Angel Clareno

Epístola 16 (a destinatarios desconocidos)

traducción de Carlos Martínez ofm

Bendito sea el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo. Amén.

A los reverendos hermanos que sirven a Cristo, fray Angel, inútil siervo de Cristo: orar, vigilar, ejercitarse en virtudes y buenas obras, obedecer y soportarse recíprocamente, y, por encima de todo, conservar la unidad del espíritu en el vínculo de la paz, poseer entrañas de piedad y no amar ni querer nada fuera de Cristo.

Orad por nosotros y encomendadnos a las oraciones de personas santas, y buscad conservar y amar las promesas realizadas, puesto que en ellas reside la plenitud de las virtudes, el máximo de la perfección, el honor de la religión cristiana y la promesa de la vida eterna.

En la evangélica regla de la humildad de Cristo, en efecto, yace el tesoro escondido, la verdad desnuda, celeste, santa, la caridad seráfica, el afecto cristiforme y deiforme, imagen y semejanza de la virginal gloria del Cielo. Por ella se llega al perfecto gusto de la sabiduría y al beso inefable de la paz. La cual paz, por cierto, obra el silencio de los labios y del corazón, y enseña el silencio divino, en los claustros de cuyas escuelas solo entran los verdaderos amantes de la humildad y la pureza de Cristo por las puertas del odio evangélico y del desprecio del propio sentido, y de la total mortificación de la voluntad. Pues quien ha muerto a su propia voluntad recibe la cruz, la fuerza y la ciencia de Cristo, y, nacido de la verdad de la fe, renueva su mente en el espíritu y pasa a la adopción de los hijos de Dios [1] , para llegar a ser, de alguna manera, primicia de su creatura [2] . Ciertamente, aunque el hombre soportase infinitas muertes para ser liberado de los males sin número de su propia voluntad, nada haría de condigno.

Mas, ya que solo por la gracia, el mérito y el poder de Jesucristo se otorga a los hombres el conocimiento de semejante mal y la capacidad de resurgir de la muerte de esta muerte infernal y luciferina, suspiremos cordialmente, con encendidos afectos, por aquél que con gran clamor y lágrimas, mientras pendía en la cruz, oró por nosotros al Padre y fue escuchado por su reverencia [3] , para que, revestidos y animados con el amor de dicha potencia, huyendo de la muerte de nuestra voluntad y de la malicia culpable, permanezcamos en la santísima obediencia de su divina voluntad y en la región y habitación de los vivientes, y gocemos en la abundancia de bienes, removido el temor de los males.

Aquél que odia y mata la propia voluntad es colmado con el santo temor del Señor y con el castísimo amor de Cristo, y el Espíritu Santo desciende sobre él y la virtud del Altísimo cubrirá con su sombra [4] su corazón, y adquiere las fuerzas para vencer la malicia de su corazón y para derrotar la soberbia. Fundando entonces en la debilidad de la humildad, poseerá entrañas de piedad y, sin juzgar a nadie, de todos se compadecerá, tendrá misericordia, y estará al servicio; se sabe y se siente solidario en los males de todos, y entiende que sus males se multiplicaron sin medida dentro suyo, y ve cosas incomprensibles para su mente, y percibe la infinidad de sus males en sí mismo y en las culpas y los pecados de todos, tanto pasados como presentes, y en ellos verá y sentirá a Cristo, verdadero Dios y Señor, crucificado. Y cuanto más profundamente se radica en el sentimiento y en la confesión de sus males, tanto más altamente crece en las virtudes y más ampliamente es ilustrado por los rayos de la divina gracia. Y así como el número de las creaturas resulta infinito para el hombre, aunque a los ojos del Señor sea pequeño y finito, de la misma manera se muestra infinito el abismo de la propia iniquidad y culpa a cualquier mente confirmada en la comunicación de la ciencia de Cristo, y tanto más plena como veraz y perfectamente será colmada de sabiduría y caridad. Y en virtud del discernimiento ejercido por Cristo, se gloriará y gozará en el conocimiento y en la confusión de la propia flaqueza y vileza, y llegará al amor de todos aquellos que el mundo odia y la carne teme y evita. Saldrá también gozoso al encuentro de las persecuciones, los malditos y la muerte, y con el incendio de la santa devoción deseará ser desatado  y estar con Cristo [5] .

La inhabitación de Jesucristo, en efecto, hace sentir la amargura de la vida presente, y los peligros de la peregrinación de este siglo se revelan a los ojos iluminados por el rayo de su luz. Por eso mismo se requema bajo el peso de las tentaciones infligidas por los enemigos y llora doblado por los propios defectos, y, deseando ser liberado de tan grandes cadenas, ora y dice: Arranca mi alma de la cárcel para celebrar tu nombre. No tenemos aquí una ciudad estable, pero caminamos en busca de la futura [6] , en compañía de los ángeles y de los espíritus perfectos de los santos, y con voces de acción de gracia y de alabanza.

Sed agradecidos a Dios, pues de él recibisteis los bienes más grandes en estos pésimos tiempos. Y rivalizad por poseer un sólo amor y un sólo temor, a saber, abandonar y ofender a Dios, porque esto es lo único realmente amargo, duro, y digno de tristeza y de dolor: pecar y alejarse de su temor y de su amor. La mente de los santos cristianos que buscan la perfección, en efecto, procura huir y odiar los pecados sin distinción alguna, porque toda contumacia y ofensa a Cristo Jesús está prohibida por Dios y por su ley, y en la mente de los perfectos es en sí mismo sobremanera grave y mortal aquello que en los corazones de los tibios se estima venial y leve. Porque no pongamos nuestra parte entre aquellos que creen poder vivir tibia y negligentemente, sino que en todo nos demostremos como servidores de Dios y ministros suyos en mucha paciencia [7] y en los demás bienes que Pablo Apóstol enseña a sus discípulos, sin la cual es imposible adherir a Dios, único bien, pongamos toda nuestra esperanza, como debemos, en Cristo, Señor y Maestro, que es el verdadero Dios y la vida eterna [8] . Amén.



[1] Gal 4,5.

[2] Cf. St 1,48.

[3] Cf. Hb 5,7.

[4] Lc 1,35.

[5] Flp 1,23.

[6] Sal 141,8; Hb 13,14.

[7] 2Cor 6,4.

[8] 1Jn 5,20.