TIEMPO DE
NAVIDAD
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Hermanos queridísimos, supliquemos humildemente al
Señor que, cuando lleguen nuestro último día y el término de nuestra
vida, nos libere del escarnio de los demonios y nos haga partir en la
alegría y conducir en paz por las manos de los ángeles. Dígnese concedérnoslo aquel que es el Dios
bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea! (Domingo
I de Adviento) |
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Hermanos queridísimos, roguemos, pues, al Señor
Jesucristo, para que, cuando venga con gran poder y majestad en el día
del último examen, para dar a cada uno según sus obras, no ejerza su
poder con nosotros junto con los que serán condenados, sino que, con su
majestad, nos haga bienaventurados junto con los demás bienaventurados
y para que merezcamos con ellos comer y beber, alegrarnos y gozar en el
reino de los cielos. Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios
bendito y glorioso por los siglos eternos. Y toda alma bienaventurada responda: “¡Amén! ¡Aleluya!”. (Domingo
I de Adviento) |
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Hermanos queridísimos, roguemos al Señor
Jesucristo, que nos libere de las cadenas del mundo y de la carne, para
que, con un solo espíritu y una sola voz, podamos honrar y glorificar a
aquel Dios, de cuya gloria está llena toda la tierra. A El sean el
honor y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea! (Domingo
II de Adviento) |
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Hermanos queridísimos, roguemos al Señor
Jesucristo, que nos preserve de ser caña sacudida u hombres envueltos
en vestidos delicados; y nos haga habitar en el desierto de la
penitencia como pobres, castos y obedientes. Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios digno
de alabanza, dulce y amable, bendito y bienaventurado, por los siglos
eternos. Toda orden religiosa, pura y sin mancha, diga: “
¡Amén! ¡Aleluya!”. (Domingo
II de Adviento) |
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Hermanos queridísimos, supliquemos humildemente al
Señor Jesús, que nos conceda cantar el cántico de las sagradas
solemnidades y de gozar únicamente en El; y nos conceda vivir con
sobriedad, liberarnos de toda preocupación y manifestarle todas
nuestras peticiones, para que, amparados por su paz, podamos un día
vivir en la celestial Jerusalén, ciudad de la paz. Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios
bendito y glorioso por los siglos eternos. Y toda alma, amante de la paz, diga: “¡Amén! ¡Aleluya! (Domingo
III de Adviento) |
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La plata, o sea, la elocuencia de los prelados y de
los predicadores, se cambió en la escoria de la vanagloria. El vino de
la predicación se mezcló con el agua de la adulación y del lucro
temporal. Hermanos queridísimos, roguemos al Señor
Jesucristo, para que haga descender sobre nosotros su palabra inspirada
y nos purifique con el bautismo de la penitencia, para que podamos
prepararle el camino y enderezar sus senderos. Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios
bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea! (Domingo
IV de Adviento) |
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Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor
Jesucristo, que abaje los montes, enderece los caminos tortuosos, allane
las cosas ásperas, para que podamos llegar a aquel “Bien, que ningún
ojo vio”, porque está escondido, “ni oído oyó”, porque es
silencioso, “ni entró en corazón de hombre”, porque es
incomprensible. Dígnese concedérnoslo aquel Jesús que en su
primera venida fue humilde, que será terrible en la segunda, y que será
amable y suave, deseable y bendito por los siglos eternos. Y toda alma humilde diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.
(Domingo
IV de Adviento) |
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Y será llamado el Admirable en la natividad, el
Consejero en la predicación, Dios por obrar milagros, el Fuerte en la
pasión, el Padre del siglo futuro en la resurrección, En efecto, al
resucitar, nos dejó a nosotros, como heredad a los hijos después de sí,
la segura esperanza de la resurrección. Y en la eternidad será para
nosotros el Príncipe de la paz. Dígnese concedernos esta paz el mismo Dios
bendito. ¡Amén! ¡Así sea! (Natividad
del Señor) |
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Para hallar este gozo, nos es dado una señal,
cuando el ángel añade: “Esto les servirá de señal: Hallarán un niño
envuelto en pañales y puesto en un pesebre” (Lc 2, 12). Aquí debemos
notar dos cosas: la humildad y la pobreza. ¡Feliz el hombre que tendrá
esta señal en la frente y en la mano, o sea, en la confesión y en las
obras. ¿Qué significa: “Hallarán a un niño”, sino: “Hallarán
la sabiduría balbuciente, la potencia débil, la majestad rebajada, lo
inmenso hecho niño, el rico hecho pobre, el rey de los ángeles
recostado en un establo, el alimento de los ángeles casi pasto de los
animales, el ¡limitado recostado en un angosto pesebre? Por el verbo encarnado, por el parto de la Virgen,
por el nacimiento del Salvador, “sea gloria a Dios Padre en los cielos
altísimos, y sea paz a los hombres de buena voluntad”. Dígnese concedernos esta paz aquel, que es el Dios
bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea! (Natividad
del Señor) |
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Hermanos queridísimos, imploremos humildemente la
Sabiduría de Dios, que nos saque de la ruina de los vicios y nos haga
resucitar a la virtud, y que la espada de su pasión atraviese nuestra
alma, para que merezcamos llegar al gozo de la resurrección general. Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios
bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea! (Domingo
I después de la Natividad del Señor) |
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Roguemos, pues, queridísimos hermanos, al Señor
Jesucristo, para que envíe en medio de esta tierra de exterminio la
gracia del Espíritu Santo, que quebrante la dureza de la mente, afile
la lengua en la confesión y llene de mortificación los miembros del
cuerpo, para que merezcamos tocar el cielo con aspiraciones celestiales. Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios
bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!. (Domingo
I después de la Natividad del Señor) |
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Se circuncida el prepucio de su hijo quien, no sólo
restituyendo lo mal habido y socorriendo a los demás con obras de
misericordia, sino también sustrayendo a la propia boca las cosas
dulces, a los ojos las cosas provocantes, a los oídos las cosas
halagadoras, a las manos las cosas mórbidas y a todo el cuerpo las
cosas placenteras. El mismo Jesús, que hoy para nosotros fue
circuncidado, se digne circuncidarnos también a nosotros de los vicios,
para que en el día octavo de la resurrección merezcamos gozar de la
doble estola. Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por
los siglos. ¡Amén! ¡Así sea! (Domingo
I después de la Natividad del Señor) |
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Roguemos, pues, hermanos queridísimos, a
Jesucristo, que, como subió a Jerusalén con sus padres, nos haga subir
también a nosotros, con la práctica de las doce virtudes sobredichas,
unidas a la esperanza y al temor, a la Jerusalén moral, para que
podamos ofrecerle, en las tres solemnidades, la víctima viva, santa y a
El agradable. Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios
bendito en la Jerusalén celestial. ¡Aleluya! ¡Amén! ¡Aleluya! (Domingo
II después de la Natividad del Señor) Lleven también ustedes, queridísimos, junto con
los tres Magos, sus dones: el oro de la contrición, el incienso de la
confesión y la mirra de la satisfacción, para que puedan recibir del
mismo Jesucristo el don de la gloria en el cielo. Les conceda esta gracia aquel que es el Dios
bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea! (Epifanía
del Señor) |
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Hermanos queridísimos, humildemente imploremos a
este Príncipe, para que nos conceda también a nosotros celebrar las
bodas en Caná de Galilea y nos llene de agua las seis tinajas, con el
fin de poder beber con El el vino del gozo eterno en las bodas de la
Jerusalén celestial. Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios
bendito, digno de alabanza y glorioso por los siglos eternos. Y toda alma, esposa del Espíritu Santo, diga: “¡Amén!
¡Aleluya!”. (Domingo
I después de la octava de la Epifanía) |
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La naturaleza del hombre se avergüenza de no amar
a aquel que nos ama y no abrazar con los brazos de la caridad a aquel
que nos sirve con devoción. Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor
Jesucristo, que nos fortalezca con los sobredichos soldados, que cure al
siervo paralizado y abrase con el fuego de la caridad la mente fría. Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios
bendito, digno de alabanza y glorioso por los siglos. Y toda alma, curada de la parálisis, diga: “¡Amén!
¡Aleluya!”. (Domingo
II después de la octava de la Epifanía) |
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