Título original SAINT FRANCIS OF ASSISI Primera edición, octubre 1925 Segunda
edición, enero 1944 Tercera edición, diciembre 1945
UN estudio moderno sobre San Francisco de Asís puede escribirse de tres maneras.
El autor debe elegir entre ellas; pero la tercera, que es la adoptada aquí,
viene a ser, en algunos aspectos, la más difícil. Por lo menos, sería la más
difícil si las demás no resultasen imposibles.
Según el primer método, el autor puede tratar de aquel hombre insigne y
asombroso como simple figura de la Historia y como modelo de virtudes sociales.
Puede describir a aquel divino demagogo como si fuera (y probablemente lo fue)
el único demócrata del mundo completamente sincero. Puede decir, aunque ello
signifique bien poco, que San Francisco se anticipó a su época. Puede decir
también, y es cosa absolutamente cierta, que San Francisco anticipó todo lo que
hay de más liberal y simpático en el temperamento moderno: el amor a la
Naturaleza, el amor a los animales, el sentido de la compasión social y el de
los peligros espirituales de la prosperidad y aun de la propiedad misma. Todas
estas cosas que nadie comprendió antes de Wordsworth, le eran ya familiares a
San Francisco. Todas estas cosas que Tolstoi fue el primero en descubrir, eran
ya del todo admitidas por San Francisco. Podría presentársele no ya como un
héroe humano, sino humanitario; ciertamente, como el primer héroe del
humanitarismo. Se le ha descrito también como una especie de estrella matutina
del Renacimiento. Y junto a todo esto, su teología ascética puede ignorarse u
omitirse como un accidente de la época, que, por fortuna, no resultó fatal. Su
religión puede considerarse como una superstición, pero inevitable, de la que ni
el mismo genio podía librarse enteramente; y, considerándolo así, sería injusto
condenar a San Francisco por su negación de sí mismo, o criticarle por su
castidad. Es evidente que, aun desde este punto de vista, su figura se nos
aparecería como heroica. Quedaría aún mucho por decir sobre el hombre que trató
de acabar las Cruzadas predicando a los sarracenos, o que intercedió por los
pajarillos ante el Emperador. El autor de semejante estudio podría describir,
con un espíritu puramente histórico, el conjunto de aquella grande inspiración
franciscana que se dejó sentir en las pinturas de Giotto, en la poesía de Dante,
en los "milagros" o piezas de teatro religioso que hicieron posible el drama
moderno, y en tantas otras cosas que ya sabe apreciar la cultura de nuestro
tiempo. Podría tratar así el asunto, como otros lo hicieron, casi sin suscitar
ninguna cuestión religiosa. En resumen, podría intentar escribir la historia de
un santo sin Dios; lo cual es como si nos dijeran que escribiésemos la biografía
de Nansen, pero prohibiéndonos toda mención del Polo Norte.
Eligiendo la segunda manera, el autor podría pasarse al extremo opuesto y
decidirse por un método abiertamente piadoso. Podría hacer del entusiasmo
teológico su tema central, como lo fue para los primeros franciscanos. Podría
tratar la religión como fue en realidad para San Francisco y hallar una austera
alegría, por decirlo así, en presentar pomposamente las paradojas del ascetismo
y todos los sagrados trastornos de la humildad. Podría sellar la historia
completa con los Estigmas, recordar ayunos como batallas reñidas contra un
dragón; hasta que en la vaga mentalidad moderna apareciera San Francisco en
figura tan sombría como la de Santo Domingo. En resumen: podría crear lo que
muchos en nuestro mundo considerarían como una forma de negativo fotográfico,
una inversión de luces y sombras; cosa que los necios hallarían tan impenetrable
como las mismas tinieblas, y aun muchos de entre los juiciosos, tan invisible
casi como la escritura con tinta simpática. Semejante estudio de San Francisco
resultaría ininteligible para todos los que no compartiesen su religión, y tal
vez sólo inteligible en parte para quien no sintiese su vocación misma. Según
los grados de juicio, se consideraría como cosa exageradamente buena o
exageradamente mala para el mundo. La única dificultad de desarrollar el tema
según esta orientación, radica en que es una empresa imposible. Se requeriría un
santo para escribir la vida de un santo. Y, en el presente caso, las objeciones
a esta orientación son insuperables.
En tercer lugar, podría tratar de hacer lo que yo he ensayado en este libro; y,
según ya antes indiqué, este método encierra también sus problemas peculiares.
El autor podría adoptar la posición del acostumbrado investigador moderno; y, en
realidad, el autor de este libro se halló antes por completo en semejante
posición, y la adopta aún muy a menudo. Podría tomar como base la de quien
admira ya a San Francisco, pero sólo por aquellas cosas que le parecen
admirables al observador de hoy. Es decir: presumiría que el lector es, por lo
menos, tan culto como Renan o Matthew Arnold; pero, a la luz de esta cultura,
trataría de iluminar lo que Renan y Matthew Arnold dejaron a oscuras. Procuraría
utilizar las cosas ya comprendidas para explicar las que no lo son. Diría al
lector moderno: "He aquí una figura histórica que ya se aparece como atractiva a
muchos de nosotros, por su alegría, por su romántica imaginación, por su
cortesía y camaradería espirituales; pero en la que también concurren ciertos
elementos (evidentemente, tan sinceros como vigorosos) que nos parecen harto
anticuados y repulsivos. Pero, en resumidas cuentas, el santo sólo fue un
hombre, no media docena de hombres. Lo que os parece contradicción, no se lo
pareció a él. Veamos, pues, si es posible comprender, con la ayuda de las cosas
ya comprendidas, las que parecen ahora doblemente oscuras, por su propia
opacidad y por su contraste irónico." No quiero significar, naturalmente, que
pueda yo alcanzar esa totalidad psicológica en el presente esquema, sencillo y
rápido. Quiero decir, empero, que es ésta la única condición polémica que aquí
voy a admitir; es decir, que me dirijo al observador simpatizante. No aceptaré
mayor ni menor compromiso. A un materialista no ha de importarle que las
contradicciones se concilien o no. Un católico tal vez no vea contradicción
alguna que deba conciliarse. Pero en este libro me dirijo al hombre moderno en
su tipo corriente: simpatizante, pero escéptico; y puedo esperar, aunque sea
vagamente, que, acercándome a la historia del gran santo a través de lo que hay
en ella de claramente pintoresco y popular, podré comunicar al lector una mayor
comprensión de la coherencia de aquel carácter en su conjunto; y que,
acercándonos a él de este modo, podremos, por lo menos, vislumbrar la razón que
asistió al poeta que alabó a su señor el Sol para esconderse a menudo en oscura
caverna; por qué el santo que se mostró tan dulce con su hermano el Lobo, fue
tan rudo con su hermano el Asno (según motejó a su propio cuerpo) ; por qué se
apartó de las mujeres el trovador que dijo abrasarse en amor; por qué el poeta
que se gozaba en la fuerza y la alegría del fuego, revolcó su cuerpo en la
nieve; por qué el mismo canto en que grita con toda la pasión de un pagano:
"Loado sea Dios por nuestra hermana la Tierra, que nos regala con variadas
frutas, con hierba y flores brillantes", casi termina así: "Loado sea Dios por
nuestra hermana la Muerte corporal."
Renan y Matthew Arnold fracasaron completamente ante la prueba de estas
contradicciones. Se contentaron con seguir alabando a Francisco hasta verse
atajados por sus propios prejuicios: los tercos prejuicios del escéptico. En
cuanto dieron con algún acto de Francisco que no comprendían o no era de su
gusto, no intentaron comprenderlo y menos encontrarlo grato; volvieron,
sencillamente, la espalda a la totalidad del problema y "no anduvieron más con
él". Con semejante proceder, nadie avanzaría en el camino de la investigación
histórica. Tales escépticos se ven, en realidad, impelidos a abandonar con
desesperación la totalidad del tema, a dejar el más simple y sincero de los
caracteres históricos como un amasijo de contradicciones. Arnold alude al
ascetismo del Alvernia casi atropelladamente, como si fuera un borrón, feo pero
innegable, en la belleza de la historia; o, mejor dicho, como si se tratara de
una lamentable caída y de una vulgaridad al final de la historia. Ahora bien:
esto es, simplemente, estar ciego ante el punto culminante de una historia.
Presentar el Monte Alvernia como el simple fracaso de Francisco, equivale
exactamente a presentar el Monte Calvario como el simple fracaso de Cristo.
Tales montañas, montañas son, sean como fueren; y es necio decir que son huecos
relativos o negativas quebradas abiertas en el suelo. Existieron manifiestamente
para significar culminaciones y señalar linderos. Tratar de los Estigmas como de
una especie de escándalo, que nos conmueve tiernamente, pero con pena, es cosa
idéntica a tratar las cinco llagas de Cristo como cinco manchas en Su persona.
Puede repugnaros la idea del ascetismo; puede igualmente repugnaros la idea del
martirio; por esta razón podéis sentir una repugnancia sincera y natural ante el
concepto total de sacrificio que simboliza la cruz. Pero si es una repugnancia
inteligente, conservaréis aún cierta aptitud para daros cuenta del punto
culminante de la historia, de la historia de un mártir, o aun de la de un monje.
No podréis, racionalmente, leer el Evangelio y considerar la Crucifixión como
una adición tardía, o una falta de gradación, o un accidente en la vida de
Cristo; es, muy a las claras, el punto culminante de la historia, como la punta
de una espada, de aquella espada que traspasó el corazón de María.
Y, racionalmente, no podréis leer la historia de un hombre presentado como
Espejo de Cristo sin comprender su fase final como Hombre de Dolor, y sin
apreciar - siquiera artísticamente - lo bien que le sienta recibir, en una nube
de misterio y soledad, y no infligidas por mano de hombre, las heridas
incurables y eternas que sanan al mundo.
Por lo que hace a la conciliación práctica de la alegría con la austeridad, debo
dejar que la misma historia la sugiera. Pero, ya que he mencionado a Matthew
Arnold, a Renan y a los admiradores racionalistas de San Francisco, insinuaré lo
que me parece más aconsejable que recuerden sus lectores. Estos distinguidos
escritores toman por obstáculo hechos como los Estigmas, porque para ellos la
religión era una filosofía. Era una cosa impersonal; y únicamente, de entre las
cosas terrenas, la pasión más personal nos procura, con relación a ella, un
paralelismo aproximado. Un hombre no se revuelca en la nieve por una propensión
natural que conduce las cosas a cumplir la ley de su existencia.
No andará sin alimento en nombre de algo, externo a nosotros, que conduzca a la
rectitud. Hará estas cosas, u otras muy parecidas, bajo un impulso muy distinto.
Hará estas cosas cuando esté enamorado. El primer hecho que debe notarse, al
hablar de San Francisco, se halla envuelto en el hecho inicial de su historia;
cuando dijo, en un principio, que era trovador, y proclamó, más tarde, que era
trovador de un más noble y nuevo romanticismo, no usaba una simple metáfora: se
comprendía mejor a sí mismo que le comprenden los eruditos. Fue un trovador, aun
en las peores agonías del ascetismo. Fue un enamorado. Un enamorado de Dios, y
también un enamorado de los hombres (cosa que encierra, probablemente, una
vocación mística todavía más singular). Un enamorado de los hombres es casi lo
contrario de un filántropo; y, por cierto, la pedantería del vocablo griego
encierra algo así como una sátira. Un filántropo puede decirse que ama a los
antropoides. Pero, como San Francisco no amó a la humanidad, sino a los hombres,
tampoco hubo de amar a la Cristiandad, sino a Cristo. Podréis decir, si os
place, que era un lunático, amante de una persona imaginaria; pero se trataba de
una persona imaginaria, no de una idea imaginaria. Y, para el lector moderno, la
clave del ascetismo y de otras muchas cosas se halla mejor en las historias de
enamorados que nos parecen más bien lunáticos. Referid la historia del santo
como la historia de uno de los trovadores; referid las cosas extravagantes que
hiciera por su dama, y la perplejidad moderna desaparece del todo. En semejante
historia romancesca no existirá contradicción entre el poeta cogiendo flores al
sol y soportando el frío de una noche en la nieve; entre alabar toda belleza
terrena y corporal, y negarse luego a tomar bocado; entre glorificar el oro y la
púrpura, y vestir deliberadamente unos andrajos; entre mostrar patéticamente una
grande hambre de vida feliz, y, a la vez, una gran sed de muerte heroica. Estos
enigmas se resolverían fácilmente en la simplicidad de todos los amores nobles;
pero el suyo fue un amor tan noble que casi nadie oyó hablar de él. Veremos más
adelante cómo este paralelismo del enamorado se ajusta prácticamente a los
problemas de su vida, y a las relaciones con su padre y con sus amigos y las
familias de ellos. Sucedería casi siempre que si el lector moderno lograse
sentir como una realidad este género de amor, podría sentir esta suerte de
extravagancia como un bello romanticismo. Pero sólo lo hago notar aquí a manera
de punto preliminar, ya que, aun cuando está muy lejos de encerrar la verdad
final de esta materia, constituye el mejor modo de aproximarse a ella. El lector
no empezará a vislumbrar el sentido de una historia que puede parecerle muy
extravagante, mientras no comprenda que, para aquel gran místico, su religión no
era una especie de teoría, sino algo así como unos amores. Y el único propósito
de este capítulo preliminar consiste en exponer los límites del presente libro,
que se dirige solamente a aquel sector del mundo moderno que halla en San
Francisco cierta dificultad moderna; que se siente capaz de admirarle, y que, no
obstante, lo acepta a duras penas; o que puede, apreciar al santo prescindiendo
casi de la santidad. Y mi único título para intentar siquiera semejante tarea
consiste en que, durante largo tiempo, me encontré en diversas fases de un
estado semejante. Una infinidad de cosas que ahora comprendo, en parte, las
imaginé del todo incomprensibles; muchas cosas que ahora tengo por sagradas, las
hubiera desdeñado como totalmente supersticiosas; muchas que, al considerarlas
ahora internamente, me parecen lúcidas y resplandecientes, hubiera dicho, con
sinceridad, que eran oscuras y bárbaras, cuando las contemplé en su apariencia,
durante aquellos días lejanos en que, por vez primera, la gloria de San
Francisco ardió en mi fantasía. También yo he vivido en la Arcadia; pero en la
misma Arcadia encontré a un hombre que vestía hábito pardo y amaba a los bosques
más que Pan. La figura con hábito pardo se levanta sobre el llar de la estancia
donde escribo, y es la única, entre muchas otras imágenes, que en ninguna etapa
de mi peregrinación dejó de serme familiar. Existe cierta armonía entre el llar
y la luz de la lumbre, y el primer placer que hallé en sus palabras sobre el
hermano Fuego; pues su recuerdo surge bastante remotamente en mi memoria para
mezclarse con los ensueños más domésticos de los días juveniles. Las mismas
sombras fantásticas que proyecta la lumbre, ejecutan una callada pantomima,
parecida a la que divierte a los pequeños; y aquellas sombras que yo veía eran,
ya entonces, sus sombras favoritas de fieras y pájaros, tal como él las vio,
grotescas, pero con una aureola de amor divino. Su hermano Lobo y su hermana
Oveja casi se parecen a la hermana Raposa y al hermano Conejo de un Tío Remo más
cristiano. Poco a poco, he logrado ver nuevos aspectos maravillosos de aquel
hombre, pero nunca olvidé el que ahora me place evocar. Su figura se halla como
en un puente que enlaza mi conversión y mi infancia a través de muchas otras
cosas; ya que la historia romancesca de su religión penetró hasta el
racionalismo de aquella vaga época victoriana. Porque he realizado esta
experiencia, podré guiar a otros en el camino, un poco más allá; pero sólo un
poco más allá. Nadie mejor que yo sabrá que en tal camino andarían con temor los
mismos ángeles, mas, aunque tengo por seguro mi fracaso, no me abruma el temor,
puesto que el santo supo tolerar con alegría a loa locos.
LA innovación moderna que ha sustituido con el periodismo a la Historia, o bien
a la tradición, que es como la charla de la Historia, ha tenido, por lo menos,
un resultado definido. Ha logrado que todos podamos oír únicamente el final de
cada historia. Los periodistas acostumbran imprimir en los últimos capítulos de
sus historias por entregas (cuando el protagonista y la protagonista están a
punto de besarse, en el último capítulo, ya que sólo una insondable perversidad
les privó de hacerlo en el primero) estas palabras harto desconcertantes:
"Podéis empezar esta historia aquí." Pero, aun éste será un paralelismo
incompleto, ya que los periódicos dan una especie de sumario de la historia, de
la novela, pero nunca dan nada que se parezca, ni remotamente, a un sumario de
la Historia. Los periódicos no sólo hablan de noticias de cosas recientes, sino
que lo tratan todo como cosa reciente
(El autor hace un gracioso, juego de palabras, tomando por base la semejanza de
los vocablos: news, noticias, y newspaper, periódico. (N. del T.).
Tutankamen, por ejemplo, era cosa reciente. Por idéntica razón leemos que el
almirante Bangs cayó muerto, y ésta es la primera indicación que nos llega sobre
el hecho de que hubiese nacido. Es especialmente significativo el uso que hace
el periodismo de sus reservas biográficas. No piensa nunca en publicar la vida
sino cuando publica la muerte. Y aplica este procedimiento así a los individuos
como a las instituciones y a las ideas. Después de la Gran Guerra, nuestro
público empezó a oír hablar de naciones de toda especie que se estaban
emancipando. Pero nadie le había hablado hasta entonces de que hubiesen sido
esclavizadas. Se nos llamaba a juzgar sobre la equidad de las soluciones, siendo
así que nunca nos fue posible enterarnos de la existencia de los conflictos. Se
consideraría cosa pedante comentar la poesía épica de los serbios, y se prefiere
hablar en el lenguaje llano y moderno de cada día acerca de la nueva diplomacia
internacional yugoeslava; y excita extraordinariamente algo llamado
Checoeslovaquia sin que, al parecer, se haya oído hablar de Bohemia. Cosas tan
viejas como Europa se consideran más recientes que los últimos derechos
proclamados en las praderas de América. Esto resulta muy excitante; tanto como
el último acto de una obra para quien llegó al teatro un momento antes de caer
el telón. Pero no conduce precisamente a saber de qué se trata. Esta cómoda
manera de presenciar el drama puede recomendarse a los que se satisfacen con
sólo presenciar el pistoletazo o el beso apasionado. Pero resulta insuficiente
para quien se sienta atormentado por una curiosidad intelectual acerca del
personaje que da el beso, o de aquel a quien están asesinando.
La mayor parte de la historia moderna, sobre todo en Inglaterra, se resiente del
mismo defecto, peculiar del periodismo. A lo sumo, explica sólo a medias la
historia de la Cristiandad; y, precisamente, la última mitad, sin la primera.
Hombres para quienes la razón empieza con el Renacimiento, hombres para quienes
la religión empieza con la Reforma, no pueden dar un informe completo sobre
nada, pues han de tomar por base instituciones cuyo origen no pueden explicar, y
por lo común, ni imaginar siquiera. Tal como nos enteramos de que el almirante
cayó muerto, sin habernos enterado de que hubiese nacido, oímos todos hablar
extensamente de la disolución de los monasterios, y no sabemos casi nada de su
creación. Ahora bien: una historia así resultaría terriblemente incompleta, aun
para una persona inteligente que odiase los monasterios. Y resulta terriblemente
incompleta con relación a las instituciones que muchas personas inteligentes
odian, con espíritu perfectamente saludable. Así, por ejemplo, es posible que
algunos de nosotros hayamos leído incidentalmente, en nuestros cultos autores de
primera fila, algunas alusiones a cierta sombría institución denominada
Inquisición española. Se trata, pues, de una institución sombría, según nos
cuentan los autores y las historias que leen. Es sombría, es oscura porque su
origen es oscuro. La historia protestante empieza, simplemente, con la posesión
de aquella cosa horrible, como la pantomima empieza con el rey demonio en la
cocina de los duendes. Para comprender la Inquisición española sería necesario
descubrir dos cosas que nunca soñamos escudriñar: saber qué era España, y qué
era la Inquisición. Lo primero suscitaría en su totalidad la gran cuestión de la
Cruzada contra los moros; nos llevaría a explicar por qué heroico espíritu
caballeresco una nación europea pudo librarse de una dominación extraña, venida
de país africano. Lo segundo suscitaría en su totalidad la cuestión de la otra
Cruzada contra los albigenses, y nos llevaría a discutir por qué la gente amó y
odió aquella visión nihilista venida de Asia. Sin comprender que en esas cosas
se encerraba el ímpetu y el entusiasmo inicial de una Cruzada, tampoco
comprenderemos cómo lograron alucinar a los hombres o arrastrarlos hacia el mal.
Los cruzados abusaron, indudablemente, de su victoria, pero su victoria existió.
Y toda victoria implica valor en el campo de batalla y popularidad en el foro.
Existe una forma del entusiasmo que incita a los excesos y disimula las faltas.
Por mi parte, puntualicé ya, en días lejanos, la responsabilidad de los ingleses
por el trato atroz que dieron a los irlandeses. Pero sería del todo injusto para
con los ingleses describir la misma diablura del 98 y abstenerse por completo de
aludir a la guerra contra Napoleón. Sería injusto insinuar que la mentalidad
inglesa no soñaba sino con la muerte de Emmett, cuando es más probable que se
hallase henchida de la gloria de la muerte de Nelson. Desgraciadamente, el 98
está muy lejos de ser la última fecha de tan innoble tarea; todavía hace pocos
años que nuestros políticos iniciaron su intento de gobernar mediante el robo y
el asesinato, mientras recriminaban a los irlandeses su recuerdo de antiguas
cosas desgraciadas y de batallas remotas. Pero, por mal que pensemos en la
cuestión de los BlackandTan, sería injusto olvidar que muchos de nosotros no
pensábamos en los BlackandTan, sino en los khaki; y que el khaki era objeto
entonces de una noble consideración nacional que encubría muchas cosas. Escribir
sobre la guerra de Irlanda sin mencionar la guerra contra Prusia, y la
integridad inglesa acerca de ella, sería injusto para con los ingleses. Por
igual razón, hablar de los instrumentos de tortura como si hubiesen sido un
horrido juguete, es cosa injusta para con los españoles. No explica claramente
desde su principio la historia de lo que hicieron los españoles, ni por qué lo
hicieron. Podemos conceder a nuestros contemporáneos que, sea como fuere, no se
trata de una historia que termine bien. No insistimos en que, según su versión,
empezase bien. Pero nos lamentamos de que, en su versión, ni siquiera empieza.
No llegan sino en el preciso instante de la muerte; y aun, como lord Tom Noddy,
llegan tarde para presenciar la ejecución. Es cierto que fue a menudo una
ejecución más horrible que las demás; pero aquellos escritores sólo recogen las
cenizas de las cenizas, los últimos vestigios de la hoguera.
Tomamos aquí al azar el caso de la Inquisición por ser uno de tantos que pueden
ilustrar la misma cosa; y no precisamente porque tenga relación con San
Francisco, así como, en cualquier sentido, podría relacionarse con Santo
Domingo. Ya indicaremos más adelante que San Francisco es ininteligible, del
mismo modo que es ininteligible Santo Domingo, a no ser que comprendamos algo de
lo que en el siglo xiii
significaba una herejía y una cruzada. Pero, de momento, utilizo el caso como un
pequeño ejemplo para un mayor propósito. Para dar a entender que empezar la
historia de San Francisco con el nacimiento de San Francisco sería omitir el
punto esencial de la historia, y quizá no contar la historia siquiera. Y para
insinuar que el tipo moderno de historia periodística, con la cola por delante,
siempre suele fracasar. Nos hablan de reformadores sin decirnos lo que han de
reformar; de rebeldes, sin darnos siquiera una idea de aquello contra lo cual se
rebelan; de conmemoraciones que no se relacionan con ningún recuerdo; y de
restauraciones de cosas que, aparentemente, nunca existieron. Aun a riesgo de
que el presente capítulo parezca desproporcionado, es necesario decir algo
acerca de los grandes movimientos que nos conducen hasta la aparición del
fundador de los Franciscanos. Implicará que hayamos de describir un mundo, y
hasta un universo, con miras a describir a un hombre. Implicará,
inevitablemente, que describamos ese mundo o ese universo con unas pocas
generalidades atropelladas y unas pocas frases abruptas. Pero, lejos de
significar que vemos una figura muy pequeña bajo un amplio firmamento, implicará
este método que se impone medir el firmamento antes que empecemos a medir la
elevadísima figura del hombre.
Y esta misma frase me lleva a las indicaciones preliminares que parecen
necesarias antes de iniciar un bosquejo, por somero que sea, de la vida de San
Francisco. Es necesario conocer, aunque sea de manera simple y elemental, en qué
especie de mundo entró San Francisco, y cuál fue la historia de aquel mundo,
siquiera en lo que a él le afectó. Es necesario trazar, sólo en unas pocas
frases, un a manera de prefacio en forma de Bosquejo de la Historia, si se nos
permite copiar las palabras de Mr. Wells. En el mismo caso de Mr. Wells, es
evidente que el distinguido novelista sufrió de idéntica desventaja que si le
hubieran obligado a escribir una novela a cuyo héroe odiase. Escribir historia y
odiar a Roma, tanto a la pagana como a la papal, es tener odio a casi todo lo
que ha acontecido en el mundo. Esto es: hallarse a dos dedos de odiar al género
humano por razones puramente humanitarias. Aborrecer, a la vez, al sacerdote y
al soldado, los laureles del guerrero y los lirios del santo, es sufrir un
apartamiento tal de la masa humana, que todas las destrezas de la más delicada y
dúctil de las inteligencias modernas no pueden compensar. Se requiere una más
amplia simpatía para la presentación histórica de San Francisco, que fue, a la
vez, soldado y santo. Terminaré, pues, este capítulo con algunas generalidades
sobre el mundo que halló San Francisco.
La gente no cree porque no quiere ensanchar su pensamiento. Desde el punto de
vista de mi creencia, podría expresar, naturalmente, esta idea diciendo que
algunos hombres no son bastante universales, bastante católicos, para ser
católicos. Pero no voy a discutir desde aquí las verdades doctrinales del
Cristianismo, sino tan sólo el hecho histórico del Cristianismo en sus líneas
generales, tal como puede aparecer a una persona realmente ilustrada y de
imaginación despierta, aunque dicha persona no sea cristiana. Lo que quiero
significar, de momento, es que la mayor parte de las dudas se asientan en
pormenores. En el curso de una lectura al azar, nos encontramos con tal
costumbre pagana que nos sorprende por lo pintoresca, o con tal acción cristiana
que nos sorprende por lo cruel; pero no abrimos nuestra mente lo bastante para
descubrir la verdad esencial de las costumbres paganas o de la reacción
cristiana contra ellas. Mientras no comprendamos, no precisamente en detalle,
sino en su estructura y proporción fundamental, aquel progreso cristiano y
aquella reacción cristiana, no comprenderemos realmente el punto esencial del
período histórico en que San Francisco apareció, ni lo que fue su gran misión
popular.
Ahora bien: es cosa muy sabida, en mi opinión, que los siglos XII y XIII fueron
un despertar del mundo. Fueron un fresco florecer de cultura y de arte, después
del largo estancamiento de una experiencia mucho más severa, y aun más estéril,
que llamamos la Edad oscura: Podemos decir que aquellos siglos fueron una
emancipación; fueron, ciertamente, un fin; el fin de lo que parece, al menos, un
tiempo más rudo e inhumano. Pero ¿qué fue lo que acababa? ¿De qué se emancipó
entonces la humanidad? He aquí un motivo de contraposición y de controversia
entre las diversas filosofías de la Historia. Desde un punto de vista puramente
externo y profano, se ha dicho, con razón, que la humanidad despertó de un
letargo; pero aquel letargo se vio atravesado de sueños místicos y, a veces,
monstruosos. Según esa rutina racionalista en que han caído muchos historiadores
modernos, se considera suficiente decir que la humanidad se emancipó,
simplemente, de una superstición salvaje, y avanzó, simplemente, hacia unas
luces de civilización. Y éste es precisamente el gran despropósito que se
levanta, como un obstáculo, al principio de nuestra historia de San Francisco.
Quien suponga que la Edad oscura no fue más que tiniebla, y que la aurora del
siglo XIII no fue más que luz de día, no será capaz de comprender nada de la
historia humana de San Francisco de Asís. Lo cierto es que la alegría de San
Francisco y de sus Juglares de Dios no fue únicamente un despertar. Fue algo que
no puede comprenderse sin comprender su credo místico. El fin de la Edad oscura
no fue únicamente un sueño. No fue, en verdad, únicamente el fin de una
supersticiosa esclavitud. Fue el fin de algo que pertenece a un orden de ideas
perfectamente definido, pero totalmente distinto.
Fue el fin de una penitencia, o, si se prefiere, de una expiación. Señaló el
momento en que terminaba cierta expiación espiritual, y en que ciertas dolencias
espirituales se extirpaban, al fin, del organismo. Esas dolencias fueron
extirpadas por una era de ascetismo, medio único con que podía curárselas. El
Cristianismo había penetrado en el mundo para sanarlo; y lo sanó de la única
manera posible.
Observándolo de modo puramente externo y experimental, el conjunto de la alta
civilización de la antigüedad había terminado al aprender cierta lección; es
decir, había acabado en su conversión al Cristianismo. Pero esta lección era un
hecho psicológico a la vez que una fe teológica. Aquella civilización pagana
había sido, en verdad, muy elevada. No se debilitará nuestra tesis, sino que tal
vez se robustezca diciendo que fue la más alta civilización de la humanidad.
Había descubierto sus artes, aun no rivalizadas, de poesía y de representación
plástica; había descubierto sus ideales políticos permanentes y su claro sistema
de lógica y de lenguaje. Pero, por encima de todo, había descubierto su propio
error.
Aquel error era demasiado profundo para ser definido ideológicamente; en
abreviatura, puede llamársele el culto de la Naturaleza. Podría llamársele con
igual razón el error de la naturalidad; y fue un error muy natural, ciertamente
e. Los griegos, esos grandes guías y heraldos de la antigüedad pagana, lanzaron
la idea de algo espléndidamente obvio y directo; la idea de que si los hombres
caminaban derechamente por el camino real de la razón y la Naturaleza, nada
debían temer; sobre todo si eran, como los griegos, eminentemente cultos e
inteligentes. Llegaremos a la impertinencia de decir que los hombres no tenían
más que seguir su nariz, con tal de que fuese una nariz griega. Y bastan los
mismos griegos para ilustrar la fatalidad, singular, pero cierta, que siguió a
esa falacia. Apenas se empeñan los griegos en seguir sus narices y su noción de
naturalidad, les acontece la cosa más singular de la Historia. Fue demasiado
singular para ser discutida fácilmente. Puede observarse que nuestros más
repulsivos realistas no nos dan nunca el beneficio de su realismo. Sus estudios
de cosas desagradables no tienen nunca en cuenta el testimonio que aportan a las
verdades de la moralidad tradicional. Pero si gustamos de esas cosas, podremos
citar millares de ejemplos que implican una conclusión favorable a la moral
cristiana. Se hallará uno en el hecho de que nadie ha escrito, en tal sentido,
una historia moral de los griegos. Nadie ha visto la importancia o la
singularidad de tal historia. Los hombres más sabios y prudentes del mundo
empeñáronse en ser naturales; y lo primero que hicieron fue la cosa menos
natural del mundo. El efecto inmediato de saludar al sol y a la salud que el sol
proporciona a la Naturaleza, fue una depravación que se extendió como una peste.
Los más grandes filósofos, y aun los más puros, no pudieron, aparentemente,
librarse de esta locura de baja condición. ¿Por qué? Parece muy sencillo que el
pueblo cuyos poetas concibieron a Elena de Troya, cuyos escultores labraron la
Venus de Milo, se conservase sano. Lo cierto es que la gente que rinde culto a
la salud no se conserva sana. Cuando el hombre quiere seguir un camino recto,
anda torcido. Cuando sigue a su nariz, se arregla de algún modo para desviarla,
o quizá para cortársela, aun desfigurándose el rostro; y esto lo hará
obedeciendo a algo más hondo en la naturaleza humana que lo que pueden
comprender los adoradores de la Naturaleza. Fue el descubrimiento de ese algo
más hondo, humanamente hablando, lo que constituyó la conversión al
Cristianismo. Existe una tendencia en el hombre similar a la de los bolos, y el
Cristianismo descubrió la manera de corregir esa tendencia, y, por consiguiente,
de acertar el golpe. Muchos se sonreirán al oírlo, pero es profundamente cierto
decir que la alegre buena nueva traída por el Evangelio fue la del pecado
original.
Roma se levantó, a pesar de sus maestros, los griegos, porque no consintió del
todo que le enseñasen aquellas trampas. Poseía una tradición doméstica mucho más
decente; pero adoleció, al fin, de la misma falacia en su tradición religiosa,
que fue necesariamente, en proporción no pequeña, la tradición pagana del culto
de la Naturaleza. Lo que aconteció a la civilización pagana en conjunto fue que
nada existía entonces que condujese a la masa humana al misticismo, como no
fuese lo relacionado con el misterio de las fuerzas innominadas de la
Naturaleza, tales como el sexo, el desarrollo y la muerte. También en el Imperio
romano, mucho antes de su fin, encontramos el culto de la Naturaleza
produciendo, inevitablemente, cosas contra la Naturaleza. Se han convertido en
proverbiales casos como el de Nerón, cuando el sadismo se sentaba impudentemente
en un trono, a plena luz. Pero la verdad a que me refiero es algo mucho más
sutil y universal que un catálogo convencional de atrocidades. Lo que aconteció
a la imaginación humana, en general, fue que el mundo se coloreaba de pasiones
peligrosas, que empeoraban rápidamente; de pasiones naturales que se convertían
en pasiones contra natura. Así, al tratar la sexualidad sólo como una cosa
inocente y natural, produjo el efecto de que todas las demás cosas inocentes y
naturales se viesen impregnadas, empapadas de sexualidad. La sexualidad no debe
admitirse con simple carácter de igualdad entre las emociones elementales o los
actos de la vida física como el comer y el dormir. En cuanto el sexo cesa de ser
un siervo 'se convierte en tirano. Hay algo peligroso y desproporcionado en el
lugar que el sexo ocupa en la naturaleza humana; y requiere, ciertamente, una
purificación y un cuidado especiales. La pretensión moderna según la cual el
sexo sería libre como cualquier sentido, y el cuerpo, bello como una flor o un
árbol, es una descripción del Paraíso terrenal, o bien un fragmento de pésima
psicología que hace ya dos mil años cansó al mundo.
No debe confundirse esto con un simple sensacionalismo estrecho acerca de la
perversidad del mundo pagano. No se trata sólo de que el mundo pagano fuese
perverso, sino de que era bastante capaz para darse cuenta de que su paganismo
iba pervirtiéndose, o, mejor dicho, de que se hallaba en el camino lógico de la
perversión. Quiero decir que la "magia natural" no tenía porvenir alguno;
profundizar en ella no era sino ensombrecerla, convirtiéndola en magia negra. No
tenía porvenir alguno, porque su pasado fue inocente sólo a fuerza de ser joven.
Podríamos decir que fue inocente sólo porque fue superficial. Los paganos eran
más prudentes que el paganismo; por eso los paganos se convirtieron en
cristianos. Millares de ellos poseían filosofía y virtudes familiares y honor
militar que los sostuviera; pero, en aquel entonces, esa cosa puramente popular
llamada religión ya les estaba atrayendo. Resulta cierto decir que cuando se
admitió aquella reacción contra el mal, era contra un mal que se hallaba en
todas partes. En un sentido más literal, su nombre fue el de Pan.
No es metáfora decir que aquellos hombres necesitaban un nuevo cielo y una
tierra nueva; porque habían profanado su propia tierra y su propio cielo. ¿Cómo
iban a resolver su caso mirando al cielo, cuyas estrellas garabateaban leyendas
eróticas? ¿Cómo aprenderían nada del amor de los pájaros y las flores, después
de las historias que de ellos se contaban? Es imposible multiplicar aquí las
evidencias, y un pequeño ejemplo habrá de suplirlas. Todos conocemos la
naturaleza de las asociaciones sentimentales que despiertan estas palabras: "un
jardín", y de qué manera nos traen el recuerdo de romanticismos melancólicos e
inocentes, y, a menudo, la visión de una doncella graciosa, o de un sacerdote
bondadoso y anciano amasando arcilla bajo una línea de tejos, quizá a la vista
de una torre pueblerina. Y quien conozca un poco la poesía latina imagine
súbitamente lo que un tiempo se alzó, obsceno y monstruoso, en el sitio del
reloj de sol o de la fuente; y recuerde de qué condición fue el dios de sus
jardines.
Nada podía purgar de aquella obsesión sino una religión que, literalmente, no
fuese terrena. De nada servía decir a aquellos hombres que se acogiesen a una
religión natural, llena de estrellas y flores; ya no existía una sola flor ni
una sola estrella que no hubiesen sido maculadas. Debían irse al desierto para
no encontrar flores, y aun al fondo de las cavernas para no ver estrellas. En
ese desierto y en el fondo de la caverna permaneció el más alto intelecto humano
sosa de cuatro siglos; y esto fue lo más prudente que pudo hacer. Nada le
restaba, sino lo francamente sobrenatural, para su salvación; si Dios no podía
salvarle, no podrían, ciertamente, salvarle los dioses. La Iglesia primitiva
llamó demonios a los dioses del paganismo; y tuvo razón. Aunque hubiesen servido
en sus principios a alguna religión natural, ya no habitaban sino diablos en
aquellos santuarios vacíos. Pan ya no era más que pánico. Venus ya no era más
que vicio venéreo. No quiero significar, ni por asomo, que todos los paganos,
considerados individualmente, fuesen de esta condición, ni aun en las últimas
épocas del paganismo; pero diferían sólo individualmente de la condición
general. Nada distingue tan claramente al paganismo del Cristianismo como el
hecho de que, en aquél, la cosa individual llamada filosofía, nada tenía que
ver, o casi nada, con la cosa social llamada religión. Sea como fuere, ningún
bien resultaba de predicar la religión natural a unos hombres para quienes la
Naturaleza se haya convertido en cosa tan poco natural como una imagen
cualquiera. Sabían mucho mejor que nosotros propios males, y la suerte de
demonios que les tentaban y atormentaban a un tiempo; y. escribieron el
siguiente texto, encima de aquel grande espacio de Historia: "Los de esta
especie no se echan sino con la oración y el ayuno."
Ahora bien: la importancia histórica de San Francisco y de la transición del
siglo XII al XIII, se halla en el hecho de que señalaron el fin de aquella
expiación. Los hombres, al terminar la Edad oscura, podían ser rudos, indoctos e
ignorantes en todo lo que no fuesen guerras contra tribus paganas más bárbaras
que ellos mismos; pero tenían, siquiera, el alma limpia. Eran como niños. La
primera iniciación de sus rudas artes respiraba el puro placer de los niños.
Hemos de imaginarlos en Europa, viviendo, en general, bajo el dominio de
pequeños gobiernos locales, feudales por ser una supervivencia de guerras
feroces contra los bárbaros; monásticos, a veces, y de un carácter más amistoso
y patriarcal, aun ligeramente imperiales, porque Roma gobernaba todavía, a guisa
de una gran leyenda. Pero en Italia había sobrevivido algo más típico del más
bello espíritu de la antigüedad: la república. Italia poseía multitud de
pequeños Estados, de ideales ampliamente democráticos, y llenos, a menudo, de
verdaderos ciudadanos. Pero la ciudad ya no permanecía abierta, como bajo la paz
romana; estaba rodeada de altos muros, para defenderse en las guerras feudales,
y todos los ciudadanos debían ser soldados. Una de estas ciudades se erguía en
lugar escarpado y sorprendente entre las boscosas colinas de Umbría: y su nombre
era Asís. Por su puerta profunda, bajo los altos torreones, debía entrar el
mensaje que fue evangelio de aquella hora: "Tu guerra ha terminado; se perdonó
tu iniquidad." Pero del fondo de aquellos fragmentos de feudalismo y libertad, y
de aquellos restos de ley romana, debía levantarse, a comienzos del siglo XIII,
vasta y casi universal, la poderosa civilización de la Edad Media.
Es exagerado atribuirla por entero a la inspiración de un solo hombre, aunque se
trate del genio más original del siglo XIII. La ética elemental de fraternidad y
buena fe nunca había sido extinguida totalmente, y la Cristiandad nunca dejó de
ser cristiana. Las grandes verdades sobre la justicia y la piedad se encuentran
en los más rudos anales monásticos de la transición bárbara, o en las máximas
más duras de la decadencia bizantina. Y en los tempranos comienzos del siglo XI
y XII ya había comenzado un movimiento moral más amplio. Pero puede decirse, en
verdad, que por encima de estos primeros movimientos aún flotaba algo de la
antigua austeridad derivada de aquel largo período penitencial. Era el
crepúsculo matinal; pero era todavía un crepúsculo gris. Y esta afirmación puede
aclararse con sólo mencionar dos o tres de aquellas reformas anteriores a la
franciscana.
La institución monástica era, por supuesto, mucho más antigua que todas aquellas
cosas; era, indudablemente, casi tan antigua como el Cristianismo. Sus consejos
de perfección habían tomado siempre la forma de votos de castidad, pobreza y
obediencia. Con estos objetivos extramundanos había civilizado, hacía mucha
tiempo, a una gran parte del mundo. Los monjes habían enseñado al pueblo a
labrar y sembrar, tanto como a leer y escribir; le habían enseñado, ciertamente,
casi todo lo que el pueblo sabía. Pero puede decirse, en verdad, que los monjes
eran severamente prácticos, en el sentido de que eran no sólo prácticos, sino
también severos; si bien solían mostrarse severos para con ellos mismos y
prácticos para con los demás. Todo aquel temprano movimiento monástico había
disminuido hacía tiempo y, sin duda, se malogró a menudo; pero al llegar a los
primeros movimientos medioevales, este carácter austero resulta aún evidente.
Pueden tomarse tres ejemplos para demostrarlo.
Primero: el viejo molde social de la esclavitud ya empezaba a derretirse. No
sólo el esclavo iba transformándose en siervo (que era prácticamente libre en lo
concerniente a su granja y vida familiar), sino que muchos señores declaraban
libres a esclavos y siervos a la vez. Esto se hacía bajo la presión de los
sacerdotes; pero se hacía, especialmente, por espíritu de penitencia. Toda
sociedad católica debe, naturalmente, poseer, en cierto sentido, una atmósfera
de penitencia; pero me refiero a aquel más áspero espíritu de penitencia que
había expiado los excesos del paganismo. En torno de aquellas restituciones
flotaba el ambiente del lecho de muerte; muchas de ellas eran, sin duda,
ejemplos de un arrepentimiento de lecho de muerte. Un ateo de buena fe, con
quien discutí en cierta ocasión, me dijo: "Los hombres permanecieron en la
esclavitud sólo por miedo al infierno." Y le hice observar que si hubiese dicho:
"Los hombres fueron librados de la esclavitud por miedo al infierno", hubiera
señalado, siquiera, un hecho histórico indiscutible.
Fue otro ejemplo la impetuosa reforma de la disciplina eclesiástica llevada a
cabo por el papa Gregorio VII. Era, realmente, una reforma emprendida con los
más altos móviles, y que obtuvo los más saludables resultados: dirigió una
inquisición exigente contra la simonía o las corrupciones económicas del clero;
insistió en la necesidad de un ideal más severo y de mayor sacrificio para la
vida parroquial del sacerdote. Pero, precisamente el hecho de que aquellas
orientaciones cristalizasen en hacer universal la obligación del celibato, da la
nota de algo que, por noble que fuese, parece a muchos vagamente negativo.
El tercer ejemplo es, en cierto sentido, el más vigoroso. Porque este ejemplo
fue una guerra; una guerra heroica, para muchos de nosotros santa, aunque tuvo
todas las duras y terribles responsabilidades de la guerra. No disponemos aquí
de espacio suficiente para decir cuánto convendría acerca de la verdadera
naturaleza de las Cruzadas. Todo el mundo sabe que en la hora más sombría de la
Edad oscura, se levantó en Arabia una especie de herejía, convirtiéndose en
nueva religión de carácter militar, pero también nómada, que invocaba el nombre
de Mahoma. Intrínsecamente poseía un carácter derivado de muchas otras herejías,
desde la musulmana hasta la monista. Pareció a los heréticos una simplificación
sana de la religión; y parece, empero, a los católicos una simplificación insana
de la religión, porque lo reduce todo a una idea única y pierde así el aliento y
la ponderación del Catolicismo. Sea como fuere, su carácter objetivo era el de
un peligro militar para la Cristiandad, y la Cristiandad lo hirió en su mismo
corazón intentando la reconquista de los Santos Lugares. El gran duque Godofredo
y los primeros cristianos que asaltaron Jerusalén fueron héroes, si algún héroe
existió en el mundo; pero fueron los héroes de una tragedia.
Ahora bien: he tomado estos dos o tres ejemplos de los primeros movimientos
medioevales para hacer notar el carácter general que los relaciona, y que se
refiere a la penitencia que siguió al paganismo. En todos estos movimientos hay
algo vigorizante, aunque sea glacial como un viento soplando en los collados.
Aquel viento austero y puro, de que nos habla el poeta
(Alusión a unos bellos versos de R. L. Stevenson. (N. del T.)),
es, realmente, el espíritu de aquella época, por ser el viento de un mundo que
ha sido, al fin, purificado. Quien sepa apreciar una atmósfera, observará
claridad y pureza en la de aquella sociedad, ruda y a veces agria. Sus mismas
pasiones son limpias, porque no tienen ya ningún olor de perversidad. Sus mismas
crueldades son limpias, no las lujuriosas crueldades del anfiteatro. Arrancan, o
bien de un horror muy simple a la blasfemia, o de una furia muy simple ante el
insulto. Gradualmente, contra ese horizonte gris, la belleza va apareciendo,
como algo realmente fresco y delicado y, sobre todo, sorprendente. El amor,
volviendo a aquel mundo, ya no era lo que se llamó una vez amor platónico, sino
lo que se llama todavía amor caballeresco. Las flores y las estrellas habían
recobrado su inocencia primitiva. El fuego y el agua se reconocen dignos de ser
el hermano y la hermana de un santo. La purificación del paganismo es, por fin,
completa.
El agua misma ha sido lavada. El fuego mismo ha sido purificado como con fuego.
El agua no es ya aquella agua donde arrojaban a los esclavos para ser pasto de
los peces. El fuego no esos aquel fuego a través del cual se ofrecían los niños
a Moloch. Las flores no huelen ya a olvidadas guirnaldas recogidas en el vergel
de Príapo; las estrellas no son ya señales de la lejana frigidez de los dioses,
tan fríos como aquellas frías llamas. Son cosas como recién creadas, y esperando
nombres nuevos de alguien que fuese a llamarlas. Ni el universo ni la tierra
tienen ya la antigua significación siniestra. Esperan una nueva reconciliación
con el hombre; pero ya son dignos de reconciliarse. El hombre ha arrancado de su
alma el último jirón del culto de la Naturaleza, y puede volver a la Naturaleza.
Cuando aun brillaba el crepúsculo, apareció, silenciosa y súbitamente, sobre una
pequeña colina que dominaba la ciudad, una figura oscura, contra la oscuridad
que se desvanecía. Era el fin de una larga y áspera noche, de una noche en vela,
visitada, empero, por las estrellas. Aquella figura estaba en pie, con las manos
en alto como en tantas estatuas y pinturas; en torno suyo había un bullicio de
pájaros cantando, y a su espalda se abría la aurora.
SEGÚN una antigua historia, que, si no es real, no deja de ser típica, el nombre
mismo de San Francisco era, más que un nombre, un apodo. Algo habría muy
relacionado con su instinto familiar y popular en la idea de apodarle el
Francés, como pudieran hacerlo con cualquier muchacho en la escuela. Según
aquella historia, su nombre no era Francisco, sino Juan; y sus compañeros le
llamaban Francesco, o el Francesillo, a causa de su pasión por la poesía
francesa de los trovadores. Lo más probable es que su madre le llamase Juan,
cuando el niño nació, estando el padre ausente; y que éste, poco después, al
regresar de Francia (donde sus éxitos comerciales le llenaron de entusiasmo por
el gusto y las costumbres sociales de aquel país) diera a su hijo el nuevo
nombre, que significaba Franco o Francés. Sea como quiera, el nombre posee
cierta significación, relacionando, desde un principio, a Francisco con el que
él mismo consideró romántico país de hadas de los trovadores.
El padre se llamaba Pietro Bernardone, y era un distinguido ciudadano del gremio
de mercaderes de ropas en la ciudad de Asís. Es difícil describir la posición de
aquel hombre sin examinar la de aquel gremio, y aun la de aquella ciudad. No
correspondía exactamente a nada de lo que en los tiempos modernos se entiende
por comerciante, u hombre de negocios, o industrial; ni a nada de lo que existe
dentro del sistema capitalista. Bernardone pudo haber tenido empleados, pero no
era patrono; es decir, no pertenecía a una clase que emplea a la gente y se
distingue de la otra clase de gente empleada. La persona a quien concretamente
empleó fue su hijo Francisco; que (cosa fácil de adivinar), era la última
persona a quien podía emplear un hombre de negocios, puesto en el trance de
emplear a alguien. Era tan rico como puede serlo un labrador con el trabajo de
su familia; pero opinaba, evidentemente, que su familia podía trabajar de manera
casi tan llana como la de un labriego. Era un ciudadano preeminente, pero
pertenecía a un orden social que le impedía una preeminencia excesiva que le
hiciese dejar de ser ciudadano. Aquel orden social conservaba a toda aquella
gente en su plano de simplicidad, y ninguna prosperidad permitía librarse de
faenas pesadas. El muchacho hubiera parecido, en los tiempos modernos, algo así
como un señor, o un caballero, o cualquier otra cosa, menos el hijo de un
comerciante de ropas. Esto es una regla probada aun en su misma excepción.
Francisco, sea como fuere, era una de esas personas que gozan de gran
popularidad; y su singularidad sin artificio, como trovador y campeón de modas
francesas, le convirtió en una especie de jefe romántico entre los jóvenes de su
villa. Gastaba dinero, a la vez en extravagancias y en prodigalidades, siguiendo
la inclinación nativa en un hombre que nunca en su vida comprendió exactamente
lo que es el dinero. Esto producía a su madre una alegría mezclada de cierta
indignación; y dijo, como podría decir en cualquier parte, la mujer de un hombre
de negocios: "Más parece un príncipe que hijo nuestro." Pero una de las primeras
visiones que de él tenemos nos lo muestra, simplemente, vendiendo piezas de ropa
en una barraca del mercado, lo cual su madre pudo o no creer que fuese hábito de
príncipes.
Esta primera visión del doncel en el mercado resulta simbólica por más de un
motivo. Ocurrió entonces un incidente que es, tal vez, el resumen más breve y
agudo que puede darse de ciertos rasgos curiosos que constituían una parte de su
carácter, mucho antes de ser transfigurado por la fe trascendental. Mientras
vendía panas y finos bordados a algún acaudalado comerciante de la ciudad, se
acercó un pobre pidiendo limosna de modo evidentemente incorrecto. Era aquélla
una sociedad ruda y sencilla, y no había leyes que castigasen a un hombre
hambriento por expresar su necesidad de pan, como las que han sido promulgadas
en una época más humanitaria; y la falta de toda policía organizada permitía que
tales personas importunasen a los ricos sin grandes peligros. Pero existía,
según creo, en muchos lugares, una costumbre local del gremio que prohibía a los
forasteros interrumpir un buen negocio; y es posible que algo parecido colocase
al pobre en situación falsa y poco común. Toda su vida tuvo Francisco una gran
simpatía por los que se veían desarmados en una falsa postura. En tal ocasión
parece que el santo se produjo con sus dos interlocutores de manera bastante
ambigua; distraído, ciertamente, y acaso irritado. Tal vez se hacía violencia
por los modales casi en exceso refinados que naturalmente le eran peculiares.
Todo el mundo afirma que la cortesía brotaba de él desde un principio, como una
de las fuentes públicas en aquel soleado mercado italiano. Hubiera podido
escribir, entre sus versos, como lema propio, esta estrofa de Mr. Belloc:
La cortesía es mucho menos
que el valor o la santidad.
Pero, bien meditado, yo diría
que la gracia de Dios está en la cortesía.
Nadie puso nunca en duda que Francisco Bernardone fuera valeroso, aun en un
sentido puramente viril y militar; y debía llegar un tiempo en que no se tendría
tampoco duda alguna respecto a la santidad y a la gracia divina que le
adornaron. Si existía algo de que hombre tan humilde sintiese orgullo, eran sus
correctos modales. Pero, tras esta urbanidad perfectamente natural, abrigábanse
más amplias y aun más impetuosas posibilidades, de las que vislumbramos un
primer reflejo en ese trivial incidente. Sea como fuere, Francisco se sentía,
indudablemente, molesto con la dificultad de sus dos interlocutores, pero ajustó
de cualquier modo el negocio con el mercader y, cuando lo hubo terminado, se
halló con que el mendigo ya estaba lejos. Francisco brincó de su tienda, dejó
las piezas de terciopelo y bordados visiblemente a merced de cualquiera, y se
lanzó por la plaza del mercado a todo correr, veloz como una flecha. Corriendo
aún, atravesó el laberinto de aquellas callejas estrechas y torcidas de la
pequeña ciudad, en busca de su mendigo; descubriólo por fin, y colmó de dinero a
aquel hombre asombrado. Después se encaró consigo mismo, por decirlo así, y juró
ante Dios que nunca en su vida había de negar ayuda a un pobre. La avasalladora
simplicidad de este empeño es extraordinariamente característica. Nunca existió
un hombre a quien asustasen menos sus propias promesas. Su vida fue un tumulto
de votos temerarios: de votos temerarios que acabaron bien.
Los primeros biógrafos de Francisco, sensibles, naturalmente, a la gran
revolución religiosa que produjo, se volvieron hacia los primeros años del
santo, en busca, sobre todo, de augurios y señales de aquel terremoto
espiritual. Pero, escribiendo a una mayor distancia, no disminuiremos aquel
efecto dramático, más bien lo aumentaremos, si observamos que, por aquellos
tiempos, no había en el joven ningún signo exterior de carácter marcadamente
místico. Nada poseía de aquel temprano sentido de la vocación que ha sido
peculiar de algunos santos. Por encima de su ambición principal de adquirir fama
como poeta francés, parece que pensó a menudo en adquirir fama como soldado. Era
de natural bondadoso; era valiente a la manera propia de los jóvenes; pero tanto
en bondad como en valor, no iba más allá que los demás muchachos; tenía, por
ejemplo, un natural horror a la lepra, del que la mayoría de la gente corriente
no sentía necesidad alguna de avergonzarse. Gustaba de trajes lucidos y
brillantes, propios del gusto heráldico de los tiempos medioevales, y, según
parece, fue una figura asaz festiva. Seguramente, puesto en el caso de tener que
iluminar a su ciudad, no se habría contentado con la vistosidad del rojo, sino
que habría preferido toda la gama del arco iris, como en una pintura medioeval.
Pero en aquella historia del mancebo vestido lucidamente, corriendo en pos de un
mendigo cubierto de harapos, hallamos ciertas notas de su personalidad nativa,
que han de examinarse detalladamente.
Por ejemplo, se observa en ella el espíritu de rapidez. En cierto sentido, San
Francisco siguió corriendo durante el resto de su vida como corrió tras el
pobre. Porque todas sus misiones lo fueron de misericordia, ha aparecido en su
retrato sólo un elemento de apacibilidad que, con ser real en el sentido más
auténtico, se presta fácilmente a interpretaciones erróneas. Una cierta
precipitación fue el contrapeso mismo de su alma. Este santo debería
representarse, en medio de otros santos, como son, a veces, representados los
ángeles en pinturas de ángeles: con pies alados, y aun con plumas; según el
espíritu de aquel texto que llama viento a los ángeles, y fuego ardiente a los
mensajeros. Una de las notas curiosas del lenguaje humano es que "valentía"
significa, en realidad, "carrera", y alguno de nuestros escépticos demostrará,
sin duda, que "valor" significa, en realidad, "huida". Pero la valentía del
santo era carrera en el sentido de lanzarse impetuoso. A pesar de toda su
suavidad, había, en el fondo de su ímpetu, algo de impaciencia. La verdad
psicológica de este hecho aclara muy bien la confusión moderna acerca de la
palabra práctico. Si por práctico queremos significar lo que es más
inmediatamente practicable, significamos, simplemente, lo más fácil. En este
sentido, San Francisco era muy poco práctico, y sus últimos objetivos eran muy
poco del mundo. Pero si entendemos por condición práctica una preferencia por el
esfuerzo y la energía rápida sobre la vacilación y la tardanza, él fue, en
realidad, un hombre práctico. Algunos pueden llamarle loco, pero era
precisamente el reverso de un soñador. Nadie se atrevería a llamarle hombre de
negocios; pero fue muy señaladamente hombre de acción. En alguna de sus
tempranas actuaciones lo fue tal vez con exceso; obró con demasiada prontitud y
fue excesivamente práctico para ser prudente. Pero en cada recodo de su carrera
extraordinaria, le vemos lanzarse y volver esquinas de la manera más inesperada,
como cuando se lanzó por las calles tortuosas, en pos del mendigo.
Otra de las características que descubre aquella anécdota, instinto ya de la
naturaleza del santo, que había de convertirse en ideal sobrenatural, era algo
que acaso no se perdió nunca. del todo en aquellas pequeñas repúblicas italianas
de la Edad Media; algo que algunos considerarán muy chocante, algo que, en
general, parecería más claro a la gente del Sur que a la del Norte, y, en mi
opinión, más claro a los católicos que a los protestantes: se trata del
concepto, muy natural, de la igualdad humana. Nada tiene necesariamente que ver
con el amor franciscano a los hombres; por el contrario: una de sus
comprobaciones puramente prácticas es la igualdad en el duelo. Acaso un
caballero no será igualitario completo hasta que pueda pelearse en duelo con su
criado. Pero se trataba de una condición anterior a la fraternidad franciscana,
y ya la sentimos en el temprano incidente de la vida seglar del santo que antes
hemos referido. Me imagino que Francisco debió de experimentar una seria
perplejidad, no sabiendo si atender al mercader o al mendigo; y, habiendo
atendido al mercader, se fue a atender al mendigo; pensó que eran, en fin de
cuentas, igualmente hombres. Ésta es cosa mucho más difícil de describir en una
sociedad donde tal sentimiento es ausente; pero era entonces base esencial de
todo el asunto; por eso aquel movimiento popular se produjo precisamente allí, y
por medio de aquel hombre. Su magnanimidad imaginativa se elevó, más tarde, como
una torre, hacia estrelladas alturas que pueden parecer vertiginosas y aun loca
imprudencia; pero se fundaba en los altos cimientos de la igualdad humana.
He escogido ésta, entre un centenar de anécdotas de la juventud de San
Francisco, y me he detenido un poco en su significación, porque hasta que
aprendamos a buscar la de sus hechos nos .parecerá a menudo que no encontramos
más que un sentimiento leve y superficial al contar esta historia. San Francisco
no es precisamente un personaje de quien pueda hablarse sólo con historias
"bonitas". Existen muchas de éstas acerca del santo; pero se utilizan demasiado
en este sentido pintoresco, hasta el punto de convertirlo como en un sedimento
sentimental de aquel mundo de la Edad Media, en vez de ser, como el santo es
magníficamente, un reto al mundo moderno. Hemos de considerar su desarrollo
humano de manera mucho más seria; y la otra anécdota en que vislumbramos muy de
veras aquel desarrollo, se produce en un ambiente muy distinto. Pero abre de
manera idéntica, como por modo casual, ciertos abismos del espíritu, y, acaso,
de la mentalidad inconsciente. Francisco se nos aparece todavía como uno de
tantos muchachos, y sólo mirándolo como tal nos damos cuenta de cuán
extraordinario debió de ser.
Había estallado la guerra entre Asís y Perugia. Ahora está de moda decir
satíricamente que aquellas guerras no estallaban en realidad, sino que duraban
incesantemente entre las ciudades estados de la Italia medioeval. Bastará con
decir aquí que, si una de aquellas guerras medioevales hubiese durado realmente,
iba interrupción, un siglo entero, no hubiera perecido en ella, ni remotamente,
la gente que muere en un solo año de nuestras grandes guerras científicas, entre
nuestros grandes imperios industriales. Pero los ciudadanos de una república
medioeval se encontraban, es cierto, una limitación: la de que sólo se les
exigía morir por aquellas cosas por las que siempre vivieron: las asas donde
moraban, los templos que veneraban y los y jefes representantes que conocían; y
no les impelía ninguna visión más amplia sugerida por unos rumores, acerca de
remotas colonias, aparecidos en periódicos insignificantes. Si inferimos de
nuestra experiencia que la guerra paralizó la civilización, debemos admitir,
siquiera, que aquellas ciudades guerreras produjeron cierto número de impedidos
que se llamaron Dante y Miguel Ángel, Ariosto y Ticiano, Leonardo y Colón, sin
mencionar a Catalina de Siena y al protagonista de la presente historia.
Mientras lamentamos todo aquel patriotismo local, tachándolo de algarabía de la
Edad oscura, deberá parecer bastante curioso el hecho de que casi las tres
cuartas partes de los más grandes hombres que han existido en el mundo saliesen
de aquellas pequeñas ciudades e intervinieran a menudo en aquellas pequeñas
guerras. Nos falta ver lo que saldrá, al fin, de nuestras grandes ciudades; pero
no se ha visto señal alguna de cosas de aquella naturaleza desde que se
engrandecieron; y he sentido, a veces, renacer en mí una fantasía juvenil según
la cual aquellas cosas importantes no volverán a producirse hasta que exista un
muro en torno de Clapham, y suene, de noche, el toque de alarma, levantando en
armas a los ciudadanos de Wimbledon.
Pero es el caso que el clarín sonó en Asís, y los ciudadanos se armaron, y,
entre ellos, Francisco, el hijo del mercader de ropas. Salió a pelear con alguna
compañía de lanceros, y en alguna batalla o escaramuza, él y su pequeña banda
cayeron prisioneros.
Tengo por más probable que debió de originar el desastre algún motivo de
traición o cobardía; pues refieren que entre los cautivos había uno con quien,
aun en prisión, desdeñaban juntarse sus compañeros; y cuando esto sucede en
tales circunstancias, es porque le vergüenza militar de la rendición recae sobre
alguien concretamente. Sea como fuere, observóse una cesa sin importancia, pero
curiosa, aun cuando pueda parecer más bien negativa que positiva. Cuéntase que
Francisco se conducía entre sus compañeros de cautiverio con toda su
característica cortesía y jovialidad (“liberal y dado a la risa", según alguien
dijo de él), resuelto a mantener el buen ánimo de sus compañeros, y el suyo
propio. Y cuando se cruzó con aquel misterioso desdeñado, traidor, o cobarde, o
lo que le llamaren, le trató, simplemente, de manera idéntica que a lea demás,
sin frialdad ni compasión, sino con la misma alegría natural y buen
compañerismo. Pero si se hubiera encontrado en aquella prisión alguien capaz de
tener una visión particular de la verdad y la orientación de las cosas
espirituales, habría podido percatarse id que se hallaba en presencia de algo
nuevo y, al parecer, casi anárquico; era una ola profunda removiendo los mares
ignotos de la caridad.
Ya que en aquel sentido le faltaba realmente alguna cosa a San Francisco,
existía algo para lo que estaba ciego con objeto de que pudiese ver cosas
mejores y más bellas. Todos aquellos límites en el buen compañerismo y en los
buenos modales, todas aquellas fronteras de la vida social que separan al
tolerable del intolerable, todos aquellos escrúpulos sociales y condiciones de
convención que son normales y aun nobles en el hombre corriente, todas aquellas
cosas que mantienen unidas muchas sociedades honestas, de ningún modo pudieron
dominar en aquel hombre. Amó como amó; al parecer, a todo el mundo, pero
especialmente a aquellos que le valían el disgusto de los demás. Cosa muy vasta
y universal se encontraba ya presente en aquella estrecha mazmorra; y un profeta
hubiera podido ver en su oscuridad aquel halo encarnado de caritas caritatum que
distingue a un santo entre los santos, así como entre los hombres. Hubiera
podido oír el primer susurro de aquella bendición singular que, más tarde, tomó
forma de blasfemia: "Presta oído a los que Dios mismo no ha querido escuchar."
Pero, aunque tal profeta hubiera podido ver aquella verdad, es muy dudoso que
Francisco la viera. Había obrado obedeciendo a una inconsciente magnanimidad (o
largueza, según la bella palabra medioeval), que nacía de sus adentros; algo que
casi hubiera sido ilícito, si no alcanzara a una ley más divina; pero es dudoso
que él llegara a saber que fuese divina aquella ley. Es evidente que, por aquel
entonces, no abrigaba ningún propósito de abandonar la vida militar, y, aun
menos, de abrazar la monástica. Cierto es que no existe, como se imaginan los
pacifistas y los necios, la menor inconsecuencia entre amar a los hombres y
combatir contra ellos, mientras se les combata noblemente y por una causa justa.
Pero, a mi juicio, va envuelto algo más en la anécdota: que, en cualquier caso,
el espíritu del muchacho se orientaba, en realidad, hacia una austeridad
militar. A la sazón, la primera calamidad se cruzó en su camino bajo la forma de
una dolencia que debía visitarle en muchas otras ocasiones, como un obstáculo en
su temeraria carrera. La enfermedad le volvió más serio; pero uno imagina que
debió de volverle más serio como soldado, o quizá más seria mente preocupado por
la vida militar. Y, mientras convalecía, algo bastante más importante que las
pequeñas contiendas y ataques de las ciudades italianas abrióle un camino de
aventura y ambición. La corona de Sicilia, que constituía entonces un
considerable motivo de disputa, era, al parecer, reclamada por un tal Gauthier
de Brienne, y la causa del Papa, en cuyo apoyo se llamaba a Gauthier, despertó
el entusiasmo de numerosos jóvenes de Asís, entre los cuales figuraba Francisco,
quien propuso marchar sobre Apulia, en alianza con el conde; y quizá pesó algo
en esta decisión el nombre francés del pretendiente. Ya que nunca
hemos de olvidar que, aun cuando aquél era, en cierto sentido, un mundo
de pequeñas cosas, era un mundo de pequeñas cosas relacionadas con cosas
grandes. Había más internacionalismo en los países salpicados de repúblicas
minúsculas, que en la enorme homogeneidad de las impenetrables divisiones
nacionales de hoy en Asia. La autoridad legal de los magistrados de Asís podía
alcanzar apenas la distancia de un tiro de ballesta desde las altas murallas
almenadas de la ciudad. Pero sus simpatías podían andar con el paso de los
normandos a través de Sicilia, o estar en el palacio de los trovadores en
Tolosa; con el Emperador entronizado en salvas germánicas, o con el gran Papa
moribundo en el destierro de Salerno. Por encima de todo, debe recordarse que,
cuando los intereses de una época son principalmente religiosos, deben ser
universales. Nada puede ser más universal que el universo. Y hay ciertas cosas
acerca de la situación religiosa en aquel particular momento, que escapan, no
sin razón, a la gente moderna. Entre otras cosas, la gente moderna suele
confundir los pueblos antiguos con los pueblos primitivos. Sabemos vagamente que
aquellos hechos acaecieron durante las primeras épocas de la Iglesia. Pero la
Iglesia tenía entonces ya bastante más de mil años. O sea, que la Iglesia era
entonces bastante más antigua que la Francia de hoy, y mucho más antigua que la
Inglaterra de nuestros días. Y ya entonces parecía antigua, casi tanto como
ahora, y probablemente más. La Iglesia aparecía como el gran Carlomagno, con
luenga barba florida, que, según la leyenda, habiendo reñido mil batallas contra
los infieles, un ángel le animaba a seguir adelante, luchando sin cesar, aunque
tuviese dos mil años. La Iglesia había aleando sus mil, y volvía la esquina del
segundo milenario; había atravesado la Edad oscura, en la que no podía hacerse.
otra cosa sino pelear desesperadamente contra los bárbaros, y repetir
porfiadamente el Credo. El Credo se repetía aún después de la victoria o la
libertad; pero no es desrazonable el suponer que en tal repetición hubiese
cierta monotonía. La Iglesia parecía tan antigua entonces como ahora; y había
quien ya la imaginaba moribunda, como ahora ocurre. En realidad, la ortodoxia no
estaba muerta, pero hubiera podido parecer adormecida; es cosa cierta que
algunos comenzaron a considerarla así. Los trovadores del movimiento provenzal
habían empezado a. sentir inclinación hacia las fantasías orientales y la
paradoja del pesimismo, que siempre llega a los europeos como cosa fresca cuando
su propia salud parece casi marchita. Es acaso bastante probable que, después de
aquellos siglos de guerras desesperadas en el exterior y de áspero ascetismo en
el interior, la ortodoxia oficial pareciese cosa pasada. El frescor y la
libertad de los primeros cristianos parecían entonces, tanto como ahora, una
olvidada y casi prehistórica edad de oro. Roma era aún más racional que
cualquier otra cosa; la Iglesia era, realmente, más sabia, pero bien hubiera
podido parecer más cansada que el mundo. Había algo más aventurero y halagador,
tal vez, en las locas metafísicas que trajera el viento a través de Asia. Se
amontonaban ensueños como nubes oscuras sobre el mediodía de Francia, para
estallar en trueno de anatema y de guerras civiles. Sólo quedaba la luz en el
gran llano, en torno de Roma; pero la luz era pálida y la llanura rasa; y nada
se movía en el aire manso, en el silencio inmemorial que circundaba la sacra
ciudad.
Arriba, en la oscura casa de Asís, Francesco Bernardone dormía y soñaba con
lances de guerra. Llególe, en las tinieblas, una maravillosa visión de espadas,
con cruces labradas, a la manera de las que usaban los guerreros cruzados;
espadas, escudos y yelmos colgaban de una alta panoplia, marcado todo con el
sagrado emblema. Al despertar, acogió el sueño como un clarín llamándole al
campo de batalla, y se lanzó en busca do caballo y de armas. Gustaba ya de todo
ejercicio caballeresco; y era, indudablemente, un caballero cumplido en todas
las suertes de torneo y campamento. Hubiera siempre preferido, sin duda alguna,
una especie de caballería cristiana; pero parece evidente que andaba entonces
sediento de gloria, aunque, para él, aquella gloria se identificara siempre con
el honor. No estaba desprovisto de aquella visión de la guirnalda de laurel que
César legara a todos los latinos. Mientras cabalgaba, partiendo a la guerra, la
gran puerta, en la recia muralla de Asís, resonó con su última jactancia:
"Volveré convertido en gran príncipe."
A poco de su partida, atacóle nuevamente aquella dolencia, y le sumió en el
lecho. Parece muy probable, dado su temperamento impetuoso, que prosiguiese su
camino mucho antes de sanar. Y, en la oscuridad de este segundo tropiezo, mucho
más desolador, parece que tuvo otro sueño, y que una voz le dijo:
- No has comprendido el sentido de la visión. Vuelve a tu ciudad.
Y Francisco torció el camino hacia Asís, enfermo como estaba, lánguida figura
harto desengañada, y burlada quizá, sin nada que hacer, sino esperar los
acontecimientos. Era su primer descenso a una sombría quebrada, llamada valle de
la humillación., que le pareció muy desolada y roqueña; pero, más tarde, había
de encontrar en ella muchas flores.
No sólo se sentía chasqueado y humillado, sino desorientado y lleno de
confusión. Creía aún firmemente que sus dos sueños algo significaban; y no podía
imaginar su sentido. Fue mientras vagaba, diría casi como un lunático, por las
calles de Asís y por los campos de extramuros, cuando le aconteció un incidente
que no ha sido siempre relacionado como cosa inmediata con el asunto de los
sueños, pero que tengo. por su evidente culminación. Cabalgaba, indiferente al
parecer, por algún sendero apartado, a campo abierto, cuando vio acercársele una
persona, y se detuvo, pues se trataba de un leproso. Y conoció en el acto que
estaba puesto a prueba su valor, no como lo hace el mundo, sino como lo haría
quien conociese los secretos del corazón humano. Lo que vio, avanzando, no era
el estandarte y las espadas de Perugia, ante los que jamás retrocedió; ni los
ejércitos que peleaban por la corona de Sicilia, de los que siempre pensó lo que
un hombre valiente de un vulgar peligro. Francisco Bernardone vio que su miedo
avanzaba hacia él por el camino; el miedo que viene de dentro, no de fuera,
aunque se irguiera, blanco y horrible, a la luz del sol. Por una sola vez, en el
largo correr de su vida, debió de sentir su alma inmóvil. Luego, saltó de su
caballo, sin transición entre la inmovilidad y el ímpetu, corrió hacia el
leproso y le abrazó. Era el principio de su vocación en el largo ministerio
cerca de los leprosos, a quienes prestó servicios muy señalados; dio a aquél
todo el dinero que pudo; montó, luego, y partió. No sabemos hasta dónde llegó,
ni cuál fue su pensamiento acerca de las cosas que le rodeaban; pero se dice
que, al volver la cabeza, no vio a nadie en el camino.
HEMOS llegado ahora a la gran ruptura en la vida de Francisco de Asís, al punto
en que le aconteció algo que ha de permanecer muy oscuro para la mayoría de
nosotros, hombres vulgares y egoístas, a quienes Dios no ha abatido lo bastante
para hacernos hombres nuevos.
Al tratar de este difícil pasaje, teniendo en cuenta mi propósito de hacer las
cosas un tanto fáciles para el seglar simpatizante, me siento perplejo ante la
elección del método a seguir, y he decidido referir ante todo los hechos,
añadiendo apenas algún atisbo que los interprete. La totalidad del sentido podrá
ser luego debatida más fácilmente al desplegarse en la plenitud de la vida de
Francisco. He aquí, pues, lo que acaeció. La anécdota se desarrolla muy
ampliamente en torno de las ruinas de la iglesia de San Damián, un antiguo
templo de Asís, que parecía estar abandonado y desmoronándose. Allá acostumbraba
orar Francisco ante un crucifijo, durante aquellos días de transición,
tenebrosos y sin objetivo, que sucedieron al trágico fracaso de todas sus
ambiciones militares, amargados, probablemente, con alguna merma del prestigio
social, cosa terrible para su alma delicada. Mientras estaba orando oyó una voz
que le decía:
Francisco: ¿no ves que mi casa está en
ruinas? Anda y restáurala por mi amor.
Francisco dio un salto y echó a andar. Andar y hacer algo era una de las
exigencias tiránicas de su naturaleza; probablemente, anduvo y actuó sin
premeditar nada lo que hizo. Mas, sea como fuere, lo que hizo fue cosa muy
decisiva, y, de momento, desastrosa para su singular carrera social. Según el
grosero lenguaje convencional del mundo que no comprende, robó. Según su
entusiasta punto de vista, extendió hasta su venerable padre, Pedro Bernardone,
la emoción exquisita y el inestimable privilegio de contribuir, más o menos
inconscientemente, a la restauración de la iglesia de San Damián. En realidad,
lo que hizo fue vender primero su propio caballo y, luego, algunas piezas de los
géneros de su padre, trazando sobre ellas la señal de la cruz, para indicar su
destino piadoso y caritativo. Pedro Bernardone, no vio, las cosas bajo esta luz.
Pedro Bernardone poseía, en verdad, pocas luces para ver claramente y tener
comprensión del genio y temperamento de su extraordinario hijo. En vez de
comprender en qué especie de viento y llamas de apetitos abstractos vivía el
mancebo, en vez de decirle simplemente (como le dijo, más tarde, el sacerdote)
que había hecho una cosa reprensible con la mejor intención, el viejo Bernardone
consideró el asunto de la manera más áspera: en forma literal y legal. Usó de
poderes puramente políticos, como un padre pagano, y él mismo encerró a su hijo
bajo llave como a un vulgar ladró». Según parece, el hecho escandalizó a muchos
entre quienes el desventurado Francisco gozara, un tiempo, de popularidad; con
sus esfuerzos por levantar la casa de Dios no había logrado sino echarse su
propia casa encima y yacer enterrado entre los escombros. El conflicto se
arrastró desventuradamente por varios terrenos; por lo pronto, el infeliz
muchacho parece como tragado por la tierra, en una caverna o calabozo donde
estuvo sumido en la oscuridad sin esperanzas. Aquel fue su instante más negro:
se había derribado sobre él el mundo.
Acaso cuando salió hubo quien fue advirtiendo, sólo gradualmente, que algo había
ocurrido. Él y su padre estaban citados a comparecer ante el obispo, ya que
Francisco se negó a reconocer los tribunales competentes. El obispo le dirigió
algunas reconvenciones, llenas del excelente sentido común que la Iglesia
católica guarda siempre en el fondo para las fogosas actitudes de los santos.
Dijo a Francisco que había de restituir sin discusión el dinero a su padre; que
ninguna bendición podía coronar una buena obra realizada por medios injustos; en
una palabra, por decirlo crudamente, que si el joven fanático devolvía el dinero
al viejo loco se daría por terminado el incidente, Francisco observaba una nueva
actitud. No se le veía deprimido, y menos, rastrero, con respecto a su padre;
mas sus palabras no significaban, a mi juicio, ni justa indignación, ni
maliciosa insolencia, ni nada que implicase una mera continuación de la
querella. Tienen más bien una remota analogía con las frases misteriosas' de su
gran Dechado: "¿Qué tengo yo que ver contigo?"; o, quizá, con aquel terrible "No
me toques".
Estaba en pie, delante de todos, y les dijo: "Hasta hoy he llamado padre a Pedro
Bernardone, pero ahora soy el siervo de Dios. No sólo restituiré el dinero a mi
padre, sino todo cuanto pueda llamarse suyo, aun los mismos vestidos que me
dio." Y despojóse de todas sus ropas, menos una; y ésta era, según dicen, una
camisa de crin.
Amontonó las ropas en el suelo y puso el dinero encima. Luego, se volvió al
obispo y recibió su bendición como quien vuelve la espalda al mundo; y, según
reza la historia, salió, tal cómo iba, al frío mundo. En aquel momento el mundo
estaba, al parecer, literalmente frío, y se veía nieve por el suelo. En la misma
historia de esta gran crisis de su vida se encuentra un curioso detalle que
considero de muy honda significación. Salió medio desnudo, vistiendo sólo su
camisa de crin, hacia los bosques invernales, y anduvo por el suelo helado,
entre los árboles llenos de escarcha. Era un hombre sin padre. No poseía dinero,
ni tenía familia; no tenía, según todas las apariencias, ningún negocio, o plan,
o esperanza en el mundo; y, mientras andaba bajo los árboles helados, de pronto
rompió a cantar.
Se ha observado, como cosa notable, que cantó en lengua 'francesa, o provenzal
(que se llamaba francés convencionalmente). No cantó en su lengua nativa; y
precisamente en su lengua nativa cobró, más tarde, fama de poeta. Ciertamente,
San Francisco es uno de los primeros poetas nacionales en los dialectos
auténticamente nacionales de Europa. Pero entonces cantó en la lengua con que
identificara sus más juveniles ardores y ambiciones; era para él, eminentemente,
la lengua del romanticismo. El hecho de que brotara 'dé sus labios en aquel
momento extremo, me parece, a primera vista, cosa muy singular; pero, después de
profundizar en ella, sumamente significativa. Trataré de sugerir en el próximo
capítulo lo que significaba, o hubiera podido significar; y bastará con indicar
aquí que toda la filosofía de San Francisco se mueve en torno de la idea de una
nueva luz sobrenatural iluminando las cosas naturales, que implicaba la
conquista definitiva, no la definitiva renuncia, de tales cosas. Y para el
propósito de esta parte puramente narrativa de aquel hecho, bastará con recordar
que, mientras vagaba por el bosque invernal, vistiendo su camisa de crin, como
el más áspero de los ermitaños, cantó en el lenguaje de los trovadores.
Entretanto, la narración nos vuelve, naturalmente., al problema de la iglesia
arruinada, o, por lo menos, descuidada, que constituyó el punto de partida del
inocente crimen del santo y de su beatífico castigo. Aquel problema dominaba aún
su pensamiento, y reclamó pronto sus actividades insaciables; pero eran ya
actividades de otra índole; y no intentó ya inmiscuirse en la ética comercial de
la ciudad de Asís. Alboreaba 'en él una de esas grandes paradojas que son
también perogrulladas. La manera de construir un templo no consiste en andar
mezclado en disputas y cuestiones legales, harto desconcertantes para Francisco.
La manera de construir un templo no consiste en pagar por ello con dinero
propio, y mucho menos con dinero ajeno. La manera de construir un templo
consiste en construirlo.
Púsose a recoger piedras por sí mismo. Rogó a todos los que encontraba que le
diesen piedras. De hecho, resultó una nueva suerte de mendigo, invirtiendo la
parábola; un mendigo que no pide pan, sino una piedra. Probablemente, como le
aconteció muchas veces en el curso de su existencia extraordinaria, la misma
singularidad de la súplica le dio una especie de popularidad; y toda suerte de
gente desocupada y dada al lujo tomó a pecho el proyecto, como si se hubiese
tratado de una apuesta. Trabajó él con sus propias manos en la reconstrucción de
la iglesia, arrastrando el material como una bestia de carga, y aprendiendo las
más rudas y bajas lecciones del trabajo. Se cuentan muchas historias de
Francisco referentes a éste y a otros períodos de su vida; pero, para nuestro
propósito, que es de simplificación, parece mejor detenernos en esta nueva
entrada definida de San Francisco en el mundo por la angosta puerta del trabajo
manual. Corre, ciertamente, por el conjunto de su vida, una especie de doble
sentido, como su propia sombra en un muro. Toda su acción poseía cierto carácter
alegórico; y es muy posible que algún historiador científico, con ingenio
aplomado, intente algún día demostrar que el santo mismo no fue sino una
alegoría. Es ello bastante cierto, en el sentido de que laboraba en doble tarea,
reconstruyendo otra cosa a la par que la iglesia de San Damián. Estaba
descubriendo la lección genérica de que su gloria no consistía en derrotar a los
hombres en batalla, sino en construir los monumentos positivos y creadores de la
paz. Construía, en verdad, alguna otra cosa, o empezaba su construcción; algo
que ha caído a menudo en ruinas, pero que siempre se reconstruyó; una iglesia
que puede siempre reedificarse, aun cuando se pudriesen sus cimientos, junto a
su primera piedra; una Iglesia contra la cual las puertas del infierno nunca
podrán prevalecer.
La siguiente etapa del progreso de Francisco puede tal vez señalarse con el
hecho de que extendió las mismas energías de restauración arquitectónica a la
pequeña iglesia de Santa María de los Ángeles, en la Porciúncula. Hizo ya cosa
parecida en una iglesia consagrada a San Pedro; y aquella cualidad de su vida a
que nos hemos referido, que daba al santo algo del carácter de un drama
simbólico, inclinó a muchos de sus biógrafos más piadosos a hacer notar el
simbolismo numérico de las tres iglesias. Pero, en cualquier caso, existía un
simbolismo más histórico y práctico acerca de dos de ellas. Ya que la primera
iglesia de San Damián se convirtió más tarde en sede de su sorprendente
experimento de una orden femenina y de aquella historia romántica, pura y
espiritual de Santa Clara. Y la iglesia de la Porciúncula quedará siempre como
una de las grandes construcciones históricas del mundo, pues el Santo reunió
allí su pequeño grupo de amigos y entusiastas; y fue el hogar de muchos hombres
sin hogar.
Por aquel entonces, sin embargo, no resulta claro que abrigase la idea definida
de aquel desenvolvimiento monástico. Es, naturalmente, imposible fijar el primer
instante en que concibiera el plan; pero, a la faz de los hechos, toma, en
primer lugar, la forma de un puñado de amigos que le siguieron uno a uno, porque
compartían su pasión de sencillez. La versión que se da de la forma de su
consagración es, no obstante, muy significativa, porque fue la de una invocación
a la vida sencilla, sugerida en el Nuevo Testamento. La adoración de Cristo
había constituido una gran parte de la naturaleza apasionada de aquel hombre.
Pero la imitación de Cristo, como una especie de plan ó programa ordenado de
vida, puede decirse que comenzaba entonces.
Los dos hombres que tienen, al parecer, el mérito de haber percibido antes que
nadie algo de lo que estaba aconteciendo en el mundo espiritual, fueron un
importante y rico ciudadano llamado Bernardo de Quintavalle, y un canónigo de
una iglesia cercana, llamado Pedro. Son tanto más dignos de admiración cuanto
que Francisco, si puede decirse así, estaba entonces revolcándose en la pobreza,
y andaba con leprosos y mendigos harapientos; y aquellos dos hombres tenían
mucho que abandonar: el uno, comodidades mundanas, y el otro, ambiciones de
carrera eclesiástica. Bernardo, el pudiente ciudadano, acabó por vender todo
cuanto poseía, dando su producto a los pobres. Pedro hizo aún más, ya que
descendió de una cátedra de autoridad espiritual, probablemente siendo ya hombre
de edad madura y con hábitos mentales endurecidos, para ir en pos de un muchacho
extravagante y excéntrico, que muchos debieron de tener por maniático. Lo que
ellos vislumbraban, cuya gloria viera a las claras Francisco, podremos sugerirlo
más adelante, si hay alguna manera de sugerirlo. En el punto presente no hemos
de proponernos ver más que lo que vio todo Asís, y no fue precisamente cosa
indigna de comentario. Los ciudadanos de Asís no vieron sino al camello pasando
triunfalmente por el ojo de la aguja, y a Dios realizando cosas imposibles,
porque para Él todas son posibles; no vieron sino a un sacerdote que desgarró
sus vestiduras como el publicano, no como el fariseo; y a un hombre rico que
andaba alegremente porque ya nada poseía.
Refiérese que aquellas tres figuras singulares construyeron una especie de choza
o caverna junto al hospital de leprosos. Allí conversaban entre sí, durante los
intervalos de la faena y el peligro (pues requería diez veces más valor cuidar a
un leproso que combatir por la corona de Sicilia), en los términos de su vida
nueva, casi como unos niños hablando un lenguaje secreto. De aquellos elementos
individuales de su primera amistad no podemos decir gran cosa con certidumbre;
pero es cierto que fueron amigos hasta el fin. Bernardo de Quintavalle ocupa en
la historia algo así como el lugar de sir Bedivere, "el primer caballero que
armara el rey Arturo, y el último que lo abandonó", pues le vemos reaparecer, a
mano derecha, junto al lecho de muerte del santo, recibiendo como una especial
bendición. Pero todas estas cosas pertenecen a otro mundo histórico, y se hallan
muy remotas de aquel trío harapiento y fantástico, y de su choza medio
arruinada. No eran monjes sino en el sentido más literal y arcaico, que los
identifica con los ermitaños. Eran, por decirlo así, tres solitarios que vivían
juntos socialmente, pero sin constituir sociedad. Todo aquello poseía un
carácter intensamente individual; y, visto por fuera, parecía, indudablemente,
individual hasta la locura. Pero puede sentirse, según ya he dicho antes, el
vibrar de algo que lleva en sí la promesa de un movimiento o de una misión, en
el hecho de aquella apelación al Nuevo Testamento.
Era una manera de sors virgiliana aplicada a la Biblia; una práctica no
desconocida entre los protestantes, si bien, en su parecer, la consideraríamos
superstición de paganos. Sea como fuere, parece casi lo opuesto a escudriñar las
Escrituras, el acto de abrirlas al azar; pero, ciertamente, San Francisco las
abrió de ese modo. Según refieren unos, no hizo más que la señal de la cruz
sobre el Evangelio y lo abrió por tres lugares, leyendo tres textos diferentes.
Era el primero la historia de aquel joven rico cuya oposición a vender todos sus
bienes fue ocasión de la gran paradoja sobre el camello y la aguja. El segundo
era el mandato a los discípulos de no llevar nada en su viaje, ni morral, ni
báculo, ni dinero alguno. El tercero era aquella sentencia - que podría
llamarse, literalmente, crucial, - según la cual quien sigue a Cristo debe
también llevar su cruz a cuestas. Refiérese otra anécdota similar de San
Francisco, estableciendo que encontró uno de aquellos textos con sólo escuchar
lo que resultó ser el evangelio del día. Pero, según la versión primitiva,
parece al menos que acaeció el incidente muy al comienzo de su nueva vida, acaso
poco después de la disputa con su padre; ya que fue, al parecer, después de
aquella consulta evangélica, cuando Bernardo, el primer discípulo, se echó a la
calle y distribuyó todos sus bienes entre los pobres. Si acaeció así, parecería
que nada siguió a aquel hecho sino la ascética vida individual, con la choza por
ermita. Debió de ser, por supuesto, una ermita bastante pública, pero no dejaba
de estar, sin embargo, en un sentido muy real, retirada del mundo. San Simeón
Estilita, encima de su columna, fue, en cierto sentido, un personaje
extraordinariamente público; pero, con todo, su situación tenía algo de
singular. Puede suponerse que muchos debieron de tener por singular la situación
de San Francisco; que algunos la tuvieron aun por excesivamente singular. Pero
existía, ciertamente, en toda sociedad católica, algo profundo y aun
subconsciente que la hacía, al fin, capaz de comprender mejor aquella situación
que cualquier sociedad pagana o puritana. Mas, en este punto, creo que no
debemos exagerar aquella simpatía pública potencial. Como ya hemos indicado, la
Iglesia y todas sus instituciones tenían ya el aspecto de cosas viejas,
cristalizadas y prudentes, tanto las instituciones monásticas como todo lo
demás. El sentido común era cosa más común en la Edad Media que en nuestra edad
de periodismo acrobático; pero hombres como Francisco no son comunes en ninguna
edad, ni pueden ser comprendidos totalmente por el simple ejercicio del sentido
común. El siglo XIII era, es cierto, un período progresivo; acaso el único
período realmente progresivo de la historia humana. Pero puede llamársele en
verdad progresivo precisamente porque su progreso fue muy ordenado. Fue,
realmente, el ejemplo de una época de reformas sin revoluciones. Pero las
reformas eran, no sólo progresivas, sino prácticas, muy ventajosas para las
instituciones de elevado interés práctico: las ciudades, los gremios y las artes
manuales. Ahora bien, los hombres importantes de las ciudades y los gremios
debieron de ser importantes de verdad. Eran mucho más iguales en el terreno
económico, mucho más justamente gobernados en su atmósfera económica peculiar,
que la gente moderna luchando desesperadamente entre el hambre y los precios
monopolizados del capitalismo; pero es bastante probable que la mayoría de
aquellos ciudadanos fuesen tercos como labriegos. Ciertamente, la conducta del
venerable Pedro Bernardone no indica ninguna delicada simpatía por las bellas y
casi fantásticas sutilezas del espíritu franciscano. Y no podemos medir la
belleza y originalidad de aquella singular aventura espiritual si no poseemos el
humor y la simpatía humana de decir, con palabras llanas, cómo debió de
juzgarla, en la época en que acaeciera, persona tan poco simpatizante como Pedro
Bernardone. En el próximo capítulo intentaré indicar, en su aspecto interno,
aunque insuficientemente, la historia de la construcción de las tres iglesias y
de la pequeña choza. En el presente capítulo no he hecho más que bosquejarla
externamente. Y, al concluirlo, suplico al lector que recuerde y observe lo que
debió de parecer la historia entonces, precisamente considerada en su
apariencia. Un crítico de sentido común algo rudo, que no experimentase,
respecto del incidente, otro sentimiento que el de molestia, ¿cómo debió de
apreciar el caso?
Se descubre a un joven insensato o ladronzuelo robando a su padre y vendiendo mercancías que debió guardar; y la única explicación que puede dar el delincuente es que le habló al oído una recia voz, venida de no se sabe dónde, ordenándole que reparase las grietas y los huecos de cierto muro. Después se declara el mancebo independiente de todos los poderes competentes a la Policía y a los magistrados, y se acoge a un obispo benévolo, que se ve obligado a reñirle y a negarle la razón. Se despoja seguidamente, en público, de sus vestiduras, y, prácticamente, se las arroja a su padre, declarando, al mismo tiempo, que su padre ya no lo será para él. Anda luego por la ciudad mendigando piedras y otros materiales de construcción a todos los que encuentra, obedeciendo, según parece, a su antigua monomanía de reparar el muro. Puede ser c