CLEMENTE DE ALEJANDRIA

 

 I. El cristianismo y la filosofía.

El miedo de los cristianos a la filosofía y la cultura.

Parece que la mayoría de los que se llaman cristianos se comportan como los compañeros de Ulises: se acercan a la cultura (logos) como gente burda que ha de pasar no sólo junto a las sirenas, sino junto a su ritmo y su melodía. Han tenido que taponarse los oídos con ignorancia, porque saben que si llegasen a escuchar una vez las lecciones de los griegos, no serían ya capaces de volver a su casa. Pero el que sabe recoger de entre lo que oye toda flor buena para su provecho, por más que sea de los griegos -pues «del Señor es la tierra y todo lo que la llena» (Sal 23, 1; Cor 10, 26)-, no tiene por qué huir de la cultura a la manera de los animales irracionales. Al contrario, el que está bien instruido ha de aspirar a proveerse de todos los auxilios que pueda, con tal de que no se entretenga en ellos más que en lo que le sea útil: si toma esto y lo atesora, podrá volver a su casa, a la verdadera filosofía, habiendo conseguido para su alma una convicción firme, con una seguridad a la que todo habrá contribuido...

El vulgo, como los niños que temen al coco. teme a la filosoíia griega por miedo de ser extraviado por ella. Sin embargo, si la fe que tienen—ya que no me atrevo a llamarla conocimiento— es tal que puede perderse con argumentos, que se pierda, pues con esto sólo ya confiesan que no tienen la verdad. Porque la verdad es invencible: las falsas opiniones son las que se pierden...

La filosofía, preparación para el Evangelio.

Antes de la venida del Señor, la filosofía era necesaria a los griegos para la justicia; ahora, en cambio, es útil para conducir las almas al culto de Dios, pues constituye como una propedéutica para aquellos que alcanzan la fe a través de la demostración. Porque «tu pie no tropezará» (Prov 3, 28), como dice la Escritura, si atribuyes a la Providencia todas las cosas buenas, ya sean de los griegos o nuestras. Porque Dios es la causa de todas las cosas buenas: de unas es de una manera directa, como del Antiguo y del Nuevo Testamento; de otras indirectamente, como de la filosofía. Y aun es posible que la filosofía fuera dada directamente (por Dios) a los griegos antes de que el Señor los llamase: porque era un pedagogo para conducir a los griegos a Cristo, como la ley lo fue para los hebreos (cf. Gál 3, 24). La filosofía es una preparación que pone en camino al hombre que ha de recibir la perfección por medio de Cristo...

No hay nada de extraño en el hecho de que la filosoíia sea un don de la divina Providencia, como propedéutica para la perfección que se alcanza por Cristo, con tal que no se avergüence de la sabiduría bárbara, de la que la filosofía ha de aprender a avanzar hacia la verdad... .

De la misma manera que recientemente, a su debido tiempo, nos vino la predicación (del Evangelio), así a su debido tiempo fue dada la ley y los profetas a los bárbaros, y la filosofía a los griegos, para ir entrenando los oídos de los hombres en orden a aquella predicación....

La filosofía es también un don de Dios.

Si decimos, como se admite universalmente, que todas las cosas necesarias y útiles para la vida nos vienen de Dios, no andaremos equivocados. En cuanto á la filosofía, ha sido dada a los griegos como su propio testamento, constituyendo un fundamento para la filosofía cristiana, aunque los que la practican de entre los griegos se hagan voluntariamente sordos a la verdad, ya porque menosprecian su expresión bárbara, ya también porque son conscientes del peligro de muerte con que las leyes civiles amenazan a los fieles. Porque, igual que en la filosofía bárbara, también en la griega «ha sido sembrada la cizaña» (cf. Mt 13, 25) por aquel cuyo oficio es sembrar cizaña. Por esto nacieron entre nosotros las herejías juntamente con el auténtico trigo, y entre ellos, los que predican el ateísmo y el hedonismo de Epicuro, y todo cuanto se ha mezclado en la filosofía griega contrario a la recta razón, son fruto bastardo de la parcela que Dios había dado a los griegos...

Cuando hablo de filosofía, no me refiero a la estoica, o a la platónica, o a la de Epicuro o a la de Aristóteles, sino que me refiero a todo lo que cada una de estas escuelas ha dicho rectamente enseñando la justicia con actitud científica y religiosa. Este conjunto ecléctico es lo que yo llamo filosofía...

Algunos que se creen bien dotados piensan que es inútil dedicarse ya sea a la filosofía o a la dialéctica, y aun adquirir el conocimiento de la naturaleza, sino que se adhieren a la sola fe desnuda, como si creyeran que se puede empezar en seguida a recoger las uvas sin haber tenido ningún cuidado de la viña. Pero la viña representa al Señor (Jn 15, 1): no se pueden recoger sus frutos sin haber practicado la agricultura según la razón (logos); hay que podar, cavar, etc..

En qué sentido la filosofía contribuye a la fe.

La claridad contribuye a la transmisión de la verdad, y la dialéctica a no dejarse arrollar por las herejías que se presenten. Pero la enseñanza del Salvador es perfecta en Sí misma y no necesita de nada, pues es fuerza y sabiduría de Dios (cf. 1 Cor 1, 24). Cuando se le añade la filosofía griega, no es para hacer más fuerte su verdad, sino para quitar las fuerzas a las asechanzas de la sofística y poder aplastar toda emboscada insidiosa contra la verdad. Con propiedad se la llama «empalizada» y «muro» de la viña. La verdad que está en la fe es necesaria como el pan para la vida, mientras que aquella instrucción propedéutica es como el condimento y el postre...

La fe es algo superior al conocimiento, y es su criterio.

Hay muchas cosas que, sin tender directamente al fin perseguido, concurren en dar autoridad al que se afana por él. En particular, la erudición sirve para recomendar a la confianza de los oyentes el que expone las verdades particularmente importantes: ella provoca la admiración en el espíritu de los discípulos, y así conduce a la verdad... .

Aunque la filosofía griega no llega a alcanzar la verdad en su totalidad, y, además, no tiene en sí fuerza para cumplir el mandamiento del Señor, sin embargo, prepara al menos el camino para aquella enseñanza que es verdaderamente real en el mejor sentido de la palabra, pues hace al hombre capaz de dominarse, moldea su carácter y lo predispone para la aceptación de la verdad .

Por así decirlo, la filosofía griega facilita al alma la purificación preliminar y el entrenamiento necesario para poder recibir la fe: y sobre esta base la verdad edifica la estructura del conocimiento ,

Los filósofos y el conocimiento de Dios.

Sobre mí se lanza la avalancha de filósofos, como fantasma acompañado de huéspedes divinos con sombras extrañas, contando sus mitos como cuentos de vieja. Lejos de mí aconsejar a los hombres que presten oído a tales discursos: ni siquiera a nuestros propios pequeños cuando lloriquean, como suele decirse, acostumbramos a contarles tales fábulas para apaciguarlos, pues tememos que con ellas creciera la impiedad que predican estos supuestos sabios, que en realidad no conocen de la verdad más que un niño. En nombre de la verdad, ¿por qué me muestras a los de tu fe arrastrados por el ímpetu violento en un torbellino sin orden? ¿Por qué me llenas la vida de vanas imágenes, pretendiendo que son dioses el viento y el aire y el fuego y la tierra y las piedras, la madera y el hierro, llamando dioses al mismo mundo, las estrellas, los astros errantes? En realidad vosotros sois hombres errantes, con astrología de charlatanes, que no es astronomía, sino palabrería sobre las estrellas. Yo busco al Señor de los vientos, al dueño del fuego, al creador del mundo, al que da su luz al sol: busco a Dios, no las obras de Dios.

¿Qué ayuda me das tú para esta búsqueda? Porque no he llegado a descartarte absolutamente. ¿Me das a Platón? Bien. Dime, Platón: ¿Cómo hallaremos la huella de Dios? «Es trabajoso encontrar al padre y hacedor de este universo; y aunque uno lo encontrara, no podría manifestarlo a todos» (Tim 28c). Y esto, ¿por qué?, en nombre de Dios. «Porque es absolutamente inefable» (Carta VlI, 341c; cf. Ley. 821a). Platón, has llegado ciertamente a tocar la verdad, pero no has de cejar. Emprende conmigo la búsqueda del bien. Todos los hombres, y de manera particular los que se dedican al estudio, están empapados de ciertas gotas de origen divino. Por esto, aun sin quererlo, confiesan qué Dios es uno, imperecedero e inengendrado, que está en cierto lugar superior sobre la bóveda del cielo, en su observatorio propio y particular en el que tiene su plenitud de ser eterno (cf. Tim. 52a; Fedr. 247c; Polít, 272e). Dice Eurípides (fr. 1129): «Dime, ¿cómo hay que imaginarse a Dios? Es el que, sin ser visto, lo ve todo.» En cambio, me parece que Menandro se equivocó cuando dijo (fr. 609): «Oh Sol, hemos de adorarte como el primero de los dioses, pues por ti los otros dioses pueden ver.» No es el sol el que nos mostrará jamás al dios verdadero, sino el Logos, saludable sol del alma, que al surgir interiormente en la profundidad de nuestra mente es el único capaz de iluminar el ojo del alma (cf. Plat. Rep. Vl1, 533d)...

Platón se refiere a Dios con palabras enigmáticas, de la siguiente manera: «Todas las cosas están alrededor del rey de todas las cosas, y esto es la causa de todo lo que es bello» (Carta II, 312e). ¿Quién es el rey de todas las cosas? Dios, que es la medida de la verdad de los seres. Ahora bien, así como el objeto que es medido es abarcado por la medida, así la verdad queda medida y abarcada por el techo de conocer a Dios. Dice Moisés, hombre en verdad santo: «No tendrás en tu saco un peso y otro peso, uno grande y otro pequeño, ni tendrás en tu casa una medida grande y otra pequeña, sino que tendrás un peso verdadero y justo» (Dt 25, 13-15; cf. Fil. de Somn. II, 193ss): es que él supone que Dios es el peso y la medida y el número de todas las cosas. Las imitaciones injustas e inicuas están escondidas en casa en el saco, que es como decir en la inmundicia del alma. Pero la única medida justa es el único Dios verdadero, que, siempre igual a si mismo y siempre de la misma manera mide y pesa todas las cosas, pues, como en una balanza, abarca todas las cosas de la naturaleza, y las mantiene en equilibrio. Según un relato antiguo, «Dios tiene en su mano el principio y el fin y el medio de todas las cosas, y se dirige directamente a su fin, avanzando según la naturaleza de cada una. Le acompaña siempre la justicia, vengadora de los que dejan de cumplir la ley de Dios» (Orac. Sibil. 3, 586-8; 590-4).

Ahora bien, Platón: ¿De dónde te viene esta alusión a la verdad? ¿Quién te proporciona la abundancia de razones con las que vaticinas la religión? Las razas bárbaras, dice, tienen más sabiduría que éstas (cf. Fedr. 78a; id. en Clem Strom. I, 15,66,3). Aunque quieras ocultarlos, conozco a tus maestros. Aprendes la geometría de los egipcios; la astronomía de los babilonios; tomas de los tracios los encantamientos saludables, y aprendes mucho de los asirios. Pero en lo que se refiere a las leyes verdaderas y a las opiniones acerca de Dios, has encontrado ayuda en los mismos hebreos...

«Fides quaerens intellectum.»

Afirmamos que la fe no es inoperante y sin fruto, sino que ha de progresar por medio de la investigación. No afirmo, pues, que no haya que investigar en absoluto. Está dicho: «Busca y encontrarás» (cf. Mt 7, 7; Lc 12, 9)... Hay que aguzar la vista del alma en la investigación, y hay que purificarse de los obstáculos de la emulación y la envidia, y hay que arrojar totalmente el espíritu de disputa, que es la peor de las corrupciones del hombre... Es evidente que el investigar acerca de Dios, si no se hace con espíritu de disputa, sino con ánimo de encontrar, es cosa conducente a la salvación. Porque está escrito en David: «Los pobres se saciarán, y quedarán llenos, y alabarán al Señor los que le buscan: su corazón vivirá por los siglos de los siglos» (Sal 21, 27). Los que buscan, alabando al Señor con la búsqueda de la verdad, quedarán llenos con el don de Dios que es el conocimiento, y su alma vivirá. Porque lo que se dice del corazón hay que entenderlo del alma que busca la vida, pues el Padre es conocido por medio del Hijo. Sin embargo no hay que dar oídos indistintamente a todos los que hablan o escriben... «Dios es amor» (1 Jn 4, 16), y se da a conocer a los que aman. Asimismo. «Dios es fiel» (I Cor 1, 9; 10, 13), y se entrega a los fieles por medio de la enseñanza. Es necesario que nos familiaricemos con él por medio del amor divino, de suerte que habiendo semejanza entre el objeto conocido y la facultad que conoce, lleguemos a contemplarle; y así hemos de obedecer al Logos de la verdad con simplicidad y puridad, como niños obedientes... «Si no os hiciereis como esos niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3): allí aparece el templo de Dios, construido sobre tres fundamentos, que son la fe, la esperanza y la caridad...

La gnosis-cristiana.

La gnosis es, por así decirlo, un perfeccionamiento del hombre en cuanto hombre, que se realiza plenamente por medio del conocimiento de las cosas divinas, confiriendo en las acciones, en la vida y en el pensar una armonía y coherencia consigo misma y con el Logos divino. Por la gnosis se perfecciona la fe, de suerte que únicamente por ella alcanza el fiel su perfección. Porque la fe es un bien interior, que no investiga acerca de Dios, sino que confiesa su existencia y se adhiere a su realidad. Por esto es necesario que uno, remontándose a partir de esta fe y creciendo en ella por la gracia de Dios, se procure el conocimiento que le sea posible acerca de él. Sin embargo, afirmamos que la gnosis difiere de la sabiduría que se adquiere por la enseñanza: porque, en cuanto algo es gnosis será también ciertamente sabiduría, pero en cuanto algo es sabiduría no por ello será necesariamente gnosis. Porque el nombre de sabiduría se aplica sólo a la que se relaciona con el Verbo explícito (logos prophorikós). Con todo, el no dudar acerca de Dios, sino creer, es el fundamento de la gnosis. Pero Cristo es ambas realidades, el fundamento (la fe) y lo que sobre él se construye (la gnosis): por medio de él es el comienzo y el fin. Los extremos del comienzo y del fin—me refiero a la fe y a la caridad—no son objeto de enseñanza: pero la gnosis es transmitida por tradición, como se entrega un depósito, a los que se han hecho, según la gracia de Dios, dignos de tal enseñanza. Por la gnosis resplandece la dignidad de la caridad «de la luz en luz». En efecto, está escrito: «Al que tiene, se le dará más» (Lc 19, 26): al que tiene fe, se le dará la gnosis; al que tiene la gnosis, se le dará la caridad: al que tiene caridad. se le dará la herencia... 16.

La fe es, por así decirlo, como un conocimiento en compendio de las cosas más necesarias, mientras que la gnosis es una explicación sólida y firme de las cosas que se han aceptado por la fe, construida sobre ella por medio de las enseñanzas del Señor. Ella conduce a lo que es infalible y objeto de ciencia. A mi modo de ver, se da una primera conversión salvadora, que es el tránsito del paganismo a la fe, y una segunda conversión, que es el paso de la fe a la gnosis. Cuando esta culmina en la caridad, llega a hacer al que conoce amigo del amigo que es conocido... .

Dios se da a conocer a los que le aman.

«Dios es amor», y se da a conocer a los que aman. Asimismo, «Dios es fiel» y se entrega a los fieles por medio de la enseñanza. Es necesario que nos familiaricemos con él por medio del amor divino, de suerte que habiendo semejanza entre el objeto conocido y la facultad que conoce, lleguemos a contemplarle; y así hemos de obedecer al Logos de la verdad con simplicidad y puridad, como niños obedientes... «Si no os hiciereis como esos niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3): allí aparece e] templo de Dios, construido sobre tres fundamentos: que son la fe, la esperanza y la caridad... 18.

II. Escritura, gnosis, tradición.

Las Escrituras tienen un sentido escondido.

Acerca de nuestras Escrituras, se dice claramente en los Salmos que están escritas en parábolas... «Abriré mi boca en parábolas, y hablaré sentencias desde el comienzo» (Sal 77, 2). Y lo mismo dice aproximadamente el ilustre Apóstol: «Hablamos la sabiduría entre los perfectos: una sabiduría que no es de este mundo, ni de los que gobiernan este mundo, que son aniquilados, sino que hablamos la sabiduría de Dios, que está oculta en el misterio. Dios la determinó antes de los siglos para gloria nuestra, y ninguno de los que gobiernan este mundo la conoció, porque si la hubieran conocido, no hubieran crucificado al Señor de la gloria» (I Cor 2, 6-8)... Y añade: «Predicamos, como está escrito, lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni logró penetrar en el corazón del hombre, a saber, lo que Dios preparó para los que le aman. Esto nos lo ha revelado Dios por medio del Espiritu. Porque el Espíritu lo investiga todo, hasta las profundidades de Dios» (Ibid. 9-10). Sabía que el que es espiritual y tiene conocimiento, es discípulo del Espiritu Santo, que ha recibido de Dios el conocer la mente de Cristo. «En cambio, el hombre animal no admite las cosas del Espíritu, que son para él una locura» (1 Cor 2, 14). Ahora bien, el Apóstol, para contraponer a la fe común la perfección del conocimiento (gnostiké teleiotes), llama a aquélla a veces «fundamento» y a veces «leche»... «Os he dado leche, no manjar sólido» (I Cor 3, 2)... «Como buen arquitecto he puesto un fundamento: otro vendrá a edificar con oro, y plata, y piedras preciosas» (1 Cor 3, 10); esto es lo que el conocimiento edifica sobre la base de la fe en Jesucristo.

En cambio, lo que levantan los herejes es «paja, leña y hierba: y el fuego mostrará cuál fuere la obra de cada uno» (ibid.). Igualmente, en la epístola a los Romanos, aludiendo a la construcción del conocimiento dice: «Tengo gran deseo de veros, a fin de comunicaros alguna gracia espiritual que os haga más fuertes» (Rm 1, 11). Es que no podían enviarse abiertamente por carta las gracias de este género... .

Profundidad del sentido de la Escritura.

Los que sabemos bien que el Salvador no dice nada de una manera puramente humana, sino que enseña a sus discípulos todas las cosas con una sabiduría divina y llena de misterios, no hemos de escuchar sus palabras con un oído carnal, sino que, con un religioso estudio e inteligencia, hemos de intentar encontrar y comprender su sentido escondido. En efecto, lo que el mismo Señor parece haber expuesto con toda simplicidad a sus discípulos no requiere menos atención que lo que les enseñaba en enigmas; y aun ahora nos encontramos con que requieren un estudio más detenido, debido a que hay en sus palabras una plenitud de sentido que sobrepasa nuestra inteligencia... Lo que tiene más importancia para el fin mismo de nuestra salvación, está como protegido por el envoltorio de su sentido profundo, maravilloso y celestial, y no conviene recibirlo en nuestros oídos de cualquier manera, sino que hay que penetrar con la mente hasta el mismo espiritu del Salvador y hasta lo secreto de su mente...

El misterio cristiano está reservado a pocos y a la palabra viva.

El Señor no reveló a muchos lo que no estaba al alcance de muchos, sino a unos pocos, a los que sabía que estaban preparados para ello, a los que sabía que podían recibir la palabra y configurarse con ella. Los misterios, como el mismo Dios, se confían a la palabra (viva), no a la letra. Y si alguno objeta que está escrito que «nuda hay oculto que no haya de manifestarse, ni escondido que no haya de revelarse» (Mt 10, 20), le diremos que la misma palabra divina anuncia que el secreto será revelado al que lo escucha en secreto, y que lo oculto será hecho manifiesto al que es capaz de recibir la tradición transmitida de una manera oculta, como la verdad. De esta suerte, lo que es oculto para la gran masa, será manifiesto para unos pocos. ¿Por qué no todos conocen la verdad? ¿Por qué no es amada la justicia, si ella está en todo el mundo? Es que los misterios se comunican de manera misteriosa, para que estén en los labios del que habla y de aquel a quien se habla; o, mejor dicho, no en el sonido de la voz, sino en la inteligencia de la misma. Dios concedió, en efecto, a la Iglesia, «que unos fueran apóstoles, otros profetas, otros evangelistas, otros pastores y maestros, para perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo» (Ef 4, 14) 21.

La paradosis-gnosis no está al alcance de todo el mundo.

Puesto que la tradición (paradosis) no es cosa vulgar y al alcance de todos—al menos cuando uno es capaz de ver la sublimIdad de su enseñanza—hay que mantener velada «la sabiduría que se expresa en el misterio» (1 Cor 2, 7), la cual enseñó el Hijo de Dios. Ya el profeta Isaías purificó su lengua con el fuego a fin de poder explicar su visión; y nosotros hemos de purificar no sólo nuestra lengua, sino también nuestros oídos si es que intentamos participar en la verdad. Por esto tenía yo reparos para escribir, y todavía ahora procuro andar con cautela para no «echar las perlas preciosas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus pies y se vuelvan y os despedacen» (Mt 7, 6). Porque es peligroso mostrar las enseñanzas perfectamente puras y limpidas acerca de la luz verdadera ante oyentes porcinos e incultos. Para el vulgo nada hay más ridículo que esta suerte de lecciones, así como, por el contrario, nada hay más maravilloso y más inspirado para los espíritus nobles. «El hombre animal no es capaz de recibir lo que es del Espíritu de Dios, ya que, para él es locura» (I Cor 2, 141. «Los sabios no sacan de la boca lo que dialogan en el consejo» (cf. Prov 24, 7). Con todo, dice el Señor, «lo que oís al oído, predicadlo sobre los tejados» (Mt 10, 27). Con esto nos manda recibir las tradiciones ocultas del verdadero conocimiento (gnosis) interpretándolas en toda su profundidad y sublimidad, de suerte que así como las hemos oído en nuestros oídos las transmitamos a quienes se deben transmitir; pero no que las publiquemos sin más a todos explicando lo que a ellos se les ha dicho en parábolas. En realidad, la disposición de estas notas hace que contengan la verdad de una manera desparramada y dispersa, como las semillas en la sementera. Así no estarán al alcance de los que andan picoteando como los grajos. Pero, si tienen la suerte de encontrar un buen agricultor, cada grano brotará y fructificará en trigo .

Gnosis cristiana y tradición.

Si admitimos que el mismo Cristo es sabiduría que actúa mediante la actuación de los profetas, por medio de la cual puede uno aprender la tradición gnóstica de la misma manera con que él durante su vida enseñó a los santos apóstoles, la gnosis será una sabiduría que consiste en un conocimiento y una comprensión de las realidades presentes, futuras y pasadas, con la seguridad y firmeza que le confiere el hecho de haber sido entregado y revelado por el hijo de Dios. Y naturalmente, si el fin del sabio es la contemplación, el que es todavía filósofo —aspirante a sabio— tiende hacia la sabiduría divina, pero no la ha alcanzado todavía, a no ser que reciba como discípulo la voz profética aclarada para él, mediante la cual llegue al conocimiento de cómo son, fueron y serán las cosas presentes, futuras y pasadas. Esta gnosis fue entregada por vía no escrita a algunos de los apóstoles y nos llegó por transmisión de generaciones sucesivas .

Clemente Alejandrino, transmisor de una tradición apostólica.

Esta obra no es un escrito compuesto con arte para ostentación, sino unas notas para el recuerdo, tesoro para mi vejez, remedio contra el olvido, un simple reflejo y esbozo de aquellos discursos brillantes y llenos de vida de aquellos hombres bienaventurados verdaderamente dignos de ser oídos, a los que yo tuve el honor de escuchar... Ellos conservaron la tradición verdadera de la enseñanza bienaventurada que procedía directamente de Pedro, y Santiago, y Juan, y Pablo, de los santos apóstoles, recibida de padres a hijos, aunque son pocos los hijos semejantes a sus padres. Y así ellos por la gracia de Dios depositaron en nosotros aquella semilla que se remontaba en su origen a los padres y a los apóstoles. Tengo por cierto que los lectores se alegrarán, no de esta exposición en sí misma, sino de la fidelidad vigilante de estas indicaciones. Porque pienso que el modelo del alma que desea guardar la bienaventurada tradición sin que se pierda gota de ella es el que se expresa en estas palabras: «EI hombre que ama la sabiduría dará alegría al corazón de su padre» (Prov 29, 3). Los pozos de los que se saca agua, la dan más limpia; aquellos de los que nada se saca, se corrompen. Igualmente, el hierro se conserva brillante por el uso, mientras que el desuso produce el orín; y, en general, se puede decir que el ejercicio es causa de la buena disposición de las almas y de los cuerpos. «Nadie enciende una lámpara y la coloca debajo de un celemín» (Mt 5, 15), sino sobre el candelero, para alumbrar a los que han sido dignos del banquete común. ¿De qué sirve una sabiduría que no es capaz de hacer sabio al que puede oirla? Aun el Salvador siempre está salvando, y siempre está actuando, como ve que hace su Padre. Cuando uno enseña es cuando más aprende, y al hablar se convierte uno muchas veces en oyente de los que le oyen. «Porque uno es el Maestro» (Mt 23, 8) tanto del que habla como del que oye, y es el manantial lo mismo de la inteligencia que de la palabra... .

Poniendo por delante la Escritura, presentaremos los temas anunciados de antemano por el profeta, buscando el significado de cada una de las perícopas, poniendo todo el empeño en mostrar el camino del conocimiento, de acuerdo con la regla de la verdad. Porque, ¿no es verdad que en la visión que tuvo Hermas, la potencia que se le presentó como figura de la Iglesia le dio el libro para que lo copiase con el intento de que fuera comunicado a los elegidos? Y él dice que lo copió letra por letra, sin poder comprender las silabas (cf. Herm. Vis. II, 3ss), con lo cual mostraba que la letra estaba clara para todos y permitía una simple lectura literal: esta es la fe que consta del orden de los elementos o letras, significada por la lectura literal. Pero la exposición gnóstica de la Escritura, que se da cuando la fe está ya más avanzada, podemos compararla a la lectura según las silabas. El mismo profeta Isaías recibe la orden de escribir un libro nuevo (cl. Is 8, 1), cuyo sentido santo sería dado más tarde por la acción profética del Espiritu mediante la explicación de la letra; pero hasta aquel momento permanecia todavía sin escribir, ya que todavía no había sido conocido. Y fue manifestado desde un principio sólo a los que eran capaces de comprenderlo. Y luego, después que el Salvador enseñó a los apóstoles, se ha ido ya transmitiendo hasta nosotros la tradición no escrita acerca de lo que estaba escrito, tradición escrita en corazones nuevos y para renovación de lo escrito por el poder de Dios .

III. El Logos revelador e iluminador.

Dios es en sí incomprensible, pero llegamos a conocerle por gracia y por su Palabra.

Dice Juan el apóstol, refiriéndose al invisible e inexpresable seno de Dios: «A Dios nadie le vio jamás, pero el Dios unigénito, el que está en el seno del Padre, éste lo explicó» (Jn 1, 18ss). Por eso algunos lo llamaron abismo, pues aunque abarca y contiene en su seno todas las cosas, es ininvestigable e interminable. Que Dios es sumamente difícil de aprehender se muestra en el discurso siguiente: Si la causa primera de cualquier cosa es difícil de descubrir, la causa absoluta y suprema y más originaria, siendo la causa de la generación y de la continuada existencia de todas las demás cosas, será muy difícil de describir. Porque ¿cómo podrá ser expresable lo que no es ni género, ni diferencia, ni especie, ni individuo, ni número, así como tampoco accidente o sujeto de accidentes? No se le puede llamar adecuadamente «el Todo», porque el todo se aplica a lo extenso, y él es más bien el Padre del todo. Ni se puede decir que tenga partes, porque lo Uno es indivisible, y por ello es también infinito, no en el sentido de que sea ininvestigable al pensamiento, sino en el de que no tiene extensión o limites. Como consecuencia, no tiene forma ni nombre. Y aunque a veces le demos nombres, éstos no se aplican en sentido estricto: cuando le llamemos Uno, Bien, Inteligencia, Ser en sí, Padre, Dios, Creador, Señor, no le damos propiamente un nombre, sino que, no pudiendo otra cosa, hemos de usar estas apelaciones honoríficas a fin de que nuestra mente pueda fijarse en algo que no ande errante en cualquier cosa. Cada una de estas denominaciones no es capaz de designar a Dios, aunque tomadas todas ellas en su conjunto muestran la potencia del Omnipotente. Las descripciones de una cosa se dicen con referencia a las cualidades de la misma, o a las relaciones de ésta con otras: pero nada de esto puede aplicarse a Dios. Dios no puede ser aprehendido por ciencia demostrativa, porque ésta se basa en verdades previas y ya conocidas, pero nada es previo al que es inengendrado. Sólo resta que el Desconocido llegue a conocerse por gracia divina y por la Palabra que de él procede... .

El Hijo es uno y todo, principio y fin.

Dios, no siendo objeto de demostración, no es tampoco objeto de ciencia; en cambio el Hijo es sabiduría, y ciencia, y verdad y todo lo que es afín a estas cosas, y así es objeto de demostración y de explicación. Todas las potencias del Espíritu (= la divina naturaleza) reunidas en una unidad completan la noción de Hijo, pero éste no queda completamente expresado con nuestra concepción de cada una de sus potencias. Porque él no es simplemente uno como unidad, ni muchos como divisible en partes, sino que es uno en el que todo se hace uno, y, por tanto, es también todo. Es la órbita de todas las potencias que se mueven hacia el uno y que en él se unifican. Por esto es llamado «alfa y omega» (Ap 1, 8), el lugar único donde el fin se hace principio, y de nuevo vuelve a hacerse fin para convertirse de nuevo en principio, sin solución alguna de continuidad... .

El Hijo está sobre todas las cosas.

La naturaleza del Hijo es perfectísima, santísima, absolutamente soberana, llena de autoridad, real y benefactora: es lo más afín al Único todopoderoso. Él es la suma preeminencia, que ordena todas las cosas según la voluntad del Padre, que guía debidamente todas las cosas y actúa en todas ellas con poder eficaz e infatigable, penetrando en los más ocultos pensamientos a través de su actividad. Porque el Hijo no abandona jamás su atalaya observadora: no está dividido ni partido, ni anda de lugar en lugar, sino que está siempre en todas partes, y no está circunscrito a ningún lugar determinado. Todo él es mente, todo él luz del Padre, todo ojo, que contempla todas las cosas, las oye todas, las conoce todas, penetrando las facultades con su poder. Todo el ejército de ángeles y de dioses le está sujeto a él, el Logos del Padre que ejecuta por sí mismo el designio divino, porque aquél lo ha sometido todo a él .

Las diversas funciones del Logos.

Tres cosas hay en el hombre: sus hábitos, sus acciones y sus pasiones. El Logos protréptico o convertidor es el que ha tenido cuidado de sus hábitos: como guía de la religión, está subyacente al edificio de la fe, a la manera de la quilla en un barco. Por él nos hemos llenado de gozo, habiendo sacudido las viejas opiniones y habiéndonos rejuvenecido con la salvación Con el profeta cantamos: «Cuáni bueno es Díos para Israel, para los rectos de corazón» (Sal 72, 1). En cuanto a las acciones, es el Logos consejero el que las gobierna todas. Por lo que se refiere a las pasiones, el Logos apaciguador es el que las cura. Este Logos es en todos los casos uno y el mismo, arrancando al hombre de sus hábitos naturales y mundanos y conduciéndolo como un pedagogo a la salvación sin par que está en la fe en Dios. Asi pues, este guía celestial que es el Logos, cuando llama a la salvación recibe el nombre de Protréptico o convertidor... Cuando cura y aconseja e... incita al que ya se ha convertido, en suma, cuando promete la curación de nuestras pasiones, podemos llamarle con el solo nombre muy apropiado de Pedagogo. Porque el pedagogo no se ocupa de la instrucción, sino de la educación, y su fin no es enseñar, sino hacer al alma mejor, guiándola en la vida de la virtud, no en la de la ciencia. Evidentemente, el mismo Logos será también maestro, pero en otro momento. Porque el Logos que enseña es el que declara y revela las verdades doctrinales, mientras que previamente el Pedagogo se ocupó de la vida práctica, ordenando nuestras costumbres... Interesado, pues, en llevarnos por los peldaños de nuestra salvación, el Logos, que en todo muestra su amor para con los hombres, pone por obra un programa excelente para educarnos eficazmente: primero nos convierte, luego nos educa como un pedagogo, y finalmente nos enseña como maestro...

El Logos, médico del alma.

El Logos, nuestro pedagogo, cura con sus consejos las pasiones del alma que son contra la naturaleza. En sentido propio, se llama medicina al cuidado de las enfermedades del cuerpo, y se trata de un arte que se enseña por sabiduría humana. Pero el Logos del Padre es el único médico de las enfermedades morales del hombre, facultativo y sagrado encantador del alma enferma... Según Demócrito, «la medicina cura las enfermedades del cuerpo, pero la sabiduría libera de sus pasiones al alma» (fr. 31 Diels). Pero nuestro buen Pedagogo, sabiduría y Logos del Padre. y creador del hombre, cuida de su creatura en su totalidad, y cura lo mismo su cuerpo que su alma, como médico del género humano capaz de curarlo todo. «Levántate», dice el Salvador, «toma la camilla sobre la que yaces, y vete a tu casa» (cf. Mt 9, 6): y al punto se sintió fuerte el enfermo. Y al muerto le dice: «Lázaro, sal fuera» (Jn 11, 43): y salió de la tumba el muerto, tal corno era antes de morir, ensayándose así para la resurrección. Y es cierto que también cura al alma en sí misma con sus preceptos y sus gracias: tal vez es tardo en dar recetas, pero en sus gracias es abundante: Perdonados te son tus pecados» (Lc 5, 20), nos dice a los pecadores que somos nosotros.

Nosotros, con su solo pensamiento, fuimos hechos niños, y recibimos de su fuerza ordenadora nuestro puesto, el mejor y el más seguro. En efecto, primero se ocupó del mundo y del cielo y del curso circular del sol y de los demás astros: todo para el hombre; y luego, se ocupa del hombre mismo, en el cual vuelca todo su afán. Y considerando que ésta es su obra suprema, dispuso su alma dotada de inteligencia y de sabiduría, y su cuerpo adornado con belleza y armonía; y por lo que se refiere a las actividades del hombre, le infundió con su soplo la rectitud y el orden que le eran propios .

Dios es amor. y el Hijo es engendrado por el amor.

Contemplad los misterios del amor, y podréis contemplar el seno del Padre, que sólo su Hijo unigénito ha revelado. Porque la esencia de Dios es amor, y fue por amor como se hizo manifiesto a nosotros. Es padre en cuanto que es inefable, pero es madre en cuanto nos ama. Porque, por su amor, el Padre se hizo mujer, como se muestra por el hecho de que engendró de sí mismo a este hijo único, ya que el fruto que nace del amor es amor. Por esta razón el Hijo en persona vino a la tierra, se revistió de humanidad y sufrió voluntariamente la condición humana. Quiso someterse a las condiciones de debilidad de aquellos a quienes amaba, porque quería ponernos a nosotros a la altura de su propia grandeza. Y cuando iba a ser derramado en libación, ofreciéndose a sí mismo como rescate, nos dejó un nuevo testamento: «Yo os doy mi amor.» ¿Qué género de amor es éste? ¿Cuáles son sus dimensiones? Por cada uno de nosotros entregó él una vida que valía lo que todo el universo, y en retorno nos pide que entreguemos nuestras vidas el uno por el otro...

La pedagogía del Logos.

El Pedagogo es el Logos que nos conduce a nosotros, niños, a la salvación. El mismo Logos lo ha dicho claramente acerca de si mismo por boca de Oseas: «Yo soy vuestro educador» (Os 5. 2 LXX). Ahora bien, la pedagogía consiste en la vida piadosa, que es un aprendizaje de cómo servir a Dios, una instrucción para el conocimiento de la verdad y una recta educación que conduce hasta el cielo. Hay muchas clases de pedagogía... pero la pedagogía de Dios es la que indica el camino recto de la verdad que lleva a la visión de Dios, la que indica las obras santas que permanecen eternamente. Como el general guía a su falange, preocupado por la salvación de sus mercenarios, y como el piloto gobierna la nave con voluntad de conservar salvos a los pasajeros, así también el Pedagogo conduce a los niños a un modo de vida saludable, solícito de nuestras personas. En general, todo cuanto nosotros podemos pedir razonablemente a Dios, lo alcanzaremos obedeciendo a nuestro Pedagogo. Y así como el piloto no siempre cede a los vientos, sino que a veces hace proa a ellos y se enfrenta a la borrasca, así nuestro Pedagogo no cede a veces a los vientos que soplan en este mundo, ni deja al niño al arbitrio, como se abandona una nave, para que se destruya con una vida bestial y licenciosa; al contrario, sólo sigue bien equipado al soplo de la verdad, y se agarra con gran fuerza al timón del niño—me refiero a sus oídos—hasta el momento en que pueda atracar sano y salvo en el puerto de los cielos. Porque la educación recibida de los padres, como la llaman, pasa con facilidad; pero la formación que viene de Dios es una posesión que permanece para siempre...

...Nuestro pedagogo es Jesús, Dios santo, Logos conductor de la humanidad entera. El mismo Dios que ama a los hombres se hace Pedagogo... .

El Logos iluminador.

¡Salve, luz! Desde el cielo brilló una luz sobre nosotros, que estábamos sumidos en la oscuridad y encerrados en la sombra de la muerte; luz más pura que el sol, más dulce que la vida de aquí abajo. Esa luz es la vida eterna y todo lo que de ella participa vive, mientras que la noche teme a la luz y, ocultándose de miedo, deja el puesto al día del Señor. El universo se ha convertido en luz indefectible, y el occidente se ha transformado en oriente. Esto es lo que quiere decir la «nueva creación»: porque el «sol de justicia» que atraviesa en su carroza el universo entero, recorre asimismo la humanidad imitando a su Padre, «que hace salir el sol sobre todos los hombres» (Mt 5, 45) y derrama el rocío de la verdad. Él fue quien cambió el occidente en oriente; quien crucificó la muerte a la vida; quien arrancó al hombre de su perdición y lo levantó al cielo, trasplantando la corrupción en incorruptibilidad y transformando la tierra en cielo, como agricultor divino que es, que «muestra los presagios favorables, excita a los pueblos al trabajo» del bien, recuerda las subsistencias de verdad, nos da la herencia paterna verdaderamente grande, divina e imperecedera; diviniza al hombre con una enseñanza celeste, «da leyes a su inteligencia y las graba en su corazón...

La salvación se extiende a todos los hombres de todos los tiempos.

El Evangelio dice que muchos cuerpos de los que habían muerto resucitaron (cf. Mt 27, 52), evidentemente para pasar a un estado mejor. En aquel momento tuvo lugar una especie de movimiento general y de cambio, como consecuencia de la dispensación del Salvador: porque un justo no se distingue de otro justo en lo que se refiere a la justicia, ya sea judío o griego. Dios es Señor, no sólo de los judíos, sino de todos los hombres, aunque está más cerca como Padre de aquellos que han llegado a conocerle. Si el vivir rectamente es lo mismo que vivir según la ley, y el vivir según la razón es lo mismo que vivir en la ley, los que vivieron rectamente antes de la ley eran considerados como que tenían la fe, y eran juzgados como justos. Parece claro que los que estaban fuera de la ley a causa de sus peculiares condiciones de vida, si habían vivido rectamente, aunque estuvieran en la prisión del Hades, al oir la voz del Señor—ya fuera ella misma, ya la que se hacía oir por medio de los apóstoles—se habían de convertir al punto y creer. Porque hemos de recordar que el Señor es el poder de Dios, y el poder no está jamás sin fuerza. Esto muestra, a mi parecer, que Dios es ciertamente bueno, y que el Señor tiene poder para salvar con justicia y equidad a los que se convierten a él, ya vengan de acá o de otra parte. Porque la actividad de su poder no se manifiesta sólo aquí, sino que está operante siempre y en todas partes .

El Logos salvador.

Este es el Logos celestial, el verdadero competidor que será coronado en el concurso de todo el universo... ÉI canta el nombre eterno de la nueva meladía que lleva el nombre de Dios, el cántico nuevo, el de los levitas, «que aleja la tristeza y la ira, y hace olvidar todos los males» (Hom. Od. IV, 221), cántico en el que se ha mezclado una droga persuasiva, hechas de dulzura y de verdad...

El cantor de que yo hablo no se hace esperar: viene a destruir la amarga esclavitud de los demonios que nos tiranizan, cambiándola por el dulce y amable yugo de la piedad para con Dios. Él llama de nuevo a los cielos a aquellos que habían sido arrojados a la tierra. Él es el único que ha logrado jamás domesticar a los más fieros de los animales, los hombres: los volátiles, que son los frívolos; las serpientes, que son los embusteros; los leones. que son los violentos; los cerdos, que son los voluptuosos; los lobos, que son los rapaces. Los insensatos son piedra y madera: pero más insensible que las piedras es el hombre sumergido en el error. Venga a atestiguarlo la voz de los profetas, que concuerda con la de la verdad: ella gime sobre aquellos que consumen su vida en la ignorancia y la insensatez: «Poderoso es Dios para levantar de estas piedras hijos de Abraham» (Mt 3, 9). Él es el que, habiéndose apiadado de la ignorancia y del endurecimiento de los que se habían convertido en piedras con respecto a la verdad, suscitó una semilla de religión sensible a la virtud en aquellas naciones petrificadas, que habían puesto su fe en las piedras. En otra ocasión, llamó «raza de víboras» (Mt 3, 7) a ciertos hombres veneníferos, hipócritas doblados, que acechan contra la justicia: con todo, si una de estas serpientes se muestra dispuesta a convertirse, con seguir al Logos se convertirá en «hombre de Dios» (cf. 1 Tim 6, ll; 2 Tim 3, 17). A otros los presenta como «lobos vestidos con piel de oveja» (cf. Mt 7, 15) aludiendo a los que bajo formas humanas son rapaces. Pues bien, a todos estos animales en extremo salvajes, y a todas estas piedras, este encantamiento venido del cielo ha logrado cambiarlos en hombres mansos. «Porque—como dice la Escritura del Apóstol—también nosotros éramos en otro tiempo insensatos, indóciles, extraviados, esclavos de toda suerte de placeres y de apetitos, viviendo en el mal y en la envidia, aborrecidos y odiándonos los unos a los otros. Pero cuando se puso de manifiesto la bondad y el amor a los hombres de nuestro Salvador, Dios, obtuvimos la salvación, no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia» (Tit 3, 3-5). Ved la fuerza de este canto nuevo: de las piedras ha hecho hombres. De los animales salvajes ha hecho hombres. Y los que en cierto sentido estaban muertos por no participar de la vida verdadera, con sólo oir este canto volvieron a la vida.

El ha sometido el universo a un orden armonioso, reduciendo la disonancia de los elementos al orden de la armonía para que todo el mundo resuene así para él como un concierto. Ha dejado a la mar suelta, pero le ha prohibido invadir la tierra, solidificando a su vez la tierra flotante, fijándola como un muro divisorio frente al mar. Él ha dulcificado el ímpetu de la llama... y ha temperado la ruda frialdad del aire combinándolo con el fuego, fundiendo así armoniosamente estas dos voces extremas del universo... Y así, el Logos de Dios, descendiente de David que existía antes de David, despreciando la lira y la cítara, instrumentos inertes, armonizó con el Espiritu Santo nuestro mundo, y muy particularmente el microcos mos que es el hombre, en alma y cuerpo. De este instrumento de mil voces se sirve él para cantar a Dios, acompañándose en su canto de ese instrumento que es el hombre... David, el rey citarista del que hemos hablado hace poco, nos invitó a encontrar la verdad y a apartarnos de los ídolos... Y el Señor, soplando en este bello instrumento que es el hombre, lo configuró a su imagen: y él mismo es, por supuesto, un instrumento de Dios perfectamente armonioso, afinado y santo, sabiduría supraterrestre, Logos celestial.

¿Qué pretende, pues, este instrumento, el Logos de Dios, el Señor. con su cántico nuevo? Abrir los ojos a los ciegos y los oídos a los sordos, conducir a los lisiados y extraviados a la justicia, mostrar a Dios a los hombres insensatos, poner fin a la corrupción, triunfar de la muerte, reconciliar con el Padre a los hijos rebeldes. Este instrumento de Dios ama a los hombres: el Señor es misericordioso, enseña, exhorta, amonesta, salva, protege y nos promete además gratuitamente, como recompensa de nuestra docilidad el reino de los cielos, no queriendo él sacar otro provecho de nosotros, si no es nuestra salvación. Porque es el mal el que se ceba con la corrupción del hombre, mientras que la verdad, como la abeja, no ensucia cosa alguna y sólo se regocija con la salvación de los hombres. Ahi tienes, pues, la promesa: ahí tienes el amor a los hombres: ven a tener parte en este don '.

IV. El hombre.

El hombre, fin de la creación de Dios. El Señor viene con todo a nuestra ayuda, en todo nos es beneficioso, lo mismo como hombre que como Dios. Como Dios perdona nuestros pecados; como hombre, es nuestro educador, para que no pequemos. Es natural que el hombre sea objeto del amor de Dios, pues es creatura suya. Las demás cosas las hizo con su mero mandato: pero al hombre lo modeló con sus propias manos y le infundió con su soplo algo particular propio. Ahora bien, esta creatura hecha por él y a su propia imagen. o bien la hizo Dios como algo que era por sí mismo digno de elección, o como digno de elección en vistas a alguna otra cosa. Si el hombre es por si mismo un objeto digno de elección, Dios, siendo bueno, amó lo que era bueno, y se encuentra dentro del mismo hombre el encanto que atrae el amor de Dios, que es lo que se llama el soplo de Dios. Pero si el hombre es digno de elección en orden a otras cosas, Dios no hubiera tenido otra causa para crearlo que la de no poder hacer una creación buena si no existía el hombre, de suerte que (por ella) pudiese el hombre llegar al conocimiento de Dios. La fuerza que Dios tenía oculta, la de su voluntad, Dios la llevó a su plenitud por el poder con que creó fuera de sí: tomó del hombre lo que había hecho, es decir, el hombre, y vio lo que tenia e hizo lo que quiso, pues no hay nada que Dios no pueda. Pues bien, el hombre que es criatura de Dios es algo digno de elección por sí mismo, y lo que es digno de elección por sí mismo está acomodado a aquel para quien es digno de elección por sí mismo, que se complace en ello y lo ama. Pero, lo que es digno de ser amado por alguien, ¿no será amado de él? Está claro que el hombre es digno de ser amado, y que, por tanto, es amado de Dios. ¿Y cómo no sería amado aquel por quien el Unigénito ha sido enviado desde el seno del Padre, el Logos de nuestra fe? Razón de nuestra fe es él eminentemente, pues lo proclama claramente él mismo cuando dice: «El Padre mismo os ama porque vosotros me habéis amado» (Jn 16, 27); y en otro lugar: «Los has amado como a mí me has amado» (Jn 17, 23).

¿Qué es, pues, lo que quiere el Pedagogo? ¿Qué nos promete? Con sus obras y con sus palabras, nos prescribe lo que hemos de hacer y nos aparta de lo contrario. Esto está claro... Conviene que nosotros devolvamos amor por nuestra parte a aquel que con amor nos guía hacia la vida mejor; que vivamos según los preceptos de su voluntad, no sólo cumpliendo lo mandado o evitando lo prohibido, sino también cumpliendo por un principio de semejanza las obras del Pedagogo, apartándonos de algunos ejemplos, y al contrario imitando otros lo mejor posible. Así se cumplirá aquello de «a imagen y semejanza suya» (Gén 1, 26). Porque, como sumidos en una tiniebla profunda, necesitamos de un guía infalible y exacto. Y el mejor guía, como dice la Escritura, no es el ciego que lleva a los ciegos al abismo, sino el Logos de mirada aguda, que penetra los corazones. Y así como no es luz la que no ilumina, ni es motor lo que no mueve, ni es amante el que no ama, tampoco es bueno el que no hace bien y no conduce a la salvación. Amemos los pre ceptos del Señor con las obras: el mismo Logos, haciéndose carne, claramente nos ha mostrado que la misma virtud es a la vez práctica y teorética. Tomemos en consecuencia al Logos como ley, y reconozcamos que sus preceptos y consejos son atajos rápidos hacia la eternidad. En efecto, sus mandatos se han de cumplir por convencimiento, y no por temor .

El hombre hecho para conocer a Dios.

¿Cómo podré subir hasta los cielos? El camino es el Señor (cf. 206 Jn 14, 6). Es un camino estrecho, pero viene del cielo y lleva al cielo. Un camino estrecho, que es despreciado sobre la tierra, pero un camino ancho que es adorado en los cielos. Por lo demás, al que no ha oído al Logos se le puede perdonar su error que proviene de la ignorancia. Pero el que ha oído con sus oídos y no ha oído con su alma incurre en culpable falta de fe, y cuanto mayor sea su inteligencia, mayor será su culpabilidad en el mal, ya que su conciencia le servirá de acusador por no haber escogido lo mejor. Porque el hombre ha sido hecho por naturaleza para tener familiaridad con Dios. Y así como no forzamos al caballo para que are la tierra, ni al buey para ir de caza, sino que usamos cada uno de estos animales para aquello para lo cual fue hecho, así nosotros invitamos al hombre, hecho para la contemplación celestial, «planta celeste» (Plat. Tim 90a; cf. Protrépt. 25, 4) a que conozca a Dios. Apelamos así a lo que es más propio del hombre y más excelente, lo que le distingue de los demás animales, y le aconsejamos que se provea de un viático suficiente para la eternidad, viviendo piadosamente. Si eres labrador, decimos nosotros, trabaja la tierra, pero reconoce a Dios al trabajarla. Si te gusta navegar, navega, pero invoca al piloto celestial. ¿Que el conocimiento te encuentra en el ejército? Presta atención al general que te manda justamente...

Adán no fue creado perfecto, pero sí capaz de perfección.

Los herejes nos presentan la cuestión de si Adán fue creado perfecto o imperfecto. Porque si lo fue imperfecto, ¿cómo puede ser imperfecta la obra de un Dios perfecto, y más aún tratándose del hombre? Pero si era perfecto, ¿cómo traspasó el mandato? Nuestra respuesta es que no fue creado perfecto en su constitución, pero si dispuesto para recibir la perfección. Hay cierta diferencia entre tener capacidad para la virtud y poseerla. Dios quiere que nos salvemos por nosotros mismos, pues ésta es la naturaleza del alma, la de poder moverse por sí misma, Por lo demás, siendo nosotros racionales, y siendo la filosoíia cosa racional, hay cierto parentesco entre nosotros y ella. Ahora bien, la capacidad es un cierto movimiento hacia la virtud, pero no es la virtud misma: pero todos, como he dicho, están hechos para alcanzar la virtud. Lo que sucede es que unos se entregan más, y otros menos al aprendizaje y a la práctica de la misma. Por esto algunos llegan a alcanzar la virtud perfecta, mientras que otros se quedan en un cierto grado; y algunos, por su negligencia, aunque posean una óptima naturaleza, se pervierten en dirección contraria. Porque el conocimiento, que en importancia y en su relación con la verdad supera en mucho a las demás disciplinas, es la más difícil de alcanzar y requiere mucho esfuerzo... .

El pecado original y la sexualidad.

(Los herejes) hacen violencia a Pablo para hacerle decir que la generación natural procede del engaño, por aquello de «temo que así como la serpiente engañó a Eva, así también pervierta vuestros pensamientos de la simplicidad cristiana» (2 Cor 11, 3). Pero aunque el Señor vino declaradamente para los que se habían extraviado (cf. Mt 18, 11; Lc 19, 10), no vino para los que se habían extraviado cayendo de lo alto a la generación de acá abajo, ya que esta generación es parte de la creación del Todopoderoso, el cual jamás llevaría al alma de una condición mejor a otra peor. Más bien el Señor vino a nosotros porque nos habíamos extraviado en nuestros pensamientos, los cuales se corrompieron a consecuencia de la desobediencia a los mandatos, ya que nosotros preferimos el placer. Es posible, quizás, que el primer hambre se anticipara al momento oportuno para nuestra raza y que antes del tiempo del don del matrimonio cediera al deseo y pecara; porque «todo el que mira a una mujer para desearla, ya cometió adulterio con ella» (Mt 5, 28); y así no supo aguardar hasta el momento fijado por la voluntad de Dios... .

No se da una mancha hereditaria.

Nadie está puro de mancha, ni aunque su vida sea de un día dice Job (cf. 14, 4). Pero que nos digan dónde ha cometido fornicación el niño recién nacido, o como ha podido caer bajo la maldición de Adán el que todavía no ha hecho nada. A lo que parece, tendrán que decir, si son consecuentes, que el nacimiento mismo es malo, y no sólo el del cuerpo, sino aun el del alma, en vistas a la cual es el del cuerpo. Cuando David dice: «En pecado fui concebido, y mi madre me engendró en la iniquidad» (Sal 50, 7), habla en lenguaje profético refiriéndose a la madre Eva; pero Eva es «madre de vivientes» (Gén 3, 20), y aunque él fuera concebido en el pecado, no por ello él mismo está en pecado ni es él mismo pecado. Todo el que se convierte del pecado a la fe, se convierte de las costumbres de pecador, que son como una madre, a la vida; así me lo dirá el testimonio de uno de los doce profetas cuando dice: «Habré de dar a mi primogénito por causa de mi impiedad, el hijo de mi vientre por causa de los pecados de mi alma» (Miq 6, 7). Con esto no ataca al que dijo «Creced y multiplicaos» (Gén 1, 28), sino que llama impiedad a los primeros impulsos de la generación en los cuales nos olvidamos de Dios. Pero si uno dice que por eso es mala la generación, tendrá que decir también que es buena pues por ella venimos al conocimiento de la verdad... 40.

Las causas del pecado.

Es hombre piadoso el sabio (gnostikos), cuando primero cuida de sí mismo, y luego del prójimo, en vistas a la perfección. Porque el hijo se entrega a sí mismo de buena gana a su buen padre y procura asemejarse a él, y lo mismo el súbdito a su superior. Creer y obedecer está en nuestro poder: la causa del mal hay que suponer que está en la debilidad de la materia, y en los impulsos involuntarios de la ignorancia y en la compulsión irracional que proviene de la falta de conocimiento. Pero el sabio, una vez ha alcanzado dominio sobre estas cosas, como sobre fieras, y logra imitar a Dios en su elección, puede hacer el bien, en la medida de lo posible, a los hombres que se dispongan a ello... 41.

El pecado del hombre y la salvación por el Logos de Dios.

Considera, si te place, los beneficios divinos, remontándote a los comienzos. El primer hombre, cuando jugaba libremente en el paraíso, era todavía un niño pequeño de Dios. Pero cuando, sucumbiendo al placer—porque la serpiente significa el placer que se arrastra sobre el vientre, el vicio terrenal vuelto hacia la materia—se dejó seducir por la concupiscencia, el niño se hizo hombre con la desobediencia y se rebeló contra su padre, y se sintió avergonzado delante de Dios. Tal fue la fuerza del placer. Y el hombre que en su simplicidad vivía en libertad, se encontró encadenado por sus pecados. Pero entonces el Señor quiso liberarlo de estas cadenas, y haciéndose él prisionero de la carne—eso sí que es un misterio divino—domó a la serpiente y esclavizó al tirano, es decir la muerte, y—cosa increíble—al hombre extraviado por el placer y encadenado a la corrupción, con sus manos extendidas (en la cruz) lo puso en libertad. He aquí una maravilla llena de misterios. Es abatido el Señor, pero el hombre es levantado: y el que en el paraíso había caído, recibe una recompensa mayor que la que hubiera tenido obedeciendo, a saber, los cielos. Ahora bien, puesto que el Logos ha venido del cielo a nosotros, me parece a mí que ya no debemos ir a ninguna otra escuela humana, ni hemos de afanarnos por ir a Atenas o a cualquier otro lugar de Grecia, mucho menos de Jonia. Porque si nuestro maestro es el que ha llenado todas las cosas con santas manifestaciones de poder, con la creación, la salvación, los beneficios, la ley, la profecía, la enseñanza, este maestro ahora nos enseña todas las cosas. El universo entero se ha convertido en Atenas y en Grecia a causa del Logos... Vosotros no dejaréis de darnos fe a nosotros, que hemos sido hechos discípulos de Dios, depositarios de la sabiduría real y verdadera que los mejores de los filósofos sólo llegaron a entrever, y que los discípulos de Cristo han comprendido y predicado. Y es evidente que el Cristo total, por así decirlo, no está dividido en partes: ni es bárbaro, ni judío, ni griego, ni varón ni hembra, sino que es un nuevo hombre, transformado por el Espiritu Santo de Dios.

Por lo demás, otros consejos y disposiciones son cosa mezquina y referente a cosas parciales: si hay que casarse, comprometerse en política, tener hijos. Pero la religión es una exhortación universal (katholiké protropé), que evidentemente abarca toda la existencia humana, todas las situaciones, todas las circunstancias, en vistas a su fin supremo, que es la vida. Este es el fin por el que es necesario que vivamos: la vida para siempre. La filosofía, como dicen los ancianos, es una deliberación prolongada que anda cortejando el amor eterno de la sabiduría. «Y el mandamiento del Señor brilla a lo lejos, iluminando nuestros ojos» (Sal 18, 9). Toma, pues, a Cristo. toma la facultad de ver, toma lo que es tu luz, «a fin de que llegues a conocer bien lo mismo a Dios que al hombre» (Hom. Il. v. 128). El Logos que nos ha iluminado es «más amable que el oro, más precioso que las piedras preciosas, más apetecible que la miel y el panal» (Sal 18, 11) ¿Cómo no seria deseable el que da la claridad a la mente enterrada en las tinieblas, el que da su agudeza a los «ojos luminosos» (Plat. Tim. 45b) del alma? Asi como «si no existiera el sol, todos los demás astros dejarían al mundo sumido en la noche» (Heracl. fr 99 Diels), así también si no hubiéramos tenido conocimiento del Logos y no hubiésemos sido iluminados por sus rayos, no nos distinguiriamos de las aves domésticas, que engordan en la oscuridad y son alimentadas para la muerte (cf. Plut. Moral. 98c). Demos paso a la luz, y hagámonos discípulos del Señor. Él ha hecho al Padre esta promesa: «Daré a conocer tu nombre a mis hermanos. En medio de la asamblea te ensalzaré» (Sal 21, 23). Ensálzalo, y dame a conocer a tu Padre, Dios. Tus explicaciones me salvarán: tu canto me instruirá. Hasta ahora he andado errante en búsqueda de Dios; pero puesto que tú, Señor, iluminas mi camino, y gracias a ti he encontrado a Dios y de ti he recibido al Padre, he llegado a ser coheredero contigo, y tú no te has avergonzado de tenerme como hermano ..

El que es perfecto en la caridad está por encima de lo terreno.

Es imposible que el que una vez ha llegado a la perfección por la caridad y ha tomado parte en el festín eterno e insaciable del gozo de la contemplación que nunca harta, pueda todavía deleitarse con los menguados placeres terrenos. Porque ¿qué razón le queda a tal hombre para volver a correr de nuevo tras los bienes terrenos, una vez que ha alcanzado la misma «luz inaccesible» (cf. 1 Tim 6, 16), no sujeta a circunstancias de tiempo o de lugar? Esta luz la alcanza con aquella caridad en el conocimiento (gnostiké agápe) que es la que da lugar a la herencia y a la total restauración, paga segura de las obras por parte del dueño, cosa que el gnóstico logra conseguir eligiendo sabiamente (gnostikós) por medio de la caridad. ¿No es verdad que al ponerse de camino hacia el Señor a causa de la caridad que tiene para con él, aunque contemple su «tienda» sobre la tierra, ciertamente no se quita la vida, pues no le está concedido, pero quita al menos la vida de sus pasiones, que es lo único que le está permitido? Entonces vive habiendo muerto a sus deseos, y ya no tiene el cuerpo a su servicio, sino que únicamente le permite usar de lo necesario para no ser causa de su disolución 43.

Nuestro pedagogo y los grados de la vida espiritual.

Nuestro pedagogo se parece a Dios, su Padre, del cual es Hijo: él es sin pecado, sin reproche, con una alma sin pasiones, Dios sin tacha en forma de hombre, servidor de la voluntad del Padre, Logos Dios, que está en el Padre, que está a la diestra del Padre y que tiene también la forma de Dios. Este es para nosotros el modelo sin tacha: hemos de esforzarnos con todas nuestras fuerzas para que se asemeje a él nuestra alma. Pero él es absolutamente libre de todas las pasiones humanas, y por esto, porque es el único sin pecado, es el único juez. En cambio nosotros, en cuanto podamos, hemos de esforzarnos por pecar lo menos posible, ya que nada es tan urgente como liberarnos en primer lugar de las pasiones y enfermedades, y en segundo lugar impedir la recaída en nuestras faltas habituales.

Ciertamente, lo mejor es no pecar en absoluto, de ninguna manera: pero esto declaramos que es propio de Dios. Lo segundo es no adherirse jamás de manera deliberada a ninguna clase de falta, y esto es propio del sabio. Lo tercero es no caer en un gran número de faltas involuntarias, y esto es propio de los que han tenido una buena educación. En último lugar, pongamos el no permanecer durante mucho tiempo en las faltas, porque la salvación de los que han sido llamados a la penitencia está en estar dispuestos a reemprender el combate... 46.

La infancia espiritual. 

Hemos adoptado el nombre de educación y de pedagogía, aludiendo así a la infancia y haciendo honor a la mejor y más perfecta de las posesiones de esta vida. Porque entendemos que la pedagogía es la buena formación por la que se conduce al niño a la virtud. El Señor nos ha revelado con toda claridad qué significado tiene la palabra «niño», pues, «habiéndose propuesto la cuestión entre los apóstoles acerca de cuál de ellos era el mayor, Jesús puso en medio de ellos a un niño y dijo: El que se hiciere pequeño como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos» (Mt 18, 1-4 y Lc 9, 46-48). No usa la palabra niño refiriéndose a la edad en que todavía no hay razón, como han pensado algunos... Porque ya no somos pequeños que andamos por el suelo, ni avanzamos arrastrándonos sobre la tierra como las serpientes, revolcándonos con todo nuestro cuerpo en placeres insensatos. Al contrario, con nuestra inteligencia tendemos a lo alto, puestos por encima del mundo y de los pecados, «apenas tocando la tierra con los pies», y mientras aparentemente estamos en el mundo, andamos persiguiendo una sabiduría sagrada, que parece locura a los que tienen el alma afilada para el mal.

Es natural que sean niños los que no reconocen a otro padre que a Dios: los que son sencillos, pequeños, puros, amantes del unicornio 44a. A los que progresan en el Logos, el Señor les ha proclamado la orden de menospreciar las cosas de acá, exhortándoles a que atiendan únicamente al Padre, imitando lo que hacen los niños. Por esto dice en lo que sigue: «No andéis preocupados por el mañana: a cada día le basta su malicia» (Mt 6, 34). De esta suerte ordena dejar de lado las preocupaciones de la vida y adherirse únicamente al Padre. El que cumple este precepto es realmente niño y párvulo para Dios lo mismo que para el mundo: el mundo lo tiene por extraviado; Dios por objeto de su amor... 45.

No somos parte de la divinidad. Contra el panteísmo gnóstico.

Dios no tiene ningún parentesco natural con nosotros, como pretenden los fundadores de las herejías, tanto si nos ha hecho de la nada, como si nos ha formado a partir de la materia: porque la primera no tiene existencia alguna, y la segunda es algo absolutamente ajeno a Dios. Alguno se atreverá a decir que nosotros somos una parte de Dios y de su misma sustancia, pero yo no comprendo cómo haya quien pueda soportar oir esto, si es que ha conocido a Dios y echa una mirada sobre nuestra vida y sobre los males en que estamos inmersos. Porque en tal hipótesis, Dios—aunque es blasfemia el decirlo—sería responsable en parte de las faltas, si es que las partes son partes integrantes del todo, y si no son partes integrantes, ya no son partes. Sin embargo, Dios que «es por naturaleza rico en misericordia» (Ef 2, 4), a causa de su bondad cuida de nosotros, aunque ni somos parte de él ni hijos suyos por naturaleza. Y ésta es precisamate la más grande demostración de la bondad de Dios, a saber, que siendo tal nuestra relación para con él, absolutamente «extraños» a él por naturaleza (cf. Ef 4, 18), sin embargo cuida de nosotros .

El cuerpo no es malo por naturaleza, y no hay que despreciarlo.

No son razonables los que la emprenden contra la creación material y vituperan al cuerpo. Los tales no observan que la postura del hombre ha sido hecha erecta a fin de que pueda contemplar el cielo, y que los órganos de los sentidos han sido hechos de tal manera que converjan al conocimiento, y que los miembros y diversas partes están bien hechas en orden al bien, no en orden al placer. De ahí que una tal morada esté dispuesta a recibir de Dios una alma valiosísima, y sea digna del Espíritu Santo para santificación del alma y del cuerpo, como coronamiento de la obra de restauración del Salvador... Si alguno dice que desprecia la carne, y a causa de ella la misma generación, aduciendo a Isaías: «Toda carne es heno, y toda gloria del hombre como la flor del heno...» (Is 40, 6), oiga como el Espiritu interpreta lo que se pretende por medio de Jeremías: «Los dispersé como pajas llevadas al desierto en alas del viento: tal es la suerte y la porción de vuestra infidelidad, dice el Señor. De la misma manera como te olvidaste de mí y pusiste tus esperanzas en falsedades, yo revelaré lo que hay detrás de ti, poniéndolo ante tus ojos: y quedará a la vista tu deshonor, tu adulterio y tu relincho...» (Jer 13, 24ss). Esto es la «flor del heno», y el «andar en la carne», y el «ser carnales», como dice el Apóstol: a saber, estar en pecado. Es cosa admitida que el alma es la parte superior del hombre, y el cuerpo la inferior: pero ni el alma es buena por naturaleza, ni el cuerpo es malo por naturaleza. Porque tampoco lo que no es bueno ha de ser sin más malo, sino que hay ciertas realidades intermedias que son puestas en un punto medio y se salen de él. Ahora bien, era conveniente que el hombre, que es un compuesto que pertenece a lo sensible, constase de partes diferentes, aunque no contrarias, a saber, de cuerpo y alma, y es natural que las buenas acciones se atribuyan siempre, siendo mejores, a la parte mejor, es decir al espíritu que es superior; y por el contrario, lo voluptuoso y pecaminoso se pone a cuenta de lo inferior y pecador. Pero está claro que el alma del sabio y de gnóstico, estando en el cuerpo como huésped, usa de él con austeridad y parsimonia, sin entregarse a él apasionadamente, como si nunca tuviera que dejar la tienda, cuando llegue el tiempo de la partida. Porque, está dicho: «Soy extranjero en la tierra, y peregrino entre vosotros» (Gén 23, 4)...

El elegido vive como un extranjero, sabiendo que todo lo tiene a su disposición, pero lo ha de dejar todo... Usa del cuerpo, como el que hace un viaje a tierras usa de las posadas y ventas que encuentra en su camino. Ciertamente tiene cuidado de las cosas del mundo, pues es el lugar donde ha de hacer posada; pero cuando ha de dejar esta morada y esta posesión y el uso de ella, sigue de buena gana al que le saca de esta vida, sin volverse jamás a mirar hacia atrás bajo ningún pretexto. Da gracias de verdad por la posada recibida, pero bendice el momento de salir de ella, pues anhela como su única mansión la celestial .

El matrimonio y sus exigencias.

Sólo para los ya casados puede entrar en consideración ver el tiempo oportuno de la mutua entrega. El fin más inmediato del matrimonio es el de procrear hijos, aunque el fin más pleno sea el de procrear buenos hijos. Es algo semejante a lo que sucede con el agricultor: la causa de la siembra es el procurarse alimento, y el fin de su trabajo es la recolección de los frutos. Pero esta otra agricultura por la que se siembra en una tierra viviente es algo mucho más excelente, ya que el agricultor corriente busca un alimento para el momento, mientras este otro mira a la conservación del universo; aquél planta sólo para sí, mientras que este otro planta para Dios, de quien es aquella palabra a la que hay que obedecer: «Multiplicaos.» Y éste es precisamente un aspecto bajo el cual el hombre resulta ser a imagen de Dios, en cuanto que el mismo hombre coopera a la creación del hombre. HOMOSEXUALIDAD: Así pues, no toda tierra está preparada para recibir la semilla, y aun cuando lo está, no lo está para cualquier agricultor. Porque no hay que echar la semilla sobre las piedras, ni hay que hacer ultraje al semen, que es la sustancia principal de la generación, en la que se contienen los principios racionales de la naturaleza: hacer ultraje a estos principios racionales, depositándolos irracionalmente en vasos contrarios a la naturaleza, es cosa de todo punto impía...

El matrimonio ha de tenerse por cosa legítima y bien establecida, pues el Señor quiere que los hombres se multipliquen. Pero no dice el Señor «entregaos al desenfreno», ni quiso que los hombres se entregaran al placer, como si hubieran nacido sólo para el coito. Oigamos la amonestación que nos hace el Pedagogo por boca de Ezequiel, cuando grita: «Circuncidad vuestra fornicación» (cf. Ez 43, 9; 44, 7). Hasta los animales irracionales tienen su tiempo establecido para la inseminación. Unirse con otro fin que el de engendrar hijos es hacer ultraje a la naturaleza, a la cual hay que seguir como maestra que enseña con sabiduría los tiempos oportunos que hay que guardar en lo que a este punto se refiere: ella no concede todavía a los niños el matrimonio, ni quiere ya que lo contraigan los ancianos, de suerte que el hombre no puede casarse en cualquier tiempo. El matrimonio es el deseo de procrear hijos, no una desordenada efusión de semen, contraria a la ley y a la razón. Nuestra vida estará toda ella de acuerdo con la razón si dominamos nuestros apetitos desde sus comienzos, y no matamos con perversos artificios lo que la Providencia divina ha establecido para el linaje humano. Porque hay quienes ocultan su fornicación utilizando drogas abortivas que llevan a la muerte definitiva, siendo así causa no sólo de la destrucción del feto, sino de la del amor del género humano 48.

La virginidad no constituye por si misma la perfección.

(EI gnóstico cristiano) come, bebe y toma mujer, no por sí mismo, sino por necesidad. Digo tomar mujer cuando se hace según la razón y como conviene. El que quiere ser perfecto tiene como modelos a los apóstoles, y el verdadero varón no se muestra en la vida del que escoge vivir solo, sino que aquél se muestra superior a los hombres que lucha en el matrimonio, en la procreación de los hijos, en la preocupación por su familia, sin dejarse arrebatar ni por los placeres ni por las penas, sino que en medio de las preocupaciones familiares permanece incesantemente en el amor de Dios, superando todas las pruebas que sobrevengan a causa de los hijos, de la mujer, de los servidores o de las posesiones. El que no tiene familia resulta no ser probado en muchas cosas, y puesto que se preocupa sólo de si mismo, resulta ser inferior al que se encuentra ciertamente en peores condiciones en lo que se refiere a su salvación, pero está en mejor disposición en las cosas de la vida, en la que procura mantener como una imagen en pequeño de aquella providencia verdadera (de Dios) .

La bondad y la justicia de Dios.

Algunos se empeñan en decir que el Señor no es justo, pues usa el palo, la amenaza y el temor. Al parecer interpretan mal el pasaje de la Escritura que dice: «El que teme al Señor se convierte en su corazón» (Eclo 21, 6), olvidándose de la mayor prueba de su amor para con los hombres, que es el haberse hecho hombre por nosotros. De manera más digna de él ruega el profeta con estas palabras: «Acuérdate de nosotros, pues somos polvo» (Sal 102, 14): es decir, compadécete de nosotros, pues tú mismo con tu pasión has hecho experiencia de la flaqueza de la carne. Por esto es el Señor un pedagogo excelente e irreprochable: por un exceso de su amor a los hombres, ha sufrido con la naturaleza de cada uno de los hambres. «Porque nada odia el Señor» (cf. Sab 11, 24-26). Evidentemente no es posible que odie algo y al mismo tiempo quiera que exista aquello que odia; ni que quiera que algo no exista y sea al mismo tiempo causa de que exista aquello que no quiere que exista; ni que lo que él no quiere que exista tenga existencia. Por tanto, si el Logos odia alguna cosa, quiere que no exista: y ninguna existencia tiene aquello que no tiene de Dios la causa de su existencia. Nada, pues, es objeto de odio divino, ni es odiado por el Logos, ya que ambos son una sola cosa, Dios, como está escrito: «En el principio el Logos estaba en Dios, y el Logos era Dios» (cf. Jn 1, 1). Si, pues, Dios no odia nada de lo que ha hecho, resulta que lo ama todo. Y es natural que ame al hombre mucho más que a las demás cosas, pues es la más bella de sus criaturas y un ser viviente capaz de amar a Dios. Dios ama al hombre, y el Logos ama al hombre. Pero el que ama quiere hacer beneficios, y el que hace beneficios es absolutamente superior al que no los hace; y, por otra parte, nada es superior al bien, y, por consiguiente, el bien hace beneficios. Con ello confesamos que Dios es bueno, pues Dios hace beneficios. El bien, en cuanto bien, no hace otra cosa sino hacer beneficios. Dios hace beneficios en todo. No se puede decir que haga determinados beneficios al hombre, pero no se interese por él; ni que se interese por Él, pero no se cuide de él. Porque es mejor el que hace beneficios conscientemente, que el que los hace inconscientemente, y nada hay mejor que Dios. Por lo demás, hacer beneficios conscientemente no es otra cosa que cuidarse del hombre: por tanto, Dios se preocupa y cuida del hombre. Esto lo muestra efectivamente al educar al hombre por medio del Logos, genuino colaborador en el amor de Dios para con los hombres... Lo útil se dice ser un bien, no porque sea agradable, sino porque es provechoso.

Todo esto se aplica a la justicia, la cual, siendo virtud y algo estimable por si mismo, es un bien, pero no porque sea agradable. Ella no juzga según le place, sino que distribuye a cada uno según sus méritos. Una cosa es provechosa si es conveniente. Si se considera el bien en sus diversos aspectos, se vera que la justicia tiene la mismas características, participando ambos de las mismas cualidades. Ahora bien, las cosas que tienen las mismas características son iguales y semejantes entre sí: por tanto la justicia es un bien.

¿Cómo, pues—dicen—si el Señor es bueno y amador de los hombres, se enfada y castiga? Hay que decir unas breves palabras sobre este punto... Muchas pasiones se curan con e] castigo y con preceptos un tanto severos, y también con el aprendizaje de determinados principios. La reprensión es como una especie de cirugía para las pasiones del alma, ya que las pasiones son como una úlcera sobre la verdad que hay que hacer desaparecer por extirpación. El reproche es como un remedio que disuelve la turgencia de las pasiones y limpia la infección de la vida que es la lujuria; asimismo reduce las excrecencias del orgullo, restableciendo al hombre a su estado de salud y de verdad. La amonestación es una especie de régimen para el alma enferma, señalando lo que ha de tomar y de lo que ha de abstenerse. Todas estas cosas tienden a la salvación y a la salud perdurable...

Igualdad del hombre y la mujer.

En lo que se refiere a la virtud, el hombre y la mujer son iguales. Ambos tienen a un mismo Dios, y uno es también el maestro de ambos (Jesucristo). Participan de una misma Iglesia, una misma sabiduría, una misma modestia, un mismo alimento. Comparten por igual el yugo del matrimonio. La respiración, la vista, el oído, el conocimiento, la esperanza, la obediencia, el amor, todo es igual para uno y para otra. Por tanto, los que tienen una misma vida, reciben también las mismas gracias y la misma salvación, y la misma ha de ser su virtud y su educación... .

V. La Iglesia.

La Iglesia, virgen madre

¡Oh maravilla de misterio! Uno es el Padre de todo, uno el Logos de todo, y uno el Espiritu Santo, el mismo en todas partes; y una sola también es la virgen madre: me complazco en llamarla Iglesia. Únicamente esta madre no tuvo leche, porque solo ella no llegó a ser mujer, sino que es al mismo tiempo virgen y madre, intacta como virgen, pero amante como madre. Ella llama a sus hijos para alimentarlos con una leche santa, el Logos acomodado a los niños. Por esto no tuvo leche, porque la leche era ese niño hermoso y querido, el cuerpo de Cristo. Con el Logos alimentaba ella a estos hijos que el mismo Señor dio a luz con dolores de carne, que el Señor envolvió en los pañales de su sangre preciosa. ¡Oh santos alumbramientos! ¡Oh santos pañales! El Logos lo es todo para el niño, padre, madre, pedagogo y nodriza. «Comed mi carne y bebed mi sangre», dice (cf. Jn 6, 53). Estos son los alimentos apropiados que el Señor nos proporciona generosamente: nos ofrece su carne, y derrama su sangre. Nada falta a los hijos para que puedan crecer... .

La Iglesia es una, con la llave única de la tradición de Cristo.

Los que se apoyan en razones profanas y parten de otros principios, no haciendo un buen uso, sino un uso equivocado de la palabra de Dios, ni ellos mismos entran en el reino de los cielos, ni dejan alcanzar la verdad a aquellos a quienes engañan. Porque ellos mismos no tienen la llave de entrada, sino que tienen una llave engañosa o, como suele decirse, una falsa llave, con la cual no abren la puerta principal—que es por donde entramos nosotros mediante la tradición del Señor—sino que abren un portillo y minan subrepticiamente el muro de la Iglesia, saltando la valla de la verdad y constituyéndose así en guías espirituales del alma de los impíos. No se requieren muchos discursos para mostrar que sus conventículos humanos fueron instituidos con posterioridad a la Iglesia Católica... Está claro que estas herejías nacieron más tarde y son innovaciones y desfiguraciones de la antigua y verdaderísima Iglesia, así como las que surgieron en tiempos todavía posteriores a ellas. Y creo que resulta evidente después de lo dicho, que la verdadera Iglesia es una, la realmente primitiva, en la cual están inscritos los que son predestinados como justos. Porque, siendo Dios uno, y uno el Señor, todo lo que es sumamente estimable se recomienda por su unidad, reproduciendo la unidad de su principio. Así pues, la Iglesia una tiene como herencia la naturaleza de lo uno: pero las herejías le infieren violencia al dividirla en muchos fragmentos. Por su naturaleza, por su concepto mismo, por su origen, por su manera esencial de ser, afirmamos que la Iglesia primitiva y católica es única, en orden a la unidad de la única fe (cf. Ef 4, 13), la que está fundada sobre sus propias alianzas, o mejor dicho sobre la única alianza hecha en tiempos distintos, la que congrega por voluntad del único Dios, por medio del único Señor, a los que ya están ordenados, a los que predestinó Dios que habían de ser justos, conociéndolo desde antes de la constitución del mundo. La propiedad esencial de la Iglesia, así como el principio de su existencia, está en la unidad, estando en esto por encima de todo y no teniendo nada igual ni comparable a sí misma .

La deificación del hombre.

«Al que tiene, se le dará» (Mt 13, 12). Al que tiene fe se le dara conocimiento; al que tiene conocimiento, amor; al que tiene amor, la herencia. Esto acontece cuando el hombre esta adherido al Señor por la fe, por el conocimiento y por el amor, y se remonta con él al lugar donde está Dios, el Dios preservador de nuestra fe y nuestro amor, de donde procede el conocimiento para aquellos que son capaces de este privilegio y que son elegidos por su anhelo de una mejor preparación y entrenamiento. Éstos son los que están dispuestos a oir lo que les dice, a poner en orden sus vidas, a progresar por una cuidadosa observancia de la ley de la justicia. Este conocimiento es lo que los conduce hasta el fin, el término final que no tiene fin, enseñándoles la vida que hemos de poseer, una vida según Dios, con los dioses, cuando quedemos liberados de todo castigo y corrección que ahora soportamos a consecuencia de nuestras maldades, como disciplina salvadora. Cuando, pues, hayan recibido esta liberación, los perfectos alcanzarán su recompensa y sus honores. Se habrá acabado su purificación y lo demás de su servidumbre, aunque se trate de una servidumbre santa, con los santos. Desde entonces, han sido hechos puros de corazón, y a causa de la estrecha intimidad alcanzada con el Señor, les aguarda el ser restaurados a la contemplación eterna. Entonces reciben el nombre de «dioses», destinados a ocupar sus tronos con los demás «dioses» que están inmediatamente debajo del Salvador. De esta suerte, el conocimiento es un atajo para la purificación, y un camino abierto para la transmutación a un estado superior . 

El valor de las riquezas

(¿Quién es el rico que se salva? 11-14)

Vino corriendo uno y, arrodillado a sus pies, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué debo hacerpara conseguir la vida eterna? (...). Jesús, mirándole de hito en hito, mostró quedar prendado de él; y le dijo: una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el Cielo; y ven después, y sígueme. A esta propuesta, entristecido el joven, marchóse muy afligido, pues tenía muchos bienes (/Mc/10/17-22).

¿Qué es lo que le movió a la fuga y le hizo desertar del Maestro, de la súplica, de la esperanza y de los pasados trabajos? Lo de vende cuanto tienes. ¿Y qué quiere decir esto? No lo que a la ligera admiten algunos. El Señor no manda que tiremos nuestra hacienda y nos apartemos del dinero. Lo que El quiere es que desterremos de nuestra alma la primacía de las riquezas, la desenfrenada codicia y fiebre de ellas, las solicitudes, las espinas de la vida, que ahogan la semilla de la verdadera Vida. Si no fuera así, los que nada absolutamente tienen, los que, privados de todo auxilio, andan diariamente mendigando y se tienden por los caminos, sin conocimiento de Dios y de su justicia, serían, por el mero hecho de su extrema indigencia, por carecer de todo medio de vida y andar escasos de lo más esencial, los más felices y amados de Dios, y los únicos que alcanzarían la vida eterna.

Por otra parte, tampoco es cosa nueva renunciar a las riquezas y repartirlas entre los pobres y necesitados, pues lo hicieron muchos antes del advenimiento del Salvador: unos, para dedicarse a las letras y por amor de la vana sabiduría; otros, a la caza de fama y de gloria, como Anaxágoras, Demócrito y Crates.

¿Qué es, pues, lo que manda el Señor como cosa nueva, como propio de Dios, como lo único que vivifica, y no lo que no salvó a los anteriores? ¿Qué nos indica y enseña como cosa eximia el que es, como Hijo de Dios, la nueva criatura? No nos manda lo que dice la letra y otros han hecho ya, sino algo más grande, más divino y más perfecto que por aquello es significado, a saber: que desnudemos el alma misma de sus pasiones desordenadas, que arranquemos de raíz y arrojemos de nosotros lo que es ajeno al espíritu. He ahí la enseñanza propia del creyente, he ahí la doctrina digna del Salvador. Los que antes del Señor despreciaron los bienes exteriores, no hay duda de que abandonaron y perdieron sus riquezas, pero acrecentaron aún más las pasiones de sus almas. Porque, imaginando haber realizado algo sobrehumano, vinieron a dar en soberbia, petulancia, vanagloria y menosprecio de los otros.

Ahora bien, ¿cómo iba el Salvador a recomendar, a quienes han de vivir para siempre, algo que dañara y destruyera la vida que Él promete? En efecto, puede darse el caso de que uno, echado de encima el peso de los bienes o hacienda, no por eso mantenga menos impresa y viva en su alma la codicia y apetito de las riquezas. Se desprendió, sin duda, de sus bienes; pero, al carecer y desear a la par lo que dejó, será doblemente atormentado por la ausencia de las cosas necesarias y por la presencia del arrepentimiento. Porque es ineludible e imposible que quien carece de lo necesario para la vida no se turbe de espíritu y se distraiga de lo más importante, con intento de procurárselo cómo y dónde sea.

¡Cuánto más provechoso es lo contrario! Poseer, por una parte, lo suficiente y no angustiarse por tenerlo que buscar; y, por otra, socorrer a los que convenga. Porque, de no tener nadie nada, ¿qué comunión de bienes podría darse entre los hombres? ¿Cómo no ver que esta doctrina de abandonarlo todo pugnaría y contradiría patentemente a otras muchas y muy hermosas enseñanzas del Salvador? Haceos amigos con las riquezas de iniquidad, a fin de que, cuando falleciereis, os reciban en los eternos tabernáculos (Lc 16, 9). Tened vuestros tesoros en los cielos, donde el orín y la polilla no los destruyen, ni los ladrones horadan las paredes (Mt 6, 19). ¿Cómo dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al desamparado—cosas por las que, de no hacerse, amenaza el Señor con el fuego eterno y las tinieblas exteriores—, si cada uno empezara por carecer de todo eso?

(...) No deben, consiguientemente, rechazarse las riquezas que pueden ser de provecho a nuestro prójimo. Se llaman efectivamente posesiones porque se poseen, y bienes o utilidades porque con ellas puede hacerse bien y para utilidad de los hombres han sido ordenadas por Dios. Son cosas que están ahí y se destinan, como materia o instrumento, para uso bueno en manos de quienes saben lo que es un instrumento. Si del instrumento se usa con arte, es beneficioso; si el que lo maneja carece de arte, la torpeza pasa al instrumento, si bien éste no tiene culpa alguna.

Instrumento así es también la riqueza. Si se usa justamente, se pone al servicio de la justicia. Si se hace uso injusto, se la pone al servicio de la injusticia. Por su naturaleza está destinada a servir, no a mandar. No hay, pues, que acusarla de lo que de suyo no tiene, al no ser buena ni mala. La riqueza no tiene culpa. A quien hay que acusar es al que tiene facultad de usar bien o mal de ella, por la elección que hace; y esto compete a la mente y juicio del hombre, que es en sí mismo libre y puede, a su arbitrio, manejar lo que se le da para su uso. De suerte que lo que hay que destruir no son las riquezas, sino las desordenadas pasiones del alma que no permiten hacer mejor uso de ellas. De este modo, convertido el hombre en bueno y noble, puede hacer de las riquezas uso bueno y generoso.

Ejemplo de buen Pastor

(¿Quién es el rico que se salva? 42)

Oigamos una historia que no es una fábula, sino un testimonio real acerca de San Juan, transmitido de generación en generación. Después de la muerte del tirano Domiciano, Juan regresó a Éfeso desde la isla de Patmos. Siempre que solicitaban su presencia, acudía a las ciudades vecinas de los gentiles para nombrar obispos, organizar la Iglesia, o elegir como clérigo a uno de los designados por el Espíritu Santo.

En cierta ocasión, se trasladó a una de aquellas ciudades próximas —algunos incluso mencionan el nombre de Esmirna—donde, después de haber confortado a los hermanos, mientras observaba a quien había nombrado obispo, distinguió a un joven que destacaba por su buen aspecto y fuerte temperamento. Señalándole, dijo al obispo: Te lo confío con especial solicitud ante la Iglesia y Cristo, como testigos. El obispo lo acogió e hizo la promesa, con las mismas palabras y los mismos testigos.

Juan partió hacia Éfeso y el obispo acogió en su casa al joven que le había sido confiado; lo alimentó, lo educó y tuvo cuidado de él hasta que, por fin, fue bautizado. Sin embargo, después del Bautismo, el obispo disminuyó su celo y vigilancia con el joven, porque ya estaba marcado por el sello del Señor y para él aquello representaba una sólida garantía.

Dejado precipitadamente a merced de su libertad, el joven fue corrompido por algunos muchachos ociosos y de vida disoluta, habituados al mal. Primeramente lo condujeron a banquetes suntuosos y, después, mientras salían de noche a robar, consideraron que sería capaz de llevar a cabo con ellos empresas mayores. Se habituó a ese género de vida y, por la vehemencia de su carácter, abandonó el recto camino como un caballo que rompe el freno, adentrándose cada vez más en el abismo. Al fin, renunció a la salvación divina y no se preocupó más de las cosas pequeñas; al contrario, cometiendo un pecado muy grave, se vio perdido para siempre y siguió la misma suerte de todos sus compañeros. Los reunió y formó una banda de ladrones y asesinos. Él era su jefe: el más violento, el más peligroso, el más cruel.

Pasó el tiempo y un asunto exigió de nuevo la presencia de Juan en aquella ciudad. El Apóstol, después de haber puesto en orden aquello que motivó su venida, dijo al obispo: Restituye ahora el bien que Cristo y yo te habíamos confiado en depósito ante la Iglesia, que tú presides y que es testigo. El obispo, en un primer momento, quedó confuso: pensaba que se le acusaba injustamente de la sustracción de un dinero que jamás había recibido, y del que no podría dar fe a Juan porque no lo tenía, ni tampoco poner en duda su palabra. Sin embargo, en cuanto el Apóstol añadió: Te pido que me devuelvas aquel joven, el alma de aquel hermano; el anciano, con una gran exclamación, respondió entre lágrimas: ¡Ha muerto! ¿Cómo?, preguntó Juan; ¿y de qué muerte? ¡Ha muerto a Dios!, contestó el obispo, pues se ha convertido en un hombre malvado y corrupto: un ladrón, por decirlo brevemente. Y ahora, en vez de acudir a la iglesia, vive en las montañas con una banda de hombres semejantes a él.

El Apóstol se rasgó entonces las vestiduras y, golpeándose la cabeza, dijo entre sollozos: ¡Buen custodio del alma de su hermano, he dejado! ¡Enviadme enseguida un caballo y que alguien haga de guía!

Y al instante partió de la Iglesia rápidamente al galope. Nada más llegar, fue capturado por la guardia de los bandidos, pero no intentó huir, ni suplicar, tan sólo les gritó: ¡He venido para esto; llevadme a vuestro jefe! El, mientras tanto, le esperaba armado, pero al reconocerle, quedó avergonzado y huyó. El Apóstol siguió tras de él con todas sus fuerzas sin tener en cuenta su edad, y le gritó: ¿Por qué huyes, hijo? ¿Por qué escapas a tu padre, viejo y desarmado? Ten piedad de mí, hijito, no tengas miedo. Tienes todavía una esperanza de vida. Yo daré cuentas al Señor por ti. Si es necesario, aceptaré la muerte, como el Señor lo hizo por nosotros; daré mi vida por la tuya. ¡Deténte; ten confianza: Cristo me ha enviado!

Al escuchar estas palabras, se detuvo. Bajó los ojos, tiró las armas y comenzó a llorar amargamente, temblando. Después, abrazó al anciano que estaba a su lado, mientras, entre sollozos, le pedía perdón: así, fue bautizado por segunda vez con lágrimas. Sin embargo, ocultaba su mano derecha. San Juan se constituyó en garante, confirmando con juramento que había obtenido el perdón por parte del Salvador y, rezando, se arrodilló y le besó la mano derecha, ya purificada por el arrepentimiento.

A continuación, le condujo de nuevo a la Iglesia, e intercediendo con abundantes oraciones y luchando juntos con ayunos continuos, cautivó la mente del joven con los innumerables encantos de sus palabras. Según los testimonios, no se retiró hasta haberlo introducido de nuevo en el seno de la Iglesia, dando así un gran ejemplo de penitencia, una prueba enorme de cambio de vida, un trofeo de conversión manifiesta. 

 

 

EXTRACTOS DE "EL PEDAGOGO" (LIBRO I)

 

I . LO QUE PROMETE EL PEDAGOGO.

Hemos construido para ustedes, hijos míos, una base de verdad: para el templo sagrado del gran Dios, es el fundamento sólido del conocimiento, una bella exhortación, un deseo de la vida eterna que se obtiene por la obediencia conforme al Logos, y este deseo ha echado raíces en el campo de la inteligencia.

Hay en el ser humano tres cosas: las costumbres, las acciones y las pasiones. El Logos que convierte ("protréptico") se ha encargado de las costumbres: guía de la religión, él subyace al edificio de la fe como la quilla a un navío. Por él, somos colmados de alegría, dejamos nuestras antiguas creencias y nos rejuvenecemos en vistas de la salvación; unimos nuestras voces a la del Profeta que canta cuánto "Dios es bueno para Israel, para aquellos cuyo corazón es recto”.

Un Logos dirige también todas nuestras acciones, es el Logos consejero; y un Logos sana nuestras pasiones, es el Logos apaciguador; pero siempre es único en todas sus funciones, el mismo Logos que arranca al hombre de sus hábitos naturales y ligados al cosmos y que lo conduce como un pedagogo a la salvación sin par de, la fe en Dios.

Ahora bien, el guía celestial, el Logos, recibía el nombre de "protréptico" mientras nos invitaba a la salvación ‑este‑nombre se da especialmente al Logos encargado de estimularnos, tomando el todo su nombre de la parte; Pero es el conjunto de la religión que es "protréptica", ya que ella hace nacer en la inteligencia que está naturalmente dispuesta a ello el deseo de la vida para ahora y para el porvenir.

4. Pero por el momento es como curador y consejero a la vez que, sucediéndose a si mismo, él exhorta al que primero ha convertido, y "sobre todo, promete la curación de las pasiones que hay en nosotros. Le daremos sólo el nombre de Pedagogo; que le va bien: el pedagogo en efecto se ocupa de la educación y no de la instrucción; su finalidad es volver mejor al alma, no enseñarla;  él introduce a la vida virtuosa, no a la vida de ciencia. Sin duda el mismo Logos es igualmente el maestro encargado de enseñar, pero esto no es para ahora...

El Pedagogo, que se ocupa de la vida práctica, nos ha primero exhortado a establecer en nosotros una vida moral buena; y ahora invita al cumplimiento de los deberes: sanciona los preceptos infrangibles y muestra a los hombres los ejemplos falsos de quienes los han precedido. Ahora bien, uno y otro método son muy eficaces; uno conduce a la obediencia, es el género de la exhortación; al otro, que se trasmite bajo forma de ejemplos, es doble... consiste por una parte en hacernos imitar el bien, optando por él, por otra parte en hacernos rechazar el lado malo del ejemplo, excluyéndolo. Y es de allí que viene la curación de las pasiones: el Pedagogo fortifica alas almas con ejemplos animadores; como por medio de dulces remedios, con ayuda de sus preceptos llenos de bondad, dirige dulcemente a los enfermos hacia el conocimiento perfecto de la verdad. Ahora bien, la salud y el conocimiento no son cosas idénticas; este se adquiere a fuerza de estudio, aquella por la curación.

Un enfermo no puede emprender el estudio de un punto cualquiera de la doctrina antes de estar en perfecta salud: cada prescripción no es siempre dada de la misma manera a.'los que estudian y a los que son enfermos; a los primeros se le da para conocimiento; a los otros para curación. Lo mismo que para los enfermos del cuerpo, se necesita el médico, para aquellos cuya alma es débil se necesita un pedagogo para que cure nuestras pasiones: a continuación iremos al maestro que nos guiará, preparando nuestra alma para que se vuelva pura para acoger el conocimiento, y haciéndola capaz de recibir la revelación del Logos.

Ahora bien, ansioso por conducirnos a la perfección por la marcha ascendente de la salvación, el Logos, que en todo es amigo de los hombres, crea un bello programa bien hecho: para darnos una educación eficaz: primero crea un bello programa bien hecho para darnos una educación eficaz: primero nos convierte; enseguida nos educa coco un pedagogo; finalmente nos enseña.

II. NUESTROS PECADOS NECESITAN LA DIRECCIÓN DEL PEDAGOGO

Nuestro Pedagogo, hijos míos., se parece a Dios su Padre, de quien es hijo: es sin pecado, sin reproche, sin pasiones en su alma, Dios sin mancha bajo el aspecto de hombre, servidor de la voluntad del Padre, Logos Dios, aquél que está en el Padre, el sentado a la derecha del Padre, Dios también por su aspecto.

Para nosotros es la imagen sin tacha: con todas nuestras fuerzas es necesario volver nuestra alma parecida a él. Pero él está totalmente libre de pasiones humanas y, por eso, porque es el único sin pecado, es el único juez. Nosotros pues, en lo que podemos, esforcémonos en pecar lo menos posible, porque nada es más urgente que separarnos de las pasiones y las enfermedades y evitar, inmediatamente, las recaídas en las faltas habituales.

Lo mejor, seguramente, es no cometer ninguna falta, de ninguna manera; y esto, decimos, pertenece a Dios; pero en segundo lugar, se trata de no tomar parte deliberadamente en ninguna falta, lo que es propio del sabio; en tercer lugar se trata de no caer en un gran número de faltas involuntarias; es lo propio de quienes reciben una buena (noble) educación; por último se trata de no quedar mucho tiempo en el pecado: porque es algo saludable, para los que son invitados a arrepentirse, retomar el combate.

Me parece que el Pedagogo ha hablado muy bien por intermedio de Moisés: "Si alguien muere cerca de él de muerte súbita, su cabeza consagrada enseguida se encuentra manchada y será rapada”. Lo que designa por "muerte súbita" es la falta involuntaria: y su mancha, dice, ensucia el alma; es por eso que sugiere el remedio que consiste en rapar enseguida la cabeza: recomienda cortar los cabellos de la ignorancia que oscurecen la inteligencia; apenas desembarazada de la materia sucia, que es el real, la inteligencia que mora en el cerebro podrá volverse hacia el arrepentimiento.

Después de algunas frases agrega: "Los días precedentes eran sin razón''. Este término designa, evidentemente las faltas cometidas sin el acuerdo de la razón. Ha denominado a la falta involuntaria "muerte súbita", y llama al pecado un acto "sin razón": he ahí por qué el Logos‑Pedagogo ha recibido como encargo el dirigirnos, para impedir la faltas "sin razón”.

Examinemos ahora la expresión escriturística "por causa de esto, he aquí lo que dice el Señor". Se ve netamente, por la frase que sigue, cuál es la falta anterior, de acuerdo al justo juicio que es enunciado. Se puede hacer la misma observación cuando los profetas dicen: Si tú no hubieras pecado no habrías recibido tal amenaza... Tal es, en efecto, la razón de ser de la profecía: la obediencia y la desobediencia; por una seremos salvados; por la otra seremos educados.

He aquí pues al Logos, nuestro Pedagogo, que por sus consejos cura las pasiones contra natura de nuestra alma. En sentido propio, se llama medicina al cuidado de las enfermedades del cuerpo; es un arte que enseña la sabiduría humana. Pero el Logos del Padre es el único médico de las enfermedades morales del hombre; él es el sanador y el mago sagrado que libra al alma enferma. "Salva a tu servidor‑Tú eres mi Dios‑", está escrito, "porque él se confía en ti; piedad de mí Señor porque hacia tí gritaré todo el día".

La medicina, según Demócrito, "cura las enfermedades del cuerpo, pero es la sabiduría la que libra al alma de sus pasiones'". Nuestro buen Pedagogo, que es la Sabiduría y el Logos del Padre, y que ha creado al hombre, cuida de su creatura toda entera: cuida a la vez el cuerpo y el alma, él que es médico de la humanidad, capaz de curar todo. 3. E1 Salvador dice a quien está acostado: "levántate, toma tu camilla en la que está extendido y regresa a tu casa"; y enseguida el hombre sin fuerzas encuentra de nuevo su fuerza. Y dice al hombre muerto: "Lázaro, sal'; y el muerto sale de la tumba, tal cómo era antes de morir, ejercitándose así en la resurrección.

Ciertamente él cura también el alma en sí misma, por sus preceptos y por sus gracias; por los consejos puede ser que tome tiempo; pero por las gracias, él es lo suficientemente rico para decir a nosotros pecadores: "Tus pecados te son perdonados".

Y nosotros, por un acto tan rápido como el pensamiento, nos hemos convertido en niños pequeños, recibimos de su poder organizador el rango mejor y más seguro. Primeramente este poder se ocupa del mundo y del cielo, de las rotaciones del sol y del curso de los otros astros, y eso en función del hombre; después se ocupa del hombre mismo, en torno al cual se despliega todo este celo.

Considerando que el hombre es la obra suprema, ese poder ha puesto su alma bajo la dirección de la inteligencia y de la templanza, mientras que adornaba su cuerpo con beldad y ambigua: al cuerpo y al alma infundía, en lo que se refiere a las actividades humanas, lo que constituye su rectitud interior y esta belleza que pertenece a su propia organización.

III. EL PEDAGOGO AMA AL HOMBRE.

El Señor viene en nuestra ayuda en todo es nuestro bienhechor, a la vez como hombre y como Dios. Como Dios perdona nuestros pecados; como hombre, hace como pedagogo nuestra educación para que dejemos de pecar. Es completamente natural que el hombre, sea amado por Dios, ya que él es su creatura. Las otras partes de su creación Dios las ha hecho solamente por una orden; al hombre por el contrario, lo ha formado con sus propias manos y le insufló algo particular.

Esta creatura pues, que Dios mismo ha creado y que hizo a su propia imagen, o la creó porque ella misma era un objeto digno de elección, o la formó porque era digna de elección en vistas a otra cosa.

Si el hombre es por sí mismo un objeto digno de elección, Dios, que es bueno, amó a este ser bueno; el encanto que atrae el amor se encuentra en el interior mismo del hombre, y es precisamente lo que se ha llamado el "soplo" de Dios. Pero si el hombre ha sido digno de elección en vista de otras cosas, Dios no tenía otro motivo para crearlo fuera de este: sin el hombre no era posible que el Creador se revelara bueno y, por otra parte, (sin las otras creaturas) no era posible que el hombre llegara al conocimiento de Dios; porque Dios ciertamente habría creado aquello en vista de lo cual hombre existe, si el hombre no hubiera existido. Esta fuerza que Dios mantenía escondida, su querer, la ha llevado a plenitud por su poder de crear al exterior; recibió del hombre lo que él había, creado, el hombre; lo que tenía, lo vio; y llegó a ser lo que quiso; porque no hay nada que Dios no pueda hacer.

El hombre pues, que Dios ha creado, es por si mismo un objeto digno de elección; ahora bien, lo que es en sí mismo digno de elección es naturalmente apropiado a aquel para quien existe, y por sí mismo objeto de elección... Ya que el hombre, cómo lo hemos mostrado, es digno de ser amado, se sigue que es amado por Dios.

¿Cómo no es amado, en efecto, aquel por el cual el Hijo único descendió del seno del Padre, Logos, razón de nuestra fe? Razón de nuestra fe el Señor lo es de manera excelente, él que proclama y afirma: "El Padre mismo os ama porque me habéis amado", y en otra parte: "Tú lo has amado como me has amado a mí".

¿Qué quiere entonces el Pedagogo y qué promete? Por sus actos y sus palabras él nos prescribe lo qué hay que hacer y nos prohíbe lo contrario, está claro ahora. En cuanto al otro tipo de sus palabras, el que consiste en enseñar, es un género evidentemente despojado, espiritual y de una gran precisión: tiene que ver con la contemplación. Por ahora lo dejemos de lado.

Es conveniente que demos un amor de reciprocidad al que por amor nos guía hacia la mejor vida; que vivamos según las prescripciones de su voluntad, no solamente cumpliendo lo que ordena o absteniéndonos de lo que prohíbe, sino igualmente huyendo, de determinados ejemplos e imitando lo más posible los otros; así cumpliremos, por semejanza, las obras del Pedagogo y se cumplirá plenamente la frase: "Según la imagen y la semejanza".

Comprometidos en esta vida como en una profunda noche, tenemos necesidad de un conductor infalible y preciso. Ahora bien, el mejor guía no es el ciego, que según la Escritura lleva a otros ciegos al precipicio; es el Logos, cuya mirada penetrante llega hasta el fondo de los corazones...

Amemos pues los preceptos del Señor traduciéndolos en actos: el Logos, encarnándose, ha manifestado claramente que la misma virtud tiene que ver a la vez con la vida práctica y la contemplación. Sí, tomemos al Logos por ley; reconozcamos que sus consejos y sus preceptos son caminos más cortos y rápidos hacia la eternidad: porque sus órdenes están llenas de fuerza persuasiva y no de temor.

EXTRACTOS DE "EL PEDAGOGO” (LIBRO II )

DISTINCIONES NECESARIAS SOBRE LA PROCREACIÓN

Cuál es el momento oportuno de las relaciones íntimas es lo que nos queda por examinar, solamente para la gente casada: su objetivo es el de procrear y su fin tener lindos niños, así como el motivo que hace al cultivador arrojar la semilla es la preocupación por su alimentación, y su intención final, en el cultivo, es la de recoger frutos.

Muy superior es el cultivador que siembra un campo dotado de alma. En efecto, uno es cultivador porque trata de obtener alimento temporal, el otro porque se preocupa de hacer perdurar el universo: uno planta por sí mismo, el otro por causa de Dios, porque El ha dicho: "Multiplíquense”, y es necesario obedecerlo; y el hombre es imagen de Dios porque, siendo hombre, colabora en el nacimiento del hombre.

No cualquier tierra está dispuesta para recibir las semillas, y si fuera cualquier tierra, no sería en todo caso por el mismo cultivador, no hay que sembrar en las piedras, ni malgastar la semilla: se trata de una substancia que está en el principio del nacimiento y que posee reunidas en ella las ideas de la naturaleza; ahora bien, esas ideas, que son conformes a la naturaleza, ciertamente es una impiedad deshonrarlas en lugares contrarios a la naturaleza.

También el mismo Moisés, de una manera muy ciara, y no más velada, sino a cara descubierta, ha pronunciado estas prohibiciones: "Nada de prostitución, nada de adulterio, nada de pederastia". Esta medida del Logos es necesario que la observemos con todas nuestras fuerzas, no hay que violar la ley de ninguna manera, no hay que endulzar estos mandamientos; a los malos deseos se le ha dado el nombre de hybris (sé refiere al celo violento: ndt), y al caballo del deseo Platón lo ha llamado hybristés porque había leído (en la Escritura): "Ustedes se han convertido a mis ojos en caballos alzados". Ahora bien, el castigo reservado para esto lo darán a conocer los ángeles que fueron a Sodoma...

En suma, ¿hay que casarse o abstenerse totalmente del casamiento? Es un problema a estudiar, y lo hemos tratado en nuestro escrito "Sobre la continencia". Pero si ha sido necesario examinar la pregunta ¿hay que casarse?, ¿cómo puede sernos recomendado sin ninguna reserva usar, como lo hacemos para el alimento, de las relaciones sexuales en todo tiempo como una cosa necesaria?

Lo que es seguro, es que se puede constatar que luego de esas relaciones los nervios, como las cadenas de un tejedor, son relajados y enseguida rotos por la tensión inseparable de la vida en común...

Fue muy digno aquel a quien se le preguntaba cómo se encontraba en los placeres del amor y que respondió: "Silencio sobre eso, amigo. En verdad es con inmensa alegría que yo les he escapado, como se escapa de un señor furioso y salvaje".

Sin embargo el matrimonio debe ser una cosa aceptada y de una vez por todas colocado en su lugar: el Señor quiere que la humanidad se multiplique, pero no dice: condúzcanse como libertinos; y no deseó que nos entregáramos a los placeres sensuales como si hubiéramos nacido para la cópula. Que el Pedagogo nos llena de confusión cuando nos grita por boca de Ezequiel: "Estén circuncidados de su prostitución". Aún los animales provistos de razón tienen un tiempo bien establecido para la fecundación.

Pero unirse sin buscar la procreación de los hijos es ultrajar a la naturaleza: debemos por el contrario, colocarnos en la escuela de esta naturaleza y observar los sabios preceptos de su pedagogía para el tiempo oportuno de la unión, quiero decir lo que ella ha fijado para la vejez y para la juventud: a esta, ella no permite aún el casamiento, a aquella no lo permite más; pero de todos modos, ella no autoriza a casarse en cualquier tiempo. El casamiento es el deseo de la procreación y no la evacuación desordenada del esperma, evacuación que es contraria tanto a la ley como a la razón.

Toda nuestra vida puede desarrollarse observando las leyes de la naturaleza, si dominamos nuestros deseos desde el principio y si no matamos, con medíos de un arte perverso, la descendencia humana nacida según los designios de la divina providencia; porque esas mujeres, que para esconder su inconducta utilizan drogas abortivas que expulsan una materia absolutamente muerta, hacer abortar, al mismo tiempo que al feto, sus sentimientos humanos.

Sin embargo, los que tienen el permiso de casarse, tienen necesidad de un pedagogo: (él les enseña) a no cumplir los ritos misteriosos de la naturaleza durante el día, y a no unirse, por ejemplo, a la salida de la Iglesia o del ágora, desde la aurora, como un gallo, a la hora misma de la oración, de la lectura y de las obras útiles que hay que hacer durante el día; sino que es de tarde, después de la comida y de la acción de gracias por los bienes de que se ha gozado, que conviene ir a reposar.

La naturaleza no ofrece continuamente la ocasión de cumplir la unión conyugal... En todo caso no hay que entregarse a la licencia en la noche con el pretexto de que se está a oscuras, sino que hay que conservar en el alma sentimientos de reserva como una luz para la razón; porque no nos diferenciamos de Penélope, si durante el día confeccionamos una doctrina de castidad y de noche la deshacemos... Si en efecto debemos ejercitarnos en un cierto control, como es verdad, hay que mostrarlo sobre todo a la propia esposa, evitando las uniones inconvenientes; y hay que dar en la propia casa la prueba segura de que se es casto con los vecinos.

En verdad, si se busca escapar a las observaciones por lo que se hace, quiere decir que se tiene conciencia de cometer una falta; y todo hombre que comete una falta, es también injusto: no sobre todo hacia el prójimo, si él es adúltero, sino hacia sí mismo, porque tiene sobre la conciencia un adulterio; de todas maneras, se vuelve peor y más miserable. Aquel, en efecto, que comete una falta, en tanto que comete la falta, se vuelve peor y más menospreciable de lo que era; y de todas maneras hay en él algo más fuera del placer vergonzoso: el desorden moral. Por eso el fornicador está huerto para Dios y abandonado por el Logos y por el Espíritu; es un cadáver. Porque el que es santo, como es natural, rechaza el ser manchado.

Siempre ha sido permitido al puro estar en contacto con el puro; por lo que no hay que despojarnos del pudor cuando nos despojamos del vestido, ya que jamás es permitido al justo despojarse de la castidad. En efecto he aquí que este cuerpo corruptible revestirá la incorruptibilidad, cuando el deseo insaciable que desemboca en la caída, estando sometido a una pedagogía de continencia, habrá perdido todo su gusto por la corrupción y dejado al hombre acceder a una castidad eterna...

No hay pues que vivir más a la manera de los mortales cuando uno se santifica para Dios, ni tampoco, como lo dice Pablo, hacer de los miembros de Cristo miembros de una prostituta, ni del templo de Dios el templo de las pasiones vergonzosas.

Recuérdense de los ochenta mil hombres que fueron rechazados a causa de su fornicación: el tratamiento infligido a los fornicadores es, como ya lo he dicho, un "ejemplo" que alecciona a nuestros deseos sensuales. Y el Pedagogo nos da esta advertencia muy clara: "No te dejes arrastrar por tus deseos sensuales y defiéndete contra tus concupiscencias.

''El vino y las mujeres harán desviarse a los hombres sensatos; y el que se une a las prostitutas se volverá más impuro, los gusanos y las larvas lo recibirán en herencia y será destruido, para que se ofrezca un ejemplo más elocuente"; y la Escritura dice aún porque ella no se cansa de ser útil: "El que hace frente y resiste al placer, ese corona su vida'".

No se tiene pues el derecho de abandonarse a la voluptuosidad ni de quedarse estúpidamente esperando los deseos sensuales, ni tampoco de dejarse impresionar sin medida por los deseos contrarios e la razón, ni, en fin, de desear la polución. Hay permiso para sembrar, para uno que está casado, como para un cultivador, solamente en el momento en que la semilla puede ser recibida con oportunidad.

2. Para el resto del tiempo hay una excelente medicina para la incontinencia, y es el ser razonable; y también se es ayudado evitando la saciedad, que infla los deseos sensuales.