LO HUMANO EN LA ESPIRITUALIDAD DE DUNS ESCOTO

Séamus Mulholland, ofm.

Traducción del artículo de SEAMUS MULHOLLAND, The Humanity of Duns Scotus, en: The Cord 43 (1993) 6-16.

 

 

LA FIGURA DE DUNS ESCOTO

Esta reflexión intenta explorar algunos aspectos del pensamiento de Escoto sobre la Predestinación y la Primacía de Cristo, la Pasión y la Inmaculada Concepción, dando un vistazo a los elementos más iluminadores de la espiritualidad de Escoto y de la humanidad de su espiritualidad. Todo esto, ojalá sin el academicismo que investiga y escribe sobre Escoto, para que, fuera de los lectores para los cuales escribo, también otros puedan admirar y querer a este gran fraile franciscano, escolástico, pensador, escritor y místico poco conocido.

Igual que san Francisco, a cuya visión Escoto siempre permaneció fiel (a despecho de lo que piensan algunos escolásticos), Escoto murió a tempranos 40 años, sin tener oportunidad de revisar sus escritos. Es, tal vez, porque murió tan joven y no pudo revisarlos, que el pensamiento de Escoto es tan complejo y tan difícil de entender. Sólo podemos especular sobre lo que hubiera podido llegar a hacer si hubiera vivido más, pero cuando nos damos cuenta de que esta especulación es inoficiosa, nos entristece por lo que hubiera podido ser. A pesar de la complejidad de su pensamiento, un estudio minucioso de Escoto reditúa fructíferos dividendos.

Cuando se estudia a Escoto, uno se da cuenta de que está en presencia de una mente singularmente brillante y agudamente perceptiva. Pero también se da cuenta de que este pensamiento de tanta variedad de temas teológicos sólo puede provenir de un hombre profundamente santo. Los que fustigan a Escoto, adosándole el epíteto de "sutil" en sentido peyorativo, lo hacen porque no logran ver a través de la sutileza. Sólo ven el barniz de su intelecto, pero no pueden ver su corazón. No logran ver al hombre de oración y la experiencia de íntima unión con el Dios del que escribe.

Juan Duns Escoto constituye para nosotros hoy día un ejemplo de cómo la mente y el corazón pueden trabajar en armoniosa unión para causar, no sólo discernimiento intelectual brillante, teológico o filosófico, sino también la viva experiencia del amor, en el cual se proclama el Evangelio que es la regla y vida de cada fraile menor que trata de buscar la unión con Dios.

Duns Escoto y san Francisco

No es por nada que a Escoto se le llama "el doctor sutil", pero si dejamos de lado el sentido peyorativo de este epíteto, podemos lograr un más profundo entendimiento del dinamismo y vitalidad de su visión del cosmos. Aunque está atento a los matices del idioma y, al mismo tiempo, entiende las limitaciones de éste, Escoto es capaz de extraer hasta la última onza del significado de cada palabra. Hay momentos en el pensamiento de Escoto en que nos enfrentamos a la realidad del aforismo de Wittenstein: "Aquello de lo que no podemos hablar, debemos pasarlo por alto en silencio". Aunque podamos explicar y explorar su doctrina de la Primacía de Cristo, vislumbrar su belleza y su gloria, aún así tal vez sintamos que nos estamos entrometiendo en la profundidad de un hombre, expresión amorosa de su propia vida espiritual, y debamos apartarnos calladamente a una respetuosa distancia para no interrumpir este diálogo entre Escoto y su Dios.

Cuando se estudia a Escoto es como estar observando los sofisticados movimientos de un acróbata, el grácil desplazamiento de una bailarina, o la belleza de una patinadora en hielo. Escoto es un coreógrafo intelectual porque une la claridad de pensamiento y visión con el intrincado movimiento del lenguaje. Cada exposición es precisa sin ser pedante; y cada expresión conlleva con su propia y libre convicción cristiana un tremendo poder intelectual y espiritual.

Sin embargo, para que mientras lee esto nadie piense que el pensamiento de Escoto es nada más que una incursión al maremágnum teológico y filosófico, permítaseme apresurarme a decir que éste no es el caso. Escoto es ante todo un franciscano. Podríamos pensar inicialmente que el área de tan intensa especulación intelectual no encaja en los parámetros de la visión del universo tal como la concibió y experimentó y que, por lo tanto, este intelectualismo está fuera de lugar comparado con la sencillez de san Francisco. Pero no es así, especialmente en el caso de Duns Escoto. Este no se unió ni a los dominicos ni a los benedictinos; ingresó a la Orden de los Frailes Menores y su formación fue franciscana. Escoto y su pensamiento teológico están profundamente enraizados en la tradición franciscana, y esto se hace más evidente en su doctrina sobre la Primacía de Cristo. Su visión del Cristo Cósmico en la jerarquía del amor lo ubica junto a san Francisco, tanto en visión como en sentimientos.

Lo que Francisco expresó en la sencillez de su poesía, canción, drama y misticismo, Escoto lo manifestó en su incontenible meditación y profundidad de pensamiento, tan empapados de una rica claridad de visión que verdaderamente puede ser llamado místico. La teología de Escoto no es solamente el resultado de la aplicación de la mente a los grandes problemas e interrogantes que nos acosan a todos, sino también la aplicación del corazón, alma y espíritu. Su teología no es sólo "teo-logos", palabras respecto a Dios; es, también, "pneuma-logos", palabras del Espíritu. Las palabras del Espíritu que sólo pueden provenir de una vida en oración y contemplación del más inaccesible de los misterios: Dios mismo. Escoto y san Francisco están unidos en la belleza y sencillez de su visión y su experiencia del más excelso Dios, porque cada uno llega a sus conclusiones como un resultado de la íntima unión amorosa.

El principio, el medio y el fin de la teología

Bien, sí, Escoto es difícil de comprender, pero debería ser fácilmente comprendido si consideramos cuál fue el principio y el punto final de su teología. Como san Francisco, Escoto basa sus esfuerzos teológicos y su visión en el Amor. Para él el comienzo, el medio y el fin de todo su estudio, enseñanza, pensamiento y razón era el amor. Incluso en su pensamiento ético es el amor el que predomina. En su entendimiento de Cristo el amor es la hermenéutica, y siempre fue así. Es el mismo principio hermenéutico que se aplica en su comprensión e interpretación de la redención.

El amor trae consigo su propia sencillez, y si esta preocupación de Escoto se aplica a las estructuras de su propio pensamiento, entonces podemos decir, con toda honestidad, que su brillante capacidad tiene sus raíces en esta misma sencillez, por la que nos entrega no la típica teología escolástica árida, sino más bien una visión de humanidad que en sus contenidos es rica en lo más esencial de la condición humana, el amor. Y es está también la clave para comprender la humanidad y la espiritualidad de la teología de Escoto. En su teología no hay contradicción o distinción entre inteligencia, corazón, espíritu. Entendimiento y voluntad, lógica y amor, inteligencia y corazón están tan íntimamente ligados en una estrecha unión que podemos decir que la lógica y el entendimiento de Escoto son simplemente la pintura y el pincel con los que pinta su cuadro de amor en el lienzo del pensamiento medieval. Entendió y experimentó a Dios como Amor, primero y principalmente, y de esta manera vio en la tradición franciscana que la teología tiene consecuencias prácticas, y no se trata precisamente de pensamiento abstracto o de indulgencia intelectual. Tal vez, después de san Pablo, él sea el teólogo de la liberación humana.

Escoto y el propósito de la teología

Escoto visualizó el propósito básico de la teología como unión con Dios en esta vida. No para un futuro glorioso, sino que podía realizarse aquí y ahora. Esto es así porque hasta donde a Escoto concierne Dios es Amor. Esto y sólo esto. Incluso cuando especula filosóficamente sobre la univocidad del ser, siempre sostiene que Dios es Amor. Este es el ser de Dios. Esta es su vida. Si Dios es Amor, dice Escoto, entonces el último propósito de la teología es el Amor de Dios y amar a Dios sobre todas las cosas. Para él hay sólo un sujeto-objeto en teología: el Dios que es Amor y el Amor que es Dios. Aquí Escoto hace una conexión entre teología filosófica y teología en sí. Destaca que Dios se revela en Exodo 3:14 como "Yo soy el que es", que es abstracto y ontológico. Sin embargo, continúa diciendo, sabemos por san Juan cuál es este Ser de Dios: el Amor (1 Jn. 4, 8). Así, incluso la abstracción de ontología se revela como Amor.

Dios es Amor, dice Escoto, y siendo éste el caso, desde que todo tiene su origen en Dios, todo tiene su origen en el Amor. Dios no necesita crear. El no tiene que hacerlo, sin embargo lo hace, ¿por qué?, porque Dios es Amor y así crea más allá del amor porque desea revelarse y comunicarse a los demás hasta la plenitud de su propio amor.

La jerarquía del amor

Dios es Amor. Pero Escoto no se queda allí. Comienza el proceso de desmenuzar este amor en términos inteligibles de jerarquía. Suena complicado, pero no lo es porque, por sobre toda la complejidad intelectual de Escoto su insistencia siempre es en la sencillez de Dios como amor. En esta jerarquía, la más alta y la más grande manifestación del amor de Dios es el Hombre-Dios, Jesucristo. Según su pensamiento Cristo es predestinado desde toda la eternidad a ser esta altísima manifestación del Dios que es Amor. Así, aquí está la humanidad en el corazón de la Divinidad antes de su factibilidad histórica o exi§tencial y ya está el Dios amoroso en su propio misterio. Cristo es la más grande manifestación en esta jerarquía de amor, todos los demás están destinados a ser predestinados a la gracia y a la gloria por intermedio de Jesucristo. Lo que Escoto quiere significar con esto es simplemente suficiente y nueva evidencia de su propia espiritualidad y humanidad: Cristo es el primer amante en la Trinidad, todos los demás son "co-amantes" con Cristo. Pero ya de nuevo, Escoto no se queda allí, es necesario decir más y lo hace. Su pensamiento es que en vista de este fin, es decir, amor de la Trinidad para toda la creación. Dios también quiere los medios para ello: la gracia. La naturaleza, por esto, es la más baja en esta jerarquía, pero también está directamente ordenada al orden sobrenatural de la gracia y de la gloria. Lo que está muy claro es que para todas sus reflexiones teológicas y su viva espiritualidad Escoto comienza y termina con el Amor de Dios y con el Dios que es Amor. A la luz de esto, él es ciertamente no sólo un verdadero hijo de san Francisco, sino además "El teólogo del Amor de Dios" en la tradición franciscana.

La primacía de Cristo, el logro cumbre de Escoto

En base a lo que ya se ha dicho respecto a la preocupación de Escoto por el Amor de Dios y el Dios que es Amor, me gustaría ofrecer una aproximación diferente a su gloria culminante: la doctrina de la absoluta predestinación y primacía de Cristo. En fidelidad a la doctrina de Escoto, me gustaría reflexionar sobre sus consecuencias humanas y espirituales porque es aquí donde encontramos al místico, al poeta, al franciscano, al hombre de fe sencilla, confiado, humilde, pero sobre todo, al amante del Amante. Este es el más grande e inigualado legado de Escoto a la teología, a la Iglesia y a una gloriosa visión antropológica que tiene como centro al Dios hecho hombre. Nuevamente aparece extremadamente complejo, pero si consideramos el punto de partida de Escoto -el Dios que es Amor- entonces todo es más rápidamente entendido.

Escoto encuentra a Cristo y reflexiona en el contexto de ser El la más grande manifestación de la Santísima Trinidad. Usando su propia interpretación de 2 Cor. "...todas las cosas vienen de Dios el que nos ha reconciliado con él a través de Cristo...", Escoto prosigue en la experiencia y en la exploración de una comprensión de Cristo que, aunque especulativa, no sólo está dentro de la tradición franciscana sino que adeuda mucho, espiritualmente, a los Padres de la Iglesia. Para Escoto la encarnación del Hijo de Dios es en sí una manifestación del Amor infinito de Dios en la historia de la humanidad, y esta encarnación es querida por Dios desde toda la eternidad, independientemente de saber que la humanidad caería.

A diferencia de otros que estaban explorando la razón de la encarnación, Escoto no comienza con alguna pregunta hipotética como qué habría o no habría hecho Dios frente al hecho del pecado. El comienza con lo que Dios ya ha hecho. Ciertamente, aún cuando Escoto menciona esta pregunta, lo hace desde una perspectiva completamente diferente y considera el problema a la luz de lo que él ya ha dicho respecto a la predestinación de Cristo y a su primacía como Hijo de Dios. Formula una pregunta radicalmente diferente, la que tiene fuertes implicancias sobre nuestra actual comprensión de la naturaleza de la bondad del hombre: La predestinación de Cristo a la gracia y a la gloria ¿está necesariamente subordinaba a la caída del hombre en Adán? Escoto admite que muchas autoridades sugieren que tal parece ser el caso, pero aunque no niega la necesidad de la redención, arguye contra este criterio. Incluso en esta temprana etapa de su pensamiento, el pecado no ocupa un lugar demasiado importante en relación a la encarnación.

La visión de Escoto se basa en lo que él ya ha dicho respecto a la jerarquía del amor en el pensamiento de Dios. Este predestina a todos los seres a la gracia y a la gloria antes de su propia visión de la caída de éstos. Escoto prosigue diciendo que esto sucede con mayor razón en el caso de Cristo, el que fue predestinado a recibir la plenitud de la más alta gloria posible antes del hecho de la caída. Esto no debe causarnos ningún dolor de cabeza tratando de entenderlo porque Escoto basa esta parte de su pensamiento en la actividad creadora de Dios. El afirma que ya que Dios actúa en el orden y no en contradicción, considera primero lo que es más cercano al fin. Así, tanto como Dios se propone que algunos tengan gloria antes de tener gracia entre los que El ya ha predestinado a la gloria, El habría visto considerar primero la gloria del que El desea que esté más cerca del fin, esto es, Cristo. Por tanto, Dios quiere gloria para el alma de Cristo antes que ningún otro, y El quiere para la gloria a toda otra alma en relación con ello.

La predestinación: el supremo amor en Escoto

En la parte III de la Ordinatio dist. N° 19 Escoto entrega su propia posición respecto a la encarnación. Es una visión rica en amor y en misericordia, con una maravillosa perspectiva de la bondad remanente en la humanidad, y que le da a la encarnación el lugar central en el universo de manera que todo venga de Dios a través de ella y así pueda, eventualmente, volver a Dios a través de ella. La profundidad de la espiritualidad es evidente como es obvia su propia experiencia de no sólo ser redimido por Cristo, sino también ser amado por Dios en Cristo, por lo que su reflexión sobre la encarnación es aún así otra experiencia mística, como si Escoto hubiera vislumbrado las deliberaciones en la corte celestial antes de la creación y oyera decir a Dios "Hagamos al hombre a nuestra imagen", y viera la encarnación ya concebida en el corazón de Dios.

El razonamiento de Escoto es que la encarnación del Hijo de Dios no fue prevista como siendo provocada por el pecado de la humanidad. Al contrario, fue vista por Dios desde toda la eternidad como un bien más cercano al fin. Así, Cristo en su naturaleza humana es previsto como más cercano al fin que cualquier otro porque toda alma fue ordenada para la gracia y la gloria antes de siquiera ser previstas todas ellas. Para entender mejor esto deberíamos decir que Escoto ve la previsión de Dios en el siguiente orden:

En primer lugar Dios considera el bien mayor; en segundo lugar Dios consideró a todas las creaturas; en tercer lugar Dios predestinó a algunos a la gracia y a la gloria. En cuarto lugar Dios previó a todos los que caerían en Adán; en quinto lugar Dios previó y preordenó una solución para la caída, llamada redención, a través de la pasión y muerte de Cristo, el Hijo encarnado. Escoto amplía su razonamiento aseverando que según esto, Cristo, en lo que concierne a su encarnación, y también a la elección, primero fue predestinado a la gracia y a la gloria antes de que la pasión fuera considerada un remedio para el pecado (muy parecido, dice Escoto, a un doctor que quiere la salud de su paciente antes de sanarlo).

De esta manera, la conclusión de Escoto es que, tanto como todos los predestinados primeramente fueron predestinados antes que la redención fuera prevista como un remedio contra su caída, así la Santísima Trinidad primero preordenó a los predestinados para la gracia y la gloria, antes de ver la pasión y la muerte de Cristo como un remedio (son las palabras de Escoto) para los que caerían en Adán. Así, ¿qué es lo que Escoto está realmente diciendo? ¿Qué siente realmente en su corazón con su explicación? Bien, según el raciocinio de Escoto se puede afirmar sin temor que la encarnación no fue causada ni tampoco es meramente una respuesta por la pérdida de la gracia por parte de la humanidad. Al contrario, Cristo toma su puesto en la creación antes de la previsión del pecado, también queda claro que para Duns Escoto la redención es sólo una parte del evento-Cristo en la encarnación de la Palabra.

Por lo tanto, Escoto no considera la necesidad de la redención como el motivo primario para la encarnación, sino más bien que la encarnación del Hijo de Dios estuvo siempre en la mente antes, durante y después de la caída. ¿Se está, ciertamente, diciendo aquí algo fantástico acerca de cómo Dios ama la humanidad en Cristo predestinado a la gracia y la gloria como centro del universo? En su doctrina de la predestinación y la primacía Escoto, ciertamente, estaba yendo contra la corriente principal del pensamiento escolástico, aun cuando alguien pudiera argüir que allí hay motivo suficiente para afirmar que muchos Padres de la Iglesia adhirieron a tal posición. Sin embargo, Escoto permanece inconmovible en su convicción teológica, precisamente porque ésta nace de una profunda oración y experiencia de íntima unión. Su doctrina es una sencilla aunque profunda explicación reflexiva, resultado de su propia teológica -profundamente enraizada-, llena de oración, mística y poética exploración de la realidad, tal como él la ve y la experimenta, del Dios, que es Amor y del Amor de Dios tal como se hace manifiesto en la encarnación de la segunda persona de la Trinidad.

Escoto define la predestinación como "...el preordenamiento de una creatura racional a la gracia y a la gloria y los medios para alcanzar esa gloria...". Ya ha argüido contra la comúnmente aceptada teoría de la necesidad de la encarnación debido a la caída de la humanidad. Su raciocinio sobre esto es pasmoso porque constituye un salto al mismo corazón del amor de Dios y del Dios que es Amor. Una vez más debemos explicar su raciocinio en términos de 1, 2, 3, 4, 5, esto es, de una manera ordenada. Sin embargo, mientras aquí manejamos estrictamente una posición teológica especulativa, lo más claro, ciertamente, es que la inteligencia y la lógica están al servicio de la espiritualidad y que el intelecto especulativo está subordinado a la voluntad, que es el asiento del amor en el pensamiento de Escoto. El resultado de su doctrina sobre la predestinación de Cristo es una inolvidable experiencia del amor de Dios y del Dios que es amor permeando cada faceta del universo, y lo que Juan Duns ha escrito sobre el amor de Dios golpea nuestro corazón y nos entusiasma.

El razonamiento de Escoto sobre la predestinación y primacía de Cristo es el siguiente: Primero: Dios se ama. Segundo: Dios se ama en los demás y éste es un amor más sagrado y ordenado. Tercero: Dios desea ser amado por otro que lo pueda amar perfectamente (y aquí Escoto se está refiriendo al amor de alguien distinto a Dios). Arguye así: Cuarto: Dios prevé la unión entre El, la Palabra y la creatura Cristo, quien le adeuda un amor supremo aún si no hubiera habido pecado. Quinto: Dios ve a Cristo como mediador entre El mismo y Dios, llegando a sufrir y redimir a su pueblo del pecado. Ahora, porque Dios es Amor, necesariamente primero se ama a sí mismo. Dios se conoce a sí mismo y conoce que es infinitamente santo. Esta vida divina es sellada en la procesión del Espíritu Santo que es Amor personal.

Así, a este punto, Escoto se ha movido maravillosamente desde una consideración del Amor de Dios, el lugar de Cristo en el universo, hacia una profunda reflexión espiritual sobre el misterio de la santísima Trinidad. La razón de toda la actividad divina se encuentra en la verdadera naturaleza del Amor del mismo Dios: un amor que es ordenado, libre y sagrado y en el cual El se ama para siempre. Dios también se ama en los demás y este amor es desinteresado porque Dios es la causa de todas las creaturas. Este Amor divino tiende a "derramarse" o a difundirse; he aquí a Escoto en su nivel más platónico, Dios desea ser amado por otro que pueda amarlo tan perfectamente como El se ama a sí mismo, esto es, Cristo. Dios también quiere que otras creaturas amen el mismo objeto que El ama, ya que corresponde a la verdadera naturaleza del amor desear que el objeto que se ama sea amado por los demás, porque este amor no conoce ni los celos ni la envidia.

De esta manera, para Dios, desear que otros amen su divina esencia que es El mismo es querer que otros tengan este amor en sí mismos, y es en este punto de la intención divina donde Escoto ubica su entendimiento de la predestinación. Escoto cita a Ricardo de San Víctor cuando afirma que "El Amor, amando perfectamente, desea que el Amor sea amado". Y ahora, Escoto ha llegado a la más sublime, cósmica exploración y reflexión sobre la generación del Amor eterno: Dios, amándose a sí mismo, desea tener coamadores porque El es Amor. Escoto prosigue afirmando que porque el motivo de toda la actividad de Dios externa a El es la gloria de la esencia divina por Amor, en Amor, con Amor y a través del Amor, Dios primero determina la existencia de Cristo en quien El es glorificado en todas las creaturas del modo más excelso.

Escoto y la perfección del Amor de Cristo

Este culto de la encarnación contiene, según Escoto, el amor más perfecto y así sustenta en sí el amor de todas las creaturas. Pero Escoto continúa insistiendo que la razón final de la actividad de Dios externa a El es la Palabra encarnada, en la que el creador y las creaturas están unidos para siempre. Cristo es el primer comprometido de estos coamadores. A causa de su amor perfecto, y como una consecuencia de la predestinación, Dios quiere la plenitud del orden de la gracia y de la naturaleza. En otras palabras, la creación existe sólo porque existe el Amor. El Amor de Dios y el Dios que es Amor es también el supremo propósito de la revelación. Las verdades que se nos han dado a conocer no son simplemente para ofrecer perspectivas a nuestra inteligencia, sino más bien, para que amemos principalmente a Dios.

Es en este sentido que Escoto entiende que no puede haber separación entre teología y espiritualidad, y ciertamente no la hay en la propia vida de Escoto. La revelación fue hecha para dirigir la actividad de la voluntad hacia su objetivo final y su más elevado y noble empeño: el amor del Dios que es Amor. Así, hemos completado un círculo y vuelto a nuestro punto de partida: Dios y el Amor de Dios. Sólo desde este entendimiento se puede efectuar una breve exploración sobre la espiritualidad del entendimiento de Escoto de la necesidad de la redención y de la pasión y muerte de Cristo. Cuando Escoto considera este principio lo hace tan bella y profundamente nuevamente porque el Amor es su preocupación central.

La necesidad de la redención y la pasión.

Cuando Escoto considera a esas autoridades que sostienen que el pecado es la razón de la encarnación, arguye que esta posición se puede explicar en el sentido de que Cristo no hubiera llegado a ser redentor si no hubiera habido pecado que redimir. Escoto acepta esto diciendo que si no hubiera habido pecado que redimir no habría habido necesidad de redención. Pero la posición de Escoto frente a la primacía y predestinación de Cristo no se basa únicamente en la necesidad de la redención y arguye que no fue debido a la redención que su alma fue predestinada a la gloria. ¿Por qué no? Bien, Escoto arguye con una asombrosa sencillez, ¡porque la redención o aun la gloria de todas las almas que van a ser redimidas no se puede comparar con la gloria del alma de Cristo! Escoto enfatiza esto aún más cuando afirma que es improbable que el más grande bien en el universo, esto es la encarnación, fuera un incidente casual dependiente de la caída de la humanidad. En otras palabras, no tiene sentido que el más grande bien ocurriera sólo por causa de un bien más pequeño. Concluye argumentando que hubiera sido lo más improbable, como también contrario a la acción ordenada de Dios, si el alma de Adán hubiera sido predestinada a tal bien antes que el alma de Cristo.

La encarnación es la más grande expresión del amor de Dios por la humanidad. Que Cristo haya venido como redentor es secundario en la mente de Dios porque Escoto no puede admitir que el más grande bien dependa de un bien inferior, esto es, la necesidad de la redención. Dios, dice él, escogió libremente crear ángeles y humanidad con libre voluntad, El previó su caída, y habiéndola previsto, también quiso a Cristo como redentor a través de sus sufrimientos y muerte. Así, como siempre, el contexto es el Amor. Escoto veía la primacía de Cristo y la redención como una expresión amorosa de la más alta justicia, misericordia y amor de Dios. Esta misericordia se muestra en la Santísima Trinidad que envió a Cristo, la Palabra encarnada, que se inmoló en la cruz por la humanidad que fue separada de Dios por el pecado. La justicia se encuentra en la reparación del daño causado por la humanidad y en la reconciliación de esta humanidad con Dios.

Cuando Escoto habla de la pasión de Cristo y considera la sangre derramada, es sencillo, piadoso, reverente y conmovedor. El veía la pasión y muerte de Cristo como la culminación de su amor por la Trinidad y la humanidad, el último servicio para el que estaba predestinado. Mediante este servicio Cristo se convirtió en el único medio de salvación de la humanidad y el único mediador entre Dios y la creación. Esta visión de la redención donde el amor es lo central y no el pecado no podía provenir de nadie que ya no hubiera experimentado el efecto de la redención de Cristo en su propia vida. Debía provenir de la vida de oración de Escoto: una vida basada en Cristo, una vida fundamentada en Dios que es Amor y en el amor de Dios. En la teología de Escoto todo está subordinado a la vida espiritual con Cristo como centro. No puede caber ninguna duda de que Juan Duns Escoto es uno con la visión de san Francisco de Asís, y hay mucho sobre lo que nosotros mismos podemos reflexionar.

Algunos pensamientos finales

Escoto fue un hombre que conoció a Cristo no intelectualmente sino en su propio corazón. Su trabajo brilla con una radiante visión de la humanidad perfectamente expresada en la encarnación desde toda la eternidad y la predestinación de Cristo a la gloria. El es la encarnación de su propio principio de que el propósito de la teología es la unión con Dios en esta vida y ésa es la esencia de su misticismo. La espiritualidad de Escoto es indudablemente franciscana. Su reciente beatificación es fuente de gran alegría para toda la Orden. Hay un singular entusiasmo y atractivo en este hombre que puso una mente pavorosa al servicio del gran amor de Dios y del Dios que es amor. Así, de nuevo terminamos donde comenzamos: con el Amor de Dios y el Amor que es Dios. Es allí donde Juan Duns Escoto, franciscano, sacerdote, escolástico y amante del amor de Dios comenzó y terminó. Y es esto lo que da a la teología de Escoto su gran accesible humanidad, porque el Amor es humanidad amada en el Cristo encarnado en Duns Escoto.

 

Cuadernos Franciscanos, Chile, 1993, n° 104