OBRAS COMPLETAS DEL PSEUDO DIONISIO AREOPAGITA

LA JERARQUÍA CELESTE.

CAPÍTULO CAPÍTULO II CAPÍTULO III Qué se entiende por jerarquía y cuál sea su provecho CAPÍTULO IV Lo que significa el nombre "ángel" CAPÍTULO V ¿Por qué llaman indistintamente "ángeles" a todos los del Cielo? CAPÍTULO VI Cuáles sean la primera clase, media e inferior del orden celeste CAPÍTULO VII De los serafines, querubines y tronos. Y de la primera jerarquía que ellos constituyen CAPÍTULO VIII De las dominaciones, virtudes y potestades. Y de su jerarquía media. CAPÍTULO IX De los principados, arcángeles y ángeles. Y de su última jerarquía CAPÍTULO X Recapitulación y conclusión de la coordinación de los ángeles CAPÍTULO XI Por qué llama ángeles a los humanos jerarcas (obispos) CAPÍTULO XIII ¿Por qué se dice que el profeta Isaías fue purificado por un serafín? CAPÍTULO XIV Lo que significa el tradicional número de ángeles

LA JERARQUÍA ECLESIÁSTICA

CAPÍTULO  CAPÍTULO II 1. El rito de la iluminación II. El misterio de la iluminación III. Contemplación CAPÍTULO III 1. El Sacramento de la Eucaristía II. Misterio de la "sinaxis" o comunión III. Contemplación

CAPÍTULO IV I. Del Sacramento de la Unción y sus efectos II. Misterio del Sacramento de la Unción III. Contemplación CAPÍTULO V 1. De las consagraciones sacerdotales. Poderes y actividades II. Misterio de las consagraciones sacerdotales III. Contemplación CAPÍTULO VI 1. De los órdenes que forman los iniciados II. Misterio de la consagración de un monje CAPÍTULO VII  1. Los ritos de difuntos II. Misterios sobre aquellos que mueren santamente  II. Contemplación 

LOS NOMBRES DE DIOS

CAPÍTULO 1  CAPÍTULO II Unificación y diferenciación en Dios. Qué significa en Dios unidad y diferencia CAPÍTULO III El poder de la oración. San Hieroteo. La piedad y los escritos teológicos CAPÍTULO IV  El Bien. La Luz. La Hermosura. El Amor. El Extasis. El Celo. El Mal: no es ser, ni procede del ser, ni está en los seres  CAPÍTULO V Del ser y de los arquetipos CAPÍTULO VI De la Vida De la Sabiduría, Inteligencia, Razón, Verdad y Fe CAPÍTULO VIII

Del Poder, Justicia, Salvación, Redención. Y también de la Desigualdad CAPÍTULO IX De lo grande, pequeño, idéntico, otro, semejante, desemejante, estado, movimiento, igualdad CAPÍTULO X

Del Omnipotente y Anciano de días. También sobre la eternidad y el tiempo CAPÍTULO XI De la Paz. Del "Ser por Sí': De la "Vida por Sí". Del "Poder por Sí". Y de otras expresiones semejantes CAPÍTULO XII  Del Santo de los santos, Rey de reyes, Señor de señores, Dio: de dioses CAPÍTULO XIII Del Perfecto y del Uno

TEOLOGÍA MISTICA

CAPÍTULO  En qué consiste la divina tiniebla CAPÍTULO II Cómo debemos unirnos y alabar al Autor de todas las cosas, que está por encima de todo  CAPÍTULO III Qué se entiende por teología afirmativa y teología negativa  CAPÍTULO IV Que no es nada sensible la Causa trascendente a la realidad sensible CAPÍTULO V

Que no es nada conceptual la Causa suprema de todo lo conceptual

LAS CARTAS

CARTA I  Al monje Gayo CARTA II Al mismo monje Gayo CARTA III

Al mismo Gayo CARTA IV Al mismo monje Gayo CARTA V A Doroteo, diácono CARTA VI Al sacerdote Sosípatro CARTA VII Al obispo Policarpo  CARTA X  A Juan el teólogo, apóstol y evangelista, desterrado en la isla de Patmos

LA JERARQUÍA CELESTE.

CAPÍTULO

El presbítero Dionisio a su copresbítero Timoteo. Aun cuando la iluminación procede por amor de múltiples maneras hacit los objetos que están bajo su providencia, no obstante per manece en su misma simplicidad y unifica a cuando ilumina.

"Todo buen don y toda dádiva perfecta viene etc arriba, desciende del Padre de las luces". Más aún, la Luz procede del Padre, se difunde copiosamente sobre nosotros y con su poder unificante nos atrae y lleva a lo alto. Nos hace retornar a la unidad y deificante simplicidad del Padre, congregados en El. "Porque de El y para El son todas las cosas"', como dice la Escritura.

Invoquemos, pues, a Jesús, la Luz del Padre, "la luz verdadera que viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre", "por quien hemos obtenido acceso"' al Padre, la luz que es fuente de toda luz. Fijemos la mirada lo mejor que podamos en las luces que los Padres nos transmiten por las Sagradas Escrituras. En cuanto nos sea posible estudiemos las jerarquías de los espíritus celestes conforme la Sagrada Escritura nos lo ha revelado de modo simbólico y anagógi­co. Centremos fijamente la mirada inmaterial del entendi­miento en la Luz desbordante más que fundamen­tal, que se origina en el Padre, fuente de la Divinidad. Por medio de figuras simbólicas, nos ilustra sobre las bien­aventuradas jerarquías de los ángeles. Pero elevémonos sobre esta profusión luminosa hasta el puro Rayo de Luz en sí mismo.

Por supuesto, este Rayo de Luz no pierde nada de su propia naturaleza ni de su íntima unidad. Aun cuando actúa y se multiplica exteriormente, como es propio de su bondad, para ennoblecer y unificar los seres que están bajo su providencia', sin embargo permanece interiormente estable en sí mismo, absolutamente firme en identidad inmóvil. Da a todos, en la medida de sus fuerzas, poder para elevarse y unirse a El según su propia simplicidad.

Pero este Rayo divino no podrá iluminarnos si no está espiritualmente velado en la variedad de sagradas figuras, acomodadas a nuestro modo natural y propio, según la paternal providencia de Dios.

3. Por lo cual, nuestra sagrada jerarquía quedó esta­blecida por disposición divina a imitación de las jerarquías celestes, que no son de este mundo. Mas las jerarquías inmateriales se han revestido de múltiples figuras y formas materiales a fin de que, conforme a nuestra manera de ser, nos elevemos analógicamente desde estos signos sagrados a la comprensión de las realidades espirituales, simples, inefables. Nosotros, los hombres, no podríamos en modo alguno elevarnos por vía puramente espiritual a imitar y contemplar las jerarquías celestes sin ayuda de medios materiales que nos guíen como requiere nuestra naturaleza. Cualquier persona reflexionando se da cuenta de que la hermosura aparente es signo de misterios subli­mes. El buen olor que sentimos manifiesta la iluminación intelectual. Las luces materiales son imagen de la copiosa efusión de luz inmaterial. Las diferentes disciplinas sagra­das corresponden a la inmensa capacidad contemplativa de la mente. Los órdenes y grados de aquí abajo simbolizan las armoniosas relaciones del Reino de Dios. La recepción de la Sagrada Eucaristía es signo de la partici­pación en Jesús, y lo mismo sucede con los seres del Cielo, que de modo trascendente reciben los dones, dados a nos­otros simbólicamente.

La fuente de perfección espiritual nos ha provisto de imágenes sensibles que corresponden a las realidades inmateriales del Cielo, pues cuida de nosotros y quiere hacernos a semejanza suya. Nos dio a conocer las jerar­quías celestes: instituyó el colegio ministerial de nuestra propia jerarquía a imitación de la celeste, en cuanto huma­namente es posible, en su divino sacerdocio. Nos reveló todo esto por medio de santas alegorías contenidas en la: Sagradas Escrituras, para elevarnos espiritualmente desdt lo sensible y conceptual a través de los símbolos sagrado: hasta la cima simplicísima de aquellas jerarquías celestes en que las cosas celestiales y divinas nos son reveladas conve nientemente, aun cuando sea por medio de símbolo: desemejantes

CAPÍTULO II

En que las cosas celestiales y divinas nos son reveladas conve-nientemente, aun cuando sea por medio de símbolos desemejantes.

1. Ante todo, creo que debo exponer cuál e: el principal objeto de toda jerarquía y en qué sentido see provechosa a sus miembros. Luego ensalzaré las jerarquía: celestes, según lo que nos ha revelado la Sagrada Escritura Por último, hay que describir bajo qué formas sagradas.le Escritura representa los órdenes celestes, pues a través de esas figuras debemos elevarnos a perfecta simplicidad.

No podemos imaginar, como hace el vulgo, aquella: inteligencias celestes con muchos pies y rostros, de forme parecida a bueyes o como leones salvajes. No tienen corvo: picos de águilas ni alas o plumas de pájaros. No los imaginemos como ruedas flamígeras por el cielo, tronos materiales, cómodos, donde se sienta la Divinidad, caballos variopintos, capitanes blandiendo espadas o cualquier otra forma en que las Santas Escrituras nos lo han representado en variedad de símbolos. La teología se vale de imágenes poéticas al estudiar estas inteligencias que carecer de figuras. Pero, como queda dicho, lo hace en atención nuestra propia manera de entender; se sirve de pasajes bíblicos puestos a nuestro alcance en forma anagógica para elevarnos más fácilmente a lo espiritual.

2. Estas figuras hacen referencia a seres tan espiritua­les que no podemos conocerlos ni contemplarlos. Figuras y nombres de que se valen las Escrituras son inadecuados para representar tan santas inteligencias. Efectivamente, podría objetarse que si los teólogos hubieran que­rido dar forma corporal a lo que es absolutamente incorpóreo, deberían haber comenzado con los seres tenidos por más nobles, inmateriales y trascendentes, en vez de acudir a múltiples formas terrenas, ínfimas, para aplicarlas a rea­lidades divinas, que son totalmente simples y celestes. Qui­zás lo haga con intención de elevarnos y no de rebajar lo celeste con imágenes inadecuadas. En realidad, es una ofensa indigna a los poderes divinos e induce a error nuestra inteligencia confundiéndola con esas composiciones profanas. Uno se imaginaría fácilmente que sobre los cie­los hay multitud de leones y caballos, que las alabanzas son mugidos, que vuelan bandadas de pájaros o que los cielos están llenos de otra clase de animales, mate­rias viles y semejantes desatinos que describen, hasta el absurdo, la corrupción y pasiones.

Hay en ellas provi­dencial cuidado de no ofender a los poderes divinos cuando representan con figuras las inteligencias celestes. Con la misma solicitud evitan que nos aficionemos desor­denadamente a símbolos que contengan algo de bajeza y vulgaridad. Por lo demás, dos son las razones para repre­sentar con imágenes lo que no tiene figura, y dar cuerpo a lo incorpóreo. Ante todo, porque somos incapaces de ele­varnos directamente a la contemplación mental. Necesita­mos algo que nos sea connatural, metáforas sugerentes de las maravillas' que escapan a nuestro conoci­miento. En segundo lugar, es muy conveniente que para el vulgo permanezcan veladas con enigmas sagrados las ver­dades que contienen acerca de las inteligencias celestes. No todos son santos y la Sagrada Escritura advierte que no conviene a todos conocer estas cosas.

Con respecto a la inconveniencia de las imágenes bíbli­cas o al uso de comparaciones tan bajas para significar jerarquías tan dignas y santas, es objeción a la que se res­ponde diciendo que la revelación divina se pre­senta de dos maneras.

3. Una procede naturalmente por medio de imágenes semejantes a lo que significan. La otra emplea figuras dese­mejantes hasta la total desigualdad y el absurdo. Sucede a veces que las Escrituras en sus enseñanzas misteriosas representan la adorable santidad de Dios "Verbo", "Inteligencia" y "Esencia". Hacen ver que la racionalidad y sabi­duría son atributos convenientes a Dios, a quien debemos considerar real subsistencia y causa verdadera de la subsis­tencia de todos los seres. Más aún, le representan como Luz y le llaman Vida.

Estas formas sagradas ciertamente muestran más reve­rencia y parecen superiores a las representaciones materia­les. No son, sin embargo, menos deficientes que las otras con respecto a la Deidad, que está más allá de cual­quier manifestación del ser y de la vida. No puede expre­sarla ninguna luz y toda razón o inteligencia no llega ni a tener parecido.

Ocurre, por eso, que las mismas Escrituras ensalzan la Deidad con expresiones totalmente desemejantes. La lla­man invisible, infinita, incomprensible y otras cosas que dan a entender no lo que es, sino lo que no es. Esta segunda manera, a mi entender, es mucho más propia hablando de Dios, pues, como la secreta y sagrada tradición nos enseña, nada de cuanto ha existido se parece a Dios y des­conocemos su supraesencia invisible, inefable, incom­prensible".

Puesto que la negación parece ser más propia para hablar de Dios, y la afirmación positiva resulta siempre inadecuada al misterio inexpresable, conviene mejor refe­rirse a lo invisible por medio de figuras desemejantesil. Por lo cual, las Sagradas Escrituras, lejos de menospreciar las jerarquías celestes, las ensalzan con figuras totalmente desemejantes. De ese modo realmente nos damos cuente de que aquellas jerarquías, tan distantes de nosotros, tras. cienden toda materialidad.

Por lo demás, no creo que ninguna persona sensata deje de reconocer que las desemejanzas sirven mejor que las semejanzas para elevar nuestra mente al reino del espíritu. Figuras muy nobles podrían inducir a algunos al error de pensar que los seres celestes son hombres de oro, luminosos, radiantes de hermosura, suntuosamente vestidos, inofensivamente llameantes, o bajo otras formal por el estilo con que la teología ha representado las inteli­gencias celestes.

Para evitar esos malentendidos entre gentes incapace1 de elevarse por encima de la hermosura que perciben los sentidos, piadosos teólogos, sabia y espiritualmente, han condescendido con el uso de símbolos desemejantes Obrando así, ellos han frenado nuestra natural tendencia a lo material y el deseo de satisfacernos perezosamente con imágenes de baja calidad. A la vez, han favorecido la eleva­ción de la parte superior del alma, que siempre anhela las cosas de arriba. En efecto, la tosquedad de esos símbolos sirve de estímulo para que incluso los aficionados a las cosas terrenas no puedan juzgar verosímil ni posible la semejanza de estas cosas triviales con las celestes Por lo demás, en todas las cosas hay algo de belleza, como dice rectamente la Escritura: "Todo es muy bueno"

4. Todas las cosas pueden favorecer la contempla­ción. Como antes decía, las desemejanzas con el mundo pueden aplicarse a esos seres que son a la vez inteligibles e inteligentes". Pero téngase siempre en cuenta la diferencia enorme que hay entre lo que cae bajo el dominio de los sentidos y lo propio del entendimiento19. Así, en las cria­turas irracionales la cólera nace de un impulso apasiona­do20 de movimiento irascible, mas hay que entenderlo de diferente modo cuando se trata de quienes disfrutan de razón. En este caso, la cólera es, yo creo, la firme actuación de la razón y capacidad de perseverar con tenacidad en principios santos e inmutables.

De modo parecido la concupiscencia. En los irraciona­les es una búsqueda ilimitada de bienes materiales a impulsos del instinto o costumbre de aficionarse a lo pere­cedero, apetito irracional dominante que induce a los vivientes a poseer cualquier cosa placentera a los sentidos. Pero cuando lo aplicamos al ser inteligente hay que enten­derlo de diferente manera. Decimos que sienten deseos, pero significa el anhelo divino de la Realidad inmaterial, que está más allá de toda razón y de toda inteligencia. Es firme y constante deseo de contemplar pura e impasible­mente.la Supraesencia. Hambre espiritual insaciable y ver­dadera comunión con la luz inmaculada y sublime, de espléndida e inefable hermosura. Intemperancia que será el ardor perfecto, inquebrantable, manifiesto en el anhelo constante de la divina hermosura, la total entrega al verdadero objeto de todo deseo.

Decimos que son irracionales los animales y objetos, porque les falta razón; a los objetos, además, sen­sación. Pero cuando lo decimos de los seres inmateriales, intelectuales, se entiende bajo el aspecto de santidad. Son criaturas que trascienden con mucho nuestra razón corpo­ral discursiva, como la inteligencia sobrepasa las sensacio­nes materiales. Por tanto, podemos servirnos rectamente de figuras, tomadas incluso de la materia vil, con referencia a los seres celestes. Después de todo, las cosas terrenas sub­sisten gracias a la Hermosura absoluta, que contienen den­tro de su condición material. Por la materia podemos elevarnos hasta los arquetipos inmateriales. Pero hay que tener especial cuidado para usar debidamente las semejanzas y desemejanzas. No puede establecerse una relación de identidad, sino que, teniendo en cuenta la dis­tancia entre los sentidos y el entendimiento, se acomoda­rán según corresponda a cada cual.

5. Hallaremos que los teólogos místicos se sirven de esto para hablar de las jerarquías celestes y también para explicar los misterios de la Deidad. A veces la celebran con imágenes muy llamativas; por ejemplo, cuando dicen Sol de Justician, Estrella de la mañana que se levanta hasta la inteligencia, Luz de fulgor intelectual. En otros casos se valen de expresiones más terrenas. Comparan a Dios con fuego que arde sin quemar", agua que comunica plenitud de vida, que metafóricamente llega a las entrañas y forma ríos inagotables. Usan también semejanzas de cosas ordi­narias, como ungüento suave", piedra angular". Llegan hasta comparaciones de animales. Atribuyen a Dios propiedades del león, la pantera, el leopardo y el oso devorador. Añádase lo que parece más abyecto e impro­pio de todo, la forma de gusano" con que han representado a Dios admirables intérpretes de los misterios divinos.

Así los que saben de Dios, intérpretes bajo la inspira­ción misteriosa, no mezclan con las cosas perfectas y profa­nas al "Santo de los santos". Utilizan aquella desemejante figura a fin de que las realidades divinas no se confundan con las inmundas ni los fervientes admiradores de los sím­bolos divinos se adhieran a tales figuras como si tuvieran existencia real. Así, con verdaderas negaciones y con dese­mejanzas, últimos reflejos divinos, honran a Dios como es debido.

Nada, pues, tiene de indigno representar los seres celes­tes, como queda dicho, por medio de semejanzas o desemejanzas inadecuadas al objeto.

En mi ordinaria investigación, esta dificultad no me habría estimulado hasta llegar a una explicación precisa de las virtudes sagradas si yo no hubiese tenido problema con imágenes de la Escritura, disformes con respecto a los ángeles. No podía mi mente satisfacerse con esa imagine­ría inadecuada. Tal inquietud me indujo a ir más allá de la representación material, a pasar santamente las aparien­cias y a través de ellas elevarme a realidades que no son de este mundo.

Pero baste ya lo dicho sobre las imágenes materiales e impropias con que las Escrituras Sagradas se refieren a los ángeles. Debo precisar ahora lo que entiendo por jerarquía y qué ventajas ofrece a quienes participan de ella. Que mi guía en esta exposición, sea Cristo, mi Cristo, si es lícito hablar así, el inspirador de cuanto podemos conocer sobre la Jerarquía, y tú, hijo mío, debes seguir las recomen­daciones de nuestra tradición jerárquica. Escucha devota­mente estos razonamientos sagrados e inspirados y te servirá de iluminación esta doctrina. Guarda las santas verdades en lo recóndito de tu alma. Preserva su unidad frente a la multiplicidad de lo profano, pues, como dice la Escritura, no es lícito echar a los cerdos la pura, brillante y espléndida armonía de perlas espirituales.

CAPÍTULO III

Qué se entiende por jerarquía y cuál sea su provecho

1. A mi juicio, jerarquía es un orden sagra­do, un saber y actuar lo más próximo posible de la Deidad'. Se elevan a imitar a Dios en proporción de las luces que de El reciben, la Hermosura de Dios tan simple, tan buena, el origen de toda perfección no admite en sí la menor deseme­janza. Dispensa a todos, según el mérito de cada cual', su luz y los perfecciona revistiéndolos misteriosa y estable­mente de su propia forma.

2. La jerarquía, pues, tiene por fin lograr en las criatu­ras, en cuanto sea posible, la semejanza y unión con Dios. Una jerarquía tiene a Dios como maestro de todo saber y acción. No deja de contemplar su divinísima her­mosura. Lleva en sí la marca de Dios. Hace que sus miembros sean imágenes de El bajo todos los aspectos, espejos transparentes y sin mancillas, que reflejan el brillo de la luz primera y de Dios mismo. Luego que sus miembros han recibido la plenitud de su divino esplendor, transmiten genesoramente la luz, conforme al plan de Dios, a aque­llos que les siguen en la escala.

Seria grave error para los santos guías, y asimismo para los que de ellos aprenden, hacer algo contra las disposicio­nes sagradas' de aquel que, después de todo, es la fuente de perfección. Sería un error la desobediencia, en espe­cial si es que anhelan el divino resplandor de Dios, y han fijado para siempre la mirada en aquel fulgor. Es lo que conviene a su carácter sagrado. Y más si están configura­dos, en la medida de sus fuerzas, con aquella Luz.

Así es que el nombre de jerarquía designa una disposi­ción sagrada, imagen de la hermosura de Dios, que repre­senta los misterios de la propia iluminación, gracias al orden sagrado de su rango y de sus saberes'. Se asemeja a la propia fuente y, en cuanto es posible, se configura con su propio origen. Porque la perfección de cada uno de cuan­tos están en este sagrado orden consiste principalmente en que, según la propia capacidad, tiende a la imitación de Dios. Más admirable aún: llega a ser, como dice la Escri­tura, "cooperador de Dios"' y reflejo de la actividad divina en cuanto es posible.

Por eso, cuando el orden sagrado dispone que unos sean purificados y otros purifiquen; unos sean iluminados y otros iluminen; unos sean perfeccionados y otros perfec­cionen, cada cual imitará a Dios de hecho según el modo que convenga a su función propia. Lo que nosotros llamamos bienaventuranza de Dios está libre de toda deseme­janza. Es plena luz, sempiterna, perfecta, sin que le falte nada. Ella es la que purifica, ilumina y perfecciona. O mejor, es la santa purificación, iluminación, perfección. Está por encima de toda purificación, sobre toda ilumina­ción; es la verdadera fuente de perfección, más que per­fecta. Causa de toda jerarquía, sobrepasa con mucho todo lo sagrado.

3. A mi parecer, los ya purificados están perfecta­mente limpios de toda mancha y libres de la menor desemejanza. Creo que cuantos reciben la iluminación sagrada están llenos de luz divina y levantan los santos ojos de la mente hasta alcanzar plena capacidad de con­templación. Finalmente, pienso que los perfectos, lejos ya de toda imperfección, deben unirse a quienes contemplan los santos misterios con ciencia perfeccionante. Justo es que quienes purifican hagan a otros participar de su abundante pureza. Justo asimismo que quienes ilumi­nan mentes más transparentes que las otras, gozosamente llenos de sagrado fulgor y capaces tanto de recibir como de transmitir la luz, la desborden doquier y difundan entre los que sean dignos de ella.

Por último, que quienes tienen el oficio de crear perfec­ción, muy entendidos en la doctrina perfeccionante, deben hacer que los perfectos lleguen a ser como ellos, instruyén­dolos en la doctrina sagrada de lo que ya contemplan devotamente.

Resulta, pues, que cada orden de la jerarquía sagrada, según a cada cual corresponde, se eleva hasta la coopera­ción con Dios. Con la gracia y poder que Dios da hace cosas que natural y sobrenaturalmente son propias de la Deidad. Algo que El lleva a cabo supraesencialmente y luego lo revela por la jerarquía a las inteligencias que aman a Dios", para que éstas las imiten dentro de lo posible.

CAPÍTULO IV

Lo que significa el nombre "ángel"

1. Creo que he explicado ya lo que entiendo por jerarquía y debo, según eso, entonar un himno de alabanza a las jerarquías angélicas. Con ojos que miren más allá del mundo he de contemplar las figuras sagradas que les atribuyen las Escrituras para que, a través de esas místicas representaciones, podamos elevarnos hasta la simplicidad de Dios. Entonces, con la debida adoración y acción de gracias, glorificaremos a la Deidad, fuente de cuanto poda­mos conocer de las jerarquías.

Ante todo, debemos afirmar esta verdad: la Deidad supraesencial ha establecido la esencia de todas las cosas ) les ha dado la existencia'. Es propio de la Causa universal Bondad suprema, llamar a comunión consigo todas las cosas en cuanto a éstas les es posible. Por eso, todo ser participa en cierto modo de la Providencia que viene de la Deidad supraesencial, causa de todo. En realidad nada puede existir sin que dependa en modo alguno de aquel que es fuente de todo ser. De El participan las cosas inanimadas por el mero hecho de existir, pues todo se] debe la propia existencia a la Deidad trascendente. Los vivientes, a su vez, participan del poder que da la vida sobrepasa toda vida. Los seres dotados de razón e inteligencia participan de la Sabiduría, perfección absoluta, pri­mordial, que sobrepasa toda razón e inteligencia4. Queda claro, pues, que estos últimos seres están más próximos a Dios porque de muchas maneras comparten con El.

2. Comparados con las cosas que se limitan a existir, con los seres de vida irracional, e incluso con nues­tra naturaleza racional, los santos órdenes de seres celestes son evidentemente superiores por cuanto han recibido de la divina largueza. En el modo de conocer se parecen a Dios. Con El conforman sus inteligencias. Por eso, entran naturalmente en mayor comunión con la Deidad: porque están siempre en marcha a las alturas; porque, en cuanto es posible, tienden a concentrarse en el indeficiente amor de Dios; porque de modo inmaterial y en toda pureza reciben la luz directamente de su origen; porque su vida, guiada por tal luz, es plenamente inteligente.

Estas inteligencias son las que más íntima y ricamente participan de Dios, y a su vez son las primeras y más abun­dantes en transmitir a los demás los misterios escondidos de la Deidad. Por lo cual, a ellos les corres­ponde por excelencia antes que a nadie el título de ángel o mensajero'. Son los primeros en recibir la iluniinación de Dios y por medio de ellos se nos transmiten las revelacio­nes que exceden sobremanera nuestros alcances; como dice la Escritura, la Ley que nos fue dada por ángeles6. En tiempos anteriores y después de la Ley fueron ángeles los que guiaron hasta Dios a nuestros ilustres antepasados. Lo hacían manifestándoles lo que debían hacer o apartándo­los del error y vida de pecado para traerlos al camino recto de la verdad. También les revelaban las sagradas jerar­quías visiones de misterios escondidos a este mundo, o divinas profecías'.

3. Quizás alguien diga que Dios ha apare­cido sin intermediarios a algunos santos. Debe saber que las Santas Escrituras afirman claramente que "a Dios nadie le vio jamás" y nunca verá nadie lo más recóndito de la Deidad. Cierto que Dios se ha aparecido a personas san­tas. Así era conveniente a la Deidad acomodarse a la manera de ser de los videntes. La sagrada teología llama con razón teofanía a las visiones en que Dios, que no tiene figura, se manifiesta en semejanza y forma determinada. Dispone a los videntes para un plano divino. Reciben ilu­minación de Dios y de algún modo quedan instruidos sobre los misterios divinos. Fue el poder de Dios quien dis­puso a nuestros antepasados para verle de esta ma­nera.

¿No afirma la Escritura que Moisés recibió directamente de Dios las sagradas ordenanzas de la Ley?'2 Así podía enseñarnos con verdad que aquella legislación era copia exacta de lo divino y sacrosanto. Pero la teología nos muestra claramente que estas divinas orde­nanzas nos fueron dadas por medio de los ángeles a fin de que aprendamos el mismo orden establecido por Dios: que mediante las jerarquías superiores los seres inferiores se elevan a la Deidadr. Ahora bien: en la Ley dada por el que es principio supraesencial de todo orden hay disposiciones que afectan no sólo a los grados superiores y a los inferiores de aquellas inteligencias. Establece, además, que dentro de cada jerarquía los órdenes y potencias se distribuyen en tres grados: primero, medio y último, y que los más próxi­mos a la Deidad deben instruir a los menos cercanos guiándolos hasta la presencia de Dios, su iluminación y comunión.

4. Observo también que el divino misterio del amor de Jesús a los hombres fue primeramente mani­fiesto a los ángeles y por medio de ellos llegó a nosotros la gracia de su conocimiento. Fue el santísimo Gabriel quien declaró al sacerdote Zacarías el misterio de que, con­tra toda esperanza y por gracia de Dios, tendría un hijo que sería el profeta de la obra divino-humana de Jesús, quien iba a manifestarse para bien y salvación del mundo. Gabriel comunicó a María cómo se cumpliría en ella el misterio divino de la inefable deiformación. Otro ángel explicó a José que verdaderamente se habían cumplido las promesas hechas a su antepasado David. Otro asimismo llevó la buena nueva a los pastores que por su vida tran­quila, y separada de las gentes estaban ya de algún modo purificados. Se juntó al ángel "una multitud del ejército celestial" para transmitir a todos los habitantes del orbe el célebre himno de alabanza.

Levantemos ahora la mirada a las más altas revelaciones de las Escrituras. Observo, efectivamente, que Jesús, Causa supraesencial de todos los seres que viven más allá del universo, vino a tomar forma humana sin cambiar su propia naturaleza. Después nunca abandonó la forma humana que El había dispuesto y escogido. Obe­diente la sometió a los deseos de Dios Padre, que los ánge­les hicieron manifiestos. Angeles fueron los que instru­yeron a José sobre los planes del Padre para la huida a Egipto y el retorno a Judea. Jesús mismo recibió órdenes del Padre por medio de los ángeles. No tengo necesidad de recordaron la sagrada tradición" del ángel que con­fortó a Jesús o del hecho que Jesús mismo, por la sobrea­bundante bondad con que llevó a cabo nuestra salvación, es contado entre los ángeles de la revelación con el nombre de "Angel del consejo". ¿No fue El en verdad un ángel por habernos anunciado lo que conoció del Padre?

CAPÍTULO V

¿Por qué llaman indistintamente "ángeles" a todos los del Cielo?

Esta es, en cuanto yo alcanzo a conocer, la razón del nombre "ángel" en las Escrituras. Pero ahora creo que debo preguntarme por qué los teólogos llaman indistintamente ángeles a todos los del Cielo, a la vez que, al tratar de las jerarquías celestes, reservan el nombre de "ángeles" para el último orden jerárquico, el que está subordinado a los grados de los arcángeles, principados, autoridades y poderes que las Escrituras reconocen su­periores.

En todas las jerarquías sagradas el grado superior de cada orden posee las iluminaciones y poderes de los que le están subordinados, pero éstos no tienen las pro­pias de los superiores. Los teólogos' dan el nombre de "ángel" también a los órdenes más altos y santos de entre los seres celestes por el hecho de que manifiestan las ilumi­naciones procedentes de la Deidad. Pero hablando concre­tamente del último orden de los seres celestes no hay razón para llamar ángeles a los miembros de los principados, tro­nos o serafines, porque los ángeles no participan de los supremos poderes de éstos'. Sin embargo, así como este orden superior eleva a nuestros inspirados jerarcas hasta donde ellos conocen de la luz de Dios, los órdenes del grado superior elevan a sus subordinados los ángeles hacia la Deidad.

Si la Escritura emplea el mismo nombre para todos los ángeles es porque los poderes celestes tienen en común una capacidad, inferior o superior, para identificarse con Dios y entrar, más o menos, en comunión con la luz que .viene de El'.

Mas, para aclarar todo esto, contemplemos con mirada pura las santas propiedades de cada orden celeste tal como la Escritura lo ha revelado.

CAPÍTULO VI

Cuáles sean la primera clase, media e inferior del orden celeste

1. ¿Cuántos son y cómo se clasifican los órdenes celestes? ¿Cómo cada una de las jerarquías logra la perfección? Sólo el que es Fuente de toda perfección podría responder con exactitud a estas preguntas, pero, al menos, ellos conocen las iluminaciones y poderes propios de cada orden y su puesto en este orden sagrado y trascendente. Por lo que a nosotros toca, no es posible conocer el misterio de las mentes celestes ni entender cómo alcazan la más alta perfección. Podemos tan sólo conocer lo que la Deidad nos ha manifestado misteriosamente por medio de ellos, ya que conocen bien sus propiedades. Nada, por tanto, tengo que decir por mí mismo de todo esto y me contento meramente con explicar como mejor pueda lo que aprendí de los san­tos teólogos sobre los ángeles tal como ellos nos lo transmiten.

2. La Escritura ha cifrado en nueve los nom­bres de todos los seres celestes, y mi glorioso maestro los ha clasificado en tres jerarquías de tres órdenes cada una. Según él, el primer grupo está siempre en ,torno a Dios. constantemente unido a El, antes que todos los otros y sin intermediarios. Comprende los santos tronos y los órdenes dotados de muchas alas y muchos ojos que en hebreo llaman querubines y serafines. Conforme a la tradi­ción de las Santas Escrituras están colocados inmediata­mente junto a Dios y a su alrededor, más cerca que ningu­no de los otros'. Este triple grupo, dice mi célebre maestro, forma una sola jerarquía que es verdaderamente la prime­ra. Sus miembros disfrutan de igual estado'. Son los más divinizados y los que reciben primero y más directamente las iluminaciones de la Deidad.

El segundo grupo, dice, lo componen potestades, domi­naciones y virtudes. El tercero, al final de las jerarquías celestes', es el orden de los ángeles, arcángeles y prin­cipados.

CAPÍTULO VII

De los serafines, querubines y tronos. Y de la primera jerarquía que ellos constituyen

1. Conformes con este orden de las sagradas jerar­quías convinimos en que los nombres dados a las inteli­gencias celestes significan los modos distintos de recibir la impronta de Dios. Los que saben hebreo reconocen que el santo nombre "serafín" equivale a decir inflamado o incandescente, es decir, enfervorizantes.

El nombre querubín significa plenitud de conoci­miento o rebosante de sabiduría. Con razón, pues, los seres más elevados constituyen la primera jararquía, la de más alto rango, los más eficientes por estar más cerca de Dios. Situados inmediatamente en torno a El, reciben las más primorosas manifestacines y perfecciones de Dios. Por eso se llaman "enfervorizantes" y tronos. Asimismo se les dice rebosantes de sabiduría. Nombres que indican su constante configurarse con Dios.

El nombre serafín significa incesante movimiento en torno a las realidades divinas, calor permanente, ardor desbordante, en movimiento continuo, firme y estable, capacidad de grabar su impronta en los subordi­nados prendiendo y levantando en ellos llama y amor parecidos; poder de purificar por medio de llama y rayo luminoso; aptitud para mantener evidente y sin merma la propia luz y su iluminación, poder de ahuyentar las tinie­blas y cualquier sombra oscureciente.

El nombre querubín, poder para conocer y ver a Dios; recibir los mejores dones de su luz; contemplar la divina Hermosura en su puro hontanar; acoger en sí la plenitud de dones portadores de sabiduría y compartirlos generosa­mente con los inferiores, conforme al plan bienhechor de la sabiduría desbordante.

El nombre de los sublimes y más excelsos tro­nos indica que están muy por encima de toda deficiencia terrena, como se manifiesta por su ascender hasta las cumbres; que están siempre alejados de cualquier bajeza; que han entrado por completo a vivir para siempre en la presencia de aquel que es el Altísimo realmente; que libres de toda pasión y cuidados materiales están siempre listos pare recibir la visita de la Deidad;» que son portadores de Dios están prontos como los sirvientes para acogerle a El y sus dones.

2. Esta es la explicación en cuanto humanamente podemos entender por qué son y se llaman así Ahora me queda por decir lo que entiendo por su jerarquía Creo haber dicho ya suficientemente que toda jerarquía tiene como fin imitar siempre a Dios hasta configurarse con El, y cumplen el oficio de recibir y transferir la purificación inmaculada; la luz divina y el saber que lleva a per­fección. Aquí debo exponer en términos, ojalá dignos de estas inteligencias superiores, lo que de sus jerarquías reve­lan las Sagradas Escrituras.

Los primeros seres tienen su puesto junto a la Deidad, a quien deben lo que son. Están y estuvieron en el vestíbulc de Ella". Aventajan todo poder, visible o invisible, que esté sujeto a cambio. Constituyen una sola jerarquía completa­mente igual.

Hemos de pensar que son totalmente puros no porque estén libres de cualquier mancha o fealdad pro­fana, ni porque imágenes terrenas los empañen. Son puros porque trascienden completamente toda debilidad y gra­dos inferiores de los santos. Su pureza suprema los coloca por encima de otros poderes deiformes; los hace adherirse inquebrantablemente a su propio orden moviéndose eter­namente en constante amor de Dios. No conocen haberse rebajado a cosas inferiores, pues tienen como propiedad el ser semejantes a Dios", cimientos eternamente indeficien­tes, inamovibles y totalmente incontaminados.

Son también "contemplativos," no porque contemplen imágenes sensibles o del entendimiento, ni porque se eleven a Dios en variada contemplación de las Sagradas Escrituras. Lo son porque están llenos de una luz superior que excede todo conocimiento, y porque los invade una tri­ple luz trascendente' de aquel que es principio y fuente de toda hermosura. Contemplativos también porque han logrado entrar en comunión con Jesús, no ya por medio de símbolos sagrados que representen la bondad de Dios actuando desde fuera, sino porque realmente intiman con El y participan en el conocimiento hondo de las luces divi­nas que operan luego fuera. Privilegio especial de ser como Dios, en cuanto les es posible. Con su poder, ante todo par­ticipan en la actuación de El y sus amables virtudes.

Son perfectos, no por la iluminación que los capacita para entender profundamente los misterios sagrados, sino por la plenitud de su deificación primordial, su trascen­dente y angélico conocimiento de la actuación de Dios. Dios mismo los instruye jerárquicamente por medio de otros santos seres. Han podido lograrlo gracias a la capacidad que tienen de levantarse hasta El. Poder que es la marca de superioridad sobre los otros órdenes. Están afirmados junto a la perfecta e indeficiente pureza y, en cuanto es posible, atraídos a la contemplación de la inma­terial e intelectual hermosura. Por ser los primeros en torno a Dios son jerárquicamente los más altos. El verdadero Principio de perfección [209 Al los instruye sobre las razo­nes inteligibles de las obras de Dios19.

3. Los teólogos han afirmado claramente que entre los seres celestes todo cuanto conocen de las obras de Dios los órdenes inferiores lo reciben en forma conveniente de los superiores. Mientras que la misma Deidad es quien, en lo posible, enseña iluminando a los de rango más alto. Nos refieren que algunos son santamente enseñados por los de rango superior. Algunos aprenden que el Rey de la Gloria, el que subió a los Cielos en forma humana, es el "Señor de los poderes celestiales". Otros, en sus dudas sobre la naturaleza de Jesús, adquieren conocimiento de su obra divina con 'provecho de humanidad. Es Jesús mismo quien los instruye en la obra que misericordiosa­mente llevó a cabo por amor al hombre: "Yo soy el que habla en justicia, el poderoso para salvar".

Pero hay aquí algo sorprendente. Los primeros de los seres celestes, los superiores a todos, se muestran circuns­pectos lo mismo que los de rango medio cuando desean iluminación con respecto a la Deidad. No preguntan directamente: "¿Por qué están rojos tus vestidos?" Comienzan por preguntarse unos a otros, mostrando así sus acuciantes deseos de aprender y de saber cómo son las operaciones de Dios. No se anticipan al derrame de la luz con que Dios les provee.

Por eso, la primera jerarquía de las inteligencias celes­tes está jerárquicamente dirigida por la Fuente de toda per­fección, porque puede elevarse directamente hasta Ella. Recibe, según su capacidad, plena purificación, luz infi­nita, perfección completa. Se purifica, se ilumina y perfec­ciona hasta quedar inmune de cualquier debilidad, satu­rada de pura luz. Y alcanza lograr la perfección como par­ticipante del conocimiento y sabiduría primordial.

En resumen, podemos decir con razón que la purifica­ción, iluminación y perfección, las tres son plena participa­ción de la ciencia divina. Esta purifica de toda ignorancia dando a cada cual, según su capacidad, conoci­miento de los misterios más altos. Ilumina con la misma sabiduría de Dios, la cual también purifica las manchas no advertidas aún, pero que ven ahora al ser la luz más abun­dante. Además, mediante esta misma luz, perfecciona el conocimiento con fulgores más brillantes.

4. Esta es, según mis conocimientos, la primera jerar­quía de los seres celestes, el círculo más próximo a Dios. Con plena simplicidad gira sin cesar en torno al que es eterno conocimiento, estabilidad eternamente móvil. Por siempre y totalmente cual conviene a los ángeles. Con una sola mirada, pura, puede gozar de múltiples contem­placiones bienaventuradas y también recibir directamente los simples rayos luminosos. Se sacia con alimento divino, abundante, porque viene del banquete celestial. Unico, porque los vigorizantes dones de Dios llevan al Uno en unidad, sin diversidad.

Esta primera jerarquía es particularmente digna de familiaridad con Dios y coopera con El. Imita, en cuanto es posible, la hermosura del poder y actividad propios de Dios, con subido conocimiento de muchos misterios divi­nos". Por lo cual, las Escrituras han transmitido a los que moran en la tierra los himnos que cantan estos ángeles de la primera jerarquía29. Así se pone santamente de mani­fiesto su iluminación trascendente [212 B]. Algunos de esos himnos son, por decirlo con una imagen sensible, el "ruido de río caudaloso" cuando proclaman: "Bendita sea en su lugar la gloria del Señor". Otros cantan con veneración aquel himno famoso de alabanza a Dios: "¡Santo, Santo, Santo, Señor de los ejércitos! La tierra está llena de su gloria".

En mi libro Himnos divinos dejé ya explicadas lo mejor que pude las alabanzas sublimes que aquellas inteligen­cias santas cantan sobre los Cielos. Creo que expuse allí todo lo que conviene decir. Por lo que hace a mi propósito, me limito a repetir aquí que cuando el primer orden ha recibido, según su capacidad, directamente de Dios la ilu­minación divina, la transmite, como es propio de una jerar­quía bienhechora, a sus inferiores inmediatos. Su enseñanza se reduce a esto: Justo y bueno es que las inteli­gencias deíficas, en cuanto es posible, conozcan y honren a la adorable Deidad, que merece toda alabanza, si bien que está muy por encima de todo. Son estas inteligencias, por cuanto viven en conformidad con Dios, el lugar donde mora la Deidad, como dice la Escritura.

Este primer grupo transmite la enseñanza de que la Deidad es Unidad, Una en Tres Personas", que su esplén­dida providencia se extiende desde los seres más elevados en el Cielo hasta las ínfimas criaturas de la tierra. Es la Causa y Fuente que trasciende la fuente de todo ser y supraesencialmente atrae todas las cosas a su perenne abrazo.

CAPÍTULO VIII

De las dominaciones, virtudes y potestades. Y de su jerar­quía media.

1. He de pasar ahora a la categoría de orden medio de !as inteligencias celestes. Con ojos del espíritu voy a con­templar lo mejor que pueda las dominaciones y la maravi­llosa visión de las divinas virtudes y potestades. Cada Jenominación de los seres tan superiores a nosotros presenta maneras distintas de imitar a Dios y configu­rarse con El.

El revelador nombre "dominaciones" significa, yo creo, in elevarse libre y desencadenado de tendencias terrenas, sin inclinarse a ninguna de las tiránicas desemejanzas que :aracterizan a los duros dominios. Como no toleran nin­lún defecto, están por encima de cualquier servidumbre. Limpias de toda desemejanza se esfuerzan constante­nente por alcanzar el verdadero dominio y fuente de todo señorío. Benignamente, y según su capacidad, reciben ellas Ir sus inferiores la semejanza del Señor. Desdeñan las apa­riencias vacías, y se encaminan totalmente hacia el verda­lero Señor. Participan lo más que pueden en la fuente terna y divina de todo dominio.

La denominación de santas "virtudes"' alude a la fortaleza viril, inquebrantable en todo obrar, al modo de Dios. Firmeza que excluye toda pereza y molicie, mien­tras permanezca bajo la iluminación divina que les es  dada, y firmemente levanta hacia Dios. Lejos de menos­preciar por pereza el impulso divino, mira en derechura hacia la potencia supraesencial, fuente de toda fortaleza. En efecto, esta firmeza llega a ser, dentro de lo posible, ver­dadera imagen de la Potencia de que toma forma, y hacia la cual está firmemente orientada por ser ella la fuente de toda fortaleza. Al mismo tiempo transmite a sus inferiores el poder dinámico y divinizante.

Las santas "potestades", como su nombre indica, tienen el mismo rango que las dominaciones y virtudes. Están armoniosamente dispuestas, sin confusión, para recibir los dones de Dios. Indican, además, la naturaleza ordenada del poder celestial e intelectual. Lejos de abusar tiránica­mente de sus poderes, causando daño a los inferiores, se levantan hacia Dios armoniosa e indefectible­mente; en su bondad elevan consigo los órdenes inferiores. Se parecen, dentro de lo posible, al poder que es fuente y autor de toda potestad.

De este modo, la jerarquía de las inteligencias celestes muestra su configuración con Dios. Como queda dicho, así logra la purificación, iluminación y perfección, recibiendo de Dios las iluminaciones que llegan ya a través del primer orden jerárquico.

2. Esta transmisión de unos ángeles a otros simboliza la perfección, que, como viene de lejos, va ami­norando su luz al pasar del primero al segundo orden. Los santos maestros que nos iniciaron en los misterios de Dios enseñan que la perfección de las realidades divinas, cuando éstas se revelan directamente, es superior a la participación por visiones llegadas de otro modo. De igual manera, creo yo, participan más perfectamente de Dios los ángeles que le son más inmediatos que los otros a los cuales la participación llega por mediadores. Así, pues, valiéndonos de los términos tradicionales, las primeras inteligencias perfec­cionan, iluminan y purifican a los de grado inferior de tal manera, que éstos, por haber sido elevados a través de los primeros hasta la fuente universal y supraesencial, partici­pan, según su capacidad, de la purificación, ilumi­nación y perfección del Unico que es fuente de toda perfección.

El principio divino de todo orden ha establecido la ley universal de que los seres del segundo grupo reciban la ilu­minación de la Deidad por medio de los seres del primero. Como puedes comprobarlo, esto lo afirman frecuente­mente los autores sagrados.

Dios, por amor a la humanidad, corrigió a Israel para que volviese santamente al camino de salvación. Lo entregó a la venganza de las bárbaras naciones, para que se convirtiese de corazón. De este modo reafirmaba Dios su voluntad de llevar hasta la perfección a los hombres pues­tos bajo su especial providencia. Luego, misericordiosa­mente libró a Israel de la cautividad' y lo restableció en su bienestar primero. Zacarías, teólogo, tuvo una visión a este respecto. Era un ángel del primer orden, uno de los más cercanos a Dios, que recibía de El directamente lo que llama la Escritura "palabras de consuelo"6. (Ya he dicho que el nombre de ángel es común a todos los seres celestes.) Otro ángel de rango inferior salió al encuentro del primero y de él recibía iluminación. De este modo, instruido por él como por un jerarca en los planes de Dios, el ángel a su vez confió al teólogo que "muchedumbres volverán otra vez a poblar plenamente Jerusalén.

Ezequiel, otro teólogo, declara que todo esto fue santa­mente dispuesto  por la misma Deidad que en su gloria, superior a toda gloria, tiene a su disposición los que­rubines8. Dios, llevado de amor paternal a los hombres, quería la corrección para provecho de Israel, y con un acto de equidad digna de El determinó separar los inocentes de los culpables. El primero instruido en esto, después del querubín, fue aquel que estaba ceñido con cinturón será­fico y vestía un manto hasta los pies en señal de su misión jerárquica. El, a su vez, comunicaba la decisión divina a los otros ángeles, los que llevan hachas'°. Así cumplía las órdenes de la Deidad, fuente de orden que mandaba cruzar toda Jerusalén y poner una marca sobre la frente de los ino­centes. Dijo a los otros: "Pasad en pos de él y herid. No per­done vuestro ojo ni tengáis compasión. Pero no os lleguéis a ninguno de los que llevan la marca".

¿Qué decir del que anunció a Daniel "la orden está dada" o del primero que tomó fuego de en medio de los querubines?", ¿del querubín que puso fuego en las manos del que vestía la "sagrada estola"", algo que mues­tra claramente el buen orden que existe entre los ángeles? ¿Qué diríamos de aquel que llamó al divinísimo Gabriel y le dijo: "Explícale a éste la visión"? Y todos aquellos ejem­plos que mencionan los sagrados teólogos respecto al orden variadísimo de las jerarquías celestes. Nuestra jerar­quía trata de imitar, dentro de lo posible, aquel orden y her­mosura angélica, de configurarse a su imagen y de elevarse hasta la fuente supraesencial de todo orden y de toda jerarquía.

CAPÍTULO IX

De los principados, arcángeles y ángeles. Y de su última je­rarquía

1. Todavía nos queda por contemplar la última jerarquía de los ángeles, los deiformes principados, arcángeles y ángeles'. Sin embargo, creo que antes de nada debo explicar lo mejor que pueda el significado de estos nombres sagrados. El término "principados celestes" hace referencia al mando principesco que aquellos ángeles ejer­cen a imitación de Dios. Referencia al orden sagrado, más propio para ejercer poderes de príncipes; a la capacidad de orientarse plenamente hacia el Principio que está sobre todo principio y, como príncipes, guiar a otros hacia El. Poder de recibir plenamente la marca del Principio de principios y, mediante el ejercicio equitativo de sus poderes de gobierno, dar a conocer este supraesencial Principio de todo orden.

2. Los santos arcángeles tienen el mismo orden que los principados celestes y, como queda dicho, justamente con los ángeles forman una sola jerarquía y orden. No obstante, como en cada jerarquía hay tres pode­res: primero, medio y último, el santo orden de los arcánge­les tiene algo de los otros dos por hallarse entre los extre­mos'. Se comunica con los santísimos principados y con los santos ángeles; su relación con los primeros se funda en el hecho de que, como los principados, se orienta hacia el Principio supraesencial y, finalmente, en que recibe sobre sí la marca del que es Principio. El orden de los arcángeles comunica la unión a los ángeles gracias a los invisibles poderes de ordenar y disponer lo que ha recibido del Prin­cipio mismo.

El orden de los arcángeles se relaciona con los ángeles por servir de intermedio para comunicar a éstos las ilumi­naciones que reciben de Dios por medio de las pri­meras jerarquías. Los arcángeles se lo comunican a los ángeles y por medio de éstos a nosotros en cuanto somos capaces de ser santamente iluminados.

Como he dicho ya, los ángeles completan el conjunto jerárquico de las sagradas inteligencias. Consti­tuyen ellos el grado inferior. Se da el nombre de ángeles a este grupo con preferencia a otros por cuanto su jerarquía es la más próxima a nosotros, la que nos hace manifiesta la revelación y está más cerca del mundo. Ya he dicho que el orden superior -llamado así por estar más próximo a los misterios divinos- influye jerárquicamente en el segundo grupo, que se compone de santas dominaciones, virtudes y potestades. El segundo preside sobre la jerarquía de princi­pados, arcángeles y ángeles; es el que hace las reve­laciones y, según sus distintos grados, preside las jerarquías humanas a fin de que la elevación y retorno a Dios, comu­nión y unión con El suceda como es debido. Asimismo, todas las jerarquías participan equitativamente de las gracias que bondadosamente Dios les da. Por tanto, los ánge­les velan por nuestra jerarquía humana como lo refiere la Escritura. A Miguel le llaman el príncipe del pueblo judío, y designan diferentes ángeles. para gobernar otras nacio­nes, porque "el Altísimo estableció los términos de los pue­blos según el número de los ángeles'''.

3. Quizás alguien pregunte por qué sólo el pueblo hebreo alcanzó la luz de la Deidad. A esto se res­ponde diciendo que los ángeles han cumplido perfecta­mente su oficio de guardianes y que no es falta suya si otras naciones se han desviado adorando a dioses falsos. En rea­lidad, fueron ellas por su propia iniciativa las que se apar­taron del camino que lleva a Dios. La adoración absurda con que ellos imaginaban agradar a Dios muestra su egoísmo y presunción, como se prueba por lo que sucedió al pueblo hebreo: "Rechazaste la ciencia" de Dios, dice, y has seguido la llamada de tu corazón. Ni está necesaria­mente predeterminada nuestra vida ni la libertad es obs­táculo que impida a la divina Providencia ser fuente de iluminación sobre aquellos que están bajo su cuidado. De hecho, lo que ocurre es esto. La desproporción de los ojos de la inteligencia hace que, siendo copiosísima la iluminación de la bondad del Padre, o se pierda del todo o resulte inútil por rechazarla, o que participen de ella con medida desigual, en grande o pequeña cantidad, oscura­mente o con claridad. Mientras tanto, el refulgente manan­tial de luz continúa siendo único y simple, siempre igual, siempre desbordante.

Lo mismo puede decirse de otras naciones, gentes de donde provenimos nosotros, de manera que poda­mos también levantar la mirada hacia el piélago infinito y generoso de esta Luz divina, que despliega y difunde sus dones sobre todos los seres. No lo dispusieron así dioses extraños. Unico es el Principio universal y los ángeles, que, puestos al frente de las naciones, dirigieron hacia El a todos los que quisieron seguirlos. Piensa en Melquisedec. Estaba lleno de amor de Dios y era sacerdote, no de dioses falsos, sino del verdadero Dios altísimo. Los sabios de las ciencias sagradas no se contentaron con llamar a Melqui­sedec amigo de Dios. Le describieron como sacerdote para hacer ver a los hombres sensatos que su oficio no era sim­plemente convertirse al verdadero Dios, sino más bien, como gran sacerdote, guiar a otros en su camino de ascen­sión hacia el único verdadero Dios.

4. Aquí tienes otro motivo para entender la jerarquía. El ángel tutelar de los egipcios hizo ver al faraón que existe una Providencia solícita y con Señorío poderoso sobre todas las cosas. Lo mismo hizo el ángel de los babilo­nios con el jefe de su nación. Pusieron al frente de aquellas naciones a siervos del verdadero Dios, intérpretes de las visiones que El envió por medio de sus ángeles, quienes las revelaron a José y a Daniel'. Uno solo es el Señor de todos y única su providencia. No imaginemos, por consiguiente, que Dios vela tan sólo por el pueblo judío y que otros dio­ses o ángeles, en pie de igualdad o apareciéndose con El, están al frente de otros pueblos. Los pasajes que pudieran sugerir tal idea deben interpretarse en sentido sagrado, pues no puede significar que Dios comparta el gobierno de la humanidad con ángeles extraños, ni que rija al pueblo de Israel como si fuera su Príncipe o Jefe na­cional.

La Providencia del Altísimo, que es única para todos, mandó ángeles que guiasen los pueblos a la salvación, pero sólo Israel fue el que se convirtió a la Luz y confesó al ver­dadero Señor. Por eso la Escritura muestra con las siguien­tes palabras que Israel escogió por sí mismo adorar al verdadero Dios: "Ha venido a ser la porción del Señor". La teología dice asimismo que Miguel está al frente del pueblo judío", con lo cual significa claramente que le ha sido asignado un ángel a Israel, como a las demás naciones, para que por su medio reconozca a iquel que es principio de gobierno único y universal. Pues única es la Providencia para todo el mundo, supraesencia que tras­ciende todo poder visible e invisible. Hay ángeles al frente de cada nación con la misión de guiar hasta la Providencia, como su propia fuente, a todos los que quieran seguirlos de buen grado.

CAPÍTULO X

Recapitulación y conclusión de la coordinación de los án­geles

1. Concluimos, por tanto, que el primer grupo de los seres inteligentes más próximos a Dios está jerárquicamente ordenado por las iluminaciones proce­dentes del Principio de toda perfección y se eleva a El sin necesidad de intermediario. Ellos obtienen la purificación, iluminación y perfección gracias al don de secretas y res­plandecientes luces de la Deidad. Luces más secretas por­que son más intelectuales, más simplificadoras y unificantes. Más brillantes porque las reciben directamente, antes que nadie y en su totalidad. Se proyectan con tanto mayor fulgor cuanto más próximas estén de su manantial'.

A continuación de este orden, el segundo, y seguido el tercero. Después nuestra jerarquía conforme a su propia naturaleza y lo dispuesto por la armoniosa fuente, con divina equidad, para que todo orden se eleve hasta el Principio y Término de toda armonía, muy por encima de cualquier otro principio.

2. Cada uno de los órdenes es portador de revelacio­nes y noticias de los órdenes que preceden. El primero lo transmite de Dios directamente, mientras que los otros, conforme a su posición, lo comunican según lo reciben de sus anteriores a quienes Dios se lo inspiró. Porque la armo­nía supraesencial del universo ha mirado providencial-mente sobre todos los seres dotados de razón e inteligencia a fin de que sean rectamente dirigidos y santamente elevados. De manera apropiada al carácter sagrado de cada uno, esta armonía ha ordenado los grupos jerárquica­mente distribuyéndolos, como hemos visto, en poderes superiores, medios e inferiores. Además, los ha distribuido equitativamente según el grado de participa­ción divina que tiene cada cual. Más aún, nos dicen los teó­logos que los santísimos serafines se "aclaman unos a otros''', con lo cual, según yo entiendo, manifiestan que los de la primera jerarquía transmiten a los demás lo que conocen de Dios.

3. Hay algo más que puedo razonablemente añadir aquí. Cada inteligencia, celeste o humana, tiene su propio conjunto de primeros, medios e ínfimos órdenes y pode­res'', que manifiestan, en proporción a sus capacidades, la facultad de elevarse, como queda dicho, en la medida de las elevaciones jerárquicas propias de cada cual. Conforme a este ordenamiento, cada una de las jerarquías, en la medida que puede y le es permitido, participa de aquella Purificación que excede a toda purificación; de aquella Luz supraabundante, de aquella Perfección que está por encima de toda perfección. No hay nada absolutamente perfecto. Nada que no tenga necesidad de perfeccionarse. Sólo el Ser realmente perfecto en Sí mismo, que está por encima de toda perfección.

¿Por qué se designa a toda jerarquía angélica con el nombre común de 'poderes celestiales"?

1. Hechas ya todas las distinciones, justo es que consi­deremos ahora por qué acostumbramos llamar "poderes celestiales" a todos los ángeles'. No podemos generalizar la palabra "poderes" como hicimos con  "ángel". No podemos afirmar que el orden de los santos poderes sea el último de todos, ni que el orden de los seres superiores par­ticipe de la santa iluminación dada a los inferiores, ni que estos últimos tomen parte en lo que reciben de los superio­res. Así, pues, la denominación "poderes celestiales" no puede extenderse hasta comprender todas las inteligencias divinas, lo mismo que no podemos hacerlo con serafines, tronos o dominaciones. Los órdenes de la última jerarquía no participan de los atributos propios de la superior. No obstante, llamamos "poderes celestiales" a los ángeles y superiores a ellos, a los arcángeles, a los principados, a las potestades que los teólogos consideran inferiores a los "poderes". Decimos lo mismo de los otros jerárquica­mente superiores.

Sin embargo, siempre que empleamos la denominación "poderes celestiales", en general, para todos estos seres, no confundimos los atributos propios de cada orden. Claramente observamos que, por razones superio­res a este mundo, en las inteligencias divinas se da la triple distinción de ser, poder y acción'. Suponte ahora que, sin pensarlo, llamamos a alguna o a todas ellas "seres o pode­res celestiales". Reconocemos, pues, que hablando así de tales seres y poderes estamos valiéndonos de un cir­cunloquio con base en el ser y poder de todos los órdenes. No se trata de atribuir indistintamente a los seres inferiores las eminentes propiedades de los santos "poderes" ya des­critos. Eso perturbaría el principio de orden que regula las jerarquías angélicas y excluye cualquier confusión.

Por la razón que he expuesto con tanta frecuencia y rec­titud, las jerarquías superiores poseen en grado eminente los atributos de sus inferiores, mientras que estos últimos no tienen la plenitud trascendente de los más altos, si bien que la iluminación pura del principio les es parcialmente transmitida por medio de los primeros y en proporción a la capacidad receptiva de los últimos.

CAPÍTULO XI

Por qué llama ángeles a los humanos jerarcas (obispos)

1. Encuentran aquí otro problema los que gustan de estudiar las Escrituras. Si los últimos no partici­pan en todo lo que disponen los más altos, ¿por qué a nues­ro jerarca humano en las Escrituras le llaman "ángel del 'Señor omnipotente"?'

2. Creo que esta expresión no contradice en modo ilguno a lo dicho anteriormente. Reconocemos que los írdenes inferiores no tienen la plenitud ni poder completo correspondiente a los superiores. Pero participan propor­:ionalmente en el poder de aquéllos como parte de la armoniosa, universal y equitativa comunión en que todos ;e entrelazan. De este modo, aun en el caso de que el orden de los santos querubines posea sabiduría y cien­:ias más subidas, también los órdenes de los seres inferio­-es comparten en menor proporción su sabiduría y ciencia, aunque sea inferior y parcial. De hecho, todos los seres nteligentes deificados participan en la sabiduría y ciencia. se diferencia entre ellos según que esa participación venga lirectamente de la fuente o de modo indirecto e inferior conforme a la capacidad de cada uno. Esto se Puede decir de todos los seres inteligencias deificados, y así tomo el primer orden posee en plenitud los santos atributos de sus inferiores, éstos tienen también aquéllos de los superiores, aunque en menor proporción, no de igual modo.

Por lo cual, no veo ningún inconveniente en que las Escrituras llamen "ángel" incluso a nuestro jerarca (obis­po). Tiene la propiedad de ser, dentro de lo posible, como los ángeles, un mensajero. Tiene, además, la misión de imi­tar, según sus posibilidades, el poder revelador de los ángeles.

3. Podrás también advertir cómo la Escri­tura llama "dioses" no sólo a los seres celestes, que están muy por encima de nosotros'', sino también a los hombres piadosos que entre nosotros se distinguen por su amor a Dios'. Dios es misterio que trasciende todo ser. Es supra-esencial a todo ser. Nada hay que en modo alguno pueda compararse con El. Sin embargo, todo ser dotado de inteli­gencia y razón, que tienda con todas sus fuerzas a la unión con Dios, que procure imitarle incesantemente en cuanto pueda, tal hombre bien merece que le llamemos divino.

3 Esta afirmación sobre el conocimiento de los ángeles, en realidad pura­mente espirituales, la aplican luego Nicolás de Cusa y Leibniz al conoci­miento humano.

CAPÍTULO XIII

¿Por qué se dice que el profeta Isaías fue purificado por un serafín?

1. Hay algo más que debemos considerar del mejor modo posible. ¿Por qué se dice que uno de los teólo­gos recibió la visita de un serafín?' A cualquiera podría extrañar el hecho de que viniese a purificar al intérprete2 uno de los seres superiores y no de los ángeles inferiores.

2 Algunos, de conformidad con la teoría antes ex­puesta, sobre la reciprocidad de los seres-inteligencias, dicen que la Escritura no afirma expresamente que viniera a purificar al teólogo uno de los seres-inteligencias de los más cercanos a Dios dentro de la primera jerarquía. Se refiere aquí -dicen- a uno de aquellos ángeles encarga­dos de nosotros, que tenía la misión de purificar al profeta. Le llamaron serafín por la semejanza de tenerle que borrar los pecados [300 C] mediante el fuego y restablecer al recién purificado en la obediencia a Dios. Por consi­guiente, según esta interpretación, el pasaje del serafín no se refiere a uno de los que asisten al trono de Dios; se trata­ría de alguno de los poderes encargados de purificar­nos'.

3. Alguien me ha facilitado otra solución razonable a este problema. Dice que aquel ángel poderoso, el que fuere, se le apareció al profeta para iniciarle en los misterios divi­nos. Luego el mismo ángel dijo que había sido Dios o uno de los ángeles más próximos a El quien había [300 D] efec­tuado aquella purificación. ¿Es esto verdad? La persona que hizo tal afirmación decía que el poder de la Deidad se difunde por doquier y penetra irresistiblemente todas las cosas sin dejarse ver' porque [301 A] es supraesencial­mente trascendente' y oculta misteriosamente su actividad providencial. No obstante, su actuación es manifiesta pro­porcionalmente a todo ser inteligente. Concede el don de su luz a los seres superiores, que por ser de la primera jerar­quía utilizan de intermediarios para transmitir la luz armo­niosamente hasta los inferiores, a fin de que tornen hacia El su mirada contemplativa.

Digámoslo más claro con ejemplos a nuestro alcance, aunque sean inadecuados con referencia a Dios. Los rayos de la luz solar atraviesan con mayor resplandor la primera capa material. Pero cuando choca con cuerpos sólidos apa­recen más oscuros y difusos, porque es materia menos apta para el paso de la luz desbordante. La obstrucción se hace cada vez mayor hasta que por fin no hay más camino de luz. Lo mismo ocurre con el calor del fuego. Pasa más fácilmente por cuerpos conductores que lo reci­ben mejor y se le parecen más. Pero cuando choca con sus­tancias refractarias, no produce efecto, o apenas deja ligera huella. Esto se observa claramente cuando el fuego pasa por cosas que le son bien dispuestas y luego por otras que no le son afines'. Lo mismo cuando el fuego toca primero cosas inflamables y después, por medio de éstas, llega al agua o a otras que se calientan con dificultad.

Conforme a esta armoniosa ley de la naturaleza, la admirable Fuente de todo orden visible e invisible derrama maravillosamente' los plenos y primordiales ful­gores de su luz espléndida sobre los seres de la primera jerarquía. Los órdenes siguientes, a su vez, participan de aquellos rayos a través de los primeros. Primeros en cono­cer a Dios, desean más que otros seres deificados; han merecido llegar a ser, en lo posible, los primeros operarios en poder y acción semejante a Dios. Estimulan amable­mente a los siguientes a que compitan con ellos. Distribu­yen de buen grado a los inferiores los rayos luminosos recibidos. Estos, a su vez, los transmiten a otros todavía más bajos. De este modo, a distintos niveles, los que prece­den transmiten a los siguientes la luz divina que reciben. Luz que se reparte proporcionalmente a todos en la medi­da que la puedan recibir.

Cierto. Dios mismo es realmente la fuente de luz para todos los que son iluminados, pues El es la verda­dera Luz. El es causa del ser y de la visión. Pero está deter­minado que, a imitación de Dios, la luz pase del ser superior al inferior. Por eso los otros seres angélicos siguen a la primera jerarquía de seres-inteligencias en el Cielo. Después de Dios, [304 A] ésta es la fuente de todo conocimiento divino y de su imitación. Por medio de esta jerar­quía se deriva hasta nosotros toda iluminación divina. La actividad sagrada, hecha a imitación de Dios, se atribuye, por una parte, a El como última Causa, y por otra, a los seres-inteligencias más cercanos a Dios, deiformes, como primeros maestros de los misterios divinos. Los ángeles de la primera jerarquía poseen mejor que los demás la propie­dad ígnea y participación mayor en la sabiduría divina que les es dada; el conocimiento supremo de las iluminaciones divinas y propiedad de los "tronos", que significa el poder de estar abiertos para recibir a Dios. Las jerarquías inferiores participan de fuego, sabiduría, conocimiento de Dios, y están asimismo dispuestas a acogerle. Pero en menor grado y a condición de que se fijen en los seres-inteligen­cias de la primera jerarquía, por medio de los cuales, como más dignos imitadores de Dios, se hacen semejantes a El. Las jerarquías segundas participan por medio de las pri­meras en estas santas propiedades, las atribuyen a las pri­meras jerarquías, que, después de Dios, son las supremas.

4. La persona que opinaba como queda dicho, soste­nía que en la visión del profeta era uno de aquellos santos ángeles encargados de [304 C] nosotros. Bajo la dirección luminosa de este ángel se elevó a tal contemplación, que, si me es lícito hablar en símbolos, pudo contemplar los seres de rango superior situados por debajo, alrededor y con Dios. Más allá de aquellos seres pudo mirar a la cima, ine­fablemente superior, que sobrepasa todo principio, pone su trono en medio de ellos y los domina a todos. Por esta visión, el profeta comprendió que la Deidad, por su abso­luta supraesencia, sobrepasa todo poder, visible e invi­sible.

Es completamente independiente de todas las cosas. No se puede comparar ni siquiera con las más nobles. Es Causa y fuente de todo ser  y de que todo ser sea bue­no, de su fundamento inmutable, incluso de los más elevados.

El profeta conoció entonces los poderes deificantes de los santísimos serafines. "Serafín" significa ardiente. Voy a explicar en breve, lo mejor que pueda, cómo el poder del fuego hace elevarse hasta la semejanza con Dios. La sagrada imagen de las seis alas significa el impulso maravi­lloso con que se elevan constantemente hacia Dios las pri­meras, medias e [305 A] inferiores jerarquías. Mientras veía los innumerables pies, la multitud de rostros, las alas con que ocultaba por arriba los rostros y por abajo los pies, las alas del medio en constante aleteo, el santo profeta fue ele­vado a la comprensión de aquellas cosas". Le fueron mostradas las múltiples facetas de las inteligencias más excel­sas, el multiforme poder de su visión. Fue testigo de la reve­rencia sagrada y manera extraordinaria con que aquellos espíritus proceden en la investigación de los más altos y profundos misterios, sin presunción, sin arrogancia ni fan­tasear. Testigo asimismo del movimiento armonioso y ele­vado con que actúan incesantemente a imitación de Dios.

Además, aprendió el santo profeta aquel cántico de ala­banza a la Deidad, pues el ángel de esta visión le comunicó, dentro de lo posible, toda la ciencia sagrada que tenía. Le enseñó también que toda persona se purifica en la medida que participe de la claridad transparente de la Dei­dad. Por razones que no son de este mundo, la Deidad misma infunde esta misteriosa y supraesencial claridad en los sagrados seres-inteligencias. La reciben mejor, con más humildad, como es obvio, las jerarquías más próximas a la Deidad, pues su capacidad es mayor. En cuanto al poder de la segunda y tercera jerarquías y el de nuestra misma inteli­gencia, Dios da más o menos luz, para lograr la unión incognoscible con su propio misterio de El, según el grado de configuración con la Deidad. Ilumina las sagradas jerarquías por medio de las primeras. Y por decirlo breve­mente: la Deidad se da a conocer por medio de los prime­ros poderes.

Tal fue lo que el profeta aprendió del ángel, enviado para llevarle a la luz: que la purificación y demás actuacio­nes de la Deidad, reflejadas en los seres superiores, se difunden entre los otros, en la medida que cada cual par­ticipa de las obras divinas. Por eso, el profeta razonable­mente atribuyó a los serafines, próximos a Dios, la propie­dad de purificar por el fuego. De ahí que no esté fuera de lugar decir que fue un serafín quien purificó al profeta. Dios purifica todo ser por cuanto El es la causa de toda purificación. O más bien, sirviéndome de un ejemplo fami­liar, El es nuestro obispo, que por medio de sus diáconos y presbíteros purifica e ilumina. Se dice que el obispo mismo purifica en la medida que estas órdenes recibidos de él le atribuyen las sagradas actividades que ellos realizan.

De modo semejante, el ángel que efectuó la purificación del profeta refiere su saber y poder de purifi­car primero a Dios, como Causa, y luego a los serafines como sus ministros inmediatos.

Como si el ángel, al informar a aquel a quien purifi­caba, le dijese prudentemente: "La purificación que se veri­fica en ti por medio mío tiene como principio, esencia, autor y causa al Ser Trascendente que [308 A] da la existen­cia a los seres de la primera jerarquía, los conserva y pro­tege junto a El, inmutables y perfectos, y los induce a tomar parte en las actuaciones de su Providencia". (Esto es lo que aprendí de mi maestro respecto a la misión del serafín.) Después de Dios son los jerarcas y jefes supremos de los seres de la primera jerarquía aquellos que me instruyeron en este oficio de purificar y que, por medio mío, te purifican a ti. Por medio de ellos, Aquel que es Causa y autor de toda purificación ha dado a conocer la oculta actuación de su Providencia atajándose hasta el nivel en que los poda­mos comprender.

Esto aprendí de mi maestro y asimismo te lo comunico. Corresponde ahora a tu entender y sentido critico optar por una u otra de las soluciones propuestas. Elige lo que te parezca más verosímil, razonable y ajustado a la verdad. A no ser que, naturalmente, tú mismo presentes otra solu­ción más objetiva y cercana a la verdad o la aprendas de algún otro. (Es decir, tomando como base la palabra de Dios" y la interpretación que de ella den los ángeles.) Entonces podrías revelarme a mí, que amo a los ángeles, una contemplación más clara y más pura que yo querría para mí.

CAPÍTULO XIV

Lo que significa el tradicional número de ángeles

Creo que debemos reflexionar sobre la tradi­ción bíblica de que el número de ángeles es mil veces mil y diez mil veces diez mil. Son números que, elevados al cua­drado, y multiplicados, nos indican que es infinito el número de las jerarquías celestes. Tan numerosos, en efecto, son los ejércitos bienaventurados de los seres-inteli­gencias, que sobrepasan el deficiente y limitado campo de nuestros números físicos. Sólo los pueden conocer y definir aquellas inteligencias y ciencia trascendental, celeste, que generosamente les ha concedido Dios, el omnisciente, el Creador de la sabiduría. Esta supraesencial Deidad verda­dera es la fuente de todas las cosas, la causa de la existencia, el poder que todo lo mantiene y causa final que todo lo abarca.

Imágenes figurativas de los poderes angélicos: fuego, forma humana, nariz, orejas, boca, tacto, párpados, cejas, dedos, dientes, hombros, brazos y manos, corazón, pecho, espalda, pies, alas, desnudez, vestidos, túnica luminosa, vestidura sacerdotal, ceñidores, cetros, lanzas, segures, plomadas, vientos, nubes, metal, ámbar, coros, aplausos, colores de diferentes piedras, forma de león, figura de buey, de águila, semajanza de águila, caballos, caballos de diferentes colo­res, ríos, carros, ruedas, la alegría de los ángeles

Ahora, si te parece, la mirada de nuestra inteligencia va a descansar del esfuerzo que hace para lle­gar a las alturas solitarias de la contemplación propia de los ángeles. Bajemos a las llanuras de la división y de la multiplicidad, a la diversidad de formas que han tomado los ángeles en sus apariciones. Luego volveremos sobre nuestros pasos, partiendo de estas imágenes, y nos levantaremos a las inteligencias celestes.

Pero ante todo ten muy en cuenta esto: las explicacio­nes de los símbolos sagrados indican que los mismos órde­nes de seres celestes unas veces dirigen en las cosas sagradas y otras son dirigidos; que los de ínfimo grado dirigen y los del primero son dirigidos; que, como he dicho, todos ellos tie­nen poderes superiores, intermedios e inferiores.

Esta manera de explicar las cosas no implica absurdo alguno. Sería total absurdo y confusión estúpida afirmar que tal o cual jerarquía con respecto a los misterios sagrados sean exclusivamente dirigidas por sus superiores y que al mismo tiempo estas últimas sean dirigidas por las inferiores. O que la superior instruye a la inferior y ésta a su vez a la superior bajo el mismo aspecto. Al afirmar que los mismos seres dirigen y son dirigidos no quiero decir que el director sea dirigido por el mismo a quien dirigió. Lo que significa es que cada orden está dirigido por el que le pre­cede y que éste dirige a los que le siguen como inferiores. Por tanto, no hay ningún incoveniente en decir que las representaciones sagradas de las Escrituras puedan a veces atribuirse con propiedad y corrección a los poderes supe­riores, otras a los intermedios y también a los inferiores.

El poder de elevarse en constante movimiento de retorno, el poder sin falta de volver sobre sí mismos mientras conservan los propios poderes, la capacidad de participar en el plan providencial de comunicarse sucesi­vamente con los órdenes inferiores', es sin duda caracterís­tico de los seres celestes, propio de algunos, como he dicho con frecuencia, de manera por completo trascendentes, de otros en modo parcial e inferior.

2. Ahora vamos a abordar el tema propuesto. Nuestra explicación comienza con la cuestión de por qué la Escri­tura parece preferir la alegoría del fuego a todas las otras. Observarás que no sólo representa ruedas inflamadas, sino también animales en llamas y hombres en  cierto modo incandescentes. Coloca montones de ascuas encendidas alrededor de seres celestes y ríos de fuego con ruido imponente. Tronos de fuego. Evoca la etimología de la palabra "serafín" describiéndolos como incandescentes, les atribuye propiedades del fuego. Generalmente, la Escritura prefiere la imagen del fuego al hablar de las jerar­quías, sean de orden superior o inferior. En realidad, a mi parecer, el símbolo del fuego es la mejor manera de expre­sar la semejanza que tienen con Dios los seres-inteligen­cias del Cielo.

Prácticamente es ésta la razón por la que los santos teó­logos representan con la imagen del fuego al Ser supra-esencial, que no admite figura. En cuanto imagen de cosas visibles, el fuego representa, por decirlo así, muchas propiedades de la Deidad. El fuego, en realidad, está sensi­blemente presente en todas las cosas. Lo penetra todo sin mancharse y continúa al mismo tiempo separado. Todo lo ilumina y permanece a la vez desconocido, pues no se le percibe más que a través de la materia donde opera. Es incontenible. Nadie lo puede mirar fijamente. Todo lo domina, y transforma en sí mismo cuanto alcanza. Se entrega a los que se le acercan. Renueva con su calor vivifi­cante. Ilumina con su resplandor y permanece puro, sin mezclarse. Produce cambios, pero en nada se altera. Sube a lo más alto y penetra lo más hondo. Se arrastra por los sue­los y anda por lo más elevado. Siempre moviéndose a sí mismo y moviendo a los demás. Se extiende por todas direcciones sin que en ninguna parte pueda encerrarse. De nadie necesita. Escondido crece y manifiesta su grandeza doquier es recibido. Dinámico, poderoso, invisible, pre­sente en todo ser. Si no se le hace caso, parece que no existe. Pero cuando hay frotación, como si se le hiciera un ruego, sale en busca de algo. Aparece de repente, naturalmente y por sí solo; pronto se levanta incontenible y sin propio menoscabo, alegremente se comunica con su con­torno.

Podrían descubrirse otras muchas propiedades del fuego que, como imágenes tomadas de lo sensible, se pue­den aplicar a las actividades de la Deidad. Las que entien­den de la sabiduría divina manifiestan sus conocimientos representando por el fuego las cosas celestiales. De este modo manifiestan el cercano parecido de estas imágenes con lo divino que, en cierto modo, imitan a Dios.

3. Para representar seres celestes se valen también de figuras antropomórficas, pues el hombre, después de todo, es inteligente y capaz de mirar hacia lo alto. Firme y derecho, es por naturaleza jefe y gobernante. En compara­ción con los animales irracionales, es el menor en la escala de la fuerza y sensaciones; pero él los domina a todos con el poder superior de su inteligencia, por la sobe­ranía de su saber racional y la natural libertad e indepen­dencia de su espíritu.

Pienso también que cada una de las partes del cuerpo humano nos suministra imágenes perfectamente aplicables a los poderes celestes. Podría decirse que las facultades visuales sugieren el poder de mirar directa­mente hacia las luces divinas y al mismo tiempo la capaci­dad de recibir las iluminaciones de Dios con suavidad, claridad, sin resistencia, dócilmente, pura y abiertamente, sin pasión.

El poder de discernir olores indica la capacidad de acoger plenamente las fragancias que el entendimiento no alcanza. Discernimiento también para entender lo que está corrompido y rechazarlo absolutamente.

Pies descalzos y desnudez significan desprendi­miento, liberación, independencia, purificación de toda exterioridad, la mayor identificación posible con la simpli­cidad de Dios.

4. Aquella simple pero "multiforme sabidu­ría" viste a los desnudos y habla de cómo están equipados. Debo explicar ahora, en cuanto me sea posible, el vestuario y los instrumentos sagrados atribuidos a los seres-inteli­gencias en el Cielo. Pienso que los vestidos luminosos e incandescentes simbolizan la deiformidad. Están en con­formidad con el simbolismo del fuego. El poder de ilumi­nar es consecuencia de la herencia del Cielo, que es morada de luz. Ilustra la mente y en la mente todas las cosas se ilustran.

Las vestiduras sacerdotales significan la disponibili­dad para encaminarse espiritualmente hasta la divina y misteriosa visión consagrando a ella toda la vida. Los ceñi­dores indican el dominio que los seres-inteligencias tie­nen de sus fuerzas reproductoras. Significan también el poder de aquellos seres para recogerse, su concentración unificante, el replegarse armonioso e infatigable en torno a la propia identidad.

5. Los cetros simbolizan el poder y soberanía con que llevan a perfección todas las cosas.

Las lanzas y segures representan la habilidad de separar las cosas desemejantes, la aguda claridad y eficacia de sus poderes de discernimiento.

El equipo geométrico y arquitectural indica el poder de poner cimientos, edificar, acabar y, en general, todo lo que se refiere a elevación espiritual y conversión providencial de sus subordinados.

A veces, los instrumentos empleados para representar a los santos ángeles simbolizan los juicios de Dios respecto a nosotros. Unos representan la disciplina que corrige o el recto castigo, otros la liberación del peligro, el de la disciplina o repercusión de la anterior felicidad, la concesión de nuevos dones, grandes o pequeños, dones sensibles o intelectuales. En suma, a una inteligencia pers-picaz no le sería muy difícil hallar la correlación entre los signos visibles y las realidades invisibles.

6. También se los llama "vientos", para indicar la casi instantánea rapidez con que obran en todas partes, sin ir ni venir de arriba abajo o de abajo arriba, cuando levantan a sus inferiores hasta la más alta cima y cuando inducen a los superiores a que desciendan para comunicarse con los inferiores y ejercer su providencia con estos últimos.

Podríamos añadir que la palabra "viento" significa espíritu del aire y muestra cómo los seres-inteligen-cias viven en conformidad con Dios''. Viento es imagen y símbolo de la actividad divina que mueve naturalmente y da vida, empujando hacia adelante recto e incontenible. Y esto por razones desconocidas e invisibles; es decir, se nos ocultan el principio y el fin de su movimiento. "No sabes -dice la Escritura— de dónde viene y adónde va". Lo traté con más pormenores en la Teología simbólica, al explicar los cuatro elementos.

La Escritura los representa también en la forma de nube, significando con eso que los santos seres-inteligen-cias de modo trascendente están llenos de luz, y como intermediarios la han transmitido generosamente [336 B] a los siguientes en la medida que éstos la pueden recibir. Tienen   de dar la vida, de hacer crecer y llevar a perfección porque derraman lluvias de entendimiento y llaman al seno que los recibe para que dé a luz criaturas nuevas.

7. La Sagrada Escritura, además, atribuye a los seres celestes forma de bronce, de ámbar y de piedras multicolor. Porque el ámbar, que contiene oro y plata, simboliza por un lado lo incorruptible, inagotable, indefectible y purísimo del oro; de otra parte, la claridad brillante y celeste de la plata. El bronce, por las razones indicadas, representa el fuego y el oro. En cuanto a las piedras multi-color, hay que entender su simbolismo como sigue: blanco, luz; rojo, fuego; amarillo, oro; verde, vitalidad juvenil.

Hallarás que cada especie lleva consigo un significado elevador por cada imagen representativa. Pero como creo haber tratado suficientemente estos temas, pasemos ahora a la santa explicación de las figuras animales que la Escri-tura atribuye a los seres-inteligencias del Cielo.

8. La figura de léon indica el dominio poderoso e indomable. Los seres celestes se acercan lo más que pueden al misterio de la inefable Deidad cubriendo las huellas de la propia inteligencia. Humilde y misteriosa-mente echan un velo sobre el camino que los lleva a la divina iluminación.

El símbolo del buey indica la fuerza y el poder, la capacidad de abrir hondos surcos de conoci-miento donde caigan las fecundas lluvias de los cielos. Los cuernos son señal del poder que guarda y es invencible.

El águila significa la realeza, el lanzarse rauda a lo más alto, el vuelo veloz, la agilidad, disposición, rapidez, agudeza para descubrir el alimento. Es símbolo de contem-

La Escritura los representa también en la forma de nube38, significando con eso que los santos seres-inteligen­cias de modo trascendente están llenos de luz, y como intermediarios la han transmitido generosamente a los siguientes en la medida que éstos la pueden recibir. Tienen poder de dar la vida, de hacer crecer y llevar a perfec­ción porque derraman lluvias de entendimiento y llaman al seno que los recibe para que dé a luz criaturas nuevas.

7. La Sagrada Escritura, además, atribuye a los seres celestes forma de bronce, de ámbar y de piedras multico­lor". Porque el ámbar, que contiene oro y plata, simboliza por un lado lo incorruptible, inagotable, indefectible y purísimo del oro; de otra parte, la claridad brillante y celeste de la plata. El bronce, por las razones indicadas, representa el fuego y el oro. En cuanto a las piedras multi­color, hay que entender su simbolismo como sigue: blanco, luz; rojo, fuego; amarillo, oro; verde, vitalidad juveni142.

Hallarás que cada especie lleva consigo un significado elevador por cada imagen representativa. Pero como creo haber tratado suficientemente estos temas, pasemos ahora a la santa explicación de las figuras animales que la Escri­tura atribuye a los seres-inteligencias del Cielo.

8. La figura de léon indica el dominio poderoso e indomable. Los seres celestes se acercan lo más que pueden al misterio de la inefable Deidad cubriendo las huellas de la propia inteligencia. Humilde y misteriosa­mente echan un velo sobre el camino que los lleva a la divina iluminación.

El símbolo del buey indica la fuerza y el poder, la capacidad de abrir hondos surcos de conoci­miento donde caigan las fecundas lluvias de los cielos. Los cuernos son señal del poder que guarda y es invencible.

El águila significa la realeza, el lanzarse rauda a lo más alto, el vuelo veloz, la agilidad, disposición, rapidez, agudeza para descubrir el aliniento. Es símbolo de contemplación que libremente, en derechura y sin rodeos, tiende la mirada vigorosa hacia los abundantes rayos que prodiga el Sol divino.

Los caballos significan obediencia y docilidad. Su blancura es brillo emparentado con la luz de Dios; su color bayo significa la hondura de los misterios; el rojo es poder y eficacia del fuego; los de pelo blanco y negro, alianza de extremos opuestos y poder pasar de uno a otro, la adaptación de superior a inferior y de inferior a superior que procede de la conversación de unos y providencia de otros.

Si no estuviese yo obligado a guardar las debidas pro­porciones de este tratado, podría detenerme a considerar cada una de las partes y pormenores físicos de los animales que he mencionado. Podría razonablemente hacerse la aplicación a los poderes celestes, bajo el aspecto de seme­janzas y desemejanzas. Así, la ira de los animales represen­taría la fortaleza espiritual, de la cual la ira es el último vestigio. La concupiscencia animal correspondería al de­seo que sienten los ángeles por la presencia de Dios. En resumen: de todos los sentidos y las múltiples partes de los animales irracionales puede hacerse la referencia a las inteligencias inmateriales y a los poderes unificantes de los seres celestes.

Estas cosas bastan para los entendidos. Ade­más, con la explicación de una de estas imágenes compara­tivas se aclaran por semejanza los símbolos del mismo género.

9. Voy a examinar ahora por qué se aplican a los seres celestes los nombres de ríos, ruedas y carros. Ríos de fuego significan los canales divinos que no cesan de fluir copiosamente sobre los ángeles alimentando su fecundi­dad vital. Los carros significan la alianza entre los que constituyen el mismo orden. En cuanto a las ruedas aladas, que avanzan sin volver atrás ni desviarse, significan el poder de marchar en derechura a lo largo del camino, sin desviarse, gracias a que la rueda de su inteli­gencia es guiada de modo nada común a este mundo. Pero podríamos hacer otro comentario sobre la iconografía de las ruedas de la mente sacando de ello una enseñanza espi­ritual. Porque, como ha dicho el profeta, se llaman "Gelgel", que en hebreo quiere decir "revolución" y "reve­lación". Esas ruedas flamígeras a semejanza de Dios "gi­ran" en torno a sí mismas en su movimiento incesante alrededor del Bien. "Revelan" en cuanto declaran miste­rios ocultos, elevan las mentes desde los grados inferiores y transmiten a éstos las luces más altas.

Finalmente me queda por explicar lo que entiende la Escritura por alegría de los órdenes celestes. No es posible a estas jerarquías experimentar los placeres de las pasio­nes. Por eso, lo dicho aquí se refiere al gozo divino que experimentan por hallar lo que se había perdido51. Experi­mentan dicha serena y verdaderamente divina, alegría pura, sin envidia, por la providencia y salvación de los con­vertidos a Dios. Felicidad inefable que se observa a veces cuando algunos santos reciben la visita iluminadora de Dios.

Esto es lo que me propuse decir sobre las representaciones sagradas. Quizá me he quedado muy corto al explicarlo. Sin embargo, creo que esto evitará nos estanquemos erróneamente en meras representaciones simbólicas. Quizá se nos reproche de no haber mencio­nado todos los poderes, todos los actos y alegorías con que las Escrituras se refieren a los ángeles. Es cierto. Pero el haber omitido algunas cosas prueba el hecho de que me encuentro perdido cuando se trata de entender las realida­des trascendentes. Yo necesitaba realmente la luz de un guía. Omisiones de temas análogos a los que he tratado pueden explicarse, porque tenía yo esta doble preocupa­ción: no hacer un tratado demasiado largo y tributar res­petuoso silencio a los misterios donde no llega mi enten­dimiento.

LA JERARQUÍA ECLESIÁSTICA

CAPÍTULO

El presbítero Dionisio al copresbítero Timoteo. Qué se entiende tradicionalmente por jerarquía eclesiástica y cuál sea su objeto'

1. Piadosísimo hijo espiritual. Nuestra jerarquía es una ciencia actividad y perfección divinamente ins­pirada y estructurada. Por medio de las santísimas y tras­cendentes Escriturase, se lo demostraré a quienes ya están iniciados con santa consagración' en los misterios4 jerár­quicos y tradiciones. Pero pondrás empeño en no traicio­nar al Santo de los santos. Muéstrate respetuoso con los misterios de Dios en tus pensamientos invisibles. No expongas los misterios sagrados a la irreverencia de los profanos. Comunícalos santamente, con la debida ilustra­ción, sólo a personas santas'. En efecto, la Sagrada Escritu­ra6 nos muestra a nosotros, sus seguidores, que Jesús ilumina de este modo -si bien que con mayor claridad y entendimiento- a nuestros santos superiores'. El, que es inteligencia divina y supraesencial, Principio y subsisten­cia de toda jerarquía, de toda [37213] santificación, de toda operación divina, el Omnipotente. Los asemeja, en cuanto es posible por parte de ellos, a su propia luz de El. Respecto a nosotros, gracias al deseo de belleza que nos eleva hacia El, unifica nuestras múltiples diferencias. Unifica y divi­niza nuestra vida, hábitos y actividad. Nos capacita para ejercer el santo sacerdocio.

Teniendo, pues, acceso a la práctica sagrada del sacer­docio, nos acercamos a los seres superiores. Imitamos, den­tro de nuestras posibilidades, la indefectible constancia de su santa estabilidad y llegamos a ver el santo y divino Rayo luminosa de Jesús mismo. Luego, habiendo contemplado religiosamente, en cuanto es posible, iluminados por el conocimiento de lo que hemos vistos, podemos ser consa­grados y a la vez consagrar a otros en la ciencia mística. Revestidos de luz e iniciados en la obra de Dios, alcanza­mos la perfección y perfeccionamos a otros.

2. Hallarás que ya he escrito de las jerarquías, ángeles, arcángeles, trascendentes principados, virtudes, domina­ciones, tronos divinos, de los seres llamados querubes y serafines en hebreo, que son del mismo rango de los tronos; de éstos dice la Escritura que están constantemente y para siempre cerca de Dios en su presencia.

Escribí sobre el orden sagrado y clasificaciones de sus rangos y jerarquías. Ensalcé la jerarquía celeste, no tanto como merece, pero sí en la medida de mis fuerzas y con­forme lo han dado a entender las Sagradas Escrituras'°. Sin embargo, queda por tratar cómo aquella y cualquier otra jerarquía, incluida la que estamos alabando ahora, tiene uno y el mismo [372 D] poder a través de sus funciones jerárquicas. El jefe de cada jerarquía, en efecto, en la medida que lo requiere su ser, misión y rango, se ilumina y deifica. Comparte luego con sus inferiores, según que ellos lo merezcan, la deificación que él recibe directamente de Dios". Los inferiores, por su parte, obedecen a los superiores a la vez que estimulan el progreso de los propios subalternos, piados por ellos. Así, gracias a esta inspirada y jerárquica armonía, cada uno según su capacidad, parti­cipa lo más posible en aquel que es hermoso, sabio y bueno.

Por supuesto, como ya he dicho respetuosamente, aquellos seres y órdenes superiores a nosotros son también incorpóreos. Su jerarquía es de orden intelectual y tras­ciende nuestro mundo. Por otra parte, vemos nuestra jerar­quía según su condición humana, multiplicada en gran variedad de símbolos sensibles, que nos elevan jerárquica­mente, a la medida de nuestras fuerzas, hasta la unión y divinización. Los seres celestes, dada su naturaleza intelectual, ven a Dios directamente. Nosotros, en cambio, por medio de imágenes sensibles nos elevamos hasta donde podemos en la contemplación de lo divinon. En rea­lidad, los seres unificados desean al mismo y único Ser, pero, lejos de participar en El todos de igual modo, cada cual comunica con lo divino según sus méritos.

Pero esto lo he explicado con mayor claridad cuando escribí Lo inteligible y lo sensible. Por ahora, pues, me pro­pongo tratar únicamente de nuestra jerarquía, limitán­dome al estudio de su origen y ser, invocando de antemano a Jesús, principio y fin de toda jerarquía.

3. Según nuestra venerable y santa tradi­ción, la jerarquía manifiesta plenamente todo cuanto en ella se contiene. Es resultante perfecta de sus sagrados constitutivos. Se dice, por eso, que nuestra jerarquía con­tiene en sí todas las realidades sagradas que le son propias. Gracias a esto, el jerarca divino, después de su consagra­ción, podrá tomar parte en las actividades más sagradas. Por eso, en verdad, se llama "jerarca". De hecho, al hablar de "jerarquía" nos referimos al conjunto de realidades sagradas. Jerarca es el hombre santo e inspirado, instruido en ciencia sagrada. Aquel en quien toda la jerarquía halla perfección y ciencia'.

Principio de esta jerarquía es la fuente de vida, el ser de bondad, la única causa de todas las cosas, la Trinidad que con su amor crea todo ser y bienestar. Esta bienaventurada Deidad, que trasciende todas las cosas una y trina, por razones incomprensibles para nosotros pero evidentemente para sí, ha decidido darnos la salvación y también a los seres superiores a nosotros Pero nuestra salvación sólo es posible por deificación, que consiste en hacernos semejantes a Dios y unirnos con El en cuanto nos es posible.

Toda jerarquía tiene como fin común amar constante­mente a Dios y sus sagrados misterios; amor que El infunde en la unión con El se perfecciona. Pero antes hay que des­pojarse por completo de todo cuanto le sea contrario. Con­siste el amor en conocer aquellos seres tal como son contemplar y conocer la verdad sagrada, en participar lc más posible por unión deificante de aquel que es la unidad misma. Es el gozo de la visión sagrada que nutre el entendi­miento y deifica a quien llegue hasta allí.

4. Digamos, pues, que la bienaventurada Deidad, en cuanto tal, es fuente de toda divinización. Poi su bondad han llegado a divinizarse los deificados. Ha concedido la jerarquía como don que asegure la salvación y divinización de todo ser dotado de razón e inteligencia Lo ha dado en la forma más inmaterial e intelectual a los bienaventurados que están fuera de este mundo (porque Dios no los mueve exteriormente hacia lo divino; más bien lo hace por vía de entendimiento, desde dentro, y gustosamente los ilumina con un rayo puro e inmaterial). En cuanto a nosotros, aquel don que los seres celestes han reci­bido, unido y simplificado, la tradición de las Santas Escri­turas nos lo transmite divinamente puesto a nuestro alcance, es decir, por medio de símbolos múltiples, variados y com­puestos. Así, nuestra jerarquía humana se funda en las Sagradas Escrituras que Dios nos envió. Decimos, además, que las Escrituras merecen honor por todo lo que nos enseñan los sagrados maestros en las santas tablas escritas. Es revelación también lo que aquellos hombres santos, de un modo espiritual, nos enseñaron, como nues­tros vecinos de la jerarquía celeste, de inteligencia a inteli­gencia. De modo corporal por sus palabras, pero al mismo tiempo más inmaterial, pues ni siquiera lo escribieron. Los jerarcas inspirados han transmitido estos misterios, no en lenguaje llano, fácil de comprender, como es la mayor parte del culto sagrado, sino a través de símbolos sacros19, porque no todo el mundo es santo y, como dice la Escritura, "no todos saben esto".

5. Los primeros de nuestros jerarcas recibie­ron de la Deidad supraesencial la plenitud del don sagrado. La Bondad divina los envió a difundir este don. Como dio­ses, tuvieron ardiente y generoso deseo de lograr que sus inferiores llegaran a divinizarse. Para ello, valiéndose de imágenes sensibles, hablaron de lo trascendente. Nos transmitieron el misterio de unidad por medio de variedad y de multiplicidad. Necesitaron hacer humano lo divino y materializar lo inmaterial. Con sus enseñanzas escritas y no escritas pusieron a nuestro nivel lo trascendente. En cumplimiento de lo mandado obraron así con nosotros, no tan sólo para ocultar a los profanos el sentido de los símbolos, según queda dicho, sino porque nuestra jerar­quía es por sí misma símbolo y adaptación a nuestra manera de ser. Necesita servirse de signos sensibles para elevarnos espiritualmente a las realidades del mundo inteligible.

Las razones de esos símbolos les fueron manifiestas a los santos iniciadores, y habrían hecho mal en explicarlos plenamente a quienes son todavía aprendices. Entendie­ron bien que aquellos a quienes Dios ha dado poder de establecer normas sagradas organizaron la jerarquía en órdenes fijos e inconfusos, dando a cada cual según mere­cen sus atribuciones correspondientes.

Te confiero este don de Dios, junto con otras cosas pro­pias de los jerarcas. Obro así por las solemnes promesas que tú hiciste, de las cuales ahora te recuerdo. Promesas de que nunca lo comunicarías a nadie fuera de los sagrados iniciadores de tu propio orden. Estoy seguro de que, siguiendo las sagradas ordenanzas, harás prometer a éstos que tratarán santamente las cosas santas y que sólo comunicarán los sagrados misterios a los perfectos: las que perfeccionan, a los que son capaces de perfección, y las santísimas, a los santos. Pues te impongo esta sagrada carga, además de lo que llevan consigo los órdenes sa­grados.

CAPÍTULO II

1. El rito de la iluminación

Hemos dicho religiosamente que nuestra jerarquía tiene por objeto hacer que logremos la mayor semejanza y unión con Dios. Pero la Sagrada Escritura nos enseña que lo conseguiremos sólo mediante la fiel observancia de los mandamientos divinos y las prácticas piadosas. "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos morada'''. ¿Cuál es, pues, el punto de partida para la práctica devota de los mandamientos divinos? Es éste: preparar nuestras almas para oír la palabra sagrada, acogiéndola con la mejor disposición posible; estar abiertos a la actuación de Dios; desear el camino que nos lleva hasta la herencia que nos aguarda en el Cielo y recibir nuestra divinísima rege­neración sagrada.

Como ha dicho nuestro ilustre maestro, en el plano intelectual es ante todo el amor de Dios lo que nos mueve hacia lo divino. Realmente, el primer impulso de este amor para poner en práctica los mandamientos divi­nos manifiesta de manera inefable nuestra existencia divi­na. Divinizarse es nacer Dios en nosotros. Nadie podría entender, y menos practicar, las virtudes recibidas de Dios si no hubiese ya comenzado a estar en Dios. En el plan humano, ¿no necesitamos existir antes que actúen nuestras potencias? Lo que no existe, ni se mueve ni siquiera co­mienza a existir. Sólo lo que de alguna manera tiene exis­tencia produce o recibe la acción conforme a su modo de ser. Me parece que esto es evidente.

Por eso, vamos a considerar ahora los símbolos divinos relacionados con el nacimiento de Dios en nosotros. Que ningún profano lo observe, pues nadie con ojos débiles puede mirar los rayos del sol. El mismo peligro corremos cuando manejamos los asuntos para los que no estamos preparados. En el Antiguo Testamento tuvo razón la jerarquía cuando castigó a Ozías por haberse entreme­tido en lo sagrado; a Coré, por haber ejercido funciones que no eran de su competencia; a Nadab y Abiud, porque no cumplieron religiosamente sus obligaciones.

II. El misterio de la iluminación

1. El jerarca, que "quiere que todos los hom­bres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad, haciéndose semejantes a Dios, anuncia a todos la buena nueva de que Dios, llevado de su amor, ha hecho miseri­cordia a todos los habitantes de la tierra; que por amor al hombre se ha dignado bajar hasta nosotros; y que, a la manera del fuego, ha unificado con El a todos los que estaban dispuestos para ser divinizados. "Porque a cuantos le recibieron dioles poder de venir a ser hijos de Dios, a aque­llos que creen en su nombre; que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos.

2. Un hombre inflamado en amor por reali­dades que no son de este mundo, y deseoso de participar en ellas, se acerca primero a uno ya iniciado y le pide que le presente al obispo, al cual promete obedecer en todo lo que le mande. Al primero le pide que se haga cargo de su prepa­ración y de todo lo referente a su vida futura. Aquél se siente conmovido por el deseo de salvar a quien se le ha confiado; pero, al ponderar la condición humana, ante esta decisión sublime tiembla y se apodera de él la incertidum­bre. Pero termina por imponerse su buena voluntad, con­siente en hacer lo que le piden. Le conduce ante aquel que disfruta del título de obispo9.

3. El obispo recibe a los dos con agrado. Como quien lleva sobre sus hombros la oveja perdida. Agradecido de corazón, se postra para adorar y alabar a la Fuente amable que llama a los escogidos" a la sombra de los que se salvan.

4. Luego reúne en lugar sagrado a los sacerdotes para compartir su gozo por la salvación de aquel hombre y dar gracias por su bondad. Comienzan todos entonando un himno tomado de las Santas Escrituras. Seguidamente el obispo besa el altar, se dirige al candidato que está espe­rando de pie y le pregunta para qué ha venido.

5. Con mucho amor de Dios responde si­guiendo las instrucciones del padrino. Detesta la propia impiedad, ignorancia de la verdadera Belleza, y la falta de vida divina en sí mismo. Pide que intercedan para que llegue al encuentro con Dios y los misterios sagrados. Tendrás que entregarte totalmente, le dice el obispo, si quieres acercarte a Dios, que es todo perfecto y sin mancha. Le instruye sobre lo que es vivir en Dios y le pregunta si desea tal vida. Cuando el postulante responde "sí", el obispo le pone la mano en la cabeza y le marca con la señal de la cruz". Manda entonces a los sacerdotes que registren los nombres de los candidatos y del padrino.

Hecha la inscripción, reza el obispo con todos los presentes. Al concluir, le desata las sandalias y manda a los diáconos que le quiten la ropa. Seguidamente, el bautizando, de pie, mirando al Occidente, extiende las manos en actitud de abjuración. Tres veces le manda espi­rar a Satanás y renunciar a él. Tres veces dice el obispo las palabras y el otro las repite. Entonces le pone mirando al Oriente, con los ojos y manos hacia el cielo, y le manda seguir a Cristo y toda la doctrina revelada por Dios.

Terminado esto, le manda tres veces hacer profe­sión de fe; cuando lo ha hecho, reza por él, le besa y le impone las manos. Los diáconos, entonces, le desnudan completamente y los sacerdotes presentan el santo óleo para la unción. El obispo comienza ungiéndole tres veces en forma de cruz y le pasa a los sacerdotes para que éstos le unjan todo el cuerpo. El obispo se dirige a la madre de toda adopción divina". Consagra el agua con piadosas invoca­ciones y vierte en ella tres veces el santo óleo en forma de cruz. Acompaña las infusiones del santo óleo con un canto sagrado que el Espíritu de Dios inspiró a los profe­tas'. Manda que se acerque el catecúmeno. Uno de los sacerdotes lee en alta voz los nombres del bautizando y su padrino. Entonces los sacerdotes acompañan al bauti­zando hasta el agua y le entregan al obispo, que, de pie en sitio más alto, sumerge tres veces al iniciado. A cada inmersión, los sacerdotes repiten el nombre del iniciado, y cada vez que éste emerge, el obispo invoca las tres Personas de la Santísima Trinidad". Luego los sacerdotes le devuel­ven a su padrino, el que le presentó para iniciarle; le ayu­dan a vestirse y de nuevo le llevan al obispo, el cual le unge con óleo consagrado haciendo la señal de la cruz. Ahora le proclama digno de tomar parte en la Sagrada Eucaris­tía.

8. Practicando todo el ritual, y habiendo procedido a otras cosas secundarias, el obispo se levanta de nuevo y vuelve a la contemplación de las verdades funda­mentales, a fin de que el iniciado no se deje jamás seducir por nada ajeno a su misión ni cese de progresar de una ver­dad divina en otra, permaneciendo constantemente bajo la guía del Espíritu Santo.

III. Contemplación

1. Esta iniciación simbólica al santo nacimiento de Dios en el alma no tiene nada de inconveniente o profano en sus imágenes sensibles. Antes [397 B] bien, refleja en los espejos naturales del entendimiento humano22 los enig­mas23 de un proceso contemplativo digno de Dios. Dejando a un lado la razón verdaderamente más divina de celebrar estos misteros, ¿en qué sentido podría haber falta cuando con santas instrucciones enseña al iniciado a vivir santa­mente, cuando por medio de la ablución física del agua le da a entender de manera corporal cómo purificarse de todo mal llevando vida virtuosa y de consagración a Dios? Aun cuando no tuviera otra significación más sagrada, a mi parecer no habría nada de pagano en la tradición de ini­ciarse simbólicamente, porque no enseña más que a vivir santamente. Por la ablución de todo el cuerpo se indica la completa purificación de una mala vida.

2. Sirva esta introducción de guía para los menos instruidos. Porque establece la diferencia, como es debido, entre lo que pertenece a la multitud y lo que obliga y unifica a la jerarquía. A cada orden proporciona medida conveniente para elevar el espíritu. Pero nosotros, que hemos levantado religiosamente los ojos a las fuentes de esos ritos y estamos santamente iniciados en ellos, reco­nozcamos los misterios que las impresiones sensibles re­presentan y las realidades invisibles expresadas con imá­genes visibles. He demostrado ya con claridad en mi obra Lo inteligible y lo sensible que los símbolos sagrados son realmente expresión sensible de realidades inteligibles. Muestran el camino que lleva a los inteligibles, que son el principio y la ciencia de cuanto la jerarquía representa sensiblemente.

3. Decimos, pues, que la Bondad de Dios, permaneciendo siempre semejante e idéntica a sí misma, prodiga bondadosamente los rayos de su luz a quien los ve con los ojos de la inteligencia. Puede ocurrir, sin embargo, que los seres inteligentes, por su libre determinación, rechacen la luz de la inteligencia, llevados del apetito del mal, que cierra los ojos de la mente, privándola de su natu­ral ser iluminada. Se apartan a sí mismos de esta luz que se les ofrece sin cesar y que, lejos de abandonarlos, resplan­dece ante sus ojos miopes. Luz que con su bondad caracte­rística los sigue presurosa, aun cuando se alejen de ella.

Puede ocurrir también que estos seres traspasen los límites razonablemente asignados a su mirada y se atrevan a imaginar que pueden efectivamente mirar los rayos que trascienden su capacidad visual. No actúa aquí la luz con­tra su propia naturaleza de luz. Más bien el alma, ofrecién­dose imperfectamente a la Perfección absoluta, fracasa en su intento de conseguir realidades que no están a su alcance. Su arrogancia les privará incluso de lo que está a su disposición.

Sin embargo, la Luz divina, como he dicho, llevada de bondad, nunca deja de ofrecerse a los ojos de la inteligen­cia, ojos que deben captarla, pues allí está siempre lista a entregarse. Tal es el modelo. A ejemplo de esta Luz, el obispo reparte a todos generosamente los brillantes rayos de sus inspiradas enseñanzas. A imitación de Dios, siempre está dispuesto a iluminar a quien se le acerque, sin enojarse despiadadamente ni reprenderle por previas apostasías o transgresiones. A todo el que se acerque da su luz orientadora pacíficamente, cual corresponde al jerarca de Dios y en la medida que cada cual está dispuesto a reci­bir lo sagrado.

4. Pero como Dios es la fuente de esta organización sagrada, por la cual toman conciencia de sí mismas las santas inteligencias, todo aquel que se apresure a consi­derar su naturaleza descubrirá desde un principio la pro­pia identidad y obtendrá su primer don sagrado, levantada su mirada hasta la Luz. Habiéndose examinado recta­mente y con mirada imparcial, no caerá en abismos de ignorancia. No estará suficientemente iniciado todavía para la unión perfecta y participación de Dios, ni le vendrá de sí mismo tal deseo. Sólo gradualmente pasará a estado más alto con la mediación de quienes están más avanza­dos. Ayudado por los que le aventajan y luego por los que están en primer rango, siguiendo las normas venerables de la sagrada jerarquía, llegará a la cumbre donde mora la Divinidad.

Imagen de este orden armonioso y sagrado es la reve­rencia que muestra el postulante, el reconocimiento de sus faltas, y el camino que sigue con la ayuda de su padrino, para llegar hasta el obispo. A quien procede de este modo se le comunica la santidad divina, que le marca con el sello de su Luz. Le hace hombre de Dios en compa­ñía de aquellos que merecieron ser divinizados y contados en la asamblea de los santos. Esto es lo que simboliza el signo que el obispo hizo sobre el postulante y la inscripción hecha por los sacerdotes, con la cual incluyeron su nombre y el de su pádrino en la lista de los que se salvan. Uno, deseando el camino de vida hacia la Verdad, sigue a su guía; y el otro dirige sin error a quien le sigue, conforme a los preceptos que de Dios ha recibido.

5. No es posible participar al mismo tiempo en reali­dades contradictorias. Quien entre en comunión con el que es Uno no puede llevar vida dividida, al menos si quiere realmente tener parte del Uno. Ha de oponerse con firmeza a cuanto pueda dividir la comunión. Sugiere todo esto la tradición simbólica que despoja al postulante de su vida anterior, le corta hasta las últimas aficiones mundanas, le pone de pie desnudo y descalzo mirando al Occidente para renunciar, con las manos extendidas, a toda comunicación con las tinieblas del mal; para expulsar todo lo que hasta aquí significase desemejanza con Dios y para renunciar por completo a cuanto se oponga a la configuración con El.

Así fortalecido y liberado, le vuelven de cara al Oriente y le piden que, habiendo rechazado toda malicia, persevere con íntegra pureza contemplando la Luz divina. Después de estas segundas promesas de tender hacia el Uno, la tra­dición acoge a aquel que se asemeja al Uno por amor a la verdad.

Para aquellos que entienden las jerarquías está muy claro, creo, que los seres dotados de inteligencia reciben la fortaleza inquebrantable de configurarse con Dios siem­pre que tiendan con todas sus fuerzas hacia el Uno y mue­ran totalmente a cuanto se le oponga.

No basta con dejar de hacer el mal. Antes bien, hay que tener resolución varonil y, sin temor, enfrentarse con cualquier funesta marcha atrás. Jamás aflojará en el amor a la verdad. Hacia ella tenderá constantemente con más piedad en la medida de sus fuerzas, esforzándose siempre por elevarse santamente hasta la más alta perfección de la Deidad.

6. Observarás que los ritos jerárquicos simbolizan exactamente estas realidades. El obispo, representante de Dios, es quien empieza a ungir, pero son los sacerdotes quienes llevan a cabo el sagrado rito de la unción y convocan al iniciado para la lucha santa que, con Cristo a la cabeza, ha de librar. Porque El, en cuanto Dios, es quien organiza el combate. Como Sabio, establece el regla­mento. Como Hermosura, premio digno para los vencedo­res. Más divinamente aún, como Bondad acompaña a los atletas defendiendo su libertad y garantizando su victoria sobre las fuerzas de muerte y destrucción. Por lo cual, el iniciado se lanzará gozosamente a los combates que él sabe son divinos y observará escrupulosamente las sabias leyes del juego. Con firme esperanza de merecer la recompensa de un puesto a las órdenes del Señor bueno, que es su jefe en la batalla. Marchará sobre las huellas divi­nas que ha trazado la bondad de aquel que fue el primero de los atletas. Combatirá a imitación del mismo Dios con­tra toda dificultad y contra todo ser que obstaculice el camino de su divinización. Por haber muerto al pecado en el bautismo, puede decirse que uno, místicamente, parti­cipa de la muerte de Cristo.

7. Observa conmigo con cuánta propiedad los símbolos expresan lo sagrado. Para nosotros, la muerte no es aniquilación total del ser, como algunos imaginan. Es más bien la separación de dos partes que han estado entrelazadas29. En consecuencia, el alma va a un mundo invisible donde, privada del cuerpo, queda sin forma. El cuerpo enterrado se somete a cambios por los cuales pierde su figura corporal y desaparecen las apariencias humanas. Por eso, está muy indicado el sumergir al iniciado comple­tamente en el agua, simbolizando la muerte y sepultura donde la forma desaparece.

Por lo cual, con esta lección simbólica, quien recibe el sacramento del bautismo, siendo sumergido tres veces en el agua, imita, en cuanto el hombre puede imitar a Dios, la muerte divina de aquel que pasó tres días y tres noches en el sepulcro", Jesús, fuente de vida, en quien, según el miste­rioso y profundo sentido de la Escritura, "el príncipe de este mundo nada tiene.

8. Seguidamente visten de blanco al iniciado. Su va­lentía y semejanza con Dios, su decidido arrojo hacia el Uno, le hacen indiferente a cuanto se le oponga. En su inte­rior se ordena lo que antes era desorden. Toma forma lo informe. Brilla la luz a través de toda su vida.

La consagración con el óleo da suave olor al iniciado, porque la santa perfección del nacimiento de Dios en los iniciados los une con el Espíritu de la Deidad. Mas esta efusión es indescriptible, pues es en la mente donde tiene lugar esta suavidad y perfección. Cómo reconocerlo inteli­gentemente es tarea que dejo a quienes han merecido entrar en comunión sacra y divinamente, bajo el plan de lo inteligible, con el Espíritu de la Deidad.

Al terminar todo lo que antecede, el obispo invita al ini­ciado a la Santísima Eucaristía y comunión con los miste­rios que le van a perfeccionar.

CAPÍTULO III

1. El Sacramento de la Eucaristía

Pero continuemos. Ya que hemos mencio. nado la comunión, estaría mal pasarlo por alto y hablar de otras funciones de la jerarquía. Como ha declarado m célebre maestro, éste es el Sacramento de los sacramentos' Sirviéndome de los conocimientos bíblicos y de la tradición jerárquica, voy a exponer los relatos divinamente inspirados sobre este tema. Con las luces del Espíritu de la Deidad me elevaré a la santa contemplación del misterio.

En primer lugar, fijémonos piadosamente en lo que el su principal característica, común a los demás sacramentos jerárquicos, concretamente lo que se llama "comunión' o "sinaxis". Toda acción sacramental reduce a deificación uniforme nuestras vidas dispersas. Forja la unidad divina de las divisiones que cada uno lleva dentro. Logra en nosotros comunión y unión con el que es Uno. Afirmo además, que la perfección de otros símbolos jerárquicos se logra solamente por medio de los divinos y perfeccionantes dones de la comunión. Pues es poco menos que imposible celebrar ninguno de los sacramentos jerárquicos sin que la sagrada Eucaristía, punto culminante de todo rito'', logre por su divina operación la unión con el Uno en quien reciba el sacramento. De parte de Dios le dispensa el misterioso don de llevar a perfección sus capacidades, perfeccionaftdo en realidad su comunión con Dios. Los otros sacramentos de la jerarquía son imperfectos en el sentido de que no llevan a término nuestra comunión y unión con el Uno. Al quedar la acción así incompleta, no puede lograr plenamente nuestra perfección. El fin y obje­tivo principal de cada sacramento es impartir los misterios de la Deidad a quien esté ya iniciado. Por eso la tradición jerárquica ha acuñado de hecho un nombre que exprese con toda verdad la esencia del fruto logrado por la Eucaris­tía. Lo mismo ocurre con el santo sacramento por el que Dios nace en nosotros. Es el primero en traer la luz y fuente de toda iluminación divina. Por ser así lo alabamos dán­dole el nombre de iluminación conforme a la operación que lleva a cabo. Cierto que toda acción jerárquica tiene esto en común: transmitir a los iniciados la luz divina; pero, de hecho, éste fue el primero que me concedió el don de la vista. La luz que vino de aquí por vez primera me llevó a la visión de otras santas realidades.

Habiendo dicho lo que precede, pasemos ahora a con­siderar jerárquicamente primero el ritual del más santo de los sacramentos y después la contemplación correspon­diente al Santísimo Sacramento'.

II. Misterio de la "sinaxis" o comunión

El obispo, concluida la oración junto al altar de Dios, ,ilapieza a incensar a uña y otra parte por todo el lugar sagrado. Cuando regresa al altar, comienza el canto sagrado de los salmos, al que se une toda la asamblea. Siguen los diáconos con las lecturas bíblicas. Al concluirlas, los catecúmenos se retiran del recinto sagrado; siguen los posesos y penitentes. Sólo continúan dentro los considera­dos dignos de asistir a los sagrados misterios y comul­gar.

Algunos diáconos se sitúan a la puerta del sagrado recinto, cuidando de que la puerta permanezca cerrada. Otros desempeñan cualquier cargo propio de su orden. Los diáconos designados, junto con los sacerdotes, colocan sobre el altar de Dios el pan para consagrar y el cáliz de sal­vación una vez que toda la asamblea ha cantado el himno de la fe católica. Entonces, el santo obispo hace una ora­ción y pide para todos la paz. Los asistentes intercambian el beso ritual y se concluye la mística lectura de los dípti­cos sagrados. El obispo y los sacerdotes se lavan las manos con agua. Se sienta el obispo en el centro junto al altar. Le rodean algunos diáconos y todos los pres­bíteros. El obispo predica alabando las santas obras de Dios, continúa con la celebración de los misterios más sagrados y los eleva para que los contemplen al mostrar ante todos los símbolos sagrados. Habiendo así presen­tado los dones de las obras de Dios, comulga él primero e invita a todos los demás a hacer lo mismo. Después de comulgar y distribuir la sagrada comunión, concluye con una piadosa acción de gracias.

Aunque casi toda la gente no se fija más que en los sím­bolos sagrados, el obispo, por su parte, movido siempre por el Espíritu Santo, con la pureza habitual que corresponde a su vida verdaderamente endiosada, se eleva jerárquica­mente en santa e intelectual contemplación hasta aquel que es fuente del rito sacramental.

III. Contemplación

1. Y ahora, querido hijo, después de estas imágenes piadosamente sometidas a la verdad de su original divino, ofreceré guía espiritual en provecho de los recientemente iniciados.

La variada y sacra composición de símbolos no deja de ser provechosa a la inteligencia, aun cuando sólo presenten aspecto externo. El canto de las Santas Escritu­ras y las lecturas conmemorativas enseñan preceptos de vida virtuosa y sobre todo la necesidad de purificarse total­mente de la malicia corrosiva. La divina distribución del mismo pan y del mismo vino, hecha en común y pacífica­mente, establece la norma de que, habiéndose nutrido del mismo alimento, su modo de vivir ha de estar en plena con­formidad con este divino manjar.

También les hace recordar la Santa Cena el símbolo primordial de todos los ritos. El mismo autor de estos sím­bolos, con toda razón, excluye del sagrado banquete a quien no viva en su amistad. Así enseña, divina y santa mente, que cuando uno se hace digno de estos sagrados misterios recibe la gracia de asimilarse y entrar en comu­nión con ellos.

2. Pero dejemos para los no iniciados estos signos, que, como he dicho, están magníficamente pinta­dos a la entrada del santuario. Esto basta para su contem­plación. Nosotros, en cambio, cuando pensemos en la sinaxis, procedamos de los efectos a las causas, y con la luz que Jesús nos dispense podremos contemplar serenamente las realidades inteligibles en que se refleja claramente la bienaventurada y primordial Hermosura.

Tú, oh divino y santísimo sacramento, levanta los velos enigmáticos que simbólicamente te rodean. Muéstrate cla­ramente a nuestra mirada. Llena los ojos de nuestra inteli­gencia con la luz unificante y manifiesta.

3. Creo que ahora debemos penetrar en los sagrados misterios y declarar el sentido de las primeras imágenes. Consideremos atentamente la hermosura, que le da forma divina, y echemos una mirada devota al obispo mientras se dirige del altar a los extremos del santuario derramando perfume y luego su regreso al altar. Porque la bienaventurada Deidad, que trasciende todo ser, asimismo procede gradualmente hacia fuera para comuni­car su bondad a quienes continúa esencialmente unida e inmóvil. Dios ilumina a quienes se configuran lo más posi­ble con El, pero mantiene totalmente inconmovible la pro­pia identidad. De modo semejante, el Santísimo Sacra­mento de la Comunión sigue siendo lo que es, único, sim­ple, indivisible. Y, sin embargo, por amor a los hombres se multiplica en sagrada variedad de símbolos. Tanto, que en todos ellos está la Deidad. Luego, unificándolos todos, vuelve a la propia unidad y une a cuantos se le acercan devotamente.

[429 B] Algo así ocurre con el santo obispo. Bondado­samente transmite a sus súbditos el conocimiento jerárquico, peculiarmente suyo, sirviéndose de muchos enig­mas sagrados. Luego, libre y desligado de cosas inferiores, vuelve íntegramente al punto de partida sin haber perdido nada. Mentalmente camina hacia el Uno. Contempla entonces con ojos puros la unidad fundamental de las rea­lidades latentes en los ritos sagrados. Retorna más divini­zadas las ideas primeras, finalidad que se proponía, mien­tras procedía a las cosas secundarias, llevado de su amor a los hombres.

4. La salmodia sagrada es parte de los misterios jerár­quicos y no debe faltar en el más jerárquico de todos. Las lecturas bíblicas encierran una lección para quienes son capaces de ser divinizados y están enraizados en los sagra­dos y divinizantes sacramentos. Enseñan que Dios mismo da de este modo sustancia y orden a todo cuanto existe, incluso a la legítima jerarquía y sociedad. Echar a suertes, distribuir y compartir con el pueblo de Dios. Enseñan la ciencia de jueces santos, reyes y sacerdotes sabios que viven en Dios. Expresan el poderoso e inquebrantable punto de vista que capacitó a nuestros mayores para sobre­llevar variadas y numerosas desgracias. De ellas provie­nen sabias normas de vida, cánticos que gloriosamente describen el amor de Dios, las profecías que predicen el futuro, las obras divinas de Jesús hecho hombre, las comu­nidades, regalo de Dios e imitadoras de Dios, la actividad y enseñanzas de sus discípulos, la visión secreta y mística de aquel hombre inspirado que fue el discípulo amado y la trascendental doctrina de Jesús". Más aún, los cánticos sagrados alaban todas las palabras y obras de Dios cele­brando lo que divinamente dijeron e hicieron hombres santos. Son narraciones poéticas de los misterios divinos que capacitan a todo el que toma parte con buena disposi­ción para recibir y administrar el sacramento de la jerar­quía.

5. Los cánticos sagrados, que resumen las más santas verdades, han preparado serenamente nuestro espíritu para compenetramos con los misterios que vamos a celebrar, luego que nos han hecho sintonizar con Dios. Nos ponen en armonía no sólo con las realidades divinas, sino también con nosotros mismos y con los demás, de manera que podamos formar un coro homogéneo de hom­bres sagrados. Entonces, cualquier sentencia breve, aun­que fuere oscura, que presenten los cánticos de la salmodia se amplía por múltiples e inteligibles imágenes y aclamaciones de lecturas sagradas. Si uno considera pia­dosamente los textos sagrados, advertirá que hay en ellos unidad y concordia, de que es fuente el Espíritu de la Dei­dad. Esto justifica la costumbre de proclamar al mundo el Nuevo Testamento a continuación de la antigua alianza. Me parece que este orden proveniente de Dios y determi­nado por la jerarquía demuestra cómo uno anunció las obras divinas de Jesús y el otro describe su cumplimiento. Uno describe la verdad en imágenes mientras que el otro muestra las cosas como ocurrieron. La verdad de lo anun­ciado por uno se confirma con los acontecimientos que refiere el otro. Las obras de Dios dan cumplimiento a sus palabras.

6. Quienes hacen oídos sordos a la doctrina de los santos sacramentos tampoco comprenden sus repre­sentaciones. Descaradamente han rechazado la ense­ñanza salvadora sobre el nacimiento de Dios en el alma y desgraciadamente se hacen eco del texto sagrado: "No que­remos saber tus caminos"". Por otra parte, los catecúme­nos, los posesos y los penitentes deben seguir las instrucciones de la sagrada jerarquía, que manda escuchar el canto de los salmos y las lecturas de los escritos divina­mente inspirados. No asistirán a la acción sagrada que viene a continuación ni a la contemplación reservada para que los vean los perfectos. Mucha es la rectitud sagrada de la jerarquía por estar en conformidad con Dios. La jerar­quía da a cada cual lo que merece, y concede participar en los misterios divinos con miras a la salvación. Reparte los dones sagrados a su debido tiempo y en la medida de con­veniente equidad. Así, pues, los catecúmenos se clasifican en el último puesto. Todavía no han sido inicia­dos, por lo cual no participan en ningún sacramento jerár­quico. Todavía no han recibido la vida santa porque no ha nacido Dios en ellos, pero las Escrituras lo están gestan­do paternalmente".

Las enseñanzas vivificantes los van configu­rando con el nacimiento divino, fuente de vida y de luz. Ocurre lo que con los hijos de la carne cuando llegan sin haber cumplido el debido tiempo de gestación. Imperfec­tos, informes, como los fetos abortivos. Vienen al mundo sin vida, sin luz. Sería una necedad, dejándose llevar de las apariencias, decir que por haber salido de las tinieblas del vientre materno han venido a la luz. Efectivamente, la cien­cia médica, que conoce mejor el cuerpo humano, muestra que la luz no actúa en el cuerpo humano carente de órga­nos para recibirla.

Pero es el sabio conocimiento de las cosas sagradas lo primero que anima a los catecúmenos. Los nutre con los primeros alimentos de la Escritura, que les da forma y los lleva a la vida. Después, cuando su ser ha llegado a pleni­tud y nacimiento divinos, actúa para su salvación, y siguiendo las normas establecidas les permite entrar en comunión, con lo que se iluminarán y llegarán a perfec­ción. Pero están privados de lo perfecto mientras no alcancen la luz, solícita por salvaguardar la armonía de estas cosas sagradas y de velar por la gestación y vida de los catecúmenos. Lo hace en conformidad con el plan divino establecido por la jerarquía.

7. La muchedumbre de los posesos es en sí misma profana, pero ocupa el puesto inmediato superior a los catecúmenos, que son los últimos. A mi modo de ver, no se puede comparar el estado de quien no ha recibido la inicia­ción ni tomado parte en ningún sacramento con otro que haya recibido algunos, pero que ha vuelto a caer por exce­siva actividad o por pereza. Cierto que también a éstos, con razón, se les prohíbe contemplar los misterios más sagrados y entrar en comunión con ellos. El hombre que es realmente espiritual, digno de comulgar con las rea­lidades divinas, que en la mayor dimensión posible ha alcanzado gran conformidad con Dios a través de com­pleta y perfecta divinización, un hombre así, con verdadera indiferencia por las cosas de este mundo (excepto las nece­sidades fundamentales, de que no se puede prescindir), habrá alcanzado el más alto grado de divinización y será templo y compañero del Espíritu de la Deidad. A seme­janza de aquel de quien es imagen, nunca será presa de ilu­siones o terrores del adversario; antes bien, se burlará de ellos. Las rehusará y arrojará lejos cuando se presenten. Se mostrará más activo que pasivo. Habiéndose fijado la norma de impasividad y firmeza, dará la impresión de ser un doctor ayudando a otros que padecen estas tribulacio­nes.

Por eso yo creo, o mejor, conozco por expe­riencia, que los miembros de la jerarquía, siendo de muy sano juicio, entienden que los posesos, renunciando a sus vidas divinas, han adoptado en su lugar las ideas y costum­bres de abominables demonios y se hallan en la peor escla­vitud. En su extremada locura, tan destructiva para sí mismos, se privan de los verdaderos bienes, tesoros de feli­cidad eterna. Ambicionan y se procuran las cambiantes y múltiples pasiones características de  la materia, placeres efímeros y corruptibles, cosas inestables y felici­dad aparente. Estos son los primeros y, con mayor razón, a quienes el ministro consagrado hace salir, porque no está bien que ellos asistan en ningún momento de la celebra­ción, excepto a la lectura de las Escrituras, orientadas a que se conviertan a bienes mejores. La acción eucarística, des­pués de todo, no es de este mundo. Mantiene fuera a los penitentes obligádos a salir. Sólo permite entrar a los san­tos. En su perfecta pureza exclama: "Soy invisible y excluyo de la comunión a aquellos que, por cualquier imperfec­ción, no llegan a la cima de conformidad con Dios". Esta voz, totalmente pura, rechaza a quien no alcance a estar de [436 B] acuerdo con los dignos de participar en los más sagrados misterios. Tanto más para considerar la multitud de posesos, presos de sus pasiones, como profanos exclui­dos de toda visión y comunión con los sagrados misterios.

Los primeros a quienes se debe excluir del templo y de las celebraciones a que no tienen derecho son los no inicia­dos e ignorantes de los sacramentos. Luego, los que hayan abandonado la práctica de vida cristiana. En tercer lugar, los que cobardemente sucumben a los temores y fantasías adversas; incapaces de perseverar firmes, han fallado en acercarse a los sagrados misterios y compenetrarse con lo que les hubiera proporcionado divinización fuerte y perse­verante. Siguen los que han renunciado a vivir en pecado, pero no se han purificado aún de los malos pensamientos, pues no han conseguido todavía un constante e inmacu­lado anhelar a Dios. Finalmente, aquellos que no han logrado aún la unificación, sino que, como dice la Ley, no son ni totalmente irreprochables" ni del todo impecables.

Después de todo esto, los santos ministros de los misterios sagrados y los piadosos asistentes contem­plan devotamente el Santísimo Sacramento y entonan el cántico de alabanza más universal en honor de aquel que es fuente y dispensador de todo bien, fundador de los sacramentos para nuestra salvación, con los cuales se divi­nizan quienes los reciben. Himno que llaman a veces cán­tico de alabanza y símbolo de adoración, otras acción de gracias jerárquica. Esta es, creo yo, la manera más divina, porque este himno es síntesis de todos los dones sagrados que Dios nos envía. A mi juicio, este cántico celebra todo cuanto Dios ha hecho por nosotros'''. Nos recuerda que debemos a la bondad de Dios lo que somos y nuestra vida; que El nos ha creado a imagen de su eterna Hermosura y hecho partícipes de sus propiedades divinas, para elevar­nos espiritualmente. También nos recuerda que cuando por nuestra locura perdimos los dones divinos, Dios se preocupó de restaurar nuestra condición primera ofreciéndonos nuevos dones. Nos otorgó la más perfecta participación de su naturaleza divina al asumir plena­mente la nuestra. De este modo, Dios nos ha concedido estar en comunicación con El y con las realidades divinas.

8. Habiendo celebrado santamente el amor de la Deidad por la humanidad, se presenta cubierto con velo el pan divino, junto con el cáliz de salvación. Se inter­cambia el beso de paz. Sigue la proclamación mística y trascendente de los libros santos. Porque es imposible con­gregarse en el Uno y compartir pacíficamente la unión con El mientras estemos divididos entre nosotros. Por el con­trario, si la contemplación y conocimiento del Uno nos ilu­mina, podremos unificarnos y lograr verdadera unión con Dios; nunca llegaremos a caer en la división de ánimos, fuente de hostilidad material y apasionada entre iguales.

Esta es, a mi parecer, la vida unificante e indivisible que requiere el beso de paz uniendo a los semejantes y prohibiendo la unión divina y unificante a los que están enemistados.

9. A continuación de la paz se hace proclamación de las tablillas sagradas, donde se conmemoran los nombres de quienes vivieron santamente y por sus continuos esfuer­zos merecieron la perfección de una vida virtuosa. De este modo, somos atraídos y estimulados a seguir su ejemplo, adoptando un género de vida que nos proporcione mayor felicidad y la paz que redunda de configurarse con Dios. Esta conmemoración proclama vivos entre nosotros, como nos enseña la Escritura, a quienes pasaron de la muerte a la vida divina más perfecta.

Ten en cuenta que si bien se fijan estos nombres en las listas conmemorativas, no es porque Dios necesite, como nosotros, traer a la memoria imágenes que los recuerden. Más bien se pretende dar a entender de modo conveniente que Dios honra y conoce para siempre a quienes llegaron a ser perfectos por haberse identificado con El. Como dice la Escritura, "el Señor conoce a los que son suyos y "es cosa preciosa a los ojos de Yahveh la muerte de sus pia­dosos". Lo que significa aquí muerte del piadoso es la per­fección de su piedad. Observa también devotamente que se leen los nombres de los santos al colocar sobre el altar de Dios los símbolos sagrados con que Cristo se hace presente y es recibido en comunión. Queda así claro que están inse­parablemente unidos a El con sagrada y trascendente unión.

10. Una vez terminada esta acción litúrgica, como queda dicho, el obispo, de pie, enfrente de los símbo­los sagrados, lava con agua sus manos, y [440 A] lo mismo hacen los sacerdotes. Como dice la Escritura, el que acaba de lavarse no necesita lavar más que las extremidades. Gracias a este lavarse ritual mantiene la total pureza de conformidad con Dios y podrá luego proceder a los queha­ceres ordinarios mientras permanezca libre y sin mancha. Por estar perfectamente unificado, puede dirigirse inme­diatamente al Uno quien está tan compenetrado gracias a la conversión pura y sin mancha que mantiene la plenitud y constancia de su conformidad con Dios. He dicho ya que las abluciones sagradas existían en la jerarquía de la Ley, y por eso se lavan las manos ahora el obispo y los sacerdo­tes. Aquellos que se acercan a esta sacratísima acción están obligados a purificarse incluso de las últimas imagi­naciones que hayan empañado el alma y celebrar los sagrados misterios con pureza proporcionada a los mis­mos en cuanto sea posible. De esta manera aumentarán su iluminación con visiones más divinas, porque aquellos rayos trascendentes prefieren difundir la plenitud de su esplendor más pura y luminosamente sobre espejos forma­dos a su imagen.

El obispo y sacerdotes se lavan las manos o puntas de los dedos delante de los símbolos sagrados para significar que Cristo conoce todos nuestros pensamientos, incluso los más secretos, y que es El mismo quien con su mirada penetrante, en sus juicios perfectamente justos, ha dis­puesto esta purificación de ritual. Así, el obispo se unifica con las realidades divinas. Habiendo entonado alabanzas por las obras de Dios, hace la consagración y levanta los misterios sagrados para que los contemplen.

11. Voy a explicar ahora, dentro de mis posi­bilidades, las obras divinas con respecto a nosotros. No me es posible celebrar todas, ni siquiera conocerlas claramente, para que otros se adentren en sus misterios. Pero implorando la asistencia de la jerarquía, con su inspira­ción podré al menos mencionar cómo los obispos, hom­bres de Dios, alaban y ensalzan conforme a las Santas Escrituras.

Desde el principio, la naturaleza humana perdió los dones con que Dios la había enriquecido. Se dejó llevar por múltiples pasiones y terminó en muerte destructora. Siguió el pernicioso desprecio de los verdaderos bienes, la desobe­diencia a la Ley sagrada que Dios puso para el hombre en el paraíso. Rechazado el yugo que le daba la vida, se negó el hombre a los dones de Dios, quedando a merced de sus propios impulsos, sujeto a la tentación y asaltos del enemigo.

A cambio de la eternidad prefirió la muerte. Nacido de corrupción, justo era que saliera del mundo como entró. Libremente abandonó la vida divina, elevante, y en cambio se dejó arrastrar hasta el extremo opuesto, sumergido en un abismo de pasiones. Vagando fuera del camino recto, atrapado por lazos destructores y de gente mala, el género humano se alejó del verdadero Dios. Sin darse cuenta, sirvió no a dioses o amigos, sino a sus enemigos, los cuales, feroces por naturaleza, abusaron cruelmente de su debilidad poniéndolo en peligro de ruina y perdición.

Pero la bondad divina, llevada de infinito amor al hom­bre, no cesó jamás de prodigarle sus dones providencia­les. Asumió íntegramente las propiedades de nuestra naturaleza, excepto el pecado. Se identificó con nuestra bajeza sin perder nada de su condición real, sin sufrir pérdida ni cambio alguno. Esto nos permitió, como a miembros de la misma familia, entrar en comunión con la Deidad y participar de su misma hermosura. Así, según enseña nuestra santa tradición, nos facilita la liberación de los rebeldes, no por imposición de fuerza, sino por juicio justo, como revelan las Santas Escrituras.

Misericordiosamente Dios cambió por completo nues­tra situación. La inteligencia estaba envuelta en tinieblas e informe, pero El la inundó de dichosa y divina luz. Salvó nuestra naturaleza de un casi total naufragio y la morada secreta de nuestras almas quedó libre de pasiones malditas y de manchas destructoras. Finalmente, nos mostró un camino de vida sobrenatural, elevador, configurán­donos con El en todo lo que nuestra naturaleza pueda alcanzar.

12. ¿De qué otra manera lograremos esta imitación de Dios mejor que recordando continuamente sus obras san­tas con himnos sagrados y las acciones litúrgicas estableci­das por la jerarquía? Como dicen las Escrituras, lo hacemos en memoria de El. Por lo cual, el obispo, hombre de Dios, está en pie ante el altar, celebra las obras de Dios como he dicho, las obras que Jesús llevó a cabo gloriosamente, reali­zando aquí su más devota providencia para la salvación del género humano. Lo hace y dice la Escritura con la mayor complacencia del Padre y del Espíritu Santo. El obispo considera estas cosas con mirada contemplativa y procede a la ofrenda de los símbolos como Dios mismo lo ha dispuesto. Por eso, al mismo tiempo que celebra las sagradas alabanzas de las obras divinas, pide perdón, cual conviene a un obispo, por realizar esta función sagrada, que excede sus atribuciones. Piadosamente exclama: "Eres tú quien ha dicho haced esto en memoria mía".

Pide luego que Dios le haga digno de cumplir a su imitación este santo oficio y que, como Cristo mismo, pueda celebrar los sagrados misterios. Pide también poder interpretarlos dignamente y que los reciban como es debi­do. Entonces consagra y ofrece a la vista de todos los miste­rios bajo el velo de los símbolos sagrados. Descubre y divide en muchas partes el pan, cubierto e indiviso hasta ahora. Asimismo comparte con todos el único cáliz, multi­plicando y distribuyendo simbólicamente al que es Uno. Así completa la acción más sagrada. Por su bondad y amor a los hombres, la unidad simple y misteriosa de Jesús, Verbo divino, llegó a encarnarse por nosotros, y sin dejar de ser lo que es, se hizo realidad compuesta y visible. Bon­dadosamente ha logrado nuestra comunión con  El. Ha unido nuestra bajeza con la grandeza de su Divinidad. A ésta debemos unirnos como miembros de un mismo cuerpo, identificándonos con El por una vida sin pecado.

No podemos entregarnos a la muerte que acarrea la corrupción de las pasiones. Ni debemos romper la armo­nía reinante entre los miembros del perfecto y sano cuerpo divino privándonos de la unión con ellos. Llevemos la misma vida divina. Si queremos realmente estar en comunión con El, tenemos que prestar toda atención a la vida de Dios encarnado. Su santa impecabilidad ha de ser nuestro modelo para aspirar a un estado deiforme e inmaculado. Así nos comunicará su semejanza en la forma que más nos convenga.

13. Esto es lo que el obispo enseña al practi­car la sagrada liturgia: retirando de los dones el velo, multi­plicando lo que antes era uno, distribuyendo el sacramento que unifica perfectamente a cuantos lo reciben. Cuando presenta a Jesús ante nuestra mirada nos muestra de modo sensible, y como en imagen, lo que es vida de nuestra mente. Revela cómo, por amor al hombre, Cristo salió del misterio de su divinidad tomando forma humana para encarnarse completamente entre nosotros sin mancharse en nada. Nos muestra cómo descendió sin dejar de ser lo que era, desde su natural unidad a nuestro nivel de divisibi­lidad. Nos manifiesta cómo por amor a nosotros, por su actuación bienhechora, toda la humanidad está invitada a la comunión con El y compartir su bondad, si queremos identificarnos con su vida divina, inmutable, en cuanto nos sea posible. Invitados a lograr la perfección y entrar verdaderamente en comunión con Dios y sus divi­nos misterios.

14. Habiendo recibido y compartido la comunión, el obispo concluye la ceremonia dando gracias con toda la asamblea santa. Justo es recibir antes que dar; siempre se reciben los misterios antes de redistribuirlos mística­mente". Este es el orden universal y la organización que conviene a las realidades divinas. Antes que nadie, el obispo participa en la abundancia de los dones sagrados que Dios ha mandado dar a otros. Luego los distribuye a los demás.

Lo mismo ocurre con las normas de una vida verdade­ramente divina. No es santo quien se atreve a enseñar a otros la santidad sin estar acostumbrado a practicarla pri­mero. Eso es totalmente ajeno a las normas sagradas. Si Dios no ha inspirado, escogido y llamado a alguien para ser guía, si no ha alcanzado aún perfecta y sólida divinización, no debe arrogarse el oficio de director. Lo mismo ocurre con los rayos del sol: llenan primero los seres más sutiles y luminosos, que luego dan luz sobreabun­dante a los demás.

15. Así, pues, reunidos los diferentes órdenes jerárqui­cos, y después que todos han comulgado con los sacratísi­mos misterios, concluyen la ceremonia con piadosa acción de gracias, aun cuando los dones de Dios por sí mismos merezcan  agradecimiento. Sin embargo, como queda dicho, los inclinados al mal no hacen caso de los dones de Dios. Su impiedad los vuelve ingratos con res­pecto a las gracias infinitas que debemos dar a Dios por sus obras; "gustad y ved", dice la Escritura. Después de ins­truirse santamente en los dones de Dios, los iniciados reco­nocerán los grandes dones que han recibido, y cuando los reciban contemplarán lo espléndidos que son. Descubri­rán entonces su excelsitud, infinita grandeza y magnificen­cia. Entonces podrán ensalzar y agradecer los beneficios celestiales de la Deidad.

CAPÍTULO IV

I. Del Sacramento de la Unción y sus efectos

1. Tal es la grandeza de la Sagrada Comu­nión. Tales son las preciosas representaciones que, como he dicho repetidas veces, elevan nuestra inteligencia hasta el Uno, gracias a los ritos jerárquicos por los que comulga­mos con El y con la comunidad.

Hay, además, otro rito de perfección que pertenece al mismo orden. Nuestros maestros le llaman también Sacra­mento de la Unción. Después que hayamos examinado con pormenor los símbolos sagrados que lo representan, por su multiplicidad nos elevaremos a la contemplación jerárquica del Uno.

II. Misterio del Sacramento de la Unción

Como se hace para la comunión, los órdenes inferiores tienen que salir en seguida que el obispo haya esparcido la fragancia por el sagrado recinto, terminado el canto de los salmos y la lectura de las Santas Escrituras. Entonces el obispo coloca sobre el altar de Dios el óleo santo envuelto en doce pliegues. Entre tanto, la asamblea acompaña con un canto sagrado inspirado por Dios a los profetas. Se reza una oración consecratoria sobre los óleos. Estos se emplea­rán después como rito santificante de algunos sacramentos en casi todás las ceremonias jerárquicas de consagra­ción.

III. Contemplación

1. Me creo que este rito de consagración contiene una enseñanza espiritual en la manera como se administra santamente la unción divina. Nos muestra que los hom­bres piadosos guardan la fragancia de la santidad en el secreto de sus almas. Dios mismo ha prohibido a los justos que, llevados de la honra, hagan ostentación de la hermo­sura y fragancia de su virtuoso esfuerzo para asemejarse al Dios escondido. Están ocultas estas divinas hermosuras. Su fragancia es superior a toda operación del entendi­miento y están libres de cualquier profanación. Se revelan sólo a las mentes capaces de entenderlas. No brillan en nuestras almas más que a través de imágenes que se les parecen y también son incorruptibles como ellas. Por eso, la virtuosa conformidad con Dios puede únicamente apa­recer como imagen auténtica de su modelo cuando el alma pone en esta inteligible y fragante Hermosura. En tal caso, y sólo entonces, puede el alma imprimir y reproducir en sí misma las imágenes más bellas.

Tratándose de imágenes sensibles, el artista mantiene siempre la vista fija en el original y no deja que le distraiga ni comparta su atención ningún objeto visible. Así podrá decir con fundamento que cualquier objeto pin­tado por él es idéntico, de tal modo que se podría tomar el uno por el otro aun cuando sean dos cosas en realidad diferentes.

Esto ocurre con los artistas que aman la Hermosura divina. Reproducen su imagen en la inteligencia. La con­centración y contemplación atenta de esta perfumante y secreta Hermosura los capacita para reproducir una copia exacta del modelo. Con razón, pues, los pintores divinos no dejan de ajustar el poder de su mente con el modelo de una Virtud intelectual supraesencial, perfumante. Si practican las virtudes como requiere la imitación de Dios, no es "para ser vistos de los hombres, como dice la Escritura. Antes bien, por medio de la Unción, como en una imagen, piadosamente contemplan los santísimos misterios de la Iglesia allí velados. Por eso ellos procuran también disimu­lar en su inteligencia las virtudes y semejanza divinas cuando reproducen en sí la imagen de Dios. Fijan su mirada únicamente en la primitiva Hermosura. No miran las cosas que no los llevan a Dios ni tampoco se dejan atrapar de sus miradas. Como es lógico en ellos, sólo buscan lo justo y bueno, no las apariencias vacías. Poco caso hacen de las honras de que el vulgo neciamente se glo­ría. Imitadores de Dios, como lo son en verdad, rectamente distinguen de lo malo lo que es bueno. Son verdadera­mente imágenes divinas de la infinita dulzura de Dios. Y como ésta es realmente deleitosa, no prestan atención a los engaños que seducen a la gente. Se imprime solamente en las almas que son sus verdaderas imágenes.

2. Continuemos. Ya vimos la belleza exte­rior de la espléndida y sagrada ceremonia. Fijémonos ahora en su divina hermosura. Veámosla tal cual es, sin velos, a la luz de su glorioso resplandor, impregnándonos de fragancia, que sólo perciben los de buen entendi­miento.

Los que asisten al obispo presencian y participan en la consagración de los santos óleos. Se presenta ante sus ojos este sacramento porque ellos pueden contemplar algo que la gente no comprende. De hecho, están obligados a ocul­tarlo evitando que esté al alcance del pueblo, pues así lo mandan las leyes de la jerarquía. El Rayo luminoso de aquellos sacratísimos misterios ilumina directamente, y en todo su esplendor, a los hombres de Dios, porque éstos se mantienen familiares a la Luz; difunden suave olor sin trabas en su mente. Pero no ocurre así con quienes se hallan en plano inferior. Más aún, para evitar cualquier profanación por parte de quienes no viven en conformidad con Dios, los que secretamente contemplan lo inteligible ocultan los santos óleos bajo pliegues enigmáticos, no carentes de valor para los miembros bien dispuestos de rango inferior. Los elevan espiritualmente en proporción a sus merecimientos.

3. Como ya queda dicho, el rito de la consagración a que me refiero es parte del orden perfeccionante y poder de los obispos. Más aún: como en dignidad y eficacia se equi­para con los sagrados misterios de la comunión, nuestros santos maestros se han servido casi de las mismas imágenes para describirlo, le han dado el mismo rango ceremonial y los mismos cánticos. Por eso el obispo des­ciende de su venerable sitial, difunde el olor de suavidad hasta los últimos rincones, vuelve al punto de partida y enseña desde allí que todo el pueblo santo, conforme a sus méritos, participa de los dones de Dios. Con esto, sin embargo, continúa sin disminución ni cambio la plenitud de atributos esenciales a la Inmutabilidad divina.

De modo semejante, los cantos y lecturas bíblicas van preparando a los no iniciados para la filiación vivi­ficante. Promueven la santa conversión en los impura­mente posesos. Libran a los pusilánimes de temibles mal­diciones del enemigo. Enseñan a todos a vivir lo mejor que pueden según Dios. Así equipados y fortalecidos constan­temente, son éstos ahora los que infundirán temor a los poderes enemigos y se encargarán de cuidar a otros. No se contentarán con mantener inmaculadas las virtudes para sí solos por haber imitado a Dios y, además, la firmeza para resistir los ataques del enemigo. Los apremiará el deseo de servir a los demás. Mentes alejadas de bajezas y determinadas a ser santas, sacarán de estas lecturas sufi­ciente fortaleza para no recaer en el pecado. Purificarán completamente a quien todavía le falte algo para ser santo. Conducirán a los justos hasta imágenes divinas por medio de las cuales contemplen y vivan lo que represen­tan. Estas son alimento de perfectos, ofreciéndoles visiones dichosas e inteligibles, que sacien sus almas, ya semejantes al Uno, y las transformen en El.

4. ¿Qué más? ¿No sucede en la consagración de los óleos como en la Eucaristía? Se manda salir a los órdenes que no están todavía purificados, como ya mencioné ante­riormente. Estos misterios se presentan sólo en imagen a los santos, de modo que sean las jerarquías quienes lo con­templan directamente y lo celebran con espiritual elevación. Ya lo he dicho más de una vez, por lo cual no creo necesario volver sobre estos temas. Prosigamos fiján­donos en el obispo cuando cubre los santos óleos con seis pares de dobleces y procede a consagrarlos conforme al sagrado rito.

Nos queda por decir que los santos óleos están hechos con mezclas de sustancias aromáticas. Contienen ricos perfumes que los participantes perciben cada cual a su manera. Aprendemos así que el bálsamo supraesencial del divino Jesús difunde sus dones sobre nuestras facultades intelectuales, llenándolas de suave deleite. Si la fragancia agrada a los sentidos, es grande el placer que pro­porciona a aquel con que distinguimos los olores, porque el sentido está sano y puede captar la fragancia que le llega. Analógicamente lo podemos decir de las facultades inte­lectuales. Estas pueden impregnarse de la fragancia de Dios y llenarse de santa felicidad y alimento divino con tal que no las corrompa ninguna tendencia al mal y a condi­ción de que mantengan vivo el dinamismo de su capacidad para discernir siempre que Dios actúa en nuestro provecho y nosotros le respondamos con amor.

Así, la composición de los santos óleos es sim­bólica, dando forma a lo que no la tiene. Nos enseña por símbolos que Jesús es la fuente fecunda de las fragancias divinas. El mismo en forma apropiada a la divinidad se torna hacia las mentes de aquellos que han logrado la mayor identificación con Dios y les regala con ríos abun­dantes de divina fragancia, que encantan a las inteligen­cias y las hacen desear dones de Dios y hambrear por alimentos espirituales. Cada potencia intelectiva recibe estos efluvios perfumantes conforme a la medida de su divinización.

5. Claro está, a mi parecer, que las esencias superiores a nosotros, más divinas, reciben, por decirlo así, mayor corriente de suave olor, pues están más cerca de la fuente. Con mayor abundancia reciben este caudal y con mejor disposición aquellos cuyas mentes están del todo atentas a fin de que este río las inunde y penetre caudaloso, sobreabundante. La Fuente odorífera oculta sus ojos lim­pios a las inteligencias inferiores menos receptivas. Se entrega a cuantos con ellas sintonizan y les da sus perfumes en la medida armoniosa que conviene a la Deidad.

Por eso los doce pliegues significan el orden de serafi­nes. Ocupan lugar preeminente en cabeza de todos los san­tos seres superiores a nosotros. Congregados en torno a Jesús, se entregan dentro de sus limitaciones a la contem­plación feliz de su mirada. Reciben santamente en el receptáculo infinitamente puro de sus almas la plenitud de dones espirituales que El otorga. Repiten sin cesar (valga la expresión por comparación al mundo de los senti­dos) el himno que celebra las divinas alabanzas. Porque aquellas inteligencias superiores a este mundo son infati­gables en sus santos conocimientos. Desean a Dios viva­mente. Su altísima dignidad los pone por encima del pecado y del olvido. Su constante clamor es, a mi entender, porque conocen y entienden las verdades divinas con total sinceridad y gratitud, siempre, sin cesar.

6. Las Santas Escrituras describen las incorpóreas propiedades de los serafines con imágenes sensi­bles que dan a entender su naturaleza inteligible. Creo que ya las he descrito suficientemente al tratar de las jerarquías celestes. Me parece haberlo expuesto con claridad sufi­ciente a los ojos de tu entendimiento. Pero como los san­tos que asisten al obispo nos ofrecen ahora una semejanza de aquel orden supremo, fijémonos una vez más, con ojos totalmente inmateriales, en el esplendor de su conformi­dad con Dios.

7. El sinnúmero de rostros y muchos pies simbolizan, pienso yo, su eminente poder contemplativo de cara a la más divina iluminación, su perpetuo movi­miento, su conocimiento de la bondad divina que a todo se extiende. Las seis alas de que hablan las Escrituras no indi­can, a mi entender, un número sagrado, como algunos creen; se refiere a los portentos inteligentes y semejantes a Dios de aquel orden supremo más cercano a El, potencias intelectuales por las que se configuran con la Deidad. Supremas, medias e inferiores. Elevantes, liberadoras, trastendentes. Por eso, cuando la santísima sabiduría de las Escrituras se sirve del símbolo de alas, las coloca en los ros­tros, en el medio y en los pies, dando a entender que los serafines tienen alas en todas [481 B] partes y por eso dis­frutan de ser elevados en el grado más alto hasta el verda­dero Ser.

8. Si ocultan los rostros y pies con sus alas, si vuelan a media ala, demuestran con esta actitud reverente que el orden superior de los seres trascendentes considera con cir­cunspección los misterios más altos y profundos de lo que comprenden; que se valen de sus alas medias para elevarse comedidamente a la visión de Dios; que someten sus vidas a los decretos divinos, y así se dejan guiar piadosamente hasta reconocer las propias limitaciones.

9. La frase de la Escritura "Se gritaban unos a otros" significa, pienso yo, que se transmiten unos a otros los frutos mentales de ver a Dios. Debemos recordar piado­samente que en hebreo la Biblia llama serafines a los seres más santos para significar que están siempre inflamados en amor desbordante gracias a la vida divina, que no cesa de actuar en ellos.

10. Si es verdad, como afirman los hebraístas, que las Escrituras llaman serafines a los "incandescentes" y a los "fervientes", términos que indican sus propiedades esen­ciales, es porque, conforme a la representación simbólica de los santos óleos, los serafines, como los óleos, tienen poder de producir y expandir los perfumes salva­dores.

El Ser cuya fragancia trasciende todo poder mental gusta de que le den a conocer las inteligencias más incan­descentes y perfectamente purificadas. El concede su divina inspiración a quienes le invocan de manera tras­cendente. Por eso, el orden más sagrado de la jerarquía celeste sabe bien que Jesús santísimo vino del Cielo para santificarnos. Entiende bien que El, en su divina e inefable bondad, se hizo como nosotros. Ve que el Padre y el Espí­ritu Santo santificaron su forma humana y sabe que" per­manece esencialmente inmutable lo que desde el principio es Deidad operativa. Por lo cual, la tradición de los símbo­los sagrados en el momento de la consagración de los san­tos óleos los cubre con un símbolo de los serafines, para hacer ver y significar que Cristo permanece siempre inmu­table aun cuando plenamente y de verdad hecho uno de nosotros.

Más divinamente simbólico todavía. Se usa el santo óleo para consagrar todas las cosas, manifestando con esto claramente que, como dice la Escritura, aquel que consa­gra todas las cosas permanece el mismo22 para siempre a través de todas las operaciones de su divina bon­dad. Por eso, la consagración de los santos óleos completa el don perfeccionante y gracia del nacimiento de Dios en las almas. De modo semejante, a mi modo de ver, uno puede explicarse el rito de purificación bautismal cuando el obispo extiende unas gotas de óleo en forma de cruz". Con ello muestra a quienes pueden presenciarlo que Jesús, en su más gloriosa y divina humillación, quiso morir en cruz a fin de que nosotros naciésemos para Dios. Así bon­dadosamente arrancó del absorbente abismo de muerte a todo el que, según la misteriosa expresión de la Escritura, ha sido bautizado "en su muerte" y los renueva con vida eternamente divina.

11. Además, después de iniciarnos santa­mente en el sacramento del divino nacimiento, con la unción perfumante de los santos óleos recibimos la visita del Espíritu Santo. Estos símbolos significan, a mi entender, que aquel cuya naturaleza humana fue consagrada por el Espíritu Santo, permaneciendo inmutable su divi­nidad, cuida ahora de que el Espíritu Santo descienda sobre nosotros.

12. Advierte también esto. Según las leyes sobre los santos sacramentos, se consagra el altar de Dios derra­mando aceite sobre él". El sentido de todo esto hay que buscarlo más allá de los cielos, por encima de todo ser; está en aquella fuente, aquella esencia, aquel poder perfec­cionante que causa toda santidad en nosotros. Porque es en Jesús mismo, nuestro divinísimo altar, donde se logra la consagración de los seres inteligentes. En El, como dice la Escritura, "tenemos acceso"" a la consagración y nos ofre­cemos místicamente en holocausto. Así, pues, eche­mos una mirada sobrenatural al altar de los divinos sacrifi­cios, consagrado con óleo santo. Es Jesús santísimo quien se ofrece por nosotros. El es quien nos concede la plenitud de su propia santificación y nos dispensa misericordiosa­mente como a hijos de Dios todo lo que en El se realiza. A mi parecer, los jefes de nuestra jerarquía recibieron de Dios la inteligencia de los símbolos jerárquicos y llamaron tcXEtiv (perfeccionante) a este rito litúrgico de los santos óleos por razón de su acción. perfeccionante. Es, por decirlo así, el rito de Dios que celebra en doble sentido su divina operación perfeccionante. Dios, ante todo, habién. dose hecho hombre, se santificó por nosotros, y, en conse, cuencia, este acto divino es fuente de toda perfección y d( toda santificación.

Con respecto al canto sagrado que Dios inspiró a los profetas, los que saben hebreo lo traducen como sigue "Bendito sea Dios" o "Alabad al Señor". Toda santa operación y aparición de Dios puede representarse en jerárquica composición de símbolos. Viene al case recordar aquí el himno revelado por Dios mismo a los pro­fetas, pues nos enseña clara y santamente que los beneficios de la Deidad merecen justa alabanza.

CAPÍTULO V

1. De las consagraciones sacerdotales. Poderes y actividades

1. Tal es la santísima consagración de los óleos. Habiendo tratado ya de estos actos sagrados, es e momento de explicar los órdenes clericales, sus funciones poderes, actividades y consagraciones con los tres órdenes que lo constituyen. Todo esto para mostrar el ordena­miento de nuestra jerarquía y cómo en su pureza ha rechazado y excluido cuanto sea desorden, desarmonía y confusión. Antes bien, ha manifestado el orden, armonía y distinción proporcionada dentro de los órdenes sagrados.

En relación a la triple división de toda jerarquia creo haber dicho ya bastante sobre las jerarquías en e: tratado precedente. Allí dije que, según nuestra santa tradición, cada jerarquía se divide en tres órdenes.

Están los santos sacramentos y quienes, inspirados poi Dios, los conocen y enseñan. Asimismo, quienes reciben santamente su instrucción.

2. La santísima jerarquía de los seres que viven en el Cielo tiene por naturaleza como sacramento esta intelec ción completamente inmaterial de Dios y de los misterios divinos. Tienen la propiedad de ser como Dios y de imi­tarle lo más posible. Los que están más cerca de Dios guían a otros y con su luz los llevan a esta sagrada perfec­ción. A los órdenes sagrados inferiores en la escala les con­fieren bondadosamente, en proporción a su capacidad, el conocimiento de las obras de Dios, que siempre les otorga la Deidad, perfección absoluta y fuente de sabiduría para los seres divinamente inteligentes. Estos primeros seres ele­van santamente a los siguientes con su mediación hasta las obras sagradas de la Deidad. Los segundos forman el orden de los iniciados, y así se los llama con razón.

Como continuación de la jerarquía celeste y trascen­dente, la Deidad extiende sus dones más sagrados a nues­tro campo; según la Escritura, nos trata como a "niños". Nos otorga la jerarquía de la Ley velando la verdad con imágenes oscuras. Se sirve de las más descoloridas copias del original. Acude a difíciles enigmas y símbolos cuyo sig­nificado cuesta mucho comprender. Para no herir­los dio luz proporcionada a los débiles ojos de quienes la contemplan. En la jerarquía de la Ley el "Sacramento" consistía en elevarse a la adoración en espíritu. Guías eran aquellos a quienes Moisés, el primer maestro y jefe entre los sacerdotes de la Ley, los preparó para el santo taber­náculo. Fue él quien, para edificación de otros, escribió sobre el santo tabernáculo las instituciones de la jerarquía legal. Describió todas las acciones sagradas de la Ley como figuras de lo que había visto en el Sinaí. Iniciados son aquellos a quienes estos símbolos de la Ley elevan, en cuanto les es posible, a una más perfecta iniciación.

Ahora, según afirma la Sagrada Escritura, nuestra jerarquía representa una más perfecta iniciación, porque es cumplimiento y término de la antigua Ley. Es a la vez celeste y legal por estar situada entre los dos extre­mos. Con una comparte la contemplación intelectual, con la otra tiene en común el empleo de símbolos varios derivados del orden sensible por medio de los cuales se eleva san­tamente hacia lo divino6. Como toda jerarquía, se divide también en tres órdenes: primero, mediano y último. Esto se ha establecido con el fin de lograr la propor­ción conveniente a los objetos sagrados y conseguir la cohesión armoniosa de todos sus elementos entre sí.

3. El primer efecto deificante de la santísima opera­ción sacramental es la sagrada purificación de los no ini­ciados. El segundo es iluminar e iniciar a los ya purificados. El tercero, que comprende los dos anteriores, es el efecto de perfeccionar a los iniciados en el conocimiento de los mis­terios a que tienen acceso.

El rango de los sagrados ministros se clasifica de la siguiente manera: el primer orden tiene poder para purificar, por medio de los sacramentos, a los imperfectos: el del medio, para iluminar a los ya purificados; los del ter­cer rango disfrutan del poder más maravilloso de todos. pues abrazando a cuantos comunican con la Luz de Dios los perfecciona, además, por el conocimiento más logradc de sus iluminaciones contemplativas.

Coh respecto a los iniciados, su primera propiedad es la purificación. A los del rango medio, después ya de la purifi­cación, les corresponde la iluminación, facilitándoles la contemplación de algunos misterios sagrados. Los del ter­cero tienen poder más divino que los otros para conocer la ciencia perfectamente clara de las santas iluminaciones que les han sido dadas a contemplar.

Algo se ha dicho ya del triple poder en relación a los efectos de los sacramentos. Por las Santas Escrituras se ha demostrado que el nacimiento de Dios en nosotros es una purificación y una iluminación esplendorosa; que los sacramentos de la comunión y del crisma proporcionan conocimiento y ciencia de las operaciones divinas, y mediante éstos se logra la elevación unificante hacia la Deidad y la comunión santísima con Ella.

Pero ahora nos queda por ver la manera como la jerar­quía clerical se compone de tres órdenes: el que purifica, el que ilumina y el que perfecciona.

Ha dispuesto la santísima Deidad que los seres del segundo rango sean elevados al rayo divinísimo por mediación de los primeros. ¿No observamos esto mismo en el orden sensible, donde los seres elementales se unen primero con los más afines y por su medio transmiten a los otros su actividad? Por lo cual, con mucha razón el Principio sacramental de todo orden invisible y visible dis­pone que los rayos de la actividad divina lleguen primero a los seres más semejantes a Dios, y que, siendo sus mentes las más diáfanas y mejor dispuestas por naturaleza para recibir y pasar la luz, a través de ellas este principo trans­mita la luz y se manifieste a sí mismo a los seres inferiores, en la medida de su capacidad.

Por eso, a los del primer rango que contemplan a Dios les corresponde revelar sin envidia a los del segundo lo que ellos han visto, conforme los segundos puedan reci­bir. Iniciar a los otros en la jerarquía es oficio de quienes han aprendido con perfecta ciencia el secreto divino de cuanto se refiere a su jerarquía y a quienes fue dado el poder sacramental de la iniciación. Aquellos que disfrutan de ciencia y participación perfectas en las consagraciones clericales tienen la misión de comunicar todo lo sagrado, según que los otros lo merezcan.

El orden divino de los obispos es, por tanto, el pri­mero de los que [505 D] contemplan a Dios. Es el orden pri­mero y último, pues en él tiene cumplimiento y termina la jerarquía humana. Cualquier jerarquía individual cul­mina en el propio obispo, como observamos que toda jerarquía termina en Jesús". El poder del orden de los obis­pos se extiende a todos los demás órdenes y realiza los mis­terios sagrados de su jerarquía a través de cada uno de los demás órdenes sagrados. Pero al orden episcopal en parti­cular, más que a ninguno de los otros, la ley divina ha con­fiado las actividades del ministerio sagrado. Sus actuacio­nes litúrgicas, en efecto, son imagen del poder de la Dei­dad. Con esto, los obispos llevan a perfección los símbolos más santos y distintos órdenes sagrados. Aun cuando los sacerdotes puedan presidir algunas de las sagradas cere­monias, a ninguno de ellos le está permitido conferir el nacimiento de Dios en el alma sin usar los santos óleos. No podría consagrar los misterios de la Sagrada Comunión sin haber puesto primero en el altar los símbo­los de la Comunión. Más aún, no habría sido sacerdote si el obispo no le hubiese llamado a la ordenación. Dios ha dispuesto que sólo los poderes sacramentales de los obispos, hombres santos, puedan lograr la santificación de los órde­nes clericales, la consagración de los óleos y el rito de con­sagrar el altar.

6. Así, pues, el orden de los obispos posee en plenitud el poder de consagrar. En particular, él es quien confiere los otros órdenes jerárquicos. El enseña y hace entender a otros los misterios sagrados, sus propiedades y poderes. El orden iluminador de los sacerdotes guía a los iniciados hasta la recepción de los sacramentos. Así pro­cede bajo la autoridad de los santos obispos yen comunión con ellos ejercita las funciones del propio ministerio. Da a conocer las obras de Dios por medio de los símbolos sagrados y prepara a los postulantes a contemplar y participar de los santos sacramentos. Pero a cuantos desean pleno conocimiento de los ritos contemplados, el sacerdote los manda al obispo.

El orden de los diáconos purifica y somete a prueba a quienes no llevan la semejanza con Dios dentro de sí mis­mos. Proceden así antes de presentarlos a las acciones litúrgicas que realizan los sacerdotes. Purifica a cuantos se acercan despojándolos de toda participación en el mal. Los instruye para que vean y reciban la comunión. Por eso, durante la ceremonia del nacimiento de Dios en el alma, los diáconos desnudan del antiguo vestido al postulante y le quitan las sandalias. Le ponen mirando al Occidente para la abjuración y le vuelven al Oriente, pues corres­ponde a los diáconos el poder de purificar. Son ellos los que le invitan a renunciar a los hábitos de su vida anterior. Le hacen ver las tinieblas en que ha vivido hasta ahora. Le enseñan a abandonar las sombras y orientarse hacia la Luz.

Por tanto, al orden de los diáconos corres­ponde el oficio de purificar, y a los ya purificados, elevarlos hasta las luminosas funciones de los sacerdotes. Purifica de toda mancha a los imperfectos e infunde en ellos las luces y lecciones purificantes de las Escrituras. A los sacer­dotes los preserva del contacto con lo profano. La jerar­quía, por eso, ha dispuesto que se pongan a las puertas de la iglesia para que los postulantes aprendan que han de estar totalmente purificados antes de ser admitidos en presencia de los misterios sagrados". Los diáconos se encargan de prepararlos a entrar santamente en comunión con los sagrados misterios, de manera que entren en el santuario los limpios de alma.

7. He mostrado ya que corresponde al orden episcopal el oficio de consagración y de perfección; al de presbíteros, iluminar las almas. Misión de los diáconos es purificar y discernir quiénes lo están o no. Porque, si bien los inferiores no se atreverán a usurpar sacrílegamente las funciones de los superiores, los poderes más divinos poseen, además del propio conocimiento, el correspondiente a los de rango inferior y sus propias perfecciones. No es menos cierto que, pues las distinciones sacerdotales figuran sim­bólicamente las operaciones divinas, y porque conceden la iluminación correspondiente al inconfuso y puro orden de sus operaciones, se las ha ordenado jerárquica­mente conforme a los tres grados: primero, medio y último, de sus santas operaciones y de sus santos órdenes, como ya he dicho, a imagen del orden y distinción propios de las operaciones divinas.

La Deidad primero purifica las mentes donde penetra y luego las ilumina. Siguiendo su iluminación, las perfec­ciona en su plena conformación con Dios. Siendo esto así, es claro que la jerarquía, a imagen de lo divino, se divida en distintos órdenes y poderes para manifestar que las actua­ciones de la Deidad sobresalen por su santidad y pureza, permanencia y distinción de sus órdenes.

Y como he expuesto ya lo mejor que pude los órdenes clericales, sus funciones, poderes y actos, veamos ahora lo mejor que podamos cómo son santamente consagradas.

II. Misterio de las consagraciones sacerdotales

Para su ordenación, el obispo dobla las dos rodillas enfrente del altar. Sobre su cabeza las Escrituras que Dios ha revelado y la mano del obispo que le ordena. Con santas invocaciones procede éste a la ordenación. El sacerdote dobla ambas rodillas delante del altar de Dios. El obispo pone la mano derecha sobre su cabeza, y así le santifica con las invocaciones de la ordenación. El diáco­no" dobla una sola rodilla delante del altar. El obispo le pone la mano derecha sobre la cabeza y le consagra con invocaciones correspondientes a las funciones de diácono. El obispo traza la señal de la cruz sobre cada uno de los que ordena, le proclama y da el beso de ordenación. Todos los clérigos presentes a la ceremonia, luego que el obispo da el beso a cada uno de los ordenados, hacen lo mismo con los que han recibido cualquiera de las órdenes mencionadas.

III. Contemplación

Común a la ordenación clerical de jerarcas, sacer­dotes y diáconos son la presentación ante el altar, la genu­flexión, la imposición de manos del obispo, la señal de la cruz, la proclamación, el beso finar. Ceremonia especial y propia del obispo es la imposición de las Santas Escrituras sobre su cabeza, que no se hace con los otros órdenes infe­riores. Luego está el doblar ambas rodillas los sacerdotes, algo que no ocurre en la ordenación de los diá­conos, los cuales se arrodillan con una sola rodilla, como ya dije.

La presentación y la genuflexión ante el altar ense­ñan a todos los que reciben órdenes clericales que han de consagrar plenamente sus vidas a Dios, fuente de toda con­sagración. Enseñan que han de ofrecer la inteligencia santa, pura, semejante a la divina, digna en cuanto sea posible del altar de Dios, perfectamente santo y sagrado, que consagra las inteligencias deiformes.

La imposición de manos del obispo significa que los órdenes reciben sus atributos y poderes, a la vez que su liberación de las fuerzas del mal, de aquel que es fuente de protección para todo consagrado. Son como niños piadosos bajo el cuidado de su padre. Les enseña también este rito a desempeñar su oficio clerical como si estuvieran a las órdenes de Dios, teniéndole como guía en todas sus actividades.

La señal de la cruz significa la renuncia a todo deseo carnal. Indica una vida entregada a imitación de Dios, firmemente orientada hacia la vida divina de Jesús, Verbo encarnado. El, estando limpio de todo pecado, se humilló a sí mismo hasta la muerte, y muerte de cruz. El marca con la señal de la cruz, que es imagen de su propia impecabilidad, a todos los que le imitan.

La proclamación que hace el obispo con respecto a la ordenación y a los ordenados significa el misterio de la elección divina. El ordenante, en su amor de Dios, es intér­prete y afirma que no los llama a la ordenación basándose en su propio juicio, sino movido por inspiración divina que le guía en cada ordenación jerárquica. Así Moisés, el fun­dador de la jerarquía legal, no confirió la ordena­ción sacerdotal a Aarón, su hermano, a quien reconoció amigo de Dios y digno del sacerdocio, hasta que Dios mismo se lo mandó. Le concedió hacerlo en nombre de Dios, que es fuente de toda consagración y plenitud sacer­dotal. Nuestro primer y divino consagrante es Jesús. En su infinito amor por nosotros se impuso este cargo y "no se exaltó a sí mismo", como dice la Escritura. Antes bien, fue consagrante aquel que dijo: "Tú eres sacerdote para siem­pre según el orden de Melquisedec". Más aún, cuando El confirió la ordenación a los propios discípulos, aun cuando por ser Dios era la fuente de toda consagración, vemos que refirió el hecho de la consagración a su Padre y al Espíritu Santo. Como testifica la Escritura, mandó a sus discípulos "no apartarse de Jerusalén, sino esperar la promesa del Padre, que de mí habéis escuchado; [...] seréis bautizados en el Espíritu Santo". De modo semejante, cuando el jefe de los apóstoles convocó a sus iguales, los diez obis­pos, para conferir el sacerdocio a otro duodécimo, pruden­temente dejó la elección a Dios diciendo: "Muestra a cuál de éstos escoges"". Recibió en el colegio de los Doce a aquel sobre quien cayó la divina suerte. Y ¿en qué consiste la suerte divina que cayó sobre Matías? No en­cuentro satisfactoria ninguna de las muchas respuestas que de esto se dan, por lo cual pienso: Me parece que la Escritura llama "suerte" divina al don que manifestó a la asamblea de los apóstoles quién era el elegido por Dios, ya que no es por elección propia como el santo obispo debe conferir la ordenación sacerdotal. Más bien es por inspira­ción sobrenatural como ha de realizar la sagrada ceremo­nia de forma jerárquica y celestial.

6. El beso al final de la ordenación sacerdotal tiene también un sentido sagrado. Besan al recién orde­nado los clérigos asistentes y el obispo consagrante. Cuando una inteligencia santa, por cualidades y poderes dignos de su función sagrada, por su vocación divina, por el sacra­mento que se confiere, accede a la dignidad sacerdotal, merece el amor de sus iguales y de todos los que pertenecen a los órdenes más sagrados. Es elevado a hermosura tal, que le pone en plena conformidad con Dios. Ama las inte­ligencias, sus semejantes, y recibe en cambio su santo amor. Por tanto, la ceremonia del beso que se intercambian los colegas sacerdotes está muy puesta en razón. Significa la comunión sagrada que forman las inteligencias seme­jantes y el amor gozosamente compartido que con­serva la hermosura de toda jerarquía en conformidad con Dios.

Estas son, como he dicho, las ceremonias comunes a las ordenaciones sacerdotales. Pero sólo al obispo se le imponen las Escrituras sobre la cabeza. Los obispos, hom­bres de Dios, poseen pleno poder sacerdotal para santificar y enseñar. Se lo confiere la bondad divina, fuente de toda santidad. Por eso se les imponen sobre la cabeza las escri­turas que Dios nos entregó y nos revelan todo lo que pode­mos conocer de Dios, todas sus actuaciones y palabras, apariciones, sus santos dichos y hechos. En breve, todo lo que la Deidad ha querido transmitir a la jerarquía humana, todo cuanto Dios santamente ha hecho o dicho. El obispo que viva según Dios y disfrute plenamente de poderes epis­copales no se contenta solamente con el gozo de la verdadera y divina iluminación intelectual que viene de toda palabra y acto litúrgico. Lo transmite a los demás, conforme al rango jerárquico que ocupen. Porque está dotado del conocimiento más divino, del mayor poder de elevación espiritual y celebra las ordenaciones más santas de la jerarquía.

Se distingue la ordenación sacerdotal porque se arrodi­lla con ambas rodillas, mientras que los diáconos sólo con una. En esa posición los ordena el obispo.

El arrodillarse indica la humildad con que se acerca el postulante para ponerse bajo la protección divina. Como he dicho con frecuencia, hay tres clases de iniciadores sagrados que, por medio de tres santos sacramentos, se encargan de poner bajo el yugo divino a tres órdenes de ini­ciados y asegurarles la salvación. Es natural, pues, que el orden de diáconos, cuya misión es únicamente puri­ficar, deba acercarse a los ya purificados, y doblar una sola rodilla colocándose junto al altar donde mentes limpias de toda mancha se santifican de manera superior a lo hu­mano.

Pero los sacerdotes doblan ambas rodillas porque su misión no se limita a la purificación de quienes se acercan. Elevándolos por medio de las acciones litúrgicas que ellos celebran, después de haberlos purificado de toda mancha, los sacerdotes los perfeccionan para que posean la propie­dad estable de poder entrar en contemplación. Con respecto al obispo, habiéndose arrodillado con ambas rodillas, recibe sobre su cabeza las Escrituras que Dios nos ha dado. A quienes los diáconos han purificado y los sacerdotes han iluminado, el obispo los dirige hasta que entiendan los sagrados misterios en que ya se iniciaron. Lo hace con­forme a las leyes jerárquicas y en la medida que ellos puedan recibirlo. Así perfecciona a los iniciados a fin de que su santificación sea para ellos lo más perfecta posible.

CAPÍTULO VI

1. De los órdenes que forman los iniciados

1. Estos, pues, son los órdenes sacerdotales, sus poderes, sus actividades, sus consagraciones. Digamos ahora algo sobre los tres órdenes de los iniciados que les están sumisos.

Digo que forman los órdenes de los que están en vías de purificación aquellos que son despedidos de los actos y consagraciones de que ya hice mención'. Ante todo, aque­llos a quienes los diáconos les están instruyendo todavía y formándolos en las Escrituras, que los encaminan a la vida verdadera. A continuación, aquellos que siguen instruyén­dose en las buenas obras de la Escritura para volver a la vida santa de que se apartaron. Luego los débiles, que se asustan de los ataques del enemigo; el poder de la Escritura está en vías de fortalecerlos6. Vienen después los que están todavía en el pasaje del pecado a la santidad. Finalmente, los que carecen aún de perseverancia, aunque se sienten atraídos por la virtud y la firmeza.

Estos son los órdenes formados por quienes están en vías de purificación bajo el cuidado y poder purifi­cador de los diáconos. Gracias a este poder pueden aqué­llos acceder a la contemplación y a la comunión ilumina­doras de los sacramentos más luminosos.

Forman el orden intermedio los que se inician en la contemplación de algunos misterios sagrados y que, estando ya bien purificados, participan de ellos según su capaci­dad. Este grupo, para su iluminación, se ha confiado a los sacerdotes. Es evidente, a mi parecer, que, estando purifica­dos de cualquier mancha oculta y con mentes sólidamente formadas en santidad, los miembros de este grupo lleguen a conseguir un estado habitual de contemplación. Participan, en la medida de sus fuerzas, de los símbolos sagrados, y esta contemplación y comunión los llena de santa alegría. En la medida de sus fuerzas, y gracias a su capacidad ascensional, se elevan hasta el amor divino de lo que ya conocen. A este orden llamo yo pueblo santo. Ha sufrido una purificación completa, por lo cual es apto para la visión sagrada y comunión de los sacramentos más luminosos, en cuanto es posible.

El santo orden de los monjes es el más excelso de todos los iniciados. Ya están purificados de toda mancha y tienen pleno poder y santidad completa en sus acti­vidades. Dentro de lo posible, este orden ha entrado en la sagrada actividad contemplativa y ha logrado contempla­ción y comunión intelectual. Se le ha confiado el poder per­feccionante de los obispos, esos hombres de Dios cuyas acciones iluminadoras y tradiciones jerárquicas le han ini­ciado, según sus fuerzas, en las santas operaciones sacra­mentales. Se elevan, gracias a esta ciencia sagrada, y según sus propios méritos, hasta la más completa perfección correspondiente a este orden. Por eso nuestros santos jefes consideraron que tales hombres eran dignos de varias denominaciones sagradas. Alguien los llamó "terapeutas" o cuidadores. También "monjes", por la perfección con que celebran el culto, es decir, el servicio de Dios, y por­que su vida, lejos de andar dividida, permanece perfecta­mente unificada por su sagrado recogimiento, que excluye toda distracción y los capacita para llevar a perfección un peculiar género de vida que los identifica con Dios y los abre a la perfección del amor divino. Por eso, la institución sagrada les ha otorgado una gracia perfeccionante y juz­gado dignos de hacer una invocación santificadora que no esté reservada al obispo (como exclusivo de él es ordenar sacerdotes), sino a los sacerdotes piadosos, que dan santa­mente bendiciones jerárquicas'.

II. Misterio de la consagración de un monje

El sacerdote, puesto de pie frente al altar, canta la invocación de la consagración de un monje. Este se coloca de pie, detrás del sacerdote, y no se arrodilla ni con una ni con las dos rodillas. No se le imponen las Escri­turas sobre la cabeza. No hace más que estar de pie mien­tras el sacerdote canta sobre él la invocación mística Al final de ésta, el sacerdote se acerca. Antes de nada le pre gunta si está dispuesto a rechazar las obras y los mismos pensamientos que puedan crear división en su vida. Le recuerda las normas reguladoras de la vida perfecta y cla­ramente le advierte que no ha de contentarse con vida de simple medianía12. Una vez que el iniciado promete hacer­lo, el sacerdote le marca con la señal de la cruz'', le corta el pelo e invoca a las tres Personas de la Deidad santísima'''. Le despoja de sus vestiduras e impone el nuevo hábito". Luego, junto con los demás sacerdotes asistentes a la cere­monia, le da el beso de paz'6 y le confiere el derecho de par­ticipar en los sagrados misterios'''.

III. Contemplación

1. El hecho de que no se arrodille ni se le impongan las Escrituras sobre la cabeza, y que esté de pie mientras el sacerdote pronuncia la invocación, todo esto significa que el orden monacal no tiene el oficio de dirigir a otros, sino que se identifica como estado de santa soledad, haciendo lo que manden los sacerdotes. Por su fiel observancia, le elevan espiritualmente a la ciencia divina de los misterios a que pueda asistir.

2. La renuncia a todas las actividades y fan­tasías que pudieran conducirle a una vida de división con­sigo mismo expresa la más perfecta sabiduría de la vida monástica en que florece la inteligencia de los manda­mientos conducentes a la unificación. Ya he dicho que entre estos iniciados no hay orden medio, porque es el más sublime de todos. De ahí que sea perfectamente correcto para individuos del orden medio lo que frecuentemente está prohibido a los monjes. Su vida está simplificada y se han obligado a estar unificados con el Uno, unidos con la santa Unidad; a imitar en cuanto les sea posible la vida sacerdotal [536 A] de aquellos con quienes están más fami­liarizados que los órdenes de los otros iniciados.

3. La señal de la cruz proclama, como ya he dicho, la muerte de todo deseo carnal. La tonsura simboliza una vida pura y perfectamente liberada, sin adornos de apa­riencias imaginarias; antes bien, elevada espontánea­mente. Bellezas no hechas por mano de hombres levantan al alma en unidad y simplificación hasta configurarse con Dios.

4. El despojarse del antiguo vestido y poner­se otro diferente representa el paso de la vida santa de orden mediano a otro de mayor perfección. Porque la cere­monia del nacimiento en Dios lleva consigo el cambio de vestido para significar la elevación espiritual de una vida purificada hasta las más altas combres de contemplación e iluminación.

El beso que dan al iniciado el sacerdote y los demás asistentes es muestra del santo estado de comunión en que se unen todos los configurados con Dios por lazos gozosos de amor mutuo y congratulación.

5. Al concluir estas ceremonias, el sacerdote invita a los iniciados a tomar parte en la comunión con Dios. Esto muestra de forma sagrada que el iniciado, si alcanza realmente el estado monástico y de unificación, no sólo va a contemplar los mistemos que le son a él manifiestos, ni vivirá solamente como los del orden medio en comu­nión a través de los símbolos. Por el santo conocimiento de las ceremonias en que ya participa será admitido en la comunión con Dios de modo muy diferente a como se admite en general al pueblo santo.

Por la misma razón, el obispo invita a los sacerdotes que ordena a que, pasado el momento culminante de la consagración, durante la ceremonia, reciban de su mano la Sagrada Eucaristía. Esto es así no sólo porque recibir los misterios sagrados es el punto culminante de la participa­ción jerárquica, sino también porque todos los órdenes sagrados participan, cada cual a su manera, en el don divino de la comunión, por estar espiritualmente elevados y más o menos deificados.

Resumamos ahora". Los santos sacramentos proporcionan purificación, iluminación y perfección. Los diáconos forman el orden que purifica. Los sacerdotes, el de la iluminación. Los obispos, que viven configurados con Dios, constituyen el orden de los perfectos.

Los que están en vía purgativa, mientras duren en tal estado, no participan ni de la visión de los misterios ni en la comunión sagrada. Orden de contemplativos es el pueblo santo. Constituyen el orden de los perfectos los monjes, porque han unificado sus vidas. Así, santa y armoniosa­mente dividida en órdenes, según las revelaciones divinas, nuestra propia jerarquía presenta la misma estruc­tura que las jerarquías celestes. Conserva con especial cui­dado las propiedades que la semejan y configuran con Dios.

6. Dirás que en las jerarquías celestes no existe orden alguno en vía purgativa, pues no sería justo ni cierto decir que haya en el Cielo algún orden impuro. Decir que los ángeles no son totalmente puros, negándoles la plenitud de pureza trascendente, supone haber perdido todo sentido de lo sagrado. Si algún ángel se dejare llevar del mal sería inmediatamente desechado de la armonía del Cielo y privado de la compañía de los divinos seres-inteligencias. Sucumbiría en las tinieblas, donde moran los apóstatas.

Y, sin embargo, podemos afirmar que en la jerarquía celeste hay algo correspondiente a la purificación de los seres inferiores: es la iluminación, que santamente les revela lo que estaba oculto hasta entonces para ellos. Los conduce a un mayor conocimiento de la sabiduría divina. En cierto sentido, los purifica de su ignorancia de verdades previamente desconocidas. Y por medio de los seres superiores y más divinizados los eleva a las cumbres más lumi­nosas de los divinos resplandores.

Cabria distinguir también, dentro de la jerarquía celeste, entre aquellos que están totalmente iluminados, perfectos, y los órdenes que proporcionan purificación, iluminación y perfección. Los seres más elevados y divinos tienen el triple oficio, en correlación con la jerarquía celeste, de purificar de toda ignorancia a los órdenes celestes inferio­res a ellos, de darles plena iluminación y finalmente de per­feccionarlos en su conocimiento de la sabiduría divina. Pues, como ya he dicho, conforme a las Escrituras, los órdenes celestes no poseen en igual medida la luz que los capacita para entender los misterios de Dios. Es Dios mismo quien ilumina directamente a los órdenes de la pri­mera jerarquía y, por medio de ellos, a los órdenes inferio­res, conforme a la capacidad de cada uno. Difunde sobre todos ellos los fulgurantes resplandores del Rayo divino.

CAPÍTULO VII

1. Los ritos de difuntos

1. Expuesto lo que precede, creo que debe­mos hablar ahora de nuestros sagrados ritos de difuntos. Difieren según se trate de santos o de profanos, pues dife­rentes fueron sus vidas y sus muertes. Aquellos que han vivido santamente, fieles a las verdaderas promesas de la Deidad, cuya verdad han podido contemplar en la Resu­rrección, disfrutan de gozo inmenso. Animados de firme y verdadera esperanza, caminan hasta la frontera de la muerte, final de sus santos combates. Están ciertos de que para ellos habrá una total resurrección que les dé vida eterna, de completa salvación. Almas santas, que en esta vida pueden caer en pecado, en su renacimiento consegui­rán inquebrantable unión con Dios. Y los cuerpos puros, subyugados y peregrinos lo mismo que sus almas, alistados entre el número de combatientes por la misma causa, serán también galardonados por los sudores en servicio de Dios. Obtendrán para siempre el premio de la resurrección y la misma vida de que disfrutan las almas.

Cuerpos unidos a las almas santas de las que fueron compañeros en esta vida, han llegado a ser en cierto modo "miembros de Cristo'''. Gozarán de inmortalidad dichosa en inquebrantable amistad con Dios. Por eso, los santos mueren con gozo en la hora final de su combate.

2. Algunos profanos piensan el absurdo de que los muertos vuelvan a la nada. Otros creen que la unión de alma y cuerpo se rompe para siempre, pues imaginan que seria impropio del alma estar sujeta al cuerpo en medio de su deificación feliz. Estas gentes, por falta de ins­trucción suficiente en la ciencia sagrada, no tienen en cuenta el hecho de que Cristo nos ha dado ya el ejemplo de vida humana en plena conformidad con Dios. Hay otros que atribuyen diversos cuerpos a las almas, p9r lo cual, a mi juicio, se muestran injustos con respecto a los cuerpos que han tomado parte en los combates de las almas santas. Indignamente les niegan la sagrada recompensa que han merecido al concluir su carrera divina. Otros, además, no sé cómo, llevados de ideas materialistas, imaginaron que la santa paz y bienaventuranza perfecta, prometida a los san­tos, se equipara a la felicidad terrena y, faltos de piedad, sostienen que quienes ya llegaron a ser semejantes a los ángeles, consumen alimentos igual que los de esta vida pasajera.

Jamás caerán en tal error los hombres santos, pues saben que todo su ser obtendrá la paz que los hará semejantes a Cristo. Cuando se aproximan al fin de sus vidas terrenas, ven muy claramente el camino que lleva a la inmortalidad. Celebran los dones de la Deidad y, llenos de gozo espiritual, ya no tienen miedo de caer en pecado, pues están convencidos de que tienen, y tendrán para siempre, el premio que han merecido.

En cambio, aquellos que están llenos de pecados y han recibido cierta preparación religiosa -iniciación que lamentablemente han arrojado del entendimiento para poder abandonarse a sus perniciosos deseos-, ésos, cuando lleguen al fin de sus días, se darán cuenta de que la ley divina de las Escrituras merece mayor atención. Ven ahora con muy diferentes ojos los placeres mortales, a los que ellos se entregaron tan apasionadamente. Les ocurre otro tanto con el santo camino de la vida que tan imprudentemente abandonaron y ahora elogian. Miserables e inseguros debido a sus vidas culpables, salen de esta vida sin esperanza santa que los guíe.

3. Nada de eso ocurre a hombres santos cuando les llega la hora de morir. Al final de sus combates, el justo está lleno de santa alegría y camina muy feliz por la vía del santo renacimiento. Sus allegados, los amigos de Dios, los de costumbres semejantes, le felicitan por haber llegado piadosamente triunfante a la meta. Cantan himnos de acción de gracias a aquel que logró esta victoria y piden les conceda también la gracia de tal paz. Luego levantan el cuerpo del difunto y le llevan, como si fueran a coronarlo por su victoria, ante el obispo. Este lo recibe gozoso, y con­forme a las normas de la sagrada liturgia, da cumplimiento a las ceremonias establecidas para honrar a los que mue­ren santamente.

II. Misterios sobre aquellos que mueren santamente

Bajo la presidencia del obispo se reúne la asamblea santa. Si el difunto pertenecía a un orden sagrado se le deposita al pie del altar de Dios. Luego comienza el obispo las oraciones y acción de gracias a Dios. Si el difunto era uno de los santos monjes, o del pueblo santo, el obispo le pone enfrente del santuario, a la entrada del lugar sagrado, en sitio reservado para el clero. Seguidamente recita las preces de acción de gracias a Dios'. Los diáconos leen entonces las promesas verdaderas contenidas en las Escrituras sobre nuestra santa resurrección y cantan los salmos que se refieren al mismo tema. A continuación, el jefe de los diáconos despide a los catecúmenos, proclama los nombres de los santos ya muertos y considera al recien­temente fallecido digno de [556 D] conmemorarle con aquéllos. A todos invita a orar para que alcance la gloria con Cristo. Luego, el santo obispo se acerca y recita una piadosísima plegaria sobre el finado. Al concluir besa al difunto y hacen lo mismo sus acompañantes. Después de esto, el obispo unge con óleo el cadáver y lo deposita junto a los restos de otros de su ordenó.

II. Contemplación

Si los paganos viesen u oyesen estas ceremonias por nuestros difuntos, creo que se reirían con ganas y les daría lástima de nuestros errores. Esto no debe sorpren­dernos, pues, como dice la Escritura, "si no tenéis fe, no entenderéis"'. A nosotros, en cambio, la luz con que Jesús nos iluminó nos ha hecho entender estos ritos. Afirmamos, pues, que no sin razón el obispo introduce los cuerpos de los difuntos y los deposita en el lugar reservado a los de su orden correspondiente. Con eso indica santamente que en el momento de la regeneración a cada uno le irá conforme a su vida aquí abajo. Quien haya llevado una vida de santa configuración con Dios -en cuanto esto le sea posible al hombre-, vivirá en estado de bienaventuranza para siem­pre. Si alguno vive justamente, pero no en plena conformi­dad con Dios, tendrá recompensa justa en propor­ción a sus méritos. En acción de gracias por esta justicia divina, el obispo recita una santa plegaria celebrando las alabanzas de la Deidad, que a todos libra de los poderes tiránicos y nos lleva a la perfecta equidad de sus juicios.

Los cantos y lecturas de las promesas divinas hablan ante todo de la bienaventuranza y de la paz que gozarán por siempre los que lleguen a la perfección. Se elogia el santo ejemplo del difunto y los vivos son estimulados a perfección.

 3. Observa que en esta ceremonia no a todos los que están en vías de purificación se les manda salir como de costumbre. Los catecúmenos únicamente son excluidos del sagrado recinto. Estos no han sido todavía iniciados en ninguno de los sacramentos y estaría muy mal que los admitieran en cualquier ceremonia, aun cuando fuere en pequeña parte de ella, porque todavía no han recibido el primer don de luz por el nacimiento de Dios en el alma y, por consiguiente, no les está permitido ver los sagrados misterios. Los otros órdenes en vía de purifica­ción ya han sido iniciados en la sagrada tradición. Cierto que continúan dejándose neciamente seducir por el pecado en vez de elevarse a mayor perfección, y por eso justamente se los excluye de estar presentes y de participar en la comu­nión con Dios por medio de los símbolos sacramentales. Si participasen indignamente en estas sagradas ceremonias, serían ellos las primeras víctimas de su propia necedad y perderían el respeto a los sagrados misterios y para consigo mismos. Pero está muy puesto en razón que se les admita en esta sagrada ceremonia, pues claramente adoc­trinan nuestra serenidad ante la muerte los premios que las verdades de la Escritura prometen a los santos y los inter­minables suplicios de los impíos. Les sería muy prove­choso asistir a esta ceremonia, donde el diácono proclama que quien acaba santamente será contado para siempre en la compañía de los santos. Quizá ellos sientan entonces deseos de un destino semejante y escuchando al diácono aprendan que son realmente felices los que mueren en Cristo.

4. Se adelanta luego el santo obispo y reza las preces sobre el difunto. A continuación le besa y asimismo los asistentes. La oración está dirigida a la Bondad de Dios, suplicando perdón por todos sus pecados de fragilidad y que sea puesto "en la luz de los vivientes", "en el seno de Abrahán, Isaac y Jacob, "donde gozo y alegría alcanzarán, y huirán la tristeza y los llantos".

5. Estos son, según yo creo, los premios más dichosos de los santos. Pues ¿qué puede compararse con la inmorta­lidad libre de toda pena y plenamente luminosa? Sin embargo, aquellas promesas deben expresarse con pala­bras lo más convenientes posible al alcance de nuestra fla­queza. Porque tales promesas exceden todo entendimiento, y los términos que las formulan quedan muy cortos en la verdad que contienen. Debemos creer lo que dice la Escritura: "Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman".

Por seno de los santos patriarcas y de otros bienaventu­rados se entiende, yo creo, la perfecta bienaventu­ranza donde todos aquellos que vivieron identificados con Dios son acogidos en perfección siempre renovada de feli­cidad sin fin.

6. Aun cuando estés de acuerdo con lo que yo digo, podrás responder que no comprendes por qué el obispo suplica a la Bondad de Dios que perdone los pecados del difunto y le conceda el mismo orden y el mismo destino luminoso de quienes vivieron en conformidad con Dios. Si cada uno, en efecto, recibe de la justicia divina recompensa por el bien o mal que hizo en esta vida, y es el caso que el difunto ha terminado aquí su vida, entonces, ¿con qué ple­garia podría el obispo conseguir para el difunto un cambio de estado diferente del que había merecido durante esta vida?

Yo sé bien que cada uno recibirá lo que merece, pues dice la Escritura que el Señor le ha cerrado la puer­ta y "reciba cada uno lo que hibiere hecho por el cuerpo, bueno o malo". La verdadera doctrina de la Escritura nos transmite el hecho de que las oraciones del justo aprovechan solamente a quienes lo merecen en esta vida, no después de morir. ¿Pudo Samuel conseguir algo para Saúl? ¿De qué le sirvieron al pueblo judío las oraciones de los profetas? Sería una locura pretender que un hombre a quien hubiesen sacado los ojos disfrute de la luz del sol, que reciben sólo los de ojos sanos. De igual manera se apoya en una esperanza vana quien pide oraciones a los justos mientras inutiliza la actividad normal de su santi­dad, negándose a recibir los dones de Dios y despreciando los mandamientos más evidentes de su divina bondad.

Conforme a las Escrituras, sin embargo, afirmo que las oraciones de los santos en esta vida son provechosí­simas para quien anhela los dones de Dios, que se dispone a recibirlos y que, consciente de su fragilidad, busca la ayuda de una persona piadosa encomendándose en sus oraciones. Tal auxilio no puede menos de serle de la mayor ayuda, ya que le conseguirá los dones más divinos que desea. La Bondad de Dios le escuchará por hallarle tan bien dispuesto, por el respeto que muestra a los santos, por el laudable fervor con que pide los dones tan anhelados y por la vida que lleva de sinceridad con sus deseos y en con­formidad con Dios. Pues Dios, en sus juicios, ha dispuesto que los dones divinos les sean concedidos por mediación de los que son dignos de distribuirlos y conforme a los méritos de quienes los reciben. Quizá alguno menosprecie este plan divino y, llevado de funesta presunción, se ima­gine poder despreciar la mediación de los santos enten­diéndose directamente con la Deidad. Lo mismo si dirige a Dios peticiones indignas o impías, sin tener vivos deseos de los dones divinos, entonces pierde los frutos incluso de una oración defectuosa. Pero respecto a la plegaria mencio­nada, de la cual se sirve el obispo para orar por el difunto, hay que explicarla conforme a las tradiciones recibidas de nuestros jefes, los hombres de Dios.

7. Como dice la Escritura, el santo obispo da a cono­cer los planes de Dios, pues él es un enviado del Señor Dios de los ejércitos". Por lo que Dios le ha revelado en las Escrituras, él sabe que quienes han llevado vida muy piadosa reciben vida de Dios luminosísima, según los jus­tos juicios de Dios y méritos de cada cual. La Deidad, lle­vada de su amor misericordioso al hombre, cierra los ojos a las faltas provenientes de la fragilidad humana. "Nadie -dice la Escritura- está libre de manchas". El obispo conoce bien las verdades prometidas en las Escrituras. Ora para que se cumplan y los que hayan llevado una vida santa reciban la merecida recompensa. Así se llega a semejanza de la Bondad de Dios buscando, como si fuese en provecho propio, dones en favor de los demás. Está cierto de que se cumplirán las promesas de Dios, y asi­mismo enseña a todos los asistentes que las gracias pedidas por el ejercicio de su ministerio les serán concedidas a cuantos lleven vida perfecta en Dios. El obispo, como intér­prete de la justicia divina, se guardará de pedir algo contra­rio a lo que Diós desea y a sus divinas promesas. Por tanto, no recitará las preces por los que mueren en estado de impiedad. Hacerlo así seria faltar a su oficio de intérprete, obraría por iniciativa propia dentro de la jerarquía y no bajo la guía de aquel que es principio de todo sacramento. Además, porque Dios rechazaría su oración injusta res­pondiéndole con las precisas palabras de la Escri­tura: "Pedís y no recibís porque pedís mal". De este modo, el obispo, hombre de Dios, pedirá solamente lo que esté conforme con las promesas divinas, lo que agrade a Dios, lo cual Dios ciertamente le concederá. Muestra así ante Dios, amador del bien, que su conducta está siempre de acuerdo con el Bien. Manifiesta igualmente a los asistentes qué bienes van a recibir los santos.

De igual manera, los obispos, como intérpretes de la justicia divina, tienen poder de excomulgar. Esto no quiere decir que la Deidad condescienda con sus caprichos, valga la expresión, porque el obispo obedece al Espíritu, fuente de todo sacramento, y habla por su boca. Excomulga a los que Dios ha juzgado ya. Está escrito: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonareis los pecados, les serán perdo­nados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos". Y a quien Dios Padre ilumina con su revelación santa está dicho en la Escritura: "Y cuanto atareis en la tierra, será atado en los cielos, y cuanto desatareis en la tierra, será desatado en los cielos".

De este modo, Pedro, y los obispos también, han reci­bido del Padre poder de juzgar, y siendo ellos hombres que explican la revelación, tienen la misión de admitir a los amigos de Dios y excluir a los impíos. Las palabras con que Pedro reconoce a Dios no proceden de su invención, pues dice la Escritura: no de la carne ni de la sangre, sino de la luz y moción divina que le inició en los sagrados miste­rios22. Asimismo, los obispos de Dios han de usar su poder de excomulgar y también sus otros poderes jerárquicos en la medida que los induzca a ello la Deidad, fuente de todo sacramento. Todos han de obedecer a los obispos siempre que actúen en cuanto tales, pues Dios mismo los inspira. "El que a vosotros desecha -dice-, a mí me desecha".

8. Pero procedamos a lo que sigue a la oración men­cionada. Cuando todo ha concluido, el obispo y los demás acompañantes dan el beso de paz al difunto, pues los que viven según Dios se muestran complacidos y respe­tuosos con quien ha llevado una vida santa. El obispo, des­pués del beso, unge con óleo el cuerpo del difunto. Recuerda que el iniciado comienza su participación en los sagrados símbolos con la unción de los santos óleos durante el naci­miento de Dios en su alma antes de recibir el bautismo, después de cambiar sus antiguas vestiduras por las nuevas. Ahora, en cambio, extiende el santo óleo sobre el cuerpo del difunto cuando todo ha concluido. El iniciado era entonces llamado al santo combate; ahora la efusión del óleo pone de manifiesto que el difunto ha combatido hasta la victoria'''.

9. Luego de estas ceremonias, el obispo de­posita el cuerpo en lugar honorable, a continuación de otros cuerpos de los santos de igual dignidad. Si el difunto, en efecto, ha llevado en alma y cuerpo una vida agradable a Dios, su cuerpo merecerá participar en los honores tributados al alma con quien ha compartido los combates sagra­dos. Por eso la justicia divina asocia el cuerpo al alma cuando le llega el juicio, porque el cuerpo la acompañó a lo largo del mismo viaje, por la santidad o por la impiedad. En consecuencia, las instituciones sagradas a ambos les conceden participar en lo divino. Al alma, por medio de pura contemplación y el conocimiento de los ritos sagra­dos. Al cuerpo, por la imagen de los santos óleos y por el símbolo de la Sagrada Comunión. Así se santifica toda la persona, logrando la obra santa de santificación integral, y el conjunto de ritos litúrgicos anuncian la plena resurrección que nos llegará.

10. En cuanto a las invocaciones consecratorias, sería impropio poner por escrito lo que significan, ni podria revelarse públicamente el sentido oculto y poder de Dios que contienen. La sagrada tradición nos enseña que debe­mos aprenderla por un proceso completamente privado. Debes perfeccionarte en el amor de Dios y de sus obras santas, llevando una vida espiritualmente más elevada, más santa. Aquel que es fuente luminosa de todo sacra­mento te elevará espiritualmente al conocimiento supremo de sus misterios.

11. Tú dirás, sin embargo, que podría ser objeto de burla por parte de los impíos el hecho de que a los niños, a pesar de su incapacidad para entender los miste­rios divinos, se les admita al sacramento del nacimiento de Dios en el alma y a la Sagrada Comunión. Efectivamente, podria parecer que el obispo enseña los misterios divinos a quienes no pueden entenderlos y que transmite las tradiciones a incapaces de comprender. Todavía más ri­dículo les resulta el hecho de que otros, en lugar de los niños, respondan a las renuncias y promesas sagradas.

Tú, como obispo, lo entiendes y no debes enojarte con los que están equivocados. Antes bien, procura guiarlos a la luz refutando amablemente sus objeciones y explicán­doles, como advierte la santa Ley, que nuestro conoci­miento está lejos de abarcar todos los misterios divinos, muchos de los cuales no están al alcance del entendi­miento. Solamente los órdenes superiores a nuestra condi­ción humana conocen estos misterios que son dignos de su naturaleza divina. Muchos de ellos sobrepasan a los seres más elevados, de manera que los conoce plenamente sólo la Deidad, fuente de toda sabiduría. Sin embargo, digamos lo que nuestros santos maestros, familiarizados con las tra­diciones más antiguas, nos han transmitido. Afir­man con toda verdad que si se educa a los niños en la sagrada Ley adquieren santas costumbres y no sucumbi­rán en los errores y tentaciones de una vida impía. Cons­cientes de esta verdad, nuestros santos maestros decidieron que seria bueno admitir a los niños a los sacramentos, pero a condición de que los padres del niño le confíen a un buen maestro, debidamente instruido en los misterios sagrados. Llevará a cabo su instrucción religiosa como padre espiri­tual y custodio de su salvación. A quien así se compro­mete a guiar al niño a lo largo del camino de una vida santa, le pide el obispo que preste su consentimiento en las abjuraciones rituales y santas promesas.

Están muy equivocados los que se ríen de ésto pensando que los padrinos se inician a los misterios eri vez de los niños. Ellos, en realidad, no dicen "yo hago las renuncias y promesas al niño," sino que "el niño mismo es quien se compromete". En efecto, equivale a decir: "Pro­meto que cuando este niño pueda entender las verdades sagradas, le instruiré y formaré con mis enseñanzas, de tal manera que él renuncie a las tentaciones del demonio y se obligue a poner por obra las santas promesas".

Nada, pues, hay de absurdo en que acompañe una for­mación espiritual al desarrollo del niño. Esto supone, naturalmente, que hay un jefe y padrino que forme santos hábitos en él y le defienda de las tentaciones del diablo. El obispo admite al niño a participar en los símbolos sagra­dos para que con ellos se nutra espiritualmente, pase toda su vida en continua contemplación de los sagrados miste­rios, progrese espiritualmente al estar en comunión con ellos, adquiera una santa y perseverante forma de vida y crezca en santidad guiado por un padrino ejemplar, cuya vida esté en conformidad con Dios.

Estos son, hijo mío, los hermosos y unificantes puntos de vista que presenta nuestra jerarquía. Sin duda que otras inteligencias más agudas no se limitarán a lo que yo he visto. Contemplarán horizontes mucho más amplios y más conformes con Dios. Creo que también iluminarán tus ojos otras hermosuras más brillantes y divinas. Por los pasos que yo te he presentado subirás hasta el Rayo más sublime. Muéstrate generoso conmigo. Trae ante mis ojos aquella iluminación más perfecta y evidente que obtendrás a medida que crezca tu conocimiento de la Her­mosura más amable y más próxima del Uno. Estoy seguro de que mis palabras arrancarán chispas del fuego de Dios dormido en ti.

LOS NOMBRES DE DIOS

CAPÍTULO 1

El presbítero Dionisio al copresbítero Timoteo. Propósito de este tratado y cuál sea la tradición de los nombres de Dios

1. Ahora, dichoso amigo, después de las Representaciones teológicas, voy a ocuparme, en la medida de mis fuerzas, de explicar los nombres divinos. Atengá­monos aquí también a la norma observada en los textos sagrados: que cuando presentemos la verdad de la palabra de Dios "no sea con persuasivos discursos de humana sabi­duría, sino en la manifestación y poder del Espíritu" dado a los escritores sagrados. Poder con que de manera inefable y desconocida lograremos alcanzar unción tan alta que exceda cuanto pudiéramos conseguir con racioci­nio e inteligencia propios. Por eso, como norma general, nadie se atreverá a hablar de la Deidad supraesencial y secreta en términos o ideas que no hayan sido diviñamente revelados en las Sagradas Escrituras. Efectivamente, cual­quier palabra o concepto resultan inadecuados para expre­sar lo desconocido de la supraesencia, que está muy por encima de todo ser. Necesitamos, para esto, un conoci­miento supraesencial. Elevemos, pues, nuestra mirada hasta donde alcancemos con ayuda del Rayo luminoso de las palabras de Dios. Así dispuestos, acerquémonos con humilde adoración a los más altos resplandores de lo divino.

Porque si damos crédito a la teología sapientísima y veracísima, cada cual según su disposición llegará a cono­cer los secretos de Dios en el alma. Dios es tan bueno que por salvarnos encierra de modo admirable dentro de nues­tras limitaciones su infinita e inmensa bondad.

Los sentidos no pueden percibir ni intuir lo que es propio del entendimiento. Signos y figuras no son lo mismo que las realidades inmateriales a que se refieren; lo corpóreo no aprisiona lo intangible e incorpóreo. Del mismo modo, y con toda verdad, aquella infinita supra-esencia trasciende toda esencia; aquella Unidad está más allá de toda inteligencia. Ningún razonamiento puede alcanzar aquel Uno inescrutable. No hay palabras con que poder expresar aquel Bien inefable, el Uno, fuente de toda unidad, ser supraesencial, mente sobre toda mente, pala­bra sobre toda palabra. Trasciende toda razón, toda intui­ción, todo nombre. El es el Ser y ningún ser es como El. Causa de todo cuanto existe. El mismo está fuera de las categorías del ser. Sólo El, con su sabiduría y señorío, puede dar a conocer de sí mismo lo que es.

2. Como ya queda dicho, nadie se atreva a definir con palabras o conceptos la noción secreta y su­praesencial de Dios. Atengámonos sólo a lo que misericor­diosamente se nos ha manifestado en las Santas Escrituras. En ellas, Dios mismo se ha dignado enseñarnos que nin­guna criatura puede llegar a conocerle y contemplarle tal como es, ya que El lo trasciende todo supraesencialmente.

Hallarás, sin embargo, que muchos teólogos hablan de la Deidad como "invisible e incomprensible". No existe vestigio alguno por donde penetrar en su infinitud secretí­sima. Sin embargo, este bien no se mantiene totalmente incomunicado con las criaturas. Por sí mismo hace genero­samente extensivo a todos aquel firme Rayo supraesencial que le es propio y constante. Cada uno lo recibe según su capacidad. De esta manera atrae hacia sí las almas santas para contemplarle, dentro de lo posible, para entrar en comunión con El y procurar imitarle.

Así sucede a cuantos se esfuerzan con la debida rectitud y modestia. Tales almas de nada presumen insolentemente ni pretenden sobrepasar los planes ,de Dios. No se dejan llevar de sus propias inclinaciones al mal. Son almas que con firmeza y perseverancia se elevan en pos del Rayo que las ilumina. En respuesta de amor a la luz recibida, levantan humildemente su vuelo en santi­dad.

3. Pongámonos en camino hacia donde nos invitan aquellas divinas ordenanzas que regulan todas las jerar­quías en los cielos. Con  moderación y santificadas nuestras mentes, rendimos homenaje al misterio de la Dei­dad, que trasciende todo nuestro pensamiento y todo ser. En humilde silencio adoramos lo inefable. Nos elevamos atraídos por los rayos luminosos de las Santas Escrituras; su esplendor nos impulsa a entonar himnos de alabanza. Contemplamos la luz divina que nos dispone para alabar la Fuente donde mana abundante toda iluminación santa. La Fuente que nos habla de sí misma con palabras de las Santas Escrituras.

Es en verdad causa, origen, esencia y vida de todas las cosas. Voz que llama a los alejados para que vuel­van a la vida: renovación de la divina imagen perdida. Apoyo para los zarandeados por la impureza. Seguridad de cuantos permanecen firmes. Guía de quienes le siguen. Fundamento de perfección para los perfectos. Plenitud de la Divinidad para los que se divinizan. Simplicidad de los que se simplifican. Unidad de quienes logran la unión. Principio supraesencial de todo principio, prodiga en lo posible bondadosamente sus secretos.

En resumen, es Vida de los vivientes, esencia de los seres. Principio y Causa, por su bondad, de toda vida y esencia. Por su misma bondad produce y mantiene en su ser todas las cosas.

4. Conocemos todo esto por las Santas Es­crituras. Y podría decirse que en casi todas ellas verás cómo los autores sagrados forman los nombres divinos según las bondadosas manifestaciones de la Deidad.

Por eso, en casi toda explanación teológica observamos que se alaba santamente a la Deidad, Mónada o Unidad por la sublime simplicidad e indivisible unidad. Su poder unificante atrae sobrenaturalmente nuestra múltiple diver­sidad a su Unidad. Nos hace unidad semejante a Dios Uno.

Celebrada también como Trinidad que mani­fiesta su fecundidad supraesencial en tres Personas. De aquí procede toda paternidad en los cielos y en la tierra. Se la llama Causa de todos los seres porque por su bondad emplea su poder creante llamando todas las cosas de la nada al ser'. Sabia y Hermosa, porque todo ser conserva inalteradas las cualidades propias de su naturaleza, gra­cias a la presencia esencial de la armonía divina y sagrada belleza. Amor de predilección hacia todo ser humano, por­que con plena verdad Dios ha compartido su naturaleza con la nuestra es una sola Persona, llamando a sí y uniendo a ella la pequeñez humana.

Admirablemente Jesús asumió naturaleza humana sin dejar de ser Dios; el que es eterno se enmarcó en el tiempo; Aquel que es esencialmente trascendente a todo el orden natural, sin perder nada de lo que es como Dios, se encerró dentro de la naturaleza humana.

También nosotros estamos sumergidos en estos y otros semejantes resplandores deíficos, que en armonía con las Escrituras nos transmitieron con maravillosa interpreta­ción nuestros preceptores.

Pero como nosotros entendemos a través de los senti­dos, según nuestra capacidad, el amor que Dios nos tiene envuelve lo inteligible en lo sensible. Reviste con velos sagrados la divina palabra y las tradiciones jerárquicas9. Asimismo está lo supraesencial ceñido a la sustancia de las cosas. Las formas y figuras rodean lo invisible; multiplican y materializan variedades de signos divididos lo que es sobrenatural simplicidad.

Pero cuando nos transformemos en incorruptibles e inmortales, después de alcanzar el estado de perfecta bienaventuranza con los que ya están configurados con Cristo, entonces, como está escrito, "estaremos siempre con el Señor". Nos saciaremos con la pura contemplación visible del mismo Dios, envueltos en su glorioso resplandor, como se manifestó a los discípulos en la sacra­tísima transfiguración. Libre ya la mente de pasiones y de materialidad, nos hará Dios partícipes de sus fulgurantes rayos de luz intelectual, sin que podamos comprender cómo. Luz que nos une con El y nos hace felices. De modo maravilloso, nuestras mentes estarán como aquellas inteli­gencias celestes según dice la Escritura: "Son semejantes a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrec­ción".

Mas al presente nos valemos de símbolos para enten­der, en cuanto nos es dado, las realidades divinas. Mediante ellos, según nuestra capacidad, nos elevamos a la verdad una y desnuda. Entonces abandonaremos las imágenes que teníamos de lo divino.

Despojados del entender que nos es propio, avanzamos en cuanto podemos hacia aquel Rayo supra-esencial. Nadie lo puede imaginar ni hay palabras con que dar a entender lo que ello es, pues nada de cuanto existe se le puede comparar. Sin embargo, aquel Rayo contiene en sí, de modo global y en supraesencia, todas las cosas aun antes de que existan y todo natural conocimiento y energía. Su poder inaccesible a cualquier otra criatura le hace superior a toda inteligencia celestial. Todo conoci­miento, en realidad, tiene un ser como objeto. Aquello que es superior a todo objeto trasciende también todo cono­cimiento.

5. ¿Cómo, pues, podemos hablar de los nombres de Dios? ¿Cómo puede ser esto si el Trascendente sobrepasa todo discurso y todo conocimiento, si su morada no está al alcance de ningún ser ni entendimiento, si El comprende, encierra, es antes y después que todas las cosas, mientras que escapa a toda percepción, imaginación, opinión, nom­bre, discurso, aprehensión o entender? ¿Cómo nos atreveremos a intentarlo si la Deidad está más allá de todo ser, es inefable, ningún nombre la puede definir?

Queda dicho en mis Representaciones teológicas que no podemos alcanzar con el pensamiento ni con palabras al Uno, Incognoscible, Supraesencial, la misma Bondad, la trina Unidad, tres Personas igualmente divinas y buenas. Ni tampoco podemos conocer ni explicar (llámense inmi­siones o suscepciones) de qué manera los santos ángeles se comuniquen con aquella Bondad supraesencial. Tales cosas no están al alcance de ningún entendimiento ni aun siquiera de los mismos ángeles, excepto algunos de entre ellos que de modo misterioso lo han merecido.

Cuando algunas inteligencias, a imitación de los ángeles, en cuanto es posible, han llegado a deificarse de ese modo, alaban a Dios de la manera más perfecta, prescindiendo de todo discurso y olvidándose de las cosas. Real y sobrenaturalmente iluminadas por tan santa unión con la Luz, estas almas descubren que, siendo Dios causa de todo ser, El no es nada de esto, pues de todo ser está supraesencialmente separado.

Por consiguiente, teniendo en cuenta que Dios es supraesencial a todo ser y bondad, nadie que ame la Verdad que está por encima de toda verdad le tributará homenaje como palabra, o inteligencia, o vida o ser. No. Está muy lejos de cualquier manera de ser, de todo movi­miento, vida, imaginación, opinión, nombre, palabra, pen­samiento, inteligencia, sustancia, estado, principio, unión, fin, inmensidad. De todo cuanto existe.

Sin embargo, el hecho de ser la misma Bondad univer­sal es causa de todo ser, y para alabar a esta bondadosa Providencia necesitamos verla en todos sus efectos. Es el centro de toda la creación y dirige a su fin todas las cosas. "El es antes que todo y todo subsiste en El"15. Su presencia en el mundo es causa de que todo exista. Todas las cosas la desean: las espirituales y racionales, por vía de entendi­miento; las inferiores a éstas, por la sensación; todo lo demás, o bien por vía de movimiento vital, sustancial, o según convenga a su propio ser'''.

6. Conscientes de esto, los teólogos alaban al Sin Nombre o le invocan con todo nombre. El Sin Nombre, porque el mismo Dios en una de sus místicas visiones donde se apareció simbólicamente reprendió a aquel que le había preguntado "¿Cuál es tu nombre?" Y para impedirle limitar su conocimiento a un mero nombre le respondió: "¿Por qué me preguntas el nombre viendo que es admira­ble?""

¿No es realmente admirable este "nombre que está sobre todo nombre"? Por eso es el Sin Nombre. Está cier­tamente constituido "por encima de todo cuanto tiene nombre, en este siglo y en el venidero".

Por otra parte, se emplean muchos nombres refiriéndose a Dios, diciendo: "Yo soy el que soy", "vida" "luz", "Dios", "Verdad". Asimismo los escritores sagrados cuando alaban la Causa de todas las cosas invocan a Dios en relación con sus efectos como Bondad" Hermosura, Sabio", Amado, Dios de dioses, Señor de los señores", Santo de los santos'', Eterno", el que Es" Autor de los siglos, Dispensador de la vida", Sabiduría Inteligencia", Verbo", Conocedor", Poseedor en grado supremo de todos los tesoros de la ciencia", Poder, Rey de reyes, Anciano de los días", Juventud eterna e inmuta­ble", Salvación", Justicia", Santificación, Redención", el Superior a todo y manifiesto como suave brisa".

Dicen también que El está en nuestras mentes, almas, cuerpos, en el Cielo y en la tierra". Permanece siempre idéntico a sí mismo", a la vez que está dentro, sobre y alre­dedor del universo", por encima de los cielos", Sobresencia, Sol, Estrella", Fuego", Agua, Viento, Nube, Piedra angular, Roca", El es todo y no es ninguna cosa.

7. Así, pues, a aquel que es causa de todas las cosas y o trasciende todo le cuadra a la vez el Sin Nombre y los nombres de todas las cosas. Es verdaderamente Rey del universo: todas las cosas dependen de El, que es su causa, principio y fin. El es, como dice la Escritura, "todo en todas as cosas", y ciertamente merece alabanza como creador y Fundamento de todas las cosas, su perfeccionador, conser­fador, guardián y morada. Encamina todo hacia sí nismo con un solo acto, irreprensible, excelente. Esta Bondad Sin Nombre es no sólo causa que todo lo coordina, vitaliza y perfecciona, de manera que por esto u ntras medidas prudenciales merece llamarse así. Hay más, esta Bondad Sin Nombre contiene en sí de manera simple indefinida todas las cosas antes de que existan. Así es por nfinita bondad de su Providencia, perfecta y única causa universal. Por lo cual, merece alabanza y los nombres de toda la creación.

8. Por lo demás, los teólogos no se limitan a los nom­bres de Dios, derivados de actos generales o particulares de la Providencia. Algunos, además, provienen de las visiones sobrenaturales que iluminan a los iniciados y a los profetas en los templos y en otras partes.

Por eso dan nombres a la Bondad divina según su múl­tiple fuerza y causalidad, pues sobrepasa todo nombre y esplendor. Le atribuyen formas y figuras de toda clase: humanas", ígneas y de zafiro". Alaban también sus ojos, oídos", cabellos'', rostro, manos", espaldas", alas", brazos, dorso", pies". Le han atribuido también coro­nas", tronos", cálices, copas de libación" y cosas seme­jantes que describiré lo mejor que pueda en la Teología simbólica".

De momento, pasemos a explicar el significado de los nombres de Dios, valiéndonos para ello de cuanto nos dicen las Sagradas Escrituras y guiándonos por lo que ya queda dicho. Como está dispuesto por ley jerárquica para el estudio de toda teología, fijémonos con mirada mística en estas contemplaciones deiformes, hablando con propie­dad, y santifiquemos nuestros oídos para escuchar las explicaciones' de los santos nombres de Dios. Conforme a la sagrada tradición, dejemos las cosas santas sólo para los santos" y evitemos que sean objeto de irrisión y burla para los profanos. Antes bien, ahorremos a estos hombres, si los hay, cualquier hostilidad sacrílega.

Ten bien en cuenta esto, excelente Timoteo, y procede conforme a la enseñanza sagrada. Ni de palabra ni de modo alguno des las cosas santas a los profanos. Por cuanto a mí toca, concédame Dios celebrar dignamente los muchos y diferentes nombres por los que se manifiesta su divina Bondad, aunque ningún nombre sea digno de la Deidad. "No aparte El de mis labios la palabra verda­dera".

CAPÍTULO II

Unificación y diferenciación en Dios. Qué significa en Dios uni­dad y diferencia

1. Las Sagradas Escrituras celebran la plena esencia de la Deidad, sea cual sea lo que se define y mani­fiesta por la bondad infinita. ¿De qué otro modo podemos interpretar la Sagrada Escritura cuando nos dice que la Divinidad, hablando de sí misma, se manifestó en estos términos?: "¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios".

Ya he tratado sobre esto en otro lugar, y demostré que en las Sagradas Escrituras se emplean siempre los nom­bres dignos de Dios para referirse a la Deidad, no en parte, sino plena y enteramente, total e indivisa. Todos la signifi­can imparticipada y absolutamente, sin observación de diferencia alguna, universalmente, plenitud de la Divini­dad, perfecta en todo. Efectivamente, como ya indi­qué en Representaciones teológicas, seria una blasfemia negar que cualquiera de estos nombres no se refiere a la Deidad en todo su ser. Seria una profanación atreverse a dividir la Unidad, una y simple, que todo lo trasciende.

Por tanto, hay que decir que estos nombres deben entenderse con relación a toda la Deidad. De hecho, el Verbo, que es absolutamente bueno, dice: "Yo soy bueno''. Un profeta, divinamente inspirado, alaba también la "bon­dad" del Espíritu'. Lo mismo ha de entenderse de "Yo soy el que soy". Si dijeren que esto se refiere a una parte de la Deidad y no a toda ella, ¿cómo podría entenderse lo siguiente: "Dice el Señor Dios, el que es, el que era, el que viene Todopoderoso"? y "Tú siempre eres el mismo". Y además: "El Espíritu de verdad, que procede del Padre'''. Y si no se admite que toda la Deidad es vida, ¿qué podrá haber de verdad en estas sagradas palabras: "Como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo, a los que quiere, les da la vida"? O esto: "El Espíritu es el que da vida''.

Eso mismo ocurre con el señorío universal que se atribuye a la Deidad. No se podría decir "Señor" ni a Dios Padre ni a Dios Hijo, como se afirma en las Sagradas Escrituras. El Espíritu Santo es igualmente "Señor".

"Hermosura", "Sabiduría", se predican de la Deidad en cuanto tal. Igualmente, las Escrituras Sagradas alaban a Dios con los términos "luz", "poder deificante", "causa" y otros, propios de la divina alabanza. Globalmente dicen: "Todo viene de Dios". Más concretamente: "Porque en El fueron hechas todas las cosas y todo subsiste en El. Tam­bién: "Si mandas tu Espíritu, se recrían'. El mismo Verbo divino lo resume en estos términos: "Yo y el Padre somos una misma cosa" y "Todo cuanto tiene el Padre es mío"; además, "Todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío". Digamos una vez más que cuanto tienen en común con el Padre, el mismo Hijo lo atribuye igualmente al Espíritu Santo, como realidad común y única. Tales son las operaciones divinas: santo respeto, principio creador inextingui­ble, distribución de dones propios de la Bondad infinita.

Cualquier persona rectamente instruida en las Santas Escrituras no podrá menos de reconocer, pienso yo, que cuanto se atribuye a Dios conviene igualmente a toda la Deidad en cuanto tal.

En otro lugar he demostrado y analizado ampliamente, con referencias escriturísticas, esta cuestión. Por tanto, hecha esta breve y fragmentaria explicación, quede claro que los nombres divinos de que tratamos se refieren a la Deidad en su plenitud.

2. Si alguien objetare que por este procedi­miento se crea cierta confusión en las distinciones correspondientes a la Deidad, me parece que le sería impo­sible probar su razonamiento. Porque, si tal persona recha­zare absolutamente la doctrina de la Sagrada Escritura, estaría muy lejos de nuestra manera de pensar. Y si no le importare nada la sabiduría divina de las Santas Escritu­ras, ¿por qué nos vamos a preocupar de instruirle en la ciencia teológica?

Si, al contrario, tal persona presta atención a la verdad de las Escrituras, apoyándonos en esta misma norma y luz, con toda diligencia le explicaré, en cuanto me sea posible, que la teología ciertamente presenta algunas verdades que convienen a las Personas divinas en común y otras a alguna Persona en particular. No es lícito separar lo unido ni confundir lo distinto, sino que, guiados por la enseñanza recibida, debemos elevar nuestra mirada a los divinos res­plandores. Así recibiremos las divinas ilustraciones como la más preciosa norma de verdad, guardando en nosotros mismos su contenido, sin añadir ni quitar ni cam­biar nada. Respetando las Santas Escrituras, nos protege­mos a nosotros mismos, y de allí sacaremos fuerzas para defender a quienes las observen.

3. Algunos nombres son comunes a toda la Deidad, como he demostrado copiosamente en Representaciones teológicas a la luz de las Santas Escrituras. Por lo cual, deci­mos que la Deidad es más que buena, más que Dios, supraesencial, más que viviente, más que sabia. Y le atri­buimos generalmente nombres que indican eminencia por vía de negación. También nombres que significan causali­dad, como Bien, Hermosura, Ser, Fuente de vida, Sabiduría y cuantos corresponden a los dones propios de la Bondad de Dios, mediante los cuales se hace referencia a la Causa de todo bien.

Hay también nombres que significan realidades distin­tas y supraesenciales: el Padre, el Hijo y el Espíritu. Térmi­nos que no pueden intercambiarse ni tienen nada en común. Es asimismo distinto e íntegro y perfecto el ser de Jesús hecho hombre y todos los misterios sustanciales de su humanidad.

4. Creo que debemos ahondar más en la explicación del modo perfectísimo de la unidad y distin­ción en la Deidad. Preciso es dejar esto claro para que, removida la oscuridad y confusión en cuanto sea posible, podamos hablar en adelante con distinción, propiedad y orden.

Como he dicho en otro lugar, quienes conocen a fondo nuestras tradiciones teológicas llaman unidades divinas a las realidades secretas e incomunicables, profundas más que un abismo. Estas constituyen la Unidad suprainefable y supracognoscible. Afirman que las procesiones y mani­festaciones dentro de la Deidad, propias de su bondad, constituyen las diferencias. Aún más: en conformi­dad con la Sagrada Escritura, hay atributos propios de la Unicidad, mientras que hay diferencias consiguientes a la distinción propia de Dios. Por ejemplo: en vista de la uni­dad divina supraesencial, hacen propios de la indivisible Trinidad los siguientes atributos unitarios y comunes: Sub­sistencia supraesencial, Deidad supradivina, Bondad que trasciende todo bien, Supraidentidad por encima de toda propiedad individual, Unidad superior a cualquier princi­pio de unidad, Infalibilidad, Inteligibilidad de todo cuanto se pueda conocer.

Afirmación total, negación total. Más allá de toda afir­mación o negación. Morada y Fundamento, si se puede decir esto, de las Personas divinas, que son fuente de unicidad por cuanto están, sin que se confundan las propias diferencias, supraesencialmente unidas en un todo.

Un ejemplo familiar que entre por los ojos: la luz de varias lámparas en una casa se compenetra a la vez que cada una permanece distinta. Hay distinción en la unidad y unidad en la distinción. Aunque haya muchas lámparas en la casa, una sola es la luz, sin diferencia; todas ellas producen un solo resplandor. Nadie, creo yo, puede separar una de otra la luz de aquellas lámparas extrayén­dola del aire que contiene la de todas. Ni puede ver la luz de una sin ver la de las otras, pues todas están igualmente mezcladas a la vez que cada una conserva su plena dis­tinción.

Si alguien saca una lámpara de la casa, juntamente sal­drá toda su propia luz, sin llevarse nada de las otras lámpa­ras ni dejarles nada de la luz propia. Como queda dicho, la fusión de aquellas luces era total y perfecta, sin que por ello hubiese desaparecido la propia individuali­dad ni se diera la menor confusión. Se trata aquí de un aire corporal y una luz producida por un fuego material.

¿Qué decir de la unión supraesencial? Esta sobrepasa la unión de objetos corporales y también la de las almas e incluso la del espíritu. Cierto que ya son translúcidos sobrenaturalmente. Luces del Cielo, los hace ser transpa­rentes de modo sobrenatural, a semejanza de Dios, pero no se trata más que de participar en proporción a la intimidad que haya con la Unidad trascendente.

5. En la teología de la supraesencia, la dis­tinción, como he dicho, no consiste solamente en que cada una de las Personas, principio de unidad, subsiste en la misma Unidad, sin mezcla ni confusión entre sí. Más aún: los atributos correspondientes a la generación supraesencial en el seno de la Deidad son totalmente incomunicables. En Deidad supraesencial, el Padre es la única fuente; el Hijo no es el Padre ni el Padre el Hijo. A cada una de las Personas divinas le corresponden sus inalienables alaban­zas. Así son estas uniones y distinciones en aquella inefa­ble unidad y esencia.

Por otra parte, el dinamismo de la Bondad divina produce la distinción en Dios, de manera que la única Deidad, a la vez que es eminentemente una, se prodiga en multiplicidad. Tal distinción en Dios concentra igual­mente en la Unidad los dones intercomunicables, ser, vida, sabiduría, y larguezas semejantes que prodiga la Bondad creadora de todo. Los participantes alaban los dones que son participados sin ser aminorados.

Participan en la Deidad en su plenitud: común, unifi­cada y única para cada uno de los participantes; no parcial­mente. Como los rayos de una circunferencia: participan del punto central, en plenitud, todos y cada uno. Como la marca de un sello: todas y cada una de las figuras marcadas son idénticas totalmente, no en parte, al sello original o arquetipo.

Pero la Deidad, Causa de todo ser, supera infi­nitamente estos ejemplos. Es imparticipable. Sus partici­pantes no tienen punto de contacto ni mezcla alguna con la Deidad, que todo lo trasciende.

6. Podría alguno decir que el sello no está todo y el mismo en cada figura. Respondo: no es falta del sello, el cual se transmite con toda integridad en cada figura; la desigualdad de las reproducciones depende de la diversi­dad del material en que se imprime el sello. Por ejemplo, si son materias blandas, fáciles de impresionar, lisas y lim­pias, no refractarias ni duras, no fluidas ni inconsistentes, entonces la impresión resultará pura, clara y dura­ble. Pero si fuere deficiente el material receptor, ésta sería la causa de que la figura resultase menos marcada y clara y de que sobreviniesen todos aquellos defectos que suelen ocu­rrir por ineptitud de los participantes.

El caso de nuestra redención es diferente: no la Deidad en cuanto tal; fue sólo el Verbo, que está por encima de toda sustancia, quien asumió verdadera e íntegramente nuestra condición humana, actuó y sufrió todo lo común y propio de la naturaleza humana. Esta realización no pertenece al Padre ni al Espíritu Santo, si exceptuamos el plan común de amor para salvar a todos los hombres. También es común a la Deidad la operación total, trascendente e inefa­ble que llevó a cabo el Verbo, Dios inmutable.

Así queda claro que en nuestro estudio procedemos uniendo y distinguiendo las propiedades divinas, según que estos atributos estén identificados o diferen­ciados.

En mis Representaciones teológicas a la luz de las Santas Escrituras, he tratado sistemáticamente, lo mejor que pude, las causas de unidad y diferencias conforme a las propiedades de la naturaleza divina. Expliqué algunas de esas causas con sólidas razones, sereno ánimo y mente esclarecida por la luz de las Santas Escrituras. Para otras he seguido la tradición divina, elevándome en estos misterios sobre toda operación del entendimiento.

La verdad es que las realidades divinas nos llegan por conocimiento indirecto, por vía de participación. Lo que son en sí, en su fuente y fundamento, escapa al alcance del entendimiento, de todo ser y conocer. Por ejemplo, cuando al Arcano supraesencial lo llamamos Dios, Vida, Ser, Luz, Verbo, nuestro entendimiento no capta más que ciertas propiedades deíficas, vivificantes, causas de ser y saber, que dimanan del origen hasta nosotros.

A Dios no llegamos más que por el abandono de toda operación intelectual. Cuando nos esforzamos por penetrar en el Arcano, nos encontramos sin divinización, sin vida, sin nada que nos haga semejantes a la Causa que trasciende absolutamente todo ser. Sabemos además, por las Sagradas Escrituras, que en la Deidad el Padre es manantial; el Hijo y el Espíritu son, valga la expresión, bro­tes de la Deidad generante, su florecimiento y luces tras­cendentes'9. Nosotros, por nuestra parte, no podemos ni decir ni entender cómo pueda ser eso.

Lo más que podemos conseguir con nuestra actitud intelectual es comprender que nos ha sido concedido tanto a nosotros como a los poderes supracelestes participar de la paternidad y filiación divinas. Así nos lo otorga el supraeminente origen de toda paternidad y filia­ción. Por eso, todas las almas semejantes a Dios son y se llaman "dioses", "hijos de Dios", "padres de dioses".

Se trata de paternidad y filiación puramente espiritua­les, no corpóreas y materiales, sino del alma. Es obra del Espíritu Santo, que trasciende toda inmaterialidad y divi­nización. Obra también del Padre y del Hijo, que por su trascendencia están asimismo más allá de cualquier otra paternidad y filiación divinas. En realidad, no hay perfecta y absoluta semejanza entre causa y efectos. Estos llevan consigo la impronta de sus orígenes solamente en cuanto pueden, mientras que las causas, independientes de los efectos, los trascienden por su propia naturaleza de prin­cipio.

Algunos ejemplos familiares. Decimos que los placeres son causa de nuestros sufrimientos, pero en realidad los placeres y penas ni gozan ni sufren. Asimismo el fuego: calienta y quema, pero no decimos que el fuego recibe calor ni fuego. Y si alguno dijere que la misma vida vivía o que la luz era iluminada, no hablaría con propie­dad, a mi juicio. A no ser que tales expresiones tengan sen­tido diferente, queriendo decir que en realidad los efectos están contenidos en las causas en grado eminente.

9. La verdad más clara de teología es que Jesús se encarnó por nuestra salvación. Ninguna inteligen­cia, sim embargo, lo puede explicar ni comprender. Ni siquiera los ángeles de mayor rango. Es un verdadero mis­terio para nosotros el que Jesús decidiera hacerse hombre. No hay manera de que entendamos cómo haya podido hacerse hombre de sangre virginal por otra ley diferente de la natural. No comprendemos cómo pudo andar sobre las aguas, materia líquida, fluida, sin mojarse los pies ni hun­dirse por el peso del cuerpo. En general, no comprendemos cuanto se refiere a la naturaleza sobrenatural de Jesús.

He dicho ya bastante sobre esto en otro lugar, y mi famoso maestro lo ha celebrado maravillosamente en sus Elementos de teología. Doctrina que, en parte, tomó de la sagrada tradición y en parte por largo y concienzudo  estudio de las Sagradas Escrituras, o conociéndolo, más que por ciencia teórica, por experiencia personal de lo divi­no, pues disfrutaba de cierta connaturalidad con estos temas, si me es lícito hablar así, identificándose interior­mente con ellos. Así pudo conocer aquella Unidad mística y la fe, que no se alcanza por el estudio.

Para presentar en pocas palabras numerosos y preciosí­simos datos de su preclara inteligencia, véase lo que dice de Jesús en los Elementos de teología.

10. Tomado de los "Elementos de teología" del muy santo Hieroteo: "La divinidad de Jesús es causa que todo lo perfecciona, y conserva las partes en tal armonía con el todo que ni es parte ni es todo, siendo al mismo tiempo las dos cosas: todo y parte. Dentro de su total unidad contiene de modo eminente y por anticipación el todo y las partes. Tal perfección está en los imperfectos como fuente de per­fección. Está también en los perfectos, pero como trascen­dente y anterior a su perfección de ellos. Es forma infor­mante de cuanto carece de forma, pues es su principio for­mal. Es también la forma trascendente en lo que ya está formado. Es ser que está sobre todo ser sin que nada lo alcance. Supraesencia de toda esencia. Es límite de todo, principio y cauce, pero está por encima de todo principio y orden. Es la medida de todas las cosas. Es eternidad que trasciende y es anterior a la eternidad. Es abundancia donde hay escasez, y sobreabundancia donde no falta nada. Indescriptible, inefable; trasciende toda inteligencia, toda vida, todo ser. Maravillosamente posee toda maravilla y trasciende todo lo trascendente".

"Por amor ha descendido a nuestro nivel y se ha hecho una criatura. Aquel que es supraesencial a la idea de Dios se ha hecho hombre (alabemos con plena reverencia esta verdad, que no alcanzamos ni a expresar ni pensar). En esta condición humana permanece siendo lo que es: admirable y supraesencial. Se hizo igual a nosotros sin dejar de ser nada de lo que era. Nada disminuye su plena grandeza por la inefable humillación de sí mismo. Y esto es lo más admirable: siendo hombre come nosotros, fue siempre maravilloso y supraesencia de nues. tra esencia. Todo lo nuestro estaba en El de modo eminente, y en El nos sobrepasamos a nosotros mismos.

11. De esto ya basta. Continuemos ahora explicando en cuanto nos sea posible, los nombres comunes y propios de la divina distinción. Comencemos definiendo claramente las "distinciones divinas," que, como ya hemos indicado, son irradiaciones misericordiosas de la Deidad Esta se entrega como don, desbordándose, de modo que todas las cosas participen de su bondad. Se prodiga a todos sin dejar de ser unidad. Por cuanto Dios es supraesencial causa de todas las esencias, decimos que el Ser único se multiplica por la creación de nuevos seres. Permanece, nc obstante, como Ser único, uno en la multiplicación, unido en las emanaciones y perfecto en la distinción, por ser la supraesencia de todas las esencias. Uno mientras se multi­plican las participaciones de sí mismo.

Todavía más. El es uno solo, concede partici­par de su propia unidad a cada parte y al todo, a uno y a la multitud. Por ser supraesencial, es uno solo; no es parte de una multitud ni conjunto de partes. En tal sentido no se dice uno ni parte de la unidad, es uno de manera completa­mente distinta de los demás seres. Trasciende. Es multipli­cidad indivisible, plenitud donde no cabe nada más, que produce, perfecciona y preserva toda unidad y multiplicidad.

Parecería, además, haber una multiplicación de dioses por la divinización de almas, cuya participación de Dios las hace semejantes a El. Pero, en realidad, Dios es el Arquetipo, el Unico que vive supraesencialmente, sin divi­dirse en cada uno ni confundirse con el conjunto mientras que se da a todos y mora en cada uno según cada cual puede recibirle.

En esta realidad maravillosa pensaba aquel gran maestro, luz del mundo, el que introdujo a mi maestro y a mí en esta Luz divina. Inspirado por Dios, dice en sus sagrados escritos: "Porque, aunque algunos sean llamados dioses ya en el Cielo, ya en la tierra, como si hubiera muchos dioses y [652 A] muchos señores, para nosotros no hay más que un Dios Padre, de quien todo procede y de quien somos nosotros, y un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas y nosotros también".

Por tanto, en lo divino, la unión prevalece sobre la dis­tinción. Precede la unión a las diferencias y éstas permane­cen unidas incluso después que el Uno, a la vez que se mantiene en unidad, se expande en diferencias. Procure­mos ahora alabar, en cuanto nos sea posible, las distincio­nes comunes y unificadas, que son procesiones a impulsos del amor de toda la Deidad. Para ello me valdré de los nombres dados en la Sagrada Escritura. Pero, como ya he dicho, quede claro: cualquier nombre correspondiente a la Bondad de Dios, aun cuando se atribuya a una sola de las Personas divinas, deberá entenderse sin distinción de toda la Deidad.

CAPÍTULO III

El poder de la oración. San Hieroteo. La piedad y los escritos teológicos

1. Ante todo, si te parece bien, examinare­mos el nombre perfecto "Bondad", por el que se manifies­tan las procesiones divinas. Primeramente invoquemos la Trinidad, fuente del bien y muy superior a todo lo bueno. Por la Trinidad se manifiestan las procesiones de la Dei­dad. Ante todo, oremos para acercarnos a Ella, principio de todo bien. Luego, aproximándonos, nos configuremos con los más preciosos dones que contiene. La Trinidad está presente en todo ser, mas no todo ser está con Ella. Pero cuando la invocamos con santas oraciones, con mente serena, dispuestos para la unión con Dios, entonces tam­bién nosotros estamos en Ella. Porque la Trinidad no está en un sitio de manera que pueda cambiar de lugar yéndose de una parte a otra. Es impropio decir que está presente en todas las cosas, pues limitamos su infinitud, que excede y contiene todo.

Elevémonos en oración hasta los más subli­mes y misericordiosos rayos de la Divinidad. Como si nos agarrásemos de una brillantísima cadena colgante desde lo más alto del Cielo hasta la tierra. Al cogerla con una y otra mano, tendríamos la impresión de traerla hacia nosotros. En realidad, no nos la acercaríamos, pues está ya arriba y abajo, sino que subiríamos nosotros hasta los más altos resplandores de los rayos encendidos.

Imaginémonos en un barco agarrándonos a las maro­mas que alguien nos arroja desde alguna roca para auxi­liarnos. La roca no vendría a nosotros; nos acercariamos con la embarcación hasta la roca. Otro ejemplo: uno que está en un barco choca contra la roca en el mar: el pedregal queda fijo e inmóvil mientras que el barco se aleja, tanto más alejado cuanto más fuerte sea el choque.

Debemos, pues, ante todo, comenzar orando, especial­mente en teología. No para atraernos el poder de Dios, que está presente en todas partes, sin limitarse a ninguna. Lo hacemos porque mediante la reflexión e invocaciones divi­nas nos entregamos y unimos con El.

2. Tal vez no esté fuera de lugar dar aquí una explica­ción sobre el hecho de que yo haya escrito este tra­tado teológico a pesar de que Hieroteo, nuestro insigne maestro, haya ofrecido la espléndida colección de Elemen­tos de teología. Además he escrito otros, como si no fuera suficiente lo que él escribió. Indudablemente, si él hubiese abordado y presentado ordenadamente temas de teología, yo no hubiera tenido la insensata osadía de creerme capaz de comprender mejor que él estos temas teológicos. Cierta­mente no hubiera yo perdido el tiempo en repetir las mis­mas cosas. Habría hecho una grave injuria a mi maestro y amigo apropiándome de su elevadísima ciencia y exposi­ción. Fue él mi principal maestro después de San Pablo.

En realidad, él, como buen guía, nos ha legado una gran obra teológica, útil también para otros menos expertos directores de almas. Esto me anima a presentar y explicar en términos más asequibles las exposiciones y sutilezas de aquel hombre de tan poderoso entendimiento. Tú mismo me has exhortado frecuentemente a que lo haga remitiéndome el libro de Hieroteo, por juzgarlo muy dificil de entender.

Así, pues, a la vez que reconozco su valor destacado como maestro de entendimientos más aventajados, y apre­ciando sus escritos como los más importantes después de las Sagradas Escrituras, me propongo explicar lo mejor que pueda las realidades divinas a nivel de nuestros seme­jantes. Porque, si el alimento sólido es propio de los perfectos', ¿cuánta no será la perfección que se requiere para alimentar a otros?

Con razón decimos que para ahondar en el sentido de las Sagradas Escrituras es necesaria madura inteligencia, y lo mismo para enseñar a otros sus conclusiones. Pero entender y enseñar los conocimientos preliminares va bien para grados inferiores, sean ya iniciados o todavía princi­piantes.

Conforme a esto, me he propuesto seriamente no tocar nada en manera alguna de lo que aquel santo maestro nos enseñó claramente, evitando repetir lo que nos explicó al tratar algún punto de las Escrituras.

Como tú sabes, nosotros, él y muchos de nuestros san­tos hermanos acudimos a ver el cuerpo que dio principio a la vida y había gestado a Dios. Allí estaba San­tiago, pariente del Señor, y Pedro, el jefe supremo de los teólogos. Después de verlo, todos estos jerarcas quisieron, cada uno como mejor pudiera, ensalzar la Bondad de esta divina fragilidad. Mi maestro, como sabéis, era el primero después de los autores sagrados y aventajaba a todos los que alababan a Dios. En efecto, estaba tan arrobado, tan fuera de sí, vivía del tal manera lo que decía, que cuantos le oían y veían, cuantos le conocían (o mejor, le desconocían) le consideraban inspirado por el Espíritu para cantar las alabanzas divinas.

Mas ¿para qué contarte todas las maravillas que allí dijeron de Dios? Porque, si mal no recuerdo, creo haberte oído a ti mismo parte de las magníficas alabanzas que entonces proclamaron, pues siempre has mostrado espe­cial solicitud por las cosas divinas como para no conside­rarlas jamás con frivolidad.

3. Pero dejemos de lado estas santas realida­des, que tú bien conoces y no hay por qué contar a la gente. Cuando era necesario propagar nuestra fe a muchos, a fin de convencerlos y atraerlos a nuestra sagrada enseñanza, él' dedicó a esta tarea más tiempo que muchos santos doc­tores. Mostró tal pureza de ingenio, tal agudeza en sus razonamientos y tanta diligencia en sus organizaciones, que no osaríamos mirar de frente sol tan esplendoroso.

Consciente de mis limitaciones, sé muy bien que no tengo capacidad para entender las verdades divinas. Reco­nozco que me faltan palabras para enseñarlas, pues son inefables. Estoy tan lejos de poseer el buen entendimiento de aquellos santos varones para ahondar en las verdades teológicas, que llevado de gran reverencia no me atrevería ni siquiera a escucharlos. Lo hago por estar conven­cido de que no debo menospreciar la ciencia de las cosas divinas en la medida que se puedan alcanzar.

Mi convicción no obedece únicamente a la natural inclinación del espíritu por la contemplación que poda­mos alcanzar de Dios; lo aconseja también la excelente institución de las leyes divinas. No debemos ocuparnos de las cosas que están más allá de nuestro alcance, pues no las merecemos o es imposible conseguirlas6. Pero de igual manera manda aprender asiduamente lo que nos es dado y compartirlo con los demás. Guiados, pues, por estas razo­nes, ni el trabajo ni la pereza me han impedido buscar las verdades divinas; consciente de que no debo negar mi ayuda a quienes no tienen mayor capacidad contemplativa que yo, me he decidido a escribir. No pretendo decir nada nuevo. Quiero tan sólo analizar y exponer ordena­damente con más detalle algunas verdades que Hieroteo enseñó brevemente.

CAPÍTULO IV

El Bien. La Luz. La Hermosura. El Amor. El Extasis. El Celo. El Mal: no es ser, ni procede del ser, ni está en los seres

1. Pasemos ya al nombre de "Bien". Es el nombre que prefieren los teólogos para designar la Deidad supradivina'. Llaman Bondad a la misma subsistencia divina., que por el mero hecho de ser todas las cosas la contienen.

Sucede lo que en el Sol. Sin pensarlo, sin quererlo, por el mero hecho de ser lo que es, ilumina todo lo que de alguna manera puede recibir su luz. Así ocurre con el Bien. Muy superior al Sol, como el arquetipo es superior a la ima­gen borrosa, extiende los rayos de su plena Bondad a todos los seres que, según su capacidad, la reciben. Gracias a estos rayos de Bondad subsisten todos los seres inteligibles e inteligentes, todo ser, toda potencia y operación. Por ellos existen y poseen vida inalterable e indestructible, libres de corrupción y muerte, de la materia y de la genera­ción o mutaciones. Por ellos se consideran sustancias incorpóreas e inmateriales; como inteligencias, conocen de modo superior al de este mundo: por iluminación ven las razones propias de todos los seres y transmiten sus conoci­mientos a los compañeros.

La Bondad de Dios en que moran es el funda­mento de su permanencia, estabilidad, conservación, vigi­lancia, alimento. Sus deseos del Bien les hacen ser lo que son y les proporcionan bienestar. Configurándose con el Bien, en lo posible, se hacen mejores, y como es Ley de Dios, comparten con sus inferiores los dones que reciben del Bien supremo.

2. Por todo esto, se ordenan jerárquicamente en for­ma supramundana, en unidades propias, y se rela­cionan entre sí sin la menor confusión. El Bien da poder a los inferiores para elevarse hasta los superiores, y asi­mismo los superiores descienden al nivel de sus inferiores. Diligentemente cuidan de quienes les están confiados, de sus poderes y de sus resoluciones inmutables. Permanecen firmísimos sus deseos del Sumo Bien. Conservan entre ellos las demás prerrogativas que he descrito en el tratado De las propiedades y de los órdenes de los ángeles. Cuanto se refiere a la jerarquía celeste, como son las purificaciones angélicas, iluminaciones supramundanas y la consuma­ción de toda perfección entre los ángeles, todo esto viene de la Causa universal y Fuente de bien. De allí les llega asi­mismo su configuración con el Bien, el revelar la secreta bondad que poseen los seres, por decirlo así, intérpretes del silencio de Dios, que reflejan la luz resplandeciente en el interior del santuario.

En grado inferior a estas santas y venerables inteligencias están las almas con todos los bienes que les son propios. Dependen asimismo del Bien que está sobre todo bien y gracias a El tienen inteligencia, vida sustancial, inmortalidad. Por tener vida espiritual, como los ángeles, pueden esforzarse en imitarlos. Siguiendo a tan excelentes elevan hasta el Bien, fuente de todo bien, hacién­dose partícipes, según su capacidad, de las iluminaciones que El irradia. En la medida de sus fuerzas reciben el don de identificarse con el Bien y las demás cualidades descri­tas en mi libro Del Alma.

Si lo aplicamos a cuantos carecen de razón y a los irra­cionales, los que cruzan los aires, los que andan o se arras­tran por la tierra, los que [696 D] viven en el agua, los anfibios y los que se esconden bajo tierra o en cavernas. En fin, los seres de vida sensitiva. Todos son y viven gracias a la misma Bondad.

De modo semejante, las plantas sacan del mismo Bien la vida nutritiva y de crecimiento. Incluso las cosas inani­madas, sin vida ni alma, deben su existencia al mismo Bien.

3. Puesto que en realidad el Bien trasciende todo ser natural, sin estar limitado a forma alguna, es el creador de toda forma. Por no ser nada de cuanto es, El es el Supraser. Por no ser una vida, es la Vida. Sin ser una inte­ligencia, es la Sabiduría misma. Todo cuanto participa del Bien, participa de lo que, por estar en cierto modo limitado, da forma a lo informe. Y si es lícito hablar así, lo que no es anhela aquel Bien que trasciende todo ser. Más aún: se niega a todo ser y puja por descansar en el Bien supra-esencial.

 4. Al ocuparme de otros temas me olvidé de decir que el Bien es Causa de las fuentes y fronteras de los cielos, de eso que ni mengua ni se expande, inmutable. Causa también de los movimientos circulares y silencio­sos, por decirlo así, de los cielos inmensos. Asimismo del orden lijo con que las luces estrelladas decoran los cielos. Y de los astros errantes, en particular los dos de trayectoria circular, fuente de luz, que las Escrituras llaman "gran­des". Son éstos los que nos dan a conocer los días y las noches, los meses y los años. Constituyen el marco para nombrar, medir y conservar los acontecimientos.

¿Y qué decir de los rayos del sol? La luz procede del Bien y es su imagen. Se alaba al Bien llamándole "Luz", como se honra al Arquetipo en su imagen. La Bondad pro­pia de Dios, plenamente trascendente, lo invade todo, desde los seres más altos y perfectos hasta los más bajos. Está sobre todo: los más altos no llegan a la divina Bondad ni los más bajos escapan a su dominio. Ilumina todas las cosas que pueden recibir su luz, las crea, da vida, mantiene en su ser y perfecciona. De ella todas reciben medida, tiempo, número y orden. Su poder abraza el uni­verso, es causa y fin de todo.

El gran Sol, siempre luciente y espléndido, es imagen donde se manifiesta la Bondad divina, eco distante del Bien. Ilumina todo lo que puede recibir su luz sin perder nada de su plenitud. Difunde sus rayos fulgurantes a lo alto y a lo bajo de todo el mundo visible. Si algo no participa de su luz, no es porque ésta sea deficiente en modo alguno; sería debido a la incapacidad o impedimento proveniente del objeto.

Ciertamente. Hay muchas cosas que la luz no ilumina mientras que brillan otras más lejanas. Nada hay en este mundo visible adonde llegue el sol con la porten­tosa fuerza de su resplandor. Es más, está en los orígenes de los cuerpos visibles, favorece la vida, los alimenta y hace crecer, los perfecciona, los purifica y renueva. Es medida y número de las estaciones y de los días y de todo nuestro tiempo. Era esta luz informe la que, según el santo Moisés, distinguió los tres primeros días en el principio'.

La Bondad atrae hacia sí todas las cosas, por dispersas que estén, pues es Fuente divina y principio de unidad. Todo tiende hacia ella como a su fuente, su objetivo y cen­tro de unidad. El Bien, como dice la Escritura, creó todas las cosas y es en definitiva la Causa perfecta. "En ella todas subsisten", se fundan y perseveran como en un poder receptáculo. Todo retorna al Bien como a su fin. Todas las cosas lo desean: por el conocimiento, las espiri­tuales y dotadas de razón; por la sensación, las dotadas de sensibilidad; por el movimiento innato del apetito vital, las que no sienten. Las que carecen de vida y solamente exis­ten propenden a cierta participación de la esencia del Uno.

Así ocurre con la luz, visible imagen de Dios. Atrae y vuelve hacia sí todas las cosas: las que se ven, las que se mueven, las que se iluminan, las que se calientan y, en general, todo aquello que alcanzan los rayos luminosos. De ahí le viene el nombre de sol, Odos, porque todo lo reúne, esto es, lo conserva y lo concentra.

Por eso, los seres que sienten buscan la luz para ver, para moverse, para ser iluminados, para calentarse y, en general, para que la luz los conserve en su ser. No digo esto como creía la Antigüedad, que consideraba al Sol como Dios, el autor del universo, que gobierna con rectitud el mundo que vemos. Pero sí afirmo que "desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divini­dad, son conocidos mediante las obras''.

De todo esto se trata en la Teología simbólica. Aquí me limito a celebrar el término "luz" inteligible aplicada al Bien. Se llama luz intelectual al Bien porque ilumina toda inteligencia supraceleste y porque con su luz arroja toda ignorancia y error que haya en el alma. Purifica los ojos de la inteligencia ahuyentando la bruma de igno­rancia que los envuelve; despierta, abre los párpados cerra­dos bajo el peso de las tinieblas.

Les concede primero un mediano resplandor; luego, cuando los ojos se han acomodado a la luz y la ape­tecen más, les va dando con mayor intensidad, "porque amaron mucho'". Después no cesa de estimularlos a avan­zar a medida que ellos se esfuerzan por elevar su mirada a las alturas.

Se llama "luz de la mente" aquel Bien que está sobre toda luz, como manantial de luz y foco desbordante. Con su plenitud inunda de luz toda inteligencia, sea en este mundo, en el universo o en los cielos. Todas las cosas se renuevan con tal luz. En su inmensidad las contiene todas; a todas precede y supera por su trascendencia. En El todas se agrupan, y contiene en su simplicidad todo principio de iluminación, pues es fuente de luz y la tras­ciende. Es más que luz, y en este bien se concentra toda razón e inteligencia. Como la ignorancia dispersa a los que yerran así, la presencia de luz en la inteligencia reúne a cuantos la reciben. Los perfecciona, los dirige al Ser que es de verdad. Los aparta de muchos errores, los llena de luz unificadora. Concentra su variedad de opiniones en un verdadero, puro y simple saber. Lo llena todo de luz unificadora.

7. Los teólogos alaban y ensalzan este Bien. Lo llaman Hermoso, Hermosura, Amor, Amado. Le dan cualquier otro nombre divino que convenga a esta fuente de amor y plenitud de gracia.

Hermoso y Hermosura se distinguen y unifican en la Causa que todo lo unifica. En todo ser distingamos la cua­lidad, que es participada, y el objeto, que la participa. Lla­mamos hermoso a aquello que participa de la hermosura y llamamos hermosura a la participación de la causa que la produce en las cosas.

Pero llamamos Hermosura a aquel que trasciende la hermosura de todas las criaturas, porque éstas la poseen como regalo de El, cada una según su capacidad. Como la luz irradia sobre todas las cosas, así esta Hermosura todo lo reviste irradiándose desde el propio manantial. Hermo­sura que llama todas las cosas a sí misma. De ahí su nombre Kalos, es decir, hermoso, que contiene en sí toda hermosura.

Se le llama Hermoso, pues lo es bajo todos los aspectos: contiene y excede toda hermosura. Hermoso eternamente, invariable. No nace ni perece, no aumenta ni disminuye. No es amable en un sentido y desagradable en otro, a veces hermoso y otras no; para unos hermoso y para otros feo, ni distinto en uno u otro lugar. No. Es constantemente idéntico a sí mismo, siempre hermoso. En El estaba en grado eminente toda hermosura antes de que ésta existiese. El es su fuente.

Nada hay hermoso que no haya brotado de aquella simplicísima Hermosura, su fuente. De esta Hermosura proceden todas las cosas, bellas cada cual a su manera. La Hermosura es causa de armonía, de amistad, de comunión; todo lo une y es fuente de todo. Es principio, Causa efi­ciente que mueve el universo y lo sostiene. Todas las cosas llevan dentro el deseo de hermosura. Va delante de todas como Meta y Amor a que aspiran, Causa final que todo lo orienta, pues es modelo al que nos configuramos y con­forme al cual actuamos por deseo del Bien.

La Hermosura se identifica con el Bien. Todos los seres, sea cual fuere lo que los induce a obrar, buscan la Hermosura y el Bien. No hay nada en la naturaleza que no participe del Bien y de la Hermosura. Me atrevería a decir que aquello que no es participa también de la Hermosura y del Bien, porque es bueno y hermoso dirigirse al Bien supraesencial por vía de negación.

Esto -el Uno, el Bien y la Hermosura- es causa singu­lar de multitud de bienes y hermosuras. Gracias a esto, todas las cosas subsisten en su esencia, se igualan y diferen­cian, son idénticas y opuestas, semejantes y diversas; los contrarios se entrelazan y los unidos no se confunden. Gracia a éstos, los seres superiores cuidan de los otros, los iguales se compenetran y los inferiores tienden a superarse conservando el equilibrio de su estabilidad en la unidad. Por esto, todos los seres, cada cual a su manera, están abiertos unos a otros, se comunican entre sí, se com­penetran sin perder su identidad. De ahí la cohesión interna e indisoluble de las partes, la perseverancia en su ser y las renovaciones incesantes.

Las inteligencias, las almas y los cuerpos permanecen a la vez estables y en movimiento. El Bien-Hermosura, siendo trascendente, por encima de todo reposo y movi­miento, fija a cada ser su propia naturaleza y le da el movi­miento conveniente.

8. Dicen que las inteligencias celestes se mueven en sentido circular. Mientras están unidas a los resplandores, no tienen principio ni fin, pues proceden del Bien-Hermosura. Se mueven en línea recta cuando proce­den como guía providente de sus inferiores, dirigiéndolo todo rectamente. Se mueven en espiral cuando, a la vez que cuidan de los inferiores, permanecen idénticas girando siempre alrededor del Bien-Hermosura, causa de su identidad.

El alma también está en movimiento. Movimiento circular cuando entra dentro de sí, se olvida de lo exterior y recoge sus potencias espirituales para que nada la dis­traiga. Es una especie de movimiento giratorio fijo que la hace tornar de la multiplicidad de las cosas externas y con­centrarse en sí misma. Intimamente unidas ya el alma y sus potencias, el movimiento giratorio la levanta hasta el Bien-Hermosura, que trasciende todas las cosas, es uno y el mismo, sin principio ni fin.

Se mueve el alma en espiral cuando, según su capaci­dad, es iluminada con las noticias divinas, pero no por vía de intuición intelectual en plena concentración del alma, sino más bien por razonamiento discursivo, pasando de una a otra idea.

El movimiento es rectilíneo cuando el alma, en vez de entrar dentro de sí misma (lo cual es el movimiento circu­lar, como he dicho), procede por las cosas que la rodean y se levanta de lo externo, como de símbolos varios y múlti­ples, a la contemplación de simplicidad y unión.

El Bien-Hermosura es la causa de estos movi­mientos, de lo sensible, de lo que permanece conservando su reposo y situación y del alma, fundamento de uno y otro. Bien-Hermosura los conserva y dirige por encima 'de todo reposo y movimiento. Es la fuente, el ori­gen, el conservador, la meta y el objetivo del reposo y el movimiento. El ser y la vida del alma vienen de El, del mismo Bien-Hermosura de donde proceden lo pequeño y lo grande y lo mediano de la naturaleza, la medida y pro­porción de todas las cosas, armonías, conjuntos, las partes y el todo, lo universal y lo múltiple, el entrelazamiento de las partes, la síntesis de la multiplicidad, la perfección de conjuntos. Bien-Hermosura de que proceden la cualidad y cantidad, grandeza, infinitud, conglomeración y distin­ción, lo limitado y las limitaciones, los órdenes, las excelen­cias, elementos y formas, todo ser, poder, actividad, hábitos, sentido, razón, inteligencia, tacto, ciencia y unión.

En breve. Todo cuanto existe procede del Bien-Hermo­sura, en él está y se dirige a él. Es el motor de todo y todo lo conserva. Por gracia de El, por El y en El está todo princi­pio ejemplar, final, eficiente, formal, material. En una palabra: todo principio, toda conservación, todo fin, todo cuanto existe procede del Bien-Hermosura. Y aun lo que no existe está supraesencialmente en el Bien-Hermosura, que es el principio más que principal de todas las cosas y fin más que perfecto, "porque de El, y por El, y para El son todas las cosas", como dicen las Escrituras.

Por eso, todas las cosas deben desear, anhelar y amar al Bien-Hermosura. Por El y para El los inferiores aman a los superiores, los iguales aman y se comunican con sus seme­jantes, los superiores se ocupan de los inferiores. Todos y cada uno miran por sí mismos y se estimulan en hacer con perfección lo que hacen con los ojos puestos en el Bien-Hermosura.

Más aún. Nos atrevemos a decir realmente que la Causa de todas las cosas, por la sobreabundancia de bondad, todo lo ama, perfecciona, conserva y torna hacia sí. El deseo amoroso de Dios es Bondad que busca hacer el Bien para la misma Bondad. Deseo creador de la bondad del universo, preexistía sobreabundante en el Bien y no quedó en El encerrada. Le indujo a usar de la abundancia de su poder para crear el mundo.

11. No piense nadie que al ensalzar el término "deseo amoroso" vamos contra las Escrituras. Creo que seria insensatez absurda fijarse en la formalidad de las palabras más que en la fuerza de su significado. Nunca debe obrar así la persona que busque entender las realida­des divinas. Así proceden quienes se interesan únicamente por oír superficialmente sonidos y no quieren entender el sentido de las palabras o cómo se pueda valorar el signifi­cado con expresiones similares. Son gentes que se conten­tan con líneas y letras sin sentido, sílabas y frases incom­prensibles, que en manera alguna llegan al alma. No son más que sonidos en sus labios y oídos.

Como si fuera un error decir que dos y dos son cuatro, que línea recta es lo mismo que derecha, patria es lugar del nacimiento. Como si estuviera mal cambiar unas palabras por otras que significan lo mismo exactamente. Lo que debemos entender es que empleamos letras, sílabas, escritos y frases en razón de su significado. Por eso, cuando el alma, guiada por las potencias intelectivas, está centrada en el objeto del conocimiento, resulta inútil la operación de los sentidos. Lo mismo sucede al entendimiento cuando el alma, hecha ya deiforme por unión desconocida, con los ojos cerrados se adhiere a los rayos desprendidos de aque­lla "luz inaccesible"".

En cambio, cuando el entendimiento, cen­trándose en la perfección de los sentidos, se levanta a la contemplación de lo inteligible, da especial importancia a las sensaciones más precisas, a las palabras más claras, a la mayor distinción con que ve las cosas. Porque no están claras las cosas que caen bajo los sentidos, no podrán éstos transmitirlas debidamente al entendimiento.

Si por hablar así pareciere que tergiversamos el sentido de las Santas Escrituras, quienes no están de acuerdo con la expresión "enamorarse" escuchen lo que sigue: "Amala y ella te custodiará. Tenla en gran estima y ella te ensalza­rá". Tengan en cuenta, además, otros muchos pasajes que alaban la expresión "enamorarse" de Dios.

12. A algunos de los nuestros que tratan de las Sagradas Escrituras les ha parecido que "enamorarse de Dios" es más divino que simplemente "amar a Dios". San Ignacio escribe: "Han crucificado a aquel de quien yo estoy enamorado". Y en los libros que introducen a la Sagrada Escritura hay uno que dice de la Sabiduría: "Pro­curé desposarme con ella, enamorado de su hermosura".

Por tanto, no temamos emplear la expresión "enamo­rarse de Dios" y no nos alteremos por lo que alguien pueda decir de ambos nombres. Creo que "enamorarse de Dios" y "amor de dilección" lo usan los teólogos en el mismo sen­tido. Añadieron que, al hablar de Dios, se trata del verda­dero amor. Porque la gente usa la palabra "amor" en sentido peyorativo. Nosotrol, en conformidad con las San­tas Escrituras, alabamos la expresión "amor verdadero" y la consideramos apta en relación con Dios. Otros, en cam­bio, llevados de su natural inclinación, tendieron a pensar en el amor apasionado, corporalmente compartido. Eso no es verdadero amor; es una sombra, una caricatura del amor auténtico. El hecho es que la gente no comprende la espiritualidad del amor divino, y por eso la expresión "enamorarse de Dios" les parece ofensiva. Por lo cual, se atribuye a la Sabiduría, a fin de que el vulgo llege a enten­der el veradero amor y deje de interpretarlo en el peor de los sentidos.

Sabemos bien que mucha gente de baja estofa piensa que hay algo absurdo en este versículo encantador: "Tu amor era para mí dulcísimo, más que el amor de las mujeres". Para quienes escuchan con entendimiento la pala­bra de Dios, el simple término "amor", tal como lo emplean los autores sagrados para manifestar los misterios divinos, tiene el mismo sentido que "enamoramiento". Ambos quieren decir lo mismo: unión, alianza, con espe­cial referencia al Bien y Hermosura eternos. Procede del Bien-Hermosura, gracias al mismo Bien-Hermosura. En­trelaza las cosas iguales, inclina las superiores a cuidar de las inferiores y hace que éstas tiendan a las más altas.

13. Enamorarse de Dios lleva al éxtasis, pues quienes así aman están en el amado más que en sí mismos. Así se manifiesta en el amor que prodigan los de clase más alta a los más bajos. Asimismo lo demuestran los iguales por la unión que reina entre ellos. Lo que está más bajo se torna hacia lo más alto. Por eso el gran Pablo, arrebatado por su encendido amor a Dios y preso de poder extático, dijo estas palabras inspiradas: "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí". Pablo estaba realmente enamorado, pues, como él dice, salía de sí mismo por estar con Dios. No contaba más con su propia vida, sino con la de aquel de quien él estaba enamorado.

Y hay que atreverse también a decir en honor a la ver­dad que el mismo Autor de todas las cosas vive fuera de sí por su providencia universal, por puro enamora­miento de las cosas. La bondad, amor y enamoramiento le seducen hasta hacerle salir de su morada trascendente y descender a vivir dentro de todo ser. Procede así en virtud de su infinito y extático poder de permanecer al mismo tiempo dentro de sí. Por lo cual, los que entienden de lo divino, llaman a Dios celoso, pues está poseído de un grande y misericordioso amor hacia todos los seres, y sus­cita en ellos el mismo celo. Así se muestra Dios celoso, pues siempre se siente celo por ló deseado. Al proveer en bien de todas las criaturas está probando su celo.

En conclusión. Podemos decir que el Bien-Hermosura es a la vez el amado y el amante. Tales propiedades existen en el Bien-Hermosura y por eso todo bien procede de El y se hace para el Bien-Hermosura.

14. Sin embargo, ¿por qué los teólogos hablan de Dios unas veces como enamorado y amante, y otras como el deseado y amado? Por un lado, El causa, produce y origina el amor. Bajo otro aspecto, El se muestra a la vez activo y pasivo, origen y término del movimiento. Por eso le llaman Amado y Deseado, por cuanto es Bien-Hermosura, y luego el Enamorado y Amante porque con su poder mueve y levanta todo hacia sí. En fin de cuentas, El es el Bien-Hermosura, el Uno que hace revelación de sí mismo, benéfica procesión de su unidad trascendente. Es Deseoso cuando simplemente se mueve a sí mismo, actúa por sí mismo, preexiste en el Bien hacia todo ser y luego regresa hasta el Bien. En este sentido se manifiesta excelen­temente que el amor divino no tiene principio ni fin. Como un círculo eterno moviéndose desde el Bien, por el Bien, en el Bien y hacia el Bien. Círculo perfecto, siempre en el mismo centro, la misma dirección, el mismo cami­nar, el mismo retorno hasta su origen.

Todo esto lo ha explicado también divinamente aquel mi ínclito maestro en sus Himnos amatorios. Merece la pena que los recordemos aquí añadiéndolos a este nuestro dis­curso sobre el amor, como un capítulo sagrado al final de cuanto vengo diciendo sobre el Deseoso.

Palabras de Hieroteo, varón santísimo, en los Himnos amatorios. "Cuando nos referimos al deseo amoroso, bien se trate del divino, del angélico, del espiri­tual, del animal, del natural, debemos entender que es una fuerza o facultad unificante y entrelazadora que, sin duda, mueve a los seres superiores a cuidarse de los inferiores y a mantenerse en comunión los que son iguales y a que los inferiores tiendan hacia los más altos y relevantes".

Del mismo autor y de la misma obra: "He tratado ordenadamente de los varios deseos amorosos que se derivan del Uno. He descrito la naturaleza, conocimiento y poder propios de los deseos amorosos, correspondan o no a este mundo. Según el criterio que llevamos, se destacan los deseos amorosos de los órdenes y distinciones que forman los seres racionales y espirituales. Sobresalen los deseos amorosos más bellos, realmente divinos, que brotan espontáneamente. Los hemos alabado como es debido. Pero ahora voy a tratar de nuevo sobre los mismos deseos amorosos concentrándome en el único Amor de­seoso, que contiene todos en sí mismo. Ante todo, reduzca­mos a dos las potencias de los deseos amorosos. Sobre todas tiene primacía y manda la Causa irreprochable de todo deseo amoroso. Es en verdad el fin último que se afa­nan por alcanzar lo mejor que pueden todas las cosas en todo lugar".

17. Del mismo autor y de la misma obra: "Reunamos de nuevo todos éstos en uno solo y digamos que no hay más que un poder simple, a impulsos de sí mismo, que todo lo dirige a la unidad. Procede del Bien y llega hasta las criaturas inferiores. Luego retorna por la misma escala hasta el Bien. Y así sucesivamente en eterno círculo desde sí mismo, por sí, sobre sí y hacia sí mismo".

18. Objetará alguno: "Si el Bien-Hermosura es algo que todos desean, gustan y aman, pues, como he dicho, incluso lo que no existe en cierto modo pugna por concentrarse en El, forma de las cosas que carecen de ella y ser supraesencial que contiene incluso lo que no existe todavía. Si en el Bien-Hermosura están todas las cosas, ¿cómo es posible que la caterva de demonios no lo apetez­can? Y lo que es peor, ¿cómo en realidad prefieren lo mate­rial, y, perdida la condición angélica de tender siempre hacia el bien, son causa de todo mal para sí mismos y para los demás que ellos seducen? ¿Cómo es posible que los demonios, que tienen pleno origen en el Bien, carezcan de todo bien? ¿Qué es lo que los ha depravado? ¿Qué es real­mente el mal? ¿De dónde proviene? ¿Dónde está? ¿Por qué el Bien decidió que exista el mal? ¿Y cómo pudo realizar su decisión? Más aún: si el mal tiene otro origen, ¿qué otra causa de las cosas existe, además del Bien? Y pues existe la Providencia, ¿cómo es posible el mal, cómo nace, por qué no lo acaba? ¿Cómo es posible que algunas cosas prefieran el mal al bien?

19. Quizá ante las dificultades haya alguien que hable así. Pero ahora le ruego considere la verdad de las cosas y de antemano le aseguro: el mal no procede del Bien, por­que si de El procediera no sería mal. El fuego no nos enfría. De igual modo el Bien no produce el mal.

Si todo cuanto existe procede del Bien, y el Bien naturalmente produce y conserva mientras que el mal destruye y corrompe, nada de cuanto existe procede del mal. No existe el mal absoluto, porque se destruiría a sí mismo. Y si el mal no es del todo mal, tiene algo de Bien en sí, lo cual es causa de todo cuanto hay de ser en el mal. Si los seres todos tienden al Bien-Hermosura, si actúan bus­cando lo bueno, si todas sus intenciones se centran en el Bien como principio y como fin (pues nadie hace el mal por el mal, sino buscando algún bien), ¿qué sitio le queda al mal entre las cosas que existen, y cómo es posible que exista si carece totalmente de orientación hacia el Bien? Porque realmente si todas las cosas proceden del Bien, el Bien es supraesencial a todas las cosas, las cosas mismas que no tienen existencia existen ya en el Bien que supra-esencia.

El mal no existe. Si existiese no sería total­mente mal. Ni es tampoco un no-ser, pues nada hay que sea completamente no-ser, excepto cuando se dice que está sobresencialmente en el Bien. Porque el Bien se sitúa mucho más allá y es anterior al simple ser no-ser. El mal, en cambio, no existe ni en las cosas que son ni en las que no son, por lo mismo que carece de esencia. El mal dista del Bien más que el no-ser.

¿De dónde, pues, procede el mal?, dirá alguno. Si el mal no existe, la virtud y el vicio serán exactamente iguales, considerados en su totalidad o en sus partes. Cuanto se oponga a la virtud no será malo. Pero vemos que a la moderación se opone el exceso y a la justicia la injusticia. Y no quiero decir que estas contrariedades sean debidas a la persona de donde proceden, justa o injusta, moderada o intemperante. No. Mucho antes de que se puedan ver en el hombre lo bueno o lo malo existe ya en el alma la distin­ción entre virtud y vicio y el conflicto entre pasión y razón. Admitamos, pues, que hay algo contrario al Bien, y esto es el mal. El Bien no se opone a sí mismo. Procede de una sola fuente, único principio, y por eso goza de la comunión, uni­dad y concordia. Un bien menor no es enemigo del mayor, como lo que tiene menos calor no se opone a lo más caliente. Por tanto, el mal existe. Está en las cosas que tienen ser. Es opuesto y contrario al Bien. Si destruye cosas que han sido, no por eso deja de ser lo que es. Retiene el ser y lo transmite a cuanto de él nace. Pues ¿no sucede frecuentemente que la corrupción de una cosa es genera­ción de otra? Por tanto, el mal así considerado contribuye a la perfección del universo y por su verdadera existencia lo libra de imperfección.

20. A todo esto contesta la recta razón diciendo que el mal, en cuanto es mal, en nada contribuye a la esencia o generación de las cosas, y que en cuanto está a su alcance, no hace más que dañar y destruir la sustancia de los seres. Y si alguien dijere que de esta manera el mal contribuye a la generación de las cosas, puesto que la corrupción de una sirve para la generación de otra, habría que responder: no contribuye a la generación en cuanto es corrupción. El mal en cuanto tal no hace más que corromper y perver­tir. Del Bien proceden el ser y el devenir. Es decir, el mal por sí mismo no es más que fuerza destructora, pero es fuerza productora mediante la actividad del Bien. Por tanto, el mal en cuanto tal no es ser ni produce ser. Mediante la actuación del Bien, el mal es un ser, un buen ser, y produce cosas buenas.

Por supuesto, no podemos decir que una misma cosa es buena o mala bajo el mismo aspecto. Ni podemos decir que una sea la misma potencia destructora y constructiva del mismo ser bajo el mismo aspecto. Nada puede ser al mismo tiempo corrupción y destrucción. Por tanto, el mal por sí mismo no es el ser, ni bien. No tiene capacidad de producir ser alguno, ni bueno ni malo. Mientras que el Bien, dondequiera esté en plenitud, hace las cosas perfec­tas, sin mancha, íntegras. Las que participan menos del Bien son cosas buenas, pero imperfectas y mezcladas, según sea la providencia del Bien. El mal, pues, no es ni hace ningún bien.

Una cosa es más o menos buena según que se acerque más o menos a Dios. La Bondad perfecta se extiende por todas las cosas; no sólo se difunde por las óptimas esencias que le son cercanas. Llega hasta lo más bajo y remoto. Totalmente presente en algunos seres, en otros menos y mínima en otros, según la capacidad que cada cual tiene para recibirla.

Las hay que participan plenamente del Bien, otras más o menos privadas de El, algunas participan débilmente y, por último, están las que reciben apenas un vestigio del bien. Porque si el Bien no llegase a cada una de ellas, en la medida de su capacidad, las más antiguas y sagradas quedarían en último lugar. Y ¿cómo podría suce­der que todas participasen uniformemente del Bien, cuando algunas de ellas no están bien dispuestas para la plena par­ticipación del mismo? Mas ahora, "la excelsa grandeza de su poder" se pone de manifiesto en el hecho de que corro­bora de vigor a lo más débil, en cuanto participa de tal poder. Y me permito decir con toda verdad que los mismos seres que la rechazan reciben de El su poder de rebelión.

En resumen. Todas las cosas, por el mero hecho de ser, son buenas y proceden del Bien. Son deficien­tes en ser y bondad, según que estén más o menos alejadas del Bien. Cuando se trata de otras propiedades, como el frío y el calor, las cosas que estaban calientes pueden quedar frías. En realidad, hay seres que no dejan de ser lo que son aunque no tengan vida ni inteligencia.

Cierto. Dios mismo no está sujeto a ser. Está por encima de todo ser, porque es supraesencial. Todo ser, aunque pierda sus propiedades o nunca las haya tenido, no por eso pierde su razón de ser. Pero lo que esté absolutamente pri­vado del Bien, jamás tuvo, ni tiene ni tendrá, ni puede tener, cualquier grado de ser. Por ejemplo, un hombre intemperante. Se priva del Bien en la medida que sus ins­tintos esclavicen la razón. En tal sentido, su ser es defi­ciente y su deseo le lleva a lo que realmente no existe. Sin embargo, tiene cierta participación en el Bien, desde el momento que hay en él un eco del amor y de la uni­dad auténticos. La ira también participa del Bien por lo mismo que se mueve y desea corregir aquellas cosas que parecen malas respecto a lo que lleva en sí la apariencia de ser mejor. Incluso la persona que desea vida perversísima busca algo que le parece bueno. Así participa del Bien deseando una vida que -a mi juicio- parece digna. Si se prescinde absolutamente del Bien no habrá esencia ni vida, ni apetito ni movimiento, ni otra cosa alguna.

No es el poder del mal lo que hace renacer después de la destrucción. El Bien, aunque sea pequeño, es el principio de renacimiento. La enfermedad es un defecto del orga­nismo, pero no de todo él, porque si el organismo desapare­ciere del todo, tampoco sería posible la enfermedad. La enfermedad existe, permanece. Su existencia, sin embargo, es de ínfimo grado, mínima presencia del ser. Lo que carece, pues, de bien no es nada ni existe en las cosas que son; lo que está mezclado con otros seres, en ellos existe gracias al Bien, y en tanto existe en ellos en cuanto participa del Bien. Más claro: todo cuanto existe es más o menos ser, en la medida que participe del Bien, porque, en relación al ser, lo que carece completamente de ser es pura nada. Pero aquello que en parte es y en parte no es no existe en cuanto se apartó del Ser que es siempre. Pero en la medida que participa de aquel Ser, realmente existe, y gracias a esta participación se conservan y mantienen jun­tamente lo que hay de ser y no ser.

Lo mismo ocurre con el mal. Lo que se apartó total­mente del Bien no tiene existencia ni entre las cosas más o menos buenas. Aquello, en cambio, que en parte es bueno y en parte menos bueno, se opone en parte al Bien, pero no a todo el Bien y, por tanto, permanecerá en el ser por su parti­cipación parcial del Bien. De ese modo, el Bien pone sub­sistencia donde hace falta, al ofrecer plena participación de sí mismo. Si desapareciera por completo el Bien, no que­daría nada enteramente bueno o bueno a medias. Ni siquiera el mismo mal. Porque si el mal es un bien imper­fecto, desaparecería todo bien, perfecto o imperfecto. Ha­brá mal y será visible por contraste con aquello a que mezclado se opone. Donde todo es íntegramente bueno, el mal no existe. Es totalmente imposible que una cosa sea y no sea al mismo tiempo bajo el mismo aspecto. Por consiguiente, el mal no es ser.

21. El mal tampoco está en las cosas, porque si todas proceden del Bien y en todas está el Bien y ellas en él, no hay lugar para el mal en las cosas que son, pues si lo hubiera, el mal estaría en el Bien. Pero el mal no puede estar en el Bien como no puede el frío estar en el fuego. Ni el mal es compatible con la fuerza, que tiene poder para cam­biar el mal en bien.

Supongamos que el mal está en el Bien, ¿cómo puede estar en él? ¿Porque procede del Bien? Eso es absurdo, imposible, pues, como dice la Escritura: "No puede el árbol bueno dar malos frutos", ni al contrario. Y si no procede del Bien, es claro que se origina de otro principio o causa. O sea, que el mal procede del Bien o el Bien procede del mal. Y si esto fuere imposible, tanto el Bien como el mal proce­derían de otro principio o causa. Es imposible que dos cosas sean único principio. La unidad es principio de toda dualidad. Es asimismo absurdo que de una sola y misma cosa procedan y existan dos enteramente contrarias y que el mismo principio no sea ni simple ni único, sino dividido y doble en contradicción consigo mismo.

Más aún. Es imposible que los seres tengan dos princi­pios, opuesto el uno al otro y siempre en conflicto. Si esto fuera así, Dios mismo no estaría tranquilo ni libre de molestias, pues habría algo que le perturbaría. Además, todas las cosas estarían desordenadas y en continua lucha.

El hecho es que los santos teólogos cantan himnos de alabanza al Bien porque da amistad y paz a todos los seres. Por eso todos los bienes se muestran amables y están en armonía, pues proceden de la misma Vida. Se orientan hacia el único Bien, semejantes, plácidos y ama­bles entre sí. Por tanto, el mal no está en Dios, ni es divino, ni viene de Dios. Si Dios fuera autor del mal habría que decir que Dios no es bueno, que El no es quien crea lo bueno. Si El es quien hace todo, hará unas veces lo malo y otras lo bueno. Si ésta es su manera de obrar, habría en El cambio sustancial y aun respecto a lo que es en El más divino: el ser Causa universal. Si el Bien fuese en Dios sola­mente una parte de su sustancia, Dios sería al mismo tiempo ser y no ser. No ser siempre que se aparte del Bien. Evidentemente, si el Bien que hay en Dios no es más que una simple participación del Bien, el Bien de Dios le ven­dría de otra parte, no de sí mismo. Dios lo tendría unas veces y otras no.

22. En conclusión. El mal ni procede de Dios, ni está en Dios de manera  absoluta ni por algún tiempo. Tampoco en los ángeles hay mal. Porque si el ángel bueno anuncia la bondad divina, él mismo participa de su misma bondad en segundo rango, pues su mensaje es anterior y causa del mismo ángel. El ángel es imagen de Dios. Es una manifestación de la luz oculta. Es un espejo puro, bri­llante, limpio, inmaculado, que recibe, si es lícito hablar así, toda la hermosura de la bondad deiforme y haciendo fulgurar en sí mismo, en cuanto es posible, la bondad del Silencio inaccesible. Por eso, en los ángeles no hay mal. Son "malos" porque castigan a los pecadores, dirá alguno. Naturalmente, en este sentido serían malos quienes corri­gen a los delincuentes. Serían malos los sacerdotes que prohiben a los profanos participar en los misterios sagra­dos. No está, pues, el mal en castigar, sino en hacerse mere­cedor del castigo. No está el mal en apartar a los profanos de los misterios sagrados, sino en estar mancha­dos con delitos y hacerse indignos de lo sagrado.

23. Ni aun los demonios son malos por naturaleza; porque si lo fueran no procederían del Bien ni existirían en el universo. No habrían podido apartarse del Bien si hubie­sen sido siempre esencialmente malos. Por lo demás, ¿son totalmente malos consigo mismos o lo son para otros? En el primer caso, se perjudican a sí mismos. Si lo son para otros, ¿cómo dañan y qué destruyen? ¿La esencia, el hábito, el acto? Si destruyen la esencia, quede claro ante todo que no pueden ser destruidas sino aquellas que están sometidas a descomposición. En segundo lugar, el hecho de destruir no es un mal en sí mismo en todos los casos y circunstancias. Además, ningún ser puede ser destruido en cuanto a su esencia y naturaleza. La destrucción es, en efecto, una deficiencia en la constitución natural del ser. Falta de equilibrio en la expresión armoniosa y simétrica del conjunto hasta el punto de no poder seguir siendo lo que es. Pero no es una descomposición total. Si lo fuese habría acabado por completo con el proceso de descompo­sición y con el ser que la padecía. Eso equivaldría a la propia muerte. Se trata, pues, no del mal, sino de la falta de bien. Lo que está absolutamente privado de bien ni siquiera es ser. La misma razón puede darse respecto a la destrucción del hábito y el acto.

Los demonios no pueden ser malos, puesto que deben a Dios su existencia. El Bien crea y conserva los seres bue­nos. Si se dicen malos, no es por razón de su ser en cuanto tal, pues tienen su origen en el Bien y recibieron una esen­cia buena. Su mal está en la falta de ser, como dice la Escri­tura: "No guardaron su principado y abandonaron su propio domicilio". Pregunto: ¿En qué fueron depravados los demonios excepto en el hecho de haberse negado a amar y cumplir bienes divinos? De otro modo, los demo­nios hubieran sido malos por naturaleza, lo habrían sido eternamente. Pero el mal es variable. Si el mal no es perma­nente y los demonios permanecen siempre en el mismo ser, no son esencialmente malos. La permanencia es una propiedad del Bien, y si los demonios no han sido siempre malos, no lo son por naturaleza. Su malicia con­siste en la falta de cualidades angélicas.

Ni tampoco están absolutamente privados de bien en cuanto son, viven, entienden, y queda aún en ellos cierto movimiento de deseo. Se dice que son malos por razón de su flaqueza en actividad natural, no en su ser. La deprava­ción, pues, es el mal para ellos; la ausencia y abandono de aquellas cosas que les son connaturales. Es privación, imperfección, impotencia. Es debilitamiento, caída, ausen­cia de la facultad que los conservaría perfectos.

Pero ¿qué hay de malo, además, en los demonios? El furor irracional, concupiscencia loca, imaginación pertur­badora. Pero esto, aunque se encuentre en los demonios, no lo hay en todos. No todo esto es malo en sí absoluta­mente. Porque en otros seres animados no es la posésión de estas cualidades lo que los lleva a la muerte y, por consi­guiente, al mal, sino la falta de ella. El poseerlas contribuye irrealmente a asegurarles la  vida y vigoriza la natu­raleza de los seres vivientes que las tienen.

Por tanto, los demonios no son malos por cuanto hay en ellos conforme a la naturaleza, sino por lo que de ella les falta. Ni todo el bien que les fue concedido ha desaparecido absolutamente. No. Ellos mismos se apartaron del bien que se les había concedido. Ni tampoco han sido comple­tamente cambiadas las dotes angélicas que recibieron. Se encuentran íntegras y claramente visibles, por más que ellos, en manera alguna, las reconozcan, por cuanto han embotado su poder de ver el bien, ni siquiera en sí mismos.

Todo ser procede del Bien, es bueno y desea lo hermoso y el Bien por el hecho de desear ser, vivir y pensar. Son malos en la medida que están privados de ser, y por desear lo que no es, apetecen el mal.

24. Quizá alguien diga que las almas son malas. Se podrían fundar en que las acosa el mal mientras ellas se esfuerzan por evitarlo. Eso no es malo. Es bueno, procede del Bien, que saca bien del mal.

Pero si decimos que las almas pueden pervertirse, ¿qué otra cosa es esto sino falta en los buenos hábitos y actos, apartarse de ellos por innata fragilidad que desvía del fin? Decimos que el aire que nos rodea se oscurece por deficien­cia en la luz y por su ausencia. Pero la luz es siempre luz e ilumina las tinieblas. Así ocurre con el mal.

El mal, en cuanto tal, no está ni en los demonios ni en nosotros. En realidad es defecto y carencia de perfección en los bienes que nos son propios.

25. Ni hay que buscar el mal en los brutos animales. Suprime el furor, la concupiscencia y demás cosas que llaman naturalmente malas, pero en realidad no lo son. El león, por ejemplo, desprovisto de su fiereza y soberbia, deja de ser león. El perro, si es manso para todos, deja de ser perro, pues lo propio de él es vigilar, dejar que el dueño se acerque y ahuyentar a los extraños. Así es que la incorrupción de la naturaleza en modo alguno es mala; al contrario, el mal está en la corrupción, debilidad, falta de cualidades naturales, como es la actividad y facultades. Y si todo cuanto nace adquiere su perfección con el tiempo, entonces la imperfección no es totalmente contra natura­leza.

26. El mal no está formando parte de la na­turaleza en cuanto tal. Porque si todas las leyes naturales proceden del sistema universal de la naturaleza, no halla­mos nada que las contraríe. Tan sólo en el dominio de lo particular se puede hablar de ir contra naturaleza o confor­me a ella. Con relación a lo que es contra naturaleza, en unos lo es bajo un aspecto y en otros no es así. Es mal en la naturaleza lo que es contrario a ella y la priva de lo que es natural.

Por tanto, la naturaleza no es mala. El mal consiste en la incapacidad que tienen las cosas para alcanzar el más alto grado de perfección a que están llamadas.

27. No está el mal en los cuerpos, porque la fealdad y la enfetmedad son un defecto de forma y carencia del orden debido. Esto no es absolutamente malo, sino me­nos hermoso. Desaparecería por completo el cuerpo si her­mosura, forma y orden se destruyesen por completo.

También es obvio que el cuerpo no es causa del mal en el alma. El mal, para actuar, no necesita estar pegado a un cuerpo, como está claro en el caso de los demonios. El mal, sea en la mente, en las almas o en los cuerpos, es siempre una debilidad y defecto de las propias fuerzas.

28. Ni siquiera puede admitirse aquella sen­tencia común: "En la materia está el mal, en cuanto es mal", porque la materia participa del cosmos, hermosura y forma. Si la materia, privada de esto, por su propia natura­leza no posee cualidad ni belleza alguna, ¿cómo podrá pro­ducir algo si ni siquiera tiene capacidad receptiva? Cierta­mente. La materia no puede ser un mal. Si nunca ha existi­do en modo alguno, entonces no es mala ni buena. Si de alguna manera es, tiene que proceder del Bien, porque todo bien procede del Bien. De este modo, o el Bien produce el mal, y entonces el mal es un bien porque procede del Bien, o el mal produce el Bien, y entonces el Bien es mal porque procede del mal.

Concluimos diciendo que hay dos principios. Pero si hubiera dos, dependerían de algún otro principio único. Y si se dice que la materia fue necesaria para la forma­ción del universo, ¿cómo puede ser mala la materia? Ser malo y ser necesario son dos cosas diferentes. ¿Cómo pue­de el Bien producir algo bueno de lo malo? ¿Y cómo puede ser malo aquello de lo que necesita el Bien? Porque el mal huye de la naturaleza del Bien. Pero ¿cómo la materia, si es mala, engendra y nutre la naturaleza? Porque el mal en cuanto mal nada engendra, nada nutre, nada hace, nada salva. Y si dicen que la materia no causa el mal en las almas, pues sólo las instiga al mal, ¿cómo puede ser eso ver­dad, puesto que muchas almas tienen la mirada puesta de­rechamente en el Bien? ¿Cómo sería esto posible si la mate­ria inclinase las almas irresistiblemente al mal?

Por consiguiente, la materia no es causa del mal en las almas. El mal le viene de cierto movimiento desordenado y pecaminoso. Si dicen que las almas dependen de la mate­ria, pues todo ser que no subsiste por sí mismo necesita de materia inestable, ¿hasta qué punto es necesario el mal? O ¿cómo puede ser malo aquello que es necesario?

29. No decimos que la privación, por su pro­pia fuerza, esté en contradicción con el Bien. Privación to­tal es igual a falta absoluta de poder. La privación parcial tiene su fuerza no en cuanto privación, sino por cuanto no es privación total. La privación parcial de bien todavía no es un mal, y si la privación es total, desaparece la misma naturaleza del mal.

30. En resumen. El Bien procede de una sola e íntegra causa y el mal se origina de muchos y parciales defectos. Dios conoce el mal en lo que tiene de bien. En el bien, las causas del mal son fuerzas para el bien. Si el mal es eterno, creador, poderoso ser y obrar, ¿de dónde le viene [732 A] to­do eso? ¿Del Bien? ¿Del mal producido por el Bien? ¿Proce­den ambos de una tercera causa?

En la naturaleza todo efecto se origina de una causa de­terminada. Entonces el mal, que no tiene causa determina­da, será contrario a la naturaleza. Y lo que es contra natura­leza no existe en la naturaleza, como en el arte no hay lugar para lo que no es artístico. ¿Será entonces el alma la causa del mal como el fuego es causa del calor? ¿Llena el alma de malicia a todo lo que se le acerca? O ¿será que el alma, bue­na por naturaleza, procede a veces de una manera y a veces de otra? Si es mala por naturaleza, ¿de dónde le viene su ser? ¿De la Causa buena, creadora de todas las cosas? Si tal es su origen, ¿cómo puede ser esencialmente mala, ya que todos los efectos de esta Causa son buenos? Si, al contrario, el mal radica en las operaciones del alma, ¿de dónde proce­derían las virtudes? ¿No proceden éstas de un principio inclinado al Bien? Resulta, pues, que el mal es una de­bilidad y falta de Bien.

La causa de todos los bienes es una sola. Si el mal es contrario al Bien, muchas deben ser las causas del mal. No son ni la razón ni la fuerza las causas del mal, sino la impotencia, la debilidad y cierta mezcla desarmoniosa y discordante. Los males no son inmóviles ni siempre se en­cuentran de igual manera. Son múltiples y con infinidad de variaciones. Además, el Bien debe ser el principio y finali­dad del mal y de todos los bienes. Las cosas, buenas y ma­las, se hacen buscando el Bien. Incluso cuando practica­mos el mal pretendemos el bien, pues nadie actúa proponiéndose el mal. Por tanto, el mal no se basa en la sustancia, sino en el simulacro de sustancia, pues al poner­lo por obra se busca el Bien.

Nos vemos obligados a admitir que el mal existe per accidens. Como excrecencia de otro ser, no por propio principio. Su presencia parece justificada porque se hace en función del Bien, aunque en realidad no lo sea, ya que tomamos como bueno algo que no lo es. Claro está que de­sear es diferente de realizar.

El mal, pues, se aparta del camino, está fuera del plan, fuera de la naturaleza, de causa, de principio, de finalidad, de término, de voluntad y de sustancia. El mal, por tanto, es privación, deficiencia, debilidad, desorden, error, irreflexión, ausencia de hermosura, de vida, de inteligen­cia, de razón, de finalidad, de estabilidad, de perfección, de fundamento, de causa. Es indefinido, estéril, inerte, débil, confuso, desemejante, no limitado, tenebroso, insustan­cial. Por sí mismo no existe ni en modo ni en parte alguna.

Entonces, ¿cómo podrá el mal, estando mez­clado con el Bien, hacer algo con perfección? Lo que es to­talmente nada en su mezcla con el Bien carece de ser y de poder, y si el Bien tiene ser, querer, poder y acción, ¿cómo aquello que es su opuesto -falta de ser, de querer, de poder y acción- tiene poder alguno contra el Bien? La razón es porque las cosas malas no son totalmente malas bajo todos los aspectos. Para el demonio, el mal consiste en haberse apartado de la buena inteligencia; para el alma, en actuar contra conciencia; para el cuerpo, en ir contra naturaleza.

33. Dado que hay Providencia, ¿cómo puede existir el mal? El mal en cuanto tal no es ser ni está en las cosas. Además, nada escapa a la Providencia ni hay mal que no esté mezclado con algún bien. Y si no existe ser al­guno que no tenga algo de bien, y el mal es la carencia de Bien, y si ningún ser está completamente desprovisto de Bien, la Providencia de Dios debe estar en todas las cosas sin poder faltar en nada. Y hasta de aquellos que se hicie­ron malos usa misericordiosamente la Providencia para utilidad colectiva o particular.

Por lo cual, no estamos en modo alguno conformes con la infundada idea que tiene mucha gente cuando dice que la divina Providencia debería llevarnos a la virtud, aunque no quisiéramos. La Providencia no va contra naturaleza. Por lo cual, conservando la naturaleza de cada cual, mira por quienes disfrutan de libre albedrío para que actúen por determinación e iniciativa propias, como individuos o co­mo grupos. De manera general y propia de cada uno en cuanto la naturaleza de aquellos a quienes se provee es ca­paz de los beneficios de la universal y fecunda Providencia. Beneficios que son dados a cada uno según su capacidad.

34. Por consiguiente, el mal no es nada ni existe en las cosas. El mal en cuanto tal no se encuentra en ninguna par­te, y su origen se debe a la debilidad, no a un poder. El ser de los demonios es en sí mismo bueno y procede del Bien. Los demonios son malos por la fragilidad de haberse apar­tado de aquel estado permanente de perfección y virtudes propias  de los ángeles. Ellos también desean el Bien, en cuanto apetecen ser, vivir y entender. Buscan lo que no es en la medida que no tienden al Bien. Esto no significa falta de deseo, sino más bien falta de orientación al Bien.

35. La Escritura habla de quienes pecan consciente­mente. Se refiere a quienes son deficientes en el conoci­miento y práctica del Bien. También se refiere la Escritura a "quien, conociendo la voluntad de Dios, no se preparó ni hizo conforme a ella". Es decir, aquellos que, iabiendo oído, son muy débiles en la fe, sea para confiar en el Bien o para practicarlo. Hay algunos de tan mala volun­ad que no quieren conocer cómo obrar el Bien. En suma, mal, como he dicho muchas veces, es debilidad, impo­encia, falta de conocimiento, ignorancia de lo que no se urede menos de saber, deficiencia de fe, de deseo y de prác­ica del Bien.

Pero podrá decir alguno que la debilidad no merece ;astigo, antes bien, es digna de perdón. Esto sería justo si el lombre careciese de fuerza para superar su fragilidad. Pe­o el Bien, como dice la Escritura, da generalmente a cada ino las fuerzas necesarias y, por tanto, no puede excusarse iquel que se aparta del buen hábito de los propios princi­)ios, por perversión, abandono o negligencia.

Todo esto ya lo expuse con detenimiento, según mis fuerzas, en el tratado Del justo y del Juicio de Dios. En aquel piadoso tratado, la verdad de las Escrituras re-laza como impías y necias las razones sofísticas que acu­an a Dios de injusticia y de mentira.

Por ahora, según mis posibilidades, he tributado sufi­4entes alabanzas al Bien, en cuanto es digno de alabanza por ser realmente maravilloso, principio y fin de todas las :osas, Fuerza que todo lo abraza y da forma a la nada. El es a Causa de todos los bienes, sin serlo del mal. Es Providen­;ia y bondad absoluta, que supera todas las cosas, las que ;on tanto como las que no existen. Capaz de transformar In bien los males y lo que está privado de bien. Alabanzas a luien todas las cosas desean, anhelan y aman. A El convie­ien todas las otras cualidades que, a mi juicio, he presenta-lo con rectitud en lo que precede.

CAPÍTULO V

Del ser y de los arquetipos

1. Pasemos ahora al nombre divino del "Ser"', que los teólogos dan a aquel que realmente existe. Pero he de ad­vertir de antemano que no es mi propósito tratar del ser en cuanto es Supraesencia, el cual es inefable, desconocido y por encima de toda unidad. Mi intento es celebrar el proce­so por el cual la absoluta Fuente de toda esencia da ser a to­do ser.

El nombre divino "Bien" revela efectivamente todo el proceso de la Causa universal, que se extiende al ser y al no ser al mismo tiempo que los trasciende. El nombre de "Ser" se dice de todos los seres que son y a todos los trasciende. El nombre "Vida" se extiende a los seres vivientes y a todos trasciende. El nombre "Sabiduría" alcanza a los seres inte­ligentes, que raciocinan, sienten y a todos los trasciende.

2. Me propongo ahora hablar de las deno­minaciones de Dios que manifiestan su divina Providen­cia. No prometo aquí explicar y aclarar la bondad supra-esencial ni la esencia, vida y sabiduría de la Deidad que to­do lo trasciende, como nos dicen las Sagradas Escrituras. Puso su asiento en lo escondido, sobre toda bondad, divi­nidad, ser, sabiduría y vida. Lo que voy a decir se refiere a la misericordiosa Providencia, manifiesta sobre nosotros, Causa de bienes, bondad eminente. La celebro como ser, vida, sabiduría creadora, causa de la sustancia y de la vida. Ella dispensa la sabiduría a los seres que participan de su sustancia, vida, inteligencia, razón y sentido. No pienso que el Bien sea una cosa y el Ser otra, ni que sean distintas Vida y Sabiduría. No digo que haya muchas causas y dife­rentes divinidades, de rango variado, inferior y superior, to­das ellas productoras de diferentes efectos. No; mantengo que hay un solo Dios, único Principio de los di­ferentes atributos. A El convienen los nombres divinos a que me refiero. El primer nombre nos habla de la Providencia universal del único Dios; los otros manifies­tan los distintos modos en que de forma general o concreta actúa providencialmente.

3. Dirá alguno: "Dado que hay más seres que vivien­tes, y que son más numerosos los seres vivientes que los se­res inteligentes, ¿por qué los vivientes se anteponen a los que son meramente seres, los sensitivos a los meramente vivos, a éstos los racionales, a los racionales los espiritua­les, que están más cerca de Dios y en más íntima relación con El? Podría pensarse que cuanto más parte ten­gan en los dones de Dios, más aventajan a los otros y los sobrepujan".

Esto sería correcto suponiendo que los seres inteligen­tes ni tienen ser ni vida. La realidad es que las inteligencias divinas aventajan a los demás seres y viven de manera su­perior a los vivientes. Su entender y conocer es superior al sentido y a la razón. Desean y apetecen el Bien-Hermosura más que los otros seres. Más próximos al Bien, participan y reciben de El mayores dones. De modo semejante, los seres racionales aventajan a los sensitivos simplemente porque gozan de razón. A su vez, éstos aventajan a los meros vi­vientes por el hecho de ser sensibles. Y los vivientes, por su vida, a los demás que no la tienen. Pues, a mi parecer, ésta es la verdad. Las cosas, cuanto más participen de la infinita generosidad de Dios, más cerca están de El y más excelen­tes son con respecto a los demás seres.

[817 C] 4. Puesto que ya hemos hablado bastante de todo esto, hablemos ahora del Bien, como puro ser y causa de todos los seres. Aquel que es y todo lo trasciende en vir­tud de su poder. Es Causa sustancial y autor de todo ser, persona, existencia, sustancia y naturaleza. Es principio y medida de los siglos. El Ser en que se apoya el tiempo y eternidad que abraza los seres. El Ser de todo lo que de al­gún modo es. Devenir de cuanto se sucede. De aquel que es vienen la eternidad, esencia, ser, tiempo, devenir y efectos del devenir. Es aquello que es y cuanto lo sustenta, lo que de algún modo existe y lo que por sí existe. Dios no es cualquiera de los seres. No. Pero de forma simple e in­definible abarca y contiene de antemano en sí todo el ser. Por eso, se llama "Rey de los siglos", pues en El, con El y por su poder todo ser es y subsiste. No fue antes ni será des­pués, ni es un devenir, ni llegará a ser nada. No. El no es un ser. El es el Ser de los seres. No sólo las cosas que son, sino el mismo ser de las cosas, del ser siempre, eterno. Porque El es eternidad de eternidades, que "existió antes de todos los siglos".

5. Repetimos. Todo ser y todas las edades de­rivan su existencia de aquel Ser que fue anterior a todos. De El proceden toda eternidad y tiempo. El es anterior al prin­cipio y causa de toda la eternidad, del tiempo y de todas las cosas. Todas participan de El y El nada abandona. "El es antes que todo y todo subsiste en     En breve, anterior a  todo cuanto existe, en El todo tiene su fundamento y se conserva.

Antes de todas las participaciones de El, se presupone el mismo ser y es el Ser por sí. Es anterior al ser Vida y al ser Inteligencia y al ser Semejante a la misma Divinidad. Todo ser que participe en estas cosas debe antes que nada participar en el Ser. Con mayor precisión: todas aquellas cualidades de que otras cosas participan previamente su­ponen el ser. Considera todo cuanto existe. Nada hay que no sea esencia y tiempo, envoltura con que los cobija el que es por sí. Por eso, Dios, como autor de todas las cosas, es ce­lebrado ante todo como "el que es". En grado eminente existió antes que nada y es fuente de todo ser, pues contiene en sí todo ser. Por lo cual existen los principios de todos los seres y ejercen su función de principios. Primero son. Lue­go sirven de fundamento.

Se puede expresar así. La vida en cuanto tal es el princi­pio de todo ser viviente. La Semejanza de cuanto es seme­jante, la Unidad de lo unido, el Orden de lo ordenado. Y así todo lo demás. Te encontrarás con que todas las de­más cosas participan de una u otra cualidad o de muchas. Lo que ellos tienen primariamente es la existencia, la cual los asegura de su permanencia y de que son fundamento de tal o cual cosa. Existen sólo por participación en el Ser. Con mucha más razón, pues, participan del Ser las cosas que existen gracias a estas participaciones.

Así, pues, el primer atributo de la Bondad suprae­sencial es el don de ser, y con razón así se reconoce. En ella y de ella misma es el Ser por sí y los principios de las cosas y todas las cosas que son o hayan de ser, de cual­quier modo que sean. Esto sin limitación, comprehensiva y singularmente.

La Unidad contiene uniformemente en sí misma todo número. Todo número se halla unido en la Unidad, y cuan­to más de ella se aleja, tanto más se multiplica y divide.

Todas las líneas del círculo existen juntamen­te con el centro por una sola unión y el punto tiene todas las líneas rectas uniformemente unidas entre sí y con el único principio por el cual existen. En el mismo centro se hallan absolutamente unidas, de modo que cuando se separan po­co de éste, también distan más entre sí. Y por decirlo de una vez: cuanto más cercanas estén del centro, tanto más uni­das estarán entre sí; y cuanto más disten del centro, tanto más distarán entre sí.

En toda la disposición del universo, las maneras de ser de toda la naturaleza están ordenadas con una sola misión inconfusa. En el alma están íntimamente uni­das las facultades que proveen a todas las partes del cuer­po. Por eso no tiene nada de absurdo que desde las pequeñas e insignificantes imágenes y ejemplos nos elevemos a la única Causa de todas las cosas y con ojos que ven más allá del universo contemplemos todo unido y uniforme, aun las cosas contrarias entre sí. Porque aquella Causa es el principio de las cosas. De ella provienen el ser mismo y toda clase de seres, todo principio, todo fin, toda vida, toda inmortalidad, toda sabiduría, todo orden, toda congruen­cia, toda potencia, toda conservación, toda fuerza, toda permanencia, toda inteligencia, toda razón, todo sentido, todo hábito, todo estado, todo movimiento, toda unión, to­do conjunto, toda amistad, toda diferencia, toda distinción, toda definición. Todo atributo, que, por el mero he­cho de ser, imprime su sello en todos los demás seres.

8. Además, de esta misma Causa universal provienen todos aquellos seres inteligentes e inteligibles: los ángeles deiformes. De ella proviene también la naturaleza de las almas y la naturaleza del universo, con todas las cosas y cualidades que subsisten en otros objetos o en el proceso de nuestros pensamientos. De allí proceden también aquellos santísimos y muy venerables poderes que tienen la más real existencia, la que constituye, por decirlo así, el vestíbu­lo de la Trinidad supraesencial. De ella proceden, en ella existen y de ella derivan su semejanza divina. Si­guen luego los seres en grado inferior y potencias del últi­mo rango, las que están en el ínfimo lugar con relación a su naturaleza angélica, pues en relación a la humanidad se trata de una forma de existencia aun superior.

Luego están las almas, con todas las demás criaturas. De la misma Causa reciben el ser y el estar bien en que son y están bien. Allí tienen su principio, conservación y finalidad. Aquel que es ante todo da la más alta medida de existencia a los seres más elevados: existencias eternas las llama la Escritura. Pero el Ser en sí nunca está ausente de estos seres, y tal Ser procede de Aquel que es anterior a todo. No es un aspecto del ser; el ser una faceta de El. No es­tá contenido en el ser, sino que El contiene al ser. El es la eternidad del ser, origen y medida del ser. El es anterior a la esencia, a la existencia y a la eternidad. El es la fuente crea­dora, el medio y fin de todas las cosas. Por eso, la Sagrada Escritura llama de muchas maneras a Aquel que es verda­deramente anterior a todo ser. A El propiamente se le atri­buye el pasado, el presente y el futuro. También lo hecho, lo que se hace y lo que se hará.

Todas estas características, cuando se entienden como conviene a Dios, significan que El está sobre todo conoci­miento, que es suprasustancial y Causa de todo aquello que de algún modo es. No tiene una clase de existencia y carece de otra. No. El es todas las cosas por ser la Causa de todo. Es anterior a todo principio y fin de las cosas. Supe­rior a todo porque todo lo trasciende.

Por lo cual, de El se puede predicar cualquier atributo y en realidad no se identifica con ninguno. Es de toda figura y de toda forma, pero sin forma ni hermosura alguna, por­que en su incomprensible prioridad y trascendencia con­tiene anticipadamente los mismos principios, medios y fines de las cosas. El les comunica su pura iluminación, de suerte que todas existen en virtud de esta Causa única e indiferenciada.

El sol que conocemos es uno. Unica luz que actúa sobre las esencias y cualidades de las muchas y variadas cosas que vemos. Las renueva, alimenta, protege y perfecciona. Establece las diferencias entre ellas y las unifica. Les da calor y las hace fructificar. Las renueva, fecunda, da crecimiento, cambia, enraíza y hace florecer. Las aviva y desarrolla. Cada cosa a su manera participa del mismo y único sol, el cual, siendo uno solo, anticipó uniformemente en sí mismo las causas de los muchos que participan de él.

Con mayor razón se ha de conceder ciertamente que todo esto ocurre en la causa del mismo sol y de todas las cosas. Los arquetipos existen previamente en Dios como supraunidad. El es autor de todas las esencias. Lo que lla­mamos "arquetipos o ejemplares" son en Dios las razones esenciales de las cosas, que preexisten en Dios simple mente. La teología las llama "predefiniciones", voluntades divinas y buenas, definidoras y creadoras de las cosas, según las cuales aquel que es Supraesencia predefinió y produjo todas las cosas que son.

9. Puede suceder que Clemente, el filósofo", use el término "ejemplar" con relación a las cosas principa­les, pero su discurso no procede conforme al pro­pio, perfecto y simple nombre. Aun concediendo que habló rectamente, estaríamos obligados a recordar la frase de la Sagrada Escritura: "No te he mostrado estas cosas para que te apegues a ellas"'. Es decir, que mediante el conoci­miento que tenemos de las cosas somos llevados, en cuanto es posible, al conocimiento de la Causa de todas en par­ticular.

Por lo cual, debemos atribuir todos los seres a esta Causa y considerarlos unidos en unidad trascendente. Es a partir del Ser, por movimiento procesivo y productor de esencias, como la Causa alcanza a todas las cosas dándoles plenitud de ser. Se deleita en todos los seres, puesto que todo lo tiene previamente en sí por la excelencia de su sim­plicidad, y rechaza toda duplicidad. Contiene todas las cosas en su simplicísima infinidad y todos los seres partici­pan asimismo de la Causa. A semejanza de un sonido, que, siendo muchos los oídos, todos lo perciben como uno y el mismo.

10. Aquel que preexiste, pues es el Principio y Finalidad de todas las cosas'', es la Fuente por ser Causa; es el Fin, pues El es "para quien todo se hace". El es el límite y la Infinidad de todas las cosas en forma tal que trasciende la contradicción proveniente de esos términos. Como muchas veces he dicho, contiene previamente en un solo principio todas las cosas que son, y las hace existir. Está presente en todos los seres, en todas las partes, según su unidad e identidad. Pasa a través de todo y permanece en sí mismo. Es quietud y movimiento sin ser quietud ni movi­miento. No tiene origen ni medio ni término. No está en nada. No es nada de cuanto existe. El no está comprendido en las categorías de eternidad ni de tiempo, pues trasciende los dos y cuanto éstos contienen. Por El y en El son las cosas que son, la medida de las cosas y del universo.

Pero hablaremos más oportunamente de todo esto en otro lugar'''. Baste por ahora lo dicho.

CAPÍTULO VI

De la Vida

1. Celebremos ahora la vida eterna, Fuente de la Vida que es por sí y de toda vida. Desde ella y por ella se extiende a todos los seres que de algún modo participan de la vida, y de modo conveniente a cada uno de ellos.

La vida y la inmortalidad de los ángeles. Aquella perpe­tuidad de la vida angélica, que excluye toda muerte, pro­cede de la Vida eterna [856 B] y por ella subsiste. Por lo cual se llaman siempre vivientes e inmortales. No son inmorta­les, sin embargo, porque no tienen por sí ser inmortales ni la vida eterna. Es algo que tiene de la Causa creativa, que produce y conserva toda vida. Así como dije, hablando del Ser de los seres, que su tiempo era ser por sí, digo que la Vida divina es por sí vivificadora y creadora de la vida. Toda vida y toda moción vital proceden de la Vida, que está sobre toda vida y sobre el principio de ella. De esta Vida les viene a las almas el ser inmortales, y todo ser viviente, plan­tas y [856 C] animales hasta el grado ínfimo de vida. Como dice la Escritura', suprimida aquélla, desaparece toda vida, y volviendo aquélla, de nuevo se vivifica cuanto había lan­guidecido por separarse de ella.

2. El Ser que es Vida por sí concede primariamente la vida a toda vida y a cada uno el ser vida conveniente a la naturaleza de cada cual. Concede también a las vidas celestiales la inmortalidad inmaterial, deiforme e inmuta­ble, y el movimiento sempiterno, libre de todo error y desviación. Tan sobreabundante es esta bondad. que se ex­tiende hasta la misma vida de los demonios, pues ésta no procede de ninguna otra causa.

Además, da a los hombres, a pesar de ser compuestos. una vida similar, en lo posible, a la de los ángeles. Por la abundancia de su bondad, a nosotros, que estamos separa­dos, nos atrae y dirige. Y lo que es todavía más maravilloso: promete que nos trasladará íntegramente, es decir, en alma y cuerpo', a la vida perfecta e inmortal. Esto parecía a los antiguos cosa contraria a la naturaleza, pero a mí, a ti y a la verdad nos parece cosa divina y sobrenatural. Este es superior a la naturaleza visible, pero no sobre la omni­potencia de la Vida divina. Porque para ésta, cuanto es vida de todas las vidas, y sobre todo para aquellas que son más elevadas por su naturaleza, no hay vida alguna que sea contraria a la naturaleza o sobrenaturaleza.

Por tanto, las locuras y discursos contradictorios de Simón' no han de tener parte con Dios ni tampoco con e] alma espiritual. Porque aquél, aun cuando se creía muy sabio, ignoraba, según creo, que quien posee muy recto jui­cio no conviene que emplee la razón, evidente auxiliar de los sentidos, contra la escondida causa de todas las cosas Lo que él estaba diciendo iba contra naturaleza. Debemos decirle, por eso, que nada hay contrario a la Cause universal.

3. Esta Causa da vida y calor a todas la! plantas. Vive y se sostiene sobre toda vida y preexiste come única Causa de vida, llámese espiritual, racional o intuitiva, de crecimiento o cualquiera que finalmente sea la vide o la conciencia de la vida. No basta decir que esta Vida este viviente, que es Principio de vida, Causa y Fundamente único de vida. Ella es la que lleva a cumplimiento y diferencia toda vida. A partir de esta vida conviene celebrar sus alabanzas, porque ella es la que en su multiplicidad engen dra toda vida gracias a la multiplicidad de sus propio: dones. Conviene, pues, a toda vida el contemplarla y alabarla, porque no le falta nada. Al contrario, está sobre toch vida, vive en sí misma y vivifica toda vida. Todos lo: nombres que podamos tributarle no bastan para alabar esta vida inefable.

De la Sabiduría, Inteligencia, Razón, Verdad y Fe

1. Si te parece, vamos a celebrar la verdadera y eterna Vida, como sabia y como la misma sabiduría, puel trasciende toda sabiduría e inteligencia. No se trata sola. mente de decir que la sabiduría de Dios desborda de manera que "su inteligencia es inenarrable". Existe sobre toda razón y número y está colocada sobre toda inteligen. cia y sabiduría. Esto lo comprendió maravillosamente aquel verdadero hombre de Dios, mi maestro y vuestro que dijo: "La locura de Dios es más sabia que los hombres". Palabras verdaderas, no sólo porque todo humane pensamiento sea una especie de error, comparado con la sólida estabilidad de las inteligencias divinas, sino también porque es cosa sabida que los teólogos acostumbrar referirse a Dios con términos negativos para evitar darle sentido limitado del lenguaje ordinario. Por ejemplo, la Escritura llama "invisible" al que es Luz brillantísima. A que tiene muchos motivos y nombres de alabanza le llama Inefable y Sin Nombre'. Al que está presente a todas las cosas y en todas ellas se encuentra, de modo que pueda ser conocido a través de ellas, le llama el Inaccesible e "Insondable". De este modo se dice también que el santo Apóstol alaba a Dios por su "Locura'''. Parece absurdo y extraño, pero nos enseña con eso la verdad inefable, supe­rior a toda razón. Pero, como he dicho en otro lugar, si entendemos al modo humano aquello que está sobre noso­tros y nos adherimos a los sentidos, con los cuales estamos familiarizados, comparando las cosas divinas con las nuestras, evidentemente nos engañamos. Medimos al Ser divino y la inteligencia inefable por las cosas que exterior­mente aparecen. El hombre tiene capacidad de pensar y penetra lo inteligible y se une a las cosas que son superiores a la misma naturaleza de la inteligencia [865 D]. Esta característica trascendental corresponde a las palabras que usamos para con Dios. No hay que entenderlas en sentido humano [868 A]. Tenemos que salir completamente de nosotros mismos y ser del todo para Dios, pues mucho mejor es ser de El que de nosotros. Sólo en cuanto estamos unidos a El nos vendrán en abundancia los dones divinos.

Alabemos, pues, esta suprema "sabiduría", que no tiene razón ni inteligencia, y digamos que es causa de toda inteli­gencia y razón de toda justicia y conocimiento. De ella es todo consejo, de ella parte toda ciencia e inteligencia y en ella "están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia'''.

Por cuanto queda dicho, está claro que es Causa supre­mamente sabia, Sabiduría sustancial por sí misma y crea­dora de la sabiduría universal y particular.

2. Los inteligentes e inteligibles poderes de las mentes angélicas reciben de la Sabiduría sus simples y santas ideas. No obtienen todos los conocimientos divinos fragmentariamente por sensaciones o raciocinando. Ni están sujetas a percepciones o razonamientos. Libres del peso de la materia y multiplicidad, piensan pensamientos de seño­río. Purificadas de toda materia y pluralidad, captan por intuición en un solo acto los inteligibles divinos. Tienen inteligente potencia y energía que resplandece con in­maculada pureza. Por la carencia de división y de materia, además de la unidad deiforme, se asemejan en cuanto es posible a la divina y más que sabia inteligencia y razón. La cual sucede gracias a la actuación de la Sabiduría divina9 De ella también reciben las almas la facultad de razonar y por eso buscan la verdad de las cosas por medio de ciertos giros y rodeos.

Por la fragmentaria y variada naturaleza de sus múltiples operaciones se hallan en nivel inferior a las inteligencias unidas. Pero cuando desde la variedad se concentran en un solo objeto, entonces se acercan a las inteligencias angélicas, en cuanto esto es posible para las almas. Las mismas percepciones sensibles pueden tam­bién describirse con propiedad como eco de la sabiduría y pueden alcanzar la verdad. También la inteligencia de los demonios, en cuanto inteligencia, procede de la sabiduría Si bien que podemos decir mejor apartarse de la Sabiduría Desde el momento que la inteligencia diabólica se torne empecinada, no sabe cómo alcanzar lo que quiere real. mente ni lo consigue.

He dicho que la divina Sabiduría es la fuente, principio sustancia, perfección, guarda y terminación de la misma Sabiduría, de toda inteligencia, razón y sentidos. ¿Cómo pues, Dios, superior a la Sabiduría misma, es álabadc como sabiduría, inteligencia, verbo y conocimiento? ¿Cómc va a comprender los inteligibles El, si no tiene actividac intelectual? ¿Cómo va a percibir lo sensible El, si está colo. cado sobre todo sentido? Por otra parte, las Escrituras enseñan que Dios todo lo sabe, sin que nada escape a su conocimiento. Pero como muchas veces heme)s dicho, las cosas divinas han de entenderse de modo conveniente a Dios. Cuando decimos que Dios no tiene inteligencia y que no siente, queremos decir que Dios trasciende inteligencias y sentidos. No carece de ellos, sino que lo: posee con sobreabundancia. Por eso atribuimos la taren cia de razón a aquel que está sobre la razón y la imperfec ción; a aquel que está por encima de toda perfección y es anterior a ella. Como atribuimos la oscuridad, que escapa al tacto y a la vista, al que es luz inaccesible, en cuanto excede inmensamente la luz accesible.

Por consiguiente, la inteligencia divina lo comprende todo por medio de cierto conocimiento eminente. Por ser la Causa de todas las cosas, conoce previamente todas las cosas. Conoció los ángeles antes de que fuesen creados. Conoce todas las cosas internamente desde su mismo prin­cipio; por decirlo así, antes de que comenzasen a existir. Creo que es esto lo que significa la Escritura cuando dice: "Dios eterno... ves las cosas todas antes que sucedan". La Mente divina no conoce las cosas a partir de las cosas mismas. Las conoce a partir de ella misma y en ella misma, por ser causa de todo. Posee de antemano noción y ciencia de todas las cosas; no es un conocimiento especí­fico de cada cual. Se trata de un golpe de vista que conoce y contiene todas las cosas en síntesis de causa. Así como la luz, según causa, anticipa la noción de las tinieblas. No conoce las tinieblas a partir de otras cosas, sino en referen­cia a la misma luz.

Así también la Sabiduría divina conoce todas las cosas conociéndose a sí misma. Conoce inmaterialmente las cosas materiales, indivisiblemente las cosas divisibles, uni­tariamente las múltiples. Porque todo lo conoce y lo pro­duce con un solo acto. Porque es cierto que Dios, como Causa única y universal, confiere la existencia a todos los seres, por la misma razón conocerá todo ser, pues procede de El y preexiste en El. No tendrá, por tanto, que partir de los seres para llegar a conocerlos, pues es El precisamente quien da a cada uno de ellos el poder de conocerse a sí mismo y de conocer a los demás.

Por consiguiente, Dios no tiene un conoci­miento propio para sí y otro común para conocer todas las cosas. La Causa universal, conociéndose a sí misma, no podrá menos de conocer las cosas que de ella proceden, de las cuales es su principio. Así es como Dios conoce todas las cosas, no porque le venga el conocimiento a partir de ellas, sino conociéndolas en sí mismo.

La Escritura dice también que los ángeles conocen las cosas terrenas'4 no por noticia que les llegue mediante los sentidos a partir de las cosas, sino por la propia capacidad y naturaleza interna a semejanza del conocer de Dios.

3. Nos preguntamos ahora cómo nosotros podemos conocer a Dios, ya que El no es percibido por los sentidos ni por la inteligencia ni es nada de las cosas que son. Con más propiedad diríamos que no conocemos a Dios por su naturaleza, puesto que ésta es cognoscible y supera toda razón e inteligencia. Pero le conocemos por el orden de todas las cosas, en cuanto está dispuesto por El mismo, y que contiene en sí ciertas imágenes y semejanzas de sus ejemplares divinos, por el cual ascendemos al conoci­miento de aquel Sumo Bien y fin de todos los bienes por camino acomodado a nuestras fuerzas. Pasamos por vía de negación y de trascendencia y por vía de la Causa de todas las cosas.

Así, pues, Dios es conocido en todas las cosas, y como distinto de todas ellas. Es conocido por el conocimiento y la ignorancia. Conocimiento de El es la razón, la ciencia, el tacto, el sentido, la. opinión, el pensamiento, el nombre y todas las demás cosas. Por otra parte, no puede ser enten­dido ni encerrado en palabras, ni cabe en la definición de un nombre. No es ninguna de las cosas que existen ni puede ser conocido en ninguna de ellas. El es todo en todas las cosas y nada entre las cosas. A todos es manifiesto en todas las cosas y no hay quien le conozca en cosa alguna.

Ciertamente. Es correcto usar este lenguaje para hablar de Dios, pues todas las cosas le alaban en su relación de efectos que son de El, causa de ellas. Pero la manera más digna de conocer a Dios se alcanza no sabiendo, por la unión que sobrepasa todo entender. Cuando la inteligencia, apartándose de todas las cosas y olvidándose incluso de sí misma, se une a los rayos que brillan de lo alto, quedando iluminada en aquel imperceptible abismo de la Sabiduría.

No obstante, como ya he dicho, esta Sabiduría es cog­noscible a partir de las cosas. Dice la Escritura que la Sabi­duría ha hecho todas las cosas y las está siempre dispo­niendo. Es la causa indisoluble de todas las cosas, de su armonía y orden. Enlaza siempre el término de cuanto pre­cede con los principios de cuanto sigue. Armoniza la única concordia y consonancia de todo el universo.

4. Las Santas Escrituras alaban a Dios como "Logos" (el Verbo) no sólo porque es dispensador de la razón, de la inteligencia y de la sabiduría, sino porque exis­ten en El previamente las causas de todas las cosas, y El las trasciende por todas partes, penetrando, como dice la Escritura, hasta el fin de todas las cosas. Se emplea este nombre principalmente porque la razón de Dios es simple sobre toda simplicidad y está libre de todo por su plena trascendencia.

El Verbo es la verdad simple y realmente esencial. La fe divina se aplica a El en cuanto es conocimiento puro e infa­lible de todas las cosas. Fe divina que es fundamento sólido para los creyentes, que los confirma en la verdad y ahonda la verdad en ellos, puesto que poseen el conocimiento sim­ple de las cosas que han de ser creídas, con indisoluble identidad.

El conocimiento une las cosas conocidas con el sujeto que las conoce, mientras que la ignorancia es causa para que el ignorante cambie siempre y se contra­diga a sí mismo. Aquel que cree en la verdad, según la Escritura, en nada le apartará del verdadero fundamento de la fe". Allí tendrá la constancia de la identidad incam­biable e inmutable.

Efectivamente, el que está unido a la Verdad sabe bien que va por buen camino, aun cuando muchos le tilden de loco, pues ignoran, como es natural, que aquél, gracias a la verdad de la verdadera fe, está fuera de error. El conoce perfectamente que no está loco'9, como otros imagi­nan; sabe que la posesión de la verdad simple, perpetua, inmutable, le ha librado de la fluctuación inestable del error.

Por eso, aquellos nuestros primeros maestros de la Sabiduría divina mueren todos los días en defensa de la verdad. Dan justo testimonio con sus palabras y ejemplos de que aquel conocimiento singular de la verdad cristiana es para todos tan sencillo como divino. O mejor dicho: lo que ellos prueban es que éste solamente es verdadero, único y simple conocimiento de Dios.

CAPÍTULO VIII

Del Poder, Justicia, Salvación, Redención. Y también de la Desigualdad

1. Los teólogos alaban la Verdad divina, la Sabiduría trascendente, como Poder y Justicia que llaman asimismo Salvación y Redención', nombres que ahora me propongo explicar, en la medida de mis fuerzas.

A mi parecer, cualquier persona instruida y familiari­zada con las Sagradas Escrituras sabe que la Deidad tras­ciende y sobrepasa todo poder real o imaginable. Las Sagradas Escrituras hablan con frecuencia del Señorío de la Divinidad y hacen distinción entre éste y los poderes del Cielo. Entonces, ¿por qué los teólogos alaban como Poder a aquel que está por encima de todo poder? ¿En qué sentido aplicamos a Dios el nombre de Poder?

2. Contestamos así. Dios es Poder porque de antemano contiene en sí todo poder en grado eminente. El es la Causa de todo poder. Da ser a todos los seres con su poder inflexible e ilimitado. El es Autor del mismo ser del Poder tanto universal como particular. Su poder es infinito, porque de El viene todo poder, trasciende todo poder, incluso el poder absoluto. Posee poder sobreabun­dante, que puede producir innumerablemente otros infini­tos poderes. Los ya producidos no disminuyen la eficacia de su poder de producir poderes. Su poder trascendente es inefable, incognoscible, inimaginablemente grande. Todo lo llena con su poder, hace poderosa la debilidad, transformándola plenamente. Como ocurre con las cosas que hie­ren los sentidos: las luces brillantes impresionan los ojos, aun los más débiles; los sonidos más fuertes penetran los oídos ensordecidos. Naturalmente, lo que no oye en abso­luto no es oído, ni es vista lo que no ve nada.

3. El infinito poder de Dios penetra y se extiende por todas las cosas. Nada hay en el mundo que esté absolutamente desprovisto de poder. Tiene que haber alguna manifestación de poder, sea de intuición, razón, percepción, vida, ser. El mismo poder llegar a ser, si es lícito hablar así, recibe su poder ser del Poder sobresencial.

De aquel poder proceden las potencias a semejanza de Dios en los órdenes angélicos. Por él también su estado inmutable y asimismo todas sus espirituales mocio­nes inmortales y perpetuas. Su constancia e indefectible tendencia al Bien viene del Poder infinitamente bueno. Por concesión de éste, poseen la facultad de poder y de ser lo que son, de desear existir siempre y de anhelar el eterno poder.

Los beneficios de este poder inagotable se extien­den también hasta los hombres, hasta los animales y plan­tas y a todo el universo. Este poder corrobora las cosas que están unidas en mutuo concierto y armonía. Para las que están separadas es poder que ayuda a mantener la distin­ción conforme a las leyes naturales y propiedades de cada una sin confusión ni mezcla. Este poder conserva en el bien que le es propio a todos los órdenes y direcciones del universo. Conserva inmortales las vidas inviolables de las unidades angélicas. Conserva inmutables las sustan­cias y órdenes de las luminarias del Cielo y de los astros. Les da ser para siempre. Distingue en su marcha la circun­volución de los tiempos y-los determina con su retorno pe­riódico.

El hace inextinguibles las energías del fuego y perenne la fluidez de las aguas. Limita la expansión del aire, hace que la tierra descanse [892 A] sobre la nada y produzca sin término. Conserva inconfusa e indivisible la congruencia y armonía de los elementos entre sí. Refuerza los lazos entre el alma y el cuerpo. Hace despertar en las raíces las fuerzas para alimentar y crecer las plantas. Dirige los poderes que mantienen las cosas en su ser, y garantiza asimismo la con­tinuidad del mundo. Concede la deificación y para ello dis­pensa, las virtudes necesarias a quienes se hacen seme­jantes a Dios.

En breve. Nada hay en el universo que esté privado de la tutela e influencia del omnipotente poder divino. Porque lo que en general no posee poder alguno ni existe ni es algo ni está en parte alguna.

6. El mago Elimas arguye: "Si Dios es omni­potente, ¿cómo dice tu teólogo que algo es imposible para Dios? Está criticando aquí a San Pablo por afirmar éste que 'Dios no puede negarse a sí mismo.

Al presentar yo esta dificultad temo mucho que alguien me tenga por tonto, pues voy a echar por tierra esos casti­llos de arena, propios de juegos infantiles. Haría yo el ri­dículo por intentar un objetivo inasequible si me propongo explicar este pasaje. Como si se tratase de algo difícil de comprender. Negarse a sí mismo es apartarse de la verdad. La verdad es lo que es. La verdad es ser, y apartarse de la verdad es alejarse del ser.

Si verdad es aquello que es, y si negar la verdad es ale­jarse del estado de ser, seguramente que Dios no puede dejar de ser, no puede menos de ser, que equivale a decir: no puede no ser. La sola ciencia que le falta es la de poder ignorar.

Aquel mago parece no haber entendido esto. Es como los atletas incompetentes, que con frecuencia se proponen adversarios débiles. Se figuran pelear valiente­mente con la sombra de aquellos seres imaginarios, gol­pean el airea al azar constantemente, se hacen la ilusión de que vencen a sus adversarios y se proclaman campeones cuando en realidad no han conocido el valor de sus adversarios.

Por otra parte, aproximándonos, en cuanto sea posible, al teólogo, alabamos a Dios afirmando que es más poderoso que todo poder, el único poderoso, bienaventurado, del reino mismo de la Eternidad, el invencible. Más aún: en su poder trascendente El está sobre todas las cosas y en la supraesencia contiene todas las cosas antes de que existan. El es quien concede poder a todas las cosas, según la afluencia de su poder superabundante. En copioso rau­dal les da el poder ser y el que sean realmente.

Por su justicia también es alabado Dios, porque concede a todos proporción, hermosura, composi­ción, armonía y orden según conviene a todos. Reparte y establece de antemano sus órdenes a todos los seres, según verdadera y justísima deteminación. El es principio de acti­vidad en cada cual.

La justicia divina ordena todas las cosas y las deter­mina, las conserva libres de mezcla y confusión con las demás, concede a todas según corresponde a la dignidad de cada una de ellas.

Siendo esto así, aquellos que critican la justicia de Dios, sin darse cuenta condenan la propia injusticia. Dicen que los mortales deben poseer la inmortalidad, las cosas imper­fectas la perfección, los que se mueven por sí mismos que sean movidos por otros, inmutabilidad a lo que cambia, poder de perfeccionarse a lo débil. Dicen, además, que las cosas temporales deberían ser eternas; las que por natura­leza se mueven deberían ser inmutables; los place­res momentáneos, eternos. En general, que se inviertan los atributos de todas las cosas.

Deben saber que la justicia divina es realmente justicia en cuanto que da a cada uno lo que le corresponde, según sus méritos, y preserva la naturaleza de cada cosa en su orden y potencia propios.

Alguien podría decir que no es propio de la justicia dejar a los buenos sin auxilio frente a las vejaciones de los malos. A esto se ha de responder que si los llamados bue­nos están apegados a los bienes terrenos, entonces les falta sincero deseo de lo divino. Tampoco entiendo cómo pue­den realmente llamarse buenos los que vilipendian las cosas verdaderamente amables y divinas, prefiriendo otras que nunca deberían desear ni amar. Si amasen lo que realmente vale, se alegrarían seguramente en cuanto pudiesen conseguirlas. ¿No se acercarían más a las virtudes angélicas por el deseo de las cosas divinas a medida que se aparten, en lo posible, espiritualmente de los bienes terre­nos y luchen varonilmente con los peligros a que se expo­nen por causa del bien?

Con verdad puede decirse que conviene más a la justi­cia divina el no permitir jamás que decaiga la energía viril de los mejores por la concesión de cosas materiales. Antes bien, ayudarles cuando alguien trate de seducirlos, fortale­cerlos en su admirable y firme perseverancia, darles cuanto convenga a su vocación.

9. También esta divina justicia es celebrada como "Salvación del mundo" en cuanto conserva y guarda, independientemente de los demás, el orden y la esencia propia de cada cosa. Se llama así, además, por ser verda­dera causa de que todas las cosas prosigan su actividad en el mundo.

Y si hay alguno que alabe esta salvación, por cuanto defiende todas las cosas contra la influencia del mal, lo acepto, pues la salvación reviste muchas formas. sólo pediría yo que establezca a ésta como primera salva­ción de todas, pues conserva las cosas inmutables para que no caigan en el mal. Las guarda a todas en pacífica e inalte­rable obediencia a las propias leyes, las aparta de la des­igualdad y acción contraria, confirmando de tal manera las propensiones de cada una de ellas que no puedan ni alterarse ni pasar a lo contrario. Alguien podría decir -conforme a lo que enseña la teología- que esta salva­ción, actuando benévolamente para preservarnos del mal, redime todas las cosas según la capacidad que éstas tienen de salvación, y actúa de manera que todas se mantengan en su propio estado. Por eso los teólogos la llaman también "Redención", porque no permite que lo verdade­ramente existente vuelva a ser nada. Y si en algo se ha fal­tado o divagado fuera del orden, por lo cual se hayan perdido las virtudes propias, la perfección repara inmedia­tamente aquella caída, aquella debilidad y privación, su­pliendo lo que falta. "Redención" es como un padre honrado que perdona, olvida el mal y repara los daños repo­niendo el bien perdido, ordena y adorna lo desordenado y deforme de modo que reintegre absolutamente y purifique toda marcha.

Todo esto se refiere al terna de la Justicia, que mide y define la igualdad de todos y destruye toda des­igualdad que se toma como privación de la igualdad de cada uno. La justicia defiende y conserva la distinción que existe en las cosas frente a quienes interpretan como des­igualdad las diferencias por las cuales se distinguen entre sí. La justicia no permite que, mezcladas las cosas, se con­fundan unas con otras, sino que guarda todas según la especie en que cada cual deba mantenerse.

CAPÍTULO IX

De lo grande, pequeño, idéntico, otro, semejante, desemejante, estado, movimiento, igualdad

1. Examinemos ahora, en cuanto nos sea posible, desde fuera los nombres divinos de grande, peque­ño, idéntico, otro, semejante, desemejante, quietud, movi­miento. Son propiedades de la Causa de todas las cosas.

Dios es alabado en las Sagradas Escrituras como "grande" y "grandeza"'. También como "tenue y pequeña brisa", que indica la divina pequeñez. Se le alaba asi­mismo como idéntico, según aquello de las Escrituras: "Tú eres el mismo'''. Otro o diferente cuando es representado como de muchas formas y figuras. Semejante, como creador de la semejanza y de los semejantes. Y desemejante a todas las cosas, pues "nada hay semejante a El". En quietud tam­bién, e inmóvil, y "en su trono por siempre". En movimiento y penetrando en todas las cosas. Con estos y otros nombres parecidos se celebra a Dios en las Escrituras.

2. Cierto. Llamamos a Dios grande, según la grandeza propia de El, de la cual participan todas las cosas grandes, y va de hecho mucho más allá. Ocupa todo espa­cio, sobrepasa todo número. Más abundante que lo infi­nito. Desbordan sus grandes obras y brotan de El como de manantial sus dones. Todos participan de estos dones con largueza sin que en algo disminuyan. Siempre rebosan más y más. Infinita es esta grandeza, sin número ni cantidad. Llega a ser inundación como resultado del trascen­dente efluvio y magnitud ilimitada.

Pequeña o sutil dicen de la naturaleza de Dios, por­que no tiene volumen ni distancia; todo lo invade sin la menor resistencia. Realmente, lo pequeño es causa elemen­tal de todas las cosas, porque jamás se encontrará algo en el mundo que no participe de lo pequeño. El está presente de manera inmediata en todas las partes como energía de todo ser "penetrante hasta la división del alma y del espíritu, hasta las coyunturas y la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" y de todas las cosas, pues "no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia'''. Y este pequeño no tiene ni cantidad ni mag­nitud. Es invencible, infinito, ilimitado. El todo lo abarca y a El nada lo envuelve.

Dios es supraesencialmente eterno, inalterable e invariablemente el mismo. Permanece siempre del mismo modo en sí mismo, presente igualmente a todas las cosas. Situado por sí mismo firme e inviolablemente dentro de los hermosísimos confines de su identidad supraesencial. No hay en El cambio, decadencia, deterioro ni variación. No tiene mezcla, está libre de materia, es simplicísimo, no carece de nada, ni aumenta ni disminuye. Increado, que quiere decir que nunca comenzó por nacimiento, ni fue antes imperfecto y se perfeccionó por procedencia de tal o cual principio. No significa que hubo algún tiempo en que no existió. Lo que hay que entender es que Dios fue ingénito total y absolutamente, que existió siempre sin la menor imperfección posible y siempre el mismo, determi­nado uniformemente y en la misma especie por sí mismo. El da a conocer esta identidad a todos aquellos que son capaces de participar en su misma identidad. Por la sobre­abundancia de esta identidad coordina unas cosas con otras y sobrecontiene idénticamente en sí mismo aquellas cosas que son contrarias, según una sola y única causa emi­nente de toda identidad.

5. Otro o diferente, porque Dios está presente a todos por medio de su providencia y viene a ser "todo en todas las cosas"' para salvación de todos. Permanece inconmovible en sí mismo y en su propia identidad, unido consigo mismo según una sola e incesante operación. Con indeficiente poder se entrega a sí mismo para imprimir la forma divina en los que se dirigen a El. "Diferente" signi­fica la variedad de figuras de Dios, para indicar que El no es como lo que exteriormente aparece.

Como si alguien, pensando en el alma, la representase en figura corporal y concediera partes materiales a una cosa que carece de ellas. Daríamos a cada una de las partes un significado que conviniese a una propiedad indivisible del alma. Llamaríamos inteligencia a la cabeza, opinión a la cerviz por hallarse entre lo racional y lo irracional, ira al pecho, pasión al vientre y, finalmente, naturaleza a las piernas y a los pies, usando de los nombres de estas partes como símbolos de las facultades. Así también, con razón mucho más elevada, en aquel que es superior a todas las cosas, hay que describir alegóricamente la diversidad de formas y figuras, mediante explicaciones sagradas y místi­cas, adaptadas a Dios.

Quisiéramos aplicar a Dios las tres dimensiones de los cuerpos, por más que no pueda ser tocado ni figurado. En tal caso podría llamarse latitud divina la amplísima progresión hacia todas las cosas; longitud a su poder, que se extiende sobre todos los seres; profundidad al arcano inaccesible a toda criatura, lo que nadie conoce.

Pero no nos engañemos a nosotros mismos, al insistir en la explicación de estas varias figuras y formas, confun­diendo los nombres incorpóreos de las cosas divinas con los nombres de las cosas sensibles. De esto se trata en la Teología simbólica. Por ahora baste insistir en que la diver­sidad en Dios no se debe imaginar como algo que altere su inmutable identidad. Imaginemos más bien una multipli­cación en la unidad y como una serie de procesos en que se expresa dentro de su unidad la fecundidad productora de todas las cosas.

6. Es aceptable llamar a Dios semejante, indicando que es totalmente único e indivisiblemente idén­tico. Los teólogos, sin embargo, dicen que Dios, superior a todas las cosas, en cuanto El mismo es, no es semejante a nadie, sino que El da semejanza divina a aquellos que se le acercan, cuando sobre todo término y razón le imitan según sus fuerzas.

La fuerza de la semejanza divina es tanta, que atrae todas las cosas creadas hacia su Creador o Causa. Se dice que estas cosas son semejantes a Dios, pues fueron hechas a su imagen y semejanza. Pero no podemos decir que Dios es semejante a ellas porque ni siquiera el hombre es semejante a su imagen.

Si se consideran las cosas que están en un mismo nivel pueden decirse semejantes unas a otras, de modo que unas y otras sean recíprocamente semejantes en con­formidad con la forma específica principal. Porque hay igualdad de especies. Pero tal intercambio no se puede admitir entre Causa y efectos, porque Dios no solamente concede semejanza a unas u otras cosas, sino que es Causa de que todas las cosas sean semejantes. El es la sub­sistente y absoluta semejanza, de manera que toda seme­janza en el mundo existe como cierto vestigio de la divina semejanza. Por esta semejanza se logra la unidad del uni­verso.

7. Mas ¿para qué entretenerse en esto? La misma Escritura dice que Dios es desemejante y que a nada se le puede comparar, pues es diferente de todos los seres y, lo que es más admisible, nada hay semejante a El.

Sin embargo, esto en modo alguno contradice lo dicho sobre la semejanza, porque para Dios son lo mismo las cosas semejantes que las desemejantes. Son semejantes a El en el sentido de que participan en cierto modo de aquel que no puede ser participado. Son desemejantes por cuanto los efectos distan de la Causa y le están incompara­blemente subordinados.

8. ¿Qué diremos de la quietud o estabilidad de Dios? ¿Qué otra cosa sino que Dios permanece en sí mismo fijo firmemente en el mismo estado, inmóvil, idén­tico a sí mismo? Su actuación es siempre del mismo modo, con el mismo objetivo, en la propia sustancia. El es absolu­tamente por sí mismo inmutable, inmóvil. Todo esto de modo trascendente. El es la Causa de toda quietud y estabi­lidad. "En El descansan todas las cosas"". Y así se conser­van todas con sus propiedades.

9. ¿Qué diremos cuando los teólogos afir­man que Dios, inmóvil, procede y se mueve hacia todas las cosas? ¿No habrá que entender todo esto de manera com­patible con la naturaleza de Dios? Piadosamente, pues, se ha de pensar que Dios no se mueve por traslación, cambio, alteración, conversión, movimiento local, recto, circular o compuesto de uno y otro, intelectual, animal o natural. Moverse Dios significa que El produce todas las cosas, las conserva en su ser y provee de cuanto necesitan. Que El está presente y todo lo abarca en forma que nuestra mente no alcanza a comprender. Y esto por todos los caminos y operaciones de la Providencia.

Pero podría explicarse razonablemente y conforme a la naturaleza divina el movimiento de Dios, que es inmuta­ble. Porque el movimiento rectilíneo puede entenderse como inflexibilidad e indeclinable progreso de operacio­nes y por el mismo origen de todas las cosas que parten de El. El movimiento en espiral puede referirse al pro­greso móvil de todas las cosas y a su fecundo estado. Por último, el movimiento circular puede explicarse por la identidad y enlace de los medios y extremos, que contienen y son contenidos, y por el retorno a El de aquellos seres que de El procedieron.

10. Alguien puede tomar de las Santas Escri­turas el nombre idéntico, justo e igual aplicados a Dios. Se dice de Dios que es igual sólo porque está exento de partes y nunca se aparta de lo justo. También porque penetra todo y por todo igualmente. Es autor subsistente de igualdad por la cual hace que todas las cosas procedan con cierta inter­compenetración. Se da a todos igualmente en participa­ción, según la capacidad receptiva de cada cual. También se dice igual por cuanto contenía en sí mismo de antemano toda igualdad: inteligente e inteligible, racional o sensitiva, esencial, natural o voluntaria. Y esto unida e indepen­diente, según un poder que a todo excede y que es causa de toda igualdad.

CAPÍTULO X

Del Omnipotente y Anciano de días. También sobre la eternidad y el tiempo

1. Llega el momento de que con nuestro estudio alabemos a Dios, a quien, entre otros nombres, le llaman el Omnipotente' y el Anciano de días2. Decimos Omnipotente porque El es el fundamento de todo, todo lo conserva en el ser y abraza todo el mundo. Lo fundamenta. Lo entrelaza, lo contiene en sí mismo. Brotan de El todas las cosas como de raíz que todo lo contiene y hace retornar a sí como a su omnipotente principio. Todo lo contiene, pues todo reside en su omnipotente conexión suprema. No permite que ningún ser se aparte de El para que no perezcan separados de su perfecta morada.

Llámase a la Deidad Pantocrátor, porque ejerce su poder sobre todas las cosas con supremo señorío. Omnipo­tente también, porque todos le aman y desean e impone a todos un yugo voluntario, las dulces consecuencias del amor divino y omnipotente, de su inextinguible bondad.

2. Le llaman también el Anciano de días, porque El es tiempo y eternidad para todos los seres, antes de los días, antes del tiempo, antes de la eternidad. Y se llama con propiedad tiempo, días, épocas en el sentido que esto conviene a Dios, autor del tiempo y de la eternidad, como es eterno movimiento y estabilidad. Por lo cual, tam­bién en las manifestaciones que ha hecho de sí mismo durante las visiones místicas se presenta como antiguo y nuevo. La primera significa al Anciano, al que es "desde el principio", y la segunda indica que no puede hacerse viejo. Los dos nombres, "Anciano" y "Nuevo", dan a entender que El está en todas las cosas desde el principio hasta el fin. Uno y otro nombre, como dice mi santo maestro, significan la antigüedad divina, de manera que anciano se refiere a lo que es primero en orden del tiempo, y nuevo o joven, a lo más excelente en número, puesto que la unici­dad y cuanto se aproxime a ella tienen prioridad sobre los números que avanzan a la multiplicidad.

3. Creo que debe explicarse según las Sagradas Escri­turas la naturaleza del tiempo y de la eternidad. Cuando allí se hace mención de cosas eternas no siempre la Escri­tura quiere decir que sean absolutamente increadas, real­mente sin principio ni fin las cosas llamadas eternas, incorruptas, inmutables, idénticas. Por ejemplo, cuando dice: "Elevaos, puertas eternales'', y otras semejantes.

De hecho, frecuentemente, con el nombre de eternidad se significan las cosas más antiguas, como cuando llaman eternidad a la duración total de nuestro tiempo, por ser propio de la eternidad el ser antigua, inmutable y medida de las cosas. Por otra parte, emplean la palabra tiempo para indicar el proceso de los cambios manifesta­dos, por ejemplo, en el nacimiento, alteración y muerte. De modo general en todo cambio. La Escritura, pues, enseña que nosotros, a quienes define y circunscribe aquí el tiem­po, hemos de participar de la eternidad incorruptible e inmutable cuando por fin lleguemos a ella.

Hablan también las Escrituras de la eternidad temporal y el tiempo eterno. Pero bien sabemos que alaban y entienden por eternidad aquellas cosas que se aproximan más al origen, mientras que el tiempo se refiere a las cosas que llegan a ser. Por tanto, no imaginemos que las cosas llamadas eternas son simplemente coeternas con Dios, el cual es anterior a la eternidad. No. Más bien nos atenga­mos aquí al sentido preciso que las Escrituras dan a las palabras "eterno" y "temporal". Pero se cuentan como cosas intermedias entre las que son y entre las que se hacen aquellas que en un sentido participan de la eternidad y en otro del tiempo.

Conviene, pues, celebrar a Dios como eternidad y como tiempo, como autor de todo tiempo y eternidad, pues siendo el Anciano de días, es causa del tiempo y de la eterni­dad, superior al tiempo. Antes que las varias épocas. O, dicho de otra manera, El existe antes de todos los siglos, en cuanto es antes de la eternidad, y sobre la eternidad, y "su reino es reino de todos los siglos". Amén.

CAPÍTULO XI

De la Paz. Del "Ser por Sí': De la "Vida por Sí". Del "Poder por Sí". Y de otras expresiones semejantes

1. Pasemos ahora a celebrar con himnos de alabanza la paz de Dios', principio de conciliación. Ella todo lo une, engendra y realiza la concordia y unión. Por lo cual todas las cosas la desean, para que, dispersas en multi­tud, se integren de nuevo en unidad, se reduzcan a un concorde conjunto los conflictos internos del universo.

Además, por participación de la paz divina, las prime­ras fuerzas conciliadoras se unen ante todo unas con otras y con la Fuente única de paz universal. Luego, estas fuerzas hacen que las de rango inferior se unan consigo mismas, entre ellas, y con el único y más perfecto Principio y Autor de toda paz. Cuando El viene individualmente a cada uno de estos seres consolida la unión como si pusiera cerradu­ras y vallados; une lo que está dividido, todo lo define, determina y robustece; no permite que las cosas divididas hasta el infinito permanezcan dispersas caóticamente, pri­vadas de la presencia de Dios, ni que fuera de la unidad confusamente se mezclen entre sí.

El Justo, por semejanza con algunos atributos conocidos, da el nombre de Silencio e Inmutable a esta cualidad y tranquilidad de la paz divina. Nombres que indican la quietud y paz en Dios, que conserva en sí mismo la absoluta y trascendental unidad consigo mismo. El se multiplica y extiende a todas las cosas permaneciendo totalmente dentro de sí mismo, sin salir de sí, por excelen­cia de unión, superior a todas las cosas.

No podemos expresar de otra manera nada de esto ni podemos entenderlo. Por tanto, cuando tratamos de paz que trasciende todas las cosas admitamos que es inefable e inconcebible. Pero la estudiemos en cuanto lo permiten las limitaciones de los hombres y más las mías, que soy infe­rior a los demás.

2. En primer lugar, diremos que Dios es autor y creador de la paz en sí, de la paz en general y de la paz en particular. El une sin confusión todas las cosas entre sí. Con tal unión, las cosas coherentes, sin división ni distancia, cada una de ellas según su propia especie, persis­ten puras, no perturbadas por la concurrencia de contra­rios. Nada interrumpe esta exacta unión y pureza.

Contemplemos, pues, la única y simple naturaleza de la unión pacífica, que une todas las cosas entre ellas mismas y conserva los seres, por cierto enlace inconfuso de todos ellos, armonizados juntamente y no mezclados. Por esta misma unión, las inteligencias divinas se entrelazan con sus propios actos de entender y sus objetos. Luego se elevan para entrar en contacto, por modos desconocidos, con las realidades que están sobre toda intelección.

Por tal unión, las almas, enlazando sus multi­formes razonamientos, proceden por camino y orden pro­pios de ellas, por una inteligencia inmaterial e indivisa hacia cierta unión superior a la inteligencia. Por esta unión se logra la única e indivisible unión de todos los seres, cada cual según su propia naturaleza, y se acomoda con perfecta armonía, concordia y consonancia, se reúnen todos sin confusión en unión indisoluble.

La paz perfecta difunde su plenitud a través de todos los seres, gracias a la inmanencia perfectamente simple y sin mezcla de su poder unificante. Une todas las cosas, enlaza extremos con extremos por virtud de los medios y a todos armoniza con amistad connatural. Hace que gocen de ella hasta los términos más lejanos del uni­verso. Consocia todos los seres en unidades, identidades, uniones, conjuntos, sin que por eso la paz deje de ser indi­visible. Coordina todo en un solo acto, llega a todo, no pierde jamás su identidad. A todos se extiende y a todos concede participar de sí misma según la capacidad de cada cual. Hace desbordar fuera de sí la sobreabundan­cia de su pacífica fecundidad. Por ser unidad supraesencial pemanece en sí misma unida perfecta y totalmente.

Dirá alguno: "¿Cómo es que todas las cosas apete­cen la paz? Hay muchas que gozan de ser distintas y aun diversas, nunca quieren por sí mismas estar en paz".

Esto es cierto si al hablar así se afirma que la diversidad y distinción se refieren a la individualidad de cada cosa y del hecho de que nada quiere perder de la propia indivi­dualidad. Pero eso mismo es un deseo de paz. Porque todos los seres desean tener paz consigo mismos, estar unidos y permanecer ellos mismos y todas sus cosas inmóviles e ile­sos. Y es, perfecta aquella paz, conservando sin con­fundir la individualidad de cada cual, dando providencias que aseguren todas las cosas en paz y exentas de confusión interna o de fuera. Ella es la que establece todo con poder estable, indeficiente, para su paz e inmovilidad.

Si todo lo que se mueve, en vez de estar en calma, se mueve incesantemente en virtud de su propia tendencia, también este apetito correspondería a aquella paz univer­sal y divina, que conserva todos los seres en sí mismos para que no se desintegren y guarda la propiedad motriz y la vida de todos aquellos seres que la mueven para que no se aparte ni decaiga de ella misma. Esto sucede para que al moverse tengan consigo la paz y siendo de este modo reali­cen lo que les corresponde.

Pero si alguno considera la diversidad como un ale­jamiento de la paz, y concluye que no todos aman la paz, responderemos que en la naturaleza de las cosas no existe nada que carezca absolutamente de unión. Aquello que se figura como grandemente inestable e infinito, inde­terminado y no fijo en bale alguna, no tiene ser ni está en ningún sitio. Si alguno insiste en que son contrarios a la paz y a los bienes de ésta aquellos que se complacen en lides y contiendas, mudanzas y cambios, respondemos que también ellos son impulsados por ciertos deseos, aunque imprecisos, de paz. Desean desmañadamente apaciguar las pasiones que los agitan. Se imaginan que saciándose con los placeres pasajeros que los esclavizan obtendrán la paz. Se irritan cuando se les prohíben.

Pero ¿qué decir de la pacífica bondad de Cristo? Nos enseña a no guerrear en adelante ni con nosotros mismos ni con los prójimos ni con los ángeles'. Más bien debemos cooperar, según nuestras fuerzas, en las cosas que se refie­ren a Dios conforme a la providencia del mismo Jesús, quien "obra todas las cosas en todos"' y nos confiere una paz inefable, predeterminada ya desde la eternidad, y nos reconcilia en espíritu con El mismo, por El y en El con el Padre.

Pero esos dones maravillosos ya quedan explicados suficientemente en las Representaciones teológicas basán­dome en el testimonio de la Sagrada Escritura.

5. Una vez por carta me preguntaste qué significa ser por sí, vida por sí, sabiduría por sí. Dices que no aciertas a entender por qué a veces llamo a Dios vida por sí y otras veces autor de la vida por sí. Por todo esto he creído necesa­rio, santo hombre de Dios, resolverte [953 C] estas dudas en cuanto me sea posible.

Ciertamente, repitiendo ahora lo que he dicho miles de veces, no implica contradicción alguna el decir que Dios es "poder por sí", "vida por sí". Y lo mismo decir que Dios es "creador de la vida por sí" y "de la paz por sí" y "del poder por sí".

En los primeros casos se habla de Dios a partir de los seres, y principalmente de los seres fundamentales que se aplican a Dios porque es Causa de todos los seres. En el segundo, se le atribuyen en cuanto que El es supraesencial a todo ser, aun los más fundamentales.

Preguntas: ¿a qué llamamos ser por sí y vida por sí? ¿Qué cosas son absoluta y primariamente? ¿Cuáles las que suponemos procedentes de Dios y creadas primariamente? Respondemos. Esto es claro, no tiene nada de intrincado, pues basta una sencilla explicación. No decimos que aquel ser por sí sea cierta sustancia divina o angélica, causa de todas las cosas que son. Eso lo es únicamente aquel que es supraesencial, principio, esencia y causa de que sean todas las cosas que son, y el mismo ser por sí. Ni se trata de otra divinidad productora de vida, distinta de la que admitimos como vida supradivina. Causa de todo viviente y de la misma vida. Por decirlo de una vez, no admitimos otras causas principales de las cosas, creadoras y existentes, a las cuales llamaron temerariamente dioses y creadores del mundo. Ni aquéllos ni sus padres y antepasa­dos supieron llamarse por su propio nombre, pues en reali­dad no existían. Más bien decimos que ser por sí, vida por sí, divinidad por sí son nombres que convienen prima­ria, divina y eficientemente al único principio y causa de todo, trascendental.

No participamos directamente de Dios. Lo hacemos por medio de dones que proceden de El; los llamamos efec­tos de la sustancia por sí, vida por sí, deificación por sí. Los seres que participan de estos dones, según sus posibilida­des, son y se llaman "poseedores de sustancia", "vivientes", "divinos", y de modo semejante.

Por lo cual, el Bien constituye la base y es autor de los seres fundamentales; después, de aquellos que general­mente y de manera universal participan de aquelld, y final­mente de los que tienen todo eso en parte.

Pero ¿para qué hablar de esto? Algunos de mis santos maestros lo han tratado. No necesito decir nada más. Fue­ron ellos quienes dijeron del Bien que es la "bondad sub­sistente en sí" y "divinidad en sí" a los [956 B] dones benéficos y divinizantes que proceden de Dios. Llamaron "Hermosura en sí misma" al desbordamiento de cuanto procede la Hermosura en sí. Del mismo modo llaman "plena hermosura" y "hermosura parcial", las cosas bellas en todo o en parte. De manera semejante hablan de otras cualidades que manifiestan esa providencia y bondad par­ticipada por los seres que proceden de Dios en efluvio des­bordante. Aunque Dios no es directamente participado, El causa todo, absoluta y totalmente trasciende todo, está sobre la esencia y naturaleza de todas las criaturas.

CAPÍTULO XII

Del Santo de los santos, Rey de reyes, Señor de señores, Dio: de dioses

1. Creo que ya estamos acabando lo que me había propuesto decir sobre todo esto. Alabemos aún a aquel que tiene infinitos nombres. Reconozcámosle como Santo de los santos', Rey de reyes2 que reina eternamente y más allá', Señor de señores'', Dios de dioses'.

[969 13] En primer lugar, diré lo que se entiende por santidad, reinado, señorío, divinidad; y qué quieren decir las Escrituras con esos nombres por duplicado.

2. En la manera común de hablar, la santidad consiste en estar libre de pecado. Es pureza plenamente inmacu­lada. Reinado quiere decir el poder para señalar fronteras, legislar, ordenar. Dominación es no sólo superioridad con respecto a los inferiores, sino también posesión completa de todo lo hermoso y bueno con firmeza verdadera, inque­brantable. Dominación, palabra que en griego viene de iwpos y equivale a firmeza, firmamento, firme, que afirma y ratifica. Deidad es lo mismo que providencia: lo ve todo, con perfecta bondad todo lo abraza y contiene. A los ,que gozan de sus bienes providenciales los llena de sí misma a la vez que se mantiene trascendente.

3. Se han de emplear todos estos nombres para alabar a la Causa trascendental, añadiendo que es la eminente santidad y dominación, el supremo reino y divinidad per fectamente simple. De tal Causa emanó y se difundió sin­gular y copiosamente toda perfección y pureza sincera [972 A]. De ella procede toda disposición y rango de las cosas, que acaba con el desorden, desigualdad, desproporción y conduce a la bien ordenada identidad y rectitud abrazando cuanto es digno de participación.

Esta Causa es perfecta y en ella están todas las cosas hermosas y toda providencia con que conserva a quienes dirige. Se ofrece misericordiosamente para divinizar a cuantos se dirigen a Ella.

4. Por cuanto el Autor de todas las cosas las contiene en plenitud y todo lo trasciende, le invocamos con el nom­bre de "Santo de los santos" y con los demás nombres, por­que es causa desbordante y [972 l3] supraeminente. En lo que tienen las cosas de santas, divinas, señoriales o regias aventajan a las que no tienen atributos. Los atributos son mejores que los sujetos participantes. Así es superior a toda participación y a todas las cosas el Autor imparticipable de todos cuantos le participan.

Las Escrituras llaman "santos", "reyes", "señores" y "dioses"6 a los órdenes más principales en cada cosa. Por medio de ellos, los seres inferiores participan de los dones divinos, diversifican y multiplican a su vez los dones que ellos reciben. Luego, los superiores se encargarán de reunir y simplificar de manera providencial y divina la variedad en la unidad que les es debida.

CAPÍTULO XIII

Del Perfecto y del Uno

Baste lo dicho sobre el tema. Ahora, si te parece, procedamos a lo principal'. La teología atribuye todas las cosas, tanto en particular como en conjunto, al Autor de todas ellas. Le alaba como Perfecto y como Uno. Es Perfec­to o absoluta perfección en la unidad de sí mismo. Pero más porque es supraperfecto, trasciende toda realidad, en total unidad desborda toda infinidad, nada ni nadie le limita. Alcanza y sobrepasa todas las cosas con inagotable generosidad y actuación infinita. Es perfecto, ade­más, porque no puede ni aumentar ni disminuir, pues de antemano contiene en si todas las cosas perfectas, col­mando a cada cual con la perfección que le es propia.

Uno es su nombre. Esto significa que Dios, por su unidad supraesencial, es el Unico en donde están todas las' cosas. Nada hay en el mundo que no participe de aquel Uno. Como todo número participa de la unidad, y decimos un par, una mitad, un tercio, un décimo. Así, todas las cosas y cualquier partícula participan del uno. Y por lo mismo que son una, especie del uno, todas las cosas son uno al mismo tiempo que muchas. Aquel Uno, que es Causa de todas las cosas, no es una cualquiera de éstas; en realidad, existe antes y define toda unidad y multitud.

No puede existir multitud sin participar de la unidad: son múltiples por sus partes, pero no por el todo. Las que son múltiples por sus accidentes son uno por el sujeto. Las múltiples por el número y sus propiedades son uno por su especie. Las múltiples por sus especies son uno por el género. Las que son múltiples por las procesiones son uno por el principio.

Nada hay en la naturaleza de las cosas que de alguna manera no participe en la unidad de aquel que contiene de antemano y en síntesis la totalidad universal, incluidas las cosas opuestas que allí se reducen a unidad. Sin el uno no habría multitud, pero sin la multitud no habría uno. La unidad es anterior a la multiplicación. Si alguien imagi­nase que todas las cosas se uniesen entre sí, todas forma­rían un conjunto o algo uno.

3. Hay que tener esto en cuenta: cuando decimos que las cosas están unidas, lo están conforme a la idea previamente establecida para cada una de ellas. En este sentido, el Uno es el elemento básico de todas las cosas. Si se quita la unidad no habrá en las cosas ni totalidad ni parte alguna, ni ninguna otra cosa, porque es en la misma unidad donde existen de antemano en síntesis todas las cosas.

Por eso las Escrituras alaban como el Unico' a la Dei­dad, Causa de todas las cosas. De este modo "no hay más que un Dios Padre y un solo Señor Jesucristo", "único y mismo Espíritu" en virtud de la sobreabundante indivisi­bilidad de la divina unidad. Allí todo se contiene en sínte­sis dentro de la unificación que existe de antemano su­pra sustancialmente.

Por lo cual, con razón también se refieren a Dios todas las cosas, pues gracias a El, por El y en El, todas las cosas existen, se armonizan, pemanecen, se agrupan, se perfeccionan y orientan hacia El. No se encontrará nada en el mundo que no deba al Uno lo que es, su perfección y conservación. El Uno es sobresencia de la Deidad.

Debemos, pues, dirigirnos desde lo múltiple a lo uno. En virtud de la divina unidad alabemos singularmente a la Divinidad plena y una. Al Uno, que es causa de todo, ante­rior a toda unidad y pluralidad y anterior a los opuestos de parte y todo, antes que lo definido e indefinido, lo limitado y lo ilimitado. Allí está definiendo todas las cosas que tie­nen ser y definiendo al mismo ser. Es causa de cada cosa y de la suma total de ellas. Es anterior a la vez y trascendente a todas las cosas. Es el Uno sobresencial que define el con­junto del ser y la misma unidad. Como uno que es, se añade a las cosas que son, pues, el número participa del ser.

La Unidad trascendente define al uno mismo y todo número. Es principio y causa, número y orden del uno, del número y del ser. El hecho de que la Deidad tras­cendente es Dios Uno y Trino no deber ser entendido con­forme  a ninguna de nuestras maneras de pensar. No. Es trascendente unidad y fecundidad de Dios. Y cuando nos disponemos a celebrar esta verdad nos vale­mos de los nombres Trinidad y Unidad significando lo que está sobre todo nombre. Lo llamamos ser trascendente, más allá de todo ser.

Porque ninguna unidad ni trinidad, ningún número, unidad o fecundidad ni cosa alguna de cuanto existe o que conozcan los existentes, explica aquel arcano de supradei­dad, que es supraesencial a todo ser y que excede toda razón e inteligencia. No es posible consignar su nombre ni su modo de ser, pues se eleva por encima de todo conoci­miento'. Ni tampoco es adecuado el mismo nombre de bondad que le acomodamos. Le atribuimos en primer lugar este nombre como el más venerable de todos en el deseo de entender y decir algo sobre aquella naturaleza arcana e inefable.

En esto convenimos con los teólogos, pero la verdad es que el Misterio  dista en gran manera de la realidad de las cosas. Por lo cual, los mismos teólogos prefieren el ascenso a la Verdad por vía de negación. Es la manera de que el alma quede liberada de cuanto le es afín en el orden natural. El alma está preparada para las divinas inteligen­cias, por medio de las cuales conoce aquello que está por encima de todo nombre, de toda razón y de todo conoci­miento. Por fin, trascendiendo las fronteras del mundo, el alma llega a la unión con Dios en cuanto es posible tanto de parte de El como de parte del alma.

4. Estos son los nombres de Dios. Nombres en la medida que la razón alcanza a comprender y que, reunidos aquí, he explicado lo mejor que pude. Evidente­mente, no lo he hecho con la perfección que el tema requiere. Los mismos ángeles tendrían que declararse incapaces de lograr la explicación satisfactoria, cuánto más yo, que no puedo proclamar las alabanzas como ellos. El mejor de nuestros teólogos es inferior al último de los ángeles. Pero en esta clase de alabanzas no me comparo en modo alguno con los teólogos y sus discípulos. Ni siquiera con mis iguales.

Por tanto, aunque haya dicho rectamente lo que pro­cede y de alguna manera haya alcanzado el verdadero sen­tido, en cuanto he podido entender, de los nombres de Dios, hay que atribuir el trabajo a la Causa de todo bien por haberme dado palabras y la habilidad de usarlas debi­damente. Quizá haya omitido algún nombre semejante a los mencionados; se supla en tal caso valiéndose de métodos parecidos. Tal vez algo quede incorrecto o imper­fecto y me haya desviado de la verdad total o parcialmente. En tal caso pido a tu bondad corrijas mis involuntarios errores, instruyas al que desea aprender, ayudes al necesi­tado y remedies la fragilidad involuntaria. Te pido me hagas llegar lo que a ti se te haya ocurrido o hayas tomado de otros y cuanto te llegue del mismo Bien.

No te avergüences de hacer este favor a tu ami­go. No he guardado egoístamente ninguna de las enseñan­zas que recibí de la Jerarquía. Las he transmitido ínte­gramente a ti y a otros santos varones. Y continuaré comu­nicándolas mientras yo pueda hablar y tú escuchar. Así nos mantenemos fieles en la tradición en tanto nos queden fuerzas para entender y enseñar estas verdades.

Que mis palabras y acciones agraden al Señor. Así ter­mino aquí este tratado conceptual sobre los Nombres de Dios. El me ayude para el otro de la Teología simbólica.

8 Teología conceptual de los "Nombres de Dios", pues ha sido labor del, entendimiento descender por el discurso de lo puramente espiritual o tras­cendencia de Dios a los seres que participan de la supraesencia reflejada en los atributos divinos. Teología simbólica llama a las imágenes o símbolos que representan las cosas; por sus colores percibimos la luz del Invisible. Esto es el símbolo. Parece ser concretamente el libro de la Jerarquía eclesiástica con la Epístola IX, y en parte la Jerarquía celeste. La Teología mística señala el camino del retorno, desde el símbolo a los sentidos, subiendo hasta el silencio que está más allá de todo entendimiento. Allí se consuma la unión con Dios, que se muestra plenamente al otro lado, más allá.

TEOLOGÍA MISTICA

CAPÍTULO

En qué consiste la divina tiniebla

¡Trinidad supraesencial.

más que divina y más que buena!

Maestra de la sabiduría divina de los cristianos,

guíanos más allá del no saber y de la luz,

hasta la cima más alta de las Escrituras místicas.

Allí los misterios de la Palabra de Dios

son simples, absolutos, inmutables

en las tinieblas más que luminosas

del silencio que muestra los secretos.

En medio de las más negras tinieblas,

fulgurantes de luz ellos desbordan.

Absolutamente intangibles e invisibles,

los misterios de hermosísimos fulgores

inundan nuestras mentes deslumbradas.

Esto pido, Timoteo, amigo mío, entregado por com­pleto a la contemplación mística. Renuncia a los sentidos, a las operaciones intelectuales, a todo lo sensible y a lo inte­ligible. Despójate de todas las cosas que son y aun de las que no son. Deja de lado tu entender y esfuérzate por subir lo más que puedas hasta unirte con aquel que está más allá de todo ser y de todo saber. Porque por el libre, absoluto y puro apartamiento de ti mismo y de todas las cosas, arrojándolo todo y del todo, serás elevado  espiritual­mente hasta el divino Rayo de tinieblas de la divina Supraesencia.

Pero ten cuidado de que nada de esto llegue a oídos de ignorantes: los que son esclavos de las cosas mundanas. Se imaginan que no hay nada más allá de lo que existe en la naturaleza física, individual. Piensan, además, que con su razón pueden conocer a aquel que "puso su tienda en las tinieblas". Y si ésos no alcanzan a comprender la inicia­ción a los divinos misterios, ¿qué decir de quienes son aún más ignorantes, que describen la Causa suprema de todas las cosas por medio de los seres más bajos de la naturaleza y proclaman que nada es superior a los múltiples ídolos impíos que ellos mismos se fabrican?

En realidad, debemos afirmar que, siendo Causa de todos los seres, habrá de atribuírsele todo cuanto se diga del ser, porque es supraesencial a todos. Esto no quiere decir que la negación contradiga a las afirmaciones, sino que por sí misma aquella Causa trasciende y es supraesen­cial a todas las cosas, anterior y superior a las privaciones, pues está más allá de cualquier afirmación o negación.

3. Por lo cual seguramente dice San Bartolome que la Palabra de Dios es copiosa y mínima, y que si el Evangelio es amplio y abundante, es también conciso. Ami parecer, ha comprendido perfectamente que la misericor­diosa Causa de todas las cosas es elocuente y silenciosa, en realidad callada. No hay en ella palabra ni razón, pues es supraesencial a todo ser. Verdaderamente se manifiesta sin velos, sólo a aquellos que dejan a un lado ritualismos de cosas impuras, y las que son puras, a quienes sobrepasan las cimas de santas montañas. A los desprendidos de luces divinas, voces y palabras celestiales, y se abisman en las Tinieblas donde, como dice la Escritura, tiene realmente su morada aquel que está más allá de todo ser.

No en vano el santo Moisés recibió órdenes de purifi­carse primero y luego apartarse de los no purifica­dos. Acabada la purificación, oyó las trompetas de múlti­ples sonidos y vio muchas luces de rayos fulgurantes. Ya separado de la muchedumbre y acompañado de los sacer­dotes escogidos, llega a la cumbre de la santa montaña. Pero todavía no encuentra al mismo Dios. Contempla no al Invisible, sino el lugar donde El mora.

Esto significa, creo yo, que las cosas más santas y subli­mes percibidas por nuestros ojos y razón son apenas medios por los que podemos conocer la presencia de aquel que todo lo trasciende. A través de ellos, sin embargo, se hace manifiesta su inimaginable presencia, al andar sobre las alturas de aquellos santos lugares donde por lo menos la mente puede elevarse. Entonces, cuando libre el espíritu, y despojado de todo cuanto ve y es visto, penetra (Moisés) en las misteriosas Tinieblas del no-saber6. Allí, renunciado todo lo que pueda la mente concebir, abis­mado totalmente en lo que no percibe ni comprende, se abandona por completo en aquel que está más allá de todo ser. Allí, sin pertenecerse a sí mismo ni a nadie, renun­ciando a todo conocimiento, queda unido por lo más noble de su ser con Aquel que es totalmente incognoscible. Por lo mismo que nada conoce, entiende sobre toda inteligen­cia.

CAPÍTULO II

Cómo debemos unirnos y alabar al Autor de todas las cosas, que está por encima de todo

¡Que podamos también nosotros penetrar en esta más que luminosa oscuridad! ¡Renunciemos a toda visión y conocimiento para ver y conocer lo invisible e incognosci­ble: a Aquel que está más allá de toda visión y conoci­miento!

Porque ésta es la visión y conocimiento verdaderos: alabar sobrenaturalmente al Supraesencial renunciando a todas las cosas. Como los escultores esculpen las estatuas. Quitan todo aquello que a modo de envoltura impide ver claramente la forma encubierta. Basta este sim­ple despojo para que se manifieste la oculta y genuina belleza.

Conviene, pues, a mi entender, alabar la negación de modo muy diferente a la afirmación. Afirmar es ir poniendo cosas a partir de los principios, bajando por los medios y llegar hasta los últimos extremos. Por la negación, en cam­bio, es ir quitándolas desde los últimos extremos y subir a los principios. Quitamos todo aquello que impide conocer desnudamente al Incognoscible, conocido solamente a tra­vés de las cosas que lo envuelven.

Miremos, por tanto, aquella oscuridad supraesencial que no dejan ver las luces de las cosas.

CAPÍTULO III

Qué se entiende por teología afirmativa y teología negativa

En mis Representaciones teológicas y dejé ya claro cuáles sean las nociones más propias de la teología afir­mativa; en qué sentido el Bien de naturaleza divina es Uno y Trino; cómo se entiende Paternidad y Filiación; qué sig­nifica la denominación divina del Espíritu; cómo estas cor­diales luces de bondad han brotado del Bien inmaterial e indivisible y cómo al difundirse han permanecido en él inseparables desde su coeterno fundamento. He hablado de Jesús, que, siendo supraesencial, se revistió sustancial­mente de verdadera naturaleza humana. En las Representa­ciones teológicas alabé también otros misterios conforme a las Santas Escrituras.

En el tratado sobre los Nombres de Dios he explicado en qué sentido decimos que Dios es el Bien, Ser, Vida, Sabidu­ría, Poder y todo cuanto pueda convenir a la naturaleza espiritual de Dios. En la Teología simbólica' he tratado de las analogías que puedan tener con Dios los seres que nosotros observamos. He hablado de las cosas sensibles con relación a El, de formas y figuras, de ministros, lugares sagrados y ornamentos; de su enojo, penas y resen­timiento; del sentido que en El tienen las palabras de embriaguez y entusiasmo, juramentos, maldiciones, sue­ños, vigilias. Y de otras imágenes con que simbólicamente nos representamos a Dios.

Supongo habrás notado cómo los últimos libros son más extensos que los primeros, pues no era conveniente que las Representaciones teológicas y el tratado sobre los Nombres de Dios fuesen tan amplios como la Teología simbó­lica. El hecho es que cuanto más alto volamos, menos pala­bras necesitamos, porque lo inteligible se presenta cada vez más simplificado. Por tanto, ahora, a medida que nos adentramos en aquella Oscuridad que el entendimiento no puede comprender, llegamos a quedarnos no sólo cortos en palabras. Más aún, en perfecto silencio y sin pensar en nada.

En aquellos escritos, el discurso procedía desde lo más alto o lo más bajo. Por aquel sendero descen­dente aumentaba el caudal de las ideas, que se multiplica­ban a cada paso. Más ahora que escalamos desde el suelo más bajo hasta la cumbre, cuanto más subimos más esca­sas se hacen las palabras. Al coronar la cima reina un com­pleto silencio. Estamos unidos por completo al Inefable.

Te extrañas, quizá, de que, partiendo de lo más alto por vía de afirmación, comencemos ahora desde lo más bajo

Con estos ejemplos, el autor esclarece las nociones de vía afirmativa y vía negativa en teología. Las afirmaciones se hacen con atributos divinos, menos propios de Dios a medida que se alejan de la simplicidad y unidad de la Deidad y se van haciendo multiplicidad. Es el método de los Nombres de Dios, que se puede decir de la teología escolástica, o científica, como gustan de decir ahora. Inferior en cierto punto es el símbolo, que parte de una realidad concreta para discurrir sobre lo divino, si bien puede ser más sublime cuando el corazón, apoyado en la fe, sin necesidad de reflexión culta, se lanza directa­mente a Dios. Es el valor de la devoción popular, llena de fe, que se expresa por la liturgia o Jerarquía eclesiástica. Por eso la Teología simbólica está más al alcance de los principiantes, de la gran masa o pueblo fiel, los que tienen que "ver y tocar" de algún modo, como el apóstol Tomás. Pero, repetimos, el sím­bolo puede ser también, por su sencillez, el medio más propio para llevar a la cumbre de contemplación a personas llenas de fe y sencillez de corazón. La Teología conceptual o racional, como los Nombres de Dios, representa el camino de reflexión, comúnmente dicho de los teólogos, analiza las verdades revela­das, como quien se para a mirar los rayos del sol para vivir en la luz. Pero no son el sol, por luminosos que sean. Es la vía afirmativa. En ella hay grados, según sea la distancia en relación con Dios: purgativa, iluminativa, profi­ciente o de perfectos. La vía negativa no admite grados, porque en nada se dis­tancia, pues sólo y exclusivamente se adhiere a Dios, se unifica con el Uno. A toda criatura dice igualmente nada hasta coronar la cima de la creación, y al transponerse sólo desde allí dirá TODO Si embargo, señala el Areopagita, podemos decir que con referencia a las nadas las hay más o menos distantes por vía de negación. La razón es ésta: cuando afirmamos algo de aquel a quien ninguna afirmación alcanza, necesi­tamos que se basen nuestros asertos en lo que esté próximo de El. Mas ahora, al hablar por vía de negación de aquel que trasciende toda negación, se comienza por negarle las cualidades que le sean más lejanas. ¿No es cierto que es más conforme a realidad afirmar que Dios es vida y bien que no aire o piedra? ¿No es verdad que Dios está más dis­tante de ser embriaguez y enojo que de ser nom­brado y entendido?'

CAPÍTULO IV

Que no es nada sensible la Causa trascendente a la realidad sensible

Decimos, pues, que la Causa universal está por ecima de todo lo creado. No carece de esencia, ni de vida, ni de razón, ni de inteligencia. No tiene cuerpo, ni figura, ni cualidad, ni cantidad, ni peso. No está en ningún lugar. Ni la vista ni el tacto la perciben. Ni siente ni la alcanzan los sentidos. No sufre desorden ni peturbación procedente de pasiones terrenas. No carece de poder ni la alteran acontecimientos imprevistos. No necesita luz. No experimenta mutación, ni corrupción, ni decaimiento. No se le añade ser, ni haber, ni cosa alguna que caiga bajo el dominio de los sentidos.

CAPÍTULO V

Que no es nada conceptual la Causa suprema de todo lo conceptual

En escala ascendente ahora añadimos. Esta Causa no es alma ni inteligencia; no tiene imaginación, ni expresión, ni razón ni entendimiento. No es palabra por sí misma ni tampoco entendimiento. No podemos hablar de ella ni entenderla. No es número ni orden, ni magnitud ni peque­ñez, ni igualdad ni semejanza ni desemejanza. No es ni inmóvil, ni descansa. No tiene potencia ni es poder. No es luz, ni vive ni es vida. No es sustancia ni eter­nidad ni tiempo. No puede el entendimiento compren­derla, pues no es conocimiento ni verdad. No es reino, ni sabiduría, ni uno, ni unidad. No es divinidad, ni bondad, ni espíritu en el sentido que nosotros lo entendemos. No es filiación ni paternidad ni nada que nadie ni nosotros conozcamos. No es ninguna de las cosas que son ni de las que no son. Nadie la conoce tal cual es ni la Causa conoce a nadie como es. No tiene razón, ni nombre, ni conocimiento. No es tiniebla ni luz, ni error ni verdad. Absolutamente nada se puede afirmar ni negar de ella.

Cuando negamos o afirmamos algo de cosas inferiores a la Causa suprema, nada le añadimos ni quitamos, porque nada puede añadir la afirmación a la que es perfecta y única Causa de todo cuanto es. Y toda negación se queda corta ante la trascendencia de quien es absolutamente sim­ple y despojado de toda limitación. Nada puede alcanzarlo.

 

LAS CARTAS

CARTA I

Al monje Gayo

La luz hace invisible la tiniebla. Cuanto más luz haya, menos visible es la tiniebla. Los conocimientos hacen invisible la ciencia del no saber. Tanto menos visible cuanto más sean los conocimientos. No consideres el no saber como privación, sino como trascendencia. Entonces podrás decir con toda verdad que esto es lo más cierto. Ni la luz física ni los conocimientos de las cosas alcanzan a comprender la ciencia secreta del no saber ante Dios. Su tiniebla trascendente se oculta a toda luz, es inaccesible a todo conocimiento. Si alguno, viendo a Dios, comprende lo que ve, no es a Dios' a quien ha visto, sino algo cognoscible de su entorno. Porque El sobrepasa todo ser y conocer. Su Ser está más allá de todo ser. La mente no alcanza a cono­cerle. Negándole, pues, existencia como la nuestra, negando que nuestro conocimiento le conoce, este perfecto no saber, en el mejor sentido, es conocer a aquel que está más allá de cuanto se pueda conocer.

CARTA II

Al mismo monje Gayo

¿Cómo es posible que aquel que sobrepasa todas las cosas trascienda también la fuente de la divinidad y del bien? Posible. Con tal que entiendas por divinidad y bondad la subsistencia de aquel bien que nos hace buenos y divinos. Y la inimitable imitación de aquel que sobrepasa la divinidad y el bien, que nos hace divinos y buenos. Si, pues, ésta es la fuente donde mana la divinidad y bondad por la que nos hacemos divinos y buenos, enton­ces aquel que trasciende toda fuente, incluso la de divini­dad y bondad mencionadas, sobrepasa la divinidad y bondad.

Y por cuanto permanece inimitable e imperceptible, trasciende toda imitación y participación y a quienes le imitan y participan.

CARTA III 

Al mismo Gayo

Llamamos repentino a lo que se nos presenta inesperadamente, como pasando de lo oscuro a la claridad. Con respecto al amor de Cristo a los hombres, creo que la Palabra de Dios emplea este término para indicar que el Supraesencial salió de su misterio y se nos ha manifestado tomando naturaleza humana. Sin embargo, continúa ocul­to incluso después de esta revelación o, por decirlo con mayor propiedad, sigue siendo misterio dentro de la misma revelación. Porque el misterio de Jesús está escondido. Nc hay palabras ni entendimiento que lo descubran. Inefable por mucho que de El digan. Aunque lo entiendan, perma nece Incomprensible.

CARTA IV

Al mismo monje Gayo

¿Cómo puede ser, dicen, que Jesús, trascen­diendo a todos, se ponga sustancialmente al mismo nivel del ser humano? Aquí le llamamos hombre, no para signi­ficar que es autor del género humano, sino porque es ver­daderamente hombre, con total sustancia humana. Pero no decimos que Jesús es hombre solamente. No mero hom­bre, porque si no fuera más que hombre, nunca sería supraesencial. Llevado de amor supremo hacia los hombres, se hizo hombre verdadero. Más que hombre, a la vez que es perfectamente hombre. Siendo El supraesencial, es en sí todo lo que es el hombre. No deja de ser supra-esencia desbordante, siempre supraesencial y plenitud.

Ser sobre todo ser, asume sobre sí el ser. Superior a toda condición humana, actúa como cualquier hombre. Prueba de ello es el nacimiento maravilloso de una virgen y las aguas agitadas que no cedieron bajo el peso de su pies cor­porales y terrenos. Con milagroso poder lo sostuvieron. ¿Quién podría mencionar tantas otras cosas más? Si las consideramos con ojos de fe, reconoceremos, de manera superior a nuestro entendimiendo, que toda afirmación con respecto al amor de Jesús por la humanidad implica cierta negación con relación a la trascendencia.

Por decirlo brevemente: El no fue un hombre cual­quiera ni dejaba de serlo. Nacido como los hom­bres, era muy superior a los hombres. Trascendiendo la naturaleza humana, se hizo verdadero hombre. Por lo demás, no hacía las maravillas de Dios como si fuera úni­camente Dios, ni realizaba los quehaceres del hombre como si fuera meramente hombre. Antes bien, por ser Dios-Hombre, ha llevado a cabo algo nuevo entre muchos: la actuación divino-humana.

CARTA V

A Doroteo, diácono

La divina tiniebla es "Luz inaccesible" donde se dice que "Dios mora"'. Resulta invisible por su claridad deslumbradora. El desbordamiento de sus irra­diaciones supraesenciales impide la visión. Sin embargo, es aquí donde llega a estar todo aquel que es digno de cono­cer y contemplar a Dios, y por eso precisamente, no viendo ni conociendo, alcanza de verdad lo que está más allá de todo ver y conocer. Sólo sabiendo que Dios está más allá de los sentidos y del entendimiento, exclama con el Profeta: "Sobremanera admirable es para mí esta ciencia, dema­siado sublime para poder comprenderla".

En este sentido dice San Pablo haber conocido a Dios, porque supo que Dios trasciende todo acto de inteligencia y cualquier modo de conocer. Afirma asimismo: "Insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos''.

"Sus dones son Inefables". "Su paz sobrepuja a todo entendimiento"5. Porque había encontrado a aquel que está más allá de todo ser y comprendió por encima de todo entendimiento que quien es causa de todo está más allá de todas las cosas.

CARTA VI

Al sacerdote Sosípatro

No cantes victoria, sacerdote Sosípatro, por atacar y vituperar un culto y doctrina que no te parecen bien. Ni te hagas la ilusión de que por haberlas refutado rectamente, todo lo que tú digas está bien. Porque puede sucederte, tanto a ti como a los otros, que no veáis la verdad única y secreta, oculta bajo falsas apariencias. De que una cosa no sea roja no se sigue que sea blanca. No es necesa­riamente hombre lo que no sea caballo.

Si te fías de mí harás esto: deja de acusar a otros y enseña la verdad, de manera que sea irrefutable cuanto digas.

CARTA VII

Al obispo Policarpo

1. Por lo que yo recuerdo, nunca entablé polémica ni contra los griegos ni contra algún otro. Ami modo de ver, la mejor aspiración de los hombres de bien ha de ser, en la la gran variedad de símbolos sagrados de que se vale la Escritura para representar a Dios. Pues, vistos superficial­mente, dan la impresión de ser increíble y monstruosa fan­tasía. Por ejemplo, con respecto a la supraesencial genera­ción, la Escritura representa como emanación corporal de Dios: Al Verbo, como un soplo de aire saliendo de un cora­zón humano. Al Espíritu, como aliento espirado de la boca. Hablan las Escrituras del seno divino que engendra al Hijo de Dios y nos le representan en forma corporal. Se valen de imágenes como de árboles, hojas, flores"), raíces", fuentes de agua borbollante, focos de luz refulgente" y otras alegorías que revelan los misterios del Dios supraesencial. Con respecto a las formas inteligibles de la divina Providencia -sus dones, manifestaciones, poderes, atributos, moradas, situaciones, procesos, distin­ciones, unión-. Todo esto se representa de diversos modos en forma antropomórfica o de animales" -domésticos o salvajes- de plantas y de piedras". Revisten a Dios con atuendo femenino" o armaduras de bárbaros". Le dan, como si fuera un artesano, atributos de alfarero"' y refundidor". Se le figura a caballo", en carros", sobre tro­nos'''. Se preparan refinados banquetes". Le imaginan bebiendo, embriagado, durmiendo, incluso como un bo­rracho vulgar.

¿Y qué decir de su cólera", dolor", juramentos diveros, cambios de parecer, maldiciones, ira, los múltiples equívocos, sofismas que emplea para evadirse de las pro­mesas hechas? Así por el estilo, guerras de los gigantes descritos en el Génesis, durante las cuales se dice que Dios tenía miedo de aquellos hombres prepotentes. Los confun­dió aunque estaban construyendo su torre, no para dañar a nadie, sino para salvarse a sí mismos'''. ¿Qué decir del con­sejo celebrado en el Cielo para engañar y hacer fracasar a Ajab? Los deseos apasionados del Cantar de los Cantares, propios de meretrices. Se emplean, además, otras audaces alegorías sagradas para representar a Dios y poner de manifiesto lo que está oculto. Multiplicado lo que es indivisible y único, se puede dividir. Lo que no tiene forma ni figura adquiere múltiples facetas. De esta manera, uno es capaz de ver la hermosura envuelta en imágenes y descu­brir que son verdaderamente misteriosas, propias de Dios y llenas de gran luz teológica".

No pensemos que en el aspecto externo estos símbolos dados tienen valor por sí mismos. Son la pantalla visible a través de la cual la gente ordinaria entiende lo inefable e invisible. Así sucede a fin de evitar que los profanos abusen de los más santos misterios. Pero les son realmente mani­fiestos a quienes de corazón buscan la santidad. Sólo éstos saben cómo desenmarañar los símbolos sagrados de su imaginería infantil. Sólo ellos disfrutan de mente apta, sir complicaciones, y poder de contemplación para penetra en la simple, maravillosa y trascendente verdad de lo símbolos.

Además, téngase en cuenta que la tradición teológica ofrece doble aspecto: lo inefable y misterioso, do un lado, y lo evidente y cognoscible, de otro. Lo primero so sirve del símbolo y requiere previo conocimiento. Lo otro es filosófico y emplea la demostración". Más aún: lo arcano se entrelaza con lo manifiesto. Lo último se vale do la persuasión e impone la veracidad de su aserto; lo segundo opera misteriosamente, sin que se pueda demostrar, y pone las almas fervientes en presencia de Dios. Por esto, los ini ciados de nuestra tradición, lo mismo que los maestros de la Ley, no tuvieron reparo en servirse de símbolo; con respecto a Dios. Vemos, de hecho, que los santos ánge. les se valen de enigmas para presentar los sagrados miste rios. Jesús mismo empleó parábolas para hablar de realidades divinas, y nos transmite el misterio de su actuación sobrenatural por medio del símbolo de una Cena Justo era que se evitase la profanación del Santísimo por parte de la gente y también para que la vida humana, indivisa y en parte divisible, reciba de modo conveniente la: luces del conocimiento divino.

De esta manera, el alma, en lo que tiene de puramente espiritual, sintoniza con el aspecto interior de las imágenes por cuanto tienen de más divino. Por otra parte, el alma, en la dimensión más pasional de su naturaleza, se ennoblece y eleva a las realidades más divinas a través de figuras bien combinadas y representaciones. El velo de los símbolos es muy conveniente, como en el ejemplo de aquellos que, instruidos en las verdades divinas de forma clara, sin paliativos, se forman alguna imagen que los lleve a com­prender la enseñanza de lo oído.

2. Como dijo Pablo y lo confirma la recta razón, todo el mundo visible pone de manifiesto los misterios invisi­bles de Dios. Por eso, los teólogos, al considerar un tema, lo examinan a veces bajo una perspectiva social y legal y otras pura y simplemente. Desde el punto de vista humano e inmediato unas veces, y otras bajo el aspecto sobrenatural y de perfección en cuanto tal. De un lado, basados en las leyes que rigen las cosas visibles, y por otro, sobre las nor­mas reguladoras de realidades invisibles. Según convenga mejor a los escritos sagrados y mentalidad de las almas. Porque no se trata de un tema meramente histórico, considerado en conjunto o en parte; es algo que se refiere a una perfección vivificante.

Tenemos, por tanto, que hacer caso omiso de prejuicios de la gente y ahondar santamente en el sentido de los sím­bolos sagrados. No debemos menospreciarlos, porque tie­nen su origen en las realidades divinas y llevan su impron­ta. Son imágenes claras de espectáculos inefables y maravi­llosos. Ciertamente que las realidades supraesenciales, puramente intelectuales, las luces divinas en general, adquieren visible colorido a través de símbolos. Por ejem­plo, cuando decimos "fuego" para expresar la trascenden­cia de Dios, o cuando llamamos "incandescentes" a ciertas frases que comprendemos de la Escritura. Más aún: nos valemos de variedad de símbolos para representar a las jerarquías angélicas que, como Dios, son inteligibles e inte­ligentes. Se emplean  figuras Ígneas". Esta misma imagen del fuego toma sentidos diferentes según que se aplique a Dios, más allá de todo entender, a su actuación providencial, que podemos entender, o a los mismos ángeles.

La imagen del fuego aplicada a Dios se puede entender unas veces a título de "causa", otras como "sustancia", en algunos casos como "participación". Bajo diferentes aspec­tos, según lo requiera la consideración de cada caso y lo determine una sabia adaptación de las circunstancias. Por­que no se pueden emplear al azar los símbolos sagrados. Hay que explicarlos según convengan a sus cau­sas, subsistencias, poderes, órdenes y dignidades de los sig­nos representativos.

Pero no alarguemos esta carta demasiado. Examine­mos el tema que tú me propusiste. Te digo que todo ali­mento aprovecha a quien se nutre; perfecciona lo que allí hay de falta e insuficiencia; proporciona remedio a la debi­lidad y fomenta la vida haciendo florecer y revivir. Hace la vida agradable. En breve, ahuyenta las penas y deficiencias dándole gozo y perfección.

3. Por eso la Escritura, justamente, celebra aquella bondadosa sabiduría, y realmente nada hay que se la pueda comparar. Ella prepara la crátera mística: pone primero algún alimento sólido, a continuación echa un poco de bebida sagrada y luego bondadosamente llama en alta voz a todos los que la necesitan".

Así, pues, la Sabiduría divina prepara doble nutrición: una sólida y estable, la otra líquida y fluyente. En una crátera prepara las bondades proVidenciales. La crátera, como es redonda y sin tapa, viene a ser un símbolo de la divina Providencia, que no tiene principio ni fin, que todo lo contiene y penetra. Sale de sí para abarcarlo todo y permanece siempre idéntica a sí misma. Persevera en su plena e indefectible subsistencia; como la crátera, continúa sólida y estable.

Se dice también que la Sabiduría se construyó una morada donde preparar los alimentos sólidos y las bebidas. Asimismo, la crátera. Cualquiera que mire con sentidc sagrado las cosas divinas descubrirá claramente que la causa universal del ser y de la perfección es también Providencia perfecta que a todo se extiende gradualmente. La Providencia está en todas partes, todo lo abarca, está come incrustada en todo ser; pero al mismo tiempo trasciende todo ser, no es nada en nada. Sobrepasa todo ser. Existe subsiste y permanece eternamente idéntica a sí misma. Nc experimenta cambio alguno, nunca sale de sí misma, n: abandona su propia morada, ni su trono inmóvil. Desde allí ejerce por su bondád la plenitud de su perfecta actuación providencial. Se abaja paso a paso a todas lag cosas sin dejar de permanecer en sí misma. A la vez estable y en movimiento, y, sin embargo, no sometida a la ley del reposo ni del movimiento. Lo cual quiere decir que posee la vez, natural y sobrenaturalmente, poder dinámico en sr actividad providencial mientras que permanece inmóvil en su morada.

4. ¿Qué significa el alimento sólido y el alimente líquido? Alabamos la generosidad de la Sabiduría que da las dos cosas a la vez. A mi entender, el alimente sólido significa la perfecta identidad de un orden intelectual y seguro, gracias al cual, por el ejercicio de un conocímiento estable, poderoso, único, indivisible, a medida que nuestro entender se hace maduro. En tal sentido, Sar Pablo distribuye el alimento verdaderamente sólido que antes había recibido de la Sabiduría.

Alimento líquido significa el fluir desbordante que s( extiende a todos los seres, y a los así diligentemente alimentados guía amablemente a través de lo vario, múltiple 3 diviso, al simple y estable conocimiento de Dios. Por eso, la palabra de Dios bien entendida se compara al rocío, agua, leche, vino y miel. Tiene poder, como el agua, para dar vida; como la leche, para dar crecimiento; como el vino, para reanimar; como la miel, para curar y evitar enfermedades.

Tales son, en efecto, los dones que concede la Sabiduría de Dios a quienes la buscan con generoso corazón. Así es como les prodiga desbordantes ríos de delicia inagotable. Cierto. ¡Auténticas delicias! Por eso alabamos la Sabiduría a la vez como origen de vida, alimento de niños, rejuveneci­miento y perfección.

5. Entendiendo delicias en el sentido sacro de la expli­cación, se puede decir que Dios, causa de todo bien, está "inebriado". Esto quiere decir que la mente no puede sondear la profundidad de tanto gozo. Mejor aún: para indicar la plena, inefable e infinita felicidad en Dios. En nuestro lenguaje, embriaguez tiene el sentido peyora­tivo de saciedad indebida, pues priva del uso de la razón y buen sentido". Adquiere el mejor significado cuando se dice de Dios. Embriaguez que ha de entenderse única­mente como sobreabundancia inconmensurable de los bienes en Dios, Causa de todo. Se dice que a la embriaguez sigue la pérdida de razón y buen sentido, pero, hablando de Dios, hay que entender su inmensa sobreabundancia, por la cual conoce más clue cualquier entendimiento pueda conocer sin que a El nadie le pueda plenamente compren­der. Sobrepasa todo ser. "Ebrio" significa simplemente que Dios está más allá de todas las cosas buenas, más allá de la misma plenitud. Más allá de toda inmensidad. Tiene su morada por encima y más amplia que todo cuanto existe.

En el mismo sentido debemos entender el banquete de los santos en el Reino de Dios. Vendrá el Rey, dice, y "los hará sentar a la mesa y les servirá". Lo cual indica cierta participación, común y armoniosa, de los san­tos en los bienes divinos, "congregación de los primogéni­tos que están escritos en los cielos y los espíritus de los justos perfectos"57, sin carecer de bien alguno. Aquel sentarlos a la mesa ha de interpretarse como el des­cansar después de muchos trabajos, como una vida sin pena, como un compañerismo con Dios en la Luz y en el país de la vida, como una plenitud de gozo santo, como inagotable reparto de bienes que colman de felicidad santa a todos los justos. Es el mismo Jesús quien los alegra, los coloca a la mesa, les sirve, les hace descansar de sus traba­jos para siempre. Es Jesús quien les concede a manos lle­nas hermosura en plenitud.

6. Sé bien que me vas a pedir que te explique lo que quiere decir que Dios duerme y se despierta. El sueño de Dios significa que El es trascendente y los seres, objetos de la divina Providencia, son incapaces de comuni­carse con Dios directamente. Estar despierto es símbolo en Dios de que se cuida de velar por la conducta y salvación de aquellos que necesitan de El. Después de esta explica­ción tú puedes, por ti mismo, interpretar otros símbolos teológicos.

No me parece insistir en esto dando la impresión de que tengo algo nuevo que decir. Creo que he respondido bien a tu pregunta. Termino aquí mi carta porque ya he tratado estos asuntos en otro lugar. Te envío el texto completo de mi Teología simbólica, donde hallarás la explicación de Casa de la Sabiduría, Siete Columnas, Alimento Sólido, dividido en las ofrendas y los panes. En ese libro, explicado con mayor detalle, hallarás lo referente a la mez­cla del vino, la embriaguez de Dios y de otros símbolos que acabamos de mencionar. Yo creo que es una buena expli­cación de los símbolos, perfectamente de acuerdo con la sagrada tradición y la verdad de las Escrituras.

CARTA X

A Juan el teólogo, apóstol y evangelista, desterrado en la isla de Patmos

Te saludo, alma santa, discípulo amado a quien yo, más que otros muchos, tengo derecho de invocar así. Alégrate, discípulo verdaderamente amado de Aquel que es perfec­tamente amable, deseable y digno de todo afecto.

¿Por qué extrañarse de que Cristo diga la verdad y de que sus discípulos sean desechados de las ciudades' por los injustos? La verdad es que estos hombres cargan sobre sí mismos los castigos que merecen. ¿No son ellos quienes por su culpa se separan de los hombres santos?

Lo visible es realmente imagen de lo invisi­ble. Algún día no será Dios quien justamente se va a sepa­rar de los malvados, sino que los malvados se apartarán totalmente de Dios. En efecto, vemos a los buenos, ya uni­dos a Dios aquí en la tierra, porque aman la verdad y han renunciado a la pasión de codiciar bienes terrenos. Aman la paz y la santidad. Estando en esta vida anhelan la del Cielo. Libres de toda pasión, viven como ángeles entre los hombres. No cesan de alabar a Dios. Practican la bondad y las demás virtudes.

Por lo que a ti se refiere, no soy tan tonto como para pensar que te hallas completamente libre de sufrimientos. Los sientes por la repercusión que tienen en el cuerpo.

Respecto a los que te hacen sufrir y se imagi­nan equivocadamente que apagarán el sol del Evangelio, los critico con razón. Pero, sobre todo, ruego por ellos, esperando que renuncien al mal que se hacen a sí mismos y retornen al bien. Acudirán a ti para que los ilumines.

En cuanto a mí, nadie podrá privarme del Rayo total­mente divino de Juan. [1120 A] En este momento estoy recordando y renovando la verdad de tus enseñanzas teo­lógicas. Pero pronto -me atrevo a decirlo, por osado que parezca- voy a reunirme contigo.

Soy digno de crédito, sin duda, cuando enseño y afirmo lo que Dios te ha revelado, es decir, que te vas a ver libre de esa prisión de Patmos y regresarás a la tierra de Asia donde actúes de nuevo a imitación de Dios y sea tu ejemplo legado para cuantos te sucedan.