SAN DOROTEO DE GAZA
CONFERENCIAS
DIVERSAS ENSEÑANZAS DE NUESTRO SANTO PADRE DOROTEO A SUS DISCÍPULOS
I CONFERENCIA: ACERCA DEL RENUNCIAMIENTO
II CONFERENCIA; LA HUMILDAD
III CONFERENCIA: LA CONCIENCIA
IV CONFERENCIA: EL TEMOR DE DIOS
V CONFERENCIA: NO SE DEBE SEGUIR EL PROPIO JUICIO
VI CONFERENCIA: NO DEBEMOS JUZGAR AL PRÓJIMO
VII CONFERENCIA: LA ACUSACIÓN DE SÍ MISMO
VIII CONFERENCIA: DEL RENCOR
IX CONFERENCIA: SOBRE LA MENTIRA
X CONFERENCIA: ACERCA DEL FIN PRECISO Y DE LA VIGILANCIA CON LA QUE DEBEMOS MARCHAR EN EL CAMINO DE DIOS
XI CONFERENCIA: DE LA PRONTITUD EN REPRIMIR LAS PASIONES ANTES DE QUE EL ALMA SE HABITÚE AL MAL
XII CONFERENCIA: DEL TEMOR AL CASTIGO QUE VENDRÁ Y DE LA NECESIDAD DE QUE AQUE QUE DESEA SER SALVADO NO DESCUIDE JAMÁS LA PREOCUPACIÓN DE SU PROPIA SALVACIÓN
XIII CONFERENCIA: SE DEBEN SOPORTAR LAS TENTACIONES SIN TURBACIÓN Y CON ACCIÓN DE GRACIAS
XIV CONFERENCIA: SOBRE EL EDIFICIO Y LA ARMONÍA DE LAS VIRTUDES DEL ALMA
XV CONFERENCIA: LOS SANTOS AYUNOS
XVI CONFERENCIA: EXPLICACIÓN DE ALGUNAS PALABRAS DE SAN GREGORIO CANTADAS EN LA SANTA PASCUA
XVII CONFERENCIA: EXPLICACIÓN DE ALGUNAS PALABRAS DE SAN GREGORIO, CANTADAS PARA LOS SANTOS MÁRTIRES
I CONFERENCIA
ACERCA DEL RENUNCIAMIENTO
1. En el principio Dios creó al hombre y lo puso en el paraíso, como dice la Sagrada Escritura (Gn 2, 15). Después de haberlo dotado de todo tipo de virtud le dio el precepto de no comer del árbol que se encontraba en el medio del paraíso (Gn 2, 16-17). Y el hombre vivía en las delicias del paraíso, en la oración y en la contemplación, colmado de gloria y honor (Sal 8, 6), y poseía la integridad de sus facultades en el estado natural en que había sido creado. Dios hizo al hombre a su imagen (Gn 1, 27) es decir inmortal, libre y dotado de toda virtud. Pero al transgredir el precepto y comer del árbol del cual Dios le había prohibido, fue expulsado del paraíso.
Caído de su estado natural se encontró en el estado contrario a su naturaleza, esto es, en el pecado, en el amor de la gloria y de los placeres de esta vida, y demás pasiones que lo dominaban. Se hizo esclavo de ellas por su transgresión. El mal fue en aumento progresivamente, y reinó la muerte (Rm 5,14). En ningún lugar se rendía culto a Dios y se lo ignoraba en todas partes. Como dijeron los Padres, sólo algunos hombres, inspirados por la ley natural, conocieron a Dios: Abrahán y los otros Patriarcas, Noé y Job. Pero eran muy pocos y raros los que conocían a Dios Entonces el Enemigo desplegó toda su maldad y fue el reino del pecado (Rm 5, 21). Entonces se extendieron la idolatría, el politeísmo, la magias las matanzas y los otros maleficios del diablo.
2. Pero finalmente, el Dios de bondad tuvo piedad de su criatura y le dio la ley escrita, a través de Moisés En ella prohibía ciertas cosas y ordenaba otras: Haz esto, no hagas aquello. Les dio los mandamientos y agregó: El Señor Dios es el único Señor (Dt 6, 4), con el objeto de alejar del politeísmo sus almas. Y también: Amar s al Señor tu Dios con toda tu alma y con todo tu espíritu (Dt 6, 5). Con ello declara que Dios es único y que no hay ningún otro, pues al decir: Amar s al Señor tu Dios muestra que es el único Dios y el único Señor. Dice también en el Decálogo: Adorarás al Señor tu Dios, y sólo a El servir s. Te unirás a El y jurarás por su nombre (Dt 6, 13). Y finalmente: No tendrás otros dioses, ni ninguna imagen de lo que está arriba, en el cielo, ni de lo que está abajo, en la tierra (Dt 5, 7-8), pues adoraban a todas las creaturas.
3. El Dios de bondad dio la ley para socorrer, para convertir y para corregir el mal. Pero el mal no fue corregido. Envió a los profetas, pero ni ellos pudieron hacer algo, pues el mal sobrepasaba todo límite. Según palabras de Isaías: No hay herida, ni magulladura, ni llaga viva; no es posible aplicar ungüento, ni aceite, ni vendas (Is 1, 6). Dicho de otro modo, el mal no es parcial, ni localizado, sino disperso por todo el cuerpo. Abarca el alma entera y afecta a todas sus facultades. No es posible aplicar ungüento etc., porque todo está sometido al pecado, todo está en su poder. Jeremías dice también: Hemos cuidado a Babilonia, pero ella no se curó (Jr 51, 9), como si dijese: hemos manifestado tu nombre, proclamamos tus mandamientos, tus beneficios, tus promesas, anunciamos a Babilonia el ataque de los enemigos, pero ella no se curó, es decir, no se arrepintió, no tuvo miedo, no se apartó de su malicia. Dice también en otra parte: No han aceptado la enseñanza (Jr 2, 30), es decir, la advertencia, la instrucción. Y en el salmo: Su alma aborrecía todos los manjares, y ya tocaba las puertas de la muerte (Sal 106, 18).
4. Fue entonces cuando, en su bondad y su amor por los hombres, Dios envió a su Hijo único (cf Jn 3, 16), pues sólo Dios podía curar y vencer tal mal. Los profetas no lo ignoraban. David lo decía claramente: Tú que te sientas sobre Querubines, muéstrate. Despierta tu poder y ven a salvarnos (Sal 79, 2-3). Señor, inclina los cielos y desciende (Sal 143, 5), y tantas otras palabras semejantes. Todos los profetas, cada uno a su manera, también levantaron su voz, ya sea para suplicarle que viniera, ya sea para decir que estaban seguros de su venida.
Vino entonces nuestro Señor, haciéndose hombre por nuestra causa, para sanar dice san Gregorio, lo semejante por lo semejante, el alma por el alma, la carne por la carne. Porque se hizo hombre en todo, menos en el pecado. Tomó nuestra misma sustancia, las primicias de nuestra naturaleza, y pasó a ser un nuevo Ad n a la imagen de Aquél que lo había creado (Col 3,10), restaurando el estado natural del hombre, y dando a sus facultades su integridad primigenia. Como hombre renovó al hombre caído, y lo libró de la esclavitud que lo arrastraba violentamente hacia el pecado. Porque es por una violencia tiránica por lo que el hombre es arrastrado por el enemigo. De donde los mismos que querían evitar el pecado eran como forzados a cometerlo. Como lo dice el Apóstol en nombre nuestro: El bien que quiero no lo hago, y el mal que no quiero lo realizo (Rm 7, 19).
5. Dios, hecho hombre por nosotros ha librado al hombre de la tiranía del enemigo Ha destrozado todo su poder, ha roto su fuerza y nos ha sustraído a su dominio y esclavitud, siempre que nosotros no consintamos en pecar. Pues nos ha dado, como El ha dicho, la virtud de pisotear serpientes, escorpiones y todo el poder del enemigo (Lc 10, 19), al purificarnos de toda falta por el santo bautismo. El santo bautismo, en efecto, perdona y borra todos los pecados. Y además, conociendo nuestra debilidad y previendo que, aun después del bautismo cometeríamos todavía más pecados (¿no está acaso escrito: el espíritu del hombre es arrastrado al mal desde su juventud Gn 8, 21), Dios, en su bondad, nos ha dado sus santos mandamientos que nos purifican. De este modo, si lo queremos, podemos ser purificados de nuevo por la práctica de los mandamientos y no solo de nuestros pecados, sino también de nuestras pasiones. Pues las pasiones son diferentes de los pecados. Las pasiones son la cólera, la vanagloria, el amor a los placeres, el odio, los malos deseos, y todas las inclinaciones de este tipo. Los pecados, en cambio, son los mismos actos de las pasiones, cuando se ponen en práctica y se realizan corporalmente las obras imperadas por las pasiones. Pues, ciertamente es posible tener pasiones y no ponerlas en acción.
6. Dios nos ha dado, como lo he dicho, los preceptos que nos purifican de nuestras mismas pasiones, y de las malas disposiciones de nuestro hombre interior (cf Rm 7, 22; Ef 3, 16). El nos da el discernimiento del bien y del mal. Nos hace tomar conciencia y nos muestra las causas de nuestros pecados: La Ley decía: no cometer s adulterio; pero yo digo: no tengas malos deseos (Mt 5, 2 7; cf Ex 20, 14). La Ley decía: no matar s, pero yo digo: no te irrites (Mt 5, 21; cf Ex 20, 13). Pues si tienes malos deseos, aunque no estés cometiendo adulterio, la codicia no cesar de trabajarte interiormente hasta llevarte al acto mismo de adulterio. Si te irritas y excitas contra tu hermano llegar el momento en que hablar s mal de él, luego le tender s trampas, y así, de a poco, llegar s al asesinato mismo.
La Ley decía también: Ojo por ojo, diente por diente, etc. (Ex 21, 24). Pero el Señor nos exhorta no sólo a recibir con paciencia el golpe del que nos abofetea, sino incluso a presentarle humildemente la otra mejilla (cf Mt 5, 38-39). Esto se debe a que el fin de la Ley era enseñarnos a no hacer lo que no queríamos que nos hicieran. Nos impedía hacer el mal por el temor de sufrirlo. Pero lo que se nos pide ahora, lo repito, es expulsar el odio mismo, el amor al placer, el amor a la gloria y las otras pasiones.
7. En una palabra, el deseo de Cristo, nuestro Maestro, es mostrarnos de qué manera hemos llegado a cometer todos esos pecados, cómo hemos caído en tales males. Para ello nos libró primeramente por el santo bautismo, como ya he dicho, concediéndonos la remisión de nuestros pecados. Después nos ha dado el poder de hacer el bien, si lo deseamos, y de no ser nunca más arrastrados por la fuerza hacia el mal, pues los pecados oprimen y arrastran a aquel que los comete, tal como dice la Escritura: Cada uno se encierra en los lazos de sus propias faltas (Pr 5, 22). Después de ello, el Señor nos enseña en sus santos mandamientos cómo purificarnos de nuestras pasiones, a fin de que éstas no nos hagan caer en los mismos pecados. Y, finalmente, nos muestra el motivo por el que hemos llegado al desprecio y transgresión de los preceptos de Dios; de esta manera, nos da el remedio para que podamos obedecer y ser salvados. ¿Cuál es ese remedio y cuál es el motivo de ese desprecio? Escuchen lo que dice nuestro Señor: Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y encontraréis reposo para vuestras almas (Mt 11, 29). Brevemente, con una sola palabra nos muestra la raíz y la causa de todos los males junto con su remedio, fuente de todos los bienes; nos manifiesta que es nuestra propia exaltación la que nos ha hecho caer, y que es imposible obtener misericordia si no es por la disposición contraria, que es la humildad. La exaltación de hecho engendra el desprecio y la funesta desobediencia, mientras que la humildad engendra la obediencia y la salvación de las almas. Por ello entiendo una humildad verdadera, no un simple rebajarse con palabras o actitudes, sino una disposición verdaderamente humilde, en lo íntimo del corazón y del espíritu. Es por eso que el Señor dice: soy manso y humilde de corazón.
8. ¡Qué aquel que quiera encontrar el verdadero reposo para su alma aprenda entonces la humildad! Podrá comprobar que en ella se encuentran la alegría, la gloria y el reposo, así como en el orgullo se encuentra todo lo contrario. En efecto ¿cómo hemos llegado a todas estas tribulaciones? ¿Por qué hemos caído en todas estas miserias? ¿No es acaso a causa de nuestro orgullo, de nuestra locura? ¿No es por haber seguido nuestros torcidos propósitos, y por habernos aferrado a la amargura de nuestra voluntad? Y ¿por qué todo eso? ¿Acaso el hombre no fue creado en la plenitud del bienestar, del gozo, de la paz y de la gloria? ¿No estaba en el paraíso? Se le dijo: No hagas eso, y lo hizo. ¿Ven el orgullo? ¿Ven la arrogancia? ¿Ven la insumisión?.
Al ver Dios tal desobediencia dice: "El hombre está loco, no sabe ser feliz; si no pasa por días malos se perder completamente. Si no aprende lo que es la aflicción no sabrá lo que es el reposo. Entonces Dios le dio lo que merecía, echándolo del paraíso. Fue librado a su egoísmo y a su voluntad propia a fin de que, al quebrarse los huesos, aprendiese a no seguir más sus propios criterios, sino el precepto de Dios. De esta manera, la miseria de la desobediencia le enseñaría el reposo de la obediencia, según la palabra del profeta: Tu rebeldía te instruir (Jr 2, 19).
Pero Dios, por su bondad, no abandonó a la creatura y, como lo he repetido tantas veces, se volvió hacia ella y lo llamó nuevamente: Venid a mi todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré (Mt 11, 28). Es decir: "Estáis fatigados, no sois felices. Habéis experimentado el daño que produjo vuestra desobediencia. Ahora convertíos; reconoced vuestra impotencia y vuestra confusión para alcanzar la paz y la gloria. Entonces vivid por la humildad ya que habéis muerto por el orgullo". Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y así encontraréis el descanso para vuestras almas (Mt 11, 29).
9. ¡Oh, hermanos míos, qué no ha hecho el orgullo! y ¡qué poder posee la humildad! ¿Había necesidad de tantas idas y venidas? Si desde el principio el hombre hubiese sido humilde y obedecido a los mandamientos, no hubiese caído. Y después de su falta Dios le volvió a dar una ocasión para arrepentirse y así alcanzar misericordia. Pero el hombre mantuvo la cabeza erguida. En efecto, Dios se acercó para decirle: ¿Dónde est s, Ad n? (Gn 3, 9) es decir: "¿de qué gloria has caído? ¿en qué miseria?". Y después le preguntó: "¿Por qué has pecado? ¿Por qué has desobedecido?", y buscando con ello que el hombre le dijera: "¡Perdóname!" Pero, dónde está ese "perdóname"? No hubo ni humillación ni arrepentimientos sino todo lo contrario. El hombre le respondió: La mujer que Tú me has dado me engañó (Gn 3, 12). No dijo: "mi mujer", sino: "La mujer que Tú me has dado", como si dijera: "la carga que Tú me has puesto sobre mi cabeza". Así es, hermanos, cuando el hombre no acostumbra a echarse la culpa a sí mismo, no teme ni siquiera acusar al mismo Dios. Entonces Dios se dirigió a la mujer y le dijo ¿Por qué no has guardado lo que te había mandado?, como queriendo decirle: "Al menos tú di ¡perdóname!, y así tu alma se humille y alcance misericordia". Pero tampoco recibió el "perdóname". La mujer por su parte le respondió: La serpiente me ha engañado (Gn 3, 13), como queriendo decir: Si él ha pecado ¿por qué voy a ser yo la culpable?". ¡Qué hacen, desdichados! ¡Al menos pidan disculpa! Reconozcan su pecado. ¡Tengan compasión de su desnudez! Pero ninguno de los dos se quiso acusar, y ni uno ni otro mostró el menor signo de humildad.
10. Ahora pueden ver claramente a qué situación hemos llegado y cuántos males nos ha causado la costumbre de autojustificarnos, la confianza en nosotros mismos y el apego a la voluntad propia. Todos estos son distintos brotes del orgullo, el enemigo de Dios. En cambio la humildad engendra la acusación de si mismo, la desconfianza en el propio juicio, y el desprecio de la voluntad propia, los cuales nos permiten volver al estado natural de nuestra alma, a través de la purificación que producen los santos mandamientos de Cristo. Ello se debe a que sin humildad es imposible obedecer a los mandamientos y alcanzar algún bien, como dice abba Marcos: "Sin contrición en el corazón es imposible apartarse del mal y más difícil todavía adquirir alguna virtud" . Es por la contrición del corazón como acogemos los mandamientos, nos apartamos del mal, adquirimos las virtudes y llegamos al reposo del alma.
1 11. Esto es cosa sabida de los santos. Por una vida entera de humildad buscaron unirse a Dios. Hubo amigos de Dios que después del santo bautismo no sólo renunciaron a los actos a los que los impulsaban las pasiones, sino que también quisieron vencer a las pasiones mismas, llegando a la impasibilidad: así San Antonio, Pacomio y otros Padres inspirados por Dios. Teniendo como meta purificarse de toda mancha de la carne y del espíritu, como dice el Apóstol (2Co 7, 1), y sabiendo como ya lo hemos dicho, que por el cumplimiento de los mandamientos se llega a la purificación del alma, y que el espíritu purificado recobra, por decirlo así, la vista, y vuelve a su estado natural (¿acaso no está escrito: Los mandamientos del Señor son puros e iluminan los ojos? Sal 18, 9), los Padres comprendieron que eso no podrían alcanzarlo con facilidad quedándose en el mundo. Por ello concibieron para ellos una vida apartada, una conducta especial, es decir la vida monástica, y así empezaron a abandonar el mundo para habitar en los desiertos, viviendo en medio de ayunos, incomodidades, vigilias y otras mortificaciones, en una total renuncia a su patria, a sus familiares, a las riquezas y a los demás bienes.
En una palabra, crucificaron el mundo en si mismos. Pero no sólo guardaron lo mandado, sino que ofrecieron regalos espontáneos de la siguiente manera: los mandamientos de Cristo fueron dados para todos los cristianos, y todo cristiano está obligado a cumplirlos. Son, por así decir, como los impuestos del rey. El que no pague los impuestos al rey, ¿podrá escapar a su castigo? Pero en el mundo hay grandes e ilustres personajes que, no contentos con sólo pagar los impuestos al rey, le hacen regalos, y por ello merecen grandes honores, favores y dignidades.
12. Y es por esta razón por la que los Padres, no contentos con guardar los mandamientos, ofrecieron también regalos a Dios; esos regalos son la virginidad y la pobreza. En realidad no son mandamientos sino regalos. En ninguna parte está escrito: "No tomar s mujer ni tendrás hijos". Cristo no dio un mandamiento cuando dijo: Vende todo lo que posees. Pero sí cuando el doctor de la Ley le preguntó: Maestro, ¿qué debo hacer para ganar la vida eterna?, El le respondió: Conoces los mandamientos: no matar s, no cometer s adulterio, no robar s, no dar s falso testimonio contra tu prójimo, etc. Pero al decirle que todo eso ya lo había guardado desde su juventud, Cristo le dijo: Si quieres ser perfecto, vende todo lo que posees, d selo a los pobres, etc. (Mt 19, 16-21). Fíjense que no dijo: Vende todo lo que posees como una orden, sino como un consejo. Porque decir: Si quieres, no es obligar sino aconsejar.
13. Decimos entonces que los Padres ofrecen a Dios como regalo, además de otras virtudes, la virginidad y la pobreza y, como dijimos más arriba, crucificaron el mundo para sí mismos y lucharon por crucificarse ellos también para el mundo, según lo dicho por el Apóstol: El mundo está crucificado para mi y yo lo estoy para el mundo (Ga 6, 14). ¿Cuál es la diferencia? El mundo está crucificado para el hombre cuando éste renuncia al mundo para vivir en la soledad, y abandona parientes, riquezas bienes, ocupaciones y trabajos. Entonces el mundo está crucificado para él porque él lo ha abandonado. Y eso es lo que dice el Apóstol: El mundo esta crucificado para mí. Pero después agrega : Y yo para el mundo. ¿Cómo se crucifica el hombre para el mundo? Cuando después de abandonar las cosas exteriores, lucha contra los placeres y la codicia de las cosas, como así también contra su propia voluntad, mortificando sus pasiones. Entonces está crucificado para el mundo, y puede decir con el Apóstol: El mundo está crucificado para mí y yo lo estoy para el mundo.
14. Los Padres, tal como decimos, después de haber crucificado el mundo para sí mismos, se esforzaron por sus combates en crucificares ellos mismos para el mundo. Nosotros, en cambio, decimos haber crucificado el mundo para nosotros mismos por el hecho de venir al monasterio, pero nos oponemos a crucificarnos a nosotros mismos para el mundo. Todavía gozamos con los placeres, tenemos sus apegos, nos atrae su gloria, el gusto de los alimentos y de los vestidos. Si vemos una herramienta que nos gusta, enseguida nos apegamos a ella. Dejamos que este objeto de poco valor tenga para nosotros un valor grandioso, tal como dice abba Zósimo. Sólo en apariencia al venir al monasterio hemos dejado el mundo y abandonado lo que a él le pertenece porque por cualquier insignificancia enseguida retomamos apegos. Es una gran locura el hecho de haber renunciado a cosas considerables para satisfacer luego nuestros apetitos con cosas que no tienen ningún valor. Cada uno de nosotros ha dejado lo que poseía en el mundo, grandes bienes, si es que los teníamos, o bien lo poco que nos pertenecía, cada uno según sus medios. Hemos entrado al monasterio y, como ya dije, allí buscamos satisfacer nuestros deseos con cosas miserables e insignificantes. No debemos obrar así. ¡Hemos renunciado al mundo y a las cosas del mundo!; de la misma manera debemos renunciar al apego de las cosas sensibles. Para eso es necesario saber lo que es la renuncia, el por qué hemos venido al monasterio y también qué significa el hábito que vestimos, a fin de comportarnos conforme a él y de luchar siguiendo el ejemplo de nuestros Padres.
15. El hábito que llevamos se compone de una túnica sin mangas, de un cinturón de cuero, de un escapulario y de una capucha. Todos ellos son símbolos, y debemos saber lo que significan.
¿Por qué llevamos una túnica sin mangas? ¿Por qué no tiene mangas, cuando todas las demás las tienen? Las mangas simbolizan las manos, y las manos significan la vida ascética. Por eso cuando nos viene el pensamiento de realizar con las manos alguna obra del hombre viejo, por ejemplo robar, golpear o cualquier otro pecado que se ejecuta con las manos, debemos estar atentos a que llevamos un hábito que no tiene mangas, es decir, que no tenemos manos para realizar las obras del hombre viejo.
Además nuestra túnica tiene una marca púrpura. ¿Qué significa esa marca? Todos los soldados que Están al servicio del rey llevan púrpura sobre su manto. Ello se debe a que el rey lleva púrpuras y por eso todos los soldados ponen púrpura sobre su manto, es decir, la insignia real, para mostrar que pertenecen al rey y combaten para él. Nosotros también tenemos la marca de púrpura sobre nuestra túnica, para señalar que somos soldados de Cristo y que debemos soportar todos los sufrimientos que él ha padecido por nosotros. Durante la pasión nuestro Maestro llevó un manto de púrpura: primero como Rey, porque es Rey de reyes y Señor de señores (Ap 19, 16); después porque fue burlado por los impíos. De esta manera al llevar púrpura profesamos, tal como lo he dicho, soportar todos los sufrimientos; y así como un soldado no abandona su estado para hacerse agricultor o comerciante (lo que significaría despreciar su profesión, pues según el Apóstol ningún soldado que quiere satisfacer al que lo ha enrolado se deja llevar por las cosas de los civiles (2Tm 2, 4), de la misma manera nosotros debemos luchar para no tener ninguna preocupación por las cosas del mundo y dedicarnos totalmente a Dios, con asiduidad y sin distracción, tal como está dicho de quien es virgen (cf: 1 Co 7, 34-35).
16. También tenemos un cinturón. ¿Por qué llevamos un cinturón?. El cinturón que vestimos significa que estamos prontos para trabajar. El que quiere trabajar comienza por ajustarse el cinto, y después se pone manos a la obra, según lo dicho: Que vuestra cintura esté ceñida (Lc 12, 35). Por otra parte, al estar hecho con cuero muerto, nos da a entender que debemos mortificar nuestro amor a los placeres. Esto se debe a que el cinto se coloca sobre las caderas y es allí donde Están los riñones( , en los cuales según se dice, se encuentra localizada la fuerza concupiscible del alma. Eso es lo que dice el Apóstol: Mortificad vuestros miembros terrenos, la fornicación, la impureza, etc. (Col 3,5).
17. También tenemos un escapulario. Se coloca sobre los hombros en forma de cruz. Ello significa que cargamos sobre nuestras espaldas el signo de la cruz, según lo dicho: Toma tu cruz y sígueme (Mt 16,24). Y ¿Qué es esa cruz sino la muerte perfecta que logra en nosotros nuestra fe en Cristo? Porque, como dice el libro de los Ancianos: "La fe supera todos los obstáculos, y nos hace fácil la ascesis", la cual nos lleva a esa muerte perfecta que consiste en morir a todo lo que es de este mundo, es decir, después de haber abandonado a nuestros parientes, debemos luchar contra el afecto que nos une a ellos; después de haber abandonado las riquezas, todos los bienes y todas las cosas, debemos abandonar también la atracción que siguen ejerciendo sobre nosotros. Ese es el perfecto renunciamiento.
18. También llevamos una capucha. Es un símbolo de la humildad. Son los niños, que son inocentes, los que llevan capucha, no los adultos. Por eso al llevarla queremos ser como los niños en cuanto a la malicia, según lo que dice el Apóstol: No seáis niños en cuanto a la inteligencia, sino en cuanto a la malicia (1Co 14, 20). ¿Qué significa ser niño en cuanto a la malicia? Los niños al no tener malicia no se encolerizan cuando son injuriados, ni sufren de vanidad cuando los felicitan. No se enojan cuando tomamos sus cosas, porque son niños para la maldad. No retienen ninguna pasión, ni exigen que se los honre.
Pero la capucha también es un símbolo de la gracia de Dios. Al igual que la capucha protege y mantiene el calor en la cabeza del niño, de la misma manera la gracia divina protege nuestra alma, como dice el libro de los Ancianos: "La capucha es símbolo de la gracia de Dios nuestro Salvador, que protege la parte más sublime del alma y cubre de cuidados nuestra infancia en Cristo contra todos los que intentan golpearla o dañarla".
19. Al tener sobre la cadera el cinturón que significa la mortificación de los apetitos irracionales, teniendo sobre los hombros un escapulario que es la cruz, y sobre la cabeza una capucha, símbolo de la inocencia y de la infancia en Cristo, "vivamos conforme a nuestro hábito, tal como lo dicen los Padres, para no llevar una vestidura que nos sea extraña". Si hemos abandonado las grandes cosas, hagamos lo mismo con las pequeñas. Si hemos abandonado el mundo, dejemos también sus afectos porque, tal como hemos dicho antes, sin que nos demos cuenta nos atan al mundo a través de cosas ínfimas y miserables, que no merecen ningún interés de nuestra parte.
20. Si queremos ser completamente libres, comencemos a negar nuestra voluntad propia, y de esta manera, poco a poco, llegaremos con la ayuda de Dios a despojarnos verdaderamente. Nada hay tan provechoso para el hombre como el negar su voluntad propia. Por este camino progresamos más allá de toda virtud. El que anda por esta vía de la negación de la voluntad propia se asemeja al viajante que encuentra un atajo por el cual se ahorra gran parte del camino. Ello se debe a que negando nuestra voluntad alcanzamos el desapego de las cosas, y por este desapego, con el auxilio de Dios, llegaremos a la impasibilidad.
Por este medio es posible llegar en un breve espacio de tiempo a negar diez inclinaciones de nuestra voluntad. Y este es el modo: un hermano se encuentra dando vuelta y ve alguna cosa. Su pensamiento le dice: "mírala", pero él responde: "no, no miraré". Niega su voluntad y no mira. Después se encuentra con unos hermanos que Están hablando y su pensamiento le sugiere: "tú también puedes decir algo". Pero niega su voluntad y no habla. Pero le viene otro pensamiento que le dice: "Ve a ver al cocinero y pregúntale qué está preparando". Pero no va sino que niega su voluntad. Luego, por azar, ve un objeto y le interesa saber quién lo ha traído. Niega su voluntad y no pregunta. De esta manera, por las sucesivas negaciones de su voluntad va adquiriendo un hábito, y de las pequeñas cosas pasa a negarse en las grandes con gran tranquilidad. De esta manera llega a no tener más voluntad propia. Cualquier cosa le agrada, como si viniese de su propia voluntad. Y de esta manera, no queriendo en nada hacer su voluntad, encuentra que la hace en todas las cosas. Todo lo que le sucede y que no depende de él le resulta provechoso. De este modo se encuentra sin ningún apego y por ese despojamiento, como ya he dicho, llega a la impasibilidad.
21. Tengan en cuenta qué progresos se pueden realizar por medio de la negación de la voluntad propia. Fíjense, si no, en el bienaventurado Dositeo. Provenía de una vida relajada y sensual, y no había oído hablar ni una palabra acerca de Dios. Sin embargo, todos ustedes conocen las cumbres a que lo llevó en poco tiempo la fiel práctica de la obediencia y la negación de la voluntad propia. También todos ustedes saben como Dios lo ha glorificado y no ha permitido que tal virtud cayese en el olvido. Dios se lo ha revelado a un anciano que vio a Dositeo en medio de todos los santos gozando de su felicidad.
22. Les voy a contar también otro suceso, del cual fui testigo, para que vean cómo la obediencia y el rechazo de la voluntad propia pueden librar a un hombre de la misma muerte. Estando yo en el monasterio de abba Séridos, vino un discípulo de un gran anciano de la región de Ascalón para cumplir un encargo de su abba. Este le había dado la orden de que esa misma tarde volviera a su celda. Pero sucedió que se desató una gran tormenta, con lluvias torrenciales y grandes truenos. Un río vecino estaba en plena crecida. A pesar de todo el hermano quiso partir, por la orden que había recibido de su Anciano. Nosotros le insistimos en que se quedara, porque consideramos imposible que pudiera cruzar el río y salir sano y salvo, pero él no se dejaba convencer. Entonces nos dijimos: "Acompañémosle hasta el río. Cuando lo vea, él mismo se convencer ". Salimos entonces con él. Al llegar al río el hermano se alzó sus vestidos, los ató sobre su cabeza, se ciñó un manto y se echó al río en medio de una terrible correntada. Nosotros permanecimos mudos de estupor, temiendo por su vida pero él continuaba nadando y enseguida llegó a la otra orilla. Tomó nuevamente sus vestidos, nos hizo de lejos una reverencia, se despidió y salió corriendo. Nosotros quedamos estupefactos y llenos de admiración al ver el poder de la virtud. Mientras nosotros temíamos y no veíamos ninguna posibilidad, él atravesó el río sin ningún peligro gracias a su obediencia.
23. Algo similar le sucedió a un hermano cuyo abba lo había enviado a la ciudad por unos encargos que debía realizar con su proveedor. Al verse incitado al mal por la hija de éste, sólo dijo: "Oh Dios, por las oraciones de mi padre ¡líbrame!". Inmediatamente se encontró en la ruta que llevaba a Escete, volviendo a lo de su padre. Ese es el poder de la virtud, ese es el poder de una palabra. ¡Qué seguridad otorga recurrir a las oraciones de su padre espiritual! Porque el hermano dijo: "¡Oh Dios, líbrame por las oraciones de mi padre!" y enseguida se encontró en el camino de regreso. Consideren la humildad y la prudencia de los dos. Estaban en un apuro y el anciano quiso enviarlo al que le hacía sus comisiones. No le dijo: "Ve", sino: "¿Quieres ir?". De la misma manera el hermano no le respondió: "Voy", sino: "Haré lo que tú quieras". Rechazaba dos cosas: las ocasiones de una caída y la desobediencia a su padre. Más tarde, al hacerse más apremiante la necesidad, el anciano le dijo: "Ve, ponte en camino", y no le dijo: "Confío en que mi Dios te proteger ", sino: "Confío en que ser s protegido por las oraciones de mi padre". Igualmente en el momento de la tentación el hermano no dijo: "Dios mío ¡sálvame!, sino: "Oh Dios, por las oraciones de mi padre ¡sálvame!". Cada uno puso su esperanza en las oraciones de su padre.
Fíjense cómo se unieron la humildad con la obediencia. Del mismo modo que en el tiro de un carro ninguno de los dos caballos puede adelantarse al otro, pues se rompería el carro, así la humildad debe ir a la par de la obediencia. Y ¿cómo se puede obtener esa gracia sino, tal como he dicho, haciéndose violencia, negando su voluntad propia y abandonándose a Dios través de su padre sin dudar jamás, haciendo como esos dos hermanos, con la total seguridad de estar obedeciendo a Dios? Seremos así dignos de obtener misericordia y ser salvados.
24. Se cuenta que un día San Basilio, visitando sus monasterios, preguntó a uno de los superiores: "¿Tienes algún hermano que este en el camino de la salvación?" A lo que respondió el abba: "Señor gracias a tus oraciones todos esperamos ser salvados". Pero el santo volvió a preguntar: "¿Tienes a alguno que esté en el camino de la salvación?" Entonces el abba comprendió, porque él también era un hombre espiritual, y le respondió: "Sí". "Tráemelo", le dijo el santo. El hermano llegó y el santo le dijo: "Dame algo para lavarme". El hermano salió y le trajo lo necesario. Después de lavarse, San Basilio tomó la jarra y le dijo al hermano: "Lávate también tú". Sin discutir el hermano se lavó con el agua que le vertió el santo. Después de esta prueba San Basilio le dijo también: "Cuando entre en la iglesia hazme acordar de que te imponga las manos". Y el hermano obedeció sin discutir. Cuando vio a San Basilio en la iglesia se lo hizo recordar. El obispo le impuso las manos y se lo llevó con él. ¿Qué otro hubiese merecido más que este hermano el poder vivir junto a este santo hombre de Dios?
25. En cambio, ustedes, hermanos, no han hecho la experiencia de esa obediencia que no juzga, y entonces no conocen el descanso que se encuentra en ella. Un día interrogué al abba Juan, discípulo de Barsanufio: "Maestro, la Escritura dice que es por las muchas tribulaciones por lo que entraremos en el reino de los cielos (Hch 14, 22). Pero yo noto que no tengo la menor tribulación. ¿Qué debo hace entonces para no perder mi alma? . Decía esto porque yo no tenia ninguna tribulación ni preocupación. Si me venía algún pensamiento, tomaba mi tabla y le escribía al Anciano (porque antes de entrar a servirlo lo interrogaba por escrito), y antes de terminar de escribir ya experimentaba el consuelo y el provecho. Y de ahí provenían mi despreocupación y mi paz. Sin embargo, por desconocer el poder de la virtud y al haber oído que es por muchas tribulaciones por lo que se debe entrar en el reino de los cielos, me inquietaba el no ser probado. Pero cuando le comuniqué mi temor al Anciano, éste me dijo: "No te atormentes, tú no tienes problema. Todos los que se entregan a la obediencia de los Padres experimentan esa falta de problemas y ese descanso".
II CONFERENCIA
LA HUMILDAD
26. Dice un anciano: "Ante todo necesitamos humildad; y por cada cosa que nos dicen debemos estar dispuestos a decir: Perdón. Porque es por la humildad por lo que es aniquilado todo engaño de nuestro enemigo y adversario". Busquemos el sentido de este dicho del anciano. ¿Por qué nos dice: "Ante todo necesitamos humildad", y no más bien: "Ante todo necesitamos la temperancia"? En efecto el Apóstol nos dice: El atleta se priva de todo (1 Co 9, 25). ¿O por qué no dijo más bien: "Ante todo necesitamos el temor de Dios". ya que la Escritura nos dice: El principio de la sabiduría es el temor del Señor (Pr 15, 27)? ¿O por qué no dijo tampoco: "Ante todo necesitamos la limosna, o la fe" como en efecto está escrito: Por las limosnas y la fe los pecados son purificados (ibíd), o como nos dice el Apóstol: Sin la fe es imposible agradar a Dios? (Hb 11, 6). Por lo tanto, si es imposible agradar a Dios sin la fe, si por las limosnas y la fe son purificados los pecados, si el hombre se aparta del mal por el temor del Señor, si el principio de la sabiduría es el temor del Señor, y finalmente si el atleta se priva de todo, ¿por qué dijo el anciano: "Ante todo necesitamos humildad", dejando de lado todo aquello que es tan necesario? Porque lo que nos quiere enseñar es que, ni el temor de Dios, ni la limosna, ni la fe, ni la temperancia, ni ninguna otra virtud, puede existir sin la humildad. Y por ese motivo dice: "Ante todo necesitamos humildad: y por cada cosa que nos dicen debemos estar dispuestos a decir: Perdón. Porque es por la humildad por lo que es aniquilado todo engaño de nuestro enemigo y adversario".
27. Fíjense bien hermanos, cuán grande es el poder de la humildad, qué eficaz es el decir: ¡Perdón! Pero, ¿por qué llamamos al diablo no sólo enemigo sino adversario?. Se lo llama enemigo a causa de su odio insidioso al hombre y al bien: adversario porque se esfuerza en entorpecer toda obra buena. ¿Alguien quiere rezar? Pues él se opone y le pone trabas con los malos pensamientos, con alguna distracción obsesiva, con la acedia ¿Alguien quiere hacer limosna? Lo frena con la avaricia y el retraso. ¿Quiere otro velar? Se lo impide con la pereza y la negligencia. En síntesis, se opone a toda obra buena que emprendamos. Y es por eso por lo que no sólo se lo llama enemigo sino también adversario. De allí que digamos que "por la humildad es aniquilado todo engaño de nuestro enemigo y adversario".
28. Realmente es grande la humildad. Todos los santos han marchado por este camino de la humildad. y acortaron por sus trabajos su trayecto, según está dicho: Mira mi humildad y mis trabajos y perdona todos mis pecados (Sal 24, 18). Incluso por sí sola, como dice abba Juan, la humildad puede conducirnos, aunque más lentamente. Humillémonos también nosotros un poco y seremos salvados. Aunque no podamos, por nuestra debilidad, realizar esfuerzos penosos, tratemos de humillarnos. Tengo confianza en que por la misericordia de Dios, lo poco que hayamos hecho con humildad, nos valdrá para estar entre los santos que han sufrido muchas penas en el servicio de Dios. Sí, verdaderamente somos débiles e incapaces de realizar tales esfuerzos, pero ¿no podemos acaso humillarnos?.
29. Hermanos: ¡Feliz aquel que posee la humildad! La humildad es grande. Y aquel santo que dijo "La humildad ni se irrita ni irrita a nadie" describió muy bien al que posee una verdadera humildad. La ira no va con ella, porque la humildad se opone a la vanagloria y preserva al hombre de ella. Nos irritamos a causa de las riquezas y de los alimentos ¿Cómo podemos entonces decir que "la humildad no se irrita, ni irrita a nadie? Es que, como hemos dicho, la humildad es grande.
Es tan poderosa que atrae la gracia de Dios al alma y estando presente la gracia de Dios protege al alma contra esas dos pasiones graves. En efecto, ¿qué hay más grave que irritarse e irritar al prójimo? Ya lo decía Evagrio: "Es algo totalmente ajeno al monje el irritarse". Ya que el que se irrita si no es enseguida protegido por la humildad, cae poco a poco en un estado demoníaco, perturbando a los demás y perturbándose a sí mismo. Por eso el anciano dice: "La humildad ni se irrita, ni irrita a nadie".
30. Pero, ¿qué digo? ¿Solamente contra esas dos pasiones nos protege la humildad? Es más bien contra toda pasión y toda tentación contra lo que ella protege nuestra alma.
Cuando a San Antonio le fue dado contemplar todos los lazos tendidos por el diablo, preguntó a Dios gimiendo: "Quién podrá librarse de ellos? Y ¿qué le respondió Dios? "La humildad los vencer " . Y ¿qué otra cosa admirable agregó Dios? "Y nada podrá contra ella" ¿Ven, hermanos, su poder? ¿Ven la gracia de una virtud'? Verdaderamente no hay nada más poderoso que le humildad, nada la puede vencer. Si algo enojoso le sucede al humilde, enseguida se lo achaca a sí mismo, juzga que se lo ha merecido, no soporta reprochar a otro por ello, ni busca culparlo. Sencillamente lo soporta sin perturbarse, sin abatirse y en total calma. Por eso "la humildad ni se irrita, ni irrita a nadie". Hizo bien el santo en decirnos: "Ante todo tenemos necesidad de humildad".
3l. Hay dos clases de humildad. así como hay dos clases de orgullo: la primera clase de orgullo consiste en despreciar a su hermano, en no tenerlo en cuenta, como si no fuese nada, y en creerse superior a él. Si no procedemos de inmediato a vigilarnos estrictamente, caeremos poco a poco en la segunda especie que consiste en exaltarse ante Dios mismo y atribuirse sus buenas obras a sí mismo y no a Dios. En verdad, hermanos, yo conocí a uno que había caído en ese miserable estado. Al principio, cuando un hermano le decía algo, el lo despreciaba y decía: "¿Quién es ese? No hay en el mundo como Zósimo y sus discípulos". Después se puso a despreciar también a estos diciendo: "No hay como Macario", y poco después "¿Quién es Macarlo? No hay como Basilio y Gregorio". Pero enseguida comenzó a despreciarlos también: "¿Quiénes son Basilio y Gregorio?, decía. "No hay como Pedro y Pablo". Ciertamente hermano, le dije, pronto despreciarás a Pedro y a Pablo. Créanme, poco tiempo después comenzó a decir: "¿Quién es Pedro y quién es Pablo. No hay como la Santísima Trinidad". Finalmente se levantó contra el mismo Dios y esa fue su ruina. Por esta razón, hermanos, debemos luchar contra la primera clase de orgullo, para no caer poco a poco en el orgullo total.
32. Existe también un orgullo mundano y un orgullo monástico. El mundano consiste en creerse más que su hermano porque se es más rico, más hermoso, mejor vestido o más noble que él. Cuando veamos que nos gloriamos en esas cosas, o bien de que nuestro monasterio sea el más grande o el más rico o el más numeroso, sepamos que todavía estamos en el orgullo mundano.
Lo mismo sucede cuando nos vanagloriamos de cualidades naturales: por ejemplo de tener una voz bella o salmodiar bien, o de ser hábil o de trabajar y servir correctamente. Estos motivos son más elevados que los primeros, aunque todavía se trata de orgullo mundano.
El orgullo monástico consiste en gloriarse de sus vigilias, de sus ayunos, de su piedad, de sus observancias, de su celo, así como en humillarse por vanidad. Todo esto es orgullo monástico. Si no podemos evitar el enorgullecemos, conviene que este orgullo recaiga sobre cosas monásticas y no mundanas.
Hemos explicado, entonces, cuál es la primera especie de orgullo y cuál es la segunda; también hemos definido el orgullo mundano y el orgullo monástico. Mostremos ahora cuáles son las dos especies de humildad.
33. La primera consiste en considerar a su hermano como más inteligente que uno mismo y superior en todo; es decir, como decía un santo: "colocarse por debajo de todos", la segunda especie de humildad consiste en atribuir a Dios las buenas obras. Esa es la perfecta humildad de los santos. Ella nace naturalmente en el alma como consecuencia de la práctica de los mandamientos. En efecto, miremos hermanos los árboles cargados de frutos: son los frutos los que doblegan y hacen bajar las ramas. Al contrario, la rama que no tiene frutos se yergue en el espacio y crece derecha. Incluso hay cierto árboles cuyas ramas no dan frutos mientras se mantienen erguidas hacia el cielo, pero si se les cuelga una piedra para guiarlas hacia abajo, entonces dan fruto. Lo mismo sucede con el alma: cuando se humilla da fruto y cuanto más produce, más se humilla. Porque cuanto más se acerca a Dios, más pecadora se ve.
34. Recuerdo que un día hablábamos de la humildad y un hombre distinguido de Gaza, al oírnos decir que cuanto más nos acercamos a Dios, más pecadores nos vemos estaba asombrado y decía: "¿Cómo es posible?" No comprendía y pedía una explicación. "Distinguido Señor, le pregunté, dígame, ¿quién piensa que es usted en la ciudad?" "Un gran personaje, me respondió, el primero de la ciudad. Si va a Cesárea, ¿por quién se tendrá allí? Por inferior a los grandes de ese lugar: ¿y si va a Antioquía? Me tendré por extranjero; ¿y en Constantinopla, junto al Emperador? Por un miserable. Así es, le dije. así sucede a los santos: cuanto más se acercan a Dios, se ven más pecadores . Cuando Abrahán vio al Señor se llamó tierra y ceniza (Gn 18, 27). Isaías decía: Oh, qué miserable e impuro soy (Is 6, 5). De la misma manera cuando Daniel estaba en la fosa de los leones al llegar Habacuc con la comida y decirle: Toma la comida que Dios te envía, ¿qué dijo Daniel? El Señor se ha acordado de mi (Dan 14, 36-37). ¿Se dan cuenta, qué humildad tenía en su corazón? Estaba en la fosa, en medio de los leones que no le hacían ningún daño, y esto no solo una primera vez sino una segunda también (cf. Dan 6 y 14), y a pesar de todo eso se admiraba y decía: El Señor se ha acordado de mí.
35. ¡Fíjense en la humildad de los santos, en la disposición de su corazón! Aun siendo enviados por Dios para socorrer a los hombres rechazaban y huían de los honores por humildad. Si se echa un harapo sobre un hombre vestido de seda, va a tratar de evitarlo para no ensuciar su precioso vestido. Igualmente los santos revestidos de virtudes huyen de la gloria humana por temor de ser manchados. Por el contrario, los que desean la gloria se asemejan a un hombre desnudo que no cesa de buscar un trozo de tela o de cualquier otra cosa con la cual cubrir su indecencia. Así el que está desprovisto de virtudes busca la gloria de los hombres. Enviados por Dios para socorro del prójimo, los santos lo rechazaban por humildad. Moisés decía: Te suplico que tomes a otro que sea capaz yo soy torpe de palabra y se me traba la lengua (Ex 4, 10). Y Jeremías: Soy muy joven (Jr 1, 6). Todos los santos, en general. han adquirido esa humildad, como lo hemos visto, por la práctica de los mandamientos. Cómo es ella o cómo nace en el alma, nadie lo puede expresar por palabras a quien no lo haya aprendido por experiencia. Nadie podría trasmitir a otros con simples palabras.
36. Un día abba Zósimo hablaba acerca de la humildad, y un sofista que se encontraba allí, oyendo sus palabras, quiso saber el sentido exacto: "Dime, le dijo, ¿cómo puedes creerte pecador? ¿No sabes que eres santo, que posees virtudes? ¡Bien ves que practicas los mandamientos! ¿Cómo, en esas condiciones, te puedes creer pecador". El anciano, no encontrando una respuesta para darle le dijo: "No sé cómo decírtelo, ¡pero es así! El sofista le insistía para que le diera una explicación. Pero el anciano, no encontrando cómo exponerle la cuestión, se puso a decir con santa simplicidad: "¡No me atormentes!; yo sé que es así". Viendo que el anciano no sabia que responder le dije: "¿No es acaso como sucede en la sofística y en la medicina? Cuando conocemos bien esas artes y las ponemos en práctica, vamos adquiriendo, poco a poco, por ese ejercicio mismo, una suerte de hábitos de médico o de sofista. Nadie podría decir ni sabría explicar cómo le vino ese hábitos. Como dije, poco a poco e inconscientemente, el alma lo adquiere por el ejercicio de su arte. Lo mismo podemos pensar acerca de la humildad: de la práctica de los mandamientos nace una disposición de humildad, que no se puede explicar con palabras". Al escuchar esto, abba Zósimo se llenó de alegría y me abrazó diciendo: "Has encontrado la explicación. Es como tú lo has dicho". En tanto el sofista quedó satisfecho y admitió también el razonamiento.
37. Verdaderamente, ciertas palabras de los ancianos nos dejan entrever esa humildad, pero la disposición espiritual de la misma, nadie podría decir en qué consiste. Cuando abba Agatón estuvo cerca de su fin, los hermanos le dijeron: "Padre ¿tú también sientes temor?" Y él respondió: "Sin ninguna duda he hecho todo lo posible para guarda: los mandamientos, pero soy un hombre, y ¿cómo podría saber si mis obras agradaron a Dios? Porque uno es el criterio de Dios y otro el de los hombres" . Fíjense, hermanos, cómo este anciano nos ha abierto los ojos para entrever la humildad, y nos ha indicado un camino para alcanzarla. Pero cómo es ella, o cómo nace en el alma, ya lo he dicho muchas veces, nadie podría explicarlo, y tampoco puede descubrirlo por un razonamiento si el alma por sus obras no ha merecido captarlo. Los Padres han dicho qué es lo que la obtiene. En el libro de los Ancianos se cuenta que un hermano le preguntó a un anciano: "¿Que es la humildad?". El anciano respondió: "La humildad es una obra grande y divina. El camino de la humildad son los trabajos corporales realizados 'con sabiduría'; el tenerse por inferior a todos, y orar a Dios sin cesar". Ese es el camino de la humildad, pero la humildad misma es divina e incomprensible.
38. Pero, ¿por qué se dice que los trabajos corporales llevan al alma a la humildad? ¿Cómo pueden los trabajos corporales ser virtud del alma?
Ya hemos dicho más arriba que tenerse por inferior a todos se opone a la primer clase de orgullo. ¿Cómo podría el que se pone por debajo de todos creerse más grande que su hermano, o exaltarse en cualquier cosa o acusar o despreciar a alguien? Lo mismo acerca de la oración continua. Es claro que ella se opone a la segunda clase de orgullo. Porque es evidente que el hombre humilde y piadoso, sabiendo que nada bueno se puede hacer en su alma sin el auxilio y la protección de Dios, jamás cesa de invocarlo para que tenga misericordia de él. Y el que ora a Dios sin cesar sabe cuál es la fuente de cualquier obra buena que realice y no podría en consecuencia sentir orgullo ni atribuirlo a sus propias fuerzas. Es a Dios a quien atribuye todas sus obras buenas, y no cesa de darle gracias e invocarlo, temiendo que la pérdida de su auxilio haga aparecer su debilidad y su impotencia. De este modo la humildad lo hace orar y la oración lo hace humilde, y cuanto más hace el bien, tanto más se humilla, y cuanto más se humilla más socorro recibe y progresa así por su humildad.
39. ¿Por qué se dice, entonces, que también los trabajos corporales procuran humildad? ¿Qué influencia puede tener el trabajo del cuerpo sobre una disposición del alma? Se lo voy a decir. Cuando el alma se apartó del precepto para caer en el pecado, la desdichada fue entregada, según dice San Gregorio, a la concupiscencia y a la total libertad del error. Amó los bienes corporales y, en cierta manera, fue hecha una sola cosa con el cuerpo, transformándose toda ella en carne, según lo escrito: Mi espíritu no permanecer en esos hombres, pues son de carne (Gn 6, 3). De este modo, la desgraciada alma sufre con el cuerpo; ella queda afectada en si misma por todo lo que el cuerpo hace. Por eso el anciano dice que incluso el trabajo corporal lleva a la humildad. De hecho, las disposiciones del alma son las mismas en el hombre sano que en el enfermo; en el que tiene hambre que en el satisfecho. No son las mismas en un hombre montado a caballo que en el que está montado en un asno; en el que está sentado en un trono, que en el que está sentado en la tierra; en el que está muy bien vestido, que en el que está vestido miserablemente. Por lo tanto, el trabajo humilla el cuerpo, y cuando el cuerpo es humillado también el alma lo es con él, de tal manera que el anciano tenía razón al decir que incluso el trabajo corporal conduce a la humildad. Por eso Evagrio, al ser tentado de blasfemar, no ignorando en su sabiduría que la blasfemia viene del orgullo y que la humillación del cuerpo trae la del alma, pasó cuarenta días sin entrar bajo techo, de tal forma que su cuerpo, cuenta el narrador, producía gusanos, como las bestias salvajes. Ese castigo no era para la blasfemia, sino para la humildad. El anciano ha hecho bien en decir que los trabajos corporales también conducen a la humildad. Que el Dios de bondad nos conceda la gracia de la humildad que libra al hombre de grandes males y lo protege de grandes tentaciones.
III CONFERENCIA
LA CONCIENCIA
40. Cuando Dios creó al hombre, puso en él un germen divino, una especie de facultad más viva y luminosa que una chispa, para iluminar el alma y permitirle discernir entre el bien y el mal. Es lo que llamamos conciencia, que no es sino la ley natural. Ella está representada _según los Padres_ por los pozos que cavó Jacob y que los filisteos llenaron de tierra (cf. Gn 26,15). Fue conformándose a esa ley de la conciencia cómo los Patriarcas y todos los santos anteriores a la ley escrita fueron agradables a Dios. Pero progresivamente los hombres la fueron sepultando por sus pecados y terminaron por despreciarla, de tal modo que nos hicieron falta la ley escrita, los profetas, y la misma venida de Nuestro Señor Jesucristo para sacarla a la luz y despertarla, para revivir por la práctica de sus santos mandamientos esa chispa sepultada. Est ahora en nosotros el enterrarla nuevamente o dejarla brillar para que nos ilumine, si es que le obedecemos. En efecto, si nuestra conciencia nos indica hacer tal cosa y nosotros la despreciamos, si ella insiste nuevamente y nosotros no hacemos lo que dice, persistiendo en pasarla por alto, terminaremos por sepultarla y el peso con que la hemos tapado le impedirá en adelante hablarnos con claridad.
Pero como una lámpara cuya luz está opacada por las manchas, comienza a hacernos ver las cosas más confusamente, más oscuramente, por así decirlo, y del mismo modo que en aguas fangosas nadie puede reconocer su rostro, comenzaremos a no percibir más su voz e incluso llegaremos a creer que no tenemos ya conciencia. Sin embargo no hay nadie que esté privado de ella, porque como lo hemos dicho, es algo divino que no puede morir nunca; ella nos recuerda continuamente lo que debemos hacer, somos nosotros los que no la oímos más porque, como ya lo he dicho, la hemos despreciado.
41. Por eso el Profeta llora sobre Efraín diciendo: Efraín ha oprimido a su adversario y pisoteado el juicio (Os 10, 11). Es a la conciencia la que él llama adversario. De ahí proviene lo dicho en el evangelio: Ponte pronto de acuerdo con tu adversario mientras estas en camino con él, no sea que este te entregue al juez, y el juez a los guardias que estos te metan en prisión. En verdad te digo que no saldrás hasta que hayas pagado hasta el último céntimo (Mt 5, 25-26). ¿Por qué conciencia es llamada adversario? Porque ella se opone constantemente a nuestra voluntad torcida nos acusa cuando no hacemos lo que debemos, y también si hacemos lo que no debemos hacer nos condena. Por eso es llamada adversario y se nos da el consejo de ponernos de acuerdo pronto con el adversario mientras estamos con él en camino. El camino, tal como lo entiende San Basilio, es el mundo presente.
42. Esforcémonos, hermanos, por cuidar nuestra conciencia mientras estemos en este mundo, procurando no caer en su condenación en cualquier cosa que hagamos, y tratando de no despreciarla o pasarla por alto jamás en cualquier cosa, por mínima que parezca.
Porque de esas pequeñas cosas que consideramos sin importancia, pasaremos a despreciar también las grandes.
Se comienza pues por decir: ¿Qué importa si digo esa palabra?, ¿qué importa si como ese bocado?, ¿qué importa si me meto en ese asunto? Y a fuerza de decir qué importa esto, qué importa aquello, se contrae un cáncer maligno y pernicioso, se comienza a subestimar las cosas importantes y aun graves, a pisotear nuestra conciencia, y finalmente corremos el riesgo de degradarnos poco a poco hasta llega a una total insensibilidad.
Por eso, hermanos, cuidemos de no subestimar las cosas pequeñas, no las despreciemos como insignificantes No son pequeñas, son un cáncer, son un hábito nocivo. Estemos alerta, cuidémonos de las cosas leves, no sea que se transformen en graves. La virtud y el pecado comienzan por cosas pequeñas, pero llevan a las cosas grandes, sean buenas o malas. Por eso el Señor nos exhorta a cuidar nuestra conciencia, bajo forma de una advertencia dirigida a alguien en particular: "Fíjate lo que haces, desdichado, atención". Ponte de acuerdo pronto con tu adversario mientras est s en camino con él. Y agrega aún para hacernos ver el carácter temible y peligroso de la situación: No sea que este te entregue al juez y el juez a los guardias, y que estos te pongan en prisión. ¿Y entonces? En verdad te digo que no saldrás hasta que hayas pagado hasta el último céntimo. Porque como ya he dicho, es ella, la conciencia, la que nos instruye con sus reproches acerca del bien y del mal así como nos muestra lo que hay que hacer o no hacer. Y también ser ella quien nos acusar en el siglo venidero. Por ello el Señor dice: No sea que este te entregue al juez... y lo que sigue.
43. Pero cuidar la conciencia implica una gran diversidad de aplicaciones. Cuidarla en lo que respecta a Dios, en lo que respecta al prójimo y en lo que respecta a las cosas materiales.
En primer lugar en lo que respecta a Dios, cuidando de no despreciar sus mandamientos aun en aquello que escapa a las miradas de los hombres y de lo que por lo tanto no se nos pedirá cuenta. Aquel que guarda su conciencia por Dios, en lo secreto, es el que, por ejemplo, evita descuidar la oración, evita descuidar la vigilancia cuando un pensamiento apasionado irrumpe en su corazón, en vez de detenerse en él y consentirlo, el que evita sospechar del prójimo y juzgarlo por las apariencias cuando lo ve decir o hacer alguna cosa. En una palabra, todo lo que sucede en lo secreto y que nadie conoce sino Dios y nuestra conciencia, debe ser objeto de nuestra vigilancia. Y esto es guardar nuestra conciencia respecto a Dios.
44. En cuanto a la conciencia con respecto al prójimo, consiste en no hacer absolutamente nada que pueda afligirlo o herirlo, ya sea un acto, una palabra, un gesto o una mirada. Porque, vuelvo a repetirlo, hay actitudes hirientes para con el prójimo: una mirada puede llegar a herirlo. En síntesis, toda vez que el hombre sabe que obra con la intención de molestar al prójimo ensucia su propia conciencia, ya que esta sabe bien que intentamos lastimar o afligir.
Debemos cuidar de no obrar así. Y esto es guardar la conciencia con respecto al prójimo.
45. Finalmente cuidar la conciencia con respecto a las cosas materiales consiste en evitar hacer mal uso de ellas, no permitir que nada se pierda o abandone, no desdeñar el recoger y ordenar un objeto que veamos tirado, aunque sea insignificante. También consiste en evitar el descuido en nuestros vestidos. Alguien podría por ejemplo usar sus ropas una o dos semanas más, pero sin esperar ese plazo, se apresura a lavarlas y sacudirlas. Esas ropas podrían haber servido cinco meses o más todavía, pero a fuerza de lavarlas se desgastan y se hacen inutilizables. Eso sería obrar contra la conciencia.
Lo mismo sucede en cuanto a la cama. A menudo podríamos conformarnos con una simple almohada pero queremos un gran colchón. Teniendo una cobija de lana desearíamos cambiarla por otra nueva o más bonita, por frivolidad o capricho. Podríamos contentarnos con un manto hecho de varios retazos pero reclamamos uno de una sola pieza de lana e incluso llegamos a enojarnos si no lo recibimos. Si además viendo lo que tiene nuestro hermano comenzamos a decir: "¿Por qué tiene él eso y yo no? ¡El es un afortunado!", no estamos en el camino del crecimiento. También puede suceder que al colgar la túnica o la frazada al sol olvidemos recogerla y la dejemos arruinar. Todo esto es también obrar contra nuestra conciencia.
Lo mismo sucede con los alimentos. Podríamos conformarnos con un poco de legumbres frescas o secas, o con algunas aceitunas. Pero en lugar de contentarnos con eso buscamos otro alimento más agradable y más costoso. Todo esto es contra la conciencia.
46. Ahora bien, los Padres nos dicen que el monje no debe dejar nunca que ninguna cosa por mínima que sea atormente su conciencia. Es preciso por tanto, hermanos, permanecer siempre vigilantes y cuidarnos de todas estas faltas para no ponernos en peligro. El mismo Señor nos lo ha prevenido, como vimos más arriba. Que Dios nos conceda comprender y guardar estas enseñanzas para que los dichos de nuestros Padres no sean motivo de nuestra condenación.
IV CONFERENCIA
EL TEMOR DE DIOS
47. San Juan dice en las epístolas católicas: El amor perfecto expulsa el temor (1 Jn 4 18). ¿Qué nos quiere decir con esto? ¿De qué amor nos habla y de qué temor? Pues el Profeta dice en el salmo: Todos sus santos temed al Señor (Sal 33 10). Y en las santas Escrituras encontramos mil otros pasajes semejantes. Por lo tanto si los santos que aman de tal manera al Señor le temen, ¿cómo puede decir san Juan: El amor expulsa el temor? Quiere mostrarnos que hay dos temores, uno inicial y el otro perfecto; el primero es el de los que se inician en la piedad, y el otro es el de los santos q han llegado a la perfección y a la cumbre del santo amor. Por ejemplo, el que hace la voluntad de Dios por temor a sus castigos: todavía es principiante tal como dijimos, ya que no hace el bien por sí mismo sino por el temor a los castigos. Otro hace la voluntad de Dios porque ama a Dios mismo, y ama especialmente serle grato: éste sabe lo que es el bien, conoce lo que es estar con Dios. Este es el que posee el amor verdadero, el amor perfecto como dice san Juan, y ese amor lo lleva al temor perfecto. Teme y guarda la voluntad de Dios no por evitar los azotes o el castigo, sino porque, habiendo gustado la dulzura de estar con Dios, como hemos dicho, aborrece el perderla, teme quedar privado de ella. Este temor perfecto, nacido del amor, expulsa el temor inicial. Y es por eso que san Juan dice que el amor perfecto expulsa el temor: Pero es imposible llegar al temor perfecto sin pasar por el temor inicial.
48. Hay en efecto, como dice san Basilio, tres estados en los que podemos agradar a Dios. O bien hacemos lo que agrada a Dios por temor al castigo y entonces estamos en la condición de esclavos; o bien buscando la ventaja de un salario cumplimos las órdenes recibidas en vista de nuestro propio provecho, asemejándonos así a los mercenarios; o finalmente, hacemos el bien por el bien mismo y estamos así en la condición de hijos. Porque el hijo, al llegar a una edad razonable, hace la voluntad de su padre no por temor al castigo, ni para obtener una recompensa, sino porque amando a su padre, guarda hacia él el afecto y el honor debido a un padre, con la convicción de que todos los bienes de su padre le pertenecen. Este merece oír que se le diga: Ya no eres más esclavo sino hijo y heredero de Dios por Cristo (Ga 4, 7). Es evidente que no teme más a Dios con ese temor inicial del cual hablamos, sino que ama como decía San Antonio: "Ya no temo más a Dios, sino que lo amo" . Del mismo modo el Señor, al decir a Abraham, después que este le ofreció a su hijo: Ahora sé que temes a Dios (Gn 22,12), quería referirse a ese temor perfecto nacido del amor. Si no ¿cómo pudo decirle: Ahora sé...? Discúlpenme pero Abraham ¡había hecho tantas cosas!; había obedecido a Dios, había abandonado todos sus bienes, se había establecido en una tierra extranjera, en un pueblo idólatra, donde no había ninguna señal de culto divino. Pero, sobre todo, había soportado esa terrible prueba del sacrificio de su hijo. Y después de todo eso el Señor le dice: Ahora sé que temes a Dios. Es muy claro que allí habla del temor perfecto, el de los santos. Porque ellos hacen la voluntad de Dios no ya por temor a un castigo o para obtener una recompensa, sino por amor, como lo hemos dicho muchas veces, temiendo hacer cualquier cosa contra la voluntad de aquel a quien aman. Por lo cual san Juan dice: El amor expulsa el temor. Los santos no obran más por temor, sino que temen por amor.
49. Este es el temor perfecto, pero, lo repito, es imposible llegar a él sin haber tenido antes el temor inicial. Porque está dicho: El principio de la sabiduría es el temor del Señor (Sal 110, 10); y también: El principio y el fin es el temor del Señor (cf. Pr 1, 7; 9, 10; 22, 4). La Escritura llama comienzo al temor inicial, al cual sigue el temor perfecto, el de los santos. Ese temor inicial es el nuestro. Como un esmalte sobre el metal, guarda al alma de todo mal, según está escrito: Todo hombre se aleja del mal por el temor del Señor (Pr 15, 27). Aquel que se aparta del mal por temor al castigo, como un esclavo asustado de su señor, comienza progresivamente a hacer el bien, y poco a poco pasa a esperar una recompensa por sus buenas obras, como el mercenario. Y si continua huyendo del mal por temor, como el esclavo, y después haciendo el bien con la esperanza de una ganancia como el mercenario, perseverando así en la virtud, con el auxilio de Dios y uniéndose cada vez más a él, terminar por gustar del verdadero bien, y al tener una cierta experiencia de él, no querrá ya separarse nunca más. ¿Quién podrá entonces, como dice el Apóstol, separarlo del amor de Cristo (cf Rm 8, 35)? Entonces alcanzar la perfección del hijo, amar el bien por el bien mismo, y temer porque ama. Y tal es el temor grande y perfecto.
0 50. Para enseñarnos la diferencia entre esos dos temores, el Profeta decía: Venid hijos escuchadme os instruiré en el temor del Señor (Sal 33, 12). Apliquemos nuestro espíritu a cada palabra del Profeta y veamos cómo cada una tiene su significación. En primer lugar dice: Venid a mi, para invitarnos a la virtud. Después agrega: hijos; los, santos llaman hijos a aquellos a los que su palabra ha hecho pasar del vicio a la virtud, como dice el Apóstol: Hijitos míos, por quienes sufro nuevamente los dolores del parto hasta que Cristo sea formado en vosotros (Ga. 4, 19). Enseguida, y después de habernos llamado e invitado a esa transformación, el Profeta nos dice: Os enseñaré el temor del Señor. Fíjense en la seguridad del santo. Nosotros cuando queremos dar alguna buena enseñanza siempre empezamos por decir: "¿Quieren que conversemos un rato y que hablemos sobre el temor del Señor o sobre otra virtud?". El santo en cambio no habla así, sino que dice con toda seguridad: Venid, hijos, escuchadme, os instruiré en el temor del Señor. ¿Quién es el hombre que ama la vida y desea tener días felices? (Sal 33, 13). Y como si alguien respondiese: "Yo quiero; enséñame cómo vivir y conocer días felices", le responde diciendo: Guarda tu lengua del mal y tus labios del engaño (Sal 33, 14). Fíjense, hermanos, cómo siempre el temor de Dios impide obrar el mal. Guardar su lengua del mal es no lastimar de ninguna manera la conciencia del prójimo, ni hablar mal de él, ni irritarlo. Guardar sus labios del engaño es no engañar al prójimo.
El Profeta sigue: Apártate del mal (Sal 33, 15). Después de haber hablado de faltas particulares: la mentira, el engaño, llega ahora al vicio en general: Apártate del mal, es decir huye absolutamente de todo mal, apártate de todo lo que implica pecado. Pero no se detiene allí, y agrega: Y haz el bien. Sucede en efecto que no hacemos el mal, sin que por eso hagamos el bien. Se puede no ser injusto pero sin practicar la misericordia, o bien no odiar sin por eso amar. De este modo el Profeta ha tenido razón en decir: Apártate del mal y obra el bien.
Fíjense, hermanos, cómo el Profeta nos muestra la sucesión de los tres estados de los que hemos hablado: por el temor de Dios se lleva al alma a apartarse del mal, incitándola así a elevarse hasta alcanzar el bien. Porque en la medida en que se llega a no cometer el mal y a alejarse de él, se comienza naturalmente a obrar el bien bajo la guía de los santos. A estas palabras el Profeta agrega expresamente: Busca la paz y síguela (Sal 33, 15). No dice solamente búscala sino síguela, córrela, para alcanzarla.
51. Prestemos atención a estas palabras y veamos la precisión del santo. Cuando alguien llega a apartarse del mal y se esfuerza, con la ayuda de Dios, en hacer el bien, inmediatamente caen sobre él los ataques del enemigo. Lucha, se aflige, está agobiado: no sólo teme el volver al mal, como dijimos del esclavo, sino que también espera la retribución del bien, como un mercenario. En los ataques y contraataques de este combate con el enemigo, muchas veces con sufrimiento y atormentado, obra el bien. Pero cuando le llega el socorro de Dios y comienza a habituarse al bien, entonces empieza a entrever el reposo y gusta progresivamente de la paz. Es entonces cuando se da cuenta de lo que es la aflicción de la guerra, de lo que es la alegría la felicidad de la paz. Finalmente busca esa paz, se apresura, corre tras ella para atraparla, para poseerla en plenitud y hacerla morar en él. ¿Qué cosa hay más dichosa que un alma que ha llegado a este estado? Es entonces cuando llega a la condición de hijo, como lo dijimos tantas veces. Pues, felices los hacedores de paz, porque ser n llamados hijos de Dios (Mt 5, 9) ¿Quién podrá decir entonces que esa alma hace el bien todavía por algún otro motivo que no sea el gozo del bien mismo? ¿Quién conocer esa alegría sino aquel que tuvo la experiencia? Entonces, ese tal descubre también el temor perfecto del que hemos hablado continuamente.
Ya hemos sido instruidos acerca del temor perfecto de los santos, así como del temor inicial, el nuestro; sabemos lo que el temor de Dios expulsa y a lo que nos lleva. Debemos ahora ver cómo viene el temor de Dios, y lo que nos aleja de él.
52. Los Padres han dicho que el hombre adquiere el temor de Dios por el recuerdo de la muerte y de los castigos; al examinar cada tarde cómo pasó el día y cada mañana cómo ha pasado la noche; guardándose de la ligereza de espíritu y uniéndose a un hombre temeroso de Dios. En efecto, se cuenta que un hermano preguntó a un anciano: "Padre, ¿qué debo hacer para temer a Dios?", a lo que el anciano respondió: "Ve, únete a un hombre temeroso de Dios, y por lo mismo que le teme, te enseñar a ti el temor de Dios" Por el contrario, alejamos de nosotros el temor de Dios si hacemos lo opuesto a todo eso: Si no pensamos en la muerte ni en los castigos, si no nos vigilamos a nosotros mismos, si no examinamos nuestra conducta, viviendo de cualquier manera y juntándonos con cualquier persona. Pero sobre todo, cuando nos entregamos a la ligereza de espíritu, que es lo peor de todo y la ruina segura.
¿Qué otra cosa aleja tanto de nosotros el temor de Dios como la ligereza de espíritu? Es lo que llevó a decir a abba Agatón, cuando fue interrogado acerca de ella, que se asemeja a un gran viento que al elevarse hace huir a todos y arranca los frutos de los árboles. ¡Fíjense qué poderosa es esta pasión! ¡Fíjense en su furor! Cuando abba Agatón fue nuevamente interrogado sobre si la ligereza de espíritu era tan dañina, respondió: "No hay pasión tan perjudicial como la ligereza de espíritu. Ella es la madre de todas las pasiones". Con mucha certeza e inteligencia el anciano dice que es la madre de todas las pasiones, debido a que aleja del alma el temor de Dios. Si nos alejamos del mal, es por el temor de Dios, entonces allí donde no está se encuentran todas las pasiones. ¡Qué Dios nos libre de esta fatal pasión de la ligereza de espíritu!
53. La ligereza de espíritu es multiforme. Se manifiesta en el hablar, en los contactos y en las miradas. Es ella la que lleva a pronunciar discursos grandilocuentes, a hablar de cosas mundanas, a hacer bromas o provocar risas disolutas. Es por ligereza por lo que se toca a alguien sin necesidad, por puro placer, se lo acaricia o se toma alguna cosa de él o se lo mira detenidamente. Todo esto es obra de la ligereza, porque no hay temor de Dios en el alma, y por ella se llega poco a poco a un total descuido. Por eso al dar los mandamientos de la ley Dios dijo: Que los hijos de Israel sean respetuosos (Lv 15 31). Sin respeto no se puede honrar a Dios ni obedecer ni una sola vez algún mandamiento. No hay nada más abominable que la ligereza, porque es la madre de todas las pasiones, aleja el respeto, expulsa el temor de Dios y da a luz el desprecio.
Es por ella, hermanos, por lo que unos son descarados con otros, o por lo que hablan mal uno de otro, y se hacen daño mutuamente. Uno de ustedes ve una cosa poco edificante y va enseguida a murmurar y volcar todo eso en el corazón de otro hermano. De esta manera, no sólo se hace daño a sí mismo, sino que también perjudica a su hermano, poniendo en su corazón un veneno mortal. Cuando el hermano estaba aplicándose a la oración o a cualquier otra obra buena, llega el otro y le da materia de murmuración. Con ello perjudica su crecimiento y lo pone frente a la tentación. Y no hay nada tan malo y funesto como hacer daño al prójimo y al mismo tiempo a uno mismo.
54. Respetémonos, hermanos, evitemos el hacernos daño a nosotros mismos y a los demás. Honrémonos mutuamente, y preocupémonos por no hacernos daño unos a otros, porque según un anciano esa es otra de las formas de la ligereza de espíritu.
Si sucede que alguien ve a su hermano cometer una falta, que se cuide de despreciarlo o dejarlo morir con su silencio, o de descorazonarlo con reproches, así como de hablar mal de él. Al contrario, con compasión y temor de Dios que le cuente lo sucedido a quien tiene autoridad para corregir, o bien háblele él mismo al hermano y dígale con caridad y humildad: "Discúlpame porque soy también un negligente, pero me parece que en eso no hemos obrado bien". Si no es escuchado, que hable a otro hermano que tenga confianza con aquel, o si no que se dirija al superior o al abad, según la gravedad de la falta, y no se preocupe más. Pero cuide siempre de que al hablar tenga como meta la corrección del hermano, evitando las murmuraciones, el despreciarlo o denigrarlo. No busque darle una lección o mandonearlo, o fingir que obra por su bien, cuando interiormente esté animado por alguna de las disposiciones de alma de las que acabo de hablar. Porque si habla a su abad, y no lo hace para enmienda de su hermano o porque está escandalizado, entonces está cometiendo una falta, porque eso es difamar. Examine su corazón y si ve que hay alguna pasión que lo está molestando, mejor calle. Pero si ve con claridad que quiere hablar por compasión o para utilidad de su prójimo, y sin embargo algún pensamiento apasionado le turba interiormente, abrase humildemente con su abad, contándole su problema y el de su hermano en los siguientes términos: "Veo en mi conciencia que es por el bien del hermano que quiero hablar, pero también veo que a ello se mezcla en mi interior un pensamiento de turbación. Si es porque alguna vez tuve algo contra ese hermano, yo no lo sé. Pero tampoco sé si un engaño interior me quiere impedir que hable y que logre así su corrección". Entonces el abad le dirá si debe hablar o no.
Puede suceder también que hablemos no para utilidad del hermano, ni porque nos hayamos escandalizado, ni porque estemos empujados por el rencor, sino por pura palabrería. ¿Qué utilidad tienen esas palabras? Muchas veces ocurre que el hermano se entera de que hemos hablado de él y queda disgustado. De todo ello no sale sino aflicción y empeoramiento de las cosas. Por el contrario, cuando hablamos para su provecho y sólo por eso, Dios no permitir que de ello salga algún perjuicio, ni que ello provoque aflicción o daño.
55. Tengan mucho cuidado, hermanos, en guardar la lengua. Ninguno hable con maldad a su hermano ni lo lastime con sus palabras, con sus actos o gestos o de cualquier otra manera. Tampoco seamos susceptibles. Si uno oye alguna palabra de su hermano no se sienta herido ni le responda mal para no quedar enemistado con él. Eso no corresponde a gente que lucha, ni conviene a quienes quieren ser salvados.
Tengan temor de Dios, pero unido al respeto. Cuando se encuentren inclinen la cabeza delante del hermano, y como hemos dicho, que cada uno se humille delante de Dios y de su hermano negando su propia voluntad. Es muy bueno hacer esto: humillarse delante del hermano y anticiparse a honrarlo. El que se humilla saca más provecho que el otro. Por mi parte no se si he hecho algún bien, pero si he sido protegido ha sido porque nunca me preferí a mi hermano, y siempre lo antepuse a mí.
56. Cuando estaba con el abad Séridos, el hermano encargado de cuidar al anciano abba Juan, el compañero de Barsanufio, se enfermó y entonces el abad me envió en su reemplazo. Abracé la puerta de su celda como quien adora la venerada cruz; y con mucho más amor todavía tomé el encargo de servirlo. ¡Cuántos deseaban estar cerca de este santo! Sus palabras eran admirables. Cada día, al terminar mi servicio, hacía una reverencia para solicitarle permiso y me retiraba. Siempre me decía alguna cosa. Tenía cuatro dichos y cada tarde, cuando estaba por retirarme, me decía uno de ellos. Decía así: "Que Dios guarde por siempre la caridad" (esta frase la decía siempre antes de cada sentencia); "los Padres han dicho: Respetar la conciencia del hermano engendra humildad". Otras veces me decía: "Que Dios guarde por siempre la caridad; los Padres han dicho: nunca he preferido mi voluntad a la de mi hermano ". Otras veces: "Que Dios guarde por siempre la caridad; huye de todo lo que es del hombre y ser s salvo".
Y finalmente: "Que Dios guarde por siempre la caridad. Llevad las cargas unos de otros y así cumpliréis la ley de Cristo (Ga 6,2)".
Cada día el Anciano me daba una de esas cuatro sentencias como quien da un vi tico, al retirarme por la tarde. Y yo las consideraba igualmente, como si fueran para la salvación de toda mi vida. Pero a pesar de la confianza que tenía con el Anciano, y el gusto que me daba el servirlo, al presentir que un hermano estaba triste porque quería él servir al Anciano, fui al abad y le dije: "Este servicio le convendría más a este hermano, si a usted no le molesta". Pero ni él ni el Anciano consintieron en ello. Hice todo lo que pude para que ese hermano fuese preferido a mí. Durante los nueve años que estuve a su servicio, nunca dije ninguna palabra desagradable a nadie. Sin embargo tuve que soportar una carga, y lo digo para que no se piense lo contrario.
57. Sucedió que un hermano me persiguió insultándome desde la enfermería hasta la capilla. Yo, que iba delante de él, no dije una sola palabra. Cuando el abad se enteró (no sé por medio de quién) quiso castigarlo. Entonces yo me postré a sus pies suplicándole: "No, por el Señor. Fue mi culpa. ¿En qué fue culpable ese hermano?" Otro hermano, ya sea para probarme o por necedad, Dios lo sabe, durante cierto tiempo orinaba todas las noches cerca de mi cabecera, y entonces mi cama quedaba mojada. Otros hermanos venían todos los días a sacudir su colcha delante de la puerta de mi celda. Yo veía cómo las chinches se metían en el cuarto sin poder matarlas por la cantidad que había a causa del calor. Al irme a acostar se me venían todas encima. Me dormía a causa de mi cansancio extremo, pero por la mañana encontraba mi cuerpo todo picado. Sin embargo nunca dije a esos hermanos: "¡No hagan eso!, o ¿Por qué hacen eso?". Mi conciencia me atestigua que nunca dije una palabra que pudiera herir o afligir a alguien.
Aprendan también ustedes a llevar los fardos los unos de los otros (Ga 6, 2). Aprendan a respetarse mutuamente. Y si uno llega a oír una palabra desagradable de un hermano, o si le toca cargar con algo contra su gusto, no se descorazone ni se irrite enseguida. No reaccionen en el combate o frente a una ocasión provechosa con un corazón relajado, descuidado, sin fuerzas e incapaces de soportar el menor golpe, como si fuesen un melón al que la más pequeña piedra puede dañar y pudrir. Tengan un corazón firme, tengan paciencia y hagan que su mutua caridad supere todas las contrariedades.
58. Si alguno tiene un cargo o tiene que solicitar alguna cosa, ya sea al jardinero, al mayordomo, al cocinero o a cualquier otro hermano encargado de un servicio, esfuércese, tanto el que pide como el que responde, por guardar siempre la calma, para no turbar su espíritu ni ceder a la antipatía, al malhumor, ni a la voluntad propia o a la autojustificación, porque los alejarían del mandamiento de Dios. Cualquier cosa que sea, grande o pequeña, es preferible despreciarla o dejarla de lado. La indiferencia ante las cosas es verdaderamente algo malo, pero peor es perder la tranquilidad al punto de perturbar nuestra alma para poder realizarlas. Por lo tanto, cuando tengan que hacer cualquier cosa, aunque sea muy sena y urgente, no quiero que la hagan con prisa o turbación. Quiero que estén convencidos de que cualquier obra que tengan que realizar, sea grande o pequeña, no es más que la octava parte de lo que buscamos, mientras que guardar la paz del alma, aunque haya que dejar algún servicio, es la mitad o los cuatro octavos de la meta que buscamos. ¡Fíjense qué diferencia!
59. De esta manera, cuando hagan algo y quieran hacerlo bien y acabarlo, pongan su empeño en realizarlo, lo que, como he dicho, equivale a la octava parte de su objetivo, y guarden intacta la calma, que equivale a la mitad o a los cuatro octavos. Si se debe cometer una transgresión o apartarse del mandamiento, hacerse daño a si mismo o a otro para poder cumplir con lo que se debe hacer, no se justifica perder la mitad por salvar un octavo. El que obra de esa manera no realiza su servicio con sabiduría. Ya sea por vanagloria o por deseo de agradar, se preocupa en discutir o atormentarse a sí mismo y a los otros, para lograr finalmente que se le diga que nadie ha hecho la cosa tan bien como él. ¡Fíjense, hermanos, qué gran virtud! No, hermanos, esto no es una victoria sino una derrota, y desastrosa. Por mi parte yo les digo: si uno de ustedes es enviado por mí a hacer alguna cosa, y ve que comienza a turbarse o sufre cualquier otro perjuicio, que lo deje inmediatamente. No se hagan mal a ustedes mismos o a cualquier otro. Es preferible que la cosa no se haga y se la deje, a fin de no turbarse ni perturbar a los otros. De otra manera perder n la mitad para ganar el octavo, lo cual es claramente desatinado.
60. Si les digo esto no es para descorazonarlos y que renuncien a los trabajos, o para descuidar o abandonar inmediatamente las cosas con el objeto de verse libre de toda preocupación. Tampoco lo digo para que desobedezcan, diciéndose a si mismos: "No puedo hacer eso porque me hará mal. No me conviene hacerlo". Con estos pensamientos nunca podrán tomar ningún trabajo ni cumplir un servicio a Dios. Aplíquense más bien con todas sus fuerzas a cumplir su servicio con caridad, sometiéndose mutuamente, honrándose y estimulándose fraternalmente unos a otros. No hay nada tan poderoso como la humildad. Por lo tanto si uno de ustedes ve a su hermano apenado o él mismo lo est , corte rápidamente y conceda la prioridad al otro sin esperar a que se produzca algún daño. Pues como ya lo he dicho mil veces, es más provechoso que una cosa no se haga según nuestra voluntad sino que si es necesario, se haga, pero no por nuestra obstinación o pretendidas razones; y aunque parezca convenientes nunca has que disputar y contradecirse mutuamente, perdiendo así la mitad. El daño que se sigue es muy distinto. Puede suceder que también perdamos la octava parte por no hacer nada. Así les sucede a los que obrar con un celo malo. Es indiscutible que todas las obras que realizamos las hacemos con vistas a obtener un objetivo, un provecho. Y ¿qué podemos sacar si no nos humillamos los unos ante los otros? Obrando de otro modo sólo encontraremos perturbación y nos molestamos mutuamente. Ya saben, hermanos, lo que dice el libro de los Ancianos: "Del prójimo vienen la muerte y la vida".
Hermanos, mediten sin cesar en sus corazones estos consejos. Estudien las palabras de los santos Ancianos. Esfuércense en el amor y el temor de Dios, por buscar su aprovechamiento y el del prójimo. De ese modo podrán progresar en toda circunstancia, con el auxilio de Dios. Que nuestro Dios nos gratifique en su bondad por el temor que le tenemos, pues está dicho: Teme al Señor y guarda sus mandamientos: ese es el deber de todos los hombres (Ecle 12 13).
V CONFERENCIA
NO SE DEBE SEGUIR EL PROPIO JUICIO
61. Est dicho en los Proverbios: Aquellos que no tienen guía caen como las hojas; la salvación se encuentra en el mucho consejo (Pr 11, 14)95. Examinemos, hermanos, la fuerza de estas palabras y veamos lo que nos enseña la Escritura. En ella se nos Pone en guardia contra la excesiva confianza en nosotros mismos, así como contra la ilusión de creernos suficientemente sagaces y por tanto capaces de dirigirnos a nosotros mismos. Tenemos necesidad de ayuda tenemos necesidad de guías según Dios Nada hay más desvalido ni más vulnerable que aquel que no tiene quién lo conduzca por el camino de Dios. ¿Qué nos dice, en efecto, la Escritura? Aquellos que no tienen guía caen como las hojas. La hoja al nacer siempre es verde, vigorosa, bella; después se va resecando poco a poco, luego cae y finalmente la pisamos sin fijarnos siquiera. Así sucede con el hombre que no tiene guía. Al comienzo manifiesta gran fervor por el ayuno, las vigilias, la soledad, la obediencia y toda obra buena. Luego ese fervor se va apagando progresivamente al carecer de guía que lo alimente e inflame, se va resecando insensiblemente, cae y acaba en manos de sus enemigos que hacen de él lo que quieren.
De aquellos que, por el contrario, descubren sus pensamientos y buscan hacerlo todo con consejo la Escritura dice: La salvación se encuentra en el mucho consejo. Por mucho consejo no se quiere decir que es necesario consultar a todo el mundo, sino hacerlo en todo con aquel en quien debemos depositar nuestra plena confianza, no callando ciertas cosas y manifestando otras, sino revelando todo y en todo pidiendo consejo. Para el que obra así, la salvación se encuentra en el mucho consejo.
62. En efecto, si un hombre no confía todo lo que está en él, sobre todo si acaba de abandonar una vida de malos hábitos, el diablo descubrir en él una voluntad propia o una autojustificación que le permitir engañarlo Porque cuando el diablo ve a alguno decidido a no pecar, no ser tan tonto en su malicia, como para sugerirle directamente faltas manifiestas. No le dirá "ve a fornicar", ni "ve a robar", porque sabe que estamos rechazando esas cosas y no nos hablar de eso que rechazamos. Pero si nos encuentra en posesión de una voluntad propia o de una autojustificación, por ahí nos engaña con bellas razones. De allí viene que también esté escrito: El malvado hace el mal cuando se asocia a una autojustificación (Pr 11, 15). El Malvado es el diablo; él hace el mal cuando se asocia a una autojustificación, es decir cuando se asocia a nuestra presunción de tener razón. Porque entonces él es más fuerte, puede obrar y dañarnos más. Cada vez que nos aferramos obstinadamente a nuestra propia voluntad y nos fiamos de nuestras razones, pensando obrar bien, nos tendemos lazos a nosotros mismos y no sabemos que vamos a nuestra perdición. Por que en efecto, ¿cómo podremos conocer la voluntad de Dios, o buscarla verdaderamente, si depositamos en nosotros mismos nuestra confianza y mantenemos firme nuestra propia voluntad?
63. Eso es lo que hacía decir a abba Poimén que la voluntad es un muro de acero entre el hombre y Dios. Este es el sentido de esas palabras. Y agregaba: "Es una piedra de escándalo", en cuanto se opone y obstaculiza la voluntad de Dios. Por lo tanto si un hombre renuncia a ella, también puede decir: Por mi Dios yo atravesaré el muro. Mi Dios cuyo camino es intachable (Sal 17, 30-31). ¡Qué palabras admirables! En verdad, cuando se ha renunciado a la propia voluntad se ve sin obstáculo la voluntad de Dios. Pero si no lo hacemos, no podemos ver que el camino de Dios es intachable.
Recibimos una advertencia; enseguida nos enojamos, nos volvemos con desprecio, nos rebelamos. En efecto, ¿cómo podrá aquel que está apegado a su propia voluntad, escuchar a alguien ni seguir el menor consejo?
Abba Poimén habla también de la autojustificación: "Si la autojustificación presta su apoyo a la voluntad, eso se convierte en un mal para el hombre". ¡Qué sensatez en las palabras de los santos! Esa unión de la autojustificación con la voluntad propia es un gran peligro, es realmente la muerte, es un gran mal. Para el desdichado que se deja atrapar, es la ruina completa. ¿Quién lo persuadirá de que otro sabe mejor que él lo que le conviene? Se abandonar totalmente a sus propios pensamientos y finalmente el enemigo lo engañara como quiera. Es por eso que está escrito: El maligno obra el mal cuando se asocia a una autojustificación; él detesta las palabras que traer seguridad (Pr 11, 15).
64. Se dice que detesta las palabras que traen seguridad porque no sólo siente horror de la seguridad sino que no puede siquiera oír su voz y detesta sus palabras, es decir el hecho mismo de hablar para obtener seguridad.
Me explicó. Aquel que busca cerciorarse de la utilidad de lo que pretende hacer, no ha realizado aún nada, pero el enemigo, aun antes de saber si observar o no lo que le sea aconsejado, muestra su odio al hecho mismo de preguntar y escuchar un consejo útil. Detesta el solo sonido de tales palabras y huye. ¿Por qué? Porque sabe que su maquinación ser descubierta por el solo hecho de preguntar y de dialogar sobre la utilidad de lo que proyecta hacer. Nada detesta tanto como el ser reconocido, pues entonces no encuentra el medio de tender lazos como él quiere.
Que el alma se ponga en seguridad, revelando todo y escuchando de alguien competente: "Haz esto, no hagas aquello; tal cosa es buena, tal cosa es mala; eso es autojustificación, eso es voluntad propia", o también: "No es el momento de hacer eso", y otra vez: "ahora es el momento"; entonces el diablo no encontrar ocasión para hacer daño, ni para hacerlo caer, pues estar constantemente guiado y protegido por todas partes. Constatamos así, hermanos, que la salvación se encuentra en el mucho consejo. Esto es lo que el Maligno no quiere, sino que lo detesta. El busca hacer el mal y se alegra entonces más en aquellos que no tienen guía. ¿Por qué? Porque caen como las hojas.
65. Veamos cómo el Maligno amaba a ese hermano del cual decía a abba Macario: "Tengo un hermano que en cuanto me ve, cambia como el viento" . El ama a esos monjes, encuentra sus delicias en aquellos que no son guiados por otro y no se someten a alguien que pueda, según Dios, socorrerlos y darles una mano. ¿Acaso no se dirigía a todos los hermanos aquel demonio que el santo vio un día llevando todas sus maldades en frascos? ¿No se las presentaba a todos? Pero cada uno de ellos, sintiendo el engaño, corrió a revelar sus pensamientos y encontró consejo en el momento de la tentación, de suerte que el Maligno no pudo hacer nada con ellos. Y no encontró más que a ese desdichado hermano que confiaba en sus fuerzas y no recibía ayuda de nadie. Se burló de él y se retiró agradeciéndole y maldiciendo a los demás. Cuando más tarde contó el hecho a San Macario mencionando el nombre del hermano, el santo corrió hacia él y encontró la causa de su caída. Percibió que el hermano no quería confesar su falta y no tenía el hábito de abrirse. Por eso el enemigo podía hacerle dar vueltas a su gusto. El santo le preguntó: "¿Cómo est s, hermano?" ."Bien, gracias a tus oraciones". "¿No te dan guerra los pensamientos?". "Por el momento estoy bien". No quería confesar hasta que el santo, hábilmente, le hizo abrir su corazón. Entonces lo fortificó con la palabra de Dios y regresó. El enemigo retornó, según su costumbre, con el deseo de hacerlo caer, pero se sorprendió pues lo encontró sólidamente afirmado y no pudo engañarlo. Se fue pues sin haber logrado nada, humillado por ese hermano. Al tiempo, el santo preguntó al diablo: "¿Cómo está ese hermano amigo tuyo?". Este lo maldijo, no tratándolo ya de amigo sino de enemigo, y diciéndole: "l también se ha separado de mí y no me escucha más; se ha convertido en el más feroz de todos".
66. Ven, hermanos: el enemigo detesta la palabra de seguridad porque continuamente busca nuestra perdición. Pueden ver también por qué ama a aquellos que tienen confianza en sí mismos: porque colaboran con el diablo, tendiéndose lazos a sí mismos. Por mi parte, no conozco ninguna caída de un monje que no haya sido causada por la confianza en sí mismo. Algunos dicen: el hombre cae por esto, cae por aquello. Pero yo repito, no conozco caída que no tenga aquello por causa. ¿Ves a alguien caer? Sabe que él se dirigió a sí mismo. Nada hay más grave que dirigirse a sí mismo, nada más fatal.
Gracias a la protección de Dios yo siempre he evitado ese peligro. Cuando estaba en el monasterio (de abba Séridos), confiaba todo al anciano, abba Juan y nunca admití hacer cosa alguna sin su consejo. Tal vez el pensamiento me dijera: "¿El anciano no te dirá tal cosa? ¿Para qué importunarlo?". Pero yo replicaba: "Anatema a ti y a tu discernimiento, a tu inteligencia, a tu prudencia y a tu ciencia. Lo que tú sabes, lo sabes por los demonios". Me iba entonces a consultar a abba Juan y a veces sucedía que su respuesta era precisamente la que yo había previsto. Entonces mi pensamiento me decía: "¿Y bien, qué? Es lo mismo que te había dicho yo. ¿No has molestado al anciano inútilmente?". Y Yo respondía: "Si, ahora está bien, ahora esto viene del Espíritu Santo. Pues lo que viene de ti es malo, viene de los demonios, de un estado apasionado".
Así nunca me permití seguir mi conciencia sin tomar consejo. Y créanme, hermanos, yo vivía en gran paz y en una despreocupación tal, que llegué a inquietarme, pues sabia que es por muchas tribulaciones como entraremos en el reino de Dios (Hch 14, 22). ¡Y yo me encontraba libre de tribulación! Sentí temor y sospechas al no conocer la causa de tal paz, hasta que el anciano me lo aclaró diciendo: "No te preocupes. El que se entrega a la obediencia de los Padres, posee esa paz y esa despreocupación".
67. Presten atención también ustedes, hermanos, y aprendan a consultar y a no fiarse de su propio juicio. Conozcan qué despreocupación, qué alegría, qué paz se encuentra en ello.
Pero como les dije que nunca fui probado, escuchen, hermanos, lo que me sucedió una vez. Estando un día en el monasterio (de abba Séridos) fui asaltado por una tristeza inmensa e intolerable. Estaba tan abatido y decaído, que hubiese entregado el alma. Ese tormento era un lazo de los demonios y semejante prueba viene de su envidia; es muy penoso pero de corta duración: pesado, tenebroso, sin consuelo ni paz, rodeado de angustia y opresión. Pero la gracia de Dios viene rápidamente al alma, si no nadie podría soportarlo. Presa de tal prueba y peligro estaba un día en el patio del monasterio, descorazonado y suplicando a Dios que viniese en mi ayuda. De pronto, echando un vistazo en el interior de la iglesia, vi penetrar en el santuario; alguien que tenía aspecto de obispo y estaba vestido de armiño. Yo nunca me acercaba a un extranjero sin necesidad o sin una orden. Pero algo me atrajo y avancé. Permaneció largo rato allí delante, las manos extendidas hacia el cielo. Yo estaba detrás suyo, rezando con mucho temor, pues su vista me había llenado de zozobra. Cuando cese de orar, se volvió y vino hacia mí. A medida que se acercaba yo sentía alejarse de mí la tristeza y el miedo. Parado ante mí, extendió su mano hasta tocar mi frente y la palmeó con sus dedos diciendo: No he cesado de esperar en el Señor, El se inclinó y escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre roca y aseguró mis pasos, me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios (Sal 39, 2-4). Tres veces repitió estos versículo y me palmeaba en la frente. Después se fue. Enseguida mi corazón se llenó de luz, de alegría, de consuelo, de dulzura: ya no era el mismo hombre. Salí corriendo en su busca pero no lo encontré: había desaparecido. Desde entonces, por la misericordia de Dios, no recuerdo haber sido atormentado por la tristeza o el temor. El Señor me ha protegido hasta hoy gracias a las oraciones de los santos ancianos.
68. Les he contado esto, hermanos, para mostrarles cuánta despreocupación y qué paz gozan con toda seguridad aquellos que no ponen la confianza en sí mismos, sino que en todo se dirigen a Dios y a aquellos que los pueden guiar según Dios. Aprendan también ustedes, hermanos, a aconsejarse, a no fiarse de ustedes mismos. Eso es bueno, es humildad, paz, alegría. ¿Para qué atormentarse en vano? No es posible salvarse de otra manera.
Pero puede ser que se pregunten qué debe hacer aquel que no tiene a quién pedir consejo. De hecho, si alguien busca sinceramente, de todo corazón, la voluntad de Dios, Dios no lo abandonar jamás y lo guiar en todo según su voluntad. Así, si alguno dirige su corazón hacia la voluntad de Dios, Dios iluminar hasta a un niño para hacérsela conocer. Pero si por el contrario no busca sinceramente la voluntad de Dios, podrá consultar a un profeta: Dios pondrá en boca del profeta una respuesta conforme a la perversidad de su corazón, según palabras de la Escritura: Si un profeta habla y se equivoca, soy yo el Señor quien lo hace equivocar (Ez 14, 9). Por eso debemos con todas nuestras fuerzas, dirigirnos según la voluntad de Dios y no confiarnos en nuestro propio corazón. Si una cosa es buena y nosotros oímos decir a un santo que es buena, debemos tenerla por tal, sin creer por eso que sabemos cómo hacerla o pensar que la hacemos bien. Debemos hacerla lo mejor que podamos y luego volver a aconsejarnos nuevamente para cerciorarnos de haberla hecho bien. Después de lo cual no debemos quedarnos totalmente tranquilos, sino esperar el juicio de Dios, como el santo abba Agatón, a quien le preguntaron: "Padre, ¿tú temes también?". Y respondió: "Yo hago lo que puedo, pero no sé si mis obras han agradado a Dios. Pues uno es el juicio de Dios y otro del de los hombres" . Que Dios nos proteja contra el peligro de fiarnos de nuestro propio juicio y que nos conceda seguir fielmente el camino de nuestros Padres.
VI CONFERENCIA
NO DEBEMOS JUZGAR AL PRÓJIMO
69. Hermanos, si recordamos bien los dichos de los santos Ancianos y los meditamos sin cesar, nos ser difícil pecar, nos ser difícil descuidarnos. Si como ellos nos dicen, no menospreciamos lo pequeño, aquello que juzgamos insignificante, no caeremos en faltas graves. Se lo repetiré siempre, por las cosas pequeñas, el preguntarse por ejemplo: ¿Qué es esto? ¿Qué es aquello?, nacer en el alma un hábito nocivo y nos pondremos a subestimar incluso las cosas importantes. ¿Se dan cuenta de qué pecado tan grande cometemos cuando juzgamos al prójimo? En efecto, ¿qué puede haber más grave? ¿Existe algo que Dios deteste más y ante lo cual se aparte con más horror?. Los Padres han dicho: "No existe nada peor que el juzgar" . Y sin embargo, es por aquellas cosas que llamamos de poca importancia por lo que llegamos a un mal tan grande. Si aceptamos cualquier leve sospecha sobre nuestro prójimo, comenzamos a pensar: " ¿Qué importancia tiene el escuchar lo que dice tal hermano? ¿Y si yo lo dijera también? ¿Qué importa si observo lo que este hermano o este extraño va a hacer? ". Y el espíritu comienza a olvidarse de sus propios pecados y a ocuparse del prójimo. De ahí vienen los juicios, maledicencias y desprecios y finalmente caemos nosotros mismos en las faltas que condenamos. Cuando descuidamos nuestras propias miserias, cuando no lloramos nuestro propio muerto, según la expresión de los Padres, no podemos corregirnos en absoluto sino más bien nos ocupamos constantemente del prójimo.
Ahora bien, nada irrita más a Dios, nada despoja más al hombre y lo conduce al abandono, que el hecho de criticar al prójimo, de juzgarlo o maldecirlo.
70. Porque criticar, juzgar y despreciar son cosas diferentes. Criticar es decir de alguien: tal ha mentido o se ha encolerizado, o ha fornicado u otra cosa semejante. Se lo ha criticado, es decir, se ha hablado en contra suyo, se ha revelado su pecado, bajo el dominio de la pasión.
Juzgar es decir: tal es mentiroso, colérico o fornicador. Aquí juzgamos la disposición misma de su alma y nos pronunciamos sobre su vida entera al decir que es así y lo juzgamos como tal. Y es cosa grave. Porque una cosa es decir: se ha encolerizado, y otra: es colérico, pronunciándose así sobre su vida entera. Juzgar sobrepasa en gravedad todo pecado, a tal punto que Cristo mismo ha dicho: Hipócrita, s cate primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver claro para sacar la paja del ojo de tu hermano (Lc 6, 42).
Ha comparado la falta del prójimo a una paja, y el juzgar, a una viga; así de grave es juzgar, más grave quizá que cualquier otro pecado que podamos cometer. El fariseo que oraba y agradecía a Dios por sus buenas acciones no mentía, decía la verdad; no es por eso por lo que fue condenado. En efecto, debemos agradecer a Dios por cualquier bien que podamos realizar, puesto que lo hacemos con su asistencia y su ayuda. Luego, no fue condenado por haber dicho: No soy como los otros hombres (Lc 18, 11). No, fue condenado cuando, vuelto hacia el publicano, agregó: ni como ese publicano. Entonces fue gravemente culpable, porque juzgaba a la persona misma de ese publicano, la disposición misma de su alma, en una palabra su vida entera. Y así el publicano se alejó justificado, mientras que él no.
71. No existe nada más grave, más enojoso, lo vuelvo a repetir, que juzgar o despreciar al prójimo. ¿Por qué más bien no nos juzgamos a nosotros mismos, ya que conocemos nuestros defectos, de los cuales deberemos rendir cuenta a Dios? ¿Por qué usurpar el juicio de Dios? ¿Cómo nos permitimos exigir a su creatura? ¿No deberíamos temblar oyendo lo que le sucedió a aquel gran Anciano, que al enterarse de que un hermano había caído en fornicación dijo de él: " ¡Oh! ¡Qué mal ha cometido!"? ¿No conocen la temible historia que refiere al respecto el libro de los Ancianos ? Un santo ángel llevó ante él el alma del culpable y le dijo: "Aquel que juzgaste ha muerto. ¿Dónde quieres que lo conduzca: al reino o al suplicio?" ¿Qué hay más terrible que esta responsabilidad? Porque las palabras del ángel al Anciano no quieren decir otra cosa que: "Puesto que eres tú el juez de justos y pecadores, dame tus órdenes con respecto a esta pobre alma. ¿La perdonas? ¿Quieres castigarla?" Así, este santo anciano, trastornado,
pasó el resto de sus días entre gemidos, lágrimas y mil penas, suplicando a Dios le perdonara ese pecado Y esto después de haberse prosternado a los pies del ángel y de haber recibido su perdón. Porque la palabra del ángel: "Así Dios te ha mostrado cuán grave es el juzgar, no lo hagas más", significaba su perdón. Sin embargo el alma del Anciano no quiso ser consolada de su pena hasta su muerte.
72. ¿Por qué, entonces, queremos nosotros exigir algo del prójimo? ¿por qué querer cargarnos con el fardo de otro? Nosotros, hermanos, ya tenemos de qué preocuparnos. Que cada uno piense en sí mismo y en sus propias miserias. Sólo a Dios corresponde justificar o condenar, a él que conoce el estado de cada uno, sus fuerzas, su comportamiento, sus dones, su temperamento, sus particularidades, y juzgar de acuerdo a cada uno de estos elementos que sólo él conoce. Dios juzga en forma diferente a un obispo, a un príncipe, a un anciano y a un joven, a un superior y a un discípulo, a un enfermo y a un hombre de buena salud. Y ¿quién podrá emitir esos juicios sino aquel que todo lo ha hecho, todo lo ha formado, y todo lo sabe?
73. Recuerdo haber oído relatar el hecho siguiente: un navío cargado de esclavos echó el ancla en una ciudad donde vivía una virgen piadosa, muy preocupada por su salvación. Esta se alegró cuando supo de la llegada del barco, porque deseaba comprar una pequeña esclava. Pensaba: "La educaré como conviene, de tal forma que ignore absolutamente la malicia de este mundo". Hizo venir al patrón del barco que tenía justamente dos niñitas como ella quería. Enseguida pagó el precio y con alegría se llevó una de las pequeñas a su casa. Apenas se había alejado la piadosa mujer, una miserable comediante salió al encuentro del patrón y viendo a la otra niña que lo acompañaba quiso comprarla. Se entendieron por el precio, pagó y se fue, llevándose consigo a la niña.
¡Vean, hermanos, el misterio de Dios, vean sus juicios! ¿Quién podrá explicarlo? La piadosa virgen que tomó esa pequeña la crió en el temor de Dios, la formó en las buenas obras, le enseñó todo sobre la vida monásticas en una palabra, le hizo conocer el buen aroma de los santos mandamientos de Dios.
La Comediante, por el contrario, tomó a la desdichada para hacer de ella un instrumento del diablo. ¿Qué otra cosa podría enseñarle, esa arpía, más que la perdición de su alma? ¿Qué podríamos decir nosotros de este horroroso reparto? Las dos eran pequeñas, las dos fueron llevadas para ser vendidas sin saber adónde iban. Y he aquí que una de ellas se encontró en las manos de Dios y la otra en las del diablo. ¿Podríamos decir que Dios pedirá a esta lo mismo que a aquella? ¿Cómo podría hacerlo? Y si las dos cayeran en la fornicación o en otro pecado, aunque la falta fuera idéntica, ¿podríamos decir que las dos recibir n el mismo juicio? ¿Cómo admitirlo? Una de ellas ha sido instruida sobre el juicio y el Reino de Dios y ha puesto en práctica día y noche las palabras divinas, mientras que la otra desdichada no ha visto ni oído nada bueno sino al contrario, todas las ignominias del diablo. ¿Ser posible que ambas sean juzgadas con el mismo rigor?.
74. En consecuencia el hombre no puede conocer nada de los juicios de Dios. Sólo Dios puede comprender todo y juzgar los asuntos de cada uno según su ciencia única.
En realidad ocurre que un hermano hace en la simplicidad de su corazón un acto que complace a Dios más que toda tu vida, y tú, ¿te eriges en juez suyo y dañas así tu alma? Si él llegara a caer, ¿cómo podrías saber cuántos combates ha librado y cuántas veces ha derramado su sangre antes de cometer el mal? Quizá su falta cuente ante Dios como una obra de justicia, porque Dios ve su pena y el tormento que ha soportado anteriormente; siente piedad de él y lo perdona. Dios tiene piedad de él y de ti, ¡tú lo condenas para tu perdición! Y ¿cómo podrías conocer todas las lágrimas que ha derramado sobre su falta en presencia de Dios? Tú has visto el pecado, pero no conoces el arrepentimiento.
A veces no solamente juzgamos sino que además despreciamos. En efecto, como ya lo he dicho, una cosa es juzgar y otra despreciar. Hay desprecio cuando no contentos con juzgar al prójimo, lo execramos, le tenemos horror como a algo abominable, lo que es peor y mucho más funesto.
75. Aquellos que quieren ser salvados no se ocupan de los defectos del prójimo, sino siempre de sus propias faltas, y así progresan. Tal era aquel monje que viendo pecar a su hermano decía gimiendo: "¡Desdichado de mí! ¡Hoy él, y mañana seguramente seré yo!" ¡Vean qué prudencia! ¡Qué presencia de espíritu! ¿Cómo ha encontrado la forma de no juzgar a su hermano? Al decir: "¡Seguramente seré yo mañana!", se inspiró en el temor y la inquietud por el pecado que esperaba cometer y así evitó juzgar al prójimo. Pero no contento con esto se ha humillado por debajo de su hermano agregando: "El ha hecho penitencia por su falta, pero yo no la hago, ni llegaré a hacerla, seguramente no, porque no tengo voluntad para hacer penitencia".
Vean, hermanos, la luz de esta alma divina. No sólo ha podido abstenerse de juzgar al prójimo sino que se tiene por inferior a él. Y nosotros, miserables como somos, juzgamos a diestra y siniestra, sentimos aversión y desprecio cada vez que oímos o sospechamos cualquier cosa.
Lo peor es que, no contentos por el daño que nos hemos hecho a nosotros mismos, nos apresuramos a decir al primer hermano que encontramos: "Ha pasado esto y esto otro", y le hacemos mal también a él, echando el pecado en su corazón. No tememos a aquel que dijo: ¡Ay de aquel que haga tomar a su prójimo una bebida impura! (Ha 2, 15). Pero hacemos el trabajo del demonio y no nos preocupamos. Porque ¿qué puede hacer un demonio sino perturbar y dañar? Es así como colaboramos entonces con los demonios no sólo para nuestra perdición sino también para la del prójimo. Aquel que daña a un alma trabaja con los demonios y los ayuda, así como aquel que practica el bien trabaja con los ángeles santos.
76. ¿De dónde proviene esta desdicha sino de nuestra falta de caridad? Si tuviéramos caridad acompañada de compasión y pena, no prestaríamos atención a los defectos del prójimo según la palabra: La caridad cubre una multitud de defectos (I Pe 4, 8) y La caridad no se detiene ante el mal, disculpa todo, etc. (I Co 13, 5-6).
Luego, si tuviéramos caridad, ella misma cubriría cualquier falta y seriamos como los santos cuando ven los defectos de los hombres. Los santos ¿acaso son ciegos por no ver los pecados? ¿Quién detesta más el pecado que los santos? Sin embargo no odian al pecador, no lo juzgan, no le rehuyen. Por el contrario, lo compadecen, lo exhortan, lo consuelan, lo cuidan como a un miembro enfermo: hacen todo para salvarlo. Vean a los pescadores: con su anzuelo echado al mar, han atrapado un gran pez y sienten que se agita y se debate, pero no lo sacan enseguida con gran esfuerzo, porque la línea se rompería y todo estaría perdido, sino que diestramente le aflojan el hilo y lo dejan ir por donde quiere. Cuando perciben que está agotado y que su afán mengua, comienzan a tirar poco a poco de la línea. De la misma manera los santos por la paciencia y la caridad atraen al hermano en lugar de rechazarlo lejos de sí con repugnancia. Cuando una madre tiene un hijo deforme no lo abandona horrorizada; sino que se afana en adornarlo y hacer todo lo posible para que sea agradable.
Es así como los santos protegen siempre al pecador, lo preparan, y lo toman a su cargo para corregirlo en el momento oportuno, para impedirle dañar a otro y también para que ellos mismos progresen más en la caridad de Cristo.
¿Qué hizo San Ammonas cuando los hermanos alterados fueron a decirle: "Ven a ver, abba