Libro tercero
EL CANTOR DE DIOS
Quid enim sunt servi Dei, nisi quidam joculatores ejus, qui corda hominum erigere debent et movere ad laetitiam spiritualen?
¿Pues qué son los siervos de Dios sino unos juglares que deben levantar y mover los corazones de los hombres hacia la alegría espiritual?
(San Francisco, EP 100).
Capítulo I
EL SERMÓN A LOS PÁJAROS
Parece ser que Francisco, al contemplar la vida tranquila, dichosa, de todo en todo interior en que vivían Clara y sus primeras discípulas en la bendita soledad de San Damián, sintió renacer en su conciencia las antiguas dudas sobre la verdad de su vocación: si no le estaría mejor consagrarse, como los anacoretas de otros tiempos, al silencio y retiro de la vida contemplativa, ajeno a toda relación con el mundo, entregado todo a los intereses de su propia alma. Y a la verdad, algunos de sus discípulos, como Silvestre, Rufino y algo también Gil, habían entrado por ese camino. Francisco, por su parte, no dejaba de ver los peligros que llevaba consigo la vida del solitario (egoísmo espiritual y orgullo ascético), como se ve por un pasaje harto característico de las Florecillas (Flor 29); pero tampoco se le ocultaba que la vida errante del predicador no podía menos de estar continuamente expuesta a lo que él llamaba «el empolvoramiento de los pies del espíritu» (LM 12,1), palabras cuyo cabal significado sólo podremos alcanzar siguiendo al Santo en sus viajes misioneros de los años 1211 y 1212.
Referido queda ya cómo, yendo Francisco camino de Toscana en compañía de Silvestre, le tocó restablecer la paz entre los diversos partidos en que estaba dividida la ciudad de Perusa. En Cortona convirtió y llevó consigo a Guido Vagnotelli, a quien se refiere sin duda el capítulo 37 de las Florecillas, y también, si hemos de atenernos a Waddingo, a aquel Elías Bombarone, que tan célebre y temeroso papel había de desempeñar en la Orden. Después de fundar en las cercanías de Cortona el ermitorio de le Celle, siguió viaje a Arezzo y Florencia. En esta última ciudad se agregó a su escuela un gran jurisconsulto llamada Juan Parenti, doctor de la Universidad de Bolonia, que a la sazón desempeñaba las funciones de juez en Civitá Castellana, y cuya vocación a la Orden ligan Waddingo y Rodulfo a extraña y curiosa anécdota. Paseando un día nuestro magistrado por los alrededores de la ciudad, vio a un porquero afanado en hacer entrar al corral su indócil piara al grito de «¡Entrad como entran los jueces en el infierno!», grito que concuerda con esta otra sentencia entonces corriente y popular: que jurista y mal cristiano van de la mano.
El hecho es que, en llegando Francisco a Florencia, Parenti renunció a su empleo y se hizo franciscano; por aquel mismo tiempo, otro sabio jurista de Bolonia, Nicolás de Pepoli, tomaba sobre sí el cargo de servir los intereses de la misión franciscana de la misma ciudad. Parente fue General de la Orden de 1227 a 1232.
De Florencia pasó el Santo a Pisa, donde se le juntó otro futuro general de la Orden, Fray Alberto de Pisa (1239-1240), y también Fray Agnelo de Pisa, el futuro jefe de la primera misión franciscana de Inglaterra. Después, pasando por San Geminiano en el valle de Elsa, por Chiusi y por Cortona, volvió a Asís después de más de un año de ausencia, y entonces fue cuando predicó en la catedral aquellos memorables sermones cuaresmales de que ya hemos hecho mención.
Esta última parte del viaje de Francisco asumió las proporciones de una marcha triunfal: en todas las ciudades se echaban a vuelo las campanas al anuncio de su arribo; el pueblo acudía en masa a vitorearle con palmas en las manos, llevándole en solemne procesión hacia la casa parroquial, donde él tenía costumbre de alojarse y adonde le llevaban panes para que él los bendijese, y las gentes los guardaba como reliquias. El grito: Ecco il Santo!, «¡He aquí el Santo!», tan espontáneo en boca del pueblo italiano, resonaba a la continua por todas partes (1 Cel 62-63). La Leyenda de los Tres Compañeros dice de los antiguos hermanos que, «cuando llegaba la hora de hospedarse, de mejor gana se quedaban en casa de sacerdotes que de seglares» (TC 59).
No faltaban entre sus discípulos quienes hallaban un tanto excesivos tales honores, y muchas veces fueron a su maestro, como los Apóstoles al suyo, con éstas o parecidas preguntas: «¿No oyes lo que dicen de ti esos hombres?» A lo que contestaba Francisco que tales loores no le afectaban a él más que a las estatuas y pinturas los que se les tributa en las iglesias; esas representaciones no son para los cristianos otra cosa que imágenes de Dios, y sólo en tal carácter se las venera; y añadía Francisco que ni su carne ni su sangre ni su persona individual participaban de los honores de que era objeto más que la madera o la piedra de que estaban hechas las mencionadas imágenes.
Pero a la larga a Francisco le pareció insuficiente semejante respuesta y comenzó a turbarse con las aclamaciones de la multitud, de modo que se esforzó cuanto pudo por rebajarse a sí mismo. «No queráis alabarme como a quien está seguro -decía al pueblo-; todavía puedo tener hijos e hijas. No hay que alabar a ninguno cuyo fin es incierto». Y a sí mismo se decía: «Francisco, si un ladrón hubiera recibido del Altísimo tan grandes dones como tú, sería más agradecido que tú»(2 Cel 133). Un día debía Francisco predicar al pueblo de Terni en presencia del Obispo; pero antes que él empezara, quiso éste presentarle a la gente y dijo, entre otras cosas, cómo era gran maravilla que un hombre tan simple y sin letras como Francisco obtuviese tan señalados éxitos en la predicación; oyendo lo cual Francisco se gozó en gran manera y dio al prelado las más rendidas gracias (2 Cel 141). A los que le encomiaban por su riguroso tenor de vida, solía responder: «Nadie debe complacerse con los falsos aplausos que le tributan por cosas que puede realizar también un pecador. Éste -decía- puede ayunar, hacer oración, llorar sus pecados y macerar la propia carne. Una sola cosa está fuera de su alcance: permanecer fiel a su Señor. Por tanto, hemos de cifrar nuestra gloria en devolver al Señor su honor y en atribuirle a Él -sirviéndole con fidelidad- los dones que nos regala» (LM 6,3).
Francisco se reprochaba a sí mismo muchas infidelidades contra Dios, y eso sin curarse de si otros le escuchaban o no. En cierta ocasión cayó enfermo y consintió en comer guiso de ave durante la enfermedad. Una vez restablecido, ordenó a uno de los hermanos que le sacase desnudo por las calles, tirándole del cuello por una cuerda y gritando: «Aquí lo tenéis; mirad a este glotón, que está bien cebado de carne de gallina sin que vosotros lo supierais» (1 Cel 52). Y como esta medida no lograse más que nuevas entusiastas alabanzas por su humildad, mandó a otro hermano que le fuese insultando continuamente, a fin de que hubiese siquiera una boca que le dijese la verdad, aunque fuera por su propia cuenta. Así lo hizo el hermano, arrastrado por la obediencia y violentando atrozmente su corazón, y se puso a injuriar a su maestro llamándole grosero, holgazán, siervo inútil, con otros denuestos; todo lo cual escuchaba Francisco bañado el rostro en plácido contentamiento, y al fin respondió: «El Señor te bendiga, porque dices la verdad; esto es lo que necesita oír el hijo de Pedro Bernardone» (1 Cel 53).
Otras veces Francisco procuraba sustraerse a las alabanzas del pueblo retirándose a la soledad. Por tal motivo se refiere que pasó toda la cuaresma de 1219 en una isla inhabitada del lago Trasimeno (Flor 7), y gran parte del invierno del mismo año la pasó enterrado en el eremitorio montuoso de Sarteano, cerca de Chiusi, cuyas chozas, hechas de ramas, parecían más guaridas de alimañas que no moradas de seres racionales; pero a Francisco le placían en gran manera, «en parte por su misma salvajez, en parte por su soledad, en parte, en fin, porque desde allí podía divisar en lontananza a su querida Asís».
En este retiro de Sarteano fue precisamente donde le acometieron las más fieras tentaciones, que estuvieron a punto de arrojarle en el abismo de la desesperación: «No hay en el mundo -le decía una voz interior- ni un pecador a quien, si se convierte, no perdone el Señor; pero el que se mata a fuerza de penitencias, como tú, nunca jamás hallará misericordia». La más recia de tales tentaciones era la que le incitaba a renunciar al celibato y a casarse. Al principio la resistió por los mismos medios que los antiguos anacoretas, azotándose y desgarrándose cruelmente los lomos con la cuerda que llevaba ceñida a la cintura; pero viendo que tal castigo no bastaba para sosegar «al hermano asno», como él llamaba a su cuerpo, imaginó otro, que fue arrojarse una noche medio desnudo en la gruesa capa de nieve que se había hecho delante de su celda. Allí se puso a fabricar, con trozos de nieve, figuras humanas de diferentes tamaños, y cuando ya tuvo siete forjadas, empezó a decirse a sí mismo: «Mira, Francisco, esta mayor es tu mujer; estas otras cuatro son tus dos hijos y tus dos hijas; las otras dos el criado y la criada que se necesitan para el servicio. Pero date prisa en vestir a todos, porque se mueren de frío. Y, si te molesta la multiplicada atención que hay que prestarles, sirve con solicitud al Señor sólo» (2 Cel 116-117). San Buenaventura, que también refiere el hecho, añade: «Un hermano, que entonces estaba haciendo oración, fue testigo ocular de todo lo sucedido gracias al resplandor de la luna, en fase creciente» (LM 5,4).
Todo esto no hacía sino reavivar más y más en el corazón de Francisco el deseo de retirarse del mundo de un modo definitivo y completo. Continuamente iba confiriendo el caso con los otros compañeros y pensando las razones que, a su juicio, abonaban el pro y el contra. De las segundas sólo una hallaba que le retraía imperiosamente de abrazar la vida eremítica, y era el ejemplo del Salvador. Jesús habría podido quedarse a la diestra del Padre, gozando eternamente de los esplendores de su gloria; pero no, prefirió bajar a la tierra a someterse a todas las asperezas de la condición humana, a arrostrar una muerte llena de todo linaje de afrentas y dolores; y esta muerte de cruz era precisamente para Francisco, desde el día de su conversión, el objeto de todos sus anhelos, el tema obligado de sus meditaciones, el dechado a que procuraba ajustar su vida toda (LM 12,1-2).
La amargura de esta duda tomaba cuerpo y era cada vez más vehemente y premiosa. Por fin, Francisco resolvió salir de ella de una vez por todas y acudir al juicio de Dios, prometiendo al mismo tiempo acatar y poner en práctica a ojos cerrados lo que Dios fuera servido de sentenciar. En otras perplejidades había recurrido al expediente de abrir al azar el libro de los Evangelios, tomando por respuesta escrita para él el pasaje que el acaso le presentara; mas ahora determinó someterse a lo que juzgasen dos almas escogidas, de extraordinaria santidad. En consecuencia, envió a Fray Maseo primero donde Clara, y en seguida donde Fray Silvestre, quien hacía vida solitaria en una de las grutas del monte Subasio, en el sitio donde después se edificó el convento de las Cárceles, cuyo bosque está sembrado de celdillas, testigos de la primitiva piedad franciscana. Al juicio, pues, de Silvestre y de Clara resolvió Francisco atenerse absolutamente, abandonando todo escrúpulo e indecisión, seguro de que lo que ambos dijesen sería la expresión neta de la voluntad de Dios. El resultado de la consulta lo refieren los Actus Beati Francisci de la siguiente manera:
«Marchó el hermano Maseo, y, conforme al mandato de San Francisco, llevó la embajada primero a Santa Clara y después al hermano Silvestre. Éste, no bien la recibió, se puso al punto en oración; mientras oraba tuvo la respuesta divina, y volvió donde el hermano Maseo y le habló así:
-- Esto es lo que has de decir al hermano Francisco de parte de Dios: que Dios no lo ha llamado a ese estado solamente para él, sino para que coseche fruto de almas y se salven muchos por él.
Recibida esta respuesta, el hermano Maseo volvió donde Santa Clara para saber qué es lo que Dios le había hecho conocer. Y Clara respondió que ella y sus compañeras habían tenido de Dios aquella misma respuesta recibida por el hermano Silvestre.
Con esto volvió el hermano Maseo donde San Francisco, y San Francisco lo recibió con gran caridad, le lavó los pies y le sirvió de comer. Cuando hubo comido el hermano Maseo, San Francisco lo llevó consigo al bosque, se arrodilló ante él, se quitó la capucha y, cruzando los brazos, le preguntó:
-- ¿Qué es lo que quiere de mí mi Señor Jesucristo?
El hermano Maseo respondió:
-- Tanto al hermano Silvestre como a sor Clara y sus hermanas ha respondido y revelado Cristo que su voluntad es que vayas por el mundo predicando, ya que no te ha elegido para ti solo, sino también para la salvación de los demás.
Oída esta respuesta, que le manifestaba la voluntad de Cristo, se levantó al punto lleno de fervor y dijo:
-- ¡Vamos en el nombre de Dios!
Tomó como compañeros a los hermanos Maseo y Ángel, dos hombres santos, y se lanzó con ellos a campo traviesa, a impulsos del espíritu.
Y llegaron a un lugar situado entre Cannara y Bevagna.
En este lugar observó Francisco algunos árboles a la orilla del camino, cubiertos de innumerable muchedumbre de variados y nunca vistos pajarillos, que no cabiendo en las ramas, se esparcían también por el campo y cubrían el suelo debajo de los árboles. Con tal espectáculo Francisco se sintió de nuevo levantado en espíritu y dijo a sus dos compañeros:
-- Esperad un momento, que voy a predicar a los hermanos pájaros.
Y así diciendo, se entró por el campo en dirección al terreno ocupado por las aves, las cuales, cuando le vieron venir, le salieron también al encuentro, tanto las que estaban en el suelo como las que poblaban las ramas de los árboles; luego se quedaron todas quietas y tan vecinas a él, que muchas le tocaban el hábito.
Y Francisco habló así a los pájaros:
-- ¡Carísimos hermanos pájaros! Mucho debéis vosotros a Dios, y es menester que siempre y en todas partes les alabéis y bendigáis: he aquí que os ha dado esas alas, con que medís y cruzáis en todas direcciones el espacio. Él os ha adornado con ese manto de mil y mil colores lindos y delicados. Él cuida solícito de vuestro sustento, sin que vosotros tengáis que sembrar ni cosechar, y apaga vuestra sed con las límpidas aguas de los arroyuelos del bosque, y puso en vuestras gargantas argentinas voces con que llenáis los aires de dulcísimas armonías. Y para vosotros, para vuestro abrigo y recreo, levantó las colinas y los montes, y aventó y suspendió las abruptas rocas. Y para que tuviéseis donde fabricar vuestros nidos, creó y riega y mantiene la enmarañada floresta. Y para que no tengáis que afanaros en hilar ni en tejer, cuida de vuestro vestido y del de vuestros hijuelos. ¡Oh!, mucho os ama vuestro soberano Creador, cuando os colma de tantos beneficios. Guardaos, pues, oh mis amados hermanitos, de serle ingratos, y pagadle siempre el tributo de alabanzas que le debéis.
No bien calló Francisco cuando los pajarillos empezaron a abrir sus picos y, batiendo las alas, tendiendo el cuello, inclinando al suelo la cabeza y haciendo mil otros graciosos meneos, prorrumpieron en alegres trinos, con que demostraban entero asentimiento a las palabras del santo predicador. Éste, por su parte, lleno de contento y gozo, no se hartaba de contemplar tanta multitud y variedad de pájaros, tan mansos y dóciles. Y alabó también él al Señor y les encargó a ellos que nunca se cansasen de alabarle.
Y habiendo Francisco terminado su predicación y exhortación, hizo sobre sus alados oyentes la señal de la cruz para bendecirlos, y ellos al punto se lanzaron a los aires exhalando cantos maravillosos, y pronto se separaron y dispersaron en todas direcciones» (Actus 17; Flor 16; 1 Cel 58; LM 12,3).
Capítulo II
LAS MISIONES DE ITALIA
No era la intención de Francisco limitar sus nuevas misiones a sólo el territorio de Italia. Mucho más vastos eran sus proyectos, sobre todo después de la consulta referida en el capítulo anterior. Por otra parte, frisaba ya en los treinta años, la edad del entusiasmo, de los anhelos generosos, de las empresas heroicas. Además, reinaba por aquel entonces una verdadera fiebre de cruzadas. Poco tiempo faltaba para que Juan de Briena, hermano de aquel Gualterio que había sido el héroe favorito del joven Francisco, se encaminase a Damieta a la cabeza de un numeroso ejército cristiano. También Francisco deseaba organizar una cruzada, pero sin más armas que la cruz y el Evangelio: toda su ambición era ir a predicar a los Sarracenos la fe cristiana y la conversión (1 Cel 55). Pero antes quería obtener la autorización del Papa para su nueva empresa. Se ha dicho de Santo Domingo que «siempre se le encuentra viajando a Roma a recibir instrucciones» (Sabatier). Otro tanto pudiéramos afirmar de San Francisco.
Dos años después que Inocencio III confirmó de viva voz las reglas de su Orden, le hallamos de nuevo en Roma, adonde fue a recabar del Papa el cumplimiento de la promesa que éste le hiciera en 1210, porque ya estaba en condición de poder afirmar a Inocencio que «Dios había multiplicado el número de sus hermanos» y, en consecuencia, de pedir que se le confiase «una misión de mayor empeño».
Por desgracia, son pocas las noticias que tenemos de este tercer viaje de Francisco a Roma. De pasada visitó Alviano, aldea vecina a Todi, y cuentan los biógrafos que allí impuso silencio a una bandada de golondrinas que con sus gorjeos les estorbaban la predicación (1 Cel 59; LM 12,4). Probablemente pasó también por Narni y por Toscanella.
En Roma continuó su costumbre de predicar en las calles y encrucijadas, y dicen que en una de estas predicaciones conquistó dos nuevos discípulos: Zacarías, futuro misionero en España, y Guillermo, que fue el primer inglés que abrazó la Orden. Mucho más importante para el destino futuro de la Orden fue la amistad que entonces trabó con una señora a la que luego llamó, por cortesía y por su carácter varonil, «Fray Jacoba»: era la dama Jacoba de Settesoli, esposa del noble romano Graciano de Frangipani, la cual tendría entonces unos veinticinco años de edad.
La familia de los Frangipani es una de las más antiguas de Roma, como que se la hace descender de aquella Gens Anitia, que en el curso de los siglos ha contado entre sus vástagos a un Benito de Nursia, a un Paulino de Nola, y a un Gregorio Magno. El año 717 fue cuando el jefe de esta familia, que entonces lo era Flavio Anicio, se granjeó el honroso sobrenombre de Frangipani, «partidor del pan», por una copiosa distribución de panes que hizo en una hambre que afligió a la Ciudad Eterna en dicho año. A principios del siglo XIII los Frangipani poseían en Roma extensas propiedades en el barrio del Transtévere y sobre el monte Esquilino, donde, entre otras cosas, les pertenecían los restos imponentes del famoso Septizonium de Septimio Severo, nombre que aún subsiste en Roma, aunque un poco alterado, en la Via delle Sette Sale, que es de donde le venía a la esposa de Graciano Frangipani el apellido de Settesoli.
Por lo que respecta a Jacoba, afirman que descendía de una familia normanda de Sicilia. Su nacimiento puede colocarse por los años de 1190, puesto que ya en 1210 estaba casada y era madre de un hijo, llamado Juan. En 1217, pocas semanas después de la muerte de su marido, dio a luz otro hijo, a quien puso el nombre de Graciano. Pero sus relaciones con Francisco datan de 1212, relaciones que las ulteriores visitas del apóstol umbriano trocaron en la más piadosa y fiel amistad.
Poco trabajo le costó, por cierto, a Francisco obtener de Inocencio III la bendición apostólica para su empresa. Y poco tiempo después, sin que sepamos en qué puerto, embarcó para llevar a cabo su viaje. Pero violentas tempestades desviaron el navío que le transportaba, arrojándolo hacia las costas de Eslavonia, donde se vio forzado a permanecer algún tiempo, sin encontrar medio alguno para continuar el viaje a Oriente. Como el tiempo pasaba, haciéndose cada día más desfavorable para la navegación, resolvió, por fin, embarcarse con su compañero en un bajel que se hacía a la vela para Ancona. Pero resultó estar ya la embarcación tan repleta de carga, que los marineros se negaron a transportar a nuestros cruzados, viendo lo cual, éstos se metieron furtivamente en la bodega del buque, de donde no salieron a cubierta sino cuando éste iba en alta mar. Protestaron los marineros al verlos; pero, prolongándose la travesía a causa del mal tiempo y agotándose los víveres de la tripulación, sacó el Santo los que había acopiado para su frustrado viaje y los distribuyó entre todos, con lo que se captó la benevolencia y el perdón de la gente del navío (1 Cel 55).
Tan pronto como Francisco volvió a pisar tierra italiana, empezó de nuevo a predicar de ciudad en ciudad, y fueron tales los frutos de su predicación, que en sólo Ascoli se le presentaron treinta sujetos, entre clérigos y laicos, a pedirle que los admitiese en la Orden (1 Cel 62). Por donde pasaba le salían al encuentro muchedumbres de gentes, aclamándole con desmedido entusiasmo y pugnando por tocar siquiera la fimbria de su hábito. Sólo los cátaros, asaz numerosos y esparcidos por toda la Marca de Ancora, rehusaban acercarse a él. Demasiado sabían aquellos herejes que la base de la predicación de Francisco, como también de toda su vida religiosa, era la sumisión absoluta y sin reserva a la Iglesia Romana, la indulgencia y caridad con que miraba las faltas ajenas con tal que no dañasen a la comunidad, y, como consecuencia de aquella sumisión, un respeto profundo por los sacerdotes de la misma Iglesia, en quienes no quería ver otra cosa que su sagrado carácter, nunca sus personas. Esta misión y otras del mismo estilo, tuvo, sin duda, en vista cuando habló en su Testamento de «los pobrecillos sacerdotes de este siglo que moran en sus parroquias», a quienes siempre y a pesar de todo «quiere temer, amar y honrar como a sus señores, sin considerar en ellos pecado alguno, porque discierne en ellos al Hijo de Dios, y son señores suyos» (Test 7-9).
Ahora bien, en esto último era precisamente en lo que más diferían de Francisco los predicadores cátaros, a quienes gustaba ensañarse contra los pecados de los sacerdotes, con lo que arrebataban a la Iglesia multitud de fieles. No era así Francisco. Su mente sana y lúcida sabía distinguir bien entre las cosas y las personas, y procuraba infundir iguales sentimientos en sus hermanos. Un día preguntó ingenuamente Fray Gil (como queda ya referido) si por ventura un sacerdote podía mentir, cosa que él rechazaba en absoluto (1 Cel 46).
Durante esta su estancia en la Marca de Ancona fue cuando Francisco tuvo la felicidad de convertir a uno de los hombres más famosos de su tiempo, el trovador Guillermo Divini, poeta laureado en el Capitolio de Roma y proclamado por el pueblo «rey de los versos». Hallábase éste de visita en la aldea de San Severino, donde tenía una pariente religiosa, que moraba en el convento donde había ido a predicar Francisco. Allí oyó Divini al Santo y se convirtió.
Todos los testigos afirman que en la manera de hablar de Francisco había un no sé qué de enérgico y penetrante que arrastraba a la persuasión. Tomás de Spalato refiere que sus discursos eran, más que predicaciones, conciones, alocuciones o conferencias sobre asuntos puramente prácticos relativos a la reforma de las costumbres. Francisco era un moralista implacable. Lo que le parecía malo, lo atacaba y lo condenaba con toda franqueza y sin apelación. Así se explica como, a pesar de su continente poco garboso y poco apuesto, había logrado inspirar en sus oyentes, no sólo admiración, sino saludable temor. Tenía en sí un poco del alma terrible de un Juan Bautista. Sus escritos abundan en severas invectivas contra los pecadores, condenados al fuego eterno; su voz dijérase hecha para intimar los juicios de Dios. Con razón se ha dicho que sus discursos eran como una espada, que traspasaba los corazones.
Guillermo Divini había ido a escucharle al convento de San Severino, guiado de sola curiosidad, lo mismo que otros alegres compañeros suyos; y, sin duda, el predicador de penitencia no labró al principio gran cosa en sus ánimos; pero luego comenzó «el rey de los versos» a prestarle mayor atención, y entonces le pareció que el pobre de Asís no se dirigía sino a él solo; cada palabra del discurso le venía a él directamente y se clavaba en su corazón, como saeta disparada por mano certera.
¿Y de qué habló Francisco? Pues de su tema favorito: de la necesidad de despreciar y abandonar el mundo y convertirse a Dios para escapar a la justa cólera, próxima a desatarse sobre los ciegos amadores del mundo. Acabado el sermón, se produjo una sencilla pero grandiosa escena: Guillermo Divini se levanta y va a arrojarse a los pies de Francisco, exclamando: «Hermano, sácame de entre los hombres y devuélveme al gran Emperador». Al día siguiente, Francisco le vistió el hábito gris de los Frailes Menores, le ciñó a la cintura una ruda cuerda y le impuso el nombre de Pacífico en señal de que lo sacaba del tumulto del siglo y lo devolvía a la paz de Dios (2 Cel 106). Fray Pacífico fue enviado a Francia en 1217 en calidad de superior de la misión franciscana.
Cien años más tarde, otro poeta muy superior a Divini acudió también en busca de paz a los hijos de San Francisco de Asís. Canoso y encorvado por la edad y los desengaños, llegó una tarde Dante a la puerta de un convento solitario de los Apeninos. Llamó a la puerta y, cuando el portero le preguntó qué buscaba, el gran florentino contestó con una palabra sola, pero de inmenso sentido, que encerraba todo un mundo: ¡Pace!, ¡la paz!
Aunque Francisco recibía inmediatamente a todo el que venía a él con corazón arrepentido, vistiéndole el hábito de la Orden sin más indagación ni prueba (el año de prueba o de noviciado sólo vino a ser obligatorio en 1220), sabía, sin embargo, distinguir perfectamente y escoger entre los numerosos candidatos que, año tras año, se le presentaban solicitando ser admitidos en su compañía. Poco tiempo después de la conversación de Fray Pacífico, vino a encontrarse con el Santo cierto joven noble de Lucca, y prosternándose en su presencia le pidió con lágrimas en los ojos que lo admitiera entre sus hijos. Francisco le contestó con dureza en él desacostumbrada: «Tu llanto es carnal y tu corazón no está en Dios. ¿Cómo pretendes engañar al Espíritu Santo y a mí, su humilde siervo?». No obstante, lo admitió; pero el efecto se encargó bien pronto de probar que aquella vocación no era sincera, sino pasajero capricho, fruto acaso de alguna accidental desazón en sus relaciones domésticas, porque el hecho fue que, apenas vinieron sus parientes a rogarle que se volviese con ellos a casa, los siguió sin la menor dificultad (2 Cel 40).
En la recepción de los hombres instruidos, de los viri litterati, era cuando Francisco se portaba con más circunspección. «La ciencia -observaba- hace indóciles a muchos, impidiendo que cierto engolamiento que se da en ellos se pliegue a enseñanzas humildes. Por eso -continuó- quisiera que el hombre de letras me hiciese esta demanda de admisión: "Hermano, mira que he vivido por mucho tiempo en el siglo y no he conocido bien a mi Dios. Te pido que me señales un lugar separado del estrépito del mundo donde pueda pensar con dolor en mis años pasados y, recogiéndome de las disipaciones del corazón, enderece mi espíritu hacia cosas mejores"» (2 Cel 194).
Por el contrario, con los desheredados del mundo, con los pobres, oprimidos, humillados y vejados, con los leprosos y hasta con los ladrones y bandidos, el corazón de Francisco se expandía y brindaba todo y sin reservas. La Regla de San Benito estatuía ya, es cierto, que «los huéspedes fueran recibidos y tratados como el mismo Cristo»; pero Francisco había tenido en su juventud ocasión de comprobar que ese estatuto no era practicado siempre a la letra, o más bien que lo era según los huéspedes; que mientras, por excepción, merecían a1gunos recepción atenta y cortés, para los más necesitados de alimento y abrigo, para los pordioseros y vagabundos no había asilo en dichos monasterios. Seguramente Francisco recordaba la aventura de Santa María de la Roca cuando estampaba, al principio de su primera Regla, estas hermosas palabras: «Todo el que venga donde los frailes, sea amigo o adversario, ladrón o bandolero, sea recibido benignamente» (1 R 7,14).
Sus discípulos, sin embargo, aun los más allegados a él, encontraban difícil seguirle en este punto. El Espejo de Perfección cuenta a este propósito un caso harto característico, que se refiere a los primeros tiempos de la Orden, y es como sigue:
«Había un eremitorio de los hermanos encima de Borgo San Sepolcro (se trata del convento de Monte Casale), y unos bandoleros que se ocultaban en los bosques y se dedicaban a robar a los transeúntes venían a veces a él en busca de pan. Algunos hermanos decían que no estaba bien darles limosna, y otros se la daban por compasión, exhortándolos a la penitencia.
Entre tanto, el bienaventurado Francisco vino allí, y le preguntaron los hermanos si estaba bien darles limosna. El bienaventurado Francisco les dio la lección: "Si hiciereis lo que os dijere, tengo confianza en el Señor de que ganaríais sus almas. Mirad: haceos con buen pan y buen vino y llevádselo al bosque donde viven; y gritad, diciendo: 'Hermanos ladrones, venid hasta nosotros, pues somos hermanos y os traemos buen pan y mejor vino'. Ellos vendrán al instante. Vosotros entonces extended un mantel en el suelo y colocad sobre él el pan y el vino, y servidles con humildad y alegría mientras comen. Después de la comida les comunicaréis algo de la palabra del Señor y, finalmente, les haréis, por el amor de Dios, una primera petición: que os prometan que no maltratarán ni harán mal a ninguna persona. Porque, si les pidieseis todo de una vez, no os harían caso; pero ellos, en atención a vuestra humildad y caridad, os lo prometerán. Otro día, como recompensa a su promesa, les llevaréis, con el pan y el vino, huevos y queso, y les serviréis mientras comen. Después de la comida les diréis: '¿Por qué estáis por aquí todo el día muriéndoos de hambre y soportando tantas adversidades? Además, cometéis tantos males de deseo y de obra, que vais a perder vuestras almas si no os convertís al Señor. Mejor es que empleéis vuestras fuerzas en el servicio del Señor, y Él os dará en este mundo lo necesario para el cuerpo y, finalmente, salvará vuestras almas'. Entonces, el Señor les inspirará que se conviertan en virtud de la humildad y caridad que les habéis demostrado".
Los hermanos lo hicieron tal como les había ordenado el bienaventurado Francisco, y los ladrones, por la gracia y misericordia de Dios, escucharon y cumplieron literal y puntualmente cuanto los hermanos les pidieron con tanta humildad. Es más: por la humildad y afabilidad con que los hermanos los habían tratado, comenzaron ellos también a servir humildemente a los hermanos, llevando sobre sus hombros haces de leña al eremitorio; y algunos, por fin, entraron en la Religión. Otros, habiendo confesado sus pecados, hicieron penitencia de su mala vida y prometieron en manos de los hermanos que en adelante querían vivir del trabajo de sus manos y que no volverían a las andadas» (EP 66). Las Florecillas, cap. 26, cuentan el caso con más detalles, porque dicen que fue el Guardián quien despidió a los bandidos con palabras injuriosas; pero después llegó Francisco, trayendo pan y una botella de vino en su alforja, y, sabedor de lo que había ocurrido, reprendió al Guardián, mandándole, a guisa de penitencia, que fuese tras los bandidos por montes y valles y no parase hasta encontrarlos, y que se les arrodillase pidiéndoles con toda humildad perdón por el mal recibimiento que les había hecho.
Este relato, tal cual nos lo han conservado las más antiguas tradiciones, nos da una alta idea tanto de la admirable penetración psicológica de Francisco (que harto sabía que es inútil predicar a un hambriento y que Roma no se construyó en un día), como de su caridad para con todo linaje de menesterosos: pocos hombres ha habido en el mundo tan libres del espíritu farisaico como nuestro Santo. Con él asistimos a un momento de la historia de la cristiandad en que las palabras del Evangelio son comprendidas y practicadas exactamente como fueron dichas: «Si sólo amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Vosotros haced el bien sin esperar nada a cambio. Entonces vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos» (Mt 5,46; Lc 6,35). Estas palabras del Evangelio hicieron siempre honda impresión en el ánimo de Francisco, como lo prueban estas palabras suyas: «Has de saber, hermano carísimo, que la cortesía es una de las propiedades de Dios, que por cortesía da el sol y la lluvia a buenos y malos» (Flor 37).
Pero si Francisco se portaba tan indulgente con los grandes pecadores, a las almas escogidas solía someterlas a rigurosas pruebas, conforme al Evangelio, que dice: «A quien mucho se le ha dado, mucho se le exigirá». Las Florecillas traen muchos relatos que comprueban este rasgo del carácter de Francisco. Así cuentan que a Rufino, que pertenecía a una de las principales familias de Asís, le ordenó una vez que fuera desnudo de la Porciúncula a la ciudad y que desnudo predicara en la catedral (Flor 30). Igual mandato impuso, cerca de Borgo San Sepolcro, a Fray Ángel, natural de aquella ciudad y, como Rufino, proveniente de familia noble. También a él lo obligó a adelantarse a la ciudad desnudo, para anunciar que Francisco llegaría al día siguiente y tenía la intención de predicar. Fray Ángel obedeció de inmediato, pero antes de que llegase a la puerta de la ciudad, le llamó para prometerle el paraíso por la prontitud con que había ejecutado aquel acto de humillación (Waddingo, 1213, n. 24).
Pocas noticias ciertas tenemos acerca de la vida de Francisco en los dos o tres años siguientes. Toda la exquisita diligencia de Waddingo no ha bastado para arrojar luz sobre este período, a pesar del cuidado que ha puesto el grande analista en reunir, como en un primoroso mosaico, todo el material hagiográfico que logró allegar. El fracaso es evidente, y cuando nos cuenta la enfermedad de Francisco en el invierno de 1212-1213, y nos representa al Santo dictando desde el lecho su Carta todos los fieles, confunde Waddingo circunstancias de fecha muy posterior.
En cualquier caso, podemos suponer, sin temor de errar, que Francisco prosiguió la serie de sus misiones a través de la Italia. En la primavera de 1213 le hallamos ocupado en una misión nueva en la provincia de Romaña. En esta región, no lejos de la pequeña república de San Marino, se elevaba una fortaleza señorial llamada Montefeltro (hoy día Sasso Feltrio, en las cercanías del pueblo de San León). Un buen día Francisco y su compañero llegaron a la puerta de este castillo; las banderas flameaban gallardamente en la torre, y el sonido de las trompetas llenaba los aires, anunciando que una fiesta solemne se celebraba adentro; los pajes y criados, vistosamente aderezados, iban y venían afanosos por los puentes levadizos; los caballeros se apeaban de sus cabalgaduras; gran cantidad de carros llegaban, conduciendo por el abrupto sendero a damas y doncellas lujosamente vestidas. Todo indicaba que un torneo solemne iba a celebrarse en Montefeltro con asistencia de toda la nobleza de los alrededores.
A pesar de tanto aparato y esplendidez, Francisco no se escandalizó, que no era él como tantas personas piadosas demasiado propensas, por desgracia, a ofenderse de los espectáculos que presencian. Francisco ponía gran esmero en prevenir a sus discípulos contra semejante propensión, exhortándolos a no juzgar ni menospreciar «a los que viven con regalo y se visten con lujo y vanidad, porque Dios es Señor nuestro y de ellos, y los puede llamar hacia sí, y, una vez llamados, justificarlos» (TC 58), que era precisamente lo que había hecho con él mismo. En su Regla definitiva Francisco repetirá: «Amonesto y exhorto a mis hermanos que no desprecien ni juzguen a los hombres que ven vestidos de telas suaves y de colores, usar manjares y bebidas delicadas, sino más bien que cada uno se juzgue y desprecie a sí mismo» (2 R 2,17).
Llegado que hubo Francisco al castillo, se detuvo un instante y, contemplando el pendón que, agitado por el viento, ostentaba, por sobre la puerta, las armas del castellano de Montefeltro, vuelto a su compañero le dijo sonriéndose: «Y bien, hermano, ¿qué piensas tú?, ¿crees que conviene que entremos también nosotros a tomar parte en la fiesta? ¿Quién nos asegura que no tendremos la suerte de ganar aquí algún caballero para la causa de Dios?»
Como lo pensó lo hizo. La fiesta tenía por objeto celebrar la mayor edad de un joven paje que iba a ser armado caballero. Todos los invitados asistieron primero a una misa, en que el joven festejado pronunció sus votos de caballería. Después de esta ceremonia, subió Francisco a las gradas de una escalera que había en el patio del castillo y empezó a predicar a la concurrencia, tomando por tema este dístico rimado:
Tanto è quel bene ch'io aspetto,
che ogni pena m'é diletto.
Tanto es el bien que espero,
que el penar me es placentero.
Sin duda, Francisco, que tenía aún frescos en la memoria los relatos del rey Arturo y de los caballeros de la Tabla Redonda, desarrolló este texto poco más o menos en los siguientes términos:
«El caballero que quiere ganarse el amor una dama, debe estar dispuesto a pasar por numerosas y difíciles pruebas. Tal vez le exigirá ella que emprenda una cruzada contra el Sultán, tal vez que le traiga el cuerno del Unicornio o un huevo del ave Fénix, que libre a una doncella cautiva, o que armado de pesadas armas y montado sobre brioso corcel atraviese un puente tan angosto, que apenas se pueda pasar por él a pie y por debajo del cual ruja un torrente furioso. Y el noble caballero arrostrará todos estos peligros y acometerá todas estas empresas sólo porque se lo manda su dama, alentando y sosteniendo y multiplicando sus fuerzas y bríos el recuerdo de la mano alabastrina donde espera posar sus labios cuando vuelva del teatro de sus hazañas.
»Ahora bien, hay una caballería muy otra de la del mundo, y mucho más alta y noble que ella, a la cual son llamados no solamente los hombres de señoril linaje, sino todos cuantos hay en el mundo. También en ésta hay que acometer combates, pero no ya para complacer a beldad terrena alguna, sino para cumplir el mandato de la suprema y eterna Belleza, que es Dios. Porque, a la verdad, ¿no es Dios, por ventura, mucho más hermoso que las damas más bellas, que no son sino obra de sus manos, por Él amasadas del limo de la tierra? ¿Es que quien ha creado tantas y tan seductoras bellezas, no ha de ser más hermoso que todas sus criaturas? Sí, ciertamente lo es, y merece, por ende, que nosotros acometamos por su nombre toda clase de empresas heroicas, y que luchemos varonilmente en su honor contra sus enemigos, que son la carne, el mundo y el demonio. ¿Y qué recompensa nos promete para el día en que hayamos soportado todas las pruebas, como el caballero por su dama, sin haber desmayado en su servicio ni retrocedido ante ninguna aspereza ni dificultad? La recompensa que nos tiene aparejada es infinitamente mayor y más preciosa que cuantas pueden otorgar a sus galanes las más bellas y generosas damas del mundo. Porque una dama terrena no tiene más que ofrecer que su mano y su corazón; pero esa mano va a perder muy en breve su hermosura, y ese corazón pronto tiene que cesar en sus latidos, mientras que Dios, dándosenos a sí mismo como recompensa del torneo a que nos lanzamos por Él, nos da por el mismo hecho la vida, la luz, la dicha en una eternidad que jamás se marchita ni perece»[1].
Así fue, sin duda, como habló el hermano Francisco, y sin duda sus palabras hicieron honda impresión en el ánimo de más de un joven y noble corazón. Lo cierto es que uno de ellos, el joven conde Orlando de Cattani, señor del castillo de Chiusi, en el Casentino, se acercó a Francisco y le dijo:
-- Padre, yo quisiera tratar contigo sobre los asuntos de mi alma.
Francisco acostumbraba dar tiempo al espíritu de Dios para que arraigase en las almas, y así, sin apresurarse, contestó a Orlando:
-- Me parece muy bien; pero ahora vete y cumple esta mañana con los amigos que te han invitado a la fiesta, come con ellos, y después de la comida y fiesta hablaremos todo lo que tú quieras.
Después del torneo volvió el joven donde Francisco y tuvo con él larga conversación. Antes de despedirse le dijo:
-- Tengo en Toscana un monte muy a propósito para la devoción, que se llama monte Alverna; es muy solitario y está poblado de bosque, muy apropiado para quien quisiera hacer penitencia en un lugar retirado de la gente o llevar vida solitaria. Si lo hallaras de tu agrado, de buen grado te lo donaría a ti y a tus compañeros por la salud de mi alma.
Al escuchar San Francisco tan generoso ofrecimiento de algo que él deseaba mucho, sintió grandísima alegría, y, alabando y dando gracias, ante todo, a Dios y después a messer Orlando, le habló en estos términos:
-- Messer, cuando estéis de vuelta en vuestra casa, os enviaré a algunos de mis compañeros y les mostraréis ese monte. Si a ellos les parece apto para la oración y para hacer penitencia, ya desde ahora acepto vuestro caritativo ofrecimiento[2].
Nótese que Francisco no fue en persona a examinar el sitio ofrecido por el conde Orlando. Y es que, en aquel momento de su vida, él entreveía en su horizonte la corona del martirio. Ya que hasta entonces no había podido ir a Tierra Santa, se proponía ahora ir a anunciar el Evangelio a los musulmanes en las lejanas riberas del Mediterráneo marroquí. El sultán Mahomed ben Nasser (Miramolín, como le llamaban los cristianos deformando el nombre árabe Emir el Munenin, «el comendador de los creyentes»), derrotado en las Navas de Tolosa por los españoles en 1212, se había visto forzado a retirarse a la costa africana, y allá había Francisco formado el propósito de ir a convertirle.
Se puso en camino verosímilmente en el invierno de 1213-1214[3], y llegó a España, donde cayó enfermo antes de alcanzar la meta de su viaje, y se vio obligado, una vez más, a regresar a Italia, después de haber fracasado en su intento. De vuelta en la Porciúncula, tuvo el consuelo de recibir en la Orden, entre varios otros candidatos, a su futuro biógrafo Tomás de Celano[4].
Es muy probable que el año siguiente a este desgraciado viaje fue cuando Francisco asistió al IV Concilio de Letrán, y sin duda aprovechó esta ocasión para obtener el privilegio de la pobreza para Santa Clara y sus monjas.
Por este mismo tiempo, el sabio prelado francés Jacobo de Vitry, de vuelta de Tierra Santa, atravesó Italia y trabó relaciones con los primeros frailes menores. En una carta dirigida, desde Génova, a sus amigos franceses en octubre de 1216, se expresaba el sabio canónigo en los términos siguientes:
«Durante mi permanencia en la Corte pontificia (que estaba entonces en Perusa), vi muchas cosas que me causaron profunda tristeza: todo el mundo estaba tan ocupado en cuestiones temporales y mundanas, de política y de derecho, que apenas si me fue posible decir u oír una sola palabra sobre asuntos espirituales.
»Sin embargo, por aquellas tierras hallé, al menos, un consuelo, pues pude ver que muchos seglares ricos de ambos sexos huían del siglo, abandonándolo todo por Cristo. Les llamaban Hermanos Menores y Hermanas Menores. Son tenidos en gran honor por el señor Papa y los cardenales. No se ocupan para nada de las cosas temporales, sino que, llenos de un fervoroso anhelo y de un vehemente empeño, se dedican diariamente a rescatar de las vanidades del siglo a las almas... y han ganado a muchos, pues sucede que el que escucha dice "ven" y un grupo atrae a otro grupo.
»Viven según la forma de la primitiva Iglesia, conforme de ella se escribió: La multitud de los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma. Durante el día van a las ciudades y a las aldeas para conquistar a los que puedan, dedicados así a la acción; y durante la noche, retornando al despoblado o a lugares solitarios, se dedican a la contemplación. Las mujeres, por su parte, viven juntas en algunos hospicios cerca de las ciudades, y no reciben nada, sino que viven del trabajo de sus manos... Los hombres de esta Religión, una vez al año, y por cierto para gran provecho suyo, se reúnen en un lugar determinado para alegrarse en el Señor y comer juntos, y con el consejo de santos varones redactan y promulgan algunas santas constituciones, que son confirmadas por el señor Papa. Después de esto, durante todo el año se dispersan por Lombardía, Toscana, la Pulla y Sicilia. Hace algún tiempo, el hermano Nicolás, coterráneo del señor Papa, varón santo y religioso, abandonó la curia y se retiró con estos hombres; pero el señor Papa, como le era muy necesario junto a sí, lo hizo volver» (BAC p. 963-4).
En el verano de 1216 se trasladó a Perusa la Corte pontificia, y ya, según las últimas líneas citadas de Jacobo de Vitry, el movimiento iniciado por Francisco empezaba a invadir hasta los más altos grados de la jerarquía eclesiástica. El Nicolás aludido por el canónigo francés no es otro que el obispo de Túsculum y futuro Cardenal Chiaramonti, de quien sabemos que fue celoso defensor de los franciscanos y gustaba de tener consigo a uno de ellos. A la misma fecha conviene acaso referir la visita que hizo a los Menores otro gran dignatario de la Iglesia, es a saber, Hugolino, Cardenal ostiense. Cuenta el Espejo de Perfección que este prelado, que pronto se iba a constituir en el más infatigable defensor y protector de la Orden, llegó, acompañado de numerosa multitud de clérigos y hombres de armas, a la Porciúncula, donde los frailes se hallaban reunidos, y al verlos vivir tan pobremente y dormir sobre la desnuda tierra, se sintió tan conmovido, que exclamó derramando lágrimas: «¿Qué nos aguarda en la otra vida a nosotros, que pasamos la presente en el lujo y el placer?»
En cualquier caso, es cosa cierta que desde este período se estrecharon más y más las relaciones entre Francisco y la Corte pontificia.
Poca distancia media entre la Porciúncula y Perusa, donde, como queda dicho, pasó la Curia romana la mayor parte del estío de 1216, y las visitas de una y otra parte parecen haber sido frecuentes. De todos los escritores, sólo Eccleston afirma que Francisco se halló presente a la muerte de Inocencio III, que ocurrió en Perusa el 16 de julio de 1216. Y en este verano, según refiere la mayor parte de los biógrafos, se produjo uno de los acontecimientos más discutidos de la vida de Francisco: en los muy primeros días del pontificado de Honorio III, el Pobrecillo de Asís habría ido a arrodillarse ante el Vicario de Cristo, y le habría pedido y habría obtenido de él la famosa «indulgencia de la Porciúncula».
Capítulo III
LA INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA
Empezaremos por advertir que, antes de la institución de la Indulgencia de la Porciúncula, no se reconocía en la Iglesia otra indulgencia plenaria que la otorgada a los que tomaban la cruz e iban a combatir por la Tierra Santa. Todo cruzado, con sólo confesarse, obtenía remisión completa, no sólo de todas las penas eclesiásticas, sino también de todas las del purgatorio, de modo que su alma podía pasar inmediatamente de su envoltura corporal a la gloria del paraíso.
Esta indulgencia de la cruzada, que se llamaba indulgencia de Tierra Santa, fue después extendida a los que, impedidos por alguna causa grave, no podían ir a la guerra santa, pero contribuían a ella con dinero o con tropas armadas; y es digno de notarse que los encargados de dispensar esta indulgencia así ampliada, fueron precisamente los frailes franciscanos.
En todos los demás casos en que la Iglesia concedía una indulgencia, por ejemplo, con motivo de la consagración de una iglesia, la cosa se hacía de forma mucho más restringida. El Concilio de Letrán de 1215 acababa de hacer aún más excepcional esta práctica. Según este Concilio, la indulgencia otorgada con ocasión de la consagración misma de una iglesia no podía consistir más que en la remisión de las penas eclesiásticas por un año; por cuarenta días, si sólo se trataba del aniversario de la consagración. Por excepción rarísima concedió Gregorio IX, cuando la consagración de la iglesia de San Francisco en Asís, indulgencia de tres años a los que, para asistir a la fiesta, hubiesen tenido que atravesar mares; de dos, a los peregrinos del otro lado de los Alpes, y la ordinaria de un año a los de dentro de Italia.
Esto supuesto, ¿en qué consiste lo que Francisco fue a pedir al Papa y lo que se asegura que éste le otorgó? Si nos atenemos a las fuentes (cuyo valor examinaremos más adelante), el Santo se presentó un día, acompañado de Fray Maseo de Mariñano, delante de Honorio III pidiendo para su iglesia de la Porciúncula la misma remisión plenaria que se concedía a los cruzados de Tierra Santa. «Deseo -habría dicho al Papa- que todo el que entre en esta iglesia arrepentido de sus pecados, y se confiese y haya obtenido la absolución, quede libre de todas las faltas que hubiera cometido y de todas las penas que hubiera merecido desde el día de su bautismo hasta en el día y hora en que haya entrado en dicha iglesia». En vano el Papa le hizo presente que la Curia romana no tenía costumbre de conceder tan amplia indulgencia a ninguna iglesia; en vano se esforzó por persuadir a Francisco de que debía contentarse con una de las indulgencias ordinarias, de las que hemos hablado antes. Francisco se mantuvo inflexible y declaró al Papa que era Dios quien le había enviado allí a pedir esta indulgencia. Entonces Honorio cedió de repente, como alumbrado por divina inspiración; pero a continuación tomaron la palabra los Cardenales para hacer presente a Honorio el gran perjuicio que semejante excesivo favor acarrearía a la indulgencia de Tierra Santa, con lo que lograron restringir la nueva indulgencia de manera que no fuese permanente, sino que se pudiese ganar un solo día al año, desde las vísperas de la vigilia hasta la medianoche del día siguiente, es decir, treinta y seis horas. Francisco entonces se retiró todo satisfecho. Preguntado luego por el Papa si no deseaba alguna confirmación por escrito, respondió que tal documento era superfluo, porque «Dios mismo se encargaría de propagar y recomendar su propia obra».
Tal es el relato esencial de la Indulgencia de la Porciúncula, que las leyendas han recargado de una multitud de circunstancias prodigiosas, como la «leyenda de las rosas» que Overbeck representó sobre la fachada de la capilla de la Porciúncula. Pero todos estos ornatos agregados a la primitiva relación aparecen por primera vez en obras del siglo siguiente, mientras los hechos que acabamos de resumir se hallan en fuentes mucho más antiguas.
Yo añadiría que los referidos hechos se presentan a primera vista con muchos caracteres de verosimilitud. En efecto, todos los biógrafos nos hablan del especial cariño con que miraba Francisco a la Porciúncula, y conocemos su ardoroso celo por la conversión de los pecadores. Según Tomás de Celano, tuvo el Santo cierto día una extraña visión en que vio gran multitud de hombres de todas las razas y pueblos afluir a la pequeña iglesia de la Porciúncula (1 Cel 27). Idéntica visión tuvo también otro de sus discípulos (TC 56).
El primitivo relato contiene, además, un detalle de todo en todo característico de Francisco: su negativa a la oferta del Papal de concederle por escrito la indulgencia. El Santo miró siempre con marcada repugnancia los documentos escritos. En 1210 se contentó de buen grado con la aprobación de su Orden por Inocencio III, y si del Concilio lateranense solicitó y obtuvo algún apoyo, fue éste puramente moral. Cuando Orlando de Cattani le donó el monte Alverna, la donación se hizo «sin ninguna escritura», como dice expresamente el texto de la donación oficial hecha por los hijos del conde en 1274. Finalmente, en su Testamento, prohíbe a sus frailes de la manera más terminante que acudan a la Curia romana en demanda de privilegios escritos, ni para iglesia ni para lugar alguno. Nadie, pues, se extrañará de que el antiguo relato diga que Francisco se negó a aceptar el documento que Honorio le ofrecía. Por el contrario, la actitud y el tono imperioso que allí se atribuye al Santo no concuerda bien con lo que sabemos de la profunda humildad que siempre usaba al hablar con Honorio, como se desprende de las siguientes palabras que le dijo en una ocasión en que, por intermedio del Cardenal Hugolino, obtuvo audiencia del Papa: «Cuando hay tantos nobles y ricos y tantos religiosos que no pueden tener audiencia con vos, nosotros, que somos los más pobres y despreciables entre todos los religiosos, deberíamos estar sobrecogidos de temor y avergonzados viendo que no sólo se nos permite llegar hasta vos, sino estar ante vuestra puerta y presumir pulsar el tabernáculo que encierra el poder de los cristianos» (TC 65; cf. 1 Cel 73).
Pero la cuestión sigue siendo saber si en realidad, de verdad, el Santo dio esa respuesta a Honorio, o, en otros términos, si un suceso como el que nos cuentan los autores del antiguo relato tuvo lugar verdaderamente.
Lo primero que cumple advertir es que ninguna de las fuentes auténticas e indubitables del siglo XIII contiene ni una sola palabra relativa a la Indulgencia de la Porciúncula. Tomás de Celano sabe de las indulgencias concedidas a la basílica de Asís por Gregorio IX; pero ni él, ni los Tres Compañeros, ni Julián de Espira, ni el Anónimo de Perusa, ni San Buenaventura tienen la menor noticia de tal indulgencia de la Porciúncula. Y, sin embargo, los autores del relato de esta Indulgencia afirman que a partir de 1216, todos los años, en la fecha fijada por Honorio III, es decir, desde la tarde del 1 de agosto hasta la noche del 2, la indulgencia se ganaba por numerosos peregrinos. Se ha querido explicar el silencio de los biógrafos atribuyéndolo a la falta de todo documento escrito, o bien a la oposición de Elías de Cortona y su partido contra «los hombres de la Porciúncula», representantes de la tendencia estricta en la Orden francisana, lo cual supondría que dichos biógrafos se habían puesto del lado de esa oposición.
Pero, si esta última explicación valiese, sería de esperar que, por el contrario, mencionaran la indulgencia de la Porciúncula, poniéndola en un lugar de honor, las leyendas provenientes del partido rigorista, como el Espejo de Perfección, los Actus Beati Francisci y las Florecillas. Mas la verdad es que también éstas guardan total silenció sobre el particular. Si la leyenda italiana de Melchiorri (s. XIV) fuese copia fiel y libre de toda interpolación de la primitiva Leyenda de los Tres Compañeros, esa sería el único vestigio, el único testimonio franciscano de la indulgencia de la Porciúncula, por cuanto sólo ahí se halla el relato que ya he citado. Pero hasta ahora nadie, ni el mismo Sabatier (por más que esté convencido de la autenticidad de la famosa indulgencia), se ha atrevido a prestar entera fe a este texto del siglo XIV.
La tradición de esta indulgencia descansa, indirectamente si no en primer lugar, en el testimonio de Fray León y de otros amigos íntimos de San Francisco. La primera mención auténtica que de ella conocemos es un atestado hecho el 31 de octubre de 1277, delante de numerosos testigos y firmado por el notarius publicus de Arezzo. Los que testifican son dos franciscanos, Fray Benito de Arezzo, «que estuvo un tiempo con San Francisco cuando éste vivía aún», y Fray Rainerio de Arezzo, que declara haber sido amigo íntimo de Fray Maseo de Mariñano. En este documento afirman ambos frailes haber oído a Fray Maseo, «que era la verdad misma», contar que Francisco y él habían ido juntos a Perusa e impetrado del Papa Honorio la susodicha indulgencia, «si bien el Papa le dijo que la Sede apostólica no tenía costumbre de otorgar semejantes favores».
La relación de los hechos es aquí breve, y hay que reconocer que el documento tiene fecha cierta y presenta todos los caracteres de la autenticidad. «En el año 1277, no siendo nadie emperador, vacante la Sede pontificia», dice. En efecto, Rodolfo de Habsburgo, elegido en 1273, en 1277 no estaba aún coronado. La Sede pontificia estuvo vacante desde el 20 de mayo hasta el 25 de noviembre de 1277, y el documento está fechado el 31 de octubre.
Pero el original de este documento ha perecido, y a lo más podemos admitir con Sabatier que la copia de él que se conserva en Asís se remonte a los últimos años del siglo XIII; otra, muy abreviada, que forma parte de un manuscrito de Volaterra, es incontestablemente del siglo XIV.
Varias otras relaciones del mismo tiempo se apoyan también en el testimonio de Fray Maseo, siempre por intermedio de Benito de Arezzo. Sabatier las ha reproducido en su edición del libro de Francisco Bartoli sobre la Indulgencia de la Porciúncula, libro que fue escrito por los años de 1335; pero ningún detalle nuevo contienen, sea que tengan por autor a Fray Juan de Alverna o a Fray Otón de Aquasparta. Siempre aparece una sola y misma fuente: Maseo-Benito. La única adición, por lo demás de poca importancia, que merece destacarse es la afirmación de que el anciano Pedro Zalfani asistió en su juventud a la consagración de la iglesia de la Porciúncula, y cree haber visto allí a Francisco «de pie con un papel en la mano», papel que, según sospecha el buen viejo, sería la bula del Papa, mientras se nos afirma, por otra parte, que Francisco rehusó obstinadamente aceptar confirmación alguna por escrito. Zalfani afirma también que Francisco proclamó la indulgencia en presencia de siete obispos, afirmación que adoptan las leyendas posteriores, imaginando que el Papa encomendó la promulgación de la indulgencia a los Obispos de Asís, Perusa, Todi, Espoleto, Nocera y Gubbio. A esta tradición se atuvo Tiberio de Asís al pintar su fresco de Capilla de las Rosas, cerca de Asís.
Otro grupo de testigos, más o menos del mismo tiempo, se apoya no en Fray Maseo, sino en Fray León. Un noble de Perusa, Jacobo Coppoli, que el 11 de febrero de 1276 dio a los franciscanos de su patria el monte donde se levanta el antiguo convento de Monte Rípido, asegura, con la misma fecha y en los mismos términos que Benito de Arezzo, haber oído contar la historia de la indulgencia de la Porciúncula a Fray León. Según este relato, el Papa llega a ofrecer a Francisco una indulgencia de siete años, sin lograr satisfacer al Santo; por fin, le concede la de Tierra Santa, pero en seguida los Cardenales le persuaden a restringirla. Habiendo referido todo esto Francisco a León, le ordenó que, mientras le durase la vida, nada hablase de esta indulgencia, porque «debía estar oculta por algún tiempo; pero luego el Señor la revelaría al mundo». Todo esto está en abierta contradicción con el relato de Zalfani, según el cual la indulgencia fue proclamada por Francisco «delante de siete Obispos», lo que está muy lejos de implicar deseo de guardarla en secreto.
Waddingo establece de manera indubitable que este testimonio data igualmente del año 1277. Se ve claramente que por aquel tiempo, es decir, dos generaciones después de la presunta fecha de la consecución de la indulgencia, la Orden Franciscana, o mejor dicho, los representantes de la tendencia de la estricta observancia de la Orden, entre los cuales se cuenta Benito de Arezzo, se esforzaban, de una parte, por establecer a todo trance la efectividad de la indulgencia, y de otra, por explicar de forma verosímil el prolongado misterio que acerca de ella se había guardado. Por tal motivo prestó Benito de Arezzo su declaración delante de notario, y Jacobo Coppoli la suya en presencia de numerosos testigos y de Fray Ángel, ministro Provincial de la Umbría por aquel entonces (1274-1280). Por idéntico motivo, según el relato de Coppoli, Francisco impone a su secretario la extraña prohibición de revelar hasta su muerte, que ocurrió en 1273, cosa alguna de tal indulgencia, prohibición que León no respetó, puesto que refirió dos veces, con corto intervalo, la historia, la segunda de las veces para satisfacer (detalle harto significativo) las dudas que a Coppoli le asaltaban sobre la autenticidad de dicha historia (Sabatier).
Por el mismo tiempo, o poco antes, Fray Francisco de Fabriano asegura haber oído él mismo de boca de Fray León el relato de la indulgencia de la Porciúncula. Pero este testigo no escribió su relación sino en los últimos años de su vida, porque cita un documento que no puede haber sido escrito antes de 1310 cuando él, nacido en 1251, debía tener cerca de 70 años de edad, y cuando la leyenda de la indulgencia corría ya por toda Italia con una notoriedad y una abundancia de detalles que él no podía haber conocido en su juventud.
¿Cómo no suponer que el anciano religioso escribía influido, sin saberlo, por la opinión corriente, tanto más que él, como Coppoli, nos presenta a Fray León hablando francamente sobre lo que Francisco le había prohibido revelar?
Que Francisco de Fabriano fuese a la Porciúncula el año que él dice que fue, no tenemos por qué dudarlo. Pero nadie nos negará la posibilidad de que él se haya figurado sin suficiente razón que el objeto de esa peregrinación fuese ganar la indulgencia, pues esta idea le vino a él en su extrema vejez. Desde un principio acudían los franciscanos en numerosas peregrinaciones a la tumba de su Padre y a la Porciúncula, y Kirsch hace constar, a este propósito, que el Papa Nicolás IV (franciscano también), en un Breve de 14 de mayo de 1284, habla de «la muchedumbre de frailes» que afluyen a Asís, pero sin decir palabra de la indulgencia de la Porciúncula, que debería ser el principal motivo de tal afluencia. Estos peregrinos, según el Papa Nicolás, visitan la tumba del Santo y la capilla de la Porciúncula, pero sólo «para honrar a San Francisco», no para ganar indulgencias.
La conclusión que acabamos de sacar del Breve de Nicolás se confirma también por otro hecho. Angela de Foliño (1248-1309) fue a Asís en peregrinación poco después de ingresar en la Orden Tercera; ella misma relata el viaje, pero nada dice de la Porciúncula, mencionando solamente las dos veces que estuvo en la «iglesia del sepulcro», no obstante pertenecer ella a la categoría de los franciscanos de la observancia rigurosa. El principal jefe de este partido, Hubertino de Casale, vino a visitarla poco antes que muriese y de ella nos habla con gran respeto en el prólogo de su Arbor Vitae. Cierto es que Angela pudo haber hecho el viaje en tiempo diferente del tiempo en que se ganaba la indulgencia. Pero no por eso deja de llamar la atención que guardase tan profundo silencio sobre la Porciúncula. Eso sin contar con que, si ya existía la indulgencia, era natural que dispusiera su viaje para el tiempo en que correspondía ganarla, como lo hizo una amiga de Margarita de Cortona cuando ya la tradición de la indulgencia estaba en boga. Margarita, fallecida el 22 de febrero de 1297, sobrevivió a su amiga.
Los hechos referidos indican que sólo en el último cuarto del siglo XIII (o si admitimos el testimonio de Fabriano, en el último tercio) la indulgencia de la Porciúncula empezó a ser conocida. Y, si nos fuera permitido aplicar nuestros criterios modernos a las circunstancias de aquellos tiempos, nos sentiríamos tentados a colocar el origen de la indulgencia en la fecha del quincuagésimo aniversario de la adquisición de la Porciúncula (1212-1262). En cualquier caso, lo cierto es que la indulgencia, desde el día en que salió a luz, encontró una viva oposición, y para probarlo bastan las atestaciones oficiales, ante de notario, de Benito de Arezzo, de Rainerio de Arezzo, de Coppoli y de Zalfani. Hasta la llegada del jefe de los franciscanos estrictos, Pedro Juan Olivi, todos se sentían obligados a tratar activamente la cuestión de la indulgencia. Olivi, en un opúsculo desgraciadamente de fecha incierta, se esfuerza por demostrar la autenticidad de la indulgencia recurriendo primeramente a argumentos dogmáticos, y después a motivos históricos. La mala fortuna ha querido que precisamente esta segunda parte de su escrito, que es la histórica, se haya perdido (Acta Minorum XIV).
El testigo principal de la autenticidad de la indulgencia es, pues, Fray Benito de Arezzo, a quien Tomás de Celano dedicó, con fecha posterior a 1230, su Leyenda de San Francisco (Legenda ad usum chori), que escribió expresamente para uso de los conventos. En muchos lugares de este opúsculo habla Celano de las gracias otorgadas por Gregorio IX a la basílica de Asís, pero ni la menor mención hace de la indulgencia de la Porciúncula, que no podía menos de registrarse en una biografía del Santo, por sucinta y compendiosa que se la suponga.
De Benito de Arezzo sabemos por Salimbene que fue enviado a Oriente por San Francisco en calidad de jefe de la misión oriental, y que él fue quien admitió en la Orden franciscana al Rey de Jerusalén Juan de Briena. La única biografía contemporánea que poseemos de Fray Benito, escrita en 1302 por Juan de Arezzo, coloca su muerte en 1242, mientras otros documentos prueban que en 1268 vivía aún (Golubovich), y de hecho en 1277 prestó su atestación de la autenticidad de la famosa indulgencia.
El trabajo de Juan de Arezzo nos pinta a Fray Benito como un carácter sumamente raro y antojadizo. Esta biografía está llena de aventuras que sólo el mismo Benito podía relatar. Así, durante su permanencia en Oriente, le acometió un dragón y, arrebatándole en el aire, le llevó a Babilonia para que visitase la tumba del profeta Daniel. Otra vez fue transportado en una nube al Paraíso, donde conversó con Enoch y Elías, recibió su bendición y les dio el ósculo de paz. ¿Quién no percibe el sabor oriental de estos relatos? No en balde pasó Benito en Oriente la mayor parte de su vida. Por eso cree Kirsch que la atestación de 1277 es toda fantástica. Y aunque no se llegue a compartir ese parecer, está claro que no se puede prestar mucha fe al testimonio de un hombre tan inclinado a la exageración, por no decir otra cosa.
El segundo testigo, Fr. Rainerio de Arezzo, entró en la Orden en 1258, y pudo muy bien, por consiguiente, haber conocido a Fray Maseo, que vivió hasta el año 1280. Pero nos creemos con derecho a preguntar: ¿por ventura todo lo que contó Fray Maseo debe tenerse por absolutamente verídico? Es indudable que sus recuerdos relativos a la vida de su maestro se han tenido que ir borrado y mezclando con ficciones a medida que avanzaba en años, como aconteció a otros franciscanos de las primeras generaciones, cuyos relatos nos cuesta a veces harto trabajo recibir si no es a beneficio de inventario, por ejemplo, las anécdotas sobre San Francisco que refiere Fray Conrado de Offida como aprendidas de boca de Fray León (Sabatier).
Si se quiere comprender cómo pudo nacer realmente la indulgencia de la Porciúncula hacia finales del siglo XIII, sólo una explicación nos parece posible. El capítulo primero del libro de Francisco Bartoli sobre esta indulgencia, escrito en 1335, contiene el siguiente relato, muy poco atendido hasta ahora y que reza así:
«Fray Hugo de Castello dijo haber oído contar a Fray Juan Morico de Asís que había un campesino que moraba muy cerca de Santa María de la Porciúncula, y que durante mucho tiempo había estado oyendo por la noche cantos de ángeles en la iglesia. Se lo hizo saber al capellán de la iglesia, que era de la familia de los Mazancolli de Asís, y al propio tiempo le dijo:
-- ¿Por qué no vas a buscar a Francisco, que vive con algunos hermanos en Rivotorto, y lo traes aquí?
El sacerdote fue a buscar a Francisco. Y estando éste en la Porciúncula, tuvo una visión: por la noche, mientras dormía, vio a Cristo y a su Madre María, de pie, junto al lecho. Y Francisco les preguntó:
-- ¿Quiénes sois?
Jesús respondió:
-- Yo soy Cristo, y mi madre es la que está conmigo.
Francisco repuso:
--¿De dónde venís?
-- De Tierra Santa.
-- ¿Y a qué habéis venido aquí?
-- A consagrar este lugar a mi Madre.
Dicho esto, desaparecieron. Pero Francisco se levantó lleno de gozo y dijo:
-- No quiero irme más de aquí. Id a traer acá a los otros hermanos» (Sabatier).
Esta relación, que ciertamente no ha sido inventada por Bartoli, tiene para nosotros un sentido tan claro o más que cualquiera de las otras leyendas simbólicas del tiempo. Significa que, cuando la Tierra Santa podía considerarse ya como perdida (la última ciudadela de los cristianos, San Juan de Acre, cayó en 1291), la indulgencia de Tierra Santa, cuya concesión había sido confiada por el Papa a las franciscanos, se trasladó a la iglesia de la Porciúncula. La hipótesis puede parecer atrevida, pero, en verdad, no hay otra explicación posible. El hecho mismo de que Bartoli coloque el relato antes citado al principio de su libro sobre la indulgencia, prueba indirectamente que el origen de ésta fue en realidad una sustitución de Tierra Santa por la Porciúncula. Después que Nicolás IV, en 1289, concedió una indulgencia a la nueva iglesia donde estaba la tumba del Santo (lo que significaba necesariamente cierta depreciación de la Porciúncula en beneficio de esta iglesia), los franciscanos de la estricta observancia se creyeron obligados a hacer nuevos esfuerzos para mantener la primacía de la suya aun en el terreno de las indulgencias, ya que había sido la preferida de San Francisco. No obstante, me parece que Kirsch va demasiado lejos cuando pretende ver en esta oposición de los celantes al privilegio de la nueva basílica el único y entero origen de la indulgencia de la Porciúncula.
En todo caso, la indulgencia era universalmente admitida cuando en 1295 el general de los franciscanos, Raimundo Godofredo, publicó un reglamento para las peregrinaciones de los frailes que deseasen ir «a ganar la indulgencia» (Ehrle). La fecha elegida para tal objeto era el 2 de agosto, probablemente por ser el aniversario de la consagración de la iglesia. Esta elección por lo demás era muy conforme al espíritu franciscano, pues en ese día se celebra la fiesta de San Pedro ad Víncula, y es sabida la gran devoción de San Francisco al príncipe de los Apóstoles. En la colecta de la misa de ese día se lee: «Señor, tú que sacaste a Pedro incólume de la prisión, líbranos también a nosotros de las cadenas de nuestros pecados».
Así fue como la capilla de la Porciúncula vino a convertirse en una nueva Tierra Santa, donde los franciscanos siguieron distribuyendo, en virtud de la autorización que para ello tenían, la indulgencia de los Cruzados y librando a multitud de peregrinos penitentes de las cadenas del pecado y del castigo para devolverlos a la sagrada región de la inocencia[5].
* * *
Tal era mi opinión respecto del origen de la indulgencia de la Porciúncula cuando apareció por primera vez mi libro sobre San Francisco de Asís. Pero desde entonces acá la cuestión ha entrado en una fase enteramente nueva. El sabio franciscano Dr. Heriberto Holzapfel publicó en Archivium Franciscanum Historicum (1908) un estudio asaz nutrido de documentos inéditos, el cual refuerza considerablemente la tesis de la autenticidad de la indulgencia.
El P. Holzapfel admite sin reparos que la indulgencia fue poco conocida del gran público y aun dentro de la Orden en vida de San Francisco y durante los primeros 50 años que siguieron a su muerte. Pero veamos de qué manera tan ingeniosa nos explica él dicha ignorancia singular, que tenía por fuerza que ocasionar graves dudas sobre la autenticidad de la tradición franciscana.
Principia por recordar cuán a disgusto Honorio III concedió al Poverello tan grande y desacostumbrado favor para la Porciúncula. Sobre este punto están acordes todas las leyendas. Igual resistencia opusieron a la concesión del privilegio los Cardenales y, nótese bien, los Obispos de Asís, Foliño, Perusa y Gubbio (Sabatier).
Ahora bien, argumenta el Dr. Holzapfel, estaba en la índole y en los principios religiosos de Francisco inclinarse sumiso y reverente ante una oposición como aquella. Sabida es la extraordinaria reverencia que él guardaba y recomendaba guardar a toda autoridad eclesiástica. Era, pues, naturalísimo que en este punto hiciera lo que en tantos otros, respetar y acatar a los Prelados.
Pero guardémonos de imaginar que él hiciera con alegría aquellos sacrificios. Este sacrificio, en particular, debió serle profundamente doloroso, y en las últimas pláticas con sus fieles amigos, debió siempre traerlo a la memoria con amarga pena, como lo hacía con otros incidentes en que él se había dado por vencido, pero no por convencido. De tal manera fue cómo la indulgencia, no obstante haberse obtenido de la Curia romana, vino a aumentar el que podemos llamar tesoro de los secretos de la Orden, y continuó siendo objeto de las conversaciones de los frailes en el retiro de sus eremitorios, mientras tardaba en lucir el día en que les fuera dado lanzarlos a la publicidad.
Los años corrían y, entre tanto, el grupo de los iniciados que habían oído hablar de la indulgencia se ampliaba, al mismo tiempo que se multiplicaban los enemigos del insigne privilegio, negando obstinada e implacablemente su autenticidad. Así se explica muy bien cómo los partidarios de la indulgencia se decidieron a última hora a aprovechar los testigos autorizados que aún quedaban y levantaron aquella información notarial para establecer la efectividad del privilegio. Tal es el tardío documento de 1277, que muchas veces me sentí inclinado a creer falso, y que ahora comprendo sin dificultad alguna.
Esta interesante hipótesis es más que suficiente para justificar el extraño silencio de los primeros biógrafos. Además, tiene el gran mérito de apoyar su argumentación en uno de los rasgos más sobresalientes e indiscutibles del carácter de Francisco: su obediencia a la autoridad, aun en los casos en que él creía tener razón contra ella.
Por lo que respecta al silencio del Espejo de Perfección y de los Actus, invocado por mí contra la autenticidad de la indulgencia, me veo forzado a confesar que no es convincente, pues en cualquier caso queda en pie el hecho indiscutible de que la indulgencia era oficialmente reconocida mucho antes de la fecha en que aparecieron aquellos dos escritos (1318-1322).
Por último, es evidente que la animosidad de los obispos locales contra la indulgencia de la Porciúncula dejó de existir, y por tanto de impedir su divulgación, desde la segunda mitad del siglo XIII, cuando las sillas episcopales, sobre todo la de Asís, empezaron a ser ocupadas por franciscanos.
Capítulo IV
LOS CAPÍTULOS DE PENTECOSTÉS
La fraternidad fundada por Francisco fue desde sus comienzos una orden de penitentes, a la vez que de apóstoles; cuando las gentes les preguntaban quiénes eran, los primeros hermanos respondían que eran «varones penitentes oriundos de la ciudad de Asís» (TC 37). Y Francisco en persona había sido siempre el jefe de esta orden. Él fue quien escribió la Regla, quien juró obediencia al Papa, quien obtuvo el derecho de predicar juntamente con la facultad de comunicarla a los demás. Es verdad que los seis primeros hermanos participaban con Francisco el privilegio de admitir en la Orden a los nuevos candidatos; pero éstos eran siempre llevados a la Porciúncula a recibir el hábito de penitencia de manos de Francisco (TC 41). Esta admisión entre los frailes equivalía a la conversión de los antiguos monjes, e implicaba la renuncia del mundo y todas sus obras, en prueba de lo cual el nuevo hermano distribuía todos sus bienes a los pobres. La Leyenda de los Tres Compañeros dice de uno de los antiguos hermanos que, «abandonando este mundo malvado con todas sus vanidades, entró en la Religión, en la que se consagró humilde y devotamente al servicio de Dios» (TC 56). Esta afirmación expresa de los Tres Compañeros contradice formalmente las teorías de W. Muller, Sabatier y Mandonet, quienes pretenden que la primera fraternidad franciscana era una asociación de todo en todo diferente de las órdenes religiosas, y que la Tercera Orden es un vestigio de este carácter inicial de la obra de Francisco.
Al principio quería Francisco retener consigo a los hermanos todo lo más que le era posible. Por eso cuando enviaba a algunos a misionar, siempre, al despedirlos, les prefijaba el tiempo, statuto término, el máximum de lo que debía durar el viaje, terminado el cual debían todos los misioneros hallarse de nuevo en la Porciúncula (TC 41). Más tarde se fijaron dos fechas del año para dicha vuelta: la fiesta de Pentecostés y la de San Miguel Arcángel (29 de septiembre). Jacobo de Vitry habla, es cierto, de un solo Capítulo anual; pero su error se explica fácilmente teniendo en cuenta que este canónigo conocía la Orden desde hacía poco tiempo y de un modo muy incompleto, y que el capitulo de Pentecostés excedía con mucho en importancia al de San Miguel.
De estas dos reuniones anuales o, como se las llamaba con palabra tomada de la antigua vida monástica, «capítulos», la de Pentecostés era la más importante. «En tal día se congregaban los hermanos y discutían la mejor manera de aplicar y practicar su Regla. Tomaban juntos y alegres su frugal alimento, y en seguida Francisco les predicaba». Es seguro que con motivo de estos Capítulos anuales pronunció el Santo sus admonitiones o avisos, de que luego hablaré. De ordinario, sus discursos versaban sobre un texto del Sermón de la Montaña, u otros pasajes evangélicos como éstos: «El que quiera salvar su vida, la perderá»; «No he venido a ser servido, sino a servir»; «El que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser discípulo mío». Pero el más socorrido y favorito tema de Francisco en sus prédicas de Capítulo era «el respeto debido al Smo. Sacramento del altar y, en consecuencia, la veneración debida a los sacerdotes». A veces llegaba hasta exigir a sus frailes que besasen el casco de la cabalgadura en que hubiese montado un sacerdote. Todo el afán de Francisco era que los hermanos estuvieran tan enriquecidos de buenas obras, que el Señor fuera alabado por ellas; y así les decía: «Que la paz que anunciáis de palabra, la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones. Que ninguno se vea provocado por vosotros a ira o escándalo, sino que por vuestra mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia. Pues para esto hemos sido llamados: para curar a los heridos, para vendar a los quebrados y para corregir a los equivocados» (TC 58). Por eso, cuando alguno de sus discípulos perdía la paz por obra de las tentaciones, recurría a él en el Capítulo y le abría su corazón; y ninguno se retiraba de él sin irse plenamente consolado.
En estos capítulos era también cuando Francisco elegía los predicadores que debía enviar a las diversas regiones o provincias, como entonces se decía. En esta elección se guiaba por las aptitudes de cada cual, y tan de grado enviaba legos como sacerdotes. Por fin, los bendecía con sentimientos de ternura paternal, y de dos en dos se dispersaban gozosos por el mundo «como peregrinos y advenedizos», sin más equipaje que los libros que habían menester para el rezo del oficio divino (TC 57-60).
La elocuencia coloreada y original de Francisco se tornaba a menudo, en estos capítulos, en una maravillosa poesía. Así se dice en una de sus Admoniciones (Adm 27), aludiendo al himno litúrgico del Jueves Santo: Ubi cháritas et amor, Deus ibi est, «donde hay caridad y amor, allí está Dios»:
«Donde hay caridad y sabiduría,
allí no hay temor ni ignorancia.
Donde hay paciencia y humildad,
allí no hay ira ni perturbación.
Donde hay pobreza con alegría,
allí no hay codicia ni avaricia.
Donde hay quietud y meditación,
allí no hay preocupación ni vagancia.
Donde está el temor de Dios para custodiar su atrio,
allí el enemigo no puede tener un lugar para entrar.
Donde hay misericordia y discreción,
allí no hay superfluidad ni endurecimiento del corazón».
Francisco gustaba de proponer como modelo para todos los cristianos a la Sma. Virgen y Madre María. Como buen trovador, consagró una de sus más bellas laudes a celebrar las virtudes que adornaron el alma de María, y que deben resplandecer también en todas las almas cristianas. Es su Saludo a las Virtudes (SalVir):
«¡Salve, reina Sabiduría!,
el Señor te salve con tu hermana la santa pura Sencillez. ¡Señora santa Pobreza!, el Señor te salve con tu hermana la santa Humildad. ¡Señora santa Caridad!, el Señor te salve con tu hermana la santa Obediencia. ¡Santísimas virtudes!, a todas os salve el Señor, de quien venís y procedéis. (...) La santa Sabiduría confunde a Satanás y todas sus malicias.
La pura santa Sencillez confunde a toda la sabiduría de este mundo y a la sabiduría del cuerpo.
La santa Pobreza confunde a la codicia y avaricia y cuidados de este siglo.
La santa Humildad confunde a la soberbia y a todos los hombres que hay en el mundo, e igualmente a todas las cosas que hay en el mundo.
La santa Caridad confunde a todas las tentaciones diabólicas y carnales y a todos los temores carnales.
La santa Obediencia confunde a todas las voluntades corporales y carnales, y tiene mortificado su cuerpo para obedecer al espíritu y para obedecer a su hermano, y está sujeto y sometido a todos los hombres que hay en el mundo, y no únicamente a solos los hombres, sino también a todas las bestias y fieras, para que puedan hacer de él todo lo que quieran, en la medida en que les fuere dado desde arriba por el Señor».
Después de este ditirambo en loor de las virtudes, que trae en seguida a la memoria los frescos de las Alegorías de la Santa Obediencia, la Santa Castidad y la Santa Pobreza, que Giotto pintó en la Basílica Inferior de San Francisco, construida sobre la tumba del Santo, el poeta se remonta hasta el trono de la más pura de las vírgenes, a quien habla de esta manera en su Saludo a la Bienaventurada Virgen María (SalVM):
«Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres Virgen hecha iglesia y elegida por el santísimo Padre del cielo, a la cual consagró Él con su santísimo amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito, en la cual estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien.
»Salve, palacio suyo; salve, tabernáculo suyo; salve, casa suya. Salve, vestidura suya; salve, esclava suya; salve, Madre suya y todas vosotras, santas virtudes, que sois infundidas por la gracia e iluminación del Espíritu Santo en los corazones de los fieles, para que de infieles hagáis fieles a Dios».
Después de entonar este cántico de alabanza a María, considerándola como el ideal de la vida cristiana, fue, sin duda, cuando San Francisco prorrumpió en las expresiones que pone en boca suya el Espejo de Perfección. En efecto, el Santo quería que, después de cantar los frailes por él enviados las alabanzas de Dios, el hermano predicador dijera al pueblo: «Nosotros somos juglares del Señor, y esperamos vuestra remuneración, es decir, que permanezcáis en verdadera penitencia». Y añadía el bienaventurado Francisco: «¿Pues qué son los siervos de Dios sino unos juglares que deben levantar y mover los corazones de los hombres hacia la alegría espiritual?» (EP 100). Elevar las almas al cielo con el canto y las imágenes, ir de puerta en puerta cantando la hermosura y el gozo que se encierra en el servicio del Señor, he ahí lo que Francisco mismo había hecho ya de joven en Asís, y he ahí también la tarea poética que encomendó a sus frailes. «¿No sabes tú, mi querido hermano -solía decir Fray Gil-, que son la santa Penitencia, la santa Humildad, la santa Caridad, la santa Piedad y la santa Alegría, las que hacen al alma perfectamente buena y feliz?» Innumerables eran en tiempo de Francisco los que ignoraban esto, y he ahí por qué los juglares de Dios, joculatores Dei, se derramaron por el mundo a cantar estas verdades esforzándose por inculcarlas en todos los corazones.
Desde un principio la reunión de los Capítulos tuvo también por objeto la edificación recíproca los hermanos. La Orden no tenía aún ninguna organización regular y, por lo demás, ¿qué habría tenido que organizar? «Estos pobres de Cristo -escribía Jacobo de Vitry en su Historia Oriental- no llevan ni bolsa para el camino, ni alforjas, ni pan, ni dinero en sus cintos; no poseen oro o plata ni llevan calzado en sus pies. A ningún hermano de esta Orden le está permitido poseer nada. No tienen monasterios ni iglesias; ni campos, ni viñas, ni ganado; ni casas, ni otras posesiones; ni dónde reclinar su cabeza. No usan pieles ni lienzos de lino, sino únicamente túnicas de lana con capucha; no tienen capas, ni palios, ni cogullas, ni ninguna otra clase de vestiduras. Si se les invita a la mesa, comen y beben de lo que se les pone. Si se les da por misericordia una limosna, no la andan reservando para más adelante... Después del Capítulo, su superior les vuelve a enviar, en grupos de dos o más, a las distintas regiones, provincias y ciudades. Por su predicación, y también por el ejemplo de su santa vida y de su irreprochable conducta, animan al desprecio del mundo a un gran número de hombres; no sólo a los de clases humildes, sino también a los hidalgos y nobles, los cuales abandonan sus palacios, sus villas, sus extensísimas posesiones; truecan así sus riquezas temporales, como en un afortunado comercio, por las riquezas espirituales y toman el hábito de los hermanos menores: una túnica de ínfima calidad para cubrirse y una cuerda para ceñirse».
Los hombres que vivían así, ¿qué necesidad tenían de leyes ni reglamentos? ¿Qué más necesitan las alondras que un sorbo de agua de la fuente, y un frugal alimento que ellas mismas recogen en los campos, para entonar gozosas las divinas alabanzas, con que encantan y maravillan a los hombres? A todas las avecillas amaba Francisco, pero de un modo particular a la alondra moñuda, de la cual solía decir: «La hermana alondra tiene capucho como los religiosos y es humilde, pues va contenta por los caminos buscando granos que comer. Y, aunque los encuentre en el estiércol, los saca y los come. Cuando vuela, alaba a Dios con dulce canto, como los buenos religiosos, que desprecian todo lo de la tierra y tienen su corazón puesto en el cielo, y su mira constante en la alabanza del Señor. El vestido, es decir, su plumaje, es de color de tierra, y da ejemplo a los religiosos para que no se vistan de telas elegantes y de colores, sino viles por el valor y el color, así como la tierra es más vil que otros elementos» (EP 113).
Por desgracia, esta vida feliz y libre de alondras que vivían los hermanos no podía prolongarse indefinidamente. El número de ellos se aumentaba prodigiosamente de día en día. Y no venían a Francisco sólo hombres y jóvenes, sino mujeres casadas y solteras, y hombres casados también. A las doncellas era siempre fácil colocarlas, se las orientaba a conventos que estaban bajo la dirección y vigilancia de los hermanos. Pero llegaban también hombres provectos y aun ancianos diciendo al Santo que tenían mujer y no podían separarse de ella. El Anónimo de Perusa narra así estas situaciones: «Muchas mujeres, doncellas y viudas, conmovido el corazón por la predicación de los hermanos, acudían a preguntarles a los hermanos: "¿Y nosotras, qué hemos de hacer, ya que no podemos seguiros? Decidnos cómo podemos alcanzar la salvación de nuestras almas". Para darles satisfacción, en cada ciudad donde les fue factible, los hermanos fundaron monasterios cerrados para en ellos hacer penitencia. Y se nombró a uno de los hermanos para que los visitase y corrigiese. También hombres casados les decían: "Tenemos esposas que no nos permiten dejarlas. Enseñadnos, pues, un camino que podamos tomar para llegar a la salvación"» (AP 41). También de estos tenía que ocuparse Francisco, también a ellos tenía que darles una respuesta, pero ¿cómo?
El movimiento iniciado por Francisco estaba a punto de desbordarse. Y no todo era del agrado del Santo. No le gustaba, en particular, que sus frailes se encargaran de visitar y asistir a las monjas, por lo que decía: «Mucho me temo que, habiendo nosotros renunciado a las mujeres por amor de Dios, el diablo nos haya dado hermanas» (cf. 2 R 11). Por otra parte, a menudo se repetía el caso de Cannara en que el Santo mismo se vio obligado a moderar el fervor de sus oyentes, los cuales todos, hombres y mujeres, casados y solteros, la población en masa quería seguirle; entonces él tuvo que decirles: «No tengáis prisa, no os vayáis de aquí; ya os indicaré lo que debéis hacer para la salvación de vuestras almas» (Flor 16).
Los progresos del movimiento franciscano provocaban cada día serias dificultades. Ciertamente Francisco podía, por una parte, estar contento con la abundancia de la cosecha; pero, por otra, los graneros venían estrechos para contenerla. Las redes se le rompían, como en otro tiempo sucediera a los Apóstoles con la pesca milagrosa.
La regla que había escrito Francisco, «en pocas y sencillas palabras» como dice él mismo, podía bastar para evangelistas y juglares errantes, pero en manera alguna era conveniente para las monjas, y mucho menos para los casados. Gobernar y guiar una bandada de alondras era para Francisco empresa hacedera: los pájaros de la selva le obedecían siempre con toda prontitud. Pero ahora se le presentaban hombres que ocupaban puestos importantes, personas casadas, muchachas jóvenes, y ¿cómo iba a poder él, simple e iletrado, dar una regla de vida y un sistema de leyes a estas avecillas amansadas, de una especie que él no había previsto en absoluto?
Como por instinto buscaba Francisco a su alrededor una mano amiga que pudiera ayudarle. Y esta mano la tenía más cerca de lo que él se imaginaba. Era una mano blanca, delicada, elegante, ornada de amatista, pero robusta y enérgica: la mano del cardenal Hugolino, ministro y consejero de Inocencio III, obispo de Ostia y de Velletri.
Capítulo V
EL CARDENAL HUGOLINO
Hugo o Hugolino, conde de Anagni, nacido hacia 1170, era, cuando Francisco trabó con él relaciones, un hombre maduro, de figura por extremo simpática y venerable. Educado en Bolonia y en París, atesoraba la más alta ilustración que era posible adquirir en su tiempo; sin embargo, aún más que sabio, era piadoso con piedad sincera y profunda. Dos cosas eran objeto constante de sus preocupaciones: la libertad de la Iglesia y el desarrollo de la vida monacal. En 1199 había puesto en peligro su vida al defender los derechos de la Iglesia contra el usurpador Markwald. Cultivaba profundas y constantes relaciones con los camaldulense, los monjes de Cluny y la congregación de Santa Flora (para la que había hecho edificar dos nuevos conventos), así como las tuvo después con franciscanos y dominicos. En Anagni, su patria, acababa de fundar un hospital con iglesia anexa, que confió en octubre de 1216 a los hermanos hospitalarios de Altopascio, en Toscana. En 1198 fue nombrado capellán pontificio y creado Cardenal del título de San Eustaquio. Finalmente, en mayo de 1206 fue nombrado obispo de Ostia y Velletri, que era entonces el más alto puesto eclesiástico después del papado. Poco espíritu de profecía se necesitaba, pues, para predecir, como se cuenta que lo hizo Francisco (1 Cel 100), que aquel hombre iba a ascender un día a la silla de San Pedro. De Papa continuó siendo el mismo fiel amigo de las Ordenes religiosas, y señaladamente de los franciscanos, para quienes construyó, con sus propias rentas, un convento en Viterbo, y otro en Roma para las clarisas (el monasterio de San Cosme). Muchos de los conventos de Lombardía y Toscana son también obra suya. A este hombre, pues, tocó en suerte, según leemos en su biografía, la tarea de «sacar a la Orden de los frailes menores de la inseguridad y falta de organización y de darle forma definitiva» (Vita Greg. IX).
Dicho queda que Francisco conoció a Hugolino por primera vez en 1216, hallándose en Perusa la Corte pontificia; pero este conocimiento tardó todavía en tornarse amistad estrecha, lo que no vino a acontecer sino dos años más tarde.
En 1217, Francisco se sintió especialmente triste e inquieto cuando, el 14 de mayo, asistió al Capítulo de Pentecostés en la Porciúncula. Camino del Capítulo Francisco había abierto su corazón a un amigo: «Suponte que los hermanos, una vez reunidos, me instan a que les anuncie la palabra de Dios y les predique. Yo, poniéndome en pie, les dirijo la palabra según me inspire el Espíritu Santo. Luego, acabada la predicación, supongamos que todos gritan contra mí: "No queremos que tengas mando sobre nosotros, pues no tienes la elocuencia conveniente; eres, en cambio, demasiado simple e ignorante, y nos avergonzamos de tener por prelado a un hombre tan simple y despreciable. Así que no te llames en adelante prelado nuestro". Y, con esto, me echan entre vituperios y denuestos» (EP 64). El pobre Francisco estaba todo asustado por el gran número de hombres inteligentes y sabios que, poco a poco, habían ido ingresando en la Orden. Sin embargo, cuando llegó la hora del sermón, predicó con su acostumbrada manera, sencilla y sin artificio; pero, en vez de recibir los reproches y vilipendios que esperaba, vio que todos sus oyentes quedaban satisfechos y sumamente edificados, por lo cual cobró ánimo y les expuso el gran proyecto que, desde tiempo atrás, andaba meditando: que sus frailes, ya que se habían hecho tan numerosos, saliesen de Italia en sus excursiones misioneras, yendo a predicar a Alemania, Hungría, Francia, España y aun a Tierra Santa. La propuesta fue acogida con alborozo, y todos al punto se dispusieron a partir a donde se les enviara; el mundo entero quedó dividido en distritos o provincias de misiones franciscanas. La Tierra Santa quedó constituida en provincia aparte, y la misión que a ella se envió fue encargada a Fray Elías Bombarone, en quien Francisco tenía plena confianza. El Santo pidió para sí la misión de Francia, alegando «que la gente es allí católica y, sobre todo, tiene una gran reverencia al santísimo cuerpo de Cristo». Antes de separarse, pronunció Francisco una de sus ordinarias admoniciones, en que exhortó a sus frailes a ir por el mundo silenciosos y recogidos en continua oración, ni más ni menos que si cada cual estuviera en su eremitorio o en su celda, añadiendo: «Porque, dondequiera que estemos o caminemos, tenemos la celda con nosotros, ya que el hermano cuerpo es nuestra celda y el alma es el ermitaño que vive dentro de ella para orar al Señor y meditar en Él» (EP 65).
En las Florecillas (Flor 13) se habla de este viaje como si realmente se hubiese efectuado, relatándolo con lujo de detalles milagrosos. Pero lo único de que tenemos pruebas seguras es que Francisco, en la segunda mitad de mayo de 1217, fue a Florencia a hablar con el cardenal Hugolino.
Tomás de Celano tiene sin duda razón cuando dice que las relaciones entre Francisco y Hugolino no eran todavía muy íntimas por aquel tiempo. Ambos habían oído hablar elogiosamente el uno del otro, cada uno de ellos conocía la piedad del otro y su temor de Dios, y estaban, por consiguiente, en aptitud para estrechar amistad tan pronto como se hablaran. Hugolino había sido enviado a Toscana por Honorio III en calidad de delegado pontificio, con el doble encargo de poner paz entre las repúblicas etruscas, siempre en guerra unas contra otras, y de predicar una nueva cruzada. Tan pronto como Francisco llegó a Florencia y supo que el Cardenal estaba allí, fue a verle, fiel a su costumbre de alojarse siempre en casa de eclesiásticos más bien que de seglares. La acogida fue muy afectuosa, y en la conversación que tuvieron abrió Francisco su atribulado corazón con la misma confianza con que en otro tiempo lo hiciera ante el obispo Guido de Asís. Por fin, se echó a los pies del venerable prelado, suplicándole con instancias se dignase proteger su causa y la de sus hermanos, a lo que Hugolino accedió gustoso. Desde aquel momento nunca dejó el Santo de considerarle como su padre espiritual, rindiéndole siempre veneración profunda y filial obediencia.
El primer resultado de esta nueva amistad fue que Francisco renunciara a ir (o a tornar) a Francia, porque le dijo el Cardenal: «Hermano, no quiero que vayas a provincias ultramontanas, porque hay prelados que impedirán el bien de tu Religión en la curia romana. Yo y otros cardenales conmigo, que la amamos, de buen grado la protegeremos y le prestaremos nuestra ayuda si os quedáis en los contornos de esta provincia». El antiguo amigo de Francisco en el Sacro Colegio, el cardenal Juan de San Pablo, había muerto el año anterior; pero el Santo tenía ahora otros nuevos valedores, entre los cuales sobresalía, al lado de Hugolino, León Brancaleone, Card. presbítero, del título de Santa Cruz de Jerusalén; después, en 1219, fue creado cardenal Nicolás Chiaramonti, de quien ya hemos hecho mención, y que vino a aumentar el número de los amigos de Francisco en la Curia romana. Pues bien, Francisco quiso insistir ante Hugolino, alegando no ser justo despachar a sus frailes a misionar en regiones lejanas y sembradas de peligros, quedándose él muy tranquilo y seguro en su casa. Pero el Cardenal se mantuvo firme en su exigencia, y Francisco se vio obligado a enviar a Francia en su lugar al antiguo «rey de los versos», Fray Pacifico, con varios otros hermanos (EP 65).
Lo primero que atrajo la atención de Hugolino y ocupó su genio organizador, fue el movimiento provocado por la predicación de los frailes menores entre las mujeres. En cuanto a Clara y sus hermanas, Francisco mismo había provisto, fundándoles el convento de San Damián y prometiéndoles cuidar de ellas, mientras viviese, tanto en lo corporal como en lo espiritual. Pero, ¿cómo hacer extensiva esta promesa a las demás mujeres que en tan crecido número seguían acudiendo a los frailes en demanda de asilo para atender a su salvación?
La forma vivendi, o «regla de vida», que Francisco había dado a Clara y a sus monjas les obligaba sencillamente «a vivir conforme al Evangelio», es decir, en pobreza, trabajo y oración. Habiendo distribuido sus bienes a los pobres, las hermanas de San Damián no tenían derecho a aceptar ninguna propiedad, ni por sí ni por interpuesta persona, excepción hecha tan sólo del convento mismo, con un pedazo de terreno circundante, condición indispensable para el aislamiento del mundo. Ese terreno debía destinarse sólo a huerta para el uso particular de las hermanas (RCl 6). Este fue el «privilegio de la pobreza» que Inocencio III confirmó a Clara en 1215 sin duda por empeño de San Francisco.
A esto se reducía, pues, todo lo que había como regla para Clara y sus hermanas, y nótese que esta regla no valía sino para San Damián, puesto que Francisco no había pensado en la posibilidad de que se establecieran otros conventos de la misma clase. Por consiguiente, libres tenía las manos Hugolino ahora que se trataba de regular la situación de las numerosas doncellas que, de todas las ciudades de la región, recurrían a los frailes pidiendo ser admitidas a la vida religiosa. Esto va directamente contra las afirmaciones de Lempp en su estudio sobre los orígenes de la Orden de las Clarisas. Hablar, como hace este autor, de procedimientos violentos de parte de Hugolino contra las disposiciones tomadas por San Francisco, es desnaturalizar de un modo extraño la verdad histórica. San Damián y las hermanas de Santa Clara se hallaban, respecto de Francisco, en situación excepcional, y nada tenían que ver con los nuevos conventos de cuya fundación se trataba ahora. Es evidente que los cuidados del Santo se limitaban a las hermanas de San Damián. En su Regla, Santa Clara recuerda estas palabras de San Francisco: «Quiero y prometo tener siempre, por mí mismo y por mis hermanos, un cuidado amoroso y una solicitud especial de vosotras como de ellos» (RCl 6). De manera semejante Waddingo nos dice que Francisco «no se encargó de cuidar más que del convento de Santa Clara» (Ann. 1219, n. 44).
Por eso vemos a Hugolino ocupado por los años de 1217 a 1219, en fundar y organizar la Orden que, andando el tiempo, iba a llamarse de las Clarisas y que en los documentos de aquel tiempo se llama con otros nombres, los más diversos. Documento muy importante para la historia del desarrollo de esta Orden es un Breve dirigido con fecha 27 de agosto de 1218 por Honorio III al Cardenal Hugolino, en contestación a una carta en que éste hablaba a aquél del gran número de doncellas y otras mujeres que anhelaban huir del mundo y construirse moradas dentro de las cuales poder vivir sin poseer otra cosa que las moradas mismas, con la iglesia o capilla contigua. Añade Hugolino que, con este objeto, se le habían ofrecido varios terrenos, y pide autorización para aceptarlos en nombre de la Iglesia Romana, de manera que los conventos que en ellos se edifiquen se sustraigan a la autoridad de los Obispos locales y dependan directamente de Roma. Por dicho breve le otorga Honorio esta autorización, estableciendo que ninguna otra autoridad, ni espiritual ni temporal, fuera de la suya, podrá nada sobre los mencionados conventos, y que este privilegio de excepción les durará mientras las hermanas que los habiten permanezcan fieles a su voto de pobreza (Bull. Fran. I, p. 1).
Antes que Hugolino recibiese este breve ya el obispo Juan de Perusa había dado su consentimiento, el 31 de julio de 1218, para la construcción de un claustro de monjas de la misma a Orden, exigiendo como única compensación del privilegio de eximirse de su autoridad, el que las monjas le hiciesen anualmente, el día 15 de agosto, el regalo de una libra de cera. Hacia el mismo tiempo hallamos a Hugolino haciendo gestiones para el establecimiento de otros tres conventos de la misma naturaleza que los anteriores: uno en Sena, ante la puerta Camollia, otro en Lucca (Sta. María de Cattajola) y el tercero en Monticelli, cerca de Florencia.
El fundamento único de la vida religiosa en estos monasterios era siempre la pobreza, la ausencia de toda posesión. Como eran la predicación franciscana y la vida franciscana las que habían sacado del mundo y encerrado en el claustro a todas aquellas mujeres.
Al querer Hugolino redactar una verdadera regla para estos nuevos monasterios, tropezó desde luego con la decisión del Concilio de Letrán de 1215, que prohibía la redacción de nuevas reglas para órdenes religiosas. Dio ocasión a este decreto la multitud de órdenes que, hacia los comienzos del siglo XIII, se habían fundado, originando una gran confusión en el gobierno de la Iglesia. El Concilio establecía que, en adelante, no se diera autorización para fundar nuevas órdenes, y que, si alguien pretendía fundar una orden o construir un convento, fuese obligado a optar por alguna de las reglas ya aprobadas por la Santa Sede.
Uno de los primeros fundadores a quien afectó este decreto fue Santo Domingo. Según Jordán de Sajonia, el Concilio de Letrán aprobó ambas Ordenes, dominicana y franciscana, pero ninguna de las dos obtuvo por entonces la confirmación pontificia de su regla. A Domingo se le exhortó expresamente a que se volviese a deliberar con sus frailes sobre aquella de las reglas ya existentes que le conviniese adoptar. Es sabido que Domingo escogió la de los premonstratenses, y Honorio confirmó esta elección, proclamando de la manera más explícita que los dominicos eran «una Orden de Canónigos según la Regla de San Agustín».
Así pues, el Cardenal se vio constreñido a entrar por el mismo camino que Domingo, y escogió para sus monjas franciscanas la más antigua y venerada de todas las legislaciones de Occidente: la Regla benedictina. Con esto, Hugolino se conformó estrictamente al principio esencial de la pobreza evangélica, proclamado por Francisco. El suelo mismo en que se edificaban los conventos, lejos de ser propiedad de las hermanas, pertenecía a Hugolino a nombre de la Iglesia romana: era exactamente la forma en que Francisco había aceptado la Porciúncula, rehusando su propiedad y conviniendo con los monjes en que éstos seguirían siendo los dueños del santuario, en prenda de lo cual sus frailes les pagarían arriendo cada año (EP 55). Dicho queda que Francisco no quería que sus frailes habitasen sino en lugares sujetos a dominio ajeno, subtus dominio aliquorum. En un documento del año 1244 se menciona todavía la Porciúncula como perteneciente a la abadía del monte Subasio. Ni fue Hugolino, como cree Lempp, sino el propio Francisco quien estableció la distinción entre el derecho de propiedad (domnium) y el de uso (usus). Lempp parece atribuir una significación particular al hecho de que Hugolino adjudicase también a las monjas de Cottajola cierto bosque, y cree ver en este acto una infracción del voto de pobreza de las hermanas. Pero de la bula respectiva resulta claramente que el único motivo de mencionarse en ella el bosque era que éste ocupaba todo el terreno donde se iba a construir el convento, de modo que para hacer la construcción hubo que desmontar el pedazo necesario. De hecho, Honorio III escribe en su bula: «El Obispo de Ostia ha recibido de un ciudadano de Lucca, en nombre nuestro, un bosque que este ciudadano poseía en el lugar llamado Cottajola, y ahí se ha edificado el monasterio» (Sbaralea I, p. 10). Las clarisas se vieron obligadas a tener convento y capilla, pero sin perjuicio alguno de su voto de pobreza, pues el terreno pertenecía legalmente a otro que a ellas (en el caso presente a la Santa Sede). Todo esto estaba en perfecta armonía con el espíritu de San Francisco, y Lempp se engaña lastimosamente al pretender que esta disposición era contraria a la voluntad de Francisco y de Clara. Y Lempp se equivoca también cuando, para probar que los conventos de clarisas fundados bajo la dirección de Hugolino eran realmente propietarios, interpreta en un sentido del todo antifranciscano las siguientes palabras de una bula dirigida por Honorio el 8 de diciembre de 1219 a las clarisas de Monticelli: «Por tanto os confirmamos vuestro lugar (locum) y todo lo que poseéis justa y canónicamente en su circuito y os declaramos exentas del diezmo de vuestra clausura y de los frutos de vuestro huerto» (Sbar., I, p. 4). Expresiones análogas se encuentran en las bulas dirigidas a las monjas de Lucca y de Monteluce. Importa observar aquí dos cosas en que Lempp parece no haber parado mientes: 1.ª que la palabra locus (lugar) en la antigua terminología franciscana tiene siempre el significado de «convento», y así las palabras «todo lo que se encierra en su circuito», en manera alguna significan los terrenos, sino más bien los edificios pertenecientes al convento; 2.ª que en cada una de sus tres bulas el Papa emplea la expresión juste et cononice. Ahora bien, «justa y canónicamente» las clarisas no podían poseer otra cosa que su domicilia et oratoria (domicilios y oratorios). Finalmente, en cuanto a la exención del diezmo de los frutos del huerto, en que Lempp cree descubrir señales de posesión territorial, recuérdese que la plantación de huertos para las necesidades del monasterio era lo único que Clara permitía en los terrenos concedidos a las hermanas, como estableció en su Regla: «No reciban o tengan posesión o propiedad por sí mismas ni por interpuesta persona, ni tampoco nada que pueda razonablemente llamarse propiedad, a no ser aquel tanto de tierra que necesariamente se requiere para el decoro y el aislamiento del monasterio; y esa tierra no se cultive sino como huerto para las necesidades de las mismas hermanas» (RCl 6).
Pero volvamos a nuestra historia. Las monjas quedaron, pues, sometidas a la Regla de San Benito, aunque reforzada en cuanto a la pobreza. No estaban, sin embargo, obligadas a la letra de esta Regla, según lo declaró más tarde formalmente Inocencio IV; estaban solamente obligadas, de manera general, a llevar, enclaustradas, una vida de obediencia, pobreza y castidad. A eso se añadían normas de una clausura muy rigurosa. Ningún extraño podía penetrar en el claustro, y las hermanas debían renunciar en adelante al oficio de cuidar enfermos, tarea que Jacobo de Vitry afirma que desempeñaban en un principio. Y no hay duda de que fue Francisco mismo quien eligió esta clausura estricta para impedir toda relación entre sus frailes y las monjas. Cuéntase que Hugolino lloró de pura compasión cuando redactaba en compañía de Francisco tan severos artículos. El hecho es que, después de la muerte del Santo, Hugolino trató de mitigar algunas de las prescripciones más duras de su reglamento.
Desde el año 1219 vivieron las clarisas bajo la Regla benedictina, pero con el aditamento de lo que se llamaba «observancias de San Damián». Estas últimas son evidentemente la antigua forma de vida que Francisco había dado a Clara y que ahora pasaba a un segundo plano, aunque sin perder nada de su vigor. Tal es el sentido de un pasaje de la carta escrita por Gregorio IX el 11 de mayo de 1238, en que declara a la priora Inés de Bohemia que la Formula vitae de San Francisco «pasó a segundo rango» (post posita) cuando las clarisas recibieron la Regla benedictina (Sbar., p. 243). Por lo demás, Francisco no redactó de una sola vez esta regla, sino que, como atestigua la misma Santa Clara, «nos dio otros muchos escritos». No hace falta decir que la esencia de esas observancias es siempre el privilegio de pobreza, cuya confirmación pidió Clara después, acomodándose al uso del tiempo, a todos y cada uno de los Pontífices que iban ocupando la silla de San Pedro.
La Regla de 1219 permaneció en todo su vigor mientras vivió San Francisco, no sólo para San Damián, sino para todas las demás clarisas. Sólo después de la muerte del Santo, procuró Gregorio IX, como queda dicho, introducir mitigaciones en dicha Regla, señaladamente en el capítulo de la pobreza. Creía el Papa que, «considerada la penuria de los tiempos», era bueno que las hermanas poseyesen su poco de tierra que asegurase al monasterio alguna renta fija, y no hacer depender la subsistencia de las religiosas sólo de la mendicidad. Había comunicado éste su parecer a Clara, con negativo resultado, según queda referido. El 17 de septiembre de 1228 solicitó Clara de Gregorio, como lo había hecho con sus predecesores, la confirmación del privilegio de pobreza (el original de esta confirmación de Gregorio IX se conserva todavía en Asís). Otro tanto hicieron las clarisas de Perusa el 16 de junio de 1229, y la hermana de Clara, Inés, lo obtuvo igualmente para su monasterio de Monticelli, cerca de Florencia, como afirma en la carta que escribió hacia 1232 a Clara y a sus monjas: «Sabed, pues, que el señor Papa ha accedido en todo y por todo a lo que yo había expuesto y querido, según la intención vuestra y mía, en el asunto que ya sabéis, es decir, en la cuestión de las propiedades» (BAC p. 371).
Otros conventos, por el contrario, se mostraron menos estrictos. Varios de ellos recibieron, por aquel mismo tiempo, importantes propiedades, no sólo en uso, sino en verdadera posesión, con derecho de dominio. Estas infracciones del espíritu franciscano angustiaban sobremanera el corazón de Clara, la cual se consolaba pensando que, al menos, mientras ella viviera San Damián seguiría siendo «la torre de la altísima pobreza». Pero ¿qué pasaría cuando ella ya no estuviera?
Se comprende ahora el ardiente anhelo de la Santa por reemplazar la Regla benedictina, incluso el privilegio de pobreza, con otra regla nueva, que ciertamente había concebido y redactado ella misma, y es la que confirmó Inocencio IV dos días antes de la muerte de la Santa, como queda referido (cf. más arriba, cap. V).
Esta Regla nueva de las clarisas está inspirada, en cuanto era posible, en la de los franciscanos: al igual de ésta, consta de doce capítulos que en su mayor parte reproducen los de la regla dictada por Hugolino y Francisco en 1219; pero a simple vista se nota que el único punto que preocupa el corazón de Clara es la obligación de la pobreza; y en efecto, apenas empieza ella a tratar de su querido privilegio, abandona el tono impersonal del legislador y habla en primera persona con toda el alma:
«Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su gracia mi corazón para que, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro muy bienaventurado padre san Francisco, yo hiciera penitencia, poco después de su conversión, junto con mis hermanas le prometí voluntariamente obediencia» (RCl 6).
Y pensando en aquellos tiempos felices, ya tan lejanos, en que ella había vuelto al mundo las espaldas, se agolpan en su memoria mil otros dulces recuerdos. Recuerda las inflamadas sentencias que oyó de labios de su amado maestro y director en honor de su Dama, la noble dama Pobreza, y se apresura a ponerlas por escrito. Y con pulso firme escribe el párrafo en que se encuentra expuesto, en todo su inexorable rigor, el ideal mandamiento: «Las hermanas nada se apropien, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. Y como peregrinas y forasteras en este siglo, sirvan al Señor en pobreza y humildad» (RCl 8). Debajo de estas palabras fue donde el papa Inocencio IV, la antevíspera de la muerte de Clara, puso solemnemente el sello de Roma. Debo añadir que no todos los monasterios de clarisas, ni mucho menos, adoptaron la Regla del 9 de agosto de 1253. La mayoría continuaron viviendo según la Regla de Hugolino, confirmada y algo modificada por Inocencio IV.
Capítulo VI
LAS MISIONES EXTRANJERAS
Mientras Francisco y Hugolino entendían en la organización interna de la Orden, proseguían su obra los misioneros enviados a las diversas regiones por el capítulo de 1217, aunque, a decir verdad, con poco halagüeños resultados. A los misioneros enviados a Francia les preguntaron si eran albigenses, y como los frailes, sin acabar de entender la pregunta, dieron una respuesta que parecía más bien afirmativa, los trataron como herejes. No les fue mejor a los de la misión alemana, compuesta de sesenta hermanos bajo la dirección de Fray Juan de Penna. Ignoraban por completo la lengua del país y no llegaron a aprender más palabras que Ja, «sí», que les fue fatal, porque habiendo notado que, cuando al ser interpelados, la decían, obtenían pan y alojamiento, dieron en repetirla a todo propósito; pero no tardaron en ser interrogados sobre si eran herejes, y respondiendo ellos con su aprendido Ja, fueron al punto reducidos a prisión, puestos en picota y maltratados bárbaramente. La misma suerte corrieron los enviados a Hungría. Los campesinos les azuzaron los perros, y los pastores los pinchaban con sus bastones largos y puntiagudos. Admirados se preguntaban los pobres misioneros «por qué motivos los tratarían así aquellas gentes». A uno de ellos se le ocurrió que tal vez querrían los húngaros apoderarse de sus mantos, y se los dieron, pero sin mejorar de situación gran cosa. Entonces se acordaron del consejo evangélico, y pasaron a darles también los hábitos; lo que tampoco amansó a los salvajes campesinos. Añadieron después los pacientes misioneros sus paños menores, quedándose completamente desnudos. Jordán de Giano cuenta en su Crónica que uno de ellos tuvo que repetir hasta seis veces esta operación por ver si así lograba desenojar a aquellos descomedidos rústicos. Por fin, hubieron de recurrir, para librar sus ropas, al expediente extremo de embadurnarlas con estiércol de vaca, y eso apagó la codicia de los campesinos.
Todos estos fracasos tuvieron por fuerza que sumir el alma de Francisco en cierta mezcla de tristeza y desasosiego, y, sin duda alguna, por ese mismo tiempo fue cuando, según cuentan sus biógrafos, tuvo un extraño sueño en que vio una gallina chica y negra rodeada de muchedumbre de polluelos que pugnaban por cobijarse bajo sus alas, pero inútilmente, porque éstas no bastaban a cubrirlos a todos. «Yo soy esa gallina -dijo para sí al despertar-: pequeño de estatura y moreno... Pero el Señor, por su gran misericordia, me ha dado y me dará muchos hijos, a quienes por mis solas fuerzas no podré proteger» (TC 63). Y tuvo más que nunca el sentimiento de que su deber era transmitir a la Iglesia la tarea de velar sobre su Orden. Lo cual sirvió a Hugolino para conseguir de él que le acompañase a Roma a hablar con el Soberano Pontífice. Este viaje debió verificarse durante el invierno de 1217-1218, pues sabemos que el Cardenal permaneció en Roma desde el 5 de diciembre de 1217 hasta el 7 de abril del año siguiente. Comparando las fuentes, resulta que ésta fue la primera audiencia que Francisco obtuvo de Honorio III. Celano hace constar que Hugolino, durante la predicación de Francisco ante Honorio y los Cardenales, estaba «sobrecogido de temor y oraba al Señor de todo corazón a fin de que la simplicidad del bienaventurado varón no fuese menospreciada» (1 Cel 73).
Hugolino iba temiendo que Francisco se cortase, por la emoción y el respeto, en presencia del nuevo Papa y su Corte, y así le aconsejó que preparase y aprendiese de memoria el discurso que iba a pronunciar. Obedeció Francisco, pero una vez delante del Pontífice, le sucedió lo que había previsto el Cardenal: turbóse todo y se le olvidó por completo el discurso preparado. Estos olvidos eran en él frecuentes; pero salía del paso confesando el hecho lisa y llanamente e improvisando otro discurso que, por punto general, le resultaba mejor que el que había preparado, aunque tampoco faltaba vez en que la inspiración le fallaba del todo, y entonces se limitaba a bendecir a su auditorio, despachándolo sin predicar palabra (1 Cel 73; LM 12,7).
En nuestro caso la situación era grave por demás; pero Francisco, pasada la primera emoción, pidiendo a Honorio la bendición hincado de rodillas, empezó a hablar, y lo hizo de manera que poco a poco fue cobrando bríos y entusiasmo tales, que los oyentes le vieron agitar los pies con movimiento rítmico, como David delante del arca, según frase de Celano. Lejos de reírse de él, el Papa y los Cardenales quedaron profundamente conmovidos con sus palabras, y cuando el orador acabó por pedir que el Cardenal Hugolino fuese nombrado protector particular de su Orden, la gracia le fue otorgada en el acto.
En esta estancia en Roma fue también cuando Francisco se encontró con Santo Domingo, mediante el propio Hugolino, que los puso en relaciones. Fue tal la admiración que el gran fundador español sintió en su ánimo por el pobrecillo de Asís, que llegó hasta proponerle la fusión de ambas Ordenes en una sola, y como Francisco rechazase la propuesta, Domingo le pidió que le diese como recuerdo el cordón que llevaba ceñido a la cintura. Poco tiempo después se volvieron a ver, tal vez en la Porciúncula, y por tercera vez en Roma un año antes de la muerte de Domingo, es decir, en el invierno de 1220-1221. Cuéntase que en esta ocasión, meditando Hugolino una reforma general del clero, propuso a Domingo y Francisco escoger en ambas Ordenes los sujetos que debían ocupar las más altas dignidades eclesiásticas; pero uno y otro rechazaron la oferta con igual humildad. Francisco dijo que sus frailes eran menores, y no era bien que se tornasen mayores.1 Él fue, sin duda, quien influyó en el ánimo de Domingo para que, en su Capítulo de Pentecostés celebrado en Bolonia en 1220, hiciese votar la prohibición de que sus frailes poseyesen cosa alguna, mientras el mismo Domingo había solicitado dos años antes confirmación pontificia para las posesiones donadas a la Orden; además, se sabe que en su lecho de muerte pronunció Domingo solemne maldición contra los que trataran de apartar a sus frailes de la pobreza evangélica. Domingo murió el 6 de agosto de 1221.
En 1218 tuvo lugar el primer Capítulo franciscano de Pentecostés a que asistió Hugolino en calidad de protector de la Orden. Los frailes le salieron a recibir en solemne procesión. Apeóse Hugolino de su caballo, despojóse de sus ricas vestiduras y siguió a la Porciúncula a pie descalzo y vestido de franciscano; cantó la misa, en que Francisco ofició de diácono y de lector, terminada la cual, Hugolino ayudó a los frailes en la tarea de lavar los pies a algunos pobres, tarea que era para los frailes algo más que una simple formalidad, pues en ella le aconteció a Hugolino tan extraño caso como el siguiente: el mendigo a quien le tocó lavar los pies, viendo su impericia en el arte y tomándolo por fraile franciscano, se irritó contra él y lo despidió con toda brusquedad, añadiendo: «Mira, mejor será que te vayas a tus quehaceres y cedas el puesto a otros que lo harán mejor que tú».
Como queda dicho, en este Capítulo se volvió a encontrar Francisco con Domingo que había venido en la comitiva del Cardenal. Lo que el fundador de los predicadores vio en la Porciúncula no pudo menos que dejarle una impresión imborrable. En medio de aquella innumerable multitud de hombres no se oía ni una palabra inútil o de pura charla; dondequiera que había un grupo de frailes, allí se oraba, o se rezaba el oficio, o se lloraban los pecados propios y ajenos... Su cama era la desnuda tierra y, a lo más, algunas pajas, con una piedra o un haz de leña por toda almohada. Francisco dijo a sus frailes: «Os mando, por el mérito de la santa obediencia, a todos vosotros aquí reunidos, que ninguno de vosotros se preocupe ni ande afanoso sobre lo que ha de comer o beber, ni de cosa alguna necesaria al cuerpo, sino atended solamente a orar y alabar a Dios; y dejadle a Él el cuidado de vuestro cuerpo, ya que Él cuida de vosotros de manera especial». Asombrado quedó Domingo, que estaba presente, al escuchar tal mandato de Francisco, y pensó que era una imprudencia soberana prohibir a tan grande asamblea preocuparse de las cosas necesarias a la vida del cuerpo. «Pero el Pastor supremo, Cristo bendito, para demostrar que él tiene cuidado de sus ovejas y rodea de amor singular a sus pobres, movió al punto a los habitantes de Perusa, de Espoleto, de Foligno, de Spello, de Asís y de toda la comarca a llevar de beber y de comer a aquella santa asamblea. Y se vio de pronto venir de aquellas poblaciones gente con jumentos, caballos y carros cargados de pan y de vino, de habas y de otros alimentos, a la medida de la necesidad de los pobres de Cristo. Además de esto, traían servilletas, jarras, vasos y demás utensilios necesarios para tal muchedumbre. Y se consideraba feliz el que podía llevar más cosas o servirles con mayor diligencia, hasta el punto que aun los caballeros, barones y otros gentileshombres, que habían venido por curiosidad, se ponían a servirles con grande humildad y devoción» (Flor 18).
En suma, la generosidad de los habitantes de todas las ciudades vecinas para con los frailes fue extraordinaria. Jordán de Giano cuenta que él mismo asistió a otro Capítulo cuyos miembros tuvieron que quedarse en la Porciúncula dos días más de los prefijados, a fin de consumir todas las provisiones que se les había traído (Crónica).
En el Capítulo de Pentecostés del año siguiente se tomó la resolución de reparar el fracaso de las misiones. Dos años había pasado el Cardenal preparando el camino a los nuevos misioneros, enviando cartas de recomendación a los diversos países adonde debían ir, interesando a los Obispos en favor de los frailes, de cuyas excelentes dotes y aptitud para la predicación, así como del favor que les dispensaba la Curia romana salía él garante (TC 66).
Además, justo en el momento más oportuno, el 11 de junio de 1219, tuvo la dicha de obtener para los frailes un escrito oficial de la suprema autoridad eclesiástica: un breve de Honorio III recomendando los frailes a todos Arzobispos, Obispos, Abades, Deanes, Arcedianos y demás prelados de los lugares adonde fueren. Este mismo breve declara que los frailes son católicos, que se ocupan de esparcir la simiente evangélica según la norma de los Apóstoles y que su tenor de vida cuenta con la aprobación de la Silla Apostólica.2 Y así, provistos de ejemplares de este precioso documento y habiendo obtenido de San Francisco la facultad de recibir nuevos candidatos a la Orden, los jefes de misión, llamados desde entonces «ministros provinciales», se pusieron en camino al frente de sus respectivos grupos de hermanos. Esta vez no se envió ninguna nueva misión a Alemania, por lo mucho que aún amedrentaba a los frailes el recuerdo de las cárceles y picotas de los teutones. Los hermanos Gil y Electo fueron enviados a Túnez, el hermano Benito de Arezzo a Grecia, Fray Pacífico tornó a Francia, y un pequeño grupo, cuidadosamente elegido, recibió el encargo de realizar el antiguo proyecto de San Francisco, ir a tratar de convertir al Miramamolín de Marruecos.
La misión de Túnez se malogró casi de inmediato a causa de los cristianos mismos de aquella región, quienes, temiendo que la presencia de los misioneros les acarreara dificultades con los musulmanes, tomaron por la fuerza a Gil y a sus compañeros, los metieron en un bajel y los despacharon para Italia. Sólo el hermano Electo, que se había separado del resto de la expedición, quedó en Túnez, donde poco después padeció el martirio, recibiendo la muerte de rodillas, las manos juntas y entre ellas la Regla de su Orden, y confesando públicamente todas las faltas que hubiese podido cometer durante su vida religiosa (EP 77; 2 Cel 208).
Con muestras de particular afecto y ternura abrazó Francisco a los misioneros de Marruecos, que fueron Vidal, Berardo, Pedro, Adyuto, Acursio y Otón. Al despedirlos, dice una antigua relación que les habló de esta manera:
-- «Hijitos míos: Dios me ha mandado que os envíe a tierra de sarracenos a predicar y confesar su fe, y a combatir la ley de Mahoma. También yo iré a tierra de infieles en otra dirección y enviaré a otros hermanos hacia las cuatro partes del mundo. Preparaos, hijos, a cumplir la voluntad del Señor.
Los seis inclinaron reverentes la cabeza y respondieron:
-- Estamos dispuestos a obedecerte en todo.
A Francisco le invadió el júbilo, al comprobar una sumisión tan pronta, y, con el tono más dulce de su voz, les añadió:
-- Hijos muy amados, para que podáis mejor cumplir la orden de Dios, cuidad de permanecer siempre unidos en santa e indestructible paz y caridad fraterna; guardaos de la envidia, que es la madre del pecado original; sed pacientes en los casos adversos y humildes en los prósperos; imitad a Cristo en la pobreza, obediencia y castidad. Porque nuestro Señor Jesucristo nació pobre, vivió pobre, enseñó pobreza y en pobreza murió. Para demostrar cuánto amaba la castidad, quiso nacer de una madre virgen, vivió en estado virginal, murió rodeado de vírgenes y en todo enseñó y recomendó la santa virginidad. Obediente lo fue desde su nacimiento hasta su muerte de cruz. Esperad sólo en Dios, que es quien os guía y socorre. Llevad siempre con vosotros la Regla y el breviario y no dejéis nunca de rezar el oficio del día. Obedeced en todo al hermano Vidal, como a vuestro hermano mayor. Hijos míos: me gozo en vuestra buena voluntad, y el amor que os tengo me hace amarga la separación. Pero hemos de preferir el mandato de Dios a nuestra voluntad propia. Os suplico que tengáis siempre ante los ojos la Pasión del Señor, y ella os fortalecerá y animará a sufrir vigorosamente por Él.
Contestaron los hermanos:
-- Padre, envíanos a donde quieras que estamos prontos a ejecutar tu voluntad; pero ayúdanos tú con tus oraciones a cumplir tus mandatos, porque somos aún jóvenes y nunca hemos salido de nuestra patria. Ese pueblo adonde vamos nos es desconocido, y es enemigo jurado del hombre cristiano, y nosotros somos ignorantes y no sabemos su lengua. Cuando nos vean tan pobremente vestidos, ceñidos de tosca cuerda, nos despreciarán como a insensatos, se burlarán de nosotros y rehusarán escucharnos; por eso, ya ves cuánta necesidad tenemos de tus oraciones. ¡Oh padre bondadoso!, ¿es preciso que nos separemos de ti? ¿Y cómo podremos, sin ti, cumplir la voluntad de Dios?
Estas palabras de los misioneros conmovieron profundamente el corazón de Francisco, que les dijo con gran vehemencia:
-- Poneos en las manos de Dios, hijos míos; Él, que os envía, os dará fuerzas y será vuestra ayuda en tiempo oportuno.
Entonces los seis cayeron de rodillas, besando las manos y pidiendo la bendición de su padre. Francisco clavó en el cielo los ojos arrasados en lágrimas y los bendijo, exclamando:
-- Que la bendición del Eterno Padre descienda a vosotros, como descendió a los Apóstoles. Que Dios os fortalezca, guíe y consuele en las pruebas y tribulaciones. No temáis, que yo os prometo que el Señor siempre estará y combatirá con vosotros».3
Esta relación puede ser más o menos histórica en los detalles; pero en el conjunto es perfectamente verdadera, y nos da una idea tierna por extremo de las relaciones del Santo con sus hermanos.
Marcháronse los misioneros sin llevar, conforme al Evangelio, ni bastón, ni alforjas, ni calzados, ni oro, ni plata en el cinto. Pasaron por los reinos de Aragón, donde cayó enfermo Vidal y tuvieron que dejarle, Castilla y Portugal. A esta última región habían venido ya otros hermanos dos años antes, y la piadosa hermana del rey Alfonso II, doña Sancha, los había recibido muy afectuosamente, dándoles la capilla de Alenquer y una casa habitación. Poco después, la reina doña Urraca les dio también a los franciscanos un convento cerca de Coimbra.
De Portugal los cinco misioneros se encaminaron a Sevilla, sometida entonces a la dominación mahometana, y en llegando, se pusieron a predicar en la mezquita principal de la ciudad. Al punto los infieles los aprehendieron y llevaron ante las autoridades, las cuales resolvieron remitirlos al Miramamolín para que éste decidiera el tratamiento que había que darles.
Este Miramamolín, que tenía en Marruecos su residencia, era Abu-Jacoub. Después de la derrota sufrida en las Navas de Tolosa en 1212 por su padre Mohamed-el-Nazir, y perdida toda esperanza de batir a los cristianos, había resuelto halagarlos, poniendo a uno de ellos a la cabeza de su ejército, que fue el infante don Pedro de Portugal, quien, por agravios con su hermano el rey, se había ido a servir a los mahometanos. Abu-Jacoub parece haber sido un príncipe de índole mansa, cuando su mayor placer consistía en hacer de pastor, apacentando en persona sus propias ovejas. Por eso, cuando le fueron presentados los cinco prisioneros franciscanos, su primer pensamiento fue darles libertad; pero, no pudiendo hacerlo de manera oficial, hubo de limitarse a perdonarles la cárcel, entregándolos en manos del infante don Pedro, su correligionario.
Pero los frailes se aprovecharon de la libertad para comenzar de nuevo sus predicaciones por calles y plazas, pues en el camino habían logrado aprender un poco de árabe, especialmente Berardo, que era el jefe de la expedición desde la enfermedad de Vidal. Cierto día tornaba el Miramamolín de una peregrinación a la tumba de sus padres y acertó a pasar por el sitio donde Berardo estaba predicando las verdades cristianas montado sobre una carreta. Al momento ordenó que los cinco hermanos fuesen llevados a tierra de cristianos, pero sin infligirles castigo alguno. El encargado de cumplir esta orden fue don Pedro, quien embarcó a los misioneros para Ceuta, recomendándoles que de allí se fueran a Italia; mas ellos, en vez de resignarse a semejante vuelta, apenas se vieron libres, volvieron a Marruecos y se pusieron otra vez a predicar. Entonces el Miramamolín los redujo a prisión, de la que pronto los mandó sacar y conducir de nuevo a Ceuta. Escapados de allá por segunda vez y vueltos a Marruecos, se apoderó de ellos el infante don Pedro y los hizo llevar al interior del país bajo custodia, porque tanto él como los demás cristianos que moraban en la capital temían que la conducta de los hermanos fuese a suscitar alguna persecución contra ellos por parte de los musulmanes. Una vez de vuelta, encargó don Pedro a sus hombres que velasen sobre los misioneros y no les permitiesen hacer ninguna demostración demasiado pública.
Pero un viernes, que es para los mahometanos el equivalente de lo que es el domingo para nosotros, lograron evadir la vigilancia de sus guardias y empezaron a predicar en una plaza por donde sabían que tenía que pasar el Miramamolín. Esta vez la medida se colmó y no hubo manera de salvar a los intrépidos predicadores: fueron sometidos primero a horrendas torturas, una de las cuales fue hacerlos rodar toda una noche sobre una cama de pedazos de vidrio, después a un interrogatorio, en que dieron respuestas idénticas a las que daban los primitivos mártires en presencia de los jueces romanos, con las cuales lograron por fin concitar la rabia de Abu-Jacoub, que se arrojó ciego sobre ellos y los decapitó a todos con su propia cimitarra. Don Pedro hizo que los cuerpos de los gloriosos mártires fuesen recogidos y llevados a Coimbra, donde la reina doña Urraca salió a recibirlos seguida de inmensa multitud, que acompañó las santas reliquias hasta la iglesia de la Santa Cruz, donde fueron solemnemente depositadas (AF III, 583ss). [En aquellos momentos era monje agustino del monasterio de Santa Cruz de Coimbra el que luego sería conocido como Antonio de Padua, quien ya conoció a los misioneros franciscanos cuando pasaron por Coimbra camino de Marruecos. En la vocación franciscana de San Antonio tuvo gran importancia el ejemplo de nuestros frailes].
La relación de la muerte de los cinco mártires, acaecida el 16 de enero de 1220, fue leída en el Capítulo de Pentecostés del año siguiente, y cuéntase que Francisco exclamó terminada la lectura: «¡Ahora puedo decir que tengo cinco verdaderos frailes menores!» (AF III, p. 21). Palabras que nada tienen de inverosímil, dada la veneración en que Francisco tuvo siempre la corona del martirio, como recuerda Celano: «Consideraba máxima obediencia, y en la que nada tendrían la carne y la sangre, aquella en la que por divina inspiración se va entre los infieles, sea para ganar al prójimo, sea por deseo de martirio. Estimaba muy acepto a Dios pedir esta obediencia» (2 Cel 152). Otros, por el contrario, refieren que el Santo no permitió que la lectura de la relación se terminara, diciendo: «Cada uno gloríese de su propio martirio, y no del ajeno». Porque todos los frailes estaban orgullosos de tener ya cinco hermanos mártires, y Jordán de Giano refiere que él era uno de los que se gloriaban de las pruebas sufridas por otros (Crónica n. 8). En cualquier caso, de lo que no cabe duda es de que Francisco enseña en una de sus Admoniciones: «Es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras, y nosotros, recitándolas, queremos recibir gloria y honor» (Adm 6).
Además, es cierto que por este mismo tiempo se preparó Francisco para ir a conquistar por sí mismo la palma del martirio. Ya en 1218 había enviado a Tierra Santa una misión a cargo de Fray Elías, quien había admitido allí en la Orden al primer alemán, Cesáreo de Espira, gran sabio e infatigable viajador. En el verano de 1219, el ejército de los cruzados cristianos había intentado, por iniciativa de Honorio III, un ataque contra Egipto, y Francisco resolvió agregarse a esta guerra santa, pero de una manera muy otra. Después de encargar a Fray Mateo de Narni que fuera su vicario en la Porciúncula, para permanecer allí y para vestir el hábito de la Orden a los nuevos hermanos, y después de confiar a Fray Gregorio de Nápoles la tarea de suplirle en la dirección de la Orden en el resto de Italia, el Santo se puso en camino hacia Egipto y Palestina en compañía de su antiguo amigo Fray Pedro Cattani.
Capítulo VII
LA CRUZADA DE SAN FRANCISCO
«Los hermanos que van entre sarracenos y otros infieles -dice Francisco en su Regla no bulada-, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de dos modos. Un modo consiste en que no entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios, y confiesen que son cristianos. El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos, porque el que no vuelva a nacer del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios... Y todos los hermanos, dondequiera que estén, recuerden que ellos se dieron y que cedieron sus cuerpos al Señor Jesucristo. Y por su amor deben exponerse a los enemigos, tanto visibles como invisibles; porque dice el Señor: El que pierda su alma por mi causa, la salvará para la vida eterna» (1 R 16).
Animados sin duda de tales sentimientos, Francisco y su compañero Pedro Cattani dejaron, el día de San Juan Bautista de 1219 (24-VI), el puerto de Ancona embarcándose en la flota de los cruzados. La travesía hasta Tierra Santa duraba entonces un mes entero, de modo que nuestros misioneros llegaron a fines de julio a San Juan de Acre, donde fueron recibidos por Fray Elías. Tal vez Francisco llevó entonces consigo otros hermanos más, como parece indicarlo un relato sobre Fray Bárbaro, cuya acción se sitúa en Chipre (2 Cel 155). O bien se le juntaron en San Juan de Acre los hermanos que ya estaban en Palestina con Fray Elías. Lo cierto es que Francisco se encaminó de allí, con una partida de hermanos, al campamento de los cruzados, que habían puesto sitio a la ciudad egipcia de Damieta.
Dicho sitio duraba ya desde mayo de 1218, y no llevaba trazas de concluir, no obstante que cada día se empeñaban nuevos combates. Algunos días antes de la llegada de Francisco había habido una gran batalla en la que habían muerto más de dos mil sarracenos (20 de julio). El día 31 del propio mes los cruzados intentaron un ataque general a Damieta, pero fueron rechazados por los musulmanes dirigidos por dos expertos y valientes jefes, el sultán de Egipto Mélek-el-Kamel y su hermano el sultán de Damasco, Mélek-el-Moadden, llamado Conradino por los cristianos.
Mientras Francisco aguardaba el tiempo de poder continuar su misión entre los paganos, tuvo bastante que hacer en el campo de los cruzados, cuyo ejército se hallaba en el estado más deplorable desde el punto de vista moral. Sin embargo, después de la nueva gran derrota que sufrieron el 19 de agosto, en la que quedaron en el campo de batalla unos cinco mil cristianos, los corazones de los supervivientes se hallaron mejor dispuestos para escuchar las palabras de conversión que les predicaba el Santo. Sobre los resultados de esta predicación, véase cómo se expresa Jacobo de Vitry en carta fechada en Damieta en 1219 ó 1220 y dirigida a sus amigos de Francia:
«El señor Rainero, prior de San Miguel (iglesia de San Juan de Acre), ha ingresado en la Religión de los hermanos menores. Esta Religión se está multiplicando mucho por todo el mundo, porque busca expresamente imitar la forma de la primitiva Iglesia y llevar en todo la vida de los apóstoles... En esta misma Orden ha ingresado también Colino, el inglés, clérigo nuestro, y además otros dos de nuestros compañeros: el maestro Miguel y el señor Mateo, al que había encomendado la iglesia de Santa Cruz (en San Juan de Acre); y me veo en aprietos para retener junto a mí al chantre Juan de Cambrai, a Enrique y a otros más».
Pero el objeto del viaje de Francisco era sobre todo procurarse la ocasión de realizar su viejo sueño: predicar la palabra divina a los infieles. Después de la mencionada derrota, que Francisco había anunciado a los cruzados intentando disuadirles de la batalla (2 Cel 30), entraron ambas partes beligerantes en los preliminares para ajustar la paz, y tal vez Francisco se valió de este pretexto para presentarse a Mélek-el-Kamel juntamente con otro hermano que, según San Buenaventura, fue Fray Iluminado. Al llegar a las avanzadas de los sarracenos, fueron ambos aprehendidos y tratados duramente; pero Francisco se puso a clamar: «¡Sultán! ¡Sultán!», con lo que, por fin, obtuvo ser llevado a la presencia del jefe de los Creyentes. Éste parece que no se enojó por su predicación, sino que se limitó a despedir con benignidad al intrépido evangelista, encomendándose a sus oraciones. Jacobo de Vitry relata así los acontecimientos en su Historia Oriental: «Hemos sido testigos de cómo el primer fundador y maestro de esta Orden, al que todos obedecen como a su principal prior, varón sencillo e iletrado, amado de Dios y de los hombres, llamado hermano Francisco, se hallaba tan penetrado de embriagueces y fervores de espíritu, que, cuando vino al ejército de los cristianos, que se hallaba ante los muros de Damieta, en Egipto, se dirigió intrépidamente a los campamentos del sultán de Egipto, defendido únicamente con el escudo de la fe. Cuando le arrestaron los sarracenos en el camino, les dijo: "Soy cristiano; llevadme a vuestro señor". Y, una vez puesto en presencia del sultán, al verlo aquella bestia cruel, se volvió todo mansedumbre ante el varón de Dios, y durante varios días él y los suyos le escucharon con mucha atención la predicación de la fe de Cristo. Pero, finalmente, el sultán, temeroso de que algunos de su ejército se convirtiesen al Señor por la eficacia de las palabras del santo varón y se pasasen al ejército de los cristianos, mandó que lo devolviesen a nuestros campamentos con muestras de honor y garantías de seguridad, y al despedirse le dijo: "Ruega por mí, para que Dios se digne revelarme la ley y la fe que más le agrada"». Según las Florecillas, el Sultán «concedió a Francisco y a sus compañeros que pudiesen predicar libremente donde quisieran. Y les dio una contraseña a fin de que no fuesen molestados de nadie».4
No sabemos cuánto tiempo permaneció Francisco en el campamento de los cruzados. El 5 de noviembre Damieta cayó en poder de éstos, que la entraron a saco de un modo tan desenfrenado y feroz, que no pudo menos que horrorizar al compasivo y dulce misionero. Bien podemos imaginar que, ante tales escenas, Francisco se sintió obligado a sacudir el polvo de sus sandalias y, dejando la compañía de aquellas bestias salvajes, marcharse a Tierra Santa, que estaba allí vecina y hacia la cual se sentía irresistiblemente arrastrado. Nada impide suponer que celebró la Natividad de 1219 en Belén, la Anunciación de 1220 en Nazaret, la Semana Santa y la Resurrección en el huerto de Getsemaní y en el Calvario. Sus biógrafos, a la verdad, guardan alto silencio sobre este período de su vida; pero al verle organizar y celebrar tan a lo vivo la fiesta de Navidad en Greccio, no podemos menos de pensar que reproducía alguna otra celebración que había antes presenciado en Belén; y el gran milagro de la impresión de las llagas en el monte Alverna, ¿no podemos, acaso, considerarlo como una simple manifestación externa de íntimos sentimientos experimentados cuatro años antes, el viernes santo, en el sitio mismo de la crucifixión del Salvador?
Durante esta peregrinación Francisco recibió de Italia desconsoladoras noticias que le llevó un hermano lego llamado Esteban, quien, sin que nadie se lo mandara, partió para Tierra Santa a comunicar a Francisco lo que pasaba en su patria durante su ausencia. Y la verdad es que las noticias que llevaba eran por demás inquietantes y bastantes, por sí solas, a demostrar una vez más a Francisco lo difícil que era gobernar una comunidad tan numerosa, en la que, como observa con razón Jacobo de Vitry en su carta de 1219-1220, «se enviaban a través del mundo de dos en dos, no solamente a los religiosos ya formados, sino también a los jóvenes todavía imperfectamente formados, quienes más bien debieran ser probados y sometidos durante algún tiempo a la disciplina conventual».
En primer lugar, los dos vicarios de Francisco, Gregorio de Nápoles y Mateo de Narni, habían aprobado y decretado, probablemente en el Capítulo de San Miguel de 1219, con el apoyo de otros frailes más antiguos (fratres seniores), un nuevo reglamento sobre los ayunos, que hacía significativamente más estrictas las prescripciones de la regla primitiva sobre este punto. La regla no ordenaba más ayunos, fuera de los prescriptos para la Iglesia universal, que el del miércoles y viernes, pudiendo, sin embargo, los frailes, si lo deseaban, añadir el del lunes y sábado, con tal que Francisco se lo permitiera (Jordán de Giano, Crónica n. 11). Además, Fray Felipe, en su calidad de visitador de clarisas, había ido a Roma a recabar un decreto de excomunión contra todos aquellos que osasen molestar a sus protegidas. Por último, Juan de Capella, seguido de un grupo de disidentes, había intentado separarse de la Orden y fundar otra nueva con nueva regla, cuya aprobación había ya solicitado de la Sede Apostólica.
Francisco se hallaba sentado a la mesa con Pedro Cattani cuando llegó Esteban con las malas noticias, y precisamente se preparaban a comer carne, y era uno de los días en que, según disposición de sus vicarios, los frailes no podían comer tal vianda. Entonces, echando una mirada al plato que tenía delante, dijo a su compañero:
-- «¿Señor Pedro, qué hacemos?
Y él respondió:
-- ¡Ah, señor Francisco!, lo que os parezca, ya que vos tenéis la autoridad.
Por fin, concluyó el bienaventurado Francisco:
-- Comamos, pues, como dice el Evangelio, la comida que nos han preparado».
Jordán de Giano, en su Crónica, narra estas escenas con más detalles[6].
Las nuevas disposiciones sobre el ayuno desagradaban a Francisco, no sólo por contrarias al espíritu evangélico y duras de observar en una Orden de predicadores errantes, sino porque, para hacerlas valederas, habían recurrido dos de sus discípulos a la Silla Apostólica en demanda de privilegios, y era, acaso, lo que más hondamente le disgustaba; más tarde estableció en su Testamento: «Mando firmemente por obediencia a todos los hermanos que, dondequiera que estén, no se atrevan a pedir documento alguno en la Curia romana, ni por sí mismos ni por interpuesta persona». Por otra parte, Francisco, que obligaba a sus frailes a evacuar los conventos que habitaban tan pronto como alguien les disputara la posesión de ellos: «Guárdense los hermanos -había escrito en la Regla primera-, dondequiera que estén, en eremitorios o en otros lugares, de apropiarse ningún lugar ni de defenderlo contra nadie» (1 R 7), se veía ahora en trance de tener que admitir que las clarisas estuvieran protegidas con bulas de excomunión contra quienes las molestaran. A Francisco debió de disgustarle también la noticia de que un fraile suyo, Fray Felipe, había sido constituido visitador de las clarisas. Es cierto que antes el mismo Francisco se había encargado de velar sobre las hermanas de San Damián; pero esto era un caso excepcional. Para visitador de los nuevos conventos de clarisas, Francisco había pedido a Hugolino que se eligiera al monje cisterciense llamado Ambrosio. Éste falleció durante la ausencia de Francisco, y Fray Felipe lo sustituyó a instancias del mismo Cardenal. Por ello el fraile recibió del Santo una severa reprimenda. Y más severo castigo se llevó un cierto Fray Esteban que, con licencia de Felipe, había entrado en un monasterio de clarisas (cf. 2 Cel 206). Después de la muerte de S Francisco, Gregorio IX volvió a entregar el gobierno de las clarisas al general de los franciscanos, e Inocencio IV introdujo esta disposición en la Regla de Hugolino cuando la confirmó en 1247. La Regla propia de Santa Clara, de 1253, establece en su cap. XII: «Nuestro visitador sea siempre de la Orden de los Hermanos Menores según la voluntad y el mandato de nuestro cardenal», extendiendo así a todas las clarisas la práctica exclusiva de San Damián.
Pero volvamos a nuestra historia. Enterado, pues, por Fray Esteban, de todos estos abusos, resolvió Francisco poner pronto y eficaz remedio, y, en consecuencia, emprendió la vuelta a Italia sin pérdida de tiempo, acompañado de Pedro Cattani, Elías de Cortona, Cesáreo de Espira y algunos otros hermanos.
Capítulo VIII
LOS PRIMEROS DISGUSTOS
CAPÍTULO DE LAS ESTERAS
Francisco llegó a Italia probablemente a fines del verano, y al momento se fue a ver con el Cardenal Hugolino, a cuya mediación se había debido el que la Santa Sede desoyese las peticiones de Felipe y Juan Capella. Acto seguido convocó Capítulo general en la Porciúncula para la fiesta de Pentecostés de 1221.
Ya no le cabía a Francisco la menor duda sobre la necesidad de reorganizar a fundamentis la Orden entera, y no hace falta advertir que en esta reorganización tenía que tomar parte muy principal Hugolino, como de hecho la tomó, y lo consigna expresamente Bernardo de Bessa cuando escribe: «En la composición de las reglas de la Orden, el Papa Gregorio, unido a Francisco por vínculos de íntima amistad, suplía con gran celo y solicitud lo que, en punto a ciencia de legislación, faltaba al Santo» (AF III, p. 686). «Nos hemos asistido a Francisco en la composición de dicha regla», diría textualmente después Hugolino, siendo ya Papa, en la bula Quo elongati de 28 de septiembre de 1230.
La primera piedra, o más bien dicho, la piedra fundamental de esta reconstrucción fue, sin duda, la bula de Honorio III de 22 de septiembre de 1220, la cual prescribe que todo el que desee ingresar en la Orden de los frailes menores debe pasar primero un año entero de probación (Sbar. I, 6). La bula está dirigida a los priores o custodios de los hermanos menores, y es la primera vez que la palabra franciscana custodio figura en un documento oficial. Semejante medida cerraba las puertas a todos aquellos espíritus frívolos y ligeros que Francisco acostumbraba llamar «frailes moscas» (2 Cel 75), como también a todos los vagabundos, clase entonces muy numerosa, que no aspiraban más que a comer y dormir bien, y que, enemigos de la oración y del trabajo, apenas pasaban corto espacio en compañía de los frailes, se iban a otra parte con su apetito y su pereza. Además, ninguna persona ya recibida en la Orden tenía derecho para salirse sin formal autorización; y agregaba la bula que se iban a tomar medidas de severo castigo contra las numerosas personas que, vestidas de hábito franciscano, vivían a su antojo, sin relación alguna verdadera con la Orden (extra obedientiam)[7]. Porque la libertad otorgada en un principio a Gil y a Rufino, no era ya posible concederla a los nuevos frailes, siendo éstos tan numerosos. Se han conservado unas palabras de Francisco que manifiestan la tremenda inquietud que le causaba la vista de aquel inmenso rebaño de que él era pastor: «Jefe de un ejército tan numeroso y tan vario, pastor de un rebaño tan amplio y extendido...» (EP). Amén de eso, la estancia en Oriente le había ocasionado una grave enfermedad de la vista. Todos estos motivos le indujeron a tomar, el año siguiente al de su llegada, una determinación de capital importancia: en el Capítulo de San Miguel de 1220 dimitió del cargo de jefe y director de la Orden, nombrando en su lugar a Pedro Cattani, y luego, por muerte de éste (10 de marzo de 1221), a su otro confidente Fray Elías Bombarone[8].
Pensaba evidentemente que tal dimisión le permitiría dedicarse con más libertad a la tarea de reorganización que se había impuesto. Porque, en verdad, si bien era cierto que ya no sería más el director de la Orden, no por eso dejaba de ser su legislador y, a los ojos de la Curia romana, también su verdadero jefe, como lo prueba el hecho de que la Regla aprobada por Roma en 1223 diga en su capítulo primero: «El hermano Francisco [y no el hermano Elías] promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia Romana. Y los otros hermanos estén obligados a obedecer al hermano Francisco y a sus sucesores».
En compañía del sabio hermano Cesáreo de Espira, que parece haberse ganado su confianza con la colaboración que le prestó en Oriente, puso Francisco manos a la obra que, en su concepto, era de capital importancia, es a saber, reemplazar la breve y sencilla Regla de Rivotorto aprobada por Inocencio III, por otra regla nueva y más detallada, que en seguida tendría que someterse a la aprobación solemne y definitivamente la Curia romana. La colaboración de Francisco y Cesáreo la menciona Jordán de Giano en su Crónica.
Pero antes de dar comienzo a este trabajo, Francisco tuvo el gozo de ver reunidos en torno suyo a sus frailes en número más crecido que nunca. Durante su ausencia se habían esparcido acerca de él en Italia los rumores más siniestros: unos decían que había sido tomado preso por los musulmanes; otros, que había muerto ahogado; otros, que padecido martirio. Pero tan pronto como se supo que vivía y que estaba en Italia y de vuelta, corría todo el mundo hacia él, sacerdotes y legos, frailes antiguos y novicios recién entrados; todos ansiosos de ver al maestro, de oírle, de recibir su bendición. Deseos que se cumplieron en el Capítulo celebrado en la Porciúncula y en la fiesta de Pentecostés de 1221. Este Capítulo se conoce en la historia de la Orden con el nombre de Capítulo de las Esteras, a causa de que, no habiendo cabido los tres mil (o tal vez cinco mil) frailes que a él asistieron en la casa que la ciudad de Asís les había preparado cerca de la Porciúncula, se vieron forzados a alojarse esparcidos por la campiña que rodea la ciudad, en casuchas improvisadas de ramaje o de paja tejida (stuoie, esteras), o bien al aire libre, sin más techo que la bóveda del cielo. Pentecostés cayó aquel año el 30 de mayo, de modo que a los capitulares les fue muy fácil el alojamiento al aire libre.
Hugolino estaba a la sazón ocupado en el desempeño de una nueva legación en la Alta Italia, donde el Papa le había encargado de predicar una cruzada. En los días del Capítulo se encontraba en Brescia y no pudo, por consiguiente, asistir a él, pero envió en representación suya a otro Cardenal, Rainerio Cappoccio de Viterbo, con otros varios altos dignatarios eclesiásticos. Un obispo cantó la misa solemne de Pentecostés, con su maravillosa secuencia: Veni, Creator Spiritus. Francisco leyó el evangelio y otro fraile la epístola. Después de la misa el Santo predicó, dirigiéndose primero a sus hermanos, sobre estas palabras: «Bendito el Señor, mi Dios, que prepara mis manos para la lucha» (Sal 18,35). Y en seguida se dirigió a todo el pueblo. Las Florecillas nos relatan así el suceso: «San Francisco, a impulsos del ardor del espíritu, expuso la palabra de Dios y les predicó en alta voz lo que el Espíritu Santo le hacía decir. Escogió por tema de la plática estas palabras: "Hijos míos, grandes cosas hemos prometido, pero mucho mayores son las que Dios nos ha prometido a nosotros; mantengamos lo que nosotros hemos prometido y esperemos con certeza lo que nos ha sido prometido. Breve es el deleite del mundo, pero la pena que le sigue después es perpetua. Pequeño es el padecer de esta vida, pero la gloria de la otra vida es infinita". Y, glosando devotísimamente estas palabras, alentaba y animaba a los hermanos a la obediencia y reverencia de la santa madre Iglesia, a la caridad fraterna, a orar por todo el pueblo de Dios, a tener paciencia en las contrariedades y templanza en la prosperidad, a mantener pureza y castidad angélicas, a permanecer en paz y concordia con Dios, y con los hombres, y con la propia conciencia; a amar y a observar la santísima pobreza. Y al llegar aquí dijo: "Os mando, por el mérito de la santa obediencia, a todos vosotros aquí reunidos, que ninguno de vosotros se preocupe ni ande afanoso sobre lo que ha de comer o beber, ni de cosa alguna necesaria al cuerpo, sino atended solamente a orar y alabar a Dios; y dejadle a Él el cuidado de vuestro cuerpo, ya que Él cuida de vosotros de manera especial"» (Flor 18).
Fue aquello para Francisco una verdadera fiesta de encuentro no sólo con sus frailes, sino con el pueblo cristiano. Terminado el Capítulo, que duró ocho días, los frailes fueron obligados a demorar otros dos en la Porciúncula a fin de consumir las provisiones con que se les había obsequiado.
Jordán de Giano, que estuvo presente, recuerda en su Crónica estos hechos: «Cuando estaba a punto de terminar el Capítulo, le vino a la memoria al bienaventurado Francisco que la Orden no había conseguido todavía implantarse en Alemania; encontrándose entonces Francisco delicado de salud, todo lo que tenía que comunicar al Capítulo lo decía por medio de fray Elías. El bienaventurado Francisco, sentado a los pies de éste, tiró de su hábito, quien, inclinándose hasta él y escuchando lo que quería, se irguió y dijo: "Hermanos, el Hermano -entendiendo por tal al bienaventurado Francisco, que entre ellos era llamado el hermano por excelencia- dice que existe un país, Alemania, donde viven hombres cristianos y devotos; como bien sabéis, éstos pasan muchas veces por nuestra tierra con sus largos bastones y grandes botas, cantando alabanzas a Dios y a sus santos, y aguantando, sudorosos, los ardientes rayos del sol, y visitan los sepulcros de los santos. Pero como los hermanos que fueron antes entre ellos volvieron maltratados, el Hermano no obliga a nadie a que vaya. Pero si algunos, inspirados por el celo de Dios y de las almas, quieren ir, les dará la misma obediencia, o mandato, e incluso más amplia que la que daría a cuantos van a ultramar. Y si hay algunos que tienen intención de ir, que se levanten y se pongan en un grupo aparte". Inflamados por el deseo, se levantaron cerca de 90 hermanos, dispuestos a ofrecerse a la muerte» (Crónica, 17).
A la cabeza de esta misión Francisco puso, como era natural, al hermano alemán Cesáreo de Espira, dándole por compañeros, entre otros, a Fray Juan de Pian Carpino, que sabía predicar en latín y en lombardo, a Fray Bernabé, que conocía a la vez el lombardo y el alemán, a su futuro biógrafo Tomás de Celano, y a Jordán de Giano, que en su Crónica cuenta, de manera harto divertida, cómo él se encontró enrolado en esta misión, que era como ir a enfrentarse a la muerte, en castigo de su vanagloria por conocer a quienes iban a ser importantes por su martirio. A Fray Cesáreo se le concedió la facultad de escogerse de entre los 90 a los que quisiese. En total la misión comprendió doce sacerdotes y trece hermanos laicos. Fácil es imaginar la tierna solicitud con que Francisco bendijo, tanto cuanto podía, a los misioneros y a todos aquellos que su predicación iba a ganar para la Orden. Hay que recordar que los escritos de Francisco abundan en expresiones de exquisita ternura, que el Santo solía usar para con sus hermanos.
Los nuevos misioneros esperaron el verano para partir, y no tardaron en convencerse de que no les aguardaba ningún género de martirio. Tal vez no haya en toda la historia del movimiento franciscano páginas más encantadoras que las de Jordán de Giano cuando en su Crónica nos refiere su viaje y el de sus compañeros desde Trento a Bolzano, de Bolzano a Brixen, de Brixen a Stertzing, de Stertzing a Mittenwald. A esta última ciudad llegaron entrada ya la noche; desde la mañana hasta esa hora habían caminado siete millas sin comer nada, y para no dormir con el estómago completamente vacío, resolvieron llenarlo con agua, pues pasaba por allí un arroyo; al día siguiente continuaron su viaje; pero a las pocas horas varios de ellos se sintieron tan débiles y extenuados que no podían dar un paso más; afortunadamente, hallaron luego unas manzanas silvestres, que comieron; y como era el tiempo de la cosecha del nabo, lograron alimentarse mendigando esta legumbre.
En general, los misioneros obtuvieron excelente acogida, y pronto se les vio establecerse en Estrasburgo, Espira, Worms, Maguncia, Colonia, Wurtzburgo, Ratisbona y Salzburgo. Conformándose con la antigua costumbre franciscana, se alojaban donde les tocaba, ya con los leprosos, ya en alguna covacha o iglesia abandonada. En Erfurt unos burgueses le preguntaron a Jordán, que acababa de llegar allí con otros compañeros, si querían que se les edificase un convento en forma de claustro; a lo que él, que no había visto nunca conventos en su Orden, respondió: «No sé lo que es un claustro. Construidnos simplemente una casa cerca del río para que podamos bajar a lavarnos los pies»; y así se hizo. Característico es también lo que pasó con los frailes de Salzburgo, a quienes Cesáreo escribió invitándolos a concurrir a un Capítulo que se iba a celebrar en Espira, pero advirtiéndoles al mismo tiempo que, si no les parecía conveniente, no asistiesen; no queriendo ellos hacer cosa alguna por propia iniciativa, fueron a Espira a preguntar a Cesáreo por qué les había enviado una orden tan ambigua.
Pero volvamos a la Porciúncula. Disuelto el Capítulo de las Esteras y diseminados los frailes, unos por las provincias de Italia, otros por las misiones extranjeras, quedó uno a quien nadie conocía y de quien nadie parecía preocuparse. Había ido al Capítulo con los frailes de Mesina, quienes tampoco sabían de él más, sino que estaba recién entrado en la Orden, que se llamaba Antonio, que había nacido en Portugal y que, volviendo de Marruecos para su patria, había sido arrojado a Sicilia por la fuerza de una tempestad. El desconocido se acercó al superior de la provincia de Romaña, Fray Graciano, y le pidió que le permitiese ir en su compañía. Preguntóle Graciano si era sacerdote, y respondiéndole él que sí lo era, solicitó de Fray Elías el permiso necesario y se lo llevó consigo, porque los sacerdotes, en ese tiempo, eran todavía muy escasos en la Orden.
Antonio se fue, pues, con su nuevo superior a la Romaña, donde poco después se retiró al eremitorio de Monte Paolo, cerca de Forlí. Pasado cierto tiempo, interrumpió su vida solitaria de oraciones y penitencias para convertirse en el gran orador popular que la Iglesia tiene en sus altares con el nombre de San Antonio de Padua. Este fraile menor, acaso el más famoso de los discípulos de San Francisco en los tiempos modernos, había nacido en Lisboa en 1195. A los quince años de edad, ingresó en el convento de agustinos de San Vicente de Fora, en su ciudad natal, de donde pronto fue trasladado al célebre monasterio de Santa Cruz en la universitaria Coimbra. Estudió allí y recibió las órdenes sagradas. En 1220, probablemente a causa de lo que vio y oyó contar de los cinco mártires de Marruecos de que ya hemos hablado, se llenó de entusiasmo por la Orden franciscana. Se pasó a ella con licencia de sus superiores y fue recibido en el convento de San Antonio de Olivares de Coimbra. Partió para Marruecos, ansioso del martirio, martirio que no pudo alcanzar, pues Abu-Jacoub parece que había vuelto a recobrar su natural indiferencia. Antonio cayó enfermo. Quiso volver a su patria, pero en lugar de eso se encontró en Sicilia, de donde fue al Capítulo de Pentecostés de 1221. De su significación en la Orden trataremos más adelante.
Capítulo IX
LAS ADMONICIONES Y LAS REGLAS
Cesáreo de Espira no partió inmediatamente con sus compañeros para su misión de Alemania, porque Francisco lo retuvo consigo algún tiempo para que le ayudase en la redacción de la nueva regla. Cesáreo, por su parte, se quedó de buen grado por gozar un poco más de la compañía de su maestro, a quien temía no volver a ver en la tierra. Esta permanencia fue de unos tres meses, que Cesáreo pasó todavía en el valle de Espoleto, parte en la Porciúncula, parte en la soledad del convento de las Cárceles. Así lo afirma Jordán de Giano en dos pasajes de su Crónica: «Y viendo el bienaventurado Francisco que fray Cesáreo era docto en Sagrada Escritura, le confió el trabajo de adornar con palabras del Evangelio la Regla redactada por él con palabras sencillas. Y él lo hizo». También: «Después que hubo escogido a los hermanos para la misión de Alemania, fray Cesáreo, que era un hombre piadoso y abandonaba de mala gana al bienaventurado Francisco y a los otros santos hermanos, con la autorización del bienaventurado Francisco distribuyó a los compañeros asignados por las distintas casas de Lombardía para que esperasen allí sus instrucciones. Él mismo se entretuvo durante tres meses en el valle de Espoleto» (Crónica, 15 y 19). Estos pasajes no nos permiten aceptar la afirmación de Lempp y otros, según la cual Francisco habría leído en el Capítulo de Pentecostés de 1221 la redacción primitiva de su regla, tal como acababa de elaborarla con la ayuda de Cesáreo de Espira. Si las cosas hubieran ocurrido así, Jordán, sin duda, habría dejado constancia de ello; en cambio, es evidente que la colaboración entre Francisco y Cesáreo no comenzó hasta después del mencionado Capítulo.
La primera regla que Francisco había escrito en Rivotorto era muy breve y sencilla, según él mismo lo dice en su Testamento y lo confirman todos los biógrafos: «Y yo hice que se escribiera en pocas palabras y sencillamente, y el señor Papa me la confirmó». En su mayor parte esta regla primitiva se componía de pasajes sacados de la Biblia, principalmente del Evangelio de San Mateo (10,9-10; 19,21; 16,24) y de San Lucas (9,3). Por eso solía llamarla Francisco forma sancti Evangelii, «forma de vida evangélica». En suma, lo que él quería era indicar a los hermanos la mejor manera de «seguir el Evangelio».
No poseemos hoy esta primera regla franciscana, y todos los esfuerzos que se han hecho para reconstituirla, aunque sutiles y numerosos, han resultado fallidos. Sin embargo, hay que convenir en que todas esas tentativas han partido de un principio verdadero, es a saber, que eso que se designa con el nombre de Regula Prima, Regla de 1221 o Regla no bulada, nos presenta incontestablemente la regla primitiva de la Orden, desfigurada, eso sí, con una muchedumbre de adiciones, modificaciones y ampliaciones posteriores.
La descripción que hace Jacobo de Vitry de los Capítulos franciscanos, nos deja entrever el modo cómo se operó el desarrollo de la regla. Cuenta el prelado francés en una carta suya de 1216: «Los hombres de esta Religión, una vez al año, y por cierto para gran provecho suyo, se reúnen en un lugar determinado para alegrarse en el Señor y comer juntos, y con el consejo de santos varones redactan y promulgan algunas santas constituciones, que son confirmadas por el señor papa». Estos «santos varones» que asistían a los frailes son, sin duda alguna, los Cardenales protectores de la Orden, pues cuando Francisco hizo amistad con ellos, que fue en el verano de 1212, Jacobo de Vitry moraba en la corte pontificia. Por lo demás, la relación de éste concuerda perfectamente con lo que sabemos por otras fuentes, por ejemplo, la Leyenda de los Tres Compañeros que dice: «En Pentecostés se reunían todos los hermanos en Santa María y trataban de cómo observar con mayor perfección la Regla» (TC 57). El mismo Francisco, en su carta a un ministro, dice: «De todos los capítulos de la Regla que hablan de los pecados mortales, con la ayuda del Señor, en el capítulo de Pentecostés, con el consejo de los hermanos, haremos un capítulo de este tenor...» (CtaM); sigue en la carta lo que Francisco quería proponer al Capítulo y que es, en sustancia, lo que encontramos en el capítulo VII de la Regla aprobada por el Papa en 1223.
Como era natural, la autoridad de Francisco preponderaba en estas deliberaciones. «San Francisco -sigue diciendo la Leyenda de los Tres Compañeros- amonestaba, reprendía y daba órdenes» (TC 57), o como dicen más precisamente las palabras latinas: faciebat admonitiones, reprehensiones et praecepta. Y en efecto, entre los escritos de San Francisco hay toda una colección que lleva por título Admonitiones, «Admoniciones», entre las cuales se hallan las primeras adiciones a la regla primitiva, como lo indica la inscripción misma puesta al principio de la serie en muchos códices: «En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Éstas son las palabras de santa admonición de nuestro venerable padre san Francisco a todos los frailes».
Ahora bien, estas admoniciones contienen exactamente lo que refiere Tomás de Celano, después de hablar de la redacción de la regla: «Añadió, con todo, algunas pocas cosas más, absolutamente necesarias para poder vivir santamente» (1 Cel 32). Hélas aquí con indicación del título y resumen de su contenido:
Cap. I: Del cuerpo del Señor.- La primera cosa que Francisco deseaba enseñar a sus discípulos y grabarles en lo más hondo del corazón, era una gran veneración y un grande amor al Dios revelado a los ojos de la fe en la santa Hostia.
Cap. II: Del mal de la propia voluntad.- La propia voluntad fue la que produjo el pecado original.
Cap. III: De la perfecta obediencia.- El que no renuncia a todo, principiando por su propia voluntad, no puede ser discípulo de Jesús.
Cap. IV: Que nadie se apropie la prelacía.- Porque es cosa mucho más útil para la salud del hombre lavar los pies a los hermanos, que no mandar.
Cap. V: Que nadie se ensoberbezca, sino que se gloríe en la cruz del Señor.- Esta idea está largamente desarrollada en ocho célebres capítulos de las Florecillas.
Cap. VI: De la imitación del Señor.- «Consideremos todos los hermanos al buen pastor, que por salvar a sus ovejas sufrió la pasión de la cruz. Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la persecución, en la vergüenza y el hambre, en la enfermedad y la tentación, y en las demás cosas; y por esto recibieron del Señor la vida sempiterna. De donde es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros, recitándolas, queremos recibir gloria y honor».
Cap. VII: Que el buen obrar siga a la ciencia.- No hay ciencia verdadera y digna de ser investigada, sino aquella que conduce directamente a buenas acciones: sobre esta idea Francisco insistía de continuo.
Cap. VIII: Del pecado de envidia, que se ha de evitar.- Sobre todo no hay que envidiar el bien que Dios realiza en los demás.
Cap. IX: Del amor.- Solo ama a sus enemigos aquel que, cuando padece alguna injusticia, piensa ante todo y únicamente en el daño que el injusto se infiere a sí mismo al cometer la injusticia.
Cap. X: Del castigo del cuerpo.- Hay un enemigo al que no estamos en absoluto obligados a amar, y es nuestro cuerpo. Si le combatimos enérgicamente y sin tregua, ningún otro enemigo, visible o invisible, nos podrá dañar en lo más mínimo.
Cap. XI: Que nadie se altere por el pecado de otro.- De cualquier modo que una persona peque, si por esto el siervo de Dios se turba y se encoleriza, y no por caridad, atesora para sí una culpa, carga sobre sí el daño del pecado ajeno.
Cap. XII: De cómo conocer el espíritu del Señor.- Cuanto mejor se vuelve uno, tanto peor se considera a sí mismo.
Cap. XIII: De la paciencia.- Los puntos de paciencia que uno calza se conocen cuando llega la ocasión de impacientarse.
Cap. XIV: De la pobreza de espíritu.- La pobreza de espíritu prescrita en el Evangelio no consiste en grandes ayunos y mortificaciones, sino en que, cuando uno reciba una bofetada en la mejilla derecha, ofrezca también la izquierda.
Cap. XV: De la paz.- Bienaventurados los pacíficos.
Cap. XVI: De la limpieza del corazón.- Limpios de corazón son los que desprecian las cosas terrenas, buscan las del cielo y tienen siempre a Dios ante los ojos.
Cap. XVII: Del humilde siervo de Dios.- El siervo de Dios no se exalta más del bien que el Señor dice y obra por medio de él, que del que dice y obra por medio de otro, y no exige de su prójimo más de lo que él mismo está dispuesto a dar al Señor.
Cap. XVIII: De la compasión del prójimo.- Bienaventurado el hombre que soporta con tanta indulgencia y compasión las fragilidades de su prójimo como querría que los demás soportaran las suyas.
Cap. XIX: Del humilde siervo de Dios.- Bienaventurado el que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y exaltado por los hombres, que cuando es tenido por vil, simple y despreciado, porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más.
Cap. XX: Del religioso bueno y del religioso vano.- Bienaventurado el religioso que no encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría. ¡Ay del religioso que se deleita en las palabras ociosas y vanas y con ellas conduce a los hombres a la risa!
Cap. XXI: Del religioso frívolo y locuaz.- Bienaventurado el que, cuando habla, no manifiesta todas sus cosas con miras a la recompensa, y no es ligero para hablar, sino que prevé sabiamente lo que debe hablar y responder.
Cap. XXII: De la corrección.- Bienaventurado el que soporta tan pacientemente la advertencia, acusación y reprensión que procede de otro, como si procediera de sí mismo, y no es ligero para excusarse, sino que humildemente soporta la vergüenza y la reprensión de un pecado, aun cuando no incurrió en culpa.
Cap. XXIII: De la humildad.- Bienaventurado el hermano a quien se encuentra tan humilde entre sus súbditos, como si estuviera entre sus señores.
Cap. XXIV: Del verdadero amor.- Bienaventurado el siervo de Dios que ama tanto a su hermano cuando está enfermo, que no puede recompensarle, como cuando está sano, que puede recompensarle.
Cap. XXV: De nuevo sobre lo mismo.- Bienaventurado el siervo de Dios que ama y respeta tanto a su hermano cuando está lejos de él, como cuando está con él, y no dice nada detrás de él, que no pueda decir con caridad delante de él.
Cap. XXVI: Que los siervos de Dios honren a los sacerdotes.- Bienaventurado el siervo de Dios que tiene fe en los sacerdotes que viven rectamente según la forma de la Iglesia Romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian! Pues, aunque sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque solo el Señor en persona se reserva el juzgarlos, pues sólo ellos tienen el maravilloso privilegio de disponer del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo.
Cap. XXVII: De la virtud que ahuyenta al vicio.- Esta admonición es la laude en honor de todas las virtudes, que hemos reproducido más arriba en el cap. IV.
Cap. XXVIII: Hay que esconder el bien para que no se pierda.- Dios ve en las tinieblas. Para Él solo debemos obrar, y así atesoramos en el cielo.
Haec sunt documenta pii Patris, «éstas son las enseñanzas del piadoso Padre, con las que formaba a los nuevos hijos», podemos decir con palabras de Tomás de Celano, después de haber examinado esos veintiocho textos breves (1 Cel 41; LM 4,3). Ciertamente, Francisco era un maravilloso «maestro de novicios», para usar la frase consagrada en los claustros. Pero también es cierto que estos aforismos, de tan profunda psicología religiosa, no pueden considerarse como regla de una Orden.
Por la inversa, en un pequeño fragmento de reglamentación que se nos ha conservado y que incontestablemente es obra de Francisco, descubrimos bien el verdadero estilo que él usaba cuando escribía reglas: «En los comienzos de la fundación de la Orden, cuando aún eran pocos los hermanos y no habían sido establecidos los conventos» (Flor 4), los frailes gastaban la mayor parte del tiempo en viajes de misiones, y se alojaban donde y como les tocaba y podían. Pero de cuando en cuando gustaban de retirarse a la soledad y a la oración y fortificar sus almas para nuevas empresas apostólicas, a ejemplo de su maestro, quien cuando predicaba a los otros la conversión de costumbres y de corazones, lo hacía con firmeza y resolución «ya que antes se había convencido a sí mismo viviendo lo que recomendaba con las palabras» (1 Cel 36). Tal fue el origen de los primeros conventos franciscanos, si es que tal nombre merecían, porque el de la Porciúncula no era más que un grupo de cabañas, rodeadas de un seto o cerca; el de las Cárceles se reducía a unas cuantas grutas formadas en la roca; dígase otro tanto de los de Fonte Colombo y el Alverna. En las Florecillas se encuentran a cada paso alusiones a estos pequeños conventos, donde los frailes dormían en el suelo o sobre lechos de hojas o pajas. Tampoco se empleaba la palabra claustrum para designar estas residencias franciscanas, y ya hemos visto cómo el pobre hermano Jordán de Giano quedó estupefacto cuando en Erfurt se les ofreció edificarles «un convento con claustro». Para tales residencias no había más palabras que las de locus, «lugar», eremo, eremitorium, «eremitorio», o también «retiro». Y precisamente para los frailes que deseaban refugiarse en estos eremitorios escribió Francisco la regla, o más bien dicho, reglamento que leeremos a continuación, tanto más precioso para nosotros cuanto que sabemos a ciencia cierta que fue escrito sólo por el Santo, sin el auxilio de ningún colaborador, ni de Hugolino, ni de Cesáreo. He aquí el texto completo, al que con mucha frecuencia se le ha dado el título «De religiosa habitatione in eremo»:
Regla para los eremitorios
«Aquellos que quieren vivir como religiosos en los eremitorios, sean tres hermanos o cuatro a lo más; dos de ellos sean madres, y tengan dos hijos o uno por lo menos. Los dos que son madres lleven la vida de Marta, y los dos hijos lleven la vida de María; y tengan un cercado en el que cada uno tenga su celdilla, en la cual ore y duerma. Y digan siempre las completas del día inmediatamente después de la puesta del sol; y esfuércense por mantener el silencio; y digan sus horas; y levántense a maitines y busquen primeramente el reino de Dios y su justicia. Y digan prima a la hora que conviene, y después de tercia se concluye el silencio; y pueden hablar e ir a sus madres. Y cuando les plazca, pueden pedirles limosna a ellas como pobres pequeñuelos por amor del Señor Dios. Y después digan sexta y nona; y digan vísperas a la hora que conviene.
»Y en el cercado donde moran, no permitan entrar a persona alguna, ni coman allí. Los hermanos que son madres esfuércense por permanecer lejos de toda persona; y por obediencia a su ministro guarden a sus hijos de toda persona, para que nadie pueda hablar con ellos. Y los hijos no hablen con persona alguna, sino con sus madres y con su ministro y su custodio, cuando a éstos les plazca visitarlos con la bendición del Señor Dios. Y los hijos asuman de vez en cuando el oficio de madres, alternativamente, por el tiempo que les hubiera parecido conveniente establecer, para que solícita y esforzadamente se esfuercen en guardar todo lo sobredicho».
He aquí una regla tal cual Francisco era capaz de escribirla. ¡Y qué cosa más encantadora que este ideal de vida de cuatro ermitaños retirados allá en la cima soledosa y montaraz de Fonte Colombo o de las Cárceles, dos de los cuales, como la Marta del Evangelio, cuidan de las cosas temporales, mientras los otros dos, como María, permanecen sentados a los pies del Salvador! Y después, a la hora del mediodía, van donde los otros dos, y humilde y tímidamente les piden de comer, como los niños buenos a su buena madre. Son los sentimientos y el lenguaje de Francisco: «Te digo, hijo mío, como una madre...», escribía a su discípulo favorito, Fray León, en cuya compañía había permanecido muchas veces en los eremitorios. De manera parecida, Celano dice que Francisco había escogido para sí como madre a Fray Elías (1 Cel 98); y también que Fray Pacífico dijo al Santo: «Bendícenos, madre amadísima» (2 Cel 137). Con todo, el mismo Celano, más adelante tiene que lamentar que «son muchos los que convierten el lugar de contemplación en lugar de ocio» (2 Cel 179).
Al lado de la breve regla primitiva de 1210 y de este reglamento para los eremitorios hay que citar otra regla hecha exclusivamente para la Porciúncula, y que se nos ha conservado en el número 55 del Espejo de Perfección. Esta regla se parece mucho al reglamento de los eremitorios: también ella prohíbe que los extraños penetren en los loci o lugares de los frailes. Ninguna conversación de cosas temporales, ninguna palabra superflua debe oírse en la Porciúncula; los frailes que han de habitar en este «lugar» se escogerán entre los mejores y más piadosos de toda la Orden, y deberán edificar a los demás en la manera de rezar el oficio divino. «Quiero que en este lugar -decía Francisco- nada en absoluto se diga ni se haga inútilmente, sino que el lugar todo entero sea mantenido puro y santo en himnos y alabanzas al Señor» (EP 55). El número 82 del mismo Espejo recoge el celo con que Francisco cuidó la santidad de vida en la Porciúncula y las normas que estableció contra las conversaciones ociosas en aquel lugar.
Como se ve por lo que antecede, la obra legislativa de Francisco está compuesta toda ella de trabajos de circunstancias. Por ejemplo, se le decía en un Capítulo que había muchos frailes que se mortificaban el cuerpo con cilicios y cintos de hierro sobre la desnuda carne, y hacían otras penitencias por el estilo; y al punto el Santo promulgaba una norma que prohibía a los frailes el uso de estos medios ascéticos. En otro Capítulo general hizo escribir, para enseñanza de todos, esta amonestación: «Guárdense los hermanos de mostrarse ceñudos exteriormente e hipócritamente tristes; muéstrense, más bien, gozosos en el Señor, alegres y jocundos y debidamente agradables» (2 Cel 128). Este pasaje se transcribió luego en el capítulo VII de la Regla primera (1 R 7,16). Otra exhortación, que se conserva en el n. 96 del Espejo de Perfección, es exactamente una de las admoniciones que conocemos (Adm 20). El capítulo XXII de la Regla primera lleva esta inscripción: De la amonestación de los hermanos.
Así como la regla de Rivotorto nos da los fundamentos de todo el edificio de la regla futura, así también las prescripciones circunstanciales y las admoniciones emitidas en los diferentes Capítulos pueden ser consideradas como el primer piso de ese mismo edificio. Sobre el piso así formado, la construcción prosigue bajo la influencia de los tiempos y los acontecimientos. En 1217 se inauguran las grandes misiones franciscanas, y ciertamente en vista de ellas se escribieron los capítulos XIV y XVI de la Regla Primera, que llevan por título «Cómo han de ir los hermanos por el mundo» y «De los que van entre sarracenos y otros infieles». Los biógrafos de San Francisco nos han conservado varios ejemplos de las exhortaciones de despedida, y así en el Espejo de Perfección puede verse en particular el discurso dirigido por Francisco a los hermanos que se van: «En el nombre del Señor, id de dos en dos por el camino con humildad y dignidad, y, sobre todo, en riguroso silencio desde la mañana hasta pasada la hora de tercia, orando al Señor en vuestros corazones y sin que salgan de vuestra boca palabras ociosas e inútiles. Aunque vayáis de viaje, sea vuestro hablar tan humilde y mirado como si estuvieseis en el eremitorio o en la celda...» (EP 65). Asimismo, son varios los pasajes de la Regla primera en que el discurso empieza con las palabras In nomine Domini, «En el nombre del Señor», fórmula con que se acostumbraba entonces encabezar todos los documentos oficiales (1 R 4 y 24).
Por lo demás, podemos admitir sin temor de errar que estas admoniciones, que se iban esparciendo a medida del desarrollo de la Orden, fueron luego puestas por escrito. Su objeto era eminentemente práctico, es a saber, indicar la manera como quería Francisco que se portasen sus frailes, y los preceptos que deseaba que pusiesen en práctica. Sus cartas posteriores demuestran asimismo cuánto deseaba el Santo que los frailes copiasen dichas reglas y que llevasen siempre consigo un ejemplar de ellas, a fin de que mejor pudiesen observar sus prescripciones.
Para precisar, pues, en qué consistió la colaboración de Francisco y Cesáreo en el verano de 1221 para la redacción de la regla nueva, hay que convenir primero en que ambos redactores tuvieron presente, no sólo la regla primitiva de 1210, sino también toda la serie de admoniciones y prescripciones de los años posteriores, y que de todos estos materiales echaron mano para su nueva redacción. Esto nos viene confirmado por una visión que Francisco tuvo por aquel mismo tiempo: vio que todos sus frailes se reunían en torno suyo acosados por el hambre, pidiéndole de comer; Francisco no tenía más que unas migajas de pan que se le caían por entre los dedos; pero luego oyó una voz que le dijo: «Francisco, con todas las migajas haz una hostia y da de comer a los que quieran». Al día siguiente comprendió el Santo que las migajas eran las Verba evangélica, y que la hostia significaba la regla que debía formar con las palabras del Evangelio (LM 4,11; 2 Cel 209). El hecho es que los dos redactores, Francisco y Cesáreo, se contentaron con poner íntegro, a menudo sin orden alguno, lo antiguo y lo nuevo, y así fue como resultó esa colección o reunión de preceptos que los historiadores antiguos llamaban Regla primera, y los modernos Regla de 1221 o Regla no bulada, pero que, en realidad, nunca llegó a ser la verdadera Regla de la Orden.
Sin pretender nosotros distinguir detalladamente, como hacen Karl Muller y Boehmer, lo que en esta gran colección de materiales proviene de la regla primitiva y lo que son añadiduras posteriores, podemos, sin embargo, formarnos una idea general suficientemente clara de la distinción entre ambos orígenes. Así, a la regla de Rivotorto se remontan incontestablemente, además de la introducción en que Francisco promete obediencia al Papa Inocencio, los capítulos: I, sobre los tres votos de pobreza, obediencia y castidad; II, sobre la admisión y vestido de los hermanos; III, sobre el rezo del oficio divino y los ayunos; VII, sobre la obligación de servir y trabajar; IX, sobre la facultad para mendigar en caso de necesidad y la prohibición de recibir dinero; XII, sobre la obligación de evitar el consorcio con mujeres; XIV, sobre la obligación de no llevar nada para el camino, y de no oponer resistencia a los malos; XIX, sobre el respeto debido a los sacerdotes. Tal vez estos capítulos no pasaron de la regla primitiva a la nueva al pie de la letra; pero es seguro que pasaron en cuanto a la sustancia y al sentido. Sólo la obligación del ayuno parece haber sido más rigurosa en la regla antigua que en la nueva: la Regla primera (1 R 3) no prescribe sino un día de ayuno en la semana, el viernes, mientras que la de 1210 prescribía también, según Jordán de Giano, el miércoles.
Por otra parte, podemos considerar con certeza como adición a la regla primitiva el capítulo IV, con el encabezamiento típico de los documentos públicos: In nomine Domini!, «¡En el nombre del Señor!» Este capítulo trata de las relaciones entre los ministros franciscanos y los otros hermanos, y por tanto debió redactarse en la asamblea franciscana en que fueron instituidos los primeros ministros. Otros capítulos de la Regla concuerdan casi literalmente con admoniciones que han llegado hasta nosotros; así, por ejemplo, puede compararse el capítulo V de la Regla con las admoniciones 4 y 11, o el capítulo XXII con las admoniciones 9 y 10. Tomás de Celano menciona otra admonición (2 Cel 68) que no se encuentra en la colección de las que han llegado hasta nosotros, pero que se recogió en la Regla primera y forma parte de su capítulo VIII. Compárese 2 Cel 128 con 1 R 7. De igual manera, el n. 42 del Espejo de Perfección trae una admonición a los enfermos que aparece también en el cap. X de la Regla primera.
En fin, la Regla primera contiene un tercer elemento, formado por lo que podríamos llamar la poesía religiosa de San Francisco. En esta categoría debe colocarse en primer lugar la Laude de que queda hecha mención más arriba y que constituye el capítulo XXI de la Regla. Francisco ordena a sus hermanos que, como buenos juglares de Dios, vayan proclamando este canto de alabanza por las ciudades por donde pasan, y en el mismo aparecen ya algunas imágenes y acentos que hacen pensar en el famoso Cántico del Hermano Sol: «¡Ay de aquellos que no mueren en penitencia, porque serán hijos del diablo, cuyas obras hacen, e irán al fuego eterno!», dice la Regla, y el Cántico: «¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad, porque la muerte segunda no les hará mal». El gran objeto de la obra de Francisco era, en efecto, inspirar a los hombres el entusiasmo por Dios. Y así, después de un nuevo capítulo, el XXII, que es una última Amonestación de los hermanos, y nótese que Francisco y Cesáreo han transcrito incluso el viejo título De admonitione fratrum, he aquí que el escrito común de ambos legisladores se trueca en un himno magnífico y triunfal de alabanza, que va por grados elevándose y derramándose como la voz de un órgano maravilloso, hasta llegar a un punto en que toda voz humana se apaga, en que todo pensamiento humano desfallece, y sólo se escucha el eterno Santo, Santo, Santo de los ángeles, el infinito Aleluya de los bienaventurados. Este último capítulo de la Regla primera, el XXIII, aunque muy difícil de traducir, debe transcribirse íntegro:
Oración, canto de alabanza y acción de gracias
«Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey del cielo y de la tierra, por ti mismo te damos gracias, porque, por tu santa voluntad y por tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos pusiste en el paraíso. Y nosotros caímos por nuestra culpa. Y te damos gracias porque, así como por tu Hijo nos creaste, así, por tu santo amor con el que nos amaste, hiciste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen la beatísima santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte. Y te damos gracias porque ese mismo Hijo tuyo vendrá en la gloria de su majestad a enviar al fuego eterno a los malditos, que no hicieron penitencia y no te conocieron, y a decir a todos los que te conocieron y adoraron y te sirvieron en penitencia: Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino que os está preparado desde el origen del mundo (Mt 25,34).
»Y porque todos nosotros, miserables y pecadores, no somos dignos de nombrarte, imploramos suplicantes que nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo amado, en quien bien te complaciste, junto con el Espíritu Santo Paráclito, te dé gracias por todos como a ti y a él os place, él que te basta siempre para todo y por quien tantas cosas nos hiciste. Aleluya.
»Y a la gloriosa madre, la beatísima María siempre Virgen, a los bienaventurados Miguel, Gabriel y Rafael, y a todos los coros de los bienaventurados serafines, querubines, tronos, dominaciones, principados, potestades, virtudes, ángeles, arcángeles, a los bienaventurados Juan Bautista, Juan Evangelista, Pedro, Pablo, y a los bienaventurados patriarcas, profetas, Inocentes, apóstoles, evangelistas, discípulos, mártires, confesores, vírgenes, a los bienaventurados Elías y Enoc, y a todos los santos que fueron y que serán y que son, humildemente les suplicamos por tu amor que te den gracias por estas cosas como te place, a ti, sumo y verdadero Dios, eterno y vivo, con tu Hijo carísimo, nuestro Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo Paráclito, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
»Y a todos los que quieren servir al Señor Dios dentro de la santa Iglesia católica y apostólica, y a todos los órdenes siguientes: sacerdotes, diáconos, subdiáconos, acólitos, exorcistas, lectores, ostiarios y todos los clérigos, todos los religiosos y religiosas, todos los donados y postulantes, pobres y necesitados, reyes y príncipes, trabajadores y agricultores, siervos y señores, todas las vírgenes y continentes y casadas, laicos, varones y mujeres, todos los niños, adolescentes, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, todos los pequeños y grandes, y todos los pueblos, gentes, tribus y lenguas, y todas las naciones y todos los hombres en cualquier lugar de la tierra, que son y que serán, humildemente les rogamos y suplicamos todos nosotros, los hermanos menores, siervos inútiles, que todos perseveremos en la verdadera fe y penitencia, porque de otra manera ninguno puede salvarse.
»Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y fortaleza, con todo el entendimiento, con todas las fuerzas, con todo el esfuerzo, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y voluntades al Señor Dios, que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos creó, nos redimió y por sola su misericordia nos salvará, que a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos, nos hizo y nos hace todo bien.
»Por consiguiente, ninguna otra cosa deseemos, ninguna otra queramos, ninguna otra nos plazca y deleite, sino nuestro Creador y Redentor y Salvador, el solo verdadero Dios, que es pleno bien, todo bien, total bien, verdadero y sumo bien, que es el solo bueno, piadoso, manso, suave y dulce, que es el solo santo, justo, verdadero, santo y recto, que es el solo benigno, inocente, puro, de quien y por quien y en quien es todo el perdón, toda la gracia, toda la gloria de todos los penitentes y de todos justos, de todos los bienaventurados que gozan juntos en los cielos. Por consiguiente, que nada impida, que nada separe, que nada se interponga. En todas partes, en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, diariamente y de continuo, todos nosotros creamos verdadera y humildemente, y tengamos en el corazón y amemos, honremos, adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos, glorifiquemos y ensalcemos sobremanera, magnifiquemos y demos gracias al altísimo y sumo Dios eterno, Trinidad y Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas y salvador de todos los que creen y esperan en él y lo aman a él, que es sin principio y sin fin, inmutable, invisible, inenarrable, inefable, incomprensible, inescrutable, bendito, laudable, glorioso, ensalzado sobremanera, sublime, excelso, suave, amable, deleitable y todo entero sobre todas las cosas deseable por los siglos. Amén».
Capítulo X
LA LUCHA POR EL ESPÍRITU DE POBREZA
Dos años pasaron todavía antes que la Orden tuviera su regla definitiva. En septiembre de 1221 partió Cesáreo para Alemania con sus compañeros de misión, y la bula Solet annuere, en que Honorio III confirmó la regla, es del 29 de noviembre de 1223. En este intervalo de dos años pasó toda una serie de negociaciones de que, desgraciadamente, no se nos ha conservado ningún testimonio, aunque, por otra parte, sabemos de cierto que se desarrolló la más viva oposición entre Francisco de un lado, y Elías Bombarone y sus parciales, por el otro. En esta oposición, que llegó a asumir las proporciones de un verdadero conflicto, el Cardenal Hugolino tuvo que desempeñar el difícil papel de mediador y tratar de satisfacer a ambas partes, en cuanto era posible.
Para dar con el punto capital de dicha diferencia es preciso no perder de vista el desenvolvimiento de la nueva Orden en los años anteriores.
Como hemos visto, Francisco, al dimitir de su cargo, conservó cierta situación preponderante; así, por ejemplo, él fue quien en el Capítulo de 1221 eligió y envió a los misioneros de Alemania; sin mencionar otros hechos que prueban que el Santo nunca dejó de tener en la Orden y de ejercer a tenor de las circunstancias una considerable autoridad. «Vos tenéis la autoridad», potestatem habetis vos, le dijo su vicario Pedro Cattani, estando en Tierra Santa (Jordán de Giano, Crónica, n. 12). Y el mismo Fray Jordán tiene más adelante, en su misma Crónica, otras expresiones que indican la autoridad efectiva que siempre tuvo Francisco.
Desde un principio manifestó Francisco que no le gustaban en absoluto las medidas violentas. Jordán de Giano atestigua que de siempre Francisco «prefería superar todos los conflictos con la humildad más que con la potestad judicial» (Crónica, 13), y que, cuando no lograba hacer valer su voluntad, se abstenía de mandar a guisa de los poderes del mundo. Si no obtenía que sus hermanos cumpliesen sus deberes, se desquitaba redoblando la solicitud por cumplir él los suyos propios. Un carácter semejante era natural que diera ocasión para que otras voluntades más enérgicas se soliviantaran y camparan por sus respetos. Sobresalía entre éstos un hombre de voluntad por todo extremo dominante, Fray Elías Bombarone, más conocido después y famoso con el nombre de Elías de Cortona. Le seguían otros, prestándole apoyo en su oposición contra Francisco. De uno solo de estos secuaces sabemos el nombre: Fray Pedro de Staccia, de Bolonia. A los demás los designan los biógrafos con el nombre colectivo de «ministros», apelativo que se aplicaba especialmente a los frailes que presidían las provincias italianas de la Orden, para indicar con este nombre, ministri, que eran «siervos» o «servidores» de los frailes a quienes gobernaban, pues en latín minister significa en primer lugar, criado, siervo, fámulo.
Aunque sea de pasada, hay que recordar que en 1223 se dividió en provincias el inmenso campo de actividad de la Orden, y el superior de cada provincia se llamó «siervo o servidor de la provincia», minister provincialis (cf. Mt 20,26), a causa de la repugnancia con que Francisco miraba el nombre de «prior». Cada provincia se subdividía en cierto número de distritos (custodias), gobernado cada cual por un «custodio» o «guardián». Este mismo nombre de guardián se daba también al superior de cada «lugar» o convento. La Orden toda estaba a cargo del «ministro general», título que después se abrevió, quedando reducido al de «general» solamente, lo mismo que el «ministro provincial» al de «ministro». Por último, hay que tener en cuenta que tanto el nombre de «hermanos menores», fratres minores, como el de «ministros» lo tomó Francisco del Evangelio (cf. LM 6,5; LP 101).
Bolonia venía a ser en realidad como el centro del movimiento opositor iniciado por Fray Elías dentro de la Orden. Relaciones estrechas ligaban, desde hacía tiempo, a los franciscanos con la célebre ciudad universitaria: en 1211 predicó en ella Bernardo de Quintaval; en 1213 se establecieron allí los frailes menores, en una casa denominada «le Pugliole», sita a corta distancia de la puerta Galliera. En Bolonia habían estudiado muchos de los miembros más respetables de la nueva Orden, como los dos vicarios de Francisco, Pedro Cattani y Elías, y también la mayor parte de los futuros generales: Juan Parente, Haymón de Faversham, Crescencio de Jesi, Juan de Parma. Referido queda que uno de los juristas más famosos de Bolonia, Nicolás Pepoli, se constituyó desde un principio en defensor de la Orden, y después acabó por ingresar en ella. Más o menos por el mismo tiempo, el más célebre de todos los juristas de Bolonia, Acurcio, apellidado «el Grande», entregó a los hermanos menores su casa de la Ricardina, en las afueras de la ciudad, porque el susodicho primer convento se había hecho luego demasiado pequeño. Finalmente, Pedro de Staccia inauguró en esta ciudad una casa de estudios para los franciscanos, por el estilo de la escuela de teología fundada allí mismo en 1219 por los dominicos.
La noticia de esta inauguración indignó profundamente a Francisco, que durante toda su vida había gustado de llamarse y de ser un idiota, es decir, un hombre sencillo e iletrado. Hablando en general, Francisco no era enemigo de los estudios, diga lo que quiera Sabatier, que le atribuye cierta mal disimulada ojeriza contra toda ciencia. Al contrario, véase lo que una vez escribió en forma de admonición: «A todos los teólogos y a los que nos administran las palabras divinas debemos honrar y tener en veneración, como a quienes nos administran espíritu y vida», palabras estas que repitió literalmente en su Testamento (Test 13). Pero entendía que los estudios debían tener un objeto práctico y servir al fin de la proclamación de la palabra de Dios. Por eso creía que no había para qué tener muchos libros; que era en la oración donde mejor se aprendía a tocar y mover los corazones. Él mismo, según lo manifiestan sus escritos, leía mucho las Santas Escrituras; sin embargo, a medida que avanzaba en edad, se iba persuadiendo de que las había leído hasta demasiado y de que lo mejor era dedicarse a meditar y poner en práctica las cosas que había leído. A un hermano que le recomendaba que le leyeran un pasaje de la Escritura para su consuelo, le dijo Francisco, que estaba muy enfermo: «Es bueno recurrir a los testimonios de la Escritura, es bueno buscar en ellas al Señor Dios nuestro; pero estoy ya tan penetrado de las Escrituras, que me basta, y con mucho, para meditar y contemplar. No necesito de muchas cosas, hijo; sé a Cristo pobre y crucificado» (2 Cel 105). Un pensamiento le perseguía siempre: la mejor predicación consiste en el buen ejemplo personal.
En su Regla Francisco distingue tres clases de miembros de la Orden: predicatores, oratores, laboratores, «predicadores, orantes, trabajadores», y llegaba incluso a poner a los predicadores por encima de los que oran y los que trabajan. «Sin embargo -añadía-, todos los hermanos prediquen con las obras» (1 R 17). Luego, los ponía en guardia contra la sabiduría de este mundo, contra aquellos para quienes las palabras son todo y las obras nada o poca cosa, contra los que sólo aspiraban a brillar por la ciencia y no a ser perfectos. En cuanto a él mismo decía, como acabamos de ver: «No necesito de muchas cosas, hijo; sé a Cristo pobre y crucificado».
El Espejo de Perfección (EP 4) nos ha conservado un relato que se refiere precisamente a esta misma época de la vida del Santo y que explica perfectamente el sentir de Francisco acerca de una ciencia libresca, «no sólo inútil, sino perjudicial»:
En cierta otra ocasión, un novicio que malamente sabía leer el salterio, obtuvo licencia de Fray Elías para tener uno. Mas, como oía decir a los hermanos que el bienaventurado Francisco no quería a sus hijos ansiosos ni de ciencia ni de libros, no estaba tranquilo, y quería obtener su consentimiento. Como pasara Francisco por el lugar donde estaba el novicio, éste le dijo:
-- Padre, me serviría de gran consuelo tener mi salterio. Tengo ya el permiso del ministro general, pero quisiera también tu consentimiento.
El bienaventurado Francisco le respondió:
-- El emperador Carlos, Rolando y Oliverio y todos los capitanes y esforzados caballeros que lucharon de firme contra los infieles, sin perdonarse fatigas y grandes trabajos, hasta exponerse a la muerte, consiguieron resonantes victorias, dignas de perpetuarse para siempre. Igualmente, los santos mártires dieron su vida luchando por la fe de Cristo. En cambio, ahora hay muchos que pretenden honra y gloria con sólo contar las hazañas que aquellos hicieron. Así, también entre nosotros hay muchos que sólo por contar y pregonar las maravillas que hicieron los santos quieren recibir honra y gloria (cf. Adm 6).
Que es como si dijera: No hay por qué desvivirse por adquirir libros y ciencia, sino por hacer obras virtuosas, porque la ciencia hincha y la caridad edifica (1 Cor 8,1).
Pocos días después, estando el bienaventurado Francisco sentado al amor de la lumbre, volvió el novicio a hablarle del salterio. Francisco le dio por respuesta:
-- Después que tengas el salterio, ansiarás tener y querrás el breviario; y, cuando tengas el breviario, te sentarás en el sillón como gran prelado, y mandarás a tu hermano, diciendo: ¡Tráeme el breviario!
Mientras esto decía con gran fervor de espíritu, el bienaventurado Francisco, en vista de lo que tales novedades presagiaban para la Orden, tomó ceniza, y, esparciéndola sobre su propia cabeza, movía la mano en circulo como quien se lava la cabeza, y decía:
-- ¡Yo el breviario! ¡Yo el breviario!
Y lo repitió muchas veces girando la mano sobre su cabeza. El novicio quedó estupefacto y avergonzado. Luego, el bienaventurado Francisco, vuelto a la calma, le dijo:
-- Hermano, también yo he tenido tentaciones de tener libros; mas para conocer la voluntad de Dios acerca de esto tomé el libro de los evangelios del Señor y le rogué que, al abrirlo por primera vez, me manifestara su voluntad. Hecha mi súplica y abierto el libro, me salió este pasaje del santo Evangelio: A vosotros os ha sido dado conocer los misterios del reino de Dios; a los demás sólo en parábolas (Lc 8,9-10).
Dicho esto, calló Francisco un breve rato; después añadió:
-- Hay muchos que se afanan de buen grado por adquirir ciencia, pero feliz el que se hace estéril por amor del Señor Dios (EP 69; 2 Cel 195).
Meses después, Francisco, de rodillas ante el novicio, le dijo:
-- Hermano, has de saber que cualquiera que desea ser hermano menor, no debe tener más que la túnica, el cordón y los calzones, según en la Regla se concede; y, en caso de verdadera necesidad, calzado.
En adelante, a cuantos hermanos le venían a consultar sobre esto, les daba la misma respuesta. Y repetía muchas veces: «Tanto sabe el hombre cuanto obra, y en tanto el religioso ora bien en cuanto practica, pues sólo por el fruto se conoce al árbol» (cf. Mt 12,13).
No menos significativa es otra página del mismo Espejo de Perfección:
«Le dolía mucho al bienaventurado Francisco que, pospuesta la virtud, se buscase la ciencia que hincha, máxime si cada cual no permanecía en la vocación en que había sido llamado desde el principio. Y decía: "Los hermanos que se dejan arrastrar por la curiosidad del saber, se encontrarán con las manos vacías en tiempo de tribulaciones. Por eso, los quiero muy fuertes en la virtud, para que, cuando venga el día de la tribulación, tengan al Señor durante la prueba. Porque la tribulación ha de venir, y entonces los libros para nada servirán, y los tirarán a las ventanas y a rincones ocultos". No hablaba así porque le desagradara el estudio de la Sagrada Escritura, sino por apartar a todos del superfluo afán de saber. Quería que fueran virtuosos por la caridad, más bien que sabios por la curiosidad de la ciencia» (EP 69).
Tenía razón Francisco al pensar que su siglo estaba ansioso de ciencia acaso más que todos los anteriores. Hacia la mitad del siglo XIII se habían fundado diecisiete universidades, ocho de las cuales eran italianas, a saber: Reggio, Vicenza, Padua, Nápoles, Vercellis, Roma, Plasencia y Arezzo. Al mismo tiempo las tres grandes escuelas de más antigua fundación, París, Bolonia y Oxford, tomaban un desarrollo extraordinario; por todas partes se notaba el esfuerzo científico que iba a ser la característica del último período de la Edad Media. En este movimiento tomaron parte muy notable desde un principio los dominicos, por prescripción de sus estatutos mismos, heredados de los canónigos de San Agustín. También los frailes menores se vieron envueltos en esta ola siempre creciente, lo que ocasionó la oposición resuelta de Francisco, a quien vio Fray León, en una visión que tuvo, con las alas extendidas para defender y proteger a sus hijos (AF III, 75).
Al principio toda su cólera se desató contra Fray Pedro de Stacia y su casa de estudio de Bolonia. Es cosa cierta que Fray Pedro no procedió a dicha fundación sin previa consulta con el Cardenal Hugolino, que en 1220 se encontraba en Bolonia y se hizo inscribir como dueño del edificio donde iba a funcionar la nueva institución. Pero Francisco corrió a Bolonia e impuso a los frailes precepto de obediencia de evacuar inmediatamente la casa. Uno de los frailes estaba enfermo en cama y así y todo tuvo que seguir a los demás en el éxodo (EP 6). Francisco se alojó en el convento de los dominicos, y allá fueron los frailes a pedirle perdón, prometiéndole corregirse y enmendarse, todos menos Pedro de Staccia; y se afirma que Francisco, siempre tan dulce y compasivo, maldijo a Pedro en vista de su contumacia.
Pero es que Fray Pedro, a los ojos de Francisco, había faltado no sólo a la sencillez evangélica, sino (y esto era lo que volvía al Santo inexorable) contra la pobreza evangélica, porque, ¿cómo podían continuar siendo frailes menores los que en aquella casa tendrían que reunir y mantener gruesos libros costosos y proporcionarse grandes comodidades a fin de atender al estudio? ¿No estaba escrito en el Evangelio y, por consiguiente, también en la regla, que el verdadero discípulo de Cristo no debía llevar nada para el camino? Por eso añadía Francisco, como hemos visto, «que cualquiera que desea ser hermano menor, no debe tener más que la túnica, el cordón y los calzones, según en la Regla se concede; y, en caso de verdadera necesidad, calzado». «Por eso, un ministro que deseaba con ansia -y con su permiso- tener algunos libros de lujo y muy costosos, tuvo que oír que le decía: "No quiero perder, por tus libros, el libro del Evangelio que he prometido observar. Sí, tú harás lo que quieras; pero no te pondré un lazo con mi permiso"» (2 Cel 62). Cuando Francisco señaló las condiciones necesarias en el ministro general, incluyó ésta: «No sea amontonador de libros ni muy dado a la lectura, no sea que robe al oficio lo que consagra al estudio» (EP 80); o como refiere Celano: «No sea coleccionista de libros ni muy dado a la lectura, a fin de no sustraer al cargo lo que da de más al estudio» (2 Cel 185).
Desgraciadamente, para salir airoso de semejante lucha se necesitaba una voluntad más enérgica que la de Francisco. Los otros, que no se resignaban a honrar la ciencia desde lejos, sino que querían también cultivarla, eran más fuertes que él y reportaron la victoria. Si nos atenemos a lo que refiere Fray León, llevaron Elías y sus secuaces su audacia hasta pretender abolir la regla de San Francisco y reemplazarla por la de los dominicos, que daba lugar preferente al estudio de la ciencia, y en un Capítulo, probablemente el de 1222 ó 1223, atrajeron a su partido al Cardenal Hugolino, quien se esforzó con hábiles y discretas razones, por hacer ceder a Francisco; pero éste, después de haberle escuchado con toda reverencia, tomó por la mano al Cardenal, y llevándole al medio de la asamblea, se puso a decir en voz alta: «Hermanos míos, hermanos míos: Dios me ha llamado por el camino de sencillez y de humildad y me ha manifestado que éste es el verdadero camino para mí y para cuantos quieren creer en mi palabra e imitarme. Por eso, no quiero que me mentéis regla alguna, ni de San Benito, ni de San Agustín, ni de San Bernardo, ni otro camino o forma de vida fuera de aquella que el Señor misericordiosamente me mostró y me dio. Y me dijo el Señor que quería que fuera yo un nuevo loco en este mundo; y no quiso conducirnos por otro camino que el de esta ciencia. Mas, por vuestra ciencia y sabiduría, Dios os confundirá. Y yo espero que el Señor, por medio de sus verdugos, os dará su castigo, y entonces, queráis o no, retornaréis con afrenta a vuestro estado» (EP 68).
¿Tenía razón Francisco al abrigar esos temores? Verdad es que, como dice el Apóstol, la ciencia hincha y la caridad edifica (1 Cor 8,1). Pero también es verdad que estas palabras han servido muchas veces para encubrir cosas que nada tienen que ver con la virtud y la santidad. Buscar la verdad pura y entera es también servir a Dios; el amor desinteresado y sincero a la verdad ejerce sobre toda la vida moral del individuo un influjo depurador y saludable; todo corazón amigo del bien lo es también de la verdad. El mismo Apóstol habla en otro pasaje de la «santidad de la verdad» y es que la santidad de la voluntad no es más que un fruto espontáneo de la santidad del pensamiento, y que para amar eficazmente el bien es menester amar primero con igual eficacia la verdad.
Pero es evidente que lo que de modo tan amargo desazonaba a Francisco no era el amor a la verdad, sino el orgullo de la inteligencia, el egoísmo que se vale de la ciencia sólo para satisfacer la propia vanidad. El Santo quería evitar a toda costa que sus hijos fuesen ávidos de fama y gloria mundanas. Bien sabía él que más vale, infinitamente más, postrarse en oración delante de Dios, en la soledad de una gruta o de una ermita, allá arriba en la montaña, que no subir a una cátedra con el alma llena de vanidad ante la idea de la fama de sí mismo.
Acostumbrado desde su juventud a usar el lenguaje caballeresco, solía decir Francisco: «Estos son mis hermanos, caballeros de la Tabla Redonda, que viven ocultos en los desiertos y en lugares apartados con el fin de dedicarse con más ahínco a la oración y meditación, que lloran los pecados propios y ajenos, que viven con humildad y sencillez; cuya santidad Dios conoce, pero es a veces ignorada por los hermanos y por los hombres. Cuando sus almas sean presentadas por los ángeles ante el Señor, entonces les mostrará el Señor el fruto y recompensa de sus trabajos, es decir, multitud de almas que se han salvado por sus ejemplos, oraciones y lágrimas, y merecerán escuchar: "Mirad, amados hijos míos, que tantas y tales almas se han salvado por vuestras oraciones, lágrimas y ejemplos; y porque habéis sido fieles en lo poco, os constituiré sobre lo mucho. Otros han trabajado y predicado con discursos de su propia sabiduría y ciencia, y yo, por vuestros merecimientos, he producido el fruto de la salvación. Recibid, pues, la recompensa del trabajo de ellos y el fruto de vuestros méritos, el reino de los cielos que habéis conquistado con la violencia de vuestra humildad y sencillez, de vuestras oraciones y lágrimas". Así, éstos, llevando sus gavillas, esto es, el fruto y los méritos de su santa humildad y sencillez, entrarán en el gozo del Señor con alegría y regocijo. Pero los otros que no se han afanado sino por adquirir conocimientos y mostrar a los demás el camino de la salvación, sin obrar nada para sí, se presentarán ante el tribunal de Cristo desnudos y con las manos vacías, sin llevar otras gavillas que las de su propia confusión, vergüenza y amargura» (EP 72).
A Francisco le gustaba repetir estas consideraciones en los Capítulos generales, y a menudo añadía la siguiente sentencia del primer libro de Samuel: «Parió la estéril siete hijos y se marchitó la que muchos tenía» (1 Sam 2,5)
La oración y, de una manera más general, la vida, y no la palabra ni la teoría, eran, pues, para Francisco, lo esencial, lo más importante para él y para sus hermanos. Los otros podían seguir el camino que les pareciera mejor: Francisco no los juzgaba ni los condenaba, como tampoco juzgaba ni condenaba a los que vestían y vivían con lujo, y en su Regla dejó esta exhortación a sus frailes: «Amonesto y exhorto a todos mis hermanos que no desprecien ni juzguen a los hombres que ven vestidos de telas suaves y de colores, usar manjares y bebidas delicadas, sino más bien que cada uno se juzgue y desprecie a sí mismo» (2 R 2). A él sólo le importaba la razón por la que él y sus hermanos habían sido llamados de este mundo. Y así Francisco acabó por conceder a San Antonio de Padua (cuya formación universitaria acababa de descubrirse, y parecía obligado utilizarla) el permiso para enseñar teología a los frailes de Bolonia, pero en los términos que constan en la carta que le dirigió: «A fray Antonio, mi obispo, el hermano Francisco, salud. Me agrada que enseñes sagrada teología a los hermanos, con tal que, en el estudio de la misma, no apagues el espíritu de oración y devoción, como se contiene en la Regla» (CtaAnt).
La Regla a que alude aquí Francisco es la definitiva o bulada, la de 1223, en cuyo capítulo quinto se halla, en efecto, la condición que aquí se pone: «Los hermanos a quienes el Señor ha dado la gracia de trabajar, trabajen fiel y devotamente, de tal suerte que, desechando la ociosidad, enemiga del alma, no apaguen el espíritu de la santa oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben servir» (2 R 5). Esto prueba que dicho capítulo estaba ya elaborado a la sazón, pero no que la regla toda estuviese ya admitida y confirmada, y de hecho no lo estuvo hasta el 29 de noviembre de 1223. Ahora bien, Antonio se trasladó de Bolonia a Montpellier en 1224; por consiguiente, sus lecciones comenzaron antes de noviembre de 1223, a menos de suponer que no duraron sino muy pocos meses. En verdad, hay motivos para concluir que el permiso de Francisco fue concedido durante el verano de 1222, ya que sabemos que Francisco se encontraba entonces en Bolonia. Antonio, por su parte, se encontraba a la sazón en Forlí, es decir, en la Romaña, de la que también formaba parte de sabia ciudad universitaria.
Por lo demás, Francisco continuaba, a despecho de las divisiones intestinas de su Orden, gozando del mismo entusiasta aprecio popular que antes, aun en Bolonia, donde sus predicaciones sencillas y ajenas a todo aparato de ciencia y arte, eran escuchadas siempre con suma devoción y labraban hondamente en todo linaje de auditorios. Y es un testigo ocular quien nos lo asegura. En efecto, Tomás de Spalato, en su Historia Pontificum Salonitanorum, escrita antes de 1268, nos dice lo siguiente: «Este mismo año [el de 1222] residía yo en la casa de estudios de Bolonia, y el día de la Asunción de la Madre de Dios vi a San Francisco cuando predicaba en la plaza, delante del palacio público; habían acudido allí casi todos los habitantes de la ciudad. El exordio del sermón versó sobre "los ángeles, los hombres y los demonios". Y habló tan bien y con tanta discreción sobre estas tres clases de espíritus racionales, que muchas personas cultas que estaban presentes quedaron muy admiradas del sermón que predicaba un hombre iletrado, y que por cierto no se atenía a los recursos de la oratoria, sino que predicaba en forma de exhortación. Todo el contenido de sus palabras iba encaminado a extinguir las enemistades entre los ciudadanos y a restablecer entre ellos los convenios de paz. Desaliñado en el vestido, su presencia personal era irrelevante, y su rostro nada atrayente. Pero con todo, por la mucha eficacia que, sin duda, otorgó Dios a sus palabras, muchas familias de la nobleza, que desde antiguo se habían tenido entre sí un odio tan feroz que les había llevado muchas veces a mancillarse con el derramamiento de sangre, hicieron entonces las paces. Era tal la reverencia y la devoción hacia el Santo, que hombres y mujeres se le precipitaban en tropel, tratando de tocar, al menos, el borde de su hábito o de arrebatarle algún trocito de su pobre indumentaria» (BAC, Escritos, p. 970). Cuentan las Florecillas, en su capítulo 27, que durante esta estancia en Bolonia, Francisco convirtió a dos estudiantes de la Marca de Ancona llamados el uno Peregrino y el otro Ricerio, y que uno y otro se hicieron frailes menores. El primero era gran canonista y, sin embargo, prefirió el estado de lego, cosa muy en armonía con el espíritu franciscano.
No es posible leer sin profunda emoción el pasaje transcrito de Tomás de Spalato, como obra que es de quien oyó personalmente lo que relata. Probablemente Francisco quiso principiar por captarse la benevolencia de la parte ilustrada de su auditorio; por eso escogió un tema algo académico, a saber, la distinción de las tres categorías de seres inteligentes: los ángeles, los hombres y los demonios. Pero luego abandonó el tono de la especulación, y apareció el Francisco natural, espontáneo, sencillo y popular; y entonces fue el mover e inflamar y ganarse los corazones, reproduciendo las antiguas escenas de Asís, de Arezzo y de Gubbio; allí fue el olvidarse los antiguos atroces agravios, y también los recientes, el reconciliarse los enemigos más encarnizados, el echarse mutuamente los brazos al cuello, jurándose cristiana amistad y paz indestructible. Francisco está ya vecino al término de su carrera, pero es el mismo que era cuando la comenzó, cuando desde las gradas de una escalera de la plaza mayor de Asís predicaba e imponía la paz a sus amotinados compatriotas; siempre es el «heraldo del gran Rey», y continúa trasmitiendo a los súbditos de este Rey el mismo mensaje que desde hace quince años: Dominus det tibi pacem!, «El Señor te dé la paz».
Capítulo XI
LA TERCERA ORDEN
Entre tanto, las nuevas ideas, a las que Francisco había opuesto tan tenaz resistencia, continuaban su curso: los frailes menores se trocaban en Orden estudiosa y sabia, ni más ni menos que la de los predicadores.
Después del Capítulo de Pentecostés de 1219, Fray Pacífico y sus compañeros volvieron a Francia premunidos de una carta de recomendación pontificia, fechada el 11 de junio de aquel mismo año. Su intento era ahora establecerse en París, adonde, sin duda, no pudieron llegar en su viaje de 1217. Parece ser que el clero francés no se dio por satisfecho con la carta comendaticia que le presentaron los hermanos, y resolvió pedir nuevos informes a Roma; a esta consulta respondió el Papa con una nueva recomendación datada el 29 de mayo de 1220 (Pro dilectis filiis, en Sbaralea, I, 5), merced a la cual obtuvieron los frailes licencia para habitar en una casa del barrio de San Dionisio, en las afueras de París. Al principio no tuvieron capilla, sino que hacían sus oficios divinos en la iglesia de la vecina parroquia; pero, en cambio, a los pocos años se les hizo donación de un gran convento, especialmente destinado a su uso en San Germán del Prado, donde luego se fundó un colegio universitario con capacidad para 214 estudiantes, número que pronto se llenó de tal manera que los nuevos candidatos se veían constreñidos a contentarse con quedar matriculados, esperando las vacantes por años enteros.
Los franciscanos de las primeras generaciones miraban esta nueva tendencia con muy malos ojos. Fray Gil, en particular, la combatió con tesón, infatigable, mofándose a la continua, con sarcasmos por extremo picantes, de aquellos frailes menores sabios, que le parecían hijos falsos del padre San Francisco. «Hay gran diferencia -solía decir- entre la oveja que bala y la que pace: la misma que entre el que predica y el que obra. La una, balando, no sirve a nadie; la otra, con pacer, se beneficia a sí mismo por lo menos. Igual diferencia media entre un fraile menor que predica y otro que ora y trabaja. Mil y mil veces más vale instruirse uno a sí mismo en el ejercicio de una vida santa, que no pretender ilustrar al mundo entero».
Y en otra ocasión: «¿Quién es más rico, el que posee pequeño huerto que cultiva y hace fructificar, u otro que, poseyendo la tierra toda, ningún provecho saca de ella? La mucha ciencia de nada sirve para la salvación; el que desee ser verdaderamente sabio debe trabajar mucho y traer la cabeza profundamente gacha».
Un fraile predicador vino donde el Beato Gil a pedirle su bendición para ir a pronunciar un gran discurso en plena plaza de Perusa, y Gil le contestó: «Sí, te doy mi bendición, pero con tal que digas: ¡Bo, bo, multo dico e poco fo!», mucho digo y poco hago.
Otro día estaba Gil en el huerto del eremitorio de Monte Rípido, cerca de Perusa, donde habitó más de treinta años después de la muerte de San Francisco. De repente oyó una extraña bulla en la parte baja del monte: era un viñero que airado reñía a sus trabajadores, porque, en vez de trabajar, se llevaban charlando alegremente, y les gritaba: ¡Fate, fate, e non parlate! De perlas pareció a Fray Gil la sentencia del viñero, y al momento se propuso aprovecharla y, saliendo de su celda, se puso a gritar a los demás frailes: «Escuchad el consejo que nos da este hombre: ¡Haced, haced, y no charléis!».
Otra vez oyó Gil a una tortolilla gemir en uno de los árboles de su huerto, y la apostrofó de esta manera: «¡Hermana tortolilla, tú me enseñas a servir al Señor, pues me repites siempre ¡qua, qua! y no ¡la, la!, es decir, que es aquí en la tierra donde nos hemos de emplear en su servicio, no en el cielo. ¡Oh, hermana tortolilla, qué bien que arrullas! ¡Y que los hombres se hagan sordos a la sabiduría de tus lecciones!». Y el santo fraile se ponía a imaginar que habían vuelto aquellos tiempos felices en que él y Francisco erraban por los caminos, como juglares de Dios, entonando férvidos cantares a la reina Pobreza y a su noble hermana la dama Castidad; y arrobado con semejantes dulces memorias se paseaba por los floridos senderos frotando dos varillas y cantando, como quien se acompaña de una viola (AF III, 86 y 101).
Pero pronto volvía de su éxtasis, desaparecían los recuerdos, y venía la triste realidad a advertirle que aquellos hermosos tiempos eran irremisiblemente pasados, que Francisco había muerto y que él no era ya más que un pobre viejo de cuya opinión y autoridad nadie se curaba. Y entonces le parecía que el sol perdía sus resplandores, que las flores no tenían ya fragancia y que las tortolillas del bosque se quedaban mudas; y lanzaba profundos y largos suspiros, exclamando: «¡Nuestro bajel hace agua; vamos al naufragio; sálvese quien pueda! ¡París, París, tú arruinas la Orden de San Francisco!». Tan lastimeras quejas hallaron eco más tarde en los versos inflamados del poeta Jacopone de Todi, uno de los más genuinos hijos del santo: «¡Maldito París, que has destruido Asís!».
Una vez, siendo ya muy anciano, fue el hermano Gil donde se hallaba Fray Buenaventura, entonces Ministro General de la Orden, y le dijo:
-- Padre mío: a ti, el Señor te ha enriquecido con muchos dones y gracias. Pero nosotros, ignorantes y sin letras, ¿qué podemos hacer para salvarnos?
El hermano Buenaventura le contestó:
-- Aunque Dios le diera al hombre una sola gracia, la de poder amarle, con eso le bastaría.
Gil, con un poco de atrevimiento en su agudeza natural, volvió a preguntarle:
-- ¿Puede un analfabeto amar a Dios tanto como un letrado?
Y el perspicaz Buenaventura enhebró el mismo hilo del lenguaje figurado:
-- Una viejecita puede amarle más que un maestro en teología.
Entonces el hermano Gil, inconteniblemente jubiloso, salió a la huerta conventual, que era como un balcón sobre la ciudad, y, de cara a ella, se puso a gritar:
-- ¡Tú, vieja pobrecilla, simple y analfabeta, ama a Dios, y podrás ser mayor que el hermano Buenaventura! (AF III, 101).
San Buenaventura menciona a Fray Gil muchas veces en sus obras, citándole al par de San Agustín y de Ricardo de San Víctor, y parece haber conservado siempre fresco el recuerdo de esta aventura, pues leemos en sus Collationes: «Una pobre viejecita que no posee sino un pequeño huerto recoge de él más pingüe fruto que no recoge del suyo el dueño de un huerto muy extenso; aquella, cierto, no cultiva sino un solo árbol, pero este árbol es la caridad; el otro conoce todos los misterios y esencias de las cosas, pero ese conocimiento por sí solo poco o nada aprovecha» (Opera omnia, V, 418).
Poco tiempo después, el 22 de abril de 1262, este verdadero y fiel discípulo de Francisco de Asís fue a juntarse en el cielo con su maestro y sus demás compañeros muertos antes que él. Era la víspera del día de San Jorge, aniversario de aquel día memorable en que, hacía más de medio siglo, sentado a la lumbre del hogar paterno en compañía de su familia, oyendo contar a sus padres las maravillas que obraba Francisco, concibió el propósito de seguir sus huellas y abrazar su mismo género de vida. Desde aquel día hasta el último de su carrera conservó en su corazón intacto e inmaculado el amor primero de su inocente juventud.
Pero volvamos al desarrollo científico de la Orden, el cual dio un paso extraordinario cuando en septiembre de 1224 se establecieron los frailes en Inglaterra, viniendo de Francia bajo las órdenes de Fray Agnello, que había sido custodio en París. Al principio fijaron su residencia en Cantorbery; pero el 1 de noviembre de aquel mismo año se establecieron ya en Oxford, donde no tardaron en ir a juntárseles gran número de estudiantes y candidatos de la célebre universidad. En parte alguna del mundo hubo jamás tan vivo entusiasmo por el estudio como en esta colonia de frailes ingleses. Refiere Eccleston que los frailes atravesaban considerables distancias, hollando nieve y escarchas y desafiando furiosas tempestades, por acudir a las lecciones de Oxford. Sin embargo, aquellos frailes tan apasionados por el estudio eran los más celosos guardadores de la pobreza franciscana; y no brillaba menos en ellos la alegría franciscana, que siempre que se encontraban se saludaban con demostraciones de intenso júbilo, y en las iglesias los embargaba el gozo de tal suerte, que se arrobaban en éxtasis y no podían seguir el canto de los oficios divinos (AF I, 217-218 y 226-230).
Así pues, el estudio no impidió a los frailes ingleses el permanecer fieles al espíritu franciscano, y uno de ellos, Adán de Marsh, vino a ser el martillo más implacable de las infracciones de la Regla cometidas durante el generalato de Fray Elías de Cortona. Aunque, por otra parte, un general inglés, Haymón de Faversham, fue quien decretó que sólo los frailes ilustrados pudiesen desempeñar los cargos altos y de superioridad en la Orden (AF I, 251).
¡Ay!, el tipo de frailes como Gil y Junípero habían irremisiblemente pasado a la historia, y no era dable resucitarlo. ¿Cómo podía esperar Francisco que los tres mil y tantos discípulos reunidos en el Capitulo de las Esteras en 1221 fuesen todos de la misma cepa que sus doce primeros «caballeros de la Tabla Redonda»? Jordán de Giano refiere ingenuamente las perplejidades porque tuvo que pasar él mismo antes de decidirse a formar parte de la misión de Alemania. En frailes así no veía ya Francisco a sus alondras, señoras del espacio, sino tímidos polluelos, perpetuamente necesitados del abrigo de las maternas alas. Y tenía razón el Santo.
Igual tendencia que en la primera Orden empezó luego a dominar en la tercera Orden fundada por Francisco, en la cual se admitía a hombres y mujeres casados.
Tomás de Celano refiere que, después de su predicación a los pájaros en Bevagna, se trasladó Francisco, acompañado de Maseo, a la ciudad de Alviano, sita entre Orte y Orvieto, no lejos de Todi, y en llegando se fue derecho a la plaza principal con ánimo de predicar al pueblo. Ya atardecía, y una banda de golondrinas, salidas en tropel de los tejados y torres de Alviano, empezaron a revolotear piando sin descanso por la plaza y cruzando el aire en todas direcciones. Francisco y Maseo entonaron su acostumbrado canto de alabanza: Timete et honorate (1 R 21), que la multitud escuchó todo entero con religioso silencio. No así las golondrinas, que, en bandadas cada vez más numerosas, seguían hendiendo los aires con ruidosos gorjeos hasta hacer punto menos que imposible entender lo que decía el santo predicador. Entonces éste se volvió a ellas y, con acento grave y cariñoso a la vez, les dijo: «Hermanas mías golondrinas: ha llegado la hora de que hable yo; vosotras ya habéis hablado lo suficiente hasta ahora. Oíd la palabra de Dios y guardad silencio y estad quietecitas mientras predico la palabra de Dios». Al instante los pajarillos se quedaron quietos y en silencio profundo, y así se estuvieron todo el tiempo que duró la predicación de Francisco.
«A la vista de semejante prodigio y de las inflamadas palabras que el Santo había pronunciado, todos los habitantes del pueblo, hombres y mujeres, querían irse tras él movidos de devoción, abandonando el pueblo. Pero San Francisco no se lo consintió, sino que les dijo:
-- No tengáis prisa, no os vayáis de aquí; ya os indicaré lo que debéis hacer para la salvación de vuestras almas».
Y añaden las Florecillas: «Entonces le vino la idea de fundar la Orden Tercera para la salvación universal de todos».1
No era ésta, sin embargo, la primera vez que el Santo había tenido que dar respuesta semejante. En otra ocasión se le acercó después de oírle un sacerdote, pidiéndole que le admitiese a llevar su mismo género de vida, pero sin abandonar el empleo que tenía en la parroquia. Condescendió Francisco, exigiéndole solamente que todos los años, al cobrar los diezmos, repartiese a los pobres lo que le hubiera sobrado del año anterior.2 Fue esto una como transacción del espíritu franciscano con las exigencias de las circunstancias.
Otra vez, estando Francisco en su retiro de las Celle, cerca de Cortona, vino a él, desde lugar lejano, una mujer que tenía un marido cruel a consultarle sobre puntos de vida espiritual. Preguntóle el Santo si era casada, y respondiendo ella que sí lo era, le ordenó que volviese a juntarse con su marido, el cual se convirtió luego y ambos acordaron vivir en continencia (2 Cel 38).
En uno de sus viajes por la Toscana encontró Francisco en la ciudad de Poggibonsi, entre Florencia y Siena, un mercader llamado Luquesio, a quien había conocido en su primera juventud y que, al igual del senense Juan Colombini, de duro y avaricioso habíase trocado de repente en bueno y compasivo para con los pobres, peregrinos, viudas y huérfanos, a quienes no sólo socorría cuando se le presentaban, sino que los iba buscando con gran diligencia para hacerlos partícipes de sus bienes de fortuna. Francisco no tuvo, pues, parte en la conversión de este hombre, verificada ya antes del encuentro de ambos en Poggibonsi; pero le dio a él y a su mujer un vestido de penitencia, y desde ese día se consagró Luquesio con más fervor que antes al ejercicio de las obras de misericordia, sirviendo a los enfermos en los hospitales y llevando verdaderos cargamentos de medicinas a muchos lugares infestados de la fiebre. En estas obras empleó toda su hacienda, reservándose tan sólo un pequeño lote de terreno, que cultivaba con sus propias manos, y cuando el producto de éste no alcanzaba para su manutención, salía a pedir limosna de puerta en puerta. Parece que su consorte, como la de Juan Colombini, fue por mucho tiempo contraria a semejante prodigalidad y le reñía por ello continuamente; pero Dios la convirtió también, por medio de un milagro con que quiso premiar la caridad de su marido, y desde entonces marcharon en perfecto acuerdo. Murieron ambos en un mismo día y con intervalo de breves momentos, el 28 de abril de 1260.
Alrededor de Luquesio se formó en Poggibonsi un círculo de hombres animados de sus mismas ideas y sentimientos, y otros grupos más se fueron formando poco a poco por todas las ciudades de Italia, grupos que Gregorio IX llamó más tarde paenitentium collegia, «Comunidades de penitentes»[9]. Todo induce a admitir que fue Francisco mismo quien dio a estas comunidades su norma de vida, pues acostumbraba siempre dictar reglas y preceptos a cuantos acudían a él en demanda de dirección espiritual. Desgraciadamente, ninguna de estas reglas locales se nos ha conservado, y tenemos que contentarnos con rastrear su contenido esencial al través de reglas posteriores[10].
Por lo general, el rasgo característico de la vida de estos hermanos penitentes, pues la expresión «miembros de la Tercera Orden» no se empleó sino más tarde, consistía en esforzarse, cada cual dentro de las condiciones especiales de su existencia ordinaria, por llevar el mismo tipo de vida que llevaban Francisco y sus compañeros. Debían vivir en el mundo, pero sin pertenecer al mundo. Desde su entrada en la hermandad se comprometían a restituir todo bien injustamente adquirido (lo que equivalía en muchos casos a la renuncia completa de todos los bienes), a pagar puntualmente los diezmos a la Iglesia, a hacer su testamento sin aguardar la hora de la muerte, para quitar todo motivo de división entre los herederos, a abstenerse de todo juramento, si no era en circunstancias excepcionales, a no llevar armas, a no aceptar ningún empleo público. Usaban un traje especial, pobre y sencillo, y distribuían su tiempo entre la oración y las obras de caridad. Los más vivían con su familia; pero los había también que preferían retirarse a la soledad, ni más ni menos que los frailes menores.
Instituidas del modo dicho en los diversos lugares, estas comunidades no tardaron en verse envueltas en serios conflictos con las autoridades civiles a causa de los principios de su regla. Tal aconteció particularmente, y por manera asaz digna de notarse, en 1221 en la ciudad de Faenza, cerca de Rímini, donde un gran número de ciudadanos se había afiliado en la hermandad. Un día quiso el Podestá obligarlos a comprometerse con juramento a llevar armas cada vez y cuando él se lo exigiese; se negaron los hermanos, en vista de que su regla les prohibía ambas cosas: el juramento y las armas. Insistió el Podestá, recurriendo a toda clase de medios para doblar la resistencia de los penitentes, hasta que, por fin, éstos, por zafarse del enojoso embarazo, recurrieron al grande amigo de todos los franciscanos, el Cardenal Hugolino, por donde venimos nosotros a explicarnos un Breve dirigido por Honorio III al Obispo de Rímini, en que le encarga que tome bajo su protección a los «hermanos penitentes» de Faenza.5
Pero esta lucha entre los penitentes y las autoridades temporales no se circunscribió a determinados lugares, sino que se extendió a toda Italia. En multitud de ciudades se impusieron a los hermanos, a guisa de castigos, contribuciones especiales y se les prohibió distribuir sus bienes a los pobres, lo que obligó a Honorio a enviar una circular, hoy desgraciadamente perdida, al clero italiano, ordenándole amparar y sostener la causa de los «hermanos penitentes» y velar cuidadosamente porque no se les irrogase ningún daño. Otro tanto hizo después Gregorio IX desde el comienzo de su pontificado, amenazando repetidas veces a los enemigos de la hermandad con «la ira del Todopoderoso y de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo».6 Así fue cómo los hermanos penitentes pudieron con mayor facilidad que los Cuákeros y Adventistas de los siglos posteriores, introducir en las repúblicas italianas, siempre ávidas de lucha, cierto relativo desarme y preparar el advenimiento de tiempos más pacíficos: nuevo triunfo de Francisco, o si se quiere, del movimiento iniciado por él, sobre los rencorosos y sanguinarios «lobos» de la Edad Media.
Por otra parte, el conflicto de Rímini sugirió naturalmente a Hugolino la idea de reunir a las distintas hermandades locales en un todo compacto y orgánico, que fuese más capaz de defenderse de los ataques de sus poderosos enemigos, y precisamente en el verano de 1221 el Cardenal estaba en Bolonia y podía, por consiguiente, mantener continua correspondencia con los habitantes de Faenza. Y en tal ocasión fue, sin duda, cuando Hugolino y Francisco redactaron juntos la regla para los «hermanos penitentes» franciscanos, a quienes Bernardo de Bessa llamó poco más tarde Tercera Orden (los frailes menores componen la Orden Primera, y la Segunda las clarisas). «Esta Tercera Orden -escribe el secretario de San Buenaventura- abre sus puertas indistintamente a sacerdotes y laicos, a vírgenes, viudas y personas casadas. La obligación constante de hermanos y hermanas es ser y vivir honestamente cada cual en sus respectivos hogares, ocuparse en obras piadosas y evitar el contagio mundano». Se ve entre ellos a nobles caballeros y grandes del mundo vestir humildemente y conducirse de tan hermosa manera con pobres y ricos, que a la legua se advierte cuán verdadero es el temor de Dios que los guía y anima.
No poseemos la regla primitiva de la Orden Tercera tal cual Francisco y Hugolino la escribieron. Pero no hay duda alguna de que, basándose en ella, se redactó la otra de 1228, que Sabatier ha tenido la fortuna de hallar y que debió tener vigencia en alguna de las ciudades donde era de uso corriente la moneda de Ravena, acaso en Faenza misma. He aquí en qué consiste dicha regla:
Los capítulos I y V contienen prescripciones sobre el vestido, los ayunos y las oraciones. El párrafo 1.º del capítulo IV trata de las confesiones y comuniones de los hermanos, que deben ser tres veces al año, a saber: por Navidad, Pascua de Resurrección y Pentecostés. El párrafo 2.º insiste sobre la obligación de pagar los diezmos en conciencia; él 3.º prohíbe llevar armas; el 4.º prohíbe el juramento, como no sea el de fidelidad y el que se exige en los tribunales; el 5.º va contra el juramento vano y las malas palabras. El capítulo VI ordena las reuniones de los hermanos, que deben tenerse una vez al mes y consistir en una misa, sermón y deliberación de los asociados. El capítulo VIII se dedica a los enfermos, que han de ser visitados al menos una vez por semana, debiéndoseles socorrer tanto corporal como espiritualmente. El capítulo IX establece la obligación de orar por los hermanos difuntos y de asistir a sus exequias. El párrafo 1.º del capítulo X obliga a todo miembro de la Orden a hacer testamento dentro de los tres primeros meses después de su ingreso; el párrafo 2.º obliga al terciario a reconciliarse con sus enemigos; el 3.º prescribe las medidas que hay que tomar contra los atropellos de las autoridades civiles; en tales casos el superior de la cofradía debe dirigirse al Obispo; el 5.º especifica las condiciones necesarias para entrar en la Orden: reconciliación con los enemigos, restitución de les bienes mal adquiridos, pago anticipado de los diezmos. El párrafo 1.º del capítulo XI prohíbe admitir a los herejes; el 2.º prohíbe admitir a las mujeres sin consentimiento de sus maridos. Los capítulos XII y XIII tratan de la disciplina interna de la Orden. Son dignos de notarse particularmente los párrafos 8.º y 9.º del capítulo XIII, por los que se manda que el hermano que diere algún escándalo público, manchando, por ende, el honor de la Orden, sea obligado a confesar su falta en plena asamblea de los hermanos y a pagar una multa; y si la falta es muy grave, el hermano podrá ser expulsado de la Orden. Los párrafos 13.º y 15.º prohíben entablar querellas ante la justicia civil contra algún hermano o hermana; todas las contiendas deben dirimirse dentro de la Orden. Por último, en el párrafo 12.º del mismo capítulo se explica más el susodicho mandamiento de restituir los bienes mal adquiridos, y se ordena que, cuando el candidato no pudiere encontrar la persona a quien debe restituir ni a su heredero, procure que un heraldo público, o el sacerdote desde el púlpito, obligue a los acreedores a presentarse reclamando sus bienes.
La regla de otra Comunidad de la Orden Tercera, tal cono la trae Mariano en el manuscrito de Florencia, parece diferir sensiblemente de la que Sabatier encontró en el manuscrito de Capistrano. Pero, como la Tercera Orden se formó de la fusión de diversas confraternidades, al principio independientes unas de otras, es lógico admitir que se hayan conservado esas particularidades locales al par de la reglamentación común. Sobre el desarrollo ulterior de la Tercera Orden, véase la obra de Karl Müller, advirtiendo, sin embargo, que en ella se contienen no pocas afirmaciones inaceptables. Su Santidad León XIII reorganizó la Tercera Orden franciscana en 1883 por su breve Misericors Dei Filius. [Por último, el papa Pablo VI, mediante el breve apostólico Seraphicus Patriarcha, de fecha 24 de junio de 1978, aprobó y confirmó la nueva Regla de la Orden Franciscana Seglar.
Capítulo XII
LA REGLA DE 1223
Con toda verosimilitud, la colaboración de Francisco y Hugolino en la Regla de los frailes menores tuvo el mismo carácter que el trabajo común en la Regla de la Tercera Orden. «San Francisco -dice Mariano de Florencia- comunicaba al Cardenal lo que el Espíritu le inspiraba, y el Cardenal lo ponía por escrito, añadiendo lo que le parecía necesario». Un relato de la Leyenda Antigua o Leyenda de Perusa nos revela el género de la contribución prestada por Hugolino a Francisco en la obra de la redacción de la Regla. Quería Francisco introducir en ésta el artículo siguiente: «Cuando los ministros no se cuidaren de que los hermanos observen la Regla en todo su rigor, podrán éstos observarla, aun contra la voluntad de los ministros». Semejante libertad la había ya dado antes Francisco a Cesáreo de Espira y a los que se le unieran, caso de que los otros frailes rehusaran permanecer fieles a la letra de la Regla y pretendieran adulterarla con torcidas interpretaciones. Se ve que el Santo quería dejar una salida para los hermanos que se resistieran a ir con la mayoría en las cuestiones relativas al estudio y a la pobreza. Pero Hugolino veía en ello una fuente segura de conflictos y divisiones que podían llevar la Orden a completa ruina; por eso dijo a Francisco: «Pues bien, yo lo arreglaré de manera que lo que tú deseas quede en la Regla en cuanto a la sustancia, aunque variando la expresión». El Santo consintió en esta fórmula; pero es lo cierto que su artículo no se insertó sino con notables atenuaciones.
Según la idea primera de Francisco se permitía y aun se mandaba por obediencia a los frailes desobedecer a sus superiores siempre que ello fuere necesario para la observancia literal de la Regla, pues, en el concepto de Francisco, la Regla estaba sobre los ministros, y el voto de obediencia se refería, no a los ministros, sino a la Regla.1 En la redacción de Hugolino, por el contrario, estos hermanos, en quienes Francisco reconocía a sus verdaderos hijos y a quienes había bendecido en la persona de Cesáreo de Espira, aparecían como celantes demasiado escrupulosos, y el artículo de la Regla exhortaba a los ministros a usar de precauciones con respecto a ellos y a procurar persuadirlos. Los que para Francisco eran campeones de la buena causa, en la regla de Hugolino aparecían como enfermos dignos de compasión.2
Además de Hugolino, también Fray Elías, como vicario general de la Orden, ejerció gran influencia en la redacción definitiva de la Regla, según lo testifica una carta a él dirigida por Francisco en el invierno de 1222-1223. Sin duda, Elías se había quejado ante Francisco de la conducta de los frailes, rogándole que le ayudara a reducirlos a mejores sentimientos. He aquí la contestación del Santo:
«Acerca del caso de tu alma, te digo, como puedo, que todo aquello que te impide amar al Señor Dios, y quienquiera que sea para ti un impedimento, trátese de frailes o de otros, aun cuando te azotaran, debes tenerlo todo por gracia. Y así lo quieras y no otra cosa. Y tenlo esto por verdadera obediencia al Señor Dios y a mí, porque sé firmemente que ésta es verdadera obediencia. Y ama a aquellos que te hacen esto. Y no quieras de ellos otra cosa, sino cuanto el Señor te dé. Y ámalos en esto; y no quieras que sean mejores cristianos» (Carta a un Ministro, 2-7).
Con el mismo espíritu de amor, que todo lo acepta como venido de la mano de Dios, que no hurta el cuerpo a los lances desagradables y llega hasta abstenerse de desear la mejora del prójimo cuando ésta ha de ceder en provecho suyo, toca Francisco en su carta a Elías otra cuestión: la manera cómo deben los ministros portarse con los frailes que pecan. Seguramente, era éste un punto ya por ambos repetidas veces dilucidado, mostrándose Elías partidario de las medidas rigurosas, conducentes al mejoramiento del prójimo. Francisco, por el contrario, le escribe:
«En esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos. Y, cuando puedas, haz saber a los guardianes que, por tu parte, estás resuelto a obrar así.
»Y de todos los capítulos de la Regla que hablan de los pecados mortales, con la ayuda del Señor, en el capítulo de Pentecostés, con el consejo de los hermanos, haremos un capítulo de este tenor: "Si alguno de los hermanos, por instigación del enemigo, pecara mortalmente, esté obligado por obediencia a recurrir a su guardián. Y todos los hermanos que sepan que ha pecado, no lo avergüencen ni lo difamen, sino tengan gran misericordia de él, y mantengan muy oculto el pecado de su hermano; porque no necesitan médico los sanos sino los que están mal. De igual modo, estén obligados por obediencia a enviarlo a su custodio con un compañero. Y el custodio mismo que lo atienda con misericordia, como él querría que se le atendiera, si estuviese en un caso semejante. Y si cayera en un pecado venial, confiéselo a un hermano suyo sacerdote. Y si no hubiera allí sacerdote, confiéselo a un hermano suyo, hasta que tenga un sacerdote que lo absuelva canónicamente, como se ha dicho. Y éstos no tengan en absoluto potestad de imponer otra penitencia sino ésta: Vete, y no quieras pecar más".
»Para que este escrito sea mejor observado, tenlo contigo hasta Pentecostés; allí [en la Porciúncula, evidentemente] estarás con tus hermanos. Y, con la ayuda del Señor Dios, procuraréis completar estas cosas y todas las otras que se echan de menos en la Regla» (Carta a un Ministro, 9-22).
Pocos pasajes hablan tan alto como éste de la inagotable indulgencia y ternura de que rebosaba el corazón de Francisco. ¡Cuán lejos estaba el Santo de soplar a la llama próxima a extinguirse ni de golpear la caña ya doblada! ¡Y cuánto dista de este incendio de caridad paternal el frío y lacónico artículo a que vino a quedar reducido el proyecto de Francisco en la Regla redactada y votada en el Capítulo de Pentecostés de 1223, a que se alude en la citada carta! Véase si no:
«Si algunos de los hermanos, por instigación del enemigo, pecaran mortalmente, para aquellos pecados acerca de los cuales estuviera ordenado entre los hermanos que se recurra a solos los ministros provinciales, estén obligados dichos hermanos a recurrir a ellos cuanto antes puedan, sin tardanza. Y los ministros mismos, si son presbíteros, con misericordia impónganles penitencia; y si no son presbíteros, hagan que se les imponga por otros sacerdotes de la orden, como mejor les parezca que conviene según Dios. Y deben guardarse de airarse y conturbarse por el pecado de alguno, porque la ira y la conturbación impiden en sí mismos y en los otros la caridad» (2 R 7).
Este artículo es una norma perfectamente ajustada a la ley canónica y contiene muy poco más de lo que debe hacer en tales casos todo superior que quiera proceder en justicia; hay, es cierto, alguna que otra palabra puesta allí, sin duda, para contentar a Francisco; pero ¿qué queda del inmenso amor evangélico que respira la carta a Fray Elías, de aquel amor que se entrega todo entero y sin reservas aun al pecador más empedernido, se arroja en sus brazos y le dice al oído con infinita ternura: «¿Es verdad, hermano muy amado, que no quieres pedir perdón?» ¿Qué se ha hecho del mandato de Francisco de que ningún fraile ose burlar al pecador, de que todos guarden en secreto su falta y de que le den la mano, como desearían se hiciera con ellos si se hallaran en idénticas circunstancias? ¿Y dónde está aquello otro de que al que cometiere pecado venial no se le diga más sino la palabra del Señor a la pecadora del Evangelio: «Vete y no peques más»?
Cada vez se convencía más Francisco de que tenía que resignarse a ver inexorablemente suprimido o radicalmente modificado lo que él redactaba. Llevado de su profunda veneración hacia el Sacramento del altar, había querido decretar que todo el que encontrara en sitio menos conveniente un papel que contuviera las sagradas palabras de la consagración, o simplemente las palabras «Dios», «el Señor», u otras así, recogiera dicho papel con todo respeto y lo colocara en lugar más decente. Pero los nuevos superiores de la Orden se negaron a comunicar a los frailes en forma de precepto tan delicados sentimientos, tan exquisita piedad para con las palabras santas, so pretexto de que tal mandato pondría en demasiados aprietos las conciencias de los hermanos.
Otra pena grande que afligía el corazón de Francisco era no ver entre los preceptos de la Regla definitiva las memorables palabras evangélicas que tan fuerte impresión habían causado en él y en sus primeros amigos el día de San Matías cuando las oyeron en la misa de la Porciúncula, y que igualmente había encontrado en el Libro Sagrado al consultarlo con Bernardo de Quintaval: «No llevéis nada para el camino: ni bastón, ni alforjas, ni pan, ni dinero», palabras que desaparecieron completamente de la Regla, imponiendo al Santo, a pesar de toda su humildad, acaso el mayor y más doloroso de todos los sacrificios. Fue aquello como si le hubiesen desgarrado el corazón: ¡desechar por baladí y quimérico el consejo a cuya práctica él había consagrado su vida entera! ¡Y desecharlo precisamente aquellos mismos que debían ser sus más celosos guardadores! Desde ese momento Francisco no tuvo día bueno; un profundo desfallecimiento invadió todo su ser; estaba herido de muerte; erat prope mortem et graviter infirmabatur, atestigua su fiel compañero Fray León (EP 11). Es el mismo Espejo de Perfección el que nos recuerda: «A pesar de saber los ministros que los hermanos estaban obligados a guardar el santo Evangelio según el tenor de la Regla, lograron quitar de ella el capítulo donde se escribía: Nada llevéis para el camino, etc., pensando que con esto quedaban desligados de la obligación de observar la perfección del Evangelio» (EP 3). E igualmente: «Quiso también que se escribiera en la Regla que, dondequiera que los hermanos encontraran los nombres del Señor y las palabras por las que se confecciona el cuerpo de Cristo en lugares indecorosos o menos decentes, los recogieran y los guardaran reverentemente, honrando así al Señor en sus palabras. Y, aunque no llegó a escribir esto en la Regla, porque a los ministros no les parecía bien que los hermanos lo tuvieran como precepto, sin embargo, en su Testamento y en otros escritos dejó claramente consignada su voluntad acerca de este punto» (EP 65)3.
Las Leyendas posteriores nos han conservado un como cuadro sinóptico de todos los lances de la lucha de Francisco con los novadores. Cuentan el Espejo de Perfección y Conrado de Offida cómo Francisco se retiró a su ermita de Fonte Colombo, a fin de poder dar, en la oración y el ayuno, la última mano a la Regla de la Orden, haciéndose acompañar de Fray León y Fray Bonicio.
«Francisco se encerraba en una gruta que había en la falda del monte, distante como un tiro de piedra de la gruta de sus dos compañeros; y lo que el Señor le inspiraba en la meditación lo comunicaba a ellos; Bonicio lo dictaba y León lo escribía...».
«Pero muchos ministros se reunieron con el hermano Elías, que era vicario del bienaventurado Francisco, y le dijeron: "Nos hemos enterado de que el hermano Francisco está componiendo una nueva Regla, y tememos que sea tan severa, que no podamos observarla. Queremos, por tanto, que vayas a decirle que no nos queremos obligar a esa Regla. Que la haga para él, no para nosotros".
»El hermano Elías les respondió que no se atrevía a ir, porque temía la reprensión del bienaventurado Francisco. Mas como los ministros insistieran, repuso que no iría solo, sino acompañado de ellos. Entonces fueron todos juntos. Cuando el hermano Elías llegó cerca del lugar donde se hallaba el bienaventurado Francisco, lo llamó. El Santo acudió a la llamada, y, viendo ante sí a los ministros, preguntó: "¿Qué quieren estos hermanos?" El hermano Elías respondió: "Estos son ministros que se han enterado de que estás haciendo una nueva Regla, y, temiendo que sea demasiado austera, dicen y protestan que no quieren someterse a la misma; que la hagas para ti, no para ellos".
»Entonces, el bienaventurado Francisco, con el rostro vuelto al cielo, habló así con Cristo: "Señor, ¡bien te decía que no me harían caso!"
Y al momento oyeron todos la voz de Cristo, que respondía desde lo alto: "Francisco, en la Regla nada hay tuyo, sino que todo lo que hay en ella es mío; y quiero que la Regla sea observada así: a la letra, a la letra, a la letra; sin glosa, sin glosa, sin glosa". Y añadió: "Yo sé de cuánto es capaz la flaqueza humana y cuánto les quiero ayudar. Por tanto, los que no quieren guardarla, salgan de la Orden".
»Entonces, el bienaventurado Francisco, volviéndose a los hermanos, les dijo: "¡Lo habéis oído! ¡Lo habéis oído! ¿Queréis que os lo haga repetir de nuevo?"
»Y los ministros, reconociendo su culpa, se marcharon confusos y aterrados» (EP 1; Verba Fr. Conradi).
En un principio había yo creído que este relato (que también trae Hubertino de Casale) se refería a la Regla confirmada por el Papa en 1223; pero después de mi visita a Fonte Colombo me he convencido de que no puede referirse sino a la regla anterior, de la cual dice San Buenaventura que Fray Elías la recibió de manos de Francisco y en seguida, para librarse de observarla, pretextó que se le había perdido: «Queriendo Francisco redactar la Regla que iba a someter a la aprobación definitiva en forma más compendioso que la vigente, que era bastante profusa a causa de numerosas citas del Evangelio, subió a un monte [Fonte Colombo] con dos de sus compañeros [León y Bonicio] y allí, entregado al ayuno, hizo escribir la Regla tal como el Espíritu divino se lo sugería en la oración. Cuando bajó del monte, entregó dicha Regla a su vicario [Fr. Elías] para que la guardase; y al decirle éste, después de pocos días, que se había perdido por descuido la Regla, el Santo volvió nuevamente al mencionado lugar solitario y la recompuso en seguida de forma tan idéntica a la primera como si el Señor le hubiera ido sugiriendo cada una de sus palabras. Después, de acuerdo con sus deseos, obtuvo que la confirmara el susodicho señor papa Honorio en el octavo año de su pontificado»4.
Por lo demás, es indudable que la Regla que aprobó Honorio III el 29 de noviembre de 1223 se redactó en Fonte Colombo en una nueva estadía del Santo. Francisco la escribió, dice el Espejo de Perfección, porque «no quiso entrar en lucha con los hermanos, ya que temía mucho el escándalo en sí como en los hermanos, y condescendía, mal de su grado, con ellos, excusándose de esto ante el Señor. Mas para que la palabra que el Señor había puesto en sus labios para bien de los hermanos no volviera a Él vacía, se afanaba por cumplirla en sí mismo con la esperanza de alcanzar del Señor la recompensa. Y al fin su espíritu quedaba sosegado y consolado» (EP 2).
No se vaya a creer por lo que antecede que yo piense que la Regla aprobada por Roma carezca de todo espíritu franciscano. Tan lejos estoy de pensar eso, que, antes al contrario, tengo por cierto que, a no conocer más que ésta, y a no saber, como sabemos por otros caminos, las modificaciones que debió sufrir hasta su redacción definitiva, trabajo nos costaría descubrir en ella otra mano que la de Francisco. Allí están, en efecto, todos los principios esenciales de la doctrina franciscana. A renglón seguido del prólogo, impone la Regla la obligación de «guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin propio y en castidad» (2 R 1). En toda la serie de los doce capítulos que forman la Regla (y en cuyo número creemos ver un signo de la veneración del Santo hacia los doce Apóstoles) se encuentran a cada paso prescripciones hijas del más genuino espíritu franciscano. Tal es, por ejemplo, la prohibición de recibir dinero (cap. IV); la de apropiarse cosa alguna (cap. VI); el mandamiento de trabajar (cap. V); el de pedir limosna sin avergonzarse (cap. VI); el de usar vestidos viles, sin que por eso se crean los frailes facultados, por orgullo de pobreza, para despreciar a los demás hombres que vieren comer y vestir delicadamente (cap. II). Para su vida itinerante establece Francisco: «Aconsejo de veras, amonesto y exhorto a mis hermanos en el Señor Jesucristo que, cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan con palabras, ni juzguen a los otros; sino sean apacibles, pacíficos y moderados, mansos y humildes, hablando a todos honestamente, como conviene... En cualquier casa en que entren, primero digan: Paz a esta casa (cf. Lc 10,5). Y, según el santo Evangelio, séales lícito comer de todos los manjares que les ofrezcan (cf. Lc 10,8)» (cap. III). No deben predicar donde el Obispo se lo prohíba (cap. IX); no podrán entrar en los monasterios de monjas (cap. XI); el oficio divino deben rezarlo conforme al rito de la Iglesia romana; en cuanto a los hermanos laicos, lo reemplazarán con el rezo de padrenuestros (cap. III); los que no saben letras, no se cuiden de aprenderlas: «Amonesto de veras y exhorto en el Señor Jesucristo que se guarden los hermanos de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia, cuidado y solicitud de este siglo, detracción y murmuración, y los que no saben letras, no se cuiden de aprenderlas; sino que atiendan a que sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar siempre a él con puro corazón y tener humildad, paciencia en la persecución y en la enfermedad, y amar a esos que nos persiguen, nos reprenden y nos acusan, porque dice el Señor: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen y os calumnian (cf. Mt 5,44). Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,10). Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo (Mt 10,22)» (cap. X).
Por toda la Regla de los Hermanos Menores pasa aún hoy día una llama de aquel fuego que Francisco vino a encender en el mundo, llama que todos los verdaderos hijos del Patriarca se han esforzado por mantener a través de los siglos, siempre viva y pura, sine glossa, sine glossa, como intimó Cristo a Fray Elías en la ermita de Fonte Colombo. «La Regla sin interpretaciones», ved ahí la eterna divisa de todos los franciscanos, la llave con que abren las puertas del Paraíso, y aun llave del Paraíso y anticipo de la vida eterna (cf. EP 76).
Y, en efecto, andando los siglos, vemos aparecer sucesiva y constantemente nuevos Franciscos, tales como Juan de Parma, Hubertino de Casale, Pedro Juan Olivi, Ángel Clareno, Gentil de Espoleto, Pablo Trinci, y San Bernardino de Siena, y Mateo de Basci, y Esteban Molina. Todos estos grandes hombres han reunido en torno suyo a muchedumbres de frailes descalzos, vestidos de grosera túnica, ceñidos de tosca cuerda, que retirados en los mismos eremitorios que habitaron Francisco y sus primitivos discípulos, entonaban, como un cántico nuevo nunca oído hasta entonces, este capitulo semi-olvidado de su Regla: Los hermanos deben ir por el mundo como peregrinos y advenedizos, sin poseer sobre la tierra otra cosa que el tesoro inalienable de la altísima pobreza (cf. 2 R 6). Son ecos de las armonías de la Porciúncula y de Rivotorto, que de edad en edad vuelven a resonar con nuevo seductor hechizo. Semejantes al soldado suizo que, desde las murallas de Estrasburgo, oía mugir del otro lado del Rin las vacas de su infancia y se lanza al río, los frailes menores arrojan de sí cuanto les puede impedir echarse a nado a través de la impetuosa corriente y ganar la nativa ribera.
Capítulo XIII
EL PESEBRE DE GRECCIO
Hacia fines del año 1223 se hallaba Francisco en Roma solicitando la confirmación de su Regla, empresa en la que le ayudaba eficazmente Hugolino, según el mismo Cardenal lo asegura después siendo ya Papa: «Cuando aún ocupábamos un oficio menor ayudamos a Francisco a escribir la Regla y a obtener su confirmación pontificia» (Bula Quo elongati, del 28 de septiembre de 1230).
Seguramente, durante esta permanencia en la Ciudad Eterna Francisco volvió a visitar a «su Fray Jacoba» de Settesoli, ya viuda desde 1217. Era esta señora una de las únicas dos mujeres que el Santo conocía por el rostro; la otra era Sta. Clara (2 Cel 112). En ninguna parte, tal vez, se sentía Francisco tan a sus anchas como en este noble hogar, donde tenía su Betania, siendo Jacoba para él a la vez Marta y María. Ella le preparaba los alimentos de que gustaba, entre otros cierta pasta o crema de almendras de que se acordó y deseó comer en su ultima enfermedad (LP 8). Él le pagó una vez haciéndole un regalo muy en armonía con su espíritu.
Al Santo se le desgarraban las entrañas cada vez que veía llevar un corderillo al matadero, porque al momento se le representaba el sacrificio del Cordero divino sobre el Calvario; y así, siempre que podía, los rescataba y ponía en libertad. Tal hizo un día yendo de camino por la Marca de Ancona, y en seguida se presentó con su rescatada oveja ante el Obispo de Ósimo, a quien tuvo que explicar detenidamente la causa por la que venía con semejante compañera; después, la oveja fue entregada a las monjas de San Severino, las cuales tejieron de su lana una túnica que enviaron de regalo a Francisco mientras se celebraba un Capítulo de Pentecostés en la Porciúncula (1 Cel 78). Otra vez dio su manto en cambio de dos corderillos que llevaba un campesino: «En otra ocasión, pasando de nuevo por la Marca, se encontró en el camino con un hombre que iba al mercado, llevando atados y colgados al hombro dos corderillos para venderlos. Al oírlos balar el bienaventurado Francisco, conmoviéronse sus entrañas y, acercándose, los acarició como madre que muestra sus sentimientos de compasión con su hijo que llora. Y le preguntó al hombre aquel: "¿Por qué haces sufrir a mis hermanos llevándolos así atados y colgados?" "Porque los llevo al mercado -le respondió- para venderlos, pues ando mal de dinero". A esto le dijo el Santo: "¿Qué será luego de ellos?" "Pues los compradores -replicó- los matarán y se los comerán". "No lo quiera Dios -reaccionó el Santo-. No se haga tal; toma este manto que llevo a cambio de los corderos". Al punto le dio el hombre los corderos y muy contento recibió el manto, ya que éste valía mucho más. El Santo lo había recibido prestado aquel mismo día, de manos de un amigo suyo, para defenderse del frío. Una vez con los corderillos, se puso a pensar qué haría con ellos y, aconsejado del hermano que le acompañaba, resolvió dárselos al mismo hombre para que los cuidara, con la orden de que jamás los vendiera ni les causara daño alguno, sino que los conservara, los alimentara y los pastoreara con todo cuidado» (1 Cel 79). También en la Porciúncula tuvo mucho tiempo una oveja domesticada, que le seguía a todas partes, incluso a la iglesia, donde mezclaba sus balidos con los cánticos de los frailes (LM 8,7).
De manera semejante, Francisco tuvo consigo en Roma un corderillo, y éste fue el presente que regaló a su Fray Jacoba al despedirse de ella. Largo tiempo le vivió a la dama el animalito, y cuéntase que por la mañana la acompañaba a la misa y, cuando ella se quedaba dormida, iba a la cama a despertarla balándole y aun moviéndola con suaves y afectuosos topetones de cabeza (LM 8,7). Con la lana de este cordero hiló y tejió Jacoba el hábito que llevó a la Porciúncula el otoño de 1226, cuando Francisco estaba para morir, y con él fue amortajado el Santo (cf. LP 8; Ed. D'Alençon).
Pero no era sólo en casa de Jacoba donde Francisco hallaba hospitalidad: a menudo se hospedaba también en la de los Cardenales, como hacían por lo regular los demás frailes, porque en los comienzos de la Orden era cosa corriente tener los Cardenales consigo algún hermano menor, «no para que les prestaran servicios, sino debido a su santidad y por la devoción que les habían cobrado» (TC 61). Así, Fray Gil estuvo bastante tiempo en casa del Cardenal Nicolás Chiaramonti, y Fray Ángel en la de León Brancaleone. Era ya casi una moda entre los personajes de la Curia romana tener en su compañía un fraile menor, lo que mereció después amargos reproches de parte de Tomás de Celano, que tronó contra la pereza y vida regalona de aquellos «frailes palaciegos» (2 Cel 120-121).
Francisco no tenía madera de «fraile palaciego» (frater palatinus); por eso, ni aun cuando se hospedaba con Hugolino, olvidaba su obligación de mendigar de puerta en puerta el pan de cada día, y este pan obtenido de caridad era el que comía en la mesa del Cardenal (EP 23; 2 Cel 73). Cuando Francisco se instaló con Fray Ángel Tancredi en la casa del Cardenal Brancaleone y éste le cedió para su habitación una torre solitaria que había en el huerto, donde a Francisco le pareció estar como en una ermita, la primera noche de su estancia en ella, vinieron los guastaldi ("gendarmes")5 del Señor y se arrojaron sobre él. Al día siguiente preguntó a Fray Ángel: «¿Por qué me habrán azotado así los demonios y con qué designios les habrá dado poder el Señor para hacerme daño? Y continuó: Los demonios son los verdugos mandados por nuestro Señor: como la autoridad envía su verdugo para castigar al que peca, así el Señor, por medio de sus verdugos -esto es, por los demonios, que en esto son sus ministros-, corrige y castiga a quienes ama. Porque muchas veces aun el buen religioso peca por ignorancia, y, cuando no conoce su falta, es castigado por el diablo, para que interior y exteriormente se examine en qué ha faltado. Dios no deja nada impune en esta vida a quienes ama con un amor tierno. Yo, por la misericordia y gracia de Dios, no conozco que en algo le haya ofendido y no me haya enmendado por la confesión y la satisfacción. Es más: por su gran misericordia, me ha concedido Dios la gracia de conocer en la oración todo lo que le agrada o desagrada en mí. Pero puede suceder que el Señor me haya castigado ahora por sus verdugos porque, si bien el señor cardenal me trata con bondad y de buen grado y mi cuerpo tiene necesidad de este descanso, sin embargo, cuando mis hermanos que van por el mundo soportando hambre y otras penurias o viven en eremitorios y casas pobrecitas, se enteren de que yo me hospedo en la casa del señor cardenal, pueden tomar de ello ocasión para murmurar de mí, diciendo: "Mira: nosotros toleramos tantas calamidades y él se permite sus desahogos". Yo estoy obligado a darles siempre buen ejemplo, y para esto les he sido dado. Siempre será de mayor edificación para los hermanos que viva con ellos en lugares muy pobres, que no en otros; y con mayor paciencia sobrellevarán sus tribulaciones si saben que yo paso por las mismas» (EP 67).
El resultado fue que aquel mismo día Francisco dejó el palacio y la torre del Cardenal y se marchó, sin que ni los ruegos de éste ni las torrenciales lluvias que en el mes de diciembre caen sobre Roma, consiguieran detenerle. Pronto pasó la puerta Salara y, a pesar del intenso frío que reinaba, y del viento que soplaba furioso y del barro que cubría los caminos, tomó resueltamente el camino del norte. Iba contento y gozoso, marchando, aunque sin percatarse de ello, con mayor rapidez que solía, con la idea de verse pronto en su querido valle de Rieti y otra vez en compañía de sus hermanos de Fonte Colombo.
Allá, en medio del silencio majestuoso de los montes Sabinos, le esperaba una nueva consolación.
Desde su viaje a Tierra Santa y su visita a Belén había quedado Francisco con el corazón henchido de una devoción particular por la fiesta de Navidad. Uno de esos años cayó dicha fiesta en viernes, y Fray Morico propuso a los hermanos, por tal motivo, guardar abstinencia, pero Francisco le replicó: «Hermano, pecas al llamar día de Venus (etimología del viernes) al día en que nos ha nacido el Niño. Quiero -añadió- que en ese día hasta las paredes coman carne; y ya que no pueden, que a lo menos sean untadas por fuera» (2 Cel 199). A este propósito solía decir también con frecuencia: «Si llego a hablar con el emperador, le rogaré que dicte una disposición general por la que todos los pudientes estén obligados a arrojar trigo y grano por los caminos, para que en tan gran solemnidad las avecillas, sobre todo las hermanas alondras, tengan en abundancia» (2 Cel 200). «Y también que, por reverencia al Hijo de Dios, a quien esa noche la Santísima Virgen María acostó en un pesebre entre el buey y el asno, todos aquellos que tuvieran alguno de estos animales les dieran esa noche abundante y buen pienso; igualmente, que todos los ricos dieran en ese día sabrosa y abundante comida a los pobres» (EP 114).
El año 1223 le fue dado a Francisco celebrar la Natividad de una manera hasta entonces nunca usada en el mundo. Había en Greccio un amigo y bienhechor suyo llamado Juan Vellita, quien le había hecho donación de una peña rodeada de árboles que poseía frente a la ciudad, a fin de que habitasen allí sus frailes. A este gentil hombre mandó, pues, llamar desde Fonte Colombo y le habló de esta manera: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno» (1 Cel 84).
Juan Vellita corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado. A la mitad de la Noche Buena llegaron los hermanos de Fonte Colombo, acompañados de gran multitud de gente de la región, todos con hachas encendidas en las manos. Los frailes se colocaron en torno a la gruta; el bosque estaba alumbrado como en pleno día. Se celebró una misa sobre el pesebre, que servía de altar, a fin de que el divino Niño estuviese allí realmente presente, como lo estuvo en la gruta de Belén. En medio de la fiesta tuvo Vellita extraordinaria visión, en que vio distintamente sobre el pesebre un niño verdadero, pero dormido y como muerto, y he aquí que Francisco se acerca, toma al niño en sus brazos, éste despierta y comienza a acariciar al Santo, pasándole suavemente la mano por la barba y por el burdo vestido. Ninguna maravilla causó, por lo demás, al piadoso Juan semejante aparición, pues estaba acostumbrado a ver resucitar a Jesús, por obra de Francisco, en tantos corazones donde antes dormía o estaba muerto.
Cantado el Evangelio, avanzó Francisco revestido de diácono y vino a ponerse junto al pesebre. Según la expresión de Celano, «el santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo», y «su voz potente y dulce, su voz clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos» (1 Cel 85-86).
«Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Muchas veces, al querer mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice "el Niño de Bethleem", y, pronunciando "Bethleem" como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de tierna afección. Cuando le llamaba "niño de Bethleem" o "Jesús", se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de estas palabras... Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría» (1 Cel 86).
«El lugar del pesebre fue luego consagrado en templo del Señor: en honor del beatísimo padre Francisco se construyó sobre el pesebre un altar y se dedicó una iglesia, para que, donde en otro tiempo los animales pacieron el pienso de paja, allí coman los hombres de continuo, para salud de su alma y de su cuerpo, la carne del Cordero inmaculado e incontaminado, Jesucristo, Señor nuestro, quien se nos dio a sí mismo con sumo e inefable amor y que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos. Amén» (1 Cel 87).
[1] Sabatier habla extensamente del contraste entre quien sirve a Dios por puro amor y quien le sirve por interés de la recompensa, y pretende que el primero es el espíritu franciscano, y el segundo el que anima a los príncipes de la iglesia. Pero tal oposición es pura fantasía. Francisco, en su predicación, se apoyaba sin cesar en la consideración del premio y del castigo. En el Capítulo de las Esteras pronunció estas palabras, cuyo sentido es bien claro: «Hijos míos, grandes cosas hemos prometido, pero mucho mayores son las que Dios nos ha prometido a nosotros; mantengamos lo que nosotros hemos prometido y esperemos con certeza lo que nos ha sido prometido. Breve es el deleite del mundo, pero la pena que le sigue después es perpetua. Pequeño es el padecer de esta vida, pero la gloria de la otra vida es infinita» (Flor 18; 2 Cel 191). Su Carta a todos los fieles está basada toda ella en la idea de la recompensa, y en el cap. IX de la Regla de 1223 recomienda a sus frailes, como tema de predicación, «los vicios y las virtudes, la pena y la gloria» (2 R 9,4). Abundando en la mima idea, el Beato Juan de Parma pone en boca de «Dama Pobreza» estas palabras que dirige a sus fieles: «No os acobarde la magnitud de la lucha, que mayor ha de ser la recompensa» (Sacrum Commercium). Toda esta obra de Juan de Parma, que pertenece al campo franciscano más riguroso e intransigente, está saturada del pensamiento de una «recompensa» que extrañamente parece disgustar a Sabatier, quien igualmente debería lamentarla también en Cristo (Mt 6,1) y en San Pablo (Rm 8,18).
[2] Cf. la Primera consideración sobre la Llagas, en el apéndice de las Florecillas.- El Casentino es el valle superior del Arno.- Nunca consintió Francisco en que se le diese documento que le asegurase derecho alguno sobre el Alverna. Sólo después de su muerte, en 1274, los hijos de Orlando hicieron formal donación de aquel monte a la Orden, donación cuyo texto puede verse en el Bullarium Franciscanum de Sbaralea (Roma 1768, t. IV, p. 156, nota h), y es copia del original existente en el archivo de Borgo San Sepolcro. Allí leemos que los hijos del conde ratifican, por orden expresa de éste, una donación que hasta entonces no se había hecho más que de viva voz y sin escrito alguno. Al mismo tiempo los hijos de Orlando de Chiusi hacen al convento del Alverna formal donación de algunas reliquias de S. Francisco y del cordón de cuero que éste ciñera a su padre cuando le admitió en la Tercera Orden.
[3] Celano dice que este segundo viaje lo emprendió Francisco poco tiempo después de su vuelta de Eslavonia (1 Cel 56). Sabatier coloca la fecha de este viaje en 1214-1215.
[4] 1 Cel 57.- Los biógrafos posteriores hacen llegar esta vez a Francisco hasta Santiago de Compostela, atribuyéndole una multitud de fundaciones de conventos en España, Piamonte y el Mediodía de Francia (AF III, p. 9); pero los Bolandistas rechazan abiertamente todas estas tradiciones. Lo que sí es cierto es lo que dice Lucas de Tuy en su Hist. univ., el año 1217: «Por esta fecha los frailes menores construyeron conventos en toda España» (Acta SS., oct. II, p. 603, n. 303).
[5] Puede que esta asociación de ideas entre Tierra Santa y la Porciúncula deba también su origen a una tradición local que desde antiguo corría en Italia y según la cual ésta última iglesia fue construida por cuatro peregrinos provenientes de Tierra Santa a imitación del santuario de Nuestra Señora del Valle de Josafat, en la Palestina. De este modo la Virgen, arrojada de Tierra Santa por los infieles, halló su segunda patria en la Umbría. Ya, en un sentido diferente y meramente poético, Tomás de Celano había llamado a Greccio «una nueva Belén» (1 Cel 85); y, de manera semejante, se veía un nuevo Sinaí en Fonte Colombo, donde Francisco había escrito la Regla de su Orden, y un nuevo Gólgota en monte Alverna, donde recibió los estigmas de la Pasión de Cristo. Todo esto obedece a la idea de la «conformidad» entre Francisco y el divino Maestro, que Bartolomé de Pisa desenvolvió después sistemáticamente.
En cuanto a las leyendas poéticas que después vinieron a juntarse a la de la indulgencia y de las cuales la más célebre es la del «Milagro de las rosas», hay que decir que sólo comenzaron en el primer tercio del siglo XIV. Se hallan por primera vez en el diploma de Conrado, Obispo de Asís, en favor de la autenticidad de la indulgencia, diploma que lleva fecha de 1335 (Sabatier). El milagro de las rosas, en particular, está tomado evidentemente de la leyenda de San Benito de Nursia. Sabemos que Francisco visitó en 1222 Subiaco y el Sacro Speco, donde están las zarzas que la sangre de San Benito cambió en rosal florido. El retrato de Francisco que Fray Otón pintó en el muro de la capilla de Gregorio IX en Subiaco, parece tomado del natural durante la estancia del Santo en aquel sitio (Thode). No es imposible que Maseo o León acompañaran a Francisco a Subiaco y que después hayan mezclado en su imaginación las impresiones que de allá trajeron con los recuerdos de la vida real de su maestro. Subiaco recuerda las Cárceles o Greccio, y Francisco debió sentir profunda emoción al ver en sí el vivo retrato de su célebre predecesor.
[6] «Cuando el bienaventurado Francisco cruzó el mar con Pedro Cattani, dejó dos vicarios, fray Mateo de Narni y fray Gregorio de Nápoles... Ahora bien, puesto que según la primitiva Regla, los hermanos ayunaban miércoles y viernes y, con el permiso de Francisco, también lunes y sábados, mientras que los otros días comían carne, estos dos vicarios, con algunos hermanos más ancianos de Italia, tuvieron un Capítulo, en el que establecieron que los hermanos no adquirieran carne en los días permitidos, sino que la comiesen solamente en el caso de que los fieles la ofrecieran espontáneamente. Además, establecieron el ayuno obligatorio los lunes y los otros dos días, añadiendo que los lunes y sábados no debían procurarse lacticinios, sino que se debían abstener de ellos, a menos que los fieles devotos los ofrecieran de modo espontáneo.
Un hermano laico... tomó consigo las constituciones y cruzó el mar sin licencia de los vicarios... Leídas las constituciones en el preciso momento en que el bienaventurado Francisco estaba sentado a la mesa y se disponía a comer la carne que le habían preparado, preguntó a fray Pedro: "¿Señor Pedro, qué hacemos?" Y él respondió: "¡Ah, señor Francisco!, lo que os parezca ya que vos tenéis la autoridad". Dado que fray Pedro era docto y noble, el bienaventurado Francisco, por cortesía, le honraba llamándole "señor"... Por fin, concluyó el bienaventurado Francisco: "Comamos, pues, como dice el Evangelio, la comida que nos han preparado"» (Jordán de Giano, Crónica, nn. 11-12.
[7] 2 Cel 148; EP 43. Según Sohnürer, este episodio debió tener lugar en el invierno de 1219-1220, porque en el invierno siguiente Francisco había renunciado ya al generalato, lo que hacía imposible la proposición de Hugolino.
[8] Bula Cum dilecti, en Sbaralea, I, p. 2.- El 29 de mayo del año siguiente Honorio dirigió otra a los prelados franceses, especialmente a los de las regiones infestadas por la herejía (Ibid., p. 3).
[9] Analecta Franciscana III, pp. 581-582, según un manuscrito del siglo XIV.
[10] Los escritos de Jacobo de Vitry pueden verse en el volumen de la BAC que contiene los escritos y biografías de San Francisco.- Flor 24; 2 Cel 57; LM 9,8.- De este hecho y de otros análogos concluye el orientalista Riant que Francisco debió de obtener para sí y sus frailes algún salvoconducto por el estilo de los firmanes que después se concedieron a los franciscanos; el primero fue concedido por Zahler Bibars I (1260-1277). Así se explica también la preferencia de los Papas en escoger siempre entre los frailes menores su legado cerca de los jefes mahometanos como también, por la inversa, el que fuese un franciscano el encargado por el sultán de Egipto, en 1244, de una misión cerca del Pontífice Inocencio IV.