Angel Clareno,

Epistula 15 (A los frailes del área romana):  

traducción de Carlos martínez ofm

A los reverendos y carísimos hermanos que sirven a Dios en Roma y a sus compañeros, su hermano Angel les desea estar bien y conocer, amar y conservar todo lo que es justo, amable y santo.

Nadie puede decir “Jesús es el Señor” sino por el Espíritu Santo, ya que hemos recibido el poder de convertirnos en hijos de Dios, nosotros, que creemos y esperamos en Cristo y por medio suyo resurgimos de la muerte de la infidelidad a la vida, del infierno de la concupiscencia carnal y del mundo, del torbellino de los negociados y embrollos de los hombres y de los desordenados placeres mundanos, por medio de una confiada esperanza, con una obediencia devota, humilde, agradecida y perseverante y con plena actuación de todos los mandamientos de Dios, en la observancia de los consejos de Cristo, en la serena y pacífica imitación de su vida, desde el profundo lago de azufre, suplicio de los malvados hostiles a Dios y a todo lo bueno, para fortalecernos en el desprecio de nuestra voluntad, en la mortificación de los sentidos y de los afectos terrenos, dirigiéndonos al puro, vital, celeste y santo amor de la voluntad de Dios.

Dios, en efecto, es amor, y procede de su palabra. Él vive en los patriarcas, juzga, reina, reconcilia, ora y profetiza, respectivamente, en los jueces, reyes, sacerdotes y profetas. Es enviado y anuncia en los apóstoles, da testimonio en los mártires, habla en los doctores, reposa en los monjes, se eleva en los contemplativos, se derrama en los cenobitas, se alegra en las vírgenes, reina en la Iglesia, es reconocido en los pobres. Es santificado en Bernardo, enaltecido en Domingo, hecho menor y pequeño en Francisco.

Hablará en los simples y será exaltado en la resurrección de los pobres, los humildes, los que aman ardientemente a Cristo Jesús y a éste crucificado, quienes deberán ser renovados en la caridad cristiforme, a imagen del seráfico Francisco.

Estos serán liberados de la tenebrosa y fría cárcel de la confusión, en la cual se hallan aquellos que ambicionan una ciencia distinta a la de Cristo, y protegidos de la venenosa contaminación de la locuacidad de los modernos. Serán mantenidos alejados de los labios impuros y de la lengua que maquina engaños, y serán enaltecidos en la adopción de los hijos de Dios, los que no quieren, no aman, no piensan y no hacen otra cosa sino lo que Cristo hizo, enseñó, mandó, amó y mostró para nosotros con su mismo ejemplo.

Quien posee el Espíritu de Cristo ama a Cristo, piensa en Cristo, habla de Cristo, desea a Cristo, sigue a Cristo, posee a Cristo y lo experimenta llevándolo en el corazón y en la carne. Diré más aún: si no se posee a Cristo, por más que se crea en él, no se lo comprende, porque él trasciende el intelecto. Quien posee el Paráclito está en el mundo como si no estuviera, vive como si no viviera, está muerto pero no está muerto, porque así vivía aquél que ya no vivía él, sino que en él vivía Cristo.

De este estado de perfección, acerca de la cual no existe o que no plantea ninguna discusión, partió Francisco, en cuanto de esta perfección de virtud cruciforme y de cristiforme caridad comenzó a intimarse a sí mismo, es decir, a unirse íntimamente a Cristo en cuanto era posible, y, transportado en una participación intensísima, de los insultos y ofensas a la pasión y al dolor de la muerte y a los sufrimientos, tanto espirituales como físicos, se estableció y habitó en ellos transfigurado, no ahorrando nada de sí, se ofreció enteramente a aquél que se entregó todo sobre la cruz por nosotros, de manera que aquellos que lo seguirían se harían en él una ofrenda santa y agradable a Dios.

Y éste fue el inicio de su conversión y de la nueva vida, y como un verdadero sábado que precede al día del Señor. Él, en estos últimos tiempos, nacido en el seno de la Iglesia romana, como generado por la fecundidad de los sumos pontífices, comenzó por la perfecta estatura de la plenitud interior de Cristo.

Así pues, si queréis vivir sin diatribas y terminar en paz vuestros días con los pocos amigos que el Espíritu Santo, alcanzándolos, engendrará y renovará en el útero de la íntegra Regla y Vida virginal que vosotros amáis, comenzad por donde comenzó Francisco. Entonces sabréis qué quiere decir y cómo y porqué nadie puede decir “Jesús es el Señor” sino por el Espíritu Santo. Él grita en el corazón de los pobres: ¡Abba, Papá!, y testifica que Cristo es verdad.

Nosotros, por el contrario, somos por naturaleza hijos de la ira y la mentira, ya que no se puede decir “Jesús es el Señor” -es decir el Salvador- sino por la gracia del Espíritu Santo, el cual todo lo que dice en nuestro interior lo dice en Cristo verdad y en la vida eterna, más allá del tiempo, de nuestra capacidad de expresión, de la inteligencia y de nuestra historia, ya que las cosas sobrenaturales se realizan solamente en hombres que no pertenecen más a este mundo, sino que están más allá de la percepción y de la palabra, palabras que no es lícito ni pueden ser referidas a nadie.

En efecto, el que viene de la tierra habla de la tierra, dice Francisco a quienes lo escuchan, con las palabras y el mensaje con el cual les es concedido expresarse místicamente en la Iglesia, trayéndolo del Espíritu y de la sabiduría de Cristo: el que vendrá detrás de mí es de naturaleza celeste, progresará hacia la exaltación sobre cruz, hablará de las cosas del cielo, porque aquellos que serán enviados por el Padre de la luz, amantes de la vida celeste e imitadores del Cordero, contestatarios y debeladores de todo funesto error pasado, presente o futuro, no podrán aprender de hombres y por medio humano, sino únicamente por revelación del Espíritu de Jesucristo.

Prestad atención a esto solamente: muchos son los llamados, es decir los hijos de la carne, pero pocos los elegidos, es decir los hijos del Espíritu; y muchos dan comienzo a la obra, pero pocos la llevan a término. Muchísimos prometen servir a Cristo y morir a sí mismos, pero solo pocos mantienen las promesas de vivir sólo para Dios y no para sí mismos. Todos corren, en efecto: algunos hacia la vida y otros hacia la muerte, pero uno solo recibe el único premio. Manteneos firmes y combatid contra vosotros mismos, para ser alegrados en las consolaciones del siglo futuro; y atended bien a que el camino que conduce a la vida es estrecho, y bienaventurado el que se encamina por el mismo.

Y comprended que san Francisco se honra de formar parte del número de los pocos, no de los muchos, que en verdad no son pocos sino un solo ser por la comunión en la misma fe y en la promesa, la esperanza, el empeño, la profesión y el conocimiento, palabras y propósitos, deseos y afectos.

Y que el Señor me conceda ser con vosotros esta única realidad, porque esta única realidad es todo lo que ha nacido de Dios y vence al mundo, y hace al hombre Dios y a Dios hombre, a nosotros en Cristo y a Cristo en nosotros, y al mismo Cristo, de pequeño, crecer en nosotros hasta la medida perfecta y obrar y llevar a plenitud cada cosa en cada uno de sus aspectos.

Él mismo revela cuáles son los verdaderos bienes de la patria y nos hace conocer cuán grande es nuestra presente y futura miseria. Nos enseña, además, cuál es el culto que debemos tener por él, hermano y maestro, por respeto al Señor, y cómo y en qué medida por él, que se digna habitar en nosotros y se gloría por ello, debemos amar la pureza y odiar el vicio y todo pecado, pues para destruir nuestros pecados se abandonó serenamente a la muerte y al asalto de las potencias infernales. Mirándolo a él, los santos ángeles nos asisten con alegría por conformarse a él en el anhelo por nuestra salvación, nos custodian mientras dormimos, nos ayudan mientras estamos despiertos, se alegran de nuestras obras buenas y se entristecen de las malas.

Por todos estos motivos debemos manifestar sentimientos de caridad, compasión y reverencia a los ángeles y a nuestros hermanos que viven junto a ellos, tentados y en el dolor, como signo de gratitud y para mostrar en nosotros a Cristo en las palabras y en las obras, para comportarnos en este mundo como se comportó él, verdadero Dios y verdadero hombre. Sólo a él estamos obligados a profesar como verdadero Dios sumo y eterno y a amarle como a nosotros dado y enviado, Jesucristo. Y todo lo que podría parecer subsistir sin él debemos considerarlo daño y basura, sea lo que sea, o la ciencia, o la sabiduría, o el honor, o la gloria y la dignidad, o las riquezas que se poseen sin la caridad y la humildad de Cristo.

Donde hay caridad y humildad, allí hay también oración y verdad, pues así como el calor es irradiado continuamente por el fuego, una oración devota emana continuamente de un corazón que posee la caridad verdadera y la humildad. En efecto, así como la llama de fuego por su naturaleza tiende siempre hacia lo alto, el corazón de aquel que posee la caridad suspira incesantemente hacia Dios, desprecia y rehuye todas las cosas temporales. Pero la caridad nunca mengua, porque Dios es caridad. En conclusión: cuando sentimos que nuestro corazón se enfría y se oscurece, entonces debemos creer que nos hemos alejado voluntariamente de Dios, ya sea por una inicua deliberación, ya sea por fragilidad y negligencia, puesto que Dios, que es siempre fiel y no traiciona nunca, antes bien ama siempre con la misma intensidad, no nos abandona jamás.

Y dado que en la pobreza es puesta a dura prueba nuestra resistencia y nuestro recto juicio y la paz de Cristo apenas si viene a nosotros y a envolver nuestras mentes, huyendo de nosotros por la insensibilidad debida a nuestra fragilidad, entonces lloremos ante Dios nuestro creador, y previnamos el ánimo de Dios con una sincera confesión, y sirvámosle con obras buenas y cánticos de alabanza. Mostrémonos hijos de aquel que hemos crucificado con los vicios y pecados, representando en él la pasión, la muerte, las súplicas, las lágrimas, los sufrimientos y las angustias, reconociendo que nada es más deshonroso que la lepra de nuestra miseria, confesando con íntima persuasión que somos merecedores de muerte y condenación eterna y que en nosotros no existe ni podrá existir nunca algo en lo cual Dios se complazca, sino en su Hijo amado, en el quien solamente se ha complacido.

Por lo tanto, hemos de alabar, bendecir, glorificar y honrar con incesante acción de gracias, adorar y reverenciar con profundas inclinaciones de la mente y del cuerpo a nuestro Señor Jesucristo, con palabras, obras, pensamientos, afectos y deseos, en el comer, en el beber, en el obrar, en el caminar o en cualquier otra cosa que hagamos, porque solo él es bueno, y todo bien, y el bien que queda, en quien nosotros vivimos, nos movemos y existimos. Y si habremos perseverado en él, entonces seremos enseguida establecidos en su eternidad, con él y por él.

Mas, puesto que esta esperanza tan grande no puede surgir en nosotros sino por aquello que Cristo habrá obrado en nosotros, no le opongamos resistencia, ni contristemos a su Espíritu, antes bien colaboremos con él y sigámosle dondequiera que vaya. Amémosle y suspiremos por él, que nos ama y desea tenernos en su compañía en la pobreza y la humildad, en el hambre y la sed, en el frío y la desnudez, en los afanes y en los insultos, en las aflicciones y en las calumnias, en las persecuciones y en las opresiones, en el escondite y en la fuga, en los ayunos y en las vigilias, en la soledad, en las plegarias, en las lágrimas y los sollozos, en la lectura y en la predicación de la verdad. Con él en la obediencia y en el servicio, en el sufrimiento y en los castigos, en el desaliento del corazón y en los insultos, en la pasión y en la cruz, en las llagas y en la muerte.

Estas cosas son simiente, causa, motivo, principio y raíz de bienes eternos, de las virtudes y los dones celestes, prenda y primicia de los consuelos divinos presentes y futuros en el cielo, a los cuales nadie puede presumir de ser admitido. Estas son riquezas escondidas de Cristo y arcanos tesoros ofrecidos a nosotros por Cristo, y aquellos que los reciben son hijos de Dios y obtienen en ellos, aquí y ahora, la vida eterna por medio de la esperanza, y en el siglo venturo, hechos semejantes a los ángeles, reinarán con Cristo en una gloria sin fin.

Los ángeles admiran esta riqueza y se maravillan de su preciosidad, se inclinan, tratándolos y respetándolos como amigos, ante aquellos hombres que aman y procuran la gloria, el valor y el inestimable precio de tales riquezas de Cristo, ya que en virtud del poder de las mismas se transforman en Cristo y, tras una miseria tan grande, por medio de Cristo se vuelven superiores a ellos, gozando y alegrándose de esto como también nosotros debemos alegrarnos y gozar por el progreso en el bien de nuestro prójimo. Pero podemos gozar tanto cuanto amamos, y amamos tanto cuanto comprendemos, y comprendemos tanto cuanto obramos, y obramos tanto cuanto creemos, y creemos tanto cuanto vivimos en Cristo y no en nosotros.

Es claro que el amor de Cristo no brota de nuestra inteligencia sino del intelecto de la fe, engendrado en nosotros no mediante la humana capacidad, sino mediante la caridad y el amor de Cristo, porque si el grano de trigo, una vez caído en tierra, no muere, permanece solo [1] . En efecto, si el trigo de la fe y de nuestra vida, Cristo, no hubiese muerto de manera que nosotros podamos morir profundamente a nosotros mismos en los vicios y pecados, la semilla de la fe y de la muerte de Cristo no hubiera podido comunicarnos su poder y su eficacia.

Cuando por la fe nos hayamos transformado de muertos en vivos para el Señor, entonces, nacidos de Dios y vivificados por una vida de verdadera fe, hechos inicio de nueva creación, temeremos solamente los vicios y los pecados, y los tendremos en odio y abominación. Y entonces tendremos otros ojos y otros oídos, y comenzaremos a pensar, comprender y amar otras cosas, y entenderemos que no somos del mundo sino de Cristo [2] . Y cada creatura y cada escritura, cada acción y aflicción, la naturaleza, el arte y la ciencia, nos dirán a aquél del cual derivan, y, con una ardiente y cruciforme acción de gracias, nos rechazarán de sí y nos encaminaran fuertemente hacia Dios, insistiendo en ser ellas mismas ignoradas, empujándonos a buscar a Dios con fogosos sentimientos y deseos y a traspasar en él.

En el perfecto odio al pecado se da a los discípulos de Cristo el pensamiento constante de la muerte, la fuga del mundo, el desprecio y el descuido de sí, el amor a la pobreza y a la humildad. De un verdadero y profundo odio al pecado y de una eficaz representación de la verdad de la muerte, cuando el alma se sentirá postrada y como sepultada en el polvo de su nada, olvidada del mundo y de sí misma, entonces, por el poder de la cruz de Cristo, recibirá, en la medida de su capacidad, una íntima compasión de la muerte de Cristo. Este sentimiento de ensimismamiento, extrasensorial e irreflejo, hace emerger la conciencia de la propia miseria y de la propia indignidad y, por un exceso de abajamiento y de anonadamiento, le abre la puerta o la abertura más allá de la cual el alma transfigurada está en grado de abrazar a Cristo, por cuyo amor y por cuya sola íntima condescendencia y bondad ha sido aferrada, para unirse toda a él y extasiarse en esta comunión y en la visión de él, ahora posible.

No es posible describir ni con palabras ni con imágenes, ni con representación sensible alguna o con una formulación doctrinal, el gozo feliz de esta unión, ya que solo Cristo, mediante el Espíritu Santo, la inspira y la revela a los puros y humildes de corazón, en el tálamo de su abrazo con nosotros, en la plenitud de su ferventísima e insuperable caridad. Cuando somos admitidos al mismo, muere y cesa completamente toda reacción, tanto a las ofensas como a las cargas honoríficas, y no sucederá, ni se cumplirá, ni se padecerá nada en la esfera de los sentidos, de la imaginación o de la inteligencia humana. El discípulo, entonces, se hallará enteramente más allá de todo razonamiento o pasión humana, vivirá todo para Cristo, que es vida y resurrección nuestra, como vivió Francisco.

A esta verdadera unión esponsal con Cristo nos conceda llegar Cristo amor, el cual pasó, por la muerte de cruz, de este mundo al Padre, a fin de que también nosotros, de manera semejante, pudiéramos seguirlo jubilosos. A pesar de que la caridad lo puede todo y conserva siempre en la unidad a todos los suyos, todo lo gobierna con suficiencia y reina dondequiera -como confío está en todos vosotros-, sin embargo, ya que quiere que nosotros, pequeños en Cristo, experimentemos en nosotros su mismo abandono en la cruz para ser cada vez más conformes a sus padecimientos, es necesario que en nuestras tribulaciones o tentaciones nos dejemos consolar, porque cuando somos tentados y probados, también Cristo es tentado y probado en nosotros y permanece con nosotros y combate por nosotros, dándonos la fuerza para vencer, brindándonos sostén en la prueba [3] .



[1] Jn 12,24.

[2] Cf. Jn 17,14.

[3] 1Cor 10,13.