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SAN JERÓNIMO

COMENTARIO AL EVANGELIO DE SAN MARCOS

I. Mc 1, 1-12

Aquel ser viviente, que en el Apocalipsis de San Juan y en el comienzo del libro de Ezequiel aparece tetramorfos (cuatriforme), por tener cara de hombre, cara de toro, cara de león, y cara de águila, tiene también en este lugar su significado: en Mateo se descubre la cara de hombre, en Lucas la de toro, en Juan la de águila; a Marcos lo representa el león, que ruge en el desierto.

Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Conforme está escrito en Isaías el profeta: Voz que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor, rectificad sus sendas. El que clama en el desierto ciertamente es el león, a cuya voz tiemblan los animales todos, corren en tropel y no son capaces de huir. Considerad al mismo tiempo que Juan el Bautista es llamado la voz, y nuestro Señor Jesucristo la palabra: el siervo precede al Señor.

«Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.» Por tanto, no del hijo de José. El comienzo del Evangelio es el final de la ley: acaba la ley y comienza el Evangelio.

Conforme está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino. Conforme está escrito en Isaías. En cuanto soy capaz de recordar y buscar en mi mente, repasando con la máxima atención tanto la traducción de los setenta, como los mismos textos hebreos, nunca he podido encontrar que esto esté escrito en el profeta Isaías. Lo de: «Mira, envío mi mensajero delante de ti», está escrito, sin embargo, al final del profeta Malaquías, ¿cómo es que el evangelista Marcos dice aquí «conforme está escrito en el profeta Isaías?» Los evangelistas hablaban inspirados por el Espíritu Santo. Y Marcos, que esto escribe, no es menos que los demás. En efecto, el apóstol Pedro dice en su carta: «Os saluda la elegida como vosotros, así como mi hijo Marcos». ¡Oh apóstol Pedro, tu hijo Marcos, hijo no según la carne, sino según el espíritu, instruido en las cosas espirituales, ignora esto! Y lo que está escrito en un lugar, lo asigna a otro. «Conforme está escrito en el profeta Isaías: Mira, envío mi mensajero delante de ti». Porfirio, aquel impío, que escribió contra nosotros y que vomitó su rabia en muchos libros, se ocupa de este pasaje en su libro decimocuarto, y dice: «Los evangelistas fueron hombres tan ignorantes, no sólo en las cosas del mundo, sino incluso en las divinas Escrituras, que lo escrito por un profeta lo atribuyen a otro». Esta es su objeción. ¿Qué le responderemos nosotros? Gracias a vuestras oraciones me parece haber encontrado la solución. Conforme está escrito en el profeta Isaías. ¿Qué es lo que está escrito en el profeta Isaías? «Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del señor, enderezad sus sendas». Esto es lo que está escrito en Isaías. Ahora bien, esta misma afirmación se halla expuesta más ampliamente en otro profeta. El evangelista mismo dice: Este es Juan el Bautista, de quien también Malaquías dijo: «Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino». Por tanto, lo que dice que está escrito en Isaías, se refiere a este pasaje: «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas». Para probar que Juan era el mensajero, que había sido enviado, no quiso Marcos recurrir a su propia palabra, sino a la profecía del profeta.

Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión.... Juan apareció: nuestro Dios existía. Lo que apareció, dejó de ser y, antes de aparecer, no existió. Por el contrario, el que existía existía antes y existía siempre y nunca ha tenido principio. Por ello, de Juan el Bautista se dice apareció, esto es, egueneto, mientras del Señor y Salvador se dice existía. Cuando se dice existía significa que no tiene principio. Él mismo es el que dijo: «El que me ha enviado»: pues el ser no tuvo principio. Apareció Juan en el desierto, bautizando y predicando. En el desierto apareció la voz que tenía que anunciar al señor: otra cosa no debía proclamar sino la venida del Salvador. Apareció Juan en el desierto. ¡Feliz innovación: abandonar a los hombres, buscar a los ángeles, dejar las ciudades y encontrar a Cristo en la soledad! Apareció Juan en el desierto, bautizando y predicando: bautizaba con su mano, predicaba con su palabra. El bautismo de Juan precedió al bautismo del Salvador. Del mismo modo como Juan el Bautista fue el precursor del Señor y Salvador, así también su bautismo fue el precursor del bautismo del Salvador. Aquél se dio en la penitencia, éste en la gracia. Allí se otorga la penitencia y el perdón, aquí la victoria.

Acudía a él gente de toda la región de Judea. A Juan acude Judea, acude Jerusalén; mas a Jesús, el Señor y Salvador, acude todo el mundo. «En Judá Dios es conocido, grande es su nombre en Israel». A Juan, pues, acuden Judea y Jerusalén, mas al Salvador acude todo el mundo.

Venían todos y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados 16. Eran bautizados por Juan. Juan el Bautista ofrece la sombra de la ley, por ello los judíos son bautizados sólo según la ley. Venían de Jerusalén y eran bautizados por él en el Jordán, el río que baja. Pues la ley baja: aunque bautiza, es, sin embargo, de abajo. Jordán significa esto: río que baja, mientras que nuestro señor, y toda la Trinidad, es de arriba.

Alguien podría decir: si la ley es de abajo, ¿no es también de abajo el Señor, que fue bautizado en el Jordán? Fue bautizado en el Jordán justamente, pues guardó los preceptos de la ley. Del mismo modo como fue circuncidado según la ley, según la ley fue bautizado.

Juan llevaba un vestido de piel de camello, y se alimentaba de langostas y miel silvestre. Así como los apóstoles son los primeros entre los sacerdotes, Juan el Bautista es el primero entre los monjes. Y, como nos transmiten los escritos hebreos y puede todavía recordarse, también en las listas de los sacerdotes se nombra a Juan entre los pontífices. De este modo queda claro que aquel varón fue no sólo un santo, sino también un sacerdote. Leemos, además, en el Evangelio de San Lucas que Juan era de linaje sacerdotal. «Hubo, dice, un sacerdote llamado Zacarías..., que en el turno de su grupo...». Esto, propiamente hablando, no puede referirse más que a los príncipes de los sacerdotes, es decir a los pontífices. ¿Por qué he dicho todo esto? Para que sepamos que el que sabía que Cristo iba a venir era sacerdote y, sin embargo, no buscaba a Cristo en el templo, sino en el desierto, donde habíase retirado de la multitud. Para los ojos que esperan a Cristo, ninguna otra cosa merece la atención más que Cristo. Y Juan llevaba su vestido hecho de pelo de camello: no de lana, para que no pudieras pensar que eran vestidos delicados. Nuestro Señor mismo da testimonio en el evangelio del ascetismo de Juan. «Los que visten con elegancia, dice el Señor, están en los palacios de los reyes».

Tratemos ahora de descubrir, con la ayuda de vuestras oraciones, el sentido espiritual del texto. «Tenía Juan un vestido hecho de pelos de camello con un cinturón de cuero a sus lomos». Juan mismo dice: «Es preciso que él crezca y yo disminuya. El que tiene la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo se alegra mucho, si ve al esposo». Y dice además: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; yo no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias». Lo de «Es preciso que él crezca y yo disminuya» equivale a decir: es preciso que el Evangelio crezca y yo, la ley, disminuya. Llevaba Juan, es decir, la ley en Juan, un vestido hecho de pelos de camello: no podía llevar la túnica propia del cordero, de quien se dice: «He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo», y también: «Como oveja fue llevado a la muerte». Bajo la ley no podemos llevar la túnica propia de aquel cordero. Y bajo la ley llevaba Juan un cinturón de cuero, porque los judíos consideran pecado solamente el cometido de obra; lo contrario de nuestro Señor Jesús, que en el Apocalipsis de Juan aparece en medio de siete candelabros, llevando un cinturón de oro, y no en los lomos, sino en el pecho. La ley se ciñe a los lomos, mientras que Cristo, es decir, el Evangelio y la virtud de los monjes no sólo condena los actos libidinosos, sino incluso los malos pensamientos. Aquí—en el Evangelio—no está permitido pecar ni siquiera de pensamiento, allí—en la ley— sólo es reo de pecado quien de hecho haya cometido fornicación. En verdad, os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. «Está escrito en la ley, dice Jesús, no cometerás adulterio». Este es el cinturón que se ciñe a los lomos. «Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón». Este es el cinturón de oro, que se ciñe al pecho.

Llevaba un vestido de pelos de camello y «comía langostas y miel silvestre». La langosta es un animal pequeño, intermedio entre las aves y los reptiles, pues no despega de tierra lo suficiente; aunque se eleva un poco, salta más bien que vuela, e incluso, cuando se ha elevado un poco de tierra, cae de nuevo al suelo, al fallarle las alas. Así también, la ley parecía alejarse un poco del error de la idolatría, mas no era capaz de volar al cielo. Nunca se habla en la ley del reino de los cielos. ¿Queréis saber por qué el reino de los cielos sólo se predica en el Evangelio? «Haced penitencia, dice, porque está cerca el reino de los cielos». Así, pues, la ley elevaba un poco a los hombres de tierra, pero no podía llevarlos al cielo. «Donde esté el cuerpo, allí se reunirán las águilas» 32. Esto respecto a las langostas.

También comía miel, no de la cultivada, sino de la silvestre, entre las fieras, entre las bestias; no en casa, no en la Iglesia, sino fuera de la Iglesia. En la ley llegaba a su fin la miel silvestre, de ahí que nunca hallemos escrito que la miel haya sido ofrecida en los sacrificios. Tal vez alguien se sorprenda y diga: ¿Por qué, siendo ofrecidos a Dios en sacrificio el aceite, la harina, el carnero, el cordero, la sangre de los animales, y demás cosas, sólo la miel no es ofrecida? En definitiva, ¿qué dice la Escritura? Todo lo que se ofrezca en sacrificio, ofrézcase sazonado con sal. «Que vuestra conversación esté sazonada con sal». La miel no se ofrece en absoluto. Y todo lo que haya tocado—se dice—, será impuro. La miel es signo del placer y la sensualidad: el placer conduce siempre a la muerte y no agrada nunca a Dios. Cuanto consigo trae dulzura no se ofrece a Dios en sacrificio. La miel es ciertamente dulce por sí misma y, por despertar con su dulzura los sentidos, se equipara al placer, a la pasión, a la lascivia. Cierto que la miel procede de las flores, que surgen por doquier, pero si te fijas bien, entre las mismas flores hay cadáveres, podredumbre y cosas semejantes.... Por tanto, la miel no sólo procede de las flores, sino también de todo lo voluptuoso. Parece ciertamente agradable, mas si sabes discernir el peligro, es en realidad mortal. ¿Por qué he dicho esto? Porque en la ley estaban los comienzos, mientras que en el Evangelio está la perfección.

Detrás de mi viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Aquí aparece claramente un signo de humildad; es como decir: no soy digno siquiera de ser su siervo. Pero en estas sencillas palabras se nos revela otro misterio. Leemos en el Éxodo, en el Deuteronomio y en el libro de Ruth que cuando alguien se negaba a tomar por mujer a la viuda de su hermano, quien le seguía en orden de parentesco, ante los jueces y los ancianos le decía: a ti te corresponde el matrimonio, tú eres quien debe tomarla por mujer. Si se negaba, la misma a quien no quería tomar por esposa le quitaba su sandalia, le golpeaba en la cara y le escupía. De este modo podía ya casarse con el otro. Esto se hacía para pública deshonra—interpretando de momento el texto al pie de la letra—a fin de que si alguien fuera a rechazar a una mujer especialmente por ser pobre, el miedo a esta pública deshonra le hiciera desistir. Por tanto, aquí se nos revela el sacerdocio. Juan mismo dice: «el que tiene a la esposa es el esposo». Él tiene por esposa a la Iglesia, yo soy simplemente el amigo del esposo: no puedo, siguiendo la ley, desatar la correa de su sandalia, porque él no ha rechazado a la Iglesia por esposa.

Yo os bautizo con agua, yo soy un servidor, él es el Creador y el Señor. Yo os ofrezco agua. Yo, que soy criatura, ofrezco una criatura; él, que es increado, da al increado. Yo os bautizo con agua, ofrezco lo que se ve; él lo que no se ve. Yo, que soy visible, doy agua visible; él, que es invisible, da el Espíritu invisible.

Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea. Fijaos en el significado de las palabras. No dice: vino Cristo, ni tampoco: vino el Hijo de Dios, sino vino Jesús. Alguien podría decir: ¿Por qué no dice Cristo? Me refiero a Cristo según la carne. Dios, por su parte, es eternamente santo y no necesita ninguna santificación, pero estamos hablando ahora de la carne de Cristo. Aún no había sido bautizado, ni había sido ungido por el Espíritu Santo. Hablo de Cristo según la carne, según la forma de siervo; que nadie se escandalice. Hablo de aquel que, como si fuera un pecador, se acercó al bautismo; no trato de dividir a Cristo. No trato de decir que uno es Cristo, otro Jesús, y otro el Hijo de Dios, sino que siendo uno y el mismo es diverso según la diversidad de los momentos. «Vino Jesús desde Nazaret de Galilea». Daos cuenta del misterio. A Juan el Bautista acuden en primer lugar los habitantes de Judea y de Jerusalén, pero nuestro Señor con quien se inicia el bautismo evangélico y que cambió los sacramentos de la ley en sacramentos del Evangelio, no vino desde Judea ni desde Jerusalén, sino desde Galilea de los gentiles. «Vino Jesús desde Nazaret de Galilea». Nazara significa flor. La flor (Jesús) viene de la flor.

Y fue bautizado por Juan en el Jordán. ¡Gran misericordia: el que no había cometido pecado es bautizado como si fuera un pecador! En el bautismo del Señor son perdonados todos los pecados. Pero sólo a manera de cierto anticipo es esto propio del bautismo del Salvador, porque la verdadera remisión de los pecados está en la sangre de Cristo y en el misterio de la Trinidad.

En cuanto salió del agua, vio que los cielos se rasgaban. Todo esto, que se ha escrito, se ha escrito para nosotros, pues, antes de recibir el bautismo, tenemos los ojos cerrados y no vemos las cosas celestes.

Y vio que el Espíritu, como paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venia de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco». Jesucristo es bautizado por Juan; el Espíritu Santo desciende en forma de paloma y el Padre da testimonio desde los cielos. Mira, Arrio, ved, herejes, el misterio de la Trinidad en el bautismo de Jesús: Jesús es bautizado, el Espíritu Santo desciende en forma de paloma, el Padre habla desde el cielo. «Vio que los cielos se rasgaban». Cuando dice «vio», da a entender que los otros no veían, pues no todos ven los cielos abiertos. ¿Qué dice Ezequiel en el comienzo de su libro? «Y sucedió, dice, que encontrándome yo entre los deportados, a orillas del río Kebar, vi los cielos abiertos». Yo vi, luego los otros no veían. Que nadie piense que se trata de los cielos simple y materialmente abiertos: nosotros mismos, que nos hallamos aquí, vemos los cielos abiertos o cerrados según la diversidad de nuestros méritos. La fe plena tiene los cielos abiertos, mas la fe vacilante los tiene cerrados.

«Y vio que el Espíritu, como paloma, bajaba a él» Maniqueos, marcionistas y demás herejías suelen presentarnos la siguiente objeción: si Cristo está en su cuerpo y la carne, que asumió, no fue abandonada, ni se la quitó de encima, también el Espíritu Santo, que bajó a él, está en la paloma. ¿Percibís los silbidos de la antigua serpiente? ¿Véis que aquella culebra, que arrojó al hombre del paraíso, también a nosotros quiere arrojarnos del paraíso de la fe? No dice—el evangelista—: tomó el cuerpo de una paloma, sino el Espíritu «como» paloma. Cuando se dice «como» no se designa la realidad, sino la similitud.

Respecto al Señor y Salvador, no está escrito que nació «como» hombre, sino que nació hombre. Mas aquí se dice como paloma. Por tanto, fue una similitud lo que se dio, no fue la realidad.

A continuación, el Espíritu le empuja al desierto. El mismo Espíritu, que había bajado en forma de paloma. «Vio—dice—que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, como paloma, bajaba y se quedaba con él». Fijaos en lo que dice: se quedaba, es decir, se establecía de forma permanente, nunca lo abandonaría. Juan mismo dice en otro Evangelio: «El que me envió, me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él». En Cristo el Espíritu Santo bajó y se quedó, en los hombres baja, mas no se queda permanentemente. En el libro de Ezequiel, que personalmente es figura del Salvador, pues a ningún otro de los profetas—hablo de los antiguos—se le llama «hijo del hombre», como a Ezequiel, en el libro de Ezequiel, digo, no transcurren veinte o treinta versículos, cuando se dice inmediatamente: «La palabra del Señor fue dirigida al profeta Ezequiel». Es posible que alguien se pregunte: ¿por qué se dice esto tantas veces del profeta? Porque el Espíritu Santo bajaba ciertamente al profeta, mas se retiraba de nuevo. Cada vez que se dice: «La palabra del Señor fue dirigida», se indica que el Espíritu Santo, que se había retirado, venía de nuevo a él. Pues, cuando nosotros nos dejamos arrastrar por la ira, cuando denigramos, cuando somos presa de una tristeza que conduce a la muerte, cuando nuestro pensamiento está puesto en las cosas propias de la carne, ¿podemos pensar que el Espíritu Santo permanece en nosotros? ¿Y podemos esperar que permanezca en nosotros el Espíritu Santo, si odiamos al hermano o si maquinamos cosas inicuas? Por tanto, si alguna vez nos proponemos algo bueno, sepamos que el Espíritu Santo permanece en nosotros; si nos proponemos algo malo, signo es de que el Espíritu Santo se ha retirado de nosotros. Por ello se dice con respecto al Salvador: «Aquel sobre el que veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es...». «A continuación, el Espíritu le empuja al desierto». Este mismo Espíritu es el que empuja al desierto a los monjes, cuando, viviendo con sus padres desciende y permanece sobre ellos. El Espíritu Santo es el que les saca de casa y les conduce a la soledad. Pues el Espíritu Santo no se siente a gusto donde hay multitud y tropel, donde hay discordia y riñas. De ahí que nuestro Señor y Salvador, cuando quería orar, «se retiraba solo al monte—como dice el Evangelio—y allí oraba durante toda la noche». Durante el día estaba con sus discípulos, durante la noche se dedicaba a orar al Padre por nosotros. ¿Por qué digo todo esto? Porque algunos hermanos suelen decir: si estoy en un convento, no podré orar solo. ¿Acaso nuestro Señor despedía a los discípulos? Permanecía con ellos, mas, cuando quería orar más intensamente, se retiraba solo. Así también nosotros, cuando queramos orar más de lo que hacemos comunitariamente, utilicemos la celda, los campos, el desierto. Podemos poseer los valores comunitarios juntamente con la soledad.