Epístola de San Efrén de Siria

a un discípulo

San Efrén de Siria (306-373 d.C. aprox.), Padre de la Iglesia, expone en esta epístola una serie de cuestiones espirituales relativas a la vida monacal. Entre ellas son de gran valía sus consejos sobre la humildad, sobre la vivencia de la caridad, y su exhortación a que el cristiano sea siempre fiel a la Fe de la Iglesia Católica que ha recibido.

Mi bienamado en el Seńor, cuando te aprestes a dar alguna respuesta, has de poner en tu boca, antes que cualquier otra cosa, la humildad, pues bien sabes que por ella todo el poder del enemigo se reduce a nada. Tú conoces la bondad de tu Maestro, a Quien blasfemaron, y cómo Él se hizo humilde y obediente incluso hasta la muerte. Hijo mío, trabaja por ti mismo para establecer la humildad en tu boca, en tu corazón, y en tu cuello, pues hay un mandamiento que la inculca. Recuerda a David, que se jactaba por su humildad y dijo "porque me humillo a mí mismo el Seńor me ha liberado, y Él me ha bendecido" (Sal 29 (30), 8-12). Hijo mío, arráigate en la humildad y harás que las virtudes de Dios te acompańen. Y si es que permaneces en un estado de humildad, ninguna pasión, cualquiera que sea, tendrá poder para acercarse a ti.

No hay medida para la belleza del hombre que es humilde. No hay pasión, cualquiera que sea, capaz de acercársele al hombre que es humilde, y no hay medida para su belleza. El hombre humilde es un sacrificio de Dios. El corazón de Dios y de sus ángeles descansan en aquel que es humilde. Más aún, cuando los ángeles lo glorifiquen, hay una razón para él que le ha logrado todas las virtudes, pero para aquel que se ha revestido de la humildad no será necesaria ninguna razón, aparte de que se ha hecho humilde.

Hijo mío, éstas son las virtudes de la humildad. Hijo mío, conserva la paz, porque está escrito, "Aquél que es sabio, en ese momento conservará la paz" (Am 5, 13). Mantén la paz hasta que te hagan alguna pregunta. Y cuando te pregunten, habla, y usa palabras humildes, y compórtate de manera humilde. No seas puro lamento. Si la pregunta es muy grande para ti, siéntate. Nunca hables mientras que otros hablan palabras de desprecio; contente, y no olvides que tus pensamientos deben ser: "No los he escuchado". A todas las palabras valiosas, préstales tu más ferviente atención. Porque está escrito "Si tú eres uno que actúa la palabra y no uno que la escucha, te engańas a ti mismo, hijo mío, en el Seńor" (2 Tim 3, 15). Te doy mandamientos desde el principio, guárdalos desde tu juventud. Mira lo que dijo Pablo. Dijo, "Además, desde el tiempo en que eras un nińo conocías la Santa Escritura, que tiene el poder para salvarte".

Aprende la regla entera de los preceptos de la profesión del monje, y hazte querido en todos tus trabajos. Si tú, que eres joven, vas al desierto a tomar un lugar, y te estableces en uno que es muy grande para ti, y Dios está allí, no dejes el lugar en tu descontento para irte a otro. Deja que el desierto en que te has establecido te sea suficiente, no vayas a hacer que Él se moleste. Porque está escrito "No es una pequeńa cosa en contra tuya el provocar a los hombres a la ira".

En el desierto en el que estás mantén esta manera de actuar, y no huyas de un lugar a otro. No vayas a llorar a la morada de nadie por causa de lo que crees, ni tampoco por los deseos de tu estómago. No estés en compańía del hombre agitado y problemático, y asegúrate de continuar con tu vida silenciosa, y no estés en la boca de los hermanos. Te suplico, mi amado en el Seńor, que dejes que tu meta principal sea aprender; escuchar con atención (u obedecer) te dará la paz. Porque está escrito: "El provecho de la instrucción no es la plata". Cuídate del hábito de no escuchar (o de desobedecer). Que la palabra de Saúl no se realice en ti y en su generación, porque Dios es más fácilmente persuadido por la obediencia que por el sacrificio (cf. 1 Sam 15, 22).

Éstas son, entonces, las reglas del oficio del monje. Debes comer con los hermanos. No levantes la cabeza hasta que no hayas terminado de comer. Come con la vestimenta con que te dejas ver en público. Si ocurre que eres el último en ser servido no digas: "Tráelo aquí, donde está sentado uno más grande que tú". Cuando desees tomar de la botella de agua, no dejes que tu garganta haga bulla como la de un hombre común. Cuando estás sentado en medio de los hermanos y tengas flema, no la escupas en medio de ellos, apártate a cierta distancia y escúpela allí.

Cuando estés durmiendo en cualquier lugar con los hermanos, no permitas que persona alguna se les acerque a menos de un codo de distancia. Si el trabajo es de carácter tranquilo no te duermas sobre una estera, más bien dóblala, porque eres un hombre joven. No duermas estirado, ni tampoco sobre tu espalda, para que no te molesten los sueńos.

Cuando estés caminando con los hermanos, manténte siempre a alguna distancia de ellos, pues cuando caminas con un hermano haces que tu corazón esté ocioso. Si estás usando sandalias en tus pies, y el que camina contigo no tiene, quítatelas y camina como él, porque está escrito, "Sufre".

Haz el trabajo del predicador. Hazlo diligentemente mientras estás en tu habitación. No comas cuando el sol está resplandeciendo. No enciendas una fogata para ti solo o te volverás un ostentoso. Cuando sea necesario calentarte, llama a algún hombre pobre y miserable que esté en el desierto contigo, mándalo en tu lugar, y serás alabado, al decir, "No pude comer mi pan solo".

Si estás en una montańa, o en un lugar donde haya un hermano enfermo, visítalo dos veces al día: en la mańana, antes de que comiences a trabajar con tus manos y en la tarde. Porque está escrito, amado mío en el Seńor, "Estuve enfermo y vosotros me visitasteis" (Mt 25, 36. 43 )]. Cuando un hermano muera en la montańa en donde estás, no te sientes en la celda en la que escuches la noticia, sino anda y siéntate con él y llora sobre él. Porque está escrito, "Llora al hombre fallecido, y camina con él hasta que haya sido enterrado", porque éste es el último servicio que uno puede realizar por su hermano. Saluda su cuerpo con compasión, diciendo, "Acuérdate de mí ante el Seńor".

Hijo mío, haz todo lo posible por observar las cosas que he escrito para ti, pues ellas son las reglas del oficio del monje. Deja que la muerte se acerque a ti de día y de noche, porque tú sabes que ése que tú conoces es el que te hablará, diciéndote, "Yo nunca lo he puesto en mi corazón. Mis pies están en el umbral, viviré hasta que haya cruzado el umbral de la puerta". Hijo mío, pon toda tu mente ante Dios en todo momento y no dejes que todos estos inestables pensamientos te saquen del camino. Ten siempre a la vista los castigos que vendrán. Mientras estés en tu habitación hazte a ti mismo parecido a Dios.

Si un hermano viene a ti, regocíjate con él. Salúdalo. Prepara agua para sus pies. No olvides esto. Que él rece. Tú, siéntate. Saluda sus manos y sus pies. No lo molestes con preguntas como, "¿De dónde vienes?", porque está escrito, "De esta manera, algunos han recibido ángeles en su morada sin saberlo" (Heb 12, 2). Créele a aquél que ha venido a ti inclusive como le creerías a Dios. Si él es un hombre más virtuoso que tú, le dirás a menudo, "Que tu favor esté sobre mí", esto es decir: "Te considero mi maestro". Guarda tu comida y come con él. Y si estás bajo compromiso de ayuno, quiébralo, porque está escrito, "Hijo mío, siempre me he mostrado gozoso de acompańar al hombre que quería caminar". Debes regocijarte con él, y estar contento. Haz lo más que puedas para que te bendiga tres veces, para que la bendición del ángel que entró con él caiga sobre ti.

Y como exige la misma Fe de la Iglesia Católica, no te permitas retroceder en ella, ni te pongas por ti mismo fuera de ella. Creemos en un solo Dios, el Padre Todopoderoso, y su Hijo Único, Jesucristo, nuestro Seńor, por quien se hizo el universo, y en el Espíritu Santo, es decir, en la Santísima Trinidad, que es la Divinidad completa. Él es Dios, Él estaba en Dios, Él es la Luz que viene de la Luz, Él es el Seńor que viene del Seńor. Él fue engendrado, no creado. Fue engendrado como hombre. Él no es una cosa creada, es Dios. Fue engendrado por la Santísima Virgen María, la mujer que llevó a Dios en su seno. Él tomó la carne del hombre por nuestro bien, (Él bajó) a la tierra, y desde ella se elevó. Se escogió predicadores, a los Santos Apóstoles, cuyas voces, de acuerdo a lo que está escrito, han sido escuchadas en toda la tierra (Sal 18 (19), 4). Fue crucificado. Fue atravesado con una lanza. De allí vino nuestra salvación, Agua y Sangre, es decir, el bautismo y la gloriosa Sangre, pues aquel que no ha recibido la Sangre no ha sido bautizado.

Haz esto hijo mío, mantén esta fe, y el Dios de la paz estará contigo, y te salvará, y te librará, y estarás en paz el resto de tus días. La salvación está en el Seńor, hijo querido, en el Seńor. Recuérdame mi bienamado en el Seńor, por Jesús, el Cristo, Nuestro Seńor, a quien le pertenecen la gloria y el poder, ˇpor los siglos de los siglos! Amén.

 

 

HIMNO EN CONTRA DE BAR-DAISAN

 

San Efrén de Siria (306-373 d.C. aprox.), conocido como "La Lira del Espíritu Santo", por la belleza y profundidad de sus poesías, se preocupó por refutar los errores que poco más de un siglo antes el doceta Bar Daisan (154-222 d.C. aprox.) había propagado por medio de sus difundidos himnos, tratando de unir sus conocimientos de ocultismo con el cristianismo, y que sus seguidores, en tiempos de Efrén, continuaban exponiendo.

 

Hay Un Ser, que se conoce a Sí mismo y se ve a Sí mismo.
Él habita en Sí mismo,
y desde Sí mismo se despliega.
Gloria a su Nombre.
Este es un Ser que por su propia voluntad está en todo lugar,
que es invisible y visible,
manifiesto y escondido.
Él está encima y debajo.

Familiar y condescendiente por su gracia entre los pequeños;
más sublime y más exaltado, como conviene a su gloria, que los elevados.
El veloz no puede exceder su presteza,
ni el tardo ir más allá que su paciencia.

Él está antes de todo y después de todo,
y en medio de todo.
Él es como el mar,
y toda la creación se mueve en Él.
Como las aguas envuelven a los peces en todos sus movimientos,
así el Creador está vestido con todo lo creado,
con lo grande y lo pequeño.
Y como los peces están escondidos en el agua,
así están escondidos en Dios la altura y la profundidad,
lo lejano y lo cercano,
y sus habitantes.
Y como el agua se encuentra con los peces adonde quiera que vaya,
así Dios se encuentra con todo el que camina.
Y como el agua toca al pez en cada giro que hace,
así Dios acompaña y mira a cada hombre en todos sus actos.

Los hombres no pueden mover la tierra, que es su carro,
así tampoco nadie se aleja del Único Justo, que es su socio.
El Único Bueno está unido al cuerpo,
y es la luz de los ojos.
Un hombre no es capaz de escapar de su alma,
pues ella está con él.
Ni tampoco hay hombre escondido del Bueno,
pues Él lo envuelve.
Como el agua envuelve al pez y éste lo siente,
así también todas las naturalezas sienten a Dios.

Él se difunde en el aire,
y con tu aliento ingresa en lo más íntimo de ti
Él está unido a la luz,
e ingresa, cuando tú ves, en tus ojos.
Él está unido a tu espíritu,
y te examina desde dentro, para saber quién eres.
Él habita en tu espíritu,
y nada que está en tu corazón le es oculto.
Como la mente precede al cuerpo en todo lugar,
así Él examina tu alma antes que tú la examines.
Y como el pensamiento precede en mucho al acto,
así su pensamiento conoce de antemano lo que tú planearás.

Comparado con su impalpabilidad,
tu alma es cuerpo y tu espíritu carne.
Él, que te creó,
es alma de tu alma,
espíritu de tu espíritu,
distinto de todo,
y está unido a todo,
y manifiesto en todo,
un gran prodigio y una escondida maravilla insondable.
Él es el Ser cuya esencia ningún hombre es capaz de explicar.
Éste es el Poder cuya profundidad es inexpresable.
Entre las cosas vistas y entre las cosas escondidas
no hay nada que se compare a Él.
Éste es Aquél que creó y formó de la nada
todo lo que es.

Dios dijo:
¡Qué se haga la luz!
Una cosa creada.
Él hizo la oscuridad y se hizo de noche.
Observa: una cosa creada.
Fuego en las piedras,
agua en las rocas:
El Ser los creó.
Hay un Poder que los sacó de la nada.

Contempla,
también hoy, el fuego no está en un almacén en la tierra.
¡Mira! Es continuamente creado
por medio de pedernales.
Es el Ser quien ordena su existencia
por medio de Él mismo, que la sostiene.
Cuando Él quiere la enciende,
cuando Él quiere la apaga
a manera de llamar la atención al obstinado.

En la gran alameda se enciende un fuego por la fricción de un madero.
La llama devora,
se vuelve fuerte,
y al final sucumbe.

Si fuego y agua son seres y no creaturas,
entonces antes que la tierra fuera,
¿Dónde estaban ocultas sus raíces?

Quienquiera que va a destruir su vida,
abre su boca para hablar de todo.
Quienquiera que se odia a sí mismo
y no se circunscribe a Dios
piensa que es una gran impiedad que alguien se crea un erudito.

Y si piensa que ha dicho la última palabra
ha alcanzado el paganismo,
¡Oh Bar Daisan,
hijo del Río Daisa,
cuya mente es líquida como su nombre!