ORACIONES PARA PENTECOSTÉS

Y DURANTE EL TIEMPO ORDINARIO I

El Espíritu Santo, “distribuyendo sus dones a cada uno como quiere” (1Cor 12, 11), infunde su gracia, donde quiere, como quiere, cuanto quiere, cuando quiere y a quien quiere.

Roguemos, pues, que se digne infundir su gracia también en nosotros aquel Espíritu Santo, que hoy infundió su gracia en los apóstoles por medio de las lenguas de fuego. A El sean siempre la alabanza y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Pentecostés I)

 

 

Roguemos, pues, al Hijo de Dios, que nos infunda el espíritu de contrición, que nos libere de la amenaza eterna y eleve nuestra mente a las cosas celestiales.

Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!.

(Pentecostés I)

Hablemos según el Espíritu Santo nos da que hablemos, y pidámosle con humildad y devoción que nos infunda su gracia, para que cumplamos los días de Pentecostés con la perfección de los cinco sentidos y en la observancia del decálogo, y para que nos llenemos del vehemente espíritu de contrición y nos inflamemos con las lenguas de fuego de la confesión. Así inflamados e iluminados, mereceremos ver a Dios uno y trino entre los esplendores de los santos.

Nos lo conceda el Dios uno y trino, que es bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Aleluya!

(Pentecostés I)

 

 

He aquí, pues, que el Espíritu Santo nos da el saber y el querer; de parte nuestra, debemos poner, en lo posible, todo nuestro esfuerzo (de colaboración); y así seremos templos del mismo Espíritu Santo.

Nos lo envíe también a nosotros el Hijo, que es Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Pentecostés II)

Roguemos, pues, con devoción al Hijo, para que nos envíe al Paráclito, el Consolador, por medio del cual podamos conocerlo y amarlo, de manera que merezcamos llegar a El.

Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Pentecostés II)

 

 

Cuando uno reflexiona seriamente en su interior sobre todas estas cosas, se siente sacudido por el miedo, lleno de aflicción y bañado en lágrimas. Y así un impetuoso río de fuego sale del rostro de Cristo.

Concluye Isaías: “Delante de tu rostro, Señor, hemos concebido y dado a luz el espíritu de la salvación” (26, 17-18), o sea, el espíritu de compunción bañado en lágrimas,

Dígnese concedérnoslo también a nosotros Aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Pentecostés II)

Roguemos, pues, al Señor Jesucristo, que a este hombre rico, o sea, a nuestro miserable cuerpo, lo transforme en un pobre voluntario, lo revista de ceniza y de cilicio, le dé pan escaso y poca agua, cure las llagas del alma con la lengua de su doctrina y lo coloque en el seno de Abraham.

Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo I después de Pentecostés)

 

 

Los justos tienen confianza, porque imitan la perfección del amor de Dios, amando en este mundo también a los enemigos. En efecto, Dios desde el cielo “hace llover sobre los justos y sobre los pecadores” (Mt 5, 45).

Te rogamos, pues, Señor Jesús, nosotros que somos tus pobres y tus mendigos, que con el mendigo Lázaro nos hagas morir en el pequeño nido de nuestra pobreza, para ser llevados después por los ángeles al seno de Abraham.

Dígnate concedérnoslo tu, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!

(Domingo I después de Pentecostés)

Te rogamos, Señor Jesucristo, que nos liberes de la sed inextinguible y del fuego ardiente y que nos coloques con el bienaventurado Lázaro en el seno de Abraham.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo I después de Pentecostés)

 

 

“Amemos, pues, a Dios, porque El nos amó primero. Si uno dijera: “Amo a Dios”, y después odiara a su hermano, es un mentiroso. El que no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo podrá amar a Dios, a quien no ve?” (1 Jn 4, 19‑20). Y Agustín comenta: “Si uno amara con amor espiritual a aquel que ve con los ojos del cuerpo, vería también a Dios, que es el mismo amor, con los ojos del espíritu, con los que únicamente Dios puede ser visto. Quien, pues, no ama al hermano al que ve, ¿cómo puede amar a Dios, que es el mismo amor, si está privado de amor el que no ama a su hermano?”.

Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor, que es el Amor, que nos conceda la gracia de amar la pobreza del mendigo Lázaro, de aborrecer las riquezas del rico vestido de púrpura, de librarnos de la sepultura en el infierno y de llevarnos al seno de Abraham.

Nos lo conceda aquel Dios, al cual pertenecen el honor y la gloria, la magnificencia y el poderío por los siglos de los siglos.

Y todo verdadero pobre responda: “¡Amén! ¡Así sea!”.

(Domingo I después de Pentecostés)

El amor a los hermanos es una entrada segura para la cena de la vida eterna. Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, que nos introduzca a la cena de la penitencia y de ella nos haga pasar a la cena de la gloria celestial.

Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito y glorioso por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡As¡ sea!

(Domingo II después de Pentecostés)

 

 

Te rogamos, pues, Señor Jesús, que nos quites la “villa” de todo poderío humano, que nos ayudes a evitar los placeres de los cinco sentidos y que nos hagas vivir sin la “mujer” de la maldita concupiscencia, para que seamos así libres de entrar en tu cena.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén!. ¡Así sea!

(Domingo II después de Pentecostés)

Con el evangelio, en la cual se habla de los pobres, concuerda la epístola: “Si alguien vive en la abundancia, y, viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad” (1 Jn 3, 17‑18). Y dice el Señor en Lucas: “Den en limosna lo que sobra; y he ahí que todo para ustedes será puro” (11, 4 1). Comenta la Glosa: “Lo que sobra de lo necesario para el alimento y el vestido, dénselo a los pobres”.

Quien, pues, tiene riquezas de este mundo, y, después de reservar lo necesario para el alimento y el vestido, ve que su hermano, por el cual Cristo murió, padece necesidad, debe darle lo que le sobra. Y si no lo da y cierra su corazón ante la indigencia de su hermano, yo afirmo que peca mortalmente, porque en él no se halla el amor de Dios. Si hubiera en él este amor, de buena gana daría a su hermano.

¡Ay de aquellos que tienen la bodega llena de vino y el granero lleno de trigo y que tienen dos o tres pares de vestidos, mientras los pobres de Cristo con el vientre vacío y el cuerpo semidesnudo claman ayuda a su puerta! Y si algo se les da, se trata siempre de poco, y no de las cosas mejores, sino de las peores.

Llegará, sí, llegará la hora, cuando también ellos gritarán, estando fuera de la puerta: “¡Señor, Señor, ábrenos¡ “. Y oirán lo que no quisieran oír: “¡En verdad, en verdad, les digo: “No los conozco! ¡vayan, malditos, al fuego eterno!” (Mt 25, 11‑12 y 41).

Dice Salomón: “El que cierra su oído, para no escuchar la voz del pobre, cuando gritará él, no será escuchado” (Prov 21, 13).

Hermanos queridísimos, roguemos al Señor Jesucristo, que nos llamó con esta predicación, que se digne llamarnos, con la infusión de su gracia, a la cena de la gloria eterna, en la que seremos saciados contemplando cuán suave es el Señor. De esa suavidad nos haga partícipes el Dios uno y trino, bendito, digno de alabanza y glorioso por los siglos eternos.

Y toda alma fiel, introducida a esta cena, diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

(Domingo II después de Pentecostés)

 

 

Bajo la poderosa mano de Dios, que “derriba a los poderosos y ensalza a los humildes” (Lc 1, 52), humíllense, para que los eleve a aquella mesa celestial, cuando venga a visitarlos, o sea, en el tiempo de la muerte y del último examen. Descarguen todas sus preocupaciones en El, porque El se ocupa más de su salvación que ustedes mismos, “porque El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos” (Salm 99, 3).

Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que nos permita a nosotros pecadores acercarnos a El, para escucharlo, y que se digne acogernos, para alimentarnos con El a la mesa de la vida eterna.

Se digne concedérnoslo El, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo III después de Pentecostés)

Debemos resistirle con la fe recibida en el bautismo y debemos guardar la inocencia, para merecer llegar al gozo de los ángeles junto con los auténticos penitentes.

Nos lo conceda aquel, que arrancó de las fauces del lobo, o sea, del diablo, a la oveja perdida, o sea, a Adán con su descendencia, y, Reno de alegría, la cargó sobre sus hombros, colgados en la cruz, cuando regresó a la casa de la bienaventuranza eterna. Por ese hallazgo hizo una gran fiesta con los ángeles, que gozan cuando un pecador se reconcilia con Dios. Todo esto debe inflamarnos para una vida limpia y hacer siempre lo que sea del agrado de los ángeles, buscar su protección y temer ofenderlos.

Nos conduzca a la compañía de los santos el mismo Señor, al cual sean el honor y la gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo III después de Pentecostés)

 

 

Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, que, con el ejemplo de la santa mujer, o sea, del alma penitente, nos conceda la gracia de preparar la lámpara, o sea, de avivar el recuerdo de nuestra fragilidad, con la estopa de la penitencia. Nos conceda la gracia de encender el óleo de la misericordia con la llama del amor divino, de escudriñar con ella todos los rincones de nuestra conciencia y de buscar con toda solicitud la dracma de la doble caridad, que desde tanto tiempo habíamos perdido. Y que, después de haberla hallado, merezcamos llegar a aquel, que es la Caridad perfecta.

Se digne concedérnosla el mismo Señor, al que pertenecen el honor y la gloria, el esplendor y el imperio, por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Aleluya!

(Domingo III después de Pentecostés)

Los sufrimientos son temporáneos, leves y transitorios; y por ende no son comparables. El sufrimiento pasa, en cambio, la gloria permanecerá por los siglos de los siglos.

Y entonces, para poder llegar a esa gloria, roguemos al Señor Jesucristo, que es padre misericordioso, para que infunda en nosotros su misericordia, con el objeto de que también nosotros la usemos hacia nosotros y hacia los demás, no juzgando a nadie, no condenando a nadie, perdonando a los que nos ofenden y dándonos siempre a nosotros y nuestras cosas al que nos las solicite.

Se digne concedernos esta gracia aquel Señor, que es bendito y glorioso por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo IV después de Pentecostés)

Te suplicamos, Señor Jesucristo, que nos distribuyas los carismas del Espíritu Santo en la medida de la fe, que nos llenes con la medida de la penitencia y que nos sacies, después, con la medida de la gloria en la visión de tu rostro.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo IV después de Pentecostés)

 

 

Es suficiente que el discípulo sea como el maestro.

Te rogamos, pues, oh buen Jesús, Maestro y Señor, que ilumines a los ciegos, que enseñes a tus discípulos y que les muestres el camino de la vida. Y as! podremos llegar a ti que eres el camino y la vida.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo IV después de Pentecostés)

Las primicias del Espíritu son la contrición y la amargura por los pecados, que, como primera cosa, han de ser ofrecidas al Señor. Los santos que las tienen, no miran la viga en el ojo ajeno, a nadie juzgan y a nadie condenan, sino que, dentro de sí mismos, en la amargura de su alma, gimen y suspiran, esperando la adopción, o sea, la inmortalidad del cuerpo.

De esa inmortalidad nos haga partícipes aquel, que por nosotros murió y, más aún, resucitó, Jesucristo, Señor nuestro, al cual pertenecen el honor y la gloria con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos eternos.

Y toda alma misericordiosa diga: “¡Amén! ¡Aleluya”.

(Domingo IV después de Pentecostés)

 

 

Roguemos, queridísimos hermanos, al mismo Señor Jesucristo, que, por medio de la obediencia, nos haga subir también a nosotros en la barca de Simón; nos haga sentar en el trono de marfil de la humildad y de la castidad; nos haga conducir nuestra barca desde las cosas terrenas a las alturas de la contemplación y nos haga echar nuestras redes para la pesca. Y así, con la mayor abundancia de nuestras obras, podremos llegar a aquel Dios, que es sumamente bueno.

Nos lo conceda el mismo Dios, que vive y reina por todos los siglos. ¡Amén! ¡Aleluya!

(Domingo V después de Pentecostés)

Hermanos queridísimos, derramemos nuestras súplicas al mismo Jesucristo, para que, dejadas todas nuestras cosas, nos conceda poder correr con los apóstoles y santificarlo en nuestros corazones; y así mereceremos llegar a El, que es el Santo de todos los santos.

Nos lo conceda el mismo Señor, que es digno de alabanza y de amor, dulce y suave. A El sean el honor y la gloria por siglos eternos.

Y toda alma penitente, extraída del lago de Genesaret, diga: “ ¡Amén! ¡Aleluya!”.

(Domingo V después de Pentecostés)

Te rogamos, pues, Señor Jesús, que nos hagas abundar en las obras de la justicia, para poder despreciar al mundo, mostrar en nosotros la semejanza de tu muerte, subir al monte de las balsameras y alegrarnos contigo en el gozo de la resurrección,

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo VI después de Pentecostés)

 

 

Supliquemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, que extirpe de nuestro corazón la ira e infunda en nuestra conciencia la tranquilidad, para amar a nuestro prójimo con el corazón, con la boca y con las obras, y para llegar a aquel, que es nuestra paz.

Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo VI después de Pentecostés)

Oh Padre, te rogamos por medio de Jesucristo, a quien constituiste víctima de expiación por nuestros pecados (1 Jn 4, 10), que acojas por medio de El nuestros dones, y que nos concedas la gracia de reconciliarnos contigo y con los hermanos, y que, una vez reconciliados, podamos ofrecerte a ti, oh Dios, sobre el altar de oro que se halla en la Jerusalén celestial, los dones de nuestra alabanza junto con los bienaventurados ángeles.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios uno y trino, bendito en los siglos eternos.

Y toda criatura diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

(Domingo VI después de Pentecostés)

Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que se digne mirarnos con el ojo de su misericordia, nos libere de la carestía y nos guíe hacia el templo de su gloria.

Nos lo conceda el mismo Señor, que vive y reina por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo VII después de Pentecostés)

Te rogamos, Señor Jesús, que nos purifiques de la lepra del pecado, que nos sacies con el pan de tu gracia y nos hagas partícipes de la mesa de la bienaventuranza celestial.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo VII después de Pentecostés)

 

 

Hermanos queridísimos, imploremos y supliquemos al Señor, para que, como se dignó saciar los cuatro mil hombres con los siete panes, nos fortifique con las cuatro virtudes y nos vivifique con la infusión de la gracia septiforme. Así mereceremos llegar a aquel, que es vida y pan de los ángeles.

Nos lo conceda aquel mismo Señor, que es digno de alabanza, glorioso, magnífico y excelso por los siglos eternos.

Y todo espíritu responda: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

(Domingo VII después de Pentecostés)

Si vivimos según la carne, o sea, si creemos en los falsos profetas, moriremos, porque aquellos lobos rapaces nos dilacerarán. En cambio, si, con el espíritu y con la espada de la penitencia, damos muerte a las obras de la carne, o sea, a los profetas de Baal, si quemamos su estatua y si destruimos su templo, sin duda alguna viviremos de la vida de la gracia en el tiempo presente y de la vida de la gloria en el futuro”.

A esta gloria se digne llevarnos aquel Señor, que vive y reina por todos los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo VIII después de Pentecostés)

 

 

Abba es un término sirio y hebreo, que en griego y latín significa Pater, Padre. Y este doble nombre de la paternidad indica la doble misericordia de la benevolencia paterna. El penitente, recibido en lugar del hijo, debe confiar tanto en la remisión de los pecados como en la bienaventuranza de la gloria.

Te suplicamos, pues, Abba, Padre, que nos hagas árboles buenos y que nos concedas producir frutos di nos de penitencia; y así, arraigados y fundados en la raíz de la humildad y liberados del fuego eterno, mereceremos llegar y cosechar el fruto de la vida eterna.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo VIII después de Pentecostés)

Hermanos queridísimos, roguemos, pues, al Padre omnipotente, que nos conceda la gracia de cumplir su voluntad, de purificar de toda suciedad el templo de nuestro corazón y de celebrar la verdadera pascua, o sea, el verdadero pasaje, para poder llegar a la herencia eterna, que nos prometió por medio de nuestro coheredero Jesucristo, su dilecto Hijo.

Nos lo conceda el mismo Padre, que con su amadísimo Hijo y el Espíritu Santo, un solo y eterno Dios, vive y reina por los siglos eternos.

Y toda la iglesia responda: “¡Amén! ¡Aleluya!”

(Domingo VIII después de Pentecostés)

 

 

Roguemos, pues, al Señor, que con las cuatro virtudes capitales destruya estos cuatro vicios, afiance la tierra de nuestra mente, conserve en nosotros sus bienes para que no los disipemos y así merezcamos llegar a la posesión de los bienes eternos.

Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos, ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo IX después de Pentecostés)

Te suplicamos, pues, Señor Jesucristo, que nos concedas el amor hacia Dios y hacia el prójimo, que nos hagas hijos de la luz, que nos preserves de caer en el pecado y de ser tentados por el diablo. Y así mereceremos subir a la gloria de la luz inaccesible.

Concédenoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!

(Domingo IX después de Pentecostés)

 

 

Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que nos haga salir de las moradas de los idumeos y nos haga luchar en las moradas de Cedar; y después nos haga pasar a las moradas de Jacob. Y así mereceremos trasmigrar finalmente a las eternas moradas de la paz, de la seguridad y del reposo.

Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito, digno de alabanza y de amor, y que vive en los siglos eternos.

Y toda la Iglesia diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

(Domingo IX después de Pentecostés)