Libro segundo

EL EVANGELISTA

Pacis et poenitentiae legationem amplectens...

Bernardo de Quintaval fue el primero que, acogiendo el mensaje de paz y penitencia, vendido cuanto tenía y entregado a los pobres según el consejo de perfección evangélica, corrió tras el santo de Dios, perseverando hasta el fin en la santísima pobreza (TC 39).

Capítulo I

LOS PRIMEROS DISCÍPULOS

La respuesta que Francisco dio a los ladrones del monte Subasio en abril de 1207: Praeco sum magni regis!, «¡Soy el heraldo del gran Rey!», constituyó desde entonces su única divisa y bandera, su lema y grito guerrero para toda la vida; pero, a decir verdad, nunca se dio cuenta cabal de su significado y alcance hasta el día de la misa referida en el capítulo anterior. Desde ese momento ya no tuvo ninguna vacilación y se consagró de lleno al desempeño de su misión de heraldo.

Durante los meses que siguieron a la misa de S. Matías, los habitantes de Asís presenciaron un curioso, nunca visto espectáculo: un extraño tipo de penitente vagabundo recorría descalzo las calles y plazas, deteniendo a los transeúntes para darles «la paz del Señor»; dondequiera que veía algún grupo de personas, allá se iba y, subiendo sobre alguna piedra o desde el umbral de la puerta más cercana, se ponía a predicarles.

Este singular personaje no era otro que el hijo de Pedro Bernardone, que empezaba ya su obra evangelizadora. Su palabra no podía ser más sencilla y ajena al artificio; no hablaba más que de una cosa: del bien supremo de la paz; paz con Dios por la observancia de sus preceptos; paz con los hombres por la rectitud de los procederes; paz consigo mismo por el testimonio de la buena conciencia (1 Cel 23; TC 25-26; LM 3,2).

Las ruidosas carcajadas con que, un año antes, acogiera el pueblo de Asís las exhibiciones del joven convertido, a partir de la escena del palacio episcopal se trocaron en respetuoso silencio; ya nadie se mofaba de él, sino que le escuchaban con atención y hasta con cierta reverencia; sus palabras no se extinguían en las ondas del aire, sino, cual granos fecundos, iban derecho a muchos corazones bien dispuestos para recibirlas y deseosos de estrechar sus relaciones con Dios.

Bien pronto se vio Francisco rodeado de compañeros e imitadores. El primero fue, según Celano, un varón sencillo y piadoso de Asís (1 Cel 24), cuyo nombre y vida posterior no nos han sido conservados por los biógrafos, por lo que el honor de haber sido históricamente el primer discípulo de Francisco pertenecerá siempre a Fray Bernardo de Quintaval[1].

Este Bernardo era también mercader como Francisco, y verosímilmente de su misma edad, aunque no había sido de sus mismos gustos, pues no había pertenecido al grupo de jóvenes alegres que presidía el hijo de Bernardone, cuyas memorables aventuras le habían interesado bien poco. Sin duda, en un principio tuvo, al igual que otros muchos, por fantásticas y transitorias la conversión y las tareas constructoras de Francisco; pero viendo después que el tiempo corría sin que él cambiara de conducta, se trocaron sus sospechas en respeto, sus risas y burlas en sincera admiración.

Probablemente había llevado hasta entonces una vida arreglada y socialmente honorable. Lo que le tocó el corazón y le impulsó a seguir a Francisco fue lo que Sabatier define atinadamente con el nombre de «nostalgia de la santidad». El fuego sagrado prendió en su pecho, es decir, ese anhelo vehemente de abandonar el mundo, que es la esencia íntima del cristianismo, de volver las espaldas a cuanto el alma aprecia y busca inquieta y en vano, de no preocuparse más que de la única cosa verdaderamente necesaria. Poco a poco sintió que dentro de su corazón iba madurando la resolución de seguir materialmente a Francisco, así como le seguía ya moralmente, de hacerse pobre como él, de vestir como él, de compartir la vida que él llevaba. Su anhelo de privaciones y de renuncia de las cosas temporales aumentaba de día en día, sin que, sin embargo, se decidiera a comunicarselo a Francisco; el confidente de sus santos secretos era otro espíritu muy parecido al suyo, canónigo de la catedral de San Rufino, llamado Pedro Catáneo (o Cattani), quien, laico y todo, desempeñaba el oficio de consejero legal del cabildo de Asís. (El primer sacerdote que entró en la Orden fue Fray Silvestre, undécimo o duodécimo de los discípulos de Francisco en el oren cronológico. La noticia de que Pedro Catáneo era jurisperito et canónigo de la iglesia de San Rufino, pertenece a Glassberger: Analecta Franc., II, p. 6).

Cuentan las leyendas posteriores que Bernardo, antes de asociarse definitivamente a Francisco, quiso cerciorarse, por medio de un ardid arriesgado, de la santidad del joven predicador. Le invitó varias veces a alojarse en su casa, lo que Francisco aceptaba de buena gana (probando con esto que no tenía aún domicilio fijo). En cierta ocasión Bernardo hizo preparar para su huésped una cama en su propia alcoba, donde, como era costumbre entre las familias de su clase, ardía una lámpara durante toda la noche[2]. Entonces sucedió el caso siguiente, que narran la Crónica de los XXIV Generales y las Florecillas:

«Francisco, con el fin de ocultar su santidad, en cuanto entró en el cuarto, se echó en la cama e hizo como que dormía; poco después se acostó también messer Bernardo y comenzó a roncar fuertemente como si estuviera profundamente dormido. Entonces, Francisco, convencido de que dormía messer Bernardo, dejó la cama al primer sueño y se puso en oración, levantando los ojos y las manos al cielo, y decía con grandísima devoción y fervor: "¡Dios mío, Dios mío!" (Deus meus et omnia: Mi Dios y mi todo). Y así estuvo hasta el amanecer, diciendo siempre entre copiosas lágrimas: "¡Dios mío!", sin añadir más» (Flor 2).

Tomás de Celano trae un relato más breve, pero que concuerda con el anterior en lo sustancial: «Bernardo -dice- lo había visto que, sin apenas dormir, estaba en oración durante toda la noche, alabando al Señor y a la gloriosísima Virgen, su madre» (1 Cel 24). Lo cierto es que al día siguiente Bernardo tomó la resolución irrevocable de seguir a Francisco; pero se lo comunicó indirectamente en forma de demanda de consejo en un caso de conciencia:

-- Cuando alguno ha recibido de su señor, en calidad de depósito, algún bien grande o pequeño, y, después de tenerlo muchos años, no quiere retenerlo más, en tal circunstancia, ¿cuál será para él la mejor manera de obrar?

-- Debe restituir el depósito a aquel de quien lo recibió -dijo Francisco sencillamente.

-- Hermano mío, pues todo lo que yo poseo en punto a bienes temporales lo he recibido de mi Señor y Maestro Jesucristo, y ahora quiero devolvérselo: ¿cómo me aconsejas tú que haga?

-- Lo que me decís, messer Bernardo, es algo tan grande y de tal importancia, que conviene que pidamos consejo al mismo Señor Jesucristo, rogándole que se digne indicarnos la mejor manera de realizar tan grave negocio; conque vamos ahora a la iglesia a leer en el libro de los Evangelios lo que el Señor ordena a sus discípulos.

Es probable que, mientras ambos jóvenes tenían tal razonamiento, llegase por allí el canónigo Pedro Catáneo. Como quiera que fuese, lo cierto es que todos tres se encaminaron luego, por la plaza del mercado, a la iglesia de San Nicolás, situada entonces en el sitio donde ahora hay un cuartel de carabineros. Así que entraron e hicieron un poco de oración en común, Francisco se acercó al altar y, tomando el misal, lo abrió a la suerte, la cual cayó en estas palabras de S. Mateo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo» (Mt 19,21). Abrió segunda vez, también al azar, el libro santo, y leyó: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24). Hizo una tercera consulta y obtuvo por respuesta: «No llevéis nada para el camino» (Mc 6,8). En seguida Francisco cerró el libro y, volviéndose a los dos amigos, les dijo: «Hermanos, ésta es nuestra vida y regla, y también la vida y regla de todos los que deseen vivir con nosotros. Id, pues, hermanos míos, y haced lo que habéis escuchado» (TC 29).

Bernardo se apresuró a poner en ejecución el consejo evangélico: se fue a la plaza que había delante de la iglesia de San Jorge, hoy plaza de Santa Clara, donde empezó a repartir sus bienes a los pobres. Francisco estaba presente a este espectáculo, alabando a Dios con un gozo que apenas podía contener. Porque, además de tener por padre a un mendigo en lugar de Bernardone, Dios le enviaba ahora un hermano que suplía con creces al que había dejado en el hogar.

Mientras Bernardo y Francisco hacían la distribución en la plaza de San Jorge y Pedro Catáneo andaba también reuniendo sus bienes para darles igual cobro, acertó a pasar cerca de allí un sacerdote llamado Silvestre, quien suministrara piedras a Francisco para la reconstrucción de San Damián, vendiéndoselas a bajo precio, sin duda en vista del piadoso objeto a que las destinaba; pero ahora, viéndole derramar tan sin medida el oro, se acercó a Francisco y le dijo: «Las piedras que te vendí me las pagaste tú harto miserablemente». Indignado Francisco al ver tanta codicia en un siervo de Dios, tomó un puñado de monedas en el pliegue del vestido de Bernardo y se lo dio al sacerdote, añadiendo: «Resarcíos ahora, señor sacerdote».

Silvestre recibió fríamente su dinero, dio las gracias y se marchó. Pero cuentan las leyendas que aquel incidente fue para él el comienzo de una vida nueva, porque, entrando en sí y comparando su apego a los bienes terrenos con el desinterés heroico de aquellos dos jóvenes seglares, empezó a sentir en su corazón, cada vez más clara y apremiante, la triunfadora voz del Evangelio: «Nadie puede servir a dos señores». Poco tiempo después Silvestre se presentó a Francisco, suplicándole que le admitiese en el número de sus hermanos.

Unidos en un mismo deseo de seguir a Jesucristo, los tres compañeros, Francisco, Bernardo y Pedro, ordenados todos sus asuntos en Asís, se trasladaron a la Porciúncula y al punto construyeron, no lejos de la pequeña iglesia, una choza de ramas embarradas donde poder descansar durante la noche y orar durante el día.

Allí vino, ocho días después de la conversión de Bernardo, otro joven de Asís llamado Gil (o Egidio), a pedir que se le admitiese también en la santa compañía. La manera como el opulento Bernardo y el sabio jurista Pedro Catáneo habían dispuesto de sus bienes en beneficio de los pobres, no pudo menos de excitar la admiración y ser en la ciudad el tema obligado de todas las conversaciones de plazas y calles y casas particulares. Y en una de esas pláticas domésticas pasadas a la lumbre del hogar, entre el chisporroteo de los tizones de olivo o de castaño (porque las noches de abril son más que frescas en Asís), fue donde Gil oyó a sus padres hablar de Francisco y sus amigos.3

Al día siguiente se levantó muy de mañana, «con el alma preocupada por el negocio de su salvación», dicen las antiguas leyendas. Era el 23 de abril, día del santo mártir Jorge, y Gil se fue a la iglesia de San Jorge a oír misa, después de la cual tomó el camino que baja de Asís a la Porciúncula, donde sabía que se hallaba Francisco.

Enfrente del hospital de San Salvador de los Muros, el camino se partía en dos, y Gil, ignorando el que debía tomar, rogó a Dios que se lo inspirase, y Dios le oyó, porque, tomando una de las sendas, a poco de andar por ella divisó a Francisco que salía de un pequeño bosque. Verle, arrodillarse ante él y pedirle que le recibiese en su compañía, todo fue uno. Francisco, observando el piadoso continente del nuevo candidato, le levantó con cariño y le dijo: «Mi querido hermano, grande es la merced que te hace Dios. Si el emperador viniese a Asís y escogiese para caballero o chambelán suyo a uno de los ciudadanos, ¿no es verdad que éste se consideraría muy feliz? ¡Cuánto más te debes regocijar tú, a quien Dios ha elegido para caballero y servidor suyo, llamándote a practicar la santa perfección evangélica!»

En seguida condujo Francisco a Gil a donde estaban los otros dos hermanos y se lo presentó, diciéndoles: «Dios nuestro Señor nos envía un hermano más; gocémonos, pues, en el Señor y comamos ahora juntos en la santa caridad».

Terminada la refección, Francisco y Gil subieron a Asís a procurarse el paño para el hábito del nuevo hermano. Por el camino se encontraron con una pobre anciana que les pidió limosna, y Francisco, volviéndose a Gil, le dijo con semblante angelical: «Mi querido hermano, es preciso que, por amor de Dios, des tu manto a esta pobre mujer».

Acto seguido Gil obedeció y dio su manto a la pobre, pareciéndole, según contó más tarde, que su limosna subía al cielo, y experimentando en su corazón un placer de todo en todo inefable[3].

Con Gil eran ya cuatro los hermanos reunidos en la cabaña de la Porciúncula. A la verdad no hubieron menester de otra morada fija en los primeros años, misionando como pasaban continuamente, ya los cuatro juntos, ya de dos en dos. Una vez, salió Francisco acompañado de Gil, que le era particularmente caro y a quien él llamaba (reminiscencia de sus lecturas románticas) «su caballero de la Tabla Redonda», y pasando las fronteras de la Umbría, llegó hasta la Marca de Ancona, región comprendida entre los Apeninos y el mar Adriático. A su vuelta tuvo la felicidad de hallar tres nuevos discípulos: Sabatino, Morico y aquel Juan que recibió después el sobrenombre de Capella, porque, contra la regla de la Orden, fue el primer discípulo que usó sombrero en vez de capucha para cubrirse la cabeza. Todos siete se pusieron de nuevo en marcha, eligiendo Francisco para su misión el valle de Rieti en los montes Sabinos.

Los discursos de Francisco y sus amigos contrastaban, por su extrema sencillez y carencia de ornato, con la oratoria oficial de las gentes de iglesia, y más que sermones elaborados eran exhortaciones ajenas a todo artificio, que salían del corazón e iban derecho al corazón. Tres eran sus temas favoritos: temer a Dios, amar a Dios y convertirse del mal al bien. Cuando Francisco acababa de hablar, siempre añadía Gil con gran ingenuidad: «Amigos míos, lo que él os ha dicho es la verdad; escuchadle y haced como él os ha enseñado».

Nuestros predicadores, vestidos a la campesina, iban por todas partes suscitando la más viva admiración y curiosidad: quiénes los tomaban por «hombres salvajes», quiénes, sobre todo las mujeres, huían al verlos acercarse, quiénes se avistaban con ellos para preguntarles de qué orden eran, a lo que ellos respondían que no eran de ninguna, sino sólo «hombres de la ciudad de Asís que hacían penitencia» (TC 37; AP 19). Pero en todo caso, penitentes o no, su porte nada tenía de triste y melancólico; iban siempre gozosos, alabando a Dios por su bondad para con ellos, y Francisco les daba el ejemplo con sus cantos en francés. «Habiéndolo dejado todo -dice uno de sus biógrafos-, no tenían por qué no regocijarse en gran manera». Cuando, a semejanza de las aves del cielo, cruzaban los viñedos de la Marca de Ancona a los dulces rayos del sol de la primavera, no cesaban de dar gracias al Creador, que los librara de tantos lazos y trabas que aprisionan y atormentan a los amadores del mundo (AP 15).

Antes de despachar para la misión a sus seis discípulos, Francisco los reunió en un bosque vecino a la Porciúncula, donde solían todos tener su oración (AP 18), y allí les habló, en su lenguaje tan lleno de dulzura como vivo y penetrante, del reino de Dios que iban a anunciar a los hombres, enseñándoles el desprecio del mundo, la renuncia de los bienes terrenos y la mortificación continua del cuerpo y de todas las pasiones. Les dijo: «Marchad, carísimos, de dos en dos por las diversas partes de la tierra, anunciando a los hombres la paz y la penitencia para remisión de los pecados. Y permaneced pacientes en la tribulación, seguros, porque el Señor cumplirá su designio y su promesa. A los que os pregunten, responded con humildad; bendecid a los que os persigan; dad gracias a los que os injurien y calumnien, pues por esto se nos prepara un reino eterno... No temáis porque aparezcáis pequeños e ignorantes; más bien anunciad con firmeza y sencillamente la penitencia, confiando en que el Señor, que venció al mundo, habla con su espíritu por vosotros y en vosotros para exhortar a todos a que se conviertan y observen sus mandamientos. Encontraréis hombres fieles, mansos y benignos, que os recibirán con alegría y acogerán vuestras palabras; y otros muchos infieles, soberbios y blasfemos, que con sarcasmo os resistirán, como también a vuestras palabras. Formad en lo más hondo del corazón el propósito de soportarlo todo con paciencia y humildad» (1 Cel 29; TC 36; LM 3,7).

Así dijo Francisco, y en seguida los abrazó a todos, uno por uno, como hacer pudiera con sus hijos la más cariñosa madre; les dio su bendición y, a guisa de viático, este consejo de la santa Escritura: «Pon tu confianza en el Señor, que Él te sostendrá» (Sal 54,23).

Con esto salieron los discípulos de dos en dos a recorrer el mundo. Al pasar por delante de una iglesia o de un crucifijo, al oír sólo un tañido de campana, aunque fuera distante, al punto se arrodillaban sobre el polvo del camino y recitaban esta breve oración que Francisco les enseñara: «Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo». Tan pronto como entraban en una de esas pequeñas ciudades que, entonces como ahora, se alzaban con sus muros y torres en la cima de los montes, se dirigían a la plaza del mercado, donde, parándose, entonaban el himno de divinas alabanzas que también les había dictado Francisco:

«Temed y honrad, alabad y bendecid, dad gracias y adorad al Señor Dios omnipotente en Trinidad y Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas.

»Haced penitencia, haced frutos dignos de penitencia, porque pronto moriremos.

»Dad y se os dará. Perdonad y se os perdonará.

»Y, si no perdonáis a los hombres sus pecados, el Señor no os perdonará vuestros pecados; confesad todos vuestros pecados.

»Bienaventurados los que mueren en penitencia, porque estarán en el reino de los cielos.

»¡Ay de aquellos que no mueren en penitencia, porque serán hijos del diablo, cuyas obras hacen, e irán al fuego eterno!

»Guardaos y absteneos de todo mal y perseverad hasta el fin en el bien» (1 R 21).

Poco tardaron los misioneros en experimentar la verdad de las previsoras advertencias de Francisco y en sentir la necesidad de atenerse a ellas; pues muchas gentes los tomaron por insensatos, colmándolos de injurias y vilipendios y arrojándoles al rostro el barro de los caminos; otros los despojaban de sus vestiduras, y ellos ningún amago hacían para defenderse, sino proseguían su camino desnudos y modestos; otros los agarraban por la capucha y se los echaban al hombro, como si fuesen fardos; otros les ponían por fuerza dados en las manos constriñéndolos a jugar; otros, por fin, los tomaban por ladrones, negándose a darles asilo durante la noche y obligándolos así a dormir en húmedas covachas, o sobre las gradas de las escaleras, o bajo los pórticos de las casas y de los templos.

Bernardo de Quintaval, acompañado de otro condiscípulo (Fray Gil, según Celano), se dirigió al norte y llegó hasta Florencia, ciudad que recorrieron toda en busca de alojamiento, pero en vano. Por fin llegaron a una casa cuya dueña consintió en alojarlos debajo de un cobertizo que había a la entrada; empero, no bien habían obtenido esta autorización cuando llegó el marido y la desaprobó acremente, aunque después acabó por concederla también, en vista de la seguridad que le dio su mujer de que nada había en el cobertizo que los mendigos pudieran sustraer, sino algunos trozos de leña. La buena mujer, sin embargo, hubo de renunciar al propósito que al principio concibiera de proporcionarles algún abrigo con que se defendiesen del intenso frío que reinaba, pues era pleno invierno.

Al día siguiente, muy temprano, Bernardo y su compañero, transidos de frío y muertos de hambre, se despidieron de sus descorteses hospedadores y se fueron a la iglesia más cercana, donde habían oído que llamaban a misa. Momentos después llegó también la dueña de casa, y al verlos orar recogida y piadosamente, dijo para sus adentros: «Si estos hombres fueran maleantes y ladrones, como decía mi marido, no estarían aquí a esta hora, ni asistirían tan atentos a la celebración de los divinos oficios». Mientras tales cosas revolvía en su mente la señora, llegó también un caballero llamado Guido, quien acostumbraba ir allí todas las mañanas en busca de mendigos a quienes repartir limosna. Pasando la cuotidiana revista, llegó a donde estaban Bernardo y su hermano, los cuales rehusaron recibir la limosna que les ofrecía el generoso Guido, de lo que éste quedó no poco maravillado, en términos que hubo de preguntarles: «¿Por ventura, no sois pobres como los otros? ¿Por qué, pues, no queréis aceptarme nada?» A lo que respondió Bernardo: «Pobres somos; pero nuestra pobreza no es para nosotros fardo insoportable, pues la hemos abrazado voluntariamente por seguir el consejo evangélico». A tal respuesta subió de punto la estupefacción de Guido, que continuó sus preguntas indagatorias, y así vino a saber que Bernardo había sido hasta poco antes un hombre rico, pero que había distribuido a los pobres sus riquezas a fin de poder predicar libremente el Evangelio de la conversión y de la paz.

Mientras Guido y Bernardo sostenían su diálogo, se llegó a ellos la señora que había dado alojamiento a los dos hermanos, persuadida ya de que los había juzgado mal, puesto que ahora rehusaban tan firmemente recibir la limosna que Guido les alargaba. «Cristianos -les dijo, llamándolos con un apelativo entonces y ahora muy usado en Italia-, si queréis volver a mi casa, os hospedaré con el mayor gusto». Pero ya Guido, sabiendo su mala ventura de la víspera, les había ofrecido hospitalidad en su propia casa. Dieron, pues, las debidas gracias a la buena señora, que tan felizmente había cambiado de opinión respecto de ellos (TC 38-39; AP 20). Todos los datos convencen de que nuestros dos peregrinos llegaron esta vez hasta el célebre santuario español de Santiago de Compostela (1 Cel 30; Flor 4).

En cuanto a Francisco, queda dicho que esta vez eligió para teatro de su misión el valle del Rieti. Desde Terni, siguiendo el curso del Velino, fue visitando toda una serie de grandes y pequeñas aldeas: Estroncone, Cantalicio, Poggio Bustone, Greccio, encontrando en todas partes, dice la leyenda, el temor y el amor de Dios casi extinguidos, desierto, o poco menos, el camino de la penitencia, y, al contrario, atestado de pasajeros el camino ancho, el camino del mundo, por donde los hombres corren desalados tras la satisfacción de sus deseos; fue, pues, su principal tarea «cegar esos caminos erróneos e interminables». Y a la verdad, aún hoy día es considerada aquella predicación de Francisco por el valle de Rieti en los comienzos de su apostolado como una verdadera evangelización en el sentido literal del vocablo, una conversión de paganos al cristianismo.

Durante el desempeño de esta misión fue, según sus biógrafos, cuando adquirió Francisco la dichosa certidumbre de que le habían sido perdonados sus pecados, certidumbre sin la cual le habría sido de todo en todo imposible la obra que había emprendido. A 500 metros sobre la villa de Poggio Bustone y a 1000 sobre el nivel del valle se hace una gruta a la que Francisco, fiel a su costumbre contraída ya en Asís, solía retirarse para orar más a sus anchas. Allá en la cima de la montaña, en plena soledad y silencio, donde no había más señales de vida que el fugitivo canto de algún pájaro silvestre, o la bulliciosa caída de algún torrente lejano, pasaba Francisco largas horas arrodillado sobre desnuda piedra. Si hemos de comprender plenamente a Francisco de Asís, es menester seguirle hasta aquella escarpada cumbre, hasta la cavidad de aquella roca solitaria y abrupta.

Porque siempre había y hay en él, al lado del evangelista y del misionero, el ermitaño contemplativo; donde quiera que él puso su planta, quedaron rocas y cavernas, ermitas y retiros, testigos y recuerdos de sus penitencias y oraciones. Las Cárceles cerca de Asís, San Urbano cerca de Narni, Fonte-Colombo cerca de Rieti, Monte Casale cerca de Borgo-San-Sepolcro, las Celdas cerca de Cortona, las Cuestas cerca de Nottiano, Sarteano cerca de Chiusi, el Alverna en el valle del Casentino, todos estos lugares prueban que el espíritu que animaba a Francisco de Asís era exactamente el mismo que había animado a Benito de Nursia en la antigüedad y debía animar a Ignacio de Loyola en los comienzos de la edad moderna. Francisco en Poggio Bustone y en Fonte-Colombo corresponde a Benito en el Sacro Speco cerca de Subiaco y a Ignacio en la cueva de Manresa. A todos los tres se les impuso una misma e invariable divisa: ora et labora. Todos los tres experimentaron la necesidad de robar a los quehaceres de Marta las horas que reclama el ejercicio de María.

En una de estas horas de María fue cuando Francisco buscó y encontró la gruta de Poggio Bustone. Puede que por aquel entonces hubiese compuesto ya la siguiente hermosa oración, tan profundamente concentrada como rica de sentidos y afectos, que, sin embargo, nadie oyó de sus labios, sino algún tiempo después: «¿Quién eres tú, Señor y Dios mío? ¿Quién soy yo, el más humilde gusano de la tierra entre tus siervos? ¡Oh, Señor mío, cuánto quisiera yo amarte! ¡Oh, mi Señor y mi Dios, yo te doy mi corazón y mi cuerpo, pero cuán gustoso haría yo más por ti si pudiera!»

Como quiera que sea, de una cosa podemos estar ciertos, y es que en aquellas horas de solitaria oración vio Francisco abierto delante de sí lo que Ángela de Foligno llamó «el doble abismo»: de un lado, el abismo de la esencia, de la luz y de la hermosura divinas, y del otro, el abismo de su propia humana naturaleza con sus tinieblas y pecados. ¿Quién era él para osar constituirse en guía de los hombres, en maestro de sus hermanos, él que, pocos años antes no más, había sido un verdadero hijo del mundo, pecador entre los más pecadores? ¿Quién era para atreverse a predicar, amonestar y dirigir a los demás, él, indigno de proferir con sus labios impuros de hombre carnal el sacrosanto nombre de Jesucristo? Al pensar en lo que había sido y en lo que podía tornar a convertirse (porque siempre llevaba escondido en lo más profundo de su ser un residuo de su antigua naturaleza), y por otra parte en la idea que tenían de él los que le honraban y seguían, entonces le embestía un sentimiento de angustia y de vergüenza tan hondo, que resonaban en sus oídos las desoladas palabras del Apóstol: «¡Ay de mí, que predico a los demás, que no venga yo a ser reprobado!»

La humildad se había apoderado de todo su ser como un león de su presa, triturando en él hasta los últimos residuos del amor propio. Deshecho, triturado, anonadado, se prosternaba en la presencia de Dios, verdad suma, santidad infinita, en cuyo acatamiento sólo puede estar lo que es verdadero y santo. Francisco miraba hacia el fondo de su corazón y en él hallaba que no había en todo el mundo criatura más miserable que él, alma más extraviada y sumergida en el mal que la suya; y desde el abismo de la angustia en que esta consideración le hundía clamaba a Dios: «¡Señor, ten compasión de mí, que soy pecador!» (Lc 18,13).

Entonces fue cuando la gruta desierta de Poggio Bustone presenció el milagro que se opera en toda alma que, desconfiando de sí misma, se levanta hasta Dios en alas de la fe, de la esperanza y del amor: el milagro de la justificación. «De mi nativa maldad lo temo todo; de la bondad de Dios todo lo espero», repetía Francisco en su oración continua; y la respuesta fue la que Dios estila en casos semejantes: «Nada temas, hijo mío; tus pecados te son perdonados».

Desde aquel momento Francisco se sintió plenamente apercibido para la obra que le esperaba; ya había logrado penetrar en la esencia del espíritu cristiano y, precisamente por haber renunciado a todo, podía aspirar a la posesión de todo; porque no eran ya sólo su padre y su madre, su hogar y su patria, sus riquezas y comodidades lo que él había abandonado, sino también lo que el hombre tiene de más preciado y estimable, lo que debía abandonar como condición precisa para llegar a poseer a Dios: a sí mismo, su propio ser. A partir de ese momento toda su justicia fue la que, según doctrina del Apóstol, opera Cristo por medio de la fe y sobre la cual se irguió el majestuoso edificio de su heroica santidad; lo cual nos descubre una verdad más honda y más preciosa que la meramente histórica en aquel ingenuo relato del capítulo décimo de las Florecillas:

«Se hallaba Francisco en el lugar de la Porciúncula con el hermano Maseo de Marignano, hombre de gran santidad y discreción y dotado de gracia para hablar de Dios; por ello lo amaba mucho Francisco. Un día, al volver Francisco del bosque, donde había ido a orar, el hermano Maseo quiso probar hasta dónde llegaba su humildad; le salió al encuentro y le dijo en tono de reproche:

-- ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti?

-- ¿Qué quieres decir con eso? -repuso San Francisco.

Y el hermano Maseo:

-- Me pregunto ¿por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte? Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble, y entonces, ¿por qué todo el mundo va en pos de ti?

Al oír esto, Francisco sintió una grande alegría de espíritu, y estuvo por largo espacio vuelto el rostro al cielo y elevada la mente en Dios; después, con gran fervor de espíritu, se dirigió al hermano Maseo y le dijo:

-- ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí viene todo el mundo? Esto me viene de los ojos del Dios altísimo, que miran en todas partes a buenos y malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más grande pecador que yo. Y como no ha hallado sobre la tierra otra criatura más vil para realizar la obra maravillosa que se había propuesto, me ha escogido a mí para confundir la nobleza, la grandeza, y la fortaleza, y la belleza, y la sabiduría del mundo, a fin de que quede patente que de Él, y no de creatura alguna, proviene toda virtud y todo bien, y nadie puede gloriarse en presencia de Él, sino que quien se gloría, ha de gloriarse en el Señor (1 Cor 27-31), a quien pertenece todo honor y toda gloria por siempre.

El hermano Maseo, ante una respuesta tan humilde y dicha con tanto fervor, quedó lleno de asombro y comprobó con certeza que San Francisco estaba bien cimentado en la verdadera humildad»[4].

Capítulo II

EL DERECHO DE PREDICAR

Un día se hallaba Francisco en Asís, en casa del Obispo Guido. Sin duda había ido, según costumbre suya, a demandar consejo al que él miraba como «padre y señor de las almas» (TC 19); pero también es probable que fuera en busca de alguna limosna; porque en verdad las circunstancias por las que atravesaban los hermanos eran asaz penosas. A su vuelta de las misiones encontraron cuatro nuevos compañeros: Felipe Longo, Juan de San Constancio, Bárbaro y Bernardo de Vigilancio, a los cuales se agregó otro que Francisco llevaba de Rieti, llamado Ángel Tancredi, joven caballero a quien el Santo había conquistado en una calle de dicha ciudad, dirigiéndole el siguiente amoroso reproche: «Tancredi, bastante tiempo has llevado ya esa espada y esas espuelas; es menester que trueques el cinturón por la cuerda, la espada por la cruz y las espuelas por el polvo y el barro de los caminos; sígueme y te armaré caballero del ejército de Cristo»[5].

No se trataba, pues, de alimentar a tres o cuatro, como antes, sino a un grupo ya numeroso de compañeros. En un principio los habitantes de Asís, llevados de la admiración respetuosa que la vista de los hermanos les causaba, suministraban lo necesario a su manutención; pero ahora empezaban a cansarse, instigados sobre todo por los propios parientes de los hermanos, que no cesaban de perseguirlos, haciéndoles severos cargos de que «habían abandonado los bienes que poseían para abrazar un estado en que tenían que subsistir y regalarse a costa de lo ajeno».

Duplicado el número de ellos, se vieron forzados a abandonar la cabaña de la Porciúncula y a trasladarse a una casucha arruinada, distante de aquélla camino como de veinte minutos, sita en un lugar llamado Rivotorto (por la vuelta que allí daba cierto arroyuelo) y perteneciente, como otras del mismo género que había en dicho sitio, a los Crucígeros de San Salvador de los Muros. De esta Orden había sido miembro Fray Morico; por donde se supone que a su influencia se debió el que Francisco obtuviese la necesaria autorización para instalarse allí con su cofradía[6].

Esta cabaña, o tugurium, de Rivotorto era de tan estrechas dimensiones, que Francisco se vio obligado, para evitar toda confusión y desorden, a escribir el nombre de cada uno en la muralla frente al respectivo lugar (1 Cel 44; TC 55). De iglesia ni de capilla no había que hablar; todos oraban delante de una gran cruz de madera que habían puesto a la entrada del tugurio (LM 4,3). Por descontado, Francisco no veía mal alguno en tan extrema pobreza, antes le agradaba sobremanera, entre otras razones porque de allí tenía camino expedito para ir, siguiendo el curso del torrente, a unas cuevas de la falda del Subasio, que se dirían hechas para la oración y que Francisco llamaba, a causa de su estrechez, sus «cárceles», carceri.

De todo esto, como era natural, se hablaba mucho en Asís y estaba bien enterado el Obispo. Muchas veces este varón excelente trató de disuadir a Francisco de aquella manera de vida que a sus ojos era demasiado rigurosa, pareciéndole de estricta necesidad que los hermanos poseyeran algunos bienes, al menos los indispensables para proveer a su cuotidiano sustento: sin duda, la mendicidad voluntaria le chocaba, como le acontece a todo hombre que mira las cosas por su lado natural y ordinario.

Pero Francisco era en este punto intransigente, sabiendo, como sabía (y el conde León Tolstoi ha venido a corroborarlo), que la posesión de una propiedad personal, por pequeña que sea, constituye siempre un obstáculo para la realización de la perfecta vida cristiana. El día aquel se trataba este punto entre ambos amigos, y Francisco vino a declarar resueltamente al Obispo: «Señor, si tuviéramos algunas posesiones, necesitaríamos armas para defendernos. Y de ahí nacen las disputas y los pleitos, que suelen impedir de múltiples formas el amor de Dios y del prójimo; por eso no queremos tener cosa alguna temporal en este mundo» (TC 35).

El propio Obispo estaba a la sazón dando buena prueba de cuán verdaderas eran las palabras de Francisco, porque se hallaba en pleito con los Crucígeros y con la abadía benedictina del monte Subasio; y así fue que no tuvo nada que replicar a la terminante respuesta de Francisco. Ya que no podía levantarse hasta la sublimidad del ideal de su joven protegido, comprendió, al menos, que carecía del derecho de estorbar por ningún medio su realización.

Por lo demás, no era cierto tampoco que la mendicidad fuese para los hermanos la única fuente de entradas, y si no, abramos el Testamento de Francisco por aquella parte donde narra los comienzos de la Orden:

«Después que el Señor me dio hermanos, nadie me ensañaba qué debería hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debería vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo hice que se escribiera en pocas palabras y sencillamente, y el señor Papa me lo confirmó. Y aquellos que venían a tomar esta vida, daban a los pobres todo lo que podían tener; y estaban contentos con una túnica, forrada por dentro y por fuera, el cordón y los paños menores. Y no queríamos tener más.

»Los clérigos decíamos el oficio como los otros clérigos; los laicos decían los Padrenuestros; y muy gustosamente permanecíamos en las iglesias pobrecillas y desamparadas. Y éramos iletrados y súbditos de todos. Y yo trabajaba con mis manos, y quiero trabajar; y quiero firmemente que todos los otros hermanos trabajen en trabajo que conviene al decoro. Los que no saben, que aprendan, no por la codicia de recibir el precio del trabajo, sino por el buen ejemplo y para rechazar la ociosidad. Y cuando no se nos dé el precio del trabajo, recurramos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta. El Señor me reveló que dijésemos el saludo: El Señor te dé la paz» (Test 14-23).

Estas palabras, escritas por la propia mano del Santo, contienen todo el programa de vida que observaban los hermanos en la Porciúncula y en Rivotorto. Francisco no quería otra cosa que lo que había querido antes el mismo Jesucristo, es a saber, que sus seguidores poseyeran las menos cosas posibles, que se ganaran el sustento con el trabajo de sus manos y que, éste no bastando, recurrieran a ajeno auxilio; que evitasen cuidados inútiles, absteniéndose de allegar bienes superfluos; que fuesen como las aves del cielo, libres de los lazos que atan a la tierra; que, en fin, ocupasen la vida entera en dar a Dios continuas gracias por sus favores y alabanzas continuas por las maravillas de su poder. «Como peregrinos y forasteros en este mundo»: he ahí el ideal de Francisco de Asís y la expresión que nunca se le caía de la boca. Quería, dice Celano, que todas las cosas de este mundo cantaran la peregrinación y el destierro: «Este hombre odiaba no sólo la ostentación de las casas, sino que detestaba profundamente que hubiese muchos y exquisitos enseres. Nada quería, en las mesas y en las vasijas que recordase el mundo, para que todas las cosas que se usaban hablaran de peregrinación, de destierro» (2 Cel 60).

Tales máximas concuerdan de todo en todo con las prescripciones que Francisco escribió para sus frailes en la primera Regla:

«Todos los hermanos, en cualquier lugar en que se encuentren en casa de otros para servir o trabajar, no sean mayordomos ni cancilleres, ni estén al frente de las casas en que sirven; ni acepten ningún oficio que engendre escándalo o cause detrimento a su alma; sino que sean menores y súbditos de todos los que están en la misma casa. Y los hermanos que saben trabajar, trabajen y ejerzan el mismo oficio que conocen, si no es contrario a la salud del alma y puede realizarse con decoro... Pues dice el apóstol: "El que no quiere trabajar, no coma"; y en otra parte: "Cada uno permanezca en el arte y oficio en que fue llamado". Y por el trabajo podrán recibir todas las cosas necesarias, excepto dinero. Y cuando sea necesario, vayan por limosna como los otros pobres. Y séales permitido tener las herramientas e instrumentos convenientes para sus oficios» (1 R 7,1-9).

«El Señor manda en el Evangelio: "Mirad, guardaos de toda malicia y avaricia"; y también: "Guardaos de la solicitud de este siglo y de las preocupaciones de esta vida". Por eso, ninguno de los hermanos, donde quiera que esté y adondequiera que vaya, en modo alguno tome ni reciba ni haga que se reciba pecunia o dinero, ni con ocasión del vestido ni de libros, ni como precio de algún trabajo, más aún, con ninguna ocasión, a no ser por manifiesta necesidad de los hermanos enfermos; porque no debemos estimar y reputar de mayor utilidad la pecunia y el dinero que los guijarros... Guardémonos, por tanto, los que lo dejamos todo, de perder por tan poca cosa el reino de los cielos. Y si en algún lugar encontramos dinero, no nos preocupemos de él más que del polvo que hollamos con los pies... Con todo, en caso de manifiesta necesidad de los leprosos, los hermanos pueden pedir limosna para ellos. Guárdense mucho, no obstante, de la pecunia para provecho propio» (1 R 8).

«Todos los hermanos empéñense en seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo, y recuerden que ninguna otra cosa del mundo entero debemos tener, sino que, como dice el Apóstol: "Teniendo alimentos y con qué cubrirnos, estamos contentos con eso". Y deben gozarse cuando conviven con personas de baja condición y despreciadas, con pobres y débiles y enfermos y leprosos y los mendigos de los caminos. Y cuando sea necesario, vayan por limosna. Y no se avergüencen, sino más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios vivo omnipotente..., no se avergonzó. Y fue pobre y huésped y vivió de limosna él y la bienaventurada Virgen y sus discípulos. Y cuando la gente les ultraje y no quiera darles limosna, den gracias de ello a Dios; porque a causa de los ultrajes recibirán gran honor ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo. Y sepan que el ultraje no se imputa a los que lo sufren, sino a los que lo infieren. Y la limosna es herencia y justicia que se debe a los pobres y que nos adquirió nuestro Señor Jesucristo» (1 R 9,1-8).

Con tales y otras semejantes palabras exhortaba Francisco a sus amigos a perseverar en la vida pobre y rigurosa que habían abrazado. A veces servían en los hospitales, otras ayudaban a los campesinos en sus cosechas, y nunca su salario era otra cosa que el pan cuotidiano con algunos sorbos de agua de la fuente vecina. «Durante el día iban a las casas de los leprosos o a otros lugares decorosos y quienes sabían hacerlo trabajaban manualmente, sirviendo a todos humilde y devotamente. Rehusaban cualquier oficio del que pudiera originarse escándalo; más bien, ocupados siempre en obras santas y justas, honestas y útiles, estimulaban a la paciencia y humildad a cuantos trataban con ellos» (1 Cel 39). Estas palabras de Celano nos dan la práctica de las citadas prescripciones de la primera Regla. Lo mismo trae Bartolomé de Pisa en su libro de las Conformidades, donde leemos: «Francisco exigía de sus hermanos que, a su ejemplo, se dedicasen al servicio de los leprosos y demás enfermos cuya vista causa horror al mundo». Las Florecillas citan asimismo muchos ejemplos que manifiestan la caridad de los frailes con los enfermos y leprosos. Por la Crónica de los XXIV Generales sabemos también que algunos frailes llegaron a quejarse de que el Santo «los distrajese de la oración por ocuparlos en cuidar leprosos». Finalmente, la Crónica de Eccleston habla de cierto fraile que «moraba con San Francisco en un hospital».

Pero a menudo les faltaba el trabajo, y entonces todas las puertas se les cerraban en Asís, poniendo a durísima prueba su esperanza y afligiendo por honda manera el corazón de Francisco. ¡Cuántas veces estos extremos de penuria estarían a punto de vencer la constancia de nuestros penitentes en el tugurio de Rivotorto, sobre todo en las tristes horas de lluvia, en que el agujereado techo que medio los cubría se llovía todo y, sin embargo, se veían obligados a permanecer debajo de él, porque los caminos se cubrían de barro y escarcha, haciéndose intransitables; y no tenían un pedazo de pan que comer, ni certidumbre alguna de que los hermanos que habían salido a pedirlo se lo trajeran; ni tenían fuego con que fomentar los ateridos miembros, ni menos libros para distraerse con su lectura! ¿Quién nos podrá asegurar que en esas horas sombrías y glaciales del invierno umbriano (que es corto, pero recio y penoso) ninguno de los compañeros de Francisco sintiera en su pecho la voz de la rebelión contra aquella, a ojos mundanos, descabellada aventura, resolviendo volver las espaldas a aquella cueva siniestra y a la compañía de aquellos insensatos y tornar a Asís, donde, ¡ay!, en otro tiempo tenían casa, y huerto, y dinero, y posesiones y comodidades que habían abandonado en favor de los pobres? No hay duda de que para más de alguno sonaría la hora del desaliento y de la final derrota. Sin embargo, la verdad es que los biógrafos no nos hablan sino de una sola defección, la de Juan Capella; todos los demás, refiere la leyenda, se mantuvieron firmes en su propósito, comiendo raíces de nabos en cuenta de pan: y al fin triunfaron. Porque la opinión pública, tan largo tiempo adversa, se rindió, por fin, y empezó a mirarlos con cierta admiración, que no tardó en trocarse en absoluta confianza y estima en vista de su perseverancia y piedad no desmentidas. Los viajeros que de noche pasaban por frente al tugurio de Rivotorto, oían sus rezos y plegarias; durante el día trabajaban en el hospital, o dondequiera que se les ofrecía decente ocupación. «Para evitar la ociosidad, ayudaban en las faenas del campo a pobres labradores, y éstos les daban pan por amor de Dios», dice el Espejo de Perfección (EP 55h). No obstante su extremada pobreza, siempre tenían alguna cosa que dar a los que les pedían; a veces les tocaba tener que dar el capucho o una manga de su hábito. En cuanto al dinero, persistían en la inquebrantable voluntad de no tocarlo. Un hombre les dejó cierta considerable cantidad sobre el altar de la Porciúncula, y algún tiempo después la encontró intacta a la orilla del camino en un montón de basuras.

Pero lo que sobre todo llamaba la atención era el amor más que de madre con que se trataban. Una vez dos de ellos, yendo de viaje, dieron con un loco furioso que, al verlos, se puso a tirarles piedras, sin vagar y sin compasión: entonces empezaron ellos a cambiar de lugar a cada instante, porfiando ambos por recibir las pedradas y librar de ellas el uno al otro. Si algún hermano ofendía de palabra a otro, no quedaba contento mientras no se reconciliaba con él y mientras no conseguía que le pusiese el pie sobre la boca que había osado pronunciar una palabra no envuelta en caridad cristiana. Jamás se les sorprendía gastando el tiempo en pláticas inconvenientes, mundanas o superfluas. Cuando por el camino se encontraban con una mujer, nunca la miraban a la cara, sino fijaban en el suelo los ojos y al cielo levantaban el corazón[7].

Con cuánto desdén miraban las pompas del mundo, se vio claro en septiembre de 1209, cuando el emperador Otón de Brunswick atravesó el valle de Espoleto, camino de Roma, adonde iba a recibir la corona imperial de manos del Papa Inocencio III. De Asís, de Bettona, de Spello, de Isola Romanesca y otras ciudades y villas del llano y de la montaña acudieron en tropel las gentes a presenciar el espléndido cortejo; sólo los ermitaños de Rivotorto se mantuvieron en su retiro, excepto uno a quien Francisco ordenó presentarse ante el emperador para advertirle que los honores de este mundo eran transitorios e inseguros; palabras cuya verdad no tardó en experimentar el mismo emperador[8].

También Francisco tenía el propósito de ir a Roma. Habiendo escrito o dictado en Rivotorto la regla de los hermanos, «con palabras breves y sencillas», como dice en su Testamento, deseaba obtener la confirmación de la Iglesia para esta regla, o forma de vida, como él gustaba de llamarla.

Tal confirmación no era todavía indispensable, porque el decreto que prohíbe fundar ninguna orden religiosa sin expresa autorización de la Santa Sede, data del concilio de Letrán, celebrado en 1215. Pero otra práctica había empezado a introducirse hacía poco: la de otorgar a los seglares el derecho de predicar, derecho antes reservado exclusivamente a Obispos y sacerdotes. Tal concesión la había alcanzado Pedro Valdo, bajo condición de someterse siempre y en todas partes a la dirección del respectivo clero. Análogo permiso habían obtenido en 1201 los hermanos Humillados, y en 1207 Durando de Huesca y sus valdenses católicos. Razón tenía, pues, Francisco para alimentar la esperanza de que Inocencio III le acogería benignamente.

Por otra parte, Francisco tenía por los Apóstoles profunda devoción, que le impulsaba irresistiblemente a visitar su tumba y la sede del sucesor de su príncipe. El ideal constantemente acariciado por el santo de Asís era restaurar la vida apostólica tal cual se describe en los Evangelios; todo debía ser del uso común entre los hermanos, «según la norma transmitida y observada por los Apóstoles»; el argumento decisivo a los ojos de Francisco era en cada caso que «así se acostumbraba en la Iglesia apostólica»[9]. Leyendas posteriores afirman que los santos Apóstoles Pedro y Pablo se le aparecieron mientras oraba en la iglesia de San Pedro en Roma, asegurándole en la posesión de «todo el tesoro de la pobreza».

Un día del verano de 1210 la pequeña comunidad de penitentes dejó Rivotorto y tomó el camino de Roma. Pocas noticias se han conservado de este viaje: todo lo que se sabe es que Bernardo de Quintaval, y no Francisco, hizo de superior de la comitiva durante el trayecto, y a él obedecían todos; que los santos viajeros hallaron corto el camino, porque por todo él fueron piadosamente entretenidos en devotas plegarias, cantos y pláticas espirituales; que al llegar la noche encontraban siempre, merced del Señor, oportuno asilo y todo lo necesario a su subsistencia (TC 46).

Llegados a Roma, lo primero que hicieron fue visitar a su Obispo Guido, que también había ido a la Ciudad Eterna y prometido probablemente a Francisco interceder en su favor. Es cierto que los presentó al Cardenal Juan de San Pablo[10], amigo suyo, y que por este medio se les facilitó el acceso al Papa, aunque otros historiadores pretenden que Francisco trató de llegar hasta Inocencio directamente y sin intermediario, pero que no se le permitió. Lo único históricamente cierto, al menos para nosotros, es que el Cardenal Juan, después de alojar por algunos días en su casa a los hermanos, tomó a su cargo el recomendarlos al Papa Inocencio (TC 47-49). El Obispo de Asís conocía no sólo a Francisco sino también a los otros hermanos, como afirma expresamente la Leyenda de los Tres Compañeros (n. 47). Llevado de su partidismo, Sabatier no ha querido prestar atención a este testimonio ni a otros parecidos como, por ejemplo, el de Celano, que nos dice que el obispo «honraba en todo a San Francisco y a sus hermanos y los veneraba con especial afecto» (1 Cel 32). Es cierto que, según Celano, Guido no conocía con exactitud el motivo del viaje de los frailes a Roma; pero eso no excluye en absoluto la hipótesis de un acuerdo previo, más o menos preciso, entre el Obispo y Francisco. En cualquier caso, lo cierto es que el Obispo no veía con buenos ojos la posibilidad de que los frailes tuviesen la intención de dejar la Umbría. Por tanto, no tiene ni siquiera sombra de similitud la acusación de Sabatier de que Guido puso poco empeño en ocuparse de Francisco y de su causa. El mismo Francisco nos dice, según el Espejo de Perfección: «En los primeros tiempos de mi conversión, Dios inspiró al Obispo de Asís a fin de que me aconsejara y me animara en el servicio de Cristo». En la Leyenda Mayor de San Buenaventura (3,9), cuando relata la visita de San Francisco a la curia romana, Jerónimo de Áscoli, ministro general y después papa con el nombre de Nicolás IV, intercaló un texto según el cual Inocencio III despachó indignado al siervo de Dios como si le fuera desconocido. Pero a la noche siguiente el Pontífice tuvo en sueños la visión de un arbusto que se transformaba en grandioso árbol, representando al pobre Francisco. Llegada la mañana, Inocencio ordenó que buscaran a aquel pobre, que se encontraba en el hospital de San Antonio, junto a Letrán, y dispuso que lo trajeran de inmediato a su presencia.

Sabatier reprocha al Cardenal Juan el haberse aprovechado de la estancia en su casa de Francisco y sus compañeros para informarse minuciosamente, en su calidad de representante de la Curia pontificia, de las ideas y proyectos de los nuevos cofrades. Pero, dado que el hecho fuera cierto, el reproche carece en absoluto de fundamento, porque la Iglesia atravesaba en aquel entonces por tan graves y difíciles circunstancias, que toda medida prudente venía a ser para sus jefes de todo punto obligatoria.

Es dar de la Edad Media una idea absolutamente falsa, hablar, como suele hacerse a menudo, «del poder de la Iglesia» en aquel período; y semejante expresión es todavía más inadmisible tratándose del pontificado de Inocencio III; porque, a la verdad, ni el siglo de la Reforma ni el de la Revolución han sido tan hostiles al Papa y a la Iglesia como lo fueron los primeros años del siglo XIII. Hoy día nadie se atrevería a cometer contra la persona del Papa los desacatos que tantas veces tuvo que soportar Inocencio. Él mismo refiere que el sábado santo 8 de abril de 1203, mientras iba de la iglesia de San Pedro a la de Letrán, se vio, no obstante la corona papal que llevaba sobre su cabeza, acometido del pueblo, que le llenó de ultrajes tan groseros, que su pluma se resiste a consignarlos.

Ya en 1188 el pueblo de Roma, adelantándose a los futuros terroristas franceses, había suprimido la cronología cristiana, reemplazándola por la nueva era que empezaba en la restauración del Senado romano en 1143. Repetidas veces fue Inocencio expulsado de Roma, tomada y declarada propiedad comunal la torre que él y sus hermanos construyeran para su refugio y cuyos restos imponentes llevan todavía el nombre de familia de Inocencio, Torre dei Conti. El año 1204, en los meses de mayo a octubre, presenció el Papa, encerrado en San Juan de Letrán, la horrenda devastación de Roma perpetrada por sus enemigos los Capocci, que se habían apoderado de ella.

Igual suerte corrían el poder y la autoridad de Inocencio en los escasos restos de los antiguos Estados pontificios que los Hohenstaufen se habían dignado dejar al trono de San Pedro. Para escapar al dominio temporal del Papa, las ciudades de la Italia central se rebelaban a la continua contra su supremacía espiritual, rompiendo formalmente la unidad de la Iglesia. En Orvieto, por ejemplo, los partidarios de la independencia eligieron por jefe al albigense Pedro Parenzi, que había dado muerte al podestá enviado por Inocencio. Viterbo nombró cónsules a unos herejes declarados, a despecho de todas las amenazas y prohibiciones del Papa. Narni, que había destruido la pequeña ciudad de Otrícoli, permaneció excomulgada cinco años, y no le importó un ardite tan tremendo castigo. Con la misma sangre fría la república de Orvieto desestimó las intimaciones del Papa cuando en 1209 saqueó e incendió a su vecina Acquapendente. El clero y los Obispos de Cerdeña mostraban tal hostilidad contra el Papa y su legado Blas, que en 1202 se vio éste materialmente sitiado por hambre, y poco después la gibelina Pisa arrebató al Papa la posesión de la isla.

Hasta el fruto de sus victorias se le disputaba a Inocencio sin sombra de respeto. Cuando Conrado de Ürslingen vino a Narni para hacer donación al Papa de la ciudadela de Asís, los habitantes de esta ciudad destruyeron el fuerte antes que Inocencio pudiese posesionare de él, y el Papa, lejos de pensar en castigar semejante desacato, no quiso ni entrar en Asís cuando en 1198 fue a recibir los homenajes de las ciudades umbrianas.

En los momentos precisos en que Francisco se hallaba en Roma, todo el mundo estaba en abierta rebelión política y espiritual contra la autoridad pontificia, ni más ni menos que ha acontecido tantas veces en siglos posteriores. En aquellas sectas, más o menos contagiadas de política, que pululaban entonces a través de Europa, encontramos a cada paso tipos acabados de puritanos, independientes, iluminados, radicales y francmasones. Incontables son los fundadores de sectas nuevas y heréticas que nos presenta la historia de la Iglesia en los comienzos del siglo XIII: ahí el asceta Pedro Valdo con sus «pobres de Lyon»; ahí panteístas de orgía, como David de Dinand y Orliebo de Estrasburgo; ahí los satanistas de la «familia de amor», cuyos miembros celebraban conventículos y misas negras en la misma Roma.

De todas estas sectas la de los albigenses era la más peligrosa. Por los años de 1200 la encontramos ya esparcida por toda la Europa, desde Roma hasta Londres, desde España hasta el Mar Negro, pero principalmente en las regiones que riega el Danubio en su curso inferior, en el norte de Italia, en el mediodía de Francia y en ciertos lugares de la cuenca del Rin. Estos herejes penetraban en los diversos países con distintos nombres: en las riberas del bajo Danubio se apellidaban búlgaros o publicanos; en Lombardía, patarenos o gazarenos; y en el sur de Francia, cátaros o albigenses (de la ciudad de Albi). Pero en todas partes enseñaban una misma y sola doctrina, que venía a reducirse a la resurrección del antiguo dualismo maniqueo. Los bogomiles y paulicianos búlgaros se emparentaban directamente con los sectarios de Manes.

La doctrina filosófica de los albigenses se basaba en el antiguo principio pagano de la dualidad de dioses: el dios bueno, creador de las almas, y el dios malo, creador del mundo corpóreo. Enseñaban que el hombre debía preservarse de todo lo corpóreo y rechazaban, en teoría, el matrimonio, la vida de familia y todo lo que les parecía inconciliable con la espiritualidad pura; de donde el nombre de cátaros o limpios, con que ellos mismos se llamaban, llegando algunos, en su celo fanático, hasta buscar la muerte con ciego apasionamiento. Pero la práctica del mayor número era muy otra, pues autorizaban el matrimonio, y algunos hubo como los luciferianos alemanes, cuya rigurosa continencia teórica degeneró en monstruosa carnal licencia.

Semejantes herejes tenían que ser, tanto por su doctrina filosófica como por su vida práctica, enemigos natos de la Iglesia católica, que luchaba a brazo partido por conservar firme y entera una de las bases de la civilización cristiana, es a saber, el monismo teológico, aunque por mucho tiempo no echó mano en su defensa más que de las armas espirituales. La unidad de Dios: he ahí el principio por cuyo triunfo combatía la Iglesia, y en verdad que logró salir airosa del empeño. Entre el maniqueo y el cristiano mediaba todo un abismo; porque mientras a aquél se le antojaba impura y maldita la vida, obra de un demonio la naturaleza, y el deseo de vivir detestable crimen, para éste la creación era una verdadera obra de arte, pura y santa, efecto de la voluntad creadora del supremo Amor, no siendo las manchas que la afean, sino obra exclusiva de la miseria y del pecado del hombre. Por donde se ve con cuánta razón quería Roma saber de cual lado del abismo se inclinaban Francisco y sus hermanos, y si su riguroso ascetismo provenía del orgullo cátaro o de la humildad evangélica. Esto sin contar con que los nuevos penitentes venían de Asís, circunstancia que debía necesariamente suscitar desconfianza en los ánimos católicos, por cuanto Asís era una de las comunidades italianas donde los cátaros se habían adueñado del poder público, eligiendo en 1203 a un albigense por su podestá.

Sobraban, pues, motivos para temer que fuese Francisco del mismo linaje y cepa que Pedro Valdo, cuyo ideal de vida había sido también, como el suyo, la pobreza evangélica. Aquel famoso comerciante lionés obtuvo en 1179, de Alejandro III, el permiso de predicar al pueblo la conversión y de vivir en pobreza apostólica; pero muy luego, en 1184, Lucio III se vio obligado a excomulgarle con sus compañeros, por rebeldes con la autoridad eclesiástica y renovadores del donatismo, permaneciendo dentro de la iglesia sólo unos cuantos valdenses acaudillados por el español Durando de Huesca.

No fue larga, empero, la inquisición que tuvo que hacer el Cardenal Juan para descubrir con toda evidencia que Francisco no adolecía de ninguno de los errores valdenses. Porque la existencia de un Dios único era el fundamento de la piedad de Francisco, así como lo es de toda la teología católica. Precisamente en el Concilio de Letrán de 1215 se afirmó la doctrina de la unidad de Dios contra la herejía de los cátaros.

No hay más que un solo Dios, el Dios de la creación y de la redención, el Dios de la cruz y de la gloria, el Dios de la naturaleza y de la gracia; Dios no es más que uno, como es uno el universo, como es uno el cielo; un solo Dios es alabado y bendecido en todos los dominios de la vida y del movimiento, desde el gusano de la tierra hasta el serafín glorioso, al través de las eternidades. Francisco sentía con toda la intensidad de su ser este principio esencial; lejos de ser un maniqueo renegador de la vida, la amaba entrañablemente como cristiano, no sólo en su manifestación natural con su pureza, sus bondades y encantos, su íntima dulzura, sino en toda la plenitud de la divina esencia; por donde venía a diferenciarse toto coelo de aquellos otros caracteres soberbios que se daban los nombres de puros, perfectos y elegidos, mientras en la realidad, como sucede con todos los soberbios, fluctuaban entre los dos extremos del sacrificio inútil y de la más horrenda degradación. Los cátaros que habían recibido el que llamaban «bautismo del espíritu», consolamentum, se intitulaban perfectos o elegidos. San Francisco nos da una idea muy neta de su doctrina religiosa sobre la unidad de Dios en el capítulo último de su primera Regla.

El espíritu de Francisco nada tenía de negativo ni de crítico; la única crítica que ejercía era la de sí mismo. Por este lado también difería radicalmente de Valdo y sus secuaces. Un historiador moderno ha dicho hermosamente que «Francisco predicaba la bienaventuranza; Valdo, la ley; Francisco, el amor de Cristo; Valdo, sus prohibiciones; Francisco rebosaba gozo de Dios; Valdo castigaba los pecados del mundo; Francisco reunía en torno suyo a los que anhelaban salvarse, dejando a los demás que siguiesen su camino; Valdo no hacía otra cosa que condenar a los impíos y atacar las costumbres del clero» (Schmieder).

La actitud a que se refieren las líneas que he citado es absolutamente propia y particular de Francisco de Asís y constituye su esencial diferencia de todos los otros reformadores de su tiempo, aun de aquellos que mostraban sentimientos respetuosos para con la iglesia, quienes, como Roberto de Arbrissel, por ejemplo, cedían siempre a la tentación de emplear su crítica contra los vicios ajenos, en vez de hacerla servir a extirpar los propios. Francisco advirtió desde un principio, con un tacto maravillosamente certero, que todas las reformas generales serían vanas y estériles mientras no se empezase por la reforma del individuo, y esta clara visión de las cosas le permitió llevar a cabo la renovación universal de las costumbres, que inútilmente habían intentado las excomuniones de los Papas y las acérrimas invectivas de los otros predicadores laicos; y así el mundo pudo palpar una vez más la exactitud de aquella sentencia inspirada: que Dios no se manifiesta en el fragor de la tempestad, sino en la calma del silencio y del recogimiento.

Este carácter profundamente individual de Francisco no podía escaparse a la penetración del Cardenal Juan, quien adivinó en seguida que tenía delante de sí a un hombre absolutamente despojado de sí mismo que, no por vana palabrería ni muchos menos por vana jactancia, sino con toda sencillez, decía de sí mismo y de sus proyectos: «Hemos sido enviados en ayuda de los clérigos para la salvación de las almas». E inculcaba a sus hermanos: «Así que estad sumisos a los prelados y evitad, en cuanto de vosotros dependa, un celo desordenado. Si sois hijos de la paz, ganaréis al clero y al pueblo, y esto es más agradable a Dios que ganar al pueblo sólo con escándalo del clero» (EP 54).

En consecuencia, pocos días después, el Cardenal se presentó al Papa y le habló en estos términos: «He encontrado a un varón perfectísimo que quiere vivir según la forma del santo Evangelio y guardar en todo la perfección evangélica, y creo que el Señor quiere reformar por su medio la fe de la santa Iglesia en todo el mundo» (TC 48). Acto seguido, los hermanos de Asís tuvieron acceso al Papa, quien mandó a Francisco exponer su programa, y cuando le hubo escuchado, contestó: «Hijo mío, la vida que tú y tus hermanos lleváis es demasiado dura. Yo no dudo que, llevados de vuestro primer entusiasmo, podáis continuar en ella; pero es menester que penséis en los que os sucederán, que acaso no tendrán el mismo celo ni la misma exaltación entusiasta que vosotros».

A esto respondió Francisco: «Señor Papa, yo me remito en todo a mi Señor Jesucristo. Él, que nos ha prometido la vida eterna y la celeste bienaventuranza, ¿cómo nos va a negar una cosa tan insignificante cual es lo poco que necesitamos para vivir sobre la tierra?»

Inocencio replicó entonces con estas palabras, en que nos parece descubrir cierta sombra de sonrisa: «Hijo mío, lo que tú dices es muy verdadero; pero no olvides que la naturaleza humana es débil y raras veces se mantiene por mucho tiempo en un mismo estado; ve, pues, hijo mío, a pedir a Dios que te revele hasta qué punto tus deseos están conformes con su voluntad».

Francisco y sus hermanos se despidieron de Inocencio y éste expuso el negocio a los Cardenales en el próximo consistorio. Muchos de aquellos experimentados varones manifestaron, como era de esperarse, vehementes dudas y opusieron objeciones contra la nueva Orden, cuyos principios les parecían fuera del alcance de las fuerzas humanas. Porque, en verdad, la Orden que Francisco quería fundar no era meramente contemplativa, es decir, no perseguía un ideal solitario, con el cual sí podía, en opinión de dichos Cardenales, conciliarse la práctica de la absoluta pobreza: el ideal de San Francisco era la vida apostólica, y señaladamente el ministerio de la predicación; y ¿cómo iban a desempeñar tan ardua tarea unos hombres que no contaban para vivir más que con un escaso e inconstante salario, o con la limosna que pedían de puerta en puerta? También los valdenses habían escrito en su programa la pobreza evangélica; pero entre ellos había legos que proveían con un trabajo a las necesidades de los predicadores. Los miembros de la secta de los Humillados, afines de los valdenses por su espíritu y aspiraciones, traían su origen de una compañía de tejedores lombardos; trabajaban según el sistema comunista: reservaban para sí lo estrictamente necesario y el resto lo distribuían entre los pobres. Tenían más semejanza con las ideas de Francisco los «Pobres Católicos», miembros de una comunidad fundada por el cátaro alemán, convertido, Bernardo Primus. Estos vivían del trabajo de sus manos, por el cual no recibían ningún dinero, sino sólo víveres y vestidos. En rigor todo esto podría practicarse en tanto que las obligaciones de la orden o de la comunidad fueran solamente la oración y el trabajo.

Pero Francisco había venido a Roma a solicitar del Papa la facultad de predicar, y si esta predicación franciscana había de ser algo más que la de los predicadores legos, era menester que se basase en estudios preparatorios, los cuales, a su vez, por someros y elementales que se les supusiese, exigían habitaciones fijas, vida común y claustral. Ahora bien, ¿cómo habría sido posible edificar claustros y mantener en ellos religiosos, fundando la orden sobre la base de una pobreza absoluta?

Las reglas de las órdenes fundadas antes imponían también a sus profesores la pobreza, mas no era en el mismo grado en que la quería profesar Francisco. Es cierto que la regla benedictina ordenaba que el que había de abrazarla «diese antes a los pobres los bienes que poseyera» (cap. 58); que San Bernardo de Claraval habla en varias de sus epístolas en términos netamente franciscanos «de la santa pobreza» y desprecia «el oro y la plata, ese pedazo de tierra blanca o roja que no debe su valor más que a la humana insensatez»[11]. Todo eso es verdad, pero también lo es que la existencia de un convento cisterciense como la de una abadía benedictina se funda sobre la existencia comunista del principio de la propiedad territorial. El monje no posee individualmente sino lo que el abad le concede; pero su voto de pobreza no quita que su convento posea bienes en común, antes al contrario, la propiedad material le es indispensable para que sus moradores puedan entregarse libremente a sus tareas espirituales sin cuidarse ni mucho ni poco de su corporal subsistencia.

Francisco pensaba de un modo totalmente diverso, porque estimaba que lo que Pedro y Pablo habían podido practicar y recomendar a sus respectivos discípulos era todavía posible, es a saber, anunciar al mundo el Evangelio y vivir del propio trabajo y, si éste no da, de los dones de Ia caridad pública. Los Apóstoles nunca buscaron asilo seguro y quieto entre las cuatro paredes de un claustro, y Francisco quería imitar su ejemplo, renunciando a las ventajas de que aquellos incomparables maestros carecieron.

Si bien es cierto que tales deseos de Francisco suscitaron la más fuerte oposición en el Colegio de los Cardenales, todas las objeciones se deshicieron ante la siguiente sencilla observación del Cardenal Juan Colonna: «Este hombre no pide más sino que se le permita vivir conforme al Evangelio; si nosotros damos en declarar que tal conformidad es imposible a las fuerzas humanas, por el mismo caso vendremos a establecer que la vida evangélica es impracticable, con lo que haremos gran ofensa al mismo Jesucristo, primero y único inspirador del libro sagrado». Estas palabras decidieron el triunfo en favor de Francisco, quien fue otra vez llamado a San Juan de Letrán.

En la noche que precedió a esta segunda entrevista del Santo con el Papa, fue cuando éste tuvo aquel sueño misterioso en que le pareció que, estando él en su palacio de Letrán en el ángulo llamado Speculum (por la amplia vista que se goza desde ese punto), contemplando la soberbia basílica, «cabeza y madre de todas las iglesias», consagrada a los dos Juanes, Bautista y Evangelista, he aquí que de repente observó con asombro que el enorme edificio vacilaba, que se inclinaba de un lado la torre, que los muros empezaban a crujir y que la antigua basílica de Constantino amenazaba convertirse en una informe masa de escombros. Embargado por el espanto, incapacitado para mover las manos, el Pontífice no hacía más que mirar desde su palacio el espantoso peligro; quería gritar para pedir auxilio y no podía; tiraba a juntar las manos para orar y... ¡vano empeño!

De súbito aparece en la plaza de Letrán un hombrecillo de humilde continente, vestido a la campesina, desnudos los pies y ceñida de tosca cuerda la cintura, quien al punto se dirige con toda resolución hacia el bamboleante edificio y, sin parar mientes en el riesgo que corre de ser aplastado por la gigantesca mole, aplica el hombro a una de las murallas que ya se venía al suelo. ¡Caso extraordinario! Fue aquello como si el raquítico y desmedrado auxiliador cobrase estatura y fuerzas equivalentes a la del muro desplomado; le aplicó las espaldas por la parte vecina al techo; hizo un enérgico movimiento hacia arriba y enderezó el muro, dejando toda la iglesia más firme y esbelta sobre su base que antes estaba.

Profunda sensación de alivio sintió el Papa al ver tan oportuno y eficaz remedio. Pero en el mismo instante el hombrecillo se volvió hacia él. Inocencio pudo ver que el que por modo tan maravilloso había impedido la ruina de la cabeza y madre de las iglesias no era otro que Francisco, el penitente de Asís (LM 3,10).

Cuando éste, al día siguiente, se presentó al pontífice, le hizo un discurso cuidadosamente preparado con antelación:

«Señor Papa -le dijo-, voy a contaros una alegoría. Érase una doncella muy hermosa, pero muy pobre, que moraba en lo más apartado del desierto. Un día fue a verla el rey de la comarca y, prendado de su belleza la tomó por esposa con la esperanza de que ella le daría una hermosa descendencia. Verificado el casamiento se realizaron plenamente los anhelos del rey, pues la pobre esposa le hizo padre de numerosos hijos en que ella reprodujo con creces su hermosura. Cierto día se puso a razonar consigo misma: "¿Qué voy a hacer yo con estos hijos que he dado a luz? ¿Cómo los mantendré, siendo tan pobre como soy?" Pero luego se le ocurrió una idea y llamó a sus hijos y se la comunicó, diciéndoles: "No temáis, sois hijos de un gran rey. Id, pues, a su corte que él os dará todo que habéis menester". Ellos obedecieron, y cuando llegaron a la presencia del rey, éste quedó maravillado de su belleza, y viendo que se le parecían mucho, les pregunté: "¿De quién sois hijos?". A lo que ellos respondieron que eran hijos de la pobre mujer que habitaba en medio del desierto. Entonces el rey los abrazó con gozo grande de su corazón y les dijo: "No temáis, sois mis hijos. Yo siento cada día a mi mesa una muchedumbre de forasteros: ¡con cuánto mayor gusto os acogeré a vosotros, que sois mis hijos legítimos!" Y en seguida mandó decir a la mujer del desierto que le enviase todos los niños, que él desde ese momento se encargaba de su crianza y educación»[12].

«Señor Papa -continuó Francisco-, yo soy esa mujer del desierto. Dios en su misericordia infinita se dignó bajarse hasta mí, y yo le he engendrado hijos en Cristo. El Rey de los reyes me ha asegurado que la vida de todos mis descendientes corre de su cuenta; porque si alimenta con tanto cuidado a los extraños, ¿con cuánto más esmero no cuidará de los de su casa? Dios concede abundancia de bienes temporales a los hombres del mundo en vista del amor que ellos tienen por sus hijos: ¡con cuánta más largueza no derramará sus dones sobre aquellos que sigan y practiquen su Evangelio y con quienes por ende El se ha comprometido a mostrarse siempre paternal!»

Tales fueron las razones de Francisco, e Inocencio comprendió que no las dictaba la sabiduría de este mundo, sino el espíritu de Dios. Volviéndose, pues, a los Cardenales que estaban presentes, dijo en tono solemne e inspirado: «En verdad, este hombre es el escogido por Dios para restaurar su Iglesia». En seguida se levantó, abrazó a Francisco y le dijo a él y a sus compañeros: «Hermanos, id con Dios y predicad a todas las gentes el Evangelio de la conversión según que Él os inspire. Cuando por la virtud del Altísimo os hayáis multiplicado, venid a mí sin temor alguno y me hallaréis dispuesto a favoreceros todavía más y a confiaros más altas empresas» (1 Cel 33; TC 51).

A estas palabras del Pontífice todos los hermanos cayeron de rodillas a sus pies y le juraron obediencia; en seguida los once la prestaron a Francisco como a su jefe. A él sólo le otorgó el Papa la licencia de predicar, pero con facultad de trasmitirla a los demás. Antes de retirarse los autorizó Inocencio para recibir la tonsura clerical, que después les confirió el Cardenal Juan y que debía ser el signo externo del permiso de predicar la palabra de Dios[13].

Hecha otra visita a la tumba de San Pedro y San Pablo, Francisco y sus hermanos dejaron Roma y emprendieron la vuelta a su patria a través de la campiña romana y de las cumbres azuladas del monte Soracte. Caminaban con paso apresurado, llenos de gozo, anhelando hallarse otra vez en su medio habitual practicando de nuevo la vida y trabajos cuya consagración eclesiástica acababan de impetrar del Vicario de Jesucristo en la tierra.

Capítulo III

RIVOTORTO

Después de atravesar la campiña romana en medio de los ardores de la canícula meridional, Francisco y sus compañeros llegaron a las cercanías de Orte, al punto donde hoy se reúnen las dos líneas férreas que, por uno y otro costado de los Apeninos, bajan del monte a Roma. Allí, en un paraje montuoso, regado por las aguas rápidas, medio grises, medio verdosas del Nera, tomaron nuestros viajeros un descanso de quince días. Era tan bello este lugar, dice Celano, que los hermanos estuvieron a punto de renunciar al tenor de vida cuya aprobación pontificia acababan de obtener. Se procuraban el pan cotidiano mendigándolo de puerta en puerta por las calles de Orte, y varias veces les aconteció recoger tan abundante limosna que les sobró para el día siguiente, cosa contraria a los planes de Francisco. Pero en aquel desierto, antiguo sepulcro etrusco, no había nadie con quien compartir las sobras, y por eso se vieron forzados a aprovecharlas ellos.

Era, pues, muy natural que les encantase aquella vida solitaria, apartada del bullicio mundano, en medio del silencio de los bosques; y así fue que entraron en serias dudas de si no les convendría más quedarse allí, entregados totalmente a la contemplación ascética, que no volver de nuevo al trato de los hombres, a comunicar con el mundo (1 Cel 34-35). Todo el que haya visitado alguna vez aquella región montañosa de Italia comprenderá sin esfuerzo cuán vehemente sería semejante tentación. Porque es cierto que aquella naturaleza agreste tiene en sí algo que convida poderosamente al retiro y a la meditación: en sus cóncavas rocas encuentra el asceta ermitas naturales; el clima no es nunca demasiado fuerte, aunque el invierno suele arreciar a veces más de lo que se cree; escaso alimento basta al cuerpo para sustentar sus fuerzas. Aún hoy día la gran masa del pueblo italiano vive casi exclusivamente de pan y vino, y el solitario, que no tiene vino o lo rehúsa, tiene por doquiera para apagar su sed dulces fuentes, límpidos y risueños arroyuelos. Por eso causa una impresión de todo en todo italiana la lectura de aquel capítulo de las Florecillas en que Francisco y Maseo comen su mendigado pan sentados a una gran piedra, junto a una fuente cristalina, dando gracias a Dios desde el fondo de sus corazones por el don de la vida, por la dicha que les otorga de poder gozar del sol bajo el azul del cielo transparente y saciar el hambre y apagar la sed servidos por la Señora Pobreza, con alimentos sencillos y sanos (Flor 13).

Así se explica el hecho de que la historia de los santos italianos esté llena de biografías de solitarios. En una gruta vecina al monte Subiaco empezó San Benito su carrera, orando, ayunando y reduciendo su cuerpo a tal extremo, que los pastores que lo descubrieron lo tomaron en un principio por animal salvaje. Un siglo después de San Francisco, la ciudad de Sena vio también a tres de sus más nobles e ilustrados jóvenes trepar las alturas, cubiertas de cipreses, del Monte Oliveto para vestir el hábito blanco de los ermitaños benedictinos.

Cualquiera comprende, pues, cuán mágico atractivo tendría para Francisco y sus compañeros semejante vida, entregada toda a la oración y a la penitencia en aquel apartado valle de los montes Sabinos, donde no se oía más rumor que el canto de los pájaros y el murmullo de los torrentes. Pero aquello era simple tentación, y quedó vencida. Francisco, dice su primer biógrafo, no se fiaba nunca de su propio y personal parecer, sino que recurría siempre a Dios en la oración, y así lo hizo ahora también, y Dios se dignó otra vez revelarle que no debía vivir para sí solo, sino consagrare a redimir las almas del poder de Satanás y conducirlas al rebaño de Cristo. Dejaron, pues, los hermanos aquel encantador paraje, siguieron su camino y bien pronto se hallaron en su nativo valle de Espoleto, instalados de nuevo en su cabaña de Rivotorto, a la sombra del bosque que rodea la capilla de la Porciúncula.

Allí tuvieron, poco tiempo después, el gozo inefable de recibir en su compañía al avaro sacerdote de Asís, Silvestre, a quien, según queda apuntado más atrás, había hecho honda impresión la generosidad de Francisco y de Bernardo en la plaza de San Jorge. Desde entonces empezó a reflexionar y cambió de opinión respecto del objeto de la vida terrena. Una noche vio en sueño una gigantesca cruz, cuyos brazos abarcaban el mundo entero y cuyo tronco salía de la boca de Francisco: misteriosa visión que le hizo comprender cómo la hermandad por éste fundada era de inspiración divina e iba a extenderse por todo el orbe. Después vaciló todavía algún tiempo y, al fin, acabó por decidirse a solicitar ser admitido en el seno de la santa sociedad; por donde vino ésta a contar entre sus miembros el primer sacerdote (TC 31; LM 3,5).

De regreso en Asís, con el corazón más libre gracias a la autorización apostólica que había alcanzado, Francisco se entregó de nuevo a la tarea de las misiones que ya había emprendido antes de su viaje a Roma. A tenor de la facultad obtenida, su predicación se limitaba estrictamente a las cuestiones morales y sociales: predicaba al pueblo la conversión, el abandono del mal, la práctica del bien, la paz con Dios y con el prójimo. A la intervención de su Obispo Guido debía el derecho de predicar en la catedral de Asís; por lo cual escogió este sitio para empezar la exposición del ideal cristiano, haciéndolo sin temor y sin ambages; porque, como dicen sus biógrafos, nada aconsejaba a los demás que no practicase él primero (1 Cel 36; TC 54).

Sería injusto aplicar a Francisco el trillado proverbio de que «nadie es profeta en su tierra»; que él lo fue en la suya, demasiado lo prueba el aumento prodigioso del número de hermanos a partir de aquella fecha. «Muchos hombres de la ciudad, nobles y plebeyos, clérigos y laicos, impulsados del espíritu de Dios, renunciaron al mundo y sus cuidados y entraron por la senda que el Santo acababa de abrirles» (TC 54). Y la mayor parte de estos discípulos eran de Asís y sus alrededores. Francisco fue, pues, profeta en su patria.

La influencia de las predicaciones de Francisco en la iglesia de San Rufino llegó hasta los corazones más refractarios. Fue aquello, según las poéticas comparaciones de Celano, como cuando surge en el horizonte esplendorosa estrella, como una espléndida mañana después de tenebrosa noche, como el risueño despertar de la naturaleza al soplo fecundador de la primavera. Aquella región, añade este biógrafo, experimentó un cambio radical bajo la acción de Francisco, que pasó por ella como un río benéfico, derramando por todas partes la fertilidad y la abundancia moral, haciendo germinar virtudes allí donde no había más que vicios y pasiones.

No hay duda de que estas metáforas cuidadosamente elaboradas se le ocurrieron a Celano con ocasión de un suceso que cambió profundamente la situación social de Asís, y que, a todas luces, se debió a las predicaciones de Francisco. Me refiero a la reconciliación entre la clase alta y la clase baja, los majores y los minores de la sociedad asisiense, que se realizó en noviembre de 1210 en la sala mayor del palacio comunal. Aún se conserva el documento que entonces se redactó y que empieza así:

«En el nombre de Dios. Amén.

»Que la gracia del Espíritu Santo sea con vosotros.

»Para la gloria de nuestro Señor Jesucristo, de la bienaventurada Virgen María, del emperador Otón y del duque Leopoldo».

A esta introducción sigue una larga serie de artículos, el más importante de los cuales reza así:

«Entre los majores y los minores de Asís se pacta una alianza perpetua sobre las siguientes bases: Ninguna otra alianza se podrá llevar a cabo sin el mutuo consentimiento de las dos partes que suscriben la presente, ni con el Papa, sus nuncios o legados, ni con el Emperador o el rey, sus nuncios o legados, ni con ninguna ciudad o fortaleza, ni con gran señor alguno; sino que majores y minores andarán siempre de acuerdo en todo lo que mira al honor, bienestar y progreso de la ciudad».

Esta especie de Carta Magna de Asís declara en seguida que todos los habitantes de la ciudad que hasta entonces estaban sujetos a servidumbre, quedaban en libertad mediante el pago de cierta suma que debía entregarse a los cónsules, en caso de rehusar recibirla el dueño legal del manumitido. Además, los habitantes de las cercanías de Asís gozarían de los mismos derechos que los ciudadanos propiamente dichos; se aseguraba protección a los extranjeros, se fijaba definitivamente el trato que se daría a los funcionarios, se concedía amnistía plena a los cómplices de la traición de 1202, y finalmente se exhortaba a los cónsules a procurar por todos los medios posibles la terminación de la catedral, que estaba en perpetua construcción desde hacía setenta años.

Recuérdese por un momento cómo se despedazaban en discordias civiles las repúblicas italianas del siglo XIII y aún de siglos posteriores, y se comprenderá la importancia que el referido pacto asisiense entrañaba para la prosperidad y bienestar pacífico de la ciudad.

En otras ciudades italianas, como Arezzo, Sena, Perusa, restableció también Francisco el reinado de la paz, y la misma célebre historia del lobo de Gubbio acaso no es más que la transformación legendaria de la paz firmada entre aquella pequeña república y algún sanguinario gentilhombre, verdadera alimaña de las selvas, de ésos que tanto abundaban entonces en las montañas de Italia, donde tenían sus castillos a guisa de guaridas; todos ellos podían llevar en sus escudos esta inscripción que ostentaba en el suyo el caballero Werner de Ürslingen: «Enemigo de Dios, de la compasión y de la caridad». La escena de Francisco y del lobo de Gubbio tiene su paralelo histórico en la entrevista de San Antonio de Padua con el tirano Ezelino.

 

A este carácter pacificador de Francisco se refiere asimismo la leyenda de la expulsión de los demonios de la ciudad de Arezzo, que representa uno de los frescos de Giotto en la iglesia superior de Asís: allí se ve a los diablos salir, en infinita variedad de horribles formas y en confuso tropel, por las chimeneas de las casas aretinas escapando y huyendo más que de prisa ante la bendición que imparte Francisco a toda la ciudad. Para nosotros, hijos del siglo XX, es cosa difícil de imaginar un espíritu malo revestido de cuerpo visible y material, como los representaban los artistas y autores de leyendas de la Edad Media; pero no por eso dejamos de sentir en determinados decisivos instantes de nuestra vida, la existencia y la presencia funesta de esos malos espíritus. Horas hay en que vemos con toda claridad cuán grande es «el poder de las tinieblas», que sentimos, no sólo en nuestro interior, sino también en derredor nuestro; hay horas en que no parece sino que una voz incorpórea murmurase en nuestro oído; que una mano hercúlea, encallecida en los yunques del infierno, se apoderase de la nuestra; que oyésemos una orden terminante, imperiosa, irresistible, que nos dice sin cesar: «¡Di esto, haz aquello!» ¡Ay! ¡Cuántos hogares no se ven por este mundo, donde se anhela con ansias vehementes la aparición de un amigo de Dios que, desde el umbral de la casa, imparta con voz de soberano imperio la misma orden que el compañero de Francisco impartió desde las puertas de la ciudad de Arezzo!: «¡En nombre de Dios todopoderoso, y de su siervo Francisco, os conjuro, malignos espíritus, a que huyáis lejos de aquí!» (LM 6,9).

Hacia el mismo tiempo aconteció que un día Francisco escuchaba la lectura de la Regla de su Orden; llegado el lector al capítulo VII, a las palabras et sint minores, «sean menores», el santo le intimó pausa. Largo tiempo hacía que Francisco andaba buscando un nombre apropiado a su cofradía; porque el que hasta entonces llevaba de Viri poenitentes de Assisio, «varones penitentes de Asís», no era más que provisional, escogido para ahorrar a los hermanos el tener que dar largas explicaciones sobre el objeto de su Orden. La lectura del susodicho pasaje de la Regla le sugirió la solución que iba buscando: Sint minores, sean menores, pequeñuelos, los más pequeños de los hombres: ¡he aquí, se dijo, el nombre que me viene a mí y a los míos! Y quedó establecida la Ordo fratrum Minorum, la «Orden de los frailes menores», de los últimos, de los pequeñuelos (1 Cel 38).

Tomás de Celano, en su primera biografía, describiendo la vida que hacían los hermanos en la cabaña de Rivotorto, traza un cuadro que, en limpieza de líneas y en viveza y claridad de colores, rivaliza con los más afamados de Fray Angélico. Hele aquí resumido:

«Cuando por la tarde volvían del trabajo los hermanos y tornaban a reunirse, o cuando a lo largo de la jornada les acontecía encontrarse en el camino, les brillaban los ojos de pura alegría, se daban castos abrazos, se decían palabras llenas de santa dulzura, con sonrisas modestas, con miradas afectuosas y tiernamente recogidas. Habiendo dejado todo linaje de amor propio, sólo pensaban en prestarse mutuo auxilio y consuelo; no había para ellos gozo más intenso que volverse a ver, ni mayor amargura que tener que separarse. No se conocían entre ellos ni las disputas, ni la envidia, ni la desconfianza, ni el mal humor; todo era allí paz, unión, cánticos de loor y agradecimiento a la divina bondad. Nunca o muy raras veces interrumpían la alabanza de Dios y la oración, ni cesaban de dar gracias a Dios por todo el bien que les permitía hacer; se afligían por todo el mal que obraban o por las imperfecciones que cometían. Cuando a sus corazones faltaba la dulcedumbre del Espíritu Santo, se creían abandonados de Dios. A fin de no dormirse durante la oración nocturna, se ceñían con cinturones erizados de puntas, que al menor movimiento los clavaban y despertaban. Henchidos del espíritu de Dios, no se contentaban con el rezo del oficio divino, como los demás clérigos, sino que a la continua prorrumpían en tiernas plegarias: "¡Padre nuestro, que estás en los cielos!", repetían con toda la armonía de un cántico espiritual.

»El centro y el alma de aquella comunidad era naturalmente Francisco. Nada había oculto para él entre los hermanos: él leía en lo más secreto de sus corazones; todos le obedecían con una obediencia tan alta, perfecta y amorosa, que no sólo cumplían con toda puntualidad sus más insignificantes mandatos, sino que se esforzaban por adivinar sus deseos, espiando sus menores gestos, la más fugitiva expresión de su fisonomía.

»El poder irresistible que el Santo ejercía sobre ellos era efecto, ante todo, de su carácter personal: era Francisco un verdadero maestro; los adoctrinaba no sólo con la palabra, sino sobre todo con el ejemplo. Cuando les advertía, por ejemplo, el pecado que había en complacerse en la comida, cuando les enseñaba el deber de percatarse de la tentación que les esperaba en cada refección, le entendían sin dificultad alguna, porque junto con oírle le veían mezclar con ceniza los alimentos, o echarles agua para hacerlos aún más desabridos. Cuando los exhortaba a luchar valerosamente contra las tentaciones, a las palabras añadía la obra, arrojándose en el agua helada de un torrente en lo más crudo del invierno, para aniquilar así su molicie y deseo de bienestar.

»Un hermano joven, llamado Ricerio, tenía tan alta idea de la santidad de Francisco, que siempre que éste daba su aprobación a alguna persona o cosa, él lo consideraba como signo infalible de la aprobación divina, conducta que no extrañará a quien haya tenido la buena fortuna de pasar su primera juventud al lado de una persona de relevantes cualidades morales. Pero este mismo concepto que el joven tenía de su maestro, estuvo a punto de precipitarle en el abismo de la desesperación, porque, luego de entrar en la Orden, creyó advertir que Francisco le desestimaba y le negaba las pruebas de afecto de que tan prodigo era para con los demás hermanos. Preocupado por esta falsa idea, interpretaba en su contra los menores detalles de la conducta del Santo y de sus compañeros. Si por casualidad Ricerio entraba en una pieza en el momento en que Francisco salía, al punto se figuraba que Francisco había salido para no encontrarse con él. Si Francisco conversaba con sus hermanos en el otro extremo de la mesa, y el Santo o alguno de sus compañeros, por casualidad, volvían los ojos hacia Ricerio, luego éste concluía que sus hermanos estaban arrepentidos de haberle recibido y que buscaban medios de hacerle salir de la Orden. Firme en su funesto error, no oía ni veía cosa que no se le antojaba maquinada en su contra, y por este camino fue a parar al borde mismo de la desesperación, convencido como estaba de que, siendo para Francisco objeto de malquerencia y horror, había de serlo también por necesaria consecuencia para Dios.

»Tan desastroso estado de ánimo no podía ocultarse por mucho tiempo a la penetración del Santo, y así fue que un día, viendo la zozobra y la angustia pintadas en el rostro de Ricerio, le llamó aparte y le dijo con dulce y bondadoso acento: "Mi querido hijo, mira que no te dejes dominar por esos siniestros pensamientos; has de saber que me eres muy caro, que te llevo en lugar privilegiado de mi corazón y que te considero digno de todo mi amor y confianza. Ven, pues, a mí cada día y cada vez que lo desees; siempre que sientas algún pesar en el alma ven, que serás cariñosamente acogido". Estas palabras produjeron tan intensa alegría en el pecho atribulado de Ricerio, que, fuera de sí, se despidió prontamente de Francisco y se fue al sitio más espeso de la floresta, donde cayendo de rodillas empezó a dar fervientes gracias a Dios por la dicha infinita que acababa de otorgarle con el aprecio y amor de Francisco» (cf. 1 Cel 38-50).

La misma afectuosa comprensión de los deseos, necesidades y sentimientos particulares de cada uno de sus hermanos se manifiesta en otros dos relatos, pertenecientes también al período de la estancia en Rivotorto.

Cierta noche, leemos en el Espejo de Perfección, uno de los hermanos despertó a los compañeros, clamando con voz gemebunda: «¡Me muero!, ¡me muero!» Una vez todos despiertos, les dijo Francisco: «Levantémonos y encendamos la lámpara»; hecho esto, preguntó quién era el que había gritado que se moría. Uno de ellos respondió: «Soy yo». Francisco le preguntó: «¿Pero que te pasaba mi querido hermano, que hablabas de morir?» «Me muero de hambre», contestó el cuitado.

El caso pasaba, por descontado, en los primeros tiempos de la Orden, en que los hermanos castigaban su cuerpo con penitencias y privaciones superiores a toda medida. Pero Francisco hizo al instante preparar la mesa y ordenó al hermano que se sentase a comer, dándole él mismo ejemplo y ordenando a los demás que hicieran otro tanto para evitarle al pobre la vergüenza de tener que comer solo. Terminada la refección, les dijo Francisco: «Hermanos míos, os recomiendo que cada uno considere sus fuerzas; y, aunque alguno de vosotros vea que se puede sustentar con menos alimento que otro, no quiero que quien necesita de más alimentación se empeñe en imitar al que necesite de menos; antes bien, teniendo en cuenta la propia complexión, dé a su cuerpo lo necesario para que pueda servir al espíritu. Pues así como nos debemos guardar del exceso de la comida, que daña al cuerpo y al alma, así también hemos de huir de la inmoderada abstinencia, y con tanta mayor razón cuanto que el Señor quiere misericordia y no sacrificios» (EP 27; 2 Cel 22).

El otro caso es muy parecido al anterior, y fue que, levantándose Francisco una mañana muy temprano, tomó a un hermano enfermo y lo llevó a una viña vecina, juzgando que le haría bien tomar en ayunas uno o dos racimos de uva, y, a fin de quitarle todo empacho y cortedad, se sentó él en el suelo y empezó a darle el ejemplo. Añade el Espejo de Perfección que dicho hermano conservó toda su vida el más grato recuerdo de aquel rasgo de maternal solicitud de su santo padre, y que siempre que le tocaba referirlo a los hermanos, se le llenaban de lágrimas los ojos (EP 28; 2 Cel 176).

La dulce y encantadora morada de los hermanos en Rivotorto, acabó de una manera tan repentina como extraña. Un buen día, estando ellos en su tugurio orando cada cual en su respectivo sitio, entró de rondón un campesino arreando su asno y gritándole a voz en cuello: «¡Ea, Rucio, entra, que aquí vamos a instalarnos bien cómodamente!» Estas palabras que, en son de azuzar al jumento, iban dirigidas a los hermanos, significaban bien a las claras que la intención del rústico era convertir en establo la casa de oración. Francisco, por su parte, después de contemplar un momento tan descomedida conducta, dijo a los hermanos: «En verdad que Dios no nos ha llamado a cuidar establos ni asnos, sino a orar y mostrar a los hombres el camino de la eterna salvación» (TC 55; 1 Cel 44).

Acto seguido se levantaron todos y abandonaron para siempre Rivotorto. A partir de ese día la Porciúncula fue el punto céntrico de todo el movimiento franciscano, eclipsando por completo la modesta mansión primitiva de la Orden.

No obstante, siempre será cierto que Francisco y su noble Señora Pobreza, la dueña de su corazón, pasaron allí, en aquella tranquila soledad de Rivotorto, los primeros y acaso más felices días de su santa unión.

Capítulo IV

LA PORCIÚNCULA Y LOS NUEVOS DISCÍPULOS

La antiquísima capilla de la Porciúncula, tal cual se conserva hasta hoy día, es un edificio de forma alongada, con bóveda gótica, ábside semicircular y dos puertas, la una al frente y la otra en uno de los costados. Según una tradición, mencionada por primera vez en el Paradisus Seraphicus de Salvador Vitali (Milán, 1645), esta capilla fue edificada en el siglo IV, bajo el pontificado del Papa Liberio (352-366), por cuatro ermitaños que venían de Tierra Santa trayendo una reliquia del sepulcro de la Santísima Virgen, que les había regalado San Cirilo. Sea de esto lo que fuere, el nombre de la capilla, Santa María de los Angeles, antiquísimo también, viene de un cuadro que había en el altar y que representaba la Asunción de María en medio de multitud innumerable de ángeles. Por lo que respecta al nombre de Porciúncula, «pequeña porción» o «porcioncilla», lo emplearon primero los benedictinos del monte Subasio, a quienes perteneció siempre la capilla a contar del año 576. El edificio vino arruinándose con los años, hasta que, en el de 1075, los monjes que la habitaban se vieron forzados a abandonarla y se refugiaron en su abadía de la cima de la montaña. Cuenta la leyenda que Pica solía acudir a orar en esta capilla abandonada y que en ella obtuvo la seguridad de que daría a luz un hijo que restauraría el derruido santuario. Después de la reconstrucción, Francisco y sus hermanos frecuentaron mucho el bosque que rodeaba la iglesia, por donde puede conjeturarse el gozo que experimentaron cuando en 1211 la abadía del Subasio, propiedad entonces de los Camaldulenses, les otorgó a perpetuidad el permiso de disponer del venerado santuario. De buen grado les hubieran cedido también la propiedad a no haberse Francisco negado tenazmente a recibirla, exigiendo rigurosamente que se estipulase que sus frailes darían cada año a los monjes propietarios un canastillo de peces a guisa de canon de arrendamiento (EP 55).

Arrojados de Rivotorto, Francisco y sus hermanos edificaron junto a la capilla una cabaña con ramas de árboles que cubrieron de hojas y revocaron con barro. Por camas tenían sacos de paja tendidos en el suelo, y la desnuda tierra les servía también de mesa y de silla. Un simple seto era toda la muralla del convento. Tal fue el primer lugar franciscano, el que, según voluntad expresa de Francisco, debía servir de modelo para todas las demás moradas de la naciente comunidad. Cuando más tarde el ideal de la Orden franciscana empezó a modificarse, una de las señales de esta modificación fue sustituir la palabra lugar por la de convento, expresión que implicaba ya cierto elemento de bienestar y riqueza, por donde vino a dar el nombre a los conventuales, es decir, a los miembros de la Orden representantes de la tendencia menos estricta.

Pero volvamos a la historia de los primeros franciscanos. Una vez establecidos en la Porciúncula, se les agregó una verdadera falange de hermanos nuevos, que viene a ser como la segunda generación de la Orden franciscana; al lado de Bernardo, Gil, Ángel y Silvestre, la tradición y la leyenda nos han trasmitido los nombres de Rufino, Maseo, Junípero, León y otros que, aunque llegados a segunda hora, poco faltó para que eclipsaran a los primeros. Y en verdad, éstos se distinguieron por cierta marcada inclinación al aislamiento, dando más importancia a la soledad que a la vida común. Así, Silvestre gustaba de retirare a las grutas dei Carceri para entregarse al ejercicio de la meditación; Bernardo se entraba por el bosque y allí se absorbía de tal modo en Dios, que no oía ni la voz de Francisco si éste le iba a llamar, y otras veces erraba veinte o treinta días solo por las cimas de las más altas montañas todo absorto en la contemplación de las cosas del cielo (Flor 3, 16 y 28); Gil, por su parte, se lo pasaba viajando, ora a Tierra Santa, ora a España, ya a Roma, ya a Bari a visitar el santuario de San Nicolás.

Así y todo, de injustos pecaríamos si, imitando a la leyenda, sólo tomáramos en cuenta a los obreros de la segunda generación, y sepultáramos en el olvido a los de la primera. Tal preterición sería singularmente inexcusable con Fray Gil, que mereció que Francisco le llamase «su caballero de la tabla Redonda», y en quien pareció tomar carne el primitivo espíritu franciscano en toda su pureza. Hasta el día de su muerte, acaecida en la fiesta de San Jorge del año 1262, aniversario de su entrada en la Orden, Gil fue constantemente un caballero de Dios, un fiel San Jorge de la noble dama Pobreza. Su vida entera es una prueba palpable del amor al trabajo que caracterizó a Francisco y a sus primeros discípulos. Su biografía, escrita por su amigo Fray León, más joven que él, abunda en rasgos geniales de esta naturaleza. Llegado a Brindis de paso para Tierra Santa y, no hallando bajel en que continuar luego su viaje, se vio forzado a detenerse allí por espacio de muchos días; obtuvo de limosna un cántaro viejo y bastante capaz, fue a un pozo y lo llenó de agua y en seguida se puso a recorrer las calles de la ciudad gritando a la manera de los vendedores ambulantes: Chi vuole dell'aqua? «¿Quién quiere agua?» Y en cambio del agua recibía pan y otros objetos necesarios para sí y su compañero. De vuelta de su viaje desembarcó en las cercanías de Ancona, y allí también se procuró trabajo, que fue cortar cañas y fabricar canastos y forros de botellas, que vendía por pan y otras cosas, menos dinero; se empleó también en sepultar cadáveres, con que se ganó un hábito nuevo para sí y otro para su compañero de viaje, y solía decir que este hábito recibido de limosna, rogaba por él mientras dormía.

Es probable que en esta su estancia en Ancona sea cuando le avino un extraño caso con un sacerdote, y fue que, viéndole éste pasar por la calle ofreciendo su modesta mercancía, se acercó a él y le llamó «holgazán», palabra que hizo al pobre Fray Gil tan penosa impresión, que no hacía más que llorar, y preguntándole el compañero por qué lloraba tanto, él contestó:

-- ¿Cómo quieres, hermano, que no llore, si soy un miserable holgazán, según me ha dicho hoy un sacerdote?

-- ¿Y por eso no más te crees holgazán?

-- Es claro, puesto que un sace