1. Se lee en el primer libro de las Crónicas: “David dio (a su hijo Salomón) oro finísimo, para que con él labrara una especie de cuadriga de querubines, que, extendiendo sus alas, cubriera el arca de la alianza del Señor” (1 Cro 28, 18).
2. Dice el Génesis que “en la tierra de Hevilá nace el oro, y que el oro de aquella tierra es purísimo” (Gen 2,11‑12). Hevilá se interpreta “parturienta”, y representa a la Sagrada Escritura, que es “la tierra, que primero produce la hierba, después la espiga, y en fin el grano lleno en la espiga” (Mc 4, 28).
En la hierba está indicada la alegoría (el sentido alegórico), que edifica la fe: “La tierra germine hierba verde”, manda Dios en el Génesis (1, 11). En la espiga ‑ en latín spículum, punta o flecha ‑ se señala la enseñanza moral, que forma las costumbres y con su suavidad penetra el espíritu. En el grano pleno se señala la anagogía (el sentido místico), que trata de la plenitud del gozo y de la bienaventuranza angélica.
Pues bien, en la tierra de Hevilá se halla el oro finísimo, porque del texto de la página divina brota “la ciencia sagrada”. Como el oro es superior a los demás metales, así la ciencia sagrada es superior a cualquier otra ciencia. No sabe de letras el que no conoce “las letras sagradas”. Pues bien, es de la ciencia sagrada, que se habla, cuando se dice: “David dio oro finísimo”.
3. David se interpreta “misericordioso”, o de “mano fuerte”, o de “aspecto atrayente”, y es figura del Hijo de Dios, Jesucristo, que fue misericordioso en la encarnación, de mano fuerte en la pasión, y será de aspecto sumamente deseable en la bienaventuranza eterna. Asimismo, es misericordioso en la infusión de la gracia, y esto en los incipientes; y se le dice “misericordioso”, como si “regara el corazón miserable” (miserum rigans cor). En el Eclesiástico se dice: “Regaré el jardín de las plantas” (Ecli 24, 42), y “rociaré el fruto de mi parto” (Glosa). El jardín es el alma, en la que Cristo, como jardinero, planta los misterios de la fe, y la riega, cuando le infunde la gracia de la compunción. Y del alma dice todavía: “Y rociaré el fruto de mi parto”. Nuestra alma es llamada “fruto del parto del Señor”, es decir, de su dolor, porque, como una mujer parturienta, la engendró en los dolores de la pasión, como decía el Apóstol: “Ofreció súplicas con fuertes clamores y lágrimas” (Hb 5, 7). E Isaías: “Yo que hago parir a los demás, ¿tal vez yo no pariré?” (66,9). Rocía, pues, el fruto de su parto, cuando, con la mirra y el áloe de su pasión, mortifica los placeres de la carne, para que el alma, como embriagada, olvide las cosas temporales: “Visitaste la tierra y la embriagaste” (Salm 64, 10).
Asimismo, es de “mano fuerte”, cuando hace avanzar de virtud en virtud, y obra esto en los proficientes. Dice Isaías: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te tomo de la mano y te digo: “No temas, porque yo te ayudo” (41, 13). Como una madre amorosa toma con su mano la mano del niño que vacila al subir, para que pueda subir con ella, así el Señor con la mano de su misericordia toma la mano del humilde penitente, para que pueda subir por la escala de la cruz los peldaños de la perfección (perfectos), y merezca contemplar a aquel que es de aspecto atrayente, “al Rey en su gloria” (Is 33, 17), “a aquel a quien los ángeles desean contemplar” (1 Pe 1, 12).
Nuestro David, el Hijo de Dios, el Señor misericordioso y bondadoso -”que da a todos generosamente y sin poner condiciones” (Sant 1,5) - dio el oro, es decir, la sagrada inteligencia de la divina Escritura: “Les abrió la mente a la inteligencia de las Sagradas Escrituras” (Lc 24, 45); dio oro “purísimo”, o sea, perfectamente purificado de toda borra y de toda escoria de herética malicia.
4. Y continúa diciendo: “Para que con el oro se labrara una especie de cuadriga de querubines”, que se interpreta plenitud de la ciencia, y representa el Antiguo y el Nuevo Testamento, en los que se halla la plenitud de toda sabiduría, que es la sola que sabe enseñar y es la única que hace a los sabios. Sus sentencias son como alas, que se extienden cuando son explicadas en el triple sentido susodicho; y de esa manera cubren el arca de la alianza del Señor. El arca es llamada así, porque aleja (arcet) las miradas y al ladrón. El arca es el alma fiel, que debe alejar de sí la mirada de la soberbia, como se lee en Job: “Desprecia todas las cosas elevadas” (41, 25); y debe el alma alejar al ladrón, así llamado de “noche oscura” (en latín, fur, ladrón, furva nox, noche oscura): el ladrón que simula ser santo y que es llamado “el enemigo que merodea en las tinieblas” (Salm 90, 6).
Esta arca es llamada “ de la alianza del Señor”, porque en el bautismo el alma fiel estableció con el Señor un pacto eterno, o sea, renunciar al diablo y a sus seducciones, como está escrito: “juré y establecí observar tus justos mandamientos” (Salm 118, 106).
Esta arca está cubierta por las alas de los querubines, cuando con la predicación del Antiguo y Nuevo Testamento es protegida y defendida de las ansias del humano bienestar, de la lluvia de la concupiscencia carnal y del rayo de las sugestiones diabólicas.
5.‑ Por esto, para gloria de Dios, edificación de las almas y consuelo del lector y del oyente, sacando provecho del sentido más profundo de la Sagrada Escritura y apoyándonos en los varios pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, hemos construido una cuadriga, para que sobre ella el alma se eleve por encima de las cosas terrenas y sea llevada, como el profeta Elías, al cielo mediante la contemplación de las verdades celestiales.
Observa que, como en la cuadriga hay cuatro ruedas, así en estos sermones son tratadas cuatro materias, es decir, los evangelios dominicales, los relatos del Antiguo Testamento como son leídos en la iglesia, los introitos y las epístolas de la misa dominical.
Casi recogiendo detrás de los cosechadores las espigas olvidadas, como la moabita Rut en el campo de Booz, con temor y humildad, porque conocemos nuestra insuficiencia para una tarea de tanta importancia, pero vencido por las súplicas y la caridad de los hermanos, que a ella me impulsaban, reuní y concordé entre ellas estas cuatro materias, en la medida en que Dios me conceda su gracia y en cuanto me lo permita el modesto arroyito de mi pequeña ciencia.
Y para que la complejidad de la materia y la variedad de las referencias no produzcan en la mente del lector confusión u olvido, hemos dividido los evangelios en secciones, como Dios nos inspiraba, y a toda sección hemos hecho corresponder las partes de los relatos del Antiguo Testamento y las de las epístolas.
Hemos tratado con mayor amplitud los evangelios y los relatos bíblicos, mientras fuimos más breves y sintéticos en la exposición de los introitos y de las epístolas, para que el exceso de palabras no provocara un dañoso fastidio. ¡Es muy difícil compendiar en un discurso breve y provechoso una materia tan vasta!
A tal punto llegó la frívola mentalidad de los lectores y oyentes de nuestro tiempo que, si no encuentran en lo que leen o escuchan un estilo elegante, florido y novedoso, se aburren de lo que leen y desprecian lo que oyen. Entonces, para evitar que la Palabra de Dios suscitara fastidio o desprecio para daño de sus almas, al comienzo de todo evangelio, hemos puesto un Prologo adecuado, y acá y allá hemos introducido descripciones de elementos naturales y de animales, y etimologías de nombres, interpretados en sentido moral.
También hemos reunido, juntas, las palabras iniciales (sumario) de todas las citas bíblicas de esta obra, de las cuales se puede deducir oportunamente el tema del sermón; y al principio hemos anotado los lugares del libro, en los que se puede hallarlas, y a qué argumento cada una de ellas pueda adaptarse.
¡Se den, pues, toda alabanza, toda gloria y todo honor al Hijo de Dios, principio de toda la creación! En El hemos depositado y de El esperamos la recompensa de este trabajo. El es el Dios bendito, glorioso y bienaventurado por los siglos eternos.
Y toda la Iglesia cante: “¡Amén! ¡Aleluya!
1.‑ “En el principio Dios creó el cielo y la tierra” (Gen 1, 1).
A Ezequiel, o sea, al predicador, habla el Espíritu Santo: “Y tú, hijo del hombre, toma un ladrillo y dibuja en él la ciudad de Jerusalén” (Ez 4, 1).
El ladrillo, por las cuatro propiedades que posee, representa el corazón del pecador: hay que formarlo entre dos tablas, llevarlo a la justa anchura, endurecerlo con el fuego y se vuelve rojo.
También el corazón del pecador debe ser formado entre las dos tablas de los dos Testamentos. Dice el profeta: “Entre los dos montes -o sea, entre los dos Testamentos- fluirán las aguas” (Salm 103, 10), o sea, las enseñanzas doctrinales.
Con razón se dice: “Debe ser formado”, porque el pecador, deformado por el pecado, recibe su forma de la predicación de los dos Testamentos. También “es llevado a la justa anchura”: la anchura de la caridad dilata el corazón estrecho del pecador. Dice el Salmo (118, 96): “los mandamientos se dilatan sin fin”, y la caridad es más vasta que el océano. Y también: se endurece con el fuego. Con el fuego de la tribulación, el espíritu inconstante y voluble se solidifica, para que no se disperse en el amor de las cosas temporales. Dice Salomón: “Lo que es el horno para el oro, lo que es la lima para el hierro, lo que es el bieldo para el grano, esto es la tribulación para el justo “ (Sab 3, 6). En fin: el ladrillo se vuelve rojo. En esto está señalada la audacia del santo celo, del que se dice: “El celo de tu casa ‑o sea, de la iglesia o también del alma fiel me devora” (Salm 68, lo). También Elías proclama: “Yo ardo de gran celo” (3Rey 19, 10) por la casa de Israel,
Por lo tanto, en el símbolo del ladrillo se destacan estas cuatro cosas: el conocimiento de los dos Testamentos para instruir al prójimo, la riqueza de la caridad para amarlo, la paciencia en la tribulación para soportar el desprecio por Cristo y la audacia del celo para luchar contra todo mal. “Toma, pues, un ladrillo, y dibuja en él la ciudad de Jerusalén”.
2.‑ Recuerda que en la Jerusalén espiritual hay tres partes: la primera es la iglesia militante, la segunda es el alma fiel y la tercera es la patria celestial. Por esto, en el nombre del Señor yo tomaré el ladrillo, o sea, el corazón de cada oyente, y dibujaré en él esta triple ciudad, o sea, los artículos de fe de la iglesia, las virtudes del alma fiel y los premios de la patria celestial, citando y explicando los pasajes escriturales de los dos Testamentos, incluyéndolo todo bajo el simbólico número de siete.
3.‑ “En el principio creó Dios el cielo y la tierra” (Gen 1, 1). Presta atención al continente y al contenido. Dios Padre, en el principio, o sea, en el Hijo, creó y recreó: creó durante seis días y en el séptimo descansó; recreó con seis artículos, prometiendo descanso eterno para el séptimo.
El primer día dijo Dios: “Hágase la luz” y “la luz se hizo” (Gen 1, 3... El primer artículo de la fe es la Navidad.
El segundo día dijo Dios: “Haya un firmamento en medio de las aguas y que separe unas aguas de otras”. El segundo artículo de fe es el bautismo.
El tercer día dijo Dios: “Produzca la tierra hierba verde y la que dé semilla, y plantas frutales que den fruto según su especie”. El tercer artículo de la fe es la Pasión.
El cuarto día dijo Dios: “Haya dos lumbreras en el firmamento”. El cuarto artículo de la fe es la Resurrección.
El quinto día Dios creó a “las aves del aire”. El quinto artículo de la fe es la Ascensión.
El sexto día dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Y sopló en su rostro el aliento de vida, y lo hizo un ser viviente”. El sexto artículo de la fe es el envío del Espíritu Santo.
El séptimo día, Dios “descansó de todo trabajo que había realizado”. El séptimo artículo de la fe es la llegada al juicio; entonces reposaremos de todo nuestro trabajo y de toda fatiga.
Invoquemos, pues, al Espíritu Santo, que es amor y vínculo de unión del Padre y del Hijo, para que nos conceda la gracia de unir y concordar entre ellos cada uno de estos siete puntos, tanto de los días como de los artículos de la fe, de modo que todo resulte para su honor y edificación de la iglesia.
4.‑ El primer día dijo Dios: “Hágase la luz”. Esta luz es la sabiduría del Padre, que “ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1, g), y que “habita en una luz inaccesible” (1Tim 6, 16).
De esta luz dice el Apóstol en la carta a los Hebreos (1, 3): “El es el esplendor y la figura de su sustancia”; y el Profeta: “En tu luz veremos la luz” (Salm 35, g); y en el libro de la Sabiduría (7, 26): “El es el esplendor de la luz eterna De esa luz, pues, dijo el Padre: “Hágase la luz, y la luz se hizo”. Y Juan más explícitamente escribe: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Y Ezequiel, con el mismo sentido pero con distintas palabras: “Se hizo sentir sobre mí la mano del Señor” (3, 22), en el cual y por el cual el Padre hizo todas las cosas. La luz, pues, que era inaccesible e invisible, se hizo visible en la carne, para “iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1, 79).
De esta “iluminación” hallas en Juan que “Jesús escupió en tierra, hizo lodo y untó los ojos del ciego de nacimiento” (9, 6). La saliva, que desciende de la cabeza del Padre, representa la sabiduría. “La cabeza de Cristo es Dios” (1Cor 11, 3), dice el Apóstol. La saliva se une al polvo, o sea, la divinidad se une a la humanidad, para iluminar los ojos del ciego de nacimiento, es decir, del género humano que fue cegado en nuestros primeros padres.
Está claro, pues, que en el día en que Dios dijo: “Hágase la luz”, en el mismo día, o sea, en domingo, la Sabiduría de Dios Padre, nacida de la Virgen María, desterró las tinieblas, que “cubrían los abismos” (Gen 1, 2), o sea, el corazón humano. Por eso, en aquel mismo día, en la misa de la Luz (Misa de la Aurora en Navidad), se canta: “Hoy resplandece sobre nosotros la luz y en el evangelio: “Una luz del cielo envolvió a los pastores”.
5.‑ El segundo día dijo Dios: “Haya un firmamento en medio de las aguas y que separe las unas de las otras”. El firmamento en medio de las aguas es el bautismo, que separa las aguas superiores de las inferiores, o sea, que separa a los rieles de los infieles. Los infieles con razón son llamados “aguas inferiores”, porque buscan las cosas inferiores y cada día se envilecen con sus caídas. En cambio, “las aguas superiores” representan a los fieles, que, como dice el Apóstol, deben “buscar las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Col 3,1).
Y observa que estas aguas son llamadas “cristalinas”. El cristal, tocado o herido por los rayos del sol, desprende chispas ardientes; así el hombre fiel, iluminado por los rayos de sol, debe desprender las chispas de la sana predicación y de la buena conducta, que inflamarán al prójimo.
Pero, lamentablemente, una vez quebrado el firmamento, las aguas superiores se dispersan en un mar muerto, entrando a formar parte de los muertos. Dice Ezequiel: “Estas aguas, que salen del túmulo de la arena oriental y descienden al llano del desierto, entrarán en el mar” (47,8). El túmulo indica la contemplación, en la que, como en un túmulo, el muerto es sepultado y escondido. El hombre contemplativo, muerto al mundo, apartado de la agitación de los hombres, yace como sepultado. Y Job: “En la abundancia de años entrarás en el sepulcro, como a su tiempo se recogen los montones de trigo” (5,26). El justo, en la abundancia de la gracia que le es concedida, entra en el sepulcro de la vida contemplativa, como a su tiempo el montón de trigo es llevado al granero. Despojado de la paja de las cosas temporales, su mente se recluye en el granero de la plenitud celestial y, así encerrada, se sacia de su dulzura.
6.‑ Observa que este túmulo es llamado “de arena oriental”. En la arena se indica la penitencia. Por esto hallas en el Éxodo que Moisés “escondió en la arena al egipcio, a quien había golpeado a muerte” (2, 12). El justo debe matar al pecado mortal con la confesión y sepultarlo con la satisfacción de las obras penitenciales, que debe siempre dirigir hacia aquel oriente, del cual habla Zacarías: “He ahí al hombre, cuyo nombre es Oriente” (6, 12).
“Estas aguas salen del túmulo de la arena oriental”. ¡Ay de mí! ¡Cuántas aguas, cuántos religiosos abandonan el “túmulo de la vida contemplativa”, de la arena de la penitencia, del oriente de la gracia! Se van, digo, con Dina y Esaú de la casa paterna (Gen 34, 1); con el diablo y con Caín se alejan del rostro de Dios (Gen 4, 16); con judas traidor ‑ que era ladrón y tenía su peculio (Jn 12, 6) ‑ abandonan la escuela de Cristo (Jn 13, 29‑30), y bajan al llano del desierto, a la planicie del desierto de Jericó, en el que el rey Sedecías es cegado por Nabucodosor, o sea, por el diablo, como dice el profeta Jeremías (39, 47). Esto significa que en la abundancia de las cosas temporales, el pecador es privado de la luz de la razón y de los propios hijos, o sea, de sus obras, destruidas por el mismo diablo.
En esta llanura Caín, cuyo nombre significa “posesión”, mató a Abel, cuyo nombre significa “luto”. La posesión de una efímera abundancia mata el luto de la penitencia. Descienden, pues, las aguas en la llanura desierta. Se lee en el Génesis: “Caminando de oriente a occidente, hallaron una planicie en la tierra de Senaar” (11, 2). Del oriente de la gracia, los hijos de Adán caminan hacia el occidente de la culpa y, hallado un campo de gozo mundano, se instalan en la tierra de Senaar, nombre que se interpreta “hedor”. En la hediondez de la gula y de la lujuria construyen la casa de sus vivencias, tomando el nombre de Dios en vano, no como cristianos, sino como paganos, mientras el Señor manda en el Éxodo: “No tomes el nombre de Dios en vano” (20, 7). Toma en vano el nombre de Dios el que no asume la realidad del nombre, sino el nombre sin la realidad. Y de esta manera entran en el mar, es decir, en la amargura de los pecados, para llegar después a la amargura de los tormentos.
Pero Dios hizo el firmamento del bautismo en medio de las aguas, para dividir las unas de las otras. Pero estos pecadores, como dice Isaías, “transgredieron las leyes, cambiaron el derecho, violaron el pacto eterno. Por esto, la maldición devorará a la tierra; sus habitantes pecarán y por esto sus cultivadores enloquecerán” (24, 5‑6). Transgreden las leyes de la letra y de la gracia, porque no quieren guardar ni la ley de la letra como esclavos, ni la de la gracia como hijos. Cambian el derecho natural, que dice: “No hagas a los demás lo que no quieres que se te haga a ti” (Tob 4, 16). Quebrantan la eterna alianza, que juraron en el bautismo. Y por esto la maldición de la soberbia devorará la tierra, es decir, a los mundanos, y sus habitantes caerán en el pecado de la avaricia. A ellos se les dice en el Apocalipsis: “¡Ay de los que habitan la tierra!” (8, 13); y los que la cultivan enloquecerán en el pecado de la lujuria, la cual es locura y demencia.
7.‑ El tercer día dijo Dios: “Produzca la tierra hierba verde”. La tierra, que deriva del latín tero pisar, triturar, es el cuerpo de Cristo, que, como dice el profeta Isaías (53, 5), “fue triturado a causa de nuestros pecados”. Y esta “tierra” (el cuerpo de Cristo) fue excavada y arada con los clavos y con la lanza; y de ella se dice: “La tierra excavada dará fruto a su tiempo. La carne de Cristo, traspasada, dará el reino de los cielos. Esta tierra germinó hierba verde en los apóstoles, produjo la semilla de la predicación en los mártires y el árbol fecundo que dio fruto en los confesores y en las vírgenes. La fe en la iglesia primitiva era como hierba tierna. Por esto, los apóstoles podían decir con el Cantar de los Cantares (8, 8): “Nuestra hermana”, es decir, la iglesia, es “pequeña” por el número de fieles, “y no tiene pechos”, para amamantar a sus hijos. Todavía no había sido fecundada por el Espíritu Santo; y entonces decían. “¿Qué haremos a nuestra hermana el día de Pentecostés, en el cual se le deberá hablar” con la palabra del Espíritu Santo?
Por esto, dice el Señor en el evangelio: “El Espíritu Santo se lo enseñará todo y se lo sugerirá ‑se lo administrará‑ todo” (Jn 14, 26).
8.‑ El cuarto día dijo Dios: “Haya dos lumbreras en el firmamento”. En el firmamento, o sea, en Cristo ya glorificado con la resurrección, hubo dos lumbreras: el esplendor de la resurrección simbolizada por el sol, y la incorruptibilidad de la carne simbolizada en la luna; pero hay que tener presente la condición del sol y de la luna antes (te la caída de nuestros primeros padres, porque, por causa de su desobediencia, todas las criaturas soportan un daño. Lo dice el Apóstol: “Toda la creación gime y sufre hasta hoy en día los dolores de parto” (Rom 8, 22).
9.‑ El quinto día Dios creó las aves del cielo; y con esto concuerda muy bien el quinto artículo de la fe: la Ascensión, por la cual el Hijo de Dios, como un ave, voló a la derecha del Padre con la carne humana que había asumido. Por esto dice con las palabras del profeta Isaías: “Yo llamo del oriente un ave y de una tierra lejana al hombre de mi voluntad” (46, 11). “Llamo del oriente”, es decir, del monte de los olivos que se halla al oriente, a aquel del cual se dice: “Subió a la parte más alta del cielo” (Salm 67, 34), es decir, a la misma dignidad del Padre. “Llamo del oriente un ave”, es decir, a mi Hijo, y de una tierra lejana, es decir, del mundo, “al hombre de mi voluntad”, a aquel que dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre que me envió” (Jn 3, 34).
10. El sexto día dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. El sexto artículo de la fe es el envío del Espíritu Santo, en virtud del cual la imagen de Dios, afeada y deformada, con la infusión del Espíritu Santo que “sopló en el rostro del hombre el aliento de la vida”, fue reformada e iluminada. Está escrito en los Hechos (le los Apóstoles: “Llegó del cielo un improviso estruendo, como de un viento vehemente que soplaba” (2, 2).
Y observa bien que el Espíritu Santo es llamado “vehemente”, tanto porque quita el eterno dolor (en latín, vae, ay), como también porque lleva en alto la mente (vehens mentem). Dice el profeta David: “Está marcada sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro” (Salm 4, 7). El rostro del Padre es el Hijo. Como se reconoce a una persona por el rostro, así por medio del Hijo conocemos al Padre. La luz del rostro de Dios es, pues, el conocimiento del Hijo y la iluminación de la fe, que en el día de Pentecostés fue marcada y grabada en el corazón de los apóstoles como un carácter; y así “el hombre fue un ser viviente” (Gen 2, 7).
11.‑ El séptimo día Dios descansó de todas sus obras. Y también la iglesia, en el séptimo artículo de la fe, descansará de toda fatiga y sudor, cuando Dios “enjugará toda lágrima de sus o os” (Ap 21, 4), eliminando toda causa de llanto. Entonces ella será alabada por su Esposo y merecerá oír: “Denle el fruto de sus manos, y que sus obras la alaben en las puertas” del juicio (Prov 31, 31). Y ella, junto con sus hijos, oirá “el susurro de una brisa tenue” (3Rey 19, 12): “¡Vengan, benditos de mi Padre, a heredar el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo!” (Mt 25, 34).
Después de haber trazado brevemente en “el ladrillo” los siete días de la creación y los siete artículos de la fe, nos disponemos a escribir en sentido moral las seis virtudes del alma fiel y las seis horas de la lectura evangélica, concordándolas con “el denario” y con “el sábado”.
12.‑ Consideraremos brevemente a “la segunda Jerusalén”, o sea, al alma fiel, que en mateo es llamada “viña”. Veremos cómo debe ser escardada con la azada de la contrición, podada con la guadaña de la confesión y sostenida con los tutores de la satisfacción.
Dijo Dios.‑ “Hágase la luz”. “Y la luz se hizo”. Porque, como dice Ezequiel. “Una rueda estaba en medio de otra rueda” (1, 16), es decir, el Nuevo Testamento está en el Antiguo, y “cortina trae cortina” (Ex 26, 3), es decir, el Nuevo Testamento explica el Antiguo. He ahí, pues, que, explicando en sentido moral las “seis horas” del evangelio con las obras de los “seis días” llevadas a cabo por Dios, pondremos de acuerdo el Nuevo con el Antiguo Testamento.
13.‑ El primer día dijo Dios: “Hágase la luz”. Y la luz fue hecha”. oye la concordancia de la primera hora: “Semejante es el reino de los cielos a un padre de familia que salió temprano, para contratar obreros” (Mt 20, 1).
Observa que las virtudes del alma son seis: la contrición del corazón, la confesión de la boca, la satisfacción de las obras de penitencia, el amor de Dios y del prójimo, el ejercicio de la vida activa y contemplativa, la consecución de la perseverancia final. Cuando sobre la faz del abismo, o sea, en el corazón, existen las tinieblas del pecado mortal, el hombre sufre por el desconocimiento de Dios y de su fragilidad, y no sabe discernir entre el bien y el mal. Y éste es el triduo”, de que se habla en el Éxodo, donde se dice que “por tres días hubo tinieblas que se podían palpar en la tierra de Egipto”; pero donde estaban los hijos de Israel, había luz (10, 21‑23). Los tres días son el conocimiento de Dios, el conocimiento de uno mismo y el discernimiento entre el bien y el mal. Para los dos primeros, san Agustín ora así: “ Señor, dame la gracia de conocerte a ti y a mí”. Acerca del tercero se dice en el Génesis que “el árbol del bien y del mal, o sea, el discernimiento, estaba en el jardín” (2, ), o sea, en el espíritu del hombre.
El primer día nos ilumina para que conozcamos la dignidad de nuestra alma. Dice el Eclesiástico: “Guarda tu alma en la mansedumbre, y dale honor” (Ecli 10, 31). Pero “el hombre desgraciado, cuando vivía en el honor, no comprendió, y se hizo semejante a los animales” (Salm 48, 13). El segundo día nos ilumina para que conozcamos nuestra enfermedad. Dice Miqueas: “Tu humillación está en medio de ti” (6, 14). El centro de nuestro cuerpo es el vientre, depósito de excrementos. Si pensáramos en ello, nuestra soberbia quedaría humillada, nuestra arrogancia quedaría desinflada y nuestra vanagloria se evaporaría. El tercer día nos ilumina para distinguir el día de la noche, la lepra de la limpieza, lo puro de lo impuro. Todo esto es muy necesario. Dice Ovidio: “El mal linda con el bien, en el mismo error. A menudo la virtud arrastra crímenes a favor del vicio”.
En estos tres días hay tinieblas palpables en la tierra de Egipto y sobre la faz del abismo; pero donde se hallen los verdaderos hijos de Israel, reina la luz, de la cual dijo Dios: “Hágase la luz”. Esta luz es la contrición del corazón que ilumina al alma, suscita el conocimiento de Dios y de su enfermedad y produce diferencia entre el hombre bueno y el malvado.
14.‑ Estas son la primera mañana y la primera hora, en las que el padre de familia, o sea, el penitente, sale a contratar obreros para trabajar en su viña, como se dice en el evangelio de este domingo; y en el introito de la Misa se canta: “Me rodean gemidos de muerte”; y se lee la carta del apóstol Pablo a los corintios: “¿No saben que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio?” (1Cor 9, 24).
De esta “mañana” dice el Profeta: “Por la mañana”, o sea, al comienzo de la gracia, “estaré delante de ti” (Salm 5,5) recto y erecto, como recto y erecto tú me hiciste. En efecto, dice san Agustín, “Dios es recto y erecto, e hizo al hombre recto y erecto, para que sólo con los pies tocara la tierra, o sea, buscara de la tierra sólo las cosas necesarias. De esta mañana se dice en Marcos: “Muy de madrugada, el primer día después del sábado, llegaron al sepulcro, cuando ya el sol había salido” (16, 2).Y observa bien que dice “el primer día después del sábado”, porque nadie puede andar al sepulcro, si antes no se libera de las preocupaciones de las cosas temporales. “En la mañana de la contrición ‑dice el Profeta‑ exterminaba ¿t todos los pecadores de la tierra” (Salm 100, 8), es decir, reprimía todos los movimientos desordenados de mi carne.
¿Quién es ésta ‑dice del alma penitente el esposo‑ que avanza como la aurora que surge?” (Cant 6, 10). Como la aurora marca el comienzo del día y el término de la noche, así la contrición marca el término del pecado y el comienzo de la penitencia. Dice el Apóstol: “Si por el pasado eran tinieblas, ahora son luz en el Señor” (Ef 5, 8); y también: “La noche está por acabar, y el día está cerca” (Rom 13, 12).
15.‑ A la primera luz y de madrugada salga, pues, el jefe de familia, para cultivar la viña. De ella dice Isaías: “A mi amado le fue dada una viña en una loma, hija del aceite, o sea, fértil. El la rodeó de una tapia y la liberó de las piedras; edificó en medio de ella una torre, construyó un lagar y plantó vides seleccionadas” (5, 1‑2).
“La viña”, o sea, el alma, “fue hecha para el amado y para su honor”, en una loma, a través de la potencia de la Pasión. “Para el amado, hijo del aceite”, o sea, de la misericordia. Sólo por misericordia y “no por obras de justicia que hubiéramos hecho” (Tit 3, Salm), El salvó a la viña. Y la rodeó de una tapia, la tapia de la ley escrita y de la ley de la gracia, de la que Salomón en el Eclesiastés dice: “El que destruye la tapia”, o sea, transgrede la ley, “será mordido por la serpiente”, o sea, el diablo que merodea en las sombras, o sea, en los pecadores (Ecle 10, 8). Por esto dice Job:”El duerme a la sombra”, es decir, en una mente tenebrosa, y “descansa escondido en el cañaveral”, es decir, en la falsedad de la hipocresía, y “en lugares húmedos” (Job 40, 16), es decir, en los lujuriosos.
“Y la liberó de las piedras”, es decir, de la dureza del pecado. “Y en el medio edificó la torre” de la humildad, o sea, la parte superior de la razón, y “construyó el lagar “ de la contrición, de la que se exprime el vino de las lágrimas; y así, con los ejemplos y las enseñanzas de los santos, “plantó vides seleccionadas”. A esta viña el jefe de familia debe llevar de madrugada a los obreros, es decir, el amor y el temor de Dios, para que la cultiven de la manera debida.
16.‑ Acerca de esta “madrugada”, hallas en el primer libro de los Reyes que “Saúl, entrado de madrugada en medio de los campamentos de los hijos de Amón, hirió a los amonitas hasta que el día se hiciera cálido” (11, 11). Saúl representa al penitente, ungido con el óleo de la gracia. Este, de madrugada, con la contrición del corazón, debe introducirse en los campamentos de los hijos de Amón, nombre que se interpreta “agua paterna”, y simboliza los movimientos carnales, los cuales derivan hacia nosotros, como agua corriente, de nuestros primeros padres. Saúl, es decir, el penitente, debe destruir esos movimientos hasta que el día se haga cálido, es decir, hasta que el fervor de la gracia irradie el alma y, después de haberla irradiado, la caliente.
De esta “mañana”, leemos en el profeta Jonás que “el Señor, al surgir el alba, envió un gusano que carcomió la hiedra, y ésta se secó” (4,7). La hiedra, que por sí misma no puede elevarse en alto, sino que lo hace adhiriendo a las ramas de algún árbol, representa al rico de este mundo, quien puede elevarse al cielo no por sí mismo, sino con las limosnas dadas a los pobres, que lo levantan a manera de brazos. Y por eso el Señor dice en el evangelio: “Háganse amigos con el dinero de la iniquidad”, o sea, de la injusticia, “para que cuando desfallezcan, los acojan” (Lc 16, g). Esta hiedra, “al brotar del alba”, es decir, al brotar de la gracia y con la contrición del corazón, es herida y desprendida por el diente del gusano, o sea, por el remordimiento de la conciencia, de tal modo que, cayendo a tierra, o sea, considerándose tierra, se seca en sí misma y se envilece. Dice el Profeta: “Mi carne y mi corazón desfallecen” (Salm 72, 26), o sea, la soberbia de mi corazón y mi carnalidad.
Después de haber hecho estas consideraciones sobre “el primer día” de la creación y “la primera mañana” de la contrición, vamos a pasar al segundo día de la creación y a la “hora tercera” de la confesión.
17.‑ El segundo día dijo Dios: “Haya un firmamento en medio de las aguas y las divida las unas de las otras”. El firmamento es la confesión, que ata firmemente al hombre, para que no se disperse en los placeres. Por esto el Señor, por boca de Jeremías, reprende al alma pecadora, privada de este firmamento, o apoyo: “¿Hasta cuándo te consumirás en los placeres, hija vagabunda?” (31, 22). E Isaías añade: “Recorre la tierra como un río, oh hija del mar, porque ya no tienes cinturón” (23, 10~). El alma mísera es llamada “hija del mar”, porque chupa ávidamente, como de mama diabólica, los placeres del mundo, que tienen el gusto de la dulzura, pero engendran una amargura sempiterna.
Dice Santiago: “La concupiscencia engendra el pecado; y el pecado, después de consumado, engendra la muerte” (Sant 1, 15). Al alma se le dice: “Recorre la tierra como un río”, como si le dijera:”Cíñete con el cinturón de la confesión y recoge tus vestiduras, para que no se manchen con cosas inmundas; y no quieras pasar por la abundancia de los bienes terrenos, donde muchos se perdieron, sino escoge el camino de la sencillez y las estrecheces de la pobreza, ya que a través de un arroyuelo se pasa con toda tranquilidad”. Pero el alma pecadora “no tiene el cinturón”, no tiene el apoyo de la confesión, del que se dice: “Haya el firmamento en medio de las aguas, y las divida las unas de las otras”.
Las aguas superiores son los efluvios de la gracia, las aguas inferiores son las exhalaciones de la concupiscencia, que deben estar bajo el dominio del hombre. O en otro sentido: la mente del justo tiene las aguas superiores, o sea, la razón, que es la potencia superior del alma y siempre estimula al hombre para el bien; pero también tiene las aguas inferiores, o sea, la sensualidad, que tiende siempre a la calda. El “firmamento” de la confesión divida las aguas superiores de las inferiores, para que el penitente, salido de Sodoma y subiendo a las montañas, no mire atrás, como la mujer de Lot, y se transforme en una estatua o en un bloque de sal (Gen 19, 17‑26), que los animales, o sea, los demonios, consumirán lamiéndolo con gran avidez. El penitente, salido de Egipto con los verdaderos israelitas y dirigiéndose hacia la tierra prometida, no tome por guía a su propia voluntad, que lo haría volver a las ollas de carnes, melones y cebollas de Egipto, o sea, a los deseos carnales.
“Haya, pues, los conjuro, un firmamento en medio de las aguas”, para que el penitente, después de haber dado al confesor la promesa de un firme propósito de no recaer, en la misma confesión, casi a la hora tercera, merezca. junto con los apóstoles, ser embriagado con el mosto del Espíritu Santo, y como un odre, renovado por la confesión, se llene de vino nuevo. Dice el Señor: Si el vino nuevo, o sea, la gracia del Espíritu Santo, fuera trasegado al odre viejo de los días de pecado, el odre se despedazaría y el vino se desparramaría, como sucedió al inveterado traidor judas, el cual, colgado del cuello como un odre, reventó al centro del vientre; y sus entrañas, que se habían saturado del veneno de la avaricia, se esparcieron por tierra (Hech 1, 18).
Con razón la confesión es Ramada “hora tercera”, en la cual el verdadero penitente, como un jefe de familia, cultiva la viña de su alma. El debe confesarse culpable de tres cosas: de haber ofendido al Señor, de haberse matado a sí mismo y de haber escandalizado al prójimo, no dando a cada uno la justicia debida: a Dios el honor, a sí mismo la desconfianza, al prójimo el amor. Por eso, en el introito de la misa de hoy se duele diciendo: “Me rodearon gemidos de muerte”, porque ofendí a Dios; “me aferraron las penas del infierno”, porque caí en el pecado mortal; y en mi tribulación que sufro, porque escandalicé al prójimo, “invoqué con la contrición del corazón al Señor”; y El, desde su santo templo, es decir, de su humanidad, en la cual habita la divinidad, “escuchó mi voz”, la voz de mi confesión.
18.‑ El tercer día dijo Dios: “Produzca la tierra hierba verde, que dé semilla según su género y que tenga en sí misma su semilla sobre la tierra”. Observa que en el tercer día se señala la satisfacción de la penitencia, que consiste en tres prácticas: la oración, el ayuno y la limosna. Las tres están indicadas en las palabras susodichas.
“Produzca la tierra hierba verde”. La hierba verde representa la oración. Dice Job del penitente: “¿Quién dejó libre al onagro, o sea, asno salvaje, y quién desató sus correas? A él le di como casa el desierto, y sus tiendas están en tierra salobre; desprecia la multitud de la ciudad, y no oye el clamor del exactor; abarca con su mirada los montes de sus pastos, y busca todo lo que es verde” (39, 5‑8). El onagro, cuyo nombre deriva de onus, peso, y de áger, campo, representa al penitente, que, en el campo de la iglesia, se somete al peso de la penitencia. El Señor lo envía libre y desata sus ataduras, cuando le permite irse liberado de la esclavitud del demonio y desatado de las cadenas de sus pecados. Por esto el Señor dice a los Apóstoles: “¡Desátenlo y déjenlo ir! “. A este penitente Dios le da como casa la soledad de la mente y las tiendas de la vida activa, en las que lucha “en tierra salobre”, o sea, entre las vicisitudes humanas. Y así este penitente desprecia la multitud de la ciudad, de la que dice el Señor por el Profeta: “Yo soy el Señor y no cambio” (MI 3, 6), ni entro en la ciudad. Y David: “En la ciudad vi la iniquidad contra Dios y las contiendas contra el prójimo” (Salm 54, 10). “Y no escucha la voz del exactor”. El exactor es el diablo, que una vez ofreció a nuestros primeros padres la moneda del pecado; ahora, todos los días, no deja de exigirla con los intereses de la usura. El penitente no escucha la voz de este exactor, cuando rehúsa consentir a sus sugestiones. o también el exactor es el vientre que todos los días reclama en voz alta el tributo de la gula; pero el penitente de ninguna manera lo escucha, porque le obedece no por el placer sino por la necesidad.
“Este onagro abarca con la mirada los montes de su pasto”, porque, llegado a un modo de vivir superior, mirando a su alrededor, descubre los pastos de la Sagrada Escritura y dice con el Profeta: “El Señor me colocó en pastos lozanos” (Salm 22, 2); busca todo lo que es verde en la oración asidua; y así de los pastos de la sagrada lectura llega a la posesión de las hierbas verdes de la devota oración, de la que se dice: “Produzca la tierra hierba verde”.
19.‑ “Produzca la tierra hierba verde y que dé semilla”. Con estas palabras se indica el ayuno. Dice Isaías: “¡Felices ustedes, que siembran sobre las aguas y atan el pie del buey y del asno!” (32, 20). Siembra sobre las aguas aquel que a la oración y a la compunción de las lágrimas añade el ayuno, y así ata con los vínculos de los mandamientos “el pie del buey y del asno”, es decir, los afectos del espíritu y del cuerpo. Dice el Señor: “Esta raza de demonios”, o sea, la impureza del corazón y la lujuria de la carne, “no puede ser echada sino con la oración y el ayuno” (Mt 17, 20). Efectivamente, con la oración purificamos el corazón de los malos pensamientos y con el ayuno frenamos la petulancia de la carne.
Sigue el tercer punto: “Las plantas frutales den fruto según su especie”. En la planta frutal se designa la limosna, que produce su fruto en los necesitados, fruto que ellos mismos con sus manos transportarán al cielo. Observa que se dice: “Que den fruto según su especie”. La especie del hombre es otro hombre, creado de la tierra y hecho viviente con el alma. Debe, pues, hacer la limosna como “fruto según su especie”, porque el alma se nutre de pan espiritual y el cuerpo de pan material. Dice Job: “Visitando a tu especie, no cometerás pecado” (Job 5, 24). Tú especie es otro hombre, al que debes visitar con la limosna espiritual y material; y así no transgredirás el mandamiento que dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 39). Observa también que se dice: “Y que tenga en sí misma su semilla”. Comenta Agustín: “El que quiera hacer la limosna con buen orden, antes debe comenzar de sí mismo”.
Estas tres prácticas hacen perfecta la satisfacción de la penitencia, que está bien representada por la “hora sexta”, o sea, el mediodía, cuando el jefe de familia salió a contratar obreros para cultivar su viña. Observa que el mediodía, momento en que el sol es más caliente que durante las otras partes del día, representa el fervor en cumplir la satisfacción de la penitencia. Hacia el fin del Deuteronomio está escrito: “Neftalí gozará de abundancia y será colmado de las bendiciones del Señor: poseerá el mar y el mediodía” (Dt 33, 23). Neftalí se interpreta “convertido” o “dilatado”, y representa al penitente, que se convierte de su mal camino y se expande en buenas obras. Este gozará de la abundancia de la gracia en su itinerario y estará colmado con la bendición de la gloria. Sin embargo, para que merezca alcanzarla, es necesario que ante todo posea el mar, o sea, la amargura del corazón, y el mediodía, o sea, el fervor de la satisfacción.
20.‑ El cuarto día dijo Dios: “Haya en el firmamento dos grandes lumbreras”. La cuarta virtud es el amor de Dios y del prójimo. El amor de Dios está representado por el esplendor del sol, el amor del prójimo por la mutabilidad de la luna. ¿No te parece que haya cierta mutabilidad en la frase de san Pablo: “Gozar con los que gozan y llorar con los que lloran?” (Rom 12, 15). De estos dos amores se lee hacia el fin del Deuteronomio: “La tierra de José esté repleta de todos los frutos del sol. y de la luna” (33, 14). Los frutos representan las obras del justo por la alegría de la perfección, por la belleza de la recta intención, por el perfume de la buena reputación. Estos frutos proceden del sol y de la luna, o sea, del amor de Dios y del prójimo, dos virtudes que hacen perfecto a cualquier hombre.
Este doble amor está simbolizado en la “hora novena”, cuando, una vez más, el jefe de familia sale para contratar obreros. La perfección de este doble amor conduce a la perfección de la bienaventuranza angélica, que el profeta Ezequiel subdivide en nueve órdenes, bajo el símbolo de las nueve piedras preciosas, cuando habla a Luzbel: “innumerables piedras preciosas adornaban tu manto: rubí, topacio, diamante, crisólito, ónice, jaspe, zafiro, carbúnculo y esmeralda” (Ez 28, 13).
2 1. ‑ El quinto día, Dios creó a los peces en el mar y a las aves sobre la tierra. La quinta virtud es la práctica de la vida activa y contemplativa. En ella el hombre activo, como el pez, recorre las sendas del mar, o sea, del mundo, para poder socorrer al prójimo que padece necesidades; y el hombre contemplativo, como el ave, elevado hacia el cielo por las alas de la contemplación, en la medida de sus capacidades, contempla “al Rey en su esplendor” (ls 33, 17). “El hombre ‑dice Job‑ nace para la fatiga” de la vida activa, y “el ave para el vuelo” de la vida contemplativa (5, 7).
Observa, además, que, como el ave que tiene el pecho ancho, es frenada por el viento porque desplaza mucho aire, mientras el ave que ha el pecho estrecho y penetrante, vuela más velozmente y sin dificultad (Aristóteles); así la mente del contemplativo, si se expande en muchos y variados pensamientos, sufre muchos obstáculos en el vuelo de la contemplación; pero, si su mente se recoge y se concentra en una sola cosa, fruirá de veras del gozo de la contemplación.
La práctica de esta doble vida está representada en la “hora undécima”, en la cual el jefe de familia vuelve a salir. La hora undécima consta del uno y del diez. La vida contemplativa se refiere al uno, porque tiene por objeto a un solo Dios, que es el único gozo. En cambio, la vida activa se refiere a los diez mandamientos del decálogo, con los cuales la misma alcanza la plenitud en el tiempo de este destierro terreno.
22.‑ El sexto día dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. La sexta y la última virtud del hombre es la perseverancia final, que es la cola de la víctima en el sacrificio y la larga y multicolor túnica de José. Sin la perseverancia final, las otras cinco virtudes serían inútiles; pero con ella serán ejercidas fructuosamente. Sólo en ella la imagen y semejanza de Dios, que jamás debe ser afeada, manchada o borrada, se graba eternamente en el rostro del alma, como sucedió en el sexto día de la creación.
Esta “tarde” del evangelio, última hora de la vida humana, en la cual el jefe de familia, por medio de su administrador, o sea, de su Hijo, da el “denario”, o sea, salario, a aquel que trabajó asiduamente en la viña, es simbolizada por el sábado, que significa “reposo”. De él dice Isaías: “Habrá mes de mes”, es decir, que la perfección de la gloria dependerá de la perfección de la vida; y “habrá sábado de sábado” (66, 23), es decir, el reposo de la eternidad dependerá de la tranquilidad del corazón, que es dada de la doble estola del alma y del cuerpo (o sea, el vestido de la gracia y de la inocencia).
El alma será glorificada con tres prerrogativas, y el cuerpo con cuatro. El alma será adornada con la sabiduría, con la amistad y con la concordia. La sabiduría de Dios resplandecerá en el rostro del alma, que “verá a Dios como es” (1 Jn 3, 2) y “conocerá a Dios como ella misma es conocida” (1Cor 13, 12). La amistad también se refiere a Dios, y de ella dice Isaías: “Aquel cuyo fuego arde en Sión”, o sea, en la iglesia militante, “tendrá su horno” de ardentísimo amor “en Jerusalén”, o sea, en la iglesia triunfante” (31, 9). La concordia se refiere al prójimo, de cuya. gloria el alma gozará, como gozaría de la propia.
Cuatro serán las prerrogativas del cuerpo: el esplendor, la transparencia, la agilidad y la inmortalidad. De ellas se dice en el libro de la, Sabiduría: “Resplandecerán los justos”: he ahí. el esplendor; “y como chispas”: he ahí la transparencia; “saltarán en un cañaveral”: he ahí la agilidad; “y el Señor será su rey para siempre”: he ahí la inmortalidad (Sb 3, 7‑8). Dios, en efecto, no es el dios de los muertos, sino el Dios de los vivientes (Mt 22, 32).
23.‑ Para merecer esta corona incorruptible, adornada de estas siete piedras preciosas (tres del alma y cuatro del cuerpo), debemos correr, como nos exhorta el Apóstol en la epístola de hoy: “¿No saben que los que corren en el estadio, todos corren, pero uno solo conquista el premio? Corran también ustedes para conquistarlo. Los atletas que se desafían en el certamen, se imponen un régimen muy estricto y lo hacen para ganar una corona de laureles que se marchita. ¡Cuánto más debemos hacerlo nosotros para ganar una corona que no se marchita!” (1Cor 1), 24‑25).
El estadio es la octava parte (le la milla, mide cientoveinticinco pasos y representa la fatiga de este destierro, durante el cual debemos correr en la unidad de la fe y con los pasos del amor, que son cientoveinticinco.
En este número está indicada toda la perfección del amor divino. En el ciento, que es el número perfecto, está simbolizada la doctrina evangélica; en el veinte, los preceptos del decálogo, que deben ser observados tanto en sentido literal como espiritual; en el cinco, la molicie de los cinco sentidos, que debe ser mortificada. El que corre en este estadio, conquista el premio, o sea, la recompensa de una corona que no se marchita, de la que se dice en el Apocalipsis: “Yo te daré ‑dice el Señor- la corona de la vida” (2, 10).
Hermanos queridísimos, imploremos con súplicas y lágrimas al Señor, para que El que nos creó y recreó, nos creó de la nada y nos recreó con su propia sangre, se digne establecernos en el “septenario” de la eterna felicidad. Y así merezcamos vivir eternamente con El, que es principio de todas las criaturas.
¡Nos lo conceda bondadosamente el mismo Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ “Salió el sembrador a sembrar su semilla” (Lc 8, 5).
Dice Isaías a los predicadores: “¡Felices ustedes que siembran sobre las aguas!” (32, 20). Las aguas, como dice Juan en el Apocalipsis (17, 15), son los pueblos, de los que escribe Salomón: “Todos los ríos salen del mar, y al mar regresan” (Ecle 1, 7).
Observa que hay una doble amargura: la del pecado original y la de la muerte corporal. Todos los ríos, pues, o sea, todos los pueblos, salen del mar, o sea, de la amargura del pecado original. Dice David: “Tú ves que en el pecado me concibió mi madre” (Sal 50, 7); y asimismo el Apóstol: “Todos nacimos hijos de la ira” (Ef 2, 3). Y todos vuelven al mar, o sea, a la amargura de la muerte corporal Dice el Eclesiástico: “¡Qué yugo más pesado se pone sobre los hijos de Adán, desde el día en que salen del seno materno!” (40, 1). Y también: “oh muerte, ¡qué amargo es tu pensamiento!” (Ecli 41, 1). Al referirse a estos dos hechos, dice el Señor al pecador: “Eres tierra” por la impureza de la concepción, “y a la tierra regresarás” con la destrucción de tu cuerpo” (Gen 3, 19). ¡Felices, pues, ustedes, que siembran sobre las aguas!
“La semilla”, como dice el evangelio de hoy, “es la palabra de Dios”. Entonces, para merecer ser bendecido entre los bienaventurados, yo sembraré sobre ustedes en el nombre de Jesucristo, el cual “salió del seno del Padre y vino al mundo, para sembrar su semilla” (Glosa), porque uno solo y el mismo es el Dios del Nuevo y del Antiguo Testamento, Jesucristo, el Hijo de Dios. Dice Isaías: “Yo mismo el que te hablaba, ahora aquí estoy “ (52, 6). Yo que hablaba a los padres por medio de los profetas, ahora estoy presente con la realidad de la Encarnación. Por eso, para honor del único Dios y para utilidad de los oyentes, vamos a poner de acuerdo a los dos Testamento, confiando en la gracia que Dios nos dará. Digamos, pues: “El sembrador salió a sembrar su semilla”.
2.‑ En este domingo se lee en la iglesia el evangelio del sembrador y de la semilla; se proclama y se canta la historia de Noé y de la construcción de su arca; y en el introito de la misa se canta: “Levántate, ¿por qué duermes, Señor?”. Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los corintios: “Ustedes soportan fácilmente a los necios”. Entonces, en el nombre del Señor, todo esto vamos a ponerlo de acuerdo.
En el pasaje evangélico de hoy, debemos destacar seis cosas muy importantes: el sembrador y la semilla, el camino y la piedra, las espinas y la buena tierra. Y en la historia bíblica hay otras seis cosas: Noé y el arca. Esta tenía cinco sectores: el primero para los excrementos, el segundo para los víveres, el tercero para los animales feroces, el cuarto para los animales domésticos, el quinto para los hombres y las aves. Pero, presta mucha atención: en esta concordancia el cuarto y el quinto sector serán considerados como uno solo.
3.‑ El sembrador es Cristo, o su predicador; la semilla es la palabra de Dios; el camino representa a los lujuriosos; la piedra, a los falsos religiosos; las espinas, a los avaros y a los usureros; la buena tierra, a los penitentes y a los justos. Y que todo esto corresponda a verdad, lo vamos a probar con las citas bíblicas.
El sembrador es Cristo. En el Génesis puedes leer: “Isaac sembró en la tierra de Gerar y en el mismo año cosechó el céntuplo” (26, 12). “Isaac” se interpreta “gozo”, y es figura de Cristo, que es el gozo de los santos, los que ‑como dice Isaías‑ “alcanzarán gozo y alegría” (35, 10): gozo por la humanidad glorificada de Cristo, alegría por la visión de toda la Trinidad. Este nuestro Isaac sembró en la tierra de “Gerar”, que se interpreta “morada”, y es una figura de este mundo, del que dice el Profeta: “¡Ay de mí! ¡Mi morada, o sea, mi peregrinación, se prolongó” (demasiado)! (Salm 119, 5). En esta tierra de Gerar, o sea, en este mundo, Cristo sembró tres especies de semillas: la santidad de su vida ejemplar, la predicación del reino de los cielos, la realización de los milagros.
“Y en aquel mismo año cosechó el céntuplo”. Observa que toda la vida de Cristo es llamada “año del perdón y de la misericordia”. Como en el año hay cuatro estaciones: el invierno, la primavera, el verano y el otoño, así en la vida de Cristo hubo el invierno de la persecución de Herodes, por cuya causa huyó a Egipto. Hubo la primavera de la predicación, y entonces “aparecieron las flores” (Cant 2, 12), o sea, las promesas de la vida eterna; y “en nuestra tierra se oyó la voz de la tórtola”, o sea, la voz del Hijo de Dios: “Hagan penitencia, porque el reino de Dios está cerca” (Mt 4, 7,. Hubo el verano de la pasión, de la que dice Isaías: “Con su espíritu de rigor meditó para el día del ardor” (27, 8). Cristo, para el día del ardor, o sea, de su Pasión, con su espíritu de rigor, o sea, inflexible en sufrir la pasión, mientras colgaba de la cruz, meditó cómo pudiera derrotar al diablo, arrancar de su poder al género humano, y a los pecadores obstinados infligirles la pena eterna. Por esto decía también el Profeta: “Establecí en mi corazón el día de la venganza” (63, 4). Y hay, en fin, el otoño de su resurrección, por la cual, aventadas las pajas del sufrimiento y el polvo de la mortalidad, su humanidad, unida al Verbo, gloriosa e inmortal, fue colocada en la habitación de las provisiones, es decir, a la derecha de Dios Padre. Con razón, pues, se dice que “en el mismo año cosechó el céntuplo”, es decir, eligió a los apóstoles, a los cuales prometió: “Ustedes recibirán el céntuplo” ... o también, el céntuplo, o sea, la centésima oveja, o sea, el género humano, al que con gozo, en sus brazos clavados en la cruz, llevó a la asamblea de los nueve órdenes de ángeles.
Ahora, ya sabes con certeza que el sembrador es Cristo.
4.‑ Este es también el Noé, al que dijo el Padre: “Haz para ti un arca con tablas cepilladas; en el arca dispondrás pequeñas celdas; la calafatearás con brea por dentro y por fuera. Estas serán sus medidas: la longitud del arca será de trescientos codos; el ancho, de cincuenta codos; y la altura, de treinta codos.
Noé se interpreta “reposo”, y es figura de Jesucristo, quien dice en el evangelio: “vengan a mí, todos los que se cansaron” en Egipto, en el lodo de la lujuria y en el ladrillo de la avaricia; y si están agobiados bajo el yugo de la soberbia, yo les haré reposar. “El ‑‑corno se dice en el Génesis‑ nos servirá de consuelo en medio de nuestro trabajo y del cansancio de nuestras manos, en una tierra maldecida por Dios” (5, 29).
A El le dijo el Padre: “Haz para ti un arca”. El arca es la iglesia. Salió, pues, Cristo a sembrar su semilla; salió también para construir su iglesia, “<‑‑on tablas cepilladas”, o sea, con santos, puros y perfectos; y la calafateó con la brea de la misericordia y de la bondad, “por dentro” con el afecto, y “por fuera” mediante el ejercicio de las obras. Su longitud es de trescientos codos a motivo de los tres órdenes que existen en ella, o sea, Noé, Daniel y Job, que representan a los prelados, a los castos y a los cónyuges. El ancho de cincuenta codos se refiere a les penitentes de la misma iglesia. En efecto, en el quincuagésimo día después de Pascua, a los apóstoles se les infundió la gracia por medio del Espíritu Santo; y en el salmo 50 ‑“¡ Piedad de mí, Señor, en tu bondad!”‑, a los penitentes se les promete el perdón de los pecados. La altura de treinta codos se refiere también a los rieles de la misma iglesia, por su fe en la Santa Trinidad. Salió, pues, Cristo del seno del Padre y vino al mundo para sembrar y para construir su iglesia, en la cual se conservará una semilla que no se marchita, sino destinada a durar por los siglos de los siglos.
5.‑ Sigue el discurso sobre la semilla. “La semilla es la palabra de Dios”, de la cual dice Salomón en el Eclesiastés: “Esparce de buena mañana tu semilla” (11, 6). De buena mañana, o sea, en el tiempo de la gracia, que ahuyenta las tinieblas del pecado, oh predicador, esparce la semilla de la palabra, que es tu semilla, porque está confiada a ti. Y observa con cuánta propiedad la palabra de Dios sea llamada semilla. Como la semilla, sembrada en tierra, germina y crece ‑ante todo, como dice el Señor en Marcos, produce la hierba, después la espiga, y en fin en la espiga el grano pleno (4, 28)‑, así la palabra de Dios, sembrada en el corazón del pecador, ante todo, produce la hierba de la contrición, de la que se dice en el Génesis: “Germine la tierra, o sea, la mente del pecador, “hierba verde”, o sea, la contrición; después la espiga de la confesión, que se dirige hacia lo alto mediante la esperanza del perdón; en fin, el grano pleno de la satisfacción, de la que dice el Profeta: “Los valles”, o sea, los humildes penitentes, “abundarán con el trigo” de la plena satisfacción (Salm 64, 14), para que la penitencia sea proporcionada a la culpa. Con toda razón, pues, se dice: “Salió el sembrador a sembrar su semilla”.
6.‑ Pero no todos creen “ni todos obedecen al Evangelio” (Rom 10, 16); por eso continúa: “Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó al borde del camino y fue pisoteada, y las aves del cielo se la comieron” (Lc 8, 5). El primer sector del arca estaba reservado a la recolección de los excrementos. Entonces el camino pisoteado y el sector de los excrementos son figuras de los lujuriosos. Dice Salomón en el Eclesiástico: “La mujer impúdica es como suciedad de la calle” (9, 10), E Isaías clama contra los lujuriosos: “Hiciste de tu cuerpo como tierra y camino para los viandantes” (51, 23), es decir, para los demonios que, mientras pasan, pisotean la semilla para que no germine. Y de nuevo dice Isaías: “Con los pies será pisoteada la corona de soberbia de los borrachos de Efraím” (28, 3). Efraím se interpreta “fructífero”, e indica la abundancia de las cosas temporales. Los borrachos son los lujuriosos, embriagados con el cáliz de oro de Babilonia, es decir, con la abundancia material. La corona de soberbia en la cabeza es un orgulloso pensamiento en una mente corrupta. Este pensamiento es pisoteado por los pies de los demonios, cuando de pensamiento de mente corrupta llega a la embriaguez de la lujuria; y de esa manera, en tierra maldita, la semilla del Señor no puede germinar.
Los mismos demonios son llamados “aves”, a motivo de la soberbia, “del cielo”, o sea, del aire en el cual habitan. Ellos arrebatan la semilla del corazón del lujurioso y la devoran, para que no fructifique. Dice Oseas: “Los extranjeros”, o sea, los demonios, “devoraron su fuerza” (7, g), o sea, la fuerza de la divina palabra. Y observa que no dice “por el camino”, sino que “al borde del camino” cayó la semilla, porque el lujurioso no acoge la palabra dentro del oído del corazón, sino como un sonido que roza superficialmente el oído del cuerpo.
Los lujuriosos son el sector de los desechos, que “se pudrieron como jumentos en su bosta” (Jn 1, 17). De ellos dice el Salmo: “Ellos perecieron en Endor”, que se interpreta “fuego de la generación”, o sea, en el ardor de la lujuria, “llegaron a ser como el estiércol de la tierra” (Salm 82, 11). Y observa que de este estiércol de la tierra nacen cuatro gusanos: la fornicación, el adulterio, el incesto, el pecado contra natura.
La fornicación, o relación entre dos personas solteras, es pecado mortal; y se dice fornicación, o sea, matanza de la forma, o sea, muerte del alma, formada a imagen de Dios. El adulterio se llama así, porque es como el acceso al tálamo ajeno (ad alterius tirum). El incesto es el abuso de los consanguíneos o de los afines. El pecado contra natura se comete derramando el semen de cualquier manera, fuera del órgano de la concepción, o sea, del órgano de a mujer. Todos los que se manchan con estos pecados son camino pisoteado por los demonios y sector de las inmundicias. Y por esto la semilla de la palabra divina en ellos se pierde; y lo que fuere sembrado, lo arrebata el diablo.
7.‑ Sigue: “Parte de la semilla cayó sobre la piedra y, después que brotó, se secó por falta de humedad” (Lc 8, 6). El segundo sector en el arca de Noé fue la despensa de las provisiones. La piedra y la despensa son figuras de los falsos religiosos: piedra, porque se glorían de la sublimidad de su vid religiosa; y despensa, porque venden las obras de su vida por el dinero de b alabanza humana.
Dígase, pues: “Una parte cayó sobre la piedra”, de la cual habla el profeta Abdías, clamando contra el religioso soberbio: “La soberbia de tu corazón 9 te ensalzó a ti, que habitas en las hendiduras de la piedra” (1, 3). La soberbia deriva de super eo, o sea, voy arriba, porque el soberbio va por encima sí mismo. oh religioso, la soberbia de tu corazón te ensalzó, te llevó fuera ti, para que vanamente te levantaras por encima de ti, oh tu que habitas en las hendiduras de la piedra. Piedra es cualquier orden religiosa en la iglesia, de la que dice Jeremías: “jamás faltará la nieve de la piedra del campo” (11, 14). El campo es la Iglesia; la piedra del campo es la orden religiosa, fundada sobre la piedra de la fe; la nieve es la pureza de la mente y del cuerpo, que jamás debe faltar en la vida religiosa, Sin embargo, ¡ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Cuántas hendiduras, cuántos cismas, cuántas divisiones y cuántas discordias existen en la piedra, o sea, en las órdenes religiosas! Y si la semilla de la divina palabra cae sobre ellas, no fructificará, porque no tiene la humedad de la gracia del Espíritu Santo, quien no habita en las hendiduras de la discordia, sino en la casa de la unidad.
Dice Lucas: “Eran una sola alma y un solo corazón” (Hech 4, 32). En realidad, en las órdenes religiosas hay divisiones, porque hay altercados en el capítulo, indisciplina en el coro, murmuraciones en el claustro, glotonería en el refectorio, impudencia en el dormitorio. Con razón dice el Señor: “Parte de la semilla cayó sobre la piedra y, una vez nacida, se secó, porque ‑Como dice Mateo‑ no tenía raíces” (13, 6), o sea, no tenía la humildad, que es la raíz de todas las virtudes. Ahora, ves claramente que de la soberbia del corazón surgen las divisiones en las órdenes religiosas, que no pueden dar fruto, porque no tienen en sí la raíz de la humildad.
Una tal orden religiosa está representada en el sector de las provisiones (del arca). Los religiosos, cuando están en discordia internamente, buscan las alabanzas exteriormente. Los falsos religiosos, como negociantes, venden productos sofisticados en el mercado. Bajo el hábito religioso y a la sombra de un nombre falso, ansían ser alabados. Delante de la gente se revisten de cierta personal apariencia de perfección. Quieren ser considerados como santos, pero no quieren serlo. ¡oh, qué gran desgracia! La orden religiosa, que debería conservar toda suerte de virtud y el perfume de las buenas costumbres, se descompone y llega a ser negocio de plaza. Joel se queja diciendo: “Están destruidos los graneros”, es decir, los claustros de los canónicos; “se vaciaron las despensas”, es decir, las abadías de los monjes, “porque falta el trigo” (1, 17). En el trigo, que es blanco por dentro y rubio por fuera, está indicada la caridad, que guarda la pureza hacia sí mismo y el amor hacia el prójimo. Este trigo llegó a faltar, porque cayó sobre la piedra y, una vez nacido, se secó, porque no tenía la raíz de la humildad, ni la linfa de la gracia de los siete dones del Espíritu Santo. Con todo ello entiendes que, por falta de trigo, o sea, de la caridad, se destruye el depósito de toda vida religiosa.
8.‑ Sigue: “Una parte de la semilla cayó entre las espinas que, germinando juntas, la ahogaron” (Lc 8, 7). El tercer sector del arca de Noé estaba destinado a los animales feroces. observa cuánta correspondencia hay entre las espinas y los animales feroces, que simbolizan a los avaros y a los usureros. Son espinas, porque la avaricia captura, punza y hace sangrar; y son animales feroces, porque la usura arrebata y se traga.
Diga, pues, el Señor: “Una parte cayó entre las espinas”, que, corno El mismo comenta, son las riquezas, que aferran al hombre y lo frenan. Y Pedro, para no ser capturado y frenado, dice al Señor: “He aquí que nosotros lo hemos abandonado todo y te hemos seguido” (Mt 19, 27).San Bernardo lo felicita así: “¡Hiciste muy bien, oh Pedro! Cargado, no hubieras podido seguir al que corre”.
Las espinas punzan. Dice Jeremías: “Egipto es una novilla refinada y hermosa; pero le vendrá del norte el instigador” (46, 20). Egipto, que se interpreta “tinieblas”, es el avaro, envuelto en las tinieblas de la ignorancia. Es llamado “novilla” por dos motivos: por la lascivia de la carne y la inestabilidad de la mente; es llamado “refinado”, porque está atestado de hijos y de parientes; también es llamado “hermoso” por la posesión de edificios y por la belleza de los vestidos. A esta novilla le llega el instigador, o sea, el diablo, desde el norte, del cual, corno dice Jeremías, “se expandirá todo mal” (1, 14). El instigador la atormentará con el estímulo de la avaricia, para que corra y recorra, con el objeto de juntar las espinas, o sea, las riquezas, de las que dice Isaías: “Las espinas amontonadas serán quemadas por el fuego” (33, 11
La espina punza y, punzando, hace sangrar. “Toda alma, dice Moisés, existe o vive en su sangre” (Lv 17, 14).La sangre del alma es la virtud, de la que el alma vive. Por esto, el avaro destruye la vida del alma, que es la virtud, cuando ansía acumular riquezas. Dice el Eclesiástico: “No hay cosa más inicua que la de amar el dinero. El avaro en su vida echa fuera sus entrañas” (10, 10), o sea, las virtudes.
Añade el Señor: “Y, germinando juntas, las espinas ahogaron la semilla”. Dice Oseas: “Zarzas y abrojos cubrirán sus altares” (10, 8). La zarza es un arbusto que se adhiere a los vestidos; el abrojo (en latín tribulus) se llama así, porque, cuando punza, produce tribulación. Zarzas y abrojos son las riquezas, que se pegan al viandante y lo atormentan. Ellas crecen sobre los altares, o sea, en el corazón de los avaros, en el cual se debería ofrecer a Dios un sacrificio, o sea, un espíritu contrito; en cambio, ahogan la semilla le la palabra de Dios y también el sacrificio de un espíritu contrito.
9.‑ A las espinas corresponden los animales feroces, que, como hemos señalado, son símbolos de los usureros. De ellos dice el Profeta. “Mira ese mar inmenso y espacioso en sus partes; allí bullen reptiles sin número, animales enormes y pequeños. Por allí se pasean los navíos” (Salm 103, 25‑26). Presta atención a las palabras: el mar, o sea, este mundo, lleno de amargura; es grande por las riquezas, y espacioso por los placeres, porque “espacioso es el camino que lleva a la muerte” (Mt 7, 13). Pero, ¿para quiénes? No ciertamente para los pobres de Cristo, que entran por la puerta estrecha, sino para, las manos de los usureros, que ya se adueñaron del mundo entero. Por causa de sus usuras las iglesias se empobrecieron y los monasterios fueron despojados de sus bienes. Por esto el Señor se queja en Joel: “Una nación, poderosa, innumerable, invadió mi país; sus dientes son como dientes de león; sus muelas como de leoncillos. Dejó mi viña en ruinas y destrozó mis higueras; las desnudó y despojó; y sus ramas se volvieron blancas” (1, 6‑7).
La “gente” maldita de los usureros, fuerte e innumerable, cuyos dientes son como dientes de león, creció sobre la tierra. Observa dos cosas en el león: el cuello inflexible, en el que hay un solo hueso, y el hedor de los dientes. Así el usurero es inflexible, porque “no se inclina ante Dios ni teme al hombre” (18, 2). Sus dientes hieden, porque en su boca hay siempre la humareda del dinero y el estiércol de la usura. Sus muelas son como de leoncillos, porque arrebata, destruye y traga los bienes de los pobres, de los huérfanos y de las viudas.
El usurero reduce a un desierto la viña, o sea, a la Iglesia del Señor, porque con la usura se apodera de sus bienes; y descorteza, desnuda y despoja la higuera del Señor, o sea, la casa de alguna congregación, cuando cor, la usura se apropia de los bienes que a esa congregación le entregaron los fieles. Por esto, “sus ramas se volvieron blancas”, es decir, los monjes o los canónicos de aquella observancia están afligidos por el hambre y la sed. He ahí cuáles manos hacen la limosna: ellas chorrean sangre de los pobres. De ellas en el Salmo se dice: “Allí, en el mundo, los reptiles son innumerables” (Salm 103, 25).
Observa que hay tres especies de usureros. Hay algunos que practican la usura privadamente: éstos son reptiles que se deslizan a escondidas y son sin número. Hay otros que hacen usura públicamente, pero no en gran cantidad, para parecer misericordiosos: y éstos son animales pequeños. Hay otros usureros pérfidos, facinerosos e impudentes, que practican la usura delante de todos, como en la plaza: y éstos son los animales grandes, más crueles que los demás, que serán presa de la caza del demonio y tendrán seguramente la ruina de la muerte eterna, a menos que no restituyan lo mal quitado y después hagan penitencia. Y para que puedan hacer una penitencia adecuada, “allí”, justamente por medio de ellos, “las naves”, o sea, los predicadores de la iglesia deben pasear y esparcir la semilla de la palabra de Dios. Pero, por causa de nuestros pecados, las espinas de las riquezas y los animales feroces de las usuras ahogan la palabra tan asiduamente sembrada; y por ende no hacen fruto de penitencia.
10. ‑ “Y una parte de la semilla cayó en buena tierra y, nacida, llevó fruto (Lc 8, 8): el treinta, o el sesenta, o el ciento por uno” (Mt 13, 8). El cuarto sector en el arca de Noé estaba destinado a los animales domésticos, y el quinto sector a los hombres y a las aves.
Queridos hermanos, ustedes bien pueden apreciar que en los tres sectores anteriores ‑al borde del camino de los lujuriosos, simbolizados en el sector de las inmundicias; sobre la piedra de los religiosos soberbios, simbolizados por el sector de las provisiones; y entre las espinas de los avaros y usureros, simbolizados por los animales feroces‑, la semilla de la palabra de Dios no pudo dar fruto. Y por esto, los fieles de la santa iglesia, en el introito de la misa de hoy, claman al Señor: “Levántate, ¿por qué duermes, Señor?”.
Observa que por tres veces gritan: “¡Levántate!”, y es por estas tres cosas: el camino, la piedra y las espinas. ¡Levántate, pues, Señor, contra los lujuriosos, que son el camino del diablo! Ellos, porque duermen en los pecados, creen que también tú estés dormitando. ¡Levántate contra los falsos religiosos, que son como la piedra sin la linfa de la gracia! ¡Levántate contra los usureros que son como las espinas punzantes; y ayúdanos y líbranos de sus manos! En estos tres la semilla de tu palabra, oh Señor, no pudo dar fruto; pero, al caer en tierra buena, dio fruto.
11.‑ Y observa cómo bien se corresponden la buena tierra, los animales domésticos, los hombres y las aves, que representan a los justos y a los penitentes, a los de vida activa y a los contemplativos. La buena tierra, bendecida por el Señor, es la mente del justo, de la que dice el Salmo: “Toda la tierra te adore y te cante a ti, y cante un himno a tu nombre” (65, 4).
Observa que toda la tierra abarca el oriente, el occidente, el septentrión y el mediodía. La mente del justo debe ser tierra oriental por la consideración de su origen, occidental en el pensamiento de su fin, septentrional en la consideración de las tentaciones y miserias de este mundo, austral por la perspectiva de la bienaventuranza eterna. Entonces, “toda la tierra”, o sea, el espíritu bueno del justo, “te adore, oh Dios, en espíritu y verdad” (Jn 4, 23) y en la contrición del corazón: éste es el fruto del treinta por uno. “Y te cante a ti” en la celebración de tu nombre y en la acusación de su pecado: éste es fruto del sesenta por uno. Y para obtener estos dos resultados, debemos cantar a Dios durante los seis días de vida laboriosa. “Y cante un himno a tu nombre”, en las obras de la satisfacción y en la perseverancia final: y éste es el fruto del ciento por uno y es el fruto perfecto.
12.‑ Hay otra interpretación. La buena tierra es la santa iglesia, o sea, el arca de Noé, que acoge en sí misma a los animales domésticos, a los hombres y a las aves.
“Los animales domésticos simbolizan a los fieles casados, que se aplican a las obras de penitencia, dan su colaboración a los pobres y no perjudican a nadie” (Glosa). De ellos dice el Apóstol en la epístola de hoy: “En realidad, ustedes que son tan inteligentes, aguantan bastante bien a los locos. Les gusta ser esclavizados y explotados, robados, tratados con desprecio y abofeteados en la cara” (2Cor 11, 19‑20): éstos dan fruto del treinta por uno. “Los hombres” son figuras de los castos y llevan vida activa: éstos son verdaderos hombres, porque usan la recta razón. Ellos se someten a la fatiga de la vida activa, se exponen al peligro por el prójimo, predican la vida eterna con la palabra y con el ejemplo, vigilan sobre sí mismos y sus súbditos. Estos, como añade el Apóstol, están envueltos “en las fatigas y en los quebrantos, en frecuentes velas, en el hambre y en la sed, en prolongados ayunos, en el frío y en la desnudez” (2Cor 11, 27): éstos dan fruto del sesenta por uno. “Las aves”, colocadas en un sector superior del arca, simbolizan a las vírgenes y a los contemplativos que, casi elevados al cielo sobre las alas de las virtudes, contemplan “al Rey en su esplendor” (Is 33, 17). Estos, no diría en el cuerpo sino en el espíritu, son arrebatados en la contemplación hasta el tercer cielo, contemplando con la agudeza de su mente la gloria de la Trinidad, donde oyen cor el oído del corazón “aquellas cosas que no pueden ser expresadas con palabras” (2Cor 12, 4), ni ser comprendidas con la mente: éstos son los que dan fruto del ciento por uno.
Te suplicamos, Señor Jesús, que nos hagas tierra buena, para que podamos recibir la semilla de tu gracia y podamos “dar frutos dignos de penitencia” (Mt 3, 8); y así mereceremos vivir eternamente en tu gloria,
Te pedimos que nos lo concedas tú mismo, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ “Un ciego estaba sentado al borde del camino, y gritaba: “Hijo de David, ¡ten piedad de mí!” (Lc 18, 35‑38).
Se lee en el primer libro de los Reyes: “Samuel tomó una ampolla de aceite y la derramó sobre la cabeza de Saúl” (10, 1). Samuel se interpreta “pedido”, y representa al predicador, que la Iglesia con sus plegarias pide a Cristo, el cual dice en el evangelio: “Pidan al dueño de la mies, que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 38). El predicador debe tomar la ampolla del aceite, que es un frasco cuadrangular ‑figura de la doctrina evangélica, llamada cuadrangular a motivo de los cuatro evangelistas‑, y de ella debe derramar el aceite de la predicación sobre la cabeza de Saúl, es decir, en el alma del pecador. Saúl se interpreta “el que abusa”, y con razón representa al pecador que abusa de los dones de la naturaleza y de la gracia.
Observa que el aceite unge e ilumina. Así la predicación unge y hace maleable la piel, “avejentada en los días de pecado” (Dan 13, 52) y endurecida por los pecados, o sea, la conciencia del pecador. La predicación también unge al atleta de Cristo y lo consagra para el combate contra las potencias (diabólicas) del aire, que deben ser derrotadas. Por eso se lee en el tercer libro de los Reyes que “Sadoc ungió a Salomón en Gihón” (1, 45). Sadoc se interpreta “justo”, y es figura del predicador, que, como sacerdote, ofrece el sacrificio de justicia en el altar de la pasión del Señor. El ungió a Salomón, que se interpreta “pacífico”, en Gihón, que significa “lucha”. El predicador con el aceite de la predicación debe ungir al pecador convertido para prepararlo a la lucha, con el fin de que no ceda a las sugestiones del diablo, pisotee las seducciones de la carne y desprecie al mundo engañador.
El aceite también ilumina, porque la predicación ilumina el ojo de la razón, para que pueda ver el rayo del verdadero sol. Y entonces, en el nombre de Jesucristo, tomaré la ampolla de este santo evangelio y de ella derramaré el aceite de la predicación, con el cual se alumbren los ojos del ciego, del que está escrito: “Un ciego yacía al borde del camino”.
2.‑ En este domingo se lee el evangelio del ciego iluminado. En el mismo evangelio se hace mención de la pasión de Cristo, y se lee y se canta la historia de la peregrinación de Abraham y de la inmolación de su hijo Isaac. Y en el introito de la misa se dice: “¡Sé para mí, Señor, el Dios que protege!”; y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los corintios: “Aunque hablara las lenguas de los ángeles y de los hombres...” Para el honor de Dios y para la iluminación de sus almas, vamos a poner de acuerdo todas estas lecturas.
3.‑ “Un ciego estaba sentado”. Sin nombrar a todos los demás ciegos iluminados por el Señor, al menos queremos recordar a tres. El primero es el ciego del evangelio, ciego desde el nacimiento, iluminado con la saliva y el lodo (Jn 9, 1‑7); el segundo es Tobías, cegado por el estiércol de las golondrinas y curado con la hiel del pez (2, 11); el tercero es el obispo de Laodicea, al cual dice el Señor: “¿No ves cómo eres un infeliz, un pobre, un ciego, un desnudo que merece compasión? Sigue mi consejo: cómprate de mí oro refinado para hacerte rico, ropas blancas para cubrirte y no presentarte más desnudo para tu verguenza. Por fin, pídeme colirio, para untar tus ojos y poder ver” (Ap 3, 17‑18). Vamos a ver qué simbolizan estos tres ciegos.
El ciego desde el nacimiento representa de modo alegórico al género humano, cegado en los primeros padres. Jesús lo iluminó, cuando escupió en tierra y untó sus ojos con el lodo. La saliva, que desciende de la cabeza, simboliza a la divinidad, la tierra simboliza a la humanidad. La mezcolanza de la saliva y de la tierra simboliza la unión de la naturaleza divina con la humana. Con esa unión fue iluminado el género humano. Y las palabras del ciego que grita, sentado al borde del camino, subrayan estas dos naturalezas:” ¡Ten piedad de mí!”, se refiere a la humanidad; “Hijo de David”, se refiere a la divinidad.
4.‑ En sentido moral, este ciego representa al soberbio. Su soberbia la describe así el profeta Abdías: “Aunque tú te elevaras como un águila y colocaras tu nido entre las estrellas, de allá arriba yo te haré precipitar, dice el Señor” (1, 4).
El águila, que vuela más alto que las demás aves, simboliza al soberbio, que, con las dos alas de la arrogancia y de la vanagloria, ansía ser considerado superior a todos. A él se le dijo: “Aunque colocaras tu nido”, o sea, tu vida, “entre las estrellas”, o sea, entre los santos que en un lugar oscuro brillan como las estrellas del firmamento, “yo te haré precipitar de allí, dice el Señor”. El soberbio se esfuerza por colocar su nido en la compañía de los santos. Dice Job: “La pluma del avestruz”, o sea, del hipócrita, “es semejante a las plumas de la cigüeña y del gavilán” (39, 13), o sea, del justo.
Observa que el nido tiene en sí mismo tres cosas: el interior está hecho de cosas blandas, el exterior está construido con cosas duras y toscas, y está colocado en un lugar poco seguro, expuesto al viento. As¡ la vida del soberbio tiene en el interior alguna molicie, que es el placer carnal; pero en lo exterior está rodeada de espinas y de leños secos, o sea, de obras muertas; en fin, está expuesta al viento de la vanidad y se halla en una situación precaria, porque desde la mañana a la noche no sabe si será quitada de por medio. Y ésta es la conclusión: “Desde arriba, dice el Señor, yo te precipitaré al infierno”. Por esto se dice en el Apocalipsis: “Que sufra tantos tormentos y desdichas, cuantos fueron su orgullo y su lujo” (Ap 18, 7).
5.‑ Y observa que este ciego soberbio es iluminado con saliva y lodo. La saliva es el semen del padre, que es emitido en la viscosa matriz de la madre, en la que se engendra la miserable criatura humana. Por cierto, la soberbia no lo cegaría, si considerara su tan miseranda manera de venir al mundo. Por esto dice Isaías: “Presten atención a la piedra, de la que fueron tallados, y al hueco de la cantera de donde fueron arrancados” (51, 1). La piedra es nuestro padre carnal; el hueco de la cantera es la matriz de nuestra madre. Del primero salimos en una fétida efusión del semen; de la segunda nos desprendemos en el parto, lleno de dolores. ¿Por qué, pues, te ensoberbeces, oh desgraciada criatura humana, engendrada con tan vil saliva, procreada en tan medroso hueco y allí nutrido por nueve meses con sangre menstrua?
Al contacto con aquella sangre, las mieses no germinan, el mosto se vuelve vinagre, las hierbas mueren, las plantas pierden sus frutos, la herrumbre corroe el hierro, los bronces ennegrecen, y si los perros la ingieren, son afectados por la rabia y sus mordiscones son dañosos y producen linfatismo, Por otra parte las mismas miradas de las mujeres, que durante el período de sus reglas experimentan menores estímulos, no son ciertamente inocentes. Con su mirada estropean los espejos, de tal modo que su brillo queda ofuscado y aparece disminuido. Y ese brillo apagado disminuye la acostumbrada semejanza de los rostros; y el aspecto es como oscurecido por el ofuscamiento del brillo tan debilitado (Solino).
Si tú, oh hombre miserable y ciego soberbio, meditas atentamente es tas cosas y te consideras engendrado con la saliva y el lodo, verdaderamente serás iluminado, verdaderamente te humillarás. Y que la susodicha cita de Isaías se refiera a la generación carnal, resulta clarísimo de lo que sigue: “Miren a Abraham, su padre, y a Sara, que los parió” (51, 12).
A este ciego soberbio el Señor le mandó: “Sal de tu tierra, de tu parentesco y de la casa de tu padre...” (Gen 12, 1). observa aquí tres tipos de soberbia: soberbia en las relaciones con los inferiores, con los iguales y con el superior.
El soberbio pisotea, desprecia y escarnece: pisotea al inferior como si fuera tierra, que deriva del latín tero, o sea, pisar; desprecia al igual, como si fuera de su parentesco: el soberbio desprecia y humilla con facilidad parientes y afines; y hasta escarnece al superior, como la casa del padre. El superior es llamado “casa del padre”, porque bajo su autoridad el súbdito, como hace el hijo en la casa paterna, se debe proteger de la lluvia de la concupiscencia carnal, de la tempestad de la persecución diabólica y del fuego de la riqueza mundana. Pero el ciego soberbio escarnece al superior con aquel desprecio que se muestra haciendo muecas. Dice por esto el Señor: “Oh ciego soberbio, sal de tu tierra”, para no pisotear al inferior; “sal de tu parentesco”, para no despreciar al igual, “y de la casa de tu padre”, para no escarnecer al superior.
6.‑ Sigue: “Y vete a una tierra, que yo te mostraré” (Gen 12, 1). Esta “tierra” es la humanidad de Jesucristo, de la que dice el Señor a Moisés: “Quítate las sandalias de tus pies, porque la tierra en la que estás, es tierra santa” (Ex 3, Salm). Las sandalias son las obras muertas, que debes quitarte de los pies, o sea, de los afectos de tu mente, porque la tierra, o sea, la humanidad de Cristo, en la que estás por medio de la fe, es santa y te santifica a ti, pecador.
Vete, pues, o soberbio, a aquella tierra, considera a la humanidad de Cristo, observa su humildad y destruye la hinchazón de tu corazón. Camina con los pasos del amor y acércate con la humildad del corazón, diciendo con el Profeta: “ En tu verdad ( o sea, con razón) me humillaste” (Salm 118, 75). Oh Padre, en tu verdad, o sea, en tu Hijo, humillado, pobre y peregrino, me humillaste. Tu Hijo fue humillado en el seno de la Virgen; fue pobre en el pesebre de los animales y peregrino en el patíbulo de la cruz. Nada humilla tanto la soberbia del pecador, cuanto la humildad de la humanidad de Jesucristo. Dice Isaías: “¡Ojalá rasgaras los cielos y descendieras! En tu presencia se licuarían los montes” (64, 1). En la presencia de la humanidad de Jesucristo, los montes, es decir, los soberbios, se disipan y se desvanecen en sí mismos, cuando consideran a la cabeza de la divinidad reclinada en el seno de la Virgen María.
Vete, pues, a la tierra que casi con el dedo te mostré en el río jordán, diciendo: “Este es mi Hijo dilecto, en el cual me complazco” (Mt 3, 17). También tú serás “el dilecto”, en el cual me complazco, hijo adoptivo por la gracia, si a ejemplo de mi Hijo, que es igual a mí, te humillares; por esto te lo mostré, para que uniformaras la conducta de tu vida a la forma de su vida; y así uniformado, recibieras la iluminación y entonces pudieras oír: “Mira, tu fe te salvó” (Le 18, 42) y te devolvió la vista.
7.‑ El segundo ciego, cegado por el estiércol de las golondrinas, pero curado por la hiel del pez, es Tobías, del que se relata: “Sucedió que un día, cansado a causa de una sepultura, de regreso a casa, se echó contra la pared y se durmió; y del nido de golondrinas cayeron sobre sus ojos, mientras dormía, los excrementos; y así se volvió ciego” (Tob 2, 10‑11). Vamos a considerar brevemente lo que significan Tobías, la sepultura, la casa, la pared, el dormir, el nido, las golondrinas y sus mismos excrementos. Tobías es el justo tibio; la sepultura es la penitencia; la casa es el cuidado del cuerpo; la pared es el placer de la carne; el tomar sueño es el entumecimiento de la negligencia; el nido es el consentimiento de la mente viciosa; las golondrinas son los demonios; y los excrementos son la gula y la lujuria. Digamos, pues: “Tobías, cansado a causa de una sepultura...”
Tobías es figura del justo tibio, del cual el Señor dice en el Apocalipsis: “Ya que no eres frío”, por el temor del castigo, “ni eres caliente”, por el amor de la gracia, “sino que eres tibio, yo comenzaré a vomitarte de mi boca” (Ap 3, 15‑16). Como el agua tibia provoca el vómito, así la tibieza y la negligencia expulsan del vientre de la misericordia divina al ocioso y al tibio. Exclama Jeremías: “¡Maldito el hombre que lleva a cabo las obras de Dios con negligencia!” (48, 10).
Tobías, cansado a causa de la sepultura, regresa a casa, cuando en la fatiga de la penitencia ‑en la cual y bajo la cual debe esconder los cuerpos de los muertos, o sea, los pecados mortales, para estar entre aquellos de los que se dice: “¡Bienaventurados aquellos cuyos pecados están cubiertos!” (Salm 31, 1) ‑ experimenta aburrimiento y vuelve con sus deseos al cuidado de su cuerpo, en contra de lo que le sugería el Apóstol (Rom 13, 14).
Y añade: “Se echó contra una pared”. La pared es el placer de la carne. Como en la pared una piedra se pone encima de la otra y se pega con el cemento, así en los placeres de la carne, el pecado de la vista se une al pecado del oído y el pecado del oído al pecado del gusto, y así de los demás sentidos; y se pegan tenazmente entre sí con el cemento de las malas costumbres. Después, se adormece abandonándose al entorpecimiento de la negligencia; y así sucede la deyección de las golondrinas sobre los ojos del que está durmiendo.
Las golondrinas, por su raudísimo vuelo, son figuras de los demonios, cuya soberbia hubiera querido volar por encima de las nubes y de las estrellas del cielo, y llegar a la igualdad con el Padre, a la semejanza del Hijo (ls 14, 13‑14).
El nido de los demonios es el consentimiento de la mente afeminada, elaborado con las plumas de la vanagloria y con el barro de la lascivia. De ese nido caen los excrementos de la gula y de la lujuria sobre los ojos del adormecido Tobías; y así se ciegan los ojos, o sea, la razón y la inteligencia de la desgraciada alma.
8.‑ Presten atención, queridísimos, y cuídense de tan funesto engranaje. Del disgusto de la sepultura, o sea, de la penitencia, se llega a la casa del cuidado del cuerpo. Ese cuerpo, bajo la apariencia de la necesidad, se apoya contra la pared del placer y entonces, sumergido en el sueño de la negligencia, llega a ser cegado por los excrementos de la lujuria. El poeta Ovidio se pregunta: “¿Egisto cómo llegó a ser adúltero? El motivo es evidente: vivía en el ocio”.
Grita, pues, oh tibio Tobías, oh ciego lujurioso, que yaces contra la pared: “Hijo de David, ¡ten piedad de mí!”
Este ciego, en el introito de la misa de hoy, suplica ser iluminado, diciendo: “¡Sé tú el Dios que me protege, mi abrigo, porque tú eres mi ayuda y mi refugio; y por tu nombre serás mi guía y me nutrirás!” (Salm 30, 2 ... ). El ciego pide cuatro cosas‑ “Sé tú el Dios que me protege”; tú me proteges y me defiendes con los brazos abiertos en la cruz, como la gallina a los polluelos bajo sus alas. “El lugar de abrigo”, para que en tu costado, atravesado por la lanza, pueda hallar un lugar de refugio, en el que esconderme frente al enemigo. “Tú eres mi ayuda”, para no caer, y “mi refugio” o, mejor, mi “refugio secreto”, para que, si caigo, no recurra a otro sino sólo a ti. “Y por tu nombre de Hijo de David”, tú me guiarás a mí que soy ciego, porque me darás la mano de tu misericordia, y me nutrirás con la leche de tu gracia. “¡Hijo de David, ten, pues, piedad de mí!”.
9.‑ El Hijo de Dios y de David, el ángel del supremo consejo, el médico y la medicina del género humano, en el mismo libro te aconseja: “Abre el vientre del pez, extrae la hiel, unta los ojos” (Tob 6, 5...); y así podrás recuperar la vista.
En sentido alegórico, el pez es Cristo, asado por nosotros en la parrilla de la cruz. La hiel es su amarguísima Pasión; y si los ojos de tu alma fueren untados con esa hiel, recuperarás la vista. La amargura de la pasión del Señor expulsa toda la ceguera de la lujuria y todo excremento de carnal concupiscencia. Dijo el sabio abad Guerrico: “El recuerdo del crucificado crucifica los vicios”. Se lee en el libro de Rut: “Moja tu bocado en el vinagre” (2, 14). El bocado es el momentáneo y pequeño placer de la carne, que debes mojar en el vinagre, o sea, en la amargura de la pasión de Cristo.
También a ti el Señor te manda, como mandó a Abraham, en la historia de este domingo: “Toma a tu hijo Isaac, al que tanto amas, y vete a la tierra de la visión, y allí ofrécemelo en holocausto” (Gen 22, 2). Isaac se interpreta “risa” o “gozo”, y en sentido moral significa nuestra carne, que ríe, cuando las cosas de este mundo le sonríen, y goza, cuando satisface sus deseos. De los dos habla Salomón en el Eclesiastés: “La risa”, o sea, las cosas temporales, “las juzgué un error”, porque extravían del camino de la verdad, y “al gozo” de la carne le dije: “¿Por qué engañas vanamente?” (2, 2).
Toma, pues, a tu hijo, a tu carne, al que amas y al que alimentas tan cariñosamente; Y, ¡desgraciado de ti!, ¿no sabes que no existe peste más fuerte para dañar que el enemigo familiar? Dice Salomón: “El que nutre con delicadeza a su siervo desde la infancia, más tarde sufrirá sus insolencias” (Prov 29, 21). Tómalo, pues, tómalo y crucifícalo. Es reo de muerte. Replica Pilato, o sea, el afecto carnal: “ ¿Qué mal hizo? oh! Cuántos males hizo tu risa, tu hijo!. Despreció a Dios, escandalizó al prójimo, dio muerte a su alma. Y tú preguntas: “¿Qué mal hizo?”. Tómalo, pues, y vete a la tierra de la visión.
10.‑ “Tierra de visión” fue llamada Jerusalén, de la cual se habla en el evangelio de hoy: “Jesús llamó secretamente a sus doce discípulos y les dijo: “Subamos a Jerusalén” (Mt 20, 17‑18). Toma también tú a tu hijo, y sube con Jesús y los apóstoles a Jerusalén, y allí ofrece en el altar, o sea, en la meditación de la pasión del Señor, y en la cruz de la penitencia, tu cuerpo en holocausto. Y presta atención que dice “en holocausto”. Holocausto deriva del griego holon, todo, y cauma quema. Por ende, holocausto significa “todo quemado”. Ofrece, pues, a todo tu hijo, a todo tu cuerpo, a Jesucristo, que se ofreció totalmente a Dios Padre, para destruir totalmente el cuerpo del pecado (Rom 6, 6).
Y observa que como el cuerpo humano está compuesto de cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra: el fuego en los ojos, el aire en la boca, el agua en las entrañas y la tierra en las manos y en los pies; así el cuerpo del pecador, esclavo del pecado, tiene el fuego en los ojos por la curiosidad, el aire en la boca por la locuacidad, el agua en las entrañas por la lujuria, la tierra en las manos y en los pies por la crueldad. En cambio, el Hijo de Dios tuvo velado su rostro, “que los ángeles desean contemplar” (1Pe 1, 12), para mortificar la morbosa curiosidad de tus ojos. Permaneció mudo como un cordero no sólo delante de quien lo esquilaba, sino también delante de quien lo mataba; y mientras era maltratado, no abrió su boca, para mortificar tu locuacidad. Su costado fue traspasado por la lanza, para arrancarte los humores malsanos de la lujuria. Fue colgado en la cruz con las manos y los pies clavados, para eliminar de tus manos y pies la iniquidad (de las malas obras). Toma, pues, a tu hijo, a tu risa, a tu carne, y ofrécelo todo en holocausto, para que tú puedas arder todo en la caridad, que “cubre la multitud de los pecados” (1 Pe 4, 8).
De la caridad el Apóstol proclama en la epístola de hoy: “Si hablara la lengua de los hombres y de los ángeles, pero no tuviera la caridad, no sería más que bronce que resuena y campana que toca” (1Cor 13, 1). Dice Agustín‑. “Yo llamo caridad ese impulso del alma para que goce de Dios por sí mismo, y goce de sí y del prójimo en orden a Dios”. Y el que no tiene esta caridad, aunque haga muchas cosas buenas, o sea, obras buenas, en vano se fatiga. Por esto dice el Apóstol: “Aunque hablara la lengua de los ángeles...” La caridad llevó al Hijo de Dios al patíbulo de la cruz. Se dice en el Cantar de los Cantares: “El amor es fuerte como la muerte” (8, 6). Y el bienaventurado Bernardo exclama: “¡Oh caridad, qué recia es tu atadura, con la cual hasta el Señor quiso ser atado!”. Toma, pues, a tu hijo y ofrécelo en el altar de la pasión de Jesucristo. Con su hiel, o sea, con su amargura, serás iluminado y merecerás oír: “Mira, tu fe te salvó” y te devolvió la vista.
11.‑ Puede haber otra interpretación. Tobías fue iluminado con la hiel del pez. La carne del pescado es sabrosa; en cambio, la hiel es amarga. Si se esparce la hiel sobre la carne del pescado, también la carne se volverá amarga. La carne del pescado es el placer de la lujuria; y la hiel que dentro se anida, es la amargura de la muerte eterna. Por eso Job, en el mismo sentido aunque con palabras distintas, dice: “Su alimento será la raíz del enebro” (30, 4). Observa que la raíz del enebro es dulce y comestible, pero tiene por hojas las espinas; así el placer de la lujuria, que es el alimento de los hombres carnales, al momento parece dulce, pero al fin produce las heridas de la muerte eterna.
Abre, pues, el vientre del pez, o sea, medita sobre el placer del pecado y comprenderás cuán abyecto es. Extrae la hiel, o sea, dirige tu atención al castigo que es debido al pecado y cómo no tenga fin: así podrás cambiar en amargura todo placer de tu carne.
12.‑ El tercer ciego fue el ángel de Laodicea, iluminado con el colirio. Laodicea se interpreta “tribu amable al Señor”, y simboliza a la santa iglesia, por cuyo amor el Señor derramó su sangre, y de ella, como de la tribu de Judá, eligió “un sacerdocio real”. El ángel de Laodicea es el obispo o el prelado de la santa Iglesia, que con razón se le llama ángel por la dignidad de su oficio, del que el profeta Malaquías dice: “Los labios de los sacerdotes guardan la ciencia; y la gente busca de sus labios la ley del Señor, porque es el ángel del Señor de los ejércitos” (2, 7).
Observa que en esta cita se señalan cinco cosas, absolutamente necesarias al obispo o al prelado de la iglesia, o sea la vida, la fama, la ciencia, la abundancia de la caridad, la túnica talar de la pureza.
Los labios del sacerdote son dos: la vida y la fama. Ellas deben custodiar la ciencia, para que lo que el sacerdote sabe y predica, custodie su vida, con respecto a sí mismo, y su ciencia, con respecto al prójimo. De estos dos labios procede la ciencia de una predicación fructuosa. Y si en el prelado se hallan ante todo estas tres cosas, de su boca los súbditos buscarán la ley, o sea, la caridad, de la cual dice el Apóstol: “Lleven los unos las cargas de los otros, y así cumplirán la ley de Cristo” (Gal 6, 2), o sea, el precepto de la caridad. Cristo, en efecto, sólo por amor llevó a la cruz en su cuerpo el peso de nuestros pecados. La ley es la caridad, que los súbditos buscan ante todo “fuera”, o sea, en las obras, para que, después, puedan recibir esa ley más suave y fructuosamente de la boca del mismo prelado; porque “Jesús comenzó a hacer y a enseñar y El era poderoso en obras y en palabras” (Hech 1, 1; Lc 24, 19).
13.‑ Sigue: “El prelado es el ángel del Señor de los ejércitos”. He ahí la estola de la pureza interior. “Vivir en la carne, prescindiendo de la carne, como dice Jerónimo, no es propio de la naturaleza humana sino de la angélica”.
Al ángel de Laodicea, o sea, al prelado de la Iglesia, carente de estas cinco virtudes, el Señor lo reprende con rigor: “Tú eres infeliz y miserable, ciego, pobre y desnudo”. Eres infeliz en tu vida, miserable en la fama, ciego en la ciencia, pobre en la caridad, desnudo de la túnica talar de la pureza. Pero, como el Señor sabe curar los males con remedios opuestos, y mientras corrige, enseña, y mientras acicatea, suaviza el dolor; por eso le da sus consejos al obispo ciego de Laodicea: “Te exhorto a comprarme a mí oro purificado y garantizado, para que llegues a ser rico, y a revestirte con vestidos blancos, para que no se vea la vergüenza de tu desnudez, y untar tus ojos con el colirio, para que veas”.
Te exhorto a comprarme a mí y no al mundo, con el precio de la buena voluntad, el oro de una vida preciosa contra las escorias de tu vida infeliz; oro purificado por el fuego de la caridad contra la miseria de tu pobreza; oro garantizado por el crisol de la buena fama contra el hedor de tu infamia; y a revestirte con vestidos blancos contra la vergüenza de tu desnudez, y a untar tus ojos contra la ceguera de tu insipiencia.
14.‑ Observa que este colirio, con el cual se iluminan los ojos del alma, se compone de las cinco palabras de la Pasión del Señor, que son como cinco hierbas medicinales, de las cuales habla el evangelio de hoy: “Será entregado a los paganos, y será escarnecido, flagelado y escupido; y después de haberlo flagelado, lo matarán” (Lc 18, 32). ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! El que es la libertad de los prisioneros es encarcelado, la gloria de los ángeles es escarnecida, el Dios de todos es flagelado, el espejo sin mancha y el candor de la luz eterna es escupido, la vida de los que mueren es matada. Y a nosotros, tan desgraciados, ¿ qué nos queda por hacer sino ir y morir con El? Sácanos, oh Señor Jesús, del barro de la hez con el anzuelo de tu cruz, para que podamos correr, no arrastrados por el perfume, sino por la amargura de tu pasión. ¡Oh alma mía, prepárate el colirio, haz un llanto amargo por la muerte del Unigénito y por la pasión del Crucificado! ¡El Señor inocente es traicionado por el discípulo, escarnecido por Herodes, flagelado por el gobernador, escupido por la gentuza de los judíos, crucificado por la cohorte de los soldados! Haremos una breve consideración sobre cada uno de estos episodios.
15.‑ Fue traicionado por su discípulo. judas preguntó: “¿Qué quieren darme y yo se lo entregaré?” (Mt 26, 15). ¡Oh dolor! ¡Se intenta poner un precio a lo que es inestimable! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Dios es entregado y vendido por pocas monedas! “¿Qué quieren darme?”. oh judas, tú quieres vender a Dios como un esclavo sin valor, como un “perro muerto”, ya que no interrogas tu voluntad, sino la de los compradores. “¿Qué quieren darme?”. Y ¿qué pueden darte? Si te dieran Jerusalén, la Galilea y la Samaría, ¿podrían quizás comprar a Jesús? Si te dieran el cielo y a los ángeles, la tierra y a los hombres, el mar y todo lo que contiene, ¿ podrían quizás comprar al Hijo de Dios, “en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia?” (Col 2, 3). ¡Por cierto que no! ¿Puede quizás el Creador ser comprado o vendido por su criatura? Y tú dices: “¿Qué quieren darme, y yo se lo entregaré?”. Razona un poco conmigo: “¿En qué te ofendió y qué mal te hizo, para que digas: “Y yo se lo entregaré?”. ¿Dónde está la incomparable humildad del Hijo de Dios y su voluntaria pobreza? ¿Dónde están su dulzura y su afabilidad? ¿Dónde está su humanísima predicación y dónde están los milagros que El realizó? ¿Dónde están sus lágrimas de conmiseración por Jerusalén y por la muerte de Lázaro? ¿Dónde está el privilegio por el cual te eligió por apóstol y te hizo su amigo y familiar? Estos hechos y muchos otros ¿no debían ablandar tu corazón, suscitar en ti la piedad e impedirte de decir: “Yo se lo entregaré”?
Desgraciadamente, ¡cuántos Judas iscariotes ‑que se interpreta “merced”‑ existen hoy que por la “merced” de alguna ventaja temporal venden a la verdad, traicionan al prójimo con el beso de la adulación, y en fin se cuelgan del lazo de la condenación eterna!
16.‑ Fue escarnecido por Herodes. Se lee en Lucas: “Herodes con su ejército lo despreció; y, para escarnecerlo, lo hizo vestir con una vestidura blanca” (23, 11). El Hijo de Dios es despreciado por el zorro de Herodes ‑“Vayan y digan a aquel zorro”, dijo un día Jesús‑ y por su ejército, mientras a Él el ejército de los ángeles le canta con voz incesante: “¡Santo, santo, santo es el Señor Dios de los ejércitos!”. Y Daniel añade: “Mil millares lo sirven y cientos de miles de millares lo asisten” (7, 10).
“Y para escarnecerlo, lo hizo vestir con una vestidura blanca”. El Padre revistió a SU Hijo Jesús con una vestidura blanca, o sea, “con la carne limpia de toda mancha de pecado”, asumida de la Virgen Inmaculada. Dios Padre glorificó al Hijo, que Herodes despreció. El Padre lo revistió con una vestidura blanca, y Herodes lo escarneció revistiéndolo de la misma manera.
¡Oh, qué dolor! ¡Así sucede también hoy! Herodes se interpreta “gloria de la piel” y simboliza al hipócrita que se jacta de su apariencia exterior como de una piel; en cambio, “toda la gloria de la hija del rey”, o sea, del alma, que es hija del Rey del cielo, “proviene de lo interior”. El hipócrita desprecia y escarnece al Señor: lo desprecia, cuando predica al Crucificado, pero no lleva las llagas del Crucificado; y lo escarnece, cuando se esconde bajo la gloria de la piel (apariencia), para poder engañar a los miembros de Cristo. “Toca dulcemente la flauta el cazador, mientras engaña al pájaro” (Catón). A cuántos engaña también hoy la gloria de la piel herodiana (la hipocresía)!
17.‑ Fue también flagelado por Poncio Pilato. Se lee en Juan: “Entonces tomó Pilato a Jesús y lo azotó” (19, 1). Dice Isaías: “Cuando pase el turbión del azote, serán por él pisoteados; y cada vez que pase, los arrebatará” (28, 18~19). Para que este flagelo, en el cual se indican la muerte eterna y la potencia del diablo, no nos golpeara, el Dios de todos, el Hijo de Dios, fue atado a la columna como malhechor y cruelísimamente azotado, tanto que la sangre brotaba de toda parte del cuerpo.
¡Oh dulzura de la divina misericordia, oh paciencia de la paterna bondad, oh profundo e inescrutable misterio del eterno consejo! ¡Tú, oh Padre, veías a tu Hijo Unigénito, que es igual a ti, ser atado a la columna como un malhechor y ser despedazado por los flagelos como un homicida! ¿Y cómo pudiste contenerte? Te damos gracias, oh Padre santo, que por las cadenas y por los flagelos de tu amado Hijo nos libraste de las cadenas de los pecados y de los flagelos del diablo. Pero, ¡ay de mí! Poncio Pilato azota de nuevo a Jesucristo. Poncio se interpreta “descarriado”, y Pilato “martillador”, o también “el que golpea con la boca”, y simboliza a aquel que se desvía de los buenos propósitos y, pese a la promesa, vuelve al vómito. Ese hombre con su boca blasfema y con el martillo de la lengua golpea y azota a Cristo en sus miembros. Después de haberse alejado con Satán de la presencia del Señor, desacredita a la orden religiosa, diciendo de un miembro que es soberbio y acusa al otro de gula; y, para aparecer él mismo inocente, juzga a los demás culpables. Así con la infamia de muchos puede disfrazar su maldad.
18.‑ Fue también escupido por los judíos. Dice Mateo: “Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron puñetazos, y otros lo abofetearon” (26, 67). Oh Padre, la cabeza de tu Hijo Jesús, que infunde temblor a los arcángeles, es golpeada con una caña. El rostro, que los ángeles desean contemplar, es ensuciado por los salivazos de los judíos y abofeteado. Se le arranca la barba, es golpeado con puñetazos y arrastrado por los cabellos. Y tú, oh clementísimo Señor, callas y disimulas, y prefieres que tu Único sea escupido y abofeteado a que todo el pueblo perezca. ¡A ti la alabanza, a ti la gloria, porque de los salivazos, de las bofetadas y de los puñetazos de tu Hijo Jesús sacaste para nosotros un antídoto, para expulsar el veneno de nuestras almas!.
Otra aplicación: el rostro de Jesucristo es una figura de los prelados, por cuyo medio, como por medio del rostro, conocemos a Dios. En este rostro los pérfidos judíos, o sea, los súbditos malvados, escupen, cuando calumnian y maldicen a los prelados, en contra de la prohibición del Señor: “¡No maldecirás al príncipe de tu pueblo!” (Hech 23, 5).
19.‑ En fin, fue crucificado por los soldados. Dice Juan: “Los soldados lo crucificaron y se apoderaron de sus vestiduras” (19, 23). “¡oh ustedes todos, que pasan por el camino”, deténganse, “consideren y observen si hay dolor semejante a mi dolor!” (Lam 1, 12).
Los discípulos huyen, los conocidos y los amigos se alejan, Pedro reniega, la sinagoga corona de espinas, los soldados crucifican, los judíos blasfeman y escarnecen, se le da a beber hiel y vinagre. ¿Hay dolor semejante a mi dolor? Corno dice la esposa en el Cantar de los Cantares: “Sus manos torneadas, áureas, cuajadas de jacintos” (5, 14), fueron atravesadas por los clavos. Los pies, a los cuales el mismo mar se ofreció como camino, fueron clavados en la cruz. El rostro, que es corno el sol cuando resplandece con toda su fuerza, se cubrió de la palidez de la muerte. Los ojos amados, para los cuales todo es visible, están cerrados en la muerte. ¿Y puede haber dolor semejante a mí dolor? Entre tantas tristezas, sólo el Padre prestó su socorro, cuando Jesús le suplicó: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”. Y después de haber dicho esto, “inclinó la cabeza”, El que no tenía lugar donde posarla, y entregó su espíritu” (Jn 19, 30).
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Todo el cuerpo místico de Cristo, que es la iglesia, es de nuevo crucificado y matado! En este cuerpo algunos son la cabeza, otros las manos, otros el cuerpo. La cabeza son los contemplativos, las manos son los de vida activa, los pies son los predicadores santos, el cuerpo son todos los verdaderos cristianos. Todo este cuerpo de Cristo, cada día, los soldados, o sea, los demonios, lo crucifican con sus instigaciones, que son como clavos. Los judíos, los paganos, los herejes... lo blasfeman y le hacen beber la hiel y el vinagre del dolor y de la persecución. ¡No hay de qué maravillarse! “Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones” (2Tim 3, 12).
Con razón se dice: “Será entregado, escarnecido, flagelado, escupido y crucificado”. Con estas cinco palabras, como con cinco preciosísimas hierbas medicinales, hazte un colirio, oh ángel de Laodicea, y unta los ojos de tu alma, para recuperar la luz. Y así merecerás oír: “¡Mira! ¡Tu fe te salvó!”.
Oh queridísimos, roguemos y pidamos insistentemente con la devoción de la mente que el Señor Jesucristo se digne iluminar los ojos de nuestra alma con la fe en su encarnación, con la hiel y el colirio de su pasión, El que iluminó al ciego de nacimiento, a Tobías y al ángel de Laodicea. Y así mereceremos contemplar en el esplendor de los santos y en el fulgor de los ángeles al mismo Hijo de Dios, que es luz de luz.
¡Nos lo conceda el mismo Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos! ¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando ayunan, no sean tristes como los hipócritas. Ellos desfiguran el rostro, para mostrar a los hombres que ayunan. De cierto, les digo que ya tienen su recompensa. En cambio, tú, cuando ayunas, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en el secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará en público” (Mt 6, 16‑18).
En este pasaje evangélico debemos tratar dos argumentos: el ayuno y la limosna.
2.‑ “Cuando ayunan”... En esta primera parte debemos considerar cuatro cosas: la simulación de los hipócritas, la unción de la cabeza, el lavado de la cara y el ocultamiento del bien.
“Cuando ayunan”. Se lee en la Historia Natural que con la saliva del hombre en ayunas se resiste a los animales que tienen veneno; mas aun, si la serpiente la ingiere, muere (Plinio). Entonces, en el hombre en ayunas hay de veras una gran medicina.
Adán en el paraíso terrestre, mientras ayunó del fruto prohibido, permaneció en la inocencia. ¡He ahí la medicina, que mata a la serpiente diablo y que restituye el paraíso, perdido por culpa de la gula! También de Ester se dice que castigó su cuerpo con el ayuno para destituir al orgulloso Amán y reconquistar para los judíos la benevolencia del rey Asuero.
Ayunen, pues, si quieren conseguir estas dos cosas: la victoria contra el diablo y la restitución de la gracia perdida. Pero, “cuando ayunan, no sean tristes como los hipócritas”, o sea, no quieran ostentar su ayuno con la tristeza del rostro. Por cierto, todo eso no prohíbe la virtud, sino la simulada apariencia de virtud.
Hipócrita se llama también “dorado”, o sea, que tiene la apariencia del oro, pero en su interior, o sea, en su conciencia, es barro. Este es el ídolo de los babilonios, o sea, Bel, del que dice Daniel: “ No te engañes, oh rey; este ídolo por fuera es de bronce, pero por dentro es barro” (14, 6).
El bronce resuena y aparentemente puede parecer oro. Así el hipócrita ama el sonido de la alabanza y ostenta una apariencia de santidad. El hipócrita es humilde en el rostro, modesto en el vestido, quedo en la voz, pero lobo en su mente.
Esta tristeza no agrada a Dios. ¡Es un extraño modo de procurarse la alabanza, el de ostentar los signos de la tristeza! Los hombres suelen alegrarse, cuando ganan dinero. Pero son dos asuntos distintos: en éstos hay vanidad, en los otros falsedad.
“Desfiguran sus rostros”, o sea, los envilecen más allá de los límites de la condición humana. Como puede haber jactancia por la elegancia de los vestidos, también puede haber jactancia por la escualidez y la extenuación (Glosa). Entonces no hay que abandonarse ni a una escualidez exagerada ni a una excesiva pulcritud: hay que buscar un término medio.
“Para mostrarse a los hombres”. Cualquier cosa que hagan, es apariencia, pintada con falsos colores. Comenta la Glosa: “Lo hacen con tal de aparecer distintos de los demás y ser llamados “superhombres”, incluso a través del envilecimiento”.
Para mostrarse a los hombres “que ayunan”. El hipócrita ayuna, para granjearse alabanza; el avaro, para llenar la bolsa; el justo, para agradar a Dios.
“De cierto les digo: ya recibieron su recompensa”. He ahí la recompensa del prostíbulo, del que dice Moisés: “No prostituyas a tu hija” (Lv 19, 29). La hija son las obras, que exponen en el prostíbulo del mundo, para recibir la recompensa de la alabanza. Sería necio el que vendiera oro de elevados quilates por unas monedas de plomo. En realidad, vende una cosa de gran valor por un precio vil, el que hace el bien para procurarse la alabanza de los hombres.
3.‑ “Tú, en cambio, cuando ayunas, unge tu cabeza y lava tu cara”. Esto está de acuerdo con lo que dice Zacarías: “Así dijo el Señor de los ejércitos: “El ayuno del cuarto mes, del quinto, del séptimo y del décimo se convertirán para la casa de Israel en gozo y alegría y en días de gran fiesta” (8, 19).
La casa de Judá se interpreta “ el que manifiesta” o “el que alaba”, y es figura de los penitentes que, al manifestar y al confesar sus pecados, dan alabanza a Dios. Para éstos es, y debe ser, el ayuno del cuarto mes, porque ayunan (se abstienen) de cuatro cosas: de la soberbia del diablo, de la impureza del alma, de la gloria del mundo de la injuria al prójimo. “Este es el ayuno y que yo quiero”, dice el Señor (58, 6).
El ayuno del quinto mes consiste en mantener los cincos sentidos alejados de las distracciones y de los placeres ilícitos. El ayuno del séptimo mes es la represión de la codicia terrenal. Como se lee que el séptimo día no tiene fin, así ni la codicia del dinero toca jamás el fondo de la suficiencia.
El ayuno del décimo mes es el cese de toda finalidad mala. El fin de todo número es el diez. El que quiere contar más, debe comenzar del uno. El Señor se queja por boca de Malaquías: “Ustedes me están engañando, y me preguntan: “¿En qué te engañamos? En los diezmos y en las primicias” (3, 8), o sea, en el mal fin y en el principio de una intención perversa. Y presta atención: pone los diezmos antes que las primicias, porque es sobre todo por el fin perverso que es condenada toda la obra precedente.
Este ayuno se transforma para los penitentes en gozo de la mente, en alegría del amor divino y en espléndidas solemnidades de conversación celestial. Esto quiere decir ungir la cabeza y lavar la cara. Unge la cabeza aquel que en su interior está colmado de alegría espiritual, y lava su cara aquel que embellece sus obras con una vida honesta.
4.‑ Hay otra interpretación. ‑Cuando tú ayunas”... Durante esta cuaresma son muchos los que ayunan, y, sin embargo, persisten en sus pecados. Estos no ungen sus cabezas.
Observa que hay un ungüento triple: lenitivo, corrosivo y punzante. El primero lo produce el pensamiento de la muerte, el segundo la inminencia del futuro juicio y el tercero la gehena.
La cabeza puede estar cubierta de pústulas, verrugas y roña. La pústula es una pequeña protuberancia superficial, repleta de pus; la verruga es una excrecencia de carne superflua, por la cual verrugoso puede significar también “superfluo”; y la roña es una sarna seca, que deteriora la belleza. En estas tres enfermedades están indicadas la soberbia, la avaricia y la lujuria obstinada.
Oh tú, soberbio, has de poner ante los ojos de tu mente la corrupción del cuerpo, su podredumbre y su hedor. ¿Dónde estará entonces la soberbia de tu corazón, dónde la ostentación de tus riquezas? Entonces ya no habrá palabras infladas de viento, porque con una pequeña punción de aguja se desinfla la vejiga. Estas verdades, meditadas en lo íntimo, ungen la cabeza cubierta de pústulas, o sea, humillan la mente orgullosa.
Oh tú, avaro, acuérdate del último examen, en el que habrá el juez indignado, el verdugo dispuesto a atormentar, los demonios que acusan y la conciencia que remuerde. Entonces, dice Ezequiel: “Tu plata será echada fuera, y tu oro será echado al basural. La plata y el oro no podrán liberarte en el día de la ira del Señor” (7, 19). Estas verdades, meditadas con atención, corroerán y desprenderán las verrugas de la superfluidad; y esas superfluidades serán compartidas entre los que no tienen ni lo necesario. Te ruego, pues, que cuando ayunas, unjas tu cabeza con este ungüento, para que lo que te sustraes a ti mismo, lo ofrezcas al pobre.
Y tú, oh lujurioso, piensa en la gehena del fuego inextinguible, donde habrá muerte sin muerte y fin sin fin; donde se busca la muerte y no se la encuentra; donde los condenados se comerán la lengua y maldecirán a su Creador. La leña de aquel fuego serán las almas de los pecadores, y el soplo de la ira de Dios las incendiará. Dice Isaías: “Desde ayer”, o sea, desde la eternidad, “está preparado el Tofet”, o sea, la gehena de fuego, “profundo y vasto. El fuego y mucha leña son su alimento. El soplo del Señor, como torrente de azufre, le dará fuego” (30, 33). He aquí el ungüento punzante, capaz de sanar la más inveterada lujuria de la mente. Como el clavo echa fuera otro clavo, así estas verdades, meditadas asiduamente, reprimirán el estímulo de la lujuria. Entonces tú, cuando ayunas, unge tu cabeza con tal ungüento.
5.‑ “Lava tu cara”. Las mujeres, cuando quieren salir a la calle, se ponen delante del espejo y, si descubren alguna mancha en el rostro, la lavan con el agua. Así tú también mira en el espejo de tu conciencia y, si allí encuentras la mancha de algún pecado, corre en seguida al manantial de la confesión. Cuando en la confesión se lava con las lágrimas la cara del cuerpo, también el rostro del alma se ilumina.
Hay que destacar que las lágrimas son luminosas contra la oscuridad, cálidas contra la frialdad, saladas contra el hedor del pecado.
“Para no mostrar a los hombres que ayunas”. Ayuna para los hombres el que busca su aplauso; en cambio, ayuna para Dios el que se mortifica por su amor y da a los demás lo que se sustrae a sí mismo.
“Y tu Padre que ve en lo secreto”. Comenta la Glosa: “El Padre ve en lo secreto, por motivo de la fe, y recompensa las obras hechas en lo secreto. Entonces se debe ayunar sólo donde El vea. Y es necesario que el que ayuna, ayune de tal modo que pueda complacer a aquel, a quien lleva en el pecho”. ¡Amén!
6.‑ “No se hagan tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen y donde los ladrones minan y hurtan” (Mt 6, 1 g).
La herrumbre consume los metales y la polilla los vestidos. Lo que se salva de estos dos flagelos, lo hurtan los ladrones. Con estas tres expresiones se condena toda avaricia.
Ahora vamos a considerar el significado moral de las cinco palabras: tierra, tesoros, herrumbre, polilla y ladrones.
La tierra, llamada así porque se seca (en latín, terret) por la seguía natural, simboliza la carne, que es tan sitibunda que jamás dice basta. Los tesoros son los preciosos sentidos del cuerpo. La herrumbre, enfermedad del hierro, llamada así del verbo erodere, roer, es la libido, que, mientras deleita, destruye el esplendor del alma y la consume. La polilla indica la soberbia o la ira. Los ladrones (en latín fures, de furvus: oscuro), que trabajan en la oscuridad de la noche, son los demonios.
Entonces, si llevamos algo en la carne y ocultamos los tesoros en la tierra, o sea, mientras ocupamos los preciosos sentidos del cuerpo en deseos terrenales o de la carne, la herrumbre, o sea, la libido los consume. Además, la soberbia, la ira y los demás vicios destruyen el vestido de las buenas costumbres; y si todavía queda algo, los demonios lo hurtan, que siempre tienden a eso: despojamos de los bienes celestiales.
“Háganse tesoros en el cielo”. Gran tesoro es la limosna. Dijo san Lorenzo: “Los bienes de la Iglesia fueron colocados en los tesoros celestiales. que son las manos de los pobres”. Acumula tesoros en el cielo el que da a Cristo. Y da a Cristo el que da al pobre. Dice el Señor: “Todo lo que hicieron a uno de estos mis pequeños, me lo hicieron a mí” (Mt 25, 40).
Limosna es un término griego; en latín y castellano se dice “misericordia”, que significa “el que riega el mísero corazón”. El hombre riega la huerta, para cosechar frutos. Riega tú también el corazón del pobre miserable con la limosna, que es llamada “agua de Dios”, para cosechar el fruto en la vida eterna. Tú cielo sea el pobre. En él coloca tu tesoro, para que en él esté siempre tu corazón, y sobre todo durante esta santa cuaresma.
Y donde está el corazón, ahí está el ojo; y donde están el corazón y el ojo, ahí está la inteligencia, de la que dice el Salmo: “¡Bienaventurado el que piensa en el pobre y en el necesitado!” (40, 2). Y Daniel dijo a Nabucodonor: “Te sea grato, oh rey, mi consejo: “Rescata tus pecados con la limosna y tus iniquidades con obras de misericordia hacia los pobres” (4, 24). Muchos son los pecados y las iniquidades; y por eso tienen que ser muchas las limosnas y las obras de misericordia hacia los pobres, para que, rescatados de la esclavitud del pecado, puedan retornar libres a la patria celestial. Se lo conceda aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
7.‑ Se lee en el libro de los jueces que “Gedeón expugnó los campamentos de Madián con lámparas, trompas y ánforas” (7, 16‑23). También Isaías dice: “He ahí, el Dominador, el Señor de los ejércitos quebrantará con el terror el ánfora de cerámica; los altos de estatura serán cortados, y los poderosos serán humillados. La selva espesa será destruida con el hierro, y el Líbano caerá con sus altos cedros” (10, 33‑34).
Vamos a considerar qué significado moral tienen Gedeón, la lámpara, la trompa y el ánfora.
Gedeón se interpreta “el que da vueltas en el útero”, y simboliza al penitente que, antes de acercarse a la confesión, debe dar vueltas en el útero de su conciencia, en la cual es concebido y engendrado el hijo de la vida o de la muerte. Debe pensar en su edad y en cuántos años podía tener cuando comenzó a pecar mortalmente; y después cuántos y cuáles pecados mortales cometió y cuántas veces. Cuántas y cuáles fueron las personas, con las que pecó. En qué lugares y en qué tiempos, si en privado o en público, si espontáneamente o constreñido; si antes fue tentado o si pecó antes de ser tentado, lo que sería mucho más grave. Si ya se confesó de estos pecados; y, si después de haberse confesado, volvió a caer en los mismos pecados, y cuántas veces, porque en este caso habría sido más y mas ingrato a la gracia de Dios. Si descuidó la confesión, y cuánto tiempo permaneció en el pecado sin confesarse; y si, estando con el pecado mortal, recibió el cuerpo del Señor.
De este giro de inspección se dice en el primer libro de los Reyes: “Samuel fue juez en Israel todos los días de su vida. Y anualmente visitaba Betel, Gálgala y Masfa. Y después regresaba a Rama, donde tenía su casa” (7, 15).
Samuel se interpreta “el que escucha al Señor”, Betel “casa de Dios”, Gálgala “colina de la circuncisión”, Masfa “el que contempla el tiempo”, Rama “vi la muerte”.
El penitente, que oye al Señor que dice: “¡Hagan penitencia!”, debe juzgarse a sí mismo todos los días de su vida, para ver si puede ser Israel, o sea, para ver a Dios. Todos los años, durante la cuaresma, debe examinar la propia conciencia, que es la casa de Dios; y todo lo que halle de nocivo o superfluo, amputarlo en la humildad de la contrición. Debe también examinar el tiempo pasado, buscando con diligencia lo que cometió y lo que omitió; y después de todo esto volver siempre al pensamiento de la muerte, que debe tener delante de los ojos y vivir con este pensamiento.
8.‑ El penitente, después de haber dado esta vuelta como diligente explorador, en seguida debe encender la lámpara que arde e ilumina, en la que se indica el corazón contrito, que, al mismo tiempo que arde, ilumina. Dice Isaías: “La luz de Israel llegará a ser fuego y su Santo una llama; y será encendido y devorará en un día sus espinas y sus zarzas. Y la magnificencia de su selva y de su Carmelo será consumida por el alma hasta la carne” (10, 17).
He aquí lo que hace la verdadera contrición. Cuando el corazón del pecador se enciende con la gracia del Espíritu Santo, quema por el dolor e ilumina por el conocimiento de sí mismo; entonces las espinas, o sea, la conciencia llena de espinas y de remordimientos, y las zarzas, o sea, la tormentosa lujuria, son destruidas, porque se le devuelve la paz en lo interior y en lo exterior. Y la magnificencia de la selva, o sea, el lujo de este mundo, y del Carmelo, que se interpreta “blando”, o sea, el libertinaje carnal, son consumidos por el alma hasta la carne, porque todo lo que hay de inmundo en el alma y en el cuerpo es consumido por el fuego de la contrición.
¡Afortunado aquel que quema e ilumina con esta lámpara! De ella dice Job: “Lámpara despreciada en el pensamiento de los ricos, preparada para el tiempo establecido “(12, Salm). Las preocupaciones de los ricos de este mundo son: guardar las cosas adquiridas y sudar para conquistar otras; y por ello raramente o nunca se halla en ellos la verdadera contrición. Ellos la desdeñan, porque sólo anhelan las cosas transitorias. Mientras persiguen con tanto ardor los placeres de las cosas temporales, olvidan la vida del alma que es la contrición, y se encuentran con la muerte.
Dice la Historia Natural que la caza de los ciervos se hace de esta manera. Dos hombres parten, y uno de ellos silba y canta. Entonces el ciervo sigue el canto porque lo atrae. Mientras tanto, el segundo lanza la flecha, lo golpea y lo mata (Aristóteles). Así es también la caza de los ricos. Los dos hombres son el mundo y el diablo. El mundo, delante del rico, silba y canta, porque le muestra y le promete placeres y riquezas; y mientras el necio lo sigue encantado, porque en aquellas cosas halla deleite, el diablo lo mata y lo lleva a las cocinas del infierno para hervirlo y asarlo.
9.‑ Finalmente, llega el tiempo de la cuaresma, instituido por la iglesia, para perdonar los pecados y salvar las almas. Para este tiempo está preparada la gracia de la contrición, que ahora, de manera espiritual, está ante la puerta y llama. Si quieres abrirle y acogerla, ella cenará contigo y tú con ella.
Y entonces comenzarás a tocar la trompa de manera admirable.
La trompa es la confesión del pecador arrepentido. De ella se lee en el Éxodo: “Todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en el fuego; y el humo subía como el humo de un horno; y todo el monte se estremecía en gran manera. Y el sonido de la trompa, poco a poco, se hacía más fuerte y persistente” (19, 18‑19).
Estas palabras describen cómo debe portarse el pecador en la confesión. El monte se llama así, porque no se mueve. El monte Sinaí, que se interpreta “mis dientes”, es figura del penitente, inamovible en el tiempo de la tentación, que con los dientes, o sea, con los castigos que se inflige, despedaza las carnes, o sea, sus tendencias carnales. El humea todo por las lágrimas que salen del horno de la contrición; y esto procede de la venida de la gracia celestial. “Y todo el monte se estremecía en gran manera”, porque tiene las lágrimas y la tristeza en el rostro, el desaliño en los vestidos, el dolor en el corazón y los gemidos y suspiros en la voz.
“Y el sonido de la trompa, o sea, de la confesión, se hacía más fuerte y persistente”. Aquí está indicado el modo de confesarse. Al comienzo de la confesión, el penitente debe iniciar la acusación de sí mismo, cómo pasó de la sugestión al deleite, del deleite al consentimiento, del consentimiento a la palabra, de la palabra a la acción, de la acción a la repetición, de la repetición al hábito.
Comience, ante todo, de la lujuria y de sus modalidades y circunstancias, según natura y contra natura; después, de la avaricia, usura, hurto, rapiña y todo lo mal sustraído, que debe restituir, si tiene la posibilidad. Si es clérigo, comience de la simonía, y si recibió las órdenes, mientras estaba excomulgado, y si las ejerció; o si al recibirlas cometió alguna irregularidad. En fin, confesará todas las demás cosas, como les parecerá mejor al penitente y al confesor.
10. ‑ Después de la confesión, se le debe imponer la satisfacción o la penitencia, indicada en la rotura del ánfora de cerámica. El ánfora se quiebra, y el cuerpo es castigado. Madián, que se interpreta “del juicio” o “de la iniquidad”, es figura del diablo, que ya está condenado por el juicio de Dios y está debelado; y su iniquidad está exterminada.
Es lo que dijo Isaías: “Los altos de estatura”, o sea, los demonios, “serán cortados”; y “los poderosos”, o sea, los hombres orgullosos, “serán humillados”; “y el espeso bosque”,o sea, la abundancia de bienes terrenales, “será destruido por el hierro” del temor de Dios; y el Líbano, o sea, el esplendor del lujo mundano, “se desplomará con sus altos cedros”, o sea, las bagatelas, las estafas y las apariencias.
Presta atención. La satisfacción consiste en tres cosas: en la oración a Dios, la limosna hacia el pobre y el ayuno hacia sí mismo. Así la carne, que alegremente llevó a la culpa, en la expiación recupera el perdón.
Se digne concedérnoslo aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén!
1.‑ “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo”... (Mt 4, 1).
Se lee en el primer libro de los Reyes, que “David habitó en el desierto de Engadí” (24, 1‑2). David se interpreta “de mano fuerte” y es figura de Jesucristo que, con las manos clavadas en la cruz, derrotó las potencias (diabólicas) del aire. ¡oh, qué maravillosa potencia: vencer al propio enemigo con las manos atadas! Cristo habitó en el desierto de Engadí, que se interpreta “ojo de la tentación”.
Observa que el ojo de la tentación es ‑triple. El primero es el de la gula, del que se dice en el Génesis: “La mujer vio que el árbol era bueno para comer, y bello a los ojos, y de aspecto agradable. Tomó de su fruto, y comió, y dio también a su marido” (3, 6). El segundo ojo es el de la soberbia y de la vanagloria, del que dice Job, hablando del diablo: “Mira hacia todo lo que es elevado; él es el rey de todos los hijos de la soberbia” (41, 25). El tercer ojo es el de la avaricia, del que habla Zacarías: “Este es su ojo en toda la tierra” (5, 6). Cristo, pues, habitó en el desierto de Engadí durante cuarenta días y cuarenta noches; y en el desierto sufrió de parte del diablo las tentaciones de gula, vanagloria y avaricia.
2.‑ Se dice, pues, en el evangelio de hoy: “Jesús fue llevado al desierto”. Observa que los desiertos son tres; y a cada uno de ellos fue llevado Jesús. El primero es el seno de la Virgen, el segundo es el del evangelio de hoy, y el tercero es el patíbulo de la cruz.
Del primer desierto dice Isaías: “Envía, Señor, al cordero que domina la tierra, desde la piedra del desierto al monte de la hija de Sión” (16, 1). Oh Señor, oh Padre, envía al Cordero, no al león, que domina, pero no que *destruye, desde la piedra del desierto, o sea, desde la bienaventurada Virgen, que es llamada “piedra del desierto”: “piedra”, por el firme propósito de la virginidad ‑por ello respondió al ángel: “¿Cómo sucederá esto, si no conozco varón”, o sea, hice el firme propósito de no conocerlo?‑; piedra “del desierto”, porque permaneció intacta, o sea, virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Envía al Cordero al monte de la hija de Sión, o sea, a la santa iglesia, que es hija de la Jerusalén celestial.
Del segundo desierto habla Mateo: “Jesús fue llevado al desierto”.
Del tercero habla Juan el Bautista: “Yo soy una voz del que grita en el desierto” (Jn 1, 23). Juan Bautista es llamado “voz”, porque así como la voz precede la palabra, así él precedió al Hijo de Dios. Yo, dijo Juan, soy la voz de Cristo que grita en el desierto, o sea, en el patíbulo de la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. En este desierto todo estuvo cuajado de espinas y privado de toda forma de socorro humano.
3.‑ “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto”. Se suele preguntar quién llevó a Jesús al desierto. Lucas señala claramente por quién fue llevado” Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto” (4, 1). Fue llevado por el mismo Espíritu del que estaba lleno y del que también Isaías dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me consagró con la unción” (61, 1). Por ese Espíritu, que lo “consagró” más que a sus compañeros (Heb 1, 9), fue llevado Jesús al desierto, para ser tentado por el diablo.
Porque el Hijo de Dios, nuestro Zorobabel, que se interpreta “maestro de Babilonia”, vino para reconstruir al mundo arruinado por el pecado; y, como médico, para sanar a los enfermos, era necesario que curara los males con los remedios opuestos, como en el arte médica las cosas calientes se curan con las frías y las frías con las calientes.
La destrucción y la enfermedad del género humano fue el pecado de Adán, que consiste en estas tres cosas: la gula, la vanagloria y la avaricia. Dice el verso: “El viejo Adán fue vencido por la gula, la vanagloria y la codicia”. Estos tres pecados los hallas descritos en el Génesis: “Dijo la serpiente a la mujer: “El día en que coman de este fruto, se les abrirán los ojos”: he ahí la gula; “serán como dioses”: he ahí la vanagloria; “y conocerán el bien y el mal”: he ahí la codicia (Gen 3, 4‑5). Estas fueron las tres lanzas con las que fue matado Adán junto con sus descendientes.
Se lee en el segundo libro de los Reyes: Joab tomó en sus manos tres lanzas y las clavó en el corazón de Absalón” (18, 14). Joab se interpreta “enemigo” y con razón simboliza al diablo, enemigo del género humano. El, con la mano de la falsa promesa, “tomó tres lanzas”, o sea, la gula, la vanagloria y la avaricia, y “las clavó en el corazón”, que es la fuente del calor y de la vida del hombre ‑“de él, dice Salomón, procede la vida” (Prov 4, 23)‑ para apagar el calor del amor divino y quitar completamente la vida, “En el corazón de Absalón”, que se interpreta “paz del padre”. Y esto fue en Adán, que fue colocado en un lugar de paz y de delicias, para que, obedeciendo al Padre, conservara eternamente su paz. Sin embargo, por no haber obedecido al Padre, perdió la paz; y el diablo clavó en su corazón las tres lanzas y lo privó completamente de la vida.
4.‑ El Hijo del hombre llegó en el tiempo favorable y, obedeciendo a Dios Padre, restauró lo que estaba perdido y curó los vicios con los remedios opuestos. Adán fue colocado en el paraíso, en el cual, sumergido por las delicias, cayó. En cambio, Jesús fue llevado al desierto, en el cual, perseverando en el ayuno, derrotó al diablo.
Observen cómo concuerden entre sí, en el Génesis y en Mateo, las dos tentaciones: “Dijo la serpiente: “En cualquier día que coman”. “Y, acercándose, el tentador le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se vuelvan panes”: he ahí la gula. Asimismo: “Serán como dioses”. “Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, y le puso sobre el pináculo del templo”: he ahí la vanagloria. Y en fin: “Conocerán el bien y el mal”. “De nuevo lo tomó el diablo y lo llevó a una altísima montaña. Le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: “Todo esto te doy, si postrándote me adoras”. El diablo, cuanto es pérfido, tanto pérfidamente habla: he ahí la avaricia.
Sin embargo, la Sabiduría, porque siempre obra cuerdamente, derrotó las tres tentaciones del diablo con tres sentencias del Deuteronomio.
Cuando el diablo lo tentó de gula, Jesús le respondió: “El hombre no vive de solo pan” (Dt 8, 3). Como si dijera: “Como el hombre exterior vive de pan material, así el hombre interior vive del pan celestial, que es la palabra de Dios”. La Palabra de Dios es el Hijo, que es la Sabiduría que procede de la boca del Altísimo. La sabiduría deriva de “sabor”. Entonces el pan del alma es el sabor de la sabiduría, con el cual saborea los dones del Señor y gusta cuán suave sea el mismo Señor. De ese pan se dice en el libro de la Sabiduría: “Les preparaste pan del cielo, que tiene en sí todo deleite y todo suave sabor” (16, 20). Esto es lo que está escrito: “De toda palabra que procede de la boca de Dios”. “De toda palabra”, porque la palabra de Dios y la sabiduría tornan insípido todo deleite de la gula. Y como Adán le tomó fastidio a ese pan, cedió a la tentación de la gula. Con razón se dice: “No de solo pan vive el hombre”.
Asimismo, al ser tentado de vanagloria, Jesús respondió: “No tentarás al Señor, tu Dios” (Dt 6, 16).
Jesucristo es Señor por la creación, y Dios por la eternidad. Y a El lo tentó el diablo, al exhortarle a El, el mismo creador del templo, a tirarse abajo del pináculo del templo, y prometió la ayuda de los ángeles al Dios de todas las potencias celestiales. “No tentarás al Señor, tu Dios”. También Adán tentó al Señor Dios, al no observar el mandato del Señor Dios, sino que prestó fe con liviandad a la falsa promesa.‑ “¡Serán como dioses!”. ¡Oh, cuánta vanagloria, creer que se pueda llegar a ser dioses! ¡oh desgraciado! En vano te levantas por encima de ti mismo, y por eso más miserablemente te desplomas por debajo de ti mismo: “¡No tientes, pues, al Señor, tu Dios!”.
En fin, al tentarlo de avaricia, Jesús respondió: “A tu Señor Dios adorarás, y a El solo servirás” (Dt 10, 20). Todos los que aman el dinero o la gloria del mundo, se postran ante el diablo y lo adoran.
En cambio, nosotros, para los que el Hijo de Dios vino al seno de la Virgen y soportó el patíbulo de la cruz, instruidos por su ejemplo, hemos de ir al desierto de la penitencia, y con su ayuda debemos reprimir la codicia de la gula, el viento de la vanagloria y el fuego de la avaricia.
Adoremos también nosotros a aquel a quien los arcángeles adoran, y sirvamos a Aquel a quien los ángeles sirven. El es el Señor bendito, glorioso, digno de alabanza y excelso por los siglos de los siglos.
Y toda la creación diga: “¡Amén! ¡Así sea!”.
1.‑ “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto” (Mt 4, 1). Se lee en el Apocalipsis: “Se le dieron a la mujer dos alas de águila, para que volara al desierto” (12, 14). Esta mujer es el alma penitente, de la que en el evangelio de Juan dice el Señor. “La mujer”, o sea, el alma, “cuando pare” en la confesión el pecado, que concibió en el placer, “sufre tristeza” (16, 21), y debe sufrirla. A esta mujer se le dan dos alas de águila.
El águila, llamada así por la agudeza de su vista, o también del pico, es el justo. El águila tiene una vista muy aguda; y cuando por la vejez su pico se hincha, lo afila frotándolo contra una piedra, y así rejuvenece. Así el justo, con la agudeza de la contemplación, contempla el esplendor del verdadero sol; y si poco a poco su pico, o sea, el ardor de la mente, se debilita a motivo de algún pecado y le impide nutrirse del sólido alimento de la dulzura interior, en seguida lo afila contra la piedra de la confesión; y así rejuvenece en la juventud de la gracia. De él dice el Profeta: “ Tú juventud se renovará como la del águila” (102, 5).
Dos son las alas de esta águila: el amor y el temor del Señor. De ello dice el Señor a Job: “¿Es por tu sabiduría que el gavilán se cubre de plumas y extiende sus alas hacia el mediodía?” (39, 26). El águila y el gavilán son figuras del justo. Y observa que el gavilán hace dos cosas: aferra con las garras y no aferra el ave sino cuando está volando.
Así el justo: aferra con el pie del afecto y no aferra el bien sino volando, sin preocuparse de las cosas terrenas. El se cubre de plumas, gracias a la sabiduría de Dios. Las plumas del gavilán son los pensamientos puros del justo, que crecen ordenadamente en su mente por la sabiduría de Dios, que viene de “sabor”. Cuanto tienes del sabor de Dios, otro tanto crecerán tus plumas. Cuanto experimentas del sabor de su dulzura, otro tanto echarás las plumas de los buenos propósitos. Y así este buitre extiende sus alas, o sea, el amor y el temor de Dios, hacia el mediodía, o sea, hacia Jesucristo, que viene del mediodía (Hab 3, 3), para irradiar el calor que nutre e infundir en ellas la gracia que sostiene. Estas dos alas se dan a la mujer, o sea, al alma penitente, con las que, soliviada de las cosas terrenas, pueda volar al desierto de la penitencia, del que se dice en el evangelio de este domingo: “Jesús fue llevado al desierto”...
2.‑ En este domingo se dice en el introito de la misa: “Me invocó y yo lo escuché”, y en la epístola del bienaventurado Pablo a los corintios: “Los exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios” (2Cor 6, 1).
Y porque llegaron para nosotros los días de la penitencia para la remisión de los pecados y para la salvación de las almas, vamos a tratar de la penitencia, que consiste en tres actos: la contrición del corazón, la confesión de la boca y la obra de satisfacción. Vamos también a tratar de los pecados contrarios a la penitencia: la gula, la vanagloria y la avaricia. Estos seis argumentos están tomados del evangelio de hoy. ¡Y todo sea para alabanza de Dios y para utilidad de nuestra alma!
3.‑ “Jesús fue llevado al desierto”. “Les di un ejemplo ‑dice Jesús‑, para que, como hice yo, así hagan ustedes” (Jn 13, 15). ¿qué hizo Jesús? Fue llevado por el Espíritu al desierto. Y a ti, que crees en Jesús y de El esperas la salvación, te conjuro a hacerte conducir al desierto de la confesión por el espíritu de la contrición, para que cumplas de manera perfecta el número cuadragésimo de la satisfacción.
Observa que la contrición del corazón es llamada “espíritu” (o soplo). Dice David: “Con soplo violento tú destrozarás las naves de Tarsis” (Sal 47, 8). Tarsis se interpreta “búsqueda del gozo”. Las naves de Tarsis simbolizan las aspiraciones de los seglares que, a través del mar de este mundo, son arrastrados por el velamen de la concupiscencia carnal y el viento de la vanagloria a la búsqueda del gozo del bienestar mundano. Entonces, con el viento impetuoso de la contrición el Señor destrozará las naves de Tarsis, o sea, las aspiraciones de los seglares, para que, transformadas por la contrición, no busquen el gozo falso sino el verdadero.
Y observa que el espíritu (viento) de la contrición se dice “impetuoso” por dos motivos: lleva en alto a la mente y nos sustrae de la amenaza eterna. De ese “espíritu” se dice en el Génesis: “Espiró en su rostro el aliento de vida” (2, 7). El Señor sopla en el rostro del alma el aliento de vida, que es la contrición del corazón, cuando la imagen y la semejanza de Dios, afeadas por el pecado, se graban nuevamente en el alma, o se renuevan, mediante la contrición del corazón.
4. Cómo deba ser la contrición, lo señala el Profeta al decir: “El sacrificio grato a Dios es el espíritu dolorido; un corazón contrito y humillado, tú, oh Señor, no lo desprecias” (50, 19). En este versículo se destacan cuatro cosas: el arrepentimiento del corazón dolorido por los pecados, la reconciliación del pecador, la universal contrición de todos los pecados y la perseverante humillación del pecador arrepentido. Dice, pues: el espíritu del penitente, arrepentido y contrito por los pecados, que son como espinas punzantes, es un sacrificio grato a Dios, porque aplaca a Dios en favor del pecador y reconcilia al mismo pecador con Dios.
Y dado que la contrición debe ser universal, añade “corazón contrito”. Y observa que no dice sólo “triturado” (tritum), sino “triturado junto” (contritum). El pecador debe tener el corazón “triturado” y “contrito”: triturado, para quebrarlo con el martillo de la contrición, y para dividirlo en pequeñas parcelas con la espada del dolor, y para colocar sobre cada pecado mortal una parcela, y para llorar en la pena y apenarse en el llanto. El debe apenarse más por un pecado mortal cometido que si hubiese perdido el mundo entero y todo lo que hay en él, si fuera dueño. Por el pecado mortal perdió al Hijo de Dios, que es más digno, más estimable y más precioso que toda la creación. Debe tener también el corazón “contrito”, para dolerse en general por todos los pecados cometidos, por los pecados de omisión y por los olvidados.
Y porque la perfección de todo bien es la humildad, en el cuarto y último lugar se dice: “Un corazón humillado Dios no lo desprecia”. Más bien, como dice Isaías: “El Excelso y el Sublime, que tiene una sede eterna, pone su morada en el espíritu contrito y humilde, para vivificar el espíritu de los humildes y el corazón de los arrepentidos” (57, 15).
¡Oh bondad de Dios! ¡oh dignidad del penitente! ¡Aquel que tiene una sede eterna, habita también en el corazón del humilde y en el espíritu del penitente! Es propio del corazón verdaderamente contrito humillarse en todo y considerarse “un perro muerto y una pulga” (1Rey 24, 15).
5.‑ De ese espíritu de contrición el penitente es llevado al desierto de la confesión, que con razón es llamada “desierto” por tres motivos.
Observa que se llama desierto a la tierra deshabitada, llena de fieras y que causa terror. Tal era literalmente el desierto, en el cual estuvo Jesucristo durante cuarenta días y cuarenta noches. Así la confesión debe ser “deshabitada”, privada, secreta, oculta a todo conocimiento humano y encerrada en el tesoro de la memoria del confesor bajo un sello inviolable y escondida a toda conciencia humana. Por eso, aunque todos los hombres que hay en el mundo conocieran el pecado del que se confesó contigo, tú debes igualmente tenerlo escondido y encerrarlo bajo la llave del silencio perpetuo. Son verdaderamente hijos del diablo, condenados por el Dios vivo y verdadero, expulsados de la Iglesia triunfante, excomulgados por la Iglesia militante, merecedores de ser depuestos del oficio y del beneficio y de ser expuestos a la infamia pública los confesores que no diría con las palabras, que es cosa peor que un homicidio, sino con un gesto o de cualquier otra manera oculta o patente, en broma o en serio, descubren o manifiestan el secreto de la confesión. Lo afirmo con fuerza: el que viola la confesión, comete un pecado más grave que el de judas el traidor, que vendió a los judíos al Hijo de Dios, Jesucristo. Yo me confieso a un hombre, pero no como a hombre, sino como a Dios.
Y el Señor dice por boca de Isaías: “Mi secreto es para mí, mi secreto es para mí” (24, 16). Y el hombre, nacido de la tierra, ¿no sellará el secreto de la confesión en lo más íntimo de su corazón?
6.‑ Con razón se dice que la confesión debe ser una tierra deshabitada e inaccesible, para que a ningún hombre le sea descubierto el secreto de la confesión. Por eso el Señor, bajo amenaza, manda en el Éxodo: “Guárdense de subir al monte, ni toquen sus faldas. Cualquiera que tocare el monte, de seguro morirá. Ninguna mano deberá tocarlo, porque será apedreado o asaeteado. Sea animal sea hombre, no vivirá” (19, 12‑13).
Este monte Sinaí, que se interpreta “medida”, simboliza la confesión, que con razón se dice “monte” por su excelencia, que es la remisión de los pecados. ¿Puede haber cosa más sublime que la remisión de los pecados? Es llamada también “medida” por la correspondencia que ha de haber entre la culpa y la confesión. El pecador debe portarse de tal modo que la confesión corresponda a la culpa, o sea, que no la disminuya por vergüenza o temor ni añada bajo la apariencia de la humildad, sino que se exprese según la verdad. ¡Nadie debe mentir por humildad!
Guárdense bien, pues, oh confesores, oh sacerdotes, de subir a este monte. Subir al monte significa descubrir el secreto de la confesión. Y no les digo sólo: “¡No suban, sino también que no toquen las faldas!”. Las faldas del monte son las circunstancias de la confesión, que nadie debe manifestar ni con palabras, ni con gestos, ni de otras maneras. ¡Ay de mí! ¡Qué pena! Hay algunos que temen subir al monte, pero no temen tocar sus faldas, manifestando con palabras o signos las circunstancias del pecado. Escuchen, pues, estos infelices su sentencia de muerte: “Cualquiera que toque el monte, de seguro morirá”. ¿Y de qué muerte, Señor? La mano del poder seglar no debe tocarlo, para ser colgado como un ladrón o un homicida ‑cosa que quizás sería para él menos penosa‑, sino que sea golpeado con las piedras, o sea, con severas excomuniones, o sea, traspasado con las flechas de la condenación eterna. Tanto si se tratara de un animal, o sea, de un simple sacerdote, como si se tratara de un hombre, o sea, de un sacerdote ilustrado y sabio, absolutamente deben morir.
Se puede entender de otra manera. Aunque se trate de un animal, o sea, de un laico o de un simple clérigo, con los cuales en caso de extrema necesidad podemos confesar los pecados, si no estuviere presente ningún sacerdote; o se. trate también de un hombre, o sea, de un sacerdote de la iglesia, ya no podrá vivir, sino que morirá eternamente, porque subió al monte y tocó las faldas. Con razón concluimos diciendo que la confesión es una tierra deshabitada e inaccesible.
7.‑ La confesión es llamada también desierto, porque está nena de bestias. Vamos a ver cuáles son estas bestias, de las que la confesión tiene que estar llena.
Las “bestias” son los pecados mortales. Su nombre en latín suena como vastiae, devastadoras, porque los pecados mortales devastan y dilaceran el alma. De ellos Isaías, cuando habla de la pérfida Judea, o sea, del alma pecadora, dice: “Será una guarida de dragones y pasto de avestruces. Y acudirán demonios con onocentauros, los sátiros gritarán unos a otros; allí se agazapó el chacal y halló reposo. Allí encontró su cueva el erizo y alimentó a sus cachorritos, excavó a su alrededor y los calentó a su sombra” (34, 13‑15).
Observa que en este pasaje se nombran siete especies de bestias: el dragón, el avestruz, el onocentauro ( animal fabuloso: cruza de asno y toro), el sátiro, el chacal y el erizo. A través de estas bestias abarcamos los siete géneros de pecados. Todos ellos y los que les son similares, deben ser manifestados con exactitud en la confesión, como fueron cometidos en el consentimiento de la mente y en la ejecución de la voluntad.
Dice, pues: “Será una guarida de dragones”... En el dragón se destaca la venenosa malicia del odio y de la calumnia, en el avestruz la falsedad de la hipocresía, en el asno la lujuria, en el toro la soberbia, en el sátiro la avaricia y la usura, en el chacal la perfidia de los herejes, en el erizo la astuta disculpa del pecador.
8.‑ “Será una guarida de dragones” ... La mente o la conciencia del pecador es una guarida de dragones a causa del veneno del odio y de la difamación. Se dice en el cántico de Moisés: “Su vino es hiel de dragones y mortífero veneno de víboras” (Dt 32, 33). Su vino, o sea, el odio y la difamación de los pecadores, que aturde e intoxica la mente de los oyentes, es hiel de dragones y mortífero veneno de víboras. Dice Salomón en el Eclesiastés: “El difamador oculto no es menos dañoso que la serpiente que muerde en silencio” (10, 11). Con razón se dice “mortífero”, porque “el golpe del azote produce lividez, pero los golpes de la lengua del difamador desmenuzan por dentro los huesos de las virtudes” (Ecli 28, 2 1). Con razón se dice: “Será una guarida de dragones”.
9.‑ “Será pasto de los avestruces”. El avestruz, que tiene plumas, pero por el tamaño de su cuerpo no puede volar, es una figura del hipócrita, el cual, agobiado por el amor de las cosas terrenas, simula ser gavilán fingiendo elevarse a la contemplación, bajo las plumas de una falsa religiosidad.
Dice Job: “Las plumas del avestruz son similares a las de la cigüeña y del gavilán” (39, 13). En la mente, pues, del falso religioso existe “el pasto del avestruz”. Observa con cuánta razón se dice “pasto”. El hipócrita, mientras se jacta de tener las plumas del gavilán, se nutre con su misma jactancia. El hace como el pavo real, que, cuando es admirado por los niños, despliega la magnificencia de sus plumas y con la cola hace una rueda; pero, haciendo la rueda, descubre vergonzosamente su traste. Así el hipócrita, mientras se jacta, despliega las plumas de su santidad que finge tener y hace la rueda de su comportamiento. Dice, en efecto: “Yo hice esto y aquello, yo inicié la tal cosa y llevé a término la tal otra” ... Y mientras así rueda, pone en evidencia la fealdad de su deshonestidad. El necio se vuelve repugnante, mientras cree hacerse atractivo.
10.‑ “Los demonios se encontrarán con los onocentauros”. Onos en griego es asno.
El asno es figura del lujurioso. El asno es estúpido, perezoso y tímido. Así el lujurioso es estúpido, porque perdió la verdadera sabiduría, cuyo sabor hace al hombre sabio y sobrio, y así elimina la lujuria de la carne, que hace al hombre estúpido y fatuo. El lujurioso es también perezoso. Se pregunta el poeta Ovidio: “¿Por qué Egisto llegó a ser adúltero? La causa es evidente: era perezoso”. El lujurioso es también tímido, como el asno. Se lee en la Historia Natural que “el animal que tiene un corazón grande es miedoso y el que lo tiene reducido es más corajudo. Y la situación en que se va a encontrar este animal por el miedo, depende sólo de que el calor del corazón es limitado, y no puede satisfacerlo del todo, y llega a ser más débil en los corazones dilatados. Y así la sangre se enfría. llenen el corazón dilatado también las liebres, los ciervos, los asnos y los ratones. Como un fuego pequeño calienta menos en una casa grande, así es del calor en estos animales” (Aristóteles).
Lo mismo sucede en el lujurioso. llene un corazón dilatado para pensar y cometer grandes maldades y graves pecados de lujuria, pero tiene poco o nada de calor y de amor del Espíritu Santo; y por esto es miedoso, inestable e “inconstante en todas sus acciones” (Sant 1, 8).
El toro es figura del soberbio. Y el Señor se queja por boca del profeta: “Me asediaron toros gordos” (Sal 21, 13). Los toros, o sea, los soberbios, que nadan en la opulencia de las cosas temporales, me asediaron como los judíos, con la voluntad de crucificarme de nuevo.
A estos onocentauros, o sea, a estos lujuriosos y soberbios, en la hora de la muerte acudirán los demonios, para adueñarse de sus almas, mientras salen del cuerpo; y así los mismos que los instigaban en la culpa, serán sus torturadores en el castigo.
11.‑ “Y los sátiros gritarán unos a otros”. Los sátiros son los avaros y los usureros, que con razón son llamados pilosi, o sea, peludos, amarretes. La avaricia llama a la usura y la usura a la avaricia: aquélla induce a ésta y ésta a aquélla. ¡Ay, qué desgracia! El clamor de estos sátiros ya colmó el mundo entero. Y la figura de éstos es el peludo Esaú, que se interpreta “encina”; y los avaros y los usureros son peludos para recibir, pero son encinas, o sea, duros e inconmovibles, para restituir.
12. “Allí se agazapó el chacal y halló reposo”. El chacal, dicen, es una bestia que tiene cara humana, pero termina con la cola de bestia. Es una figura de los herejes, que, para engañar más fácilmente, se presentan con rostro humano y con palabras persuasivas. De ellos dice Jeremías en las Lamentaciones: “Los chacales muestran la teta y amamantan a sus cachorros” (4, 3). Los herejes muestran la teta, cuando predican su secta, y amamantan a sus cachorros, cuando en su falsedad alimentan a sus pérfidos seguidores, que con razón son llamados cachorros y no hijos, porque, como rústicos, vulgares y disolutos, no saben hacer otra cosa que ladrar contra la iglesia y blasfemar contra los católicos.
13.‑ “Allí tiene su cueva el erizo”. Observa que el erizo es todo espinoso; y si alguno intenta apresarlo, se enrosca completamente en si mismo y toma la forma de un globo en manos del que lo cazó. llene la cabeza y la boca en la parte inferior y en la boca tiene cinco dientes (Aristóteles).
El erizo es el pecador obstinado, totalmente cubierto con las espinas del pecado. Si quieres amonestarlo por el pecado cometido, se enrosca inmediatamente en si mismo y esconde con varias excusas el pecado cometido. Por eso tiene la cabeza y la boca dirigidas hacia la parte inferior. En la cabeza está indicada la mente, en la boca la palabra. El pecador, cuando se disculpa por el pecado cometido, ¿ qué otra cosa hace sino inclinar la mente y la boca hacia las cosas terrenas? Los cinco dientes que están en la boca del erizo, son las cinco especies de excusas del pecador obstinado. Cuando se lo reprende, aduce como excusas la ignorancia, o la fatalidad, o la sugestión diabólica, o la fragilidad de su carne, o la ocasión del prójimo. Y as!, añade Isaías, “nutre a sus cachorros”, o sea, a sus impulsos pecaminosos, les excava alrededor las defensas y los fomenta a la sombra de sus excusas.
14.‑ Estas siete bestias, bajo cuyo número se pueden abarcar todas las especies de pecados, deben aparecer en gran número o, más bien, todas en el desierto de nuestra confesión, para que nada quede escondido al sacerdote, y nada esquive el penitente, sino que confiese todo, con la máxima exactitud, tanto el pecado como las circunstancias. Dice el Señor por boca de Isaías: “Después de setenta años, Tiro será como el canto de una meretriz. oh meretriz olvidada, toma la cítara, recorre la ciudad; canta bien, reitera la canción, para que se renueve tu recuerdo” (23, 15‑16). En este pasaje con el número setenta de los años y el número siete de las bestias, se indica la totalidad de los pecados. Por esto se dice que el Señor expulsó de la Magdalena a siete demonios, es decir, todos los vicios. Entonces con los setenta años y las siete bestias abarcamos todos los vicios. Dice Isaías: “Después de los setenta años, es decir, después de haber cometido toda suerte de crímenes, “para Tiro”, que se interpreta “angustia” y se refiere al alma acongojada por los pecados, “no queda más que el canto”, o sea, la confesión de los pecados. Después de haber cometido toda suerte de crímenes, a la pobre alma no le queda más remedio que la confesión de los pecados, que es “la segunda tabla de la salvación después del naufragio” (Pedro Lombardo). Al alma se le dice: “Oh meretriz, ya que abandonaste al verdadero esposo, Jesucristo, y te uniste al diablo adúltero; y si no te conviertes, serás entregada al olvido eterno, toma la cítara”.
Presta atención a las palabras. En el verbo “toma” se señala la voluntad bien dispuesta para la confesión, no forzada ni constreñida. En “la cítara” se indica la confesión de todo pecado y de las circunstancias. Toma, pues, la cítara y confiésate espontáneamente. Dice el Eclesiástico: “Confiésate vivo y sano, y así darás gloria a Dios” (17, 27).
15.‑ Observa que como en la cítara se templan las cuerdas, así en la confesión deben declararse las circunstancias de los pecados, que responden a las preguntas: “¿Quién? ¿Qué? ¿Dónde? ¿Por medio de quién? ¿Cuántas veces? ¿Por qué? ¿De qué manera? ¿Cuándo?”. Has de discernir todas estas preguntas, oh sacerdote, y tanto con las mujeres como con los hombres interroga con diligencia y discreción.
¿Quién?: Está casado o es soltero, laico o clérigo, rico o pobre, qué oficio o cargo ejerce, libre o esclavo, a qué orden o congregación pertenece...
¿Qué?: Si es grande y de qué suerte es el pecado; si es una simple fornicación, como entre dos célibes; si la célibe se prostituye o vende su cuerpo; si es adulterio; si es incesto, que sucede entre consanguíneos y afines: si violó a una virgen, porque le abrió el camino al pecado, y cometió un pecado gravísimo; y se cuide éste de no hacerse cómplice de todos los pecados que aquella mujer podría cometer; por esto debe proveerle algún lugar donde haga penitencia o procurarle algún casamiento, si lo puede hacer; si cometió un pecado contra natura, que consiste en cualquier efusión de semen fuera del órgano femenino. Todas estas cosas se deben preguntar con mucha discreción y delicadeza. Si cometió un homicidio con la mente, con la boca o con la mano; si cometió un sacrilegio, una rapiña o un robo, y a cuáles personas, y si lo hizo en público o en privado; si ejerció la usura y de qué manera, porque todo lo que se recibe fuera del capital es usura; si hubo perjurio, falso testimonio y de qué modo lo hizo; si obró con soberbia, que es de tres especies: no querer obedecer al superior, no querer tener iguales, despreciar al inferior. También todas estas cosas debemos confesar con fidelidad.
¿Dónde?: Si cometió el pecado en una iglesia consagrada o no consagrada, o cerca de la iglesia, o en el cementerio de los fieles, o en algún lugar destinado a la oración, o si en todos estos lugares pronunció discursos ilícitos.
¿Por medio de quién?: Con la ayuda o con el consejo de cuáles personas pecó, o a quién indujo a pecar; si pocos o muchos fueron los cómplices o los conocedores del pecado; si cometió el pecado para recibir dinero o para darlo.
¿Cuántas veces?: Se debe confesar cuántas veces se cometió el pecado, al menos aproximadamente; si pecó frecuentemente o raras veces; si permaneció en el pecado, poco o mucho tiempo; si a menudo volvió a caer y si a menudo se confiesa.
¿Por qué?: Si pecó con pleno consentimiento de la mente, o si cometió el pecado aun antes de ser tentado; si de alguna manera hizo violencia a la naturaleza, para completar el pecado, pecando así de manera mortalísima.
¿De qué modo?: Se deben confesar las modalidades del pecado; si de modo indebido, insólito, con contactos ilícitos, y así de otras cosas similares.
¿Cuándo?: Si en el tiempo del ayuno o en la fiesta de algún santo; si fue a realizar lo ilícito, mientras debía ir a la iglesia; y también a qué edad había cometido éste o aquel pecado.
Estas circunstancias y otras semejantes hacen más grave el pecado y atormentan el alma del pecador; por eso en la confesión hay que declararlas todas. Estas son las cuerdas templadas en la cítara de la confesión, de la que se dijo: “Toma la cítara”.
16.‑ “Recorre la ciudad”. La ciudad es la vida del hombre, que él debe recorrer: el tiempo y la edad, el pecado y sus modalidades, el lugar y las personas con las que pecó y a las que hizo pecar con el mal ejemplo, con la palabra y la acción; y los pecadores, a los que no apartó del pecado, pudiéndolo hacer. Todo, como se dijo, debe confesar abierta y claramente.
Así obraba el Profeta, que decía: “Anduve alrededor de tu altar y en su tienda inmolé un sacrificio de alabanza en voz alta” (Salm 26, 6). Recorrí toda mi vida como un buen soldado, que va alrededor de su campamento para controlar si hay alguna brecha por la cual pueda infiltrarse el enemigo; y en su tienda, o sea, en la Iglesia, delante del sacerdote, inmolé un sacrificio de alabanza en voz alta, o sea, hice la confesión, que ha de ser en voz alta, porque el pecador no debe confesar su pecado a medias y con boca estrecha, como balbuciendo, sino con la boca abierta y casi gritando. Con razón se dice: “Recorre la ciudad”.
17.‑ “Canta bien”, cántate a ti mismo y no al diablo, echando la culpa a la fatalidad o a otras personas. o también: canta bien, confesando todos tus pecados a un solo sacerdote y no dividiéndolos entre varios sacerdotes.
Tal vez, me pides un consejo sobre este planteo y me dices: “Hice una confesión general de todos mis pecados a un solo sacerdote, pero después volví a caer en el pecado mortal. ¿Es necesario que confiese de nuevo todos los pecados ya confesados?”. Te voy a dar un consejo recto, provechoso y muy necesario para tu alma. Cada vez que te presentas a un confesor nuevo, confiésate como si jamás te hubieses confesado (¡Atención! Esta es una opinión personal de Antonio, no es la praxis de la Iglesia). Si, en cambio, vuelves al confesor que ya conoce tu conciencia y con el cual hiciste la confesión general, no estás obligado a confesarle sino los pecados cometidos después de la confesión general o los pecados olvidados.
“Canta bien”, pues, y repite el canto de la confesión, acusándote una y otra vez a ti mismo. ¿Y esto para qué? Para que el recuerdo de ti viva en la presencia de Dios y de sus ángeles, para que perdone tus pecados, infunda su. gracia y te conceda la gloria eterna.
18.‑ Ahora ya sabes cuáles son las bestias, de las que debe abundar el desierto de tu confesión; o sea, en la confesión deben aparecer con sencillez y claridad los pecados y sus circunstancias; sólo as! el desierto de la confesión causará gran terror. ¿Y a quiénes? A los espíritus inmundos. Se lee en el Génesis: “¡Qué terrible es este lugar! Este no es otra cosa que la casa de Dios y la puerta del cielo” (28, 17).
El lugar de la confesión y, sobre todo, la misma confesión son terribles para los espíritus inmundos. Se lee en Job: “Mis rugidos son como una inundación” (3, 24). Al oír el rugido del león, todas las bestias se detienen. La inundación vence todo obstáculo. El rugido del león es la confesión del pecador arrepentido, del que dice el Profeta: “Bramaba por el desgarro de mi corazón” (Salm 37, 9), porque del desgarro del corazón debe prorrumpir el rugido de la confesión y, al escucharlo, los espíritus del mal, aterrorizados, no se atreverán a abrirse camino con las tentaciones. La inundación es figura de las lágrimas de la contrición, que disuelven y derrotan todo lo que los espíritus del mal traman para impedir las lágrimas del penitente.
La confesión es llamada también “casa de Dios”, a motivo de la reconciliación del pecador. En la confesión el pecador se reconcilia con Dios, como el hijo se reconcilia con el padre, cuando éste lo recibe en la casa paterna. Por esto se lee en Lucas: “Cuando el hijo mayor se acercó a la casa paterna, en la que el hijo arrepentido banqueteaba con el padre, oyó la música y el coro” (15, 25).
Observa que en aquella casa había tres cosas: el banquete, la música y el coro. Así en la casa de la confesión, en la cual es acogido el pecador que regresa de “la región de la desemejanza” (ya que con el pecado había perdido la semejanza con Dios) (San Bernardo), debe haber tres cosas: el banquete de la contrición, la música de la acusación y el coro de la enmienda. Como confiesas tu pecado, así debes esforzarte por enmendarte.
Escucha la música que resuena suavemente.‑ “Reconozco mi culpa y mi pecado está siempre delante de mí” (Salm 50, 5). Escucha al coro que responde en perfecta sintonía: “Yo estoy dispuesto al castigo y mi dolor está siempre delante de mí” (Salm 37, 18). Lamentablemente, son muchos los que ejecutan música suave, o sea, se acusan a sí mismos, pero ¡jamás se enmiendan!
19.‑ Otra interpretación. Si en la casa de la confesión resuena la música del llanto de la amarga confesión, en seguida responde a una voz el coro de la misericordia divina, que perdona los pecados. Es lo que se promete en el introito de la misa de hoy: “Me invocará y yo lo escucharé, lo liberaré y lo cubriré de gloria, lo colmaré de largos días” (Salm 90, 15‑16).
Observa que al penitente se le prometen cuatro cosas. La primera, cuando dice: “Me invocará”, para que le perdone los pecados, y “yo lo escucharé”, porque le infundiré mi gracia. La segunda: “Yo lo liberaré” de los cuatro males nombrados en el tracto de la misa (hoy, salmo responsorial): el terror de la noche, la flecha que vuela de día, la peste que serpea en las tinieblas y el demonio que devasta a mediodía. El terror de la noche es la tentación oculta del diablo; la flecha que vuela es su manifiesta malicia; la peste que serpea en las tinieblas son las intrigas de los hipócritas; el demonio meridiano es la fogosa lujuria de la carne. De todo ello el Señor libera al verdadero penitente. La tercera: “Lo glorificaré” en el día del juicio con una doble estola de gloria. La cuarta: “Lo saciaré de largos días” en la perpetuidad de la vida eterna.
La confesión es llamada también “puerta del cielo”. ¡Oh verdadera puerta del cielo, oh verdadera puerta del paraíso! Por ella, como a través de una puerta, el pecador arrepentido es introducido al beso de los pies de la divina misericordia, es elevado al beso de las manos de la gracia celeste y es acogido al beso de la boca de la reconciliación con el Padre.
¡Oh casa de Dios! ¡Oh puerta del cielo! ¡Oh confesión del pecado! ¡Dichoso el que habitará en ti! ¡Dichoso el que entrará a través de ti! ¡Dichoso el que en ti se humillará!
Oh queridísimos hermanos, humíllense, pues, y entren por la puerta de la confesión. Confiesen los pecados y sus circunstancias, como ya oyeron, porque “éste es el tiempo favorable” para la confesión, “éste es el día de la salvación” a través de la reparación.
Y, después de todo esto, añade: “Después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches”.
20.‑ El ayuno de Cristo, durante cuarenta días, nos enseña de qué manera podemos hacer penitencia por los pecados cometidos y cómo debemos comportarnos para no recibir en vano la gracia de Dios. Por esto nos dice el Apóstol en la epístola de hoy: “Los exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios. Dice el Señor en Isaías: “En el momento favorable te escuché y en el día de la salvación te socorrí”. Miren: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2Cor 6, 1‑2).
Recibe inútilmente la gracia de Dios el que no vive según la gracia que le fue dada; también recibe inútilmente la gracia de Dios el que atribuye a sus méritos la gracia que le fue dada gratuitamente; y la recibe inútilmente también el que, después de la confesión de sus pecados, rehúsa hacer penitencia “en el tiempo favorable, en el día de la salvación”.
He aquí, pues, ahora el tiempo favorable y el día de la salvación, que nos fueron dados para merecer la salvación. Dice el bienaventurado Bernardo: ¡Nada es más precioso que el tiempo, y, sin embargo, nada se halla hoy mas menospreciado! Pasan los días de la salvación y nadie reflexiona, nadie se preocupa por perder un día que jamás volverá. Como no caerá un cabello de la cabeza, así tampoco irá perdido un momento de tiempo”. Dice Séneca: “Si sobrara mucho tiempo, igualmente habría que usarlo con parsimonia; ¿qué se debe hacer al disponer de tan poco?” Y el Eclesiástico‑ “Hijo, ahorra el tiempo” (4, 23), porque es un don sacrosanto. Por esto, en estos cuarenta días de cuaresma, hagamos penitencia.
El número cuarenta consta del cuatro y del diez. El Creador de todas las cosas, Dios, creó el cuerpo y el alma, y en cada una de estas dos entidades infundió una serie de cuatro elementos y otra de diez.
El cuerpo se compone de cuatro elementos y se regula y obra con diez órganos de sentido, casi diez dirigentes, y son: dos ojos, dos oídos, el olfato y el gusto, dos manos y dos pies. Al alma Dios le confirió cuatro virtudes principales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, y le dio los diez preceptos del decálogo, que son: “Escucha, Israel; el Señor tu Dios es uno solo. No tomes el nombre de Dios en vano. Acuérdate de santificar el sábado”. Estos tres que se refieren al amor de Dios, fueron escritos en la primera tabla. Los otros siete, que se refieren al amor del prójimo, fueron escritos en la segunda tabla, y son: “Honra a tu padre y a tu madre. No matar. No fornicar. No hurtar. No levantar falso testimonio contra tu prójimo. No desear a su mujer, ni a su siervo, ni a su sierva, ni a su buey, ni a su asno, ni cosa alguna que le pertenece”.
Ya que nosotros, en nuestro cuerpo mortal, que está compuesto por cuatro elementos y se regula con los diez sentidos, pecamos cada día contra las cuatro virtudes y contra los diez preceptos, debemos dar satisfacción al Señor mediante el ayuno de cuarenta días.
21.‑ Y de qué manera se deba hacer esto, lo tenemos en el libro de los Números, en el que se relata que “los exploradores, enviados por Moisés y por los hijos de Israel, recorrieron durante cuarenta días toda la tierra de Canaán” (13,26).
Canaán se interpreta “comercio” o también “humilde”. La tierra de Canaán es nuestro cuerpo, con el cual debemos negociar o permutar, con cambio favorable, los bienes terrenos por los eternos, los transitorios por los permanentes; y esto siempre en la humildad del corazón.
De este comercio se lee en los Proverbios, cuando habla de la “mujer fuerte”: “Gustó y vio que su comercio andaba bien” (31, 18). observa las dos cosas: “Gustó y vio”. La mujer fuerte, o sea, el alma, gusta cuando experimenta, con el sano paladar de la mente, las dulzuras de la gloria celestial, por cuyo amor desprecia el reino de este mundo y todas sus riquezas; y de este modo, con el tiempo y el ojo penetrante de la razón, ve y comprende que es un buen negocio “vender todo lo que tiene y dar el importe a los pobres”; y entonces, despojada de todo, seguir a Cristo desnudo.
Esto lo decía Job: “Piel por piel y todo lo que tiene dará el hombre por su alma” (2, 4). El hombre, viendo y constatando lo bueno que es el Señor, da y cambia la piel de la grandeza de este mundo por la piel de la gloria celestial. También está dispuesto a entregar al verdugo y al torturador el cuerpo con su piel mortal y exponerlo a la espada y a la muerte, en cambio de la piel gloriosa del cuerpo inmortal.
Con razón nuestro cuerpo es llamado “piel”. Como la piel cuanto más es lavada, más se deteriora, así nuestro cuerpo cuanto más es alimentado con delicadeza y debilitado por los placeres, tanto más prontamente pierde las fuerzas, envejece y se cubre de arrugas. Y por su alma el hombre no dará sólo su piel, sino también todo lo que posee, para merecer oír con los apóstoles, que habían abandonado piel y todo: “Se sentarán sobre doce tronos, y juzgarán a las doce tribus de Israel” (Mt 19, 28).
22.‑ Nosotros, pues, como verdaderos e intrépidos exploradores, durante estos cuarenta días, recorramos toda región de nuestro cuerpo, examinando cuidadosamente los pecados cometidos con la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto, y confesándolos diligentemente con sus circunstancias, para que no quede ni la mínima traza, tras el ejemplo de lo que hizo Josué, del que se dice: “Josué capturó a Maceda y la hirió a filo de la espada; mató a su rey y a todos sus habitantes; no dejó la más mínima traza” (Jos 10, 28).
Maceda se interpreta “antes” o también “quemadura”, y simboliza el pecado, por el cual el hombre, ante todo, es quemado por medio del bautismo. Este pecado queda vencido en la penitencia. El rey de esta ciudad es la mala voluntad, que es herida con la “boca de la espada” (en latín, in ore gladii, o sea, “con la espada de la boca”, mediante la confesión. Los súbditos de aquel rey son los que obedecen a los cinco sentidos, que también deben ser destruidos mediante la penitencia, o sea, liberados del estado de pecado. Las “trazas” son los recuerdos de los pecados y los resabios del placer, que de ninguna manera deben permanecer.
Se lee en el mismo libro: “Josué devastó todo el territorio montuoso, el del mediodía y el de la llanura, como también Asedot con sus reyes. No dejó ninguna traza, sino que mató todo lo que podía respirar” (10, 40). El territorio montuoso es la soberbia; el del mediodía es la codicia; y el de la llanura es la lujuria, por la cual el lujurioso brinca como caballo desenfrenado por los campos. Asedot se interpreta “maleficio del pueblo”, y simboliza toda torpe imaginación, que alimenta el fuego del pecado.
Depositemos todo esto en la confesión con el propósito de no volver a caer, y por todo ello hagamos una conveniente penitencia: cuanto más el cuerpo se rebeló, tanto más debemos humillarlo en la confesión; y cuanto más se entregó a los placeres, tanto más debemos castigarlo con los sufrimientos, a pan y agua, con la disciplina y con las vigilias, para que oiga con la hija de Jefté: “Me engañaste, hija mía, carne mía, con los placeres de la gula y de la lujuria; y ahora tú también permaneces engañada” (Juec 11, 35), o sea, eres castigada con la disciplina, con las vigilias y con los ayunos.
Después de haber tratado todas estas cosas sobre el espíritu de contrición, el desierto de la confesión y los cuarenta días de la penitencia, y después de haber explicado en qué consistan la remisión de todos los pecados, la infusión de la gracia y el premio de la vida eterna, nos vamos a disponer a describir los vicios que se les oponen, o sea, la gula, la vanagloria y la lujuria.
23.‑ “El tentador se le acercó y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios”... El diablo en circunstancias iguales procede con métodos iguales. Con la misma táctica con que tentó a Adán en el paraíso terrestre, tentó también a Cristo en el desierto, y tienta a todo cristiano en este mundo.
Tentó al primer Adán de gula, vanagloria y avaricia, y tentándolo lo venció. De manera similar tentó al segundo Adán, Jesucristo, pero en la tentación fue derrotado, porque aquel a quien tentaba no era sólo un hombre, sino también era Dios. Nosotros, que somos partícipes de los dos, del hombre según la carne y de Dios según el espíritu, debemos despojarnos del hombre viejo con sus obras, que son la gula, la vanagloria y la avaricia, para revestirnos del hombre nuevo, a través de la renovación de la confesión. Así, reprimiremos con el ayuno el desenfrenado ardor de la gula, abatiremos con la humillación de la confesión la arrogancia de la vanagloria y pisotearemos con la contrición del corazón el espeso barro de la avaricia. “Bienaventurados, dice el Señor, los pobres en el espíritu”, que tienen el espíritu dolorido y el corazón contrito, “porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, 3).
24.‑ Observa que como el diablo tentó de gula al Señor en el desierto, de vanagloria en el templo, de avaricia en el monte, así nos tienta todos los días: de gula en el desierto del ayuno, de vanagloria en el templo de la oración y del oficio divino, y de muchas formas de avaricia en el monte de nuestros cargos.
Mientras ayunamos, nos tienta de gula, en la que pecamos de cinco maneras: demasiado pronto, opulento, demasiado, vorazmente, con refinamiento (San Gregorio).
Demasiado pronto, cuando se anticipa la hora de la comida.
Opulento, cuando se excita la gula y se quiere despertar un apetito flojo con condimentos, especias y suntuosos alimentos.
Demasiado, cuando se engullen alimentos más de lo que sea necesario al cuerpo. Comentan algunos golosos: “Debemos ayunar; entonces comamos de una sola vez lo que debía servir para el almuerzo y la cena”. Estos son como el gusano que no abandona la planta en la cual se instaló hasta que no la haya devorado totalmente. El gusano es llamado así, porque está hecho casi sólo de boca, y simboliza al goloso, que es todo gula y vientre y que asalta el plato como si fuera un alcázar y no lo deja sino después de haber devorado todo. O revienta el vientre o se vacía el plato.
Vorazmente, cuando el hombre se arroja sobre todo alimento, como si fuera al asalto de una fortaleza, abre los brazos, alarga las manos y come con todos sus sentidos. A la mesa, es como un perro que, en la cocina, no admite rivales.
Con refinamiento, cuando se buscan alimentos exquisitos y se preparan con gran refinamiento, Como se lee en el primer libro de los Reyes, los hijos de Elí no querían aceptar la carne cocida, sino que pretendían la carne cruda, para prepararla con más arte y refinamiento (2, 15).
25.‑ Asimismo, el diablo nos tienta de vanagloria en el templo. Mientras estamos en oración, o rezamos el oficio, o atendemos a la predicación, el diablo nos asalta con los dardos de la vanagloria y, lamentablemente, muy a menudo nos dejamos herir. Hay algunos que, mientras rezan y doblan las rodillas y sueltan suspiros, quieren ser vistos, Hay otros que, cuando cantan en el coro, modulan la voz y hacen gorgoritos, porque desean ser escuchados. Y hay otros también que, cuando predican, truenan con la voz, multiplican las citas y las comentan a su modo, y se dan vuelta en el púlpito, porque desean ser alabados. Todos estos mercenarios, créanmelo, “ya recibieron su recompensa” (Mt 6, 2), y “colocaron a su hija en el prostíbulo”.
Dice Moisés en el Levítico: “ No prostituyas a tu hija” (19, 29). Mi hija es mi obra; y yo la prostituyo, o sea, la coloco en el lupanar, cuando la vendo por el dinero de la vanagloria. Por esto, el Señor nos aconseja: “Cuando tú ores, entra en tu habitación y, con la puerta cerrada, ora a tu Padre” (Mt 6, 6). Tú, cuando quieres orar o hacer alguna obra buena ‑y en esto consiste el “orar sin interrupción”‑, entra en tu habitación, o sea, en el secreto de tu corazón, y cierra la puerta de los cinco sentidos, para que no apetezcas ser visto, oído o alabado. Dice Lucas que Zacarías entró en el templo del Señor a la hora del incienso (1, 9). En el tiempo de la oración, que sube a la presencia del Señor como el incienso (Salm 140, 2), debes entrar en el templo de tu corazón y orar a tu Padre; y “tu Padre que ve en el secreto, te dará la recompensa” (Mt 6, 6).
26.‑ En fin, en el monte de nuestros cargos, o sea, de nuestra dignidad efímera, nos tientan muchos pecados de avaricia. Y observa que no es sólo codicia de dinero, sino también la de preeminencia. Los avaros, cuanto más tienen, más desean tener; y, una vez colocados en lo alto, cuanto más suben, más se esfuerzan por subir; y así se desplomarán con una caída peor, ya que “los huracanes embisten las cumbres más altas” (Ovidio), y “a los ídolos se les ofrecen sacrificios en los altozanos” (4 R 12, 3).
A este propósito dice Salomón: “El fuego jamás dice: “¡Basta!” (Prov 30, 15). El fuego, o sea, la avaricia del dinero y de la preeminencia, nunca dice: ¡Basta!”. Pero, ¿qué dice? “¡Dame, dame!”.
Oh Señor Jesús, quita, quita estas dos palabras: “¡Dame, dame!”, de los prelados de tu iglesia, que se pavonean en el monte de las dignidades eclesiásticas y derrochan tu patrimonio que conquistaste con las bofetadas, los salivazos, los flagelos, la cruz, los clavos, el vinagre, la hiel y la lanza.
Nosotros, pues, que nos llamamos cristianos por el nombre de Cristo, todos juntos, con la devoción de la mente, imploremos al mismo Jesucristo y pidámosle insistentemente, que del espíritu de contrición nos haga llegar al desierto de la confesión, para que en esta cuaresma merezcamos recibir la remisión de todas nuestras iniquidades. Y así, renovados y purificados, mereceremos fruir de la alegría de su santa resurrección y ser colocados en la gloria de la eterna bienaventuranza.
Nos lo conceda aquel Señor, a quien corresponden todo honor y gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ “Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan y los llevó a un monte muy alto...” (Mt 17, 1).
En el Éxodo se lee que el Señor dio esta orden a Moisés: “Sube a mí al monte, y espera allá; y te daré dos tablas, la ley y los mandamientos que escribí, para que se los enseñes a los hijos de Israel” (24, 12).
Moisés se interpreta “acuático” y es figura del predicador, que riega las mentes de los fieles con el agua de la doctrina “que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 14). Al predicador le dice el Señor: “Sube a mí al monte”. El monte, a causa de su altitud, simboliza la sublimidad de la vida santa, a la cual el predicador debe subir por la escala del amor divino, abandonando el valle de las cosas temporales; y allí hallará al Señor. En efecto, al Señor se le halla en la sublimidad de la vida santa. Se dice en el Génesis: “En el monte el Señor verá” (22, 14); o sea, el Señor, en la sublimidad de la vida santa, le hará ver y entender lo que debe a Dios y lo que debe al prójimo.
“Te daré dos tablas”. En las dos tablas está indicada la ciencia de los dos Testamentos, la sola que sabe enseñar, la sola que hace sabios. Esta es la única ciencia que enseña a amar a Dios, a despreciar el mundo y a someter la carne. Esta doctrina debe enseñar el predicador a los hijos de Israel, porque de ella dependen toda la ley y los profetas (Mt 22, 40). Pero, ¿dónde se encuentra esta ciencia tan preciosa? justamente, en el monte. “Sube a mí ‑dijo‑ al monte, y permanece allí”, porque allí “se realizará el cambio de la derecha del Altísimo” (Salm 76, 11), la transfiguración del Señor, la contemplación del verdadero gozo.
Por eso, del mismo monte se dice en el evangelio de hoy: “Jesús tomo a Pedro, a Santiago y a Juan...
2.‑ Observa que en este evangelio se destacan cinco cosas notables: la ascensión de Jesucristo con los apóstoles, su transfiguración, la aparición de Moisés y Elías, la sombra producida por la nube luminosa, y la declaración de la voz del Padre: “Este es mi Hijo muy amado”.
Para gloria de Dios y para utilidad de sus almas, vamos a ver el significado moral de estos cinco sucesos, conforme a lo que el Señor quiera inspirarnos.
3.‑ “Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan”. Estos tres apóstoles y amigos íntimos de Jesucristo simbolizan las tres facultades de nuestra alma, sin las cuales nadie puede subir al monte de la luz, o sea, a la sublimidad de la familiaridad divina. Pedro se interpreta “el que conoce”, Santiago el que suplanta” y Juan “gracia del Señor”.
También tú, que crees en Jesús y de Jesús esperas la salvación, toma contigo a Pedro, o sea, el conocimiento de tu pecado, que consiste en tres cosas: la soberbia del corazón, la concupiscencia de la carne y el apego a las cosas mundanas. Toma contigo a Santiago, o sea, la destrucción de estos tres vicios, para que con la sumisión de la razón puedas demoler la soberbia del espíritu, mortifiques la concupiscencia de tu carne y rechaces la vana falsedad de las cosas mundanas. Toma, en fin, también a Juan. o sea, la gracia del Señor, que “está a la puerta y llama” (Ap 3,20), para que te ilumine y te haga conocer el mal que hiciste y te haga perseverar en el bien que comenzaste a hacer.
Estos son aquellos tres hombres, de los que dijo Samuel a Saúl: “Al llegar a la encina del Tabor, saldrán a tu encuentro tres hombres, que están subiendo a Dios en Betel: uno lleva tres cabritos, el otro tres tortas de pan y el tercero un odre de vino” (1Rey 10, 3).
La encina del Tabor y el mismo monte Tabor simbolizan la sublimidad de la vida santa, que con razón es llamada encina y monte y Tabor: encina, porque es constante y firme hasta la perseverancia final; monte, porque es elevada y sublime hasta la contemplación de Dios; Tabor, que se interpreta “esplendor que viene”, porque difunde la luz del buen ejemplo. En la sublimidad de la vida santa se requieren estas tres cosas: que sea constante en sí misma, sumergida en la contemplación de Dios y luz que ilumina al prójimo.
“Cuando vengas”, o sea, cuando decidas venir o subir a la encina o al monte Tabor, “te saldrán al encuentro tres hombres, que suben a Dios en Betel”. Estos tres hombres son Pedro, o sea, “el que conoce”; Santiago, o sea, “el que suplanta”; y Juan, “la gracia de Dios”.
Pedro lleva tres cabritos, Santiago tres tortas de pan y Juan un odre de vino. Pedro, o sea, el que se reconoce pecador, lleva tres cabritos. En el cabrito está simbolizado el hedor del pecado, y en los tres cabritos las tres especies de pecados, en los que más frecuentemente caemos: la soberbia del corazón, la impudencia de la carne y el apego a las cosas mundanas. Pues bien, el que quiere subir al monte de la luz, debe llevar estos tres cabritos, o sea, debe reconocerse culpable en estas tres especies de pecados.
Santiago, o sea, “el que suplanta o erradica” los vicios de la carne, lleva tres tortas de pan. El pan simboliza la bondad del espíritu, que consiste en la humildad del corazón, en la castidad del cuerpo y en el amor a la pobreza. Nadie puede tener esa “bondad”, si primero no erradica los vicios. Pues bien, lleva las tres tortas de pan, o sea, la triple bondad del espíritu, el que reprime la soberbia del corazón, combate la impudencia de la carne y rechaza la avaricia del mundo.
Juan, o sea, el que con la gracia de Dios, ‑que previene, acompaña y coopera‑, conserva todas estas cosas con fidelidad y constancia, lleva de veras el odre del vino. El vino en el odre simboliza la gracia del Espíritu Santo, infundida en la buena voluntad.
Jesús tomó, pues, a Pedro, a Santiago y a Juan. Toma tú también a estos tres personajes y sube al monte Tabor.
4.‑ Pero, créeme, la ascensión es difícil, porque el monte es muy alto. Con todo, ¿quieres subir con gran facilidad? Procúrate aquella escala, que se lee y se canta en la historia bíblica de este domingo: “Jacob vio en sueños una escala levantada, o sea, apoyada en tierra, y su cima tocaba el cielo; veía también a los ángeles de Dios que subían o bajaban por ella; y al Señor apoyado en ella” (Gen 28, 12‑13).
Presta atención a cada una de las palabras y constatarás su concordancia con el evangelio. Vio: he ahí el conocimiento del pecado, del que el bienaventurado Bernardo dice: “Dios no me conceda tener otra visión que la de conocer mis pecados”. Jacob, que tiene el mismo significado de Santiago: he ahí el desarraigo de la carne. De Jacob dijo Esaú: “¡He ahí que por la segunda vez me suplantó!”. (Gen 27, 36). En sueño: he ahí la gracia del Señor que infunde el sueño del sosiego y de la paz, El filósofo Aristóteles así describe el sueño: “El sueño es la quietud de las facultades corporales, con la tensión de las facultades espirituales”. Cuando uno duerme el sueño de la gracia, se sosiegan en él los estímulos carnales, producidos por sus obras malas, y se reaniman los impulsos del espíritu. Dice el Génesis: “Al ocaso del sol, el sueño venció a Abraham y un gran temor cayó sobre él” (Gen 15, 12). Por “sol” se entiende aquí el placer carnal; y, cuando se lo vence, desciende sobre nosotros un sopor, o sea, el éxtasis de la contemplación; y nos invade un gran terror de los pecados pasados y de las penas del infierno. ¿Quieres oír la tensión de las facultades espirituales, cuando se debilitan las facultades carnales? “Yo duermo”, dice la esposa del Cantar, o sea, desisto del ansia de las cosas temporales, “y mi corazón está en vela” (Cant 5, 2), en la contemplación de las cosas celestiales. Con razón se dice: “Jacob vio en sueños una escala”, por medio de la cual tú puedes subir al monte Tabor.
5.‑ Observa que esta escala tiene dos brazos (los tirantes) y seis peldaños, por medio de los cuales es fácil la subida. Esta escala simboliza a Jesucristo; los dos brazos son la naturaleza divina y la humana; los seis peldaños son su humildad y pobreza, la sabiduría y la misericordia, la paciencia y la obediencia. Fue humilde al asumir nuestra naturaleza, cuando “miró a la humildad de su sierva” (Lc 1, 48). Fue pobre en su natividad, en la que la virgen pobrecilla, al dar a luz al mismo Hijo de Dios, no encontró lugar donde acostarlo, sino que “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre de ovejas”. Fue sabio en su predicación, porque “comenzó a hacer y a enseñar” (Hech 1, 1). Fue misericordioso al acoger benignamente a los pecadores: “No vine para llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9, 13) a la penitencia. Fue paciente bajo los flagelos, las bofetadas y los salivazos. El mismo dijo a través de la boca de Isaías: “Puse mi rostro como piedra durísima” (50, 7). La piedra, si es golpeada, no reacciona ni se queja contra quien la parte. Así Cristo: “Al ser maldecido, no maldecía; y, al padecer, no amenazaba venganza” (1Pe 2, 23). Fue, en fin, “obediente hasta la muerte y a la muerte de cruz” (Filp 2, 8). Esta escala estaba apoyada en la tierra, cuando Cristo se dedicaba a la predicación y obraba milagros; y tocaba el cielo, cuando, como dice Lucas, pasaba las noches en oración al Padre” (6, 12).
He ahí: la escala está erguida. ¿Por qué, pues, no suben? ¿Por qué serpentean por tierra con las manos y con los pies? Suban, pues, porque Jacob vio a los ángeles que subían y bajaban por la escala. Suban, pues, oh ángeles, oh prelados de la Iglesia, oh fieles de Jesucristo. Suban, les digo, para contemplar cuán suave es el Señor; y bajen, luego, para ayudar y aconsejar, porque de esto necesita el prójimo. ¿Por qué intentan subir por otro camino que no es la escala? Por cualquier otra parte que quieran subir, los amenaza el precipicio. “oh necios y de corazón lento”, no digo, “para creer” (Lc 24, 25), porque ustedes creen, ¡y también los demonios creen!; pero ¡ustedes son duros y de piedra en el obrar! ¿Presumen ustedes poder subir por otro camino al monte Tabor, al reposo de la luz, a la gloria de la bienaventuranza celestial, en lugar de la escala de la humildad, de la pobreza y de la pasión del Señor? ¡De veras no es posible! He aquí la palabra del Señor: “El que quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16, 24). Y en Jeremías se lee: “Tú me llamarás Padre, y no desistirás de caminar en pos de mí” (3, 19). Dice Agustín: “El médico toma primero la medicina amarga, para que no rehúse beberla el enfermo”. Y Gregorio: “Bebiendo el cáliz amargo, se llega al gozo de la sanación”. “Para salvar la vida, debes arrostrar el hierro y el fuego” (Ovidio). Suban, pues, y no teman, porque el Señor está apoyado sobre la escala, dispuesto a acoger a los que suben. “Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, y subió a un monte muy alto”.
6.‑ “Y se transfiguré delante de ellos”. Graba en ti como en cera blanda esta figura, para poder recibir la figura de Jesucristo. He aquí cómo fue: “Su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve” (Mt 17, 2). En esta expresión se deben observar cuatro cosas: el rostro, el sol, las vestiduras y la nieve. Vamos a ver cuál podría ser su significado moral.
En la parte anterior de la cabeza, que es el rostro del hombre, hay tres sentidos: la vista, el olfato y el gusto, ordenados y dispuestos de manera admirable. El olfato está puesto entre la vista y el gusto, como una balanza. Análogamente, en el rostro de nuestra alma hay tres sentidos espirituales, dispuestos en orden perfecto por la sabiduría del sumo Artífice: la visión de la fe, el olfato de la discreción y el gusto de la contemplación.
7.‑ Sobre la “visión de la fe” se lee en el Éxodo que “Moisés y Aarón, Nadab y Abiud y los setenta ancianos de Israel vieron al Señor de Israel; y había debajo de sus pies un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno” (24, 9‑10).
En esta cita se describen todos los que ven con el ojo de la fe y qué cosa deban ver, o sea, creer. Moisés se interpreta “acuático”, y es figura de todos los religiosos que deben empaparse con las aguas de las lágrimas. Para este fin fueron sacados del río de Egipto, para que en esta horrible soledad siembren entre lágrimas y, después, cosechen con júbilo en la tierra prometida. Aarón, sumo pontífice, que se interpreta “montano”, (porque Dios lo mandó a encontrar a Moisés en el monte ‑ Ex 4, 27), es figura de todos los altos prelados de la iglesia, que se hallan constituidos en el monte de la dignidad y de la autoridad. Nadab, que se interpreta “espontáneo”, es figura de todos los súbditos, que deben obedecer espontáneamente y no forzadamente. Abiud, que se interpreta “padre de ellos”, es figura de todos los que están unidos en matrimonio según la forma de la iglesia, para que sean padres de hijos. En fin, los setenta ancianos de Israel simbolizan a todos los bautizados, que en el bautismo recibieron los siete dones de la gracia del Espíritu Santo.
Todos ellos ven, o sea, creen y deben ver y creer en el Dios de Israel. Y “bajo sus pies había un embaldosado de piedras de zafiro”. He ahí lo que deben creer. Las palabras “Señor de Israel” indican la divinidad; las palabras “bajo sus pies” indican la humanidad de Jesucristo, a quien debemos creer como verdadero Dios y verdadero hombre. De “estos pies” dice Moisés en el Deuteronomio: “Los que se acercan a sus pies, recibirán su doctrina” (33, 3). Por esto se dice que María “estaba sentada a los pies del Señor y escuchaba sus palabras” (Lc 10, 39). Bajo los pies del Señor, o sea, después de la encamación de Jesucristo, apareció la obra del Señor como de piedras de zafiro y semejante al cielo sereno. La piedra de zafiro y el cielo sereno tienen el mismo color. Observa que el zafiro tiene cuatro propiedades: muestra en sí mismo una estrella, destruye el carbunclo, es semejante al cielo sereno y detiene la hemorragia.
El zafiro es figura de la santa Iglesia, que tuvo su inicio después de la encarnación de Cristo y permanecerá hasta el fin de los tiempos. Ella se articula en cuatro órdenes: los apóstoles, los mártires, los confesores y las vírgenes, que con razón podemos comparar a las cuatro propiedades del zafiro.
El zafiro muestra en sí mismo una estrella y en esto simboliza a los apóstoles, que por primeros mostraron la estrella matutina de la fe a los que yacían en las tinieblas y en la sombra de muerte. El zafiro, con su contacto, hace desaparecer el carbunclo, que es una enfermedad mortal; y en esto simboliza a los mártires que con su martirio vencieron la enfermedad mortal de la idolatría. El zafiro, de color del cielo, simboliza a los confesores que, considerando como inmundicia todas las cosas temporales, se elevaron con la cuerda del amor divino a la contemplación de la celestial bienaventuranza, diciendo con el Apóstol: “Nuestra patria está en el cielo” (Filp 3, 20). En fin, el zafiro detiene la hemorragia, y en esto simboliza a las vírgenes, que por el amor del Esposo celestial detuvieron totalmente en sí mismas la sangre de la concupiscencia carnal. Y ésta es la obra admirable de la piedra del zafiro, que apareció bajo los pies del Señor.
Con los comentarios susodichos tienes claramente lo que tu alma debe ver y lo que debe creer con el ojo de la fe.
8.‑ Sobre el olfato de la discreción, se lee en el Cántico del amor: “Tu nariz es como la torre del Líbano, que mira contra Damasco” (Cant 7, 4). En esta cita hay cuatro palabras muy importantes: la nariz, la torre, el Líbano y Damasco. En la nariz se indica la discreción; en la torre la humildad; en el Líbano, que se interpreta “blancura”, la castidad; y en Damasco, que se interpreta el que bebe sangre”, la malicia del diablo.
La nariz del alma es, pues, la virtud de la discreción, por medio de la cual debe saber distinguir el perfume del hedor, el vicio de la virtud, y advertir también las cosas lejanas, o sea, las tentaciones del diablo. Dice Job del justo: “Percibe de lejos el olor de la batalla, las incitaciones de los capitanes y las griterías del ejército” (39, 25). El alma fiel, con el olfato, o sea, con la virtud de la discreción, prevé la guerra de la carne y los comandos de los capitanes, o sea, las sugestiones de la vana razón, simbolizadas en los capitanes, para que, bajo la apariencia de la santidad, no caiga en la fosa de la iniquidad. Siente las griterías del ejército, o sea, las tentaciones de los demonios, que aúllan como las fieras. El aullido es propio de las fieras.
El olfato de la esposa debe ser como la torre del Líbano. La virtud de la discreción consiste, sobre todo, en la humildad del corazón y en la castidad del cuerpo. Con razón, la humildad es llamada la “torre de la castidad”, porque como la torre defiende el campamento, así la humildad del corazón defiende la castidad del cuerpo de los dardos de la fornicación. Si tal es el olfato de la esposa, bien podrá con facilidad mirar contra Damasco, o sea, el diablo, que ansía beber la sangre de nuestras almas, disfrazando su sutil perfidia.
9.‑ Del gusto de la contemplación, dice el Profeta: “Gusten y vean qué bueno es el Señor” (Salm 33, 9).
Gusten, o sea, con la garganta de su mente mastiquen y, masticando, evoquen la bienaventuranza de aquella celestial Jerusalén, que es la glorificación de las almas santas, la gloria inefable de los ejércitos de ángeles, la perenne dulzura del Dios trino y uno. Consideren también qué gran gloria es tomar parte en los coros de los ángeles, junto con ellos alabar a Dios con incansable voz, contemplar cara a cara el rostro de Dios, admirar el maná de la divinidad en la urna de oro de la humanidad. Si gustan a fondo estas cosas, de veras y muy de veras constatarán qué bueno es el Señor. ¡Bienaventurada el alma, cuyo rostro está dotado y enriquecido con tales sentidos!.
Observa que el olfato, casi como el fiel de la balanza, está colocado entre la vista de la fe y el gusto de la contemplación. En la fe es necesaria la discreción, para que nos atrevamos a acercarnos y a ver la zarza ardiendo y a desatar la correa de las sandalias, o sea, a investigar los misterios de la encarnación del Señor. Cree nomás, y esto es suficiente. No está en tu poder desatar las correas. Dice Salomón: “El que presume escudriñar la majestad de Dios, será aplastado por su gloria” (Prov 25, 27). Hemos, pues, de creer con firmeza y profesar nuestra fe con sencillez.
También en la contemplación es necesaria la discreción, para no pretender saborear las cosas celestiales más de lo que sea conveniente. Dice Salomón: “Hijo, si encontraste la miel”, o sea, la dulzura de la contemplación, “come lo que te basta, para no vomitarla, si te hartas demasiado” (Prov 25, 16). Vomita la miel aquel que, no contentándose con la gracia gratuitamente recibida, quiere indagar con la razón humana la dulzura de la contemplación, descuidando lo que se lee en el Génesis que, “al nacer Benjamín, murió su madre Raquel” (35, 17‑19). En Benjamín se representa la gracia de la contemplación, en Raquel la razón humana. Al nacer Benjamín, muere Raquel, porque, cuando la mente, elevándose sobre sus fuerzas, vislumbra alguna luz de la divinidad, desfallece toda razón humana. La muerte de Raquel simboliza el desfallecimiento de la razón. Por esto escribía Ricardo de San Víctor: “Con la razón humana, nadie puede llegar allí donde fue arrebatado Pablo”.
Por esto, el olfato de la discreción debe ser como una balanza colocada entre la vista de la fe y el gusto de la contemplación, para que el rostro de nuestra alma resplandezca como el sol.
10.‑ Observa que en el sol se destacan tres cosas: el esplendor, la blancura y el calor. Y considera cómo estas tres propiedades del sol se compaginan perfectamente con los tres sentidos del alma.
El esplendor del sol concuerda con la visión de la fe, que con la claridad de su luz vislumbra y cree en las cosas invisibles. La blancura, o sea, la pureza y la limpieza, concuerda con la discreción del olfato; y con toda razón, porque como nos tapamos la nariz y nos dirigimos a otra parte ante una cosa hedionda, así por la virtud de la discreción debemos alejarnos de la inmundicia del pecado. Y también el calor del sol concuerda con el gusto de la contemplación, porque en ella hay de veras el calor del amor. Dice san Bernardo: “Es absolutamente imposible contemplar el sumo Bien y no amarlo”, ya que Dios es el mismo amor.
Presten, pues, atención, oh queridísimos hermanos, y consideren lo útil y lo saludable que es tomar consigo a estos tres compañeros y subir al monte de la luz, porque allí se realiza de veras la transfiguración, desde la efímera apariencia de este mundo a la figura de Dios que permanece por los siglos de los siglos y de la que se dice: “ Su rostro resplandeció como el sol”. ¡ojalá resplandezca como el sol el rostro de nuestra alma, para que lo que vemos en la fe, brille en las obras; y el bien que percibimos en lo interior, por la virtud de la discreción, se traduzca en un lindo testimonio de obras externas; y lo que saboreamos en la contemplación de Dios, suscite mayor fervor en el amor al prójimo. Sólo así nuestro rostro resplandecerá como el sol.
11.‑ “Sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve, tanto que ningún lavandero en la tierra las podría hacer más blancas” (Mt 17, 2; Mc 9, 2).
Las vestiduras de nuestra alma son los miembros de este cuerpo, que deben ser cándidos. Dice Salomón: “En todo tiempo sean cándidos tus vestidos” (Ecle 9, 8). ¿De qué candor? “Como la nieve”. El Señor, por boca de Isaías, promete a los pecadores convertidos: “Si sus pecados fueran como la escarlata, serán blanqueados como la nieve” (1, 18).
Observa aquí dos cosas: la escarlata y la nieve. La escarlata es un paño que tiene el color del fuego y de la sangre. La nieve es fría y blanca. En el fuego se representa el ardor del pecado y en la sangre su inmundicia; en la frialdad de la nieve se representa la gracia del Espíritu Santo y en la blancura la pureza de la mente. Dice, pues, el Señor: “Si sus pecados fuesen como la escarlata”... Es como si dijera: “Si ustedes vuelven a mí, yo les infundiré la gracia del Espíritu Santo, que extinguirá el ardor del pecado y lavará su inmundicia. El mismo dice por boca de Ezequiel: “Derramaré sobre ustedes agua pura y serán purificados de todas sus inmundicias” (36, 25). Por ende, las vestiduras, o sea, los miembros de nuestro cuerpo, han de ser blancas como la nieve, para que la frialdad de la nieve, o sea, la compunción del corazón, extinga el ardor del pecado, y la pureza de nuestra familiaridad con Dios lave toda inmundicia.
También las vestiduras simbolizan las virtudes de nuestra alma, que, si se reviste de ellas, aparecerá gloriosa en la presencia del Señor. De esas vestiduras, se lee en la historia bíblica de este domingo, que “Rebeca revistió a Jacob con vestiduras muy lindas, que guardaba en su poder” (Gen 27, 15). Rebeca, o sea, la sabiduría de Dios Padre, revistió a Jacob, o sea, al justo, con vestiduras muy lindas, o sea, con virtudes, porque estaban tejidas con la mano y el arte de su sabiduría, y las guardaba en su poder, colocadas en el tesoro de su gloria. Y el Señor las tiene de veras, porque es amo y dueño de todo, y da esas vestiduras a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Estas vestiduras son cándidas por el efecto que producen, porque hacen cándido al hombre, no diría como la nieve, sino mucho más blanco que ella. Y tales vestiduras, ningún lavandero, o sea, ningún predicador que exista, las puede hacer tan cándidas con el lavado de su predicación.
12.‑ “Aparecieron Moisés y Elías, que hablaban con El” (Mt 17, 3).
Al justo así transfigurado, así iluminado y así revestido, se le aparecen Moisés y Elías. En Moisés, que era “el más manso de todos los hombres que habitaban en la tierra” (Num 12, 3), cuyos ojos no se habían empañados ni removidos los dientes, está simbolizada la mansedumbre de la misericordia y de la paciencia.
“Manso” es como decir “acostumbrado a la mano”. Este es como un hijo, como un animal doméstico, acostumbrado a la mano (a la acción) de la gracia divina. Su ojo, o sea, la razón, no se empaña con la neblina del odio, ni se ofusca con la nube del rencor; sus dientes no se mueven contra alguno con la murmuración, ni muerden con la calumnia.
En Elías, quien, como se narra en el tercer libro de los Reyes, “mató a los profetas de Baal en las orillas del torrente Cisón” (18, 40), está simbolizado el celo de la justicia. “Baal” se interpreta “el que está en alto” o “devorador”, y “Cisón” “su dureza”. Pues bien, el que de veras arde de celo por la justicia, mata con la espada de la predicación, de la amenaza y de la excomunión a los profetas y a los siervos de la soberbia, que tienden siempre a lo alto; mata a los siervos de la gula y de la lujuria, que todo devoran: los mata para que mueran al vicio y vivan para Dios. Y esto lo lleva a cabo en el torrente Cisón, o sea, por la excesiva dureza de su corazón, a causa de la cual acumulan sobre sí la indignación para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios.
A este propósito dice el Señor por boca de Ezequiel: “Son hijos de dura cerviz y de indomable corazón, aquellos a los que te envío. Toda la casa de Israel es de frente impudente y de cerviz obstinada” (2, 4; y 3, 7). llene la “frente impudente” aquel que, cuando es corregido, no sólo desprecia la corrección, sino que tampoco se avergüenza del pecado. A éste lo reprende Jeremías: “Te hiciste una cara de meretriz: no quisiste ruborizarte” (3, 3).
Moisés y Elías, o sea, la mansedumbre de la misericordia y el celo de la justicia, deben manifestarse en el justo, ya transfigurado en el monte de la familiaridad con Dios, para que, como el samaritano, pueda infundir en las llagas del herido el vino y el aceite: la aspereza del vino exasperará la blandura del aceite, y la blandura del aceite atenuará la aspereza del vino.
Del ángel que apareció en la resurrección de Cristo, se lee en Mateo que “su semblante era como el rayo y sus vestiduras como la nieve” (28, 3). En el rayo se indica la severidad del juicio, y en el candor de la nieve la blandura de la misericordia.
El ángel, o sea, el prelado, debe tener el aspecto del rayo, para que las mujeres, o sea, las mentes afeminadas, se espanten ante la vista de su santidad. Como hizo Ester, de la cual se dice: “Cuando el rey Asuero levantó la mirada con las chispas de sus ojos mostró la cólera de su ánimo, la reina se y desmayó, su rostro palideció y recostó su cabeza cansada sobre el hombro de su criada” (15, 10). Pero el prelado, como lo hizo Asuero, debe extender el cetro de oro de su benevolencia y revestirse de los vestidos de nieve, para que los que fueron reprendidos por la severidad paterna, sean consolados por la piadosa benevolencia de la madre. Por esto se dice: aunque uses el látigo del padre, ten siempre los pechos de la madre.
El prelado tiene que ser como el pelícano, el cual, como se cuenta, mata a sus polluelos, pero, después, extrae sangre de su cuerpo, la derrama sobre ellos y así los hace revivir. Así debe conducirse el prelado: después de haber censurado a sus hijos y súbditos con el azote de la disciplina y haberlos matado con la espada de ásperas invectivas, debe con su sangre, o sea, con la compunción de la mente y la efusión de lágrimas, que Agustín llama “sangre del alma”, exhortarlos a la penitencia, en la que está la vida del alma.
13.‑ Si en ti existieran antes estas tres cosas: la subida al monte, la transfiguración y la aparición de Moisés y Elías, llegarías a obtener también la cuarta, como lo aclara el evangelio: “He ahí que una nube luminosa los envolvió” (Mt 17, 5). Una expresión similar la hallamos hacia el fin del Éxodo: “Después de haber llevado a cabo todas las obras, una nube cubrió la tienda del testimonio, y la gloria del Señor la llenó” (40, 31‑32).
Recuerda que en la tienda del testimonio había cuatro cosas: el candelabro con siete lámparas, la mesa de la proposición, el arca del testamento y el altar de oro. La tienda del testimonio es el hombre justo. Es tienda, porque la vida del hombre es un duro combate mientras viva. Desde la tienda, los soldados armados suelen acometer a los enemigos y ser por ellos acometidos; y el justo, cuando emprende un combate, él mismo es combatido. Por eso se dice: “El enemigo que pelea bien, te obliga también a ti a pelear bien” (Ovidio). Es tienda del testimonio, que se recibe no sólo de los que están fuera, testimonio que a veces no corresponde a la verdad, sino de uno mismo, cuya gloria es el testimonio de su conciencia (2Cor 1, 12), y no de la lengua ajena.
En esta tienda del testimonio, el candelabro de oro, labrado a mano, con siete lámparas, es la compunción del corazón de oro del justo, que es molido por una serie de suspiros como si fueran martillos. Las siete lámparas de este candelabro son los tres cabritos, las tres tortas de pan y el odre de vino, que llevan los susodichos compañeros del justo. Hay también en la tienda del justo la mesa de la proposición, que simboliza la perfección de la vida santa y sobre la cual hay que poner los panes de la proposición, o sea, el alimento de la predicación, que debe ser ofrecido a todos. Por esto dice el Apóstol: “Soy deudor tanto de los griegos como de los bárbaros” (Rom 1, 14).
Siempre allí, en la tienda, se halla el arca del testamento, en la que se guardaban el maná y el bastón de Aarón. En el arca, o sea, en la mente del justo, debe haber el maná de la mansedumbre, para ser como Moisés, y el bastón de la corrección, para ser como Elías. En fin, hay también un altar de oro, símbolo del firme propósito de la perseverancia final. En este altar se ofrecen diariamente el incienso de la devota compunción y los aromas de la perfumada oración.
14.‑ Con razón se dijo: “Después de haber terminado todas las obras, una nube cubrió la tienda del testimonio”. Una vez que se llevó a cabo hasta la perfección todo lo relacionado con la tienda, una nube la cubrió y la llenó la gloria del Señor, como se dice en el evangelio de hoy: “Una nube luminosa los envolvió”. Al justo, transfigurado en el monte de la luz por la santa familiaridad con Dios, la gracia del Señor lo preserva de los ardores de la prosperidad mundana, de la lluvia de la concupiscencia carnal y de la tempestad de la persecución diabólica; así merecerá percibir los silbos de una brisa suave, o sea, la dulzura del Padre que dice: “Este es mi hijo amadísimo. ¡Escúchenlo!”. Merece de veras ser llamado hijo de Dios, el que tomó consigo a los tres mencionados compañeros, que subió al monte, que se transfiguró a sí mismo desde la figura de este mundo a la figura de Dios, que tuvo como compañeros a Moisés y a Ellas y que fue digno de que una nube luminosa lo envolviera.
Te suplicamos, pues, Señor Jesús, que del valle de la miseria nos hagas subir al monte de la vida santa, para que, marcados con la figura de tu pasión y fundados en la mansedumbre de la misericordia y en el celo de la justicia, merezcamos en el día del juicio ser envueltos por una nube luminosa y oír la voz de la alegría, del gozo y del júbilo: “¡Vengan, benditos de mi Padre”, que los bendijo en el monte Tabor, “y reciban el reino que les fue preparado desde el origen del mundo!” (Mt 25, 34).
A este reino se digne conducirnos aquel Señor, al cual pertenecen el honor y la gloria, la alabanza y el dominio, la majestad y la eternidad por los siglos de los siglos.
Y todo espíritu responda: ¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ “Partiendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y Sidón. Y he aquí, una mujer cananea, que había salido de aquella región, clamaba diciéndole: “¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David!”... (Mt 15, 21‑22).
Se lee en el primer libro de los Reyes: “Israel salió en batalla contra los filisteos y acampó cerca de la piedra del socorro” (4, 1). Israel se interpreta “semilla de Dios”, y simboliza al predicador o su predicación, de la que dice Isaías: “Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado la semilla”, o sea, la predicación, “seríamos como Sodoma y Gomorra” (1, g). El predicador debe salir a la batalla contra los filisteos. Los filisteos se interpretan “cayendo por la bebida”, y simbolizan a los demonios que, embriagados de soberbia, cayeron del cielo. Contra ellos el predicador sale en batalla, cuando con su predicación hace todo esfuerzo para arrancar de sus manos al pecador; pero no lo podrá hacer si no se acampa cerca de la piedra del socorro.
La piedra del socorro es Cristo, del que, en el relato bíblico de este domingo, se dice: “Tomó Jacob una piedra, la puso como cabecera y se durmió” (Gen 28, 11). Así el predicador debe poner debajo de su cabeza, o sea, en su mente, la piedra del socorro, Jesucristo, para descansar en El y con El y por El vencer a los demonios. Y esto querían significar las palabras: “Se acampó cerca de la piedra del socorro”, porque cerca de Jesucristo, que es ayuda en las tribulaciones, confiando en El y atribuyéndoselo todo a El, establece el campamento de sus actividades y fija las tiendas de su predicación.
Por lo tanto, en el nombre de Jesucristo saldré contra los filisteos, o sea, contra los demonios, para poder arrancar de su mano, con esta predicación, al pecador, cautivo del pecado, confiando en la gracia de aquel que “salió para la salvación de su pueblo” (Ha 3, 13). Por esto se lee en el evangelio de hoy: “Saliendo Jesús, se fue a la región de Tiro y Sidón”.
2.‑ Observa que la esencia del evangelio de hoy consiste sobre todo en tres momentos: la salida de Jesucristo, la súplica de la mujer cananea por la hija atormentada por el demonio y la liberación de la misma hija. Vamos a ver el significado moral de cada uno de estos tres hechos.
3. “Jesús, saliendo La salida de Jesús simboliza la salida del penitente de la vanidad del mundo. De él se lee y se canta en la historia del presente domingo: “Salió Jacob de Berseba y se fue a Harán” (Gen 28, 10). He aquí como concuerdan los dos Testamentos: “Saliendo, Jesús se fue a la región de Tiro y Sidón”, dice Mateo; “Saliendo Jacob de Berseba, se fue a Harán”, dice Moisés en el Génesis.
Jacob se interpreta “suplantador”, y simboliza al pecador convertido que, bajo la planta (del pie) de la razón, aplasta la sensualidad de la carne. El sale de Berseba, que se interpreta “séptimo pozo” e indica la insaciable codicia de este mundo, que es “la raíz de todos los males” (1Tim 6, 10). De este pozo, Juan en su evangelio, reportando las palabras de la samaritana que habla con Jesús, dice: “Señor, tú no tienes con qué sacar el agua, y el pozo es profundo”. Jesús le responde: “Cualquiera que bebe de esta agua, volverá a tener sed” (4, 11‑13).
Oh samaritana, con toda razón dijiste que el pozo es profundo. La codicia del mundo es profunda, porque no tiene fondo suficiente la saciedad. Y por esto, el que beba del agua de este pozo, que es un símbolo de las riquezas y de los placeres temporales, va a tener sed de nuevo. Sí, todo esto es verdad. Ya lo decía Salomón en sus parábolas: “La sanguijuela tiene dos hijas que dicen: “¡Dame, dame!” (Prov 30, 15). La sanguijuela es el diablo, que tiene sed de la sangre de nuestra alma y anhela chuparla. He ahí sus dos hijas: las riquezas y los placeres, que siempre piden: “¡Dame, dame!”, y jamás dicen: “¡Basta!”.
Asimismo, dice de este pozo el Apocalipsis: “Del pozo subía una humareda como la humareda de un gran horno, y se oscurecieron el sol y el aire. Y de la humareda del pozo salieron langostas sobre la tierra” (Ap 9, 2‑3). El humo que ciega los ojos de la razón sale del pozo de la codicia mundana, que es el gran horno de Babilonia. A causa de este humo, el sol y el aire se oscurecen. El sol y el aire simbolizan a los religiosos. “Sol”, porque deben ser puros, fervorosos y esplendentes: puros por la castidad, fervorosos por la caridad y esplendentes por la pobreza; “aire”, porque deben ser aéreos, o sea, contemplativos.
Sin embargo, por causa de nuestros pecados, salió el humo del pozo de la codicia y ya ahumó a todos. Jeremías lo deplora en sus Lamentaciones: “¡Cómo se oscureció el oro, cómo se cambió su espléndido color!” (Lm 4, 1). El sol y el oro, el aire y el color espléndido tienen un mismo sentido: se oscureció el esplendor del sol y del oro, y el aire y el color se alteraron. observa con cuánta exactitud dijo: oscurecido y alterado. El humo de la codicia oscurece el esplendor de la religión y altera el brillante color de la contemplación celestial, en la cual el rostro del alma se colorea místicamente de un color radiante, cándido y bermejo: cándido por la encarnación del Señor, bermejo por su pasión; cándido por el marfil de la castidad, bermejo por el ardiente deseo del Esposo celestial.
4.‑ ¡Ay de mí, ay de mí! Este espléndido color está deteriorado, porque está ahumado por el humo de la codicia, del que se escribe: “De la humareda del pozo salieron langostas sobre la tierra”. Las langostas, por los saltos que hacen, simbolizan a los religiosos, los que, después de haber juntado los dos pies de la pobreza y de la obediencia, deberían saltar a la altura de la vida eterna.
Pero, desgraciadamente, con un salto hacia atrás, de la humareda del pozo salieron los religiosos sobre la tierra y, como se lee en el Éxodo, “cubrieron su superficie” (10, 5). Hoy no se organizan mercados ni se celebran asambleas civiles o eclesiásticas, en las que no estén presentes los monjes y los religiosos. Compran y venden, “edifican y destruyen, redondean lo que era cuadrado” (Horacio). En las causas convocan a las partes, litigan delante de los jueces, contratan legisladores y abogados y buscan a testigos, dispuestos a jurar junto con ellos por cosas pasajeras, frívolas y vanas.
Díganme, oh religiosos fatuos, si en los profetas, o en los evangelios de Cristo, o en las cartas de Pablo, o en la regla de san Benito o de san Agustín... hallaron estos debates, estas distracciones, estos clamores y estas declaraciones en los procesos por cosas efímeras y caducas. Más bien, el Señor dice a los apóstoles, a los monjes y a todos los religiosos, no como consejo sino mandando, porque eligieron el camino de la perfección: “Yo les digo: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian; bendigan a los que los maldicen y oren por los que los calumnian. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra. Y al que te quite la capa, no le niegues ni la túnica. Dale a cualquiera que te pida; y al que tome de lo tuyo, no le pidas la devolución. Y como quieren que los hombres se porten con ustedes, así pórtense ustedes con ellos. Y si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? también los pecadores aman a los que los aman. Y si les hacen el bien a los que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? También los pecadores hacen lo mismo” (Lc 6, 27‑33).
Esta es la regla de Jesucristo, que hay que preferir a todas las reglas, las instituciones, las tradiciones y los expedientes, porque “no hay siervo más grande que su amo, ni apóstol más grande que aquel que lo envió” (Jn 13, 16).
Observen, escuchen y vean, oh pueblos todos, si hay locura y presunción iguales a las de ellos. En su regla y en sus constituciones está escrito que todo monje, o canónigo, tenga dos o tres túnicas, dos pares de calzado, apropiados para el invierno y el verano. Si sucediera que por casualidad no tuvieran estas cosas a su debido tiempo y lugar, dicen que no se observan los mandatos, mientras se está pecando tan mezquinamente contra la regia. Puedes constatar con cuánto escrúpulo observan las prescripciones que favorecen el cuerpo; y poco o nada observan la regla de Jesucristo, sin la cual no pueden salvarse.
¿Y qué diré de los clérigos y de los prelados de la Iglesia? Si algún obispo o prelado de la iglesia hace algo contra una decretal de Alejandro, de Inocencio o de cualquier otro Papa, se le acusa, se convoca al acusado, se le demuestra al convocado su error y, convicto, se le destituye. Si, en cambio, comete algo grave contra el evangelio de Jesucristo, que más que todo debería observar, no hay nadie que lo acuse ni que lo reprenda. “Todos aman lo suyo propio, no lo que es de Jesucristo” (Filp 2, 21).
Con respecto a estas cosas, el mismo Cristo amonesta así tanto a los religiosos como a los clérigos: “Ustedes anularon el mandato de Dios en nombre de sus tradiciones. Hipócritas, bien de ustedes profetizó Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; en vano me dan culto, enseñando doctrinas, que son preceptos humanos” (Mt 15, 6‑9). Y de nuevo: “¡Ay de ustedes, fariseos, que pagan el diezmo de la menta, del hinojo, de la ruda y de toda hortaliza; pero transgreden la justicia y el amor de Dios! Esto era necesario hacer, sin omitir lo otro. ¡Ay de ustedes, fariseos, que buscan los primeros asientos en las sinagogas y los saludos en la plaza! ¡Ay de ustedes, doctores de la ley, que cargan a los hombres con cargas insoportables; pero ustedes no las tocan ni con un dedo! ¡Ay de ustedes, doctores de la ley, que arrebataron la llave de la ciencia! Ustedes no entraron y se lo impidieron a los que querían entrar! (Lc 11, 42 ... ). Con razón afirma el Apocalipsis: “Salió una humareda del pozo como humo de un gran horno; el sol y el aire se oscurecieron; y del humo del pozo salieron langostas sobre la tierra”.
5.‑ Observa también que el pozo de la codicia humana es llamado “séptimo pozo”, y esto por dos motivos: o porque es la sentina y la cloaca de siete crímenes dice el Apóstol que “la codicia es la raíz de todos los males” (1Tim 6, 10)‑; o porque, como se lee en el Génesis que “el séptimo día no tuvo tarde” (Gen 2, 2), así la codicia no tiene fondo de suficiencia. Por eso, de este pozo desgraciado sale el pecador arrepentido, al que se aplican las palabras: “Saliendo Jacob de Berseba, se fue a Harán. Saliendo Jesús, se fue a la región de Tiro y Sidón”.
Vamos a ver lo que significan los tres nombres: Tiro, Sidón y Harán. Tiro se interpreta “angustia”, Sidón “caza de la tristeza” y Harán “excelsa” o “indignación”.
El penitente, saliendo de la codicia del mundo, se va a la región de Tiro, es decir, de la angustia. Observa que el verdadero penitente tiene una doble angustia: la primera es la que siente por los pecados cometidos; la segunda es la que sufre a causa de la triple tentación del diablo, del mundo y de la carne.
De la primera, dice Job: “Las cosas que antes mi alma no quería tocar, ahora en mi angustia se me volvieron mi alimento” (6, 7). Para el penitente, a motivo de la angustia de la contrición que siente por sus pecados, las asiduas vigilias, la abundancia de las lágrimas, los frecuentes ayunos son como alimentos exquisitos. Todas estas cosas el alma, o sea, su sensualidad, saciada de cosas temporales, antes de volver a la penitencia, las aborrecía hasta no tocarlas. Por esto dice Salomón: “El alma harta pisotea el panal de miel; en cambio, el alma hambrienta toma también lo amargo, como si fuera dulce” (Prov 27, 7).
6.‑ De la segunda angustia, causada por la triple tentación del justo, dice Isaías: “Como los torbellinos vienen del viento africano, así la devastación viene del desierto, de una tierra espantosa. Una visión espeluznante se me mostró. Por eso, mis lomos se llenaron de dolor, la angustia me tomó como la angustia de una parturienta. Me agobié al oírlo y me espanté al verlo. Se pasmó mi corazón y las tinieblas me colmaron de angustia” (21, 1‑4).
Presta atención a estas palabras: en el torbellino se indica la sugestión del diablo; en la devastación, la codicia del mundo; en la visión angustiosa, la tentación de la carne.
Los torbellinos que vienen del viento africano son las sugestiones del diablo, que turban y atormentan el alma del penitente. Se dice en Job: “Súbitamente desde el desierto irrumpió un viento impetuoso, que sacudió los cuatro ángulos de la casa; y ésta se desplomó aplastando a los hijos de Job” (1, 19). El viento impetuoso, que viene del desierto, es la repentina sugestión del diablo que a veces, súbitamente, irrumpe con tanta violencia, que sacude desde los cimientos las cuatro principales virtudes del alma del justo y de vez en cuando la hace caer, ¡ay de mí!, en el pecado mortal. Y así los hijos de Job, o sea, las obras buenas y los buenos sentimientos del justo perecen.
7.‑ La devastación que viene del desierto es la codicia, que viene del desierto, o sea, del mundo lleno de fieras, y quiere devastar las riquezas de la pobreza en el hombre santo, o sea, en el penitente arrepentido. Dice Joel: “El fuego devoró la belleza del desierto, y la llama quemó todas las plantas de la región” (1, 19). El fuego, o sea, la codicia comió o, mejor, devoró la belleza del desierto, o sea, a los prelados y a los ministros de la iglesia, que están colocados en el desierto de este mundo y que Dios dio para la belleza y el decoro de la misma Iglesia. Y la llama de la avaricia quemó todas las plantas de la región, o sea, a todos los religiosos, que con razón son llamados “plantas de la región”. La región es la vida religiosa, en la que fueron trasplantados desde la región de la desemejanza, o sea, de la vanidad del mundo (donde se destruye la semejanza con Dios), para llevar frutos de gloria celestial.
8.‑ La visión angustiosa, anunciada por una tierra espantosa, es la tentación de la carne, que con razón es llamada tierra espantosa, porque es horrorosa y abominable a causa de pensamientos depravados, palabras ofensivas, obras perversas, innumerables impurezas e inmundicias. Y observa que la tentación de la carne es llamada visión angustiosa, porque consiste principalmente en la visión de los ojos. Dice el Filósofo: “Los primeros dardos de la lujuria son los ojos” (Isidoro). De ello se quejaba Jeremías en las Lamentaciones: “Mis ojos saquearon mi alma” (3, 51). Y el bienaventurado Agustín: “El ojo impúdico es anuncio de un corazón impúdico”. Y por eso, dice el bienaventurado Gregorio: “Los ojos deben ser mortificados, porque son como ladronzuelos”, de los cuales se habla en el cuarto libro de los Reyes: “Unos ladronzuelos habían arrebatado de la tierra de Israel a una niña, que estaba al servicio de la mujer de Naamán el leproso” (5, 2). Los ladronzuelos son los ojos, que arrebatan a la niña, o sea, la pudicicia y la castidad, de la tierra de Israel, o sea, de la mente del justo que ve a Dios; y así la hacen servir a la mujer, o sea, a la fornicación, que es la esposa de Naamán el leproso, o sea, del diablo. Con tal mujer el diablo leproso engendra a muchas hijas e hijos leprosos.
Hay otra interpretación. Esa tentación de la carne es llamada una visión angustiosa, que suele suceder en el sueño, y es llamada polución carnal que turba profundamente, y debe turbar, la mente del justo. Dice Job: “Me espantarás ‑o sea, permites que sea espantado‑ con los sueños y me sacudirás con visiones horrorosas. Por esto mi alma preferiría colgarse y mis huesos preferirían la muerte” (7, 14‑15). El justo, cuando se siente sacudido por el terror de la visión engañosa, debe en seguida levantarse y suspender su alma en la contemplación de las cosas celestiales, y debe castigar con gemidos y azotes los huesos del cuerpo excitado, que percibió un momentáneo placen
Observa que esta polución puede suceder de cuatro maneras: o sucede por la excesiva acumulación de humores, o por la debilidad del cuerpo, y en estos casos no hay pecado o al máximo pecado venial; puede suceder por exceso de alimentos y de bebidas, y si esto se hace habitual, es pecado mortal; o puede suceder por haber contemplado, con el consenso de la mente, la belleza femenina; y entonces es ciertamente pecado mortal. Dice, pues, el penitente, que, saliendo de Berseba, se fue a la región de Tiro, o sea, de la “angustia”: Como los torbellinos , o sea, las sugestiones, vienen del viento africano, o sea, del diablo, así la devastación, o sea, la codicia que todo lo devasta, viene del desierto, o sea, del mundo; así también la angustiosa visión de la tentación me fue anunciada a través de una tierra horrible, o sea, de una carne miserable.
¡Ay de mí, ay de mí, Señor Dios! En un torbellino tan grande, en una devastación tan grave y en una visión tan espantosa, ¿a dónde huir? ¿Qué hacer? Oye lo que el penitente añade: “Por esto mis lomos están colmados de dolor, y me posee una angustia como la de una parturienta”. Cuando se anuncia la angustiosa visión de una tierra horrorosa, los lomos del penitente se llenan de dolor, no de deleite. Por eso dice con el Profeta: “Quema mis riñones, Señor” (Salm 25, 2). Y “la angustia me posee”. Este penitente que dice: “La angustia me posee”, se había ido de veras a la región de Tiro. ¿Y qué angustia le toma? La angustia de la parturienta. Como no hay angustia mayor que la de la parturienta, así no hay angustia mayor que la del justo, sometido a la tentación. Se lee en el Éxodo: “Los egipcios odiaban a los hijos de Israel, y los atormentaban y escarnecían, y les amargaban la vida” (1, 13‑14). Los egipcios son los demonios, los pecadores impenitentes y los movimientos carnales. Todos estos odian a los hijos de Dios, o sea, a los justos: los demonios los atormentan, los pecadores impenitentes los escarnecen y los movimientos carnales amargan sus vidas.
9.‑ “Me pasmé al oírlo y me turbé al verlo. Mi corazón se desmayó y las tinieblas me aturdieron”. Consideremos el significado de cada expresión, Dice el penitente: “Al oír” los torbellinos provenientes del viento africano, en seguida me desplomé con el rostro en tierra, suplicando al Señor que no permitiera que fuera arrastrado por ese torbellino. El justo, al advertir las sugestiones del diablo, en seguida debe postrarse en oración, porque “esta especie de demonios sólo se echa con la oración y el ayuno” (Mt 17, 20). “Me turbé” al ver venir la devastación de la codicia mundana. Con razón dice: “Me turbé”. El justo, cuando le seduce el afán de las cosas temporales, en seguida debe experimentar turbación en el alma y en el rostro, para que no lo seduzcan. “Se desmayó mi corazón” por los impulsos de la lujuria; y “las tinieblas” de la muerte eterna me aturdieron, cuando me fue anunciada la angustiosa visión de la horrorosa tierra. Como un clavo echa otro clavo, así el temor de la gehena aleja el deleite de la lujuria. Con razón se dice del hombre penitente: “Saliendo de Berseba, se retiró a la región de Tiro y se fue a Harán”.
Y observa cómo van muy de acuerdo Tiro y Harán, o sea, la angustia y lo excelso, porque el que quiere llegar a las cosas excelsas, no lo puede lograr sin pasar por la angustia. Así el penitente, que quiere remontarse a la plenitud de la vida eterna, debe antes pasar por Tiro. Por eso dice Cristo en Lucas: “¿No era necesario que Cristo padeciese ‑he ahí Tiro ‑, para entrar en su gloria?” ‑ he ahí Harán (24, 26).
¿Qué haremos, pues, al penitente que sale del pozo de la codicia mundana y anhela subir a las alturas de la bienaventuranza celestial? El monte es muy alto, y la subida muy áspera y llena de obstáculos. Para que no desmaye en el camino, le construiremos una escala, por la cual pueda subir con facilidad; como se lee en el relato bíblico de este domingo: “Jacob vio en sueños una escala, apoyada en tierra”.
10.‑ Observa que esta escala tiene dos brazos (los tirantes) y seis peldaños, por los que se hace la subida. Esta escala es la santificación del penitente, de la que el Apóstol habla en la epístola de hoy: “Esta es la voluntad de Dios: su santificación. Que cada uno sepa mantener su cuerpo con honor y santidad” (1Tes 4, 3‑4). Los brazos de esta escala son la contrición y la confesión. Los seis peldaños son aquellas seis virtudes, en las que consiste toda la santificación del alma y del cuerpo: la mortificación de la propia voluntad, el rigor de la disciplina, la virtud de la abstinencia, la consideración de la propia fragilidad, el ejercicio de la vida activa, la contemplación de la gloria celestial.
De estas seis virtudes habla el Señor por boca de Ezequiel: “Y tú, hijo del hombre, toma contigo trigo y cebada, habas y lentejas, mijos y avenas; lo pondrás todo en una sola batea y te harás panes” (4, 1‑9). En el trigo que muere cuando se lo echa en el surco, está representada la mortificación de nuestra voluntad; en la cebada que tiene una paja muy tenaz, está representado el rigor de la disciplina; en el haba, que es el alimento de los que ayunan, está representada la virtud de la abstinencia; en las lentejas, que son muy pequeñas y de poco valor, está representado el conocimiento de nuestra fragilidad; en el mijo, que requiere asiduos cuidados, está representado el ejercicio de la vida activa; en la avena, que tiende hacia lo alto, está representada la contemplación de la gloria celestial.
Ya que en estas virtudes consisten nuestra santificación y nuestra purificación, tomémoslas y echémoslas en nuestra batea (nuestro cuerpo), del cual dice el Apóstol: “Que cada uno de ustedes sepa mantener el propio cuerpo con honor y santidad”. Y con estas seis virtudes elaboremos unos panes, con los que nos saciemos y podamos retirarnos a la región de Tiro y dirigirnos hacia Harán. De Jesús se dice: “ Saliendo de allí, se retiró a la región de Tiro”.
11.‑ “Se retiró también a la región de Sidón”. Sidón se interpreta “caza de la tristeza”.
Observa que el cazador, que quiere hacer una buena caza, debe tener cinco cosas: un corno sonoro, un perro veloz e intrépido, un dardo limado y afilado, una aljaba con flechas y arco. El corno para tocar, el perro para atrapar, el dardo para matar, las flechas y el arco para herir de lejos con flechas las bestias que no pudo matar con la lanza.
El cazador es el penitente, al cual el Padre en la historia bíblica de este domingo, dice: “Toma tus armas, la aljaba y el arco, y tráeme de tu caza, para que yo coma y mi alma te bendiga” (Gen 27, 3‑4). Las armas del hijo penitente son la aljaba y el arco; las flechas en la aljaba son las punzadas y los dolores de la contrición en el corazón, de los que dice Job: “Las flechas del Señor están clavadas en mí, y la irritación que ellas producen impregna mi espíritu” (6, 4).
Las flechas del Señor son las punzadas del corazón, con las que el Señor hiere misericordiosamente el corazón del pecador, para que, indignado contra sí mismo por el pecado, aniquile el espíritu de soberbia, como justamente declara la cita: “La irritación que producen esas flechas impregna”, o sea, consume mi espíritu, o sea, mi soberbia.
En el arco está indicada la confesión. Dice el Señor en el Génesis: “Pondré mi arco en las nubes del cielo, y será un signo de mi alianza con la tierra” (9, 13). Entre Dios y la tierra, o sea, el pecador, al cual se dijo: “Tú eres tierra y a la tierra regresarás”, se establece el arco de la confesión, que es el signo de la alianza, de la paz y de la reconciliación. Con esto puedes apreciar cuán justamente el arco simboliza la confesión.
12.‑ Observa que en el arco hay cuatro elementos: las dos extremidades flexibles, el centro rígido e inflexible y la cuerda elástica, con la cual se tensan las mismas extremidades.
Asimismo, en la confesión debe haber cuatro elementos. Las dos puntas de la confesión son el dolor de los pecados pasados y el temor de las penas eternas; el centro, rígido e inflexible, es el firme propósito que el penitente debe tener, para no volver jamás al vómito; la cuerda elástica es la esperanza del perdón, que de veras ablanda la rigidez de las dos puntas del dolor y del temor. Con tal arco, pues, se lanzan “las flechas agudas del Poderoso” (Salm 119,4).
Además, el cazador, o sea, el penitente debe tener un corno sonoro, un perro y un dardo. En el corno está indicado el grito de la acusación sincera; en el perro, los ladridos de la conciencia arrepentida; en el dardo, el castigo y la propia punición, y la satisfacción.
El pecador, pues, con el arco de la confesión debe tener el corno de la acusación sincera y el perro de una conciencia que inquieta, para no descuidar nada del pecado y de sus circunstancias. Debe tener también el dardo de la punición, de la indignación y de la satisfacción, para castigarse a sí mismo, indignarse contra sí mismo y reparar por sus pecados, “para que tanto de sí mismo sacrifique, cuanto procuró a sí mismo complacer” (Glosa).
Esta es una buena caza, de la que dice el padre al hijo: “Tráeme de tu caza, para que yo coma y mi alma te bendiga”. De esta caza se dice en el evangelio de hoy: “Jesús, saliendo de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón”.
13.‑ “Una mujer cananea, saliendo de aquellos lugares, gritó en alta voz: “Hijo de David, ten piedad de mi; mi hija está malamente atormentada por el demonio” (Mt 15, 22). observa que la mujer cananea sale y dirige sus súplicas, justamente cuando Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón. Cuando el pecador sale del vórtice de su insaciable carne y del mundo, y se retira a la región de Tiro, o sea, de la angustia que experimenta en la contrición, y de Sidón, o sea, de la caza que debe hacer en la confesión, sólo entonces la mujer cananea, o sea, el alma pecadora, reconociendo lo más pronto su iniquidad, comienza a gritar: “¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David! “. Esta debe ser la oración propia del alma penitente, que retorna a la penitencia, tras el ejemplo de David, quien, después del adulterio y del homicidio, cumplió una verdadera penitencia.
Dice, pues: “¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David!”, como si dijera: “Oh Señor, tú quisiste descender de la familia y de la tribu de David, para infundir la gracia del perdón y ofrecer la mano! de la misericordia a los pecadores que se convierten y que, tras el ejemplo de David, esperan en tu misericordia y hacen penitencia, ¡ten piedad, pues, de mí, Hijo de David!”.
14.‑ “Pero, Jesús no le respondió palabra” (Mt 15, 23). ¡Oh misterio del divino consejo! ¡Oh insondable profundidad de la divina sabiduría! El Verbo, que al principio estaba junto al Padre y por el cual todo fue hecho, ¡no responde ni una palabra a la mujer cananea, o sea, al alma penitente! El Verbo, que hace elocuentes las lenguas de los niños y que da la boca y la sabiduría, ¡no responde palabra! Oh Verbo del Padre, tú que todo creas y recreas, que todo gobiernas y sustentas, ¡respóndeme, siquiera con una sola palabra, a mí que soy una pobre mujer, pero arrepentida!.
Y te demuestro con la autoridad de tu profeta Isaías, que debes responder. El Padre, por boca de Isaías, promete tu acción en favor de los pecadores: “Mi Palabra, que sale de mi boca, no regresará a mí vacía, sino que hará todo lo que quiero, y felizmente llevará a cabo las cosas para las cuales la envié” (55, 11). ¿Y qué es lo que quiere el Padre? justamente el Padre quiere que acojas a los penitentes y que les digas una palabra de misericordia. ¿No dijiste tú mismo:”M! alimento es hacer la voluntad del Padre que me envió”? (Jn 4, 34). ¡Ten, pues, piedad de mí, Hijo de David, y respóndeme una palabra, oh Palabra del Padre!
Y te lo demuestro también con la palabra de tu profeta Zacarías, que debes tener piedad y responder. Así profetizó de ti: “En aquel día habrá para la casa de David una fuente brotante, para lavar al pecador y a la mujer impura” (13, 1). oh fuente de la piedad y de la misericordia, que naciste de una tierra bendita, o sea, de la Virgen María, que provenía de la casa y de la familia de David, ¡lava las inmundicias del pecador y de la mujer impura! ¡Ten, pues, piedad de mí, Hijo de David! ¡Mi hija está malamente atormentada por el demonio!
¿Por qué el Verbo no respondió palabra? Por cierto, para provocar en el alma del penitente una compunción más grande y un dolor más profundo. A él se refiere la esposa en el Cantar de los Cantares: “Lo busqué y no lo encontré; lo llamé, y no me respondió” (5, 6).
15.‑ Ahora vamos a ver más claramente de qué dolor sufre esta mujer cananea. “Mi hija ‑dice‑ está malamente atormentada por el demonio”. De este tormento tienes un cotejo en el relato bíblico de este domingo, en el que se dice: “Dina, la hija de Lía, salió para ver a las mujeres de aquella región. Habiéndola visto Siquem, hijo de Hamor, heveo, príncipe de aquella tierra, se enamoró y la raptó; y se acostó con ella, haciéndole violencia, porque era virgen. Y su alma se apegó a Dina” (Gen 34, 1‑3). He ahí de qué modo mi hija está malamente atormentada por el demonio.
Lía se interpreta “hacendosa”, Dina “causa” o “juicio”. Lía es el alma del penitente que, perseverando en las obras de penitencia, se consume, diciendo con el Profeta: “Me consumí a fuerza de gemidos” (Salm 6, 7). Ella es figura de la mujer cananea, que se interpreta “negociadora”. El negocio del alma penitente es despreciar al mundo, mortificar la carne, llorar los pecados pasados y no volver a cometerlos para no renovar el llanto. La hija de esta cananea, o sea, de Lía, es la mente o la conciencia del hombre, que con razón es llamada Dina, o sea, “causa” o “juicio”, porque debe manifestar y presentar al juez, o sea, al sacerdote, la causa de sus pecados y aceptar de buena gana el juicio y la sentencia que él pronuncie. Y presta atención que en este lugar, por mente o conciencia del hombre, no entiendo otra cosa que el alma del mismo penitente. Frecuentemente, en las páginas sagradas, personas distintas son figuras de una única y misma cosa, como en este caso la mujer cananea y su hija representan, en sentido moral, el alma del penitente.
16.‑ De esta alma se dice: “Dina salió para ver a las mujeres de aquella región”. Las mujeres de la región representan la belleza de las cosas temporales, la abundancia, la vanidad y el deleite de este mundo. Y todas estas cosas son llamadas “mujeres” (mulieres), porque ablandan y afeminan las mentes de los hombres. Se lee en el tercer libro de los Reyes: “Las mujeres pervirtieron el corazón de Salomón” (11, 3).
La belleza y la abundancia de bienes temporales infatuan el corazón del sabio. El alma desgraciada sale para ver a estas mujeres, cuando se complace en la abundancia y en la belleza de las cosas temporales; y así a la infeliz le sucede lo que sigue: “Al verla, Siquem, hijo de Hamor, heveo, príncipe de aquella tierra, se enamoró y la arrebató”. Siquem se interpreta “fatiga”, Hamor “asno”, heveo “feroz” o “pésimo”.
Siquem es el diablo, que siempre se afana para obrar la maldad: “Recorrí la tierra y la merodeé” (Job 2, 2). Es llamado hijo de Hamor, el heveo, porque a motivo de su necedad, de su ferocidad y de su soberbia, de ángel llegó a ser diablo, de hijo de la gloria sublime llegó a ser hijo de la muerte eterna. Es llamado también príncipe de la tierra, o sea, de los que “saborean las cosas terrenales” (Filp 3, 19). También el Señor dijo que “el príncipe de este mundo será echado fuera” (Jn 12, 31). El diablo, que ve a esta alma desventurada vagabundear entre las vanidades mundanas, mientras debería buscar la causa y el juicio de sus pecados, lleva a cabo lo que ya leímos: “Se enamoró y la arrebató, se acostó con ella haciéndole violencia, porque era virgen; y su alma se adhirió a ella indisolublemente”.
Presta atención a las palabras. El diablo se enamora de un alma, cuando le sugiere pecar; la arrebata, cuando ella con su mente consiente a la sugestión; se acuesta con ella y viola su virginidad, cuando lleva a cabo su premeditada malicia. Su alma se enlaza estrechamente con ella, cuando la tiene esclava y encadenada con el lazo de las malas costumbres.
He aquí, pues, como mi hija está malamente atormentada por el diablo. Por eso, “¡ten piedad de mí, Hijo de David, porque mi hija está malamente atormentada por el diablo!”, por Siquem, hijo de Hamor, el heveo. Y el Señor, teniendo misericordia, porque “sus misericordias no tienen número” (Misal Romano), liberó de manera maravillosa a la hija tan atormentada por el demonio.
17.‑ Siempre en el Génesis, leamos la continuación del relato: “Los dos hijos de Jacob, Simeón y Leví, hermanos de Dina, tomaron espadas, entraron en la ciudad animosamente, mataron a todos los varones incluyendo a Hamor y a Siquem, y sacaron a Dina, su hermana, de la casa de Siquem” (34, 25‑26).
Simeón se interpreta “el que escucha la tristeza”, y simboliza la contrición del corazón; Leví se interpreta “añadido”, y simboliza la confesión de la boca, que debe añadirse a la contrición del corazón.
Estos dos hijos de Jacob, o sea, del penitente, y hermanos de Dina, o sea, de su alma, deben aferrar las espadas del amor y del temor de Dios y matar al diablo y su soberbia y todo lo que le pertenece, o sea, el pecado y sus circunstancias. Y así podrán liberar a su hermana, el alma, esclava en la casa del diablo y atada por la cadena de las malas costumbres.
Roguemos, pues, queridísimos, al Señor Jesucristo, que por su santa misericordia nos conceda salir de la vanidad del mundo y entrar en la región de Tiro y Sidón, o sea, de la contrición y de la confesión, para que nuestra hija, nuestra alma, pueda ser liberada del diablo y de sus tentaciones y ser colocada en la bienaventuranza del reino celestial.
Nos conceda esta gracia Aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos.
Y todo hombre responda: “¡Amén! ¡Así sea!”.
1.‑ En aquel tiempo, “Jesús estaba echando a un demonio, que era mudo. Y, después de haber echado al demonio, el mudo habló; y la gente se maravilló” (Lc 11, 14).
Se lee en el primer libro de los Reyes: “Y cuando el espíritu malo, de parte de Dios, se adueñaba de Saúl, David tomaba la cítara y la tocaba con su mano. Y Saúl tenía alivio y estaba mejor; y el espíritu malo se apartaba de él”.
El espíritu malo, de parte del Señor, es el diablo, y se dice “del Señor”, porque también él es criatura de Dios; y es maligno por su propia arrogancia. De Luzbel, portador de luz, se cambió en portador de tinieblas, de ángel en diablo. Y es llamado diablo (del griego, diaballo), porque fue precipitado en lo profundo.
Este espíritu se apodera de Saúl, que se interpreta “aprovechador abusivo”, o sea, del pecador, al cual, como dice Job, “Dios le dio tiempo de hacer penitencia; y, en cambio, él aprovecha el tiempo para aumentar su soberbia” (24, 23); y lo impulsa de un pecado a otro. Pero David, o sea, el predicador, debe tomar la cítara, o sea, la melodía de la predicación, y tocarla con la habilidad de sus manos; y así la dulzura de la cítara, o sea, la virtud de la predicación del Señor, ablandará el furor del pecador y echará de él al demonio, del cual justamente se habla en el evangelio de hoy: “Jesús estaba echando a un demonio”.
2.‑ Observa que en este evangelio hay cuatro partes, y sobre cada una de ellas queremos componer un breve sermón para el honor de Dios y para utilidad de los oyentes: 1. Jesús estaba echando a un demonio; 2. Cuando un hombre fuerte y armado; 3. Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre; 4. Una mujer de entre la multitud levantó la voz.
Asimismo, la historia bíblica del Génesis, que se lee y se proclama en este domingo, se divide en cuatro partes: la primera trata de la venta de José; la segunda, de su encarcelación y de la interpretación de los sueños del copero y del repostero; la tercera, de las siete vacas y de las siete espigas y de los siete años de hambre; la cuarta, de la liberación de todo Egipto, gracias a las capacidades del mismo José.
En nombre de Jesucristo, comencemos a exponer la primera parte de este evangelio
3. “Jesús estaba echando a un demonio”. observa que en un solo hombre Jesús obró cuatro milagros: dio la vista al ciego ‑ Mateo recuerda que este endemoniado era también ciego ‑, dio el habla a un mudo y abrió el oír a un sordo, y lo liberó del demonio. Ahora vamos a ver cómo el Señor, en la santa Iglesia, obre cada día espiritualmente estos cuatro milagros y cuál sea el significado moral de cada milagro.
“Jesús estaba echando a un demonio”. Presta particular atención. Este endemoniado perdió sus naturales capacidades en los tres sentidos principales y más nobles que los demás, o sea, la capacidad de ver, de hablar y de oír. Así el pecador, a quien el diablo posee a través del pecado mortal, pierde su capacidad espiritual en tres sentidos de su alma, que son los más importantes y los más nobles; es decir, pierde la capacidad de ver, de hablar y de oír en el espíritu. Y observa que en la vista está representado el conocimiento, en la lengua la confesión y en el oído la obediencia. Sólo ve con claridad el que reconoce su malicia; sólo habla rectamente el que confiesa franca y totalmente la malicia reconocida; y sólo oye perfectamente el que obedece voluntariamente a la voz de su confesor.
Con estas tres cosas concuerda la primera parte de la historia bíblica del presente domingo, cuando dice que “José, enviado desde el valle de Hebrón, llegó a Siquem, y de Siquem a Dotán” (Gen 37, 14‑17). José se interpreta “creciente”, Hebrón “visión”, Siquem “fatiga”, Dotán “defección” o “rebelión”.
José es el penitente que tanto crece en presencia de Dios, cuanto disminuye delante de sí mismo. Dice el Señor a Saúl en el primer libro de los Reyes.‑ “Cuando tú eres pequeño a tus ojos, yo te elegí como jefe de las tribus de Israel” (15, 17). En el valle del Hebrón, o sea, de la visión, está indicado el reconocimiento del pecado; en Siquem, la fatiga de la confesión y en Dotán la renuncia a la propia voluntad.
El penitente, enviado desde el valle de Hebrón, llegó a Siquem. El valle de Hebrón, que se interpreta “visión”, es el conocimiento del pecado. Jeremías dice: “Mira tu proceder en el valle” (2, 23). En el valle, o sea, en la doble humildad, interior y exterior, mira, o sea, reconoce tus caminos, es decir, tus pecados, con los cuales, como recorriendo falsos caminos, te diriges al infierno. Dice el Profeta: “Examiné mis caminos y dirigí mis pies hacia tus mandamientos” (Salm 118, 59). Y de nuevo Jeremías: “Has de saber y ver ‑o sea, reconocerán malo y amargo es el haber abandonado al Señor tu Dios y no tener más el temor de mí, dice el Señor Dios de los ejércitos” (2, 19). Y de nuevo: “Levanta tus ojos en la dirección justa y mira dónde yaces postrada” (3, 2).
Observa que dice: en la justa dirección. ¡Ay de mí! ¡Qué pocos son hoy los que miran en la justa dirección! Casi todos miran en la dirección equivocada, como si fueran estrábicos. Sin duda, mira en la dirección justa el que reconoce su iniquidad, cómo la cometió, y la confiesa en seguida, con exactitud, cómo sucedió. Levanta, pues, tus ojos en la dirección justa, y no en la falsa. No te avergüences ni tengas reparo. Son estas dos cosas las que suelen impedir la dirección justa de los ojos.
Se dice que existe un ave ‑la calandria‑, que si mira directamente al rostro de un enfermo, éste se libera de sus males. En cambio, si quita su mirada de ese enfermo o la levanta hacia otra dirección, es signo de muerte (Aristóteles).
Así el pecador, si levanta su mirada en la dirección justa y considera sus pecados y los reconoce, créeme, “él vivirá y no morirá” (Ez 33, 15). Si, en cambio, mira en otra dirección, si disimula sus pecados o los confiesa tramposamente, esto es signo e indicio de eterna condenación.
“Levanta tus ojos en la dirección justa, y mira”, o sea, reconoce, “dónde”, o sea, a cuál miseria, “te redujiste”, porque te hiciste “tributaría” del diablo y del pecado, “ahora”, tú que antes eras “dominadora de las gentes”, o sea, dominabas los vicios, y “señora de provincias”, o sea, dueña de tus cinco sentido.
4.‑ Es bueno, pues, hermanos queridísimos, habitar en el valle de Hebrón, ver y reconocer antes nuestra culpa y nuestra malicia, y después llegar a Siquem, que se interpreta “fatiga”, o sea, acercarse a la confesión, lo que implica verdaderamente fatiga y dolor.
Dice Miqueas: “Sufre y jadea mucho, oh hija de Sión, como una parturienta” (4, 10). Oh hija, o sea, oh alma, que eres y debes ser “hija de Sión”, o sea, de la Jerusalén celestial, sufre en la contrición y jadea, o sea, obra lo suficiente, como una parturienta en la confesión. Con razón se dice “como una parturienta”. Como una parturienta se esfuerza y sufre, así el pecador debe esforzarse y sufrir en la confesión, para ser como la cierva, que pare con dolor y trabajo.
Dice Job: “Las ciervas se encorvan hacia el feto, paren y emiten un mugido” (39, 3). Las ciervas son figuras de los penitentes, que deben encorvarse delante de un sacerdote y humillarse y parir sus pecados y emitir mugidos amarguísimos (de arrepentimiento). Pero, ¡ay de mí, ay de mí! ¡Cuántos son hoy los que no paren como las ciervas sino como las yeguas!
En la Historia Natural se lee que “las yeguas no sufren al parir y que el humo de una lucerna que se apaga las hace abortar”. Así hay algunos pecadores que, al confesar sus pecados, los paren sin fatiga ni trabajo; pero “la mujer, al parir, pare con tristeza”, dice el Señor (Jn 16, 21). Y cuando en esos pecadores se extingue la lumbre de la gracia por culpa del humo de la concupiscencia, abortan, o sea, paren el pecado. Por eso dice Santiago: “La concupiscencia concibe y engendra el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte” (1, 15).
Escucha de qué manera el santo Job, que se interpreta “doliente”, desde el valle de Hebrón llegó a Siquem, cuando decía: “Yo no guardaré cerrada mi boca, hablaré en la tribulación de mi espíritu, me lamentaré en la amargura de mi alma” (7, 11). He aquí un modo conciso y muy útil de confesarse. No tiene cerrada su boca aquel que confiesa el pecado y sus circunstancias con franqueza y sinceridad; habla en la tribulación de su espíritu aquel que con el corazón contrito y el espíritu dolorido se acusa a sí mismo, se imputa todo a sí mismo y se juzga; se lamenta en la amargura de su alma aquel que no guarda ninguna reserva sino que más y más renueva su dolor. Se pone a todo sí mismo en las manos del sacerdote y dice con Saulo:”Señor, Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hech 9, 6).
Con razón sigue el relato: “De Siquem llegó a Dotán”, que se interpreta “defección, rebeldía”. El penitente debe huir de sí mismo y obedecer de buena gana a las órdenes de su confesor, que es su superior, diciendo con Samuel: “¡Habla, Señor, que tu siervo te escucha!” (1Rey 3, 10).
Ahora, ya tienes en claro lo que el penitente deba ver, decir y escuchar. Pero, como lo que se expone, se conoce mejor por sus contrarios, ahora vamos a ver las cosas que se oponen a las tres que hemos analizado.
5.‑ “Jesús estaba echando a un demonio”. Este demonio era aquella fiera cruel, de la que se habla en el relato de este domingo: “Una fiera cruel ‑dijo Jacob‑ despedazó a José; una fiera lo devoró” (Gen 37, 33). Vamos a ver de qué manera esta fiera cruel devoró a José. Hemos indicado antes que el demonio había provocado en el endemoniado tres males: le apagó la vista, lo privó de la voz y le tapó el oído. Así al pecador, que vive en pecado mortal, el diablo le quita la vista, para que no reconozca sus pecados; lo priva de la voz, para que no los declare en la confesión; y le tapa el oído, para que no oiga la voz del que quiere enamorarlo de la sabiduría (Salm 57, 6). Con estos tres males concuerda el relato del Génesis, que sigue: “Apenas José llegó al lugar donde estaban sus hermanos, ellos lo despojaron de su variopinta túnica talar y lo bajaron a una cisterna sin agua. Después, lo extrajeron de la cisterna y lo vendieron a unos mercaderes ismaelitas, que se lo llevaron a Egipto” (Gen 37, 23...
Considera estas tres acciones: lo despojaron de su túnica, lo bajaron a la cisterna y lo vendieron. En la túnica talar y variopinta se indica la admisión del pecado. Se dice en el evangelio de Juan, hacia el fin, que “Pedro se ciñó la ropa, ya que estaba desnudo, y se tiró al mar” (21, 7). En verdad, Pedro quedó desnudo, cuando, a las palabras de la criada, “negó a Cristo”, pero luego se revistió de la túnica, cuando reconoció la culpa de su triple negación. En ese momento, fue de veras Pedro, o sea, “el que reconoce”; y así se tiró al mar, o sea, se sumergió en la amargura de las lágrimas. Dice Lucas: “Pedro se acordó de la palabra de Jesús: “Antes que el gallo cante dos veces, tú me negarás tres veces. Salió afuera y lloró amargamente” (22, 61-62).
As! el pecador debe ceñirse, o sea, reconocer su iniquidad, y tirarse al mar, o sea, sumergirse en la amargura de la contrición. En cambio, hoy hay mucha gente que se ciñe la túnica, admiten también su culpa, pero no quieren tirarse al mar, porque rehúsan hacer penitencia por sus pecados.
Observa, además, que esta túnica es llamada “talar” y “variopinta”. La túnica de nuestra alma, que es conocimiento del pecado, debe ser talar, o sea, “final”. Por cierto, durante toda nuestra vida debemos diariamente reconocer nuestros pecados y, una vez reconocidos, llorarlos; pero, sobre todo, al fin de nuestra vida debemos reconocerlos aún más, con mayor diligencia y devoción, y confesarlos todos, tanto en particular como en general.
En ese entonces, debemos hacer como hace el cisne, que, cuando muere, muere cantando; y dicen que esto sucede a causa de una pluma que tiene en la garganta. Sin embargo, aquel canto le provoca gran dolor.
El cisne blanco es el pecador convertido, más blanco que la nieve. Este, en el momento de su muerte, debe cantar devotamente, o sea, examinar sus pecados en la amargura de su alma. La pluma en la garganta del cisne representa el conocimiento del pecado y su confesión en la boca del justo, del que debe brotar un canto de dolor, que le será sumamente fructuoso. Y así esta túnica talar será “variopinta”, o sea, adornada con una variedad de virtudes. En efecto, todas las alabanzas se cantan al final.
Pero, ¡ay de mi, ay de mí! Los demonios despojan a José de esta preciosísima túnica, cuando ciegan los ojos de esta alma infeliz y le quitan el conocimiento de su iniquidad, para que no vea ni reconozca la vergüenza y la infamia de su desnudez.
Sigue el relato bíblico: “Bajaron a José a una vieja cisterna sin agua”. La cisterna vieja sin agua es la conciencia del pecador inveterado en los días del mal; y en esa conciencia no hay ni el agua de la confesión ni las lágrimas de la compunción. El pecador es encerrado por los demonios en la cisterna de la obstinación, para que no pueda salir a la luz de la confesión. Se lee en el cuarto libro de los Reyes, que “Nabucodonosor le sacó los ojos a Sedecías, lo ató con cadenas y lo llevó a Babilonia” (25, 7). Así se porta el diablo. Ante todo, arranca al pecador los ojos, para que no reconozca su iniquidad, luego lo ata con cadenas de malas costumbres y en fin lo encierra en la cárcel de la obstinación, para que no pueda salir a la luz de la confesión.
Sigue el punto tercero: “Vendieron a José a los mercaderes ismaelitas, que lo llevaron a Egipto”. El pecador es vendido y llevado a Egipto, cuando se sustrae a la predicación de la iglesia, no acepta los consejos de los buenos y cierra el oído para no oír la voz del que lo invita a la sabiduría. En verdad, este hombre es un endemoniado, poseído por el diablo, porque no ve su culpa y su indignidad, no habla en confesión, no escucha la doctrina de la vida eterna. Pero, ¿qué hizo el bondadoso y misericordioso Jesús?
6.‑ Dice Lucas: “Jesús estaba echando a un demonio”. Jesús echa al demonio de los pecadores, cuando graba en su corazón el sello de su amor y el signo de su pasión. Dice el bienaventurado Pablo en la epístola de hoy: “Sean imitadores de Dios, como hijos queridísimos; y caminen en su amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros, ofreciéndose en sacrificio de suave olor” (Ef 5, 1‑2).
En esta expresión se destacan dos cosas: el amor y la pasión de Cristo. Las dos cosas echan a los demonios. Por la inmensa caridad con que nos amó, Cristo se entregó a sí mismo por nosotros, ofreciéndose en sacrificio de suave olor. El olor de este sacrificio vespertino, o sea, de la pasión de Jesucristo, echa a todos los demonios.
Se lee en el libro de Tobías que “éste extrajo de su alforja una parte del hígado (del pez) y la puso sobre brasas. Entonces el ángel Rafael capturó al demonio y lo desterré al desierto del Egipto superior” (8, 2‑3). En el hígado, con el que amamos, se indica el amor de Cristo, y en las brasas vivas su pasión. Pongamos, pues, si no todo, al menos una parte del hígado sobre brasas ardientes; y pensemos cómo el Hijo de Dios, nuestro amor y, de alguna manera, nuestro hígado, por su solo amor por nosotros, sobre brasas ardientes, o sea, mediante la cruz y los agudísimos clavos, fue quemado como sacrificio de suave perfume.
Créanme, hermanos: este suave perfume, o sea, esta memoria de la pasión del Señor, echa a todos los demonios. Y si hacemos esto, entonces Rafael, que se interpreta “medicina”, es decir, el mismo Jesucristo, que es nuestra medicina y el ángel del Sumo Consejo, capturará al diablo y lo desterrará al desierto del Egipto superior, para que no pueda más perjudicarnos.
Con razón se dice: “Jesús estaba echando a un demonio; y, después de haberlo echado, el endemoniado vio, habló y oyó; y la gente quedó maravillada”. No hace maravillas que, cesando la causa, cese también el efecto. Echado el demonio del pecado original del corazón del pecador, inmediatamente éste comienza a ver, o sea, a conocer; a hablar, o sea, a confesarse; y a oír, o sea, a obedecer. Por esto dice el Apóstol hacia el fin de la epístola de hoy: “Ustedes en otro tiempo eran tinieblas, ahora son luz en el Señor. Caminen, pues, como hijos de la luz. Los frutos de la luz consisten en toda bondad, justicia y verdad” (Ef 5, 8‑9).
Presta atención a estas tres palabras: “En toda bondad”: he ahí el reconocimiento del pecado, sin el cual nadie puede llegar a la bondad, como decía el buen penitente David: “Reconozco mi iniquidad” (Salm 50, 5). “En toda justicia”.‑ he ahí la confesión del pecado. ¿Puede haber justicia más grande que la de acusarse a sí mismo? “El justo -dice Salomón‑ es el primer acusador de sí mismo” (Prov 18, 17). “Y en toda verdad”: he ahí la obediencia, que consiste en obedecer voluntariamente a los preceptos de la verdad, o sea, a los preceptos de Jesucristo y de su vicario.
Demos, pues, gracias a Jesucristo, hijo de Dios, que echó al demonio, iluminó al ciego, hizo hablar al mudo y oír al sordo. Y todos juntos, con la devoción de la mente, supliquemos y humildemente pidamos que aleje el pecado mortal de la conciencia de todo cristiano y le infunda la gracia de Dios, para que reconozca su iniquidad, la manifieste en la confesión y obedezca fielmente a los consejos y a los mandatos de su confesor.
Se digne concedernos estas gracias, a nosotros y a ustedes, el mismo Jesucristo, al cual se deben el honor, la majestad, el dominio, la alabanza y la gloria por los siglos eternos.
Y toda criatura diga: “¡Amén! ¡Así sea!”.
7.‑ “Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, todos sus bienes están al seguro; pero, si llega otro más fuerte que él y lo vence, le quita todas sus armas en las que confiaba, y reparte el botín” (Lc 11, 21-22).
Hacia el fin del Génesis, en la bendición de José se lee: “Su arco se apoyó en el Fuerte (Dios) (49, 24). José se interpreta “crecimiento”, y es figura del predicador, que cada día debe hacer crecer a la iglesia con su predicación. Así podrá decir con José: “Dios me hizo crecer en la tierra de mi pobreza” (Gen 41,52).
Dios hace crecer al predicador en la tierra de la pobreza, o sea, en el destierro de esta miserable peregrinación, cuando por su medio, y para merecimiento de él, acrecienta el número de los fieles. Su arco es la predicación; y como en el arco hay dos elementos: la madera y la cuerda, así en la predicación debe haber la madera del Antiguo Testamento y la cuerda del Nuevo.
De ese arco dice Job: “Mi arco se reforzará en mi mano” (29, 20). El arco se refuerza en la mano, cuando la predicación está respaldada por las obras. Declara el bienaventurado Bernardo: “No predica a Dios con fruto, el que no antepone al sonido de la lengua el testimonio de las obras”.
Y este arco debe apoyarse en el Fuerte, no en el débil; no en el predicador, sino en Cristo, para que todo lo atribuya a El, sin el cual no puede hacer nada bueno. Sólo Cristo fue el verdadero “fuerte”, que ató al fuerte diablo. Por esto se dice en el evangelio de hoy: “Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio
De esta segunda parte del evangelio, ante todo veremos el sentido alegórico y después el sentido moral.
8.‑ El fuerte armado es el diablo. De él y de su armadura se dice en el primer libro de los Reyes: “Salió de los campamentos de los filisteos un hombre bastardo, de nombre Goliat, de Gat. Era alto seis codos y un palmo. Lucía en la cabeza un yelmo de bronce y estaba revestido con una cota de malla a escamas; y sobre sus piernas traía grebas de bronce (pieza de armadura); y un escudo de bronce le protegía los hombros; y el asta de su lanza era como un rodillo de telar” (17, 4‑7).
Goliat se interpreta “el que transmigra” o “ el que se transforma”, y es una figura del diablo, que pasó de las virtudes a los vicios, del gozo a la pena, y que cada día se transforma en ángel de luz, para engañar a los hombres... Y es de Gat, que se interpreta “trapiche”. El diablo exprime a los hombres a través de los aprietos de las tribulaciones, como la uva es exprimida en el trapiche, para que los buenos, como el vino, sean colocados en las bodegas de la vida eterna; y, en cambio, los malos, como los ollejos, sean echados en el basural de la condenación eterna.
Goliat sale de los campamentos de los filisteos, que se interpreta “cayendo por la bebida”, y son figuras de los pecadores que, embriagados de amor mundano, de la gracia de Dios caen en la culpa y, posteriormente, de la culpa se precipitan en la gehena. En sus campamentos mora el diablo: morada del diablo es el corazón del hombre inicuo. Por esto la Glosa, refiriendo el dicho de Habacuc: “A causa de la iniquidad, he visto desbaratadas las tiendas de Etiopía” (3, 7), comenta‑ “Los que se afanan en conquistar riquezas y honores, llegan a ser morada de los demonios, ellos que debieran ser el templo de Dios”.
Goliat era bastardo. Se dice bastardo el que en parte es noble y en parte despreciable. Así el diablo es noble en su creación, y despreciable por sus vicios. Se dice que Goliat era alto seis codos y un palmo. Se lee en Ezequiel que ese hombre, cuyo semblante resplandecía como el bronce, tenía en la mano una caña de la medida de seis codos y un palmo, con la cual midió el templo” (40, 3‑5). He ahí que, cual fue la medida del templo, tal fue la medida de Goliat. La medida del templo es figura de los diversos grados que existen en la Iglesia, contra los cuales el diablo tiene su medida.
En los seis codos se entienden las obras de misericordia, o sea, las obras de la vida activa; en el palmo se entiende la vida contemplativa, que apenas se puede gustar en esta vida; y por eso justamente está representada en el palmo. Y el diablo se lanza tanto contra los de vida activa como contra los de vida contemplativa.
“Y su cabeza lucía un yelmo de bronce”. observa que todas las armas de Goliat eran de bronce. Así son también las almas del diablo. Las armas del diablo son aquellos que lo defienden., para que no sea derrotado en los malos. Y son de bronce, porque son poderosos en tomar las defensas del diablo. Se lee en Job: “ Sus huesos son corno cañas de bronce” (40, 13). Los huesos sostienen la carne. Los huesos del diablo son aquellos que alientan a los demás en el mal. Ellos son como cañas de bronce, que' abundan en sonidos pero no tienen sentimientos, como la zampoña. Son elocuentes en palabras, pero no hacen ninguna obra buena; y como el bronce, si se lo golpea, resuena, as! éstos, bajo los golpes de la reprensión, responden imprecando.
“Estaba revestido de una cota de malla a escamas”, o sea, una lámina de metal estaba inserta en la otra. Cota de malla del diablo son los malos, que le están inseparablemente atados. Dice Job: “Su cuerpo está compuesto casi de escudos fundidos, construido con láminas que se presionan entre sí. La una se une a la otra y entre ellas no hay ni un resquicio; una se adhiere a la otra y, encadenadas como están, jamás pueden ser separadas” (41, 6‑8). Las escamas del diablo, o sea, sus defensores, se aprietan entre sí, porque uno defiende al otro. “Entre los impúdicos hay gran solidaridad” (juvenal). Están tan estrechamente unidos entre sí, que no puede infiltrárseles ni un soplo de la divina gracia ni de la predicación del Señor. Y como son cómplices del mal en este mundo, as! compartirán el eterno suplicio en el otro.
“Sobre sus piernas traía grebas de bronce”. Las grebas representan las excusas de la lujuria. El lujurioso protege, como con grebas, sus fémures, cuando, para mayor agravio de su condenación, defiende el pecado de lujuria. Dice Job: “Las sombras protegen la sombra de él” (40, 17). Las sombras, o sea, los lujuriosos, que son negros y oscuros, protegen la sombra del diablo, o sea, disculpan su lujuria, bajo la cual el diablo descansa y duerme, como bajo una sombra.
“Y un escudo de bronce cubría sus hombros”. El escudo del diablo representa a los que rechazan de sí mismos los dardos de la predicación. De ellos habla el Señor por boca de Ezequiel. “Hijo del hombre, yo te enviaré a los hijos de Israel, a gentes rebeldes que se alejaron de mí. Tú les referirás mis palabras, en la esperanza de que te escuchen y desistan del mal, porque me provocaron a la ira” (2, 3‑7). Pero, “no te quieren oír a ti, porque no me quieren oír a mí” (3, 7).
9.‑ “El asta de su lanza era como el rodillo del telar”. Por medio del rodillo se teje la tela. Esta representa la tentación del mal, por medio de la cual el diablo teje la tela de la iniquidad. El diablo teje la tela como la araña.
Dice la Historia Natural‑ La araña, ante todo, extiende los hilos de la trama y traza sus límites; después procede al tejido de la tela desde el centro hacia lo exterior, llenando el espacio, y prepara el lugar conveniente para la caza. Y ella se pone en el centro, como espiando la llegada de algún animalito. Y si cae alguna mosca o algún otro insecto, en seguida la araña se mueve, sale de su lugar de guardia y comienza a atarla y a envolverla con hilos hasta reducir la presa a la inmovilidad. Después, la lleva a su agujero, en el que deposita lo que captura. Y cuando sufre el hambre, chupa sus humores; y su vida y su alimento consisten sólo en aquellos humores.
Así hace el diablo. Cuando quiere capturar a un hombre, antes extiende unos hilos de pensamientos capciosos y los fija casi en los límites, o sea, en los sentidos del cuerpo, por medio de los cuales puede astutamente conocer el vicio, hacia el cual el hombre se siente mayormente propenso. Después, comienza a tejer en el centro, o sea, en el corazón, y allí dispone la tela adecuada, o sea, la tentación más grave, y en el corazón dispone el lugar más conveniente para la caza. Y el mismo se establece en el centro, como espiando la llegada de algún animalito. El diablo, en todo el cuerpo del hombre, no halla otro miembro más adecuado que el corazón, para dar la caza, para observar y para engañar, porque del corazón del hombre procede la vida.
Y si ve caer, con el consentimiento del corazón, en la tela de su sugestión alguna mosca, o sea, algún individuo afecto a los placeres de la carne, que de veras debería ser llamado mosca, inmediatamente comienza a atarlo con otras tentaciones y a envolverlo en tinieblas, hasta llegar a debilitar y enervar la mente; y después lleva la mosca, o sea, al mismo pecador, a la cueva donde deposita lo que captura. La cueva propia del diablo es la realización de la obra mala. Allí repone lo que captura con la tela de su capciosa sugestión; y allí chupa su humor, o sea, la compunción del alma. En efecto, mientras el alma tenga la compunción, el diablo de ninguna manera puede hacerle daño. Con razón se dijo: “El asta de su lanza era como un rodillo de telar”.
10.‑ Ahora ya conoces las armas de que dispone el diablo, del cual se dice: “Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, todos los bienes que posee están al seguro”. Antes de la venida de Cristo, todo el mundo era casa del diablo, y esto no a causa de la creación, sino a causa de la transgresión de nuestros primeros padres. Por la desobediencia de Adán, con el permiso de Dios, tuvo poder también sobre su posteridad. Y así se lo tenía todo al seguro, ya que ni Moisés, ni Elías, ni Jeremías, ni algún otro de los patriarcas del Antiguo Testamento lo podían expulsar de la casa.
Finalmente, del trono regio, o sea, del seno del Padre, llegó el implacable guerrero ‑como se dice en el libro de la Sabiduría (18, 15)‑, y se lanzó en medio de aquella tierra de exterminio, que el diablo había arruinado; se lanzó uniendo los dos pies de la divinidad y de la humanidad. Y así liberó -como escribe el Apóstol a los hebreos‑ a los que por toda la vida habían sido sometidos a la esclavitud y al espanto de la muerte (2, 15).
Sigue el evangelio: “Si viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita todas sus armas en las que confiaba, y reparte el botín”. El más fuerte es Cristo, de cuyas armas escribe Isaías: “Se revistió de la justicia como de una coraza, puso en su cabeza el yelmo de la salvación, se ciñó con los vestidos de la venganza y se cubrió de celo como de un manto” (59, 17).
La coraza de Jesucristo fue la justicia, porque con pleno derecho expulsó al diablo de la casa que él tenía al seguro. Por haber alargado su mano contra Cristo, en el cual no tenía ningún poder, con toda razón mereció perder a Adán y a toda la posteridad, sobre los cuales creía tener algún poder. “Con toda razón pierde el privilegio, el que abusa de un privilegio que se le concedió” (Gracián).
“Puso en su cabeza el yelmo de la salvación”. La cabeza es la divinidad. Dice el Apóstol: “La cabeza de Jesucristo es Dios” (1Cor 11, 3). El yelmo es la humanidad. Entonces la cabeza escondida bajo el yelmo es la divinidad escondida bajo la humanidad, que obró la salvación en nuestra tierra. “Y se ciño con los vestidos de la venganza y se cubrió de celo como de un manto”. Jesucristo se ciñó con los vestidos de nuestra humanidad, justamente para hacer venganza del enemigo, o sea, del diablo, y liberar de sus manos a su propia esposa, o sea, nuestra alma.
Con razón se dice: “Si viene otro más fuerte que él y lo vence, le arrebata todas sus armas”. Las armas del diablo son aquellos cómplices, de los que hemos hablado antes. Y Cristo se los arrancó a todos, cuando de hijos de la ira los hizo hijos de la gracia. Como David derrotó a Goliat con la honda y con la piedra, así Cristo derrotó al diablo con la honda de su humanidad la y
piedra de su pasión. Dice David: “Aferra las armas y el escudo, y levántate en mi auxilio” (Salm 34, 2). Aferra las armas, oh Hijo de Dios, o sea, los miembros humanos, y el escudo, o sea, la cruz; y así, con estas armas, tú puedes derrotar al diablo, que guardaba atado en la cárcel al género humano.
11.‑ Cristo es nuestro José que, como en una cárcel, con las manos y los pies atados, fue crucificado con los clavos entre dos ladrones. El antiguo José, hijo de Jacob, no quiso consentir al nefando adulterio de la meretriz, sino que abandonó en sus manos el manto, con el cual ella quería retenerlo, y huyó. Y ella lo denunció al marido Potifar por haberla ultrajado. Y Potifar, enfurecido, lo echó en la cárcel, en el que estaban atados el copero y el pastelero del rey
de Egipto. A ellos, según la exacta interpretación de sus sueños, les dio una predicción cierta y segura de los sucesos futuros: al copero, que de la cárcel regresaría al palacio del rey, y al pastelero, que saldría de la cárcel, pero para ser colgado en un patíbulo.
Lo mismo hizo Jesucristo, Hijo de Dios, que no quiso consentir a la pérfida meretriz, o sea, a la sinagoga de los judíos. Ella lo quería tener atado por el manto de las observancias legales y las tradiciones de los ancianos, que las utilizaban como un manto, para aparecer justos delante de los hombres. Pero Jesús dejó el manto, o sea, abandonó el rito de la observancia legal, y huyó, pero no como siervo de la ley, sino como el dueño. La sinagoga, al verse ultrajada, lo denunció ante Potifar. Potifar se interpreta “boca que despedaza”, y es figura de Pilato, que dirigió su boca a despedazar, o sea, a flagelar a Jesús. “Se lo entregaré ‑dijo‑, después de haberlo flagelado “ (Mt 2 7, 2 6).
La meretriz sinagoga acusó ante Pilato a nuestro José, diciendo: “Hemos hallado a este hombre que pervierte a la nación y prohíbe dar el tributo al César. Alborota al pueblo, enseñando por toda la Judea, comenzando desde la Galilea hasta aquí” (Lc 23, 2‑5). Entonces Pilato, de acuerdo con las palabras de la meretriz, sentenció que se hiciese lo que ellos pedían y les entregó a Jesús, para que fuera crucificado. Y Jesús fue atado y crucificado con clavos, entre dos ladrones, como José entre el copero y el pastelero.
A decir la verdad, el buen ladrón, además de ser un santo confesor que, mientras Pedro negaba a Cristo, él lo reconoció, fue un verdadero copero. Se embriagó con el vino de la compunción y ofreció al Señor el cáliz de oro de la fe, esperanza y caridad, diciendo: “¡Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino!”. En seguida, mereció oír aquellas palabras: “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso”. En cambio, el ladrón malo, que blasfemó a Cristo, diciendo: “Si tú eres Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”, fue el panadero que, según su profesión, amasó el pan, no diría con la harina, sino con el afrechillo de la mala voluntad y con el agua de la incredulidad, y lo cocinó en el horno de su desesperación; y así de la cruz, como de una cárcel, justamente fue condenado al patíbulo de la eterna condenación.
12.‑ “Y distribuyó su botín”. El botín del diablo eran las almas de los justos, que, por la desobediencia del progenitor, eran retenidas en las tinieblas. Cristo distribuyó este botín, cuando despojó el infierno y entregó a cada alma la gloria del reino celestial (Lc 23, 39...) o, también, el botín fueron los apóstoles y los demás discípulos de Jesucristo, de los que el Padre dice al Hijo: “Acelera, toma el botín, apresúrate a pillar” (ls 8, 3). Oh hijo, acelera tu encarnación, toma el botín con la predicación, apresúrate a pifiar al diablo en tu pasión. Y este botín Cristo lo distribuyo, cuando dio a la iglesia a algunos como apóstoles, a otros como evangelistas a otros como maestros y doctores (Ef 4, 11). Por esto el Profeta: “El rey de los ejércitos estará sujeto al Dilectísimo, y a la belleza de su casa concederá dividir el botín (Salm 67, 13).
Oh fieles del Dilecto, o sea, de Jesucristo, el rey, o sea, el Padre, que es rey de las potencias celestiales,‑ concederá a su dilecto Hijo ‑del cual dijo: “Este es mi Hijo dilecto‑ distribuir el botín, o sea, los apóstoles, los evangelistas y los doctores, a la belleza de la casa, o sea, a la iglesia, para que la embellezcan.
Y de la belleza de su Iglesia nos haga partícipes también a nosotros aquel que derrotó al diablo y le arrancó sus armas, Jesucristo, que es bendito y es Dios sobre todas las cosas, por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
13.‑ “Cuando un fuerte, armado, guarda su casa”. El fuerte armado es el espíritu de soberbia, cuyas armas son los altísimos cuernos con los que hiende el aire y ataca a todo el mundo. Dice Daniel: “Vi un carnero que agitaba los cuernos contra el occidente, contra el septentrión y contra el mediodía. Ningún animal podía resistirle, ni nadie podía escaparse de su poder. obraba según su voluntad y fue exaltado” (Dan 8,4).
Este carnero simboliza el espíritu de soberbia, que con los cuernos de la arrogancia se lanza contra occidente, septentrión y mediodía. Por occidente se entienden los pobres y los menores, en los que falta el calor de la fuerza y del poder; por septentrión se entienden los iguales. Dice el diablo en Isaías: “Pondré mi sede en el septentrión, y seré semejante, o sea, igual al Altísimo” (14, 13‑14); por mediodía se entienden los superiores, en los que se abrasa el ardor de la dignidad y del poder. El carnero de los cuernos, o sea, el espíritu de la soberbia cornuda, se lanza contra occidente, oprimiendo a los pobres y a los menores; y contra septentrión, despreciando a los iguales; y contra mediodía, escarneciendo y ridiculizando a los superiores.
“Ningún animal podía resistirle, ni nadie podía escaparse de su poder”. oh cornuda soberbia, ¿quién podrá liberarse de tu poder, si hasta al mismo Luzbel ‑“sello de semejanza (modelo de perfección), cubierto de toda especie de piedra preciosa” (Ez 28, 12‑13)‑ impulsaste a tan alto vértice de ambición? Eres de origen celestial, y por esto solías insinuarte en las mentes de los seres celestiales, escondiéndote bajo la ceniza y el cilicio.
El profeta David suplicaba ser salvado de los cuernos de esta bestia, cuando decía: “Sálvame de la boca del león, y de los cuernos de los unicornios salva mi debilidad” (Salm 21, 22). En la soberbia del unicornio está indicado el individuo, porque el soberbio quiere sobresalir a solas. En efecto, “ningún poderoso tolera a un socio” (Lucano). Y David detesta la soberbia, diciendo: “Señor, Dios mío, ¡si hice esto!...” (Salm 7, 4). Y observa que, para mayor rechazo de la soberbia, no la quiere ni nombrar con nombre propio.
Dios detesta la soberbia más que todos los pecados. Dice Pedro: “Dios resiste a los soberbio, mientras da su gracia a los humildes” (1 Pe 5, 5). Y del unicornio se dice en Job: “Quizás, ¿ querrá el rinoceronte, o sea, el monóceros o unicornio, servirte o estar en tu pesebre? (39, 9). Como si dijera: “¡Por cierto, que no!”. El soberbio no puede dar importancia al pesebre del Señor, o sea, que fue acostado en un humilde pesebre, por nuestro amor.
14.‑ Hay que observar que algunos animales llevan los cuernos encorvados hacia atrás, Esto simboliza a aquellos cuya soberbia es destruida por su lujuria, de tal modo que, aunque sean arrogantes en sus pensamientos, son humillados por la lujuria de la carne. Dice Oseas: “La arrogancia de Israel dará testimonio en contra de él” (5, 5). Suele suceder que, quien no reconoce su soberbia escondida, cuando la descubre a causa del vicio de la lujuria, se cubre de vergüenza.
Hay otros animales que llevan los cuernos dirigidos hacia adelante, como los unicornios. Esto simboliza la soberbia de los hipócritas, que disfrazan su soberbia bajo la apariencia de la religión. De ellos dice el Eclesiástico: “No faltan algunos que se humillan falsamente; pero su interior está lleno de engaño” (19, 23). Y el bienaventurado Gregorio: “Preciosa cosa es la humildad, con la cual la misma soberbia quiere disfrazarse, para no ser despreciada”.
Además, hay animales que llevan los cuernos retorcidos en sí mismos, como la vaca salvaje; y esto simboliza la soberbia de algunos que se destruye en sí misma. Dice Isaías: “El Señor de los ejércitos despedazará en el terror el pequeño cántaro de barro cocido, y los altos de estatura serán truncados, y los más grandes serán humillados” (10, 33). El cántaro de barro cocido es la mente del pecador soberbio, hecha de barro y frágil, llena del agua de la arrogancia, que el Señor quebrantará, cuando en la mente del mismo soberbio infunda el terror del último juicio. Y en aquel juicio “los altos de estatura”, que ahora parecen despreocuparse de aquella sentencia: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!”, serán truncados; y “los más grandes”, que ahora caminan con paso solemne, con cabeza erguida y haciendo guiños con los ojos, serán humillados hasta el infierno y el lago profundo, en el cual no hay agua para su refrigerio.
En fin, hay animales que llevan los cuernos enroscados hacia lo alto, como los ciervos; y esto simboliza a aquellos cuya soberbia procede solamente de la religión. Y ésta es la soberbia más peligrosa. De ella Isaías, dirigiéndose a los religiosos, los que, más que todos, tienen el deber de presentarse como modelos de humildad, hablando con la imagen de la visión del valle, les dice:”¿Qué te pasa que también tú subiste a los techos?” (22, 1). Como si dijera: es tolerable que los seglares deseen subir a lo alto; pero a ustedes los religiosos, que reciben tanta luz, ¿qué les sucedió que también ustedes deseen subir a lo alto?
15.‑ Sigamos adelante. “Si un fuerte armado guarda su casa”. La casa de la soberbia cornuda es el mismo corazón del soberbio, en el cual la soberbia eligió su morada particular. Como “del corazón parten las venas y en el corazón reside la primera energía que crea la sangre” (Aristóteles), así de la soberbia del corazón procede todo mal: “El comienzo de todo pecado es la soberbia” (Ecli 10, 15). Ella guarda la casa del corazón, para que ninguno de sus adversarios entre por caminos transversales y moleste su seguridad, de la que dice el Señor: “¡oh, si tú ahora, en este día, comprendieras lo que te sirve para tu paz!” (Lc 19, 42); y el Profeta: “Envidié a los inicuos, viendo la seguridad de los pecadores” (Salm 72, 3).
“Pero si llega uno más fuerte y lo vence Más fuerte es la humildad, de cuya fortaleza dice David a Saúl‑. “Yo, tu siervo, maté un león y un oso” (1Rey 17, 36). David se interpreta “de mano fuerte” y simboliza al humilde, que, cuanto más se humilla, más se hace fuerte. El humilde es como aquel gusano, que se Rama “intestino de la tierra” (Aristóteles), que primero se contrae, para luego alargarse mayormente; así el humilde se contrae y se hace pequeño, para luego extenderse con más energía, para lograr los bienes celestiales. Dice el Eclesiástico: “Dios lo elevó de su humillación y le hizo levantar la cabeza” de la tribulación; “y por eso muchos quedaron atónitos” (11, 13). Esto lo dice el humilde y el fuerte David: “¡Yo, tu siervo!”.
¡Oh fúlgida perla! ¡Oh nardo fragante! ¡Oh humildad' ¡oh cinamomo aromático! “¡Yo, tu siervo!”. El humilde se considera siervo, se proclama siervo, se somete a los pies de todos, se rebaja a sí mismo, se aprecia mucho menos de lo que vale en realidad. Comenta Gregorio: “Es característica de los elegidos apreciarse a sí mismos menos de lo que valen”.
Este humilde siervo mata el león de la soberbia y el oso de la lujuria. Y observa que afirma haber matado antes el león y después el oso, porque nadie puede suprimir en sí mismo la lujuria, si antes no se esforzó por expulsar de su corazón el espíritu de soberbia. Se dice, pues: “Si sobreviene uno más fuerte y lo vence, le arranca todas las armas en las que confiaba”.
Las armas del espíritu de soberbia ‑“los vasos”, diría Mateo (12, 29)son los cinco sentidos del cuerpo, con los cuales, casi usándolos como armas, la soberbia asalta a los demás, y en los que, como en vasos, lleva el veneno mortífero de la insolencia y se lo ofrece a los demás.
Pero sobreviene la humildad de Jesucristo, “que es Dios bendito sobre todas las cosas”, y que dice: “¡Aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón!” (Mt 11, 29). El entra en la casa del fuerte, o sea, en el corazón, en el que reside la soberbia, la vence y la expulsa. El antídoto de la humildad expulsa el veneno de la arrogancia; y después de haberla expulsado, la humildad le arranca todas las armas en las que confiaba, para que en adelante nada arrogante, nada ambicioso y nada vicioso aparezcan en los sentidos del cuerpo, sino que en todas partes ofrezcan insignes ejemplos de humildad.
16.‑ “Este cambio es obra de la derecha del Altísimo” (Salm 76, 11). Dice Isaías: “En aquel día habrá en Egipto cinco ciudades que hablarán la lengua de Canaán. La primera se llamará Ciudad del Sol” (19, 18). Egipto se interpreta “tiniebla” o «tristeza”, y simboliza el cuerpo del hombre, que yace en una tierra de tinieblas y de tristezas: tinieblas, porque está oscurecida por la niebla de la ignorancia, y la malicia; tristezas, porque está repleta de dolores y aflicciones. En esta tierra de Egipto hay cinco ciudades, o sea, los cinco sentidos del cuerpo. Entre estas cinco ciudades, la primera se llama Ciudad del Sol.
Ciudad del Sol son los ojos. Como el sol ilumina al mundo entero, así los ojos iluminan a todo el cuerpo.
Entonces, en aquel día, cuando llegue el más fuerte, o sea, la humildad, y entre en el corazón del hombre, y venza el espíritu de soberbia, y elimine la ceguera de la mente, cinco ciudades en la tierra de Egipto, que antes hablaban la lengua egipcia, o sea, la concupiscencia de la carne, hablarán la lengua de Canaán, que se interpreta “cambiada”, porque de los vicios pasarán a las virtudes, de la soberbia a' la humildad. Entonces, en los ojos aparecerán la humildad y la sencillez; en la boca resonarán la verdad y la benignidad; de los oídos se quitarán la calumnia y la adulación; en las manos florecerán la pureza y la piedad; en los pies crecerá la madurez (de la experiencia).
Supliquemos, pues, hermanos queridísimos, a Jesucristo, que con su humildad derrotó la soberbia del diablo, para que nos conceda también a nosotros quebrantar con la humildad del corazón los cuernos de la soberbia y de la arrogancia, y mostrar siempre en los sentidos de nuestro cuerpo el ejemplo de humildad. Así mereceremos llegar un día hasta su gloria.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
17.‑ “Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares áridos en busca de reposo y, no hallándolo, dice: “Volveré a mi casa de donde salí”. Y, cuando llega, la halla barrida y adornada. Entonces va y toma a otros siete espíritus peores que él. Ellos entran y moran allí; y la condición final de aquel hombre llega a ser peor que la precedente” (Lc 11, 24‑26).
Dice el profeta Joel: “Como un jardín de delicias es la tierra delante de él; pero detrás de él la soledad del desierto” (2, 3).
La tierra, que deriva del verbo latino tero (pisotear, triturar), es figura de la mente del hombre, contrita por los pecados. Esta, mientras se halla en presencia de Dios, es como un jardín de delicias. ¿De dónde podrán venir a la mente del hombre un deleite y una alegría tan grandes, sino por hallarse delante de Aquel, con el cual y en el cual todo lo que existe, existe de veras; y sin el cual todo que parece existir, es nada; y sin el cual todo lo que abunda, es miseria? La mente del hombre está en presencia de El, cuando valora no tener ningún bien por sí misma, en sí misma y para sí misma, sino que todo lo atribuye a Aquel que es todo bien, sumo bien, y del que, como del centro, todas las líneas de la gracia arrancan, llegando directamente a la extrema circunferencia.
Esta tierra, mientras está delante de El, es de veras un jardín de delicias, porque en ella florecen la rosa de la caridad, la violeta de la humildad, la azucena de la castidad. De este jardín dice la esposa en el Cantar: “mi dilecto descendió a su jardín, al cantero de los aromas” (6, 1). El jardín del dilecto es la mente del penitente, en el cual se halla la era de los aromas. En latín areola es diminutivo de era y simboliza la humildad de la mente, la humildad que produce los aromas, o sea, las virtudes. A este jardín desciende y en esta era descansa el dilecto. El mismo dilecto dice en Isaías: “¿Hacia quién dirigiré la mirada sino al humilde y al pacífico, o sea, al pobre de espíritu y al que se estremece por mis palabras?” (66, 2). Con razón se dice: “Como un jardín de delicias es la tierra delante de él”.
“Y después de él la desolación del desierto”. Cuando la mente del hombre está delante del rostro de Dios, ya contemplando su bienaventuranza, ya saboreando su dulzura, entonces es de veras un jardín de delicias. Pero, cuando la desventurada mente no quiere estar delante de El, sino detrás de El, o sea, quiere mirar su dorso, entonces el jardín de delicias se transforma en la desolación del desierto. El dorso del Señor son las cosas de este mundo, de las que dice el Señor a Moisés en el Éxodo: “Tú verás mis espaldas; pero mi rostro no lo podrás ver” (33, 23). El que se deleita en estas cosas pasajeras y efímeras, ve sólo las espaldas del Señor y no su rostro. Dijo Agar en el Génesis: “vi las espaldas del que me miraba” (16, 13). Agar se interpreta “el que suscita fiesta” y simboliza el placer de los hombres carnales, que se exalta en las comilonas y en las orgías como en una fiesta. Este tal ve el dorso del Señor, porque se deleita en estas cosas visibles, que ve sólo con el cuerpo. Por esto dice Gregorio. “La mente de los hombres carnales no puede juzgar cosas buenas, sino las que ve materialmente”. Con razón se dice: “Y después de él, la desolación del desierto”.
En la desolación está simbolizada la esterilidad de la mente y en el desierto la malicia del diablo. El diablo torna desierta y estéril de toda obra buena a la mente en la cual habita. De esta manera se destaca claramente la concordancia entre el evangelio y lo que dice Joel. Cuando Joel dice que “la tierra delante de él es como un jardín de delicias”, concuerda con la primera expresión del evangelio: “Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre”. En cambio, cuando Joel añade: “La desolación del desierto”, concuerda con la segunda expresión: “Entonces va y toma consigo a siete espíritus peores que él”. Con razón, pues, se dice: “Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre”.
Y observa que en este evangelio se destacan cuatro puntos muy importantes: la salida del diablo, su tentación contra los justos, el tibio compromiso del alma negligente y el regreso del espíritu inmundo con otros siete espíritus. El primer punto: “Cuando un espíritu inmundo sale”; el segundo: “Merodea por lugares áridos”; el tercero: “Regresado, la halla barrida y adornada”; el cuarto: “Entonces va y toma siete espíritus”.
18.‑ Primero: “Cuando un espíritu inmundo sale”. observa que el diablo es llamado espíritu inmundo. Dice Gregorio: “Espíritu es nombre de la naturaleza, y Dios lo creó limpio, puro y bueno; pero, por la inmundicia de su soberbia, llegó a ser inmundo y decayó de la pureza de la gloria celestial; y como un puerco inmundo eligió como morada la inmundicia de los pecados y en ella descansa”. De él dice Job: “El duerme a la sombra, en la espesura del cañaveral, en lugares húmedos” (40, 16). En estas palabras son señalados tres vicios. En la sombra, que es fría y oscura, está indicada la soberbia, que expulsa el calor del amor divino y el esplendor de la verdadera luz. En la caña, que es agitada por el viento y es hermosa por fuera y vacía por dentro y cuyo fruto es sólo la pelusilla, está representado el avaro, que es por fuera agitado acá y allá por el viento de la codicia y se jacta de las cosas exteriores pero en su interior está privado de la gracia. Sus riquezas, amontonadas para su ruina, como la pelusilla, serán desparramadas por el torbellino de la muerte. En los lugares húmedos están representados los lujuriosos, que se revuelcan en el barro de la lujuria y de la gula. He ahí, en qué sitio duerme aquel puerco y descansa aquel espíritu inmundo, del cual se dice: “Cuando un espíritu inmundo sale del hombre”. El espíritu inmundo sale del hombre sólo cuando el hombre reconoce la inmundicia de su iniquidad.
Se lee en el segundo libro de las Crónicas que “los príncipes y los ejércitos del rey de los asirios capturaron a Manasés y, atado con cadenas y grillos, lo llevaron a Babilonia. Reducido a semejante suplicio, oró al Señor su Dios y se arrepintió profundamente delante del Dios de sus padres. Suplicó y conjuró a Dios con fervor. Y Dios escuchó su oración y lo hizo regresar a su reino en Jerusalén. Y Manasés reconoció que sólo el Señor es Dios” (33, 11‑13).
Manasés se interpreta “olvidado”, y es figura del pecador, que, cuando las cosas van bien, se olvida de Dios y de sus mandamientos. Dice el Génesis que el jefe de los coperos del faraón, acariciado por la prosperidad, se olvidó de su intérprete José (que había interpretado favorablemente su sueño). Nuestro intérprete es Jesucristo, que nos habla de la vida eterna, de la que nos olvidamos cuando nos sentimos alentados por la prosperidad de las cosas transitorias. Las cosas temporales hacen olvidar a Dios. Manases, o sea, el pecador, olvidando a Dios, es aprisionado, con el consentimiento de su mente, por los asirios, que se interpretan “dirigentes”, o sea, los demonios que, con el arco de la malicia, dirigen la flecha de la tentación contra el alma para matarla. Y así el pecador, atado con las cadenas y con los grillos de las malas costumbres, es deportado a Babilonia, o sea, a la confusión de la mente, cegada por el pecado.
Con todo, como la misericordia de Dios es más grande que cualquier malicia del pecador, éste debe hacer como hizo Manasés, del cual justamente se lee: “oró al Señor su Dios y se arrepintió profundamente; lo suplicó y lo conjuró con todas sus fuerzas”.
Así el pecador, a los cuatro males expuestos anteriormente, debe oponer las cuatro actuaciones siguientes: debe orar al Señor, para que lo saque de las manos de los demonios; debe hacer penitencia, para romper las ataduras del mal comportamiento; debe suplicar al Señor, para que quebrante los grillos de las malas costumbres; y en fin debe conjurarlo con todas sus fuerzas, para que lo libere de la confusión de su mente, cegada por el pecado.
Y Dios misericordioso, cuya misericordia no tiene límites, hará como se lee: “Escuchó la oración de Manasés, lo reportó a su reino en Jerusalén; y Manasés reconoció que sólo el Señor es Dios”. El Señor escucha la oración del pecador contrito y humillado y lo vuelve a llevar a su reino en Jerusalén. ¿Y qué es esta Jerusalén si no la infusión de la gracia, la remisión de los pecados y la reconciliación del pecador con Dios, en la cual se goza la visión de la paz” (Jerónimo) y en la cual reina “el que salió de la cárcel y de las cadenas para entrar en el reino?” (Ecle 4, 14).
Y con esto el pecador puede de veras reconocer que sólo el Señor es Dios, quien lo liberó e hizo salir de él al espíritu inmundo, como lo declara el evangelio: “cuando un espíritu inmundo sale del hombre”.
19.‑ Segundo: “Merodea por lugares áridos en busca de descanso”. El merodeo del diablo no es otra cosa sino su tentación. El mismo responde en Job: “Di unas vueltas por la tierra y la recorrí” (1, 7). El diablo, ante todo, da vuelta alrededor de la tierra, o sea, la mente del hombre, indagando con astucia a cuál vicio esté más propenso, y después la recorre para tentar a cada uno, según sus observaciones. “Merodea por lugares sin agua”. Los lugares sin agua, o sea, “áridos”, según Mateo (12, 43), son los santos, desecados de los humores de la gula y de la lujuria. Uno de ellos lo dice en el Salmo: “En tierra desierta, sin camino y sin agua; pero ahora me presento delante de ti en el santuario, para ver tu potencia y tu gloria” (62, 2‑3).
Observa aquí las tres virtudes, que santifican al hombre e iluminan la mente para que pueda contemplar a Dios. En la “tierra desierta” se indica la pobreza, en la tierra “sin camino” la castidad y “sin agua” la abstinencia. La tierra es el cuerpo o la mente del justo, que es como un jardín de delicias delante de Dios, al cual dice: “oh Dios, oh mi Dios, en la tierra, o sea, en mi cuerpo o en mi mente, desierta por la pobreza, sin camino por la castidad ‑o sea, sin ese camino, del cual habla Salomón: “La mujer impúdica es como estiércol por el camino” (Ecli 9, 10), e Isaías: “Diste tu cuerpo como tierra y como camino para los viandantes” (51, 23)‑, y sin agua, o sea, seca por la abstinencia de alimentos y de bebidas; as! en el santuario, o sea, en el comportamiento santo, me presenté a ti, para que tú, que estás sentado sobre los querubines, te manifestaras a mí”. Y después añade: “para ver” o sea, para poder contemplar, “tu potencia y tu gloria”, o sea, a Jesucristo, Hijo tuyo. De El dice el Apóstol: “El es potencia de Dios y sabiduría de Dios” (1Cor 1, 24).; y Salomón: “Gloria del padre es el hijo sabio” (Prov 13, 1). Este es el camino para llegar a contemplar la potencia y la gloria de Dios, El que no avanza por este camino, es como un ciego y como uno que camina palpando con la mano la pared.
Merodea por lugares sin agua”. El diablo tienta a los santos y a los justos. Job dice de él: “Tiene confianza de que el jordán afluya a su boca” (40, 18). Jordán se interpreta “humilde bajada” o también “arroyo del juicio”, y simboliza a los hombres santos que, si cometen algún pecado, llenos de rubor, se abajan en si mismos y se juzgan en el arroyo de la compunción y de la confesión. El diablo, pues, merodeando por lugares sin agua, tiene confianza que los tales afluyan a su boca. En ellos busca descanso. Pero ellos, como dice Job, “están preparados para despertar al Leviatán” (3, 8). Despiertan (echan) al Leviatán, o sea, al diablo, los que, negándole el consentimiento de la mente, no le permiten reposar en la morada de su corazón.
Los santos deben hacer como hacen las abejas que, como se dice, “se detienen para vigilar las aberturas de las colmenas y si, por casualidad, entra por aquellas aberturas un insecto extraño, no toleran que permanezca entre ellas, sino que lo persiguen hasta expulsarlo de la colmena” (Aristóteles).
Las abejas son así llamadas, porque se juntan entre sí con los pies, o porque nacen sin pies (abeja, apes, a privativo, sin; pes, pie). Simbolizan a los justos, que se unen entre ellos “con los pies”, o sea, con los sentimientos de la caridad, que les son concedidos no por la naturaleza sino por la gracia, según lo que dice el Apóstol: “Todos hemos nacido hijos de la ira” (Ef 2, 3). Su colmena es el cuerpo, cuyas aberturas son los cinco sentidos y, en sentido espiritual, los ojos, sobre los que deben vigilar con gran cuidado, para que no se infiltre algo extraño o algo diabólico. Y si, por casualidad, por esas aberturas entrara alguna sugestión del diablo o alguna complacencia carnal, de ninguna manera y por ninguna razón toleran que permanezcan con ellas, porque la dilación crea el peligro y, como dicen algunos, el pensamiento malo, morosamente retenido, es pecado mortal. Cuando la razón advierte que el pensamiento se dirige a cosas ¡lícitas y ella, en cuanto pueda, no lo aparta, incurre en un pensamiento malo secundado. En cambio, las “abejas” deben inmediatamente intervenir y con los aguijones de la oración y del arrepentimiento deben perseguir el mal pensamiento y expulsarlo de las colmenas de su cuerpo. Con razón se dice que los justos “están preparados para despertar y apartar al Leviatán”, para que en ellos no halle reposo.
20.‑ Tercero: “Y, no hallando reposo, dice: “Volveré a mi casa de donde salí”; pero, al llegar, la encuentra barrida y adornada”. Mateo dice: “La encuentra vacía, barrida y adornada”. (12, 44). Observa que hay una triple escoba: la contrición, la confesión y la satisfacción.
De la escoba de la contrición dice el Profeta: “Yo barro mi espíritu” (Salm 76, 7). Barre su espíritu el que con la escoba de la contrición elimina del rostro de su alma las inmundicias de los malos pensamientos y el polvo de la vanidad mundana.
De la escoba de la confesión y de la satisfacción, dice el Señor por boca de Isaías, cuando habla de Babilonia: “La barreré con la escoba de la destrucción, dice el Señor Dios de los ejércitos” (14, 23). El Señor barre a Babilonia, cuando purifica con la confesión al alma humillada por los pecados; y destruye con la escoba, cuando la aflige con los flagelos de la satisfacción. Con estas tres escobas se purifica la casa, o sea, el alma del hombre. De esta purificación dice el Señor en Isaías: “Lávense, purifíquense, quiten de mis ojos”, con la escoba de la contrición, “la maldad de sus pensamientos”; y, una vez purificados con la escoba de la contrición, “dejen de obrar inicuamente”; y, después de haberse castigado con la escoba de la satisfacción, “aprendan a obrar el bien” (1, 16‑17).
A veces, de las obras buenas suelen nacer una vana seguridad y hasta ociosidad, que son enemigas del alma; por eso añade: “Halló la casa vacía y adornada”. Declara el bienaventurado Bernardo: “El ocio es la sentina de todas las tentaciones y de todos los pensamientos malos e inútiles”. Se lee en el primer libro de los Reyes que “los amalecitas atacaron a Siceleg desde el sur, y la asolaron y le prendieron fuego; y se llevaron cautivos a las mujeres y a todos los que estaban allí, desde el menor hasta el mayor” (30, 1‑2). Los amalecitas se interpretan “lamiendo sangre”, y simbolizan a los demonios, que desean lamer y tragar la sangre de las almas, o sea, las lágrimas del arrepentimiento. Ellos “atacaron a Siceleg desde el sur”. Desde el sur sopla el austral, un viento tibio, del que dice Job: “Observen los senderos de Temán y los caminos de Sabá” (6, 19).
Temán se interpreta “austral tibio”, y simboliza una conducta de vida superficial y ociosa, sujeta a las tentaciones del diablo. Cuando el espíritu inmundo halla la casa vacía y entregada al ocio, entra allí. Por esto David, como se lee en el segundo libro de los Reyes, al permanecer en Jerusalén y al no ir a la guerra, se pudrió en el ocio y fue castigado con la caída (en el adulterio). Sabá se interpreta “red” o “prisionera”, y simboliza la atadura de la culpa que muy bien se acopla con la tibieza y la ociosidad. En efecto, el que no camina según normas severas sino con pasos apáticos y flojos y se embarca en actividades superficiales, se desvía de todo lo que respecta a Dios. Entonces Siceleg, que se interpreta “emisión de voz clara” y simboliza al alma que debe proclamar su pecado no balbuciendo sino hablando claramente, es atacada por los espíritus malignos desde el mediodía, o sea, desde la tibieza y la ociosidad de su vida y es quemada por el fuego de la iniquidad. Y todo lo que hay en ella de bien y de virtud, tanto de las cosas pequeñas como de las grandes, es capturado. justamente se dice: “La halla vacía y adornada”.
2 1.‑ Se lee en la Historia Natural que “las abejas pequeñas son las más laboriosas y tienen las alas sutiles, y son de color negruzco y casi quemado. En cambio, las abejas acicaladas pertenecen al número de las que no hacen nada”.
Las abejas pequeñas son los hombres penitentes y pequeños a sus ojos. Ellos son de gran laboriosidad y están siempre ocupados en alguna actividad, para que el diablo no encuentre su casa vacía y ociosa. Tienen las alas sutiles, que son el desprecio del mundo y el amor del reino celestial. Con esas dos alas se elevan de las cosas terrenales y se ciernen en el aire, contemplando con mayor intensidad la gloria de Dios.
Y estas abejas son de color negruzco y como quemado. Así habla el alma del penitente en el Cantar: “Morena soy pero hermosa, hijas de Jerusalén, como las tiendas de Cedar, como las cortinas de Salomón. No reparen en que soy morena, porque el sol me destiñó” (1, 4‑5). oh hijas de Jerusalén ‑o sea, coros de ángeles o almas fieles‑, soy morena exteriormente por la ceniza y el cilicio, por los ayunos y las vigilias, pero interiormente soy hermosa por la pureza de la mente y la integridad de la fe.
“Soy morena como las tiendas de Cedar”, que se interpreta “tristeza”. Vivo en tiendas que se trasladan de un lugar a otro. De ellas salen los soldados para pelear, pero también son atacados. “Aquí, abajo, no tengo una ciudad estable, sino que busco la futura” (Hb 13, 14). Yo combato, pero también se me ataca. En todo esto no tengo sino tristeza y sufrimiento. Pero “soy hermosa como las cortinas de Salomón”, que eran de seda azul y de púrpura. En las cortinas de seda azul están indicadas la pureza de la mente y la contemplación de la gloria celestial; en las cortinas de púrpura están indicadas la integridad de la fe y la aspereza del martirio y del sufrimiento.
“No reparen en que soy morena, porque me destiñó el sol”. El sol, cuando pasa por algún eclipse, viene a faltar y destiñe todas las cosas. Así el verdadero sol Jesucristo, “que conoce su ocaso” (Salm 103, 19), padeciendo en la cruz el eclipse de la muerte, debe desteñir todos los colores, todas las vanidades, todas las glorias y todos los honores falsos.
Dice el alma del penitente: “Soy morena y negruzca, porque me destiñó el sol”. Cuando con el ojo de la fe contemplo a mi Dios, a mi esposo, a mi Jesús, colgado en la cruz, crucificado con clavos, abrevado con hiel y vinagre y coronado con una corona de espinas, toda dignidad, toda gloria, todo honor, toda magnificencia transitoria se me transforman en escualidez; y yo todo lo considero como nada. Estas son las abejas pequeñas, negruzcas y quemadas.
En cambio, las abejas variopintas simbolizan a los religiosos tibios y fatuos, que se pavonean de la suntuosidad de su vestido, ostentan las “filacterias” (flecos o talismanes) de su vida y ensalzan el cendal de su santidad. Su casa está adornada exteriormente, pero interiormente está llena de inmundicia y de huesos de muertos. Entonces les sucede lo que sigue: “Entonces va y toma consigo siete espíritus...”
22.‑ Y llegamos al cuarto punto. observa que estos siete espíritus son aquellas siete vacas, de las que en la historia de José se dice que “eran deformes, consumidas por la flaqueza y que devoraron a las otras siete que eran dignas de admiración por su belleza y por su corpulencia”. Asimismo, estos siete espíritus son “las siete espigas, afectadas por el añublo, que devoraron a las otras siete espigas, bien cargadas y lozanas. Y son los siete años de absoluta carestía, cuya duración consumió la abundancia de los siete años precedentes (Gen 41, 1‑7).
Las siete vacas lindas y gordas, y las siete espigas cargadas y lozanas y los siete años de gran abundancia simbolizan los siete dones del Espíritu Santo, señalados por Isaías: “Reposará sobre él el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, y lo colmó el espíritu del temor del Señor” (11, 2‑3).
Estos dones son llamados “vacas lindas y gordas” a motivo de la honestidad de las costumbres y de la fecundidad de las virtudes, que ellos infunden en aquel en quien descansan. Y son llamados también “espigas cuajadas y lozanas” por la plenitud de la fe de Jesucristo, que fue “grano de trigo”, y por la plenitud del doble amor de Dios y del prójimo.
Estos siete dones del Espíritu son llamados también siete años de “gran fertilidad”, porque “en los siete años de nuestra peregrinación” (o sea, de nuestra vida), con la gracia de los siete dones, el Espíritu hace rebosar de gran fecundidad espiritual la mente, en la que se posan.
Con todo, ¡ay de mí! ¡Ay de mí! Las siete vacas deformes y escuálidas, las siete espigas afectadas por el añublo, los siete años de gran carestía, los siete espíritus peores que el primer espíritu inmundo entran en la casa vacía y limpia y devoran los siete dones del Espíritu; y así la condición final de aquel hombre se torna peor que antes. Y justamente son llamados peores, por los efectos que producen, porque hacen al hombre peor de lo que era.
Y observa que estos siete espíritus peores son llamados “vacas deformes y escuálidas”, porque deforman la imagen y semejanza con Dios y deterioran la caridad, que es la riqueza del alma. Son llamados ,espigas afectadas por el añublo”, que es hedor de cosa quemada, por el hedor de los pecados mortales. Y en fin son llamados “años de absoluta carestía” a motivo de la total carencia de obras buenas, que aportan a esa alma desventurada todos los males, y la tienen en una espantosa esclavitud. Con razón se dice: “La condición final de ese hombre se torna peor que antes”.
Te rogamos, pues, Señor Jesús, que por la potencia de tu gracia alejes del corazón de los fieles al espíritu inmundo, y los vuelvas secos y sin agua, hagas que su conciencia sea pura y fervorosa en tu santo servicio y la colmes con la gracia de los siete dones del Espíritu.
Se digne concedernos estos favores aquel Señor Jesús, al que pertenecen el honor y la gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ En aquel tiempo: una mujer de entre la multitud levantó la voz y dijo: “¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que mamaste!” (Lc 11,27).
En el Cantar de los Cantares el esposo dice a la esposa: “Resuene tu voz en mis oídos, porque tu voz es suave” (2, 14). La voz suave es la alabanza ‑a la Virgen gloriosa, que resuena dulcísima a los oídos del esposo, o sea, de Jesucristo, Hijo de la misma Virgen.
Pues bien, cada uno en particular y todos juntos levantemos la voz en alabanza de la Virgen María, y digamos a su Hijo: “¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que mamaste!”.
2.‑ “Bienaventurado” quiere decir “bien afortunado”. Bienaventurado es aquel que tiene todo lo que quiere y no quiere nada malo. Bienaventurado es aquel que consigue todo lo que desea. Bienaventurado, pues, es el vientre de la gloriosa Virgen que por nueve meses mereció llevar todo el Bien, el sumo Bien, la Bienaventuranza de los ángeles y la Reconciliación de los pecadores.
Dice san Agustín: “Según la carne, fuimos reconciliados sólo por medio del Hijo; pero, según la divinidad, no fuimos reconciliados con el solo Hijo. Es la Trinidad que nos reconcilió consigo misma, porque ella misma hizo que tomara carne el solo Hijo”. Bienaventurado es, pues, el vientre de la gloriosa Virgen, de la que siempre san Agustín, en su tratado De la Naturaleza y de la Gracia, dice: “Cuando se trata de los pecados, no quiero ni nombrar a la Virgen María por el honor que se le debe al Hijo, Sabemos bien que, para vencer el pecado en todas sus manifestaciones, le fue dada una gracia mayor a aquella que mereció concebir y dar a luz a aquel del que consta no haber tenido pecado. Y si pudiéramos juntar a todos los santos y santas y les preguntáramos si tuvieron algún pecado, a excepción de la santa Virgen María, todos nos responderían con las palabras de Juan: “Si dijésemos que no hemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y no habría en nosotros la verdad” (1Jn 1, 8). “La Virgen gloriosa fue prevenida y colmada de una gracia singular, para poder tener como fruto de su vientre a aquel que desde el principio ella tuvo como Señor del universo” (Pedro lombardo).
3.‑ ¡Bienaventurado, pues, el vientre, del que en alabanza de su Madre el Hijo dice en el Cantar de los Cantares: “Tu vientre es un cúmulo de trigo, rodeado de azucenas!” (7,2) El vientre de la Virgen gloriosa fue como un cúmulo de trigo: cúmulo, porque en él se acumularon todas las prerrogativas de méritos y de premios; de trigo, porque en él, como en un granero, por obra del verdadero José, fue colocado el trigo, para que no muriera de hambre todo Egipto.
El trigo, que se conserva en un granero muy limpio, se dice en latín tríticum, porque su grano es triturado y molido; es blanco por dentro y rubio por fuera, y es figura de Jesucristo, que, escondido por nueve meses en el granero del vientre purísimo de la gloriosa Virgen, fue triturado por nosotros en el molino de la cruz; fue cándido por la inocencia de la vida y rubicundo por la efusión de la sangre.
Ese vientre bienaventurado fue rodeado de azucenas. La azucena, blanca como la leche, simboliza por su candor la virginidad de Maria. Su vientre fue circunvalado, o sea, protegido por el valle de la humildad, y rodeado de azucenas por su doble virginidad, la del espíritu y la del cuerpo. Agustín lo proclama: “El unigénito de Dios, en la concepción, asumió verdadera carne de la Virgen, y en el nacimiento conservó en la Madre la integridad virginal”.
¡Bienaventurado, pues, el vientre que te llevó!
Fue de veras un vientre bienaventurado, porque te llevó a ti, oh Dios e Hijo de Dios, Señor de los ángeles, Creador del cielo y de la tierra y Redentor del mundo. La hija llevó al Padre, la Virgen pobrecilla llevó al Hijo. Oh querubines y serafines, oh ángeles y arcángeles, en humilde actitud, con la cabeza inclinada, con reverencia, adoren el templo del Hijo de Dios, sagrario del Espíritu Santo, el bienaventurado vientre circunvalado de azucenas, y aclamen: “¡Bienaventurado el vientre que te llevó!”. oh hombres, hijos de Adán, a los que están concedida esta gracia y esta prerrogativa, con fe y devoción, con mente compungida, postrados en tierra, adoren el trono del verdadero Salomón, trono de marfil, excelso y sublime, y proclamen: “¡Bienaventurado el vientre que te llevó!
4.‑ “Y los pechos que mamaste”. De ellos canta Salomón: “Cierva amable y cervatillo gracioso: sus ubres te embriaguen siempre y gózate siempre en su amor” ( Prov 5, 19).
La Historia Natural nos dice que la cierva pare en un camino frecuentado, sabiendo que el lobo evita el camino frecuentado a causa de la presencia del hombre. La cierva amable simboliza a María, que en el camino frecuentado, o sea, en el establo, dio a luz a su pequeño Hijo, gracioso cervatillo, que nos fue dado en gracia y en el tiempo oportuno.
Sigue Lucas: “Dio a luz a su hijo primogénito y lo envolvió en pañales” para que nosotros recibiéramos la estola de la inmortalidad, “y lo acostó en el pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue” (2, 7). Y añade la Glosa: “No halló lugar en el albergue, para que nosotros tuviéramos muchas mansiones en el cielo”.
Los pechos de esta cierva, amabilísima para todo el mundo, te embriaguen en todo tiempo, oh cristiano, para que, olvidando, como ebrio, todas las cosas temporales, te despliegues hacia las cosas futuras. Pero es muy sorprendente el verbo: “te embriaguen”, porque de los pechos no brota el vino que embriaga, sino la sabrosísima leche. Escucha cómo el esposo, su Hijo, la alaba en el Cantar: “ ¡Qué hermosa y qué graciosa eres, oh amor, hija de delicias! Tu talla se asemeja a la palmera y tus pechos a los racimos” (7, 6‑7). ¡Qué hermosa eres en el alma, qué graciosa en el cuerpo, madre mía, esposa mía, cierva amable, en las delicias, o sea, en los premios de la vida eterna!.
5.‑ “Tu talla se asemeja a la palmera”. observa que la palmera, en la parte baja y en la corteza, es áspera; en cambio, en lo alto, es hermosa a la vista y cargada de frutos; y, como afirma Isidoro, produce frutos sólo cuando es centenaria. Así la vida de la Virgen María fue dura y áspera a causa de la corteza de la pobreza; pero ahora es hermosa y gloriosa en el cielo, porque es la reina de los ángeles. Ella mereció el fruto centuplicado que se da a las vírgenes, porque ella es la Virgen de las vírgenes y la Virgen sobre todos. Con razón podemos ensalzarla: “Tu talla se asemeja a la palmera y tus pechos a los racimos”.
El racimo es un género de fruto que reúne muchos granos en unidad, como los racimos de la uva, producidos por la vid.
En la historia de José, el hebreo, dice el copero del rey: “Yo soñaba que veía delante de mí una vid con tres sarmientos que crecía poco a poco, echaba yemas, después las flores y la uva que maduraba” (Gen 40, 9‑10). Esta expresión contiene siete cosas dignas de nota: la vida, los tres sarmientos, las yemas, las flores y la uva. Vamos a ver cómo estas cosas convengan excelentemente a la Virgen María.
La vid, llamada así por su fuerza (en latín, vís) en echar pronto raíces o porque se enlaza con las otras vides, es la Virgen María que, desde el principio, se arraigó más profundamente que todos en el amor de Dios, y se enlazó inseparablemente con la vid verdadera, o sea, con su Hijo, que dijo: “Yo soy la vid verdadera” (Jn 15, 1). Y en el Eclesiástico María dijo de sí misma: “Yo, como la vid, produje frutos de suave perfume” (24, 23).
El parto de la bienaventurada Virgen no tiene semejanza con ninguna otra mujer, pero tiene semejanzas en la naturaleza. ¿Preguntas cómo la virgen engendró al Salvador? Como la flor de la vid produce el perfume. Tú hallarás que la flor de la vid, al emanar su perfume, permanece incorrupta; de manera semejante debes creer que el candor de la Virgen se conservó inviolado, después que engendró al Salvador. ¿Qué otra cosa es la flor de la virginidad sino la suavidad de su perfume?
Los tres sarmientos de esta vid fueron el saludo del ángel, la intervención del Espíritu Santo y la inefable concepción del Hijo de Dios. Producida por estos tres sarmientos, la familia de los fieles se ensancha diariamente por todo el mundo y se multiplica por medio de la fe. Las yemas de la vid son la humildad y la virginidad de María; las flores son la fecundidad sin corrupción y el parto sin dolor; los tres racimos de uva son la pobreza, la paciencia y la templanza de la Virgen. Estas son las uvas maduras, de las que fluye el vino perfecto y aromático, que embriaga; pero, aun embriagando, hace sobrias las mentes de los fieles. Con razón, pues, se dice: “Las delicias de sus pechos te embriaguen en todo momento y en su amor deléitate continuamente”. Así, con ese amor, podrás despreciar los falsos placeres del mundo y reprimir la concupiscencia de tu carne.
6.‑ Refúgiate junto a ella, oh pecador, porque ella es la ciudad del refugio. Como en el pasado el Señor, como se lee en el libro de los Números, “estableció las ciudades de refugio”, en las que se refugiasen los que involuntariamente hubiesen cometido un homicidio (35, 11‑14); así ahora la misericordia del Señor nos dio el nombre de María como refugio de misericordia, también para los que mataron voluntariamente.
Una torre inexpugnable es el nombre de María, para que junto a ella se refugie el pecador y sea salvado. ¡Nombre dulce, nombre que reconforta al pecador y nombre de dichosa esperanza! “Señora, ¡tu nombre es el suspiro del alma!” (Is 26, 8). Y el nombre de la virgen era María. “Tú nombre es perfume fragante” (Cant 1, 2). “El nombre de María es júbilo para el corazón, miel para la boca, melodía para el oído” (Bernardo). De manera excelente, pues, se proclama en alabanza de la Virgen: “¡Bienaventurado el vientre que te nevó y los pechos que mamaste!”.
Observa que del latín sugere, mamar, viene sumendo agere, obrar mamando. Cristo, mientras mamaba la leche, obraba nuestra salvación. Nuestra salvación fue su pasión. Sufrió la pasión en el cuerpo, que había sido alimentado con la leche de la Virgen. Por eso se dice en el Cantar: “Bebí mi vino con mi leche” (5, 1).
Señor Jesús, ¿por qué no dijiste: “Bebí el vinagre con mi leche?”. Fuiste amamantado por los pechos virginales y fuiste abrevado con hiel y vinagre. La dulzura de la leche se cambió en la amargura de la hiel, para que esa amargura nos procurara la dulzura eterna. Mamó de los pechos aquel que en el monte Calvario quiso que la lanza traspasara su pecho, para que los pequeños, en lugar de la leche, mamaran la sangre, como se lee en Job: “Los polluelos del águila maman la sangre” (39, 30).
7.‑ Sigue el evangelio: “Y Jesús les respondió: “¡Bienaventurados, más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la practican!” (Lc 11, 28). Como si dijese que María no sólo era digna de alabanza porque llevó en el vientre al Hijo de Dios, sino que también fue dichosa porque en su obrar observó los mandamientos de Dios.
Te rogamos, pues, nuestra Señora y nuestra esperanza. Tú que eres la estrella del mar, brilla sobre nosotros que andamos sacudidos por las tempestades del mar de este mundo y guíanos al puerto. En el momento de nuestro “tránsito”, defiéndenos con tu presencia consoladora, para que, sin temor, podamos salir de la cárcel y merezcamos llegar felizmente al gozo infinito.
Nos lo conceda aquel Jesús, a quien llevaste en tu vientre bendito y amamantaste con tus pechos sagrados. A El sean el honor y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ “Con cinco panes y dos pescados el Señor sació a cinco mil hombres” (Jn 6, 1‑15). Salomón así habla a los predicadores: “Echa tu pan sobre las aguas fluentes y después de muchos días lo hallarás” (Ecle 11, 1). Las aguas fluentes son los pueblos que corren hacia la muerte. Por eso dice la mujer de Tekoa: “Todos nos derramamos como agua” (2 R 14, 14).
Dice Isaías: “Este pueblo desechó las aguas de Siloé, que corren mansamente, y prefirió a Rezín y al hijo de Romelías, Facee” (8, 6). Siloé se interpreta “enviado”. Las aguas, pues, de Siloé simbolizan la doctrina de Jesucristo, que es el enviado del Padre. Desechan esta agua los que se pierden en deseos terrenales y prefieren a Rezín, o sea, el espíritu de la soberbia, y a Facee, o sea, la inmundicia de la lujuria; y por eso se precipitarán como agua en lo profundo de la gehena.
Por eso, oh predicador, echa tu pan, el pan de la predicación sobre las aguas que fluyen; ese pan, del que el evangelio dice: “No de solo pan vive el hombre” (Mt 4, 4); e Isaías: “A él, o sea, al justo, se le dio el pan” (33, 16). Y “después de mucho tiempo”, o sea, en el día del juicio, “lo hallarás”, o sea, hallarás la recompensa por él
En el nombre del Señor echaré el pan sobre las aguas, confiando a su caridad un breve sermón sobre los cinco panes y los dos pescados
Los cinco panes son los cinco libros de Moisés, en los que se hallan los cinco alimentos del alma. El primer pan es la reprobación del pecado mediante la contrición; el segundo, la manifestación del pecado en la confesión; el tercero, el desprecio y la humillación de sí mismo en la satisfacción; el cuarto, el celo por las almas en la predicación; y el quinto, la dulzura en la contemplación de la patria celestial.
Sobre el primer pan leemos en el primer libro de Moisés, el Génesis: “Judá envió un cabrito a Tamar por medio de un muchacho de Adulam” (38, 20). Judá se interpreta “el que se confiesa”, y simboliza al penitente, que debe enviar un cabrito, o sea, la reprobación del pecado, a Tamar, que se interpreta amarga”, “transformada” y “palmera”. Esta es el alma penitente; y en la triple interpretación del nombre está indicado el triple estado de los penitentes: “amarga” se refiere al estado de los incipientes, “transformada” al estado de los proficientes, y “palmera” al estado de los perfectos.
Adulam se interpreta “testimonio con agua”, y simboliza la compunción de las lágrimas, con las que el penitente declara reprobar el pecado y no cometerlo más en adelante. Y con esta Tamar, como dice Mateo, “Judá puede engendrar a Fares y a Zará” (1, 3). Fares se interpreta “división” y Zará “oriente”. Ante todo, el penitente debe desprenderse del pecado y después dirigirse al oriente, o sea, a la luz de las buenas obras. Dice el Profeta: “Aléjate del mal”: he ahí a Fares; y “obra el bien”: he ahí a Zará (Salm 36, 27).
Sobre el segundo pan leemos en el segundo libro de Moisés, el Éxodo, que Moisés, “después de haber matado al egipcio, lo escondió en la arena” (2, 12). Moisés se interpreta “el acuático”, y simboliza al penitente, casi disuelto en las aguas del arrepentimiento. Este debe herir al egipcio, o sea, al pecado mortal, a través de la contrición, y esconderlo en la arena de la confesión. Dice Agustín: “Si tú descubres, Dios cubre; y si tú cubres, Dios descubre”. Esconde al egipcio el que descubre su pecado; lo esconde a Dios y lo manifiesta al sacerdote. Se dice en el Génesis que Raquel escondió los ídolos de Labán. Raquel se interpreta “oveja”, y simboliza al alma penitente que debe esconder los ídolos de Labán, o sea, los pecados mortales, instigados por el diablo. Dice el profeta: “¡Bienaventurados aquellos, cuyos pecados fueron cubiertos”, o sea, perdonados!” (Salm 3 11).
Sobre el tercer pan leemos en el tercer libro de Moisés, el Levítico, en el que se manda a los sacerdotes “echar el buche y las plumas en el lugar de las cenizas, hacia el oriente” (1, 16). En el buche están indicados el ardor y la sed de la avaricia, de la que dice Job: “La sed se enardecerá en contra de él”, o sea, del avaro (18, 9). En las plumas está simbolizada la vacuidad de la soberbia. “Las plumas del avestruz, o sea, del hipócrita, se asemejan a las plumas de la cigüeña y del gavilán” (Job 39, 13), o sea, del hombre contemplativo. Pero esas plumas hay que echarlas en el lugar de las cenizas, cuando con corazón compungido consideramos la palabra de la primera maldición: “Eres ceniza y ceniza volverás” (Gen 3, 1 g). El lado oriental es la vida eterna, de la que hemos decaído por la culpa de los primeros padres. El penitente, pues, se humilla a través de las obras de penitencia y arroja lejos de sí el buche de la avaricia y las plumas de la soberbia, cuando llama a la memoria la sentencia de la primera maldición y cada día llora por haber sido rechazado de la mirada de los ojos de Dios.
Sobre el cuarto pan leemos en el cuarto libro de Moisés, los Números, que “Finees aferró un puñal y lo hundió en las partes genitales de los dos fornicadores” (25, 7‑8). Finees es figura del predicador que aferra un puñal, o sea, la palabra de la predicación, y debe herir a los fornicadores en las partes genitales, para que, después de haber desnudado y casi echado en cara su deshonestidad, se avergüencen de la infamia cometida. Dice el Señor por boca del Profeta: “Descubriré a tus ojos tus vergüenzas” (Na 3, 5). Y David: “Llena de vergüenza sus rostros” (Salm 82, 17).
Y, en fin, sobre el quinto pan leemos en el quinto libro de Moisés, el Deuteronomio, que “Moisés de las llanuras de Moab subió al monte Abarim, y allí murió en presencia de Dios” (34, 1‑5). Moisés, o sea, el penitente, de la llanura de Moab, que se interpreta “del padre”, o sea, de la conducta de los hombres carnales que tienen por padre al diablo, debe subir al monte Abarim, que se interpreta “pasaje”, o sea, a la sublimidad de la contemplación, “para pasar de este mundo al Padre” (Jn 13, 1).
Estos, pues, son los cinco panes, de los que se habla en el evangelio de hoy: “Con cinco panes y dos pescados”.
3.‑ Los cinco panes son también los cinco codos ( de altura) del árbol de la mirra, de la que habla Solino: “En Arabia hay un árbol, llamado mirra, que se eleva cinco codos desde el suelo”. Arabia se interpreta “sagrada”, y simboliza a la santa iglesia, en la cual se halla la mirra de la penitencia, que eleva al hombre por encima de las cosas terrenas, de cinco codos, que son los cinco panes evangélicos. Ellos son también los cinco hermanos de Judá, nombrados por Jacob en el Génesis: “oh Judá, te alabarán tus hermanos, que son Rubén, Simeón, Levisacar y Zabulón” (49, 8). He aquí el significado de sus nombres: Ruben, el vidente; Simeón, el oyente; Leví, el añadido; Isacar, la merced; y Zabulón, la morada de la fortaleza.
Pues bien, Judá debe tener a su hermano, Rubén, para ver en la contrición con sus siete ojos, de los que dice Zacarías: “En una piedra”, o sea, en el penitente, que debe ser piedra por la constancia y uno por la unidad de la fe, “había siete ojos” (3, 9). Con el primer ojo debe ver su pasado, para llorarlo; con el segundo, su futuro, para vigilar; con el tercero, la prosperidad, para no exaltarse; con el cuarto, las adversidades, para no deprimirse; con el quinto, las cosas de arriba, para saborearlas; con el sexto, las cosas de aquí abajo, para desazonarse; con el séptimo, las cosas interiores, para complacerse en el Señor.
Judá debe tener al segundo hermano, Simeón, en la confesión, para que el Señor escuche su voz, como señala Moisés en el Deuteronomio: “Escucha, Señor, la voz de Judá” (33, 7); y el Cantar de los Cantares: “Resuene tu voz en mis oídos, porque tu voz es dulce” (2, 14).
A estos dos hermanos, o sea, a la contrición y a la confesión, se añade el tercero, Leví, con la satisfacción, “para que la medida de la pena corresponda a la medida de la culpa” (Glosa): “Hagan frutos dignos de penitencia” (Lc 3, 8 En el Sinaí, que se interpreta “medida”, fue dada la ley. La ley de la gracia se la da a aquel cuya penitencia está proporcionada a la culpa.
Judá tenga también al cuarto hermano, Isacar, para que, con su ferviente celo por la salvación de las almas, reciba el premio de la bienaventuranza eterna. En cambio, el tronco que ocupa inútilmente la tierra y el necio mundano que quita espacio a la iglesia, no recibirá el premio de la vida eterna, sino la acerbidad de la muerte eterna.
Además, por favor, Judá tenga al quinto hermano, Zabulón, para que, morando en el lugar de la contemplación con Jacob, su padre, que era hombre tranquilo (Gen 25, 27), merezca experimentar el gusto de la dulzura celestial.
Estos son los cinco panes, de los que habla el evangelio de hoy: “Con cinco panes y dos pescados”.
4.‑ Los dos pescados son la inteligencia y la memoria, que deben dar sabor a los cinco libros de Moisés, para que comprendas lo que lees y, comprendiéndolo, lo repongas en el tesoro de la memoria.
O también: los dos pescados, que son extraídos de las profundidades del mar para la mesa del rey, simbolizan también a Moisés y a Pedro: Moisés, llamado así del agua, de la que fue salvado; y el pescador Pedro, elevado al apostolado. Al primero fue confiada la sinagoga, al segundo la iglesia. Ellas están simbolizadas en Sara y Agar, de las que se lee en la epístola de hoy” Abraham tuvo dos hijos, uno de Agar y otro de Sara. La sierva Agar, que se interpreta “solemne”, simboliza a la sinagoga que se gloriaba de las observancias de la ley, como de grandes solemnidades. Sara, que se interpreta “brasa”, simboliza a la santa Iglesia, inflamada en el día de Pentecostés por el fuego del Espíritu Santo. El hijo de la primera, o sea, el pueblo de los judíos, combate contra el hijo de Sara, o sea, contra el pueblo de los creyentes.
o en otro sentido. Sara, que se interpreta “princesa”, es la parte superior de la razón, que debe mandar, como dueña, a la criada, o sea, a la sensualidad, simbolizada en Agar, que se interpreta también “buitre”. La sensualidad, como el buitre, busca los cadáveres de los deseos carnales. El hijo de Agar, o sea, el impulso carnal, persigue al hijo de Sara, o sea, el dictamen de la razón. justamente es lo que dice el Apóstol: “La carne tiene deseos contrarios al espíritu y el espíritu deseos contrarios a la carne” (Gal 5, 17), para echarla junto con el hijo. Está escrito: “Echa a la esclava y a su hijo” (Gal 4, 30).
La carne, abultada de bienes naturales y rica en cosas temporales, se levanta contra la dueña; y así sucede lo que dice Salomón: “Por tres cosas se alborota la tierra y la cuarta no puede sufrir: por el esclavo que se torna rey; por el necio cuando está harto de alimentos; por la mujer odiosa, cuando se casa; y por la esclava, cuando llega a heredar a su dueña” (Prov 30, 21‑23). El esclavo que reina es el cuerpo recalcitrante. El necio, ahíto de alimentos, es el ánimo embriagado de placeres. La mujer odiosa es la actividad pecaminosa, que es como llevada en matrimonio, cuando el pecador cae en las cadenas de las malas costumbres. Y así la esclava Agar, o sea, la sensualidad, llega a ser heredera de su dueña, o sea, de la razón. Pero, para socavar tan desgraciado dominio, “con cinco panes y dos pescados el Señor sació a cinco mil hombres”.
5.‑ Todo esto concuerda con el introito de la misa: “Alégrate, Jerusalén, y celebren una asamblea, ustedes todos que la aman” (ls 66, 10‑11). Observa que, en relación al número de cinco mil hombres, también las asambleas son cinco. La primera fue celebrada en el cielo, la segunda en el paraíso terrenal, la tercera en el monte de los olivos, la cuarta en Jerusalén y la quinta en Corinto.
En la primera asamblea nació la discordia. El primer ángel, antes blanco y después vuelto a ser monje negro, porque antes era Lucifer o Luzbel y después “tenebrífero”, sembró la cizaña de la discordia en las filas de sus hermanos. Mientras estaba en el coro de la concordia comenzó a cantar la antífona de la soberbia, pero no desde los rangos inferiores sino desde los superiores: “Subiré al cielo hasta la altitud del Padre, y seré igual al Altísimo” (Is 14, 13», o sea, al Hijo. Y mientras cantaba tan fuerte, se le hincharon las venas del corazón y precipitó irreparablemente. ¡Ni el firmamento pudo sostener su soberbia!
En la segunda asamblea del paraíso terrenal nació la desobediencia, por la cual nuestros primeros padres fueron arrojados a la miseria de este exilio.
En la tercera asamblea del monte de los Olivos nació la simonía, que consiste en comprar o vender cosas espirituales o relacionadas con lo espiritual. ¿Puede haber algo más espiritual y más santo que Cristo? Y nosotros creemos que judas, vendiendo a Cristo, haya incurrido en el pecado de simonía y que, colgado de una cuerda, reventó. Así todo simoníaco, si no restituye y no hace verdadera penitencia, ahorcado en el lazo de la condenación eterna, reventará por la mitad.
En la cuarta asamblea, en Jerusalén, desfalleció la pobreza, cuando Ananías y Safira vendieron un campo y, mintiendo al Espíritu Santo, sustrajeron para sí una parte de las ganancias, y por esto inmediatamente sufrieron la sentencia de un manifiesto castigo (Hech 5, 1‑10). Asimismo, los que renuncian a los propios bienes y se signan con el sello de la santa pobreza, si quisieren edificar de nuevo a la destruida Jericó, sufrirán eternamente los rayos de la maldición.
En la quinta asamblea, en Corinto, faltó la castidad, como se lee en la epístola a los corintios. Pablo no vaciló en lanzar la sentencia de excomunión, para la ruina de su carne, contra aquel fornicador que convivía con la mujer de su padre 1Cor 5, 1‑5).
Presten atención ustedes, que son miembros de la Iglesia y ciudadanos de la Jerusalén celestial. Hagan ustedes también cinco asambleas, desterrando la cizaña de la discordia, el frenesí de la desobediencia, la codicia de la simonía, la lepra de la avaricia, la impureza de la lujuria, para que merezcan ser contados ustedes también entre los cinco mil hombres, saciados con los cinco panes y los dos pescados, logrando la perfección, indicada por el número mil.
Nos lo conceda aquel que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
1. ‑ “¿Quién de ustedes me redarguye de pecado! Si digo la verdad, ¿por qué no me creen?” (Jn 8, 46).
A los predicadores les dice Jeremías: “Tomen buen ánimo, hijos de Benjamín, en medio de Jerusalén; y toquen bocina en Tekoa, y en Bet‑Aquérem icen el estandarte” (6, 1).
Tomen buen ánimo y no teman, oh predicadores, hijos de Benjamín, hijos de la derecha, o sea, de la vida eterna, de la que se dice: “Larga vida en su mano derecha” (Prov 3, 16).Tomen buen ánimo, les digo, en medio de Jerusalén, o sea, en medio de la iglesia militante, en la que hay una visión de paz, o sea, la reconciliación del pecador. Y con razón dice “en medio”. El centro de la iglesia es la caridad, que se extiende al amigo y al enemigo; y el predicador debe exhortar a los fieles de la iglesia a conservar este centro ( de la caridad). “Y en Tekoa”, o sea, entre los que cuando hacen algo, tocan la trompeta delante de si como los hipócritas, y “que se complacen de sí mismos en medio de la multitud de naciones”, como se lee en el libro de la Sabiduría (6, 3), hagan resonar la bocina de la predicación, para que, al oírla, digan: “¡Ay de nosotros, oh Señor, porque hemos pecado!” (Lm 5, 16). Y en Bet‑Aquérem, o sea, en una casa estéril, en la casa de los que están privados de la linfa de la gracia y son estériles de buenas obras ‑su tierra, o sea, su mente, no recibe ni una gota de sangre que brota del cuerpo de Cristo‑, icen el estandarte de la cruz; prediquen la pasión del Hijo de Dios, porque es el tiempo de la pasión; y anúncienla a los muertos, para que resuciten en la muerte de Jesucristo. ¿Quién hoy, con las palabras del evangelio, amonesta a las turbas de los judíos: “¿Quién de ustedes me redarguye de pecado?”.
2.‑ Observa que en este evangelio se destacan siete características. Primero: la inocencia de Cristo, que dice: “¿Quién de ustedes me redarguye de pecado?”. Segundo: la amorosa docilidad a su palabra, cuando dice: “El que es de Dios, escucha las palabras de Dios”. Tercero: la blasfemia de los judíos:
¿No decimos bien nosotros, que tú eres un samaritano y estás endemoniado?”. Cuarto: la gloria de la vida eterna para quien guarda su palabra: “En verdad, en verdad les digo: “El que guarda mi palabra, no saboreará la muerte jamás”. Quinto: la glorificación del Padre: “Es mi Padre el que me glorificará”. Sexto: júbilo de Abraham: “Abraham, su padre, gozó al ver mi día”. Séptimo: el intento de lapidación de parte de los judíos y ocultamiento de Jesucristo: “Aferraron piedras, para lanzarlas contra El”.
Observa también que en este domingo y en el siguiente se lee a Jeremías y se canta el responsorio: “Estos son los días, que ustedes festejarán a su tiempo” (Lv 23, 4), junto con los demás, en los cuales se omite el “Gloria al Padre”.
3.‑ El Cordero inocente, que tomó sobre sí los pecados del mundo (Jn 1, 29), “que no cometió pecado ni se halló engaño en su boca” (1 Pe 2, 22), “que asumió el pecado de muchos y oró por los transgresores” (ls 53, 12), con razón puede decir: “¿Quién de ustedes me podrá acusar o redargüir de pecado?”. Por cierto, ninguno. ¿Quién se atreverá a acusar de pecado a aquel que vino a perdonar los pecados y a dar la vida eterna? Por eso hoy el Apóstol, en la epístola a los hebreos, dice: “Cristo, estando ya presente como sumo pontífice de los bienes futuros” (Hb 9, 11). “Estando presente” es lo mismo que “ayudante” u “obediente”. Cristo estaba presente, o sea, nos ayudaba. Dice el Profeta: “Ayuda al pobre en su miseria” (Salm 106, 41). El género humano era pobre, porque despojado de los dones de la gracia y deteriorado en su naturaleza, y se hallaba en esta condición sin que nadie le ayudara. Vino Cristo, se le acercó y lo ayudó, cuando le perdonó los pecados. Fue también obediente a Dios Padre: “obediente hasta la muerte y la muerte de cruz” (Filp 2, 8). “En la muerte, para la reconciliación del género humano, no ofreció a Dios Padre la sangre de carneros o de terneros, sino su propia sangre, para purificar nuestra conciencia de las obras muertas y servir a Dios viviente” (Hb 9, 13‑14).
Cristo es llamado “pontífice de los bienes futuros”. Pontífice significa que “hace de puente” y “que es camino para los que le siguen”. Había dos orillas, una de una parte y otra de otra parte, la orilla de la mortalidad y la de la inmortalidad, entre las cuales corría un río que no se podía cruzar, el río de nuestras iniquidades y de nuestras miserias, de las que habla Isaías: “Sus iniquidades cavaron un abismo entre ustedes y su Dios, y sus pecados taparon el rostro de El; y así no los puede escuchar” (59, 2).
Vino, pues, Cristo, cercano a nosotros como pontífice, que hizo de sí mismo un puente desde la orilla de nuestra mortalidad a la orilla de su inmortalidad, para que por ese puente, como por una pasarela que cruza, pudiéramos llegar a la posesión de los bienes futuros. Por esto es llamado “pontífice de los bienes futuros”, no de los bienes presentes, que jamás prometió a sus amigos. Más bien, les dijo: “Ustedes en el mundo sufrirán tribulaciones” (Jn 16, 33). Cristo, pues, vino para perdonar los pecados, y como pontífice de los bienes futuros, para darnos los bienes eternos.
¿Quién, pues, podrá acusarlo de pecado? ¿Y qué es el pecado sino trasgresión de la ley divina y desobediencia a los mandamientos celestiales? ¿Quién, pues, puede acusar de pecado a aquel, cuya ley fue la voluntad de su Padre? ¿A aquel que no sólo obedeció al Padre celestial sino también a su Madre pobrecilla? “¿Quién de ustedes me puede acusar de pecado? Si les digo la verdad, ¿por qué no me creen?”. Ya no creían en la verdad, porque eran “hijos del diablo”, que es el mentiroso y el padre y el inventor de la mentira (Jn 8, 39...
4.‑ “El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; por esto ustedes no las escuchan, porque no son de Dios” (Jn 8, 47). (Según algunos autores), el término hebreo “Dios” significa “temor”. Es de Dios el que teme a Dios; y el que teme a Dios, escucha su voz. Dice Dios por boca de Jeremías: “Levántate y vete a la casa del alfarero: allí escucharás mis palabras” (Jer 18, 2). Se levanta el que, sacudido por el temor, se arrepiente de lo que hizo; y va a la casa del alfarero, cuando se reconoce barro y teme que el Señor lo despedace como un vaso de barro cocido (Salm 2, g); y allí escucha las palabras del Señor, porque es de Dios y teme a Dios.
Dice Jerónimo: “Es un gran signo de predestinación escuchar de buena gana las palabras de Dios, y escuchar los murmullos de la patria celestial, como uno que escucha de buena gana las noticias de la patria terrena”.
Hacer lo contrario es signo de obstinación. Dice Jesús: “Por esto ustedes no las escuchan, porque no son de Dios”; como si dijera: “Ustedes no escuchan sus palabras, porque ustedes no lo temen”. He aquí cómo amonesta Jeremías: “¿A quién hablaré y a quién amonestaré, para que oiga? He ahí que sus oídos están incircuncisos y no pueden oír. He ahí que la palabra de Dios llegó a ser para ellos motivo de escarnio, y no la acogen” (6, 10). Y de nuevo: “Haré pudrir la gran soberbia de Judá”, o sea, de los clérigos, y “la gran soberbia de Jerusalén”, o sea, de los religiosos; y haré pudrir también “a este pueblo malvado”, o sea, a los laicos, “que no quiere escuchar mis palabras y persiste en la obstinación de su corazón” (13, 9‑10). Y sigue: “Ellos se ensalzaron y se enriquecieron; engordaron y se pusieron lustrosos; y descuidaron pésimamente mis palabras. No defendieron la causa de la viuda. ¿Y yo dejaré, quizás, de castigarlos y mi alma no tomará venganza de tal gente?” (5, 2 729). Asimismo: “He aquí que yo traigo a este pueblo la desgracia, el fruto de sus pensamientos, porque no escucharon mis palabras y rechazaron mi ley. ¿Para qué me ofrecen el incienso de Sabá y la canela fragante de tierra lejana? Sus holocaustos no me son gratos, y sus sacrificios no me agradan, dice el Señor” (6, 19‑20).
Sabá se interpreta “red” o “prisionera”. En el incienso está indicada la oración; en la canela la confesión del crimen o la proclamación de la alabanza. El que no escucha la palabra de Dios y rechaza su ley, que es la caridad, en la cual está la plenitud de la ley, éste en vano ofrece al Señor el incienso de la oración de Sabá, o sea, de la vanidad del mundo, que lo enreda y lo retiene prisionero. Y en vano ofrece la canela fragante de la confesión ‑que exhala suave aroma sólo cuando está hecha en la caridad‑; canela traída de tierra lejana, o sea, de una mente impura, que separa al hombre de Dios. “Sus holocaustos”, o sea, sus ayunos, “no me son gratos”; y sus sacrificios”, o sea, sus limosnas, “no me agradan, dice el Señor”, porque rechazaron la caridad. En compendio: todas nuestras obras son inútiles para la vida eterna, si no están perfumadas con el bálsamo de la caridad.
5.‑ “Los judíos respondieron: “¿No decimos bien nosotros que eres un samaritano y que estás endemoniado?”. Jesús contestó: “Yo no tengo demonio, sino que honro a mi Padre; pero ustedes me deshonraron. Yo no busco mi gloria: hay quien la busca y juzga” (Jn 8, 48‑50).
Los samaritanos, trasladados desde la Asiria, conservaban en parte los ritos de los judíos y en parte los ritos de los paganos. Los judíos no tenían trato con ellos, porque los consideraban impuros. Por eso, cuando querían insultar a uno, lo llamaban samaritano.
“Samaritanos” se interpreta “custodios”, porque fueron enviados por los babilonios para vigilar a los judíos. Dicen, pues: “¿No decimos bien nosotros que eres un samaritano?”. Cristo no niega sino que acepta, porque es el custodio: “No duerme ni dormita el que guarda a Israel” (Salm 120, 4), y vigila sobre su grey. El Señor pregunta a Jeremías: “¿Qué ves tú, Jeremías?”. Contesté: “Veo una vara vigilante”, o, según otras versiones, una rama de nogal, o de avellana, o de almendro. Y el Señor a mí: “Viste muy bien. Yo vigilaré sobre mi palabra, para llevarla a cabo” (1, 11‑12).
La vara, llamada así de “vigor” o de “verdor” o de “gobernante”, es figura de Jesucristo, que es potencia de Dios, plantado junto a la corriente de agua, o sea, en la plenitud de la gracia; y es “verde”, permaneciendo inmune de todo pecado, como El dijo de sí mismo: “Si hacen esto con el madero verde, ¿qué harán con el seco?” (Lc 23, 31). A El le dijo el Padre: “Tú los gobernarás con una vara de hierro” (Salm 2, g), o sea, con inflexible justicia. Esta vara vigila sobre su palabra, para llevarla a cabo, porque lo que predicó con la palabra, lo mostró con las obras. Vigila sobre sus palabras aquel que traduce en obras lo que predica con las palabras.
6.‑ otra aplicación. Cristo es llamado “vara vigilante”, porque como el ladrón vela de noche y hurta en la casa de los que duermen, sustrayendo las cosas con la vara en la que hay un garfio; así Cristo, con la vara de su humanidad y el garfio de su cruz, hurta almas al diablo. En efecto, dijo: “ Cuando sea elevado de la tierra, todo lo atraeré a mí” (Jn 12, 32). También el día del Señor vendrá de noche como un ladrón (1Tes 5, 2). Amonesta el Apocalipsis: “Si no vigilas, vendré a ti como un ladrón” (3, 3).
Igualmente, Cristo es llamado “vara de nuez o de almendro”. observa que el fruto de estas plantas tiene el núcleo (pepita) dulce, la cáscara sólida y la corteza amarga. En el núcleo dulce está simbolizada la divinidad de Cristo; en la cáscara sólida, su alma; y en la corteza amarga su carne, o sea, su cuerpo, que sufrió las amarguras de la pasión.
Cristo vigiló sobre la palabra del Padre ‑al que llama “su Padre”, porque es uno con El‑, para cumplirla. Dice El: “Como el Padre me ordenó, así obro”. Por ende, yo no tengo demonio, porque cumplo el mandato del Padre. Falsamente blasfeman los falsos judíos, al acusarlo: “¡Estás endemoniado!”. De esa blasfemia, hablando de Cristo, dice Jeremías: “¡Ay de mí, oh madre mía! ¿Por qué me engendraste hombre de contienda y hombre de discordia en toda la tierra? No di en préstamo ni tomé en préstamo; y, sin embargo, todos me maldicen, dice el Señor” (15, 10‑ 11).
Observa que hay dos “ayes”: el de la culpa y el de la pena. Cristo tuvo el de la pena, no el de la culpa. Entonces: “¡Ay de mí, madre mía! ¿Por qué me engendraste para una pena tan grande, a mí, hombre de riña y hombre de discordia?”. La riña es una pelea que se excita entre muchos; y de ahí viene el reñidor, llamado así por el gruñido de perro, porque está siempre dispuesto a contradecir y a litigar. Discordia significa corazones diferentes; y discordar es tener dos corazones diferentes. Así, entre los judíos, a motivo de las palabras de Cristo, había riña, porque, como perros, estaban siempre dispuestos a ladrar y a contradecir. Y tenían corazones diferentes. Algunos decían: “¡Es bueno!”. Otros lo negaban: “¡No, sino que engaña a la gente!”.
“No di en préstamo ni pedí en préstamo”. Prestamista se llama el que presta dinero y prestatario el que recibe dinero en préstamo. Cristo no fue prestamista, porque no encontró entre los judíos a persona alguna a la cual prestar la suma de su doctrina; y nadie le prestó a El, porque no quisieron multiplicar con las buenas obras el tesoro de sus enseñanzas. Más bien, “todos lanzaban contra mí improperios, diciendo: “¡Eres un samaritano y estás endemoniado!”. Y Jesús respondió: “Yo no estoy endemoniado”. Rechaza la falsa acusación, pero no retuerce el ultraje. Sólo responde: “Yo honro a mi Padre”, tributándole el debido honor y atribuyéndoselo todo. En cambio, “ustedes me deshonran”.
Siempre, hablando de Cristo, dice Jeremías: “Frente a mi pueblo llegué a ser el escarnio de todos los días” (Lm 3, 14); y de nuevo: “Ofrecerá su mejilla al que lo golpea y será saciado con ignominias” (Lm 3, 30). “Pero yo no busco mi gloria”, como los hombres, que a las injurias responden con otras injurias. Su gloria la pone en las manos del Padre; y por eso añade: “Hay quien la busca y juzga”. Y Jeremías: “Y ahora, Señor de los ejércitos, tú juzgas con justicia y escudriñas el corazón y la mente; pueda yo ver tu venganza sobre ellos” (11, 20).
Observa que el juicio es doble: uno de condenación, del que se dice: “El Padre no juzga a nadie, sino que confía todo juicio al Hijo” (Jn 5, 22); y el otro de discriminación, del que dice el Hijo en el introito de la misa de hoy: “Júzgame, oh Dios, y discrimina mi causa de la de la gente no santa” (Salm 42, 1). En este sentido se dice: “Es el Padre quien busca mi gloria” y la discrimina de la de ustedes, porque ustedes se glorían según este mundo; pero yo no: mi gloria es la que recibí del Padre, antes que el mundo existiese, y es muy diferente de la jactancia humana.
7.‑ En sentido moral. “Tú tienes un demonio”. Demonio viene del griego “daimonion”, y significa “experto y conocedor de las cosas”. “Daimon” en griego significa “el que sabe mucho”. Si alguno, pues, adulándote o aplaudiéndote, te dice: “Eres un experto y sabes muchas cosas”, podría decirte: “Tú tienes un demonio”. Pero tú, con Cristo, debes inmediatamente responder., “Yo no tengo un demonio. Por mí mismo no sé nada, ni nada bueno tengo, sino que “honro a mi Padre”. A El todo se lo atribuyo y a El le doy las gracias, porque de El vienen toda sabiduría, toda capacidad y toda ciencia. “Yo no busco mi gloria”, y digo con el bienaventurado Bernardo: “¡Verbo de la vanagloria, no me toques!. Toda gloria sólo es debida a aquel al cual se le dice: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”. Y dice también: “El ángel en el cielo no busca la gloria de otro ángel. ¿Y el hombre, en la tierra, querrá ser alabado por otro hombre?”.
8.‑ “En verdad, en verdad les digo: “El que guarda mi palabra, nunca verá la muerte”. Entonces los judíos le dijeron: “Ahora sabemos que estás endemoniado. Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: el que guarda mi palabra, nunca sufrirá muerte. ¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, el cual murió? ¡Y los profetas también murieron! ¿Quién pretendes ser?”. Respondió Jesús: “Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada es” (Jn 8, 51‑54).
“Amén”, que significa “en verdad”, “fielmente” o “hágase”, es un vocablo hebreo, como el “Aleluya”. Y como Juan relata en el Apocalipsis que se escucharon en el cielo las palabras “Amén” y “Aleluya”, así estas dos palabras fueron enseñadas por los apóstoles a todas las gentes, para que las proclamasen aquí en la tierra.
“En verdad, en verdad les digo: “El que guarda mi palabra, nunca verá la muerte”. La muerte deriva su nombre de la mordedura del primer hombre, que, mordiendo el fruto del árbol prohibido, encontró la muerte. Si hubiese observado la palabra del Señor: “Puedes comer los frutos de todo árbol del jardín, pero no comas el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal”, nunca habría muerto. Pero, porque no la observó, sufrió la muerte y pereció junto con toda su posteridad. Comenta Jeremías: “Olivo fecundo, hermoso, fructífero, atrayente, era el nombre con que el Señor te llamó; pero, al sonido de una gran palabra, estalló contra esa planta el fuego, y todos sus frutos se quemaron (11, 16).
La naturaleza humana, antes del pecado, fue en la creación un olivo, creada en un “campo damasceno” (lugar árido); pero, después, fue plantada, por así decir, en un jardín de delicias; fue lozana y fértil por los dones gratuitos, hermosa por los dones de naturaleza, fructífera por la fruición de la bienaventuranza eterna, atrayente en su inocencia. Pero, ¡ay de mí! Al sonido de una palabra “grande”, o sea, de la sugestión diabólica, que prometía grandes cosas: “¡Serán como dioses!”, el fuego de la vanagloria y de la avaricia estalló en su contra; y se quemaron todos sus frutos, o sea, toda su posteridad.
Oh hijos de Adán, ¡no imiten a sus padres, que no escucharon la palabra del Señor y por eso perecieron! Ustedes, en cambio, deben escucharla: “En verdad, en verdad les digo: “El que guarda mi palabra, nunca jamás saboreará la muerte”. Es evidente que aquí saborear quiere decir “experimentar”.
9.‑ “Entonces respondieron los judíos: “Ahora sabemos que tienes un demonio”. ¡Oh locura de mentes insensatas! ¡oh perfidia de gente demoníaca! ¿No les basta lanzar un vituperio tan horrible y tan infame contra un inocente, inmune de todo vicio? Ahora quieren repetirlo una segunda vez: “Ahora sabemos que tienes un demonio”. ¡Oh ciegos! Si ustedes lo hubiesen de veras conocido, ¡jamás hubiesen afirmado que El tenía un demonio, sino que hubiesen creído que El era el Señor, el Hijo de Dios!
“Abraham murió”, pero no de la muerte (espiritual) señalada por el Señor, sino sólo de muerte corporal, de la que se lee en el Génesis: “Los días de Abraham llegaron a ciento setenta y cinco años. Después, desfalleció y murió en serena ancianidad, en edad muy provecta y repleto de días. Se reunió a su pueblo; y sus hijos, Isaac e Ismael, lo sepultaron en una caverna doble” (25, 7‑9).
10.‑ En sentido moral. Abraham es figura del justo, cuya vida debe durar ciento setenta y cinco años. En el número ciento, que es número perfecto, está indicada toda la perfección del justo. En el número setenta, que está formado por el siete y por el diez, están indicados la infusión de la gracia de los siete dones del Espíritu Santo y el cumplimiento de los diez mandamientos. En el número cinco está indicado el recto uso de los cinco sentidos. La vida, pues, del justo debe ser perfecta por la infusión de la gracia de los siete dones, por el cumplimiento del decálogo y por el recto uso de los cinco sentidos. Así se alejará del amor mundano, morirá al pecado y, colmado y no vacío de días, se reunirá a su pueblo. Dice el Señor por boca de Isaías: “Los días de mi pueblo serán como los del árbol” (65, 22), o sea, de Jesucristo, porque El vivirá y reinará eternamente, y con El también vivirá y reinara su pueblo. Se lee en el evangelio: “Yo vivo, y ustedes también vivirán” (Jn 14, 19).
“Y sus hijos, Isaac e Ismael, lo sepultaron en una caverna doble”. Isaac se interpreta “gozo”, Ismael “escucha de Dios”.El gozo de la esperanza de los bienes celestiales y la escucha de los divinos preceptos sepultan al justo en la doble caverna de la vida activa y contemplativa, para que, escondido a las intrigas de los hombres y alejado de las lenguas que contradicen, esté protegido al abrigo del rostro del Señor. De la contradicción de los judíos se dice: “¿Quién pretendes ser?”. Según ellos, El pretendía ser Hijo de Dios e igual a El, como si no lo fuera. Pero Cristo no lo pretendía, sino que lo era realmente, como lo proclamó el Apóstol: “No estimó un alarde el proclamarse igual a Dios” (Filp 2, 6). En cambio, ellos no preguntan: “¿Quién eres?”, sino:
¿Quién pretendes ser?”. Pero Jesús: “Si yo me glorifico a mí mismo, ni¡ gloria nada es”. En contra de lo que ellos dicen: “¿Quién pretendes ser?”, Jesús confía su gloria al Padre, al cual debe su ser de Dios.
11.‑ “Quien me glorifica, es el Padre, a quien ustedes dicen que es su Dios, pero no lo conocen. Yo, en cambio, lo conozco; y, si dijera que no lo conozco, sería como ustedes mentiroso. Yo lo conozco y escucho su palabra” (Jn 8,54‑55).
Observa que el Padre glorificó al Hijo en la natividad, cuando lo hizo nacer de la Virgen; en el río jordán y en el monte, cuando proclamó: “Este es mi Hijo dilecto”. Lo glorificó también en la resurrección de Lázaro y en su resurrección y ascensión. Por esto dijo en Juan: “Padre, glorifica tu nombre. Llegó entonces una voz del cielo: “Yo lo glorifiqué” en la resurrección de Lázaro”, “y lo volveré a glorificar” (12, 28) en su resurrección y ascensión.
Es, pues, el Padre quien me glorifica; y ustedes dicen de El que es su Dios. Aquí tienes un claro testimonio contra los herejes, que sostienen que la ley fue dada a Moisés por el Dios de las tinieblas. Pero el Dios de los judíos, que dio la ley a Moisés, es el Padre de Jesucristo. Entonces fue el Padre de Jesucristo el que dio la ley a Moisés. Y “ustedes no lo conocen” espiritualmente, mientras están al servicio de las cosas terrenas. “Yo, sí, lo conozco”, porque soy “uno” con El. Y si, mientras lo conozco, “dijera que no lo conozco, sería como ustedes mentiroso”, que dicen conocerlo, mientras no lo conocen. “YO lo conozco y observo su palabra”.
El, como Hijo, decía la palabra del Padre; y El, a su vez, era la Palabra del Padre, que hablaba a los hombres. Se “observa” a sí mismo, o sea, defiende en sí mismo la divinidad.
12. “Abraham, su padre, exultó, al ver mi día. Lo vio y lo gozó. Le dijeron los judíos: “Todavía no tienes cincuenta años; y ¿viste a Abraham?”. Jesús les replicó: “En verdad, en verdad les digo, antes que Abraham existiera, yo soy” (Jn 8, 56‑58).
Presten atención a estas tres palabras: exultó, vio y gozó. Observa también que tres son los días del Señor: la natividad, la pasión y la resurrección.
Del primer día dice Joel: “En ese día brotará una fuente de la casa de David y regará el torrente de las espinas” (3, 18). En el día de la natividad, una fuente, o sea, Cristo, brotará de la casa de David, o sea, del vientre de la bienaventurada Virgen, y regará el torrente de las espinas, o sea, nos levantará del cúmulo de nuestras miserias, que todos los días nos punzan y hieren.
Del segundo día dice Isaías: “En la firmeza de su espíritu tornó resoluciones para el día del ardor” (27, 8). En el día de la pasión, en la cual el Señor soportó el ardor de los tormentos y de la fatiga, en la firmeza de su espíritu, mientras pendía de la cruz, reflexionaba acerca de cómo podía condenar al diablo y arrancar de su mano al género humano.
Del día tercero dice Oseas: “El tercer día nos resucitará y nosotros viviremos en su presencia; comprenderemos y seguiremos al Señor para conocerlo” (6, 3). El tercer día Cristo resucitó de los muertos y con El nos resucitó también a nosotros, en una resurrección conforme a la de El, porque como El resucitó, nosotros creemos que resucitaremos en la resurrección general. Y entonces viviremos, comprenderemos y lo seguiremos para conocerlo. En estos cuatro verbos están indicadas las cuatro propiedades de los cuerpos glorificados: viviremos: he ahí la inmortalidad; comprenderemos: he ahí la agudeza (de la inteligencia); seguiremos: he ahí la agilidad; para conocer al Señor: he ahí la luminosidad.
Abraham, pues, o sea, el justo, exulta en el día de la natividad del verbo encarnado; con el ojo de la fe lo ve colgado del patíbulo de la cruz y sabe que con El gozará inmortal, en el reino celestial.
Considerando en El sólo la edad del cuerpo y no la naturaleza divina, los judíos le retrucaron: “No tienes todavía cincuenta años; ¿y viste a Abraham?”. Tal vez el Señor tenía treinta y uno o treinta y dos años; pero, por la excesiva fatiga y por la continua predicación, mostraba una edad superior. Y Jesús les dijo: “Antes que Abraham Regara a existir, yo soy”. No dijo “existiera”, sino “llegara a existir” (en latín, fieret), porque Abraham era una criatura; ni dijo de sí mismo “hecho”, sino “soy”, porque El es el Creador.
13.‑ “Entonces aferraron unas piedras, para arrojárselas. Pero Jesús se escondió y salió del templo” (Jn 8, 59).
Los judíos recurren a las piedras, para apedrear a la piedra angular, o sea, a aquel que reunió en sí mismo a las dos paredes, o sea, el pueblo de los judíos y el pueblo de los paganos, que se enfrentaban. Los judíos, cuyos padres apedrearon en Egipto a Jeremías, imitando su maldad, quisieron apedrear al Señor de los profetas. Por esto dice el Señor en Mateo: “Ustedes son hijos de los que mataron a los profetas. Y ustedes colman la medida de sus padres” (23, 31‑32).
14.‑ En sentido moral. Los falsos cristianos, hijos extraños, o sea, del diablo, que mintieron al Señor violando el pacto del bautismo, con las duras piedras de sus pecados, en cuanto está en ellos, apedrean a su padre y señor, Jesucristo, del que recibieron el nombre de cristianos; e intentan matarlo, o sea, matar la fe en El.
Estos cristianos son como los hijos del buitre, que dejan morir de hambre a su padre. No son como los hijos de la grulla, que se exponen a sí mismos a la muerte, para salvar al padre, cuando el halcón lo persigue; y, además, cuando el padre envejece y ya no puede cazar, lo alimentan ellos mismos.
Nuestro Padre, como un pobre hambriento, llama a la puerta, para que le abramos y le demos, si no es una cena, al menos, un mendrugo de pan. “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3, 20). Pero nosotros, como hijos degenerados, dejamos morir de hambre a nuestro padre, como hacen los hijos del buitre. Por esto El se queja de nosotros por boca de Jeremías: “¿He sido yo un desierto para Israel, o una tierra de tinieblas? ¿Por qué me dijo mi pueblo: “Nos hemos alejado y jamás volveremos a ti”? ¿Se olvida la virgen de su atavío o la desposada de su cinturón? Pero mi pueblo se olvidó de mí por días y días” (2,31‑32).
El Señor no es el desierto ni tierra tenebrosa, donde no se produce ningún fruto, o pocos; al contrario, es el jardín del Padre y una tierra bendita, en la cual, cualquier cosa sembremos, cosecharemos el céntuplo.
¿Por qué, pues, nosotros, tan miserables, nos alejamos de El y nos olvidamos de El por tan largo tiempo? Pero el alma, esposa de Cristo, virgen por la fe y la caridad, no puede olvidarse de su ornamento, o sea, del amor divino, del cual se halla como adornada, ni del cinturón de su pecho, o sea, de la conciencia pura, con la que se siente tranquila.
Hermanos queridísimos, seamos como los hijos de la grulla, para que, si fuere necesario, nos expongamos a la muerte por nuestro padre, o sea, por la fe de nuestro Padre; y, en este mundo ya avejentado y pronto ya en ruina, restaurémoslo con las buenas obras, para que no nos suceda también a nosotros lo que dice el evangelio: “Jesús se escondió y salió del templo”.
Y es por esto que, desde el presente domingo, llamado “Domingo de la Pasión”, se omite en los responsorios el “Gloria al Padre”, aunque no se lo descuida del todo, ya que el Señor todavía no fue entregado en las manos de los verdugos.
Roguemos, pues, y con lágrimas imploremos a nuestro Señor Jesucristo, que no nos esconda su rostro, ni salga del templo de nuestro corazón; y que en su juicio no nos acuse de pecado, sino que nos infunda la gracia de escuchar con la máxima diligencia su palabra. Nos dé la paciencia para soportar las injurias, nos libere de la muerte eterna y nos glorifique en su reino, para que con Abraham, Isaac y Jacob merezcamos ver el día de la eternidad.
Nos lo conceda aquel Jesús, al cual pertenecen el honor y la potestad, el esplendor y el dominio por los siglos eternos.
Y toda la iglesia responda: ¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ En aquel tiempo: “Mientras Jesús se acercaba a Jerusalén y llegaba a Betfagé, al monte de los olivos ... “ (Mt 21, 1). Jeremías así habla al alma pecadora: “Sube a Galaad y toma el bálsamo (resina), oh virgen hija de Egipto” (46, 11). La hija de Egipto es el alma enceguecida por los placeres de este mundo. Egipto se interpreta “tiniebla”. Jeremías dice: “¿Cómo en su ira el Señor oscureció”, o permitió que fuera oscurecida, “a la hija de Sión?” (Lm 2, 1), o sea, ¿al alma que debe ser hija de Sión? Ella es llamada virgen, porque estéril de buenas obras. Continúa Jeremías: “El Señor holló el lagar, o sea, la pena eterna, para la virgen hija de Sión” (Lm 1, 15), porque permaneció estéril de la prole de las buenas obras. Y le dice: “Sube” con los pies del amor y los pasos de la devoción, “a Galaad”, que se interpreta “cúmulo de testimonios”. Sube, pues, a la cruz de Jesucristo, en la que se hallan reunidos innumerables testimonios de nuestra redención: los clavos, la lanza, la hiel, el vinagre, y la corona de espinas; y de allí “toma el bálsamo”. La resina es una “lágrima” que brota de un árbol. El bálsamo mejor de todos es el del terebinto (trementina). Ella simboliza la gota de la sangre preciosísima que fluyó del árbol, plantado en el jardín de las delicias, junto a la corriente del agua, para la reconciliación del género humano.
oh alma, toma para ti ese bálsamo y unta tus heridas, porque El es la medicina más poderosa y más eficaz para sanar las heridas, para alcanzar el perdón y para infundir la gracia. Sube, pues, a Galaad, o sea, sube con Jesús a Jerusalén, porque El también subió para este día de fiesta. Se dice en el evangelio de hoy: “Mientras Jesús se acercaba a Jerusalén ......
2.‑ En este evangelio se deben observar cuatro momentos. Primero: Jesús que se acerca a Jerusalén: “Mientras se acercaba Segundo: el envío de los dos discípulos a la aldea: “Entonces envió a dos de sus discípulos”. Tercero. el asiento del rey manso, pobre y humilde, sobre el asna y su borriquillo: “Digan a la hija de Sión Cuarto: el entusiasmo y las aclamaciones de la gente: “Hosanna al Hijo de David...”; y “ Una gran multitud ......
3.‑ “Mientras Jesús se acercaba a Jerusalén observa que el Señor, al dirigirse a Jerusalén, siguió este itinerario: ante todo, Betania: de Betania a Betfagé, de Betfagé al monte de los Olivos. Vamos a ver lo que significa todo esto. Ante todo veremos su significado alegórico y después el moral.
Betania, que se interpreta “casa de la obediencia”, o “casa del don de Dios”, o también “casa agradable al Señor”, simboliza a la Virgen María, que obedeció a la voz del ángel y por esto mereció recibir el don celestial, el Hijo de Dios; y así por encima de todos fue agradable a Dios.
De ella se habla en los Proverbios: “Muchas hijas amontonaron riquezas, pero tú las superaste a todas” (31, 29). Ningún santo acumuló en su alma tanta riqueza de virtud como la virgen María, que, por su extraordinaria humildad y la flor incontaminada de la virginidad, mereció concebir y dar a luz al Hijo de Dios, “quien es, sobre todas las cosas, el Dios bendito” (Rom 9, Salm).
De Betania Jesús se dirigió a Betfagé, que se interpreta “casa de la boca”. Ella simboliza la predicación de Jesús. Ante todo, Jesús llegó a Betania, o sea, asumió carne humana de la Virgen, para después dedicarse a la predicación. Por eso El mismo dice en Marcos: “Vamos a los lugares vecinos y a las ciudades, para que yo predique también allí, porque para eso vine” (1, 38).
Y de Betfagé llegó al monte de los olivos, o sea, de la misericordia. Eleos (término griego que se asemeja al latino olea, olivo) se interpreta “misericordia”. El monte de los olivos señala la grandeza de los milagros que Jesús misericordioso y benévolo concedía a los ciegos, a los leprosos, a los endemoniados y a los muertos. Todos estos beneficiados exclaman por boca de Isaías.”Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor; éste es tu nombre desde la eternidad” (63, 16). Nuestro Padre por la creación y nuestro salvador por los milagros obrados. Este es tu nombre desde la eternidad, porque tú eres el Dios bendito por los siglos.
Y del monte de los Olivos llegó a Jerusalén, para llevar a cabo el negocio de nuestra salvación, por el cual había venido, y para rescatar de las manos del diablo al género humano, esclavo en la cárcel del infierno por más de cinco mil años. De esta manera Cristo nos liberó, como el avestruz libera a su polluelo.
Se cuenta que el muy sabio rey Salomón poseía una especie de ave, o sea, un avestruz, a cuyo hijo había encerrado en un frasco de vidrio. La madre lo miraba muy afligida, pero no podía tenerlo. Finalmente, por el extraordinario amor por el hijo, fue al desierto, donde halló un gusano, lo llevó consigo y lo despedazó sobre el frasco de vidrio. El poder de la sangre del gusano quebré el vidrio y así el avestruz liberó a su polluelo (Pedro Comestor). Vamos a ver que significados puedan tener el avestruz, el polluelo, el frasco de vidrio, el desierto, el gusano y su sangre.
Esa ave es figura de la divinidad; el polluelo, Adán y su posteridad; el frasco de vidrio, la cárcel del infierno; el desierto, el vientre virginal; el gusano, la humanidad de Cristo; la sangre, su pasión.
Dios, para liberar al género humano de la cárcel del infierno y de la mano del diablo, vino al desierto, o sea, al vientre de la Virgen, de la que asumió “el gusano”, o sea, la humanidad. El mismo dijo: “Yo soy un gusano y no sólo un hombre” (Salm 21, 7), porque era Dios y hombre. Despedazó el gusano en el patíbulo de la cruz, y de su costado salió la sangre, cuyo poder quebró las puertas del infierno y liberó al género humano de las manos del diablo.
4.‑ Vamos a ver qué significado moral tengan Betania, Betfagé, el monte de los olivos y Jerusalén.
Dice Juan en su evangelio: “Jesús, seis días antes de la Pascua”, o sea, el sábado que precede el domingo de Ramos, “llegó a Betania, donde había muerto Lázaro, a quien después resucitó. Le prepararon una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los comensales junto con Jesús. María tomó una libra de puro nardo precioso y ungió los pies de Jesús” (12, 1‑3). En cambio, Mateo y Marcos dicen que derramó el nardo perfumado sobre la cabeza de Jesús, recostado a la mesa.
Betania se interpreta “casa de la aflicción”. Y ésta es la contrición del corazón, de la que habla el Profeta: “Estoy afligido y humillado en demasía; rujo por los gemidos de mi corazón” (Salm 37, g). En esta casa fue resucitado Lázaro, cuyo nombre se interpreta “ayudado”. En la casa de la contrición el pecador resucita, cuando es ayudado por la gracia divina. Entonces puede decir con el Profeta: “Mi corazón esperó en El y fui ayudado” (Salm 27, 7). Cuando el corazón espera, la gracia va en ayuda. Y el corazón puede esperar en la indulgencia, cuando lo aflige el dolor de la contrición por los pecados.
“Entonces le prepararon una cena, y Marta servía”.
Las dos hermanas del pecador resucitado de la muerte del pecado, Marta, que significa “la que provoca” o “la que irrita”, y María, que se interpreta “estrella del mar”, son el temor de la pena y el amor de la gloria. El temor de la pena provoca al pecador y lo excita, como a un perro, para investigar y confesar el pecado y sus circunstancias. El amor de la gloria ilumina, el temor agobia, el amor alienta.
“Marta servía”. El temor, ¿para qué sirve? Por cierto, suscita el pan del dolor y el vino de la compunción, Esta es la cena de Jesús, de la que dice Mateo: “Mientras cenaban, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos... Y tomando el cáliz, dio las gracias y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Beban todos de él” (26, 26‑27).
“Lázaro era uno de los comensales junto con Jesús”. Para que no pareciera un fantasma, sino para que fuera evidente su resurrección, él come y bebe. ¡Qué gran gracia! El pecador, que antes estaba extendido en la tumba, ahora está sentado a la mesa. Aquel que antes ansiaba llenar el vientre, o sea, la mente, con las algarrobas de los puercos, o sea, con las inmundicias de los demonios ‑¡y nadie se las daba!‑, ahora banquetea con Jesús y sus discípulos.
“María tomó una libra de nardo pístico precioso”. La libra se compone de doce onzas; y aquí tenemos un tipo de peso perfecto, porque la libra consta de tantas onzas cuantos son los meses del año. La libra se llama así, porque es “libre” y porque comprende en sí misma todos los pesos, El nardo era “pístico”, o sea, fiel, genuino y sin impostura, y deriva del griego pistis, o sea, fe.
La libra, compuesta por doce onzas, es la fe de los doce apóstoles, libre y perfecta. María, pues, o sea, el amor de la gloria celestial, con una libra de nardo genuino, o sea, con la fe de los doce apóstoles, ungió la cabeza de la divinidad y los pies de la humanidad, reconociendo que Cristo es Dios y Hombre, que nació y sufrió la pasión. Y así la casa, o sea, la conciencia del penitente, se llenó del perfume del ungüento; y así podía decir con la esposa del Cantar de los Cantares: “Oh Señor Jesús, con la atadura de tu amor arrástrame en pos de ti, para que yo corra tras el perfume de tus ungüentos” (1, 3); y de esa manera llegaré de Betania a Betfagé.
5.‑ Betfagé se interpreta “casa de la boca”, y simboliza la confesión, en la que debemos estar como residentes, no huéspedes de una sola noche que ya pasó, para que no nos suceda lo que dijo Jeremías: “Así dice el Señor de este pueblo: “Se deleitó en tener en movimiento sus pies y no se cansó; esto no agradó al Señor, el cual ahora se acordará de su maldad y visitará (castigará) sus pecados” (14, 10).
“Y de Betfagé llegó al monte de los Olivos”. Recuerda que el monte de los olivos era llamado “el Monte de las tres luces”, porque era iluminado por el sol, por sí mismo y por el templo: por el sol, porque, puesto al oriente, recibía los rayos del sol; por sí mismo, por la abundancia del aceite, que producía; por el templo, o sea, por las lámparas que de noche allí ardían y así iluminaban el monte.
El monte de los Olivos significa la importancia de la satisfacción, a la cual debe llegar el penitente desde la casa de la confesión. Y con toda razón la satisfacción es llamada “el Monte de las tres luces”. En efecto, el hombre, entregándose a la satisfacción penitencial, es iluminado por el sol de justicia, Jesucristo, que dijo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12); es iluminado por si mismo, porque debe estar abastecido de aceite abundante, o sea, de misericordia, hacia sí mismo y hacia el prójimo. Dice Job: “Al visitar a tus semejantes, no pecarás” (5, 24). Dijo un santo: “jamás el alma podrá ver por encima de sí a sus semejantes, mediante la verdad, como cuando la carne se inclina, mediante la caridad, hacia sus semejantes que están por debajo de ella”. En fin, es iluminado por el templo, o sea, la comunidad de los fieles, a los cuales dice el Apóstol: “Santo es el templo de Dios, que son ustedes” (1Cor 3, 17).
Y del monte de los Olivos Jesús llegó a Jerusalén. Los tres momentos: la contrición del corazón, la confesión de la boca la obra de satisfacción llevan y a la luz, a la Jerusalén celestial, a la bienaventuranza eterna. Con razón se dice: “Mientras Jesús se acercaba a Jerusalén ......
6.‑ “Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan a la aldea, que está enfrente de ustedes; y en seguida hallarán un asna atada y un pollino con ella. Desátenla y tráiganmelos” (Mt 21, 1‑2).
Vamos a ver el significado moral de los discípulos, de la aldea, del asna y del pollino.
El discípulo es llamado así, porque aprende la disciplina. La aldea es un recinto rodeado de muros y con una torre en el centro. El asno (en latín asinus), o asna, es llamado así, porque deja las cosas altas (alta sinens); y pollino es como poluto (contaminado), porque nacido hace poco.
Los dos discípulos del justo, que aprenden la disciplina de la paz, son el desprecio del mundo y la humildad del corazón.
Estos dos discípulos son como Moisés y Aarón, que sacan a los judíos de Egipto; son como las dos palancas que transportaban el arca de la alianza; son como los dos querubines que miraban el propiciatorio del arca, dirigiéndose el uno hacia el otro.
En Moisés, que, como dice el Apóstol a los hebreos, “estimaba el oprobio de Jesucristo riqueza más grande que los tesoros de Egipto” (11, 26), está representado el desprecio del mundo. En Aarón, que “extinguió el fuego y aplacó la ira de Dios, para que no se ensañara contra el pueblo” (Num 16, 46‑49), está representada la humildad del corazón, que extingue el fuego de la sugestión diabólica y aplaca la ira del castigo divino. Estos dos discípulos, como palancas fortísimas, transportan el arca de la alianza, o sea, la doctrina de Jesucristo, o la obediencia al prelado. Miran hacia el propiciatorio, o sea, hacia el mismo Jesucristo, que es “propiciación por nuestros pecados” (Jn 4, 10); miran, diré más, a Cristo recostado en el pesebre, colgado de la cruz, colocado en el sepulcro.
El justo envía a estos dos discípulos, diciendo: “Vayan a la aldea, que está enfrente de ustedes”.
La aldea está formada, como ya indicamos, por un muro perimetral y una torre. En el muro está señalada la abundancia de bienes temporales, en la torre la soberbia del diablo. Como en el muro se coloca una piedra sobre otra, y las piedras se sueldan entre sí con argamasa, así en la abundancia de las cosas temporales el dinero se añade al dinero, “una casa se junta con otra y un campo se agrega a otro” (ls 5, 8); y el todo se suelda tenazmente con el cemento de la codicia.
De este muro dice Isaías: “Mi vientre vibrará como arpa por Moab, y mis entrañas vibrarán por el muro de ladrillos cocidos” (16, 11). Y Jeremías, casi con las mismas palabras: “Mi corazón resonará como flauta por causa de Moab; y mi corazón dará sonido de flautas por los hombres del muro de ladrillos cocidos, porque perecieron sus riquezas” (48, 36).
En el vientre se designa la mente, en el arpa o en la flauta se designa la melodía de la predicación. Con la mente y el corazón compungidos y con la melodía de la predicación, Isaías y Jeremías, o sea, cualquier predicador, deben resonar por Moab, que se interpreta “del padre”, o sea, por el pecador, cuyo padre es el diablo, que construye el muro con ladrillos cocidos y con ladrillos de arcilla, o sea, con la abundancia de los bienes temporales: cocido, porque endurecido con el fuego de la codicia; y de arcilla, porque pronto a caer.
Asimismo, en la torre está señalada la soberbia del diablo. Esta es la torre de Babilonia, o sea, de la confusión, y la torre de Siloé, que, como se lee en Lucas, al desplomarse, mató a dieciocho hombres (13, 4). El justo envía contra esta aldea a dos de sus discípulos, o sea, el desprecio del mundo, para que haga desplomarse el muro de la abundancia transitoria, y la humildad del corazón, para que derribe la torre de la soberbia.
7.‑ Con razón dice: “La aldea que está enfrente de ustedes”. La abundancia de bienes materiales es siempre contraria a la pobreza; y la soberbia es contraria a la humildad. En esta aldea se encuentran el asna atada y el pollino con ella. El asna, que evita las cosas altas y camina por el llano, representa la vida de los clérigos y de los religiosos que, abandonada la altura de la contemplación, procede perezosa y fatua entre las bajezas del placer carnal. ¡Ay de mí! ¡Con cuántas cadenas de placeres y con cuántas cuerdas de pecados está atada esta asna!
“Y con el asna el pollino”, o borriquillo. Este pollino del asna simboliza al clérigo o al religioso, llamado con razón pollino, porque está poluto por muchos vicios. Aquí está junto con el asna, mamando desde atrás sus ubres, o sea, de gula y de lujuria. De esos clérigos y religiosos se lamenta el Señor por boca de Jeremías: “Los sacié, y ellos adulteraron, y en casa de la meretriz se entregaron a la lujuria” (5, 7). El mismo Jeremías dice que “su cinturón se había podrido en el río Éufrates, y ya no servía para ninguna cosa” (13, 7). El cinturón de castidad de muchos clérigos y religiosos se pudre en el río Éufrates, que se interpreta “fértil”, e indica la abundancia de los bienes temporales ‑en efecto, de la gordura procede la iniquidad‑; y as! ellos no sirven para nada, sino para ser arrojados al estercolero del infierno.
¡Desátenlos y tráiganmelos!”. Oh Señor Jesús, ¿qué es lo que dices? ¿Quién podrá desatar las cadenas de los clérigos y de los falsos religiosos, las riquezas, los honores y los placeres que los tienen enredados, derribar su soberbia y llevarlos a ti? “Todos ‑dice Jeremías‑ son como un caballo que corre impetuosamente” (8, 6). “Su carrera es hacia el mal; y su fuerza es diferente” (Jer 23, 10) de la imagen y semejanza de cómo los había creado, ya que están contaminados no por un solo vicio sino por diversos vicios. Por eso continúa Jeremías: “El profeta y el sacerdote se contaminaron, y en mi casa hallé su maldad. Ellos llegaron a ser para mí como los habitantes de Sodoma y Gomorra. Por eso dice el Señor: “Yo los alimentaré con ajenjo”, o sea, con la amargura de la muerte eterna, “y los abrevaré con hiel”, o sea, con la amargura del remordimiento de conciencia. “Porque de los profetas de Jerusalén”, o sea, de los clérigos y religiosos, “ salió la impiedad sobre toda la tierra” (Jer 23, 11 y 14‑15).
¡Desátenlos, dice Jesús, y tráiganmelos!”. El desprecio del mundo y la humildad del alma desatan todas las ataduras y llevan al Señor al asna y al pollino.
8.‑ “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que habla sido anunciado por el profeta Zacarías: “Diga a la hija de Sión: he ahí a tu rey, que viene a ti manso, sentado sobre un asna y con un pollino, hijo de animal de carga” (Mt 21, 4‑5). Y éstas son las palabras de Zacarías: “Exulta grandemente, hija de Sión; alégrate, hija de Jerusalén: he ahí, a ti viene tu rey; él es justo y salvador. El es pobre y está sentado sobre un asna, sobre un pollino hijo de asna. Destruiré las cuadrigas de Efraím y los caballos de Jerusalén; y los arcos de guerra serán quebrados” (9, 9‑ 10).
Sión y Jerusalén son la misma ciudad, porque Sión es la torre de Jerusalén y simboliza a la Jerusalén celestial, en la cual existen la eterna contemplación y la visión de la paz absoluta.
La hija de Sión es la santa Iglesia, a la cual, oh predicadores, deben decir: “Exulta grandemente en tus obras y alégrate en tu mente. El júbilo nace en el corazón con tanta alegría, cuanta no es capaz de expresar la eficacia del sermón. “He ahí a tu rey”, del que dice Jeremías: “No hay alguno como tú, Señor; tú eres grande y grande es la potencia de tu nombre. ¿Quién no te temerá, oh Rey de las naciones?” (10, 6‑7). El, como leemos en el Apocalipsis, “en su manto y en su fémur lleva grabado: “Rey de los reyes y Señor de los señores” (19, 16).
El manto simboliza sus pañales y el fémur es su carne. En Nazaret Jesús se “coronó” de carne humana, como una diadema; en Belén fue envuelto en pañales, como una púrpura. Estas fueron las primeras insignias de su realeza. Contra esas insignias se ensañaron los judíos, como si quisieran privarlo de su reino. Por causa de ellos, Cristo en su pasión fue despojado de sus vestiduras y su carne fue crucificada con los clavos. Pero allí su realeza se afirmó perfectamente. Después de la corona y la púrpura, sólo le faltaba el cetro. Recibió también el cetro cuando, como dice Juan, “llevando su cruz, se encaminó hacia el Calvario” (19, 17). E Isaías: “Y sobre sus hombros se estableció el principado” (9, 6); y el Apóstol a los hebreos: “Hemos visto a Jesús coronado de gloria y honor, a causa del suplicio de la muerte” (2, 9).
9.‑ “He ahí a tu rey, que viene a ti”, o sea, para tu utilidad; “viene manso”, para ser amado”, no para ser temido por su poder, “sentado sobre un asna”. Dice Zacarías. “Es el justo y el salvador, pero pobre, sentado sobre un asna”.
Las virtudes propias de un rey son dos: la justicia y la piedad. Así tu Rey es justo con respecto a la justicia, porque da a cada uno según sus obras; y con respecto a la piedad, es manso y redentor. Y es también pobre, como lo pondera el Apóstol en la epístola de hoy: “Se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo” (Filp 2, 7). Ya que Adán en el paraíso terrenal no quiso servir al Señor, el Señor tomó la condición de siervo, para servir al siervo y para que en adelante el siervo no se avergonzara de servir al Amo.
“Hecho semejante a los hombres y, por condición, reconocido como hombre” (Filp 2, 7). Dice Baruc: “Por eso apareció en la tierra y vino a convivir con los hombres” (3, 38). Aquel “como” (en latín, ut) expresa la verdad, la realidad, y no la semejanza.
“Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y la muerte de cruz” (Filp 2, 8). San Agustín comenta: “Nuestro Redentor tendió a nuestro capturador la trampa de la cruz y puso como cebo su sangre. Sin embargo, El derramó su sangre, que no era sangre de deudor, y por esto se separó de los deudores”. Y el bienaventurado Bernardo dice de Cristo: “Tanto apreció la obediencia, que prefirió la obediencia a la vida, hecho obediente al Padre hasta la muerte y la muerte de cruz”. Aquel que no tenía lugar donde descansar la cabeza, encontró lugar en la cruz, donde, “inclinando la cabeza, rindió el espíritu” (Jn 19, 30).
10.‑ “El fue pobre”. Dice Jeremías: “Oh esperanza de Israel y su salvador en el tiempo de la aflicción, ¿por qué estarás en la tierra como un colono y como un viandante que recusa quedarse? ¿Por qué serás como un hombre errabundo y como un fuerte incapaz de salvar?” (14, 8‑9).
Nuestro Dios, el Hijo de Dios, aquel a quien esperábamos, llegó; y en el tiempo de la tribulación, o sea, de la persecución diabólica, nos salvó; y como colono, forastero y peregrino cultivó nuestra tierra y la regó con el agua de su predicación.
El fue un viandante libre de todo estorbo, o sea, inmune del pecado; cumplió su camino, porque “exultó como un gigante que recorre su camino” (Salm 18, 6); reclinó su cabeza en la cruz, cuando dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46): y después permaneció encerrado en el sepulcro tres días y tres noches.
Aquí es llamado “hombre errabundo”, según la valoración de los judíos, que lo consideraban vagabundo e inconstante. Por esto, cuando El decía: “Tengo el poder de ofrecer mi vida y tengo el poder de retomarla”, muchos de ellos le endilgaban: “Está endemoniado y enloquecido. ¿Por qué lo están escuchando?” (Jn 10, 18‑20). Por la condición de siervo, que había asumido, les parecía que era impotente para salvar. Sin embargo, El fue “el hombre fuerte” que, con las manos traspasadas por los clavos, venció al diablo. “He ahí a tu rey; El viene a ti manso, sentado sobre un asna y con un pollino, hijo de animal de carga, o sea, hijo de la misma asna, domada con la albarda”.
¡Ojalá quisieran los clérigos y los religiosos acoger a un Rey tan grande y a un jinete tan noble, y transportarlo devotamente, como lo hicieron aquellos mansos animales, para merecer entrar con El en la Jerusalén celestial! Pero, ellos son hijos de Belial, o sea, “sin yugo”, que, como dice Jeremías, “caminaron en pos de sus trivialidades y ellos mismos llegaron a ser vanidad; y no preguntaron: “¿Dónde está el Señor?” (Jer 2, 5-6). Ellos despedazaron el yugo y arrancaron las ataduras y dijeron: “¡No serviremos!”. Por eso, añade el Señor: “Dispersaré las cuadrigas de Efraím y los caballos de Jerusalén; y los arcos de guerra serán quebrados”.
La cuadriga, que gira sobre cuatro ruedas, representa la abundancia en la que viven los clérigos y que consiste en cuatro características: amplitud de las propiedades, acumulación de prebendas y de rentas, suntuosidad de alimentos y lujo de los vestidos. El Señor dispersará esta cuadriga y arrojará al mar del infierno al conductor; y exterminará al caballo, o sea, la soberbia espumosa y desenfrenada de los religiosos que, bajo el hábito religioso y con pretexto de santidad, se consideran grandes. Pero el Señor, grande y poderoso, que mira a los humildes y destrona a los soberbios, echará a este caballo de la Jerusalén celestial, en la que nadie entrará, si no se humilla como un niño, como se humilló El mismo hasta la muerte y la muerte de cruz.
11.‑ En sentido moral. El rey, sentado sobre el asna el pollino, simboliza al justo, que mortifica su carne y frena sus estímulos. Dice Jeremías: “Virgen de Israel, todavía te adornarás con tus panderos y saldrás en el coro de danzarines” (31, 4). En el pandero, que es la piel de un animal muerto, extendida sobre un madero, está indicada la mortificación de la carne; y en el coro, en el que las voces cantan juntas, está simbolizada la concordia de la unidad.
El alma, pues, se adorna con los panderos y sale en el coro de los danzarines, cuando se adorna con la mortificación de la carne y la concordia de la unidad. Exhorta el profeta: “Con el pandero y con el coro alaben al Señor” (Salm 150, 4).
De otra manera. El rey, sentado sobre un asna, es el obispo, que gobierna al pueblo que se le confió. De él dice Salomón: “Bienaventurada es la tierra”, o sea, la Iglesia, “cuyo rey es noble y cuyos príncipes”, o sea, los prelados, “comen a su debido tiempo, para alimentarse y no para andar de comilonas” (Ecle 10, 17). “Comen sólo para vivir, no viven para comer” (Glosa). “Comen también a su debido tiempo”, porque no buscan aquí abajo la recompensa, sino la futura.
Este rey, como ya hemos señalado, debe ser manso, justo, salvador y pobre. Manso hacia sus súbditos; justo hacia los soberbios, infundiendo vino y aceite; salvador hacia los pobres; y pobre en medio de las riquezas. o también, debe ser manso, si recibe alguna injuria; justo ejerciendo la justicia con todos; salvador con la predicación y la oración; pobre por la humildad del corazón y el desprecio de sí mismo ¡Bienaventurada el asna y bienaventurada la Iglesia, que tiene a tal jinete!
En cambio, el obispo de nuestro tiempo es como Balaam, sentado sobre el asna. Ella vela al ángel; pero Balaam no lo podía ver. Balaam se interpreta el que precipita a la fraternidad”, o “el que alborota a la gente”, o “el que devora al pueblo”. Un obispo escandaloso es un tronco inútil. Con su mal ejemplo, precipita a la fraternidad de los fieles en el pecado y después en el infierno; con su necedad, porque es también inepto, alborota a la gente; y con su avaricia devora al pueblo. Ese prelado, sentado sobre el asna, no sólo no ve al ángel, sino que ve al diablo, dispuesto a precipitarlo al infierno. En cambio, el pueblo simple, que tiene una fe recta y se comporta honestamente, ve al ángel del Sumo Consejo, reconoce y ama al Hijo de Dios.
12.‑ ,Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus vestidos por el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y las extendían por el camino. Y la gente, que iba adelante y la que le seguía, aclamaba diciendo: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” (Mt 21, 8‑9).
Presta atención a estos tres momentos: “Tendía sus vestidos”, “cortaban ramas”, “aclamaban: ¡Hosanna!”.
Los vestidos simbolizan los miembros de nuestro cuerpo, con los cuales se viste el alma. De ellos dice Salomón: “En todo tiempo sean blancos tus vestidos” (Ecle 9, 8). Debemos tenderlos por el camino, o sea, exponerlos por el nombre de Jesús a la pasión y a la muerte. As! mereceremos recibirlos gloriosos e inmortales en la resurrección final, cuando “este cuerpo corruptible se revista de la incorruptibilidad y este cuerpo mortal se revista de la inmortalidad” (1Cor 15, 53).
Las ramas son los ejemplos de los santos padres, de los que dice el Señor: “Tomarán para ustedes los frutos del árbol más lindo, espatas de palmeras, ramas de árboles frondosos y sauces de los arroyos, y se regocijarán delante de su Dios “ (Lv 23, 40). El árbol más hermoso es la gloriosa Virgen María, cuyos frutos fueron la humildad y la pobreza. Las palmas fueron los apóstoles, que lograron victoria sobre este mundo; y las espatas son los frutos de las palmeras, antes de que se abran, y en ellas vemos la fe, la esperanza y la caridad de los apóstoles. El árbol de densas frondas es la cruz de Jesucristo, que por todo el mundo expandió las densas frondas de la fe.
Las ramas de este árbol fueron los cuatro brazos de la cruz, en los que fueron clavados las manos y los pies de Cristo. En las cuatro extremidades de la cruz fueron colocadas cuatro piedras preciosas, que son la misericordia y la obediencia, la paciencia y la perseverancia. La extremidad superior luce la misericordia, la derecha la obediencia, la izquierda la paciencia y la inferior la perseverancia, Los sauces de los arroyos, que permanecen siempre verdes, simbolizan a todos los santos, que en el torrente de esta vida pasajera y mortal son siempre verdes y perseveran en sus obras de bien.
Cosechemos, pues, para nosotros los frutos del árbol más hermoso, o sea, la pobreza y la humildad de la Virgen María; las espatas de las palmeras, o sea, la fe, la esperanza y la caridad de los apóstoles; las ramas del árbol de densas frondas, o sea, la misericordia y la obediencia, la paciencia y la perseverancia de la pasión de Jesucristo; y los sauces del torrente, o sea, las lozanas obras de todos los santos; y exultemos delante del Señor Dios nuestro, Jesucristo, aclamando con la gente y con los niños de los hebreos: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto de los cielos!”.
Hosanna se interpreta “salvación” o “salva, te conjuro”. Hosanna, o sea, la salvación pertenece al Hijo de David, o viene del Hijo de David, o por medio del Hijo. Bendito, o sea, “inmune de pecado”. Y tú, oh Cristo, eres bendito de manera peculiar, porque tú vienes en el nombre del Padre, o sea, en honor del Padre; tú vienes, o sea, que un día vendrás. En efecto, “tú que ante todo apareciste en la condición de siervo, aparecerás hacia el fin en la gloria del Señor” (Glosa). “¡Hosanna en lo más alto de los cielos!”, o sea, salva en lo más alto de los cielos, como si dijera: “Tú, que salvaste en tierra con la redención, sálvanos, te lo conjuramos, dándonos un lugar en los cielos”.
Te imploramos, pues, oh bendito Jesús. Haz que también nosotros nos acerquemos a Jerusalén con tu temor y con tu amor. De la aldea de esta peregrinación terrenal llévanos a ti, y tú, rey nuestro, descansa sobre nuestras almas. Y así, junto con los niños que elegiste de este mundo, o sea, con los apóstoles, merezcamos bendecirte, alabarte y glorificarte en la ciudad santa, en la eterna bienaventuranza.
Concédenos esta gracia tú, al cual pertenecen el honor y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén!
Y toda alma fiel responda: “¡Amen! ¡Así sea!”.
1.‑ “Jesús se levantó de la cena, depuso su vestidura y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego, puso agua en un lebrillo y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.” (Jn 13, 4‑5)
2.‑ Se lee en el Génesis: “Voy a traer un poco de agua y laven sus pies; y descansen debajo del árbol. Traeré un bocado de pan y sustentarán su corazón” (Gen 18, 4‑5).
Lo que Abraham hizo a los tres ángeles, Cristo lo hizo a sus santos apóstoles, mensajeros de la verdad, que habrían predicado en todo el mundo la fe en la santa Trinidad. Se inclinó ante sus pies como un esclavo y, así encorvado, les lavó los pies.
¡Oh incomprensible humildad! ¡Oh inefable dignación! Aquel que en el cielo es adorado por los ángeles, se inclina a los pies de los pescadores. Aquella cabeza que hace temblar a los ángeles, se encorva ante los pies de los pobres.
Por esto Pedro se asustó: “¡No me lavarás los pies jamás!”. Apresado por el espanto, no pudo tolerar que un Dios se humillara ante sus pies. Pero el Señor le replicó: “Si no te lavo”, o sea, si rechazas que yo te lave, “no tendrás parte conmigo”. Comenta la Glosa: “Quien no se lava por medio del bautismo, de la confesión y de la penitencia, no tiene parte con Jesús”.
Después de haberles lavado los pies, los hizo descansar bajo el árbol, que era El mismo. “Me senté a la sombra de aquel a quien tanto deseaba; y sus frutos ‑o sea, su cuerpo y su sangre‑ son dulces a mi paladar” (Cant 2, 3). Este es el bocado de pan, que puso delante de ellos y con el cual corroboró sus corazones, para soportar las fatigas.
“Mientras ellos cenaban, Jesús tomó el pan, lo bendijo y lo partió” (Mt 26, 26). Lo partió para indicar que “la fracción de su cuerpo” no se hubiera llevado a cabo sin su voluntad. Antes, lo bendijo, porque, junto con el Padre y el Espíritu Santo, colmó con la gracia de la potencia divina a la naturaleza que había asumido.
“Tomen y coman.. “Esto es mi cuerpo”. Has de entender así: “Lo bendijo”, y has de presuponer: “diciendo: “Esto es mi cuerpo”. Después lo partió, se lo dio y dijo: “¡Coman!”; y repitió: “Esto es mi cuerpo”.
3.‑ Vamos a ver ahora el significado alegórico de la cena, del vestido, de la toalla, del agua, del lebrillo y de los pies de los apóstoles.
La cena es la gloria del Padre; la deposición de los vestidos simboliza el anonadamiento de la majestad; la toalla, la carne inocente; el agua, el derramamiento de la sangre o la infusión de la gracia; el lebrillo, los corazones de los discípulos; y los pies, sus sentimientos.
“Se levantó de la cena”, en la cual se hallaba con Dios Padre. “Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos” (Lc 14, 16). Era una cena muy grande, porque espléndida y rebosante de la gloria de la Majestad divina, de las riquezas de la bienaventuranza angélica y de las delicias de la doble glorificación. Muchos son los convocados a esta cena, pero pocos participan, porque “el número de los necios es infinito” (Ecle 1, 15), que desdeñan “la cena de la vida” por el estiércol de las cosas terrenas. El puerco prefiere dormir en el barro que en un lindo lecho. Cristo se levanta de la felicidad de su cena, para levantar a éstos de la miseria de su estiércol.
“Depuso sus vestiduras”. Observa que Cristo cuatro veces depuso sus vestiduras. En la cena las depuso y las volvió a asumir; en la flagelación a la columna fue desnudado y después revestido; durante los escarnios de los soldados, fue desnudado y revestido, pero no se lee que fuera desnudado por Herodes; en la cruz fue desnudado, pero no fue revestido.
La primera vez se refiere a los apóstoles, a quienes El abandonó, pero volvió a hallarlos al poco tiempo. La segunda vez se refiere a los que fueron “asumidos”, acogidos en la iglesia en el día de Pentecostés y a los que serán acogidos poco a poco. La tercera vez se refiere a los que son “asumidos”, acogidos hacia el fin de los tiempos. La cuarta se refiere a la perversa mediocridad de nuestro tiempo, que jamás será “asumida”, aceptada.
La segunda y la cuarta expoliación se conmemoran hoy en algunas iglesias, cuando se desnudan los altares y después son rociados con agua y vino fustigados con ramas, como si fueran azotes.
Deponer las vestiduras significa anonadarse a sí mismo. Después del lavado, Jesús las reasumió, porque, realizada la obediencia, volvió al Padre del cual había salido.
Se lee en el martirio de san Sebastián que un rey tenía un anillo de oro, enriquecido con una gema preciosa. El anillo le era muy querido, pero se le desprendió del dedo y cayó en una cloaca, por lo cual sufrió un gran disgusto. No encontrando a nadie que pudiera recuperar el anillo, depuso las vestiduras de su regia dignidad, y, vestido de saco, bajó a la cloaca, buscó cuidadosamente el anillo y finalmente lo halló. Una vez hallado lleno de gozo, y lo llevó consigo al palacio.
Aquel rey es figura del Hijo de Dios; el anillo representa al género humano; la preciosa gema, engastada en el anillo, es el alma del hombre. Este del gozo del paraíso terrestre, como del dedo de Dios, cayó en la cloaca del infierno. El Hijo de Dios sufrió un gran disgusto por esa pérdida.
El Hijo de Dios buscó entre los ángeles y los hombres a alguien que pudiera recuperar el anillo, pero no lo halló, porque nadie podía hacerlo. Entonces depuso sus vestiduras, se anonadó a sí mismo, se revistió del saco de nuestras miserias, buscó el anillo por treinta y tres años, finalmente descendió a los infiernos y allí halló a Adán con toda su posteridad . Lleno de gozo, tomó a todos consigo y los llevó a la eterna felicidad.
4.‑ “Tomó una toalla y se la ciñó”. De la carne purísima de la Virgen El tomó la toalla de nuestra humanidad. Y con esto concuerda lo que dijo Ezequiel: “Dijo el Señor al hombre revestido de lino: “Entra en medio de las ruedas, que están debajo de los querubines” (10, 2). La rueda, que retorna al mismo punto del que partió, es la naturaleza humana, a la cual se dijo: “Eres tierra y a la tierra regresarás”. Se dice “en medio” con respecto a los dos extremos: el principio y el fin.
Observa que la naturaleza humana está caracterizada por tres momentos: la impureza de la concepción, la miseria del peregrinaje y la incineración de la muerte. El hombre, revestido de lino, es Jesucristo, que de la bienaventurada Virgen recibió el vestido de lino. El no entró en el mundo con una concepción impura, porque fue concebido por la Virgen purísima por obra del Espíritu Santo, ni sufrió al fin la incineración humana, porque “no permitirás que tu santo vea la corrupción” (Salm 15, 10); y se insertó en medio de nuestro peregrinaje como pobre, desterrado y peregrino, tanto que en todo el mundo apenas si tenía una morada.
Dice Nehemías: “No había ni espacio para que pasara el jumento, sobre el cual estaba sentado” (2 Esd 2, 14). Nehemías, que se interpreta “consolación del Señor”, es figura de cristo, nuestra consolación en el tiempo de la desolación.
Dice Isaías: “Tú fuiste fortaleza para el pobre, sostén para el mísero en su angustia, esperanza en el torbellino, sombra en el ardor del sol” (25, 4). Entre las zarzas de las adversidades humanas, en el torbellino de la sugestión diabólica, en el ardor de la lujuria o de la vanagloria, El es nuestro consolador. Su jumento era la humanidad, en la cual estaba sentada la divinidad. Este jumento, sobre el cual colocó al hombre herido, o sea, al género humano, en todo el mundo no tuvo una morada, porque “El no tenía dónde reclinar la cabeza”. Sólo halló donde “reclinar la cabeza en la cruz, en la que entregó el espíritu”.
Entró en medio de las ruedas que están bajo los querubines, porque “se hizo un poco menor que los ángeles”, cuando tomó la toalla y se la ciñó. En aquella carne se ciñó de humildad, porque era necesario que hubiese tanta humildad en el Redentor cuanta soberbia había habido en el traidor.
5.‑ “Puso agua en el lebrillo”. Comenta la Glosa: “Derramó la sangre en tierra, para purificar las huellas de los creyentes, ensuciadas por los pecados terrenos”. Observa que el lebrillo es un recipiente cóncavo, resonante, y tiene el labio abierto. Así era el corazón de los apóstoles, y ¡ojalá sea as! también el nuestro!: cóncavo por la humildad, resonante por la devoción, con el labio abierto para acusarse a uno mismo. El lebrillo se dice en latín pelvis, porque en él se lavan los pies (pedes).
El día de Pentecostés, el Señor envió el agua de la gracia al corazón de los apóstoles, y diariamente la infunde en el corazón de los fieles, para que purifiquen sus pies, o sea, sus afectos, de toda impureza. Es lo que dice Job: “Lavaba mis pies en la manteca” (29, 6). En la gordura de la manteca está indicada la devoción del alma, con la que Job, o sea “el que se duele de sus pecados”, lava los afectos de su mente.
“Y los secaba con la toalla, con la que estaba ceñido”. Todo el sufrimiento y la pasión del Señor fueron nuestra purificación. Con esta toalla debemos enjugar los sudores de nuestra fatiga y la sangre de nuestra pasión, tomando en toda nuestra tribulación el ejemplo de su paciencia, para poder gozar con El en su gloria.
Nos lo conceda aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
6.‑ Así dice Isaías: “El Señor de los ejércitos preparará en este monte un banquete de manjares suculentos y un banquete de vinos refinados, de gordos tuétanos y de vinos purificados” (25, 6). Y Mateo dice del mismo banquete: “Mientras estaban cenando, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió, y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen y coman: “Esto es mi cuerpo”. Y tomando el cáliz, dio gracias y se lo dio, diciendo: “Beban todos de él: “Esta es mi sangre (sobreentendido: a confirmación) de la nueva alianza” (26, 26‑28).
Como te das cuenta, Cristo hoy cumplió cuatro cosas: lavó los pies de los apóstoles, les entregó su cuerpo y su sangre, les brindó un largo y precioso discurso, y oró al Padre por ellos y por todos los que creerían en El. Por eso fue un suntuoso banquete.
El es de veras el “Señor de los ejércitos”, o sea, de los ángeles, de los que en esa misma noche dijo a Pedro: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, que me daría en seguida más de doce legiones de ángeles?” (Mt 26, 53). Como si dijera: “No necesito la ayuda de los doce apóstoles, ya que puedo alcanzar doce legiones de ángeles, que abarcan setenta y dos mil ángeles”.
“En este monte”, o sea, en Jerusalén, en ese cenáculo espacioso y bien adornado, en el cual también los apóstoles, el día de Pentecostés, recibieron al Espíritu Santo, El hizo hoy por todos los pueblos que creerían en El, “un banquete suntuoso”. El banquete de hoy es de veras un banquete de manjares suculentos, porque se servía el ternero engordado, al que el Padre sacrificó por la reconciliación del género humano. Se lee en Lucas: “'Traigan el ternero cebado y mátenlo; y comamos y banqueteemos, porque este mi hijo estaba muerto y volvió a la vida; estaba perdido y fue hallado. Y todos comenzaron a banquetear” (15, 23‑24). Comenta la Glosa: “Prediquen el nacimiento de Cristo y pregonen su muerte, para que el hombre crea en su corazón, imitando al que fue muerto, y con la boca reciba el sacramento de la pasión, para la propia purificación”.
Es lo que hace hoy la iglesia universal, para la cual Cristo preparó hoy en el monte Sión un banquete espléndido y suntuoso, con una doble riqueza: interior y exterior, y abundante. Les dio su verdadero cuerpo, rico en todo poder espiritual y cebado con la caridad interior y exterior; y mandó que fuera dado también a los que creerían en El.
Por eso se debe creer firmemente y confesar con la boca, que aquel cuerpo, que la Virgen dio a luz, que colgó de la cruz, que yació en el sepulcro, que resucitó el tercer día y que subió al cielo a la derecha del Padre, El, hoy, realmente lo dio a los apóstoles; y la iglesia todos los días lo consagra y lo distribuye a sus fieles.
Al imperio de las palabras: “Esto es mi cuerpo”, el pan se transustancia en el cuerpo de Cristo, que confiere la unción de una doble riqueza a aquel que lo recibe dignamente: mitiga las tentaciones y suscita la devoción. Por esto es llamado “tierra que mana leche y miel” (Dt 31, 20), porque endulza las amarguras e incrementa la devoción.
¡Desgraciado aquel que se atreve a entrar a este banquete sin el vestido nupcial de la caridad, o de la penitencia!. “Aquel que lo recibe indignamente, recibe su propia condenación” (1Cor 11, 29). ¿Qué relación puede haber entre la luz y las tinieblas? ¿Entre el traidor judas y el Salvador? “La mano del traidor está junto a la mía sobre la mesa” (Lc 22, 21). Está escrito en el Éxodo: “Todo animal”, también el hombre que se hizo semejante al animal, si toca el monte”, o sea, el cuerpo de Cristo, “será apedreado”, o sea, será condenado (Ex 19, 12‑13).
7.‑ “Un banquete de vinos sin escorias”, o sea, refinados y libres de toda impureza. Lo dice también Moisés en su cántico: “Y bebían la purísima sangre de la uva” (Dt 32, 14). La uva es la humanidad de Cristo, que, exprimida en el lagar de la cruz, esparció por todas partes su sangre, que hoy dio a beber a los apóstoles: “Esta es mi sangre, que por ustedes y por la multitud será derramada para la remisión de los pecados”. ¡Era, pues, necesario que aquella sangre fuera como un vino refinado y purísimo, para ser derramada para la remisión de tantos pecados!
¡Oh caridad del Dilecto! ¡Oh amor del Esposo hacia su esposa, la iglesia! Aquella sangre que el día después sería derramada por ella por las manos de los infieles, El mismo se la ofreció hoy con sus manos santísimas. Y por eso ella exclama en el Cantar de los Cantares: “Mi amado es para mí un manojo de mirra, que descansa entre mis pechos. Mi amado es para mí como un racimo de uva en las viñas de Engadí” (1, 12‑13).
Entra la esposa, la iglesia, o también el alma, en lo espeso de los sufrimientos y de los suplicios de su Esposo, y recoge piadosamente, y une, y ata con los vínculos del amor ya los insultos, ya las bofetadas y los salivazos, ya los escarnios y los flagelos, acá y allá la cruz, los clavos y la lanza; y junta todo ello como en un manojo de mirra, de dolores y de amarguras; y lo coloca entre sus pechos, donde está el corazón, o sea, el amor. El Dilecto, que mañana será para su esposa un manojo de mirra, hoy es para ella un racimo de uva. “Mi cáliz embriagador”: he ahí el racimo de uva; “¡qué excelente es !”: he ahí la uva seleccionada y su purísima sangre (Salm 22, 5).
¿Y dónde se encuentra? ¿Y de dónde se saca? “En las viñas de Engadí”, que se interpreta “fuente del cabrito”, el cual hiede. Las viñas de Engadí simbolizan las heridas de nuestro Dilecto, en las que hay un manantial de aguas vivas que lavan toda suciedad y eliminan todo mal olor. En esta fuente el ladrón lavó sus crímenes, mientras imploraba: “Acuérdate de mí, cuando estés en tu reino” (Lc 23, 42). De esta fuente habla Zacarías: “En aquel día”, o sea, mañana, “habrá para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén una fuente que brota, para lavar al pecador y a la menstruada” (13, 1). He ahí: la fuente mana y se ofrece a todos, Vengan, pues, y saquen; y laven las manchas escondidas y las manifiestas, indicadas en el ciclo mensual.
8.‑ He aquí que ahora nuestro Dilecto, el racimo de uva, el manojo de mirra, después de haber celebrado aquel rico y refinado banquete y haber cantado el himno (en acción de gracias), sale con sus discípulos hacia el monte de los Olivos. Pasa toda esta noche sin dormir, preocupado por llevar a cabo la obra de nuestra salvación; se aleja de los apóstoles; comienza a estar triste hasta la muerte, dobla las rodillas delante del Padre, pide que, si fuere posible, pase de El aquella hora; pero somete su voluntad a la del Padre; y entrando en agonía, mana un sudor sanguíneo.
Después de todo esto, es traicionado por un discípulo con un beso, es maniatado y es llevado como un ladrón. Su rostro es cubierto y es escupido; su barba, arrancada; su cabeza es golpeada con la caña y es magullado por las cachetadas; es flagelado a la columna, coronado de espinas y condenado a muerte; sus espaldas cargan el madero de la cruz y se encamina hacia el Calvario, es despojado de sus vestiduras y crucificado desnudo entre los malhechores; es abrevado con hiel y vinagre y es insultado y blasfemado por los viandantes.
¿Y qué más todavía? ¡La vida muere por los muertos! ¡Oh ojos de nuestro Dilecto, cerrados en la muerte! ¡Oh rostro, que los ángeles desean contemplar, pálido y exangüe! ¡Oh labios, panal de miel que destila palabras de vida eterna, amoratados! ¡oh cabeza, que hace temblar a los ángeles y que cuelga reclinada! ¡Aquellas manos, a cuyo toque desaparecía la lepra, la vida volvía, la luz perdida era devuelta, ahuyentaba al demonio y multiplicaba los panes! ¡Aquellas mismas manos, repito, ¡ay de mí!, ahora son traspasadas por los clavos y bañadas en sangre!
Queridísimos hermanos, recojamos todas estas cosas y hagamos un manojo de mirra y coloquémoslo entre nuestros pechos, o sea, llevémoslo en nuestro corazón, sobre todo, en esta noche y mañana, para que al tercer día merezcamos resucitar con El.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
9.‑ “El Señor de los ejércitos”... Vamos a ver el significado anagógico (místico) de estas cinco cosas: el monte, el banquete, la gordura, la médula y la uva seleccionada.
El monte es aquella patria celestial, de la cual habla Isaías: “Ustedes elevarán un cántico como el de las celebraciones solemnes, y su corazón gozará de gran alegría como quien parte con la flauta, para venir al monte del Señor, al Fuerte de Israel” (30, 29).
Presta atención a estas tres cosas: el cántico, la alegría y la flauta. El cántico es una alabanza hecha con la voz; alabanza que, corno dice Casiodoro, será proclamada en la patria: “Te alabarán por los siglos de los siglo s” (Salm 83, 5). La alegría es el júbilo del corazón. La flauta simboliza la melodía concorde de la carne y del espíritu, que tendremos en grado perfecto en la resurrección final. Con ella subiremos exultando y cantando al monte de la patria celestial, al Fuerte, que es Jesucristo, quien de las manos del poderoso liberé a Israel, o sea, a sus fieles, para los cuales en este monte celestial preparó un banquete.
Y dice Lucas: “Yo les preparo un reino, como mi Padre me lo preparó a mí, para que coman y beban a mi mesa en el reino de los cielos” (22, 29‑30). La mesa, preparada para todos los santos para que gocen, es la gloria de la vida celestial, en la que habrá tres banquetes: de la gordura, de la médula y del vino purificado; y en ellos están indicados los tres gozos de los bienaventurados.
En el banquete gordo está indicado aquel gozo que fruirán por la visión de toda la Trinidad; en el banquete meduloso está indicado el gozo que tendrán por su propia felicidad y por el esplendor interior de su conciencia. Por estos dos gozos oraba David: “Mi alma será saciada de meollo y de grosura”, o sea, de aquel doble gozo; “entonces mi boca te alabará con labios de júbilo” (Salm 62,6).
En el vino, purificado de la escoria, está indicado el gozo de toda la iglesia triunfante, que entonces será de veras purificada, cuando “este cuerpo mortal se revista de la inmortalidad y este cuerpo corruptible se revista de la incorruptibilidad” (1Cor 15, 53).
Se digne concedernos ese gozo aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ En aquel tiempo: “María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé compraron especias aromáticas, para ir a embalsamar a Jesús...” (Mc 16, 1).
Dice el Eclesiástico: “El boticario hace sus pigmentos y prepara ungüentos saludables” (38, 7). Son llamados pigmentos ‑que podrían también llamarse piligmentos‑ porque son labrados en la pila (mortero) con la maza. Los pigmentos son aquellas especias, de las que el alma penitente dice en el mismo Eclesiástico: “Como mirra exquisita emané un aroma suave: como el estacte, el gálbano, el ónix y la gutapercha” (esencia gomosa) (24, 20‑21).
Estas esencias, como dice la Glosa, son pigmentos preciosos para los médicos, y simbolizan las diferentes virtudes que los verdaderos médicos, o sea, los médicos del espíritu, usan para curar a los hombres. En la mirra se indica la penitencia, que sólo es genuina si le mezclan estas cuatro esencias: el estacte, el gálbano, el ónix y la gutapercha.
El estacte es una esencia de perfume agradabilísimo, destilado de una planta que lo emana como un líquido mieloso. El gálbano es una resina que ahuyenta con su olor a las serpientes. El ónix, nombrado también en el Éxodo (30, 34), es una piedra preciosa, que deriva del griego onyx y se dice en latín úngula, uña, porque se asemeja a la uña del hombre. La gutapercha es una esencia que cura toda callosidad y mitiga las hinchazones.
En el estacte está simbolizada la compunción de las lágrimas que despiden perfume en presencia de Dios, y al alma penitente son más dulces que la miel y que un panal de miel. En el gálbano está indicada la confesión, que ahuyenta a las serpientes, o sea, a los demonios. En la gutapercha está señalada la humildad de la satisfacción, que cura la dureza de la mente y reprime la soberbia del cuerpo. Sin embargo, no es llamado bienaventurado el que comienza, sino el que persevera hasta el fin; y por eso a las tres esencias anteriores hay que añadir el ónix, la uña, que es la parte extrema del cuerpo y simboliza la perseverancia final. El boticario, o sea, el predicador, debe pisar estas especias en el mortero, o sea, en el corazón del pecador, debe obrar con la maza de la predicación y debe incorporar el bálsamo no mezclado con la divina misericordia, para que tengan un sabor más agradable para el paladar del alma penitente.
“Y prepara ungüentos saludables”. La unción (cualidad espiritual), que enseña al hombre todas las cosas que le son necesarias, se prepara con dos elementos: el vino y el aceite; el vino, que fluye de la verdadera vid, exprimida por el lagar de la cruz, y el aceite, con el cual fue ungida la Iglesia primitiva, el día de Pentecostés, o sea, la sangre de Cristo y la gracia del Espíritu Santo. Con estos dos elementos el boticario debe preparar los ungüentos para poder ungir, junto con las tres mujeres, los miembros de Cristo, que son los fieles de la iglesia. Se lee en el evangelio de hoy: “María Magdalena, y María de Santiago y Salomé compraron los aromas, para ungir el cuerpo de Cristo”.
2.‑ Observa que en este evangelio se destacan estos cuatro momentos. Primero: la devoción de la santas mujeres y la compra de los aromas, como se lee: “María Magdalena, María de Santiago y Salomé compraron los aromas”. Segundo: remoción de la piedra, como se lee: “Las mujeres se preguntaban una a otra: “¿Quién nos correrá la piedra?”. Tercero: la visión de los ángeles: “Entrando en el sepulcro”... Cuarto: la resurrección de Jesucristo: “El les dijo: “¡No tengan miedo!”.
3.‑ “María Magdalena, María de Santiago y Salomé compraron los aromas”. En estas tres mujeres están indicadas tres virtudes de nuestra alma, o sea, la humildad de la mente, el desprecio del mundo y el encanto de la paz,
En la Magdalena, de la aldea de Magdala, que se interpreta “torre”, está indicada la humildad de la mente; en María de Santiago, que se interpreta “suplantadora”, madre de Santiago el Menor, está indicado el desprecio del mundo; en Salomé, que quiere decir “pacífica”, madre de Santiago y de Juan el evangelista, está simbolizado el encanto de la paz.
Estas tres mujeres son llamadas con un solo nombre: María, que se interpreta “iluminación”, porque las tres virtudes iluminan la mente del hombre, en el cual residen. Vamos a decir algo de cada una de ellas.
María Magdalena es la humildad de la mente que, mientras se considera a sí misma una nada, tanto más se eleva como una torre. Por eso dice Santiago: “El hermano humilde gloríese en su exaltación” (1, 9), porque de donde viene la humildad, de ahí viene la exaltación. De esta torre se dice en el Génesis, que Jacob “plantó una tienda más allá de la torre de la grey” (35, 21). En la torre está indicada la humildad, en la grey la verdadera sencillez. Jacob, o sea, el justo, planta la tienda de su vida, en la cual milita ‑ya que “milicia es la vida del hombres sobre la tierra” (Job 7, 1)‑ más allá de la torre de la grey, porque persevera constante en la humildad, que es la madre de la pura sencillez. Y observa que dice “más allá de la torre” y no “en la torre”, porque el justo, mientras vive aquí abajo, se reputa más modestamente de lo que sea en la realidad.
De Magdalena dice Juan: “María estaba fuera llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó y miró dentro del sepulcro. Y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera y el otro a los pies del lugar, donde habían colocado el cuerpo de Jesús” (20, 11‑12). Presta atención a cada una de las palabras. El sepulcro, llamado en latín monumentum, monumento, porque amonesta la mente a acordarse del difunto, está a significar el pensamiento de nuestra muerte y el pensamiento de nuestra sepultura. Estos pensamientos nos exhortan a condolemos en nuestra mente y a persistir en las obras de penitencia.
“María estaba fuera del sepulcro”, porque el humilde piensa asiduamente en la muerte, para que, cuando llegue, lo encuentre velando. ¿Y qué actitudes tenía? Estaba fuera, llorando: fuera, no dentro. En las afueras no hay más que “llanto y recios lamentos”. Raquel ‑que se interpreta “oveja”, o sea, el alma simple del penitente “llora a sus hijos”, o sea, sus obras, que a causa del pecado están muertas, “y no quiere ser consolada, porque no existen más” (Gen 29, 25) esas obras, que eran tan vivas antes que fueran muertas. ¡Ay de mil ¡Qué fácil es el descenso, y qué difícil el ascenso! “¡Se destruye en breve, lo que costó tanto tiempo conquistar!” (Catón).
“Mientras lloraba, se inclinó y miró dentro del sepulcro”. He ahí la verdadera humildad del penitente. Presta atención a estos tres verbos: lloró, se inclinó y miró. Lloró: he ahí la contrición; se inclinó: he ahí la confesión; miró: he ahí la satisfacción, a la que se compromete con seriedad, cuando dirige la mirada hacia su sepulcro, o sea, piensa en su muerte.
“Y vio a dos ángeles”. Estos dos ángeles ‑ángel significa “mensajero” simbolizan en sentido moral nuestro miserable ingreso a la vida y nuestra amarga partida (de este mundo). Nosotros, que somos el cuerpo de Jesucristo, procuremos tener a estos dos ángeles, uno a la cabecera y otro a los pies de nuestra vida, mientras reflexionamos sobre nuestra miserable entrada y nuestra partida. Con razón son llamados ángeles, porque nos anuncian la fragilidad de nuestro cuerpo y la vanidad de este mundo.
Estos son los dos ángeles, que, como se lee en el Génesis, “sacaron a Lot de Sodoma y le dijeron: “Salva tu vida; no mires detrás de ti ni te detengas en toda esta llanura. Sálvate en el monte, para no perecer con todos los otros” (19, 17). Cualquiera que medite sobre su entrada y sobre su partida de esta vida, en seguida saldría de Sodoma, o sea, del hedor del mundo y del pecado; y así salvaría su alma. No se volvería hacia atrás, o sea, hacia los pecados pasados, ni se detendría en algún lugar de los alrededores ‑se detiene en los alrededores el que, después de haber abandonado el pecado, no huye de las ocasiones ni de las fantasías de pecado‑, sino que se salvaría en el monte, o sea, en una vida perfecta. Con razón en la Magdalena se designa la humildad.
4.A la Magdalena se asocia felizmente María de Santiago, que se interpreta “suplantadora”. Ella simboliza el desprecio del mundo, por el que uno pisotea bajo sus pies, como barro, todas las cosas transitorias y echa fuera la levadura de su anterior conducta. Dice el Apóstol en la epístola de hoy: “Echen fuera la vieja levadura, para ser masa nueva, porque son ázimos (puros). Nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1Cor 5, 7).
Fermento deriva de fervor, o hervor. Más allá de la primera hora, ya no puede ser frenado, porque crece y excede toda medida. En griego se dice zyma (del que viene ázimo, sin fermento, o sea, puro). “Sea expurgado el viejo fermento, para que se anuncie abiertamente la nueva resurrección” (Secuencia de Adán de San Víctor).
El fermento simboliza la codicia de los bienes terrenales y la concupiscencia de los deseos carnales que, cuando comienzan a hervir, exceden toda medida. En efecto, el avaro no se harta de plata ni el lujurioso se harta con los placeres de la carne.
Dice Isaías: “Los impíos, o sea, los avaros y los lujuriosos, son como un mar agitado que no puede aplacarse y cuyas olas traen a la superficie suciedad y barro. No hay paz para los impíos, dice el Señor” (57, 20‑21). Las olas del mar agitado y tempestuoso simbolizan los deseos del hombre perverso, que pisotean su alma y la reducen miserablemente a suciedad y barro, en los que los puercos, o sea, los demonios, de buenas ganas se revuelcan. ¡Echen fuera, pues, la vieja levadura!
Por eso el Señor manda: “Durante siete días no se halle nada fermentado en sus casas. Si alguien come algo fermentado, su alma perecerá de la tierra de Israel” (Ex 12, 19). Durante siete días, o sea, por todo el tiempo de nuestra vida, que evoluciona en el giro de siete días (o épocas), no se halle en sus casas, o sea, en sus corazones, nada fermentado, o sea, abrasado en la concupiscencia mundana y carnal. Diversamente, el alma del que habrá comido, perecerá de la tierra de Israel, o sea, de la vida eterna, en la cual contemplaremos a Dios cara a cara. ¡Echen fuera, pues, el viejo fermento, para ser masa nueva, ya que son ázimos, o sea, puros!
Se lee en el Éxodo: “El pueblo tomó la harina amasada, antes que fermentara, y, envuelta en sus mantos, la puso sobre sus hombros”. Y poco después: “Cocieron la harina amasada, traída de Egipto, y se prepararon panes ázimos, cocidos al rescoldo” (12, 34 y 39). En esta cita se distinguen tres instancias: la contrición, la confesión y la satisfacción. La harina, dicha así de farro (cebada), que es alimento de los enfermos, simboliza la penitencia, que es el alimento de los pecadores. Esa harina debemos amasarla con el agua de la contrición y envolverla en los mantos, o sea, en nuestras conciencias, con el vínculo de la confesión, y llevarla sobre nuestros hombros a través de las obras de la satisfacción. Para que esta harina no fermente, debemos cocerla con el fuego, o sea, con el amor del Espíritu Santo, y preparar unos panes cocidos al rescoldo, viático de nuestra condición mortal, panes ázimos de la sinceridad y de la verdad, viviendo en la sinceridad con respecto a nosotros y en la verdad con respecto a Dios y al prójimo.
5.‑ “Cristo, nuestra pascua, ya fue sacrificado por nosotros”. Según Agustín, “pascua no deriva de la pasión, sino del “pasaje”, porque en ese día “pasé” el exterminador por Egipto, o pasó el Señor para liberar a su pueblo”.
Con el mismo nombre de pascua indicaban al Cordero, que en este día pasaría” de este mundo al Padre. Y observa que son llamados “pascua” tanto el Cordero como la hora vespertina, en la cual el Cordero era sacrificado, en la décima cuarta luna del primer mes. Y son llamados también “días de los ázimos” los que iban de la décima quinta luna hasta la vigésima primera del mismo mes. Con todo, los evangelistas, indiferentemente, escriben “días de los ázimos” por “pascua” y “pascua” por “días de los ázimos”. Por ejemplo, Lucas: “Se acercaba el día de fiesta de los ázimos, que es llamado pascua” (22, 1),
“Cristo, nuestra pascua, fue sacrificado”. Comamos, pues, en esta solemnidad pascual a este Cordero “asado” por nosotros en la cruz e inmolado al Padre para la reconciliación del género humano; comámoslo con las hierbas agrestes, como fue ordenado a los hijos de Israel, o sea, con el dolor y contrición del corazón” (Glosa).
Dijo el Señor: “Lo comerán así: “Ciñan sus riñones, calzarán las sandalias a los pies, tendrán en sus manos el bordón y comerán apresuradamente, porque es la pascua, o sea, el pasaje del Señor” (Ex 12, 11).
Presta atención a estas tres palabras: los riñones, las sandalias y los bordones. Los riñones (en latín, renes) se llaman así, porque de ellos nacen tres arroyuelos (en latín, rivi) de líquido repugnante. En efecto, las venas y las vísceras secretan un líquido tenue en los riñones, que, liberado de los riñones, baja excitando los sentidos, “La secreción de los riñones es caliente, y los riñones están rodeados de mucha gordura” (Aristóteles). Con razón decía el Señor: “Ciñan sus riñones”, o sea, repriman con la mortificación de la carne el ardor de la lujuria.
Las sandalias simbolizan los ejemplos de los santos. Con ellos debemos proteger nuestros pies, o sea, los afectos de la mente, para que con toda seguridad podamos caminar sobre las serpientes, o sea, las sugestiones del diablo, y sobre los escorpiones, o sea, sobre las falsas promesas del mundo.
Los bordones en las manos simbolizan las palabras de la predicación, traducidas en vivencias.
Entonces, el que quiere recibir dignamente el cuerpo de Cristo, ciña los riñones con el cinturón de la castidad, proteja los afectos de la mente con los ejemplos de los santos y traduzca las palabras en obras; y así con los auténticos israelitas celebrará la verdadera pascua, para pasar de este mundo al Padre.
De este pasaje dijo un filósofo: “El mundo es como un puente: pasa por él sin detenerte”. Y otro: “Este mundo es un puente poco seguro: su entrada es el vientre de la madre, su salida es la muerte”. Es, pues, óptima cosa edificar la torre de la humildad con María Magdalena, y “suplantar”, o sea, atravesar el mundo, junto con María, madre de Santiago.
6.‑ A las dos Marías se añade la tercera, o sea, Salomé, que es “la abundancia de la paz”. Dice el Eclesiástico: “Mi espíritu se complace en tres cosas, gratas a Dios y a los hombres: la concordia entre los hermanos, la amistad entre vecinos y la armonía gozosa entre el marido y la mujer” (25, 1‑2). De esta triple paz nacen el gozo de Dios y de sus ángeles y la felicidad para los hombres. Concluye el Profeta: “¡He aquí: qué bueno y suave es que los hermanos vivan en unión!” (Salm 132, 1).
“María Magdalena, María de Santiago y Salomé compraron aromas, para ir a ungir el cuerpo de Jesús”. Escribe Lucas: “Las mujeres, que con El habían venido desde Galilea, observaron el sepulcro y cómo había sido colocado el cuerpo de El. Volvieron atrás y prepararon los aromas y los ungüentos; y, como era sábado, observaron el reposo, como estaba prescrito” (23, 55‑56).
La Glosa comenta así a Mateo (28, 1): “Estaba prescrito que el silencio del sábado fuera observado de una víspera a la otra. Por eso, las piadosas mujeres, después de la sepultura de Jesús, mientras todavía estaba permitido el trabajo ‑o sea, el día de la parasceve (Viernes Santo) hasta el ocaso del sol‑, se ocuparon en la preparación de los ungüentos. Pero, por el poco tiempo a disposición, no pudieron completar los preparativos; por eso, en seguida, pasado el sábado, o sea, al ocaso del sol, se apresuraron a comprar los aromas, para estar listas, la mañana siguiente, a ir a embalsamar el cuerpo de Jesús”. Estas piadosas mujeres se apresuraron y se fatigaron en la preparación de los ungüentos, «como se fatigan las abejas en la elaboración de la cera y de la miel.
Dice la Historia Natural que las actividades de las abejas son bien diferentes entre ellas. Algunas producen la cera y otras la miel; algunas llevan el agua; otras amontonan la miel y la prensan; algunas salen al trabajo al comienzo del día y otras descansan hasta ser despertadas por una compañera. Después, todas juntas salen afuera a trabajar (Aristóteles). En la abeja que despierta a las otras, yo veo a la bienaventurada Magdalena, la cual, como mucho amaba, tal vez estimulaba a las otras a preparar los ungüentos.
En cambio, la bienaventurada Virgen María, después de la sepultura de su Hijo Jesús, jamás se alejó, según la opinión de algunos, sino que siempre permaneció allí velando en lágrimas, hasta que mereció ser la primera en verlo resucitar. Por esto los rieles festejan en su honor el sábado.
7.‑ Las almas rieles, iluminadas por semejante esplendor de humildad, pobreza y paz, compren, con el dinero de la buena voluntad, marcado con la imagen del emperador, aquellos aromas, de los que habla el Señor a Moisés: “Procúrate aromas: mirra seleccionada y virgen, cinamomo, canela, casia y aceite de olivo; y con ellos elaborarás el óleo para la sagrada unción, preparado con el arte del perfumador; y con él ungirás la tienda del testimonio, el arca de la alianza, la mesa con todos sus utensilios, el candelabro con sus aparejos, el altar de los inciensos y el altar del holocausto” (Ex 30, 23‑28).
En la mirra seleccionada y virgen está indicada la devoción de la mente, que, más que cualquier otra cosa, debemos elegir. En el cinamomo, que es de un color ceniza, está indicado el pensamiento de la muerte; en la canela olorosa, la melodía de la confesión. En la casia, que vive en lugares húmedos y crece muy alta, está indicada la fe, que se nutre del agua del bautismo y se eleva en alto por la caridad. En el aceite de olivo está indicada la misericordia del corazón. Con estos cinco elementos debemos elaborar el ungüento sagrado que nos santifica, confeccionado con el arte del perfumador, o sea, del Espíritu Santo.
Con este ungüento deben ser ungidas estas cinco cosas: la tienda del testimonio, o sea, los pobres de Jesucristo, signados con el carácter de su pobreza, que, mientras están en este mundo, están como en el destierro, lejos del Señor; el arca de la alianza, o sea, los que en un carro nuevo, o sea, con el corazón y cuerpo renovados por la penitencia, llevan el arca de la obediencia; la mesa con sus vasos, o sea, los que ofrecen a todos los doce panes, o sea, la doctrina de los doce apóstoles, con un puñado de incienso, que es la humildad y la devoción de la mente, y con patena de oro, o sea, la luz de la caridad fraterna; el candelabro y sus utensilios, o sea, todos los prelados de la santa iglesia, que no esconden el candelabro de su dignidad bajo el almud, o sea, bajo la ganancia temporal, sino que lo colocan en el monte de una vida de gran perfección, para que ilumine y muestre el camino a todos los que están en la casa, o sea, en la iglesia; y todo esto vale no sólo para el candelabro, sino también para todos sus utensilios, o sea, para todos los demás que tienen una dignidad menor; y finalmente los dos altares del holocausto y del incienso. En el altar del holocausto están indicados los de vida activa, que se consagran totalmente a las necesidades del prójimo; y en el altar del incienso están indicados los contemplativos, que experimentan la suavidad de las dulzuras celestiales.
Pues bien, con ese ungüento, confeccionado por obra del Espíritu Santo, deben ser ungidos todos los que hemos nombrado, que son los miembros de Jesucristo, crucificados en la cruz de la penitencia, muertos al mundo y alejados de la agitación de los hombres, porque encerrados en el sepulcro de las cosas celestiales.
8.‑ “María Magdalena, y María de Santiago y Salomé compraron aromas, para ir a embalsamar el cuerpo de Jesús. Y muy de madrugada, el primer día después del sábado, fueron al sepulcro, apenas salido el sol” (Mc 16, 1‑2).
Mateo escribe: “La tarde del sábado, después que inició el primer día después del sábado, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro” (28, 1). Y Lucas: “El primer día después del sábado, muy de madrugada, fueron al sepulcro, llevando los aromas que habían preparado” (24, 1). Y Juan: “El primer día después del sábado, María Magdalena se dirigió al sepulcro muy de mañana, cuando todavía era oscuro” (20, 1).
Marcos dice: “Muy de madrugada” y en esto no se aparta ni de Lucas ni de Juan. En cambio, Mateo, al hablar de la primera parte de la noche, o sea, de la tarde, quiere indicar la noche, a cuyo fin (o sea, de mañana) se encaminaron al sepulcro. Por esto debes entender as!: a la tarde, o sea, en la noche que sigue al sábado, , que amanece, o sea, termina con la luz, porque el crepúsculo no es la primera parte de la noche, sino la última parte. Entonces, la tarde del sábado, o sea, al comienzo de la noche del sábado, ciertamente comenzaron a ponerse en movimiento y a comprar los aromas, pero llegaron (al sepulcro) a los primeros albores del día. Lo que Mateo, por amor a la brevedad, dice de manera poco clara, los otros lo dicen explícitamente.
Y he aquí el sentido moral. “muy de madrugada, el primer día después del sábado”. De madrugada, o sea, en los comienzos de la gracia, sin la cual en el alma reina la muerte. Dice el Profeta: “De mañana estaré delante de ti” (Salm 5, 4), “recto y erecto, como me hiciste recto y erecto” (Agustín). El primer día después del sábado, las piadosas mujeres llegan al sepulcro. se dice claramente que llegan al sepulcro el primer día después del sábado, porque si el alma no desiste de la preocupación por las cosas temporales, no puede acercarse a Dios.
Dice el Señor por boca de Jeremías: “Cuiden sus vidas: no lleven cargas el día sábado, ni las introduzcan por las puertas de Jerusalén” (17, 2 1). Sábado se interpreta reposo”. Jerusalén es el alma, y las puertas son los cinco sentidos del cuerpo. Llevan cargas el día sábado y las introducen en Jerusalén los que, complicados en los afanes de las cosas temporales, a través de las puertas de los cinco sentidos, introducen en el alma las cargas de los pecados, o sea, el bagaje de las preocupaciones de este mundo; y entonces no preservan el alma del pecado. En cambio, las almas fieles, eliminado todo zumbido de las moscas de Egipto, “el primer día después del sábado, se dirigen al sepulcro”.
9.‑ “Las mujeres decían entre sí: “¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”. Pero, al mirar, vieron removida la piedra que era muy grande” (Mc 16, 3‑4).
Sentido alegórico. La remoción de la piedra nos recuerda la revelación de los sagrados misterios de Cristo, que estaban tapados por el velo de la letra de la ley. La ley estaba escrita en la piedra y, removida su cobertura, se mostró la gloria de la resurrección, y comenzaron a ser proclamadas en todo el mundo la abolición de la muerte antigua y la vida sin fin, en la que nos era dado esperar (Glosa).
Sentido moral. Se remueve la piedra, cuando por medio de la gracia se quita todo el peso del pecado. Cuándo esto suceda y cómo deba comportarse el hombre para que esto suceda, nos lo dice el Génesis: “Era costumbre, que, cuando estaban reunidas todas las ovejas, entonces se removía la piedra de la boca del pozo” (29, 3). Si quieres que sea removida la piedra del pecado, que te impide levantarte, reúne alrededor de Cristo a las ovejas, o sea, los buenos pensamientos. Añade el Génesis: “He aquí que llegó Raquel con las ovejas de su padre, ya que ella pastoreaba el rebaño” (29, 9). Raquel, que se interpreta
oveja”, pastorea a las ovejas, porque el hombre sencillo alimenta buenos pensamientos.
Todavía, en sentido moral. va al sepulcro el que se propone hacer penitencia en algún monasterio o en una orden religiosa. Pero, considerando la grandeza de la piedra, o sea, las dificultades de la vida religiosa, se pregunta:
¿Quién me removerá la piedra de la puerta del sepulcro?”. Grande es la piedra, difícil es el ingreso, y difíciles son las velas continuas, los frecuentes ayunos, la frugalidad de los alimentos, el sayal burdo, la severa disciplina, la pobreza voluntaria, la obediencia solícita; y ¿quién me removerá esta piedra de la puerta del sepulcro?
¡Oh mentes afeminadas! Acérquense y miren, no desconfíen y verán que la piedra ya está removida. “Un ángel, dice Mateo, bajó del cielo, removió la piedra y se sentó sobre ella” (28, 2). El ángel es la gracia del Espíritu Santo, que quita la piedra de la puerta del sepulcro, sostiene nuestra fragilidad, mitiga toda aspereza y endulza con el bálsamo de su amor toda amargura. “El caballo, o sea, la buena voluntad, está preparado para la batalla; pero es el Señor el que da la salvación” (Prov 21, 3 1). “Nada es difícil para el que ama” (San Bernardo).
10.‑ “Las mujeres entraron en el sepulcro y vieron a un joven, sentado a la derecha, vestido de una estola cándida; y quedaron atónitas” (Mc 16, Salm).
Sentido moral. El sepulcro es la vida contemplativa, en la que el hombre, como en un sepulcro, muerto al mundo, se sepulta en el escondimiento. Dice Job: “Entrarás en el sepulcro en la abundancia, como a su tiempo se recoge el montón de trigo” (5, 26). El justo, venteadas las pajas de las cosas temporales, al salir del mundo, en la abundancia de la gracia divina, entra en el sepulcro de la vida contemplativa, en la cual se guarda como un montón de trigo, porque su alma se sacia con celestiales dulzuras en la contemplación.
El justo, al entrar en el sepulcro, ve a un joven sentado a la derecha, vestido de estola cándida. El “joven”, llamado así porque dispuesto a ayudar (en latín, iuvare), es el Hijo de Dios, que como joven nos ayuda y está siempre dispuesto a ayudarnos. Con razón se dice que estaba sentado a la derecha. Se dice “derecha”, como dando cosas hacia fuera (latín: dextera, dans extra). El nos ayudó de manera admirable, dándonos su divinidad y recibiendo nuestra humanidad, para que nosotros, que estábamos fuera, estuviésemos dentro. Para que nosotros entráramos, él salió y se cubrió de la estola cándida, o sea, de la carne humana, pero sin ninguna mancha.
Dice el bienaventurado Bernardo: “Después de todos los beneficios, quiso que su costado derecho fuera traspasado, para mostrarnos que sólo desde la derecha quiso prepararnos un lugar a la derecha”.
El justo, saliendo del mundo y entrando en el sepulcro, debe ver y debe contemplar a este joven, en el modo señalado por el bienaventurado Bernardo: “El hombre natural en sus comienzos, o sea, el joven aprendiz de Cristo, debe ser instruido sobre la manera de acercarse a Dios, para que Dios se acerque a él. Debe ser exhortado a dirigirse con la máxima pureza del corazón a aquel, al cual presenta el sacrificio de su oración. Cuanto más ve y comprende a aquel al que ofrece su oración, tanto más arderá en amor por El; y el mismo conocimiento llegará a ser amor. Cuanto más Dios esté presente en su corazón, tanto más comprenderá si lo que le ofrece, es de veras digno de Dios y si podrá sacar provecho”.
“Sin embargo, para aquel que ora o medita de esta manera, será mejor y más seguro proponerle la imagen de la humanidad del Señor, de su natividad, de su pasión y resurrección, para que el espíritu débil, que no sabe pensar sino en la materia y en las cosas materiales, tenga algo concreto a lo cual aficionarse y a lo cual adherir en sus piadosas intuiciones, según sus capacidades”.
“Lo que se lee en Job: “El hombre, si se detiene a considerar su naturaleza, no pecará” (5, 24), tiene especial referencia al Mediador Cristo; y significa: cuando el hombre le dirige a El la mirada de su inteligencia, considerando en Dios la naturaleza humana, jamás se alejará de la verdad; y mientras por medio de la fe no separa a Dios del hombre, aprenderá al fin a reconocer en el hombre a su Dios.
“En el ánimo de los pobres de espíritu y de los más sencillos hijos de Dios, el sentimiento suele ser tanto más suave, cuanto más se acerca a la naturaleza humana, En un segundo momento, al transformarse la fe en afecto, acogiendo en el centro de su corazón, con el dulce abrazo del amor, a Cristo Jesús, hombre perfecto por haber asumido la naturaleza humana, y verdadero Dios quien asumió esa naturaleza humana, comienzan a conocerlo no según la carne, aunque todavía no pueden pensarlo plenamente Dios como Dios; y, bendiciéndolo en sus corazones, aman ofrecerle sus votos” y sus aromas, junto con las santas mujeres, de las que se dice: “Al entrar en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha”.
11.‑ “El joven les dijo: “¡No se asusten! Ustedes buscan a Jesús, el Nazareno, el crucificado. Ya resucitó: no está aquí. Miren el lugar donde lo pusieron. Ahora vayan y digan a sus discípulos y a Pedro, que El irá delante de ustedes a Galilea. Ahí lo verán, como se lo había dicho” (Mc 16, 6‑7).
“Desapareció la amarga raíz de la cruz, floreció la flor de la vida con sus frutos. El que yacía en la muerte, resucitó en la gloria. Resucitó de mañana, el que había sido sepultado por la tarde, para que se cumpliera la palabra del salmo: “Por la tarde durará el llanto, pero por la mañana brillará la alegría” (Salm 29, 6) (Glosa).
Jesús fue sepultado el sexto día, antes del sábado, que se llama parasceve, hacia el ocaso. La noche siguiente y el sábado con la noche siguiente quedó colocado en el sepulcro; el tercer día, la mañana del primer día después del sábado, resucitó. Entonces permaneció en el sepulcro un día y dos noches: así añadió la luz de su única muerte a las tinieblas de nuestra doble muerte. Éramos esclavos de la muerte del alma y del cuerpo. El sufrió por nosotros una única muerte, la de la carne; y así nos libró de nuestra doble muerte. Unió su única muerte a nuestra doble muerte; y así, muriendo, destruyó a las dos.
Se lee en el evangelio que el Señor, después de su resurrección, se apareció a sus discípulos diez veces, de las que las primeras cinco se realizaron el mismo día de la resurrección. La primera vez se apareció a María Magdalena; la segunda, a las mujeres que volvían del sepulcro; la tercera, a Pedro, según la afirmación de Lucas.‑ “El Señor resucitó y se apareció a Simón” (Lc 24, 34); la cuarta, a los dos discípulos que iban a Emaús; la quinta, a los diez apóstoles reunidos en el cenáculo, a puertas cerradas, en ausencia de Tomás. La sexta vez se apareció a los discípulos, ocho días después, con la presencia también de Tomás; la séptima vez, cuando se manifestó a los siete discípulos que estaban pescando; la octava, en el monte Tabor, donde el Señor había establecido que todos se juntaran; y así antes de su ascensión se apareció ocho veces. En el mismo día de la ascensión se apareció dos veces: una vez, mientras los once discípulos estaban comiendo en el cenáculo. Por eso dice Lucas: “Mientras comían les mandó que no se alejaran de Jerusalén”; y otra vez se mostró después de la comida.
Los once apóstoles y otros discípulos, la Virgen María con otras mujeres se dirigieron al monte de los olivos, donde se les apareció el Señor; y “mientras ellos estaban mirando, el Señor se elevó, y una nube lo escondió a sus ojos” (Hech 1, 9). Vamos a ver el significado moral de estas diez apariciones.
12.‑ 1. Se apareció a María Magdalena. Antes que a los demás, la gracia del Señor se aparece al alma penitente. Se dice en el Éxodo: “Apareció en el desierto el maná, una cosa menuda y como pisada en el mortero, semejante a la escarcha sobre la tierra” (16, 14). En la soledad, o sea, en el penitente, aparece el maná de la gracia divina, desmenuzada en la contrición, triturada en el mortero de la confesión, semejante a la escarcha en la satisfacción.
2. Se apareció a las mujeres que volvían del sepulcro. El Señor se aparece a los que regresan del sepulcro, o sea, salen de su miserable muerte espiritual, y consideran el deplorable ingreso de su nacimiento. Se lee en el Génesis: “El Señor se apareció a Abraham en el valle de Mambré, mientras estaba sentado a la puerta de su tienda, en el pleno calor del día” (18, 1).
Abraham es el justo; el valle, la doble humildad; Mambré se interpreta “esplendor”; la tienda es el cuerpo; la puerta, el ingreso y la partida de la vida; el calor del día, la compunción del alma. El Señor se aparece al justo, que se conserva en la doble humildad del corazón y del cuerpo; esa humildad lo lleva al esplendor de la gloria celestial. Ese justo que está sentado al ingreso de su tienda, medita sobre el nacimiento de su cuerpo y sobre la muerte; y debe considerar todo esto con fervorosa compunción.
3. Se apareció a Pedro. Escribe Jeremías: “El Señor se me apareció (y me dijo): “Yo te amé con un amor eterno; por esto te atraje a mí con misericordia; y de nuevo te edificaré” (31, 3‑4). Dice Pedro: “¡El Señor, resucitado de los muertos, se me apareció a mí, a mí penitente, a mi llorando amargas lágrimas!”. Y el Señor le responde: “Te amé con amor eterno”. Y después, “el Señor se volvió y miró a Pedro” (Lc 22, 61). El Señor lo miró, porque lo amaba: “y por eso, con el vínculo del amor, te atraje a mí con misericordia”. Dice Agustín: “No quiere ocasionar venganza a los pecadores aquel que anhela conceder el perdón a los que se arrepienten”. “Yo te edificaré de nuevo”, elevándote al culmen del apostolado. “Vayan y digan a sus discípulos y a Pedro”. Gregorio comenta: “Pedro es llamado por nombre, para que no desespere por la triple negación. Si el ángel no lo hubiese señalado por nombre, el que había Regado a renegar del Maestro, seguramente no se habría atrevido a juntarse con los discípulos”.
4. Se apareció a los dos discípulos camino de Emaús. Emaús se interpreta “deseo de consejo”, de ese consejo dado por el Señor: “Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres” (Mt 19, 21). Los dos discípulos representan los dos mandamientos de la caridad: amor a Dios y amor al prójimo. A aquel que tiene la caridad y desea ser pobre como Jesucristo, el Señor se le aparece. Se lee en el Génesis que “Isaac subió a Berseba, en la que se le apareció el Señor” (26, 23‑24). Berseba se interpreta “pozo que sacia” y simboliza la caridad y la humildad que sacian el alma. El que tiene estas dos virtudes, “jamás tendrá sed” (Jn 4, 13).
5. Se apareció a los diez discípulos, reunidos (en el cenáculo), a puertas cerradas. Cuando los discípulos, o sea, los sentimientos de la razón, se reúnen juntos y para una finalidad, y las puertas de los cinco sentidos se cierran a las vanidades, entonces por cierto se aparece a la mente la gracia del Espíritu Santo. Se lee en Lucas: “A Zacarías, entrado en el templo del Señor, se le apareció el ángel del Señor, erguido, a la derecha del altar del incienso” (1, 9‑11). Cuando Zacarías, que se interpreta “memoria del Señor” ‑o sea, el justo que puso al Señor en el tesoro de su memoria‑, entra en el templo del Señor, o sea, en su conciencia, en la que habita el Señor, entonces el ángel del Señor, o sea, la gracia del Espíritu Santo, se le aparece y lo ilumina, estando a la derecha del altar del incienso. Altar del incienso es la compunción de la mente, y la derecha es la recta intención. La gracia del Señor, pues, está a la derecha del altar del incienso, porque aprueba aquella compunción y alaba y agradece aquel incienso, que el justo emite con la recta intención de la mente.
6. Ocho días después de la resurrección, se apareció a los discípulos, cuando Tomás estaba con ellos, arrancando toda duda de su corazón. Cuando estemos en el “día octavo” de la resurrección final, el Señor eliminará de nosotros toda arruga de duda y toda mancha de mortalidad y de enfermedad. Dice Isaías: “La luz de la luna será como la luz del sol y la luz del sol será siete veces más grande, como la luz de siete días, en el día en que el Señor vendará la herida de su pueblo y curará su llaga” (30, 26).
Presta atención a estas dos palabras: herida y llaga: la herida para el alma, y la llaga para el cuerpo. En la herida está representado el pensamiento impuro del alma; y en la llaga, la muerte del cuerpo. En el día de la resurrección final, cuando el sol y la luna ‑como dice Isidoro en el Libro de las creaturas‑ recibirán la recompensa de su fatiga, porque el sol fulgurará y arderá inmóvil siete veces más que ahora, de tal modo que atormentará a los que están en el infierno; y la luna, detenida en el occidente, tendrá el esplendor, que tiene hoy el sol. Entonces de veras, muy de veras, el Señor curará la herida de nuestra alma, porque, como dice el Profeta, “ninguna bestia, o sea, ningún mal pensamiento, pasará por Jerusalén” (ls 35, 9). Más aún, como dice Juan en el Apocalipsis, “la ciudad”, o sea, nuestra alma, “será como oro purísimo seme ante a terso cristal” (21, 18). ¿Hay algo más brillante que el oro? ¿Hay algo más terso que el cristal? Y yo les pregunto: en la resurrección final, ¿habrá algo más brillante y luminoso que el alma del hombre glorificado? Entonces el Señor sanará la lividez de nuestra llaga, que nos afectó a causa de la desobediencia de nuestros primeros padres; y este cuerpo mortal será revestido de la inmortalidad y este cuerpo corruptible será revestido de incorruptibilidad.
En aquella resurrección general, el jardín del Señor, o sea, nuestro cuerpo glorificado, será regado por cuatro ríos: el Pisón, el Gihón, el Tigris y el Éufrates; o sea, nuestro cuerpo estará dotado de cuatro prerrogativas: la luminosidad, la sutileza, la agilidad y la inmortalidad. Pisón se interpreta “cambio de semblante; Gihón, “pecho”; Tigris, “flecha” y Éufrates, “fértil”.
En el Pisón está indicado el esplendor de la resurrección: de nuestra gran fealdad y oscuridad seremos transformados como en un sol. Dice Mateo: “Los justos resplandecerán como el sol” (13, 43). En Gihón está indicada la sutileza. Como el pecho del hombre no se despedaza, ni es herido, ni se abre, ni sufre algún percance, cuando salen del corazón los pensamientos (Mt 15, 1 g), as! nuestro cuerpo glorificado gozará de tanta sutileza, que ninguna cosa le será impenetrable; y, sin embargo, será inviolable, indivisible, compacto y sólido, como fue del cuerpo glorificado de Cristo, que, a puertas cerradas, entró (en el cenáculo), donde estaban los apóstoles. (Jn 20, 26).
En el Tigris está indicada la agilidad, que está bien simbolizada en la velocidad de la flecha. En el Éufrates está indicada la inmortalidad, en la que “nos embriagaremos con la abundancia de la casa de Dios” (Salm 35, 9). Plantados en ella, como el árbol de la vida en el medio del paraíso, daremos frutos de eterna saciedad y tanto nos hartaremos que jamás sentiremos hambre.
14. 7. Se apareció entonces a los siete discípulos que estaban pescando. La pesca es figura de la predicación; y a los que se dedican, ciertamente se les aparecerá el Señor. Se lee en el libro de los Números: “La gloria del Señor se apareció a Moisés y a Aarón; y el Señor habló a Moisés, diciendo: “Toma la vara y reúne al pueblo, tú y Aarón tu hermano; y hablen a la peña a la vista de ellos; y la peña manará agua. Y después de haber sacado el agua de la peña, beberán toda la multitud y su ganado” (Num 20, 6‑8).
En este pasaje Moisés es figura del predicador. Aarón se interpreta “monte fuerte”, en el que son indicadas dos cosas: la santidad de vida y la constancia de la fortaleza. Sin tal hermano, Moisés jamás debe proceder. El Señor le dice: “Toma la vara de la predicación, y reúne al pueblo, tú y Aarón tu hermano”, sin el cual jamás el pueblo sería reunido con provecho, porque “cuando se desprecia la conducta de un predicador, se desprecia también su predicación” (Gregorio). Y hablen a la peña, o sea, al corazón endurecido del pecador; y aquella peña manará aguas de compunción. Con razón se dijo: “Hablen” y no “Habla”, porque si el predicador sólo habla (con la boca), pero su vida es muda, jamás podrá hacer brotar el agua de la peña.
El Señor maldijo a la higuera, en la que no halló frutos, sino sólo hojas (Mt 2 1, 19) ‑de hojas se revistieron nuestros padres desterrados del paraíso terrenal (Gen 3, 7)‑. Hablen, pues, Moisés y Aarón, y brotará agua, y beberán la multitud del pueblo y todo el ganado; o sea, tanto los clérigos como los laicos, tanto los hombres espirituales como los carnales se saciarán con el agua de la compunción. Esta es aquella multitud, de la que habla Juan: “Echaron las redes, y ya no las podían sacar por la giran cantidad de peces” (21, 6).
15. 8. Se apareció a los once discípulos en el monte de la Galilea” (Mt 28, 16‑17). Galilea se interpreta “trasmigración”, y simboliza la penitencia, en la cual se realiza una trasmigración, cuando el hombre de la orilla del pecado mortal, por medio del puente de la confesión, pasa a la orilla de la satisfacción. En el monte, pues, de la Galilea, o sea, en la perfecta penitencia, se aparece el Señor a los once discípulos, o sea, a los penitentes, que con razón son once, porque “once fueron las cortinas de pelo de cabra, para cubrir el techo de la tienda” (Ex 26, 7). En las cortinas de lana de cabra se distinguen dos momentos: el rigor de la penitencia y el hedor del pecado, del que los penitentes confiesan haber sido esclavos. Con esas cortinas se cubre el techo de la tienda, o sea, de la iglesia militante. Esas cortinas defienden del ardor del sol, llevan la carga de la jornada y del calor (Mt 20, 12); protegen las otras cortinas tejidas de lino, de seda, de púrpura y de escarlata teñida dos veces. Estas cortinas simbolizan a los fieles de la Iglesia, adornados con el lino de la castidad, con la seda de la contemplación, con la púrpura de la pasión del Señor y con la escarlata dos veces teñida con el doble mandamiento de la caridad. Y en fin las once cortinas protegen a los fieles de la inundación de las lluvias, o sea, de la maldad de los herejes; del torbellino, o sea, de la sugestión del diablo; y de la suciedad del polvo, o sea, de la vanidad del mundo. He ahí, pues, como el Señor se apareció a los once discípulos.
Jacob habla así en el Génesis: “Dios omnipotente se me apareció en Luz, que es tierra de Canaán” (48, 3). Luz se interpreta “almendro”, y simboliza la penitencia, en la que, como en el almendro, se destacan tres cualidades: corteza amarga, cáscara sólida y pepita dulce. En la corteza amarga está indicada la amargura de la penitencia; en la cáscara sólida, la constancia de la perseverancia; y en la pepita dulce, la esperanza del perdón.
Se apareció el Señor en Luz, que se halla en tierra de Canaán, que se interpreta “cambio”. La verdadera penitencia consiste en que el hombre cambia de la izquierda a la derecha, y emigra con los once discípulos al monte de la Galilea, en el cual se aparece el Señor.
9. Se apareció a los once, mientras estaban sentados a la mesa, como relata Marcos (16, 14), el día mismo de su ascensión, cuando, mientras comía con ellos, como aclara Lucas, “les ordenó que no se movieran de Jerusalén” (Hech 1, 4). El Señor se aparece a los que, en el cenáculo de su mente, se liberan de las preocupaciones de este mundo, o sea, se tranquilizan; se alimentan del pan de las lágrimas en el recuerdo de sus pecados y en la degustación de la dulzura celestial.
Dice el Génesis: “El Señor se apareció a Isaac y le dijo: “No bajes a Egipto, sino descansa en la tierra que yo te indicaré y en la que estarás como peregrino; yo estaré contigo y te bendeciré” (26, 2‑3). Tres cosas el Señor manda al justo: que no baje a Egipto, o sea, hacia el afán de las cosas mundanas, donde se elaboran ladrillos con el barro de la lujuria, con el agua de la avaricia, con la paja de la soberbia; que descanse en la tierra de su conciencia; y que en todos los días de su vida, que son como un continuo combate, se considere como peregrino. Así el Señor estará con él y lo bendecirá con la bendición de su derecha.
16. 10. Y finalmente se les apareció de nuevo, como relata Lucas, cuando “los llevó fuera de la ciudad hacia Betania, o sea, al monte de los Olivos y, con las manos elevadas, los bendijo; y a la vista de ellos se elevó hacia el cielo y una nube lo sustrajo a sus miradas” (Lc 24, 50; Hech 1, g).
El Señor se aparece a los que están en el monte de los Olivos, o sea, de la misericordia. Se lee en el Éxodo: “El Señor se apareció a Moisés en una llama de fuego en medio de una zarza; y él vio que la zarza ardía, pero no se consumía” (3, 2). A Moisés, o sea, al hombre misericordioso, se le aparece el Señor en una llama de fuego, o sea, en la compasión de su mente por su pueblo. Pero, ¿de dónde brota aquella llama? De en medio de la zarza, o sea, del pobre, del desgraciado, del atribulado, del hambriento, del desnudo, del afligido. Y el justo, punzado por las espinas de aquella pobreza, arde de compasión, para luego socorrerlo misericordiosamente. Y así podrá constatar que la zarza, o sea, el pobre, arderá de mayor devoción y no se consumirá en su pobreza.
¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Ustedes están aquí reunidos para celebrar la Pascua de la Resurrección; y por eso les suplico que, con el dinero de la buena voluntad, junto con las piadosas mujeres, compren los aromas de las virtudes. Con esos aromas ustedes pueden ungir los miembros de Cristo con la amabilidad de la palabra y el perfume del buen ejemplo. También les suplico que, pensando en su muerte, vengan y entren en el sepulcro de la contemplación celestial, en la que contemplarán al ángel del Eterno Consejo, el Hijo de Dios, sentado a la derecha del Padre.
En la resurrección final, cuando venga a juzgar al mundo a través del fuego, se les aparecerá en su gloria, no diría diez veces, sino para siempre. Eternamente y por los siglos de los siglos, ustedes lo contemplarán como es, con El gozarán y con El reinarán.
Se digne concedernos esta gracia aquel Jesús, que resucitó de los muertos. A El sean el honor y la gloria, el imperio y el poder, en el cielo y en la tierra, por los siglos eternos.
Y todo fiel, en este día de júbilo pascual, diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.
1.‑ “Florecerá el almendro, la langosta engordará y la alcaparra perderá su eficacia” (Ecle 12, 5).
2.‑ Se lee en el libro de los Números: “La vara de Aarón germinó, floreció y, una vez desarrolladas las hojas, produjo almendras” (17, 8).
Aarón, sumo pontífice, es figura de Jesucristo, que “entró en el santuario no con sangre de chivos ni de becerros, sino por su propia sangre” (Hb 9,12). Este es el pontífice, que hizo de sí un puente, para que a través de El pasáramos de la orilla de la mortalidad a la orilla de la inmortalidad. Hoy su vara floreció.
La vara es su humanidad, de la que se dijo: “La vara de su poder extenderá el Señor desde Sión” (Salm 109, 2). La humanidad de Cristo, por medio de la cual la divinidad ejercía su potencia, tuvo origen de Sión, o sea, del pueblo judío, porque “la salvación, o sea, el Salvador, viene de los judíos” (Jn 4, 22). Esta vara, casi árida, yació tres días y tres noches en el sepulcro; pero hoy floreció y produjo fruto, porque resucitó y nos aportó a nosotros el fruto de la inmortalidad.
3.‑ “Florecerá el almendro”. Dice Gregorio que “el almendro es el primero entre todas las plantas en echar las flores”. Y dice el Apóstol que “Cristo es el primogénito de los que resucitan de los muertos” (Col 1, 18), porque resucitó primero.
Observa que la pena infligida al hombre era doble: la muerte del alma y la del cuerpo. “En cualquier día en que comas ‑dice el Señor‑, morirás de muerte” (Gen 2, 17), muerte del alma; y estarás sometido a la ley de la muerte. Otra versión dice con mayor precisión: “Serás mortal”. Vino nuestro Samaritano, Jesucristo, y en la doble herida derramó vino y aceite, porque por el derramamiento de su sangre destruyó la muerte de nuestra alma. Dice Oseas: “LOS liberaré de la mano de la muerte, los liberaré de la muerte. Oh muerte, ¡yo seré tu muerte! ¡Yo seré tu mordedura, oh infierno!” (13, 14). Del infierno tomó una parte y otra parte dejó, según la manera del que muerde; y con su resurrección abolió la ley de la muerte, porque dio la esperanza de la resurrección. “Y ya no habrá más muerte” (Ap 21, 4).
La resurrección de Cristo está indicada en el aceite, que flota sobre todos los líquidos. El gozo que experimentaron los apóstoles por la resurrección de Cristo, superó cualquier otro gozo que ellos tuvieron, cuando Jesús estaba todavía con ellos en su cuerpo mortal. igualmente, la resurrección de los cuerpos superará cualquier otro gozo “Los discípulos gozaron al ver al Señor” (Jn 20,20).
4.‑ “Y la langosta engordará”. En ella está indicada la primitiva Iglesia, que con la flor de la resurrección del Señor engordó, o sea, se acrecentó y se llenó de admirable gozo.
Escribe Lucas: “Como por el gran gozo todavía no creían y estaban pasmados, les preguntó: “¿llenen algo para comer?”. Y ellos le ofrecieron una porción de un pescado asado y un panal de miel” (24, 41‑42). El pescado asado es figura de nuestro mediador que sufrió la pasión, capturado con el lazo de la muerte en las aguas del género humano, asado en el tiempo de la pasión; y, además, es para nosotros un panal de miel a motivo de la resurrección, que hoy celebramos. El panal es miel con cera, o sea, la divinidad en la humanidad. Y en esta comida se indica que Cristo acoge en el eterno descanso, en su cuerpo, a los que, cuando sufren tribulaciones por Dios, no se alejan del amor de la dulzura eterna. Los que aquí son “asados” (por la tribulación), allí serán saciados con la perfecta dulzura.
Observa que “hoy” Cristo se apareció cinco veces: la primera, a María Magdalena; la segunda, a la misma con otras, mientras corría a dar el anuncio a los discípulos; la tercera, a Pedro; la cuarta, a Cleofás y a su compañero; y la quinta, a los discípulos, a puertas cerradas, después de la vuelta de los dos discípulos de Emaús. He ahí, pues, de qué manera con la flor del almendro engordó la langosta, o sea, de qué manera se alegró la iglesia primitiva por la resurrección de Cristo.
La langosta, cuando calienta el sol, da saltos y vuelos; así la iglesia primitiva, cuando en el día de Pentecostés fue abrasada por el ardor del Espíritu Santo, desplegó en todo el mundo los saltos y los vuelos de la predicación. “Por toda la tierra se difundió el sonido de su voz” (Salm 18, Salm). Así la Iglesia engordó, o sea, se acrecentó; en cambio, la alcaparra menguaba. La alcaparra es un arbusto, que se adhiere a la piedra, y simboliza a la sinagoga, a la que fue dada la ley escrita sobre la piedra, para mostrar su dureza, a la cual siempre permaneció apegada. “Este es un pueblo de dura cerviz” (Ex 34, g). Cuanto más la iglesia se acrecentaba, tanto más la sinagoga se disgregaba.
Concuerda con lo anterior el relato del segundo libro de los Reyes: “Hubo una larga guerra entre la casa de Saúl y la casa de David. La casa de David crecía y se hacía cada día más fuerte, mientras la casa de Saúl se debilitaba día tras día” (3, 1). La casa de David es la iglesia; la casa de Saúl, que se interpreta “el que abusa”, es la sinagoga, que, por abusar de los dones especiales de Dios, recibió el libelo del repudio y abandonó el tálamo del esposo legítimo. Entre la iglesia y la sinagoga se libró una larga lucha, como lo muestran los Hechos de los Apóstoles. La iglesia crecía, porque “cada día el Señor le agregaba a los que hablan de ser salvos” (2, 47). En cambio, la sinagoga día a día menguaba. Dice Oseas: “Llama su nombre: “No pueblo mío; porque ustedes no son mi pueblo ni yo seré su Dios”; y todavía: “Yo me olvidaré totalmente de ellos; en cambio, tendré misericordia de la casa de Judá”, o sea, de la Iglesia (1, 6 ).
¡A Jesucristo, honor y gloria por los siglos de los siglos! ¡Amén! ¡Así sea!.
5.‑ Ahora vamos a ver qué significan en sentido moral el almendro, la langosta y la alcaparra. En estas tres cosas se destacan tres virtudes: el reparto de la limosna, la consolación del pobre y la destrucción de la avaricia.
Reparto de la limosna: “Florecerá el almendro”, o sea, el limosnero. A él le dice Isaías: “A la mañana florecerá tu semilla” (17, 11). La semilla es la limosna, que de mañana, o sea, tempestivamente, debe florecer en la mano del cristiano, aún antes de las obras materiales, como el almendro florece antes que las otras plantas,
Observa que en la flor hay tres componentes: el color, el olor y la esperanza del fruto. Con el color se alegra la vista, con el olor se deleita el olfato y con el fruto se satisface el gusto. Así sucede con la limosna, en cuyo color, para decirlo de alguna manera, se satisface la vista del pobre, que dirige la mirada hacia aquel que ofrece. Pedro, junto con Juan, dijo al tullido: “¡Míranos! El los miró en la esperanza de que le dieran algo” (Hech 3, 4‑5).
Y aquí, no sin dolor, referimos lo que hacen los prelados de la Iglesia y los magnates de este mundo. Ellos hacen esperar largo tiempo a su puerta a los pobres de Cristo, que imploran y piden la limosna con voz lagrimosa, y finalmente, sólo después que ellos se hartaron y no pocas veces se embriagaron, ordenaron que se les dé algunas sobras de su mesa y los enjuagues de la cocina. No así obraba Job, almendro que florecía tempestivamente, que dice “jamás negué a los pobres lo que me pedían, ni hice languidecer los ojos de la viuda; ni comí un bocado a solas, sin que lo compartiera el huérfano. Desde mi niñez creció conmigo la conmiseración”. Esto lo decía hablando de la comida; ahora oye lo que dice de la ropa: “jamás desprecié al peregrino, porque no tenía vestido, ni al pobre, porque no tenía ropa. Me bendijeron sus costados y con la lana de mis ovejas se calentó” (31, 16‑20).
Asimismo, el perfume de la limosna edifica al prójimo, porque toma buen ejemplo y glorifica a Dios; y la persona que da la limosna se consuela en la esperanza de recibir frutos de vida eterna.
6.‑ Consolación del pobre: “Engordará la langosta”. Dice Nahúm: “En los días de frío, las langostas se refugian en las tapias” (3, 17). Así los pobres, en el rigor de la pobreza que los obliga, se abrigan literalmente junto a las tapias, pidiendo limosna a los viandantes, como leprosos, que los hombres rechazan. También se podría decir que en las cercas crecen ramas agudas y espinosas, que simbolizan las heridas, los dolores y las enfermedades de los pobres. ¡He ahí: cuántos sufrimientos! ¡Y por esto, qué necesaria es la consolación! La langosta engorda con las flores, el pobre se consuela con la limosna.
Sigue diciendo Job: “Venía sobre mí la bendición del que estaba por perecer; y yo llevé consuelo al corazón de la viuda” (29, 13). Y el Señor por boca de Isaías: “Este es mi reposo: hagan reposar al cansado; y éste es mi refrigerio. Pero no quisieron escucharme” (28, 12). Entonces también ellos, cuando griten: “¡Señor, Señor, ábrenos!”, no serán escuchados. Ahora el Señor, en la persona de sus pobres, está a la puerta y llama: se le abre, cuando el pobre es reanimado. La refección del pobre es el reposo del Señor: “Lo que ustedes hacen a uno de estos mis pequeños discípulos, me lo hacen a mí” (Mt 25, 40).
Y observa que dice: “La langosta engordará”. La gordura tiene algo en común con el aire y el fuego, y por esto flota sobre el agua, porque el aire, que hay en ella, la sostiene (Aristóteles). Asimismo, la consolación del pobre participa del aire de la devoción con respecto a sí mismo, que recibe, y del fuego de la caridad, con respecto a ti, que das. La devoción lo levanta, para que ore por ti. Se lee: “Deposita tu limosna en el seno del pobre, y ella orará por ti” (Ecli, 29, 15), para que tus pecados te sean perdonados, para que la gracia domine tu mente y para que te sea dada la vida eterna.
7.‑ La destrucción de la avaricia: “La alcaparra se disgregará”. La raíz de la alcaparra se adhiere a la piedra, en la cual está simbolizada la dureza del avaro, que no se conmueve por las miserias de los pobres. El avaro es como Nabal, del que en el primer libro de los Reyes se dice, que “era un hombre duro y de malas obras”. Los mensajeros de David le dijeron: “Hemos llegado a tu casa en un día afortunado. Lo que pueden hallar tus manos, dalo a tus siervos y a tu hijo David”. Pero él les respondió: “¿Quién es David y quién es el hijo de Isaí? En estos años aumentaron mucho los esclavos que escapan de sus amos. ¿Deberé, quizás, tomar mis panes y las carnes de mis ovejas, que maté para mis esquiladores, y dárselos a hombres que no sé de dónde vengan? “ (25, 3‑11).
Esta es también la respuesta del avaro a los pobres de Cristo, que le piden limosna. El no les da nada, y los insulta, y les hace pasar vergüenza. Por eso le va a suceder, según lo que sigue: “El corazón de Nabal sufrió un ataque, y se quedó como una piedra” (25, 37). Esto sucede al avaro, cuando pierde la gracia y no tiene entrañas de misericordia.
¡Dichoso, en cambio, aquel que arranca de si el corazón de piedra y toma un corazón de carne! (Ez 11, 19) ‑ Afectado por las miserias de los pobres, él sufre con ellos y desea que su compasión llegue a ser el alivio de ellos y el alivio de ellos señale la destrucción de su avaricia. Si alguno tuviere en su huerta una planta estéril, sin duda la erradicaría desde la raíz y en su lugar plantaría otra que diera fruto. ¡La avaricia es el árbol estéril “¿Para qué ocupa la tierra? ¡Córtala!” (Lc 13, 7), desarráigala, y en su lugar planta la limosna, que te dará frutos de vida eterna.
Nos la conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!
8.‑ “El almendro florecerá”. Aquí están indicadas tres cosas: la honestidad de la conducta, la dulzura de la contemplación y la extinción de la libido.
La honestidad de la conducta, como se lee en Daniel: “Yo, Nabucodonosor, vivía tranquilo en mi casa y próspero en mi palacio” (4, 1). ¿Qué debemos entender por casa, si no la conciencia? ¿Y qué por palacio, si no la seguridad de la conciencia y la confianza que da esa seguridad? El palacio es una casa; sin embargo, no cualquier casa puede llamarse palacio. El palacio es una casa sólida, alta y regia. Si por casa debemos entender la “conciencia”, por palacio con razón debemos entender la seguridad de la conciencia.
Está, pues, sentado tranquilo en su casa aquel, a quien la conciencia nada remuerde. Una ecuánime reparación de los pecados pasados y una atenta vigilancia para evitar los males futuros dan tranquilidad a la conciencia. Descansa, pues, tranquilo en su casa aquel, a quien la conciencia no le reprocha ninguna culpa ni pasada ni presente. Permanecía tranquilo en su casa aquel, que decía con sinceridad: “Mi corazón nada me reprocha en toda mi vida” (Job 27, 6). Tranquilo puede estar en su casa aquel, que podía decir con sinceridad: “No soy consciente de culpa alguna” (1Cor 4, 4). Por cierto, en aquel tiempo vivía tranquilo en su casa y florecía en su palacio, cuando decía: “Esta es nuestra gloria: el testimonio de nuestra conciencia” (2Cor 1, 12).
Como en la flor hay esperanza del fruto, con razón en la flor está representada la esperanza segura de los bienes futuros. Como la flor es el comienzo de los frutos futuros, con razón se entiende en la flor nada menos que una renovación en el compromiso de progresar. Entonces en la flor está representada la segura esperanza de los bienes futuros, o un nuevo compromiso para ganar méritos. Por esto, prospera de veras en su palacio aquel que, en el testimonio de su buena conciencia, aguarda con certeza la corona de la gloria; y, mientras tanto, con el salto y el vuelo de la contemplación, saborea de antemano su dulzura.
9.‑ La dulzura de la contemplación: “Engordará la langosta”, que, cuando calienta el sol, suele dar saltos y volar en el aire, diría casi, con alguna pirueta de alegría. As!, sin duda, el alma santa, cuando se siente sacudida en sí misma por algún aplauso interno de su gozo, cuando se siente impulsada a superarse a si misma a través de la elevación de la mente, cuando se siente absorbida por las cosas celestiales y cuando se sumerge totalmente en las visiones angélicas, parece justamente que haya sobrepujado los límites de sus posibilidades naturales.
Por esto dice el Profeta: “Los montes saltaron como carneros, y las colinas como corderos de una grey” (Salm 113, 4). ¿ Quién no comprende que está por encima de la naturaleza o, más bien, contra la naturaleza, que los montes o las colinas, a semejanza de los carneros o corderos juguetones, den saltos hacia lo alto y que la tierra se separe de la tierra y se cierna en el vacío? ¿Pero, quizás, no se tiene suspendida tierra sobre tierra, cuando un hombre quiere ponerse por encima de otro hombre, mientras la voz del Señor lo amonesta: “Eres tierra y a la tierra regresarás?”. Cuando, pues, el alma se levanta con la elevación de la mente, entonces se sacia con la dulzura de la contemplación.
Se lee en el Cantar de los Cantares: “¿Quién es ésta que sube del desierto, rebosante de delicias, apoyada en su dilecto?” (8, Salm). Del desierto el alma sube a la contemplación, cuando abandona todas las cosas inferiores y, penetrando hasta el cielo, con la devoción se sumerge totalmente en las cosas divinas; y el alma llegará a rebosar de delicias, cuando se alegra de la plenitud del gozo espiritual y se enriquece con la abundancia de la interna dulzura, que el cielo le da y le infunde copiosamente.
El alma se apoya en su Dilecto cuando nada presume de sus fuerzas y nada atribuye a sus méritos, sino que todo lo atribuye a la gracia de su Dilecto: “El nos hizo y no nosotros a nosotros mismos” (Salm 99, 3). E Isaías: “Todas nuestras obras las obró en nosotros” (26, 12).
Acerca de la utilidad de este engorde de la langosta, lo dice lo que sigue.
10.‑ Extinción de la libido: “La alcaparra perderá su eficacia”. La alcaparra es eficaz para los riñones; y como en la zona de los riñones tiene su sede la libido, en la alcaparra está indicada la libido, que será eliminada, cuando el alma rebose de las susodichas dulzuras. Dice Daniel: “Quedé yo solo, contemplando aquella gran visión; y me quedé sin fuerzas; y se me desfiguró la cara; y me desmayé; y todas mis fuerzas se desvanecieron” (10, 8). Y Job: “Mi alma escogió el lazo (para ahorcarse), y mis huesos la muerte. Ya no tengo esperanza y no quiero vivir más” (7, 15‑16).
He aquí cómo la alcaparra se disgrega. Daniel, “el hombre de los deseos”, es figura del contemplativo, que llega a estar solo, cuando estima en menos todas las cosas externas y con la atadura del amor se liga a la dulzura de la contemplación. Entonces, con la mente iluminada, contempla la gran visión, que todavía no puede comprender, ya que, aquí abajo, “es percibida a través de un espejo, como en enigma, y no aún cara a cara” (1Cor 13, 12).
Cuando el alma es iluminada y elevada de esta manera, se desvanece la fuerza del cuerpo, el rostro se torna pálido, la carne sufre un desmayo, y ya no tiene estima de los deleites del cuerpo y de las cosas de este tiempo. Ya no quiere vivir en ellos, como hacía antes, porque “ya no es él que vive, sino que vive en él la vida de Cristo” (Gal 2, 20), que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
11.‑ “Florecerá el almendro, engordará la langosta y la alcaparra se disgregará”. En estas tres comparaciones están místicamente indicadas la resurrección del cuerpo, la glorificación del alma y la destrucción de la muerte. Vamos a brindar una breve explicación sobre cada una.
La resurrección del cuerpo: “Florecerá el almendro”. Algo semejante hallamos en Job: “En el árbol hay esperanza; si es cortado, aún retoñará y sus ramas echarán brotes. Si su raíz envejece bajo tierra y su tronco muere en el polvo, al olor del agua reverdecerá, y hará una copa como cuando se lo plantó la primera vez” (14, 7‑9).
El cuerpo humano es como un árbol. Aunque sea cortado por el hacha de la muerte y envejezca y se pudra en la tierra y se reduzca a polvo, con todo, el hombre debe tener esperanza de que florecerá, o sea, resucitará, y que sus miembros echarán brotes, y que al olor del agua, o sea, por la bondad de la divina sabiduría, germinará de nuevo, recuperará. su esplendor y desplegará su copa con respecto a la inmortalidad, casi como cuando fue plantado la primera vez en el paraíso terrenal (Glosa). En efecto, la primera condición del hombre en el paraíso terrenal fue la posibilidad de no morir; pero a causa del pecado le sobrevino la pena de no poder dejar de morir. Ahora, en la felicidad eterna, le queda el tercer modo de ser: no poder jamás morir. El almendro, pues, florecerá. Dice el Salmo: “Refloreció mi carne, y con todas mis fuerzas cantaré sus alabanzas” (27, 7).
Recuerda que la carne del hombre floreció en el paraíso antes del pecado, desfloreció después del pecado, refloreció en la resurrección de Cristo y “superflorecerá”, o sea, florecerá perfectamente en la resurrección final.
12.‑ Entonces “engordará la langosta”, o sea, el alma será glorificada.
“Me saciaré, cuando aparezca tu gloria” (Salm 16, 1 Salm). Y todavía: “Los alimentó con flor de trigo y los sació con miel de roca” (Salm 80, 17).
El trigo y la roca son figuras de Cristo, Dios y Hombre. En la miseria de la peregrinación terrenal, Él es para nosotros trigo, porque nos alimenta; y es roca, porque acoge a los que se refugian en Él y los defiende. “La roca es un refugio para los erizos” (Salm 103, 18), o sea, para los pecadores convertidos. Y en la gloria de la patria será para nosotros flor de trigo y miel de roca, porque con el esplendor de su humanidad nos alimentará y con la dulzura de su divinidad nos saciará.
Por esto dice Isaías: “Ustedes contemplarán, y se alegrará su corazón”: he ahí la gordura de la langosta; y “sus huesos germinarán como hierba lozana” (66, 14): he ahí la flor del almendro. Contemplarán el esplendor de la humanidad y gozará su corazón en la dulzura de la divinidad.
13.‑ “Entonces la alcaparra perderá su eficacia”. Escribe el Apóstol: “Cuando este cuerpo corruptible se vista de la incorruptibilidad y este cuerpo mortal de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita en Isaías (25, 8): “La muerte fue tragada por la victoria”. Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley. ¡Demos gracias a Dios, que nos dio la victoria por medio del Señor nuestro Jesucristo!” (1Cor 15, 53~57).
El es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
Temas del sermón
1.‑ En aquel tiempo: “La tarde de aquel mismo día, el primero después del sábado, estando las puertas cerradas del lugar, donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡Paz a ustedes!” (Jn 20, 19).
En los Hechos de los Apóstoles dice Pedro: “Estaba yo en la ciudad de jope y vi en éxtasis una visión: una especie de envoltorio, semejante a un gran lienzo, descendía como bajado del cielo por las cuatro puntas, y llegó hasta mí. Mirando en su interior, lo examiné atentamente, y vi en él cuadrúpedos terrestres, y fieras, y reptiles, y aves del cielo. Oí también una voz que me ordenaba: “¡Levántate, Pedro, mata y come!” (Hech 11, 5‑7). Pedro es figura del predicador, que debe detenerse en oración en la ciudad de Jope, que se interpreta “belleza”, o sea, en la unidad de la iglesia, en la cual brilla la belleza de las virtudes y fuera de la cual sólo se halla la lepra de la infidelidad. La primera cosa que debe hacer el predicador, es entregarse a la oración. A la oración sigue el éxtasis, o sea, la elevación de la mente por encima de las cosas terrenas; y en el éxtasis ve una especie de envoltorio, como un gran lienzo...
En el envoltorio, o sea, en el gran lienzo, se indica la gracia de la predicación, que con razón se llama vaso, porque con el vino de la compunción embriaga las mentes de los fieles. Y había un gran lienzo de lino, porque limpia los sudores de las fatigas y da fuerzas para resistir los ataques de las pasiones. Las “cuatro puntas” son las enseñanzas de los cuatro evangelistas; y el lienzo descendía bajado del cielo, porque “todo buen regalo y todo don perfecto vienen de lo alto” (Sant 1, 17).
“Y vino hasta mí”. En esto se destaca de manera peculiar el privilegio del predicador, al cual, propiamente del cielo, es confiada la tarea de la predicación. “En ese envoltorio había “cuadrúpedos terrestres”, o sea, los golosos y los lujuriosos; y “las bestias”, nombre que suena como vastiae (devastadoras), o sea, los traidores y los homicidas; y “los reptiles”, o sea, los avaros y los usureros; y “las aves del cielo”, o sea, los soberbios y todos los que se elevan con las plumas de la vanagloria. Este envoltorio es como “la red echada al mar, que captura todo género de peces” (Mt 13, 47). Y al predicador se le dice: “Levántate, mata y come”.
“Levántate”, para evangelizar; “mata” el mundo; mortifica e inmola, para ofrecer sacrificios a Dios; y así, despojado de la vetustez, llegues a la novedad; “y come”, o sea, acoge en la unidad y en la comunidad del cuerpo de la iglesia. De esa unidad y de esa comunidad se habla en el evangelio de hoy: “La tarde de aquel día, el primero después del sábado.... los discípulos estaban reunidos”.
2.‑ En este evangelio se destacan cinco momentos. El primero es la reunión de los discípulos, como se anuncia de antemano: “La tarde de aquel día”; el segundo: el triple saludo de paz, cuando añade: “Vino Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡Paz a ustedes!”; el tercero: la potestad concedida a los apóstoles de atar y desatar: “Y, al decir esto, sopló sobre ellos...”; el cuarto: la incredulidad de Tomás: “Tomás, uno de los doce, no estaba con ellos”; el quinto: la profesión de fe de Tomás y la confirmación de nuestra fe: “ocho días después”.
Observa también que en este domingo se lee la epístola del bienaventurado Juan: “Todo lo que nació de Dios, vence al mundo” (1Jn 5, 4); y en la noche, según la costumbre de la iglesia romana, se leen los Hechos de los Apóstoles. Queremos examinar brevemente esos cinco relatos y cotejarlos con las cinco partes del evangelio, referidas El primer episodio es la reunión de los apóstoles en Jerusalén: “Entonces del monte de los Olivos regresaron a Jerusalén”. El segundo es: “En aquellos días se levantó Pedro en medio de los hermanos”. El tercero: la curación del tullido desde el seno de su madre, al cual Pedro dijo: “No poseo ni oro ni plata”. El cuarto: la conversión de Saulo; y el quinto: el eunuco y el centurión Cornelio.
.3.‑ “La tarde de aquel día”. En esta primera parte se destacan cinco elementos: la tarde, aquel día, el primero después del sábado, puertas cerradas, la reunión de los discípulos por miedo de los judíos.
El día, del sánscrito dian, o sea, luminosidad, señala la gloria de la vanidad mundana, que el Señor rechazó: “Yo no recibo gloria de parte de los hombres” (Jn 5, 41); y Jeremías: “No ambicioné, ni deseé el día de los hombres: tú lo sabes” (17, 16); y en Lucas: “Y ahora, en este tu día” y no mío, “si tú conocieras lo que te conviene para la paz” y no a mí (19, 42); y en los Hechos de los Apóstoles: “El día siguiente, Agripa y Berenice llegaron con gran pompa” (25, 23) (en latín, ambitione), o sea, rodeados de un gran gentío. La Glosa pondera que en griego, en lugar de ambitione, se usa el término phantasia.
Agripa se interpreta “acopio urgente” y Berenice, “hija excitada por la elegancia”. Agripa simboliza a los ricos de este mundo, que se apresuran a acumular riquezas con la usura y con falsos juramentos; pero dice Job: “Las riquezas que devoró, las vomitará; y Dios se las arrancará de las entrañas” (20, 15). Berenice simboliza la lujuria de la carne, hija del diablo, que se excita con la elegancia exterior y hace que otras se exciten. Agripa, pues, y Berenice, o sea, los ricos y los lujuriosos, en el día de la suntuosidad mundana, proceden con mucha ambición, que es una fantasía frustrante, porque aparenta ser algo, cuando en realidad nada es; y cuando se cree tener algo, todo se evapora.
“La tarde de aquel día”. La tarde de este día es la penitencia, en la cual el sol del esplendor mundano se convierte en tinieblas y la luna de la concupiscencia carnal se transmuta en sangre. En los Hechos de los Apóstoles Pedro, usando las palabras del Señor, reportadas por Joel, dice: “Haré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre” (2, 19‑20).
En sentido alegórico. El Señor hizo prodigios en el cielo y en la tierra, cuando descendió a la tierra mediante la sangre de la cruz; y en el fuego, cuando envió al Espíritu Santo a los apóstoles; y así subió en alto el humo de la compunción. Se lee en los Hechos: “Se sintieron con el corazón traspasado, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Qué haremos, hermanos?”. Y Pedro les dijo: “Arrepiéntanse; y cada uno de ustedes se bautice en el nombre de Jesucristo” (Hech 2, 37‑38).
En sentido moral. En la sangre está indicada la maceración de la carne; en el fuego, el ardor de la caridad; y en el vapor del humo, la compunción del corazón, Estos prodigios hace el Señor en el cielo, o sea, en el justo, y en la tierra, o sea, en el pecador.
4.‑ Con estas tres cosas concuerda la epístola de hoy: “Tres son los que dan testimonio en el cielo: el espíritu, el agua y la sangre” (1Jn 5, 8).
En sentido alegórico. El Espíritu es el alma humana, que Jesucristo exhaló en la pasión; el agua y la sangre brotaron de su costado, que no podía suceder, si El no hubiese tenido la verdadera naturaleza de la carne (humana).
En sentido moral. El espíritu es la caridad; el agua, la compunción; y la sangre, la maceración de la carne. Con estas tres cosas concuerdan también las palabras del Éxodo: “Todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en el fuego; y de él subía el humo como el humo de un horno; y todo el monte se estremecía con gran violencia, Y el sonido de la trompeta iba aumentando en extremo y se hacía más penetrante” (19, 18‑19).
El monte Sinaí es figura de la mente del penitente, en la que, cuando el Señor desciende en el fuego de la caridad ‑del que El mismo dijo: “Yo vine a traer fuego a la tierra” (Lc 12, 49)‑, todo el monte humea, y de él sube el humo de la compunción como de un horno, o sea, del ardor de la mente. Y así todo el monte se estremecía con violencia por la maceración de la carne, o causaba espanto a los espíritus inmundos.
Dice Job: “Nadie le dirigía palabra, y todos veían que su sufrimiento era terrible” (2, 13).
‑Y el sonido de la trompeta”, o sea, de la confesión, “poco a poco se hacía más fuerte y más penetrante”, porque el penitente, cuando se confiesa, debe comenzar por los pensamientos ilícitos, luego pasar a las palabras y después a las obras malas.
“El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre”. El sol se convierte en tinieblas, cuando el lujo mundano es oscurecido por el saco de la penitencia; y la luna se cambiará en sangre, cuando la concupiscencia de la carne es reprimida con la maceración, las vigilias y la abstinencia. Con razón está dicho: “La tarde de aquel día, el primero después del sábado”. Y el Señor dice en el Éxodo: “Acuérdate de santificar el sábado” (20, Salm). Santifica el día sábado aquel que permanece en el reposo del espíritu y se abstiene de las obras prohibidas.
5.‑ “Y las puertas estaban cerradas”. Las puertas son los cinco sentidos del cuerpo, que debemos cerrar con las cerraduras del amor y del temor de Dios, para que no nos suceda lo que preanunciaba Pablo en los Hechos de los Apóstoles: “Sé que después de mi partida entrarán en medio de ustedes lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño” (20, 29). Pablo se interpreta “humilde”. Cuando la humildad desaparece del corazón, los lobos rapaces, o sea, los deseos carnales, entran por las puertas de los cinco sentidos y devoran la grey de los buenos pensamientos.
“Donde estaban reunidos los discípulos por miedo de los judíos”. Los discípulos son los juicios de la razón, que deben reunirse juntos por miedo de los judíos, o sea, de los demonios, para que no les perjudiquen. Se lee en el Cantar de los Cantares: “Eres hermosa y de lindo semblante, oh hija de Jerusalén, terrible como un ejército en orden de batalla” (6, 4). El alma es la hija de la Jerusalén celestial, bella por la fe y graciosa por la caridad. Ella también será terrible a los espíritus malvados, si dispone los juicios de la razón y los pensamientos de la mente, como un ejército de soldados para pelear contra los enemigos.
Sobre esa reunión de los discípulos concuerdan los Hechos de los Apóstoles: “Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte de los olivos, que dista de Jerusalén como una caminata del sábado. Y, entrados, subieron al cenáculo donde moraban Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelote y judas de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración con las mujeres, con María la Madre de Jesús y con los hermanos de El” (1, 12‑14).
El monte de los Olivos dista de Jerusalén una milla y la caminata del sábado era de mil pasos: en el día sábado no estaba permitido a los judíos caminar más.
El cenáculo es llamado por la Glosa “tercer techo”, y es figura de la fe fortalecida, de la esperanza y de la caridad. Debemos subir a este cenáculo, quedar con los discípulos y perseverar unánimes en la oración, en la contemplación y en la efusión de las lágrimas, para merecer recibir la gracia del Espíritu Santo. Dijo el Señor: “Permanezcan en la ciudad, hasta ser investidos de poder desde lo alto, o sea, del Espíritu Santo (Lc 24, 49).
SI, pues, el día de la gloria mundana esté declinando se ponga en la y tarde de la penitencia, en la que, como en día sábado, el hombre debe apartarse de toda obra mala, y las puertas de los cinco sentidos estén cerradas, y todos los discípulos de Cristo, o sea, los cristianos, o los sentimientos del justo, estén reunidos juntos, entonces el Señor obrará lo que dice el evangelio a continuación.
6.‑ “Vino Jesús, se puso en medio de los discípulos y les dijo: “¡Paz a ustedes!”. Dicho esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se alegraron, al ver al Señor. De nuevo dijo Jesús: “¡Paz a ustedes!”. Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes” (Jn 20, 19‑2 1).
Lo primero que resalta en este evangelio, es el triple saludo: “ ¡Paz a ustedes! “, a motivo de la triple paz que Cristo estableció entre Dios y el hombre, reconciliando al hombre con el Padre por medio de su sangre; entre el ángel y el hombre, asumiendo la naturaleza humana y elevándola por encima de los coros de los ángeles; y entre el hombre y el hombre, reuniendo en sí mismo, como piedra angular, al pueblo de los judíos y al de los gentiles (paganos).
Observa también que en el nombre “PAX” hay tres letras y una sola sílaba. Todo ello simboliza la Unidad y la Trinidad de Dios. En la letra P está señalado el Padre; en la letra A, que es la primera vocal, está señalado el Hijo, que es la voz del Padre; y en la X, de doble consonante, está indicado el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo. Al decir: “¡Paz a ustedes!”, Jesús nos recomendó la fe en la Unidad y en la Trinidad.
“Vino Jesús y se puso en medio”. El centro es el lugar que compete a Jesús: en el cielo, en el seno de la Virgen, en el pesebre del rebaño, en el patíbulo de la cruz.
En el cielo: “El Cordero, que está en medio del trono”, o sea, en el seno del Padre, “los guiará y los llevará a las fuentes de las aguas de la vida” (Ap 7, 17), o sea, a la saciedad de los gozos celestiales.
En el seno de la Virgen: “Exulten y canten alabanzas, oh habitantes de Sión, porque grande es en medio de ti el Santo de Israel” (ls 12, 6). Oh bienaventurada María, que eres la habitación de Sión, o sea, de la iglesia, que en la encarnación de tu Hijo fundó el edificio de su fe, exulta con todo el corazón y canta con la boca tu alabanza: “¡Mi alma glorifica al Señor!”, porque el grande, el pequeño y el humilde, el santo y el santificador de Israel está en medio de ti, o sea, en tu seno.
En el pesebre del rebaño: “Serás conocido en medio de dos animales” (Ha 3, 2); “el buey conoce a su propietario y el asno, el pesebre de su amo” (1Sam 1,3).
En el patíbulo de la cruz: “Crucificaron con él a otros dos, acá y allá, y a Jesús en el medio” (Jn 19, 18).
“Vino Jesús y se puso en medio”. “Yo estoy en medio de ustedes ‑nos dice en Lucas‑ como aquel que sirve” (22, 27). El está en el centro de todo corazón. Está en el centro, para que de El, como del centro, todos los rayos de la gracia se irradien hacia nosotros, que estamos en la circunferencia, nos damos vuelta a su alrededor o nos agitamos en la periferia.
7.‑ Con todo lo anterior concuerdan las palabras de los Hechos de los Apóstoles: “En aquel tiempo se levantó Pedro en medio de los hermanos ‑estaba reunido un grupo de casi ciento veinte hombres‑, y dijo: “Hermanos...”; y todo lo que sucedió para la elección de Matías (1, 15‑16).
Cristo, resucitado de entre los muertos, estuvo en medio de los discípulos; y Pedro, que antes había caído renegándolo, se levantó en medio de los hermanos. Con ello nos indica a nosotros que, levantándonos del pecado, podemos ponernos en medio de los hermanos, porque en el centro está la caridad, que se extiende tanto a los amigos como a los enemigos.
“Vino Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡Paz a ustedes!”. Recuerda que existe una triple paz. Primero: la paz del tiempo, de la cual se habla en el tercer libro de los Reyes: “Salomón tuvo paz en los alrededores” (países limítrofes) (4, 24); segundo: la paz del corazón, de la cual se dice: “Con él en paz me acuesto y en seguida me duermo” (Salm 4, g); y también: “La Iglesia gozaba de paz por toda la Judea, la Galilea y la Samaría; y crecía caminando en el temor del Señor; y estaba henchida de los consuelos del Espíritu Santo” (Hech 9, 31). Judea se interpreta “confesión”; Galilea, “pasaje”; y Samaría, “custodia”. La Iglesia, o sea, el alma fiel, halla la paz en estas tres cosas: en la confesión, en el tránsito de los vicios a las virtudes y en la guarda del precepto divino y de la gracia recibida. Y de esta manera crece y camina de virtud en virtud en el temor del Señor, pero no en el temor servil, sino en el temor filial; y en toda tribulación rebosa de los consuelos del Espíritu Santo. Tercero: la paz de la eternidad, de la que dice el Salmo: “El mantiene la paz en tus fronteras” (147, 14).
La primera paz debes tenerla con tu prójimo y la segunda contigo mismo; y así, en la octava de la resurrección, tendrás también la tercera paz con Dios en el cielo. Detente, pues, en el medio y vas a tener paz con tu prójimo. Si no te pones en el medio, no podrás tener paz. En la “circunferencia” no pueden haber ni paz ni tranquilidad, sino agitación y volubilidad.
Se dice de los elefantes que, “cuando traban algún combate, toman un cuidado particular de los heridos, ya que a los heridos y a los fatigados los encierran en el centro del grupo” (Solino). De la misma manera, acoge también tú en el seno de la caridad a los débiles y a los heridos. Así lo hizo el guardia de la cárcel, del que se habla en los Hechos de los Apóstoles, quien “tomó a Pablo y a Silas en aquella misma hora de la noche y les lavó las heridas; luego, los llevó a su casa y les preparó la mesa; y se regocijó con toda su casa, por haber creído en Dios” (16, 33‑34).
5.‑ “Jesús se puso en medio de los discípulos y les dijo: “¡Paz a ustedes! “. Dicho esto, les mostró las manos y el costado”. Lucas añade que Jesús dijo: “¡Miren mis manos y mis pies: soy yo mismo!” (24, 39).
Según mi opinión, el Señor mostró a los apóstoles las manos, los pies y el costado por cuatro motivos. Primero: para demostrar que de veras había resucitado y para quitarnos así toda duda; segundo: para que la paloma, o sea, la Iglesia o también toda alma fiel, anidara en sus llagas, como en profundas aberturas, y así pudiera esconderse de la vista del gavilán, que trama acechanzas para arrebatarla; tercero: para grabar en nuestros corazones los signos extraordinarios de su pasión; cuarto: los mostró pidiendo que también nosotros compartamos su pasión y no volvamos a crucificarlo de nuevo con los clavos de nuestros pecados.
Nos mostró sus manos y su costado, diciendo: “He aquí las manos que los crearon, cómo fueron traspasadas por los clavos; he aquí el costado, del que ustedes fieles, mi Iglesia, fueron engendrados, como Eva fue engendrada del costado de Adán; ese costado fue traspasado por la lanza, para abrirles la puerta del paraíso, cerrado por la espada llameante del querubín. El poder de la sangre, brotada del costado de Cristo, alejó al ángel y melló la espada, mientras el agua apagaba el fuego. No quieran, pues, crucificarme de nuevo, profanar la sangre de la alianza, en la que fueron santificados, y llevar afrenta al Espíritu de la gracia. Si prestas atención a tales razones y las escuchas, oh hombre, tendrás paz contigo mismo.
Después de haberles mostrado las manos y el costado, el Señor dijo de nuevo: “ ¡Paz a ustedes! Como el Padre me envió a mí” a la pasión, aunque me ame, casi con el mismo amor también yo los envío a ustedes a aquellos sufrimientos, a los que el Padre me envió a mí”.
9.‑ “Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo, Quedan perdonados los pecados de aquellos a los que se los perdonen; y quedan retenidos los pecados de aquellos a los que se los retengan “ (Jn 20, 22‑23).
El soplo de Jesús indicaba que el Espíritu Santo no sólo era el Espíritu del Padre sino también suyo. Dice Gregorio: “El Espíritu es enviado a la tierra, para que amemos al prójimo; y es enviado desde el cielo, para que amemos a Dios”.
Dijo: “Reciban al Espíritu Santo. Quedan perdonados los pecados de aquellos, a los que se los perdonen; y quedan retenidos los pecados de aquellos, a los que se los retengan”. Se trata de aquellos a los que ustedes juzgan dignos de remisión, con las dos llaves de la potestad y del discernimiento, o sea, con la aplicación de la potestad y del discernimiento. Desde luego, se entiende que hay que guardar el orden y la modalidad en el poder de atar y desatar. Vamos a ver en qué modo el sacerdote perdone los pecados y absuelva al pecador.
Si uno peca mortalmente, en seguida se hace digno de la gehena, atado con la cadena de la muerte eterna. Después, se arrepiente; y, de veras contrito, promete confesarse. En seguida, el Señor lo absuelve de la culpa y lo libera de la muerte eterna, que en fuerza de la contrición se convierte en la pena del purgatorio. La contrición podría ser tan profunda, como en María Magdalena y en el ladrón, que, si aquel pecador muriera, en seguida volaría al cielo.
Se acerca al sacerdote; se confiesa y el sacerdote le intima una penitencia temporánea, por la cual también la pena del purgatorio puede ser expiada en esta vida; y si la cumple satisfactoriamente, volará a la gloria. Así Dios y el sacerdote perdonan y absuelven.
Con estos planteos concuerdan los Hechos de los Apóstoles, en los que Pedro dice: “No poseo ni plata ni oro; pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo, el Nazareno, levántate y camina. Lo tomó de la mano derecha y lo levantó; y en seguida se le afirmaron los pies y los tobillos. Y, brincando, se puso en pie y anduvo, y entró con ellos en el templo” (3, 6‑8). El bienaventurado Bernardo, escribiendo al Papa Eugenio, le decía: “Medita en la herencia que te dejaron tus padres: el documento del testador no menciona ninguna de estas cosas. Escucha la voz de tu predecesor que dice: “No poseo ni oro ni plata”. Comenta la Glosa: “La primera tienda ( de la alianza) tenía prescripciones sobre los cultivos y un santuario secular, famoso por su oro y plata. Sin embargo, la sangre del evangelio brilla más preciosa que los metales de la Ley, porque el pueblo, que antes yacía enfermo delante de las puertas doradas, sólo en el nombre de Jesucristo crucificado entra en el templo celestial”. Y Jerónimo: “Si quieres recobrar el oro y la plata en la iglesia, evoca la sangre inmolada, que a los antiguos estaba permitido derramar, porque se les prometía estas cosas. En cambio, ahora Cristo pobre santificó la pobreza en su cuerpo y a los suyos no les promete cosas temporales, sino celestiales”.
“En el nombre de Jesucristo”... He aquí el camino de la perfección: ante todo, se levanta, el que yacía; después, emprende el camino de las virtudes, y así con los apóstoles entra por la puerta del cielo. Presta atención a las palabras: “levántate” por medio de la contrición y “camina” por medio de la confesión; y así “Pedro lo tomó de la mano derecha y lo levantó”, o sea, lo absolvió y lo despidió en paz.
También aquí hallamos una concordancia en los mismos Hechos de los Apóstoles, donde se lee que Pedro “halló en Lida a un hombre llamado Eneas, que desde hacia ocho años yacía en cama, pues era paralítico. Le dijo Pedro: “Eneas, ¡que Jesucristo te sane! Levántate y arregla tu cama”; y en seguida se levantó” (9, 33‑34). Eneas se interpreta “pobre o miserable”, y representa al pecador que se halla en pecado mortal, pobre de virtudes y miserable, porque es esclavo del pecado. Este, como paralítico, yace en el lecho de la concupiscencia carnal, tullido en todos sus miembros; y a él debe decirle el vicario de Pedro: “Eneas”, pobre y miserable, “¡te sane Jesucristo! Levántate con la contrición y arregla tu cama con la confesión. Tú mismo, y no otro, arregla tu cama”. Y en seguida se levantó, libre de toda atadura de pecado.
En los mismos Hechos de los Apóstoles se destaca otra concordancia. “Pedro dijo: “Tabita, levántate”. Y ella abrió los ojos. El le dio la mano y la levantó” (9, 40‑41). Tabita se interpreta “gacela”; y el animal es llamado así, porque escapa de las manos, es tímido y asustadizo, una especie de cabra salvaje. Representa al alma del pecador, tímida y asustadiza, que quiere escapar de las manos del Padre celestial. A esta alma se le dice: “Levántate por medio de la contrición”; y entonces abre los ojos por medio de la confesión; y se detiene humillándose a través de la satisfacción; y después se levanta en pie por medio de la absolución de todos sus pecados.
10.‑ “Tomás, uno de los doce, llamado el Dídimo, no estaba con ellos, cuando vino Jesús. Le dijeron los demás discípulos: “¡Hemos visto al Señor!
Pero él les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no meto mis dedos en el lugar de los clavos y no palpo la herida del costado, no creeré”.
Tomás se interpreta “abismo”, porque dudando conoció más profundamente y se arraigó con mayor seguridad. Dídimo es un término griego, que significa “mellizo”, y por ende dudoso (escéptico).
No por casualidad sino por un designio divino Tomás estaba ausente y no dio crédito a los relatos (de los compañeros). ¡Oh designio divino! ¡Oh santa duda del discípulo! “Si no veo en sus manos la marca de los clavos”... Deseaba ver reedificada la tienda de David, que se había desplomado, de la cual dice el Señor por boca del profeta Amós: “En aquel día yo levantaré la tienda caída de David, taparé sus grietas y levantaré sus murallas” (9, 11).
En David, que se interpreta “ de mano fuerte”, debemos ver la divinidad; en la tienda, el cuerpo del mismo Cristo, en el cual, como en una tienda, habitó la divinidad. Esa tienda se desplomó con la pasión y la muerte. Por las grietas en las murallas se indican las heridas de las manos, pies y costado. Estas heridas el Señor las reedificó en su resurrección. De ellas dice Tomás: “Si no veo en sus manos las heridas”... El Señor misericordioso no quiso abandonar en su honesta duda al discípulo, que en el futuro llegaría a ser un “vaso de elección”; sino que bondadosamente le quitó la neblina de la duda, como arrancaría de Saulo la ceguera de la incredulidad.
Tienes una concordancia en los Hechos de los Apóstoles, donde dice Ananías: “Hermano Saulo, el Señor Jesús que se te apareció en el camino por donde venías, me envió para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo”. Y en seguida cayeron de sus ojos como escamas, y recuperó la vista. Se levantó y fue bautizado. Tomó alimento y recobró fuerzas” (9, 17~19).
Se cumplió así la profecía de Isaías: “El lobo comerá pasto junto con el cordero” (65, 25), o sea, Saulo con Ananías, que se interpreta “oveja”.
El cuerpo de la serpiente se cubre de escamas. Los judíos son “esas serpientes y raza de víboras”. Saulo, imitando su perfidia, había tapado como con una piel de serpiente los ojos de su corazón; pero, al caérsele las escamas por las manos de Ananías, muestra en su rostro la luz que recibió en su mente. Asimismo, por las manos de Ananías, o sea, de Jesucristo, que fue “llevado al matadero como un cordero” (ls 53, 7), cayeron las escamas de la duda de los ojos de Tomás y recuperó la vista de la fe.
11.‑ “Ocho días después, estaban de nuevo reunidos los discípulos en el cenáculo, y con ellos Tomás. Vino Jesús a puertas cerradas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡Paz a ustedes!”. No vamos a explicar lo que ya está explicado.
“Dijo después a Tomás: “Mete aquí tu dedo y mira mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Respondió Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”. Le replicó Jesús: “Porque me has visto, has creído. ¡Bienaventurados los que no ven y creen!”
Dice el Señor por boca de Isaías. “En las palmas de las manos te tengo escrito” (49, 16). observa que, para escribir, son necesarios tres elementos: el papel, la tinta y la pluma. Las manos de Cristo fueron el papel, su sangre la tinta y sus clavos la pluma.
Cristo nos escribió en las palmas de sus manos por tres motivos. Primero: para mostrar al Padre las cicatrices de las Hagas, que había sufrido por nosotros y as! inducirlo a la misericordia. Segundo: para jamás olvidarse de nosotros, como El mismo lo declara por boca de Isaías: “¿Puede, quizás, una mujer olvidar a su niño, y no tener piedad del hijo de su vientre? Y aunque ella se olvidara, yo jamás me olvidaré de ti. He ahí: te grabé en las palmas de las manos” (49, 15‑16). Tercero: escribió en sus manos cómo debemos ser y qué debemos creer. ¡No quieras ser incrédulo, oh Tomás, oh cristiano, sino creyente!
“Exclamó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”. En su respuesta, el Señor no le dijo: “Porque me tocaste”, sino “porque me viste”, porque la vista es de alguna manera un sentido general, que suele servir de ayuda para los otros cuatro. Tal vez no se atrevió a tocar, sino que miró solamente, o quizás miró tocando. Veía y tocaba al hombre; pero por encima de esto, después de haber eliminado toda duda, creyó que era Dios, profesando lo que no veía. Oh Tomás, me viste como hombre, pero creíste en ni¡ como Dios.
12.‑ “¡Bienaventurados los que no han visto y han creído!”. Con esto, Jesús alaba la fe de los gentiles (paganos); pero usa el tiempo pasado, porque en su “presciencia” veía las cosas futuras como ya sucedidas.
Tenemos una concordancia en los Hechos de los Apóstoles, cuando Felipe interrogó a Candace, eunuco de la reina de Etiopía: “¿Crees con todo el corazón?”. Respondió. “Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios”. Y Felipe lo bautizó” (8, 37‑38). Asimismo, se puede hablar del centurión Cornelio, a quien Pedro bautizó con toda su familia, en el nombre de Jesucristo (Hech 10, 1‑48).
Estos dos, que creyeron en Cristo, prefiguraban a la iglesia de los gentiles (paganos), que creería en el nombre de Jesucristo y seria regenerada a través del sacramento del bautismo. A ellos Pedro les habla con las palabras del introito de la misa: “Como niños recién nacidos y razonables, busquen la leche no adulterada” (1 Pe 2, 2).
El niño, en latín ínfans, es llamado así, porque no sabe hablar, fatí. Los fieles de la Iglesia, nacidos del agua y del Espíritu Santo, deben ser infantes, que no hablan la lengua de Egipto, de la que dice Isaías: “El Señor afligirá la lengua del mar de Egipto” (11, 15). En la lengua está indicada la elocuencia, en el mar la sabiduría filosófica y en el Egipto el mundo. El Señor aflige la lengua del mar de Egipto, cuando por medio de los simples y de los ¡letrados demuestra que la elocuencia y la sabiduría del mundo son mudas e insípidas.
“Razonables y sin engaño”. Razonable es lo que se obra con la razón. La razón es una mirada del alma, por la cual contempla la verdad en sí misma y no a través del cuerpo; o es la contemplación de la verdad, pero no a través del cuerpo; o es también la misma verdad que se contempla (Agustín). Debemos, pues, ser razonables con respecto a Dios y a nosotros mismos, y sin engaño con respecto al prójimo.
“Busquen la leche”, o sea, esa leche, de la que habla Agustín: “El pan de los ángeles llegó a ser leche de los niños”. La leche es llamada así por su color, ya que es un líquido blanco. Y blanco en griego se dice leucis y en latín albus. Su sustancia es producida por la sangre. En efecto, después del parto, si una parte de la sangre no hubiera estado todavía consumida para alimento del útero, por vías naturales fluye a los pechos y, llegando a ser blanca por obra de éstos, asume la naturaleza de la leche. Y desde ese momento llega a ser alimento de todo recién nacido, “porque la sustancia con la que acontece la generación, es la misma sustancia que produce la alimentación: la leche es como sangre hervida, digerida, no corrupta” (Aristóteles).
En la sangre, que es de horrible apariencia, está representada la ira de Dios; en la leche, que es de sabor dulce y de agradabilísimo color, la misericordia de Dios. La sangre de la ira se convirtió en la leche de la misericordia en los pechos, o sea, en la humanidad de Jesucristo.
Dice el Profeta: “Dios cambió los rayos en lluvia” (Salm 134, 7). Los rayos de la ira divina se convirtieron en una lluvia de misericordia, cuando el Verbo se hizo carne.
1.3.‑ En sentido moral. El eunuco etíope y Cornelio el centurión son figuras de los pecadores convertidos. Cornelio se interpreta “el que entiende la circuncisión”. Con razón Cornelio y el eunuco se asimilan. Los penitentes, por el reino de los cielos, se tornan eunucos, circuncidan (eliminan) por sí mismos los deseos carnales y, creyendo en el nombre de Jesucristo, se lavan en la fuente viva de la compunción, y se renuevan con el bautismo de la penitencia.
Hacen como los elefantes, de los que dice Solino: “Las hembras antes de los diez años ignoran el sexo, y los machos antes de los quince. Copulan por un bienio, cinco veces al año y no más. Y no regresan entre los compañeros de la manada sin antes lavarse en aguas fluentes”.
Así los penitentes y los justos, si cayeron en algún pecado, se sonrojan al regresar a la comunidad de los fieles, si antes no se lavan con las aguas fluentes de las lágrimas y de la penitencia.
Recemos, pues, queridísimos hermanos, y con ardor supliquemos la misericordia de Jesucristo, para que venga y se detenga en medio de nosotros, nos conceda la paz, nos libere de los pecados, aleje de nuestro corazón toda duda y grabe en nuestras almas la fe en su pasión y resurrección. Y así con los apóstoles y con los fieles de la iglesia mereceremos recibir la vida eterna.
Nos la conceda aquel, que es el Dios bendito, digno de alabanza y glorioso, por los siglos de los siglos.
Y toda alma fiel responda: “¡Amén! ¡Así sea!”.
1.‑ “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Yo soy el buen pastor” (Jn 10, 11).
Dice Juan en el Apocalipsis: “Me fue dada una caña semejante a una vara” (11, 1). La caña es la predicación del evangelio. Como la caña escribe las palabras en el pergamino, así la predicación debe escribir la fe y las buenas costumbres en el corazón del oyente. La caña y la pluma son instrumentos del escribano. La caña es así llamada (en latín, cálamus), porque deposita un líquido; por eso los navegantes usan calare por depositar
Pero, porque de cálamo deriva la calamidad, ya que la infelicidad es fruto del vacío, la predicación se compara a la vara, en la que se destacan tres cualidades: solidez, rectitud y corrección.
La predicación debe ser sólida, es decir, respaldada por abundancia de buenas obras; y debe proponer palabras verdaderas, no falsas, no ridículas, no frívolas ni lisonjeras, sino palabras que susciten la conmoción y el llanto. Por esto dice Salomón en el Eclesiastés: “Las palabras de los sabios son como aguijones y como clavos plantados profundamente” (12, 11). Como el aguijón, mientras punza, hace brotar sangre, y el clavo, si hiere una mano, produce un gran dolor, así las palabras de los sabios deben acicatear el corazón del pecador y hacer brotar la sangre de las lágrimas, que, como dice Agustín, son “la sangre del alma”, suscitar el dolor por los pecados pasados y causar el temor de las penas de la gehena.
La predicación debe ser recta (coherente), para que el predicador no contradiga con las obras lo que dice en el sermón. La autoridad de la palabra pierde fuerza, cuando la voz no está respaldada por las obras. En fin, la predicación debe ser también correctora, para que los oyentes, después de haber escuchado una predicación, corrijan sus vidas.
Con semejante vara el buen pastor, el buen prelado de la iglesia o el predicador corrijan y pastoreen el rebaño de sus ovejas, como las corregía y las apacentaba aquel buen pastor, que en el evangelio de la misa de hoy dice: “Yo soy el buen pastor”.
2.‑ Observa que en este evangelio sobresalen cuatro elementos. Primero: los cuidados solícitos del buen pastor por sus ovejas y la disponibilidad de dar la vida por ellas, si fuere menester, cuando dice: “Yo soy el buen pastor”. Segundo: la fuga del mercenario y la rapiña del lobo, cuando añade: “El mercenario, que no es pastor y al que no pertenecen las ovejas Tercero: el recíproco conocimiento del pastor y de las ovejas: “Yo soy el buen pastor y conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí”. Cuarto: la formación y el incremento de la iglesia católica a través de la unión de los dos pueblos, el judío y el gentil (pagano), donde dice: “Tengo otras ovejas, que no son de este rebaño”.
En este domingo y en el siguiente se canta y se lee un pasaje del Apocalipsis, que queremos dividir en siete partes. La primera parte habla de las siete iglesias; la segunda, de los cuatro caballos; la tercera, de los electos de las doce tribus; la cuarta, de la mujer revestida de sol. Estas primeras cuatro partes queremos confrontarlas con las cuatro partes del evangelio de hoy.
La quinta parte del Apocalipsis habla de los siete ángeles, que llevan las ampollas, llenas de la ira de Dios; la sexta parte, de la condenación de la gran meretriz, o sea, de la vanidad mundana; la séptima parte, del río de agua viva, o sea, de la perennidad de la vida eterna. Y estas tres partes, con la ayuda de Dios, las confrontaremos con las tres partes del evangelio del domingo próximo.
En fin, en el introito de la misa de este domingo se canta: “La tierra está llena de la misericordia del Señor” (Salm 32, 5); y se lee la epístola del bienaventurado Pedro: “Cristo padeció por nosotros” (1 Pe 2, 21).
3.‑ “Yo soy el buen pastor”. Con toda razón Cristo puede decir: “Yo soy”, porque para El nada es pasado y nada es futuro, sino que todo le es presente. El dice en el Apocalipsis: “Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin, dice el Señor que es, que era y que vendrá, el Omnipotente” (1, 8); y en el Éxodo: “Yo soy. Así dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a ustedes” (3, 14). Con toda razón dice: “Yo soy el buen pastor”.
Pastor deriva del verbo pasco, apacentar y alimentar; y Cristo diariamente, en el sacramento del altar, nos apacienta con su cuerpo y su sangre.
Dice Isaí (padre de David) en el primer libro de los Reyes.‑ “Queda todavía el más pequeño, que está apacentando a las ovejas” (16, 11). Nuestro David, pequeño y humilde, apacienta como un buen pastor. El es nuestro Abel, que, como se lee en el Génesis, fue pastor de ovejas; y el fratricida Caín, o sea, el pueblo judío, lo mató por envidia.
De este pastor el Padre dice en Ezequiel: “Promoveré un solo pastor que apaciente a mis ovejas: a mi siervo David”, o sea, a mi Hijo Jesús; El las apacentará y será su pastor” (34, 23); y en Isaías: “Como un pastor, apacentará a su rebaño: con su brazo reunirá a los corderos y los llevará en su seno. El mismo llevará a las ovejas madres” (40, 11).
Habla como un buen pastor aquel que, cuando lleva el rebaño al pastoreo y lo trae de vuelta, a los corderos pequeños, que no pueden caminar, los toma en brazos y los pone junto a su corazón; igualmente, él mismo lleva a las ovejas grávidas y a las fatigadas. El término latino feta a veces significa grávida, y otras veces parida.
Así Jesucristo nos apacienta cada día con las doctrinas evangélicas y los sacramentos de la iglesia y, con su brazo extendido en la cruz, nos reunió. Dice Juan: “Para reunir juntos a los hijos de Dios que se hallaban dispersos” (11, 52).
“Y los llevará junto a su corazón”, o sea, nos llevará en el seno de su misericordia, como la madre con el hijo. El mismo lo dijo en Oseas: “Yo hice de nodriza a Efraím, y los llevé en mis brazos” (11, 3). El nos alimenta con su sangre, como si fuera leche. En la tetilla o bajo la tetilla, en el monte Calvario por nosotros fue traspasado por la lanza, para ofrecernos su sangre, como la madre ofrece su leche al hijo; y nos llevó en sus brazos, extendidos en la cruz.
4.‑ Dice Pedro en la epístola de hoy: “El llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia, Por sus heridas fuimos curados” (1 Pe 2, 24).
“Y El mismo lleva a las ovejas grávidas”, o sea, a las almas penitentes, herederas de la vida eterna. Dice en el Éxodo: “Ustedes vieron lo que les hice a los egipcios, y cómo los levanté a ustedes sobre alas de águila, y los traje a mí” (19, 4). El hunde a los egipcios, o sea, a los demonios y los pecados mortales en el mar Rojo, o sea, en la amargura de la penitencia, de las lágrimas y de la aflicción teñida de sangre; en cambio, a los penitentes los lleva sobre alas de águila cuando, despreciadas las cosas terrenas, los eleva a las cosas celestiales, para que con ojos límpidos contemplen al Sol de justicia. Con razón dice “Yo soy el buen pastor”. Y David: “Tú eres bueno, y en tu bondad instrúyeme”, que soy oveja errabunda. “Anduve errante como oveja extraviada” (Salm 118, 68 y 176). Y en el libro de la Sabiduría: “ ¡Oh, qué bueno y qué suave es, Señor, tu espíritu en todas las cosas!” (12, 1).
“El buen pastor da su vida por sus ovejas”. Manifiesta la característica del buen pastor: dar la vida por sus ovejas; y eso es lo que hizo Cristo.
Dice Pedro en la epístola de hoy: “Cristo padeció por nosotros, dejándoles un ejemplo, para que sigan sus huellas” (1Pe 2, 21). Comenta la Glosa: “Alégrate, porque Cristo murió por ti; sin embargo, presta atención a lo que sigue: “Dejándoles un ejemplo” de ultrajes, de tribulaciones, de cruz y de muerte.
“El buen pastor da su vida por sus ovejas”. De ellas dice Pedro hacia el fin de la epístola: “Ustedes eran como ovejas extraviadas; pero ahora volvieron al pastor y al guardián de sus almas” (1Pe 2, 25). ¡Qué inmensa misericordia! Lo proclama el introito de la misa de hoy: “La tierra está colmada de la misericordia del Señor”. “Como los cielos fueron afianzados por el Verbo, o sea, el Hijo de Dios” (Salm 32, 5‑6), así igualmente fueron fortalecidos los apóstoles y los hombres apostólicos, para no ser como ovejas errantes, sino para que se conservaran bajo la vara del pastor y del guardián de las almas.
5.‑ Las ovejas, por las que el buen pastor, Jesucristo, dio su vida, son aquellas siete Iglesias, a las que se refiere el Apocalipsis: “oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, que decía. “Lo que ves, escríbelo en un libro; y envíalo a las siete Iglesias: Éfeso y Esmirna, Pérgamo y Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Y me volví para reconocer la voz que hablaba conmigo; y, vuelto, vi siete candelabros de oro; y en medio de los siete candelabros de oro vi a uno semejante a hijo de hombre, vestido de túnica talar y ceñido al pecho por una faja de oro. Su cabeza y sus cabellos eran cándidos como lana blanca y como nieve; y sus ojos eran como una llama de fuego; y sus pies eran semejante a bronce resplandeciente, cuando se halla en el horno ardiente; y su voz era como la voz de muchas aguas. Y tenía en su derecha siete estrellas; y de su boca salía una espada afilada por los dos lados; y su rostro resplandecía corno el sol en todo su fulgor” (1, 10‑16).
Explicaremos este pasaje, ante todo, en sentido alegórico, aplicándolo a Cristo, y después en sentido moral, aplicándolo al prelado de la iglesia.
Sentido alegórico. Éfeso se interpreta “mi voluntad” o “mi consejo”; Esmirna, “su cántico”; Pérgamo, “el que divide los cuernos” o “deseca el valle”; Tiatira, “iluminada”; Sardis, “principio de belleza”; Filadelfia, “el que guarda” o también “el que salva a quien adhiere al Señor”; Laodicea, “tribu amable”.
Los siete candelabros de oro representan a todas las iglesias, ardientes e iluminadas por la sabiduría del Verbo. Como el oro refinado por el fuego y forjado por los golpes se transforma en candelabro, así la iglesia, purificada por las tribulaciones y fustigada por los golpes de las tentaciones, se perfecciona y se difunde en los países lejanos.
“Y en medio de los siete candelabros”, o sea, en la comunidad de todas las iglesias, porque Dios se ofrece a todas y está siempre dispuesto a socorrerlas, “vi a uno semejante a hijo de hombre”, o sea, un ángel en la persona de Cristo, que no es un hijo de hombre, sino semejante, porque ya no muere; o también semejante a hijo de hombre, porque no estuvo sometido al pecado, sino que tomó la semejanza de la carne de pecado. “Revestido de túnica talar”, sacerdotal, o sea, de la carne, en la que se ofreció y se ofrece cada día, presentándose a sí mismo al Padre; y “ceñido al pecho por una faja de oro”, o sea la faja de la caridad, por la cual se entregó a la muerte por nosotros.
“Su cabeza y sus cabellos eran cándidos como lana blanca y como nieve”. La cabeza es la divinidad. Dice el Apóstol: “Cabeza de Cristo es Dios” (1Cor 11, 3). La cabeza representa al mismo Cristo, que es cabeza de la iglesia, y que tiene todas las cosas necesarias para el gobierno de la iglesia. Los cabellos representan a los fieles, sólidamente unidos a la cabeza. Entonces la cabeza y los cabellos, o sea, Cristo y los cristianos, son cándidos como lana, blanca por la simplicidad y por la pureza; y como nieve, por el candor de la inmortalidad, porque, como El vive, viviremos también nosotros con El.
“Y sus ojos eran como llamas de fuego”. Los ojos, o sea, la mirada de la gracia de Jesucristo derrite el corazón helado del pecador, como la llama del fuego derrite el hielo. Así el Señor miró a Pedro con ojos de misericordia; y Pedro lloró amargamente, porque el hielo de su corazón se derritió en lágrimas de compunción.
“Y sus pies”, o sea, los predicadores que lo llevan por todo el mundo, eran “semejantes al auricalco o bronce”, no un auricalco cualquiera, sino uno refulgente como en un horno. El auricalco es llamado así, porque tiene semejanza tanto con el oro como con el bronce. El bronce se dice en griego calcós. En el oro está indicado el esplendor de la sabiduría y en el bronce, la sonoridad de la elocuencia. Los pies de Jesucristo son semejantes al auricalco, porque los predicadores deben brillar por el fulgor de la sabiduría y por la sonoridad de la elocuencia.
“Y su voz era como la voz de muchas aguas”. La predicación de Cristo posee la virtud del agua, porque lava. Por eso Jesús dijo a los apóstoles‑ “Ustedes están limpios en virtud de la palabra, que les anuncié” (Jn 15, 3). Son ya muchos los pueblos que acogen la voz de Jesucristo, y son comparados a las aguas a motivo del fluir de la vida y de la muerte. o también‑ “Su voz era como la voz de muchas aguas”, como una fuente de muchas aguas, o sea, de gracias.
Y continúa: “Y tenía en su derecha siete estrellas”, o sea, las siete gracias del Espíritu Santo, que tiene en su derecha, dicha así porque da fuera (en latín, déxtera ‑ dans extra). En efecto, del tesoro de su munificencia concede las gracias a quien quiere, cuando quiere y como quiere. o también: las estrellas representan a los obispos, que deben iluminar a los demás con la palabra y con el ejemplo; y el Señor los guarda en su mano derecha como sus dones más preciosos, representados justamente por la mano derecha.
“Y de su boca brotaba una espada afilada por los dos lados”. De su boca, o sea, de su enseñanza, brotó la predicación, que corta por los dos costados: en el Antiguo Testamento las obras carnales, y en el Nuevo las concupiscencias.
“Y su rostro era como el sol, cuando brilla en su mayor fulgor”. El rostro de Cristo son los buenos prelados de la iglesia y todos los santos, por medio de los cuales, como por medio del rostro, conocemos a Cristo. Ellos resplandecen en su mayor fulgor, o sea, hacia el mediodía, sin nubes; o cuando el sol esté detenido en la eternidad, ellos resplandecerán así, o sea, serán semejantes al verdadero sol, Jesucristo.
6.‑ En sentido moral. “Yo soy el buen pastor”. ¡Bienaventurado aquel prelado de la iglesia, que puede decir con sinceridad: “¡Yo soy el buen pastor!”. Para que sea bueno, es necesario que se asemeje al Hijo del hombre y esté en medio de los siete candelabros de oro. De ellos dice Juan: “Vi siete candelabros de oro”; y en ellos se destacan las siete cualidades que son necesarias al prelado de la iglesia: inocencia de la vida, ciencia de la Sagrada Escritura, elocuencia de palabra, asiduidad en la oración, misericordia hacia los pobres, disciplina con respecto a los súbditos, cuidado solícito del pueblo que le fue confiado. Estos siete candelabros hallan correspondencia en el significado de las siete iglesias.
Éfeso se interpreta “mi voluntad” o “mi consejo”. Aquí está señalada la inocencia de la vida, de la que habla el Apóstol: “Esta es la voluntad de Dios: su santificación: que cada uno sepa conservar su cuerpo en el honor y en la santidad” (1Tes 4, 3‑4). E Isaías: “Toma una decisión, notifica un consejo”, (16, 3). Toma una decisión, para vivir en la inocencia con respecto al alma; notifica un consejo, o sea, frena los cinco sentidos, para que vivas en la castidad, con respecto al cuerpo.
Esmirna se interpreta “su canto”. Y aquí está indicada la ciencia de la Sagrada Escritura. Dice el Profeta: “Canten a Dios un cántico nuevo” (Salm 95, 1). Todas las ciencias mundanas y lucrativas son los cánticos viejos, los cánticos de Babilonia. Sólo la teología es el cántico nuevo, que resuena suavemente en los oídos de Dios y renueva el espíritu. La Sagrada Escritura debe ser el cántico de los prelados. “Si no hubiera herreros en Israel ‑dice el primer libro de los Reyes‑, no sería de admirarse si los hijos de Israel descendieran a los filisteos para afilar el arado, la azada, el hacha y el escardillo” (1Rey 13, 19‑20). Pero, gracias a Dios, en Israel, o sea, en la iglesia, existen, no diría un solo herrero, sino muchos herreros, o sea, muchos teólogos, que saben muy bien afilar el arado, la azada, el hacha y el escardillo y lo saben acabar a la perfección.
El arado es llamado así, porque cava la tierra o la “vomita”; la azada, porque levanta la tierra; el hacha (en latín, securis), porque corta (en latín, succidit) los árboles; el escardillo es una herramienta con mango, muy necesaria para los trabajos agrícolas. Con estos instrumentos de los labriegos se señalan los ejercicios de la predicación, que cavan el humus de la codicia y la tierra de la iniquidad, y las sacan de la atención de la mente; cortan las ramas secas del árbol infructuoso y cultivan el campo de la Iglesia militante.
¿Por qué, pues, los hijos de Israel, o sea, los prelados, van a los filisteos, nombre que se interpreta “caídos por la beodez”, o sea, a las ciencias lucrativas? Y acuden a ellas para embriagarse con el brebaje de una dignidad efímera, de la gula y de la lujuria, con la ambición de la vanagloria y del dinero; y, así embriagados, se desploman en lo profundo del infierno. Bernardo los amonesta así: “¡Oh ambición de veras desafortunada, que no sabe aspirar a las cosas grandes! Aman los primeros puestos; pero habría que temer para ellos que caerán como higos que no maduran. ¡Cuiden, pues, los que anhelan los primeros puestos, de no perder también los segundos; y terminen por precipitarse vergonzosamente en el último lugar del infierno!”.
Pérgamo se interpreta “el que divide los cuernos” o “el que deseca el valle”. Aquí está indicada la elocuencia de la lengua erudita, que divide los cuernos de los soberbios y deseca el valle de los carnales. Pero el Señor amenaza por boca del Profeta: “Quebraré todos los cuernos de los pecadores” (Salm 74, lo). Y Job: “¿Atarás tú con coyundas al rinoceronte, para que are o para que rompa los terrones de los valles detrás de ti?” (39, 10).
El rinoceronte es un animal pequeño, semejante al chivo (sic), que tiene sobre las narices un cuerno muy puntiagudo. Es una figura del bienaventurado Pablo, que, aún respirando amenazas y muerte, mientras iba a Damasco, fue atado con la correa del divino poder, para que arara, o sea, para que predicara. Pero el Señor le dijo a Ananías: “Este es para mí un vaso de elección, para que lleve mi nombre delante de los gentiles (paganos), de los reyes y de los hijos de Israel” (Hech 9, 15). El romperá los terrones de los valles, o sea, las mentes de los carnales y de los infieles, con el arado de la predicación.
Tiatira se interpreta “iluminada”. Esta representa la asiduidad de la oración, que ilumina la mente. Se lee en el Apocalipsis: “El esplendor de Dios ilumina la ciudad y su lámpara es el Cordero” (2, 18). En el cordero resaltan la inocencia y la simplicidad, dos virtudes que de manera particular son necesarias al que ora y, al mismo tiempo, como el esplendor y la lámpara, iluminan la mente del que ora.
Sardis se interpreta “principio de belleza”, y representa la misericordia hacia los pobres, que echa fuera la lepra de la avaricia hace hermosa al alma. Está escrito: “Ofrezcan limosnas, y he ahí que todo estará limpio para ustedes” (Lc 11, 41).
Filadelfia se interpreta “el que custodia y salva al que adhiere al Señor”. Aquí está representada la corrección con respecto a los súbditos, la que custodia al que se pone al servicio del Señor, y salva del peligro de la muerte. De ella habla el Apóstol a los hebreos: “Toda corrección en ese momento no es causa de gozo, sino de tristeza; después, reporta un fruto de paz y de justicia, para los que se dejan guiar por ella” (12, 11).
Laodicea se interpreta “tribu amable” para el Señor. Y aquí está representada la iglesia católica del pueblo cristiano, sobre la cual el prelado debe vigilar con cuidados solícitos. Del amor hacia ella dice Juan: “Después de haber amado a los suyos, los amó hasta el fin” (13, 1), o sea, tanto los amó, que su amor lo llevó hasta la muerte.
Estos son los siete candelabros que iluminan a todas las iglesias, reunidas por el Espíritu de la gracia septiforme, en medio de las cuales el prelado, a semejanza del Hijo del hombre, o sea, de Jesucristo, debe caminar en la pobreza, en la. humildad, en la obediencia, vestido del alba blanca. El alba es la túnica talar, que llevaba Aarón, y significa la castidad del cuerpo, a la que se debe unir la pureza del corazón.
7.‑ “Estaba ceñido al pecho con una faja de oro”. Daniel vio un personaje ceñido a los riñones, porque en el Antiguo Testamento son condenadas las obras carnales. Juan lo vio con la faja de oro ceñida al pecho, porque en el Nuevo Testamento también los pensamientos son juzgados. Entonces con una faja de oro, o sea, con el amor de Dios, están ceñidos los pechos, o sea, está reprimido el flujo de los malos pensamientos.
“Su cabeza y sus cabellos eran cándidos como lana blanca y como nieve”. La cabeza se llama así, porque en ella caben todos los sentidos”y representa a la mente, que es cabeza del alma; y los cabellos simbolizan los pensamientos. En la mente, de ordinario, residen la impureza y la incitación del pecado. Entonces la mente y los pensamientos deben ser cándidos como lana blanca contra la inmundicia del pecado, y como nieve contra su incitación.
“Y sus ojos eran como llamas de fuego”. Los ojos del prelado representan la contemplación de Dios y la compasión hacia el prójimo, y deben ser como llamas de fuego, irradiando sencillez con respecto a Dios e inocencia con respecto al prójimo.
“Y sus pies eran semejantes al auricalco”. Los pies representan los afectos de la mente y los efectos de las obras. De ambos pies quedó tullido miriboset ‑que se interpreta “hombre de confusión”‑, cayendo de los brazos de la nodriza, como se lee en el segundo libro de los Reyes (4, 4). En él vemos simbolizado al pecador, hombre de la confusión eterna, que a causa del pecado mortal cae de la nodriza, o sea, de la gracia del Espíritu Santo, y se vuelve tullido de ambos los pies. En cambio, los pies del buen prelado deben ser semejantes al auricalco. El auricalco, como ya se dijo, tiene el color del oro y del bronce. En el oro está simbolizado el afecto de la mente, y en el bronce, la resonancia de las buenas obras. El auricalco, a menudo, se pone candente y así logra un mejor color. Así el buen prelado, cuanto más se vuelve candente por el fuego de la tribulación, tanto más se vuelve luminoso.
“Y su voz era corno una voz de muchas aguas”. Como muchas aguas, que corren impetuosamente, arrollan todo obstáculo, así la voz de la predicación del prelado debe arrollar todo obstáculo de vicios y todo impedimento de salvación.
“Y tenía en su derecha siete estrellas”. Las siete estrellas son las siete glorificaciones del cuerpo y del alma. Las glorificaciones del alma son la sabiduría, la amistad, la concordia; y las del cuerpo: la luminosidad, la agilidad, la sutileza (compenetración) y la inmortalidad. El prelado debe tener estas cualidades en su derecha, para que todo lo que piensa, todo lo que obra, sea siempre “derecho” (recto), y para que pueda tener en la derecha de la vida eterna las siete estrellas, o sea, sea colocado a la derecha con sus ovejas.
“Y de su boca salía una espada afilada por los dos lados”. La espada es la confesión que debe ser afilada por los dos lados, para poder cortar los vicios espirituales, que son la soberbia y la vanagloria, y los vicios carnales, que son la avaricia, la gula y la lujuria.
“Y su rostro era como el sol, cuando brilla en su fulgor”. El rostro del prelado son sus obras, por cuyo medio, como por el rostro, se le conoce. “Los reconocerán por sus frutos” (Mt 7, 16). Si los frutos son buenos, resplandecerán como sol en su fulgor. Dice el Señor: “Resplandezca su luz delante de los hombres, para que vean sus obras buenas, y glorifiquen a su Padre, que está en el cielo” (Mt 5, 16). Si así fuere el prelado, en conciencia podría decir: “Yo soy el buen pastor”.
(Hermanos queridísimos, roguemos al Señor Jesucristo, que al pastor de su iglesia conceda la gracia de apacentar con nobleza el rebaño de los fieles; y así merecerá al fin llegar a aquel que es el eterno pasto de los santos. Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos, ¡Amén! ¡Así sea!).
8.‑ “En cambio, el mercenario, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona a las ovejas y huye; y el lobo arrebata y dispersa a las ovejas. El mercenario huye, porque es mercenario y no le importan las ovejas” (In 10, 12‑13).
Poco antes, el Señor había. dicho: “En verdad, en verdad les digo: “El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, es un ladrón y un salteador” (Jn 10, 1). Aquí resaltan cuatro figuras: el buen pastor, el ladrón y salteador, el mercenario y el lobo.
Con estas cuatro figuras se puede establecer una concordancia con los cuatro caballos del Apocalipsis: “Miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba, tenía un arco; y le fue dada una corona; y salió vencedor, para seguir venciendo. Y salió otro caballo, bermejo; y al que le montaba, le fue dado el poder de quitar la paz de la. tierra, para que se mataran unos a otros; y se le dio una gran espada. Y miré; y he ahí un caballo negro; y el que lo montaba, tenía una balanza en la mano. Y oí una voz en medio de los cuatro seres vivientes, que gritaba: “Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario; pero no dañes el aceite ni el vino. Y he ahí, en fin, un caballo amarillo; y el que lo montaba, se llamaba Muerte; y lo seguía el infierno. Y le fue dado poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la muerte y con las bestias salvajes” (6, 2‑8).
Sentido alegórico. “Miré, y he ahí un caballo blanco”. El caballo blanco representa la humanidad del buen pastor, Jesucristo, que está muy bien simbolizado en el caballo blanco, porque fue inmune de toda mancha de pecado. De este caballo dice Zacarías: “Vi de noche, y he ahí un varón montado sobre un caballo rojo, el cual estaba entre los mirtos en un valle profundo” (Zac 1, 8). La noche, en la que sucede la visión, simboliza el misterio que envuelve los fenómenos místicos. El varón montado sobre el caballo rojo es el Salvador, cuyas vestiduras, o sea, su carne, son rojas por la sangre derramada en la pasión; y por esto se muestra sobre un caballo rojo al pueblo que todavía está esclavizado.
En cambio, en el Apocalipsis de Juan, el Salvador se muestra al pueblo ya liberado con vestiduras blancas. El está entre los mirtos, o sea, entre los ejércitos angélicos, que lo sirven también mientras se halla en un valle profundo, o sea, en su carne humana. Dice Mateo: “Los ángeles se le acercaron y lo servían “ (4, 11). o, “entre los mirtos”. El mirteto es un lugar donde crecen los mirtos. El mirto es una especie de planta, “de agradable aroma y con poder curativo” (Glosa). Deriva su nombre del “mar” y prefiere los litorales.
El mirto simboliza la pureza del justo, que es de agradable aroma con respecto al prójimo y de gran poder terapéutico con respecto a uno mismo. Su habitat preferencial es el litoral, o sea, la compunción del corazón.
A este propósito dice Isaías: “En lugar de la saliunca crecerá el abeto, y en lugar de la ortiga, el mirto” (55, 13). La saliunca es una hierba salobre, una especie de arbusto o de sauce. El abeto es llamado así, porque se eleva por encima de los demás árboles (en latín, abies, de abeo, voy lejos). La saliunca simboliza la avaricia, amarga y estéril; y en su lugar, cuando Dios infunde en la mente la gracia, se eleva el abeto de la celestial contemplación. La ortiga, llamada así porque su contacto irrita o quema (en latín, uro) el cuerpo, es de naturaleza ígnea, y representa la lujuria de la carne; y en su lugar el Señor hará crecer el mirto de la continencia. Entonces el Señor mora entre los mirtos, o sea, en aquellos que, por la virtud de la pureza y el perfume de la buena fama, sirven a Dios en el valle profundo de la humildad.
“Vi, y he ahí un caballo blanco; y el que lo montaba, tenía un arco”. El que cabalga el caballo es la divinidad, que como un soldado sobrepuja a la humanidad. El arco, que consta de cuerda y de madera, representa la misericordia y la justicia de Dios. Como la cuerda dobla la madera, así la misericordia excede la justicia. Dice Santiago: “La misericordia triunfa sobre el juicio” (2, 13).
En su primera venida, Cristo trajo consigo la cuerda flexible de la misericordia, para conquistar a los pecadores; pero en la segunda venida golpeará con el leño de la justicia, y dará a cada uno según sus obras (Mt 16, 27).
“Y le fue dada una corona”. A Cristo, Dios y Hombre, le fue dada una corona con respecto a la humanidad, con la cual lo coronó su madre en el día de sus desposorios. o también: le fue dada una corona de espinas por su madrastra, la sinagoga.
“Y salió vencedor para vencer aún más”. Dice Juan: “Salió hacia el Calvario, llevando su cruz”, victorioso sobre el mundo, para vencer también al diablo.
“Vi, y he ahí un caballo blanco”. El caballo blanco simboliza el cuerpo del buen pastor y del prelado de la Iglesia. Este caballo debe ser blanco, de la blancura de la castidad. El jinete de este caballo es el espíritu, que debe dominarlo con el freno de la abstinencia y acicatearlo con las espuelas del amor y del temor de Dios, para alcanzar el premio de la vida eterna. “No daña usar la espuela con el caballo lanzado en su carrera” (Ovidio).
El arco representa la Sagrada Escritura: en la madera está indicado el Antiguo Testamento; en la cuerda que dobla la dureza, el Nuevo Testamento; y en la flecha, la comprensión, que hiere y penetra los corazones.
El buen pastor debe tener este arco en la mano, o sea, en su obrar. Dice Job: “Mi arco se fortalecía en mi mano” (29, 20). El arco se fortalece en la mano, cuando la predicación está respaldada por las obras. “Y le fue dada una corona”. La corona sobre la cabeza es la recta intención de la mente, de la que dice Jeremías: “Cayó la corona de nuestra cabeza. ¡Ay de nosotros, porque hemos pecado!” (Lm 5, 16). La corona cae de la cabeza, cuando el hombre abandona la recta intención; y por ende, ¡ay de él! “Y salió vencedor, para seguir venciendo”. Salió de la codicia del mundo, venciendo la lujuria de la carne y también para vencer la soberbia del diablo. Si el prelado fuere como este caballo blanco, con toda razón puede exclamar: “Yo soy el buen pastor”.
“Y salió otro caballo, rojo”. El caballo rojo es el ladrón y salteador “que no entra por la puerta en el redil de las ovejas”. La puerta es Cristo: no entra por Cristo el que busca sus cosas y no las de Cristo.
El término ladrón deriva de “esconder” (en latín, latere). El término salteador, fur deriva de furvus, oscuro. El ladrón es aquel que se esconde para despojar y matar a los incautos; el salteador es aquel que durante la oscuridad de la noche arrebata las cosas ajenas. Es ladrón y salteador aquel que, por ambición, “asume el honor sacerdotal, sin ser llamado por Dios como Aarón” (Hb 5, 4). El que consigue alguna prelatura por simonía, es ladrón, porque usurpa por medio del dinero el oficio de pastor, y aprovecha como en una noche oscura para apropiarse de lo ajeno. Hace suyas a las ovejas, que robó al Señor. Es ladrón, porque se esconde bajo la apariencia de la santidad. Se presenta como oveja, mientras es un lobo, o como gavilán, mientras es un avestruz; y de esa manera despoja a los incautos de sus virtudes y los mata en el alma.
Con razón es llamado caballo rojo. El que monta este caballo es el espíritu de ambición y de gloria temporal, que quita la paz de la tierra, o sea, de la mente del mismo ladrón y salteador. El espíritu de ambición no permite que el desgraciado tenga la quietud de la mente. Es como un cazador que persigue la presa que huye y a la vez corre de una parte a otra, para procurarse las cosas temporales. Apercibe el bienaventurado Bernardo: “Tú multiplicas las prebendas, subes al archidiaconado, aspiras al episcopado, poco a poco te elevas; pero en un momento y desprevenidamente te precipitas en el infierno”. Y todavía‑ “El explorador merodea con diligencia, simula y disimula, se pone a la zaga y obsequia, trepa con las manos y los pies, para entremeterse de cualquier manera en el patrimonio del Crucificado”.
Otro sentido: “Quita la paz de la tierra”, cuando, a través de este hijo de la perdición, siembra la discordia en la iglesia. Por eso sigue: “Para que se mataran unos a otros”. Los ladrones y los salteadores, o sea, los prelados simoníacos, se matan unos a otros con la espada de la discordia y de la envidia, cuando se desacreditan, cuando calumnian y cuando ladran uno contra otro. Dice Isaías: “Allí los sátiros danzarán”; y de nuevo: “Los sátiros se gritarán unos a otros” (13, 21; 34, 14). Hoy en la iglesia, los simoníacos adinerados danzan y se divierten como los sátiros; y un simoníaco acusa a otro; y todo el día están absorbidos por procesos, intrigas, griterías, extorsiones y diatribas. Y concluye: “Y le fue dada una gran espada”. La espada puntiaguda y afilada es la gloria temporal, por la que y con la que los infelices se hieren y se matan.
10.‑ “Y he aquí un caballo negro; y el que lo montaba, tenía en la mano una balanza”. Es llamado negro (en latín, niger), o sea, casi nubiger (que lleva nubes), porque no está sereno, sino nebuloso. El caballo negro es el mercenario, del que dice el Señor: “El mercenario, que no es el pastor y al que no le pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo, huye”... El mercenario, así llamado, porque está contratado por “la merced” o el pago, representa al prelado, que sirve únicamente en la iglesia por los premios temporales. De tal individuo dice el Profeta: “Te alabará, cuando lo habrás beneficiado” (Salm 48, 19). Y dice todavía el Señor: “En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan no porque vieron signos, sino porque comieron los panes y se hartaron” (Jn 6,
26). Cuando el vientre está lleno, canta con ganas el salmo 50 “Miserere”: “¡Ten piedad de mi Señor!”.
Este mercenario no es pastor sino simulador (en latín, ídolum). Por esto dice Zacarías: “ ¡Ay del pastor y del simulador, que abandona la grey! Una espada está sobre su brazo y sobre su ojo derecho. Su brazo se paralizará del todo, y su ojo derecho, entenebreciéndose, se oscurecerá” (11, 17). En el brazo está representada la capacidad operativa, y en el ojo, la luz de la razón.
Dice el profeta: “Pastor y simulador”; pero lo dice como rectificándose: “No pastor, sino simulador”. Y eres tan perverso que, más que adorador de !dolos, te has de llamar a ti mismo “ídolo” (ficción), El ídolo usurpa el nombre de Dios, pero no es Dios. Así es el falso pastor, que abandona el rebaño, porque las ovejas no le pertenecen. Y por esto la espada, o sea, la ira divina, estará sobre su brazo y sobre su ojo derecho, para que su vigor y la ostentación de su fuerza se sequen por la falta de la gracia y de las buenas obras; y la luz de la razón se oscurezca por las tinieblas terrenas, porque, por justo juicio de Dios, se volverá incapaz de obrar y enceguecido en su discernimiento.
Narra el primer libro de los Reyes: “Helí estaba acostado en su aposento; y sus ojos comenzaban a oscurecerse; y no podía ver la lámpara del Señor antes que la apagaran” (3, 2‑3). Helí se interpreta “extraño”, e indica al prelado, contratado por el estipendio y ajeno al reino de Dios. Este está recostado en su lugar, o sea, en el pantano de la carne, disoluto. Sus ojos, o sea, la luz de la razón y de la inteligencia, están oscurecidos por la neblina, o sea, por el amor de las cosas terrenas; y así no puede ver la lámpara, o sea, la gracia de Dios antes que se apague; o sea, no pondera ni reconoce hallarse privado de la luz de la gracia, sino cuando la luz de la misma gracia se hubiere extinguido. En efecto, muchos son tan ciegos que no reconocen haber perdido la gracia de Dios, sino cuando del estado de gracia cayeron en la ceguera del pecado mortal. Con razón se dice en el Apocalipsis: “He ahí el caballo negro”, no cubierto por la serenidad de la gracia, sino por la oscuridad de la culpa.
“El que lo montaba, tenía en mano una balanza”. El jinete del caballo negro, o sea, el mercenario, es el espíritu de los negocios. El mercenario, acicateado por estas espuelas, como un mercader, vende a precio fijo la paloma, o sea, la gracia de Dios, que debe ser distribuida gratuitamente; y así transforma la casa de Dios en un mercado. El mercenario tiene en mano una balanza falsa, de la que dice Oseas: “Canaán, teniendo en mano una balanza falsa, amó el engaño” (12, 7). Canaán se interpreta “mercader” y simboliza al mercenario de la iglesia que, enredado en los negocios de este mundo, no cuida a las ovejas de Dios. Dice Jerónimo: “Lo que es la usura en el laico, son los negocios en el clérigo”.
En su mano tiene una balanza falsa, porque predica de una manera y vive de otra; obra de una manera y ostenta otra; predica la pobreza y es avaro; la castidad y es lujurioso; el ayuno y la abstinencia y es goloso; coloca sobre los hombros de la gente cargas pesadas e insoportables, pero él no las toca ni con el dedo (Mt 23, 4). Esta es la balanza falsa, contra la cual truena el Señor: “Has de tener pesas justas y medidas justas” (Lv 19, 36).
La balanza se llama así, porque pende en equilibrio con un fiel entre dos platos (balanza: ba, bis, dos; lanza, lanx, plato). Los dos platos son el desprecio del mundo y el deseo del reino celestial. El fiel es el amor de Dios y del prójimo. Esta es la auténtica balanza que pesa con exactitud, dando a cada uno lo suyo: al mundo el desprecio, a Dios la adoración, y al prójimo el amor. Pero en la mano de Canaán, o sea, del mercader interesado, no hay tal balanza, sino una falsa. Dice el Profeta: “Obra con engaño y así su culpa se vuelve odiosa, porque ama la calumnia” (Salm 35, 3). La calumnia deriva del latín calvor, engañar.
Este mercenario negociante “confecciona cojines para todo brazo y almohadas para la cabeza ( de personas) de toda edad” (Ez 13, 18), porque, a motivo de las ganancias, secunda los vicios, endulza las culpas y no impone las penitencias adecuadas; y, escondiendo su avaricia bajo la apariencia de la misericordia y de la compasión, dice “¡Paz, paz!”; pero no hay paz, “haciendo vivir las almas que no viven” (Ez 13, 19); y así engaña a los fieles de Jesucristo.
A todo esto se refieren las palabras: “Dos libras de trigo por un denario” ... Es llamado “bilibre” un vaso que contiene dos sextarios (más o menos, un litro). En el trigo está representada la fe, en el único “denario” la sangre de Jesucristo. El bilibre (dos libras) de trigo es la iglesia de los rieles, formada por dos pueblos y rescatada con la sangre de Jesucristo. “Y tres bilibres de cebada por un denario”. Estos son los fieles de la misma Iglesia, de grado inferior, que perseveran en la fe de la santa Trinidad. También éstos son rescatados con la sangre de Jesucristo.
Otra interpretación. En el trigo están representados los religiosos, en la cebada los laicos. El bilibre de trigo es la vida de los religiosos, que como el trigo ha de ser cándida en lo interior por la pureza de la mente y rojo oscuro en lo exterior por la maceración del cuerpo. Esta debe contener en sí misma dos sextarios. En los dos sextarios está designado el doble precepto de la caridad: el amor a Dios y el amor al prójimo, que llevan a todo hombre a la perfección.
La cebada (en latín, hordeum con resonancia de árido) es el primero de los cereales que madura, y representa a los laicos, los que, al surgir el sol de la persecución, muy pronto se vuelven áridos, porque “creen por algún tiempo, pero en el tiempo de la persecución desfallecen” (Lc 8, 13). Entonces los tres bilibres de cebada son todos los fieles laicos, que por lo menos tienen la fe en la santa Trinidad. Tanto los religiosos como los laicos son rescatados con el único denario, marcado con la imagen del rey y de su inscripción, o sea, con el precepto de la obediencia; y si el hombre hubiera guardado la obediencia, no habría perdido la imagen y semejanza de Dios.
“Y no dañes ni el vino ni el aceite”. En el vino, que embriaga, está representada la vida contemplativa, que embriaga las mentes de tal modo que se despreocupan de todas las cosas materiales. En el aceite, que flota sobre todo líquido y, derramado sobre el agua, hace más visibles las cosas que yacen escondidas en lo profundo, está indicada la vida activa, que se preocupa de todas las necesidades y enfermedades del prójimo y con las obras de misericordia lleva un poco de luz a las oscuridades de la pobreza.
Ya que la Iglesia está compuesta por religiosos y laicos, por gente de vida activa y contemplativa, a aquel mercenario se le ordena que no los perjudique con su mal ejemplo. Afirma Gregorio: “El prelado merece tantas muertes, cuantos son los malos ejemplos que transmite a la posteridad”.
11.‑ “Este mercenario, porque no le pertenecen las ovejas, al ver venir al lobo, huye”
El lobo es llamado así, porque, casi como el león, tiene tal fuerza en las garras que, cualquier cosa que estruje, deja de vivir. Tiende acechanza a las ovejas y las asalta a la garganta, para estrangularlas rápidamente. Su estructura corpórea es un tanto rígida, y no puede doblar fácilmente la cabeza; corre como irrumpiendo y por eso a menudo es burlado. Se cuenta que “si por primero ve a alguien, por alguna fuerza de la naturaleza le quite la voz; pero si se ve descubierto, pierde la audacia y la ferocidad”. (Isidoro). Si tiene hambre y no halla nada para arrebatar, se alimenta de tierra, después sube a un monte y con las fauces abiertas llena de viento las vísceras hambrientas. Tiene gran terror por dos cosas: el fuego y el camino frecuentado. El lobo es figura del diablo y del tirano de este mundo, sobre el cual el diablo cabalga.
Y éste es el caballo cuarto, del que el Apocalipsis dice: “He ahí un caballo amarillo; y el que lo montaba, se llamaba Muerte”. Como el soldado se sirve del caballo, así el diablo, cuyo nombre es la Muerte, porque “por su causa la muerte entró en el mundo” (Sb 2, 24), se sirve del cruel tirano de este mundo, para desconcertar y arruinar a la iglesia.
El mercenario, al verlo llegar, abandona a las ovejas y huye; y el lobo las arrebata y dispersa. El uno abandona y el otro arrebata; el uno huye y el otro dispersa. El diablo, como el lobo, mata todo lo que aplasta con el pie de la soberbia. Por eso David, en el temor de ser aplastado por el pie de la soberbia, oraba diciendo: “¡No venga sobre mí el pie de la soberbia!” (Salm 35, 12). Como todos los miembros se apoyan en los pies, así todos los vicios gravitan en la soberbia, porque es “el principio de todo pecado” (Ecli 10, 15).
El diablo tiende acechanzas a las ovejas, o sea, a los fieles de la iglesia, a los que agarra de la garganta, para impedir que confiesen sus pecados. Y tiene tanta soberbia, que no puede agachar la cabeza delante de la humildad. Ataca improvisamente irrumpiendo con la tentación, pero es chasqueado por los santos que conocen todas sus astucias. Pero si ve a un hombre imprudente, lo hace mudo para que no confiese sus crímenes ni alabe a su Creador. En cambio, si el hombre vigila sobre sí mismo y previene las tentaciones, el diablo se avergüenza por haber sido descubierto; y así la tentación pierde su fuerza. Como en los santos no halla nada qué comer, se nutre de tierra, o sea, de los avaros y lujuriosos. Después, sube al monte, o sea, se acerca a los que gozan de cargos elevados, y ahí se alimenta con el viento de su vanagloria y de su pompa mundana.
El diablo tiene terror, sobre todo, de dos cosas: el fuego de la caridad y el camino trillado de la humildad. Si el mercenario gozara de estas dos cualidades, por cierto no huiría; pero propiamente huye, porque es mercenario y a él no le pertenecen las ovejas.
El mercenario y el diablo están unidos por algún tipo de amistad y trabados por un pacto. Dice el diablo al prelado, lo que dijo el rey de Sodoma a Abraham: “Dame las almas; lo demás: la lana, la carne y la leche, tómalo para ti” (Gen 14,21).
El diablo y el tirano de este mundo obran con los prelados de nuestro tiempo como los lobos con los pescadores del pantano Meótide (por el mar de Azov). Se cuenta que los lobos se acercan al lugar donde están los pescadores: si los pescadores les tiran algún pescado, no provocan daños; pero si no se lo dan, rompen las redes cuando están extendidas sobre la arena para secarse (Plinio). Así los prelados de la iglesia dan al diablo los peces, o sea, las almas que viven en las aguas del bautismo, y ceden los bienes de la Iglesia al tirano del mundo, para que no obstaculicen ni rompan las redes de sus negocios y de sus intrigas temporales ni molesten sus relaciones con los parientes.
Con razón se dice: “He ahí un caballo amarillo; y el que lo montaba se llamaba Muerte; y el infierno lo seguía”, o sea, los insaciables de cosas terrenas lo imitan. “Y se le dio poder sobre cuatro partes de la tierra”, o sea, sobre todos los malvados dondequiera que vivan; “para matar con la espada” de las malas sugestiones, “con la privación” de la palabra divina, “con la muerte” del pecado mortal, y “con las fieras salvajes”, o sea, los primeros impulsos de la carne corrupta.
12.‑ “Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce y yo conozco al Padre; y yo doy mi vida por mis ovejas” (Jn 10, 14‑15).
A la irresponsabilidad del pastor falso, Jesús opone la conducta del pastor verdadero: “Yo soy el buen pastor”, diferenciándose del ladrón y del mercenario; y conozco a mis ovejas, marcadas por mi carácter. Ellas tienen “el nombre del pastor y el nombre de su Padre, escrito en su frente” (Ap 14, 1).
Con esto ya tenemos una concordancia con las palabras del Apocalipsis: “Escuché el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil de todas las tribus de los hijos de Israel. De la tribu de Judá, doce mil; de la tribu de Rubén, doce mil; de la tribu de Gad., doce mil; de la tribu de Aser, doce mil; de la tribu de Neftalí, doce mil; de la tribu de Manasés, doce mil; de la tribu de Simeón, doce mil; de la tribu de Leví, doce mil; de la tribu de Isacar, doce mil; de la tribu de Zabulón, doce mil; de la tribu de José, doce mil; de la tribu de Benjamín, doce mil” (7, 4‑8).
“Oí el número de los sellados”, o sea, comprendí cuáles debían ser sellados: “ciento cuarenta y cuatro mil”, número que simboliza la perfección. Pone un número “finito”, porque Dios en aquel número comprende la totalidad.
“De todas las tribus de los hijos de Israel”, o sea, de todas las gentes que imitan la fe de Jacob. En el número doce entendemos a los que, en las cuatro partes del mundo, están sellados por la fe en la Trinidad. Y para demostrar que éstos son los perfectos, multipliquemos doce por cuatro, y tendremos cuarenta y ocho. Y para que esta perfección se refiera a la Trinidad, tripliquemos el cuarenta y ocho y obtenemos ciento cuarenta y cuatro.
“De la tribu de Judá”... Se lee en el Génesis que Jacob maldijo a tres hijos, o sea, a Rubén, a Simeón y a Levi, que eran los primeros en orden al nacimiento. Esto nos hace comprender que ninguno de los tres recibió el derecho de primogenitura. El cuarto fue Judá, a quien Jacob alabó y bendijo: “Judá, te alabarán tus hermanos” (49, 8).
He aquí el significado de los doce nombres: Judá, “que confiesa”; Rubén, “hijo de la visión”; Gad, “ceñido”; Aser, “bienaventurado”; Neftalí, “anchura”; Manasés, “olvidado”; Simeón, “audición de la tristeza”; Leví, “añadido” o “elevado”; Isacar, “merced”; Zabulón, “morada de la fortaleza”; José, “aumento”; Benjamín, “hijo de la derecha”.
Judá es el penitente, que debe tener consigo a los once hermanos, para tener en su confesión una visión clara: en la tribulación debe ceñirse de sabiduría; debe temer a Dios, porque “es bienaventurado el hombre que teme al Señor” (Salm 111, 1); debe dilatarse en la caridad; debe olvidar el pasado y abrirse al futuro; debe arrepentirse de los pecados, para que Dios lo escuche; y debe añadir dolor al dolor, para poder ser elevado del dolor al gozo. De esta manera conseguirá la merced de la vida eterna, en la que habitará con fortaleza y confianza, porque no habrá nadie que lo espante; y, añadido al número de los ángeles, colmado de las verdaderas riquezas, con la bendición de la derecha, o sea, colocado a la derecha, será bendecido por los siglos de los siglos.
13.En la interpretación de estos doce nombres se indica toda perfección de gracia y de gloria. Quien quiere llegar a ella, es necesario que se grabe en la frente el signo tau (cruz),
Leemos en Ezequiel: “Dijo el Señor al hombre vestido de lino: “Pasa por el medio de la ciudad, por el medio de Jerusalén, y graba la tau en la frente de los hombres que gimen y sufren a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella” (9,4). El hombre vestido de lino es Jesucristo, revestido del lino de nuestra carne. El Padre le mandó que grabara la tau, o sea, el signo de su cruz y la memoria de su Pasión, en la frente , o sea, en la mente de los penitentes, que gimen en la contrición y lloran en la confesión por todos los pecados que cometieron o que otros cometieron.
De esta señal dijeron los exploradores a Raab: “Estaremos libres del juramento que nos hiciste, si, cuando entremos en la ciudad, no tuvieras como señal este cordón rojo y no lo ataras a la ventana” (Jos 2, 17‑18). El cordón rojo en la ventana es el recuerdo de la pasión del Señor en nuestros miembros. Si no lo tenemos, pereceremos eternamente con los condenados.
Por esto debemos hacer como manda el Señor en el Éxodo: “Mojen un manojo de hisopo en la sangre y unten el dintel y los dos postes” (12, 22). El hisopo es una hierba apropiada para purificar los pulmones: nace entre las piedras, a las que adhiere con las raíces, y simboliza la fe en Jesucristo, quien, como dice el Apóstol, “purificó los corazones mediante la fe” (Hech 15, g), Esta fe está arraigada y fundada en el mismo Cristo.
Ustedes, pues, oh rieles, tomen el manojo de la fe, y mójenlo en la sangre de Jesucristo, y unten con él el dintel y los dos postes. El dintel es la inteligencia; y los dos postes, la voluntad y la obra, que deben realizarse en el recuerdo de la pasión de Jesucristo.
Dice la esposa en el Cantar: “Ponme como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo” (8, 6). En el corazón está indicada la voluntad y en el brazo la acción; y ambos deben ser marcados con el sello de la pasión de Jesucristo. A todos los que estén marcados con este sello, el Señor los reconocerá y ellos reconocerán al Señor. Por esto dice: “Yo conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí, como el Padre me conoce a mí y yo al Padre”. El Hijo conoce al Padre por sí mismo, y nosotros lo conocemos por medio del Hijo. Por esto dice: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel al que el Hijo lo quiera revelar” (Mt 11, 27).
“Y doy mi vida por las ovejas”. Esta es la prueba de amor al Padre y a las ovejas. Así también Pedro, después de haber protestado su amor por tres veces, recibe la orden de apacentar a las ovejas y morir por ellas. Por esto el Señor le dice tres veces: “¡Apacienta, apacienta, apacienta!”, y no “¡Esquila, esquila, esquila!”.
14.‑ “Y tengo otras ovejas, que no son de este redil. También a éstas debo yo conducir; y oirán mi voz; y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10, 16).
La oveja, un animal suave por el cuerpo y por la lana, deriva de “oblación”, porque en los comienzos no se ofrecían en sacrificios toros sino ovejas.
Las ovejas son los fíeles de la iglesia de Cristo, que todos los días, en el altar de la pasión del Señor y en el sacrificio del corazón contrito, se ofrecen a sí mismos como “hostia pura, santa y agradable a Dios”.
“Tengo otras ovejas”, o sea, los gentiles (paganos), “que no son de este redil”, no son del pueblo de Israel; “también a éstas yo debo conducir” por medio de los apóstoles; “y habrá un solo rebaño y un solo pastor”.Y ésta es la iglesia, formada por ambos pueblos.
Y ésta es la mujer, de la que habla el Apocalipsis: “Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas. Y estaba encinta, y clamaba con dolores de parto y en la angustia del alumbramiento” (12, 1‑2).
Esta mujer es figura de la iglesia, que con razón es llamada “mujer” por la fecundidad de muchos hijos, a los que engendró por el agua y el Espíritu Santo. Esta es la mujer vestida del sol. El sol es llamado así porque aparece solo, después de haber oscurecido con sus fulgores las otras estrellas. El sol es Jesucristo, que habita una luz inaccesible y cuyos esplendores velan y oscurecen los débiles rayos de todos los santos, si se los compara con El, porque “no hay santo como el Señor” (1Rey 2, 2).
Dice Job: “Aunque me lave con aguas de nieve y aunque mis manos brillen nitidísimas, igualmente tú me revolcarías en el basural y mis mismos vestidos me tendrían en horror” (9, 30‑3 1). En las aguas de nieve está representada la compunción de las lágrimas, y en las manos nitidísimas la perfección en el obrar. Dice, pues: “Aunque me lave con las aguas de la nieve”, o sea, de la compunción, y “aunque mis manos brillen nítidas” por el fulgor de una conducta perfecta, todavía “tú me revolcarías en el basural”, o sea, tú me harías ver mi suciedad; “y tendrían horror de mí”, o sea, me harían abominable mis vestidos, o sea, mis cualidades o los miembros de mi cuerpo, si tú quisieras tratarme con rigor; pero ¡ayúdame tú, Señor!”.
Dice Isaías: “Todos nosotros hemos llegado a ser una cosa inmunda”, o sea, un leproso; y “todas nuestras justicias son como paño de mujer menstruada; todos hemos caído como las hojas; y todas nuestras maldades nos arrastran como el viento” (64, 6). Entonces el solo bueno, el solo justo y el solo santo es ese Sol, de cuya fe y de cuya gracia la iglesia está revestida.
“Y la luna bajo sus pies”. La luna, a motivo de sus variaciones, simboliza la inestabilidad de nuestra miserable condición. De ahí nació el refrán: “El juego de la fortuna cambia como el aspecto de la luna; crece y decrece, y no puede quedar la misma”. Ya lo decía el Eclesiástico: “El necio cambia como la luna” (27, 12).
El necio, o sea, el seguidor de este mundo, pasa de los cuernos (puntas de la luna) de la soberbia a la redondez (luna llena) de la concupiscencia carnal. Esta inconstante prosperidad de las cosas caducas debe estar bajo los pies de la Iglesia. Los pies de la iglesia son todos los prelados, que deben sostenerla, como los pies sostienen el cuerpo. Y bajo sus pies deben ser conculcadas, como estiércol, todas las cosas temporales. Se lee en los Hechos de los Apóstoles: “Todos los que poseían campos o casas, los vendían, y traían el precio de lo vendido y lo ponían a los pies de los Apóstoles” (Hech 4, 34‑35), porque todo lo consideraban como estiércol.
“Y en su cabeza, una corona de doce estrellas”. Las doce estrellas son los doce apóstoles, que iluminan la noche de este mundo. “Ustedes, dice el Señor, son la luz del mundo” (Mt 5, 14). La corona, llamada así porque es como una rueda alrededor de la cabeza, de doce estrellas es la fe de los doce apóstoles; y es llamada corona, porque no tolera ni aumento ni disminución, como todo aro; y esto, porque es completa y perfecta.
La iglesia tiene hijos, concebidos con la semilla de la palabra de Dios, clama como parturienta en los penitentes, y sufre en el parto por sus trabajos de convertir a los pecadores. Ella dice con las palabras de Baruc: “Yo me quedo abandonada y sola; me saqué el manto de la paz y me vestí del saco de la penitencia ; y quiero clamar hacia el Altísimo mientras viva. Sean de ánimo valiente, hijos ; griten al Señor; y los librará del poder de los príncipes enemigos. Los hizo partir en el luto y en el llanto; pero el Señor me los devolverá en el gozo y en la alegría” (4, 19‑23). Esto sucede el día de la Ceniza, cuando los penitentes son echados de la iglesia, y el día de la Cena del Señor, cuando son acogidos.
15.‑ Sentido moral. “Una mujer vestida del sol”. Es el alma fiel, de la que Salomón dice: “¿Quién hallará a la mujer fuerte? Su estima sobrepasa largamente el valor de las cosas, traídas de lejos y de la extremidad de la tierra” (Prov 31, 10). ¡Bienaventurada aquella alma que, revestida de la fortaleza de lo alto, permanece firme en la adversidad y en la prosperidad y vence con valor los poderes del aire! El precio de esta mujer fue Jesucristo que, para su redención, vino de lejos: del seno del Padre, según su divinidad, y de la extremidad de la tierra, o sea, de padres pobrecillos, según su humanidad.
O también: por “precio” toma las virtudes, porque por este precio fuimos rescatados, Dice Salomón: “El rescate del hombre son sus riquezas” (Prov 13, 8), o sea, sus virtudes (riquezas espirituales). La virtud viene de lejos, de lo alto; en cambio, los vicios son domésticos, porque provienen de nosotros mismos.
“Esta mujer está vestida del sol”. observa que en el sol se destacan tres cualidades: el candor, el esplendor y el calor. En el candor está representada la castidad, en el esplendor la humildad y en el calor la caridad. Con estas tres virtudes se confecciona el manto del alma fiel, esposa del Esposo celestial. De este manto dice Booz a Rut: “Extiende el manto que te cubre, y tenlo con ambas manos”. Ella lo extendió y lo sostuvo; y él vertió seis medidas de cebada y se lo cargó en los hombros” (3, 15). Booz se interpreta “fuerte”; Rut, “la que ve y se apura”. Vamos a ver ahora el significado de la extensión del manto, de las dos manos y de las seis medidas de cebada.
Rut es el alma que, al ver la miseria de este mundo, la falsedad del diablo y la concupiscencia de la carne, se apresura hacia la gloria de la vida eterna. Extiende este manto, cuando no atribuye a sí misma sino a Dios la castidad, la humildad y la caridad; y muestra estas virtudes para la edificación del prójimo. Para no perderlas, las sostiene con ambas manos, o sea, con el temor y el amor de Dios.
La mano deriva su nombre del hecho de defender (en latín, munio), o también porque es un don (en latín, munus) al servicio de todo el cuerpo. Ella lleva el alimento a la boca y cumple todas las demás funciones. Así el temor y el amor de Dios protegen al hombre, para que no caiga; e infunden el don de la gracia, para que persevere. Si el alma extiende y sostiene así el manto, Booz, o sea, Jesucristo, el fuerte y el poderoso, le verterá seis medidas de cebada. La cebada simboliza el rigor y la aspereza de la penitencia, que consiste en seis momentos: contrición, confesión, ayuno, oración, la erogación de las limosnas y la perseverancia final.
“Y la luna bajo sus pies”. Observa que en la luna hay tres cualidades contrarias a las del sol: la mancha, la oscuridad y la frialdad. La luna simboliza el cuerpo del hombre que, a través de la sucesión de los años, crece y decrece. Regresará al punto del cual tuvo comienzo, porque “eres tierra y a la tierra regresarás”; tiene la mancha, porque concebido en el pecado (pecado original); es oscuro por las enfermedades y frío por su reducción a ceniza.
O también: tiene la mancha, porque está manchado por la lujuria, enceguecido por la oscuridad de la soberbia y frío por el hielo matador del odio y del rencor.
La mujer debe tener esta luna bajo los pies, o sea, bajo los afectos de la mente, para que la carne sirva al espíritu y la sensualidad esté sometida a la razón. Se lee en el primer libro de los Reyes que Abigail montó sobre un asno y se dirigió a David (25, 42). Abigail se interpreta “júbilo de mi padre” y representa al alma vuelta a la penitencia, por la cual “habrá mayor gozo en el cielo” (Lc 15, 10). El alma monta sobre un asno, cuando castiga su cuerpo y lo obliga a servir a la razón; y así se acerca a David, o sea, a Jesucristo.
Concuerdan con esto las palabras del profeta Nahúm: “Entra en el barro, písalo y amasa ladrillos” (3, 14). Entra en el barro, considerándote barro y casi estiércol, para que, con Job doliente, te sientes también tú dolorido en el estercolero y con un cascajo, o sea, con el rigor de la penitencia, raspes el pus de la culpa; y teniendo en la mano, en lugar del perfume, el hedor de la carne, amasa ladrillos, o sea, castiga la carne.
El ladrillo se endurece con el fuego y con el agua se disgrega. De la misma manera la carne, cocida por las aflicciones, se fortalece, mientras con los placeres se debilita. Dice Jeremías: “¿Hasta cuándo te consumirás en los placeres, hija vagabunda?” (31, 22).
Dice Oseas: “Como una novilla en celo se desvió Israel” (4, 16). La novilla en celo corre acá y allá con los ojos perdidos, no busca alimento, se somete al toro sin verlo y, a pesar de ser oprimida por su peso, goza con su libido. De la misma manera la carne, mientras está rodeada de delicias, vaga por los campos del libertinaje, no toma el alimento del alma, se somete al diablo aun sin verlo; y el diablo la aplasta bajo el peso del pecado, mientras ella se inflama de libido.
“Y sobre su cabeza, una corona de doce estrellas”. Las estrellas (en latín, stellae) son llamadas así de stare, estar, porque están siempre fijas en el mismo punto del cielo y junto con el cielo se desplazan en su perpetuo movimiento. Cuando se ve caer una estrella, no se trata de estrellas, sino de pequeños fuegos caídos del aire, que se forman mientras el viento, que tiende hacia los puntos más altos, arrastra consigo el fuego del éter.
En la cabeza, o sea, en la mente del hombre, debe haber una corona de doce estrellas, o sea, de doce virtudes. Tres de frente: la fe, la esperanza y la caridad; tres a la derecha: la templanza, la prudencia y la fortaleza; tres atrás: el pensamiento de la muerte, el día amargo del juicio y la pena eterna del infierno; y tres a la izquierda.. la paciencia, la obediencia y la perseverancia final.
Te rogamos, pues, Señor Jesús, tú que eres el buen pastor, que nos guardes como a tus ovejas, nos defiendas del mercenario y del lobo y nos corones en tu reino con la corona de la vida eterna.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito, glorioso y digno de alabanza por los siglos de los siglos.
Toda ovejuela, o sea, toda alma fiel, responda: ¡Amén! ¡Aleluya!
1.‑ “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Todavía un poco, y no me verán; y otro poco, y me verán, porque yo voy al Padre” (Jn 16, 16).
En el Apocalipsis dijo el ángel a Juan: “Ve y toma de la mano del ángel el libro, y devóralo. Te llenará de amargura el vientre; pero en tu boca será dulce como la miel” (10, 8‑9).
El libro, llamado así por la fecundidad de letras, simboliza la abundancia de la santa predicación. Es aquel pozo que Isaac en el Génesis llamó “abundancia” (26, 33). Es aquel río, cuya “corriente copiosa alegra a la ciudad de Dios”, o sea, al alma, en la que habita Dios.
Oh hombre, aferra o, mejor, apodérate de este libro, para eliminar con su fecundidad tu esterilidad, con su abundancia tu miseria. “¡Y devóralo!”. Devora el libro el que con avidez escucha la palabra del Señor. Por eso se dice en el libro de Esdras: “Los oídos de todo el pueblo estaban tendidos a la escucha del libro” (2 Esd 8, 3).
Tiende los oídos al libro, el que escucha la palabra de Dios con atención. “Y llenará de amargura tu vientre”. El vientre es ese órgano del cuerpo que digiere los alimentos recibidos, y se llama así, porque distribuye por todo el cuerpo el alimento vital. El vientre es un símbolo de la mente del hombre, que debe recibir la palabra de Dios; y, después de haberla recibido, digerirla a través de la meditación; y, después de haberla meditado bien, transmitirla a cada una de las virtudes.
La palabra del Señor llena de amargura el vientre, porque, como dice Isaías, “es amarga la bebida para los que la beben” (24, 9); y Ezequiel: “Me fui amargado y con mi espíritu indignado” (3, 14). No debe asombrarnos si la palabra de Dios amarga la mente, ya que anuncia la destrucción de todas estas cosas temporales, la brevedad de la vida presente, la amargura de la muerte y el rigor de las penas del infierno.
“Pero en tu boca será dulce como la miel”, porque todo lo que es difícil como precepto y amargo en la palabra de la predicación, es liviano y dulce para el que ama. o también: es amargo en esta vida, porque acicatea a la penitencia; pero será dulce en la patria, porque llevará a la gloria. Por esto, sobre estos dos temas, dice el Señor en el evangelio de hoy‑. “Todavía un poco y no me verán”.
2.‑ En este evangelio se deben considerar tres realidades. Primero: la breve duración de nuestra vida, cuando se dice: “Todavía un poco y ya no me verán”. Segundo: la vana alegría por las cosas mundanas: “En verdad, en verdad les digo: ustedes gemirán y Dorarán”. Tercero: la gloria eterna: “Yo los veré de nuevo y su corazón se alegrará”.
Confrontaremos estas tres últimas partes del evangelio con las tres últimas partes del Apocalipsis. La primera parte trata de los siete ángeles que tienen las siete copas de la ira de Dios; la segunda habla de la condenación de la gran meretriz, o sea, de la vanidad mundana; y la tercera habla del río de agua viva, o sea, de la eternidad de la vida futura.
En el introito de la misa se canta: “Canta a Dios himnos de gozo, oh tierra entera”; y se lee la epístola del bienaventurado Pedro: “Los exhorto como a peregrinos y a forasteros”.
3.‑ “Todavía un poco y no me verán”, como si dijera: “Poco, o sea, breve tiempo me queda hasta sufrir la pasión y ser encerrado en el sepulcro; y de nuevo, un poco más de tiempo, hasta verme resucitado”. o también: por poco tiempo, o sea, por tres días, yo no seré visto, porque estaré encerrado (en el sepulcro); y de nuevo, por poco tiempo, o sea, durante cuarenta días, ustedes me verán resucitado. “Porque voy al Padre”; o sea, ya va a llegar el tiempo en que yo, abandonada mi condición mortal, introduciré en el cielo la naturaleza humana.
observa que en este pasaje evangélico se repite siete veces la palabra “un poco”, para significar que nuestra vida, que se desenvuelve en siete días, es breve y medida. Dice Santiago: “¿Qué es nuestra vida? Es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Sant 4,14). Dice Job: “Pasan sus días en el bienestar, y en un instante bajan al sepulcro”. Y de nuevo: “La gloria de los impíos es breve, y la felicidad del hipócrita es como un punto” (21, 13; 20, Salm).Punto deriva de “punzar”, y es cortísimo, tanto que no tiene duración, y de tan incalculable brevedad, que no puede dividirse en partes.
El punto simboliza la vida del pecador, en la que siente la punción de la conciencia y la brevedad de la vida. Se lee en el libro de la Sabiduría: “La esperanza del impío es pelusilla barrida por el viento, o como espuma liviana, que la tempestad dispersa, o como humo que el viento desperdiga, y como el recuerdo de un huésped de un solo día, que se desvanece” (5, 15).
El placer, que se espera sacar de la abundancia de los bienes terrenales, vuela ligero como la pelusilla. La pelusilla es un vello que producen algunos árboles frutales; es también el fruto de la caña, hueco y superfluo, como la espuma, de la que habla Oseas: “Samaría hizo pasar a su rey, como espuma sobre la superficie del agua” (10, 7). Samaría simboliza a la autoridad, que hace pasar a su rey, o sea, al prelado, como espuma, en la que está indicada la soberbia, que pronto es barrida por la procela de la enfermedad. También el placer es como el humo de la mente, que molesta los ojos y deja en pos de sí excrementos, o sea, las inmundicias del pecado, como un huésped de paso.
Con estas cuatro comparaciones concuerda lo que dice Oseas: “Serán como neblina de la mañana, y como el rocío de la mañana que desaparece, y como el tamo que el torbellino levanta de la era, y como el humo que sale de la chimenea” (13, 3). La neblina y el rocío se desvanecen y se consumen, a la llegada del sol; el tamo es arrastrado por el viento y el humo se disipa en tenues volutas. De la misma manera, cuando llega la llama de la muerte, la abundancia de las cosas temporales se desvanece y se disipa, la concupiscencia de la carne y toda vanagloria se evaporan. ¡Ay de aquellos, pues, que por un poco de abundancia en esta vida y por algún efímero deleite pierden la vida eterna! En los siete días de este infeliz destierro están enredados en los siete vicios; y entonces deberán beber de las siete copas de la ira de Dios.
4.‑ He aquí la concordancia con el Apocalipsis., “oí una gran voz desde el cielo, que decía a los siete ángeles: “vayan y derramen las siete copas de la ira de Dios sobre la tierra”. Fue el primero y derramó su copa sobre la tierra. Y el segundo derramó su copa sobre el mar. Y el tercero derramó su copa sobre los ríos y las fuentes de las aguas. Y el cuarto derramó su copa sobre el sol. Y el quinto derramó su copa sobre el trono de la bestia, y su reino se cubrió de tinieblas. El sexto derramó su copa sobre el gran río Éufrates. Y el séptimo derramó su copa por el aire” (16, 1‑17).
En la tierra están indicados los avaros y los usureros; en el mar, los soberbios y los presumidos; en los ríos y en las fuentes de las aguas, los lujuriosos; en el sol, los vanidosos; en el trono de la bestia, los envidiosos y los indolentes; en el río Éufrates, que se interpreta “abundancia”, los beodos y los glotones; en el aire, los falsos religiosos.
De la tierra de la avaricia dice el Señor a la serpiente en el Génesis: “Comerás tierra todos los días de tu vida” (3, 14), porque el avaro es el alimento del diablo.
Del mar de la soberbia dice Job: “Habla el mar: no está conmigo” (28,14) la sabiduría, porque “Dios resiste a los soberbios” (1 Pe 5, 5).
Del río de la lujuria se dice en el Éxodo, que el faraón dio a todo el pueblo esta orden: “A todo hijo varón, que nacerá, échenlo al río” (1, 22). Faraón se interpreta “el que destruye” o “el que desviste”, y es figura del diablo que, después de haber destruido el edificio de la virtud, desviste y desnuda al hombre desgraciado del vestido de la gracia. El diablo quiere ahogar en el río de la lujuria toda obra viril, virtuosa y perfecta, y quiere preservar a las hembras, o sea, a las mentes afeminadas, de las que se servirá para obrar el mal.
Del sol de la vanagloria, al, hablar de la semilla y del sembrador, dice el Señor en Mateo: «Nacido el sol, la semilla se quemó y, por no tener raíces, se secó” (13, 6). La semilla simboliza las obras buenas que, cuando arde el sol de la vanagloria, se secan. En efecto, todo lo que hagas por vanagloria, lo pierdes. A este propósito habla el bienaventurado Bernardo: “Tú eres ceniza y polvo; ¿de dónde a ti la gloria? ¿De la santidad de la vida? Pero es el Espíritu el que santifica: no tu espíritu, sino el de Dios. Tal vez, ¿te halaga el favor popular, porque sabes exponer con elegancia la buena palabra? Pero es Dios el que da la boca y la sabiduría. ¿Qué es tu lengua, sino la pluma del escribano, que escribe velozmente?”.
Dice el filósofo Cicerón: “Breve es el camino para llegar a la gloria, para los que se esfuerzan por ser realmente lo que quieren aparecer”.
Del trono de la envidia, en el cual está sentada la bestia, o sea, el diablo, se lee en el Apocalipsis: “Sé dónde vives: donde está la sede de Satanás” (2, 13). Los envidiosos son la morada del diablo. Dice Job: “La fiera entra en su guarida y mora en su antro” (37, 8). La guarida y el antro son figuras del corazón del envidioso, que es oscurecido por el hollín de la envidia. Antro deriva de áter, negro o sombrío.
Del Éufrates de la gula se lee en Jeremías: “El cinturón se pudrió en el río Éufrates” (13, 7). El cinturón de la castidad se pudre en los excesos de la gula y de la ebriedad. Dice el Filósofo: “Come y bebe, para vivir bien; no vivas sólo para comer y beber”.
Del aire de la falsa religión se lee en el Apocalipsis “que el aire se oscureció por la humareda que salía del pozo” (9, 2). El pozo es la codicia, cuya humareda ya ahumó a casi todos los religiosos.
Todos los que se enredaron en estos siete vicios durante los siete días de esta vida, serán embriagados con las siete copas y serán afligidos por las siete plagas, o sea, las siete sentencias de condenación, en el infierno. Serán eternamente castigados en el cuerpo y en el alma, con los que pecaron.
Oremos, pues, queridísimos hermanos, al Señor Jesús, que en estos siete breves días de nuestra vida nos guarde, nos proteja y nos defienda, para que, liberados de las siete penas del infierno, merezcamos llegar al reino infinito de su gloria.
Nos lo conceda aquel que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
5.‑ “En verdad, en verdad les digo que llorarán y gemirán, mientras el mundo gozará. Ustedes se entristecerán; pero su tristeza se cambiará en gozo. La mujer, al dar a luz, sufre tristeza, porque le llegó su hora; pero, después de haber dado a luz a un niño, ya no se acuerda más de los trabajos, por la alegría que llegó al mundo un hombre” (Jn 16, 20‑21).
En las tribulaciones de este mundo todos los buenos lloran, mientras los amantes del mundo gozan. Sobre unos y otros se explaya Isaías: “El Señor de los ejércitos llamó al gemido y al llanto, a raparse el cabello y a vestirse de saco. En cambio, ellos gozan y están alegres, matan novillos y carnean chivos, comen carnes y beben vino: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos” (22, 12‑13).
Todos los justos son llamados por la gracia de Dios al gemido de la contrición y al llanto de la confesión, a raparse la cabeza, o sea, a la renuncia de las cosas temporales, y a vestirse de saco, o sea, al rigor de la penitencia. En cambio, los amantes del mundo viven en los placeres del mundo, en la alegría del pecado, embriagándose de gula y de lujuria.
6.‑ Y ésta es la Babilonia, con la que concuerdan las palabras del Apocalipsis: “Vi a una mujer sentada sobre una bestia escarlata, cubierta de nombres blasfemos, con siete cabezas y diez cuernos. Y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata y adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas. Empuñaba con la mano una copa de oro, colmada con las abominaciones y las inmundicias de sus fornicaciones” (17, 3‑4).
La mujer (en latín, mulier), que deriva su nombre de “molicie”, simboliza a aquellos afeminados, que conforman su vida a la de Eva, de la que tuvo comienzo el pecado. De esta mujer dice Salomón: “La prostituta es como el estiércol por el camino” (Ecli 9, 10).
El estiércol es llamado así, porque se extiende por los campos (en latín, sterno). En la prostituta están representados todos los mundanos, que son conculcados por los demonios, como el estiércol es pisoteado por los viandantes. De esta meretriz el Señor se lamenta por boca de Jeremías: “Desde mucho tiempo atrás, rompiste mi yugo y desmenuzaste mis ataduras, y dijiste: “¡Ya no te serviré! “. En efecto, en todo altozano y bajo todo árbol frondoso, te prostituías” (2, 20).
Los hijos de este siglo, generación depravada, adúltera y perversa; y los hijos espurios, cómplices de los ladrones, o sea, de los demonios, rompieron el yugo de la obediencia y quebrantaron las ataduras de los mandamientos de Dios; y dijeron: “¡No serviremos!”. Job retoma el interrogante: “¿Quién es el Todopoderoso, para que lo sirvamos? ¿Y de qué nos aprovecha el adorarle?” (21, 15). En todo altozano de la soberbia y bajo todo árbol frondoso de la lujuria, porque la lujuria busca lugares frondosos y oscuros, como una meretriz, ¡se prosternan delante del diablo!
Con razón dice Juan: “Vi a una mujer, sentada sobre una bestia escarlata”. La bestia, casi vastia, devastadora, es el diablo, que devasta las virtudes del alma: el diablo es sanguinario hacia sí mismo y hacia los suyos.
Sobre él se sientan los mundanos, porque el diablo es su fundamento y en él se apoyan. Pero, el que se apoya en el diablo que cae del cielo, necesariamente caerá con él. Dice Job: “A la vista de todos, se precipitó” (40, 28): tanto él como los réprobos, de los que él es el jefe.
“Colmada de nombres blasfemos”. El diablo, como dice el Apocalipsis, tiene tres nombres: en hebreo Abdo, en griego Apollyon y en latín Exterminans. Abdo significa “esclavo”. Apollyon y Exterminans tienen el mismo significado de “Exterminador”. El término griego Apollyon puede significar también “dañoso” e “infernal”. Estos son los nombres blasfemos, con los que el diablo y sus seguidores blasfeman a Dios. Son esclavos del pecado, dañosos e infernales exterminadores, o sea, se ponen a sí mismos y a los demás extra terminum, fuera de los confines de la vida eterna.
“La bestia tiene siete cabezas y diez cuernos”. Las siete cabezas son los siete vicios , de los que habla el Profeta: “Vi en la ciudad la injusticia y la discordia. Día y noche la rodea sobre sus muros la iniquidad; y en medio de ella, ajetreo e injusticia; y no se apartan de sus plazas la usura y el engaño” (Salm 54, 10‑12). Es ciudad sanguinaria, toda llena de engaño, en la cual el Señor no entra. En ella se halla reunida una multitud de carnales y en ella reina la injusticia contra Dios, evocada aquí dos veces, porque de dos maneras se peca contra Dios: cometiendo alguna obra mala u omitiendo alguna obra buena. La discordia se refiere al prelado; el ajetreo y la injusticia, a ti mismo; y la usura y el engaño, al prójimo.
De los diez cuernos habla el Apóstol: “Están atestados de toda injusticia, maldad, fornicación, avaricia, perversidad, envidias, homicidios, contiendas, engaños y malignidad” (Rom 1, 29). o también, las siete cabezas y los diez cuernos podrían ser aquellos de que habla la Sabiduría: “Todo está en gran confusión: sangre y homicidio, robo y engaño, corrupción e infidelidad, peleas y perjurio, turbación entre los buenos, olvido del Señor, ‑corrupción de las almas, perversión sexual, infidelidad matrimonial, desórdenes, concubinatos, deshonestidad, culto de ídolos abominables” (14, 25‑27).
7.‑ “Y la mujer estaba revestida de púrpura y escarlata, y adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas” (Ap 17, 3‑4). En la púrpura se indica la pasión por las dignidades; en la escarlata, que es de color sanguíneo, la crueldad de la mente; en el oro, la sabiduría mundana; en las piedras preciosas y en las perlas, la abundancia de las riquezas. De todos estos adornos se rodea y se embellece la mujer meretriz, o sea, la gran Babilonia, la sinagoga de Satanás, la multitud de los carnales.
“Y tiene en mano una copa de oro”. La copa, o el cáliz de oro, en mano de Babilonia es la gloria mundana, dorada por fuera, pero por dentro repleta de toda suciedad y abominación. Por esto dice Salomón: “Falsa es la gloria y vana la belleza” (Prov 31, 30). Con este cáliz se embriagan los reyes de este mundo, los prelados de la Iglesia, las religiosas y los religiosos. Por eso dice Juan: “Con ella fornicaron los reyes de la tierra, y los moradores de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución “ (Ap 17, 2).
De esa ebriedad habla Isaías: “El Señor envió en medio de Egipto un espíritu de vértigo, y lo hizo errar en toda su obra, como tambalea el ebrio en su vómito” (19, 14). El vértigo en sentido propio es cualquier viento que levanta la tierra y la hace girar (remolino), o también es dolor de la cabeza (vahído).
En medio del Egipto, o sea, entre los mundanos, el Señor envió, o permitió que se desarrollara, el espíritu del vértigo, o sea, la pasión y la codicia, por cuyo impulso, como si fuera un torbellino, giran y dan vueltas; y así van errando, como un ebrio, que nunca encuentra un camino bastante ancho. Y como el ebrio, mientras es arrastrado o golpeado, no siente nada, así también los mundanos se tornan insensibles. Se lee en los Proverbios: “Mientras me azotaban, no sentí dolor; y mientras me arrastraban, no me di cuenta” (23, 35), porque el desgraciado pecador no siente dolor, cuando es azotado por los demonios; ni se da cuenta, cuando los mismos lo arrastran de pecado en pecado.
Concuerdan con lo anterior las palabras de Jeremías: “Goza y alégrate, hija de Edom, que habitas en la tierra de Uz. También a ti te llegará el cáliz, te embriagarás y serás desnudada” (Lm 4, 21). Edom se interpreta “sangre”. La hija de Edom es figura de la afeminada voluptuosidad de los carnales. A ella se dirige el Profeta irónicamente: “Goza y alégrate”. Ella goza de la abundancia del mundo y se alegra en la lujuria de la carne. Ella vive en la tierra de Uz, que se interpreta “consejo”, del cual dice Isaías: “Los sabios consejeros del faraón le dieron un consejo necio” (19, 11). Los sabios de este mundo dan consejos necios: buscar los bienes temporales, correr en pos de los transitorios, creer en las falsas promesas del mundo. La hija de Edom, engañada por el consejo de este mundo, se embriaga con la copa de oro de la gloria mundana y después es desnudada. Los amantes de este mundo, después de la embriaguez de las cosas temporales, serán despojados de todos sus bienes y, así despojados, serán condenados a las penas eternas.
Sigue Juan en el Apocalipsis: “Un ángel poderoso levantó una piedra, como una gran piedra de molino, y la echó al mar, gritando: “Con la misma violencia será derribada Babilonia, la gran ciudad, y nunca más será hallada” (18, 21). El ángel fuerte es Cristo, que vence los poderes del aire. “Levantó una piedra”, porque levanta a los malos y a les que tienen el corazón endurecido, para castigarlos con mayor rigor. “Una gran piedra de molino”, porque están revueltos por las cosas mundanas, o también, porque aplastan a los demás; “y la echó al mar”, o sea, a las amarguras del infierno, para que, en la medida en que Babilonia se exaltó y se abandonó a los placeres, en la misma medida sufra los tormentos (del infierno).
8. Con razón en el evangelio de hoy dice el Señor: “El mundo gozará mientras ustedes estarán en la tristeza, pero su tristeza se cambiará en gozo”; y el gozo del mundo en tristeza”. Y dice el Señor en otra parte del mismo evangelio. “Todo hombre presenta ante todo el buen vino y después el menos bueno” (Jn 2, 10). En este mundo beben el vino de la alegría; pero en el otro beberán el vinagre de la gehena.
Dice Jeremías. “He aquí que los que no estaban condenados a beber el cáliz, lo beberán ciertamente; y tú, quizás, ¿quedarás impune? No serás considerado inocente, sino que también tú deberás beberlo, juro por mí mismo, dice el Señor, que Bosra será reducida a desierto, oprobio, escarnio y maldición” (49, 12‑13). Los santos, a los que ningún tribunal impuso beber el cáliz de la tristeza de este mundo, lo beberán con la amargura del corazón y lo beberán con el sufrimiento del cuerpo, porque ellos sufren y gimen por todas las abominaciones, que se cometen en toda la tierra. Y tú, Babilonia, madre de fornicaciones, ¿serás considerada inocente? No eres inocente; y por esto, después de haber bebido en este mundo el vino del placer, beberás en el otro mundo el vinagre del infierno.
Dice Gregorio: “Si es tan grande la fragilidad de esta vida mortal que ni los justos, que un día habitarán en el cielo, pueden pasar la vida sin trabajos, dado el inmenso cúmulo de la miseria humana, ¿cuánto más los que serán privados de la gloria celestial, deberán aguardar como seguro desenlace la eterna condenación?”. Y de nuevo. “Cada vez que yo medito en la paciencia de Job o evoco la muerte de Juan el Bautista, te digo a ti, pecador, busca entender de allí qué cosa padecerán aquellos a los que Dios condena mientras tanto sufren los que son elogiados por el testimonio del mismo juez? ¿Qué cosa hará el arbusto del desierto, si hasta el cedro del paraíso será sacudido por el terror?”.
“Juro por mí mismo, dice el Señor” ‑porque no hay otro por encima de mi‑, que “Bosra”, que se interpreta “fortificada”, o sea, la pérfida sinagoga de los mundanos, que se fortifica con los bastiones de los pecados y con las flechas de las defensas, ‑llegará a ser un desierto”, porque quedará aislada sin la compañía de la gracia; “y un oprobio”, porque despojada de todos los bienes temporales; “y un escarnio”, porque engañada por los demonios; “y una maldición”, como la que sigue: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!”.
“La mujer, cuando da a luz, siente tristeza”. Triste suena como a “triturado”, del latín tero, machacar. Los santos, en la peregrinación de este destierro, son machacados, afligidos y angustiados: de ellos el mundo no es digno. A ellos les habla hoy Pedro con las palabras de su epístola: “Queridísimos, los exhorto como a forasteros y peregrinos a abstenerse de los deseos carnales, que luchan contra el alma” (1 Pe 2, 11). Se llama forastero, porque viene de otro lugar; y peregrino es el que va lejos de su patria. Todos somos forasteros, porque venimos de otro lugar; o sea, del gozo del paraíso (terrenal) hemos llegado a la mísera condición de este destierro. Somos también peregrinos, porque, echados del rostro y de los ojos de Dios, vamos de acá para allá mendigando, lejos de la patria del cielo.
Abstengámonos, pues, de los deseos carnales, a semejanza de Nabot, que se interpreta “excelso”. Como él prefirió morir a vender su heredad, como se lee en el tercer libro de los Reyes (21, 1‑14), así nosotros debemos preferir sufrir cualquier penalidad a trocar la gloria eterna con los placeres de la carne. Si lo hacemos, nuestra tristeza se convertirá en gozo.
Con todo esto van de acuerdo las palabras del introito de la misa de hoy: “Aclamen a Dios con alegría, tierra entera; canten un himno a su nombre; denle la gloria y la alabanza” (Salm 65, 1‑2). Nos exhorta a hacer tres cosas: aclamen a Dios, con la alegría del corazón; canten un himno, con la boca, y denle gloria, con las obras. De esa manera, mereceremos Regar a la gloria del gozo eterno.
9. “Yo los veré de nuevo, y su corazón se alegrará, y nadie podrá quitarles su gozo”.
Observa que el Señor nos ve de tres maneras. Primera: infundiéndonos la gracia. El dijo a Natanael: “Cuando estabas bajo la higuera, yo te vi” (Jn .1, 48). Los desterrados del paraíso terrenal recibieron un vestido de hojas de higuera, que provocan el prurito de la carne. Está bajo la higuera aquel, que busca para si una morada a la “sombra” de una conducta desganada y se deja atrapar por el prurito de la libido de la carne. Dios lo ve, cuando le confiere la gracia. Segunda: lo ve, cuando le conserva la gracia que le dio. Se lee en el Génesis: “El Señor vio todas las cosas que había hecho; y eran muy buenas” (1, 3 1). Todas las cosas que obra el Señor en nosotros, cuando nos infunde la gracia, son buenas; pero, cuando ve, o sea, conserva en nosotros lo que obró, entonces son muy buenas, o sea, perfectas. Tercera: nos verá, cuando nos tome consigo. Por eso dice: “Los veré de nuevo, y gozará su corazón”.
El corazón es la fuente del calor y el principio de la sangre, y es también el principio de los movimientos de las cosas agradables y de las perjudiciales; y en general, los movimientos de cada uno de los sentidos nacen de él y a él vuelven. Y la energía del espíritu permanece en el corazón hasta el último instante; y la consunción de todos los miembros sucede antes que la del corazón, el cual es el primero en pulsar y el último en detenerse (Aristóteles) Como el corazón es el órgano más noble que los demás, dice de él el Señor: “Y su corazón gozará”. Como la vida procede del corazón, así también del corazón proviene el gozo.
10.‑ “Y nadie podrá quitarles su gozo”. Con esto concuerda la última parte del Apocalipsis: “El ángel me mostró un río de agua viva, espléndido como el cristal, que procedía del trono de Dios y del Cordero, en medio de la plaza de la ciudad” (22, 1‑2). En el río está indicada la eternidad, en el agua viva la saciedad, en el esplendor del cristal la luminosidad, y en el trono de Dios y del Cordero, que es Dios y Hombre, la humanidad glorificada. ¡He ahí su gozo, que nadie les podrá quitar!
De la perennidad del río dice el Señor por boca de Isaías: “ ¡ojalá hubieses prestado atención a mis mandamientos! Tu paz sería como un río” (48, 18). El río tiene el agua perenne. Oh hombre, si tú prestas atención a los mandamientos de Dios, gozarás seguro en la paz de la eternidad.
Sobre la saciedad del agua viva se lee en el Salmo: “En ti está la fuente de la vida” (35, 10). Es una fuente perenne, una fuente que sacia a todos, ya que “el que beba de ella, no tendrá sed jamás” (Jn 4, 13).
Sobre el esplendor dice siempre el Apocalipsis: “La ciudad no necesita ni de sol ni de luna, porque la ilumina la luz de Dios, y su lámpara es el Cordero” (21, 23), o sea, el Hijo de Dios. De su trono, o sea, de su humanidad, en la cual se humilló la divinidad, proceden la luz de la perennidad, el agua viva de la eterna saciedad, el cristalino esplendor del divino fulgor, y se expanden al centro, o sea, a la comunidad, de la plaza de la ciudad, de la Jerusalén celestial, porque “Dios será todo en todos” (1Cor 15, 28). Todos recibirán denario, todos compartirán la única recompensa y todos darán gracias al Verbo encarnado, porque, por medio de El, llegaron a ser eternos, satisfechos, esplendorosos y bienaventurados.
También nosotros te rogamos, Señor Jesús, que en el septenario de esta corta existencia nos concedas la gracia de concebir el espíritu de salvación y de dar a luz al heredero de la vida eterna, a través de la tristeza del corazón; y así mereceremos beber del río de agua viva en la Jerusalén celestial y gozar para siempre contigo.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito, glorioso, digno de alabanza y de amor, dulce e inmortal por los siglos eternos.
Y toda criatura responda: “¡Amén! ¡Aleluya!”.
11.‑ “La mujer, que da a luz, sufre tristeza”. Dice Isaías: “El Señor te llamó como a una mujer abandonada y con el ánimo afligido” (54, 6). El Señor, con la inspiración de su gracia y con la predicación de la iglesia, llama a la mujer, o sea, al alma pecadora, floja y afeminada, a la penitencia: abandonada por el diablo y acogida por Dios. Por esto ella dice: “Mi padre”, o sea, el diablo, y “mi madre”, o sea, la concupiscencia carnal, “me abandonaron; pero el Señor me acogió” (Salm 26,10). Los que son abandonados por el diablo, son acogidos por Cristo.
Se cuenta que el cuervo no alimenta a sus polluelos, si antes no ve crecer en ellos las plumas negras. Mientras tanto, los pequeños cuervos viven así: en la baba que fluye de la boca de los pequeños cuervos, se juntan las moscas; y entonces los pequeños cuervos chupan la baba con las moscas; y de esta manera tan singular se alimentan. Dice Job: “¿Quién prepara a¡ cuervo su alimento, cuando sus polluelos claman a Dios y andan errantes por falta de comida?” (38, 41). Y el Salmo: “El da su alimento al jumento y a los polluelos de los cuervos que gritan a El” (146, 9). Pero, si el cuervo ve que sus polluelos crecen con las plumas blancas, los abandona y los arroja del nido.
El cuervo es el diablo. Los polluelos del cuervo son los pecadores que viven en pecado mortal, imitando la negrura del padre. De ellos habla el profeta Nahúm: “Su rostro es como la negrura de la olla” (2, 10). La olla toma el color negro del fuego y del humo. La cara simboliza las obras, por las que, como por la cara, el hombre es conocido. “Por sus frutos los conocerán” (Mt 7, 16).
Las obras de los pecadores son como la negrura de la olla, porque están ennegrecidas por el fuego de la sugestión diabólica y el humo de la concupiscencia carnal. Dice Jeremías en las Lamentaciones: “Su semblante es más oscuro que el carbón” (4, 8). Los pecadores son, pues, hijos del diablo; pero, cuando, por medio de la gracia, a través de la remisión de los pecados, recuperan el candor, entonces el diablo los abandona y el bondadosísimo Señor los acoge en los brazos de su misericordia.
Con razón se dice: “Una mujer abandonada y con el corazón abatido”. La misma se lamenta por boca de Jeremías: “Me dejó abandonada y todo el día amalgamada de dolor” (Lm 1, 13). “Desolada”, o sea, privada del consuelo de las cosas temporales; “amalgamada de dolor”. Se forma una óptima amalgama, cuando con estas tres especias ‑la contrición, la confesión y la satisfacción‑, unidas al bálsamo de la divina misericordia, por obra del perfumista, o sea, del Espíritu Santo, se prepara el reconstituyente para el alma penitente. De ella dice el Señor en el evangelio de hoy: “La mujer, cuando da a luz, sufre tristeza”.
Ya que el Señor nos presentó el ejemplo de la mujer que da a luz y de su dolor, para enseñarnos a arrepentirnos del pecado y a producir obras buenas, por esto queremos explicar cómo el hombre es concebido en el seno materno, cómo se forma, cómo es llevado por nueve meses y cómo es dado a luz en el sufrimiento. Expondremos ante todo el proceso natural y después las aplicaciones morales que se pueden sacar.
12.‑ La mujer concibe en el deleite, y da a luz en el dolor. Después de la fecundación se vuelve más pesada y sobre sus ojos se forma como una sombra. En algunas mujeres esto aparece muy pronto, unos diez días después; y en otras más tarde. En las mujeres grávidas se manifiesta una disminución del apetito, cuando al embrión le comienzan a nacer los cabellos en la cabeza.
Entre todos los órganos, el primero que se forma es el corazón, y los órganos internos se forman antes que los externos. Y se distingue, ante todo, la parte superior, del diafragma para arriba, y es la más grande en proporción; en cambio, la parte inferior es más pequeña. Necesariamente, el órgano que es el corazón, debe formarse antes que los demás, porque es el principio del movimiento y es el órgano que tiene una vasta influencia, porque de él procede (depende) la vida. El corazón está situado en la parte superior y por delante. Lo que es más noble, está puesto en el lugar más noble, según la naturaleza.
Sólo el corazón, entre todos los órganos internos, no debe sufrir dolores ni grandes enfermedades. Y esto es muy justo, porque cuando se arruina el principio, el fundamento, llega a faltar el sustentáculo para los demás órganos. Los demás órganos reciben su fuerza del corazón; pero el corazón no la recibe de ellos. Y en el corazón no hay hueso, a excepción del corazón del caballo y de alguna raza de vacas. En el corazón de estos animales hay un hueso en razón de la grandeza de su cuerpo. El hueso está puesto por la naturaleza en el corazón para sostenerlo, como en los demás miembros. (Aristóteles).
Después de la formación del corazón, se forma la parte superior del cuerpo. Por esto en la formación del embrión, aparecen primeramente la cabeza y los ojos. En cambio, los miembros que están por debajo del ombligo, como las piernas y los muslos, se muestran muy pequeños, ya que la parte inferior del cuerpo está ordenada para la parte superior.
En el corazón, pues, deben hallarse el principio de los sentidos y todas las potencias del alma; y es por esto que el corazón se forma primero. Y a motivo del calor del corazón y de ser centro de irradiación de las venas, la naturaleza dispuso, en contraposición al corazón, un órgano frío, o sea, el cerebro. Por esto, en el proceso del desarrollo se forma la cabeza después de la formación del corazón. La grandeza de la cabeza es superior a la grandeza de los otros miembros, porque el cerebro es grande y blando, desde su formación. Por eso los recién nacidos no pueden sostener la cabeza por largo tiempo, por el peso del cerebro. Y todos los miembros reciben primeramente la configuración y las características; y después, poco a poco, reciben la consistencia, la morbidez y el colorido apropiados. El pintor, ante todo, traza el dibujo y después pone los colores sobre los dibujos, hasta completar su obra.
Si en el pequeño cuerpo se forman los atributos masculinos, las mujeres grávidas van a tener un colorido más hermoso y el parto resultará más fácil; y desde los cuarenta días ya comienza el movimiento. En cambio, el sexo femenino comienza a moverse sólo al nonagésimo día, y, después de haber concebido una hembra, el rostro de la grávida se torna más pálido y sus piernas se aflojan en la lentitud. Cuando nacen los cabellos en ambos sexos, aumentan también las incomodidades de la madre y en los plenilunios crece también el malestar. Por otra parte, el plenilunio es siempre perjudicial a los nacidos. Si la futura madre come alimentos un tanto salados, el niño nace sin uñas. Y observa que todos los animales cuadrúpedos están extendidos en el útero, mientras los animales sin pies, como los peces, por ejemplo, la ballena y el delfín que llevan a las crías en el vientre, están estirados en un costado. En cambio, otros peces depositan sus huevos en el agua; y por esto aman poco a los hijos, porque fatigan poco por ellos. Por eso se lamenta Habacuc: “Tú hiciste a los hombres como a los peces del mar y como a los reptiles que no tienen quien los gobierne” (1, 14).
Y todos los animales que tienen dos pies yacen encorvados en el útero, como las aves y el hombre, que están encorvados en el útero: su nariz está entre las rodillas y sus ojos por encima de las rodillas. Por esto, las mejillas (en latín, genae) deben su nombre a la rodilla (en latín, genu); y, cuando en la oración doblamos las rodillas, los ojos se excitan hasta las lágrimas por cierta sintonía afectiva.
Y sus orejas sobresalen. Y todos los animales, en sus comienzos, tienen la cabeza dirigida hacia lo alto; y cuando están formados y se mueven para salir, dirigen la cabeza hacia abajo. Como la parte superior del cuerpo es más grande y pesada que la parte inferior, sucede como en la balanza, en la que el plato más pesado se doblega hacia la tierra. Y en los hombres las manos del embrión están estiradas sobre las costillas; pero cuando el niño nace, en seguida sus manos van a la boca.
Cuando la mujer está muy cerca de liberar el útero y llega el momento del parto, conviene que retenga al máximo el aliento, porque el bostezo podría detener el puerperio y el retraso podría ser letal. Esto sucede, sobre todo, en las mujeres que tienen el tórax estrecho, y por esto no pueden retener bien el aliento.
Observa también que en muchísimas mujeres su estado de salud empeora durante el embarazo; y esto sucede porque están demasiado tiempo inactivas, y por ende se les acumulan muchos humores superfluos. En cambio, en las mujeres que trabajan, el embarazo no produce tales inconvenientes; y probablemente dan a luz sin retraso, porque el esfuerzo consume los humores superfluos. El esfuerzo es una de las cosas que hacen transpirar mucho; y así la mujer en el parto puede retener su aliento. Por ende, cuando hace así, su parto será rápido y fácil; cuando no lo hace, su parto será doloroso, complicado y triste. “La mujer, pues, cuando da a luz, está en la tristeza”.
13.‑ En sentido moral. La mujer es el alma. La gracia del Espíritu Santo es como el esposo que la hace fecunda del hijo de la bendición, o sea, del propósito de la buena voluntad y del espíritu de salvación. Dice Isaías: “Delante de tu rostro, Señor, hemos concebido y hemos dado a luz el espíritu de la salvación” (26, 17‑18). Después de esa fecundación, el alma se torna pesada, porque se aflige por los pecados; la vista se le debilita por la neblina, porque se le amortigua el esplendor de las cosas temporales. Dice Job: “Se oscurecerán las estrellas a causa de su nebulosidad” (3, g). Las estrellas de la gloria mundana se opacarán por la neblina de la penitencia. En la fecundación se embota y se marchita el apetito, porque el alma, después que la gracia de Dios la fecunda, se torna remisa para el mal y siente náusea de los vicios pasados. Dice la esposa en el Cantar: “Anuncien a mi dilecto, que desfallezco de amor” (5, 8). El hombre lánguido es débil y siente fastidio por la comida. Concluye la Glosa: “También el alma, cuando languidece de amor por su esposo, se vuelve incapaz de hacer el mal y siente repugnancia por los vicios practicados con antelación”.
El corazón, entre todos los órganos, es el primero en ser formado. En el corazón está indicada la humildad, porque esta virtud halla en él su morada preferida. “Aprendan de mí, dice el Señor, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). La humildad debe nacer antes que las demás virtudes, porque ella es “la forma que reforma las cosas deformadas”. De ella deriva el principio motor de todas las buenas obras, y ella tiene una gran influencia sobre todas las demás, porque es “madre y raíz de todas las virtudes” (Gregorio).
Dice Salomón: “Mejor un perro vivo que un león muerto” (Ecle 9, 4). Y comenta la Glosa: “El humilde publicano es mejor que el soberbio fariseo. Cuanto más se humilló el primero, tanto más fue encomiado”. Y el bienaventurado Bernardo: “Cuanto más a fondo excaves los cimientos de la humildad, tanto más en alto se elevará el edificio” (de la santidad). La humildad es más noble que las otras virtudes, porque con su nobleza sostiene las cosas menos nobles y menos apreciadas. Debe ser ubicada preferentemente en el lugar más alto, o sea, en los ojos, y en la parte más avanzada, o sea, en los ademanes del cuerpo. Dice el evangelio del humilde publicano: “No se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que golpeaba su pecho, diciendo: “¡Oh Dios, ten piedad de mí, pecador! “ (Lc 18, 13).
Como el corazón no puede sufrir dolencias o enfermedades, así la verdadera humildad no puede permitir que uno se queje de la injuria recibida ni que se disguste por la prosperidad ajena. Y esto es muy justo, porque si la humildad se malogra, todas las demás virtudes se desploman. Dice Gregorio: “El que acumula virtudes sin la humildad, es como aquel que echa el polvo contra el viento”.
A excepción del corazón del caballo y de la vaca, en ningún corazón hay hueso, En el caballo está indicado el hipócrita arrogante y en la vaca el lujurioso. En la falsa humildad del hipócrita se asoma el hueso de la soberbia y de la rapiña, porque se ufana con las plumas del avestruz y arrebata las alabanzas de la santidad ajena. En la inconstante humildad del lujurioso se exterioriza el hueso de la disculpa y de la obstinación. A través de estos dos animales, o sea, el caballo y la vaca, están señalados todos los géneros de vicios,
14.‑ Después de la formación del corazón, se forma la parte superior del cuerpo. Cuando en la mente del hombre nace la humildad, entonces se establece la distinción entre la parte superior y la inferior; y como la parte superior tiene mayor dignidad que la inferior, por eso se forma antes y, ante todo, aparecen en ella la cabeza y los ojos. La parte superior es la vida contemplativa, en la que, ante todo, aparece, y debe aparecer, la cabeza de la caridad, de la que se dice en el Cantar: “Su cabeza es oro purísimo” (5, 11). El oro es puro y esplendente; y la caridad debe ser pura con respecto a Dios y esplendente con respecto al prójimo.
Y entonces aparecen los ojos, o sea, el conocimiento de la felicidad eterna. La vida activa, como parte inferior, debe servir a la contemplación, porque la parte inferior está en función de la parte superior. Dice el Apóstol: “No fue el hombre formado de la mujer, sino la mujer del hombre” (1Cor 11, 9). La vida activa fue instituida para servir a la vida contemplativa, no la vida contemplativa para servir a la activa.
Y como el cerebro, que es miembro frío, fue puesto en contraposición al corazón, para templar su calor, así la vida contemplativa, que consiste en la compunción de la mente, está puesta en contraposición con la vida activa, para que con su oración y la compunción de las lágrimas temple la fiebre del activismo y el ardor de las tentaciones; y todo esto debe llevarse a cabo con la humildad del corazón.
Y como la grandeza de la cabeza es superior a la de los demás miembros, as! la gracia de la contemplación es más sublime, porque está más cerca de Dios, a quien contempla.
¡Ay de mí! ¡Cuántos niños, o sea, cuánta gente de mente voluble, intentaron sostener la grandeza de esta cabeza; sin embargo, por largo tiempo no pudieron resistir, por su grandeza! Sólo Abraham, el justo, con el hijito, o sea, con la pureza de la mente, subió al monte (Gen 22, 5) de la vida contemplativa. En cambio, los siervos permanecieron en el valle de los placeres mundanos, esperando junto con el asno, o sea, con la lentitud del asno.
Y como todos los miembros reciben, ante todo, su configuración, sus señales, su colorido, su consistencia y su morbidez, así todas las virtudes deben tener su configuración, para que, avanzando por la vía regia, no tuerzan ni a la derecha ni a la izquierda, y para que,” bajo pretexto de justicia la crueldad no reivindique su lugar, ni la ociosa indolencia se disfrace con el manto de la mansedumbre” (Isidoro). Y deben tener las señales de la pasión del Señor, para que todo lo que hagamos de virtud esté marcado con el sello de su cruz; y también el colorido, no sombrío sino genuino, para que los vicios, teñidos con el color de las virtudes, no engañen al alma.
Dice san Isidoro: “Algunos vicios toman la apariencia de las virtudes, y así engañan más funestamente a sus seguidores, porque se esconden bajo el velo de la virtud”. Y el Filósofo: “Ninguna acechanza es más secreta que la que se esconde bajo la apariencia del deber”. El caballo de Troya engañó, porque simulaba la imagen de Minerva. Además, las virtudes deben tener su consistencia y su morbidez: vino y aceite, la vara y el maná, los azotes y los pechos, la espada y el ungüento.
15.‑ “Cuando el pequeño cuerpo toma las características masculinas...” En el varón está indicada la obra virtuosa, en la hembra la obra afeminada. Cuando el alma concibe una obra virtuosa, manifiesta buen talante, porque todo lo dispone con rectitud y orden, y manifiesta buen colorido, porque agrada a Dios y edifica al prójimo. A este varón lo quiere ahogar el faraón, o sea, el diablo, en el río de Egipto, o sea, en el amor de este mundo.
Y de este varón se habla en el primer libro de los Reyes: “Señor de los ejércitos, dijo Ana, si dieras a tu sierva un hijo varón, lo consagraré al Señor todos los días de su vida” (1, 11). Pide un hijo varón, no una hembra. Sabia ella que el faraón había ordenado que las hembras le fueran reservadas (Ex 1,22).
Por eso, en el sexo femenino está simbolizada la obra de la mente afeminada; y cuando la mísera alma la concibe, su rostro se cubre de palidez, o sea, es afeado por el amor de las cosas terrenales y es estorbado por una floja lentitud, porque el alma negligente, tibia y privada de fuerzas, flaquea en las obras buenas. Esta es la hija del rey de Egipto, que echó a perder la sabiduría de Salomón y “pervirtió su corazón, para que siguiera a dioses foráneos” (3Rey 11, 3‑4).
¡Ay de mí! ¡Cuántos sabios, tibios por la languidez de la mente, se abandonan hoy a los pecados mortales! Cuantos son los pecados mortales, otros tantos son los dioses a los que adoras. Dice el bienaventurado Bernardo: “Aunque seas sabio, te falta la sabiduría si no lo eres para tu bien”. Cuando los cabellos, o sea, los pensamientos inútiles, nacen en la mente, procuran al alma grandes inconvenientes, porque, como dice Salomón: “los pensamientos malos alejan de Dios” (Sb 1, 3).
Y cuando la mujer grávida come alimentos un tanto salados, la criatura nace sin unas. La sal hace estéril el terreno. La mujer de Lot fue convertida en una estatua de sal (Gen 19, 26). El Señor ordena que la sal insípida sea echada fuera (Mt 5, 13). En este pasaje, la sal indica la vanagloria, que hace estéril toda obra. El alma, que ha de dar a luz al heredero de la vida eterna, si come la sal de la vanagloria, su obra carecerá de uñas, o sea, será privada de la perseverancia final y de la gloria celestial.
Además, las aves y el hombre yacen encorvados en la matriz; y sus narices están entre las rodillas, y los ojos sobre las rodillas, y las orejas por fuera. En la nariz está indicada la discreción; en las rodillas, la compunción de las lágrimas y la aflicción de la penitencia; en los ojos, la iluminación de la mente‑ y en las orejas, el mandato de la obediencia.
El ave y el hombre simbolizan el propósito de la buena voluntad, porque vuela en la contemplación y fatiga en la acción. Dice Job: “El hombre nace para la fatiga, y el ave para el vuelo” (5, 7). Su nariz tiene que estar entre las rodillas, para poder proceder con discreción y teniendo el justo medio, tanto en la compunción de la mente como en la aflicción del cuerpo. Los ojos deben estar sobre las rodillas, para que realicen todas las cosas en la gozosa iluminación de la conciencia, “porque Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9,7). Y las orejas deben estar por fuera, para obedecer por libre opción, porque, dice Gregorio, “la obediencia atrae a sí todas las virtudes y, después de haberlas atraído, las custodia”.
Este hijo del alma (la obra buena) debe extender sus manos sobre las costillas, Las costillas son llamadas así, porque “custodian” los órganos internos, y simbolizan el humilde aprecio de sí y el desprecio del mundo. Estas son dos excelentes condiciones para custodiar todas las virtudes, y sobre ellas el hijo del alma debe tener abiertas y fuertemente adheridas las manos, para decir con Abraham: “Hablaré a mi Señor, aunque sea polvo y ceniza” (Gen 18, 27). Y con David: “¿A quién persigues, oh rey de Israel? ¿A quién persigues? Tú persigues a un perro muerto y a una pulga” (1Rey 24, 15); y con el Apóstol: “Para mí el mundo está crucificado, como yo lo estoy para el mundo” (Gal 6, 14).
Apenas nacido, este hijo en seguida lleva las manos a la boca. Esto indica que cada uno, recordando su nacimiento, debe poner las manos sobre su boca, para no pecar con su lengua. Dice Salomón: “El que guarda sus labios, guarda su alma” (Prov 21, 23).
“Cuando la mujer está por liberar el útero Dice Jesús: “Cuando la mujer da a luz, sufre tristeza, porque le llegó su hora”. La hora del parto de la mujer simboliza la confesión del alma penitente. En aquel momento el alma debe entristecerse y prorrumpir en gemidos amargos, diciendo con el Profeta: “Estoy agotado de tanto gemir” (Salm 6, 7).
Observa que en la mujer que da a luz se deben considerar cuatro momentos: el dolor y el trabajo, el gozo del parto y los deberes de la obstetra. Las mismas cosas se deben considerar en el penitente, del que la mujer que da a luz es figura.
16.‑ Del dolor y del trabajo habla el profeta Miqueas: “¿No tienes a algún rey, o pereció tu consejero, porque te tomó el dolor como a una parturienta? Sufre y esfuérzate, hija de Sión, como una parturienta. Ahora saldrás de la ciudad, morarás en el campo y llegarás hasta Babilonia. Allí serás liberada, allí te rescatará el Señor de la mano de tus enemigos” (4, 9‑10).
Jesucristo es el rey, que guía el alma, para que no vaya errando, y es el consejero, porque la exhorta a esperar en la misericordia; y le dice: “Sufre, hija de Sión, o sea, alma, con el dolor de la contrición; esfuérzate, o sea, obra con valor en la obra de la satisfacción, para que la pena sea proporcionada a la culpa. Ahora saldrás de la ciudad, o sea, de la congregación de los santos, como se hace con los penitentes al comienzo del ayuno cuaresmal, porque el leproso habitaba fuera del campamento. Habitarás, oh alma, en el campo de la desemejanza, en el que el hijo pródigo derrochó la sustancia del padre, viviendo disolutamente‑, habitarás allí, para reconocer tu desemejanza y recuperar la semejanza con Dios, según la cual fuiste formada. Y llegarás hasta Babilonia, o sea, a la confusión del pecado, para que, avergonzada de tu pecado, lo reconozcas, y, reconociéndolo, lo llores, y, llorándolo, recuperes la gracia”. Allí serás liberada, porque, como dice Agustín, “si tú reconoces tu pecado, Dios lo desconoce”, o sea, lo perdona. Allí Dios te rescatará de la mano de tus enemigos, porque la humillación por el propio pecado provoca la expulsión de los demonios,
Del gozo del parto espiritual dice el Señor: “Gran gozo hay en el cielo por un pecador que hace penitencia”; y “Alégrense conmigo, porque hallé la dracma perdida”; y el arcángel Gabriel dice de Juan el Bautista: “Muchos se gozarán en su nacimiento”. (Lc 15, 7 y 9; y 1, 14).
Se lee en el Génesis que “Abraham celebró un gran banquete en el día del destete de Isaac” (21, 8). Cuando el pecador es “destetado”, o sea, separado de la leche de la conducta mundana y de la concupiscencia carnal, entonces Abraham, o sea, Dios Padre, prepara en el cielo un gran banquete. Dice Lucas: “Es necesario banquetear y alegrarse, porque este mi hijo estaba muerto y resucitó, estaba perdido y fue hallado” (15, 32).
Del oficio de las obstetras, o sea, de la diligencia de los sacerdotes, habla Job: “Con su mano de obstetra, fue extraída la serpiente tortuosa” (26, 13). Se dice obstetra del latín obstare, estar delante, servir. Las obstetras son figuras de los sacerdotes, que deben asistir y servir a los pecadores que se confiesan. Por esto se dice: “Con su mano de obstetra”.
El sacerdote es la mano del Señor, con la cual debe extraer la serpiente del pecador, o sea, al hombre viejo, para que después pueda dar a luz al hombre nuevo.
Se cuenta que en algunas regiones, en el momento del parto, las mujeres expulsan a un sapo antes de dar a luz al niño, así debe hacer el penitente: a través de la confesión expulsa al hombre viejo, y después da a luz en si mismo al hombre nuevo. Y si quiere darlo a luz con mayor seguridad, facilidad y tranquilidad, se cuide de bostezar.
Bosteza aquel que confiesa la historia de sus pecados de una manera desganada y casi durmiendo, Bosteza aquel que, trabado por la vergüenza, no manifiesta su pecado, como se había propuesto confesar. Dice Isaías: “Los hijos llegaron hasta el punto de nacer; pero la madre no tuvo fuerzas de darlos a luz” (37, 3). Y esto sucede cuando el pecado ya está en la boca, pero por la vergüenza la boca no se abre para la confesión; y así la pobre alma muere. Si sufriera y si fatigara, sin duda el alma gozaría por el parto.
Pero a causa de la inacción y del desgano, por los que se acumula en el alma un exceso de malos pensamientos, su disposición empeora y el parto corre graves riesgos.
Dice Jerónimo: “Hay que estar siempre ocupado, porque si la mano se detiene, el campo de nuestro corazón será invadido por las zarzas de los malos pensamientos”. E Isidoro: “La libido quema más intensamente, si encuentra a uno en el ocio”.
En cambio, en el alma de veras arrepentida están el dolor y el trabajo; y por esto el parto de la confesión es rápido y fácil. En efecto, el trabajo consume los humores superfluos, y es una de las cosas que hacen transpirar abundantemente. Dice el Génesis: “Con el sudor de tu frente comerás tu pan” (3, 19).
El rostro es llamado así, porque manifiesta la voluntad del alma (en latín, rostro, vultus, tiene asonancia con voluntad). En el rostro del auténtico penitente se manifiesta el dolor de la contrición y fluyen las lágrimas de la amargura, como si fueran sudores del cuerpo. Y allí están el pan y el alimento del mismo penitente.
Con toda razón se dice: “La mujer, cuando da a luz, sufre tristeza; pero, después de haber dado a luz al hijo, ya no recuerda los aprietos por el gozo”, o sea, a motivo de la gloria eterna. Dice Isaías: “Las precedentes angustias fueron olvidadas, y ya no volverán a oprimir el corazón; sino que ustedes gozarán y exultarán para siempre” (65, 16‑18).
De la tristeza de este mundo se digne guiarnos a ese gozo sempiterno aquel Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos.
¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Voy al Padre que me envió; y ninguno de ustedes me pregunta: “¿A dónde vas?” (16, 5).
Dice Santiago en la epístola canónica: “El labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que caigan las lluvias tempranas y las tardías” (5, 7). El labrador, que cultiva el campo, es el predicador que, con el sudor de su frente y con el escardillo de la palabra, cultiva el campo, o sea, el alma de los fieles, El agro, campo, deriva del verbo latino ágere, obrar, trabajar. Los campos o se siembran, o se cultivan a plantas, o se disponen para pastoreo, o se adornan con diversidad de flores. También en el alma es necesario hacer siempre alguna cosa, para que no suceda lo que dice Salomón: “Pasé por el campo del hombre perezoso; y he ahí que estaba totalmente invadido por espinas” (24, 30‑31). “Donde existen la inercia y la pereza, en seguida prosperan las punzantes espinas de los malos pensamientos” (Glosa). Por esto el alma ha de ser sembrada con la semilla de la predicación, cultivada con las plantas de las virtudes, dispuesta para el pastoreo, o sea, para las aspiraciones a la vida eterna, y embellecida con variedad de flores, o sea, con los ejemplos de los santos. Si el campo fuere así cultivado, de él dirá el Señor: “He ahí el olor de mi hijo como el olor de un campo florecido, que el Señor bendijo” (Gen 27, 27).
“El labrador espera el precioso fruto de la tierra”. Ya que el predicador cultiva el campo del Señor, espera el fruto de la tierra, o sea, de la vida eterna. Por esto el Señor promete al predicador por boca de Jeremías: “Si conviertes (a alguno), yo te convertiré, Si separas lo precioso de lo vil, tú serás como mi boca (15, 19) “. “Si conviertes”, o sea, si haces que se convierta “un pecador del error de su camino” (Sant 5, 20), yo te convertiré a ti, infundiéndote la gracia. Y “si separas lo precioso”, o sea, el alma, que yo compré con mi sangre preciosa, “de lo vil”, o sea, del pecado, del que nada es más vi¡, serás como mi boca, porque en la regeneración (juicio final) yo juzgaré a los impíos por medio de ti.
Mientras tanto, hay que obrar con paciencia. Por esto añade: “El labrador espera pacientemente hasta recoger lo temporáneo y lo tardío”. Se llama “temporáneo” lo que madura antes; y “tardío”, cuando la maduración está completa. El predicador, si soporta con paciencia y con gozo, cuando cae en algún trance, recibirá lo temporáneo de la gracia en la vida presente y lo tardío de la gloria en la vida futura. De ello habla el Señor en el evangelio de este domingo: “Voy al Padre que me envió”.
2.‑ Observa que en este pasaje evangélico se destacan tres momentos. Primero: el retorno de Jesucristo al Padre, cuando dice: “Voy a aquel que me envió”. Segundo: la denuncia lanzada contra el mundo con respecto al pecado, a la justicia y al juicio, donde dice: “Cuando venga el Espíritu, acusará al mundo”. Tercero: las inspiraciones del Espíritu de verdad, donde concluye: “Cuando venga el Espíritu de verdad, les enseñará toda la verdad”.
En este domingo y en el próximo se leen las epístolas canónicas. El introito de la misa de hoy nos exhorta: “Canten al Señor un cántico nuevo”. Y se lee la epístola del bienaventurado Santiago: “Todo don valioso que vamos a dividir en tres partes y establecer una concordancia con las tres partes del evangelio. Las tres partes de la epístola son: primera: “Todo don valioso...”; segunda: “Ustedes saben, hermanos míos queridísimos”; y la tercera: “Por esto, arrojen toda inmundicia”.
3.‑ “Yo voy al Padre que me envió”. Poco antes, el Señor había dicho: “Ustedes ya saben adónde voy y conocen también el camino”. Pero Tomás lo interrumpió: “Señor, no sabemos adónde vas”. Poco después, el Señor añadió: “Voy al Padre que me envió. Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre” (Jn 14, 4‑5; 16, 28). Este es el círculo, del que habla el Padre en Isaías, amenazando al diablo: “Yo pondré un anillo en tu nariz y un freno en tus labios, y te haré volver por el camino por el que viniste” (37,29).
El círculo, llamado así porque corre alrededor, es figura de Jesucristo, que, como el círculo, regresó allí de donde había partido. En efecto, había salido del Padre, incursionó hasta los infiernos y volvió al trono de Dios.
Un anillo fue puesto en las narices del diablo, porque la Sabiduría de Dios se encarnó, para enseñarnos la verdadera sabiduría, y así, a través de la sabiduría por El enseñada, reducir a la nada las acechanzas del diablo, simbolizadas en sus narices. Las narices, llamadas en latín nares porque sale de ellas el aire (en latín, aer), o sea, el aliento, simbolizan la astucia de las acechanzas diabólicas. En efecto, el diablo, a través de conjeturas externas y del temperamento de los hombres, intuye y husmea, como por el olfato de las narices, a cuáles vicios es uno más propenso, y allí coloca sus trampas. Pero cada hombre, iluminado por la sabiduría de Dios, si quiere, puede evitar esas trampas.
“Y pondré un freno en tus labios”. El freno es la cruz de Jesucristo. El diablo, frenado como un caballo por la cruz, ya no nos puede devorar, como lo hacía antes. Concuerda con esto lo que se lee en Job: “¿Quién se atreverá a poner una argolla en las narices de Behemot y a perforar sus quijadas con un gancho?” (40,24).
El gancho ‑en latín, armilla, pequeña arma‑ es la cruz de Jesucristo, de la que dice Isaías: “El poder se estableció sobre sus hombros” (9, 6). Con semejante gancho, el Hijo de Dios perforé las quijadas del diablo, y liberó de sus fauces al género humano. Después, añade: “Te haré volver por el camino por donde viniste”.
El diablo perdió la posesión del mundo por el mismo camino, por el cual lo había usurpado. Había engañado al hombre y a la mujer con el árbol prohibido y con la serpiente. Por un hombre también, o sea, por Jesucristo, y una mujer, o sea, la bienaventurada Virgen, por medio del árbol de la cruz y la serpiente, o sea, la muerte de Jesucristo, simbolizada por la serpiente que Moisés enarboló en el desierto en un asta de madera, el diablo perdió el dominio sobre el género humano. Cumplida la obra de nuestra salvación, Cristo dice: “Voy al Padre que me envió”.
Con todo lo anterior concuerda lo que se lee en Tobías, cuando Rafael, después de haber encadenado al demonio y restituido la vista a Tobías, dijo: “Ya llegó el tiempo de regresar a aquel que me envió” (12, 20). Rafael se interpreta “medicina de Dios”. El es figura de Jesucristo, quien, con su carne clavada en el madero de la cruz, sacó de la serpiente un antídoto para nosotros; y as! encadenó al diablo y restituyó la vista al género humano. Y después dijo: “Ya llegó el tiempo de regresar a aquel que me envió”, o sea, “voy al Padre que me envió”.
4.‑ El Padre nos envió al Hijo, regalo óptimo y don perfecto, como se expresa en concordancia la epístola de hoy: “Todo regalo óptimo y todo don perfecto” (Sant 1, 17). Es óptimo, porque es sumo; y es perfecto, porque no se le puede añadir nada. Cristo es el regalo óptimo, porque nos fue dado por el Padre, del que es sumo y coeterno Hijo. Por esto se dice en el segundo libro de los Reyes: “La tercera batalla se realizó en Gob contra los filisteos; y en ella Adeodato, hijo de Salto, tejedor de vestidos variopintos, betlemita, mató a Goliat, el geteo” (2 1, 1 g).
Adeodato ‑literalmente, dado por Dios al pueblo de Israel‑ es David, hijo de Salto, porque apacentaba a las ovejas de su padre en barrancas boscosas. Se dice de él: “Dios lo sacó del cuidado de las ovejas grávidas”. Era tejedor de vestidos variopintos, porque su madre era de la familia de Bezaleel, quien fue tejedor de vestidos de varios colores, como dice el Éxodo (38, 23). Era betlemita, porque oriundo de Belén.
Sentido alegórico. “La tercera batalla sucedió en Gob”. Observa que el diablo acometió tres batallas contra el señor: en el cielo, cuando por soberbia quiso usurpar la majestad de la divinidad; en el paraíso terrenal, cuando, para ultraje del Creador, engañó a nuestros primeros padres con los halagos de falsas promesas; en el mundo, cuando en el desierto tentó al mismo Dios y Hombre y después lo hizo davar en el patíbulo de la cruz. De esta última batalla se dice: “La tercera batalla sucedió en Gob”, que se interpreta “lago”, y simboliza al mundo, que es “un lago de miserias y barro de impurezas” (Salm 39, 3). El lago es llamado así, porque es “el lugar del agua”, que está estancada y no corre. Este mundo es el lugar del agua, o sea, de la soberbia, lujuria y avaricia, que no corren, sino que crecen cada día. En este lago David, que se interpreta “misericordioso”, es figura de Jesucristo, cuya misericordia es inconmensurable, y que sólo por misericordia nos fue dado por el Padre, y que es el regalo precioso. El mató a Goliat, el geteo. Goliat se interpreta “transfigurado”; y geteo, “espantado”; y es figura del diablo, que se transfiguró en ángel de luz (2Cor 11, 14), porque temía ser sorprendido en su verdadero aspecto. Nuestro David lo mató, cuando le quitó el dominio del mundo y lo encerró en la cárcel del infierno.
“Era hijo de Salto”. Es llamado “salto”, o sea, desfiladero boscoso, porque en él crecen los árboles muy en alto. “Saltos” fueron los antiguos padres, los patriarcas y los profetas, que, inspirados por el Espíritu de Dios, como árboles que se lanzan muy en alto, profetizaron la encarnación del Hijo de Dios. De esos mismos padres el Hijo de Dios asumió su carne, y por esto es llamado “hijo de Salto”.
Se le llama también “tejedor de vestidos variopintos”. Los vestidos variopintos se hacen con la aguja. observa que en la aguja hay dos extremidades: aguda y horadada. En la extremidad aguda se indica la divinidad, y en la perforada, la humanidad. De esta aguja dice el mismo Señor en el evangelio: “El camello no puede pasar por el ojo de la aguja” (Mt 19, 24). El camello con la joroba, o sea, el rico podrido en dinero, no puede pasar por el ojo de la aguja, o sea, por la pobreza de Jesucristo. o también: en la parte embotada pueden ser simbolizadas la mansedumbre y la misericordia, que Cristo mostró en su primera venida; y en la aguda, la punzada de la justicia, con la que perforará en el juicio final.
Con esta aguja, nuestro tejedor de vestidos variopintos confecciona para el alma fiel una túnica variopinta que se distingue por el diverso color de las virtudes. Dice Salomón: “La mujer virtuosa se confecciona un vestido de diversos colores; sus vestidos son de lino y de púrpura” (Prov 31, 22). El lino de la castidad y la púrpura de la pasión del Señor son los vestidos del alma fiel.
Se dice también “betlemita”. Belén se interpreta “casa del pan”. Cristo, en su casa que es la iglesia, nos alimenta con el pan de su cuerpo. “El pan que les daré, es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 52).
Otro comentario. Jesucristo nos fue dado por Dios en la natividad. Dice Isaías: “Nos nació un niño, nos fue dado un hijo” (9, 6). Fue Hijo de Salto en la predicación y en la pasión: en la predicación, porque escogió a los apóstoles como árboles que se lanzan hacia lo alto; y por eso dijo: “Yo los escogí para que vayan y lleven fruto” (Jn 15, 16): y en la pasión, porque fue coronado con las espinas de nuestros pecados.
Fue “tejedor de vestidos variopintos” en la resurrección, en la que con la aguja de su potencia y de su sabiduría recompuso la túnica variopinta, o sea, la carne gloriosa, asumida de la Virgen María, desplegada por nosotros en el madero de la cruz, traspasada por los clavos y perforada por la lanza, y la restituyó a la inmortalidad.
Será para nosotros “betlemita” en la bienaventuranza eterna, en la que nos saciaremos, cuando “lo veremos cara a cara” (1Cor 13, 12). Bien decimos, pues, que es un regalo óptimo. El Padre de las luces, como espléndido y misericordioso limosnero, no nos dio un regalo bueno o mejor, sino óptimo.
5.‑ “Y todo don perfecto”. Dice el Apóstol: “Con Cristo nos lo dio todo” (Rom 8, 32); y de nuevo: “Lo dio como cabeza de la iglesia” (Ef 1, 22). Comenta la Glosa: “¡Un don más grande no pudo dar!”.
Con toda razón Cristo es llamado “todo óptimo regalo”, porque, cuando el Padre nos lo dio, por medio de El llevó a cabo todas las cosas. En efecto, “el Hijo del hombre vino a salvar lo que había perecido” (Mt 18, 11). Por eso hoy, en el introito de la Misa, canta la Iglesia: “¡Canten al Señor un cántico nuevo! “, como si dijera: “oh fieles, que fueron salvados y renovados por medio del Hijo del hombre, canten un cántico nuevo. Deben arrojar las cosas viejas, porque llegan las nuevas, Canten, repito, porque Dios Padre cumplió maravillas, cuando nos envió todo óptimo regalo, o sea, a su Hijo. “En presencia de las gentes manifestó su justicia” (Salm 97, 2), cuando nos dio todo óptimo regalo, o sea, a su mismo Hijo Unigénito, quien justifica a las gentes y lleva todas las cosas a la perfección.
Con razón se dice: “Todo don perfecto”. Dios todo lo hizo en seis días: “Dijo y fue hecho” (Salm 148, Salm). En el sexto período, “el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14). El sexto día y a la hora sexta padeció por nosotros, y as! lo cumplió todo. Por eso dijo en la cruz: “¡Todo está cumplido!” (Jn 19, 30).
Cuanta es la distancia entre el decir y el hacer, tanta fue entre el crear y el recrear. Ágil y fácil fue la creación, que se realizó con una sola palabra, más aún, con la sola voluntad de Dios, cuyo decir es querer; pero la recreación fue muy difícil, porque aconteció con la pasión y muerte.
Adán fue creado con facilidad y con grandísima facilidad cayó. ¡Ay de nosotros! ¡Qué desgraciados somos! ¡Fuimos recreados y redimidos con una pasión tan grande y tan grandes sufrimientos y dolores; y después con tanta facilidad caemos en gravísimos pecados y volvemos vana tanta fatiga del Señor!
El mismo Jesús se queja por boca de Isaías: “En vano trabajé, sin motivo y sin provecho consumí mis fuerzas” (49, 4). En la creación el Señor no fatigó, porque “hizo todas las cosas que quiso” (Salm 134, 6); pero en la re‑creación tanto fatigó que “su sudor era como grandes gotas de sangre que caían a tierra” (Lc 22, 44). Si tantos sufrimientos padeció en la oración (de la agonía), ¿cuántos piensas tú que haya experimentado en la crucifixión? El Señor fatigó y con la fatiga nos arrancó de las manos del diablo. En cambio, nosotros, pecando mortalmente, caemos en manos del diablo; y así, en cuanto dependa de nosotros, volvemos vana la fatiga del Señor.
Por eso dice: “Trabajé en vano, para nada, sin provecho alguno”. En efecto, no veo ninguna ventaja de mi Pasión, porque “no hay quien haga el bien, ¡ni uno solo!” (Salm 13, 1). “El homicidio, el adulterio, el perjurio, el robo, la maldición y el engaño inundaron, y se derrama sangre sobre sangre” (Os 4, 2). “Los sacerdotes se preguntan: “¿Dónde está el Señor?”. Y a pesar de ser los custodios de la Ley, me desconocieron; y los pastores ‑o sea, los prelados se rebelaron contra mí; y los profetas ‑o sea, los predicadores‑ profetizaron en el nombre de Baal”, o sea, en un lugar alto. Ellos predican, para hacerse ver superiores a los demás.
Con razón se queja el Señor: “trabajé en vano, para nada, y en vano consumí mis fuerzas”. La fortaleza de la divinidad casi se consumió en la debilidad de la humanidad. ¿No te parece que gastó su fortaleza, cuando El, Dios y Hombre, fue atado a la columna como un ladrón, fue golpeado con los flagelos, fue abofeteado, fue cubierto con escupitajos, le fue arrancada la barba, su rostro que hace temblar a los ángeles, fue aporreado; y finalmente fue crucificado entre dos ladrones?
¡Ay de los miserables, de los ruines y de los necios, que, a pesar de tantos martirios, no se sienten apremiados a huir de las vanidades mundanas! Inútilmente Cristo consumió sus fuerzas, porque se volvieron vanos aquellos, por los que las gastó. Por eso es necesario tener un gran temor para que, como al principio dijo: “Me arrepiento de haber formado al hombre”, no diga también ahora: “Me arrepiento de haber redimido al hombre, porque gasté todas mis fuerzas; pero ¡su maldad no fue destruida!”.
6.‑ Dice Jeremías: “Falló el fuelle, el plomo se consumió por el fuego; en vano fundió el fundidor; su maldad no fue consumida. Llámenlo plata desechada, porque el Señor los deseché” (6, 29‑30). En esta cita son dignos de notar cinco elementos: el fundidor, el fuelle, el fuego, el plomo y la plata. En el fundidor está indicada la divinidad; en el fuelle, la predicación; en el fuego, la pasión; en el plomo, la humanidad de Jesucristo y en la plata, nuestras almas.
En el horno de fuego, la plata se libera del plomo y se refina. Para liberar la plata de la escoria, que simboliza la maldad de nuestras almas, se juntaron Dios y el Hombre y su predicación. Pero inútilmente el fundidor hizo la fundición y en vano gastó sus fuerzas. Falló el fuelle y el plomo se consumió por el fuego de la pasión; así fatigó en vano y para nada, porque nuestras maldades no fueron destruidas, Por eso, la plata desechada será arrojada en el estercolero de la gehena, porque las almas de los pecadores serán arrojadas en el estanque del fuego ardiente.
Dice Oseas: “La ortiga heredará su amada plata y los lampazos crecerán en sus tiendas” (9, 6). La ortiga, que quema (en latín, urtica, urit), simboliza el fuego del infierno; y el lampazo, que se adhiere, simboliza el encarnizamiento de las penas, con que serán atormentadas las almas de los impíos, porque no quisieron recibir el don perfecto de Dios, del cual se dice: “Todo regalo óptimo y todo don perfecto vienen de lo alto y descienden del Padre de las luces” (Sant 1, 17), como los rayos descienden del sol.
como el rayo del sol, descendiendo, ilumina al mundo, pero nunca se aleja del sol, así el Hijo de Dios, descendiendo del Padre, ilumina al mundo; y, sin embargo, nunca se aleja del Padre, porque es una sola cosa con el Padre. El mismo lo dijo: “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10, 30).
Dice Juan Damasceno‑ “El Verbo se encarnó sin salir de su inmaterialidad; y así fue totalmente encarnado y totalmente incircunscrito (sin límites), En lo corporal se achicó y disminuyó; pero en lo divino permaneció sin límites, pero no porque se haya extendido la carne, ya que se mantuvo circunscrita (limitada) por la divinidad. Estaba en todas las cosas y por encima de todas las cosas; y, sin embargo, estaba en el seno de la santa Madre”. Y Agustín: “Cuando se lee: “El Verbo se hizo carne”, en el Verbo reconozco al verdadero Hijo de Dios, y en la carne al verdadero Hijo del hombre, uno y otro juntos en una sola persona, Dios y Hombre, unidos por la inefable grandeza de la gracia divina”.
Con razón se dice: “Descendió del Padre de las luces, en el cual no hay variación ni sombra de cambio” (Sant 1, 17). En Dios no hay cambios, como si ora otorgara el bien y ora el mal, u otorgara el bien con alguna mezcla de mal. La Glosa comenta: “En su naturaleza no hay cambio alguno, sino sólo identidad; y esto no sólo en su naturaleza, sino también en la distribución de los dones, porque sólo infunde dones de luz y no tinieblas de errores”.
Añade Santiago: “El, de su voluntad, nos hizo nacer a nosotros”, que antes éramos hijos de las tinieblas, con el agua de regeneración, en hijos de la luz, “a través de la palabra de la verdad”, o sea, la doctrina del evangelio, $,con el fin de que fuésemos el comienzo de su creación”. Ahora comienza la reforma del espíritu; pero la reforma completa se realizará en el futuro. o, según otra versión, “para que fuésemos la primicia de sus criaturas”, o sea, teniendo el primado sobre todo lo creado (Sant 1, 18).
Habría también otra interpretación: “Dios nos engendró con una palabra de verdad, para que comencemos a gemir con la contrición y a dar a luz con la confesión, porque, según el Apóstol, “toda criatura gime y sufre dolores de parto hasta hoy” (Rom 8, 22), para que después gocemos con el Hijo de Dios, que dice: “Voy al Padre que me envió”.
7.‑ Cristo hizo como la tórtola, que durante el periodo invernal desciende a los valles y sin pluma se refugia en los troncos huecos de los árboles; en cambio, en el período estivo regresa a los montes. Así Cristo, en el invierno de la infidelidad y en el hielo de la persecución del demonio, descendió en el seno de la humildísima Virgen y habitó en este mundo pobre y abyecto, como un ave sin pluma.
De esta tórtola dice Salomón en el Cantar de los Cantares: “La voz de la tórtola ya se oyó en nuestra tierra” (2, 12). La voz de la tórtola se asemeja al gemido y al llanto. Cristo descendió entre nosotros para gemir y llorar ‑jamás se lee que haya reído‑, para enseñarnos también a nosotros a gemir y a llorar. “En nuestra tierra se oyó la voz de la tórtola: “¡Hagan penitencial”. Cuando se acercó el verano y comenzó a inflamarse la crueldad de la persecución judía y estalló el fuego de la pasión, entonces Cristo volvió al monte, o sea, al Padre. En efecto dijo: “Voy al Padre que me envió; y ninguno de ustedes me pregunta: “¿A dónde vas?”. Preguntemos a Cristo por cuál camino regresó al Padre. Y contestará: “¡Por el camino de la cruz!”. El mismo lo anunció: “¿No era necesario que Cristo padeciera y así entrara en su gloria?” (Lc 24, 26).
Cristo tuvo una doble herencia: una de parte de la Madre, o sea, trabajos y dolores; y otra, de parte del Padre, o sea, gozo y reposo. Entonces, dado que somos coherederos, también nosotros debemos procurar esa doble herencia. Por eso, nos equivocamos si queremos obtener la segunda herencia sin la primera, porque el Señor plantó la segunda sobre la primera, para que no buscáramos la una sin la otra.
Injertó el árbol de la vida en el árbol de la ciencia del bien y del mal, cuando “el verbo se hizo carne”. Entonces “será como árbol plantado junto a la corriente de agua” (Salm 1, 3). E Isaías: “Fundó la tierra y plantó los cielos” (51, 16).
En la tierra de la humanidad, fundada sobre las siete columnas de los siete dones de la gracia, plantó los cielos de la divinidad. Procuremos, pues, entrar en posesión de la primera heredad que nos dejó Jesucristo, y así mereceremos llegar a la segunda.
8.‑ “Cuando venga el Paráclito (el Consolador), convencerá al mundo con respecto al pecado, a la justicia y al juicio. Con respecto al pecado, porque no creyeron en mí; con respecto a la justicia, porque voy al Padre y ya no me verán; con respecto al juicio, porque el príncipe de este mundo ya está juzgado” (Jn 16, 8‑11).
El mundo se llama así, porque está siempre en movimiento (en latín, mundus, motus), y no se les concede reposo a sus elementos. El mundo se dice en griego cosmos, y el hombre, microcosmos, o sea, pequeño mundo. Como el mundo fue creado con la composición de cuatro elementos, así los antiguos sabios afirmaron que el hombre está formado por cuatro humores (fluidos), amalgamados en un único temperamento.
El mundo indica a los mundanos, que están siempre en trajines. De ellos habla judas en su epístola canónica: “Ellos son nubes sin agua, arrastradas de acá para allá por los vientos, árboles otoñales, infructuosos, dos veces muertos, desarraigados; fieras ondas del mar, que espuman sus suciedades; estrellas errantes, para las cuales está reservada eternamente la tempestad de las tinieblas” (Juec 1, 12‑13). En este pasaje sobresalen cuatro elementos: las nubes, los árboles, los oleajes y las estrellas. En estos cuatro elementos están indicados los cuatro vicios de los mundanos, o sea, la soberbia, la avaricia, la lujuria y la hipocresía.
Las nubes livianas y oscuras simbolizan a los soberbios, que, a causa de la superficialidad de su espíritu y la oscuridad de su mente, son arrastrados de una parte a otra por sus pecados; y están privados del agua de la compunción y de la gracia de los siete dones. De ellos habla el Profeta: “¡Dios mío, ponlos como una rueda y como el tamo delante del viento!” (Salm 82, 14). Presta atención a la rueda y al tamo. La rueda se dice, porque “rueda”, gira. El tamo es llamado en latín stípula con asonancia de usta, quemada. Dios vuelve a los soberbios como una rueda, permitiéndoles que caigan de un pecado a otro, y después los pone como el tamo delante del viento, porque ellos que, como el tamo, quedaron áridos, sin el humor de la gracia, serán quemados por el fuego de la pena eterna.
Árboles otoñales e infructuosos son los avaros, que ocupan la tierra inútilmente: el Señor los maldice como hizo con el árbol en el cual no halló fruto. Presta atención a estas cuatro palabras: otoñales, infructuosos, dos veces muertos, desarraigados.
El otoño es llamado así de “la tempestad”, que hace caer las hojas. Los avaros son árboles otoñales que, al sobrevenir la tempestad de la muerte, serán despojados de las hojas de las riquezas, con las que, adornados y recubiertos, caminaban con solemnidad. Y como fueron infructuosos, serán arrojados al fuego eterno, porque “todo árbol que no da buen fruto, será cortado y echado al fuego” (Mt 3, 10). Son árboles muertos dos veces, porque los avaros serán desarraigados de la tierra de los vivientes y sepultados en el infierno con el alma y el cuerpo.
Los oleajes de un mar enfurecido son los lujuriosos. Los oleajes son llamados en latín fluctus, porque, agitados por el soplo de los vientos, fluctúan. Los lujuriosos, agitados por las sugestiones de los espíritus inmundos, fluctúan en diversidad de pensamientos y espuman la lujuria para confusión de sus almas. Hacen como la olla, puesta sobre el fuego, que echa fuera la espuma. “La olla es el corazón del pecador, en el cual está el agua de la concupiscencia carnal; por debajo de ella se pone el fuego de la sugestión diabólica y así espuma la lujuria de su degradación” (Gregorio).
Las estrellas errantes son los hipócritas y los falsos religiosos. Las estrellas son llamadas en latín sídera, porque los navegantes las observan (en latín, consíderant) y por medio de ellas regulan su derrotero. Los dignos prelados de la iglesia y los verdaderos religiosos son astros que “brillan en un lugar oscuro” (2 Pe 1, 19) y dirigen por el recto derrotero de la vida eterna a los que navegan por el mar de esta vida. En cambio, los hipócritas y los falsos religiosos son estrellas errantes, causa de naufragio para los demás, y por esto serán arrollados por los torbellinos y las tempestades de la muerte eterna.
9.‑ Todos ellos son como “huevos de viento”, que no engendran polluelos. Se cuenta que la libido excite de tal manera a las perdices, que si el viento sopla detrás de los machos, las hembras se vuelven grávidas por el olor, pero depositan huevos no fertilizados; y todos estos huevos son “huevos de viento”.
La perdiz, “ave falsa e inmunda” (Isidoro), simboliza a los susodichos pecadores, que, como dice Pedro, “tienen los ojos llenos de adulterio y no se sacian de pecar” (2Pe 2, 14). Ellos, con el viento de la sugestión diabólica, conciben huevos de viento, o sea, el amor de la vanidad mundana, de que habla Oseas: “Sembraron viento y recogerán tempestad; en ellos no hay espigas erguidas y no producirá harina” (8, 7). El que siembra el viento del amor mundano, sin duda, cosechará el torbellino de la muerte eterna. La espiga, llamada así del latín spículum, punta, es la contrición del corazón, que punza al pecador y produce la harina de la confesión. Esta espiga no está erguida, ni produce harina en los pecadores, que no conciben polluelos, o sea, obras de vida eterna, sino el viento de la vanidad mundana.
Y advierte que “los huevos se distinguen en su aspecto; algunos son puntiagudos y otros anchos; y antes sale el huevo ancho y después el puntiagudo. Los huevos largos con punta aguda producen machos; y los huevos redondos, que, en lugar de la punta aguda, tienen una forma redondeante, producen hembras” (Aristóteles). Por esto se puede saber con certeza cuáles huevos producen machos y cuáles producen hembras.
Asimismo, el diablo, por medio de las señales de la agudeza y de la redondez, distingue entre los hombres cuáles son machos y cuáles son hembras. En la agudeza están representadas la compunción y la contemplación de las cosas celestiales; en la redondez, los deleites de la carne y una ronda de cosas mundanas. Dice Satanás: “ ' Di una vuelta por la tierra y la recorrí” (Job 1, 7). Dice Pedro: “Merodeó como un león, buscando a quién devorar” (1 Pe 5, 8). E Isaías: “Mi mano, como en un nido, arrebató las riquezas de los pueblos; y como se recogen los huevos abandonados, así yo me apoderé de toda la tierra; y no hubo quien moviera una pluma”, o sea, hiciera un acto de virtud, “o abriera la boca” para la confesión, “o gimiera” por la compunción interior (10, 14).
Esto no obran los machos, o sea, los justos, compungidos en la mente y sumergidos en la contemplación; sino las hembras, o sea, los mundanos, que se volvieron afeminados por el amor a los bienes pasajeros. De ellos se dice: “Cuando venga el Paráclito, convencerá al mundo de pecado”.
El término griego paráclisis significa “consolación”; y entonces “paráclito” quiere decir “consolador”; pero esa consolación los mundanos no la quieren recibir, porque tienen ya su consolación. Por esto los amenaza el Señor: “¡Ay de ustedes, que tienen su consolación!” (Lc 6, 24). E Isaías: “¿No son ustedes hijos malvados, prole bastarda, que se consuela con los dioses debajo de todo árbol frondoso?” (57, 4‑5). Los mundanos son hijos malvados por su soberbia, prole bastarda por su lujuria. Ellos se consuelan con los dioses de la avaricia, que justamente es “esclavitud de los ídolos” (Col 3, Salm), bajo todo árbol frondoso, o sea, en la gloria de las cosas de este mundo.
10.‑ “Cuando venga el Paráclito, convencerá al mundo del pecado” que tiene, “de la justicia” que no tiene, y “del juicio” que teme. Toma nota de estas tres cosas: el pecado, la justicia y el juicio.
Pecador deriva del latín pellido, seducir, como hace la meretriz; entonces pecador es como seductor. En lo antiguo ese nombre estaba reservado a los infames y a los escandalosos; después llegó a ser el nombre común de los delincuentes, justamente porque el mundo está contaminado por el pecado de fornicación más que por cualquier otro pecado. Dice Oseas: “Fornicaron y no cesaron, porque abandonaron al Señor, transgrediendo la ley. La fornicación, el vino y la embriaguez quitan el corazón” (4, 10‑11).
Observa que en el corazón hay tres sentimientos: la indignación, la sede de la sabiduría y el amor. El corazón es un órgano noble y desdeñoso, y no tolera que entre en él algo inmundo. La fornicación hace perder los resortes u. la indignación, mientras se resigna a tragar tal bocado.
Asimismo, el corazón es sede de la sabiduría; pero el vino la hace perder. Con el corazón amamos; pero pierde este amor el que, embriagado por la codicia de las cosas temporales, no socorre al prójimo. Que el pecado de fornicación quite el corazón, fue demostrado por el ejemplo de Salomón, que se entregó a la adoración de los ídolos. Dice el Apóstol: “Con el corazón se cree para obtener la justicia” (Rom 10, 10); pero la fornicación quita el corazón, en el cual está la fe.
Por eso, a causa de la fornicación se pierde la fe. Fornicación significa necatio formae, muerte de la forma, o sea, matanza del alma, formada a imagen y semejanza de Dios.
La vida del alma es la fe. Dice el Apóstol: “Cristo por medio de la fe habita en nuestro corazón” (Ef 3, 17); pero la fornicación quita el corazón, en el cual está la vida; y así el alma muere, porque, al cesar la causa, cesa el efecto. Y por eso dice el Señor: “El Paráclito lo convencerá del pecado, porque no creyeron en mí”. El Paráclito, pues, a través de los ministros de la predicación, convence al mundo del pecado de fornicación.
11.‑ “Y convencerá de la justicia”. La justicia es la virtud que juzga rectamente y da a cada uno lo suyo. justicia es como decir iuris status, estado de derecho. Dice Agustín: “La justicia es una disposición del espíritu que atribuye a cada uno la dignidad que le corresponde, teniendo en cuenta la utilidad común”.
Hacen parte de la justicia: el temor de Dios, el respeto de la religión, la piedad, la humanidad, el gozo de lo justo y de lo bueno, el odio del mal, el compromiso de la gratitud.
El mundo no posee esta justicia, porque no teme a Dios, deshonra la religión, odia el bien y es ingrato para con Dios. “Convencerá de la justicia”, que no hizo, porque, por los pecados cometidos, no se castigó según justicia.
Convencerá de la justicia”, no suya, sino de los creyentes; y el mundo, confrontándose con los creyentes, será condenado. Cristo no dijo: “el mundo no me verá”, sino “ustedes, los apóstoles, no me verán”; y esto contra los mundanos, que dicen: “¿Cómo podemos creer en lo que no vemos?”. Es verdadera justicia, o sea, fe que justifica, creer en lo que no se ve.
o también: “El Paráclito convencerá al mundo con respecto a la justicia” de los santos. Dice el Señor por boca de Zacarías: “Será tendida sobre Jerusalén la plomada” (1, 16). La plomada es un instrumento del albañil, y sirve para sopesar y apreciar. Puede ser una piedra o un plomo atado a un hilo, y con él se controla la perpendicularidad de las paredes. La justicia de los santos (su santidad) es como una plomada que se tiende sobre Jerusalén, o sea, sobre toda alma fiel, para que mensure y conforme su vida según el ejemplo de la vida de ellos.
Cada vez que se celebran las fiestas de los santos, se aplica la plomada sobre la vida de los pecadores; y por ende celebramos las fiestas de los santos, para recibir de sus vidas una regla para nuestra vida. San Jerónimo nos amonesta: “Es ridículo en las solemnidades de los santos querer honrar con manjares a los que, corno sabemos, subieron al cielo a través de los ayunos”.
Por cierto, amando al mundo y a su gloria, cuidando el cuerpo con sus placeres y acumulando dinero, no imitarnos la vida de los santos; más bien, su justicia (su santidad) será la contraprueba de que merecemos la condenación.
12.‑ “El Paráclito convencerá al mundo de juicio”. observa que en todo juicio son necesarias seis personas: el juez, el fiscal, el reo y tres testigos. El juez es el sacerdote‑, el fiscal y el reo es el pecador, que debe acusarse a sí mismo como reo. Los tres testigos son la contrición, la confesión y la satisfacción, que dan testimonio al pecador que de veras está arrepentido. Dice Agustín: “Sube, oh pecador, al tribunal de tu mente; la razón sea el juez, la conciencia el fiscal, el dolor el tormento, el temor el verdugo; el lugar de los testigos sea tenido por las obras. Los mundanos, que no quieren someterse a tal juicio, en el examen del último juicio serán condenados con sentencia eternamente irrevocable junto con su jefe, el diablo, quien ya fue juzgado”.
El apóstol Santiago, para instruir a estos hombres a cuidarse del pecado, a amar la justicia y a temer el juicio, en la segunda parte de la epístola de hoy, añade: “Bien saben, queridísimos hermanos míos: todo hombre sea pronto para escuchar y lento para hablar y lento para airarse; la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Sant 1, 19‑20). Todo hombre debe ser pronto para escuchar lo que dice el Apóstol: “¡Huyan de la fornicación!” (1Cor 6, 18).
13.‑ Dice el Señor con las palabras del Salmo: “Si me escuchas, no habrá en medio de ti un nuevo dios, ni adorarás a un dios extraño” (80, 9‑10). El “nuevo dios” es el vientre que busca siempre nuevos alimentos. Este Dios está en aquellos de los que habla el Apóstol: “Su dios es el vientre; y se glorían de lo que es su vergüenza: ellos sólo piensan en las cosas terrenales” (Filp 3, 19).
El “dios extraño”, que aliena al hombre de Dios, es la lujuria. Este dios es Baalfegor, que se interpreta “el que devora las cosas antiguas”. Esta es justamente la lujuria, mal viejo y morbo antiguo, que devora todos los bienes.
Concuerda con esto lo que se lee en el libro de los Números: “El pueblo fornicó con las hijas de Moab, que lo indujeron a tomar parte en sus sacrificios. El pueblo comió y adoró a sus dioses. As! Israel abrazó el culto a Baalfegor. El Señor, airado, dijo a Moisés: “Toma a todos los cabecillas del pueblo, y ahórcalos en los patíbulos contra el sol, para que el furor de mi ira se aleje de Israel” (25, 1‑4).
Las hijas de Moab, que se interpreta “del padre”, son la gula, la lujuria y los demás vicios, que tienen por padre al diablo. Con estos vicios el pueblo mundano se entrega a la fornicación. Comen y adoran a sus dioses, porque están abandonados a la gula y a la lujuria; y por esto los cabecillas del pueblo deben ser colgados en los patíbulos.
Los cabecillas del pueblo son los cinco sentidos del cuerpo, que por los pecados cometidos deben ser colgados en los patíbulos de la penitencia. Y esto contra el sol. En el sol está indicada la celebridad mundana‑ porque con ella hemos pecado, contra ella debemos insistir con las obras de penitencia.
O también, “contra el sol”: o sea, si hemos pecado públicamente, públicamente debemos hacer penitencia. Considera que Orígenes se sirve de este pasaje: “Toma a todos los cabecillas del pueblo y ahórcalos”.... para hacer aplicación a los ángeles: “Si el ángel, a quien Dios nos confió en custodia, esperara una recompensa por el bien que nosotros hemos realizado, temería también ser culpado por el mal que hemos hecho. Por esto se dice que se vea claramente expuestos contra el sol, para que se vea claramente por culpa de quién fueron cometidos los pecados. Como consecuencia, seremos entregados a Baalfege, a otro ídolo, según la cualidad del pecado. Y si el jefe, o sea, el ángel asignado a cada uno, no faltó, sino que exhortó al bien y, por lo menos, habló en, corazón, para mover mi conciencia a alejarme del pecado; y si yo, rechazando sus amonestaciones y el freno de la conciencia, me eché en los pecados, me será duplicada la pena por haber despreciado al consejero y por los delitos cometidos. No te asombres, pues, si los ángeles se presentan al juicio junto con los hombres. El mismo Señor vendrá al juicio con los jefes de su pueblo”.
Comentando el mismo pasaje, sigue diciendo Orígenes: “Según el Apocalipsis de Juan, en general cada Iglesia está presidida por un ángel, el cual encomiado por la buena conducta del pueblo o es interrogado acerca de los delitos del mismo pueblo”. Ante este hecho, yo me siento movido de admiración por este estupendo misterio, por el cual Dios tiene un cuidado tan solícito de nosotros que permite que sus mismos ángeles sean interrogados sobre nuestras culpas y hasta sean reprendidos por nosotros.
Sucede como cuando se confía un niño a un pedagogo: si resulta menos instruido en las materias adecuadas, el mismo pedagogo sufrirá la culpa con tal que el niño, como testarudo, arrogante e insolente, no haya despreciado las saludables amonestaciones del maestro.
Lo que suceda a aquella alma, nos lo dice Isaías: “La hija de Sión será abandonada, como una choza en la viña” (1, 8). En fin, comenta la Glosa: “Dios tiene mayor solicitud por la salvación de un alma que el diablo por su perdición”.
14.‑ “Sea, pues, todo hombre pronto para escuchar”. Todo hombre, por naturaleza, debería estar pronto para escuchar, En efecto, la oreja es llamada en latín auris, casi ávide rapiens, que aferra ávidamente, o hauriens sonum, que recoge el sonido.
Y observa que en la parte posterior de la cabeza no hay carne ni cerebro, sino que en la parte posterior de la cabeza se halla el aparato del oído. Y todo esto está muy bien dispuesto, porque la parte posterior de la cabeza está vacía, llena de aire, y el instrumento del oído (o medio de propagación) es “aéreo”. Por esto el hombre oye en seguida, con tal que no surja algún impedimento.
En la cabeza, o sea, en la mente, en la que no hay la carne de la propia voluntad, sino el aire de la mente devota, pasa rápidamente la voz de la obediencia, como se dice en el Salmo: “Al oír de mí, en seguida me obedecieron
(17, 45). Y Samuel, en el primer libro de los Reyes, dice: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha” (3, 10). Y para que la obediencia penetre más velozmente, es necesario que sea aérea (o airosa), pura, sensible a las cosas celestiales, sin nada terrenal. “Sea, pues, todo hombre pronto para escuchar”.
“Y lento para hablar”. La misma naturaleza nos comunicó esta enseñanza, al encerrar casi la lengua con dos puertas, para que no divagara libremente. La naturaleza puso delante de la lengua como dos puertas: los dientes y los labios, para indicar que la palabra no debe salir sin gran cautela. Estas dos puertas las había cerrado con discernimiento el Profeta que dijo: “Puse una custodia a mi boca y una puerta que rodee mis labios” (Salm 140, 3). Y bien dice “una puerta que rodee”, para que evitemos no sólo las palabras ¡lícitas, sino también las ocasiones de hablar ¡lícitamente. Por ejemplo, hay gente que se avergüenza de calumniar abiertamente a otro, pero lo hacen bajo la apariencia de la alabanza y, lo que es peor, lo hacen también en la confesión.
Y presta atención que no sólo debemos cerrar la puerta de los dientes, sino también la de los labios. Cierra la puerta de los dientes y de los labios el que desecha tanto la calumnia como la adulación.
Pero la lengua, que, como dice Santiago, es “un mal desenfrenado y está llena de veneno mortal”, fuego que quema el bosque de virtudes e inflama el curso de nuestra vida (Sant 3, 5‑8), abate la primera y la segunda puerta y sale a la plaza como una meretriz, charlatana y vagabunda, impaciente e inquieta, llevando a todas partes el alboroto.
Dice el bienaventurado Bernardo: “¿Quién podrá calcular cuántas bajezas cometa el pequeño miembro de la lengua, cuánta inmundicia se acumule en sus labios impuros, cuántos daños cause una boca desenfrenada? Nadie considere poco el tiempo que se pierde en palabras ociosas. Ahora es el tiempo favorable y el día de la salvación; y, sin embargo, la palabra vuela irrevocable y el tiempo pasa irremediablemente; y el necio ni se da cuenta de lo que pierde. Dicen: “¡Al menos se podrá pasar una hora en una conversación!”. ¡Una hora! Esa hora te la dio la generosidad del Creador para obtener el perdón, para alcanzar la gracia, para hacer penitencia y para merecer la gloria”.
El mismo santo continúa‑ “No vaciles en definir la lengua del calumniador más cruel que la lanza que traspasó el costado del Señor. La lengua hiere el cuerpo de Cristo, pero no lo traspasa después de muerto, sino que lo mata traspasándolo. Tampoco fueron más dañosas las espinas que punzaron su cabeza, ni los clavos que perforaron sus manos y sus pies, comparados con la lengua del calumniador que perfora el mismo corazón”.
Dijo el filósofo Séneca: “No digas cosas deshonestas, porque poco a poco el pudor se diluye”. Y Publio Siro: “A veces tuve que arrepentirme por haber hablado, jamás por haber callado”. Y Séneca: “Usa más a menudo los oídos que la lengua”.
“Sea, pues, todo hombre lento para hablar”, y así podrá imitar la justicia de los santos, porque, como dice Santiago, “el que no peca con la palabra, es un varón perfecto” (3, 2).
“Y lento para airarse”, porque la ira impide al hombre distinguir la verdad. Dice a propósito el Filósofo: “Cuanto menos reprimas la ira, tanto más serás excitado por ella” (Horacio). “El iracundo, cuando cesa de airarse, se enoja consigo mismo. La ira jamás fue capaz de reflexión” (Siro). Con toda razón escribe Santiago: “La ira del hombre no obra la justicia de Dios” (1, 20). En conclusión, todo hombre sea “lento para airarse”, para que en el día de la ira no reciba con el diablo la irrevocable sentencia de condenación.
15.‑ “Cuando venga el Espíritu de verdad, les enseñará toda la verdad” (Jn 16, 13). Cuando una mujer dispuesta a seducir las almas ‑figura de los placeres de la carne y de las vanidades del mundo‑ ilusiona al infeliz espíritu del hombre con falsos deleites, trastorna los sentimientos. Para ello se lee en el libro de la Sabiduría: “La fascinación de la bagatela empaña el bien, y la agitación de la concupiscencia trastorna el sentimiento” (4, 12). La fascinación es la adulación, o sea, el engaño con la alabanza. La fascinación de la bagatela es la alabanza de la adulación o el engaño de la prosperidad mundana, que oscurece los bienes espirituales; y la agitación de la concupiscencia trastorna el alma. Pero, cuando venga el Espíritu de verdad que ilumina el corazón del hombre, entonces enseñará toda la verdad y expulsará toda falsedad.
Está escrito en el evangelio de Juan, que “el ángel del Señor descendía a la piscina y agitaba las aguas, y uno quedaba curado” (5, 4). Cuando el ángel del Señor, o sea, la gracia del Espíritu Santo, desciende a la piscina, o sea, al corazón del pecador, entonces la mente se agita con el agua de la compunción, y uno queda curado, o sea, el verdadero penitente, que debe ser “uno”, o sea, no tener divisiones entre el corazón y la boca. “Cuando venga, pues, el Espíritu de la verdad, les enseñará, o sea, les inspirará toda la verdad”. Y recuerda que, como la generación no puede acontecer sin el elemento activo, as! el hombre no puede hacer una obra verdaderamente buena sin el Espíritu de la verdad.
16.‑ La palmera, que es hembra, no lleva a la maduración los frutos si antes, por medio del viento que lo transporta, no recibe el efluvio de otra palmera macho (polinización) (Plinio). Dice el Eclesiástico: “Crecí como una palmera en Cades” (24, 18), que se interpreta “transportada” o “cambiada”. El hombre no puede hacer progresos sin la gracia del Espíritu Santo, como la palmera no llega a dar frutos sin los efluvios de la palmera macho. Y así el hombre, privado de la gracia de Dios, no es idóneo para el servicio divino, y es comparable al que está privado de testículos, porque no tiene la fuerza de engendrar obras buenas.
Se lee en el Levítico: “No ofrezcan al Señor ningún animal con testículos heridos o magullados, rasgados o cortados” (22, 24). Tiene los testículos magullados el que tiene la gracia “informe”, y por ende no puede engendrar. En cambio, no tiene ni la gracia “informe” ni “formada” aquel a quien se arrancaron los testículos.
“Cuando venga el Espíritu de verdad, les enseñará toda la verdad”. Concuerda con este pasaje la tercera parte de la epístola de hoy: “Por esto, dejen toda impureza y abundancia de malicia y reciban con docilidad la palabra que fue sembrada en ustedes y que puede salvar sus almas” (Sant 1, 21). decir, “por esto”, o sea, para merecer recibir al Espíritu de la verdad, “deben dejar toda impureza” de alma y de cuerpo, y “abundancia de malicia”, que son los pensamientos de una mente depravada; y “con docilidad”, porque los mansos heredarán la tierra, “reciban la palabra sembrada en ustedes”, palabra que Dios da sólo a los dóciles y a los que practican la mansedumbre de las palomas.
Y en fin observa que, como un injerto practicado en una planta vieja, la rejuvenece y la hace fructificar, así el Espíritu de verdad, si fuera infundido en una mente “envejecida en la maldad” (Dan 13, 52), la rejuvenece y la hace producir frutos dignos de penitencia.
Te rogamos, pues, Señor Jesús, que subiste de este mundo al Padre en forma de nuestra humanidad, que nos arrastres en pos de ti con la soga de amor. Te rogamos que no nos acuses de pecado, que nos ayudes a imitar la justicia de los santos, que nos hagas temer tu juicio y que nos infundas tu Espíritu de verdad, para que nos enseñe toda la verdad.
Concédenos estas gracias tú, que eres el Dios bendito y glorioso por los lo siglos de los siglos.
Y toda alma diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.
(1) Entre los intérpretes no está claro qué cosa entienda san Antonio por gracia “informe” y gracia “formada”. La opinión más plausible parece ser ésta: la gracia “informe” sería gracia “no operante” y gracia “formada” sería gracia “operante”.
1.‑ “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “En verdad, en verdad les digo: Si piden algo al Padre en mi nombre, El se lo dará” (Jn 16, 23). Dice Juan en su primera carta: “Su unción les enseñará todas las cosas” (2, 27).
Observa que la unción es doble: la primera es la infusión de la gracia, de la cual habla el Profeta: “Te ungió Dios, tu Dios, con óleo de alegría más que a tus compañeros” (Salm 44, 8). Oh Dios Hijo, el Dios tu Padre te ungió, en cuanto hombre, con el óleo de la alegría, o sea, con la gracia de los siete dones, que te hizo inmune de todo pecado; “más que a tus compañeros”, porque en ti el Espíritu Santo fue infundido sin medida; en cambio, en los demás fue infundido con medida. Por esto se lee en Juan: “De su plenitud todos recibimos”.
La segunda unción es la predicación de la palabra de Dios, de la cual se dice en el tercer libro de los Reyes, que Sadoc y Natán ungieron al rey Salomón en Gihón (1, 38‑39). Sadoc se interpreta “justicia”; Natán, “don de la gracia”; Salomón, “pacífico”; y Gihón, “lucha”.
La justicia de una vida honesta y el don de la gracia, o sea, la predicación de la palabra de Dios, ungen al pecador, reconciliado con Dios a través de la confesión, en Gihón, para que, libre de pecado y desprendido de las cosas temporales, luche con el diablo.
Cuando la primera unción unge interiormente el alma, la segunda es de gran provecho. Pero si la primera falta, la segunda ya no tiene eficacia. La Glosa comenta así el versículo: “Su unción nos enseñará todas las cosas”: “Nadie atribuya al maestro lo que siente y entiende de la boca del maestro, si interiormente no hay uno que enseña. La lengua del maestro se fatigaría en vano; sin embargo, el maestro no debe callar”, sino que debe hacer lo que está a su alcance, porque su predicación es útil para crear las buenas disposiciones.
Ahora bien, la unción de la inspiración interior, o de la predicación del Señor, nos instruye sobre todas las cosas, que atañen a la salvación del alma, que son: despreciar al mundo, humillarse a sí mismo y anhelar el gozo celestial. Y a este propósito dice el Señor en el evangelio de hoy: “En verdad, en verdad les digo: “Si piden algo al Padre en mi nombre, El se lo concederá”.
2.‑ En este evangelio se destacan tres momentos. Primero: la plenitud del gozo perfecto, cuando dice: “En verdad, en verdad les digo”. Segundo: la súplica de Jesucristo al Padre por nosotros: “Yo rogaré al Padre por ustedes”. Tercero: el conocimiento que Cristo tiene de todas las cosas: “Ahora conocemos que lo sabes todo”.
En el introito de la misa de este domingo se canta: “Con voz de júbilo anuncien”; y se lee la epístola del bienaventurado Santiago: “Sean cumplidores de la palabra”. Dividiremos el pasaje en tres partes y veremos su concordancia con las tres partes del pasaje evangélico. He aquí las tres partes de la epístola: Primero: “Sean cumplidores de la palabra”; segundo: “El que mira atentamente en la ley de la perfecta libertad”; tercero: “Si alguno se cree religioso...”
L Petición del gozo pleno
3.‑ “En verdad, en verdad les digo: Si piden algo al Padre en mi nombre, se lo dará. Hasta ahora no pidieron nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su gozo sea cumplido” (Jn 16, 23‑24).
“En verdad”, se dice en hebreo amén; y es una afirmación solemne, un juramento. La Verdad (Jesucristo) nos promete el gozo repitiendo dos veces la palabra del juramento, para que creamos sin duda alguna en lo que dice.
“Si piden algo al Padre en mi nombre”. Presta atención a estas tres palabras: Padre, alguna cosa, en mi nombre.
No puede llamarse padre sino aquel que tiene un hi o, porque padre e hijo son nombres correlativos. Cuando dices “padre”, piensas en el “hijo”, del cual es padre. Dios es el Padre, del que nosotros somos hijos y al cual cada día decimos: “Padre nuestro que estás en el cielo”. También Isaías dice: “Tú, Señor, eres nuestro Padre, nuestro redentor: desde siempre éste es tu nombre”
Y Dios mismo nos dice con las palabras de Jeremías: “Ahora llámame así: oh Padre mío, tú eres el guía de mi virginidad” (3, 4). La virginidad del alma es la fe, que obra por medio del amor y preserva al alma de la corrupción: es Dios Padre quien, como un capitán, guía al alma a la fe.
Nosotros, los hijos, debemos pedir a nuestro Padre alguna cosa. Todo lo que existe es nada, a excepción de amar a Dios. Amar a Dios es algo y es esto algo que debemos pedir, o sea, que nosotros, los hijos, amemos a nuestro Padre, como el hijo de la cigüeña ama a su padre.
Se cuenta que el hijo de la cigüeña tanto ama al padre, que, cuando envejece, lo sustenta y lo alimenta; y eso hace parte de sus características (instinto) (Aristóteles). Así en este mundo que ya envejece, nosotros debemos sustentar a nuestro padre en sus miembros débiles y enfermos, o sea, alimentarlo en los pobres y en los necesitados. “Lo que ustedes hacen a uno de los míos, aunque fuere el más pequeño, a mí me lo hacen” (Mt 25, 40).
Si pedimos amor, el mismo Padre, que es amor, nos dará lo que El es: el amor.
4.‑ Dice Dios mismo en el Éxodo. “Te daré una tierra, que mana leche y miel” (13, 5). Presta atención a estas cuatro palabras: la tierra, mana, leche y miel. La tierra, por su estabilidad, simboliza el amor de Dios, que da a la mente del hombre la seguridad de estar en la verdad. Dice Salomón en el Eclesiastés: “Una generación pasa, otra viene; pero la tierra permanece eternamente” (1, 4).
La generación, o sea, el amor de la carne, pasa; y la generación, o sea, el amor del mundo, viene; pero la tierra, o sea, el amor de Dios, permanece para siempre, porque, como dice el Apóstol, “la caridad jamás tendrá fin” (1Cor 13,8).
De esta tierra se dice que “mana”, a motivo de su abundancia. Se dice en el Salmo: “La vehemencia del río”, o sea, la abundancia del amor de Dios, “alegra la ciudad de Dios”, o sea, el alma, en la que vive el mismo Dios (45, Salm).
Esta tierra abunda de leche y de miel. La leche alimenta, la miel endulza; así el amor de Dios alimenta el alma, para que crezca de virtud en virtud, y endulza el tormento de todas las tribulaciones. “Para el que ama, nada es difícil” (Cicerón).
Cuando la dulzura del amor divino llega a faltar, la amargura de la tribulación aun la más pequeña, se vuelve intolerable. Pero “el madero endulzó las aguas de Mara” (Ex 15, 23). “La harina del profeta Eliseo transformó en comestibles las amargas calabazas silvestres” (4 R 4, 38‑41). Así el amor de Dios transforma toda amargura en dulzura. Dice el Eclesiástico: “Mi espíritu es dulce, y mi herencia supera en dulzura la miel y el panal” (24, 27).
El Espíritu del Señor es el espíritu de pobreza, del que dice Isaías: “El Espíritu de los fuertes es como un torbellino que se abate contra la pared” (25, 4). Los fuertes son los pobres, que no vacilan ni en la prosperidad ni en las adversidades. Su espíritu, como el torbellino, abate la pared de las riquezas, de la que se lee en el mismo profeta: “El escudo desnudó la pared” (22, 6).
Escudo se dice en latín clypeus, porque clepit, o sea, esconde y protege el cuerpo; y simboliza el espíritu de pobreza, que esconde y repara al alma de los dardos de los demonios. Este escudo desnuda la pared de las riquezas.
La herencia del Señor fue la pasión de la cruz, que dejó a sus hijos. Por esto dijo: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22, 19), o sea, en memoria de mi pasión. El Apóstol, en cuanto heredero, poseía esta herencia, al decir: “Llevo en mi cuerpo los estigmas de Cristo” (Gal 6, 17). El espíritu de pobreza y la herencia de la pasión son más dulces que la miel y el panal para el corazón del verdadero amante de Cristo.
Con toda razón se dice: “Si piden algo al Padre en mi nombre”. El nombre de Cristo, en hebreo, es Mesías; en griego, Cristo o Soter; en latín y en castellano, Ungido o Salvador.
Pidamos, pues, al Padre en nombre del Salvador, que, si no por nosotros, al menos en nombre de su Hijo, por medio del cual salvó al género humano, nos conceda el privilegio de su amor. Roguémosle con las palabras del Profeta: “Oh Dios, nuestro protector, dirige tu mirada y mira al rostro de tu Cristo” (Salm 83, 10), como si dijera: “Si no quieres mirarnos a nosotros por nuestro amor, mira al rostro de tu Cristo, que por nosotros fue golpeado por las bofetadas, ensuciado por los escupitajos, empalidecido por la muerte.
¡Mira al rostro de tu Cristo!”. ¿Y cuál Padre no miraría al rostro de su hijo muerto? Por esto, también tú, oh Padre, míranos a nosotros, porque por nosotros, que fuimos la causa de su muerte, Cristo, tu Hijo, murió. Como El nos mandó, en su nombre te pedimos que tú nos des a ti mismo, porque sin ti no hay existencia.
Dice Agustín: “Señor, si quieres que me aleje de ti, dame a otro, igual a ti mismo; diversamente yo no me alejaré de ti”.
5.‑ Con razón dice el Señor: “En verdad, en verdad les digo: Si piden algo al Padre en mi nombre, se lo dará. Hasta ahora no pidieron nada en mi nombre
Comenta la Glosa: “Confiando en mi presencia, ustedes no pidieron cosa alguna, o sea, algo que se compare a lo que es eterno”. En este paso el Señor reprende a los que piden cosas temporales, que son una nada. De ellos habla Oseas: “Su misericordia es como neblina de la mañana y como el rocío de la madrugada, que se desvanece” (6, 4). Como si dijera: “Cuando piden a Dios la misericordia, ustedes piden cosas temporales, que son como neblinas mañaneras, que son sólo aire condensado, símbolo de la vanidad condensada”.
Así los bienes temporales son como una nada; pero esa nada, para parecer algo, se disfraza de apariencias fantasmagóricas. Como las nubes impiden la vista del sol, así la abundancia de las cosas temporales estorba el conocimiento de Dios. Job dice: “La gordura cubre su rostro” (15, 27), porque la gordura de las riquezas ciega los ojos de la mente. Leemos en el Salmo: “Cayó sobre ellos el fuego y ya no vieron el sol” (57, g).
El fuego del amor de las cosas mundanas ciega los ojos de los hombres, como una sartén hirviendo ciega los ojos del oso. Entonces “su misericordia, como neblina de la mañana y como rocío que al alba se disuelve”, se desvanece al calor del sol, justamente cuando sería más necesaria; las hierbas y las flores quedan expuestas al ardor del sol y así se queman. Por cierto la felicidad terrena da algún consuelo en esta vida, pero, desgraciadamente, encamina a los hombres hacia los suplicios eternos.
Leemos en Nahúm: “Nínive fue como un estanque de aguas, pero de aguas que se van” (2, 8). Nínive se interpreta “espléndida”, y simboliza al mundo, que se cubre de falsa belleza, como el barro cubierto de nieve. Su consuelo es comparado al de un estanque, que abunda de aguas en el invierno, pero se seca durante el verano. El mundo abunda ahora de aguas de riquezas; pero, al llegar el ardor de la muerte, perderá sus riquezas y será entregado a los suplicios eternos. Por esto, hasta ahora, ustedes no pidieron nada; y si pidieron algo, no fue en mi nombre, o sea, para la salvación de sus almas.
El orden con el cual debemos pedir y suplicar, nos lo muestra el Apóstol escribiendo a Timoteo: “Ante todo, te encomiendo que se hagan súplicas, oraciones, peticiones y acciones de gracias” (1Tim 2, 1).
La súplica, en los ejercicios espirituales, es una apremiante oración a Dios. En estas prácticas, el que, antes de la gracia auxiliadora, pone la ciencia, no pone otra cosa sino el dolor. En cambio, la oración es el afecto del hombre que se pone en relación con Dios, un piadoso y familiar coloquio y una pausa de la mente iluminada para gozarlo, hasta que sea posible.
La petición es la preocupación de obtener algunas cosas temporales, necesarias para la vida presente. En este caso Dios, aun considerando la buena voluntad del que pide, hace lo que El juzga más oportuno y concede de buena gana al que pide rectamente. De esta oración de petición dice el Salmista: “Mi oración está dirigida a las cosas que ellos aman” (140, Salm), o sea, los impíos. En general, todos los hombres, y sobre todo los hijos de este siglo, desean la tranquilidad de la paz, la salud del cuerpo, la clemencia del tiempo, y todas las demás cosas que se refieren a las exigencias y a las necesidades de esta vida, e incluso los placeres de los que abusan de ellos.
Los que piden en conciencia estas cosas, aunque no las pidan sino por necesidad, todavía justamente en esto someten siempre su voluntad a la de Dios. En estas peticiones debemos orar con fervor y con conciencia, pero sin obstinarnos en esas solicitudes, porque nosotros no sabemos lo que nos es necesario en esta vida, sino sólo el Padre que está en el cielo.
En fin, la acción de gracias consiste en comprender y reconocer la gracia de Dios y su voluntad salvífica, y en la asidua e incansable orientación hacia Dios, aunque a veces falten o sean tibios el acto exterior o el afecto interior.
A este propósito dice el Apóstol: “El querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Rom 7, 18), como si dijera: “Tengo siempre la voluntad de hacer el bien, pero a veces duerme, o sea, es ineficaz; procuro cumplir la obra buena, pero no hallo el modo. Todo esto lo obra la caridad, que jamás falta. Con la caridad se realizan la oración sin interrupción y la acción de gracias, según recomienda el Apóstol: “Oren sin cesar” (1Tes 5, 17), y “den siempre gracias a Dios” (Ef 5, 20).
Dice, pues, con razón: “Hasta ahora no pidieron nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su gozo sea cumplido”.
6.‑ observa que puede haber un gozo hueco, el de los hombres carnales, y un gozo pleno, el de los santos.
Del gozo hueco de los carnales trata Isaías: “El gozo de los onagros (asnos salvajes) son los pastos de los rebaños” (32, 14). Ten en cuenta que hay dos especies de onagros: los unos tienen cuernos y están en Grecia. De ellos trata Job: “¿Quién dejó libre al onagro y quién desató sus ataduras?”. Los otros se hallan en España; y de éstos sigue diciendo Job: “El vanaglorioso se levanta en su soberbia y se cree libre como el pollino del onagro” (11, 12).
Asimismo, en este mundo hay dos especies de onagros, o sea, de soberbios. Hay algunos que se jactan de sus cuernos, o grados de dignidad; hay otros que van en soberbia sólo por la vanidad de su mente, y sacuden de sí el yugo de la obediencia. El gozo de los onagros son los pastos de los rebaños, o sea, de los pobres; pero los que tragan y depredan los bienes de los pobres, serán a su vez presa del diablo. Dice Salomón: “La caza del león”, o sea, del diablo, “es el onagro en el desierto” (Ecli 13, 23). E Isaías: “¡Ay de ti, que depredas! ¿No serás tú también depredado?” (33, 1).
Del gozo hueco de los carnales dice todavía Salomón: “Florecerá el almendro, engordará la langosta y la alcaparra perderá su eficacia” (Ecle 12, Salm). Como el almendro florece antes que las otras plantas, así el hombre carnal anhela la flor en este mundo, pero en el otro mundo quedará desnudo de toda flor; y de la flor marchita engordará la langosta, o sea, el diablo. La gordura del diablo, si así puede llamarse, está en el gozo desenfrenado de la gloria temporal; y la alcaparra de la concupiscencia carnal y de la gloria mundana se desvanecerá.
Dice Santiago: “El rico pasará como la flor de la hierba. Sale el sol con su ardor y seca la hierba, su flor cae y perece la hermosura de su rostro. Así también se marchitará el rico en todas sus empresas” (1, 10‑ 11).
La raíz es la concupiscencia carnal, y la flor es el deleite de las cosas temporales. A la llegada del sol, o sea, a la llegada de la muerte o de la severidad del juez, la raíz se seca, la flor cae, la belleza de su rostro, o sea, el honor del mundo, los amigos y los vecinos, se desvanecerá. En conclusión, el gozo del mundo es hueco.
En cambio, acerca del gozo verdadero y pleno de la vida eterna dice Salomón: “Florecerá el almendro, engordará la langosta y la alcaparra perderá su eficacia”.
Observa que el gozo de los santos consiste en tres características: en la resurrección del cuerpo, en la bienaventuranza del alma y en la liberación de los estímulos de la carne y de las tentaciones del demonio.
El almendro, o sea, el cuerpo florecerá de cuatro prerrogativas: la luminosidad, la agilidad, la sutileza y la inmortalidad. Y la langosta, o sea, el alma, engordará, o sea, se saciará con la visión de Dios, con la bienaventuranza de los ángeles y con la compañía de los santos. Y entonces se desvanecerá la alcaparra, o sea, el estímulo de la carne y la tentación del demonio.
Escribe el Apóstol a los corintios. “Cuando este cuerpo mortal se revista de la inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: “La muerte fue absorbida por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado” (1Cor 15, 54‑56).
Entonces se desvanecerá la alcaparra, porque, como dice el Profeta, “los extraños ya no pasarán por Jerusalén” (Joel 3, 17), o sea, los demonios ya no tentarán al justo, y la mala bestia, o sea, la concupiscencia de la carne, ya no pasará por su alma.
7.‑ Con ese doble gozo, o sea, el hueco y el pleno, concuerda la primera parte de la epístola de la misa de hoy: “Sean cumplidores de la Palabra y no sólo oidores, engañándose a sí mismos. Si uno es oidor de la Palabra y no cumplidor, puede compararse a un hombre que mira en el espejo su rostro natural: lo considera y después se aleja, y en seguida olvida cómo era” (1, 22‑24).
Cumplidores de la palabra de Dios son los que piden el gozo pleno y lo alcanzan; sólo oidores son los que se esfuerzan por conseguir el gozo hueco del mundo. A este propósito dice el Salmo: “Es tiempo de obrar, Señor”, no sólo de oír o de hablar; “violaron tu ley” (118, 126) los que oyen y no obran. Y dice Salomón: “El que destruye la tapia”, o sea, la ley, “será mordido por la serpiente” (Ecle 10, Salm), o sea, por el diablo. Viola la ley aquel, que no vive según lo que dice o lo que oye. A él se aplica el versículo: “Si uno es sólo oidor de la Palabra y no cumplidor”...
Observa que el espejo no es otra cosa que una lámina muy sutil de vidrio, en el cual se deben considerar tres elementos: el escaso valor, la fragilidad y la transparencia.
El vidrio es una materia de poco valor, porque se fabrica con un poco de arena, es de sustancia frágil y transparente en su claridad. Puesto contra el sol, brilla como otro sol.
Se dice espejo, porque refleja el esplendor, o porque las mujeres, mirándolo, admiran la belleza de su rostro (en latín hay asonancia entre, spéculum, espejo, y species, la belleza), o también porque es transparente como el vidrio. Y el vidrio es llamado así, porque es transparente y límpido a la mirada (Aquí hay otra asonancia entre vítrum, vidrio, y vista mirada).
El espejo, o el vidrio, simboliza la Sagrada Escritura, en cuyo esplendor está el rostro de nuestro origen: de dónde hemos nacido, cuáles hemos nacido y para qué fin hemos nacido. De dónde hemos nacido: se refiere a la ruindad de nuestro origen físico; cuáles hemos nacido: se refiere a la fragilidad de nuestra sustancia; para qué fin hemos nacido: se refiere a la dignidad de la gloria, en la cual, si somos cumplidores de la Palabra, por la proximidad del verdadero sol, como el sol resplandeceremos.
En el espejo de la sagrada doctrina se hallan estas tres acotaciones. Acerca del poco valor de la materia está escrito en el Génesis: “Eres polvo y al polvo regresarás” (3, 19). Acerca de la fragilidad de la sustancia dice el Salmo: “Nuestros años serán considerados como tela de araña” (89, 9). ¿Hay algo más frágil que la tela de araña? ¿Y hay algo más corruptible que la vida del hombre, que se arruina por una pequeña lesión y por un poco de fiebre?
Acerca de la luminosidad se dice en el evangelio: “Los justos resplandecerán como el sol” (Mt 13, 43).
En este espejo el pobre hombre considera el rostro de su nacimiento, cómo haya nacido, cuán frágil sea y cómo será su futuro; y de estas consideraciones le nacen, de vez en cuando, la compunción y la voluntad de hacer penitencia. Pero como es oidor de la Palabra no cumplidor, y es amante de la alegría vana y hueca, en seguida olvida cómo era y cómo se habla visto. El deleite de la vanidad aleja el pensamiento de la propia salvación; en cambio, el pensamiento del verdadero gozo produce en el alma el amor por la propia salvación. “Pidan, pues, y recibirán, para que su gozo sea cumplido”.
De este gozo se acuerda la iglesia en el introito de la misa de hoy: “Con voz de júbilo anuncien hasta los últimos confines de la tierra” (Is 48, 20). Oh predicadores, pregonen el feliz anuncio: “Pidan, para que su gozo sea cumplido”, no sólo a los justos que están en el seno de la iglesia, sino también hasta los extremos confines de la tierra y también a los que están fuera de los confines, o sea, a los que están fuera de los mandamientos de Dios, que son para nosotros mojones o guías para nuestra conducta, para que escuchen la voz jubilosa y puedan lograr el gozo pleno, que no tiene fin.
A ese gozo nos conduzca Jesucristo. ¡Amén! ¡Así sea!
8.‑ “Yo rogaré al Padre por ustedes: el mismo Padre los ama, porque ustedes me amaron y creyeron que yo salí de Dios” (16, 26‑27). Cristo, sacerdote se n el orden de Melquisedec y mediador entre Dios y los hombres, ruega por nosotros al Padre.
Se lee en el Levítico: “El sacerdote rogará por ellos, y el Señor les será propicio”; y de nuevo: “El sacerdote rogará por él y por su pecado, y el pecado le será perdonado” (4, 20 y 26).
Concuerdan con lo anterior las palabras del libro de los Números: “Moisés dijo a Aarón: “Toma el turibulo, pon en él el fuego del altar y echa sobre él el incienso y vete pronto al pueblo, para que ruegues por él, porque ya estalló la ira del Señor y el flagelo ya comenzó. Aarón ejecutó el comando: corrió en medio de la multitud, ya asolada por la plaga, y ofreció los inciensos; y, estando entre los muertos y los vivos, rogó por el pueblo, y la mortandad cesó” (16, 46‑48).
“Moisés dijo a Aarón”, o sea, el Padre al Hijo: “Toma el turíbulo” de la humanidad, que fue fabricado por obra de Bezaleel (Ex 31, 1), que se interpreta “sombrilla divina”: es una figura del Espíritu Santo que fue “sombrilla divina” en el seno de la gloriosa Virgen, a la que cubrió con su sombra (Lc 1, 35), le aportó el refrigerio y extinguió totalmente en ella el fomes del pecado. “Llena” con el fuego de la divinidad el turíbulo de la humanidad, “en la que habita corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2, g).
Y con razón dice “del altar”, porque “salí del Padre y vine al mundo” (Jn 16, 28). “Y echa encima el incienso” de tu pasión; y así, como mediador, rogarás por el pueblo, al que el incendio del diablo está atrozmente devastando.
Y Cristo, obedeciendo a la voluntad y al mandato del Padre, tomó el turíbulo, y corrió a la muerte y a la muerte de cruz. Y estando en la cruz con los brazos abiertos, “entre los muertos y los vivos”, o sea, entre dos ladrones, de los cuales uno fue salvado y el otro condenado o también “entre los muertos y los vivos”, o sea, entre los que estaban encerrados en la cárcel del infierno y los que vivían en las miserias de este destierro‑ a todos los liberó del incendio de la persecución diabólica, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de suave olor.
Con toda razón, pues, dice de sí mismo: “Yo rogaré al Padre por ustedes”. Y Juan en su carta canónica escribe: “Tenemos un abogado junto al Padre, Jesucristo, el justo; y El es propiciación, o sea, expiación, por nuestros pecados” (1 Jn 2, 1‑2). Y por esto, todos los días, lo ofrecemos al Padre en el sacramento del altar, para que siga expiando por nuestros pecados.
Nos portamos como hace la mujer que tiene un hijo pequeño. Cuando su marido enojado quiere golpearla, ella, teniendo al niño en los brazos, lo pone delante del marido enojado, diciendo: “¡Hiere a éste, golpea a éste!”. El niño, con las lágrimas en los ojos, comparte el dolor de la madre. Entonces el padre, que se siente trastornar las entrañas por las lágrimas de su hijo, al que ama con gran ternura, por amor del hijo, perdona a la esposa.
Así también nosotros, a Dios Padre airado por nuestros pecados, le ofrecemos a su Hijo Jesucristo en el sacramento del altar, como alianza de nuestra reconciliación. Y Dios Padre, no por amor nuestro, sino por amor de su Hijo dilecto, aleja de nosotros los flagelos que en justicia habíamos merecido y, recordando sus lágrimas, sus sufrimientos y su pasión, nos perdona.
El mismo Hijo dice por boca de Isaías: “Yo hice y yo regiré, yo llevaré y yo salvaré” (46, 4).
Presta atención a estos cuatro verbos: “Yo hice” al hombre, y “yo lo regiré” sobre mis hombros, como a la oveja descarriada y cansada; “yo lo llevaré”, como la nodriza lleva al niño en sus brazos. ¿Y qué puede hacer el Padre, sino responder: “Y yo lo salvaré?”. Con toda razón dice Cristo: “Yo rogaré al Padre por ustedes; el Padre los ama, porque ustedes me amaron y creyeron que yo salí de Dios”. El Padre y el Hijo son una sola cosa, como lo manifiesta el mismo Hijo: “Yo y el Padre somos una sola cosa” Un lo, 30). El que ama al Padre, ama al Hijo; y el Padre y el Hijo lo aman a él. En el evangelio de Juan dice el Hijo: “El que me ama, será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él” (14, 21).
9.‑Acerca de este amor, concuerdan también las palabras de la epístola de hoy: “El que mira atentamente en la ley de la perfecta libertad y le es fiel, no como un oidor desmemoriado, sino cumplidor de la obra, éste será feliz al practicarla” (Sant 1, 25).
La ley de la perfecta libertad es el amor de Dios, que hace al hombre perfecto en todo y libre de toda esclavitud. Del justo dice el Salmo: “La ley de su Dios está en su corazón” (36, 31). En el corazón del justo está la ley del amor divino; y por esto Dios dice: “Hijo, dame tu corazón” (Prov 23, 26).
Como el gavilán, cuando caza un ave, ante todo busca el corazón y lo devora, así Dios nada busca y nada ama tanto en el hombre, como su corazón, en el cual se halla la ley del amor; y entonces “sus pasos no vacilarán” (Salm 36,31).
Los pasos del justo son sus obras o los afectos de su mente, que jamás vacilarán, o sea, jamás serán capturados por el lazo de las sugestiones diabólicas, ni resbalarán en la plaza de la vanidad mundana,
Del lazo habla Job: “Su pie será atrapado por el lazo, y la sed se ensañará contra él” (18, g). El pie del inicuo está atrapado en el lazo de las malas sugestiones, y así se ensaña contra él la sed de la codicia.
Del deslizamiento habla Jeremías: “Hicieron resbalosos nuestros vestigios, o huellas, en el camino hacia nuestras plazas” (Lm 4, 18). Plaza viene del griego platos, anchura. “Los vestigios” derivan de investigar, porque permiten descubrir el recorrido de quien pasó; y simbolizan las obras, por las que uno es conocido. En la barrosa anchura del placer mundano resbalan las obras de los pecadores, para que caigan de pecado en pecado y después se precipiten en el infierno.
Dice el Salmo: “Sus caminos se vuelvan oscuros y resbalosos; y el ángel del Señor”, o sea, el ángel malo (o sea, el que se ha vuelto) malo, “los persiga” (34, 6), hasta que los precipite en el abismo del infierno.
En cambio, los pasos del justo no vacilan, porque en su corazón se halla la ley del amor; y el que le es fiel, “hallará la felicidad en observarla”. En efecto, el amor de Dios infunde la gracia en la vida presente y la bienaventuranza de la gloria en la vida futura.
A esa gloria nos conduzca aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!
10.‑ “Sus discípulos dicen a Jesús: “Ahora conocemos que lo sabes todo, y no necesitas que nadie te interrogue. En esto creernos que saliste de Dios” (Jn 16, 29‑30).
Con toda razón dijeron los discípulos: “Ahora conocemos que lo sabes todo”. Y sobre esto tenemos el testimonio del Apóstol: “La palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que toda espada de dos filos. Ella penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y las médulas, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay criatura alguna que pueda esconderse frente a El, sino que todo está desnudo y abierto a sus ojos” (Hb 4, 12‑13).
La palabra, o sea, el Hijo de Dios, por medio del cual hemos conocido su voluntad, es viva, o sea, confiere la vida; es eficaz, o sea, capaz de efectividad y puede con facilidad llevar a cabo lo que quiere. La palabra de Dios es eficaz, porque el Hijo de Dios “hizo todo lo que quiso” (Salm 113b, 3). Obra lo que quiere y donde quiere y cuando quiere.
Dice Job: “El manda al sol, y éste no sale; y a las estrellas les pone su sello. El solo desplegó los cielos, y camina sobre las olas del mar. El crea las constelaciones de Arturo (Osa Mayor), y de Orión, las Pléyades y los penetrales del Austro. El hace cosas grandiosas e inconcebibles maravillas sin número” (9, 7‑10). El que obra tales portentos, de veras sabe todo. El Hijo de Dios de veras lo puede hacer todo: El es vida potencia.
“El manda al sol, y éste no sale”. En el sol está simbolizada la iluminación de la gracia, que surge cuando se infunde en la mente, y no surge cuando no se concede. Por eso dice el Señor: “Yo tendré misericordia de quien quiero tener misericordia, y seré clemente hacia quien busque complacerme” (Ex 33, 19). Y de nuevo: “Yo endureceré el corazón del faraón” (Ex 4, 21). Se dice que el Señor endurece el corazón, cuando quita la gracia o no la concede. Dice el Señor en Oseas: “ No visitaré a sus hijas, cuando se prostituyan” (4, 14). Para un alma pecadora no puede haber peor mal que cuando el Señor abandona al pecador a la perversidad de su corazón y no lo corrige con el azote del castigo paternal.
“A las estrellas les pone su sello”. El sello es un signo que se graba en alguna cosa, para que quede escondida hasta que no se rompa el sello. “Las estrellas son los santos, que Cristo pone bajo el sello de su providencia, para que no se manifiesten cuando quieren, sino que estén siempre dispuestos para el tiempo establecido por Dios, para que, cuando oigan con el oído del corazón la voz del mandante, salgan del secreto de la contemplación para las obras que fueren necesarias” (Gregorio).
“El solo despliega los cielos”. Los cielos son los santos predicadores, que llueven con las palabras, relampaguean con los ejemplos de su vida santa y truenan con las amenazas del castigo eterno. El Señor extendió estos cielos, para que por todas partes irradien la luz, cubran a los pecadores y se preocupen de no enfrascarse en los negocios temporales.
“Y camina sobre las olas del mar”. Las olas del mar son los soberbios de este mundo, sobre los cuales camina el Señor, cuando graba en sus corazones las huellas de su humillación. Dice la Sabiduría en el Eclesiástico: “Yo sola recorrí la vuelta del cielo, penetré en las profundidades del abismo y caminé sobre las olas del mar. Estuve en toda la tierra y extendí mi dominio sobre todos los pueblos y naciones; y con mi poder sojuzgué el corazón de todos los grandes” (24, 8‑11).
“La vuelta del cielo”, o sea, el corazón del justo yo lo rodeo, defiendo y protejo; y “las profundidades del abismo”, o sea, el corazón de los malos, para convertirlos a la penitencia; y “sobre las olas del mar”, o sea, sobre los que están oprimidos por las tentaciones. “Y estuve en toda la tierra”, porque Dios se detiene sobre los humildes, sobre los que dan frutos de buenas obras y sobre los que perseveran, mientras el diablo se detiene sobre la arena. “Y extendí mi dominio sobre todos los pueblos y naciones”, con los que está formada la iglesia (Glosa).
11.‑ “El crea las constelaciones de Arturo y Orión, y las Pléyades, y los penetrales del Austro”. Presta atención a cada una de estas cuatro palabras.
Arturo (Osa Mayor) es llamada por los latinos “septentrión”, porque está compuesta por siete estrellas; y es llamado también “carro” por la disposición de las estrellas a forma de “carro”. Cinco estrellas forman el carro y otras dos, que, parecen estar en el mismo lugar, son consideradas como bueyes.
Las cinco estrellas simbolizan los cinco sentidos del cuerpo; las dos estrellas, o' sea, la esperanza y el temor, deben arrastrar como dos bueyes. Aquí tienes una concordancia con el primer libro de los Reyes, donde se narra que “los filisteos tomaron a dos vacas, las ataron al carro y colocaron el arca ( de la alianza) sobre el carro nuevo” (1Rey 6, 10‑11).
El ¡carro se dice en latín pláustrum, con asonancia de pilar, a cuyo alrededor se gira, y simboliza nuestro cuerpo, que debe darse vuelta, o sea, trajinar en las obras de misericordia; era un “carro nuevo”, por haber reparado los pecados con la penitencia, porque debe llevar el arca de la obediencia. Y este carro deben remolcarlo dos vacas, o sea, la esperanza y el temor, hasta Betsamés, que se interpreta “casa del sol”, o sea, la morada de la vida eterna, en la cual habita el Sol de justicia.
“Orión” es llamada la estrella de la espada. Por esto los latinos la llaman iúgula, o espada para degollar. Esa estrella está dispuesta como una espada, y por su luz es la más impresionante y la más luminosa de entre las estrellas. Las estrellas de Orión justamente aparecen en el rigor del tiempo invernal, y su aparición trae lluvias y tempestades. Las estrellas de Orión simbolizan la contrición del corazón y la confesión de la boca que, al manifestarse, producen la lluvia de las lágrimas y las tempestades de la disciplina, del ayuno y de la abstinencia.
“Las Pléyades” son cinco estrellas, dispuestas como la letra griega Y. Las Pléyades simbolizan las cinco palabras que Pablo, escribiendo a los corintios, hubiera deseado pronunciar en la iglesia, con el sentido por él querido (1Cor 14, 19). Ellas son: la oración, la alabanza, el consejo, la exhortación y la confesión.
“Los penetrales del Austro”. El Austro es un viento cálido y simboliza al Espíritu Santo, del que la esposa del Cantar dice: “Levántate, Aquilón, y ven, Austro; y soplen en mi jardín, para que las flores exhalen sus aromas” (4, 16).
El Aquilón, así llamado como si “ligara las aguas”, es símbolo del diablo, que con el hielo de la malicia coagula las aguas de la contrición en el corazón del pecador, Al Aquilón se le dice: “¡Levántate!”, o sea, “¡Aléjate!”; y ¡Ven tú, oh Austro! “, o sea, Espíritu Santo, “y sopla en mi jardín”, o sea, en mi conciencia, “para que exhalen sus aromas”, o sea, las lágrimas, que en presencia del Señor huelen mejor que todos los aromas.
“Los penetrales del Austro” indican el secreto de la contemplación, el gozo de la mente y la suavidad de la dulzura interior. Todos ellos son como los íntimos secretos del Austro, o sea, del Espíritu Santo, con los cuales El habita y, habitando, espira con la suave brisa de su amor.
12.‑ “El hace cosas grandiosas e inconcebibles y maravillas sin número”. Cosas grandes hizo en la creación; cosas inconcebibles en la recreación y maravillas en la bienaventuranza eterna.
O también. “Hizo cosas grandes” en su encarnación; y por esto la bienaventurada María pregonaba: “Hizo en mí obras grandes el Todopoderoso y su nombre es santo” (Lc 1, 49); inconcebibles en su natividad, en la cual la Virgen dio a luz al mismo Hijo de Dios; y maravillosas en la obra de los milagros. ¡Sea, pues, bendito aquel que todo lo sabe y que para nosotros obré tales maravillas!. De El dijo el Apóstol: “La palabra de Dios es viva y eficaz”.
“Y más penetrante que una espada de dos filos”. Cristo hiere el alma con la contrición y el cuerpo con el sufrimiento, “y penetra hasta la división del alma”, o sea, de la animalidad (de la naturaleza), “y del espíritu”, o sea, de la razón.
Y considera que el alma es una entidad incorpórea, capaz de razón, ordenada a vivificar el cuerpo, Ella forma a los hombres como “animales” (naturales), que son sabios según la carne y apegados a los sentidos del cuerpo. Pero, cuando comienza a ser perfectamente razonable, el alma en seguida desecha de sí las características del género femenino y llega a ser “ánimo”, partícipe de la razón y preparado para regir el cuerpo. Mientras sea “ánima”, alma, muy pronto cae en lo carnal y se vuelve afeminada”; en cambio, el “ánimo”, o sea, el espíritu, sólo considera lo que es viril y espiritual; y así se establece la división del alma y del espíritu.
“Las coyunturas y las médulas”. Las coyunturas son las articulaciones, y la médula es la sustancia que impregna los huesos. En las coyunturas están indicadas las misteriosas concatenaciones de los pensamientos; y en la médula, la compunción de las lágrimas que riegan los huesos de las virtudes.
Cristo, en virtud de su divinidad, penetra hasta la división de las coyunturas y de las médulas, porque conoce perfectamente el principio, el desarrollo y la conclusión de los pensamientos, a qué cosa tiendan, en qué modo se relacionen uno con otro, y de qué manera y con cuáles procesos la compunción salga del corazón.
Dice Salomón en el Eclesiastés: “Como ignoras cuál sea el camino del espíritu y en qué modo se formen los huesos en el seno de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, autor de todas las cosas” (11, Salm). Sólo Dios sabe cuál es el camino del espíritu, o sea, la contrición, y de qué manera se forman los huesos en el vientre de la mujer encinta, o sea, las virtudes en la mente del penitente. Añade el Apóstol: “El penetra los pensamientos y las intenciones del corazón, y no hay criatura que pueda esconderse delante de El, porque, como dice también el Eclesiástico, “los ojos del Señor están en todo lugar” (23, 28). “Todo está desnudo y abierto a sus ojos. Delante de El, dice Job, está abierto también el infierno y el abismo no tiene cobertura” (26, 6).
Con pleno convencimiento dijeron, pues, los discípulos: “Ahora conocemos que lo sabes todo, y no es necesario que nadie te interrogue. Por esto creemos que saliste de Dios”.
El Hijo salió de Dios, para que tú salieras del mundo; vino a ti, para que tú fueras a El. ¿Qué significa salir del mundo e ir a Cristo, sino dominar los vicios y unir el alma a Dios con los vínculos del amor?
13.‑ De todo lo anterior podemos relevar una concordancia con la tercera parte de la epístola de la misa de hoy: “Si uno cree ser religioso pero no frena la lengua, engaña su corazón y su religión es vana. La religión pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre, es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus necesidades, y conservarse puros de este mundo” (Sant 1, 26‑27).
La religión se llama así, porque por medio de ella “religarnos” nuestras almas al único Dios, para tributarle el culto divino. La religión es la virtud que presta culto y veneración de naturaleza superior, que llaman divina (Agustín).
Escuche, pues, el religioso, hinchado de presunción, desenfrenado de lengua y desechado del reino de Dios: “Si uno cree ser religioso La lengua es llamada así de “ligar”; y si alguno no la tiene ligada con el silencio, demuestra que no tiene religión. El comienzo de la religión es frenar la lengua.
Dice a este respecto Salomón: “¿Quién pondrá en mi boca un candado y en mis labios un sello seguro, para que no cometa pecado por su causa ni mi lengua me lleve a la ruina?” (Ecli 22, 33), o sea, para que no diga el bien de manera errada y para que sepa tanto callar como hablar a su debido tiempo. A propósito dice “sello”. Lo que se pone bajo sello, se encierra para sustraerlo a los enemigos, no a los amigos.
Escuchen los religiosos de nuestro tiempo, que cargan el edificio de su religión con gran variedad de instituciones con diversos catálogos de preceptos. Ellos, como los fariseos, se glorían de la apariencia de una pureza exterior.
Al primer hombre, elevado a tan excelso grado de dignidad, Dios le dio un solo y breve mandato: “No comas del árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gen 2, 17); ¡y el hombre no observó ni aquel pequeño precepto!
En cambio, a los hombres de nuestro tiempo, reducidos a la miseria de una tan grande infelicidad y puestos ya al borde de este siglo o más bien, para hablar con franqueza, entre los desechos del mundo, se les imponen muchos y nuevos mandatos y abundantes normas organizativas. ¿Crees tú que las observarán? ¡Todo lo contrario! Así sólo habrá transgresores.
Escuchen ellos lo que dice el Señor en el Apocalipsis: “No les impondré otras cargas; pero lo que tienen, guárdenlo” (2, 24‑25), o sea, el evangelio. Comenta la Glosa. “Escuchen ellos qué cosa es la verdadera religión. Dice Santiago: “La religión pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre, es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas”.
Observa que “la verdadera religión” consiste en dos cosas: en la misericordia y en la inocencia. Ordenando visitar a los huérfanos y a las viudas, sugiere todo lo que debemos hacer para el bien del prójimo; y ordenando que nos preservemos sin mancha en este mundo, nos muestra todo aquello en lo cual debemos ser castos.
Roguemos, pues, hermanos queridísimos, para que nuestro Señor Jesucristo nos infunda su gracia, con la cual podamos tender y llegar a la plenitud del verdadero gozo; y para que ruegue por nosotros al Padre, para que nos conceda la verdadera religión; y así podremos llegar al reino de la vida eterna.
Nos lo conceda aquel Jesús que es digno de alabanza, principio y fin, admirable e inefable por los siglos eternos.
Y toda religión pura y sin mancha responda.‑ “¡Amén! ¡Aleluya!”.
1.‑ “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, El dará testimonio acerca de mí” (Jn 15, 26).
Dice el Señor por boca de Isaías: “Los muertos vivirán, los cadáveres resucitarán. ¡Despiértense y canten, oh moradores del polvo, porque tu rocío es un rocío de luz!” (26, 19).
Se dice rocío, porque es ralo, y no denso como la lluvia. Se dice, además, que el rocío moje más intensamente los campos, cuando la noche es más serena y la luna brilla más límpida, y que el rocío, en el breve período de una noche, restituya a la tierra la humedad que el calor del sol le había sustraído durante el día.
El rocío simboliza al Paráclito, el Espíritu de verdad, porque, descendiendo suavemente en la mente del pecador, enfría el ardor del sol, o sea, la concupiscencia de la carne. Dice el Eclesiástico: “El rocío, que sale al encuentro del que viene del calor, lo hace humilde” (o sea, lo refresca) (43, 24). Para el pecador, que viene del ardor de los vicios, la gracia del Espíritu Santo sale a su encuentro y como rocío refresca su ardor; y mientras le hace conocer en cuántos y en qué grandes vicios esté empantanada su alma, lo humilla hasta el llanto, para que se arrepienta de lo que cometió.
Dice Jeremías: “Después que tú me iluminaste, yo golpee mi fémur” (3 1, 1 g). Después que la gracia del Espíritu Santo hizo conocer al pecador el cúmulo de sus iniquidades, él golpea con los flagelos de la penitencia su fémur, o sea, su cuerpo.
Y observa que con toda razón el Espíritu Santo es llamado “rocío de luz”: es rocío, porque refresca; y es “rocío de luz”, porque ilumina. Al llegar el rocío de luz, los muertos por el pecado viven la vida de la gracia, y los matados por la espada de la culpa resucitan en la primera resurrección, que es la penitencia.
“Despiértense”, pues, ustedes que están sumergidos en el sueño del pecado, “y alaben a Dios” con la confesión de sus crímenes, “ustedes que yacen en el polvo” de la vanidad terrenal, porque el Espíritu Santo es “rocío de luz”, padre de los penitentes y consolador de los que gimen. De Él el Hijo de Dios habla en el evangelio de hoy: “Cuando venga el Paráclito ......
2.‑ En este pasaje evangélico se destacan dos anuncios: Primero: el envío del Espíritu, donde dice: “Cuando venga el Paráclito...”; segundo: la persecución de los discípulos de Cristo, cuando añade: “Les dije estas cosas, para que no se escandalicen”.
En este domingo se canta el introito: “Escucha, Señor, mi voz, con la que te llamo” (Salm 26,7); y se lee la epístola del bienaventurado Pedro: “Sean prudentes”, que vamos a dividir en dos partes y hacerlas concordar con las dos partes del evangelio. La primera parte: “Sean prudentes”; y la segunda: “Sean mutuamente hospitalarios, sin murmuración”.
3.‑ “Cuando venga el Paráclito”. Ante todo, se debe destacar que en este evangelio se proclama expresamente la fe en la santa Trinidad. Por el Padre y por el Hijo es enviado el Espíritu Santo. Estas tres divinas Personas son una sola sustancia e inseparables en la igualdad: unidad en la esencia y pluralidad en las Personas.
El Señor revela expresamente la Unidad de la divina esencia y la Trinidad de las Personas, cuando dice: “Vayan y bauticen a todas las gentes, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Dice justamente “en el nombre”, y no “en los nombres”, para indicar la unidad de la sustancia. Por los tres nombres que añade, indica que son “tres Personas”.
En la Trinidad se halla el principio supremo de todas las cosas, la belleza perfectísima y la dichosísima bienaventuranza. Por “principio supremo”, corno demuestra Agustín en su obra La Verdadera Religión, se entiende a Dios Padre, del cual vienen todas las cosas y del cual proceden el Hijo y el Espíritu Santo. Por “belleza perfectísima” se entiende al Hijo, o sea, la verdad del Padre y para nada diverso de El. Esa belleza la adoramos en el Hijo y en el mismo Padre, y es forma de todas las cosas, creadas por un solo Dios y a un solo Dios ordenadas. Por “dichosísima bienaventuranza” y por “suma bondad” se entiende al Espíritu Santo, que es don del Padre y del Hijo; don de Dios que nosotros debemos adorar y creer igualmente inmutable junto con el Padre y el Hijo.
En relación a las cosas creadas, entendemos a la Trinidad en una sola sustancia, o sea, un solo Dios Padre, del cual provenimos; un único Hijo, por el cual existimos; y un solo Espíritu Santo, en el cual vivimos. En breve, la Trinidad es el principio, al cual recurrimos; el modelo, que debemos seguir; y la gracia, que nos reconcilia.
Y para que nuestra mente se eleve a la contemplación del Creador y crea sin sombra de dudas la Unidad en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad, vamos a considerar qué huellas de la Trinidad se manifiesten en la misma mente.
Dice Agustín en la obra La Trinidad: “Aunque la mente humana no sea de la misma naturaleza de Dios, sin embargo, debemos buscar y hallar su imagen ‑de la cual no existe nada mejor‑ en lo que de mejor existe en nuestra naturaleza, o sea, en la mente”.
“La mente se acuerda de sí misma, se comprende a sí misma y se ama a sí misma. Si reconocemos esto, reconocemos a la trinidad: no por cierto a Dios, sino a la imagen de Dios. Allí aparece una cierta trinidad: memoria, inteligencia, amor o voluntad, Estas tres facultades no son tres vidas, sino una sola vida; ni tres mentes, sino una sola mente; ni tres sustancias, sino una sola sustancia”.
“La memoria dice relación a alguna cosa; la inteligencia y la voluntad o amor indican relación a alguna cosa; en cambio, la vida tiene relación a sí misma, y es alma y sustancia. Estas tres facultades son una sola cosa, en cuanto son una sola vida, una sola alma y una sola sustancia”.
Estas tres facultades, aunque sean distintas una de otra, no son sino una sola realidad, porque existen sustancialmente en el alma. Y la misma mente es como la madre, y su conocimiento es como su prole. En efecto, la mente, al conocerse a sí misma, engendra el conocimiento de sí y es ella sola la madre de su conocimiento. Tercero viene el amor, que procede de la misma mente y de su conocimiento, cuando la mente, al conocerse a sí misma, se ama. No podría amarse a sí misma, si no se conociera a sí misma. Y ama también a la querida prole, o sea, el conocimiento de sí; y así el amor es una especie de vínculo entre la madre y la prole. He ahí, pues, que en las tres palabras ‑memoria, inteligencia y amor‑ aparece alguna huella de la Trinidad.
4.‑ “Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré del Padre, el Espíritu de verdad Presta atención a estas tres palabras: Paráclito, Espíritu y verdad. En la miseria de este destierro hay tres males: la opresión que atormenta, el pecado que da la muerte y la vanidad que engaña.
Acerca de la opresión que atormenta se habla en el Éxodo: “El faraón impuso sobre los hijos de Israel a inspectores de obras que los oprimieran con sus cargas; y as! construyeron para el faraón las ciudades de almacenaje: Pitón y Ramsés (1, 11).
Así el diablo, sobre los que son cristianos sólo de nombre, impone a inspectores de obras, o sea, a otros demonios, con cargo de fomentar los vicios, para que los atormenten con la carga de los pecados. Entonces ellos gimen y se lamentan con palabras de Jeremías: “Con el yugo al cuello andamos acosados; estamos agotados, pero no nos dan respiro; tendimos nuestra mano a Egipto y a Asiría, para ser saciados de pan” (Lm 5, 5‑6).
Los babilonios, o sea, los demonios, imponen graves cargas sobre el cuello del hombre al que llevan en esclavitud, y como a un buey o a un asno, con amenazas y con una cuerda atada al cuello lo arrastran; y no dan descanso al agotado, sino que lo hacen precipitar de pecado en pecado.
¡Ay de mí! ¡Cuánta locura cansarse por el camino y no querer detenerse! Ellos dicen: “Hemos tendido la mano a Egipto y a Asiria, o sea, nos hemos hecho siervos del mundo y del demonio, para ser saciados de pan, o sea, de los placeres de la carne”. Estos cristianos construyen las ciudades de almacenaje para el faraón, o sea, para el diablo: Pitom y Ramsés.
Pitom se interpreta “boca del abismo” y Ramsés, “daño de la tiña”. Pitom simboliza la lujuria, que es la boca del abismo, que jamás dice: “¡Basta!”, porque está privada de la luz de la gracia y no tiene caudal que la aplaque. “El placer, dice Jerónimo, siempre tiene hambre de sí mismo”.
De ese abismo habla el Salmo: “El abismo llama al abismo”(41, 8), o sea, la lujuria llama a la lujuria, como la rana llama a la rana.
La rana tiene un reclamo particular, que suena cuax y lo hace sólo en el agua. Es sobre todo el macho que al tiempo del apareamiento llama a la hembra con este señuelo bien conocido. Y la rana aumenta su voz, cuando pone la mandíbula inferior a nivel del agua y abre de par en par la mandíbula superior. Y por el esfuerzo de dilatar las dos mandíbulas sus ojos brillan como candelas. Análogo es el comportamiento de las arañas, cuando quieren aparearse. La hembra atrae al macho a través de los hilos de la telaraña, y el macho hace otro tanto con la hembra. Y no cesa la atracción recíproca, hasta que no se acoplen (Aristóteles).
Los lujuriosos son como las ranas. En el agua del placer carnal, se excitan mutuamente a la lujuria con señales y señuelos; sus ojos están repletos de adulterios, inflamados de libido; y como las arañas, a través de ciertos hilos de palabras y de promesas, se atraen y se aparean en el abismo de su perdición.
Ramsés simboliza la avaricia que corroe la mente, como la tiña (polilla) corroe la indumentaria. La tiña (del latín tíneo, roer) se llama así, porque roe y tanto penetra en la ropa hasta corroerla. Así la avaricia corroe la mente del avaro, para que multiplique sus bienes; pero el infeliz más los multiplica y más hambre tiene. Dice el bienaventurado Bernardo: “El corazón del hombre no se sacia con el oro, no diversamente de como el cuerpo del hombre no se sacia de aire”. Y el Filósofo: “¿Qué cosa mala puedes augurar al avaro, sino que viva largamente?”. Y de nuevo: “El avaro nada bueno puede hacer sino morir” (Publio Siro).
Estas son las ciudades del diablo: la lujuria y la avaricia. ¿Y puede haber angustia más grave que la de ser encarcelados en el abismo e invadidos por la tiña?
5.‑ Acerca del pecado que da la muerte habla el Génesis: “Raquel murió y fue sepultada en el camino que lleva a Éfrata” (35, 19).
Éfrata se interpreta “fértil”, y simboliza la abundancia de los bienes temporales, que ahogan a la pobre alma y que, una vez sepultada, la aplastan con la mole de las malas costumbres. En efecto, “el rico vestido de púrpura, que en este mundo vivió sepultado en los placeres, en el más allá fue sepultado en los tormentos del infierno” (Lc 16, 19‑22).
Se lee en el segundo libro de las Crónicas: “Pusieron a Asa en un lecho (ataúd), lleno de aromas y de ungüentos de meretriz, preparados por expertos perfumistas, y en su honor se quemaron perfumes en gran cantidad” (16, 14).
Asa se interpreta “el que se encarama”, y simboliza al rico soberbio de este mundo, del cual dice el Profeta: “Vi al impío triunfante, y erguido como el cedro del Líbano” (36, 35). Su lecho es el cuerpo, en el que yace privado de fuerzas, como un paralítico. Ese lecho está lleno de aromas y ungüentos de meretriz, o sea, de honores, riquezas y placeres, preparados por expertos perfumistas, o sea, los demonios. Pero en el más allá la pobre alma, junto con su desventurado cuerpo, será quemada en el fuego inextinguible de la gehena, en una gran llama.
“Todo hombre sirve primero el buen vino y después el de inferior calidad” (Jn 2, 10). Ya que bebiste del cáliz de oro de Babilonia, ahora beberás hasta las heces del pozo de la condenación eterna.
6.‑ Acerca de la vanidad engañosa se lee en el tercer libro de los Reyes: “Un viejo profeta engañó a un hombre de Dios y lo apremió a entrar con él en su casa, donde comió el pan y bebió el agua. Después de haber comido y bebido, preparó el asno y se marché. En el camino lo asaltó un león que lo mató. Su cuerpo estaba tirado en el camino. El asno estaba junto al cadáver y también el león quedó junto al cadáver; pero el león ni dañó al asno, ni comió del cadáver” (13, 11‑30).
El viejo profeta simboliza la vanidad del mundo, que siempre profetiza cosas falsas. Jeremías lo afirma: “Tus profetas hacen por ti profecías falsas y necias” (Lm 2, 14).
Nuestros profetas son la vanidad del mundo y los placeres de la carne que, si nos ven despreciar al mundo y afligir la carne, en seguida nos predicen miseria y enfermedades. Dicen: “Si das tus cosas, ¿de qué vivirás? Si mortificas tu cuerpo, caerás en enfermedades”. ¡Ay de mí! ¡A cuánta gente engañaron estos profetas! Estos son los profetas, que hablan en su nombre, no en nombre de Dios.
Con toda razón se dice que “el viejo profeta engañó al hombre de Dios.
Por cierto, la vanidad del mundo es como “un viejo profeta”. Desde el principio del mundo hasta las heces de nuestro tiempo permaneció en el engaño y seguirá permaneciendo.
“En su casa el hombre de Dios engañado comió el pan y bebió el agua”. El pan simboliza la grandeza de la gloria mundana, de la cual habla Salomón: “Sabroso es al hombre el pan de la mentira; pero después su boca se llenará de piedras” (Prov 20, 17).
El pan de la mentira es la gloria del mundo, que se imagina ser algo, cuando es nada. Dice Agustín: “Todo lo que tiene un término, hay que considerarlo como pasado”. Esta gloria es muy agradable al hombre; pero llena su boca de piedras, de piedras ardientes, o sea, de la pena eterna, que no puede ser ni tragada ni vomitada.
“Y bebió el agua”. El agua simboliza la lujuria o la avaricia; y “quien la bebe, tendrá todavía sed” (Jn 4, 13). El que come ese pan y bebe esa agua, será matado por el león, o sea, por el diablo.
Y observa que “el león no hizo daño al asno, ni comió el cadáver”, porque el diablo no se preocupa del dinero ni del cuerpo, sino que su intento es sólo matar al alma. Dijo el rey de Sodoma a Abraham: “Dame las almas; lo otro guárdatelo” (Gen 14, 21). Cristo compró las almas, exponiendo a la muerte su alma; y por ende el diablo hace todo esfuerzo para engañar a tan excelso Comprador, cuando quiere matar nuestras almas.
7.‑ Contra los tres males susodichos: la opresión, el pecado y la vanidad, el Señor envió al Espíritu Santo, Paráclito de la verdad: Paráclito contra la opresión, Espíritu contra el pecado y verdad contra la vanidad.
El Paráclito nos consuela en la opresión de las tribulaciones. Dice Isaías: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; si pasas por los ríos, no te anegarán. Si caminas por el fuego, no te quemarás, ni la llama te abrasará” (43, 2).
Presta atención a estas cuatro palabras: aguas, ríos, fuego y llama. Las aguas simbolizan la gula y la lujuria; los ríos, la prosperidad mundana; el fuego, la opresión de las adversidades; y la llama, la malicia de la persecución diabólica.
“Cuando pases por las aguas La mente, que el Espíritu Santo hizo fuerte con el fuego de la caridad, no puede ser arrollada ni por las aguas de la gula y de la lujuria, ni sumergida por los ríos de la prosperidad mundana. Dice Salomón en el Cantar: “Las muchas aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos ahogarlo, porque sus brasas son brasas de fuego y de llamas” (8, 7 y 6). La mente que el Espíritu Santo inflama no puede ser consumida ni por el fuego de la adversidad ni por la llama de la persecución diabólica. “El mismo Espíritu, como se lee en Daniel, alejó del horno la llama de fuego y en medio del horno sopló como una frescura de brisa y de rocío” (Dan 3, 49‑50).
Asimismo, Cristo envió al Espíritu contra el pecado, para dar vida al alma. Dice el Génesis: “Sopló en su rostro el aliento de la vida, y el hombre llegó a ser alma viviente” (Gen 2, 7). El soplo de la vida es la gracia del Espíritu Santo; y cuando Dios la infunde en el rostro del alma, sin duda alguna, el alma resucita de la muerte a la vida. Y este Espíritu es llamado Espíritu de verdad contra la vanidad del mundo, que la misma verdad desecha. Dice Joel: “Hijas de Sión, alégrense y gócense en el Señor su Dios, porque les dio al maestro de la justicia, y hará descender sobre ustedes la lluvia de la mañana y de la tarde. Y sus eras se llenarán de trigo; y los lagares rebosarán de vino y de aceite” (2, 23‑24).
¡Bendito sea el Señor Dios nuestro, Hijo de Dios, en el que nosotros, hijos de Sión, o sea, de la iglesia militante y triunfante, debemos exultar con el corazón y alegrarnos con las obras, porque nos dio al maestro de justicia, el Espíritu de la gracia, que nos enseña a mostrar a cada uno su justicia!. Al darnos a ese Espíritu, El hizo descender sobre nosotros la lluvia de la mañana, o sea, la compunción por los pecados propios, y la lluvia de la tarde, o sea, el dolor por los pecados ajenos. Por otra parte, el que Hora piadosamente por los pecados ajenos, lava perfectamente también los propios. En la venida de este Maestro de justicia las eras, o sea, las mentes de los rieles, se llenaron del trigo de la fe, y los lagares, o sea, sus corazones, rebosaron del vino de la compunción y del aceite de la piedad.
Con razón se dice: “Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, El dará testimonio de mí. Y ustedes también darán testimonio de mí, porque estuvieron conmigo desde el principio.
En el corazón de los fieles el Espíritu de verdad da testimonio de la encarnación de Cristo, de su pasión y de su resurrección. Y también nosotros debemos dar testimonio a todos los hombres, que Cristo se encarnó de veras, de veras padeció y de veras resucitó.
8.‑ Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “Sean prudentes y velen en oración. Sobre todo, conserven entre ustedes la caridad, porque la caridad cubre una multitud de pecados” (1 Pe 4, 7‑8). Observa que el bienaventurado Pedro nos exhorta a la práctica de tres virtudes: la prudencia, la vigilancia y la constancia en la oración.
Acerca de la prudencia dice Salomón en los Proverbios. “¡Bienaventurado el hombre que abunda en prudencia! Su posesión vale más que la ganancia de la plata y del oro” (3, 13‑14). En cambio, el que es negligente e imprudente, está expuesto a muchos peligros.
Acerca de la vigilancia se lee en el Génesis que “Jacob atravesó el vado de Jaboc. Transportó a la otra orilla todas sus pertenencias y después quedó solo. Y he ahí a un hombre que luchó con él hasta la mañana; y después le dijo. “Déjame, porque ya está rayando la aurora” (32, 22~24).
Jacob se interpreta “suplantador”; Jacob, “torrente de polvo”, y es símbolo de los placeres temporales que pasan como un torrente, son estériles y ciegan los ojos como el polvo. El penitente debe cruzar este torrente con todos los bienes que el Señor le dio, y debe quedar solo. Permanece solo el que nada se atribuye a sí mismo sino todo al Señor; somete su voluntad a la voluntad de los demás; olvida las injurias recibidas y acepta ser despreciado.
Y si de este modo permanece solo, podrá luchar valerosamente, con el Señor alcanzar de El lo que quiere; y merecerá escuchar: “Déjame, y porque ya está rayando la aurora”. La aurora marca el fin de la noche y el comienzo del día. Ella simboliza la muerte del justo, el fin de la miseria de esta vida y la llegada de la bienaventuranza, en la que el Señor dirá al justo: “Déjame, porque ya está rayando la aurora”. Como si dijera: “Ya no es necesario que luches, termina por ti la miseria y comienza la gloria”.
Acerca del alma del justo dice el Cantar: “¿Quién es ésta que se levanta como la aurora, hermosa como la luna, fulgente como el sol?” (6, 9).! La luna es llamada así, porque es lúminum una, una de las luces. El alma del justo, cuando sale de esta miserable morada, entra en la bienaventuranza', en la que es hermosa como la luna, porque se incorpora a la luz de las almas santas, como una de ellas. Y es fulgente como el sol, porque se ilumina con el esplendor de toda la Trinidad.
9.‑ Acerca de la constancia en la oración se habla en el introito de la misa de hoy: “Escucha, Señor, mi voz, con la que te grito. Te dijo mi corazón: “Yo busqué tu rostro. Buscaré tu rostro, Señor; no me escondas tu rostro” (Salm 26,7‑9).
Observa que hay tres especies de oración: mental, vocal y manual. De la primera dice el Eclesiástico: “La oración del que se humilla, penetra ¡:Os cielos” (35, 2 1). De la segunda habla el Salmo: “ ¡Que mi oración entre en o presencia!” (87, 3). De la tercera habla el Apóstol: “oren sin interrupción” (1Tes 5, 17). Jamás deja de orar el que jamás deja de hacer el bien.
Dice, pues, el introito: “Escucha, Señor, mi voz”, la voz del corazón, de la boca y de las obras, “con la que te grité. Te dijo mi corazón: “Busqué tu rostro”.
El rostro del Señor es aquella imagen, según la cual fuimos creados “a su imagen y semejanza”, y que perdimos cuando caímos en el pecado mortal.
Sobre el rostro del Señor hemos dibujado el rostro del diablo contra la prohibición del Eclesiástico: “No asumas un rostro contra tu rostro” (4, 26). Cada vez que cometes un pecado mortal, sobrepones la cara del diablo al rostro de Dios. Dice el Salmo: “¿Hasta cuándo juzgarán injustamente y asumirán la cara de los pecadores?” (81, 1).
Para volver a hallar el rostro del Señor, que perdimos, encendamos la lámpara y escudriñemos con diligencia todos los resquicios de la casa, hasta hallarlo. Esto significa que debemos machacarnos por nuestros pecados, inspeccionar todos los ángulos de la conciencia en la confesión y perseverar en las obras de penitencia. Y así podremos volver a hallar el rostro perdido del Señor y con júbilo cantaremos: “Resplandece sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro” (Salm 4, 7).
Y como el rostro del Señor se recompone y se conserva hasta el fin con la caridad, por esto añade Pedro: “Ante todo, conserven siempre entre ustedes una gran caridad” (1 Pe 4, 8). Como Dios es el principio de todas las cosas, así la caridad, virtud fundamental, debe ser apreciada por encima de las otras; y si ella fuera recíproca y constante, cubrirá todo el cúmulo de los pecados.
La caridad debe ser recíproca, o sea, de uno hacia otro y hecha en común; y a la vez debe ser continua, o sea, no debe faltar ni en las cosas adversas ni en las cosas prósperas, sino que ha de ser incesante y perseverar hasta el fin.
O también: la caridad es el Paráclito, el Espíritu de verdad, que cubre la multitud de los pecados, como el aceite cubre todo líquido.
Sin embargo, presta atención. Si el aceite fuera soplado fuera, aparecería lo que antes estaba escondido. Así sucede con la gracia de Dios, que a través de la penitencia cubre la multitud de los pecados. Si la gracia fuera alejada del alma a través de la recaída en el pecado mortal, lo que antes estaba perdonado, vuelve, porque, “quien peca contra el primero de los preceptos, el precepto de la caridad, se hace culpable de todos los otros” (Glosa).
Y, por ende, si volvieras a cometer un pecado mortal y acudieras a un nuevo confesor, será necesario que confieses todos los pecados (Como ya acotamos anteriormente, ésta es una opinión personal de Antonio, no es praxis de la iglesia).
El Espíritu Santo, que es el amor del Padre y del Hijo, se digne cubrir con su caridad la multitud de nuestros pecados. A El sean honor y gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
10.‑ “Les dije estas cosas, para que no se escandalicen. Los expulsarán de las sinagogas; más aún, llegará el momento en que cualquiera que los mate, piense que rinde culto a Dios. Y harán esto, porque no conocen ni al Padre ni a mi. Les dije esto, para que, cuando llegue la hora, se acuerden de que ya se lo había dicho” (Jn 16, 1‑4).
Y porque “los dardos que se prevén, hieren menos” (Gregorio), por esto el Señor previno a sus soldados, para que, contraponiendo a los dardos de la persecución el escudo de la paciencia, no se escandalicen, cuando llegue el momento de la prueba.
“Les dije esto, para que no se escandalicen”. Yo, Palabra del Padre, del que deben tomar ejemplo de paciencia, les hablo para que no se escandalicen. El que se escandaliza en la tribulación, con el escándalo de su impaciencia, se separa de los discípulos de Cristo.
“Los expulsarán de las sinagogas”. Dice Juan: “Los judíos ya habían tramado que, si alguien reconociera a Cristo, fuera echado de la sinagoga” (9, 22).
Cristo dice: “Yo soy la verdad” (Jn 14, 6). El que predica la verdad, anuncia a Cristo. En cambio, el que en la predicación la calla, niega a Cristo.
“La verdad engendra el odio” (Terencio); y por eso algunos, para no incurrir en el odio de algunas personas, se cubren la boca con el velo del silencio. Si predicaran la verdad, como están las cosas y como la misma verdad lo exige y como la Sagrada Escritura expresamente lo manda, incurrirían ‑si no me engaño‑ en el odio de los hombres carnales y quizás serían echados de la sinagoga; pero, como se comportan como los demás hombres, temen el escándalo de los hombres, mientras de ninguna manera está permitido abandonar la verdad por temor del escándalo. En efecto, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Sabes que los fariseos, al escuchar tus palabras, se escandalizaron? Pero El les respondió así: “Toda planta, que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada. Déjenlos: son ciegos y guías de ciegos” (Mt 15, 12‑14).
Oh predicadores ciegos, que temen el escándalo de los ciegos, ustedes contraen la ceguera del alma. Ellos los tratan como la vaca salvaje trata al cazador. Se cuenta en la Historia Natural que “la vaca salvaje lanza de lejos su bosta contra el cazador que la persigue, y lo embadurna todo; y mientras el cazador se detiene y se atrasa, ella puede escapar” (Aristóteles).
Seguramente, también hoy, se comportan de la misma manera algunos prelados. “vacas gordas en las montañas de Samaría” (Am 4, 1), “vacas lustrosas y demasiado gordas, que pastan en los bañados” (Gen 41, 2), que al cazador, o sea, al predicador, lanzan la bosta de los bienes temporales, para evitar sus amonestaciones.
Se lee en el Eclesiástico: “El perezoso será lapidado con ladrillos de barro” (22, 1). Y por esto dice el Señor por boca de Isaías: “Suscitaré contra ellos a los medos”, o sea, a los predicadores, “que no busquen la plata ni quieran el oro, para que con las flechas de la santa predicación maten a los niños”, o sea, a los amadores del mundo” (13, 17‑18).
11 Con esta segunda parte del evangelio de hoy concuerda la segunda parte de la epístola: “Sean hospitalarios mutuamente sin murmuración. Cada uno, según el don recibido, lo metan a disposición de los demás, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguno tiene el don de hablar, use las palabras de Dios; si alguno tiene un oficio, adminístrelo conforme al poder que Dios da” (1 Pe 4, 9‑11).
El huésped es el que recibe y el que es recibido. Es llamado en latín hospes, o porque pone un pie en la puerta (ínfert hostio pédem), o porque tiene la puerta abierta (óstium patens).
Son hospitalarios aquellos predicadores que sienten el deber de abrir a los pecadores la puerta de la predicación; y hacen esto sin murmuración, o sea, sin escándalo. No puede haber murmuración sin escándalo.
Y con toda razón los predicadores son llamados hospitalarios (anfitriones), porque, como buenos administradores, deben poner a disposición de los demás la gracia de la multiforme predicación, que recibieron. Como son muchas las formas en que se cometen los pecados, así la predicación debe asumir diferentes formas, para que las almas, deformadas por las varias formas de vicios, sean reformadas con la forma de la predicación.
Así habla Pedro a los prelados predicadores: “Apacienten la grey de Dios que está entre ustedes, proveyendo no por fuerza, sino voluntariamente, a la manera de Dios; no por vil ganancia, sino de buen ánimo; tampoco despotricando sobre los que están a su cargo, sino tratando de ser modelos del rebaño” (1 Pe 5, 2‑3).
Y añade: “Si uno habla, use las palabras de Dios” (1 Pe 4, 11). Usa las palabras de Dios “el que atribuye a Dios, y no a sí mismo, la capacidad de hablar. El que usa las palabras de Dios, cuide de no enseñar más que la voluntad de Dios, la doctrina de las Sagradas Escrituras y lo que es útil a los hermanos; y cuide bien de no callar lo que debería enseñar” (Glosa).
“Y el que ejerce un oficio”, tanto con la palabra como con cualquier otro encargo de caridad; “lo haga no con su fuerza”, sino con la fuerza recibida de Dios, para que en todos nuestros actos “sea glorificado Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor”.
Hermanos queridísimos, supliquemos humildemente a Jesucristo, que nos infunda al Paráclito, el Espíritu de verdad, y nos conceda la paciencia, para no escandalizarnos en el momento de la tribulación. A El sean la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Si uno de ustedes tiene un amigo, quien va a él a medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío vino a mí de via e, y no tengo nada con qué convidarlo”. Y el otro desde adentro le responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme y dártelos”. Les digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, se levantará por su insistencia”.
“Pues bien, yo les digo: “Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá, porque el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Entre ustedes hay algún padre que, si el hijo le pide pan, le dará una piedra; o si le pide pescado, le dará una serpiente; o si le pide un huevo, te dará un escorpión? Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Lc 11, 5‑13).
En este evangelio se destacan tres argumentos: la petición del pan, la insistencia en la oración y el amor del padre hacia el hijo.
2.‑ “Si uno de ustedes tiene un amigo En este evangelio merecen nuestra reflexión seis cosas: el amigo, la noche, los tres panes, el amigo del viaje, la puerta, los niños.
El amigo ‑en latín, amicus, que suena como ánimí custos, custodio del alma‑ es Jesucristo, que, si El no custodiara el alma, en vano vigilarla el que la custodia (Salm 126, 1).
Se lee en el Eclesiástico: “Un amigo fiel es un protector poderoso; quien lo halla, halla un tesoro. Nada es comparable a un amigo fiel; y no hay valores de oro y de plata que puedan contraponerse a su bondad y a su fidelidad”. Y todavía: “ No abandones al viejo amigo, porque el nuevo no es igual a él” (6, 14‑ 15; y 9, 11). El nuevo amigo simboliza al diablo, que se aventaja con los cambios.
Nuestro verdadero amigo es Jesucristo, que tanto nos amó hasta dar por nosotros su alma. ¡Oh! ¡Piensa qué amigo fiel seria aquel que, si te viera en trance de muerte, se ofreciera por ti y de buena gana asumiera en tu lugar tu enfermedad y tu muerte!
Se lee en la Historia Natural que la alondra, ave totalmente blanca, cuyas vísceras curan la neblina de los ojos, fija intensamente la mirada en un enfermo, si éste está destinado a vivir. Este hecho es un presagio de su curación. Entonces el ave se acerca al rostro del enfermo, absorbe y toma sobre sí su enfermedad, y después revolotea por los aires, y allí, entre los rayos inflamados del sol, la destruye (Aristóteles).
Así Cristo, nuestro amigo, totalmente blanco porque totalmente inmune de toda sombra de pecado, con la sangre que manó de su costado herido, curó la ofuscación de nuestra alma, que antes no podía ver con claridad. Por esto se dice que la sangre, extraída del costado de una paloma, quita la mancha del ojo.
Jesucristo, con los ojos de su misericordia, miró detenidamente al género humano enfermo; y éste fue el signo de nuestra salvación. Se nos acercó, tomó sobre sí nuestra dolencia, subió sobre la cruz, y allí, en el fuego ardiente de su pasión, destruyó nuestros pecados. Fue, pues, de veras nuestro amigo; y de él se dice: “Si uno de ustedes tiene un amigo, que a medianoche va a decirle ......
La noche es llamada así, porque daña los ojos (en latín, hay asonancia entre nox, noche, y nicet, daña), y es un símbolo de la tribulación o de la tentación, que perturba el ojo de la razón. Dice Job: “Esa noche sea de soledad y no sea digna de alabanza” (3, 7). La noche de la tentación es de soledad, porque no halla adhesión en el hombre, ni es digna de alabanza, porque el hombre no la secunda ni la aprueba.
En cambio, se asocia a la tentación y la aprueba aquel que, al presentarse la tentación, la acoge y, acogida, se complace en ella con la imaginación. En tal noche debes ir a Cristo, tu amigo, y decirle: “Amigo, préstame tres panes”.
Los tres panes simbolizan la triple gracia de la compunción. La primera consiste en el recuerdo de la propia fragilidad y de la propia malicia; la segunda, en la consideración del destierro de esta vida terrenal; la tercera, en la contemplación del Creador.
Pide que le sean prestados estos tres panes. Se presta una cosa con la condición que sea restituida, Todo lo que tenemos en el campo de la gracia, lo hemos recibido de Dios y a El debemos restituírselo. “¡No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria!” (Salm 113 A, 1). Eres pobre, porque no tienes el pan de la compunción: pídeselo en préstamo al amigo con la condición de restituirle lo que recibiste.
“Un amigo vino a mi casa de viaje y no tengo con qué convidarlo”. El amigo que vino de viaje es nuestra alma, que, cada vez que da vueltas a la búsqueda de las cosas temporales, otras tantas veces se aleja de nosotros; y nuestra alma retorna, cuando medita en las verdades eternas y anhela nutrirse con el alimento celestial. Pero todo lo que se le propone al alma, es poca cosa, porque a ella, que después de las tinieblas suspira por Dios, nada le agrada más sino pensar, hablar y mirar al solo Dios. Solamente cuando el alma comienza a reconocer el gozo de la Trinidad, simbolizado en los tres panes, lo contempla más intensamente y anhela llegar a él.
3.‑ “Pero el amigo desde dentro debe responderle: “No me importunes; ya la puerta está cerrada; y mis niños están conmigo en la cama”. El mismo amigo nuestro está dentro, y nosotros miserables estamos todavía fuera, porque fuimos alejados de la mirada de sus ojos, en la miseria del presente destierro. Estamos fuera y por eso debemos gritar: “Amigo, préstame tres panes”. Pide que le presten tres panes aquel que sufre muchas incomodidades. He ahí, está fuera en el corazón de la noche y en la absoluta necesidad de pan, delante de la puerta cerrada; llama y se siente responder: “No me importunes”, o sea, no debo inquietarme por tu petición, “porque la puerta está cerrada”.
Algo semejante se halla en el Deuteronomio: “El cielo que está por en cima de ti, sea de bronce; y la tierra que pisas, de hierro. Que el Señor envíe a tu tierra como lluvia el polvo, y del cielo descienda sobre ti la ceniza, hasta que seas aplastada” (28, 23‑24).
La puerta está cerrada y el cielo se torna de bronce, cuando el rayo de la gracia divina no ilumina la mente del hombre; y la oración del hombre ya no penetra el cielo, que para él se volvió de bronce. Dice Jeremías: “Pusiste delante de ti una nube, para que no llegara hasta ti la oración” (Lam 3, 44).
Si el cielo fuese de bronce y el sol no diera luz y no cayera más la lluvia, los hombres permanecerían en las tinieblas y perecerían por la sequía. Así sucede también, cuando la puerta o el cielo de la gracia celeste se cierra, el pecador permanecería en las tinieblas de su conciencia y quedaría privado de la lluvia de la compunción. La tierra que pisa, o sea, la vida activa en la cual trabaja y transpira, se torna de hierro, cuando de ella no saca ningún fruto de consolación, sino sólo hielo y dureza de mente. En efecto, el hierro es frío y duro.
A la tierra se le da el polvo en lugar de la lluvia, cuando, en lugar de la efusión de las lágrimas, se le da a la pobre alma el polvo de pensamientos inútiles y frívolos, que la ciegan. Y cae sobre ella la ceniza, cuando busca sólo las cosas caducas y perecederas, que la atormentan y aplastan.
¡He ahí cuánto dolor y angustia! ¡En la vida contemplativa ninguna dulzura de la mente, en la vida activa ninguna consolación, en la oración cerrazón de la mente y escarceos por las cosas temporales!
¿Se debe, quizás, desesperar? ¿Se debe, quizás, dejar la oración? ¡No, por cierto! Y si la puerta de la gracia celeste está cerrada, lo sería, quizás, por nuestros pecados, o está cerrada para que más y más nos sintamos estimulados a implorar y a suplicar.
Y también si los niños, o sea, los espíritus angélicos, por medio de los cuales Dios infunde los dones de su gracia y concede el consuelo en las tribulaciones, yacen con El en cama, o sea, en la paz eterna, porque no salen para hacernos este servicio ‑de ellos habla el Apóstol: “¿No están todos esos espíritus encargados de un ministerio, enviados para servir a los que serán herederos de la salvación? (Hb 1, 14)‑, ¿se debe talvez dejar de pedir el pan?
“No puedo levantarme y darte los panes”. La Glosa comenta: “No quita la esperanza de obtener la gracia, sino que, mostrando la dificultad de alcanzarla, excita aún más el deseo de orar”.
“Si él persiste en llamar”. La Glosa comenta: “Si un amigo se levanta y da, no por razones de amistad, sino impulsado por el deseo de liberarse de esa molestia, cuanto más generoso será Dios, que, sin preocuparse del fastidio, da en la mayor abundancia lo que se le pide.
Por eso, para que nuestra alma, convertida de la vanidad del error, no languidezca aún más por la falta de aspiraciones espirituales, pidamos los panes, busquemos un amigo que nos los dé y llamemos a la puerta donde están escondidos. Brinda una gran esperanza aquel, que no engaña con sus promesas.
“Se levantará al menos a causa de su insistencia”, porque “el trabajo tenaz vence todas las dificultades” (Virgilio), “y le dará los panes” con la infusión de su gracia, “cuantos fueren necesarios”, aunque no siempre cuantos él quisiera.
4.‑ “Yo les digo: “Pidan y se les dará”. Dice el profeta Zacarías: “Pidan al Señor la lluvia de la tarde, y el Señor les enviará la nieve; y les enviará lluvia abundante, para que florezca la hierba en el campo de cada uno” (10, 1). En la nieve, que es cándida y fría, está indicada la pureza de la castidad; en la lluvia abundante, la devoción acompañada de las lágrimas; en la hierba, la compasión por las necesidades de los demás, que siempre debe ser lozana en el campo de nuestro corazón.
Estas tres cosas debemos pedir al Señor, no por anticipado, o sea, en primer lugar, sino al menos por la tarde, o sea, en segundo lugar, porque “ante todo, deberíamos buscar el reino de Dios y su justicia” (Mt 6, 33). Los mundanos piden por anticipado las cosas terrenas, y por último las eternas, mientras, ante todo, deberían comenzar del cielo, “donde está nuestro tesoro, y allí deberían estar nuestro corazón” y también nuestra petición (Mt 6, 21).
“Busquen y hallarán”. Dice la esposa del Cantar: “Me levantaré y merodearé por la ciudad; por las calles y las plazas buscaré al que quiere mi alma” (3, 2).
La ciudad simboliza la patria celestial, en la que hay calles y plazas, o sea, jerarquías mayores y menores. El alma se levanta, o sea, se eleva de las cosas terrenales, y da vuelta, admirando el ardiente amor de los serafines hacia Dios y contemplando la sabiduría de los querubines con respecto a Dios; y así de los otros coros angélicos, entre los cuales busca a su esposo. Pero, como su esposo está muy por encima de todos, no lo halla; y por ende es necesario que ella supere con la mirada de la mente a los centinelas, o sea, a los espíritus celestiales, para poder hallar a su amado.
“Busquen y hallarán”. Dice el profeta Sofonías: “Busquen al Señor, ustedes, todos los humildes de la tierra, que han practicado sus mandamientos. Busquen la justicia y busquen la humildad, para hallar un abrigo en el día de su ira” (2, 3). Amós insiste: “Busquen a Dios y vivirán. No se dirijan a Betel, ni vayan a Gálgala, ni pasen por Berseba” (5, 4‑5).
Los hijos de Israel habían labrado becerros de oro y los habían entronizado en Betel, para que la gente los adorara. En el oro está simbolizado el esplendor de la gloria temporal; en el becerro, la concupiscencia de la carne. ¡No busquen, pues, estas cosas!
“Y no vayan a Gálgala”, que se interpreta pantano, símbolo del fango de la lujuria, en el cual se revuelcan los puercos; “ni pasen por Berseba”, que se interpreta “séptimo pozo”, o sea, abismo de codicia, que carece absolutamente de fondo, como “el séptimo día” que, como se lee en la Escritura, no tiene fin.
“Busquen, pues, a Dios, mientras se puede hallar; e invóquenlo, mientras está cerca” (Is 55, 6).
5.‑ “Llamen y se les abrirá”. Se lee en los Hechos de los Apóstoles: “Pedro continuaba llamando. Cuando al fin abrieron la puerta y lo vieron, quedaron atónitos” (12, 16). Pedro, liberado de la cárcel por un ángel, simboliza a aquel que, por la gracia de Dios, es sacado de la cárcel del pecado. Este debe llamar con perseverancia a las puertas de la curia celestial; y entonces los ángeles le abrirán, o sea, ofrecerán en presencia del Señor su devota oración; y su estupor, por decirlo as!, “será el gozo que experimentarán por un pecador que hace penitencia” (Lc 15, 10).
6.”¿Qué padre hay entre ustedes, que, si el hijo le pide un pan, le dará una piedra?”. Vamos a considerar cuál sea el significado de estas seis cosas, que se contraponen entre sí: pan y piedra, pescado y serpiente, huevo y escorpión.
El pan, llamado as! porque se pone en la mesa con cualquier otro alimento, simboliza la caridad, que debe estar unida con cualquier otro alimento de obras buenas. Dice el Apóstol: “Todo se haga en la caridad” (1Cor 16, 14). Como sin el pan una mesa parece escuálida, así sin la caridad las otras virtudes nada son, ya que se hacen perfectas sólo en la caridad (Glosa).
Se lee en el Levítico: “Comerán su pan hasta la saciedad y habitarán sin temor en su tierra” (26, Salm). El Señor promete aquí dos cosas, de las que gozaremos perfectamente en la vida futura: la abundancia de la caridad, de la que el alma se saciará, y la paz de la tierra, o sea, de nuestra carne. Todo cristiano, hijo de la gracia, debe pedir a Dios Padre este pan: el de amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a sí mismo. Por esto ruega: “Danos hoy nuestro pan de cada día”.
“¿Le dará, quizás, una piedra?”. Dice Job: “El torrente divide la piedra de la neblina y la sombra de la muerte, del pueblo peregrino” (28, 3‑4). El torrente simboliza la compunción de las lágrimas, que separa la piedra de la neblina, o sea, la dureza de la mente oscurecida, y la sombra de muerte, o sea, el pecado mortal, que procede del diablo, cuyo nombre es “Muerte”; lo separa del pueblo peregrino, o sea, de los penitentes, que se consideran peregrinos en este destierro.
Pues bien, si el hijo le pide la caridad, Dios Padre no le da la dureza del corazón, sino que se la quita, Dice en Ezequiel: “Les quitaré el corazón de piedra”, que es insensible, “y les daré un corazón de carne”, que es sensible al dolor (36, 26).
“O si le pide un pescado”. El pez simboliza la fe en las cosas invisibles. Como el pez nace sumergido en el agua y en ella vive y se alimenta, así la fe en Dios es engendrada de manera invisible en el corazón; es consagrada por la gracia invisible del Espíritu mediante el agua del bautismo; se alimenta, para que no desmaye, con el invisible auxilio de la divina protección; y cumple todo el bien posible poniendo los ojos en los premios invisibles.
O también: la fe se compara al pez, porque, como el pez es continuamente agitado por las olas del mar sin perecer, así la fe no se ablanda por las adversidades.
Todo cristiano debe pedir este “pez” a Dios Padre, orando: “Concédeme vivir y morir en la fe de tus apóstoles y de tu santa iglesia católica”.
7. “En lugar del pescado, ¿le dará, quizás, una serpiente?”. La serpiente es llamada así, porque se acerca a escondidas, serpenteando. Las serpientes son frías por naturaleza, y no atacan sino cuando se calentaron. Algunos afirman que las serpientes nacen de la médula espinal de un hombre muerto. También se cuenta que la serpiente muere, si le echan encima hojas de zarza. Se cuenta también que, si la serpiente ve a un hombre desnudo, lo teme; pero si lo ve vestido, lo ataca. Y las serpientes gustan mucho del vino, y comen la carne y las hierbas, y chupan los humores del animal al cual se agarran (Aristóteles).
La serpiente es el diablo, que se acerca a escondidas, para tentar; o también su perfidia, que “serpentea” como un escorpión. El diablo, por su innata maldad, es frío, pero inflamado por el ardor de dañar, intenta inocular el veneno de la infidelidad en las almas de los fieles, los únicos que viven. En cambio, todos los demás están muertos, porque matados por el veneno de la infidelidad, que mana de su mismo corazón y sale fuera para matar a otros.
Con todo, debemos dar gracias a Dios, que nos dio una medicina contra ese veneno.. las hojas de la zarza. La zarza, “que ardía y no se consumía” (Ex 3, 2), simboliza a la humanidad de Cristo, que, cubierta por las púas del sufrimiento, ardió en el fuego de la pasión, pero no se consumió: “Se secó como una teja mi vigor” (Salm 21, 16). Sus hojas, o sea, sus palabras, matan a la serpiente, o sea, al diablo y su perfidia.
El diablo teme al hombre desnudo, o sea, al pobrecillo de Cristo, despojado de las cosas temporales; en cambio, cuando ve a un hombre vestido, o sea, codicioso y enfrascado en las cosas temporales, lo ataca, o sea, lo asalta con fuertes tentaciones y, en cuanto le sea posible, le inocula el veneno.
O también: el hombre desnudo es aquel que está despojado de la vestidura de su voluntad. De él habla el evangelio de Marcos: “El ciego arrojó el manto y, brincando, se acercó a Jesús” (10, 50).
El que quiere recibir la luz y llegar a la salvación, debe ante todo arrojar lejos su propia voluntad. En cambio, el que se viste con la vestidura de su propia voluntad, se expone en seguida a los ataques del diablo.
Todo esto es evidente en Adán. Mientras permaneció en la obediencia, el diablo lo temía: “Los dos estaban desnudos y no se avergonzaban” (Gen 2, 25). En cambio, cuando se cubrió con la vestidura de su voluntad, la serpiente los atacó: “Al advertir que estaban desnudos, trenzaron hojas de higuera y se hicieron unos taparrabos” (3, 7).
Además, el diablo gusta mucho del vino de la lujuria y de la carne, o sea, de la carnalidad de la gula; engulle también de buena gana las hierbas, o sea, el esplendor de la gloria terrena; y del hombre, al cual se aferra por su consenso, chupa y extrae todos los humores, es decir, la compunción de la mente.
Dios Padre no dará tal serpiente a su hijo, que le pide un pescado; más bien, de un infiel hace un fiel y de la muerte lo convierte a la vida.
8.‑ “O si el hijo le pide un huevo En el huevo está simbolizada la certidumbre de nuestra esperanza, porque en el huevo no se ve todavía el feto perfecto, sino que se espera que, con el calor, llegue a la maduración (Glosa). El huevo deriva su nombre del latín úvidus, húmedo, porque su interior está Heno de humor. Así el que tiene esperanza de los bienes eternos, está Heno del humor de la devoción.
Se lee en la Historia Natural que “los huevos se diferencian entre sí por la forma: algunos son puntiagudos y otros redondeados. Los huevos alargados y puntiagudos producen los machos; en cambio, los huevos redondeados producen las hembras, y tienen las extremidades anchas. Hay también “huevos de viento”, pequeños, insípidos y estériles. Si durante la incubación estallan truenos, los huevos se pudren.
En los huevos puntiagudos está indicada la esperanza de los bienes eternos. Dice el Apóstol: “Olvidando las cosas pasadas, me lanzo a las futuras” (Filp 3, 13). En la longitud y en la parte aguda del huevo está simbolizado el deseo que el alma nutre en la esperanza del reino celestial. De tal huevo nace un macho, o sea, una obra virtuosa.
En los huevos ensanchados y redondeados está simbolizada la esperanza de los bienes pasajeros, si se puede llamarla esperanza. “Lo que uno ve, ¿cómo puede esperarlo?” (Rom 8, 24). En tales huevos está simbolizado el “camino ancho que lleva a la muerte” (Mt 7, 13). o también: “en el circuito merodean los impíos” (Salm 11, 9). “Dios mío, haz que sean como una rueda” (Salm 82, 14). De estos huevos nace una hembra, o sea, una obra afeminada.
Y esa esperanza es obtusa, o sea, oscura, que prefiere las tinieblas a la luz. Esta esperanza está simbolizada en el “huevo de viento”, porque es inconstante y llena de viento. Dice Oseas: “Sembraron viento y cosecharán tempestades” (8, 7). Cual la semilla, tal el fruto: el que siembra vanidad, recogerá condenación. La esperanza puesta en el viento no produce frutos de caridad; es mezquina, porque no crece en Dios, y es insípida, porque su sabiduría no está condimentada con el sabor del espíritu.
En fin, cuando al principio de la conversión y de la nueva vida estallan los truenos, o sea, las tentaciones de la prosperidad o de las adversidades, suelen echar a perder los huevos de la esperanza y de los santos propósitos.
Pues bien, el hijo de la gracia debe pedir al Padre de la misericordia el huevo de la esperanza de los bienes eternos, como dice Jeremías: “¡Bendito el hombre que confía en el Señor y pone en El su esperanza!” (17, 7).
9.‑ “¿El padre le dará, quizás, un escorpión?”. Como se debe temer al aguijón envenenado que el escorpión tiene en la cola, así es un acto contrario a la esperanza mirar atrás, o sea, al pasado, mientras la esperanza se extiende hacia adelante, en la aspiración de los bienes futuros.
El escorpión, que tiene la característica de no herir la palma de la mano, lame con la boca; mientras tanto la cola, en la que tiene dos aguijones, hiere e inocula el veneno.
La palma de la mano se llama así por no tener pelos. La mano simboliza la obra buena; y la palma, la recta intención en el obrar. El pelo en la palma o en el ojo es la intención mala. Se lee en el evangelio: “Si tu ojo, o sea, tu intención, es límpido, todo tu cuerpo, o sea, la obra, será luminoso” (Lc 11, 34). El escorpión es el diablo, que seduce con la sugestión; pero al final hiere con los dos aguijones de la cola. En la vida presente él envenena el alma y el cuerpo con el pecado y en la vida futura castiga a los dos..
¡Feliz el hombre que en la “mano” de sus obras tiene la palma de la recta intención, que el diablo no puede herir! La palma sin mancha de la recta intención purifica y hermosea el rostro y todo el cuerpo.
“Si ustedes, que son malos Todas las criaturas, en presencia de la bondad de Dios, son malas, porque “ninguno es bueno sino Dios solo” (Lc 18, 19).
La comparación es muy oportuna. Si el hombre pecador, todavía bajo el peso de la fragilidad de la carne, no rehúsa dar las cosas temporales a los hijos que se las piden, con mayor razón el Padre celestial concede a los hijos, que viven en tierra en el temor y en el amor, los bienes imperecederos del cielo.
Aquel que es el Dios bendito por los siglos, se digne concedernos también a nosotros esos bienes eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
10.‑ “De Siquem, de Silo y de Samaría vinieron ochenta hombres, con la barba rasurada, con la ropa desgarrada y macilentos; y traían en sus manos ofrendas e incienso, para llevar a la casa del Señor” (Jer 41, Salm).
Como aquellos hombres se juntaron para orar al Señor, también nosotros en estos días nos hemos reunido en oración. Por esto, estos días son llamados en griego letanías, y en latín y castellano rogaciones, o sea, oraciones. Fueron instituidas para orar al Señor e impetrar gracias. De manera peculiar fueron instituidas por estos dos fines: rogar a Dios que nos perdone los pecados, como lo dice Isaías: “Me piden juicios justos y quieren acercarse a Dios” (58, 2); y para implorar los beneficios de su misericordia tanto para las cosas espirituales como para las temporales.
Y nosotros, para merecer recibir esos beneficios, debemos hacer espiritualmente lo que los ochenta hombres hicieron materialmente.
Los ochenta son todos aquellos que, “en los siete días de la vida presente”, viven obrando el bien a la espera del día octavo, el de la resurrección. Todos son llamados “varones” ( en latín, viri), porque no llevan a cabo obras frívolas o vanas, sino sólo actos de virtud. En efecto, el sustantivo vir, hombre, viene de virtus, virtud, fortaleza.
Esos ochenta varones vienen de Siquem, que se interpreta “fatiga”; y de Silo, que se interpreta “¿dónde está él?”; y de Samaría, que se interpreta “lana”, que deriva del latín laniare, o sea, desgarrar, arrancar.
Estas tres localidades simbolizan las tres circunstancias que se relacionan con las cosas temporales: se adquieren con fatiga; se conservan con el temor de perderlas ‑el avaro pregunta siempre: “¿dónde está él”, o sea, el dinero; y se pierden con vivo disgusto. ¡He ahí el desgarro y la dilaceración del corazón! El que quiere de veras orar al Señor, debe dejar en segundo lugar todas estas cosas.
11 .‑ “Con la barba rasurada”. La rasuración simboliza la obra virtuosa. Dice el Salmo: “Como óleo perfumado en la cabeza, que desciende por la barba, la barba de Aarón” (132, 2). Aarón se interpreta “monte fuerte”, y es figura del hombre constante, que extiende la mano a cosas grandes; y en cuya cabeza, o sea, en cuya mente, se esparció el ungüento de la gracia divina. Los gladiadores que se preparan para el combate, suelen untarse la cabeza. Así Dios unge la mente del justo, para que sea intrépido contra el antiguo adversario. Este ungüento desciende por toda la barba, palabra que el Salmo repite dos veces, porque de la abundancia de la gracia interior son ungidas las grandes obras del doble mandamiento de la caridad.
Y se rasura la barba aquel que jamás presume de ser capaz de buenas obras. Dice Isaías: “En aquel día el Señor rasurará con navaja afilada”, o tomada en préstamo; “rasurará la cabeza, el pelo de las piernas y toda la barba a los que se hallan más allá del río” (7, 20). Más allá del río de los placeres mundanos están los penitentes, a los que el Señor con la navaja afilada, o tomada en préstamo, de su pasión, rasurará toda presunción de poder obrar el bien.
¿Quién puede presumir o gloriarse de poder obrar el bien, cuando ve al Hijo del Padre, fortaleza y sabiduría del Padre, clavado en la cruz y colgado entre dos ladrones?
En la cabeza, en las piernas y en la barba están simbolizados el principio, la continuación y el cumplimiento de la obra buena. Todo esto el Señor lo rasura en el penitente, porque le prohíbe presumir o gloriarse tanto en el principio como en la continuación y en el cumplimiento de la obra buena, para que “el que se gloría, se gloríe en el Señor” (1Cor 1, 3 1), no en sí mismo.
12.‑ “Y con los vestidos desgarrados”. Los vestidos simbolizan los miembros del cuerpo. Dice el Apocalipsis: “En la ciudad de Sardis hay pocas personas que no mancharon sus vestiduras” (3, 4), o sea, sus miembros. Son de veras pocas aquellas personas en Sardis. Sardis se interpreta “belleza del dominio”; y en ello está indicada la virginidad; y el que la conserva, posee la belleza del dominio. ¡Oh, qué espléndido dominio, cuando el Creador domina el espíritu, y el espíritu la carne!
Desgarra sus vestiduras aquel que no se perdona a sí mismo en la mortificación del cuerpo. Se lee en Job: “Se levantó, desgarró su túnica y, después de rasurar la cabeza, se postró por tierra y adoró a Dios” (1, 20). Job, que se interpreta “doliente”, es el penitente, que se arrepiente en la contrición, se levanta con la confesión, desgarra la túnica, o sea, castiga su carne para reparar el pecado, se rapa la cabeza mediante la humildad de la mente, se postra en tierra en la meditación de la muerte y adora a Dios en acción de gracias.
“Y escuálidos”. La escualidez es palidez, flacura, desaliño y desnutrición. Los grandes penitentes tienen esta escualidez: palidez en el rostro, flacura en el cuerpo, desaliño en las vestiduras y escasez en la alimentación.
13.‑ “Tenían en sus manos ofrendas e incienso”. Dice Aristóteles en la Historia Natural. “La mano del hombre, obra del Creador, es muy adecuada para todas las actividades, porque es abierta y dividida en varias partes; y se puede utilizar una parte sola, o dos y también muchas, según las circunstancias. La agilidad y las articulaciones de los dedos son muy útiles para recibir y retener”.
En la mano está simbolizada la actividad que debernos desplegar en favor del prójimo y diferenciarla en varias partes, según las necesidades. Usa una sola parte, cuando solamente se dirige a Dios; y usa dos partes, cuando socorre al prójimo con el alimento del alma y del cuerpo. La agilidad de los dedos, o sea, el ejercicio de las virtudes en la vida activa, cumple dos tareas: recibe la gracia dada por Dios, y la retiene, o sea, la conserva, para no perderla.
En esta mano, pues, debemos tener los dones de la virtud, de la caridad y de la limosna, y el incienso de la devoción interior, para que todo lo que hacemos, lo hagamos con devoción.
“Para ofrecerlos en la casa del Señor”. Esto se dice también en el Apocalipsis: “El humo del incienso, con las oraciones de los santos, subió delante de Dios por las manos del ángel” (8, 4).
El que busca la alabanza por las buenas obras que realiza, no ofrece dones en la casa de Dios, ni el humo del incienso sube delante del Señor. Esto nos enseña a hacer la oblación de nuestras obras en la casa del Señor, con la conciencia pura, en la cual El habita; y de El y delante de El sólo esperar la recompensa.
Y así nuestra devoción, a través del ministerio de los ángeles, encargados de nuestra custodia, subirá a Dios; y su gracia descenderá sobre nosotros, para que también nosotros seamos capaces de subir hasta su gloria.
Nos lo conceda aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ “En aquel tiempo, mientras los once estaban sentados a la mesa, se les apareció Jesús” (Mc 16, 14).
En este pasaje evangélico se destacan tres momentos: la última aparición de Cristo, el envío de los apóstoles a la predicación y la ascensión de Cristo al cielo.
2.‑ “Mientras los once estaban sentados a la mesa”. observa que Jesús apareció a sus discípulos diez veces. En el mismo día de la resurrección apareció cinco veces, corno lo hemos pregonado en el sermón: “Florecerá el almendro”.
La sexta vez se apareció a Tomás junto con los otros discípulos, en la octava de la resurrección. La séptima vez, junto al mar de Tlberíades. La octava, en el monte que les había señalado. La novena y la décima vez, en este mismo día de la ascensión.
En este día se les acercó a ellos, en Jerusalén, y les dijo. “Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos de poder desde lo alto” (Lc 24, 49). Comió con ellos; y por eso se deduce que ya había pasado la hora sexta, o sea, el mediodía; y ésta fue la novena aparición.
Después, los condujo afuera, al monte de los olivos, hacia Betania. Levantó las manos y los bendijo. Y a la vista de ellos, se elevó hacia el cielo, sostenido por una nube luminosa; y ésta fue la décima aparición.
“Mientras los once discípulos estaban recostados a la mesa, se les apareció Jesús”. Observa que Jesús se aparece a los recostados, o sea, a los que descansan en la tranquilidad y en la humildad del corazón.
Dice Isaías: “¿A quién dirigiré mi mirada, sino al pobrecillo, al contrito de espíritu y al que se estremece por mis palabras?” (66, 2). En el agua turbia y agitada no ve su rostro el que se refleja en ella. Si quieres que aparezca en ti el rostro de Cristo, que te está mirando, recuéstate y reposa. “Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos de poder, desde lo alto”.
Permanecer en la ciudad significa entrar en su conciencia y estar alejado del estrépito exterior. Se lee en el segundo libro de los Reyes que “David se estableció en su casa de cedro y el Señor le concedió tregua de todos sus enemigos, en derredor” (7, 1-2).
Se lee en la Historia Natural que “el cedro es un árbol muy alto, de agradable aroma y de larga vida, con su perfume ahuyenta a las serpientes, y tiene la característica de producir frutos continuamente, tanto en el verano como en el invierno”.
La casa de cedro es la conciencia del justo: es elevada por el amor de Dios y de agradable aroma por su honesta conversación, tiene larga vida por la perseverancia. Con el perfume de su pureza o de su oración devota ahuyenta a las serpientes, o sea, a los movimientos carnales o a los demonios; y tanto durante el invierno de las adversidades como en el verano de la prosperidad produce frutos de eterna salvación. El que vive en tal casa, estará al abrigo de todos los enemigos de los alrededores, o sea, el diablo, el mundo y la carne; y gozará de reposo, porque se reviste de poder desde lo alto, no desde lo bajo, o sea, desde el mundo. El que se reviste del poder del mundo, fácilmente será derrotado en la guerra; en cambio, el que se reviste del poder de lo alto, o sea, del poder del Espíritu Santo, destruye a los enemigos y cumple las obras de virtud.
3.‑ “Jesús reprochó a sus discípulos por su incredulidad y por la dureza de su corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado”. ¡Oh, qué infelices fueron aquellos discípulos que no creyeron a Pedro, al que apareció el Señor, y quien lo vio resucitado de entre los muertos!
Pregona Pedro: “Ustedes mataron al autor de la vida, a quien Dios resucitó de los muertos; y de esto nosotros damos testimonio por haber comido y bebido con El, después de haber resucitado de los muertos” (Hech 3, 15; y 10, 41). Y en la resurrección de Cristo está prefigurada la verdadera resurrección de la carne.
No creen en la resurrección de Cristo, los que niegan la futura resurrección de los cuerpos. Se lee en la primera carta a los corintios: “Nosotros predicamos que Cristo resucitó de los muertos; pues bien, ¿cómo pueden afirmar algunos de ustedes que no existe la resurrección de los muertos? Si no existe la resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, entonces es vana nuestra predicación y es vana también su fe” (15, 12‑14).
En la final resurrección de los cuerpos, Dios repudiará y condenará a los incrédulos y a los duros de corazón que ahora no creen que la resurrección pueda suceder.
4.‑ Los apóstoles son enviados a predicar, a través del mandato: “Vayan por todo el mundo” (Mc 16, 15). Un mandato semejante se halla en Isaías: “Vayan, mensajeros veloces, a un pueblo disperso y dilacerado, a un pueblo tremebundo como ningún otro, a un pueblo oprimido y a la expectativa” (18, 2).
El género humano se hallaba disperso, echado del gozo del paraíso terrenal, dilacerado por los vejámenes del diablo, con el alma aterrorizada por los castigos del infierno y con el cuerpo humillado por la perspectiva de la corrupción, pero a la expectativa del Salvador del mundo. A este pueblo el Salvador envió a veloces mensajeros, o sea, a los apóstoles dóciles, ordenándoles: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura” (Mc 16, 15), o sea, a todo el género humano. El género humano tiene algo en común con todas las criaturas: los ángeles, las ovejas, los maderos, las piedras, el fuego, el agua, con el tiempo cálido y con el frío, con el tiempo húmedo y con el seco, porque el hombre es llamado “microcosmos”, o sea, un mundo en pequeño.
“El que cree”, o sea, el que profesa la fe por sí mismo o por medio de otro, “y se bautiza”, o sea, persevera en la gracia recibida en el bautismo, “se salvará; el que no cree, será condenado, Y éstos serán los prodigios que acompañarán a los que creen: “En mi nombre echarán fuera a los demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en sus manos a las serpientes; si beben veneno, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos y sanarán” (Mc 16, 16‑18).
En aquel tiempo sucedían los milagros para la conversión de los infieles. Ahora, que la fe aumentó, los signos cesaron. En efecto, cuando nosotros plantamos plantas tiernas, las regamos, hasta que arraiguen y se fortifiquen.
5.‑ Sentido moral. El mundo es llamado así, porque está siempre en movimiento. Sus elementos no gozan de reposo. El mundo tiene cuatro regiones: oriental, occidental, meridional y septentrional. Como el mundo consta de cuatro elementos, así el hombre, que es un pequeño mundo, según los antiguos, consta también de cuatro fluidos o humores, mezclados entre ellos y formando un único temperamento.
El pobre hombre, desde el comienzo de su vida hasta el fin, está siempre en movimiento y jamás reposa, hasta que llegue a su “lugar”, o sea, a Dios. Dice a este propósito Agustín: “¡Señor, nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti!”.
“Y en la paz se halla su lugar” (Salm 75, 3). El “lugar” del hombre es Dios; y jamás puede haber paz sino en El; y por eso hay que volver a El.
Los momentos principales de la vida del hombre son éstos: el oriente de su nacimiento, el occidente de su muerte, el mediodía de la prosperidad y el septentrión de la adversidad. A este mundo debemos ir: “¡Vayan por todo el mundo!”, para que mediten cómo eran en el momento del nacimiento, cómo serán en el momento de la muerte; cómo son cuando les sonríe la prosperidad y cómo son cuando la adversidad se abate sobre ustedes: examinen si la primera los exalta y si la segunda los deprime. De esta cuádruple meditación brota una cuádruple utilidad: la desconfianza en sí mismo, el desprecio del mundo, el equilibrio para no exaltarse y la paciencia para no deprimirse.
Es, pues, una gran obra buena ir por todo el mundo y predicar el evangelio a toda criatura. Dice el Apóstol: “Si uno está en Cristo, es una nueva criatura; las cosas viejas pasaron; he aquí, todas las cosas fueron renovadas” (2Cor 5, 17). Y el Salmo: “El pueblo que será creado (nuevo), alabará al Señor” (101, 19). E Isaías: “He aquí, yo voy a hacer de Jerusalén una ciudad de exultación y de su pueblo, un pueblo de gozo. Yo me alegraré con Jerusalén y gozaré con mi pueblo” (65, 18-19).
Crear es “hacer alguna cosa de la nada”. El hombre, cuando se halla en pecado mortal, nada es, porque Dios que de veras “es”, no “está” en él con la gracia.
“El hombre, dice Agustín, se torna nada, cuando peca”; pero, cuando, con la gracia de Dios, se convierte a la penitencia, es creado, o renace en él una nueva criatura, o sea, una conciencia pura y nueva. Y ésta es Jerusalén, la ciudad de la “paz”, que exulta por la misericordia de Dios que le fue concedida.
Es creado también un pueblo de muchos y buenos sentimientos y pensamientos, en los que abundan el gozo y la alabanza de Dios por su dulzura, que ellos saborean. Entonces las obras viejas, o sea, las obras y el arraigado comportamiento de los cinco sentidos pasan, se alejan y se renuevan en Cristo, para que el hombre “ya no viva para sí, sino para Cristo que por él murió” (2Cor 5, 15).
Estas son “todas las criaturas”: el hombre interior y el hombre exterior, renovados por la gracia. A esta criatura debemos predicar el evangelio del reino, o sea, anunciar “el bien”. La palabra griega “evangelio” significa justamente “el buen anuncio”.
Anuncia el bien a toda criatura el que tanto por dentro como por fuera se reviste de virtudes. Predica el evangelio del reino a toda criatura el que, en lo íntimo de su corazón, considera cuán grande será la gloria de contemplar, junto con los espíritus bienaventurados, el rostro del Creador, alabarlo sin término junto con ellos, vivir siempre con El que es la vida y disfrutar eternamente de una felicidad inefable.
De aquella predicación derivan dos consecuencias: “El que cree y se bautiza”. Creer quiere decir “dar el corazón” (en latín, credo, cor do). “Hijo mío, dice Jesús, dame tu corazón” (Prov 23, 26). El que da el corazón, da todo. Cree, pues, el que con la devoción del corazón se somete completamente a Dios. Se bautiza, cuando se inunda de lágrimas o por la dulzura de la contemplación, o por el recuerdo de la propia iniquidad, o por la compasión ante las necesidades de los hermanos.
En cambio, “el que no cree”, no entrega el corazón a Dios; y si no das el corazón a Dios, necesariamente se lo darás al diablo, o a la carne, o al mundo. Y quienquiera haga esto, “será condenado”.
6.- “Y estos prodigios acompañarán a los creyentes”. Los que entregan su corazón a Dios, van a ser asistidos por los signos, porque sobre su corazón ya existe el signo, del que habla el Cantar: “Ponme como un sello sobre tu corazón” (8, 6).
Cuando queremos defender nuestra casa o nuestros bienes de los ladrones, solemos colocar un signo, o sea, una bandera del rey o de algún personaje poderoso, para que, al verlo, los ladrones no se atrevan a entrar. Así, si queremos defender nuestro corazón de los demonios, debemos colocar sobre él a Jesús, que es la salvación; y si es la salvación, es también la plena protección.
“En mi nombre echarán a los demonios”. “Demonio” es un término griego, daimon, que significa “muy conocedor de las cosas”. Los demonios simbolizan la sabiduría de la carne y la astucia del mundo, que, como demonios, atormentan al hombre, o sea, su espíritu, y también con frecuencia afligen su cuerpo. La sabiduría de la carne simboliza al demonio nocturno; la astucia del mundo, al demonio meridiano.
La sabiduría de la carne es ciega, aunque ella cree que tiene la vista muy aguda ‑durante la noche algunos animales tienen la vista muy aguda, como el gato‑; la astucia del mundo arde del calor de la malicia, como el sol a mediodía. El que entregó su corazón a Dios, echa de sí a estos demonios y también llevará a cabo los signos siguientes.
“Hablarán lenguas nuevas”. La lengua del mundo es una lengua vieja, porque dirá cosas viejas del hombre viejo. Los que son atormentados por los demonios, hablan esta lengua; pero, cuando echan de sí a los susodichos demonios, hablarán lenguas nuevas en la novedad de su vida. Dice Isaías‑ ‑En aquel día habrá cinco ciudades en la tierra de Egipto, que hablarán la lengua de Canaán y jurarán en el nombre del Señor. La primera se llamará “Ciudad del Sol” (19, 18).
La tierra de Egipto, que se interpreta “tiniebla”, es el cuerpo humano, cubierto por las culpas y los castigos. En el cuerpo hay cinco ciudades, o sea, del cual uno, o sea, la vista, es llamado “Ciudad los cinco sentidos del cuerpo, del Sol”, porque como el sol ilumina todo el mundo, así la vista ilumina todo el cuerpo. Estas ciudades hablan la lengua de Canaán, que significa “cambiada”. Por el cambio obrado por la derecha del Altísimo se despojan del hombre viejo con sus acciones y se revisten del hombre nuevo, viviendo en la justicia y en la verdad (Col 3, 9; y Ef 4, 4‑24).
Como el lenguaje comunica al exterior la palabra que está escondida en el corazón, así los cinco sentidos del hombre, ya cambiados y convertidos a Dios, hablan de El en el exterior, corno lo sienten en el interior; y en esto consiste el “jurar”: en afirmar la verdad. La verdad de la conciencia se afianza con el testimonio de una vida santa, para alabanza del Señor de los ejércitos, o sea, de los ángeles.
“Y aferrarán a las serpientes”, en las que están simbolizadas la adulación y la calumnia, que serpentean a escondidas e inoculan el veneno. El adulador avanza serpenteando y el calumniador inocula el veneno.
Los que hablan lenguas nuevas, alejan de sí a estas serpientes. Dice el primer libro de los Reyes: “Alejen de su boca las cosas viejas” (2, 3). La saliva del hombre en ayunas mata a la serpiente (Aristóteles); la lengua en ayunas, o sea, mortificada, es como una lengua nueva, cuyo antídoto suprime el veneno.
La antigua serpiente, de alguna manera, adulaba a Eva, diciendo: “¡No morirán de muerte! e infamaba a Dios, añadiendo: “Sabe Dios que el día que coman de él, se abrirán sus ojos, y serán como dioses, sabiendo el bien y el mal” (Gen 3, 5). Como si dijera: “Dios, por envidioso, les prohibió todo eso, no queriendo que ustedes fueran semejantes a él en la ciencia”. He aquí como la adulación serpentea y la calumnia inocula el veneno. En cambio, el que tiene la lengua en ayunas, escupa en la boca de la serpiente y lo mate; y así se libere de él.
7.‑ “Y si beben algún veneno, no les hará daño”. Comenta la Glosa: “mientras escuchan las pestíferas sugestiones, pero no las llevan a cabo, es como si bebieran algo mortífero, que, no obstante, no les hará daño”.
Dice Isaías: “No beberán vino cantando, toda bebida les será amarga a los bebedores” (24, 9); y por esto no les hará daño. No bebe cantando el vino de las sugestiones diabólicas aquel, que no las consiente, y, más bien, las rechaza, sufre por ellas y llora; y por eso la bebida misma, o sea, la sugestión diabólica, es amarga para los que la beben, o sea, para los que son importunados y la sufren.
Al contrario, Joel dice: “Despiértense, ebrios; y lloren y clamen ustedes que beben vino con placer, porque les será quitado de su boca” (1, 5). Esto sucede justamente de manera literal, porque el placer del vino desaparece de la boca, apenas pasa por la garganta.
¡Oh! ¡Cuántos males ocasiona un brevísimo placer a aquel que, con el consentimiento de la mente y de las obras, bebe el vino de la sugestión diabólica! A los ebrios por este vino se les dice: “¡Despiértense y recuerden sus pecados, lloren en la contrición del corazón y clamen en la confesión!”.
El que hubiere realizado los cuatro signos anteriores, con toda certeza podrá ejecutar también el quinto: “impondrán sus manos sobre los enfermos; y éstos sanarán”.
Enfermo se dice en latín aeger, que suena como egens, necesitado de un remedio o de una medicina.
El enfermo es el pecador, que tiene urgente necesidad de la medicina, o sea, del ejemplo de las buenas obras. E impondrá las manos sobre él para que se cure, o sea, para que vuelva a la penitencia, aquel que no sólo lo conforta con la palabra de la predicación, sino también con el ejemplo de la vida santa. ¡Amén! ¡Así sea!.
8.‑ “Y el Señor Jesús”, que había descendido del cielo, después de haberles hablado, “fue elevado al cielo” (Mc 16, 19). Hallamos una concordancia en los Proverbios de Salomón: “¿Quién subió al cielo y descendió? ¿Quién encerró el viento en sus manos? ¿Quién recogió las aguas en su mano?
¿Quién levantó todos los confines de la tierra? ¿Cuál es su nombre, o el nombre de su hijo, si lo sabes?” (30, 4).
Presta atención a estos tres verbos: encerró, recogió y levantó. El Hijo de Dios Padre, Jesucristo, bajó del cielo y asumió nuestra carne mortal, y después subió al cielo con la misma carne, ya inmortalizada, Desde allí envió al Espíritu de la gracia septiforme, que El encierra en las manos de su potencia. Y es así, porque El lo da a quien quiere, y cuando quiere, y lo cierra a quien quiere.
Dice Job: “Entre sus manos esconde la luz y le ordena aparecer de nuevo. Anuncia a quien le es amigo que ella es su propiedad y que a ella puede acercarse” (36, 32‑33).
A quien es amigo de Dios, de vez en cuando, se le manifiesta una luz en su conciencia, una luz de íntima alegría, como una lumbre que, encerrada entre las manos, se manifiesta y se esconde, según la voluntad del que la tiene; y lo hace, para que el alma se excite para llegar a la posesión de la luz eterna y a la herencia de la plena visión de Dios.
Asimismo, el Hijo de Dios recoge, o sea, frena las aguas de la concupiscencia carnal en el manto, o sea, en el cuerpo, del cual el alma se cubre como de un vestido. Dice Job: “Yo me consumiré e iré en putrefacción, como una vestidura roída por la polilla (13, 28). La polilla nace de la vestidura y después la corroe; la corrupción nace del cuerpo y después lo consume. El Hijo de Dios recoge en este vestido los instintos de los sentidos, con el vínculo del amor o con la soga del temor, para que no se escapen las aguas de la concupiscencia carnal; y de esa manera promueve para la penitencia y para la gloria eterna todos los términos de la tierra, o sea, a aquellos que ya acabaron su condición terrenal.
“Cristo subió al cielo”, para elevar consigo a la tierra y hacerla cielo. En efecto, el Padre habla por boca de Isaías: “Puse mis palabras en tu boca y con la sombra de mi mano te protegí, para que plantes cielos y pongas cimientos a la tierra, y digas a Sión: “Tú eres mi pueblo” (51, 16). El mismo Hijo dice: “El que me envió es veraz; y yo, lo que oí de El, eso digo al mundo” (Jn 8, 26).
En la hora de la pasión, el Padre lo protegió con la sombra de la mano de su potencia, porque le prestó aliento en el momento en que más arreciaba la saña judía. Dice el Salmo: “Extendiste tu sombra sobre mi cabeza en el día de la batalla” (139, 8), en la cual, con las manos clavadas en la cruz, derrotó las potencias del aire. El plantó los cielos, o sea, su divinidad en la tierra de nuestra humanidad, y puso los cimientos de la tierra de nuestra humanidad en el cielo, o sea, estableciéndola para siempre,
Y concluye: “Y está sentado a la derecha de Dios” (Mc 16, 19). Y el Salmo: “Dijo el Señor”, el Padre, “a mi Señor”, a su Hijo: “Siéntate a mi derecha” (109, 1), o sea, reposa y reina conmigo sobre los bienes eternos.
El mismo Jesús, partícipe de nuestra naturaleza, nos haga también a nosotros partícipes de aquellos bienes, El que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
9.‑ “Atravesé este Jordán llevando sólo mi cayado, y ahora regreso con dos campamentos” (Gen 32, 10). Estas palabras las pronunció Jacob, al regresar de Mesopotamia a su tierra natal. Pueden muy bien aplicarse a Cristo, que de esta tierra retorna al Padre, teniendo como báculo la cruz.
Se lee en el primer libro de los Reyes: “Dijo el filisteo a David: “¿Soy yo, quizás, un perro, para que vengas contra mí con un bastón?” (17, 43). El filisteo, que se interpreta “beodo que está por caer” o “doble ruina”, es figura del diablo, que, embriagado de soberbia, cayó del cielo, y después hizo caer al hombre en la doble ruina del alma y del cuerpo.
Es llamado perro, porque con sus sugestiones ladra contra los inocentes, y no reconoce al amo, o sea, a su Creador. Nuestro David, Cristo, para luchar contra él en nuestro favor, lo enfrentó con el bastón de la cruz. He ahí porque en el mismo libro de los Reyes se dice un poco antes: “David tomó su bastón, que siempre llevaba en la mano; se escogió del torrente cinco guijarros lisos del torrente, y los colocó en su alforja de pastor, que llevaba consigo; después, tomó en la mano una honda y se encaminó contra el filisteo” (17,40).
He ahí las armas con las que Jesucristo mató a nuestro enemigo. Cristo tuvo siempre en sus manos el bastón de la cruz: antes de la pasión lo tuvo en sus obras; en la pasión fue clavado con sus manos en la cruz; y después de la pasión conservó en sus manos las heridas, para mostrárselas al Padre por nosotros. Dice Isaías: “He ahí que yo te escribí en mis manos>' (49, 16).
Observa que, para escribir, son necesarios al menos tres útiles: el papel, la pluma y la tinta. El papel fue la mano de Cristo; la pluma, el clavo; y la tinta, la sangre. Esta escritura ofrece la prueba de nuestra liberación, impugna al enemigo y nos reconcilia con Dios Padre.
Los cinco guijarros bien lisos simbolizan las cinco llagas de Jesucristo, que El escogió del torrente de nuestra mortalidad. La alforja de pastor simboliza el amor, con el cual nos amó hasta el fin. “El buen pastor había dicho‑ expone la vida por sus ovejas” (Jn 10, 11). En esa alforja echó los cinco guijarros bien lisos, porque, por el amor que nos tenía, recibió en si mismo las cinco llagas, que nos hicieron bien lisos, o sea, puros y luminosos.
La honda, que tiene dos tiras de cuero del mismo largo, simboliza la imparcialidad de la justicia, por la cual condenó al diablo y arrancó de sus manos al género humano. Era justo e imparcial, que el diablo perdiera al género humano, sobre el cual parecía jactarse de algún derecho: ese diablo se atrevió a extender sus manos contra Cristo, sobre el cual, ciertamente, no tenía ningún derecho. Dice Jesús: “Viene el príncipe de este mundo; pero sobre mí no tiene poder alguno” (14, 30), porque “yo soy libre en medio de los muertos” (Salm 87, 6); pese a todo, Cristo pasó por la muerte, para liberar a los muertos.
En efecto, dice: “Con mi bastón crucé este jordán”. “Del torrente beberá en el camino; y por eso levantará la cabeza” (Salm 109, 7). Con el bastón de la cruz, Cristo, solo, pobre y desnudo, pasó de la orilla de nuestra mortalidad a la orilla de su inmortalidad, a través del río del juicio ‑esto significa el nombre del jordán‑, o sea, a través del derramamiento de su sangre, con la cual juzgó al diablo, o sea, lo condenó y destruyó su poderío.
10.‑ Y de cuán grande utilidad para nosotros fue el “pasaje” (Pascua) de Cristo, nos lo explica lo que sigue: “Y ahora”, o sea, hoy, “regreso con dos campamentos”.
Su partida del Padre y su retorno al Padre, su incursión a los infiernos y su ascensión hasta el trono de Dios: he ahí toda la trayectoria de Cristo; he ahí también “el círculo, o anillo, puesto en las narices de Behemot” (Job 40, 15) o de Sennaquerib, al cual dice el Señor por boca de Isaías: “Pondré un garfio en tus narices y un freno en tus labios, y te haré volver por el camino por el cual viniste” (37, 29).
Cristo, sabiduría del Padre, que, como el círculo, no tiene principio ni fin, saliendo del Padre y a El regresando, juntando en sí mismo todas las cosas y encerrándolas todas en su seno, desenmascaró la perfidia del diablo, simbolizada en las narices. Como a través de las narices percibimos las cosas distantes, así el diablo, con la agudeza de su astucia, pondera el vicio hacia el cual el hombre está más propenso, y se esfuerza por capturarlo mediante aquel vicio.
En el freno hay dos elementos: el hierro y la rienda. El hierro se pone en la boca del caballo y con la rienda se lo frena y se lo maneja.
Cristo, en su pasión, con los clavos y con la rienda de su humanidad labré un freno, para domar y frenar al diablo, para que no corriera a su gusto, sino que, más bien, regresara por el camino por el cual había venido. Había venido por medio de Eva, Adán y el fruto del árbol prohibido. Debió regresar; y lo que pérfidamente había arrebatado, lo perdió por medio de Maria, Cristo y el madero de la cruz. Con ese bastón, nuestro Jacob, que suplantó al diablo, cruzó este jordán, y hoy, con dos campamentos, retornó al cielo.
“Jacob dividió en dos campamentos a toda la gente que estaba con él” (Gen 32, 7): en el primer campamento, las esclavas y sus hijos; y en el segundo, las libres, o sea, Lía y Raquel, con sus hijos. Estos dos grupos simbolizan a la iglesia, formada por los dos pueblos: el pueblo pagano, indicado por las esclavas, y el pueblo judío, indicado por las personas libres, por haber dado al mundo el conocimiento de Dios y su ley.
A esta Iglesia Cristo la conquistó en medio de muchos sufrimientos, en Mesopotamia, o sea, en el mundo, y hoy retornando al cielo, la llevó consigo, porque ella conservó consigo su fe y su devoción, para que su corazón y su vida ya no estuvieran en la tierra sino en el cielo.
Y al cielo nos lleve también a nosotros aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!.
11.‑ “Con mi bastón crucé el jordán”. Consideremos el significado moral de estas cuatro cosas: el báculo, el jordán y los dos grupos.
En el báculo está simbolizada la disciplina de la penitencia, de la que se habla en el Génesis, cuando Judá pregunta a Tamar: “¿Qué prenda quieres recibir? Responde Tamar: “Tu anillo, tu brazalete y el bastón que tienes en mano” (38, 18).
Judá es Cristo, nacido según el Apóstol de la tribu de Judá. Tamar, que se interpreta “cambiada”,o “amarga”, o “palmera”, es el alma, que cambió y pasó del mal al bien; amarga por la penitencia, para ser un día palmera en la gloria. Dice Job: “Moriré en mi pequeño nido”, o sea, en mi humilde y tranquila conciencia, “y como la palmera multiplicaré mis días” (29, 18).
Sin embargo, en esta triple interpretación se puede ponderar también el triple estado de los incipientes, de los proficientes y de los perfectos.
Cristo pregunta al alma: “¿Qué prenda quieres recibir?”. Prenda se dice en latín arrabo, que suena como arra bona, buena prenda: prenda es lo que se da como garantía.
El alma, para estar segura de las promesas, pide una buena prenda: el anillo, el brazalete y el bastón.
En el anillo está indicada la fe formada. Se lee en Lucas: “Pónganle un anillo en la mano” (15, 22). Comenta la Glosa: “El anillo es el símbolo de la fe, con el cual se sellan las promesas en el corazón de los fíeles. “Pónganselo en la mano”, o sea, en las obras, para que la fe se manifieste en las obras, y las obras den testimonio de la fe”.
En el brazalete ‑en latín armilla de armus, hombro- que es redondo y se lleva en el brazo, está indicada la obra de caridad, que extiende el brazo para sostener al hermano, y somete el hombro para llevar la carga de la necesidad del hermano.
En el bastón, con el cual uno se defiende del perro y en el cual se apoya para no caer, se indica, como ya se dijo, la práctica penitencial, con la cual el alma se defiende del diablo y de la concupiscencia carnal y se sostiene para no caer en el pecado mortal.
En estas tres cosas está encerrada toda la justicia, que consiste en “dar a cada uno lo suyo”: el anillo de la fe a Dios, el brazalete de la caridad al prójimo y el bastón de la práctica penitencial a uno mismo.
12.‑ “Crucé este jordán con mi bastón”. jordán se interpreta “descenso” o “apropiación de las cosas”, o sea, de las cosas transitorias de este mundo. El que quiere apropiarse de estas cosas, debe descender, o sea, debe declinar de su estado de justicia, del reposo de la mente y de la dulzura de la contemplación. Dice Gregorio: “El que se apoya en uno que cae, necesariamente caerá con el que cae”. ¡Feliz el hombre que puede decir: “ Con la práctica de la penitencia pasé de la orilla de la vanidad mundana a la orilla de la intimidad celestial; crucé este jordán y pasé por encima de todo lo que es transitorio y caduco!
Dice el Génesis: “Jacob pasó el vado de Jaboc; y, después de haber transportado todas las cosas que le pertenecían, quedó solo” (32, 22‑23). Jaboc se interpreta “torrente de polvo” y simboliza las cosas temporales que, corno el torrente, abundan en el invierno de esta vida miserable, pero se vuelven áridos durante el verano, cuando llega el ardor de la muerte o del juicio futuro. Las cosas temporales, como el polvo, ciegan a sus amantes.
El polvo se dice en latín pulvis, porque es barrido, pulsus, por la fuerza del viento. De la misma manera estas cosas temporales son barridas por el viento de las adversidades y arrebatadas por la muerte. Pero Jacob, el justo, suplantador del mundo, pasa más allá de las cosas temporales, para no ser transitorio como ellas, para que ninguna de sus cosas quede allí, sino que transfiere todo lo que le pertenece. ¿Y qué cosa le pertenece al justo, sino la humildad, la caridad, la castidad y las demás virtudes?
El que transfiere estas cosas consigo, va a quedar solo, o sea, aislado del estrépito del mundo, del tumulto de los pensamientos y de los asaltos de los demonios. ¡Bienaventurado aquel hombre, que pasa as!, porque en la hora de la muerte podrá decir: “Y ahora regreso con dos grupos!”.
Todo ello concuerda con lo que se lee en el Cantar: “Todas las ovejas tienen crías gemelas, y ninguna entre ellas es estéril”. Y de nuevo: “Tus dos pechos son como dos crías mellizas de gacela que andan pastando entre los lirios, hasta que sople la brisa del día y se vayan las sombras” (4, 2‑6).
La gacela, o corza, que se dice en latín cáprea, porque emprende cosas difíciles, ardua capiens, tiene la vista aguda, elige las hierbas que va a comer y busca las alturas.
La gacela es figura del justo, que, con el deseo del cielo, emprende las cosas arduas y hasta allí se eleva, tiene muy aguda la mirada de la fe y elige para sí las hierbas de los pastos eternos, con los que se alimenta. Sus dos ubres simbolizan el doble sentimiento de la caridad, con cuya leche y con cuya dulzura se nutre a sí misma y al prójimo.
Estos dos sentimientos son como crías mellizas, o dos gacelas, o dos corzas, que andan pastando entre los lirios. El sentimiento de la caridad divina se apacienta entre los lirios, o sea, en la castidad de la mente y del cuerpo, o en el gozo de la contemplación; y el sentimiento de la caridad fraterna se apacienta entre lirios, o sea, a la luz de la buena fama.
¿Y hasta cuándo se apacentarán así? Hasta que despunte el día del eterno esplendor y desaparezcan las sombras de la presente ceguera.
Proclame, pues, el justo: “Y ahora”, o sea, al término de mi vida, “con dos grupos”, o sea, con los méritos de la vida activa y contemplativa, “retornar” a la patria celestial.
A esta patria nos haga llegar aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ “Al cumplirse los días de Pentecostés, todos los discípulos estaban juntos en el mismo lugar” (Hech 2, 1).
Dice Ezequiel: “El Espíritu de vida estaba en las ruedas” (1, 20). Los apóstoles fueron ruedas que giraban velozmente, llevando a todas partes al Hijo de Dios. Estas ruedas, como el mismo profeta añade, “tenían el aspecto de la piedra de crisólito”(10, g).
La piedra de crisólito (topacio) brilla como el oro, como ya lo indica su nombre griego: chtysós, oro, y lithos, piedra.
Esta piedra parece despedir por sí misma chispas ardientes, y ahuyenta toda especie de serpientes. Y simboliza a los apóstoles que, resplandecientes por el oro de la gracia septiforme (los siete dones del Espíritu Santo), despidieron por sí mismos las chispas de la predicación que inflamaban a los oyentes, y con ellas ahuyentaron a todo género de demonios.
Estas ruedas, como el mismo profeta aclara, eran de gran dimensión y altura, y de aspecto terrible. Y también los apóstoles fueron grandes en la perfección de su doctrina, excelsos por la sublimidad de las promesas celestiales y terribles por las amenazas y espantosos castigos que sucederían.
El penitente dice en el Cantar de los Cantares: “Mi alma se conturbó a motivo de las cuadrigas de Aminadab” (6, 11). Aminadab se interpreta “espontáneo”, y es figura de Jesucristo que espontáneamente se ofreció a sí mismo en la cruz por nosotros. Y sus cuadrigas fueron los apóstoles, de los que dice Habacuc: “Y tus cuadrigas son la salvación” (3, 8), o sea, a motivo de ellas das la salvación. Y a motivo de su predicación, mi alma, confiesa el penitente, se conturbó, o sea, se turbó toda y me impulsó a la penitencia.
Todavía Habacuc: “Lanzaste al mar tus caballos para agitar las aguas profundas. Lo oí mis entrañas se estremecieron” (3, 15‑16). El Señor lanzó y al mar, o sea, al mundo los caballos, o sea, a los apóstoles, que, mediante su predicación, agitaron las aguas profundas, o sea, a muchos pueblos y los convirtieron a la penitencia. Dice el penitente: “Yo escuché su predicación, y mis entrañas, o sea, mi carnalidad, se estremecieron”.
2.‑ En estas ruedas estaba el Espíritu de vida, que todo vivifica. Se lee en la epístola de hoy: “Cuando llegó el día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos juntos en el mismo lugar. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, que llenó toda la casa donde estaban sentados. Y se les aparecieron lenguas repartidas de fuego, que se posaban sobre cada uno de ellos. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas, como el Espíritu Santo les daba que hablasen” (Hech 2, 1-4).
Pentecostés es un término griego, que significa “cincuenta”; y el antiguo pueblo elegido lo festejaba, porque, cincuenta días después de la inmolación del cordero, por medio del cual los hijos de Israel salieron de Egipto, les fue dada la Ley por Dios, rodeado de fuego. En el Nuevo Testamento, cincuenta días después de la Pascua de Cristo, descendió el Espíritu Santo sobre los apóstoles, apareciendo en el fuego. La Ley fue dada en el monte Sinaí, el Espíritu en el monte Sión. La Ley fue dada en un alto lugar del monte, el Espíritu en el cenáculo.
“Cuando llegó el día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos juntos en el mismo lugar”. No faltaba ninguno, tanto porque el número doce estaba completo, como porque eran un solo corazón y una sola alma.
“Estaban en el mismo lugar”, o sea, en el cenáculo, al cual habían subido. El que desea recibir al Espíritu, pisotea la habitación de la carne, superándola con la contemplación de la mente.
“De repente vino del cielo un estruendo como de un viento impetuoso, y llenó toda la casa, en la cual se hallaban”. No conoce demoras la gracia del Espíritu Santo, según el dicho: “El ímpetu del río alegra la ciudad de Dios” (Salm 45, Salm). Con el estruendo llegó aquel que habla venido para instruir a los suyos.
Tenemos una concordancia con el Éxodo: “Al llegar el tercer día y al clarear la mañana, se oyeron truenos y se vieron resplandecer relámpagos. Densísimas nubes cubrían el monte, y retumbaba un fortísimo sonido de trompeta; y todo el pueblo que estaba en el campamento, se estremeció de miedo”
El primer día fue el de la encarnación de Cristo; el segundo, el de su pasión; y el tercero, el de la venida del Espíritu Santo. A su venida, se oyeron truenos, porque de repente vino del cielo un estruendo; y resplandecieron los relámpagos, símbolos de los milagros de los apóstoles. Y densísimas nubes, o sea, la compunción de los corazones y el arrepentimiento, cubrieron el monte Sinaí, o sea, al pueblo que se hallaba en Jerusalén.
Por esto se lee en los Hechos de los Apóstoles que “los arrepentidos de corazón preguntaban a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Hermanos, qué debemos hacer?”. Y “el sonido de la trompeta”, o sea, de la predicación, “resonaba con más fuerza”. En efecto, Pedro exhortó: “Hagan penitencia, y cada uno de ustedes se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para la remisión de sus pecados; después, recibirán el don del Espíritu Santo”. Y todo el pueblo que se hallaba en los campamentos, se estremeció de miedo; y por eso “se bautizaron; y en aquel día se les unieron unas tres mil personas” (Hech 2, 37-38; y 2, 41).
3.‑ “Y se les aparecieron lenguas repartidas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos”.
Por medio de las lenguas de la serpiente, de Eva y de Adán, “la muerte entró en el mundo” (Sb 2, 24). La lengua de la serpiente inoculó el veneno en Eva; la lengua de Eva infundió el veneno en Adán; y la lengua de Adán intentó retorcerlo contra Dios. La lengua es un miembro frío, nada en la humedad; y es por eso un mal rebelde, y está llena de veneno mortal (Sant 3, 8), del cual no hay nada más frío.
Por eso, el Espíritu Santo se apareció en lenguas de fuego, para contraponer lenguas a lenguas y fuego a veneno mortal.
Y observa que el fuego posee cuatro propiedades: quema, purifica, calienta e ilumina. De manera semejante, el Espíritu Santo quema los pecados, purifica los corazones, sacude el entumecimiento del frío e ilumina las ignorancias.
El fuego es también incorpóreo e invisible en su naturaleza; pero, al atacar algún objeto, asume diversas coloraciones, según los materiales, en los que arde. Así el Espíritu Santo no puede ser visto, sino por medio de las criaturas, en las que obra.
Recuerda también que “la dispersión de las lenguas sucedió en la torre de Babel”, según el principio: la soberbia desune y dispersa, la humildad reúne, la soberbia está la dispersión, en la humildad la concordia.
He aquí que se cumple la promesa del Señor: “No los dejaré huérfanos, sino que les enviaré al Espíritu Paráclito” (Jn 14, 18 y 26), que fue su abogado y habló a todos en su favor. Trajo las lenguas aquel, que venía por la Palabra. Entre la lengua y la palabra hay un parentesco, tanto que no pueden estar separadas una de la otra. Así la Palabra (el Verbo) del Padre, o sea, el Hijo, y el Espíritu Santo son inseparables, más aún, tienen una misma naturaleza.
“Y todos estuvieron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar diversas lenguas, según el Espíritu Santo les daba que hablasen”.
He ahí el signo de la plenitud: el vaso lleno desborda, el fuego no puede ser ocultado. Hablaban todas las lenguas; o también, hablaban su lengua hebrea, y todos los entendían, como si hablaran las lenguas de cada uno de ellos. El Espíritu Santo, “distribuyendo sus dones a cada uno como quiere” (1Cor 12, 11), infunde su gracia, donde quiere, como quiere, cuanto quiere, cuando quiere y a quien quiere.
Roguemos, pues, que se digne infundir su gracia también en nosotros aquel Espíritu Santo, que hoy infundió su gracia en los apóstoles por medio de las lenguas de fuego. A El sean siempre la alabanza y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
4.‑ “Al cumplirse los días de Pentecostés, los discípulos estaban reunidos todos juntos en el mismo lugar”.
Dice Ezequiel: “Ven, oh Espíritu, de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, para que revivan” (37, g).
Los cuatro vientos son las cuatro partes del mundo: el oriente, el occidente, el septentrión y el mediodía. En el oriente está indicada la encarnación de Cristo; en el occidente, su pasión; en el septentrión, su tentación; y en el mediodía, el envío del Espíritu Santo.
O también: en el oriente está señalado nuestro miserable ingreso en el mundo; en el occidente, el pensamiento de nuestra dolorosa partida; en el septentrión, la consideración de nuestra infeliz condición; y en el mediodía, el reconocimiento de nuestros pecados.
De estos cuatro vientos viene el Espíritu Santo y sopla, con el soplo de su gracia, sobre los muertos por la espada de la culpa, para que revivan a una vida de penitencia. Se lee en los Hechos de los Apóstoles que, “mientras Pedro hablaba, descendió el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban su palabra” (10, 44).
En la lección de los Hechos de los Apóstoles que se lee hoy, se deben ponderar cuatro aspectos: primero: el cumplimiento de los cincuenta días: “Al cumplirse los cincuenta días de Pentecostés”; segundo: la venida del Espíritu Santo: “De repente vino un estruendo del cielo”; tercero: la aparición de las lenguas de fuego: “Se les aparecieron lenguas repartidas de fuego”; cuarto: los apóstoles, que hablaban en todas las lenguas: “Todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban diversas lenguas, según el Espíritu Santo les daba que hablasen”.
“Al cumplirse los días de Pentecostés”. Pentecostés es un término griego que significa “cincuenta”: cinco veces diez hacen cincuenta. Cinco son los sentidos del cuerpo y diez los mandamientos del decálogo. Si los cinco sentidos de nuestro cuerpo fueran perfectos en el cumplimiento de los mandamientos del decálogo, entonces sin duda se cumplirla en nosotros el muy sagrado día de Pentecostés, en el que se da el Espíritu Santo.
Con respecto a este número “cincuenta”, se lee en el Génesis que “el arca de Noé medía cincuenta codos de ancho” (6, 1 Salm). Pero, ante todo, debemos observar que “la misma arca tenla cinco sectores. El primero era el sector de los desechos; el segundo, el de las provisiones; el tercero, el de las bestias feroces; el cuarto, el de los animales domésticos; y el quinto, de los hombres y de las aves.
Noé es figura del justo, cuya arca es el propio cuerpo, que con razón se dice arca. El arca es Ramada así, porque aleja (en latín, árceo) a los ladrones. As! el cuerpo del justo debe rechazar todo vicio, que intenta hurtarle las virtudes. Los cinco sectores de esta arca son los cinco sentidos, o sea, el gusto, el olfato, el tacto, el oído y la vista.
5.‑ El primer sector es el de los desechos, o estercolero. Y es la lengua de nuestra boca, por medio de la cual en la confesión debemos tirar todo el estiércol de nuestros pecados. Esta es la puerta del estercolero, de la cual se dice en el libro de Nehemías: “Malquías, hijo de Recab, reedificó la puerta del estercolero y estableció sus puertas, sus cerraduras y sus trancas” (3, 14).
El estercolero, lugar lleno de estiércol, es llamado así porque está ensuciado emporcado de estiércol. La conciencia del pecador, hedionda y ensuciada por el estiércol del diablo, debe purificarse a través de la puerta de la confesión. Esta puerta la construye Malquías, hijo de Recab. Malquias se interpreta “coro para el Señor” y Recab, “que sube”.
Malquías es el penitente que, por medio del timbal y del coro, o sea, a través de la mortificación de la carne y la armonía de la caridad, debe hacer resonar un himno al Señor. Este penitente es hijo de Jesucristo, que sube a la derecha del Padre.
Este Malquías debe aplicar a su lengua los batientes (en latín, valvae, de velar u ocultar), que son puertas internas, que se cierran por dentro; o sea, el penitente debe encerrar todos sus bienes en su interior, y en la frente de su conciencia debería escribir como letrero el versículo de Isaías: “¡Mi secreto es para mí, mi secreto es para mí!” (24, 16). Debe aplicar también las cerraduras, para contener, con las cerraduras del amor y del temor de Dios, los impulsos del alma, que quieren irrumpir al exterior. Asimismo, debe aplicar las trancas, para proponer, a su tiempo y en su lugar, cosas útiles y jamás hablar de cosas malas.
6.El segundo sector es el de las provisiones, y simboliza el olfato de las narices. Las narices son llamadas en latín nares, porque por ellas pasa el aire (en latín, aer) o el aliento.
Las narices tienen tres tareas: respirar, captar los olores, expurgar el cerebro.
El modo justo de respirar, establecido por la naturaleza, es el de las narices. El no hacerlo es un defecto. Se respira por la boca sólo por necesidad pero es muy feo, porque va contra la naturaleza. Y también el estornudo sale por las vías de las narices, cuando aumenta el aire en el cerebro e irrumpe súbitamente.
En las narices, como ya se dijo a menudo, están simbolizadas la discreción y la prudencia, Por medio de estas dos virtudes, como por las narices, aspiramos el espíritu de contemplación y de la caridad celestial, captamos el aroma del buen ejemplo y purificamos los pensamientos inútiles.
Y como la respiración por las narices es el camino justo y natural, así por medio de la discreción y de la prudencia, como si fuera un camino recto, se aspira el espíritu del amor divino, que después se espira y se exhala para consuelo y edificación del prójimo. Y como la respiración por la boca se hace sólo por necesidad y es muy feo, así la confesión de la boca se hace por necesidad. Ya que pecaste, es necesario que te confieses; si no quieres confesarte, estás destinado a la condenación.
Y es muy feo, porque hace sentir el hedor del estercolero, del cual se lee en Lucas: “Señor, la higuera déjala todavía este año, yo cavaré a su alrededor y echaré el estiércol” (13, 8). La higuera es figura del alma; la excavación, la contrición; el abono, la confesión de los pecados, que hace que el alma estéril fructifique.
Y cuando el viento de la soberbia o de la vanagloria aumenta en el cerebro, o sea, en la mente, inmediatamente es expulsado por medio del camino de la discreción y de la prudencia.
7.‑ El tercer sector es el de los animales feroces, y es figura del tacto de las manos, con las que debemos empuñar el azote y castigarnos a nosotros mismos sin misericordia por los pensamientos desordenados, por las palabras indecentes y por las obras malas. Comenta la Glosa: “Cuantos fueron los deleites ilícitos, tantos han de ser nuestros sacrificios de expiación”.
Y observa que como en las manos hay diez dedos, así diez son las especies de disciplina, o sea, de mortificación: la renuncia a la propia voluntad, la abstinencia en la comida y en la bebida, el rigor del silencio, las veladas nocturnas en oración, la efusión de las lágrimas, una conveniente dedicación a la lectura, el trabajo manual, la operosa compasión hacia las necesidades del prójimo, una vestidura modesta, el desprecio de sí mismo.
Con estos diez dedos debemos empuñar el azote y golpearnos sin piedad, sin lenidad y sin misericordia, para que en el día del castigo, que quebrará los huesos, merezcamos conseguir misericordia.
8.‑ El cuarto sector es el de los animales domésticos, y es figura del oído.
Has de saber que la oreja está compuesta de cartílagos y de carne. En la oreja interior hay un meandro sinuoso, que se asemeja a una armella (anillo), que va a terminar en un hueso, semejante por forma y configuración a la ore)a externa. A ese hueso llegan todos los rumores y todos los sonidos, que por él son transmitidos al cerebro. Y del cerebro sale una vena que va hasta la oreja derecha y otra vena que va a la oreja izquierda. Y todos los animales, que tienen orejas, las tienen móviles, a excepción del hombre (Aristóteles).
El cartílago tiene la apariencia de hueso, pero no tiene su dureza. La carne (en latín, caro) se llama así, porque es cara, o sea, querida.
En el cartílago y en la carne, de los que se compone la oreja, están indicadas las virtudes de la mansedumbre y de la humildad, de las que nada hay más querido por Dios y por los hombres. El oído de cada hombre debe ser provisto de estas dos virtudes, para responder con mansedumbre y humildad a todo golpe, molestia o injuria verbal.
Y todo esto lo enseña la misma naturaleza, que en la oreja interna no abrió un meandro recto, sino sinuoso, para que, cuando oyes lo que no te gusta, no repercuta en seguida en el espíritu, sino que las palabras y los discursos pasen con dificultad como por rodeos y vueltas, perdiendo su virulencia; y así llegan a destino debilitados y te punzan poco o nada.
Y las dos venas, que salen del cerebro, de las que una va a la oreja derecha y la otra va a la oreja izquierda, simbolizan la templanza y la obediencia. En la vena derecha está indicada la prosperidad y en la izquierda, la adversidad. Cuando sientes la prosperidad y lo que te gusta, es necesaria la templanza; en cambio, cuando te disgusta lo que te mandan o cuando sientes la adversidad, entonces la obediencia es más necesaria, porque es más fructuosa.
Y todos los animales que tienen orejas, las tienen móviles, a excepción del hombre. Es de veras digno de ser llamado hombre aquel que no tiene las orejas móviles, o sea, que no se deja disuadir de la estabilidad de su mente por el viento de las palabras. En cambio, todo hombre que tiene orejas con comezón, que cree a toda palabra y que de buena gana y con avidez tiende el oído a la adulación, no es digno de ser llamado hombre, sino animal bruto.
9.‑ El quinto sector estaba destinado a los hombres y a las aves, y es figura de la vista de los ojos, con los cuales debemos mirar misericordiosamente a los pobres, que padecen necesidad, y considerar atentamente las cosas celestiales, porque, como dice el Apóstol, “las perfecciones invisibles de Dios pueden ser contempladas y entendidas por medio de las cosas creadas” (Rom 1, 20).
He ahí que ahora sabes que los cinco sectores del arca de Noé son figuras de los cinco sentidos del cuerpo del justo.
Y observa aún más que el arca de Noé fue construida sobre el modelo del cuerpo humano: medía trescientos codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de altura.
En el cuerpo humano la altura es seis veces mayor que su circunferencia y diez veces mayor que su diámetro. La altura se mide de la planta de los pies hasta la coronilla; la circunferencia se mide a la altura del tórax; y el diámetro, del dorso al vientre (Glosa).
Si los cinco sentidos del cuerpo fueren perfectos por la observancia de los diez mandamientos del decálogo, entonces de veras el arca de Noé se dilatará hasta cincuenta codos; y as! se cumplirá el quincuagésimo día; y el justo, al fin de su vida, alcanzará la perfección. Se lee en el libro de la Sabiduría: “El justo llegó en breve a la perfección, y realizó las obras de una larga vida; su alma era del agrado del Señor” (4, 13~14).
Con razón se dice: “Al cumplirse los días de Pentecostés, todos los discípulos estaban juntos en el mismo lugar”.
Los discípulos del justo son los sentimientos de la razón y los puros pensamientos de la mente. Y éstos están todos juntos de veras en el mismo lugar, cuando se cumple el día de Pentecostés, o sea, cuando los cinco sentidos alcanzan la perfección .
Presta atención a las dos palabras: “todos juntos” y “en el mismo lugar”.
“Todos juntos”, o sea, en pie de igualdad y al mismo tiempo. Están todos juntos aquellos pensamientos de la mente que se despliegan con orden, bajo la regla de la razón igual para todos, y proceden con recto juicio, de modo que en la mente un pensamiento no aparezca superior al otro, ni éste inferior al primero. Si esto sucediera, la misma desigualdad sería ocasión de ruina de todo el edificio de las virtudes.
Exhorta el Apóstol: “Todas las cosas se deben hacer con orden” (1Cor 14, 40), para que se pueda decir a éste: “Vete”; y él va; y a otro: “Ven”; y él viene; y al siervo, o sea, a nuestro cuerpo: “Haz esto”; y el siervo lo hace (Mt 8, 9).
Estén, pues, los discípulos todos igualmente juntos, para que los pensamientos de la mente, reunidos todos juntos como un batallón de soldados, puedan luchar intrépidamente contra las potestades del aire. Y estén también $ten el mismo lugar”, no divididos y separados, porque la mente dividida no tiene fuerza impetratoria.
Dice el Eclesiástico: “Hijo mío, no emprendas muchas cosas”; y de nuevo. “¡Ay del pecador que procede por dos caminos!”, o sea, con engaño (11, 10;,y 2, 14).
Escribe Gregorio: “El río, que se ramifica en muchos arroyos, se seca en su cauce”. Y Bernardo: “El hombre, que se aplica a muchas cosas, necesariamente será atormentado por las preocupaciones”.
Si, pues, los días de Pentecostés fueren cumplidos y todos juntos en el mismo lugar, también los discípulos estarán dispuestos a recibir la gracia del Espíritu Santo.
Se digne infundirnos también en nosotros esa gracia aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
10.‑ “De repente resonó del cielo un estruendo, como de un viento impetuoso, que llenó toda la casa donde se hallaban” (Hech 2, 2).
Sonido es todo lo que es sensible al oído. Hay tres especies de sonido: el sonido producido por la voz por medio de la garganta; el producido por el soplo como en la trompeta; y el producido por la pulsación, como en la lira.
El estruendo de un viento impetuoso es la contrición del corazón, que el penitente percibe como un sonido a través del oído del corazón. Dice el Señor en Juan: “El viento (el Espíritu) sopla donde quiere, porque puede elegir el corazón al que quiere iluminar, oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va” (3, 8).
La voz del Espíritu Santo es la compunción que habla al corazón del pecador; pero, “aunque la oigas, no sabes de dónde venga”, o sea, cómo penetró en su corazón, o en qué modo haya retornado, porque su esencia es invisible.
Considera aún más que este sonido se produce de tres maneras: con la voz del predicador, con el soplo de la solidaridad fraterna, con la pulsación de la corrección paterna. De estos tres modos suele brotar el sonido de la compunción en el corazón del pecador. Con razón se dice: “De repente se oyó del cielo un estruendo como de un viento impetuoso”.
Se halla una concordancia en las palabras del Éxodo: “Ya había llegado el tercer día, y la mañana resplandecía” (19, 16), como ya hemos visto. El primer día simboliza el reconocimiento del propio pecado; el segundo día, el odio y el rechazo contra el pecado; y el tercer día, la contrición del corazón por los pecados.
Y cuando llega la contrición y resplandece la mañana de la gracia, entonces se comienza a oír los “truenos” de los gemidos, de los suspiros y de las acusaciones; comienzan a brillar los “relámpagos” de la confesión; y “nubes densísimas”, o sea, la oscuridad de la penitencia, “llegan a cubrir el monte”, o sea, al penitente, que es como un monte que se eleva del valle de la impureza y de la miseria. “El sonido de la trompeta”, o sea, de la vida santa y de la buena reputación, “retumbaba con vehemencia”, porque “donde abundó el pecado, sobreabundó la justicia” (Rom 5, 20). De esa manera se espanta todo “el pueblo” de demonios, que se hallan “en los campamentos” y están siempre dispuestos al ataque; pero, al asistir a todas estas manifestaciones, ya no se atreven a trabar batalla. Se lee en Job: “Ninguno le dirigía la palabra, porque veían que su dolor era muy grande” (2, 13).
Cuando los espíritus del mal ven que el estruendo del viento impetuoso llena toda la casa, o sea, la mente del penitente, en la cual vive, y el penitente se humilla reflexionando sobre sus años en la amargura de su alma, esos espíritus del mal no se atreven a avanzar más allá ni se atreven a deslizar palabras de sugestión.
Y presta atención que usa el adjetivo “vehemente” con sus dos significados: elimina el eterno vae, ¡ay!, y transporta en alto la mente (vehens mentem). Así la contrición del corazón elimina la eterna amenaza y transporta en alto la mente.
11.‑ En el introito de la misa de hoy se lee: “El Espíritu del Señor llenó el orbe terráqueo; y esto, que todo lo contiene, tiene el conocimiento de la voz” (Sb 1, 7).
El orbe es llamado así por la redondez del círculo. La tierra es oscura, fría e inmunda. El orbe es el corazón del pecador, que se mueve por los alrededores como una rueda y recorre el mundo tanto hacia oriente como hacia occidente; pero ese mundo es oscuro por la soberbia, frío por la avaricia e inmundo por la lujuria. Pero el Espíritu del Señor llena el orbe terráqueo, cuando infunde en el corazón del pecador la gracia de la compunción; y así lo libera del vae eterno, o sea, de la amenaza eterna.
“Y esto, que todo lo contiene, tiene el conocimiento de la voz”, o sea, el hombre, animal racional, que comprende todos los cuatro elementos, de los que están compuestas todas las cosas, “tiene el conocimiento de la voz”, porque entiende cuando el Espíritu Santo le habla. Dice el bienaventurado Bernardo: “Tantas veces el Espíritu Santo nos habla, cuantas veces pensamos en cosas buenas”. Y el Profeta: “Escucharé lo que me dice el Señor Dios” (Salm 84, 9); y así eleva en alto la mente. Y el Filósofo, describiendo el espíritu, dice: “El espíritu es el vehículo de las virtudes, por medio del cual las virtudes salen para ejecutar sus operaciones” (Séneca).
Roguemos, pues, al Hijo de Dios, que nos infunda el espíritu de contrición, que nos libere de la amenaza eterna y eleve nuestra mente a las cosas celestiales.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!.
12.‑ “Se les aparecieron lenguas repartidas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos”.
Presta atención a estos tres detalles: las lenguas, repartidas o separadas, y el fuego. En las lenguas está indicada la confesión; en las lenguas repartidas, la manifestación de las circunstancias del pecado; y en el fuego, el fervor de la confesión y de la satisfacción.
Observa que la lengua es el instrumento del sentido del gusto, y esa sensibilidad se experimenta principalmente en la punta de la lengua. La parte mayor de la lengua tiene menor sensibilidad. Y la lengua siente lo que es común a todos los cuerpos: el calor y el frío, la dureza y la blandura. Y esto lo experimenta en todas sus partes. Y la lengua, por su naturaleza, está destinada para saborear las cosas húmedas y para hablar.
La lengua del hombre es absolutamente libre, flexible y ancha, muy idónea para las dos funciones: el gusto y la palabra. La lengua flexible y ancha es muy idónea para la facilidad y la elegancia de la elocución, porque se extiende y se contrae, se pliega y se gira en la boca por todas partes y de diversas maneras; y si la lengua es libre y ancha, se puede hablar con buen gusto. Y esto resulta aún más evidente cuando se observa a los que tienen la lengua trabada, como a los balbucientes o a los tartamudos.
Algunos tienen en la lengua otro impedimento; y esto sucede con algunas consonantes, cuando la lengua fuere estrecha, contracta y poco extendida, porque lo pequeño cabe en lo grande, pero no lo grande en lo pequeño. Y por esto las aves de lengua ancha son capaces de pronunciar algunas sílabas o palabras, a diferencias de las aves de lengua contracta (Aristóteles).
En la lengua, como se dijo, está indicada la confesión, en la cual se debe manifestar todo lo que es común a todo el cuerpo, o sea, los pecados que se cometen con todo el cuerpo: en el abrasado calor de la soberbia, en el frío de la malicia y de la pereza, en la dureza de la avaricia, en la molicie de la concupiscencia y lujuria. Y como la lengua está destinada por la naturaleza para saborear y para hablar, así dos son las manifestaciones de la lengua: la proclamación de la alabanza y la confesión de los pecados.
La proclamación de la alabanza se realiza en el oficio divino y en las salmodias. Si cumplimos estas acciones con devoción, podremos saborear la gracia de la compunción y la dulzura de la contemplación.
Dice Gregorio: “Con la voz de la salmodia, cuando se obra con la recta intención del corazón, al mismo corazón se le prepara un camino para llegar a Dios omnipotente, para que infunda en la mente dócil la comprensión de los misterios de la profecía y la gracia de la compunción. Está escrito: “El sacrificio de alabanza me honrará” (Salm 49, 23). Mientras a través de la salmodia se expresa la compunción, se nos abre un camino en el corazón, por el cual, al fin, se llega a Jesús”.
13.‑ En la confesión del pecado debemos hablar, o sea, declarar resuelta, abierta y totalmente nuestros pecados. Y esto nos lo enseña la misma naturaleza, porque la lengua del hombre es resuelta, ágil y ancha. Así la confesión del pecado ha de ser resuelta en la manifestación de todas las circunstancias, flexible en la efusión de las lágrimas, ancha en la reparación de todas las ofensas causadas, en la restitución de todo lo mal quitado y en la seriedad de un firme propósito de no volver a caer.
Una tal confesión de la lengua abre camino para que el alma se eleve hasta Dios a través de la contemplación, se repliegue hacia sí misma a través de la humildad y corra de una parte a otra para manifestar su solidaridad con el prójimo.
En cambio, muchos pecadores, miserables, tartamudos y tontos, tienen la lengua contracta e impedida, porque, cuando se confiesan, se confiesan balbuciendo y de manera incompleta.
Con razón se dice: “Se les aparecieron lenguas repartidas, corno de fuego”.
Las lenguas de la confesión deben ser “repartidas”, porque, en la confesión, el pecador debe tener la lengua y el corazón divididos en muchas partes: el corazón, para dolerse de varias maneras por los muchos pecados cometidos; y la lengua, para determinar distintamente todas las circunstancias de los pecados cometidos.
Sobre este argumento se habló con mayor profundidad en el sermón del primer domingo de cuaresma: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto”.
Y observa que como el fuego calienta las cosas frías, ablanda las cosas duras, solidifica las cosas blandas, abaja e incinera las cosas altas; y si uno lo quiere tener encendido, lo conserva bajo la ceniza; así el fervor de la confesión y de la satisfacción calienta con el fuego del amor a los fríos, ablanda con la compunción a los corazones duros, consolida con la seriedad de un santo propósito a los flojos, o sea, a los lujuriosos, abaja a los que son altos, o sea, a los soberbios y los incinera con el recuerdo de su fragilidad y de su infamia. Bajo tal ceniza, este fuego se puede conservar a continuación.
Yo les suplico, queridísimos hermanos, que este fuego se pose y permanezca siempre sobre cada uno de ustedes; que sus lenguas estén “repartidas” en la confesión de los pecados y de sus circunstancias, para que, confesándose resuelta, abierta y totalmente, merezcan llegar a la Jerusalén celestial para proclamar con los ángeles el nombre del Señor.
Se lo conceda aquel Cristo, “cuyo fuego está en Sión y cuyo horno está en Jerusalén” (ls 3 1, g), y que vive y reina por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
14.‑ “Y todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en varias lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hech 2, 4).
Se llenan del Espíritu Santo, que es el único que puede llenar el alma, la cual no puede ser llenada por todo el universo. “Y no pueden recibir a otro espíritu, porque los vasos llenos no pueden recibir aumento” (Glosa).
A la Virgen se le dijo: “Dios te salve, llena eres de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres” (Lc 1, 28). Observa que entre las dos palabras: “Llena de gracia” y “Bendita tú entre las mujeres”, se dice “El Señor está contigo”, porque es el mismo Señor, que conserva en el interior la plenitud de la gracia y realiza en el exterior la bendición de la fecundidad, o sea, de las obras santas.
Además, después de “Llena eres de gracia”, se dice con razón: “el Señor está contigo”, porque, como sin Dios nada podemos hacer o tener, sin El tampoco podemos conservar lo que hemos recibido. Por esto, después de la gracia, es necesario que el Señor esté con nosotros y conserve lo que El sólo dio. Al darnos su gracia, El nos previene; pero, para conservarla, nosotros debemos ser sus cooperadores. El no vela sobre nosotros, si junto con El no velamos también nosotros.
El Señor manifiesta claramente que exige nuestra solícita colaboración, cuando pregunta a los apóstoles: “¿No pudieron velar una sola hora conmigo? Velen y oren para no entrar en la tentación” (Mt 26, 40‑41). Con razón, pues, se dice: “ Y todos fueron llenos del Espíritu Santo”.
A este propósito dice el Señor en el evangelio de hoy: “El Paráclito, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les dije” (Jn 14, 26).
El Padre envió al Consolador en nombre del Hijo, o sea, para gloria del Hijo, para manifestar la gloria del Hijo. “El les enseñará”, para que sepan; “les recordará”, o sea, les proveerá los medios, para que quieran. La gracia del Espíritu Santo da el saber y el querer. Hoy se canta en la misa. “Ven, Espíritu Santo, y llena los corazones de tus fieles”, para que tengan el saber; y “enciende en ellos el fuego de tu amor”, para que quieran llevar a cabo lo que saben (Secuencia de la Misa de Pentecostés).
También se canta: “Envía a tu Espíritu; y las cosas serán creadas” con tu saber; y así “renovarás la faz de la tierra”, con tu buena voluntad (Salm 103, 30).
Con este versículo del salmo, concuerda lo que leemos en las Lamentaciones de Jeremías: “Desde lo alto, el Señor envió fuego en mis huesos y me instruyó” (1, 13). Es la Iglesia que se expresa as!: “El Padre, desde lo alto, o sea, desde el Hijo, envió hoy el fuego, o sea, al Espíritu Santo, en mis huesos, o sea, en los apóstoles, y por medio de ellos me instruyó, para que sepa y quiera”.
15.‑ “Todos fueron llenos del Espíritu Santo”. De ello se halla una concordancia en las palabras del Génesis: “El Señor hizo pasar un viento”, el Espíritu Santo, “sobre la tierra; y las aguas disminuyeron. Las fuentes del abismo y las cataratas del cielo fueron cerradas; y las lluvias del cielo fueron detenidas” (8, 1‑2).
Presta atención a estas cuatro palabras: las aguas, las fuentes, las cataratas y las lluvias. En las aguas están simbolizadas las riquezas; en las fuentes del abismo, los pensamientos del espíritu; en las cataratas del cielo, los ojos; en las lluvias, la abundancia de las palabras. Cuando el Señor hace pasar al Espíritu Santo Sobre la tierra, o sea, sobre la mente del pecador, entonces las aguas de las riquezas disminuyen, porque son distribuidas entre los pobres.
De estas aguas se dice en el Génesis: “A la reunión de las aguas, Dios la llamó “mar” (1, 10). La acumulación de las riquezas no es otra cosa más que amargura de tribulaciones y de dolores. Dice Habacuc: “¡Ay de aquel que multiplicó lo que no era suyo! ¿Hasta cuándo cargará sobre sí tan denso barro?” (2, 6).
El barro, amontonado en casa, despide hedor; pero, esparcido, hace fecunda la tierra. Así son las riquezas: si se acumulan, y, sobre todo, si no son propias, sino ajenas, despiden el hedor del pecado y de la muerte; pero si se distribuyen entre los pobres y si se restituyen a sus propietarios, hacen fecunda la tierra de la mente y la hacen fructificar.
El abismo es el corazón del hombre, del cual dice Jeremías: “Malvado e inescrutable es el corazón del hombre; ¿quién podrá conocerlo?” (17, g). Las fuentes de este abismo son los pensamientos; pero estas fuentes se cierran, cuando se infunde la gracia del Espíritu Santo. Con esto concuerda lo que se lee en el libro segundo de las Crónicas: “Ezequías reunió a mucha gente, y cegaron todas las fuentes y el arroyo que corría a través del territorio, diciendo: “Si vienen los reyes de Asiria, no deben hallar abundancia de aguas” (32, 4).
Ezequías es el justo, que debe reunir una gran multitud de buenos pensamientos y obstruir las fuentes de los pensamientos inicuos y perversos y el torrente de las concupiscencias, para que los demonios, al hallar abundancia de aguas, no destruyan con ellas la ciudad del alma.
Las cataratas del cielo son las ventanas. Las ventanas son llamadas as¡, porque traen luz o porque a través de ellas podemos mirar hacia fuera. Luz se dice en griego phos (y en latín, ventana se dice fenestra con cierta asonancia con phos, luz). En la cabeza, como los dos astros colocados por Dios en el firmamento (Gen 1, 14), están situadas dos lumbreras, o sea, los dos ojos, que son como dos ventanas, a través de las cuales podemos ver. Las dos ventanas se cierran a la vanidad del mundo, cuando se infunde en la mente la luz de la gracia.
Las lluvias (en latín, pluviae, que suena como fluviae fluentes) simbolizan las palabras, que sin obstáculos ni impedimentos son prodigadas profusamente en todas partes. Dice Salomón: “El que inicia un litigio, es como si abriera una represa” (Prov 17, 14). Y el Eclesiástico aconseja: “No permitas a tus aguas una salida, ni pequeña” (25, 34).
Estas lluvias cesan cuando, con la gracia del Espíritu Santo, la lengua se acostumbra a cantar las alabanzas de su Creador y a confesar sus pecados. Con razón, pues, se dice,. “Y todos fueron llenos del Espíritu Santo”.
16.‑ “Y comenzaron a hablar en varias lenguas, según el Espíritu Santo les daba que hablasen”.
El que está lleno del Espíritu Santo, habla diversas lenguas. Las diversas lenguas son los distintos testimonios, que podemos dar a Cristo, como la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia; y llegamos a hablar en estas “lenguas”, o virtudes, cuando las mostramos a los demás en nuestra vida práctica.
La lengua es viva, cuando hablan las obras. Les conjuro: ¡cesen las palabras, y hablen las obras! Estamos llenos de palabras, pero vacíos de obras; y por eso el Señor nos maldice, como “maldijo la higuera, en la cual no halló frutos, sino sólo hojas” (Mt 21, 19).
Dice Gregorio: “Hay una ley dada al predicador: que practique lo que predica. inútilmente hace conocer la ley aquel que con las obras, o sea, con su vida, destruye su enseñanza”.
En cambio, los apóstoles hablaban, “según el Espíritu Santo les daba que hablasen”. ¡Bienaventurado el hombre, que habla según el Espíritu Santo le da, y no según sus inclinaciones! Hay algunos que hablan según sus inclinaciones, se apoderan de las palabras ajenas, las proclaman como propias y se las atribuyen.
Contra ellos y contra los que son como ellos, el Señor amonesta por boca de Jeremías: “Heme aquí contra los profetas, que se roban los unos a los otros mis palabras. Heme aquí contra los profetas, que toman sus palabras y proclaman: “¡Dice el Señor!”. Heme aquí contra los profetas que profetizan sueños mentirosos, y los cuentan, y pervierten a mi pueblo con sus mentiras y con sus falsos milagros. Yo no los envié, ni los mandé; y ellos no hicieron ningún provecho a mi pueblo, dice el Señor” (23, 30‑32).
En conclusión, hablemos según el Espíritu Santo nos da que hablemos, y pidámosle con humildad y devoción que nos infunda su gracia, para que cumplamos los días de Pentecostés con la perfección de los cinco sentidos y en la observancia del decálogo, y para que nos llenemos del vehemente espíritu de contrición y nos inflamemos con las lenguas de fuego de la confesión. Así inflamados e iluminados, mereceremos ver a Dios uno y trino entre los esplendores de los santos.
Nos lo conceda el Dios uno y trino, que es bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Aleluya!
1.‑ “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn 14, 26).
2.‑ “Paráclito” es una palabra griega que significa “consolador”. El Espíritu Santo es llamado “consolador”, porque consuela a los que llenó de sí, para que, abandonadas las cosas de este mundo, gocen de eterna alegría. Dice Isaías: “El Señor consolará a Sión y consolará (restaurará) todas sus ruinas. De su desierto hará un lugar de delicias y de su estepa, un jardín del Señor. Habrá en ella júbilo y gozo, cantos de agradecimiento y de alabanza” (51,
Vamos a explicar este pasaje ante todo en sentido moral y después en sentido anagógico, o sea, místico.
3.‑ Sentido moral. Sión, que se interpreta “escollo” o “exploración”, es el alma del justo, la cual, estando en el cuerpo como el escollo en medio del mar, sufre los oleajes de las diversas tentaciones, pero no cede ni se mueve, sino que explora dentro de si y por encima de sí. “Señor, dame la gracia de conocerte a ti y de conocerme a mí”, dice Agustín.
El Espíritu Santo consuela a Sión: “¡Bienaventurados los que lloran porque serán consolados!” (Mt 5, 5); e Isaías: “Consolaré a todos los que lloran, y llenaré de gozo a todos los que lloran en Sión” (61, 2‑3).
Llorar se dice en latín lugere, que suena casi como luce égere, carecer de luz. Al que sabe renunciar a la luz de la gloria mundana, el Espíritu Santo lo llena con el consuelo de su gracia.
“Restaurará todas las ruinas”. He aquí lo que dice el Señor: “El que deja casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o campos por mi nombre, recibirá cien veces más” (Mt 19, 29); o sea, recibirá virtudes y dones espirituales, que son como el céntuplo, si los comparamos con los bienes temporales y carnales. Cuando éstos se desploman, aquéllos renacen; se desploma el soberbio y renace el humilde; se desploma el lujurioso y renace el casto; y así de las demás virtudes.
“De su desierto hará un lugar de delicias”. Desierto significa “lugar abandonado”, y es figura del corazón del justo que, no gozando de los consuelos de este mundo, es deleitado con la gracia del Espíritu Santo. ¿Qué deleites podría nombrar, sino la dulzura de la contemplación, la devoción de la mente y la operosa compasión hacia el prójimo?
“Y hará de su estepa”, o sea, de su pobreza, “un jardín del Señor”. Dice la esposa del Cantar: “Mi amado desciende a su jardín” (6, 1). Dice Bernardo. “En el cielo había abundancia de todos los bienes: sólo faltaba la pobreza. En la tierra esta “mercadería”, o sea, la pobreza, abundaba, pero el hombre desconocía su valor. El Hijo de Dios vino a buscarla y con su aprecio la hizo preciosa”.
Y en Sión “habrá gozo” por el pecado perdonado, “alegría” por la iluminación de la conciencia, “acción de gracias” por los beneficios temporales, y “cantos de alabanza” por los bienes espirituales.
4.‑ Sentido místico. observa que en el citado pasaje de Isaías por dos veces se usa la palabra “consolará”; y es a motivo de la doble consolación que el justo recibirá en la resurrección final, o sea, la estola del alma y la del cuerpo.
Se lee en los Proverbios: “Todos los de su casa tienen vestidura doble” (31, 2 1); e Isaías: “En lugar de la doble confusión y de la doble vergüenza que padecieron, rendirán gracias por la porción que les fue dada; por eso poseerán el doble en su tierra y tendrán una alegría perenne” (61, 7).
Se dice “doble” lo que está compuesto de dos partes. Consolará el alma y consolará también el cuerpo, porque restaurará todas sus ruinas. El Señor por boca de Amós promete: “En aquel día yo levantaré la tienda caída de David; repararé las brechas de sus muros y restauraré lo que se había desplomado” (9, 11).
La tienda de David, o sea, el cuerpo del justo, que cayó con la muerte, el Señor lo resucitará en aquel día, o sea, en la resurrección final; y entonces reparará las brechas de sus muros, o sea, los sufrimientos de sus miembros, para que ya no haya en ellos padecimiento alguno.
Y porque no existe verdadera resurrección, si no se levanta lo que había caído, añade: “Y restauraré lo que se había desplomado”. Dice Job: “Con esta mi carne veré a Dios, mi Salvador” (19, 26).
Y porque aquí abajo el justo fue “desierto” en el recogimiento de su espíritu, y “soledad” por la pobreza de su cuerpo, allá arriba su alma será deleitada con el gozo de la sabiduría, con la que se sacian los ángeles; y su cuerpo, como jardín del Señor, será regado por los cuatro ríos del paraíso, o sea, será dotado de las cuatro prerrogativas de los cuerpos gloriosos.
Y en relación a esas propiedades, que serán como la estola, o sea, el vestido del cuerpo glorificado, habrá en el alma “el júbilo” por la luminosidad, “la alegría” por la agilidad, “la acción de gracias” por la sutileza e “himnos de alabanza” por la impasibilidad.
¡Bienaventurado el hombre que merecerá ser consolado por el Paráclito con esta doble consolación!
5.‑ “El Paráclito, el Espíritu Santo”. Este Espíritu es aquel que el Padre y el Hijo infunden en el corazón de los santos; y es aquel que los santifica, para que ellos merezcan ser santos. Como el espíritu humano es la vida de los cuerpos, as! este Espíritu divino es la vida de los espíritus. El espíritu humano es vida sensificante, que torna sensible; el Espíritu Santo es vida santificante. Y es llamado Espíritu Santo, porque sin El ningún espíritu, ni angélico ni humano, llega a ser santo.
“El Espíritu, que el Padre enviará en mi nombre”, o sea, para mi gloria, para manifestar mi gloria, o también porque tiene el mismo nombre del Hijo, o sea, es Dios.
Y añade: “El me glorificará” (Jn 16, 14), porque, “haciéndolos espirituales, proclamará en qué modo el Hijo es igual al Padre, ese Hijo que los discípulos sólo habían conocido en la carne, como hombre (2Cor 5, 16); o también: El los liberará de todo temor y los hará capaces de anunciar a todo el mundo mi gloria, que no será de provecho para mi, sino para los hombres” (Glosa).
“El les enseñará todas las cosas”. Dice Joel: “Hijos de Sión, canten de júbilo al Señor su Dios, porque les dio al maestro de la justicia” (2, 23), que los instruirá para que conozcan todo lo que tiene relación con la salvación.
Y poco antes, el Señor habla prometido: “He aquí, yo les enviaré trigo, vino y aceite, y los tendrán en abundancia” (2, 19). El Espíritu Santo está simbolizado en el trigo, porque sostiene al que camina hacia la patria, “para que no desfallezca en el camino” (Mt 15, 22); está simbolizado en el vino, porque alegra en las tribulaciones; está simbolizado en el aceite, porque suaviza las cosas ásperas.
Estas tres acciones del Espíritu eran muy necesarias a los apóstoles, que debían ir a predicar por todo el mundo; y por esto, como hoy, el Señor les envió al Espíritu Santo, que les infundió estos tres dones, de los que ellos estuvieron llenos”. Por eso se canta: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”, para que en ellos no pudiera entrar el espíritu del mundo. Un vaso colmado no puede recibir ninguna otra cosa.
“Y les recordará todas las cosas”, o sea, les comunicará, o les traerá a la memoria “todo lo que yo les había dicho”. Los instruirá, para que sepan, y les sugerirá, para que quieran.
He aquí, pues, que el Espíritu Santo nos da el saber y el querer; de parte nuestra, debemos poner, en lo posible, todo nuestro esfuerzo (de colaboración); y así seremos templos del mismo Espíritu Santo.
Nos lo envíe también a nosotros el Hijo, que es Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
6.‑ “Un río de fuego salía veloz delante del Antiguo de los días” (Dan 7, 10). Algo semejante se lee en Isaías: “Yo derramaré agua sobre el sediento y ríos sobre la tierra árida. infundiré mi Espíritu sobre tu descendencia y mi bendición sobre tu posteridad” (44, 3). La misma cosa proclamó Pedro en Jerusalén, después de la venida del Espíritu Santo: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y sus hijos y sus hijas profetizarán” (Hech 2, 17).
El río es el curso perenne de las aguas, llamado así por su continuo fluir. La misma agua es corriente, y el río es el curso de la misma agua (Isidoro). El río es la gracia del Espíritu Santo, que hoy regó con abundancia el corazón de los apóstoles, los sació y los purificó. “Derramaré sobre ustedes agua pura, y serán purificados de todas sus inmundicias” (Ez 36, 25).
Este río es llamado “de fuego”. ¿Y qué es el Espíritu Santo sino fuego divino? Lo que el fuego material obra en el hierro, obra también este fuego en un corazón malvado, frío y endurecido. Con la infusión de este fuego, el alma del hombre aparta de sí toda suciedad, insensibilidad y dureza, y se transforma en una semejanza de aquel que la abrasó. Para este fin le es dado, para este fin le es infundido: para que, cuanto sea posible, le sea conforme. Gracias al abrasamiento del fuego divino, el hombre se vuelve totalmente incandescente, arde todo y se derrite en el amor de Dios, según lo que dice el Apóstol: “El amor de Dios fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rom 5, Salm).
Considera que el fuego, cuando quema las cosas altas las abaja, y aglutina las cosas divididas como el hierro al hierro, clarifica las cosas oscuras, penetra las cosas duras, está siempre en movimiento, dirige sus movimientos y sus impulsos hacia lo alto y huye de la tierra; e implica en su acción (de quemar) todas las cosas que embiste.
Estas siete propiedades del fuego se pueden aplicar a los siete dones del Espíritu Santo, el cual con el don del temor abaja las cosas altas, o sea, humilla a los soberbios; con el don de la piedad aglutina las cosas divididas, o sea, los corazones desavenidos; con el don de la ciencia hace claras las cosas oscuras; con el de la fortaleza penetra en los corazones endurecidos; con el don del consuelo está siempre en movimiento, porque aquel que recibió la inspiración, ya no languidece en el ocio, sino que se mueve con fervor para procurar su salvación y la del prójimo: “La gracia del Espíritu Santo no conoce dilaciones” (Ambrosio). Con el don de la inteligencia influye en todos los sentimientos, porque con su inspiración da al hombre la capacidad de comprender, en latín, intelligere, intus legere, leer dentro, leer en el corazón, para buscar las cosas celestiales y huir de las terrenales; en fin, con el don de la sabiduría transforma la mente, en la que se infunde, según su propia operación, haciéndola capaz de gustar las cosas del espíritu. Dice el Eclesiástico: “He llenado mi morada con una nube perfumada” (24, 21).
La mente del justo, en la cual tiene su morada el Espíritu Santo, exhala fragancias como un vaso o como una habitación en la que se colocan esencias aromáticas.
La gracia del Espíritu Santo es Ramada “río de fuego”: río, porque apaga la sed de las cosas temporales y lava las inmundicias de los pecados; de fuego, porque inflama para amar e ilumina para conocer. Por esto se dice que hoy se apareció a los apóstoles en lenguas de fuego, porque los hizo elocuentes y ardientes: ardían de amor a Dios y con su palabra iluminaban al prójimo.
7.‑ “El río corría rápido”. Y los Hechos de los Apóstoles: “De repente vino del cielo un estruendo, como de una vehemente ráfaga de viento: vehemente, o sea, que lleva en alto la mente (en latín, véhit méntem), o elimina el eterno “ay” (en latín, vae), o amenaza. “El ímpetu del río alegra la ciudad de Dios” (Salm 45, Salm), porque “llenó toda la casa donde ellos estaban” (Hech 2, 2).
Hemos visto la dirección del río; ahora vamos a ver de dónde haya brotado: “Salía de la cara del Antiguo de los días”.
Antiguo es como decir “antes que Cristo dice de sí: “Antes que Abraham existiera, yo soy” (Jn 8, 58). El es, pues, “el Antiguo de días”, porque es el Principio sin principio, “el sin tiempo” que forma los tiempos y los gobierna; El reina como Dios en todas partes, de cuya cara hoy salió el río de fuego.
La cara es llamada así, porque hace conocer (en latín facies, facit scire). Por medio del Hijo conocemos al Padre, y por medio del Espíritu Santo conocemos al Hijo. “Cuando venga el Paráclito, dará testimonio de mí” (Jn 15,26).
Roguemos, pues, con devoción al Hijo, para que nos envíe al Paráclito, el Consolador, por medio del cual podamos conocerlo y amarlo, de manera que merezcamos llegar a El.
Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
8.‑ “Un río de fuego salía rápido de la cara del Antiguo de los días”. Algo semejante se lee en Isaías: “Cuando El venga será como un río impetuoso, que el Espíritu del Señor empuja” (59, 19).
El río simboliza las corrientes de las lágrimas, que el espíritu de contrición compele a derramar. Se lee en el Éxodo: “Moisés con la vara golpeó la roca, y de ella salió agua” (17, 6). La roca es el corazón endurecido, del que, si se golpea con la vara de la contrición, saldrá el agua de las lágrimas. Punza el ojo y brotarán lágrimas; punza el corazón y brotará la sabiduría.
Y este río es llamado “de fuego”, o sea, hirviente. Se lee en el Génesis: “Este es Aná, que halló en el desierto aguas termales, mientras apacentaba las asnas de su padre Zibeón” ( 36, 24).
Aná, que se interpreta “vuelto grato”, es el penitente que la gracia divina, gratuitamente otorgada, volvió grato a Dios. Este halló las aguas, o sea, las lágrimas ardientes, que expulsan el frío de la maldad, no en la ciudad ni en el tumulto de los negocios seglares, sino en el desierto, en la soledad del cuerpo y de la mente.
El niño goza, cuando la madre lo zambulle en el agua tibia para lavarlo. Así el justo, que es un niño con respecto a la malicia, goza cuando la gracia, como una madre, lo lava en las lágrimas. “Lávame y seré más blanco que la nieve” (Salm 50,9).
Y halla estas aguas, mientras busca las asnas, o sea, cuando con el flagelo de la disciplina castiga en si mismo la lentitud y los retardos propios de los asnos, y se esfuerza por alcanzar los pastos eternos.
o también: las asnas son las almas fieles, que se dicen pertenecer a Zibeón, que se interpreta “está en el dolor”. En Zibeón está representado Cristo, padre del justo, que, por asumir nuestra naturaleza, estuvo en el dolor, porque, como dice el Apóstol, “con lágrimas y grandes clamores ofreció oraciones y súplicas” (Heb 5, 7). El justo, mientras apacienta con las palabras y con el ejemplo a los fieles de cristo, halla las lágrimas en la soledad de su mente, porque, compartiendo los sufrimientos del prójimo, le nace la compunción de las lágrimas. Dice Job: “Lloraba con quien estaba en la aflicción, y mi alma compartía los sufrimientos del pobre” (30, 25). La compunción de las lágrimas, pues, es llamada “río de fuego”, porque purifica y calienta.
Dice el proverbio: “Derrama cálidas lágrimas, el que llora desde lo profundo del corazón”. Porque en el corazón de la Magdalena grande era el fuego del amor, ella prodigó lágrimas ardientes: “ Comenzó a bañar con lágrimas sus pies” (Lc 7, 38). De veras sus lágrimas fueron un vortiginoso río de fuego, porque destruyeron todos sus pecados. “Le son perdonados sus muchos pecados ‑dijo Jesús‑, porque amó mucho” (Lc 7, 47).
9. “Río rápido”. Dice Job: “Gimo y suspiro antes de comer, y mis gemidos son como aguas desbordantes” (3, 24).
Como un río rápido y vortiginoso o como las aguas desbordantes arrollan los obstáculos, así los gemidos y las lágrimas de la penitencia arrollan todo obstáculo de tentaciones. Y como al rugido del león, todos los demás animales sujetan el paso; así también los demonios se detienen ante el rugido del penitente.
Y siempre en Job se lee: “Nadie se atrevía a dirigirle la palabra, porque veían que su dolor era muy grande” (2, 13).
Las tentaciones y las sugestiones de los demonios cesan, cuando en el penitente se manifiesta un dolor muy fuerte. Y este dolor debe tener la prioridad, para que luego pueda nutrirse, o sea, gozar del reposo y de la tranquilidad de la conciencia.
Este río sale del rostro de Cristo, que viene a juzgar y a dar a cada uno según sus obras(Mt 16, 27). El hombre debe considerar la ira formidable de aquel terrible juez, delante del cual “las potencias del cielo se estremecerán” (Lc 21, 26) y “las columnas del cielo temblarán” (Job 26, 11), cuando dirán a los montes y a las piedras: “ ¡Caigan sobre nosotros y ocúltennos de la cara de Aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero! “ (Ap 6, 16). Ese Cordero permaneció mudo delante de quien lo esquilaba y golpeaba; y su rostro, que fue ensuciado por los esputos, entumecido por las bofetadas, pálido en la hora de la muerte, en el día del juicio será terrible, lleno de indignación e inflexible.
Entonces, ¿quién se atreverá a mirar aquel rostro?. Si Ester ‑como se lee en su historia‑, al ver el rostro de Asuero, esplendente de majestad, se desmayó y cayó casi exánime (15, 17‑18), ¿qué hará el hombre, cuando, en el último juicio, vea el rostro del justo juez, tan terrible y tan austero? “Habiendo Asuero alzado el rostro y manifestando con el fuego de su mirada el furor de su pecho, la reina se desmayó, mudó su colorido en palidez y replegó su cansada cabeza sobre la criada” (15, 10).
Cuando uno reflexiona seriamente en su interior sobre todas estas cosas, se siente sacudido por el miedo, lleno de aflicción y bañado en lágrimas. Y así un impetuoso río de fuego sale del rostro de Cristo.
Concluye Isaías: “Delante de tu rostro, Señor, hemos concebido y dado a luz el espíritu de la salvación” (26, 17-18), o sea, el espíritu de compunción bañado en lágrimas,
Dígnese concedérnoslo también a nosotros Aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
Confiando en la gracia del Verbo Encarnado, que “da voz y sabiduría” (Lc 21, 15) y “hace elocuentes las lenguas de los niños” (Sb 10, 21), y “cuyas manos ‑como dice Ezequiel‑, están bajo las plumas de los cuatro animales” (1, 8), bajo su guía y siendo Él el mismo camino, para su honor y para utilidad de los fieles, hemos emprendido la obra comenzando desde el mismo principio de todas las criaturas (o sea, desde el domingo de Septuagésima), y ahora nos volvemos a comprometer hasta llevarla a su cumplimiento.
Al principio de esta obra, nos hablamos propuesto establecer una concordancia ‑aunque no en modo perfecto, al menos en parte‑ entre los evangelios dominicales del ciclo anual y las narraciones del Antiguo y Nuevo Testamento, como se leen en la Iglesia, y las epístolas de los domingos con el introito de la misa.
Debemos advertir que desde este primer domingo después de Pentecostés hasta el primer domingo de agosto se lee en la Iglesia la historia de los Reyes, dividida en cuatro libros, y en este periodo hay ocho domingo. Queremos, pues, concordar el cuatro con el ocho, adaptando algunos relatos de un libro con los pasajes de dos evangelios; y así sucesivamente, en el mejor modo posible.
1.‑ “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino fino, y cada día hacia banquetes con esplendidez” (Lc 16, 19).
Se lee en el primer libro de los Reyes que David “tomó su bastón en sus manos y del torrente escogió cinco piedras lisas y las puso en su alforja, que siempre llevaba, tornó la honda en su mano y se encaminó hacia el filisteo” (17,40).
Presta atención a estas cuatro palabras: el bastón, las cinco piedras, la alforja y la honda. En el bastón está representada la cruz de Cristo, en las cinco piedras el conocimiento del Antiguo Testamento, en la alforja la gracia del Nuevo Testamento y en la honda la justa balanza del juicio. David, o sea, el predicador, debe tomar el bastón, o sea, la cruz de Cristo, para que se apoye en ella y soporte más fácilmente la fatiga del camino.
De este bastón se dice en el Génesis: “Solamente con mi bastón crucé este jordán, y ahora regreso con dos campamentos” (32, 10). El justo, apoyándose en el bastón de la cruz de Jesucristo, atraviesa el amor transitorio de este mundo y así regresa a la tierra prometida con dos campamentos, o sea, con los frutos de la vida activa y de la vida contemplativa.
El predicador debe tener siempre este bastón en sus manos, con las buenas obras. Dice Habacuc: “Su esplendor será como la luz, y cuernos (potencia) salían de sus manos” (3, 4). El esplendor de la santa vida y de la predicación es luz para el pecador: “Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 14). En las mismas manos del predicador deben hallarse los dos brazos de la cruz, para que, con las dos manos clavadas en ellos, no pueda jamás extenderlas a las cosas ¡lícitas.
“Y escogió cinco guijarros lisos del torrente y los puso en su alforja, que llevaba consigo”. El zurrón de pastor se dice en latín pera, nombre que indica también el envase para conservar la leche, y es figura del Nuevo Testamento, en el que se halla la gracia, que puede ser comparada a la leche. Nada es más agradable que la leche, que la madre ofrece gratuitamente al hijo, sin exigir nada de él.
Las cinco piedras son los cinco libros de Moisés (Pentateuco), con los que entendemos el conocimiento de todo el Antiguo Testamento. Esos libros el predicador, corno respaldo de su predicación, debe tomarlos del torrente, o sea, de la abundancia de la Sagrada Escritura y debe meterlos en el zurrón del Evangelio. En efecto, en el Nuevo Testamento está puesta la comprensión del Antiguo, porque es “una rueda en medio de otras ruedas” (Ez 1, 16).
O también: en los cinco guijarros podemos entender las severas amonestaciones, con las que deben ser heridos los que son esclavos de los sentidos del cuerpo. En efecto, los transgresores del Antiguo Testamento, que eran sepultados por las piedras, son figuras de los pecadores del Nuevo Testamento, que han de ser golpeados con rigurosas reprimendas.
“Tomó en mano la honda y se encaminó hacia el filisteo”. En la honda, que tiene las dos tiras iguales, está simbolizada la coherencia entre la doctrina y la vida. El predicador debe tener en mano esta honda, para que la mano (la obra) corresponda a la boca, e igualmente su comportamiento corresponda a su enseñanza; y así podrá avanzar hacia el filisteo y matarlo.
Filisteo se interpreta “caído por ebriedad”, y simboliza al rico de este mundo cubierto de púrpura, embriagado por los excesos de la gula y de la lujuria, que de la gracia cae en la culpa y de la culpa se precipitará en la gehena. justamente de él se habla en el evangelio de hoy: “Había un hombre rico, vestido de púrpura”.
2.‑ En este evangelio se destacan cuatro momentos. Primero: la desigual condición de vida del rico vestido de púrpura y del mendigo Lázaro: “Había un hombre rico”; segundo: la muerte de ambos: “Sucedió que murió el mendigo”; tercero: el castigo del rico y la gloria de Lázaro: “Alzó sus ojos”; cuarto: la desesperada súplica del rico en favor de sus cinco hermanos: “¡Te ruego, padre Abraham!”.
Conforme el Señor nos lo conceda, estableceremos una concordancia entre estas cuatro partes del evangelio y algunos relatos del primer libro de los Reyes.
Observa también que en el introito de la misa de este domingo se canta: “Oh Señor, yo espero en tu misericordia” (Salm 12, 6); y se lee la epístola del bienaventurado Juan: “Dios es Amor”. Este pasaje lo dividiremos en cuatro partes y las confrontaremos con las cuatro susodichas partes del evangelio. Primera parte: “Dios es Amor”; segunda: “En esto consiste el perfecto amor”; tercera: “En el Amor no hay temor”; cuarta: “Nosotros, pues, debemos amar al Señor”.
3.‑ “Había un hombre rico, que vestía de púrpura y de lino fino, y todos los días banqueteaba espléndidamente” (Lc 16, 19).
Este rico, casi desconocido delante de Dios, no está indicado con el nombre. No merecía que su nombre fuera escrito en este santo evangelio, ya que jamás sería escrito en el libro de la vida eterna. En señal de reprobación se usa un término genérico: Homo quidam, o sea, un cierto hombre, fulano. También nosotros decimos fulano, de un hombre que despreciamos o que no conocemos.
Este fulano representa a todos los mundanos, carnales y vendidos como esclavos de‑t pecado (Rom 7, 14). De él dice el Salmo: “He ahí al hombre que no puso a Dios por su fortaleza, sino que confiaba en la multitud de sus riquezas, y se creía fuerte en su vanidad” (51, g).
Considera estos tres verbos: no puso, confiaba y se creía fuerte. A estos tres verbos corresponden tres frases del evangelio: “Había un hombre rico” y “no puso a Dios por su fortaleza”; “Vestía de púrpura y lino fino”, porque “confiaba en la multitud de sus riquezas”; “Todos los días banqueteaba espléndidamente” y “se creía fuerte en su vanidad”.
Concuerda con todo ello lo que se lee en el primer libro de los Reyes: “Había un hombre en el desierto de Maón, que tenía su hacienda en el Carmel; este hombre era muy rico. Y en su casa organizaba banquetes como banquetes de rey. Y su corazón estaba alegre, porque él estaba completamente ebrio. El nombre de este hombre era Nabal” (1Rey 25, 2 y 36). Nabal se interpreta “necio”, Maón “habitación” y Carmel “blando”.
Las tres partes de este pasaje corresponden a las tres partes del evangelio. Dice el evangelio: “Había un hombre rico”; y el primer libro de los Reyes: “Había un hombre en el desierto de Maón”. El evangelio: “Vestía de púrpura y de lino fino”; y el libro de los Reyes: “Ese hombre era muy rico”. Sigue el evangelio: “Todos los días banqueteaba espléndidamente”; y el libro de los Reyes: “Organizaba banquetes, como banquetes de rey”.
4.‑ El rico de este mundo es necio, “porque no tiene el gusto de las cosas de Dios” (Mc 8, 33). El está “en el desierto de Maón”, o sea, en aquel ambiente, del que se dice: “Su morada será asolada” (Salm 68, 26), y “poseía bienes en el Carmel”, o sea, vivía en la molicie. Por esto dice el profeta Amós: “¡Ay de ustedes, que duermen en lechos de marfil y se reblandecen en sus divanes!” (6, 4).
“Y aquel hombre era muy rico”. Dice David: “Vi al impío sumamente exaltado, que se erguía como los cedros del Líbano” (Salm 36, 35). Y Job: “Vi al necio que echaba firmes raíces, y en seguida maldije su figura” (5, 3).
“Y en su casa organizaba banquetes, como banquetes de rey”. Por eso dice Amós: “¡Ay de ustedes, ricachones de Sión, que comen los corderos del rebaño y los terneros gordos de la manada, y beben vino en abultadas copas y se rocían con perfumes refinados!” (6, 1‑6). E Isaías: “¡Ay de ustedes que se levantan de mañana para seguir la borrachera y siguen bebiendo hasta la tarde, hasta que se les encienda el rostro! En sus banquetes hay cítaras, liras, tímpanos, flautas y vino; pero no ven la acción del Señor, ni consideran la obra de sus manos” (5, 11‑12).
En estos instrumentos musicales y en el vino está representado el placer de los cinco sentidos. La cítara, sobre la que se estiran las cuerdas formadas con las tripas de un animal muerto, simboliza la vista que está como estirada hacia las cosas que mira con avidez. La lira, llamada así por la variedad de las voces, ya que produce sonidos distintos, simboliza el oído, que se deleita con la variedad de las voces. El tímpano, que resuena por los golpes de la mano, simboliza el tacto. La flauta simboliza el olfato de las narices, por las cuales, como por medio de la flauta, emitimos el aliento. El vino se refiere claramente al gusto.
Los que son esclavos de estos cinco sentidos no prestan su atención a la obra del Señor, que El realizó en nuestra tierra (Salm 73, 12), o sea, su pasión y su muerte; ni se preocupan de la obra de sus manos, o sea, de los pobres, que El mismo, como el alfarero modela el barro, modeló con sus manos en la rueda (torno) de la predicación y coció en el horno de la pobreza.
5.‑ “Había un hombre rico que vestía de púrpura y de lino fino, y todos los días banqueteaba espléndidamente”. observa que en la púrpura está indicada la dignidad mundana; en el lino fino, la preciosidad de los vestidos; y en los banquetes, los placeres de la gula.
La púrpura es el color del manto real y es emitida por las ostras marinas, sajadas con un cuchillo. Las ostras, llamadas en latín concae, porque se ahuecan cuando falta la luna, simbolizan a los pobres, los que, cuando falta la luna, o sea, cuando mengua la prosperidad del mundo, se vacían de sus bienes. A estos pobres, el hombre rico, o sea, el poder secular, los saja con el hierro del poderío, les extrae la sangre del dinero, y con ello se confecciona la púrpura de su dignidad y grandeza. De tales tipos dice Job: “Cortan la mies en campo ajeno y vendimian la viña de los que oprimieron con su violencia. Despiden desnudos a los hombres, quitándoles las prendas, sin las cuales no pueden abrigarse del frío” (24, 6‑7).
En tal púrpura estaba envuelta la meretriz, de la que habla el Apocalipsis (17, 4). El hombre rico y la meretriz simbolizan la misma cosa: el hombre, porque sabe a humus, tierra y la meretriz; porque se pone a disposición del diablo.
El lino fino es una cualidad de lino, cándido y morbidísimo, en el que está indicado el lujo en la indumentaria. Y “los que visten prendas finas, están en los palacios de los reyes” (Mt 11, 8), o sea, de los demonios. “No te jactes de tus vestidos”, dice el Eclesiástico (11, 4). Y Pedro: “Su atavío no sea el exterior: cabellos trenzados, collares de oro, ostentación de vestidos; sino, más bien, busquen adornar el interior de su corazón con un alma incorruptible, afable y apacible. He ahí lo que es precioso a los ojos de Dios” (1Pe 3,3‑4).
“Y todos los días banqueteaba espléndidamente”. Con ello tenemos una concordancia en el primer libro de los Reyes: “Mientras se cocinaba la carne, venia el criado del sacerdote con un gran tenedor a tres dientes en mano, y lo hundía en el caldero o en la olla; y todo lo que el tenedor ensartaba, el sacerdote lo guardaba para sí ... Otras veces, venía el criado del sacerdote y decía a quien ofrecía el sacrificio: “Dame la carne, para que la cocine para el sacerdote. No recibiré de ti la carne cocida, sino cruda” (1Rey 2, 13‑15).
En el sacerdote está simbolizado el vientre, y en su criado la avidez de la gula. De él dice Salomón: “El joven, dejado a sus caprichos, deshonra a su madre” (F>r 29, 15). Si la avidez de la gula no es refrenada, sino que es dejada a sus instintos, deshonra a su madre, o sea, la carne, el cuerpo, que a veces, a causa de los excesos de comida, contrae enfermedades y es atrapado como por un lazo.
Este criado tiene un gran tenedor con tres dientes, en el cual está indicada la triple rapiña de la gula: o consume los bienes ajenos devorándolos, o consume los propios bienes viviendo licenciosamente, o no observa tiempos ni modalidades al asumir los alimentos permitidos.
Todo lo que el tenedor con tres dientes levanta, el vientre‑sacerdote lo reivindica para sí; y pretende, como el lobo, que no le sea dada carne cocida sino cruda, para poderla condimentar con más diligencia. Con razón se dice: “Todos los días banqueteaba espléndidamente”.
6.‑ “Y había un mendigo de nombre Lázaro Confronta entre ellas cada una de las partes: confronta el oro con el plomo, para que la vileza del plomo aparezca más despreciable frente al esplendor del oro.
El primer hombre es llamado: fulano, un tal; el segundo, Lázaro. El primero era rico, el segundo mendigo; uno vestía de púrpura y de lino fino, el otro estaba cubierto de llagas. El uno banqueteaba todos los días lautamente; el otro deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico, y nadie se las daba; pero los perros venían y le lamían las llagas (Lc 16, 20‑2 1). “Ni Lázaro podía alejar a los perros de sí, ni había visitante que lo hiciera por él” (Glosa).
¡Oh divina condescendencia! ¡Oh bienaventuranza del mendigo! ¡Oh miserable condenación del rico! “¡Nada hay más infeliz ‑dice Jerónimo‑ que la felicidad de los que pecan!”. Y Agustín: “No hay señal más evidente de condenación eterna, que cuando las cosas temporales obedecen a nuestro voluntad”. En cambio, a los santos Dios les quita las cosas temporales, para que no pierdan las eternas. Dice Gregorio: “Sustraemos a los niños las moneditas, aunque guardemos para ellos toda la herencia”.
“Y había un mendigo de nombre Lázaro”. El pobre y el humilde está señalado por su nombre, en señal de aprecio. Este Lázaro, que se interpreta “ayudado”, representa a todos los pobres de Jesucristo, a los que El mismo ayuda y socorre en sus necesidades. Por esto, las dos palabras pobre y mendigo están justamente unidas. Se dice “mendigo”, porque tiene menos de lo necesario para vivir; también puede significar: “Digo con la mano”. Entre los antiguos existía la costumbre de cerrar la boca a los necesitados y hacerles extender la mano, con el fin de que hablaran sólo con la mano. Aquel pobre es ayudado por el Señor, porque tapa su boca para no pronunciar palabras de impaciencia y, en cambio, extiende la mano de su mente devota.
“El pobre yacía a la puerta del rico”. “He ahí que el arca del Señor yace a los pies de Dagón” (1Rey 5, 2). Con todo, espera algún tiempo y, viceversa, verás el desplome de Dagón y la exaltación del arca. El pobre no entró en la puerta del rico, ni el rico le envió afuera el socorro de una refección. No se comportaba así Job, que dice: “El peregrino no permanecía fuera, y mi puerta estaba siempre abierta al viandante”. Y todavía: “jamás rehusé al pobre lo que pedía, jamás hice esperar los ojos de la viuda. jamás comí a solas mi pedazo de pan, sin compartirlo con el huérfano” (31, 16‑17 y 32).
“Cubierto de úlceras”. La úlcera, que se forma en el cutis, se puede identificar con la gangrena. Estaba cubierto de úlceras aquel, que poco después, por las manos de los ángeles, sería llevado al seno de Abraham.
“Deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico; pero nadie se las daba”. La migaja es una pequeñísima parte del pan. El verdadero pobre se contenta con lo mínimo, desea lo mínimo; pero eso mínimo, unido con lo grande de Dios, lo alimenta y lo sacia. En cambio, aquel que rehusó dar una migaja de pan, después no mereció recibir ni una gota de agua.
“Hasta los perros se le acercaban, para lamerle las úlceras”. Comenta la Glosa: “Si vemos en los pobres algo repugnante, no debemos despreciarlos, porque, aunque puedan tener alguna mancha en sus costumbres, la pobreza es el remedio que los purifica”.
Ante un solo hecho se cumplen dos juicios de Dios. Al rico que no siente piedad a la vista del pobre, se le conmina el máximo de la pena. Por su parte, a la vista del rico, el pobre es cada día tentado y puesto a la prueba; pero esa prueba se le hace muy ardua a causa de la pobreza y de la enfermedad y por tener a la vista la abundancia del rico y su total carencia de alivio y de socorro.
Por ello el pobre, privado de todo auxilio humano y confiando sólo en la divina misericordia, reza en el introito de la misa de hoy: “Señor, yo confío en tu misericordia. Mi corazón se alegra en tu salvación, cantaré al Señor por los beneficios recibidos” (Salm 12, 6)
Observa los tres verbos: confío, se alegra mi corazón, cantaré al Señor. El verdadero pobre confía en la misericordia de Dios, su corazón se alegra aun en la miseria del mundo; y así cantará la alabanza del Señor en la gloria eterna.
7.‑ Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8). Por cierto, el amor (la caridad) es la principal de entre las virtudes; por esto con un breve y particular sermón vamos a proponer algunas reflexiones.
“El amor con el cual se ama a Dios y al prójimo, es el mismo, y es el Espíritu Santo, porque Dios es Amor” (Pedro Lombardo). “Esta ley del amor ‑dice Agustín‑ fue establecida por Dios, para que ames a Dios por sí mismo y con todo el corazón y al prójimo como a ti mismo, o sea, que te ames a ti mismo también en orden al prójimo y por el prójimo. En efecto, te debes amar a ti mismo para el bien y en orden a Dios; y también el prójimo debe ser amado para el bien, y no para el mal, y en orden a Dios. Como prójimo debe entenderse a todo hombre, porque no hay nadie con el cual se pueda obrar mal”.
El modo de practicar ese amor está indicado por las palabras: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón”, o sea, con toda la inteligencia, “con toda el alma”, o sea, con toda la voluntad, “con toda la mente”, o sea, con la memoria, pata que atribuyas todos tus pensamientos, toda la vida y toda la inteligencia a aquel, del cual tienes todo lo que a El le atribuyes. Al decir esto, no queda libre ninguna parte de nuestra vida; sino que todo lo que pase por el espíritu, sea arrebatado hacia aquel, al cual corre el ímpetu del amor (Pedro Lombardo).
El bienaventurado Juan, en la epístola de hoy, expone muchas verdades sobre el amor de Dios y del prójimo, y nos exhorta a practicarlas: “En esto se mostró el amor de Dios hacia nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por El” (1Jn 4, 9). ¡Qué grande fue el amor de Dios Padre por nosotros! El envió justamente por nosotros a su Hijo unigénito, para que, viviendo por El, lo amáramos, porque sin Él el vivir es morir, dado que, “el que no ama, permanece en la muerte” (1 Jn 3, 14).
Si Dios tanto nos amó hasta darnos a su Dilecto, por el cual hizo todas las cosas, también nosotros debemos amarnos recíprocamente. “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros” (Jn 13, 34). Y porque el rico vestido de púrpura no observó este mandamiento, permaneció en la muerte. El fue sepultado, porque no amó la vida, que es amor; pecó, porque trastornó el orden de los valores.
Dice Agustín: “Cuatro amores se deben amar. Primero: aquel que está por encima de nosotros, o sea, Dios; segundo: lo que somos nosotros; tercero: lo que está cerca, o sea, nuestro prójimo; cuarto: lo que está debajo de nosotros, o sea, nuestro cuerpo”.
Lamentablemente, el rico amó ante todo y sobre todo su cuerpo, despreocupándose del todo de Dios, de su alma y del prójimo; y por esto fue condenado.
Dice el bienaventurado Bernardo: “Nuestro cuerpo, debemos considerarlo como un enfermo confiado a nuestros cuidados. Le debemos saber negar muchas cosas inútiles que él desea tener, y hacerle aceptar muchas cosas útiles que él no quisiera. Debemos obrar con nuestro cuerpo, como si no nos perteneciera a nosotros, sino a aquel que “nos compró a gran precio, para que lo glorifiquemos también con nuestro cuerpo” (1Cor 6, 20). Cuidémonos, pues, para que el Señor no nos dirija el reproche por boca de Ezequiel: “Te olvidaste de mí y me pospusiste a tu cuerpo; por eso expiarás tu deshonestidad y tus fornicaciones” (23, 35).
El cuerpo, pues, debemos colocarlo en el cuarto y último lugar en nuestro amor: “no como si viviéramos por él, sino porque sin él vivir no podemos” (Guigo, cartujo).
Y de la miserable vida del cuerpo, se digne llevarnos a sí aquel, que es la vida y que vive eternamente. El es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!
8.‑ Sentido moral. “Había un hombre rico Por “hombre” entendemos el cuerpo, por “Lázaro” el alma.
El hombre viene de humus, y es el cuerpo creado de la tierra, del cual dice Jeremías: “¡Maldito el hombre que confía en el hombre!” (17, 5), o sea, en su cuerpo. Es maldito el que confía en el maldito. Nuestro cuerpo es maldito. Dice el Génesis: “¡Maldita la tierra”, o sea, el cuerpo, “por tu obra!” (3, 17), por culpa de tus obras, o sea, por el pecado de desobediencia.
¿Y con cuál maldición fue maldecido? “La tierra te producirá espinas y abrojos”. En las espinas están indicadas el hambre, la sed y lo inevitable de la muerte; en los abrojos, las tentaciones de la carne que atormentan el alma. ¡He aquí cuáles frutos nos produce la tierra maldita, o sea , nuestro cuerpo!
De esta maldición habla Moisés en el Génesis: “¡Maldito todo hombre que cuelga del madero!” (Gal 3, 13; Dt 21, 23). El madero seco simboliza la gloria de este mundo, de la cual el hombre cuelga atado a la cuerda del amor terrenal; y por eso está maldecido. justamente por eso se dice: “Había un hombre rico”.
¡Ay de mí! ¡En cuántas riquezas rebosa este hombre y cuántas todavía anhela, porque no le basta todo el mundo! Al pequeño cuerpo de un solo hombre no le bastan tantas riquezas y tantas posesiones. Este mísero hombre no salió del seno materno vestido de púrpura y de lino fino, sino envuelto en la placenta viscosa y desagradable; y al término de su vida retornará a la tierra desnudo y sin nada. Y todo esto podemos entenderlo más claramente, considerando el crecimiento, el desarrollo, la situación estacionaria (o madurez) y la decadencia del mismo cuerpo.
Observa que en el hombre, al término de su desarrollo, la parte superior de su cuerpo será más pequeña que la inferior. Y por parte superior entiendo la parte que arranca de la cabeza y llega hasta los órganos de expulsión de las evacuaciones; y desde allí hasta la extremidad de los pies llamo parte inferior. Cuando el hombre es niño, la parte superior de su cuerpo es más grande; y, cuando envejece, sucederá lo contrario.
Y ésta es también la causa de la diversidad del movimiento (o desarrollo) del cuerpo: crecimiento, situación estacionaria o madurez y decadencia. El niño, al comienzo de su movimiento exterior, camina con las manos y con los pies; después, poco a poco, yergue su cuerpo hasta llegar a la juventud y a la e d del pleno vigor; después, con el avanzar de los años, se encorva (Aristóteles).
Este mísero cuerpo, al comienzo de su vida, es pequeñísimo, en la vejez se encorva; en cambio, en el centro de su vida, o sea, en la juventud, se hincha de riquezas, se adorna con vestidos y se engorda de alimentos y bebidas como el puerco con bellotas.
Con razón se dice: “ Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y todos los días banqueteaba espléndidamente”.
9. “Había también un mendigo de nombre Lázaro”. El mendigo Lázaro es el alma miserable, pobre y mendiga, que yace a la puerta del rico, cubierta de Hagas. La puerta del rico simboliza los cinco sentidos del cuerpo, entre los cuales yace el alma mendiga, cubierta de las Hagas de los pecados.
Dice Juan: “Había en Jerusalén la piscina Probática (o de las Ovejas), que tenía cinco pórticos. Bajo estos pórticos yacía una gran multitud de enfermos, de ciegos, de tullidos y de paralíticos, que esperaban el movimiento del agua” (5, 2‑3).
La piscina es llamada así, porque está llena de peces, y simboliza el cuerpo humano, lleno de peces, o sea, de pensamientos ociosos e impertinentes. Esta piscina tiene los cinco pórticos, o sea, los cinco sentidos.
El pórtico (de puerta) se llama así porque está abierto; igualmente los cinco sentidos del cuerpo están abiertos a los vicios. Dice Jeremías: “La muerte entró por nuestras ventanas” (9, 21). Y Nahúm: “Las puertas de tu tierra se abrirán de par en par a tus enemigos, y el fuego consumirá tus cerrojos” (3, 13). Cuando el fuego de la concupiscencia carnal quema los cerrojos, o sea, los dones de la naturaleza y de la gracia, que adornan y defienden el alma, las puertas de nuestra tierra, o sea, los cinco sentidos de nuestro cuerpo, se abren a nuestros enemigos, o sea, a los vicios y a los demonios.
En estos cinco pórticos, el alma yace lánguida, ciega, tullida y paralítica. Lánguida, porque carente de la fuerza de las virtudes; ciega, porque privada de la luz de la razón; tullida de los dos pies, porque privada de las aspiraciones de la buena voluntad y del dinamismo de las buenas obras; paralítica (árida), sin la linfa de la compunción. Estas son las úlceras, de que está cubierta el alma, mientras yace a la puerta del rico, “anhelando saciarse con las migajas que caen de la mesa del rico”. La mesa simboliza la prosperidad de este mundo y tiene cuatro patas: las riquezas, los honores, los placeres y la salud del cuerpo. El Apóstol habla de ello a los corintios: “No pueden participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios” (1Cor 10, 2 1). La mesa del Señor fue la pobreza, de la cual El participó junto con sus discípulos. La mesa de los demonios es la prosperidad de los seglares, de la que habla el Profeta: “Que su mesa se les vuelva un lazo, una recompensa y un escándalo” (Salm 68, 23). La prosperidad llega a ser para los carnales “un lazo de pecado”, “una recompensa” de Dios, que les dará los males del infierno en cambio de los bienes del siglo, y “un escándalo” para el prójimo,
Las migajas que caen de esta mesa son los pensamientos inmundos, las diversas preocupaciones, los diferentes afanes, que como gusanos pululan de las llagas del alma. De ellos el alma desgraciada desea saciarse, pero no puede. Dice Jeremías: “Por la comida dieron todas sus cosas preciosas, para saciar el alma” (Lm 1, 11). Las cosas más preciosas son las virtudes, que los carnales venden por el alimento, o sea, por los placeres de la carne que no sacian, pero que a veces dan la impresión de reconfortar el alma.
10.‑ A este mendigo Lázaro, lleno de Hagas, le queda un solo alivio: la lengua de los perros. Por eso el evangelio añade: “Los perros se le acercaban y lamían sus úlceras”. Los perros o canes, llamados así por el “canto” de sus ladridos, son figuras de los predicadores, de los que dice el Salmo: “La lengua de tus perros reciba de él”, del Señor, “su parte entre los enemigos” (Salm 67, 24); o sea, los que hablan sido tus enemigos, se volvieron tus amigos, como sucedió cuando Saulo llegó a ser Pablo.
Y considera que “como la lengua del perro es medicamentosa, así es también la lengua del predicador, que es el médico de las almas” (Glosa). Dice Jeremías: “En Galaad, ¿no hay, quizás, ungüento sanador? ¿No tienes algún médico? ¿Por qué, pues, no se cicatrizó la herida de la hija de mi pueblo?” (8,22).
Galaad, que se interpreta “cúmulo de testimonios”, es la santa Iglesia, en la que se acumularon los testimonios de las Sagradas Escrituras. En ella hay el ungüento de la penitencia y el médico, o sea, el predicador, que lo confecciona. ¿Por qué entonces la Haga del alma pecadora no sanó y todavía no se cicatrizó?
“Los perros se le acercaban y lamían sus úlceras”. Presta atención que en este verbo “lamían” se destacan dos características.. la avidez y la delicadeza. Lamer en latín se dice lingo, o sea, léniter ago, trato delicadamente. El predicador, con la lengua de la predicación, debe curar con avidez las úlceras de los pecadores, y debe también lamerlas con delicadeza, para que “bajo su lengua haya miel y leche” (Cant 4, 11), o sea, una doctrina dulce y suave. Nos exhorta el Apóstol‑ “Si alguno se halla enredado en alguna culpa, ustedes, que son espirituales, instrúyanlo con espíritu de mansedumbre” (Gal 6, 1).
Roguemos, pues, al Señor Jesucristo, que a este hombre rico, o sea, a nuestro miserable cuerpo, lo transforme en un pobre voluntario, lo revista de ceniza y de cilicio, le dé pan escaso y poca agua, cure las llagas del alma con la lengua de su doctrina y lo coloque en el seno de Abraham.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
11.‑ “Sucedió que murió el mendigo y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado en el infierno (Lc 16, 22).
Se cumplió lo que dijo Ana en el primer libro de los Reyes: “Los arcos de los fuertes fueron quebrados y los débiles se ciñeron de vigor. Los satisfechos van a trabajar por un pedazo de pan, mientras los hambrientos ya no tienen hambre. La mujer estéril da a luz siete veces, mientras la madre de muchos hijos se marchita. El Señor es quien da la muerte y la vida. El hace bajar al lugar de los muertos y volver a la vida. El Señor da y quita riquezas, humilla y ensalza. Levanta del polvo al desvalido y de la mugre saca al pobre, para que pueda sentarse con los grandes y ocupar un lugar de privilegio” (1Rey 2,4‑8).
Con este relato evangélico concuerda el principio del primer libro de los Reyes: “Había dos mujeres: Fenena y Ana. Fenena tenía hijos, mientras Ana no tenía ni uno. Su rival, o sea, Fenena, afligía a Ana, y la acusaba y la reprendía ásperamente, porque el Señor había cerrado su seno, y así la provocaba. Ana, por su parte, lloraba y no quería tomar alimento” (1Rey 1, 2‑7).
Fenena, que se interpreta “conversión”, es figura del rico vestido de púrpura, que no se convirtió a Dios sino al mundo, no al cielo sino al infierno. Ana, que se interpreta “gracia”, es figura del mendigo Lázaro, el cual, prevenido por la gracia de Dios, mereció subir a la gloria. El Señor mismo le concedió la gracia y la gloria.
Fenena tuvo varios hijos. “Hijo”, en latín filius, deriva del griego phílos, que significa amor. El rico tuvo tantos hijos, cuantas fueron las obras producidas por el amor de la carne y por la vanidad del mundo. Se lee en el libro de los jueces que “Jerub‑Baal, hijo de Joás, tuvo setenta hijos, nacidos de sus entrañas, porque tenía muchas mujeres” (8, 29‑30).
Observa que Fenena tuvo siete hijos, como refieren las “Historias”, y Jerub‑Baal setenta. Este número tiene el mismo significado del siete, porque ambos números designan la totalidad de los vicios. Jerub‑Baal se interpreta “superior” y Joás “temporal”. En este mundo, el rico fue superior al mendigo Lázaro. El hijo es figura del suceso temporal, que de la soberbia, de la gula, de la avaricia y de la vanagloria engendró, como de otras tantas mujeres, la totalidad de los vicios.
Ana no tenía hijos, porque era estéril. El mendigo Lázaro, hombre justo, no tiene hijos de obras malas, y es estéril, o sea, sin ese fruto, del cual se dice: “Se multiplicaron, gracias al fruto del trigo, vino y aceite” (Salm 4, 8).
En el trigo está indicada la abundancia de las riquezas, en el vino el placer de la carne y en el aceite los excesos de la gula. Con estas tres provisiones se multiplicó aquel hombre rico, del que se dice: “Había un hombre rico”: he ahí el trigo; “vestido de púrpura y de lino fino”: he ahí el vino; “y todos los días banqueteaba lautamente”: he ahí el aceite. El rico, tan multiplicado, fue sepultado en el infierno. En cambio, yo ‑dice el pobre‑ “en paz y en él dormiré y reposaré” (Salm 4, g), en el seno de Abraham.
Y considera aún más. Fenena hacía a Ana cuatro males: la afligía, la argüía, la reprendía y la provocaba. Igualmente, el rico hacia cuatro males al mendigo Lázaro.
Lo afligía, porque le negaba el socorro que le debía dar. Así habla Isaías contra los que no dan a los pobres lo que es de los pobres: “En su casa guardan lo que arrebataron a los pobres. ¿Por qué oprimen a mi pueblo y pisotean la cara del pobre?, dice el Señor” (3, 14‑ 1 Salm).
Lo argüía. Argüir quiere decir convencer y demostrar. El modo mejor para probar y demostrar que el plomo es un metal de poco valor, es confrontarlo con el oro. Lo mismo sucede con la pobreza, confrontada con la riqueza. Por esto, la ostentada riqueza del rico hacía más patente la miseria del mendigo.
Lo reprendía con su desprecio. El rico reprendía a Lázaro, cubierto de úlceras, cuando, vestido de púrpura, caminaba delante del mendigo, que yacía ante sus puertas. Y de este modo lo provocaba, lo estimulaba a un amor más grande hacia Dios.
Como consecuencia, Ana lloraba y no quería tomar alimentos. Lázaro también lloraba por las miserias de este destierro y por el retraso de la gloria (del paraíso), y no tomaba alimentos, porque deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico; pero nadie se las daba.
Y ¿hasta cuándo, Señor Dios, el rico seguirá prosperando y el pobre se irá sufriendo? También Jeremías se preguntaba: “¿Por qué las cosas de los impíos prosperan? ¿Por qué les va todo tan bien a los traidores y a los que obran el mal?” (12, 1). Igualmente se inquietaba Habacuc: “¿Por qué no miras a los que obran el mal, y callas mientras el malvado devora a otro más bueno que él?” (1, 13). Dime, Señor Jesús, ¿hasta cuándo sucederá todo esto?
12.‑ “Sucedió que el mendigo murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado en el infierno”. He ahí: “el arco de los fuertes se quebró, y el mendigo ocupará un trono de gloria”.
Y también sobre esto tenemos una concordancia con el primer libro de los Reyes, en el que se lee que Dagón “ yacía en tierra delante del arca del Señor. La cabeza del ídolo y sus dos manos yacían truncadas en el umbral. Sólo el tronco de Dagón había quedado en su sitio” (5, 4‑5).
El arca del Señor es figura del mendigo Lázaro, en el cual, como en el arca del Señor, había tres cosas: el maná, las tablas de la ley y la vara de Aarón. En Lázaro había el maná de la paciencia, las tablas del doble mandamiento de la caridad y la vara de la disciplina. Esta arca reposó en el seno de Abraham, y delante de ella yacía Dagón, postrado en tierra. Dagón se interpreta el pez de la tristeza”, y es figura del rico vestido de púrpura, que fue un pez que recorría los caminos del mar, en este mundo de tristeza y en el infierno.
“La cabeza del ídolo y sus dos manos yacían truncadas en el umbral”. En la cabeza está indicada la grandeza temporal; en las dos manos, el poder y la abundancia; en el umbral, la salida de la vida y la Regada de la muerte. Cuando cayó Dagón, o sea, cuando murió el rico, la cabeza de sus honores y de su grandeza y las dos manos del poder y de la abundancia fueron truncadas y yacían en el umbral, o sea, en el término de la vida; y así él, como el tronco del ídolo, quedó solo, desnudo e impotente, y fue sepultado en su sitio, o sea, en el infierno. Con razón se dice: “Murió el rico y fue sepultado en el infierno”.
¡Oh! ¡Qué grande es la justicia de Dios! El mendigo yacía a la puerta del rico, lleno de llagas; en cambio, ahora el rico yace solo, como un tronco. Dice Salomón: “Los malvados yacerán delante de los buenos y los inicuos delante de las puertas de los justos” (Prov 14, 19).
Lázaro murió en el pequeño nido de su pobreza, del que habla Job: “moriré en mi pequeño nido, y multiplicaré mis días como la palmera” (29, 18). El que muere en el pequeño nido de la pobreza, será plantado como la palmera en la casa de la eternidad y de la eterna lozanía (o juventud). “El justo florecerá como la palmera” (Salm 9 1, 13).
13.‑ “El rico fue sepultado en el infierno”. De esta sepultura habla Jeremías‑. “Esto dice el Señor a Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá: “No lo floraran, gritando: “¡Ay, hermano mío! y ¡Ay, hermana mía!”. Ni lo lamentarán, levantando la voz: “¡Ay, señor! y ¡Ay, ilustrísimo!”. Será sepultado como se entierra un asno, y será echado a pudrirse fuera de las puertas de Jerusalén” (22, 18‑19).
Considera que la sepultura del asno se hace así: el dueño arranca el cuero y los perros devoran sus carnes. En los huesos, que duran más largo tiempo, está simbolizada el alma; el cuero, o sea, los bienes terrenos, se los guardan los hijos; las carnes las devoran los gusanos; y del alma se apoderan los demonios.
Dice el Eclesiástico: “Cuando muere un hombre, sus herederos serán las bestias, las serpientes y los gusanos” (10, 13). Las bestias son los hijos sin corazón; las serpientes y los gusanos son los demonios. En la sepultura tuvo el rico vestido de púrpura, porque fue sepultado en el infierno.
Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola de hoy: “En esto se ha manifestado perfecta la caridad de Dios hacia nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues, como El es, así somos también nosotros en este mundo” (1 Jn 4, 17). Y comenta la Glosa: “Nosotros demostramos amar a Dios de manera perfecta, si no tememos la llegada del juez, ni tememos presentarnos a El”.
El mendigo Lázaro no temía la llegada del juez, porque amaba a Dios de manera perfecta, y no lo esperaba como juez, sino como remunerador. En cambio, el rico vestido de púrpura, en el cual no había amor, no confiaba por cierto en el día del juicio, porque no quiso tener compasión por el pobre.
Los justos tienen confianza, porque imitan la perfección del amor de Dios, amando en este mundo también a los enemigos. En efecto, Dios desde el cielo “hace llover sobre los justos y sobre los pecadores” (Mt 5, 45).
Te rogamos, pues, Señor Jesús, nosotros que somos tus pobres y tus mendigos, que con el mendigo Lázaro nos hagas morir en el pequeño nido de nuestra pobreza, para ser llevados después por los ángeles al seno de Abraham.
Dígnate concedérnoslo tu, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!
14.‑ “En medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio de lejos a Abraham y a Lázaro en su seno. Entonces, gritando, suplicó: “Padre Abraham, ten piedad de mi y manda a Lázaro, para que moje la punta del dedo en el agua y venga a refrescar mi lengua, porque esta llama me tortura” (Lc 16, 23‑24 .
El rico levantó los ojos, pero en vano, porque aquí abajo había establecido dirigir los ojos hacia la tierra (Salm 16, 11). Dice Isaías: “Mirará hacia la tierra, y he aquí tinieblas de tribulación, y la luz se oscureció a causa de la neblina” (5, 30). El rico miró al amor de las cosas terrenas, y por eso las tinieblas de la tribulación lo envolvieron; y la luz, o sea, su prosperidad, fue oscurecida por su neblina, o sea, por el infierno.
“Vio a Lázaro en el seno de Abraham”. Cuán grande sea el tormento de los malos al ver la felicidad de los buenos, lo atestigua el libro de la Sabiduría: “Al verlos, serán trastornados por un terrible espanto y se sentirán llenos de estupor por su inesperada salvación. Gimiendo en la congoja de su espíritu y arrepintiéndose amargamente, dirán dentro de sí: “Estos son aquellos hombres de los que antes nos habíamos burlado y que habíamos hecho objeto de nuestro escarnio. ¡Ah, qué necios fuimos! Creíamos que la vida de ellos fuera una locura y deshonrosa su muerte. En cambio, ahora son contados entre los hijos de Dios y comparten su suerte con los santos” (Sb 5, 2‑5).
“Entonces, gritando, llamó: “ Padre Abraham... “Pedía una gota de agua aquel, que no quería dar ni una migaja” (Gregorio). “Ansiaba que de la punta del dedo de Lázaro cayera en su lengua una sola gota de agua aquel, que no quiso darle ni las migajas de pan que caían de su mesa” (Glosa). Habla de un dedo, no porque Lázaro tuviera dedos, sino para demostrar que el rico hubiera estimado un gran beneficio incluso la mínima ayuda, como la de un dedo mojado, si hubiera podido conseguir lo que pedía.
Y añade: “Para que refresque mi lengua”. El rico no tenía lengua, pero sufrió el castigo por el pecado de la lengua, porque, como es costumbre entre los banqueteantes, se había abandonado a las chocarrerías. Era atormentado aun antes de juicio, porque para el lujurioso el estar privado de placeres ya es un tormento.
Observa que no sólo pecó con el vicio de la gula, sino que también con la lengua, cuando durante los banquetes se entregaba a las trivialidades. Contra esa mala costumbre exhorta Salomón: “No participes en los banquetes de los bebedores de vino, ni en las glotonerías de los que se hartan de carnes” (Prov 23, 20).
Hablando mal del prójimo, no sólo comen las carnes sino también los excrementos, porque no sólo echan calumnias contra sus obras buenas sino también emplean falsedades; y por ende no sólo comen carnes de animales sino ‑y es una abominación‑ también carne humana, cuando con el diente de la calumnia roen las obras elogiosas de los hermanos,
¡Ay de mí! ¡Cuántos religiosos hoy en día se abstienen de la carne, pero con el diente de la calumnia dilaceran a sus hermanos! De estos tipos dice Séneca: “Como hieden por debajo, así hieden por arriba”. Y el bienaventurado Bernardo: “Calumniar o escuchar a un calumniador, no me es fácil decir cuál de las dos cosas es más digna de condenación”. Y de nuevo: “La lengua del calumniador es como una espada a tres puntas, porque de un sólo tajo mata a tres personas: al calumniador, a quien lo escucha y al calumniado, cuando la calumnia se le viene encima”.
15.‑ “Pero Abraham le contestó: “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en la vida y asimismo Lázaro sus males; ahora éste es consolado, y tú atormentado. Además, entre ustedes y nosotros está puesto un gran abismo, de manera que los que quisieren pasar de aquí a ustedes, no lo pueden hacer, ni de allá pasar acá” (Lc 16, 25‑26).
Considera que el rico hizo algo bueno, o sea, hizo algunas cosas buenas según el modo de los buenos, aunque no estuviera impulsado por la caridad; y la misericordia divina, en su generosidad, lo recompensó con bienes temporales.
“Y Lázaro símilmente tuvo sus males”. Por el mal que hiciera, con los pecados veniales, recibió en recompensa los males de la tribulación. Y por eso “él ahora es consolado, y tú atormentado”.
Y observa que, si uno se halla en pecado mortal, el bien que cumple a la manera de los buenos, le sirve en cinco modos. Primero: lo hace más idóneo, para recibir la gracia; segundo: lo hace capaz de dar buen ejemplo al prójimo; tercero: lo acostumbra a hacer el bien; cuarto: lo hace merecedor de la recompensa de los bienes temporales, como sucede con este rico; quinto: si muere en pecado mortal, le serán mitigadas las penas del infierno.
Sigue la respuesta de Abraham a la demanda del rico: “Entre ustedes y nosotros hay un gran abismo Como los condenados quisieran pasar de las penas a la gloria de los santos, así los justos, impulsados por la piedad, con el pensamiento, quisieran ir hacia los que sufren los tormentos, para liberarlos. Pero no pueden hacerlo, porque las almas de los justos, aunque por la índole bondadosa de su naturaleza tengan también la misericordia, sin embargo, están atados tan perfectamente a la justicia de su Creador, que ya no pueden ser movidos a compasión por los réprobos.
Entre el rico y el pobre hay un tal abismo, que los que quieran atravesarlo, ya no lo pueden hacer, porque después de la muerte los méritos no pueden ser permutados.
16.‑ Con esto concuerda lo que se lee en el primer libro de los Reyes, en el cual se relata que “David tomó la lanza y el jarro de agua, que estaban a la cabecera de Saúl. Luego David cruzó al otro lado y se puso en la cima del monte, a lo lejos, de manera que había un gran espacio entre ellos. Entonces David levantó la voz y gritó: “Abner, fijate dónde están la lanza del rey y el jarro de agua, que él tenía a su cabecera” (1Rey 26, 12...
David se interpreta “fuerte de mano”, y Saúl, “el que abusa”. En la lanza están representadas las riquezas; en el jarro de agua, el placer de la gula. David es figura del mendigo Lázaro, el cual siempre fue fuerte en medio de tantas angustias y tribulaciones; Saúl es figura del rico vestido de púrpura, que abusó de los bienes que Dios le había concedido.
David sustrajo a Saúl la lanza y el jarro de agua; y Lázaro sustrajo al rico la lanza, o sea, el poder de las riquezas, y el jarro de agua, o sea, el placer de la gula, ya que el rico no quiso tener piedad de él; y esto debe considerarse la causa.
Y Lázaro pasó de la tribulación al reposo y se sentó en el vértice del monte, a lo lejos, o sea, descansó en el seno de Abrahám, bien alejado de las penas del rico.
“Y el rico levantó los ojos Y David gritó a Abner: “Fíjate dónde están la lanza del rey y el jarro de agua, que él tenía a su cabecera”.
Oh rico epulón, ¿dónde está ahora la lanza de tus riquezas, con la que solías golpear a los pobres? ¿Dónde está el jarro de agua, dónde está el placer de la gula? ¿Quien mojará tu lengua, ahora que eres atormentado por las llamas?
Con razón se dice: “Este es consolado, en cambio, tú eres atormentado”.
Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola de hoy: “En el amor no hay temor, sino que la perfecta caridad elimina el temor, porque el temor supone un castigo; y el que teme, no ha negado a la plenitud del amor” (1Jn 4, 18). En el amor del mendigo Lázaro no hubo temor: lo eliminó su perfecto amor, porque, como comenta la Glosa, “el amor hace que no se teman las tribulaciones de la vida presente”. En cambio, el temor del rico, que temía perder los bienes poseídos, lo llevó al castigo de la muerte.
Te rogamos, Señor Jesucristo, que nos liberes de la sed inextinguible y del fuego ardiente y que nos coloques con el bienaventurado Lázaro en el seno de Abraham.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
17.‑ “Te ruego, padre Abraham, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, donde tengo cinco hermanos: que los amoneste, para que ellos también no caigan en este lugar de tormentos” (Lc 16, 27‑28). Demasiado tarde este rico comienza a hacer el maestro, porque ya no hay tiempo ni de aprender ni de enseñar. Después que el rico, que arde en el fuego, perdió la confianza en sí mismo, recurre a los vecinos, diciendo: “¡Te ruego, padre Abraham!....
Presta atención a estos tres momentos: la casa, mi padre, y los cinco hermanos. El padre del rico fue el diablo, a quien imitó. Su casa fue el mundo, o sea, los mundanos. En esta casa viven sus cinco hermanos, o sea, todos los que son esclavos de los cinco sentidos del cuerpo.
El rico, que se ve condenado a causa de los cinco sentidos del cuerpo, que amó como hermanos, experimenta ahora cierta piedad por aquellos que se entregan a los placeres de los cinco sentidos, justamente él que no tuvo piedad por sí mismo, y procura proveer.
Y advierte que los carnales aman los cinco sentidos del cuerpo como hermanos; en cambio, los justos los toman como esclavos.
En esto hallamos una concordancia con el primer libro de los Reyes, donde se lee que “Abigail se levantó rápidamente y montó en un asno, seguida de cinco de sus esclavas; y siguió a los mensajeros de David; y él la tomó por esposa” (1Rey 25, 42).
Abigail se interpreta “exultación de mi padre”, y es figura del alma penitente, por cuya conversión hay gran gozo en el cielo. Ella monta en un asno, o sea, somete la carne; y la acompañan sus cinco criadas, o sea, los cinco sentidos del cuerpo: la vista de la inteligencia, el oído de la obediencia, el gusto de la aprobación, el olfato de la investigación y el tacto de la acción. Y así se dispone a seguir a los mensajeros de David, o sea, la pobreza, la humildad, la pasión de Jesucristo. Estas virtudes nos hablan de El y nos dicen cómo fue su vida en este mundo. Y así llegó a ser su esposa, comprometida con El mediante el anillo de una fe perfecta.
18.‑ “Entonces Abraham le respondió: “Tienen a Moisés y a los profetas. ¡Que los escuchen!”. Pero el rico insistió: “¡No, padre Abraham! Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán”. Replicó Abraham: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, aunque resucite alguno de los muertos, tampoco se convencerán”.
Se deduce de esto que el rico era judío, porque sus hermanos estaban sujetos a la ley de Moisés y a los profetas. Por esto, quizás, Abraham lo llama “hijo”, y él llama a Abraham “padre”.
El que había despreciado las palabras de Dios, estaba convencido que tampoco sus seguidores las escucharían. Los que desprecian las palabras de la Ley, más difícilmente observarán los preceptos del Redentor, quien resucitó de entre los muertos, preceptos que son mucho más exigentes. Y si rehúsan cumplir sus mandatos, sin duda rehúsan también creerle. Los hombres carnales, entregados a los placeres de la carne, no escuchan ni a Moisés, o sea, al santo prelado de la Iglesia, ni a los profetas, o sea, a los predicadores; y lo que es mucho peor, tampoco creen en Cristo, que resucitó de entre los muertos. Saúl creyó a Samuel, evocado por una adivina; ¿y nosotros no creeremos al verdadero Hijo de Dios, realmente resucitado por Dios, su Padre?
Tenemos una concordancia en el primer libro de los Reyes. Dijo Saúl a la adivina: “Practica para mí la evocación de un espíritu, y haz que se aparezca el que yo te diga”. La mujer preguntó: “¿Quién quieres que se te aparezca?”. Respondió Saúl: “Que se me aparezca Samuel”. Cuando la mujer vio a Samuel, lanzó un fuerte grito y dijo a Saúl: “¿Por qué me mandaste esto? ¡Tú eres Saúl!”. Pero el rey la tranquilizó: “No temas. Dime qué has visto”. Y la mujer le respondió: “He visto a un hombre anciano, solemne, envuelto en un manto sacerdotal”. Saúl comprendió que era Samuel y se postró con el rostro en tierra. Y el espíritu de Samuel, como relata José Flavio, dijo a Saúl: “¿Por qué me has perturbado y obligado a aparecer?” (1Rey 28, 8‑13).
De esta aparición, como relatan las Historias, piensan algunos que fue un espíritu maligno que se apareció a Saúl bajo la semblanza de Samuel, o que su figura fue sólo imaginaria, y fue Ramada Samuel. Otros opinan que, con el permiso de Dios, se apareció sólo su alma, revestida de un cuerpo que se le asemejaba. Otros piensan que sólo el cuerpo fue evocado con el “espíritu vegetativo”, que tenemos en común con los animales, mientras su alma permaneció tranquila en su lugar de descanso.
En fin, nosotros debernos tratar los cinco sentidos del cuerpo no como hermanos sino como esclavos. Escuchemos a Moisés y a los profetas; pero sobre todo hemos de creer en Cristo, resucitado de entre los muertos y sentado a la derecha del Padre; y, creyendo, hemos de amarlo.
19.‑ La cuarta parte de la epístola de hoy concuerda con esta cuarta parte del evangelio: “Amemos, pues, a Dios, porque El nos amó primero. Si uno dijera: “Amo a Dios”, y después odiara a su hermano, es un mentiroso. El que no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo podrá amar a Dios, a quien no ve?” (1 Jn 4, 19‑20). Y Agustín comenta: “Si uno amara con amor espiritual a aquel que ve con los ojos del cuerpo, vería también a Dios, que es el mismo amor, con los ojos del espíritu, con los que únicamente Dios puede ser visto. Quien, pues, no ama al hermano al que ve, ¿cómo puede amar a Dios, que es el mismo amor, si está privado de amor el que no ama a su hermano?”.
Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor, que es el Amor, que nos conceda la gracia de amar la pobreza del mendigo Lázaro, de aborrecer las riquezas del rico vestido de púrpura, de librarnos de la sepultura en el infierno y de llevarnos al seno de Abraham.
Nos lo conceda aquel Dios, al cual pertenecen el honor y la gloria, la magnificencia y el poderío por los siglos de los siglos.
Y todo verdadero pobre responda: “¡Amén! ¡Así sea!”.
1.‑ “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “un hombre preparó una gran cena y convidó a mucha gente. A la hora de la cena envió a su siervo que dijera a los invitados: “ ¡Vengan! “ (Lc 14, 16‑17).
Se lee en el primer libro de los Reyes: “Los filisteos reunieron sus fuerzas para el combate. Se concentraron en Socó de Judá y acamparon entre Socó y Azecá, en el territorio de Damín. También Saúl y los hombres de Israel se reunieron y acamparon en el valle del Terebinto, y se dispusieron en orden de batalla frente a los filisteos” (1Rey 17, 1‑2). Los filisteos se interpretan ,caídos por ebriedad”; Socó, “tiendas”; Judá, “confesión”; Azecá, “red” o “lazo”; Damín, “roja” de sangre.
Los filisteos son los demonios que, embriagados por la bebida de la soberbia, cayeron del cielo. Estos reunieron sus fuerzas y se concentraron para la batalla en Socó de Judá, o sea, para pelear contra los que militan en las tiendas de la penitencia; y acamparon entre Socó y Azecá, en el territorio de Damín. Los demonios persiguen a los justos, para hacerlos caer en las redes de las perversas sugestiones y con el engaño llevarlos hasta la sangre del pecado.
Se lee en el tercer libro de los Reyes que “los perros lamieron la sangre de Acab” (3Rey 22, 38). Los perros son los demonios, que lamen la sangre de Acab ‑nombre que significa “hermanos (hijos) del mismo padre”o sea, de aquel que solía habitar en fraternidad con los penitentes, que tienen un solo Padre, Dios. En cambio, los hijos de Israel, o sea, los verdaderos predicadores, unidos en la única fe, deben dirigir la fuerza de la mente y de la predicación al combate contra los demonios.
¿Y en qué lugar? Naturalmente en el valle del Terebinto, o sea, en la humildad de la cruz, de la que rezumó la preciosísima resina de la sangre de Jesucristo, que dice en el evangelio de hoy: “Un hombre preparó una gran cena”.
2.‑ En este evangelio se deben considerar tres momentos. Primero: la preparación de la gran cena y las invitaciones hechas por el siervo. Segundo: las excusas de los convidados‑. “Y todos comenzaron a excusarse”. Tercero: la admisión a la cena de los pobres, de los débiles, de los ciegos y de los cojos:
“El dueño de casa, irritado Intentaremos concordar estas tres partes del evangelio con algunos relatos del libro primero de los Reyes.
En el introito de la misa de este domingo se canta: “El Señor es mi protector” (Salm 17, 19); y se lee la epístola del bienaventurado Juan: “No se extrañen, si el mundo los odia”. Este pasaje lo vamos a dividir en tres partes, para establecer una concordancia con las tres partes del evangelio. La primera parte: “No se extrañen”; la segunda: “En esto hemos conocido el amor de Dios”; la tercera: “Si uno posee las riquezas de este mundo”.
3.‑ “Un hombre preparó una gran cena”. observa que hay una doble cena: la cena de la penitencia y la cena de la gloria. Pero sin la primera no se llega a la segunda; por esto preparemos la primera y veamos qué alimentos son necesarios.
Para ello tenemos una concordancia con el primer libro de los Reyes, en el que se lee: “Ana amamantó a su hijo Samuel hasta el destete. Y después del destete, lo llevó consigo, con tres becerros, tres medidas de harina y un odre de vino; y lo llevó a la casa del Señor en Silo” (1Rey 1, 23‑24).
Ana, que se interpreta “gracia”, es figura de la gracia del Espíritu Santo, la cual, con las dos mamas de la gracia preveniente y de la gracia consiguiente, amamanta al penitente, hasta que lo destete totalmente de la leche de la concupiscencia carnal y de la vanidad del mundo.
Y observa que como la madre, que quiere destetar al hijo, unta las mamas con algún jugo amargo, para que el niño, que busca lo dulce, encuentre lo amargo, que lo aleje de lo dulce; así la gracia del Espíritu Santo unta las mamas de los bienes temporales con el jugo amargo de la tribulación, para que el hombre rehuya de esta dulzura esparcida de amarguras, y busque la verdadera dulzura.
“Y después del destete, lo llevó consigo con tres becerros”. He ahí los alimentos necesarios para preparar la cena de la penitencia. La gracia lleva consigo al penitente junto con los tres novillos, en los cuales se destaca una triple oblación.
Ante todo, el novillo de un corazón contrito y afligido, como dice el Salmo: “Entonces se ofrecerán novillos en tu altar” (Salm 50, 21). Sobre el altar, o sea, en la contrición del corazón, los penitentes ofrecen los novillos, o sea, sacrifican los placeres y los pensamientos inmundos.
El novillo de la confesión. Dice Oseas: “Lleven con ustedes palabras de suplica y vuelvan al Señor y díganle: “Borra todas las faltas, acepta lo que hay de bueno y te ofreceremos los novillos de nuestros labios” (Os 14, 2). Lleva consigo las palabras aquel, que se esfuerza por practicar lo que escucha; y así se convierte al Señor. Y al Señor le dice también: “Borra todas las faltas”, que cometí, “y acepta lo bueno”, que tú mismo me diste: “¡No a mí, Señor, no a mí, sino a tu nombre da gloria! “ (Salm 113, g). Y así te ofreceré “los novillos de mis labios”, o sea, haré la confesión de mi crimen y a ti te elevaré la alabanza.
El novillo del cuerpo, mortificado a través de la penitencia. Novillo y novilla son llamados as! por su “verde” edad. El novillo y la novilla son figuras de nuestra carne, que en la verde edad de la juventud vaga despreocupadamente por las praderas de un culpable desenfreno. De ella dice Sansón: “Si no hubieran arado con mi novilla (o sea, mi esposa), no habrían resuelto mi adivinanza” (Juec 14, 18).
Sansón es figura del espíritu, la novilla representa nuestra carne. Si aramos con ella, haciéndola sufrir con la penitencia, resolveremos el enigma, que es: “¿Hay algo más dulce que la miel? ¿Hay algo más fuerte que el león” de la tribu de Judá? ¿Hay algo más dulce que la miel, o sea, que la contemplación? ¿Hay algo más fuerte que el león, o sea, que el predicador, ante cuyo rugido todos los demás animales deben detener su paso? ¿Hay algo más dulce que la miel de la mansedumbre? ¿Hay algo más fuerte que el león de la severidad? Con razón se dice: “Ana llevó al niño con tres novillos”.
“Y con tres medidas de harina”. El grano se muele y se reduce a harina. La harina, amasada con el agua, se solidifica en pan, “que fortifica el corazón del hombre” (Salm 103, 15). De manera semejante, el grano de nuestras obras debe ser molido por medio de una severa crítica y triturado a través de un riguroso examen, para resultar purificado como la harina.
Este examen debe ser triple, como está indicado por las tres medidas. Se debe examinar la naturaleza de la obra que realizamos, su origen y su finalidad. Después, la obra debe ser amasada con el agua de las lágrimas, para implorar “el riego inferior y el riego superior” (Juec 1, 15). Y la obra debe ofrecerse o por el rescate de las malas obras del pasado o por el deseo de la eterna felicidad. Todo esto estaba prefigurado en las tórtolas que se ofrecían bajo la Ley, de las cuales una era ofrecida por el pecado y la otra era quemada en holocausto (Lv 12, 8).
Con la harina y con el agua se amasa el pan, que fortifica el corazón del hombre, porque con las obras buenas mezcladas con las lágrimas se enriquece la conciencia del hombre.
“Y un odre de vino”, “que tiene tres medidas” (Glosa). En el vino está simbolizada la alegría de la mente, que consiste en tres valores: en el testimonio de la buena conciencia, en la edificación del prójimo y en la esperanza del gozo eterno.
Con todas estas cosas la madre Ana, o sea, la gracia del Espíritu Santo, lleva a su hijo, el justo, a la casa del Señor en Silo, que significa “trasladada”, o sea, a la vida eterna, a la cual los santos son trasladados de la peregrinación de este mundo, y a cuya cena de gloria banquetean junto con los bienaventurados ángeles.
4.‑ La cena es una común unión de convidados. En los tiempos antiguos se comía una sola vez por día, generalmente por la tarde. La cena simboliza el convite de la gloria eterna, en la cual los santos se saciarán todos juntos en la visión de Dios, porque será dada una única recompensa a los que trabajan en la viña (Mt 20, 2).
Del convite de aquella cena habla Isaías: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados: un convite de médulas y de vinos refinados (sin la borra)” (25, 6). He aquí como las palabras del evangelio concuerdan con las de Isaías. Donde el evangelio dice: “Un hombre preparo una gran cena”, Isaías dice: “El Señor ofrecerá un banquete de manjares suculentos”.
Presta atención a estas cuatro palabras: convite, manjares suculentos, comida medulosa y vinos refinados.
En el convite, que significa “comida de muchos juntos”, está indicada la gloriosa asamblea de todos los santos; en el manjar suculento, su caridad; en la comida medulosa, la felicidad de contemplar el rostro de Dios; en los vinos refinados, la glorificación del cuerpo.
En este monte, o sea, en la Jerusalén celestial, el Señor de los ejércitos, o sea, de los ángeles, preparará un convite de manjares suculentos; o sea, reunirá a todos los santos, nutridos y enriquecidos por la caridad, colmados de inefable felicidad en la visión de Dios y dichosos por la glorificación de su cuerpo.
Entonces habrá de veras una vendimia decantada “sin heces”. Vendimia deriva del latín víneae demptio, recolección de la uva, y está refinada, cuando no tiene heces y se halla purificada de toda impureza. En la vendimia, que es la resurrección final, habrá una selección cuidadosa de los cuerpos de los santos, será eliminada toda escoria de corrupción y de mortalidad; y ellos serán colocados en el granero celestial. Con razón se dice: “Un hombre preparó una gran cena”.
Observa que en aquella “gran cena” comeremos “grandes alimentos”, o sea, aquellos frutos que los hijos de Israel, como se lee en el libro de los Números, “llevaron de la tierra prometida: uvas, higos y granadas” (13, 24). En la uva, de la cual se exprime el vino, está indicado el gozo que tendrán los santos en la visión del Verbo encarnado. Los mismos hombres verán al Hombre‑Dios, mientras los ángeles no verán al ángel‑Dios. Los hombres verán a su naturaleza exaltada por encima de los ángeles. De ese gozo habla Habacuc: “Yo gozaré en el Señor y exultaré en Dios, mi salvador” (literalmente, “mi Jesús”) (3, 18). Con razón dice “mi salvador”, porque Jesús, para salvarme, tomó de mí lo mío, o sea, mi carne, y la exaltó por encima de los coros de los ángeles.
Asimismo, en el higo (en latín, ficus), así llamado de “fecundidad” y que es el más dulce de todos los frutos, está indicada la dulzura que los santos experimentarán en la visión de toda la Trinidad. De ella habla el Profeta: 44 ¡Qué grande es la abundancia de tu dulzura, Señor, que tú tienes escondida para los que te temen! “ (Salm 30, 20). La tienes escondida, para que la busquen con mayor ardor, y buscándola la encuentren, y hallándola la amen intensamente, y amándola la posean eternamente.
Y de nuevo: “En tu dulzura preparaste, oh Dios, para el pobre” (Salm 67, 11). No dice lo que tiene preparado, porque lo que tiene preparado, no puede ser expresado con las palabras. Dice el Apóstol: “Lo que el ojo no vio”, porque está escondido; “ni el oído oyó”, porque está en silencio y no puede ser expresado; “ni jamás entró en el corazón del hombre”, porque es incomprensible: “eso es lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1Cor 2, 9).
Asimismo, en las granadas están simbolizadas la unidad de la iglesia triunfante y la diversidad de las recompensas. Las granadas son llamadas así, porque en el interior tienen granos perfumados. Observa que, como en las granadas todos los granos están escondidos dentro de la misma corteza y, sin embargo, cada grano tiene su pequeña celda distinta, as! en la vida eterna todos los santos tendrán la misma gloria y, sin embargo, cada uno de ellos recibirá una recompensa mayor o menor, según las propias obras. Dice el Señor: “En la casa de mi Padre”: he ahí la corteza; “hay muchas moradas” (Jn 14, 2): he ahí las celdas distintas.
5.‑ He aquí, pues, qué alimentos comeremos en aquella gran cena, de la cual se dice: “Un hombre preparó una gran cena”.
Este hombre es Jesucristo, Dios y Hombre, que preparó la gran cena de la penitencia y de la gloria, a la que llamó a muchos, pero muchos desdeñaron participar. Y por esto dice: “Los llamé y ustedes se resistieron; extendí mi mano y nadie prestó atención” (Prov. 1, 24).
El Verbo del Padre llamó personalmente, y llama también con las palabras de los demás; pero los invitados rehúsan venir. Extiende sus manos en la cruz, dispuesto a repartir muchos beneficios; y no hay quien preste atención. Pero llegará el tiempo en que hará de la mano abierta un puño, “con el cual golpeará sin piedad” (ls 58, 4).
Ante todo, el Señor llama para la primera cena, o sea, para la penitencia. Dice Isaías: “En aquel día, el Señor Dios de los ejércitos los convocó al llanto, a la lamentación, a raparse la cabeza y a vestirse de saco” (22, 12). En estas cuatro cosas consiste la verdadera penitencia. En el llanto está indicada la contrición; en la lamentación, la confesión; en la rapadura de la cabeza, la renuncia a las cosas temporales; y en el vestido de saco, la satisfacción.
A esta cena llama el Señor, pero no quieren venir, porque se preparan para sí otro convite, del que se dice: “He aquí su gozo y su alegría: matar novillos y degollar ovejas, comer carne y beber vino. ¡Comamos y bebamos, porque mañana moriremos!” (ls 22, 13).
Asimismo, el Señor llama para la cena de la gloria celestial. Se lee en el libro de Esdras, que Ciro “emanó en todo su reino, de viva voz y por escrito, esta orden: “¿Quién de ustedes proviene del pueblo del Dios del cielo? Su Dios esté con él; vuelva a Jerusalén que está en Judea; y reconstruya la casa del Señor, Dios de Israel; El es el Dios que mora en Jerusalén” (1 Esdras 1, 1‑3).
Ciro se interpreta “heredad”, y es figura de Jesucristo, que es nuestra heredad. Dice el Profeta: “Mi heredad es preclara”, o sea, luminosa por encima de los demás santos (Salm 15, 6). El manda a todo el pueblo, que suba a la Jerusalén celestial, “que está construida como una ciudad” (Salm 121, 3), de piedras lisas, o sea, de las almas de los justos. Pero este pueblo responde con las palabras del profeta Ageo: “No llegó todavía el tiempo de reconstruir la casa del Señor” (1, 2).
El Señor, cuya misericordia es inconmensurable (Job 9, 10), no sólo llama personalmente, sino también a través de los predicadores, según lo que sigue en el evangelio: “Y a la hora de la cena envió a su criado a decir a los invitados: “ ¡Vengan! “, porque ya todo está preparado” (Lc 14, 17). Comenta la Glosa: “La hora de la cena simboliza el fin de este mundo. Escribe el Apóstol a los corintios: “Nosotros somos los que vivimos en el tiempo final” (1Cor 10, 11). En este tiempo final, a los que fueron invitados por medio de la Ley y de los Profetas, les es enviado el siervo, o sea, el orden de los predicadores, para que, rechazada la negativa, se preparen a saborear la cena, porque ya todo está preparado”.
En efecto, después del sacrificio de Cristo, el ingreso en el reino celestial está abierto. La abertura del reino fue lograda, gracias a la Pasión de Cristo. A través de esta puerta la iglesia, o sea, todos los justos, después de haber participado en la primera cena y preparándose para la segunda, cantan en el introito de la misa de hoy: “El Señor fue mi protector; me sacó a un lugar espacioso; y me libró de los enemigos, porque me ama” (Salm 17, 19‑20). El Señor, al extender sus brazos en la cruz, se hizo mi protector a través de su pasión; me sacó a un lugar espacioso, a través del envío del Espíritu Santo; me salvó de las acometidas de los enemigos, porque quiso que yo entrara en la cena de la vida eterna.
Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy, en la cual el bienaventurado Juan habla a los comensales de la cena de la vida eterna: “No se extrañen, hermanos, si el mundo los aborrece. Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos” (1 Jn 3, 13‑14). El mundo, o sea, los amantes de este mundo odian a los ciudadanos de la vida eterna. Y no hay de que extrañarse, porque ellos se odian a sí mismos. Y si uno es malvado para sí mismo, ¿cómo puede ser bueno con los demás? (Ecli, 14, 5).
Y con esto concuerdan también las palabras del primer libro de los Reyes: “Saúl fue enemigo de David toda la vida. A partir de ese día, Saúl miró con malos ojos a David” (1Rey 18, 29 y 9). No se extrañen, pues, si el mundo los odia. Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte del pecado a la vida y a la cena de la penitencia, porque amamos a los hermanos. El amor a los hermanos es una entrada segura para la cena de la vida eterna.
Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, que nos introduzca a la cena de la penitencia y de ella nos haga pasar a la cena de la gloria celestial.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito y glorioso por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡As¡ sea!
6.‑ “Y todos, unánimemente, comenzaron a excusarse. El primero le dijo:”Compré una hacienda y debo salir para verla. Te ruego me disculpes”. Y el segundo dijo: “Compré cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego me disculpes”. Y el tercero le dijo: “Acabo de casarme y por esa razón no puedo ir”. A su regreso, el siervo contó todo esto al dueño de casa” (Lc 14, 18‑21).
Observa estos tres elementos: una hacienda, cinco yuntas de bueyes y la esposa.
“Compré una hacienda”, (literalmente, villa). Villa viene de “valla”, vallado, terraplén o fosa, y simboliza el afán de dominio, del que dice el bienaventurado Bernardo: “No temo el fuego, no temo la espada, sino que temo la codicia del dominio”. Los que están obsesionados por el afán del dominio, proceden como si fueran rodeados de un terraplén de riquezas y de honores.
Esta es aquella villa del Getsemaní, en la cual el Señor fue traicionado y atado (Mt 26, 36). Getsemaní se interpreta “valle fértil”. Baja a valle el estiércol, con el que se abona.
En la villa del Getsemaní, o sea, en aquellos que ambicionan mandar a los demás y no serles útiles, y que descansan en el valle, o sea, en los placeres de la carne, engordados como puercos entre los excrementos de las cosas temporales, es traicionado Jesucristo, o sea, se destruye la fe en Jesucristo.
En efecto, la fe rehúsalas cosas temporales, no ambiciona el dominio, desea estar sujeta y crece en medio de las injurias. Y esta “villa” (hacienda) del Getsemaní es comprada. ¡Ojalá no se la pudiera tener ni gratuitamente, porque obliga a salir de la interior contemplación de Dios y a engolfarse en las preocupaciones exteriores!
Con todo esto concuerda lo que se lee en el primer libro de los Reyes, donde se narra que “el arca de la alianza del Señor de los ejércitos, que tiene su trono sobre los querubines, llegó a los campamentos y fue capturada por los filisteos” (1Rey 4, 4‑11).
El arca es figura del hombre contemplativo, en el cual están el maná de la suavidad, las tablas de las dos leyes y la vara de la corrección. El contemplativo es llamado “arca de la alianza del Señor”, con el cual contrajo el pacto de servirlo para siempre. “El Señor tiene su trono sobre los querubines” (Salm 79, 2), nombre que se interpreta “plenitud de la ciencia”, o sea, el Señor tiene su trono en aquella alma, que está colmada de amor, porque “la plenitud de la ley es el amor” (Rom 13, 10).
Esta arca, bajo las acometidas de los pecados, sale del refugio del rostro de Dios, del Santo de los santos, y entra en los campamentos, compra una villa (hacienda) y ambiciona el dominio. Mientras así se eleva, es capturada por los demonios y llevada a Azoto, que se interpreta “incendio” y simboliza el fuego de la concupiscencia carnal. Dice, pues, el primero: “Compré una villa (hacienda)
7.‑ “Y debo salir para verla”. Presta atención a estos verbos: debo, salir y ver. Quien compra la “villa” (hacienda) del dominio terreno, contrae obligaciones y apremios. Era libre, y se hizo esclavo de una deplorable esclavitud. Así fue de Saúl que, como narra el primer libro de los Reyes, constreñido por la urgencia, fue a buscar a una adivina, que se hallaba en Endor, y le dijo: “Estoy en un grave aprieto. Los filisteos combaten en contra de mí; y Dios se alejo de mí y no me quiso escuchar” (1Rey 28, 15).
La villa y la pitonisa, o sea, adivina, simbolizan la misma cosa. Endor se interpreta “fuente de la generación”, y con ello se entiende a Adán, que fue fuente y origen del género humano. El pagó como precio el paraíso para daño de su alma y quiso comprar la “villa” del dominio, prestando oído a la falsa promesa de la serpiente: “Serán como dioses” (Gen 3, Salm).
Por esto los que buscan el dominio, caminan según el hombre viejo y no según el hombre nuevo, Jesucristo, el cual, como relata Juan, cuando advirtió que estaban por llegar hombres para arrebatarlo y proclamarlo rey, huyó al monte (6, 15). Algunos dicen que el término “pitón” señale el poder de resucitar a los muertos; y la mujer que tiene este poder, se llama “pitonisa”.
¡Ay de mí! ¡Cuántos son los religiosos, muertos al mundo y sepultados en los claustros, que esta pitonisa, o sea, el afán de dominio, despertó del sueno de la contemplación, del silencio y de la paz, y los llevó fuera hacia el mundo!. Por esto dice Isaías: “Serás humillado, hablarás desde la tierra y desde el polvo se escucharán tus palabras; y desde la tierra saldrá tu voz como la de la pitonisa; y desde el polvo tu palabra será como un susurro” (29, 4).
He aquí lo que le sucede al que compra una villa (hacienda), consulta a la pitonisa y sale del sepulcro del silencio: “serás humillado”, o sea, serás precipitado, mientras crees subir; “ desde la tierra”, o sea, de las cosas terrenas hablarás, tú que antes estabas acostumbrado a hablar de las cosas celestiales; “desde el polvo”, o sea, del vientre y de la gula, todavía impregnados de alimentos y bebidas; “se escucharán tus palabras”, que antes hacías salir de la suavidad de tu mente y de la abstinencia de la gula; “y tu voz”, que antes era de renuncia y de humildad, ahora es “de la tierra como la de la pitonisa”, o sea, habla de prelaturas y dignidades; “y desde el polvo tu palabra será como un susurro”, o sea, murmurará, tú que antes habías colocado tu fortaleza en el silencio y en la esperanza (ls 30, 15), ¡He aquí, pues, cuántos apremios y cuántas perversidades!
Es siempre el primer invitado que dice: “Compré una villa (hacienda); debo salir para verla”. “Debo salir”. A este propósito se lee en el Génesis que “Esaú, agricultor, salió para ir de caza, mientras Jacob, hombre simple, quedando en la tienda con sus pensamientos, le sopló la bendición (de la primogenitura) (Gen 25, 27‑33). Así cuando uno, impulsado por el afán de las cosas temporales, busca una “villa” (hacienda) para cazar, o va a consultar a una pitonisa, y así sale de la tranquilidad de su mente, sin duda alguna perderá la bendición eterna. Dice: “Debo salir para verla”, es como si dijera: quiero verla al menos una vez, antes de morir. Este es el único fruto de las riquezas. Dice el Eclesiástico: “Donde hay muchas riquezas, también hay muchos que las devoran; y ¿qué beneficio reportan a su dueño, fuera de poder mirarlas con sus propios ojos?” (Ecle 5, 10).
He aquí, ahora sabes que el que compra la “villa” del dominio terrenal, no va a la cena del Señor, sino que, alegando una falsa excusa, dice: “Te ruego que me disculpes”. En la voz hay un sonido de humildad, al decir: “Te ruego”; pero en el sentido y en el sentimiento hay soberbia, porque rehúsa andar. Así a menudo se dice al justo: “¡Ruega por mí, que soy un hombre pecador! “. En estas palabras hay un sonido de humildad, porque se pide una oración; pero permanece la soberbia del corazón, porque no se aleja del pecado. Y con esto concuerda lo que se lee en el primer libro de los Reyes, donde se relata que Saúl dijo a Samuel: “Ahora te ruego, que perdones mi pecado; vuelve conmigo, para que pueda postrarme delante del Señor” (1Rey 15, 25).
8.‑ “El segundo invitado dijo: “Compré cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos” (Lc 14, 19).Observa que en las cinco yuntas de bueyes vemos simbolizados los cinco sentidos del cuerpo. Como los bueyes andan apareados bajo el yugo, así también nuestros sentidos funcionan en duplicado: dos son las orejas, dos los ojos, dos las narices; para el gusto tenemos la lengua y el paladar; para el tacto, las dos manos.
Estos son los diez “príncipes”, de los que habla Salomón: “La sabiduría hace más fuerte al sabio que diez príncipes de la ciudad” (Ecle 7, 20). La sabiduría, así llamada de sabor, consiste en el amor y en la contemplación de Dios, que conforta al sabio, o sea, al alma que gusta el sabor del amor, más que diez príncipes de la ciudad, o sea, más que todos los placeres de los diez sentidos del cuerpo.
La sabiduría sacia completamente, mientras los placeres dejan un vacío. La sabiduría procura dulzura, el placer deja amargura. Quien sirve a la sabiduría, es libre; quien sirve al placer, es un miserable esclavo.
Compra cinco yuntas de bueyes aquel que, con un desgraciado negocio, desprecia el sabor del amor de Dios y con deplorable esclavitud se somete al miserable placer de los cinco sentidos.
¡Ojalá el hombre tomara sobre sí el yugo del Señor, que es suave, y no el yugo del diablo, que es pesado! De él dice Isaías: “Tú despedazaste el yugo que pesaba sobre él, la barra sobre su espalda y el bastón de su opresor, como en el día de Madián” (9, 4).
He aquí como concuerdan entre ellas las palabras del evangelio con las de Isaías. Donde el evangelio dice “villa”, Isaías dice “barra”; y donde el evangelio dice “yuntas de bueyes”, Isaías dice “yugo opresor”; y donde el evangelio dice “mujer”, Isaías dice “bastón”.
Como Gedeón, que se interpreta “girando en el útero”, como se lee en el libro de los jueces(7, 15‑16), derrotó a Madián con trescientos hombres, solamente armados de trompetas y de linternas, así el penitente, que debe girar en el útero, o sea, arrepentirse siempre en su mente por los pecados cometidos y por los pecados de omisión, debe liberarse del pesado yugo del diablo con trescientos, o sea, con la fe en la Santa Trinidad, con las trompetas de la confesión y con las linternas de una conveniente satisfacción. Debe, pues, rehuir del placer de los cinco sentidos, con el cual el diablo agobia el alma; debe liberar la espalda de su barra, o sea, del afán del dominio, con el cual el diablo atormenta al hombre, como el campesino acicatea su asno; debe liberarse del bastón del opresor, o sea, de la petulancia de la carne, que se manifiesta en la gula y en la lujuria. El bastón dominante es la lujuria, que lamentablemente domina casi sobre todos. El opresor es la gula, que cada día, bajo el pretexto de la necesidad, se abandona al placer del gusto.
9.‑ Y también con esto concuerdan las palabras del primer libro de los Reyes, donde se relata que “Najás, el amonita, se movió y empezó a pelear contra Jabes de Galaad. Todos los hombres de Jabes dijeron a Najás: “Considéranos tus aliados y te serviremos”. Pero Najás les respondió: “Con ustedes haré un solo pacto, el de arrancarles a cada uno el ojo derecho e infligirles así un oprobio delante de todo el pueblo de Israel”. Y añade‑ “Al oír esas palabras, el Espíritu del Señor irrumpió sobre Saúl, y una violenta ira se apoderó de él. Tomó una yunta de bueyes y los hizo pedazos” (1Rey 11, 1‑ 7).
Najás se interpreta “serpiente”, nombre que se aplica perfectamente al diablo, el cual, bajo forma de serpiente, engañó a nuestros primeros padres. Amonita se interpreta “pueblo triste”, u “opresor”, o “ que da angustia”. Najás es el rey de los amonitas, porque la antigua serpiente, o sea, Satanás, es el príncipe de los malvados, los que se hallan en la aflicción de la tristeza, que ‑según el Apóstol‑ produce la muerte (2Cor 7, 10).
Los malvados, pues, oprimen y afligen la vida de los santos. Dice el Eclesiástico: “Lo que el crisol es para el oro, la lima para el hierro y el bieldo para el trigo, lo hace la tribulación para el justo (Prov 2 7, 17 y 2 1; y Ecli 2 7, 6). El impío vive para el piadoso, o sea, para el provecho del piadoso, porque las complicidades de los malvados son asadores para los justos.
Najás, pues, pelea contra Jabes de Galaad. Jabes se interpreta “desecada”, y Galaad “cúmulo de testimonios”. Aquí está simbolizada el alma, que debe, ante todo, desecarse de los vicios y, después, ser colmada con los testimonios de la Pasión del Señor.
Najás combate contra los hombres de Jabes en Galaad, para arrancarles el ojo derecho, bien sabiendo que, sin ese ojo, todos serán mucho menos hábiles para el combate.
El ojo derecho simboliza la mirada crítica; y el diablo intenta arrancarlo y, en cambio, deja el ojo izquierdo, el del amor mundano, sabiendo que quien no aspira a los bienes eternos, busca la prosperidad terrena; y quien se entretiene en las cosas terrenas, es fácilmente derrotado en la batalla (de la salvación).
Quien quiere liberar su alma del asedio y de las acometidas del diablo, es necesario que haga como lo que sigue: “Y el Espíritu del Señor irrumpió sobre Saúl. Saúl se interpreta “ungido”, consagrado, que al principio de su reino, cuando liberó la ciudad de Galaad, era bueno; y por ende es figura del justo, ungido con la gracia de Dios. Cuando el Espíritu del Señor, o sea, la contrición del corazón, irrumpe sobre él, el justo se enfurece contra sus pecados pasados y corta en pedazos los dos bueyes.
Los dos bueyes simbolizan los dos ojos; los dos bueyes simbolizan las dos orejas; y así de los otros sentidos. Corta en pedazos los dos bueyes aquel, que con las lágrimas gasta los ojos, con los que había apetecido las cosas Hicitas. Corta en pedazos los dos bueyes aquel, que con espinas cerca las dos orejas, para que en adelante no escuchen más las calumnias o las adulaciones. Y así hace también con los demás sentidos, para que “cuantos fueron los placeres a los que se abandonó, tantos sean los sacrificios que hace de sí mismo” (Glosa).
10.‑ El tercer invitado se excusó diciendo: “Acabo de casarme y por esa razón no puedo ir” (Lc 14, 20). No es el matrimonio, sino el abuso del matrimonio, que aleja a muchos y los disuade de participar en la cena del Señor.
Muchos contraen matrimonio no por la fecundidad de la prole, sino por las apetencias de la carne.
Se debe destacar que hay que tomar esposa por tres razones. Primera: para procrear a la prole; dice el Génesis: “Crezcan y multiplíquense” (1, 28). Segunda: para tener ayuda; dice siempre el Génesis: “No conviene que el hombre esté solo; hagámosle una ayuda adecuada” (2, 18). Tercera: para evitar la incontinencia; dice el Apóstol: “Si uno no se puede contener, que se case; pero siempre en el Señor” (1Cor 7, 9 y 39).
Si uno toma mujer para otros fines, fuera de los señalados, ¡ay de él! Además, si bien el matrimonio es en sí mismo un bien, sin embargo, comporta peligros. Dice el Apóstol en la primera carta a los corintios: “El que tiene mujer, se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su mujer; y así su corazón está dividido” (1Cor 7, 33) entre dos preocupaciones: la de Dios y la de la mujer.
Es difícil proceder en el justo medio, y dividirse entre los dos compromisos, de tal modo que ninguno sea descuidado. Está escrito en el primer libro de los Reyes que “dos esposas de David fueron hechas prisioneras, y David sufrió una gran aflicción” (1Rey 30, 5‑6). Si no hubiese tenido las esposas, sin duda no habría sufrido tanto.
Observa que en este pasaje del evangelio por “mujer” se entiende la lujuria de la carne. El evangelio no dice que la compró, sino que la “tomó”, porque cada pecador, desde el comienzo de su existencia, arrastra consigo la tendencia al pecado de la carne.
Nos preguntamos: “¿Por qué los dos primeros invitados rogaron ser excusados, mientras el tercero de ningún modo lo hizo?!”. A este propósito se debe decir que la pasión carnal tiene al hombre atado a los placeres de tal modo, que no desea para nada ir a la felicidad eterna, tampoco se preocupa en disculparse. Y por esto es patente que no ama a Dios, a aquel Dios que, “invitado” por las oraciones de los patriarcas del Antiguo Testamento a desposarse con la naturaleza humana, benignamente vino a las bodas.
Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “En esto hemos conocido el amor de Dios, en que El entregó su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos” (1 Jn 3, 16). Presta atención que aquí Juan toca tres argumentos: Dios, nosotros y los hermanos. El que ama a Dios, no compra la “villa” (hacienda) del dominio. El que ama a su alma, se libera del yugo de los cinco sentidos. El que ama al prójimo, no toma por cierto a la “mujer de la lujuria”, con la cual ofendería y escandalizaría al mismo prójimo.
Te rogamos, pues, Señor Jesús, que nos quites la “villa” de todo poderío humano, que nos ayudes a evitar los placeres de los cinco sentidos y que nos hagas vivir sin la “mujer” de la maldita concupiscencia, para que seamos así libres de entrar en tu cena.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén!. ¡Así sea!
11.‑ “Entonces el dueño de casa, irritado, dijo al siervo: “Sal en seguida por las plazas y calles de la ciudad, y trae aquí a los pobres, a los débiles, a los ciegos y a los cojos” (Lc 14, 2 1). Dado que los tres primeros invitados rehusaron participar en la cena del Señor, el siervo es enviado para que haga entrar a los pobres, a los débiles, a los ciegos y a los cojos.
Raramente pecan aquellos, a quienes faltan los atractivos del pecado; y más prontamente se convierten a la gracia los que en este mundo no tienen fuentes de placer (Glosa). ¡Bendita es, pues, aquella miseria que lleva a cosas mejores, y bendita aquella negrura que engendra el candor! No disponiendo de la abundancia de los bienes terrenales como los pobres, los faltos de salud física como los débiles, los ciegos y los cojos, a quienes falta también el incentivo de pecar, con mayor facilidad son introducidos a la cena del Señor.
Con todo ello tenemos una concordancia en el primer libro de los Reyes, donde se relata que “ un joven egipcio, esclavo de un amalecita, había sido despreciado y abandonado en el desierto, porque habla caído enfermo. David lo halló, lo alimentó y lo asumió como guía en sus viajes” (1Rey 30, 11‑15).
El joven egipcio es figura del que ama este mundo, cubierto de la negrura de los pecados. Cuando junto con el mundo que corre, no puede más correr con las obras mundanas, es despreciado por el mundo y abandonado en su enfermedad. Cristo lo encuentra ‑porque El convierte a su amor a los que el mundo desprecia y abandona‑, lo sustenta con el alimento de la palabra de Dios y lo hace guía de su camino, porque, de vez en cuando, el Señor lo hace su predicador.
Y observa que no sin motivo el evangelio nombra de manera especial a estas cuatro categorías de desventurados, o sea, a los pobres, a los débiles, a los ciegos y a los cojos. El pobre es as! llamado, porque poco puede y poco tiene. El débil debe su nombre a la bilis, de bilis, que lo hizo frágil. La bilis es una secreción de la hiel, que influye dañosamente en el cuerpo. De ahí vienen debilidad y debilitar, o sea, hacer débil. El ciego carece de la vista no puede y ver con ninguno de sus dos ojos. El cojo es así llamado, porque está como cerrado, o sea, impedido en el caminar (en latín, hay una asonancia entre claudus, cojo, y clausus, cerrado).
En estas cuatro categorías de enfermos están representados los que se hallan enredados en los cuatro vicios: avaricia, ira, lujuria y soberbia.
El avaro es pobre, porque no es él que se manda a sí mismo, sino el dinero; él no es posesor, sino poseído; y aunque tenga muchos bienes, cree tener demasiado poco. Dice el Filósofo: “Aquel al que sus bienes jamás le parecen demasiado abundantes, aunque fuera dueño del mundo entero, es un miserable” (Séneca). Y de nuevo: “No juzgo que sea pobre aquel, a quien, por poco que tenga, eso poco le basta”.
El débil es figura del iracundo que, impregnado de la amargura de la hiel, se inflama de ira y en ese estado “no puede obrar la justicia de Dios” (Sant 1, 20). Dice Job: “La cólera mata al necio” (5, 2).
El ciego es figura del lujurioso, que está privado de la vista de la gracia, y carece de los dos ojos, o sea, de la razón y de la inteligencia.
El cojo es figura del soberbio que no puede andar con pasos rectos por el camino de la humildad.
De estos vicios y de los otros semejantes, dice el Filósofo: “Se deben evitar a cualquier precio, cortar con el fuego y con el hierro y separar con cualquier otro artificio la languidez del cuerpo, la ignorancia de la mente, la lujuria del vientre, la sedición de la ciudad y la incoherencia del hombre” (Autor desconocido). A estas cuatro categorías de pecadores, detenidos en las plazas, o sea, por los placeres de la carne, y en las calles, o sea, por las vanidades del mundo, el Señor misericordioso los llama, por medio del predicador de la santa Iglesia, a la cena de la patria celestial.
Observa también que, la tercera vez, el dueño dice al siervo: “Ve a los caminos y a lo largo de los cercos, e insiste para que la gente entre, de manera que se llene mi casa” (Lc 14, 23). Estos que son estimulados a entrar, simbolizan a los que son acicateados a entrar a la cena del Señor por medio de los castigos y dejas adversidades, El Señor habla por boca de Oseas: He aquí que yo voy a obstruir sus caminos con espinas y los cercare con un muro, y no encontrará sus senderos. irá detrás de sus amantes y no los alcanzará, los buscará y no los encontrará. Entonces dirá: “Volveré con mi primer marido, porque antes me iba mejor que ahora” (2, 6‑7).
El Señor cierra con el cerco de las adversidades y el muro de la enfermedad los caminos, o sea, las obras malas del alma pecadora, con las que ella corre detrás de sus amantes, o sea, de los demonios, para que se convierta a su primer esposo. Habiendo experimentado la dulzura de su amor, debe admitir que le iba mejor y era infinitamente más feliz cuando gozaba de su contemplación que no cuando abusaba del miserable placer de la carne.
12.‑ Con esta tercera parte del evangelio, en la cual se habla de los pobres, concuerda la tercera parte de la epístola: “Si alguien vive en la abundancia, y, viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad” (1 Jn 3, 17‑18). Y dice el Señor en Lucas: “Den en limosna lo que sobra; y he ahí que todo para ustedes será puro” (11, 4 1). Comenta la Glosa: “Lo que sobra de lo necesario para el alimento y el vestido, dénselo a los pobres”.
Quien, pues, tiene riquezas de este mundo, y, después de reservar lo necesario para el alimento y el vestido, ve que su hermano, por el cual Cristo murió, padece necesidad, debe darle lo que le sobra. Y si no lo da y cierra su corazón ante la indigencia de su hermano, yo afirmo que peca mortalmente, porque en él no se halla el amor de Dios. Si hubiera en él este amor, de buena gana daría a su hermano.
¡Ay de aquellos que tienen la bodega llena de vino y el granero lleno de trigo y que tienen dos o tres pares de vestidos, mientras los pobres de Cristo con el vientre vacío y el cuerpo semidesnudo claman ayuda a su puerta! Y si algo se les da, se trata siempre de poco, y no de las cosas mejores, sino de las peores.
Llegará, sí, llegará la hora, cuando también ellos gritarán, estando fuera de la puerta: “¡Señor, Señor, ábrenos¡ “. Y oirán lo que no quisieran oír: “¡En verdad, en verdad, les digo: “No los conozco! ¡vayan, malditos, al fuego eterno!” (Mt 25, 11‑12 y 41).
Dice Salomón: “El que cierra su oído, para no escuchar la voz del pobre, cuando gritará él, no será escuchado” (Prov 21, 13).
Hermanos queridísimos, roguemos al Señor Jesucristo, que nos llamó con esta predicación, que se digne llamarnos, con la infusión de su gracia, a la cena de la gloria eterna, en la que seremos saciados contemplando cuán suave es el Señor. De esa suavidad nos haga partícipes el Dios uno y trino, bendito, digno de alabanza y glorioso por los siglos eternos.
Y toda alma fiel, introducida a esta cena, diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.
1.‑ “En aquel tiempo se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores, para escucharlo” (LC 15, 1).
Relata el segundo libro de los Reyes que “Benaias, hijo de Ieholadá, bajó a la cisterna y mató un león en un día de nieve” (2 R 23, 20). Benaias se interpreta “albañil del Señor”, y es una figura del predicador que con el cemento de la Palabra de Dios junta en unidad de espíritu las piedras vivas, o sea, los fieles de la Iglesia.
De este albañil dice el Señor al profeta Amos: “¿Qué ves, Amós? Yo respondí: “Veo la cuchara del albañil”. Y el Señor replicó: “He aquí que yo pondré una cuchara en medio de mi pueblo” (7, 8). La cuchara es una larga espátula de metal, con la cual se aplanan las paredes. Se dice en latín trulla, de trudo, encerrar, porque con ella se sueldan entre sí las piedras con la cal o con el lodo.
La cuchara es figura de la predicación, que el Señor puso en medio del pueblo cristiano, para que estuviera a disposición de todos y con su anchura se extendiera tanto al justo como al pecador y con la cal del amor juntara a todos los creyentes en Cristo.
Y este albañil es llamado hijo de lehoiadá, que se interpreta “que sabe y que conoce”. El predicador debe ser hijo de la ciencia y del conocimiento. Ante todo, debe saber qué cosa, a quién y cuándo predique; en segundo lugar, debe examinarse si vive en coherencia con lo que predica.
De este conocimiento carecía aquel Balaam, que dice de sí mismo: “Palabra del hombre, cuyo ojo está obturado, palabra del que conoce los mensajes de Dios, que conoce la ciencia del Altísimo y ve la visión del omnipotente Dios, y que cayendo abrió los ojos” (Num 24, 15‑16).
Así está tapado el ojo de la razón del predicador perverso, el cual, aun conociendo la doctrina del Altísimo y viendo las visiones del Omnipotente a través de la ciencia, sin embargo, no las conoce por experiencia. Cayendo, porque carece de este conocimiento, abre los ojos con la ciencia.
Pero Benaias, hijo de lehoiadá, bajó de la contemplación de Dios, para instruir al prójimo, y mató el león, o sea, al diablo; o el pecado mortal, que está dentro de la cisterna, o sea, del alma helada de los pecadores. Y lleva a cabo esta obra en los días de nieve, o sea, cuando el hielo de la malicia y de la perversidad congela las mentes de los pecadores, de los que se dice en el evangelio de hoy: “Se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores”.
2.‑ observa que en este evangelio se destacan tres momentos. Primero: el acercamiento de los pecadores a Jesús y la murmuración de los fariseos; segundo: el hallazgo de la oveja perdida; tercero: la recuperación de la dracma perdida. Presta atención también que en este domingo y en el próximo, veremos la concordancia, si Dios nos lo concede, de algunos relatos del segundo libro de los Reyes con las tres partes de este evangelio.
En el introito de la misa de hoy se canta: “¡Mírame, Señor, y ten misericordia de mí!” (Salm 24, 16). Y se lee la epístola del bienaventurado Pedro: “Humíllense bajo la poderosa mano de Dios” (1 Pe 1, 5), que vamos a dividir en tres partes y hallaremos la concordancia con las tres partes del evangelio. La primera parte es: “Humíllense”; la segunda: “Sean sobrios”; la tercera: “El Dios de toda gracia”.
3.‑ “Se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores, para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: “Este recibe a los pecadores y come con ellos” (Lc 15, 1‑2).
Todo esto concuerda con el primer libro de los Reyes, donde “se relata que acudían a David todos los que se hallaban en graves estrecheces y estaban cargados de deudas y con el alma llena de amargura. Y David llegó a ser su príncipe” (1Rey 22, 1‑2).
Presta atención a estas tres circunstancias: se hallaban en estrecheces, cargados de deudas y con el alma llena de amargura. David es figura de Cristo, al cual deben acudir los pecadores que se hallan en las estrecheces de la tentación diabólica y de la concupiscencia carnal, y están cargados de deudas, o sea, se hallan en el pecado mortal, inventado por el diablo. Y si tuvieran el alma llena de amargura, o sea, si tuvieran la amargura de la contrición por los pecados cometidos, el mismo Cristo sería su príncipe.
El príncipe es llamado así, porque primus capit, toma por primero. Cristo, en la muerte de los auténticos penitentes, previene al diablo, toma posesión de sus almas y las lleva al cielo. Con razón, pues, se dice: “Los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús, para escucharlo; y El recibía a los pecadores y comía con ellos”.
Presta atención a estos cuatro verbos: se acercaban, para escucharlo; y El los acogía y comía con ellos. En el verbo “se acercaban” está indicada la contrición del corazón; en el verbo “para escucharlo”, están indicadas la confesión y la ejecución de la satisfacción; en el verbo “acogía” está indicada la reconciliación de la misericordia divina con el pecador; y en el verbo “comía” está indicado el banquete de la gloria eterna.
Se acerca a Jesús aquel, que siente contrición por sus pecados. Se lee en el Génesis: “Judá se acercó más a José y le dijo confidencialmente: “Permite, señor, que tu siervo diga una palabra a tu oído, y no te impacientes con tu siervo” (44, 18).
Judá, que se interpreta “el que confiesa”, es figura del penitente, que, haciéndose más cerca de Dios con la contrición del corazón, esperando en su misericordia, dirige confidencialmente la palabra de la confesión al oído de su confesor,
Asimismo, escucha a Jesús aquel, que se esfuerza por reparar el pecado en todo y por todo. Dice Job: “Con mi oído te escuché; pero ahora te ven mis ojos. Por eso me acuso a mí mismo y hago penitencia en el polvo y en la ceniza” (42, 5‑6).
Igualmente, Jesús acoge a los pecadores, cuando infunde en los penitentes la gracia de la reconciliación. Dice Lucas: “El padre salió al encuentro de su hijo, se echó sobre su cuello y lo besó” (15, 20). El beso del padre simboliza la gracia de la divina reconciliación.
Finalmente, Jesús come con ellos, o sea, con los penitentes, cuando los saciará con su gloria en la perfecta felicidad.
4.‑ Con aquellos cuatro momentos concuerda lo que se lee en el segundo libro de los Reyes. Acerca del primer momento se lee: “Todas las tribus de Israel se presentaron a David en Hebrón y le dijeron: “¡Nosotros somos tu carne y tus huesos!” (2 R 5, 1). La tribu es llamada así de “tributo” o también porque en el principio el pueblo de Roma fue dividido por Rómulo en tres clases: los senadores, los soldados y la plebe.
Todas las tribus de Israel simbolizan al conjunto de todos los penitentes, que diariamente ofrecen al Señor el tributo de su servicio. Y se dividen en tres categorías: los senadores, o sea, los contemplativos; los soldados, o sea, los predicadores; y la plebe, o sea, los de vida activa.
Todos ellos deben presentarse, en unidad de mente, a David, o sea, a Jesucristo, en Hebrón, que se interpreta “mi connubio”. Deben mantener la contrición del corazón, en la que el Espíritu Santo, como místico Esposo, se une por medio de la gracia al alma, como a una esposa, arrepentida de sus pecados. De este connubio nace el heredero de la vida eterna.
¡He aquí, nosotros somos tu carne y tus huesos!”. Así los penitentes deben decir a Cristo: “¡Ten compasión de nosotros y perdona nuestros pecados, porque somos tu carne y tus huesos! Por nosotros los hombres te hiciste hombre, para redimirnos. “Por todo lo que padeciste, aprendiste a tener piedad de nosotros” (Hb 5, 8). A ningún ángel podemos decir: “Somos tu carne y tus huesos. Pero a ti que eres Dios e Hijo de Dios, que no asumiste a los ángeles, sino a la descendencia de Abraham, podemos decir con toda verdad: “He aquí, nosotros somos tu carne y tus huesos”. ¡Ten, pues, compasión de tu carne y de tus huesos!”.
¿Y quién alguna vez tuvo en odio a su carne?” (Ef 5, 29). Tú eres nuestro hermano y nuestra carne; y por esto estás obligado a tener piedad y a compadecer las miserias de tus hermanos. Tú y nosotros tenemos al mismo Padre: tú por naturaleza y nosotros por gracia. Pues bien, tú que en la casa del Padre tienes todo poder, no quieras privarnos de esa sagrada heredad, porque nosotros somos tu carne y tus huesos”.
“Los hijos de Israel transportaron del Egipto a la Tierra Prometida los huesos de José” (Jos 24, 32). También tú, de las tinieblas de este Egipto (terrenal), llévanos a nosotros que somos tu carne y tus huesos, a la tierra de la bienaventuranza, porque “somos tu carne y tus huesos”. Con razón, pues, se dice: “Los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús”.
Los penitentes deben hacer como hacen las abejas. Se lee en la Historia Natural, que cuando su rey (reina) vuela fuera de la colmena, con él vuelan y lo rodean amontonándose junto a él: el rey en el centro y las abejas a su alrededor. Y cuando el rey no puede volar, la masa de las abejas lo sostiene; y, si muere, todas mueren con él.
Jesucristo, nuestro rey, voló hasta nosotros fuera de la colmena, o sea, fuera del seno del Padre. Y nosotros, como buenas abejas, debemos seguirlo y volar con El. Debemos ponerlo en el centro, o sea, conservar en el corazón la fe en El y defenderla con la práctica compacta de todas las virtudes. Y si alguno de sus miembros cayera en el pecado, nosotros lo debemos sostener con la predicación y la oración. Y con El muerto y crucificado debemos morir, “crucificando nuestros miembros con sus vicios y concupiscencias” (Gal 5, 24). Con razón se dice: “Los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús”.
5.‑ “Se acercaban para escucharlo”. También en este aspecto tenemos una concordancia en el segundo libro de los Reyes, en el que se lee que “el rey David se levantó y fue a sentarse a la Puerta. Y cuando todo el pueblo supo que el rey estaba sentado a la Puerta, todos acudieron a presentarse ante el rey” (2 R 19, 8).
Jesucristo, Rey de los reyes, nuestro David, que nos liberó de la mano de nuestros enemigos, se levantó cuando salió del seno del Padre, y fue a sentarse a la puerta, o sea, se humilló en el seno de la Virgen María, de la que dice el profeta Ezequiel: “Esta puerta permanecerá cerrada; no será abierta y nadie entrará por ella, porque el Señor Dios de Israel entró por ella. Estará cerrada al príncipe; y el mismo príncipe se sentará allí, para comer el pan en presencia del Señor” (44, 2‑3).
Observa que dice: “Cerrada al príncipe” y “el mismo príncipe se sentará en ella”. Estará cerrada al príncipe de este mundo, o sea, al diablo, porque su mente jamás se abrió a alguna de sus tentaciones. Sólo el verdadero Príncipe, Cristo, se sentó en ella, asumiendo la humildad de la carne, para comer el pan en presencia del Señor, o sea, para cumplir la voluntad del Señor. Decía Jesús: “Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre” (Jn 4, 34).
Y todo el pueblo llegó a saber por medio de los apóstoles, que el Rey estaba sentado a la puerta, o sea, que había asumido la carne de la bienaventurada Virgen Maria. Y as! toda la multitud de los penitentes y de los fieles se presentó delante del Rey, dispuesta a obedecer en todo y por todo a sus mandatos.
6.‑ “Y los fariseos y los escribas murmuraban: “Este acoge a los pecadores” (Lc 15, 2). Yerran doblemente los que se creen justos, mientras son soberbios, y juzgan culpables a los demás, mientras ya se hallan arrepentidos.
“Este acoge a los pecadores”. Bajo este aspecto se halla una concordancia en el segundo libro de los Reyes, en el que se lee que “el rey David llamó a Absalón, quien se presentó ante el rey, se postró con el rostro en tierra; y el rey lo besó” (2 R 14, 33).
Absalón, que se interpreta “paz del padre”, en este pasaje simboliza al penitente, que, a través del arrepentimiento, hizo la paz con Dios Padre, a quien ofendió con el pecado. El pecador, llamado por medio de la contrición, se presenta al rey por medio de la confesión, y lo adora, postrado delante de El con el rostro en tierra, por medio de la satisfacción, castigando la “tierra” de su carne y reputándose despreciable e indigno; y todo esto delante de Dios y no delante de los hombres. Y así el Rey acoge al penitente como a un hijo, mediante el beso de la reconciliación.
A propósito de esta acogida, el pecador convertido canta en el introito de la misa de hoy: “Mírame y ten piedad de mí, Señor, porque soy solo y pobre. Mira mi humillación y mis trabajos, y perdona todos mis pecados, oh mi Dios” (Salm 24, 16‑18).
“Mírame” con ojos de misericordia, tú que miraste a Pedro. “Y ten piedad de mi”, perdonando mis pecados. “Porque soy solo”, y tú acompañas a quien está solo y abandonado. “Porque soy pobre”, o sea, vacío, para que tú puedas llenarme. “Mira mi humillación”, en la confesión, y “mis trabajos” (penitenciales), en la satisfacción. “Y perdona todos mis pecados, oh mi Dios”.
7.‑ “Y comía con ellos”. También bajo este aspecto se halla una concordancia en el segundo libro de los Reyes, en el que se lee que “Merib‑Baal comía a la mesa de David, como uno de los hijos del rey, y habitaba en Jerusalén, porque comía cada día a la mesa del rey” (2 R 9, 11 y 13).
Merib‑Baal se interpreta “hombre de la confusión” y en este pasaje simboliza al penitente, que se avergüenza por sus pecados; y su arrepentimiento le procurará la gloria, cuando habite en la Jerusalén celestial y coma a la mesa del rey como uno de los santos apóstoles, a los que en el evangelio dice el Señor: “Les preparo un reino, para que coman y beban a mi mesa, en el reino de los cielos” (Lc 22, 29‑30).
Con esta primera parte del santo evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy, en la cual Pedro habla a los pecadores convertidos: “Humíllense bajo la poderosa mano de Dios, para que El los exalte en el tiempo de la tribulación. Descarguen en El todas sus preocupaciones, ya que El se ocupa de ustedes” (1 Pe 5, 6‑7).
Bajo la poderosa mano de Dios, que “derriba a los poderosos y ensalza a los humildes” (Lc 1, 52), humíllense, para que los eleve a aquella mesa celestial, cuando venga a visitarlos, o sea, en el tiempo de la muerte y del último examen. Descarguen todas sus preocupaciones en El, porque El se ocupa más de su salvación que ustedes mismos, “porque El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos” (Salm 99, 3).
Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que nos permita a nosotros pecadores acercarnos a El, para escucharlo, y que se digne acogernos, para alimentarnos con El a la mesa de la vida eterna.
Se digne concedérnoslo El, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
8.‑ “Y Jesús les dijo esta parábola: “Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar a la que se había perdido, hasta encontrarla?” (Lc 15, 3‑4).
El Señor, con estas dos parábolas evangélicas, quiso enseñar a los pecadores que se le acercan, de qué manera pueden recuperar lo que perdieron y conservar lo que recuperaron y hacer penitencia de los pecados cometidos. Por esto vamos a ver a quién simbolice el hombre que tiene cien ovejas, cuál es el significado moral de la oveja perdida y qué significa traerla al redil sobre las espaldas.
Este hombre es figura del penitente, que comienza a vivir según “el hombre nuevo” y que se cree a sí mismo humus (polvo). El tiene cien ovejas. El número ciento es símbolo de la perfección (Glosa). Las cien ovejas simbolizan todos los dones naturales y los gratuitos (sobrenaturales); y el que los tiene, es perfecto, se entiende de la perfección posible en esta vida. Con razón los dones naturales y gratuitos son llamados “ovejas”, porque como las ovejas son animales sencillos, inocentes y mansos, así los dones naturales y gratuitos hacen al hombre sencillo hacia el prójimo, sin el repliegue del engaño, inocente consigo mismo y dócil con Dios.
“Y si pierde una de las ovejas, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo? La oveja descarriada es figura de la “primera inocencia”, que es conferida en el bautismo. Y esta inocencia está indicada por las dos cosas que se entregan al bautizado. El sacerdote le da una vestidura blanca y una candela encendida. La vestidura blanca simboliza la inocencia; y la candela encendida, el ejemplo de una vida virtuosa.
En estas dos cosas consiste la inocencia del hombre; y ésta es la oveja simple e inocente. Y el hombre pierde a esta oveja (la inocencia), cuando mancha su vestidura bautismal y apaga la vela de las buenas obras. Y cuando pierde esta oveja, el hombre debe afligirse en grado sumo.
9.‑ Sobre el extravío de la oveja y el disgusto por ese extravío hallamos una concordancia en el segundo libro de los Reyes: David lloró amargamente y entonó esta lamentación fúnebre por Saúl y su hijo Jonatán: “¡Montañas de Gelboé, que no caigan sobre ustedes ni rocío ni lluvia, ni se cubran de campos fructíferos, porque allí fue envilecido el escudo de los fuertes, el escudo de Saúl, como si él no hubiera sido ungido (consagrado) con el óleo” (2 R 1, 17 y 21).
Tanto el hombre de la cien ovejas como David son figuras del penitente, que debe llorar por Saúl y por Jonatán, sobre la ovejuela perdida, o sea, sobre la primera inocencia perdida. Saúl se interpreta “consagrado por la unción”, y simboliza la inocencia bautismal, que se da por la unción del crisma. Jonatán se interpreta “don de la paloma”, y simboliza la gracia del Espíritu Santo, conferida en el bautismo. Como el hombre perdió tanto la unción del crisma como la gracia del Espíritu Santo, debe entonar una lamentación (fúnebre) como David: “Oh montañas de Gelboé ......
Gelboé se interpreta “bajada, desplome” o cúmulo que se desploma”, y simboliza la soberbia, que está siempre en peligro de desplomarse, porque la soberbia tiene a menudo caídas; y simboliza también la abundancia de las riquezas, que se acumulan como un montón de piedras contra el Señor.
Sobre estas montañas (soberbia y riqueza) no se hallan ni rocío, ni lluvia, ni campos fructíferos. En el rocío está simbolizada la contrición, en la lluvia la confesión y en los campos fructíferos la satisfacción.
Acerca del rocío de la contrición se lee en el libro de los jueces: “Yo voy a poner un vellón de lana sobre la era ‑decía Gedeón al Señor‑. Si cae el rocío solamente sobre el vellón y todo el resto queda seco, sabré que tú salvarás a Israel por mi intermedio. Y así sucedió. Gedeón se levantó al final de la noche, exprimió el vellón y llenó con él una copa de agua” (Jue 6, 37‑38).
Es signo de la liberación de Israel, o sea, de nuestra alma, si el rocío, o sea, la gracia de la compunción, sólo cae en el vellón, o sea, en el corazón, mientras en todo el terreno, o sea, en nuestro cuerpo, hay sequía, o sea, ausencia de vicios. Mientras estamos en la noche de este destierro, debemos levantarnos y aplicar espíritu y cuerpo a las obras de penitencia; y debemos exprimir el vellón del corazón, con el amor de la gloria eterna y el temor de la gehena, como si fueran dos manos; y así llenaremos una copa con el agua de la compunción de los ojos, agua que “salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 14).
Acerca de la lluvia de la confesión habla el Señor en el Levítico: “Si ustedes observan fielmente mis mandamientos, yo enviaré la lluvia a su debido tiempo; y as! la tierra dará sus brotes, y los árboles se cargarán de frutos. Entonces el tiempo de la trilla se prolongará hasta la vendimia y la vendimia, hasta la siembra. Y comerán pan hasta saciarse” (26, 3‑5).
Cuando el Señor concede la lluvia al penitente, o sea, la gracia de una buena confesión, entonces él producirá sus brotes, y no brotes extraños. El brote simboliza el comienzo de la obra buena, que germina, gracias a la lluvia de la confesión.
“Y los árboles se cargarán de pornos (frutos) “. Árbol deriva de “fuerza” (en latín, arbor ‑ robur), y los pomos (frutos), de “opimo” (fértil). Los árboles simbolizan las mentes de los penitentes, que se fortifican con el firme propósito de no recaer en el pecado, y se cargan de frutos, o sea, de la fertilidad de las virtudes.
La trilla, o sea, la mortificación del cuerpo, alcanzará la vendimia, o sea, la alegría de la mente; y la vendimia se juntará con la siembra, o sea, con la vida eterna, en la que comeremos el pan hasta la saciedad. Está escrito: “Me saciaré, cuando contemple tu gloria” (Salm 16, 15). ¡He ahí: cuántos beneficios produce una buena confesión!
Símilmente, acerca del campo de la satisfacción se lee en el Génesis: “Abraham plantó un pequeño bosque en Berseba y allí invocó el nombre de Dios, el Eterno. Y por mucho tiempo fue colono en la tierra de los filisteos” (21, 33‑34).
Presta atención a estos tres momentos: plantó, invocó y fue colono. Abraham es figura del justo, que en Berseba, que se interpreta “pozo de la abundancia”, o sea, en su mente, planta el bosque de la caridad. El bosque (en latín, nemus), así llamado de “numen” o divinidad, simboliza la caridad, por la cual amamos a Dios y al prójimo.
Y observa también que la mente del justo es llamada “pozo” por la humildad, y pozo de “la abundancia”, por la dulzura de la contemplación.
“Y allí invocará el nombre de Dios, el Eterno”. El nombre de Dios, el Eterno, es Jesús, que se interpreta “Salvador”. El, pues, invoca el nombre del Salvador, para que le conceda la salvación y se la conserve eternamente.
“Y fue colono en la tierra de los filisteos”, nombre que, como ya se dijo otras veces, se interpreta “caídos por beodez”. Los filisteos simbolizan los cinco sentidos del cuerpo, los cuales, embriagados por la bebida de la vanidad mundana, caen en el pecado. La tierra de estos filisteos es el cuerpo, que se rige por los cinco sentidos. De esta tierra el justo ha de ser el colono, para cultivarla con vigilias y abstinencias, con el dolor y con el trabajo, para que ella produzca los frutos de las primicias.
Con toda razón se dice: “¡Montañas de Gelboé, que no caigan sobre ustedes ni rocío, ni lluvia, ni haya campos de primicias!” (frutos). En las alturas de la soberbia y en la abundancia de las cosas temporales no se hallan ni el rocío de la compunción, ni la lluvia de la confesión, ni los campos fructíferos de la satisfacción; antes, allí fue envilecido (manchado) el escudo de los fuertes, el escudo de Saúl.
El escudo es figura de la fe. Dice el Apóstol: “Tengan siempre el escudo de la fe, con el cual podrán apagar todas las flechas encendidas del maligno” (Ef 6, 16). La fe rehúsalas cosas temporales, porque perece a causa de su abundancia. Con este escudo los justos suelen luchar valerosamente. Se lee en el libro de Josué, que el Señor le dijo: “Levanta contra la ciudad de Ha¡ el escudo que tienes en tu brazo, porque te la entregaré”. Apenas levantó el escudo contra la ciudad, los que se hallaban en emboscada, salieron inmediatamente de su escondite, corrieron hacia la ciudad, la conquistaron y la incendiaron “ (Jos 8, 18‑19).
El escudo en el brazo simboliza la fe concretada en las obras. Cuando la elevamos por encima de las cosas terrenas, la ciudad de Hai, que se interpreta “montón de piedras”, o sea, abundancia de cosas temporales, es conquistada e incendiada. Es conquistada, para que sus bienes sean distribuidos a los pobres; y es incendiada, cuando en el fervor del espíritu se reconoce polvo y ceniza. Levanta con el brazo el escudo contra Ha¡ aquel, que alimenta la fe con las obras, con las que destruye la soberbia y la riqueza del mundo, despreciándolas.
Con razón se dice: “Allí fue envilecido el escudo de los fuertes, el escudo de Saúl, como si no hubiese sido consagrado con el óleo”. Los soberbios y los avaros envilecen y arrojan al estercolero de las riquezas la fe en Jesucristo y la gracia del bautismo, con la que fueron consagrados con el óleo, cuando buscan las cosas temporales. Con razón se dice: “¿No deja acaso las noventa y nueve ovejas en el campo y va a buscar a la que se había perdido hasta encontrarla?”. El penitente debe abandonarlo todo y todo posponerlo; debe llorar sobre las montañas de Gelboé, o sea, sobre la soberbia y el exceso de las cosas temporales, en las que perdió a la ovejuela, se despojó de la túnica de la inocencia bautismal y apagó la candela del buen ejemplo; y debe perseverar en las lágrimas, en las vigilias y en las abstinencias, hasta hallar a la oveja.
10.‑ “Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría; y, al llegar a su casa, llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré a la oveja, que se me había perdido” (Le 15, 5‑6).
Considera que los hombros simbolizan las obras de penitencia. Dice el Génesis: “Isacar es un asno robusto, que se recuesta en los recintos. Al ver que el lugar del reposo es bueno y la tierra óptima, doblega sus espaldas a la carga” (49, 14‑15). Isacar se interpreta “recompensa”, y es figura del penitente, que trabaja solamente por la recompensa de la vida eterna. Es llamado “asno robusto”, capaz de soportar por Cristo grandes tribulaciones.
“Se recuesta en los recintos”. Los dos recintos son el ingreso en la vida presente y su salida, en los que el penitente habita, porque reflexiona atentamente sobre su ingreso y sobre su salida de la vida. En cambio, los hombres carnales no habitan en los dos recintos, sino entre los dos recintos. A ellos les habla Débora en el libro de los jueces: “¿Por qué estás sentado entre los corrales, oyendo los silbidos de los que arrean los rebaños?” (5, 16).
Está recostado entre los recintos aquel, que no reflexiona sobre su mísero ingreso en la vida y sobre la tremenda salida de la muerte, sino que se hace esclavo de los placeres del propio cuerpo. Y así escucha el silbido de los que arrean los rebaños, o sea, la sutil y penetrante persuasión de los cinco sentidos. La sensualidad parece tener la voz de los rebaños, mientras en realidad su sugestión es como el silbido de la serpiente, que ostenta la inocencia de las ovejas y esconde la astucia del lobo; y así vierte en el alma el veneno de las serpientes.
Este Isacar ve con el ojo de la fe y con la intuición de la contemplación que el repose¡ de la bienaventuranza eterna es bueno y la tierra de la eterna seguridad es óptima. Y por eso, lleno de gozo, somete los hombros para transportar a la ovejuela perdida.
“Y, al llegar a casa”, o sea, entrando en su propia conciencia, “llama a los amigos y a los vecinos”, o sea, los sentimientos de la razón, que son los amigos y los vecinos, y se alegra con ellos, diciendo: “¡Alégrense conmigo, porque encontré a la oveja perdida!”. Del bien común, también común ha de ser el gozo (Glosa). Cuando se reintegra la inocencia, también se recupera la gracia. No hay que extrañarse si el hombre y su conciencia están colmados de júbilo, porque lo mismo sucede con Dios y sus ángeles en el cielo.
11.‑ “Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que hace penitencia, que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia” (Lc 15, 7). Yo, Palabra del Padre, les digo que por un solo pecador que hace penitencia y recupera la inocencia, hay gran gozo en el cielo. De ese gozo habla el Señor en el mismo capítulo del evangelio: “De prisa, traigan el vestido más primoroso y revístanlo; pónganle al dedo el anillo y sandalias a los pies. Hay que banquetear y alegrarse, porque este mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc 15, 22 y 32). El vestido más primoroso simboliza la inocencia bautismal; el anillo es signo de la fe perfecta, con el cual el alma es iluminada; las sandalias simbolizan la mortificación de la carne, el horror por el pecado y el desprecio del mundo. Todo esto se da al hijo arrepentido; y por su arrepentimiento hay mayor alegría en el cielo que por noventa y nueve justos, o sea, por tibios que se creen justos. Por eso dice el Eclesiastés: “¡No presumas de ser demasiado justo!” (7, 17).
Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de epístola: “¡Sean sobrios y velen” en la oración, “porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar!” (1 Pe 5, 8).
Observa que, antes, dice “sean sobrios” y, después, “velen”. Sean sobrios, sin jamás emborracharse, porque, quien está atrapado por la borrachera, no puede velar. La sobriedad y la vigilancia son necesarias, porque el diablo, nuestro enemigo, como un león, ronda buscando a la ovejuela, para devorarla. Debemos resistirle con la fe recibida en el bautismo y debemos guardar la inocencia, para merecer llegar al gozo de los ángeles junto con los auténticos penitentes.
Nos lo conceda aquel, que arrancó de las fauces del lobo, o sea, del diablo, a la oveja perdida, o sea, a Adán con su descendencia, y, Reno de alegría, la cargó sobre sus hombros, colgados en la cruz, cuando regresó a la casa de la bienaventuranza eterna. Por ese hallazgo hizo una gran fiesta con los ángeles, que gozan cuando un pecador se reconcilia con Dios. Todo esto debe inflamarnos para una vida limpia y hacer siempre lo que sea del agrado de los ángeles, buscar su protección y temer ofenderlos.
Nos conduzca a la compañía de los santos el mismo Señor, al cual sean el honor y la gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
12.‑ “Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla?” (Lc 15, 8~10).
En sentido moral, esta mujer es figura del alma. Hallamos sobre esto una concordancia en el segundo libro de los Reyes, en el que se relata que “la mujer de Tekoa se presentó al rey y, postrándose con el rostro en tierra, lo adoró y exclamó: “¡Sálvame, oh rey! “. Y el rey le preguntó: “¿Qué te pasa? “. Respondió: “¡Pobre de mí! Yo soy una viuda, mi marido murió. Y tu sierva tenla dos hijos, que se pelearon en el campo. Como no había nadie que los separara, uno hirió al otro y lo mató. Y ahora toda la familia se levantó contra tu sierva, diciendo: “Entrega al fratricida y vamos a darle muerte, para vengar al hermano que él asesinó y acabar as! con el heredero”. Y así buscan apagar la última chispa que aún me queda” (2 R 14, 4‑7).
Ahora vamos a considerar, qué signifiquen el rey, la mujer de Tekoa y su marido, los dos hijos y su pelea, la muerte de uno de ellos, el parentesco y la chispa.
El rey es Cristo; la mujer de Tekoa es el alma penitente; el marido muerto es el mundo. Los dos hijos representan la razón y la sensualidad; la pelea es la discordia entre la razón y la sensualidad; la muerte de uno simboliza la mortificación del apetito carnal; el parentesco simboliza los impulsos naturales; y la chispa es la luz de la razón.
“La mujer de Tekoa se presentó al rey, se postró con el rostro en tierra y lo adoró”. Tekoa se interpreta “trompeta”. La mujer de Tekoa es figura del alma penitente, que hace resonar suavemente la trompeta de la confesión en los oídos de su Creador, Y observa que en el Antiguo Testamento la trompeta convocaba para tres cosas: para la guerra, para el convite sagrado y para la fiesta. Así la trompeta de la confesión nos llama para la guerra contra los demonios ‑el diablo, echado por medio de la confesión, se hace vivo por medio de los escándalos‑, y nos llama para el convite de la penitencia y para la fiesta de la gloria.
Presta atención a estos tres verbos: “Se presentó al rey”, “se postró delante de él”, y “lo adoró”. El rey es Cristo, que rige a los pueblos con cetro de hierro, o sea, con inexorable justicia. El alma se presenta al rey mediante la esperanza, se postra en su presencia por medio de la humildad, y lo adora por medio de la fe.
Y la mujer de Tekoa dice: “¡Sálvame, oh rey! ¡Ay de mí! Yo soy una mujer viuda”. Presta atención a las tres palabras: “¡Ay de mí!, mujer y viuda”. Dice “¡Ay de mi!”, porque siente dolor por los pecados; “mujer”, porque se reconoce débil y frágil; “viuda”, porque privada de todo auxilio humano. Y por ende: “oh rey, salva a esta mujer afligida, frágil y despojada de todo. Sálvame, porque soy tu sierva. Sálvame, porque murió mi marido”. El marido del alma penitente era el mundo, que le muere, cuando ella también muere al mundo. Por esto ella repite con el Apóstol: “El mundo está crucificado para mi, como yo lo estoy para el mundo” (Gal 6, 14).
“Y tu sierva tenla dos hijos, que se pelearon en el campo”. Los dos hijos del alma son sus dos componentes: la superior y la inferior, o sea, la razón y la sensualidad, entre las cuales se traba siempre una grandísima contienda, porque “la carne tiene deseos contra el espíritu y el espíritu contra la carne” (Gal 5, 17).
De esta contienda habla Moisés en el Génesis: “Se produjo un altercado entre los pastores de los rebaños de Abraham y los de Lot. Entonces Abraham dijo a Lot: “No quiero que haya altercados entre tú y yo, entre mis pastores y tus pastores, porque somos hermanos. Mira: tienes por delante todo el país. Sepárate de mí. Si tú vas por la izquierda, yo iré por la derecha; y si tú vas por la derecha, yo iré por la izquierda” (13, 7‑9).
En Abraham vemos simbolizada la razón y en Lot, la sensualidad. Los pastores de los rebaños representan sus sentimientos y sus impulsos naturales, entre los cuales surgen contiendas diarias. Pero Abraham dice: “No quiero que haya altercados entre tú y yo”.
Y éste es el reproche de la razón a la sensualidad. La razón quiere pacificar consigo la sensualidad; y por esto le dice: “Somos hermanos; no me pelees ni provoques contiendas”. “Mira: delante de ti está todo el país”, para que vivas satisfaciendo tus necesidades y no por el placer. Usa, pues, de las cosas lícitas y vive con discreción, porque el Señor dio la tierra a los hijos de los hombres, no a los hijos de las bestias. Sin embargo, como veo que “tus sentimientos y tus pensamientos están inclinados al mal desde tu adolescencia” (Gen 8, 21), te ruego, aléjate de mí, porque dos que se contrastan entre sí, no pueden estar juntos. Y “¿qué tienen en común la luz y las tinieblas? ¿Y qué unión puede haber entre el creyente y el incrédulo?” (2Cor 6, 14‑15). Aléjate, pues, de mí, te ruego, porque si no te alejas, temo que de nuestra convivencia sean influidas las costumbres. “La uva sana toma el moho de la uva marchita que está cerca” (juvenal). Dice el Filósofo: “El compañero pervertido contagia la sarna y la herrumbre (hábitos viciosos) al compañero ingenuo e inocente” (Séneca). Te ruego, pues, aléjate de mí. Si tú vas a la izquierda, yo iré a la derecha; si tú vas a la derecha, yo iré a la izquierda”.
Observa que lo que es derecho para la carne, es izquierdo para el espíritu; y lo que es derecho para el espíritu, es izquierdo para la carne. Y esto fue indicado por la posición del cuerpo de Cristo en la cruz, en la que tuvo la derecha dirigida hacia el aquilón (septentrión) y la izquierda dirigida hacia el austro (mediodía), mostrándonos así que las adversidades, que nosotros juzgamos izquierdas, son para El “derechas”, y que la prosperidad de este mundo, simbolizada por el austro, que para nosotros es “derecha”, para El es izquierda. Con razón, pues se lee: “Tú sierva tenía dos hijos, que se pelearon en el campo, donde no había nadie que los pudiera separar”.
“Y uno hirió al otro y lo mató”. Si se hubiera alejado del hermano, seguramente no habría sido matado. Así el justo que usa de la razón, debe matar, mortificándolos, los apetitos carnales. Y sobre esto tenemos una concordancia en el segundo libro de los Reyes, donde se lee que “David llamó a uno de sus siervos y le ordenó: “Avanza y arrójate sobre el amalecita”. El siervo le asestó un golpe y lo mató. Y le dijo David: “¡Que tu sangre recaiga sobre tu cabeza, ya que tu misma boca atestiguó contra ti, cuando dijiste: “Yo di muerte al ungido del Señor”! (2 R 1, 15‑16).
David es el justo, los siervos del justo son los puros sentimientos de la razón, con cuyo acuerdo debe matar los deseos carnales, que poco antes habían dado muerte al ungido del Señor, o sea, al alma consagrada por la sangre de Jesucristo.
“Y he aquí que todo el parentesco se levantó contra tu servidora”. El parentesco, cruel y perverso, simboliza los primeros movimientos (instintivos), que, por el parentesco de la sangre, están unidos a la sensualidad de la carne. Estos, al ver que su pariente, el apetito carnal de la razón, es mortificado con justa severidad, diariamente se levantan todos juntos, deseosos de vengar la “injuria” cometida contra el pariente y de apagar la chispa de la razón. Por esto la mujer de Tekoa clama al rey: “¡Sálvame, oh rey, porque quieren apagar la chispa que me quedó!”.
Y advierte que la chispa es sutil, ágil y capaz de provocar un incendio. La chispa es la razón, que es sutil en el discernimiento, ágil para prevenir las tentaciones del diablo y capaz de inflamar el alma de amor a Dios. Los movimientos instintivos, parentesco necio e insipiente, intentan apagar esta chispa con el agua de la concupiscencia carnal. Y con razón dice “la chispa que me quedó”, porque, después de haber practicado todos los vicios, siempre le queda al alma pecadora alguna chispa de razón, que la atormente con el remordimiento y le sirva de reproche por sus pecados.
13.‑ Hablemos de esta mujer: “Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una”... La Glosa recuerda que la dracma es una moneda de algún valor, que lleva grabada la imagen del rey. La dracma es la cuarta parte del “estatera” (moneda hebrea); en cambio, el drama es una composición poética, que se utiliza en la liturgia: “Suaves son los cantos del drama” (Común de las fiestas de la Virgen).
Otro sentido: la dracma es la octava parte de una onza. Es llamada onza, porque su “unidad” (en latín, uncia‑unitas) abarca todas las demás monedas. La onza vale ocho dracmas, o sea, veinticuatro escrúpulos (antigua unidad de medida). Así se obtiene el peso justo, porque el número de los “escrúpulos” corresponde al de las horas del día y de la noche. El “escrúpulo” pesa seis silicuas, o sea, seis granos de las silicuas. La silicua, o sea, cada uno de sus granos, pesa como cuatro granos de cebada.
La onza es figura de Cristo, el cual, siendo “uno” con el Padre y el Espíritu Santo, abarca en su unidad el universo de las creaturas. Todas las creaturas son como el centro, en medio de la esfera, mientras El es como el circulo, que todo circunda y abarca. Dice el Eclesiástico: “Yo sola recorrí el circuito del cielo” (24, 5).
La dracma, octava parte de la onza, es figura de la bienaventuranza Virgen María, la cual, en el alma y en el cuerpo, posee ya aquella bienaventuranza, y aún mucho más plena, que la que tendrán todos los santos en el día octavo de la resurrección.
Los veinticuatro “escrúpulos” simbolizan a los doce apóstoles, de los que el Señor dijo: “¿No son, quizás, doce las horas del día?” (Jn 11, 9).
El día es Cristo; las doce horas son los apóstoles, los cuales, por su santidad y por la infusión del Espíritu Santo, son nombrados con el número doble. Ellos, como los “escrúpulos”, que son las moneditas del pobre, fueron despreciados en este mundo, y ahora no dejan de proteger día y noche, durante las veinticuatro horas, a la iglesia que fundaron con su sangre.
Las seis silicuas, a causa de la perfección de sus obras buenas, simbolizan a todos los santos mártires y confesores‑, con todo, no decimos que estén simbolizados por las silicuas en sí mismas, sino por el número “seis”, que es número perfecto.
Los “cuatro granos” de cebada, cereal que es alimento de los jumentos, simbolizan a todos los fieles de la Iglesia, que, casi como animales, son nutridos con la doctrina de los cuatro evangelistas.
Analiza, pues, la perfecta sucesión: en la onza están contenidos la dracma y los escrúpulos; en los escrúpulos, las silicuas; en las silicuas, los granos de cebada. Así de Cristo descienden la bienaventurada Virgen María y los apóstoles; de los apóstoles, los mártires y los confesores; y de éstos, todos los fieles de la iglesia.
Después de esta pequeña digresión, ocasionada por la palabra “dracma”, vamos a volver a nuestra materia, de la que, pese a todo, no nos hemos alejado del todo.
Considera que en las diez dracmas están designados los diez mandamientos del decálogo, que la mujer, o sea, el alma, recibió del Señor para observarlos; y si los hubiese observado, se habría conservado en la justicia.
Por esto el Señor, a ese tal que le preguntaba qué debía hacer para alcanzar la vida eterna, le respondió: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt 19, 17). La observancia de los mandamientos implica el ingreso a la vida. Pero porque se enfrió la caridad y aumentó la malicia, el Señor añade: “Si pierde una dracma”. Pierde la drama el que pierde la caridad, en la que está grabada la imagen del sumo Rey y sin la cual nadie puede llegar al “día octavo”, o sea, a la eterna bienaventuranza.
Acerca de cómo se pierda esta dracma, hay una concordancia en el segundo libro de los Reyes, donde se relata que Joab, hijo de Sarvia, mató a dos jefes del ejército de Israel: Abner, hijo de Ner, y a Amasa, hijo de Geter.
Mató a Abner así: “Joab lo llevó al centro de la puerta, para hablarle, pero a traición lo golpeó en la ingle y Abner murió. Al saberlo, David protestó y exclamó: “¡Que nunca falten en la casa de Joab quien padezca de blenorrea y de lepra, ni quien maneje el huso (afeminado), ni muertos por la espada, ni hambrientos!” (2 R 3, 2 7-29).
Y mató a Amasa de esta manera: “Joab estaba vestido con una túnica estrecha, confeccionada sobre medida para él; y por encima llevaba la espada que le colgaba del costado, envainada, que estaba labrada con tal arte que podía ser extraída con un leve movimiento y golpear. Joab dijo a Amasa: “¡Salve, hermano mío!”, y con la mano derecha le tomó el mentón, como para besarlo. Pero Amasa no había prestado atención a la espada que tenía Joab en la mano izquierda; y éste lo hirió en el costado; y no hubo necesidad de un segundo golpe” (2 R 20, 8‑ 10).
Observa que en estos dos jefes, Abner y Amasa, están representados los dos mandamientos de la caridad, el amor a Dios y el amor al prójimo. En Abner, que se interpreta “lámpara del padre”, está indicado el amor de Dios, que nos ilumina mientras yacemos en las tinieblas de este mundo. En Amasa, que se interpreta “socorre al pueblo”, está indicado el amor al prójimo, a quien socorre en sus necesidades. Joab, que se interpreta “enemigo”, o sea, el diablo, nuestro enemigo, del mismo modo mata en nosotros este doble amor: ante todo, el amor de Dios; y en segundo lugar, el amor al prójimo.
“Joab lo llevó al centro de la puerta para hablarle, pero a traición lo golpeó en la ingle”. Presta atención a las tres palabras: al centro de la puerta, para traicionarlo y en la ingle. El diablo, para matar en nosotros el amor de Dios, ante todo, nos lleva al centro de la puerta. La puerta es el ingreso y la salida de nuestra vida, cuyo centro es la vanidad del mundo. El diablo no lleva a la puerta, sino al centro de la puerta, porque ciega al pecador, para que no reflexione sobre el miserable ingreso y salida de su vida, sino que preste su atención a la engañosa vanidad del mundo; y mientras le habla, prometiéndole los bienes temporales, alevosamente lo golpea en la ingle, o sea, con el placer de la carne. Y así el alma muere y se pierde el amor de Dios.
De manera similar, Joab mató a Amasa. “Joab estaba vestido con una túnica estrecha”... La túnica estrecha del diablo son todos los perversos, con los que se reviste, y los amarra a si según la medida de su túnica, porque procura fomentar su malicia al nivel de la suya. La espada envainada simboliza las sugestiones del diablo en la mente de los malvados.
Y ya que el diablo, a través de los aduladores y calumniadores, suele destruir el amor al prójimo, el texto bíblico sigue: “Dijo Joab a Amasa: “¡Salve, hermano mío! “, y le tomó el mentón con la mano derecha, para besarlo...” Comenta la Glosa: “Alargar la mano derecha hacia el mentón de una persona es como hacer una cariñosa caricia; pero lleva la mano izquierda a la espada aquel, que maligna y alevosamente quiere golpear. Dice el Eclesiástico: “El enemigo tiene miel en los labios, pero por dentro piensa cómo arrojarte a la fosa” (12, 15). Arrojar a la fosa es perder la dracma de la caridad, cuya pérdida provoca esas imprecaciones: “¡Que nunca falte en la casa de Joab quien padezca de blenorrea y de lepra...
Analiza los cinco castigos amenazados a Joab: blenorrea, lepra, afeminados, muertos por la espada, hambrientos.
La casa del diablo está formada por todos los malvados, que no tienen ni el amor de Dios ni el amor del prójimo. Ellos padecen siempre blenorrea, o sea, están llenos de concupiscencia y de lujuria; llegan a ser leprosos, porque se manchan con varios pecados; afeminados, o sea, siguen la inestabilidad de las cosas temporales y después precipitan en la gehena, golpeados por la espada de la venganza divina y eternamente atormentados por el‑ hambre y la sed. He ahí cómo se pierde la dracma de la caridad. Ahora vamos a ver cómo la podemos hallar.
15.‑ “¿No enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca hasta encontrarla?”. Considera que en la lámpara hay cuatro elementos: la vasija de arcilla, la estopa tosca, el aceite suave y la llama que ilumina.
En la vasija de arcilla está indicado el recuerdo de la propia fragilidad; en la estopa, la austera penitencia; en el aceite, la compasión hacia el prójimo; y en la llama, el amor de Dios. ¡Afortunada es aquella alma que se prepara una tal lámpara, para hallar la dracma perdida! Con esa lámpara cada uno debe explorar todos los ángulos de su conciencia y buscar cuidadosamente la dracma perdida de la caridad, hasta hallarla.
Con esta tercera parte del evangelio concuerda también la tercera parte de la epístola: “El Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Cristo Jesús, después de un breve padecimiento, los restablecerá y los confirmará, y los hará fuertes e inconmovibles” (1 Pe 5, 10).
Dios Padre, del cual desciende toda gracia operante, cooperante y perfeccionante, por medio de Jesucristo, su Hijo, que con la vasija de arcilla de nuestra humanidad y la llama de su divinidad buscó cuidadosamente y nos halló a nosotros, la dracma perdida; y así nos llamó a la gloria eterna, en la que, después de un breve sufrimiento en este mundo, nos restablecerá con la doble glorificación del alma y del cuerpo, nos confirmará con su eterna visión y nos hará fuertes e inconmovibles en la bienaventurada sociedad de la iglesia triunfante.
Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, que, con el ejemplo de la santa mujer, o sea, del alma penitente, nos conceda la gracia de preparar la lámpara, o sea, de avivar el recuerdo de nuestra fragilidad, con la estopa de la penitencia. Nos conceda la gracia de encender el óleo de la misericordia con la llama del amor divino, de escudriñar con ella todos los rincones de nuestra conciencia y de buscar con toda solicitud la dracma de la doble caridad, que desde tanto tiempo habíamos perdido. Y que, después de haberla hallado, merezcamos llegar a aquel, que es la Caridad perfecta.
Se digne concedérnosla el mismo Señor, al que pertenecen el honor y la gloria, el esplendor y el imperio, por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Aleluya!
1.‑ “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “¡Sean misericordiosos, como es misericordioso su Padre!” (Lc 6, 36). Se lee en el segundo libro de los Reyes: “David, que está sentado en cátedra, es un príncipe sumamente sabio entre los tres; él es como un muy tierno gusano de la madera; en un solo asalto mató a ochocientos hombres” (2 R 23, 8).
David es figura del predicador, que debe tomar asiento en cátedra, príncipe sumamente sabio entre los tres. Presta atención a todas las palabras. En la “cátedra” está indicada la humildad de la mente; en “sumamente sabio”, el esplendor; en “príncipe”, la constancia; en los “tres”, la vida, la ciencia y la elocuencia; en la madera, la obstinada malicia de los perversos; en “muy tierno”, la misericordia y la paciencia; en el “gusano”, la austera disciplina.
El predicador debe asentarse en la “cátedra” de la humildad, enseñado por el ejemplo de Jesucristo, quien en la cátedra de nuestra humanidad humilló la gloria de su divinidad. Debe ser “sumamente sabio”, en la sabiduría del amor, que solamente saborea “cuán suave es el Señor” (Salm 33, g). Debe ser “príncipe”, por la constancia de la mente, para que no tema el encuentro de alguno, como el león, que es el más fuerte de las fieras; “entre los tres”, o sea, en la vida, en la ciencia y en la elocuencia. Debe ser también “muy tierno gusano de la madera”: gusano, para perforar y corroer la madera, o sea, a los empedernidos en el mal y a los estériles de obras buenas; muy tierno, o sea, paciente y misericordioso hacia los humildes y arrepentidos.
O también: como nada es más resistente que el gusano, cuando ataca, y nada es más blando, cuando es tocado, así el predicador, cuando propone la palabra de Dios, debe penetrar con fuerza en el corazón de los oyentes; en cambio, si él mismo es herido con escarnios, debe mostrarse dulce y afable.
Se dice de él que “en un solo asalto mató a ochocientos hombres”. Dice “en un solo asalto”, a motivo de algunos que, después de haber matado la soberbia, fomentan la voracidad. En el número “ochocientos” están comprendidos todos los vicios corporales y espirituales. Y el predicador debe eliminarlos todos en sí mismo, para que pueda ejercer las obras de misericordia, ante todo, alrededor de sí mismo, y, después, hacia los demás.
Justamente por esto el evangelio de hoy dice: “¡Sean misericordiosos!”.
2.‑ observa que en este evangelio sobresalen cuatro aspectos. Primero: la misericordia de Dios: “¡Sean misericordiosos!”; segundo: la medida de la gloria eterna: “una medida buena y desbordante”; tercero: la caída de los ciegos en la fosa. Les dijo también una parábola: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego?”. Cuarto: la paja en el ojo del hermano: “¿Cómo puedes ver la paja en el ojo de tu hermano?”. Con estas cuatro partes del evangelio, hallaremos concordancias en algunos relatos del segundo libro de los Reyes.
En el introito de la misa de este domingo se canta: “El Señor es mi luz” (Salm 26, 12). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los romanos: “Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura, que se revelará en nosotros” (Rom 8, 18). La dividiremos en cuatro partes y la concordaremos con las cuatro partes del evangelio. Primera parte: “Considero”; segunda. “La expectación de las criaturas”; tercera: “Sabemos que toda la creación”; cuarta: “No sólo la creación”.
3.‑ “Sean misericordiosos, como es misericordioso su Padre. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará” (Lc 6, 36‑38).
Observa que en esta primera parte del evangelio se destacan de manera notable cinco mandatos: tener misericordia, no juzgar, no condenar, perdonar y dar. Queremos hallar la concordancia de estos cinco mandatos con cinco relatos del segundo libro de los Reyes.
Primer mandato. Se llama misericordioso aquel, que se compadece de la miseria ajena. Esta compasión es llamada “misericordia”, porque hace el “corazón mísero” (en latín, misericordia, míserum cor), sufriendo por la miseria ajena. En cambio, en Dios existe la misericordia “sin la miseria del corazón”. En efecto, la misericordia de Dios se dice “conmiseración”, como si dijera “acción de misericordia”.
En este sentido dice el Señor: “¡Sean misericordiosos!”. Y observa que, como es triple la misericordia del Padre celestial hacia ti, así triple ha de ser tu misericordia hacia el prójimo. La misericordia del Padre es “graciosa, espaciosa y preciosa”.
Graciosa, porque purifica de los vicios. Dice el Eclesiástico: “Llena de gracia es la misericordia de Dios en el momento de la tribulación, como las nubes de lluvia en tiempo de sequía” (Ecli 35, 26). En el momento de la tribulación, o sea, cuando es atormentada por los pecados, el alma es rociada con la lluvia de la gracia que la renueva y cancela sus pecados.
Espaciosa, porque con el tiempo se expande en obras buenas. Dice el Salmo: “Tu misericordia está siempre delante de mis ojos, y yo me complazco en tu verdad” (25, 3), porque desapruebo mi iniquidad.
Preciosa, en las delicias de la vida eterna. Dice Ana en el libro de Tobías: “Todo aquel que te honra, tiene la certeza que, si su vida fue puesta a prueba, será coronado; si pasó a través de las tribulaciones, será liberado; si fue perseguido, le será concedido entrar en tu misericordia” (Tob 3, 21). (Sobre este argumento, puedes consultar el sermón del domingo XV después de Pentecostés, parte 11, donde se explica el evangelio: “Nadie puede servir a dos amos” (Mt 6, 24).
Acerca de estas tres cualidades dice Isaías: “Recordaré las misericordias del Señor, alabaré al Señor por todos los beneficios que nos hizo y por su gran bondad hacia la casa de Israel, y por todos los favores que nos concedió en su benignidad y según la multitud de sus misericordias” (63, 7).
También tu misericordia hacia el prójimo tiene que ser triple: has de perdonarle, si pecó en contra de ti; has de instruirlo, si se desvió del camino de la verdad; y has de alimentarlo, si tiene hambre.
En el primer caso, dice Salomón: “Por medio de la fe y de la misericordia se expían los pecados” (Prov 15, 27). En el segundo caso, dice Santiago: “El que hace volver a un pecador de su mal camino, salvará su alma de la muerte y alcanzará el perdón de sus numerosos pecados” (5, 20). En fin, en el tercer caso, dice el Salmo: “¡Bienaventurado quien se preocupa del pobre y del necesitado!” (40, 2).
Con toda razón se dice: “¡Sean misericordiosos, como es misericordioso su Padre!”.
4.‑ Concuerda con lo anterior lo que se lee en el segundo libro de los Reyes, en el que David dice a Merib‑Baal: “No tengas miedo. Quiero tratarte con misericordia por amor de Jonatán, tu padre. Voy a devolverte todos los campos de tu antepasado Saúl, y tú comerás siempre el pan a mi mesa” (2 R 9,7).
En este pasaje está indicada la triple misericordia, que se ha de tener con el prójimo. Primera misericordia, cuando dice: “Por amor de Jonatán”, o sea, por amor de Jesucristo, quien dijo: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Con aquel que peca en contra de ti, has de usar misericordia con el corazón y con la boca, para que le perdones tanto con el corazón como con la boca.
Segunda misericordia, cuando añade: “Voy a devolverte todos los campos de tu antepasado Saúl”. Campo se dice en latín áger, de ágere, hacer, porque en él se hace algo; y simboliza la gracia infundida con la unción en el bautismo. El bautizado recibe esa gracia, para luego ejercerla en las buenas obras. Pero cuando Saúl, o sea, el alma ungida con el óleo de la fe, muere por el pecado, entonces pierde la gracia; y tú se la devuelves, cuando conviertes al bautizado de su vida de pecado.
Tercera misericordia, cuando concluye: “Y tú comerás siempre el pan a mi mesa”. Dice Salomón. “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber” (Rom 12, 20). Con razón, pues, se dice: “¡Sean misericordiosos!
Seamos, pues, misericordiosos, imitando las grullas. Se cuenta que, cuando las grullas quieren llegar al lugar destinado, vuelan muy en alto, como para mejor determinar desde un observatorio más alto el territorio prefijado. La que conoce el recorrido, precede la bandada, sanciona su desidia en el vuelo y la incita con la voz. Y si la primera pierde la voz, le sucede otra. Es unánime el cuidado de todas para las cansadas; y si alguna desfallece, todas se unen, para sostener a las cansadas hasta que con el descanso recuperan las fuerzas.
Y también cuando están en tierra, su cuidado no disminuye. Se reparten los turnos de guardia nocturna, en modo tal que una cada diez esté siempre despierta. Las despiertas aprietan entre sus patas pequeños pesos, que, si eventualmente cayeran, denuncian su sueño. Un grito da la alarma, cuando hay que evitar algún peligro. Huyen de los murciélagos, (Solino).
Seamos, pues, misericordiosos como las grullas. Estando puestos en un más alto observatorio de la vida, preocupémonos por nosotros y por los demás; hagamos de guías para quien no conoce el camino; con la voz de la predicación; estimulemos a los perezosos y a los tibios; demos el cambio en la fatiga, porque, sin alternar la fatiga al descanso, no se resiste largo tiempo; sostengamos con nuestros hombros a los débiles y a los enfermos, para que no desfallezcan; en los turnos de guardia, velemos en la oración y en la contemplación del Señor; apretemos estrechamente entre los dedos la pobreza y la humildad del Señor y la amargura de su pasión; y si algo inmundo intentara insinuarse en nosotros, inmediatamente lancemos el grito de alarma; y, sobre todo, huyamos de los murciélagos, o sea, de la ciega vanidad del mundo.
5.‑ Segundo mandato: “No juzguen y no serán juzgados”. Comenta la Glosa: “Acerca de los males evidentes, que ciertamente no pueden ser llevados a cabo con recta intención, nos es lícito dar un juicio. Pero hay cosas intermedias, de las que no se sabe con cuál intención sean ejecutadas: pueden ser bien y mal. Tampoco sabemos qué podrá llegar a ser aquel, que hoy nos parece malo: sería temerario desesperar de su conversión y tildarlo de infamia. “No juzguen, pues, y no serán juzgados”.
Con esto tenemos una concordancia en el segundo libro de los Reyes, donde se relata que “Uzá extendió su mano hacia el arca de Dios y la sostuvo, porque los bueyes daban coces y el arca se había inclinado peligrosamente. El Señor se irritó grandemente contra Uzá y lo golpeó por su temeridad. Así él murió junto al arca del Señor” (2 R 6, 6‑7).
El arca es figura del alma, y los bueyes simbolizan los sentidos del cuerpo. Uzá, que se interpreta “robusto”, es figura de los que presumen de virtuosos y difaman a los demás.
Cuando, pues, los bueyes dan patadas, o sea, cuando los sentidos del cuerpo se insubordinan y se rebelan, a veces el alma se doblega y consiente a alguna culpa. Si alguno presume temerariamente golpearla con la mano de la difamación, sepa que incurrirá en el juicio del Señor, quien dijo: “No juzguen y no serán juzgados”. Dice el Filósofo: “Examina si tú también eres malo, y perdona a los que son como tú” (Flublio Siro).
6.‑ Tercer mandato.‑ “No condenen y no serán condenados”. Con esto concuerda el segundo libro de los Reyes, donde se relata que David no quiso condenar a Absalón, el cual quería condenarlo a él, David; más bien, dio órdenes a Joab, Abisai e Itai: “Trátenme con cuidado al joven Absalón”. Después de la ejecución de aquel hijo, David, “afligido, subió a la habitación llorando y, con la desesperación en el corazón, decía: “¡Hijo mío Absalón, Absalón hijo mío! ¡Quién me concediera morir en tu lugar ! ¡Absalón hijo mío, hijo mío Absalón! “ (2 R 18, 5 y 33).
No se debe gozar de la muerte del enemigo, sino afligirse y llorar. También Cristo subió a su habitación, o sea, a la cruz, y allí lloró sobre Adán y sobre toda su descendencia, matados por Joab, o sea, por el diablo, con tres lanzas: la gula, la vanagloria y la avaricia. También Cristo lloró, diciendo: “¡Hijo mío, Adán! ¿Quién me concediera morir por ti? ¿o sea, que mi muerte te sirva de provecho?”. Como si dijera: Nadie quiso concederme morir por él. Cristo considera un gran don que el pecador le conceda que la propia muerte le sea de provecho.
7.‑ Cuarto mandato: “Perdonen y serán perdonados”. También sobre esto tenemos una concordancia en el segundo libro de los Reyes, donde se relata que “Simei maldijo a David, diciendo: “¡Fuera, fuera, hombre sanguinario y canalla! El Señor hace recaer sobre ti toda la sangre de la casa de Saúl, a quien tú usurpaste el reino; y ahora el Señor puso el reino en manos de tu hijo Absalón. Y he aquí que estás abrumado de desgracias, porque eres un sanguinario”. Entonces Abisai, hijo de Sarvia, dijo al rey. “¿Cómo ese perro muerto maldice al rey, mi señor? Yo iré y le cortaré la cabeza”. Pero el rey lo detuvo, diciéndole: “¿Qué tengo que ver yo con ustedes, hijos de Sarvia? Dejen que maldiga. Es el Señor quien le mandó maldecir a David. ¿Y quién se atreverá a preguntarle: por qué obras así?”. Y el rey, dirigiéndose a Abisai y a todos sus ministros, les dijo: “He aquí: si mi hijo, el hijo salido de mis entrañas, quiere quitarme la vida; ¡cuánto más el hijo de Lémini, el benjaminita! Déjenlo que maldiga, como le mandó el Señor. Tal vez mirará mi aflicción y me devolverá el bien en cambio de la maldición de hoy”. David siguió con sus hombres por el camino, mientras Simei iba por la ladera de la montaña, teniéndose a la altura del rey, y continuaba lanzándole maldiciones, arrojándole piedras y levantando polvo” (2 R 16, 7‑13).
Comenta Gregorio: “Si alguno no puede o no se siente capaz de conservar la paciencia, cuando sufre injurias, recuerde el episodio de David, quien, mientras Simei se obstinaba con las villanías y los jefes armados contendían el honor de vengarlo, dijo: “¿Qué tengo que ver yo con ustedes, hijos de Sarvía?”. Y poco después: “Déjenlo que maldiga, como el Señor le ordenó”. Con tales palabras David hace entender que, mientras huía del hijo que se habla levantado en contra de él, había evocado en su memoria el pecado que había cometido con Betsabé. Y pensó que las palabras injuriosas no eran tanto insultos sino ayudas y remedios, con los que podría purificarse y alcanzar misericordia para sí mismo”.
También nosotros soportamos de buena gana las injurias que se nos infiere, si en el secreto de la mente reflexionamos sobre los pecados cometidos. Y hasta nos parecerá leve la ofensa que nos afecta, si miramos al castigo mucho más severo que hubiéramos merecido. Por consiguiente, frente a las injurias, debemos considerarlas más una gracia que un motivo de irritación. Son como una caución, por medio de la cual, a juicio de Dios, podemos evitar una pena más grave.
8.‑ Quinto mandato: “Den y les será dado”. También sobre esto tenemos una concordancia en el segundo libro de los Reyes, donde se relata que “Machir, hijo de Amiel, y Barzilai, el galaadita, dieron a David lechos y tapices, vasos de arcilla, trigo y cebada, harina y grano tostado, habas y lentejas, garbanzos tostados, miel y manteca, ovejas y novillos gordos. Esto corresponde al “den”. Veamos ahora la otra parte: “Y les será dado”. Dijo el rey David a Barzilai: “Ven conmigo, descansarás y estarás tranquilo en Jerusalén” (2 R 17, 27‑29 y 19, 33). vamos a ver el significado moral de todo este asunto.
Machir se interpreta “vendedor”; Amiel, “pueblo de Dios”; Barzilai, “mi fortaleza”; Galaad, “cúmulo de testimonios”. Los tres personajes representan a todos los penitentes, que venden sus bienes y distribuyen el importe a los pobres, que son el pueblo de Dios, al que el Señor se escogió como heredero. Esos pobres, con la fuerza de las buenas obras, derrotan las tentaciones del antiguo adversario. En esos pobres se acumulan todos los testimonios de la pasión del Señor.
Los pobres dan a Cristo los lechos, en los que se duerme, o sea, la tranquilidad de una conciencia pura, en la cual Cristo mismo descansa con el alma; dan tapices de distintos colores, o sea, la variedad de las virtudes; vasos de arcilla, o sea, se dan a sí mismos, cuando se humillan y se reconocen frágiles y amasados de barro. Dan a Cristo el trigo, o sea, la doctrina del evangelio, y la cebada, o sea, las enseñanzas del Antiguo Testamento; y la harina, o sea, la confesión, hecha con la precisión de todas las circunstancias de los pecados. Dan a Cristo el grano tostado de la paciencia; y las habas de la abstinencia, y las lento(as de la propia insignificancia. Dan a Cristo los garbanzos tostados de la compasión hacia el prójimo; y la miel y la manteca de la vida activa y de la contemplativa. En fin, dan a Cristo las ovejas de la inocencia y los novillos gordos de la mortificación del propio cuerpo gordo. Si tú das estas cosas, también a ti se te dará; y oirás al verdadero David, Cristo, que te dice: “Ven conmigo, y descansarás y estarás seguro en la Jerusalén celestial”.
Considera también estas cuatro palabras: ven conmigo, descansarás, estarás seguro en Jerusalén. A estas cuatro palabras corresponden las otras cuatro que se cantan en el introito de la misa de hoy: “El Señor es mi luz y mi salvación. El Señor es defensa de mi vida: ¿de quién temeré? Los enemigos que me acosan, son ellos que tropiezan y caen” (Salm 26, 1‑3).
“El Señor es mi luz” corresponde a la palabra “Ven conmigo”. No podría caminar derecho hacia el Señor aquel, que antes no fuere iluminado. “Mi salvación” corresponde a “Descansarás”, porque donde hay salvación, hay también descanso. “El Señor es defensa de mi vida: ¿de quién temeré?” corresponde a “Estarás seguro”: aquel que es protegido por el Señor, sin duda vivirá tranquilo. “Los enemigos que me acosan, son ellos que tropiezan y caen” corresponde a “en Jerusalén”: cuando estemos en la Jerusalén celestial, ya no temeremos a los enemigos que ahora nos hostilizan: ellos se desplomarán en la gehena, mientras nosotros estaremos en la gloria.
Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros” (Rom 8, 18). Los sufrimientos son temporáneos, leves y transitorios; y por ende no son comparables. El sufrimiento pasa, en cambio, la gloria permanecerá por los siglos de los siglos.
Y entonces, para poder llegar a esa gloria, roguemos al Señor Jesucristo, que es padre misericordioso, para que infunda en nosotros su misericordia, con el objeto de que también nosotros la usemos hacia nosotros y hacia los demás, no juzgando a nadie, no condenando a nadie, perdonando a los que nos ofenden y dándonos siempre a nosotros y nuestras cosas al que nos las solicite.
Se digne concedernos esta gracia aquel Señor, que es bendito y glorioso por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
9.‑ “Una buena medida, apretada, sacudida y desbordante se les volcará en su regazo, porque serán medidos con la misma medida con que miden” (Lc 6, 38).
Considera que hay tres medidas: la de la fe, la de la penitencia y la de la gloria.
La medida de la fe es buena en la recepción de los sacramentos; es apretada, o sea, plena, en el ejercicio de las buenas obras; es sacudida en las tribulaciones o en sostener el martirio, por el nombre de Cristo; y es desbordante en la perseverancia final. Acerca de esta medida habla el Apóstol: “Cada uno obre según la medida de la fe que Dios le repartió” (Rom 12, 3).
La medida de la penitencia es buena en la contrición, en la cual se conoce la bondad de Dios; es apretada en la confesión, que debe ser completa; es sacudida en la satisfacción; y es desbordante en el perdón de toda culpa y en la recuperada pureza de la conciencia.
De esta medida dice el libro de la Sabiduría: “Tú lo dispusiste todo con medida, número y peso” (Sb 11, 20). “Todo”, o sea, toda la salvación del alma, por la que se debe hacer todo lo que se hace, y a la cual ha de estar ordenado todo lo que el hombre hace. “Dispusiste” tú, Señor Dios, en la medida de la penitencia, la cual, para ser verdadera, es necesario que tenga “número y peso”. El número se refiere a la confesión, en la cual han de ser numerados con precisión todos los pecados y sus circunstancias; y el peso se refiere a la satisfacción, para que la pena corresponda a la gravedad de la culpa. Este es “el peso del santuario”, no “el peso oficial” (Los pesos y las medidas del templo de Jerusalén eran distintos de los demás de la vida civil).
10.‑ Sobre todo ello tenemos una concordancia en el segundo libro de los Reyes: “En todo Israel no había un hombre más apuesto que Absalón, ni tan elegante como él: desde la planta de los pies hasta la cabeza, no tenía ningún defecto. Y cuando se cortaba la cabellera ‑lo hacía una vez por año, porque le resultaba demasiado pesada, ya que se le crecía muy tupida‑, el pelo cortado pesaba doscientos siclos, según el peso oficial” (2 R 14, 25‑26).
La belleza de Absalón, que arranca de la planta de los pies y llega hasta el vértice de la cabeza, simboliza la belleza de las cosas terrenales. Se cree que en ella no haya ningún defecto, mientras su prosperidad no sea turbada por alguna adversidad. En cambio, la belleza que desciende del vértice de la cabeza, simboliza la belleza que proviene del conocimiento de las cosas celestiales, como se halla en el evangelio, donde el Señor pregunta: “¿Por qué suben estos pensamientos a su corazón?” (Lc 24, 38). Los pensamientos que suben al corazón, provienen de las cosas terrenas, mientras los que bajan, provienen de las cosas celestiales.
“Se cortaba la cabellera una vez al año”. El corte de los cabellos demasiado largos simboliza la acusación de los pecados en la confesión, que muchos llevan a cabo una vez al año, cuando sería necesario confesarse también cada día. La naturaleza del hombre es frágil e inclinada al pecado y todos los días se mancha de pecado, y además su memoria es débil, tanto que lo que hace por la mañana, apenas lo recuerda por la tarde; ¿por qué, pues, este desgraciado dilata la confesión de un año? Más aún, ¿por que la retarda de un solo día, sin saber lo que puede traer el día siguiente? Hoy estás, y mañana quizás no estarás. Vive, pues, el día de hoy, como si tuvieras que morir hoy. Nada es más cierto que la muerte, nada es mas incierto que la hora de la muerte.
Tú, pues, que bebes cada día el veneno del pecado, cada día debes tomar también el contraveneno de la confesión. Dice el Filósofo: “No vive, quien tiene en la mente la sola preocupación de vivir” (Publio Siro).
“El pelo cortado pesaba doscientos siclos, según el peso oficial”. Su peso debería haber sido de trescientos siclos. El pecador debe estimar el peso de sus pecados en trescientos siclos, o sea, merecedores de un triple castigo: debe pesarlos con una perfecta contrición, con una perfecta confesión y con una perfecta satisfacción; en cambio, estima su peso en doscientos siclos. Son muchos los que están perfectamente arrepentidos y hacen una perfecta confesión; pero fallan en el “tercer siclo” (tercera centena), el de la satisfacción.
Y no pesan sus pecados con el “peso del santuario”, o sea, como Dios y los santos juzgan su gravedad, sino que los pesan con el peso común, o sea, los desestiman, siguiendo la opinión del vulgo. Y que esto no sea suficiente, lo afirma Juan el Bautista: “Raza de víboras”, o sea, envenenados e hijos de padres envenenados, “¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca?” (Lc 3, 7). Como si dijera: “No aprendieron bien a escapar, porque no se huye de la ira, cuando se descuida la satisfacción, o sea, la reparación debida por el pecado”.
Por esto Juan el Bautista añade: “Hagan frutos dignos de penitencia” (Lc 3, 8). Presta atención que dice “frutos”, los que tienen tres momentos: el germen, la flor y el fruto. El germen (o yema) es la contrición; la flor, la confesión; y el fruto, la satisfacción. Y quien no tiene la satisfacción, no tiene tampoco la penitencia perfecta.
11.‑ La medida de la gloría. Dice el evangelio: “Una medida buena, apretada, sacudida y desbordante”. En estas cuatro palabras podemos vislumbrar las cuatro prerrogativas del cuerpo (glorificado): la agilidad, la sutileza, la luminosidad y la impasibilidad. Y se dice con toda razón que los cuerpos serán más luminosos que el sol, más ágiles que el viento, más sutiles que las chispas, y no padecerán más daño alguno.
Está escrito: “El Señor asumió la luminosidad en el monte Tabor (Mt 17, 2); la agilidad, cuando caminó sobre las aguas (Mt 14, 25); la sutileza, cuando “se alejó pasando en medio de ellos” (Lc 4, 30), la impasibilidad, cuando fue asumido por los discípulos, bajo la especie del pan, sin padecer daño alguno.
Asimismo: “Los justos resplandecerán como el sol”: he ahí la luminosidad; “y como chispas”: he ahí la sutileza; “y se extenderán por los rastrojos”: he ahí la agilidad; “y sus nombres vivirán eternamente”: he ahí la impasibilidad, porque no podrán ni morir ni desfallecer (Sab 3, 7; y Ecli 44, 14).
O también: “Una medida buena”, o sea, el gozo sin dolor; “apretada”, la plenitud de todo sin hueco; “sacudida”, o sea, la estabilidad sin ninguna disgregación, porque lo que se agita, se hace compacto; “y desbordante”, o sea, amor sin ficción. Cada uno goza de la recompensa del otro, y así su amor desbordará sobre el otro.
Tal medida la darán los pobres, porque ellos fueron la causa por la cual Dios la diera: ellos dieron la ocasión de merecerla.
“Les será volcada en su seno”. Dice Job: “Esta esperanza está depositada en mi seno” (19, 27). El seno es un ámbito o un refugio como el puerto (en latín, seno, sinus, puerto), y es figura del reposo eterno, en el que los santos, liberados de las tempestades de este mundo, serán acogidos en la tranquilidad del puerto.
O también: como el hijo pequeño llorando regresa al seno de la madre, que, acariciándolo, le enjuga las lágrimas; así los santos del llanto de este mundo retornarán al seno de la gloria, en la cual Dios “enjugará las lágrimas de todo rostro” (Ap 7, 17).
“Con la misma medida con que miden, serán medidos”. Comenta Agustín: “Con su voluntad, el bueno mide el bien realizado; con la misma le será medida la bienaventuranza. Con su voluntad el malo mide las obras malas; y con la misma le será medida la pena. Por ende, aunque las obras malas no sean eternas, son castigadas con tormentos eternos; y porque el pecador quiso tener un disfrute eterno del pecado, hallará también una eterna severidad en el castigo”.
12.‑ Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola de hoy: “La creación espera con ardiente anhelo la revelación (manifestación) de los hijos de Dios. También la creación está sujeta a la vanidad, no por su propio querer, sino por el querer de aquel que la sujetó, pero dejándole la esperanza. La creación misma será liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom 8,19-21)
Observa que en esta segunda parte, por tres veces, es citada la palabra “creación”; y esto corresponde a las tres susodichas medidas de la fe, de la penitencia y de la gloria. En este lugar, “creación” está en lugar de la “Iglesia de los fieles”.
Dice, pues: La creación, o sea, toda la Iglesia, espera con impaciencia la revelación de los hijos de Dios. o sea: los que por la fe son hijos de Dios en la iglesia, esperan la gloria, en la que, cuando se revele, contemplarán a Dios cara a cara, mientras ahora lo contemplan como bajo un velo, porque lo vemos oscuramente, como en un espejo (1Cor 13, 12).
Esta creación está sujeta a la vanidad, o sea, a la volubilidad. Dice Salomón: “El justo cae siete veces” (Prov 24, 16). No lo hace por querer propio, porque el justo no tiene el pecado en su voluntad, porque se le dijo: “Vete, y no quieras pecar más” (Jn 8, 11). El soporta esta caducidad en la paciencia, por amor de Dios, que lo sujetó, o sea, que quiso o permitió que estuviera sujeto; y esto en la esperanza de la vida eterna.
Y añade a este propósito: “La creación misma será liberada de la esclavitud de esta corrupción y volubilidad, que serán transformadas en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. En ese momento recibirá la “medida buena”, en la plenitud de la edad de Cristo” (Ef 4, 13); “apretada” para la plena felicidad de las almas; “sacudida” para la entrega de la doble estola (vestido); y “desbordante” en la eterna felicidad de todos.
Te suplicamos, Señor Jesucristo, que nos distribuyas los carismas del Espíritu Santo en la medida de la fe, que nos llenes con la medida de la penitencia y que nos sacies, después, con la medida de la gloria en la visión de tu rostro.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
13.‑ “Les dijo también esta parábola: “¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en una fosa? El discípulo no es superior al maestro; y el discípulo será perfecto, si llega a ser como su maestro” (Lc 6, 39‑40). Vamos a ver qué simbolicen alegóricamente los ciegos, la fosa, el discípulo y el maestro.
El ciego es figura del prelado o del sacerdote indignos y privados de la luz de la vida y de la ciencia. Acerca de los ciegos prelados de la iglesia habla Isaías: “¡Oh ustedes todos, bestias del campo y fieras de la selva, vengan todas a devorar! Sus guardianes son todos ciegos, ninguno de ellos sabe nada. Todos ellos son perros mudos, incapaces de ladrar, visionarios de cosas vanas, dormilones y amantes de los sueños. Son perros comilones y no conocen la saciedad. Los mismos pastores no saben discernir; todos ellos siguen sus propios caminos, cada uno busca su propio provecho, desde el más elevado hasta el último. Y dicen: “Vengan, tomemos vino y emborrachémonos; como es hoy, así será también mañana, y mucho más” (56, 9‑12).
En las bestias del campo están indicados los demonios; y en las fieras de la selva, los instintos de la carne, que devoran a la iglesia y al alma riel. ¿Por qué sucede esto? justamente porque los guardianes de la iglesia son todos ciegos y están privados de la luz de la vida y de la ciencia. Son perros mudos, que tienen en la boca el sapo del diablo y, por ende, son incapaces de ladrar contra el lobo. Son visionarios, porque predican por dinero; y creen traer a las almas al arrepentimiento, diciendo como por burla: “¡Paz, paz, y no hay paz!” (Jer 6, 14).
Duermen en los pecados, aman los sueños, o sea, las cosas temporales, que después desilusionan amargamente a los que las aman. Son perros insolentísimos y “desvergonzados como una meretriz y no quieren sonrojarse” (Jer 3, 3). No conocen la saciedad, y dicen siempre: “Trae, trae!”, y jamás dicen: “¡Basta!”. Ellos son pastores que se apacientan a sí mismos, carentes de esa inteligencia, de la que habla el Profeta: “Obraré con inteligencia en el camino de la inocencia” (Salm 100, 2).
Todos ellos siguen sus propios caminos, no el camino de Jesucristo, cada uno en pos de sus intereses. Este es “el camino tenebroso y resbaladizo” (Salm 34, 6), que todos recorren, desde el más elevado hasta el último, desde el puerco dueño hasta el lechón. Ellos se convidan: “¡Vengan, bebamos vino”, que lleva a la lujuria (Ef 5, 18), “y entreguémonos a la borrachera”, que quita corazón y cerebro (Os 4, 11); “y como es hoy, así será mañana!”.
Sin embargo, créanme: “mañana” no será como hoy. Se lee en el primer libro de los Macabeos: “La gloria del pecado es estiércol y gusanos. Hoy es exaltado, y mañana ya no se encuentra más, porque retornó al polvo y sus proyectos fracasaron” (1 Mac 2, 62‑63). Dijo Jacob en el Génesis: “Mañana mi justicia (honradez) responderá por mí” (30, 33).
Hoy, perros insolentes, están llenos de borrachera; pero mañana, o sea, en el día del juicio, se hallarán frente a la muerte eterna. Dice el Apocalipsis: “Cuanto se exaltó y se rodeó de placeres, otro tanto denle de tormentos” (18, 7).
14.‑ Símilmente, estos ciegos nos dan la prueba de su malicia con las palabras del profeta Isaías: “Como ciegos, palpamos las paredes, y andamos a tientas como sin ojos; tropezamos a mediodía como de noche; estamos en lugares oscuros como muertos; todos nosotros gruñimos como osos” (59, 10‑11).
Presta atención a estas cuatro palabras: pared, sin ojos, a mediodía y como osos. En la pared está simbolizada la abundancia de cosas temporales; en los ojos, la vida y la ciencia; a mediodía, la excelencia de las dignidades eclesiásticas; en los osos, la gula y la lujuria.
Estos ciegos palpan la pared, o sea, las riquezas, como si fuesen una cosa mórbida, mientras son espinas punzantes; y como están sin los ojos de la vida y de la ciencia, se les apegan y las eligen como a guía de su vida, ya que carecen de la guía de la razón. A mediodía, a la luz de las dignidades eclesiásticas, tropiezan como si estuvieran en las tinieblas, porque se vuelven ciegos justamente por aquello por lo que debieran ser iluminados. Y porque son golosos y lujuriosos, como osos gruñen por la miel, o sea, por los placeres temporales.
El oso es así llamado, porque con su boca formaría un feto; en latín ursus, oso; orsus, iniciado, nacido. Se cuenta que a los treinta días de preñez engendran seres informes. Es justamente esa precipitada fecundidad que produce seres informes. Las osas expulsan una pequeña masa de carne de color blanco, sin ojos, que mientras va rápidamente madurando, se cubre de pus, a excepción del esbozo de las uñas. Lamiendo aquella masa informe, le dan gradualmente forma, y mientras tanto la aprietan contra su pecho, como empollándola y calentándola asiduamente, para activar el aliento vital, En el intervalo, ¡nada de alimentación!.
En los primeros catorce días, las madres caen en un sueño tan profundo que no pueden ser despertadas ni si uno las hiere. Después de haber parido, permanecen escondidas durante cuatro meses. Después, cuando salen al aire libre, tanto sufren a causa de la violencia de la luz, que parecen afectadas por la ceguera.
Los osos tienen la cabeza débil y sin fuerzas, mientras su fuerza mayor está en los brazos y en los lomos. Acechan las colmenas de las abejas; sobre todo, apetecen el panal, y nada devoran más ávidamente que la miel. Si gustan de los frutos de la mandrágora, mueren; pero reaccionan rondando acá y allá para que el mal no se agrave a muerte; y para recuperar la curación, atrapan y tragan hormigas (Solino).
Las osas de nuestro tiempo, o sea, los prelados afeminados, paren carnes muertas, o sea, hijos carnales, que son de color blanco, como los sepulcros, llenos de podredumbre (Mt 23, 27); pero no tienen ojos, y por eso no ven ni a Dios ni al prójimo. No hay en ellos forma alguna de virtud, ni honestidad de costumbres, sino sólo podredumbre de pecados; sólo hay que exceptuar el contorno de las uñas, con las cuales arrebatan los bienes del prójimo.
Lamiendo esas carnes, o sea, adulando, las osas gradualmente les dan una forma, una figura; esa figura, de la cual se dice: “Pasa la figura de este mundo” (1Cor 7, 31); y con el calor de un constante mal ejemplo, activan el aliento, o sea, el espíritu de la vida animal, de la cual habla el Apóstol: “El hombre animal, o sea, natural, no comprende las cosas del Espíritu de Dios” (1Cor 2, 14). Y así, animales con animales, ciegos con ciegos, caen en la fosa.
Además, se debe observar que, como los osos no tienen fuerza en la cabeza, así la mente de estos prelados de la iglesia no tienen fuerza para resistir a las tentaciones del diablo; toda su fuerza está en los brazos y en los lomos, fuerza de rapiña y de lujuria; acechan las colmenas de las abejas, o sea, las casas de los pobres; apetecen, por encima de todo, los panales de la alabanza y de la vanagloria, o sea, los saludos en las plazas, los primeros asientos en las cenas, los primeros sitiales en las sinagogas (Mt 22, 6‑7); y después carecerán hasta de los segundos asientos. Y si ellos gustan de los frutos de la mandrágora, mueren.
15.‑ La mandrágora es una hierba aromática, y sus frutos tienen una exquisita fragancia, como las manzanas macianas (manzanas que crecían en las huertas de la familia romana de los Macios).
Los frutos de la mandrágora simbolizan las obras de los justos; y, aspirando el perfume de su vida, los osos mueren gruñendo: para ellos, como dice el Apóstol, “son olor de muerte para la muerte” (2Cor 2, 16).
De estas mandrágoras dice la esposa del Cantar: “Las mandrágoras exhalaron su aroma ante mis puertas” (Cant 7, 13). A las puertas de la iglesia, los santos exhalan el aroma de su santa vida. De ellos habla también el Génesis: “Rubén salió al campo en el tiempo de la siega del trigo y halló las mandrágoras” (30, 14).
Rubén, que se interpreta “hijo de la visión”, es figura de Jesucristo, Hijo de Dios Padre, a quien los ángeles desean contemplar” (1 Pe 1, 12). Jesús salió del seno del Padre y vino al campo de este mundo en el tiempo de la siega del trigo, o sea, en la plenitud de los tiempos, en el cual el trigo, por obra de José, debía ser recogido en el granero de la bienaventurada Virgen, para que todo Egipto no pereciera de hambre; y halló las mandrágoras, o sea, a los apóstoles y a los seguidores de los apóstoles, por cuyo perfume mueren los osos gruñendo.
Como está escrito en el libro de la Sabiduría, esos osos gruñones espetan: “Son contrarios a nuestras obras, nos reprochan las culpas contra la Ley y nos echan en cara las faltas contra la educación recibida. Llegaron a ser para nosotros una condenación de nuestros sentimientos; sólo el verlos nos parece insoportable, porque su vida es diferente de la de los demás, y diferentes son sus caminos. Ellos nos juzgan como frívolos y vanos y evitan nuestras costumbres, como inmundicias”. Esos infelices la piensan así; pero se equivocan” (Sab 2, 12‑2 1). Y por eso se arrojaron sobre las hormigas, o sea, sobre las vanidades y las astucias del mundo, y creen que su falso placer pueda ser su medicina. Pero, he aquí, llegará el oso hormiguero (en griego‑latino, mirmicóleon), o sea, el diablo, que devorará tanto a los osos ciegos corno a las hormigas.
Acerca de estos ciegos tenemos una concordancia en el segundo libro de los Reyes, en el que se relata que David estableció dar un premio a aquel, $$que hiriera a los jebuseos, pasara por los canales de sus casas y expulsara a los cojos y a los ciegos, que odiaban la vida de David. De ahí vino el dicho: “Los ciegos y los cojos no entrarán en el templo” (2 R 5, 8).
Presta atención a los tres verbos: hiriera, pasara y expulsara. El verdadero David, Jesucristo, dará el premio de la vida eterna a aquel, que hiera al jebuseo que habita en la tierra, o sea, el apetito de la carne; y pasara por los canales de las casas, que son las cañerías de los edificios, o sea, imitara los ejemplos de los santos; y expulsara a los cojos y a los ciegos, o sea, a, los prelados y sacerdotes, que cojean de ambos pies, o sea, en los sentimientos y en las obras, y que son ciegos de ambos ojos, o sea, en la vida y en la ciencia. Todos ellos odian la vida de Jesucristo, porque venden al diablo su alma, “por la cual Cristo dio su vida” (1 Jn 3, 16). Tales ciegos y cojos no deberían entrar en el templo, ese templo que hoy les es confiado en custodia, y por cuya ciega custodia muchos son cegados y con ellos igualmente son arrastrados en la fosa de la condenación. Con razón, pues, se dice: “Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la fosa”.
16.‑ “No hay discípulo que sea superior al maestro”. Comenta la Glosa: “Si el maestro, que es Dios, no se venga de las injurias recibidas, sino que, soportándolas, quiere volver más mansos a los perseguidores, también los discípulos, que son hombres, deben seguir esta regla de perfección”.
Acerca de este aspecto tenemos una concordancia en el segundo libro de los Reyes, en el que se relata que “el rey David cruzaba el torrente Cedrón, y todo el pueblo caminaba por el camino de los olivos, que va al desierto. David subió la cuesta de los olivos; la subió llorando, y caminaba con la cabeza cubierta y los pies descalzos. Y también todo el pueblo que estaba con él, subía con la cabeza cubierta y llorando” (2 R 15, 23‑30).
Sentido alegórico. David es figura de Cristo. Cedrón se interpreta “triste aflicción”. Entonces el torrente Cedrón, que David atravesó, es la tristeza de la pasión, atravesada por Cristo. Nos lo dice Juan: “Jesús salió con sus discípulos y cruzó el torrente Cedrón” (Jn 18, 1). Y detrás de El, lo seguía el pueblo por el camino de los Olivos. En efecto, el pueblo sigue a Cristo, que va adelante hacia la pasión; y los discípulos siguen al maestro, para experimentar su misericordia.
El rey caminaba con la cabeza cubierta; y Cristo subió al monte de los olivos, escondiendo su divinidad bajo su humanidad, y con los pies descalzos, porque entonces manifestó su humanidad. También el pueblo caminaba con la cabeza cubierta, pero no se lee que caminase a pies descalzos. No debemos descubrir el secreto de la mente por medio de la arrogancia de la voz; y los pies no tienen que estar desnudos, sino calzados y resguardados con los ejemplos de los santos.
Dice Jeremías: “Preserva tu pie de la desnudez y tu garganta de la sed” (2, 25). De la desnudez, o sea, de la carencia de virtudes, debemos preservar el pie, o sea, los sentimientos; y la garganta, de la sed de la avaricia. Apagan esta sed sólo la hiel y el vinagre de la pasión del Señor. “Lo que primero bebió el médico y saboreó el maestro, no lo desdeñe saborear el discípulo”, “quien es suficiente que sea como el maestro” (Agustín y Mt 10, 25).
17.‑ Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “Sabemos que toda la creación gime y está con dolores de parto hasta ahora” (Rom 8, 22). Presta atención a estas dos palabras: gime y está con dolores de parto.
El Maestro gimió al obrar milagros. Se lee en Marcos: “Mirando hacia lo alto, Jesús suspiró (en latín ingemuit, gimió), y dijo: “¡Efetá!, o sea, ¡ábrete!”. Y sufrió dolores de parto en la angustia de la pasión. El mismo dice por boca de Isaías: “Yo, que hago parir a los demás, ¿no pariré yo mismo” (66, g). Así también los discípulos del maestro, que son su creación, deben gemir en la contrición y parir en la confesión. Es suficiente que el discípulo sea como el maestro.
Te rogamos, pues, oh buen Jesús, Maestro y Señor, que ilumines a los ciegos, que enseñes a tus discípulos y que les muestres el camino de la vida. Y as! podremos llegar a ti que eres el camino y la vida.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
18.‑ “¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano, y no adviertes la viga que está en tu ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, déjame sacar la paja de tu ojo”, sin advertir la viga que está en tu ojo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Lc 6, 41‑42).
Presta atención a estas tres palabras: la paja, el ojo y la viga. En la paja está indicada una culpa leve; en el ojo, la razón o la inteligencia; y en la viga, una culpa grave. Comenta la Glosa: “En verdad, el que peca no tiene derecho de reprender al pecador”.
Sobre esto tenemos una concordancia en el segundo libro de los Reyes, donde se relata que el Señor prohibió a David que le edificara un templo (2 R 7, 12‑13). Dice Gregorio: “Debe ser libre de todo vicio el que se preocupa de corregir los vicios ajenos: no debe pensar en las cosas terrenas y no debe secundar los deseos bajos. Cuanto más claramente quiere ver uno en los demás lo que hay que evitar, tanto más diligentemente debe evitarlo él mismo en su mente y en su vida. Un ojo, cegado por el polvo, no puede ver distintamente una mancha en un miembro del cuerpo; y las manos, sucias de barro, no pueden limpiar ninguna suciedad”.
Si quieres reprender a otro, ante todo, examínate si tú no eres como él. Y si lo eres, llora con él y no pretendas que él te obedezca, sino que mándale y amonéstalo que junto contigo se esfuerce por corregirse. En cambio, si no eres como él, sé indulgente, porque, quizás, lo fuiste en el pasado o habrías podido serlo; y repréndelo no movido por el odio sino por la misericordia. Las correcciones hay que hacerlas raramente y cuando son absolutamente necesarias y sólo teniendo en cuenta a Dios, después de haber removido la viga de tu ojo (Glosa). Con razón se dice: “¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano?”.
19.‑ Y observa que los ojos son así llamados, o porque son escondidos por la sombra de las cejas, para que no sufran ni molestias ni lesiones incidentales, o porque tienen una luz escondida, secreta o impedida. Entre todos los sentidos, los ojos son los más cercanos al alma; y en los ojos se trasluce todo juicio de la mente; y en los ojos se manifiestan la perturbación o la alegría del alma.
Los ojos están colocados dentro de dos cóncavos orificios de la cara, de los que toma el nombre la frente (en latín foratus, orificio ‑frons, frente). Los ojos, que parecen gemas, son cubiertos por membranas transparentes, por las cuales, como a través del vidrio, una mente refulgente ve en transparencia lo que hay afuera. En el centro de las órbitas están las pupilas, por las que tenemos la facultad de ver.
Y debemos también saber que los ojos pueden ser o grandes o muy pequeños o medianos. El ojo mediano manifiesta buena disposición para el discernimiento, la inteligencia y la erudición. Y puede haber también ojos prominentes, profundos o medianos. Los ojos profundos indican vista aguda; y los ojos prominentes indican desorden en la valoración y disposición a la malicia; y cuando son intermedios, merecen aprecio, porque son signo de bondad.
Y hay también ojos muy cerrados, y ojos muy abiertos y poco móviles, y ojos con características intermedias. Si son muy abiertos y poco cerrados, manifiestan necedad y desvergüenza. Si son muy cerrados, indican gran volubilidad, poca discreción e inconstancia en el obrar. En cambio, el ojo con características intermedias indica disposición a la bondad y equilibrio en toda actividad (Aristóteles).
20.‑ “Hipócrita, saca ante todo la viga de tu ojo No hay médico capaz de curar a los demás, si antes no sabe curarse a sí mismo. Hipócrita es aquel que tiene el ojo pérfidamente abierto para ver los delitos ajenos, y no ve su presunción. Dice el poeta Horacio: “Si tú, oh legañoso, consideras tus males con ojos enfermos, ¿por qué tienes la vista tan cáustica para los vicios de los amigos?”.
¡Ojalá que el ojo que todo ve, se viera a sí mismo!
Con esta cuarta parte del evangelio concuerda la cuarta parte de la epístola: “No sólo la creación, sino también nosotros que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, esperando la adopción de los hijos de Dios” (Rom 8, 23).
Las primicias del Espíritu son la contrición y la amargura por los pecados, que, como primera cosa, han de ser ofrecidas al Señor. Los santos que las tienen, no miran la viga en el ojo ajeno, a nadie juzgan y a nadie condenan, sino que, dentro de sí mismos, en la amargura de su alma, gimen y suspiran, esperando la adopción, o sea, la inmortalidad del cuerpo.
De esa inmortalidad nos haga partícipes aquel, que por nosotros murió y, más aún, resucitó, Jesucristo, Señor nuestro, al cual pertenecen el honor y la gloria con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos eternos.
Y toda alma misericordiosa diga: “¡Amén! ¡Aleluya”.
1.‑ “En aquel tiempo, el gentío se agolpaba alrededor de Jesús, para oír la palabra de Dios; y El estaba cerca del lago de Genesaret” (Lc 5, 1).
En el tercer libro de los Reyes se relata que Salomón, en las puertas del santuario, que eran de madera de olivo, “esculpió figuras de querubines, palmeras y guirnaldas de flores muy en relieve, y revistió de oro tanto a los querubines como a las palmeras” (3Rey 6, 32).
Las puertas, llamadas en latín ostia, porque impiden el paso a los enemigos (en latín, hostes), son figuras de los predicadores, que deben oponerse a los enemigos como un muro para defensa del santuario del Señor, o sea, de la Iglesia militante. Estas puertas deben ser de madera de olivo, en el que se destacan dos cualidades: la constancia y la misericordia. La madera de olivo es muy duradera, y simboliza la constancia; y la palabra olivo tiene alguna asonancia con el término griego éleos, que significa misericordia.
En los predicadores y en los prelados de la iglesia, por obra de los cuales se abre el ingreso al reino, deben manifestarse estas dos virtudes. En efecto, nuestro Salomón, Jesucristo, que anuncia la paz a los cercanos y a los lejanos (Ef 2, 17), en ellos grabé querubines, que se interpretan “plenitud de la ciencia”, y palmeras y guirnaldas o cincelado de flores. Cincelado se dice en griego anaglypha. En los querubines están indicadas la vida angélica y la ciencia plena; en las palmeras, la victoria sobre los tres enemigos (demonio, mundo y carne); en el cincelado o guirnalda de flores, los ejemplos de las buenas obras.
Sin embargo, ante todo, debemos considerar que, por mandato del Señor, Moisés “labró a martillo dos querubines de oro”, como se lee en el Éxodo (25, 18). En cambio, Salomón, los hizo de madera de olivo, como se lee en el tercer libro de los Reyes. Acerca de este hecho podemos hallar tres razones.
La primera: para señalar que, mientras los hijos de Israel estuvieron bajo Moisés en el desierto, sufrieron muchos flagelos, porque los merecían. En cambio, en la tierra Prometida, vivieron en paz y en seguridad. El mismo Salomón lo afirma en el tercer libro de los Reyes: “Ahora el Señor Dios me dio paz por todas partes, y no tengo ni adversarios ni quien me quiera mal” (3Rey 5, 4).
La segunda: porque el predicador, mientras está ocupado en el ejercicio de la predicación, como labrado por los golpes de las tribulaciones, se extiende en la anchura de la caridad en la longitud de la generosidad; en cambio, y después de haber dejado el gentío en el valle, mientras regresa al monte de la contemplación, se sumerge en Dios en el reposo de la mente y en la tranquilidad de la conciencia.
La tercera: porque el justo, en el desierto de este cuerpo, sufre muchas desventuras; pero en la Jerusalén celestial, como un querubín en gloria, ya vuelto inmortal, contemplará cara a cara al inmortal.
En el querubín, pues, se indican la vida angélica y la ciencia plena, dos cualidades que el predicador ha de tener, para vivir santamente y predicar con franqueza, sin perdonar a nadie ni por temor ni por amor, ni por deferencia ni por vergüenza.
En la palmera está indicada la victoria sobre el mundo, sobre la carne y sobre el diablo: la palmera es el adorno de la mano victoriosa.
Las guirnaldas, o cincelados de flores, muy en relieve, simbolizan los muy seguros ejemplos de las buenas obras que deben grabarse en los ojos de todos tan profundamente, que no puedan ser juzgados de modo errado o desfavorable,
Considera también que estas tres cosas deben estar revestidas de oro. Los querubines de la ciencia deben estar revestidos con el oro de la humildad, porque “la ciencia infla” (1Cor 8, 1).La palma de la victoria debe estar revestida con el oro de la misericordia divina, para que no te atribuyas la victoria a ti mismo, sino al Señor, que dice: “Tengan confianza, porque yo vencí al mundo” (Jn 16, 33). Las guirnaldas de obras deben estar revestidas con el oro de la caridad fraterna, para que no busque su gloria, sino la de los demás.
Si en las puertas del santuario se graban estas tres cosas, para admirar tan grande hermosura de esculturas, las gentes irrumpirán al ingreso del santuario, deseosas de escuchar la palabra del Señor. Por eso se dice en el evangelio de hoy: “ El gentío se agolpaba alrededor de Jesús, para oír la palabra de Dios”.
2.Considera que en este evangelio sobresalen cuatro momentos. Primero: la parada de Jesucristo cerca del lago de Genesaret, donde había dos barcas, como se anuncia: “Estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba a su alrededor, y El vio dos barcas amarradas a la orilla. Segundo: la entrada de Cristo en la barca de Simón Pedro, como se añade: “Subió a una barca, que era de Simón”. Tercero: la captura de una gran cantidad de peces: “Maestro, hemos fatigado toda la noche”. Cuarto: estupor de Pedro y de sus compañeros y el abandono de todo lo que tenían‑. “Al ver esto, Simón Pedro cayó de rodillas ante Jesús”.
Observa también que en este domingo y en el próximo, si Dios nos lo concede, estableceremos una concordancia entre algunos relatos del tercer libro de los Reyes con las distintas partes de este evangelio y del evangelio del próximo domingo.
En el introito de la misa de hoy se canta: “Escucha, Señor, mi voz” (Salm 26, 7). Y se lee la epístola del bienaventurado Pedro: “Tengan todos un mismo sentir” (1 Pe 3, 8), que dividiremos en cuatro partes y que pondremos en concordancia con las cuatro partes del evangelio. Primera parte: “Tengan todos un mismo sentir”; segunda: “El que quiere amar la vida”; tercera: “¿Quién les podrá hacer del mal?”; cuarta: “Adoren a Cristo, el Señor”.
3.‑ “Mucha gente se apretaba alrededor de Jesús, para escuchar la palabra de Dios; y El estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. Vio dos barcas amarradas al borde del lago. Los pescadores habían bajado y lavaban las redes” (Lc 5, 1‑2).
Con esto concuerda lo que se lee en el tercer libro de los Reyes, donde se dice que “Salomón disertó sobre las plantas, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared. Asimismo, disertó sobre los animales, sobre las aves, sobre los reptiles y sobre los peces. Venía gente de todas las naciones, para escuchar la sabiduría de Salomón; y venían mensajeros de todos los reyes de la tierra, a los que había llegado la fama de su sabiduría” (3Rey 4, 33‑34).
El hisopo es una planta pequeña, que adhiere a la piedra, y simboliza la humildad de Cristo, el cual disertó desde el cedro hasta el hisopo, porque desde las alturas de la gloria celestial descendió hasta la humillación de la carne.
De otra manera: en el cedro se representa la soberbia de los malvados, como se dice: “La voz del Señor quebranta los cedros” (Salm 28, 5). Cristo discute desde el cedro hasta el hisopo, porque juzga los corazones de los soberbios y de los humildes. Y discutió también sobre las plantas, mientras estaba colgado del árbol de la cruz. Entonces en ese momento doblegó el cedro, o sea, la arrogancia del mundo, hasta el abajamiento del hisopo, o sea, hasta la necedad de la cruz. “La palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, mientras para los que se salvan, es potencia de Dios” (1Cor 1, 18).
Sentido moral. “Salomón disertó sobre las plantas Observa que en el paraíso terrenal había tres árboles: el árbol, del que comió Adán; el árbol de la vida ;y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Estos tres árboles simbolizan tres facultades: la memoria, la voluntad y la razón. El fruto de la memoria es el deleite; el fruto de la voluntad es la obra buena; y el fruto de la razón es la distinción entre el bien y el mal.
Disputar es indagar con la mente los distintos criterios de la razón, para poder alcanzar la verdad de la cosa. Por esto el justo disputa sobre estos tres árboles, o sea, indaga con la razón y con la mente distintos objetos: si repuso en el tesoro de la memoria los bienes del Señor, que son la humildad y la pobreza de la encarnación, la dulzura de la predicación, la Pasión de Cristo que fue obediente hasta la muerte y si estos bienes los guardó con diligencia. indaga si con la voluntad ama a Dios y al prójimo; y si con su razón sabe distinguir el bien del mal. Esta es la disputa del justo, el cual también sabe disertar desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en las paredes.
Considera que el cedro es un árbol alto; su madera tiene un perfume agradable y es incorruptible, y no es atacada por la polilla. Con su perfume ahuyenta las serpientes y, puesto en el fuego, se arruga.
El cedro simboliza la vida del justo, que es elevada por la sublimidad de su santa conducta, perfumada por los ejemplos de su buen nombre, incorruptible por la firmeza de su santo propósito, inatacable por la polilla de la mortífera concupiscencia; ahuyenta a los demonios con la compunción de la mente y mortifica los movimientos carnales con la maceración y se arruga, o sea, se restringe renunciando a la propia voluntad, en el fuego de la obediencia.
Y este cedro está en el Líbano, que se interpreta “candor”, porque la vida del justo se despliega en el candor de la pureza interior y exterior.
El justo, pues, disputa desde el cedro hasta el hisopo, que nace en la pared. En el hisopo está simbolizada la humildad, y en la pared, que debe su nombre a “paridad”, o sea, a igualdad de superficie, está indicada la unión de los santos. Pues bien, el justo disputa desde el cedro de su vida, o sea, considera con su mente si su vida llega hasta la humildad y la unión de los santos.
4.‑ Y seguimos hablando de Cristo. “Y disertó sobre los animales, las aves, los reptiles y los peces”. En los animales están representados los golosos y los lujuriosos; en las aves, los soberbios; en los reptiles, los avaros; y en los peces, los curiosos.
Cristo hablé de los animales, cuando dijo: “Miren por ustedes mismos, para que sus corazones no se carguen con glotonerías, embriagueces y afanes de esta vida” (Lc 21, 34). Habló de las aves, cuando dijo: “Las aves del cielo tienen su nido; en cambio, el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Mt 8, 20). Habló de los reptiles, cuando dijo: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la herrumbre y la polilla los consumen” (Mt 6, 19). En fin, habló de los peces, cuando dijo: “¡Pobres de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que recorren mares y tierras”, o sea, todo el orbe, “para hacer también un solo prosélito” ‑los prosélitos son los paganos acogidos en la sinagoga‑, “y, una vez hecho, lo hacen dos veces más hijo de la gehena que ustedes” (Mt 23, 15). o sea, cuando descubre los vicios de ustedes, se vuelve pagano, y por su prevaricación se hace culpable de una pena mayor (Glosa).
“Y venía gente de todas las naciones, para escuchar la sabiduría de Salomón”. Lo mismo dice el evangelio de hoy: “Jesús estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret; y mucha gente se apretaba alrededor de El, para escuchar la palabra de Dios”.
Genesaret debe su nombre a la característica de este lago, que engendra una brisa, porque de sus olas encrespadas parece emitir una brisa. En este pasaje el evangelio llama al lago “estanque”, porque su agua no corre, sino que está detenida; y es figura del siglo presente, en el cual hay hervores y agitaciones, que engendran la brisa de la alabanza mundana, que pronto se evapora. Dice el Salmo: “Su memoria se desvaneció con el sonido” (9, 7), o sea, con el aplauso y con el favor del mundo.
Y como en el estanque las aguas están contenidas dentro de sus límites para que no fluyan, así en el mundo la libertad de los pecadores está restringida, para que no gocen de sus placeres como quisieran. Se lee en Lucas que “el hijo pródigo deseaba llenar su vientre con las algarrobas de los puercos; pero nadie se las daba” (15, 16).
En las algarrobas de los puercos podemos comprender los varios placeres de los pecadores, con los cuales los espíritus del mal engordan como los puercos; pero a veces esos placeres no se conceden a quien los desea. Muy a menudo el hombre peca más que lo que le sugiere el diablo; y a menudo el hombre previene al diablo, cuando no es prevenido por el diablo. Por esto dice Ezequiel: “Te entregaré en las manos de las hijas de los filisteos, las cuales se avergüenzan de tu conducta deshonesta” (16, 27). ¡Qué vergüenza más sorprendente, que el diablo se sonroje del pecado del hombre, que él no sugirió, mientras el desgraciado hombre no se sonroja de su propio pecado!
5.‑ “Estaba Jesús de pie a la orilla del “estanque”, o sea, en este mundo, para predicar la palabra de Dios a los que aman el mundo. Estaba de pie a la orilla del “estanque” aquel, que, estando en este mundo, despreció y enseñó a despreciar la gloria de este mundo, que es como un estanque tragador.
Y sobre esto tenemos una concordancia en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “Ellas halló a Eliseo, hijo de Safat, que araba con doce yuntas de bueyes delante de sí, mientras él guiaba la última. Elías se acercó a él y echó su manto sobre él. Entonces Eliseo en seguida abandonó los bueyes y corrió en pos de Ellas, y le dijo: “Te ruego que me permitas besar a mi padre y a mi madre, y después te seguiré”. Elías le respondió: “Vete y vuelve, porque lo que era mío, te lo hice” (o sea, le transmitió su misión profética), “Cuando regresó, Eliseo tomó una yunta de bueyes, los mató, y con la madera del arado coció las carnes y las dio al pueblo para que comiese” (3Rey 19, 19‑21).
Sentido moral. Nuestro Redentor, descendido del cielo, por divino decreto adquirió un pueblo, que todavía ansiaba las cosas terrenas, y obró en él la salvación cuando lo convirtió a la fe. Elías se interpreta “Señor Dios”, Safat “juzgando” y Eliseo “salvación de mi Dios”.
Sobre Eliseo el profeta echó su manto, mientras el Señor revistió al pueblo con la fe católica. Dice el Apóstol. “Ustedes que fueron bautizados en Cristo, fueron revestidos de Cristo” (Gal 3, 27).
“Abandonó los bueyes y corrió en pos de Elías”. En efecto, el coro de los elegidos, después de haber escuchado que “si uno no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 33), inmediatamente dejó de codiciar las riquezas terrenas y de ser esclavo de los deseos mundanos; y de esta manera anunció también a los demás la palabra de vida. Besar al padre y a la madre significa exactamente querer convertir con la palabra a todos los que puede, ya sea de los judíos como de los paganos.
“Tomó una yunta de bueyes...”. Con ello entendemos el cuerpo y el espíritu. Debemos cocer sus carnes, o sea, las concupiscencias carnales, con la madera del arado, o sea, con la contrición del corazón, y distribuirlas al pueblo, para que coma. Si hemos escandalizado a algunos con nuestra vida disoluta, debemos reedificarlos con el ejemplo de una verdadera penitencia.
6.‑ “Y Jesús vio dos barcas amarradas al borde del lago”. observa que estas dos barcas simbolizan a Jerusalén y a Babilonia, al Paraíso y a Egipto, a Abel y a Caín, a Jacob y a Esaú, en una palabra, la compañía de los verdaderos penitentes y la masa infame de los mundanos. Todos los hombres pertenecen a uno o a otro de estos grupos.
Estos dos grupos hallan una válida concordancia en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “dos meretrices se presentaron al rey Salomón”. Con razón se presentaron las dos prostitutas a Salomón, quien, más adelante, se dejó corromper por ellas. Una de las meretrices le dijo: “¡Préstame atención, oh mi señor! Yo y esta mujer vivíamos en la misma casa. Yo di a luz en una habitación cerca de ella. Tres días después de haber yo dado a luz, dio a luz también ella. Morábamos las dos juntas; y ningún otro había en casa a excepción de nosotras dos. Una noche, el hijo de esta mujer murió, porque, durante el sueño, lo aplastó, Levantándose en el silencio de una noche siniestra, tomó al niño de mi costado, mientras yo dormía, y se lo colocó en su seno. Cuando yo me levanté por la mañana para dar el pecho a mi hijo, apareció muerto. Pero después, mirándolo más atentamente a la luz del día, advertí que aquél no era mi hijo, al que yo había dado a luz”. intervino la otra mujer‑ “No es como dices tú: tu hijo está muerto, y el mío es el que vive”. Pero la primera le rebatía: “Estás mintiendo: el que vive es mi hijo, y tu hijo es el muerto”. Y así continuaban litigando delante del rey”.
“Entonces el rey ordenó: “Tráiganme una espada”. Y le trajeron al rey una espada. En seguida el rey mandó: “Corten al niño vivo en dos partes y den mitad a la una y la otra mitad a la otra”. Entonces la madre del hijo vivo, porque sus entrañas se conmovieron por su hijo, dijo al rey: “ Te suplico, señor: da a ésta el niño vivo y no lo mates”. Pero la otra mujer decía lo contrario: “El niño no sea ni mío ni tuyo, sino ¡que se divida en dos!”. El rey sentenció: “Den a la primera el hijo vivo, y no lo maten. ¡Ella es su madre!” (3Rey 3, 16‑27).
Las meretrices son llamadas así, porque ganan el estipendio de la libido. Estas dos meretrices simbolizan dos géneros de vida: la vida de los verdaderos penitentes y la de los carnales. Pero presta particular atención. Decimos que la vida de los verdaderos penitentes está simbolizada por una meretriz, no en cuanto sea meretriz, ya que había vuelto a su esposo, sino en cuanto había sido meretriz, cuando adhería al diablo. Algo semejante leemos también en el evangelio de Mateo: “Jesús se hallaba en la casa de Simón, el leproso” (26,6), no porque fuera leproso en ese entonces, sino porque había sido anteriormente.
Las dos “vidas”, de que hablamos, están también representadas por los dos cayados, de que habla Zacarías: “Tomé para mí dos cayados: a uno lo llamé Adorno y al otro Atadura” (11, 7). Observa que la vida de los penitentes es llamada cayado y adorno: cayado, porque sometida al rigor de la disciplina; adorno, porque purificada con las lágrimas de toda lepra de pecado. En cambio, la vida de los carnales es llamada atadura, porque están atados con el cordel de sus pecados.
Cuántos daños procuren Caín a Abel, Esaú a Jacob, los carnales a los penitentes, lo demuestra el relato susodicho: “Yo y esta mujer vivíamos en la misma casa”. He ahí las dos barcas detenidas en el estanque. El estanque y la casa simbolizan al mundo, en el que las dos mujeres viven.
Dan a luz los penitentes y dan a luz también los carnales. Pero al tercer día los penitentes, en la amargura de su corazón, paren obras de luz, al heredero de la vida eterna; y de su parto se dice: “La mujer, cuando da a luz, sufre tristeza” (Jn 16, 21). También los carnales, en el placer de la carne, paren obras de las tinieblas: los hijos de la gehena; y de ellos dice Salomón: “Se alegran cuando hacen el mal y se huelgan en las perversidades del vicio” (Prov 2, 14). Y esto al tercer día: de la adulterina sugestión del diablo, ante todo conciben con el consentimiento de la mente; después tienen una especie de gestación en el propósito de la voluntad perversa; y en fin paren el pecado llevando a cabo la obra mala.
“Y estábamos juntas; y fuera de nosotras dos, no había ningún otro en la casa”. En el mundo, buenos y malos se hallan juntos. Dice Job: “Fui hermano de los dragones y compañero de los avestruces” (30, 29). En la era se halla el grano con la paja; en el lagar, el vino con el orujo; y en el trujal, el aceite y el alpechín (hez).
“El hijo de esta mujer murió”. Las obras de los carnales mueren, cuando son sofocadas por el pecado que sigue. En la noche de la mala intención, en la ceguera de la mente, es matado el hijo de esta mujer: “Durmiendo, lo aplastó”. “Los que duermen, duermen de noche; y los que se embriagan, de noche se embriagan” (1Tes 5, 7).
“Y la mujer se levantó en el silencio de la noche intempestiva...”. Se dice noche intempestiva o inoportuna, porque nada es posible hacer y todo está tranquilo; en cambio, lo que es tempestivo, es oportuno. otro sentido: noche intempestiva es noche alta y oscura o también medianoche.
El bienaventurado Gregorio comenta este pasaje hablando de los doctores carnales o mundanos: “Ellos, mientras omiten hacer lo que dicen, matan a sus oyentes con el sueño del cuerpo, los descuidan y los tiranizan, mientras fingen alimentarlos con la leche de las palabras. Por ende, viviendo en modo merecedor de reprobación y no pudiendo tener discípulos de vida ejemplar, se esfuerzan por atraer a sí a los discípulos de los demás, de modo que, mostrando tener a buenos seguidores, justifican delante de la opinión de los hombres el mal que obran y con la vida de los súbditos disfrazan su mortífera negligencia. Todo eso obró la mujer que mató al propio hijo y se apoderó del hijo de la otra. Pero la espada de Salomón descubrió a la madre verdadera; símilmente, en el último juicio, la ira del juez examinará, o sea, demostrará cuál fruto y de quién sea el fruto, o sea, las obras destinadas a vivir o a perecer”.
merece destacarse que, ante todo, se ordena que el hijo vivo sea cortado en dos, para que luego sea entregado a la verdadera madre. En este mundo se puede admitir que la vida de los discípulos sea de alguna manera partida, en cuanto se permite que con ella el uno se gane el mérito delante de Dios, y el otro la alabanza delante de los hombres.
Pero la falsa madre no tenía reparo en que fuese matado el hijo que no había engendrado. Así los maestros presuntuosos e insensibles a la caridad, si no son capaces de conquistarse una fama de total admiración de parte de los discípulos ajenos, se ensañan despiadadamente contra su vida. inflamados de envidia, no quieren que vivan para los demás aquellos, que ven no poder poseer. Entonces: “No sea ni mío ni de los demás”. No toleran que vivan para los demás en la verdad aquellos, que no ven propensos delante de sí para la propia gloria temporal.
En cambio, la verdadera madre se preocupa para que su hijo viva, aunque esté con los extraños. igualmente, los verdaderos maestros permiten que otras escuelas saquen fama de sus discípulos, con tal que naturalmente no pierdan la honestidad de la vida. Son los mismos sentimientos de piedad, por los cuales se aquilata a la verdadera madre, porque el verdadero magisterio se reconoce sólo en el examen (o prueba) de la caridad.
Mereció recibir “todo entero” al hijo sólo aquella, que casi todo entero lo había cedido. De manera similar, los superiores diligentes, por el motivo que no sólo no envidian a los demás la gloria que les viene de los buenos discípulos, sino que también les auguran ventajosos resultados, recuperarán vivos e íntegros a los hijos, cuando en el último juicio consigan de su vida el premio perfecto.
Después de haber descrito las dos barcas y sus analogías, avancemos hacia los temas siguientes.
7.‑ “Los pescadores habían bajado y lavaban las redes”. Considera que de ambas barcas, la de los penitentes y la de los carnales, bajan los pescadores. Los penitentes bajan de lo que son por gracia a lo que son por naturaleza, o sea, de la dignidad de una vida más perfecta a la consideración de la propia fragilidad. También los carnales bajan de la hinchazón de su soberbia a la ceniza de la penitencia. “Y lavaban las redes”. Comenta la Glosa: “Dobla las redes lavadas aquel que, suspendiendo el oficio de la predicación, se esfuerza por cumplir lo que enseñó a los demás”.
En efecto, en el introito de la misa de hoy, el penitente suplica diciendo: “Escucha, Señor, mi voz, con la que a ti clamo. Sé tú mi ayuda. No me abandones, ni me desampares, Dios de mi salvación” (Salm 26, 7 y g). Observa que la barca de Pedro, o sea, la vida de los penitentes, con toda razón regresada al esposo, implora tres cosas: ser escuchada, no ser abandonada, ni ser desamparada; o sea, ser escuchada en el tiempo de la oración, no ser abandonada en la persecución de los enemigos, no ser desamparada por la perversidad del pasado.
Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy, en la que el bienaventurado Pedro habla a los hijos de la barca que le fue confiada‑ “Tengan todos un mismo sentir, sean compasivos, ámense fraternalmente; sean misericordiosos, discretos y humildes. No devuelvan mal por mal, ti¡ maldición por maldición. Al contrario, bendigan, ya que fueron llamados para bendecir; y así alcanzarán como herencia la bendición de Dios” (1 Pe 3, 8‑9).
Pedro, como sabio barquero, con su admirable magisterio, equipó la barca que se le confió, destinada a ser agitada por las olas de un mar tempestuoso y expuesta a los vientos y a los peligros; la equipó de mástil y de velas, de timón y de anclas, y de remos en los dos costados, para que pudiera llegar incólume al puerto de la tranquilidad.
Dijo Pedro: “Tengan todos un mismo sentir”: he ahí el mástil en el medio de la barca, o sea, la concordia de la fe y del corazón de la Iglesia: “Eran todos un solo corazón y una sola alma” (Hech 4, 32). “Sean mutuamente compasivos”: he ahí la vela. Como la vela impulsa la barca, así la compasión te impulsa hacia las necesidades de tu prójimo. Dice el Apóstol: “Si un miembro sufre, todos los miembros padecen con él” (1Cor 12, 26).
“Ámense fraternalmente”: he ahí el timón. Como el timón dirige oportunamente la barca y no le permite desviarse, y en él está repuesta la mayor capacidad de guiar al puerto la barca; así el amor fraternal guía la comunidad de los fieles, para que no se desvíe, y la conduce al puerto de la seguridad. Porque donde hay caridad y amor, allí hay también la comunidad de los santos.
“Misericordiosos”: he ahí el ancla. El ancla suena como anca (en latín), o sea, curva. Como el ancla con su curvatura agarra, y mientras agarra, es agarrada, y as! agarrada, retiene la barca; así la misericordia, cuando de lo hondo del corazón captura al prójimo, por el prójimo es capturada, y mientras retiene es retenida, y mientras ata es atada. Y por esta atadura la barca, o sea, el alma, no es más sacudida en la seguridad de su reposo ni por los oleajes de las tentaciones ni por las ráfagas de las sugestiones diabólicas. “Modestos y humildes”: he ahí los remos de la derecha. “No devuelvan mal por mal; sino, al contrario, bendigan”: he ahí los remos de la izquierda.
Si nuestra barca fuera armada y equipada con estos ocho instrumentos, podrá seguramente llegar, por el derrotero justo, a la bendición de la eterna herencia y al puerto del eterno reposo.
Dignase concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito y glorioso por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
8.‑ “Jesús subió a una barca, que era de simón, y le rogó que la apartara de tierra un poco; y, sentándose, desde la barca, enseñaba a la multitud. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: “Boga mar adentro y echen las redes para pescar” (Lc 5, 3‑4).
Sobre esto hallamos una concordancia en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “la flota del rey Salomón surcaba el mar hacia Tarsis, trayendo de vuelta oro y plata, dientes de elefantes, monos y pavos reales” 3Rey 10, 22).
La flota de Salomón y la nave de Simón tienen el mismo significado. La nave es llamada así, porque requiere un guía experto (en latín, navus), que sepa maniobrarla para superar los peligros del mar y las dificultades imprevistas. De ahí viene la sentencia de los Proverbios: “El experto estará al timón” (1, Salm).
La barca es figura de la iglesia de Jesucristo, confiada a los cuidados de Pedro. Ella necesita un experto, no de un incapaz; de un guía, no de un destructor, para que pueda preservarse de los peligros. Esta es la flota de Salomón, que, a través del mar de este mundo, zarpa para Tarsis, nombre que se interpreta “búsqueda del gozo”; o sea, zarpa hacia aquellos, que buscan los placeres del mundo para gozar, mientras están aquí abajo.
En el oro está simbolizada la sabiduría humana; en la plata, el lenguaje filosófico; en los dientes de los elefantes, los doctores animosos, que mastican el alimento de la palabra para los pequeños. En los monos están simbolizados los que imitan las acciones humanas, pero viven como bestias; y los que vienen a la fe del paganismo y fingen vivir según la fe, pero la niegan con las obras. En los pavos reales, cuya carne si es desecada, permanece incorruptible ‑según se cuenta‑, y que se cubren de plumas maravillosas, están representados los perfectos, purificados por el fuego de las tribulaciones y por ende adornados con una gran variedad de virtudes.
Todo esto es traído, por medio de la predicación de la iglesia, de Tarsis, o sea, de los insidiosos oleajes del mundo, a nuestro Salomón, o sea, a Jesucristo.
9.‑ Sentido moral. La flota de Salomón es la mente del penitente que, a través del mar, o sea, de la amargura de la contrición, se dirige a Tarsis, o sea, busca descubrir lo que cometió y omitió, los pecados y sus circunstancias. Se pregunta también de dónde viene, porqué existe y adónde se dirige. Considera cuán desventurada y frágil sea esta carne y cuán falsa y pasajera sea la prosperidad del mundo.
En el Génesis dijo José a sus hermanos: “Ustedes son espías, y vinieron para examinar los puntos débiles del país” (42, 9). o sea, los penitentes meditan, día tras día, en la amargura de su alma, sobre la fragilidad y la debilidad de su carne. Ellos son como los exploradores de Josué, a los que él dijo: “Vayan y observen bien todo el territorio y la ciudad de Jericó” (Jos 2, 1).
Jericó se interpreta “luna”, y simboliza la engañosa prosperidad del mundo. Los justos, cuando la exploran para despreciarla, no hallan en ella sino amargura y dolor.
De su exploración traen consigo oro, plata, dientes de elefantes (marfil), monos y pavos reales. El oro representa la purificación de la conciencia; la plata, la proclamación de la alabanza. Los dientes de los elefantes representan la acusación y la reprobación de sí mismos; los monos, la consideración de la propia indignidad; y los pavos reales, la abyección de la gloria pasada.
Del oro y de la plata dice Job: “La plata tiene los principios de sus venas (veneros), y el oro tiene un lugar donde se refina” (28, 1). El principio de las venas en el hombre es el corazón. Del corazón del hombre debe salir la plata, o sea, la proclamación de la alabanza de Dios.
Pero dijo Jeremías: “Tú, Señor, estás cerca de su boca; pero lejos de sus riñones” (12, 2). El corazón de los carnales está en sus riñones, o sea, en la lujuria; y la alabanza de Dios está sólo en sus labios. “Este pueblo me honra con sus labios; pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15, 8). El principio de las venas, del que debe fluir la plata, está lejos de Dios.
¿De qué manera, entonces, la plata de la confesión resonará dulce al oído del omnipotente, que dice: “Hijo, dame tu corazón” (Prov 23, 26), y “Dios mira el corazón”? (Salm 7, 10). “Y el oro tiene un lugar donde se refina”. Los sentimientos de nuestra conciencia se purifican en el crisol de un severo examen personal. Este es el lugar en el que el oro se purifica, no la lengua de los hombres, porque el oro fundido en su lengua se desvanece. Desgraciado es aquel, que cree más a la lengua ajena que a la propia conciencia. Muchos temen la opinión pública; pocos temen la voz de su conciencia. ¡Que gran cosa es ser digno de alabanza y no ser alabado por nadie!
10.‑ Acerca de la acusación y del reproche, simbolizados en los dientes de los elefantes, dice Job: “Dilaceraré mis carnes con mis dientes” (13, 14). Despedaza sus carnes con los dientes aquel que, con justa condenación, acusa su carnalidad,
Y observa que con razón los penitentes están simbolizados en los elefantes, que poseen una naturaleza mansa. Si encuentran en el desierto a un hombre sin rumbo, lo guían hasta el camino conocido. o también: si llegan a encontrarse con un tupido rebaño de ovejas, muestran el camino con una mano (trompa) suave y paciente. El mayor de edad guía la manada; y el que le sigue en edad, anima a los otros. Cuando tienen que cruzar un río, hacen avanzar a los más pequeños, para que los más grandes, pasando primeros, no arruinen el lecho y no provoquen, con el pisoteo del fondo, remolinos peligrosos (Solino).
De manera similar, los justos poseen el don de la clemencia: hacen volver a los errantes por el camino recto; a las ovejas, o sea, a los simples, les enseñan con calma y paciencia el sendero, por el cual avanzar con seguridad; guían a los demás con la palabra y con el ejemplo; atravesando el río de esta vida en dirección a la patria, mandan adelante a los pequeños, porque se compadecen y tienen comprensión de las dificultades de los incipientes, que todavía no llegaron al vigor de la santidad. Si los más débiles debieran avanzar por el austero camino de los perfectos, sin duda alguna se cansarían y se retirarían del camino emprendido.
Asimismo, en los monos está indicada la consideración de las indignidades y de las deshonestidades cometidas, porque los monos no tienen cola, con la cual cubrir sus vergüenzas y su fealdad. Así los verdaderos penitentes no buscan motivos para excusar o encubrir sus pecados, sino que manifiestan con franqueza y sencillez las maldades que cometieron, avergonzándose no de la mirada de los hombres, sino solamente de la de Dios.
Asimismo, en los pavos reales está indicado el rechazo de la gloria temporal. Se debe observar que “el pavo real pierde las plumas, cuando el primer árbol pierde las hojas. Después, le nacen las plumas, cuando los árboles comienzan a echar las hojas” (Aristóteles).
El primer árbol fue Cristo, plantado en el jardín de las delicias, o sea, el seno de la bienaventurada Virgen. Las hojas de este árbol son sus palabras. Cuando el predicador esparce esas palabras con la predicación y el pecador las acoge, éste pierde las plumas, o sea, abandona las riquezas. Después, en la resurrección final, cuando todos los árboles, o sea, todos los santos, comiencen a echar brotes, entonces aquel, que rehusó las plumas de las cosas temporales, recibirá las plumas de la inmortalidad.
Y como en las plumas del pavo real está su hermosura y en las patas su fealdad, de tal modo que, mirando las patas, su hermosura de alguna manera disminuye, así los penitentes rechazan la gloria de este mundo, meditando sobre su abyección y sobre su destrucción en el sepulcro. Los penitentes aportan tales mercedes, mientras no dejen de controlarse cada día a sí mismos y sus cosas.
11.‑ “Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le rogó que se apartara un poco de la tierra”.
El Señor ruega al prelado de su Iglesia, que la aleje un poco de la tierra, o sea, que aparte del amor de los bienes terrenales a aquellos que fueron confiados a sus cuidados, Pero si el mismo prelado está apegado a la tierra, si es jorobado y encorvado hacia la tierra, ¿cómo podrá desprender de la tierra a los demás?
Cuando Moisés, como relata el Éxodo, se dirigía con mujer e hijos hacia el Egipto para liberar al pueblo de Israel, un ángel quería matarlo; sólo cuando envió atrás a la mujer y a los hijos, el ángel lo dejó seguir (4, 24‑26). Así los prelados y los sacerdotes de nuestro tiempo, representados por Moisés, tienen realmente mujer e hijos, que como reptiles gritan detrás de los sacerdotes: “¡Ay, ay!”.
De ellos dice Isaías: “Las crías, de los asnos comerán una mezcla de migma” (30, 24). Migma es un término griego que significa “paja triturada mezclada con trigo”. Los bienes del sacerdote, hoy en día, resultan de la mezcolanza de dos cosas: de la paja del comercio terrenal y del trigo de las ofrendas de la iglesia. Tal mezcolanza la comen las crías de los asnos, o sea, los hijos de los sacerdotes. Estos, con mujer e hijos, pretenden liberar al pueblo de Dios de la esclavitud del diablo. Pero saldrá a su encuentro el Señor y los matará, si no se separan de la mujer y de los hijos. Y después de esta separación, el Señor dirá: “Aleja un poco la barca de la tierra”.
12.‑ “Y, sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud”. Y también sobre este pasaje evangélico tenemos una concordancia en el tercer libro de los Reyes: “El rey Salomón construyó un gran trono de marfil y lo revistió de oro brillante. El trono tenía seis gradas. El remate era redondo en la parte posterior; y el asiento tenía dos brazos laterales, junto a los cuales había dos leones. Otros doce leoncillos estaban colocados a uno y a otro lado de las seis gradas. En ningún otro reino se labró una obra semejante” (3Rey 10, 18‑20).
Este pasaje puede ser interpretado de tres maneras: aplicándolo a la iglesia, al alma y a la bienaventurada virgen.
La Iglesia. En el trono de Salomón se puede ver representada a la Iglesia, en la cual nuestro Rey pacífico pronuncia sus juicios. Con razón se nos recuerda que está labrado con el marfil, porque el elefante, del cual proviene el marfil, se destaca mucho entre los demás cuadrúpedos por su sentimiento, se une a su hembra con moderación y jamás se une a otras. Esto se aplica a los continentes, que en castidad observan los preceptos de Cristo. Y revistió a la iglesia de oro, porque por medio de los milagros hizo resplandecer en ella el esplendor de su gloria.
Dios llevó a cabo la magnificencia del mundo en seis días; y este número en su perfección manifiesta la perfección de las obras. Y al séptimo día el Señor reposó. Y como el mundo consta de seis períodos, en los cuales es posible obrar, quienquiera que aspire a la patria celestial, se apresure a alcanzarla con las buenas obras.
La redondez del trono en la parte posterior simboliza la paz eterna, que los santos gozarán después de esta vida. Quien trabaja con rectitud en este mundo, recibirá la justa merced y gozará de la paz perenne.
Los brazos, adheridos al asiento, simbolizan el socorro de la gracia divina, que conduce a la Iglesia hacia el reino celestial. Y son dos los brazos, porque en ambos Testamentos se predica esta verdad: sólo con la ayuda divina se puede realizar algo bueno.
En los dos leones están representados los padres, o patriarcas, de los dos Testamentos, que con la fortaleza de su espíritu aprendieron a mandarse a sí mismos y a los demás.
Los leones estaban colocados en las empuñaduras de los brazos, porque los santos patriarcas no atribuían a sí mismos todo el bien que hacían, sino a Dios: “¡No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria!” (Salm 113,9).
En fin, en los doce leones más pequeños está representado el colegio de los predicadores, que siguen la doctrina de los apóstoles. Estos leoncillos están dispuestos de un lado y del otro de las seis gradas, porque luchan por resguardar con la doctrina y con el ejemplo la marcha de las buenas obras.
13.‑ El alma. “El rey Salomón se construyó un trono”. observa que, para emprender una obra, son necesarias dos cualidades: la inteligencia y la energía. Con la inteligencia se proyecta, con la energía se ejecuta. Jesucristo, que es “sabiduría y potencia de Dios” (1Cor 1, 24), se construyó un trono en el cual reposar.
El trono es el alma del justo, que Jesucristo con su sabiduría creó, cuando no existía; y con su potencia re‑creó, cuando se hallaba perdida. Se labró, pues, un trono, para reposar en él, porque “el alma del justo es sede de la sabiduría” (Sab 7, 27); y por boca de Isaías dijo. “¿Sobre quién dirigiré la mirada, sino sobre el humilde, sobre el pacífico y sobre quien se estremece por mis palabras?” (66, 2); y Salomón: “El rey que se sienta en el trono, disipa todo mal con su mirada” (Prov 20, 8). Así Jesucristo, Rey de los reyes, se sienta en su trono, o sea, reposa en el alma, y destruye todo mal de la carne, del mundo y del diablo con su mirada, o sea, con el recurso de su gracia.
“Construyó un gran trono de marfil ... “.Vamos a ver ahora cuál podría ser el significado del marfil, del oro brillante, de las seis gradas, y de la parte alta redonda en el respaldo, y de los dos brazos adheridos al asiento, y de los dos leones, y de los doce leoncitos.
Marfil, en latín ebur, viene de barrus (palabra india), elefante. Hay que observar que entre los elefantes y los dragones existe una eterna lucha. Y los dragones, esos gruesos reptiles, les tienden acechanzas con esta astucia. Se esconden cerca de los senderos, recorridos frecuentemente por los elefantes; dejan pasar a los primeros y atacan a los últimos, para que los primeros no puedan brindar ayuda. Ante todo, les enlazan los pies, para que, con las patas atadas, se les impida el caminar. Entonces los elefantes se apoyan a un árbol o a una peña para aplastar a los dragones con su enorme peso y así matarlos.
El motivo principal de esta lucha consiste en que los elefantes tienen la sangre más bien fría y por eso son asaltados con gran avidez por los dragones, cuando el calor es abrasador. Y los dragones los atacan sólo cuando los elefantes están agravados por haber bebido hasta hartarse y tienen las venas hinchadas de agua. Entonces los abaten y pueden chupar hasta la saciedad. Y atacan con preferencia los ojos, que saben que son los más vulnerables, o el interior de las orejas (Solino).
Los elefantes son figuras de los justos y los dragones, de los demonios; y entre ellos habrá guerra eterna. Los demonios colocan acechanzas a los pies de los justos, o sea, a sus sentimientos; y los justos propiamente con los sentimientos matan a los dragones; y así éstos son matados cabalmente allí donde querían inocular el veneno.
La ardiente lujuria de los demonios intenta destruir la castidad de los santos, y los atacan sobre todo cuando los ven propensos a los placeres de la gula, que puede pegar fuego a los rigores de la castidad. Y arremeten especialmente contra los ojos, porque saben que son los primeros dardos de la lujuria. o también: atacan primero los ojos, o sea, la razón y la inteligencia, que son los ojos del alma, para arrancarlos, y procuran tapar las orejas, para que no puedan escuchar la palabra de Dios.
Con razón se dice “Salomón construyó un gran trono de marfil”: de marfil, con respecto a la castidad, y grande, con respecto a la sublimidad de la contemplación.
“Revistió el trono con mucho oro brillante”. El vestido del alma es la fe, que es de oro, si está iluminado por la luz de la caridad. De ese vestido habla el libro de la Sabiduría: “En la túnica talar de Aarón estaba dibujado todo el orbe terráqueo” (18, 24). En el vestido de la fe, que obra por la caridad, ha de haber los cuatro elementos, de los que está compuesto todo el orbe: el fuego de la caridad, el aire de la contemplación, el agua de la compunción y la tierra de la humildad.
“Y el trono tenía seis gradas”, que son el repudio del pecado, la acusación del pecado, el perdón de la ofensa recibida, la compasión por los sufrimientos del prójimo, el desprecio de si y del mundo y la consecución de la perseverancia final.
“Y el remate del trono era redondo en la parte posterior”, o sea, en el respaldo. La parte alta del trono simboliza el deseo ardiente del alma de ver a Dios. “La parte posterior era redonda”; o sea, el alma, al fin de su vida, será “redonda” (o sea, perfecta), porque pasará de la esperanza a la visión. Dice el Salmo: “La extremidad del dorso de la paloma resplandece de reflejos de oro” (67, 14). La extremidad del dorso de la paloma, o sea, del alma, es la bienaventuranza eterna. En ella el alma resplandecerá de reflejos de oro en la contemplación de la Majestad divina.
“El trono tenía dos brazos, uno a cada lado, adheridos al asiento”, o sea escaño, que era de oro. El asiento es símbolo de la obediencia, que tiene dos brazos: la memoria de la pasión del Señor y el recuerdo de la propia maldad. junto a estos dos brazos hay dos leones, o sea, la esperanza y el temor. La esperanza está cerca del brazo de la pasión del Señor, por cuyos ejemplos de buena gana obedece, y por medio del cual espera conseguir lo que cree. Y cerca del brazo del recuerdo de la propia maldad está el león del temor, el cual amenaza el peligro de la muerte eterna, si falta la obediencia.
“Y doce leoncillos estaban dispuestos sobre las seis gradas, de un lado y de otro”. Los doce leoncillos simbolizan las doce virtudes, que enumera el Apóstol en su carta a los Gálatas: “Los frutos del Espíritu son la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la longanimidad, la bondad, la benignidad, la mansedumbre, la fe, la modestia, la castidad y la templanza” (Gal 5, 22‑23). El espíritu del justo, que es como el primero de los leoncillos, cultiva en sí mismo estas virtudes.
14.‑ La bienaventurada virgen María. “El rey Salomón se construyó un trono...”. La bienaventurada María es llamada “el verdadero trono de Salomón”. De ella dice el Eclesiástico: “Yo habito en los cielos altísimos y mi trono está en una columna de nubes” (24, 7). Como si dijera: “Yo, que habito en los cielos altísimos, junto al Padre, elegí mi trono en una madre pobrecilla”.
Observa que la bienaventurada Virgen, trono del Hijo de Dios, es llamada “columna de nubes”: columna, porque sustenta nuestra fragilidad; “de nubes”, porque inmune del pecado. Y este trono fue de marfil, porque la bienaventurada María fue cándida por la inocencia y fría, o sea, exenta del fuego de la concupiscencia.
En María hubo seis gradas, como está escrito en el evangelio de Lucas: “El ángel Gabriel fue enviado ... a una virgen” (1, 26‑38).
La primera grada fue la verecundia o el pudor: “Ella se turbó por las palabras del ángel”. De aquí viene el dicho: “Al adolescente se recomienda la verecundia; al joven, la jovialidad; y al anciano, la prudencia". La segunda grada fue la prudencia: no contestó inmediatamente ni sí ni no, sino que comenzó a reflexionar: “Y se preguntaba qué sentido tenía ese saludo”. La tercera grada fue la modestia: preguntó al ángel: “¿Cómo será esto?”. La cuarta grada fue la constancia en el santo propósito: “Yo no conozco varón”. La quinta grada fue la humildad: “He aquí la esclava del Señor”. La sexta grada fue la obediencia: “Cúmplase en mí conforme a tus palabras”.
Y este trono fue revestido con el oro de la pobreza. ¡Oh dorada pobreza de la gloriosa Virgen, que envolvió en pañales al Hijo de Dios y lo acostó en el pesebre! Y con razón se dice que Salomón “revistió” el trono de oro, porque la pobreza reviste el alma de virtudes; en cambio, la riqueza la despoja.
“Y el remate del trono era redondo en la parte posterior”. El remate de la bienaventurada María fue la caridad, por cuyo mérito, en la parte posterior, o sea, en la eterna bienaventuranza, ocupa el lugar más excelso, que no tiene ni principio ni término.
“Y dos brazos adheridos al asiento, de una parte y de la otra”. El asiento, o sea, el escaño de oro, fue la humildad de la Virgen María, sostenida por dos brazos: la vida activa y la contemplativa. Ella fue a la vez Marta y María. Fue Marta, cuando se dirigió a Egipto y después regresó de nuevo a Galilea; fue María, cuando “conservaba todas estas palabras y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19).
“Y dos leones”, o sea, Gabriel y Juan el evangelista; o también: José y Juan el Bautista; “estaban junto a los brazos, a uno y a otro lado”: José, en relación con la vida activa; y Juan, en relación con la vida contemplativa.
“Y doce leoncillos”, o sea, los doce apóstoles, de una parte y de la otra, en actitud de obsequio y de veneración.
De veras, muy de veras, en ningún otro reino se labró una obra semejante, porque, “como María, jamás hubo mujer en el mundo ni la habrá en el futuro” (Breviario Romano). Por cierto, “muchas hijas reunieron riquezas”, o sea, cumplieron obras buenas; pero la bienaventurada Virgen María “las sobrepasó a todas” (Prov 31, 29). Y un autor proclama de Ella: “Si también la Virgen callara, ninguna otra voz en el mundo podría resonar”.
15.‑ “Después de haber hablado, Jesús dijo a Simón: “Navega mar adentro, y echen las redes para la pesca” (Lc 5, 4). En latín se dice: “Duc in altum”, o sea, conduce donde es profundo. Altus significa tanto profundo como alto, y por eso puede referirse tanto a las cosas que están por encima como a las que están por debajo. Se puede decir tanto alto delo como alto mar
A Simón, como a todo obispo, se dice: “Navega mar adentro”; y después, en seguida se les dice a sus sufragáneos y a sus colaboradores: “Echen las redes para la pesca”. Si la barca de la iglesia no es guiada por el prelado mar adentro”, o sea, a las alturas de la santidad, los sacerdotes no echan las redes para la pesca, sino que desvían a las víctimas hacia lo profundo,
Se lee en Oseas.‑ “Escuchen esto, oh sacerdotes; contra ustedes se hace el juicio, porque llegaron a ser un lazo, en lugar de vigilar, y como una red tendida sobre el Tabor. E hicieron caer a las víctimas en lo profundo” (5, 1‑2). Presta atención a estas tres palabras: lazo, red e hicieron caer, porque ellas señalan los tres vicios de los sacerdotes: la negligencia, la avaricia, y la gula y la lujuria.
La negligencia: “Llegaron a ser un lazo, en lugar de vigilar”. Los sacerdotes tienen el deber de vigilar; pero por su negligencia sus súbditos “caen en el lazo del diablo” (1Tim 6, 9).
La avaricia: “Y como una red tendida sobre el Tabor”. En el monte Tabor se transfiguró el Señor. El nombre se interpreta “luz que viene”, e indica el altar en el cual se realiza la transfiguración, o sea, la transustanciación de las especies del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo; y por medio de este sacramento entra la luz en el alma de los fieles. Sobre este monte Tabor los sacerdotes, o, más bien, para decirlo más claramente, los mercaderes, extienden la red de su avaricia para amontonar dinero. Celebran la misa por dinero; y si no fuesen seguros de recibirlo, en ningún modo celebrarían la misa; y así el sacramento de la salvación se torna instrumento de codicia.
La gula y la lujuria: “Y hacen caer las víctimas en lo profundo”. Las víctimas son las ofertas de los fieles, que hacen caer en lo profundo, que quiere decir procul a fundo, lejos del fondo, o sea, para satisfacer la gula y la lujuria. La víctima es así llamada, porque cae herida por un golpe (en latín víctima, ictu percussa). Con las ofertas de los fieles, que desuellan, engordan sus caballos y potros, sus concubinas y sus hijos. La Ley mandaba que el mamzer, o sea, el hijo de una ramera, no entrara en la casa del Señor. En cambio, he ahí que los hijos de las meretrices no sólo entran en la casa del Señor, sino que hasta comen sus bienes.
16.‑ A esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “El que quiere amar la vida y ver días felices, refrene su lengua del mal y sus labios de palabras de engaño... El rostro del Señor está contra los que obran el mal” (1 Pe 3, 10‑12).
El bienaventurado Pedro tomó estas palabras del Salmo de David (33, 13‑15), en el cual se destacan estos tres momentos: la gloria eterna de los justos, la vida de los penitentes y el castigo para quien obra el mal. La gloria eterna: “El que quiere amar la vida”; la vida de los penitentes: “Refrene su lengua”; y el castigo para quien obra el mal: “El rostro del Señor está contra los que obran el mal”.
La verdadera penitencia consiste en estos seis actos: refrenar la lengua del mal. “Creo que la primera de las virtudes sea reprimir la lengua; sólo imponiendo silencio, se corrige una mala lengua” (Catón). No decir palabras de engaño. Está escrito: “Señor, ¿quién habitará en tu tienda? Ciertamente el que no trama engaños con su lengua” (Salm 14, 1‑3). Evitar el mal; pero esto no basta: hay que obrar el bien. Busca la paz; busca la paz dentro de ti mismo; y si la hallas, sin duda tendrás la paz con Dios y el prójimo. Y conquista la paz con la perseverancia final.
En los que obran así, se posan los ojos de la misericordia del Señor; y los oídos de su benevolencia están abiertos a sus oraciones.
El castigo de los impíos: “El rostro del Señor, o su rostro airado, está contra los que obran el mal”.
Estos tres momentos, o sea, la gloria, la penitencia y el castigo, Jesucristo los predicó a las turbas, después de haber subido a la barca; y su vicario no deja de proclamarlos cada día a todos los fieles.
Roguemos, queridísimos hermanos, al mismo Señor Jesucristo, que, por medio de la obediencia, nos haga subir también a nosotros en la barca de Simón; nos haga sentar en el trono de marfil de la humildad y de la castidad; nos haga conducir nuestra barca desde las cosas terrenas a las alturas de la contemplación y nos haga echar nuestras redes para la pesca. Y así, con la mayor abundancia de nuestras obras, podremos llegar a aquel Dios, que es sumamente bueno.
Nos lo conceda el mismo Dios, que vive y reina por todos los siglos. ¡Amén! ¡Aleluya!
17.‑ “Simón respondió: “Maestro, hemos trabajado toda la noche, y nada hemos pescado; pero en tu palabra echaré la red”. Y habiéndolo hecho, encerraron una gran cantidad de peces, y su red se rompía. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca, para que viniesen a ayudarlos. Vinieron y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían” (Lc 5, 5‑7).
La noche es llamada así, porque perjudica los ojos (en latín, hay una asonancia entre nox, noche, y nocere, perjudicar), porque les impide ver, El que trabaja de noche, no apresa nada, sino que, más bien, a veces es apresado. Dice el Salmo: “Pones las tinieblas, y es la noche. En ella corretean todas las bestias de la selva” (103, 20). Cuando la noche, o sea, la oscuridad del pecado, desciende en un alma, entonces todas las bestias, o sea, los demonios, corretean por ella y la dilaceran. El que trabaja de noche, o sea, fatiga en la oscuridad de esta vida para apoderarse de algo, no logra nada, porque nada son las cosas temporales.
Dice Jeremías: “Miré a la tierra; y he ahí que estaba vacía y era como una nada” (4, 23). La palabra nada, en latín nihilum, está compuesta de nihil, nada, y de illum, él. La nada sigue al que, aquí abajo, abraza la tierra vacía. Nihil es un término abstracto, no una cosa; y está compuesto de no y de illum, que antiguamente se escribía úllum. De este nihil, nada, dice Isaías: “Todas las naciones, delante de ti, son como nada; son consideradas como una nada y como cosa vana” (40, 17). Todas las naciones, o sea, los que viven como paganos, son delante de Dios como no existentes. Existen en el mundo de la naturaleza, pero no en el mundo de la gracia, porque existir “malamente”, es como no existir; y el que está fuera de la verdadera existencia, puede ser considerado como una nada y como cosa vana.
Tienen verdadera y peculiar existencia las cosas que no pueden aumentar en su intensidad (densidad), ni disminuir por su contracción, ni cambiar en su variación. “El ser tiene como contrario sólo el no ser” (Agustín). Pues bien, el que crece en la tensión hacia las cosas temporales, el que disminuye contrayéndose por falta de la caridad, el que cambia en la variación, o sea, en la inestabilidad de su mente, ése tal decae de la verdadera existencia, y por ende “es considerado como una nada y como cosa vana”.
“En tu palabra echaré la red”. Comenta la Glosa: “Si los instrumentos de la predicación no fueran echados en la palabra de la gracia celestial, o sea, por inspiración interior, en vano el predicador lanza el dardo de su voz, porque la fe de los pueblos no nace de la sabiduría de un discurso acicalado, sino por obra de la divina llamada. ¡Oh vana presunción, oh humildad fructuosa! Los que antes no habían apresado nada, en la palabra de Cristo capturan una gran cantidad de peces. Se rompen las redes por la gran abundancia de peces, porque ahora, junto con los elegidos , entran también tantos réprobos, que con sus herejías dilaceran a la misma Iglesia. Se rompen las redes, pero no se pierden los peces, porque el Señor protege a los suyos, también en medio de las persecuciones y de los escándalos”.
“En tu palabra”, no en la mía, “echaré las redes”. Cada vez que las eché en mi palabra, no capturé nada. ¡Pobre de mí! Cada vez que las eché en mi palabra, me lo atribuí a mí mismo y no a ti; me prediqué a mí mismo, no a ti; prediqué mis cosas y no las tuyas; y por eso no apresé nada. Y si algo apresé, se trataba no de un pez, sino de una rana cantarina, para que me alabara; ¡y también esto era una nada!.
“En tu palabra echaré las redes”. Echa las redes en la palabra de Jesucristo aquel, que nada se atribuye a sí mismo, sino todo a El; y el que vive según lo que predica. Si así hace, capturará una abundante cantidad de peces.
18.‑ Sobre todo esto hallamos una concordancia en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “Ellas subió a la cumbre del Carmelo y, postrándose en tierra, puso su rostro entre las rodillas. Y dijo a su criado: “Sube ahora y mira hacia el mar”. Y él subió, miró y dijo: “No veo nada”. De nuevo Ellas dijo: “Retorna siete veces”. La séptima vez, he ahí una nubecilla, pequeña como una huella humana, subía del mar. Y muy pronto los cielos se oscurecieron por las nubes y por el viento; y cayó una gran lluvia” (3Rey 18, 42‑45).
Ahora bien, vamos a ver qué significado tengan Elías y la cumbre del Carmelo; qué signifiquen “postrándose” y “tierra”; qué quiere decir “el rostro entre las rodillas”; qué signifiquen el criado, las siete veces, la nubecilla, la huella humana, el mar, las nubes, el viento y la lluvia.
Elías es el predicador, que debe subir a la cumbre del Carmelo, que se interpreta “ciencia de la circuncisión”, e indica la perfección de una vida santa, en la cual el hombre aprende muy bien a cortar de sí mismo todas las cosas superfluas.
“Postrándose”: he ahí la humildad; “en tierra”: he ahí el recuerdo de la propia debilidad; “y puso su rostro entre las rodillas”: he ahí el dolor por las iniquidades pasadas. “Y dijo al criado: “Sube y mira hacia el mar”. El criado, en latín puer, viene de pureza, e indica el cuerpo del predicador, que debe ser conservado en toda pureza. Y este criado debe mirar hacia el mar, o sea, hacia los mundanos, contaminados por la amargura del pecado. Y mira hacia ellos, cuando en su predicación propone los remedios contra sus vicios.
Y debe “mirar siete veces”, o sea, debe explicar los siete artículos de la fe, que son: la encarnación, el bautismo, la pasión, la resurrección, la ascensión, la venida del Espíritu Santo y el retorno de Jesucristo para el juicio final, en el cual los pecadores, condenados, “serán echados en el estanque del fuego ardiente, donde habrá llanto y rechinar de dientes” (Mt 13, 42; y Ap 21, 8).
En este séptimo articulo, como en la séptima vez, mientras la masa de los mundanos estará consternada por el temor a los castigos eternos, desde el mar, o sea, desde su corazón, el predicador verá levantarse una nubecilla, o sea, un poco de compunción, pequeña como una huella humana, en la cual está simbolizada la gracia de Jesucristo.
Y cuando la gracia de Jesucristo se infunde en la mente del pecador, entonces, sin duda, la nubecilla de la compunción comienza a subir, y poco a poco crece, y llega a ser una gran nube, que oscurece el falso esplendor de las cosas temporales. Después, se levanta el viento impetuoso de la confesión, que arranca, de raíz, todos los vicios; y comienza a caer la gran lluvia de la satisfacción, que empapa la tierra y la hace germinar. Y así el predicador captura de veras una gran cantidad de peces.
“E hicieron señas a los compañeros de la otra barca, para que viniesen a ayudarlos”. Hemos dicho anteriormente que estas dos barcas simbolizan las dos vidas: de los penitentes y de los carnales (n. 6). Los que están en la barca de Simón, o sea, que viven en la obediencia y en la penitencia, llaman a los que llevan una vida carnal, para que acudan y los ayuden.
Algo semejante hallamos en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “Salomón mandó a decir a Hiram, rey de Tiro, que le prestara ayuda para construir el templo del Señor” (3Rey 5, 1‑6). Así éstos llaman a los carnales con la predicación, para que vengan, o sea, para que se alejen de la vanidad del mundo, y los ayuden, o sea, que se dediquen a las obras de penitencia. Y de esa manera llenarán ambas barcas y construirán el templo del Señor, o sea, con los primeros y con los segundos construirán, con piedras vivas, el templo de la Jerusalén celestial.
19.‑ Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “¿Y quién les podrá hacer algún daño, si ustedes son consecuentes imitadores (de los que hacen el bien)? Y si padecen alguna cosa por la justicia, ‑¡felices ustedes! Por lo tanto, no se amedrenten por temor de ellos, ni se conturben” (1 Pe 3, 13‑14). Pedro así habla a los penitentes, extraídos del mar del mundo con la red de la predicación. Si ustedes son consecuentes imitadores de los que los llamaron a la penitencia, ¿quién les podrá hacer algún daño? Como si dijera: “¡Nadie, ni hombre, ni diablo!”. “Y si padecen algo por la justicia”, no por la culpa, ¡bienaventurados ustedes! o sea, “bienaventurados” es “bien aumentados” (en latín, beati, bene aucti), porque les será acrecentada la corona del premio.
“No se amedrenten por temor de ellos”, porque “el que teme no es perfecto en la caridad” (1Jn 4, 18). Y observa que dice: “¡No se amedrenten por temor!”. Hay un doble temor: el temor de las cosas y el temor de los cuerpos.
que ama a Dios, desprecia ambos temores. “Y no se conturben”, para que no sean distraídos de la constancia de su mente. Y no dice “no se turben”, sino “no se conturben”, porque si a veces el cuerpo se turba exteriormente, con todo la mente debe permanecer interiormente constante y estable.
Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Verbo de Dios Padre, para poder echar las redes de la predicación en su palabra y no en la nuestra; y para poder sacar del cieno de los vicios a los pecadores y para poder subir al mismo Verbo junto con ellos.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
20.‑ “Al ver esto, Simón Pedro se echó a las rodillas de Jesús, diciendo: “Señor, aléjate de mí, que soy un pecador”. Por la pesca que hablan hecho, el estupor se había apoderado de él y de todos los que estaban con él; y, asimismo, de Santiago y de Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y Jesús dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. Trajeron a tierra las barcas, y, abandonándolo todo, lo siguieron” (Lc 5, 8‑11).
Pedro, reconociéndose pecador, temió ser aplastado por la presencia de tan grande Majestad; y por esto dijo: “Aléjate de mí, que soy pecador”.
El que se reconoce pecador, se echa a las rodillas de Jesús. Y en este episodio debemos considerar dos cosas: el temor causado por los pecados, cuando dice “se echó”; y la esperanza en la misericordia del Redentor “a las rodillas de Jesús”. Y a propósito el Señor promete por boca de Isaías: “Serán llevados a los pechos y serán acariciados sobre las rodillas” (66, 12).
En latín los “pechos, o mamas, se dicen úbera. Y se llaman úbera, porque son uvida, o sea, mórbidas y colmadas de leche. observa que dos son los pechos: la encarnación y la pasión. La primera fue de consolación y la segunda de reconciliación. Los penitentes, que acaban de convertirse, como lactantes (en latín, mammothrepti), son llevados a los pechos, para ser consolados con la leche de la encarnación y ser reconciliados con la sangre, que salió del pecho abierto por la lanza en el monte Calvario; y así ser reconfortados para sobrellevar la pasión.
También son acariciados sobre las rodillas de la benevolencia del Padre, como hace la madre con el hijo, para que tengan la absoluta seguridad que, quien les ofreció los pechos de la encarnación y de la pasión, de ninguna manera les negó el perdón de los pecados y la bienaventuranza del Reino.
“Aléjate de mí”. ¿Dónde se encuentra hoy uno que tema ser aplastado por un beneficio demasiado grande? Pedro tuvo temor. En cambio, nosotros, conscientes de tantos crímenes, nos acercamos a la presencia de la Majestad divina sin respeto y sin temor. La divina Majestad está presente, donde se halla el cuerpo de Cristo, gloria de los ángeles; donde se hallan los sacramentos de la Iglesia; donde se administran los santos misterios. Por cierto, nosotros creemos en todo ello; y, no obstante, obstinados en la malicia, no desistimos de pecar. Por eso el Señor habla por boca de Jeremías. “¿Cómo es que mi dilecto cometió muchas abominaciones en mi casa? ¿Crees que las carnes de los sacrificios te liberarán de tus pecados?” (11, 15). ¡No, por cierto! Más bien, los aumentarán.
“Gran estupor se había apoderado de él y de sus compañeros”. ¡Pedro y sus compañeros quedan atónitos ante una pesca tan abundante! También nosotros debemos asombrarnos ante la conversión de los pecadores, como lo hacían aquellos, de los cuales se relata en el libro de los jueces que “Sansón hirió a los filisteos causando tales estragos, que, por el asombro, pusieron la pantorrilla sobre el muslo” (Juec 15, 8), (o sea, cruzaron las piernas). La pantorrilla es el músculo posterior de la tibia.
Cuando el Señor hiere a los filisteos, o sea, a los demonios, y libera de sus manos a Israel, o sea, al alma, también nosotros debemos asombrarnos y poner la pantorrilla sobre el muslo. En el muslo está simbolizado el placer carnal, y sobre él ponemos la pantorrilla cuando, tras el ejemplo del pecador convertido, refrenamos el placer de la carne con la mortificación de la carne.
“No temas: desde hoy serás pescador de hombres”. Esto compete de manera particular al mismo Pedro, al cual Jesús explica el significado de la captura de los peces. Como entonces apresaba los peces con las redes, así en adelante apresaría a los hombres con las palabras.
O también: Porque fuiste humilde y te avergonzaste de las manchas de tu vida, pero esta vergüenza no te impidió confesarlas; más bien, una vez descubierta la llaga, buscaste el remedio; por eso en adelante serás pescador de hombres.
“Después de haber traído a tierra las barcas, lo abandonaron todo y lo siguieron”. Cristo, el gigante que tiene en sí mismo las dos naturalezas y el ágil corredor que devora sus caminos, se lanzó con gozo a recorrer su camino y a llevar a cabo el cometido por el cual había venido. El que quiere seguirlo, debe abandonarlo todo, todo deponer y todo posponer, porque el que está cargado, no puede seguir al que corre.
Dice el tercer libro de los Reyes: “La mano del Señor estuvo sobre Elías, el cual, con los lomos ceñidos, comenzó a correr” (3Rey 18, 46). La mano, en latín manus, suena como munus, don, ayuda, y es la gracia de Dios, que, cuando está en el hombre, le infunde una ayuda tan grande que, con los lomos ceñidos, puede correr por medio de la castidad y, hecho pobre y desnudo por la pobreza, seguir a Cristo pobre y desnudo
2 1.‑ En fin, con esta cuarta parte del evangelio concuerda la cuarta parte de la epístola: “Santifiquen a Cristo, el Señor, en sus corazones” (1 Pe 3, 15). Presta atención a estas tres palabras: el Señor, Cristo y santifiquen. Señor viene de “señorío”; Cristo viene de “crisma”, óleo mezclado con bálsamo perfumado; y santo se dice en griego agios, o sea, sin tierra (a, sin, gés, tierra).
En la tierra hay cuatro fealdades: la inmundicia, la insaciabilidad, la oscuridad y la fragilidad. El que está “sin tierra”, o sea, sin el apego a las cosas terrenales, en las que se hallan la inmundicia de la lujuria, la insaciabilidad de la avaricia, la oscuridad de la ira y de la envidia y la fragilidad de la inconstancia, éste, sin duda, santifica en su corazón al Señor como humilde siervo y a Cristo como auténtico cristiano.
Hermanos queridísimos, derramemos nuestras súplicas al mismo Jesucristo, para que, dejadas todas nuestras cosas, nos conceda poder correr con los apóstoles y santificarlo en nuestros corazones; y así mereceremos llegar a El, que es el Santo de todos los santos.
Nos lo conceda el mismo Señor, que es digno de alabanza y de amor, dulce y suave. A El sean el honor y la gloria por siglos eternos.
Y toda alma penitente, extraída del lago de Genesaret, diga: “ ¡Amén! ¡Aleluya!”.
1.‑ “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Si su justicia no supera la de los escribas y de los fariseos, no entrarán en el reino de los cielos” (Mt 5, 20).
Se relata en el tercer libro de los Reyes que “en las basas del templo estaban esculpidos querubines, leones, bueyes y riendas colgantes” (3Rey 7, 2729). Observa que tres son los elementos para sostener la construcción de la casa: los capiteles, las columnas y las basas.
Los capiteles son llamados así, porque son las cabezas de las columnas, y son figuras de los profetas, de los que en el tercer libro de los Reyes se relata: “Los capiteles, que estaban sobre las columnas, estaban labrados en forma de lirios” (3Rey 7, 19). En el lirio está simbolizado el supremo esplendor de la patria eterna y de la inmortalidad; y está también simbolizada la magnificencia del paraíso fragante del perfume de las flores: todas cosas que los profetas, padres de los apóstoles, nos transmitieron en sus profecías.
Las columnas simbolizan a los apóstoles, de los que se dice: “Yo afianzo sus columnas” (Salm 74, 4). En el tercer libro de los Reyes se relata que Salomón erigió dos columnas: a una la llamó Jaquin, que se interpreta “solidez”, y a la segunda la llamó Boaz, o sea, “fuerza” (3Rey 7, 2 1). En estas dos columnas están representados los apóstoles, que con razón se llaman dos columnas, porque por dos veces, después de la resurrección de Cristo, recibieron al Espíritu Santo: ante todo, en tierra, para que se ame al prójimo; y después desde el cielo, para que se ame a Dios.
En la resurrección de Cristo los apóstoles recibieron la solidez, y en la venida del Espíritu Santo, una fuerza que jamás se desvanecería.
Las basas simbolizan a los prelados y predicadores de nuestros tiempos, en los cuales deben hallarse esculpidas estas cuatro figuras: los querubines, los leones, los bueyes y las riendas.
En los querubines está simbolizada la plenitud de la ciencia y de la doctrina; en los leones, el terror de la potencia; en los bueyes, la mansedumbre de la misericordia; y en las riendas, las ataduras de la disciplina. En las basas del templo, por favor, ¡que haya estas esculturas: el conocimiento de la doctrina, para enseñar; el terror de la potencia, para reprender; la mansedumbre de la misericordia, para confortar; y las ataduras de la disciplina, para refrenar! (Glosa).
De estas cuatro cosas se habla en el cuarto libro de los Reyes, donde se relata que Eliseo clamaba: “¡Padre mío, Padre mío, carro de Israel y su conductor! “ (4 R 2, 12). “Padre mío” se refiere a la enseñanza; “padre mío”, a la corrección; “carro”, para confortar; y “conductor”, para refrenar.
Si los prelados de la iglesia y los predicadores graban en sí mismos estas cuatro cualidades, de veras podrán alcanzar esa superior justicia, de la que habla el Señor en el evangelio de hoy: “Si su justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos”.
2.‑ Observa también que en este evangelio sobresalen tres mensajes. Primero: la justicia de los apóstoles, donde se dice: “Si su justicia no supera Segundo: la condenación del que se irrita contra el hermano y lo escarnece: “Oyeron que se dijo a los antiguos Tercero: la reconciliación entre hermanos: “Si estás ofreciendo tu limosna Con estas tres partes del evangelio estableceremos una concordancia con algunos relatos del tercer libro de los Reyes.
En el introito de la misa de este domingo se canta: “El Señor es la fuerza de su pueblo” (Salm 27, 8‑9). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los romanos: “Todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte” (Rom 6, 3 ... ). La dividiremos en tres partes y veremos la concordancia con las tres partes del evangelio. Primera parte: “Los que fuimos bautizados...”; segunda: “Sepan que nuestro hombre viejo fue crucificado juntamente con Cristo”; tercera: “Sabemos que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere”.
3.‑ “Si su justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos”.
La justicia de los fariseos consistía en que fuera refrenada la mano (o sea, la exterioridad), y no el interior. Los judíos creían que no se pudiese pecar con el pensamiento, sino sólo en las obras. En cambio, la justicia de los apóstoles, por el espíritu del consejo y la gracia de la misericordia divina, es muy superior, para que no sólo sea refrenada la mano de las obras malas, sino también el espíritu de los pensamientos perversos.
Los escribas y los fariseos ‑este último nombre significa “separados”son los hipócritas que, escribiendo ante los ojos de los hombres, escribieron la injusticia; y son también algunos religiosos presuntuosos, que se consideran justos a si mismos y desprecian a los demás.
Su justicia consiste en el lavado de las manos y de los vasos, en la disposición de los vestidos, en la construcción de elegantes edificios (sinagogas) y en la gran variedad de instituciones y de prescripciones. En cambio, la justicia de los verdaderos penitentes consiste en el espíritu de pobreza, en el amor fraterno, en el llanto de la contrición, en la mortificación del cuerpo, en la dulzura de la contemplación, en el desprecio de la prosperidad terrena, en la paciente aceptación de las adversidades y en el propósito de la perseverancia final.
Sobre la justicia de los unos y de los otros tenemos una concordancia en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “Elías dijo a los profetas de Baal: “Escojan un novillo, y prepárenlo ustedes primero, porque son muchos, e invoquen el nombre de sus dioses; pero no pongan el fuego debajo. Ellos invocaron el nombre de Baal, desde la mañana hasta el mediodía, gritando: “¡Baal, escúchanos!”. Pero no se oía ni una voz ni una respuesta. Ellos iban saltando alrededor del altar, que habían erigido. Hacia el mediodía, Elías comenzó a burlarse de ellos, diciendo: “Griten en voz más alta. Baal es su señor. Puede ser que esté hablando, o esté en su habitación, o esté de viaje; quizás duerma, y hay que despertarlo”. Ellos gritaban con voz más fuerte y se hacían incisiones con cuchillos y lancetas, según su costumbre, hasta chorrear sangre” ( 3Rey 18, 25‑28). He ahí cómo es la justicia de los fariseos.
En cambio, cómo sea la justicia de los verdaderos penitentes, lo demuestra la continuación del relato: “Elías, en el nombre del Señor, construyo un altar de piedras; después, hizo alrededor del altar una zanja, capaz de contener dos medidas de semilla‑, dispuso la leña y descuartizó el novillo”. Después, mandó que derramaran agua sobre el holocausto y la leña, una, dos y tres veces. “Y el agua corría alrededor del altar, y la zanja se llenó de agua”.
Y después que Elías ofreció su plegaria, “cayó el fuego del Señor, que devoró el holocausto, la leña, las piedras, la ceniza y también lamió el agua que estaba en la zanja. A tal vista, todo el pueblo cayó rostro en tierra y gritó: “¡El Señor es Dios, el Señor es Dios!” (3Rey 18, 30‑39).
4.‑ Los hipócritas presuntuosos, los profetas de Baal, que se interpreta superior” o “devorador”, se escogen un buey, o sea, la concupiscencia carnal. Este es el buey cornúpeta (que acomete con los cuernos), del cual se dice en el Éxodo: “Si el buey acometiera con los cuernos desde tiempo atrás, y el dueño, avisado, no lo encerró; si el buey causa la muerte de un hombre o de una mujer, será apedreado, y también morirá su dueño” (Ex 21, 29).
El buey cornúpeta es figura del apetito carnal, el cual, “con el cuerno de la soberbia”, mata un hombre o una mujer, o sea, la razón y la buena voluntad. Y porque su dueño, o sea, el espíritu, no quiso encerrarlo ni ponerle algún freno, será matado junto con el buey; y así serán castigados eternamente tanto el cuerpo como el alma.
Y también los abades y los priores escuchen esto. Si tienen un buey cornúpeta, o sea, un monje o un canónigo soberbio, vinolento y lujurioso, y no lo quieren recluir, para que con sus malos ejemplos no escandalice a hombres o mujeres, ese buey será lapidado; y el abad o el prior, que no quisieron recluirlo, serán castigados eternamente.
“E invoquen los nombres de sus dioses ... o. Cuantos son los pecados mortales cometidos, tantos son los dioses que ellos invocan y adoran, como se lee en el Éxodo: “Estos son tus dioses, oh Israel, que te sacaron del país de Egipto” (32, 4).
¡Pobre de mí! ¡Cuántos son hoy los religiosos que también en el desierto, o sea, en la vida religiosa o en el claustro, adoran a los dioses que hablan adorado en Egipto, o sea, en el mundo! Y como carecen del fuego de la caridad, su sacrificio no les sirve para nada. Desde la mañana hasta el mediodía, gritan diciendo. “¡Baal, escúchanos!”. ¿Qué significa invocar a Baal, sino ansiar para ser superior? Pero no se oye ni voz ni respuesta a su voluntad.
Entonces de nuevo gritan en voz más alta. Gritar quiere decir desear. Se sajan con cuchillos y lancetas, o sea, se atormentan con ayunos y flagelos; desfiguran su cara y, antes, ayunan en las vigilias, para, luego, celebrar mejor la fiesta del vientre.
Al tiempo de Elías, los profetas de Baal gritaban pero no eran escuchados; en cambio, en nuestros tiempo gritan y son escuchados. Son promovidos a cargos superiores, para precipitar luego en una calda más grave. Antes, su voz era humilde, su hábito modesto, su vientre plano, su rostro pálido, su oración asidua en público; en cambio, ahora truenan amenazas, caminan con capas pomposas e ínfulas; tienden el vientre hacia adelante y tienen el rostro rubicundo‑, duermen mucho y no rezan nada.
Vendrá, vendrá Elías, capturará a los profetas de Baal y los matará en el torrente Cisón (3Rey 18, 40). Vendrá Salomón y matará a Adonías, que quería reinar; y vendrán Simei, que lanzó sus maldiciones contra David, y Joab, que mató a dos jefes de Israel, que eran mejores que él (3Rey 2, 24 y 44‑46 y 31‑32).
5.‑ Continúa el tema de la justicia de los penitentes. “Elías construyó un altar”. Elías es figura del penitente que, con las piedras de las virtudes, reconstruye el altar de la fe, destruido por los pecados, y sobre él ofrece el sacrificio de la alabanza, como perfume fragante y agradable a Dios. “Cavó una zanja”. El penitente, con su corazón contrito y con el espíritu humilde, hace brotar ríos de lágrimas por el temor de la gehena y por el deseo de la vida eterna. Allí prepara la leña, porque toma como ejemplo para sí las palabras y las obras de los santos. Descuartiza después el buey y lo coloca sobre la leña, cuando intenta conformar todos sus actos según el ejemplo de los santos padres. Derrama una, dos y tres veces el agua sobre el holocausto y la leña, porque en todo tiempo guarda los pensamientos, las palabras y las obras en la pureza de la conciencia y en la compunción de las lágrimas. Y no desiste, sino después de haber llenado las zanjas, o sea, después que la felicidad futura, que sigue a las tristezas presentes, sea completamente lograda.
Y así se realizarán las palabras, que siguen: “Cayó el fuego del cielo y devoró el holocausto Cuando la sentencia del juez supremo, después de haber examinado minuciosamente las palabras, las acciones y toda nuestra vida, aquilatándonos como la plata se purifica con el fuego, y después de habernos hecho inmortales y bienaventurados, nos coloque en nuestra sede definitiva, entonces cantaremos, como el pueblo de los israelitas, un himno eterno de acción de gracias: “¡El Señor es Dios, el Señor es Dios!”
Esta es la justicia que justifica a los penitentes, de la que habla el Señor: “Si su justicia no supera la de los escribas y de los fariseos Y observa que la justicia es aquella virtud, por la cual, con recto juicio, se da a cada uno lo suyo. justicia es como decir (en latín) iuris status, estado de derecho.
Cada uno está obligado a practicar la justicia hacia cinco objetivos: a Dios el honor, a sí mismo la cautela (desconfianza), al prójimo el amor, al mundo el desprecio, al pecado el odio. A estos cinco objetivos corresponden las cinco expresiones contenidas en el introito de la misa de hoy: “El Señor es la fortaleza de su pueblo y el refugio salvador de su ungido. Salva a tu pueblo, Señor, bendice tu heredad; y guíalos para siempre” (Salm 27, 8‑9).
Si das honor al Señor, el Señor será tu fortaleza. Si, en lo posible, usas prudencia para contigo mismo, el Señor será tu refugio de salvación. Si amas al prójimo, el Señor te salvará a ti mismo y a él. Si desprecias al mundo, bendecirá tu heredad. Si odias el pecado, te guiará aquel, con el que vivirás por los siglos de los siglos.
6.‑ Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy‑. “Todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte. Por medio del bautismo fuimos sepultados junto con él en la muerte, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos para la gloria del Padre, as! también nosotros podamos caminar en una vida nueva. Si fuimos plantados juntamente con El en una muerte semejante a la de El, así también lo seremos en la semejanza de su resurrección” (Rom 6, 3‑5).
He ahí la justicia repartida entre los cinco objetivos. Observa que “del costado de Cristo salieron sangre y agua”: el agua del bautismo y la sangre de la redención Un 19, 34). El agua para el cuerpo, porque “las muchas aguas simbolizan a muchos pueblos” (Ap 17, 15); y la sangre para el alma, porque “el alma vive en la sangre” (Dt 12, 23). Pues bien, demos todo a Dios, que todo redimió para poseerlo todo.
“Todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús”, o sea, en la fe de Jesucristo, fuimos purificados “en su muerte”, o sea, en su sangre. Dice el Apocalipsis: “El Señor nos amó y con su sangre nos lavó de nuestros pecados” (Ap 1, 5». Recuerda que “la sangre, extraída del costado de la paloma, cancela la mancha de sangre del ojo” (Plinio). Debemos, pues, tributar honor y adoración, todo lo que somos y todo lo que podemos, a aquel, que con su sangre canceló del ojo de nuestra alma la mancha de sangre, o sea, del pecado.
Nuestra paloma, Jesucristo, que carece de hiel, cuyo canto es llanto y gemidos, quiso que su costado fuese abierto, para cancelar la mancha de sangre a los ciegos y para abrir a los desterrados la puerta del paraíso.
Y con nosotros mismos debemos tener cautela. La epístola añade: “Por el bautismo fuimos sepultados juntamente con él en la muerte”, o sea, en la mortificación de los vicios. Como Cristo, sufriendo el suplicio de la cruz, tuvo los miembros estirados y clavados, reposó en el sepulcro y fue sustraído a las miradas humanas, así también nosotros, sobrellevando la cruz de la penitencia, debemos tener los miembros clavados por medio de la continencia, para no retornar a los pecados pasados, de los cuales debemos apartarnos completamente, en tal modo que no conservemos ni su imagen ni su recuerdo (Glosa).
Asimismo, debemos ofrecer al prójimo nuestro amor. “Como Cristo resucitó de los muertos Como Cristo, después de su resurrección, se apareció a los discípulos y cambió su tristeza en gozo, así también nosotros, resucitando de las obras muertas a la gloria del Padre, debemos alegrarnos junto con el prójimo y caminar juntos en la vida nueva. ¿Y cuál es la vida nueva, sino el amor del prójimo? “Les doy un mandamiento nuevo ‑dice el Señor‑, que se amen los unos a los otros” (Jn 13, 34). Y en el Levítico: “Para dar cabida a la cosecha nueva, tirarán la añeja” (Lv 26, 10); y las cosas añejas son la ira, la envidia y todos los demás vicios que enumera el Apóstol (Gal 5, 20‑21).
7.‑ Asimismo, debemos manifestar nuestro desprecio al mundo y nuestro odio al pecado. Sigue la epístola: “Si fuimos plantados junto con Cristo ...... Si de la huerta de Babilonia, donde los falsos jueces sorprendieron a Susana, nos trasplantamos y nos plantamos en la huerta del Esposo, en la cual él fue sepultado, entonces de veras despreciaremos al mundo. Y como del desprecio del mundo nace el odio al pecado, el Apóstol añade “en la semejanza de su muerte”. Donde hay la semejanza de la muerte de Cristo, allí hay también el aborrecimiento del pecado.
Está escrito en el Cantar de los Cantares: “Huye, oh mi amado; sé semejante a la cabra montés y al cervatillo, por los montes de las b”meras” (8, 14). “Huye, mi amado”: he ahí el desprecio del mundo. Dice Juan: “Querían arrebatar a Jesús, para proclamarlo rey; pero El huyó al monte” (Jn 6, 15). En cambio, cuando lo buscaban para conducirlo a la muerte, El mismo salió al encuentro de los que le buscaban. ‑'Huye, pues, mi dilecto”.
Se relata en el Éxodo que “el faraón quería matar a Moisés; pero él huyó de su presencia, se detuvo en la tierra de Madián y se sentó junto al pozo” (2, 15). Huye también tú, amado mío, porque el diablo busca matarte, y habita en la tierra de Madián, que se interpreta “del juicio”, para juzgar tu tierra (a ti mismo), con el fin de no ser juzgado por el Señor. Y siéntate junto al pozo de la humildad, del cual podrás sacar “el agua que brota para la vida eterna” (Jn 4, 14). Huye, pues, amado mío.
Se lee en el Génesis que “Rebeca dijo a Jacob: “He ahí que Esaú, tu hermano, amenaza con matarte. Ahora, hijo, escucha mi voz, levántate y huye a la casa de mi hermano, Labán, en Harán; y vivirás con él” (Gen 27, 42‑44).
El peludo Esaú es figura del mundo, engolfado en innumerables vicios. El mundo, oh hijo, amenaza con matarte. Huye, pues, a la casa de Labán, que se interpreta “blancura”; o sea, refúgiate junto a Jesucristo, que te hará más blanco que la nieve (Salm 50, g), borrando tus pecados; refúgiate junto a Cristo, que está en Harán, que se interpreta “excelsa”; y allí habitarás con El, porque el Señor habita en lo más alto de los cielos. Huye, pues, amado mío.
“Sé semejante a una cabra montés y a un cervatillo”. La cabra es llamada así, porque emprende cosas arduas y difíciles (en latín hay una asonancia entre caprea, cabra, y cápit, emprende), tiene la vista aguda y se esfuerza por alcanzar las cosas altas. Los cervatillos, hijos de los ciervos, son llamados en latín hínnuli, de innuo, hacer señas, porque a una seña de la madre corren a esconderse.
Estos dos animales simbolizan a Jesucristo, Dios y Hombre. En la cabra está simbolizada su divinidad, que todo lo ve; y en el cervatillo, su humanidad, que, a una seña de su madre, difirió hasta los treinta años su obra, iniciada a los doce años, y retornó con ella a Nazaret, permaneciéndole siempre sumiso.
Este cervatillo es llamado “hijo de ciervos”, o sea, desciende de los antiguos patriarcas, de los que tuvo su origen según la carne. oh amado mío, hazte semejante a esta cabra y a este cervatillo, para que, plantado junto con El en la semejanza de su muerte, puedas subir al monte de las balsameras. Eso es lo que dice el Apóstol: “Seremos semejantes también a su resurrección”. Los montes de las balsameras simbolizan la excelencia de las virtudes; y el que las posee, gozará con Cristo en la resurrección final.
Te rogamos, pues, Señor Jesús, que nos hagas abundar en las obras de la justicia, para poder despreciar al mundo, mostrar en nosotros la semejanza de tu muerte, subir al monte de las balsameras y alegrarnos contigo en el gozo de la resurrección,
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
8.‑ “Oyeron que fue dicho a los antiguos: “No mates; y el que mata será sometido a juicio”. Pero yo les digo: “El que se irrita contra su hermano, será reo de juicio; el que le dice: “¡Estúpido!”, será sometido al sanedrín; y el que le dice: “¡Loco!”, será sometido al fuego de la gehena” (Mt 5, 21‑22).
El mandamiento de Cristo no es contrario a la Ley, sino que contiene una ampliación de la Ley, El que no se irrita, no mata; pero no es verdad lo contrario: el permiso de irritarse puede ser causa de homicidio. Elimina la ira y ya no habrá homicidio. La ira es todo impulso malo, para hacer daño. El impulso subitáneo, al que se resiste, es una pre‑pasión, o impulso instintivo. Si se consiente, llega a ser pasión, y es la muerte en casa.
“El que se irrita contra su hermano”. En estos pecados hay una progresión. El primer momento es irritarse y frenar este impulso del alma. El segundo es grave: cuando este impulso se manifiesta en levantar la voz y herir a aquel, con el que uno está irritado. El tercero es peor: cuando se llega a los insultos y a las injurias.
Asimismo, hay una gradación en el castigo. El juicio es la pena más pequeña, porque todavía se trata con el acusado y hay posibilidad de defensa. Más grave es el sanedrín, o sea, cuando los jueces discuten entre sí acerca de la pena que hay que infligir a aquel, que fue juzgado digno de la condenación. La máxima pena es la gehena, donde no hay posibilidad de revocación.
De esta manera, lo que no podía ser expresado con modalidades más apropiadas y seguras, fue señalado con algunos ejemplos. Con estos tres grados ‑juicio, sanedrín y gehena‑ son indicados particularmente los distintos estados que existen también en la condenación, según la gravedad de los pecados cometidos.
Considera que entre la ira y la iracundia existe esta diferencia: la ira es momentánea y estalla por algún motivo; la iracundia es un vicio de la naturaleza y es permanente. Se dice iracundo a uno que, cuando la sangre le hierve, estalla en furor. Ira viene del latín uro, que significa ardo. La ira es como una llama.
Raca es una palabra hebrea, que en griego se dice kenós, y significa vacío o estúpido; y corresponde al insulto popular: “¡Sin cerebro!”. El que así injuria al hermano, que está lleno del Espíritu Santo, purgará una pena según el juicio de los santos jueces. Fatuo es aquel no sabe lo que dice y no comprende lo que dicen los demás. Tonto es un obtuso de sentimientos.
9.‑ Sobre estas tres cosas hallamos una concordancia en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que Salomón mató a Adonías, Simei y Joab. “Adonías, hijo de Hagit, se ensoberbeció, diciendo: “Yo reinaré”. Y se procuró carros, caballos y jinetes y cincuenta hombres que corriesen delante de él” (3Rey 1, 5).
En Adonías, que se interpreta “dueño dominante”, está simbolizado el iracundo que, como un amo, quiere dominar a los demás. El es hijo de Hagit, que se interpreta “reflexión”. De una reflexión perversa nace la iracundia, por la cual el pecador se ensoberbece, diciendo: “¡Yo reinaré!”. ¡Oh, cuánta necedad! ¡Aquel que todavía no sabe guiarse a sí mismo, anhela mandar a los demás!.
“Y se procuró carros, jinetes y cincuenta hombres”. El carro simboliza la lengua, los jinetes las palabras y los cincuenta hombres los cincos sentidos del cuerpo. En el maldito carro de una lengua cortante, que debería ser tronchada con la espada y quemada con el fuego, se ensoberbece el alma del pecador, cuando se inflama de ira. Corren y corretean las palabras, como jinetes al ataque. obedecen también los cinco sentidos del cuerpo, envenenados con la hiel de la iracundia: en los ojos la ceguera, en los oídos la sordera, en las manos la crueldad; y así de cada uno de ellos.
Este es Zimri, el homicida, del que habla el tercer libro de los Reyes que, “después de entrar en el palacio real, prendió fuego a la casa consigo; y así murió en los pecados que habla cometido, haciendo el mal ante los ojos del Señor” (3Rey 16, 18‑19). Zimri se interpreta “agresor” o “el que provoca a la ira”, y es figura del iracundo, que, con el fuego de la iracundia, se prendió fuego a sí mismo y a la casa real, o sea, a su alma, comprada con la sangre del Rey; y así, pecando mortalmente, muere delante del Señor.
Con razón el iracundo está simbolizado en el basilisco. observa que el basilisco, un reptil de medio pie de largo, es un terrible flagelo para la tierra: con su soplo agosta las hierbas, seca las plantas, mata a los animales y prende fuego a todo lo demás. Contamina el aire, de tal modo que ninguna ave puede volar por encima en el aire, sin ser envenenada por sus pestilentes exhalaciones. Hasta los demás reptiles tiemblan ante su silbido; y todos se dan a la fuga y se apresuran a refugiarse donde puedan. Ninguna bestia se alimenta de los cadáveres, matados por su mordedura, ni ninguna ave se les acerca. Con todo, es derrotado y vencido por las comadrejas; y los hombres las introducen en las cavernas, donde el basilisco se esconde (Solino).
También en este siglo hay un poderoso amo, que, envenenado con el tóxico de la iracundia, como el basilisco, con el soplo de su malicia agosta las hierbas, o sea, oprime a los pobres; deseca los árboles, o sea, a los ricos, a los mercaderes y a los usureros; mata y prende fuego a los animales, o sea, a sus domésticos. Y hasta contamina el aire, o sea, la vida religiosa; “levanta su boca hasta el cielo y su lengua recorre la tierra” (Salm 72, g). Los demás reptiles, o sea, sus amigos y compañeros, conociendo sus infamias, tiemblan ante su silbido. Y cuando su ira estalla, todos se dan a la fuga y se apresuran a esconderse, en cualquier lugar, aunque fuera en el chiquero de los puercos (Se desconoce toda referencia concreta a este tirano).
Un tirano tan feroz, tan fuera de sí y tan inflamado de espíritu diabólico, es derrotado por las comadrejas, o sea, por los pobres en el espíritu, que no lo temen, porque no tienen nada que perder. Y los hombres, esclavos de las riquezas terrenas, no se atreven a acercársele, sino que envían a los pobres a las cuevas, donde el tirano se esconde; y les dicen: “¡Háblenle ustedes, porque nosotros no nos atrevemos!”.
Asimismo, en Simei, que lanzó maldiciones contra David, está simbolizado aquel que dice a su hermano: “Raca, sin cerebro”; y en Joab está simbolizado aquel que le dice a su hermano: “Fatuo, loco”.
Salomón quitó la vida a los tres: a Adonías, porque quiso reinar: he ahí la ira; a Simei, porque lanzó maldiciones contra David: he ahí el insulto “raca, sin cerebro”; y a Joab, porque mató con la espada a jefes mejores que él: he ahí el que dice a su hermano “Fatuo, loco”, y lo hiere con la espada de la lengua. ¡Pobre de mí! ¡Cuántas veces pecamos mortalmente en estas tres formas, y raramente o nunca nos confesamos!
10.‑ Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Sabemos bien que nuestro hombre viejo fue crucificado juntamente con Cristo, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado, porque el que ha muerto, está justificado (o sea, libre) del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que viviremos también con El” (Rom 6, 6‑8).
Observa que en este pasaje por tres veces se nombra el pecado; y cuando en nosotros se destruye este triple pecado, también se destruyen las tres cosas señaladas antes: el que se irrita, el que dice “raca” y el que dice “fatuo”; entonces, restablecido el dominio de la razón, es destruido también el cuerpo del pecado, o sea, el cúmulo de crímenes causados por la ira y por la envidia.
Si nuestro hombre viejo, o sea, los impulsos instintivos, es crucificado con los clavos del temor de Dios, una vez que esté crucificado, ya no seremos más esclavos, del pecado, o sea, de la iracundia, porque no nos enojaremos más contra nuestro hermano, sino que lo veneraremos en el mismo Cristo crucificado. El que ha muerto, o sea, el que tiene mortificada su voluntad, está justificado, o sea, está libre y justo, de aquel pecado, o sea, de haber dicho a su hermano “fatuo”. Cuando cesa la causa, cesa también el efecto.
Supliquemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, que extirpe de nuestro corazón la ira e infunda en nuestra conciencia la tranquilidad, para amar a nuestro prójimo con el corazón, con la boca y con las obras, y para llegar a aquel, que es nuestra paz.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
11.‑ “Si presentas tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar y anda y reconcíliate, antes, con tu hermano; y después ven y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 2324). Altar es como decir alta ara; y se dice ara, porque allí arden las víctimas.
Presta atención que hay cuatro tipos de altares: el superior y el inferior, el interior y el exterior.
El altar superior es la Trinidad, de la cual dice el Señor en el Éxodo: “No subas a mi altar por medio de gradas, para que no se descubra tu vergüenza” (o sea, desnudez) (20,26). En la Trinidad no se deben instituir grados, pensando que el Padre sea mayor que el Hijo, o el Hijo menor que el Padre, o el Espíritu Santo menor que los dos; sino que se debe creer con simplicidad en su perfecta igualdad. “Cual el Padre, tal el Hijo y tal el Espíritu Santo” (Símbolo atanasiano). “Para que no se descubra tu vergüenza”, como se descubrió la de Arrio, que terminó su vida de manera repulsiva, esparciendo sus entrañas, porque quiso subir al altar por medio de gradas.
El altar inferior es la humanidad de Jesucristo, del cual El mismo, siempre en el Éxodo, dijo: “Erigirás para mí un altar de tierra” (20, 24). Erige un altar de tierra para Jesucristo aquel, que cree que El recibió la verdadera carne de la Virgen María, que fue tierra bendita.
12.‑ El altar interior es la devoción de la mente. De él habla el Señor a Moisés en el Éxodo: “Harás un altar para quemar incienso; lo harás de madera de Setim. Tendrá un codo de largo, un codo de ancho y dos codos de alto; y del mismo procederán sus cuernos. Lo revestirás de oro purísimo” (30, 1‑2).
La madera de Setim viene de un árbol con espinas (acacia), y es una madera que no se pudre; y cuanto más se tuesta, más se endurece.
Esta madera es figura de los sentimientos del corazón, que deben tener tres cualidades: deben ser como las espinas, que punzan el corazón con el recuerdo de los pecados; no deben pudrirse, o sea, no consentir jamás a las malas sugestiones; y cuanto más se queman en el fuego de las tribulaciones, tanto más firmes deben permanecer en su propósito.
Con tales maderas se construye el altar para el Señor, según las medidas señaladas. En la longitud está simbolizada la perseverancia; en la anchura, el amor al prójimo; y en la altura, la contemplación de Dios.
El codo natural va de la punta de los dedos hasta el codo. Esta medida usó Moisés en la construcción del arca y del altar, Se llama “codo” del latín cubo, estoy a la mesa, porque, cuando tomamos el alimento, nos apoyamos en el codo; y el codo termina con la mano.
En el codo está simbolizado el recto obrar. Pues, el altar, o sea, la devoción de la mente, debe procurar el recto obrar en la longitud de la perseverancia con respecto a sí misma, en la anchura de la caridad con respecto al prójimo y en la altura de la contemplación, que es de dos codos, o sea, de una doble perfección con respecto a Dios: a El le debemos atribuir la longitud de la perseverancia y la anchura de la caridad celeste, dado que todo bien que tenemos, viene de El.
Y este altar debe estar revestido de oro purísimo. El vestido de la mente devota es la limpieza de la áurea castidad. Vestido deriva del verbo latino veho, llevo, presento, porque el vestido manifiesta el propio estado o condición social del hombre que lo lleva; así la limpieza de la castidad manifiesta el estado de la mente: de la rigurosidad de la castidad se conoce la rectitud de la mente.
Desde este altar suben las volutas de los inciensos al interior del Santo de los santos, donde está escondida el arca. o sea, de la compunción de la mente sube el perfume de los aromas, o sea, de la oración perfecta, y llega hasta el cielo, “donde se halla Cristo, sentado a la derecha de Dios” (Col 3, 1).
13.‑ Finalmente, el altar exterior es la mortificación de la carne, de la cual habló el Señor a Moisés: “Harás el altar del holocausto con maderas de Setim, de cinco codos de largo y otros tantos de ancho, y de tres codos de alto. Y de él saldrán los cuernos en los cuatro ángulos; y lo revestirás de bronce” (Ex 27, 1‑2).
Holocausto viene de las palabras griegas holos, todo, y kauma, quemado por el fuego. Holocausto, pues, significa “todo quemado”, porque la víctima era entregada al fuego y totalmente consumida. El altar del holocausto es nuestro cuerpo, que debemos quemar enteramente en el fuego de la penitencia y ofrecerlo así en holocausto al Señor. Y el altar debe construirse con la madera de Setim, o sea, con los miembros no corrompidos por la lujuria.
Ese altar debe medir cinco codos de largo, cinco codos de ancho y tres codos de alto. En los cinco codos están simbolizadas las cinco llagas del cuerpo de Jesucristo; y en los tres codos son recordadas las tres veces que Jesús lloró: sobre la ciudad de Jerusalén, sobre Lázaro y durante su pasión.
Considera que la cruz de la verdadera penitencia tiene la “longitud” de la perseverancia, la “anchura” de la paciencia y la “altura” de la esperanza en el Padre. En esta cruz crucifiquemos muestro cuerpo con las cinco llagas del cuerpo de Jesucristo, o sea, mortificando el miserable placer de los cinco sentidos, y llorando y gimiendo por las iniquidades cometidas, por los pecados del prójimo y por el riesgo de perder la salvación.
Los cuatro cuernos del altar de los aromas y del holocausto simbolizan las cuatro virtudes principales (cardinales), que adornan el alma y el cuerpo, de las cuales se habla en el libro de la Sabiduría: “Ella enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza; en la vida nada hay más útil a los hombres que estas virtudes” (Sab 8, 7).
Y este altar, por orden del Señor, debe ser revestido de bronce. En el bronce, que es sonoro, están simbolizados los sufrimientos y los gemidos de dolor, con los cuales debe ser cubierto el cuerpo del penitente.
14.‑ Estos son los cuatro altares, y a cada uno de ellos se puede aplicar lo que dice el Señor en el evangelio de hoy: “Si presentas tu ofrenda al altar.....
Presta atención que, como hay cuatro especies de altar, así hay cuatro especies de ofrendas y cuatro categorías de nuestros hermanos. Están las ofrendas de la oración, de la fe, de la penitencia y de la limosna. Hermanos nuestros son todo prójimo, Cristo, el ángel y nuestro espíritu.
Si presentas la ofrenda de la oración al altar de la santa Trinidad, y allí te acuerdas que tu hermano, o sea, tu prójimo, tiene algo contra ti ‑si lo ofendiste con palabras o con acciones, o si tienes alguna mala intención contra él‑: si está lejos, vete, no con los pies sino con el espíritu humilde, a postrarte delante de aquel, a quien estás por hacer tu ofrenda; si está presente, vete con tus pies a pedirle perdón.
Asimismo, si presentas la ofrenda de tu fe al altar de la humanidad de Jesucristo, o sea, si crees que El asumió verdadera carne de la Virgen, y allí te acuerdas que justamente El, que es tu hermano, porque por ti asumió la naturaleza humana, tiene algo contra ti, o sea, te acuerdas que estás en pecado mortal; hasta que lo confieses con el sonido de la voz, deja allí tu ofrenda, o sea, no confíes en tu fe muerta, y vete antes a reconciliarte, por medio de la verdadera penitencia, con tu hermano, Jesucristo.
Asimismo, si presentas al altar la ofrenda de la penitencia, o sea, la maceración de la carne, y allí te acuerdas que tu hermano, o sea, tu espíritu, tiene algo contra ti; o sea, que mientras tú castigas el cuerpo, te acuerdas que tu espíritu está manchado por algún vicio, deja allí tu ofrenda, o sea, no confíes en la aflicción de la carne, si antes no purificas tu espíritu de toda iniquidad; y después vete y presenta tu ofrenda.
Finalmente, si tú ofreces el don de la limosna a los pobres, y allí te acuerdas que tu hermano, o sea, el ángel, que desde el momento de la creación, por la cual tú también fuiste creado, graciosamente te fue asignado por Dios, para llevar al cielo tus oraciones y tus limosnas, tiene algo contra ti porque, mientras él te sugiere el bien, tú apartas el oído de la obediencia, deja allí tu don, o sea, no confíes en tu árida limosna; sino que, antes, vete, con los pasos del amor, a reconciliarte por medio de la obediencia con el ángel de la amonestación, que te fue dado como guarda; y después presenta, por las manos de él, tu don, que será muy agradable a Dios.
15.‑ Con esta tercera parte concuerda la tercera parte de la epístola: “Sabemos que Cristo, resucitado de los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene poder sobre El. En cuanto murió, murió al pecado una vez por todas; y en cuanto vive, vive para Dios. Así también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 6, 9‑11).
Si quisieras reflexionar atentamente sobre este pasaje, hallarás los cuatro altares, de los que se habló anteriormente.
Cuando dice: “Cristo, resucitado de los muertos”: he ahí el altar de la Trinidad. En el nombre “Cristo”, está el mismo Hijo, que resucita; y está el Padre, por cuya gloria, como ya se dijo antes, Cristo resucitó: “La muerte ya no tiene más poder sobre El, porque, viviendo, vive para Dios”; y está el Espíritu Santo, porque es el Espíritu que da vida. “Y éstos tres son una sola cosa” (1 Jn 5, 7). Cuando añade: “En cuanto murió”: he ahí el altar de la humanidad, que por el pecado murió una sola vez en el altar de la cruz. Y cuando dice: “Así también ustedes considérense muertos al pecado”: he ahí el altar del holocausto, o sea, del sufrimiento del cuerpo mortificado. Lo que sigue: “Vivientes para Dios”: he ahí el altar de los aromas, o sea, de la devoción de la mente, y quien la posee, de veras “vive para Dios, en Cristo Jesús, Señor nuestro”.
Oh Padre, te rogamos por medio de Jesucristo, a quien constituiste víctima de expiación por nuestros pecados (1 Jn 4, 10), que acojas por medio de El nuestros dones, y que nos concedas la gracia de reconciliarnos contigo y con los hermanos, y que, una vez reconciliados, podamos ofrecerte a ti, oh Dios, sobre el altar de oro que se halla en la Jerusalén celestial, los dones de nuestra alabanza junto con los bienaventurados ángeles.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios uno y trino, bendito en los siglos eternos.
Y toda criatura diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.
Exordio.
La infusión de la gracia en el corazón del predicador
1.‑ “En aquel tiempo, había con Jesús una gran multitud y no tenían qué comer” (Mc 8, 1).
Se lee en el cuarto libro de los Reyes: “Mientras el tañedor tocaba el arpa y cantaba, la mano del Señor vino sobre Eliseo, que anunció: “Esto dice el Señor: Caven fosas y fosas en el lecho del torrente. Esto dice el Señor: No oirán viento ni verán lluvia; y, sin embargo, este lecho se llenará de aguas; y beberán ustedes, sus familias y sus ganados” (4 R 3, 15‑17).
Cuando el arpista, o sea, el Espíritu Santo, que es el perfecto arpista de Israel, canta en el corazón del predicador, entonces desciende sobre Eliseo, o sea, sobre el mismo predicador, la mano del Señor, que infunde el don de la potencia y coopera con el predicador en todas las empresas, en las que ponga mano. “Vino sobre mí la mano del Señor”, dice Ezequiel (3, 22). Si este arpista divino no canta primero, la lengua del predicador se torna muda. En cambio, si canta, entonces el predicador podrá decir al pueblo, al cual predica: “Caven fosas y fosas en el lecho del torrente”. El torrente se llama así, porque en los calores del verano se seca y queda sin agua (en latín, torrens significa “torrente” y “abrasador”
El torrente es figura del pecador en el cual, cuando se seca la linfa de la gracia, menguan las buenas obras. Dice Zacarías: “¿No es éste un tizón arrebatado del fuego?” (3, 2). El tizón, como lo llama el pueblo, es un leño quemado, y es figura del pecador que el Señor, con la mano de su gracia, saca del fuego de la lujuria. Entonces en el lecho del torrente, o sea, en sus corazones, oh pecadores, que están abrasados por el fuego de la malicia, caven fosas y fosas.
Considera que hay tres fosas. el reconocimiento de la propia culpa, la contrición por la culpa y la humillación de la paciencia.
Sobre el reconocimiento de la culpa, dice el Señor a Ezequiel: “Hijo de hombre, cava en la pared” (8, 8), porque el Señor está dispuesto a entrar si halla una abertura también mínima, o sea, si tú reconoces tu culpa. Dice la esposa del Cantar: “He ahí que él está detrás de nuestra pared”, dispuesto a entrar, si halla la abertura. Y sigue el Cantar: “Mi amado puso su mano por la ventanilla; y a su roce se estremeció mi vientre, o sea, mi cuerpo” (Cant 2, 9 y 5, 4). Por la ventanilla, o sea, por el reconocimiento de nuestra culpa, se introduce la mano de la gracia divina, a cuyo roce se estremece el vientre, o sea, nuestra mente carnal. “Temor y espanto me invaden” (Salm 54, 6), “porque la mano del Señor me tocó” (Job 19, 2 1). “La tierra se sacudió y tembló” (Salm 17, 8).; y Saulo, “temblando y atónito, dijo: “Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hech 9, 6).
Sobre la fosa de la contrición dice Isaías: “Entra entre las rocas y ocúltate en tierra, en la fosa, frente al terror que causa la presencia del Señor y frente al resplandor de su Majestad” (2, 10). “Entra” con fe “entre las rocas”, o sea, en las Hagas de Jesucristo, “y ocúltate en tierra, en la fosa”, o sea, en la contrición del corazón, que “te reparará frente al terror”, que temen los hijos del mar de este mundo, “y frente al resplandor de su Majestad”, o sea, de aquel poder superior, capaz de aplastar todo poder humano.
Sobre la fosa de la paciencia, en el Antiguo Testamento había sido ordenado que junto al altar hubiera una fosa de un codo, para reponer las cenizas de los sacrificios (Ez 43, 13). Y Gregorio comenta: “Si en el altar de nuestro corazón no hay paciencia, vendrá el viento a dispersar el sacrificio de las buenas obras. Donde no se pierde la paciencia, se conserva la unión”.
Oh pecadores, en el lecho de su corazón, con la azada del temor de Dios, caven fosas y fosas, para reconocer su culpa, para llenar de contrición su corazón y para sobrellevar en la paciencia sus tribulaciones. Esto dice el Señor: “No oirán el viento ni verán la lluvia; y este lecho se llenará de aguas”. Como si dijera: “Privado de humanos consuelos, el corazón del pecador se llenará con las aguas de la gracia septiforme (los siete dones del Espíritu Santo), de la cual beberán ustedes, sus familias y sus ganados”.
¡Miren, pues, cuán abundante es la gracia del Señor, de la que beben el alma y la familia, o sea, todos los sentimientos del alma, y también los ganados, o sea, los sentidos del cuerpo, que beben esta gracia, cuando colaboran con el alma para obrar el bien!.
o también: beben hombres y ganados, o sea, justos y pecadores, los doctos y los simples. Esta es la gran multitud, que el Señor alimentó con los siete panes. Por eso dice el evangelio: “Había con Jesús una gran multitud”.
2‑ Presta atención que en este evangelio se destacan tres momentos. Primero: la compasión de Jesús por la gente, cuando dice: “Había una gran multitud”. Segundo: la distribución de los siete panes y de algunos pescaditos a la gente y la refección de todos: “Los discípulos respondieron: “¿Cómo se podrá saciarlos aquí en el desierto?”. Tercero. recolección de siete canastas, llenas con las sobras: “Y recogieron lo que sobró”.
Observa también que en este domingo y en el próximo, si Dios nos lo concede, estableceremos una concordancia entre algunos relatos del cuarto libro de los Reyes y el evangelio de este domingo y del próximo.
En el introito de la misa de este domingo se canta: “Hemos recibido, oh Dios, tu misericordia” (Salm 47, 10). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los romanos: “Hablo de manera humana, a causa de la debilidad de su carne” (6, 19). La dividiremos en tres partes: primera: “Hablo de manera humana”; segunda.. “Cuando eran esclavos del pecado”,; tercera: “Ahora, liberados del pecado ......
3.‑ “Había con Jesús una gran multitud y no tenían qué comer. Jesús llamó a los discípulos y les dijo: “Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer. Si los envío a sus casas en ayunas, se desmayarán en el camino, porque algunos de ellos vinieron de lejos” (Mc 8, 1‑3).
Con este pasaje evangélico tenemos una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde se dice que “Ben‑Adad, rey de Siria, reunió todo su ejército, y subió y sitió Samaría. Y hubo en Samaría una gran hambruna; y el asedio duró tanto tiempo que la cabeza de un asno se vendía por ochenta siclos de plata, y la cuarta parte de un cabo de estiércol de paloma, por cinco siclos” (el cabo, qab era una medida de litros 2,5). Y un poco más adelante: “Entonces Eliseo dijo: “Escuchen la palabra del Señor; esto dice el Señor: Mañana, a esta hora, a las puertas de Samaría, un almud de harina valdrá un siclo y también dos almudes de cebada valdrán un siclo” (4 R 6, 24‑25; y 7, 1).
Vamos a estudiar cuál significado tengan Ben‑Adad y su ejército, Samaría y la hambruna, la cabeza del asno y ochenta siclos, la cuarta parte del estiércol de paloma y los cinco siclos, Eliseo y el almud de harina, el siclo y los dos almudes de cebada.
Ben‑Adad se interpreta “hijo que obra según su voluntad, y es figura de Luzbel que, siendo hijo de la gracia del Creador, por su Propia voluntad, sin que nadie lo constriñera y por ende irremediablemente, Cayó del cielo. Dice Isaías: “¿En qué modo”, o sea, irremediablemente, “caíste Luzbel, que brillabas por la mañana” (14, 12). Aquí se alude al rey de Siria, que se interpreta sublime” o “bañada”, rey, Pues, de los que están en las alturas de la soberbia y en la podredumbre de la lujuria. Y este rey con su ejército sitia Samaría.
Ejército deriva de los ejercicios bélicos, y es figura de los espíritus malvados, que, ejercitados en una diaria práctica de la guerra asaltan el alma. Con este ejército el diablo sitia Samaría, que se interpreta “custodia”, o sea, asalta a la santa Iglesia o al alma fiel, la cual, mientras custodia la Ley, es también por la ley custodiada.
4.‑ Acerca de esta ciudad y de su asedio dice Salomón en el Eclesiastés: “Había una pequeña ciudad Y Pocos hombres vivían en ella. Se movió contra ella un gran rey, la rodeó de trincheras, construyó bastiones a su alrededor y le puso un riguroso asedio. Se hallaba en ella un hombre pobre pero sabio, quien con su sabiduría liberó a la ciudad; y, sin embargo, nadie se acordaba de aquel hombre pobre » (9, 14‑ 1 Salm).
Vamos a ver qué cosa signifiquen, ante todo en sentido moral y después alegórico, la ciudad, los pocos hombres, el gran rey, el vallado, los bastiones, el sitio, el hombre pobre que libera la ciudad.
La ciudad es a Iglesia, que se dice pequeña con respecto a los malos, O que se multiplicaron con respecto al número de los buenos. Dice Salomón: Los perversos difícilmente se corrigen, y es infinito el número de los necios” (Ecle 1, 15).
Los perversos, vueltos a lo contrario (en latín, perversi, in contrarium versi), vuelven a Dios no la cara sino las espaldas; y difícilmente se corrigen, o sea, no entran en su corazón con el sentimiento de los justos; y entonces difícilmente se dejan conducir por el buen camino. Y por eso es infinito el número de los necios, o sea, de los que tienen el corazón estragado. Concluye Isaías: “Multiplicaste la gente, y no aumentaste la alegría” (9, 3) (La nueva versión es muy otra: “Multiplicaste la gente y aumentaste la alegría”). “y pocos eran los hombres en la ciudad “. En la Iglesia hay muchas mujeres, o sea, flojos y afeminados; pero, desgraciadamente, Pocos los verdaderos hombres, o sea, los virtuosos.
Las mujeres”, o sea, los prelados flojos y afeminados dice el Señor por boca de Isaías, “se adueñaron de mi pueblo” (3 12). Y Salomón:” Oh varones, a ustedes clamos! (Prov 8,4). La sabiduría se dirige a los varones, no a las mujeres, porque el sabor de la dulzura interior impregna a aquel a quien halla valiente y virtuoso, atento y previsor. Pero “pocos eran los hombres en la ciudad”; y por eso eran poco los que podía saborear el gusto de la dulzura celeste. Todos como mujeres, tienen una mente afeminada que se pierde en la preciosidad de la ropa, en la esplendidez de los alimentos, en el desenfreno de sus cortesanos, en la construcción de sus casas, en los arreos de los caballos... Todo esto demuestra si son varones o mujeres. ¡He aquí qué raza de apóstoles llegaron a ser aquellos, a quienes el Señor confió el gobierno de su Iglesia!
“Un gran rey se movió contra ella”. El gran rey es el diablo, del que dice Job: “El es rey sobre todos los hijos de la soberbia” (41, 25). El diablo hace estas tres cosas: la rodea con un vallado, construye bastiones y así el asedio es total.
El vallado se hace con postes puntiagudos. Los baluartes son obras que están defendidas por el vallado o por muros, simbolizan a los herejes, que son como palos puntiagudos, plantados en los ojos de los fieles; y son también todos los falsos cristianos. El diablo, con el vallado de los herejes y con los baluartes de los falsos cristianos, asedia a la iglesia, en la que pocos son los hombres.
Con todo, “ pequeño rebaño, no temas” (Lc 12, 32) este asedio, porque “el Señor, junto con la tentación, les dará también la salida, para poder soportarla” (1Cor 10, 13).
“Se halló en esa ciudad un hombre pobre”. El hombre pobre es Cristo: hombre según la divinidad y pobre según la humanidad. Y observa cómo concuerdan entre sí los términos. Este es llamado “hombre” y aquéllos “hombres”; éste “pobre” y aquéllos “pocos”. Ese hombre pobre y “sabio”, contra los engaños del diablo, liberó a la ciudad del vallado de los herejes y de los baluartes de los carnales; y así con su sabiduría destruirá toda fortificación.
Pero es muy doloroso lo que sigue. “Y nadie se acordó de aquel hombre pobre”. Más bien, lo que es peor, le dicen con las palabras de Job: “¡Aléjate de nosotros! ¡No queremos conocer tus caminos!” (21, 14). Y lo que es mucho peor, reniegan de él y gritan con los judíos: “No queremos a éste, sino a Barrabás. Barrabás era un bandolero” (Jn 18, 40), “que había sido encarcelado por homicidio y por una sublevación, provocada en la ciudad” (Lc 23, 18‑19).
Este es el diablo, que, por una sublevación provocada en el cielo, fue precipitado al infierno. Solicitan que les sea soltado este malhechor, y al Hijo de Dios que los había liberado, lo crucifican. Y por esto, “¡pobres de sus almas, porque serán recompensados con muchos males!” (ls 3, 9).
5.‑ Sentido moral. La ciudad es el alma que con razón es llamada pequeña, porque casi todos ya la abandonaron y bajaron a la planicie, o sea, a los placeres del cuerpo.
En el Génesis se lee que Lot, después de haberse separado de Abraham, ¿¿Se estableció en las ciudades, que había a lo largo del jordán, y habitó en Sodoma” (13, 12). Lot se interpreta “que se extravía”; jordán, “descenso”; y Sodoma, “animal mudo”. El miserable hombre, cuando se separa de Abraham, o sea, cuando descuida su alma, se establece en las ciudades que bordean el jordán, o sea, en los sentidos del cuerpo, que lo llevan hacia lo bajo, hacia la caducidad de los bienes temporales; y habita en Sodoma, porque, como un animal mudo, se abandona a los placeres carnales. Y así no canta más las alabanzas del Creador ni confiesa más sus pecados.
“Y pocos eran los hombres en la ciudad”. Los “hombres” del alma son los sentimientos de la razón, de los cuales el Señor habla a la samaritana: “Tuviste cinco hombres; y el que tienes ahora, no es tu marido” (Jn 4, 18). Los sentimientos del alma son llamados “cinco hombres”, por la razón que deben guiar los cinco sentidos del cuerpo; y cuando el alma desgraciada pierde estos sentimientos, acoge consigo no al marido, sino a un adúltero, que la corrompe.
Y sigue el relato bíblico: “Un gran rey se movió contra ella”. Este gran rey es el apetito carnal o también los sentidos. Dice Salomón: “ ¡Pobre de la tierra, cuyo rey es un muchacho, y cuyos príncipes banquetean muy de mañana! “ (Ecle 10, 16). Y observa que el apetito carnal es llamado grande” y “muchacho”: grande, porque emprende cosas grandes y difíciles; y muchacho, porque las emprende sin consejo y sin discreción.
Y por esto, “pobre de la tierra”, o sea, pobre del cuerpo que tiene un tal rey; y cuyos príncipes”, o sea, los cinco sentidos del cuerpo, “banquetean muy de mañana”, o sea, comienzan desde la niñez a satisfacer la gula y la lujuria. “El que desde la niñez cría a su hijo en las delicadezas, más tarde se lo encontrará recalcitrante” (Prov 29, 21).
Este gran rey rodea el alma con los postes puntiagudos de los primeros movimientos (o instintos naturales), y erige a su alrededor los baluartes de los malos pensamientos y de los deleites camales; y así la apresa con un asedio total. He ahí, como está escrito en el cuarto libro de los Reyes, en cuál modo la santa Iglesia, o también el alma fiel, es guardada bajo asedio por Ben-Adad, rey de Siria.
¡venga, pues, el verdadero Eliseo y libere a la Iglesia! ¡Venga el hombre pobre, o sea, la gracia del Espíritu Santo, que es llamada “pobre”, porque habita espiritualmente con los pobres “y con los sencillos es su conversación” (Prov 3, 32); y libere el alma de un asedio tan cruel!
Desgraciadamente es muy doloroso lo que sigue: “Y después nadie se acordó de aquel pobre”. Dice el Génesis que, al soplar vientos de prosperidad, “el copero del rey se olvidó de aquel que le había interpretado los sueños” (40, 23). “El continuo buen éxito en las cosas de este inundo es un claro indicio de eterna condenación” (Gregorio).
6.‑ Retornemos a nuestro argumento. “Ben‑Adad, rey de Siria, asedió Samaría; y hubo gran hambre en Samaría. Y fue asediada por tan largo tiempo, que la cabeza de un asno se vendía por ochenta siclos de lata”.
Cuando la Iglesia, o el alma, es asediada por el diablo, poco a poco llega a faltar el alimento de la gracia. Al sustraerse la gracia, en la Iglesia sucede una gran hambre, o sea, un fogoso deseo de los bienes temporales. Y esta hambre, como dice el Génesis, hizo estragos en toda la tierra; y entonces los hijos de Jacob bajaron a Egipto, para comprar el trigo (41, 54 y 42, 3).
Ya que, a causa de nuestros pecados, vino a faltar el alimento de la gracia, todos ansían ávidamente los bienes temporales, no para alimento del alma, sino del cuerpo; y en Egipto buscan sus propios intereses, no los de Jesucristo.
Y tanto se agravó la carestía que una cabeza de asno se vendía por ochenta siclos. ochenta siclos representan la doble estola del alma, que consiste en las ocho bienaventuranza, que recibiremos en el día octavo, o sea, en el día de la resurrección. El cuerpo gozará de luminosidad, agilidad, sutileza e inmortalidad; y el alma gozará de la sabiduría, la felicidad, la concordia entre la carne y el espíritu y la amistad con Dios y con el prójimo.
Los pobres pecadores dan esos siclos para comprarse una cabeza de asno, o sea, la estupidez del asno, es decir, la sabiduría de este mundo que es necedad delante de Dios.
“Y un cuarto de qad de estiércol de paloma se vendía por cinco siclos”. El qad, es una medida. Las palomas simbolizan a los santos, que vuelan a sus palomares; y el estiércol es figura de las cosas temporales.
Los cinco siclos de plata simbolizan las cinco virtudes, indicadas por los cinco libros de Moisés. El primer libro de Moisés es llamado en hebreo Beresith, en griego Génesis, y en latín generatio (generación). El segundo: en hebreo Veelle Semoth, en griego Éxodos, en latín Itinerarius (itinerario). El tercero: en hebreo Vaiqra, en griego Levítikon, en latín ministerialis (ministerial). El cuarto: en hebreo Vaiedabber, en griego Rytmos, en latín Númerus (Número). El quinto: en hebreo Elle Addebatím, en griego Deuteronomion, en latín Segunda Lex (Segunda Ley), en la que fue prefigurada la Ley evangélica.
En el Génesis, en el cual está descrita la generación, el origen de todas las cosas, se debe entender la inocencia bautismal, por la cual somos regenerados según el hombre nuevo. En el Éxodo, en el que se describe la salida de los hijos de Israel de Egipto, está indicada la piedad religiosa, por la cual salimos del mundo. En el Levítico, en el que son trazadas las normas para los sacrificios, están indicadas la devoción de la mente y la mortificación de la carne. En los Números, en el cual se relata una especie de censo del pueblo, está indicada la confesión de nuestros crímenes, en la cual todos los pecados deben ser enumerados. En el Deuteronomio, que trae la Ley de Dios, está indicado el amor de Dios y del prójimo, que es la Ley evangélica, “de la cual dependen la Ley y los profetas” (Mt 22, 40).
Estos cinco siclos de plata los dan los desdichados pecadores, para comprar estiércol de paloma, o sea, las cosas temporales, que las palomas, o sea, los santos consideran como estiércol. He ahí cuán grave es el hambre en la Iglesia, que está representada en aquella turba, de la que se habla en el evangelio de hoy: “Había junto a Jesús una gran multitud, y no tenían qué comer”.
Esta turba turbada, que todo turba (Agustín), está con Jesús como nombre, no como numen, con la palabra no con los méritos, con la fe no con las obras. Pero, ¿qué dice el misericordioso Jesús, que siempre tuvo misericordia de los miserables? “Tengo compasión ‑dijo‑ de esta turba, 'porque hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer”.
7.‑ Es lo que dice Eliseo en el cuarto libro de los Reyes: “Mañana, a estas horas” a las puertas de Samaría, un almud de harina valdrá un estáter, y dos almudes de cebada un estáter”.
El almud, en latín modius, viene de modo, y es una medida de cuarenta y cuatro libras, o sea, de doce sextarios. La harina más refinada y blanca es la del trigo. El estáter es llamado así, porque vale (en latín, stat) tres sueldos y pesa tres dureos. En fin, la cebada es Ramada así, porque se seca antes que los demás cereales (en latín, hordeum, aridum).
El almud de harina simboliza la perfecta medida de la divina sabiduría, que está contenida en el Nuevo Testamento. Los dos almudes de cebada simbolizan el conocimiento de la Ley y de los profetas, que se compran con un estater, o sea, con la fe católica, a las puertas de Samaría, o sea, con la predicación apostólica, por medio de la cual se entra en la iglesia. Cuando cese el turbión de la persecución de hoy en día, el Señor nos dará mañana, o sea, en el futuro, la tranquilidad, para que la predicación se desarrolle plenamente.
En otro sentido. En el almud de harina está simbolizada la remisión de los pecados; en los dos almudes de cebada, el desprecio de los bienes temporales y el anhelo de los bienes eternos; en el estáter, la verdadera penitencia. El estater, que pesa tres áureos, es la penitencia, que consta de tres momentos: contrición, confesión y satisfacción.
Este estáter fue hallado en la boca del pez, pescado en el río (lago) con el anzuelo de Pedro; y con él Cristo y el mismo Pedro pagaron el tributo (Mt 17, 26). El pez es el pecador que, con el anzuelo de la predicación, es sacado del río de los placeres mundanos, y en cuya boca es hallado el estáter de la penitencia, que libera alma y cuerpo del tributo de la culpa y de la pena de la gehena. El pecador, pues, que solía dar ochenta y cinco siclos para comprar una cabeza de asno y estiércol de palomas, ahora con el solo estáter de la verdadera penitencia puede comprar un almud de harina refinada, o sea, la gracia de la remisión, por la cual Dios perdona todos los pecados, y dos almudes de cebada, para que pueda despreciar el estiércol, o sea, los bienes temporales, y anhelar los bienes eternos.
He ahí cuán grande es la misericordia de nuestro Redentor, que dice: “Tengo compasión de esta turba, porque hace ya tres días que me sigue”. Los tres días y el estáter que pesa tres áureos, significan la misma cosa.
Y sobre todo esto tenemos una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde Eliseo dice a Joás: “Golpea la tierra con el dardo, y él la golpeó tres veces” (4 R 13, 18). Joás se interpreta “que espera”, y es figura del penitente, que espera en la misericordia del Señor, por cuyo mandato golpea tres veces la tierra de su cuerpo con el dardo de la penitencia.
Los que sobrellevan estos “tres días”, o sea, esperan al Señor, el Señor no los despide en ayunas a sus casas, sino que los alimenta con el almud de harina purísima y con los dos almudes de cebada, para que no desmayen en el camino.
“Algunos de ellos ‑decía‑ vinieron de lejos”. El hijo pródigo vino de lejos, del país de la desemejanza (después de haber perdido la semejanza con Dios). De cuanto más lejos el pecador retorna al Padre, con tanta mayor misericordia es por El acogido.
Dice Lucas: “Cuando aún el hijo pródigo estaba lejos, su padre lo vio y, movido a compasión, corrió a su encuentro y se echó sobre su cuello y lo besó. Y el hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (Lc 15, 20‑21).
Con toda razón dijo el Señor: “Tengo compasión de esta turba”. Y de su misericordia tenemos una óptima concordancia en el introito de la misa de hoy: “Hemos recibido, oh Dios, tu misericordia en medio de tu templo” (Salm 47, 10).
5.‑ “Hemos recibido, oh Dios, tu misericordia en medio de tu templo”. Considera que en el templo hay cuatro cosas: el atrio, la puerta, el centro y el santuario. Algunos están en el atrio, y son los falsos hermanos. otros están en la puerta, y son los nuevos convertidos. otros están en el centro, y son los proficientes. Y en el oratorio están los perfectos.
Todos ellos están representados también por los cuatro caballos, que Juan vio en el Apocalipsis: “Vi un caballo amarillo... y un caballo negro, y quien lo cabalgaba, tenía en su mano una balanza; y un caballo bermejo, y a quien lo cabalgaba, le fue dado el poder de quitar la paz de la tierra, y se le dio una gran espada. Y después vi un caballo blanco, y el que lo cabalgaba, tenía un arco” (6, 2‑8).
El caballo amarillo representa a los falsos hermanos, simuladores y astutos, que provocan para sí mismos la ira de Dios. Estos están en el atrio, del que dice el Apocalipsis: “El atrio, que está fuera del templo, déjalo aparte y no lo midas” (11, 2). Los hipócritas falsos serán echados de la ciudad de Jerusalén, cuando se cierre la puerta, ellos que, aquí abajo, no fueron medidos con la medida de la verdad.
El atrio, quizás, viene de antro, porque el atrio se llama propiamente cocina y también letrina. Los hipócritas, que ahora cocinan, o sea, afligen la carne en la cocina de una simulada santidad, serán después echados en la letrina del eterno hedor.
Símilmente, el caballo negro representa a los nuevos convertidos que, abandonando el falso candor del mundo, se revisten de la negrura de la penitencia. Ellos dicen con palabras de Jeremías: “Nuestra piel se ennegreció como un horno” (Lm 5, 10). La piel del cuerpo mortificado es como quemada por el fuego de la contrición y por los sufrimientos de la satisfacción.
Estos deben tener en su mano la balanza. Y sobre esto tenemos una concordancia con la primera parte de la epístola de hoy, en la cual el Apóstol habla a los recientemente convertidos: “Hablo de manera humana, a motivo de la debilidad de su carne: como pusieron sus miembros al servicio de la impureza y de la iniquidad para provecho de la iniquidad, así ahora pongan sus miembros al servicio de la justicia para su santificación” (Rom 6, 19).
“Hablo de manera humana”, o sea, les digo cosas fáciles, aunque debería decir cosas de mayor peso; pero no las digo a motivo de la debilidad de su carne, o sea, de la debilidad que viene de su carne.
“Como pusieron sus miembros al servicio de la impureza”... Comenta Agustín: “Se debería servir a la justicia con el mayor impulso; sin embargo, al menos sírvanla con el mismo impulso con que servían a la iniquidad. Por esto dice “de manera humana”: ahora se debe amar la justicia mucho más que lo que se amaba antes la iniquidad”.
Los neoconvertidos tengan, pues, una balanza en su mano, para que, como pusieron sus miembros al servicio de la impureza, de la lujuria y de la iniquidad, que conduce a otra iniquidad, o sea, al colmo del mal, así ahora pongan sus miembros al servicio de la justicia, que lleva a la santificación, o sea, al colmo del bien.
Estos están en la puerta del templo, del cual dice Juan en el Apocalipsis: “Miré y he ahí una puerta abierta en el cielo” (4, 1). La puerta abierta es la misericordia de Dios, siempre dispuesta a acoger a los penitentes. De esta puerta dice Ezequiel: “He ahí un hombre, cuyo aspecto era como aspecto de bronce: tenía en mano un cordel de lino y una caña para medir; y estaba de pie en la puerta” (40, 3).
Este hombre es figura del penitente, cuyo aspecto es como el de bronce. En el bronce, que es sonoro y de larga duración, están simbolizados el “sonido” de la confesión y la perseverancia final: dos cosas que todo penitente debe tener. En el cordel de lino está simbolizado el sufrimiento de la satisfacción; y en la caña para medir, la doctrina evangélica. Y la caña para medir está en la mano, cuando por medio de la enseñanza evangélica se mide la propia conducta. Si el hombre tiene todas estas cosas, con toda razón podrá estar en la puerta, o sea, confiar en la misericordia de Dios.
Símilmente, el caballo bermejo es figura de los proficientes, que “son fervorosos en el espíritu y alegres en las tribulaciones” (Rom 12, 11‑12). Estos quitan la paz de la tierra, o sea, de su carne, porque “los que son de Cristo, crucifican su carne con sus vicios y concupiscencias” (Gal 5, 24). A éstos se les entrega una gran espada, en la cual está indicada la discreción, que deben tener en sus obras penitenciales. Ellos están en el centro del templo, o sea, en la anchura de la caridad, en la cual se recibe la misericordia del Señor: “Hemos recibido tu misericordia en medio de tu templo”.
En fin, el caballo blanco simboliza a los perfectos, que ya se hallan en el santuario, donde contemplan la gloria de los querubines y saborean el maná de la divinidad, que está en la urna de oro de la humanidad. Ellos tienen en su mano el arco, símbolo de la victoria, o sea, de su triunfo sobre el mundo, el diablo y la carne.
Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que se digne mirarnos con el ojo de su misericordia, nos libere de la carestía y nos guíe hacia el templo de su gloria.
Nos lo conceda el mismo Señor, que vive y reina por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
9.‑ “Los discípulos respondieron a Jesús: “¿Quién podrá saciar de pan a esta gente aquí en el desierto?”. Jesús les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?”. Le contestaron: “Siete”. Entonces mandó a la multitud que se recostase en tierra. Tomó los siete panes, dio gracias, los partió y los dio a sus discípulos, para que los distribuyesen. Y ellos los distribuyeron a la multitud. Tenían también algunos pececillos. Los bendijo y mandó que los distribuyesen. Y comieron y se saciaron” (Mc 8, 4‑8).
Con todo esto concuerda lo que leemos en el cuarto libro de los Reyes, en el que Elíseo ordena a Naamán, el leproso: “Ve y lávate siete veces en el jordán; y tu carne se volverá sana, y serás limpio. Naamán bajó al jordán y ahí se lavó siete veces, conforme a la palabra del varón de Dios. Y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio” (4 R 5, 10‑14).
Los siete panes y las siete abluciones en el río jordán significan la misma cosa. Naamán se interpreta “espléndido”, y es figura del hombre que en un primer momento fue espléndido por la belleza de la gracia, pero después por la suciedad del pecado se volvió leproso.
Leproso deriva del griego leprés, escarnoso. Las escamas son producidas por la sarna y dan un prurito muy fastidioso. Leproso es aquel en el que el veneno de los malos pensamientos, después de haber dilacerado la piel del temor de Dios, degenera en la lepra de la mala conducta; y cuanto más se rasca uno con la mano de las malas costumbres, tanto más el prurito se inflama y el dolor se exacerba.
A este leproso dice Eliseo, o sea, Jesucristo: “Ve y lávate siete veces en el jordán”. jordán se interpreta “río del juicio”, e indica la confesión, en la que, como en un río, el hombre se lava, mientras se juzga digno de condenación.
Para merecer la curación, debe lavarse en el jordán aquellas siete veces, de las que habla el Apóstol en la segunda carta a los corintios: “¡He ahí cuánta solicitud produjo en ustedes justamente el hecho de que se contristaron según Dios; y qué defensa, qué indignación, qué temor, qué deseo, qué emulación, qué vindicación! “ (2Cor 7, 11).
La tristeza, llamada as! porque “dividida en tres partes” (en latín, tristis, triste; tris, tres veces), indica la penitencia, que consiste en la contrición del corazón, en la confesión de la boca y en la satisfacción con obras. Y esta tristeza es según Dios, y por ende obra la salvación, o sea, produce las obras que conducen a la salvación, o sea, la solicitud de reparar el mal cometido (Glosa). “Marta, Marta ‑dice el Señor‑, tú estás preocupada y turbada con muchas cosas” (Lc 10, 41).
“Y la defensa”. Defender es proteger. Cuando en la confesión nos desnudamos, entonces nos protegemos. “Si tú te descubres ‑dice Agustín‑, Dios te cubre”. Cuando nos acusamos, en realidad nosotros nos defendemos.
“Y también la indignación contra nosotros mismos por el mal cometido. Dice Ezequiel: “Y me fui amargado en la indignación de mi espíritu” (3, 14).
“Y también el temor, de que en el futuro se repita la misma cosa. Se dice “temer” el no descuidar nada de lo que se debe hacer. Entonces se dice “tímido”, porque “teme por largo tiempo”. El temor es un sufrimiento que afecta a la mente, cuando exteriormente se verifica alguna circunstancia particular. El “temor casto” es el temor del alma que teme perder aquella gracia, por medio de la cual el pecar ya no le produce deleite alguno, y teme ser abandonada, aunque no se la castigue con ningún tormento.
“Y el deseo de progresar mejor. Desear es apetecer ávidamente. El deseo se dirige a las cosas ausentes y todavía no alcanzadas. Se lee en el segundo libro de los Reyes que “David anhelaba el agua y exclamó: “¡Quién me diera a beber del agua de la cisterna, que está junto a la puerta de Belén!” (2 R 23, 15).
Así también el penitente debe desear el agua de aquel río, del cual habla Juan en el Apocalipsis: “El ángel me mostró un río de agua viva, fulgente como el cristal” (22, 1). Esta agua se halla en Belén, que se interpreta “casa del pan”, o sea, en el banquete de la vida eterna, y está junto a la puerta, o sea, junto a Jesucristo. Y nadie puede sacar esta agua sino por medio de El: “Nadie puede venir al Padre sino por mí” (Jn 14, 6).
“Y también la emulación, para que imitemos la vida de los santos: “¡Aspirad a los carismas más grandes!” (1Cor 12, 3 1).
“Y también la vindicación. A este propósito, como se lee en Lucas, una viuda interpelaba todos los días al juez, diciendo: “Hazme justicia de mi adversario” (Lc 18, 3). La viuda es figura del alma, que interpela al juez, o sea, la razón, para que haga justicia de su adversario, o sea, del apetito carnal, que siempre está en lucha contra el alma.
Este es el juez, el cual no sin motivo lleva la espada de la discreción, para alabanza de los buenos sentimientos y para castigo de los malhechores, o sea, de los carnales. Y la razón (el juez), si se lava siete veces en el río Jordán , es purificada de toda lepra de pecado y alimentada con los panes de la gracia septiforme, de los que en el evangelio de hoy se dice: “Tomó los siete panes, dio gracias y los partió ......
Pero, presta atención que, antes de ser saciados con los siete panes, se les ordena a todos recostarse en tierra. El que desea ser saciados con los siete panes susodichos, es necesario que antes se recueste en tierra, pisando su carne. Leemos en el cuarto libro de los Reyes que “Naamán llevó consigo un poco de la tierra de Israel, para postrarse sobre ella y adorar así al Dios, al que aquella tierra pertenecía” (4 R 5, 17‑18).
Así el justo, mientras se halla sobre la tierra de su cuerpo, la pisa con la virtud de la discreción y “adora a Dios en espíritu y verdad” (Jn 4, 23). Observa también que con los siete panes Jesús bendijo también algunos pececillos y mandó que fueran distribuidos entre los que estaban recostados. Los pececillos simbolizan la pobreza, la humildad, la paciencia, la obediencia y el recuerdo de la pasión de Jesucristo: todas estas virtudes debemos acompañarlas con los siete panes, para que tengan un sabor más agradable.
10.‑ Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Cuando ustedes eran esclavos del pecado, eran libres acerca de la justicia (carecían de justicia); pero, ¿qué fruto recogían entonces de aquellas cosas, de las que ahora se avergüenzan?” (Rom 6, 20‑2 1).
Estas palabras el Apóstol las dirige a los pecadores convertidos, los que, antes de recostarse en tierra, antes de lavarse siete veces en el jordán y antes de saciarse con los siete panes, habían sido esclavos del pecado y libres acerca de la justicia, o sea, carecían del dominio de la justicia. En efecto, el esclavo del pecado se sustrae a la libertad de la justicia.
“¿Qué fruto ‑pregunta el Apóstol‑ han recogido?”. “La vergüenza ‑dice Agustín‑ es la máxima parte de la penitencia”. Los penitentes se avergüenzan de haber sido leprosos, y se avergüenzan de haber cometido esas cosas, que no les dieron fruto, sino muerte.
Te rogamos, Señor Jesús, que nos purifiques de la lepra del pecado, que nos sacies con el pan de tu gracia y nos hagas partícipes de la mesa de la bienaventuranza celestial.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
11.‑ “De los pedazos de pan que habían sobrado, recogieron siete canastas. Los que habían comido, eran unos cuatro mil; y Jesús los despidió” (Mc 8, 8‑9).
Las siete canastas son figura de los justos, colmados de la septiforme gracia del Espíritu Santo. Las canastas se confeccionan con juncos y con hojas de palmera. El junco nace en lugares ricos en agua y se llama junco, porque se arraiga con las raíces juntas. Con las hojas de la palmera se hacen coronas para premiar a los vencedores.
También los santos, para no secarse sin la linfa de la eternidad, se establecen junto a la fuente de la vida y esperan la palma de la eterna recompensa.
En otro sentido. Las siete canastas son las siete iglesias primitivas, que el Señor colmó con la infusión de la gracia septiforme. Y esto fue simbolizado en el niño, que Eliseo resucité.
Sobre esto tenemos una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde se dice que “Elíseo se levantó y siguió a la sunamita. Giezi, el criado, los había precedido y había colocado el báculo sobre la cara del niño; pero no hubo ni gemido ni señal de vida. Eliseo entró en casa y cerró la puerta, quedando a solas con el niño, y adoró al Señor. Después, subió y se tendió sobre el niño, poniendo su boca sobre la boca de él y sus ojos sobre los ojos de él y sus manos sobre las manos de él, encogido sobre él; y el cuerpo del niño entró en calor. Entonces Eliseo volvió y se paseó por la casa, de acá para allá. Después, subió y se tendió sobre el muchacho; y así hasta siete veces. Y el muchacho estornudó y abrió sus ojos” (4 R 4, 30‑35).
Cuando el Señor promulgó la Ley por medio de Moisés, envió su vara, por decirlo así, por medio de un siervo; pero el siervo, con esa vara, o sea, con el terror de la Ley no logró resucitar al muerto, porque “la Ley a nadie llevó a la perfección” (Heb 7, 19).
El mismo Señor, viniendo personalmente, se tendió sobre el cadáver, porque, “aun siendo de naturaleza divina, se anonadó a sí mismo asumiendo la condición de siervo” (Filp 2, 6‑7).
Se paseaba de una parte a otra, porque por medio de la fe convoca a judíos y a paganos a las cosas eternas. Sopla siete veces sobre el muerto porque, abriendo los dones divinos, infunde la gracia del Espíritu septiforme en los que yacen en la muerte del pecado. Y en seguida aquel niño, a quien la vara del terror no pudo resucitar, retornó a la vida por medio del espíritu de amor.
12.‑ Sentido moral. Eliseo es figura del prelado que, no con la vara, o sea, con el rigor de la disciplina, sino más bien con la oración y las postraciones, o sea, con la benevolencia, resucita al muerto, o sea, el alma de su súbdito, de la muerte del pecado. Dice el bienaventurado Agustín: “El prelado aspire a ser más amado por ustedes que ser temido”. El amor vuelve dulces las cosas amargas y livianas las cosas insoportables; en cambio, el temor vuelve insoportables también las cosas livianas.
“Puso su boca sobre la boca del muchacho”. El prelado pone su boca sobre la boca del pecador, cuando le predica que manifieste sus pecados en la confesión. Dice Isaías: “El Señor me dio una lengua experta, para que yo sepa sostener con la palabra al caído” (50, 4). Y pone los ojos sobre los ojos, cuando llora sobre su ceguera, como hacía Samuel, al cual el Señor dice en el primer libro de los Reyes: “¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, cuando yo ya lo repudié?” (1Rey 16, 1). Y pone las manos en las manos, cuando, para reparar las obras perversas de los demás, se empeña en obras santas, para que aquel, a quien no pudo llamar a la vida ni con la vara ni con la oración, lo resucite a través del ejemplo de las buenas obras.
“Y espiró siete veces sobre el muchacho, y el muchacho abrió los ojos”. Espirar es abrir la boca. El prelado espira sobre la cara del niño, cuando instruye al pueblo que se le confió en la fe de la santa iglesia, que consta de siete artículos; y así el pueblo abre los ojos. ve por la fe lo que un día contemplará en la realidad. Y mientras el prelado obra así, alimenta con siete panes al pueblo que se le confió, unos cuatro mil hombres, porque los instruye en los siete principales artículos de la fe y en las enseñanzas de los cuatro evangelistas.
13.‑ Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola.. “En cambio ahora, liberados del pecado y hechos siervos de Dios, tienen como su fruto la santificación y como destino la vida eterna. El estipendio del pecado es la muerte; en cambio, la gracia de Dios es la vida eterna, en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 6, 22‑23). Dice Jeremías: “Aren para ustedes el campo en barbecho y no siembren entre espinas” (4, 3). Es justamente eso lo que dice el Apóstol: “Liberados del pecado, se hicieron siervos de Dios”. La salida del vicio prepara el ingreso de las virtudes. Presta atención que aquí el Apóstol toca cuatro temas: la liberación del pecado, el servicio de Dios, la santificación de la vida y la vida eterna.
Esta es la regla del vivir, y éste es el camino que lleva a la vida. El que no va por este camino, es un ciego y va a tientas. La liberación del pecado lleva al servicio de Dios; el servicio de Dios causa la santificación de la vida; y la santificación de la vida conquista la vida eterna. El que se apoya en estas cuatro columnas, cuando aparezca la gloria del Señor, será saciado con la bienaventuranza de la vida eterna junto con los cuatro mil hombres, a quienes el Señor sació con los siete panes. Esta es la recompensa que dará Cristo a los que le sirven.
En cambio, ¿qué da el diablo a sus gregarios? “El estipendio del pecado es la muerte”, dice el Apóstol. El estipendio deriva de stips, monedita, y pondeo, pesar; en efecto, los antiguos preferían pesar el dinero a contarlo. El estipendio se da a los soldados. Para los esclavos del pecado, éste es el estipendio: la muerte. En cambio, a los que fueron liberados del pecado y hechos siervos de Dios, les será dada su gracia, con la que merecerán la vida eterna, en Cristo Jesús, nuestro Señor, al cual sean el honor y la gloria.
Hermanos queridísimos, imploremos y supliquemos al Señor, para que, como se dignó saciar los cuatro mil hombres con los siete panes, nos fortifique con las cuatro virtudes y nos vivifique con la infusión de la gracia septiforme. Así mereceremos llegar a aquel, que es vida y pan de los ángeles.
Nos lo conceda aquel mismo Señor, que es digno de alabanza, glorioso, magnífico y excelso por los siglos eternos.
Y todo espíritu responda: “¡Amén! ¡Aleluya!”.
1.‑ “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Guárdense de los falsos profetas, que vienen a ustedes con vestidos de ovejas; pero por dentro son lobos rapaces” (Mt 7, 15).
En el cuarto libro de los Reyes se lee que la mujer sunamita habló de Eliseo a su marido: “Yo pienso que el hombre que pasa a menudo por nuestra casa es un hombre de Dios, un santo. Preparémosle una pequeña habitación y pongamos allí una cama, una mesa, una silla y un candelero, para que, cuando venga a nosotros, se pueda retirar en ella” (4 R 9, 10).
Vamos a ver qué cosa significan Eliseo, la sunamita y su marido, la habitación, la cama, la mesa, la silla y el candelero.
Eliseo se interpreta “salvación de mi Dios”, y es figura de Jesucristo, enviado por Dios Padre para la salvación de su pueblo, Vino a la sunamita, que se interpreta “esclava” o también “rojo escarlata”. Y ésta es el alma, que Cristo rescató con su sangre de la esclavitud del diablo. En esa alma Cristo se hospeda, mientras le da vida; y pasa adelante sustrayéndole su gracia para que se humille, cuando ella tiene de sí misma un concepto demasiado alto. El marido de esta sunamita es figura del entendimiento racional, el cual, con las fuerzas y el sentimiento, grabados en su naturaleza o concedidos por la gracia, debe dirigir el alma, aconsejarla, cuidarla y suscitar de ella una progenie de virtudes y de buenas obras. Con este marido el alma se aconseja y dice: “Pienso que éste es un hombre de Dios, un santo”.
Considera también que en la pequeña habitación está simbolizada la unidad; en la cama, la castidad; en la mesa, la dulzura de la contemplación; en la silla, el desprecio de sí mismo; y en el candelero, la luz del buen ejemplo.
La habitación es llamada en latín coenaculum, cenáculo, lugar en que varias personas comen juntas, como también coenóbium, cenobio, que quiere decir “reunión de muchos”. Y por todo ello significa la reunión o la unidad de los fieles, de la que dice el esposo del Cantar: “Has herido mi corazón, hermana y esposa mía, con uno de tus ojos y con un solo rizo de tu cuello” (Cant 4, g).
“Un solo ojo” simboliza la unidad y la concordia de los prelados que deben iluminar a toda la iglesia, como el ojo ilumina todo el cuerpo. En los rizos que descienden de la cabeza, están simbolizados todos los fieles, unidos a Cristo, su cabeza. Entonces el esposo es herido por la herida del amor para amar a la iglesia, cuando ve en ella la unidad de los prelados en concordia con los súbditos. Y el cenáculo de la unidad ha de ser pequeño por medio de la humildad, virtud que es como el cemento que liga entre sí a los súbditos y a los prelados.
Símilmente, en la cama está indicada la castidad. Dice el Cantar: “Nuestro lecho es de flores” (1, 15). El lecho de la conciencia debe florecer con los lirios de la pureza. Asimismo, en la mesa está indicada la dulzura de la contemplación, de la que dice el Salmo: “Delante de mí tú preparas una mesa” (22, Salm). La mente, cuando se eleva a saborear aquella dulzura, da poca importancia a las injurias y a las tribulaciones. Aquella dulzura impresiona tanto la mente que se despreocupa de angustiarse por el sufrimiento.
En la silla, que deriva de “estar sentado” y suena en latín como sella, asiento o trono, está simbolizado el desprecio de sí mismo. En esta silla estaba sentado aquel, del cual habla Jeremías: “Se sentará solitario y callará” (Lm 3, 28). “Se sentará” en señal de desprecio de sí mismo; “solitario”, apartado del tumulto de las cosas mundanas y de sus preocupaciones; “callará”, no pronunciará palabras envenenadas. En el candelero, que “no se debe poner debajo de un almud, sino sobre el monte, para alumbrar a los que están en la casa” (Mt 5, 15), está indicada la luz del buen ejemplo.
Esta es la morada, tan adornada con el consejo del marido, que el alma debe preparar para el verdadero Eliseo, y no para los falsos profetas, o sea, para los herejes y los hipócritas, de los cuales dice el Señor en el evangelio de hoy: “Guárdense de los falsos profetas”.
2.‑ Observa que en este evangelio se destacan tres momentos. Primero: la simulación de los hipócritas, cuando dice: “Guárdense de los falsos profetas”. Segundo: los frutos del árbol bueno y el corte del árbol malo, cuando añade: “Todo árbol bueno da buenos frutos; pero el árbol malo da frutos malos”. Tercero: la expulsión del reino del que dice y no hace, y la acogida en el reino del que hace la voluntad de Dios, cuando concluye: “No el que dice: “¡Señor, Señor!”, entrará en el reino de los cielos”. Con estas tres partes del evangelio, veremos la concordancia de algunos relatos del cuarto libro de los Reyes.
En el introito de la misa de este domingo se canta: “He ahí: Dios es mi ayuda” (Salm 53, 6); y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los romanos: “Somos deudores, pero no hacia la carne”. La dividiremos en tres partes y estableceremos una concordancia con las tres partes del evangelio. Primera parte: “Somos deudores”; segunda: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios”; tercera: “El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu”.
3. “Guárdense de los falsos profetas, que vienen a ustedes con vestidos de ovejas; pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso, se recogen uvas de los espinos e higos de los abrojos?” (Mt 7, 15‑16).
Presta atención a estas tres cosas: falsos profetas, vestidos de ovejas, lobos rapaces. Los falsos profetas son los hipócritas, de los que dice Jeremías: “De los profetas de Jerusalén salió la corrupción sobre toda la tierra” (23, 15). Estos son los profetas de Jezabel, que se interpreta “estercolero”. Mientras “buscan los saludos en las plazas y los primeros asientos en las sinagogas” (Mt 23, 6‑7), profetizan a favor del estercolero los que “fueron hechos como estiércol para la tierra” (Salm 82, 11). De estos profetas habla también miqueas: “Así dice el Señor contra los profetas, que seducen a mi pueblo y lo muerden con sus dientes, y que predican la paz; y a quien no les pone nada en su boca (o sea, no les dan de comer), le proclaman la guerra santa” (3, 5).
Considera estos cuatro verbos: seducen, muerden, predican y proclaman.
Los falsos profetas “seducen”, o sea, con la persuasión atraen a sí a los inocentes. “Muerden”, con las calumnias. De morder deriva morbus, morbo, enfermedad; y se llama morbo, porque es camino hacia la muerte. La calumnia es un morbo, por el cual, como por un camino, la muerte llega al alma. “Predican” la paz, para hacerse ver pacíficos; pero ellos no hallaron el camino de la paz (Salm 13, 3). Estos son los sacerdotes ladrones, que muerden con injurias a los que no dan. A los que dan, les predican la paz y les prometen la misericordia; y a los que no dan, les declaran la guerra santa. Piensan que sea cosa justa y santa perseguir a los que no dan y los hieren con la espada de la excomunión. Y si ellos dan, los bendicen con una bendición solemne, ellos que están maldecidos por Dios, el cual maldice también sus bendiciones (MI 2, 2).
A los que dan, les dicen: “Ustedes son hijos de la iglesia y honran a su madre, porque sufren con ella por su pobreza; y entonces ustedes son bendecidos, porque le dan”. Díganme, oh falsos profetas, ladrones y homicidas: ¿quién es la iglesia, sino el alma riel? Para hacerla pura, sin mancha ni arruga, el Señor entregó a la muerte su alma querida, o sea, su vida (Ef 5, 27).
El que da a esta iglesia lo que tiene, el Señor lo bendecirá. Pero, ¡ay de mí, ay de mí! Dice Bernardo: “Hoy cae a tierra un asna, y en seguida hay alguien que la levanta; está en peligro un alma, ¡y no hay quien la ayude!”. Si fueran verdaderos profetas, dirían con el verdadero profeta Jeremías: “¡Ay de mí! ¡Mi alma desfallece a causa de los matados!”. “¡Ay de mí, a causa de la tribulación de mi pueblo!”. “¡Oh! ¿Quién dará agua a mi cabeza y una fuente de lágrimas a mis ojos, para llorar día y noche sobre los matados de la hija de mi pueblo?” (Jer 4, 3 1; 10, 19; y 9, 1).
Tenemos una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde se relata que “el hombre de Dios, Eliseo, se turbó y lloró. Entonces le preguntó Hazael: “¿Por qué llora mi señor?”. Y Eliseo respondió: “Porque conozco los males que harás a los hijos de Israel: pegarás fuego a sus fortalezas, pasarás a filo de espada a sus jóvenes, despedazarás a sus niños y destriparás a sus mujeres preñadas” (4 R 8, 11‑12).
Eliseo es figura del digno prelado de la iglesia, que debe llorar hasta tener el rostro congestionado, porque Hazael, o sea, el diablo, incendia con el fuego de la codicia a las ciudades, o sea, a las almas fieles; mata con la espada de la sugestión a los jóvenes, o sea, destruye las virtudes; despedaza a los niños, o sea, las obras buenas en sus comienzos; y destripa a las mujeres preñadas, o sea, el propósito de la buena voluntad.
¿Y quién no llorará sobre desgracias tan grandes? Pero los falsos profetas no se preocupan, con tal que tengan de qué depredar.
Con razón dice el Señor: “Guárdense”, o sea, cuídense atentamente, “de los falsos profetas”. Falso deriva del latín fari, decir, o sea, decir lo que no es verdadero. “Dicen: ¡Paz, paz, paz!; y no hay paz” (Jer 6, 14).
Se lee en el tercer libro de los Reyes que Acab, rey de Israel, reunió a los profetas y les preguntó‑ “¿Debo ir a la guerra contra Ramot de Galaad o debo desistir?”. Le respondieron: “Sube, porque el Señor la entregará en mano del rey” (3Rey 22, 6). De esos falsos profetas, el verdadero profeta del Señor, Miqueas, dice poco después: “He ahí, el Señor puso el espíritu de mentira en la boca de todos tus profetas, que están aquí; en cambio, el Señor decretó contra ti una desgracia” (3Rey 22, 23).
Acab es figura del que ama este mundo y, contra la voluntad del Señor, quiere subir a la guerra contra Ramot de Galaad. Ramot se interpreta “visión de muerte”, y Galaad, “cúmulo de testimonios”, y simbolizan las dignidades y las riquezas de este mundo, en las cuales hay una visión de muerte eterna y un cúmulo de testimonios de condenación eterna contra los que las aman. Y cuando quieren escalar esas dignidades y riquezas, consultan a los falsos profetas, si deben ir. Consultan a los sacerdotes de nuestro tiempo, que les dicen:
¡Suban! “porque no es pecado poseer riquezas o conquistar cargos: también en tal estado uno puede salvarse”.
¡Ah! ¡Ojalá surgiera Miqueas, profeta del Señor, para confundir a estos nigromantes y ventrílocuos y constreñirlos a confesar el engaño! Así cerraría la boca a los embusteros (Salm 62, 12) con la autoridad de Jesucristo, que amonesta:
¡Ay de ustedes, ricos, porque ya tienen su consuelo! ¡Ay de ustedes, que ya están saciados! ¡Ay de ustedes, que ahora ríen, porque gemirán y Dorarán! ¡Ay de ustedes, cuando los hombres hablen bien de ustedes!” (Lc 6, 24‑26). He aquí, el Señor dice: “¡Ay!”; en cambio, ustedes, falsos profetas, dicen: ¡Sube!”.
Guárdense, pues, ustedes, de los falsos profetas. No les crean, cuando les dicen de subir a Ramot de Galaad, porque allí habrá: “¡Ayes!”.
4.‑ “Los falsos profetas vienen a ustedes con vestidos de ovejas; pero por dentro son lobos rapaces”. “¿Qué acuerdo puede haber entre Cristo y Belial? “ (2Cor 6, 15). ¿Qué acuerdo puede haber entre la oveja y el lobo? Es oveja en el vestido, lobo en su espíritu. “La justicia simulada no es justicia, sino doble injusticia” (Agustín).
Los falsos religiosos son lobos rapaces, pero se presentan disfrazados de ovejas. Tenemos algo semejante en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “Jeroboam dijo a su mujer: “Levántate ahora y disfrázate, para que no te conozcan que eres la mujer de Jeroboam; y vete a Silo, donde está el profeta Ahías. Cuando la mujer se presentó al profeta, fingiendo no ser lo que era, Ahias oyó el rumor de sus pies, mientras entraba por la puerta, y le dijo: “Entra, mujer de Jeroboam. ¿Por qué te finges otra?” (3Rey 14, 2 y 5‑6).
Jeroboam se interpreta “división del pueblo”, y es figura del falso religioso que, dividido entre la oveja y el lobo, suele provocar divisiones y discordias en los claustros y en los capítulos. Es como un Satanás entre los hijos de Dios (Job 1, 6). o como dice el Salmo (90, 6): “Es como una pestilencia que anda en la oscuridad”.
Su mujer es la libido lobuna; y el lobo quiere que ella cambie de vestido, o sea, que se ciña con piel de oveja. Pero Ahías, el profeta del Señor, la reconoce y le dice: “Entra, mujer; ¿por qué te finges otra?”. Ahias se interpreta “examen de la vida”, y simboliza la conciencia del hombre, que siempre protesta y denuncia toda simulación. Por eso dice el Apóstol a los romanos: “El testimonio de su conciencia y sus mismos razonamientos ora los acusan, ora los defienden” (Rom 2, 15). Y Salomón: “El malvado busca siempre contiendas y en su contra le será enviado un mensajero sin piedad” (17, 11), o sea, la conciencia que reprocha.
Y considera que el hipócrita, disfrazado bajo la piel de oveja, es como la hiena, de la que se cuentan muchas cosas increíbles. La hiena es un animal pequeño y salvaje, que de noche cava los sepulcros y devora los cadáveres de los muertos. Imita la voz del hombre y va detrás de los pastores en sus recintos; escuchándolos atentamente, aprende los silbidos y las llamadas, con los que pueda expresarse imitando la voz humana y, de noche, ensañarse contra el hombre, después de haberlo atraído con una estratagema. Simula los vómitos humanos, con sollozos y estertores atrae a los perros y después los devora. Si los perros, en sus correrías de caza, entran en contacto con su sombra, pierden la voz y ya no pueden ladrar. Los ojos de la hiena asumen gran variedad y versatilidad de colores; pero ella no atenúa nunca la fuerza de la mirada, sino que procede sin pestañear contra el objetivo. En la boca no tiene encías; tiene un solo diente, que jamás pierde, y, como no se despunta, se engasta en una cavidad natural. Si la hiena da vuelta tres veces alrededor de un animal, éste ya no puede moverse (Solino). A este propósito, el Señor dice por boca de Jeremías: “Mi heredad llegó a ser para mí como la caverna de la hiena” (12, 8).
Así el hipócrita es un animal que vive bestialmente, se hace pequeño con la simulación y es salvaje a motivo de sus obras torpes, porque de noche cava en los sepulcros de la superchería. Como dice el Apóstol, se introduce en las casas de las mujeres (2Tim 3, 6), con palabras melifluas y con bendiciones seduce a los inocentes; y de esa manera se alimenta con los cadáveres de los pecadores. imita la voz, o sea, las alabanzas de los hombres; entra en los recintos de los pastores, donde se predica, y, escuchando atentamente, aprende también él a predicar; y después, con el favor de las tinieblas, engaña a la gente que se atrajo con su predicación.
Simula también el vómito del hombre, o sea, la confesión de los pecadores. Se proclama pecador, pero no cree serlo; con falsos sollozos y gemidos soborna a los hombres, para que lo crean santo, al verlo gemir de esa manera. Y a veces logra engañar también a los justos, que demasiado fácilmente creen en su fingida devoción. Si su sombra roza a alguno, éste ya no es capaz de ladrar en su contra, sino que, más bien, lo defiende. Y esto, sobre todo hoy, les sucede a los que se fían de los herejes. Estos no prestaron atención al consejo del Señor: “Guárdense de los falsos profetas”...
Símilmente, en los ojos del hipócrita hay muchas variaciones. A veces eleva los ojos al cielo y suspira; otras veces los baja hacia la tierra y llora. También hay cambios en el colorido: ora es pálido, ora negro; ora tiene vestidos desaliñados, ora elegantes; ora le va bien la abstinencia, ora no le va bien. Todo este cambio de colores es índice de la inestabilidad interior.
Símilmente, todo animal al que la hiena, o sea, el hereje o el hipócrita, rodeó tres veces, o sea, lo engañó con la palabra de la predicación, con el ejemplo de su fingida santidad y con el ofrecimiento de atractivas promesas, quedará inmovilizado en relación al bien.
“Guárdense”, pues, los conjuro, “de los falsos profetas. Los reconocerán por sus frutos”. Comenta la Glosa: “Se reconocen, sobre todo, por sus impaciencias en el tiempo de las adversidades”. Cuando la prosperidad los favorece, bajo la piel de oveja se oculta la mente del lobo. Pero cuando soplan los vientos de la contrariedad, la piel de oveja es rasgada por los dientes del lobo.
“¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?”. Las espinas son llamadas así de punzar, porque son agudas como las agujas (en latín, spicae); y los abrojos son llamados en latín tribuli, porque atribulan. Las espinas y los abrojos simbolizan a los herejes y a los hipócritas, en los que nadie podrá hallar la santidad o la verdad de los sabios, sino que dilaceran y hieren a los que se les acercan.
5.‑ “Guárdense de los falsos profetas”. Falsos profetas son también los instintos carnales que, para engañar el alma, se valen del pretexto de la fragilidad y de la debilidad de la naturaleza, ensalzan la abundancia de los bienes terrenos, profetizan la paz y proclaman que es grande la misericordia del Señor. Insinúan todas estas cosas, para inducir al alma al pecado. De todas estas cosas dice el justo, llorando, con las palabras de Jeremías: “¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Señor Dios! Los profetas les dicen: “No verán espada ni sufrirán hambre, sino que en este lugar les dará una paz verdadera” (14, 13).
Cuando los instintos carnales hablan as!, no nos queda sino gemir y decir: “¡Ah! ¡Ah! ¡Ah, Señor Dios!”. En esta triple “¡Ah!” está simbolizado un triple dolor: el dolor del corazón, de la boca y del cuerpo. De ello habla el Señor a Ezequiel: “Tu, hijo del hombre, profetiza y bate una mano contra la otra; y duplíquese y triplíquese el furor de la espada para los que serán matados. Esta es la espada de la gran matanza, que los hará desmayar por el pasmo” (21, 14).
Cuando el justo escucha la voz de los profetas, el silbido de las llamadas de los rebaños y el murmullo de los deseos carnales, en seguida debe golpear mano contra mano y duplicar y triplicar la espada del dolor, para matar a los falsos profetas y aturdir sus apetencias. Con razón, pues, dice el Señor: “Guárdense de los falsos profetas”.
Sobre todo esto hallamos una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde Jehú ordena: “Ahora llámenme a todos los profetas de Baal, a todos sus siervos y a todos sus sacerdotes; y que no falte ni uno”. Y cuando fueron reunidos, “Jehú mandó a los soldados y a sus capitanes: “Entren ahora en el templo y mátenlos; y que no escape ninguno”. Y los hirieron a filo de espada. Y sacaron del templo la estatua de Baal, la despedazaron y la quemaron. Destruyeron también el templo y destinaron el lugar para letrinas, hasta el día de hoy. Así Jehú exterminó a Baal de Israel” ( 4 R 10, 19 y 25‑28).
Jehú se interpreta “excitado”, y simboliza al justo que debe excitarse e irritarse con gran furor contra si mismo, cuando se ve expuesto a la tentación. Entonces debe reunir a todos los profetas de Baal, a sus siervos y a sus sacerdotes... Baal, que se interpreta “devorador”, simboliza el vientre que todo devora y cuyos profetas son los instintos camales. El justo debe juntar esos instintos y exterminarlos con la espada de la penitencia.
“Y sacaron del templo la estatua de Baal”. El templo se dice en latín fanum y deriva de fauno (semidiós de los campos y selvas), para el cual los paganos en su error construían templos; o también porque en el fanum aparecían figuras de demonios: en efecto, la palabra griega phanía significa aparición; o también del verbo fari, anunciar o profetizar.
El templo de Baal simboliza la gula, que suscita en la mente visiones de pescados y de carnes. El justo debe sacar de este templo la estatua, o sea, el ídolo de la concupiscencia, debe quemarla con el hambre y con la sed y despedazarla según la distintas modalidades de la mortificación.
“Destruyeron también el templo de Baal”. Este templo es llamado en latín aedes, y viene de edere, comer, e indica la rápida y desordenada voracidad en el comer, que el justo absolutamente debe destruir y en su lugar hacer una letrina. La palabra letrina, que es el retrete o el excusado, deriva del latín ldteo, apartarse, y simboliza el hedor del vientre. Cuando debemos evacuar el vientre, no por placer sino por necesidad, hemos de pensar que somos una letrina de estiércol, que nosotros, miserables e infelices, debemos llevar siempre con nosotros; y, reflexionando sobre ello, debemos sólo humillarnos. Dice Miqueas: “En medio de ti está tu humillación” (6, 14). En medio de nosotros se halla el vientre, letrina de inmundicias; y, reflexionando sobre ello, tendremos seguramente motivo de humillarnos. Con razón dice el Señor: “Guárdense de los falsos profetas”.
6.‑ En el introito de la misa de hoy, el justo implora ser liberado de tales profetas: “He ahí, el Señor es mi ayuda, el Señor es el amparo de mi alma; devuelve el mal a mis enemigos y por tu fidelidad dispérsalos” (Salm 53, 6‑7), “tú que eres mi defensor” (Salm 58, 12). El Señor socorre al justo, cuando le concede la gracia de exterminar a los profetas de Baal. Lo acoge, cuando del templo de la gula saca afuera la estatua de la concupiscencia. Retuerce el mal sobre sus enemigos, cuando, con ayunos y vigilias, despedaza y quema la estatua. Los dispersa en su fidelidad, cuando destruye completamente el templo de las malas costumbres.
Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “Somos deudores, pero no hacia la carne, para vivir según la carne. Si ustedes viven según la carne, morirán; en cambio, si con el espíritu mortifican las obras de la carne, vivirán” (Rom 8, 12‑13).
He aquí como en este pasaje el Apóstol muestra claramente que los falsos profetas de Baal deben ser exterminados. “Sí, somos deudores” ‑dice el Apóstol‑, “pero no hacia la carne”, sino hacia el Espíritu Santo, que hace vivir; no hacia la carne, de la que viene la muerte. Por deuda, o sea, por obligación, estamos ligados al Espíritu, no a la carne, para vivir según la carne, o sea, según los placeres de la carne, aunque le demos lo necesario. Si vivimos según la carne, o sea, si creemos en los falsos profetas, moriremos, porque aquellos lobos rapaces nos dilacerarán. En cambio, si, con el espíritu y con la espada de la penitencia, damos muerte a las obras de la carne, o sea, a los profetas de Baal, si quemamos su estatua y si destruimos su templo, sin duda alguna viviremos de la vida de la gracia en el tiempo presente y de la vida de la gloria en el futuro”.
A esta gloria se digne llevarnos aquel Señor, que vive y reina por todos los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
7.‑ “Todo árbol bueno produce frutos buenos, y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo puede producir frutos buenos. Todo árbol que no produce frutos buenos, será cortado y echado al fuego. Así por sus frutos los conocerán” (Mt 7, 17‑20).
Observa que en todo árbol bueno hay cinco partes: la raíz, el tronco, las ramas, las hojas y los frutos.
La raíz se llama así, porque penetra en la profundidad de la tierra como por medio de unos rayos (en latín radix, radius). Los naturalistas dicen que la altura de los árboles corre pareja con la profundidad de sus raíces. El tronco es como la “estatura” del árbol, que se levanta sobre las raíces. Las ramas son como expansiones del tronco, y sobre ellas se forman las hojas, que protegen los frutos.
El árbol bueno es la buena voluntad, la cual, para durar y ser buena, debe tener estas cinco virtudes: la raíz de la humildad, el tronco de la obediencia, las ramas de la caridad, las hojas de la santa predicación y los frutos, o sea, la dulzura de la contemplación celeste.
La raíz de la humildad, que, cuanto más profunda es en el corazón, tanto más alta es en las obras. Y esto está simbolizado en el agua, que cuanto más baja, tanto más sube. La humildad del hipócrita, como no tiene raíces en el corazón, quiere aparentar grande en las obras. En cambio, la verdadera humildad, cuanto más se arraiga en lo profundo, tanto más se abaja; y así tanto más se exalta, o sea, sube a lo alto.
8.‑ Sobre esta santa raíz del árbol bueno, tenemos una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde se relata que “el rey Ezequías dijo a Isaías: “¿Qué señal tendré de que el Señor me sanará, y que al tercer día subiré al templo del Señor?”. Le respondió Isaías: “De parte del Señor tendrás esta señal de que el Señor cumplirá la promesa que te hizo: “¿Quieres que la sombra del reloj solar avance diez grados o que retroceda diez grados?”. Respondió Ezequías: “Es fácil que la sombra se alargue diez grados, y yo no quiero esto; en cambio, quiero que retroceda diez grados”. Entonces Isaías invocó al Señor, que hizo retroceder diez grados la sombra que ya había descendido en el reloj de Acaz” (4 R 20, 8‑11). El reloj de Acaz, cuyo nombre se interpreta convertido” o también “que recurre a la fortaleza”, es figura del corazón humilde del penitente, que, convertido del camino del pecado, recurre a la fortaleza de la perseverancia, para conquistar el premio de la gloria, En este reloj hay y debe haber diez grados de humildad, por los cuales, el sol, o sea, el alma, iluminada por la gracia de Dios, debe avanzar y luego nuevamente retroceder.
El primer grado de humildad consiste en considerar, dentro de sí, de cuál mísera y nauseabunda materia es procreado.
El segundo grado consiste en considerar que, por nueve meses, permanece recluso en las tinieblas del seno materno y es nutrido con sangre menstrua. Sobre estos dos temas hallarás más amplias reflexiones en el sermón del domingo de Quincuagésima, donde se comenta el evangelio de Lucas (18, 35): “Un ciego estaba sentado al borde del camino”.
El tercer grado consiste en considerar cómo de las tinieblas del útero se salga llorando y chillando, desnudo y sucio.
Por estos tres grados había descendido Job, cuando decía: “¿Quién hará puro lo concebido de semen impuro?”. Y de nuevo: “¿Por qué no morí yo en la matriz? ¿Por qué no expiré al salir del vientre? ¿Por qué fui acogido sobre las rodillas? ¿Por qué los pechos me amamantaron?” (Job 14, 4; y 3, 1112). Y Jeremías: “¿Para qué salí del vientre, para ver fatigas y dolores y para consumir mis días en la vergüenza?” (20, 18).
El cuarto grado consiste en considerar cuán miserable y desagradable sea la peregrinación de este destierro, en la que abundan los gemidos y el dolor, las dificultades y el llanto. Dice Jacob en el Génesis: “Los días de mi peregrinación y de mi vida fueron pocos y tristes” (47, g).
El quinto grado consiste en el recuerdo de la propia iniquidad, de los pecados cometidos y de las muchas omisiones, y cuán ingrato fue para con Dios. Era libre y se vendió gratuitamente al diablo. Sobre este grado se lee en el cuarto libro de los Reyes, que “Ezequías dirigió el rostro hacia la pared, oró al Señor y prorrumpió en un gran llanto” (4 R 20, 2‑3). La pared es figura de la cantidad de pecados, a la cual el pecador debe dirigirse, o sea, debe pensar en la amargura de su alma en cuántos pecados cometió y en cuántas obligaciones omitió; debe orar al Señor, para que le infunda nuevamente la gracia perdida y le perdone los pecados.
El sexto grado consiste en el pensamiento de la muerte, pensamiento más amargo que cualquier otra amargura. Dice el Eclesiástico: “Oh muerte, ¡cuán amargo es tu pensamiento para el hombre que vive tranquilo en su bienestar!” (41, 1). Si no se arrepiente, la carne será entregada a los gusanos y el alma a los demonios; y dejará sus riquezas a los hijos y a los parientes. Dice el Salmo: “Bajarán a lo profundo de la tierra”, o sea, al infierno: he ahí el alma dada a los demonios; “serán dados en poder de la espada”, o sea, de la muerte: he ahí la carne a los gusanos; “serán presa de los chacales”. he ahí las riquezas dejadas a los parientes que, astutos como chacales, se echarán sobre la piel del asno difunto (Salm 62, 10‑11).
El séptimo grado de humildad consiste en llamar a la mente cómo el Hijo de Dios dobló la cabeza de su divinidad en el seno de la pobrecilla Virgen; cómo aquel que llena de sí el cielo y la tierra y que el cielo y la tierra no pueden contener, se hizo pequeño en el “tálamo” de una doncella, en la cual moró durante nueve meses; cómo fue envuelto en pañales, fue recostado en un pesebre de animales, fue llevado a Egipto para escapar de la presencia de Herodes; cómo el dueño de todo el mundo no halló un lugar donde posar la cabeza sino en la cruz, en la que, inclinada la cabeza en el seno del Padre, en sus manos entregó su espíritu (Jn 19, 30; y Lc 23, 46).
El octavo grado consiste en considerar cuánta misericordia y cuánta benevolencia usó hacia los pecadores, a los que atraía con la dulzura de su predicación y con los cuales también comía, para invitarlos a la penitencia; y cuánta compasión mostró aquel, que lloró amargamente sobre la ciudad en la que debía ser crucificado, y sobre Lázaro, a quien luego resucitaría; y cuánta mansedumbre manifestó aquel, que quiso conversar a solas con la mujer samaritana y permitió que la pecadora Magdalena lo tocase.
El noveno grado consiste en considerar cómo fue golpeado por las varas y por las bofetadas, cubierto de esputos, coronado con una corona de espinas, abrevado con hiel y vinagre y crucificado entre dos ladrones, como si El también fuera ladrón.
El décimo grado consiste en meditar con mucha seriedad cómo tocará la trompeta y cómo los muertos, “que duermen en el polvo de la tierra”, como dice Daniel, “se despertarán, algunos para la vida eterna y otros para la eterna vergüenza” (12, 2). Ahí se apreciará cómo el manso se volverá severo y el juzgado vendrá para juzgar al mundo con justicia, El que fue el Hijo de la Virgen mendicante; cómo a una seña de El “se sacudirán las columnas del cielo” (Job 26, 11), “las potencias de los cielos se bambolearán” (Mt 24, 29), “los cielos se enroscarán como un libro” (ls 34, 4), “el sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre” (Joel 2, 31», y los hombres enloquecidos huirán y “dirán a los montes: “¡Caigan sobre nosotros!”, y a las colinas. “¡Ocúltennos de la cara del que está sentado en el trono!” (Ap 6, 16).
A través de estos diez grados el alma del penitente debe subir y descender: cuanto más descienda, tanto más subirá. Y ésta será la verdadera señal de que el Señor la sanó de toda enfermedad de pecado y que podrá subir al templo de la Jerusalén celestial, construida con piedras vivas.
¡Bienaventurado, pues, aquel árbol que tenga tales raíces, porque de las raíces germinan los frutos del árbol. Por esto nos hemos detenido largamente en tratar de la raíz, en la que está simbolizada la humildad. De la raíz nace el árbol de la buena voluntad y el hombre recibe el fruto de la vida eterna. Con razón, pues, dice el Señor: “El árbol bueno da frutos buenos”.
9.‑ “El árbol malo produce frutos malos”. Malo deriva del griego mélan, color negro o hiel negra. Por esto los hombres que rehúsan la compañía humana son llamados melancólicos, porque en ellos abunda la hiel negra.
El árbol malo es figura de la mala voluntad: su raíz es la codicia, su tronco la obstinación, sus ramas las obras perversas, sus hojas las palabras malignas, sus frutos la muerte eterna. Acerca de tal árbol añade el Señor: “Todo árbol que no produce frutos buenos, será cortado y echado al fuego”. Por esto dice Daniel: “Un vigilante y santo descendía del cielo, y clamaba fuertemente y decía as!: “Derriben el árbol y corten sus ramas, sacudan sus hojas y dispersen sus frutos; huyan las bestias que están debajo de él, y las aves de sus ramas” (Dan 4, 10-11).
El árbol es derribado cuando el pecador, abatido por el hacha de la muerte, se desploma y retorna a la tierra. Y entonces las ramas de las riquezas y los sucesos de este mundo son tronchados y las livianas hojas de las palabras sacudidas. “Ya cesan las palabras, porque se llegó a los golpes” (en la fiesta de santa Lucía).
Y los frutos, o sea, sus obras malas, son dispersados, porque las puertas del cuerpo, a través de las cuales el alma desventurada solía salir para ver a las mujeres de aquella región (Gen 34, 1), ya están cerradas. Y las bestias, cuyo nombre suena como vastiae, devastadoras, o sea, los ladrones y los homicidas, que solían refugiarse a su sombra, muerto él, huyen. Y las aves, o sea, los soberbios, que solían cobijarse en sus ramas, todas huyen. Con razón dice el Señor: “Todo árbol que no produce frutos buenos, será cortado y echado al fuego, que está preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41).
Dice Isaías. “Desde ayer está preparado el Tofet, está preparado por el rey, y es profundo y dilatado. Su alimento es el fuego y mucha leña; el soplo del Señor, como torrente de azufre, lo enciende” (30, 33).
El Tofet, que significa anchura, es el infierno, que ensanchó su poder más allá de todo límite; fue preparado desde ayer, o sea, desde la eternidad, por el rey Jesucristo, para el cual todo el pasado es presente y para el cual todo lo que hizo desde la eternidad, es como para nosotros nuestro ayer. El infierno es llamado profundo y dilatado: profundo, o sea, lejos del fondo, o sea, las penas no tienen fin; y dilatado, para recibir las almas de los condenados.
Y se llama infierno, porque allí son arrojadas las almas (en latín, inferuntur). Su alimento está constituido por mucha leña, o sea, las almas de los pecadores. Y el soplo, o sea, la ira del Señor, como un torrente de azufre, que arde y apesta, lo encenderá. Aquel que en este mundo arde por el fuego de la codicia y se contagia con el hedor de la lujuria, allí se quemará eternamente.
10.‑ Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Ustedes no recibieron el espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que recibieron el espíritu de adopción, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!” (Rom 8, 14‑15).
El Espíritu de Dios es la humildad; y los que son guiados, o sea, animados, por la humildad, de veras son un árbol bueno, porque son hijos de Dios, Como la raíz sostiene el árbol, así la humildad sostiene el alma. El espíritu de humildad es más dulce que la miel; y el que se alimenta de miel, produce frutos dulces.
“Ustedes no recibieron el espíritu de esclavitud”, que los constriña de nuevo, como en el tiempo de la Ley, a servir a Dios forzadamente por temor al castigo. El árbol malo no recibe el espíritu de adopción con los hijos, sino el espíritu de esclavitud con los esclavos, “que no permanecen siempre en la casa” (Jn 8, 35); y después serán cortados y echados al fuego inextinguible.
La adopción existe, cuando alguien es adoptado en lugar de un hijo. Por eso el hijo adoptivo, o sea, acogido en lugar del hijo, Jesucristo ‑¡que sea siempre bendito!-, de árbol estéril, después del injerto de la yema de la fe, logró un árbol bueno y fructífero; y de los hijos de la ira hace cada día hijos de la gracia, para que con la contrición del corazón y la confesión de la boca griten cada día: “¡Abba, Padre!”.
Abba es un término sirio y hebreo, que en griego y latín significa Pater, Padre. Y este doble nombre de la paternidad indica la doble misericordia de la benevolencia paterna. El penitente, recibido en lugar del hijo, debe confiar tanto en la remisión de los pecados como en la bienaventuranza de la gloria.
Te suplicamos, pues, Abba, Padre, que nos hagas árboles buenos y que nos concedas producir frutos di nos de penitencia; y así, arraigados y fundados en la raíz de la humildad y liberados del fuego eterno, mereceremos llegar y cosechar el fruto de la vida eterna.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
11.‑ “No todos los que me dicen: “¡Señor, Señor!”, entrarán en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, entrará en el reino de los cielos” (Mt 7, 21).
El “Señor” tiene este nombre, en latín Dominus, porque domina sobre todas las criaturas, o porque es la cabeza de la casa (en latín, domus, casa); o también, porque da amenazas (en latín, dans minas).
La Glosa comenta así este pasaje del evangelio: “El camino hacia el reino de Dios es la obediencia, y no la invocación de su nombre; tampoco se lo invoca con sinceridad y convencimiento, cuando la proclamación del nombre no concuerda con la voluntad. Dice el Apóstol: “Nadie puede decir: “¡Señor Jesús!”, sino bajo la moción del Espíritu Santo” (1Cor 12, 3). Decir con sinceridad: “¡Señor Jesús!”, significa creer con el corazón, confesar con la boca y testimoniarlo con las obras. Una cosa sin la otra equivale a negar”. Por cuantas alabanzas haga resonar la lengua, la vida después lo blasfema. Gritan “¡Señor!” los que no son sus siervos ni temen sus amenazas.
El mismo Señor dice por boca de Isaías: “Me dan voces desde Seir: “Custodio, ¿qué de la noche? Custodio, ¿qué de la noche?”. Responde el custodio: “Viene la mañana y después vendrá la tarde. Si quieren, busquen; ¡conviértanse y vengan!” (21, 11‑12). Seir se interpreta “híspido”, y es figura del pecador, enfrascado en las espinas de las riquezas y de las preocupaciones. Y el Génesis dice que “Esaú se estableció en la tierra de Seir, de la región de Edom” (36, 8). Y observa que Esaú fue llamado Seir y Edom: Seir, porque peloso; y Edom, a causa de las lentejas rojas, por las que había vendido la primogenitura (Gen 25, 29). Esaú quiere decir también “montón de piedras”; y Edom, sangre. Donde hay un montón de piedras, o sea, de riquezas, allí hay también las espinas punzantes de las preocupaciones y derramamiento de sangre.
El pecador grita desde Seir: “Custodio, ¿qué de la noche?”. Miren aquí “la rueda en medio de otra rueda” (Ez 1, 16; 10, 10).
En Mateo se dice dos veces “Señor”, y en Isaías dos veces “Custodio”, para indicar que aquel que es el Señor, es necesario que sea también el Custodio, para custodiar perfectamente la casa, de la que es Cabeza. Este doble nombre de Señor comprende en sí al Creador y al juez, y entre estos dos extremos se pone el centro, o sea, el Custodio. Jesucristo, en la creación de las cosas, fue Señor, y será Señor también en el examen del severo juicio, porque será juez, para dar a cada uno lo que es justo. Entre estos dos momentos fue custodio en la noche: el Señor asumió la forma de siervo, para custodiar a los siervos. Se lee en el evangelio de Lucas que “el Señor pasaba la noche en oración” (6, 12). El Custodio pasaba la noche en oración, no para sí sino para su criatura, que El vino a liberar.
Fue también Custodio en la pasión. Se lee siempre en el evangelio de Lucas‑ “Jesús se alejó de sus discípulos como de un tiro de piedra y, puesto de rodillas, oró” (22, 41). La Glosa comenta: “A solas oraba por todos aquel, que a solas debía padecer por todos”. Y Ambrosio: “Padeció por mí aquel que no tenía nada, por lo cual debiera padecer”. Se arrodilla, para mostrar la humildad de la mente con la posición del cuerpo.
Entonces fue verdaderamente humilde, pero vendrá con severidad, para hacer de la tierra un desierto y destruir de ella a los malvados.
12.‑ Y de estos malvados el Señor se lamenta con palabras del profeta Oseas: “Se llenaron y se hartaron; su corazón se ensoberbeció y se olvidaron de mí. Por esto seré para ellos como una leona, como un leopardo en el camino de los asirios. Los asaltaré como una osa, a la que fueron arrebatados los oseznos; desgarraré sus entrañas hasta el hígado y los devoraré como león. La bestia del campo los despedazará. Fuiste causa de tu ruina, Israel; sólo de mí te podrá venir la ayuda” (13, 6‑9).
Observa que en este pasaje hay ocho elementos: cuatro vicios y cuatro castigos en correspondencia a cada vicio. “Se llenaron”: he ahí las riquezas y la avaricia; “se hartaron”: he ahí la gula; “su corazón se ensoberbeció”: he ahí la soberbia y la vanagloria; “y se olvidaron de mí”: he ahí la lujuria.
Dice por boca de Ezequiel: “Porque te olvidaste de mí y me echaste detrás de tu cuerpo, también tú llevarás tus perfidias y tus fornicaciones” (23, 35).
Echa al Señor detrás de su cuerpo aquel, que se olvida de la amargura de la pasión del Señor y se abandona a los placeres del cuerpo; y por amor a su cuerpo se hace esclavo de la gula y del vientre. “Por eso”, dice el Señor, “seré como una leona” contra los que se llenaron; “como un leopardo en el camino de los asirios asaltaré” a los que se hartaron; “como una osa, a la que arrebataron los oseznos, desgarraré hasta el hígado las entrañas” de los soberbios, que se enorgullecieron en su corazón. Amamos con el hígado, en el cual está simbolizado el amor a las cosas terrenas; y el Señor dilacerará las entrañas de los que las aman. “Y como un león devoraré” a los lujuriosos; “y la bestia del campo”, o sea, el diablo, “los despedazará” con la espada de la muerte eterna; y así tendrán como torturador en el castigo a quien tuvieron como instigador en la culpa”.
“Fuiste causa de tu ruina, oh Israel”; como si dijera: “Si te arruinaste, la culpa es tuya”. Pero el socorro no te vendrá de ningún otro sino de mí, que custodio a Israel. Con razón se dice: “Custodio, ¿qué de la noche? Custodio, ¿qué de la noche?”. Y el Custodio responde: “Viene la mañana y después vendrá la noche. Si quieren, busquen; conviértanse y vengan”.
Custodio deriva de “cura”, cuidado; mañana, en latín, mane, deriva de mano. Los antiguos llamaban la mano “un bien”. ¿Y qué cosa hay mejor que la luz (de la mañana, mane)?
El Señor, nuestro Custodio, que tiene cuidado de nosotros (1 Pe 5, 7), a los que gritan: “¡Señor, Señor!”, les dice: “Viene la mañana”, o sea, la luz de la gracia; caminen, pues, hasta que es día, porque llegará la noche, en la que no se puede trabajar. Dice Salomón: “Si un árbol cae hacia el mediodía, o sea, hacia la vida, o si cae hacia el septentrión, o sea, hacia la muerte, permanece donde cayó” (Ecle 11, 3). Trabaja, pues, de manera apremiante, mientras dura el día, porque no hay ni acción ni razón en el infierno, hacia el cual, oh pecador, te apresuras, o, más bien, te impulsas a ti mismo con tus pecados.
Si ustedes quieren, o se proponen, buscar, busquen mientras sea día. Y, si buscan, ¿qué es lo que buscan? “Conviértanse”, responde, “y vengan”. He aquí cómo se busca a Dios y cómo se lo encuentra. Al Señor no hay que buscarlo con palabras: “¡Señor, Señor!”, porque El busca adoradores, que lo adoren en espíritu y en verdad (Jn 4, 23‑24), o sea, en el espíritu de contrición en la verdad de la confesión.
13.‑ De esta manera buscó al Señor el santo Josías, rey de Judá, con el cual tienes una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde se relata que “cuando Josías escuchó las palabras de la Ley del Señor, rasgó sus vestidos y concluyó una alianza con el Señor, comprometiéndose a seguir al Señor con todo el corazón y con toda el alma. ordenó que sacasen del templo del Señor todos los utensilios que habían sido labrados para Baal y los quemó fuera de Jerusalén, en el valle del Cedrón. Dio a las llamas los carros del sol. Asimismo, barrió a los nigromantes, a los adivinos, las imágenes de los ídolos, y todas las abominaciones y las inmundicias; y celebró la Pascua del Señor” (4 R 22, 11; 23, 3‑4, 11 y 24).
Josías se interpreta “en él está el sacrificio”, y es figura del penitente, en el que se halla “el sacrificio a Dios”, o sea, un espíritu dolorido y contrito. El penitente, cuando oye predicar la gloria eterna de los justos y el castigo sin fin de los pecadores, rasga sus vestidos, o sea, mortifica sus miembros que son como el vestido del alma y establece un pacto con el Señor: el Señor le perdone sus pecados y él, en adelante, no volverá a cometerlos.
Y del templo del Señor, o sea, de su corazón, en el cual habita el Señor, sacará todos los vasos que habían sido labrados en honor de Baal, o sea, todas las modalidades de la gula, con las cuales servía al dios Baal, o sea, a su vientre, y los quemará en el valle del Cedrón, que se interpreta “tristeza y dolor”; o sea, los quemará en la humildad del disgusto y del arrepentimiento. Y con el fuego de la penitencia quema también los carros del sol, o sea, los cinco sentidos del cuerpo que sobre sus cuatro ruedas, o sea, entre los placeres de las cosas temporales que se expanden por las cuatro estaciones, retozan al sol, o sea, a la luz de la gloria pasajera.
Y aleja a los nigromantes, o sea, el espíritu de avaricia, a los adivinos y a los embaucadores, llamados en latín aríoli, porque gritan plegarias infames alrededor de los altares (en latín, ara), en los que están representados los hipócritas; y echa fuera las imágenes de los ídolos, o sea, las fantasías torpes, las inmundicias de las fornicaciones y las chocarrerías del lenguaje.
Purificado de todas estas suciedades, el penitente celebra con el Señor la “Pascua”, que quiere decir “pasaje”, porque pasa de los vicios a las virtudes para convertirse y seguir al Señor, no gritando “¡Señor, Señor!”, sino cumpliendo la voluntad del Padre; y así merecerá entrar, al fin de su vida, en el reino de Dios.
14.‑ Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom 8, 16‑17).
Si, después de habernos convertidos, seguimos al Señor, purificando el templo del Señor de toda suciedad, entonces conoceremos plenamente que el Espíritu de Dios da testimonio de segura esperanza a nuestro espíritu y atestigua que somos hijos de Dios, porque hacemos la voluntad del Padre, que está en los cielos.
Y si somos hijos, somos también herederos, o sea, partícipes de su misma gloria: herederos de Dios, que nos constituyó herederos de la heredad eterna mediante el testamento, convalidado por la sangre y la muerte de su Hijo; y somos coherederos de su Hijo, porque El es “nuestra carne y nuestro hermano” (Gen 37, 27), a motivo de la coparticipación de nuestra naturaleza, que El exaltó por encima de los ángeles, “para que fuésemos participes y coherederos de su vida divina” (Misal: prefacio de la Ascensión).
Hermanos queridísimos, roguemos, pues, al Padre omnipotente, que nos conceda la gracia de cumplir su voluntad, de purificar de toda suciedad el templo de nuestro corazón y de celebrar la verdadera pascua, o sea, el verdadero pasaje, para poder llegar a la herencia eterna, que nos prometió por medio de nuestro coheredero Jesucristo, su dilecto Hijo.
Nos lo conceda el mismo Padre, que con su amadísimo Hijo y el Espíritu Santo, un solo y eterno Dios, vive y reina por los siglos eternos.
Y toda la iglesia responda: “¡Amén! ¡Aleluya!”
Aunque seamos indignos, damos gracias a Dios, uno y trino, porque, con la ayuda de su gracia, hemos completado el ciclo de los EVANGELIOS DOMINICALES (Sermones) hasta el primer domingo de agosto (Octavo Domingo después de Pentecostés).
Observa que, desde el primero de agosto hasta el primero de setiembre, se leen en la Iglesia los cinco libros de Salomón: los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, el libro de la Sabiduría y el Eclesiástico.
En el mes de agosto hay cuatro domingos. Si Dios nos lo concede, consideraremos de estos cinco libros las cosas más útiles para la edificación espiritual y más adecuadas a nuestra materia, y hallaremos la concordancia con los evangelios de estos domingos.
1. “En aquel tiempo había un hombre rico que tenía un mayordomo, el cual fue acusado ante él como disipador de sus bienes” (Lc 16, 1).
Dice Salomón en los Proverbios: “El que aprieta fuertemente las ubres, para sacar leche, exprime manteca; y el que ordeña con violencia, saca sangre” (30, 33).
Presta atención a estas cuatro palabras: ubres, leche, manteca y sangre.
Las ubres representan el Antiguo y el Nuevo Testamento; la leche, la interpretación alegórica; la manteca, la enseñanza moral; y la sangre, la compunción de las lágrimas.
De las ubres del Antiguo y Nuevo Testamento dice Oseas: “¡Dales, Señor”! ¿Qué les darás? Dales una matriz sin hijos y ubres marchitas” (9, 14). A los predicadores y a los prelados de la iglesia, que cometen prevaricaciones, el Señor les da una matriz, o un vientre, sin hijos. Su mente no es fecundada por la gracia del Espíritu Santo y por esto permanece estéril de obras buenas, sin hijos; y as! sus ubres, o sea, la ciencia del Antiguo y Nuevo Testamento, que predican, resulta árida e infructuosa.
Dice Salomón en los Proverbios: “Donde no hay bueyes, el pesebre está vacío; donde abundan las mieses, allí es patente la fuerza de los bueyes” (14, 4). El pesebre se dice en latín praesepe, de prae, y sepe, como rodeado de tapia, y simboliza la asamblea de los fieles, que el Señor rodeó con la tapia de la fe.
Este pesebre está vacío, cuando los bueyes, o sea, los prelados, no están allí con su vida, donde están con su prelatura. En cambio, si con la fuerza de las obras están allí donde están con la grandeza de su dignidad, sin duda, hay abundancia de mieses, o sea, de obras de virtud, en la asamblea de los fieles. Con razón dice Salomón: “El que aprieta reciamente las ubres”.
Aprieta reciamente las ubres aquel que, a la ciencia de los dos Testamentos, aplica la mano a la obra, para que no se le pueda echar en cara lo que dice Salomón en los Proverbios: “El perezoso mete su mano bajo las axilas y se cansa con sólo llevarlas a la boca” (26, 15). Las axilas son cavidades bajo los brazos, que ellas pueden mover y agitar. Esconde las manos bajo las axilas y no las lleva a la boca aquel que predica con la boca, pero descuida obrar con las manos.
El predicador, pues, debe sacar de las ubres la leche del relato histórico, para que pueda sacar de la leche la manteca suavísima de la enseñanza moral.
Observa que la leche está compuesta de tres sustancias. La primera se llama suero acuoso; la segunda es el queso; y la tercera es la manteca. El suero acuoso simboliza el relato histórico, el queso la interpretación alegórica y la manteca la enseñanza moral, que cuanto más es blanda, tanto más gratamente impresiona las mentes de los oyentes, porque las costumbres están corruptas. Por eso es mejor insistir en la enseñanza moral, que reforma las costumbres, que en la interpretación alegórica que suscita la fe. Gracias a Dios, la fe está esparcida en toda la tierra (Guillermo, abad).
“El que ordeña con violencia, saca sangre”. La sangre es llamada así porque vivifica y sustenta, o también porque es suave (asonancia entre el latín sangre y suave), y simboliza la compunción de las lágrimas, que vivifican y sustentan el alma, para que no caiga en el pecado. ¿Y qué hay de más suave que las lágrimas, que manan de la dulzura de la contemplación? “Las lágrimas, dice Agustín, son la sangre del alma”. Se llaman lágrimas de la dilaceración de la mente. El pecador, cuando con vehemencia es “ordeñado” por la palabra de la predicación que eleva en alto su mente, echa sangre, o sea, prorrumpe en lágrimas, por haber derrochado los bienes que el Señor le había confiado. Por esto en el evangelio de hoy se dice: “Había un hombre rico, que tenía un mayordomo ......
2.‑ Observa que en este evangelio se destacan tres momentos. Primero: la acusación del mayordomo ante el amo y el despilfarro de sus bienes, cuando se dice: “Había un hombre rico”. Segundo: la convocatoria de los deudores de su amo, cuando se añade: “Llamados los deudores uno a uno”. Tercero: la acogida en las tiendas eternas de los que hacen el bien a los pobres, cuando dice: “Y yo les digo: “¡Háganse amigos!”. Procuraremos poner de acuerdo algunos dichos de Salomón con las tres partes de este evangelio.
En el introito de la misa de hoy se canta: “Yo grité al Señor, y El me escuchará” (54, 17). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los Corintios: “No codiciemos cosas malas” (1Cor 10, 6). La dividiremos en tres partes y veremos su concordancia con las tres partes del evangelio. Primera parte: “No codiciemos cosas malas”; segunda parte: “El que piensa estar de pie”; parte tercera: “Dios es fiel”.
3.‑ “Había un hombre rico que tenla un mayordomo, el cual fue acusado ante él como disipador de sus bienes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás ser más mayordomo”. Entonces el mayordomo dijo para sí: “¿Qué cosa haré ahora que mi amo me quita la mayordomía? Cavar no puedo, y mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que haré para que, cuando se me quite la mayordomía, me reciban en sus casas” (Lc 16, 1‑4).
En esta primera parte del evangelio debemos considerar con gran atención qué signifiquen el hombre rico, el mayordomo, el despilfarro de los bienes del amo, cavar y mendigar.
Este hombre rico es figura de Jesucristo: hombre por la naturaleza humana y rico por la naturaleza divina. Por esto dice Salomón: “El pobre y el rico se encontraron; a ambos los creó el Señor” (Prov 22, 2). El pobre, o sea, la naturaleza humana, y el rico, o sea, la naturaleza divina, están unidas en Cristo, para que el hombre pobre fuese liberado de las penas y de las culpas con las que estaba atado.
De las riquezas de este hombre rico se dice en los Proverbios: “La larga vida está en su derecha y en su izquierda las riquezas y la gloria. Sus caminos son caminos deleitosos y todos sus senderos son pacíficos” (Prov 3, 1617). Derecha significa “que da fuera” (en latín, dans extra); izquierda, “que deja fuera” (en latín, sinens extra). La izquierda y la derecha de Jesucristo son sus dos venidas: la primera está indicada en la izquierda, la segunda en la derecha.
En la primera venida Cristo tuvo las riquezas, o sea, la pobreza y la humildad, que expuso en nuestros mercados, para que las compráramos, y sin las cuales no podemos ser ricos. Presentó también la gloria, que es la alegría en las tribulaciones y la paciencia en las persecuciones. A estos mercados acudieron los apóstoles, que compraron aquellas maravillosas mercaderías, cuando “se retiraron del sanedrín llenos de alegría por haber merecido sufrir ultrajes por el nombre de Jesucristo” (Hech 5, 41).
Sobre esto tenemos una concordancia en los Proverbios: “¡Es cosa sin valor, es cosa sin valor! ‑grita siempre el comprador‑; pero al alejarse, se jacta” (20, 14). Si piensas ir a los mercados de las tribulaciones, en los que se venden las auténticas riquezas, examina antes si tienes en la bolsa del corazón el dinero de la paciencia y de la alegría, con el cual puedas comprar; diversamente, te aconsejo que no vayas, porque volverías con las manos vacías. En cambio, si puedes contar con el importe, acude y compra. No te preocupes si aquellas riquezas son arduas, si es disgustoso y amargo beber el cáliz de las tribulaciones, porque, cuando regreses, entonces te gloriarás, porque pasarás de la izquierda a la derecha, porque tendrás larga vida: “Lo saciaré de larga vida y le mostraré mi salvación” (Salm 90, 16).
“Sus caminos son caminos deleitosos”. Observa que dos son los caminos y dos son los senderos de Jesucristo. El primer camino recorrido fue el del Padre a la madre; y este camino se llama camino de la caridad, de la cual habla el Profeta: “Enséñame, Señor, tu camino; caminaré yo en tu verdad” (Salm 85, 11). El segundo camino fue el de la Madre al mundo, y éste es el camino de la humildad, de la cual habla el Salmo: “En el mar ( en latín, in mari) fue la vía tuya” (76, 20), como si dijera: “Tú te hiciste en María un camino de la humildad. Si a la palabra mari añades el a del pronombre tuya, obtienes María, que se interpreta “estrella del mar”.
“Y éstos caminos son deleitosos”. Del primer camino se dice en el Salmo: “Con tu magnificencia y con tu belleza lánzate, avanza felizmente y reina” (44, Salm). Oh Verbo, que procediste del corazón del Padre, avanza felizmente hacia la liberación del género humano, procede a asumir la naturaleza humana y, vencido el diablo, reina, para poder decir: “Me fue dado todo poder en el cielo y en la tierra” (28, 18); y lleva a cabo todo esto en la belleza de tu amor, para destruir la lepra de nuestra iniquidad.
De la belleza del segundo camino se dice en el Cantar: “¡Qué hermosos son tus pies en las sandalias, hija del príncipe!” (7, 1). La Virgen María fue Madre e Hija del Príncipe, o sea, de Jesucristo; y sus pies, o sea, los sentimientos del corazón, fueron hermosos en las sandalias de color jacinto, o sea, en los deseos de la gloria celestial. Dice Ezequiel: “Te di sandalias color jacinto” (16, 10), o sea, del deseo de las cosas celestiales.
Y Judit, como se lee en su libro, “puso las sandalias a sus pies” (10, 3). Judit se interpreta “que alaba”, y es figura de la bienaventurada María, que alabó al Señor, diciendo: “Mi alma proclama la grandeza del Señor” (Lc 1, 46). Esta, a los pies de los sentimientos, puso las sandalias de las cosas celestiales.
Símilmente, el primer sendero de Jesucristo fue el de la persecución judía; y el segundo fue el del patíbulo de la cruz. Sendero se dice en latín semita, o sea, semis iter, medio sendero, porque semis significa “la mitad”.
Estos dos senderos fueron pacíficos, o sea, portadores de paz. Dice Isaías: “Cayó sobre Él el castigo de nuestra paz; y por sus llagas fuimos curados” (53, Salm). El castigo se dice en latín disciplina, o sea, addiscitur plena, que se aprende plenamente. El Hijo de Dios aceptó por nosotros el castigo de la pasión, “para pacificar con su sangre las cosas del cielo y las de la tierra” (Col 1, 20), o sea, reconciliar al género humano con Dios Padre.
Considera, alma miserable, cuán grande era la discordia entre tú y Dios Padre, con el cual jamás hubieras podido reconciliarte sino mediante el castigo de su Hijo. Considera, oh pecador, cuán graves eran tus Hagas, que no pudieron ser curadas sino mediante las llagas de Jesucristo. Y como tus llagas eran mortales, y te hubieran llevado a la muerte eterna, por eso el Hijo de Dios quiso morir por ti.
“Medicina del dolor es el mismo dolor” (P. Siro). Te suplico, pues: no seas ingrato hacia el hombre rico, hacia el Hijo de Dios y del Hombre, porque curó tus llagas con sus llagas, con su muerte te resucitó a ti que estabas muerto y te constituyó administrador de sus bienes, para que los conservaras y no los despilfarraras. Pero ya que no tienes miedo en disiparlos, era necesario que tú rindieras cuenta. “Había un hombre rico que tenía un administrador, a quien se acusó ante su amo de derrochar sus bienes”.
El mayordomo es llamado en latín villae custos, o sea, custodio de la hacienda; y aquí se usa como ecónomo o administrador, que administra todas las sustancias de la casa. Este administrador es figura de todo hombre, al cual el Señor confió tres especies de dones: los gratuitos (sobrenaturales), los naturales y los temporales. Pero el hombre desventurado disipa los bienes sobrenaturales y naturales pecando gravemente, y despilfarra los bienes temporales acumulándolos ¡lícitamente o gastándolos indebidamente.
4.‑ Y como suceda este derroche, nos lo explica la concordancia en los Proverbios de Salomón: “Por tres cosas se alborota la tierra, o, mejor, hay cuatro cosas que no puede soportar: un esclavo que llega a ser rey, el necio cuando se harta de alimentos, una mujer antipática cuando se casa y una sirvienta que llega a ser heredera de su señora” (30, 21‑23).
La tierra, así llamada por su superficie que es pisoteada (en latín, teritur), simboliza la mente del hombre, cuando es “pisoteada” por muchos y diferentes pensamientos; cuando es pisoteada, se estremece; y cuando se estremece, disipa sus energías; y después que las disipó, es despojada de los bienes sobrenaturales y es herida en los bienes naturales. Se estremece, digo, a causa de esos cuatro malditos eventos susodichos.
El esclavo que llega a ser rey es el cuerpo recalcitrante, del cual habla el Eclesiástico: “El forraje, el palo y la carga para el asno; el pan, el castigo y el trabajo para el esclavo. Trabaja cuando es castigado y ama el reposo; relaja tus manos y él busca la libertad. El yugo y la rienda doblegan el cuello duro y la asidua fatiga amansa al esclavo. Para el esclavo malvado, el tormento y las cadenas; oblígalo al trabajo, para que no esté ocioso, porque la ociosidad enseña mucha maldad. Ponlo a trabajar como corresponde; y si no te obedece, encadénalo” (33, 25‑30).
Con todo, como en el castigar el cuerpo se requiere mucha discreción, sigue el texto sagrado: “Pero no te propases con nadie, ni hagas nada sin justicia. Si tienes un esclavo fiel y juicioso ‑o sea, si tu cuerpo no te da ninguna molestia‑, trátalo como si fuera tu alma, trátalo como un hermano” (33, 3031).
Símilmente, “el necio harto de alimentos” simboliza al espíritu infatuado, embriagado de placeres, del cual se dice: “Cuando se castiga al impío, también el necio se hace más sabio” (Prov 19, 25). o sea, cuando el cuerpo recalcitrante se castiga como se dijo, también el necio, o sea, el espíritu infatuado se hará más sabio, porque no se embriagará más de placeres, sino de lágrimas de arrepentimiento.
Continúan los Proverbios: “La necedad está atada al corazón del niño; pero la vara de la corrección la alejará de él” (22, 15). El niño simboliza el cuerpo, que se comporta de modo pueril y apetece las flores y los frutos de las cosas temporales. En su corazón está anidada la necedad, o sea, está arraigado el amor a las cosas temporales, que la vara de la penitencia ahuyenta, Con el hombre de corazón soberbio se debe obrar como con el león enfurecido, ante el cual se golpea al cachorro; aterrorizado por los golpes, también él depone su ferocidad. De manera semejante, si se golpea el cuerpo con la vara de la penitencia, el ánimo lleno de soberbia leonina se humilla.
Símilmente, “la mujer antipática que se casa”. Mujer deriva del latín molicie, o sea, muy blanda, y simboliza el mal pensamiento, que se hace odioso, o sea, pecado, cuando lleva al consentimiento de la mente; y se casa, cuando el pensamiento se realiza en las obras.
“La esclava que llega a ser heredera de su señora”. La señora es la razón, la esclava la sensualidad. Ni la tierra puede sufrir, cuando ella pretende usurpar el dominio de la razón.
A causa de estos malditos eventos, el ingrato administrador despilfarra los bienes de su amo, y por eso es acusado ante él. Aclara la Glosa: “Se hace esta acusación, porque no practica las obras de misericordia con aquellos hacia los cuales está obligado”.
5.‑ “El amo lo llamó”. El dueño llama al administrador, cuando suscita el miedo a la condenación eterna. “Y le dice: “¿Qué es esto que oigo de ti?”. Da cuenta de tu administración”, o sea, mientras estás en esta vida, piensa cómo debes comportarte. Dice Salomón: “El que labra su tierra, se saciará de panes; en cambio, el que se abandona al ocio, se llenará de miseria” (28, 19). Se saciará de panes de la gracia en la vida presente y de panes de la gloria en la vida futura el que labra “la tierra de su cuerpo” con obras buenas. En cambio, el que se abandona al ocio, o sea, a los placeres del cuerpo, se llenará con la miseria de la muerte eterna. “Ya”, o sea, desde el tiempo de la muerte, “no podrás ser más mayordomo”.
“Entonces el administrador”, apresado por el pánico, “dijo para sí: ¿Qué haré”, para evitar el castigo, “ahora que mi amo me quita la mayordomía? Cavar no puedo, mendigar me da vergüenza”.
El pecador, cuando considera que con su vida terminarán todas las cosas temporales, se preocupará de encontrar más amigos que acumular riquezas; comprende que, terminada esta vida, no habrá para él más lugar para cavar la tierra de su alma con la azada de la devota compunción, para llevar fruto, y también comprende que sería vergonzoso para él mendigar, como mendigarán las vírgenes insensatas (Glosa) (Mt 25, 8).
Dice Salomón: “El perezoso no ara durante el invierno; mendigará durante el verano, y nadie le dará” (Prov 20, 4). El que no quiere arar en el invierno de la vida presente es aquel que no quiere hacer penitencia. Arar viene de aes, porque en los tiempos antiguos se araba con el arado de bronce. El bronce es indestructible y sonoro, y simboliza la penitencia asidua que acusa sus pecados, con la que los padres antiguos solían arar su carne. En cambio, nuestros penitentes modernos no aran con el bronce sino con un madero seco. Hoy no hay casi nadie que practique la verdadera penitencia; y por eso mendigarán durante el verano, o sea, en el día de la resurrección final: “¡Señor, Señor, ábrenos!”. Y no se les dará más vida, sino que se les dirá: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!”.
6.‑ Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “No debemos codiciar cosas malas, como ellos las codiciaron. No sean idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: “El pueblo se sentó a comer y a beber; y después se levantó para divertirse. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron; y en un solo día cayeron veintitrés mil. Ni tentemos al Señor, como algunos de ellos lo tentaron; y perecieron por las serpientes. Ni murmuren, como algunos de ellos murmuraron; y perecieron por el destructor” (1Cor 10, 6‑10).
En este pasaje sobresalen cuatro pecados: la idolatría, la fornicación, la tentación y la murmuración, con los cuales se derrochan los bienes del hombre rico. Y estos cuatro pecados concuerdan con los cuatro eventos señalados más arriba.
El que ama a su cuerpo, que es un esclavo traidor, no según sus necesidades, sino por el placer, es como un idólatra que adora un ídolo, como está escrito en el Éxodo: “Se sentó el pueblo para comer y beber”, delante del becerro de oro, “y se levantaron para divertirse”, o sea, para adorarlo, o para organizar juegos y fiestas en su honor (32, 6).
Asimismo, cuando el necio se harta desmedidamente de alimentos, se mancha de fornicación, como se lee en el libro de los Números, que “Israel fornicó con las hijas de Moab, que los invitaban a los sacrificios; y comieron las carnes ofrecidas a los !dolos. Y el furor del Señor se encendió contra ellos y en un solo día cayeron veintitrés mil” (Num 25, 1‑6). He ahí que de la gula se pasa a la fornicación, y de la fornicación se llega a la muerte y a la condenación,
Símilmente, el que se casa con una mujer odiosa: con el consentimiento de la mente y de la obra mala, tienta a Cristo a quien alaba sólo con las palabras, mientras sigue su propio instinto en lugar de obedecerle a El. El mismo Cristo sucintamente compendió esos tres pecados, diciendo: “El que mira a una mujer con intenciones libidinosas”: he ahí la mujer odiosa, “en su corazón ya cometió adulterio con ella”: he ahí que de alguna manera la asumió en matrimonio” (Mt 5, 28); y así será herido por las mordeduras de las serpientes, o sea, de los demonios.
En fin, el que hace de la esclava, o sea, de la sensualidad, una dueña de la razón, suscita murmuraciones y disensiones en la habitación de su mente.
Roguemos, pues, al Señor, que con las cuatro virtudes capitales destruya estos cuatro vicios, afiance la tierra de nuestra mente, conserve en nosotros sus bienes para que no los disipemos y así merezcamos llegar a la posesión de los bienes eternos.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos, ¡Amén! ¡Así sea!
7.‑ “Había un hombre rico que tenla un administrador” (1). Este administrador es figura del prelado, al cual el Señor confió en custodia su hacienda, o sea, la Iglesia. A este prelado le habla Salomón en los Proverbios: “Sé diligente en conocer el rostro de tus ovejas y mira con cuidado por tus rebaños. No podrás tener para siempre este poder; pero te será dada una corona para perpetuas generaciones” (27, 23‑24).
Oh prelado, procura conocer a fondo el rostro de tus ovejas, o sea, de tus súbditos: si tienen en la frente la tau de la pasión del Señor, que recibieron en el bautismo, o si la rasparon y sobrescribieron “la marca de la bestia” (Ap 13, 16). Y gobierna bien a tu rebaño, para que no haya alguien inficionado por el morbo de la herejía o del cisma, y pueda contagiar también a los demás.
“Corre”, pues, como dice el texto bíblico, “apresúrate y despierta a tu amigo. No concedas sueño a tus ojos, ni se duerman tus párpados” (Prov 6, 34). No vas a tener este poder para siempre, sino de manera interina. Si velas y cuidas con diligencia a tu rebaño, se te dará la corona por los siglos de los siglos. He ahí en qué modo el mayordomo deba custodiar la hacienda de su amo.
Sin embargo, ¡ay de mí, ay de mí! No diría un mayordomo, sino un ladrón, un lobo, destruye la hacienda del amo y devora los bienes encomendados. Y cómo la malicia de los prelados destruya a la iglesia, nos lo explica Salomón: “Por tres cosas se alborota la tierra, o, mejor, cuatro cosas no puede soportar: un esclavo que llega a ser rey, un necio harto de alimentos, una mujer odiosa que se case y una esclava que llegue a ser heredera de su dueña” (Prov 30, 21‑23).
La tierra, bendecida por el Señor, es la santa iglesia, de la que El mismo dice en el Génesis: “Produzca la tierra hierbas lozanas” (1, 11). Sobre este tema estudia el sermón del domingo de Septuagésima: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra”.
Esta tierra, o sea, la comunidad de los fieles, es sacudida en estabilidad de su fe y en la santidad de su vida por los malos ejemplos de los prelados.
“El esclavo que llega a ser rey”. “El esclavo que reina es el prelado, esclavo del pecado, hinchado del espíritu de soberbia, un mono en el tejado, que es cabeza del pueblo de Dios” (San Bernardo). De él dice Salomón: “Un león rugiente, un oso hambriento, un príncipe impío está a la cabeza de un pueblo pobre” (Prov 28, 15).
El prelado de la iglesia, esclavo que reina y príncipe inicuo, es un león rugiente por la soberbia, oso hambriento por la rapiña, y despoja al pobre pueblo. Más aún, observa que este desdichado es más cruel que un oso. Dice la Historia Natural que la índole del águila y del oso es tal que jamás hacen rapiñas en la zona, donde puso el nido o donde eligió la caverna (Aristóteles).
¡Oh servidor malvado, ten al menos consideración por los tuyos, entre los cuales pusiste el nido de tu estiércol y el antro de tu ceguera!
Este servidor se porta con sus súbditos como el buitre con sus polluelos. Dice la Historia Natural que “el buitre echa fuera del nido a los polluelos, antes de que puedan volar” (Aristóteles); y se porta así por aversión hacia ellos, aversión inserta en su naturaleza, originada por la voracidad. Cuando está hambriento, hace muchas presas y es celoso de los pequeños, a los que ve crecer y engordar.
El buitre debe su nombre a su vuelo lento (en latín, vultur, buitre, y volatus tardus, vuelo lento); y no puede tener un vuelo rápido a motivo de la grandeza de su cuerpo.
El buitre es figura del prelado de la Iglesia, que, obstaculizado por las cosas temporales, no puede elevarse en vuelo de las cosas terrenas a las celestiales. El, con el mal ejemplo de su vida, echa a sus súbditos. Aun antes que sepan volar, o sea, que sepan despreciar las cosas mundanas y amar las cosas celestiales, él los expulsa del nido de la fe, aniquilando su buen propósito.
¡Ay de mí! ¡Cuántos cristianos se convirtieron a la herejía, después de haber despreciado, por el mal ejemplo de los prelados, el nido de la fe, del cual dice Job: “Yo moriré en mi pequeño nido” (29, 18). Y como “por envidia del diablo la muerte entró en todo el mundo” (Sb 2, 29), este prelado envidia a sus súbditos, sus parroquianos, cuando los ve prosperar en la abundancia.
“El envidioso se consume por la prosperidad ajena” (Horacio). Si se atormenta por la felicidad ajena, ¿a quién podrá desear felicidad? ¿De cuál dichoso evento podrá complacerse? Si es malvado con los suyos, ¿Cómo podrá ser bueno con los demás? (Ecli 14, 5). Por culpa de tal esclavo sufre ruinas la Iglesia de Jesucristo.
La tierra se alborota “por el necio harto de comida”. El necio saturado de alimentos es el prelado de la iglesia, glotón y lujurioso, del que se dice en los Proverbios: “El que ama la comida suculenta y el vino, no se enriquecerá” (21, 17), de bienes espirituales. Y a él le habla Salomón: “oh Lamuel, no des, no des vino a los reyes, porque no se guarda secreto alguno allí donde reina la embriaguez. Si beben, se olvidan de sus juicios”, o sea, de los beneficios, traicionan la causa de los hijos de los pobres” (Prov 31, 4‑5).
Lemuel se interpreta “en él está Dios”, y es figura del prelado, en el cual está Dios por la dignidad de su oficio y –!ojalá!‑ por su santidad de vida. A él se le ordena dos veces, para que se lo grabe bien en la memoria, el mandato: “No des, no des a los reyes el vino”. Aquí por “reyes” se entienden todos los fieles, miembros del sumo Rey, a los que, oh prelado, no les debes dar vino, en el cual son designadas la gula y la lujuria; o sea, no los corrompas con el mal ejemplo de tu vida.
“No debes ‑repito‑ darles el vino”, porque, donde reina la embriaguez tanto en el prelado como en el súbdito, no hay más algún secreto de pureza y de castidad.. “No debes darles vino”, para que, embriagados por el ejemplo de tu vida disoluta, no olviden los juicios de Dios y para que, impulsados por un juicio injusto, traicionen la causa de los hijos de los pobres, que demandan se les haga justicia.
Cuando duele la cabeza, también los demás miembros del cuerpo sufren. Si se seca la raíz, se secan también las ramas. Está escrito en los Proverbios: “Si falta la profecía, el pueblo se desenfrena” (Prov 29, 18). Si falta el ejemplo de vida y la enseñanza de la verdad en el prelado, también el pueblo se corrompe: olvida los juicios de Dios y traiciona injustamente la causa de los pobres.
¡Oh! ¡Qué gran ruina causa al pueblo la vida disoluta del prelado, el cual, cuando está harto de alimentos, se olvida de Dios y del pueblo que se le confió. El, como está escrito en los Proverbios, se comporta como una mujer adúltera, “la cual come y, limpiándose la boca, dice: “¡No cometí ninguna maldad!” (30, 20). También el prelado, a pesar de todo el mal cometido, desea aparecer delante de los hombres santo y justo.
8.‑ Símilmente, la Iglesia se arruina “por causa de la mujer antipática, cuando se la recibe en matrimonio”. Esta mujer simboliza la simonía de los prelados, que, cuando es prometida, es odiosa y, cuando se la acepta, es como tomada en matrimonio. De esa mujer Salomón habla así: “La mujer insensata es alborotadora, experta en seducciones pero ignorante; se sienta a la puerta de su casa en una silla , en los lugares altos de la ciudad, para llamar a los viandantes, que van derechos por su camino, y les dice: “El que es pequeño (inexperto), venga a mí”. Y habla as! al insensato: “Las aguas furtivas son más dulces, y el pan comido a escondidas es más sabroso” (Prov 9, 13‑18). Los que se le juntan, se desplomarán en el infierno; sólo el que se aleja de ella, se salvará.
Observa que la simonía es llamada “mujer insensata y alborotadora, llena de seducciones e ignorante”. “Mujer”, porque por su causa casi todos son corruptos. “Insensata”, porque vende oro por plomo, lo espiritual por lo material. “Alborotadora”, porque ladra descaradamente contra tribunales y curias. “Llena de seducciones”, que compra para su vergüenza, dando en pago su alma. “Ignorante”, o sea, no comprende, que Dios no puede dejar impune un delito tan grave, porque “el dinero del simoníaco irá con él en perdición, porque vende por dinero el don de Díos, dado gratuitamente” (Hech 8, 20).
“Se sienta a la puerta de su casa”. La casa de la simonía es la mala voluntad del simoníaco; y sus puertas, en las que está sentada la simonía, son las manos y la lengua. En efecto, el que con una oración o por dinero, con la palabra o con un don, con una promesa o con un obsequio, por temor o por amor terreno y carnal, vende o dona una cosa espiritual o anexa a lo espiritual, es simoníaco, y no puede salvarse si no restituye y no hace una verdadera penitencia. En síntesis, la mala voluntad de comprar o vender una cosa espiritual hace al hombre simoníaco.
Y como la simonía se elige los lugares más elevados en los más eminentes prelados de la Iglesia, el texto bíblico añade: “Sentada en una silla, en el lugar más alto de la ciudad”. La ciudad es llamada en latín urbs, de orbe o círculo, porque los antiguos construían la ciudad dentro de un circulo.
La ciudad es figura de la iglesia, que debe ser redonda, o sea, perfecta, a la que el Señor dice‑ “¡Sean perfectos, como es perfecto su Padre celestial!” (Mt 5, 48). Y el lugar más alto de la iglesia es la dignidad de la prelatura. La simonía, pues, se sienta en una silla en el más alto lugar de la ciudad, o sea, en las cátedras de la dignidad eclesiástica. Ya que apetecen estas dignidades, serán privados de las segundas (o sea, las del cielo), “cuando caerán de la silla de espaldas y se romperán la cabeza” (1Rey 4, 18).
¡Ay de aquellos que de buena gana aceptan donaciones, porque éstas ciegan los ojos de los sabios! Estos construyen Jerusalén en la sangre, o sea, otorgan los beneficios eclesiásticos a los consanguíneos, a los sobrinos y a las sobrinas. De alguna manera es sacrilegio dar las cosas de los pobres a los que no son pobres. Si das algo a los parientes, no se lo debes dar porque son parientes, sino porque son pobres.
Cuídate, pues, de echar el patrimonio de Jesucristo “en la corbona, tesoro, porque es precio de sangre” (Mt 27, 6). Por eso, no debes dar la sangre a la sangre, sino que has de dar a los peregrinos y a los pobres, “por cuya sepultura, con el precio de la sangre del Señor, se compró el campo llamado Acéldama”, (campo de sangre), o sea, la santa Iglesia, cuyos bienes no pertenecen a los ricos, sino a los pobres.
“Para invitar a los viandantes, que van derechos por su camino”. Los viandantes y los que van por su camino son los penitentes, los cuales, “no teniendo aquí una ciudad estable” (Hb 13, 14), libres de sus cargas, corren en pos de Jesús, apresurándose a conquistar la palma de la suprema llamada. La mujer insensata, sentada en lo alto, los llama para que vayan a ella. En cambio, ellos rehúsan absolutamente desviarse hacia ella, porque “no buscan la gloria que viene de los hombres, sino la que viene de Dios” Un 5, 41).
Lamentablemente, el inexperto y el insensato (en latín, vecors, sin corazón), o sea, los carnales, que sólo saben a carnalidad, cuya gloria será su confusión, se dirigen a ella, beben el agua furtiva y devoran a escondidas su pan. Las aguas furtivas son las prebendas que se toman como el agua, pero clandestinamente, o sea, simoniacamente. Y el pan, comido a escondidas, simboliza la grandeza de las dignidades, que se confieren a escondidas, casi en la oscuridad, a los que son ciegos de vida y de ciencia. Estos cargos son tanto más dulces y gratos, cuanto más grandes son el ardor de la sed y el hambre de la codicia para procurárselos.
Y esos infelices ignoran que allí, en las dignidades logradas de esa manera, están los gigantes, o sea, los demonios; y sus convidados, o sea, los simoníacos, serán eternamente castigados, junto con el diablo, en lo profundo del infierno. El que se junte en matrimonio con esa odiosa mujer, se hundirá en el infierno; en cambio, el que se aleja de ella, se salvará. Con toda razón se dice que la simonía es la ruina de la iglesia.
9.‑ “La tierra se alborota también a causa de una esclava que llega a ser heredera de su señora”. La señora simboliza la teología, la esclava la ley o códice Justiniano, y la ciencia fuente lucrativa. Hoy se prefiere la esclava a la señora, Agar a Sara, la ley justiniana a la ley divina.
Los prelados de nuestro tiempo, que no son discípulos de Cristo sino del anticristo, despreciada la legítima consorte, no se avergüenzan de unirse a una concubina que, constatando estar encinta, desprecia a su señora (Gen 16, 4). En las curias episcopales los bribones hacen resonar la ley de Justiniano, no la de Cristo; cuentan historietas, pero no según tu ley, oh Señor, ley que ya está abandonada y tomada en odio. Por esto siente el impulso de gritar y de decir a Abraham: “Te comportaste injustamente conmigo. Yo te di en brazos a mi esclava; y ella, al ver que había concebido, me mira con desprecio” (Gen 16, Salm). Por ahora Abraham no presta atención a la cosa; pero sin duda negará el momento en que dirá: “Echa fuera a la esclava y a su hijo; sólo la libre tendrá derecho ala herencia” (Gen 2 1, 10).
¡Oh, qué desventurado es aquel que dedica sus esfuerzos a la ley, según la cual son juzgadas las cosas temporales, y no se preocupa de aquella ley según la cual él mismo será juzgado!
Sobre este argumento mira una exposición más completa en el sermón del II domingo después de Pascua, sobre el evangelio: “Yo soy el buen pastor”.
He aquí que ahora ya sabes como el mayordomo despilfarra los bienes del Señor, y como por la malicia de los prelados se arruina la Iglesia, la cual, vejada por su iniquidad, se dirige a su Esposo con las palabras del introito de hoy: “Cuando grité al Señor, El escuchó mi voz contra los que se me acercan. Los humillará aquel que existe antes de los siglos y vive eternamente. Echa sobre el Señor tus afanes y El te sustentará” (Salm 54, 17‑23).
Aquí debemos considerar tres cosas: la aceptación del grito de la iglesia, el rechazo de los falsos ministros y el consuelo de la misma iglesia. La iglesia, marcada por la pobreza de su Esposo en medio de una nación inicua y perversa, que se le acerca sólo de palabra y no de obra, con el cuerpo y no con el espíritu, grita al Señor, pidiendo que la libere de la opresión de esta nación perversa. Y el Señor benévolo la liberará y humillará en lo profundo del infierno a la nación perversa y pecadora que pretende ser llamada iglesia y en cambio es la “sinagoga de Satanás” (Ap 2, 9); y hará esto cuando “limpiará su era y recogerá el trigo en su granero y quemará en el fuego inextinguible la paja, o sea, a aquellos que ahora se dispersan a la búsqueda de la paja de las riquezas (Mt 3, 12).
Oh iglesia pobrecilla, trastornada por la tempestad y sin consuelo alguno, echa tus afanes en el Señor, y El te sustentará, porque, como dice Isaías, “serás amamantada de los pechos de los reyes” (60, 16). Estos reyes son los apóstoles; los dos pechos son la doctrina de Cristo y la gracia del Espíritu Santo, con las que fueron amamantados los apóstoles y con las que serás amamantada también tú hasta que, creciendo de virtud en virtud, contemplarás al Dios de los dioses en Sión (Salm 83, 8), al cual sean el honor y la gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!.
10.‑ “El mayordomo llamó a cada uno de los deudores de su amo y preguntó al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?”. Y él contestó: “Cien barriles de aceite”. Le dijo: “Toma tu recibo, siéntate pronto y escribe cincuenta”. Después preguntó a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?”. Y él le contestó: “Cien quintales de trigo”. Le dijo: “Toma tu cuenta y escribe ochenta”. Y el amo alabó al mayordomo deshonesto, porque había obrado sagazmente, porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de la luz” (Lc 16, 5‑8).
La Glosa explica así las medidas nombradas en este pasaje: “El barril es llamado en griego kados, y en latín ánfora, contiene tres urnas. El quintal es llamado en hebreo coro y contiene treinta almudes. Todo esto puede entenderse más sencillamente: el que alivia por la mitad o por un quinto la miseria del pobre, recibirá la recompensa por su misericordia.
Sentido moral. Vamos a estudiar ahora el significado de los dos deudores, de los cien barriles de aceite, de los cien coros de trigo y de la reducción a cincuenta y ochenta.
Los dos deudores representan a todos los fieles cristianos, que deben observar los dos preceptos de la caridad, por la cual deben amar a Dios y al prójimo. En los cien barriles de aceite está simbolizado el amor de Dios; y en los cien quintales de trigo, el amor del prójimo.
¿Y por qué razón el aceite simboliza el amor de Dios? El aceite flota por encima de todo líquido; y ésta es la causa. En la sustancia aceitosa no hay elementos de agua y de tierra, sino de aire, y por esto flota sobre el agua, porque el aire que lo impregna, lo levanta como si fuera un odre; y de ahí viene su levedad (Aristóteles). Así también el amor de Dios debe estar por encima de todo otro amor.
Dice Salomón: “El fruto de la sabiduría es más precioso que toda riqueza; y todo lo que se puede desear, no se le puede comparar” (Prov 3, 14‑ 1 Salm). El fruto de la sabiduría es el amor de Dios; y el alma, después de haber saboreado su dulzura, “comprende cuán suave es el Señor” (Salm 33, 9). ¿Puede haber algo más precioso? ¿Algo más deseable? A él no se le pueden comparar ni riquezas ni gloria.
Y como en el aceite no hay nada de agua ni de tierra, sino de aire, así en el amor de Dios no debe mezclarse nada de carnalidad ni de terrenidad, sino sólo aire, o sea, la pureza de la mente y una conducta celestial. ¡Bienaventurada el alma, que guarda en sí el amor de Dios, porque flota sobre todas las aguas, porque el aire que se halla en el alma amante, la lleva en alto!.
11.‑ Se lee en el Génesis: “El Espíritu del Señor se cernía sobre las aguas” (1, 2). Este pasaje puede interpretarse de cuatro maneras.
Primero: como la mente del artífice se cierne sobre la obra que está por hacer, y como las aves se posan delicadamente sobre los huevos, de los que nacerán los polluelos, así el Espíritu del Señor se cernía sobre las aguas, de las que “haría nacer toda especie de criaturas, según su género” (Gen 1, 11).
Segundo: el Espíritu del Señor, o sea, la inteligencia espiritual, debe cernerse sobre las aguas, o sea, sobre la inteligencia carnal. Dice Juan: “Es el Espíritu que da vida; la carne ‑o sea, la inteligencia carnal‑ no sirve para nada” (6, 64). “La letra mata ‑como en el segundo libro de los Reyes se relata que Urías llevó consigo la carta de su muerte (2 R 11, 14)‑; es el Espíritu que da la vida “ (2Cor 3, 6).
Y Ezequiel dice: “El Espíritu de vida estaba en las ruedas” (1, 20). En las ruedas del Antiguo y del Nuevo Testamento se halla el Espíritu de vida, o sea, la inteligencia espiritual, que da vida al alma. Se lee en los Proverbios: “La ley del sabio es manantial de vida, para apartarse de la ruina de la muerte” (13, 14).
Tercero: el Espíritu del Señor, o sea, el prelado espiritual, se cierne sobre las aguas, o sea, sobre los pueblos. En efecto, cuanto la vida del pastor es superior a la de las ovejas, tanto la vida del prelado debe ser superior a la de los súbditos. Dice Ezequiel: “Sobre las cabezas de los seres vivientes habla, extendido sobre sus cabezas, una especie de firmamento, semejante a un cristal esplendente, que suscitaba terror” (1, 22). Este firmamento es figura del prelado, en el cual deben resplandecer el sol de una vida sin mancha, la luna de la doctrina que ilumina la noche de este destierro, las estrellas de una buena reputación; y su conducta debe ser transparente como el cristal y debe causar temor. En el cristal están simbolizadas la constancia de la mente y las caricias de la mansedumbre; y en el terror, el rigor de la corrección. El prelado, pues, debe tener firmeza y dulzura, debe ser severo y suscitar terror, cuando las circunstancias lo reclamen; y así se cernirá sobre las aguas y sobre la cabeza de los seres vivientes, o sea, de sus súbditos, sobre los cuales se extenderá, como el firmamento, para protegerlos y defenderlos.
Cuarto: el Espíritu del Señor, o sea, el alma que ya concibió el espíritu del amor divino, se cierne sobre las aguas, o sea, sobre las cosas temporales: Dice el Génesis: “El arca flotaba sobre la superficie de las aguas. Y las aguas subieron mucho sobre la tierra y cubrieron todos los montes más altos que hay debajo de todo el cielo” (7, 18‑19).
Las aguas de las riquezas y de las concupiscencias ya subieron tanto que cubrieron toda la tierra. Por eso dice Isaías: “Su tierra está llena de plata y de oro, y sin fin son sus tesoros”: he aquí la avaricia; “y su tierra está repleta de caballos y son innumerables sus cuadrigas”: he ahí la soberbia; “y su tierra está llena de !dolos”: he ahí la lujuria (2, 7~8). Toda la tierra está cubierta por estas malditas aguas; y lo que es mucho peor y peligroso, también todos los montes más altos, o sea, los prelados de la iglesia, están cubiertos por esas aguas. Pero el arca de Noé, o sea, el alma del hombre espiritual, flota sobre las aguas, porque lo juzga todo como estiércol. Con razón, pues, se dice que el aceite del amor divino flota sobre todo líquido.
En los cien barriles de aceite se debe entender la perfección del amor de Dios. El mayordomo, o sea, el prelado, debe decir a todo fiel que es deudor de Dios: “¿Cuánto debes a mi amo?”. o sea, ¿en qué medida estás obligado a amar a Dios? Responderá: “Cien barriles de aceite”; o sea, estoy obligado a amar a Dios con un amor perfecto, porque estoy obligado a amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con todas mis fuerzas. Sin embargo, como soy un pecador, no tengo fuerza para llegar a aquella perfección del amor. Entonces el mayordomo de la iglesia, proveyéndose a sí mismo y al otro, debe decir: “ Toma tu caución (recibo), siéntate pronto y escribe cincuenta”. Caución viene de cautelarse, y es una obligación escrita con la propia mano.
Observa que aquí están indicadas tres cosas, en las que consiste la verdadera penitencia. El prelado, o el sacerdote, debe decir al pecador: ya que no puedes subir a aquella perfección del amor, mientras tanto, “recibe tu caución”, o sea, prepara tu vida para hacer penitencia; “siéntate”, en la contrición del corazón; “siéntate pronto”, o sea, porque el tiempo es breve; “y escribe”, con la confesión de la boca; “cincuenta”, en obras de satisfacción. Sobre este número cincuenta hallarás un tratado más amplio en el sermón del día de Pentecostés: “Al cumplirse los días de Pentecostés”.
12.‑ “Y después preguntó a otro: “Tú, ¿cuánto debes a mi amo?”. El respondió: “Cien quintales de trigo”. Le dijo: “Toma tu cuenta y escribe ochenta” (Lc 16, 7).
El trigo simboliza el amor al prójimo, del que Salomón dice: “Al que esconde el trigo, el pueblo lo maldecirá; en cambio, se invoca una bendición sobre la cabeza de los que lo venden” (Prov 11, 26). “El que esconde el trigo”, o sea, sustrae su amor al prójimo, “será maldecido” en aquella reunión universal, en la que todos los pueblos se juntarán delante del tribunal del juez. En cambio, “será invocada la bendición: “¡Vengan, benditos de mi Padre!”, sobre la cabeza de los que lo venden”. Si vendes al prójimo el trigo del amor, recibirás el premio de la recompensa eterna. Se dice en los Proverbios: “Presta al Señor el que hace la caridad al prójimo; y el bien que hizo, se lo volverá a pagar” (19, 17). En los cien quintales de trigo se entiende la perfección del amor interior.
Diga, pues, el mayordomo, diga el sacerdote o el prelado de la iglesia al pecador: “¿Cuánto debes?”, o sea, ¿cuánto debes amar a tu prójimo en Dios? Responderá: “Cien quintales de trigo”, o sea, debo amar al amigo y al enemigo, en Dios y por Dios; y por mi prójimo, si fuera necesario, debo estar dispuesto a dar la vida. Sin embargo, como soy débil y carnal, no llego a una tal perfección del amor al prójimo. Entonces el administrador debe decirle: “Ya que todavía no estás dispuesto a arriesgar tu vida por el hermano, por el momento, “toma tus letras (cuenta) y escribe ochenta”.
La palabra “letra” suena casi como legitera, o sea, légit iter, muestra el camino al que lee, o “reitera leyendo”.
“Toma, pues, tus letras”, o sea, prepara el camino de tu mente para el amor al prójimo; “y escribe ochenta”, o sea, enseña al prójimo para que no yerre y socórrelo para que no desmaye; instruye su espíritu en la doctrina de los cuatro evangelistas; alimenta su cuerpo, compuesto de los cuatro elementos, con el subsidio de un beneficio temporal; y así escribe ochenta. Y debes tener siempre estas letras ante tus ojos, para que, cada vez que veas al prójimo, escribas en él ochenta; y escribiendo, leas; y leyendo reiteres tu buena acción. Si tú lees en este sentido, las mismas letras te prepararán el camino, por el cual llegarás a merecer el premio.
13.‑ “Y el amo alabó al mayordomo inicuo, por haber obrado sagazmente, porque los hijos de este mundo, en el trato con sus semejantes, son más sagaces que los hijos de la luz” (Lc 16, 8). El sacerdote, o el prelado de la Iglesia, es llamado deshonesto, porque, llevando una vida mala, disipa los bienes de su Señor. “Inicuo” quiere decir no ecuo, no equitativo, o sea, injusto, porque está manchado por acciones deshonestas. Pero como aconseja a los pecadores, explica la palabra de Dios y muestra a todos y enseña con prudencia qué cosa cada uno deba dar a Dios y al prójimo, según las propias capacidades, el amo lo alaba: “Los hi os de este mundo son más prudentes que los hijos de la luz”.
Observa que la prudencia se refiere a las cosas humanas, la sabiduría a las cosas divinas. Forman parte de la prudencia el conocimiento de los asuntos civiles, militares, terrenales, marítimos. igualmente, la prudencia es el conocimiento tanto de las cosas buenas como de las cosas malas, o sea, de ambas; y de ella forman parte la memoria, la inteligencia y la previsión.
En segundo lugar, la prudencia consta también de distintas generaciones. En efecto, se dice lo que sigue, o sea, que algunas cosas pasan y sobrevienen otras. “Los hijos de este mundo, en su generación carnal, son más prudentes que los hijos de la luz”. La luz se llama así, porque diluye las tinieblas. Los hijos de este mundo, que corren detrás de las cosas temporales, son en su generación (mejor, en su género) más prudentes que los hijos de la luz que en cambio las desprecian y que con la luz de su vida diluyen las tinieblas de los pecados.
Sobre este tema hallamos una concordancia en los Proverbios de Salomón: “Hay un género de gente que maldice a su padre y no bendice a su madre. Hay un género de gente que se cree limpia; y sin embargo no se limpió de su inmundicia. Hay un género de gente de ojos altivos y de párpados atrevidos. Hay un género de gente cuyos dientes son espadas y sus muelas son cuchillos, para devorar a los pobres de la tierra y a los menesterosos de entre los hombres” (30, 11‑14).
Observa que en este pasaje son señalados cuatro géneros de hombres inicuos, o sea, los prelados malvados, los falsos religiosos, los soberbios, los avaros y los usureros.
“El género de gente que maldice a su padre y no bendice a su madre”, representa a los prelados y sacerdotes malvados de la iglesia que con su vida escandalosa y la negligencia en su oficio maldicen a Dios Padre, cuyo “nombre es blasfemado por su culpa” (Rom 2, 24), y no bendicen a su madre, la iglesia; más bien, destruyen su fe con las malas obras en lugar de predicar con la palabra y el ejemplo.
“El género de gente que se cree limpia”, representa a los falsos religiosos, hipócritas, semejantes a sepulcros blanqueados, de los que habla el bienaventurado Bernardo: “Si pudieran vivir su vida exterior sin llamar la atención, piensan haber salvado todo”.
Símilmente, “el género de gente de ojos altivos y de párpados atrevidos”, son los soberbios, que caminan con el cuello erguido y guiñando con los ojos. Sus párpados no miran sus pasos, sino se dirigen hacia lo alto. Contra los tales dice el Profeta: “Señor, mi corazón no se enorgullece, ni mis ojos se ensoberbecen” (Salm 130, 1).
Asimismo, “un género de gente cuyos dientes son espadas y cuyas muelas son cuchillos”, son los avaros y los usureros, “cuyos dientes son lanzas y flechas” (Salm 56, 5), que devoran a los pobres y se apoderan de los bienes ajenos. Todos ellos son hijos de este siglo, que consideran estúpidos a los hijos de la luz y se creen más sagaces; pero “su prudencia es su muerte” (Rom 8, 6).
Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “El que piensa estar firme de pie, mire que no caiga. Que no les sobrevenga ninguna tentación que no sea humana” (1Cor 10, 12‑13).
El mayordomo pensaba estar de pie, pero cayó de su administración, por haber despilfarrado los bienes de su amo. Los hijos de este siglo piensan estar de pie, pero, sustraído el bastón de caña de las riquezas, en el cual se apoyan, caerán en el infierno; y entonces comprenderán que los hijos de la luz eran más prudentes que los hijos de este siglo.
“La tentación”, o sea, el atractivo del pecado, “no los sorprenda, oh hijos de la luz”, o sea, no incite su razón al consentimiento, sino que sea tentación humana, es decir, acerca de aquellas cosas sin las cuales no es posible la vida. La tentación humana es juzgar las cosas de manera diversa de lo que son en realidad, y cuando en buena fe nos equivocamos en alguna decisión. Sin embargo, aunque no esté en nosotros la perfección del ángel, no haya tampoco la presunción del diablo (Glosa).
Te suplicamos, pues, Señor Jesucristo, que nos concedas el amor hacia Dios y hacia el prójimo, que nos hagas hijos de la luz, que nos preserves de caer en el pecado y de ser tentados por el diablo. Y así mereceremos subir a la gloria de la luz inaccesible.
Concédenoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!
14.‑ “Y yo les digo: “Ganen amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas les falten, ellos los reciban en las moradas eternas” (Lc
El evangelio llama a las riquezas con el término sirio mammona, que significa “riquezas injustas”, porque son fruto de la injusticia. Si, pues, la injusticia, bien administrada, se convierte en justicia, ¡cuánto más elevarán hacia el cielo a un capaz administrador las riquezas de la palabra de Dios, en las que no hay nada injusto!
“Amigo” significa como “un custodio del alma”, y deriva de “amar”. “La amistad consiste en desear el bien a favor de aquel a quien se ama, de acuerdo con sus aspiraciones” (Agustín).
Los ricos de este mundo, que con embrollos acumulan riquezas de iniquidad, o sea, haciendo desigualdades (en latín hay una asonancia entre iniquidad y desigualdad), no podrían tener amigos más cercanos, si lo entendieran bien, que las manos de los pobres, que son el tesoro de Cristo. Dice Gregorio: para que los ricos, después de su muerte, tengan algo en sus manos, se les dice que antes de morir pongan sus riquezas en manos de los pobres”. Oh rico, da a Cristo lo que El mismo te dio. Lo tuviste como donador, tenlo como deudor, lo poseerás como remunerador con intereses. Oh rico, te suplico, extiende al pobre tu mano árida; y si antes era árida por la avaricia, ahora florecerá con la limosna.
Dice Salomón en el Eclesiastés: “Florecerá el almendro, engordará la langosta, se desvanecerá la alcaparra” (12, Salm). El almendro, dice Gregorio, florece antes que los demás árboles, y simboliza. al limosnero, que, floreciente de compasión y misericordia, debe hacer brotar ante todo la flor de la limosna.
Dice Isaías: “Florecerá y germinará Israel” (27, 6). Israel, o sea, el justo, florecerá con la limosna y germinará con la compasión. Pero presta atención que, aunque el germen venga antes que la flor, no escribió antes “germinará”, sino “florecerá y germinará”; y lo hizo por esta razón que, cuando el justo florece con la limosna, debe antes germinar con la compasión, porque debe ofrecer la limosna al pobre no sólo con la mano, sino también con afecto del corazón, para que la avaricia no deplore la limosna.
“Florecerá, pues, el almendro”, o sea, el limosnero, “y engordará la langosta”, o sea, el pobre, que justamente es comparado a la langosta. Como la langosta, cuando hace frío, va en letargo y pierde las fuerzas, pero, cuando viene el calor, se alegra, por así decir, y salta, así el pobre en el tiempo del hambre y en el hielo de la necesidad pierde las fuerzas, su cuerpo se entumece y su rostro se vuelve pálido; pero, al sobrevenir el calor del beneficio y el don de la limosna, recupera las fuerzas y por el beneficio recibido da gracias a Dios y al donador.
“Y así se desvanece la alcaparra”. La distribución de la limosna marca la destrucción de la avaricia. “Ganen amigos por medio de las riquezas injustas, para que, cuando éstas falten, ellos los reciban en las moradas eternas”.
15.‑ Observa que cuatro son las moradas. La primera es de los carnales, la segunda de los incipientes, la tercera de los proficientes, y la cuarta de los que ya llegaron, o sea, de los perfectos. La primera es la morada de los idumeos y de los ismaelitas; la segunda, de Cedar; la tercera, de Jacob; y la cuarta, del Señor de las virtudes (ejércitos).
De la primera morada dice el Salmo: “En contra de ti hicieron alianza las moradas de los idumeos y de los ismaelitas” (82, 6‑7). Los idumeos se interpretan “sanguinarios”; los ismaelitas, “obedientes”, pero añade, “a sí mismos y no a Dios”. Y en ellos vemos a los lujuriosos que se contaminan con la sangre de la lujuria, y a los soberbios, que se obedecen a sí mismos y no a la voluntad de Dios. Sus moradas, o sea, sus conciliábulos, contratan una alianza contra la alianza establecida por el Señor en el monte, cuando dijo: “¡Bienaventurados los pobres en espíritu!”. De estas moradas se debe huir hacia las moradas de Cedar, de las que habla el cantar de los Cantares: “Morena soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén, como las tiendas de Cedar, como las cortinas de Salomón. No reparen en que soy morena, porque me descoloró el sol” (1, 4‑5).
Hallarás un comentario a este pasaje en el sermón del tercer domingo de Cuaresma: “Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre”.
El que haya obrado rectamente en estas moradas, pasará a las moradas de Jacob, de las que habla el libro de los Números: “¡Qué hermosas son tus tiendas, Jacob, y tus moradas, Israel! Son como valles frondosos, como huertas regadas cerca del río, como tiendas plantadas por el Señor, como cedros junto a las aguas” (24, 5‑6).
Presta atención a estas tres perspectivas: los valles, las huertas y los cedros. Los valles frondosos simbolizan la humildad de la mente; las huertas regadas, la compunción de las lágrimas; los cedros, la contemplación de las realidades celestiales. Pues bien, las tiendas de Jacob y las moradas de Israel representan la vida del hombre activo y del hombre contemplativo. El mismo Señor plantó estas tiendas, porque están dispuestas según su beneplácito.
En el Éxodo se le dice a Moisés: “Mira y ejecuta según el modelo que te fue mostrado en el monte” (25, 40). El monte se llama así, porque no se mueve; y es figura de Cristo, el cual “no sigue el consejo de los impíos” (Salm 1, 1). El modelo es su misma vida, según la cual debemos plantar y construir nuestras tiendas (o moradas). Tiendas y moradas son la misma cosa y significan lo mismo. Estas moradas se llaman en latín tentirium, porque se tienden con cuerdas y postes; y se llaman también tiendas o pabellones.
Las moradas del hombre activo y del contemplativo son hermosas como “valles frondosos”, porque están fundadas en la humildad de la mente, que brinda sombra y protección contra el ardor de los vicios; como “huertas regadas cerca del río”, porque su mente se riega con la compunción de las lágrimas; y “como cedros junto a las aguas”, porque profundamente arraigados en la sublimidad de la contemplación, en el aroma de una vida santa y en la abundancia del río que alegra la ciudad de Dios (Salm 45, Salm).
Y en fin, cuando esté acabada la prueba de esta vida, cuando haya pasado el invierno y la lluvia cese de caer (Cant 2, 11), entonces de estas moradas transmigrará a las moradas del Señor de las virtudes (ejércitos), que el Señor promete por medio de Isaías: “mi pueblo habitará en la belleza de la paz, en habitaciones seguras y en un reposo opulento” (32, 18). El pueblo de los penitentes, “el pueblo del Señor y ovejas de su pasto” (Salm 94, 7), que ahora está en medio de las luchas, “se sentará en la belleza de la paz”.
“La paz es la libertad en la tranquilidad” (Cicerón), y deriva de “pacto”: antes se establecen los pactos y después se logra la paz. El que ahora labra el pacto de reconciliación con el Señor, después se sentará en la belleza de paz (o paz maravillosa) en el reino celestial
Lamentablemente, ¡cuántas veces es perturbada la paz del tiempo y del corazón! En cambio, la paz de la eternidad permanecerá bella por los siglos de los siglos, y perfectamente al seguro. Entonces no habrá nadie que espante (Job 11, 19), y todos se sentirán al seguro y vivirán en “un reposo opulento”, rico y espléndido. “opulento” deriva de ops, riqueza. Este reposo opulento simboliza la consecución de la doble estola de gloria, o sea, la glorificación del alma y del cuerpo, que los santos gozarán por toda la eternidad.
Oh ricos de este mundo, háganse amigos a los pobres; recíbanlos en sus moradas, para que, cuando les falte la riqueza injusta y cuando les sea quitada la paja de las cosas temporales, ellos los acojan en las moradas eternas, donde reina la belleza de la paz, la confianza en la seguridad y el opulento reposo de la saciedad eterna.
Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “Dios es riel y no permitirá que ustedes sean tentados por encima de sus fuerzas, sino que con la tentación les dará también una salida y la fuerza para soportarla” (1Cor 10, 13).
El Apóstol habla a los pobres de Cristo y a los penitentes, “que luchan en las moradas de Cedar”. “Dios es fiel”, sincero en las promesas; “no permitirá que ustedes”, que ya sufren por El, “sean tentados por encima de sus fuerzas”. Pero aquel que da el permiso al tentador, ofrece también al tentado su misericordia.
“Les dará también una salida”, o sea, el aumento de las fuerzas, “para que puedan soportar la tentación”, o sea, para que no sucumban, sino que salgan victoriosos.
Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que nos haga salir de las moradas de los idumeos y nos haga luchar en las moradas de Cedar; y después nos haga pasar a las moradas de Jacob. Y así mereceremos trasmigrar finalmente a las eternas moradas de la paz, de la seguridad y del reposo.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito, digno de alabanza y de amor, y que vive en los siglos eternos.
Y toda la Iglesia diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.
(1) En este sermón la parábola del mayordomo infiel es comentada dos veces. En el primer comentario (desde el N. 1 al 6), el administrador de los bienes del Amo es cada uno de nosotros. En el segundo comentario (desde el N. 7 al final), el mayordomo es el prelado de la iglesia.
1.‑ “En aquel tiempo, Jesús se acercaba a Jerusalén y, al contemplar la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: “¡oh, si tú conocieras, al menos en este día, lo que sirve para tu paz!” (Lc 19, 41‑42).
Dice Salomón en el Eclesiastés: “El sol sale y se pone, y retorna a su lugar. Desde allí vuelve a nacer, gira hacia el mediodía y después dobla hacia el septentrión. También el viento (spiritus) gira alrededor inspeccionando todas las cosas y luego retorna a sus giros” (1, 5‑6).
El sol, llamado así porque resplandece solitario, es Jesucristo, que todo lo vivifica e ilumina con la potencia y el esplendor de la gracia espiritual. El sol nace para el fiel y se pone para el infiel; o también nace en la natividad y se pone en la pasión. Dice el Salmo: “El sol conoce su ocaso” (103, 19), y retorna a su lugar en la ascensión. El mismo Jesús dijo: “Salí del Padre y vine al mundo”; donde está el ocaso: “Ahora dejo de nuevo al mundo y me voy al Padre” (Jn 16, 28).
La naturaleza procede por giro circular. Jesucristo es Creador de la naturaleza y gobierna todo lo creado, y procede por vía circular: “Regresa a su lugar”, del que había salido; “Y allí renace”, o sea, regresa del cielo para el juicio final, “gira hacia el mediodía”, o sea, examina las obras buenas, y “dobla hacia el septentrión”, o sea, examina las obras malas; “inspecciona todas las cosas”, porque “no hay nada oculto que no sea revelado” (Lc 12, 3).
Dice Isaías: “Yo reposaré y desde mi lugar observaré como es clara la luz del mediodía y como se detiene una nube de rocío en el día de la siega” (18, 4). He ahí como “una tienda arrastra la otra” (Ex 26, 3), (estando unidas entre ellas).
Lo que dice el Eclesiastés: “Retorna a su lugar”, es la misma cosa que el Señor dice en Isaías: “Yo reposaré”, como si dijera: “Fatigué llevando” la cruz (Jer 6, 11). Sufrí el ocaso en la pasión; pero, resucitando, retornaré al seno del Padre, en el cual reposaré. Y donde dice: “Naciendo de nuevo, gira hacia el mediodía y después se dobla hacia el septentrión”, corresponde a las palabras. “Observaré desde mi lugar”. Lo que dice. “Inspeccionando todas las cosas”, corresponde a “Como es clara la luz del mediodía”.
Entonces se abrirán los libros delante de El, y serán iluminados los secretos de las tinieblas y serán reveladas las intenciones de los corazones (1Cor 4‑5), porque el espíritu (viento), o sea, el sol mismo, que da vida a todas las cosas y da aliento a todos los habitantes de la tierra, Jesucristo, girará alrededor, no dejará piedra sobre piedra (Mt 24, 2), observará todo, examinará el muro (ls 22, 5) y perforará la pared (Ez 12, 5), entrará en el centro de la boca de Behemot y atará su lengua con una cuerda (Job 40, 20) y delante de los ojos de todos hundirá la muerte con los muertos, para la eternidad (ls 25, 8). Y así retornará sobre sus pasos a la Jerusalén celestial con todos los santos, para los que será como “una nube de rocío en el día de la cosecha”. Completada la cosecha, quemará la paja en el fuego inextinguible y colocará el trigo en los graneros celestiales (Mt 3, 12); y entonces será como una nube de rocío: nube luminosa cubriendo los campamentos de Israel y las tiendas de la iglesia triunfante; nube de rocío, porque confortará y saciará.
De este sol, de sus giros, de sus rayos, de sus irradiaciones, se habla en el evangelio de hoy: Jesús se acercaba a Jerusalén”.
2.‑ Observa que en el evangelio de hoy se destacan tres eventos, Primero: la conmovedora compasión de Jesucristo hacia la ciudad de Jerusalén, cuando dice: “Jesús se acercaba a Jerusalén”. Segundo: la desolación de Jerusalén, cuando dice: “Vendrán para ti días en que tus enemigos te sitiarán ...... Tercero: la expulsión del templo de los que vendían y compraban, cuando dice: “Y entró en el templo”. Con estas tres partes del evangelio buscaremos algunos pasajes de los tres libros de Salomón: Eclesiastés, el Cantar del amor y la Sabiduría, que concuerdan con esas tres partes.
En el introito de la misa de hoy se canta: “Dios en su santa morada” (Salm 67, 6). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los corintios: “Ustedes saben que cuando eran paganos” (1Cor 12, 2), que vamos a dividir en tres partes y vamos a hacerlas concordar con las tres partes del evangelio. Primera parte: “Ustedes saben”; segunda: “Hay diversidad de carismas”; tercera: “A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu”.
3.‑ “Jesús, cuando estuvo cerca de Jerusalén, a la vista de la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: oh, si también tú conocieras, siquiera en este día, lo que sirve para tu paz! Pero ahora está escondido a tus ojos” (Lc 19, 41‑42).
Recuerda que Jerusalén se llamaba antes Salém. Los judíos afirman que fue fundada en Siria, después del diluvio, por el hijo de Noé Sem, al que llaman Melquísedec, el cual justamente en Siria tuvo su reino. Más adelante, la conquistaron los jebuseos, que la llamaron Jebus. Después, juntando los dos nombres, Jebus y Salem, fue llamada Jerusalem. Más tarde, Salomón, después de haberla restaurado y embellecido, la llamó Jerosólima, o sea, Jero‑solomonia.
Salem significa “paz”, Jebus oprimida y Jerusalén “visión de paz”. En estas tres denominaciones se designan los tres estados del alma.
En el bautismo el alma fue Salem; en la penitencia es Jebus, y en la gloria será Jerusalén. En el bautismo al alma le fue restituida la paz, porque de hija de la ira llegó a ser hija de la gracia. En la penitencia, debe ser oprimida y triturada, como dice Isaías: “Con los pies será pisoteada la corona de la soberbia de los ebrios de Efraím” (28, 3). Los borrachos de Efraím, que se interpreta “fértil”, son los ricos de este mundo, embriagados de soberbia y de lujuria; su corona, o sea, su gloria, es pisoteada por los pies de la penitencia, cuando se embriagan con el vino de la contrición. Dice el libro de los Proverbios: “No hay secreto alguno donde reina la borrachera” (31, 4). No hay secreto alguno de iniquidad, donde reina la embriaguez de la auténtica contrición: descubre en la confesión todo lo que antes estaba escondido en la mente.
Será visión de paz en la gloria, en la que, como dice Isaías, “verá con sus propios ojos el retorno del Señor a Sión”; y de nuevo: “Entonces verás y serás colmada; y tu corazón se maravillará y se dilatará” (52, 8; y 60, Salm). ¡Oh alma, si antes fuiste feb¿¿!después verás lo que ningún ojo vio!
4.‑ Dice Isaías: “Ningún ojo vio, oh, Dios, fuera de ti, lo que preparaste para los que confían en ti” (64, 4). ¡Verás plenamente, porque verás al que todo ve! Verás la sabiduría de Salomón, como se relata en el tercer libro de los Reyes, hablando de la reina de Saba; “verás la casa que edificó en Jerusalén y los manjares de su mesa” (3Rey 10, 4‑5).
A este propósito se lee en Lucas: “Yo les asigno un reino, como me lo asignó mi Padre, para que coman y beban a mi mesa en el reino de los cielos” (22, 29‑30). Entonces, de veras, podrás decir con la reina de Saba, que se interpreta “cautiva”, porque también tú ahora eres cautiva, pero después serás reina; y dirás: “Es todo verdad lo que oí en mi tierra”, en la tierra de mi peregrinación, “acerca de tus discursos y de tu sabiduría. Yo no creía a cuanto se decía, hasta que yo vine y lo vi con mis ojos; y constaté que no se me había dicho ni la mitad. Tu sabiduría y tus obras son mucho más grandes que la fama que yo oí. ¡Bienaventurados tus hombres y tus siervos, que están siempre delante de ti y escuchan tu sabiduría” (3Rey 10, 6‑8).
Eso es, pues, lo que verás. Y además serás colmada de delicias y de riquezas, o sea, serás glorificado en tu alma y en tu cuerpo; y tu corazón contemplará la belleza de la Jerusalén celestial, la felicidad de los ángeles y la inmarcesible corona de todos los santos; y así tu corazón se dilatará por el gozo incomparable y por la indecible felicidad.
Pero, desgraciadamente, el alma desventurada desprecia una gloria tan grande y tanta abundancia de delicias, se adhiere a las cosas temporales, se esfuerza por apresar las cosas pasajeras y, en cambio, ¡abraza estiércoles! Por eso el Señor, al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: “¡Oh, si conocieras también tu!”. El Señor no llora sobre la ciudad terrena sino sobre el alma, no sobre la ruina de las piedras sino sobre la ruina de las virtudes.
Presta atención a estos dos verbos: “viendo”, “lloró”. ¡Oh alma, si tú vieras, de veras llorarías; pero, porque no ves, no lloras!
5.‑ “Si tú vieres Yo diré con el Eclesiastés: “Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí que todo es vanidad y aflicción de espíritu” (1, 14). Considera que debajo del sol todo es vanidad y por encima del sol todo es verdad. El alma, pues, que está debajo del sol por el amor a las cosas temporales y no por encima del sol por la contemplación de las cosas celestiales, ¿qué otra cosa debería hacer sino llorar y gemir?
Y con razón están unidas la vanidad y la aflicción: donde se halla la vanidad de la felicidad terrena, allí se halla la aflicción de la muerte eterna. Pues bien, sí vieres, ciertamente llorarías.
Sigue el Eclesiastés: “Me di vueltas y observé las intrigas que se hacen bajo el cielo y las lágrimas de los inocentes que no tienen a quien los consuele. Ellos no pueden resistir a la violencia ajena, porque se hallan destituidos de todo auxilio. Y entonces proclamé más afortunados a los muertos que a los vivos; y entre los dos grupos juzgué más dichoso a aquel que todavía no nació y no vio las acciones malvadas que se cometen bajo el sol” (Ecle 4, 1‑3).
“Debajo del sol” hay vanidades y falsedades, intrigas de los poderosos contra los desgraciados, crueles sentencias contra los pobres, que derraman lágrimas inocentes y no tienen a nadie que los consuele. Se dice consolador al que se acerca al que está solo y con buenas palabras le alivia la angustia. “Nadie” se dice en latín nemo, y suena como ne homo, ningún hombre. Se dice también nullus, ningún hombre, y nullus viene de ne ullus, ni uno. Si hubiera un hombre, no faltaría consolador; pero como son leones y no hombres, he ahí que hacen sufrir a los pobres, que están destituidos de apoyo humano y no pueden resistir a su violencia.
“Y entonces proclamé más afortunados a los muertos que a los vivos”, o sea, a los muertos al mundo, que son ciertamente mejores que los que viven en el mundo. “Y entre los dos más afortunado juzgué al que todavía no había nacido”, o sea, que no nació al pecado. Dice Job: “Perezca el día en que nací” (3, 3), o sea, el día en que de nuevo llegué a ser pecador. Si el alma desventurada viere todo esto, sin duda lloraría.
6.‑ Por esto Jeremías enseña al alma cómo deba llorar sobre sí misma, diciendo: “Hija de mi pueblo, cíñete de cilicio y revuélcate en la ceniza; haz luto como por la muerte de un hijo único y llora amargamente” (6, 26).
Presta atención a estos cuatro momentos: cilicio, ceniza, luto y llanto. En el cilicio se representa la aspereza de la penitencia y la execración de las propias culpas; en la ceniza, la humildad y la miseria de nuestra condición humana; en el luto por el hijo único, dolor de la contrición interior; en el llanto, la efusión de las lágrimas. Dice, pues, Cristo: “oh alma, hija, a la que con gran dolor di a luz en la pasión, tú que por la fe eres hija de mi pueblo, o sea, de la Iglesia militante, cíñete de cilicio, o sea, de la aspereza de la penitencia, para que la carne que, gozando, te llevó a la culpa, ahora sufriendo te conduzca al perdón. Y aquella que antes saboreó el deleite del pecado, ahora experimente la execración del mismo”.
Observa que dice “cíñete” de cilicio y no “revístete”. Con estas palabras sugiere dos cosas: la represión de la lujuria y la resistencia a las sugestiones diabólicas. También el Salmo dice: “Cíñete la espada sobre tu muslo” (44, 4). El cilicio y la espada indican la misma cosa, o sea, la mortificación de la carne que aprieta el muslo, o sea, la lujuria. También se lee en el Cantar: “Cada uno lleva la espada sobre su muslo contra los peligros nocturnos” (3, 8). Los peligros nocturnos son los demonios y las furtivas sugestiones de la carne; y para evitarlas, aquel que quiere custodiar el lecho del verdadero Salomón, o sea, su conciencia, en la cual reposa Jesucristo, debe empuñar la espada de la mortificación ceñida sobre el muslo de su carne.
“Y revuélcate en la ceniza”, recordando aquella maldición: “Eres ceniza y a ceniza retornarás” (Gen 3, 19). La ceniza viene de incendio, porque se produce con el fuego. Adán, con su descendencia, abrasado por el fuego de la codicia, fue incendiado por el soplo de la falsa promesa, y después retornó a la ceniza de la muerte.
“Haz luto como por la muerte de un hijo único”. El luto es llamado así, porque produce en el corazón humano como una herida o una Haga; para curarlas, se acude a las consolaciones; y simboliza la contrición, que es una herida del corazón, para la cual es necesaria la consolación, o sea, la esperanza en la misericordia del Redentor.
Presta atención que dice “luto como por la muerte de un hijo único”. Corno no hay dolor más grande que el de una mujer que ve morir a su hijo único, al que ama sobre todas las cosas, así no debe haber dolor más grande que el del alma penitente, que, teniendo un hijo único, o sea, la fe que obra por medio de la caridad, la pierde a causa del pecado mortal. El alma de la fe es la caridad, que la tiene viva: faltando la caridad, la fe muere. Por eso, ya que perdiste el alma de la fe, haz luto como por un hijo único, y llora amargamente. A la contrición del corazón se debe añadir la amargura de las lágrimas, para que el alma llore sobre sí misma y resucite a su hijo único, que está muerto, porque también el Señor lloró sobre Lázaro y sobre la ciudad de Jerusalén.
7.‑ Observa que “llorar” significa derramar abundantes lágrimas, como si fluyeran; en cambio; “sollozar” es unir al llanto la voz; lamentarse es llorar con quejas lastimeras; lamentarse se dice en latín lugere, que puede interpretarse como luce egére, faltar o necesitar de luz.
Con ese llanto a lágrima viva tenemos una concordancia en el Cantar del Amor: “Tus ojos son como palomas sobre arroyos de agua; ellas se bañan en la leche y se detienen junto a abundantes corrientes de agua” (5, 12).
En los ojos está simbolizada la sagaz vigilancia. La paloma, que vuela sobre las aguas, previene al gavilán que intenta asaltarla. Y nosotros, mientras nos hallamos en los arroyitos de la dulzura transitoria, debemos prevenir al verdugo (el diablo), porque aquel que nos incita a la culpa, después será también el ejecutor del castigo. La leche, de la cual no hay nada más agradable, simboliza la alegría de la conciencia en la esperanza de la misericordia divina. Las abundantes corrientes de agua simbolizan las efusiones de las lágrimas. El alma, pues, como paloma que se detiene sobre abundantes corrientes de lágrimas, confiando en la misericordia de Dios, debe prevenir con sagaz vigilancia y cautelarse contra la ilusión de la felicidad temporal y contra la astucia de las sugestiones diabólicas.
Dice Agustín: “En este valle de miseria tanto más se debe llorar cuanto menos se flora”.
El Señor, pues, “al ver la ciudad, lloró sobre ella diciendo: “!oh, si conocieras también tú” la ruina que te amenaza, ciertamente llorarías, mientras ahora tú exultas!
8.‑ Sobre esta exultación de la ciudad tenemos una concordancia en el libro de la Sabiduría, donde los impíos, pensando equivocadamente para su coleto, dicen‑ “Vengan, disfrutemos de los bienes presentes y usemos de las criaturas con ardor juvenil. Llenémonos de vinos exquisitos y de perfumes y no dejemos pasar ninguna flor primaveral. Coronémonos de rosas antes de que se marchiten y no haya ninguna pradera en la cual no se expanda nuestra lujuria. Ninguno de nosotros falte a nuestras comilonas y dejemos en todas partes las señales de nuestro alborozo, porque ésta es nuestra suerte y nuestra parte” (2, 6‑9). Estas palabras no requieren ninguna explicación, porque cada día lo podemos ver en la conducta de los carnales.
“¡Ahora, si comprendieras lo que sirve para tu paz!”. Y Salomón en el Eclesiastés: “Porque no se da en seguida una sentencia contra los malos, por eso los hijos de los hombres obran el mal sin temor alguno. Con todo, el pecador, aunque obre el mal cien veces, es soportado con gran paciencia”. Y de nuevo: “Hay malvados que están tan tranquilos, como si cumplieran las obras de los justos” (8, 11‑14).
Oh pecador, “¡si comprendieras en este tu día lo que sirve para tu paz!”. Ahora tú eres dueño de ti mismo; sin embargo, llegará el día en que pertenecerás a otro, porque serás entregado al diablo. Ahora en tu día exultas; pero llegará su día en que estarás afligido. “En el tiempo que establezca, yo dictaré sentencias justas” (Salm 74, 3). Oh pecador, el Señor te concedió el tiempo como un préstamo, para que merezcas la salvación; y ¡tú aprovechaste el tiempo que se te había prestado! Pero, ¡créeme! El Señor te pedirá lo que es suyo y hará justicia. Oh Señor, si tú juzgas a los justos, ¿qué será de los injustos?
Dice el Señor en Ezequiel: “¡Heme aquí! Sacaré mi espada de su vaina, y en ti mataré al justo y al injusto” (21, 3). Se entiende el justo que se cree tal, del cual dice el Eclesiastés: “No presumas de ser demasiado justo” (7, 17).
La vaina se dice en latín vagina, que suena como bagina, envoltura, porque en ella la espada es llevada, en latín baiulatur.
La espada en la vaina simboliza la divinidad en la humanidad. De esa vaina el Padre sacará la espada y la vibrará, como dice el Profeta: “Vibrará su espada” (Salm 7, 13). observa que cuando la espada es vibrada, produce dos efectos: resplandor y sombra trémula. El Padre en su día vibrará la espada, o sea, a su Hijo, porque le entregará todo juicio (Jn 5, 22); y el Hijo dirigirá hacia los justos los resplandores y hacia los impíos la sombra pavorosa de la condenación. “Sea, pues, sacado el impío para que no vea a Dios, porque en la tierra de los santos cometió iniquidades” (Is 26, 10). Más aún, ¡que vea sólo a aquel, a quien crucificó (Jn 19, 37).
¡Oh alma desventurada! Ahora todas estas cosas están escondidas a tus ojos, cegados por tu día y tu paz (falsa seguridad). Así cegada, serás arrastrada como un bruto animal por el diablo, con la cuerda de la codicia, a la conquista de estas cosas transitorias.
Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “Ustedes saben que, cuando eran paganos, se dejaban arrastrar hacia los ídolos mudos. Pues bien, yo les declaro que nadie que hable bajo el impulso del Espíritu Santo, puede decir: “¡Jesús es anatema!” (excomunión). Así también nadie puede decir: “¡Jesús es el Señor! “, sino en el Espíritu Santo” (1Cor 12, 2‑3).
Los paganos, o sea, los carnales que viven como paganos, porque en este día viven tranquilos, van detrás de los ídolos mudos, o sea, de las cosas temporales, que tienen apariencia de solidez, pero para el que observa atentamente, son una transparente falsedad. Son corno estiércol cubierto por la nieve. ¡Falsa es la gloria y vana la belleza! (Prov 31, 30). El que se adhiere a estos ídolos de las cosas temporales, es “anatema de Jesús”, o sea, separado de Jesús, quien manda despreciarlos.
9.‑ Sobre este tema hallamos algo semejante en el libro de Josué, donde el Señor dice: “El anatema está en medio de ti, oh Israel; tú no podrás resistir contra tus enemigos, hasta que no elimines a aquel que se manchó con este delito”, o sea, Acán, al cual dijo Josué: “Hijo mío, da gloria al Señor de Israel, y confiesa, y dime qué hiciste: ¡no me lo escondas!”. Y Acán respondió: “Vi en el botín un manto rojo muy lujoso, y doscientos siclos de plata y un lingote de oro de cincuenta siclos; y, movido por la codicia, los tomé y los escondí bajo tierra en el centro de mi tienda y debajo enterré la plata. Entonces Josué tomó a Acán, junto con la plata, el manto y el lingote de oro: a él lo lapidaron y dieron a las llamas y destruyeron todas sus cosas”. (7, 13‑25).
Acán se interpreta “que corrompe” o también “ruina del hermano”, y es figura del rico de este mundo, que corrompe la justicia sustrayendo a los pobres sus bienes y no restituyéndoles sus cosas; y así llega a ser la ruina de su hermano. El hurta el manto rojo, los doscientos siclos de plata y el lingote de oro de cincuenta siclos.
Considera que en el manto rojo están indicados los bienes de los pobres, logrados con gran sudor y sangre; en los doscientos siclos de plata, el conocimiento del Antiguo y del Nuevo Testamento; en el lingote de oro de cincuenta siclos, la vida de todos los religiosos.
El manto rojo lo roban los soldados y los burgueses, los avaros y los usureros. Los doscientos siclos de plata los roban los ladronzuelos de nuestro tiempo, o sea, los prelados y los clérigos. El lingote de oro de cincuenta siclos lo roban los falsos religiosos.
Los ricos y los poderosos de este mundo sustraen a los pobres sus bienes escasos y ganados con la sangre, con los que de alguna manera se defienden. Se los quitan a los pobres, a los que ellos despectivamente llaman “villanos” (o siervos de la gleba), mientras justamente ellos son “villanos” o siervos del diablo. Dice Job: “Despiden desnudas a las personas, les quitan la ropa, y as! no tienen con qué cubrirse contra el frío” (24, 7). Y Salomón: “El que ordeña con violencia, hace brotar sangre” (Prov 10, 33). Y Jeremías: “Se halló en sus alas sangre de los pobres” (2, 34).
Y el conocimiento del Antiguo y del Nuevo Testamento, que, por su perfección y sonoridad, está simbolizado en los doscientos siclos de plata, lo roban los prelados y los clérigos, cuando lo aprenden no para edificar, sino para procurarse alabanzas y honores. Dice de ellos Salomón: “La mujer hermosa pero fatua es como un anillo de oro en las narices de una puerca” (Prov 11, 22). El latino sus suis quiere decir puerca. La mujer hermosa pero fatua es figura de los clérigos. “Mujer”, en latín mulier, porque son muelles, afeminados y corruptos y se presentan por dinero en los tribunales y en las curias, como meretrices. “Hermosa” por la elegancia de los vestidos, por el gentío de sobrinos y tal vez de hijos y por el cúmulo de prebendas. “Fatua”, porque no comprenden lo que ellos o los demás dicen, chillan todo el día en la iglesia, ladran como perros, pero ni se entienden a sí mismos, porque el cuerpo está en el coro y el corazón en el foro (plaza). Y también si oyen algún sermón, no comprenden. Predicar a los clérigos y hablar a los tontos: en ambos casos, ¿qué utilidad puede haber, sino sólo estrépito y fatiga? Ellos, aunque tengan el anillo de oro de la ciencia y de la elocuencia, no se avergüenzan, como una puerca, de echarlo en el estiércol de la lujuria y de la avaricia.
Asimismo, el lingote de oro de cincuenta siclos de plata lo roban los falsos religiosos. “Lingote” se dice en latín régula, porque regula las medidas y corrige lo torcido y lo defectuoso. La vida religiosa es una regla de oro, que corrige al hombre descarriado y defectuoso, para que viva según las normas de la rectitud y para establecer en todas las cosas una medida adecuada. Casi todos los religiosos defraudaron esta regla, porque no caminan según la verdad del evangelio ni viven según las enseñanzas de los Padres, sino que llevan una vida desviada y falsa. Los monjes defraudan la áurea regla del bienaventurado Benito. Los canónigos defraudan la regla de oro del bienaventurado Agustín, y así podríamos proceder en particular para cada religioso, “que cuidan sus intereses y no los de Cristo (Filp 2, 21).
Se dice que este lingote está constituido por cincuenta siclos, porque la vida de todos los religiosos consiste en la penitencia, como se destaca plenamente en el Salmo cincuenta: “¡Ten piedad de mí, Señor, según tu gran misericordia!”.
Todos éstos, pues, que roban el manto rojo, los doscientos siclos de plata y el lingote de oro, como se dijo anteriormente, en el día del juicio, serán lapidados con severas reprimendas y después serán quemados en el fuego eterno; y así serán anatematizados para siempre, o sea, separados de Jesús.
En cambio, el justo, que es movido por el Espíritu de Dios y que en el Espíritu de Dios habla, jamás dice ni con el pensamiento, ni con la palabra, ni con las obras: “¡Jesús es anatema!”; o sea, nada hace para que sea separado de Jesús. Y nadie puede decir ni con el pensamiento, ni con las palabras, ni con las obras: “¡Jesús es el Señor!” y yo soy su siervo, sino bajo la acción del Espíritu Santo (Glosa).
Te suplicamos, pues, Señor Jesús, que nos infundas la gracia de llorar sobre nuestra ciudad y de despreciar las cosas temporales, para llegar así a la Jerusalén celestial.
Concédenoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea]
10.‑ “Vendrán para ti días en que tus enemigos te rodearán con un vallado, y te sitiarán, y te estrecharán por todas partes; y te derribarán por tierra a ti y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no reconociste el tiempo en que fuiste visitada” (Lc 19, 43‑44).
“Vendrán, vendrán días” en que los enemigos, los demonios, circundarán con un vallado a las almas que salen de los cuerpos, arrastrándolas consigo a la sociedad de su condenación; y de todas partes te rodearán y te estrecharán, cuando delante de sus ojos desplegarán las iniquidades cometidas no sólo con las obras, sino también con las palabras y los pensamientos. Y te derribarán por tierra, cuando la carne retorne al polvo. Y caerán también los hijos, cuando “en aquel día se desvanezcan todos sus proyectos” (Salm 145, 4). Estos proyectos están también indicados por las piedras, cuando dice: “Y no dejarán piedra sobre piedra”. El malvado, cuando añade a un proyecto perverso otro peor, es como si pusieran una piedra sobre otra. Pero, cuando el alma es arrebatada para el castigo, toda esta construcción de inicuos diseños será derribada; y esto porque no reconoció el tiempo en que fue visitada.
Al alma pervertida Dios la visita a veces con un mandato, otras veces con el castigo y a veces con un milagro; sin embargo, como ella en su soberbia desprecia estos avisos ni se sonroja de sus fechorías, a la postre es abandonada a las manos de sus enemigos, con los cuales estará asociada en el juicio de la eterna condenación. Y para que al alma infeliz no suceda esta ruina, el evangelio añade: “Porque no reconociste el tiempo en que fuiste visitada”.
Dice Isaías: “El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su señor; en cambio, Israel no me conoció, ni mi pueblo comprendió” (1, 3). El buey, o sea, el buen ladrón, que, como el buey se somete al yugo, sufrió el suplicio de la cruz, reconoció a su dueño, al decir: “ ¡Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino!” (Lc 23, 42). Y el asno, o sea, el centurión, aunque pagano, reconoció al Señor, al decir: “¡Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!” (Mt 27, 54). En cambio, Israel, o sea, los clérigos no lo reconocen; y el pueblo, o sea, los laicos, no comprenden.
Sobre este argumento tenemos una concordancia hacia el fin del libro del Eclesiastés: “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que venga el tiempo del sufrimiento y lleguen los años en los que dirás: “¡No me gustan¡ “; antes que se oscurezcan la luz del sol, y la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes tras la lluvia. En aquel día temblarán los custodios de la casa, y vacilarán los hombres más fuertes, y quedarán ociosas las mujeres que muelen por ser pocas de número; y se oscurecerán los que miran por las ventanas; y cerrarán las puertas que dan a la plaza; y se debilitará la voz de las que muelen; y se levantarán al canto de las aves y quedarán sordas las hijas del canto; cuando habrá temor por las alturas y por los peligros de la calle. Florecerá el almendro, engordará la langosta y se desvanecerá la alcaparra, porque el hombre se va a su eterna morada y girarán por la plaza los que lo lloran. Antes que la cadena de plata se rompa y se afloje la venda de oro y se quiebre el cántaro junto a la fuente y se arruine la rueda sobre la cisterna; y el polvo regrese a la tierra de la cual procede, y el espíritu retorne a Dios que se lo dio” (12, 1‑7).
Oh ciudad de Jerusalén, oh alma creada a imagen de Dios, ¡acuérdate de tu Creador, que te hizo y te juzgará; y sobre todo acuérdate de El en los días de tu juventud, que es la edad más propensa al pecado y más adecuada para hacer penitencia!
Anteriormente el mismo Eclesiastés había dicho: “¡Alégrate, joven, en tu adolescencia, y tu corazón se dirija al bien!” (11, 9). Se dice “joven”, porque puede ayudar (asonancia entre iúvenis, joven, y adiuvo, ayudar).
Acuérdate, pues, o sea, tenlo bien en la mente, “antes que llegue el día de la aflicción”, o sea, de la vejez, de la muerte y del juicio; y “antes que vengan los años en que deberás decir: “¡No me gustan!”; en este tu día acuérdate de lo que sirve para tu paz y de lo que te gusta.
Vendrán también para ti los días que no te gustarán. Tú te complaciste a ti mismo, pero disgustaste a Dios. Vendrán los días en que te disgustarás de ti mismo. Acuérdate, repito, antes que se oscurezca la luz del sol, o sea, antes que el esplendor de la prosperidad mundana sea oscurecido por las tinieblas de la muerte; antes que se oscurezcan la luna y las estrellas; o sea, antes que se oscurezcan los sentidos del cuerpo, que en la vejez se debilitan y en la muerte quedan totalmente en las tinieblas.
Dice Isaías: “Mirarán hacia lo alto, y después mirarán hacia la tierra; y he aquí la tribulación y las tinieblas, la extenuación y la angustia, y la oscuridad que lo persigue, y no podrán liberarse de su angustia” (8, 21‑22).
La tribulación viene de las sugestiones del diablo, las tinieblas consisten en la ceguera de la mente, la extenuación en no poder cumplir las obras buenas, y la angustia se relaciona con las malas costumbres; y la oscuridad que lo persigue será la condenación en la gehena. Asimismo, la tribulación se refiere a la vida, las tinieblas a la vejez, la extenuación a las enfermedades, la angustia al expirar el alma; la oscuridad que persigue, a las acometidas de los demonios.
Acuérdate de tu Creador. Y retornen las nubes después de la lluvia. Las nubes representan a los predicadores, que derraman la lluvia, cuando anuncian al alma la amenaza de su condenación; se alejan, cuando el alma no les quiere prestar fe; retornan, cuando se verifica lo que anunciaron.
“En aquel día temblarán los custodios de la casa”. En este pasaje Salomón habla tanto de la vejez como de la muerte del hombre. Desde este punto hasta la frase: “Cuando se rompa la cadena de plata”, habla de la vejez del hombre, que es la mensajera de la muerte.
“Los custodios de la casa son las costillas”, que defienden los órganos internos del hombre, o sea, las partes blandas, que en la vejez también temblarán, o sea, se debilitarán. “Y vacilarán también los hombres más fuertes”; o sea, las piernas que sostienen al hombre, se perturbarán.
“Y las mujeres que muelen, permanecerán ociosas”; o sea, también los dientes se debilitarán y no podrán masticar el alimento. “Se oscurecerán los que miran por los agujeros” (ventanas); o sea, los ojos se ofuscarán. “Cerrarán las puertas que dan a la plaza”; o sea, los ancianos, que no pueden caminar, estarán sentados en casa y cerrarán las puertas, para no ver los juegos de los jóvenes, porque todas estas cosas les resultan insoportables.
“Se debilitará la voz de las que están moliendo”, porque los sentidos envejecerán, la voz será floja y apagada, ya no podrán procurarse el alimento con su fatiga ni podrán masticarlo. “Se levantarán al canto de las aves”, o sea, al canto del gallo. Al enfriarse la sangre y al secarse los humores que fomentan el sopor, ellos ya no pueden dormir. “Y Regarán a ser sordas las hijas del canto”, o sea, las orejas, o mejor los oídos, que se alegran mucho en los cantos: por la edad provecta no distinguen más nada y se vuelven sordos.
“Tendrán miedo de las alturas”. Los ancianos tienen miedo de subir a lugares altos, a causa de la debilidad de sus rodillas. “También tienen miedo de caer en el camino llano”. “Florecerá el almendro”, o sea, la cabeza encanecerá. “Engordará la langosta”, o sea, las piernas se hincharán. La langosta tiene el vientre hinchado; y también los viejos tienen las extremidades inferiores hinchadas. “Y se desvanecerá la alcaparra”; o sea, también la libido se enfriará y se desvanecerá la funcionalidad de los órganos. La alcaparra simboliza la libido, porque es útil a los riñones y porque en las partes cercanas a los riñones reina la libido.
“Y el hombre”, tan mal reducido,”se va a la morada eterna”, o sea, retorna a la tierra; “y los que lo lloran girarán por la plaza”; o sea, los parientes y los amigos irán a hacer sus lamentaciones sobre el cadáver. oh hombre, ¡qué grande es tu miseria! ¿De qué, pues, te ensoberbeces?
11. ‑ Salomón sigue hablando de la muerte: “Antes que se rompa el cordón de plata...”.
“Acuérdate de tu Creador antes que se rompa el cordón de plata”, o sea, antes que la vida se interrumpa; “y la venda de oro”, o sea, el alma, que es la parte preciosa del hombre, se afloje y retorne al lugar desde el cual vino. “Y antes que se quiebre el ánfora”; el ánfora es el hombre, amasado de tierra. “Antes que la rueda de la cisterna se deshaga”. La rueda, porque el mundo gira siempre como una rueda, se deshace sobre la fuente o sobre la cisterna cuando el hombre, disuelto por la muerte, es privado de las aguas de las concupiscencias, que había sacado de la cisterna de las vanidades del mundo.
Y observa que en el ánfora está simbolizada la codicia. En efecto, la samaritana abandonó el ánfora, después de haber escuchado la predicación del Señor. Por eso, cuando un rico muere en medio de sus riquezas, se puede decir que el ánfora se quebró sobre la fuente, porque el pobre desgraciado muere sobre la fuente de su codicia. En la cisterna se entiende también la acumulación de las riquezas, como dice Jeremías‑ “Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, que no pueden retener el agua” (2, 13).
Y la rueda se deshace sobre la cisterna, cuando la codicia del hombre no le permite abandonar las riquezas, sino que muere en medio de ellas.
“Y el polvo”, o sea, el cuerpo, “retorna a la tierra, de la cual habla sido extraído”. Al primer hombre se le había dicho: “Eres polvo y al polvo regresarás” (Gen 3, 19). El polvo es llamado así, porque es barrido por la fuerza del viento (Hay una asonancia en latín entre pulvis, polvo, y pulsetur, será barrido).
“Y el espíritu”, o sea, el alma, “retorne a Dios, que lo creó; o sea, que no es transmitido por mugrón (o generación). Dios creó el alma, en la que infundió gratuitamente las potencias (facultades), para que le pudiera reconocer como Creador, y reconociéndolo lo amara, y amándolo lo adorara y adorándolo mereciera gozar de El eternamente.
Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Hay diversidad de gracias, pero uno solo es el Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero uno sólo es el Espíritu; hay diversidad de operaciones, pero uno solo es el Dios, que obra todo en todos” (1Cor 12, 4‑6).
Presta atención a estos tres dones: diversidad de gracias, diversidad de ministerios y diversidad de operaciones. Las gracias, dice el Apóstol, son las mismas virtudes infundidas por Dios gratuitamente, o sea, la fe, la esperanza y semejantes, cuyos efectos, con respecto al prójimo, son ministerios y, con respecto a sí mismo, son operaciones para obrar el bien. Dios infunde, nosotros ministramos; y El mismo que infunde, obra.
Cuando el Apóstol dice: Espíritu, Señor, Dios, entiende siempre la misma sustancia divina. Es la Trinidad en tres Personas, que “obra todo en todos”. No atribuye todo a uno solo, sino que obra todo en todos, para que, lo que uno tiene en sí mismo, lo tenga en el otro; y así se mantengan la caridad y la humildad.
Te suplicamos, oh Trinidad y Unidad, que, cuando vengan los días del sufrimiento, de la corrupción final y de la ruptura del cordón de plata, el alma que tú creaste, retorne a ti y que tú la acojas. Y así, liberada del asedio de los demonios, merezca volar hacia la gloria y hacia la libertad de los hijos de Dios.
Concédenoslo tú, Dios trino y uno, que eres bendito por todos los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
12.‑ “Jesús entró en el templo y comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él. Y les decía: “Mi casa será llamada casa de oración; pero ustedes la hicieron cueva de ladrones”. Y cada día enseñaba en el templo” (Lc 19, 45‑47).
Juan relata así el episodio: “Jesús subió a Jerusalén y halló en el templo a los que vendían ovejas, bueyes y palomas, y a los cambistas sentados. Hizo un azote de cuerdas y echó fuera del templo a todos con las ovejas y con los bueyes; esparció las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y a los que vendían palomas les dijo: “Quiten de aquí estas cosas y no hagan de la casa de mi Padre una casa de mercado” (2, 13‑16).
Presta atención. Por dos veces se lee que el Señor echó del templo a los vendedores y a los compradores: una vez en el primer año de su predicación y la segunda vez, cuando se dirigía a su pasión. Jesús entra en el templo, cuando cada día visita a su iglesia y observa los actos de cada uno y expulsa a los que, mezclados con sus santos, o fingen hacer el bien o abiertamente hacen el mal.
En los bueyes que aran, son representados los predicadores de la doctrina celestial. Venden bueyes los que predican no por el amor de Dios, sino por su ganancia temporal.!, Las ovejas inocentes ofrecen sus vellones a los que los usarán para vestirse, y simbolizan las obras de pureza y de piedad que son vendidas, cuando se cumplen para buscar la alabanza humana. El Espíritu apareció en forma de paloma (Lc 3, 22); y entonces en la paloma está simbolizado el Espíritu que es vendido por los simoníacos. Y esto, por cierto, es un pecado grave.
Se relata en los Hechos de los Apóstoles que los judíos preguntaban qué cosa debían hacer, y se les dijo: “¡Hagan penitencial” (2, 38). En cambio, a Simón, el mago, que preguntaba la misma cosa, se le dijo: “Haz penitencia, por si acaso el Señor quiera perdonarte” (Hech 8, 22). Prestan dinero en la iglesia los que ni siquiera Fingen servir a las cosas celestiales, sino abiertamente sirven a las cosas temporales. Todos ellos son separados “de la suerte de los santos” (Col 1, 12), tanto los que fingen hacer el bien como los que hacen abiertamente el mal; y ahora son flagelados con las cuerdas de los pecados para que se corrijan; pero si no se corrigen, serán atados con las mismas cuerdas. Y echa también a las ovejas y a los bueyes, porque desenmascara la vida y la doctrina de tales personas. Esparce las monedas y vuelca las mesas, porque al fin serán destruidas las mismas cosas que ellos amaban.
Observa que cuando el Señor expulsó del templo a los vendedores y a los compradores, “salían de sus ojos rayos fulgurantes, a los que ni los sacerdotes ni los levitas podían resistir” (Glosa).
13.‑ Y sobre esto tenemos una concordancia en el libro de la Sabiduría, donde se lee: “La sabiduría, por su pureza, todo lo penetra. Ella es un soplo del poder de Dios y una emanación genuina de la gloria del Todopoderoso; y por esto no se infiltra en ella ninguna cosa contaminada. Es esplendor de la luz eterna y espejo sin mancha de la majestad de Dios y una imagen de su bondad. Siendo única, lo puede todo y, sin salir de sí misma, lo renueva todo” (7,24‑27).
Cristo, sabiduría y potencia de Dios, penetra en todas partes: en el cielo sacia a los ángeles con la visión de sí, en la tierra espera misericordioso a los pecadores para que hagan penitencia, y en el infierno atormenta a los demonios y a los pecadores que no quisieron esperar en El. Penetra, repito, a causa de su pureza, porque El es la luz y “no hay en El tinieblas” (1 Jn 1, 5). Es un soplo ardiente que disuelve el hielo de nuestra infidelidad, siendo la misma potencia de Dios Padre. Es su emanación, o sea, es esplendor de su gloria, consustancial, igual y coeterno; es emanación del esplendor del Todopoderoso, siendo con el omnipotente una única luz; es emanación genuina, porque al Sumo Bien no se une mal alguno y nada contaminado se infiltra en ella, porque es todo y eterno Bien.
Es esplendor de la luz eterna y espejo en el que se ve al Padre; en efecto dice: “El que me ve a mí, ve también a mi Padre” (Jn 14, 9). Es “sin mancha”, porque “no cometió pecado ni se halló engaño en su boca “ (1 Pe 2, 22). Es imagen de su bondad, o sea, su plena personificación, siendo la única bondad con el Padre; y aún siendo única con el Padre, todo lo puede, porque es el Omnipotente; y aun siendo inmutable, todo lo renueva, regulándolo y ordenándolo. No debemos, pues, extrañamos, si pudo expulsar del templo a los vendedores y a los compradores, y si aquellos sacerdotes y levitas no pudieron resistirle.
Hay otra explicación. La Sabiduría de Dios Padre fue un soplo ardiente en su encarnación. Entonces el invierno de la infidelidad terminó y cesó la lluvia de la persecución diabólica. Las flores de la eterna promesa aparecieron en nuestra tierra (Cant 2, 11‑12). Fue emanación de la gloria en la realización de los milagros, esplendor de la luz eterna en su resurrección, y para nosotros será un espejo sin mancha en la bienaventuranza eterna, en la que “lo veremos como El es” (1 Jn 3, 2) y su sabiduría se reflejará también sobre nosotros. Dice Agustín: “¿Qué inefable será ese amor, cuando nos veremos reflejados uno en el rostro del otro, como ahora nos miramos recíprocamente la cara?”.
Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho: a uno le es concedido por el Espíritu la palabra de la sabiduría, y a otro la palabra de la ciencia siempre según el mismo Espíritu...” (1Cor 12, 7‑8). “¡A cada uno!”: porque los dones del Espíritu son distribuidos de manera diversa, no siempre por los méritos de uno, sino para utilidad y edificación de la iglesia. Y el que vende o compra estos dones, debe ser expulsado de la iglesia, como Cristo expulsó del templo a los vendedores y a los compradores.
14.‑ “Mi casa será llamada casa de oración; pero ustedes la hicieron una cueva de ladrones”. Dice Salomón en el libro de la Sabiduría: “Entraré en mi casa y reposaré con la sabiduría, porque su compañía no causa amargura, ni pena su trato, sino placer y alegría” (8, 16).
El hombre espiritual, después de haberse liberado de las preocupaciones temporales y de pensamientos inquietantes, entra en la casa de la propia conciencia y, después de cerrar la puerta de los sentidos, reposa con la sabiduría, o sea, dedicándose a la divina contemplación, en la cual saborea la dulzura de la quietud superna.
La compañía de la sabiduría no da amargura, o sea, echa el placer del pecado: al paladar que gustó la sabiduría, no le será inoculado ningún veneno. Ni su trato produce fastidio, porque los deleites espirituales aguzan el deseo; y cuanto más se gustan, tanto más ávidamente se apetecen, porque en ellos hay sólo placer y alegría. ¡Afortunada aquella casa, dichosa esa conciencia, que conoció el sabor de la sabiduría y en la que descansa la misma Sabiduría, que dice: “Mi casa será llamada casa de oración!”.
La casa se dice en latín domus, y viene del griego doma, que quiere decir también techo. observa que la casa consta de tres partes: los cimientos, las paredes y el techo. En los cimientos se designa la humildad, en las paredes el conjunto de las virtudes y en el techo la caridad. Donde están reunidas estas tres partes, ahí está el Señor, que dice: “Mi casa es llamada casa de oración”.
Se llama “oración”, como si fuera oris ratio, o sea, razón de la boca. Ten en cuenta que para la oración son necesarios seis elementos: el perfume de la devoción interior, el agrado de la tribulación, las lágrimas de la compunción, la mortificación de la carne, la pureza de vida y la limosna. Todos estos elementos están indicados en el Génesis, cuando Jacob dijo a sus hijos: “Vayan y lleven a aquel varón, o sea, a José, unos dones: bálsamo y miel, incienso y mirra, resina y almendras” (43, 11).
El bálsamo es el perfume de la devoción interior. Dice el Eclesiástico:”Como bálsamo sin mezcla es mi perfume” (24, 21); o sea, la devoción tiene que ser genuina, no contaminada por la falsedad del corazón.
La miel simboliza el agrado en las tribulaciones, o sea, su aceptación. Dice el Deuteronomio: “Chuparon la miel de la piedra” (32, 13). La piedra simboliza la dureza de la tribulación o de la adversidad. Dice Job: “Con la dureza de tus manos me persigues” (30, 21). Chupa la miel de la piedra el que acoge la dureza de la adversidad en la alegría del espíritu. Se lee en la Historia Natural que las abejas, posadas sobre la colmena, chupan la miel que está en los panales; y se dice que si no lo hicieran, la miel que está en los panales, se echaría a perder y de ellos nacería una araña (Aristóteles). El panal está formado de cera y contiene miel. Y panal se dice en latín favus, porque es comido antes que bebido; y favus suena como el verbo griego fagein, comer.
Las abejas simbolizan a los justos, que se sientan sobre las colmenas, o sea, que afligen y humillan su cuerpo, y chupan lo que hay en los panales. Y observa que, como en el panal hay miel y cera, así en la vida del justo hay la miel de la dulzura interior y la cera de la adversidad exterior, que se derrite y se desvanece frente al fuego, o sea, en presencia del amor divino. Se detengan, los suplico, las abejas sobre las colmenas y chupen lo que hay en los panales, para que, a causa de la impaciencia y de la amargura del corazón, no se eche a perder la miel de la dulzura interior y se genere una araña. La araña viene del latín aer, porque elabora la telaraña en el aire, y simboliza la soberbia del corazón, la que, siendo de origen celestial (o sea, rebeldía de los ángeles), intenta todo esfuerzo para penetrar en las mentes de los que se dedican a las cosas celestiales. ¡Ay de mí! Cuando la miel se echa a perder, nace la araña; cuando se corrompe la dulzura interior, se genera la araña de la soberbia.
Asimismo, el incienso simboliza la oración, como se dice en el Salmo: “Suba, Señor, mi oración como incienso en tu presencia” (Salm 140, 2). El incienso es llamado en latín Thus del término griego Theos, Dios, al cual se ofrece. Observa que el incienso sólo lo produce la Arabia, que se interpreta “sagrada”. En ella hay una planta que se Rama olíbano, que es semejante en la corteza y en las hojas al laurel. De ella a veces rezuma un jugo como de almendra, que se recoge dos veces al año, en el otoño y en la primavera. Pero para la cosecha del otoño hay que prepararse durante los calores del verano con una incisión en la corteza, de la que brota una espuma grasa que, según la naturaleza del lugar, se seca y se condensa. Este es el incienso blanco.
La segunda cosecha se prepara durante el invierno, después de la incisión de la corteza. En este tiempo brota un líquido rojo, pero no puede com pararse al anterior. El incienso que brota de las plantas nuevas es muy blanco; pero el incienso que brota de los árboles viejos es más perfumado. Todos los dueños de este bosque del incienso, se llaman en árabe “sagrados”. Los que hacen la recolección en este bosque o los que los hieren, no toman parte en los funerales, ni se contaminan con contactos de mujeres (Solino).
15.‑ La Arabia simboliza la mente santa del justo, en la que hay y debe haber el olíbano, que se interpreta “blancura”, o sea, debe haber la pureza de la vida, de la que procede el incienso de la genuina oración. Dice el Eclesiástico: “Como un olíbano no inciso llené de perfume mi habitación” (24, 2 1).
El olíbano simboliza a todos aquellos cuya vida está totalmente gastada en la oración. Olíbano no inciso deben ser todos los religiosos, sobre todo, para que su mente no esté distraída durante la oración; o sea, que tengan una cosa en los labios y otra en el corazón, porque una mente distraída no impetra nada. Deben, pues, esforzarse por ser íntegros, para que la mente esté de acuerdo con el corazón. Sólo así a los oídos del Señor de los ejércitos subirá una suave melodía.
La recolección del incienso en el otoño simboliza la devota oración de los proficientes, mientras la recolección del incienso en primavera simboliza la oración de los incipientes, o sea, de los recientemente convertidos. Tanto los unos como los otros, después de la incisión en la corteza, echan fuera la goma, porque sus corazones compungidos elevan a Dios la oración. Los primeros sufren la incisión en el calor del verano, los segundos en el invierno; los primeros echan fuera un incienso blanco, los segundos un incienso rojo.
Los proficientes, en el fervor del deseo celestial, emiten su oración con una devoción cándida, unida a las lágrimas de la compunción. En cambio, los incipientes, en el invierno de sus tentaciones, aun atormentados con el frío de las sugestiones diabólicas, emiten una oración dolorosa y casi ensangrentada, unida a la amargura de las lágrimas y de los suspiros. En efecto, el faraón, al verse despreciado, sale en excandecencias (Así el diablo, al verse despreciado, acrecienta las tentaciones).
El incienso de las plantas jóvenes es más blanco; el de las plantas viejas es más perfumado. Debe anteponerse la santidad de la vida, para que siga luego el perfume de la buena reputación. Cuando comienzas, debes aplicarte sobre todo a vivir santamente; cuando progreses, pensarás en el perfume de la buena reputación. Cuando uno quiere cosechar el incienso de la oración y ofrecerlo a Dios, cuídese de tomar parte en los funerales del rencor y del odio -”el que odia a su hermano, es un homicida” (1Jn 3, 15)‑, y cuídese también de contaminarse con contactos de mujeres o de los malos pensamientos.
Símilmente, la mirra, llamada así de “amargura”, simboliza la mortificación de la carne, de la que se dice en el libro de Judit, que Judit “lavó su cuerpo y lo ungió con mirra purísima” (10, 3). El que se confiesa, debe lavarse en la confesión y después ungirse con la mortificación del cuerpo en expiación de sus pecados. A Daniel se le dijo: “Desde el primer día, en que, para obtener inteligencia, estableciste en tu corazón afligirte en presencia de tu Dios, tus palabras fueron escuchadas” (Dan 10, 12). “En presencia de Dios”, está escrito, y no de los hombres.
16.‑ Símilmente, la resina es la lágrima de las plantas, y simboliza la lágrima que rezuma de lo íntimo del corazón, de la que dice el Señor al rey Ezequías: “Escuché tu oración y vi tus lágrimas”. Y de nuevo: “Te regaré con mis lágrimas, Esebón y Eleale” (Is 38, 5; y'[ 6, 9). Hesebón se interpreta “cíngulo de tristeza” o también “pensamiento de aflicción”; y Eleale “subida”; y simbolizan las almas de los penitentes que se ciñen con el cíngulo de la tristeza y de la aflicción, para que puedan subir, sin estorbos, a la casa del Señor.
Dice Isaías: “Por la cuesta de Luit subirán llorando, y por el camino de oronaim alzarán gritos de quebranto” (15, 5). Luit se interpreta “mejillas”. Por la cuesta de Luit, o sea, por las mejillas, subirá el llanto al Señor. Oronaim se interpreta “abertura de tristeza”, y simboliza el ojo, por el cual sale la lamentación del luto, que sube al Señor.
Dice el Eclesiástico: “Las lágrimas de la viuda, ¿no corren por sus mejillas? Y su clamor, ¿no va contra quien las hace correr? De sus mejillas subirán hasta el cielo; y el Señor que escucha, por cierto, no se complacerá en ellas” (Ecli, 35,.18‑19). El Señor, pues, embriaga con las lágrimas de su pasión las almas de los penitentes, porque El también, con fuertes clamores y lágrimas, se ofreció a sí mismo a Dios Padre (Hb 5, 7). Las embriaga, repito, para que, olvidando las cosas temporales, tiendan a las futuras (Filp 3, 13).
En fin, el almendro, que florece en invierno, simboliza la limosna, por la cual uno debe florecer en el invierno de la vida presente. Se lee en el Eclesiastés: “Florecerá el almendro, engordará la langosta y se dispersará la alcaparra” (12, 5). Para la explicación de este versículo, consulta la tercera parte del sermón sobre el evangelio: “Había un hombre rico que tenía un mayordomo”, del domingo IX después de Pentecostés. Y dice el Eclesiástico: “Hijo, no defraudes la limosna al pobre” (4, 1). Dice con razón “no defraudes”, porque el fraude se relaciona con las cosas ajenas, según el dicho: “Está demostrado que arrebata los bienes ajenos, el que guarda para sí más de lo que fuere necesario”.
La limosna, en latín eleemosyna, viene de Heli, Dios, y moys, agua; entonces helímósina es agua de Dios. La limosna es también una palabra griega eléein, que significa “misericordia”.
¡Afortunada será aquella casa, bienaventurada aquella despensa, en la que son guardados estos seis dones, de los que procede la verdadera y la genuina oración, que subirá hasta los oídos de Dios y que impetrará todo lo que se le pide! Con razón dice el Señor: “Mi casa será llamada casa de oración”.
Sobre esta casa tenemos una concordancia en el introito de la misa de hoy: “Dios habita en su santo lugar, y Dios hace habitar en su casa a los que van de acuerdo; El mismo dará fuerza y vigor a su pueblo” (Salm 67, 6‑7 y 36).
El lugar santo y la casa simbolizan la mente del justo. Del “lugar” dice Ezequiel: “oí detrás de mí una voz de gran conmoción, que decía: “¡Bendita sea la gloria del Señor en su lugar santo!” (3, 12). Esta voz de gran conmoción es la contrición del corazón, por la cual la mente del hombre llega a ser “lugar” de Dios, en el cual Dios es bendecido y glorificado. De la “casa” dice el mismo Señor: “Mi casa será llamada casa de oración”. En esta casa Dios hace habitar a los que van de acuerdo, o sea, la razón y la sensualidad, para que la sensualidad obedezca a la razón, y la razón obedezca a su superior, o sea, a Dios. “El mismo dará fuerza y vigor a su pueblo para que no se exalte en la prosperidad y no se deprima en las adversidades, según lo que dice Isaías: “El da fuerza al fatigado, y multiplica las fuerzas a los que no las tienen” (40, 29).
17.‑ “En cambio, ustedes la hicieron una cueva de ladrones”. Dice Jeremías: “Delante de sus ojos, ¿llegó a ser quizás una cueva de ladrones esta casa, en la cual es invocado mi nombre?” (7, 11). La conciencia del hombre llega a ser cueva de ladrones, cuando se verifica en ella lo que dice Isaías: “Allí dormirán las bestias del desierto y sus casas se llenarán de dragones; allí habitarán los avestruces y danzarán los sátiros. En sus palacios se enviarán reclamos las lechuzas y las sirenas en los templos de sus placeres” (13, 21‑22).
Las bestias (vastiae) son llamadas así de vastare, devastar, que dilaceran la presa con las mordeduras y con las garras. El dragón es el reptil más grande de todos los animales sin pies, y es llamado dragón, porque salido (en latín, tractus) de las cavernas. Se levanta en el aire y la atmósfera es perturbada por su vuelo; su fuerza no está en los dientes, sino en la cola. El dragón marino tiene en sus agallas un aguijón, dirigido hacia la cola.
El avestruz, del griego stroutos, indica un animal, que tiene las plumas como las aves, pero no puede alzarse de la tierra y volar. Descuida la incubación de los huevos, los pone y llegan a madurez sólo con el calor de la tierra (Isidoro).
Los sátiros, o faunos, llamados también íncubos, se asemejan a la figura humana en la parte superior y a las bestias en la parte inferior. Los griegos los llaman panas (divinidad de los bosques). Los paganos decían que los sátiros tienen barba, una cara rubicunda y las patas como las cabras. Las lechuzas son aves nocturnas. Son llamadas en latín úlulae por los ululatos que emiten. La gente les da también el nombre de altillo y búho.
Las sirenas, como se cuenta, son animales marinos mortíferos, que desde la cabeza hasta el ombligo tienen forma humana, y el resto del cuerpo hasta las patas tienen forma de aves. Cantan melodías y cantos dulcísimos, para atraer, con la magia de la voz, los oídos de los navegantes, aunque estén lejos, y, después de haberlos dormido en un sueño profundo, los dilaceran. En realidad, eran prostitutas que reducían a la miseria a los que las frecuentaban. Se cuenta que tuvieran alas y garras, porque el amor de la lujuria vuela y hiere.
Presta atención. En las bestias están indicadas la soberbia y la rapiña; en los dragones, la venenosa malicia de la ira y de la envidia; en los avestruces, la falsedad de los hipócritas; en los sátiros, la avaricia y la simonía; en las lechuzas, la calumnia y la adulación; en las sirenas, la gula y la lujuria.
Los rapiñadores con su soberbia destruyen, como bestias feroces, a los pobres, a los huérfanos y a las viudas. Ezequiel, hablando del prepotente soberbio de este mundo, dice: “El león tomó a uno de sus cachorros”, o sea, a uno de sus hijos, y lo hizo león: aprendió a arrebatar la presa y a devorar hombres y aprendió a hacer viudas; y su plenitud, o sea, su poder, se manifestaba en el estruendo de sus rugidos” (19, 6‑7).
Así los iracundos y los envidiosos, como dragones, saliendo de la caverna de su conciencia ‑¡no pueden contenerse!‑, llenan el aire de palabras, lo agitan con sus gritos, lo contaminan con las blasfemias. La fuerza de su malicia no está tanto en los dientes con las blasfemias, sino, más bien, en la cola, a motivo de las injurias y de las venganzas, que llevan a cabo con sus manos.
Asimismo, los hipócritas, como los avestruces, tienen apariencia de santidad, pero, avidísimos de la gloria temporal, no pueden elevarse de la tierra. El avestruz descuida empollar los huevos; y así el hipócrita abandona a los hijos, que habla conquistado con su predicación, a que perezcan entre las cosas terrenales. Dice Job: “Las plumas del avestruz son semejantes a las plumas de la garza y del gavilán, y abandona a la tierra sus huevos. ¿Tú, acaso, los calentarás? El olvida que el pie los puede aplastar y que la bestia del campo los puede romper. Trata duramente a sus hijos, como si no fueran suyos” (39, 13‑16).
Huevo suena en latín como úvida, o sea, lleno de líquido. Húmedo es lo que tiene de liquido exteriormente, úvido lo que tiene de líquido interiormente. Los huevos son los nuevos convertidos, que tienen en su corazón la linfa de la compunción: el Señor los calienta en el polvo, o sea, en la humildad la penitencia, para que puedan producir frutos de buenas obras.
El prelado hipócrita, preocupado de las cosas temporales, olvida que el pie del afecto carnal puede pisotear a sus súbditos y la bestia del campo, o sea, el diablo los puede aplastar; pero él los trata con dureza como si no fueran suyos. Es un mercenario, al que no interesan ni los huevos ni las ovejas (en latín, de ovis et de ovibus).
Así los avaros y los simoníacos hoy bailan y juegan, como sátiros y faunos, en la iglesia de cristo, de rostros rubicundos, bien vestidos y gordos.
Sus pies, o sea, sus sentimientos y costumbres, son caprinos, o sea, hediondos; y de ese hedor da testimonio el antro de su conciencia.
Símilmente, los calumniadores y los aduladores, como lechuzas en la noche, o sea, en la ausencia de aquellos de los que hablan mal, lanzan pavorosos ululatos con la falsa alabanza con la que adulan.
Los glotones y los lujuriosos, como sirenas, dilaceran sus almas, devoran los bienes y junto con ellos lanzan al mar de la condenación eterna a aquellos a los que sedujeron.
He aquí como se llenan de todos estos vicios, desde la cima hasta el fondo, la casa, o sea, la iglesia de Dios, que así llega a ser una cueva de ladrones, y la conciencia del hombre, que llega a ser antro de demonios. Con razón dice el Señor: “Ustedes hicieron de mi casa una cueva de ladrones”.
¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Con humildad y con lágrimas roguemos al Señor Jesucristo, que expulse de su iglesia a los vendedores y a los compradores simoniacos y que desaloje de la casa de nuestra conciencia, que antes era suya, los vicios señalados y haga de ella una casa de fervorosa oración, para que podamos así llegar a la casa de la Jerusalén celestial.
Nos lo conceda el mismo Cristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos eternos.
Y toda conciencia pura diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.
1.‑ “En aquel tiempo dijo Jesús a algunos que presumían ser justos y despreciaban a los demás, esta parábola: “Dos hombres subieron al templo” (Lc 18, 9‑10).
Se lee en el Eclesiástico: “Tres veces más intenso es el sol que abrasa los cerros: él lanza rayos de fuego y, haciendo brillar sus rayos, ofusca los ojos” (Sir 43, 4).
Es llamado sol, porque aparece solitario, después de haber hecho oscurecer con sus rayos todas las otras estrellas. En el sol están figurados cuatro caballos: Piroides, “el que resplandece”; Eoo, “el que calienta”; Etón, “el que arde”; Flegón, “el que templa el calor” (Beda). El sol, pues, ‑tiene cuatro propiedades: resplandece al salir; calienta al subir al cielo; arde al mediodía y es templado al ocaso. El sol es figura de Jesucristo, el cual “habita una luz inaccesible” (1Tim 6, 16); a su luz toda luz es tiniebla; a comparación de su justicia, toda la justicia de los santos es como el paño de una mujer menstruada (Is 64,6).
Los cuatro caballos de este Sol son los cuatro evangelistas: Mateo, Marcos, Juan y Lucas. Mateo fue corno un caballo esplendoroso y está representado con rostro humano, porque comienza su evangelio escribiendo la vida del hombre: “Libro de la genealogía de Jesucristo”. Marcos es el que calienta y está representado con cara de león, que es de naturaleza fogosa. Su evangelio comienza: “Voz de uno que clama en el desierto”. Juan, el que arde, está representado por un águila, porque con ojos no ofuscados elevado como águila sobre sí mismo, fijó la mirada en el Sol, al decir: “En el principio existía el Verbo”. Lucas, el que templa el calor, está figurado en una cara de novillo, que se inmola en el sacrificio.
Jesucristo fue sol esplendoroso en su natividad; fue sol que calienta en su predicación, en la cual ruge como un león: “¡Hagan penitencia!”; fue sol ardiente en la ejecución de los milagros, con los cuales demostró ser verdadero Dios; fue sol templado en su pasión; y, como novillo inmolado al Padre, tramontó en la muerte.
Símilmente, este Sol, cuando sale para el pecador, resplandece para hacerle conocer sus pecados, lo calienta en el dolor de los pecados, lo quema en el fervor de la satisfacción y lo atempera en la mortificación de los vicios.
De este Sol dice el Eclesiástico: “Tres veces más intenso es el sol que abrasa los montes; lanza rayos ardientes y, haciendo brillar sus rayos, deslumbra los ojos” (43, 4). El monte es llamado así, porque no se mueve (asonancia en latín entre mons et non motus). Los montes simbolizan a los soberbios de este siglo, de los que habla el Salmo: “Los montes se derritieron como cera en presencia del Señor” (96, 5); y esto sucede cuando el sol los abrasa con calor tres veces más intenso: con la contrición, con la confesión y con la satisfacción de la obra. Con este incendio deseaba ser abrasado el Profeta, que decía: “Abrasa mis riñones y mi corazón” (Salm 25, 2). El corazón se abrasa con la contrición, la lengua con la confesión y los riñones con la satisfacción.
“El sol lanza rayos ardientes”, o sea, los emite de sí mismo. Los rayos del sol son la pobreza y la humildad, la paciencia y la obediencia de Jesucristo. Cuantos ejemplos y cuantas palabras de salvación nos dio, otros tantos rayos ardientes nos lanzó de sí mismo, para que nos abrasáramos de amor hacia El. Y sigue: “Y con el fulgor de sus rayos deslumbra los ojos”. Con los rayos de su pobreza y de su humildad deslumbra los ojos de los soberbios, “para que, aun viendo, no comprendan” (Jn 12, 40).
Es como el colirio, que antes molesta al ojo enfermo y casi lo ciega, pero después lo aclara y lo ilumina. Por eso El mismo dice en Juan: “Yo vine a este mundo para juzgar, para que los que no ven vean y los que ven, se vuelvan ciegos”. Y todavía: “Si ustedes fueran ciegos, no habría ningún pecado” ‑porque buscarían el colirio que quita todo pecado-; “pero ahora dicen: “Nosotros vemos”, su pecado permanece” (9, 39 y 41).
Por este Sol fue incendiado, abrasado y deslumbrado aquel publicano, verdadero penitente, del que se lee en el evangelio de hoy: “Dos hombres subieron al templo ......
2.‑ Presta atención que en este evangelio sobresalen dos conductas: la arrogancia del fariseo y el arrepentimiento del publicano. La primera, cuando dice: “Dos hombres subieron al templo”. La segunda, cuando añade: “En cambio, el publicano, de pie y de lejos ......
Toma nota también que, en este domingo y en el siguiente, vamos a concordar algunos pasajes del libro del Eclesiástico con las partes de este evangelio y del domingo siguiente.
En el introito de la misa de hoy se canta: “¡oh Dios, ven en mi ayuda!
(Salm 69, 2), y se lee un pasaje de la epístola del bienaventurado Pablo a los corintios: “Pongo en su conocimiento el evangelio que les anuncié” (1Cor 15, 1). Lo podemos dividir en dos partes. La primera: “Pongo en su conocimiento”; y la segunda: “Yo soy el mínimo de todos los apóstoles”.
3.‑ “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias, porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana y doy los diezmos de todo lo que poseo” (Lc 18, 10‑12).
Ante todo, con la Glosa, debemos ponderar que hay cuatro especies de hinchazón o de soberbia: cuando uno se atribuye a sí mismo el bien que tiene; o, aunque ese bien fuere dado por Dios, piensa que le fue dado por sus méritos; o se jacta de tener lo que no tiene; o, en fin, después de haber despreciado a los demás, ambiciona ser particularmente admirado por lo que tiene. A él se le puede aplicar el verso: “Se hinchan ellos mismos por sus propios méritos, pensando falsamente que los tienen más que los demás” (Autor ignoto).
El fariseo, inficionado por esta peste, salió del templo no justificado, porque se atribuyó de manera particular los méritos de los beneficios divinos y se estimó mejor que el publicano. ¡He ahí a un león muerto y a un perro vivo! De ellos dice Salomón: “Es mejor un perro vivo que un león muerto” (Ecle 9, 4), o sea, es mejor el humilde publicano que el soberbio fariseo.
Y Observa que el hueso del cuello del león es compacto, y no fraccionado en anillos; y además en sus huesos no hay médula. Los huesos del león son de una particular dureza más que los huesos de los demás animales; y por esto cuando uno choca con otro, brotan chispas” (Aristóteles). Símilmente, el cuello del soberbio no tiene anillos, o sea, no tiene flexibilidad. Dice Job: “Extendió contra Dios la mano, y se atrevió a ser fuerte contra el omnipotente. Corrió contra Dios con el cuello erguido y armado de su dura cerviz” (15, 25). “Oh árbol alto, doblega tus ramas, afloja tus rígidas fibras y atenúa el rigor que te dio la naturaleza” (Breviario: Himno de la Pasión).
Oh soberbio fariseo, “¿por qué tu corazón se llena de orgullo ‑pregunta ob‑ y por qué tienes los ojos absortos como si tuvieras elevados pensamientos? Y ¿por qué tu espíritu se hincha contra Dios hasta proferir con tu boca tales palabras?” (15, 12‑13). Tú dices con el fariseo: “Yo no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros”. “¿Qué es el hombre, para que se considere sin mancha y para que se llame justo el nacido de mujer? He ahí: ¡ni los cielos son puros delante de él, cuánto menos el hombre abominable y vil! “ (15, 14‑16). “He ahí: ¡ni los que le sirven están al seguro; y El halla manchas en sus mismos ángeles! ¡Cuánto más hallará manchas en los hombres que viven en casas de barro (cuerpo) y tienen sus cimientos en el polvo!”. (4, 18‑19).
Y el soberbio no tiene tampoco la médula de la compasión. Sus palabras están en contraste con sus obras y de esta colisión brota el fuego de la arrogancia, de la ira y de la vanagloria.
Se lee en el Libro de los Jueces: “Salga el fuego de la zarza y devore los cedros del Líbano” (9, 15). La zarza es una especie de mata muy tupida y muy punzante, y simboliza al soberbio, asediado por las espinas de las riquezas y de los pecados. De esas espinas procede el fuego de la soberbia, que devora todos los cedros del Líbano, o sea, todas las obras que él hace: “Ayuno dos veces por semana y pago los diezmos de cuanto poseo”. Se pregunta Gregorio: “¿Qué importa si toda la ciudad está custodiada, si se olvida una brecha, por la cual los enemigos puedan entrar?”. Además, cuanto más somos orgullosos de la perfección de una vida buena, tanto más mostramos que ni estamos en los comienzos de la perfección. Nos amonesta el Eclesiástico: “No te enorgullezcas cuando cumples tu deber” (10, 29). “Es abominación delante de Dios todo altivo de corazón” (16, 5).
Con razón, pues, se dice del león muerto: “El fariseo estaba en pie”, con el cuello erguido. Fariseo se interpreta “separado”. Al estimarse justo, se separaba del publicano: “No soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros‑, ni como este publicano”. ¿Quiénes son los demás hombres sino todos, fuera de él? Como si dijera: “Solamente yo soy justo; los demás son pecadores”.
4.‑ Sobre este tópico tenemos una concordancia en el Eclesiástico: “Hay tres clases de personas que mi alma odia y me siento molesto por su existencia: el pobre soberbio, el rico mentiroso y el viejo necio y falto de juicio” (25, 3‑4). Se dice soberbio, porque va por encima (en latín, super vadens); mentiroso, en latín méndax, es el que engaña la mente ajena; viejo es aquel que no se conoce (en latín, senex, se nesciens), o sea, delira por la provecta edad, o se vuelve insipiente por la edad o por la disminución de los sentimientos. Los naturalistas afirman que la edad de los niños y la edad de los viejos tienen analogías: en los niños la sangre no es todavía muy cálida, en los ancianos es casi fría.
Pondera que estos tres tipos, odiosos a Dios, se hallan en este fariseo y también en todos los soberbios. El fariseo era un pobre soberbio: pobre, porque a través de la abertura que había olvidado, entraron los ladrones y hurtaron todos sus bienes; soberbio, porque, yendo por encima, se creyó mejor de lo que era. Además, el soberbio es pobre, porque carece de las riquezas de la humildad; y el que no tiene humildad, se halla en la más grande miseria.
El fariseo fue un rico mentiroso: rico, cuando dijo: “Ayuno dos veces por semana”; mentiroso , cuando antepuso: “Yo no soy como los demás”.
Lo mismo hacen los religiosos de nuestros tiempos, ricos en la apariencia de la santidad, pero mentirosos en la arrogancia de su mente. Dicen con Elías: “Estoy repleto de celo por el Señor Dios de los ejércitos, porque los hijos de Israel abandonaron tu alianza, demolieron tus altares y mataron de espada a tus profetas: quedé solo y ellos intentan quitarme la vida” (3 R 19, 10). Estos tipos, que están convencidos de ser los únicos en servir a Dios y postrarse delante de El, escuchen lo que dice el Señor: “Me reservé en Israel siete mil hombres, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal” (3 R 19, 18).
Hermano, “¿de Nazaret puede brotar algo bueno?” (Jn 1, 46) (¡Y nada menos vino Jesús!). Nuestro Dios no es sólo Dios de los montes, sino también el Dios de los valles. El dice en los Cantares: “Yo soy la flor del campo y el lirio de los valles” (2, 1). Dios habita en lo más alto del cielo; y, sin embargo, ¡mira a los humildes!
Finalmente, el fariseo fue un viejo necio: viejo, porque no se conocía a sí mismo, había perdido los sentimientos y no sabía lo que decía. Había subido al templo para orar y no para alabarse a sí mismo. Comenzó a alabarse a sí mismo aquel, que debía comenzar con la oración del Señor. La misma cosa hacen algunos con su predicación. Como prólogo comienzan a tejer sus alabanzas. “La alabanza en tu boca ensucia” (Sir 15, 9). “Te alabe la boca ajena, no la tuya” (Prov 27, 2).
5‑ Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “Pongo en su conocimiento el evangelio que les prediqué y que ustedes recibieron y en el cual ustedes perseveran y por el cual son salvados, si lo guardan en la forma como se lo anuncié; diversamente habrían creído en vano” (1Cor 15, 1‑2).
El evangelio que Cristo y los apóstoles predicaron, es la humildad. Dice el Señor: “Aprendan de mí a ser mansos y humildes de corazón” (Mt 11, 29).
Esta enseñanza los discípulos la recibieron de El y se la enseñaron a los demás. Por eso Pablo, que se interpreta “humilde”, escribe: “Pongo en su conocimiento el evangelio en el cual perseveran y por el cual son salvados”.
Donde hay humildad, allí hay perseverancia y salvación. El fariseo no tuvo esa humildad, y por eso cayó en el mal: mientras se justificaba, se volvió pecador. El que guarda la humildad, se salva; el que no la guarda, vana es su fe y vana su fatiga. Y como por medio de la humildad se llega a la gloria, por esto se lee hoy, junto con el evangelio, justamente esta epístola, en la cual se recuerdan la muerte y la resurrección de Cristo. En este evangelio se lee: “El que se humilla, será ensalzado” (Lc 18, 14). Cristo se humilló hasta la muerte (Filp 2, 8), y fue exaltado en la resurrección.
Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al mismo Señor Jesucristo, que aleje de nosotros la presunción del fariseo y grabe en nuestro corazón el evangelio de su humildad, para que podamos así subir al templo de su gloria en la resurrección general y merezcamos ser colocados a su derecha y participar de su felicidad.
Nos lo conceda aquel, que murió y resucitó y que es digno de todo honor y gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
6.‑ “Hay tres tipos de personas que mi alma odia: el pobre soberbio, el rico mentiroso y el viejo necio e insensato” (Sir 25, 3).
Además, dice el Eclesiástico: “El Altísimo creó de la tierra medicamentos, y el hombre juicioso no los desprecia” (38, 4). El Altísimo, Jesucristo, de la tierra, o sea, de su carne creó el medicamento de la humildad, con la cual sanó al género humano. O también: de la tierra se crea el medicamento, cuando por medio del sufrimiento del cuerpo se curan las heridas de la mente. Así, de nuestra carne se produce el medicamento, como de la serpiente el contraveneno.
La carne fue como la serpiente en la culpa, y de la carne viene también el remedio a través del sufrimiento. Este medicamento, o sea, la humildad de Cristo y la mortificación de la carne, el hombre sabio no lo desprecia; sólo el soberbio mentiroso e insensato lo rechaza. De él se dice: “Tres tipos de personas tiene en odio mi alma: el pobre soberbio, el rico mentiroso y el viejo necio e insensato”.
7.‑ El pobre soberbio es este cuerpo miserable; el rico soberbio es este mundo; y el viejo necio es el diablo. Cuerpo deriva de corromper, y suena casi como “pus del corazón” (en latín corpus, pus cordis). Se puede decir también “custodia del corazón”, “que perece en la corrupción”, o también “expuesto en público” (en latín, corpus, coram positum) . Se dice pobre el que tiene muy poco y tiene poco poder.
Nuestro cuerpo es pobre, porque entra en este destierro desnudo, ciego y llorando, y saldrá de este destierro desnudo, ciego y en un estado lastimero ‑¡y ojalá no precipite en el suplicio eterno!‑, sometido a los sufrimientos del hambre y del frío, afligido por enfermedades y lleno de suciedad y de inmundicias. ¿Qué motivos tienes, pobre infeliz, para ensoberbecerte? ¿De qué puedes gloriarte? Si quieres jactarte, jáctate de la cloaca de estiércol que siempre llevas contigo.
Oh miserable, oh pobre miserable, ¿qué te crees? ¿De qué te exaltas? ¿No eres tú el que fue engendrado en la oscura caverna de la matriz materna con fétido semen? ¿Y no fuiste allí nutrido por nueve meses con sangre menstrua, que, si los perros la lamieran, en seguida se volverían rabiosos? (Solino). ¿De qué, pues, puedes jactarte? ¿Quizás, de la sangre de tus antepasados? Si es así, te jactas del estiércol en que fuiste engendrado.
¿Te glorías, tal vez, de las riquezas? Te gloriarías de una cosa ajena, porque no te pertenecen , sino que te fueron dadas en préstamo. No es tuyo lo que no podrás llevar contigo. Es muy angosto el agujero de la muerte, por el cual apenas puedes pasar como pobre y desnudo, llevando contigo sólo tus pecados, “que nada son” (Agustín). ¿Te glorías, quizás, de tu sabiduría y de tu elocuencia? ¡No a ti, no a ti la gloria, sino sólo a aquel que da la boca y la sabiduría y que hace hablar a los mudos y oír a los sordos! (Salm 113, 9; Lc 2 1, 15; y Mt 7, 37).
Oh pobre cuerpo, oh miserable cuerpo, al ver tu gran miseria y penuria, ¿todavía tienes el coraje de ser tan soberbio y tan vanaglorioso? ¿Qué harías, si fueras rico? ¡Bendito sea Dios, que humilló al soberbio como a un herido a muerte (Salm 88, 11), que secó el mar y el agua del profundo abismo, que golpeó al dragón, depuso al poderoso del trono y te dio a ti “en lugar de perfume hedor, en vez de cinturón una cuerda, en lugar de rizos calvicie!” (Is 3, 24).
Humíllate, pues, pobre miserable, y gimiendo y llorando repite con Jeremías: “Yo soy un hombre que vi mi miseria bajo el látigo de la ira del Señor; me guió y me llevó no a la luz sino a las tinieblas. Hizo envejecer mi carne y mi piel y desmenuzó mis huesos. Construyó baluartes contra mí y me rodeó de hiel (amargura) y de trabajo. Me puso en las tinieblas, como los ya muertos de mucho tiempo. Me cercó por todos lados, para que no salga e hizo más pesadas mis cadenas. Me colmó de amarguras y me embriagó de ajenjos. Quebró mis dientes uno a uno y me nutrió de ceniza. ¡Acuérdate, Señor, de mi pobreza y de mi abatimiento, del ajenjo y de la hiel!” (Lam 3, 1)...
8.‑ “Un rico mentiroso”. El rico es el mundo, del cual dice Nahúm: “Nínive parece un estanque de aguas; pero ellos huyeron. ¡Deténganse, deténganse! Pero nadie regresa. Saqueen plata, saqueen oro, e innumerables son sus tesoros en sus vasos preciosos” (2, 8‑9). Nínive se interpreta “seductora” y simboliza el mundo, hermoso por una falsa belleza. Sus aguas, o sea, las riquezas y los placeres, son como los estanques, que en el verano se secan. Al sobrevenir la Dama de la muerte, las riquezas y los placeres se desvanecen. Dice el Eclesiástico: “A la muerte de un hombre se manifiestan sus obras” (11, 29).
Todos huyen: todos deben el tributo a la muerte. Y Nínive, la meretriz seductora, los escarnece, diciendo: “¡Deténganse, deténganse, saqueen la plata, saqueen el oro! “. Los amantes del mundo abandonan lo que no pueden llevar consigo: de ellos ninguno volvió, porque “el día del hombre es como una sombra y su vida como el viento”, que pasa y no retorna (Job 8, 9 y 7, 7). Las riquezas de Nínive son innumerables y por ende son innumerables también sus miserias, “en sus vasos preciosos”. Los vasos son los corazones de los mundanos, que son tan profundos en su codicia que, por grandes que sean sus riquezas, no pueden jamás saciarse.
Símilmente, sobre la falsedad del mundo añade el mismo profeta: “¡Ay de ti, ciudad sanguinaria, toda llena de mentiras y rapiñas, y que no cesa de depredar!” (Na 3, 1). ¡Amenazas de culpa y de pena al mundo, que es ciudad sanguinaria, o sea, de pecadores, en la que no hay verdad, sino toda falsedad!. Por eso dice el Salmo: “Desapareció la verdad entre los hijos de los hombres” (Salm 11, 2). Esta ciudad está colmada de rapiña y de estragos. Gregorio comenta: “La vida presente no se despliega sino entre lágrimas; y, a pesar de todo, entre lágrimas es amada”.Y de su falsedad dice el Señor por boca de Jeremías: “Llegó a ser para mí como aguas infieles que engañan” (15, 18).
Aguas infieles son las riquezas, que no dan seguridad alguna al que las posee: mucho prometen y nada cumplen. Los que las aman, cuando abundan, alaban al Señor así: “Te alabará hasta que lo beneficies” (Salm 48, 19). Gregorio comenta: “Es de poco valor la alabanza hecha en la prosperidad; en cambio, es de gran mérito la alabanza, cuando se produce durante los golpes del sufrimiento”. Los carnales, cuando las riquezas prosperan, alaban al Señor; en cambio, cuando se desvanecen, también ellos reniegan de Dios.
9.‑ “Un viejo fatuo e insensato”. El viejo necio es el diablo, y de él se dice en el Eclesiastés: “Mejor es un muchacho pobre y sabio, que un rey viejo y necio, que no sabe prever el futuro” (4, 13).
El diablo no supo conservar la sabiduría que se le habla infundido junto con los ángeles, porque rehusó someterse a su Creador. Llegan a ser sus miembros los que rehúsan someterse al yugo de la obediencia en nombre de aquel que fue obediente hasta la muerte. Cada vez que, obstinadamente, rehúsas obedecer a tu superior, llegas a ser como el ángel apóstata. No desprecias al hombre sino a Dios, que puso a los hombres sobre la cabeza de otros hombres.
Dice Job: “Dios es aquel que dio un peso al viento” (28, 25). Se llama viento, porque es vehemente y violento. La naturaleza humana, propensa al mal desde la adolescencia, es leve e impetuosa, como el viento; y por eso Dios le dio un peso, o sea, la obediencia a los prelados, para que, frenada por su peso, no se exalte en vano por encima de sí misma, como el diablo, para caer después miserablemente por debajo de sí misma. Comenta Jeremías en las Lamentaciones: “Es cosa muy buena para el hombre llevar el yugo desde su adolescencia. Se sentará solitario y callará, porque se elevó por encima de sí mismo” (3, 27‑28). Cuando tú te sometes a otro, entonces te elevas admirablemente por encima de ti mismo.
El yugo es llamado así, porque une dos cosas (asonancia en latín, iugum, duo iungit). Oh hijo, lleva con Cristo, el Hijo de Dios, el yugo de la obediencia. El novillo joven, Jesucristo, constreñido bajo el yugo de la obediencia, arrastró, a solas, la carga de todos nuestros pecados. Dice Isaías: “El Señor cargó sobre El las iniquidades de todos nosotros” (53, 6). Y los judíos, como campesinos con la fusta, lo acicateaban, para que se apresurara.
He ahí como nuestro joven novillo arrastra una carga que ni los ángeles ni los hombres habrían podido llevar; y no hay nadie que comprenda y medite en su corazón, oh hermano, corre, te suplico, agrégate a El bajo aquel yugo, y llévalo junto con Jesús, levántalo junto con Jesús. Dice Isaías: “Miré a mi alrededor y no había nadie que me diera una mano; busqué y no había nadie que me ayudara” (63, 5). Ayuda, pues, hermano, ayuda a Jesús, “porque si compartes sus sufrimientos, compartirás también sus consuelos” (2Cor 1, 7).
Te rogamos, Señor Jesús, que seamos pobres humildes, ricos sinceros y ancianos sabios; y así mereceremos llegar a las delicias y a las riquezas eternas.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
10.‑ “El publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “ ¡Oh Dios, ten piedad de mi pecador!”. Les digo que éste retornó a su casa justificado, a diferencia del otro, porque cualquiera que se exalta, será humillado, y el que se humilla, será exaltado” (Lc 18, 13‑14).
En este pasaje se pueden considerar seis puntos: el recuerdo de la propia iniquidad, la humillación de la mente y del corazón, la contrición, la confesión, la satisfacción y la justificación del mismo publicano.
El recuerdo de la propia iniquidad, donde se dice: “El publicano, estando le os”. Consciente de su iniquidad, se quedó lejos, y se reputó indigno de siquiera entrar en el templo. El fariseo se creía estar cerca, en cambio estaba lejos. El publicano se creía estar lejos, en cambio, estaba cerca. “Algunas ramas se desgajaron y fue injertado el olivo silvestre”. “Lo que buscaba Israel, no lo consiguió; en cambio, los elegidos lo consiguieron” (Rom 11, 17 y 7). Oh pecador, detente lejos, juzgándote indigno y repitiendo con Abraham: “Hablaré a mi Señor, aunque yo sea polvo y ceniza” (Gen 18, 27).
Humildad de la mente y del cuerpo, cuando dice: “No quería ni alzar los ojos al cielo”. La señal de humildad suele aparecer en los ojos. Así rogaba el Eclesiástico: “ ¡Oh Señor, no me des la insolencia de los ojos!” (25, 5). “El ojo impúdico ‑decía Agustín‑ es señal de la impudicia del corazón”.
Símilmente, en el gesto de golpearse el pecho se notan tres momentos: en la percusión la contrición, en la resonancia la confesión, en la mano la satisfacción de la obra. “¡Oh Dios, ten piedad de mi pecador!”; o sea, sé propicio hacia mi. El publicano, como el humilde, no se atreve a acercarse, para que Dios se le acerque; no mira, para ser mirado por Dios; golpea el pecho y pide un castigo, para que Dios le perdone; confiesa su pecado, para que Dios lo excuse. Y Dios lo disculpa, porque él se culpa a sí mismo.
Presta atención y considera diligentemente cuánta coherencia tenla en sí mismo este pecador: en su mente brillaba la humildad, a la que correspondía la humildad de los ojos; el corazón le dolía, la mano golpeaba, y la lengua proclamaba: “¡Dios, ten piedad de mi pecador!”.
11.‑ Sobre esta coherencia tenemos una concordancia en el Eclesiástico: “En tres cosas se complace mi espíritu, y son gratas a Dios y a los hombres: la concordia entre hermanos, el amor del prójimo y la armonía entre marido y mujer” (25, 1‑2). Vamos a analizar lo que signifiquen los hermanos, los prójimos, el marido y su mujer.
Los hermanos son los cinco sentidos del cuerpo, de los que se habla en el Génesis: “Judá, te alabarán tus hermanos” (Gen 49, 8), que son Rubén, Simeón, Leví, Isacar y Zabulón. Judá es figura del penitente, a quien los cinco sentidos del cuerpo, si entre ellos hay concordia, alaban, o sea, lo consideran digno de alabanza. Rubén se interpreta “visión”. he ahí la vista; Simeón se interpreta “escucha”: he ahí el oído; Leví se interpreta “absorbido” (por la nariz): he ahí el olfato, porque con el olfato aspiramos el aire, por el cual vivimos; Isacar se interpreta “que recuerda al Señor”: he ahí la lengua, con la cual el penitente debe recordarse de alabar a Dios y confesar sus crímenes; y Zabulón se interpreta “morada de fortaleza”: he ahí el tacto. La concordia entre estos “hermanos” agrada mucho a Dios y a los hombres. Concordia significa “unión de los corazones” y concordar quiere decir “formar un solo corazón”.
El amor entre prójimos. Los prójimos son los afectos del corazón, de los que no hay nada más cercano. Si entre ellos reina el amor de Dios, para que lo alcancen y lo amen, entonces agradan a Dios.
La armonía entre marido y mujer. El marido simboliza la razón, la mujer la sensualidad. Si tienen mutuo acuerdo en el temor y en el amor de Dios, todo lo que le pidan les será concedido, como está escrito: “Si dos de ustedes se ponen de acuerdo acerca de cualquier cosa que pidan, mi Padre se lo concederá” (Mt 18, 19).
Como en el penitente publicano reinaban la concordia, el amor y la armonía, por eso dice el Señor: “En verdad les digo que éste retornó a su casa justificado, a diferencia del otro”, en comparación con el fariseo (Lc 18, 14). Y el bienaventurado Bernardo comenta: “El publicano que se anonadó y se presentó como un vaso vacío, recibió una gracia más grande”. ¡Qué grande fue la gracia del Redentor! El publicano había subido al templo manchado y descendió justificado; habla subido pecador y descendió santo.
Entonces, en el introito de la misa de hoy y confiando en la misericordia de Dios, el publicano implora: “¡Oh Dios, ven en mi ayuda!”, que corresponde a: “¡Ten piedad de mí pecador!”, o sea, perdona mis pecados. “¡Señor, ven pronto a ayudarme!” (Salm 69, 2), para infundirme tu gracia. Así regresaré a mi casa justificado.
12.‑ Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Yo soy el mínimo de los apóstoles, y no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no fue en mí vana” (1Cor 15, 9‑10).
Mínimo viene de la palabra mónada, que en latín indicaba la unidad, o sea, el primero más pequeño de todos.
He aquí cómo concuerda Pablo, el mínimo, con el publicano, el humildísimo. Este, juzgándose indigno, se quedaba lejos; aquél se reputaba el más pequeño de los apóstoles. Uno no se atrevía a levantar los ojos al cielo, porque había pecado contra el cielo y contra Dios; el otro decía: “No soy digno de ser llamado apóstol”.
Uno se acusaba pecador; el otro se acusaba de haber perseguido a la Iglesia de Dios. El primero encontró la gracia y también el segundo, como lo manifiesta: “Por la gracia de Dios soy lo que soy”.
Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que, como perdonó al publicano y a Saulo sus pecados y les infundió su gracia, así nos perdone también a nosotros y nos infunda su gracia, para que merezcamos llegar a su gloria.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito y glorioso, vida y salvación, justo y misericordioso, por los siglos eternos.
Y toda alma humilde responda: “¡Amén! ¡Aleluya!”.
13.‑ “El que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado”. Dice el Eclesiástico: “El recuerdo de Josías es como una mezcla de aromas, preparada cuidadosamente por un perfumista. Su recuerdo es dulce como la miel para toda boca y como música en un banquete alegrado por el vino” (49, 1‑2).
Josías se interpreta “en él está el sacrificio”, y es figura del penitente o del justo, en el que el sacrificio ofrecido a Dios es el espíritu quebrantado (Salm 50, 19). Su vida se compara a la obra de un perfumista, a la dulzura de la miel y a un instrumento musical. El verdadero penitente, como un perfumista, en el pequeño mortero de su corazón, mientras por encima golpea el majadero de la contrición, machaca toda especie de pensamientos, palabras y obras, lo reduce todo a un polvo finísimo y lo amasa con el bálsamo de las lágrimas. Esta es la mezcla de suavísimo aroma, y la obra del perfumista se compara a la dulzura de la miel.
Observa que las abejas recogen la cera de las flores, la juntan con las patitas anteriores, después la pasan a las patas del medio y en fin al muslo de las patas posteriores; después la transportan en vuelo y entonces se descubre su peso. La abeja, cuando vuela, no picotea en flores diversas, ni pasa de una flor a otra, sino que recoge de una especie de flores todo lo que necesita y después regresa a la colmena; y trabaja y vive de su trabajo (Aristóteles).
También el penitente está dotado de seis pies: los pies delanteros simbolizan el amor de Dios y del prójimo; los del medio, la oración y la abstinencia; y los traseros, la paciencia y la perseverancia. Las flores son los ejemplos de los santos Padres, de los cuales debe recoger la cera, o sea, la pureza del alma y del cuerpo; la recoge con los seis pies y con ella retorna a la colmena de la propia conciencia. En seguida comienza su trabajo interior y con este trabajo se nutre. Dice el Señor: “Procúrense no la comida que perece, sino la comida que permanece para la vida eterna” (Jn 6, 27). La obra del justo es la dulzura de la miel, o sea, la pureza de conciencia, la honestidad de la vida, el aroma de la buena reputación, el gozo de la divina contemplación.
Oh curioso, que te afanas en tantas actividades, vete, no diría a la hormiga, sino “a la abeja y aprende la sabiduría” (Prov 6, 6). La abeja no se posa sobre tantas especies de flores... De su ejemplo aprende a no dar escucha a las diversas flores de palabras ni a los diversos librejos, ni deja una flor para pasar a otra, como lo hacen los petulantes, que deshojan libros, critican los sermones, sopesan las palabras, pero jamás llegan a la verdadera ciencia. Tú, en cambio, recoge de un libro lo que te sirve y colócalo en la colmena de tu memoria. Dice el Filósofo: “No prospera la planta que es trasplantada a menudo. Nada es tan útil que pueda valer con un cambio fugaz” (Séneca).
Asimismo, la vida del justo se compara a un instrumento musical. El instrumento musical es la palabra de la predicación del Señor, o también la resonancia de una buena reputación, que armoniza con la santidad de la vida. De tal vida proviene el recuerdo perfumado que endulza las mentes de los oyentes y resuena agradablemente en sus oídos.
14.‑ De la humildad de este Josías, o sea, del penitente, que se humilló con el publicano, dice el Señor: “Todo el que se humilla, será exaltado”.
Se dice humilde como “abajado hacia la tierra”. La puerta del cielo es baja; y el que quiere entrar por ella, es necesario que se abaje. Esto mismo nos enseñó el Señor, cuando, “inclinada la cabeza, rindió el espíritu” (Jn 19, 30). El mismo dijo: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja que un rico entre en el reino de los cielos” (Mc 10, 25).
Literalmente, “el ojo de la aguja” era una puerta de Jerusalén. El camello, por su naturaleza, puede doblarse cuando pasa por un lugar bajo y puede caminar sobre las rodillas. Por esto la naturaleza lo abasteció de ciertos abultamientos, que son como estribos, para que no se lastime al caminar sobre las rodillas. Por ende “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja”, porque naturalmente puede abajarse, mientras el rico no lo puede hacer sino por medio de la gracia de Dios (Se desconoce la fuente de esta noticia).
Para darnos una prueba de este abajamiento, una puerta de Jerusalén se llamaba puerta del valle, de la que habla Nehemías: “Salí de noche por la puerta del Valle hacia la puerta del Dragón y la puerta del Estiércol y observé los muros de Jerusalén como estaban agrietados y como sus puertas estaban consumidas por el fuego. Pasé luego a la puerta de la Fuente y al acueducto del Rey; pero no había lugar para que pasase la cabalgadura en la que iba. Di la vuelta y entré por la puerta del Valle y regresé a mi casa” (2 Esd 2, 13‑ 15).
La “puerta” del Valle representa nuestro ingreso en este mundo, “Valle”, hacia el cual salimos para verla. La fuente del Dragón simboliza la fuente de las lágrimas. La puerta del Estiércol es la penitencia, por la cual se quita el estiércol de nuestros pecados; y entonces se descubre la ruina del muro espiritual, producida por el pecado. Las puertas quemadas son los sentidos, corrompidos también ellos por el pecado. La puerta de la Fuente es la contemplación, a la cual se llega después de haber cumplido la penitencia. El acueducto es el alma del contemplativo, por la que corren las aguas de las inspiraciones espirituales. La cabalgadura, por la cual no había lugar para que se pasara, es el cuerpo, cuyo peso hace que el hombre precipite de lo alto de la contemplación, porque “un cuerpo corruptible entorpece el alma” (Sab 9, 15). Es necesario, pues, regresar a la puerta del Valle, porque hay que perseverar en la humildad. Dice el Eclesiástico: “Humilla profundamente tu espíritu, porque la carne del impío será castigada con fuego y gusanos” (7, 19). La carne del impío es el impío carnal.
Dice el Señor por boca de Ezequiel: “Soplaré contra ti el furor de mi ira, después te entregaré en las manos de hombres violentos, portadores de destrucción; y serás pasto del fuego” (21, 31‑32). Y en Judit: “Pondré en sus carnes gusanos y fuego, para que se quemen y sufran para siempre” (16, 21).
Humilla, pues, tu espíritu, porque, como dice el Eclesiástico, “la oración del que se humilla traspasa las nubes; y mientras no llegue a su destino, no se consuela” (35, 21).
Dice Orígenes: “Vale más el poder de un santo orando que innumerables pecadores peleando”. La oración del santo penetra el cielo, ¿cómo no vencerá al enemigo en la tierra?
Y Agustín: “Grande es el poder de la devota oración, que tiene acceso a Dios como una persona, y consigue sus objetivos, mientras la carne no tiene esa posibilidad”
Y Gregorio: “La verdadera oración consiste en hacer resonar amargos gemidos de contrición y no vanas palabras”.
Humilla, pues, tu espíritu, porque todo el que se humilla, será ensalzado. Concluye el Eclesiástico: “El Señor lo sacó de su humillación, y le levantó la cabeza” de la tribulación, “y muchos se maravillaron” (11, 13).
Te rogamos, pues, Señor Jesús, que grabes en nosotros el sello de la humildad y nos levantes a tu derecha en el tiempo del último sufrimiento.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
1.‑ “En aquel tiempo, Jesús salió de la región de Tiro, y a través de Sidón llegó al mar de Galilea, en pleno territorio de la Decápolis” (Mc 7,31).
Se lee en el Eclesiástico: “El artesano herrero, sentado junto al yunque, Observa su trabajo del hierro. El calor del fuego le tuesta las carnes y debe luchar contra el ardor de la fragua. El ruido del martillo ensordece sus oídos, mientras sus ojos están fijos en el modelo del vaso. Aplica su corazón a la ejecución de la obra y cuida para acabarla a la perfección” (38, 29~31).
El artesano se dice en latín faber, que significa “hacer”, o sea, trabajar el hierro; y es una figura del santo predicador de la iglesia, que fabrica las armas espirituales. El debe sentarse unto al yunque, o sea, debe aplicarse al estudio y a la práctica de la Sagrada Escritura, justamente para practicar lo que predica. El yunque se llama así porque por medio de él forjamos algo, o sea, se produce golpeando. En latín cadere significa batir y plegar.
Se lee en la Historia Natural que las abejas vuelan en el aire como para ejercitarse y después regresan a la colmena y se nutren. Así los predicadores, ante todo, deben ejercitarse en el aire de la contemplación, con el deseo de la bienaventuranza celestial, para poder después nutrirse a sí mismos y a los demás con mayor fervor con el pan de la palabra de Dios.
El predicador debe también Observar el trabajo del hierro, o sea, la mente férrea de los oyentes, para producir de ella las armas de las virtudes, idóneas para derrotar los poderes del aire. El hierro deriva su nombre de herir, para con él herir o domar las otras cosas. O también: el hierro es así llamado, porque hunde en la tierra las semillas de las mieses, llamadas en latín farra.
También el acero, que en latín se dice chalybs del río Calibe, en cuyas aguas era templado el hierro para obtener un óptimo acero.
Observa que el hierro no sufre herrumbre si se lo unta con albayalde, yeso y pez líquida; o también si es untado con meollo de ciervo o con albayalde, mezclado con aceite de rosas. El albayalde es una materia que sirve para pintar y está compuesta de estaño y de plomo. El yeso es un producto de la Grecia, afín a la cal, muy apto para hacer figuras, relieves y guirnaldas en los edificios. Y considera todavía, que el hierro, o sea, la mente del hombre, recibe un óptimo temple en el río de las lágrimas. Y la mente jamás es corroída por la herrumbre del pecado, si se la unta con albayalde y con las otras materias señaladas. vamos a analizar el significado del albayalde, del yeso, de la pez, del meollo de ciervo y del aceite de rosas.
El albayalde se compone de estaño y plomo. En el estaño y en el plomo está simbolizada la humanidad de Cristo, que fue de estaño en la natividad. Dice Zacarías: “Se alegrarán y verán la piedra de estaño en las manos de Zorobabel” (4, 10). En la piedra de estaño están simbolizadas la naturaleza divina y la naturaleza humana que nuestro Zorobabel, Jesucristo, tuvo en la mano de su potencia. Los que ahora se alegran con El, lo contemplarán un día a El, Dios y Hombre, cara a cara, en la Jerusalén celestial.
La humanidad de Cristo fue de plomo en la pasión: “Se echó a perder el fuelle, y el plomo se quemó por el fuego” (Jer 6, 29). Sobre este tema analiza el sermón del cuarto domingo después de Pascua, donde se comenta el evangelio: “Retorno a aquel, que me envió”.
En el yeso está simbolizada la cándida vida de los santos; en la pez, la humildad y la pobreza; en el meollo de ciervo, la misericordia hacia el prójimo; en el aceite de rosas, la castidad del cuerpo. El que unte el hierro de su mente con todas estas virtudes, sin duda estará libre de toda herrumbre de pecado. Con razón dice: “Observa el trabajo del hierro”.
“El calor del fuego le tuesta las carnes”. El calor del fuego es el fervor de un santo celo, que debe quemar las carnes, o sea, las carnalidades del predicador o del prelado, para que pueda decir con el Apóstol: “¿Quién se enferma sin que yo no me enferme? ¿Quién tropieza sin que un fuego me devore?” (2Cor 11, 29). “Y lucha contra el fuego del horno”, o sea, de las tentaciones; es decir, pelea contra los vicios.
“El ruido del martillo El martillo se llama en latín malleus, porque golpea y trabaja lo que se volvió muelle por el fuego. El martillo es la palabra de Dios, de la que habla el Señor por boca de Jeremías: “¿Mis palabras no son, quizás, como el fuego y como el martillo que despedaza las piedras?” (23, 29). El predicador, cuando golpea la masa de hierro, provoca el terror de los tormentos y con estos golpes ensordece los oídos.
¡Ay de aquel que golpea a los demás golpeándolos los conmueve, y mientras él permanece insensible! Debería decir con Isaías: “Yo que hago parir”, o sea, los gemidos de la compunción, “¿justamente yo no pariré?” (66, 9). ¿No debería yo también prorrumpir en gemidos?
O también: “la voz del martillo” podría ser también ésta: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!”, que debería resonar siempre en los oídos del corazón. El verbo “resuena” se dice en latín innovat, renueva, para que esta amenaza esté siempre como “nueva” delante de los ojos.
“Y su ojo se fija en el modelo del vaso”. El ojo simboliza la intención del predicador, que debe dirigirse al modelo del vaso, o sea, al modelo de las almas electas, para serles semejante. Para proceder a la semejanza, hay que partir siempre de un modelo.
“Aplica todo el corazón a la ejecución de la obra”, para poder repetir con el Señor: “Acabé la obra que me diste que hiciese” (Jn 17, 4).
“Y cuida para que el trabajo salga a la perfección”. Con su perfección el predicador debe proveer a la imperfección de las almas, para poder curar, con los dedos de sus obras santas y con la saliva de la divina predicación, a las almas sordas y mudas. Por esto se dice en el evangelio de hoy: “Jesús salió del territorio de Tiro”.
2.‑ Observa que en este evangelio se destacan dos hechos: la salida de Jesucristo del territorio de Tiro y la curación del sordomudo. El primero, cuando dice: “Jesús salió del territorio de Tiro. El segundo, cuando se añade: “Y le trajeron un sordomudo”. Vamos a hallar algunos pasajes del Eclesiástico, que concuerdan con esas dos partes del evangelio.
En el introito de la misa de hoy se canta: “Mira, Señor, a tu alianza” (Salm 73, 20). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los corintios: “Esta es la confianza que tenemos”. La dividiremos en dos partes, con las que estableceremos una concordancia con las dos partes del santo evangelio. La primera parte: “Esta es la confianza que tenemos”. La segunda: “El que nos hizo ministros idóneos”.
3.‑ “Salió Jesús de la región de Tiro; y, pasando por Sidón, llegó al mar de Galilea, en pleno territorio de la Decápolis” (Mc 7, 31).
Sentido alegórico. Tiro se interpreta “estrechez, y significa a la Judea, a la cual el Señor habla por boca de Isaías: “Demasiado corto es el lecho y demasiado angosto es tu manto, que no puede cubrir a los dos” (Is 28, 20). “Levántense, pues, y vámonos de aquí” (Jn 14, 3 1). “Salió de Tiro y pasó por Sidón”, que se interpreta “caza”, hecha por la predicación de los apóstoles, de los que dice en Jeremías: “Yo enviaré a mis cazadores y los cazarán” (Jer 16, 16). “Y llegó al mar de Galilea, nombre que se interpreta “rueda”, o sea, pasó a los paganos que vivían en la amargura de sus pecados y en la rueda, o sea, en el engranaje de las preocupaciones temporales. “En pleno territorio de la Decápolis”. Decápolis es la región de diez ciudades, colocadas más allá del jordán, y simboliza los mandamientos del Decálogo, que el Señor dio también a los paganos para que los Observaran.
Sentido literal. Marcos no dice que Jesús haya entrado en el territorio de la Decápolis ni que haya cruzado el mar, sino que dice que Jesucristo llegó sólo hasta el mar y hasta una localidad que miraba al territorio de la Decápolis, situada lejos, más allá del mar (Glosa).
Vamos a ver ahora qué cosa signifiquen, en sentido moral, Tiro y su región, Sidón, el mar de Galilea, la Decápolis.
Se debe salir de la región de Tiro y se debe llegar al mar de Galilea a través de Sidón. Este es el camino de la vida, el sendero de la justicia, del que habla Isaías: “El camino del justo es recto; el sendero del justo es llano para caminar” (26, 7).
Tiro se interpreta “estrechez” y Sidón “caza a la tristeza”. Tiro es figura del mundo, sobre cuya estrechez tenemos una concordancia en el Eclesiástico: “Hijo mío, ¿pecaste? No añadas otros e implora el perdón de tus faltas pasadas. Huye del pecado como a la vista de la serpiente, porque si te acercas, te morderá. Sus dientes son como dientes de león, que matan las almas de los hombres. Toda iniquidad es como una espada de doble filo y sus heridas son incurables” (21, 1‑4).
Presta atención a estas tres cosas: la serpiente, los dientes del león y la espada. En la serpiente se designa la lujuria, en los dientes del león la avaricia y en la espada la soberbia.
La serpiente se dice en latín cóluber, porque colit umbras, ama las sombras, o también por que es lubricosus, viscoso y resbaladizo: huye del ciervo, mata al león, y es símbolo de la lujuria, que ama las sombras, o sea, mora en los que son sombríos, o sea, tibios y ociosos. Fácilmente resbala en el alma si no se le rompe la cabeza. Por eso hay que resistirle desde el comienzo. Huye del ciervo, o sea, del humilde penitente, porque él mismo la huye, según el mandato: “¡Huyan de la fornicación!” (1Cor 6, 18). En cambio, mata al león, o sea, al soberbio. Antes de la caída en la lujuria, el corazón del hombre se exalta en la soberbia, que es el principio de todo pecado (Prov 18, 12).
Símilmente, los dientes son llamados así, porque desmenuzan, en latín dividentes, los alimentos. Los dientes delanteros se llaman incisivos, los siguientes son los caninos y los últimos son los molares. Considera que la rapiña de los avaros es triple: algunos cortan, porque no quitan todo sino sólo una parte; otros son como los dientes caninos, y son los legistas y los canonistas, que en las causas, o sea, en los tribunales, por dinero ladran como perros; en fin, otros son como los molares, y son los poderosos y los usureros, que trituran a los pobres. Sin embargo, “el Señor quebrará los dientes de los pecadores y las muelas de los leones” (Salm 57, 7).
Asimismo, la espada de doble filo ( en latín romphaea), pero que el pueblo llama spatha, y simboliza la soberbia, que mata al alma con una doble muerte. Huye, pues, de la serpiente de la lujuria, de los dientes de la avaricia y de la espada de la soberbia. Esta es la región de Tiro, en la que reina la estrechez, o sea, la angustia y la aflicción del espíritu, de las que habla Salomón: “Los ojos del necio vagan por todas las regiones de la tierra” (Prov 17, 24). Las regiones o los territorios son llamados en latín fines, confines, límites, porque están mensurados con la cuerda (en latín funis, funiculus). Los que se dejan enredar con las cuerdas de sus pecados, serán separados de la herencia de los santos.
4.‑ De esta ciudad de Tiro dice Isaías: “Sus pies la llevarán a peregrinar muy lejos. ¿Quién decidió esto contra Tiro, la coronada, cuyos mercaderes eran príncipes y cuyos comerciantes eran los más nobles de la tierra? El Señor de los ejércitos lo decretó para confundir la soberbia de toda su opulencia y para humillar a todos los más nobles de la tierra” (23, 7‑9).
Tiro es figura del mundo, coronado con una corona de soberbia, poder y grandeza, cuyos mercaderes son los príncipes, o sea, los prelados de la iglesia, de los que se dice en el Apocalipsis: “los mercaderes eran los grandes de la tierra” (18, 23). Estos son mercaderes ismaelitas, que, como dice el Génesis, “vendieron a José en Egipto” (37, 8). El verdadero José, Jesucristo, hoy es vendido por los mercaderes que son los arzobispos, los obispos y los demás prelados de la iglesia. Corren y van de una parte a otra, compran, venden y revenden la verdad por la mentira y oprimen la justicia con la simonía. Y Observa que “negocio” tiene doble significado: a veces indica la acción judicial, que es la disputa litigiosa; otras veces, indica la ejecución de alguna cosa, cuyo contrario es el ocio. En este caso “el negocio” niega “el ocio” (en latín negotium, negans otium); y negociante es aquel que se dedica al comercio.
Los comerciantes son los abades y los priores hipócritas y los falsos religiosos, los que, por el dinero de la alabanza humana, en la plaza de la vanidad mundana, venden la falsa mercadería de la santidad ajena (de una santidad que no tienen) bajo el pretexto de la religión.
Tiro, pues, con sus mercaderes y comerciantes, será llevada a la esclavitud. Pero, ¿por quién? Por cierto, por sus pies, con los que ahora vaga de una parte a otra. Ellos mismos serán la causa que la llevarán a peregrinar al destierro de la gehena.
¿Y quién podía imaginar que los príncipes y los nobles de la tierra, prelados y religiosos, que parecen hablar con Dios cara a cara y que guardan las llaves del reino de los cielos, serían llevados al destierro de la muerte eterna? Por esto los condenados, que fueron sus súbditos y parroquianos, se dirigen al prelado condenado al infierno con las palabras de Isaías: “¿Tú también fuiste derribado como nosotros y llegaste a ser semejante a nosotros? Tu soberbia fue hundida en el infierno, al infierno cayó tu cadáver. Debajo de ti hay una capa de tiña (podredumbre) y tu manta son los gusanos” (14, 10‑11).
Semejante lecho tendrán los obispos y los prelados, los abades y los falsos religiosos, que, como dice el profeta Amós, “ahora duermen en camas de marfil y en sus lechos se entregan a la lujuria”, como los caballos en las praderas con sus yeguas. El Señor de los ejércitos estableció todo esto, para abatir la soberbia y toda la fastuosidad de los prelados, hundirlas abajo en el infierno y reducir a la infamia de la eterna vergüenza a todos los grandes de la tierra, que se revisten de las nobles plumas del gavilán y de la garza y caminan con el vientre prominente.
Sobre los poderosos amenaza una condenación más rigurosa, dice la Sabiduría (6, 9). El justo, pues, miembro de Jesucristo, no se deje arrastrar a esa peregrinación con la desventurada Tiro; sino que, lo suplico, salga con Jesús de la región de Tiro, o sea, de sí mismo, como dice el evangelio: “Jesús salió de la región de Tiro”.
“Pasando por Sidón, Regó al mar de Galilea”. Sobre Sidón, su interpretación y su significado, busca el segundo sermón del segundo domingo de Cuaresma sobre el evangelio de Mateo (15, 2 1): “Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y Sidón”.
Galilea se interpreta “trasmigración”. El mar de Galilea simboliza la amargura de la penitencia, por medio de la cual se transmigra, o sea, se pasa de los vicios a las virtudes y se progresa de virtud en virtud. Sobre la amargura de la penitencia consulta el sermón del cuarto domingo de Cuaresma sobre el evangelio de la multiplicación de los panes.
“En pleno territorio de la Decápolis”. Decápolis es una palabra griega que significa “diez ciudades”. Entonces Jesús llegó a la región de las diez ciudades. Observa que estas diez ciudades son aquellas diez virtudes que el Eclesiástico enumera en alabanza de Simeón, hijo de Onías.
5.‑ “Simeón, hijo de Onías, fue sumo sacerdote. Como el lucero de la mañana en medio de la niebla, como la luna en los días en que luce llena, como el sol fulgente, así resplandeció él en el templo de Dios; y como el arco iris que brilla entre nubes de gloria, y como la flor de rosas en la estación de la primavera, como un lirio junto a la corriente de agua, como el árbol del incienso fragante en los días de verano; como un vaso de oro macizo, adornado de toda piedra preciosa, como un olivo verde y tupido de frutos y como un ciprés que se eleva a lo alto” (Sir 50, 1 y 6‑11).
Hemos omitido dos expresiones: “como fuego ardiente e incienso que quema en el fuego”, porque nos parecen incluidas “en el sol fulgente” y “en el incienso fragante”.
También observa que de este pasaje se puede sacar un sermón para cualquier fiesta de santa María y también para la fiesta de un apóstol, de un mártir y de un confesor.
Simeón se interpreta “el que escucha la tristeza”, y es figura del justo el cual, ya coma, ya beba, ya haga cualquier otra cosa, escucha, en la tristeza de su corazón, esa terrible trompeta: “¡Levántense, muertos, y vengan al juicio del Señor!”.
Es llamado “hijo de Onías”, que se interpreta “afligido en el Señor”. Es el hijo de la aflicción, en la cual sólo apetece agradar al Señor., Con razón se le dice sacerdote, o sea, que ofrece cosas sagradas (en latín, sacra dans), porque él se ofrece a si mismo al Señor en sacrificio de suave perfume. Y considera atentamente que la vida del santo varón es comparada al lucero de la mañana, a la luna, al sol, al arco iris, a la flor de las rosas, al lirio, al incienso fragante, al vaso de oro, al olivo lozano y al ciprés. He ahí la Decápolis, he ahí la región de las diez ciudades, de las que se lee en el evangelio: “Tú tendrás autoridad sobre diez ciudades” (Lc 19, 17).
La vida del justo es como el lucero de la mañana en medio de la niebla, o sea, de la vanidad mundana. Observa que en la neblina se teme al bandido; disipada la neblina, el sol resplandece más luminoso. Si intentas tocarla, nada sientes; cuando se eleva, es señal de tempestad; cuando se disuelve, es señal de buen tiempo. En la neblina las cosas parecen más grandes; se difunde por toda la tierra y no se sabe más por dónde ir. Así en la vanidad del mundo, en las pompas del siglo, está escondido el bandido, o sea, el diablo o el pecado. Y por eso el justo nutre un gran temor, cuando le sonríen las cosas temporales. ¡Huyan, oh justos, porque “está escondida la víbora en la hierba!” (Virgilio). En la niebla se esconde el bandido.
Disipada la niebla, o sea, despreciada la pompa del mundo, más luminoso resplandece el sol de la gracia. Dice el profeta Malaquías: “Para ustedes que temen a Dios, nacerá el Sol de la justicia” (Mal 4, 2). Si se intenta palpar la niebla, no se siente nada. Dice el Salmo: “Los hombres de las riquezas durmieron su sueño y nada hallaron en sus manos” (Salm 75, 6). Son llamados “hombres de las riquezas” y no “riquezas de los hombres”, porque son esclavos del dinero.
Cuando la niebla se alza, es señal de tempestad. Cuando la gloria mundana te eleva, es señal de tu condenación. Dice Agustín: “No hay señal más evidente de eterna condenación que cuando las cosas temporales obedecen a nuestras señas, o sea, a nuestro placer”. Cuando se disipa la niebla, es señal de tiempo sereno, o sea, de vida perfecta: “Si quieres ser perfecto ‑dice Jesús‑, vende lo que tienes y dáselo a los pobres; y ven y sígueme” (Mt 19, 21).
En la niebla las cosas parecen más grandes. Cuando uno está envuelto en la gloria mundana, parece más grande de lo que es. Es como una vejiga, inflada de viento, que parece más grande de lo que es; pero una punzada de la aguja, o sea, de la muerte, manifestará lo pequeño que es.
La niebla cubre toda la tierra. La niebla es llamada así de obnúbere, cubrir con un velo. Los valles húmedos hacen brotar las nieblas. ¡Ay de mí! Toda la tierra está cubierta de niebla, y por eso los hombres no ven. Dice el Salmo: “Están cubiertos de iniquidad”, con respecto a Dios, “ y de impiedad”, o sea, de maldad con respecto al prójimo (72, 6). Dice Job: “La gordura cubrió su rostro”, o sea, la abundancia de los bienes temporales, “y la grasa desborda de sus ijares” (15, 27).
Súbitamente la niebla cubre toda la tierra y no se sabe más por donde se va. Dice Job: “Aunque su arrogancia suba hasta el cielo y su cabeza toque las nubes, como estiércol será barrido para siempre; y los que lo ven, dirán: “¿Dónde está?”. Como un sueño que huye, no será hallado y se disipará como una visión nocturna. Y el ojo, acostumbrado a verlo, ya no lo verá; y su lugar ya no lo reconocerá” (20, 6‑9). La gloria del pecador, pues, es como estiércol (1 Mc 2, 62). En cambio, la gloria del justo es como lucero de la mañana en medio de la niebla, como Abraham en Ur de los Caldeos, como Lot entre los habitantes de Sodoma, como Job, hermano de los dragones y los avestruces, como Daniel en la fosa de los leones.
6.‑ “Como la luna en los días en que luce llena”. La luna llena resplandece toda la noche; y así el justo dirige su atención a todo género de pecadores y de todos se compadece.
“Como el sol que resplandece”. En los rayos del sol se ven los átomos, así a través de la vida del justo resaltan nuestros defectos. El átomo es el finísimo polvillo, que aparece en los rayos del sol (Isidoro). ¿Y por qué nosotros ciegos no vemos nuestros defectos? No los vemos, porque no los miramos a través de la luminosa vida de los santos. Estos átomos los veía Job, cuando decía: “Observaré a los hombres y diré: “¡Pequé!” (33, 27).
El sol atrae a sí también gotas de agua; y también el justo convierte a Dios a los pequeños. El sol es luminoso, cálido y redondo. Y el justo es luminoso hacia el prójimo, cálido hacia Dios y redondo, o sea, perfecto, hacia sí mismo. Esto era lo que decía el Apóstol: “Vivamos en este mundo con sobriedad, justicia y piedad” (Tit 2, 12).
“Como el arco iris esplendente entre nubes de gloria”. El arco iris proviene de la reverberación de los rayos solares contra una nube acuosa. La nube acuosa es el justo, siempre Reno del humor de las lágrimas y de compasión hacia el prójimo. Este, recibiendo en sí mismo los rayos del verdadero Sol, vuelca de sí mismo hacia los demás la lluvia de la doctrina. En el arco iris hay dos colores: el rojo fuego y el azul celeste. El color rojo fuego es símbolo del amor hacia Dios y el color azul celeste es símbolo del amor al prójimo. Y este arco iris resplandece entre nubes de gloria”. El justo delante de los hombres aparece neblinoso, o sea, despreciado, como dice el Apocalipsis: “El sol se puso negro como tela de cilicio” (6, 12); pero delante de Dios resplandece de gloria.
“Como la flor de rosas en los días primaverales”. En la rosa se advierten dos cosas: la espina y el deleite. La espina punza, la flor de la rosa deleita. Así, en la vida del justo hay la espina de la compunción y el aroma del deleite; y esto en los días primaverales, porque en el tiempo de la prosperidad se alegra también de las adversidades.
“Como el lirio cerca de las corrientes de agua”. En los lirios se designa la pureza de la mente y del cuerpo. De ellos habla el Cantar de los Cantares: “Mi amado descendió a su huerto, para recoger lirios. Yo soy para mi amado y mi amado es para mí; él se apacienta entre lirios” (6, 1‑2). Se Dama huerto, porque viene del latín orior, nacer, porque en él siempre nace algo. Mientras la tierra común produce sólo una vez por ano, el huerto nunca queda sin algún fruto.
El huerto es el alma del justo que continuamente da frutos y jamás carece de ellos. Al huerto desciende el amado, cuando el Hijo de Dios le infunde la gracia y en su pureza interior y exterior halla su reposo. “Yo, dice el alma del justo, pertenezco a mi Amado y El me pertenece a mí”. Dice el Salmo: “El Señor es parte de mi heredad” (15, 5). El es mi heredad y yo la suya. Estos lirios están colocados “cerca de la corriente de agua”, o sea, en este mundo que cae en ruina. El justo, aun en medio de la abundancia temporal, conserva la pureza de su vida.
“Y como la planta del incienso fragante en los días de verano”. La planta del incienso se hiere durante el verano, para preparar la cosecha otoñal. Así el justo sufre tribulaciones en el tiempo presente, pero en el futuro cosechará el fruto de la vida eterna. Este tema fue tratado más ampliamente en la tercera parte del sermón del décimo domingo después de Pentecostés, donde se comenta el evangelio: “Mi casa será llamada casa de oración”.
“Como un vaso de oro macizo”. La concavidad del vaso es idónea para contener lo que se vierte; y es figura de la humildad del corazón del justo, idónea para recibir las gracias divinas. La soberbia impide la infusión de la gracia. Y con razón el justo es llamado “vaso de oro macizo”: vaso, porque es humilde; de oro, porque brilla y es precioso; macizo, porque “su esperanza está llena de inmortalidad” (Sab 3, 4), y está adornado con toda piedra preciosa, o sea, con todo género de virtudes.
“Como un olivo lozano”. Olivo, porque es misericordioso; lozano, porque el justo se cree siempre en los comienzos de su conversión. Lozano es en latín púllulans, que germina, y suena como pollens cum laetitía, virtuoso con alegría, “porque Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9, 7).
“Y como el ciprés que se eleva hacia lo alto”. El ciprés debe su nombre a que su punta es redondeante o cónica. La cabeza o cima , o sea, la mente del justo se eleva hacia la redondez, o sea, hacia la perfección del amor divino y se lanza hacia las alturas de la contemplación.
¡Bienaventurado aquel que habitará en estas diez ciudades! Ellas son ciudades refugio”: el que se refugia en ellas, será salvo. Si tú, junto con Jesús, sales de la región de Tiro y, por Sidón, llegas al mar de Galilea, al centro del territorio de la Decápolis, podrás decir con el bienaventurado Pablo en la epístola de hoy: “Y tenemos una gran confianza delante de Dios por medio de Jesucristo. No que por nosotros mismos seamos capaces de pensar en algo corno proveniente de nosotros, sino que nuestra capacidad viene de Dios” (2Cor 3, 4‑5). Puede nutrir confianza en Dios por medio de Jesucristo aquel, que sale del territorio de Tiro. El desprecio de las cosas terrenales engendra la confianza en los bienes eternos. Sin embargo, como la gracia preveniente y cooperante sólo viene de Dios, por esto añade: “No que seamos capaces de pensar en algo bueno”, como algo de nuestra parte que nos defienda, como si proviniera de nosotros; “sino que nuestra capacidad viene sólo de Dios”.
7.‑ Sobre esto tenemos la concordancia en el Eclesiástico: “El rebosa de sabiduría como se desborda el Pisón y como el Tigris en la estación de los frutos. Inunda el sentimiento (inteligencia) como el Éufrates y crece como el jordán en tiempos de cosecha. El esparce la ciencia como la luz sumerge como y el Gijón en el tiempo de la vendimia” (24, 35‑37).
Observa que aquí son enumerados cinco ríos, en los que está simbolizada toda perfección, tanto del camino (la vida terrenal) como de la patria. La perfección del itinerario abarca tres grados: los incipientes, los proficientes y los perfectos. Pisón se interpreta “cambio de la boca”, Tígris “flecha” y Éufrates “fértil”.
Jesucristo es como el Pisón para los incipientes. Los que antes hablaban la lengua de Egipto, ahora hablan la lengua de Canaán; y su rostro que antes estaba quemado por los pecados, ahora luce espléndido. Como el río Pisón se hincha e inunda la tierra, de la misma manera Cristo hace abundar la sabiduría en los incipientes, “para que comprendan las cosas de Dios los que antes comprendían sólo las cosas de la carne” (Rom 8, 5).
Símilmente, para los proficientes Cristo es como el Tigris en la temporada de los frutos, o sea, de las semillas. Entonces el Tigris inunda la tierra. Considera que en la flecha hay tres componentes: la madera, el hierro y la pluma” (en la extremidad posterior) para dirigir el vuelo. Cristo, con el madero de su pasión, con el hierro del temor y con la pluma de su amor, hiere los corazones de los penitentes, los que cada día progresan y, como la buena semilla, crecen cada día de virtud en virtud.
Asimismo, Cristo es para los perfectos como el Éufrates: sus sentimientos y su inteligencia se llenan de fecundidad. De ellos habla el Apóstol a los hebreos: “El alimento sólido es para los perfectos, o sea, para los que, por la práctica, tienen las facultades ejercitadas para distinguir el bien del mal” (5, 14).
Y también, hay que ponderar que la perfección de la patria consiste en tres características: la glorificación del cuerpo, la glorificación del alma y la visión de Dios uno y trino, Digamos, pues: “Crece como el jordán en tiempos de la mies”. El jordán inunda con el aporte de dos ríos, y simboliza la doble estola de gloria, con que nos revestiremos. El tiempo de la mies simboliza la felicidad eterna. Con razón se dice que el jordán acrecienta sus aguas, porque en el tiempo de la mies se llena de aguas más abundantes y multiplica sus aguas cuando justamente escasean en los demás ríos.
Así será también en la felicidad eterna. Faltando del todo el placer del mal, se multiplicará en los bienaventurados una estola sobre otra estola (o sea, gloria y felicidad más grandes). Entonces Dios será para nosotros como el Gijón. El iluminará con la visión de sí a la iglesia triunfante que estará en su presencia, la fecundará y la saciará; y esto en el día de la vendimia. Con razón dice el Apóstol: “Nuestra capacidad viene de Dios”. Sobre este argumento consulta el sermón del domingo de Pentecostés: “Un hombre hizo una gran cena”.
Te rogamos, pues, Señor Jesucristo, que nos hagas salir del territorio de Tiro y nos haga llegar, a través de Sidón, al mar de la penitencia, en pleno territorio de la Decápolis y nos hagas crecer en la perfección durante la vida. Así mereceremos subir a la perfección de la gloria.
Concédenoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
8.‑ “Llevan a Jesús un sordomudo y le ruegan que le imponga las manos. Jesús lo toma aparte de la gente, le mete los dedos en las orejas y, escupiendo, le toca la lengua. Levantando los ojos al cielo, gime y le dice: “Effetá”, que quiere decir: “Ábrete”. Al momento se le destapan los oídos, se le desata la ligadura de la lengua; y comienza a hablar correctamente” (Mc 7, 3235).
Vamos a ver cuál sea el significado moral del sordomudo, de la mano de Jesús, de la separación de la gente, de los dedos, de la saliva, del gemido de Jesús. El sordo se llama así por las suciedades (en latín, sordes), que se formaron en los fluidos de las orejas. El mudo es llamado así, porque muge. Su voz no se articula en palabras sino en un mugido de sonidos: emite el soplo de la voz por las narices, como si mugiese.
En el corazón del hombre, según la afirmación de Salomón, hay la vida, hay la fuente del calor, que vivifica y alimenta los varios miembros (Prov 4, 23). El corazón es como el rey, que dirige y gobierna la ciudad del cuerpo. Dice el Eclesiástico: “El rey que está sentado en el trono, disipa con su mirada todo mal” (Prov 20, 8). El trono se dice en latín sólium, que suena como sólido. Cuando el corazón del hombre se instala, se sienta en el solio, o sea, es firme y constante, entonces disipa todo mal, o sea, elimina toda malicia del cuerpo con su mirada, o sea, con su discernimiento.
Este rey tiene cinco ministros particulares, o sea, los cinco sentidos del cuerpo, dos de los cuales le son particularmente cercanos: los oídos y la lengua. A través de los oídos escucha las cosas exteriores, a través de la lengua expresa las cosas interiores. Dijo Rut a Booz: “Tú hablaste al corazón de tu sierva” (Rut 2, 13). E Isaías: “Hablen al corazón de Jerusalén” (40, 2). Y en el Salmo: “La boca del justo medita la sabiduría” (36, 30), o sea, la proclamará después de haberla meditado.
Pero si los oídos están tapados por la suciedad y la lengua está ligada, ¿qué puede hacer el rey, qué puede hacer el corazón? Su reino se destruye, porque son destruidos sus ministros, por medio de los cuales se trataban los negocios, los secretos del estado y los derechos reales. ¿Qué hay que hacer? Sólo queda un solo y único consejo: llevar al sordomudo a Jesús y rogarle que le imponga las manos.
El rey es el espíritu del hombre, los oídos la obediencia, la lengua la confesión. Del oído de la obediencia dice Job: “Yo te escuché con el oído de mi oreja; pero ahora mis ojos te ven. Por eso me rectifico y hago penitencia en polvo y ceniza” (42, 5‑6). Observa que en este pasaje se destacan cinco momentos: la obediencia, la contemplación, la confesión, la satisfacción y el recuerdo de la propia abyección y de la propia debilidad.
9.‑ “La obediencia”, cuando dice: “Te escuché con el oído de mi oreja”. El oído se llama así,.porque recoge el sonido que vibra en el aire. Oreja se dice en latín auris, que suena como ávide rapiens, arrebata ávidamente. Escucho se dice en latín audio, percibo con las orejas. La obediencia es realmente obaudientia, prestar atención. Cuando la voz del prelado, que es aire, y nada debe tener de la tierra, se repercute ‑en tus orejas, debes escucharla no con la oreja, sino con el oído de la oreja, o sea, coti el sentimiento interior del corazón, diciendo con Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha” (1Rey 3, 10).
“La contemplación”, cuando dice: “Ahora mis ojos te ven”. No verás nada, si no eres obediente. Si eres sordo, también serás ciego. Obedece, pues, con el sentimiento del corazón, para que puedas ver con el ojo de la contemplación. Dice el Eclesiástico: “Dios puso los ojos de ellos en el corazón de ellos” (17, 7). Dios pone el ojo en el corazón, cuando infunde la luz de la contemplación en el que obedece de corazón.
Dice Zacarías: “El Señor es el ojo del hombre y de todas las tribus de Israel” (Zac 9, 1). Dice el Génesis: “El Señor, después de haber plasmado a todos los seres animados de la tierra y las aves del cielo, los llevó a Adán, para que viera”, o sea, para hacerle ver, “como los llamaría” (2, 19). Sin embargo, cuando Adán se volvió desobediente, no más Dios, sino el diablo fue su ojo ciego. Añade el Génesis: “La mujer vio que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y de aspecto deseable, tomó su fruto y lo comió” (3, 6).
Todas las tribus de Israel son figuras de los penitentes, los que, cuando de corazón obedecen a sus prelados, entonces son de veras Israel, o sea, personas que ven a Dios.
Asimismo, “la confesión”, cuando dice: “Por eso me rectifico”, o sea' me acuso en la confesión. Este Job no era sordo ni mudo, porque oía claramente y con justicia se reprochaba. Y en otro pasaje decía: “Con mis dientes dilacero mis carnes” (Job 13, 14). Estas son las palabras del auténtico penitente: dilacero mis carnes, o sea, mis carnalidades, con mis dientes, o sea, con mis reproches. Dice a propósito el Cantar: “Tus dientes son manadas de ovejas trasquiladas, que suben del lavadero” (4, 2). El rebaño de las ovejas trasquiladas es figura de todos los penitentes que se esquilaron de las cosas temporales y de las tentaciones y que progresan de virtud en virtud y que salen del lavadero de las lágrimas, con las que se volvieron más blancos que la nieve. Oh hermano, sean tus dientes como un rebaño de ovejas trasquiladas, o sea, repróchate y haz penitencia, como hacen los verdaderos penitentes.
Símilmente, “la satisfacción”, cuando dice: “Hago penitencia”. Penitencia suena como punientia, punición, por la cual el hombre se castiga a sí mismo arrepintiéndose del mal cometido. La penitencia deriva su nombre de pena, por la cual el alma se aflige y la carne es mortificada.
Y en fin, “el recuerdo de la propia abyección y mortalidad”, cuando dice: “En polvo y ceniza”. Este polvo es producido por el fuego y se dice en latín favilla, que deriva del griego phos, luz, fuego. En el polvo está simbolizado el recuerdo de nuestra abyección. ¡Ay de mí! El excelso cedro del paraíso se transformó en polvo por el fuego del diablo. Dice Joel: “A ti, Señor, te grito, porque el fuego consumió los pastos del desierto y la llama quemó todos los árboles del campo” (1, 19).
Consulta también el segundo sermón del segundo domingo de Cuaresma, que comenta el evangelio: “Jesús salió de allí y se dirigió al territorio de Tiro y Sidón”.
En la ceniza está designada nuestra mortalidad. Está escrito: “Eres ceniza y volverás ceniza” (Gen 3, 19). El que carece del sentido de la obediencia y de la lengua de la confesión, es de veras sordo y mudo.
Sordo viene de sordes, suciedad. Dice Jeremías: “Su inmundicia está en sus pies” (Lam 1, 9). Los pies simbolizan los sentimientos del alma, que se vuelve sorda, cuando se le adhiere la suciedad de los vicios. Dice Isaías: “Todas las mesas están tan llenas de vómitos y de porquerías que no hay lugar limpio” (28, 8). Donde hay vómito, o sea, recaída en el pecado, allí hay la abyección de la inmundicia, que tanto tapa los oídos del corazón, que no hay más lugar para la obediencia. De este sordo se lamenta Dios en Isaías: “¿Hay algún sordo, al cual no haya enviado mis mensajeros? Si tuvieras los oídos abiertos, ¿no escucharías?” (42, 19‑20).
Dice la Historia Natural que si las orejas del ciervo están erguidas, tiene un oído finísimo y en seguida descubre al cazador, que lo quiere matar. En cambio, si las orejas están gachas, no oye nada ni descubre al que lo quiere matar. Dice Isaías: “Enderézame cada mañana, enderézame cada mañana los oídos, para que yo te escuche como a maestro” (50, 4).
Oh sordo, levanta como el ciervo tus orejas y escucha a tu maestro, y así conoces la astucia del diablo cazador. Pero si tienes las orejas gachas y rehúsas obedecer, te aseguro que serás matado.
10.‑ Asimismo, hay mudos que en la confesión mugen, o sea, confiesan sus pecados como balbuciendo. Se avergüenzan en confesarlos, no en cometerlos. Dice Agustín: “La vergüenza es la componente mayor de la penitencia”. Aquí se trata de la vergüenza saludable que lleva a la gloria, cuando uno se avergüenza de su pecado y, avergonzándose, lo manifiesta en la confesión. Grita Isaías; “Avergüénzate, Sidón, dice el mar” (23, 4). El mar, o sea, la amargura interior, hace que el hombre, manifestando en la confesión el pecado, se avergüence. Dice Ezequiel: “En medio del fuego se veía algo como un resplandor de electro incandescente” (1, 4). El electro es un metal compuesto de oro y de plata: en el oro está indicado el rubor de la confesión y en la plata el sonido de la acusación. En el electro, pues, está simbolizada la confesión, que proviene del centro del fuego, o sea, de la contrición. El mudo no tenía este electro.
Dice el evangelio: “Llevan a Jesús un sordomudo y le ruegan que le imponga las manos”. La mano se llama así, porque es como el don (en latín, manus, munus), el servicio y la defensa de todo el cuerpo. La mano lleva la comida a la boca y se ocupa de todo.
La mano es el verbo encarnado, que el Padre dio a todo el cuerpo, o sea, a toda la Iglesia, como el máximo de sus dones. Don se dice en latín munus, que viene de móneo, exhortar. El don tan grande nos exhorta a amar sobré todas las cosas al Padre que nos lo dio. De este don habla también Isaías: “Como los hijos de Israel traen a la casa del Señor su don en un vaso purísimo” (66, 20). Los hijos de Israel, o sea, los fieles, deben llevar su don, o sea, su fe en el verbo encarnado, en un vaso purísimo, o sea, en su corazón limpio, a la casa del Señor, o sea, a su santa iglesia.
Asimismo, esta mano defiende a la iglesia y defiende al alma. Dice Isaías: “Sión es nuestra ciudad fortificada. Para defendernos, el Salvador construyó un muro y un antemuro” (26, 1). muro deriva de munición, defensa, porque defiende el interior de la ciudad. Sión, o sea, la santa iglesia, es nuestra ciudad fortificada, “fuera de la cual no hay salvación” (Agustín), y en la que nuestro Salvador fue puesto como muro y antemuro. El muro simboliza su divinidad; el antemuro, su humanidad. Si la Iglesia es defendida por la mano del Verbo encarnado, permanece segura.
Además, esta mano suministra a toda la Iglesia el alimento. Dice el Salmo: “Tú abres tu mano y llenas de bendiciones a todo viviente” (144, 16). Cuando Cristo extendió sus manos en la cruz y, después de haberlas extendido, las abrió a los clavos, entonces, a través del agujero de los clavos, derramó un tesoro de misericordia y llenó de bendiciones a todo viviente.
Viviente se dice en latín animal, porque está animado y movido por el espíritu. Todo viviente, animal, quiere decir toda alma que está animada por el espíritu de contrición y se mueve progresando cada día de virtud en virtud.
En fin, esta mano lo obra todo: la creación, la re‑creación o redención, la infusión de las gracias, la bienaventuranza eterna. De esa mano se dice: “Y rogaban a Jesús que le impusiera sus manos”.
1.‑ “Jesús lo tomó aparte de la turba”. Turba viene de turbar, porque es confusa y discorde. El que merece ser curado, es sacado de los pensamientos turbulentos, de los actos desordenados y de los discursos inconvenientes. Relata el Génesis que “dos ángeles tornaron de la mano a Lot, lo llevaron y lo pusieron fuera de la ciudad”. Los dos ángeles son el temor y el amor de Dios, que toman de la mano a Lot, cuando detienen la acción del pecador, lo sacan de la baraúnda de los pensamientos y lo colocan fuera de la ciudad de las malas costumbres.
“Jesús puso los dedos en sus orejas”. Los dedos se llaman en latín digiti, porque decet, conviene que estén unidos. El primero se llama pulgar, porque pollet, vale y tiene más fuerza que los otros dedos. El segundo se llama índice, porque sirve a indicar, o también se dice en latín salutaris, porque se levantaba en señal de saludo. El tercero es el medio, o del corazón. El cuarto es el anular, porque en él se lleva el anillo; y se llama también medicinalis, porque con él los médicos recogen el ungüento después de haberlo preparado. El quinto se llama auricular, porque con él nos rascamos las orejas.
Considera que en la mano del Verbo encarnado había estos cinco dedos. El fue pulgar en la concepción, índice y saludo en la natividad, medio en la predicación, médico en la ejecución de los milagros y auricular en la pasión.
El pulgar, más corto pero dotado de más fuerza, simboliza la humildad del Hijo de Dios, que se empequeñeció en el seno de la gloriosa Virgen. Dice de Él el Eclesiástico: “Plegó su fuerza delante de sus pies” (38, 33). En los pies se designa la humanidad, en la fuerza la divinidad. Ante los pies de la humanidad se inclinó, o sea, se humilló la fuerza de su divinidad.
En la natividad el ángel mostró casi con el dedo la salvación, diciendo: “Hoy nos nació el Salvador; y ésta será para ustedes la señal: “Hallarán un niño...” (Lc 2, 11‑12).
En la predicación fue medio, anunciando a todos el reino de los cielos. Medio viene de modo, o sea, de medida. El medía la palabra de vida a cada uno según su capacidad y sus fuerzas. El fue médico en la realización de los milagros. Dice el Eclesiástico: “Respeta al médico, porque necesitas de sus servicios” (38, 1).
En el auricular (dedo que rasca la oreja) se designa la obediencia:”El fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Filp 2, 8), en la que llevó a cumplimiento la obra que el Padre le había confiado,
Dice aún el Eclesiástico: “El alfarero, sentado a su tarea, hace girar con sus pies el torno, y presta mucha atención a su trabajo” (38, 32). El alfarero es Jesucristo, que se sentó, o sea, se humilló, a su tarea, o sea, a la salvación del género humano; y con los pies de su humanidad dio vuelta al torno de la naturaleza humana, para que, la que corría hacia la muerte, corriera hacia la vida. El fue siempre muy solícito por nosotros, hasta que llevó a cabo su obra. Y hacia el fin dijo: “¡Todo está consumado!” (Jn 19, 30). Pues bien, con estos cinco dedos el Señor curó la sordera del género humano.
12.‑ “Y, escupiendo, Jesús tocó su lengua”. Escupir quiere decir “poner la saliva”, o sea, despedirla. La saliva desciende de la cabeza y se llama así porque es salobre. “Si saborea la saliva de un hombre en ayunas, la serpiente muere” (Plinio). Se dice saliva, mientras está en la boca; y esputo, cuando se la arroja. La saliva del Señor es el sabor de la sabiduría, que dice: “Yo salí de la boca del Altísimo” (Sir, 24, 5). Escupiendo, el Señor toca la lengua del mudo para que pueda hablar, cuando, con el contacto de su misericordia, adapta a pronunciar las palabras de la sabiduría las bocas que por largo tiempo fueron incapaces de confesar sus pecados (Glosa).
Algo semejante tenemos en Isaías, donde se dice: “Uno de los serafines voló hacia mí y tenía en su mano un carbón encendido, que tomó del altar con una tenaza. Tocó mi boca y dijo: “He ahí, esto tocó tus labios, y está quitada tu culpa y tu pecado está purificado” (6, 6‑7). Los dos serafines simbolizan al Hijo y al Espíritu Santo. El Hijo voló para la redención del género humano, para que aquel que es el Hijo de Dios por la divinidad, se volviese también el Hijo del hombre por la humanidad; y, sin embargo, no dos hijos, sino un solo Hijo. Este serafín, como escribe Isaías, “tenía seis alas” ( 6, 2), símbolo de aquellas seis cualidades, que el mismo profeta enumera: “Y su nombre será: Admirable, Consejero, Dios, Fuerte, Padre del siglo futuro, Príncipe de la paz” (9, 6).
Fue admirable en la natividad. Dice Jeremías: “El Señor creará una cosa nueva en la tierra: la mujer rodeará al varón” (31, 22). Fue Consejero en la predicación: “Si quieres ser perfecto, vende lo que posees y sígueme” (Mt 19, 21). Fue Díos en la realización de los milagros: “El mismo Dios vendrá y nos salvará. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos; el cojo saltará como un ciervo y se desatará la lengua de los mudos” (ls 35, 4‑6). Fue Fuerte en la pasión, cuando con las manos clavadas en la cruz debeló las potencias del aire. ¿Y puede haber mayor potencia que la de derrotar al enemigo con las manos atadas? Fue Padre del siglo futuro en la resurrección. Resucitando de los muertos, nos dio también a nosotros la segura esperanza de resucitar a la vida futura, porque para nosotros será padre para siempre, porque nos acogerá cerca de El como a hijos. Será nuestro Príncipe de la paz en la bienaventuranza eterna, en la que nos hará sentar a su mesa y pasará a servirnos (Lc 12, 37).
Sobre tales cualidades tenemos una concordancia en el Eclesiástico, donde el Señor habla a su Padre: “Renueva las señales y cumple otras maravillas, glorifica tu mano y tu brazo derecho, despierta tu furor, derrama tu cólera, destruye al adversario y aplasta al enemigo, apresura el tiempo de tu visita y acuérdate del fin” (del hombre) (36, 6‑10).
El Padre renovó las señales e hizo otros prodigios en la natividad de su Hijo. Tenemos el “signo”, cuando de lo que se ve, se entiende alguna otra cosa de significado diverso.
El primer Adán fue formado con una tierra virgen; y en él se significaba que el segundo Adán nacería de la bendita tierra, la Virgen María. Hizo maravillas, cuando el fuego ardía y la zarza no se consumía (Ex 3, 2) y cuando la vara de Aarón sin rocío echó frutos (Num 17, 8). Zarza y vara son figuras de la bienaventurada maría que, conservando ileso el pudor de la virginidad, dio a luz al Hijo de Dios sin dolor.
Con razón se dice: “Renueva las señales y haz otros prodigios; glorifica tu mano” en la predicación “y tu brazo derecho”, o sea, al mismo Hijo tuyo, por medio del cual todo lo obraste en la realización de los milagros. El mismo dijo: “¡Glorifícame, Padre!” (Jn 17, 5).
“Despierta tu furor y derrama tu cólera” contra el diablo, en tu pasión. “Levanta” en tu resurrección al adversario, o sea, la naturaleza humana; y así “destruirás” a su enemigo o sea, al diablo. jamás el enemigo tanto se abate como cuando ve a su adversario rodeado de gloria.
“Apresura el tiempo”, para venir pronto al juicio y dar a cada uno lo que es justo. Apresura el tiempo, para conceder la paz a los tuyos: “¡Señor, tú nos darás la paz!” (Is 26, 12). “Acuérdate del fin”, cuando retribuirás a los impíos según sus obras. Digamos, pues: “Uno de los serafines voló hacia mí”.
“Y en sus manos tenía un cálculo (carbón) encendido, que con la tenaza había sacado del altar”. Cálculo es una piedrita mezclada con tierra, que, por ser pequeña, es pisoteada (hay asonancia entre calculus y calcare, pisotear). Aquí cálculo significa carbón.
Este cálculo es la humanidad de Jesucristo que, por su humillación, se mezcló a la tierra, o sea, a los pecadores, y fue pisoteado por los judíos; pero para nosotros fue un carbón ardiente, que purificó nuestros vicios. El lo tuvo en su mano, o sea, en la potencia de su divinidad y con la tenaza de su doble amor lo tomó del altar de la gloriosa Virgen.
Observa que la tenaza del herrero, en latín fórceps, se llama así porque aferra con fuerza; y suena como ferrícipes, que aferra el hierro, o también forcícapes, que aferra las cosas candentes... En síntesis, el forceps, tenaza, es usado por los herreros; las tijeras, en latín fórfices, de hilo, son usadas por los sastres; las pinzas, en latín, fórpices, de pelo, son usadas por los médicos y los peluqueros.
Con razón la bienaventurada María es llamada “altar”. Altar suena como alta ara. Alto puede significar tanto alto como profundo. Ara, o altar, es llamada así, porque sobre ella arden las víctimas. La Virgen María fue alta por la sublimidad de la contemplación y por su profunda humildad. Fue ara, porque, ardiente de amor divino, se ofreció a sí misma a Dios en sacrificio de suave perfume.
“Y con el carbón ardiente tocó mi boca”. Es lo que dice el evangelio de hoy: “Y, escupiendo, tocó su lengua”. El serafín con el carbón ardiente tocó la boca de Isaías, y el pecado fue purificado. Con la saliva, Jesucristo tocó la lengua del mudo; y el mudo habló. Toca también la boca del pecador con el carbón de su humanidad y toca su lengua con la saliva de su divinidad, para que confiese su pecado, hable correctamente y sea por El purificado.
13.‑ “Y, mirando al cielo, gimió y le dijo: “¡Efetá!”, que quiere decir: “¡Ábrete!”. Comenta la Glosa: “Nos enseñó a gemir y a dirigir hacia el cielo el tesoro de nuestro corazón, el cual, mediante la compunción, se purifica de los frívolos placeres de la carne”.
Está escrito: “Rugía por el gemido de mi corazón” (Salm 37, 9). “Y Jesús le dijo: “¡Effetá!”, “Con el corazón se cree para alcanzar la justificación; con la boca se hace la profesión de fe para alcanzar la salvación” (Rom 10, 10). “Y en seguida se le abrieron sus oídos” para obedecer y se le desató la ligadura de la lengua” para profesar su fe. Y Observa como concluye: “Y hablaba correctamente”. Habla correctamente el que confiesa integralmente los pecados y las relativas circunstancias, y hace el propósito de no recaer.
Igualmente, habla correctamente el que lo que predica con la boca, lo testimonia con las obras. A propósito tenemos una concordancia en el Eclesiástico: “Los labios de muchos bendicen al que es espléndido en dar panes, y el testimonio de su generosidad será perdurable” (31, 28). El que distribuye fielmente el pan de la palabra de Dios y no esconde el testimonio de la verdad, será bendecido en el presente y en el futuro.
¡Cuántos hoy son espléndidos de palabras y leprosos en obras! Se dice en el Éxodo que el rostro de Moisés apareció con dos cuernos, o rayos, resplandecientes (34, 30). Comenta Orígenes: “¿Cómo solamente el rostro de Moisés apareció resplandeciente, mientras las manos eran leprosas y los pies sin gloria? Es que Dios le mandó que se quitara las sandalias, cuando lo llamó desde la zarza”.
Esto se puede aplicar muy bien a los predicadores, que logran fama y esplendor mediante la predicación, pero no son puros en su conducta, y pueden ser llamados descalzos y no auténticos esposos de la Iglesia‑, y merecerían que se les escupiera en la cara, porque al hermano muerto, Jesucristo, no le quieren suscitar hijos (Dt 23, 5‑10); más aún, si hubiere hijos, los matan con el mal ejemplo de su conducta. Dice el Salmo: “Elevaron los ríos, Señor, elevaron los ríos su voz” (92, 3). Deberían elevarse a sí mismos, y después elevar su voz. Por esto se dice: “Y hablaba correctamente”.
14.‑ Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Dios nos hizo ministros idóneos del Nuevo Testamento, no de la letra, sino del espíritu, porque la letra mata, pero el espíritu da vida” (2Cor 3, 6). He ahí como la epístola concuerda con el evangelio, y con la epístola concuerda también el introito de la misa. En el evangelio se dice que Jesús metió los dedos en las orejas del sordo, y en la epístola se dice que la ley fue escrita en las piedras con el dedo de Dios. En el introito se canta: “Mira a tu testamento, o sea, alianza” (73, 20); y en la epístola se lee: “Dios nos hizo ministros idóneos del Nuevo Testamento”.
Digamos, pues: “Dios nos hizo ministros idóneos del Nuevo Testamento”. Es llamado “ministro” el que es menor en el puesto, o porque presta el debido servicio con las manos.
El Testamento es llamado así, porque la voluntad del testador se escribe y se confirma delante de testigos; o también, porque el testamento no vale sino después que el testador fue colocado en el monumento, o sea, sepulcro. Por eso el Apóstol dice: “El testamento vale sólo después de la muerte” del testador” (Heb 9, 17).
Son idóneos ministros del Nuevo Testamento los que, colocados los cinco dedos de Jesucristo en las orejas, antes escuchan y después dicen: “¡Ven!”. Los que hablan correctamente, se juzgan menores en la asamblea de los fieles, y ejecutan el debido servicio con las manos y con las obras. Así serán dignos de poder distribuir la palabra del Nuevo Testamento, confirmado en la muerte de Jesucristo.
A este propósito, en el introito de la misa de hoy se canta: “Mira, Señor, a tu testamento (alianza) y no abandones las almas de tus siervos hasta el fin. Levántate, Señor, y defiende tu causa y no olvides el clamor de los que te buscan” (Salm. 73, 19‑23).
Oh Señor Jesús, mira a tu testamento que, para no morir intestado, confirmaste para tus hijos con la sangre, y concédeles que anuncien con confianza tu palabra. “Y las almas de tus pobres”, que redimiste y que no tienen ninguna heredad fuera de ti, no las abandones hasta el fin. Sostenlos, Señor, con el báculo de tu potencia, porque son tus pobres. Guíalos y no los abandones, para que, sin ti, no descarríen; sino dirígelos hasta el fin, para que, perfeccionados en ti, puedan llegar a ti que eres su fin supremo. “Levántate, Señor”, ahora que pareces dormir, y disimula los pecados de los hombres por su penitencia; “y defiende tu causa”, separándola de los inicuos, como el trigo de la paja. Defiende las almas, por las cuales fuiste llevado a juicio delante de Poncio Pilato. Dice el Salmo: “Tú sostuviste mi derecho y mi causa” (9, 5). “Y no olvides la voz de los que te buscan”. Esto es lo que se dice en el evangelio: “Hablaba”: he ahí la voz; “correctamente”: he ahí “los que te buscan”. Por cierto, el Señor no olvida estas voces; más bien, las repone en el tesoro de su gloria y un día las retribuirá con la recompensa eterna.
Te rogamos, pues, Señor Jesús, que con los dedos de tu encarnación abras nuestros oídos y con la sabrosa saliva de tu sabiduría toques nuestra lengua, para que podamos obedecerte, alabarte y bendecirte, y un día merezcamos llegar a ti, que eres el bendito y el glorioso.
Dígnate concedérnoslo tú, que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos eternos.
Y toda alma fiel diga: “ ¡Amén! ¡Aleluya!
Elevamos nuestra gratitud a la gracia septiforme, con cuya ayuda hemos llegado al primer domingo del séptimo mes,
Debemos ponderar que en este primer domingo y en el siguiente se lee en la Iglesia el libro de Job. Según lo que nos parezca mejor y Dios nos lo conceda, procuraremos concordar algunos pasajes de este libro con las partes del evangelio de este domingo y del siguiente.
1.‑ “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven ... !” (Lc 10, 23).
Dice Job: “Un torrente divide la piedra de la oscuridad y la sombra de la muerte, del pueblo que va peregrinando” (28, 3‑4). Vamos a ver lo que signifiquen la piedra de la oscuridad, la sombra de la muerte, el torrente, el pueblo que peregrina.
El torrente es figura del predicador. Como el torrente abunda de aguas en el invierno y se seca en el verano, tanto que se dice que con la lluvia crece y con la sequía se deseca; así la predicación abunda, y debe abundar, en el invierno de la presente miseria (vida). A este torrente, durante el camino de este destierro, el alma, alejada del rostro y de los ojos de Dios, debe beber, detenerse sobre él como la paloma y proveerse a sí misma.
A esta alma infeliz, el mismo Job dirige esta imprecación: “¡Ya no verá las corrientes de los ríos, los torrentes de miel y de manteca!” (20, 17). En el río se designa el agua de la compunción, que lava la suciedad de los pecados; en el torrente de miel, la Sagrada Escritura, que consuela e ilumina ‑la miel, como está escrito en el primer libro de los Reyes (14, 27), dio claridad a los ojos de Jonatán‑; en el torrente de manteca, la gracia de la devoción, que enriquece la mente.
El alma, pues, afecta a los placeres de la carne, no ve las corrientes del río, porque no llora sobre sí misma, ni los torrentes de la miel y de la manteca, porque no se ilumina con la dulzura de la predicación, ni se enriquece con la gracia de la devoción. Este torrente se deseca durante el verano, o sea, en la bienaventuranza eterna. Por eso dice Jeremías: “Nadie enseñará a su prójimo o a su hermano, diciendo: “¡Conoce al Señor!”, porque todos me conocerán desde el más pequeño al más grande” (31, 34).
Mientras tanto, cuán grande sea la utilidad de la predicación, lo señala Job, diciendo: “El torrente dividió la piedra de la niebla y la sombra de muerte, del pueblo que va peregrinando”.
La piedra se dice en latín lapis, porque hiere el pie (en latín, laédit pédem). La niebla, causada por la densidad del aire, es llamada así, porque es producida sobre todo por el calor del aire. La piedra de la niebla es la tentación del diablo, el cual, teniendo su morada en este aire neblinoso, insinúa en la mente la abrasada niebla de la sugestión, para herir y pervertir sus sentimientos.
La sombra es el aire sin sol se forma, cuando un cuerpo se pone delante de los rayos solares. La muerte es llamada así, porque es amarga. La sombra de la muerte es el olvido de la mente. El hombre miserable pone delante del verdadero Sol el impedimento, que son las riquezas, para hallar debajo de ellas refrigerio como bajo una sombra. Pero, mientras se halla cubierto por esa sombra, es privado del conocimiento y del recuerdo del Señor. En efecto, las cosas temporales hacen olvidar a Dios. Se lee en el Génesis: “El jefe de los coperos del faraón, vuelto a la prosperidad, se olvidó del intérprete de su sueño” (40, 23).
Entonces el torrente, o sea, la predicación, separa la piedra de la niebla, o sea, la tentación del diablo, y la sombra de muerte, o sea, el olvido de la mente, del pueblo que va peregrinando, o sea, de los penitentes, de los pobres de espíritu, de los seguidores de los apóstoles, los que se juzgan desgraciados y peregrinos, relegados y huéspedes en este destierro, a los que el Señor alienta en este evangelio: “¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!”.
2.‑ Presta atención. En este evangelio se destacan tres momentos: primero: la bienaventuranza de los que ven a Cristo, cuando dice: “¡Felices los ojos que ven!”; segundo: el amor de Dios y del prójimo, cuando añade: “Un doctor de la ley se levantó”; tercero: la bajada del hombre de Jerusalén a Jericó, cuando dice: “Un hombre bajó de Jerusalén a Jericó”.
En el introito de la misa de hoy se canta: “Mira, oh Dios nuestro protector” (83, 10). Y se lee la epístola del bienaventurado apóstol Pablo a los Gálatas: “A Abraham se le hicieron las promesas” (Gal 3, 16). Dividiremos el pasaje en tres partes y veremos la concordancia con las tres partes del evangelio. Primera parte: “A Abraham le fueron hechas las promesas”. Segunda: “Ahora les digo: un testamento Tercera: “ No hay mediador”.
Y Observa que la razón por la cual este pasaje de la epístola se lee junto con este evangelio se debe a que el contenido de ambos concuerda con la ley que se le dio a moisés.
3.‑ “¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! Les digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron” (Lc 10, 23‑24).
También Tobías decía: “Seré afortunado si queda un resto de mi descendencia, para ver el esplendor de Jerusalén” (13, 20), o sea, la humanidad de Jesucristo. El resto de la descendencia de Tobías fueron los apóstoles, “linaje que el Señor bendijo” (ls 61, 9). Y de nuevo Isaías: “Progenie santa será lo que quede de ella” (6, 13), o sea, la iglesia. Estos fueron la descendencia de Tobías por medio de la fe y del sufrimiento, y por esto merecieron ver el esplendor de Jerusalén. Y por esto se les dice: “¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!”. Veían un hombre, y creían que era Dios. ¡Bienaventurados los ojos de los puros de corazón, que ven a Jesucristo! Dice Job: “Ahora mis ojos te ven” (42, Salm). ¡Bienaventurados los ojos que no ciega el estiércol de las riquezas ni ofusca lo legañoso de las preocupaciones terrenas! Ellos pueden ver al Hijo de Dios envuelto en pañales, recostado en el pesebre, fugitivo a Egipto, sentado en un borriquillo, desnudo, colgado en el patíbulo. Así lo vieron los apóstoles; pero así no lo pueden ver los ojos legañosos. Dice el Salmo: “Cayó sobre ellos el fuego y no vieron más el sol” (57, 9). Los ojos legañosos no pueden mirar el sol.
4.‑ El sol es Cristo que, para ser visto, se envolvió en una nube. El mismo dice por boca de Job: “Cosí un saco sobre mi piel y cubrí de ceniza mi carne. Mi rostro está hinchado por el llanto y mis párpados se entenebrecieron.
Padezco esto, sin que hubiere iniquidad en mis manos y mientras ofrecía a Dios mis oraciones puras. Oh tierra, no cubras mi sangre y no haya lugar donde se ahogue mi clamor” (16, 16‑ 1 9).
En el saco y en la ceniza están designadas la aspereza y la abyección de la naturaleza humana. Jesucristo, con el saco de nuestra naturaleza, se confeccionó una túnica que cosió con la aguja, o sea, la misteriosa obra del Espíritu Santo, y con el hilo, o sea, con la fe de la bienaventurada Virgen, y se revistió con ella; y sobre la túnica esparció la ceniza de la abyección y de la pobreza. Esto no lo pueden ver los ojos legañosos y malditos.
¡Ay de mí! El rostro de Jesucristo se hinchó por las bofetadas y las lágrimas, que El sufrió, aunque sus manos fuesen puras. El no cometió pecado ni se halló engaño en su boca (Is 53, 9). El ofreció a Dios Padre oraciones inocentes en favor de los inmundos y de los malvados. El, como dice Isaías, oró por los transgresores (53, 12), diciendo: “¡Padre, perdónales!” (Lc 23, 34).
Oh tierra, oh pecador, no cubras con el amor de las cosas terrenas mi sangre, que es el precio de tu redención; permite, te ruego, que produzca en ti su fruto. En tu frente escribí con mi sangre la señal tau, para que el ángel golpeador no te golpeara (Ez 9, 4‑5). No quieras, te lo suplico, cubrir con tierra aquella señal, no destruyas la inscripción del título, que Pilato no destruyó, sino que confirmó, diciendo: “¡Lo que escribí, escribí!” Un 19, 22).
“No haya en ti lugar donde se ahogue mi clamor”. El clamor de nuestro Redentor es la sangre de la redención, que, como dice el Apóstol a los hebreos, “tiene la voz más elocuente que la de Abel” (Heb 12, 24). La sangre de Abel pedía la muerte del fratricida, mientras la sangre del Señor impetró la vida por los perseguidores.
Sin embargo, esa sangre halla en nosotros un lugar donde es ahogado, ese clamor, si la lengua calla lo que la mente cree. Ese saco (cilicio) y esta ceniza, los ojos legañosos no los ven; este clamor, los oídos sordos no lo oyen. Y por esto el Señor añade: “Les digo: muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y oír lo que ustedes oyeron”.
En los profetas están señalados los prelados, en los reyes los poderosos de este mundo. Tanto los unos como los otros quieren contemplar a Jesús en el cielo, pero no lo quieren ver pendiente del patíbulo. Quieren reinar con Cristo y gozar con el mundo. Todos ellos dicen con Balaam: “ ¡Muera mi alma de la muerte de los justos!” (23, 10). Ellos quieren ver la gloria de la divinidad, como la vieron los apóstoles; pero no quieren aceptar la ignominia de la pasión y la pobreza de Jesucristo que sus discípulos soportaron. Y por eso no lo verán con los apóstoles, sino que con los impíos sólo verán a “aquel, a quien traspasaron” Un 19, 37). Ni oirán el silbo de una brisa suave: “¡Vengan, benditos de mi Padre!”, sino que oirán el trueno: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!” (Mt 25, 41).
5.‑ A propósito dice Job: “El trueno de su poder, ¿quién puede comprenderlo?”. Y de nuevo: “¿No aferraste tú y sacudiste los bordes de la tierra, y no arrojaste de ella a los impíos?” (26, 14; y 38, 12‑13). El Señor aferró los bordes de la tierra, cuando “escogió lo vil y lo débil del mundo, para confundir con ellos a los poderosos” (1Cor 1, 27).
Presta atención a estas dos palabras: “aferraste” y “sacudiste”. El padre tiene con una mano al hijo y con la otra lo sacude y lo golpea: lo aferra para que no caiga en el precipicio, y lo golpea, para que no se vuelva insolente y soberbio. Así el Señor con la mano de la misericordia aferra al justo, para que no caiga en el pecado; lo golpea, para que no se ensoberbezca por la gracia recibida del Padre. Dice el Apóstol: “Para que no me ensalzara con la grandeza de las revelaciones ... “ (2Cor 12, 7).
“Y arrojaste de ella a los malvados”. En el día del juicio el Señor, de nuestra tierra en la que pecaron, sacudirá a los malvados al infierno, como se sacude el polvo de un bolso. La misma tierra, oprimida por el peso de sus pecados, los sacudirá al infierno, “en el que habrá llanto de los ojos que se perdieron detrás de las vanidades, y rechinar de los dientes” (Mt 8, 12), que arrancaron a los pobres sus bienes. Los ojos de todos ellos no verán a Jesús en el cielo, sino a la multitud de los demonios en el infierno. Esos tales no oirán la melodía de los ángeles, sino el crujir de dientes.
6.‑ Con esta parte del evangelio concuerda el introito de la misa de hoy: “Mira, oh Dios, nuestro protector, mira el rostro de tu Cristo. Es mejor un día en tus atrios que mil fuera de ellos” (Salm 83, 10‑11). ¡Bienaventurados los ojos que verán, en la amargura de su corazón, el rostro de Jesucristo, hinchado por las bofetadas y las lágrimas y cubierto de esputos, porque aquel rostro, “que los ángeles desean contemplar” (1 Pe 1, 12), ellos lo contemplarán resplandeciente en los atrios de la Jerusalén celestial.
A este propósito dice Job: “Verá en el júbilo su rostro” (33, 26), como si dijera: “Si antes el hombre, en la amargura del corazón, vio aquí abajo el rostro de Jesucristo como lo tuvo en la pasión, después lo verá en el júbilo del espíritu, un júbilo que no se puede ni expresar ni callar, como lo tendrá en la bienaventuranza eterna”
Ese esplendor del rostro de Cristo es ese “único día” que, sin obstáculo, ilumina la ciudad de Jerusalén. Ese esplendor es superior a cualquier otro. Para que merezcamos llegar a esa gloria, roguemos al Padre, diciendo: “Mira, oh Dios, nuestro protector”. La protección de Dios nos parece menos necesaria, cuando está siempre a mano; conviene, pues, que de vez en cuando nos sea sustraída, para que el hombre se convenza que sin ella es una nada.
“Mira, oh Dios, nuestro protector, y mira el rostro de tu Cristo”. Oh Padre, no mires nuestros pecados, sino mira el rostro de tu Cristo, que por nuestros pecados fue ensuciado con escupitajos y fue hinchado por las bofetadas y las lágrimas, para reconciliarnos contigo a nosotros pecadores. El, para obtener tu perdón, te mostró su rostro golpeado por las bofetadas, para que tú lo miraras y, mirándolo, dirigieras tu benevolencia a nosotros, que fuimos la causa de su pasión.
7.‑ También en este aspecto tenemos una concordancia en Job: “Si hubiere un ángel que hablara en su favor y mostrara la sola cosa en la que le es semejante, para anunciar la justicia del hombre, Dios tendría misericordia de él y diría: “Líbralo, para que no baje a la corrupción (sepulcro); hallé una razón, para ser benévolo con él. Su carne fue gastada en los tormentos; ahora vuelva a los días de su adolescencia” (33, 23‑25).
Este ángel es Cristo, el cual habla al Padre en nuestro favor, mostrando la sola semejanza con nosotros. El en todas sus manifestaciones es infinitamente superior a nosotros. Sólo en una cosa no es diverso de nosotros, en la verdad de su condición de siervo (Filp 2, 7). El habla por nosotros al Padre mostrando su semejanza con nosotros: habla al Padre en cuanto es semejante a nosotros. Su hablar es mostrarse hombre en nuestro favor, porque fuera de El no se hallaría a nadie tan propicio, que, exento del pecado, intercediera por los pecadores.
“Tendrá misericordia de él”. El Mediador tiene compasión del hombre, porque asumió la condición humana. “Y dice: “Líbralo, para que no baje a la corrupción” (sepulcro). Su palabra es ya la liberación del hombre; y, asumiendo la naturaleza humana, la demuestra libre. Y por medio de la carne que asumió, demostró libre también la carne que redimió.
“Hallé una razón para serle benévolo”, como si dijera abiertamente: “Ya que no hubo hombre alguno que pareciera digno de interceder por los hombres delante de Dios, yo mismo me hice hombre para interceder por los hombres. Y mientras me mostraba como hombre, en el mismo hombre hallé el motivo para que Dios fuese propicio a los hombres”.
“Su carne fue gastada en los tormentos”. El género humano estaba oprimido por innumerables tormentos de vicios y de castigos; pero, al venir el Redentor, retorna a los días de su adolescencia, o sea, renueva la integridad de su vida, para no permanecer en la condición en que había caído, sino que, con la redención, retorne a la condición por la cual había sido creado (Glosa).
8.‑ Con esta primera parte concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “A Abraham le fueron hechas las promesas y a su descendencia. No dice: a tus descendientes, como si se tratara de muchos, sino “a tu descendencia”, como a uno sólo; y ésta es Cristo” (Gal 3, 16), quien, como grano de mostaza, fue sembrado en el jardín de la bienaventurada Virgen. Por su pobreza y humildad fue la más pequeña de todas las semillas, o sea, de todos los hombres, en su natividad; creció a través de la predicación y la realización de milagros; y en esto fue más grande que todas las hortalizas, o sea, que los patriarcas del Antiguo Testamento. Hecho árbol en su resurrección, extendió sus ramas mediante la predicación de los apóstoles; y así los pájaros del cielo, o sea, los fieles de la iglesia, acuden por medio de la fe, y por medio de la esperanza y la caridad ponen su morada en sus ramas, o sea, en sus doctrinas y en sus ejemplos.
¡Felices, pues, los que ven ahora por medio de la fe a aquel en el que son bendecidas todas las gentes, y un día lo verán en su hermosura en la gloria celestial y oirán: “¡Vengan, benditos de mi Padre! “. A esa visión y a escuchar su voz se digne conducirnos el mismo Cristo, que es Dios bendito por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
9.‑ Comienza la segunda parte: “Un doctor de la ley se levantó para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para poseer la vida eterna?”. Jesús le dijo: “¿Qué esta escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. El otro le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás al prójimo como a ti mismo”. Jesús le replicó: “Contestaste muy bien; haz esto y vivirás” (Lc 10, 25‑28).
Observa que en esta parte del evangelio está incluida toda la perfección del camino y de la patria. Cada una de las palabras de este pasaje es de gran importancia y de gran utilidad. Por eso trataremos brevemente de cada una de ellas.
Amor se dice en latín dilectio, porque liga entre sí a dos personas (en latín, duos ligat). El amor comienza entre dos personas. El amor de Dios y el amor del prójimo sólo pueden ser entendidos en relación al bien. El Señor es llamado en latín Dominus, porque domína sobre toda la creación, o también, porque “manda en la casa” (en latín, domui praeest), o también, porque “hace amenazas” (en latín, dans minas).
Dios se dice en hebreo Eloe, que significa temor, en griego se dice Theos, que viene de theoreo, veo, porque ve todas las cosas. Theós significa también corro, porque Dios todo lo recorre y explora.
El amor, pues, liga a Dios y al prójimo. Esta es la línea (medida), de la que habla el Señor en el libro de Job: “¿Quién extendió sobre la tierra la línea (medida)? ¿Sobre qué están aseguradas sus basas?” (38, 5‑6). El Señor tendió la línea de su amor en el alma, para que ella se prolongara hasta el amor del prójimo. “¿Sobre quién”, si no sobre Jesús, “están aseguradas sus basas”, o sea, las rectas intenciones del alma, sobre las que se apoya todo el edificio de las virtudes? Si la basa de toda intención no está asegurada en Cristo, toda la obra de la construcción amenaza ruina; y “su ruina será grande” (Mt 7, 27). “Ama, pues, al Señor tu Dios”.
Presta atención a los dos términos: Señor y Dios. Es Señor, Dominus, porque domina sobre toda la creación; es Dios, porque todo lo ve y lo inspecciona. De El dice Sofar, naamatita, en el libro de Job: “Dios es más alto que el cielo: ¿qué puedes hacer? Es más profundo que los infiernos (abismo): ¿cómo podrás conocerlo? Su dimensión es más extensa que la tierra y más ancha que el mar. Si El todo lo trastorna, o todo lo restringe: ¿quién puede contrarrestarlo? o, ¿quién puede preguntarle: “¿Por qué haces esto?” (11, 810 y 9, 12).
Observa: los ángeles son aquí llamados cielos, los demonios infiernos, los justos tierra y los pecadores mar Los ángeles, pues, no llegan a su altura; juzga la malicia de los demonios mucho más severamente de lo que piensan; su paciencia supera la longanimidad de los justos, y El tiene siempre presentes las obras de los pecadores. O también: el hombre es cielo por la contemplación, infierno por la ofuscación de las tentaciones, tierra cuando lleva fruto y mar cuando se agita en su inconstancia. Sin embargo, también la contemplación del hombre se desvanece frente a Dios, y si se examina en las tentaciones, teme los severos juicios de Dios; y, en fin, la recompensa es superior a sus obras. Y aunque la mente se agite en la búsqueda, jamás llegará a conocer cuál será la justicia futura.
Símilmente, Dios tiene amplitud en el amar, longitud en el tolerar, altura en el superar los deseos de la inteligencia, profundidad en el juzgar los impulsos ilícitos de los pensamientos.
El trastorna el cielo, cuando rinde vana la contemplación del hombre; trastorna los infiernos, cuando permite que en las tentaciones el asustadizo caiga en cosas peores; trastorna la tierra, cuando con las adversidades impide el fruto de las buenas obras; trastorna el mar, cuando confunde nuestra vacilación con el terror del juicio. El cielo y el infierno son compelidos juntos, cuando una misma mente se eleva con la contemplación y se oscurece con la tentación. La tierra y el mar son compelidos juntos, cuando la misma mente es robustecida por una fe segura en las cosas eternas y también atormentada por el soplo mudable de alguna duda.
Este Dios, tan misterioso y tan grande, debe ser amado: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón”.
Dice “tu” Dios; y por esto hay que amarlo aún más. En efecto, amamos más nuestras cosas que las ajenas. Merece que tú le ames porque, aunque sea el Señor tu Dios, se hizo tu siervo, para que así tú fueras “suyo” y no te avergonzaras de servirlo.
Dice Isaías: “Me hiciste servir en tus pecados” (43, 24). Durante treinta y tres años, Dios se hizo tu siervo por tus pecados, para liberarte de la esclavitud del diablo. “Amarás, pues, al Señor tu Dios”, que te hizo, que se hizo por ti y que se dio todo a ti, para que tú te dieras todo a El. “Amarás, pues, al Señor tu Dios”.
En la creación, cuando tú no existías, te dio a ti mismo; en la redención, cuando tú estabas en el mal, se dio a ti, para que estuvieras en el bien; y cuando se dio a ti, te restituyó a ti mismo. Dado, pues, y restituido, tú te debes a El, y te debes dos veces, y te debes totalmente. “Amarás, pues, al Señor tu Dios”.
El que dice “todo”, no te dejó una parte de ti, sino que te mandó que te ofrecieras todo a El. Con todo lo suyo El te compró todo, para que únicamente El te poseyera todo (Bernardo). “Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón”
No quieras, pues, como Ananías y Safira, guardar para ti una parte de ti mismo, para no perecer totalmente con ellos. Ama, pues, con todo ti mismo, y no con parte. Dios no tiene partes, sino que en todo lugar está todo; y entonces no quiere una parte de lo tuyo que está todo en lo suyo. Si te reservas una parte, eres tuyo, no suyo.
¿Quieres tenerlo todo? Dale a El lo tuyo, y El te dará lo suyo; y así no tendrás nada de ti, y lo tendrás todo a El con todo ti mismo. “Amarás, pues, al Señor tu Dios con todo tu corazón”.
10.‑ Presta atención a estas cuatro cosas: el corazón, el alma, las fuerzas y la mente.
El corazón está situado en el centro del pecho del hombre. Tiende un poco a la izquierda; en efecto se aparta un poco de la línea divisoria entre las tetillas y se dobla hacia la tetilla izquierda y está en la parte superior del pecho. Y no es grande ni es de forma alargada, sino que tiende, más bien, a la forma redondeada, y su extremidad es estrecha y aguda (Aristóteles).
Oh hombre, la disposición y la forma de tu corazón te enseñan cómo debes amar al Señor tu Dios. Tu corazón está situado en el centro del pecho entre las dos tetillas. En las dos tetillas se designa el doble recuerdo: el de la encarnación del Señor y el de su pasión, de las que el alma saca su nutrimento, como de dos mamas. En la tetilla derecha está simbolizado el recuerdo de la encarnación, y en la izquierda el recuerdo de la pasión. Entre estas dos tetillas debe ser colocado tu corazón, para que todo lo que pienses y todo lo que hagas de bien, todo lo refieras a la pobreza y a la humildad de la encamación y a la amargura de la pasión del Señor. Dice la esposa en el Cantar de los Cantares: “Mi amado es para mí como un ramillete de mirra que reposa entre mis pechos” (1, 12).
El alma, esposa de Jesucristo, Hijo dilecto de Dios Padre, labra para sí un ramillete de mirra con toda la vida de su dilecto. Trae a la memoria como fue recostado en un pesebre, envuelto en pañales y fugitivo a Egipto, desterrado, pobre y peregrino; como fue acometido con las injurias y blasfemias de los judíos; como fue traicionado por el discípulo, apresado por la cohorte del gobernador, llevado a Anás y a Caifás, atado a la columna y flagelado por Poncio Pilato, coronado de espinas, herido por las bofetadas, embadurnado con escupitajos; y en fin como fue crucificado entre dos ladrones y homicidas. Con todos estos eventos, recogidos juntos y reunidos por el vínculo de la devoción, el alma se labra un ramillete de mirra, o sea, de amargura y de dolor, y lo coloca entre los pechos, donde está colocado el corazón. Ese ramillete tiene que estar siempre sobre el corazón de la esposa, o sea, del alma.
Y considera que como el corazón tiende un tanto hacia la tetilla izquierda, así la compasión y la devoción del corazón debe dirigirse a la amargura de la pasión del Señor. Por eso María Magdalena derramó sus lágrimas y sus perfumes ante todo sobre los pies del Señor, en los que está simbolizada su pasión. Llora Sobre los pies del Señor el que toma parte en el dolor del que sufre; los unge el que da gracias por el beneficio de la pasión. Tanto los sentimientos de dolor como los de la devoción debemos dirigirlos a la pasión de Jesucristo.
Y como tu corazón está puesto en la parte superior del pecho, así su aspiración y su deseo deben estar dirigidos a la gloria del cielo. Donde está tu tesoro, o sea, Jesucristo, maná en una urna de oro, allí debe estar también tu corazón (Mt 6, 21).
Y corno tu corazón no es grande ni su forma es alargada, sino que tiende levemente a la forma redondeante, así también tú no debes ser grande por la exaltación ni alargarte en la codicia, sino que tu vida debe ser redondeante, o sea, perfecta. Lo que es redondo, no sufre disminución.
Y como la extremidad del corazón es estrecha y aguda, así debes siempre pensar que la conclusión de tu vida será estrecha y aguda. “Estrecha”, porque deberás transitar por el angostísimo pasaje de la muerte, por el cual nada podrás llevar contigo sino sólo tus pecados, que no son sustancias; “aguda”, porque el temor del juez te traspasará y el horror del castigo te aguijoneará. Por ende, mientras tengas el corazón en tu poder, “ama al Señor tu Dios con todo el corazón”.
11.‑ “Y con toda tu alma”. “El alma es una sustancia incorpórea, intelectual, racional, invisible, de origen desconocido, sin mezcla de terrenidad” (Isidoro). Alma es como decir en griego ánemos, viento o, mejor, movimiento, porque tiene siempre su movimiento espontáneo y mueve los cuerpos; o también, siempre en griego, anamne o anámneia, que significa recuerdo o reflexión; o se compone de a y de nemo, que en griego significa conferir, porque confiere la vida a los cuerpos; o, en fin, anaema, de ana, sobre, y de aima, sangre, o sea, sangre superior.
Ama, pues, al Señor tu Dios con toda tu alma, para que tu movimiento, tu pensamiento, tu vida, todo, tú refieras a su amor.
“Ama al Señor con todas tus fuerzas”. Recuerda que tres son las “fuerzas” del alma‑ la fuerza racional, la concupiscible y la irascible. Con la fuerza racional distinguimos el bien del mal; con la fuerza concupiscible deseamos el bien; y con la irascible detestamos el mal. Estas fuerzas las perdieron los afeminados, de los que dice Job: “Fue grato a los guijarros de Cocito y tras de sí arrastra a todo el hombre” (21, 33). Guijarros son las piedras de los ríos, que las corrientes de agua arrastran consigo. Cocito, en griego, significa el llanto de las mujeres y de los enfermos. Los literatos afirman que Cocito es el río que corre en los infiernos y que allí abajo hay llanto para los inicuos.
Agradables son, pues, los resbaladizos guijarros del Cocito para los que no quieren resistir enérgicamente a los placeres y con sus caídas de cada día se dirigen al llanto eterno (Glosa). Y el placer del amor terreno “arrastra tras de sí a todo el hombre”, o sea, la fuerza racional, concupiscible e irascible. 'La prudencia mundana arrastra la fuerza racional; el placer de la carne arrastra la fuerza concupiscible y la vanagloria la fuerza irascible.
12.‑ Estos son los tres amigos de Job: Elifaz el temanita, Baldad el suhíta y Sofar el naamatita.
Elifaz se interpreta “desprecio del Señor” y Temán “el viento austro”. Elifaz simboliza la prudencia mundana, que proviene del austro, o sea, del viento cálido, que es la codicia del mundo, porque “los hijos de este siglo son más sagaces en sus cosas que los hijos de la luz” (Lc 16, 8). Esta prudencia mundana desprecia la sabiduría del Señor y, a su vez, es por ella despreciada. Dice Isaías: “Cuando estés cansado de despreciar, tú mismo serás despreciado” (33, 1).
Baldad se interpreta “sola vejez” y suhíta “que habla”, y simboliza el placer de la carne, que comenzó con los primeros padres y que de generación en generación envejece la piel de los hijos. Este patrimonio nos lo transmitió el viejo Adán; esta vejez nació del lenguaje de la serpiente. En el Salmo dice el penitente: “De la voz de mi gemido”, o sea, de la sugestión del placer, que es causa de mi gemido, “adhirió mi hueso”, o sea, mi razón o mi fuerza, “a mi carne”, o sea, a mi carnalidad (Salm 101, 6).
Sofar se interpreta “ruina de la cima” y Naamatita “decoro”, y simboliza la vanagloria, que nace de una falsa apariencia religiosa; y por su causa se arruina la sublimidad de la contemplación y de toda obra buena. Dice el Señor: “Ya recibieron su recompensa” (Mt 6, 5).
Con estos tres pecados se destruyen las tres fuerzas del alma; y por ende es necesario que el bienaventurado Job, que se interpreta “el doliente”, o sea, el penitente que se duele, se libere de su dolor, no escuche a sus tres amigos, a quienes él mismo Rama: “Mis amigos locuaces” (16, 21), ni confíe en ellos, para que pueda amar al Señor Dios con todas sus fuerzas.
13.‑ “Amarás a Dios con toda tu mente”. La mente es la parte del alma que abarca la inteligencia y la razón. Es llamada mente, porque es la parte más eminente del alma, o también porque tiene memoria (asonancia con mente). La mente no es el alma, sino lo que hay de superior en el alma, o sea, la parte más excelente, de la que proviene la inteligencia. El mismo hombre es llamado “imagen de Dios” por la mente. Sin embargo, todas estas cualidades están unidas al alma hasta formar una única entidad. El alma está indicada por diversos nombres según los actos de los que es causa eficiente.
Cuando vivifica el cuerpo, es alma; cuando quiere, es ánimo; cuando sabe, es mente; cuando juzga rectamente, es razón; cuando inspira, es espíritu; cuando percibe algo, es sentido. Ama, pues, al Señor tu Dios con toda tu mente, para que todo lo que recuerdas, sabes o comprendes, todo lo refieras al amor de Dios.
“Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Sobre este argumento examina el sermón del primer domingo de Pentecostés, sobre el evangelio: “Había un hombre rico que vestía de púrpura y de lino fino”.
Sobre el mismo argumento tenemos una concordancia en Job, donde dice: “Si visitas a tu especie humana, no pecarás” (5, 24). La exposición de este pasaje lo hallarás en la segunda parte del sermón del domingo de Septuagésima.: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra”.
14.‑ Con esta segunda parte concuerda la segunda parte de la epístola: “Esto les digo, un testamento confirmado por Dios” (Gal 3, 17).
El testamento se llama así, porque es una voluntad escrita y confirmada delante de testigos. La voluntad de Dios es el amor hacia El y hacia el prójimo; y esa voluntad fue escrita en la ley de la naturaleza, de las tablas y de la gracia, y confirmada por testigos, a los que dijo: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros” (Jn 15, 12). Este testamento fue confirmado con la muerte del testador. Dice Juan: “Después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”, o sea, hasta la muerte (Jn 13, 1). Y esto, no porque con la muerte se acabe su amor, sino en el sentido de que tanto los amó que el amor lo llevó a la muerte.
Te rogamos, Señor Jesús, que nos ligues con el amor hacia ti y hacia el prójimo, para que te amemos “con todo el corazón”, tan profundamente que nada nos distraiga de tu amor; “con toda el alma”, o sea, con sabiduría, para no ser engañados por otros amores; “con todas las fuerzas y con toda la mente”, o sea, con tanta dulzura, para no ser jamás seducidos a separarnos de tu amor; y para amar al prójimo corno a nosotros mismos.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
15.‑ “Haz esto y vivirás”. Dice Job: “Su lámpara resplandecía sobre mi cabeza. Yo lavaba los pies en la leche, y la piedra me derramaba ríos de aceite” (29, 3‑6). En la lámpara se designa la predicación, en la cabeza la mente, en la leche la compunción de las lágrimas; en los pies los afectos del corazón, en la piedra Cristo, en el aceite la gracia del Espíritu Santo. Cuando resplandece la lámpara de la predicación en la mente del pecador, con la leche de la compunción que mana de la intensidad del amor, lava la suciedad de los pies, o sea, de los afectos desordenados del corazón. Y así la piedra, o sea, Jesucristo, le vierte ríos de aceite, o sea, la abundancia de la gracia del Espíritu Santo, que lo iluminará en la vida presente y le dará la gloria en la vida futura. Por esto dice el Señor: “Haz esto y vivirás”.
Presta atención a estas tres palabras: “Esto”, “haz” “y vivirás”. Con ellas se indican tres cosas: la doctrina, la vida y la gloria. “Esto”: he ahí la doctrina; “haz”: he ahí la vida; “y vivirás”: he ahí la gloria. Oh hombre, lo que oyes en la predicación, llévalo a las obras. Cuando resplandece la lámpara sobre tu cabeza, lava tus pies en la leche; y así vivirás, porque la piedra te verterá ríos de aceite, o sea, lo que oyes: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”.
Con estas cuatro modalidades del amor concuerdan las cuatro cualidades de Job, enumeradas al principio de su historia: “Habla en la tierra de Us un hombre llamado Job: era simple y recto, temía a Dios y huía del mal” (1, 1). En la tierra de Us, o sea, “del consejo”, vive el justo que guarda tanto los consejos del Señor como sus preceptos. Este justo es simple en la pureza del corazón, recto en el afecto del alma, teme a Dios con el uso ordenado de las cualidades naturales y huye del mal con el firme propósito de su voluntad.
“Haz esto”, para ser simple, sin pliegues fraudulentos, no buscando tu alabanza sino la de Dios, y diciendo con Job: “Si viendo el sol resplandecer y la luna clara avanzar, se dejó seducir en secreto mi corazón, y con la boca besé mi mano, también esto sería la más grande maldad y una negación del Dios Altísimo” (31, 26‑28). El sol en su fulgor simboliza la obra buena que se manifiesta. La luna clara que avanza, simboliza la buena reputación que, resplandeciendo en la noche de esta vida, toma incremento de las buenas obras.
“Y no se dejó seducir en secreto mi corazón”. Hay gente que se ensalza con sus propios elogios y se complace en sí misma. “Y con mi boca besé mi mano”. En la mano está simbolizada la obra y en la boca el discurso. Se besa con la mano la boca aquel que alaba lo que hace. “Y eso sería la más grande maldad y la negación del Dios Altísimo”, porque el que se atribuye a sí mismo el mérito de lo que hace, muestra que reniega de la gracia de su Creador.
Haz esto, o sea, procura no ver el sol de tu buena obra ni la luna esplendente de tu buena reputación, para no complacerte de ello ni alabar lo que dices o haces, sino que todo atribúyelo a tu Creador.
16.‑ Símilmente: “Haz esto, para ser recto”. Dice Baldad el suhíta en Job: “Si tú te levantas de madrugada para dirigirte a Dios e invocas al Todopoderoso, si caminas en la pureza y en la rectitud, ciertamente El velará por ti y volverá tranquila la morada de tu justicia. As!, aunque tu precedente condición fuere poca cosa, la última será mucho más espléndida” (8, 5‑7).
“Si tú te levantas de madrugada”, o sea, con la contrición del corazón, “y te diriges a Dios Todopoderoso” con la mente y con el cuerpo, “y lo invocas” confesando tu pecado y proclamando su alabanza; “y si caminas en la pureza y en la rectitud” a través de la satisfacción penitencial, “en seguida El velará por ti” en la madrugada de tu contrición “y volverá tranquila la morada de tu justicia”, porque confesaste tu pecado. En efecto, el que hace un justo juicio de sí acusándose en la confesión, poseerá una tranquila morada para su cuerpo, en la tranquilidad de su conciencia,
“Aunque tu precedente condición fuere poca cosa, la última será mucho más espléndida”. He ahí que la penitencia aumenta la gracia en la vida presente y al final conseguirá la gloria eterna. “Haz esto, pues, y vivirás”.
Asimismo: “Haz esto”, para ser timorato de Dios y poder decir con Job: “Yo siempre temí a Dios, como oleajes hinchados que incumben sobre mí, y no pude resistir a su carga” (la grandeza de su majestad) (31, 23). cuando amenazan oleajes tempestuosos, a los navegantes no les importa más nada de las cosas temporales ni su mente se dirige a los placeres carnales, sino que echan fuera del barco también las cosas por las que