francisco tenía gran amistad, vivía en un eremitorio. Pensando que si alguna vez venía allí el bienaventurado Francisco, no tendría un sitio apropiado para estar, mandó construir, en un rincón solitario próximo al lugar de los hermanos, una celdilla donde pudiese dedicarse a la oración cuando llegase. Efectivamente, pocos días después vino el bienaventurado Francisco. El hermano le llevó a ver aquella celdilla; el bienaventurado Francisco le dijo: "Esta celdilla me parece muy hermosa; pero, si quieres que pase aquí unos días, haz que la revistan interior y exteriormente de cascotes de piedra y de ramas de árboles".

57. Pues, aunque las paredes no eran de piedra, sino de madera, como ésta era lisa, trabajada con hacha y azuela, le pareció demasiado elegante la celdilla al bienaventurado Francisco. El hermano se apresuró a que la arreglaran según el deseo del Santo.

57. Cuarto más pobres y religiosas eran las celdas y las casas de los hermanos, con tanto más agrado las miraba y se hospedaba a veces en ellas. Llevaba algún tiempo viviendo y orando en aquella celdilla, cuando un día, estando fuera y cerca del lugar de los hermanos, se le acercó uno de los que vivían allí. El bienaventurado Francisco le preguntó: "De dónde vienes, hermano?" "De tu celda", respondió el hermano. El bienaventurado Francisco replicó inmediatamente: "Porqué has dicho que esta celda es mía, en adelante será otro el que la habite, que yo no".

57. Los que vivimos con él oímos repetir muchas veces aquella frase del santo Evangelio: Las zorras tienen sus cuevas, los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza. Decía también: "Cuando el Señor se retiró a la soledad para orar y ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches, no mandó que le preparasen celda ni casa alguna, sino que se cobijó bajo una roca del monte". Por eso, a ejemplo suyo, nunca quiso tener celda ni casa, ni que se la hicieran. Es más, si ocurría que alguna vez decía a los hermanos: "Preparadme tal celda", no quería luego habitarla, recordando las palabras del santo Evangelio No seáis solícitos . Próximo a la muerte, quiso que se escribiera en su testamento que todas las celdas y casas de los hermanos deberían construirse solamente con barro y maderas, para guardar mejor la pobreza y humildad .

COMO QUIERE QUE SEAN LOS LUGARES PREPARADOS PARA LOS HERMANOS

58. Estando en cierta ocasión en Siena para curar sus ojos (habitaba él una celda donde, después de su muerte, se edificó en memoria suya un oratorio), el señor Buenaventura, que había dado el terreno donde se edificó el lugar de los hermanos, dijo al bienaventurado Francisco: "¿Qué te parece este lugar?" El le respondió: "¿Quieres que te diga cómo deben construirse los lugares de los hermanos?"

58. Dijo él: "Sí, Padre". El bienaventurado Francisco añadió: "Cuando los hermanos llegan a una ciudad donde no tienen lugar y encuentran quien quiera darles terreno suficiente para edificar el lugar, tener huerta y cuanto necesiten, lo primero que han de ver es cuánto terreno les basta, teniendo en cuenta siempre la santa pobreza que prometimos observar y el buen ejemplo que hemos de dar a los demás".

58. El santo Padre hablaba así porque quería librar a los hermanos de todo pretexto para violar la regla de la pobreza en sus casas, iglesias, huertas y demás cosas de su uso. quería que no fuesen propietarios de ningún lugar, sino que siempre vivieren en ellos como peregrinos y forasteros. Quería, por ello que en cala lugar no fuesen colocados muchos hermanos porque le parecía difícil para una comunidad numerosa observar la pobreza. Desde el principio de su conversión hasta el día de su muerte, su deseo constante fue que se guardara perfectamente la santa pobreza.

58. "Luego deberían ir al obispo y dirían: ’Señor, fulano de tal quiere, por amor del Señor Dios y bien de su alma, darnos el terreno necesario para la construcción de un lugar. Nuestra primera diligencia es acudir a vos, sobre todo porque sois el padre y maestro de las almas que forman la grey que se os ha confiado, así como también de las nuestras y de las de los hermanos que permanecieren en este lugar. Con la bendición del Señor Dios y la vuestra, queremos edificar en dicho lugar’". Hablaba así el Santo pensando que el bien de las almas que los hermanos desean conseguir en el pueblo, se consigue mejor viviendo en paz con los prelados y los clérigos, pues así ganan para Dios a éstos y al pueblo, que no ganando sólo al pueblo, Con escándalo de los prelados y clérigos.

58. Decía él: "El Señor nos ha llamado en ayuda de su fe y delos prelados y clérigos de nuestra madre la santa Iglesia. Por eso debemos, en la medida de lo posible, amarlos siempre, honrarlos y venerarlos. Los hermanos se llaman menores porque, de la misma manera que por el nombre, también por su conducta y ejemplo deben ser humildes con todos los demás hombres de este mundo. Cuando al principio de mi conversión me separé del mundo y de mi padre carnal, el Señor puso sus palabras en boca del obispo de Asís para darme consejo y ánimo en el servicio de Cristo. Por esta razón y por otras muchas cualidades eminentes que aprecio en los prelados, quiero amarlos, venerarlos y tenerlos como a mis señores; y no sólo a los obispos, sino también a los pobrecitos sacerdotes.

58. "Después de recibir la bendición del obispo, vayan y hagan que se les abra una zanja larga alrededor del terreno recibido para la construcción del lugar, y, en vez de levantar una tapia, planten un buen seto en señal de pobreza y humildad. Luego hagan que les construyan casas pobrecitas, de barro y maderas, y algunas celdillas donde los hermanos puedan orar algunas veces, morar más honestamente y trabajar libres de toda palabra ociosa.

58. "También harán que les construyan las iglesias; no han de les levanten grandes iglesias con el pretexto de predicar al pueblo o alegando otros motivos, pues la humildad será mayor y el ejemplo más atrayente si los hermanos van a otras iglesias para predicar por mantenerse fieles a la santa pobreza a la humildad y a su estado. "Y si aconteciere que algunos prelados clérigos regulares vienen a sus lugares, las casas pobrecitas, las celdillas y las iglesias que hay allí les servirá de verdadera predicción y marcharán edificados.

58. Y añadió: "Con demasiada frecuencia los hermanos hacen construir grandes edificios con quebranto de nuestra santa pobreza, para perjuicio y mal ejemplo del prójimo. Luego, con el fin de hallar un lugar mejor y más santo, abandonan esos lugares y edificaciones. Entonces, los bienhechores que les habían dado las limosnas y también los demás que ven y oyen esto, se escandalizan y se turban gravemente. Por eso, es preferible que los hermanos se hagan construir lugares y edificios pequeños y pobres, siendo fieles a su profesión religiosa y al deber de dar buen ejemplo al prójimo, a que procedan contra su profesión den mal ejemplo a los otros. Si alguna vez los hermanos abandonasen los lugares pequeños y los edificios pobres por razón de hallar un lugar más conveniente a su vida, e] mal ejemplo sería menos pernicioso y el escándalo menor.

TESTAMENTO DE SIENA

59. En los días y en la misma celda en que el bienaventurado Francisco había dicho estas cosas al señor Buenaventura, una tarde sintió ganas de vomitar debido a sus males de estómago. Los esfuerzos que hizo fueron tan grandes, que empezó a echar sangre, y continuó echándola durante toda la noche hasta la madrugada.

59. Viendo sus compañeros que casi moría por la debilidad y por los dolores de la enfermedad, con inmensa pena y llorando le dijeron: "Padre, ¿qué quieres que hagamos? Bendícenos y bendice a todos tus hermanos. Deja también a tus hermanos un memorial de tu última voluntad, para que, si el Señor quiere llevarte de este mundo, tus hermanos puedan decir y recordar: ’Estas son las palabras que nuestro Padre dijo a sus hijos y hermanos al morir".

59. Y él les dijo: "Que se acerque a mí el hermano Benito de Piratro" . Este hermano era sacerdote, prudente y santo y antiguo en la Religión. En algunas ocasiones celebraba la misa para el bienaventurado Francisco en aquella celda, pues el Santo, aunque enfermo, de buen grado quería oír devotamente la misa siempre que le era posible.

59. Acercándose el hermano, el bienaventurado Francisco le dijo; "Escribe que bendigo a todos mis hermanos, a los que están en la Religión y a los que vendrán a ella hasta el fin del mundo". El bienaventurado Francisco tenía por costumbre en tiempo del capítulo, cuando los hermanos estaban reunidos, al final del mismo, bendecir y absolver a todos los hermanos presentes y a los demás que estaban en la Religión, y bendecía también a los que en lo venidero habían de entrar en ella. Y no sólo lo hacía en los capítulos, sino también en otras muchas ocasiones bendecía a todos los hermanos que vivían en la Religión y a los que habían de ser sus miembros. El bienaventurado Francisco continuó: "Ya que la debilidad y los dolores de mi enfermedad me impiden hablar, voy a dejar expresada a mis hermanos mi última voluntad en tres frases: que, en señal del recuerdo de mi bendición y testamento, se amen y se respeten siempre unos a otros; que amen y respeten siempre a nuestra señora la santa pobreza; que sean siempre fieles y sumisos a los prelados y a todos los clérigos de la santa madre Iglesia".

59. Recomendaba a los hermanos que temieran y evitaran el mal ejemplo. Por fin, maldecía a aquellos que con sus perversos y malos ejemplos fuesen causa de que los hombres hablen mal de la Religión, de la vida de los hermanos y de los buenos y virtuosos hermanos, que por eso sufren vergüenza y aflicción.

FRANCISCO BARRE LAS IGLESIAS

60. En cierta ocasión, estando el bienaventurado Francisco junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula cuando todavía eran pocos los hermanos, salía de vez en cuando a visitar las aldeas y las iglesias de los alrededores de Asís, anunciando y predicando a los hombres la penitencia. Llevaba consigo una escoba para barrer las iglesias, pues sufría mucho cuando, al entrar en ellas, las encontraba sucias. Por eso, cuando terminaba de predicar al pueblo, reunía a todos los sacerdotes que se encontraban allí en un local apartado para no ser oído por los seglares. Les hablaba de la salvación de las almas, y, sobre todo, les recomendaba mucho el cuidado y diligencia que debían poner para que estuvieran limpias las iglesias, los altares y todo lo que sirve para la celebración de los divinos misterios.

VOCACIÓN DEL HERMANO JUAN EL SIMPLE

61. Un día, el bienaventurado Francisco entró en la iglesia de una aldea de la ciudad de Asís y se puso a barrerla. En seguida corrió la noticia de su llegada por toda la aldea, pues sus habitantes gustaban mucho de verle y oírle.

61. Un hombre llamado Juan, de admirable simplicidad, estaba arando en un campo suyo cercano a la iglesia; tan pronto supo que había llegado, corrió a él y le halló barriendo la iglesia. Le dijo: "Hermano, quiero ayudarte; déjame la escoba". El se la dio, y Juan barrió lo que faltaba. Luego, sentándose los dos, aquel hombre habló al bienaventurado Francisco: "Hermano, desde hace tiempo deseo dedicarme al servicio de Dios; sobre todo desde que oí hablar de ti y de tus hermanos; pero no encontraba ocasión de acercarme a ti. Ahora que al Señor plugo que te viera, quiero hacer lo que tú me digas".

61. Al ver tanto fervor, el bienaventurado Francisco se llenó de alegría en el Señor, sobre todo porque todavía eran pocos los hermanos y porque le pareció que aquel hombre, dada su pura simplicidad , sería un buen religioso. Le dijo: "Hermano, si quieres llevar nuestra vida y unirte a nosotros, has de expropiarte de todos los bienes que hayas adquirido sin escándalo y dárselos a los pobres, según el consejo del Evangelio, pues es lo que han hecho aquellos de mis hermanos a quienes les ha sido posible".

61. Oído esto, marchó presuroso al campo donde había dejado los bueyes, les desunció y, presentando uno de ellos al bienaventurado Francisco, le dijo: "Hermano, durante tantos años he servido a mi padre y a los de mi casa. Aunque es pequeña esta parte de la herencia que me corresponde, quiero tomarme este buey como porción mía y darlo a los pobres en el modo que, según Dios, te parezca mejor".

61. Cuando vieron que se disponía a abandonarles, sus padres y e sus hermanos, que todavía eran pequeños, ellos y todos los de la casa, se echaron a llorar y gemir fuertemente. Ante este espectáculo, el bienaventurado Francisco se movió a compasión; sobretodo, porque la familia era numerosa y sin recursos. Les dijo. "Preparad la comida y disponed la mesa para que comamos todos juntos. Cesen los llantos, porque os he de dejar alegres". Dispusieron en seguida la mesa y comieron todos con alegría general. Después de comer, el bienaventurado Francisco les habló: "Este hijo vuestro quiere servir a Dios; no debéis entristeceros por esta determinación, sino alegraros. Es un honor para vosotros, no sólo a los ojos de Dios, sino también a los ojos del mundo. Sacaréis provecho para vuestras almas y para vuestros cuerpos, pues Dios será honrado por uno de vuestra sangre y todos nuestros hermanos serán hijos y hermanos vuestros. Aquí tenéis una criatura de Dios que quiere servir al Creador, y como ser servidor de Cristo es reinar, no puedo ni debo devolvéroslo. Mas, para que recibáis y conservéis de él algún consuelo, quiero que se desprenda de ese buey en vuestro favor, ya que sois pobres, aunque, según el Evangelio, debería dárselo a otros pobres".

61. Quedaron consolados con estas palabras, y, sobre todo, se alegraron de habérseles entregado el buey, pues eran pobres. El bienaventurado Francisco, que amaba mucho en sí y en los otros la pura y santa simplicidad y se complacía siempre en ella, desde que vistió a Juan con el hábito religioso le llevaba consigo como compañero. Era éste de tanta simplicidad, que creía que debía hacer todo cuanto el bienaventurado Francisco hiciera.

61. Cuando éste estaba en una iglesia en un lugar apartado para orar, lo quería ver y observar para poder copiar todos sus gestos. Si el bienaventurado Francisco se arrodillaba levantaba al cielo sus manos juntas, si escupía tosía, otro tanto hacía el hermano. El bienaventurado Francisco, con mucha alegría, comenzó a reprenderle de tales simplezas. Mas el otro respondía: "Hermano, yo prometí hacer todo lo que tu hagas; quiero, por consiguiente, hacer lo que tú haces".

61. El bienaventurado Francisco quedaba admirado y contento de ver en él tanta pureza y simplicidad. Este hermano hizo tales progresos en todas las virtudes y buenas costumbres, que el bienaventurado Francisco y los otros hermanos estaban muy admirados de su perfección. Poco tiempo después murió sin desviarse de ella. Por eso, el bienaventurado Francisco, con gran alegría interior y exterior, contaba su vida a los hermanos y le llamaba no "hermano Juan", sino "San Juan".

EL HERMANO "MOSCA" DA SUS BIENES A SUS PARIENTES

62. En cierta época, el bienaventurado Francisco recorría predicando la provincia de la Marca. Un día en que hablaba a los habitantes de una villa, se le acercó uno para decirle: "Hermano quiero dejar el mundo y entrar en Religión". El bienaventurado Francisco le respondió: "Hermano, si quieres entrar en la Religión de los hermanos, primero debes, según la perfección del santo Evangelio, distribuir todos tus bienes a los pobres y luego renunciar completamente a tu voluntad".

62. Oído esto, el hombre se marchó de prisa, y, guiado por amor carnal, no espiritual, distribuyó sus bienes entre sus parientes. Volvió donde el bienaventurado Francisco para decirle: "Hermano, ya está hecho; me he despojado de todos mis bienes". Francisco le preguntó: "¿Cómo lo has hecho?" "Hermano - respondió -, he dado todas mis cosas a algunos de mis parientes que estaban necesitados".

62. El bienaventurado Francisco, conociendo, por iluminación del Espíritu Santo, que era un hombre carnal, le replicó: "Continúa tu camino, hermano mosca; has dejado lo tuyo a tus parientes y quieres vivir de las limosnas entre los hermanos". El hombre volvió presuroso por el camino que había traído, negándose a dar sus bienes a los pobres.

"ESE MONTE ES TU TENTACIÓN"

63. En la misma época, durante su estancia en el mismo lugar de Santa María, el bienaventurado Francisco fue víctima, para bien de su alma, de una grave tentación de espíritu . Se encontraba fuertemente turbado interior y exteriormente, en su alma y en su cuerpo. Algunas veces hasta huía de la compañía de los hermanos, porque no podía, a causa de aquella tentación, presentarse con su sonrisa habitual. Se mortificaba privándose de comer y hasta de hablar. Frecuentemente se retiraba a orar a un bosque cercano a la iglesia. Allí podía dar curso libre a su pena y derramar abundantes lágrimas en la presencia del Señor, para que El, que todo lo puede, se dignase enviar del cielo el remedio contra tan grande tribulación.

63. Durante más de dos años, día y noche, fue atormentado por aquella tentación. Un día, estando en oración en la iglesia de Santa María, se le dijo en su interior aquella frase del Evangelio: Si tuvieras fe como un grano de mostaza y dijeras a este monte que se trasladase de aquí allí, se iría . El bienaventurado Francisco preguntó: "¿Cuál es ese monte?" "Ese monte es tu tentación", escuchó. "Entonces, Señor, que suceda en mí según tu palabra", dijo Francisco. Y al instante se halló tan tranquilo, que le parecía que jamás había padecido semejante tentación.

COME CON UN LEPROSO

64. Un día, al volver el bienaventurado Francisco de la iglesia de Santa María de la Porciúncula, encontró allí, en compañía de un leproso cubierto de úlceras, al hermano Jacobo el Simple, que había llegado aquel mismo día. El santo Padre le había recomendado aquel leproso, y particularmente todos los demás leprosos que estuvieran más llagados. Hay que tener en cuenta que en aquel tiempo los hermanos habitaban en las leprosería. Este hermano Jacobo era como el médico de los muy ulcerados, y así, con todo cariño tocaba y curaba las llagas y cambiaba el vendaje.

64. El bienaventurado Francisco dijo al hermano Jacobo en tono de reproche: "Tú no deberías llevar contigo a los hermanos cristianos, pues no está bien ni para ti ni para ellos". ("Hermanos cristianos" era el nombre que Francisco daba a los leprosos.) El santo Padre le hizo esta advertencia porque, aunque estaba muy contento de que el hermano les ayudara y sirviera, sin embargo, no quería que sacara del hospital a los más llagados, y en especial porque el hermano Jacobo era muy simple, y con frecuencia iba con algún leproso a la iglesia de Santa María, y, sobre todo, porque las gentes, en general, sienten horror a los enfermos que están muy cubiertos de úlceras.

64. No bien hubo terminado la amonestación, el bienaventurado Francisco se acusó a sí mismo y confesó su culpa al hermano Pedro Cattani, que entonces era ministro general; más que todo, porque creyó que su reprensión al hermano Jacobo había avergonzado al leproso, dijo su falta con la intención de repararla ante Dios y ante el leproso.

64. Habló así al hermano Pedro: "Te pido que apruebes, y en manera alguna me la niegues, la penitencia que quiero hacer". El hermano Pedro respondió: "Como te agrade, hermano". Pues era tal la veneración, respeto y sumisión que el hermano Pedro tenía al bienaventurado Francisco, que jamás osaba cambiar su obediencia, aunque entonces, como en muchas otras ocasiones, quedara por ello afligido interior y exteriormente.

64. El bienaventurado Francisco dijo: "Mi penitencia será comer de un mismo plato con el hermano cristiano". Cuando se sentó a la mesa para comer con el leproso y con otros hermanos, puso la escudilla entre los dos. El leproso era todo llaga y úlcera; los dedos con los que tomaba la comida estaban contraídos y sangrantes; y así, cada vez que los metía en la escudilla, caía en ella la sangre.

64. Ante esta escena, el hermano Pedro y los otros hermanos estaban estremecidos de pena; pero no se atrevían a decir palabra por respeto al santo Padre. El que escribe estas líneas vio la escena y da testimonio. Es lo único que de él se conoce.

65. El bienaventurado Francisco caminaba en cierta ocasión por el valle de Espoleto, y le acompañaba el hermano Pacífico, natural de la Marca de Ancona; en el siglo había sido conocido con el nombre de "el rey de los versos". Este maestro de cantores era de la clase noble y cortesano. Se hospedaron en la leprosería de Trevi . El bienaventurado Francisco dijo al hermano Pacífico: "Vamos a la iglesia de San Pedro de Bovara , pues quiero pasar allí la noche".

65. Esta iglesia estaba situada no lejos de la leprosería; nadie la habitaba, pues en aquella época Trevi estaba en ruinas y nadie vivía en este castro villa .

65. Por el camino dijo el bienaventurado Francisco al hermano Pacífico: "Vuelve al hospital; quiero estar solo esta noche. Mañana al amanecer vienes donde mí".

65. Ya solo, recitó completas y otras oraciones, y luego trató de descansar y de dormir. En vano, pues se vio sobrecogido interiormente de temor y sintió tentaciones diabólicas. Se levantó al punto, salió fuera de la iglesia y se santiguó, diciendo: "Demonios, yo os mando de parte de Dios todopoderoso: podéis hacer sufrir a mi cuerpo todo lo que os conceda nuestro Señor Jesucristo; estoy dispuesto a soportarlo, pues no tengo mayor enemigo que mi cuerpo s; vosotros me vengaréis así de este adversario y enemigo mío". Al instante desaparecieron las tentaciones. Vuelto al lugar donde se había acostado, descansó y durmió apaciblemente.

65. A la madrugada estaba de regreso el hermano Pacífico. El bienaventurado Francisco estaba ante el altar en el interior del coro; el hermano Pacífico quedó y le esperó fuera del coro, orando también él al Señor delante del crucifijo. Cuando se puso a orar el hermano Pacífico, fue arrebatado en éxtasis, si con su cuerpo sin el, Dios lo sabe ; vio en el cielo gran número de tronos, y entre ellos uno más elevado, glorioso y radiante de luz y adornado con toda clase de piedras preciosas. Admirado de su esplendor, se preguntaba qué clase de sede era aquélla y a quién le pertenecía: Oyó al punto una voz que le dijo: "Este trono fue de Lucifer, y en su lugar se sentará en él el bienaventurado Francisco". Cuando el hermano Pacífico recobró sus sentidos, el bienaventurado Francisco salió inmediatamente del coro y se le aproximó. Súbitamente se postró el hermano a los pies del bienaventurado Francisco, extendidos los brazos en forma de cruz, juzgándole, a causa de la visión, como habitante del cielo. Y le dijo "Padre, perdóname los pecados y ruega al Señor que me perdone y tenga piedad de mí". Francisco, tendiéndole la mano, le levantó, y comprendió que había tenido alguna visión durante la oración.

65. Parecía todo transformado y hablaba al bienaventurado Francisco no como a un hombre que vive en carne, sino como a quien reina en el cielo. Luego, como inquiriendo de lejos y no queriendo manifestar la visión al bienaventurado Francisco, le preguntó: "Hermano, ¿qué piensas de ti mismo?" El bienaventurado Francisco respondió: "Yo pienso que soy el más grande pecador que hay en este mundo".

65. En el mismo momento sintió en su interior el hermano Pacífico una voz que le decía: "Aquí tienes la señal de que es verdad la visión que has tenido, pues como Lucifer fue precipitado de aquel trono a causa de su orgullo, así el bienaventurado Francisco, por su humildad, merecerá ser exaltado y sentarse en él".

UN SER MISTERIOSO LE REGALA CON UN CONCIERTO

66. En cierta ocasión en que el bienaventurado Francisco estaba en Rieti y se había hospedado durante unos días en casa de Tabaldo "el Sarraceno" a causa de la enfermedad de sus ojos, dijo a uno de sus compañeros que en el mundo había aprendido a tocar la cítara: "Hermano, los hijos de este mundo no comprenden las cosas de Dios. Antiguamente, los instrumentos músicos, como cítaras, salterios de diez cuerdas y otros, servían a los santos para la alabanza a Dios y para consuelo de sus almas; pero ahora los emplean los hombres para la vanidad y el pecado, en contra de la voluntad del Señor. Quisiera que te procuraras en secreto de algún buen hombre una cítara y con ella me cantases algún verso bello y honesto, y luego, acompañados de ella, dijésemos las palabras y alabanzas del Señor, pues mi cuerpo está afligido por esta gran enfermedad y dolores. Querría que de esta forma se redujera el dolor del cuerpo para alegría y consuelo del espíritu".

66. Es de saber que durante su enfermedad el bienaventurado Francisco había compuesto las Alabanzas del Señor, que las hacía cantar, a veces, a sus hermanos para gloria de Dios, consuelo de su alma y también para edificación del prójimo.

66. El hermano respondió: "Padre, me da vergüenza ir a pedir la cítara; más que nada, porque los habitantes de esta ciudad saben que he sido tentado de volver a tocar la cítara". "Está bien, hermano - dijo el bienaventurado Francisco -, no hablemos más de , esto".

66. Hacia la media noche siguiente, estando despierto el bienaventurado Francisco, oyó al lado de la casa donde descansaba el punteo de una cítara que acompañaba un poema bello, tan agradable como nunca en su vida había escuchado. El músico se paseaba, alejándose primero hasta donde podía ser oído y volviendo luego sin dejar de tocar. Así estuvo durante una hora larga.

66. El bienaventurado Francisco comprendió que todo aquello era merced de Dios y no obra del hombre; quedó anegado de alegría, y su corazón se desbordó con gran entusiasmo en alabanzas al Señor, que se había dignado consolarle tan abundantemente. Por la mañana al levantarse dijo a su compañero: "Hermano, te hice un ruego, y no me complaciste; pero el Señor, que consolará a sus amigos en las tribulaciones , se ha dignado complacerme esta noche". Y le contó lo sucedido.

66. Los hermanos, al enterarse, admirados, consideraron lo acaecido como un gran milagro. Estaban seguros de que Dios había intervenido para consolar al bienaventurado Francisco, porque, por decreto del podestá que estaba en uso, nadie podía transitar por la ciudad, no ya a media noche, pero ni siquiera después del tercer toque de la campana. Y además porque, como lo declaró el bienaventurado Francisco, fue en el silencio, sin palabras ni estrépito de voces - porque era obra de Dios--, como el músico iba y venía tocando durante una larga hora para consuelo de su alma.

LA VIÑA DE RIETI

67. Por el mismo tiempo, a causa de la enfermedad de los ojos, el bienaventurado Francisco vivió junto a la iglesia de San Fabián, situada en las cercanías de la misma ciudad y servida por un sacerdote secular pobre. El señor papa Honorio con otros cardenales residía entonces allí . Muchos de los cardenales y otros de la alta clerecía, llevados por la veneración y devoción que tenían al Santo, iban casi todos los días a visitarle. La iglesia tenía una pequeña viña junto a la casa donde descansaba el bienaventurado Francisco. La casa tenía una puerta por la que pasaban a la viña casi todos los que le visitaban, máxime porque en aquella época las uvas estaban maduras y el lugar invitaba a descansar. La viña, pues, fue por este motivo casi del todo saqueada: unos cogían los racimos y se los comían, otros se los llevaban, y había quien los pisoteaba

67. El sacerdote, a la vista de esto, estaba escandalizado y turbado. "Este ano - decía -mi cosecha está perdida. Mi viña es pequeña, pero me da todos los años el vino que necesito". Enterado de esto el bienaventurado Francisco, le hizo llamar para decirle: "No estés turbado y escandalizado, pues no podemos cambiar ya lo hecho. Pon tu confianza en el Señor, que por mí, su siervecillo, puede repararte el daño. Dime: ¿Cuántas cántaros de vino te dio la viña cuando más te dio?" "Trece, Padre", respondió el sacerdote. "No te dejes llevar de la tristeza - repuso el bienaventurado Francisco -, ni injuries a nadie, ni presentes queja contra alguno. Ten confianza en el Señor y en mis palabras. Si recoges menos de veinte cántaros, yo haré que te las llenen".

67. El sacerdote quedó tranquilo y calló. Pues bien; por voluntad de Dios, sucedió que recogió veinte cántaros, no menos, según la promesa del bienaventurado Francisco. Quedó maravillado el sacerdote, así como todos los que tuvieron conocimiento de lo sucedido, considerándolo como un gran milagro en atención a los méritos del bienaventurado Francisco, no sólo porque la vina había sido devastada, sino también porque, aunque hubiera estado cargada de racimos y no hubiera desaparecido uno solo, al sacerdote y a los demás les parecía imposible que produjera veinte cántaros de vino.

67. Nosotros que hemos vivido con él podemos testimoniar que, cuando decía: "Así es o así será", su palabra se cumplía siempre. Nosotros hemos visto cómo se han cumplido sus promesas, bien durante su vida, bien después de su muerte.

EL BANQUETE OFRECIDO AL MÉDICO

68. Durante el mismo tiempo, el bienaventurado Francisco residió en el eremitorio de los hermanos de Fonte Colombo, cerca de Rieti, a causa de la enfermedad de los ojos. El médico de los ojos vino un día a visitarle y se entretuvo con él, como de costumbre, cosa de una hora. Se disponía ya a marchar, cuando el bienaventurado Francisco dijo a uno de sus companeros: "Id y servid al médico una buena comida". Le respondió su compañero: "Padre, te lo decimos avergonzados: estamos tan pobres en este momento, que nos da vergüenza invitarle y darle ahora de comer". "Hombres de poca fe - dijo el bienaventurado Francisco -, no me hagáis hablar más".

68. El médico, dirigiéndose al bienaventurado Francisco y a sus compañeros, dijo: "Hermano, precisamente porque los hermanos son tan pobres, será para mí un placer comer con ellos". Este señor era muy rico, y, aunque el Santo y sus compañeros le habían invitado muchas veces, nunca había querido quedarse a comer.

68. Fuéronse los hermanos y prepararon la mesa, y, avergonzados, sacaron el poco pan y vino que tenían y la escasa ración de hortalizas que habían cocido para ellos. Y se sentaron a comer. Apenas habían empezado la comida, llamaron a la puerta del eremitorio. Se levantó uno de los hermanos y fue a abrirla. Esperaba una mujer que traía un gran canasto lleno de hermoso pan, peces, pasteles de camarones, miel y uvas que parecían recién cogidas. Se lo enviaba al bienaventurado Francisco una señora de un pueblo distante del eremitorio casi siete millas.

68. Al ver esto, los hermanos y el médico quedaron muy asombrados, reconociendo que el bienaventurado Francisco era un santo. Por eso, el médico dijo a los hermanos: "Hermanos míos, ni vosotros ni yo apreciamos lo que es debido la santidad de este hombre".

ANUNCIA UNA CONVERSIÓN

69. Dirigiéndose en cierta ocasión el bienaventurado Francisco hacia Celle di Cortona, seguía el camino que pasa al pie de

69. un castro que se llama Limisiano, y que está cerca del lugar de los hermanos de Pregio. Una señora noble del castro se iba acercando muy aprisa para hablar con él. Uno de los compañeros vio a la señora, que, muy fatigada por el caminar, corría para alcanzarlos; se acercó presuroso al bienaventurado Francisco y le dijo:"Padre, por amor de Dios, vamos a esperar a esta señora que nos sigue, muy fatigada ya, con el deseo de hablarte". El bienaventurado Francisco, lleno de caridad y piedad, la esperó. Cuando la vio tan acalorada y que venía con gran fervor de espíritu y devoción, le preguntó: "¿Qué deseas, señora?" "Padre, te pido que me bendigas". "¿Eres casada soltera?" "Padre, hace mucho que el Señor me dio el buen deseo de servirle. He tenido y tengo gran deseo de salvar mi alma; mas tengo un marido tan cruel, que es un verdadero obstáculo en el servicio a Cristo, tanto para mí como para él; por eso, mi alma se aflige de gran dolor y de angustia de muerte". El bienaventurado Francisco, viendo su fervor y, sobre todo, su juventud y su complexión delicada, apiadado, la bendijo. Y dijo: "Vete, encontrarás a tu marido en casa; dile de mi parte que a él y a ti os pido, por el amor de aquel Señor que para salvarnos sufrió el tormento de la cruz, que salvéis vuestras almas en vuestra casa".

69. Ella marchó, y al entrar en casa halló allí a su marido, como le había dicho el bienaventurado Francisco. "¿De dónde vienes?", le preguntó él. "Vengo de ver al bienaventurado Francisco. Me ha bendecido, y con sus palabras he quedado consolada y alegre en el Señor. Además me ha mandado que te diga y te ruegue de su parte que salvemos nuestras almas en nuestra casa".

69. No bien hubo dicho estas palabras, la gracia de Dios vino a él por los méritos del bienaventurado Francisco, y respondió con mucha dulzura y bondad, completamente transformado de repente por el Señor: "Desde ahora, señora, sirvamos a Cristo como te agrade y salvemos nuestras almas, según te ha dicho el bienaventurado Francisco". Su mujer le propuso: "Señor, me parece bien que vivamos en castidad, pues ésta es una virtud muy agradable al Señor y que nos procura grande recompensa". "Me agrada, señora - dijo el marido -, ya que es lo que a ti te agrada; y en esto, como en toda obra buena deseo unir mi voluntad a la tuya".

69. A partir de aquel día y durante muchos años guardaron castidad e hicieron muchas limosnas a los hermanos y a otros pobres, de suerte que no sólo los seglares, sino incluso los religiosos, admiraban su santidad; más que nada, porque él había sido muy mundano y tan de repente se había convertido en espiritual. Marido y mujer perseveraron hasta el fin de sus días en estas y otras muchas buenas obras y murieron con muy pocos días de intervalo. Su muerte fue muy llorada por el perfume de buena vida que habían difundido a lo largo de sus días, alabando y bendiciendo al Señor, que les había concedido muchas gracias, la pureza y la concordia en su servicio. Ni la muerte les distanció, ya que murió el uno poco después del otro. Hasta el día de hoy los recuerdan como a santos los que los conocieron.

RECHAZA A UN JOVEN QUE SE INSPlRA EN MÓVILES HUMANOS

70. En el tiempo en que todavía nadie era admitido a llevar la vida de los hermanos sin el permiso del bienaventurado Francisco, un día vino a verle, con otros compañeros que querían entrar en la Religión, el hijo de un señor de Lucca, noble según el mundo. Francisco estaba entonces enfermo y se hospedaba en el palacio del obispo de Asís. Cuando los hermanos presentaron a aquéllos al bienaventurado Francisco, el hijo del noble se inclinó ante él y comenzó a llorar con grandes gemidos, suplicando que le aceptara.

70. El bienaventurado Francisco, mirándole fijamente, le dijo: "Hombre miserable y carnal, ¿por qué mientes al Espíritu Santo y me mientes a mí? Lloras carnalmente y no espiritualmente".

70. Acababa de decir esto, cuando llegaron a la puerta del palacio los parientes del joven, que venían a caballo para apoderarse de él y volverlo a casa. En cuanto oyó el estrépito de los caballos y, mirando por una ventana del palacio, vio a sus parientes, se levantó al instante, salió a su encuentro y volvió al siglo con ellos, como el Espíritu Santo le había dado a conocer al bienaventurado Francisco. Los hermanos y todos los presentes quedaron admirados, ensalzando y alabando a Dios en su Santo.

PROVISTO DE UN PEZ LUCIO EN INVIERNO

71. Estando en cierta ocasión muy enfermo en el palacio del obispo de Asís , sus hermanos le rogaban y animaban para que comiera algo. Les respondió: "Hermanos míos, no tengo gana alguna de comer; pero, si hubiera algo del pescado lucio , tal vez lo comería..."

Acababa de decir esto, cuando se presentó un hombre con una canasta en que traía tres lucios bien aderezados y platos de camarones, de los que el santo Padre comía a gusto. Todo se lo enviaba el hermano Gerardo, ministro de Rieti .

Los hermanos se maravillaron viendo su santidad y alabaron al Señor, porque así dio gusto a su siervo con lo que los hombres no podían proporcionarle; sobre todo, porque era invierno y en aquella región no se podían proveer de aquellos peces.

PENETRA LAS CONCIENCIAS

72. Un día, el bienaventurado Francisco iba de camino conun hermano de Asís , hombre espiritual, originario de una familia noble y poderosa. El bienaventurado Francisco, muy débil y enfermo, montaba un asno. El hermano, cansado por el viaje, decía para sus adentros: "Su familia no puede compararse con la mía, y, sin embargo, él va montado, y yo, detrás, a pie, fatigado, arreando a la bestia". Esto pensaba, cuando Francisco de pronto se apea del asno y le dice: "No es justo ni conveniente que yo cabalgue y tú vayas a pie, pues en el mundo tú eras más noble y más poderoso que yo". El hermano, asombrado y confuso, se echó llorando a sus pies y confesó sus pensamientos secretos y su culpa. Estaba maravillado de la santidad de Francisco, que conoció al instante lo que él estaba pensando en su interior. Cuando los hermanos se presentaron en Asís al señor papa Gregorio y a los cardenales para pedir la canonización del bienaventurado Francisco, este hermano atestiguó ante ellos la autenticidad de este hecho.

BENDICE A UN HERMANO QUE VENIA A VERLE

73. Un hermano , hombre espiritual y amigo de Dios, vivía en el lugar de los hermanos de Rieti. Un buen día, impulsado por el deseo de ver a Francisco y de recibir su bendición, se encaminó con gran devoción al eremitorio de los hermanos de Greccio, donde estaba entonces el Santo. Este, después de comer, se había retirado a la celda en que oraba y descansaba. Como era tiempo de cuaresma, no bajaba de la celda más que a la hora de la comida y en seguida volvía a ella. Muy triste por no haberle hablado y, sobre todo, porque debía volver a su convento aquel mismo día, achacaba el contratiempo a sus pecados.

73. Cuando los compañeros del bienaventurado Francisco trataban de consolarle y él había andado apenas la distancia de un tiro de piedra para volverse a su lugar, el bienaventurado Francisco, por voluntad de Dios, salió de la celda y llamó a uno de sus compañeros (el que solía acompañarle en su paseo hasta la fuente del lago) y le mandó: "Di a ese hermano que se vuelva hacia mí". El hermano volvió su mirada hacia el bienaventurado Francisco, quien hizo sobre él la señal de la cruz y lo bendijo. Luego marchó con gran alegría interior y exterior y alabó al Señor, que le había complacido en su deseo. Su consuelo fue tan grande porque a sus ojos había sido voluntad de Dios que él recibiera esta bendición sin haberla pedido por sí ni por otro.

73. Los compañeros del Santo y los otros hermanos del eremitorio quedaron asombrados, considerando el caso como muy milagroso, pues nadie había dado cuenta a Francisco de la llegada de aquel hermano. Ni sus compañeros ni los otros hermanos se atrevían a acercarse a él sin ser llamados. Tanto aquí como en cualquier otro lugar en que el bienaventurado Francisco se dedicaba a la oración, quería estar apartado de todos y quería que nadie se le acercara sin ser llamado.

LECCIONES DE POBREZA EN GRECCIO Y LA PORCIÚNCULA. ELOGIO DE LOS HABITANTES DE GRECCIO. EL MILAGRO DE LOS LOBOS

74. Estando el bienaventurado Francisco en este mismo lugar, vino para celebrar con él la fiesta de la Navidad del Señor un ministro de los hermanos . Estos, con ocasión de la venida de este ministro y para honrarle, preparaban el mismo día de la Navidad una mesa cubierta de hermosos y blancos manteles que habían adquirido, y vasos de cristal para beber.

74. Cuando baja el bienaventurado Francisco de la celda para comer y ve la mesa elevada y adornada con refinamiento, se aleja sin ser visto y pide a un pobre, que había llegado aquel día al eremitorio, prestados el sombrero y el bastón que había llevado en sus manos. Llama silenciosamente a uno de sus compañeros y sale al exterior del eremitorio sin notarlo los otros hermanos.

74. Estos se sentaron a la mesa sin esperarle; más que nada, porque el santo Padre los tenía habituados - y es lo que quería - a que, si el no llegaba puntualmente a la hora de la refección y los hermanos querían comer, comenzasen la comida. Su compañero cerró la puerta y quedó por dentro junto a ella.

74. El bienaventurado Francisco llamó, e inmediatamente el hermano le franqueó la entrada. Avanzó - el sombrero echado a la espalda y el bastón en la mano como un peregrino - hasta la puerta de la casa donde estaban comiendo los hermanos y dijo como suelen los mendigos: "Por el amor de Dios, dad una limosna a este peregrino pobre y enfermo".

74. El ministro, como los demás hermanos, lo reconocieron inmediatamente. El ministro respondió: "Hermano, también nosotros somos pobres, y, siendo muchos, nos son necesarias las limosnas que comemos. Pero, por el amor de aquel Señor a quien has invocado, entra y te daremos una porción de las limosnas que el Señor nos ha proporcionado". Entró y se quedó de pie frente a la mesa. El ministro le tendió la escudilla en que estaba comiendo y un trozo de su pan. Recibiólos y se sentó en el suelo junto al fuego y de cara a los hermanos, sentados ya a la mesa, que estaba elevada. Les dijo suspirando: "Cuando he visto esta mesa suntuosa y refinada, he pensado que no era la mesa de los pobres religiosos que diariamente piden de puerta en puerta. Ciertamente, a nosotros nos toca dar ejemplo en todo de humildad y de pobreza más que los otros religiosos, pues a este género de vida hemos sido llamados y a él nos hemos comprometido delante de Dios y de los hombres. Ahora me parece que estoy sentado como debe estar un hermano".

74. Quedaron avergonzados los hermanos, pues consideraban que les había dicho la verdad, y algunos se echaron a llorar amargamente viéndole sentado en el suelo y advirtiendo que les corregía tan santa y cuidadosamente.

74. Decía el bienaventurado Francisco que los hermanos debían tener mesas tan humildes y sencillas, que pudiera edificarse la gente del mundo; y que, si un pobre era invitado por los hermanos, pudiera sentarse junto a ellos y no en el suelo, mientras los hermanos estaban en sus asientos.

74. El señor papa Gregorio, cuando era obispo de Ostia, vino un día al lugar de los hermanos en Santa María de la Porciúncula. Entró en la casa y, junto con muchos caballeros, monjes y otros clérigos de su comitiva, se fue a ver el dormitorio de los hermanos. Cuando vio que dormían en el suelo, sin que tuvieran debajo otra cosa que un poco de paja, sin almohada y cubiertos con unos trozos de manta pobres y deshilachados, rompió a llorar en presencia de todos y dijo: "¡Mirad dónde duermen los hermanos! Nosotros, miserables, nos rodeamos de tantas cosas superfluas; ¿Qué será de nosotros?" El y los demás marcharon edificados. No vio mesa alguna, pues los hermanos comían sentados en el suelo. Y, aunque este lugar desde su fundación había sido siempre visitado por los hermanos durante mucho tiempo más frecuentemente que ninguno otro de la Religión (porque era aquí donde vestían el hábito los que entraban en la Religión), los hermanos de aquel lugar, lo mismo cuando eran pocos que cuando eran muchos, comían siempre sentados en el suelo. Mientras vivió el santo Padre, siguiendo su ejemplo y deseo, los hermanos de aquel lugar comían sentados en el suelo.

74. Viendo el bienaventurado Francisco que el lugar de los hermanos en Greccio era adecuado y pobre y gustándole los habitantes de aquel castro, si bien eran pobrecitos y simples, más que los demás de la provincia, con frecuencia descansaba y moraba en este lugar, en razón, sobre todo, de que había una celda pobre y retirada, en la que se solía alojar el santo Padre.

74. Su ejemplo, su predicación y la de sus hermanos movieron, por la gracia del Señor, a muchos del pueblo a ingresar en la Religión . Muchas mujeres guardaban la castidad viviendo en sus casas, vestidas con el hábito religioso. Y, aunque cada una de ellas permanecía en su casa, vivían honestamente una vida de comunidad y afligían sus cuerpos en ayuno y oración; de suerte que, aun cuando eran jóvenes y sencillas, su manera de comportarse parecía, a los hombres y a los hermanos, propia no de personas seglares y de personas de su parentela, sino de personas santas y religiosas que hubiesen servido largos años al Señor. Muchas veces, el bienaventurado Francisco solía decir a los hermanos cuando les hablaba de los hombres y mujeres de aquel lugar: "En ninguna otra ciudad se ha convertido a la penitencia tanta gente como en Greccio, no obstante ser éste un poblado pequeño".

74. En aquella época, los hermanos del lugar, lo mismo que los de otros muchos lugares, solían alabar al Señor al atardecer. Con frecuencia, hombres y mujeres, grandes y pequeños, salían de sus casas, y de pie en el camino, ante el castro, alternaban con los hermanos, respondiendo en alta voz: "Loado sea el Señor Dios". Hasta los niños pequeños que no sabían hablar bien, cuando veían a los hermanos, alababan al Señor a su manera.

74. Desde hacía muchos años, esta buena gente sufría una gran calamidad: grandes lobos devoraban a los hombres y todos los años el granizo devastaba viñas y sembrados. Un día les dijo el bienaventurado Francisco en la predicación: "Oíd lo que os anuncio por el honor y la gloria de Dios: si cada uno de vosotros se enmienda de sus pecados y se convierte a Dios de todo corazón con el firme propósito y la voluntad de perseverar, tengo la seguridad de que nuestro Señor Jesucristo, por su gran misericordia, os librará de la calamidad de los lobos y del granizo que venís sufriendo desde hace mucho tiempo. Y aumentará y multiplicará en vuestro favor los bienes espirituales y temporales. Pero también os prevengo que, si volvéis a vuestro vómito - Dios no lo permita -, este castigo y esta calamidad volverán y aún padeceréis catástrofes más terribles".

74. Desde aquel día y hora, por providencia divina y los méritos del santo Padre, cesó aquella tribulación. Cosa más extraordinaria y milagro más asombroso aún: cuando venía la granizada y arrasaba los campos de los pueblos vecinos, ni siquiera tocaba las de Greccio que lindaban con aquéllos. Durante dieciséis veinte años se vieron colmados de bienes espirituales y temporales.

74. Mas por la riqueza comenzaron a enorgullecerse y a odiarse mutuamente, a herirse y hasta a matarse a espada, a matar a escondidas a animales del vecino, a saquear y a robar de noche y a cometer otras muchas fechorías. Cuando el Señor vio que sus obras eran perversas y que no cumplían las condiciones señaladas por su siervo, su celo se indignó contra ellos, apartó de ellos la mano de su misericordia, y el castigo del granizo y de los lobos cayo de nuevo sobre el pueblo, como les había amenazado el santo Padre; y se vieron afligidos por otros males mayores que los de antes. Al ser destruido por el fuego el pueblo entero, perdieron todos sus bienes, salvando tan sólo la vida . Los hermanos y cuantos oyeron al santo Padre predecir la prosperidad y la adversidad, admiraron su santidad al comprobar cómo sus palabras se cumplieron a la letra.

PREDICE INFORTUNIOS SOBRE PERUSA

75. Un día en que predicaba el bienaventurado Francisco en la plaza de Perusa a una gran multitud que allí se había congregado, unos caballeros de Perusa se pusieron a correr con unos caballos simulando un torneo de armas, e impedían con ello la predicación . Hombres y mujeres, deseosos de escuchar la palabra del Santo, les llamaron la atención; pero ellos continuaron en su juego. Volviéndose a los caballeros el bienaventurado Francisco, les dijo con todo el ardor de su alma: "Escuchad y entended bien las cosas que el Señor os anuncia por mí, su siervo. Y no digáis: ’¡Bah!, éste es un hombre de Asís'".

75. El bienaventurado Francisco dijo esto porque de antiguo existía gran enemistad entre asisienses y perusinos. Y añadió lo que sigue: "El Señor os ha exaltado y engrandecido sobre todos los pueblos vecinos, por lo que debierais estar reconocidos a vuestro Creador y mostraros humildes no sólo ante el Dios omnipotente, sino también ante vuestros mismos vecinos. Mas vuestro corazón está hinchado de arrogancia y soberbia por vuestra fortaleza. Saqueáis a vuestros vecinos y matáis a muchos de ellos. Por eso os digo que, si no os convertís pronto a El y no dais satisfacción a aquellos a quienes habéis ofendido, el Señor, que no deja sin castigo injusticia alguna, os prepara una terrible venganza, castigo y humillación: hará que os levantéis unos contra otros, estallará la discordia y guerra civil y os sobrevendrán mayores males que los que os pudieran causar vuestros vecinos".

75. El bienaventurado Francisco, en efecto, no pasaba por alto en su predicación los vicios de la gente que ofendían públicamente a Dios al prójimo. Mas el Señor le había dado tanta gracia, que cuantos le veían escuchaban, pequeños grandes, sentían hacia él respeto y veneración por razón de la riqueza de gracias que había recibido de Dios, y, cuando les reprendía, sentían vergüenza, pero quedaban edificados; e incluso a veces con esta ocasión, y para que orase por ellos con más fervor, se convertían al Señor.

75. Pocos días después sucedió, por permisión divina, que se desencadenó una lucha entre los caballeros y el pueblo. Este echó fuera de la ciudad a los caballeros, quienes, con ayuda de la Iglesia, arrasaron muchos sembrados, viñas y árboles y causaron al pueblo todos los males que pudieron. Los plebeyos, en revancha, asolaron los campos, viñas y árboles de los caballeros. Así, los habitantes de Perusa, en castigo, sufrieron más que sus vecinos a quienes habían molestado. Se cumplió a la letra la predicación hecha por el bienaventurado Francisco.

EFICACIA DE SU ORACIÓN

76. En el curso de uno de sus viajes por una provincia, el bienaventurado Francisco se encontró con el abad de un monasterio que le tenía mucho afecto y veneración. El abad se apeó del caballo y habló con él, aproximadamente durante una hora, sobre el estado de su alma. Al despedirse, el abad le pidió con gran devoción que orase por él. "De buena gana lo haré", dijo el bienaventurado Francisco. Cuando el abad se había alejado un tanto, el Santo dijo a su compañero: "Hermano, esperemos un poco; voy a rogar por el abad, como le he prometido". Y rezó por el.

76. Era costumbre del bienaventurado Francisco, cuando alguien por devoción le suplicaba que pidiese por el bien de su alma, hacer oración por él cuanto antes, para que no se olvidara. El abad continuaba su camino, y no estaba todavía muy distante del bienaventurado Francisco, cuando recibió en su corazón la visita del Señor. Un dulce calor inundó su rostro y quedó enajenado un instante. Cuando volvió en sí, conoció que el bienaventurado Francisco había rogado por él. Alabó a Dios y sintió la alegría interior y exterior. Desde entonces tuvo todavía mayor devoción al santo Padre, pues había comprobado él mismo la excelencia de su santidad. Durante su vida refirió este suceso muchas veces a los hermanos y a otras gentes, pues lo consideraba como un gran milagro.

OLVIDA SUS PROPIOS DOLORES RECORDANDO LOS DE CRISTO

77. El bienaventurado Francisco padeció durante mucho tiempo y hasta su muerte del hígado, del bazo y del estómago. Y, cuando marchó a ultramar para predicar al sultán de Babilonia y Egipto , contrajo una grave enfermedad de la vista a consecuencia de lo que sufrió por la fatiga del viaje, en el que, tanto de ida como de vuelta, tuvo que soportar grandes calores . Y era tal el fervor de su espíritu desde su conversión a Cristo, que, a pesar de los ruegos de los hermanos y de otras personas, por la compasión que les producía, no quiso preocuparse con que fuera atendida alguna de estas enfermedades. Se portaba así porque, gracias a la gran dulzura y compasión qué a diario percibía en la meditación de la humildad y los pasos del Hijo de Dios, lo que para la carne era amargo, se le hacía dulce para el espíritu . Es más: de tal manera se dolía a diario de los sufrimientos y amarguras que Cristo toleró por nosotros y de tal manera se afligía de ellos interior y exteriormente, que no se preocupaba de sus propias dolencias.

LLORA LA PASIÓN DE CRISTO

78. En cierta ocasión, a los pocos años de su conversión, mientras caminaba solo no lejos de la iglesia de Santa María de la Porciúncula, iba llorando y sollozando en alta voz. Yendo así Francisco, tropezó con él un hombre piadoso - le conocemos y de él escuchamos este relato - que le había ayudado mucho y consolado cuando todavía no tenía hermano alguno e incluso más tarde. Conmovido de piedad para con él, le preguntó: "¿Qué te pasa, hermano?" Pues pensaba que sufría dolores a causa de alguna enfermedad. Respondió Francisco: "De esta manera debería ir yo, sin vergüenza alguna, por todo el mundo llorando y sollozando la pasión de mi Señor". Y aquel hombre comenzó a llorar y a derramar lágrimas abundantes a una con Francisco.

MEDITA LOS EJEMPLOS DE HUMILDAD DEL HIJO DE DIOS

79. Otra vez, durante su enfermedad de la vista sufría tan grandes dolores, que un día le dijo un ministro: "Hermano, ¿por qué no dices a tu compañero que te lea algún pasaje de los profetas algún otro capítulo de las Escrituras? Tu alma se recreará en el Señor y hallará gran consuelo". Sabía que se alegraba mucho en el Señor cuando escuchaba la lectura de las divinas Escrituras. Mas él respondió: "Hermano, siento todos los días tanta dulzura y consuelo en el recuerdo y meditación de la humildad manifestada en la tierra por el Hijo de Dios, que podría vivir hasta el fin del mundo sin mucha necesidad de escuchar meditar otros pasajes de las Escrituras".

79. Con frecuencia recordaba y luego recitaba a los hermanos aquel verso de David: Mi alma no quiere otro consuelo. Por eso, queriendo ser, como él decía frecuentemente a los hermanos, ejemplo y modelo para todos ellos, rehusaba no sólo los medicamentos, sino también la alimentación, que le era necesaria por sus achaques. Y como lo que acabamos de decir lo tenía en cuenta no sólo cuando parecía estar sano que siempre estaba débil y enfermo, sino también en sus enfermedades, era siempre austero con su cuerpo.

SEVERIDAD CONSIGO MISMO DURANTE LA ENFERMEDAD

80. Estando convaleciente de una grave enfermedad, le pareció, examinándose, que durante ella había sido un tanto complaciente en la comida, por más que apenas había comido, porque los muchos, diversos y prolongados males no se lo permitían.

80. Un buen día se levanta, aunque todavía estaba con fiebres cuartanas, y ordena que convoquen a los habitantes de Asís en la plaza para predicarles. Terminado el sermón, les ruega que nadie se marche, porque en seguida va a volver. Entra en la iglesia de San Rufino y baja a la confesión con el hermano Pedro Cattani, primer ministro general elegido por él mismo, y con otros hermanos. Ordena al hermano Pedro que le obedezca y no se oponga a lo que quiere decir y hacer. El hermano Pedro responde: "Hermano, yo no puedo, no debo hacer sino lo que deseas, tanto en lo concerniente a ti como a mí".

80. Entonces, el bienaventurado Francisco se despoja de su túnica y manda al hermano Pedro que le conduzca así, desnudo, con la cuerda al cuello, delante del pueblo. A otro hermano le ordena que tome una escudilla llena de ceniza y que, subiendo al lugar desde donde había predicado, arroje y esparza la ceniza sobre su cabeza; pero este hermano, por piedad y compasión que se le despertó para con él, no le obedece. El hermano Pedro sí le conduce tal como le había ordenado, sollozando fuertemente, y con el los otros hermanos.

80. Cuando está de nuevo, así desnudo, delante del pueblo y en el lugar desde donde había predicado, habla en estos términos: "Vosotros y los que, siguiendo mi ejemplo, dejan el mundo, entran en la Religión de los hermanos y siguen su vida, me creéis un hombre santo. Pues bien, yo confieso delante de Dios y de vosotros que durante esta mi enfermedad he comido carne y caldo de carne".

80. Casi todos se echan a llorar de piedad y compasión de él, sobre todo porque hacía mucho frío y era invierno y él no se había curado todavía de la calentura cuartana. Se golpeaban el pecho y se acusaban, diciendo: "Si este santo, cuya vida conocemos y a quien vemos vivo en una carne ya casi muerta por el exceso de la abstinencia y por la austeridad que ha mantenido respecto del cuerpo desde el comienzo de su conversión a Cristo, se acusa con un gesto corporal de tanta humildad de un caso de clara y justa necesidad, ¿qué hemos de hacer nosotros, miserables, que hemos vivido querido vivir todo el tiempo de nuestra vida según los caprichos y deseos de la carne?"

ABORRECE LA HIPOCRESÍA EN EL VESTIDO Y EN LA ALIMENTACIÓN

81. También aconteció que, durante la cuaresma de San Martín, que hizo en un eremitorio, los hermanos, a causa de su enfermedad, le sirvieran los alimentos condimentados con tocino, porque el aceite le hacía mucho mal. Terminada la cuaresma, y con ocasión de predicar a una gran muchedumbre congregada cerca del eremitorio, comenzó con estas palabras: "Vosotros venís a mí con gran devoción y creyendo que soy un santo; mas yo confieso ante Dios y ante vosotros que durante esta cuaresma que he pasado en este eremitorio he tomado alimentos condimentados con tocino".

81. Más aún, rara era la vez en que, si los hermanos los amigos de éstos, cuando comía en sus casas, le daban algún manjar especial en atención a manifiesta necesidad de su cuerpo por sus enfermedades, no dijera en seguida y en público, ya en casa, ya fuera de ella, delante de los hermanos de los seglares que ignorasen el detalle: "Hoy he comido tal cual manjar", pues no quería ocultar a los hombres lo que era conocido por Dios.

81. Es más: dondequiera ante cualesquiera, religiosos seglares, que estuviere, si su espíritu se veía alguna vez agitado por sentimientos de vanagloria soberbia por cualquier otro vicio, inmediatamente lo confesaba ante ellos con claridad y sin paliativos. Un día dijo a sus compañeros: "Quiero ser ante Dios, lo mismo cuando estoy en eremitorios que en otros lugares, como los hombres me ven y me consideran, porque, si ellos me creen santo y no vivo como tal, sería un hipócrita".

81. Una vez en invierno, en atención a su enfermedad del bazo y al frío del estómago, uno de sus compañeros, que era su guardián, le procuró, porque entonces hacía mucho frío, una piel de zorro y le rogó que le permitiera cosérsela a la túnica por su parte interior y en el lugar que abrigaba el bazo y el estómago. Hay que tener en cuenta que el bienaventurado Francisco, desde que se entregó al servicio de Cristo hasta el día de su muerte, no quiso vestir más que una sola túnica, remendada cuando quería remendarla . El bienaventurado Francisco respondió: "Si quieres que lleve esta piel bajo la túnica, que cosan también un trozo de ella por el exterior, para que todos se den cuenta de que llevo una piel bajo mi hábito". Así se hizo. Pero no la llevó muchos días, aunque la necesitaba por sus enfermedades.

SE ACUSA DE VANAGLORIA

82. En otra ocasión iba por la ciudad de Asís y le seguía mucha gente. Una anciana muy pobre le pidió limosna por el amor de Dios. Rápidamente le da el manto con que cubría sus espaldas. Y a continuación declara delante de todos que aquel gesto había producido en él un sentimiento de vanagloria. Los que vivimos con él vimos y oímos otros muchos ejemplos semejantes, pero no podemos citarlos, porque sería muy largo escribirlos y narrarlos. Su principal y sumo cuidado fue siempre no ser hipócrita a los ojos de Dios. Su enfermedad hacía necesarios ciertos cuidados en la comida, pero él se creía en la obligación de dar buen ejemplo a los hermanos y a los demás para evitar toda ocasión de murmuración y escándalo. Por eso prefería soportar pacientemente y de buena gana las molestias de su cuerpo - esto lo hizo hasta el día de su muerte - antes de poner remedio a las mismas, aunque lo hubiera podido hacer según Dios y el buen ejemplo que debía dar.

EL CARDENAL HUGOLINO LE EXHORTA A QUE SE DEJE CURAR. COMPOSICIÓN DEL CÁNTICO DE LAS CRIATURAS

83. Viendo que el bienaventurado Francisco continuaba siendo duro con su cuerpo, como lo había sido siempre, y, sobre todo, que, estando perdiendo la luz de los ojos, rehusaba que se los curaran, el obispo de Ostia, que después fue papa, le hizo esta advertencia con mucho amor y compasión: "Hermano, no obras bien al no cuidar de ser ayudado en la enfermedad de los ojos, pues tu salud y tu vida son muy útiles a ti y a los demás. Si te compadeces de los hermanos enfermos y has sido siempre misericordioso con ellos y continúas siéndolo, ahora no debes ser cruel contigo, porque tu enfermedad es grave y te encuentras en una evidente necesidad. Por eso te o