La Escala Espiritual
San Juan Clímaco
Con anotaciones de Fr. Luis de Granada
San Juan Clímaco vivió en el siglo VII. Fue abad del monasterio de Santa Catalina en el Monte Sinaí, quizá el más importante centro de difusión del "hesicasmo". Su principal obra, "La Escala Espiritual" se compone de 30 capítulos y buscan señalar los peldaños del camino o subida hacia Dios a semejanza de la bíblica escala de Jacob.
Escalón primero de la renunciación y menosprecio del mundo.
Escalón segundo, de la mortificación y victoria de las pasiones y aficiones.
Escalón tercero, que trata de la verdadera peregrinación.
Escalón cuarto, de la bienaventurada obediencia, digna de perpetua memoria
Escalón quinto, de la penitencia.
Escalón sexto, de la memoria de la muerte.
Escalón séptimo, del llanto causador de la verdadera alegría.
Escalón octavo, de la perfecta mortificación de la ira, y de la mansedumbre.
Escalón nono, de la memoria de las injurias.
Escalón décimo: de la detracción, o murmuración.
Escalón undécimo, de la locuacidad, o demasiado hablar.
Escalón doce, de la mentira.
Escalón trece, de la accidia o pereza.
Escalón catorce, de la famosísima y perversa señora de la gula.
Escalón quince, de la castidad
Escalón diez y seis, de la avaricia, y también de la pobreza y desnudez de todas las cosas.
Escalón diez y siete, de la insensibilidad; conviene a saber, de la mortandad del alma, de la muerte del espíritu antes de la muerte del cuerpo.
Escalón diez y ocho, del sueño, y de la oración, y del cantar los Salmos en comunidad.
Escalón diez y nueve, de como se han de tomar y ejercitar las sagradas vigilias.
Escalón veinte, del temor pueril.
Escalón veinte y uno, de muchas maneras de vanagloria.
Escalón veinte y dos, de la soberbia.
Escalón veinte y tres, de los pensamientos horribles del espíritu de la blasfemia.
Escalón veinte y cuatro, de la mansedumbre y inocencia, no naturales, sino adquiridas; y también de la malicia.
Escalón veinte y cinco, de la altísima humildad, vencedora de todas las pasiones.
Escalón veinte y seis, de la discreción para conocer los pensamientos, los vicios y las virtudes.
Breve recapitulación de lo sobredicho.
Escalón veinte y ocho, de la sagrada quietud del cuerpo y del alma.
Escalón veinte y ocho, de la bienaventurada virtud de la oración, y de la manera que en ella asiste el hombre ante de Dios.
Escalón veinte y nueve, del cielo terrenal, que es la bienaventurada tranquilidad; y de la perfección y resurrección espiritual del alma antes de la común resurrección.
Escalón treinta, de la unión y vinculo de las tres virtudes Teologales, feb, esperanza y caridad.
Capítulo I:
Escalón primero de la renunciación y menosprecio del mundo
Convenientísima cosa es que comenzando a instruir a los siervos de Dios, hagamos principio de nuestra oración del mismo Dios: el cual como sea de infinita é incomprensible bondad, tuvo por bien de honrara todas las criaturas racionales que él crió, con dignidad de libre albedrío: entre las cuales unas se pueden llamar suyas; otras fieles y legítimos siervos; otras del todo punto inútiles; otras extranjeros y apartados de él; otras enemigos y adversarios suyos, aunque flacos.
Amigos de Dios, pensamos nos rudos ignorantes, santo varón, que propiamente se llaman aquellas intelectuales y espirituales substancias que moran con él. Siervos fieles son aquellos que sin pereza y sin cansancio obedecen su santísima voluntad. Siervos inútiles son aquellos que después de haber sido lavados con el agua del santo bautismo, no guardan lo que en él asentaron y capitularon. Extranjeros y enemigos son aquellos que están arredrados de su sancta fe. Adversarios y enemigos son los que no contentos con haber sacudido de sí el yugo de la ley de Dios, persiguen con todas sus fuerzas á los que procuran de guardarla. Y dado caso que cada linaje de estas personas requería especial tratado; mas no hace nuestro propósito tratar ahora de cada una de ella, sino solamente de aquellos que justamente merecen ser llamados fidelísimos siervos de Dios; los cuales con la fuerza potentísima de la caridad nos necesitaron tomar esta carga: por cuya obediencia, sin más examinar, extenderemos nuestra ruda mano, y tomando de la suya la pluma de la palabra divina, mojarla hemos en la tinta de la oscura, aunque clara humildad, y con ella escribiremos en sus blandos y humildes corazones, como en unas cartas, mejor decir, como en unas espirituales tablas, las palabras de Dios, para lo cual tomaremos este principio.
Primeramente presupongamos que todas las criaturas que tienen voluntad y libre albedrío, se les ofrece y propone Dios por verdadera vida, verdadera salud, sean fieles infieles, justos, injustos, religiosos, irreligiosos, viciosos, virtuosos, seculares, monjes, sabios, ignorantes, sanos enfermos, mozos viejos: y esto no de otra manera que la comunicación de la luz, y la vista del sol, y la comunicación de los tiempos que se ofrecen igualmente todos sin excepción de personas.
Y comenzando por la definiciones de algunos de estos vocablos que mas hacen nuestro propósito, decimos que irreligioso es criatura racional y mortal que por su propia voluntad huye de la vida: la cual de tal manera trata con su Criador, que siempre es como si se creyese que no es. Inicuo es aquel que violentamente tuerce el entendimiento de la ley de Dios para conformarlo con su apetito: y siendo de contrario parecer, piensa que cree la palabra de Dios. Cristiano es aquel que trabaja, cuanto es al hombre posible, por imitar Cristo; así en sus obras como en sus palabras, creyendo firmemente en la Santísima Trinidad. Amado de Dios es aquel que ordenadamente y como debe usa de todas las cosas naturales, y nunca deja de hacer todo el bien que puede. Continente es aquel que puesto en medio de las tentaciones y lazos, trabaja con todas sus fuerzas para alcanzar la paz y tranquilidad de corazón y buenas costumbres.
Monje es una orden y manera de vivir de Ángeles, estando en cuerpo mortal y sucio: monje es aquel que trae siempre los ojos del alma puestos en Dios, y hace oración en todo tiempo, lugar y negocio: monje es una perpetua contradicción y violencia de la naturaleza, y una vigilantísima infatigable guarda de los sentidos: Monje es un cuerpo casto, y una boca limpia, y un animo esclarecido con los rayos de la divina luz: monje es un animo afligido y triste, el cual trayendo siempre ante los ojos la memoria de la muerte, siempre se ejercita en la virtud.
Renunciación y desamparo del mundo es odio voluntario y negamiento de la propia naturaleza, por gozar de las cosas que son sobre naturaleza; del cual deseo (como de su propia raíz) nace este santo odio. Todos los que desamparan voluntaria y alegremente los bienes de esta presente vida, suelen hacer esto, por el deseo de la gloria advenidera, por la memoria de sus pecados, por solo amor de Dios; y si alguno esto hiciese, y no por alguna de estas causas, no seria razonable esta renunciación. Mas con todo esto, cual fuere el fin y termino de nuestra vida, tal será el premio que recibiremos de Cristo, juez y remunerador de nuestros trabajos.
El que procura de descargarse de la carga de sus pecados, trabaje por imitar los que están sobre las sepulturas llorando los muertos; y si no deje de derramar continuas y fervientes lagrimas; y gemidos profundos de lo intimo de su corazón, hasta que venga Cristo y quite la piedra del monumento (Jn 11) (que es la ceguedad y la dureza de su corazón y libre Lázaro), que es nuestro animo, de las ataduras de sus pecados, y mande los ministros (que son los Ángeles) diciéndoles: Desatadlo de las ataduras de los vicios, y dejadlo ir la quieta y bienaventurada tranquilidad.
Todos los que deseamos salir de Egipto y de la sujeción de Faraón, tenemos necesidad (después de Dios) de algún Moisés que no sea medianero para con él; el cual guiándonos por este camino con el ayuda, así de sus palabras como de sus obras y de su oración, levante por nosotros las manos Dios, para que guiados por tal capitán pasemos el mar de los pecados, y hagamos volver las espaldas Amalec, Príncipe de los vicios: porque por falta de este fueron algunos engañados; los cuales confiados en sí mismos creyeron que no tenían necesidad de guía.
Y es de notar que los que salieron de Egipto, tuvieron a Moisés por guía; mas los que huyeron de Sodoma, tuvieron para esto un Ángel que los guió. Los primeros, que son los que de Egipto salieron, son figuras de aquellos que procuran sanar las enfermedades de su alma con la cura y diligencia del medico espiritual; mas los segundos, que son los que huyeron de Sodoma, significan aquellos que estando llenos de inmundicias y torpezas corporales, desean grandemente verse libres de ella: los cuales tienen para esto necesidad de un hombre que sea semejante los Ángeles. Porque según la corrupción de las llagas, así tenemos necesidad de sapientísimo Maestro para la cura de ella.
Y verdaderamente el que vestido de esta carne desea subir al cielo, necesidad tiene de suma violencia, continuos infatigables trabajos, especialmente los principios, hasta que nuestras costumbres habituadas a los deleites, y nuestro corazón (que para el sentimiento de sus males estaba insensible) venga aficionarse Dios, y ser santificado con la castidad, mediante el atentísimo estudio y ejercicio de las lagrimas y las penitencia: porque verdaderamente trabajo, y gran trabajo, y amargura de penitencia es necesaria, especialmente para aquellos que están mal habituados, hasta que el can de nuestro animo (acostumbrado la carnicería y la gasolina de los vicios) lo hagamos amador de la contemplación y de la castidad, ayudándonos para esto la virtud de la simplicidad, y la mortificación de la ira, y una grande y discreta diligencia.
Pero con todo esto los que somos combatidos de vicios, aunque no hayamos alcanzado bastante fuerzas contra ellos, confiemos en Cristo, y con una fe viva le presentemos humildemente la flaqueza y enfermedad de nuestra alma; y sin duda alcanzaremos su favor y gracia, aunque sea sobre todo nuestro merecimiento, si con todo eso procuremos ser sumirnos perpetuamente en el abismo de la humildad. Sepan cierto los que en esta hermosura estrecha, dura y liviana batalla entran, que van meterse en un fuego, si desean inflamar su corazón con el fuego del divino amor. Y por tanto pruebe cada uno sí mismo, y de esta manera se llegue comer de este pan celestial con amargura, y beber de este suavísimo cáliz de lagrimas; porque no entre en esta gloriosa milicia para su juicio y condenación. Si es verdad que no todos los bautizados se salvan, miremos con temor y atención no corra también este mismo peligro por los que profesamos religión.
Y por esto los que desean hacer firme fundamento de virtud, todas las cosas del mundo negarán, todas las despreciarán, todas las pondrán debajo los pies, y todas las examinarán. Y para que este fundamento sea tal, ha de tener tres columnas con que sustente, que son inocencia, ayuno, y castidad. Todos los que en Cristo son niños, de esta tres cosas han de comenzar, tomando por ejemplo los que son ni dureza de corazón, ni fingimiento, ni codicia desmedida, ni vientre insaciable, ni movimientos de vicios deshonestos, como quiera que de lo uno se sigue lo otro: porque conforme la leña de los manjares así se enciende el fuego de lujuria.
Cosa es aborrecible y muy peligrosa, que el que comience con flojedad y blandura: porque suele ser este indicio manifiesto de la caída advenidera. Y por esto es cosa muy provechosa comenzar con grande animo y fervor, aunque después sea necesario remitir algo de este rigor. Porque el ánima que comenzó pelear varonilmente, y después algún tanto se debilitó y enflaqueció, muchas veces con la memoria de esta antigua virtud y diligencia, como con un estimulo y azote, es herida y provocada al bien. Por donde algunos por esta via volvieron al rigor pasado, y renovaron sus primeras alas.
Todas cuantas veces el alma se hallare fuera de sí, por haber perdido aquel bienaventurado y amable calor de la caridad, haga diligente inquisición, y mire por qué causa lo perdió: y ármese contra ella con todas sus fuerzas; pero no podrá introducirlo por otra puerta sino por aquella por donde salió. Los que por solo temor comienzan el camino de la renunciación, por ventura parecieran semejantes al incienso que se quema, que al principio huele bien, y después viene para en humo. Mas los que por solo respeto del galardón, sin otra cosa, se mueven a esto, son como piedra de atahona, que siempre anda de una manera, sin dar paso adelante, ni aprovechar mas. Pero los que dejaron el mundo por solo amor de Dios, estos luego desde el principio merecieron acrecentamiento de este fuego: el cual, como si estuviera en medio de una gran bosque, siempre va ganando tierra y entendiéndose mas.
Hay algunos que sobre ladrillos edifican piedras: y hay otros que sobre tierra levantan columnas: y hay otros que caminando pie, calentados los miembros y nervios mas ligeramente caminan. El que lee entienda lo que significa esta parábola. Los primeros que sobre ladrillos asientan piedras, son los que sobre excelentes obras de virtud se levantan la contemplación de las cosas divinas; mas porque no están bien fundados en humildad y paciencia, cuanto se levanta alguna grande tempestad, cae por falta del fundamento, que no era del todo seguro. Los segundo que sobre la tierra edifican columnas, son los que sin haber pasado por los ejercicios y trabajos de la vida monástica, quieren luego volar la vida solitaria: los cuales fácilmente los enemigos invisibles engañan , por la falta que tienen de virtud y experiencia. Los terceros son los que poco caminan tiene poca humildad debajo de obediencia: los cuales el Señor infunde el espíritu de caridad, con la cual encendidos acaba prósperamente su camino.
Y pues que somos, hermanos, llamados de Dios, que es nuestro Rey y Señor, corramos alegremente; porque si por ventura el plazo de nuestra vida fuere corto, no nos hallemos estériles y pobres la hora de la muerte, y vengamos morir de hambre. Procuremos agradar a nuestro Rey y Señor como los soldados al suyo: porque después de la profesión de esta gloriosa milicia, mas estrecha cuanta se nos ha de pedir. Temamos Dios siquiera como los hombres temen algunas bestias. Porque visto he yo algunos que querrían hurtar; los cuales no dejándolo de hacer por medio de Dios, lo dejaran por el de los perros que ladraban: de manera que los que no acabó con ellos el temor de Dios, acabó el de las bestias.
Amenos Dios siquiera como amamos los amigos. Porque también he visto muchas veces algunos que habiendo ofendido Dios, y provocándole ira con sus maldades, ningún cuidado tuvieron de recobrar su amistad: los cuales habiendo enojado algunos de sus amigos con muy pequeña ofensa, trabajaron con toda diligencia industria, y con toda afición y confesión de su culpa por reconciliarse con ellos, metiendo en esto otros terceros, y rogadores y deudos, arreciendo con esto muchas dádivas y presentes.
Aquí es de notar que en el principio de la renunciación no se obran las virtudes sin trabajo, amargura, y violencia. Mas después que comenzamos aprovechar, con muy poca tristeza ninguna las obramos. Pero después que la naturaleza está ya absorta y vencida con el favor y alegría del Espíritu Santo, entonces obramos ya con gozo, alegría, diligencia, y fervor de caridad, Cuanto son mas dignos de alabanza los que luego del principio abrazan las virtudes, y cumplen los mandamientos de Dios con devoción y alegría, tanto mas de llorar los que habiendo vivido mucho en este ejercicio, las ejercitan con trabajo y pesadumbre, si por ventura las ejercitan.
No debemos de condenar aquellas maneras de renunciación que parece haber sido hechas acaso. Porque visto he yo algunos delincuentes ir huyendo: los cuales como acaso se encontrasen con el Rey, sin buscarlo ellos, fueron recibidos en su servicio, y contados entre sus caballeros, y recibidos su mesa y palacio. Vi también algunas veces caerse descuidadamente algunos granos de trigo de la mano del sembrador; los cuales se apoderaron bien de la tierra, y vinieron después dar grande fruto: y vi también algunas ir casa del Medico por algún otro negocio, y haber acertado recibir en ella la salud que no tenían, y recobrado la vista de los ojos casi perdida. Y de esta manera acaece algunas veces ser mas firmes y estables las cosas que suceden sin nuestra voluntad, que las que de propósito se hacían.
Ninguno, considerando la muchedumbre de sus pecados, diga que es indigno de la profesión y vida de los Monjes; ni se engañe con este color y apariencia de humildad para dejar de seguir la senda estrecha de la virtud y darse a vicios; porque este es embuste del demonio, u ocasión para perseverar en los pecados: porque donde las llagas están podridas y afistuladas, así señaladamente es necesaria diligencia y destreza del sabio Medico; porque los sanos no tienen de esto tanta necesidad.
Si llamándonos un Rey mortal y terreno a su servicio y a su milicia, no hay cosa que nos detenga, ni buscamos ocasiones para excusarnos de esto: antes dejadas todas las cosas le vamos a servir y obedecer con suma alegría: miremos diligentemente no rehusemos obedecer por nuestra pereza y negligencia al Rey de Reyes, y Señor de los señores, y Dios de los dioses, que nos llama a la orden de esta milicia celestial, y después no tengamos excusa delante de aquel su terrible y espantoso tribunal.
Puede ser que el que está preso y aherrojado con los cuidados y negocios del siglo, dé algunos pasos y ande, aunque con impedimento y trabajo; porque también acaece que los que tienen grillos o cadenas en los pies andan con ellos, aunque mal y con trabajo.. El que vive en el mundo sin mujer, mas con cuidados y negocios del mundo, es semejante aquel que tiene mujer es semejante aquel que está de pies y manos aherrojado; el cual es mucho menos libre y menos señor de sí.
Oí yo una vez ciertos negligentes que viviendo en el mundo me decían: Cómo podemos, morando con nuestra mujeres, y cercados de negocios y cuidados de republica, vivir vida monástica? A los cuales yo respondí: Todo el bien que pudieres hacer, hacedlo;
no injuriéis nadie, ni digáis mentira, ni toméis lo ajeno, ni os levantéis contra nadie, ni queráis mal nadie: frecuentad las Iglesias, y los sermones, usad de misericordia, con los necesitados, no escandalicéis ni deis mal ejemplo nadie, ni seas favorecedores de bandos, ni entendáis en sustentar discordias, sino en deshacerlas; y contentaos con el uso legitimo de vuestras mujeres; porque si esto hicieres no estaréis lejos del Reino de Dios.
Apercibámonos con alegría y temor para esta gloriosa batalla, no acobardándonos ni desmayando por el temor de nuestros adversarios; pues Dios está por nuestra parte. Porque ven ellos muy bien, aunque no sean vistos de nosotros, la figura de nuestras animas: y si nos ven acobardados y medrosos, toman armas mas fuertes contra nosotros, viendo nuestra flaqueza y cobardía. Por tanto con grande animo debemos tomarlas contra ellos; porque nadie es poderoso para vencer al que alegre y animosamente pelea.
Suele usar nuestro Señor de una maravillosa dispensación con los principiantes y nuevos guerreros, templando y moderándoles las primeras batallas, porque no se vuelvan al mundo espantados de la grandeza del peligro. Por tanto gozaos siempre en el Señor en todos sus siervos: y tomad esto por señal de su llamamiento, y de la piedad y providencia paternal que tiene de vosotros. Otras veces también acaece que ese mismo Señor, cuando ve las animas fuertes en el principio, les apareja mas fuertes batallas, deseando mas temprano coronarlas. Suele el Señor esconder los hombres del siglo la dificultad de esta milicia (aunque mejor se podría por otro respeto llamar facilidad) porque si esto conociesen, no habría quien quisiese dejar el mundo. Ofrece los trabajos de tu juventud Cristo, y en la vejez te alegrarás con las riquezas de una quieta paz y tranquilidad que por ellos te darán; porque las cosas que recogimos y ganamos en la mocedad, después nos sustentan y consuelan cuando estamos flacos y debilitados en la vejez. Trabajemos los mozos ardientemente, y corramos con toda sobriedad y vigilancia; pues la muerte tan cierta todas las horas nos está aguardando. Y demás de esto tenemos enemigos perversísimos, fortísimos, astutísimos, potentísimos, invisibles, y desnudos de todos los impedimentos corporales, y que nunca duermen: los cuales teniendo fuego en las manos, trabajan con todo estudio por abrasar y quemar el templo vivo de Dios.
Ninguno cuando es mozo de oído los demonios, que suelen decir: No maltrates tu carne, porque no vengas caer en enfermedades y dolencias: porque muchas veces de esta manera, so color de discreción, hacen al hombre muy blando y piadoso para consigo. Y en esta edad apenas se halla quien del todo mortifique su carne, aunque se abstenga de muchos y delicados manjares. Porque una de las principales astucias de nuestro adversario es hacer blando y flojo el principio de nuestra profesión, para que después haga el fin semejante al principio.
Ante todas las cosas deben tener cuidado los que fielmente desean servir Cristo, que con grandísima diligencia busquen los lugares y las costumbres, la quietud y los ejercicios que entendieren ser mas acomodados su propósito y espíritu; según que el consejo de los padres espirituales, y la experiencia de sí mismo se lo dieren entender; porque no todos conviene morar en los monasterios, especialmente aquellos que son tocados del vicio de la gula y deleite en comer y beber; ni todos tampoco conviene seguir la quietud de la vida solitaria, especialmente aquellos que son inclinados ira. Mire pues cada uno diligentemente, como dicho es, el estado que mas le arma.
Porque tres maneras de estados y profesiones contiene la vida monástica. El primero es de vida solitaria que es de aquellos Monjes, que llaman Anacoretas: otro es en compañía de dos tres que viven en soledad: y el tercero es de los que sirven en la obediencia de los monasterios. Nadie pues se desvíe, como dice el Sabio (Prov. 4) de estos la diestra ni la siniestra; sino vaya por el camino real. Entre estas tres maneras de estados el de medio fue muy provechoso para muchos. Porque ay del solo (Eccl. 4), que si cayere en la tristeza espiritual, en el sueño, en la pereza, en la desconfianza, no tiene entre los hombres quien lo levante. Mas donde están ayuntados dos tres en mi nombre, dice el Señor (Mt. 18),ay estoy en medio de ellos.
Pues cuál será el fiel y prudente Monje, que guardando su fervor entero hasta el fin de la vida, persevere siempre, acrecentando cada día fuego fuego, fevor fervor, deseo deseo, y diligencia diligencia?
Anotaciones sobre el Capitulo precedente, del V.P.M.Fr Luis de Granada.
Para entendimiento de este Capitulo, Cristiano Lector, has de presuponer que según se colige de las Colaciones de los Padres, la renunciación de que en este Capitulo precedente se comenzó tratar tiene tres grados. El primero es dejar por amor de Dios todas las cosas del mundo, como el Salvador lo aconsejaba aquel mancebo del Evangelio (Mt. 9). El segundo es dejarse sí mismo; que es dejar la propia voluntad con todos los apetitos y pasiones de nuestra alma, para hacer de nosotros mismos verdadero sacrificio, por mejor decir, holocausto Dios. El tercero es que nuestro espíritu pura y enteramente se ofrezca, traslade, y junte con Dios, que es el fin de los grados pasados: porque tanto mas perfectamente se ayuntará nuestro espíritu con Dios, cuanto mas apartado estuviere de las cosas del mundo y de sí mismo. Pues del primero de estos tres grados se tratará en este primero Capitulo, y del segundo en el siguiente, que es de la mortificación de las pasiones: y del tercero se tratará consiguientemente en el Capitulo tercero: aunque en cada uno se toca algo de lo que pertenece al otro. Porque familiar cosa es este santo, como lo es todos los que escribiendo siguen el instinto y magisterio del Espíritu Santo, no tener tanta cuenta con el hilo y consecuencia de las materias, y con la trabazón de las cláusulas y sentencias, cuanto con seguir el dictamen y movimiento de este Espíritu divino que los enseña; como parece en el Autor que escribió aquel tan espiritual libro de Contemptus mundi, y en otros muchos: y lo mismo algunas veces se halla en este Autor.
En la prosecución de este Capitulo y casi de todo este libro, una se las cosas que hay mucho de notar es el rigor, y trabajo, y diligencia que este insigne Maestro pide todos los que de verdad determinan buscar Dios, especialmente los principios de su conversión, hasta deshacer los malos hábitos de la vida pasada: para que se vea claro por autoridad de tan gran varón, como no es esta empresa de flojos y regalados, sino de valientes y esforzados caballeros; conforme aquella sentencia del Salvador que dice (Mt. 11): El Reino de los cielos padece fuerza, y los esforzados son los que lo arrebatan.
Capitulo II:
Escalón segundo, de la mortificación y victoria de las pasiones y aficiones.
El que de verdad ama Dios, y el que de verdad desea gozar del Reino de los cielos, y el que de verdad se duele de sus pecados, y el que de veras está herido con la memoria de las penas del infierno y del juicio advenidero, y el que de verdad ha entrado en el temor de la muerte; este tal ninguna cosa en este mundo amará desordenadamente: no le fatigarán los cuidados del dinero, ni de la hacienda, ni de los padres, ni de los hermanos, ni de otra cosa alguna mortal y terrena: mas antes abominando y sacudiendo de sí todos estos cuidados, y aborreciendo con un santo odio su misma carne, desnudo, seguro, y ligero seguirá Cristo, levantando siempre los ojos al cielo, y esperando de hay el socorro, según la palabra del Profeta que dice[7]: Yo no me turbé siguiéndote tí , Pastor mío, nunca deseé el día del hombre; esto es, el descenso y felicidad que suelen desear los hombres.
Grandísima confusión es por cierto la de aquellos que después de su vocación (que es después de haber sido llamados, no por hombres sino por Dios) olvidados de todas estas cosas, se aplican otros cuidados que en la hora de la ultima necesidad no les puedan valer. Porque esto es lo que el Señor dijo que era volver atrás y no ser apto para el Reino de los cielos[8]. Lo cual dijo él como quien sabía muy bien cuan deleznables eran los primeros principios de nuestra profesión, y cuan fácilmente nos volveremos al siglo, si tuviéremos conversación familiar con personas del siglo. A un mancebo que le dijo[9]: Dame, Señor, licencia para ir enterrar a mi padre; respondió: Deja los muertos enterrar sus muertos.
Suelen los demonios después que hemos dejado el mundo ponernos delante algunos hombres misericordiosos y limosneros que viven en el mundo, y hacernos creer que aquellos son bienaventurados, y nosotros miserables, pues carecemos de las virtudes que aquellos tienen. Esto hacen los demonios para que so color de esta adultera y falsa humildad nos vuelvan al mundo; so permaneciéremos en la Religión, vivamos desconfiados y desconsolados en ella. Hay algunos Religiosos que con soberbia y presunción desprecian (como aquel Fariseo del Evangelio)[10] los hombres que viven en el mundo; no acordándose que está escrito[11]: El que está en pie mire por sí no caiga. Hay otros que no por soberbia, sino por huir de este despeñadero de la desconfianza, y concebir mayor esfuerzo y alegría por verse entresacados del mundo, desestiman, lo menos tienen en poco las costumbres de los que viven en él.
Mas oigamos los que tenemos en poco nuestra profesión, lo que el Señor dijo aquel mancebo que avía guardado casi todos los mandamientos[12]: Una cosa te falta; ve y vende todos tus bienes, y dalos pobres, y hazte por amor de Dios pobre y necesitado de ajena misericordia. Pues esto es propio de nuestra profesión, que tanto excede la de los que tan virtuosamente viven en el mundo como este vivía. Si deseamos correr ligera y alegremente por este camino, estimándolo en lo que él merece, miremos con atención como el Señor llamó muertos los hombres que en el mundo viven, diciendo uno de ellos[13]: Deja los muertos enterrar sus muertos.
No fueron causa las riquezas para que aquel mancebo rico dejase de recibir el Bautismo; y claramente se engañan los que piensan que por esta causa le mandaba el Señor vender su hacienda: no era esta la causa, sino querer levantarlo la alteza del estado de nuestra profesión. Y para conocer la gloria de ella debería bastar este argumento: que los que viviendo en el mundo se ejercitan en ayunos, vigilias, trabajos, y otras aflicciones semejantes, cuando vienen la vida Monástica como una oficina y escuela de virtud, no hacen caso de aquellos primeros ejercicios: presuponiendo ser muchas veces adúlteros y fingidos: y así comienzan con otros nuevos fundamentos.
Vi muchas y diversas plantas de virtudes de hombres que Vivían en el mundo, las cuales se regaban con el agua cenagosa de la vanagloria, y se cebaban con ostentación y apariencia de mundo, y se estercolaban con el estiércol de las alabanzas humanas; las cuales trasplantadas en tierra desierta y apartada de la vista y compañía de los hombres, y privadas de esta labor susodicha, luego se secaron; porque los árboles criados con este regalo no suelen dar fruto en tierra seca.
Su alguno tuviere perfecto odio al mundo, estará libre de tristeza del mundo; mas el que todavía está tocado, no estará del todo libre de esta pasión: porque cómo no se entristecerá cuando alguna vez se viere privado lo que ama? En todas las cosas tenemos necesidad de grande templanza y vigilancia: mas sobre todo nos debemos extremar en procurar esta libertad y pureza de corazón. Algunos hombres conocí en el mundo, los cuales viviendo con muchos cuidados y ocupaciones, congojas y vigilias del mundo, se escaparon de los movimientos y ardores de su propia carne: y estos mismos entrando en los Monasterios, y viviendo libres de estos cuidados, cayeron torpe y miserablemente en estos vicios.
Miremos mucho por nosotros, no nos acaezca que pensando caminar por camino estrecho y dificultoso, caminemos por camino largo y espacioso, y así vivamos engañados: angosto camino es la aflicción del vientre, la perseverancia en las vigilias, el agua por medida, y el pan por tasa, el beber la purga saludable de las ignominias y vituperios, la mortificación de nuestras propias voluntades, el sufrimiento de las ofensas, el menosprecio de nosotros mismos, la paciencia sin murmuración, el tolerar fuertemente las injurias, el no indignarse contra los que nos infaman, ni quejarse de los que nos desprecian, y bajarse humildemente los que nos condenan. Bienaventurados los que por esta via caminan, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Ninguno entra al tálamo celestial recibir la corona que recibieron los grandes santos, sino el que hubiere cumplido con la primera, y segunda, y tercera manera de renunciación; conviene saber, que primero ha de renunciar todas las cosas que están fuera de sí, como son padres, parientes, amigos, con todo lo demás. Lo segundo, ha de renunciar su propia voluntad; y lo tercero, la vanagloria que suele algunas veces acompañar la obediencia; porque este vicio mas sujetos están los que viven en compañía, que los que moran en soledad. Salid, dice el Señor por Isaías[14], del medio de ellos, y apartaos y no toquéis cosa sucia y profana. Porque quién hizo milagros, quién resucitó los muertos, quién alanzó los demonios? Estas son las insignias de los verdaderos Monjes, las cuales el mundo no merece recibir; porque si él las mereciese, superfluos serían nuestros trabajos, y la soledad de nuestro apartamiento.
Cuando después de nuestra renunciación de los demonios encienden nuestro corazón importunadamente con la memoria de nuestros padres y hermanos, entonces principalmente hemos tomar contra ellos las armas de la oración, y encender nuestro corazón con la memoria del fuego eterno, para que con ella apaguemos la llama dañosa de este otro fuego.
Los mancebos que después de haberse dado deleites y vicios de carne quieren entrar en Religión, procuren ejercitarse con toda atención y vigilancia en estos trabajos, y determinen de abstenerse de todo genero de vicios y deleites; porque no vengan tener peores lo fines que tuvieron los principios. Muchas veces el puerto (que suele ser causa de la salud) también lo es de peligros; lo cual saben muy bien los que por este mar espiritual navegan. Y es cosa miserable ver perderse los navíos en el puerto, los cuales estuvieron salvos en el medio de la mar.
Anotaciones sobre el Capitulo precedente, del V. P. M. Fr. Luis de Granada.
En este Capitulo se trata del segundo grado de la renunciación de sí mismo, que es la mortificación de los apetitos y aficiones sensuales; los cuales dicen que tienen mortificados el que de veras y de todo corazón está aficionado las cosas divinas. Y repite muchas veces esta palabra de veras para dar entender que no cualquiera grado de devoción causa este afecto, sino la verdadera, grande, y entrañable afición del amor de Dios. Porque así como una lumbre grande oscurece y ofusca otra menor, como el sol la de las estrellas; así el amor de Dios, cuando es muy grande, como fue el de los santos, anubla y oscurece todos los otros peregrinos amores.
Donde es mucho de notar que así como un peso cuanto mas sube la una balanza, tanto mas baja la otra, y al revés: así se han estos dos amores de Dios y del mundo. Porque cuanto crece el amor de Dios, tanto decrece el amor del mundo: y cuanto crece el amor del mundo, tanto decrece el de Dios. Y bienaventurado seria aquel de despedido del amor el mundo, con solo el de Dios por Dios se sustentase: porque seria como otro espiritual Jacob, quien se dio por bendición, que cojease del un pie, y del otro quedase sano[15]. Aunque no por esto piense nadie que se excluye aquí el amor y afición por los deudos, amigos, y bienhechores; porque este es natural y debido, cuanto es bien ordenado, amándolos y queriéndolos por Dios y para Dios: compadeciéndonos de sus trabajos. Pero todo esto se ha de hacer de manera que no se enrede nuestro corazón en este lazo con demasiada afición, como muchas veces acaece.
[7]Hier. 17
[8]Luc. 9
[9]Matt. 8
[10]Luc. 18
[11]1Cor. 10
[12]Matt. 20
[13]Matt. 8
[14]Isai. 52
[15]Genes. 32
Capitulo III:
Escalón tercero, que trata de la verdadera peregrinación.
Peregrinación es desamparar constantísimamente todas aquellas cosas que nos impiden el propósito y ejercicio de la piedad, que es honrar y buscar Dios. Peregrinación es un corazón vacío de toda vana confianza, sabiduría no conocida, prudencia secreta, huida del mundo, vida invisible, propósito secreto, amor del desprecio, apetito de angustias, deseo del divino amor, abundancia de caridad, aborrecimiento de la opinión de sabio de santo, y un profundo silencio de alma. Suele muchas veces al principio fatigar los siervos de Dios esta manera de vida tan ardua, y el fuego de este deseo, que es alejarse de la patria y de los suyos; el cual deseo nos provoca también querer por amor de Dios ser afligidos y despreciados.
Mas es de notar que cuanto esta peregrinación es mayor y mas loable, tanto con mayor atención se ha de examinar: porque no toda peregrinación, si superficialmente se hace, es digna de ser alabada. Porque si, como dice el Salvador[16], no hay Profeta que esté sin honra sino es entre los suyos y en su patria: miremos no se nos haga por ventura ocasión de vanagloria la peregrinación y huida de ella. Porque la peregrinación verdadera es un perfecto apartamiento de todas las cosas, con intención de que nuestro pensamiento nunca (en cuanto sea posible) se aparte de Dios. Peregrino es amador de perpetuo llanto, arraigado en las entrañas por la memoria de su Criador. Peregrino es el que despide y aparta siempre la memoria y afición de todos los suyos, en cuanto le es impedimento para ir Dios.
Cuando determinas de peregrinar y apartarte la soledad, no te detengas en el mundo, esperando llevar contigo las animas de los que están enlazados en él; porque no te saltee el enemigo en este tiempo, y te robe ese buen propósito. Porque muchos han ávido que pretendiendo llevar consigo algunos de estos perezosos y negligentes, con ellos juntamente perecieron, apagándoseles con la dilación la llama de este divino fuego y divina inspiración. Y por eso luego que sintieres en tí la esta llama y divina inspiración, corre apresuradamente; porque no sabes si se apagará tan presto, y quedaras oscuras.
No todos somos obligados salvar los otros: porque (como dice el Apóstol)[17] cada uno dará por sí razón Dios. Y en otro lugar: Tú (dice él)[18] que enseñas otros, cómo si enseñas a tí? Como si dijera: Las necesidades y obligaciones de los otros no las conocen todos; mas la suyas propias cada uno la conoce, y así es obligado acudir ellas.
Tú que determinas peregrinar, guárdate del demonio goloso y vagabundo; esto es, del que con titulo de peregrinación pretende cebar la curiosidad de nuestros sentidos y el apetito de la gula, que en diversos lugares halla diversos convites y hospederías; porque la peregrinación suele dar ocasión este demonio.
Gran cosa es haber mortificado la afición de todas las cosas perecederas; y la peregrinación en madre de esta virtud. Los que por amor de Dios andan peregrinando, han de dejar todos los afectos del siglo, y estar como muertos sus cosas; porque no parezcan por una parte apartados del mundo; y por otra que están enlazados con las aficiones de él. Los que se alejaron del siglo no querrían mas ya volver tener cuenta con el siglo; porque muchas veces lo vicios que de mucho tiempo están dormidos, fácilmente suelen despertar. Nuestra madre Eva contra su voluntad salió del paraíso; mas el Monje por la suya se desterró de su patria. Aquella fue echada fuera porque no volviese comer del árbol de la desobediencia; y este por no padecer peligro de sus parientes carnales huye como un grandísimo azote y peligro la vecindad de estos lugares del mundo; porque el fruto que no se ve con los ojos, no mueve tanto el corazón.
También querría que no ignorases otra manera de engaño que tienen estos ladrones: los cuales muchas veces nos aconsejan que no nos apartemos de los seculares, diciéndoos que mayor corona será, si viendo mujeres, y andando en medio de los lazos, vivimos limpiamente, y vencemos nuestras pasiones luchando con ellas: los cuales en ninguna manera debemos obedecer, antes hacer siempre lo contrario.
Después de haber peregrinado algunos años fuera de nuestra patria, y haber alcanzado algún poco de religión, de compunción, de abstinencia, luego los demonios comienzan combatirnos con algunos pensamientos de vanidad, incitándonos que volvamos nuestra Patria para edificación y ejemplo de todos aquellos que antes nos vieron vivir desordenadamente en el siglo. Y si por ventura tenemos algunas letras, alguna gracia en hablar, entonces ya nos aprietan fuertemente que volvamos al siglo ser Maestros y guarda dores de las animas de los otros; para que la hacienda que en el puerto adquirimos con trabajo, en el mar alto la perdamos. No imitemos la mujer de Lot[19], sino al mismo Lot; porque el alma que volviere al lugar de do salió, desvanecerse ha como sal, y quedarse ha hecha una estatua que no se mueve; porque los tales dificultosamente se vuelven Dios. Huye de Egipto, y de tal manera huye que nunca mas vuelvas él; porque los corazones que él volvieron, no gozaron de aquella quietísima y pacifica tierra de Jerusalén.
Mas con todo esto no es malo que los que al principio de su conversión dejaron la patria, y todas las cosas con ella, por conservarse en la infancia de su profesión, y cerrar la puerta todas las cosas que les podían dañar, que después de confirmados y adelantados de la virtud, y perfectamente purgados, vuelvan ella para hacer otros participantes de la salud que ellos alcanzaron. Porque aquel gran Moisés que vio Dios, y fue escogido para procurar la salud de su gente, muchos peligros pasó en Egipto, y muchas aflicciones y trabajos en este mundo por su causa. Mas vale entristecer nuestros padres, que nuestro Señor; porque este nos crió y redimió; mas aquellos muchas veces destruyeron los que amaron, y los entregaron los tormentos eternos..
Peregrino es aquel que como hombre de otra lengua, que mora en una nación extranjera entre gente que no conoce, vive solo en el conocimiento de sí mismo. Nadie piense que desamparamos nuestra patria y nuestros deudos porque los aborrezcamos (nunca Dios quiera que sea tal nuestra intención) sino huir el daño que por su parte nos puede venir. En lo cual tenemos, como en todas las otras cosas, nuestro Salvador por Maestro y ejemplo; el cual muchas veces se ausentó de la Virgen, y del Santo José, que era tenido por su Padre[20]; y siéndole dicho por algunos: Cata aquí tu Madre y tus hermanos; luego el Buen Maestro nos enseñó este santo odio y libertad de corazón, diciendo: MI Madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Aquel ten por Padre que puede y quiere trabajar contigo, y puede ayudarte descargar la carga de tus pecados: tu madre sea la compunción, la cual te lave de las mancillas y suciedades del alma: tu hermano sea el que juntamente contigo trabaja y pelea en el camino del cielo: tu mujer y compañera que de tí nunca se aparte sea la memoria de la muerte; y tus hijos muy amados sean los gemidos del corazón; y tu siervo sea tu cuerpo, y tus amigos los santos Ángeles, que a la hora de la muerte te podrán ayudar, si ahora procurares hacerlos familiares y amigos tuyos. Esta es la generación espiritual de los que buscan Dios.
El amor de Dios excluye el amor desordenado de los padres; y el que cree que estos dos amores juntos se pueden compadecer, él mismo se engaña; pues lo contradice el Salvador, diciendo[21] que nadie puede servir a dos señores. Por donde dijo él mismo en otro lugar[22]: No vine poner paz en la tierra, sino cuchillo: porque vine a apartar a los amadores de Dios de los amadores del mundo; y los terrenos y materiales de los espirituales; y los envidiosos de los humildes; porque de tal porfía y apartamiento como este se alegra el Señor cuando ve que se hace por su amor.
Y mira, ruegote, con atención, no estés secretamente tomado del amor de tus parientes, y viéndolos andar naufragando en el diluvio de las miserias y trabajos de este mundo, vayas desproveídamente socorrerlos, y perezcas juntamente en ese mismo diluvio con ellos. No tengas lastima de los padres y amigos que lloran tu salida del mundo, porque no tengas para siempre que llorar. Cuando los tales te cercaren como abejas, por mejor decir como avispas, y comenzaren hacer lamentaciones sobre tí, vuelve gran prisa, y fortalece tu corazón con la consideración de la muerte y de tus pecados, para que con un dolor despidas otro dolor. Prométenos muchas veces engañosamente los nuestros, por mejor decir, no nuestros, que a todas las cosas se harán a nuestra voluntad, y que no nos impedirán nuestros buenos propósitos ; mas esto hacen con intención de atajarnos nuestro camino, y traernos su voluntad.
Cuando nos apartaremos del mundo, sea nuestro apartamiento en los lugares mas humildes y menos públicos, y mas apartados de las consolaciones del mundo. Si fueras noble, esconde cuando pudieres, y en ninguna cosa muestres claridad y nobleza de tu linaje; porque no parezcas en las palabras uno y en las obras otro, si las palabras predican humildad, y las obras vanidad. Ninguno de tal manera peregrinó como aquel grande Patriarca, quien fue dicho[23]: Sal de tu tierra y de ente tus parientes, y de la casa de tu padre; siendo por esta via llamado andar entre gante bárbara y de lengua peregrina. Y lo que esa tan admirable peregrinación procuraron imitar algunas veces, los levantó el Señor grande gloria; aunque el verdadero humilde debe huirla y defenderse de ella con el escudo de la humildad, puesto que divinamente le sea concedida.
Cuando los demonios nos alaban de esta virtud de la peregrinación, de otra insigne virtud, luego debemos recurrir con grande atención la memoria de aquel Señor que peregrinó del cielo hasta la tierra por nosotros, y hallaremos que aunque viviésemos todos los siglos, no podríamos imitar la pureza de esta peregrinación.
Cualquiera afición desordenada de parientes no parientes, que a poco nos lleva tras sí al amor de las cosas del mundo, y nos amortigua el fuego del amor de Dios, ha de ser evitada con grandísima diligencia. Porque así como es imposible mirar con un ojo al cielo y con otro la tierra; así también lo es, estando en el cuerpo y con el animo aficionados las cosas del cielo. Con gran trabajo y fatiga se alcanza la virtud y las buenas costumbres; y puede acontecer que lo que con mucho trabajo y en mucho tiempo se alcanzó, en un punto se pierda. El que después de haber renunciado al mundo quiere vivir y conversar con los hombres del mundo, morar cerca de ellos, es cierto que ha de caer en los mismos peligros de ellos, y enlazar su corazón en los pensamientos de ellos. Y si así no se enlazare, lo menos juzgando y condenando los que sí se enlazan, él también se enlazará.
Único. De los sueños en que suelen ser tentados los principiantes
No se puede negar sino que sea imperfecto nuestro conocimiento, y lleno de toda ignorancia; porque como esta escrito; el paladar juzga la calidad de los manjares, y el oído la verdad de las sentencias[24]. De donde así como el sol descubre la flaqueza de los ojos, así las palabras declaran la rudeza de los entendimientos. Mas con todo esto la caridad nos obliga tratar cosas que exceden nuestra facultad. Pienso pues ser cosa necesaria añadir este Capitulo algo de los sueños, para que no ignoremos del todo este linaje de engaño de que usan nuestros adversarios. mas primero conviene declarar qué cosa sea sueño.
Sueño es movimiento del animo en cuerpo inmóvil; porque tal suele estar el cuerpo comúnmente cuando soñamos. Fantasía es engaño de los ojos interiores en el alma adormecida: que es cuando lo que no es se representa como si fuese, por estar impedido el uso de la razón. Fantasía es alienación del alma estando el cuerpo velando, que es cuando el alma está como fuera de sí con la aprehensión vehemente en alguna cosa. Fantasía es aprehensión imaginación que pasa presto y no permanece.
La causa porque en este lugar nos pareció tratar de los sueños es manifiesta. Porque después que dejamos por amor de Dios nuestras casas y parientes, y nos alejamos de ellos, y entregamos la peregrinación, entonces comienzan los demonios perturbarnos entre sueños, representándonos nuestros padres y parientes tristes y afligidos muertos por nuestra causa, y puestos en necesidades estrecho de muerte. Pues el que tales sueños como estos da crédito, semejante es al que corre tras de su sombra por alcanzarla.
Los demonios también, tentadores de la vanagloria, veces se hacen profetas engañosos, revelándonos entre sueños algunas cosas que ellos como astutísimos pueden conjeturar; para que viendo cumplido lo que vimos en sueños, quedemos espantados, y pensemos que ya estamos muy vecinos la gracia de los Profetas, y con esto nos ensoberbezcamos. Y muchas veces acaece por secreto juicio de Dios, que el demonio salga verdadero para con
aquellos que le dan crédito; así como sale mentiroso los que no hace caso de él. Y como él sea espíritu, ve todas las cosas que se hacen dentro de este aire; y cuando adivina que alguno ha de morir, díselo por sueños alguno de estos que son mas fáciles en creer, y así los engaña. Pero ninguna cosa futura sabe de cierta ciencia, sino por conjeturas; porque aun hasta los chicetos por esta via alguna vez suelen adivinar la muerte.
Muchas veces acaece que los demonios se transfiguran en Ángel de luz, y toman figura de mártires, y así se nos presentan entre sueños; y cuando despertamos hínchennos de alegría y soberbia: y esta es una de las señales de sus engaños; porque los buenos Ángeles antes nos representan tormentos, y juicios y apartamientos; y cuando despertamos déjanos temerosos y tristes. Y los que comienzan creer al demonio en estos sueños, después vienen ser por él engañados fuera de los sueños. Y por esto de locos y malos es dar crédito tales vanidades: mas el que ningún crédito les da, este es verdadero Filosofo: aquellos debes siempre dar crédito, que te predican pena y juicio. Y si esto te mueve desesperación, también entiende que esto viene por parte del demonio.
Anotaciones sobre el capitulo precedente, del V.P. Maestro Fr. Luis de Granada
En este capitulo se trata del tercero grado de la renunciación, que es el continuo deseo de nuestra unión de nuestra alma con Dios, para lo cual se hace el hombre peregrino y extranjero todas las cosas del mundo, no solo con el cuerpo (huyendo la patria) sino también con el animo, desterrando de si el amor desordenando de todas las cosas, para que suelto el corazón de estas cadenas, pueda sin impedimento volar Dios, y unirse con él, y reposar en él, sin que nadie le quite este reposo, ni lo despierte de este sueño. Lo cual perfectamente se hace en la gloria; mas en esta vida imperfectamente. Pues de este tercero grado de peregrinación se ha tratado en este capitulo; en el cual también se tocan muchas cosas, que aunque no sean esencialmente esta peregrinación, pero unas son causa de ella, y otras efectos, y otras partes y ramos de ella, cosas que están anejas ella. Esto dijimos porque no se maraville confunda al Lector, viendo cosas tan distintas de las cuales el titulo promete, queriéndolas violentamente reducir todas solo él.
[16]Matt. 13
[17]2Cor. 5
[18]Rom. 2
[19]Genes. 19
[20]Matth. 2
[21]Matth. 6
[22]Matth. 10
[23]Genes. 12
[24]Job. 34
Capitulo IV:
Escalón cuarto, de la bienaventurada obediencia, digna de perpetua memoria
Dicho ya de la peregrinación y menosprecio del mundo, viene ahora muy propósito tratar de la obediencia, para doctrina de los nuevos caballeros y guerreros de Cristo. Porque así como antes del fruto precede la flor; así ante toda la obediencia la peregrinación, del cuerpo de la voluntad.. Porque con estas dos virtudes, como con dos alas doradas, se levanta el alma del varón santo hasta el cielo; de la cual por ventura habló el Profeta lleno del Espíritu Santo, cuando dijo[25]: Quién me dará alas como de paloma y volaré por la vida activa; y por la contemplación y humildad descansaré?
Y no pienso que será razón pasar en silencio el habito y las armas de estos fortísimos guerreros: los cuales han de tener primeramente un escudo, que es una grande y viva fe y lealtad para con Dios, y para con el Maestro que los ejercita; para que despidiendo en todo el pensamiento de infidelidad, usen luego bien de la espada del espíritu, cortando con ella todas sus propias voluntades; y así también se vistan una loriga fuerte de mansedumbre y de paciencia; con las cuales virtudes despidan de sí todo genero de injuria y desacato, y de todas las saetas de respuestas y palabras malas. Tengan también un yelmo de salud, que es la oración espiritual, que guarde la cabeza de su alma. Y demás de esto tengan los pies no juntos, sino el uno adelante, aparejado para ejecutar la obediencia; y el otro puesto en la continua oración. Este es el habito y estas las armas de los verdaderos obedientes; ahora veamos qué cosa sea obediencia.
Obediencia es perfecta negación del alma, declarada por ejercicios y obras del cuerpo. Obediencia es perfecta negación del cuerpo, declarada con fervor y voluntad del alma. Porque para la perfecta obediencia todo es necesario que concurra, así cuerpo como alma, y todo es necesario que se niegue cuando la obediencia lo demanda. Obediencia es mortificación de los miembros en alma viva. Obediencia es obra sin vejamen, muerte voluntaria, vida sin curiosidad, puerto seguro excusa delante de Dios, menosprecio del temor de la muerte, navegación sin temor, camino que durmiendo se pasa. Obediencia es sepulcro de la propia voluntad, y resurrección de la humildad. Porque el verdadero obediente en nada resiste, en nada disciernen lo que le mandan, cuando no es malamente malo, fiándose humildemente en la discreción de su Prelado. Porque el que santamente de esta manera mortificare su alma, seguramente dará razón de sí Dios. Obediencia es resignación del propio juicio y discreción.
En el principio de este santo ejercicio, cuando se han de mortificar los miembros del cuerpo, la voluntad del alma, hay trabajo: en el medio veces hay trabajo, veces hay descanso; mas en el fin hay perfecta paz, tranquilidad, y mortificación de toda desordenada perturbación y trabajo. Entonces se halla fatigado este bienaventurado, vivo y muerto, cuando ve que hizo su propia voluntad, temiendo siempre la carga de ella.
Todos los que deseáis despojaros de lo que os impide para pasar esta carrera espiritual: todos los que deseáis poner el yugo de Cristo sobre vuestro cuello, y vuestras cargas sobre el de los otros: todos los que deseáis asentaros y escribiros en el libro de los siervos, para recibir por este asentamiento carta de horros, que es perpetua libertad: todos los que deseáis pasar nadando el gran mar de este mundo en hombros ajenos; sabed que hay para esto un camino breve, aunque áspero, (especialmente los principios) que es el estado de la obediencia: en la cual hay un principalísimo peligro, que es el amor y contentamiento de si mismo, cuando alguno le parece que es suficiente para regir y gobernar sí mismo y quien de este se escapare, sepa cierto que todas las cosas espirituales y honestas primero llegará que comience caminar. Porque obediencia es no ceder el hombre ni fiarse de si mismo hasta el fin de la vida; ni aun en las cosas que parezcan buenas sin la autoridad de su pastor.
Pues cuando por el amor del Señor determinaremos inclinar nuestra cerviz la obediencia, y fiarnos de otro, con deseo de alcanzar la verdadera humildad y salud; antes de la entrada de esta milicia ( si en nosotros hay alguna centella de juicio y discreción) debemos con grandisimo cuidado examinar el pastor que tomamos; porque no nos acaezca por ventura tomar marinero por piloto, enfermo por medico, vicioso por virtuoso; y así en lugar de puerto seguro nos metamos en un golfo tempestuoso y vengamos padecer cierto naufragio.
Mas después que hubiéremos entrado en esta carrera, ya no nos es licito juzgar nuestro buen Maestro en ninguna cosa, aunque en él hallemos algunos pequeños defectos; porque al fin es hombre como nosotros; porque si de otra manera lo hiciéremos, poco nos podrá aprovechar la obediencia.
Para esto ayuda mucho que los que quieren tener esta fe y devoción inviolable con sus Maestros, noten con diligencia sus virtudes y obras loables, y las encomienden la memoria, para que cuando los demonios les quisieren hacer perder esta fe, les tapen la boca con esta memoria. Porque cuanto estuviere esta fe mas viva en nuestro animo, tanto el cuerpo estará mas pronto para los trabajos de la obediencia. Mas el que hubiere caído en infidelidad contra su padre, téngase por caído de la virtud de la obediencia: porque todo lo que carece de fundamento de fe va mal edificado. Y por esto cuando algún pensamiento te instigare que juzgues condenes tu Prelado, no menos has de huir de él, que de un pensamiento deshonesto; ni jamás te acaezca dar lugar, ni entrada, ni principio, ni descanso esta serpiente. Habla con este dragón y dile: O perversísimo engañador, no tengo yo de juzgar mi guía, sino ella mí; no soy yo su juez, sino el mío.
Las armas de los mancebos es el canto de os salmos, el morrión son las oraciones, el lavatorio las lagrimas, como los padres determinan; mas la bienaventurada obediencia dicen que es semejante la confesión del martirio; porque en esta hace el hombre sacrificio de sí mismo. Porque el que esta sujeto a obedecer al imperio del otro, él pronuncia sentencia contra sí mismo. Y el que por amor a Dios obedece perfectamente; Aunque él le parece que no obedece sí, todavía con esto se excusa del juicio divino, y lo carga sobre su Prelado. Mas si en algunas cosas quisiere cumplir su voluntad, las cuales acaece que el Prelado también le manda, no es esta pura y verdadera obediencia. Y el Prelado hace muy bien en reprender al que así obedece; y se calla, no tengo que decir en esto mas de que él toma esta carga sobre sí.
Los que con simplicidad se sujetan al Señor, caminan perfectamente; porque no curan de examinar ni deslindar curiosamente los mandamientos de los mayores: lo cual los demonios siempre nos provocan. Ante todas las cosas conviene que solo nuestro juez confesemos nuestras culpas, y estemos aparejados para confesarlas todos, si por él así nos fuere mandado; porque las llagas publicadas y sacadas luz no vendrán corromperse y afistularse, como la harían si las tuviésemos secretas.
I. De la conversación, trato, y ejercicios maravillosos de una Comunidad regular y bien concertada.
Viniendo yo una vez a un Monasterio, vi un terrible juicio de un muy buen pastor y juez que lo gobernaba. Porque estando yo allí por algún espacio de tiempo, vi un ladrón que vino tomar el habito: al cual aquel buen pastor y sapientísimo Medico mandó que le dejasen estar e toda quietud por espacio de siete días, para que en este tiempo viese el estado y orden del Monasterio, Pasado este plazo, llamóle el Pastor a solas, y preguntóle si le parecía bien morar en aquella compañía; y como él respondiese con toda sinceridad que sí, de muy buena voluntad; quiso preguntar que males había cometido en el siglo: y com él pronta y discretamente los confesase todos; por mejor probarle, díjole el Padre: Quiero que todas estas culpas confieses en presencia de todos los Religiosos. El como verdadero penitente, y como hombre que aborrecía de corazón todas sus maldades, pospuesta toda humana vergüenza y confusión, respondió que sin duda lo haría así, y que aun en medio de la plaza de Alejandría las diría voces, si él así le pareciese. Ayuntados pues todos los Religiosos en la Iglesia ( que eran por numero doscientos y treinta) en un día de Domingo; leído el Evangelio, y acabados los divinos misterios, mandó el Padre que trajesen la Iglesia aquel reo, que en nada resistía, trajéronle pues algunos religiosos, atadas las manos atrás, y vestido de un asperísimo cilicio, y cubierta la cabeza con ceniza y disciplinándole mansamente las espaldas; y con esta aspecto tan doloroso todos quedaron espantados, y prorrumpieron en grandes lágrimas y gemidos, porque ninguno de ellos entendía lo que pasaba. Pues como él llegase las puestas de la Iglesia, mandóle aquel sagrado Padre y clementísimo juez con voz terrible que estuviese quedo, porque no eres, dijo merecedor de llegar los umbrales de esa puerta. Entonces el herido con el golpe de esta voz. La cual con grandisimo consejo y sabiduría aquel verdadero Medico había dado; porque le parecía él, como después con juramento nos afirmó, que no había oído voz de hombre, sino de un terrible trueno; y así temblando y lleno de pavor cayó en tierra postrado; y estando así cubriendo la tierra de lagrimas, aquel maravilloso Medico que todo esto ordenaba para su salud, y para dar un ejemplo y forma de verdadera humildad, mandóle que dijese en público todos los pecados que había cometido. Lo cual él dijo con grande humildad, y con grande espanto de los que presentes estaban, sin dejar de decir todas las maneras de homicidios, hechicerías, y hurtos, y otras cosas que ni es licito decir ni escribir. Y después de haberse así confesado, mandóle el Padre quitar el cabello, y recibir la compañía de los Religiosos. y maravillado yo de la sabiduría de este santo Padre, preguntéle después secretamente por qué causa había hecho y una tan extraña manera de juicio como aquella. El como verdadero medico, por dos causas, dijo, hice esto: la primera, por librar aquel penitente de la eterna confusión, lo cual así fue: porque no se levantó del suelo, Padre Juan! hasta que del todo recibió perdón de todos sus pecados. Y en esto no quiero que tengas escrúpulo ni duda porque que uno de los Religiosos que presentes estaban, me afirmó después que habían visto allí un hombre de alta y terrible estatura, el cual tenia una papel escrito en la mano, y una pluma en la otra; y cuando aquel penitente postrado en tierra confesaba un pecado, este hombre lo borraba con la pluma. Y cierto con mucha razón porque escrito está[26]: Dije: Confesaré contra mí mis pecados al Señor, y tú perdonaste la maldad de mi corazón. Lo segundo hice esto porque tengo Aquí algunos Religiosos que no han enteramente confesado todos sus pecados, los cuales con este ejemplo se moverán la confesión de ellos, sin la cual nadie puede alcanzar salud.
Otras cosas muchas admirables y dignas de memoria vi en aquella santísima congregación, y en el pastor de ella, de las cuales estoy determinado contaros algunas: porque estuve allí no poco tiempo, mirando continuamente con grande atención su manera de conversación y vida, maravillándome grandemente de ver como aquellos Ángeles de la tierra imitaban los del cielo. Porque primeramente estaban entre sí unidos con un estrechísimo vinculo de caridad; y los que es mucho mas de maravillar, amándose tanto como se amaban, no había entre ellos atrevimiento no confianza demasiada, ni soltura de palabras ociosas. y con esta trabajaban con grandisimo estudio de no escandalizarse unos otros, ni darse ocasión de mal. Y si alguno entre ellos acontecía tener algún rencor contra el otro, luego el buen pastor lo desterraba ( como hombre condenado) otro Monasterio separado para semejantes delitos. Acaeció que uno de ellos maldijo otro: al cual el santo pastor mandó que echasen fuera de la compañía, diciendo que no era razón sufrir en el Monasterio demonio visibles invisibles.
Vi yo en aquellos santos cosas grandemente provechosas y dignas de grandísima admiración. Vi una compañía de muchos, que con el vinculo de la caridad eran todos una cosa de Cristo, y todos muy ejercitados en obras de vida activa y contemplativa. Porque en tanta manera se despertaban y aguijaban los unos los otros para las cosas de Dios, que casi no tenían necesidad de ser para esto amonestados por el Padre espiritual. Para lo cual tenían ellos entre sí ciertas maneras de ejercicios y amonestaciones sus propósitos. Porque si alguna vez acaecía que algunos de ellos en ausencia del Prelado hablaban alguna palabra ociosa, dañosa, de murmuración, el hermano que esto veía, le hacia secretamente cierta señal para que mirase por sí, y moderase sus palabras. Y si por ventura el amonestado no miraba tanto en ello, entonces el otro se postraba en tierra delante de él, y luego se iba. Si algunas veces de juntaban hablar, toda la platica era hablar de la memoria de la muerte y del juicio advenidero.
No quiero pasar en silencio la virtud singular del cocinero de aquel Monasterio que allí vi. Porque mirando yo como perseverando en una continua y perpetua ocupación, estaba siempre muy recogido, y que demás de esto había alcanzado gracia de lagrimas, roguele humildemente que quisiese descubrir como había merecido esta gracia. El cual importunado con mis ruegos, en pocas palabras me respondió: Nunca pensé que servia hombres, sino Dios; y siempre me tuve por indigno de quietud y reposo: y la vista de este fuego material ,e hace siempre llorar y pensar en la acerbidad del fuego eterno.
Quiero contar otra manera de virtud singular que vi en ellos. Entendí que ni aun estando asentados la mesa cesaban de los espirituales ejercicios. Y para esto tenían ciertas señales con que unos otros secretamente se exhortaban al estudio de la oración, aun en el tiempo que comían. Y no solo hacían esto cuanto estaban la mesa, sino también cuando acaso se encontraban, cuando algunas veces se ajuntaban en uno.
Y si acaecía que uno cometiese algún defecto, si viéreis los otros hermanos pedirle con toda instancia que les diese cargo de dar cuentea de aquella culpa al Padre espiritual, y recibir la penitencia de ello. Y como aquel gran varón conociese esta piadosa contención de su discípulos, usaba de mas blanda corrección, sabiendo que el culpado era inocente, y no quería averiguar ni hacer pesquisa del autor del delito. Pues cuando entre ellos tenían lugar palabras ociosas, donaires, risas?
Si alguno de ellos acontecía estar porfiando con su hermano, el que acaso por allí pasaba se tendía sus pies, y de esta manera los amansaba. Y si por ventura supiese que algunos de ellos todavía tenían memoria de la injuria, luego lo hacia saber al Padre que después del Abad tenia cargo del Monasterio; y trabajaba con todo estudio que no se pusiese el sol sobre su ira[27]. Y si ellos todavía estuviesen endurecidos y porfiados, no les daba licencia para comer hasta que uno otro se perdonasen; y cuando esto no querían, expelíanlos del Monasterio. Era esta diligencia sin duda muy loable y digna de memoria, de cual tan grande fruto se seguía y se conocía.
Había muchos entre aquellos santos varones muy señalados y admirables en la vida activa y contemplativa, y en la discreción y humildad. Viéreis allí un terrible y celestial espectáculo; que eran unos viejos reverendos, llenos de canas, y de muy venerable presencia; los cuales estaban como unos niños aparejados para obedecer, y para discurrir una parte y otra: mereciendo grande gloria con ejercicio de humildad. Vi algunos de ellos que había cincuenta años que militaban debajo de la obediencia; los cuales como yo preguntase qué consolación, qué fruto habían alcanzado de tan grande trabajo; unos me respondían que habían por este medio llegado al abismo de la humildad, con la cual estaban libres de muchos combates del enemigo; y otros que por Aquí habían llegado perder el sentimiento en las injurias y deshonras.
Vi otros de aquellos varones, dignos de eterna memoria, con rostros de Ángeles, cubiertos de canas, haber llegado una profundísima inocencia, llena de simplicidad, alcanzaba con grande fervor de espíritu y favor de Dios; no ruda ignorante (cual es la que vemos en los viejos del siglo, que solemos llamar tontos desvariados) los cuales en lo de fuera parecían y eran mansos, blandos y agradables, alegres, y que en sus palabras y costumbres ninguna cosa tenían fingida, ni desmesurada, ni falsificada (que es cosa que en pocos se halla) y en lo de dentro estaban postrados como niños ante los pies de Dios y de sus Prelados; teniendo por otra parte el rostro de sus animas muy feroz y osado contra los enemigos.
Primero se acabarán los días de mi vida que pueda yo explicar todas las virtudes que allí vi, y aquella santidad que llegaba hasta el cielo; y por esto he tenido por mejor adornar esta doctrina con los ejemplos de sus trabajos y virtudes, por incitaros la imitación de ello, que con la bajeza de mis palabras; pues es cierto que lo que es mas bajo se adorna y resplandece con los mas alto. Mas con todo esto, primeramente os ruego que no penséis que en este proceso diré cosa fingida ni cosa que no sea verdad; pues está claro que donde hay falsedad, no puede haber utilidad: y por esto tornaremos proseguir lo que aviamos comenzado.
II. Prosigue la misma materia de la obediencia, contando diversos ejemplos.
Un Religioso llamado Isidoro, que era de los principales de Alejandría, entró en este Monasterio, y renunció el mundo pocos años ha, el cual yo allí merecí ver. Recibiéndolo pues aquel maravilloso pastor, y conjeturando por el aspecto de la persona y por otras circunstancias ser hombre áspero, intratable, soberbio, y hinchado con la vanidad del siglo, determinó de vencer la astucia de los demonios por este arte. Dijo al sobredicho: Isidoro, si verdaderamente has determinado de tomar sobre tí el yugo de Cristo, quiero que ante todas las cosas te ejercites en los trabajos de la obediencia. Al cual respondió él: Así como el hierro está sujeto las manos del herrero, así yo, Padre santísimo, me sujeto a todo lo que mandares. Pues quiero (dijo él) hermano, que estés la puerta del Monasterio, y que te derribes ante los pies de todos cuantos entran y salen, y les diga: Ruega por mí Padre, que soy pecador. El obedeció esto, como un Ángel Dios. y después de haber empleado en aquella obediencia siete años, y alcanzado por este medio una profundísima humildad y compunción, quiso el Padre, después de este ejercicio de paciencia, de que tan grande ejemplo había dado, levantarlo la compañía de los Religiosos, y honrarlo con darle ordenes, como verdaderamente merecedor de ella; mas él echando al Padre muchos rogadores, y mí también entre ellos, acabó con él que le dejase en aquel mismo lugar, como lo había hecho hasta entonces, hasta que acabase su carrera; entendiendo y significando con estas palabras, que ya su fin y el día de su vocación llegaba: y así fue; porque acabados diez días, el buen Maestro le dejó permanecer en aquel mismo lugar, y por medio de aquella sujeción ignominia pasó la gloria, y siete días después de su muerte llevó consigo el Portero del Monasterio; porque el bienaventurado varón le había prometido que si después de su muerte tuviese alguna cabida con el Señor, él negociaría como fuese su compañero perpetuo: y que esto seria muy presto; y así fue. Lo cual nos fue certísimo indicio de sus merecimientos, y su perfecta obediencia, y de su sagrada y divina humildad.
Pregunté yo este grande y esclarecido varón, cuando aun vivía, qué linaje de ejercicio tenia su alma cuando moraba la puerta? No me escondió esto aquel memorable y dulcísimo Padre, deseando aprovecharme. Al principio (dijo) hacia cuenta que estaba vendido por mis pecados; por donde con suma amargura y violencia, haciéndome gran fuerza, me derribaba los pies de todos: y apenas acabado un año, cuando hacia esto ya sin violencia y sin tristeza, esperando de Dios el galardón de mi paciencia. cumplido después otro año, de todo corazón me comencé tener por indigno de la conversación del Monasterio, y de la compañía y vista de los Padres de él, y de la participación de los divinos sacramentos. Y finalmente víneme tener por indigno de levantar los ojos y mirar nadie en la cara: por lo cual enclavados los ojos en tierra, y no menos al corazón que el cuerpo, rogaba los que entraban y salían que hiciesen oración por mí.
Estando asentados una vez la mesa, aquel grande Maestro, inclinando su sagrada boca mi oreja, me dijo: Quieres que te muestre un divino seso y prudencia en una cabeza toda blanca llenas de canas? Pues como yo le pidiese esto con toda instancia, llamó de la mesa que estaba mas cercana un Padre que se llamaba Laurencio, que había vivido en aquel Monasterio casi cuarenta y ocho años, y era el segundo Presbítero del Sagrario. El cual como viniese, y se pusiese de rodillas delante del Abad, recibió de él la bendición: mas después que se levantó, no le dijo palabra alguna, sino díjole estar así en pie ante la mesa son comer: y era entonces el principio de la comida. El estuvo de esta manera en pie, sin moverse, una grande hora y mas: tanto, que yo había ya vergüenza, y no lo asaba mira la cara: porque él era todo cano, como hombre de edad de ochenta años. Y de esta manera estuvo son hablar palabrea hasta en fin de la mesa. De la cual como nos levantásemos, mandóle al santo Abad que fuese aquel sobredicho Isidoro, y le dijese l principio del Salmo 39.
Y yo, como malicioso, no dejé de tentar aquel santo viejo después, y preguntarle qué pensaba cuando estaba allí: y él me respondió que había puesto la imagen de Cristo en su pastor: y del todo no le parecía que este mandamiento había salido de él, sino de Cristo, por lo cual ( Padre Juan!) pareciéndome que estaba no delante de la mesa de los hombres, sino ante el altar de Dios, hacía oración, y no daba entrada algún linaje de pensamiento malo contra mi pastor, por la grande caridad y sincera fe que yo tengo para con él. Porque escrito está[28]: La caridad no piensa mal. También quiero que sepas esto, Padre, que después de uno del todo se ha entregado la simplicidad inocencia, no da ya tanto lugar ni tiempo al espíritu malo contra sí.
Y cual era ese bienaventurado pastor y Padre de espirituales ovejas, tal era el Procurador del Monasterio que Dios le había dado casto y moderado como cualquier otro y manso, como muy pocos. Quiso pues una vez este gran Padre tentarlo, reprehendiéndoles para utilidad de los otros, y así mandó ( sin haber causa para ello) que o echasen de la Iglesia.
Yo ( como supiese que él era inocente de aquel crimen que el Padre le ponía) secretamente le alababa y encarecía su inocencia. A lo cual me respondió sapientísimamente, diciendo: Bien sé, Padre, que , él es inocente mas así como es cosa cruel quitar el pan de la boca del niño que se muere con hambre: así es cosa perjudicial para el Prelado y para los súbditos, si el que tiene cargo sus animas, no les procura todas las horas cuantas coronas viere que pueden merecer, ejercitándolos con injurias, ignominias, objeciones y escarnios porque en tres inconvenientes cae si esto no hace. El primero ç, que priva al súbdito devoto del merito de la paciencia. El segundo, que defrauda los otros del buen ejemplo de su virtud. El tercero ( y muy principal) que muchas veces los que parecen muy perfectos y muy sufridores de trabajos, si tiempo los dejan los Prelados sin probarlos, reprehenderlos, ejercitarlos con alguna maña, con denuestos injurias, como hombres ya acabados en la virtud, vienen por tiempo perder menoscabar aquella modestia y sufrimiento que tenían porque aunque la tierra sea buena, gruesa y fructuosa, si le falta la labor y el riego del agua ( quiero decir, el ejercicio del sufrimiento de las ignominias) suele hacerse silvestre, infructuosa, y producir espinas de pensamientos deshonestos, y de dañosa seguridad. Y sabiendo esto aquel grande Apóstol, escribe Timoteo[29] que amoneste y reprehenda a sus súbditos oportuna importunadamente.
Mas como todavía yo replicase aquel santísimo pastor, alegando la flaqueza de la edad, y también como muchos aprehendidos sin causa, se salían y descarriaban de la manada, respondió esta objeción aquel armario de sabiduría , diciendo: El alma que por amor de Dios está enlazada con vinculo de fe y de amor con su pastor, sufrirá hasta derramar la sangre, y nunca desfallecerán mayormente si antes hubiere sido espiritualmente ayudada por él en la cura de sus llagas, y regalada con los beneficios y consolaciones espirituales, acordándose de aquel que dijo[30] que ni Ángeles, ni Principados, ni Virtudes, ni otra criatura alguna nos podrá apartar de la caridad de Cristo. Mas la que no estuviere así ensalzada y fundada, y ( si decir se pude) engrudada con él. maravilla será no estar de balde en el Monasterio; porque la obediencia no es verdadera, sino fatigada.
Y ciertamente aquel grande varón no fue defraudado de su esperanza; mas antes enderezó y perfeccionó, y ofreció Cristo muchas de estas ofrendas puras y limpias. Deleitable cosa es ver y oír la sabiduría de Dios encerrada en vasos de barro. Maravillábame yo estando allí, de ver la fe y paciencia insuperable en las ignominias injurias: y veces de las persecuciones de los que de nuevo venían del siglo: las cuales sufrían, no solo de la mano del Abad, sino también de otros que eran mucho menores que él.
Y por esto para edificación mía, pregunté uno de los Religiosos que había quince años que estaba en el Monasterio, que se llamaba Abaciro, el cual señaladamente via yo ser injuriado casi de todos , y veces ser echado de la mesa por los Ministros (porque era aquel Religioso algún tanto incontinente de la lengua) decíale yo pues: Qué es esto hermano Abaciro, que te veo cada día echar de la mesa, y algunas veces acostarte sin cenar? El cual esto me respondió: Créeme Padre lo que te digo, pruébanme estos padres míos para ver si quiero ser Monje, y no lo hacen porque me quieren injuriar: y sabiendo yo ser esta la intención del padre y de todos los otros, fácilmente y sin ninguna molestia lo sufro todo. Y pensando esto he sufrido quince años, y espero sufrir mas: porque cuando entré en el Monasterio, ellos me dijeron que hasta los treinta años ellos probaban los que se dejaban del mundo. Lo cual, Padre Juan ! tengo yo por muy acertado; porque el oro no se purifica sino en la fragua. Este pues noble Abaciro, el segundo año después que vine aquel Monasterio, falleció de esta presente vida: el cual estando ya para morir dijo los Padres: Gracias doy al Señor y vosotros, Padres, que para bien de mi alma continuamente me tentastes: por la cual causa hasta ahora he vivido libre de las tentaciones del enemigo. Al cual aquel santo pastor justísimamente mandó a sepultar como Confesor de Cristo en el lugar de los santos que allí estaban sepultados.
Paréceme que haré grande agravio los amadores de la virtud, si callaré la virtud y batalla de un religioso llamado Macedonio, el cual era el primero oficial del Monasterio. Una vez pues este Religioso varón dos días antes de la fiesta de la Epifanía rogó al Abad del Monasterio le diese licencia para ir Alejandría, por causa de ciertos negocios que le eran necesarios, diciendo que él volvería entender en su oficio, y aparejar lo que convenía para la fiesta. Mas el demonio, enemigo de todos los bienes, rodeó el negocio de tal manera, que él no pudo venir para el día de aquella sagrada solemnidad. Y como el volviese un día después, el Abad le privó de su oficio, y le mandó estar en el mas bajo lugar de los novicios. Aceptó este castigo el buen ministro de paciencia, y príncipe de todos los ministros en el sufrimiento: y esto tan sin tristeza y pesadumbre, como si otro fuera el penitenciado y no él: y habiendo cumplido cuarenta días en esta penitencia, mandóle el sapientísimo padre volver su primer ligar. Y pasado un día, rogóle este Religioso quisiese volverlo dejar en la humildad de aquella ignominia, diciendo que había cometido en la ciudad un grave delito que no era para decir. Mas sabiendo el santo varón que decía esto mas por humildad que con verdad, dio lugar al honesto deseo de aquel buen trabajador: si viéreis allí aquellas venerables canas estar en el lugar y orden de los novicios, pidiendo sinceramente a todos rogasen Dios por él, diciendo que había caído en fornicación y desobediencia. Y este gran varón declaró después mí, pobre indigno, por qué causa había procurado tan de gana esta manera de humildad y de penitencia, diciendo que nunca se había sentido tan descargado de todo genero de tentaciones, y tan lleno de dulzura de la divina luz como en aquellos días. De Ángeles es no caer; mas de los hombres es caer y levantarse, después cuando esto les acaeciere: mas los demonios solamente conviene nunca levantarse después de haber caído.
Un Padre que tenía cargo de la procuración del Monasterio me contó esto. Siendo yo mancebo, y teniendo cargo de unos animales, acaeció que vine desbarar en una grave culpa de mi alma. Pues como yo tenía por costumbre no tener cosa encubierta en la cueva de mi alma, tomando por la mano la cola de la serpiente, que es el fin de la obra, luego la descubrí al Medico de llagas. El cual sonriéndose con un rostro alegre, y tocándome livianamente en el rostro, dijo: Anda hijo y ejercita tu oficio como lo hacías antes sin temor alguno: y yo, esforzado con una fe firmisima, y recobrada en pocos días la salud perdida, corría por mi camino adelante lleno de alegría y temor. Lo cual he dicho, para que por Aquí se vea claro el esfuerzo que se sigue de revelar luego nuestras llagas al Padre espiritual.
Hay en todas las ordenes de criaturas, como algunos dicen, muchos grados y diferencias. Por lo cual como en aquella compañía de Religiosos hubiese diferentes grados de aprovechamientos y espíritus, si el Padre entendía haber algunos amigos de ostentación en presencia de los seculares que venían al Monasterio, curábalos de esta manera. Hablábales palabras ásperas en presencia de ellos, y mandábalos entender en los oficios mas bajos de casas: con lo cual ellos quedaron tan curados que si algunos señores venían al Monasterio, luego huían gran prisa de la presencia de ellos: y así era alegre cosa ver como la vanagloria perseguía sí misma, huyendo la presencia de los hombres, que ella antes misma procuraba.
No quiso el Señor que me partiese de aquel Monasterio sin provisión de las oraciones de un santo y admirable varón, llamado Menna, que tenía el segundo lugar después del Abad en el regimiento del Monasterio, que falleció siete días antes que yo me partiese, después de haber vivido cincuenta años en el Monasterio, y haber servido en todos los oficios de él. Celebrando pues nosotros tres días después de su fallecimiento el acostumbrado Oficio de los Difuntos por el alma de tan grande Padre, súbitamente el lugar donde estaba su santo cuerpo fue lleno de un olor de maravillosa suavidad. Permitió pues aquel grande Padre que se descubriese el lugar donde el sagrado cuerpo yacía. Y esto hecho, vimos todos que de sus preciosísimas plantas (como de dos fuentes) manaba un ungüento suavísimo. Entonces el Padre del Monasterio volviéndose todos, dijo: Veis, hermanos, como los sudores de sus cansancios y trabajos fueron recibidos de Dios como un ungüento preciosísimo!
De este beatísimo Padre Menna nos contaban los Padres de aquel lugar muchas y grandes virtudes, entre las cuales contaban estas: que queriendo el Padre del Monasterio probar su paciencia, viniendo él una vez de fuera, y postrado ante el Abad pidiéndole la bendición (según era de costumbre) él lo dejó estar así postrado en tierra desde el principio de la noche hasta la hora de los Maitines, y aquella hora acudió darle la bendición y levantarlo del suelo, reprehendiéndole como hombre impacientísimo, y que todas las cosas hacía por vanidad y ostentación. Sabía muy bien el santo Padre cuan fuertemente él había de sufrir esto. Por lo cual quiso dar este público ejemplo para edificación de todos. Y un discípulo de este santo Menna, que sabía muy por entero los secretos de su Maestro (de que algunas veces nos daba parte) preguntándole yo curiosamente, si por ventura vencido del sueño se había dormido estando así postrado: afirmónos que estando así había rezado todo el Salterio de David.
No dejaré de entretejer en la corona de nuestra obra esta presente esmeralda. Moví yo una vez ante algunos de aquellos santísimos ancianos una cuestión de la quietud de la vida solitaria: y ellos con sereno y alegre rostro, sonriéndose, me dijeron: Nosotros, Padre Juan, como hombre terrenos escogimos instituto y manera de vivir que no se levantase mucho de la tierra, entendiendo que conforme la medida de nuestra enfermedad nos convenía escoger con fe la manera de los peligros y batallas; pareciéndonos mas seguro luchar con los hombres, que tiempos se encruelecen, y tiempo se amansan, que con los demonios, los cuales siempre contra nos están encarnizados y armados.
Otro de aquellos varones dignos de eterna memoria (como me amase mucho en el Señor, y tuviese conmigo estrecha familiaridad) con dulcísimo y alegre corazón me dio en pocas palabras una suma de toda la vida religiosa, diciendo así: Si verdaderamente (pues eres tan sabio) has bien penetrado la virtud de aquellas palabras del Apóstol que dijo[31]: Todo lo puedo en aquel que me conforta: y si juntamente con esto el Espíritu Santo ha sobrevenido en tí con el rocío de la castidad y te ha hecho sombra con la virtud de la paciencia, ciñe como varón tus lomos con el lienzo de la obediencia, levantándote de la cena de la quietud, lava con espíritu de contrición los pies de tus hermanos, por mejor decir, derríbate los pies de tus hermanos con un corazón abatido y humillado: y pon la puerta de tu corazón velas y guardas muy severas.
Trabaja también que tu alma esté siempre fija inmutable en ese cuerpo tan movedizo, y que tenga una intelectual quietud entre los movimientos y discursos de esos miembros ligeros y movibles: y (lo que es sobre todos los milagros) procura en medio de los desasosiegos estar con animo quieto y reposado. Refrena la desvariada y furiosa lengua, para que no se desmande en contradecir y porfiar: y pelea contra esta rabiosa señora setenta veces al día. Enclava en la cruz de tu alma una dura yunque, la cual martillada muchas veces con injurias, escarnios, maldiciones y denuestos, persevere siempre entera, lisa, llana, y sin moverse: desnúdate de todas tus propias voluntades, como una vestidura de confusión, y así desnudo comienza correr por la carrera de la virtud.
Vístete, lo que es muy raro y dificultoso de hallar para entrar en esta batalla, una fina loriga de viva fe: la cual ningún tiro de infidelidad pueda romper ni falsear. Detén con el freno de castidad el sentido del tacto, que desvergonzadamente se suele demandar. Reprime también con la continua meditación de la muerte la curiosidad de los ojos, para que no quieran cada hora mirar vanamente la gracia la hermosura de los cuerpos. Refrena también con el perpetuo cuidado de tí mismo la curiosidad del animo, que descuidado de sí quiere siempre condenar al prójimo: antes procura siempre de mostrarle y usar con él de toda caridad y misericordia sinceramente. Porque en esto conocerán todos, amantísimo Padre, que somos discípulos de Cristo, si ayuntados en uno nos amaremos unos otros[32].
Aquí, Aquí (me decía este buen amigo) Aquí ven estar juntamente con nosotros, y bebe cada hora escarnios y vituperios así como agua viva; porque habiendo escudriñado el santo Rey David todas cuantas cosas alegres había debajo del cielo, en cabo vino decir[33]: Mirad cuan buena cosa es y cuan alegre morar los hermanos en uno. Y si aun no hemos alcanzado este tan grande bien de paciencia y obediencia no nos queda sino que conociendo nuestra flaqueza, estemos en la soledad apartados de esta batalla, y confesemos ser bienaventurados los guerreros q