PROCESO DE CANONIZACIÓN

DE SANTA CLARA

 

 

Y, en primer lugar, las letras por las que el papa Inocencio [IV] le encomendó al obispo de Espoleto la misión de informarse con solicitud y diligencia acerca de la vida, conversión, conducta religiosa y milagros de la dicha santa Clara, según consta en la infrascrita Bula.

En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, amén.

Yo, Bartolomé, obispo de Espoleto, he recibido del santísimo padre el señor papa Inocencio IV unas letras concebidas en estos términos:

[BULA DEL PAPA INOCENCIO IV

a Bartolomé, obispo de Espoleto]

1. Inocencio, obispo, siervo de los siervos de Dios, al venerable hermano Bartolomé, obispo de Espoleto, salud y bendición apostólica.

2. Dios es glorioso en sus santos. Él, el único que obra grandes maravillas, muestra a aquellos fieles suyos, a quienes elige para los premios de la gloria suprema y para la recompensa de la celeste bienaventuranza, después de su curso y tránsito por esta vida, con una multiforme y maravillosa demostración de portentos. Y así, por los signos y los prodigios y los testimonios de tales y tantas maravillas, llegamos como a comprender y ver la virtud del Altísimo, el poder de que sólo es capaz el Dios uno en la Trinidad y trino en la Unidad; y así, también, puede ser adorado con mayor reverencia en la tierra el grande y admirable nombre de Aquel cuyo imperio permanece perpetuamente, y cuya majestad resuena prodigiosamente en las alturas.

3. Con estos deseables premios fue cautivada Clara, de santa memoria, abadesa que fue de las Monjas Pobres Encerradas de San Damián de Asís, atenta a aquella palabra profética: «Escucha, hija, y mira, y presta tu oído, y olvida tu pueblo y la casa paterna, pues el Rey se ha prendado de tu hermosura» (Sal 44,11-12). Y volvió las espaldas a las cosas caducas y transitorias; y, mirando a las que tenía por delante y olvidada totalmente de las que dejaba atrás, prestó gustoso y pronto oído al santo llamamiento.

Sin tardanza puso por obra lo que había escuchado con deleite. En seguida, renunciando a sí misma y a los suyos y sus bienes, amó como a esposo a Cristo pobre, Rey de reyes, hecha ella ya doncella real. Y, consagrándose a Él totalmente en cuerpo y alma, con espíritu humilde, le ofrendó como dote, principalmente, estos dos bienes: el don de la pobreza y el voto de la castidad virginal.

Y así fue admitida la pudorosa virgen a los deseados abrazos del Esposo virginal; y de este tálamo de la virginidad inviolada nació una descendencia fecunda y casta, prodigiosa a los ojos de todos; esta estirpe, al perfume de su santo ejemplo, y con el amor de una vida santa como la de ella, fructifica copiosamente para Dios como un plantel celeste, extendida a casi todas las regiones del mundo.

4. Ésta es la esposa que, muerta ciertamente para el mundo, tanto agradó al Altísimo con los afectos y los efectos de sus virtudes y con el empeño de sus obras santas, que, luego que murió felizmente -mejor dicho, en cuanto salió de este mundo-, según se dice, otorga grandes beneficios a quienes la invocan, y por ella y por su intercesión obra en la tierra muchos y variados milagros: así, por los claros méritos de la misma Clara, atiende a las súplicas de los que le invocan la piadosa dignación del Remunerador de todos los bienes, el cual, con la abundancia de su piedad, excede los méritos y los deseos de los que se dirigen a Él suplicantes, para exaltación de su nombre, que es glorioso por los siglos.

5. Es, pues, justo y obligado que sea honrada en la Iglesia militante la que se dice que la divina clemencia muestra como digna de veneración a sus fieles por tales dones de gracias y por la superhonra insigne de los milagros. Por lo cual mandamos a tu fraternidad, mediante las presentes letras apostólicas, que te informes sobre la vida, la conversión y la conducta religiosa de la misma, y sobre los dichos milagros, y que averigües con diligencia y solicitud su verdad, con todas sus circunstancias, según el interrogatorio que te enviamos incluido en nuestra Bula.

Y todo cuanto averigües sobre los puntos citados, procura hacérnoslo llegar, fielmente transcrito en escritura pública, y con tu sello. Para que, pues se cree que su alma goza ya en el cielo de la estola de la inmortalidad, la asamblea devota de los justos la honre con dignas alabanzas.

6. Dadas en San Juan de Letrán, quince días antes de las calendas de noviembre [18 de octubre], en el año onceno de nuestro pontificado [1253].

7. En consecuencia, yo, el sobredicho Bartolomé, presentándome personalmente en el monasterio de San Damián, he recogido los testimonios sobre la vida, conversión, conducta religiosa y milagros de madonna Clara, de santa memoria, abadesa que fue del monasterio de San Damián de Asís. Los nombres y las declaraciones de los testigos se declaran a continuación.

A 24 del mes de noviembre, en el claustro de San Damián de Asís. Testigo 1ª, madonna Pacífica de Guelfuccio de Asís; 2.ª, madonna Bienvenida de Perusa; 3.ª, madonna Felipa de messer Leonardo de Gislerio; 4.ª, madonna Amada de messer Martino de Corozano; 5.ª, madonna Cristiana de messer Cristiano de Paris; 6.ª, madonna Cristiana de Bernardo de Suppo; 7.ª, madonna Bienvenida de Opórtulo de Alejandro; 8.ª, madonna Francisca de messer Capitáneo de Col de Mezzo; 9.ª, madonna Beatriz de messer Favarone de Asís, hermana de santa Clara; 10.ª, madonna Cecilia de Spello; 11.ª, madonna Balbina de messer Martino de Corozano; 12.ª, madonna Inés de messer Opórtulo; 13.ª [madonna Angeluccia de messer Angeleio de Espoleto] y madonna Lucía de Roma. Todas ellas, monjas del monasterio de San Damián, juraron decir la verdad sobre la vida, conversión, conducta religiosa y milagros de la predicha santa Clara.

En presencia de los siguientes testigos: messer Leonardo, arcediano de Espoleto; messer Jacobo, arcipreste de Trevi; fray León, fray Ángel de Rieti y fray Marcos, frailes menores; y messer Martín, notario.

En presencia del venerable padre messer Bartolomé, obispo de Espoleto.

I. PRIMERA TESTIGO

Vida de santa Clara en casa de su padre

1. Sor Pacífica de Guelfuccio de Asís, monja del monasterio de San Damián, dijo bajo juramento que conoció a santa Clara cuando estaba en el siglo en casa de su padre; y que todos los que la conocían la consideraban persona de gran honestidad y de vida muy perfecta; y que se aplicaba y ocupaba en obras de piedad.

Su conversión

2. Y dijo que santa Clara, por exhortación de san Francisco, dio comienzo a la Orden que ahora está en San Damián, y que allí entró virgen y se conservó siempre virgen.

Al preguntársele cómo sabía estas cosas, respondió que, cuando ella estaba en el siglo, era vecina suya y algo pariente, y entre su casa y la de la virgen Clara sólo mediaba la plaza, y que con frecuencia la testigo conversaba con ella.

3. Dijo asimismo que madonna Clara amaba mucho a los pobres, y que por su buen comportamiento todos los ciudadanos la tenían en gran veneración.

Preguntada cuánto tiempo hacía que la virgen Clara había abandonado el mundo, dijo que aproximadamente cuarenta y dos años.

Preguntada cómo lo sabía, respondió que había entrado en religión junto con ella, y que casi noche y día, la mayor parte del tiempo, la servía.

4. También dijo que la dicha madonna Clara había nacido de noble familia, de padre y madre honrados, y que su padre fue caballero y se llamó messer Favarone; la testigo no lo vio. Pero sí conoció a la madre, llamada madonna Hortulana; la cual madonna Hortulana viajó allende el mar por piedad y devoción.

Y la testigo, igualmente por razones de piedad, viajó a ultramar con ella; y también viajaron juntas al Santo Ángel [San Miguel del Monte Gárgano] y a Roma.

Y dijo que ella visitaba gustosamente a los pobres.

Preguntada cómo sabía estas cosas, contestó: Porque era su vecina y había vivido con ella, como se ha dicho arriba.

5. También dijo que madonna Hortulana entró después en la misma Orden que su santa hija la bienaventurada Clara, y vivió en ella con las otras hermanas en mucha humildad; y en ella, adornada de religiosas y santas obras, pasó de esta vida.

6. Dijo también esta testigo que, a los tres años de su vida en religión, la dicha madonna Clara, a ruegos e instancias de san Francisco, que casi la obligó, aceptó el gobierno de las hermanas.

Preguntada cómo sabía eso, respondió que ella había estado presente.

Su vida religiosa en el monasterio

7. Esta testigo dijo también que la bienaventurada madre velaba tanto durante la noche en oración, y hacía tantas abstinencias, que las hermanas se dolían y se lamentaban; y dijo que ella misma había llorado alguna vez por este motivo.

Preguntada sobre cómo lo sabía, respondió: Porque había visto cuando madonna Clara se acostaba en tierra y tenía por almohada un canto rodado, y la oía cuando estaba en oración.

8. Y declaró que en los alimentos era tan austera, que las hermanas se maravillaban que su cuerpo viviera. Dijo también que la dicha bienaventurada Clara, durante mucho tiempo, no comía nada tres días a la semana: el lunes, el miércoles y el viernes; y que los otros días practicaba tanta abstinencia, que contrajo una enfermedad, por lo que san Francisco, junto con el obispo de Asís, le ordenó que en aquellos tres días comiese al menos medio panecillo al día, que era aproximadamente onza y media.

9. También dijo que la bienaventurada madre era asidua y solícita en la oración, y permanecía largo tiempo tendida en tierra, humildemente postrada. Y, al venir de la oración, animaba y confortaba a las hermanas, hablando siempre palabras de Dios, que tenía siempre a flor de labios, tanto que no quería hablar ni oír hablar de vanidades.

Y, cuando ella volvía de la oración, las hermanas se alegraban como si viniera del cielo.

Preguntada cómo sabía las dichas cosas, respondió: Porque vivía con ella.

10. Declaró también que la predicha madonna Clara, cuando mandaba a las hermanas que hiciesen alguna cosa, mandaba con mucho temor y humildad, y la mayor parte de las veces prefería hacerlo ella que mandarlo a las otras.

11. También dijo que en el tiempo que estuvo enferma, de manera que no podía levantarse del lecho, se hacía incorporar, y se sentaba sostenida con almohadas, e hilaba; y tanto, que de esta tela hizo confeccionar corporales, que envió a casi todas las iglesias del valle y de los montes de Asís.

Preguntada sobre cómo lo sabía, contestó que la había visto hilar y hacer la tela, y cuando las hermanas los cosían y se enviaban por manos de los frailes a las dichas iglesias, y se daban a los sacerdotes que venían al monasterio.

12. Dijo también que la bienaventurada madre era humilde, benigna y cariñosa, y tenía compasión de las enfermas; y, mientras tuvo salud, las servía y les lavaba los pies, y les daba el agua a las manos; y alguna vez limpiaba los bacines de las enfermas.

Preguntada cómo sabía las dichas cosas, contestó que lo había visto muchas veces.

13. Aseguró también que amaba particularmente la pobreza, y que nunca pudo ser inducida a querer cosa alguna como propia, ni a aceptar posesiones, ni para sí ni para el monasterio.

Preguntada sobre cómo sabía esto, respondió que vio y oyó cómo messer el papa Gregorio, de santa memoria, le había querido dar muchas cosas, y comprar posesiones para el monasterio, pero ella no había querido acceder jamás.

14. También dijo que la predicha madonna Clara era tan solícita de la observancia de su religión y del gobierno de las hermanas, como un hombre pudiera serlo de la custodia de su tesoro temporal.

Y estas cosas -dijo- las sabía porque siempre había vivido con ella, sobre cuarenta años y más, excepto un año en que, con licencia de la bienaventurada madre, estuvo en el monasterio de Val de Gloria de Spello, para formar a las hermanas de dicho lugar.

Milagro del aceite

15. Dijo también esta testigo que la vida de la predicha bienaventurada Clara estuvo llena de milagros.

Una vez que faltó el aceite en el monasterio, hasta el extremo de agotarse completamente, la bienaventurada madre llamó a un fraile de la Orden de los Menores, dedicado a pedir limosna para ellas, llamado fray Bentevenga, y le dijo que fuese a buscar aceite; a lo que él respondió que le preparasen la vasija.

Entonces madonna Clara tomó una vasija y la lavó con sus propias manos, y la colocó sobre un pequeño muro que estaba cerca de la salida de la casa, para que el predicho fraile la cogiese.

Y la vasija estuvo allí un poquito de tiempo; y, cuando fue a tomarla fray Bentevenga, la encontró llena de aceite. Y, no obstante haberse buscado diligentemente quién pudiera haberla llenado, no pudo encontrarse.

Preguntada sobre cómo lo sabía, respondió que, estando ella en casa, había visto que la madonna sacó la vasija vacía y la metió llena. Y decía no saber quién la había llenado ni cómo. Y fray Bentevenga decía lo mismo.

Preguntada cuándo había sucedido este hecho, contestó que fue aproximadamente el segundo año de su estancia en San Damián.

Preguntada sobre el mes y el día, dijo que no los recordaba. Preguntada si fue en verano o en invierno, dijo que había sido en el verano.

Preguntada qué hermanas estaban entonces presentes, dijo que estaban allí sor Inés, hermana de santa Clara, la cual hacía poco había pasado de esta vida; sor Balbina, que fue abadesa del monasterio de Val de Gloria, la cual también ha muerto; y sor Bienvenida de Perusa, que todavía vive.

Y juró sobre las predichas cosas, y dijo también que ella no podría con su lengua explicar los milagros y las virtudes que el Señor había mostrado en la bienaventurada Clara.

Cómo santa Clara curó con la señal de la cruz a cinco hermanas enfermas

16. También dijo esta testigo que una vez, estando enfermas cinco hermanas del monasterio, santa Clara hizo sobre ellas la señal de la cruz, e inmediatamente todas quedaron curadas.

Y muchas veces, cuando alguna de las hermanas tenía cualquier dolor, o en la cabeza o en otra parte de la persona, la bienaventurada madre la curaba con la señal de la cruz.

Preguntada cómo sabía las dichas cosas, respondió que ella estuvo presente.

Preguntada sobre quiénes fueron aquellas cinco hermanas, dijo que la testigo había sido una de ellas, y, de las otras, algunas habían muerto y otras vivían, pero no recordaba cuáles fueron.

Preguntada sobre cuánto tiempo había estado antes enferma la testigo, contestó: Mucho tiempo.

Preguntada qué enfermedad había tenido, contestó que una enfermedad que le hacía castañetear, sentir mucho frío y temblar.

Preguntada acerca de las otras curadas, sobre cuánto tiempo habían estado antes enfermas, respondió que no se acordaba, ni de las otras ni de sí misma.

Preguntada cuándo habían sido curadas las predichas hermanas, respondió: Antes que la madonna cayese enferma.

17. Preguntada sobre el tiempo en que le comenzó a santa Clara aquella larga enfermedad, respondió que creía que hacía veintinueve años.

18. Y dijo también que la medicina de la testigo y de las otras hermanas, cuando caían enfermas, era que su santa madre hacía sobre ellas la señal de la cruz.

Preguntada sobre qué palabras solía decir la dicha madonna Clara al trazar la señal de la cruz, respondió que no la entendían, porque las decía muy bajito.

19. Preguntada sobre el mes y el día en que habían sido curadas la testigo y las otras, contestó que no se acordaba.

Preguntada sobre quién estuvo presente cuando ocurrió la curación, contestó que había más hermanas, pero no recordaba cuántas ni cuáles.

II. SEGUNDA TESTIGO

1. Sor Bienvenida de Perusa, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que madonna Clara, abadesa que fue del dicho monasterio de San Damián, fue de maravillosa humildad, y tanto se menospreciaba a sí misma, que ejecutaba los trabajos más viles.

Hasta limpiaba con sus propias manos los bacines de las hermanas enfermas.

Preguntada sobre cómo sabía las dichas cosas, respondió que había entrado en religión el mismo año que ella; ya que ella había ingresado el lunes santo y la testigo entró después, en el mes de septiembre.

2. Preguntada sobre la edad de santa Clara al entrar en la religión, contestó que tenía unos dieciocho años, según se decía; que se la consideraba virgen de alma y cuerpo, y que la tenían en mucha estima todos los que la conocían, aun antes de entrar en religión. Todo, por su mucha honradez, bondad y humildad.

Preguntada cómo sabía lo dicho, contestó que la testigo había oído hablar de ella antes de entrar en religión, y que vivió con ella en la misma casa.

Y desde que entró en religión, había permanecido con ella hasta su muerte, durante unos cuarenta y dos años, menos el tiempo dicho antes, desde el lunes santo hasta septiembre.

Vida religiosa de santa Clara en el monasterio

3. Y dijo la testigo que la madre santa Clara, después de entraren religión, fue de tanta humildad, que lavaba los pies a las hermanas. Una vez, al lavárselos a una servicial, se inclinó para besárselos; y aquella hermana, retirando con prisa el pie, golpeó incautamente con él la boca de la bienaventurada madre.

Además de esto, la bienaventurada Clara servía el agua para que las hermanas se lavasen las manos, y por la noche las cubría para protegerlas del frío.

4. Era además tan austera con su cuerpo, que se contentaba con una sola túnica, de lana vulgar, y un manto. Y, si alguna vez observaba que la túnica de alguna hermana era más vil que la que llevaba ella, se la tomaba para ella y le daba a aquella hermana la suya mejor.

5. También dijo la testigo que la dicha bienaventurada Clara, en una ocasión, se hizo confeccionar una prenda de piel de cerdo, y la llevaba con los pelos y las cerdas rapadas vueltas hacia la carne, vistiéndola a escondidas bajo la túnica de lana vulgar.

Del mismo modo, en otra ocasión, se hizo confeccionar otro vestido de pelos de cola de caballo, y, haciéndose después unos cordeles, con éstos se lo ceñía al cuerpo. Así, con estos cilicios, mortificaba su carne virginal. Y dijo que aún se conservaba una de aquellas prendas en el monasterio.

6. Declaró también que, si bien ella usaba vestidos y cilicios tan ásperos para sí misma, era, sin embargo, muy compasiva con las hermanas que no podían soportar aquellas asperezas, y con gusto las consolaba.

7. Preguntada cómo estaba enterada de aquellos vestidos, respondió que los había visto, porque ella los prestaba de vez en cuando a algunas hermanas; pero el cilicio de cuero no recordaba haberlo visto. Pues lo llevaba, según se decía, muy secretamente, a fin de no ser reprendida de ello por las hermanas. Pero, desde que la madonna enfermó, las hermanas le habían quitado los predichos vestidos tan ásperos.

8. Dijo también que la dicha bienaventurada madre Clara, antes de enfermar, hacía tanta abstinencia, que en la cuaresma mayor y en la de san Martín ayunaba siempre a pan y agua, menos los domingos, en que bebía un poco de vino, si lo había. Y tres días a la semana, los lunes, miércoles y viernes, no comía nada, hasta que san Francisco le mandó que, de todos modos, cada día comiese algo; y entonces, por cumplir con la obediencia, tomaba un poco de pan y agua.

Preguntada cómo lo sabia, respondió que porque lo había visto, y que había estado presente cuando san Francisco se lo mandó.

9. Dijo también la testigo que la predicha madre santa Clara era muy asidua en la oración, de día y de noche; y que sobre la media noche despertaba a las hermanas silenciosamente, con una campanilla, para alabar a Dios. Encendía las lámparas de la iglesia, y muchas veces tocaba la campana para maitines. Y a aquellas hermanas que no se levantaban para maitines al sonar la campana, las llamaba con su campanilla.

10. También dijo que su hablar era siempre de cosas de Dios, y no quería hablar de cosas del siglo, ni quería que las hermanas las mentasen. Y, si alguna vez acaecía que alguna persona mundana había hecho algo contra Dios, ella, maravillosamente, lloraba y exhortaba a la tal persona y le predicaba con solicitud que tornase a la penitencia.

Preguntada cómo sabía las dichas cosas, respondió que vivía con ella y las veía.

11. Y dijo que madonna Clara se confesaba frecuentemente, y con gran devoción y temblor recibía el santo sacramento del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, hasta el extremo de que, cuando lo recibía, temblaba toda.

12. Sobre los corporales elaborados con la tela hilada por ella, dijo lo mismo que había dicho la testigo anterior, sor Pacífica. Pero añadió que hizo elaborar también unas fundas de cartón para guardarlos, y que las hizo forrar de seda y las hizo bendecir por el obispo.

Cómo curó a una hermana que había perdido la voz

13. También dijo que, habiendo ella, la testigo, perdido la voz, hasta el punto de que apenas podía hablar en voz baja, la noche de la Asunción de la Virgen tuvo la visión de que la predicha madonna Clara la curaba haciendo con su mano la señal de la cruz. Y así sucedió: el mismo día quedó curada, en cuanto hizo sobre ella la señal de la cruz.

Y dijo que esta enfermedad le había durado casi dos años.

Preguntada quién había estado presente, dijo que la predicha sor Pacífica -que ha sido la testigo anterior- y algunas otras que han muerto.

14. También de la vasija de aceite dijo lo mismo que sor Pacífica, excepto que no recordaba si santa Clara la lavó o la hizo lavar por otra.

Cómo curó a un fraile de la locura

15. Declaró también la dicha testigo que, habiendo enfermado de locura un fraile de la Orden de los Hermanos Menores, llamado fray Esteban, san Francisco lo mandó al monasterio de San Damián para que santa Clara hiciese sobre él la señal de la cruz. Hecho esto, el fraile quedó adormecido un poco de tiempo en el lugar donde la santa madre solía hacer oración; y, luego que despertó, tomó algún alimento y se marchó curado.

Preguntada quién estuvo allí cuando sucedió esto, respondió que estuvieron las hermanas del monasterio, algunas de las cuales aún vivían, y otras habían muerto.

Preguntada si conocía de antes a aquel fraile, y cuántos días antes lo había visto enfermo, y cuánto tiempo después fue visto sano, y de qué lugar era él natural, respondió que todas esas cosas no las sabía ella, porque vivía encerrada, y que aquel fray Esteban, una vez curado, no volvió, sino que se fue por donde había venido.

Liberación de la epidemia de las fístulas

16. Dijo también la testigo que una hermana del dicho monasterio, llamada sor Bienvenida de madonna Diambra, estaba gravemente enferma y sufría de grandes dolores a causa de una grave llaga que tenía bajo el brazo.

Al saberlo, la piadosa madre santa Clara, tomándole gran compasión, se puso en oración por ella. Y después trazó sobre ella la señal de la cruz y quedó inmediatamente curada.

Preguntada cómo lo sabía, contestó que había visto primero la llaga y después la vio curada.

Preguntada sobre si había estado presente cuando le hizo la señal de la cruz, dijo que no, pero que había oído que así había sido y así lo había hecho.

Preguntada sobre cuándo fue esto, dijo que no recordaba ni el día ni el mes, ni cuántos días antes ni cuántos después; pero que la vio sana inmediatamente luego de que se decía que santa Clara había trazado sobre ella la señal de la cruz.

17. También dijo la testigo que, donde madonna Clara solía entrar a orar, ella había visto un gran resplandor, y tanto que creyó fuese llama de fuego material.

Preguntada sobre quiénes más lo habían visto, respondió que entonces ella sola.

Preguntada sobre el tiempo en que había sucedido esto, respondió que había sido antes de que la dicha madonna enfermase.

Cómo un niño fue liberado de una piedra

18. Declaró también que a un niño de la ciudad de Espoleto llamado Mattiolo, de tres o cuatro años de edad, se le introdujo una piedrecita en una de las fosas nasales, de forma que de ninguna manera se la podían extraer, y el niño parecía estar en peligro.

Llevado a santa Clara, y después que ésta trazó sobre él la señal de la cruz, al momento se le cayó de la nariz la piedrecilla, y el niño quedó librado de este apuro.

Preguntada sobre quién presenció la curación, dijo que fueron varias hermanas, que ya habían muerto.

Preguntada sobre cuánto tiempo hacía de este hecho, contestó que no lo recordaba, pues ella no había estado presente cuando la santa madre trazó sobre el niño la señal de la cruz. Pero aseguraba saberlo por haberlo oído a las otras hermanas, y que ella había visto al niño el mismo día o el siguiente de haber sido curado.

19. Dijo también que no creía que ni ella ni ninguna de las hermanas pudiera expresar plenamente la santidad y la grandeza de la vida de madonna Clara, de santa memoria, a no ser que tuviese el Espíritu Santo que se lo hiciese expresar.

Ella ni aun cuando estuvo gravemente enferma quiso dejar nunca sus acostumbradas oraciones.

Cómo, por las oraciones de santa Clara, fue librado de los sarracenos el monasterio

20. Declaró también que en una ocasión, durante la guerra de Asís, algunos sarracenos habían escalado el muro y habían bajado a la parte interior del claustro de San Damián. Y la dicha santa madre Clara, entonces gravemente enferma, se levantó de la cama e hizo llamar a las monjas, infundiéndoles ánimo para que no tuviesen miedo. Y, hecha oración, el Señor libró del enemigo al monasterio y a las hermanas. Y los sarracenos que habían entrado se marcharon.

21. También dijo que, por la virtud y gracia que Dios había puesto en ella, todos cuantos la conocían la tenían por santa.

22. Dijo además que amó tan especialmente la pobreza, que ni el papa Gregorio ni el obispo de Ostia pudieron conseguir nunca que accediese a recibir propiedad alguna. Más aún, la bienaventurada Clara había hecho vender su herencia y darla a los pobres.

Preguntada cómo lo sabía, respondió que estuvo presente y oyó cuando el dicho señor papa le decía que quisiese aceptar algunas posesiones. Y el papa había ido personalmente al monasterio de San Damián.

23. Dijo también que la dicha madre santa Clara supo en espíritu que una de las hermanas, llamada sor Andrea, la cual tenía unas escrófulas en la garganta, una noche se apretó la garganta con las manos de modo que quedó sin habla. Por lo que en seguida le envió una hermana, para que le prestase auxilio y ayuda.

III. TERCERA TESTIGO

1. Sor Felipa, hija de messer Leonardo de Gislerio, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que cuatro años después de la entrada de santa Clara en religión por la predicación de san Francisco, entró en la misma también la testigo, porque la predicha santa le hizo meditar cómo, por la salvación de la humanidad, nuestro Señor Jesucristo soportó la pasión y murió en la cruz.

Y así, la testigo, compungida, decidió entrar en religión y hacer penitencia juntamente con ella.

Y permaneció con la dicha madonna Clara desde entonces hasta el día de su muerte, unos treinta y ocho años.

2. Y dijo que fueron tan grandes la santidad de vida y la honestidad de costumbres de la bienaventurada madre, que ni ella ni ninguna de las hermanas las podrían explicar plenamente. Pues madonna Clara, que fue virgen desde la infancia, permaneció virgen elegida por el Señor. Y que ni ella, la testigo, ni ninguna de las hermanas dudaban de su santidad.

Más aún: antes de que santa Clara entrase en religión, era tenida como santa por todos los que la conocían. Y eso, por la gran modestia de su vida y por las muchas virtudes y gracias que el Señor había puesto en ella.

Vida religiosa de santa Clara en el monasterio

3. Declaró también esta testigo que, después que santa Clara entró en religión, el Señor le aumentó las virtudes y las gracias, pues fue siempre muy humilde y devota, bondadosa y amantísima de la pobreza y compasiva con las afligidas.

Era asidua en la oración, y su conversación y sus palabras eran siempre de las cosas de Dios, tanto que no prestaba su lengua ni sus oídos a cosas comunes.

4. Castigaba su cuerpo con ásperos vestidos, teniendo alguna vez prendas hechas de crin o de cola de caballo. Y tenía una túnica y un manto de lanilla muy pobre. Su lecho era de sarmientos de las viñas, con los que se contentó por algún tiempo.

5. También afligía su cuerpo privándolo de todo alimento tres días a la semana: los lunes, miércoles y viernes, y los demás días ayunaba a pan y agua.

6. Sin embargo, siempre estaba alegre en el Señor, y nunca se la veía alterada, y su vida era toda angelical. Y tanta gracia le dio el Señor, que a menudo, cuando sus hermanas caían enfermas, la bienaventurada las curaba haciendo sobre ellas la señal de la cruz.

7. Dijo también que la bienaventurada madre tuvo especialmente la gracia de abundantes lágrimas, con gran compasión para con las hermanas y los afligidos. Y lloraba copiosamente, sobre todo cuando recibía el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo.

8. Preguntada sobre cómo sabía todas las cosas dichas, respondió: Porque la testigo fue la tercera entre las sores de madonna Clara, y la conocía desde su infancia, y desde que ingresó permaneció siempre en su compañía, y presenció las cosas antedichas.

9. Aseguró también que fue tanta la humildad de la bienaventurada madre, que se despreciaba totalmente a sí misma, y anteponía a las demás, haciéndose inferior a todas, sirviéndolas y dándoles agua a las manos, y lavando con sus propias manos los bacines de las hermanas enfermas, y hasta lavando los pies de las serviciales.

Y así, una vez, lavando los pies a una de estas hermanas, se los quiso besar, y la hermana retiró el pie, y, al retirarlo, golpeó a la santa madre con el pie en la boca. Y la santa madre no desistió ni aun así, por humildad, sino que besó la planta del pie de la dicha hermana.

Preguntada cómo sabía lo dicho, contestó que lo había visto, pues había estado presente.

De una hermana curada de una fístula

10. Preguntada la testigo sobre quiénes habían sido las hermanas curadas por la bienaventurada Clara con la señal de la cruz, dijo que fue sor Bienvenida de madonna Diambra, la cual, habiendo tenido por espacio de doce años una llaga grande, llamada fístula, bajo el brazo, quedó curada cuando la dicha madonna le hizo la señal de la cruz, con la oración del Señor, el Padrenuestro (cf. LCl 34).

11. Dijo también que sor Amada, monja del dicho monasterio, estaba gravemente enferma de hidropesía y de fiebre, y tenía el vientre grandísimo. Después que la santa madre le hizo la señal de la cruz y le tocó con sus manos, a la mañana siguiente apareció curada, y su cuerpo quedó reducido, como el de una persona bien sana.

Preguntada cómo lo sabía, contestó que vio cuando la santa madre le hizo la señal de la cruz y la tocó, y vio que antes había estado mucho tiempo enferma, y al día siguiente y a partir de él la vio sana.

12. De la curación de fray Esteban dijo lo mismo que sor Bienvenida, la testigo anterior.

13. También dijo que fue tan amante de la pobreza que, cuando los frailes limosneros del monasterio traían como limosna panes enteros, ella, en son de reproche, les preguntaba, diciendo: «¿Quién os ha dado estos panes enteros?» Y lo decía porque prefería recibir mendrugos que no panes enteros.

14. Y jamás pudo ser inducida, ni por el papa ni por el obispo de Ostia, a recibir posesión alguna. Y honraba con gran reverencia el privilegio de la pobreza que le había sido concedido, y lo guardaba bien y cuidadosamente, temiendo perderlo.

Cómo santa Clara curó de la fiebre a un niño

15. Dijo también la antedicha testigo que un niño, hijo de messer Juan de maese Juan, procurador de las hermanas, que padecía de fiebre gravemente, fue llevado a la dicha madre santa Clara, y, una vez que ésta hubo trazado sobre él la señal de la cruz, quedó sano.

Preguntada sobre cómo lo sabia, respondió: porque estuvo presente cuando llegó el niño y cuando la santa madre lo tocó y le hizo la señal de la cruz.

Preguntada si el niño tenía entonces fiebre y si lo vio después curado, contestó que parecía -y así se decía- que entonces tenía fiebre, y que después ya no lo vio más, pues el niño salió entonces del monasterio, pero su padre les dijo que había sido curado repentinamente.

Cómo curó a sor Andrea de las escrófulas

16. Dijo también la testigo que una de las hermanas, llamada sor Andrea de Ferrara, sufría de escrófulas en la garganta y que era muy tentada por querer sanar de ellas.

Una noche, estando sor Andrea abajo, en el dormitorio, de tal modo y tan fuerte se apretó la garganta con sus manos que perdió el habla. Y esto lo conoció la santa madre por revelación. Llamó inmediatamente a la testigo, que dormía a su lado, y le dijo: «Baja pronto al dormitorio, que sor Andrea está gravemente enferma; prepara un huevo pasado por agua y dáselo a beber, y, cuando haya recuperado el habla, tráemela». Y así se hizo.

E, indagando la madonna de la misma sor Andrea qué había tenido o qué había hecho, sor Andrea no se lo quería decir. Y la recordada madonna le manifestó al detalle y por su orden cuanto le había sucedido. Y esto se divulgó entre las hermanas.

Cómo libró a una hermana de la sordera, y al monasterio, de los sarracenos

17. Declaró también la testigo que madonna Clara curó a una hermana, llamada sor Cristiana, de la sordera de un oído, que padecía desde mucho tiempo.

18. Dijo también que, en el tiempo de la guerra de Asís, las hermanas temían mucho la venida de los tártaros y sarracenos y otros enemigos de Dios y de la santa Iglesia. Y entonces la dicha bienaventurada madre comenzó a animarlas, diciendo: «Hermanas e hijitas mías, no tengáis miedo, pues, si Dios está con nosotras, los enemigos no podrán ofendernos. Confiad en nuestro Señor Jesucristo, que Él nos librará. Y yo quiero seros fiadora de que no nos harán ningún mal; si vienen, ponedme delante de ellos».

Un día, atacando de improviso los enemigos para destruir la ciudad de Asís, unos sarracenos escalaron el muro del monasterio y bajaron al claustro, lo que produjo gran temor en las hermanas. Pero la santísima madre las animaba a todas y despreciaba las fuerzas de ellos, diciendo: «No temáis, que no podrán hacernos daño». Y, dicho esto, recurrió a la ayuda de su acostumbrada oración. Y la virtud de ésta fue tal, que los dichos enemigos sarracenos huyeron como si hubieran sido puestos en fuga, sin hacer mal alguno, sin tocar a nadie de la casa.

Preguntada cómo sabía las cosas dichas, respondió: porque había estado presente.

Preguntada sobre el mes y el día, dijo que no se acordaba.

19. También declaró que, cuando Vidal de Aversa, enviado por el emperador con un gran ejército, se presentó para asediar la ciudad de Asís, se temía mucho -según se lo habían dicho a madonna Clara- que fuese tomada la ciudad, que estaba en peligro, pues Vidal había declarado que no levantaría el sitio mientras no la tomase. Y, al oír esto la madonna, confiando en el poder de Dios, mandó llamar a todas las hermanas, pidió ceniza y con ella cubrió su cabeza, que se había hecho rapar. Y, luego, ella misma puso ceniza también sobre la cabeza de todas las hermanas y les mandó que fuesen a hacer oración, para que el Señor librase a la ciudad. Y así ocurrió, pues al día siguiente, de noche, Vidal partió de allí con todo su ejército.

20. Dijo también la testigo que, estando la dicha madonna y santa madre cercana a la muerte, una noche, al comienzo del sábado, la bienaventurada madre comenzó a hablar, expresándose así: «Vete segura en paz, porque tendrás buena escolta: el que te creó, antes te santificó, y después que te creó puso en ti el Espíritu Santo, y siempre te ha mirado como la madre al hijo a quien ama». Y añadió: «¡Bendito seas Tú, Señor, porque me has creado!» Y dijo muchas cosas hablando de la Trinidad, tan sutilmente, que las hermanas no la podían entender bien.

21. Y, diciendo la testigo a una hermana que estaba allí: «Tú, que tienes buena memoria, retén bien en la mente lo que dice la madonna», ella oyó la frase y dijo a las hermanas que estaban allí presentes: «Recordaréis lo que ahora digo en la medida en que os lo conceda Aquel que me lo hace decir».

22. Además, una hermana llamada sor Anastasia preguntó a la madonna con quién o a quién hablaba cuando dijo las primeras palabras referidas más arriba. Y ella le contestó: «Hablo a mi alma».

23. Y añadió la testigo que, durante toda la noche de aquel día en que ella pasó de esta vida, aconsejó a las hermanas, predicándoles. Y al final hizo su confesión, tan hermosa y buena, que la testigo nunca había oído cosa igual. Y esta confesión la hizo porque dudaba haber ofendido en algo a la fe prometida en el bautismo.

24. Y el señor papa Inocencio fue a visitarla cuando estaba gravemente enferma. Y ella dijo después a las hermanas: «Hijitas mías, alabad a Dios, porque el cielo y la tierra no son bastantes para tantos beneficios como yo he recibido de Dios, pues le he recibido hoy en el santo Sacramento y he visto también a su Vicario».

Preguntada sobre cómo sabía las dichas cosas, respondió: porque las había visto y había estado presente.

Preguntada sobre cuántos días antes de la muerte de madonna Clara había ocurrido esto, respondió: pocos días antes.

25. Declaró también la dicha testigo que madonna Clara fue tan solícita en la contemplación, que un Viernes Santo, pensando en la Pasión del Señor, estuvo como insensible durante todo el día y gran parte de la noche siguiente.

26. De la vasija de aceite dijo lo mismo que habían dicho las testigos anteriores, con juramento de haberlo oído.

27. Preguntada también sobre las otras hermanas que habían sido curadas, contestó que fueron curadas más, las cuales ya habían muerto.

Presagios de cosas futuras

28. Manifestó también la dicha testigo que madonna Clara había referido a las hermanas que, cuando su madre estaba encinta de ella, fue a la Iglesia y, estando ante la cruz, mientras oraba devotamente, rogando a Dios que la socorriese y ayudase en el peligro del parto, oyó una voz que le dijo: «Alumbrarás una luz que iluminará mucho al mundo».

29. Contaba también madonna Clara que una vez, en visión, le había parecido que llevaba a san Francisco una vasija de agua caliente, con una toalla para que se enjugara las manos. Y subía por una alta escalera; pero caminaba con tal agilidad como si anduviese por suelo llano. Y, cuando llegó junto a san Francisco, el santo sacó de su seno una tetilla y le dijo a la virgen Clara: «Ven, toma y mama». Y, cuando hubo sorbido, el santo la animaba a chupar otra vez; y al sorber, lo que de allí tomaba era tan dulce y grato que no podía expresarlo de ninguna manera.

Y cuando se sació, la redondez o boca del pecho de donde salía la leche quedó entre los labios de Clara; y, al tomar ella en sus manos lo que se le había quedado en la boca, le pareció un oro tan claro y brillante, que se veía toda como si fuera en un espejo.

Audición prodigiosa de santa Clara

30. Refería también la dicha madonna Clara cómo, en la noche de la Navidad del Señor del año pasado, no pudiendo ella levantarse del lecho por su grave enfermedad para ir a la capilla, las hermanas fueron todas a maitines como de costumbre, dejándola sola.

Entonces la madonna, suspirando, dijo: «¡Oh Señor Dios! Aquí me han dejado sola contigo, en este lugar».

Entonces, de pronto, comenzó a oír los órganos y los responsorios y todo el oficio de los frailes en la iglesia de San Francisco, como si estuviera presente allí (cf. LCl 29; Flor 35).

31. Estos y otros muchos milagros vistos u oídos refería esta testigo de la sobredicho madonna Clara, que fue la primera madre y abadesa del monasterio de San Damián, y la primera en la Orden.

Noble de nacimiento y por su familia, y rica en las cosas del mundo; la cual amó tanto la pobreza, que vendió y distribuyó a los pobres toda su herencia. Y amó tanto a la Orden, que no quiso descuidar nunca la más mínima cosa de la observancia de dicha Orden, aun estando enferma.

32. Y al fin de su vida, llamando a todas sus hermanas, les recomendó encarecidamente el Privilegio de la Pobreza. Y con grandes deseos de tener bulada la regla de la Orden y de poder besar un día la bula y al día siguiente morir, le ocurrió como deseaba; pues, ya próxima a la muerte, llegó un fraile con las Letras buladas, y, tomándolas reverentemente, ella misma se llevó la bula a los labios para besarla.

Y luego, al día siguiente, pasó de esta vida al Señor la sobredicha madonna Clara, verdaderamente Clara, sin mancha, sin oscuridad de pecado, a la claridad de la luz eterna. Y esto la testigo, y todas las hermanas, y todos los demás que conocieron su santidad, lo tienen por indudable.

IV. CUARTA TESTIGO

1. Sor Amada de messer Martino de Cocorano [o Corozano],monja del monasterio de San Damián, dijo bajo juramento que hacía unos veinticinco años que estaba en esta Orden; y que conoció a santa Clara, y la testigo entró en religión por consejo y exhortación de la santa. Ésta le decía que había pedido a Dios gracia para ella: que no permitiese que fuese engañada por el mundo y que no se quedase en el siglo.

La testigo era sobrina carnal de la santa, de modo que la tuvo como madre.

2. Y conocía su vida, y oyó cómo se había convertido y que había abrazado la vida religiosa por las exhortaciones y la predicación de san Francisco, si bien ya antes de entrar en religión era tenida por santa por cuantos la conocían, por las muchas gracias y virtudes que Dios le había dado, como de ella había oído por fama pública.

3. Y desde que la dicha testigo ingresó en religión estuvo siempre con ella; por lo que conoció la santidad de su vida; santidad fundada en los dones de Dios y en las virtudes recibidas de Dios, que la testigo se encontraba incapaz de expresar, ya que todas las virtudes se juntaban en ella: la suma virginidad, la bondad, la mansedumbre, la compasión hacia sus hermanas y hacia los demás.

4. Era asidua en la oración y contemplación; y, cuando volvía de la oración, su rostro parecía más claro y más bello que el sol. Y sus palabras rezumaban una dulzura indecible, al extremo de que toda su vida parecía por completo celestial.

5. En la sobriedad de las comidas era tan estricta, que se diría que la alimentaban los ángeles. Realmente castigaba su cuerpo, y tanto, que tres días a la semana -los lunes, miércoles y viernes- no probaba bocado, y los demás días ayunaba a pan y agua, hasta que san Francisco le mandó comer algo en los dichos días en que no comía nada. Y entonces, por obediencia, comía un poco de pan y bebía un poco de agua.

6. Sobre la aspereza de los vestidos y del lecho, dijo lo mismo que la testigo anterior, sor Felipa.

Cómo ella fue curada de la fiebre, la tos y la hidropesía

7. También declaró la testigo que, estando ella gravemente enferma de hidropesía, fiebre y tos, y con dolor en un costado, santa Clara le hizo con su mano la señal de la cruz e inmediatamente la curó.

Preguntada sobre las palabras que decía la santa, respondió que, habiéndole puesto encima la mano, rogó a Dios la librase de aquella enfermedad si era mejor para su alma. Y así, de repente, quedó sana.

Preguntada sobre cuánto tiempo llevaba enferma, dijo que había estado trece meses, y que después no padeció ya más de aquella enfermedad. Tenía entonces el vientre muy hinchado, de modo que apenas podía inclinar la cabeza.

Y así, por los méritos de la santa, el Señor la curó perfectamente.

Cómo curó a una hermana de una fístula

8. De manera semejante curó de sus dolencias la dicha madonna Clara a algunas hermanas, haciéndoles con su mano la señal de la cruz.

Preguntada sobre quiénes fueron esas hermanas, respondió: Sor Bienvenida de madonna Diambra, que tenía bajo el brazo unas llagas grandes, en las cuales se ponían cinco tapones y había padecido de aquella enfermedad durante unos once años. Y quedó curada al hacer la dicha madonna sobre ella la señal de la cruz.

Preguntada sobre cómo lo sabia, respondió que le habían salido los tapones y que después no tuvo más aquella enfermedad.

Preguntada sobre qué enfermedad era aquélla, respondió que se llamaban fístulas.

Cómo curó a otra hermana de la tos

9. Dijo también que otra hermana llamada sor Cecilia padecía una tos grave, que le atacaba cuando comenzaba a comer, de tal modo que parecía iba a ahogarse. Un viernes la dicha santa madre le dio a comer un poco de pan de hogaza, y ella lo tomó con mucho miedo, pero al cabo lo comió, por ser mandato de la santa madre, y después no sintió más aquel padecimiento.

Preguntada sobre cuánto tiempo había sufrido aquella dolencia, contestó que no lo recordaba, pero que creía que mucho tiempo.

Cómo libró a otra hermana de la sordera de un oído

10. Dijo también que otra, llamada sor Cristiana, estaba sorda de un oído hacía mucho tiempo, aun antes de entrar en el monasterio, y también después. Pues igual: tocándole la madonna Clara el oído y haciéndole la señal de la cruz, quedó curada. De las otras hermanas dijo que no se acordaba, pero que habían sido curadas algunas más.

Cómo curó a un niño de una nube en un ojo

11. Declaró también que un niño de Perusa tenía en un ojo una nube que se lo cubría por completo. Y por eso fue llevado a santa Clara, la cual le tocó el ojo y luego le hizo la señal de la cruz. Y dijo en seguida: «Llevadlo a mi madre sor Hortulana (que estaba en el monasterio de San Damián), y que haga sobre él la señal de la cruz». Hecho esto, el niño quedó curado. Por lo que santa Clara decía que lo había curado su madre; y, por el contrario, la madre decía que lo había curado su hija madonna Clara; y, así, cada una atribuía esta gracia a la otra.

Preguntada sobre cuánto tiempo antes había visto al niño con aquella mancha, respondió que fue cuando lo llevaron al monasterio a la dicha madonna Clara; no lo había visto ni antes ni después de su curación, pues salió inmediatamente del monasterio. Y la testigo había estado siempre en el monasterio por todo el tiempo ya dicho.

12. Preguntada sobre la humildad de la dicha santa, dijo lo mismo que sor Felipa, la testigo anterior, bajo juramento.

13. También sobre el amor a la pobreza y a la oración de la santa dijo lo mismo que la dicha sor Felipa.

14. Dijo también la testigo que, temiendo las hermanas la venida de los sarracenos y tártaros y otros infieles, rogaron a la santa madre que hiciese mucha fuerza al Señor para que su monasterio quedase a salvo. Y la santa madre les respondió: «Hermanas e hijitas mías, no temáis, porque el Señor os defenderá. Y yo quiero ser vuestra fiadora, y, caso de que los enemigos vengan al monasterio, ponedme delante de ellos». Y así, por las oraciones de tan santa madre, el monasterio, las hermanas y las demás cosas no sufrieron el menor daño.

15. Sobre el asedio y la liberación de la ciudad de Asís, dijo lo mismo que había dicho sor Felipa.

16. Sobre el milagro de la madre de santa Clara y sobre la visión de santa Clara y de la tetilla de san Francisco, y sobre el milagro de la noche de la Navidad del Señor: sobre todas estas cosas dijo lo mismo que sor Felipa. Pero añadió que ella oyó a la dicha madonna Clara que en aquella noche de la Navidad del Señor había visto también el pesebre de nuestro Señor Jesucristo.

17. También dijo la testigo que bien había dispuesto el Señor que la primera en la Orden fuese tan santa que en ella no se viese defecto alguno, sino que se encontrasen acumuladas en ella todas las virtudes y gracias; hasta el punto de que, aun mientras vivía, era tenida como santa por cuantos la conocían. Fue noble de estirpe según la carne, pero mucho más noble en la observancia de la santa religión y de su Orden, pues incluso en el tiempo de su enfermedad no quiso dejar cosa alguna de la religión, y en esta santidad se gobernó a sí misma y a las hermanas durante casi cuarenta y tres años.

18. Amaba a las hermanas como a sí misma. Y las hermanas, en vida y después de su muerte, la han reverenciado como santa y madre de toda la religión. Y declaró también que los bienes y las virtudes de su santidad y de su bondad superaban a lo que ella supiese o pudiese decir.

19. Dijo también que, estando madonna Clara a punto de pasar de esta vida -es decir, el viernes anterior a su muerte-, dijo a la testigo, que había quedado a solas con ella: «¿Ves tú al Rey de la gloria, al que yo estoy viendo?»

Y esto lo dijo más veces, y pocos días después expiró.

20. Afirmó también que la testigo había oído a una mujer de Pisa que el Señor la había librado de cinco demonios por los méritos de santa Clara, y que los demonios habían confesado que las oraciones de la santa los abrasaban. Y por esto la dicha mujer había venido al monasterio, al lugar donde se habla a las hermanas, para dar gracias a Dios, primero, y a la dicha madonna.

Preguntada sobre cuánto tiempo antes había sucedido eso, respondió que aproximadamente cuatro años.

V. QUINTA TESTIGO

1. Sor Cristiana de messer Cristiano de Paris, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que, habiendo estado la testigo mucho tiempo sorda de un oído y habiendo tomado muchas medicinas, nunca le habían aliviado nada; por fin, santa Clara signó su cabeza con la señal de la cruz y le tocó la oreja. Y de este modo se le abrió el oído, y tanto, que oía muy bien.

Preguntada cuánto tiempo hacía de esto, dijo que un año aproximadamente.

Preguntada sobre el mes y el día, respondió: el mes de junio o julio; del día no se acordaba.

2. Dijo también la testigo que de ningún modo sabría explicar la santidad de la vida de madonna Clara y la honestidad de sus costumbres; pero que, según creía firmemente, había estado llena de gracias, de virtudes y de obras santas. Y creía que todo lo que se puede decir de santidad de alguna mujer santa, después de la Virgen María, se podía decir de ella en verdad; pero que le era imposible describir todas sus virtudes y gracias.

3. Sobre la curación de sor Bienvenida, de sus llagas, dijo lo mismo que sor Amada, la testigo anterior.

4. Dijo también que aún no se habían cumplido siete años desde que la testigo había entrado en el monasterio.

5. Declaró también que, en una ocasión, una puerta muy pesada del monasterio cayó sobre la dicha madonna Clara, y una hermana, llamada sor Angeluccia de Espoleto, gritó, temiendo que la hubiese matado, pues ella sola no podía levantar aquella puerta que apisonaba totalmente a la madonna. Y corrieron la testigo y otras hermanas. Y la testigo vio que aún tenía encima la puerta, tan pesada que apenas tres frailes pudieron levantarla y colocarla en su sitio.

A pesar de todo, la madonna dijo que no le había hecho daño alguno, sino que la había tenido encima como si fuera un pequeño manto.

Preguntada sobre el tiempo en que había ocurrido esto, contestó: Aproximadamente unos siete años, en el mes de julio, en la octava de san Pedro.

VI. SEXTA TESTIGO

1. Sor Cecilia, hija de messer Gualterio Cacciaguerra de Spello, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que había oído de madonna Clara, de santa memoria, abadesa del dicho monasterio, que serían cuarenta y tres años aproximadamente los que estuvo en el gobierno de las hermanas. Y la testigo había ingresado en la religión tres años más tarde que la dicha madonna, la cual entró en la religión por la predicación de san Francisco.

Y la testigo entró por las exhortaciones de madonna Clara y de fray Felipe [Longo], de feliz memoria.

Desde entonces había estado bajo el santo gobierno de la dicha madonna Clara, cuya vida y santa conducta la testigo se consideraba incapaz de manifestar plenamente cuán laudables y maravillosas habían sido.

2. Dios la eligió como madre de las vírgenes, y la primera y principal abadesa de la Orden, para que guardase su grey y confirmase en el propósito de la santa religión a las otras hermanas de los monasterios de la Orden. Y ciertamente fue ella diligentísima en la exhortación y cuidado de las hermanas, teniendo compasión de las hermanas enfermas; y era siempre muy atenta en su servicio, sometiéndose aun a las más humildes serviciales, despreciándose siempre a sí misma.

3. Era vigilante en la oración, sublime en la contemplación, hasta el punto de que, alguna vez, volviendo de la oración, su rostro aparecía más claro de lo acostumbrado y de su boca se desprendía una cierta dulzura.

4. En la oración derramaba abundantes lágrimas, y con las hermanas manifestaba alegría espiritual. Jamás estaba alterada, sino que con mucha mansedumbre y benevolencia adoctrinaba a las hermanas, y, a veces, cuando era necesario, las reprendía con diligencia.

5. Nunca quiso perdonar a su cuerpo: en el descanso y en el vestir fue austerísima; en la comida y en la bebida, muy parca; parecía poseer una vida angélica, de modo que su santidad es manifiesta a cuantos la han conocido o escuchado.

Preguntada sobre cómo sabía estas cosas, respondió que había vivido con ella durante cuarenta años y había visto su santidad y costumbres, que no podían ser tales sino porque el Señor infundió en ella abundantemente las sobredichas gracias y otras muchas, que la testigo no sabría decir, y la adornaron.

6. Dijo también que la dicha madonna Clara tenía tal fervor de espíritu, que a gusto deseaba soportar el martirio por amor del Señor. Y lo demostró cuando, al enterarse de que en Marruecos habían sido martirizados algunos frailes, dijo que quería ir allí; y la testigo había llorado por este motivo. Esto ocurrió antes de que ella enfermase.

Preguntada sobre quién había presenciado esto, respondió que ya habían muerto las que estuvieron presentes.

7. Sobre la humildad de la dicha santa, sobre la aspereza del lecho y de los vestidos, y sobre su abstinencia y el ayuno, dijo lo mismo que había dicho sor Felipa.

Y añadió que lavaba con sus manos los bacines de las hermanas enfermas, en los cuales a veces había lombrices. Y como decía la misma madonna, no sentía ningún hedor, sino, por el contrario, sentía perfume.

8. Dijo también que el Señor le concedió la gracia de curar a varias hermanas de sus enfermedades, trazando sobre ellas con la mano la señal de la cruz: a sor Amada, sor Bienvenida, sor Cristiana, sor Andrea, como había dicho sor Felipa, que prestó declaración antes; y curó a la misma sor Cecilia, como dijo sor Amada.

9. Y conoció también a otros que fueron llevados al monasterio a la dicha santa madre para ser curados; y ella trazó sobre ellos la señal de la cruz y quedaron curados.

Sin embargo, no podía dar sus nombres, ni los había visto después ni tampoco antes, pues la testigo permaneció siempre encerrada en el monasterio.

10. Sobre el amor a la pobreza y sobre la virtud de la oración de madonna Clara, y sobre la liberación de la ciudad y del monasterio, dijo lo mismo que sor Felipa.

11. También dijo que siempre, cuando se acercaba algún peligro, todas las hermanas, por mandato de la santa madre, recurrían a la ayuda de la oración.

12. Declaró asimismo la testigo que había oído a la madre de santa Clara cómo, cuando estaba encinta de esta hija, y rezando ante la cruz para que el Señor la ayudase en el peligro del parto, había oído una voz que le dijo que ella alumbraría una gran luz que iluminaría grandemente al mundo.

Preguntada sobre cuándo fue eso, contestó que fue por el tiempo en que san Francisco pasó de esta vida.

13. Sobre la visión del pecho de san Francisco dijo lo mismo que sor Felipa, excepto que no recordaba lo que había dicho de la boca de la tetilla que santa Clara retuvo en su boca.

14. También declaró que madonna Clara, la cual no quería estar nunca ociosa, aun durante la enfermedad de la que murió, hacía que la incorporasen de modo que se sentase en el lecho, e hilaba. De este hilado mandó confeccionar una tela fina con la que se hicieron muchos corporales y fundas para guardarlos, guarnecidas de seda o de paño precioso. Y los envió al obispo de Asís para los que bendijese, y luego los envió a las iglesias de la ciudad y del obispado de Asís.

Y, según creía ella, se repartieron por todas las iglesias.

15. Dijo también que la antedicha madonna Clara tenía espíritu de profecía. Un día, san Francisco envió a cinco mujeres para que las recibiesen en el monasterio. Santa Clara se levantó y recibió sólo a cuatro; pues no quería recibir a la quinta porque no había de perseverar en el monasterio más de tres años. Con todo, y ante su importunidad, la aceptó, y la dicha mujer estuvo en el monasterio apenas medio año.

Preguntada sobre quién había sido aquella mujer, contestó que madonna Gasdia, hija de Taccolo, y que esto había sucedido viviendo todavía san Francisco.

Preguntada sobre quién estaba presente cuando santa Clara dijo aquellas palabras, contestó que sor Inés, su hermana, la que había muerto recientemente; de las otras hermanas no se acordaba.

Maravillosa refección

16. Dijo también que un día, no teniendo las hermanas más que medio pan, porque la otra mitad se la habían dado a los frailes que moraban en la parte exterior, la dicha madonna mandó a la testigo que hiciese con aquel pan cincuenta rebanadas, y se las llevase a las hermanas, que habían ido ya al refectorio. Entonces dijo la testigo a la dicha madonna Clara: «Para hacer de este trozo de pan cincuenta rebanadas sería necesario aquel milagro del Señor de los cinco panes y los dos peces».

Pero la madonna le respondió: «Ve y haz como te he dicho». Y el Señor multiplicó aquel pan de tal modo, que hizo de él cincuenta buenas y grandes rebanadas, como santa Clara le había ordenado.

17. Sobre la puerta que cayó encima de la madonna, y de cómo ésta resultó ilesa, dijo lo mismo que sor Cristiana, afirmando que ella lo había visto cuando la tenía encima.

VII. SÉPTIMA TESTIGO

1. Sor Balbina de messer Martín de Coccorano [o Corozano], monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que la testigo estaba en el monasterio de San Damián hacía más de treinta y seis años, bajo el gobierno de madonna Clara, de santa memoria, entonces abadesa del dicho monasterio; y que el Señor Dios adornó su vida y conducta religiosa con muchos dones y virtudes, que de ningún modo se podrían referir.

2. En efecto, la madonna permaneció virgen desde su nacimiento; entre las hermanas era la más humilde de todas, y tenía tal fervor de espíritu, que de buen grado, por el amor de Dios, hubiese soportado el martirio en defensa de la fe y de su Orden. Y antes de caer enferma deseó marchar a Marruecos, donde, según se decía, habían padecido el martirio algunos frailes.

Preguntada sobre cómo sabía las dichas cosas, contestó que había vivido con ella durante todo el tiempo antedicho, y veía y oía el amor que la dicha madonna tenía a la fe y a la Orden.

3. Y dijo que era diligentísima y muy solícita en la oración y en la contemplación, y en exhortar a las hermanas; y que en esto ponía todo su empeño.

4. Sobre su humildad, y sobre la virtud de sus oraciones, y sobre la austeridad en el vestido y en el lecho, y sobre la abstinencia y el ayuno, dijo todo igual que sor Felipa, a excepción de que no había visto el lecho de sarmientos, pero había oído decir que lo había tenido durante algún tiempo. Pero sí había visto que tenía un lecho de una tabla mísera.

5. En cuanto a que ella lavaba los bacines de las hermanas enfermas, dijo lo mismo que sor Cecilia.

6. Sobre la liberación de la ciudad de Asís, cuando la sitió Vidal de Aversa, y sobre la liberación del monasterio de los sarracenos y de otros enemigos, por sus oraciones, dijo igual que sor Felipa.

7. Sobre los milagros realizados en favor de las hermanas, trazando con su mano sobre ellas la señal de la cruz, declaró lo mismo que sor Felipa. Y añadió que de modo semejante había sido curada sor Bienvenida de Perusa, de una enfermedad por la que había perdido la voz, por la dicha santa, al hacer ésta sobre ella la señal de la cruz.

Preguntada sobre cómo lo sabía, respondió que lo había oído de sus labios.

8. Sobre el amor y el Privilegio de la Pobreza, dijo lo mismo que la citada sor Felipa.

9. Declaró también esta testigo haber escuchado a la dicha madonna Clara que en la noche de la Navidad del Señor próxima pasada había oído los maitines y los otros oficios divinos que se celebraban aquella noche en la iglesia de San Francisco como si hubiese estado presente allí. Y, así, decía a las hermanas: «Vosotras me habéis dejado aquí sola, yéndoos a la capilla para maitines, pero el Señor me ha proveído bien, al no poder yo levantarme de la cama».

10. Y también dijo haber escuchado a la dicha madonna Clara la visión de la tetilla de san Francisco, como la relató sor Felipa.

11. Manifestó además la testigo que ella, por su simplicidad, no sabría decir de ninguna manera los bienes y las virtudes en que abundaba, y en tal grado, que creía firmemente que, desde la Virgen María hasta el presente, ninguna mujer había tenido mayor mérito que la madonna.

Preguntada sobre cómo lo sabía, respondió que de otras muchas santas había oído lo que se escribe en los libros, pero que de esta madonna Clara había visto la santidad de su vida durante todo el dicho tiempo, menos un año y cinco meses en que, por mandato de madonna Clara, estuvo en el monasterio de Arezzo, en compañía de una señora que había sido enviada allí.

Y la testigo, que era sobrina carnal de santa Clara, observaba atentamente su vida y costumbres; y así, considerada la tal vida, le parecía muy maravillosa.

Preguntada por qué le parecía maravillosa, respondió: por la mucha abstinencia, que parecía imposible que la pudiese soportar un hombre; y por las otras cosas maravillosas casi infinitas que Dios obraba por ella y en ella, como se ha dicho antes.

Cómo curó a una hermana del dolor, de la fiebre y de un absceso

12. Y añadió la testigo que, estando ella misma enferma, se hallaba una noche muy abatida por un fuerte dolor en la cadera; y comenzó a quejarse y lamentarse. Y la madonna le preguntó qué tenía. Entonces la testigo le confió su dolor, y la madre se inclinó justo sobre su cadera, en el lugar del dolor; y después le aplicó un paño que tenía puesto sobre su cabeza. E inmediatamente le desapareció la dolencia por completo.

Preguntada sobre cuándo había sucedido esto, contestó: hacía más de doce años.

Preguntada sobre quién estaba presente, respondió que la testigo estaba sola con ella, en una habitación donde solía hacer oración. Del mes y del día o la noche no se acordaba.

13. Otra vez, antes de lo anterior, la testigo fue curada por la dicha santa Clara de una fiebre continua y de un absceso que tenía en el pecho, al costado derecho, tan grave que las hermanas creyeron que se moría. Eso fue hace veinte años.

Preguntada por cuánto tiempo lo había tenido, contestó: tres días.

14. Dijo también haber oído a una mujer que el Señor la había librado de cinco demonios por los méritos de la dicha santa.

Preguntada sobre de dónde era aquella mujer, respondió que de Pisa, según decía ella misma, que había ido al monasterio al lugar donde se habla a las hermanas, para dar gracias a Dios y a la dicha santa.

Preguntada sobre cuánto tiempo hacía de este hecho, respondió: hace unos cuatro años. Y afirmaba aquella mujer que los demonios decían: «Las oraciones de aquella santa nos abrasan».

VIII. OCTAVA TESTIGO

1. Sor Lucía de Roma, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que fueron tales la santidad y la bondad de madonna Clara, abadesa que fue del monasterio de San Damián, que de ningún modo podría exponerlas plenamente.

Preguntada sobre en qué había consistido esta santidad y bondad, respondió que en su mucha humildad, en la afabilidad, honestidad y paciencia.

2. Preguntada sobre cuánto tiempo había vivido en el monasterio, contestó que, en cuanto a las buenas obras, según le parecía, muy poco; pero, en cuanto al tiempo, era tanto que no se acordaba, pues madonna Clara la había recibido en el monasterio por amor de Dios cuando era muy niña.

Y dijo que siempre había visto a madonna Clara vivir en gran santidad.

3. Preguntada sobre en qué forma de santidad, respondió: en la mucha mortificación de su carne y en la mucha aspereza de su vida. Y en cuanto podía, procuraba agradar a Dios y amaestrar a sus hermanas en el amor de Dios; y tenía mucha compasión de las hermanas, en el alma y en el cuerpo. Y añadió la testigo que sólo teniendo la ciencia de los santos podría expresar la bondad y santidad que había visto en madonna Clara.

4. Y dijo haber oído que el Señor había curado por sus méritos a bastantes hermanas, pero que ella no había estado presente, por hallarse enferma.

IX. NOVENA TESTIGO

1. Sor Francisca de messer Capitáneo de Col de Mezzo, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que la testigo había vivido en el dicho monasterio durante más de veintiún años, que se habían cumplido en el mes de mayo pasado, y que eso fue en el tiempo en que santa Clara era abadesa del dicho monasterio. Y dijo que, aunque tuviese tanta sabiduría como Salomón y tanta elocuencia como san Pablo, no creía poder decir con exactitud la bondad y santidad que había visto en madonna Clara a lo largo de todo el tiempo dicho.

2. Preguntada sobre qué había visto ella, respondió que una vez entraron los sarracenos en el claustro del monasterio, y madonna Clara se hizo conducir hasta la puerta del refectorio y mandó que trajesen ante ella un cofrecito donde se guardaba el santísimo Sacramento del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo. Y, postrándose en tierra en oración, rogó con lágrimas diciendo, entre otras, estas palabras: «Señor, guarda Tú a estas siervas tuyas, pues yo no las puedo guardar». Entonces la testigo oyó una voz de maravillosa suavidad, que decía: «¡Yo te defenderé siempre!» Entonces la dicha madonna rogó también por la ciudad, diciendo: «Señor, plázcate defender también a esta ciudad». Y aquella misma voz sonó y dijo: «La ciudad sufrirá muchos peligros, pero será protegida». Y entonces la dicha madonna se volvió a las hermanas y les dijo: «No temáis, porque yo soy fiadora de que no sufriréis mal alguno, ni ahora ni en el futuro, mientras obedezcáis los mandamientos de Dios». Y entonces los sarracenos se marcharon sin causar mal ni daño alguno.

Preguntada sobre cuándo había sucedido esto, respondió que no lo recordaba.

Preguntada asimismo sobre el mes, el día y la hora, contestó: el mes de septiembre, un viernes, según creía, como a la hora de tercia.

Preguntada que quién estaba presente, contestó: las hermanas que estaban en la oración.

Preguntada sobre qué otras hermanas habían oído aquella voz, dijo que la habían oído la testigo y otra hermana ya fallecida, pues ellas sostenían a la madonna.

Preguntada sobre cómo sabia que la otra hermana había oído la voz, respondió: porque lo dijo la hermana. Y santa Clara llamó a las dos aquella tarde, y les mandó que, mientras ella viviese, no se lo dijesen a persona alguna.

Preguntada sobre el nombre de aquella hermana que decía había fallecido, respondió que se llamaba sor Iluminada de Pisa.

3. Dijo también que, en otra ocasión, alguien dijo a la dicha madonna Clara que la ciudad de Asís iba a ser entregada; y que entonces la madonna llamó a sus hermanas y les dijo: «Muchos bienes hemos recibido de esta ciudad, y por ello debemos rogar a Dios que la guarde». Y les mandó que de madrugada fuesen a donde estaba ella. Las hermanas lo hicieron así y se presentaron junto a ella muy temprano. Y cuando estuvieron reunidas, la dicha madonna se hizo traer ceniza, se descubrió por completo la cabeza y mandó a todas hacer lo mismo. Después, tomando ceniza, ella se puso gran cantidad sobre su cabeza, recientemente rapada, y a continuación la puso también sobre la cabeza de todas las hermanas. Hecho esto, mandó que todas fuesen a la capilla a hacer oración. Y de tal modo lo cumplieron, que al día siguiente, de mañana, huyó aquel ejército, roto y a la desbandada. Y en aquel día de oración las hermanas hicieron penitencia, ayunando a pan y agua, y algunas no probaron bocado.

Preguntada sobre cuándo había sido esto, contestó que en tiempo de Vidal de Aversa.

4. Declaró también que una vez, en las calendas de mayo, la testigo había visto en el regazo de madonna Clara, ante su pecho, a un niño hermosísimo, de una belleza indescriptible, y la testigo misma, al verlo, sentía una indecible suavidad de dulzura. Y creía, sin género de duda, que aquel niño era el Hijo de Dios. Dijo también que en dicha ocasión vio sobre la cabeza de madonna Clara dos alas, resplandecientes como el sol, que alguna vez se elevaban en alto y alguna otra vez cubrían la cabeza de la dicha madonna.

Preguntada sobre qué otras personas habían visto esto, dijo que había sido ella sola, y que no se lo había revelado nunca a nadie, ni lo hubiera revelado tampoco ahora si no hubiera sido para honrar a tan santa madre.

5. Declaró asimismo la testigo que la dicha santa Clara, con la señal de la cruz y con sus oraciones, había curado a sor Bienvenida de madonna Diambra de la llaga que tenía bajo el brazo; y a sor Cristiana, de la sordera de un oído, como dijo sor Felipa, nombrada anteriormente, y como dijo sor Cristiana de sí misma.

6. Dijo igualmente que en una ocasión había visto llevar al monasterio a la dicha madonna Clara al hijo de messer Juan de maese Juan de Asís, que sufría de fiebre y de escrófulas; y la santa le hizo la señal de la cruz y le tocó, y con esto le curó.

Preguntada sobre cómo sabía esto, contestó que había oído al padre del niño decir en el locutorio que había sido curado instantáneamente. Pero la testigo no lo había visto antes de que fuera llevado a santa Clara, pero poco después le vio volver curado al monasterio.

Preguntada sobre los años que tenía el niño, contestó: cinco años.

Preguntada sobre el nombre del niño, dijo que no lo sabía.

7. Dijo también la testigo que, padeciendo ella de una enfermedad muy grave, que le afectaba a la cabeza, y le hacía castañetear mucho y le privaba de la memoria, hizo voto a la santa madre, cuando ésta se encontraba a punto de pasar de esta vida, e inmediatamente quedó sana. Y en adelante no volvió a padecer aquella enfermedad.

Preguntada sobre cuánto tiempo la había padecido, contestó: más de seis años.

8. Declaró también la testigo que una vez la dicha madonna Clara no podía levantarse del lecho por su enfermedad, y quería que le llevasen cierto pañolón, y no había allí nadie que se lo acercase; y he aquí que una gatita que había en el monasterio comenzó a tirar del pañolón y a arrastrarlo, para llevárselo según podía. Y entonces la madonna dijo a la gata: «Bandida, tú no lo sabes traer. ¿Por qué lo arrastras por el suelo?» Y la gata, como si hubiera comprendido sus palabras, comenzó a arrollar el pañolón, para que no rozase el suelo.

Preguntada sobre cómo sabia las predichas cosas, respondió que la dicha madonna se lo había referido ella misma.

9. Respecto de los corporales hechos con la tela hilada por ella, dijo la testigo haber contado ella misma personalmente cincuenta pares, los cuales fueron distribuidos a las iglesias, como lo declararon las hermanas testigos anteriores.

10. Manifestó también que, creyendo en cierta ocasión las hermanas que la bienaventurada madre estaba a punto de morir y que el sacerdote le debía administrar la sagrada comunión del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, la testigo vio sobre la cabeza de la dicha madre santa Clara un resplandor muy grande; y le pareció que el Cuerpo del Señor era un niño pequeño y muy hermoso. Y luego que la santa madre lo hubo recibido con mucha devoción, como acostumbraba siempre, dijo estas palabras: «Tan gran beneficio me ha hecho Dios hoy, que el cielo y la tierra no se le pueden comparar».

Preguntada sobre si había allí alguna otra hermana que hubiese visto esto, respondió que no lo sabía, pero lo sabía bien de sí misma.

Preguntada sobre cuándo había sido esto, respondió que alrededor de la fiesta del pasado san Martín, hacía tres años.

Preguntada sobre qué hora del día, contestó: por la mañana, después de la Misa.

X. DÉCIMA TESTIGO

1. Sor Inés, hija de messer Opórtulo de Bernardo de Asís, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que cuando ella, siendo muy niña, entró en el monasterio, madonna Clara, abadesa que fue del dicho monasterio, usaba un cilicio hecho de pelos de caballo anudados. Y dijo que la madonna se lo prestó una vez por espacio de tres días, y le pareció tan áspero, que de ninguna manera lo pudo soportar.

2. Declaró también la testigo que de ningún modo podría ella expresar la humildad, la afabilidad, la paciencia y la grandeza de la vida santa y de las virtudes de madonna Clara, según cuanto ella había visto en todo el tiempo que estuvo en el monasterio. Parecía que todos los bienes estaban en ella y que no tenía nada de reprensible, sino que podía ser alabada como santa.

Preguntada sobre cómo lo sabía, respondió: por haber estado en el monasterio bajo su cuidado cerca de treinta y tres años.

3. Y afirmó que madonna Clara, por la noche, después de completas, quedaba largo tiempo en oración, derramando abundantes lágrimas. Y hacia la media noche, de modo semejante, se levantaba a la oración, mientras estuvo sana; y despertaba a las hermanas llamándolas sin palabras. Y también hacía oración especialmente a la hora de sexta, pues decía que a aquella hora había sido clavado en la cruz nuestro Señor.

4. También dijo que la dicha santa se mortificaba mucho con ayunos.

Preguntada sobre cómo sabía las cosas dichas, contestó: como está dicho arriba, porque estaba presente.

5. También declaró que, si la dicha madonna Clara veía a una hermana sufrir alguna tentación o tribulación, la llamaba en secreto y la consolaba, llorando; y a veces se echaba a sus pies.

Preguntada por cómo sabía las dichas cosas, contestó que había visto a varias de las que ella llamaba para consolarlas. Y alguna de éstas le dijo que la madonna se le había echado a los pies.

Preguntada por el nombre de aquella hermana, contestó que se llamaba sor Iluminada de Pisa, ya fallecida.

6. Dijo también, sobre la humildad de la madonna, que fue tanta que lavaba los pies a las hermanas y a las serviciales. Una vez, al lavar los pies a una de éstas, y queriendo besárselos, como solía, la hermana, involuntariamente, le golpeó la boca con el pie. Y la madonna se regocijó con eso y le besó la planta de aquel pie.

Preguntada sobre cómo lo sabía, respondió: porque lo presenció.

Preguntada sobre el tiempo en que ocurrió esto, respondió: en la cuaresma.

Preguntada sobre el día, respondió: un jueves.

7. Declaró también que la mayor parte del tiempo que la testigo vivió en el monasterio, la dicha madonna usó una estera por lecho y un poco de paja por almohada; y con esta cama estaba contenta. Y que esto lo sabía porque lo había visto.

Declaró también haber oído que antes de que la testigo entrase en el monasterio, la dicha madonna Clara tenía un lecho de sarmientos; pero después de caer enferma, por mandato de san Francisco, usaba un jergón de paja.

8. Declaró además la testigo que la dicha madonna Clara gozaba mucho escuchando la palabra de Dios; y aunque no había estudiado letras, le gustaba oír a los predicadores doctos. Predicando un día fray Felipe de Atri, de la Orden de los Frailes Menores, la testigo vio junto a santa Clara un niño hermosísimo, que le parecía de unos tres años de edad. Y suplicando la testigo que Dios no permitiese fuese un engaño, se le respondió en el corazón con estas palabras: «Yo estoy en medio de ellos» (Mt 18,20), significando con tales palabras que el niño era Jesucristo, el cual está en medio de los predicadores y de los oyentes cuando están y escuchan como deben.

Preguntada sobre cuándo había sucedido esto, contestó: hace unos veintiún años.

Preguntada sobre en qué tiempo había sido, contestó: en la semana después de Pascua, en que se canta: «Yo soy el Buen Pastor» (Jn 10,11).

Preguntada sobre quién estaba presente, contestó que estaban las hermanas.

Preguntada sobre si alguna de ellas había visto a aquel niño, contestó que una hermana le había dicho a la testigo: «Sé que tú has visto algo».

Preguntada sobre el tiempo que había permanecido el niño allí, contestó: durante gran parte de la plática. Y declaró que entonces un gran resplandor parecía envolver a la dicha madre santa Clara; no como de cosa material, sino como un resplandor de estrellas. Y afirmó que la testigo, por la dicha aparición, sentía una suavidad inexplicable.

Después de esto vio otro gran resplandor, no del color del anterior, sino todo rojo, que parecía despedir chispas de fuego, y que rodeó por completo a la dicha santa, y le cubrió toda la cabeza. Y dudando la testigo qué era aquello, se le respondió, no con la voz, pero sí en la mente: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti» (Lc 1,35).

9. También dijo que, por la virtud de la oración de santa Clara, se creía que el monasterio había sido defendido de los sarracenos y la ciudad de Asís librada del asedio de los enemigos. La misma testigo vio a la madre santa Clara orar por esto con lágrimas muy humildemente, con las manos juntas y los ojos elevados al cielo.

10. Dijo también que, estando santa Clara cercana a la muerte, exhortaba a la testigo y a las otras hermanas a permanecer en oración, y pedía a la testigo que recitase la oración de las cinco llagas del Señor. Y, dentro de lo que se le podía entender, pues hablaba muy bajo, tenía continuamente en los labios la Pasión del Señor, y lo mismo el nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Y casi la última palabra que la santa madre habló a la dicha testigo fue ésta: «Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos» (Sal 115,15).

11. Declaró también que en cierta ocasión, por la gran insistencia de la testigo, le lavaron los pies a la predicha madre santa Clara, y que la testigo bebió de aquella agua y la encontró tan dulce y sabrosa, que difícilmente lo podría explicar.

Preguntada sobre si ninguna otra hermana había probado también de aquella agua, respondió que no, pues la dicha madre santa Clara la tiró de inmediato, para que ninguna otra la bebiese.

XI. UNDÉCIMA TESTIGO

1. Sor Bienvenida de madonna Diambra de Asís, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que la testigo había sufrido unas llagas bajo el brazo y en el pecho, llamadas fístulas, en las que se colocaban cinco tapones, pues tenía cinco cabezas; y que había soportado esta enfermedad por espacio de doce años. Una noche se llegó a la madre santa Clara, llorando y pidiéndole auxilio. Y entonces la bondadosa madre, conmovida con su acostumbrada piedad, se levantó de su lecho y, arrodillándose, oró al Señor. Y, cuando terminó su oración, se volvió hacia la testigo, hizo la señal de la cruz, primero sobre sí misma y luego sobre la testigo, rezó el padrenuestro, y le tocó las llagas con su mano descubierta. Y así quedó curada de unas llagas que parecían incurables.

Interrogada sobre cuánto tiempo hacía que había sucedido esto, respondió que creía que en el mes de septiembre último se habían cumplido dos años, y que no había sufrido más de aquella enfermedad.

2. Dijo también que hacía más de veintinueve años que la testigo había llegado al monasterio, y que desde entonces siempre estuvo bajo el gobierno de la santísima madre madonna Clara. Y la madonna, primero, le enseñó a amar a Dios sobre todas las cosas; segundo, le enseñó a confesar íntegramente y con frecuencia sus pecados; y, tercero, la amaestró a tener siempre en la memoria la Pasión del Señor.

Maravillosa visita de la corte celestial en el feliz tránsito de santa Clara

3. Dijo también la testigo que entre el viernes y el sábado, tercer día antes de la muerte de madonna Clara, de feliz memoria, la testigo estaba sentada junto al lecho de la madonna, con otras hermanas, llorando la muerte de tal y tan grande madre. Y sin que nadie le hablase, la madonna comenzó a encomendar su alma, diciendo así: «Vete en paz, pues tendrás buena escolta; porque el que te creó previó antes que serías santificada; y, después que te creó, infundió en ti el Espíritu Santo; y luego te ha cuidado como la madre a su hijo pequeñito».

Y una hermana, llamada sor Anastasia, preguntó a la madonna con quién hablaba y a quién decía aquellas palabras, y la madonna respondió: «Hablo a mi alma bendita».

4. Y entonces la testigo comenzó en seguida a reflexionar sobre la grande y maravillosa santidad de madonna Clara; y en este pensamiento le parecía que toda la corte celestial se ponía en movimiento y se preparaba para honrarla. Y especialmente nuestra gloriosa Señora, la bienaventurada Virgen María, preparaba sus prendas para vestir a la nueva santa. Y mientras la testigo se entretenía pensando e imaginando esto, vio de pronto con los ojos de su cuerpo una gran multitud de vírgenes, vestidas de blanco, con coronas sobre sus cabezas, que se acercaban y entraban por la puerta de la habitación en que yacía la dicha madre santa Clara. Y en medio de estas vírgenes había una más alta, y, por encima de lo que se puede decir, bellísima entre todas las otras, la cual tenía en la cabeza una corona mayor que las demás. Y sobre la corona tenía una bola de oro, a modo de un incensario, del que salía tal resplandor, que parecía iluminar toda la casa.

Y las vírgenes se acercaron al lecho de la dicha madonna santa Clara. Y la que parecía más alta la cubrió primero en el lecho con una tela finísima, tan fina que, por su sutileza, se veía a madonna Clara, aun estando cubierta con ella.

Luego, la Virgen de las vírgenes, la más alta, inclinó su rostro sobre el rostro de la virgen santa Clara, o quizá sobre su pecho, pues la testigo no pudo distinguir bien si sobre el uno o sobre el otro. Hecho esto, desaparecieron todas.

Preguntada sobre si la testigo entonces velaba o dormía, contestó que estaba despierta, y bien despierta, y que eso fue entrando la noche, como se ha dicho.

Preguntada sobre quiénes estaban presentes, dijo que había varias hermanas, de las que unas dormían y otras velaban; pero no sabía si vieron las cosas que vio ella, pues la testigo no se lo había revelado a nadie nunca hasta ahora.

Preguntada sobre cuándo y en qué día había sucedido esto, contestó: el viernes, al anochecer; y la santísima madonna Clara murió luego, el lunes siguiente.

5. Dijo también la testigo que todo lo que se decía de la santidad de la vida de la predicha madonna Clara era verdad, y que, por mucho que ella la ponderara, todavía había habido más en ella; y no creía que desde nuestra Señora la bienaventurada Virgen María hubiese existido jamás mujer de mayor santidad que la dicha madonna santa Clara. Pues ella fue virgen, fue humilde, inflamada en el amor de Dios, permanente en la oración y contemplación, diligente en la aspereza del alimento y del vestido, y maravillosa en los ayunos y vigilias, al extremo de que muchas se admiraban de que pudiese vivir con tan poco alimento.

Tenía gran compasión de las afligidas; era afable y generosa con todas las hermanas. Y toda su conversación era sobre Dios, y no quería hablar ni oír de las cosas del mundo. Y en el gobierno del monasterio y de las hermanas era próvida y discreta, más de lo que se puede decir.

Preguntada sobre cómo sabía todas las cosas antedichas, contestó: porque estuvo presente con ella en el monasterio durante todo el dicho tiempo de veintinueve años, y vio todas las cosas antedichas, y, si fuese necesario, sabría contar las antedichas cosas al detalle.

XII. DUODÉCIMA TESTIGO

1. Sor Beatriz de messer Favarone de Asís, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que la testigo fue hermana carnal de madonna Clara, de santa memoria, cuya vida había sido casi angélica desde su niñez, ya que fue virgen y permaneció siempre en virginidad. Y era solícita en las buenas obras de santidad, y tanto que su buena fama se divulgó entre todos los que la conocían.

Conversión de santa Clara

2. Y dijo que, habiendo oído san Francisco la fama de su santidad, muchas veces se acercó a ella para predicarle; y la virgen Clara aceptó su predicación y renunció al mundo y a todas las cosas terrenas, y se fue a servir a Dios tan pronto como le fue posible.

3. Y vendió toda su herencia y parte de la herencia de la testigo y la dio a los pobres.

4. Y luego, san Francisco la tonsuró ante el altar, en la iglesia de la Virgen María, llamada de la Porciúncula, y después la llevó a la iglesia de San Pablo de las Abadesas. Y, como sus parientes quisieron sacarla de allí, madonna Clara agarró los manteles del altar y se descubrió la cabeza, mostrándola rapada; y de ningún modo quiso acceder, ni se dejó sacar de allí, ni regresar con ellos.

5. Más tarde, san Francisco, fray Felipe y fray Bernardo la llevaron a la iglesia del Santo Ángel de Panzo, donde estuvo poco tiempo y de donde fue llevada a la iglesia de San Damián, lugar en que el Señor le dio más hermanas que gobernar.

Preguntada por cómo sabía las cosas antedichas, contestó que, siendo ella su hermana, unas cosas las había visto y otras las había oído de la misma madonna Clara y de otros.

Preguntada sobre cuánto tiempo hacía, contestó: unos cuarenta y dos años.

Vida religiosa de santa Clara en el monasterio

6. Dijo también la testigo que, siendo madonna Clara abadesa en el monasterio, se condujo en su gobierno tan santa y tan prudentemente, y tantos milagros hizo Dios por medio de ella, que todas las hermanas y todos los que la conocieron la tuvieron y la tienen como santa.

Preguntada por en qué estaba la santidad de madonna Clara, respondió que estaba en la virginidad, en la humildad, en la paciencia y afabilidad, en la corrección necesaria, en las dulces exhortaciones a las hermanas, en la asiduidad en la oración y la contemplación, en la abstinencia y el ayuno, en la aspereza del lecho y del vestido, en el desprecio de sí misma, en el fervor del amor de Dios, en el deseo del martirio; y, por encima de todo, en el amor al Privilegio de la Pobreza.

7. Preguntada por cómo sabía las cosas antedichas, contestó: porque había visto que ella practicaba todas estas cosas, y porque era su hermana carnal y había vivido con ella en el monasterio durante unos veinticuatro años. Y antes había tratado y vivido con ella, como hermana suya. Y aseguró que era tal la bondad de madonna Clara, que su lengua no era capaz de expresala.

8. Preguntada sobre qué milagros había obrado el Señor por medio de ella, contestó que Dios había curado a algunas hermanas al trazar ella la señal de la cruz sobre las mismas. Y otros muchos milagros; pues Dios, por sus oraciones, defendió al monasterio de los sarracenos, y a la ciudad de Asís del asedio de los enemigos, según se cree públicamente.

Preguntada por cómo sabía esto, contestó: porque vio cuando ella hizo oración y cuando huyeron los sarracenos sin hacer ningún daño a ninguna ni al monasterio. Y luego de haber hecho oración, al día siguiente, el ejército que estaba a las puertas de la ciudad de Asís se retiró.

9. Preguntada sobre la curación de las hermanas, contestó que por medio de madonna Clara habían sido curadas sor Bienvenida, sor Cristiana y otras más.

Preguntada sobre cómo lo sabía, contestó que primero las había visto enfermas y muy mal, hasta que la santa madre, trazando sobre ellas la señal de la cruz, con la oración, las curó; y después las había visto sanas.

XIII. DECIMOTERCERA TESTIGO

1. Sor Cristiana de messer Bernardo de Suppo de Asís, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento sobre la vida y modo de vida, lo mismo que había dicho sor Beatriz; y añadió que la virgen de Dios, Clara, se fue de su casa paterna del siglo de un modo maravilloso.

Pues, temiendo que se le impidiese la marcha, no quiso salir por la puerta acostumbrada, sino que se dirigió a otra puerta de la casa, la cual, para que no se pudiese abrir, estaba trancada con unos troncos pesados y con una columna de piedra, estorbos que difícilmente hubieran podido ser removidos por muchos hombres. Y ella sola, con el auxilio de Jesucristo, los apartó y abrió la puerta. Y a la mañana siguiente, muchos, al ver abierta aquella puerta, se maravillaron sobremanera de que lo hubiera podido hacer una jovencita.

Preguntada por cómo sabía estas cosas, contestó: que la testigo vivía entonces en aquella casa, y había estado antes con ella, y la conocía porque habitaba con ella en Asís.

Preguntada sobre cuándo había ocurrido esto, respondió: hace cuarenta y dos años, o algo más.

Preguntada sobre la edad que tenía entonces santa Clara, respondió que dieciocho años, según se decía.

2. Declaró también que entonces, en la casa de su padre, era tenida por todos como honesta y santa. Y dijo que en el mes de mayo se habían cumplido los treinta y cuatro años que la testigo entró en el monasterio. Y había estado bajo la disciplina y el gobierno de madonna santa Clara, cuya santidad de vida iluminó el monasterio entero y lo informó con todas las virtudes y costumbres que se requieren en las mujeres santas.

3. De tales virtudes dijo la testigo que podría responder completa y verazmente si se le preguntase de cada virtud en particular. Y sobre todo, que madonna Clara estaba toda encendida en caridad y amaba a sus hermanas como a sí misma, y si alguna vez oía algo que no agradaba a Dios, con gran compasión se afanaba en corregirlo sin tardanza. Y porque fue tal y tan santa y estuvo tan adornada de virtudes, quiso Dios que ella fuese la primera madre y maestra de la Orden. Y tan bien guardó el monasterio y la Orden y a sí misma de todo contagio de pecado, que su memoria será reverenciada por siempre. Y las hermanas creen que la santa madre ruega a Dios por ellas en el cielo, quien en la tierra las gobernó con tanta prudencia, bondad y vigilancia en la religión y en el propósito de la pobreza.

Preguntada por cómo sabía las cosas dichas, respondió que las había visto y había vivido con ella en el monasterio durante el tiempo antedicho, y antes había habitado con ella y la había conocido, como se ha dicho arriba.

4. Sobre la aspereza de los vestidos y cilicios y sobre la abstinencia y sobre la oración, dijo que jamás había oído que hubiese existido en el mundo una semejante a ella, o que la aventajase en las cosas antedichas.

Y de estas cosas dijo: las conocía porque las había visto.

5. Sobre la curación de sor Bienvenida, de sus fístulas, dijo todo lo que había dicho la misma sor Bienvenida, porque había estado presente.

6. También, sobre la curación de sor Amada, de su hidropesía, dijo lo que había dicho la misma sor Amada, porque había estado presente.

7. Y sobre la curación de sor Cristiana dijo lo mismo que sor Cristiana.

8. También sobre la curación de sor Andrea de Ferrara afirmó lo mismo que había dicho sor Felipa.

9. Igualmente, sobre la oración hecha para defender y librar al monasterio de los sarracenos, y sobre la oración hecha para librar a la ciudad de Asís, asediada por los enemigos, dijo lo mismo que la citada sor Felipa. Y añadió que la testigo misma había sido quien, por mandato de la santa madre madonna Clara, había llamado a las hermanas para que permaneciesen en oración.

10. Declaró también que la dicha madonna Clara, en la enfermedad de que murió, no dejaba nunca de alabar a Dios, exhortando a las hermanas a la perfecta observancia de la Orden, y, sobre todo, al amor de la pobreza.

Preguntada por cómo lo sabía, dijo que muchas veces había estado presente.

11. También, sobre la venta de su herencia, la testigo dijo que los parientes de madonna Clara habían querido dar más cantidad que ninguno de los otros, pero que ella no había querido vendérsela a ellos, sino a otros, para que no quedasen defraudados los pobres.

Y todo lo que recibió de la venta de la herencia lo distribuyó a los pobres.

Preguntada por cómo lo sabía, respondió: porque lo había visto y oído.

XIV. DECIMOCUARTA TESTIGO

1. Sor Angeluccia de messer Angeleio de Espoleto, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que hacía veintiocho años que la testigo estaba en el dicho monasterio de San Damián, y que, durante todo ese tiempo que había estado en el monasterio bajo el gobierno de madonna Clara, de santa memoria, había visto tantos y tan grandes bienes en ella, que en verdad podría decirse de ella tanto como de cualquier otro santo que esté en el paraíso.

2. Preguntada sobre qué bienes eran, contestó que, cuando la testigo entró en el monasterio, la madonna Clara estaba enferma y, sin embargo, de noche se incorporaba en el lecho y velaba en oración, con abundantes lágrimas.

Y lo mismo por la mañana, hacia la hora de tercia.

3. Y se cree firmemente que sus oraciones libraron una vez al monasterio de la violencia de los sarracenos, que habían entrado ya en el claustro del monasterio. Y en otra ocasión libró a la ciudad de Asís del asedio de los enemigos.

4. Declaró también que tanta había sido su humildad y bondad hacia las hermanas, y tanta su paciencia y constancia en las tribulaciones, y tanta su austeridad de vida, y tanta su estrechez en el comer y en el vestir, y tanta su caridad hacia todas, y tanta su prudencia y cuidado en exhortar a las hermanas sus súbditas, y era tal su gracia y dulzura al amonestar a las hermanas, y en las demás cosas buenas y santas que hubo en madonna Clara, que su lengua no era capaz de expresarlas ni de comprenderlas de ningún modo; pues su santidad era mucho mayor de lo que ella pudiera decir jamás. Y también del amor a la pobreza, que poseía en sumo grado.

Preguntada sobre cómo sabía las dichas cosas, respondió: porque había estado con ella durante todo el tiempo indicado y había visto la santidad de su vida, como queda dicho.

5. Y ninguna de las hermanas duda de que Dios ha obrado por medio de ella muchos milagros, aun en vida, como se ha declarado arriba.

Preguntada por cómo lo sabía, contestó: porque vio cuando sor Bienvenida quedó repentinamente curada de sus llagas con la señal de la cruz trazada sobre ella por madonna Clara con su mano. Y oyó que otras hermanas y otras personas de fuera del monasterio habían sido curadas de la manera dicha.

6. Vio también la testigo cuando, al cerrarse la puerta del edificio, es decir, del monasterio, cayó encima de madonna Clara; y las hermanas creyeron que aquella puerta la habría matado, por lo que prorrumpieron en un gran llanto. Pero la madonna resultó sin ningún daño, y aseguró no haber sentido en absoluto el peso de aquella puerta, no obstante ser tan pesada, que con dificultad pudieron tres frailes colocarla de nuevo en su sitio.

Preguntada por cómo lo sabía, respondió: porque lo vio y estaba presente allí.

Preguntada sobre cuándo había ocurrido esto, contestó que hacía unos siete años.

Preguntada sobre el día, contestó que fue en la octava de san Pedro, la tarde del domingo.

Y entonces, al grito de la testigo, acudieron inmediatamente las hermanas y encontraron que aún tenía encima la dicha puerta, pues la testigo no podía levantarla sola.

7. Declaró también la testigo que la muerte de la dicha madonna Clara fue maravillosa y gloriosa; y que pocos días antes de su muerte, una tarde comenzó a hablar de la Trinidad y a decir otras palabras sobre Dios con tal sutileza, que muchos doctos apenas la habrían podido comprender; y dijo otras cosas más.

Preguntada sobre qué otras palabras había dicho, respondió y dijo lo mismo que acerca de esto había dicho sor Felipa, citada antes.

8. Dijo igualmente la testigo que, habiendo oído cantar una vez la dicha santa madre madonna Clara, después de Pascua: «Vi el agua que salía del templo por el lado derecho», recibió de ello tal alegría y lo guardó en su mente de tal manera, que siempre, después de comer y luego de completas, hacía que las rociasen con agua bendita a ella y a las hermanas, y les decía: «Hermanas e hijas mías, siempre debéis recordar y tener en la memoria aquella bendita agua que salió del costado derecho de nuestro Señor Jesucristo pendiente de la cruz».

9. Declaró asimismo que, cuando la santísima madre enviaba fuera del monasterio a las hermanas serviciales, les exhortaba a que, cuando viesen los árboles bellos, floridos y frondosos, alabasen a Dios; y que, igualmente, al ver a los hombres y a las demás criaturas, alabasen a Dios siempre, por todas y en todas las cosas.

XV. DECIMOQUINTA TESTIGO

1. El día 28 del mes de noviembre, en la enfermería del monasterio, en presencia de fray Marcos, de sor Felipa y de las demás hermanas, sor Balbina de Porzano, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento muy enteramente sobre la santidad de la vida de madonna Clara y sobre su gran bondad.

2. Dijo también que la testigo misma vio sobre la madre santa Clara la puerta que le había caído encima y que todavía no había sido levantada. Y afirmó que santa Clara decía que la puerta no le había hecho daño alguno, sino que la había tenido sobre ella como un suave manto.

Y dijo la testigo que aquella puerta era pesadísima, y que ella y las demás hermanas habían acudido a los gritos de sor Angeluccia, pues todas temían que aquella puerta la hubiese matado. Preguntada sobre el tiempo, dijo que hacía unos siete años.

[TESTIMONIO DE LA COMUNIDAD REUNIDA]

1. El mismo día, 28 de noviembre, en el edificio del claustro de San Damián, estando presentes messer Leonardo, arcediano de Espoleto, y don Jacobo, párroco de Trevi, los cuales acompañaban al sobredicho messer Bartolomé, obispo de Espoleto, y fray Marcos, de la Orden de los Frailes Menores, capellán del dicho monasterio, reunida toda la comunidad de las monjas encerradas del monasterio de San Damián, habiendo jurado algunas de ellas decir la verdad y habiendo dado testimonio sobre la vida, conversión y conducta religiosa de la santa memoria de madonna santa Clara y sobre los milagros que se decían hechos por sus méritos; madonna sor Benita, entonces abadesa, con las demás monjas del monasterio de San Damián, declararon unánimemente, en presencia del dicho venerable messer obispo de Espoleto, que todo lo que había de santidad en cualquier santa, después de la Virgen María, se puede verazmente decir y atestiguar de madonna Clara, de santa memoria, que fue su abadesa y madre santísima.

Y esto se puede encontrar y entender en ella, en su vida. Por lo que todas están dispuestas a jurar, a declarar y a testificar. Pues habían visto su maravillosa conversión y, durante los años que habían convivido con ella en el monasterio, habían observado la santidad de su vida y su angelical conducta religiosa, cosas que no se pueden explicar nunca a satisfacción con palabras humanas.

XVI. DECIMOSEXTO TESTIGO

1. Aquel mismo día, en la iglesia de San Pablo de Asís, ante el venerable padre señor obispo de Espoleto, estando también presentes Andriolo de Bartolo, Vianello de Bienvenido Lucchese y otros, messer Hugolino de Pedro Girardone, caballero de Asís, declaró bajo juramento sobre la vida, conversión, conducta religiosa y milagros que se dicen hechos por los méritos de madonna Clara, de santa memoria, y dijo que santa Clara fue de familia nobilísima de Asís, ya que su abuelo fue messer Offreduccio de Bernardino, y de este Offreduccio fue hijo messer Favarone, padre de santa Clara.

2. Esta santa fue virgen y en casa de su padre fue de honestísimo comportamiento y afable y graciosa para con todos. Y así como san Francisco fue el primero en la Orden de los Frailes Menores, y, con la ayuda de Dios, instituyó y comenzó la dicha Orden, así esta santa virgen Clara, por voluntad de Dios, fue la primera en la Orden de las Damas Encerradas. Y gobernó la Orden con toda santidad y bondad, como se ve y se atestigua por pública fama.

3. Dijo también que, como es notorio, la dicha virgen santa Clara entró en religión por la predicación de san Francisco y por su exhortación.

4. Declaró también que el testigo había abandonado a su mujer, llamada madonna Guiduzia, y la había devuelto a casa de su padre y su madre; y, durante más de veintidós años sin ella, nadie consiguió nunca que fuese por ella y la tomase de nuevo, a pesar de que había sido amonestado muchas veces, aun por personas religiosas; por fin, se le dijo -de parte de la dicha madonna santa Clara- que ésta había sabido por una visión que él debía recibirla pronto y de ella engendraría un hijo, con el cual debía alegrarse mucho y consolarse; y que el testigo, al oír esto, se enfadó mucho.

Pero a los pocos días se sintió forzado por un deseo tan grande, que buscó y recibió a su mujer, a la que durante tanto tiempo había tenido abandonada. Y de ella, como la dicha madonna santa Clara había entendido por visión, engendró un hijo, el cual vive todavía y con el que se alegra mucho y tiene gran consuelo.

5. Preguntado sobre si había visto a la dicha madonna Clara en la casa de su padre y su madre, como había declarado más arriba, contestó que sí y que la había visto llevar una vida santa y honesta, como dijo antes.

6. Preguntado sobre cómo sabía que la virgen de Dios, Clara, había entrado en religión por las pláticas de san Francisco, respondió que esto era cosa pública y conocida por todos. Y que él oyó que san Francisco la tonsuró en la iglesia de Santa María de la Porciúncula. Y después que ella entró en el monasterio de San Damián oyó -y así es manifiesto y conocido- que fue de tanta santidad y bondad en su Orden como puede serlo otra santa en el cielo.

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A la misma hora y en el mismo lugar, en presencia de los testigos Ángel de Pelcio y Bonamanzia Barbieri, ante el sobredicho señor obispo, madonna Bona de Guelfuccio, Ranieri de Bernardo y Pedro de Damián prestaron juramento sobre la vida, conversión, conducta religiosa y milagros de santa Clara.

XVII. DECIMOSÉPTIMA TESTIGO

1. Madonna Bona de Guelfuccio de Asís declaró bajo juramento que conoció a santa Clara de cuando ella estaba en casa de su padre, pues la trató y estuvo en casa con ella; y por la mucha santidad de su vida, antes y después de entrar en religión, creía firmemente que había sido santificada en el vientre de su madre. Enviaba a los pobres los alimentos que decía comer, y la testigo certificaba habérselos llevado muchas veces.

2. La madonna Clara fue tenida siempre por todos como virgen purísima, y tenía gran fervor de espíritu, pensando cómo podría servir a Dios y agradarle.

3. Por esta razón, la testigo fue muchas veces con ella a hablar con san Francisco, e iba secretamente para no ser vista por los parientes.

Preguntada sobre qué le decía san Francisco, respondió que siempre la exhortaba a que se convirtiera a Jesucristo, y fray Felipe