ALEJANDRO DE HALES

En el medioevo la solución de San Anselmo no fue la única. Encontramos otras opiniones divergentes que encararon el tema de modo diverso.

Entre otros merece ser recordado Ruperto de Deutz, algo posterior a Anselmo. La concepción de Ruperto no es sistemática. Su pensamiento sobre el tema es fragmentario y no siempre uniforme. Sin embargo del conjunto de su obra aparece clara esta conclusión general:

* Dios ha creado el universo por amor y para la gloria de Cristo, para preparar su corte y su dominio.

* El Verbo se hizo hombre para tener hermanos de los cuales ser el primogénito.

* La encarnación ha sido querida por Dios independientemente y antes del pecado.

*  Hombres y ángeles fueron creados en vistas del Hombre‑Dios, quien es la causa ejemplar de la creación. [1]

Entre los teólogos de la Escolástica primitiva del siglo XIII encontramos algunos ilustres expositores del tema. El primero de ellos es Alejandro de Hales[2].

El mayor mérito de la obra consiste en haber sabido encarar el problema sistemáticamente y en profundidad. El trabajo intenta jerarquizar y valorizar el tema de la finalidad concreta del misterio de la encarnación. Alejandro expone variados argumentos para ilustrar la independencia de la encarnación en relación al pecado. El principal es el conocido: bonum est diffusivum sui, fundamental para explicar la existencia del mundo en el pensamiento platónico y neoplatónico.

Dios es el Sumo Bien, observa Alejandro. La difusión, la expansión de tal bondad se efectúa primero al interior (ad intra) de Dios y produce las personas divinas. Tal efecto no agota todas las posibilidades contenidas en el principio enunciado, dado que aún es posible pensar en una expansión hacia afuera (ad extra).

Si es verdad que al Bien le corresponde la suma expansión, es conveniente que se difunda en la creatura. La difusión no puede ser en verdad suma si el sumo Bien no alcanza a unirse a la creatura. Por tal motivo fue conveniente que Dios se uniera a la creatura, y muy especialmente a la humana, tal como lo he demostrado. Ello supone que aunque tal creatura no hubiese caído, aún así se uniría a ella el Sumo Bien. [3]

Estamos ante un argumento a priori, deducido de la misma naturaleza de Dios. Dado que Dios es el Sumo Bien tiene que comunicarse de modo sumo, inclusive hacia el exterior de sí mismo. Esta afirmación equivale a establecer apriorísticamente la encarnación. Los argumentos de la Summa Fratris Alexandri pueden ser calificados, pues, de apriorismos. Recordemos, por ejemplo, el argumento montado sobre las nociones de persona‑naturaleza en Dios, y el de la creatura racional enteramente beatificable. El problema fundamental de toda la argumentación es que estamos ante argumentos a priori.

Otra cita análoga: Si aceptamos que lo es perfecto ha de ser atribuido a Dios, deberíamos afirmar la encarnación. En efecto:

* En el misterio trinitario tenemos una naturaleza -la divina‑ in pluribus personis (en varias personas).

*  Subsiste abierta una posibilidad no actuada: la existencia de una persona en varias naturalezas.

* Esto no es posible sino mediante la encarnación, es decir mediante la Unión Hipostática. En ella se abre la posibilidad de que una persona divina se una con una naturaleza creada además de la divina, porque dos naturalezas infinitas no son posibles.

* Es, pues, conveniente que la naturaleza divina se una con la naturaleza creada para mostrar la perfección de la personalidad Divina.

* Ya explicamos como tal unión no conviene a cualquier creatura sino a la humana.

*  También dejamos en claro que tampoco es conveniente para cualquiera de las personas en la Trinidad, sino solo al Hijo.

De lo cual se concluye que mas allá de la hipótesis de la caída de la naturaleza humana, tenemos que deducir la conveniencia de la unión en la persona del Hijo[4].  La naturaleza humana, síntesis del universo entero, es beatificable según el alma y según el cuerpo. Pero si lo consideramos en sí mismo y en su propia naturaleza, Dios no tiene sentidos que puedan ser beatificados, sino solamente el intelecto... Por esta razón es conveniente que Dios sea corporal y sensible si es cierto que todo el hombre será beatificado. De lo cual se deduce la conveniencia de la encarnación[5]. Este argumento ha sido tomado de una obra erróneamente atributiva a San Agustín. [6]

Encontramos otro argumento de carácter positivo aducido por la Suma para responder a la objeción extraída de la liturgia (el felix culpa). La Sagrada Escritura nos permite entrever que Lucifer y los suyos cayeron porque rehusaron aceptar a Jesucristo, el Hombre‑Dios, como a su propia fuente de beatificación sobrenatural. Por lo cual la encarnación fue antecedente a toda previsión del pecado.

En la Suma Halensis se nos ofrecen un gran abanico de argumentos a favor de la encarnación. Un panorama rico y variado en motivaciones. Hemos de dejar bien claro que no estamos ante razones necesarias, sino sólo ante motivos de conveniencia. Un primer grupo de argumentos se apoya en la bondad y en la omnipotencia ordenada de Dios. La Suma articula de este modo su presentación:

Dios es bondad suma y poder sapientísimo. Era, pues, de esperar una obra tan maravillosa como la encarnación, comunicación perfecta de Dios hacia su exterioridad. Tal obra, de hecho, en realidad existe. No tenemos más remedio, por lo tanto, que concluir, que tiene su razón de ser en la bondad y en el poder sapientísimo de Dios. Por tal razón en ningún modo depende del pecado, sino que ha sido querida por Dios con antecedencia.

La Summa Fratris Alexandris deduce de la Escritura un segundo grupo de argumentaciones. Trae a colación un texto exegético de San Bernardo que relaciona la caída de Lucifer y la encarnación. Es un comentario a las palabras del libro de Jonás, 1,12: Por mi causa se originó la tempestad[7].

Lucifer supo que en el futuro el Hijo de Dios iría a asumir la naturaleza humana. Vidit et invidit; unde invidia fuit causa casus diaboli (vio y envidió, por ello es que la envidia fue la causa de la caída del diablo). Su pecado de soberbia consistió en la rebelión contra Cristo, Hombre‑Dios. Más adelante, convirtiendo la naturaleza humana en pecadora, procuró imposibilitar la encarnación para el hombre. Por lo cuales evidente que Lucifer conoció la unión de la naturaleza humana a Dios, sin que existiese aún el pecado. Por consiguiente, los motivos de la encarnación prescinden del pecado. [8]  El argumento fue vuelto a usar por varios teólogos posteriores, entre los cuales Suárez y Scheeben.

Otra prueba se toma de la enseñanza de San Agustín: Dios se ha hecho hombre para beatificar al hombre total [9], para ser verdad y vida para el hombre. Esto ocurrió en prescindencia del pecado. Aunque no existiese naturaleza humana caída, estarían dadas las condiciones para probar la conveniencia de la encarnación.

Hemos planteado varios argumentos de la Suma que quisieron probar que la encarnación es independiente del pecado. Creo que ha sido posible medir la perspectiva global y la capacidad persuasiva de los argumentos. Por más que la encontramos profusamente en la misma Summa, es claro el deseo de escapar de la mentalidad anselmiana, al menos en parte. [10]

El autor busca por todos los medios romper con la perspectiva antropocéntrica y hamartiocéntrica, poniendo en evidencia el valor intrínseco de la encarnación. La creatura es ontológicamente inferior a la encarnación y ésta superior en todo a la creatura. Por lo cual, en cuanto a su existencia, la encarnación tiene que ser independiente de la creatura.

Los argumentos de mayor peso no se fundamentan en la Sagrada Escritura, sino que se deducen de consideraciones apriorísticas de la naturaleza divina. Uno de los defectos más de fondo y la debilidad mayor de los argumentos radica en que los motivos de la encarnación no se formulan a partir de la historia salutis y consecuentemente en la libertad divina. El problema es que se intenta comprenderla a partir de la naturaleza divina y de sus propiedades (bondad, sabiduría, omnipotencia,  comunicabilidad). Un acontecimiento ‑ es decir una realidad dependiente de la libertad divina‑ no puede ser deducido partiendo de la inmediatez de la naturaleza divina.

El razonamiento de la Summa sigue en este asunto a San Anselmo, quien una vez aceptada la realidad del pecado, deducía, directamente de los atributos divinos (la bondad, la justicia  y la sabiduría de Dios) la necesidad de la satisfacción por la obra del Hombre‑Dios.

No podemos aceptar las razones necesarias, que son la consecuencia del modo deductivo de encarar el tema de la encarnación. Así lo demostraron con Santo Tomás los teólogos posteriores. Sea los acontecimientos en sí, como sus modos posibles de existencia dependen de la libertad divina. No pueden ser deducidos de la naturaleza sino solamente de la revelación. En caso contrario la creación y todas las obras divinas ad extra serían necesarias.

Menos aún podemos deducir, a partir de la Bondad y de la Omnipotencia divina, obras que por ser creadas por Dios fuera de sí mismo tendrían que ser totalmente proporcionadas a dichos atributos divinos. En ese caso deberíamos afirmar que Dios, sumo bien y por lo tanto sumamente comunicable, debería producir necesariamente obras que fueran infinitas.

La Summa mantiene en vigor y confiere más autoridad a la persuasión de que la encarnación no depende exclusivamente del pecado. Sus razones de conveniencia no lo tienen en cuenta. Pero su demostración no es muy acertada, puesto que no se fundamenta en la revelación sino en motivos a priori, deducidos de la naturaleza divina.

Hablando de la predestinación de Cristo ‑en la cuestión siguiente‑ la Summa afirma que Cristo es la causa de la predestinación de todos [11]. Pero no usa el argumento de la predestinación, que será fundamental para Escoto en la defensa de su propia tesis.

Las motivaciones apriorísticas reaparecen cuando se considera la encarnación en su relación con el universo. Parecería que la Summa presenta a la encarnación como perfección del universo, como su vértice, y por lo tanto casi como deducible de la valoración del mismo universo. Esta manera de proponer el tema es totalmente errónea porque Cristo termina subordinado al universo. La encarnación no está siendo comprendida a la luz de la revelación, sino deducida apriorísticamente del conocimiento del mundo, del mismo modo que en los argumentos precedentes era deducida partiendo de la naturaleza de Dios.

El método apriorístico es aquí menos concluyente, porque el mundo no exige la encarnación como su culminación. Lo contrario sería negar el mundo de lo sobrenatural. Jesucristo no aparece como corona del universo, sino como su raíz, fuente, y finalidad, lo cual es totalmente diverso.

Para apreciar las argumentaciones de la Summa tenemos que tener en cuenta sus puntos de vista. Propone solamente demostraciones de conveniencia, ilustraciones de las verdades que nos enseña la fe, y nunca demostraciones estrictamente racionales. Es importante tener presente tanto los motivos teológicos como los temas desarrollados en la Summa. Por una parte serán refutados por los teólogos posteriores que también sostuvieron que la existencia de la encarnación es independiente del pecado. Y por otra muchos de sus adversarios repetirán frecuentemente las argumentaciones de la Summa como si ellas fueran las únicas pruebas de dicha tesis.

SAN BUENAVENTURA

El doctor Seráfico pretende discutir amplia y cuidadosamente el problema. Signo evidente de su interés es que entre los grandes doctores del Medioevo es él quien lo estudia con mayor resolución y energía.

Teniendo en cuenta el horizonte teológico contemporáneo, la temática con la cual presenta los argumentos en favor de ambas soluciones es muy variada. La discusión es minuciosa. El análisis es completo. Por lo cual San Buenaventura es un punto de referencia obligado y fundamental en la evolución de la doctrina de la relación entre encarnación y redención.

Tenemos que examinar atentamente la doctrina del Doctor Seráfico sobre la tema que estamos estudiando, dado que ha sido motivo constante de inspiración ‑no siempre confeso‑ para los que defienden que la encarnación depende de la previsión del pecado.

San Buenaventura introduce el problema hablando de la congruitas (congruencia) de la encarnación  [12]. Tal congruencia o conveniencia es analizada de modo especial ex parte Dei. Si por la fe admitimos el hecho como revelado podemos afirmar que éste no repugna (es contrario) a la santidad divina. Se nos presenta, por el contrario, como absolutamente digno de Dios y conveniente a su perfección. Bajo todo punto de vista la obra de la encarnación conviene, es de gran coherencia con el ser de Dios, tanto en cuanto a su infinitud, como en cuanto a su perfección, su piedad y liberalidad.

En la encarnación resplandecen maravillosamente el poder, sabiduría y bondad de Dios [13].

Buenaventura presenta diversas motivaciones analíticas de tal conveniencia:

1.‑     El poder, la sabiduría y bondad infinitas de Dios deben manifestarse de modo perfecto y esto sucede solamente cuando Cristo es producido. El es su efecto en cierto modo infinito.

2.‑     La perfección del orden del universo exige que el Primero se asocie con el Ultimo en la serie de los seres. El Primero, por quien fueron hechas todas las cosas es el Verbo de Dios. El Ultimo creado ha sido el hombre. Por esta razón, a fin de que el círculo fuese perfecto, era conveniente que el Verbo se uniera al Hombre.

3.‑     En la única naturaleza de Dios existen tres personas divinas. A fin de contar con una total perfección en el orden de la comunicación, era conveniente que existiese también una persona divina en varias naturalezas. Tal cosa solamente puede ser realizada en la unión de la persona divina con la naturaleza limitada.

4.‑     Dios es remunerador infinito. Era conveniente que beatificase al hombre según toda su naturaleza, alma y cuerpo. Pero los sentidos exteriores del cuerpo no pueden ser beatificados sino con la visión corpórea. Por tal razón era conveniente la encarnación: de ese modo también el cuerpo podría ser beatificado en la visión de Cristo glorioso, Hombre‑Dios.

5.‑     Para superar la enfermedad del pecado del hombre, se requería un mediador que fuese Hombre y Dios. Por eso se advierte que la obra de la encarnación es congruente en grado sumo a la piedad divina  [14].

Es fácil constatar la variedad de los motivos aducidos para evidenciar la conveniencia de la encarnación.

En su serie de motivos de congruencia, San Buenaventura se apropia de todos los argumentos de la Summa Fratris Alexandri, añadiendo algunos más, subrayando reiteradamente que solamente son reflexiones a partir del conocimiento del hecho de la encarnación, y jamás deducciones que puedan exigirla a partir del análisis de la naturaleza de Dios y del universo.

No se pretende plantear la ratio que fundamenta el hecho de la encarnación, sino de mostrar cómo ésta no desdice de la perfección de Dios, a fin de responder a eventuales objeciones, y para hacer comprender mejor la unidad que existe entre el hecho y los atributos divinos.

Un argumento de conveniencia nunca es una demostración. Cuando San Buenaventura los pone en la mesa, deja bien en claro su posición, y redimensiona la tentativa de los teólogos precedentes que parecían confundir el argumento de conveniencia con el demostrativo.

La ratio praecipua de la encarnación

Luego de librar el terreno de toda interferencia equívoca, el Seráfico entra en lo más vivo del problema : ¿cuál es la razón interna de la encarnación?

Hay que notar que la finalidad extrínseca está totalmente fuera de tema. Dios, en cuanto autor de la encarnación, en su obrar se orienta siempre por su sapientísima voluntad de comunicar y manifestar su gloria. Y el fin último de su obrar no puede ser otro que él mismo. [15]

No se trata de probar si la encarnación es conveniente o no. No se quiere demostrar la posibilidad de ambas hipótesis. La encarnación en cuanto tal ha sido querida por Dios en la actual economía de salvación. Toda la discusión versa sobre un hecho, preciso y bien determinado. Por más que en su discurso recurren expresiones hipotéticas, San Buenaventura no pretende jamás referirse a hechos hipotéticos.

La pregunta central se formula de modo siguiente: ¿Cuál es el sentido y la función fundamental de la encarnación en el presente orden de la salvación ? ¿Cuál es su ratio principal?.

San Buenaventura utiliza una terminología irreprochable. No se pregunta por el motivo, sino por la razón de la encarnación. El primer término refiera una realidad que influye desde el exterior, y sólo el mismo Dios puede mover a Dios a obrar. El segundo término, por el contrario, quiere evidenciar el significado interior de la acción, el principio íntimo de su inteligibilidad, lo que se denomina y determina como el primero de sus componentes. San Buenaventura, al no querer hablar de un motivo, y al referirse solo a una razón de la encarnación, demuestra haber entendido el sentido exacto de la cuestión.

El seráfico apela a la autoridad de los teólogos :

Estamos frente a una doble opinión de los maestros en torno al tema que nos ocupa. Esta frase evidencia que en su tiempo existían dos opiniones nítidas sobre el argumento, a cada una de ellas se les reconocía efectiva probabilidad. Para que podamos apreciar su valor intrínseco y la formulación de los argumentos, antes de exponer su propia opinión, refiere ambas sentencias con todo cuidado y exactitud,

Expone una primera opinión que aduce la distinción entre la naturaleza de la encarnación y la modalidad pasible de su concreta existencia. Aceptada la distinción, se afirma que la ratio principal de la naturaleza de la encarnación, el sentido fundamental del misterio, es la múltiple perfección del hombre que dimana de la dignidad misma de la acción. La encarnación está orientada a la perfección del hombre, y consiguientemente a la perfección del universo, en cuanto éste completa y culmina al ser humano, en su triple dimensión de naturaleza, gracia y gloria.  [16]

Podemos entendemos fácilmente cómo la encarnación es la plenitud y perfección del hombre en el triple orden de la naturaleza, de la gracia y de la gloria.

En el orden natural la encarnación es la consumación de toda posible modalidad de existencia humana, y porque de ese modo el hombre, la mejor obra de Dios, se une a lo Primero, que es el Verbo.

En el de la Gracia, dado que Cristo, Cabeza de la Iglesia, confiere un esplendor particular a todos sus miembros, y porque todos los méritos provienen de y se aumentan con el mérito de Cristo.

En el de la gloria, porque Cristo es fuente de gozo muy especial para el hombre, precisamente porque él es Hombre‑Dios.

Podemos tener en cuenta también otras consecuencias. Por ejemplo, el de haber satisfecho todas las aspiraciones de la naturaleza humana. La naturaleza humana era altamente capaz de existir unida con la naturaleza divina. Esta capacidad, que era sólo potencia, se convierte en una realidad plena por el hecho de la encarnación. La encarnación produce tales efectos prescindiendo de la condición moral de la humanidad, es decir del pecado original. Se concretizan directamente como una nueva relación con la humanidad en cuanto tal. La ratio principal de la encarnación no tiene ninguna relación con el pecado.

Pero no podemos olvidar que en su concretez histórica la encarnación asumió la modalidad pasible y mortal. La razón principal de la pasibilidad es la redención del pecado, la liberación del género humano. De modo que solamente la modalidad pasible y no la substancia de la encarnación está en relación con el pecado. Podemos concluir que solamente la pasibilidad y la substancia de la encarnación es consecuencia de la previsión del pecado [17].

Con cierto entusiasmo, San Buenaventura elenca a favor de esta opinión una larga serie de argumentos distribuidos a lo largo de los sed contra introductorios a la discusión. Son tomados de los atributos divinos y de la reflexión sobre el ser del hombre y el del universo.

Allí recuerda las  consecuencias insostenibles que se deducen de la opinión contraria, que sostiene que la razón principal de la encarnación es la reparación del género humano, probando dicha afirmación con muchas razones de congruencia. La redención se convierte hasta tal punto la razón principal, en relación a toda otra consideración, que, a no ser que el género humano no hubiere caído, el Verbo de Dios, no se habría encarnado. No se hace ninguna distinción entre substancia y modalidad de la encarnación: substancia y modo están condicionados por la redención. Consecuentemente la encarnación ha sido querida por Dios después de la previsión del pecado.

Una vez que hubo expuesto ambas opiniones, aún antes de formular las razones que las motivan, el Seráfico Doctor expresa un juicio de fondo:

Solamente puede decir cuál de las dos opiniones es la más verdadera aquel que se ha dignado encarnarse por nosotros. Es difícil optar por alguna de las dos, puesto que ambas sentencias son católicas y son sostenidas por varones católicos. Ambas, de modo diverso, excitan el alma a la devoción.

Sin embargo Buenaventura opta decididamente por la segunda opinión. Después de sus mismas observaciones parecería una opción injustificada. Pero un motivo general interviene en favor de la segunda:

Parecería que la primera opinión es más coherente con el juicio de la razón, mientras que la segunda, tal como aparece explicada, está más de acuerdo con la piedad creyente (pietatis fidei).

La razón fundamental de su opción es que la segunda sentencia está más de acuerdo con la piedad creyente, con la enseñanza de la Escritura y con los Santos Padres. No podemos nosotros afirmar cosas contrarias a lo que nos ha sido revelado por las palabras sagradas cuándo éstas nos ofrecen argumentos tan importantes y nobles. Parecería más coherente con la piedad creyente afirmar que la razón principal de la encarnación es la liberación del género humano, que no sostener la opinión contraria. 

Entre los textos explícitamente citados por el Seráfico encontramos a Mt. 18 y Gál. 4,45. Para él no entra en discusión que toda la Sagrada escritura sostiene y enseña tal doctrina. Entre los Padres cita a San Agustín, en el comentario a la primera carta a Timoteo: Vino a este mundo para salvar a los pecadores (1,1). La glosa aludida sobre el mismo texto, pertenece a San Bernardo.

Además de este motivo, para él concluyente, San Buenaventura nos presenta otras razones teológicas para demostrar que la segunda opinión es más consonante con la piedad del creyente. La primera sentencia, observa, se apoya fundamentalmente en una subordinación de Cristo al universo. Si afirmamos que la encarnación es postulada por la perfección del universo, estamos suponiendo que de algún modo Dios está aprisionado dentro de los límites del universo. Si afirmamos que en caso contrario Dios no concluiría la obra comenzada, suponemos algún tipo de necesidad de la encarnación.

El misterio de la encarnación está por encima de todas las exigencias creaturales, y es una obra absolutamente gratuita del amor de Dios. Es por eso que la segunda opinión, que pone en relieve esta realidad fundamental, es más acorde con la piedad. Para San Buenaventura esta es la objeción capital y decisiva contra la primera sentencia.

Los demás motivos son de menor peso. Dice, por ejemplo, que para la segunda opinión el misterio de la encarnación es de tal magnitud que no debe acontecer sino por una causa de máxima importancia. Tal causa no puede ser ni el hombre ni el universo, sino solamente Dios, o sea, para aplacar la ira divina y restaurar todas las cosas. La redención en cuanto satisfacción es la razón principal para la encarnación.

Pensar que Dios se encarna para destruir las culpas del hombre inflama más al fiel que meditar en la consumación de las obras comenzadas. Es preferible adoptar la perspectiva más conforme con las auctoritates (Escritura, Padres), porque contribuye en mayor grado a la piedad agradecida para con Dios.

Teniendo en cuenta tales motivos debemos optar por la segunda opinión, aunque no aparezca tan sutil como la precedente, porque es más conforme con la piedad creyente, honra más a Dios, enaltece más el misterio de la encarnación, e inflama más ardientemente nuestro afecto. [18].

Consecuente con estas premisas, San Buenaventura, refuta profusamente la larga serie de argumentos a favor de la primera opinión.

Los cuatro primeros no son de gran peso, porque se centran apriorísticamente sobre las exigencias de la creatura en relación a la encarnación, siendo ésta absolutamente gratuita. El Doctor Seráfico tiene buen cuidado en mostrar su insuficiencia.

Los otros cinco son de orden diverso. Se apoyan efectivamente sobre la preeminencia de Cristo en el orden actual de la encarnación. El quinto afirma que si la encarnación tiene su razón principal en la redención, Jesucristo aparece entonces como un opus occasionatum (obra ocasionada), lo cual es absurdo. El sexto acentúa aún más el absurdo, observando que la ocasión para la encarnación del Hijo de Dios sería el pecado y la malicia del hombre, de modo que al hombre la malicia le reporta ventajas.

El séptimo y octavo argumentos parten del hecho de que Cristo en el orden actual es Cabeza de la Iglesia, y no sólo según la naturaleza divina, sino también según la humana. Dado que el orden de la salvación es históricamente único, de tal hecho se deriva que Cristo Cabeza ha sido querido por Dios, antes de la previsión del pecado. Por último, el matrimonio, por institución divina y tal como lo enseña San Pablo (Ef. 5,32), significa la unión de Cristo con la iglesia. Pero el matrimonio fue establecido antes de la previsión del pecado, y por lo tanto también Cristo lo fue con anterioridad  [19].

San Buenaventura no se encuentra ya tan cómodo cuando responde a esta serie de argumentos. En cuanto a la ocasionalidad de la predestinación de Cristo observa que no es verdad que en la segunda opinión Cristo sea predestinado en ocasión de. Dios libremente quiere a Cristo después de la previsión del pecado. Habiendo creado al hombre, previendo su culpa, queriendo su redención, hizo de modo tal que reconociera la necesidad de ser sanado. Lo principal en la intención fue la reparación del pecado, en relación a la condición posible de la caída. La respuesta no es para nada satisfactoria.

La respuesta salta del orden de la ejecución al de la intención, y no aclara nada. El problema radica precisamente en determinar si en el plan divino actual, en el orden de la intención, la predestinación de Cristo, es o no es dependiente de la previsión del pecado, y por ende ocasionada por ella. San Buenaventura afirma que Dios prevé al hombre y a su pecado y quiere su reparación en Cristo. Por lo cual éste existe después de la previsión del hombre pecador, y es ocasionado por el pecado. [20]

Es también poco satisfactoria la respuesta que da a la argumentación basada en el único orden de la salvación, del cual Cristo, Hombre‑Dios, es cabeza única de un orden único. En este punto San Buenaventura extrae todas las consecuencias implícitas en la postura que sostiene. Con toda lógica termina afirmando francamente que hay dos órdenes de salvación, uno antes del pecado, del cual Dios es directamente la cabeza, y otro después del pecado, del cual Cristo es la cabeza, en cuanto Hombre‑Dios. Los ángeles, por lo tanto no son miembros del cuerpo místico de Cristo. [21]

* ¿Esta solución está en armonía con la revelación?

* ¿Se puede defender que existen dos órdenes de salvación?.

* ¿No es Jesucristo el único mediador para todos?.

* La lógica de la segunda opinión sostenida por San Buenaventura reclama necesariamente la afirmación de dos órdenes de salvación. Tal conclusión es inconciliable con la revelación. ¿Este dato debería ser suficiente para ver que sus premisas son frágiles e insostenibles?

Sea como fuere, una vez admitido el principio, San Buenaventura deduce lealmente las consecuencias.

Las mismas observaciones se imponen también en lo que concierne al significado tipológico del matrimonio. Responde que el matrimonio tiene dos significados: la unión de Dios con la Iglesia por el amor, y la unión en la unidad de la persona.

El primer significado, según la caridad, habría existido inclusive aunque el hombre no hubiera pecado. El segundo es, en propiedad, el orden actual de la salvación. A pesar que San Pablo afirma expresamente que el matrimonio de Adán inocente es símbolo de la unión de Cristo con la Iglesia. Para salvarse de tal argumento, San Buenaventura se ve obligado a aceptar dos órdenes de salvación, lo cual es insostenible, por más que se deduce necesariamente de sus premisas.

Observaciones

No podemos negar que San Buenaventura ha examinado el problema con extremo cuidado, con amplitud de miras, analizando cada uno de sus posibles matices. A pesar de que toda la persona del autor participa intensamente en la discusión del tema, éste no alcanza a ocupar todo el horizonte de su teología. En el conjunto de su pensamiento es sin duda un tema muy importante y no marginal, pero sigue siendo uno entre tantos problemas teológicos.

Para medir adecuadamente el peso del primado de Cristo en la teología de San Buenaventura, hay que recordar la función esencial que Jesucristo asume en toda su teología, tal como aparece, por ejemplo, en las Quaestiones disputatae, en De scientia Christi, De perfectione evangelica, en el famoso sermón: Christus unus omnium magister, y  en las Collationes: De decem praeceptis, de Septem donis, e In Exameron.  [22]

En estos escritos Jesucristo aparece enérgicamente como principio de todo conocimiento y fuente de toda vida. La teología bonaventuriana es cristocéntrica en su estructura. La cuestión del primado de Cristo en el orden efectivo de la salvación conquista, por derecho propio, una importancia fundamental en el pensamiento del Seráfico, aunque el mismo doctor no la desarrolla explícitamente de ese modo. Es necesario poner en evidencia que el cristocentrismo de San Buenaventura es difícilmente conciliable con la razón principal que él mismo le asigna a la encarnación.

Otro aspecto a destacar es el modo general de impostar el problema. Buenaventura da un paso decisivo en relación a los teólogos precedentes. Distingue claramente el ámbito de las conveniencias, que nacen del examen del misterio de la relación de la encarnación con Dios y con el hombre. El campo de la individuación de la razón principal es intrínseco al misterio mismo en el orden global de la salvación.

Aquí radica el verdadero problema. La encarnación es un opus ad extra, y por lo tanto está en dependencia de la libre voluntad de Dios. No podremos, pues, entender su razón principal mediante el examen de la naturaleza y de los atributos esenciales de Dios, sino sola y únicamente en la revelación sobrenatural que nos notifica y manifiesta el designio de la salvación.

El progreso alcanzado por San Buenaventura a este propósito, será una adquisición definitiva en el estudio de la cuestión.

El argumento ex pietate

Al optar entre las dos opiniones San Buenaventura se guía únicamente por el examen de las fuentes de la revelación. Adopta y defiende la segunda porque le parece más fundada en el dato revelado. Esta ha de ser preferida porque es más acorde con la piedad creyente, a pesar de que la primera parezca más armónica con el juicio de la razón.

El argumento ex pietate es decisivo en la solución adoptada. La argumentación ex pietate es frecuente en San Buenaventura. Un estudioso de su teología la define así:

Entre dos posiciones teológicas, una de las cuales es teóricamente más cercana a la verdad, y otra prácticamente más religiosa... ésta es más verosímil.  [23]

El encarar la razón principal de la encarnación por el lado de la reparación del género humano, nos permite conocer a Dios del modo más sublime como Bondad Misericordiosa, y nos inflama en grado sumo para amarlo. Tal como lo atestigua la revelación, debemos adoptar tal punto de vista, porque es más consonante con la piedad.

Dos son los motivos capitales que determinan la opción de San Buenaventura: la argumentación ex pietate, y el convencimiento de que la revelación afirma la liberación del hombre del pecado es la razón principal de la encarnación.

El Santo no condena la distinción introducida por la primera opinión entre substancia y modalidad de la encarnación. Confiesa que esta distinción es más sutil que la segunda, más lógica en su impostación, más coherente con el juicio de la razón.

Con todo sabe captar con maravillosa precisión la debilidad de algunos argumentos teológicos a favor de la primera opinión traídos a la discusión por autores precedentes, quiénes se apoyaron sobre la concepción de la encarnación como culminación y perfección del universo. San Buenaventura recuerda que si se pone a Cristo como corona del universo de algún modo se está aprisionando a Dios dentro de los límites de la perfección del universo, e se introduce en Dios cierta necesidad frente a la encarnación. No se podría expresar mejor la fragilidad y la inutilidad de deducir la encarnación tanto a partir del universo, como de la capacidad perfectible del hombre.

Equivaldría a subordinar a Cristo a las creaturas. Esta es la conclusión que quiere subrayar de modo absoluto, y de todas las maneras posibles. Por lo cual la crítica de Buenaventura a este tipo de argumentos es valiosísima.

Lo mismo podemos decir de sus observaciones a propósito de los argumentos que en la primera opinión son deducidos de la noción del primado de Cristo. Aquí se palpa cómo San Buenaventura intenta, aunque no lo logra, escapar a toda costa del antropocentrismo y del hamartiocentrismo que por otra parte son inmanentes a la posición que adopta. Sus respuestas no son convincentes, y al final se encuentra atrapado por la lógica ineluctable de su posición, no teniendo más remedio que afirmar dos órdenes de salvación. Uno sin Cristo, antes del pecado, y otro con Cristo, después del pecado. No consigue superar el escollo inaceptable de hacer depender a Cristo del pecado y de la malicia del hombre. Aquí se demuestra de modo evidente la debilidad intrínseca de la segunda opinión. De todos modos San Buenaventura no vacila en sacar todas las consecuencias implícitas en su opción.

Concluyendo, podemos decir que el Doctor Seráfico ha sabido delinear la temática y las motivaciones capitales de la segunda opinión con rigor y decisión singular. Entre los muchos discípulos y seguidores que dicha sentencia encontrará a través de los siglos y hasta en el presente, nadie sabrá darle una formulación más completa, aducir argumentos más probatorios, y con mayor fuerza y coherencia. Nadie ha dicho más y mejor sobre nuestro argumento de lo que él ha escrito.

La segunda opinión recibirá luego el nombre de tomista. Pero nos parecería más conveniente el de bonaventuriana, si con tal adjetivo queremos referirnos a su origen y al autor que la ha formulado de modo más completo.

SANTO TOMAS

El Doctor Angélico trata el presente argumento en muchas de sus obras que se escalonan lo largo de todos los años de su actividad teológica. Con excepción de algunos matices, su pensamiento se mantiene constante. [24]  No enfrenta directamente la cuestión del primado de Cristo, sino la relación entre encarnación y redención dentro del itinerario del pensamiento anselmiana.

En la exposición del Angélico tenemos que hacer hincapié en el modo general de impostar la cuestión. Mientras que San Buenaventura pretendía formular la razón principal de la Encarnación, Santo Tomás emplea siempre la formulación hipotética.

Utrum si homo non pecasset, si por acaso si el hombre no hubiese pecado, Deus incarnatus fuisset, Dios se hubiera encarnado. Formulación que ulteriormente se generalizaría. La diferencia con San Buenaventura no es sólo superficial. Tomás es explícita y directamente dependiente del Cur Deus Homo de Anselmo.

El Doctor Seráfico llega a la proposición condicional al fin de la discusión del problema: Si el hombre no hubiese pecado, Dios no se habría encarnado. Su perspectiva general y la investigación no están para nada ligadas a tal hipótesis. San Buenaventura entiende individualizar, a la luz de la revelación, la razón principal, o sea la inteligibilidad interior de la encarnación y el significado del misterio en el orden concreto actual, querido por la providencia.

Por más que evidentemente no intenta examinar una pura hipótesis, una posibilidad abstracta, sino que quiere iluminar una realidad de hecho, Santo Tomás propone siempre la cuestión en forma hipotética. Es importante poner de relieve la divergencia desde la apertura misma del problema. En diversos estudios de la cuestión encontramos afirmaciones que a este propósito responden poco a la verdad.

Frecuentemente se enfatiza que mientras Santo Tomás es siempre concreto y realista en su modo de proceder, los otros por el contrario juegan siempre en el terreno de lo irreal y se hamacan entre hipótesis. No podemos aceptar, por ejemplo, el juicio de un discípulo reciente de Santo Tomás, según el cual Santo Tomás se rehusa cambiar por hipótesis el terreno de la realidad histórica, no quiere ser conducido por mucho tiempo en el terreno de lo hipotético. La solución de Santo Tomás es impuesta por el realismo de su punto de partida. [25]

Al contrario, en los hechos fue la autoridad de Santo Tomás la que hizo prevalecer la impostación hipotética en la formulación problema. Sin embargo es también verdadero que Angélico, en su forma hipotética de formular el problema, solamente asumió lo que ya había sido formulado en algunos textos patrísticos. Notamos la expresión algunos textos patrísticos, porque no es ésa la forma más habitual con la que los Padres tratan el problema, ni siquiera en aquellos que, como San Agustín, la adoptan explícitamente. [26]

Por ejemplo, así se expresa San Agustín en un Sermón: Si homo non perisset, Filius Hominis non venisset [27]. Este texto no sólo fue conocido por Santo Tomás, sino que es citado expresamente en el artículo correspondiente de la Summa.

La opinio preferenda

Santo Tomás coincide con San Buenaventura en la solución de la cuestión y asume las mismas motivaciones. Sólo que Santo Tomás adhiere con menos entusiasmo, diríase que con más cautela. Parece estar menos convencido.

En el comentario a las Sentencias abre su pensamiento con la afirmación un poco escéptica que San Buenaventura había antepuesto a la discusión:

Respondo diciendo que la verdad de esta cuestión sólo la puede saber el que nació y se entregó porque libremente lo quiso [28].

La misma postura la encontramos en la Summa Teológica. Luego de haber presentado las dos posiciones, dice que parecería que hay que asentir más a la sentencia de quiénes sostienen que el Verbo no se habría encarnado si el hombre no hubiese pecado [29]. La razón de tal preferencia se fundamenta en la enseñanza de la Escritura. Solamente la revelación puede darnos a conocer las verdades que están sobre toda exigencia natural y que dependen de la libre voluntad de Dios. Puesto que en la Sda. Escritura se afirma en todos los pasajes que la razón de la encarnación es el pecado del primer hombre, es más conveniente decir que la encarnación es una obra ordenada por Dios para remedio del pecado. De modo que no existiendo el pecado no existiría la encarnación.

Hay que aclarar que tal afirmación es verdadera sólo cuando se habla del orden actual, porque Dios, en abstracto, podría encarnarse aunque el hombre no hubiese pecado.  [30]

Al tratar de la conveniencia de la Encarnación, Santo Tomás refiere algunos de los argumentos que apoyan la primera opinión:

* es conveniente que los misterios invisibles de la vida divina se manifiesten visiblemente;

* Dios es Suma Bondad, y por lo tanto era conveniente que se manifestase ad extra de modo perfecto....

Considera otros argumentos en el artículo de la Suma que trata del motivo concreto de la encarnación. Son aquellos que se deducen de la capacidad de la naturaleza humana, y en este campo, tanto Santo Tomás, como San Buenaventura, tienen buen recaudo en señalar que la encarnación no es de ningún modo deducible de la naturaleza humana considerada en sí misma.

Es menos convincente la réplica al argumento extraído de la predestinación de Cristo [31]. El Angélico no adjudica a esta argumentación ningún peso decisivo en la solución del problema. El la considera más consecuencias que puntos de partida.

La posición de Santo Tomás, como ya dijimos, es menos resuelta que la de Buenaventura. Para el Doctor Angélico el problema no parece revestir una importancia decisiva para la cristología, y menos aún para la concepción global de la teología. Se trata de un problema marginal.

En el comentario de las Sentencias su solución presenta aún más matices. Luego de haber expuesto los argumentos (idénticos a los de la Suma) a favor de la sentencia que hace depender la encarnación del pecado, añade :

Otros afirman que por la encarnación del Hijo de Dios no solamente ha sido consumada la liberación del pecado, sino también la exaltación de la naturaleza humana y de todo el universo. Y que aunque no hubiese existido el pecado, la encarnación, por esta doble causa, hubiese acontecido. Esto puede ser sostenido con probabilidad. [32]

Santo Tomás adopta finalmente la segunda opinión, a la cual parece que hay que dar más asentimiento a causa de la enseñanza de la Escritura y de los Padres. Pero no la respalda con la misma convicción de San Buenaventura.

En este punto nos vemos obligados a trazar una línea divisoria bien marcada entre Santo Tomás y los tomistas, como observa  Risi [33]. El autor, luego de advertir el equilibrio de Santo Tomás, nota que por el contrario los tomistas no siempre se mantuvieron en los justos límites. Violentando textos clarísimos, inventaron teorías caprichosas, y algunos dijeron extravagancias y exorbitancias apenas creíbles, que chocan con el buen sentido y la razón.

El tomismo posterior sostiene la única tesis válida es que la previsión del pecado es antecedente a la de Cristo. Defiende que es la única en armonía con la Sagrada Escritura, cuando la opinión preferida por Tomás fue considerada por él mismo la opinión más probable, la más conveniente, nunca una certeza teológica. Para él la opinión contraria goza de verdadera probabilidad, aunque menor, y no es una sentencia errónea. El mismo Santo Tomás dice que los grados del asentimiento son variados, según estemos ante categorías de juicio dudoso, probable o cierto. [34]

Para entender el pensamiento del Angélico sobre este tema, es necesario recordar que para él la gracia de los ángeles y de Adán inocente depende de Cristo de modo esencial y no solo accidentalmente, como afirman muchos tomistas. [35]

Para Santo Tomás ángeles y hombres son miembros del cuerpo místico de Cristo, y por lo tanto Cristo es verdadera cabeza unívoca y universal. En otras palabras: la predestinación de todos es consecuente y dependiente de la de Cristo. De estas premisas tendría que deducirse evidentemente que Cristo fue predestinado antes de la previsión del pecado e independientemente de él. Santo Tomás, sin embargo, no formula nunca una conclusión que habría hecho insostenible la segunda opinión calificada como probable. ¿Cuál es la razón ?.

En primer lugar el argumento de la predestinación no fue nunca elemento determinante en el tratamiento que el Angélico da a este problema. En segundo lugar ‑ este nos parece el motivo principal‑ en razón de su modo de concebir la finalidad, más como ordenación física que metafísica. Los ejemplos de los cuales se sirve para ilustrar su pensamiento siempre son de orden físico  [36]. En tal concepción la finalidad tiene una relación casi extrínseca, exterior, con el ser que en ella alcanza su objetivo.

Por tal motivo Dios pudo modificar el fin, tanto de un ser individual como del mismo universo, sin que estas modificaciones cambien su naturaleza. Para esta concepción ficisista de la finalidad no resulta imposible ni contradictorio que Dios, después del pecado, haya cambiado el fin sobrenatural. Antes era un orden de gracia que no incluía a Cristo. Después, al contrario, tal orden tuvo en Cristo su fin, sin que sufriese por ello una mutación sustancial.

Este es el punto más importante para comprender el sucederse de dos órdenes sobrenaturales, ya apuntados en San Buenaventura, y que posteriormente serán tradicionales en la Escuela tomista, por más que ordinariamente no se le presta la debida atención.

Más adelante veremos que Escoto pondrá en evidencia con incomparable lucidez y profundidad metafísica el equívoco insostenible en la concepción ficisista de la finalidad. Por tal razón el argumento de la predestinación tendrá para Escoto una importancia decisiva. Importancia que no le atribuyen ni San Buenaventura ni Santo Tomás.

Risi ha resumido correctamente la posición del Angélico al respecto:

En la época del Santo Doctor se traían a colación algunos textos bíblicos que parecían formular claramente la segunda sentencia. Análogamente se citaban algunos testimonios de dos o tres padres que para la encarnación del Verbo parecían excluir todo otro motivo excepto el remedio del pecado. El Angélico, que asociaba docilidad suma a sumo ingenio, en deferencia a la autoridad y especialmente en obsequio a San Agustín, se decidió por la segunda sentencia.  [37]

Santo Tomás nunca fue partidario de la otra sentencia porque creyó ver en la Sagrada Escritura y en la tradición de los Santos Padres el argumento que debería prevalecer sobre toda otra consideración teológica, por más seductora que fuese. Lo mismo dígase de la Inmaculada Concepción de María.  Creyó que estaba fuera de toda duda que en toda la Sagrada Escritura la razón de la Encarnación debe ser atribuida al pecado del primer hombre. Este dato debía decidir el problema.

El plan de la Summa

La posición de Santo Tomás se evidencia más por la estructura general de la Suma más que por la lectura de textos que tratan directamente del argumento que nos ocupa. Una visión global hará entender mejor la perspectiva general de su modo de entender la situación de Cristo en ámbito global de la teología. Podremos valorar los motivos profundos por los cuales la encarnación asume un rol bien determinado en coherencia con unos principios generales. Estudiando el plan de la Summa veremos porqué el tomismo posterior va más allá de la letra de los artículos dedicados por el Angélico a la cuestión. El tomismo comprendió bien lo que estaba implícito en los principios generales de Santo Tomas.  [38]

El criterio redaccional de la Summa es el camino de acceso indispensable para lograr una inteligibilidad global del pensamiento del Angélico y de su visión total de la teología. Es más fácil y más justo leer y entender los análisis y las afirmaciones de las distintas cuestiones y de cada uno de los argumentos a la luz sintetizante de los motivos de fondo, de la estructura que rige toda la obra. Lo impone una metodología correcta. [39]

La investigación sobre la estructura de la Suma llega a algunas afirmaciones fundamentales, que pueden ser resumidas en algunos puntos claves.

Santo Tomás opta por un Ordo disciplinae proveniente del concepto aristotélico de ciencia que le sistematiza la teología. Para Aristóteles, la ciencia y especialmente la filosofía, es un conocimiento per altissimas causas (mediante las causas últimas) de la realidad, de acuerdo al cuádruple aspecto de la causalidad: eficiente‑final; material‑formal. Es un conocimiento que posee el carácter de universalidad y necesidad. En este entramado aristotélico Santo Tomás inserta el principio neoplatónico del exitus‑redditus (salida y retorno) de las creaturas en relación a Dios.

La Summa se divide en partes en base a estas premisas, a la vez que las partes adquieren cohesión por el orden lógico que de ellas deriva. La Historia de la salvación se valora con mucha dificultad en esta sistematización. En cuanto obra contingente, gratuita y libre de Dios, no posee caracteres de necesidad. Santo Tomás introduce a Jesucristo al fin de la Obra (en la Tertia Pars.), una vez terminada toda la teología, inclusive cuando había acabado ya de tratar no solamente todo el orden de la naturaleza, sino también todo el orden sobrenatural.

Encontramos en la Summa una sucesión de tres planos: uno universal, el de la creación; otro particular, el de la gracia, que supone el primero, y finalmente el hipostático del Hombre‑Dios, que supone los dos anteriores [40].

La teología de la creación, la de la gracia y la del orden sobrenatural son en la Suma antecedentes y prescindentes de la aparición de Cristo. Jesucristo es pensado como modalidad concreta del retorno a Dios. Esta visión complexiva nos permite descubrir las motivaciones profundas que determinan a Santo Tomás a ver la encarnación como remedio para el pecado, y condicionada, por lo tanto, al pecado. La cristología no ocupa un puesto central en el plan de la Summa. Aparece, al contrario como un anexo a una realidad totalmente ya constituida en sí misma según principios metafísicos universalmente necesarios. Aparece como medio para actuar el retorno impedido por el obstáculo del pecado.

Jesucristo no es concebido como cabeza del universo, sino que lo va deviniendo en el decurso de la historia. Cristo es un sobreañadido a la noción‑realidad de la gracia como amistad con Dios, la cual de gracia de Dios se convierte en gracia de Cristo.

No es por efecto casual observa Person, que la cristología ha recibido el puesto que ocupa en la obra principal de Tomás. Tal lugar es consecuencia natural y necesaria de la estructura fundamental del pensamiento de Santo Tomás en relación con el conjunto de la exposición.  [41]

Dicho ordenamiento, y especialmente el rol que en él le cabe a Jesucristo, provoca objeciones de extrema gravedad.

*  ¿Refleja esta especulación la enseñanza de la escritura acerca de Cristo y su primado universal, que le corresponde en todos los órdenes?

*  ¿Podemos aceptar la afirmación que Jesucristo no es el motivo y la razón del exitus, de la salida de Dios, sino solamente camino de regreso, o mejor, solo una modalidad del regreso?

*  ¿Podemos por ventura conciliar la afirmación clave en la Suma, de que Cristo es medio, con todo lo que dice la escritura acerca de su función fundamental como cabeza de toda creatura, en la cual Dios nos ha predestinado antes de la fundación del mundo (Ef. 1,4), y en la cual han sido hechas todas las cosas en el cielo, y en la tierra, de modo que él existe antes que todas las cosas, y todo subsiste en él (Col, 1, 16‑17)?.

*  ¿Podemos compartir la afirmación de que Cristo sea solamente una modalidad redentora en el orden sobrenatural, preexistente o no?

* ¿No tenemos que afirmar, por el contrario, que la elección y la adopción de hijos son realidades que derivan totalmente de Cristo?

* ¿No parece imposible encajar la noción bíblica de la historia de salvación dentro del cuadro griego de una metafísica de salvación?.

E. Gilson, haciendo una recensión del estudio de P. Chenú, en el cual se demostraba que el plan de la Summa es el que acabamos de mostrar, acepta completamente tanto sus premisas como sus conclusiones. El que quiere ser tomista tiene que aceptar no sólo el plan de la Summa, sino sus conclusiones implícitas. Añadía, sin equívocos ni medios términos: Quien se avergüenza de llegar hasta este punto, no aferra la esencia de la teología tomista: se avergüenza de Santo Tomás.  [42]

El P. Congar también está de acuerdo con la afirmación anterior, y concluye que la Summa presenta aquí una opción ineludible [43]. Sea como fuere, la estructura de la Summa nos permite captar  el pensamiento de Santo Tomás sobre el primado de Cristo con mayor precisión que el artículo que le dedica expresamente a la cuestión, titulado: Utrum si homo non pecasset, Deus incarnatus fuisset (Si acaso el hombre no hubiera pecado, Dios se habría encarnado).

En la elaboración sistemática de su pensamiento teológico, a través de la mediación teológica de Cayetano, el tomismo posterior, con pleno derecho, reclamará dicha sentencia para Santo Tomás de Aquino. Teniendo en cuenta las ideas generales que dominan la estructura de la Summa, no se puede menos que concordar con la siguiente conclusión lógica:

La predestinación de Cristo a Hijo de Dios presupone necesariamente la presencia del pecado de Adán de acuerdo al decreto actual de la encarnación, tal cual nos es revelado por la Sagrada Escritura (...).

Para el Angélico no solamente la esencia de la encarnación y las acciones del Verbo Encarnado están ordenadas a la Redención, como a su fin próximo, para ser causa de nuestra salvación, sino que la existencia misma de la encarnación está vinculada, de hecho, a la voluntad de Dios que quiere la redención humana.  [44]

NOTAS


[1]    Ver la obra de Ruperto de Deutz en PL (Migne) vol 167‑170

15      La "Summa Theologica Fratris Alexandri" ha sido atribuida por siglos a Juan de la Rochelle (libros I y III) y a Guillermo de Melitón (libro IV), y a un tercer autor (quizás Eudes Rigaud para el libro II). Estos autores extrajeron la materia de sus trabajos de obras de S. Alejandro de Hales, incluyendo algo de sus propios escritos. Es probable que el inspirador del plan de la obra sea el mismo Alejandro. La Summa Fratris Alexandri ha sido editada críticamente por Quarachi, en 1924 y siguientes, acompañada de amplísimos estudios críticos. Para un juicio complexivo acerca de la unidad de la gran obra y de sus líneas fundamentales, véase a GOESMANN Elisabeth; Eine theologische Untersuchung del Summa Halensis, Munchen, 1964.

[3]     Sum. Theol. II Quaest. un. trac. I, q 3, tit. 2; Opera Omnia. IV, pág. 41 42

[4]     Ib. pág. 42

[5]     Ib.pág. 41

[6]     Ver : De Spiritu et Anima, PL vol.40 col. 785

[7]     PL 183, pág. 37 Sermo I De Adventu

[8]     Ib.pág. 42

[9]     Ib.

[10]    Véase por ejemplo,en Inq. un. Trac. I, q.1, cc. 1‑7, donde el "Cur Deus homo" de S. Anselmo está presente, no sólo en las grandes citas, sino como motivación dominante de toda la doctrina.

[11]    Op.cit.,q. III, Op. Omn. 46‑47

[12]    III Sent.Dist. I ar. 2. q. 1, Opera Omnia pág. 19‑21

[13]    Ib

[14]    Ib

[15]    Ver II Sent. Dest. I, p.II, a2. q.1

[16]    Ver en III Sent. Dist. I, a.2; q.2. Conclusio

[17]    Ib

[18]    Op. cit. q.2

[19]   Ib. Op. Omnia, pág. 22‑23

[20]    Para un examen más detallado de la solución bonaventuriana, ver: RISI, op. cit., vol. I pág. 21 ss

[21]    Cfr. III Sent. Dist. XIII, a.2; q.3

[22]    38 de estos escritos de S.Buenaventura han sido editados en el vol. V de la Opera Omnia

[23]    BOUJEROL, op.cit.ib

[24]    Cfr. q.29,a.4; Comm. in I Tim; Summ Theol. III q.1, a3

[25]    P. PERET, O.P.; A propós de la primauté du Christ; en Revue des Scienc. philos. et Théol. 1983. pág. 69‑70; 112

[26]    Cfr. SPINDELER A.,  Cur Verbum caro factum, Das Motiv der Menschwerdung und das Verhaltniksder Erlosung zur Menschwerdung Gottes in den christologischen Glaubenskampfen des vierten un funten christilichen Jahrbunderts. Muchen 1936

[27]    PL 38 pág. 940

[28]    III Sent. dist. I, q 1, a 3

[29]    S.Th. III, q1, a3

[30]    Ib

[31]    Ib. ad 3um, 4um, y 5um

[32]    IIISent. Dist.I, a3, respondeo dicendum

[33]    Op. cit. I, pág. 35

[34]   ver. S.Th. III, q2, a9

[35]    S.Th. III, q8, a34

[36]    De Ver. q22, a8; Sum. contra Gent. III 88;S. Th. I‑II, q9, a6

[37]    Op. cit. pág. 35

[38]    En estos últimos años el plan de la Summa ha sido objeto de mucha atención, y no tanto bajo el aspecto histórico‑literario, sino bajo el temático‑metodológico. Para una presentación y valoración crítico‑teológica de los estudios sobre este tema, ver a : BUFFI,I; Un bilancio delle recenti discussioni sul piano della Summa Theologica; en La Scuola Cattolica, Suppl. 2, \1963\,  pag. 147‑176; Suppl.3 /1963/, pag. 295‑326

[39]    Los estudiosos recientes que han marcado una huella profunda en esta búsqueda, y con resultados substancialmente idénticos, son especialmente: CHENU,M.D., O.P.; Introduzzione allo studio di S.Tomasso d'Aquino, Firenze 1953 (La primera edición francesa es del 1950). HAYEN A.,O.P.; Saint Thomas d'Aquin et la vie de l' Eglise, Louvain, 1952; PERSON E. Le Plan de la Somme Theologique et le rapport "Ratio-Revelatio, en Revue philosophique de Louvain, 56 /1958/ pág. 547‑572.

[40]    Cfr. PERSON, art cit. pag. 563

[41]    Ib. pág. 553

[42]    Bulletin Thomiste, 1953, pág. 10

[43]    Cfr. La Foi et la théologie, Tournai, 1962, pág. 203‑205

[44]    CIAPPI L., O.P.;          Il motivo dell`incarnazione et "Les Deux Adam" di P. Galtier, en Sapienza, 1950, pág. 103/104