JUAN DUNS ESCOTO

La figura de Escoto reviste una importancia teológica decisiva, tanto para la cuestión de la inmaculada Concepción como para el tema del primado de Cristo.

La autoridad de San Buenaventura y de Santo Tomás en favor de la dependencia de la encarnación en relación a la previsión del pecado era de tal peso que sólo un genio de la talla de Escoto podría asegurar a la sentencia contraria la posibilidad de consolidarse. Con su genio teológico y su influencia decisiva Escoto supo renovar completamente la perspectiva teológica de dicha tesis, eliminándole toda imprecisión. Expuso la doctrina en su real portada, y por más que no haya deducido explícitamente todas las consecuencias de sus esclarecedores principios estructurantes, logró hacer adivinar que la doctrina del primado de Cristo es capital para la misma concepción del cristianismo y de la teología.

Escoto no ingresa al tema global a través de la puerta estrecha del si el hombre no hubiera pecado..., sino que lo presenta en sí mismo, directamente. Poniéndose en el corazón del misterio de Cristo y de la salvación ve que es necesario abandonar las estrecheces y las ambigüedades del antropocentrismo y del hamartiocentrismo, para fijar la atención en el centro mismo del misterio de la salvación: la gratuita y libre vocación de la humanidad en Cristo a la vida eterna, querida por Dios en su bondad predestinante.

La discusión sobre el primado de Cristo no es presentada como una de las cuestiones teológicas, sino como el problema esencial y englobante de toda la Teología. Si queremos aferrar convenientemente la novedad y la profundidad de la solución de Escoto, tenemos que tener presente los puntos fundamentales de su pensamiento, indispensables para abarcar en su luminosidad y grandeza reales la cuestión del primado. Esta dimensión se olvida con frecuencia.

Entre los principios básicos de Escoto recordamos especialmente su concepción de la libertad y de la contingencia. En este punto podemos entrever el núcleo de la visión escotista de la realidad y la llave maestra para captar todo su pensamiento. No se trata de conceptos puramente filosóficos elaborados a partir de la experiencia humana. Es una concepción eminentemente teológica: Escoto supo puntualizar la noción bíblica de Dios y del hombre, en contraposición a la naturalística y ficisista del pensamiento griego aristotélico.

Una larga y cómoda tradición hostil intenta siempre presentar la noción de libertad y voluntad en Escoto como ciego voluntarismo.  Para mejor comprensión del tema recomendamos la admirable y científica obra de Hoeres. Fácilmente demuestra que la doctrina escotista de la libertad constituye el punto más alto del pensamiento cristiano ante el naturalismo de la filosofía Griega.

La noción de libertad como autodeterminación y como decisión por el bien conforma el marco teológico general. Está a la base de todo problema concerniente a la relación entre el mundo y Dios, entre la suma libertad divina y la libertad del hombre. Por eso en Escoto la salvación cristiana aparece esencialmente como Historia Sagrada y no como metafísica naturalística. La doctrina del primado de Cristo constituye el centro y la esencia misma del misterio de la salvación, la substancia de la Historia Salutis.  Campea por doquier la libertad como raíz y fuente propia de la historia.

No parece incomprensible que algunos estudiosos vean en la solución dada por Escoto al problema del primado de Cristo la aplicación del principio naturalístico neoplatónico del bien difusivo de sí, en el sentido de la necesidad de comunicación existente en Dios. ¡Escoto es, por el contrario, el teólogo que estructuró todo su pensamiento en la noción de libertad, rechazando radicalmente ‑como ningún otro lo ha hecho jamás‑ el necesarismo greco‑aristotélico!. El amor según Escoto, es esencialmente diverso y distinto de todo obrar meramente natural. De toda necesidad en cuanto la voluntad es siempre, en todo operante, libre por esencia. La teología de Escoto es diametralmente opuesta a la mentalidad neoplatónica como de la naturalística aristotélica.

No se podrá jamás entender la profundidad de la solución de Escoto, su originalidad y sus motivos intrínsecos sin un adecuado conocimiento de su doctrina sobre la libertad. Precisamente en la libertad‑amor es que se traduce la persona en su valor más alto y exacto. La historia de la salvación es ininteligible si no descubrimos en ella la actuación concreta del amor‑libertad. Aquí se manifiesta radicalmente la diversidad profunda entre mentalidad físico‑naturalística griega y mentalidad histórica‑personalista‑cristiana. La opción debe ser hecha a este nivel.

El argumento de la predestinación

Escoto vincula el tema global del primado universal de Cristo a la doctrina sobre la predestinación de Cristo. Propone al primado como la esencia y el contenido mismo de la predestinación divina actuada en el orden concreto de la salvación, de modo tal que predestinación y primado de Cristo coinciden esencialmente [1].

Después de haber tratado sobre la predestinación en relación a la gloria de Cristo y a la unión hipostática, Escoto introduce el argumento preguntándose:

Aquí tenemos dos dudas. La primera, si tal predestinación (la de Cristo) preexija necesariamente el pecado (lapsum) de la naturaleza humana, lo cual aparecen asentir muchas autoridades.

La presentación del problema es absolutamente nueva. Escoto conduce el tema a sus auténticas raíces, le da fisonomía propia y plenitud teológica. Remitirse a la predestinación es entender el rol y la función de Cristo en el plan de salvación y por lo tanto en su relación con la creación entera, con las obras de Dios ad extra. Implica referir todo el orden sobrenatural y natural a la voluntad libre y sapientísima de Dios, a su amor soberano y gratuito como principio eminente que todo conduce, ilumina y gobierna.

La idea de predestinación, en su acepción generalísima y fundamental, significa en primer lugar que la voluntad de Dios no está de ninguna forma condicionada por las escrituras al realizar el plan de salvación: es libre y soberana en grado sumo. La libertad, o sea el amor de Dios, es el principio de cada cosa, la explicación última del orden de salvación que comprende naturaleza y gracia.

Escoto define así la noción general de predestinación:

En primer lugar la predestinación es la preordenación de alguien a la gloria y en segundo lugar de las otras cosas que están en orden a la gloria.  [2]

De modo inmediato, la predestinación supone la ordenación a la gloria eterna, que es como su fin propio. En modo derivado implica también lo que está en orden a la gloria, a saber, las modalidades, los medios, las realidades concretas y necesarias para poder obtener tal fin.

En esta noción Escoto concuerda con San Tomás, aunque en ambos sea diferente la referencia de la predestinación a la voluntad divina. El Angélico define la predestinación como la Razón de la conducción de la creatura racional hacia la vida eterna, eternamente existente en la mente divina [3]. Ambos enseñan que el fin y el término propio y total de la predestinación es la gloria. La gracia, los méritos, la cooperación de la voluntad, son elementos que están ordenados al fin (ea quae sunt ad finem). Los medios, para designarlos con términos mecanicistas. Son dependientes y subordinados al fin. Tanto por Escoto como para San Tomás la predestinación es ante praevisa merita, es decir, absolutamente gratuita. Es fruto del amor libre y creador de Dios, es un puro querer bien, un don excelso de Dios que participa la propia vida a la creatura.

Si la predestinación, prosigue Escoto, es don gratuito de Dios que no depende bajo ningún concepto de la creatura, se deberá afirmar a fortiori, que precede a la previsión del pecado que es defecto y privación. No puede estar condicionada por nada positivo en la creatura, y mucho menos por lo negativo. La predestinación en su noción y realidad general y esencial es absolutamente anterior e independiente de la previsión del pecado. Escoto observa que si eso vale para todos, hombres y ángeles, deberemos afirmar que es especialmente válido para Cristo, el mayor de los predestinados: la noción común se realiza en él de modo, perfecto Esto es mucho más verdadero que la predestinación del alma que será predestinada a la gloria suprema.  [4]

Por consiguiente de ningún modo la predestinación de Cristo puede depender de la previsión del pecado. Es fruto del amor especialísimo de Dios que libre y gratuitamente quiere comunicarse y participar perfectísimamente la propia vida divina a Cristo. En efecto, éste no es uno de los tantos predestinados, sino que es querido para el máximo de gloria y unión con Dios, en cuanto Hombre‑Dios.

La argumentación saca a relucir la relación ontológica y causal de la predestinación de Cristo en relación a las demás predestinaciones. Aquella se revelará más independientemente aún del pecado. Es el famoso argumento que se apoya en el Ordinate volens, piedra angular de la demostración de Escoto:

El que quiere ordenadamente, sin excepción alguna, debe querer primero lo que está más cercano al fin. Se ha de querer la gloria con anterioridad a la gracia. Entre los predestinados a la gloria, antes tendría que querer la gloria para quien está más próximo a la obtención del fin. Quiere la gloria para el alma de Cristo antes de quererla para cualquier otro. Para todos los demás antes quiere la gracia y la gloria y luego prevé sus hábitos opuestos, el pecado y la condenación. Por lo tanto, antes que prever la caída de Adán, quiso la gloria del alma de Cristo.  [5].

Para valorar en su justa medida el valor teológico de la argumentación, hay que recordar que la voluntad es racional en grado sumo, y que para Escoto lo es de modo muy especial la voluntad divina. No es solamente autodeterminación sino también determinarse hacia el bien preconocido. La voluntad no es una potencia  indeterminada, indiferente;  es  consciente autodeterminación por el bien. Cuánto más perfecto es el conocer ‑que sin embargo jamás es causa del acto libre‑ tanto más perfecta es también la voluntad‑libertad.

La libertad, inseparable de todo acto de voluntad, no es para Escoto como para Santo Tomás, capacidad de elección, pura indiferencia frente a varias alternativas, consecuencia el último juicio de la razón. Según esta concepción, cuanto más crece la claridad en el conocer, la evidencia, tanto más disminuye la libertad. La fe es libre porque es oscura. En la vida eterna el acto beatífico de la voluntad no será ya libre, porque allí está la visión beatífica, etc. Para Escoto, por el contrario, el acto de voluntad será tanto más libre cuanto más perfecto el conocimiento previo, por lo cual la libertad será total en la vida eterna. La libertad en su valor absoluto, existe en acto infinito en el que Dios se ama y se quiere a sí mismo. Estamos, pues, ante concepciones profundamente diversas.

El Ordinate volens, referido a Dios, indica precisamente una voluntad que expresa, vive en sí el máximo de la intelectualidad y de la santidad. Así como siempre la libertad exige el previo conocimiento, así la libertad plena supone la suma comprensión previa. [6]

En segundo término, también para Escoto es válido el conocido principio: Ens et bonum convertuntur. El bien es propiedad trascendental del Ser.

El objeto adecuado y propio de la voluntad‑libertad divina es el ser infinito de Dios, sumo Bien. La perfección de la voluntad de Dios tiene por lo tanto dos aspectos: actividad de la naturaleza divina y relación libre con el bien sumo que es la misma naturaleza divina. La primera es la perfección ontológica. La segunda es la perfección moral.

Escoto distingue estos aspectos con extraordinaria claridad. La primera, la perfección ontológica, compete al querer cuando se lo considera en sí mismo. La segunda compete a la voluntad en cuanto se relaciona con el objeto. Las dos perfecciones dependen estrechísimamente una de la otra, porque el contenido exacto de la esencia de la voluntad libre está en su ordenación a lo racional. [7]

Una vez admitidos estos aspectos de la voluntad divina, libertad perfecta y santa por esencia, no es posible afirmar, sin negar tal perfección, que Dios haya subordinado lo que es más perfecto a lo que es menos. Así como el ser se ordena al ser, así el bien se orienta al bien. La gradación ontológica de los seres expresa en su relación una jerarquía de ser‑bien que es manifestación del Ordinate Volens. Afirmar que el hombre fue hecho para el perro o para criar perros, de modo que el bien del perro condicione la existencia del hombre y agote su finalidad sería la negación de la racionalidad y santidad de la voluntad divina.

Afirmar que Cristo fue ocasionado por el pecado de Adán y que fue querido como remedio para el pecado, implica invertir la escala de valores del Ser‑Bien. Equivale a declarar que la máxima creatura, el Hombre‑Dios, es ocasionada por el pecado y subordinada al hombre. Incluyendo la negación del ordinate volens y de la perfección moral de la voluntad divina. Invirtiendo esta solución imposible afirmamos, al contrario, que Dios quiere a Cristo, Hombre‑Dios no sólo independientemente del pecado y nunca esencialmente en función del pecado, sino que quiere a hombres y ángeles en función de Cristo. Porque éste está más cercano al fin. O sea que Dios quiere a Cristo como Arquetipo, Fuente y Mediador de todo predestinado. Y puesto que la predestinación precede por naturaleza propia a la previsión del pecado y no depende de él, a fortiori la predestinación de Cristo será independiente del pecado.

El Orden Natural de hecho es querido por Dios en vistas del Orden sobrenatural, que tiene su principio y su fin en Jesucristo. Basados, pues, en el mismo axioma del Ordinate volens dedujimos que también el universo es querido por Dios en función de Cristo y no viceversa.

Escoto, en su latín duro y descarnado, nos presenta la predestinación como acto y fruto del amor gratuito de Dios. Este se dona libremente ad extra. Se comunica en gradación diversa y por ende jerárquica, a las diversas creaturas, teniendo como centro de ella a Cristo, Hombre‑Dios. Dios quiere comunicarse de modo tan sublime como para introducir en Jesucristo a todas las creaturas en el seno mismo de la Trinidad. La suprema obra de Dios que es Cristo, es el primero, el arquetipo y el paradigma de toda otra comunicación, tanto en el orden de la gracia como en el de la naturaleza. Contemplando la historia de salvación, viendo entrecruzarse las causalidades en el orden efectivamente querido por Dios, Escoto escribe:

Dios se ama a sí mismo. Amándose, Dios se conoce infinitamente digno de amor. Y quiere comunicar a otros su amor, no por interés indigno, sino por amor ordenado (amor puro). Así El quiere ser amado por otro que lo ame con el máximo amor; se entiende otro que esté fuera de sí, pero al cual esté perfectamente unido.  [8]

Ese tal es Cristo, Hombre‑Dios, y en Cristo Dios se comunica a todas las demás creaturas.

Al principio era el amor

Queda perfectamente encuadrada y delineada la doctrina de la predestinación con todo lo que implica en relación a Cristo y a las restantes creaturas. Hemos descartado los argumentos conocidos por la tradición teológica, y que aparentemente pueden ser adoptados como pruebas del Primado de Cristo, pero que en realidad sólo lo entienden a medias y carecen de valor.

En primer término el origen y la causa de la predestinación es el amor de Dios. No necesitamos recordar que para Escoto el amor es sinónimo de libertad y de voluntad: acto de amor y acto libre coinciden. Sólo desde el amor‑libertad divinos podemos entender exactamente la relación entre Dios y las creaturas. La contingencia esencial de las creaturas encuentra en el amor libre de Dios la razón de su existencia. Ningún otro teólogo ha logrado delinear como Escoto este punto fundamental de la relación entre Dios y la Creatura.

Escoto no se cansa de repetir que la voluntad es potencia libre por esencia, oponiéndola al obrar naturalmente. Este no es libre y se ubica dentro de a las formas de causalidad ajenas a la voluntad.

El modo de producir la acción no puede ser sino doble, escribe Escoto. O bien la potencia está determinada intrínsecamente a obrar de forma que, en cuanto de ella depende, no puede dejar de obrar sino impedida desde el exterior. O al contrario la potencia no está determinada intrínsecamente a obrar, sino que puede hacer lo opuesto, puede obrar o no obrar. La primera se llama naturaleza, la segunda voluntad. Por lo cual la división radical de los principios activos está entre el obrar como naturaleza y como voluntad [9]. La potencia volitiva, según su razón formal, es libre.  [10]

Con mayor razón tenemos que ubicar la raíz del orden sobrenatural solamente en el amor gratuito de Dios, en su bondad creadora. El producto más sublime del amor de Dios ad extra ha de ser un amante excelso, alguien que es capaz de amar a Dios perfectamente. Al amor creador de Dios (razón última y dominante de su comunicarse ad extra) corresponde el amor de la más perfecta de sus obras ad extra como respuesta al amor de Dios. El amor es el valor sumo y fundamental tanto de la actividad de Dios como de la creatura racional. El amor, que es libertad racional, es la expresión suprema de la relación Dios‑Cristo, Dios‑Hombre. El amor no es realmente relación entre dos cosas, entre dos objetos, entre dos seres, sino entre dos personas. Y el amor libertad es precisamente lo que califica la persona como tal en su modo preciso de existir y de obrar. Entre otras posibles consecuencias de esta amplísima visión, será suficiente señalar que para Escoto, el amor‑libertad, el amor‑donación, es la llave maestra para poder determinar teológicamente la esencia y el valor de todas las acciones de Cristo, que son respuesta de amor al amor Creante de Dios.

Es evidente y queda fuera de toda discusión que Escoto transforma fundamentalmente los diversos argumentos ya conocidos en pro de la independencia de Cristo en relación al pecado. Especialmente los argumentos derivados del axioma neoplatónico del Bien difusivo de sí y a los que se basaban sobre la concepción de Cristo como perfección y corona del universo y de la humanidad. Alejandro Hales hizo de ellos muy buen uso.

Escoto rechaza y refuta absolutamente la idea que Cristo sea producido por las exigencias impuestas por el bien difusivo de sí, que sea el resultado de la lógica del bien que se debe expandir. No hay nada que sea tan contrario al pensamiento de Escoto como este obrar necesario referido a Dios y a su actividad. Si existe un modo de pensar que repugna a Escoto y que contrasta diametralmente con su teología es el emanatismo físico‑naturalista, impersonal, propio del platonismo. El obrar se divide, según Escoto, en dos modalidades esenciales. El obrar naturalmente propio de las realidades infra‑personales, obrar en base a movimientos instantáneos o recibidos del exterior; también el intelecto es potencia que obra naturalmente. El segundo modo de obrar el obrar libre competencia exclusiva de la voluntad; es movimiento por autodeterminación, desde lo intrínseco. Esto es lo que constituye el valor específico de la persona. Escoto no ceja en declarar que la libertad divina es la única razón de la contingencia de la creatura. Que la voluntad es por esencia libertad. Que la libertad es un modo radicalmente diverso del obrar naturalmente. Basta recurrir a estas ideas‑fuerza de Escoto para entender por qué y en qué medida rechaza la conocida argumentación que se apoya sobre el bien difusivo de sí, entendida como exigencia necesaria de comunicación en el sentido neoplatónico.

A raíz de un grave y gratuito desconocimiento de su pensamiento, frecuentemente se presenta a Escoto como corifeo de un voluntarismo ciego. Según las conveniencias se lo presenta como adherente del necesitarismo griego, con igual ignorancia de su teología. Un autor escribe en relación al primado de Cristo: Postulado como el primer contenido de los decretos divinos, en función de las exigencias de la difusión del Bien supremo, la encarnación puede aparecer en el escotismo como una especie de realidad metafísica, metahistórica, atemporal, de derecho. Primer inteligible a interpretar en una lógica absoluta de la difusión del Bien. Se ha comprendido a Escoto a partir de la lógica del Diffusivum sui. Es difícil poder atribuir a Escoto, en una frase tan breve, tantas ideas equivocadas y totalmente infundadas. Lo mínimo exigible es referirse al pensamiento real de Escoto y no a una cómoda caricatura.

En este punto el Doctor Sutil se diferencia por lo tanto de la Suma Fratris Alexandri. No así San Buenaventura que presenta sus mismos argumentos. En Escoto no encontramos traza de deducción a priori a partir de la naturaleza divina y de su bondad esencial. Sus motivaciones, al contrario, se apoyan todas en la libertad de Dios, y tienden a ilustrar la historia de salvación como historia sagrada, vale decir como expresión de la libertad divina. Este es un punto de importancia decisiva para ver como Escoto supo encarar con precisión el problema y resolverlo de la única manera teológica apropiada.

El mismo destaque debe realizarse a propósito de los motivos de la tradición precedente, fundada en la relación de la encarnación con el hombre y con el universo. Argumentos que con justicia Buenaventura refutaba, porque destruían la libertad divina, y porque deduciendo desde abajo la necesidad de la encarnación, le negaban la sobrenaturalidad.

Afirmar que la encarnación tiene como fin principal la perfección del universo y del hombre implica incluir a Cristo dentro del universo y de la humanidad como sus exigencias necesarias. Por lo tanto ‑observa correctamente San Buenaventura‑ se encierra de algún modo a Dios dentro de la perfección del universo y pone en la encarnación algún tipo de necesidad, al decir que no es causa de la perfección de los demás [11].

La afirmación de que Cristo fue querido, independientemente del pecado, como corona del universo y de la humanidad, que tan frecuentemente se ha hecho pasar por doctrina escotista, es un modo de ver diametralmente opuesto al suyo. En virtud del principio base que el menos es ordenado en función de lo más según el ordinate volens, se debe afirmar que el universo y el hombre son queridos en razón de Cristo y no viceversa. O sea que Cristo no es corona o vértice del universo y del hombre, sino su fuente, su término, su motivo de existir. Y no por exigencia apriorística deducible del universo y del hombre, sino porque Dios quiere que todas las cosas estén centradas en Cristo, y lo quiere libre y gratuitamente, en su propio designio efectivo de salvación.

La razón de la encarnación no radica en la perfección del universo ni en la del hombre, y ni siquiera en la perfección intrínseca del Hombre‑Dios, de Cristo; o en la gloria que Cristo rinde a Dios. Tal razón solo ha de encontrarse en la libre voluntad de Dios que libremente quiere comunicarse ad extra. La existencia de Cristo y de todos los beneficios que tal existencia comporta para el hombre y para el universo, derivan primeramente del amor libre de Dios y de Cristo, y en Cristo primer querido se difunden hacia las demás creaturas.

Este es el sentido profundo de las lapidarias afirmaciones de Escoto en el famoso texto citado que traduce el ordinate volens:

Dios se ama a sí mismo. Y amándose, Dios que se conoce infinitamente digno de amor, quiere comunicar a los otros su amor. No por indigno interés, sino por amor ordenado. Así quiere él ser amado por otro que lo ame con el máximo amor. Se entiende de otro que esté fuera de sí pero al cual esté también perfectamente unido.

La historia de la salvación queda así sustraída a todo necesitarismo y naturalismo y es aceptada en su valor esencial: fruto de la libertad creadora y gratuita de Dios. Contemporáneamente, Jesucristo, producto supremo y perfectísimo de tal amor‑libertad, aparece como centro‑fuente y término de toda donación ulterior, de acuerdo a la relación del Esse‑Bonum que guía racionalmente la voluntad moralísima de Dios, Ordinatissime Volens.

Escoto se ubica en el punto exacto: para explicar la doctrina del primado de Cristo se pone en la perspectiva de la historia de salvación. Además expone los principios teológicos‑bíblicos fundamentales para comprenderlo e ilustrarlo. Rompe un horizontalismo estrecho, refuta los argumentos inconsistentes, abre el verdadero panorama de una cristología consecuente. La noción de predestinación ‑con lo que implica de libertad divina y de orden‑ es la puerta que le permite entrar en el edificio por el camino justo.

Los dos teólogos que han tratado con mayor profundidad el argumento del primado de Cristo ‑M.J. Scheeben y el protestante K. Barth‑ demuestran el valor decisivo de la perspectiva de Escoto. Por caminos e inspiración diversos reproponen el problema de la misma manera y con idéntica amplitud de miras. Justamente ambos ven en la doctrina del primado de Cristo la esencia misma y el corazón de la revelación y de la doctrina cristiana.

Consecuencias

La predestinación de Cristo, con lo que implica, es el centro de la historia de salvación. Es el principio y el término de todas las obras de Dios: todo orden de las creaturas, todo don y realidad están centradas ‑por voluntad divina‑ en Cristo. Creación y gracia, gloria, fe y teología son cristológicas.

El primado de Cristo se sitúa al interior de la misma densidad ontológica de todas las realidades creadas, y en el valor salvífico que Dios produce en ellas. Tal cosa no es ni exigido ni reclamado por el hombre o por el universo. Tampoco, cualquier modo que fuese, se le impone a Dios en virtud de sus atributos esenciales. Es así porque Dios ha querido libremente este orden concreto. No se trata, pues, de saber lo que Dios podría haber hecho, sino de entender las líneas fundamentales del plan efectivamente actuado por Dios.

Se equivocan algunos manuales que afirman que Duns Escoto, partiendo de la creación, intenta establecer una necesidad puramente abstracta de la encarnación. Inclusive sin culpa original Dios se habría hecho hombre, porque la unión con la humanidad hubiese sido necesaria para dar a la obra de la creación perfecto acabamiento. Es totalmente errado por tres motivos: primero, porque Escoto es el teólogo que más ha elaborado la doctrina de la libertad de Dios ante la creación, eliminando toda forma de necesitarismo; segundo, porque Escoto no habla nunca de la encarnación como perfeccionamiento de la creación, sino que afirma exactamente lo opuesto; tercero, porque Escoto no trata jamás de la cuestión en abstracto, sino que parte siempre del orden actual concreto.

A fortiori la encarnación no puede estar determinada por el pecado. La misma noción de predestinación lo excluye, y es incompatible con la racionalidad y moralidad del Ordinatissime Volens que es Dios. A estas afirmaciones Escoto añade otros argumentos secundarios, que son como corolarios.

Es imposible sostener que la encarnación sea un bien ocasionado ‑por el pecado o por el hombre‑ mientras que la gloria de los demás elegidos y predestinados, ángeles y hombre, no es nunca ocasionada, sino querida directamente por Dios antes de la previsión de otros acontecimientos, antes de todas las cosas que están ordenadas al fin.

Es inverosímil e insostenible que Adán haya sido destinado a una gloria mucho menor antes del pecado y a otra mayor después de la caída. En primer instancia predestinado a la gloria sin Cristo. Después del pecado y a causa de él a la gloria en Cristo, intrínsecamente más perfecta que la primera. Si Cristo fuese sólo predestinado como redentor del pecado, debería alegrarse por la caída de Adán, dado que debería la existencia a su pecado.

Ninguna criatura es predestinada debido a la previsión del pecado ajeno (tantum quia alius praevisus est casurus). En la hipótesis manejada sólo Cristo, el mayor de los predestinados, se encontraría en esta singularísima y humillante situación: posee, claro está, la propia predestinación a Dios, pero premisa y requerida la caída de Adán como condición.

Las instancias de razón

Algunos teólogos ven en la exposición de Escoto una antropomorfización de Dios, puesto que distingue un antes y un después en la naturaleza simplicísima de su voluntad. El plan del Ordinate Volens supone que primero Dios se ama a sí mismo, luego se ama a sí mismo en provecho de los demás, después quiere a Cristo, etc.

Esto parece contradictorio con la simplicidad de Dios. Molina sostenía que por tal razón han de ser desechadas las instancias de Escoto. Molina, ¡el teólogo de la ciencia media, virtuoso inigualable en atribuir a Dios momentos antecedentes, intermedios y consecuentes! Varios teólogos tomistas siguen la opinión de Molina para quitarse de encima el molestísimo argumento del Ordinate Volens.

Admitamos ‑escribe el P. Ciappi, O.P.‑ que el hombre actúe de acuerdo al ordinate volens, queriendo primero el fin y luego los medios ordenados al fin. De nuestra parte nos contentamos, con el Atquinate, de saber que en la voluntad divina, al igual que su inteligencia, no hay prioridades de tiempo o volición o causalidad, dado que allí es simultáneo.

¿Qué teólogo ha negado alguna vez la absoluta simplicidad divina?. A pesar de lo cual tomistas y molinistas se sirven hasta la exasperación de las instancias de razón en la controversia sobre la predestinación y la gracia. Se admite pacíficamente el recurso a las instancias de razón en los tratados de Dios Trino y De gratia. Es necesario... si es que se quiere afirmar algo de Dios. Pretender excluir las instancias de razón solamente a propósito de la Encarnación da la impresión de eludir el argumento. Cuando el tomismo afirma, por ejemplo, que la predestinación de Cristo presupone en Dios la previsión del pecado hace también recurso a las instancias de razón.

La necesidad de distinguir entre un antes y un después en el decreto divino deriva de una realidad que supone un orden en el cual las distintas partes o elementos están interrelacionados. Según se trate del orden lógico y ontológico tendremos prioridades lógicas o causales‑ontológicas, y las dos prioridades no siempre coinciden. Todo orden contingente depende de Dios, por lo cual es necesario que la razón de ser del orden de las cosas hacia el fin preexista en la mente divina, decía San Tomás. [12]

Los hombres estamos ligados, por nuestro modo de discurrir, a las categorías de tiempo y espacio. Por eso traducimos frecuentemente según prioridades espacio‑temporales nociones que están más allá del tiempo y del espacio.

Decimos que la causa está antes del efecto, por más que la relación causal de por sí no implica temporalidad. El antes no sirve solo para designar el modo de relación entre dos términos. Cuando decimos que Dios existe antes que el mundo empleamos una expresión temporal para expresar una relación cualitativa causa‑efecto, sabiendo bien que en Dios no hay tiempo. Distinguir un antes y un después en la voluntad o en la inteligencia de Dios no implica antropomorfizar a Dios. Solo pretende expresar el orden de causa‑efecto que existe entre las cosas en cuanto éstas tienen su origen en Dios.

Es indispensable distinguir el orden lógico del orden ontológico para apreciar correctamente la solución de Escoto acerca del primado de Cristo y para superar muchas dificultades de las objeciones. El orden lógico concierne al ámbito de la pura posibilidad: el perfecto es anterior al menos perfecto, el simple anterior del compuesto, etc.

La prioridad lógica no es temporal, sólo es racional. En el orden ontológico, a la inversa, la causa es anterior al efecto. El ser mayor anterior al menor. Por más que sea formulada con terminología propia del ámbito espacio‑temporal la prioridad ontológica no es reducible al tiempo‑espacio. Abrahán, por ejemplo, es anterior a Isaac, porque es su padre. Pero Abrahán existe en Dios eternamente, no temporalmente como causa de Isaac, y por esa razón decimos que quiere primero a uno y luego a otro, sin por ello introducir temporalidad en Dios.

San Francisco de Sales escribe inequívocamente a propósito de tales instancias de razón escribe nítidamente San Francisco de Sales:

Teniendo en cuenta el orden de la voluntad, cuando digo que Dios ha visto y querido primero una cosa y luego otra, es evidente que entiendo que en El todo sucede en un único y simple acto de voluntad. Sin embargo, no es menos verdadero aplicar a Dios el orden, la distinción, la dependencia de las cosas, como si se hubiesen sucedido varios actos de su inteligencia y voluntad. Cuando una voluntad recta se determina a querer diversos objetos, ama más al que es más amable. Consecuentemente la soberana providencia de Dios, en el designio eterno de todo lo que habría de producir, primero quiso y amó como preferencia y excelencia al más amable objeto de su amor, nuestro Salvador. Y luego, por orden, las demás creaturas, según que pertenezcan en menor grado a su servicio, honor y gloria.  [13]

Otro presupuesto que no podemos dejar de lado para entender el pensamiento de Escoto es la bien conocida distinción ente el ordo intentionis y el ordo executionis. Ambos miran al concretísimo orden de salvación querido por Dios, pero desde puntos de vista diversos. El orden de la intención no se refiere, como algunos quieren hacer creer, al mundo de los puros posibles, así como el Orden de la ejecución se tendría que referir sólo al ámbito de la realidad. Al contrario, los dos son momentos del mismo orden concreto.

Siguiendo el ejemplo de San Pablo [14], el plan divino de salvación puede ser considerado como designio de Dios en su actuar ordenadamente en el tiempo. Es la actuación gradual del designio de Dios en la historia sagrada. Solo al final, en la escatología, el orden de la ejecución realiza totalmente el orden de la intención.

El conocimiento del orden de la intención es de extrema importancia para conocer y valorar el orden de la ejecución, en cuanto revela sus líneas, su sentido. El Plan global que influye en las diversas partes, en cada uno de sus momentos puede ser entendido correctamente sólo desde el todo que los conduce.

El Orden de la intención del plan de salvación no puede ser deducido de la noción de Dios, del hombre, o del universo, porque es un acto libre de Dios. Lo podemos entrever solamente por la revelación y de lo que se nos manifiesta a través del mismo orden de ejecución. La historia sagrada ha llegado a su término en Jesucristo, a pesar de que aún no ha producido todos sus efectos. El ésjaton, en el cual se conjugan los dos órdenes, nos permitirá conocer el orden de la intención del modo más apropiado. El punto terminal de la historia sagrada nos proporcionará el criterio y la medida para valorar las partes individuales de la misma historia. Será la llave para leer exactamente cada uno de sus momentos.

El ésjaton consiste, según la revelación, en la participación de las creaturas en la vida eterna como miembros del cuerpo de Cristo. Consiste en ser introducido como hijos en el Hijo en la koinonía de las personas divinas. Tal es el plan de salvación en su realización terminal. Partiendo de Cristo, centro y principio global de salvación podemos entender las grandes líneas del plan divino y percibir el valor de cada uno de los momentos de la historia sagrada en su relación al todo que es Cristo.

Jesucristo es el primero en el orden de Ser (in ordine essendi) del plan de salvación. Es también el primero en el orden de conocer (in ordine cognoscendi). Es el supremo principio de inteligilibidad de todas las cosas: del universo, del hombre, de la gracia y de la gloria. En el Orden concreto querido por Dios no es posible, fuera de Cristo, una teología de las realidades creadas o una teología de lo sobrenatural. Es solo cuestión de no olvidar nociones teológicas muy comunes. Las recordamos porque el pensamiento de Escoto es frecuentemente mal comprendido por no tenerlas en cuenta.

El orden del amor

Las consecuencias fundamentales de la perspectiva y de la solución de Escoto al problema del primado de Cristo aparecen especialmente en torno a las cuestiones capitales de la unidad del plan de salvación y de la relación entre bondad y justicia divina. Afirmando la unidad y la irreversibilidad del plan divino de salvación que tiene en Cristo su centro, Escoto supera y resuelve el dualismo de la solución de San Buenaventura y de San Tomás.

No existen dos órdenes de salvación: uno antes del pecado, que no incluía a Cristo, y otro, después del pecado, que se centra en Jesucristo. Este no puede haber llegado a ser la cabeza de un universo pre‑existente y ya finalizado inclusive en el plano sobrenatural. El es cabeza de todas las creaturas desde el inicio del designio Divino. No sobreviene, no se inserta tadíamente sino que preside el origen de cada cosa. La fractura ocasionada por el pecado no es decisiva en el sentido que cambie el plan divino. No es ruptura total: permanece siempre la orientación sobrenatural en Cristo.

Cristo, según la voluntad predestinante de Dios, es inconmovible fundamento de la adopción ‑como la llaman los Padres latinos‑ o de la divinización ‑como prefieren designarla los Padres griegos‑ desde el inicio de las obras de Dios: ninguna creatura, o acción de la creatura puede hacer ineficaz, mutable, reversible, el plan divino. La Escritura enseña siempre que Dios es fiel, para subrayar la infalible ejecución de su designio.

Es inconcebible pensar cómo un orden ya constituido y finalizado puede ser substituido por otro con un fin diverso sin implicar una ruptura metafísica entre el antes y el después. Jesucristo no puede llegar a ser, devenir, un fin nuevo sin implicar una nueva creación, al menos si queremos dar al término fin su verdadero valor.

Jesucristo no es solamente el centro del reditus, del regreso de las creaturas a Dios, como quieren San Buenaventura y San Tomás. Es también el principio y centro del exitus a Deo. No solo quien nos conduce a Dios, sino también aquel en el cual salimos de Dios. La vuelta a Dios en Cristo ‑asumida en su real valor‑ postula necesariamente también el salir en Cristo de Dios. La Sagrada Escritura ‑especialmente San Pablo‑ enseña claramente que todas las obras de Dios ad extra están regidas por Cristo en todo momento y en todo sentido. El momento terminal, es ésjaton, lo revela sin duda alguna. Por eso es que la creación no es una premisa cristiana. Todo es, ya desde el inicio, cristológico y cristocéntrico.

Es la superación de un pensamiento inconsecuente que tiende a desplazar a Cristo hacia el margen. La voluntad divina sustituye a la metafísica. La formulación hipotética queda superada. El motor o motivo del obrar es intrínseco a la misma libertad.

Para Escoto libertad no es pura indeterminación, y ni siquiera solamente autodeterminación. Esto equivaldría a indiferencia o espontaneidad irracional y por ende incompatible a la persona en cuanto tal. La libertad es autodeterminación por el bien, decisión autónoma por el bien: es obrar sumamente moral. La noción‑realidad del bien es constitutivo esencial de la libertad. La voluntad jamás es movida desde fuera: no es movida, se mueve por autodecisión, porque de lo contrario no sería ya voluntad‑libertad.

La relación de la voluntad al bien puede ser considerada bajo dos aspectos: como bien distinto de la voluntad, exterior a ella, y por eso como bien a conseguir : en este sentido es término de la voluntad y no causa de la volición.

O como bien querido por sí mismo, en cuanto bien o sumo bien. Tampoco en este caso puede ser motivo de la voluntad de Dios. No podemos concebir un bien que le sea externo y que la determine a obrar. Un bien cuya consecución completaría la persona que realiza el acto volitivo. Nada hay que pueda ser para Dios un bien a conseguir, siendo él el bien por excelencia.

No puede existir ningún moviente intrínseco capaz de atraer la voluntad divina: no existe ningún motivo para su obrar. La voluntad moralísima de Dios ama y quiere únicamente como donación, como comunicación. En este proceso de donación, la voluntad actúa en armonía con el Bien y la Sabiduría absolutas que están en su naturaleza infinita. Es el Ordinatissime Volens.

Debe existir, pues, una ratio sapientísima que guía su querer ad extra, pero nunca un motivo de la creación. La noción bíblica de la centralidad absoluta de Cristo, es una de las conquistas más relevantes, ricas y bíblicas de la teología de Escoto, e inclusive de toda la teología.

El presupuesto de la encarnación no es el pecado, la redención, sino el amor libre de Dios. El efecto fundamental de la encarnación en relación a los hombres es la elección sobrenatural, la adopción o divinización en Cristo. No es la reparación o restitución de una alienación histórica, de un acto pecaminoso, sino la orientación total originaria de la humanidad entera. No es la superación de una deficiencia de orden moral, sino la elevación sobrenatural y la superación divina de la deficiencia metafísica del hombre, por la cual de pura creatura ha sido hecha hijo adoptivo de Dios en Cristo, partícipe de la misma vida divina.

En esta diferente perspectiva, o la superación de la deficiencia moral, o la superación de la deficiencia metafísica de la creatura, es que las dos concepciones evidencian su diversidad profunda. Para la primera Cristo es solamente medio para el retorno, con todo lo que eso implica de marginalidad y de ocasionalidad. Para la segunda Cristo es el centro de la salida y del retorno a Dios, Camino, Verdad y Vida, con todo lo que ello comporta. Es el primado universal de Cristo en su significado bíblico y teológico.

El actual y concreto orden de salvación en Jesucristo aparece esencial y primariamente como orden del amor, entendiendo por esto la comunicación gratuita, libre e incondicionada de la vida divina en Jesucristo.

El Ordo amoris que preside la obra de la encarnación nos conduce a la consideración de otro de los aspectos importantísimos de la solución escotista al problema del primado de Cristo: la relación entre encarnación y redención.

La redención en el cuadro de la encarnación

A esta altura es claro que para Escoto la redención está enmarcada dentro del gran cuadro de la encarnación. Es uno de sus momentos. Contrariamente a cuanto afirman San Buenaventura y San Tomás, la encarnación no está en función de la redención sino exactamente al revés.

La divinización‑adopción en Cristo, que significan esencialmente la superación de la deficiencia metafísica del hombre, no postulan como punto de partida el pecado, sino la finitud falible del hombre. La liberación del pecado es por eso un momento posterior, un caso en el cual se aplica la función divinizante de la encarnación. Dado que, por el pecado, el hombre ya no es finitud falible, sino falibilidad actuada en el obrar. Sin embargo este hecho no cambia el sentido y la dimensión fundamental de la encarnación. Para el mismo Cristo la muerte tiene el valor de pasaje a la resurrección. Es la encarnación en su devenir, en su desarrollo histórico en vistas a alcanzar el esjaton, la plenitud. Es el actuarse de la encarnación como historia.

Desde esta perspectiva Escoto critica los mismos fundamentos y revierte el hamartiocentrismo de San Anselmo, de influencia decisiva en la teología posterior.

Abordando el argumento de la redención, Escoto expone primero la sintética teología anselmiana del Cur Deus Homo y la condensa en cuatro postulados, Según San Anselmo:

 

Primero

hay que afirmar que fue necesario redimir al Hombre

 

Segundo

 

que no pudo ser redimido sin la satisfacción.

  

Tercero

 

que la satisfacción tenía que ser hecha por un Dios‑Hombre.

 

 

Cuarto

 

que el modo más conveniente fue por medio de la pasión de Cristo.

 

Escoto niega el carácter necesario de las cuatro conclusiones. En la redención, como en la encarnación, el principio es siempre el Orden del amor de Dios, y por lo tanto el de la libertad y de la gratuidad, nunca el de la necesidad. En la muerte de Cruz se debe manifestar la libre actuación del camino histórico de Cristo, sin una determinación desde abajo. Es solamente la soberana voluntad de Dios ‑libremente cumplida por Cristo‑ quien decidió la serie de sucesos de la salvación:

Todas las cosas que fueran hechas por Cristo en relación a nuestra redención no fueron necesarias, a no ser que presupongamos la ordenación divina que así lo haya mandado. Por lo cual sólo con necesidad de consecuencia fue necesario que Cristo padeciera. Sin embargo el todo fue simplemente contingente (Contigens simpliciter), tanto de modo antecedente como consecuente.  [15]

Escoto comprende correctamente los aspectos negativos de la solución anselmiana a la vez que repropone el motivo central de la suya propia. El plan de salvación, obra exquisitamente libre de Dios, no admite ningún tipo de necesidad, y menos aún un tipo de necesidad impuesta por la culpa del hombre. La ordenatio divina es la única fuente. La existencia de Cristo, su vida y su muerte, son efectos del amor libre, no dictados de la lógica del pecado‑satisfacción. Escoto excluye, desde su misma raíz toda forma de necesitarismo, sea cual fuere. La voluntad se mueve, jamás es movida desde el exterior, particularmente la voluntad divina.

No existe ninguna lucha o tensión entre el Orden del Amor y el Orden de la Justicia. Este es la expresión del Orden el Amor. No existe justicia que exija de modo necesario, con la muerte del Hombre‑Dios, satisfacción. Siempre en toda circunstancia será la intervención libre de Dios ‑y como respuesta la de Cristo‑ la única llave y el sólo punto de vista correcto para entender la ratio del plan de salvación. Inclusive la modalidad concreta de la encarnación, la vida sufriente y la muerte en Cruz han de ser juzgadas y entendidas en el marco del Orden del Amor. De aquí nace nuestra filial admiración y reconocimiento hacia el designio divino:

El hombre podría haber sido redimido de otro modo. A pesar de lo cual, Dios lo redimió así, por su libre voluntad. Mucho le debemos, y mucho más que si su obrar hubiera sido necesario y no hubiéramos podido ser redimidos de otro modo.   [16]

Escoto opone siempre su respuesta fundamental a toda la argumentación anselmiana en base a la necesidad. No es la necesidad sino la libertad divina la que campea por doquier. El orden del amor resplandece y aparece siempre. El Orden de la justicia está dentro del primero, y de él es una manifestación admirable, no una oposición.

¿Cómo juzgar el hamartiocentrismo de San Anselmo con el antropocentrismo derivado, y la tensión entre bondad y justicia divina, originada por el pecado, tensión que sólo la muerte del Hombre‑Dios puede aplacar, y que por lo tanto debe aplacar, porque estamos ante atributos divinos?  Concluye Escoto:

Si queremos salvar a Anselmo digamos que todas sus razones se aducen presuponiendo la ordenación divina que así determinó que el hombre fuese redimido; (...) porque no existió ninguna necesidad.  [17].

Para salvar a Anselmo hay que abandonar su hamartiocentrismo y el consecuente necesitarismo y poner siempre al origen y como razón de todo la libertad divina, el Orden del Amor. ¿Qué queda entonces, de la perspectiva y de la literalidad del Cur Deus Homo? Sea como fuere, la de Escoto es una concepción radicalmente opuesta a la de San Anselmo y a la de sus seguidores.

Con estas acentuaciones Escoto rechaza totalmente la concepción anselmiana porque es incompatible con el primado de Cristo y el Orden del Amor que lo fundamenta, porque es incompatible con el plan de salvación. El mundo de Escoto es el bíblico de la libertad: excluye cualquier tipo de necesitarismo y por lo tanto se ubica como alternativa radical a la concepción naturalística o intelectualista del pensamiento griego.

La posibilidad de la encarnación

Escoto da una solución clara y profunda al problema del primado. El tema es conducido a sus verdaderas raíces y encarado en su justa dimensión. Jesucristo, en el orden actual y concreto de la historia de salvación, es el primer predestinado y por lo tanto causa ejemplar, eficiente, final ‑para usar de la terminología aristotélica‑ de la elección y de la predestinación de todas las creaturas: Jesucristo no está en función de las creaturas sino viceversa.

Se repetía continuamente que a tal solución se oponen las Autoridades de la Escritura y de los Padres. San Buenaventura y San Tomás estaban persuadidos que la Escritura enseñaba que el Hijo de Dios por nosotros y por nuestra salvación descendió de los cielos, excluyendo toda argumentación en contrario. Aceptar que el Verbo de Dios no se hubiese encarnado sin que el hombre hubiese caído es para San Buenaventura más acorde con la piedad de la fe. Porque es más coherente con las autoridades de los Santos y de la Sagrada Escritura. Para San Tomás en todos los pasajes de la Escritura se asigna al pecado del primer hombre la razón de la encarnación.

Escoto responde que, sin duda, tales autoridades testifican un hecho revelado. Pero no es lícito extender sus enseñanzas más allá del hecho mismo. No es legítimo hacer de una proposición asertiva una proposición exclusiva, porque caeríamos en un paralogismo que nos conduciría continuamente al absurdo. Una cosa es afirmar que el Verbo Encarnado se encarnó para redimirnos, otra es decir que se encarnó solo para redimirnos.

Todas las autoridades pueden resumirse así: Cristo no hubiese venido como Redentor, a no ser que el hombre pecase, y quizá lo mismo pueda decirse de la pasibilidad. [18]

El Doctor Sutil recurre a la distinción ya conocida por San Buenaventura y San Tomás entre la substancia de la encarnación y su modalidad pasible. La substancia es predestinada antes de toda creatura y a fortiori antes del pecado. La modalidad, en cambio, es querida por Dios después de la previsión del pecado.

En esta respuesta de Escoto ‑retomada luego por casi todos sus discípulos‑ destacamos algunas afirmaciones. En primer lugar Cristo no hubiese venido en cuanto Redentor a no ser que hombre cayese. En segundo lugar: la redención no hubiese tenido lugar si el hombre no hubiese pecado.

Parece, pues, evidente que para Escoto redimir y liberar del pecado son sinónimos. Aquí concuerda con la mentalidad de la teología del tiempo. Admitido lo anterior, la conclusión se impone evidente: la modalidad de la pasión, en la encarnación, debe ser querida por Dios después de la previsión del pecado. Y aún más, si es que la pasión y la muerte de Cristo, al menos de hecho, son queridas a causa del pecado, el sentido primero de la muerte de Cristo es expiatorio‑satisfactorio.

Aquí Escoto se enrola en la tradición anselmiana. Pero encontramos otro elemento que vuelve a diferenciarlo: la pasión y la muerte de Cristo están ligadas a la reparación del pecado libremente de parte de Dios. Nos proceden de una necesidad de satisfacción de condigno por la culpa, como pretendía San Anselmo.

Cristo no hubiese venido como Redentor si el hombre no hubiese pecado, quizá lo mismo se haya de decir de la modalidad pasible. La pasibilidad no fue exigida por la encarnación, la cual es también posible sin incluir la pasibilidad. Pero ni siquiera el pecado la postula necesariamente. Porque, prescindiendo del pecado, la pasibilidad no es incompatible con la encarnación. Escoto afirma que si no existiese el pecado quizá la encarnación hubiese sido impasible, pero no necesariamente. La pasibilidad es, pues, una modalidad querida libremente por Dios como remedio del pecado. Pero de ningún modo impuesta desde abajo, porque aún sin el pecado Dios podía querer una encarnación pasible. Aunque es más probable que en esta hipótesis hubiese sido impasible.

De nuevo aquí Escoto se opone a toda forma de necesitarismo de tipo Anselmiano. El amor del Padre haría posible una reparación de condigno por el pecado aún si Cristo fuera impasible. No solamente la encarnación es totalmente gratuita, lo es también la pasibilidad y la muerte de Cruz.

Todas las cosas que hizo Cristo acerca de nuestra redención no fueron necesarias sino presupuesta la ordenación divina.

El amor libre de Dios preside todo momento y toda modalidad de la historia de salvación. Se puede pensar que Dios haya querido la modalidad de la pasibilidad de Cristo, su muerte en Cruz, para revelar mejor su amor, y no por necesidad objetiva de una reparación de condigno, que puede ser también realizada de otros modos:

Para acicatear nuestro amor hacia él, según creo, hizo estas cosas: porque quiso que el hombre estuviese más agradecido a Dios. Está siempre presente el gran tema del amor como razón última de todo.

El nervio de la demostración de Escoto contra las bien conocidas razones anselmianas, que fueron luego las de tantos teólogos posteriores, radica en ésta consideración fundamental: Para que Cristo redima al Hombre mediante su muerte no concurre ninguna otra necesidad fuera de la necesidad de consecuencia, es decir supuesto que Dios haya ordenado tal modo de redención.

Por ejemplo: si corro, me muevo; tal es la necesidad de consecuencia. Tanto el antecedente como el consecuente son simplemente (simpliciter) contingentes, tanto el correr como el moverme. Análogamente fue contingente que Cristo padeciera la muerte, así como contingente fue la previsión de que hubiera de padecer. No concurre ninguna otra necesidad fuera de la de consecuencia. Si previó que habría de padecer, padecerá, quedando como contingentes tanto el antecedente como el consecuente.

Donde hay contingencia es decir en todo lo que no es Dios, debemos poner la libertad divina como causa y principio resolutivo último, nunca la necesidad. Porque ninguna causa de otra causa puede exonerar de la contingencia. A no ser que pongamos la causa primera como causa inmediata que actúa de modo contingente. Es este punto Escoto se aparta notablemente de San Tomás.

La doctrina de Escoto a propósito de la relación entre redención y pecado es muy clarificadora.

La tradición Anselmiana, adoptada por Santo Tomás, afirmaba que la encarnación era necesaria en la hipótesis que Dios haya querido una satisfacción de condigno por el pecado. Dice el mismo San Tomás el pecado cometido contra Dios tiene cierta infinitud, a causa de lo infinito de la divina majestad: la ofensa es tanto más grave, cuanto mayor es aquel contra el cual se delinque [19]. Por tal motivo ninguna pura creatura es capaz de dar a Dios una satisfacción de condigno por la culpa del pecado. En caso de Dios querer una satisfacción de condigno debe querer un Hombre‑Dios.

Escoto rechaza, y por varias razones, esta manera de ver el problema. El pecado no reviste una infinita gravedad. Una pura creatura, dotada por Dios de suma gracia, podría satisfacer de condigno por el pecado, en caso de Dios haber querido escoger esta solución. La conexión entre redención por obra de Cristo y el pecado es extrínseca y depende de la pura voluntad de Dios; no es postulada por ninguna exigencia intrínseca, y ni siquiera por la hipótesis de la satisfacción de condigno.

La redención, como la encarnación, es pura manifestación del amor de Dios: Todas las cosas que han sido hechas por Cristo en orden a nuestra redención no fueron necesarias, a no ser que presupongamos la ordenación divina que así lo haya establecido. Solo con necesidad de consecuencia fue necesario que Cristo padeciera. La obra global fue simpliciter contingente, tanto lo antecedente como la consecuente [20]. En la obra de Escoto el Orden del amor es verdaderamente dominante en todo instante de la vida de Cristo, todo es expresión del amor gratuito y libre de Dios y del amor de Cristo.

Algunas observaciones nos harán percibir algunas incongruencias, acentuadas por sus seguidores, con los principios ya expuestos sobre el primado de Cristo. Es óptima y totalmente pertinente la observación básica que jamás se debe hacer de una afirmación asertiva otra exclusiva. Si bien la Escritura enseña que el Verbo se encarnó para salvarnos y redimirnos, no podemos concluir sin más que se encarnó solamente por tal motivo. Ni siquiera principalmente por él. Tanto San Buenaventura como San Tomás, quiénes consideraban su sentencia más probable que la contraria, confiesan implícitamente que no existen enseñanzas reveladas categóricas y de valor exclusivo para la propia opinión.

La enseñanza indudable del primado absoluto de Cristo por parte de la Escritura nos induce más bien a considerar las afirmaciones concernientes a la redención en su contexto más amplio y capital, tal como lo hace Escoto.

Sin embargo, no parece totalmente armónica con el primado de Cristo la distinción entre substancia de la encarnación, querida antecedentemente de la previsión del pecado, y su modalidad pasible, decretada después de la previsión del pecado. ¿No se hace así depender la obra máxima de Cristo del pecado del Hombre? Lo que había sido expulsado por la puerta se mete por la ventana. Si Cristo no está subordinado al pecado en el ser, ¿no lo aparece en el obrar?

Escoto, a diferencia de tantos discípulos suyos, subraya con total energía la gratuita disposición divina en el querer la muerte de Cristo. Esta no es requerida como condición necesaria para redimir el pecado. Es modalidad que expresa de modo maravilloso el amor de Dios y de Cristo. De modo que el vínculo entre la posibilidad y pecado es reducido al mínimo. El pecado es simplemente una conditio sine qua non, y no causa de la pasibilidad y de la muerte. Pero el vínculo permanece y es una sombra en la doctrina del primado.

No sin razón los tomistas siempre han puesto graves dificultades frente a la distinción entre substancia y modalidad. Dios quiere la encarnación de modo concreto y determinado con un acto único, como substancia y como modalidad. No se puede admitir que Dios haya querido primero la substancia de modo indeterminado y luego de la previsión del pecado haya determinado el modo concreto. La primera volición indeterminada es incomprensible e inoperante. O bien se deberá decir que Dios quiso a Cristo impasible (substancia y modo) y que luego de la previsión del pecado cambió la modalidad (pasible). Pero esto es absurdo y equivaldría admitir lo que Escoto quiere excluir a toda costa: una determinación desde abajo que se refleja en Cristo.

Los tomistas concluyen correctamente que se deberá admitir que la predestinación concierne, tanto a la substancia como a la modalidad, como acto único eficaz. Si Cristo es querido antes del pecado, se debe decir que fue querido como Cristo‑Redentor. Admitida ésta premisa exacta concluyen que, dado que la redención supone el pecado, es necesario afirmar que Cristo fue querido por Dios después del pecado y por el pecado. Esta deducción cuestiona la doctrina certísima del primado, y es refutada decididamente por Escoto.

¿Entonces?

Debe haber un punto oscuro, equivocado, que esté causando la aparente insuperabilidad de las dos posiciones. La misma perspectiva de Escoto genera incongruencias y contrastes, y nos parece que el punto oscuro está ubicado en la noción de redención.

Redimir equivalía exclusivamente a liberar el pecado. Las sucesivas controversias con el pensamiento protestante agudizaron en las respectivas escuelas respectivas tal persuasión de fondo. De allí nacen las oposiciones insalvables.

Escoto, con intuición de genio, había logrado desbloquear el pensamiento teológico en relación a la Concepción Inmaculada de María. Esto parecería chocar, en un callejón sin salida, con la noción de la redención universal de Cristo. Escoto introduce el concepto de redención perfecta y allana el camino desarrollando y profundizando la idea que parecía obstáculo insuperable.

En la doctrina del primado de Cristo la noción de redención sigue siendo el obstáculo fundamental. También aquí Escoto tuvo la genialidad de ubicar la relación de los hombres con Cristo en la dimensión ontológica más que en la dimensión moral. La elección, la adopción o divinización de los hombres en Cristo, es el significado primero y fundamental de la encarnación y no la reparación de una alienación operativa. Estamos ante el problema de la superación de la deficiencia metafísica de la creatura, antes y mucho más que de la superación de una deficiencia orden moral.

El Doctor Sutil echó las bases para profundizar y liberar la excesivamente estrecha noción de redención. Pero en éste punto no llegó a una formulación límpida, explícita, decisiva, tal como había hecho para la Inmaculada. Esta sombra, agravada por sus secuaces, pesará durante siglos sobre la solución al problema del primado de Cristo.

Valoración final

La exposición esquemática de la peculiar articulación del pensamiento de Escoto nos ha hecho avizorar inmediatamente la profunda originalidad de su teología sobre el primado de Cristo. En este tema es realmente pionero. Tanto por la novedad de la perspectiva, como especialmente por el horizonte vastísimo en el que sitúa el problema.

Quiénes trataron el tema antes que él no lograron verlo dentro del amplio espectro propio de tal doctrina, y por ende no pudieron sustraerla a cierta marginalidad. Ubicaron el Primado dentro de las premisas de la encarnación, como elemento casi ajeno al misterio en sí mismo. Para Escoto en cambio, el problema atañe a toda la cristología. Constituye la concepción‑base de todo el misterio.

La noción de predestinación como elección y realización del plan divino de salvación es la llave de su perspectiva y de su solución. La predestinación en vista en su concretez y actualidad de libre donación divina, de participación voluntaria de la vida divina.

La concepción rigurosa de la libertad como modalidad esencial de la comunicación divina es la condición fundamental para comprender como la donación es acto de amor personal y no pura necesidad natural.

Partiendo de la idea de predestinación en el sentido pleno que tiene en la Sagrada Escritura, Escoto la identifica radicalmente con la predestinación de Cristo. Queda así perfectamente clara la razón fundamental del primado universal de Cristo. A la vez que se constituye en el corazón mismo de toda la teología, en lugar de aparecer como una de sus tesis marginales. Porque Cristo es centro, manantial, término del plan divino de salvación y por lo tanto de todas las obras de Dios ad extra.

El Padre J. Bissen ofm. observa justamente a éste propósito:

Esta cuestión de la predestinación de Cristo puede ser considerada o en sí misma o en conjunción con la encarnación. Del primer modo es tratada por Alejandro de Hales, San Buenaventura y San Tomás, y no aparece que en éstos autores se establezca especial relación de un asunto con otro. Del segundo modo la encontramos en Pecham y especialmente en Escoto, quien se pregunta abiertamente sobre el motivo de la encarnación como cuestión secundaria en relación a la principal de la predestinación de Cristo. [21]

La consecuencia fundamental de tal modo de encarar el problema del primado de Cristo es el predominio absoluto del Orden del Amor sobre el Orden de la Justicia. La predestinación es un acto libre, gratuito de Dios, procede de su iniciativa soberana y es manifestación sobrenatural de su bondad. Es por lo tanto incondicionada e independiente de las creaturas, es fruto gratuito de su amor que quiere comunicarse. Expresión perfecta del amor comunicante de Dios que es Jesucristo, quien se manifiesta como el sumo amante entre aquellos seres que son distintos de Dios. Es respuesta excelsa del amor donante de Dios.

Si en la raíz de la predestinación está el amor infinito y gratuito de Dios, en el centro del ser ‑término máximo de tal amor fecundísimo‑ está el amor reflejo y respuesta al amor de Dios. Se trata, pues, de una verdadera metafísica del amor que no excluye la metafísica del ser, sino que la incluye y engloba en el modo perfecto del ser que es la persona. Al amor divino ‑la realidad más sublime de la vida infinita que es Dios‑, corresponde en Cristo el amor como punto focal máximo. Esta visual nos abre un horizonte amplísimo y nos proporciona el principio fundamental para captar el sentido, el valor fundamental y la dimensión dominante de la vida de Cristo: de su pasión, de su muerte, de su resurrección.

Todo hamartiocentrismo y todo antropocentrismo queda así descartado de raíz. El centro y el alma de la actividad y de la vida de Cristo es el amor hacia el Padre. Este es el valor determinante, de modo que nociones tales como expiación y satisfacción, deben ser comprendidas como aspectos muy reales pero secundarios y derivados del dominante y frontal. Lo mismo podemos afirmar de las nociones de muerte sacrificial y reparación. Tienen que ser leídas y entendidas dentro del cuadro absolutamente preeminente y determinante del amor de Cristo como respuesta al amor gratuito y creativo del Padre. En resumen: el Orden de la Justicia no es independiente y ni siquiera paralelo al Orden del amor, siendo solo uno de sus aspectos derivados.

No se puede hablar, en rigor de términos, de un motivo o causa de la encarnación, sino solamente de su razón. En efecto, el amor de Dios es soberano y creativo: no ama lo que encuentra amable, como sucede entre las creaturas. Produce lo que ama, porque Dios no depende de cosa alguna.

San Tomás hace ésta observación de fundamental importancia para entender la naturaleza del amor de Dios:

Nuestra voluntad no es causa de la bondad de las cosas, al contrario, se mueve por ella como hacia un objeto. El amor con el que queremos a alguien no es causa de su bondad, al contrario, sea verdadera o solo estimada, es ella la que provoca el amor con el cual queremos, y con el que queremos conservar el bien poseído y alcanzar el aún no habido: con éste fin obramos. Pero el amor de Dios es el que infunde y crea la voluntad en las cosas. [22]

No hay, pues, un motivo de la encarnación, sino solo una razón. Es decir, una explicación e inteligibilidad interior, que consiste precisamente en el ser comunicación suprema del amor libre y omnipotente de Dios. Donde hay libertad no puede coexistir un moviente externo, una causa exterior que determina y mueve, porque en tal caso quedaría destruida la libertad. El plan de salvación es historia y no metafísica.

De los dos principios y consideraciones principales señaladas se desprende una tercera afirmación fundamental: hay una cierta jerarquía entre las creaturas fundada en su grado de ser ‑natural y sobrenatural‑, el cual es consecuencia y término de la predestinación de Dios y de su amor creativo. Esto vale particularmente para los seres que son personas (Cristo, ángeles, hombres), en cuanto son capaces en sentido pleno del orden sobrenatural.

En virtud de tal jerarquía la Sagrada Escritura nos dice que el hombre, como imagen de Dios, es rey y centro de las creaturas. No solo por el dominio que ejerce sobre ellas, sino porque en el hombre existen realizados todos los valores de las demás creaturas, amén de los valores de persona‑libertad que lo distinguen. Cristo es Hombre‑Dios, valor supremo fuera de Dios en sí mismo y por lo tanto es centro y fin de todas las demás creaturas.

Su persona divina hace que Cristo sea el valor supremo de todas las demás personas creadas y que su amor sea manantial, norma y vida de todos los demás amores. Así como el universo es un reflejo del hombre, así todas las creaturas son un reflejo de Cristo. Es él su arquetipo, el primogénito, el motivo y el fin. De él reciben su sentido último. La respuesta del amor de Cristo es fuente de toda otra respuesta creada. Por lo cual Cristo, cual primer predestinado, es primero en todo orden y bajo todo aspecto. Nunca puede estar condicionado desde abajo, porque él es siempre condicionante y dominante.

La perspectiva y los principios apuntados conducen a conclusiones vastísimas, que pueden ser resumidas de este modo:

1.‑     Puesto que Cristo posee un verdadero primado universal, debemos afirmar que no solo el reditus in Deum es cristocéntrico, sino vigor y motivo lo es el exitus a Deo.

2.‑     El orden de salvación es único y tiene a Cristo en su  centro, por lo que no podemos hablar de un orden sobrenatural  sin Cristo antes del pecado, y de otro con Cristo a la  cabeza después del pecado.

3.‑     El pecado de Adán no ha roto ni cambiado el orden de la salvación: ¡Dios es fiel!

4.‑     Todo el plan de salvación tiene su raíz en la libertad de  Dios y no en el naturalismo necesitarista del Bonum diffusivum sui.

5.‑     Porque dominada por el necesitarismo y por el hamartiocentrismo, hay que rechazar la teología anselmiana del Cur Deus homo, por más que haya tenido una acogida casi universal entre los teólogos escolásticos.

6.‑   Jesucristo y el orden de salvación no pueden ser deducidos de lo alto es decir de la naturaleza de Dios (principios neoplatónicos del bien difusivo de sí). Tampoco pueden deducirse desde abajo, es decir del universo o del hombre. Jesucristo no es corona del universo ni perfección del hombre, sino todo lo opuesto: gracia. Hombre y universo han sido hechos por Cristo, son difusión y dilatación de Cristo. Menos aún podrá ser consecuencia del pecado del hombre y de la noción de satisfacción de condigno por la culpa.

7.‑     Si Jesucristo es el principio, centro y término de toda creatura, en el orden concreto querido por Dios, también es el principio supremo de intelección de todo lo existente, la respuesta definitiva de toda la realidad. Por lo tanto la teología es cristología por naturaleza propia, dado que no puede ser sino teología de la historia de la salvación.

8.‑     El necesitarismo naturalista greco‑aristotélico deberá ser sustituido por la visión bíblico‑cristiana, fundada sobre la persona y la libertad. El cristianismo debe ser concebido como historia sagrada de salvación. Como toda historia, la sagrada supone la libertad de Dios y de Cristo y del hombre. La  concepción cristiana apoyada sobre la libertad se ubica como  antítesis de la griega, dominada por la necesidad impersonal.

Se trata de vastísimas perspectivas que implican una concepción global de la teología. Escoto ha incluido la redención dentro del marco de la encarnación y ha delineado la salvación como superación de la deficiencia ontológica de la persona y de la libertad de la creatura antes y mucho más que como superación de la deficiencia moral (la del pecado). Por eso hay quiénes lo acusan de haber desvalorado la redención. Se dice que de ése modo se opone a San Francisco: mientras que el Santo de Asís gozó de un sentido y piedad vivísimos por la pasión de Cristo, Escoto y los franciscanos que lo siguieron se orientan por caminos opuestos.

La acusación es inconsistente. Escoto, al contrario, permite entrever el motivo profundo de la piedad de San Francisco hacia la pasión de Cristo. El Orden del Amor, dominante en su teología, evidencia el aspecto más esencial de la pasión y de la muerte de Cristo. El alma de San Francisco, eminentemente evangélica, no está dominada por el esquema jurídico del Orden de la justicia, sino por el Orden del Amor.

Con éstas notas conclusivas no queremos afirmar que Escoto haya elaborado una teología perfecta y definitiva del primado de Cristo, y así lo demuestra la historia de la teología. Hay en él puntos poco felices que parecen incompatibles con sus propios principios fundamentales, especialmente el de la distinción entre substancia y modalidad de la encarnación y la noción restringida y excesivamente jurídica de la redención, que amenazan todo el edificio.

Sobre todo Escoto carece, como todos los teólogos medievales de una investigación bíblica más abierta y segura sobre el tema, tanto que da la impresión de estar elaborando una audaz construcción teológica más que una lectura atenta de la revelación. ¡Cuánto mayor fuerza adquiriría su pensamiento con un estudio bíblico exegético‑positivo!. Pero no podemos acusar de tal carencia a la época en que le tocó vivir. A pesar de tal deficiencia no se puede negar a su teología del primado de Cristo una inspiración central claramente bíblica. Tampoco se puede negar que Escoto constituye un punto firme y fundamental en la historia teológica de éste problema verdaderamente capital en la teología cristiana.


NOTAS


[1]     Ver III Sent. Dist. III q. 3

[2]     III Sent. Dist. III q.3

[3]     San Th. I, q. 27, a. 1

[4]     III Sent. Dist. III, q. 3, n. 2

[5]     Idem

[6]     I Sent. Prol. q. 4; n. 34

[7]     HOERES. op. cit. pág. 91

[8]     Reportatio parisiensis, en III Sent. Dist. 7. q. 4...

[9]     Metaphys IX, cap. 15, n.4

[10]    Col. 16, n.8

[11]    San Buen. II Sent. 1; a.2; q.2

[12]    Necesse est quid ratio ordinis rerum in mente divina preexistat: San Th. I.p. 20, a.1

[13]    Tratado del amor de Dios, II.c.4.

[14]    Ef. 1,3ss

[15]    Idem. 10

[16]    Idem

[17]    Idem

[18]    III Sent. Dist. 7, q. 3

[19]    San Th. III, q. 1, a. 2, ad 2um

[20]    Oxon. III, q.20, n.20

[21]    Antonianum, n.12, pág. 4

[22]    San Th. I. q.20, a.2