Textos escogidos de los Santos Padres acerca del Bautismo

Enseñanza de los Doce Apóstoles (Didaché)  (ca.70)

VII.1. Acerca del bautismo, bautizad de esta manera: Dichas con anterioridad todas estas cosas, bautizad en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en agua viva.

2. Si no tienes agua viva, bautiza con otra agua; si no puedes hacerlo con agua fría, hazlo con caliente.

3. Si no tuvieres una ni otra, derrama agua en la cabeza tres veces en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

4. Antes del bautismo, ayunen el bautizante y el bautizando y algunos otros que puedan. Al bautizando, empero, le mandarás ayunar uno o dos días antes.

Carta de Bernabé (ca. 130)

 XI.   Más inquiramos si tuvo el Señor interés en manifestarnos anticipadamente algo acerca del agua y de la cruz. Ahora bien, acerca del agua se dice contra Israel cómo no habían de aceptar el bautismo, que trae la remisión de los pecados, sino que se construirán otros lavatorios para sí mismos. 2. Dice, en efecto, el profeta: Pásmate, oh cielo, y erícese aún más sobre esto la tierra: Dos males ha hecho mi pueblo: A mí me abandonaron, fuente de vida, y para sí se cavaron pozo de muerte.

3.     ¿Acaso es una roca desierta mi monte santo de Sinaí?. Porque seréis como los polluelos de un ave, que se echan a volar cuando se les quita el nido.

4.     Y otra vez dice el profeta: Yo mandaré delante de ti, y allanaré las montañas, y haré pedazos las puertas de bronce y añicos los cerrojos de hierro, y te daré tesoros sombríos, escondidos, invisibles, para que sepas que yo soy el Señor. Y: Habitará en la cueva elevada de la peña fuerte.

5.     Y: El agua suya, fiel; veréis al rey con gloria y vuestra alma meditará el temor del Señor. 6. Y de nuevo dice en otro profeta: El que esto hiciere, será como árbol plantado a par de la corriente de las aguas, que dará su fruto a debido tiempo, y su hoja no caerá, y todo cuanto hiciere prosperará. 7. No así los impíos, no así, sino como el tamo, que esparce el viento sobre la haz de la tierra. Por lo cual, no se levantarán los impíos en el juicio, ni los pecadores en el consejo de los justos; porque el Señor conoce el camino de los justos y perecerá el camino de los impíos.

8.     Daos cuenta cómo definió en uno el agua y la cruz. Pues lo que dice es esto: Bienaventurados quienes habiendo puesto su confianza en la cruz, bajaron al agua; porque su recompensa dice que será en el tiempo debido. Entonces-dice-daré la paga. Lo que luego añade sobre que las hojas no caerán significa que toda palabra que saliere de vuestra boca en fe y caridad, será para conversión y esperanza de muchos.

9.     Además, otro profeta dice: Y era la tierra de Israel celebrada sobre toda otra tierra. Lo que quiere decir: El Señor glorifica el vaso de su Espíritu. 10. ¿Qué dice seguidamente? Y el río fluía por la derecha y brotaban de él hermosos árboles; y quien comiere de ellos vivirá para siempre. 11. Esto quiere decir que nosotros bajamos al agua rebosando pecados y suciedad, y subimos llevando fruto en nuestro corazón, es decir, con el temor y la esperanza de Jesús en nuestro espíritu. Y el que comiere de ellos, vivirá para siempre, quiere decir: quien escuchare, cuando se le hablan estas cosas, y las creyere, vivirá eternamente.

I Apología de San Justino  (ca.150)

61.  A cuantos se convencen y aceptan por la fe que es verdad lo que nosotros enseñamos y decimos, y prometen ser capaces de vivir según ello, se les instruye a que oren y pidan con ayunos el perdón de Dios para sus pecados anteriores, y nosotros oramos y ayunamos juntamente con ellos. Luego los llevamos a un lugar donde haya agua, y por el mismo modo de regeneración con que nosotros fuimos regenerados, lo son también ellos: en efecto, se someten al baño por el agua, en el nombre del Padre de todas las cosas y Señor Dios, y en el de nuestro salvador Jesucristo y en el del Espíritu Santo. Porque Cristo dijo: “Si no volviereis a nacer, no entraréis en el reino de los cielos” (Jn. 3, 3), y es evidente para todos que no es posible volver a entrar en el seno de nuestras madres una vez nacidos. Y también está dicho en el profeta Isaías el modo como podían librarse de los pecados aquellos que habiendo pecado se arrepintieran: “Lavaos, volveos limpios, quitad las maldades de vuestras almas, aprended a hacer el bien...” (Is. 1, 16ss). La razón que para esto aprendimos de los apóstoles es la siguiente. En nuestro primer nacimiento no teníamos conciencia, y fuimos engendrados por necesidad por la unión de nuestros padres, de un germen húmedo, criándonos en costumbres malas y en conducta malvada. Ahora bien, para que no sigamos siendo hijos de la necesidad y de la ignorancia, sino de la libertad y del conocimiento, alcanzando el perdón de los pecados, estando él en el agua, el nombre del Padre de todas las cosas y Señor Dios, el único nombre que invoca el que conduce a este lavatorio al que ha de ser lavado... Este baño se llama iluminación, para dar a entender que son iluminados los que aprenden estas cosas. Y el que es así iluminado, se lava también en el nombre de Jesucristo, el que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y en el nombre del Espíritu Santo, que nos anunció previamente por los profetas todo lo que se refiere a Jesús.

Pedagogo de Clemente de Alejandría  (+ ca. 215)

26.1. Esto es lo que ha ocurrido con nosotros, cuyo modelo fue el Señor: tras ser bautizados, hemos sido iluminados; iluminados, hemos sido adoptados como hijos; adoptados, somos perfeccionados; hechos perfectos, hemos adquirido la inmortalidad. Está escrito: Yo os he dicho: dioses sois e hijos todos del Altísimo. 2.  Esta obra recibe múltiples nombres: gracia, iluminación, perfección, baño. Baño, por el que quedamos limpios de nuestros pecados; gracia, por la que se nos cancelan las penas merecidas por aquellos; iluminación, por la que contemplamos la santa y salvadora luz, es decir, aquella (iluminación) por la que somos capaces de contemplar lo divino; lo llamamos perfección, finalmente, porque de nada carece. 3.  Pues, ¿qué puede faltarle a quien ha conocido a Dios?. Sería ciertamente absurdo dar el nombre de gracia de Dios a un don incompleto: es evidente que quien es perfecto concederá gracias perfectas. Así como todas las cosas llegan a existir en el instante mismo en que El lo ordena, así también cuando El quiere conceder una gracia, hace que ésta se produzca en toda su plenitud, porque el poder de su voluntad anticipa el tiempo futuro. Además, la liberación de los males es comienzo de salvación.

27.1   Así pues, sólo quienes hayamos sido primeramente iniciados en el umbral de la vida, somos ya perfectos, pues vivimos desde que nos hemos separado de la muerte. Seguir a Cristo es la salvación: Lo que en Él  fue hecho, es vida. En verdad, en verdad os digo –asegura- que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna y no incurre en condenación, porque ha pasado de la muerte a la vida. 2.  Por tanto, el solo hecho de creer y ser regenerado es ya la perfección en la Vida, porque en Dios no se da jamás imperfección alguna. Así como su querer es realización de la obra que llamamos “mundo”, así también a su voluntad sigue la salvación de los hombres que se llama “Iglesia”. El conoce a los que ha llamado; y a los que ha llamado los ha salvado: los ha llamado y salvado simultáneamente. Pues vosotros – dice el Apóstol- habéis sido enseñados por Dios.  3.  Así que no nos es lícito considerar como imperfecta la enseñanza que nos viene de Dios; y lo que Dios nos enseña es la salud eterna que nos da el Salvador eterno, al cual sea la gracia por los siglos de los siglos. Amén. Sólo el que ha sido regenerado, ha sido liberado también de las tinieblas, y como el mismo nombre, “iluminado”, indica, por eso mismo ha recibido la luz.

28.1.  Como los que, sacudidos del sueño, se despiertan al punto y vuelven en sí; o más bien, como los que intentan quitar de sus ojos las cataratas, que les impiden recibir la luz exterior de la que se ven privados, pero consiguen al fin despojarse de lo que obstruía sus ojos, dejando libre la pupila; así también, los bautizados, desembarazados de los pecados que oscurecían, a modo de sombras, al Espíritu divino, dejamos libre el ojo luminoso del espíritu, el único que nos hace capaces de contemplar lo divino, pues el Espíritu Santo desciende desde el cielo y se derrama en nosotros.   2. Este rayo de luz eterna está capacitado para ver la luz, porque lo semejante es amigo de lo semejante, y lo santo es amigo de Aquél de quien procede la santidad, y que, en sentido propio, recibe el nombre de “luz”: Porque vosotros erais antes tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Pienso que quizás por esto el hombre era llamado “luz” entre los antiguos. 3.  Sin embargo, aún no ha recibido –dicen- el don perfecto; también yo lo reconozco; pero está en la luz, y la obscuridad no lo aherroja, y entre la luz y la obscuridad no hay nada intermedio: la perfección está reservada para la resurrección de los fieles, y no consiste en la consecución de otro bien, sino en la plena posesión del bien anteriormente prometido. 4.  No decimos que se den simultáneamente ambas cosas: la llegada a la meta y su previsión. La eternidad y el tiempo, el punto de partida y la meta no son ciertamente cosas idénticas. Pero ambos actos se refieren al mismo proceso y es el mismo ser el sujeto de ambas etapas. 5.  Y así, puede decirse que el punto de partida, en el tiempo, es la fe y la meta es la posesión, por toda la eternidad, del objeto prometido. El Señor ha manifestado claramente su voluntad salvífica universal: Esta es la voluntad de mi Padre; que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga la vida eterna, y yo le resucitaré en el último día.

29.1  Según esto, nosotros estamos firmemente convencidos de haber alcanzado ya relativamente la perfección en este mundo, enigmáticamente llamado “último día”, puesto que es reservado hasta el final. La fe, en efecto, es la perfección del aprendizaje, por eso dice: El que cree en el Hijo tiene la vida eterna. 2.  Pues bien, si nosotros, por haber creído, tenemos ya la vida, ¿qué otra cosa nos queda por adquirir que sea superior a la consecución de la vida eterna?. Nada falta a la fe, que es perfecta y completa de por sí. Si algo le faltara, no sería perfecta; ni sería tal fe, si fuera deficiente en lo más mínimo; los que han creído ya no tienen nada que esperar después de su partida de este mundo: han recibido las arras aquí abajo y para siempre. 3.  Estas cosas futuras que, en cierto modo, hemos recibido anticipadamente gracias a la fe, las poseeremos realizadas después de la resurrección; y así se cumplirá la palabra: Hágase conforme a tu fe. Donde está la fe, allí está el cumplimiento de la promesa; y la plenitud de la promesa es el descanso final. Cierto que la gnosis está en la iluminación, pero el término de la gnosis es el reposo, fin último de nuestros deseos. 4.  Como la inexperiencia desaparece con la experiencia y la escasez con la abundancia, así también, necesariamente, la iluminación disipa la obscuridad. La obscuridad es la ignorancia que produce nuestras caídas en el pecado y debilita nuestra vista para alcanzar la verdad. La gnosis, por tanto, es la iluminación que disipa la ignorancia y nos hace capaces de ver con claridad. 5.  Análogamente, el desasimiento de las cosas inferiores pone al descubierto las superiores: lo que la ignorancia mantenía desgraciadamente atado, para nuestro mal, lo desata felizmente la gnosis, para nuestro bien. La gracia de Dios y la fe del hombre rompen con fuerza estas ataduras y nuestros pecados quedan borrados por el único remedio saludable: el bautismo en el Logos.

30.1.  Quedamos lavados de todas nuestras culpas y en el acto dejamos de ser malos. Por la gracia singular de la iluminación (bautismal) nuestra condición ya no es la de antes de ser lavados. Y así como la gnosis que ilumina la inteligencia se produce simultáneamente con la iluminación, así también, en el acto, sin antes haber aprendido nada, oímos llamarnos discípulos; la enseñanza se nos da anteriormente, pero no se podría precisar en qué momento. 2.  La catequesis lleva a la fe, y la fe es educada por el Espíritu Santo en el momento del santo bautismo. La fe es el único y universal medio de salvación de la humanidad; es un don que el Dios justo y bueno da a todos por igual; esto lo ha explicado muy bien el Apóstol: 3.  Antes de llegar a la fe, estábamos bajo la custodia de la Ley, a la espera de la fe que debía ser revelada. Por consiguiente, la ley ha  sido nuestro pedagogo, que nos condujo a Cristo, para que fuéramos justificados por la fe; pero una vez que ha llegado la fe, ya no estamos sujetos al pedagogo.

Segunda Catequesis mistagógica: el misterio del Bautismo de San Cirilo de Jerusalén (c. 315 - c. 386).

Segunda catequesis mistagógica y lectura de la Epístola a los Romanos:

“¿Ignoráis acaso que todos nosotros que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?...” hasta “Vosotros no estáis bajo la ley sino bajo la gracia”.

1.  Os serán útiles estas instrucciones cotidianas sobre los misterios, estas nuevas enseñanzas, anunciadoras de nuevas realidades, ya que habéis sido renovados pasando de la condición vieja a la novedad. Por esto es necesario que os proponga la continuación de las instrucciones mistagógicas de ayer, a fin de que aprendáis la significación simbólica de los ritos realizados en vosotros en el interior del edificio.

Despojamiento de los vestidos

2.  Apenas entrados os habéis despojado la túnica, y este gesto era imagen del despojamiento del hombre viejo con sus obras. Despojados, estabais desnudos, imitando también en esto a Cristo desnudo sobre la cruz, quien por su desnudez ha despojado a los principados y poderes y que audazmente  - sobre el madero- los ha arrastrado en su cortejo triunfal (Cf. Col. 2, 15). Pues en vuestros miembros tenían su guarida las energías adversas (reminiscencia de Rom. 7, 23),  no os es más permitido vestir  la vieja túnica. No estoy hablando de ningún modo de la túnica visible, sino del hombre viejo que se corrompe en las concupiscencias engañosas (Cf. Ef. 4, 22). Que pueda no volverla a vestir el alma que una vez se despojó de ella, sino que ella diga con la esposa de Cristo en el Cantar. “Me he despojado de mi túnica, ¿cómo la vestiré otra vez?” (Cant. 5, 3). Oh maravilla, estabais desnudos a la vista de todos y no enrojecíais. En efecto, verdaderamente llevabais la imagen del primer hombre, Adán, que en el paraíso estaba desnudo y no enrojecía (Cf. Gn. 2, 25).

Unción

3.  De inmediato, una vez desvestidos, habéis sido ungidos con aceite exorcizado, desde los cabellos en lo alto de la cabeza hasta la parte más baja del cuerpo, y habéis llegado a ser participantes (koinonoi) del olivo auténtico, Jesucristo. Desgajados en efecto del olivo silvestre, habéis sido injertados en el olivo cultivado, y habéis llegado a ser participantes (koinonoi) de la abundancia del verdadero olivo (Cf. Rom. 11, 17-24). El aceite exorcizado simboliza así la participación (koinonías) en la abundancia de Cristo; él hace huir todo vestigio de energía (energeias) adversa. Así como las insuflaciones de los santos y la invocación del nombre de Dios, como una llama muy ardiente arden y expulsan a los demonios, así este aceite exorcizado, por la invocación de Dios y la plegaria, recibe una tal fuerza (dunamin) que no solamente purifica, quemándolos, los vestigios del pecado, sino que expulsa las potencias invisibles del maligno.

Inmersión bautismal

4.  Después de esto habéis sido conducidos de la mano a la santa piscina del divino bautismo, como Cristo fue conducido desde la Cruz al sepulcro que está ante vosotros. Y a cada uno se os preguntó si creía en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y habéis confesado  la confesión saludable, y habéis sido sumergidos tres veces en el agua y luego habéis emergido, significando ahí también, simbólicamente, la sepultura de Cristo durante tres días. En efecto, así como Nuestro Salvador pasó  tres días y tres noches en el corazón de la tierra (Cf. Mt. 12, 40), así también vosotros en la primera emersión habéis imitado el primer día de Cristo en la tierra, y en la inmersión la noche; pues como uno que está en la noche no ve nada y al contrario, uno que está en el día vive en la luz, así en la inmersión, como en la noche, no veíais nada, pero en la emersión os volvisteis a encontrar como en el día. Y en un mismo momento moríais y nacíais: esta agua saludable fue a la vez vuestra tumba y vuestra madre. Y lo que Salomón dijo a propósito de otra cosa puede sin duda adaptarse a vosotros; en ese pasaje dice en efecto: “Hay un tiempo para estar en el mundo y un tiempo para morir” (Cf. Eccl. 3, 2). Pero para vosotros fue a la inversa: hubo un tiempo para morir y un tiempo para nacer. Un solo y único tiempo ha producido estos dos acontecimientos, y con vuestra muerte ha coincidido vuestro nacimiento.

Efectos místicos

5.  Oh cosa extraña y paradojal!. Nosotros no hemos muerto verdaderamente, no hemos sido verdaderamente sepultados, no hemos sido verdaderamente crucificados y resucitados; pero si la imitación no es más que una imagen (eikon), la salvación es una realidad (aletheia). Cristo ha sido realmente crucificado, realmente sepultado y verdaderamente ha resucitado, y toda esta gracia nos ha sido dada a fin de que, participantes en sus sufrimientos, -al imitarlos-, ganemos, en verdad, la salvación. Oh filantropía sin medida!. Cristo ha recibido los clavos en sus manos puras y ha sufrido, y a mí, sin sufrimiento y sin pena, otorga por esta participación la gracia de la salvación.

6.  Que nadie estime, por lo tanto, que el bautismo obtiene solamente la gracia de la remisión de los pecados y de la adopción de hijos, como el bautismo de Juan que no procuraba mas que la remisión de los pecados. Pero nosotros, que somos instruídos exactamente, sabemos que si él es purificación de los pecados e intermediario del don del Espíritu Santo, es también la réplica de la Pasión de Cristo. Y es por lo que Pablo, hace un momento, proclamaba: “¿Ignoráis acaso que todos nosotros que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, en su muerte hemos sido bautizados?. Hemos sido por lo tanto sepultados con él mediante el bautismo” (Rom. 6, 3-4). Quizás se expresaba él de esta manera frente a algunos, inclinados a ver en el bautismo el intermediario de la remisión de los pecados y de la adopción de hijos, pero no la participación (koinonía), en imitación, en los verdaderos sufrimientos de Cristo.

7.  Por lo tanto, debemos aprenderlo: todo lo que Cristo ha resistido es por nosotros y por nuestra salvación que en realidad, y no en apariencia, lo ha soportado; y nosotros llegamos a ser participantes en sus sufrimientos. De donde la proclamación perfectamente exacta de Pablo: “Si nos hemos hecho una misma planta con Cristo, por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la semejanza de su resurrección” (Rom. 6, 5). Igualmente es buena la expresión: “una misma planta”. En efecto, porque aquí ha sido plantada la verdadera viña, nosotros también, por la participación en el bautismo de su muerte, hemos llegado a ser “una misma planta” con él. Aplica tu espíritu con mucha atención a las palabras del Apóstol. El no dice: Si hemos llegado a ser una misma planta por la muerte, sino por la semejanza de la muerte. Verdaderamente, en efecto, una muerte real ha padecido Cristo, su alma fue separada de su cuerpo, y verdadera fue también su sepultura, pues en un lienzo puro (Cf. Mt. 27, 59) su santo cuerpo fue envuelto, y todo en él ha sucedido en verdad. En cuanto a nosotros se trata de la semejanza de su muerte y de sus sufrimientos; pero la salvación no es una semejanza sino una realidad (alétheia).

8.  Estas enseñanzas os son suficientes: conservadlas en vuestra memoria, a fin de que yo también, indigno, diga de vosotros: “Os amo porque sin cesar os acordáis de mi y porque conserváis estas tradiciones que yo os he transmitido (Cf. I Cor. 11, 2)”. Dios es poderoso, él que de los muertos os ha sacado vivos (Cf. Rom. 6, 13), para concederos caminar en novedad de vida (Cf. Rom. 6, 4). A él gloria y poder, ahora y por los siglos. Amén.

La Gran Catequesis de San Gregorio de Nisa (ca. 334-394)

Sin embargo, como quiera que el plan divino relativo al baño de purificación forma parte de las enseñanzas reveladas – ya se quiera llamarlo bautismo, ya iluminación, o bien regeneración-, bueno será que sobre él expliquemos algo brevemente.

EL BAUTISMO

El agua del nuevo nacimiento

XXXIII. 1.  Efectivamente, los adversarios nos oyen decir razones tales como éstas: “Al pasar de la muerte a la vida, puesto que el primer nacimiento conducía a la muerte, lógico era que se inventase otro nacimiento, que no comenzase por la corrupción, sino que condujese al nacido a una vida inmortal, con el fin de que, como lo nacido de nacimiento mortal necesariamente es mortal, así también lo nacido de nacimiento que no admite corrupción fuera superior a la corrupción de la muerte”. Pues bien, cuando nos oyen éstos y otros razonamientos semejantes y se les comienza a enseñar el modo del bautismo, esto es, que una oración a Dios, una invocación de la gracia celeste, agua y fe son los medios por los que se realiza el misterio de la regeneración, se muestran incrédulos, pues miran lo externo y dicen que lo realizado corporalmente no concuerda con la promesa, porque –dicen- ¿cómo una oración y una invocación de la potencia divina hechas sobre el agua se tornan en principio primero de vida para los iniciados?.

De qué manera regenera el agua

2.  Frente a éstos, si es que no presentan demasiada resistencia, bastará una simple respuesta para inducirlos a asentir a esta doctrina. Efectivamente, puesto que el modo del nacimiento carnal está claro para todos, preguntémosles nosotros a nuestra vez cómo es que se convierte en hombre aquello que se arroja para que comience a formarse el ser vivo. Ahora bien, realmente sobre esto no existe teoría alguna que descubra con un razonamiento algo que convenza. Porque, si se los compara, ¿qué tiene de común la definición del hombre con la cualidad que contemplamos en aquel semen?. El hombre es un ser racional e inteligente, capaz de pensamiento y de conocimiento, mientras aquél lo observamos en su calidad de húmedo, y el pensamiento no capta más que lo percibido por el sentido.

3.  Pues bien, la respuesta que naturalmente se daría por parte de los preguntandos sobre cómo se puede creer que de aquel semen se forme un hombre, es la misma que nosotros ofrecemos cuando se nos pregunta acerca de la regeneración efectuada por medio del agua. Efectivamente, en el primer caso, le es fácil a cada uno de los preguntandos decir que aquello se convierte en hombre por la potencia divina, pues, si ella no está presente aquello queda inerte e inefectivo. Entonces, si aquí no es lo natural lo que forma al hombre, sino que es la potencia divina la que transforma en naturaleza humana lo que aparece a la vista, sería el colmo de la injusticia y la necedad, después de reconocer aquí a Dios una potencia tan grande, creer que en este otro caso la divinidad carece de vigor para ejecutar su voluntad. 4.  ¿Qué hay de común –dicen- entre el agua y la vida? ¿Y qué hay de común –les replicaremos- entre el elemento húmedo y la imagen de Dios? Ahora bien, no hay nada extraño en el hecho de que, por quererlo Dios, el elemento húmedo se transforme en el ser vivo más digno. Pues lo mismo en nuestro caso. También nosotros decimos que no hay de qué extrañarse si la presencia de la potencia divina transforma en incorruptible al ser nacido en la naturaleza corruptible.

Dios invocado en la oración

XXXIV.  1. Sin embargo, siguen buscando una prueba de que Dios se hace presente cuando se le invoca para santificar los ritos. Quien esto busca, relea de nuevo lo que ya se investigó arriba. Efectivamente,  la confirmación del carácter verdaderamente divino de la potencia que se nos ha manifestado en la carne se convierte en apoyo de la presente cuestión.

2.  Demostrado, en efecto, que es Dios el que se manifestó en la carne, pues a través de sus hechos milagrosos mostró su propia naturaleza, a la vez quedó demostrado que se hace presente en los hechos siempre que se lo invoca. Efectivamente, lo mismo que cada ser tiene alguna particularidad que da a conocer su naturaleza, así también lo propio de la naturaleza divina es la verdad. Ahora bien, tiene prometido que siempre estará junto a los que lo invoquen y en medio de sus fieles, y que permanecerá en todos y estará unido con cada uno. Por consiguiente, no tendríamos ya necesidad de ninguna otra prueba de que la divinidad está presente en los hechos, si realmente, gracias a los milagros, hemos creído en la presencia divina, si sabemos que lo propio de la divinidad es no tener la más mínima mezcla de mentira, y si no ponemos en duda que lo prometido estará presente en la promesa extensa de mentira.

Eficacia de la oración consecratoria del bautismo

3.  Sin embargo, el hecho de que la invocación mediante la oración preceda a la dispensación de la gracia divina constituye una prueba más de que es Dios quien lleva a cabo lo que se está ejecutando. Efectivamente, en la otra forma de procreación humana, los impulsos de los padres, aunque ellos no invoquen a Dios con la oración, por obra del poder de Dios, según se dijo arriba, dan forma a lo engendrado, y en cambio, sin ese poder, su empeño resulta fracasado e inútil. Pues bien, en la forma espiritual de generación, puesto que Dios ha prometido estar presente en los hechos y ha depositado en la acción su propio poder, según lo hemos creído, y puesto que nuestro libre albedrío se adhiere al resultado, si el socorro de la oración viene a unirse convenientemente, ¿cuánto más perfecto no será el objeto del empeño?

4.  Realmente, lo mismo que quienes oran a Dios pidiendo que les salga el sol en nada menoscaban al fenómeno, que es inevitable, y lo mismo que nadie tacharía de inútil el empeño de los que oran,  por el hecho de pedir a Dios lo que de todos modos se producirá, así también los que están persuadidos por fe de que, según la verídica declaración de la promesa, la gracia necesariamente estará en posesión de los que son regenerados mediante esta misteriosa dispensación divina, o provocan alguna añadidura de gracia o, en todo caso, no quitan la ya existente. En efecto, el que necesariamente esté presente lo creemos porque es Dios quien ha hecho la promesa, y el testimonio de la divinidad lo tenemos a través de los milagros. De modo que por ninguna razón cabe dudar de la presencia divina.

Triple inmersión bautismal

XXXV.  1.  Ahora bien, la bajada del hombre al agua y el hacerla hasta tres veces encierra otro misterio. Efectivamente, como quiera que el modo empleado para nuestra salvación se hizo eficaz,  no tanto por la guía de la doctrina como gracias a los actos que obró el que tomó sobre sí el compartir la condición humana, tras haber hecho de la vida una realidad efectiva, con el fin de que mediante la carne asumida por Él  y con Él deificada, se salvase también a la vez todo cuanto le era afín y de la misma naturaleza que ella, era necesario inventar algún modo en el que los actos del seguidor tuvieran algún parentesco y semejanza con los del guía. Por consiguiente, es necesario mirar qué rasgos contemplamos en el guía de nuestra vida, para que, como dice el Apóstol, los seguidores ajustemos la imitación conforme al autor de nuestra salvación.  2.  Efectivamente, lo mismo que los ya maestros en táctica militar instruyen en la práctica de las armas a los aprendices haciendo que miren atentos al buen ritmo y la marcialidad del movimiento, y si uno practica el ejemplo propuesto se queda privado de tal experiencia, así también es absolutamente necesario que aquellos que tienen idéntico celo por el bien sigan igualmente por la imitación al guía que nos conduce a nuestra salvación  pongan por obra lo que Él ha mostrado antes. Porque no es posible que lleguen al mismo término si llevan caminos diferentes.

De la oración a la libertad

3.  Efectivamente, como los que, hallándose sin poder atravesar los recovecos de los laberintos, si dan con una persona experta en los mismos y la siguen en su marcha hacia atrás consiguen atravesar las complicadas y engañosas revueltas del edificio, y no lograrían atravesarlas si no fueran siguiendo las huellas del que guía, así también tú, piensa que el laberinto de esta vida sería imposible de atravesar para la naturaleza humana, si no se tomara el mismo camino por el cual salió del encierro el que estuvo en él.

El tercer día

4.    Laberinto llamo,  en sentido figurado, a la prisión sin salida de la muerte, donde fue encerrada la desventurada humanidad. Así pues, ¿qué hemos contemplado en el autor de nuestra salvación? Estado de muerte durante tres días, y vida nuevamente. Por tanto, tenemos que imaginarnos también en nosotros algo semejante. ¿Y cuál es esa invención por la que se lleva a cabo también en nosotros la imitación de lo que Él hizo?

5.  Todo ser muerto tiene un lugar apropiado y natural, la tierra, en la cual se le acuesta y se le oculta. Ahora bien, la tierra y el agua tienen mutuamente mucha afinidad, pues son los dos únicos elementos pesados y con tendencia hacia abajo, y los únicos que subsisten el uno en el otro y que mutuamente se dominan. Como quiera, pues, que el guía de nuestra vida, al morir, descendió bajo la tierra, conforme a la común naturaleza, la imitación de su muerte que realizamos nosotros está figurada en el otro elemento afín.

6.     Y como aquel hombre venido de arriba, después de asumido el estado de cadáver y ser depositado bajo tierra durante tres días, de nuevo surgió a la vida, así también el que está unido a Él en su naturaleza corporal, si mira al feliz resultado mismo, quiero decir a la vida como término, y derrama sobre sí agua en vez de tierra y se zambulle por tres veces en ese elemento, reproduce por imitación la gracia de la resurrección al tercer día.

7.  Pero ya anteriormente se ha dicho algo parecido, a saber, que la muerte fue introducida en la naturaleza humana, según un plan por parte de la providencia divina, para que, desaparecida la maldad en la separación del cuerpo y del alma, de nuevo el hombre, reconstruido mediante la resurrección, estuviera sano y salvo, libre de pasiones, puro y ajeno a toda mezcla de maldad. Solamente que en el guía de nuestra salvación tuvo su perfección el plan divino, pues se cumplió enteramente conforme a su propio fin.

8.  Efectivamente, los elementos que estaban unidos fueron separados por la muerte, y esos elementos separados fueron de nuevo juntados para que, purificada la naturaleza  en la disolución de los elementos afines –del cuerpo y del alma quiero decir-, el retorno de estos elementos separados resultase limpio de toda mezcla extraña. Sin embargo, en los que siguen a su guía, la naturaleza no permite la imitación exacta en todo, sino que ahora la  admite únicamente en la medida de lo posible, y reserva el resto para el tiempo futuro. 9.  Entonces, ¿qué es lo que se imita? El hacer desaparecer la propia maldad en la imagen del estado de muerte, y eso mediante el agua, aunque no es en verdad una desaparición completa, sino como una ruptura de la continuidad del mal, pues dos son las causas que concurren para eliminar la maldad: el arrepentimiento del que pecó y la imitación de la muerte; gracias a ellas, el hombre se libra en cierto modo de su afinidad con la maldad: por el arrepentimiento, pasa a odiar y repudiar la maldad, y por la muerte obra la desaparición del mal.

Imitar a Cristo 

10.  Ahora bien, si esta imitación se diese en la muerte completa, ya no habría imitación, sino identidad de la cosa, y el mal desaparecería por completo de nuestra naturaleza, de modo que, como dice el Apóstol, se moriría el pecado de una vez para siempre. Mas, como quiera que, según se ha dicho, nosotros imitamos a la potencia suprema sólo cuanto nos permite la pobreza de nuestra naturaleza, cuando se nos inmerge en el agua tres veces y de nuevo surgimos del agua, estamos imitando la sepultura salvífica y la resurrección, que, en el tiempo, ocurrió al tercer día, y debemos pensar que, como el agua está a nuestra disposición y libremente podemos sumergirnos en ella y salir nuevamente de ella, así también el soberano del universo tenía en su mano el sumergirse en la muerte, como nosotros en el agua, y de nuevo resurgir a la bienaventuranza que le es propia.  11.  Por tanto, si se atiende a la verosimilitud y se juzgan los hechos según la potencia que hay en uno y otro caso, no se hallará diferencia alguna en los hechos, pues el uno y el otro obran lo que está en su poder según la medida de su naturaleza. Efectivamente, si el hombre puede entrar sin peligro en contacto con el agua, si lo quiere, la potencia divina puede, con una facilidad infinitamente mayor, afrontar la muerte, entrar en ella y no sufrir mudanza que implique debilidad.

12.  La razón, pues, de que nos fuera necesario preludiar en el agua la gracia de la resurrección es que supiéramos que para nosotros es igualmente fácil ser bautizados en el agua que resurgir de la muerte. Ahora bien, en los acaeceres de la vida, algunas cosas son más importantes que otras, y sin ellas no podría tener éxito lo que se hace. Sin embargo, si comparamos el principio con el término, el principio parecerá no tener la menor importancia, comparado con el final, pues, ¿qué tienen de igual el hombre y aquel semen que constituyó al ser vivo? y con todo, sin este semen no existiría aquel. Pues así también el gran don de la resurrección, aunque por naturaleza es mayor, sin embargo tiene aquí sus principios y sus causas, pues no es posible que aquélla se haga realidad, si no le ha precedido esto otro.

13.  Digo que no le es posible al hombre la resurrección sin la regeneración del baño bautismal, aunque no me refiero a la reconstitución y restauración de nuestro compuesto humano. Efectivamente, la naturaleza debe caminar hacia esto absolutamente a impulso de sus propias leyes y según el plan de su creador, lo mismo si recibe la gracia del bautismo que si queda sin participar de tal iniciación. Yo me refiero a la restauración del estado feliz, divino y alejado de toda tristeza.

14.  Porque, ciertamente, no todos los seres que mediante la resurrección reciben el privilegio de regresar a la existencia vuelven a la misma vida, sino que hay mucha distancia entre los que están purificados y los que todavía necesitan purificación. Efectivamente, aquellos a quienes en esta vida sirvió de guía la purificación del baño bautismal se dirigirán hacia lo que les es afín, y lo afín a la pureza es la ausencia de pasión, y no cabe duda de que la bienaventuranza consiste en la ausencia de pasiones. Aquellos, en cambio, en quienes las pasiones se encallecieron y no aplicaron ningún remedio purificador de su inmundicia – ni el agua sacramental, ni la invocación del poder divino, ni la enmienda del arrepentimiento- también ellos tendrán necesariamente lo que les corresponde.

Leyes de la purificación

15.  Ahora bien, lo que corresponde al oro impuro es el horno de la fundición. Y así, una vez fundida toda la maldad que se les había mezclado, su naturaleza, pura ya, al cabo de largos siglos volverá a Dios sana y salva. Por consiguiente, puesto que hay cierta fuerza purificadora en el fuego y en el agua, los que lavaron la mancha de la maldad mediante el agua sacramental no necesitan la otra forma de purificación, mientras que, al revés, quienes no han sido iniciados en esta purificación necesariamente tendrán que ser purificados por el fuego.

XXXVI.  1.  Efectivamente, no sólo la razón común, sino también la enseñanza de las Escrituras muestra que es imposible que entre en el coro divino quien no haya lavado enteramente las manchas de la maldad. Esto, aunque poca cosa en sí, es el principio y fundamento de grandes bienes. Digo poca cosa, por la facilidad del buen resultado. Porque, ¿qué trabajo cuesta creer que Dios está en todas partes, que, aun estando en todo, asiste también a los que invocan su poder vivificante, y que estando presente obra lo que le es propio?  2.    Ahora bien, lo propio de la actividad digna es la salvación de los que la necesitan. Ésta se hace efectiva mediante la purificación del agua. El que ha sido purificado tendrá parte en la pureza, y la pureza verdadera es la divinidad. Estás viendo cómo el principio es poca cosa y fácil de realizar bien: fe y agua;  la fe, porque está dentro de nuestro libre albedrío; el agua, porque es familiar a la vida humana. Sin embargo,  el bien que de ellas nace es tan grande y de tal índole que implica la familiaridad con la propia divinidad.