ORACIONES PARA EL TIEMPO ORDINARIO II

Te suplicamos, pues, Señor Jesús, que nos infundas la gracia de llorar sobre nuestra ciudad y de despreciar las cosas temporales, para llegar así a la Jerusalén celestial.

Concédenoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea]

(Domingo X después de Pentecostés)

Te suplicamos, oh Trinidad y Unidad, que, cuando vengan los días del sufrimiento, de la corrupción final y de la ruptura del cordón de plata, el alma que tú creaste, retorne a ti y que tú la acojas. Y así, liberada del asedio de los demonios, merezca volar hacia la gloria y hacia la libertad de los hijos de Dios.

Concédenoslo tú, Dios trino y uno, que eres bendito por todos los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo X después de Pentecostés)

 

 

¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Con humildad y con lágrimas roguemos al Señor Jesucristo, que expulse de su iglesia a los vendedores y a los compradores simoniacos y que desaloje de la casa de nuestra conciencia, que antes era suya, los vicios señalados y haga de ella una casa de fervorosa oración, para que podamos así llegar a la casa de la Jerusalén celestial.

Nos lo conceda el mismo Cristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos eternos.

Y toda conciencia pura diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

(Domingo X después de Pentecostés)

Te rogamos, Señor Jesús, que seamos pobres humildes, ricos sinceros y ancianos sabios; y así mereceremos llegar a las delicias y a las riquezas eternas.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XI después de Pentecostés)

 

 

Uno se acusaba pecador; el otro se acusaba de haber perseguido a la Iglesia de Dios. El primero encontró la gracia y también el segundo, como lo manifiesta: "Por la gracia de Dios soy lo que soy".

Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que, como perdonó al publicano y a Saulo sus pecados y les infundió su gracia, así nos perdone también a nosotros y nos infunda su gracia, para que merezcamos llegar a su gloria.

Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito y glorioso, vida y salvación, justo y misericordioso, por los siglos eternos.

Y toda alma humilde responda: "¡Amén! ¡Aleluya!".

(Domingo XI después de Pentecostés)

Te rogamos, pues, Señor Jesús, que grabes en nosotros el sello de la humildad y nos levantes a tu derecha en el tiempo del último sufrimiento.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!

(Domingo XI después de Pentecostés)

 

 

Te rogamos, pues, Señor Jesucristo, que nos hagas salir del territorio de Tiro y nos haga llegar, a través de Sidón, al mar de la penitencia, en pleno territorio de la Decápolis y nos hagas crecer en la perfección durante la vida. Así mereceremos subir a la perfección de la gloria.

Concédenoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XII después de Pentecostés)

Te rogamos, pues, Señor Jesús, que con los dedos de tu encarnación abras nuestros oídos y con la sabrosa saliva de tu sabiduría toques nuestra lengua, para que podamos obedecerte, alabarte y bendecirte, y un día merezcamos llegar a ti, que eres el bendito y el glorioso.

Dígnate concedérnoslo tú, que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos eternos.

Y toda alma fiel diga: " ¡Amén! ¡Aleluya!

(Domingo XII después de Pentecostés)

 

 

¡Felices, pues, los que ven ahora por medio de la fe a aquel en el que son bendecidas todas las gentes, y un día lo verán en su hermosura en la gloria celestial y oirán: “¡Vengan, benditos de mi Padre! “. A esa visión y a escuchar su voz se digne conducirnos el mismo Cristo, que es Dios bendito por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XIII después de Pentecostés)

Te rogamos, Señor Jesús, que nos ligues con el amor hacia ti y hacia el prójimo, para que te amemos “con todo el corazón”, tan profundamente que nada nos distraiga de tu amor; “con toda el alma”, o sea, con sabiduría, para no ser engañados por otros amores; “con todas las fuerzas y con toda la mente”, o sea, con tanta dulzura, para no ser jamás seducidos a separarnos de tu amor; y para amar al prójimo corno a nosotros mismos.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XIII después de Pentecostés)

 

 

El que fija su deseo en la eternidad, no habiendo en el mundo cosa alguna que lo atraiga, nada teme de lo que hay en el mundo.

“Haz, pues, esto, y vivirás”: vivirás de la vida de la gracia en este mundo y de la vida de la gloria en el otro.

A esta gloria se digne guiarnos aquel, que es Vida y Gloria y que es el Dios bendito por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XIII después de Pentecostés)

Hermanos queridísimos, elevemos unánimes nuestra oración a Dios, para que sane las heridas de nuestros pecados y nos reconcilie con El; y así de esta Jericó mereceremos retornar a la Jerusalén celestial, de la que caímos.

Nos ayude el mismo que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XIII después de Pentecostés)

 

 

Hermanos queridísimos, imploremos la gracia del Espíritu Santo, para que en las heridas de nuestra alma vierta el aceite y el vino de su misericordia, las vende, nos cargue sobre el jumento de la penitencia, nos conduzca al mesón, o sea, al recuerdo de nuestras iniquidades, y nos recomiende al mesonero, o sea, al espíritu de contrición, para que quedemos bajo sus curas hasta que con dos denarios, o sea, con las dos especies de contrición, recuperemos el primitivo estado de salud que hemos perdido y para que, una vez recuperada la salud, podamos retornar a Jerusalén, de la que hemos caído.

Dígnese concedérnoslo el mismo Espíritu que, Dios único con el Padre y el Hijo, vive y reina por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Aleluya!

(Domingo XIII después de Pentecostés)

Te suplicamos, pues, Señor Jesucristo, que nos hagas pasar a través de la Samaría, o sea, por la Observancia de tus mandamientos, y a través de la Galilea, o sea, por la perseverancia en la virtud, para poder llegar a Jerusalén y abrevarnos en sus torrentes de oro.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XIV después de Pentecostés)

 

 

Te rogamos, Señor Jesucristo, que nos limpies de la lepra de los pecados y que, una vez limpiados, merezcamos ser admitidos en la asamblea de los santos y subir contigo a la Jerusalén celestial.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XIV después de Pentecostés)

Te rogamos, pues, Señor Jesucristo, que nos mantengas en la unidad y nos guardes en la humildad y en la pobreza, de tal modo que podamos recoger del árbol de la penitencia los frutos del Espíritu y nutrirnos así del árbol de la vida en la gloria celestial.

Dígnate concedérnoslo tú que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XIV después de Pentecostés)

 

 

Te rogamos, Señor Jesucristo, que nos infundas la luz de tu gracia, para que vivamos guiados por la razón, sometamos la carne y podamos llegar a ti, que eres la vida.

Dígnate concedérnoslo tú que eres el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XV después de Pentecostés)

Hermanos queridísimos, roguemos y supliquemos al Señor, para que defienda las puertas de nuestra ciudad con los susodichos custodios, guarde Él el acueducto del agua viva para que no sea cortado por Holofernes y habite en nuestros corazones. Así mereceremos habitar con El en los cielos.

Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos, ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XVI después de Pentecostés)

 

 

Te rogamos, pues, Señor Jesucristo, que entres en la casa de nuestra conciencia; alejes al jefe de los fariseos, o sea, los impulsos de los malos pensamientos, que chocan uno contra otro y, dividiéndose, dispersan el corazón; que restituyas a nuestra mente el sábado de la paz y del reposo y nos hagas comer el pan de tu voluntad. Así mereceremos llegar a ti, pan de los ángeles.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XVII después de Pentecostés)

Te rogamos, Señor Jesucristo, que extiendas tu mano de misericordia, nos aferres y nos saques del pozo con los paños de tu pobreza y de tu humildad y nos sanes de la hidropesía de la lujuria y de la avaricia; y así podremos conservar la unidad del espíritu y llegar a ti que eres Dios uno y trino con el Padre y el Espíritu Santo.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XVII después de Pentecostés)

 

 

Si te sientas en el último lugar de la humildad, temes al Señor, mantienes la fe y conservas la inocencia bautismal. Presta atención a estas cinco palabras: el Señor, Dios, Padre, la fe, el bautismo. Todo aquel que quiere oír: “Amigo, sube más arriba”, reflexione sobre la potencia del Señor, la sabiduría de Dios, la misericordia del Padre, la excelencia de la fe y el valor del bautismo. Reflexione sobre la potencia para temerla; sobre la sabiduría para gustarla; sobre la misericordia para confiar; sobre la excelencia de la fe para despreciar las cosas temporales; sobre el valor del bautismo para luchar siempre valerosamente.

Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que nos haga sentar en el último lugar, guarde nuestro ánimo y nos haga subir hasta El, que es la gloria, en el reino de los comensales de su mesa.

Dígnese concedérnoslo aquel que está por encima de todos, obra en todos y está presente en todos; y que es el Dios bendito por los siglos eternos

Toda alma humilde responda: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

(Domingo XVII después de Pentecostés)

Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al mismo Señor Jesucristo, en cuyas manos, perforadas por los clavos, está puesta nuestra salvación (Gn 47, 25), para que nos salve de los ataques de los enemigos, nos escuche concediéndonos la remisión de los pecados y nos confirme hasta el fin. Así mereceremos llegar hasta el mismo Señor que está sentado a la derecha de Dios Padre.

Dígnese concedérnoslo aquel que es el Dios bendito. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XVIII después de Pentecostés)

 

 

El púgil, que va a enfrentarse con un adversario, suele ungir la cabeza con el aceite; así el justo se unge con el bálsamo mezclado con el aceite, para tener fuerza en las manos, o sea, en las obras, y para poder así vencer al enemigo, el diablo. De esta manera llega a ser aquí abajo hijo de David, o sea, hijo de la fortaleza y, después, en el futuro, será hijo de la gloria; y allí será hermoso de semblante, porque podrá ver cara a cara a aquel, a quien los ángeles desean contemplar (1 Pe 1, 12).

Jesucristo mismo, hijo de David, se digne llevarnos también a nosotros a esa espléndida gloria, El que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XVIII después de Pentecostés)

Nos lleve a la gloria celestial aquel Jesús que subió a la barca de la cruz y al tercer día resucitó como hombre nuevo. A El sean honor y gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo IXX después de Pentecostés)

 

 

“El que hurtaba, no hurte más”: he aquí: “¡Levántate!”; “más bien, trabaje honestamente con sus manos”: he ahí: “Toma tu camilla”, porque el que quiere dedicarse a alguna obra buena, debe tomar el lecho de su carne; “para compartir con el que padece necesidad”: he ahí: “Vete a tu casa”. Va a su casa el que prodiga obras de misericordia a su alma que padece gran necesidad.

Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que nos haga resurgir del pecado, tornar el lecho de nuestra carne y retornar a la casa de la bienaventuranza celestial.

Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito, dulce y amable por los siglos eternos.

Y toda alma que se alza del lecho de la carne, responda: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

(Domingo IXX después de Pentecostés)

El que aspira a las bodas de la gloria celestial, no es necio sino prudente. Prudente es quien que ve lejos. “Gusta y ve qué bueno es el Señor” (33, 9); y en aquella bondad comprende cuál sea la voluntad de Dios.

Te rogamos, Señor Jesucristo, que nos hagas Regar a las bodas de tu encarnación con la fe y la humildad y que nos hagas celebrar las bodas de la penitencia, para que después podamos participar en las bodas de la gloria celestial.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XX después de Pentecostés)

 

 

Te rogamos, pues, Señor Jesucristo, que nos preserves de la ruina y del fuego de la gehena a nosotros y a nuestra ciudad, nos ayudes a subir a la fiesta de las tiendas y nos liberes de la embriaguez de vino y de su lujuria, para merecer un día comer y beber a tu mesa en el reino de los cielos.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XX después de Pentecostés)

En las bodas de la encarnación del Señor es necesario el salmo de las buenas obras, para que obres según lo que crees; y así serás buen salmista tocando el “salterio de diez cuerdas” (Salm 32, 2), que canta al Señor con la Observancia de los diez mandamientos.

¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Con la voz, con la mente y con las lágrimas roguemos y supliquemos al Señor Jesucristo que, cuando venga para el juicio, no mande que seamos echados a las tinieblas exteriores junto con el hombre privado del traje nupcial, sino que nos admita a cantar el cántico de exultación con sus santos en las bodas de la gloria celestial.

Nos lo conceda el mismo Cristo, que es digno de alabanza y de gloria por los siglos eternos.

Y toda alma, esposa de Cristo, responda: “ ¡Amén! ¡Aleluya!”.

(Domingo XX después de Pentecostés)

 

 

Considera que, el que quiere ser soldado de Dios y vestir su armadura y resistir con vigor contra las acechanzas del diablo, es necesario que tenga el caballo de la buena voluntad, la montura de la humildad, los estribos de la constancia, las espuelas del doble temor, el freno de la templanza, el escudo de la fe, la coraza de la justicia, el yelmo de la salvación, la lanza de la caridad (Ef 6, 15‑17). El que vista estas armas, no será afligido por la enfermedad de Cafarnaún.

Y por esto te suplicamos, oh Señor Jesucristo, que nos liberes de la enfermedad de Cafarnaún y de las cuatro sobredichas abominaciones, para que podamos resistir fuertemente contra las acechanzas del diablo y merezcamos vivir contigo en la vida celestial.

Dígnate concedérnoslo tú, que vives y reinas por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XXI después de Pentecostés)

¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Roguemos al Señor Jesucristo, que nos haga descender del monte de la soberbia y apague en nosotros la fiebre de la lujuria, para que, con los lomos ceñidos, podamos retornar a la salud y podamos llegar a la vida eterna,

Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito, digno de alabanza y de gloria por los siglos eternos.

Y toda alma, liberada de la fiebre, cante: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

(Domingo XXI después de Pentecostés)

 

 

Hermanos queridísimos, supliquemos a Jesucristo, que nos reúna en las entrañas de su caridad y nos haga vivir en el agua de la compunción, en el aire de la contemplación, en el fuego del amor y en la tierra de la humildad, para que merezcamos llegar a El, que es la Vida,

Dígnese concedérnoslo El mismo, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XXII después de Pentecostés)

Hermanos queridísimos, imploremos y supliquemos al Señor, que nos perdone los pecados pasados, nos conceda la gracia de no recaer en ellos y que perdonemos de corazón a nuestros hermanos. Y así mereceremos llegar a su gloria, en la cual El es digno de alabanza y glorioso por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Aleluya!

(Domingo XXII después de Pentecostés)

 

 

Conjuremos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, que nos separe de la separación de los fariseos, nos afiance en la enseñanza de su verdad y nos guarde del vicio de la gula, para que merezcamos llegar al banquete de la vida eterna.

Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XXIII después de Pentecostés)

¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Supliquemos e imploremos a nuestro Salvador, el Señor Jesucristo, para que quiera transformar e iluminar el denario y el candelabro, o sea, nuestra alma, con su imagen y con su luz. Así, transformados en el alma y en el cuerpo, mereceremos ser conformes a su esplendor en la gloria de la resurrección.

Dígnese concedernos esa gloria aquel, que es el Dios bendito, glorioso y excelso por los siglos eternos

Y toda alma, distinguida con la imagen del Rey, responda: ¡Amén! ¡Aleluya!

(Domingo XXIII después de Pentecostés)

 

 

Hermanos queridísimos, junto con el jefe de la sinagoga supliquemos humildemente al Señor, que venga a nuestra casa, que aleje a la turba alborotada y resucite a nuestra hija (el alma).

Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo XXIV después de Pentecostés)

“En Cristo obtenemos la redención por medio de su sangre, o sea, la remisión de los pecados” (Col 1, 14). He aquí, pues, la curación de la mujer de su hemorragia. La sangre de la pasión de Cristo detiene la sangre de nuestra malicia.

¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Supliquemos devotamente al mismo Señor Jesucristo, que con la orla de su pasión detenga nuestra sangre, para que podamos agradecerle dignamente y reinar en su luz en compañía de los santos.

Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios admirable en sus milagros y bendito por los siglos eternos.

(Domingo XXV después de Pentecostés)