FIESTAS DE MARÍA Y LOS SANTOS 

El corazón en el pecho es el amor en el corazón. Reposaremos, pues, en su amor, porque lo amaremos con todo el corazón y con toda el alma, y en él hallaremos todos los tesoros de la sabiduría y de la, ciencia.

¡Oh amor de Jesús! ¡Oh tesoro escondido en el amor, oh sabiduría de inestimable sabor y ciencia que todo lo conoce!

“Me saciaré, cuando contemple tu gloria.” (Salm 16, 15). Y también: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien enviaste” (Jn 17, 3).

A El sean la alabanza y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!.

(Fiesta de San Juan Evangelista)

 

 

El cedro incorruptible es figura de la humanidad de Cristo, que no conoció corrupción, y cuya médula es la divinidad. Tomó, pues, la médula del cedro y nos la trajo, cuando dijo: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Ser nutridos con el pan de la vida y beber el agua de la sabiduría, no es otra cosa más que tomar la médula de la divinización).

Roguemos, pues, al bienaventurado Juan, que, por sus oraciones, el Senor nos otorgue la gracia de despreciar las cosas terrenas y volar hacia las cosas celestes, para merecer ser nutridos con la médula del cedro.

Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Fiesta de San Juan Evangelista)

“El amor no tiene envidia”, porque, no deseando nada en este mundo, ignora la envidia de los éxitos ajenos; “el amor no obra injustamente”, porque, obrando por el solo amor de Dios y del prójimo, desconoce todo lo que no es recto; “el amor no piensa mal”, porque, afianzando la mente en el amor a la pureza, mientras extirpa de raíz todo odio, no sabe elucubrar en su mente lo que contamina.

La dulzura de la contemplación contiene la compasión hacia el prójimo. Cuando se eleva al amor de Dios, entonces experimenta su dulzura; y cuando se dirige al amor del prójimo, entonces usa la médula de la compasión.

Roguemos, pues, al Señor Jesucristo, que nos otorgue la gracia de volar lejos de los pecados con las alas de la contrición y de la confesión, de poner el nido de la esperanza en las cosas celestes y de tomar la médula de la doble caridad: caridad hacia Dios y caridad hacia el prójimo.

Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Fiesta de San Juan Evangelista)

 

 

Tenemos girar alrededor de la mesa de la doctrina, para aprender a distinguir el bien del mal y entre bien y bien; debemos dar vuelta alrededor de la mesa de la penitencia, para dolerse de los pecados cometidos y de los pecados de omisión, para confesar sus culpas determinando con exactitud las circunstancias, para reparar los daños causados, para restituir lo hurtado y para dar limosna de los propios bienes al necesitado; en fin, deben dar vuelta alrededor de la mesa de la Eucaristía, para que crean con firmeza, se acerquen con devoción y reciban el cuerpo de Cristo después de madura reflexión, juzgándose indignos de una gracia tan grande.

Roguemos al Hijo de Dios que nos otorgue la gracia de alimentarnos a esta triple mesa, para merecer un día saciarnos a la mesa celeste con los bienaventurados inocentes.

Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Fiesta de los santos inocentes)

Te rogamos, pues, Señora nuestra, para que tú, que eres el lucero del alba, expulses con tu esplendor la nube de las sugestiones diabólicas, que cubre la tierra de nuestra mente. Tú, que eres la luna llena, llena nuestro vacío y disuelve las tinieblas de nuestros pecados, para que merezcamos llegar a la plenitud de la vida eterna y a la luz de la gloria sin fin!.

Dígnese concedérnoslo aquel que te creó para que fueras nuestra luz; aquel que, para nacer de ti, hoy te hizo nacer a ti.

¡A El sean honor y gloria por los siglos de los siglos!. ¡Amén! ¡Así sea!

(Natividad de María)

 

 

¡Ea, pues, Señora nuestra y única esperanza! Te suplicamos que ilumines nuestras mentes con el esplendor de tu gracia, que nos purifiques con el candor de tu pureza, que nos calientes con el calor de tu visita y que nos reconcilies con tu Hijo, para que merezcamos llegar al esplendor de su gloria.

Dígnese concedérnoslo aquel que hoy, por el anuncio del ángel, quiso asumir de ti su gloriosa carne y habitar por nueve meses en tu tálamo.

A El sean honor y gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Anunciación de María)

Oremos a Maria, cuyo perfume, difundido por todas partes, devuelve a los muertos la vida, a los desesperados el perdón, a los penitentes la gracia y a los justos la gloria.

Por los méritos y por las oraciones de María, el rocío del Espíritu Santo temple los ardores de nuestra mente, cancele nuestros pecados y nos infunda su gracia, para que merezcamos llegar a la gloria de la eterna e inmortal vida.

Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!.

(Anunciación de María)

 

 

Te suplicamos, pues, oh Señora nuestra y excelsa madre de Dios, en la natividad de tu Hijo, a quien engendraste permaneciendo virgen, a quien envolviste en pañales y recostaste en el pesebre. impétranos de tu Hijo su benevolencia y cura con el emplasto de tu misericordia las quemaduras de nuestra alma, que nos procuramos con el fuego del pecado. Y así, gracias a tu misericordia, mereceremos llegar al gozo de la fiesta eterna.

Nos lo conceda aquel Jesús, que hoy se dignó nacer de ti, oh gloriosa Virgen. A El sean el honor y la gloria por los siglos de los siglos. ¡Anién! ¡Así sea!.

(Purificación de María)

Te suplicamos, oh Señora nuestra y escogida Madre de Dios, que nos purifiques de la sangre de los pecados y que nos guíes al fuego esplendente de la contrición, a la cera de la confesión y a la estopa de la satisfacción, para que así podamos llegar a la luz y a la gloria de la Jerusalén celestial.

Dígnese concedérnoslo aquel Jesús, a quien hoy ofreciste en el templo. A El sean honor y gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Purificación de María)

 

 

Te suplicamos, Señora nuestra e ínclita Madre de Dios, exaltada por encima de los coros de los ángeles, que llenes el vaso de nuestro corazón con la gracia celestial; que nos hagas resplandecer con el oro de la sabiduría; que nos sostengas con la potencia de tu intercesión; que nos adornes con las preciosas piedras de tus virtudes y que derrames sobre nosotros, oh aceituna bendita, el aceite de tu misericordia, con el que cubras la multitud de nuestros pecados; y así merezcamos ser elevados a las alturas de la gloria celestial y vivir eternamente dichosos con los bienaventurados.

Dígnese concedérnoslo Jesucristo, tu Hijo, que en este día te exaltó por encima de los coros de los ángeles, te coronó con la diadema del reino y te colocó en el trono del eterno esplendor. A El sean honor y gloria por los siglos eternos.

Y toda la iglesia responda: ¡Amén! ¡Aleluya!

(Asunción de María)

Está escrito: “Bendito el fruto de tu vientre” (Lc 1, 42), y “su fruto es dulce a mi paladar” (Cant 2, 3). Este fruto tiene el principio, el centro y el fin de toda dulzura, porque fue dulce en el seno, dulce en el pesebre, dulce en el templo, dulce en Egipto, dulce en el bautismo, dulce en el desierto, dulce en la palabra, dulce en el milagro, dulce montado en un borriquillo, dulce en la flagelación, dulce en la cruz, dulce en el sepulcro, dulce en los infiernos, dulce en el cielo.

Oh dulce Jesús, ¿qué cosa es más dulce que tú? Dulce es tu recuerdo, más que la miel y que todas las demás dulzuras. El tuyo es nombre de dulzura y nombre de salvación. ¿Y qué significa Jesús, sino Salvador? ¡Oh buen Jesús, justamente por ti mismo sé para nosotros Jesús! Ya que nos diste el comienzo de la dulzura, o sea, la fe, danos también la esperanza y la caridad, para que, viviendo y muriendo en ellas, merezcamos llegar a ti.

Por las súplicas de tu Madre, concédenos esta gracia, tú que eres el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Purificación de María II)

 

 

Todo lo que hay en el cielo, como los ángeles, todo lo que hay en la tierra y bajo tierra, todo lo que hay en el aire y en el agua, y todo lo que está dotado de razón y de inteligencia, todo lo que se mueve, vive y existe, proceden de aquel que es el sumo Bien, causa de todas las cosas y manantial de toda bondad.

A El sean el honor y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

(San Felipe y Santiago)