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  Introducción a las fuentes

TRES COMPAÑEROS

CARTA

01. El hermano León, el hermano Rufino y el hermano Ángel, compañeros en otro tiempo, aunque indignos, del beatísimo padre Francisco, le presentan al reverendo padre en Cristo, hermano Crescencio, ministro general por la gracia de Dios, la debida y devota reverencia en el Señor.

01. Puesto que, en virtud del mandato del recién celebrado Capítulo general, y por disposición vuestra, están los hermanos obligados a presentar a vuestra paternidad los portentos y prodigios del bienaventurado Francisco que ellos puedan saber o recoger, nosotros, que, aunque indignos, convivimos con él largo tiempo, hemos pensado comunicar a vuestra santidad, teniendo la verdad por norte, algunas de sus muchas gestas que nosotros mismos vimos o que pudimos conocer mediante otros santos hermanos, especialmente por el hermano Felipe, visitador de las damas pobres; por el hermano Iluminado de Arce, por el Hermanos Masco de Marignano, por el hermano una, compañero del hermano Gil, y que conoció muchas de estas cosas a través del mismo hermano Gil, y del hermano Bernardo, de santa memoria y primer compañero del bienaventurado Francisco.

01. No nos contentaremos con sólo narrar milagros, que no constituyen la santidad, aunque la demuestran; queremos también poner de manifiesto lo más destacado de su santa vida y los ideales de su piadosa voluntad, para alabanza y gloria del sumo Dios, del dicho Padre santísimo y para edificación de los que desean seguir sus pasos. Y no escribimos estas cosas a modo de leyendas; más bien, como si se de un ameno jardín se tratase, escogemos algunas flores que nos parecen más hermosas, sin seguir el hilo de la historia y dejando muy de propósito muchas cosas que ya están escritas en las mencionadas leyendas en lenguaje tan veraz como elegante.

01. Si vuestra discreción lo considera razonable, podéis incluir en ellas lo poco que os escribimos. Pues pensamos que, si los venerables varones que escribieron las mencionadas leyendas hubieran conocido estos hechos, no los hubieran pasado por alto, sino que, arropándolos en pulcro lenguaje, los hubieran dejado, al menos en parte, para memoria de la posteridad.

01. Que vuestra paternidad se conserve bien en el Señor Jesucristo. En El nos encomendamos humildemente a vuestra paternidad, atentos y devotos hijos. En Greccio; 11. de agosto de 1247.

Capítulo I Nacimiento de San Francisco. Su vanidad, elegancia y prodigalidad y cómo pasó a ser espléndido y caritativo con los pobres

02. Francisco nació en la ciudad de Asís, sita en los confines del valle de Espoleto. Como hubiese nacido en ausencia de su padre, su madre le puso el nombre de Juan; pero su padre, de regreso de Francia, le llamó luego Francisco. Siendo ya adulto y dotado de sutil ingenio, ejerció el oficio de su padre, o sea, el comercio, pero de forma muy diferente: fue mucho más alegre y generoso que él, dado a juegos y cantares, de ronda noche y día por las calles de Asís con un grupo de compañeros; era tan pródigo en, gastar, que cuanto podía tener y ganar lo empleaba en comilonas y otras cosas.

O2. Por eso, sus padres le reprendían muchas veces por los despilfarros que hacía con su persona y con sus compañeros, pues más que hijo suyo, parecía el de un gran príncipe. Mas como sus padres eran muy ricos y le tenían mucho cariño, no querían disgustarlo y le consentían tales demasía. Cuando las vecinas comentaban la prodigalidad de Francisco, su madre replicaba: "¿Qué pensáis de mi hijo? Aún será un hijo de Dios por su gracia".

O2. Francisco, mas que generoso, era en todo esto derrochador; se excedía también en normas diversas en lo tocante a vestidos, escogiendo telas mucho más caras de lo que convenían a su condición. Y en punto a elegancia era tan dado a la vanidad, que en ocasiones mandaba a coser retazos de telas preciosas en vestidos de paño vilísimo.

03. Era como naturalmente cortés en modales y palabras; según el propósito de su corazón nunca dijo a nadie palabras injuriosas o torpes: es más, joven juguetón y divertido, se comprometió a no responder a quienes le hablasen de cosas torpes. Por todo esto corrió su fama por toda la provincia, y muchos que le conocían decían que legaría a ser algo grande.

03. De este nivel de virtudes naturales se elevó a la gracia de poder decirse a sí mismo: "Pues eres generoso y afable con los hombres, de los cuales nada recibes, sino favores transitorios y vanos, justo es que por amor de Dios, que es generosísimo en dar la recompensa, seas también generoso y afable con los pobres". Y desde entonces veía con satisfacción a los pobres y les daba limosna abundantemente. Y, a pesar de ser comerciante, era despilfarrador facilísimo de la opulencia mundana.

03. Un día en que, embebido en el negocio, estaba al mostrador en que vendía telas, se le presentó un pobre que le pedía limosna por amor de Dios; mas, cautivado como estaba por el ansia de riquezas y por las preocupaciones del comercio, le negó la limosna. Iluminado luego por la gracia divina, se reconvino a sí mismo de censurable rusticidad, diciéndose: "Si el pobre te hubiera pedido algo en nombre de algún gran conde o barón, de seguro que se lo hubieras dado; pues ¡con cuánta más razón debiste hacerlo por el Rey de reyes y Señor de todo!"

03. Como consecuencia, propuso en su corazón no negar nada en adelante a quien le pidiera algo por amor de tan gran Señor,

Capítulo II Cómo cayó prisionero en Perusa y dos visiones que tuvo al querer hacerse caballero

04. Cuando la guerra entre las ciudades de Perusa y Asís fueron apresados Francisco y otros muchos conciudadanos suyos. Pero como era noble por sus costumbres, lo tuvieron junto a los caballeros.

04. Un día en que sus compañeros de cautiverio estaban tristes, él, que de su natural era alegre y jovial, lejos de aparecer ceñudo se mostraba, más bien, dicharachero y gozoso. Uno de ellos afeó su proceder, cual propio de insensatos, pues se alegraba estando encarcelado. A esto respondió Francisco con voz firme: "¿Qué os figuráis de mí? Todavía he de ser honrado en el mundo entero". Como uno de los caballeros de su grupo hubiera injuriado a otro cautivo, todos los demás se propusieron hacerle el vacío; sólo Francisco no le negó su compañía y exhortó a los otros a que obraran como él.

04. Pasado un año y firmada la pan entre las dos ciudades, Francisco volvió, a Asís con sus compañeros de prisión.

05. Pocos años después, un noble de Asís se preparó con armas militares para marchar a la Pulla a conquistar dinero y honor. Cuando lo supo Francisco, quiso irse con él; aspiraba a ser armado caballero por un conde de nombre Gentil; para ello se vistió de las ropas más preciosas que pudo, de suerte que, aun siendo más corto en riquezas que su conciudadano, le aventajaba en que era más largo en prodigalidad.

05. Cierta noche en que cavilaba, completamente embebido en sus pensamientos, acerca del cumplimiento de sus propósitos y ardía en deseos de emprender el viaje, fue visitado por el Señor, que, viéndolo tan ansioso de gloria, lo atrae en visión hacia ella y lo ensalza hasta su cumbre más alta. Durante el sueño de aquella noche se le apareció un personaje que lo llamó por su nombre y lo condujo a un palacio amplio y magnífico, de una hermosa esposa, lleno de armas militares, tales como relucientes escudos y otras piezas, que pendían de los muros, trofeos todos de glorias militares. Y, admirando gozosamente en silencio qué podría ser eso, preguntó de quién eran armas tan relucientes y palacio tan hermoso. Y tuvo por respuesta que todo aquello más el palacio eran suyos y de sus soldados.

05. Al despertarse por la mañana, se levantó con especial alegría, pensando a lo mundano - como quien no había gustado todavía plenamente del espíritu de Dios - que con todo esto debería ser honrado como un príncipe magnífico. Y, juzgando la visión como presagio de bienandanza, se determinó a hacer el viaje a la Pulla para ser nombrado caballero por el referido conde. Tan inusitado era el gozo que le invadió, que producía admiración en muchos. A los que, extrañados de ello, le preguntaban por los motivos, les respondía: "Sé que he de llegar a ser gran príncipe".

06. Ya el día inmediatamente anterior a la visión mencionada hubo en el un rasgo de gran cortesía y nobleza que se cree pudo acaso ser ocasión de la misma.

06. Todos los vestidos elegantes y costosos que recientemente se había hecho los había regalado aquel mismo día a un caballero pobre. Luego de emprender el viaje y de haber llegado a Espoleto para continuar hasta la Pulla, se sintió enfermo. Empeñado, con todo, en llegar hasta la Pulla, se echó a descansar, y, semidormido, oyó a alguien que le preguntaba a dónde se proponía caminar Y como Francisco le detallara todo lo que intentaba, aquél añadió: "¿Quién te puede ayudar más, el señor o el siervo?" Y como respondiera que el señor, de nuevo le dijo: "¿Por qué, pues, dejas al señor por el siervo, y al príncipe por el criado?" Y Francisco contestó: "Señor, ¿qué quieres que haga: "Vuélvete - le dijo - tu tierra, y allí se te dirá lo que has de hacer, porque la visión que has visto es preciso entenderla de otra manera".

06. Cuando se despertó empezó a pensar con suma diligencia en la visión Y así como en la primera visión había quedado como fuera de sí por la gran alegría y soñando en prosperidad temporal, en ésta, en cambio, se recogió todo él interiormente, maravillado de la fuerza de la visión; y con tal viveza la meditó, que aquella noche no pudo reconciliar el sueño.

06. Luego que amaneció, alegre y sumamente gozoso se volvió a Asís a toda prisa, esperando se le declarara la voluntad del Señor, que le había mostrado estas cosas, y aguardando a que el mismo Señor le descubriera sus designios acerca de su salvación Y, cambiando por completo de parecer, desistió de ir a la Pulla, deseoso de conformarse a la voluntad divina

Capítulo III Cómo el Señor visitó primero su corazón con admirable dulcedumbre, y en virtud de ella empezó a progresar por medio del desprecio de sí mismo y de todas las vanidades y por medio de la práctica de la oración, de las limosnas y del amor a la pobreza

07. Al cabo de no muchos días de su regreso a Asís, una tarde fue elegido por sus compañeros jefe de cuadrilla para que a su gusto hiciera los gastos. Mandó entonces preparar una opípara merienda, como tantas veces lo había hecho.

07. Cuando después de merendar salieron de la casa, los amigos se formaron delante de él e iban cantando por las calles y él, con el bastón en la mano como jefe, iba un poco detrás de ellos sin cantar y meditando reflexivamente. Y sucedió que súbitamente lo visitara el Señor, y su corazón quedó tan lleno de dulzura, que ni podía hablar, ni moverse, ni era capaz de sentir ni de percibir nada, fuera de aquella dulcedumbre. Y quedó de tal suerte enajenado de los sentidos, que, como el dijo más tarde, aunque lo hubieran partido en pedazos no se hubiera podido mover del lugar.

07. Como los amigos miraran atrás y le vieran bastante alejado de ellos, se volvieron hasta él; atemorizados, lo contemplaban como hombre cambiado en otro. Uno de ellos le preguntó, diciéndole: "¿En qué pensabas, que no venías con nosotros? ¿Es que piensan, acaso, casarte?" A lo cual respondió vivamente: "Decís verdad, porque estoy pensando en tomar una esposa tan noble, rica y hermosa como nunca habéis visto otra". Pero ellos lo tomaron a chacota. El, sin embargo, no lo dijo por sí, sino inspirado por Dios; porque la dicha esposa fue la verdadera religión que abrazó, entre todas la más noble, la más rica y la más hermosa en su pobreza

08. Desde este momento empezó a mirarse como vil y a despreciar todo aquello en que antes había tenido puesto su corazón; todavía no de una manera plena, pues aún no había logrado librarse del todo de las vanidades mundanas Mas, apartándose poco a poco del bullicio del siglo, se afanaba por ocultar a Jesucristo en su interior, y, queriendo ocultar a los ojos de los burlones aquella margarita que deseaba comprar a cambio de vender todas las cosas, se retiraba frecuentemente y casi a diario a orar en secreto A ello le instaba, en cierta manera, aquella dulzura que había pregustado; visitábalo con frecuencia, y, estando en plazas u otros lugares, lo arrastraba a la oración.

08. Aunque ya de tiempo atrás era dadivoso con los pobres, sin embargo, desde entonces se propuso en su corazón no negar la limosna a ningún pobre que se la pidiese por amor de Dios, sino dásela con mayor liberalidad y abundancia de lo que acostumbraba. Así, siempre que algún pobre le pedía limosna hallándose fuera de casa, le socorría con dinero, si podía; si no llevaba dinero le daba siquiera la gorra o el cinto, para que no marchara con las manos vacías. Mas, si no tenía nada de eso, se apartaba a un lugar oculto, se desnudaba de la camisa, y hacía ir con disimulo al pobre a ese lugar para que por Dios la recogiera. También compraba objetos propios para el decoro de las iglesias y secretamente los enviaba a los sacerdotes pobres.

09. Cuando, en ausencia de su padre, se quedaba en casa, aunque comiese el solo con su madre, partía para la mesa tanto pan como si la preparara para toda la familia. Si la madre le preguntaba por que ponía tanto pan en la mesa, respondía que lo hacía así para poder dar limosna a los pobres, porque había hecho propósito de dar limosna a todo el que se la pidiera por amor de Dios. Su madre, que le amaba mas que a los demás hijos, le permitía obrar así, no sin observar lo que hacía y admirándolo detenidamente en su corazón.

09. Pues así como antes le gustaba salir con los amigos cuando lo llamaban y tanto le atraía su compañía que muchas veces se levantaba de la mesa a medio comer, causando gran pena a sus padres por estas intempestivas salidas, así ahora tenía todo su corazón pendiente de ver u oír a algún pobre para darle limosna.

10. Trocado así por la gracia divina, aunque vestía todavía de seglar, deseaba estar en alguna ciudad donde, pasando por desconocido, pudiera despojarse de sus ropas para vestirse de préstamo con las de algún pobre y probar lo que era pedir limosna por amor de Dios.

10. Y sucedió que por entonces fuera como peregrino a Roma Y, entrando en la iglesia de San Pedro, se paró a observar que los donativos de algunos eran exiguos, y se dijo para sí: "Mereciendo el príncipe de los apóstoles ser honrado con magnificencia, ¿cómo es que éstos ofrecen limosnas tan escasas en la iglesia donde reposa su cuerpo?" Y así, con gran fervor, metiendo la mano en su bolsa, la sacó con cuantas monedas pudo arramblar, y, echándolas por la ventanilla del altar, produjeron tanto ruido, que todos los presentes se quedaron admirados de la espléndida limosna.

10. Saliendo fuera de las puertas de la iglesia, donde había muchos pobres pidiendo limosna, recibió de prestado y secretamente los andrajos de un hombre pobrecillo, y, quitándose sus vestidos, se vistió los de aquél; y se quedó en la escalinata de la iglesia con otros pobres, pidiendo limosna en francés, pues le gustaba hablar esta lengua aunque no la hablaba correctamente.

10. Después, despojándose de estos vestidos del pobre, se vistió los suyos y retornó a Asís; y empezó a pedir al Señor que se dignara dirigir sus pasos A nadie manifestaba su secreto, ni se valía en todo esto de otro consejo que el de sólo Dios, que había comenzado a dirigir sus pasos, y, a veces, del que pudiera darle el obispo de Asís Es que entonces no veía en ninguno la verdadera pobreza, que buscaba por encima de todas las cosas de este mundo. Y en la cual deseaba vivir y morir.

Capítulo IV Cómo empezó a vencerse a sí mismo con los leprosos y a sentir dulzura en lo mismo que antes le causaba amargura

11. Como cierto día rogara al Señor con mucho fervor, oyó esta respuesta: "Francisco, es necesario que todo lo que, como hombre carnal has amado u has deseado tener, lo desprecies y aborrezcas, si quieres conocer mi voluntad. Y después que empieces a probarlo, aquello que hasta el presente te parecía suave y deleitable, se convertirá para ti en insoportable y amargo, y en aquello que antes te causaba horror, experimentarás gran dulzura y suavidad inmensa".

11. Alegre y confortado con estas palabras del Señor; yendo un día a caballo por las afueras de Asís, se cruzó en el camino con un leproso. Como el profundo horror por los leprosos era habitual en él, haciéndose una gran violencia, bajó del caballo, le dio una moneda y le besó la mano. Y habiendo recibido del leproso el ósculo de paz, montó de nuevo a caballo y prosiguió su camino. Desde entonces empezó a despreciarse más y más, hasta conseguir, con la gracia de Dios, la victoria total sobre sí mismo.

11. A los pocos días, tomando una gran cantidad de dinero, fue al hospital de los leprosos, y, una vez que hubo reunido a todos, les fue dando a cada uno su limosna, al tiempo que les besaba la mano. Al salir del hospital, lo que antes era para él repugnante, es decir, ver y palpar a los leprosos, se le convirtió en dulzura. De tal manera le echaba atrás el ver los leprosos, que, como él dijo, no solo no quería verlos, sino que evitaba hasta el acercarse al lazareto. Y si alguna vez le tocaba pasar cerca de sus casas o verlos, aunque la compasión le indujese a darles limosna por medio de otra persona, siempre lo hacía volviendo el rostro y tapándose las narices con las manos. Mas por la gracia de Dios llegó a ser tan familiar y amigo de los leprosos, que, como dice en su testamento, entre ellos moraba y a ellos humildemente servía.

12. Transformado hacia el bien después de su visita a los leprosos, decía a un compañero suyo, al que amaba con predilección y a quien llevaba consigo a lugares apartados, que había encontrado Un tesoro grande y precioso. Lleno de alegría este buen hombre, iba de buen grado con Francisco cuantas veces éste lo llamaba Francisco lo llevaba muchas veces a una cueva cerca de Asís, y, dejando afuera al compañero que tanto anhelaba poseer el tesoro, entraba él solo; y, penetrado de nuevo y especial espíritu, suplicaba en secreto al Padre, deseando que nadie supiera lo que hacía allí dentro, sino sólo Dios, a quien consultaba asiduamente sobre el tesoro celestial que había de poseer.

12. Advirtiendo esto el enemigo del género humano, se esforzó en apartar a Francisco del bien emprendido haciéndole presa de temores y miedos. Había en Asís una mujer con una joroba muy deforme, y el demonio, apareciéndose al varón de Dios, le representaba la contrahecha mujer y le amenazaba con la maldición de semejante joroba si no desistía de su propósito. Pero el valerosísimo caballero de Cristo, con menosprecio de las amenazas del diablo, oraba con fervor dentro de la cueva para que Dios se dignara encaminar sus pasos.

12. Sufría grandes padecimientos y perplejidad de alma, y no podría descansar hasta que viera realizado el ideal concebido; era sacudido por diversos pensamientos que se iban sucediendo y perturbado duramente por su impertinencia. Ardía, con todo, en su interior el fuego divino, y no podía ocultar exteriormente el ardor de su alma; se dolía de haber pecado tan gravemente; ya no le deleitaban los males pasados ni presentes, pero todavía no había recibido la seguridad de mantenerse fiel en el porvenir Por eso, cuando salía de la cueva e iba donde su compañero, parecía transformado en otro hombre.

Capítulo V Cómo le habló por primera vez el crucifijo y cómo desde entonces llevó en su corazón la pasión de Cristo hasta su muerte

13. Un día en que invocaba con más fervor la misericordia de Dios, le manifestó el Señor que en breve se le diría lo que había de hacer Con esto se llenó de tal gozo, que, no pudiendo contener la alegría, aun sin querer decía al oído de los hombres algo de estos secretos Pero hablaba con cautela y enigmáticamente, diciendo que no quería ir a la Pulla y que en su patria llevaría a cabo cosas grandes y nobles.

13. Sus compañeros, que lo veían tan cambiado y tan alejado de ellos en sus pensamientos, aunque a veces los acompañara corporalmente, de nuevo le preguntaron, como chanceándose: "Pero ¿es que piensas en casarte, Francisco?" A lo que contestó con palabras enigmáticas, como arriba queda dicho.

13. A los pocos días, cuando se paseaba junto a la iglesia de San Damián, percibió en espíritu que le decían que entrara a orar en ella. Luego que entró se puso a orar fervorosamente ante una imagen del Crucificado, que piadosa y benignamente le habló así: "Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala". Y él, con gran temblor y estupor, contestó: "De muy buena gana lo haré, Señor" Entendió que se le hablaba de aquella iglesia de San Damián, que, por su vetusta antigüedad, amenazaba inminente ruina. Con estas palabras fue lleno de tan gran gozo e iluminado de tanta claridad, que sintió realmente en su alma que había sido Cristo crucificado el que le había hablado,

13. Saliendo de la iglesia, encontró a un sacerdote sentado junto a ella, y, metiendo la mano en su bolsa, le ofreció cierta cantidad de dinero, diciéndole "Te luego, señor, que compres aceite y cuides de que luzca continuamente una lámpara ante este crucifijo. Y, cuando se acabe este dinero, yo te diré de nuevo lo que fuere necesario para lo mismo."

14. Desde aquel momento quedó su corazón llagado y derretido de amor ante el recuerdo de la visión del Señor Jesús, de modo que mientras vivió llevó en su corazón las llagas del Señor Jesús, como después apareció con toda claridad en la renovación de las mismas llagas admirablemente impresas en su cuerpo y comprobadas con absoluta certeza.

14. Después fueron tantas las mortificaciones con que maceró su cuerpo, que, así sano como enfermo, fue austerísimo y apenas o nunca condescendió en darse gusto. Por eso, estando ya próximo a morir confesó que había pecado mucho contra el hermano cuerpo.

14. Un día iba solo cerca de la iglesia de Santa María de la Porciúncula llorando y sollozando en alta voz . Un hombre espiritual que lo oyó pensó que sufriría alguna enfermedad o dolor. Y, movido de compasión, le preguntó por qué lloraba. Y él le contestó: "Lloro la pasión de mi Señor, por quien no debería avergonzarme de ir gimiendo en alta voz por todo el mundo". Y el buen hombre comenzó asimismo, a llorar, juntamente con él, también en alta voz.

14. Muchas veces, cuando se levantaba de orar, aparecían sus ojos recargados de sangre, porque había llorado amargas lágrimas. Y no sólo afligía llorando, sino que se privaba de comida y de bebida en memoria de la pasión del Señor.

15. Así, cuando se sentaba a la mesa de seglares y le presentaban viandas gustosas al paladar, apenas las probaba, alegando alguna excusa para que no pareciese que las dejaba por mortificación. Y, cuando comía con los hermanos, muchas veces echaba ceniza en la comida, diciéndoles, como tapadera de su mortificación, que la hermana ceniza es casta.

15. Una vez que se sentó a comer le dijo un hermano que la Santísima Virgen era tan pobrecilla, que a la hora de comer no tenía nada que dar a su Hijo. Oyendo esto el varón de Dios, suspiró con gran angustia, y, apartándose de la mesa, comió el pan sobre la desnuda tierra.

15. Muchas veces, cuando se sentaba a comer, al poco de empezar se paraba y ni comía ni bebía, suspendido en la consideración de cosas celestiales; entonces no quería que le importunaran con palabras, y exhalaba profundos suspiros del corazón. Avisaba a sus hermanos que siempre que le oyeran dar tales suspiros, alabaran a Dios y rogaran por él con fidelidad.

15. Hemos dicho incidentalmente estas cosas acerca de sus llantos y abstinencias para demostrar que, desde la visión y alocución de la imagen del crucifijo, fue hasta su muerte imitador de la pasión de Cristo.

Capítulo VI Cómo primeramente huyó de la persecución de su padre y de sus parientes cuando vivía con el sacerdote de San Damián, en cuya ventana había arrojado cierta cantidad de dinero

16. Con gran alegría se levantó de la sobredicha visión y alocución del crucifijo y , protegiéndose con la señal de la cruz; montó en el caballo con telas de diversos colores y llegó a la ciudad llamada Foligno. Aquí vendió el caballo y todo cuanto había llevado y regresó a continuación a la iglesia de San Damián.

16. Habiendo encontrado allí al pobrecillo sacerdote, le besó las manos con fe y reverencia, y le ofreció el dinero que llevaba, y le fue contando ordenadamente el propósito que acariciaba. Atónito el sacerdote y asombrado de su repentina conversión, no le quiso creer; y, pensando que se trataba de una burla, tampoco quiso aceptarle el dinero. Mas él se esforzaba con viva insistencia en convencer al sacerdote de lo que le decía y le rogaba con gran interés que le permitiera morar con él.

16. Accedió, por fin, el sacerdote a que se quedara con él, pero no se dignó recibir el dinero por miedo a sus padres. Por lo cual aquel verdadero despreciador del dinero lo arrojó a una ventana, como si fuera vil polvo.

16. Como se iba prolongando su permanencia en este lugar, su padre indagaba solícito y preguntaba por el paradero de su hijo; y, como oyese que había cambiado por completo de porte y que vivía de esa manera en aquel lugar, herido súbitamente en lo más íntimo de su corazón y contrariado por los inesperados acontecimientos, llamó a sus amigos y vecinos y marchó a toda prisa a buscarlo.

16. Mas Francisco, caballero novel de Cristo, tan pronto como se enteró de las amenazas de los que le perseguían y tuvo noticia de la llegada de los mismos, quiso sustraerse a la ira de su padre y se refugio en una cueva oculta que para esto se había preparado, y allí permaneció escondido durante todo un mes. Tan sólo uno de la casa de su padre conocía la cueva, en que ocultamente comía lo que de tanto en tanto se le traía. Allí oraba sin cesar bañado en copiosas lágrimas y pedía al Señor que le librara de esa persecución dañosa e hiciese cumplir con benigno favor sus piadosos deseos.

17. Orando así, continua y ardorosamente con ayunos y lágrimas, y desconfiando de su virtud y fuerza, puso totalmente su confianza en el Señor, que, a pesar de las tinieblas en que estaba envuelto, le había hecho rebosar de inefable alegría y le había inundado de maravillosa claridad.

17. Enardecido todo él interiormente, salió de la cueva y, animoso, ligero y alegre, emprendió el camino de Asís. Defendido con las armas de la confianza en Cristo y caldeado por el amor divino, recriminándose a sí mismo de desidia y de vano temor, se ofreció a pecho abierto a las manos y acometidas de sus perseguidores.

17. Y al verlo los que anteriormente le habían conocido, lo afrentaban villanamente, llamándolo loco y demente, y le arrojaban lodo y cantos de las plazas. Contemplándolo tan cambiado de su primitivo porte y consumido por la penitencia corporal, achacaban todo cuanto hacía a desnutrición y locura. Mas el caballero de Cristo, haciéndose el sordo a todo esto, sin claudicar ni titubear por ninguna clase de injurias, daba gracias a Dios.

17. El rumor de estos sucesos corría por plazas y barrios de la ciudad, y no tardó en llegar a oídos de su padre. Enterado de que tales vilipendios le hacían sus conciudadanos, marchó precipitadamente a buscarlo, no para librarlo de las afrentas, sino para perderlo. Y, sin guardar la menor moderación, se arrojó sobre él como lobo contra la oveja, y, mirándolo con ojos fieros y rostro amenazador, puso con impiedad las manos sobre él. Y, conduciéndolo a su casa, lo encerró durante muchos días en una cárcel tenebrosa, y puso todo su empeño en convencerlo con argumentos y azotes a que volviera a las vanidades del mundo.

18. Mas él, ni conmovido por las palabras ni cansado de la prisión ni de los azotes, todo lo soportaba con admirable paciencia y se mostraba más decidido y valiente para llevar a efecto su santa determinación.

18. Apremiado su padre por urgente necesidad, tuvo que ausentarse de casa. Entonces su madre, que no aprobaba la conducta de su marido, se quedó sola con el hijo y le habló dulcemente. Mas, como palpara que era imposible hacerle mudar de propósito, se le conmovieron las entrañas y lo soltó de la prisión, dejándolo salir libremente. Francisco, dando gracias a Dios omnipotente, volvió al mismo retiro donde habían estado antes; y en uso de mayor libertad, como bien probado en las tentaciones del demonio y aleccionado con las enseñanzas de las mismas y conseguida una mayor seguridad v todas aquellas injurias, caminaba con más independencia y magnanimidad.

18. Mientras tanto volvió el padre, y, no encontrando allí a su hijo, ensartó pecados a pecados, desatándose en improperios contra su esposa.

19. Después se presentó en el palacio del común y formuló querella ante los cónsules contra su hijo, reclamando que le fuera devuelto el dinero que le había sido sustraído de su casa. Los cónsules, viéndolo tan enojado, citan o mandan llamar por pregón a Francisco para que comparezca ante ellos. Como respuesta al pregón, dijo éste que por la gracia de Dios era ya libre y no estaba bajo la jurisdicción de los cónsules, que era siervo del solo altísimo Dios. Los cónsules no quisieron hacerle violencia y dieron al padre esta contestación: "Desde que se ha puesto al servicio de Dios ha quedado emancipado de nuestra potestad".

19. Viendo el padre que nada conseguía de los cónsules, presentó la misma querella ante el obispo de la ciudad. El obispo, empero, discreto y sabio, lo citó en la debida forma para que compareciera y respondiera a la demanda del padre. Francisco contestó así a quien le llevó la citación: "Compareceré ante el señor obispo, que el padre y señor de las almas".

19. Se presentó, pues, ante el señor obispo, y éste lo recibió con gran alegría. Luego le dijo: "Tu padre está enojado contra ti y muy escandalizado. Si, pues, deseas servir a Dios, devuélvele el dinero que tienes; y como quiera que, tal vez, esté adquirido injustamente, no es agradable a Dios que lo entregues como limosna para obras de la Iglesia, debido a los pecados de tu padre, cuyo furor se mitigará si recibe ese dinero. Hijo, ten confianza en el Señor y obra con hombría y no temas, que él será tu mejor ayuda y te proporcionará con abundancia todo lo que necesites para las obras de su Iglesia".

20. El varón de Dios se levantó rebosando de alegría y confortado con las palabras del obispo; y, llevando ante él el dinero, le dijo: "Señor, no sólo quiero devolverle con gozo de mi alma el dinero adquirido al vender sus cosas, sino hasta mis propios vestidos". Y, entrando en la recámara del obispo, se desnudó de todos sus vestidos y, colocando el dinero encima de ellos, salió fuera desnudo en presencia del obispo y de su padre y demás presentes y dijo: "Oídme todos y entendedme: hasta ahora he llamado padre mío a Pedro Bernardone; pero como tengo propóslto de consagrarme al servicio de Dios, le devuelvo el dinero por el que está tan enojado y todos los vestidos que de sus haberes tengo; y quiero desde ahora decir: Padre nuestro, que estás en los cielos, y no padre Pedro Bernardone". Y entonces se vio que el siervo de Dios llevaba bajo sus vestidos de colores un cilicio a raíz de la carne.

20. Levantándose su padre. enfurecido de íntimo dolor v de ira cogió el dinero y todos los vestidos y se los llevó a su casa. Pero aquellos mismos que habían presenciado la escena, se indignaron contra él y no haber dejado ni una mínima prenda a su hijo. Y, movidos a compasión v Francisco, empezaron a llorar abundantemente.

20. Mas el obispo, considerando atentamente el coraje del varón de Dios y admirando con asombro su fervor y constancia, lo acogió entre sus brazos y lo cubrió con su capa. Comprendía claramente que lo había hecho v inspiración divina y reconocía que en lo que acababa de ver se encerraba no pequeño misterio. Y desde este momento se constituyó en su protector, exhortándolo, animándolo, dirigiéndolo y estrechándolo con entrañas de caridad.

Capítulo VII Su gran fatiga y pena en la reparación de la iglesia de San Damián y cómo empezó a vencerse a sí mismo yendo a pedir limosna

21. Despojado el siervo de Dios Francisco de todo lo que es propio del mundo, se consagra a la justicia divina, y, menospreciando su propia vida, se entrega al servicio divino por todos los medios que están a su alcance. De vuelta a la iglesia de san Damián, gozoso y ferviente, se hizo un hábito a manera de ermitaño, y reconfortó al sacerdote de esta iglesia con las mismas palabras con que él había sido confortado por el obispo.

21. Luego, entrando en la ciudad, como ebrio de espíritu empieza a cantar alabanzas al Señor por plazas y barrios. Terminadas estas alabanzas, se pone a pedir piedras para reparar la Iglesia, diciendo: "Quien me diere una piedra, recibirá una merced; quien me diere dos, dos mercedes tendrá; quien me diere tres, recibirá otras tantas".

21. Y así, por este estilo, decía otras muchas palabras sencillas con fervor de espíritu; pues, elegido por Dios siendo idiota y simple, se conducía en todo no con palabras elocuentes de humana sabiduría, sino con absoluta sencillez. Muchos se burlaban de él, teniéndolo por loco; otros, movidos a piedad, no podían dejar de llorar al ver que en tan poco tiempo había llegado de tanta liviandad y vanidad mundanas a tanta hartura de amor de Dios. Pero él, menospreciando las burlas, daba gracias a Dios con gran fervor de espíritu.

21. Cuánto hubo de trabajar en la reparación de la iglesia, sería largo y difícil de contar. Porque él, que había vivido en casa de su padre rodeado de delicadezas, transportaba sobre sus hombros las piedras, soportando mil suertes de penalidades en el servicio de Dios.

22. El referido sacerdote, viendo aquel trabajo, es decir, con qué ánimo tan fervoroso trabajaba sobre sus fuerzas en el divino servicio, procuraba, aunque pobrecillo, prepararle algo especial en las comidas, pues sabía que en el siglo había vivido entre delicadezas. Porque, como más tarde manifestó el mismo siervo de Dios, comía frecuentemente cosas escogidas y bien condimentadas y se abstenía de comidas que no fueran así.

22. Como quiera que un día se detuviese a reflexionar sobre lo que el sacerdote hacía v él, hablándose a sí mismo, se dijo: "¿Encontrarás en cualquier lugar a que vayas un sacerdote como éste, que te trate con tan obsequiosa atención? No es ésta la vida de hombre pobre que has resuelto elegir; sino que como el pobre, que, yendo de puerta en puerta, lleva en su mano el plato y, obligado por la necesidad, mezcla en él diversos alimentos, así es preciso que voluntariamente vivas por amor de Aquel que nació pobre, vivió pobrísimamente en el mundo y quedó desnudo y pobre en el patíbulo y fue sepultado en sepulcro ajeno".

22. Y, decidido, tomó un plato, marchó a la ciudad y fue pidiendo limosna de puerta en puerta. Luego que mezcló en la escudilla los diversos alimentos, muchos que conocían la delicadeza con que había vivido se quedaron maravillados al ver el admirable cambio que había hecho, hasta menospreciarse de aquella manera. Mas, cuando se puso a comer aquella bazofia, su primer impulso fue de asco, porque no sólo no tenía costumbre de comer aquellos comistrajos, pero no los podía ver. Pero, haciéndose violencia, empezó a comer, y le pareció que ni en las comidas más exquisitas había experimentado jamás tanto placer.

22. Con esto se regocijó de tal manera en el Señor, que su cuerpo, débil y extenuado, sintió fortaleza para sobrellevar por el Señor con alegría todo lo más áspero y amargo.

22. Y dio gracias a Dios por haberle cambiado lo amargo en dulce y por haberle confortado de múltiples maneras. Y pudo decir al presbítero aquel que en adelante no preparara ni hiciera preparar para él manjar alguno.

23. Su padre, en cambio, viéndolo en tan abyecta condición, se requemaba de sentimiento; y, por lo mismo que le había amado mucho, se avergonzaba tanto y tanto sufría al contemplar la carne de su hijo casi extenuada por la excesiva penitencia y por el frío, que dondequiera lo encontraba lo maldecía.

23. Dándose cuenta el varón de Dios de las maldiciones de su padre, se buscó un hombre pobrecillo y humilde que hiciera de padre, y le dijo: "Ven conmigo y repartiré contigo las limosnas que me den. Y cuando vieres que mi padre me maldice y yo te dijere a ti: Padre, bendíceme, tú harás sobre mí la señal de la cruz y me bendecirás en vez de él". Así, cuando aquel pobre hombre le daba la bendición, el varón de Dios decía a su padre: "¿No piensas que Dios puede darme un padre que me bendiga contra tus maldiciones?"

23. Por otra parte, muchos que primero se burlaban de él, viendo que sobrellevaba con tanta paciencia los insultos y escarnios, quedaban profundamente admirados. Y sucedió que un día de invierno, como estuviera a la mañana haciendo oración cubierto con escasa ropa y muy pobre, acertó a pasar cerca de él su hermano carnal, y, dirigiéndose a un vecino, le dijo con ironía: "Ve y di a Francisco que te venda un céntimo siquiera de sudor". Al oírlo el varón de Dios, inundado del gozo de la salvación, le dijo en francés con fervor de espíritu: "Yo venderé muy caro este sudor a mi Señor".

24. Mientras trabajaba asiduamente en reparar la iglesia antes mencionada, deseando que luciera de continuo en ella una lámpara, salía a la ciudad a pedir aceite. Al acercarse a una casa y ver que estaba reunido un grupo de hombres jugando, sintió vergüenza de pedir limosna ante ellos y retrocedió. Reflexionando al pronto, se censuró de pecado y volvió corriendo al lugar donde se desarrollaba el juego y confesó delante de todos su culpa por haberse avergonzado de pedir limosna por respeto humano. Y, llegándose a aquella casa con ánimo ferviente y hablando en francés, pidió, por amor de Dios, aceite para alumbrar la lámpara de la dicha iglesia.

24. Continuando con otros trabajadores la obra a que nos hemos referido, lleno de gozo espiritual y con voz bien puesta, clamaba dirigiéndose a los que vivían y ,pasaban cerca de la iglesia, y les decía en francés: "Venid y prestadme ayuda en la obra de la iglesia de San Damián, que ha de ser monasterio de señoras, con cuya fama y vida será glorificado en la Iglesia universal nuestro Padre que está en el cielo". ¡Es de admirar cómo, lleno de espíritu profético, predijo verdaderamente el futuro! Porque éste es el lugar sagrado donde la gloriosa Religión y preclarísima Orden de las señoras pobres y vírgenes santas tuvo su feliz comienzo por mediación del bienaventurado Francisco, a los seis años apenas de su conversión. La vida admirable de estas señoras y su glorioso instituto quedaron plenamente confirmados con la autoridad de la Sede Apostólica por el señor papa Gregorio IX, de santa memoria, que a la sazón era obispo de Ostia.

Capítulo VIII Cómo, luego de haber escuchado y entendido los consejos de Cristo en el Evangelio, cambió su estado externo, e interior y exteriormente se vistió de nuevo hábito de perfección

25. Cuando el bienaventurado Francisco acabó la obra de la iglesia de San Damián, vestía hábito de ermitaño, llevaba bastón y calzado y se ceñía con una correa. Habiendo escuchado un día en la celebración de la misa lo que dice Cristo a sus discípulos cuando los envía a predicar, es a saber, que no lleven para el camino ni oro ni plata, ni alforja o zurrón, ni pan ni bastón, y que no usen calzado ni dos túnicas; y como comprendiera esto más claro por la explicación del sacerdote, dijo transitado de indecible júbilo: "Esto es lo que ansío cumplir con todas mis fuerzas".

25. Y, grabadas en la memoria cuantas cosas había escuchado, se esforzó en cumplirlas con alegría: se despojó al momento de los objetos duplicados y no usó en adelante de bastón, calzado, zurrón o alforja; y, haciéndose él una túnica muy basta y rústica, abandonó la correa y se ciñó con una cuerda. Adhiriéndose de todo corazón a las palabras de nueva gracia y pensando en cómo llevarlas a la practica, empezó, por impulso divino, a anunciar la perfección del Evangelio y a predicar en público con sencillez la penitencia. Sus palabras no eran vanas ni de risa, sino llenas de la virtud del Espíritu Santo, que penetraban hasta lo más hondo del corazón y con vehemencia sumían a los oyentes en estupor.

26. Como más tarde él mismo atestiguó, había aprendido, por revelación divina, este saludo: "El Señor te dé la paz". Por eso, en toda predicación suya iniciaba sus palabras con el saludo que anuncia de la paz.

26. Y es de admirar - y no se puede admitir sin reconocer en ello un milagro - que antes de su conversión había tenido un precursor, que para anunciar la paz solía ir con frecuencia por Asís saludando de esta forma: "Paz y bien, paz y bien". Se creyó firmemente que así como Juan, que anuncio a Cristo, desapareció al empezar Cristo a predicar, de igual manera este precursor, cual otro Juan, precedió al bienaventurado Francisco en el anuncio de la paz y no volvió a comparecer cuando éste estuvo ya presente.

26. Dotado de improviso el varón de Dios del espíritu de los profetas, en cuanto desapareció su heraldo, comenzó a anunciar la paz, a predicar la salvación; y muchos que habían permanecido enemistados con Cristo y alejados del camino de la salvación, se unían en verdadera alianza de paz por sus exhortaciones.

27. Cuando fueron conociendo ya muchos la verdad tanto de la doctrina sencilla cuanto de la vida del bienaventurado Francisco, hubo algunos que, al cabo de dos años de su conversión, comenzaron a animarse a seguir su ejemplo de penitencia, y, despojados de todos sus bienes, se adhirieron a él con el mismo hábito y en el mismo género de vida. El primero de todos fue el hermano Bernardo, de santo recuerdo.

27. Reflexionando en la constancia y fervor con que el bienaventurado Francisco servía a Dios, a saber, cómo restauraba con tanto trabajo iglesias derruidas y llevaba una vida tan rigurosa, en contraposición a las delicadezas con que había vivido en el mundo, resolvió en su corazón repartir todo lo que tenía a los pobres y seguirle con firmeza en su vida y modo de vestir.

27. Cierto día se acercó al varón de Dios secretamente y le reveló su propósito; los dos convinieron en que fuera Francisco una tarde determinada a su casa. Este dio gracias a Dios y se alegró profundamente, pues no tenía todavía ningún compañero, y, sobre todo, porque el señor Bernardo era de vida muy edificante.

28. Fue, pues, el bienaventurado Francisco a su casa la tarde convenida, todo rebosante de gozo, y quedó con él toda la noche. El señor Bernardo le propuso esto, entre otras cosas: "Si alguno tuviere de su señor muchas o pocas cosas y las hubiese poseído durante muchos años y no las quisiere retener por más tiempo, ¿cuál sería el mejor modo de disponer de ellas?" El bienaventurado Francisco le respondió que debería devolverlas al dueño, del cual las había recibido. El señor Bernardo añadió: "Yo quisiera, hermano, distribuir todos mis bienes temporales, por amor de mi Señor que me los ha dado, como mejor a ti te parezca". A lo que replicó el Santo: "Mañana muy temprano iremos a la iglesia y conoceremos por el libro de los evangelios lo que el Señor enseñó a sus discípulos".

28. Se levantaron, pues, muy de mañana y con otros señor llamado Pedro, que también quería hacerse hermano, fueron a la iglesia de San Nicolás, junto a la plaza de la ciudad de Asís. Entraron en ella para hacer oración; y como eran simples y no sabían encontrar el lugar donde habla el Evangelio de la renuncia del siglo, suplicaron al Señor devotamente que, a ña primera vez que abrieran el libro, se dignara manifestarles su voluntad.

29. Terminada la oración, el bienaventurado Francisco tomó el libro cerrado y puesto de rodillas delante del altar, lo abrió , y a la primera vez salió este consejo del Señor: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo.

29. Descubierto esto, el bienaventurado Francisco se alegró íntimamente y dio gracias a Dios. Pero, como era muy devoto de la Santísima Trinidad, se quiso confirmar con un triple testimonio, abriendo el libro segunda y tercera vez. La segunda vez le salió esto: Nada llevéis para el camino, etc. Y en la tercera: Aquel que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, etc.

29. El bienaventurado Francisco, tras haber dado gracias a Dios en cada una de las veces que había abierto el libro por la confirmación de su propósito y deseo concebido de hacía tiempo, ahora tres por veces manifestada y comprobada divinamente, dijo a los mencionados por varones, Bernardo y Pedro: "Hermanos, ésta es nuestra vida y regla y la de todos los que quisieran unirse a nuestra compañía. Id, pues, y obrad como habéis escuchado".

29. Marchó el señor Bernardo, que era muy rico, y, una vez que hubo vendido todo lo que tenía y hubo reunido de ello gran cantidad de dinero, lo repartió todo a los pobres de la ciudad. Pedro cumplió también el consejo evangélico según sus posibilidades.

29. Abandonadas todas las cosas, se vistieron los dos el mismo hábito que poco hacía había vestido el Santo después de dejar el hábito de ermitaño; y desde entonces vivieron unidos según la forma del santo Evangelio que el Señor les había manifestado. Por eso, el bienaventurado Francisco escribió en su testamento: "El mismo Señor me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio".

Capítulo IX Cómo nació la vocación del hermano Silvestre y visión que tuvo antes de entrar en la Orden

30. Cuando el señor Bernardo distribuía sus bienes a los pobres - como queda dicho -estaba presente el bienaventurado Francisco, que, viendo la poderosa obra del Señor, glorificaba y alababa de todo corazón al mismo Señor. Vino entonces un sacerdote llamado Silvestre, a quien el bienaventurado Francisco comprado unas piedras para la reparación de la iglesia de San Damián. Y, observando que todo el dinero se repartía según el consejo del varón de Dios, enardecido por el fuego de la codicia, le dijo: Francisco, date cuenta de que no me pagaste bien las piedras que me compraste". Oyendo el despreciador de la avaricia ña injusta murmuración del sacerdote, se acercó al señor Bernardo y, metiendo la mano en su capa, donde estaba el dinero, con gran fervor de espíritu la sacó llena de monedas y se las dio al sacerdote quejumbroso. Y, sacando por segunda vez la mano repleta de dinero, le dijo: "¿Estáis bien pagado, señor sacerdote?" Y él respondió: "Lo estoy plenamente, hermano". Y, rebosando de alegría, se fue a casa con el dinero.

31. A los pocos días, el mismo sacerdote, tocado de la gracia de Dios, empezó a reflexionar sobre lo que había hecho el bienaventurado Francisco, y se dijo para sí: "¡Qué hombre tan miserable soy, que, siendo ya anciano, ambiciono y busco las cosas temporales; y él, joven aún, las desprecia y aborrece por amor de Dios! "

31. A la noche siguiente vio en sueños una gran cruz, cuya cima tocaba los cielos, y cuyo pie se apoyaba en la boca de Francisco, y cuyos brazos se extendían de una a otra parte del mundo.

31. Cuando se despertó el sacerdote. conoció y firmemente se convenció de que Francisco era un verdadero amigo y siervo de Cristo y que la Religión que empezaba a nacer se había de propagar prontamente por el mundo entero. Así comenzó a sentir el temor de Dios y a hacer penitencia en su casa. Por fin, poco tiempo después, ingresó en la naciente Orden, en la que vivió de manera irreprochable, y su muerte fue gloriosa.

32. El varón de Dios Francisco, que - como hemos dicho - vivían en compañía de estos dos hermanos, no tenía donde morar con ellos, y se trasladaron juntos a una iglesia pobre y abandonada que se llamaba Santa María de la Porciúncula, e hicieron allí una casuca donde poder vivir en común algunas veces.

32. A los pocos días vino a ellos un varón de Asís, llamado Gil, y, puesto de rodillas, pedía al varón de Dios, con gran reverencia y devoción, que lo recibiera en su compañía. Viendo el varón de Dios que Gil era fidelísimo y devoto y que podía alcanzar muchas mercedes de Dios, como se vio después por los efectos, lo admitió con el mayor agrado. Unidos los cuatro con indecible alegría y gozo del Espíritu Santo, se dispersaron, para su mayor provecho, de la manera siguiente:

33. El bienaventurado Francisco tomó consigo al hermano Gil y se encaminaron a la Marca de Ancona. Los otros dos se dirigieron a otra región. Yendo para la Marca, se regocijaban vehementemente en el Señor, y el santo varón, cantando en francés en voz alta y clara las alabanzas del Señor, bendecía y glorificaba la bondad del Altísimo. Tan íntima era su alegría, que parecía como que hubieran encontrado un gran tesoro en el campo evangélico de la dama Pobreza, por cuyo amor habían dejado libre y gozosamente todas las cosas temporales como si fueran basura.

33. Dijo el Santo al hermano Gil: "Nuestra Religión será semejante a un pescador que echa sus redes al mar y atrapa gran cantidad de peces, y, dejando los pequeños en el agua, selecciona los grandes para sus banastas". De esta manera profetizó la prodigiosa propagación de la Orden.

33. Aunque todavía el siervo de Dios no predicaba propiamente al pueblo, sin embargo, cuando pasaba por ciudades y castillos, exhortaba a todos a que amaran y temieran a Dios e hicieran penitencia por sus pecados. Y el hermano Gil amonestaba luego a que dieran fe a lo que Francisco decía, porque les aconsejaba de forma inmejorable.

34. Cuantos los oían decían: "¿Quiénes son éstos y qué es lo que hablan?" Por entonces, el temor y amor de Dios estaba por todas partes como apagado y se desconocía por completo el camino de la penitencia; es más, era considerado como necedad. Porque a tal grado habían llegado los placeres de la carne, la avaricia del mundo y el orgullo de la vida, que todos parecían enredados en las mallas de la triple concupiscencia.

34. Y por eso se opinaba muy diversamente sobre estos varones evangélicos. Así, unos los tenían por necios y borrachos, otros decían que tales palabras no podían proceder de necedad. Uno de los que los escuchaban dijo: "O se han unido al Señor con deseo de la suma perfección, o en verdad son unos locos, pues su vida parece propia de quien carece de esperanza, cuando apenas se sirven de comida, andan a pie descalzo y se cubren de vilísimos vestidos".

34. Mientras tanto, aunque algunos se sentían sobrecogidos de temor en vista de la vida que llevaban, ninguno les seguía; las jóvenes, en viéndolos a lo lejos, huían despavoridas, no fuera que se contagiaran de aquella necedad y locura. Y después de haber recorrido aquella provincia, volvieron al lugar de Santa Mana.

35. Pasados unos días, se llegaron a ellos otros tres varones de Asís, a saber: Sabbatino, Morico y Juan de Capella, pidiendo al bienaventurado Francisco los recibiera entre los hermanos. El los recibió con humildad y benignamente.

35. Cuando salían a pedir limosna por la ciudad, apenas ninguno les daba nada; por el contrario, se mofaban de ellos, echándoles en cara que habían dado sus bienes propios para consumir los ajenos; y tenían que pasar mucha penuria. Sus mismos parientes y consanguíneos los hacían blanco de su persecución. Otros ciudadanos hacían burla de ellos, como de memos y locos, porque en aquellos tiempos a nadie se le ocurría dejar sus propios bienes para luego pedir limosna de puerta en puerta.

35. El obispo de la ciudad de Asís, a quien el varón de Dios acudía con frecuencia para aconsejarse de él, acogiéndole amablemente, le dijo: "Vuestra vida me parece muy rigurosa y áspera al no disponer de nada en el mundo". A lo cual respondió el Santo: "Señor, si tuviéramos algunas posesiones, necesitaríamos armas para defendernos. Y de ahí nacen las disputas y los pleitos, que suelen impedir de múltiples formas el amor de Dios y del prójimo; por eso no queremos tener cosa alguna temporal en este mundo". Al obispo agradó sobremanera la respuesta del varón de Dios, que despreció todo lo caduco de este mundo, y en especial el dinero. En tal grado, que en todas las reglas recomendó principalmente la pobreza y que fueran muy diligentes sus hermanos en rechazar la pecunia.

35. Escribió, en efecto, varias reglas, que estuvieron como de prueba antes de que escribiera la que, por fin, dejó a sus hermanos; y en una de ellas escribía como execración del dinero: "Guardémonos los que lo hemos dejado todo de perder por tan poquita cosa el reino de los cielos. Y, si en algún lugar encontráramos dinero, no le demos más importancia que al polvo que pisamos.

Capítulo X Cómo predijo a sus seis compañeros todo lo que les había de ocurrir al ir por el mundo y les exhortó a llevarlo con paciencia

36. San Francisco, lleno ya de la gracia del Espíritu Santo, reunió ante sí a los dichos seis hermanos y les anunció lo que les había de ocurrir. "Consideremos - dijo -, hermanos queridos, nuestra vocación, a la cual por su misericordia nos ha llamado el Señor, no tanto por nuestra salvación cuanto por la salvación de muchos otros, a fin de que vayamos por el mundo exhortando a los hombres más con el ejemplo que con las palabras, para moverlos a hacer penitencia de sus pecados y para qué recuerden los mandamientos de Dios No temáis porque aparezcáis pequeños e ignorantes; más bien anunciad con firmeza y sencillamente la penitencia, confiando en que el Señor, que venció al mundo, habla con su espíritu por vosotros y en vosotros para exhortar a todos a que se conviertan y observaren sus mandamientos

36. "Encontraréis hombres fieles, mansos y benignos, que os recibirán con alegría y acogerán vuestras palabras; y otros muchos infieles, soberbios y blasfemos, que con sarcasmo os resistirán, como también a vuestras palabras Formad en lo más hondo del corazón el propósito de soportarlo todo con paciencia y humildad".

36. Al oír todo esto los hermanos, comenzaron a temer Entonces, el Santo continuó: " No temáis, porque, sin que pase mucho tiempo, vendrán a nosotros muchos sabios y nobles, y estarán con nosotros predicando a reyes y príncipes y a muchos pueblos Y muchos se convertirán al Señor, que se dignará extender y aumentar su familia por todo el mundo".

37. Luego de haberles dicho esto y haberles dado la bendición, marcharon los hombres de Dios y observaron las exhortaciones de Francisco. Cuando encontraban alguna iglesia o cruz, se inclinaban para orar y decían devotamente: " Adorámoste, Cristo, y te bendecimos por todas tus iglesias que hay en el mundo entero, porque por tu santa cruz has redimido al mundo" Pues creían encontrar siempre un lugar sagrado allí donde se levantaba una cruz o una iglesia

37. Cuantos los veían se extrañaban mucho, pues caían en la cuenta de la diferencia que existía respecto de los demás en cuanto a su hábito y manera de vivir y porque les parecían como unos hombres selváticos. Dondequiera que entraban, fuera ciudad o castillo, villa o casa, anunciaban la paz y exhortaban a todos a temer y amar al Creador de cielo y tierra y a cumplir sus mandamientos.

37. Algunos los escuchaban de buena gana; otros, por el contrario, se burlaban de ellos; y muchos los acosaban a preguntas, diciendo: "¿De dónde venís?" Otros les preguntaban a qué Orden pertenecían Como les fuese molesto contestar a tantas preguntas, decían sencillamente que eran varones penitentes oriundos de la ciudad de Asís; pues su Religión todavía no se llamaba Orden.

38. Otros muchos los juzgaban impostores o fatuos y no los querían recibir en sus casas, no fuera que resultaran ladrones y les robaran sus cosas Por eso, en muchos lugares, tras haber sido colmados de injurias, se veían obligados a guarecerse en pórticos de iglesias o de casas.

38. Por este tiempo, dos de ellos estaban en Florencia pidiendo limosna y no podían encontrar dónde hospedarse. Llegaron, por fin, a una casa que tenía un pórtico, y en él un horno, y se dijeron mutuamente: "Aquí podríamos recogernos". Rogaron a la dueña que los recibiera dentro de la casa, pero ella se lo negó. Entonces le pidieron humildemente que les permitiera al menos descansar la noche junto al horno.

38. La dueña se lo consintió, pero vino su marido y le reconvino: "¿Por qué has admitido en nuestro portal a estos maleantes?" Se excusó ella diciendo que no había querido admitirlos dentro de la casa, pero les había permitido acostarse en el portal, donde no, podrían robar sino leña Pero el marido no quiso que se les prestara ni un sencillo cobertor para abrigarse, aunque hacía mucho frío, porque pensaba que eran maleantes y ladrones

38. Apenas pudieron dormir aquella noche descansaron junto al horno, sin otro calor que el divino y sin otro abrigo que el de dama Pobreza. A la hora de maitines se fueron a la iglesia más próxima para asistir al oficio.

39. Después de amanecer fue la mujer a la misma iglesia. Vio allí que los dos hermanos continuaban en devota oración, y se dijo para sí: "Si estos hombres fueran maleantes y ladrones, como decía mi marido, no estarían tan recogidos en oración" Y, mientras pensaba en esto, un hombre llamado Guido daba limosna a los pobres que había en la iglesia.

39. Cuando llegó a los hermanos, les quiso dar dinero a cada uno de ellos, como acostumbraba hacer con los otros pobres, pero ellos rehusaron recibirlo Entonces él les preguntó: "¿Por qué vosotros, siendo pobres, no recibís dinero como los demás?" El hermano Bernardo le respondió: "Es cierto que somos pobres, pero a nosotros no nos pesa la pobreza, como a otros pobres, pues por la gracia de Dios, cuyo consejo de pobreza cumplimos, nos hemos hecho voluntariamente pobres". Admirado el señor de lo que estaba oyendo, les preguntó de nuevo si en algún tiempo habían poseído algo Ellos le contestaron que habían tenido mucho, pero que lo habían dado a los pobres por amor de Dios Quien así habló fue el hermano Bernardo, el primer discípulo del bienaventurado Francisco, a quien hoy consideramos en verdad como padre santísimo El fue el primero que, acogiendo el mensaje de paz y penitencia, vendido cuanto tenía y entregado a los pobres según el consejo de perfección evangélica, corrió tras el santo de Dios, perseverando hasta el fin en la santísima pobreza.

39. Observando aquella mujer que los hermanos no quisieron aceptar dinero, se acercó a ellos y les dijo que de muy buena gana los recibiría en su casa, si gustaran de hospedarse en ella Los hermanos le respondieron con humildad: "El Señor se lo pague por la buena voluntad" Y, habiendo oído dicho señor que los hermanos no podían encontrar alojamiento, los llevó a su casa y les dijo: "Aquí tenéis el hospedaje preparado por el Señor; quedaos el tiempo que queráis" Ellos, dando gracias a Dios, se quedaron en su casa algunos días, edificándole en el temor de Dios con el ejemplo y de palabra, de tal modo que en adelante hizo muchas limosnas a los pobres

40. Pero es de notar que, aunque los hermanos fueron tratados por este señor con tanta caridad, otros los consideraban como los más abyectos, y muchos, grandes y pequeños, se mofaban de ellos y los injuriaban y les quitaban a veces las ropas vilísimas que llevaban Cuando los siervos de Dios quedaban desnudos, porque, según el consejo evangélico, llevaban una sola túnica, no por eso reclamaban lo que les habían quitado. Si algún movidos de compasión, se los devolvían, los recibían de buen grado.

40. Algunos les arrojaban barro; otros, poniéndoles dados en la mano, los invitaban a jugar con ellos; y otros, agarrándolos por detrás de la capucha, los llevaban colgando a su espalda.

40. Estas y otras cosas parecidas hacían con ellos, y los consideraban tan despreciables, que los molestaban sin miramiento cuanto querían Sobre esto, tuvieron que pasar hambre y sed, frío y desnudez y otras indecibles tribulaciones y angustias Y todo lo sobrellevaban con inmutable paciencia, de conformidad con la instrucción dada por el bienaventurado Francisco Y jamás manifestaban tristeza ni turbación, ni maldecían a los que los ofendían, sino, por el contrario, cual perfectos varones evangélicos y dispuestos a conseguir grandes ganancias, se alegraban hondamente en el Señor y miraban como motivo de gozo las pruebas y tribulaciones que, como las ya dichas, se les presentaban, y, según el santo Evangelio, rogaban con solicitud y fervor por sus perseguidores.

Capítulo XI Admisión de otros cuatro hermanos. Ardiente caridad que se tenían los primeros hermanos, su anhelo de trabajar y orar y su perfecta obediencia

41. Cuando se vio que los hermanos se alegraban en sus tribulaciones; que se dedicaban diligente y devotamente a la oración; que no recibían dinero ni lo llevaban; que se querían mutuamente con inmenso amor - señal por la que se daban a conocer como verdaderos discípulos del Señor -, muchos venían a ellos cordialmente compungidos por las ofensas que les habían inferido y les pedían perdón Ellos los perdonaban de corazón, diciéndoles: "El Señor os perdone"; y les daban oportunos consejos en orden a la salvación. Algunos pedían que los admitieran en su compañía; como, por la escasez de hermanos, tenían facultad del bienaventurado Francisco para recibir en la Orden, recibieron a algunos, y en el término establecido regresaron con ellos a Santa María de la Porciúncula Cuando se volvían a ver juntos, disfrutaban de tanta alegría y regocijo cual si no recordaran nada de cuanto habían sufrido de los malvados.

41. Todos eran solícitos en hacer oración todos los días y en ocuparse en trabajos manuales para evitar en absoluto la ociosidad, que es enemiga del alma. Se levantaban con toda diligencia a media noche y oraban devotísimamente, con lágrimas copiosas y suspiros; se amaban con íntimo y mutuo amor, se servían unos a otros y se atendían en todo, como una madre lo hace con su único hijo queridísimo Era su caridad tan ardorosa, que les parecía cosa fácil entregar su cuerpo a la muerte, no sólo por amor de Cristo, sino también por el bien del alma o del cuerpo de sus cohermanos.

42. Y, en efecto, cierto día en que dos de estos hermanos iban de camino, se encontraron con un demente, que empezó a tirarles cantos Luego que se dio cuenta uno de ellos que los cantos iban a pegar al otro, al momento se interpuso para que los golpes dieran contra él, prefiriendo recibir él los cantazos a que los recibiera el hermano, por la mucha caridad que se tenían; tan dispuestos estaban a dar la vida el uno por el otro.

42. Estaban tan bien fundados y arraigados en humildad y caridad, que cada uno reverenciaba al otro como si fuera padre y señor; y aquellos que, por su oficio o una cualidad, tenían alguna preeminencia sobre los demás, parecían de situación más humilde y baja Todos estaban prontos a obedecer y dispuestos siempre a cumplir la voluntad del que mandaba; no se paraban a discernir si el mandato era justo o injusto, porque pensaban que todo mandato era conforme a la voluntad del Señor Con esta disposición era para ellos fácil y agradable cumplir los mandatos Se abstenían de las apetencias de la carne, juzgándose a sí mismos con rigor y evitando ofender de cualquier modo al hermano

43. Y si a veces sucedía que uno decía a otro alguna palabra que le pudiera molestar, tanto le remordía la conciencia, que no paraba hasta que confesaba su culpa y, echándose humildemente en tierra, lograba que el hermano ofendido pusiera el pie sobre su boca Y, caso de que el hermano ofendido no quisiera poner el pie en la boca del otro hermano, sucedía entonces que, si el ofensor era prelado, le mandaba al otro que lo pisara; y si era súbdito, el ofensor conseguía que le mandara el prelado. De esta manera se ingeniaban para que todo rencor o maldad huyera de ellos y reinara siempre entre ellos la perfecta caridad, procurando siempre contraponer, todo cuanto podían, virtudes particulares a vicios particulares, ayudados y prevenidos de la gracia de Jesucristo.

43. Nada reclamaban como propio Los libros y demás objetos que les habían sido dados, los usaban según la forma transmitida y observada por los apóstoles. A la par que en ellos y entre ellos reinaba una verdadera pobreza, eran liberales y generosos con todo lo que les había sido entregado por Dios, y por su amor daban de buena gana a cuantos se las pedían, y particularmente a los pobres, las limosnas que ellos habían recibido

44. Cuando iban de camino y se encontraban con pobres que les pedían algo por amor de Dios, si no llevaban ninguna otra cosa que darles, les entregaban parte de sus vestidos, aunque viles A veces les daban el capucho, separándolo de la túnica; a veces, una manga; a veces, otra pieza, descosiéndola de la túnica, en cumplimiento de lo que dice el Evangelio: A todo el que te pide, dale. Cierto día vino un pobre a pedir limosna a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, donde a temporadas moraban los hermanos. Había allí una capa que había usado un hermano siendo todavía seglar. Como le dijese el bienaventurado Francisco que se la diera a aquel pobre, aprisa y corriendo fue por ella y se la dio lleno de alegría. Y en el instante le pareció a aquel hermano que, por el amor y devoción con que había dado la capa al pobre, la limosna había subido hasta el cielo, y quedó embriagado de nuevo gozo.

45. Cuando recibían visitas de los ricos de este mundo, los recibían alegre y benignamente y procuraban apartarlos del mal y moverlos a penitencia. Pedían también con sumo interés que no fueran enviados a tierras de donde eran oriundos, para evitar la familiaridad y el trato con sus consanguíneos, y así cumplir la palabra profética: Me he hecho forastero con mis hermanos, y peregrino con los hijos de mi madre.

45. Se gozaban cordialmente en la pobreza, pues no ambicionaban riquezas, sino que despreciaban todo lo caduco que pueden codiciar los amantes de este mundo Sobre todo, miraban el dinero como polvo que pisaban, y, aleccionados por el Santo, ponderaban su precio y valor al igual que el boñigo de asno.

45. Se alegraban de continuo en el Señor y no encontraban entre sí ni dentro de sí motivo de tristeza. Cuanto más apartados del mundo, tanto más unidos estaban con Dios; y, caminando siempre por la senda de la cruz y de la justicia, apartaban del camino estrecho de la penitencia y observancia del Evangelio cualquiera clase de tropiezos, a fin de que los sucesores encontraran llano y seguro el sendero

Capítulo XII Cómo el bienaventurado Francisco fue con los once compañeros a la curia del papa para exponerle sus ideales y para que le confirmara la Regla que había escrito

46. Viendo el bienaventurado Francisco que el Señor aumentaba el número de los hermanos y los hacía crecer en méritos y que eran ya doce varones perfectísimos con un mismo sentir, dijo a los otros once el que hacía el número doce y era su jefe y padre: "Veo, hermanos, que quiere el Señor aumentar misericordiosamente nuestra congregación Vamos, pues, a nuestra santa madre la Iglesia de Roma y manifestemos al sumo pontífice lo que el Señor empieza a hacer por nosotros, para que de voluntad y mandato suyo prosigamos lo comenzado".

46. Agradó a los otros hermanos lo que proponía el Padre; cuando todos juntos se encaminaron a la curia, les dijo: "Señalemos uno de nosotros que sea nuestro guía y tengámoslo como vicario de Jesucristo, para que vayamos a donde él quiera y nos hospedemos cuando él disponga". Eligieron al hermano Bernardo, el primero después del bienaventurado Francisco, y se atuvieron a lo que el Padre había propuesto.

46. Caminaban alegres, hablaban palabras de Dios, sin que osaran decir nada que no se refiriera a la alabanza y gloria de Dios y a la utilidad del alma, y frecuentemente se dedicaban a la oración El Señor les preparaba siempre lugar donde hospedarse y hacía que les sirvieran lo necesario.

47. Al llegar a Roma se encontraron allí con el obispo de la ciudad de Asís Este los recibió con mucha alegría, pues veneraba con particular afecto al bienaventurado Francisco y a todos los hermanos. Pero como no sabía la causa de su venida, se turbó un poco, temiendo que pensaran abandonar la propia tierra, donde el Señor empezaba a obrar cosas maravillosas por ellos, y porque él sentía gozo sincero de tener en su diócesis a varones tan excelentes, de cuya vida y costumbres tanto se prometía. Enterado del motivo y de lo que se proponían conseguir, su gozo fue mayor y les prometió consejo y ayuda para su empeño.

47. Este señor obispo era conocido de un cardenal, obispo de Santa Sabina, que se llamaba Juan de San Pablo, varón lleno de gracia de Dios y muy amante de los siervos de Dios. El mencionado obispo había hablado al cardenal de la vida del bienaventurado Francisco y de sus hermanos y estas noticias habían hecho nacer en el cardenal el deseo de ver al varón de Dios y a algunos de sus hermanos. Así que, cuando se enteró de que estaban en la Urbe, mandó llamarlos y los recibió con gran veneración y amor.

48. Durante los pocos días que estuvieron con él quedó tan edificado de sus palabras y ejemplos, que, viendo que sus obras eran fiel trasunto de lo que le habían contado, se encomendó a sus oraciones humilde y devotamente y les pidió por gracia especial que lo contaran desde entonces como uno de los hermanos. Luego preguntó al bienaventurado Francisco por el motivo de su venida y, cuando hubo escuchado de sus labios lo que intentaba y deseaba, se ofreció a hacer de procurador suyo en la curia.

48. Fue, pues, a la curia el dicho cardenal y expuso al señor papa Inocencio III: "He encontrado un varón perfectísimo que quiere vivir según la forma del santo Evangelio y guardar en todo la perfección evangélica, y creo que el Señor quiere reformar por su medio la fe de la santa Iglesia en todo el mundo".

48. Oyendo esto el papa, quedó muy admirado, y mandó al señor cardenal que trajera al bienaventurado Francisco a su presencia.

49. Al día siguiente fue presentado el varón de Dios por el señor cardenal al sumo pontífice, y Francisco le expuso todos sus santos propósitos El sumo pontífice, dotado de singular discreción, accedió en la forma debida a los deseos del Santo, y, exhortando a éste y a sus hermanos acerca de muchas cosas, les dio la bendición y les dijo: "Id con Dios, hermanos, y predicad a todos la penitencia, como El se dignare inspiraros Y cuando Dios todopoderoso os aumente en número y gracia, comunicádnoslo, y Nos os concederemos más cosas y con mayor seguridad os encomendaremos otras más importantes"

49. Quería el señor papa saber si todo lo concedido y lo que pensaba conceder era conforme a la voluntad de Dios, y, antes que el Santo se retirase, les dijo a él y a sus compañeros: "Queridos hijos nuestros, vuestro tenor de vida nos parece sobradamente riguroso y austero; y, aunque os vemos tan animosos que de vosotros no cabe la menor duda, sin embargo, debemos pensar en aquellos que os han de seguir, y puede ser que esta vida les parezca demasiado austera" Mas como viera la constancia de su fe y el ancla de su esperanza firmemente sujeta en Cristo, de modo que por nada querían apartarse de su generoso fervor, dijo al bienaventurado Francisco: "Hijo, ve y pide a Dios que se digne revelarte si esto que buscáis procede de su voluntad, para que, siendo Nos sabedor de divino beneplácito, accedamos a vuestros deseos".

50. El santo de Dios se puso en oración, como le había indicado el señor papa, y el Señor le habló en espíritu por medio de esta parábola: "Vivía en el desierto una mujer pobrecilla y hermosa; prendado un rey poderoso de su hermosura, quiso tomarla como esposa, porque creía que de ella podría tener hijos hermosos.

50. "Contraído y consumado el matrimonio, nacieron muchos hijos. Ya adultos, les habló su madre, diciéndoles: ‘Hijos míos, no os avergoncéis, pues sois hijos del rey. Id, pues, a su corte, y él os dará todo lo que necesitéis’ Cuando se presentaron ante el rey, éste quedó cautivado de su hermosura, y, reconociendo en ellos su verdadero retrato, les preguntó: ‘¿De quién sois hijos?’

50. Y como le contestasen que eran hijos de una mujer pobrecita que vivía en el desierto, el rey los abrazó con íntima complacencia y les dijo: ‘Nada temáis, porque sois hijos míos. Así, pues, si los extraños se alimentan de mi mesa, con mayor razón vosotros, que sois mis hijos legítimos’ Y mandó el rey a aquella mujer que le enviara a palacio a todos los hijos procreados con él, para que allí se criaran".

50. El varón de Dios comprendió que, por cuanto se le había mostrado en visión mientras oraba, él estaba representado por aquella pobrecita mujer.

51. Cuando acabó la oración, se presentó de nuevo al sumo pontífice y le relató ordenadamente la alegoría que el Señor le había mostrado, y le dijo: "Yo soy, señor, esta mujer pobrecita a quien el amantísimo Señor, por su misericordia, ha honrado de esta manera y de la que ha querido procrear para él hijos legítimos Y me dijo el Rey de los reyes que criaría a todos los hijos que por mi medio procreara, porque, si alimenta a los extraños, con mayor razón ha de alimentar a los legítimos Si Dios concede a los pecadores bienes temporales por amor a los hijos que han de criar, mucho más los otorgará a los varones evangélicos, a quienes por mérito se les deben tantos bienes".

51. Oyendo esto el señor papa, quedó profundamente maravillado, y principalmente porque antes de la venida del bienaventurado Francisco había tenido también él una visión en la que veía que la iglesia de San Juan de Letrán se desplomaba y que un hombre religioso, desmedrado y despreciable, la sostenía con sus propias espaldas. Se despertó atónito y atemorizado. Pero hombre discreto y sabio como era, consideraba qué significaría la visión Como a los pocos días se presentase ante él el bienaventurado Francisco y le expusiese su plan de vida, como queda dicho, y le suplicase que le confirmara la Regla que había escrito con palabras sencillas, entreveradas de sentencias del Evangelio, a cuya perfección aspiraba con todas sus fuerzas, viéndolo el papa tan fervoroso en el servicio de Dios y comentando su propia visión y la alegoría mostrada al varón de Dios, comenzó a decirse para sus adentros: "Verdaderamente éste es aquel varón religioso y santo por el que la Iglesia de Dios se levantará y se sostendrá".

51. Luego lo abrazó y le aprobó la Regla que había escrito Le dio también licencia, lo mismo que a sus hermanos, para predicar la penitencia en todo el mundo, pero con la condición de que los que habían de predicar obtuvieran primero autorización del bienaventurado Francisco. Todo esto lo aprobó después en consistorio.

52. Obtenida esta concesión, el bienaventurado Francisco dio gracias a Dios y, puesto de rodillas, prometió humilde y devotamente al señor papa obediencia y reverencia. Los otros hermanos prometieron obediencia y reverencia al bienaventurado Francisco, como lo había mandado el señor papa. Recibieron la bendición del sumo pontífice, visitaron los sepulcros de los apóstoles, y, por diligencias de dicho cardenal, les fue conferida la tonsura al bienaventurado Francisco y a los otros once hermanos, para que todos ellos, los doce, fueran clérigos.

53. Extrañado de la facilidad con que había logrado lo que deseaba, el varón de Dios dejó la Urbe y con los dichos hermanos marchó por el orbe. De día en día le iba creciendo la esperanza y la confianza en el Salvador, que previamente se había adelantado a demostrarle con santas revelaciones lo que después habría acaecido. Pues, en efecto, antes de haber conseguido todo lo dicho cierta noche mientras dormía le pareció ver que viajaba por un camino y que junto a él había un árbol muy frondoso, hermoso, robusto y grueso. Como se acercara al árbol y se pusiera debajo admirando su altura y hermosura, de repente creció tanto el Santo, que llegaba a lo más alto del árbol y fácilmente lo doblaba hasta el suelo. Y en verdad así sucedió cuando el señor Inocencio, árbol el más sublime, hermoso y robusto en el mundo, se doblegó tan benignamente a la petición y querer del Santo.

Capítulo XIII Eficacia de su predicación El primer lugar que habitó, cómo vivían en él y cómo salieron de él

54. Desde entonces comenzó el bienaventurado Francisco a predicar más y mejor en sus correrías por ciudades y castros; no lo hacía con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino que anunciaba con confianza el reino de Dios con la doctrina y fuerza del Espíritu Santo. Era un verdadero predicador fortalecido con la autoridad apostólica. No empleaba palabras de adulación y rehuía todo halago de expresiones lisonjeras, porque, para poder decir la verdad con plena confianza, primero se persuadía a sí mismo con las obras de aquello de que tenía que persuadir a los demás con la palabra Y aun los letrados y doctos quedaban admirados de la fuerza y verdad de sus sermones, que no había aprendido de maestro humano; y muchos corrían a ver y oír como a hombre de otro mundo. Así comenzaron muchos, nobles y plebeyos, clérigos y seglares, impelidos por inspiración divina, a seguir los pasos del bienaventurado Francisco y, abandonando los cuidados y vanidades del siglo, a vivir el mismo tenor de vida bajo su dirección.

55. Vivía entonces el Padre feliz con sus hijos en un lugar cerca de Asís llamado Rivo Torto, donde había una choza abandonada de todos; tan reducida era, que no podían apenas sentarse y descansar. Cuando allí carecían de pan - lo que ocurría frecuentemente -, comían tan sólo algunos nabos que a duras penas conseguían de limosna. El varón de Dios tenía escritos los nombres de los hermanos en los travesaños de la choza, para que cada uno, al tratar de descansar o de orar, reconociese su sitio, y, dada la estrechez y pequeñez del lugar, no fuera perturbado el silencio del alma por cualquier ruido indebido.

55. Viviendo en este lugar los hermanos, sucedió cierto día que un rústico llegó allí con su asno para cobijarse dentro con el animal. Y para que no fuera rechazado por los hermanos, se metió con el asno, diciendo: "¡Entra, entra, porque haremos un favor a este lugar!". Oyendo esto el Padre santo y penetrando la intención de aquel rústico, se conturbó a causa de él, sobre todo porque había armado gran estrépito con el asno e inquietado a los hermanos, que estaban entonces haciendo oración en absoluto silencio. Entonces dijo el varón de Dios a los hermanos: "Bien sé, hermanos, que el Señor no nos ha llamado para preparar albergue a ningún asno ni para recibir frecuentes visitas de hombres, sino para que nos dediquemos principalmente a la oración y acción de gracias, predicando de tanto en tanto a los hombres el camino de la salvación y dándoles consejos saludables".

55. Dejaron aquel lugar para albergue de pobres leprosos, y ellos se trasladaron a Santa María de la Porciúncula, junto a la cual habían morado algunas veces en una casuca antes de que hubieran conseguido la iglesia.

56. Más tarde, impulsado el bienaventurado Francisco por la inspiración y voluntad de Dios, consiguió con mucha humildad que el abad de San Benito del monasterio del monte Subasio, cerca de Asís, le cediera la iglesia El Santo recomendó esta iglesia con señalado y especial afecto al ministro general y a todos los hermanos como el lugar más amado de la gloriosa Virgen entre todos los lugares y entre todas las iglesias del mundo.

56. Mucho contribuyó para recomendar y amar tanto este lugar la visión que tuvo un hermano cuando todavía vivía en el siglo, y a quien el bienaventurado Francisco amó con singular afecto y le mostró particular familiaridad mientras vivieron juntos. Este varón, que anhelaba servir a Dios, como después efectivamente le sirvió fielmente en la Religión, vio en una visión que todos los hombres de este siglo eran ciegos y estaban de rodillas en torno a Santa María de la Porciúncula con las manos juntas y los rostros vueltos al cielo. En esta actitud pedían al Señor con voz clamorosa y lacrimosa que se dignara, por su gran misericordia, dar vista a todos. Estando éstos en oración, le pareció ver que un gran resplandor salía del cielo y descendía sobre ellos, iluminándolos con una luz salvadora

56. Luego que se despertó, tomó la firme resolución de servir al Señor; y poco después, abandonando este mundo malvado con todas sus vanidades, entró en la Religión, en la que se consagró humilde y devotamente al servicio de Dios.

Capítulo XIV Dos veces al año celebraban Capítulo en Santa María de la Porciúncula

57. Después de haber obtenido este lugar de Santa María del referido abad, dispuso el bienaventurado Francisco que se celebrara allí Capítulo dos veces al año, a saber, en Pentecostés y en la Dedicación de San Miguel. En Pentecostés se reunían todos los hermanos en Santa María y trataban de cómo observar con mayor perfección la Regla, y destinaban hermanos a diversas provincias para que predicaran al pueblo y para que, a su vez, colocaran a otros hermanos en sus provincias San Francisco amonestaba, reprendía y daba órdenes, como mejor le parecía según el beneplácito divino. Cuanto decía de palabra, lo manifestaba en sus obras con afecto y solicitud. Veneraba a los prelados y sacerdotes de la santa Iglesia y honraba a los ancianos, nobles y ricos; también a los pobres los amaba de lo íntimo de su corazón y se compadecía de ellos entrañablemente De todos se mostraba súbdito A pesar de ser el hermano de puesto más alto, nombraba, sin embargo, a uno de los hermanos con quienes vivía por su guardián y señor y a él obedecía humilde y devotamente para evitar toda ocasión de soberbia. Y entre los hombres, humillaba su cabeza hasta la tierra, a fin de merecer ser exaltado algún día ante la mirada divina entre los santos y elegidos de Dios.

57. Exhortaba con solicitud a los hermanos a que guardaran fielmente el santo Evangelio y la Regla que habían prometido Y, sobre todo, a que tuvieran gran reverencia y devoción a los divinos oficios y ordenaciones eclesiásticas, oyendo devotamente la misa y adorando con rendida devoción el cuerpo del Señor. Quería también que los sacerdotes que administran los sacramentos venerandos y augustos fueran singularmente honrados por los hermanos, de suerte que donde los encontraran les hicieran inclinación de cabeza y les besaran las manos; y si los encontraban cabalgando, deseaba que no sólo les besaran las manos, sino hasta los cascos de los caballos sobre los que cabalgaban, por reverencia a sus poderes

58. Amonestaba también a los hermanos que no juzgaran a nadie, ni despreciaran a los que viven con regalo y se visten con lujo y vanidad, porque Dios es Señor nuestro y de ellos, y los puede llamar hacia sí, y, una vez llamados, justificados. Decía también que quería que los hermanos respetaran a estos hombres como a hermanos y señores suyos, pues son hermanos, en cuanto han sido creados por el mismo Creador, y son señores, en cuanto que, proveyéndoles de lo necesario para el cuerpo, ayudan a los huellos a hacer penitencia Y seguía diciendo: "Tal debería de ser el comportamiento de los hermanos entre los hombres, que cualquiera que los oyera o viera, diera gloria al Padre celestial y le alabara devotamente".

58. Todo su afán era que así él como los hermanos estuvieran tan enriquecidos de buenas obras, que el Señor fuera alabado por ellas Y les decía: "Que la paz que anunciáis de palabra, la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones Que ninguno se vea provocado por vosotros a ira o escándalo, sino que por vuestra mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia Pues para esto hemos sido llamados: para curar a los heridos, para vendar a los quebrados y para corregir a los equivocados. Pues muchos que parecen ser miembros del diablo, llegarán todavía a ser discípulos de Cristo".

59. Por otra parte, el piadoso Padre censuraba a los hermanos que se trataban con demasiada austeridad y se recargaban con vigilias, ayunos y mortificaciones corporales Pues algunos se mortificaban tan despiadadamente para extinguir en sí todo incentivo carnal, que había quien parecía que se tenía odio a sí mismo. A éstos les prohibía tales excesos con exhortaciones benignas y razonables reprensiones y vendaba sus heridas con los vínculos de saludables preceptos.

59. Ninguno de los hermanos que venía al Capítulo se atrevía a tratar negocios seculares, sino que todos conversaban acerca de las vidas de los santos y de cómo podrían hallar mejor y más perfectamente la gracia del Señor Jesucristo. Si algunos de los hermanos que llegaban al Capítulo tenían alguna tentación o tribulación, al oír hablar al bienaventurado Francisco con tanta dulzura y fervor y al ver su penitencia, se veían libres de las tentaciones y consolados maravillosamente en las tribulaciones Compadecido de ellos, les hablaba no como juez, sino como padre misericordioso con sus hijos, como buen médico con los enfermos, enfermando con los enfermos y afligido con los atribulados Sin embargo, corregía en la debida forma a los delincuentes y reprimía con el merecido castigo a los contumaces y rebeldes.

59. Acabado el Capítulo, daba la bendición a los hermanos y destinaba a cada uno a su provincia. A los que tenían espíritu de Dios y la conveniente elocuencia, fueran clérigos o laicos, les daba licencia para predicar una vez recibida su bendición, marchaban con gran alegría por el mundo como peregrinos y forasteros, sin llevar otra cosa para el camino que los libros para rezar las horas Dondequiera que encontraran algún sacerdote, rico o pobre, bueno o malo, le hacían humilde reverencia con inclinación de cabeza Y, cuando llegaba la hora de hospedarse, de mejor gana se quedaban en casa de sacerdotes que de seglares.

60. Pero, cuando no podían hospedarse en casa de sacerdotes, buscaban a las personas más espirituales y temerosas de Dios, para poder hospedarse en sus casas más decorosamente; esto lo hicieron hasta que el Señor inspiró a algunos temerosos de Dios, de las ciudades o castros que los hermanos solían visitar, que les prepararan hospedaje; a éste se acogían mientras para ellos no fueron edificados lugares en las ciudades y en los castros.

60. Según la oportunidad de cada momento, el Señor les daba palabra y espíritu para expresar pensamientos agudísimos que penetraban los corazones de jóvenes y ancianos; de tal forma calaban en ellos, que, abandonando padre y madre y cuanto tenían, seguían a los hermanos y tomaban el hábito de su Religión. Verdaderamente fue enviada entonces a la tierra la espada de separación, cuando los jóvenes venían a la Orden dejando a sus padres en la hediondez del pecado. A los que admitían a la Orden los llevaban a donde el bienaventurado Francisco para que de él recibieran humilde y devotamente el hábito de la Religión.

60. Y no eran sólo los hombres los que se convertían a la Orden; había también muchas vírgenes y viudas que, movidas a compunción por la predicación de los hermanos, por consejo suyo se recluían a hacer penitencia en monasterios creados en ciudades y castros. Para ellas fue instituido visitador y corrector uno de los hermanos. Igualmente, hombres y mujeres casados, a quienes la ley matrimonial impedía separarse, se dedicaban, por saludable consejo de los hermanos, a una vida de austera penitencia en sus mismas casas. De esta manera, por medio del bienaventurado Francisco, devotísimo de la santa Trinidad, se renueva la Iglesia de Dios a través de tres Órdenes, como queda significado en la reparación de tres iglesias que llevó a cabo anteriormente. Cada una de estas Órdenes fue confirmada en su momento oportuno por el sumo pontífice.

Capítulo XV Muerte del señor Juan, primer protector, y designación del señor Hugolino, obispo de Ostia, como padre y protector de la Orden

61. El ya mencionado venerable padre señor Juan de San Pablo, cardenal, que con frecuencia dispensaba al bienaventurado Francisco consejo y protección, se complacía también en recomendar a los otros cardenales la vida y las obras del Santo y de sus hermanos. Y despertó en ellos tanto afecto hacia el varón de Dios y sus hermanos, que todos querían tener en su palacio a alguno de ellos, no para que les prestaran servicios, sino debido a su santidad y por la devoción que les habían cobrado.

61. Muerto el señor Juan de San Pablo, inspiró el Señor a uno de los cardenales, llamado Hugolino y entonces obispo de Ostia, que pusiera su afecto en amar al bienaventurado Francisco y a sus hermanos y los protegiera y animara Y tanta ilusión mostró con ellos como si fuera padre de todos; es más, en mayor grado que el amor del padre carnal se extiende naturalmente a sus hijos carnales, ardía el suyo espiritual para amar en el Señor y favorecer al varón de Dios y a sus hermanos Habiendo llegado a oídos del varón de Dios la célebre fama de este cardenal, entre todos el más famoso, se presentó ante él con sus hermanos. El los recibió con alegría y les dijo: "Me tenéis a vuestra disposición; dispuesto a daros mi apoyo, consejo y protección según vuestra voluntad; y quiero en correspondencia que por Dios me encomendéis en vuestras oraciones".

61. Entonces, el bienaventurado Francisco, dando gracias a Dios, dijo al señor cardenal: "Señor, con muchísimo agrado quiero teneros por padre y protector de nuestra Religión y quiero que todos mis hermanos os tengan presente en sus oraciones". Luego le pidió el bienaventurado Francisco que se dignara intervenir en el Capítulo de Pentecostés. Accedió complacido al momento, desde entonces participó cada año en el Capítulo de los hermanos.

61. Cuando venía al Capítulo, salían procesionalmente a su encuentro todos los hermanos reunidos en él. Mas él, al verlos acercarse, se bajaba del caballo e iba a pie con ellos hasta la iglesia de Santa María. Después les predicaba el sermón y celebraba la misa, en la que el varón de Dios Francisco cantaba el evangelio.

Capítulo XVI Elección de los primeros ministros y cómo fueron enviados por el mundo

62. Pasados once años del comienzo de la Religión y habiéndose multiplicado los hermanos en número y crecido en méritos, fueron elegidos los ministros y enviados con algunos hermanos a casi todas las partes del mundo en las que se cultiva y se conserva la fe católica. En algunas provincias eran recibidos, pero no se les permitía edificar casas; de otras eran expulsados por temor de que fueran herejes. Pues es de advertir que, aunque el referido papa Inocencio III les aprobó la Orden y la Regla, no dejó constancia de su confirmación en otro documento suyo. Por eso, los hermanos tuvieron que sufrir muchas tribulaciones de parte de los clérigos y de los seglar es, y, en consecuencia, se vieron obligados a huir de diversas provincias. Y, angustiados y afligidos, e incluso despojados y azotados por ladrones, volvieron con gran amargura al bienaventurado Francisco. A este tenor fueron tratados en casi todas las regiones ultramontanas, como Alemania, Hungría y otras muchas partes.

62. Habiendo comunicado todo esto al dicho señor cardenal, mandó éste llamar al bienaventurado Francisco y lo presentó al señor papa Honorio, pues el señor Inocencio era ya difunto. E hizo que el señor Honorio, con bula que pendía del documento, confirmara solemnemente otra Regla compuesta por el bienaventurado Francisco, instruido por Cristo. En esta Regla se espació el plazo entre los capítulos, para evitar las molestias de los hermanos que vivían en regiones remotas.

63. El bienaventurado Francisco se propuso pedir al señor papa Honorio un cardenal de la Iglesia romana, es decir, el mencionado señor obispo de Ostia, que fuera como el papa de su Orden y al que los hermanos pudieran recurrir para sus asuntos.

63. El bienaventurado Francisco tuvo una visión que pudo haber inducido a pedir un cardenal protector y a recomendar la Orden a la Iglesia romana. Había visto, en efecto, una gallina pequeña y negra con plumas en las piernas y con los pies a modo de paloma doméstica, que tenía tal número de polluelos, que no podía cobijarlos bajo sus alas; giraban en torno a ella y siempre quedaban fuera.

63. Cuando se despertó empezó a pensar sobre el significado de la visión e, iluminado súbitamente por el Espíritu Santo, reconoció que era él el representado figurativamente en aquella gallina. Y se dilo: "Yo soy esa gallina: pequeño de estatura y moreno; debo ser sencillo como la paloma y remontar el vuelo hasta el cielo por medio de los afectos, que son las plumas de las virtudes. Pero el Señor, por su gran misericordia, me ha dado y me dará muchos hijos, a quienes por mis solas fuerzas no podré proteger. Así, pues, es necesario que yo se los recomiende a la santa Iglesia para que los proteja bajo sus alas y los gobierne".

64. A los pocos años de esta visión vino a Roma y visitó al señor obispo de Ostia, quien ordenó al bienaventurado Francisco que al día siguiente por la mañana fuera con él a la curia, pues quería que predicara ante el papa y los cardenales y les recomendara su Religión devota y vivamente. Aunque el bienaventurado Francisco se excusó, diciendo que era hombre simple e idiota, tuvo que acompañar al cardenal a la curia.

64. Cuando el bienaventurado Francisco se presentó ante el papa y los cardenales, se alegraron mucho al verlo Y, puesto en pie, predicó ante ellos según le iba adoctrinando la unción del Espíritu Santo. Acabada la predicación, recomendó su Religión al señor papa y a todos los cardenales De la predicación quedaron altamente edificados tanto el señor papa como los cardenales, y se sintieron movidos en lo íntimo de su corazón a amar con mayor afecto a la Orden.

65. Luego dijo el bienaventurado Francisco al sumo pontífice: "Señor, me causáis compasión por la solicitud y desvelos con que tenéis que velar por la Iglesia de Dios, y me da vergüenza que por nosotros, hermanos menores, mostréis tanto interés y cuidado Cuando hay tantos nobles y ricos y tantos religiosos que no pueden tener audiencia con vos, nosotros, que somos los más pobres y despreciables entre todos los religiosos, deberíamos estar sobrecogidos de temor y avergonzados viendo que no sólo se nos permite negar hasta vos, sino estar ante vuestra puerta y presumir pulsar el tabernáculo que encierra el poder de los cristianos. Por eso me atrevo a suplicar humilde y devotamente a vuestra santidad que tengáis a bien concedernos que el señor obispo de Ostia haga con nosotros las veces de papa, para que en tiempos de necesidad puedan los hermanos recurrir a él, salva siempre la dignidad de vuestra preeminencia".

65. Agradó al señor papa esta petición, y concedió al bienaventurado Francisco el mencionado señor ostiense, instituyéndolo dignísimo protector de su religión

66. Recibido este mandamiento del señor papa, como buen protector, extendió su mano para defender a los hermanos: escribió a muchos prelados, que habían perseguido a los hermanos, que en adelante no se les opusieran, sino que más bien, como a santos y buenos religiosos que eran, aprobados con la autoridad de la Sede Apostólica, les ayudaran con su consejo y tutela para que predicaran y moraran en sus provincias También otros muchos cardenales escribieron cartas con el mismo fin.

66. En el siguiente Capítulo, el bienaventurado Francisco dio autoridad a los ministros para que recibieran hermanos a la Orden, y los envió a las sobredichas provincias provistos de cartas de los cardenales y de la Regla confirmada por bula apostólica. Viendo todo esto los antedichos prelados y reconociendo por verdaderos los documentos presentados por los hermanos, les dieron amplia licencia para edificar casas, habitarlas y predicar en sus provincias. Establecidos en aquellas provincias y dedicados a la predicación, muchos que veían la humilde y santa vida de los hermanos y escuchaban sus palabras dulcísimas, que, inflamándolos, movían los corazones al amor de Dios y a hacer penitencia, vinieron a ellos y recibieron humilde y devotamente el hábito de la santa Religión.

67. Viendo el bienaventurado Francisco la fidelidad y el amor que el señor ostiense mostraba a los hermanos, lo amaba afectuosísimamente de lo más íntimo de su corazón Y porque le había sido previamente revelado por Dios que dicho obispo llegaría a ser sumo pontífice, se lo insinuaba siempre en las cartas que le escribía, llamándolo padre de todo el mundo. Las cartas las encabezaba así: "Al venerable en Cristo, padre de todo el mundo", etc.

67. Muerto al poco tiempo el señor papa Honorio III, fue nombrado sumo pontífice el señor ostiense, y se llamó Gregorio IX. Este fue, hasta el fin de su vida, bienhechor señalado y defensor, tanto de los hermanos como de los otros religiosos, y, sobre todo, de los pobres de Cristo. Con toda razón se puede creer que ha sido asociado a la compañía de los santos.

Capítulo XVII Muerte sacratísima del bienaventurado Francisco y cómo dos años antes había recibido las llagas de nuestro Señor Jesucristo

68. A los veinte años de haberse unido totalmente a Cristo en el seguimiento de la vida y huellas de los apóstoles, el varón apostólico Francisco voló felicísimamente a Cristo, y, después de incontables trabajos, alcanzó el descanso eterno y fue presentado dignamente a la presencia del Señor el día 4. de octubre, domingo, del año de la encarnación 1226.

68. Uno de sus discípulos, célebre por su santidad, vio el alma del Santo que, como si fuera una estrella del tamaño de la luna, resplandeciente con claridades de sol y sostenida por una nubecita blanca entre aguas inmensas, ascendía derecha al cielo.

68. Había trabajado mucho en la viña del Señor: empeñado y fervoroso en oraciones, ayunos, vigilias, predicaciones y caminatas apostólicas; perseverante en el cuidado y compasión del prójimo y en el desprecio de sí mismo, desde el momento de su conversión hasta su tránsito a Cristo, a quien había amado de todo corazón, mantuvo continuamente vivo su recuerdo, le alabó con la boca y lo glorificó con sus obras fructuosas. Tan de corazón y con tanto ardor amó a Dios, que, oyendo su nombre, se derretía interiormente y prorrumpía externamente, diciendo que el cielo y la tierra deberían inclinarse al nombre del Señor.

69. Quiso el mismo Señor manifestar a todo el mundo el fervor de caridad y el continuo recuerdo de la pasión de Cristo que fomentaba en su corazón, y, todavía en vida, condecoró de forma maravillosa su cuerpo con la prerrogativa admirable de un singular privilegio.

69. Pues, como se sintiera arrebatado hacia Dios por seráficos y ardorosos deseos y, por dulce amor de compasión, se fuese transformando en quien, por su inmensa caridad, quiso ser crucificado - dos años antes de su muerte, próxima ya la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, estando una mañana en oración en la falda del monte Alverna -, se le apareció un serafín con seis alas, que exhibía entre ellas la figura de un hermosísimo hombre crucificado, con las manos y los pies extendidos en forma de cruz, y que claramente descubría la imagen del Señor Jesús Dos alas cubrían su cabeza; otras dos, el resto del cuerpo hasta los pies, y las otras dos se extendían para volar.

69. Al desaparecer la visión, quedó su alma prendida de un admirable ardor de caridad, y en su cuerpo apareció la impresión, todavía más admirable, de las llagas del Señor Jesucristo. El varón de Dios las ocultó cuanto pudo hasta su muerte, resistiéndose a manifestar el sacramento del Señor, aunque no pudo ocultarlas del todo y sin que quedara de manifiesto a algunos de sus compañeros más familiares.

70. Pero después de su felicísimo tránsito, todos los hermanos, que estaban presentes, y muchos seglares vieron manifiestamente su cuerpo condecorado con las llagas de Cristo. Percibían claramente en sus manos y pies no los agujeros hechos por los clavos, sino los mismos clavos, de color negruzco como el del hierro, formados de su propia carne y adheridos a la misma; y el costado derecho, como traspasado por una lanza, con la cicatriz rojiza de una herida verdadera y manifiesta, de la que muchas veces incluso manaba sangre bendita.

70. La irrefutable verdad de las llagas no sólo quedó demostrada con toda claridad en vida y muerte del Santo por cuantos las vieron y tocaron, sino que después de su muerte quiso el Señor patentizarla con más claridad por medio de muchos milagros obrados en diversas partes del mundo. Estos milagros sirvieron también para que muchos, que no habían pensado rectamente del varón de Dios y habían dudado de sus llagas, cambiaran de tal manera y negaran a tal certeza, que de detractores que habían sido, se convirtieron, por fuerza de la bondad de Dios y de la misma verdad, en panegiristas y predicadores fidelísimos.

Capítulo XVIII Su canonización

71. Como ya en todas las partes del mundo brillaba el varón de Dios por la nueva luz de sus milagros y eran muchos los que de todos los lugares concurrían a su sepulcro por haber alcanzado grandes y singulares beneficios, el mencionado papa Gregorio, de consejo de los cardenales y de otros muchos prelados, una vez estudiados y aprobados los milagros que el Señor había obrado por su medio, lo inscribió en el catálogo de los santos y mandó que se celebrara solemnemente su fiesta en el día en que aconteció su muerte.

71. Sucedió todo esto en la ciudad de Asís, en presencia de muchos prelados, de gran multitud de príncipes y de barones y de innumerables fieles negados de diversas partes del mundo, a los cuales el mismo señor papa había invitado a concurrir a la solemnidad, el año del Señor de 1228, segundo de su pontificado.

72. Sobre esto, el mismo sumo pontífice, que en vida había amado tan cordialmente al Santo, no solamente lo honró celebrando la canonización de manera tan suntuosa, sino que también enriqueció con presentes y preciosísimos ornamentos la iglesia construida en su honor, y en cuyos fundamentos el mismo papa había colocado la primera piedra; pasados dos años de la canonización, su sacrosanto cuerpo fue trasladado a ella con todo honor desde el lugar donde primero había sido sepultado.

72. Regaló a la misma iglesia una cruz de oro adornada con piedras preciosas, que contenía un trozo del lignum crucis del Señor; también regaló manteles y vasos sagrados y muchos otros utensilios para servicio del altar, y abundantes ornamentos preciosos y solemnes.

72. Eximió a la iglesia de cualquier otra jurisdicción inferior y la constituyó, con su autoridad apostólica, en cabeza y madre de toda la Orden de los Hermanos Menores, como aparece en privilegio público y bulado, en el que signaron también todos los cardenales.

73. Pero sería poco que el santo de Dios recibiera honores materiales si el Señor no se valiera de él, muerto ya corporalmente, pero espiritualmente vivo en la gloria, para convertir y salvar a muchos; por eso, después de su muerte y por sus méritos, no sólo se convirtieron al Señor personas de uno u otro sexo, sino que muchos magnates y nobles recibieron con sus hijos el hábito de la Orden, mientras sus mujeres e hijas se encerraban en los monasterios de las damas pobres.

73. Asimismo, muchos varones sabios y letrados, tanto seglares como clérigos prebendados, despreciando los atractivos de la carne y renunciando a la impiedad y deseos del siglo, ingresaron en la Orden de los menores, siguiendo en todo la pobreza y las huellas de Cristo y de su siervo el bienaventurado Francisco, según la medida de la gracia divina.

73. Por eso, no sin razón, se puede decir del Santo lo que se escribe de Sansón: quien en verdad vive para siempre con la vida de la gloria, mató muchos más al morir que cuando estaba en vida Que por los méritos de nuestro santísimo padre Francisco nos lleve a esa misma gloria el que vive y reina por los siglos de los siglos Amén