ORACIONES PARA TIEMPO DE PASCUA

 

Te imploramos, pues, oh bendito Jesús. Haz que también nosotros nos acerquemos a Jerusalén con tu temor y con tu amor. De la aldea de esta peregrinación terrenal llévanos a ti, y tú, rey nuestro, descansa sobre nuestras almas. Y así, junto con los niños que elegiste de este mundo, o sea, con los apóstoles, merezcamos bendecirte, alabarte y glorificarte en la ciudad santa, en la eterna bienaventuranza.

Concédenos esta gracia tú, al cual pertenecen el honor y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén!

Y toda alma fiel responda: "¡Amen! ¡Así sea!".

(Domingo de Ramos)

¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Ustedes están aquí reunidos para celebrar la Pascua de la Resurrección; y por eso les suplico que, con el dinero de la buena voluntad, junto con las piadosas mujeres, compren los aromas de las virtudes. Con esos aromas ustedes pueden ungir los miembros de Cristo con la amabilidad de la palabra y el perfume del buen ejemplo. También les suplico que, pensando en su muerte, vengan y entren en el sepulcro de la contemplación celestial, en la que contemplarán al ángel del Eterno Consejo, el Hijo de Dios, sentado a la derecha del Padre.

En la resurrección final, cuando venga a juzgar al mundo a través del fuego, se les aparecerá en su gloria, no diría diez veces, sino para siempre. Eternamente y por los siglos de los siglos, ustedes lo contemplarán como es, con El gozarán y con El reinarán.

Se digne concedernos esta gracia aquel Jesús, que resucitó de los muertos. A El sean el honor y la gloria, el imperio y el poder, en el cielo y en la tierra, por los siglos eternos.

Y todo fiel, en este día de júbilo pascual, diga: "¡Amén! ¡Aleluya!".

(Domingo de Pascua)

 

 

¡Dichoso, en cambio, aquel que arranca de si el corazón de piedra y toma un corazón de carne! (Ez 11, 19) ‑ Afectado por las miserias de los pobres, él sufre con ellos y desea que su compasión llegue a ser el alivio de ellos y el alivio de ellos señale la destrucción de su avaricia. Si alguno tuviere en su huerta una planta estéril, sin duda la erradicaría desde la raíz y en su lugar plantaría otra que diera fruto. ¡La avaricia es el árbol estéril "¿Para qué ocupa la tierra? ¡Córtala!" (Lc 13, 7), desarráigala, y en su lugar planta la limosna, que te dará frutos de vida eterna.

Nos la conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!

(La Resurrección del Señor II)

13.‑ "Entonces la alcaparra perderá su eficacia". Escribe el Apóstol: "Cuando este cuerpo corruptible se vista de la incorruptibilidad y este cuerpo mortal de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita en Isaías (25, 8): "La muerte fue tragada por la victoria". Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley. ¡Demos gracias a Dios, que nos dio la victoria por medio del Señor nuestro Jesucristo!" (1Cor 15, 53~57).

El es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(La Resurrección del Señor II)

 

 

Recemos, pues, queridísimos hermanos, y con ardor supliquemos la misericordia de Jesucristo, para que venga y se detenga en medio de nosotros, nos conceda la paz, nos libere de los pecados, aleje de nuestro corazón toda duda y grabe en nuestras almas la fe en su pasión y resurrección. Y así con los apóstoles y con los fieles de la iglesia mereceremos recibir la vida eterna.

Nos la conceda aquel, que es el Dios bendito, digno de alabanza y glorioso, por los siglos de los siglos.

Y toda alma fiel responda: "¡Amén! ¡Así sea!".

(Octava de Pascua)

Hermanos queridísimos, roguemos al Señor Jesucristo, que al pastor de su iglesia conceda la gracia de apacentar con nobleza el rebaño de los fieles; y así merecerá al fin llegar a aquel que es el eterno pasto de los santos. Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos, ¡Amén! ¡Así sea!.

(Domingo II de Pascua)

 

 

Te rogamos, pues, Señor Jesús, tú que eres el buen pastor, que nos guardes como a tus ovejas, nos defiendas del mercenario y del lobo y nos corones en tu reino con la corona de la vida eterna.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito, glorioso y digno de alabanza por los siglos de los siglos.

Toda ovejuela, o sea, toda alma fiel, responda: ¡Amén! ¡Aleluya!

(Domingo II de Pascua)

Oremos, pues, queridísimos hermanos, al Señor Jesús, que en estos siete breves días de nuestra vida nos guarde, nos proteja y nos defienda, para que, liberados de las siete penas del infierno, merezcamos llegar al reino infinito de su gloria.

Nos lo conceda aquel que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo III de Pascua)

 

 

También nosotros te rogamos, Señor Jesús, que en el septenario de esta corta existencia nos concedas la gracia de concebir el espíritu de salvación y de dar a luz al heredero de la vida eterna, a través de la tristeza del corazón; y así mereceremos beber del río de agua viva en la Jerusalén celestial y gozar para siempre contigo.

Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito, glorioso, digno de alabanza y de amor, dulce e inmortal por los siglos eternos.

Y toda criatura responda: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

(Domingo III de Pascua)

Con toda razón se dice: “La mujer, cuando da a luz, sufre tristeza; pero, después de haber dado a luz al hijo, ya no recuerda los aprietos por el gozo”, o sea, a motivo de la gloria eterna. Dice Isaías: “Las precedentes angustias fueron olvidadas, y ya no volverán a oprimir el corazón; sino que ustedes gozarán y exultarán para siempre” (65, 16‑18).

De la tristeza de este mundo se digne guiarnos a ese gozo sempiterno aquel Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos.

¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo III de Pascua)

 

 

Con toda razón se dice: “La mujer, cuando da a luz, sufre tristeza; pero, después de haber dado a luz al hijo, ya no recuerda los aprietos por el gozo”, o sea, a motivo de la gloria eterna. Dice Isaías: “Las precedentes angustias fueron olvidadas, y ya no volverán a oprimir el corazón; sino que ustedes gozarán y exultarán para siempre” (65, 16‑18).

De la tristeza de este mundo se digne guiarnos a ese gozo sempiterno aquel Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos.

¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo III de Pascua)

Te rogamos, pues, Señor Jesús, que subiste de este mundo al Padre en forma de nuestra humanidad, que nos arrastres en pos de ti con la soga de amor. Te rogamos que no nos acuses de pecado, que nos ayudes a imitar la justicia de los santos, que nos hagas temer tu juicio y que nos infundas tu Espíritu de verdad, para que nos enseñe toda la verdad.

Concédenos estas gracias tú, que eres el Dios bendito y glorioso por los lo siglos de los siglos.

Y toda alma diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

(Domingo IV de Pascua)

 

 

Roguemos, pues, hermanos queridísimos, para que nuestro Señor Jesucristo nos infunda su gracia, con la cual podamos tender y llegar a la plenitud del verdadero gozo; y para que ruegue por nosotros al Padre, para que nos conceda la verdadera religión, que consiste en la misericordia y en la inocencia, visitando a los huérfanos y a las viudas; y así podremos llegar al reino de la vida eterna.

Nos lo conceda aquel Jesús que es digno de alabanza, principio y fin, admirable e inefable por los siglos eternos.

Y toda religión pura y sin mancha responda.‑ “¡Amén! ¡Aleluya!”.

(Domingo V de Pascua)

Observa que hay tres especies de oración: mental, vocal y manual. De la primera dice el Eclesiástico: “La oración del que se humilla, penetra ¡:Os cielos” (35, 2 1). De la segunda habla el Salmo: “ ¡Que mi oración entre en o presencia!” (87, 3). De la tercera habla el Apóstol: “oren sin interrupción” (1Tes 5, 17). Jamás deja de orar el que jamás deja de hacer el bien.

(Domingo VI de Pascua)

 

 

El Espíritu Santo, que es el amor del Padre y del Hijo, se digne cubrir con su caridad la multitud de nuestros pecados. A El sean honor y gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo VI de Pascua)

Hermanos queridísimos, supliquemos humildemente a Jesucristo, que nos infunda al Paráclito, el Espíritu de verdad, y nos conceda la paciencia, para no escandalizarnos en el momento de la tribulación. A El sean la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Domingo VI de Pascua)

 

 

El mismo Jesús, partícipe de nuestra naturaleza, nos haga también a nosotros partícipes de aquellos bienes, El que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

(Ascensión)