INTRODUCCIÓN

 La doctrina del Primado Universal de Cristo es, sin lugar a dudas, una tesis típica de Escoto. Es uno de los puntos sobresalientes de su obra teológica. Junto a la tesis de la Inmaculada Concepción de María fue visto por los teólogos que se inspiraron en el Doctor Sutil como un elemento característico de su magisterio. Por otra parte, entre ambas afirmaciones existe una profunda unidad.

No apoyamos estas ideas por orgullo de escuela o por capillismo. Estamos convencidos de que el Primado Universal de Cristo ha sido claramente afirmado en la revelación, y constituye como el corazón del cristianismo.

Partiendo de sus comienzos inseguros y limitados hasta llegar al presente, nos proponemos seguir el desarrollo de la doctrina del primado paso a paso y en sus líneas fundamentales. Si bien es cierto que aún no hemos llegamos a formulaciones definitivas, el tema está ocupando siempre más el lugar central y esencial que le corresponde. [1]

I

LOS GRANDES INICIADORES

 

El desarrollo alcanzando por la doctrina del primado de Cristo entre los Padres griegos es notable. Muchos de ellos desarrollaron una visión cristológica bien definida y englobante. Tenían una concepción de la gracia que les permitía comprender mejor el rol fundamental del primado de Cristo. Su Cristología estaba dominada por la llamada teoría física de la encarnación, En ella el misterio de Cristo se dirige y realiza especialmente en la divinización del hombre.

San Ireneo, San Atanasio y San Gregorio de Niza [2] son los defensores más autorizados de los grandes principios inspiradores que posteriormente conducirán explícita y necesariamente a la teología del primado universal de Cristo. San Cirilo de Alejandría y San Máximo el Confesor, son sus representantes más conocidos. En este texto de San Máximo vemos formulada perfectamente la doctrina del primado de Cristo:

El misterio de Cristo se encuentra admirablemente escondido (Cfr. Ef. 3.2.). Cristo es el fin feliz para el cual todas las cosas han sido hechas. Esta es el designio divino conocido antes del origen de las cosas. De este propósito procede toda gracia y él no es efecto de ninguna otra gracia.

Dios produjo todas las cosas con esa finalidad. En ella se conjugan tanto los fines de la providencia divina, como los fines de las cosas que son gobernadas por dicha providencia, en cuanto en Él han sido creadas todas por Dios.

En este misterio se abarca toda la historia temporal, si me es permitido expresarlo de este modo. Manifestando la Bondad paterna sin dejar lugar a dudas, y mostrando palmariamente el fin por el cual recibieron el principio del ser las cosas que han sido hechas. Porque por Cristo, o por el misterio de Cristo, se han originado en Cristo toda la historia y todos los seres que han existido en el tiempo. De Él todos han recibido el motivo y la finalidad para que nacieran al ser.

Lo primero que ha sido creado en el tiempo es la Unión Hipostática y ella acabará siendo manifestada en Cristo en los últimos tiempos. [3]

Con otra perspectiva e intereses de fondo, la teología occidental comienza a exponer el misterio del primado de Cristo en forma autónoma. El tema aparece en el medioevo como mera reminiscencia episódica, citando algún texto de los Padres griegos. Se le ubica dentro del marco peculiar de las preocupaciones y predilecciones occidentales: la redención y el pecado.

Desde sus preludios la impostación latina asume una coloración y una ambientación diferentes del pensamiento griego. La doctrina del primado de Cristo nace encuadrada dentro de la doctrina de la redención y por ella será dominada.

En tal dirección San Anselmo trazará una trayectoria precisa y rigurosa. El padre de la escolástica, como su principal punto de partida, condicionará profundamente la doctrina del primado en la teología latina.

Más allá de una impostación general diferente, es importante subrayar que en la teología latina el problema asume una formulación hipotética, expresada en la bien conocida pregunta:

¿ Si Adán no hubiera pecado, El hijo de Dios se habría encarnado?

La sentencia es íntimamente dependiente de la mentalidad dominante con la cual se aborda el problema: una visión polarizada en torno al pecado y la redención.

La mentalidad hamartiocéntrica [4] es la llave maestra para la comprensión de todos los demás problemas teológicos, incluido el del primado de Cristo. El principal problema de la teología occidental consistía en cómo entender la conexión entre pecado a reparar y Cristo Redentor.

Desde esta perspectiva se formulaban las siguientes preguntas:

* ¿la función redentora de Cristo goza de una tal preeminencia como para englobar a todas las demás finalidades de la encarnación?

* Entre los diversos motivos concretos de la encarnación, ¿cuáles el principal y subordinante?

* ¿lo es por acaso la redención del pecado?

* Si éste último es el motivo decisivo, tal como parece evidente en la Escritura, ¿Se habría encarnado Cristo si no hubiese acontecido el pecado de Adán?.

La mentalidad hamartiocéntrica pasa naturalmente a la formulación hipotética del asunto. La premisa general que ha conducido a la formulación hipotética del problema, incluye evidentemente en sí misma la respuesta. Al partir del presupuesto de que el objetivo, o fin, o motivo dominante de la venida de Cristo es la redención del pecado, el hamartiocentrismo llega necesariamente a la conclusión que Cristo no existiría sino hubiese intervenido el pecado de Adán.

La formulación hipotética contiene en sí misma una respuesta previa contenida en la mentalidad hamartiocéntrica. Este modo de introducir el problema llegará a ser tan común y tan obvio, que lo adoptarán inclusive quiénes luego darán una respuesta bien diferente a la pregunta. Para estos tales la formulación hipotética será apenas un buen estorbo.

En conclusión: el primer lugar, la teología occidental no encara directamente la doctrina del primado de Cristo en sí, sino en conexión con los temas del pecado y de la redención; en segundo término, su punto de partida será la ya tradicional formulación hipotética.

Estos dos puntos característicos son consecuencia del antropocentrismo y hamartiocentrismo dominantes: ésta perspectiva de fondo impedirá durante varios siglos un verdadero estudio del primado de Cristo. El tema del primado será apenas un pequeño apéndice de la doctrina de la redención, en vez de ser el núcleo del misterio cristiano de la salvación.

LA INFLUENCIA DECISIVA DE SAN ANSELMO

El famoso libro de San Anselmo: Cur Deus Homo (Porqué Dios se ha hecho hombre), compuesto en los albores del siglo XII, es el primer tratado que examina específicamente el tema de la redención. El problema de la finalidad de la encarnación es planteado a partir de su sugestivo título.

La teoría de la satisfacción, que domina la celebérrima obra anselmiana, será uno de las cuestiones más constantes durante toda la escolástica. La teología tridentina la ha hecho perdurar hasta nuestros días.

El pensamiento de San Anselmo sobre la redención se apoya en dos puntos fundamentales:

1.  La noción de Dios sapientísimo y justísimo, señor soberano del hombre;

2.   El hecho universal del pecado original, fuente de toda otra culpa personal. Este instala al hombre en un estado de muerte espiritual, y hace que contemporáneamente subsista en cada persona la obligación de poseer la justicia original. El hombre pecador mantiene el destino al fin sobrenatural al cual Dios ha elevado a toda la humanidad.

Establecidos estos dos puntos que la revelación enseña sin sombra de duda, Anselmo pretende demostrar con razones necesarias tanto la conveniencia como la necesidad de la muerte en Cruz.

Si queremos valorar la portada exacta de las razones necesarias de San Anselmo, es bueno recordar que el autor no se sitúa desde el punto de vista de la razón. Al contrario, parte de la fe, de la búsqueda del nexo que une las verdades reveladas. En ésta perspectiva anselmiana, el Cur Deus Homo (Porqué Dios se ha hecho hombre) adquiere inmediatamente una tonalidad de fondo: la encarnación se sitúa explícitamente en relación al pecado y a sus consecuencias. La óptica es eminentemente hamartiocéntrica y antropocéntrica. Por añadidura la redención aparece dominada por las nociones de justicia, débito, deberes y derechos, pena y satisfacción.

San Anselmo advierte que el pecado es una ofensa casi infinita a Dios. Consiste en un defraudarlo en sus derechos y en el honor que le es debido, y esto con ilimitada gravedad. Dado que la ofensa se mide por la persona ofendida y no por el ofensor. Dios es persona infinita y por eso el pecado es una culpa, un robo de gravedad ilimitada.

La ofensa hecha a Dios con el pecado no puede quedar impune. Al contrario, exige o satisfacción o pena proporcionada.

Es imposible que Dios renuncie al propio honor (que ha sido defraudado por el pecado): o bien el pecador restituye a Dios voluntariamente lo que le adeuda (es decir, le ofrece una satisfacción); o bien Dios se la toma por sí mismo, quiéralo o no el pecador (infligiéndole una pena proporcionada). Es necesario, pues, que al pecado se siga o bien la satisfacción o bien la pena[5].

Esta lógica ha sido dictada por las exigencias de la justicia de Dios. Apelando a la bondad de Dios se podría pensar que éste tiene poder como para perdonar el pecado. Pero la bondad no obra sin la justicia y por eso es que el simple perdón es imposible: equivaldría a poner al mismo nivel al justo y al injusto. Dios debe exigir el honor que se le es debido, dado que es justo. Los derechos de su justicia implican exigencias incondicionales: o la pena por el pecado, o la satisfacción proporcionada a fin de que el orden de la justicia sea restablecido.

Sin embargo, la pena no es una desenlace posible, dado que la humanidad entera debería ser condenada al infierno: tal sería la pena proporcionada. Si tal cosa sucediera, el plan divino de salvación se vería totalmente frustrado, porque nadie se podría salvar.  Sea como fuere, el plan divino tiene que llevarse a cabo, a pesar de todas las deficiencias del hombre. Porque Dios es fiel e infalible.

Si no tenemos más remedio que descartar el dilema: o pena o satisfacción proporcionada, como única salida solamente nos queda la primera de las dos alternativas... la satisfacción[6].  Queda en pie otra pregunta: ¿quién puede satisfacer por el pecado?

Un hombre que no tuviera ningún tipo de pecado tampoco podría satisfacer. Ni alguna otra creatura, ni un ángel, porque la satisfacción comporta que sea dada a Dios algo que no le anteriormente debido por algún título. Y todo lo que es y todo lo que posee la creatura lo debe enteramente a Dios como creador. Todo posible homenaje creatural ya le es debido a Dios y no puede por ello ser ni ofrecido ni aceptado como satisfacción.

Peor aún: dado que la ofensa del pecado no tiene límite, y es de gravedad infinita, la eventual reparación ofrecida por una creatura sería siempre finita. Contrariamente a lo que sucede con la ofensa, la satisfacción se mide por la dignidad de la persona que hace la reparación, no por aquella a la cual está dirigida[7].

He aquí muy bien descrita la dramática situación: Dios debe exigir una satisfacción proporcionada al pecado, y ninguna creatura la puede ofrecer. Por las razones aludidas tampoco es solución aceptable el escoger entre el simple perdón y la pena generalizada.

Solo queda una salida para que el orden pueda ser restablecido, tal como es debido: Solo Dios puede dar una reparación adecuada a Dios.

Sin embargo la humanidad no puede permanecer ajena a la satisfacción, dado que ella es la culpable. Dios en cuanto tal no puede satisfacerse a sí mismo, porque tal sería pura ficción jurídica.

Para que sea posible una especie de satisfacción que cumpla con todos los requisitos es necesario contar con un hombre‑Dios, Jesús Cristo.

¿Este razonamiento no presupone afirmar que el hombre obliga a Dios a querer la encarnación? Anselmo responde que no. Porque habiendo Dios creado libremente al hombre, y habiéndolo libremente elevado al fin sobrenatural, el querer la encarnación procede solamente de su voluntad salvífica. [8]

No olvidemos que la formulación está en estrecha dependencia de la mentalidad dominante hamartiocéntrica con la cual se aborda el problema.

No acaban aquí las deducciones. ¿Con qué actos podría Jesucristo satisfacer por el pecado? No ciertamente con aquellos que ya les son debidos a Dios por otros títulos, como por ejemplo, con actos de obediencia, de amor, de adoración. A Jesús le queda solamente una posibilidad de satisfacer: la muerte voluntaria.

Jesucristo, siendo inocente y exento de todo pecado, no tenía la obligación de morir: no estaba sujeto a la muerte. Unicamente mediante la aceptación libre de la muerte de Cruz, Jesucristo puede dar verdadera satisfacción. De ese modo ejecuta un acto libre y no debido a Dios por ninguno otro título. Al ser ofrecido por el Hombre‑Dios es una acción de valor infinito, porque su persona infinita dignifica infinitamente sus actos[9].

Anselmo concluye de ese modo su Cur Deus Homo, estableciendo la necesidad de la encarnación y la de la muerte de Cruz. Así califica el libro de San Anselmo un estudioso, profundo conocedor de la teología de la redención:

En realidad es una obra magistral, tanto por su originalidad como por la influencia que tuvo en la iglesia. Una obra que asegura a Anselmo un puesto junto a los Padres más sublimes de la Iglesia. Aún hoy es vigente por la potencia ideológica con que ha sido expresada. Es lo más fuerte y quizá lo más completo que nos ofrece la literatura cristiana en torno al misterio de la redención. [10]

La terminología, la perspectiva y la temática de San Anselmo se convertirán en clásicas en la teología occidental. Ejercerán una profunda influencia en el pensamiento posterior. Las nociones de:

*  satisfacción, de reparación de condigno, mediante obras no debidas por otro título;

* la entidad de la ofensa y de la satisfacción que se miden en proporción inversa;

* la infinitud de la ofensa hecha a Dios con el pecado, las exigencias de la justicia divina...;

y otras ideas más, pasarán a la posteridad, determinando no sólo el método, sino también la óptica de toda la discusión en torno a la relación entre Cristo y el pecado.

El antropocentrismo y el hamartiocentrismo encontraron en Anselmo un muy eficaz portavoz. En este contexto el pecado adquiere una importancia tal como para producir una brecha entre bondad y justicia divina, que sólo podrá ser eliminada mediante la encarnación y por la muerte de Cruz. No se siente repugnancia alguna al admitir que Dios haya querido la existencia de Jesucristo por y a causa del pecado. Porque la causa precisa y adecuada de la encarnación es la satisfacción de condigno.

¿Podremos afirmar que Anselmo haya sido fiel a la herencia de los Padres y a las enseñanzas de la Escritura?

Anselmo expone la encarnación como resultante inmediato de la exigencia de los derechos de la justicia de Dios. En este punto no es fiel a los datos de la Sagrada Escritura. Al contrario para la Escritura la encarnación es iniciativa de la bondad divina, y como consecuencia de tal iniciativa divina gratuita que Jesucristo da a Dios toda gloria. No existe en la Escritura oposición alguna entre los atributos divinos en razón del pecado.

Para aclarar este aspecto era necesario demostrar que la redención es iniciativa del amor que regala y que perdona. Y este es un tópico que San Anselmo no subraya suficientemente. [11]

El defecto más grave de la concepción anselmiana es su total desatención del valor de la encarnación como misterio de divinización del universo, según la admirable concepción de los Padres griegos. El juridicismo latino, ya presente en Tertuliano y Agustín, predomina absolutamente en Anselmo.

Para colmo de males este juridicismo se tiñe con matices de justicia germánica. Esta supone que un noble ofendido debía exigir adecuada satisfacción y ésta no de cualquiera, sino de uno de sus pares.

El pensamiento anselmiano se nos presenta como un círculo frío y abstracto de dar‑tener, dentro de un rígido esquema de honor lesionado y de satisfacción adecuada. Se tiene la impresión de estar dentro de un mundo mecánico de valores jurídicos‑morales donde se ha perdido toda dimensión de intimidad personal.

En el designio de la redención no entran en diálogo personas, sino conceptos que giran y se enroscan sobre sí mismos. Anselmo fue empobreciendo la óptica patrística al centrar la encarnación exclusivamente en torno a la noción de satisfacción que, más grave aún, es entendida en sentido cuantitativo. La teología occidental, que lo seguirá muy de cerca en esta senda, soportará graves secuelas.

Si la noción de satisfacción es el punto focal se produce una subversión en las posturas teológicas. Desaparece en cierto modo la iniciativa de Dios que salva al Hombre dándole por amor a su propio Hijo, y aparece en primer plano la iniciativa del que da a Dios la satisfacción requerida, por medio de Cristo, su representante ante él mismo.

El límite principal de la teoría de Anselmo no es lo que él ha dicho expresamente, sino lo que ha omitido. Habló poco y nada de la gracia, del amor de Dios como raíz de la obra redentora de Cristo y de la gracia santificante como resultado final.  [12]

Si queremos medir la distancia que separa de los Padres, especialmente de los Griegos, la doctrina de Anselmo y sus consecuencias teológicas en relación a los motivos fundamentales de la encarnación, tenemos que confrontarlo con San Cirilo de Alejandría, su máximo exponente. El gran alejandrino, que es un eco de vasta tradición, considera la encarnación como inicio de los caminos de Dios.

Jesucristo es el fundamento de toda realidad creada, y fue querido por Dios antes de la fundación del mundo, como principio de nuestra elevación sobrenatural. Su potencia divinizadora es tal que, habiendo sido la creatura racional sometida a la prueba de la libertad limitada y habiendo caído en el pecado, el fundamento inamovible sigue siendo Cristo, y el principio su resurrección, sin que el pecado cambie en un ápice el designio de la bondad de Dios. [13]

No cabe dudas: San Anselmo ha contribuido, y mucho, a conformar la mentalidad teológica occidental, y especialmente a preparar la solución que encontrará su formulación programática en la aserción: Si el hombre no hubiere pecado, Cristo no hubiere venido (Si homo non pecasset, Christus non venisset).


NOTAS


[1]     La bibliografía sobre el argumento del primado universal de Cristo es vastísima, como podemos fácilmente imaginar. Indicamos solo algunas obras, en las cuales abundan a su vez referencias bibliográficas, dado el carácter histórico‑teológico de la investigación sobre la materia: RISI F. Sul motivo primario dell'incarnazione del Verbo, vol. 4, la tradición escolástica y al pensamiento teológico hasta la época del autor.‑ BONNEROY G.F.,OFM, Il Primato di Cristo nella teología contemporánea, en: Problemi e orientamenti di Teología dogmática II, Milano,1957; ID. La primauté du Christ selon l'Ecriture et la Tradition, Roma, 1959; muy abundante especialmente en el primer estudio son las indicaciones bibliográficas.‑ GALTIER P. S.J., Les deux Adam, París 1947.‑ GRILL MEIERA., Zumrich‑Kóln, 1957, pág. 269‑299. KUNG H., Rechtfeertigung, Einsiedeln, 1957, pág. 277‑300.‑  ALFARO G., S.J., Sur le motif de l'encarnation, en Problémes actuels de Christologie, a cargo de BOUESSE H. y LATOUR J.J. (1962) pág. 35‑80.

[2]     Cfr. GROSS J. La divinisation du chretien d`aprés les Peres grecs, París 1938.‑ MERSCH E. Le Corps Mystique du Christ, 3a. ed. Bruxelles 1951.

[3]     Ad Thalasium, q. 60; P.G. Migne 90, pág. 585

[4]    "Hamartía" en griego significa pecado, y por eso la expresión se podría traducir por algo así como "pecado‑céntrica".

[5]     Cur Deus Homo, I cc 14‑15

[6]     Ib. I cc 11‑19

[7]     Ib. c 23

[8]     Ib.II cc 4‑9

[9]     Ib. cc 10‑19

[10]    RIVIERE,  Le dogme de la Redemption au début du Moyen Age, pág. 391

[11]    RICHARD, op. cit. pág. 136

[12]    OGGIONI, Il mistero della redenzione, en Problemi e orientamenti de teologia domestica, vol. II, Milano, pág. 227

[13]    Cfr. de S. Cirilo,  Thesaurus. V. Asert. 15; PG, vol. 75 pág. 293 296