PARTICIPACIÓN

Y CALIDAD DE VIDA

Lic. Blanca Acosta

 Licenciada en Servicio Social de la Universidad del Salvador, Bs. As., Argentina,

 Docente e Investigadora de la Universidad de la República Oriental del Uruguay

 y de la Maestría de Educación Popular de la Multiversidad Franciscana de América Latina.

   

PROCESOS DE PARTICIPACIÓN

Y CONTEXTOS SOCIO-HISTÓRICOS

Participación Comunitaria y Proyectos de Desarrollo han sido una especie de sinónimos en América Latina, fundamentalmente después de la segunda guerra mundial y a partir por lo tanto del liderazgo asumido por E.E.U.U. respecto al denominado «tercer mundo».

Diversos programas de «desarrollo» han sido implementados a lo largo del continente donde la participación de la población constituía un recurso fundamental para bajar los costos de estos programas y desde los cuales se imponía un concepto de progreso que necesitaba ser acompañado de un cambio de valores en la población más empobrecida.

Se arriba a esta conclusión a partir del fracaso de muchos de estos programas pensados e implementados desde lugares de poder político y económico que muy poco tenían que ver con las necesidades e intereses de los pueblos latinoamericanos.

El fracaso se atribuye básicamente a los valores tradicionales del campesinado y del sector urbano empobrecido, categorizándolos además como «apáticos», «individualistas», «desconfiados», siendo por lo tanto considerada la dimensión valorativa por parte de los cientistas sociales y políticos «el principal obstáculo para el desarrollo».

Se introduce así en nombre del «Progreso», formas organizativas denominadas modernas sustentadas en modalidades de autoritarismo, centralizadoras de poder, generando desigualdades a lo interno de las propias organizaciones, transformando desde esta perspectiva ideológica a la participación de la población en un vehículo para introducir los valores de la sociedad de consumo en un marco de alianzas entre representantes políticos y organismos internacionales para lograr el denominado «progreso». Los programas de auto-ayuda fueron una estrategia posible que les permitió reducir costos y simplificar reformas.

Se desvaloriza la historia cultural, el sistema de valores de los sectores más empobrecidos, las formas precolombinas de organización que los pueblos han intentando mantener a lo largo de los siglos, como la propiedad comunitaria de la tierra, la participación enfocada en el trabajo colectivo, la ayuda mutua, los sistemas de igualdad económica, los cuales fueron objeto de lo que Foster denominó «cultura de conquista».

Nos encontramos entonces con un escenario en A. Latina donde coexisten productos de los diferentes momentos históricos y políticos, distintas formas de concebir el desarrollo que se expresa a partir de la formulación e implementación de políticas y programas sociales en función de mejores condiciones de vida.

Un desarrollo pensado e instrumentado desde organismos internacionales dirigido básicamente a que los pobres deben producir más y mejor en el marco de un desarrollo eficiente y una mayor inversión en el capital humano de los sectores pobres; quedando ausentes por lo tanto políticas de carácter distributivo .

Desde estas alternativas planteadas, los programas sociales apuntan a la participación popular transitando modalidades que si bien presentan sus matices, responden a una misma concepción.

Se piensan y determinan necesidades de la población fundamentalmente aquellas no satisfechas en los sectores pobres desde espacios y lugares de poder económico y político y en base a los intereses de los propios organismos internacionales.

Se llama por lo tanto a estos sectores a participar en la ejecución de estos programas como recurso imprescindible para alcanzar las «mejoras en las condiciones de vida».

En este modelo de desarrollo transitan diversos paradigmas, se pasa del paradigma del desarrollo económico predominante en los años 50 y 60 impulsado por las Naciones Unidas, al paradigma del desarrollo humano impulsado actualmente por el PNUD sustentado por el Banco Mundial .

El Desarrollo Humano es definido como «el proceso de ampliación del rango de elecciones de la gente aumentando sus oportunidades de educación, atención médica, ingreso y empleo, y cubriendo el espectro completo de las elecciones humanas, desde un medio ambiente físico y saludable hasta las libertades económicas y humanas» (PNUD; 1990)

Un Desarrollo pensado desde otra perspectiva ideológica donde la relación entre Estado y Sociedad Civil se encara desde otras reglas y acuerdos establece como principio el reconocimiento de las potencialidades, el germen que existe en los sectores populares para una nueva forma de pensar el desarrollo donde las iniciativas son en y desde la sociedad civil.

Desde este marco se operan cambios conceptuales, epistemológicos sustantivos en los principios que rigen el Desarrollo de las Comunidades, generando un quiebre en el carácter paternalista de los Programas Sociales, se intenta establecer una relación más igualitaria entre los saberes, las personas son sujetos de pensamiento, de acción y no objetos de atención.

Jorge Razeto en un estudio realizado sobre Proyectos de Autogestión como proceso de Formación y Desarrollo Popular, realiza una tipología de proyectos según sus objetivos que dan cuenta de diversas iniciativas populares orientadas a la superación de sus problemas pero que «también participan en un marco social de acciones tendientes a reconquistar un sistema democrático». Son experiencias que se realizan en un contexto de pobreza y de procesos de exclusión económica, social, cultural y política, y que será desde un análisis crítico, desde un «darse cuenta» de la realidad de ese contexto que se podrán realizar modificaciones más estructurales en la organización social y política de una sociedad.

Estas experiencias de participación y organización orientadas a satisfacer en algunos aspectos necesidades como atención de salud, alimentación, mejorar la infraestructura comunitaria, cooperativas de trabajo, que surgen con fuerte énfasis fundamentalmente a partir de la década del 80 en un marco de fuerte crisis económica y social, expresan formas de relacionamiento de vínculos basados en la ayuda, solidaridad, poniendo de manifiesto redes que operan también como estrategias de sobrevivencia.

Razeto también plantea la necesidad de que estas organizaciones superen ciertos desafíos para que puedan convertirse en un movimiento social con capacidad transformadora. Estos desafíos están ubicados en el plano político, organizativo y socio-cultural.

A nivel político, plantea el autor deberán «identificar y canalizar adecuadamente sus demandas» y conquistar espacios donde no sólo opinen y sean escuchados, sino que participen de la toma de decisiones de todos aquellos aspectos que forman parte de su vida.

En estos espacios es de vital importancia consolidar una autonomía como organización sustentada en los intereses que los nuclea como grupo social, cuidando no caer en la «tentación» de involucrarse en los aparatos institucionales con el riesgo de quedar atrapados en mecanismos burocráticos, perdiendo su principal referente e identidad como organización.

A nivel organizativo deberán según el autor crear una base real, donde logren integrar las diferentes aspiraciones y necesidades de participación de sus integrantes.

Desarrollando un poco más este nivel, es importante destacar el carácter educativo de sus acciones hacia lo interno de la organización y hacia el medio, en tanto calidad del espacio que habilite a un ejercicio democrático de la participación, a un aprendizaje en el análisis colectivo que lleve a tomar decisiones compartidas.

A nivel socio-cultural, se plantea la importancia de crear una identidad reconocida socialmente, que se exprese y difunda en los diferentes espacios de la vida social.

Este nivel constituye una dimensión de análisis interesante en tanto asistimos a una pérdida de las tradiciones locales, a la desesperanza de un futuro local en un contexto de globalización donde lo cultural también se incluye. Hay un espacio público cada vez más global incentivado por una política de consumo, por una información seleccionada, mensajes seductores dando cuenta de modelos ideales de pensar, sentir y actuar en una sociedad. Esto genera fundamentalmente en los sectores más empobrecidos un fuerte choque de prácticas culturales reforzando sentimientos de desvalorización y debilitamiento de la autoestima por no alcanzar esos modelos.

Una madre planteaba « tengo cinco hijos, no puedo comprarle a todos ropa de marca» «esto me genera serios problemas por que me plantean que hago diferencias; ellos se sienten mal si no tienen lo que ven en la televisión», esto provoca angustia, sentimientos de inferioridad que bloquean el desarrollo de un sentido critico para leer de otra manera esta realidad y ser más conscientes en el conocimiento y ejercicios de los derechos humanos y ciudadanos.

Diferentes modos de vida sustentados en valores de igualdad, de compartir a lo interno de los grupos familiares son incitados a fundirse en el «mundo moderno», un mundo donde lo «que debe hacerse» ya está planteado de acuerdo al modelo de «sociedad moderna», desestimulando el despliegue de la creatividad humana, con lo cual el presente y el futuro se vive como algo que hay aceptar, soportar, no crearse en forma imaginativa.

Invade un sentimiento de incertidumbre frente a la búsqueda de una nueva y mejor vida y con pocas certezas de lograrla.

Pero también vemos en los diferentes ámbitos del escenario social que muchos grupos y organizaciones sociales luchan por reafirmar su diferencia no siempre tan expuestas o tan explícitas. Se desarrollan en el ámbito de lo cotidiano diversas prácticas culturales a través de redes informales que no se manifiestan en los espacios formales de encuentro y participación; historias que se construyen y reconstruyen y que nos hablan de creencias y prácticas que se vienen conservando y recreando a lo largo de estos siglos.

Si bien hoy se habla de «identidades coyunturales», de «identidades híbridas» en un contexto de globalización, también continúan procesos de consolidación de identidades como respuesta a esta nueva conquista cultural.

No se trata de quedar atrapados en la nostalgia de un pasado ni refugiarse en las «certezas» de otros tiempos; partir de la realidad continúa siendo un principio fundamental y esto genera un fuerte desafío en la búsqueda y conquista de una mayor humanización, participación y democracia.

DISCURSOS INSTITUCIONALES EN TORNO A LA PARTICIPACION Y LA CALIDAD DE VIDA.

La finalidad de los programas sociales siempre ha estado dirigida a mejorar las condiciones de vida de los sectores más pobres con algunas variantes en sus estrategias, sin grandes modificaciones en las condiciones estructurales de la pobreza.

Hoy asistimos fundamentalmente desde los organismos internacionales a un discurso que habla de la necesidad de fortalecer el capital humano para la creación de un capital social que posibilite el desarrollo económico. La participación ciudadana es entendida como un factor sustancial que «incrementa la eficiencia, genera ahorros y moviliza recursos adicionales» (seminario sobre «Participación Ciudadana» organizado por el BID).

Aparece como instrumento central en el marco de las políticas sociales la reestructuración de la inversión, centrándola en el capital humano.

En tanto parece ser ya una especie de conclusión que no habrá un crecimiento económico mundial que permita generar nuevos recursos; «las expectativas de Desarrollo Humano se fundan entonces en la reestructuración de las prioridades presupuestarias para balancear el gasto económico y social» en un contexto nacional y mundial.

La política de alianzas ha sido la estrategia central en estos organismos, en la década del 60 se la denominaba «Alianza para el Progreso», hoy se habla de un nuevo paradigma «de alianzas y equidad» para la superación de la pobreza, creando confusión desde el discurso pero cuya intencionalidad se evidencia en la propia realidad, donde los procesos de exclusión se agudizan con fuerte intensidad y explican el marco de estas políticas; ¿quiénes tienen acceso a un mejor nivel de vida?, ¿quiénes pueden alcanzar salarios dignos y acceder a programas educativos de buena calidad pedagógica y académica?. ¿Con qué indicadores nos manejamos cuando decimos que la pobreza se viene superando en América Latina?

Han cambiado los modos sin duda, y en estos cambios aparece un principio considerado como integrador de las políticas sociales como es la Participación.

Esta dimensión aparece planteada desde una intencionalidad que pone énfasis en categorías de contenido instrumental, donde la participación queda conceptualmente ubicada como medio ya que «garantiza resultados más equitativos y contribuye así a que el proceso de desarrollo económico y social sea sostenible» (Presidente del BID), sustentada en patrones de competencia y éxito.

Desde representantes de gobiernos de A. Latina se habla de una voluntad de colaborar para «habilitar a los grupos marginados a participar y mejorar su situación» (Seminario de participación organizado por el Banco Interamericano de Desarrollo)

La diferencia sustancial es que este discurso y este llamado a la participación no habla de la calidad de los espacios en cuanto a su carácter educativo y concientizador, aprendizaje que habilite a problematizar el actual modelo de democracia que también logra reproducirse en los espacios cotidianos de participación de la población, en sus modelos organizativos en la forma en que se establecen muchas de las relaciones sociales.

Participar implica saber en que se participa y para que, cuales son las decisiones que toman y a quiénes benefician esas decisiones, diagnosticar la propia realidad, conocer y analizar el propio y complejo mecanismo de la actual estructura social.

Una reflexión importante en los procesos participativos es poder analizar, visualizar la relación participación-poder, a que tipo de poder la participación se orienta y cual es su intencionalidad política y el modelo de desarrollo que lleva en si.

Son válidas las categorías de eficacia, eficiencia, productividad pero cuyos contenidos conceptuales no dejen por fuera el aprendizaje que arroja como producto la participación, aprendizaje basado en prácticas culturales donde el sujeto individual y colectivo asuma sus derechos, obligaciones, despliegue su capacidad crítica-productiva, construya poder en el marco de proyectos colectivos que respondan a las necesidades de las mayorías y de las cuales forma parte.

Como parte fundamental en el impulso de estos Programas y Proyectos Sociales aparece el papel de las ONGs, considerado por los organismos internacionales como» rol mediador entre el trabajo que realiza el Estado con las bases de la Sociedad Civil»

Se considera además que para llevar a cabo esto, el papel de las ONGs y organizaciones de auto-ayuda es fundamental «para cualquier estrategia viable de Desarrollo Humano, no reemplazando a los gobiernos sino actuando suplementariamente» (PNUD, 1993). Estos planteos se fundamentan en un nuevo rol del Estado en cuanto a sus funciones y tamaño.

Pero el mismo juego de las contradicciones que genera la propia dinámica de la sociedad habilita espacios que abordados desde la lógica de un compromiso con transformaciones profundas que son necesarias en estos países con un elevado índice de pobreza, generan procesos de participación y educación popular en distintos ámbitos de la esfera social.

Encontramos así en nuestro medio diferentes proyectos sociales impulsados por ONGs y organizaciones sociales que nos hablan de ricas experiencias desarrolladas desde el espacio cotidiano de convivencia social.

Experiencias que se sustentan en una concepción del sujeto como protagonista, capaz de reflexionar y actuar en su propia realidad, que junto a otros en forma organizada constituyen una fuerza social que es un elemento básico de poder en el espacio comunitario y de la sociedad en su conjunto.

ESPACIO LOCAL Y PARTICIPACION

En los finales de este siglo nos encontramos con un escenario donde se estimula el Desarrollo Local en un contexto de economía internacional, con fuerte acento en la categoría de «autosustentabilidad de las comunidades». El énfasis en lo local como dimensión central para el Desarrollo Sostenible permitió también que procesos de Descentralización y cierto traslado de responsabilidades del gobierno central contaran con apoyo por parte de los barrios que vieron en esta nueva coyuntura una posibilidad de participación.

Esto a su vez habilitó a que el escenario de lo barrial-territorial asumiera un fuerte protagonismo frente a formas organizativas más tradicionales (gremial, cooperativas, política)

Comienzan entonces a construirse en nuestro país a partir de la década del 90, modalidades de participación y organización desde espacios más diversos y heterogéneos. La conformación de los consejos vecinales, los grupos de vecinos nucleados en torno a temas como salud, infancia, tierras y las tradicionales comisiones vecinales, cobran un fuerte protagonismo en este espacio.

La nueva coyuntura hace que se integren en estos espacios organizativos diferentes experiencias en cuanto a modelos de participación y organización. Esto constituye un verdadero desafío de aprendizajes en compartir un escenario donde confluyen intereses diversos, donde hay que construir el «nosotros» a partir de un referente en común.

Planteaba un vecino en una entrevista: «mi experiencia de participación era diferente, antes estaba protegido por una organización, no tenía vinculación directa con los vecinos desde mi práctica política, la tenía como vecino nada más. El contacto con los vecinos fue mi mayor aprendizaje, y ahí aprendés que las cosas que pensás, que crees que están claras, no tienen nada que ver con la realidad».

Incorpora además que estos espacios comunitarios tienen un componente «más humano», «contás vos como persona, el fin no es la organización».

Estas reflexiones expresan cambios cualitativos en la estructura del pensamiento, revalorización de la subjetividad, no olvidar a la persona ya que si esto sucede como es posible luchar por su dignidad, por un bienestar diferente en esta sociedad, por valores como la cooperación, solidaridad, compromiso, tolerancia.

Valores que han perdido prestigio en esta sociedad denominada «moderna» cuyos valores predominantes son el individualismo, la competitividad, la sacralización del éxito económico, el culto a la apariencia, aumentando el desarraigo o la pérdida de identidad de muchos grupos sociales.

Encontrarnos con experiencias que se orientan hacia procesos humanitarios de participación permite recuperar la esperanza de construir nuevas formas de convivencia social basadas en el respeto de las características personales de la persona y en la reafirmación de una participación colectiva y organizada sobre principios democráticos que permita encarar proyectos colectivos y transformadores de las condiciones de vida. La dimensión individual y el compromiso social se integran en la dimensión política de la práctica educativa.

Pero el campo de la participación popular es complejo y presenta permanentes desafíos en su intencionalidad democrática, fundamentalmente cuando se reproducen en el ámbito más cotidiano de participación , modelos sustentados en autoritarismos, en sistemas de democracia formal que conducen a reforzar individualismos, concentración de poder, distancia de intereses y pérdida de identidad grupal y de sector social.

Desde el propio discurso de vecinos que participan en comisiones vecinales encontramos un fuerte énfasis en la responsabilidad y compromiso, pero que se sustenta en una lógica basada en la obligación de cumplir «con obligaciones» para tener derecho a ejercer sus derechos. Integrantes de una comisión vecinal expresaban lo siguiente; «nos toca dirigir el barrio, aquel vecino que tenga deudas con la comisión, no tiene derecho a sufragar el voto, el que no cumple que no solicite los derechos». Esto junto a otros mecanismos encontrados nos muestran una tendencia a normatizar el derecho a participar, que pareciera que no es tal, en tanto hay quiénes se sienten con derecho a decidir otorgarlo o no.

La representatividad es otra modalidad que aparece reivindicada en algunos espacios y problematizadas en otros. Reivindicada en tanto modalidad tradicional, asumida quizás más mecánicamente y no tan analizada en su dimensión comunicativa de intereses y decisiones compartidas.

Problematizada como fruto de un análisis más critico en cuanto modalidad de participación organizada, visualizando su deterioro conceptual «suponemos que representamos a un colectivo, pero nos representamos a nosotros mismos», «mucha información no viene por la delegada, hay delegados que no comunican bien», «esta forma de participación burocratiza a las organizaciones».

Se plantean varios aspectos en esta lectura crítica, por un lado aparece como una modalidad creada en un mundo pensado en el trabajo, en las relaciones de producción y que forjó formas organizativas como la gremial, la política y que hoy vive un desgaste importante y constituye más que un camino, un obstáculo para una participación más democrática. Un camino de transformaciones más profundas para esta sociedad nos desafía a crear espacios de participación directa, donde todos puedan hacer oír su voz, sus opiniones y vivir el aprendizaje que significa la toma de decisiones compartidas, el redescubrirse en la relación con el otro, en discutir y procesar los acuerdos en una acción colectiva más sólida en sus principios y con métodos que respondan y sean respaldados por esos principios.

Por otro también es importante plantearse la necesidad de dimensionar conceptualmente la participación por representación en varios de sus aspectos:

·         la información debe ser claramente socializada en el espacio de la organización, no hay un desarrollo autónomo sin una clara información que permita tomar decisiones sobre bases más reales, bloqueando además canales de comunicación con otros grupos u organizaciones debilitando el tejido social y el desarrollo de redes de intercambio.

·         cuidar de no crear una estructura con el desempeño de roles individuales que contribuyan a la concentración de poder y generan relaciones de dependencia.

·         no crear una estructura burocrática donde la figura del representante sea un mero intermediario entre su grupo de referencia y el espacio donde representa al mismo. Deberá estar consustanciado con los intereses y las metas grupales que lo habilite a saber que tipo de decisiones, iniciativas tiene que apoyar que no sean contradictorias al pensamiento de su grupo.- la rotatividad de este rol permite un aprendizaje más colectivo del mismo y evita su estereotipia.

Se trata por lo tanto de no destruir esta modalidad, si de dimensionarla en un concepto de Democracia Directa y articularla con espacios de participación directa. Como dice Poulantzas «es necesario que un amplio movimiento popular difunda la Democracia, multiplicando las instancias de poder en la sociedad civil».

PARTICIPACION EN PROYECTOS DE CO-GESTION: UNA MODALIDAD EN LA RELACION

ESTADO-SOCIEDAD CIVIL

Algunas reflexiones que surgen de la puesta en práctica de esta propuesta dan cuenta de sus diversas formas de implementación y la relación con los productos que resultan del proceso de aprendizaje de una gestión colectiva y compartida con instituciones de carácter público. En general nos encontramos con organizaciones de vecinos que tienen como tarea la co-gestión de servicios comunitarios y que generalmente no usufructan de dichos servicios, realizan una tarea «para el barrio». Esto genera una determinada práctica que merece ser analizada en algunos aspectos importantes: esta organización vecinal va construyendo un determinado perfil a partir del espacio que ocupa, espacio en el cual cobra cierto protagonismo, resulta tentador el rol de administrar pero en general no interviene en la definición de políticas del servicio.

Crea por otro lado espacios de participación para aquellos vecinos que si se benefician con el servicio cuyos contenidos se centran básicamente en temas o actividades de limpieza y mantención del servicio. En otros casos esto no sucede con lo cual la distancia de la organización con su entorno es mayor.

Al no tener las mismas necesidades de quiénes participan en el uso del servicio, se conforma un rol que no favorece la integración de quiénes si deben participar en la conducción del mismo y muchas veces ese rol se vuelve fiscalizador de las necesidades de los otros, creando una relación de poder que fortalece las desigualdades.- De parte de la organización se construye además la fantasía de ejercer un poder que en definitiva no es real y depende de los actores institucionales en juego.

-          Confusión entre el protagonismo y objetivos de los distintos actores intervinientes: predomina para el vecino el actor institucional público.

-          Otras percepciones destacan que este tipo de gestión realizada por vecinos «es admirable pero sacrificada» y que es la «solución porque el Estado deja mucho que desear».

Estos son algunos de los aspectos que surgen de una investigación realizada sobre el tema y que nos desafían a un abordaje de carácter más educativo sobre el mismo, donde las organizaciones vecinales dejen de significar «reducción de costos en los servicios sociales» y construyan un poder social y político junto a los demás actores involucrados.

Que los diferentes aportes se realicen desde roles y responsabilidades que distingan que es lo que le corresponde a la sociedad civil y que es lo que le corresponde al Estado. Otras iniciativas de esta naturaleza presentan procesos educativos-pedagógicos que se orientan a caminos más transformadores.

Organizaciones de vecinos con mayor claridad en la intencionalidad de sus acciones han creado espacios donde ha sido posible la construcción de un saber colectivo, el desarrollo de valores como la ayuda, la solidaridad, el valor del trabajo colectivo, el fortalecimiento de la organización como fuerza social que trabaja junto a instituciones públicas sin perder su referente y los intereses que representa gestando acuerdos en el marco de su propio contexto socio-cultural.

Se genera un aprendizaje grupal y de equipo, facilitando el conocimiento interpersonal, reforzando las redes de relación mutua y evaluando permanentemente el funcionamiento y la actuación asociativa. Sin duda que el desafío mayor de este tipo de organizaciones está en su apertura al medio, participación y comunicación se constituyen en dos constantes del proceso de co-gestión, identificando necesidades e intereses existentes en el medio, los resultados y el impacto del servicio de acuerdo a su finalidad y objetivos planteados e incorporar a las prácticas los cambios que sean necesarios de acuerdo a la realidad que dicho proyecto intenta dar como respuesta.

 

 

Bibliografía Consultada

·         Clifford James, Dilemas de la Cultura, editorial Gedisa. Barcelona-España.

·         Touraine Alain, ¿Podremos Vivir Juntos?, Fondo de Cultura Económica.

·         Varios Autores, Globalizar la Esperanza», Fundación Amerindia. Bolivia.

·         Foster George, Las Culturas tradicionales y los cambios técnicos, FCE.

·         Equipos Claves, Gestión Participativa de las Asociaciones, editorial popular, s.a.

·         Documento del Banco Mundial, Alianzas para la Superación de la Pobreza, Mideplan.

·         Entrevistas realizadas a vecinos y organizaciones en el marco del proyecto de Investigación «Participación y Calidad de Vida» Multiversidad Franciscana para América Latina. 1999.