Angel Clareno,

Epistula 43 (A Roberto de Mileto)

traducción de Carlos Martínez ofm

Bendito sea el nombre de nuestro Señor Jesucristo y de la Virgen María, madre de Dios. Amén.

¡Oh amante fiel de aquellos que aman los caminos de Dios y que caminan por ellos, señor Roberto! Cuando recibí tu carta y la de aquel hombre de Dios [1] , me hallaba de tal modo debilitado sobremanera en el cuerpo, que me resultó imposible responder como correspondía a aquello que se me manifestaba. Ya estoy viejo, en efecto, y he perdido el apetito por toda variedad de alimento, y espero de un momento a otro ser liberado de este cuerpo de muerte.

Y puesto que no tengo nadie que me pueda escribir aquello que, lo sé por misericordia de Dios, considero oportuno e idóneo para levantar a los pobres afligidos según la voluntad del Señor, me deshago y me aflijo en lo íntimo del corazón. Si pudiera, no sólo gastaría palabras para ellos, siempre dando sumamente gracias, sino también obras, no solo cartas, sino también todo mi ser.

Y puesto que bajo la guía de Cristo he aprendido, desde hace ya alrededor de cuarenta años, que el Padre de las misericordias y de la luz ha establecido infundir en el hombre de Dios Pedro [2] el espíritu del fundador, desde aquél momento no hago otra cosa más que amar totalmente e intensamente someterme, seguir y conformarme a él como a Francisco, el mensajero con el sello de principal piedra angular. Mas después de casi sesenta años de alternas vicisitudes y de sufrimientos, en los cuales he deseado ardientemente ver los comienzos de una reforma del seguimiento de Cristo, constato el nacimiento de Benjamín entre los dolores y la muerte de la misma madre, y en la actual división, otrora prevista y anunciada, veo una prefiguración de los habitantes de la Pentápolis fustigados por un cielo incendiado de azufre y en pleno día, como si fuera noche profunda, buscar una huída a tientas y no hallarla.

Si es cierto que en los hombres perfectos el amor a la perfección es siempre algo meritorio y encomiable, seguir con todas las fuerzas y con diligencia aquello que pertenece a la perfección será un sacrificio de alabanza a Dios y un holocausto de suave aroma en presencia del Altísimo, y tanto más agradable y acepto cuanto más contrastado por mayores y más gravosas adversidades.

En efecto, aquél que, reconociendo lo que pertenece a Cristo y a su Espíritu y por amor a la imitación de la vida de Cristo -que está integral y universalmente sintetizada en la Regla y en el Testamento, místicamente sellada de manera cristiforme en el cuerpo y en el espíritu del fundador y allí representada como primera y última- se ofreciera a innumerables tribulaciones y a la muerte, no hallará nada mejor para responder al Altísimo, por la grandeza del don recibido, que tomar el cáliz de Jesús salvador e invocar de modo cristiforme el nombre del Señor.

Y creo que sea conforme a vuestro juicio y al pensamiento de todos aquellos que aman seguir las adorables huellas de Cristo Jesús, que no puede existir discípulo superior a un maestro tan grande, ni siervo a este grande Señor. Por lo tanto, aquella intelectual, amorosa y sensible conformidad con Cristo a la cual él, humillado en la carne, inmolado en la cruz, inspirado en la mente, exaltado en los cielos por medio del don del Espíritu consolador, nos ha invitado y nos ha atraído, se presenta ante nosotros como la última y definitiva promesa de gracia y de gloria revelada por el Padre de las misericordias y, después de haber divinamente renovado la Iglesia, a través de Francisco, que desnudo abrazó la cruz desnuda, resplandeció de manera admirable contra toda seguridad humana que presuma de sí despreciando, abierta u ocultamente, la ciencia y el poder de la cruz, y removida toda demora sea transfigurado a imagen de Cristo, poseyendo en sí al Verbo, que en el Espíritu hablaba y obraba en perfecta adhesión al Padre.

Y aquellos que poseen sus mismos sentimientos, intuyen la verdad y fielmente adhieren a la misma en el amor. Él no buscó hacer su voluntad, ni habló por propia iniciativa, sino que, por iluminación del Espíritu Santo, buscó en lo profundo del corazón cumplir la voluntad de Dios y en él ha hablado Cristo y su Espíritu. Por consiguiente, quien lo desprecia no desprecia a un hombre, sino a Dios; y quien lo sigue, sigue a Cristo, el cual, por el ardor apostólico, habitó en él.

No quiero decir que no exista, pero confieso que en estos tiempos no he visto a otro hombre que concuerde tanto con la perfección y el espíritu del fundador [3] , y sin vergüenza ni temor humano afirmo que está guiado por Cristo y por su Espíritu para amar las cosas que ama y para cumplir lo que hace, y da testimonio serenamente a Dios con todas sus fuerzas, en la verdad, en la santidad y en la caridad, y solo mi indisposición física me separa de él, pero la caridad de Cristo y el amor del pobre peregrino siempre me hacen estar presente ante él y ante todos aquellos que tienen el espíritu universal, santo y religiosísimo del cristífero Francisco.

Es indudable que la veneranda y santísima Trinidad, que ha creado, conoce y guía a todo hombre, tiene por estos perfectos observantes ese especial cuidado que tuvo durante otro tiempo por el cuerpo físico de Cristo y ahora por aquellos como por su propio cuerpo místico. Por eso el amor de aquellos hacia Cristo debe ser siempre y dondequiera perfecto y sostenido por una inquebrantable confianza, removiendo todo temor carnal, humano y mundano, echándolo fuera con decisión, ya que tienen un colaborador y un protector fortísimo, siempre presente e íntimo a ellos mismos, que prepara y perfecciona sus coronas por su solidaridad y participación a la pasión y muerte de Cristo. Mediante la misma escapan de todo temor de soberbia y de toda caída e infección de vanidad, convirtiéndose en verdaderos y no fingidos cultores de la humildad, santidad y perfección, en profundidad y no superficialmente o de palabra, sino en la sustancia y en el cumplimiento de los hechos y en la plenitud de la humildad y de la caridad.

El reino de Dios, en efecto, no consiste en las palabras sino en las obras de la caridad, en la cual solo dos de los seiscientos soldados armados que bajo la guía de Moisés huyeron de Egipto fueron hallados irremoviblemente radicados y fundados [4] . El Dios de la verdad odia la mentira y ama la verdad, y puesto que es caridad, ama a aquellos que lo aman y los conserva en la fidelidad y los corona y honra en la gloria.

Puesto que me hallo tan debilitado que sólo a costa de grandes sufrimientos y de una casi increíble violencia sobre mí mismo he podido responder, con estas pocas líneas y después de varios días, a vuestra premura, no debéis maravillaros si todavía no escribo a la venerable madre y señora en Cristo, señora Delfina [5] , y a los hermanos cordialmente predilectos en Cristo, según cuanto me señaláis en vuestro escrito, en cuanto no tengo posibilidad, ni por mí mismo ni por interpósita persona, a causa de las molestias físicas que me afligen y que me llaman a abandonar esta vida de muerte, para tender a la región de los vivos.

Baste, por lo tanto, a todos aquellos que forman en Cristo una sola cosa, esta cartita destinada a todos, a fin de que oren por mí y sepan que yo he amado, y todavía ahora amo con todo el corazón a Francisco, serafín de Cristo Jesús, signado por la cruz cual símbolo de todo lo que sucedió, sucede y sucederá en el cielo de la Iglesia y en la atmósfera celeste a diestra y siniestra, y también a todos los siervos de Cristo que se esfuerzan por conformarse ardientemente a él, según la Regla y el cruciforme ejemplo dirigido a nosotros por Cristo en el humilde y pobre Juan, revelado a Francisco [6] .

Conjuro por lo tanto a vuestra afectuosísima y tenacísima amistad en Cristo, a fin de que soportéis con alegría y paciencia todo lo que sucede y cualquier otra adversidad o persecución que os sorprenda, como provenientes de lo alto, de la mano del Señor, al cual dar gracias, ya que por esto seréis custodiados como el oro, más aún que el oro o piedras preciosas que adornan las vestiduras de los tesoros del Altísimo. Considerad perfecta alegría, oh hermanos, cuando sufrís toda suerte de pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce la paciencia, y la paciencia completa su obra [7] , porque, según la sentencia de Pedro, el Espíritu de Dios, que es Espíritu de honor, de gloria y de poder, por la paciencia en las tribulaciones reposará sobre vosotros [8] .

Cristo, en efecto, y toda palabra de Dios como vívida luz intelectual, conoce íntegramente a todos y cada uno con una única mirada, y crea, hace crecer, conserva, defiende y perfecciona, corona y glorifica toda virtud, santidad, belleza, sabiduría, paz, caridad y gloria en la Iglesia jerárquica y en el reino de Dios, en los ángeles y en los santos, según el eterno e irreformable decreto de su potencia, sabiduría y amor. A él la gloria de todos y en todos, desde la eternidad y por toda la eternidad. Amén.

Orad para que el Señor aleje de los humildes el clamor de la persecución y conceda el alivio en la opresión.



[1] Se trata de Felipe de Mallorca.

[2] Pedro de Juan Olivi.

[3] Está hablando de Felipe de Mallorca.

[4] Josué y Caleb; cf. Nm 13-14.

[5] Santa Delfina de Sabran, viuda de Eleazar, ligada estrechamente a la reina Sancha, mujer de Roberto de Anjou y hermana de Felipe de Mallorca.

[6] Se refiere a Juan el Bautista, equiparado en otras ocasiones por Angel a Francisco. Cf. Epistula 30.

[7] St 1,2-4.

[8] 1Pe 4,14.