Título original SAINT FRANCIS OF ASSISI Primera edición, octubre 1925 Segunda
edición, enero 1944 Tercera edición, diciembre 1945
UN estudio moderno sobre San Francisco de Asís puede escribirse de tres maneras.
El autor debe elegir entre ellas; pero la tercera, que es la adoptada aquí,
viene a ser, en algunos aspectos, la más difícil. Por lo menos, sería la más
difícil si las demás no resultasen imposibles.
Según el primer método, el autor puede tratar de aquel hombre insigne y
asombroso como simple figura de la Historia y como modelo de virtudes sociales.
Puede describir a aquel divino demagogo como si fuera (y probablemente lo fue)
el único demócrata del mundo completamente sincero. Puede decir, aunque ello
signifique bien poco, que San Francisco se anticipó a su época. Puede decir
también, y es cosa absolutamente cierta, que San Francisco anticipó todo lo que
hay de más liberal y simpático en el temperamento moderno: el amor a la
Naturaleza, el amor a los animales, el sentido de la compasión social y el de
los peligros espirituales de la prosperidad y aun de la propiedad misma. Todas
estas cosas que nadie comprendió antes de Wordsworth, le eran ya familiares a
San Francisco. Todas estas cosas que Tolstoi fue el primero en descubrir, eran
ya del todo admitidas por San Francisco. Podría presentársele no ya como un
héroe humano, sino humanitario; ciertamente, como el primer héroe del
humanitarismo. Se le ha descrito también como una especie de estrella matutina
del Renacimiento. Y junto a todo esto, su teología ascética puede ignorarse u
omitirse como un accidente de la época, que, por fortuna, no resultó fatal. Su
religión puede considerarse como una superstición, pero inevitable, de la que ni
el mismo genio podía librarse enteramente; y, considerándolo así, sería injusto
condenar a San Francisco por su negación de sí mismo, o criticarle por su
castidad. Es evidente que, aun desde este punto de vista, su figura se nos
aparecería como heroica. Quedaría aún mucho por decir sobre el hombre que trató
de acabar las Cruzadas predicando a los sarracenos, o que intercedió por los
pajarillos ante el Emperador. El autor de semejante estudio podría describir,
con un espíritu puramente histórico, el conjunto de aquella grande inspiración
franciscana que se dejó sentir en las pinturas de Giotto, en la poesía de Dante,
en los "milagros" o piezas de teatro religioso que hicieron posible el drama
moderno, y en tantas otras cosas que ya sabe apreciar la cultura de nuestro
tiempo. Podría tratar así el asunto, como otros lo hicieron, casi sin suscitar
ninguna cuestión religiosa. En resumen, podría intentar escribir la historia de
un santo sin Dios; lo cual es como si nos dijeran que escribiésemos la biografía
de Nansen, pero prohibiéndonos toda mención del Polo Norte.
Eligiendo la segunda manera, el autor podría pasarse al extremo opuesto y
decidirse por un método abiertamente piadoso. Podría hacer del entusiasmo
teológico su tema central, como lo fue para los primeros franciscanos. Podría
tratar la religión como fue en realidad para San Francisco y hallar una austera
alegría, por decirlo así, en presentar pomposamente las paradojas del ascetismo
y todos los sagrados trastornos de la humildad. Podría sellar la historia
completa con los Estigmas, recordar ayunos como batallas reñidas contra un
dragón; hasta que en la vaga mentalidad moderna apareciera San Francisco en
figura tan sombría como la de Santo Domingo. En resumen: podría crear lo que
muchos en nuestro mundo considerarían como una forma de negativo fotográfico,
una inversión de luces y sombras; cosa que los necios hallarían tan impenetrable
como las mismas tinieblas, y aun muchos de entre los juiciosos, tan invisible
casi como la escritura con tinta simpática. Semejante estudio de San Francisco
resultaría ininteligible para todos los que no compartiesen su religión, y tal
vez sólo inteligible en parte para quien no sintiese su vocación misma. Según
los grados de juicio, se consideraría como cosa exageradamente buena o
exageradamente mala para el mundo. La única dificultad de desarrollar el tema
según esta orientación, radica en que es una empresa imposible. Se requeriría un
santo para escribir la vida de un santo. Y, en el presente caso, las objeciones
a esta orientación son insuperables.
En tercer lugar, podría tratar de hacer lo que yo he ensayado en este libro; y,
según ya antes indiqué, este método encierra también sus problemas peculiares.
El autor podría adoptar la posición del acostumbrado investigador moderno; y, en
realidad, el autor de este libro se halló antes por completo en semejante
posición, y la adopta aún muy a menudo. Podría tomar como base la de quien
admira ya a San Francisco, pero sólo por aquellas cosas que le parecen
admirables al observador de hoy. Es decir: presumiría que el lector es, por lo
menos, tan culto como Renan o Matthew Arnold; pero, a la luz de esta cultura,
trataría de iluminar lo que Renan y Matthew Arnold dejaron a oscuras. Procuraría
utilizar las cosas ya comprendidas para explicar las que no lo son. Diría al
lector moderno: "He aquí una figura histórica que ya se aparece como atractiva a
muchos de nosotros, por su alegría, por su romántica imaginación, por su
cortesía y camaradería espirituales; pero en la que también concurren ciertos
elementos (evidentemente, tan sinceros como vigorosos) que nos parecen harto
anticuados y repulsivos. Pero, en resumidas cuentas, el santo sólo fue un
hombre, no media docena de hombres. Lo que os parece contradicción, no se lo
pareció a él. Veamos, pues, si es posible comprender, con la ayuda de las cosas
ya comprendidas, las que parecen ahora doblemente oscuras, por su propia
opacidad y por su contraste irónico." No quiero significar, naturalmente, que
pueda yo alcanzar esa totalidad psicológica en el presente esquema, sencillo y
rápido. Quiero decir, empero, que es ésta la única condición polémica que aquí
voy a admitir; es decir, que me dirijo al observador simpatizante. No aceptaré
mayor ni menor compromiso. A un materialista no ha de importarle que las
contradicciones se concilien o no. Un católico tal vez no vea contradicción
alguna que deba conciliarse. Pero en este libro me dirijo al hombre moderno en
su tipo corriente: simpatizante, pero escéptico; y puedo esperar, aunque sea
vagamente, que, acercándome a la historia del gran santo a través de lo que hay
en ella de claramente pintoresco y popular, podré comunicar al lector una mayor
comprensión de la coherencia de aquel carácter en su conjunto; y que,
acercándonos a él de este modo, podremos, por lo menos, vislumbrar la razón que
asistió al poeta que alabó a su señor el Sol para esconderse a menudo en oscura
caverna; por qué el santo que se mostró tan dulce con su hermano el Lobo, fue
tan rudo con su hermano el Asno (según motejó a su propio cuerpo) ; por qué se
apartó de las mujeres el trovador que dijo abrasarse en amor; por qué el poeta
que se gozaba en la fuerza y la alegría del fuego, revolcó su cuerpo en la
nieve; por qué el mismo canto en que grita con toda la pasión de un pagano:
"Loado sea Dios por nuestra hermana la Tierra, que nos regala con variadas
frutas, con hierba y flores brillantes", casi termina así: "Loado sea Dios por
nuestra hermana la Muerte corporal."
Renan y Matthew Arnold fracasaron completamente ante la prueba de estas
contradicciones. Se contentaron con seguir alabando a Francisco hasta verse
atajados por sus propios prejuicios: los tercos prejuicios del escéptico. En
cuanto dieron con algún acto de Francisco que no comprendían o no era de su
gusto, no intentaron comprenderlo y menos encontrarlo grato; volvieron,
sencillamente, la espalda a la totalidad del problema y "no anduvieron más con
él". Con semejante proceder, nadie avanzaría en el camino de la investigación
histórica. Tales escépticos se ven, en realidad, impelidos a abandonar con
desesperación la totalidad del tema, a dejar el más simple y sincero de los
caracteres históricos como un amasijo de contradicciones. Arnold alude al
ascetismo del Alvernia casi atropelladamente, como si fuera un borrón, feo pero
innegable, en la belleza de la historia; o, mejor dicho, como si se tratara de
una lamentable caída y de una vulgaridad al final de la historia. Ahora bien:
esto es, simplemente, estar ciego ante el punto culminante de una historia.
Presentar el Monte Alvernia como el simple fracaso de Francisco, equivale
exactamente a presentar el Monte Calvario como el simple fracaso de Cristo.
Tales montañas, montañas son, sean como fueren; y es necio decir que son huecos
relativos o negativas quebradas abiertas en el suelo. Existieron manifiestamente
para significar culminaciones y señalar linderos. Tratar de los Estigmas como de
una especie de escándalo, que nos conmueve tiernamente, pero con pena, es cosa
idéntica a tratar las cinco llagas de Cristo como cinco manchas en Su persona.
Puede repugnaros la idea del ascetismo; puede igualmente repugnaros la idea del
martirio; por esta razón podéis sentir una repugnancia sincera y natural ante el
concepto total de sacrificio que simboliza la cruz. Pero si es una repugnancia
inteligente, conservaréis aún cierta aptitud para daros cuenta del punto
culminante de la historia, de la historia de un mártir, o aun de la de un monje.
No podréis, racionalmente, leer el Evangelio y considerar la Crucifixión como
una adición tardía, o una falta de gradación, o un accidente en la vida de
Cristo; es, muy a las claras, el punto culminante de la historia, como la punta
de una espada, de aquella espada que traspasó el corazón de María.
Y, racionalmente, no podréis leer la historia de un hombre presentado como
Espejo de Cristo sin comprender su fase final como Hombre de Dolor, y sin
apreciar - siquiera artísticamente - lo bien que le sienta recibir, en una nube
de misterio y soledad, y no infligidas por mano de hombre, las heridas
incurables y eternas que sanan al mundo.
Por lo que hace a la conciliación práctica de la alegría con la austeridad, debo
dejar que la misma historia la sugiera. Pero, ya que he mencionado a Matthew
Arnold, a Renan y a los admiradores racionalistas de San Francisco, insinuaré lo
que me parece más aconsejable que recuerden sus lectores. Estos distinguidos
escritores toman por obstáculo hechos como los Estigmas, porque para ellos la
religión era una filosofía. Era una cosa impersonal; y únicamente, de entre las
cosas terrenas, la pasión más personal nos procura, con relación a ella, un
paralelismo aproximado. Un hombre no se revuelca en la nieve por una propensión
natural que conduce las cosas a cumplir la ley de su existencia.
No andará sin alimento en nombre de algo, externo a nosotros, que conduzca a la
rectitud. Hará estas cosas, u otras muy parecidas, bajo un impulso muy distinto.
Hará estas cosas cuando esté enamorado. El primer hecho que debe notarse, al
hablar de San Francisco, se halla envuelto en el hecho inicial de su historia;
cuando dijo, en un principio, que era trovador, y proclamó, más tarde, que era
trovador de un más noble y nuevo romanticismo, no usaba una simple metáfora: se
comprendía mejor a sí mismo que le comprenden los eruditos. Fue un trovador, aun
en las peores agonías del ascetismo. Fue un enamorado. Un enamorado de Dios, y
también un enamorado de los hombres (cosa que encierra, probablemente, una
vocación mística todavía más singular). Un enamorado de los hombres es casi lo
contrario de un filántropo; y, por cierto, la pedantería del vocablo griego
encierra algo así como una sátira. Un filántropo puede decirse que ama a los
antropoides. Pero, como San Francisco no amó a la humanidad, sino a los hombres,
tampoco hubo de amar a la Cristiandad, sino a Cristo. Podréis decir, si os
place, que era un lunático, amante de una persona imaginaria; pero se trataba de
una persona imaginaria, no de una idea imaginaria. Y, para el lector moderno, la
clave del ascetismo y de otras muchas cosas se halla mejor en las historias de
enamorados que nos parecen más bien lunáticos. Referid la historia del santo
como la historia de uno de los trovadores; referid las cosas extravagantes que
hiciera por su dama, y la perplejidad moderna desaparece del todo. En semejante
historia romancesca no existirá contradicción entre el poeta cogiendo flores al
sol y soportando el frío de una noche en la nieve; entre alabar toda belleza
terrena y corporal, y negarse luego a tomar bocado; entre glorificar el oro y la
púrpura, y vestir deliberadamente unos andrajos; entre mostrar patéticamente una
grande hambre de vida feliz, y, a la vez, una gran sed de muerte heroica. Estos
enigmas se resolverían fácilmente en la simplicidad de todos los amores nobles;
pero el suyo fue un amor tan noble que casi nadie oyó hablar de él. Veremos más
adelante cómo este paralelismo del enamorado se ajusta prácticamente a los
problemas de su vida, y a las relaciones con su padre y con sus amigos y las
familias de ellos. Sucedería casi siempre que si el lector moderno lograse
sentir como una realidad este género de amor, podría sentir esta suerte de
extravagancia como un bello romanticismo. Pero sólo lo hago notar aquí a manera
de punto preliminar, ya que, aun cuando está muy lejos de encerrar la verdad
final de esta materia, constituye el mejor modo de aproximarse a ella. El lector
no empezará a vislumbrar el sentido de una historia que puede parecerle muy
extravagante, mientras no comprenda que, para aquel gran místico, su religión no
era una especie de teoría, sino algo así como unos amores. Y el único propósito
de este capítulo preliminar consiste en exponer los límites del presente libro,
que se dirige solamente a aquel sector del mundo moderno que halla en San
Francisco cierta dificultad moderna; que se siente capaz de admirarle, y que, no
obstante, lo acepta a duras penas; o que puede, apreciar al santo prescindiendo
casi de la santidad. Y mi único título para intentar siquiera semejante tarea
consiste en que, durante largo tiempo, me encontré en diversas fases de un
estado semejante. Una infinidad de cosas que ahora comprendo, en parte, las
imaginé del todo incomprensibles; muchas cosas que ahora tengo por sagradas, las
hubiera desdeñado como totalmente supersticiosas; muchas que, al considerarlas
ahora internamente, me parecen lúcidas y resplandecientes, hubiera dicho, con
sinceridad, que eran oscuras y bárbaras, cuando las contemplé en su apariencia,
durante aquellos días lejanos en que, por vez primera, la gloria de San
Francisco ardió en mi fantasía. También yo he vivido en la Arcadia; pero en la
misma Arcadia encontré a un hombre que vestía hábito pardo y amaba a los bosques
más que Pan. La figura con hábito pardo se levanta sobre el llar de la estancia
donde escribo, y es la única, entre muchas otras imágenes, que en ninguna etapa
de mi peregrinación dejó de serme familiar. Existe cierta armonía entre el llar
y la luz de la lumbre, y el primer placer que hallé en sus palabras sobre el
hermano Fuego; pues su recuerdo surge bastante remotamente en mi memoria para
mezclarse con los ensueños más domésticos de los días juveniles. Las mismas
sombras fantásticas que proyecta la lumbre, ejecutan una callada pantomima,
parecida a la que divierte a los pequeños; y aquellas sombras que yo veía eran,
ya entonces, sus sombras favoritas de fieras y pájaros, tal como él las vio,
grotescas, pero con una aureola de amor divino. Su hermano Lobo y su hermana
Oveja casi se parecen a la hermana Raposa y al hermano Conejo de un Tío Remo más
cristiano. Poco a poco, he logrado ver nuevos aspectos maravillosos de aquel
hombre, pero nunca olvidé el que ahora me place evocar. Su figura se halla como
en un puente que enlaza mi conversión y mi infancia a través de muchas otras
cosas; ya que la historia romancesca de su religión penetró hasta el
racionalismo de aquella vaga época victoriana. Porque he realizado esta
experiencia, podré guiar a otros en el camino, un poco más allá; pero sólo un
poco más allá. Nadie mejor que yo sabrá que en tal camino andarían con temor los
mismos ángeles, mas, aunque tengo por seguro mi fracaso, no me abruma el temor,
puesto que el santo supo tolerar con alegría a loa locos.
LA innovación moderna que ha sustituido con el periodismo a la Historia, o bien
a la tradición, que es como la charla de la Historia, ha tenido, por lo menos,
un resultado definido. Ha logrado que todos podamos oír únicamente el final de
cada historia. Los periodistas acostumbran imprimir en los últimos capítulos de
sus historias por entregas (cuando el protagonista y la protagonista están a
punto de besarse, en el último capítulo, ya que sólo una insondable perversidad
les privó de hacerlo en el primero) estas palabras harto desconcertantes:
"Podéis empezar esta historia aquí." Pero, aun éste será un paralelismo
incompleto, ya que los periódicos dan una especie de sumario de la historia, de
la novela, pero nunca dan nada que se parezca, ni remotamente, a un sumario de
la Historia. Los periódicos no sólo hablan de noticias de cosas recientes, sino
que lo tratan todo como cosa reciente
(El autor hace un gracioso, juego de palabras, tomando por base la semejanza de
los vocablos: news, noticias, y newspaper, periódico. (N. del T.).
Tutankamen, por ejemplo, era cosa reciente. Por idéntica razón leemos que el
almirante Bangs cayó muerto, y ésta es la primera indicación que nos llega sobre
el hecho de que hubiese nacido. Es especialmente significativo el uso que hace
el periodismo de sus reservas biográficas. No piensa nunca en publicar la vida
sino cuando publica la muerte. Y aplica este procedimiento así a los individuos
como a las instituciones y a las ideas. Después de la Gran Guerra, nuestro
público empezó a oír hablar de naciones de toda especie que se estaban
emancipando. Pero nadie le había hablado hasta entonces de que hubiesen sido
esclavizadas. Se nos llamaba a juzgar sobre la equidad de las soluciones, siendo
así que nunca nos fue posible enterarnos de la existencia de los conflictos. Se
consideraría cosa pedante comentar la poesía épica de los serbios, y se prefiere
hablar en el lenguaje llano y moderno de cada día acerca de la nueva diplomacia
internacional yugoeslava; y excita extraordinariamente algo llamado
Checoeslovaquia sin que, al parecer, se haya oído hablar de Bohemia. Cosas tan
viejas como Europa se consideran más recientes que los últimos derechos
proclamados en las praderas de América. Esto resulta muy excitante; tanto como
el último acto de una obra para quien llegó al teatro un momento antes de caer
el telón. Pero no conduce precisamente a saber de qué se trata. Esta cómoda
manera de presenciar el drama puede recomendarse a los que se satisfacen con
sólo presenciar el pistoletazo o el beso apasionado. Pero resulta insuficiente
para quien se sienta atormentado por una curiosidad intelectual acerca del
personaje que da el beso, o de aquel a quien están asesinando.
La mayor parte de la historia moderna, sobre todo en Inglaterra, se resiente del
mismo defecto, peculiar del periodismo. A lo sumo, explica sólo a medias la
historia de la Cristiandad; y, precisamente, la última mitad, sin la primera.
Hombres para quienes la razón empieza con el Renacimiento, hombres para quienes
la religión empieza con la Reforma, no pueden dar un informe completo sobre
nada, pues han de tomar por base instituciones cuyo origen no pueden explicar, y
por lo común, ni imaginar siquiera. Tal como nos enteramos de que el almirante
cayó muerto, sin habernos enterado de que hubiese nacido, oímos todos hablar
extensamente de la disolución de los monasterios, y no sabemos casi nada de su
creación. Ahora bien: una historia así resultaría terriblemente incompleta, aun
para una persona inteligente que odiase los monasterios. Y resulta terriblemente
incompleta con relación a las instituciones que muchas personas inteligentes
odian, con espíritu perfectamente saludable. Así, por ejemplo, es posible que
algunos de nosotros hayamos leído incidentalmente, en nuestros cultos autores de
primera fila, algunas alusiones a cierta sombría institución denominada
Inquisición española. Se trata, pues, de una institución sombría, según nos
cuentan los autores y las historias que leen. Es sombría, es oscura porque su
origen es oscuro. La historia protestante empieza, simplemente, con la posesión
de aquella cosa horrible, como la pantomima empieza con el rey demonio en la
cocina de los duendes. Para comprender la Inquisición española sería necesario
descubrir dos cosas que nunca soñamos escudriñar: saber qué era España, y qué
era la Inquisición. Lo primero suscitaría en su totalidad la gran cuestión de la
Cruzada contra los moros; nos llevaría a explicar por qué heroico espíritu
caballeresco una nación europea pudo librarse de una dominación extraña, venida
de país africano. Lo segundo suscitaría en su totalidad la cuestión de la otra
Cruzada contra los albigenses, y nos llevaría a discutir por qué la gente amó y
odió aquella visión nihilista venida de Asia. Sin comprender que en esas cosas
se encerraba el ímpetu y el entusiasmo inicial de una Cruzada, tampoco
comprenderemos cómo lograron alucinar a los hombres o arrastrarlos hacia el mal.
Los cruzados abusaron, indudablemente, de su victoria, pero su victoria existió.
Y toda victoria implica valor en el campo de batalla y popularidad en el foro.
Existe una forma del entusiasmo que incita a los excesos y disimula las faltas.
Por mi parte, puntualicé ya, en días lejanos, la responsabilidad de los ingleses
por el trato atroz que dieron a los irlandeses. Pero sería del todo injusto para
con los ingleses describir la misma diablura del 98 y abstenerse por completo de
aludir a la guerra contra Napoleón. Sería injusto insinuar que la mentalidad
inglesa no soñaba sino con la muerte de Emmett, cuando es más probable que se
hallase henchida de la gloria de la muerte de Nelson. Desgraciadamente, el 98
está muy lejos de ser la última fecha de tan innoble tarea; todavía hace pocos
años que nuestros políticos iniciaron su intento de gobernar mediante el robo y
el asesinato, mientras recriminaban a los irlandeses su recuerdo de antiguas
cosas desgraciadas y de batallas remotas. Pero, por mal que pensemos en la
cuestión de los BlackandTan, sería injusto olvidar que muchos de nosotros no
pensábamos en los BlackandTan, sino en los khaki; y que el khaki era objeto
entonces de una noble consideración nacional que encubría muchas cosas. Escribir
sobre la guerra de Irlanda sin mencionar la guerra contra Prusia, y la
integridad inglesa acerca de ella, sería injusto para con los ingleses. Por
igual razón, hablar de los instrumentos de tortura como si hubiesen sido un
horrido juguete, es cosa injusta para con los españoles. No explica claramente
desde su principio la historia de lo que hicieron los españoles, ni por qué lo
hicieron. Podemos conceder a nuestros contemporáneos que, sea como fuere, no se
trata de una historia que termine bien. No insistimos en que, según su versión,
empezase bien. Pero nos lamentamos de que, en su versión, ni siquiera empieza.
No llegan sino en el preciso instante de la muerte; y aun, como lord Tom Noddy,
llegan tarde para presenciar la ejecución. Es cierto que fue a menudo una
ejecución más horrible que las demás; pero aquellos escritores sólo recogen las
cenizas de las cenizas, los últimos vestigios de la hoguera.
Tomamos aquí al azar el caso de la Inquisición por ser uno de tantos que pueden
ilustrar la misma cosa; y no precisamente porque tenga relación con San
Francisco, así como, en cualquier sentido, podría relacionarse con Santo
Domingo. Ya indicaremos más adelante que San Francisco es ininteligible, del
mismo modo que es ininteligible Santo Domingo, a no ser que comprendamos algo de
lo que en el siglo xiii
significaba una herejía y una cruzada. Pero, de momento, utilizo el caso como un
pequeño ejemplo para un mayor propósito. Para dar a entender que empezar la
historia de San Francisco con el nacimiento de San Francisco sería omitir el
punto esencial de la historia, y quizá no contar la historia siquiera. Y para
insinuar que el tipo moderno de historia periodística, con la cola por delante,
siempre suele fracasar. Nos hablan de reformadores sin decirnos lo que han de
reformar; de rebeldes, sin darnos siquiera una idea de aquello contra lo cual se
rebelan; de conmemoraciones que no se relacionan con ningún recuerdo; y de
restauraciones de cosas que, aparentemente, nunca existieron. Aun a riesgo de
que el presente capítulo parezca desproporcionado, es necesario decir algo
acerca de los grandes movimientos que nos conducen hasta la aparición del
fundador de los Franciscanos. Implicará que hayamos de describir un mundo, y
hasta un universo, con miras a describir a un hombre. Implicará,
inevitablemente, que describamos ese mundo o ese universo con unas pocas
generalidades atropelladas y unas pocas frases abruptas. Pero, lejos de
significar que vemos una figura muy pequeña bajo un amplio firmamento, implicará
este método que se impone medir el firmamento antes que empecemos a medir la
elevadísima figura del hombre.
Y esta misma frase me lleva a las indicaciones preliminares que parecen
necesarias antes de iniciar un bosquejo, por somero que sea, de la vida de San
Francisco. Es necesario conocer, aunque sea de manera simple y elemental, en qué
especie de mundo entró San Francisco, y cuál fue la historia de aquel mundo,
siquiera en lo que a él le afectó. Es necesario trazar, sólo en unas pocas
frases, un a manera de prefacio en forma de Bosquejo de la Historia, si se nos
permite copiar las palabras de Mr. Wells. En el mismo caso de Mr. Wells, es
evidente que el distinguido novelista sufrió de idéntica desventaja que si le
hubieran obligado a escribir una novela a cuyo héroe odiase. Escribir historia y
odiar a Roma, tanto a la pagana como a la papal, es tener odio a casi todo lo
que ha acontecido en el mundo. Esto es: hallarse a dos dedos de odiar al género
humano por razones puramente humanitarias. Aborrecer, a la vez, al sacerdote y
al soldado, los laureles del guerrero y los lirios del santo, es sufrir un
apartamiento tal de la masa humana, que todas las destrezas de la más delicada y
dúctil de las inteligencias modernas no pueden compensar. Se requiere una más
amplia simpatía para la presentación histórica de San Francisco, que fue, a la
vez, soldado y santo. Terminaré, pues, este capítulo con algunas generalidades
sobre el mundo que halló San Francisco.
La gente no cree porque no quiere ensanchar su pensamiento. Desde el punto de
vista de mi creencia, podría expresar, naturalmente, esta idea diciendo que
algunos hombres no son bastante universales, bastante católicos, para ser
católicos. Pero no voy a discutir desde aquí las verdades doctrinales del
Cristianismo, sino tan sólo el hecho histórico del Cristianismo en sus líneas
generales, tal como puede aparecer a una persona realmente ilustrada y de
imaginación despierta, aunque dicha persona no sea cristiana. Lo que quiero
significar, de momento, es que la mayor parte de las dudas se asientan en
pormenores. En el curso de una lectura al azar, nos encontramos con tal
costumbre pagana que nos sorprende por lo pintoresca, o con tal acción cristiana
que nos sorprende por lo cruel; pero no abrimos nuestra mente lo bastante para
descubrir la verdad esencial de las costumbres paganas o de la reacción
cristiana contra ellas. Mientras no comprendamos, no precisamente en detalle,
sino en su estructura y proporción fundamental, aquel progreso cristiano y
aquella reacción cristiana, no comprenderemos realmente el punto esencial del
período histórico en que San Francisco apareció, ni lo que fue su gran misión
popular.
Ahora bien: es cosa muy sabida, en mi opinión, que los siglos XII y XIII fueron
un despertar del mundo. Fueron un fresco florecer de cultura y de arte, después
del largo estancamiento de una experiencia mucho más severa, y aun más estéril,
que llamamos la Edad oscura: Podemos decir que aquellos siglos fueron una
emancipación; fueron, ciertamente, un fin; el fin de lo que parece, al menos, un
tiempo más rudo e inhumano. Pero ¿qué fue lo que acababa? ¿De qué se emancipó
entonces la humanidad? He aquí un motivo de contraposición y de controversia
entre las diversas filosofías de la Historia. Desde un punto de vista puramente
externo y profano, se ha dicho, con razón, que la humanidad despertó de un
letargo; pero aquel letargo se vio atravesado de sueños místicos y, a veces,
monstruosos. Según esa rutina racionalista en que han caído muchos historiadores
modernos, se considera suficiente decir que la humanidad se emancipó,
simplemente, de una superstición salvaje, y avanzó, simplemente, hacia unas
luces de civilización. Y éste es precisamente el gran despropósito que se
levanta, como un obstáculo, al principio de nuestra historia de San Francisco.
Quien suponga que la Edad oscura no fue más que tiniebla, y que la aurora del
siglo XIII no fue más que luz de día, no será capaz de comprender nada de la
historia humana de San Francisco de Asís. Lo cierto es que la alegría de San
Francisco y de sus Juglares de Dios no fue únicamente un despertar. Fue algo que
no puede comprenderse sin comprender su credo místico. El fin de la Edad oscura
no fue únicamente un sueño. No fue, en verdad, únicamente el fin de una
supersticiosa esclavitud. Fue el fin de algo que pertenece a un orden de ideas
perfectamente definido, pero totalmente distinto.
Fue el fin de una penitencia, o, si se prefiere, de una expiación. Señaló el
momento en que terminaba cierta expiación espiritual, y en que ciertas dolencias
espirituales se extirpaban, al fin, del organismo. Esas dolencias fueron
extirpadas por una era de ascetismo, medio único con que podía curárselas. El
Cristianismo había penetrado en el mundo para sanarlo; y lo sanó de la única
manera posible.
Observándolo de modo puramente externo y experimental, el conjunto de la alta
civilización de la antigüedad había terminado al aprender cierta lección; es
decir, había acabado en su conversión al Cristianismo. Pero esta lección era un
hecho psicológico a la vez que una fe teológica. Aquella civilización pagana
había sido, en verdad, muy elevada. No se debilitará nuestra tesis, sino que tal
vez se robustezca diciendo que fue la más alta civilización de la humanidad.
Había descubierto sus artes, aun no rivalizadas, de poesía y de representación
plástica; había descubierto sus ideales políticos permanentes y su claro sistema
de lógica y de lenguaje. Pero, por encima de todo, había descubierto su propio
error.
Aquel error era demasiado profundo para ser definido ideológicamente; en
abreviatura, puede llamársele el culto de la Naturaleza. Podría llamársele con
igual razón el error de la naturalidad; y fue un error muy natural, ciertamente
e. Los griegos, esos grandes guías y heraldos de la antigüedad pagana, lanzaron
la idea de algo espléndidamente obvio y directo; la idea de que si los hombres
caminaban derechamente por el camino real de la razón y la Naturaleza, nada
debían temer; sobre todo si eran, como los griegos, eminentemente cultos e
inteligentes. Llegaremos a la impertinencia de decir que los hombres no tenían
más que seguir su nariz, con tal de que fuese una nariz griega. Y bastan los
mismos griegos para ilustrar la fatalidad, singular, pero cierta, que siguió a
esa falacia. Apenas se empeñan los griegos en seguir sus narices y su noción de
naturalidad, les acontece la cosa más singular de la Historia. Fue demasiado
singular para ser discutida fácilmente. Puede observarse que nuestros más
repulsivos realistas no nos dan nunca el beneficio de su realismo. Sus estudios
de cosas desagradables no tienen nunca en cuenta el testimonio que aportan a las
verdades de la moralidad tradicional. Pero si gustamos de esas cosas, podremos
citar millares de ejemplos que implican una conclusión favorable a la moral
cristiana. Se hallará uno en el hecho de que nadie ha escrito, en tal sentido,
una historia moral de los griegos. Nadie ha visto la importancia o la
singularidad de tal historia. Los hombres más sabios y prudentes del mundo
empeñáronse en ser naturales; y lo primero que hicieron fue la cosa menos
natural del mundo. El efecto inmediato de saludar al sol y a la salud que el sol
proporciona a la Naturaleza, fue una depravación que se extendió como una peste.
Los más grandes filósofos, y aun los más puros, no pudieron, aparentemente,
librarse de esta locura de baja condición. ¿Por qué? Parece muy sencillo que el
pueblo cuyos poetas concibieron a Elena de Troya, cuyos escultores labraron la
Venus de Milo, se conservase sano. Lo cierto es que la gente que rinde culto a
la salud no se conserva sana. Cuando el hombre quiere seguir un camino recto,
anda torcido. Cuando sigue a su nariz, se arregla de algún modo para desviarla,
o quizá para cortársela, aun desfigurándose el rostro; y esto lo hará
obedeciendo a algo más hondo en la naturaleza humana que lo que pueden
comprender los adoradores de la Naturaleza. Fue el descubrimiento de ese algo
más hondo, humanamente hablando, lo que constituyó la conversión al
Cristianismo. Existe una tendencia en el hombre similar a la de los bolos, y el
Cristianismo descubrió la manera de corregir esa tendencia, y, por consiguiente,
de acertar el golpe. Muchos se sonreirán al oírlo, pero es profundamente cierto
decir que la alegre buena nueva traída por el Evangelio fue la del pecado
original.
Roma se levantó, a pesar de sus maestros, los griegos, porque no consintió del
todo que le enseñasen aquellas trampas. Poseía una tradición doméstica mucho más
decente; pero adoleció, al fin, de la misma falacia en su tradición religiosa,
que fue necesariamente, en proporción no pequeña, la tradición pagana del culto
de la Naturaleza. Lo que aconteció a la civilización pagana en conjunto fue que
nada existía entonces que condujese a la masa humana al misticismo, como no
fuese lo relacionado con el misterio de las fuerzas innominadas de la
Naturaleza, tales como el sexo, el desarrollo y la muerte. También en el Imperio
romano, mucho antes de su fin, encontramos el culto de la Naturaleza
produciendo, inevitablemente, cosas contra la Naturaleza. Se han convertido en
proverbiales casos como el de Nerón, cuando el sadismo se sentaba impudentemente
en un trono, a plena luz. Pero la verdad a que me refiero es algo mucho más
sutil y universal que un catálogo convencional de atrocidades. Lo que aconteció
a la imaginación humana, en general, fue que el mundo se coloreaba de pasiones
peligrosas, que empeoraban rápidamente; de pasiones naturales que se convertían
en pasiones contra natura. Así, al tratar la sexualidad sólo como una cosa
inocente y natural, produjo el efecto de que todas las demás cosas inocentes y
naturales se viesen impregnadas, empapadas de sexualidad. La sexualidad no debe
admitirse con simple carácter de igualdad entre las emociones elementales o los
actos de la vida física como el comer y el dormir. En cuanto el sexo cesa de ser
un siervo 'se convierte en tirano. Hay algo peligroso y desproporcionado en el
lugar que el sexo ocupa en la naturaleza humana; y requiere, ciertamente, una
purificación y un cuidado especiales. La pretensión moderna según la cual el
sexo sería libre como cualquier sentido, y el cuerpo, bello como una flor o un
árbol, es una descripción del Paraíso terrenal, o bien un fragmento de pésima
psicología que hace ya dos mil años cansó al mundo.
No debe confundirse esto con un simple sensacionalismo estrecho acerca de la
perversidad del mundo pagano. No se trata sólo de que el mundo pagano fuese
perverso, sino de que era bastante capaz para darse cuenta de que su paganismo
iba pervirtiéndose, o, mejor dicho, de que se hallaba en el camino lógico de la
perversión. Quiero decir que la "magia natural" no tenía porvenir alguno;
profundizar en ella no era sino ensombrecerla, convirtiéndola en magia negra. No
tenía porvenir alguno, porque su pasado fue inocente sólo a fuerza de ser joven.
Podríamos decir que fue inocente sólo porque fue superficial. Los paganos eran
más prudentes que el paganismo; por eso los paganos se convirtieron en
cristianos. Millares de ellos poseían filosofía y virtudes familiares y honor
militar que los sostuviera; pero, en aquel entonces, esa cosa puramente popular
llamada religión ya les estaba atrayendo. Resulta cierto decir que cuando se
admitió aquella reacción contra el mal, era contra un mal que se hallaba en
todas partes. En un sentido más literal, su nombre fue el de Pan.
No es metáfora decir que aquellos hombres necesitaban un nuevo cielo y una
tierra nueva; porque habían profanado su propia tierra y su propio cielo. ¿Cómo
iban a resolver su caso mirando al cielo, cuyas estrellas garabateaban leyendas
eróticas? ¿Cómo aprenderían nada del amor de los pájaros y las flores, después
de las historias que de ellos se contaban? Es imposible multiplicar aquí las
evidencias, y un pequeño ejemplo habrá de suplirlas. Todos conocemos la
naturaleza de las asociaciones sentimentales que despiertan estas palabras: "un
jardín", y de qué manera nos traen el recuerdo de romanticismos melancólicos e
inocentes, y, a menudo, la visión de una doncella graciosa, o de un sacerdote
bondadoso y anciano amasando arcilla bajo una línea de tejos, quizá a la vista
de una torre pueblerina. Y quien conozca un poco la poesía latina imagine
súbitamente lo que un tiempo se alzó, obsceno y monstruoso, en el sitio del
reloj de sol o de la fuente; y recuerde de qué condición fue el dios de sus
jardines.
Nada podía purgar de aquella obsesión sino una religión que, literalmente, no
fuese terrena. De nada servía decir a aquellos hombres que se acogiesen a una
religión natural, llena de estrellas y flores; ya no existía una sola flor ni
una sola estrella que no hubiesen sido maculadas. Debían irse al desierto para
no encontrar flores, y aun al fondo de las cavernas para no ver estrellas. En
ese desierto y en el fondo de la caverna permaneció el más alto intelecto humano
sosa de cuatro siglos; y esto fue lo más prudente que pudo hacer. Nada le
restaba, sino lo francamente sobrenatural, para su salvación; si Dios no podía
salvarle, no podrían, ciertamente, salvarle los dioses. La Iglesia primitiva
llamó demonios a los dioses del paganismo; y tuvo razón. Aunque hubiesen servido
en sus principios a alguna religión natural, ya no habitaban sino diablos en
aquellos santuarios vacíos. Pan ya no era más que pánico. Venus ya no era más
que vicio venéreo. No quiero significar, ni por asomo, que todos los paganos,
considerados individualmente, fuesen de esta condición, ni aun en las últimas
épocas del paganismo; pero diferían sólo individualmente de la condición
general. Nada distingue tan claramente al paganismo del Cristianismo como el
hecho de que, en aquél, la cosa individual llamada filosofía, nada tenía que
ver, o casi nada, con la cosa social llamada religión. Sea como fuere, ningún
bien resultaba de predicar la religión natural a unos hombres para quienes la
Naturaleza se haya convertido en cosa tan poco natural como una imagen
cualquiera. Sabían mucho mejor que nosotros propios males, y la suerte de
demonios que les tentaban y atormentaban a un tiempo; y. escribieron el
siguiente texto, encima de aquel grande espacio de Historia: "Los de esta
especie no se echan sino con la oración y el ayuno."
Ahora bien: la importancia histórica de San Francisco y de la transición del
siglo XII al XIII, se halla en el hecho de que señalaron el fin de aquella
expiación. Los hombres, al terminar la Edad oscura, podían ser rudos, indoctos e
ignorantes en todo lo que no fuesen guerras contra tribus paganas más bárbaras
que ellos mismos; pero tenían, siquiera, el alma limpia. Eran como niños. La
primera iniciación de sus rudas artes respiraba el puro placer de los niños.
Hemos de imaginarlos en Europa, viviendo, en general, bajo el dominio de
pequeños gobiernos locales, feudales por ser una supervivencia de guerras
feroces contra los bárbaros; monásticos, a veces, y de un carácter más amistoso
y patriarcal, aun ligeramente imperiales, porque Roma gobernaba todavía, a guisa
de una gran leyenda. Pero en Italia había sobrevivido algo más típico del más
bello espíritu de la antigüedad: la república. Italia poseía multitud de
pequeños Estados, de ideales ampliamente democráticos, y llenos, a menudo, de
verdaderos ciudadanos. Pero la ciudad ya no permanecía abierta, como bajo la paz
romana; estaba rodeada de altos muros, para defenderse en las guerras feudales,
y todos los ciudadanos debían ser soldados. Una de estas ciudades se erguía en
lugar escarpado y sorprendente entre las boscosas colinas de Umbría: y su nombre
era Asís. Por su puerta profunda, bajo los altos torreones, debía entrar el
mensaje que fue evangelio de aquella hora: "Tu guerra ha terminado; se perdonó
tu iniquidad." Pero del fondo de aquellos fragmentos de feudalismo y libertad, y
de aquellos restos de ley romana, debía levantarse, a comienzos del siglo XIII,
vasta y casi universal, la poderosa civilización de la Edad Media.
Es exagerado atribuirla por entero a la inspiración de un solo hombre, aunque se
trate del genio más original del siglo XIII. La ética elemental de fraternidad y
buena fe nunca había sido extinguida totalmente, y la Cristiandad nunca dejó de
ser cristiana. Las grandes verdades sobre la justicia y la piedad se encuentran
en los más rudos anales monásticos de la transición bárbara, o en las máximas
más duras de la decadencia bizantina. Y en los tempranos comienzos del siglo XI
y XII ya había comenzado un movimiento moral más amplio. Pero puede decirse, en
verdad, que por encima de estos primeros movimientos aún flotaba algo de la
antigua austeridad derivada de aquel largo período penitencial. Era el
crepúsculo matinal; pero era todavía un crepúsculo gris. Y esta afirmación puede
aclararse con sólo mencionar dos o tres de aquellas reformas anteriores a la
franciscana.
La institución monástica era, por supuesto, mucho más antigua que todas aquellas
cosas; era, indudablemente, casi tan antigua como el Cristianismo. Sus consejos
de perfección habían tomado siempre la forma de votos de castidad, pobreza y
obediencia. Con estos objetivos extramundanos había civilizado, hacía mucha
tiempo, a una gran parte del mundo. Los monjes habían enseñado al pueblo a
labrar y sembrar, tanto como a leer y escribir; le habían enseñado, ciertamente,
casi todo lo que el pueblo sabía. Pero puede decirse, en verdad, que los monjes
eran severamente prácticos, en el sentido de que eran no sólo prácticos, sino
también severos; si bien solían mostrarse severos para con ellos mismos y
prácticos para con los demás. Todo aquel temprano movimiento monástico había
disminuido hacía tiempo y, sin duda, se malogró a menudo; pero al llegar a los
primeros movimientos medioevales, este carácter austero resulta aún evidente.
Pueden tomarse tres ejemplos para demostrarlo.
Primero: el viejo molde social de la esclavitud ya empezaba a derretirse. No
sólo el esclavo iba transformándose en siervo (que era prácticamente libre en lo
concerniente a su granja y vida familiar), sino que muchos señores declaraban
libres a esclavos y siervos a la vez. Esto se hacía bajo la presión de los
sacerdotes; pero se hacía, especialmente, por espíritu de penitencia. Toda
sociedad católica debe, naturalmente, poseer, en cierto sentido, una atmósfera
de penitencia; pero me refiero a aquel más áspero espíritu de penitencia que
había expiado los excesos del paganismo. En torno de aquellas restituciones
flotaba el ambiente del lecho de muerte; muchas de ellas eran, sin duda,
ejemplos de un arrepentimiento de lecho de muerte. Un ateo de buena fe, con
quien discutí en cierta ocasión, me dijo: "Los hombres permanecieron en la
esclavitud sólo por miedo al infierno." Y le hice observar que si hubiese dicho:
"Los hombres fueron librados de la esclavitud por miedo al infierno", hubiera
señalado, siquiera, un hecho histórico indiscutible.
Fue otro ejemplo la impetuosa reforma de la disciplina eclesiástica llevada a
cabo por el papa Gregorio VII. Era, realmente, una reforma emprendida con los
más altos móviles, y que obtuvo los más saludables resultados: dirigió una
inquisición exigente contra la simonía o las corrupciones económicas del clero;
insistió en la necesidad de un ideal más severo y de mayor sacrificio para la
vida parroquial del sacerdote. Pero, precisamente el hecho de que aquellas
orientaciones cristalizasen en hacer universal la obligación del celibato, da la
nota de algo que, por noble que fuese, parece a muchos vagamente negativo.
El tercer ejemplo es, en cierto sentido, el más vigoroso. Porque este ejemplo
fue una guerra; una guerra heroica, para muchos de nosotros santa, aunque tuvo
todas las duras y terribles responsabilidades de la guerra. No disponemos aquí
de espacio suficiente para decir cuánto convendría acerca de la verdadera
naturaleza de las Cruzadas. Todo el mundo sabe que en la hora más sombría de la
Edad oscura, se levantó en Arabia una especie de herejía, convirtiéndose en
nueva religión de carácter militar, pero también nómada, que invocaba el nombre
de Mahoma. Intrínsecamente poseía un carácter derivado de muchas otras herejías,
desde la musulmana hasta la monista. Pareció a los heréticos una simplificación
sana de la religión; y parece, empero, a los católicos una simplificación insana
de la religión, porque lo reduce todo a una idea única y pierde así el aliento y
la ponderación del Catolicismo. Sea como fuere, su carácter objetivo era el de
un peligro militar para la Cristiandad, y la Cristiandad lo hirió en su mismo
corazón intentando la reconquista de los Santos Lugares. El gran duque Godofredo
y los primeros cristianos que asaltaron Jerusalén fueron héroes, si algún héroe
existió en el mundo; pero fueron los héroes de una tragedia.
Ahora bien: he tomado estos dos o tres ejemplos de los primeros movimientos
medioevales para hacer notar el carácter general que los relaciona, y que se
refiere a la penitencia que siguió al paganismo. En todos estos movimientos hay
algo vigorizante, aunque sea glacial como un viento soplando en los collados.
Aquel viento austero y puro, de que nos habla el poeta
(Alusión a unos bellos versos de R. L. Stevenson. (N. del T.)),
es, realmente, el espíritu de aquella época, por ser el viento de un mundo que
ha sido, al fin, purificado. Quien sepa apreciar una atmósfera, observará
claridad y pureza en la de aquella sociedad, ruda y a veces agria. Sus mismas
pasiones son limpias, porque no tienen ya ningún olor de perversidad. Sus mismas
crueldades son limpias, no las lujuriosas crueldades del anfiteatro. Arrancan, o
bien de un horror muy simple a la blasfemia, o de una furia muy simple ante el
insulto. Gradualmente, contra ese horizonte gris, la belleza va apareciendo,
como algo realmente fresco y delicado y, sobre todo, sorprendente. El amor,
volviendo a aquel mundo, ya no era lo que se llamó una vez amor platónico, sino
lo que se llama todavía amor caballeresco. Las flores y las estrellas habían
recobrado su inocencia primitiva. El fuego y el agua se reconocen dignos de ser
el hermano y la hermana de un santo. La purificación del paganismo es, por fin,
completa.
El agua misma ha sido lavada. El fuego mismo ha sido purificado como con fuego.
El agua no es ya aquella agua donde arrojaban a los esclavos para ser pasto de
los peces. El fuego no esos aquel fuego a través del cual se ofrecían los niños
a Moloch. Las flores no huelen ya a olvidadas guirnaldas recogidas en el vergel
de Príapo; las estrellas no son ya señales de la lejana frigidez de los dioses,
tan fríos como aquellas frías llamas. Son cosas como recién creadas, y esperando
nombres nuevos de alguien que fuese a llamarlas. Ni el universo ni la tierra
tienen ya la antigua significación siniestra. Esperan una nueva reconciliación
con el hombre; pero ya son dignos de reconciliarse. El hombre ha arrancado de su
alma el último jirón del culto de la Naturaleza, y puede volver a la Naturaleza.
Cuando aun brillaba el crepúsculo, apareció, silenciosa y súbitamente, sobre una
pequeña colina que dominaba la ciudad, una figura oscura, contra la oscuridad
que se desvanecía. Era el fin de una larga y áspera noche, de una noche en vela,
visitada, empero, por las estrellas. Aquella figura estaba en pie, con las manos
en alto como en tantas estatuas y pinturas; en torno suyo había un bullicio de
pájaros cantando, y a su espalda se abría la aurora.
SEGÚN una antigua historia, que, si no es real, no deja de ser típica, el nombre
mismo de San Francisco era, más que un nombre, un apodo. Algo habría muy
relacionado con su instinto familiar y popular en la idea de apodarle el
Francés, como pudieran hacerlo con cualquier muchacho en la escuela. Según
aquella historia, su nombre no era Francisco, sino Juan; y sus compañeros le
llamaban Francesco, o el Francesillo, a causa de su pasión por la poesía
francesa de los trovadores. Lo más probable es que su madre le llamase Juan,
cuando el niño nació, estando el padre ausente; y que éste, poco después, al
regresar de Francia (donde sus éxitos comerciales le llenaron de entusiasmo por
el gusto y las costumbres sociales de aquel país) diera a su hijo el nuevo
nombre, que significaba Franco o Francés. Sea como quiera, el nombre posee
cierta significación, relacionando, desde un principio, a Francisco con el que
él mismo consideró romántico país de hadas de los trovadores.
El padre se llamaba Pietro Bernardone, y era un distinguido ciudadano del gremio
de mercaderes de ropas en la ciudad de Asís. Es difícil describir la posición de
aquel hombre sin examinar la de aquel gremio, y aun la de aquella ciudad. No
correspondía exactamente a nada de lo que en los tiempos modernos se entiende
por comerciante, u hombre de negocios, o industrial; ni a nada de lo que existe
dentro del sistema capitalista. Bernardone pudo haber tenido empleados, pero no
era patrono; es decir, no pertenecía a una clase que emplea a la gente y se
distingue de la otra clase de gente empleada. La persona a quien concretamente
empleó fue su hijo Francisco; que (cosa fácil de adivinar), era la última
persona a quien podía emplear un hombre de negocios, puesto en el trance de
emplear a alguien. Era tan rico como puede serlo un labrador con el trabajo de
su familia; pero opinaba, evidentemente, que su familia podía trabajar de manera
casi tan llana como la de un labriego. Era un ciudadano preeminente, pero
pertenecía a un orden social que le impedía una preeminencia excesiva que le
hiciese dejar de ser ciudadano. Aquel orden social conservaba a toda aquella
gente en su plano de simplicidad, y ninguna prosperidad permitía librarse de
faenas pesadas. El muchacho hubiera parecido, en los tiempos modernos, algo así
como un señor, o un caballero, o cualquier otra cosa, menos el hijo de un
comerciante de ropas. Esto es una regla probada aun en su misma excepción.
Francisco, sea como fuere, era una de esas personas que gozan de gran
popularidad; y su singularidad sin artificio, como trovador y campeón de modas
francesas, le convirtió en una especie de jefe romántico entre los jóvenes de su
villa. Gastaba dinero, a la vez en extravagancias y en prodigalidades, siguiendo
la inclinación nativa en un hombre que nunca en su vida comprendió exactamente
lo que es el dinero. Esto producía a su madre una alegría mezclada de cierta
indignación; y dijo, como podría decir en cualquier parte, la mujer de un hombre
de negocios: "Más parece un príncipe que hijo nuestro." Pero una de las primeras
visiones que de él tenemos nos lo muestra, simplemente, vendiendo piezas de ropa
en una barraca del mercado, lo cual su madre pudo o no creer que fuese hábito de
príncipes.
Esta primera visión del doncel en el mercado resulta simbólica por más de un
motivo. Ocurrió entonces un incidente que es, tal vez, el resumen más breve y
agudo que puede darse de ciertos rasgos curiosos que constituían una parte de su
carácter, mucho antes de ser transfigurado por la fe trascendental. Mientras
vendía panas y finos bordados a algún acaudalado comerciante de la ciudad, se
acercó un pobre pidiendo limosna de modo evidentemente incorrecto. Era aquélla
una sociedad ruda y sencilla, y no había leyes que castigasen a un hombre
hambriento por expresar su necesidad de pan, como las que han sido promulgadas
en una época más humanitaria; y la falta de toda policía organizada permitía que
tales personas importunasen a los ricos sin grandes peligros. Pero existía,
según creo, en muchos lugares, una costumbre local del gremio que prohibía a los
forasteros interrumpir un buen negocio; y es posible que algo parecido colocase
al pobre en situación falsa y poco común. Toda su vida tuvo Francisco una gran
simpatía por los que se veían desarmados en una falsa postura. En tal ocasión
parece que el santo se produjo con sus dos interlocutores de manera bastante
ambigua; distraído, ciertamente, y acaso irritado. Tal vez se hacía violencia
por los modales casi en exceso refinados que naturalmente le eran peculiares.
Todo el mundo afirma que la cortesía brotaba de él desde un principio, como una
de las fuentes públicas en aquel soleado mercado italiano. Hubiera podido
escribir, entre sus versos, como lema propio, esta estrofa de Mr. Belloc:
La cortesía es mucho menos
que el valor o la santidad.
Pero, bien meditado, yo diría
que la gracia de Dios está en la cortesía.
Nadie puso nunca en duda que Francisco Bernardone fuera valeroso, aun en un
sentido puramente viril y militar; y debía llegar un tiempo en que no se tendría
tampoco duda alguna respecto a la santidad y a la gracia divina que le
adornaron. Si existía algo de que hombre tan humilde sintiese orgullo, eran sus
correctos modales. Pero, tras esta urbanidad perfectamente natural, abrigábanse
más amplias y aun más impetuosas posibilidades, de las que vislumbramos un
primer reflejo en ese trivial incidente. Sea como fuere, Francisco se sentía,
indudablemente, molesto con la dificultad de sus dos interlocutores, pero ajustó
de cualquier modo el negocio con el mercader y, cuando lo hubo terminado, se
halló con que el mendigo ya estaba lejos. Francisco brincó de su tienda, dejó
las piezas de terciopelo y bordados visiblemente a merced de cualquiera, y se
lanzó por la plaza del mercado a todo correr, veloz como una flecha. Corriendo
aún, atravesó el laberinto de aquellas callejas estrechas y torcidas de la
pequeña ciudad, en busca de su mendigo; descubriólo por fin, y colmó de dinero a
aquel hombre asombrado. Después se encaró consigo mismo, por decirlo así, y juró
ante Dios que nunca en su vida había de negar ayuda a un pobre. La avasalladora
simplicidad de este empeño es extraordinariamente característica. Nunca existió
un hombre a quien asustasen menos sus propias promesas. Su vida fue un tumulto
de votos temerarios: de votos temerarios que acabaron bien.
Los primeros biógrafos de Francisco, sensibles, naturalmente, a la gran
revolución religiosa que produjo, se volvieron hacia los primeros años del
santo, en busca, sobre todo, de augurios y señales de aquel terremoto
espiritual. Pero, escribiendo a una mayor distancia, no disminuiremos aquel
efecto dramático, más bien lo aumentaremos, si observamos que, por aquellos
tiempos, no había en el joven ningún signo exterior de carácter marcadamente
místico. Nada poseía de aquel temprano sentido de la vocación que ha sido
peculiar de algunos santos. Por encima de su ambición principal de adquirir fama
como poeta francés, parece que pensó a menudo en adquirir fama como soldado. Era
de natural bondadoso; era valiente a la manera propia de los jóvenes; pero tanto
en bondad como en valor, no iba más allá que los demás muchachos; tenía, por
ejemplo, un natural horror a la lepra, del que la mayoría de la gente corriente
no sentía necesidad alguna de avergonzarse. Gustaba de trajes lucidos y
brillantes, propios del gusto heráldico de los tiempos medioevales, y, según
parece, fue una figura asaz festiva. Seguramente, puesto en el caso de tener que
iluminar a su ciudad, no se habría contentado con la vistosidad del rojo, sino
que habría preferido toda la gama del arco iris, como en una pintura medioeval.
Pero en aquella historia del mancebo vestido lucidamente, corriendo en pos de un
mendigo cubierto de harapos, hallamos ciertas notas de su personalidad nativa,
que han de examinarse detalladamente.
Por ejemplo, se observa en ella el espíritu de rapidez. En cierto sentido, San
Francisco siguió corriendo durante el resto de su vida como corrió tras el
pobre. Porque todas sus misiones lo fueron de misericordia, ha aparecido en su
retrato sólo un elemento de apacibilidad que, con ser real en el sentido más
auténtico, se presta fácilmente a interpretaciones erróneas. Una cierta
precipitación fue el contrapeso mismo de su alma. Este santo debería
representarse, en medio de otros santos, como son, a veces, representados los
ángeles en pinturas de ángeles: con pies alados, y aun con plumas; según el
espíritu de aquel texto que llama viento a los ángeles, y fuego ardiente a los
mensajeros. Una de las notas curiosas del lenguaje humano es que "valentía"
significa, en realidad, "carrera", y alguno de nuestros escépticos demostrará,
sin duda, que "valor" significa, en realidad, "huida". Pero la valentía del
santo era carrera en el sentido de lanzarse impetuoso. A pesar de toda su
suavidad, había, en el fondo de su ímpetu, algo de impaciencia. La verdad
psicológica de este hecho aclara muy bien la confusión moderna acerca de la
palabra práctico. Si por práctico queremos significar lo que es más
inmediatamente practicable, significamos, simplemente, lo más fácil. En este
sentido, San Francisco era muy poco práctico, y sus últimos objetivos eran muy
poco del mundo. Pero si entendemos por condición práctica una preferencia por el
esfuerzo y la energía rápida sobre la vacilación y la tardanza, él fue, en
realidad, un hombre práctico. Algunos pueden llamarle loco, pero era
precisamente el reverso de un soñador. Nadie se atrevería a llamarle hombre de
negocios; pero fue muy señaladamente hombre de acción. En alguna de sus
tempranas actuaciones lo fue tal vez con exceso; obró con demasiada prontitud y
fue excesivamente práctico para ser prudente. Pero en cada recodo de su carrera
extraordinaria, le vemos lanzarse y volver esquinas de la manera más inesperada,
como cuando se lanzó por las calles tortuosas, en pos del mendigo.
Otra de las características que descubre aquella anécdota, instinto ya de la
naturaleza del santo, que había de convertirse en ideal sobrenatural, era algo
que acaso no se perdió nunca. del todo en aquellas pequeñas repúblicas italianas
de la Edad Media; algo que algunos considerarán muy chocante, algo que, en
general, parecería más claro a la gente del Sur que a la del Norte, y, en mi
opinión, más claro a los católicos que a los protestantes: se trata del
concepto, muy natural, de la igualdad humana. Nada tiene necesariamente que ver
con el amor franciscano a los hombres; por el contrario: una de sus
comprobaciones puramente prácticas es la igualdad en el duelo. Acaso un
caballero no será igualitario completo hasta que pueda pelearse en duelo con su
criado. Pero se trataba de una condición anterior a la fraternidad franciscana,
y ya la sentimos en el temprano incidente de la vida seglar del santo que antes
hemos referido. Me imagino que Francisco debió de experimentar una seria
perplejidad, no sabiendo si atender al mercader o al mendigo; y, habiendo
atendido al mercader, se fue a atender al mendigo; pensó que eran, en fin de
cuentas, igualmente hombres. Ésta es cosa mucho más difícil de describir en una
sociedad donde tal sentimiento es ausente; pero era entonces base esencial de
todo el asunto; por eso aquel movimiento popular se produjo precisamente allí, y
por medio de aquel hombre. Su magnanimidad imaginativa se elevó, más tarde, como
una torre, hacia estrelladas alturas que pueden parecer vertiginosas y aun loca
imprudencia; pero se fundaba en los altos cimientos de la igualdad humana.
He escogido ésta, entre un centenar de anécdotas de la juventud de San
Francisco, y me he detenido un poco en su significación, porque hasta que
aprendamos a buscar la de sus hechos nos .parecerá a menudo que no encontramos
más que un sentimiento leve y superficial al contar esta historia. San Francisco
no es precisamente un personaje de quien pueda hablarse sólo con historias
"bonitas". Existen muchas de éstas acerca del santo; pero se utilizan demasiado
en este sentido pintoresco, hasta el punto de convertirlo como en un sedimento
sentimental de aquel mundo de la Edad Media, en vez de ser, como el santo es
magníficamente, un reto al mundo moderno. Hemos de considerar su desarrollo
humano de manera mucho más seria; y la otra anécdota en que vislumbramos muy de
veras aquel desarrollo, se produce en un ambiente muy distinto. Pero abre de
manera idéntica, como por modo casual, ciertos abismos del espíritu, y, acaso,
de la mentalidad inconsciente. Francisco se nos aparece todavía como uno de
tantos muchachos, y sólo mirándolo como tal nos damos cuenta de cuán
extraordinario debió de ser.
Había estallado la guerra entre Asís y Perugia. Ahora está de moda decir
satíricamente que aquellas guerras no estallaban en realidad, sino que duraban
incesantemente entre las ciudades estados de la Italia medioeval. Bastará con
decir aquí que, si una de aquellas guerras medioevales hubiese durado realmente,
iba interrupción, un siglo entero, no hubiera perecido en ella, ni remotamente,
la gente que muere en un solo año de nuestras grandes guerras científicas, entre
nuestros grandes imperios industriales. Pero los ciudadanos de una república
medioeval se encontraban, es cierto, una limitación: la de que sólo se les
exigía morir por aquellas cosas por las que siempre vivieron: las asas donde
moraban, los templos que veneraban y los y jefes representantes que conocían; y
no les impelía ninguna visión más amplia sugerida por unos rumores, acerca de
remotas colonias, aparecidos en periódicos insignificantes. Si inferimos de
nuestra experiencia que la guerra paralizó la civilización, debemos admitir,
siquiera, que aquellas ciudades guerreras produjeron cierto número de impedidos
que se llamaron Dante y Miguel Ángel, Ariosto y Ticiano, Leonardo y Colón, sin
mencionar a Catalina de Siena y al protagonista de la presente historia.
Mientras lamentamos todo aquel patriotismo local, tachándolo de algarabía de la
Edad oscura, deberá parecer bastante curioso el hecho de que casi las tres
cuartas partes de los más grandes hombres que han existido en el mundo saliesen
de aquellas pequeñas ciudades e intervinieran a menudo en aquellas pequeñas
guerras. Nos falta ver lo que saldrá, al fin, de nuestras grandes ciudades; pero
no se ha visto señal alguna de cosas de aquella naturaleza desde que se
engrandecieron; y he sentido, a veces, renacer en mí una fantasía juvenil según
la cual aquellas cosas importantes no volverán a producirse hasta que exista un
muro en torno de Clapham, y suene, de noche, el toque de alarma, levantando en
armas a los ciudadanos de Wimbledon.
Pero es el caso que el clarín sonó en Asís, y los ciudadanos se armaron, y,
entre ellos, Francisco, el hijo del mercader de ropas. Salió a pelear con alguna
compañía de lanceros, y en alguna batalla o escaramuza, él y su pequeña banda
cayeron prisioneros.
Tengo por más probable que debió de originar el desastre algún motivo de
traición o cobardía; pues refieren que entre los cautivos había uno con quien,
aun en prisión, desdeñaban juntarse sus compañeros; y cuando esto sucede en
tales circunstancias, es porque le vergüenza militar de la rendición recae sobre
alguien concretamente. Sea como fuere, observóse una cesa sin importancia, pero
curiosa, aun cuando pueda parecer más bien negativa que positiva. Cuéntase que
Francisco se conducía entre sus compañeros de cautiverio con toda su
característica cortesía y jovialidad (“liberal y dado a la risa", según alguien
dijo de él), resuelto a mantener el buen ánimo de sus compañeros, y el suyo
propio. Y cuando se cruzó con aquel misterioso desdeñado, traidor, o cobarde, o
lo que le llamaren, le trató, simplemente, de manera idéntica que a lea demás,
sin frialdad ni compasión, sino con la misma alegría natural y buen
compañerismo. Pero si se hubiera encontrado en aquella prisión alguien capaz de
tener una visión particular de la verdad y la orientación de las cosas
espirituales, habría podido percatarse id que se hallaba en presencia de algo
nuevo y, al parecer, casi anárquico; era una ola profunda removiendo los mares
ignotos de la caridad.
Ya que en aquel sentido le faltaba realmente alguna cosa a San Francisco,
existía algo para lo que estaba ciego con objeto de que pudiese ver cosas
mejores y más bellas. Todos aquellos límites en el buen compañerismo y en los
buenos modales, todas aquellas fronteras de la vida social que separan al
tolerable del intolerable, todos aquellos escrúpulos sociales y condiciones de
convención que son normales y aun nobles en el hombre corriente, todas aquellas
cosas que mantienen unidas muchas sociedades honestas, de ningún modo pudieron
dominar en aquel hombre. Amó como amó; al parecer, a todo el mundo, pero
especialmente a aquellos que le valían el disgusto de los demás. Cosa muy vasta
y universal se encontraba ya presente en aquella estrecha mazmorra; y un profeta
hubiera podido ver en su oscuridad aquel halo encarnado de caritas caritatum que
distingue a un santo entre los santos, así como entre los hombres. Hubiera
podido oír el primer susurro de aquella bendición singular que, más tarde, tomó
forma de blasfemia: "Presta oído a los que Dios mismo no ha querido escuchar."
Pero, aunque tal profeta hubiera podido ver aquella verdad, es muy dudoso que
Francisco la viera. Había obrado obedeciendo a una inconsciente magnanimidad (o
largueza, según la bella palabra medioeval), que nacía de sus adentros; algo que
casi hubiera sido ilícito, si no alcanzara a una ley más divina; pero es dudoso
que él llegara a saber que fuese divina aquella ley. Es evidente que, por aquel
entonces, no abrigaba ningún propósito de abandonar la vida militar, y, aun
menos, de abrazar la monástica. Cierto es que no existe, como se imaginan los
pacifistas y los necios, la menor inconsecuencia entre amar a los hombres y
combatir contra ellos, mientras se les combata noblemente y por una causa justa.
Pero, a mi juicio, va envuelto algo más en la anécdota: que, en cualquier caso,
el espíritu del muchacho se orientaba, en realidad, hacia una austeridad
militar. A la sazón, la primera calamidad se cruzó en su camino bajo la forma de
una dolencia que debía visitarle en muchas otras ocasiones, como un obstáculo en
su temeraria carrera. La enfermedad le volvió más serio; pero uno imagina que
debió de volverle más serio como soldado, o quizá más seria mente preocupado por
la vida militar. Y, mientras convalecía, algo bastante más importante que las
pequeñas contiendas y ataques de las ciudades italianas abrióle un camino de
aventura y ambición. La corona de Sicilia, que constituía entonces un
considerable motivo de disputa, era, al parecer, reclamada por un tal Gauthier
de Brienne, y la causa del Papa, en cuyo apoyo se llamaba a Gauthier, despertó
el entusiasmo de numerosos jóvenes de Asís, entre los cuales figuraba Francisco,
quien propuso marchar sobre Apulia, en alianza con el conde; y quizá pesó algo
en esta decisión el nombre francés del pretendiente. Ya que nunca
hemos de olvidar que, aun cuando aquél era, en cierto sentido, un mundo
de pequeñas cosas, era un mundo de pequeñas cosas relacionadas con cosas
grandes. Había más internacionalismo en los países salpicados de repúblicas
minúsculas, que en la enorme homogeneidad de las impenetrables divisiones
nacionales de hoy en Asia. La autoridad legal de los magistrados de Asís podía
alcanzar apenas la distancia de un tiro de ballesta desde las altas murallas
almenadas de la ciudad. Pero sus simpatías podían andar con el paso de los
normandos a través de Sicilia, o estar en el palacio de los trovadores en
Tolosa; con el Emperador entronizado en salvas germánicas, o con el gran Papa
moribundo en el destierro de Salerno. Por encima de todo, debe recordarse que,
cuando los intereses de una época son principalmente religiosos, deben ser
universales. Nada puede ser más universal que el universo. Y hay ciertas cosas
acerca de la situación religiosa en aquel particular momento, que escapan, no
sin razón, a la gente moderna. Entre otras cosas, la gente moderna suele
confundir los pueblos antiguos con los pueblos primitivos. Sabemos vagamente que
aquellos hechos acaecieron durante las primeras épocas de la Iglesia. Pero la
Iglesia tenía entonces ya bastante más de mil años. O sea, que la Iglesia era
entonces bastante más antigua que la Francia de hoy, y mucho más antigua que la
Inglaterra de nuestros días. Y ya entonces parecía antigua, casi tanto como
ahora, y probablemente más. La Iglesia aparecía como el gran Carlomagno, con
luenga barba florida, que, según la leyenda, habiendo reñido mil batallas contra
los infieles, un ángel le animaba a seguir adelante, luchando sin cesar, aunque
tuviese dos mil años. La Iglesia había aleando sus mil, y volvía la esquina del
segundo milenario; había atravesado la Edad oscura, en la que no podía hacerse.
otra cosa sino pelear desesperadamente contra los bárbaros, y repetir
porfiadamente el Credo. El Credo se repetía aún después de la victoria o la
libertad; pero no es desrazonable el suponer que en tal repetición hubiese
cierta monotonía. La Iglesia parecía tan antigua entonces como ahora; y había
quien ya la imaginaba moribunda, como ahora ocurre. En realidad, la ortodoxia no
estaba muerta, pero hubiera podido parecer adormecida; es cosa cierta que
algunos comenzaron a considerarla así. Los trovadores del movimiento provenzal
habían empezado a. sentir inclinación hacia las fantasías orientales y la
paradoja del pesimismo, que siempre llega a los europeos como cosa fresca cuando
su propia salud parece casi marchita. Es acaso bastante probable que, después de
aquellos siglos de guerras desesperadas en el exterior y de áspero ascetismo en
el interior, la ortodoxia oficial pareciese cosa pasada. El frescor y la
libertad de los primeros cristianos parecían entonces, tanto como ahora, una
olvidada y casi prehistórica edad de oro. Roma era aún más racional que
cualquier otra cosa; la Iglesia era, realmente, más sabia, pero bien hubiera
podido parecer más cansada que el mundo. Había algo más aventurero y halagador,
tal vez, en las locas metafísicas que trajera el viento a través de Asia. Se
amontonaban ensueños como nubes oscuras sobre el mediodía de Francia, para
estallar en trueno de anatema y de guerras civiles. Sólo quedaba la luz en el
gran llano, en torno de Roma; pero la luz era pálida y la llanura rasa; y nada
se movía en el aire manso, en el silencio inmemorial que circundaba la sacra
ciudad.
Arriba, en la oscura casa de Asís, Francesco Bernardone dormía y soñaba con
lances de guerra. Llególe, en las tinieblas, una maravillosa visión de espadas,
con cruces labradas, a la manera de las que usaban los guerreros cruzados;
espadas, escudos y yelmos colgaban de una alta panoplia, marcado todo con el
sagrado emblema. Al despertar, acogió el sueño como un clarín llamándole al
campo de batalla, y se lanzó en busca do caballo y de armas. Gustaba ya de todo
ejercicio caballeresco; y era, indudablemente, un caballero cumplido en todas
las suertes de torneo y campamento. Hubiera siempre preferido, sin duda alguna,
una especie de caballería cristiana; pero parece evidente que andaba entonces
sediento de gloria, aunque, para él, aquella gloria se identificara siempre con
el honor. No estaba desprovisto de aquella visión de la guirnalda de laurel que
César legara a todos los latinos. Mientras cabalgaba, partiendo a la guerra, la
gran puerta, en la recia muralla de Asís, resonó con su última jactancia:
"Volveré convertido en gran príncipe."
A poco de su partida, atacóle nuevamente aquella dolencia, y le sumió en el
lecho. Parece muy probable, dado su temperamento impetuoso, que prosiguiese su
camino mucho antes de sanar. Y, en la oscuridad de este segundo tropiezo, mucho
más desolador, parece que tuvo otro sueño, y que una voz le dijo:
- No has comprendido el sentido de la visión. Vuelve a tu ciudad.
Y Francisco torció el camino hacia Asís, enfermo como estaba, lánguida figura
harto desengañada, y burlada quizá, sin nada que hacer, sino esperar los
acontecimientos. Era su primer descenso a una sombría quebrada, llamada valle de
la humillación., que le pareció muy desolada y roqueña; pero, más tarde, había
de encontrar en ella muchas flores.
No sólo se sentía chasqueado y humillado, sino desorientado y lleno de
confusión. Creía aún firmemente que sus dos sueños algo significaban; y no podía
imaginar su sentido. Fue mientras vagaba, diría casi como un lunático, por las
calles de Asís y por los campos de extramuros, cuando le aconteció un incidente
que no ha sido siempre relacionado como cosa inmediata con el asunto de los
sueños, pero que tengo. por su evidente culminación. Cabalgaba, indiferente al
parecer, por algún sendero apartado, a campo abierto, cuando vio acercársele una
persona, y se detuvo, pues se trataba de un leproso. Y conoció en el acto que
estaba puesto a prueba su valor, no como lo hace el mundo, sino como lo haría
quien conociese los secretos del corazón humano. Lo que vio, avanzando, no era
el estandarte y las espadas de Perugia, ante los que jamás retrocedió; ni los
ejércitos que peleaban por la corona de Sicilia, de los que siempre pensó lo que
un hombre valiente de un vulgar peligro. Francisco Bernardone vio que su miedo
avanzaba hacia él por el camino; el miedo que viene de dentro, no de fuera,
aunque se irguiera, blanco y horrible, a la luz del sol. Por una sola vez, en el
largo correr de su vida, debió de sentir su alma inmóvil. Luego, saltó de su
caballo, sin transición entre la inmovilidad y el ímpetu, corrió hacia el
leproso y le abrazó. Era el principio de su vocación en el largo ministerio
cerca de los leprosos, a quienes prestó servicios muy señalados; dio a aquél
todo el dinero que pudo; montó, luego, y partió. No sabemos hasta dónde llegó,
ni cuál fue su pensamiento acerca de las cosas que le rodeaban; pero se dice
que, al volver la cabeza, no vio a nadie en el camino.
HEMOS llegado ahora a la gran ruptura en la vida de Francisco de Asís, al punto
en que le aconteció algo que ha de permanecer muy oscuro para la mayoría de
nosotros, hombres vulgares y egoístas, a quienes Dios no ha abatido lo bastante
para hacernos hombres nuevos.
Al tratar de este difícil pasaje, teniendo en cuenta mi propósito de hacer las
cosas un tanto fáciles para el seglar simpatizante, me siento perplejo ante la
elección del método a seguir, y he decidido referir ante todo los hechos,
añadiendo apenas algún atisbo que los interprete. La totalidad del sentido podrá
ser luego debatida más fácilmente al desplegarse en la plenitud de la vida de
Francisco. He aquí, pues, lo que acaeció. La anécdota se desarrolla muy
ampliamente en torno de las ruinas de la iglesia de San Damián, un antiguo
templo de Asís, que parecía estar abandonado y desmoronándose. Allá acostumbraba
orar Francisco ante un crucifijo, durante aquellos días de transición,
tenebrosos y sin objetivo, que sucedieron al trágico fracaso de todas sus
ambiciones militares, amargados, probablemente, con alguna merma del prestigio
social, cosa terrible para su alma delicada. Mientras estaba orando oyó una voz
que le decía:
Francisco: ¿no ves que mi casa está en
ruinas? Anda y restáurala por mi amor.
Francisco dio un salto y echó a andar. Andar y hacer algo era una de las
exigencias tiránicas de su naturaleza; probablemente, anduvo y actuó sin
premeditar nada lo que hizo. Mas, sea como fuere, lo que hizo fue cosa muy
decisiva, y, de momento, desastrosa para su singular carrera social. Según el
grosero lenguaje convencional del mundo que no comprende, robó. Según su
entusiasta punto de vista, extendió hasta su venerable padre, Pedro Bernardone,
la emoción exquisita y el inestimable privilegio de contribuir, más o menos
inconscientemente, a la restauración de la iglesia de San Damián. En realidad,
lo que hizo fue vender primero su propio caballo y, luego, algunas piezas de los
géneros de su padre, trazando sobre ellas la señal de la cruz, para indicar su
destino piadoso y caritativo. Pedro Bernardone, no vio, las cosas bajo esta luz.
Pedro Bernardone poseía, en verdad, pocas luces para ver claramente y tener
comprensión del genio y temperamento de su extraordinario hijo. En vez de
comprender en qué especie de viento y llamas de apetitos abstractos vivía el
mancebo, en vez de decirle simplemente (como le dijo, más tarde, el sacerdote)
que había hecho una cosa reprensible con la mejor intención, el viejo Bernardone
consideró el asunto de la manera más áspera: en forma literal y legal. Usó de
poderes puramente políticos, como un padre pagano, y él mismo encerró a su hijo
bajo llave como a un vulgar ladró». Según parece, el hecho escandalizó a muchos
entre quienes el desventurado Francisco gozara, un tiempo, de popularidad; con
sus esfuerzos por levantar la casa de Dios no había logrado sino echarse su
propia casa encima y yacer enterrado entre los escombros. El conflicto se
arrastró desventuradamente por varios terrenos; por lo pronto, el infeliz
muchacho parece como tragado por la tierra, en una caverna o calabozo donde
estuvo sumido en la oscuridad sin esperanzas. Aquel fue su instante más negro:
se había derribado sobre él el mundo.
Acaso cuando salió hubo quien fue advirtiendo, sólo gradualmente, que algo había
ocurrido. Él y su padre estaban citados a comparecer ante el obispo, ya que
Francisco se negó a reconocer los tribunales competentes. El obispo le dirigió
algunas reconvenciones, llenas del excelente sentido común que la Iglesia
católica guarda siempre en el fondo para las fogosas actitudes de los santos.
Dijo a Francisco que había de restituir sin discusión el dinero a su padre; que
ninguna bendición podía coronar una buena obra realizada por medios injustos; en
una palabra, por decirlo crudamente, que si el joven fanático devolvía el dinero
al viejo loco se daría por terminado el incidente, Francisco observaba una nueva
actitud. No se le veía deprimido, y menos, rastrero, con respecto a su padre;
mas sus palabras no significaban, a mi juicio, ni justa indignación, ni
maliciosa insolencia, ni nada que implicase una mera continuación de la
querella. Tienen más bien una remota analogía con las frases misteriosas' de su
gran Dechado: "¿Qué tengo yo que ver contigo?"; o, quizá, con aquel terrible "No
me toques".
Estaba en pie, delante de todos, y les dijo: "Hasta hoy he llamado padre a Pedro
Bernardone, pero ahora soy el siervo de Dios. No sólo restituiré el dinero a mi
padre, sino todo cuanto pueda llamarse suyo, aun los mismos vestidos que me
dio." Y despojóse de todas sus ropas, menos una; y ésta era, según dicen, una
camisa de crin.
Amontonó las ropas en el suelo y puso el dinero encima. Luego, se volvió al
obispo y recibió su bendición como quien vuelve la espalda al mundo; y, según
reza la historia, salió, tal cómo iba, al frío mundo. En aquel momento el mundo
estaba, al parecer, literalmente frío, y se veía nieve por el suelo. En la misma
historia de esta gran crisis de su vida se encuentra un curioso detalle que
considero de muy honda significación. Salió medio desnudo, vistiendo sólo su
camisa de crin, hacia los bosques invernales, y anduvo por el suelo helado,
entre los árboles llenos de escarcha. Era un hombre sin padre. No poseía dinero,
ni tenía familia; no tenía, según todas las apariencias, ningún negocio, o plan,
o esperanza en el mundo; y, mientras andaba bajo los árboles helados, de pronto
rompió a cantar.
Se ha observado, como cosa notable, que cantó en lengua 'francesa, o provenzal
(que se llamaba francés convencionalmente). No cantó en su lengua nativa; y
precisamente en su lengua nativa cobró, más tarde, fama de poeta. Ciertamente,
San Francisco es uno de los primeros poetas nacionales en los dialectos
auténticamente nacionales de Europa. Pero entonces cantó en la lengua con que
identificara sus más juveniles ardores y ambiciones; era para él, eminentemente,
la lengua del romanticismo. El hecho de que brotara 'dé sus labios en aquel
momento extremo, me parece, a primera vista, cosa muy singular; pero, después de
profundizar en ella, sumamente significativa. Trataré de sugerir en el próximo
capítulo lo que significaba, o hubiera podido significar; y bastará con indicar
aquí que toda la filosofía de San Francisco se mueve en torno de la idea de una
nueva luz sobrenatural iluminando las cosas naturales, que implicaba la
conquista definitiva, no la definitiva renuncia, de tales cosas. Y para el
propósito de esta parte puramente narrativa de aquel hecho, bastará con recordar
que, mientras vagaba por el bosque invernal, vistiendo su camisa de crin, como
el más áspero de los ermitaños, cantó en el lenguaje de los trovadores.
Entretanto, la narración nos vuelve, naturalmente., al problema de la iglesia
arruinada, o, por lo menos, descuidada, que constituyó el punto de partida del
inocente crimen del santo y de su beatífico castigo. Aquel problema dominaba aún
su pensamiento, y reclamó pronto sus actividades insaciables; pero eran ya
actividades de otra índole; y no intentó ya inmiscuirse en la ética comercial de
la ciudad de Asís. Alboreaba 'en él una de esas grandes paradojas que son
también perogrulladas. La manera de construir un templo no consiste en andar
mezclado en disputas y cuestiones legales, harto desconcertantes para Francisco.
La manera de construir un templo no consiste en pagar por ello con dinero
propio, y mucho menos con dinero ajeno. La manera de construir un templo
consiste en construirlo.
Púsose a recoger piedras por sí mismo. Rogó a todos los que encontraba que le
diesen piedras. De hecho, resultó una nueva suerte de mendigo, invirtiendo la
parábola; un mendigo que no pide pan, sino una piedra. Probablemente, como le
aconteció muchas veces en el curso de su existencia extraordinaria, la misma
singularidad de la súplica le dio una especie de popularidad; y toda suerte de
gente desocupada y dada al lujo tomó a pecho el proyecto, como si se hubiese
tratado de una apuesta. Trabajó él con sus propias manos en la reconstrucción de
la iglesia, arrastrando el material como una bestia de carga, y aprendiendo las
más rudas y bajas lecciones del trabajo. Se cuentan muchas historias de
Francisco referentes a éste y a otros períodos de su vida; pero, para nuestro
propósito, que es de simplificación, parece mejor detenernos en esta nueva
entrada definida de San Francisco en el mundo por la angosta puerta del trabajo
manual. Corre, ciertamente, por el conjunto de su vida, una especie de doble
sentido, como su propia sombra en un muro. Toda su acción poseía cierto carácter
alegórico; y es muy posible que algún historiador científico, con ingenio
aplomado, intente algún día demostrar que el santo mismo no fue sino una
alegoría. Es ello bastante cierto, en el sentido de que laboraba en doble tarea,
reconstruyendo otra cosa a la par que la iglesia de San Damián. Estaba
descubriendo la lección genérica de que su gloria no consistía en derrotar a los
hombres en batalla, sino en construir los monumentos positivos y creadores de la
paz. Construía, en verdad, alguna otra cosa, o empezaba su construcción; algo
que ha caído a menudo en ruinas, pero que siempre se reconstruyó; una iglesia
que puede siempre reedificarse, aun cuando se pudriesen sus cimientos, junto a
su primera piedra; una Iglesia contra la cual las puertas del infierno nunca
podrán prevalecer.
La siguiente etapa del progreso de Francisco puede tal vez señalarse con el
hecho de que extendió las mismas energías de restauración arquitectónica a la
pequeña iglesia de Santa María de los Ángeles, en la Porciúncula. Hizo ya cosa
parecida en una iglesia consagrada a San Pedro; y aquella cualidad de su vida a
que nos hemos referido, que daba al santo algo del carácter de un drama
simbólico, inclinó a muchos de sus biógrafos más piadosos a hacer notar el
simbolismo numérico de las tres iglesias. Pero, en cualquier caso, existía un
simbolismo más histórico y práctico acerca de dos de ellas. Ya que la primera
iglesia de San Damián se convirtió más tarde en sede de su sorprendente
experimento de una orden femenina y de aquella historia romántica, pura y
espiritual de Santa Clara. Y la iglesia de la Porciúncula quedará siempre como
una de las grandes construcciones históricas del mundo, pues el Santo reunió
allí su pequeño grupo de amigos y entusiastas; y fue el hogar de muchos hombres
sin hogar.
Por aquel entonces, sin embargo, no resulta claro que abrigase la idea definida
de aquel desenvolvimiento monástico. Es, naturalmente, imposible fijar el primer
instante en que concibiera el plan; pero, a la faz de los hechos, toma, en
primer lugar, la forma de un puñado de amigos que le siguieron uno a uno, porque
compartían su pasión de sencillez. La versión que se da de la forma de su
consagración es, no obstante, muy significativa, porque fue la de una invocación
a la vida sencilla, sugerida en el Nuevo Testamento. La adoración de Cristo
había constituido una gran parte de la naturaleza apasionada de aquel hombre.
Pero la imitación de Cristo, como una especie de plan ó programa ordenado de
vida, puede decirse que comenzaba entonces.
Los dos hombres que tienen, al parecer, el mérito de haber percibido antes que
nadie algo de lo que estaba aconteciendo en el mundo espiritual, fueron un
importante y rico ciudadano llamado Bernardo de Quintavalle, y un canónigo de
una iglesia cercana, llamado Pedro. Son tanto más dignos de admiración cuanto
que Francisco, si puede decirse así, estaba entonces revolcándose en la pobreza,
y andaba con leprosos y mendigos harapientos; y aquellos dos hombres tenían
mucho que abandonar: el uno, comodidades mundanas, y el otro, ambiciones de
carrera eclesiástica. Bernardo, el pudiente ciudadano, acabó por vender todo
cuanto poseía, dando su producto a los pobres. Pedro hizo aún más, ya que
descendió de una cátedra de autoridad espiritual, probablemente siendo ya hombre
de edad madura y con hábitos mentales endurecidos, para ir en pos de un muchacho
extravagante y excéntrico, que muchos debieron de tener por maniático. Lo que
ellos vislumbraban, cuya gloria viera a las claras Francisco, podremos sugerirlo
más adelante, si hay alguna manera de sugerirlo. En el punto presente no hemos
de proponernos ver más que lo que vio todo Asís, y no fue precisamente cosa
indigna de comentario. Los ciudadanos de Asís no vieron sino al camello pasando
triunfalmente por el ojo de la aguja, y a Dios realizando cosas imposibles,
porque para Él todas son posibles; no vieron sino a un sacerdote que desgarró
sus vestiduras como el publicano, no como el fariseo; y a un hombre rico que
andaba alegremente porque ya nada poseía.
Refiérese que aquellas tres figuras singulares construyeron una especie de choza
o caverna junto al hospital de leprosos. Allí conversaban entre sí, durante los
intervalos de la faena y el peligro (pues requería diez veces más valor cuidar a
un leproso que combatir por la corona de Sicilia), en los términos de su vida
nueva, casi como unos niños hablando un lenguaje secreto. De aquellos elementos
individuales de su primera amistad no podemos decir gran cosa con certidumbre;
pero es cierto que fueron amigos hasta el fin. Bernardo de Quintavalle ocupa en
la historia algo así como el lugar de sir Bedivere, "el primer caballero que
armara el rey Arturo, y el último que lo abandonó", pues le vemos reaparecer, a
mano derecha, junto al lecho de muerte del santo, recibiendo como una especial
bendición. Pero todas estas cosas pertenecen a otro mundo histórico, y se hallan
muy remotas de aquel trío harapiento y fantástico, y de su choza medio
arruinada. No eran monjes sino en el sentido más literal y arcaico, que los
identifica con los ermitaños. Eran, por decirlo así, tres solitarios que vivían
juntos socialmente, pero sin constituir sociedad. Todo aquello poseía un
carácter intensamente individual; y, visto por fuera, parecía, indudablemente,
individual hasta la locura. Pero puede sentirse, según ya he dicho antes, el
vibrar de algo que lleva en sí la promesa de un movimiento o de una misión, en
el hecho de aquella apelación al Nuevo Testamento.
Era una manera de sors virgiliana aplicada a la Biblia; una práctica no
desconocida entre los protestantes, si bien, en su parecer, la consideraríamos
superstición de paganos. Sea como fuere, parece casi lo opuesto a escudriñar las
Escrituras, el acto de abrirlas al azar; pero, ciertamente, San Francisco las
abrió de ese modo. Según refieren unos, no hizo más que la señal de la cruz
sobre el Evangelio y lo abrió por tres lugares, leyendo tres textos diferentes.
Era el primero la historia de aquel joven rico cuya oposición a vender todos sus
bienes fue ocasión de la gran paradoja sobre el camello y la aguja. El segundo
era el mandato a los discípulos de no llevar nada en su viaje, ni morral, ni
báculo, ni dinero alguno. El tercero era aquella sentencia - que podría
llamarse, literalmente, crucial, - según la cual quien sigue a Cristo debe
también llevar su cruz a cuestas. Refiérese otra anécdota similar de San
Francisco, estableciendo que encontró uno de aquellos textos con sólo escuchar
lo que resultó ser el evangelio del día. Pero, según la versión primitiva,
parece al menos que acaeció el incidente muy al comienzo de su nueva vida, acaso
poco después de la disputa con su padre; ya que fue, al parecer, después de
aquella consulta evangélica, cuando Bernardo, el primer discípulo, se echó a la
calle y distribuyó todos sus bienes entre los pobres. Si acaeció así, parecería
que nada siguió a aquel hecho sino la ascética vida individual, con la choza por
ermita. Debió de ser, por supuesto, una ermita bastante pública, pero no dejaba
de estar, sin embargo, en un sentido muy real, retirada del mundo. San Simeón
Estilita, encima de su columna, fue, en cierto sentido, un personaje
extraordinariamente público; pero, con todo, su situación tenía algo de
singular. Puede suponerse que muchos debieron de tener por singular la situación
de San Francisco; que algunos la tuvieron aun por excesivamente singular. Pero
existía, ciertamente, en toda sociedad católica, algo profundo y aun
subconsciente que la hacía, al fin, capaz de comprender mejor aquella situación
que cualquier sociedad pagana o puritana. Mas, en este punto, creo que no
debemos exagerar aquella simpatía pública potencial. Como ya hemos indicado, la
Iglesia y todas sus instituciones tenían ya el aspecto de cosas viejas,
cristalizadas y prudentes, tanto las instituciones monásticas como todo lo
demás. El sentido común era cosa más común en la Edad Media que en nuestra edad
de periodismo acrobático; pero hombres como Francisco no son comunes en ninguna
edad, ni pueden ser comprendidos totalmente por el simple ejercicio del sentido
común. El siglo XIII era, es cierto, un período progresivo; acaso el único
período realmente progresivo de la historia humana. Pero puede llamársele en
verdad progresivo precisamente porque su progreso fue muy ordenado. Fue,
realmente, el ejemplo de una época de reformas sin revoluciones. Pero las
reformas eran, no sólo progresivas, sino prácticas, muy ventajosas para las
instituciones de elevado interés práctico: las ciudades, los gremios y las artes
manuales. Ahora bien, los hombres importantes de las ciudades y los gremios
debieron de ser importantes de verdad. Eran mucho más iguales en el terreno
económico, mucho más justamente gobernados en su atmósfera económica peculiar,
que la gente moderna luchando desesperadamente entre el hambre y los precios
monopolizados del capitalismo; pero es bastante probable que la mayoría de
aquellos ciudadanos fuesen tercos como labriegos. Ciertamente, la conducta del
venerable Pedro Bernardone no indica ninguna delicada simpatía por las bellas y
casi fantásticas sutilezas del espíritu franciscano. Y no podemos medir la
belleza y originalidad de aquella singular aventura espiritual si no poseemos el
humor y la simpatía humana de decir, con palabras llanas, cómo debió de
juzgarla, en la época en que acaeciera, persona tan poco simpatizante como Pedro
Bernardone. En el próximo capítulo intentaré indicar, en su aspecto interno,
aunque insuficientemente, la historia de la construcción de las tres iglesias y
de la pequeña choza. En el presente capítulo no he hecho más que bosquejarla
externamente. Y, al concluirlo, suplico al lector que recuerde y observe lo que
debió de parecer la historia entonces, precisamente considerada en su
apariencia. Un crítico de sentido común algo rudo, que no experimentase,
respecto del incidente, otro sentimiento que el de molestia, ¿cómo debió de
apreciar el caso?
Se descubre a un joven insensato o ladronzuelo robando a su padre y vendiendo
mercancías que debió guardar; y la única explicación que puede dar el
delincuente es que le habló al oído una recia voz, venida de no se sabe dónde,
ordenándole que reparase las grietas y los huecos de cierto muro. Después se
declara el mancebo independiente de todos los poderes competentes a la Policía y
a los magistrados, y se acoge a un obispo benévolo, que se ve obligado a reñirle
y a negarle la razón. Se despoja seguidamente, en público, de sus vestiduras, y,
prácticamente, se las arroja a su padre, declarando, al mismo tiempo, que su
padre ya no lo será para él. Anda luego por la ciudad mendigando piedras y otros
materiales de construcción a todos los que encuentra, obedeciendo, según parece,
a su antigua monomanía de reparar el muro. Puede ser cosa excelente que las
grietas sean reparadas, pero es preferible que lo sean por alguien que no tenga
hendeduras en el cerebro; y las restauraciones arquitectónicas, como otras
cosas, no se llevan a cabo mejor precisamente por quien tiene en su techo mental
alguna teja suelta (faltarle un tornillo). Finalmente, el muchacho se sume entre
los harapos y la inmundicia, y se arrastra materialmente por el arroyo. Éste es
el espectáculo que Francisco debió de ofrecer a muchos de sus vecinos y amigos.
Su modo de vivir debió de parecerles dudoso; mas, probablemente, ya mendigaba
entonces por pan como por materiales de construcción. Y ponía siempre sumo
cuidado en pedir el pan más negro y peor que encontraba, las cortezas más duras,
menos comestibles que las migas que devoran los perros al caer de la mesa del
hombre rico. En esto iba quizá más allá que un mendigo corriente; porque el
mendigo suele comer lo mejor que encuentra, y el santo, lo peor. Prefería, en
realidad, vivir de las sobras; lo cual es probablemente una experiencia bastante
más 'desagradable que la refinada simplicidad a la cual los vegetarianos y los
abstemios llaman vida sencilla. Lo que observaba con relación a los alimentos,
lo observaba igualmente con relación al vestido. En ello se regía por el mismo
principio de tomar lo que podía, y no lo mejor de lo que podía. Según reza una
historia, trocó sus ropas por las de un mendigo; y le hubiera satisfecho, sin
duda, trocarlas por las de un espantapájaros. Según refiere otra versión, echó
mano a la áspera túnica parda de un labriego; pero debió de ser solamente porque
el labriego le dio su túnica parda más raída, que en verdad, había de serlo
mucho. Los labriegos no suelen tener muchos trajes que ofrecer; y la mayoría de
ellos no se sienten inclinados a ofrecerlos hasta que el estado de las ropas lo
exige en absoluto. Se dice que en lugar del cinturón de que se desprendiera
(probablemente con mayor ironía simbólica porque de él colgaba la bolsa o
alforja, según costumbre de la época), cogió una cuerda más o menos al azar
(porque la encontró a mano), y se la ciñó. Quiso significar sin duda que ataba
cosa miserable, tal como el vagabundo abandonado ata, a veces, el lío de sus
ropas con un cordón. Quiso acentuar la nota de recoger sus ropas de cualquier
modo, como harapos hallados en unos armarios polvorientos. Diez años después,
aquel vestido improvisado era el uniforme de cinco mil hombres; y cien años más
tarde, para mayor solemnidad pontifical, llevaron a enterrar al gran Dante
cubierto con igual vestidura.
P UEDE usarse de muchos símbolos y señales para dar una idea de lo que acaeció
realmente en el espíritu del joven poeta de Asís. Existen, en verdad, en número
excesivo para elegir entre ellos, y, sin embargo, resultan débiles para
satisfacernos. Pero puede vislumbrarse uno de tantos en este pequeño hecho,
aparentemente accidental: cuando todos sus compañeros seglares ostentaban por la
ciudad su cortejo de poesía, se llamaban a sí mismos trovadores. Pero cuando el
santo y sus compañeros espirituales salieron a realizar su labor espiritual por
el mundo, su jefe los llamaba Juglares de Dios.
Nada se ha dicho aquí de la gran cultura de los trovadores que apareció en la
Provenza o Languedoc, ni de cuán grande fue su influencia en la Historia, así
como en la vida de San Francisco. Algo más podremos decir cuando se trate de
establecer su relación con la Historia; bastará que aquí fijemos, con unas
cuantas frases, sus hechos más importantes, en lo que al santo se refiere; y
especialmente el punto concreto que ahora se discute, o sea, cuál fue el más
importante de aquellos hechos. Todo el mundo sabe quiénes eran los trovadores;
todo el mundo sabe que, muy temprano, en la Edad Media, durante los siglos XII y
XIII, floreció en el Mediodía de Francia una civilización que amenazaba
rivalizar con la de París, y acaso eclipsarla. Fue su fruto principal una
escuela de poesía, o más propiamente, una escuela de poetas. Eran, sobre todo,
poetas amorosos, aun cuando a menudo escribían sátiras y críticas de orden
general. Su posición pintoresca en la Historia obedece al hecho de que cantaban
sus propias poesías y ejecutaban a menudo sus propios acompañamientos con los
leves instrumentos musicales de la época; eran ministriles a la vez que hombres
de letras. Aliadas con su poesía amorosa, existían otras instituciones de
naturaleza decorativa y fantástica que se relacionaban con el mismo tema. Era la
llamada Gaya Ciencia, intento de reducir a una especie de sistema los bellos
matices del galanteo y del amor. Eran las llamadas Cortes de Amor, en las que se
trataba de los mismos delicados temas con oficial pompa y pedantería. Y al
llegar aquí, una cosa debe recordarse con relación a San Francisco. Todo aquel
soberbio sentimentalismo encerraba peligros morales manifiestos; pero es erróneo
suponer que su único peligro de exageración radicaba en el sensualismo. Existía
una fuerza en el romanticismo meridional que era, precisamente, un exceso .de
espiritualidad; tal como la herejía pesimista que produjera fue, en cierto
sentido, un exceso de espiritualidad. El amor que celebraban no era siempre
material; era, a veces, tan etéreo, que llegaba casi a ser alegórico. El lector
se da cuenta de que la dama de los trovadores es el ser más hermoso que pueda
darse; pero el lector tiene, a veces, sus dudas sobre la existencia de aquel
ser. Dante debió algo a los trovadores, y las discusiones críticas acerca de su
mujer ideal son un ejemplo excelente de aquellas dudas. Sabemos que Beatriz no
fue su esposa, pero, sea como fuere, sabemos con igual certidumbre que tampoco
fue su amante; y algunos críticos han insinuado que no fue, por decirlo así, más
que su musa. La idea de Beatriz como figura alegórica es, creo yo, inadmisible;
parecerá inadmisible a quien haya leído la Vita Nuova, y haya estado enamorado.
Pero el mero hecho de que sea posible insinuarla, comprueba que existía algo de
abstracto y escolástico en aquellas pasiones medievales. Ahora bien: con todo y
ser pasiones abstractas, eran pasiones muy apasionadas. Aquellos hombres podían
sentirse casi como enamorados aun ante las alegorías y las abstracciones. Es
necesario recordar este hecho para comprender que San Francisco hablaba el
verdadero lenguaje de un trovador, al decir que también él servía a una
gloriosísima y graciosísima dama, y que su nombre era el de Pobreza.
Pero el punto que aquí merece ser notado no se relaciona tanto con la palabra
trovador como con la palabra juglar. Se relaciona especialmente con la
transición de una a otra; y, a este propósito, es necesario darse cuenta de otro
detalle sobre los poetas de la Gaya Ciencia. Un juglar no era lo mismo que un
trovador, aun cuando la misma persona fuese a la vez ambas cosas. Generalmente,
creo yo, eran hombres distintos, a la par que distintos sus menesteres. En
muchos casos, según parece, juglares y trovadores andaban juntos por el mundo,
como compañeros de armas, o como compañeros de artes. El juglar era,
propiamente, un hombre jocoso o chancero; era, a veces, lo que llamaríamos un
truhán. Éste es el caso, según me imagino, del juglar Taillefer en la batalla de
Hastings, que cantaba la muerte de Rolando mientras lanzaba su espada al aire y
la tomaba como un malabarista. Podía ser, a veces, un acróbata, como aquel de la
hermosa leyenda llamada El Juglar de Nuestra Señora, que estuvo dando volteretas
y se sostuvo de cabeza ante una imagen de la Virgen, por lo que se vio muy
noblemente agradecido y consolado de Nuestra Señora y de toda la celestial
compañía. Puede suponerse que, según costumbre general, el trovador entusiasmaba
al público con intensas y solemnes notas de amor, y le sucedía el juglar como
una especie de entremés cómico. Podría escribirse una gloriosa novela medieval
con el tema de aquellos camaradas vagando por el mundo. Por lo menos, si existe
algo donde pueda encontrarse el auténtico espíritu franciscano, fuera de la
historia franciscana auténtica, se halla en aquel cuento del Juglar de Nuestra
Señora. Y cuando San Francisco llamaba Jongleurs de Dieu a sus seguidores,
significaba algo así como Acróbatas de Nuestro Señor.
Dentro de aquella transición entre la ambición del trovador y las bufonadas del
juglar, se esconde, como bajo una parábola, la verdad de San Francisco. De los
dos ministriles, el juglar era probablemente el siervo, o por lo menos, la
figura secundaria. San Francisco quiso significar lo que realmente decía cuando
dijo haber hallado el secreto de la vida en ser el siervo o la figura
secundaria. Debía de hallarse, en resumidas cuentas, en tal servidumbre, una
libertad rayana casi en la exageración. Era comparable a la condición del juglar
porque rayaba casi en la exageración. El truhán podía sentirse libre cuando el
caballero se sentía rígido; y era posible ser truhán en una servidumbre que fue
libertad perfecta. Ese paralelismo entre las dos categorías de poetas o
ministriles es acaso la mejor exposición preliminar y externa del cambio que el
franciscanismo obró en los corazones, por ser concebida según una imagen por la
cual la imaginación del mundo moderno siente cierta simpatía. En ella,
naturalmente, se implicaba mucho más; y hemos de intentar., aunque
imperfectamente, penetrar la idea más allá de la imagen. Ésta es, para muchos,
una idea que va de cabeza, como los acróbatas.
Francisco, por el tiempo en que desapareció en la prisión u oscura caverna, o
poco más o menos por aquel entonces, experimentó una transformación de cierta
naturaleza psicológica; fue, realmente, como la voltereta de un salto mortal, en
la que, dando la vuelta completa, volvió a quedar, o pareció quedar, en la
posición normal, Es necesario usar del símil grotesco de un juego acrobático,
porque difícilmente encontraríamos ninguna otra imagen que aclarase el hecho.
Pero, en el sentido interno, fue una profunda revolución espiritual. El hombre
que entró en la caverna no fue el que salió de ella; en aquel sentido, era tan
distinto casi como si hubiese muerto, como si se hubiese convertido en sombra o
en espíritu bienaventurado. Y los efectos que esto produjo en su actitud con
relación al mundo presente fueron, en realidad, tan extravagantes corno no
podría hacerlos paralelismo alguno. Miraba al mundo de manera tan distinta de
los demás hombres como si hubiese salido de aquel antro oscuro andando con las
manos.
Si aplicamos la parábola del Juglar de Nuestra Señora a nuestro caso, nos
acercaremos mucho a su sentido real. Ahora bien: es un hecho probado que, a
veces, los panoramas pueden verse más clara y deliciosamente si se contemplan de
cabeza. Ha habido pintores de paisajes que adoptaron las actitudes más
sorprendentes y grotescas para contemplarlos de esta manera. Así, esta visión
invertida, mucho más brillante. singular y atractiva, tiene cierta semejanza con
el mundo que un místico como San Francisco contempla todos los días. Pero en
ella se encuentra el aspecto esencial de la parábola. El Juglar de Nuestra
Señora no se sostuvo de cabeza con miras precisamente a contemplar las flores y
los árboles en visión más clara y singular. No lo hizo con este fin; ni nunca se
le hubiera ocurrido hacerlo. El Juglar de Nuestra Señora se sostuvo de cabeza
para agradar a Nuestra Señora. Si San Francisco hubiese realizado análogo
acrobatismo, como era muy capaz, hubiera sido, originariamente, por idéntico
motivo: un motivo de carácter puramente sobrenatural. Hubiera sido después de
ello cuando su entusiasmo se hubiese extendido, dando una especie de halo al
contorno de las cosas terrenas. Por ello resulta erróneo presentar a San
Francisco como simple precursor romántico del Renacimiento, y como restaurador
de los placeres naturales en sí mismos. El punto esencial de su ideología radica
en que, según él, el secreto de recobrar los placeres naturales se encuentra en
considerarlos a la luz de un placer sobrenatural. Para decirlo de otro modo:
repitió en sí propio aquel proceso histórico observado en el capítulo
preliminar; es decir, aquella vigilia de ascetismo que acabó en la visión de un
inundo natural renovado. Pero su caso personal encierra más que esto, encierra
aspectos que hacen todavía más apropiado el paralelismo del Juglar de Nuestra
Señora.
Puede sospecharse que en aquella negra celda o caverna debió de pasar Francisco
las horas más negras de su vida. Él era, por naturaleza, de la condición de
aquellos hombres que poseen una vanidad opuesta, precisamente, al orgullo;
aquella vanidad que se halla muy próxima de la humildad. Nunca despreció a los
demás hombres, y por esta razón no despreció nunca la opinión de los demás
hombres, y tampoco su admiración. Todo este aspecto de su naturaleza humana
sufrió los golpes más rudos y aplastantes. Es posible que, después de aquel
regreso humillante de su frustrada campaña militar, le llamasen cobarde. Es cosa
cierta que, después de la querella con su padre por cuestión de las piezas de
ropa, le llamaron ladrón. Y aun aquellos que más simpatizaron con él, el
sacerdote cuya iglesia restauró, el obispo que le bendijo, le habían tratado,
evidentemente, con aquella afabilidad casi humorística que dejaba entrever muy
claramente la conclusión final de su caso: se había puesto en ridículo.
Quienquiera que haya sido joven, quien haya cabalgado, o se haya sentido capaz
de combatir; quien se haya imaginado ser un trovador, dándose al trato social y
a las amistades, comprenderá el peso enorme y aplastante de aquella simple
frase. La conversión de San Francisco. en cierto modo como la conversión de San
Pablo, derribó súbitamente del caballo a una persona; pero hasta cierto punto
fue una caída peor, porque se trataba de un caballo de guerra. Sea como fuere,
no quedaba nada en él que no fuese ridículo. Todo el mundo sabía que se había
puesto en ridículo. Era un hecho sólido y objetivo, como las piedras del camino.
Se veía a sí mismo como un objeto muy pequeño y distinto, a la manera de una
mosca caminando por el transparente cristal de una ventana; y era,
indudablemente, un loco. Y mientras contemplaba la palabra loco, escrita ante sí
en caracteres luminosos, aquella palabra empezó a brillar y a mudar de sentido.
En nuestra infancia solían contarnos que si un hombre practicase un agujero en
la tierra y fuese bajando continuamente por él, llegaría un momento, en el
centro de la tierra, en que le parecería estar subiendo. No sé si esto es cosa
cierta. Y no sé si es cosa cierta porque no he practicado nunca un agujero en la
tierra, y menos me he arrastrado tierra adentro. Si ignoro las sensaciones de
esta inversión, es porque no he podido experimentarla nunca. Y también esto
constituye una alegoría. Es cierto que el autor y, probablemente, el lector,
siendo personas corrientes, nunca han podido experimentarla. No podemos seguir a
San Francisco hasta aquel trastorno espiritual en que la humillación completa se
convierte en completa felicidad y bienaventuranza, porque nunca lo hemos
experimentado. Por lo que a mí se refiere, confieso que no puedo seguir al santo
más allá de aquella primera destrucción de las barricadas románticas de la
vanidad juvenil, que he bosquejado en el párrafo anterior. Y, aun ese mismo
párrafo, sólo es de meras conjeturas, una suposición personal de lo que el santo
pudo sentir; pero pudo haber sentido cosa muy distinta. Sea como fuere, su caso
tiene cierta analogía con el cuento del hombre del túnel vertical, en cuanto se
trata de un hombre que anda bajando, hasta que, en determinado momento
misterioso, empieza a subir. Nunca hemos subido de aquel modo, porque nunca
bajamos de aquel modo; evidentemente, no podemos asegurar que aquello no
acontece; y cuanto más candorosa y lentamente leamos la historia humana, y
especialmente la historia de los hombres más sabios y prudentes, más llegaremos
a la conclusión de que tal cosa acontece. No pretendo escribir nada sobre la
intrínseca esencia oculta del experimento. Pero su efecto externo, para el
propósito de esta narración, puede expresarse con decir que cuando Francisco
salió de su caverna de visión, llevaba la misma palabra loco como una pluma en
su gorro; como un penacho o una corona. Seguiría siendo loco; sería cada vez más
loco; sería el loco, el bufón de la corte del Rey del Paraíso.
Este hecho sólo puede representarse mediante un símbolo; pero el símbolo de la
inversión resulta exacto en otro sentido. Si un hombre viese el mundo al revés,
con todos los árboles y las torres colgando invertidos como en un estanque, el
efecto obtenido acentuaría la idea de dependencia. Y en ello hay una relación
latina y literal; porque la palabra depender no significa sino colgar. Sería
imagen viva del texto de la Escritura en el que se dice que Dios suspendió el
mundo en la nada. Si San Francisco hubiese visto, en uno de sus sueños
singulares, la ciudad de Asís invertida, no era necesario que difiriese de sí
misma en ningún detalle, sino sólo en verse por completo de otro lado. Pero he
aquí lo esencial: mientras para la vista normal las grandes piedras de sus
murallas y los macizos fundamentos de su elevada ciudadela y de sus torreones
parecerían darle mayor seguridad y firmeza, al invertir todo aquello, su propio
peso lo haría aparecer más débil y en peligro mayor. Esto no es sino un símbolo,
pero explica un hecho psicológico. San Francisco pudo amar entonces a su pequeña
ciudad tanto como antes, o más; pero la naturaleza de su amor debió de
alterarse, aunque el amor se acrecentase. Pudo amar cada teja de los altos
tejados, o cada pájaro que veía en las almenas; pero debió de verlo todo bajo
una luz nueva y divina de eterno peligro y dependencia. En vez de sentirse,
simplemente, orgulloso de su poderosa ciudad porque era imposible conmoverla,
debía agradecer al Dios omnipotente que no la soltara en el vacío; debía
agradecer a Dios que no soltara el cosmos entero, como un inmenso cristal, para
convertirlo en lluvia de estrellas. Acaso San Pedro viera el mundo de este modo
cuando le crucificaron cabeza abajo.
Algunos dan generalmente un sentido cínico a la frase cuando dicen:
"Bienaventurado quien nada espera, porque no se verá burlado." Y San Francisco
dijo en sentido perfectamente gozoso y entusiasta: "Bienaventurado quien nada
espera, porque de todo gozará." A causa de esta idea deliberada de arrancar de
un cero, de arrancar de la oscura nada de sus propios desiertos, llegó a gozar
aun de las mismas cosas terrenas como pocos las gozaron; y son ellas el mejor
ejemplo activo de aquella idea. Porque no existe otra manera de que un hombre
pueda merecer el goce de contemplar una estrella o ganarse el placer de una
puesta de sol. No es sólo cierto que un hombre cuanto menos piensa en sí mismo
más piensa en su buena fortuna y en todos los beneficios de Dios; es cierto
también qué más cosas verá cuanto más vea su origen; porque su origen es una
parte de ellas y, por cierto, la más importante. Y, así, las cosas que verá se
le convertirán en más extraordinarias por el hecho de serle explicadas. Sentirá
por ellas mayor admiración y menos temor; porque una cosa es realmente admirable
cuando tiene sentido, no cuando nada significa; y un monstruo informe, o mudo, o
meramente destructor, puede ser mayor que las montañas, pero resultará sin
sentido; es decir, ateniéndonos a la etimología original de la palabra,
insignificante. Para un místico como San Francisco, los monstruos tienen un
sentido; o sea, que han llevado al mundo su mensaje. Ya no hablan una lengua
ignorada. Y éste es el sentido de todas aquellas narraciones, legendarias o
históricas, en las que aparece, como un mago, hablando el lenguaje de las fieras
y de los pájaros. El místico nada tiene que ver con el simple misterio; el
simple misterio es, por lo común, un misterio de iniquidad.
La transición entre el hombre justo y el santo es una forma de revolución; y,
por ella, quien veía las cosas como ilustración y luz de Dios, ve a Dios
ilustrando e iluminando a las cosas. Es ello parecido a la inversión de imagen
que realiza un enamorado al decir, cuando ve por vez primera a su dama, que
semeja una flor, y al decir luego que todas las flores le recuerdan a su dama.
Un santo y un poeta, ante la misma flor, parecerán decir una misma cosa; pero,
ciertamente, aun cuando ambos digan la verdad, estarán diciendo verdades
distintas. Para el uno la alegría de la vida es causa de la fe; para el otro es
más bien su consecuencia. Pero uno de los efectos de la diferencia está en que
el sentido de la dependencia divina, que para el artista es como luz de rayo,
para el santo es como pleno mediodía. Hallándose, en cierto sentido místico,
como al otro lado de las cosas, contempla éstas saliendo de la Divinidad, corno
niños saliendo de una morada familiar y conocida, en vez de hallarlas, según
hacemos muchos, tal como andan al azar por los caminos del mundo. Y se da la
paradoja de que, por razón de este privilegio, el santo resulta, con respecto a
las cosas, en actitud más familiar, más libre y fraternal, y más naturalmente
hospitalaria, que nosotros. Para nosotros, los elementos son como heraldos que
nos anuncian, a son de trompeta y tambor, que nos acercamos a la ciudad de un
gran Rey; pero el santo saluda a las cosas terrenas con una antigua
familiaridad, rayana casi en frivolidad. Les llama hermano Fuego y hermana Agua.
Así se eleva de este abismo casi nihilista aquella noble cosa llamada alabanza,
que nadie comprenderá mientras la identifique con el culto de la Naturaleza o
con el optimismo panteísta. Cuando decimos que el poeta alaba la creación
entera, queremos significar, generalmente, que sólo alaba al cosmos entero. Pero
aquel otro poeta alaba precisamente la creación en cuanto acto de creación.
Alaba el paso o transición de la nada al ser; y también se extiende aquí la
sombra de la imagen arquetípica del puente, que ha dado al sacerdote su nombre
arcaico y misterioso. El místico que pasa a través del momento en que no existe
sino Dios, presencia, en cierto modo, los principios sin principio en que nada
existía.
Aprecia, no solamente todas las cosas, sino la misma nada de que fueron creadas.
Experimenta, en cierta manera, y aun responde a la ironía geológica del Libro de
Job; en cierto sentido presencia el acto de asentar los fundamentos del mundo,
con los luceros del alba y los hijos de Dios cantando de alegría. Esto no es más
que un lejano atisbo de la razón por la cual los Franciscanos, harapientos, sin
dinero, sin hogar y, al parecer, sin esperanza, llegaran, empero, a elevar
cánticos que parecen salir de los luceros del día, o gritos de alborozo dignos
de un hijo de Dios.
Este sentido de la intensa gratitud y de la sublime dependencia no era simple
frase, ni un sentimiento siquiera; lo esencial es que constituye la roca viva de
la realidad. No era una fantasía, sino un hecho; y es bastante exacto decir que,
fuera de él, todos los demás hechos son fantasías. Decir que en cada momento
dependemos de Dios, como diría un cristiano, y aun un agnóstico, de la
existencia y naturaleza. de las cosas, no constituye una ilusión imaginativa,
sino, por el contrario, el hecho fundamental que cubrimos con la ilusión de la
vida ordinaria como con unas cortinas. Esta vida ordinaria es cosa admirable en
sí, tanto como la imaginación lo es en sí también. Pero la vida ordinaria se
crea mucho más con la imaginación que la vida contemplativa. Quien ha visto el
mundo entero pendiente de la misericordia de Dios, como de un cabello, ha visto
la verdad; podemos casi decir la verdad desnuda. Quien ha tenido la visión de su
ciudad invertida, la vio tal como es.
Rossetti observa en alguna parte, amargamente, pero con gran verdad, que el peor
momento del ateo es aquel en que se siente agradecido y no sabe a quién dar
gracias. El reverso de esta proposición es también exacto; y resulta cierto que
aquella gratitud proporcionó a los hombres que estamos considerando los
instantes de más pura alegría que el hombre pudo conocer. El gran pintor se
jactaba de mezclar todos los colores con su inteligencia, y puede afirmarse de
nuestro gran santo que mezcló todos sus pensamientos con su gratitud. Toda
mercancía parece mejor cuando se ofrece como dádiva. En este sentido resulta
exacto decir que el método místico establece relaciones muy saludables con todas
las cosas del mundo. Pero debe recordarse que éstas son secundarias en relación
con el simple hecho de la dependencia de la realidad divina. Las relaciones
sociales traen en sí algo que parece sólido y seguro de sí mismo; un sentimiento
de hallarse, a la vez, sobre base firme y sobre almohadas; establecen la
confianza sobre una sensación de seguridad, y la seguridad sobre una sensación
de propio valimiento; pero quien ha visto el mundo pendiente de un cabello no lo
toma con tanta seriedad. Aun las propias autoridades y jerarquías seculares, aun
las superioridades más naturales y las subordinaciones más necesarias tienden en
seguida a situar al hombre en su lugar y a asegurarle su posición; pero quien ha
visto la jerarquía humana poniéndose cabeza abajo, se sonríe ligeramente de
todas aquellas superioridades. En este sentido, la visión directa de la realidad
divina modifica ciertos valores del mundo que son en sí mismos bastante
saludables. El místico puede haber añadido un codo a su estatura; pero pierde,
generalmente, algo de su estado social. No puede ya sentirse garantizado por el
mero hecho de poder comprobar su propia existencia en un registro parroquial o
en una Biblia familiar. El místico tiene acaso algo del lunático que ha perdido
su nombre, con todo y conservar su naturaleza, y que olvida enteramente la
especie de hombre que pudo ser. "Hasta hoy he llamado padre a Pietro Bernardone;
pero ahora soy siervo de Dios."
Todas estas profundas materias hemos de insinuarlas con frases breves e
imperfectas; y la más breve exposición de uno de los aspectos de la iluminación
a que nos referimos consiste en decir que es el descubrimiento de una deuda
infinita. Se tendrá probablemente por paradoja decir que un hombre puede
sentirse transportado de gozo al descubrir que tiene una deuda. Pero ello
obedece solamente a que, en el terreno comercial, el acreedor no comparte, por
lo común, los transportes de alegría del deudor; y con mayor razón cuando la
deuda es, según hipótesis, infinita, y, por lo tanto, imposible de saldar. Pero
de nuevo el paralelismo de una simple historia amorosa resuelve la dificultad
como con un rayo de luz. En nuestro caso el acreedor infinito comparte la
alegría del deudor infinito; porque, en realidad, son, ambos a la vez, deudores
y acreedores. En otras palabras: la deuda y la dependencia se convierten en
placeres ante el amor intacto. Usamos de la palabra amor con excesiva vaguedad y
frecuencia en simplificaciones populares como el presente libro; pero aquí la
palabra es realmente la clave. Es la clave de todos los problemas de la
moralidad franciscana que embarazan a la mentalidad moderna; pero, por encima de
todo, es la clave del ascetismo. Constituye la más alta y la más santa de las
paradojas el hecho de que quien sabe muy de veras que no podrá pagar su deuda,
esté pagándola siempre, devolviendo siempre lo que le es imposible devolver, ni
puede esperarlo siquiera; echando siempre cosas a un abismo sin fondo de
insondable gratitud. Los que se crean excesivamente modernos para comprenderlo
son, en realidad, demasiado mezquinos; la mayoría de nosotros somos
excesivamente mezquinos para practicarlo. No somos lo bastante generosos para
ser asee tas; y, podríamos decir, no somos lo bastante geniales para ello. Un
hombre puede sentir la magnanimidad de la renuncia; pero, generalmente, sólo
obtiene un atisbo de ella en su primer amor, como un atisbo del Edén perdido. Y,
tanto si lo vernos como si no, se encierra la verdad en este enigma: que el
mundo entero es una cosa buena y una mala deuda.
Si alguna vez ese amor romántico de condición más singular, que fue la verdad
que sostuvo a los trovadores, llega a pasar de moda y se considera como cosa de
ficción, algunos podremos ver esa incomprensión como la del mundo moderno acerca
del ascetismo. Porque parece concebible que unos bárbaros puedan tratar de
destruir la caballerosidad en el amor, como ciertos bárbaros destruyeron la
caballerosidad en la guerra. Si eso llegase a ocurrir tendríamos la misma suerte
de mofas ininteligentes y de preguntas sin imaginación. Algunos preguntarán qué
especie de mujer egoísta debió de ser la que exigió inhumanamente un tributo en
forma de flores, o cuán avara criatura hubo de ser pidiendo oro sólido en forma
de sortija; del mismo modo que preguntan qué especie de Dios egoísta puede haber
pedido el sacrificio y la negación de sí mismo.
Habrán perdido la clave de todo lo que los enamorados han significado por amor;
y no comprenderán que la renuncia tiene lugar precisamente porque no ha sido
pedida. Pero, tanto si esas cosas menores proyectan luz sobre las mayores como
si no, es absolutamente inútil estudiar cosa tan grande como el movimiento
franciscano a la manera moderna, que murmura contrae el ascetismo sombrío. El
punto esencial acerca de San Francisco está, precisamente, en que fue asceta,
pero no fue sombrío. Tan pronto como se vio derribado de su cabalgadura por la
gloriosa humillación sufrida en su visión de la dependencia del amor divino,
lanzóse al ayuno y a la vigilia exactamente como cuando se lanzó, furioso, a la
batalla. Había abandonado su corcel, pero no hubo alto ni freno en el ímpetu
atronador de su ataque. No se encerraba en él nada negativo; su sistema no era
régimen y estoica sencillez de vida. No era simplemente renuncia de sí mismo en
el sentido de dominio de sí mismo. Era cosa tan positiva como una pasión; tenía
todo el aspecto de ser tan positiva como el placer. El santo devoraba el ayuno
como un hombre el alimento. Se había sumergido en la pobreza como se sumergen
tierra adentro los hombres que cavan locamente en busca de oro. Y es
precisamente la calidad positiva y apasionada de este aspecto de su personalidad
lo que constituye un reto a la mentalidad moderna, en todo el problema de la
persecución del placer. Ahí está, innegablemente, el hecho histórico; y ahí
está, junto a él, otro hecho moral casi igualmente innegable. Es cierto que
prosiguió en su carrera heroica y nada natural desde el momento en que se fue,
vistiendo su camisa de crin, por los bosques invernales, hasta que, en su misma
agonía, deseó yacer desnudo sobre la tierra desnuda para mostrar que nada poseía
y nada era. Y podemos decir, casi con la misma honda certidumbre, que las
estrellas, al pasar sobre aquel cuerpo enjuto y consumido, yaciendo en el suelo
roqueño, pudieron (siquiera una vez en sus brillantes rodeos sobre el mundo de
la humanidad que lucha) contemplar a un hombre feliz.
DE aquella caverna, que fue horno de ardiente gratitud y humildad, salió una de
las personalidades más poderosas, singulares y originales que ha conocido la
historia humana. Era, entre otras cosas, enfáticamente lo que llamamos un
carácter; casi como hablamos de un carácter en una buena novela u obra teatral.
No era únicamente un humanista, sino un humorista; un humorista especialmente
según el antiguo sentido inglés: un hombre que anda siempre de buen humor,
siguiendo su camino y haciendo lo que nadie más haría. Las anécdotas acerca de
él poseen cierta calidad biográfica (cuyo ejemplo más familiar es el doctor
Johnson), que pertenece, en otro sentido, a William Blake y a Charles Lamb. Su
atmósfera puede sólo definirse con una especie de antítesis: todos sus actos
fueron siempre inesperados y nunca inapropiados. Antes de que la cosa sea dicha
o realizada, ni siquiera puede conjeturarse; pero, después, nos damos cuenta de
que es, simplemente, característica. Es sorprendentemente, pero inevitablemente,
individual. Esta calidad de brusca adecuación y de desconcertante consecuencia,
es tan peculiar de San Francisco, que le separa de la mayoría de los hombres de
su tiempo. Se aprende ahora más y más acerca de las sólidas virtudes de la
civilización medioeval, pero aquéllas son más bien cosas sociales que
individuales. El mundo medioeval iba mucho más allá que el mundo moderno en su
sentido de las cosas comunes a todos: la muerte, la luz meridiana de la razón y
la conciencia común que mantiene reunidas a las colectividades. Sus
generalizaciones eran más sanas y más sólidas que las locas teorías
materialistas de hoy día; nadie hubiera tolerado entonces a un Schopenhauer
hacer befa de la vida, o a un Nietzsche vivir únicamente para mofarse. Pero el
mundo moderno es más sutil en su sentido de las cosas no comunes a todos: las
variedades de temperamento y las diferencias que producen los problemas
personales de la vida. Quien sea capaz de pensar por cuenta propia advertirá que
los grandes escolásticos poseían un tipo de pensamiento maravillosamente claro;
pero fue, como deliberadamente, incoloro. Todos están de acuerdo en que el arte
más grande de la Edad Media fue el de los edificios públicos: el arte popular y
comunal de la arquitectura. Pero no era una época a propósito para el arte del
retrato. Y, no obstante, los amigos de San Francisco hallaron el medio de
dejarnos su retrato; algo casi parecido a una devota y amorosa caricatura. Hay
en ella líneas y colores que resultan personales con extraordinaria intención y
agudeza, y sugieren una inversión que era a la vez una conversión. Aun entre los
santos, San Francisco tiene el aspecto de una especie de excéntrico, si se puede
aplicar este vocablo a quien tuvo una excentricidad que consistió siempre en
volverse hacia el centro.
Antes de proseguir la narración de sus primeras aventuras y de la creación de
aquella gran hermandad que fue el principio de una revolución tan beneficiosa,
creo conveniente completar aquí ese imperfecto retrato personal; y, habiendo
intentado en el capítulo anterior una descripción del proceso de transformación
del santo, procuraré añadir al presente unas cuantas notas para describir su
resultado. Por resultado quiero significar el conjunto de aquel hombre después
de sus primeros ensayos de formación; aquel hombre con quien la gente tropezaba
por los caminos italianos con el hábito pardo y ceñido con una cuerda. Pues
aquel hombre (dejando aparte la gracia de Dios) constituye la explicación de
todo lo que luego acaeció: la gente obró de muy distinta manera según lo
encontraron o no en su camino. Si vemos luego un gran tumulto, una apelación al
Papa, grupos de hombres con hábito pardo sitiando las cátedras de autoridad,
decisiones papales, sesiones heréticas, cierto juicio y cierto fallo favorable,
el mundo entero lleno de un nuevo movimiento, la palabra fraile convertida en
cosa familiar por todos los confines de Europa, y si preguntamos por qué
aconteció todo aquello, sólo podremos dar una respuesta aproximada si, de manera
imaginativa, aunque vaga e indirecta, logramos oír una voz humana o ver un
rostro humano debajo de una capucha. La única respuesta que puede darse ante
semejante serie de hechos, es que intervino de por medio Francisco Bernardone; y
hemos de intentar ver, en cierto modo, lo que hubiéramos visto siendo
contemporáneos del santo. Dicho de otro modo: después de algunas insinuaciones
vacilantes acerca de su vida, considerada interiormente, hemos de volver a
observarle en su apariencia; como si el santo fuese un extranjero acercándose
camino arriba, a lo largo de las colinas de Umbría, entre olivares y viñedos.
Francisco de Asís fue de figura delgada, de una delgadez que, unida a su
extraordinaria vivacidad, daba la impresión de una talla pequeña. Fue,
seguramente, más alto de lo que parecía; de mediana estatura, según dicen sus
biógrafos. Era, ciertamente, muy activo, y, considerando los trabajos por que
pasó, debió de ser regularmente robusto. Su tez era morena, del color corriente
en los países meridionales; su barba oscura, fina y puntiaguda, parecida a la
que vemos en los cuadros bajo la capucha de los gnomos; y ardía en sus ojos
aquel fuego que noche y día le consumió. En la descripción de cuanto dijera o
hiciera hay algo que sugiere la idea de que nuestro santo, aun más que la
mayoría de los italianos, tendía naturalmente a una gesticulación vehemente. Si
esto fue cierto, lo era igualmente el hecho de que, aun más que la mayoría de
los italianos, sus ademanes fueron de cortesía y hospitalidad. Y ambas cosas, la
vivacidad y la cortesía, son los signos externos de algo que le separa muy
distintamente de muchos que podrían parecerle más afines de lo que lo son en
realidad. Se ha dicho con razón que Francisco de Asís fue uno de los fundadores
del drama medioeval, y, por lo tanto, del drama moderno. Fue la antítesis misma
de un personaje teatral, en el sentido egoísta; pero, con todo, fue,
eminentemente, un personaje dramático. Este aspecto suyo puede sugerirse mejor
tomando lo que se considera generalmente como cualidad pasiva: lo que suele
llamarse amor a la Naturaleza. Y he aquí que nos vemos obligados a emplear esta
denominación, que es completa. mente inexacta.
San Francisco no fue un amante de la Naturaleza. Esto era, bien debatido, lo que
precisamente no fue. La frase implica una aceptación del universo material. como
un vago ambiente; es decir, una especie de panteísmo sentimental. Durante el
período romántico de la literatura, en la época de Byron y Scott, era bastante
fácil imaginar que un eremita, entre las ruinas de un santuario (con preferencia
bajo el claro de luna) pudiese hallar la paz y un suave deleite en la armonía de
los bosques solemnes y de las estrellas silenciosas, meditando inclinado sobre
algún rollo o volumen policromado, de cuyo carácter litúrgico el autor sólo
sabía cosas un poco vagas. En resumen: el ermitaño podía amar a la Naturaleza
como último término. Y. precisamente, para San Francisco nada había en último
término. Podríamos decir que su mentalidad no tenía último término, como no
fuese, tal vez, la tiniebla divina de cuyo fondo el amor divino llamara, una a
una, a todas las criaturas con su propio color. Él lo veía todo con carácter
dramático, distinto de su ambiente; no de una pieza, como en una pintura, sino
en acción, como en un drama. Un pájaro pasaba volando junto a él como una
flecha; era algo con una historia y un objetivo, si bien objetivo de vida, no de
muerte. Un matorral podía detenerle, igual que un bandido; y, en realidad, el
santo se sentía tan dispuesto a dar buena acogida al bandido como al matorral.
En una palabra: tratamos de un hombre a quien los árboles impiden ver el bosque.
A San Francisco no le gustaba ver en el bosque una masa confusa de árboles.
Necesitaba ver cada árbol como cosa distinta y casi sagrada, por ser criatura de
Dios y, por lo tanto, hermano o hermana del hombre. No le gustaba moverse ante
una decoración usada únicamente como último término, y de la que hubiera podido
decirse, a la manera acostumbrada: "Escena: un bosque." En este sentido podernos
decir que era excesivamente dramático para el drama. El escenario hubiera
cobrado vida en sus obras; las paredes hubieran hablado realmente como Snout el
Calderero, y los árboles echado a andar hacia Dunsinane. Todo se hubiera hallado
en primer término, y aun junto a las candilejas. Todo se convertiría en
personaje. Ésta es la cualidad por la cual, como poeta, fue lo más opuesto al
panteísta. No llamó madre a la Naturaleza; llamaba hermano a un determinado
gorrión o jumento. Si hubiese llamado tía a un pelícano o tío a un elefante
(cosa que pudo hacer), también hubiera querido significar que se trataba de
criaturas individuales, a las que su Creador asignó un lugar concreto, y no de
meras expresiones de la energía evolutiva de las cosas. Por esta razón su
misticismo se halla tan próximo al sentido común de los niños. Un niño comprende
sin dificultad que Dios hizo al perro y al gato; y, no obstante, se da cuenta
exacta de que la creación de los perros y los gatos, sacándolos de la nada,
constituye un proceso misterioso que su imaginación no puede alcanzar. Pero
ningún niño os entendería si mezclarais al perro y al gato con todas las demás
cosas existentes, para formar con ellas un monstruo de mil patas llamado
Naturaleza. El niño se negaría resueltamente a dar fe a la existencia de
semejante animal. San Francisco fue un místico, pero tenía fe en el misticismo,
y no en la mistificación. Como místico, fue enemigo mortal de todos aquellos
místicos que derriten el contorno de las cosas y disuelven un ser en su medio
circundante. Fue un místico de luz de día y de noche cerrada; pero no un místico
del crepúsculo. Fue lo más opuesto a esa especie de visionarios orientales que
sólo son místicos porque su exceso de escepticismo les impide ser materialistas.
San Francisco era, enfáticamente, un realista, usando el vocablo en su sentido
medioeval, mucho más real que el moderno. En este aspecto encarnaba muy
vivamente el mejor espíritu de su época, que acababa de triunfar sobre el
nominalismo del siglo XII. Y en este mismo aspecto existe algo simbólico en el
arte y la decoración de aquel período, como en el arte de la heráldica. Las aves
y las bestias franciscanas tenían bastante analogía con las aves y las bestias
heráldicas; no por ser animales fabulosos, sino porque se consideraban como
hechos claros y positivos no influidos por las ilusiones de la atmósfera y la
perspectiva. En este sentido. el santo veía a un pájaro negro sobre campo azul,
o una oveja de plata sobre campo verde. Pero la heráldica de la humildad fue más
rica que la del orgullo, porque veía todas las cosas que nos ha dado Dios como
algo más precioso que los blasones que príncipes y nobles se otorgan a sí
mismos. De las profundidades de aquel renunciamiento se elevaba a mayor altura
que los más altos títulos de la época feudal; más que el laurel de César, o que
la Corona de Hierro de los Lombardos. Constituye un ejemplo de que los extremos
se tocan el hecho de que el Pobrecillo, que se había despojado de todo y se
llamaba nada a sí mismo, tomase aquel título que fue orgullo extravagante del
pomposo autócrata asiático llamándose Hermano del Sol y de la Luna.
Esta calidad de algo acusado y aun alarmante que veía en las cosas San
Francisco, es importante aquí para ilustrar una característica de su vida. Como
veía dramáticamente todas las cosas, él mismo fue siempre dramático. Por todo
ello hemos de admitir (y apenas hay necesidad de decirlo) que fue un poeta, y
sólo puede comprendérsele corno poeta. Pero poseía un privilegio poético que ha
sido negado a muchos poetas. Por eso podría llamársele el único poeta feliz
entre todos los poetas desventurados del mundo. Era un poeta cuya vida fue, por
entero, un poema. No era tanto un ministril cantando sus canciones, como un
actor capaz de representar su obra hasta el fin. Las cosas que dijo eran más
imaginativas que las que escribió.
Las cosas que hizo lo eran más que las que brotaron de sus labios. Su carrera a
través de la vida produjo una serie de escenas en las que no le faltó nunca la
fortuna de conducir las cosas a un bello desenlace. Hablar del arte de vivir
suena ya más a cosa artificial que artística. Pero San Francisco convirtió, muy
concretamente, la vida en un arte, aun cuando fue un arte impremeditado. Muchos
de sus actos parecerán grotescos y chocantes a quien posea un gusto
racionalista. Pero fueron siempre actos, no explicaciones; y significaron
siempre lo que el santo quiso. La sorprendente viveza con que la vida del santo
se grabó en la memoria y en la imaginación de la humanidad se debe. en gran
parte, al hecho de que se viera tan repetidamente bajo aquellas circunstancias
dramáticas. Desde el momento en que se quitó las ropas y las echó a los pies de
su padre, hasta el en que yació muerto sobre la tierra desnuda, con los brazos
en cruz, su vida fue siempre una serie de actitudes espontáneas y de gestos sin
vacilación. Sería fácil llenar con ejemplos páginas y más páginas; pero
proseguiré en el método que hemos considerado a propósito para esta especie de
bosquejo, y tomaré un ejemplo típico, deteniéndome en él algo más detalladamente
de lo que sería posible en una enumeración de anécdotas, con la esperanza de
aclarar su sentido. El ejemplo a que me refiero ocurrió en los últimos días de
su vida. pero se relaciona, de manera harto curiosa, con su juventud; y así
redondea la notable unidad de aquella historia romántica y religiosa.
La frase en que habla de su fraternidad con el sol y la luna, y con el agua y el
fuego, se encuentra, por supuesto, en su famoso poema llamado Cántico de las
Criaturas, o Cántico del Sol. Lo entonó vagando entre los prados, durante los
días más soleados de su mocedad, cuando elevaba hacia el firmamento todas sus
pasiones de poeta. Es una obra extraordinariamente característica. Podría
reconstruirse mucho de la personalidad de San Francisco con sólo aquella obra.
Aun cuando, bajo ciertos aspectos, se trata de algo tan sencillo y directo como
una balada, hay en ella un delicado instinto de diferenciación. Observad, por
ejemplo, el sentido del sexo en las cosas inanimadas, que va mucho más allá de
los géneros arbitrarios de la gramática. No obró al azar quien llamó hermano al
fuego, valiente, alegre y vigoroso, y hermana al agua, pura, clara y casta.
Recordad que San Francisco no se veía embarazado ni enriquecido con todo aquel
politeísmo griego y romano vuelto en alegoría, que ha constituido a menudo, para
la poesía europea, una inspiración y con excesiva frecuencia, un
convencionalismo. Tanto si ganara como si perdiera con su menosprecio de la
cultura, lo cierto es que nunca se le ocurrió relacionar a Neptuno y a las
ninfas con el agua, o a Vulcano y a los cíclopes con el fuego. Esto comprueba lo
que ya hemos insinuado, o sea que, lejos de constituir un renacimiento del
paganismo, el movimiento franciscano fue una manera de partida alegre y de
despertar, después de un olvido del paganismo. Y hay en ello una especie de
frescor. Sea como fuere, San Francisco fue el fundador de un nuevo folklore;
pero podía distinguir sus sirenas de sus tritones, y sus brujas de sus brujos.
En una palabra, debió forjarse su mitología propia; pero distinguía a primera
vista sus diosas de sus dioses. Ese instinto fantástico de los sexos no es en el
santo el único ejemplo de un instinto imaginativo de tal condición. Se halla la
misma felicidad singular en el hecho de que distingue al sol con un título algo
más cortés que el de hermano; con una frase que pudiera usar un Rey refiriéndose
a otro; algo así como Monsieur Notre ofrece. Es como una vaga sombra semiirónica
de la brillante primacía que ostentara en los cielos paganos. Refiérese que
cierto obispo se lamentó de que un protestante dijera Pablo, en vez de San
Pablo; y añadió: "Debió haberle llamado, siquiera, don Pablo." Así San Francisco
se vio libre de gritar, en alabanza o con terror, "Su Excelencia el dios Apolo",
pero, en sus nuevos cielos de mentalidad infantil, le saludó como a don Sol. En
estas cosas posee una especie de infantilismo inspirado, que sólo puede
compararse con los cuentos de hadas. Algo de aquel respeto nebuloso, pero
saludable, hace que el cuento de Brer Fox y Brer Rabbit se refiera
respetuosamente a don Hombre.
Aquel poema, lleno de alegría juvenil y de recuerdos de infancia, se repite al
correr de su vida como una tonadilla, y saltan trozos de él continuamente en su
conversación habitual. Quizá la última aparición de este lenguaje especial se
realizó en un incidente que me ha parecido siempre muy impresionante, y que
resulta, de todos modos, muy demostrativo de los notables modales y ademanes de
que estoy hablando. Impresiones así son cosas de imaginación, y, en este caso,
de gusto. Es inútil argumentar acerca de ellas, porque su punto esencial está en
que van más allá de las palabras; y aun cuando en ellas se usen palabras,
parecen completadas con algún movimiento ritual, como una bendición o un soplo.
Así, en un ejemplo supremo, hay algo que se hurta a toda descripción. algo como
el lento balanceo y la sombra poderosa de una mano, oscureciendo las mismas
tinieblas del huerto de Getsemaní: "Dormid ahora, y descansad..." Pero hay quien
se atreve a parafrasear y extender la historia de la Pasión.
San Francisco estaba moribundo. Podríamos decir que era anciano cuando aconteció
aquel incidente característico; mas, en realidad, lo era prematuramente, pues no
llegaba a los cincuenta cuando murió, consumido por su vida de Iucha y de ayuno.
Pero a su regreso, después del terrible ascetismo y de la más terrible
revelación del Alvernia, era hombre caído. Según se verá cuando volvamos sobre
aquellos hechos, no fue sólo la enfermedad y el decaimiento corporal lo que pudo
haber ensombrecido su vida; había tenido un desengaño reciente en su importante
misión de acabar las Cruzadas con la conversión del Islam, y un desengaño mayor
ante los síntomas de transigencia y de un espíritu más político o práctico
notado en su propia Orden; había dado a la protesta sus últimas energías. En
aquellas circunstancias le anunciaron que se volvía ciego. Si hemos logrado dar
en este libro siquiera el atisbo más vago de cómo sintió San Francisco la gloria
y el fasto del cielo y de la tierra, la forma heráldica, y el color y simbolismo
de las bestias y las flores, podrá formarse alguna idea de lo que significaba
para él volverse ciego. Y, no obstante, el remedio hubiera podido parecer peor
que la enfermedad. El remedio, aunque considerado inseguro, consistía en
cauterizarle el ojo sin anestésico. En otras palabras, habían de quemarle las
niñas de los ojos con un hierro candente. Muchas de las torturas de los
mártires, que él envidió en el martirologio y buscó inútilmente en Siria, no
podían haber sido peores. Cuando sacaron el tizón del horno, el santo se levantó
como por cortesía, y dijo, dirigiéndose como a una presencia invisible:
"Hermano Fuego: Dios te hizo bello, poderoso y útil; yo te ruego que seas cortés
conmigo."
Si existe realmente lo que se llama el arte de vivir, parece que aquel momento
hubo de ser una de sus obras maestras. A no muchos poetas les ha sido dado
recordar su propia poesía en un momento así; y, aún menos, vivir uno de sus
propios poemas. Hasta el mismo William Blake se hubiera sentido desconcertado
si, mientras releía las nobles líneas: "Tigre, tigre, que ardiente
resplandeces", un tigre de Bengala, real y de gran tamaño, hubiese metido la
cabeza por la ventana de su casa de campo en Felpham con la intención evidente
de arrancar de un mordisco la cabeza del escritor. Hubiera, sin duda, vacilado
antes de saludar cortésmente, y de recitar con calma el poema al cuadrúpedo a
quien iba dedicado. Cuando Shelley ardía en deseos de ser una nube o una hoja
volando en alas del viento, hubiera sentido una singular sorpresa al hallarse de
cabeza, flotando lentamente en el aire, a quinientos metros sobre el mar. Aun el
mismo Keats, sabiendo cuán débil era el lazo que le unía a la vida, se hubiera
turbado al descubrir que el hipocrás auténtico y rojo que acababa de beber
copiosamente, contenía, de verdad, una droga que le aseguraba una muerte sin
dolor a medianoche. Para Francisco no hubo droga alguna, sino mucho dolor. Pero,
entonces, su primer pensamiento fue una de las primeras fantasías de sus cantos
juveniles. Recordó el tiempo en que una llama era para él una flor, si bien la
más gloriosa y de color más alegre entre las flores del vergel divino; y cuando
aquella rosa radiante volvía a él bajo la forma de un instrumento de tortura, la
saludó de lejos como a un viejo amigo, llamándola por su apodo, que, con la
mayor verdad, podría decirse que era su nombre de pila, es decir, su nombre
cristiano.
Esto no es más que un incidente en una vida llena de ellos; y lo he elegido, en
parte porque demuestra lo que aquí se quiso significar al hablar de aquella
sombra de ademán que cobija todas sus palabras, aquel ademán dramático del Sur;
y en parte por su referencia especial a la cortesía que llena el próximo hecho
que hemos de observar.
El instinto popular de San Francisco y su preocupación constante por la idea de
fraternidad. serán del todo incomprendidos si se tornan en el sentido de lo que
se llama a menudo camaradería, ese tipo de fraternidad que prodiga las
palmaditas en la espalda. Tanto de los enemigos como de los partidarios del
ideal democrático, ha partido frecuentemente la idea de que aquella nota es
necesaria a este ideal. Se cree que la igualdad significa que todos los hombres
sean igualmente inciviles, cuando es evidente que significa que sean todos
igualmente civiles. Los que así piensan han olvidado el sentido mismo y los
derivados de la palabra civilidad, si no se dan cuenta de que ser incivil es ser
anticívico. Pero, de cualquier modo, no era aquélla la igualdad que defendió San
Francisco, sino una igualdad opuesta; fue una camaradería fundada, realmente, en
la urbanidad.
Aun en los linderos de aquel mágico país de sus fantasías sobre las flores, los
animales y las mismas cosas inanimadas, conservó su constante actitud de
deferencia. Uno de mis amigos decía de alguien que era capaz de presentar
excusas al mismo gato. San Francisco lo hubiera hecho realmente. Yendo a
predicar en un bosque lleno del canto de los pájaros, dijo, con amable ademán:
"Hermanitos: si ya habéis dicho lo que queréis, dejad ahora que me oigan a mí."
Y todos los pájaros callaron; cosa que yo creo sin esfuerzo. Por razón de mi
propósito especial de hacer inteligibles las cosas al tipo medio de la
mentalidad moderna, he estudiado separadamente el tema de los poderes milagrosos
que San Francisco poseyó con toda certidumbre. Pero, aun aparte cualquier poder
milagroso, hombres de tal naturaleza magnética, con un interés tan intenso por
los animales. ejercen a menudo un poder extraordinario cobre ellos. El poder de
San Francisco se ejercía siempre con aquella complicada cortesía. Mucho tenía,
sin duda, de una especie de chanza simbólica, de piadosa pantomima con la que
ocultaba la distinción vital en su divina misión: o sea, que no sólo amaba, sino
que reverenciaba a Dios en todas sus criaturas. En este sentido aparentaba no
sólo presentar excusas al gato o a los pájaros, sino a una silla por sentársele
encuna; o a una mesa por sentarse a ella. Quien le hubiese seguido durante su
vida sólo para reírse de él, como de un amable lunático, hubiera podido
fácilmente tener la impresión de que se trataba de un lunático que se inclinaba
ante todos los postes, o que se descubría ante todos los árboles. Todo esto
formaba parte de su instinto por la gesticulación imaginativa. Enseñó al mundo
una gran parte de sus lecciones mediante una especie de divino alfabeto
silencioso. Pero si para él existía ese elemento ceremonial aun en las cosas más
pequeñas e insignificantes, su sentido adquiría gravedad mucho mayor en la seria
labor de su vida, que constituyó una apelación a la humanidad, o, mejor dicho, a
los seres humanos.
He dicho que San Francisco, deliberadamente, no veía en el bosque una masa
confusa de árboles. Es todavía más cierto que, deliberadamente, no vio a los
hombres como una masa confusa. Lo que distingue a ese demócrata muy auténtico de
un simple demagogo, es que nunca engañó ni se engañó por la sugestión de las
masas. Cualquiera que fuese su gusto por los monstruos, nunca vio ante él a una
bestia con muchas cabezas. Vio solamente la imagen de Dios multiplicada, pero
nunca monótona. Para él un hombre era siempre un hombre, y no desaparecía en la
espesa multitud, como no desaparecía en el desierto. Honraba a todos los
hombres; esto es: no sólo los amaba, sino que, además, los respetaba. Lo que le
dio su extraordinario poder personal fue precisamente esto: que, desde el Papa
al mendigo, desde el sultán de Siria en su pabellón, hasta los ladrones
harapientos saliendo a rastras del bosque, nunca existió un hombre que mirase
aquellos ojos pardos y ardientes sin tener la certidumbre de que Francisco
Bernardone se interesaba realmente por él, por su propia vida interior, desde la
cuna hasta el sepulcro; que era estimado y considerado seriamente y no añadido a
los restos de una especie de programa social o a los nombres de algún documento
burocrático. Ahora bien: esa idea moral y religiosa de interés humano no tiene
más expresión externa que la cortesía. La exhortación no la expresa, porque no
se trata de mero entusiasmo abstracto; y tampoco la beneficencia, porque no se
trata de simple compasión. Sólo puede comunicarse por una especie de solemnidad
que podría llamarse buenos modales. Podríamos decir, si nos place, que San
Francisco, en la desnuda y mísera simplicidad de su vida, se había asido, sin
embargo, a un jirón de lujo: a las maneras de una corte. Pero mientras en una
corte hay un rey y. cien cortesanos, en esta historia hubo un cortesano entre
cien reyes. Porque trató al conjunto de la masa humana como a una masa de reyes.
Y ésta fue, en verdad, la única actitud con que podía dirigirse directamente a
aquel rincón del alma humana que quiso conmover. No podía lograrse ofreciendo
oro ni pan, pues es cosa proverbial que cualquier truhán puede convertir la
largueza en simple escarnio. No podía lograrse prodigando atención y tiempo,
pues numerosos filántropos y burócratas benévolos lo hacen con escarnio mucho
más frío y horrible en su corazón. Ningún plan, ni proyecto, ni meditado arreglo
pueden volver a un hombre caído el respeto de sí mismo y la convicción de que,
al hablar con otros, habla con un igual. Pero un ademán puede lograrlo.
Con tal ademán se produjo San Francisco de Asís entre los hombres; y pronto se
vio que tenía algo de mágico y que obraba, en doble sentido, como un
encantamiento. Pero su ademán debe tenerse siempre por absolutamente natural;
porque, en realidad, fue casi un ademán de excusa. Hemos de imaginarnos al santo
produciéndose en el mundo como apresurado, con una especie de cortesía
impetuosa, casi con el movimiento de un hombre que doble la rodilla a medias por
prisa y por reverencia. Su rostro ansioso, bajo la parda capucha, era el de
quien siempre se dirige a alguna parte, como siguiendo, además de contemplarlo,
el vuelo de los pájaros. Y este sentido de movimiento encierra, en realidad, la
significación de toda la revolución que llevó a cabo; porque la obra que vamos a
describir participó de la naturaleza de un terremoto o de la erupción de un
volcán, fue una explosión que lanzó al aire con energía dinámica las fuerzas
acumuladas durante diez siglos en la fortaleza o el arsenal monásticos, y
desparramó pródigamente todas aquellas riquezas hasta los confines del mundo. En
mejor sentido del que suele expresar la antítesis, puede decirse en verdad que
lo que San Benito guardaba lo repartió San Francisco; pero, en aquel mundo de
las cosas espirituales, el grano que se conservaba en los graneros se desparramó
por el mundo convertido en simiente. Los siervos de Dios que habían sido
guarnición sitiada, se convirtieron en ejército invasor; los caminos del mundo
resonaban con el paso atronador de su avance; y en la lejanía, a la cabeza de
aquellas huestes siempre aumentadas, marchaba un hombre cantando; y cantaba con
la misma sencillez que aquella mañana en los bosques invernales, cuando anduvo
en la soledad.
EN cierto sentido, indudablemente, dos hombres constituyen compañía y tres no;
pero también existe otro sentido según el cual tres constituyen compañía y
cuatro no, como lo prueban una serie de figuras históricas y novelescas
moviéndose de tres en fondo, a la manera de los Tres Mosqueteros, o de los Tres
Soldados de Kipling. Pero existe todavía otro sentido diferente según el cual
cuatro hombres constituyen compañía y tres no, si usamos la palabra compañía en
el sentido más vago de grupo o masa. Con el cuarto hombre entra la sombra de una
multitud; el grupo ya no es de tres individuos, considerados sólo
individualmente. Aquella sombra del cuarto hombre cayó en la pequeña ermita de
la Porciúncula, cuando uno llamado Egidio, con aspecto de pobre trabajador, fue
invitado por San Francisco a entrar. Se sumó sin dificultad al mercader y al
canónigo, que ya se habían convertido en compañeros de Francisco; pero con su
llegada, se atravesó una frontera invisible; pues debió de advertirse entonces
que el aumento de aquel pequeño grupo se había convertido potencialmente en
infinito, o, al menos, que su contorno sería ya siempre indefinido. Debió de ser
por el tiempo de aquella transición cuando Francisco tuvo otro de sus sueños
lleno de voces; pero ahora las voces eran clamor de lenguas de todas las
naciones: franceses e italianos, ingleses y españoles y alemanes, proclamando la
gloria de Dios en su propia lengua, como en un nuevo Pentecostés y en una Babel
más venturosa.
Antes de describir las primeras gestiones del santo para organizar su grupo, es
conveniente dar una idea, aunque somera, de cómo el santo concebía lo que su
grupo debía ser. No llamó monjes a sus seguidores, y no resulta claro, al menos
por aquel entonces, que mantuviera el propósito de que lo fuesen. Les dio un
nombre que suele traducirse por Frailes Menores; pero nos acercaremos más a la
atmósfera de su mentalidad si lo traducimos casi literalmente así: Hermanitos.
Probablemente, ya había entonces resuelto que hiciesen los tres votos de
pobreza, castidad y obediencia que siempre constituyeron la característica del
monje. Ahora bien, parece que no temía tanto la idea de monje como la de
sacerdote secular. Temía que las grandes magistraturas espirituales, que daban
aun a sus titulares más santos por lo menos una especie de orgullo impersonal y
corporativo, implicaría un elemento de pomposidad que malograría su extremada y
casi extravagantemente sencilla versión de la vida humilde. Pero la suprema
diferencia entre su disciplina y la del antiguo sistema monástico estriba,
naturalmente, en la idea de que los monjes debían convertirse en emigrantes y
casi nómadas, en vez de ser sedentarios. Debían mezclarse con el mundo; y a
esto, un monje que sintiera con mayor intensidad la costumbre antigua,
replicaría, naturalmente, preguntando cómo podrían mezclarse con el mundo sin
verse entorpecidos por él. Sería una pregunta mucho más importante de lo que
puede presumir una religiosidad superficial; pero San Francisco poseía una
respuesta a ella, muy suya; y el interés del problema estriba en esta respuesta
sumamente personal.
El buen obispo de Asís se horrorizó ante la áspera vida que llevaban los frailes
en la Porciúncula, sin comodidades, sin bienes, comiendo lo que encontraban y
durmiendo de cualquier modo sobre el suelo. San Francisco le contestó con esa
curiosa y casi aplastante rudeza que los no mundanos pueden manejar a veces como
una maza de piedra. Díjole:
"Si poseyéramos bienes nos serían indispensables
armas y leyes para defenderlos."
Esta frase constituye la clave de toda la política que persiguió. Se apoyaba
sobre un fundamento de lógica irrebatible; y, con respecto a ella, nunca dejó de
ser lógico. Estaba dispuesto a confesar su error en cualquiera otra materia;
pero en cuanto a esta regla especial estaba seguro de que tenía razón. Sólo en
una ocasión viósele iracundo, y fue cuando le propusieron una excepción a esta
regla.
He aquí el argumento de San Francisco: el hombre elegido debe ir por todas
partes y con gentes de cualquier condición, aun de las peores,
mientras nada exista en él por donde puedan asirle. Si tuviese ataduras o
necesidades terrenas como los hombres corrientes, se convertiría en hombre
corriente. San Francisco era el menos capaz de tener en menor estima a los
hombres corrientes por el hecho de serlo. Su afecto y admiración por ellos es
muy probable que nunca sean igualados. Pero, por razón de su especial propósito
de conmover al mundo con un nuevo entusiasmo espiritual, vio con claridad lógica
(opuesta precisamente a la claridad fanática o sentimental) que los frailes no
debían convertirse en hombres corrientes; que la sal no debía perder su sabor
propio ni al mezclarse con el alimento cotidiano de la humana naturaleza. Y la
diferencia entre un fraile y un hombre corriente estaba, en realidad, en que el
fraile gozaba de libertad mayor. Era necesario que se viese libre del claustro;
pero importaba todavía más que se viese libre del mundo. Es cosa de alto sentido
común decir que, en cierto aspecto, el hombre corriente no puede o no debiera
verse libre del mundo. El mundo feudal, especialmente, era un sistema
laberíntico de dependencias; pero no sólo el mundo feudal engendró al mundo
medioeval, sino que el mundo medioeval engendró al mundo entero; y el mundo
entero está lleno de ese hecho de las dependencias sociales. La vida de familia,
tanto como la vida feudal, es, por naturaleza, un sistema de dependencias. Los
sindicatos modernos, tanto como las antiguas corporaciones, son
interdependientes con objeto de ser independientes de los demás. En la vida
medioeval como en la moderna, donde existen tales limitaciones en beneficio de
la libertad, hay en éstas un elemento considerable de azar. Son, en parte, fruto
de las circunstancias; a veces, resultado casi inevitable de ellas. Así, el
siglo XII había sido la época de los votos; y la actitud feudal del voto
encerraba algo de relativa libertad, ya que nadie exigiría voto a los esclavos
ni a los azadones. Prácticamente, un hombre partía entonces a la guerra para
defender la antigua casa de la Columna, o seguía en pos de algún príncipe
militar, en gran parte porque había nacido en determinada ciudad o campiña. Pero
nadie debía obedecer al pequeño Francisco, el del viejo hábito pardo, sino por
libre voluntad. El que esto hiciera quedaba relativamente libre aun en sus
mismas relaciones con el jefe elegido, comparándose con el mundo que le rodeaba.
Debía ser obediente, pero no dependiente. Y era tan libre como el viento, casi
exageradamente libre, en relación con el mundo que le circundaba. Aquel mundo,
según ya hemos observado, era una red de formas feudales y familiares y de otras
formas de dependencia. La idea global de San Francisco consistía en que los
frailes fuesen como peces que pueden entrar y salir libremente de la red.
Pudieron hacerlo precisamente porque eran peces menudos, y, en tal sentido, aun
peces resbaladizos. Nada tenían en ellos para que el mundo pudiese asirlos, pues
el mundo nos ase, generalmente, por los bordes de nuestros vestidos, por las
exterioridades fútiles de nuestras vidas. Más tarde dijo uno de los
Franciscanos: "Un fraile no debe poseer nada más que su arpa", queriendo
significar, supongo, que a nada debía dar valor sino a su canto, con el cual era
su oficio dar serenatas, a guisa de ministril, en cada castillo y en cada casa
de labriegos: el canto de la alegría del Creador en su creación, y de la belleza
de la fraternidad humana. Al imaginar la vida de aquella especie de visionario
vagabundo, podemos ya echar una ojeada sobre el aspecto práctico de ese
ascetismo que choca a quienes se consideran a sí mismos como gente práctica.
Para pasar entre barrotes y salir de la jaula, se impone que uno sea delgado; y
debe tenerse el cuerpo ligero para poder andar tan de prisa y tan lejos. Todo el
cálculo de aquella astucia inocente, por decirlo así, estaba en que el mundo
debía verse flanqueado y burlado por él, encontrándose en la perplejidad de no
saber qué hacer con él. No podía rendirse por hambre a quien siempre ayunaba. No
podía arruinarse y reducir a la mendicidad a quien va era un mendigo. Y se
hallaba sólo una satisfacción muy tibia en darle bastonazos, por cuanto él
contestaba sólo con pequeños brincos y gritos de alborozo, ya que la indignidad
era su dignidad única. No podía ponerse una soga en torno a su cabeza sino a
riesgo de que la soga se convirtiese en halo.
Pero importaba de manera especial una diferencia entre los monjes antiguos y los
nuevos frailes, en lo que atañe al aspecto práctico y a la prontitud de su
acción. Las antiguas comunidades, con sus moradas fijas y su existencia cerrada,
tenían las limitaciones de las casas de familia corrientes. Por muy sencilla que
fuese su vida, debían tener un número determinado de celdas, o de camas, o,
siquiera, un determinado espacio cúbico para un número determinado de hermanos;
su número, por lo tanto, dependía del terreno y de los edificios. Pero, desde el
momento en que cualquiera podía ser Franciscano con sólo prometer que se
contentaría con comer las fresas del camino, o con pedir un mendrugo en una
cocina, con dormir bajo un repecho, o con estarse pacientemente sentado en un
peldaño, no existía ninguna razón económica por la cual no pudiese contarse con
un número indefinido de tales entusiastas excéntricos, en tiempo muy breve. Debe
recordarse también que el conjunto de aquel rápido desarrollo estaba lleno de
cierto optimismo democrático, que constituía, realmente, una parte del carácter
de San Francisco. Su ascetismo mismo era, en cierto modo, una culminación de
optimismo. Mucho pedía de la naturaleza humana, no porque la despreciase, sino
más bien porque confiaba en ella. Mucho esperaba de los hombres extraordinarios
que le seguían; pero también esperaba mucho de los hombres corrientes a quienes
los enviaba. Pedía alimento a los seglares tan confiadamente como pedía ayuno a
los frailes. Pero confiaba en la hospitalidad de los hombres, porque
consideraba, realmente, cada casa como la de un amigo. Amaba y honraba a los
hombres corrientes y a las cosas corrientes, y podernos decir, en verdad, que
envió hombres extraordinarios a los demás hombres para animarlos a ser hombres
corrientes.
Esta paradoja podrá ser explicada y desarrollada con mayor precisión cuando
tratemos del interesante tema de la Orden Tercera, que tenía por objeto
contribuir a que los hombres corrientes fuesen corrientes con extraordinaria
alegría. El punto que ahora nos interesa está en la audacia y sencillez del plan
franciscano al acuartelar a su ejército espiritual entre el pueblo; no por
fuerza, sino por persuasión, aun por la persuasión misma de la impotencia. Era
un acto de confianza y, por lo tanto, de elogio. Y tuvo un éxito completo.
Constituía un ejemplo de algo que fue siempre peculiar de San Francisco: una
especie de tacto que parecía buena fortuna, porque era simple y directo como un
rayo. Existen numerosos ejemplos, en sus relaciones particulares, de esta
especie de tacto sin tacto; de esta victoria sorprendente obtenida dando en el
mismo corazón de las cosas. Refiérese que un fraile joven sufría de unos enojos,
fruto intermedio de morbosidad y de humildad (bastante común en los jóvenes y en
quienes rinden culto a los héroes), por habérsele metido en la cabeza que su
héroe le odiaba o que menospreciaba, al menos. Podemos imaginarnos con qué tacto
los diplomáticos sociales procurarían evitar las escenas y las emociones, con
qué cautela los psicólogos examinarían y tratarían casos análogos. Francisco se
dirigió de improviso hacia aquel joven, que era, naturalmente, reservado y
silencioso como una tumba, y le dijo:
"No te turbes en tus pensamientos, porque eres de los que quiero, y aun de los
que quiero más. Ya sabes que te considero digno de mi amistad y compañía; así,
pues, ven a mí confiadamente siempre que te plazca, y, de la amistad, aprende la
fe."
Del mismo modo que a aquel muchacho enfermo, Francisco habló a toda la
humanidad. Siempre daba en el meollo de las cosas; aparecía siempre con más
razón y sencillez que la persona a quien hablaba. Parecía, a un tiempo, no estar
en guardia y apuntar al corazón. Había algo en semejante actitud que desarmaba
al mundo como no ha vuelto a ser desarmado. Nuestro santo fue mejor que los
demás hombres; fue un bienhechor de los demás hombres y, no obstante, nadie le
odió. El mundo entraba en la Iglesia por una puerta más nueva y más próxima; y
aprendió la fe a través de la amistad.
Cuando el pequeño grupo de la Porciúncula era todavía tan reducido que podía
reunirse en una pequeña habitación, San Francisco decidió dar su primer golpe
importante y aun sensacional. Se dice que no había más de doce Franciscanos en
el mundo entero, cuando decidió marcharse a Roma y fundar la Orden Franciscana.
Al parecer, ese dirigirse a la lejana y suprema jerarquía eclesiástica no se
consideró por todos como cosa necesaria; y seguramente hubiera podido resolverse
algo bajo la autoridad del obispo de Asís y la clerecía local. Parecía aun más
probable que algunos considerasen innecesario molestar al tribunal supremo de la
Cristiandad para elegir el nombre que quisieran darse una docena de hombres
reunidos por azar. Pero Francisco era obstinado y estaba como ciego acerca de
este punto; y su brillante ceguera es extraordinariamente característica. Un
hombre como él, que se satisfizo de pequeñas cosas, que llegó a amar las
pequeñas cosas, no pudo nunca sentir como nosotros en lo que atañe a la
desproporción entre cosas pequeñas y grandes. Nunca vio las cosas según la
escala corriente a nuestro sentido, sino con una vertiginosa desproporción que
hace rodar la cabeza. Parece, a veces, simplemente, sin perspectiva, como un
mapa medioeval de alegre policromía; pero después vuelve a parecer como
desligado de todo, a la manera de un grabado en la cuarta dimensión. Refiérese
que el santo hizo un viaje para entrevistarse con el Emperador, entronizado
entre sus ejércitos, bajo el águila del Sacro Imperio Romano, e interceder por
las vidas de unos pajarillos. San Francisco era muy capaz de presentarse ante
cincuenta emperadores para interceder en favor de un solo pájaro. Partió con
sólo dos compañeros para convertir al mundo musulmán. Y salió con once
compañeros a pedir al Papa que creara un nuevo mundo monástico.
El gran papa Inocencio III, según refiere San Buenaventura, se paseaba en la
terraza de San Juan de Letrán, sin duda meditando las grandes cuestiones
políticas que turbaron su pontificado, cuando se le presentó de improviso un
hombre vistiendo traje campesino, que él tuvo por una especie de pastor. Al
parecer, lo despachó con la conveniente prisa, imaginando tal vez que se trataba
de un pastor Ioco. Sea como fuere, no pensó más en él hasta que - según dice el
gran biógrafo franciscano - tuvo aquella noche un sueño singular. Le pareció ver
el enorme y antiguo templo de San Juan de Letrán, sobre cuyas altas terrazas se
paseara tan seguro, inclinándose horriblemente bajo el cielo, como si todas sus
cúpulas y torreones cediesen al ímpetu de un terremoto. Volvió a mirar luego, y
vio que una figura humana sostenía todo el templo, a manera de viviente
cariátide; y aquella era la figura del pastor o campesino harapiento a quien
volviera la espalda en la terraza. Tanto si ello fue imagen como si fue
realidad, constituye un símbolo muy exacto de la simplicidad brusca con que
Francisco conquistó la atención y el favor de Roma. Según parece, su primer
amigo fue el cardenal Giovanni di San Paolo, que habló en favor del ideal
franciscano ante un cónclave de Cardenales convocado al efecto. Es interesante
observar que las dudas que dicho ideal suscitó fueron, principalmente, acerca de
si la regla era demasiado áspera para la humanidad, pues la Iglesia católica
está siempre en vela contra el ascetismo excesivo y sus peligros. Al decir que
era excesivamente áspera, quisieron significar, probablemente, que era
excesivamente peligrosa. Ya que lo que distingue aquella innovación, con
relación a las instituciones monásticas más antiguas, es cierto elemento que no
puede llamarse más que peligro. En cierto sentido, el fraile era lo más opuesto
al monje. El valor del antiguo sistema monástico radicaba en que el sistema fue
no sólo un descanso moral, sino un descanso económico. De aquel reposo nacieron
las obras que el inundo nunca agradecerá bastante: la conservación de los
clásicos, la iniciación del arte gótico, los proyectos científicos y
filosóficos, los manuscritos iluminados y los cristales policromos.
Era rasgo característico del monje el tener resuelto su problema económico;
sabía dónde encontrar su cena, aunque fuese una cena muy frugal. Pero lo
característico en un fraile era que no sabía dónde encontrar su cena. Siempre
existía para él la posibilidad de no encontrarla. Había en ello algo novelesco,
como para los gitanos o los aventureros. Pero había también algo de tragedia
posible, como para el vagabundo o el jornalero eventual. Así pues, los
Cardenales del siglo XIII moviéronse a compasión ante aquel puñado de hombres
que por libre voluntad elegían un estado del que los mendigos del siglo XX se
ven arrancados por la fría coerción policíaca.
El cardenal San Paolo, según parece, argumentó de este modo: podía tratarse de
una vida áspera, pero, al fin y al cabo, era la que el Evangelio describía como
ideal; señalad todas las limitaciones que juzguéis prudentes o humanas a este
ideal, pero no vayáis a decir que los hombres no alcanzarán dicho ideal., si
pueden alcanzarlo. Veremos la importancia de esta argumentación cuando lleguemos
a aquel aspecto más elevado de la vida de San Francisco, que puede llamarse la
imitación de Cristo. El resultado de la discusión fue que el Papa concedió su
aprobación verbal al proyecto, prometiendo una ratificación definitiva si el
movimiento alcanzaba proporciones más considerables. Es probable que Inocencio,
que no era hombre de mentalidad ordinaria, abrigase muy pocas dudas acerca de
aquel desarrollo ulterior; pero, sea como fuere, si dudas tuvo, no pudo tenerlas
mucho tiempo. El período inmediato de la historia de la Orden es, simplemente,
la descripción de nuevas multitudes agrupándose en torno de su estandarte; y,
como ya hemos observado, una vez iniciado el desarrollo de la Orden, podía ir
aumentando con rapidez mucho mayor que cualquier otro tipo de asociación que
requiriese fondos corrientes y edificios públicos. Ya la vuelta de los doce
primeros frailes, después de la audiencia pontificia, parece que constituyó como
una procesión triunfal. Se refiere que, especialmente en cierto lugar, salió la
población entera de una ciudad, con hombres, mujeres y niños, abandonando sus
tareas, riquezas y viviendas, y solicitó ser admitida inmediatamente en el
ejército de Dios. Según esta anécdota, fue entonces cuando San Francisco
vislumbró, por vez primera, la idea de la Tercera Orden, que permitiese
compartir el movimiento franciscano sin abandonar las moradas y costumbres de la
humanidad normal. De momento, importa más considerar este hecho como un ejemplo
del tumulto de conversión que llenaba ya todos los caminos de Italia. Era un
mundo de idas y venidas; de frailes pasando constantemente por carreteras y
atajos, con el fin de asegurar a quienquiera que, por azar, se cruzara en su
camino, que podía vivir su aventura espiritual. La Orden Primera de San
Francisco había entrado ya en el campo de la Historia.
Este esquema superficial puede sólo redondearse con una breve descripción de las
órdenes Segunda y Tercera, aun cuando fueron fundadas más tarde y en épocas
distintas. La Segunda fue una orden para mujeres, y debió, por supuesto, su
existencia, a la bella amistad entre San Francisco y Santa Clara. No existe otra
historia acerca de la cual anden más desorientados y engañados los críticos de
otro credo (aun los más indulgentes). Pues no existe otra historia que patentice
más claramente la prueba sencilla que he tomado como fundamental en el curso de
la presente crítica. En mi opinión, lo que ocurre a aquellos críticos es que se
niegan a creer que unos amores celestiales puedan ser tan reales como unos
amores terrenos. Desde el momento en que se consideran reales, como unos amores
terrenos, queda resuelto el enigma. Una muchacha de diecisiete años, llamada
Clara, y perteneciente a una de las más nobles familias de Asís, sentía gran
entusiasmo por la vida monástica; y Francisco ayudóla a huir de su casa para
entrar en la vida monástica. Si nos place decirlo así, ayudóla a fugarse al
claustro, arrostrando a sus padres, como él había arrostrado a su progenitor. La
escena reúne, en verdad, muchos de los elementos de una fuga romántica
corriente, ya que la muchacha se escapó por una abertura practicada en la pared,
huyó a través del bosque, y fue recibida a medianoche con antorchas encendidas.
Aun la señora Oliphant, en su bello y delicado estudio sobre San Francisco, lo
llama "un incidente que a duras penas puede ser referido con satisfacción".
Ahora bien: sólo una cosa diré acerca de aquel incidente. Si se hubiese tratado,
en realidad, de una fuga romántica, y la muchacha hubiera acabado en novia, en
vez de acabar en monja, casi toda la opinión moderna la hubiera convertido en
heroína. Si la intervención del Fraile con relación a Clara, hubiese sido la
intervención de aquel otro Fraile con relación a Julieta, todo el mundo hubiera
simpatizado con ella, exactamente como con Julieta. No es concluyente decir que
Clara sólo tenía diecisiete años. Julieta sólo tenía catorce. En aquellos
tempranos tiempos de la Edad Media las jovencitas se casaban y los jovencitos
combatían; y una muchacha de diecisiete años, en el siglo XIII, ya era lo
bastante mayor para saber lo que hacía. Quien estando en su cabal juicio
considere los hechos ulteriores, no tendrá sombra de duda respecto a que Santa
Clara supo lo que hacía. Pero el punto importante, de momento, está en que el
romanticismo moderno aprueba que se arrostre la voluntad paterna cuando se hace
en nombre del amor romántico; pues sabe que el amor romántico es una realidad,
pero ignora que el amor divino lo sea. Algo pudieron haber dicho los padres de
Clara; algo pudo haber dicho Pedro Bernardone. Del mismo modo, mucho hubieran
podido decir los Montesco o los Capuleto; pero el mundo moderno no quiere que lo
digan, ni decirlo. El hecho es que tan pronto como admitimos, siquiera a guisa
de hipótesis momentánea, lo que San Francisco. y Santa Clara admitieron siempre
como cosa absoluta, o sea, que existe una directa relación con Dios, más
gloriosa que cualquier romanticismo, la historia de la fuga de Santa Clara se
convierte, simplemente, en romance felizmente terminado; y San Francisco es el
San Jorge, o el caballero andante que le da su desenlace feliz. Y, dado que
algunos millones de hombres y mujeres han vivido y han muerto considerando
aquella relación como una realidad, no podrá ser tenido por muy filósofo quien
no pueda considerarla siquiera como una hipótesis.
Por lo demás, hemos de admitir, al menos, que ningún partidario de lo que se
llama la emancipación de las mujeres lamentará la rebelión de Santa Clara. Ella
vivió muy realmente, según expresión corriente en la jerga moderna, su propia
vida, la vida que apeteciera, distinta de la que le hubieran obligado a vivir
las órdenes paternas y los arreglos convencionales. Se convirtió en fundadora de
un gran movimiento femenino que todavía conmueve al mundo profundamente; y Santa
Clara ocupa un lugar entre las grandes mujeres de la Historia. No resulta
evidente que hubiese podido alcanzar tal grandeza realizando una boda precedida
de fuga, o quedándose en casa y haciendo un mariage de convenance. Tal es lo que
puede decir cualquier persona sensata, considerando el caso sólo exteriormente;
y no abrigo intención alguna de considerarlo en el fondo. Si puedo dudar con
razón de que yo sea digno de escribir una sola palabra acerca de San Francisco,
necesitaré, ciertamente, de palabras mejores que las mías para hablar de la
amistad entre San Francisco y Santa Clara. He observado a menudo que los
misterios de esta historia se expresan mejor simbólicamente en ciertas actitudes
y ademanes silenciosos. Y no conozco símbolo mejor que el que halló muy
felizmente la leyenda popular, cuando refiere que, una noche, los habitantes de
Asís, viendo un gran resplandor, imaginaron que los árboles y el convento eran
presa de las llamas, y salieron a toda prisa para apagar el incendio. Pero, una
vez dentro, lo encontraron todo muy sosegado, y vieron a San Francisco partiendo
el pan con Santa Clara, en una de sus raras visitas, y discurriendo acerca del
divino amor. Sería difícil hallar un símbolo más imaginativo, para representar
una especie de pasión completamente pura y espiritual, que aquel halo rojo en
torno de las figuras extáticas sobre la colina: una llama que se alimentaba de
la nada y que inflamaba el aire mismo.
Pero si la Segunda Orden fue el recuerdo de un amor tan poco terrenal, la Orden
Tercera fue un recuerdo no menos sólido de una simpatía muy sólida por los
amores terrenos y las vidas terrenas. El conjunto de este hecho de la vida
católica: las órdenes seglares en contacto con las órdenes religiosas, es cosa
muy poco comprendida en países protestantes, y de la cual la historia
protestante habla muy poco. La visión que hemos insinuado tan superficialmente
en las presentes páginas, nunca fue patrimonio exclusivo de los monjes, ni aun
de los frailes. Ha sido inspiración de innúmeras multitudes de hombres y mujeres
casados, que vivían como nosotros, pero de manera completamente distinta.
Aquella gloria matutina que San Francisco extendió por cielo y tierra, se ha
posado, como un secreto brillar del sol, sobre multitud de techos, y en multitud
de aposentos. En sociedades como la nuestra, nada se sabe de aquel séquito
franciscano. Nada se sabe de los oscuros seguidores del santo, y es posible que
menos se sepa de los seguidores más conocidos. Si nos imaginamos ver por la
calle una procesión de la Orden Tercera de San Francisco, las figuras famosas
nos sorprenderán más que las singulares. Porque sería como el desenmascaramiento
de alguna poderosa sociedad secreta. Allí cabalga San Luis, el gran rey, señor
de la alta justicia, cuyas balanzas se inclinan en favor del pobre. Y Dante,
coronado de laurel, el poeta que en su vida de pasiones cantó las alabanzas de
Nuestra Señora la Pobreza, cuyo traje gris está, por dentro, forrado con púrpura
gloriosa. Serían revelados grandes nombres de toda suerte, aun de los siglos más
recientes y racionalistas: el gran Galvani, por ejemplo, el padre de la
electricidad, el mago que ha construido tantos modernos sistemas de estrellas y
de sonidos. Un séquito tan variado bastaría para probar que San Francisco no
carecía de simpatía por los hombres corrientes, si no lo demostrara el conjunto
de su vida.
Pero, realmente, su vida lo probó, y, probablemente, en un sentido más sutil.
Creo que existe algo de verdad en la insinuación de uno de sus biógrafos
modernos, cuando dice que sus pasiones naturales eran singularmente normales, y
aun nobles, por cuanto se dirigían hacia cosas que no eran ilícitas en sí, sino
sólo para el santo. No ha existido hombre en el mundo a quien con menos
propiedad pudiéramos aplicar la palabra "nostalgia". Aunque su temperamento
tenía mucho de romántico, nada tuvo de sentimental. No era lo bastante
melancólico para ello. Era de temperamento demasiado rápido e impetuoso para
turbarse con dudas y consideraciones acerca de su carrera; pero se reprochaba
duramente por no llevar una marcha más veloz. Parece cierto que cuando luchó con
el demonio, como todo hombre que merezca ser llamado tal, las tentaciones
debieron de referirse especialmente a aquellos instintos saludables que el santo
hubiera aprobado en los demás; no tuvieron semejanza alguna con aquel paganismo,
horriblemente pintarrajeado, que mandó a sus cortesanos demoníacos para tentar a
San Antonio en el desierto. Si San Francisco hubiese optado por complacerse,
hubiera sido con placeres más sencillos. Se inclinaba más al amor que a la
lujuria, y no por tentaciones extravagantes, sino con sólo oír unas campanas
tocando a boda. Esto se observa en aquella historia singular de cómo desafió al
demonio modelando figuras de nieve y gritando que ellas le bastaban por esposa y
por hijos. Esto se observa en la frase que pronunció cuando temía no verse libre
de pecado: "Puedo, no obstante, tener hijos", como pensando más en los niños que
en la mujer. Y esto, si fuese cierto, daría un retoque final a la verdad acerca
de su carácter. Tenía tanto de espíritu matinal, de cosa curiosamente joven y
nítida, que, aun lo malo, en él, era bueno. Como de otros se dijo que en sus
cuerpos la luz fue tinieblas, puede decirse de aquel espíritu luminoso que las
mismas sombras de su alma fueron luz. El mismo mal no podía llegar a él sino
bajo la forma de un bien prohibido, y sólo pudo ser tentado con un sacramento,
NADIE que posea la libertad de la Fe podrá caer en aquellas singulares
extravagancias de los Franciscanos fundados posteriormente y disidentes, mejor
dicho, los Fraticelli, que quisieron concentrarse por entero en San Francisco,
considerándolo como un segundo Cristo, creador de un nuevo Evangelio. En
realidad, semejante idea convierte en absurdos todos los motivos de la vida que
estudiamos; pues nadie alabará reverentemente lo que se propone rivalizar, ni
siquiera se propondrá seguir lo que tiene por objetivo suplantar. Por el
contrario, según se verá más adelante, este pequeño estudio más bien insistirá
en que fue precisamente la sagacidad papal lo que salvó el gran movimiento
franciscano para el mundo y la Iglesia católica, y lo libró de acabar en una
especie de secta desabrida y secundaria de las que se llaman nueva religión.
Todo lo que aquí escribimos debe entenderse no sólo como distinto, sino como
diametralmente opuesto a la idolatría de los Fraticelli. La diferencia entre
Cristo y San Francisco fue la diferencia entre el Creador y la criatura; y, por
cierto, no existió criatura más consciente de este contraste colosal, que el
mismo San Francisco. Pero, admitida esta verdad, es cosa perfectamente cierta y
de importancia vital que Cristo fue el dechado que San Francisco se propuso
imitar, y que, en muchos puntos, sus vidas humanas e históricas fueron
curiosamente coincidentes; y, por encima de todo, que, comparándolo con muchos
de nosotros, San Francisco es una aproximación muy sublime de su Maestro, y, con
todo y ser un intermediario y un reflejo, constituye un espléndido y piadoso
Espejo de Cristo. Y esta verdad sugiere otra que, en mi opinión, no ha sido
apenas observada, y constituye, precisamente, un argumento muy sólido para
demostrar que la autoridad de Cristo ha sido continua en la Iglesia católica.
El cardenal Newman, en su obra apologética, extraordinariamente vívida, escribió
una frase que podría constituir la pauta de lo que queremos significar cuando
decimos que el credo de San Francisco tiende a la lucidez y a la valentía
lógica. Hablando de la facilidad con que la verdad puede parecerse a su propia
sombra o impostura, dijo: "Y si el Anticristo es como Cristo, supongo que Cristo
es como el Anticristo." Un sentimiento religioso algo sencillo puede encontrar
chocante el final de la frase; pero nadie podrá objetar contra ella, sino el
lógico que dijo que César y Pompeyo eran muy parecidos, especialmente Pompeyo.
Chocará mucho menos si digo aquí lo que muchos tenemos olvidado: que si San
Francisco fue como Cristo, Cristo, en igual sentido, fue como San Francisco. Y
mi argumento actual consiste en que es cosa muy instructiva darse cuenta de que
Cristo era como San Francisco. He aquí lo que quiero significar: que si se
encuentran ciertos enigmas y frases difíciles en aquella historia de Galilea, y
se da con la respuesta de aquellos enigmas en la historia de Asís, ello
demuestra, en realidad, que ha sido transmitido un secreto en una sola tradición
religiosa, y en ninguna otra; demuestra que el arca cerrada en Palestina puede
ser abierta en Asís, porque es la Iglesia quien guarda las llaves.
Ahora bien: mientras siempre pareció cosa natural explicar a San Francisco a la
luz de Cristo, no se les ha ocurrido a muchos explicar a Cristo a la luz de San
Francisco. Acaso la palabra "luz" no sea aquí metáfora propia; pero idéntica
verdad se implica en la metáfora corriente del espejo. San Francisco es espejo
de Cristo un poco como la luna es espejo del sol. La luna es mucho menor que el
sol, pero también está mucho más cerca de nosotros; y, siendo menos brillante,
resulta más visible. En idéntico sentido San Francisco se halla más próximo a
nosotros; y, siendo un simple hombre como nosotros, resulta así más imaginable.
Abrigando, necesariamente, menor cantidad de misterio, no nos habla tanto de
misterios. Y, no obstante, resulta patente que muchas pequeñas cosas que parecen
misterios en boca de Cristo, semejarían simples paradojas características en
boca de San Francisco. Parece natural releer aquellos incidentes más remotos con
la ayuda de los más recientes. Es cosa exacta decir que Cristo vivió antes que
la Cristiandad; y de ello se colige que, como figura histórica, fue una figura
de la historia pagana. Quiero decir que su medio no fue el de la Cristiandad,
sino el del antiguo Imperio pagano; y sólo por esto, dejando aparte la distancia
del tiempo, se colige que sus circunstancias nos sean más ajenas que las de
cualquier monje italiano que hoy pudiéramos encontrar. Supongo que aun el
comentario más autorizado sólo puede estar seguro a duras penas del valor
corriente o convencional de todas las palabras y frases de Cristo, de las que,
unas, pudieron parecer alusión corriente, y otras, fantasía singular. Su texto
arcaico ha dejado muchas de las frases con apariencia de jeroglíficos, sujetas a
diversas y peculiares interpretaciones personales. No obstante, resulta cierto
de casi todas ellas que si las traducimos, simplemente, al dialecto de Umbría
que usaron los primeros Franciscanos, parecerán análogas a cualquier fragmento
real de la historia franciscana; serán, sin duda, fantásticas, en cierto
sentido, pero completamente familiares. Se han desplegado controversias críticas
de todo género en torno del pasaje en que se dice a los hombres que contemplen
los lirios del campo y los imiten no pensando en el mañana. El escéptico ha
vacilado entre decirnos que seamos cristianos verdaderos y cumplamos aquel
consejo, y explicarnos que es empresa imposible. Cuando se trata de un escéptico
comunista a la par que ateo, suele mantenerse dudoso entre censurarnos por
predicar lo impracticable, o por no ponerlo inmediatamente en práctica. No voy a
discutir aquí el problema de la ética y la economía; hago notar, simplemente,
que los mismos que se sentirían embarazados ante una frase de Cristo, casi no
vacilarían en aceptarla como frase de San Francisco. Nadie se sorprendería al
hallar que dijo: "Os ruego, hermanitos, que seáis prudentes como la hermana
Margarita y el hermano Girasol; porque no les tiene nunca en vela la inquietud
del mañana, y, sin embargo, poseen coronas de oro, como los reyes y emperadores,
o como Carlomagno en medio de su gloria." Aun ha levantado mayores acritudes y
extravíos la orden de presentar la otra mejilla, y la de dar el manto al ladrón
que robó la túnica. Es cosa harto común sostener que en ellas se implica la
maldad de la guerra entre los pueblos, de la que, en sí misma, parece claro que
no se dijo una palabra. Tomándolo así, literal y universalmente, implica con
claridad mayor la maldad de toda ley y gobierno. Pero existen multitud de
prósperos pacifistas que se sienten mucho más molestos ante la idea de usar la
fuerza bruta de los soldados contra un extranjero poderoso, que ante la de usar
la fuerza bruta de los policías contra un pobre conciudadano. También aquí me
complace señalar que la paradoja evangélica se convierte en cosa perfectamente
humana y probable si se considera dirigida por Francisco a los Franciscanos.
Nadie se sorprendería al leer que fray Junípero corrió en pos del ladrón que
robó su capucha, rogándole que tomase también su hábito, porque así lo ordenaba
San Francisco. Nadie se sorprendería si San Francisco hubiese dicho a un joven
noble, al punto de ser admitido en su compañía, que, lejos de perseguir a un
bandido para recuperar los zapatos que le robara, debía perseguirle para
regalarle las medias.
Puede gustarnos o no el ambiente que esas cosas implican; pero sabemos qué clase
de ambiente es. Reconocemos en él una nota determinada, tan clara y natural como
la de un pájaro: la nota de San Francisco. Hay en ella algo de amable burla ante
la idea de posesión; algo de la esperanza de desarmar, con generosidad, al
enemigo; algo del sentido humorístico de sorprender al mundo con lo inesperado;
algo de la alegría de llevar una entusiasta convicción hasta su extremo lógico.
Pero, sea como fuere, no hallamos dificultad en reconocer aquella nota, si hemos
leído algo de la literatura de los Franciscanos y del movimiento que nació en
Asís. Parece razonable deducir que si fue aquel espíritu lo que hizo posibles en
Umbría cosas tan singulares, hubo de ser el mismo espíritu lo que las hizo
posibles en Palestina. Si oímos la misma nota inconfundible, y gustamos el mismo
indescriptible sabor en dos cosas tan separadas, parece natural suponer que el
caso que se encuentra más remoto de nuestra experiencia, fue como el caso más
próximo a ella. Si las palabras se convierten en explicables cuando San
Francisco las dirige a los Franciscanos, no es explicación irracional insinuar
que también Cristo estaba hablando a un grupo de elegidos que, bajo muchos
aspectos, tenían que realizar la misma función que los Franciscanos. En otras
palabras: únicamente parece natural sostener, como lo hace la Iglesia católica,
que aquellos consejos de perfección constituían parte de una vocación especial
para asombrar y despertar al mundo. Pero, en todo caso, es importante notar que,
cuando hallamos aquellos rasgos especiales (con su oportunidad, al parecer,
fantástica) reapareciendo al cabo de más de mil años, los hallarnos producidos
por el mismo sistema religioso que infiere su continuidad y autoridad de las
escenas en que aquellos rasgos aparecieron por vez primera. Numerosas filosofías
repetirán las verdades corrientes del Cristianismo. Pero sólo la antigua Iglesia
puede conmover al mundo con las paradojas del Cristianismo. Ubi Petrus ibi
Franciscus.
Pero si comprendemos que Francisco realizó aquellos actos de caridad singulares
y excéntricos, realmente bajo la inspiración de su divino Maestro, hemos de
comprender que realizó sus actos de negación de sí mismo y de austeridad,
siguiendo idéntica inspiración. Es evidente que aquellas parábolas, más o menos
juguetonas, acerca del amor a los hombres, fueron concebidas después de un
minucioso estudio del Sermón de la Montaña. Pero es obvio que el santo hizo un
estudio, más minucioso todavía, del mudo sermón predicado en otra montaña: en la
montaña que se llama el Gólgota. Y aquí, de nuevo, sólo hablaba de estricta
verdad histórica al decir que, ayunando o soportando humillaciones, no intentaba
realizar sino algo de lo que realizó Cristo; y de nuevo parece aquí probable
que, si se encuentra la misma verdad en los dos extremos de una cadena de
tradición, esta tradición ha conservado la Verdad. Pero, de momento, la
importancia de este hecho afecta la fase inmediata en la historia personal del
santo.
Pues, mientras se ve más a las claras que aquel gran proyecto de comunidad
franciscana resulta un hecho consumado, y que pasó el peligro de un temprano
fracaso; a medida que resulta evidente la existencia de una Orden de Frailes
Menores, aquella ambición más personal e intensa de San Francisco va
acentuándose cada vez más. Tan pronto como posee seguidores, no se compara ya
con ellos (ante quienes pudiera aparecer como maestro); se compara más cada vez
con su Maestro, ante Quien aparece solamente como siervo. Ésta, sea dicho de
paso, es una de las ventajas morales y hasta prácticas del privilegio ascético.
Cualquiera otra forma de superioridad puede ser arrogancia. Pero el santo no
resulta nunca arrogante, porque se encuentra siempre, por hipótesis, en
presencia de un superior. La objeción que puede levantarse contra la
aristocracia es que se trata de un sacerdocio sin Dios. Pero, sea como fuere, la
servidumbre a que se consagrara San Francisco por aquel entonces, concebíala
crecientemente bajo forma de sacrificio y crucifixión. Estaba henchido del
sentimiento de no haber sufrido bastante para ser siquiera un seguidor lejano de
su Dios dolorido. Y este pasaje de su historia puede sintetizarse brevemente con
llamarlo la Busca del Martirio.
Fue éste el objetivo final de todo aquel notable asunto de su expedición a
Siria, entre los sarracenos. Se encerraban, en verdad, otros elementos en aquel
proyecto, dignos de comprensión más inteligente que la que a menudo han
encontrado. Su idea consistía en terminar, en doble sentido, las Cruzadas; o
sea, en llegar a su fin, y en alcanzar su propósito. Sólo que deseaba hacerlo
por conversión, no por conquista; es decir, por medios intelectuales, no
materiales. La mentalidad moderna es difícil de satisfacer; y, generalmente,
acusa de feroz al procedimiento de Godofredo, y de fanático al de San Francisco.
O sea, que proclama impracticable todo método moral cuando acaba de proclamar
inmoral todo método practicable. Pero la idea de San Francisco distaba mucho de
ser una idea fanática, ni siquiera impracticable; aunque acaso viera el problema
con simplicidad un poco excesiva, no poseyendo el saber de su gran heredero
Raimundo Lulio, que comprendió más, pero que ha sido, como nuestro santo, poco
comprendido. El modo de abordar aquella empresa fue, en verdad, altamente
personal y peculiar; mas esto puede decirse de casi todo cuanto hizo San
Francisco. Fue, en cierto sentido, una idea sencilla, como la mayoría de sus
ideas. Pero no necia; hay mucho que decir en su favor, y pudo haber tenido
éxito. Consistía, por supuesto, en considerar preferible crear cristianos que
destruir musulmanes. Si el Islam se hubiese convertido, el mundo hubiera sido
inconmensurablemente más unido y más feliz; por lo menos, se hubieran evitado
las tres cuartas partes de las guerras que registra la historia moderna. No era
absurdo suponer que esto podía llevarse a cabo, prescindiendo de la fuerza
militar, por misioneros que fuesen, a la vez, mártires. La Iglesia había
conquistado a Europa de este modo, e igualmente podía conquistar a Asia o a
África. Pero, concedido todo esto, queda todavía otro sentido, según el cual San
Francisco no pensaba en el martirio como medio para alcanzar un fin, sino casi
como fin en sí; el sentido de que, para él, el fin supremo consistía en seguir
más de cerca el ejemplo de Cristo. A través de todos sus días precipitados e
inquietos sonaba un estribillo: "No he sufrido bastante; no me he sacrificado
bastante; ni siquiera soy digno de la sombra de la corona de espinas." Vagaba
por los valles del mundo en busca del monte con silueta de calavera.
Un poco antes de su partida a Oriente celebróse una amplia y triunfal asamblea
de toda la Orden, cerca de la Porciúncula, llamada Asamblea de las Chozas de
Paja, por la manera como acampó aquel poderoso ejército. Refiere la tradición
que fue entonces cuando San Francisco encontró a Santo Domingo, por primera y
última vez. Refiere también (y es cosa muy probable) que el espíritu práctico
del español se sintió casi atemorizado ante la piadosa irreflexión del italiano
reuniendo a tal multitud sin organizar una intendencia. Domingo, el español,
era, como casi todos los españoles, un hombre con mentalidad de soldado. Su
caridad revestía la forma práctica de previsión y preparación. Pero, dejando
aparte las discusiones sobre la fe que originan tales incidentes, Santo Domingo
no comprendió, probablemente, en aquella ocasión el poder de la sencilla
popularidad producido por la personalidad sencilla. En todos los brincos que San
Francisco daba en las tinieblas, poseía la facultad extraordinaria de caer de
pie. Con el ímpetu de un desprendimiento de tierras, todos los campesinos se
lanzaron a procurar alimento y bebida para aquella especie de piadoso día de
campo. Los labriegos trajeron carros con vino y caza; se veía a grandes nobles
haciendo el menester de peones. Fue una victoria muy real, para el espíritu
franciscano, de fe ciega no sólo en Dios, sino en el hombre. Existen,
naturalmente, muchas dudas y discusiones acerca de toda aquella empresa, y de la
relación entre Francisco y Domingo; y la historia de la Asamblea de las Chozas
de Paja se refiere desde el punto de vista franciscano. Pero la entrevista a que
nos hemos referido es digna de mención, precisamente porque inmediatamente antes
de emprender su cruzada incruenta, según se dice, San Francisco encontró a Santo
Domingo, el cual ha sido tan criticado por haberse prestado a otra cruzada
cruenta. No queda espacio en este libro para explicar cómo San Francisco, al
igual que Santo Domingo, hubiera en último término justificado la defensa de la
unidad cristiana por medio de las armas. Se requeriría, en verdad, un libro
voluminoso, no un libro como el presente, para desarrollar sólo este punto desde
sus principios. Pues la mentalidad moderna anda simplemente desconcertada acerca
de la filosofía de la tolerancia, y el agnóstico común en tiempos recientes no
tenía noción alguna de lo que quería significar con los conceptos de libertad e
igualdad religiosa. El agnóstico tuvo por axiomática su propia ética, y lo hizo
sentir así en cosas como la honestidad y la herejía adamita. Luego, se sintió
terriblemente sorprendido al oír que otros, musulmanes o cristianos, tenían por
axiomática su propia ética y lo hacían sentir así en cosas como la sumisión
religiosa y el error de la herejía atea. Y después torció su ruta, echando por
una vereda ilógica y estéril, donde lo inconsciente se cruza con lo desconocido,
y la llamó su liberalidad mental. Los hombres medievales opinaban que si un
sistema social estaba basado en una idea, debían luchar en favor de aquella
idea, ya fuese simple como el Islamismo, o tan cuidadosamente equilibrada como
el Catolicismo. Los hombres modernos opinan, en realidad, de igual modo, como se
ve a las claras cuando los comunistas atacan sus ideas de propiedad. Si bien no
lo opinan tan claramente, porque no han expresado del todo su idea de propiedad.
Pero, mientras resulta probable que San Francisco hubiese coincidido, a su
pesar, con Santo Domingo, en que la guerra por la verdad era justa en último
extremo, resulta cierto que Santo Domingo coincidió entusiásticamente con San
Francisco en que era preferible vencer con la persuasión y la palabra, caso de
ser posible. Santo Domingo se consagró mucho más a persuadir que a perseguir;
existió una diferencia en los métodos, simplemente, porque existía una
diferencia en las personas. En todo lo que hizo San Francisco había algo de
pueril (en el buen sentido de la palabra), y hasta de terco, también en el buen
sentido. Se lanzaba a las cosas de improviso, como si acabasen de ocurrírsele.
Se lanzó a su empresa mediterránea con algo del gesto de un muchacho de la
escuela que se fuga al mar.
En la primera acción de aquel intento se distinguió muy claramente como patrón
de los polizones, o sea de los que viajan ocultos en un navío. No pensó en
aguardar presentaciones, o negociaciones, ni en ninguno de los considerables
apoyos que podían ofrecerle gente rica y responsable. Vio, simplemente, una
barca y se metió en ella, como se metía en todas las demás cosas. La empresa
tuvo todo aquel aspecto de carrera que da a su vida un carácter de evasión.
Yacía el santo como un despojo entre la carga, con un compañero que arrastró en
su prisa; pero, según parece, el viaje resultó desgraciado y errático, y acabó
en forzado regreso a Italia. Al parecer, después de aquella primera salida
inútil, tuvo lugar la gran reunión en la Porciúncula, y entre ésta y el viaje
final a Siria intentó San Francisco conjurar asimismo el peligro musulmán
predicando a los moros en España. En España, por cierto, algunos de los primeros
franciscanos habían logrado alcanzar el martirio gloriosamente (1). Pero el gran
Francisco avanzaba todavía, abriendo los brazos a aquellos tormentos y deseando
en vano aquella agonía. Nadie hubiera estado más resuelto que él a decir que se
parecía menos a Cristo que aquellos compañeros que ya habían hallado su
Calvario; pero guardóse este pensamiento como un secreto; guardóse para sí su
pesadumbre más singular.
El último viaje fue más afortunado, por lo que se refiere a llegar al teatro de
operaciones. Llegó al cuartel general de los Cruzados, que se hallaba entonces
ante la ciudad sitiada de Damieta, y, de acuerdo con su procedimiento rápido y
solitario, anduvo en busca del cuartel general de los sarracenos. Logró obtener
una audiencia del Sultán; y fue en aquella entrevista cuando ofreció (y algunos
dicen que llegó a realizarlo) echarse al fuego para probar la divinidad de su
religión, retando a que hiciesen lo mismo los doctores musulmanes. Es cosa muy
cierta que fue capaz de echarse al fuego al primer aviso. Y, en verdad, echarse
al fuego era apenas más desesperado que echarse entre las armas y los
instrumentos de tortura de una horda de mahometanos fanáticos, pidiéndoles que
negasen a Mahoma. Refiérese que los muftis mahometanos acogieron con cierta
frialdad aquel reto, y que uno de ellos se retiró calladamente durante la
discusión (cosa que parece también digna de crédito). Pero, sea por la razón que
fuere, San Francisco volvióse tan libremente como al llegar. Puede haber algo de
verdad en la historia de la impresión que el santo produjo al Sultán, que el
narrador presenta como una especie de conversión secreta. Puede haber algo de
verdad en la insinuación de que el santo se viese inconscientemente protegido,
entre aquellos orientales semibárbaros, por el halo de santidad que en aquellos
países suponen rodea a los locos. Probablemente, influyó tanto o más, conforme a
una explicación más generosa, la cortesía y compasión, graciosas, pero sujetas
al capricho, que se mezclaban, entre cualidades salvajes, en el temperamento de
los pomposos sultanes del tipo y tradición de Saladino. Finalmente, acaso pudo
haber algo de verdad en la insinuación de que la historia de San Francisco puede
contarse como una especie de irónica tragicomedia titulada El Hombre a quien no
puede matarse. Aquel santo se hacía demasiado amable para que lo matasen por su
creencia; y sus enemigos recibían al hombre, no a la doctrina. Pero esto no son
más que atisbos convergentes hacia un gran esfuerzo difícil de juzgar, porque
quebró como los fundamentos de un gran puente que pudo unir el Oriente al
Occidente, y queda sólo como un gran "pudo haber sido" de la Historia.
Entretanto, el gran movimiento franciscano en Italia andaba a pasos de gigante.
Apoyado ahora en la autoridad papal, a la vez que en el entusiasmo del pueblo, y
creando una especie de compañerismo entre las clases, promovió un tumulto de
reconstrucción en todos los aspectos de la vida religiosa y social; y empezó a
expresarse, principalmente, con el fervor de edificar característico de todas
las resurrecciones de la Europa occidental. Como cosa digna de notar, se había
establecido en Bolonia una magnífica casa de misiones Franciscanas; y un gran
número de frailes y de simpatizantes formaba a su alrededor como un coro de
alabanzas. Su unanimidad tuvo una singular interrupción. Un hombre solo, entre
aquella multitud, volvióse de improviso, increpando al edificio como si hubiese
sido un templo babilónico y preguntando con indignación desde cuándo se
escarnecía a Nuestra Señora la Pobreza con el lujo de los palacios. Era
Francisco, figura extravagante, regresando de su Cruzada oriental; y fue aquélla
la primera y última vez que habló a sus hijos con enojo.
Algo hemos de decir, más adelante, acerca de esta seria disparidad de
sentimientos y de política, por la que algunos Franciscanos, y, hasta cierto
punto, el mismo San Francisco, se habían separado de la política más moderada
que, al fin, prevaleció. Ahora sólo necesitamos observarla como otra sombra
caída en el espíritu del santo, después de su desengaño en el desierto; y como
si fuera, en cierto sentido, el preludio a la fase inmediata de su carrera, que
es la más solitaria v misteriosa. Es cierto que todo lo que se relaciona con
aquel episodio parece envuelto en una nube de discusión, aun la misma fecha en
que ocurriera, pues algunos escritores la sitúan mucho más al principio de la
historia del santo. Pero, si no lo fue cronológicamente, fue lógicamente la
culminación de la historia, y parece mejor indicarla aquí. Digo indicarla,
porque en este punto apenas pueden darse más que indicaciones, tratándose de
cosa misteriosa, a la vez en su más alto sentido moral y en su más trivial
sentido histórico. Sea como fuere, las circunstancias del episodio parecen haber
sido las siguientes: Francisco y un compañero joven, en el curso de su
vagabundeo, pasaron junto a un castillo muy iluminado por la fiesta que en él
daban con motivo de ser armado caballero uno de los hijos del señor. Penetraron,
de manera graciosa y casual, en aquella mansión aristocrática, que tomaba su
nombre del Monte Feltro, y empezaron a comunicar sus buenas nuevas. Hubo, por lo
menos, algunos que escucharon al santo "como si hubiese sido un ángel de Dios",
y, entre ellos, un caballero llamado Orlando de Chiusi, que poseía muchas
tierras en Toscana y que hizo a San Francisco un acto de homenaje singular y
algo pintoresco. Le ofreció una montaña, obsequio único en el mundo.
Probablemente la regla franciscana que prohibía aceptar dinero no había previsto
disposición alguna con respecto a la aceptación de montañas. Y, en realidad, San
Francisco no la aceptó sino como aceptaba todas las cosas, más como ventaja
temporal que como posesión personal; pero la convirtió en una especie de refugio
para la vida eremítica, más que para la vida monástica; y se retiraba allí
cuando apetecía una vida de ayuno y oración, a la que no llamaba ni a sus amigos
más íntimos. Aquel refugio era el Alvernia de los Apeninos, y sobre su cima se
cierne para siempre una nube oscura con un borde o halo de gloria.
Lo que acaeció no se sabrá nunca con exactitud. Creo que el asunto ha sido
materia de disputa entre los más devotos estudiosos de aquella santa vida, y
también entre ellos y los de condición laica. Es posible que San Francisco no
hablara nunca a nadie acerca de aquel episodio; su silencio hubiera sido muy
peculiar, y resulta cierto, en todo caso, que habló muy poco de ello; es
generalmente admitido que no habló más que a un solo hombre. Con todo y estar
sujeto a tales dudas sagradas, confieso que, en mi opinión, aquel testimonio
solitario e indirecto que ha llegado hasta nosotros, reviste el carácter de un
testimonio real, de una de aquellas cosas que son más reales que lo que llamamos
realidades cotidianas. Aun algo confuso y desconcertante que se observa en la
imagen parece llevar la impresión de una experiencia que sacude los sentidos,
como aquel pasaje del Apocalipsis que habla de las criaturas sobrenaturales
llenas de ojos. Al parecer, San Francisco divisó en el cielo, encima de él, a un
enorme ser alado como un serafín, abierto en forma de cruz. Se encierra como en
un misterio el hecho de si la figura alada se hallaba crucificada precisamente,
o en actitud de crucifixión, o si cobijaba en sus alas un gigantesco crucifijo.
Mas parece claro que algo hubo de haber de la primera de estas impresiones, pues
dice San Buenaventura, concretamente, que San Francisco dudó si un serafín podía
ser crucificado, ya que aquellas terribles y antiguas potestades estaban exentas
del Dolor. San Buenaventura sugiere que aquella aparente contradicción pudo
significar que San Francisco debía ser crucificado como espíritu, no siéndolo
como hombre; pero cualquiera que fuese el sentido de la visión, su idea general
era muy vívida y abrumadora. San Francisco vio encima de él, llenando todo el
firmamento, una vasta potestad inmemorial e inefable, antigua como aquellos Días
Antiguos que los hombres serenos concibieron bajo la forma de bueyes alados o de
monstruosos querubines, y toda aquella alada maravilla estaba sufriendo como un
pájaro herido. Se dice que aquel dolor seráfico atravesó el alma del santo con
una espada de pena y compasión; y de ello puede inferirse que una especie de
creciente agonía debió de acompañar al éxtasis. Desvanecióse, por fin, aquella
visión en el cielo, y calmóse la agonía interior; y el silencio y el aire
llenaron el crepúsculo matinal, y se cernieron pausadamente por encima de los
purpúreos abismos y quebradas de los Apeninos.
La cabeza del santo se inclinó sumida en esa calma y quietud en que el tiempo
parece quedar en suspenso, con el sentido de algo definitivamente consumado; y,
al bajar los ojos, vio que sus manos estaban señaladas por clavos que las
hubiesen traspasado.
LA tremenda historia de los Estigmas de San Francisco, que constituye el final
del capítulo anterior, constituyó, en cierto modo, el final de su vida.
Lógicamente, lo hubiera sido, aun acaeciendo en su principio. Pero las
tradiciones más verídicas la sitúan hacia el fin, sugiriendo que en los días que
sobrevivió el santo a aquella visión, deslizóse su vida como la de una sombra.
Fuese exacta la insinuación de San Buenaventura al decir que San Francisco vio
en aquella aparición seráfica casi como un vasto espejo de su propia alma (que
podía al menos sufrir como un ángel, ya que no como un Dios), o expresase
aquella visión bajo una imagen más primitiva y colosal que el arte cristiano
corriente, la primaria paradoja de la muerte divina, es evidente que, por sus
consecuencias tradicionalmente admitidas, significó para el santo la corona y el
sello de su existencia. Según parece, después de aquella visión fue cuando el
santo empezó a volverse ciego.
Pero tal episodio ocupa un lugar mucho más importante en este esquema somero y
limitado. Constituye ocasión oportuna de estudiar brevemente, y en conjunto,
todos los hechos o fábulas de otro aspecto de la vida de San Francisco; un
aspecto que resulta, no diré más discutible, pero sí más discutido. Me refiero
al conjunto de testimonios y tradiciones concernientes a sus poderes milagrosos
y a sus experiencias sobrenaturales, con los que hubiera sido fácil engalanar
cada página de este libro, si bien ciertas circunstancias necesarias a las
condiciones de la presente narración aconsejan agrupar, aunque rápidamente,
todas aquellas joyas.
He adoptado este método para discutir un prejuicio. Se trata, ciertamente, en
gran parte, de un prejuicio del pasado, que está desapareciendo claramente en
tiempos de mayor ilustración, y, sobre todo, de mayor cultura en la ciencia y en
los conocimientos experimentales. Pero aquel prejuicio persiste aún, tenazmente,
en muchas personas de la ya vieja generación, y es tradicional en muchas de la
generación última. Me refiero, naturalmente, a lo que suele llamarse la creencia
de que "los milagros no acontecen", como lo expresó, según creo, Matthew Arnold,
haciéndose eco del punto de vista de tantos de nuestros parientes próximos y
lejanos de la época victoriana. En otras palabras: ello constituye el resto de
aquella simplificación escéptica por la cual algunos filósofos de principios del
siglo XVIII popularizaron (aunque por muy corto tiempo) la impresión de que ya
se había descubierto el funcionalismo del cosmos corno el de un reloj, pero de
un reloj tan sencillo que bastaba una simple ojeada para distinguir lo que puede
o no haber acontecido en la experiencia humana. Debería recordarse que estos
escépticos, florecidos en la edad de oro del escepticismo, desdeñaban de igual
manera las primeras intuiciones de la ciencia que las tardías leyendas de la
religión. Cuando contaron a Voltaire que había sido hallado el fósil de un pez
entre los picos alpestres, se rió abiertamente del caso, diciendo que algún
monje o ermitaño dado al ayuno debió de echar allí las espinas del pescado que
consumiera (probablemente para perpetrar algún nuevo engaño frailuno). Ahora
todo el mundo sabe que la ciencia se ha vengado del escepticismo. La frontera
entre lo creíble y lo increíble se ha convertido no sólo en cosa tan vaga como
lo fue en cualquier crepúsculo barbárico, sino que lo creíble va evidentemente
aumentando, y lo increíble disminuyendo. En tiempos de Voltaire, uno no sabía
qué nuevo milagro tendría que derribar. En nuestro tiempo uno no sabe qué nuevo
milagro tendrá que admitir.
Pero mucho antes de que acaecieran estas cosas, en aquellos días de mi mocedad
en que divisé por vez primera a San Francisco en la lejanía, atrayéndome ya
desde ella; en aquellos días victorianos en que las virtudes de los santos se
separaban con mucha seriedad de sus milagros, ya en aquellos días no pudo dejar
de extrañarme vagamente cómo podía aplicarse este método escéptico a la
Historia. Ya entonces no comprendía del todo por qué principios debe
seleccionarse en las crónicas del pasado que parecen de una sola pieza.
Todo nuestro conocimiento de ciertos períodos históricos, especialmente de todo
el período medieval, descansa sobre ciertas crónicas coordinadas, escritas por
gente en parte anónima, y difunta en su totalidad, que en ningún caso puede ser
interpelada y cuyas afirmaciones, en algunos casos, no pueden ser corroboradas.
No he comprendido nunca claramente la naturaleza de ese derecho por el cual los
historiadores aceptaron conjuntos de detalles de aquellas crónicas,
considerándolos como definidamente verídicos, y negaron, de improviso, su
veracidad al dar con un detalle extraordinario. No me lamento de que aquéllos
fuesen escépticos; me extraña que los escépticos no lo fuesen más. Puedo
comprender su afirmación de que tales detalles nunca se hubieran incluido en una
crónica, a no ser por locos o embusteros; pero, en este caso, solamente puede
deducirse que la crónica fue escrita por embusteros o locos. Aquellos
historiadores escépticos escriben, por ejemplo: "Fue fácil al fanatismo
monástico difundir la creencia de que ya se obraban milagros en la tumba de
Tomás Becket." ¿Por qué no dicen igualmente: "Fue fácil al fanatismo monástico
difundir la calumnia de que cuatro caballeros de la corte del rey Enrique
asesinaron a Tomás Becket en la catedral?" Suelen escribir algo así: "La
credulidad de la época admitió sin esfuerzo el hecho de que Juana de Arco
pudiera señalar al Delfín por inspiración del Cielo, aun cuando iba disfrazado."
¿Por qué, según el mismo principio, no escriben: "La credulidad de la época
llegaba hasta suponer que una oscura muchacha campesina pudiese obtener
audiencia en la corte del Delfín"? Y así, en el presente caso, cuando califican
de historia extravagante el que San Francisco se echara al fuego y saliera
ileso, ¿qué principio concreto les impide calificar de extravagante la historia
de San Francisco penetrando en el campo de los feroces musulmanes y saliendo
ileso? Sólo pido que me lo aclaren, porque no logro ver el aspecto racional de
la cosa. Me atrevería a decir que no se escribió palabra alguna acerca de San
Francisco por ninguno de sus contemporáneos que fuese incapaz de creer y contar
una historia milagrosa. Acaso sean todo fábulas frailunas, y nunca existió San
Francisco, ni Santo Tomás Becket, ni Juana de Arco. Esto es, sin duda, una
reductio ad absurdum; pero es una reductio ad absurdum del sistema que considera
absurdos todos los milagros.
Y, en pura lógica, este método de selección conduciría a los más extravagantes
absurdos. Sólo puede ser una historia intrínsecamente increíble aquella en que
la autoridad del narrador no sea digna de crédito. No puede ello significar que
otras partes de la historia deben acogerse con completa credulidad. Si alguien
dijera que ha encontrado a un hombre con pantalón amarillo que iba dando saltos
con la cabeza, no jurar riamos precisamente sobre la Biblia, ni moriríamos
abrasados en la hoguera por haber afirmado que llevaba pantalón amarillo. Si
alguien declarase haber ascendido en un globo azul y haber visto que la luna
estaba hecha de queso verde, no tomaríamos precisamente una declaración jurada
de que el globo fuese azul, ni de que la luna fuese verde. Y la verdadera
conclusión lógica de andar suscitando dudas acerca de hechos como los milagros
de San Francisco está en acabar suscitando dudas acerca de la existencia de
hombres como San Francisco. Y hubo, realmente, un instante en la vida moderna,
como una pleamar de loco escepticismo, en que tales dudas se afirmaron. La gente
acostumbraba decir que nunca existió San Patricio; lo cual es, humana e
históricamente, un despropósito tan grande como afirmar que nunca existió San
Francisco. Hubo una época, por ejemplo, en que la locura de explicaciones
mitológicas disolvió una gran porción de sólida historia bajo el calor y el
brillo universal y esplendoroso del Mito Solar. Creo que aquel sol ya se ha
puesto, pero le han substituido numerosas lunas y meteoros.
San Francisco sería, naturalmente, un magnífico Mito Solar. ¿Cómo podría dejar
de ser un Mito Solar quien es conocido especialmente por un canto llamado el
Cántico del Sol? Es innecesario hacer notar que el fuego que le abrasara en
Siria era la aurora en el levante, y las sangrientas heridas Que recibiera en
Toscana fueron la puesta de aquel sol. Podría extender considerablemente esta
teoría, si bien, como acontece a menudo a los teorizantes de altura, se me
ocurre otra teoría más prometedora. No puedo explicarme cómo le ha pasado
inadvertido a todo el mundo, incluso a mí, el hecho de que toda la historia de
San Francisco sea de origen totemístico. Es, sin discusión, una historia en que
los tótems, simplemente, hormiguean. Los bosques franciscanos están tan llenos
de ellos como cualquier fábula de Pieles Rojas. Hacen que Francisco se llamara
asno a sí mismo, porque en el mito primitivo Francisco no era más que el nombre
dado a un jumento real de cuatro patas, más tarde transformado en dios o héroe
humanizado. Y por esto, sin duda, yo hallé cierta similitud entre el hermano
Lobo y la hermana Ave y el Brer Fox y la Sis Cow del Tío Remo. Algunos aseguran
que hay una etapa inocente de la infancia en que creemos realmente que una vaca
habló o que una raposa hizo un nene de alquitrán. Sea como fuere, existe un
período inocente de desarrollo intelectual en que creemos, a veces, que San
Francisco fue un Mito Solar o que San Francisco fue un tótem. Pero para la
mayoría de nosotros han pasado ya ambas fases de paraíso.
Según aclararé muy pronto, existe un aspecto en que, por motivos prácticos,
podemos distinguir entre las cosas probables y las improbables en la historia de
San Francisco. No es tanto una cuestión de crítica cósmica acerca de la
naturaleza del acontecimiento, como de crítica literaria acerca de la naturaleza
de la historia. Algunas historias se refieren más seriamente que otras. Pero,
aparte de esto, no intentaré aquí ninguna otra diferenciación concreta entre
ellas. No lo haré por una razón práctica que afecta a la utilidad del
procedimiento; me refiero al hecho de que, en un sentido práctico, la totalidad
del asunto vuelve a estar en el horno de fundición del cual pueden salir muchas
cosas moldeadas en forma de lo que el racionalismo llamaría monstruos. Los
puntos cardinales de la fe y de la filosofía, en realidad, nunca cambian. Que un
hombre crea que el fuego puede dejar de quemar en cierto caso, depende de que
opine que suele quemar generalmente. Si considera que el fuego consume nueve
ramas de cada diez, ello está en su naturaleza o su destino, y, por supuesto,
consumirá igualmente la décima rama. Si considera que consume nueve ramas porque
ello es voluntad de Dios, puede ser, desde luego, voluntad de Dios que la décima
rama quede intacta. Nadie puede ir más allá de esta diferencia fundamental en la
razón de las cosas; y es tan racional para un creyente admitir los milagros como
para un ateo no admitirlos. En otras palabras: sólo existe una razón inteligente
por la que no pueda creerse en los milagros, y está en creer en el materialismo.
Pero estos puntos cardinales de la fe y de la filosofía son cosas propias de una
obra doctrinal, y no caben en el presente libro. Y en cosas de historia y de
biografía, que caben precisamente en este libro, no existe ningún punto
cardinal. El mundo anda en una mezcla de posible y de imposible, y nadie sabe
cuál será la próxima hipótesis científica que sustentará alguna antigua
superstición. Las tres cuartas partes de los milagros atribuidos a San Francisco
se explicarían ya por los psicólogos, no precisamente como un católico los
explica, sino como un materialista, necesariamente, se negaría a explicarlos.
Hay una porción de los milagros de San Francisco que podría llamarse los
milagros de las curaciones. ¿Por qué los declararía absurdos algún escéptico
notable, cuando la cura por sugestión es ya un negocio yanki tan próspero como
la exhibición de Barnum? Existe otra porción de milagros parecida a las
anécdotas de Cristo que se refieren a su "percepción del pensamiento de los
hombres". ¿Por qué censurarlos y tiznarlos por su calificación de milagros,
cuando la adivinación del pensamiento es ya tan juego de salón como las sillas
musicales? Existe otra porción de milagros que debería estudiarse separadamente,
si semejante estudio científico fuese posible, y es la de las maravillas
perfectamente atestiguadas que obran las reliquias o los fragmentos de las cosas
que pertenecieron al santo. ¿Por qué dejarlas por inconcebibles, cuando los
mismos trucos psíquicos de salón se realizan siempre tocando algún objeto
familiar o teniendo en la mano algún objeto del difunto? No creo, naturalmente,
que aquellos trucos sean de igual condición que los portentos del santo, como no
sea en el sentido de Diabolus simia Dei. Pero no se trata ahora de lo que yo
creo y de su porqué, sino de lo que no cree el escéptico y de su porqué. Y la
moraleja del biógrafo y del historiador práctico está en decir que debe esperar
que las cosas se sitúen un poco más, antes de proclamar que en nada cree.
Siendo así, puede elegir entre dos métodos; y yo he elegido aquí entre ellos no
sin cierta vacilación. El método mejor y más atrevido consistiría en referir la
totalidad de la historia de manera directa, tanto los milagros como lo demás,
según hicieron los historiadores primitivos. Y, probablemente, los nuevos
historiadores tendrán que volver a este método saludable y sencillo. Pero debe
recordarse que el presente libro no es más, según confieso francamente, que una
presentación de San Francisco o una introducción al estudio de San Francisco.
Quienes necesitan de presentación son, por su condición, forasteros. Lo que
importa, con respecto a ellos, es permitirles siquiera escuchar a San Francisco;
y, al perseguir esto, es cosa perfectamente legítima disponer el orden de los
hechos de manera que los familiares aparezcan antes que los no familiares, y los
que pueden comprenderse en el acto, antes que los de difícil comprensión. Me
consideraré muy satisfecho si este esquema incompleto y superficial encierra una
o dos líneas que muevan a los lectores a estudiar por su cuenta a San Francisco;
y si lo hacen así, pronto verán que el aspecto sobrenatural de su historia
parece tan natural como lo demás. Pero se imponía que mi esquema fuese sólo de
carácter humano, por cuanto sólo presentaba la apelación del santo a la
humanidad entera, incluso a la escéptica. Por eso adopté el otro método,
mostrando primero que nadie, sino un loco de remate, podría dejar de comprender
que Francisco de Asís fue un personaje histórico real y humano; y resumiendo
luego en este capítulo los poderes sobrehumanos que ocuparon, ciertamente, una
parte de aquella historia y humanidad. Sólo falta decir unas palabras acerca de
algunas distinciones que puede observar razonablemente en la materia una persona
de cualquier ideología, para que no pueda confundir el punto culminante de la
vida del santo con las fantasías o rumores que, en realidad, fueron sólo los
ribetes de su fama.
Existe un conjunto tan inmenso de leyendas y anécdotas acerca de San Francisco
de Asís, y hay tantas admirables compilaciones que las comprenden casi en su
totalidad, que me he visto obligado, dentro de estos estrechos límites, a
acogerme a una política algo más limitada: la de seguir una sola línea de
explicación y mencionar sólo una anécdota de cuando en cuando, para ilustrar
aquella explicación. Si ello resulta cierto en cuanto a todas las leyendas y
anécdotas, lo es especialmente en cuanto a las leyendas milagrosas y a las
anécdotas sobrenaturales. Si tomásemos algunas anécdotas tal como se nos
presentan, recibiríamos la impresión, harto desconcertante, de que la biografía
de San Francisco contiene más acontecimientos sobrenaturales que naturales.
Ahora bien: es cosa abiertamente contraria a la tradición católica (que en
tantos extremos coincide con el sentido común), suponer que sea aquélla la
proporción de las cosas en la vida humana. Además, aun consideradas como
historias sobrenaturales o preternaturales, se distribuyen, evidentemente, en
cierto número de clases distintas, no tanto desde el punto de vista de los
milagros como desde el de las historias. Algunas de ellas tienen el carácter de
cuentos de hadas, más por su forma que por su argumento. Son, claramente,
cuentos referidos junto al hogar a labriegos o a hijos de labriegos, sin pensar
nadie en sentar una doctrina religiosa que haya de ser aceptada o rechazada,
sino en redondear la historia de la manera más simétrica, de acuerdo con esa
estructura o molde decorativo peculiar a todos los cuentos de hadas. Otras son,
evidentemente, en su forma, de un realismo más acusado; son testimonio de verdad
o de mentira; y le sería harto difícil a cualquier juez de la naturaleza humana
opinar que sean testimonio de mentira.
Es cosa admitida que la historia de los Estigmas no es leyenda, y que en
absoluto sólo puede ser verdad o mentira. Quiero significar que no es,
ciertamente, una tardía excrecencia legendaria añadida posteriormente a la fama
de San Francisco, sino cosa brotada inmediatamente con sus biógrafos primitivos.
Es prácticamente necesario sugerir que se trató de una conspiración; y ha
existido, realmente, cierta inclinación a echar la culpa de ella al infortunado
Elías, que tantos escritores parciales han querido tratar como una especie útil
de villano universal. Se ha dicho, es verdad, que aquellos biógrafos primitivos
- San Buenaventura, Celano y los Tres Compañeros - aun cuando declaran que San
Francisco recibió las místicas llagas, no afirman que las hubiesen visto. No
considero concluyente este argumento, porque deriva solamente de la misma
naturaleza de la narración. Los Tres Compañeros en ningún caso hacen una
declaración jurada; y, por lo tanto, ninguna de las partes admitidas de su
historia tiene forma de tal declaración. Escriben una crónica, con descripción
relativamente impersonal y objetiva. No dicen: "Vi las llagas de San Francisco";
dicen: "A San Francisco le fueron infligidas las llagas." Pero tampoco dicen:
"Vi a San Francisco entrando en la Porciúncula", sino: "San Francisco entró en
la Porciúncula." No puedo, pues, comprender por qué se les da fe como testigos
presenciales de un hecho y se les niega fe como testigos presenciales de otro.
Su crónica es de una sola pieza, y sería interrupción brusca y anormal en su
manera de referir las cosas, el que. de improviso, empezasen a soltar palabras
fuertes y a jurar y dar sus nombres y señas, y a afirmar con especial juramento
que presenciaron y comprobaron por sí mismos los hechos en cuestión. Creo, pues,
que esta discusión nos vuelve a la tesis general que ya he mencionado: o sea, la
de que no deberíamos dar crédito alguno a aquellas crónicas, en vez de
concederles crédito parcial, puesto que abundan tanto en cosas increíbles. Pero
esto nos volvería, en último término, al hecho de que muchos no pueden creer en
milagros por ser materialistas. Es bastante lógico; mas ello les obliga a negar
lo preternatural, tanto en el testimonio de un profesor científico moderno como
en el de un cronista monástico de la Edad Media. Y en nuestro tiempo se
encontrarán con buen número de profesores a quienes contradecir.
Pero, opínese lo que se quiera acerca de este sobrenaturalismo, en el sentido
relativamente material y popular de los hechos sobrenaturales, perderemos el
punto esencial de San Francisco (especialmente de San Francisco después del
Alvernia), si no nos damos cuenta de que vivía una vida sobrenatural. Y este
sobrenaturalismo va llenando más y más su vida según su muerte se va acercando.
Semejante elemento de lo sobrenatural no le apartaba de lo natural, pues
constituía el punto esencial de su actitud el hecho de que le uniese más
perfectamente con lo natural. No le volvía lúgubre o deshumanizado, ya que todo
el sentido de su mensaje a la humanidad consistía en que este misticismo hace al
hombre alegre y humano. Pero el punto esencial de su actitud y todo el sentido
de su mensaje estaba en creer que tal misticismo era obra de un poder
sobrenatural. Si esta sencilla distinción no resultase evidente en el conjunto
de su vida, sería difícil dejar de notarla al leer la descripción de su muerte.
Puede decirse, en cierto sentido, que estuvo vagando como hombre moribundo, del
mismo modo que estuvo vagando como hombre lleno de vida. Como se viera más y más
a las claras que iba perdiendo la salud, lo llevaron, según parece, de un sitio
a otro, como un trofeo de dolencias, o casi como un trofeo de mortalidad. Estuvo
en Rieti, en Nursia, acaso en Nápoles, y con seguridad en Cortona, junto al lago
de Perugia. Pero hay algo hondamente patético y henchido de grandes problemas en
el hecho de que, hacia el fin, parece como si la llama de su vida hubiera vuelto
a levantarse, y a alegrarse su corazón, cuando divisó a lo lejos, sobre la
colina de Asís, la majestuosa columnata de la Porciúncula. El que se hizo
vagabundo a causa de una visión, el que se negó a sí mismo todo sentido de
posesión y lugar, el que tuvo por gloria y evangelio el ser hombre sin hogar
propio, recibió, como un golpe traidor de la Naturaleza, la nostalgia, el
sentido del hogar. También sufrió él su maladie du clocher, la añoranza del
campanario; pero su campanario era más elevado que los nuestros. "¿Nunca - gritó
con la súbita energía de los espíritus fuertes cuando están próximos a la
muerte, - nunca os desprendáis de ese lugar! A cualquier parte que lleguéis, y
aunque andéis en peregrinaciones, volved siempre a vuestro hogar, porque ésta es
la santa casa del Señor." Y pasó la procesión bajo los arcos de su hogar; él se
tendió sobre su lecho, y sus hermanos se juntaron a su alrededor para la última
vela. No considero que sea éste el momento de entrar en discusiones sobre cuáles
fueron los sucesores a quienes bendijo, y en qué forma y sentido. En aquel
momento solemne nos bendijo a todos.
Habiéndose despedido de algunos de sus amigos más íntimos, y, sobre todo, más
antiguos, lo bajaron del rudo lecho, a ruego suyo, y lo dejaron sobre la tierra
desnuda; y algunos dicen que sólo vestía una camisa de crin, como cuando anduvo
al principio por los bosques, en invierno, alejándose de su padre. Era la última
afirmación de su grande idea fija: la alabanza y el agradecimiento elevándose a
su más alta culminación desde la desnudez y la nada. Mientras allí yacía podemos
tener la certidumbre de que aquellos ojos quemados y ciegos nada vieron sino su
objeto y su origen. Podemos tener la certidumbre de que su alma, en aquella
última e inconcebible soledad, estuvo frente a frente del mismo Dios Encarnado,
de Cristo en la Cruz. Pero en los hombres que estaban junto a él debieron de
surgir otros pensamientos mezclados con éste; y debieron de agruparse muchos
recuerdos, a la manera de duendes, en el crepúsculo, al desvanecerse aquel día y
descender aquella gran tiniebla en la que todos perdimos un amigo.
Porque quien allí yacía no era Domingo, el sabueso del Señor, capitán en guerras
lógicas y en sabias controversias que podían reducirse y dirigirse según un
plan, dueño de una máquina de disciplina democrática, por medio de la cual otros
podían organizarse a sí mismos. El que salía del mundo era un hombre, un poeta,
un vigía en la vida, como una luz que ya jamás volvió a verse en la tierra ni en
el mar; algo que no podrá reemplazarse ni repetirse mientras dure la Tierra. Se
ha dicho que no existió más que un Cristiano y murió en la cruz; pero es más
exacto decir, en este sentido, que no existió más que un franciscano y se llamó
Francisco.
Aunque fuese enorme y afortunada la obra popular que dejó en pos de sí, había
algo que no podía dejar detrás, como un pintor de paisajes no puede legar sus
ojos por testamento. Fue en la vida un artista que era llamado a ser artista en
la muerte; y tuvo más derecho que Nerón, su contrafigura, para decir: Qualis
artifex pereo, pues la vida de Nerón estaba llena de actitudes premeditadas,
según el caso, como la de un actor; mientras que la del hijo de Umbría tuvo una
gracia natural y continua, como la de un atleta. Pero San Francisco tenía
mejores cosas que decir y mejores cosas en que pensar; y sus pensamientos se
elevaban hasta donde no podemos seguirlos, hacia las cumbres divinas y
vertiginosas donde sólo la muerte puede levantarnos.
En torno suyo estaban los frailes, con su hábito pardo; aquellos que le amaron,
aunque luego disputaran entre sí. Estaba Bernardo, su primer amigo, y Ángelo,
que fue su secretario, y Elías, su sucesor, que la tradición procuró convertir
en una especie de Judas, y, según parece, apenas fue peor que un funcionario que
ocupa un puesto inadecuado. Su tragedia consistió en que vestía hábito
franciscano sin tener corazón franciscano, o teniendo, por lo menos, una cabeza
muy poco franciscana. Pero, aun cuando fuese un mal franciscano, pudiera haber
sido un buen dominico. Mas, sea como fuere, no existe razón alguna para dudar de
que hubiese amado a Francisco, porque hasta los rufianes y los salvajes le
amaron. Y, en todo caso, estuvo él entre los demás, al correr de las horas,
mientras se dilataban las sombras en la casa de la Porciúncula; y nadie ha de
opinar tan mal de él, hasta suponer que sus pensamientos anduviesen entonces, en
el tumultuoso porvenir, entre las ambiciones y controversias de sus últimos
años.
Podemos imaginar que los pájaros conocieron cuándo acaeció la muerte del santo,
y que se estremecieron en el cielo del atardecer. Tal como una vez, según
refiere la historia, se dispersaron a los cuatro vientos en forma de cruz, a una
señal del santo, debieron de escribir entonces un augurio más terrible en el
azul, con líneas de puntitos negros. Acaso habría, ocultas en los bosques,
temerosas bestezuelas, sintiendo que ya no volverían a ser tan observadas ni
comprendidas; pues se ha dicho que los animales tienen, a veces, conciencia de
cosas para las cuales el hombre, su superior espiritual, está, de momento,
ciego. No sabemos si sintieron algún escalofrío los ladrones y los desterrados y
los parias, que les revelase lo que acaecía a quien nunca conoció el desprecio.
Mas, por lo menos, en los pasadizos y en los pórticos de la Porciúncula hubo un
súbito silencio, y todas las pardas figuras quedaron inmóviles como estatuas de
bronce, porque ya no latía aquel gran corazón que no se quebró hasta que contuvo
al mundo entero.
RESULTA, en cierto sentido, una triste ironía el hecho de que San Francisco, que
durante toda su vida deseó la concordia entre los hombres, muriese entre
crecientes disputas. Pero no hemos de exagerar aquel desacuerdo, como han hecho
algunos, para convertirlo así en un simple fracaso de todos sus ideales. Hay
algunos que presentan su obra como completamente malograda por la maldad del
mundo, o por la maldad de la Iglesia, que siempre consideran mayor.
Este libro es un ensayo sobre San Francisco, no sobre la Orden Franciscana, y
menos aún sobre la Iglesia católica, o el Papado, o la política seguida con
respecto a los Franciscanos radicales o Fraticelli. Es sólo necesario, por
tanto, anotar en muy pocas palabras lo que fue la naturaleza de la controversia
que surgió después de muerto el gran santo, y que turbó, hasta cierto punto, los
últimos días de su vida. Su detalle predominante fue la interpretación del voto
de pobreza, o la renuncia a toda clase de posesiones. Nadie. que yo sepa, se
propuso nunca contrariar el voto del fraile que le obligaba a no poseer cosa
alguna como pertenencia personal. Es decir: nadie se propuso contrariar su
renuncia a la propiedad privada. Pero algunos Franciscanos, invocando en su
favor la autoridad de San Francisco, llegaron más allá que esta renuncia, y aun
más allá de donde, en mi opinión, nadie haya llegado. Propusieron abolir no sólo
la propiedad privada, sino la propiedad en general. Esto es, se negaron a ser
corporativamente propietarios de nada; ni de edificios, ni de provisiones, ni de
utensilios; se negaron a poseer aquellas cosas colectivamente, aun cuando usaban
de ellas en colectividad. Es perfectamente cierto que muchos, especialmente
entre los primeros partidarios de aquella idea, fueron hombres de espíritu
desinteresado, magnánimos, y consagrados plenamente al ideal del gran santo. Es
cierto también que las autoridades eclesiásticas no consideraron viable aquel
arreglo, y, al modificarlo, llegaron a prescindir de algunas cláusulas del
testamento del santo. Pero no resulta fácil ver que aquél fuese un arreglo
viable, ni siquiera un arreglo; porque era, en realidad, una negación de todo
arreglo. Todo el mundo sabía, naturalmente, que los Franciscanos eran
comunistas; pero aquello tenía más de anarquista que de comunista. Seguramente,
por encima de todo argumento, algo o alguien debe ser responsable de lo que pase
con ciertos edificios históricos y bienes y posesiones corrientes. Muchos
idealistas de tipo socialista, especialmente los de la escuela de Mr. Shaw o de
Mr. Wells, han tratado de esta disputa como si fuera, simplemente, una anécdota
de la tiranía de los pontífices opulentos y perversos aplastando a la verdadera
Cristiandad o a los socialistas cristianos. Pero, en realidad, aquel ideal
extremado era, en cierto sentido, contrario a lo socialista, y aun a lo social.
Precisamente a lo que aquellos entusiastas renunciaban era a aquella propiedad
social sobre la cual está basado el socialismo; lo que ellos se negaban a hacer
principalmente era lo que constituye la razón de ser de los socialistas: poseer
legalmente en su capacidad colectiva. Tampoco es cierto que el tono que usaron
los Papas hacia aquellos entusiastas fuese sólo duro y hostil. El Papa mantuvo
durante largo tiempo un convenio que había dictado especialmente para resolver
las objeciones de conciencia formuladas por los disidentes; un convenio por el
cual el propio Papado conservaba la propiedad como en una especie de garantía
para los propietarios que renunciaban a usar de ella. La verdad está en que este
incidente demuestra dos cosas muy corrientes en la historia católica, pero muy
poco comprendidas por la historia periodística de la civilización industrial.
Demuestra que los santos eran, a veces, grandes hombres cuando los Papas eran
hombres de poca talla. Pero demuestra también que los grandes hombres se
equivocan, a veces, y los hombres de poca talla tienen razón. Y, al fin y al
cabo, le sería muy difícil a un observador honrado y clarividente negar que el
Papa tuviese razón cuando insistía en que el mundo no se hizo solamente para
Franciscanos.
Porque era esto lo que había tras de aquella discusión. En el fondo de la
cuestión práctica había algo más grande e importante, cuyo palpitar se siente al
leer la controversia. Podríamos llegar hasta presentar de este modo la verdad
que ello encierra: San Francisco fue un hombre tan grande y original que llevaba
en sí algo de lo que es propio del que funda una religión. Muchos de sus
seguidores se sentían más o menos dispuestos, en el fondo de su alma, a
considerarlo como fundador de una religión. Deseaban que el espíritu franciscano
se saliera del Cristianismo como el espíritu cristiano se salió de Israel.
Deseaban que eclipsase al Cristianismo, como el espíritu cristiano eclipsó a
Israel. Francisco, el fuego que corrió por los caminos de Italia, debía ser el
principio de un incendio que había de consumir a la antigua civilización
cristiana. Aquél era el punto que el Papa hubo de resolver: si el Cristianismo
debía absorber a Francisco, o éste al Cristianismo. Y decidió con razón, aun sin
contar con que era un deber de su cargo, ya que la Iglesia podía admitir todo lo
que tenían de bueno los Franciscanos, y éstos no podían abarcar todo lo que
tenía de bueno la Iglesia.
Existe una consideración que, con ser suficientemente clara en el conjunto de la
historia franciscana, no ha sido quizá suficientemente notada, sobre todo por
los que no saben apreciar la existencia de cierto sentido común católico más
amplio aún que el entusiasmo franciscano. No obstante, deriva de los méritos
mismos del hombre que con tanta razón admiran. Francisco de Asís, como hemos
repetido a menudo, era un poeta, es decir, un hombre que podía expresar su
personalidad. Ahora bien: constituye siempre la característica de los hombres de
esta naturaleza el hecho de que sus mismas limitaciones los engrandecen. El
santo es quien es no sólo por lo que tiene, sino, hasta cierto punto, por lo que
no tiene. Pero los límites que forman las líneas de aquel retrato personal no
pueden convertirse en límites de la humanidad entera. San Francisco es un
ejemplo muy vigoroso de esta cualidad del hombre de genio: que, en él, aun lo
negativo es positivo, porque forma parte de un carácter. Un ejemplo excelente de
lo que quiero significar se halla en su actitud con respecto a la ilustración y
a la cultura. Nada sabía de libros ni de su ciencia, y, en cierto modo, quería
que se apartasen de ellos; y desde su punto de vista, y del de su obra en el
mundo, tenía absoluta razón. El conjunto de su enseñanza había de ser tan
sencillo que un bobo de villorrio pudiese comprenderlo. El conjunto de su punto
de vista consistía en contemplar con ojos nuevos un mundo nuevo que podía haber
sido creado aquella misma mañana. A excepción de las grandes cosas primarias: la
Creación y la historia del Paraíso terrenal, la primera Navidad y la primera
Pascua, para el santo no tenía el mundo historia alguna. Pero ¿es cosa deseada o
deseable que toda la Iglesia católica carezca de historia?
Constituye quizá la insinuación principal de este libro afirmar que San
Francisco recorrió el mundo como Perdón de Dios. Quiero decir que su aparición
señaló el momento en que los hombres podían reconciliarse no sólo con Dios, sino
con la Naturaleza, y, lo que era más difícil, consigo mismos; el momento en que
el añejo paganismo que envenenó al mundo antiguo se extirpaba, por fin, del
corazón humano. Abría las puertas de la Edad oscura como las de una cárcel o
purgatorio donde los hombres se purificaron como ermitaños en el desierto, o
como héroes en las guerras bárbaras. Constituyó, en efecto, la totalidad de su
misión decir a los hombres que empezasen de nuevo, y animarlos, en tal sentido,
a que olvidasen lo pasado. Si la humanidad había de volver la hoja y comenzar
página nueva con las primeras grandes letras del alfabeto, trazadas con
sencillez y policromadas brillantemente a la manera de las primeras épocas
medioevales, era cosa muy peculiar de aquella alegría infantil dejar pegada con
engrudo la vieja página, ennegrecida toda y sangrienta, y llena de cosas
horribles. Ya he observado, por ejemplo, que en la poesía del primer poeta
italiano no existe ningún rastro de aquella mitología pagana que perduró mucho
tiempo después del paganismo. El primer poeta italiano parece ser el único
hombre del mundo que nunca oyó hablar de Virgilio. Esto era cosa muy puesta en
razón por el sentido especial en que fue él el primer poeta italiano. Es cosa
muy puesta en razón que llame ruiseñor a un ruiseñor, y que no malogre o
entristezca su canto con las terribles historias de Itis o de Progne. En una
palabra: es cosa muy puesta en razón y perfectamente deseable que San Francisco
nunca hubiese oído hablar de Virgilio. Pero, ¿ desearíais, realmente, que Dante
nunca hubiese oído hablar de Virgilio? ¿Desearíais, realmente, que Dante nunca
hubiese leído nada de la mitología pagana? Se ha dicho con verdad que el uso
hecho por Dante de aquellas fábulas constituye una porción de ortodoxia más
honda, que sus enormes fragmentos paganos, sus gigantescas figuras de Minos y de
Caronte, no son sino un atisbo de alguna enorme religión natural que se
encuentra detrás de toda la Historia, y que, desde un principio, ya anuncia la
Fe. Está bien tener a la Sibila, así como a David, en el Dies Irte. Decir que
San Francisco hubiera quemado todas las hojas de los libros de la Sibila a
cambio de una hoja fresca arrancada al árbol más cercano, es cosa muy cierta y
muy peculiar de San Francisco. Pero está bien poseer el Dies Irae a la par que
el Cántico del Sol.
Según esta tesis - y para abreviar - la venida de San Francisco fue como el
nacimiento de un niño en una mansión tenebrosa cuya condenación viniese a
levantar; de un niño que crece inconsciente de la tragedia y que triunfa de ella
por su inocencia. En nuestro santo no es sólo necesaria la inocencia, sino la
ignorancia. La esencia de su historia está en que pudo arrancar la verde hierba
sin saber que crecía sobre un hombre asesinado, o subirse a un manzano ignorando
que había sido la horca de un suicida. Lo que el frescor del espíritu
franciscano trajo al mundo entero fue aquella reconciliación y aquella amnesia.
Pero de esto no debe colegirse que había de imponer al mundo entero su
ignorancia. Y, en mi opinión, hubiera intentado imponerla. Hubiera parecido
justo a algunos Franciscanos que la poesía franciscana excluyese a la prosa
benedictina. Para el niño simbólico era cosa muy racional. Era cosa muy puesta
en razón que, para aquel niño, el mundo fuese un nuevo y grande cuarto de juego,
con paredes desnudas y blanqueadas en las que pudiese trazar sus dibujos con
tiza, al estilo pueril, con línea simple y alegre color; es decir, como en la
iniciación de todo nuestro arte. Era cosa muy racional que tuviese aquella
estancia de niños por la mansión más magnificente de la imaginación humana. Pero
en la Iglesia de Dios hay muy diversas mansiones.
Cada herejía ha sido un esfuerzo para limitar a la Iglesia. Si el movimiento
franciscano hubiese acabado en nueva religión, hubiera sido, en fin de cuentas,
una religión estrecha y limitada. En cuanto, acá y acullá, se tornó herejía, fue
una herejía estrecha. Hizo lo que siempre hacen las herejías: levantó la forma
contra el espíritu. La forma era, originariamente, es cierto, aquella modalidad
buena y gloriosa del gran San Francisco, pero no constituía todo el espíritu de
Dios, ni siquiera el del hombre. Y es un hecho que aquella modalidad misma fue
degenerando y trocóse en monomanía. Los de una secta que se llamaban Fraticelli
se declararon a sí mismos verdaderos hijos de San Francisco, y rompieron todo
convenio con Roma en favor de lo que hubieran llamado el programa íntegro de
Asís. A poco, aquellos Franciscanos libres tuvieron aspecto tan feroz como los
Flagelantes. Lanzaron nuevos y violentos vetos; atacaron al matrimonio, es
decir, atacaron a la humanidad. En nombre del más humano de los santos
declararon la guerra a la humanidad. No pereció ninguno de ellos, aun cuando
fueron perseguidos; muchos pudieron convencerse de su error; y los pocos que
quedaron imposibles de convencer, permanecieron sin hacer nada encaminado a
recordar ni por asomo el verdadero San Francisco. Lo que ocurrió a aquellos
hombres es que eran unos místicos, místicos y nada más que místicos; místicos,
no católicos; místicos, no cristianos; místicos, no hombres. Se corrompieron
porque, en el sentido más exacto, no prestaron oído a la razón. Y San Francisco,
por extravagantes y románticos que puedan parecer a muchos sus movimientos,
siempre estaba atado a la razón como con un cabello invisible e indestructible.
El gran santo estaba cuerdo; y el mismo son de la palabra cuerdo, como la cuerda
más grave de un arpa, nos conduce a algo más profundo en él que todo lo otro que
casi semeja excentricidad de gnomo. No fue un simple excéntrico porque tendiera
siempre hacia el centro y el corazón del laberinto; tomaba los vericuetos más
singulares y tortuosos del bosque, pero avanzaba siempre hacia su hogar. No sólo
fue demasiado humilde para convertirse en heresiarca, sino demasiado humano para
aspirar a extremista, en el sentido de quien se destierra a los confines del
mundo. El sentido del humor que aliña todas las historias de sus andanzas fue lo
que le impidió endurecerse en el empaque de la rectitud sectaria. Por su
naturaleza hallábase siempre dispuesto a admitir que estaba equivocado; y si sus
seguidores, en lo que respecta a ciertos puntos de orden práctico, hubieron de
admitir que lo estaba, sólo fue para probar que tenía razón. Porque han sido
ellos, sus verdaderos seguidores, los que han probado realmente que la tenía; y,
aun superando algunas de sus negaciones, han extendido e interpretado
triunfalmente su verdad. La Orden Franciscana no se fosilizó ni se dividió como
algo cuyo verdadero objetivo se viese frustrado por la tiranía oficial o por la
traición interna. Fue este, su tronco central y ortodoxo, el que, más tarde, dio
sus frutos al mundo. Contó entre sus hijos a Buenaventura, el gran místico; a
Bernardino, el popular predicador, que llenó a Italia con las tan beatíficas
bufonadas de un Juglar de Dios; a Raimundo Lulio, con su ciencia singular y sus
planes amplios y osados para la conversión del mundo, hombre intensamente
personal, como San Francisco; a Roger Bacon, el primer naturalista, cuyos
experimentos con la luz y el agua tenían toda la singularidad luminosa propia de
los comienzos de la Historia Natural, y a quien aun los científicos más
materializados han saludado como padre de la ciencia. Es no sólo cierto que
estos fueron grandes hombres y legaron al mundo una gran labor, sino también que
fueron hombres de una determinada naturaleza, que conservaron el espíritu y el
sabor de un hombre determinado y que podemos percibir en ellos un gusto y una
nota de audacia y sencillez, reconociéndolos como hijos de San Francisco.
Porque éste es el espíritu pleno y final con que nos volveremos a San Francisco:
el espíritu de agradecimiento por lo que hizo. Fue, por encima de todo, un gran
donador; y buscaba especialmente la mejor manera de dar, que es la de dar
gracias. Si otro grande hombre escribió una gramática del asentimiento, puede
decirse de él que escribió una gramática de la aceptación, de la gratitud.
Comprendió muy a fondo, hasta sus últimas profundidades, la teoría del
agradecimiento; y estas profundidades son un abismo sin fondo. Sabía que la
alabanza de Dios se asienta sobre la tierra más sólida cuando se asienta sobre
la nada. Sabía que la mejor manera de poder medir el milagro sumo del mero hecho
de la existencia, es darnos cuenta de que, a no ser por una merced singular, no
existiríamos siquiera. Y algo de esta verdad mayor se repite, en forma reducida,
en nuestras propias relaciones con aquel poderoso creador de la Historia.
También él fue donador de cosas que no hubiéramos podido procurarnos; también él
fue demasiado grande para corresponderle con cosa que no sea el agradecimiento.
De él nos vino un despertar del mundo entero y una aurora en que aparecían
nuevas todas las formas y los colores. Los grandes hombres de genio, creadores
de la civilización cristiana que conocemos, aparecen en la Historia casi como
sus siervos e imitadores. Antes de que naciese Dante, había dado a Italia su
poesía; antes de que reinase San Luis, se había levantado corno tribuno de los
pobres; y antes de que Giotto pintase sus obras, había vivido sus escenas. El
gran pintor que inició en su totalidad la humana inspiración en la pintura
europea, buscó su inspiración en San Francisco. Se dice que cuando San Francisco
arregló, con su sencillez peculiar, un Belén lleno de reyes y ángeles con
vestiduras medioevales, rígidas y lucidas, y con pelucas de oro en vez de halos,
se obró un milagro lleno de gloria franciscana. El Niño Dios era un muñeco de
madera o bambino, y se dice que el santo lo abrazó y que el niño cobró vida
entre sus brazos.
Es cierto que el santo no se consagraba a empresas menores; pero podemos decir
que, al menos, una cosa cobró vida entre sus brazos: y es lo que llamamos
"drama". Si exceptuamos su intensa afición personal al canto, acaso no encarnó
él su espíritu peculiar en ninguna de las bellas artes. Fue él mismo el espíritu
que tomó cuerpo. Fue la esencia y la substancia espiritual que recorrió el mundo
antes de que nadie hubiese advertido las formas visibles que de ella se
derivaron; fue un fuego errante, como salido de ninguna parte, en el cual los
hombres más materiales podían encender antorchas y cirios. Fue el alma de la
civilización medioeval ya antes de que ésta adquiriese cuerpo. Y otra corriente
muy distinta de inspiración espiritual brotó de él muy abundante: toda la
energía reformadora de los tiempos medioevales y modernos que tiene este lema:
Deus est Deus pauperum. Su ardor abstracto por los seres humanos se encerraba en
multitud de justas leyes medioevales dictadas contra el orgullo y la crueldad de
los ricos; se encierra hoy tras lo que se llama impropiamente Socialismo
Cristiano, y que podría llamarse con mayor exactitud Democracia Católica. Ni en
el terreno social ni en el artístico pretenderá nadie que estas cosas hubiesen
existido sin el santo, y es de estricta verdad que hoy día no sabríamos
imaginarlas sin su intervención. Su vida, pues, transformó al mundo.
Y algo de aquel sentimiento de impotencia que constituyó más de la mitad de su
poder sobrecogerá a todo aquel que, conociendo lo que fue la inspiración del
santo en la Historia, pueda sólo recordarla mediante una serie de frases
inseguras y débiles. Conocerá algo de lo que quiso significar San Francisco al
hablarnos de la grande y buena deuda que no puede saldarse. Sentirá en seguida
el deseo de haber hecho infinitamente más y la futilidad de haber hecho aquel
poco. Sabrá lo que es permanecer bajo el diluvio de maravillas de aquel hombre
desaparecido y no tener nada que dar en retorno, nada que ofrecer bajo los arcos
imponentes y abrumadores del templo del tiempo y la eternidad, más que esta
breve candileja tan presto consumida ante su imagen.