La Escala Espiritual
San Juan Clímaco
Con anotaciones de Fr. Luis de Granada
San Juan Clímaco vivió en el siglo VII. Fue abad del monasterio de Santa Catalina en el Monte Sinaí, quizá el más importante centro de difusión del "hesicasmo". Su principal obra, "La Escala Espiritual" se compone de 30 capítulos y buscan señalar los peldaños del camino o subida hacia Dios a semejanza de la bíblica escala de Jacob.
Escalón primero de la renunciación y menosprecio del mundo.
Escalón segundo, de la mortificación y victoria de las pasiones y aficiones.
Escalón tercero, que trata de la verdadera peregrinación.
Escalón cuarto, de la bienaventurada obediencia, digna de perpetua memoria
Escalón quinto, de la penitencia.
Escalón sexto, de la memoria de la muerte.
Escalón séptimo, del llanto causador de la verdadera alegría.
Escalón octavo, de la perfecta mortificación de la ira, y de la mansedumbre.
Escalón nono, de la memoria de las injurias.
Escalón décimo: de la detracción, o murmuración.
Escalón undécimo, de la locuacidad, o demasiado hablar.
Escalón doce, de la mentira.
Escalón trece, de la accidia o pereza.
Escalón catorce, de la famosísima y perversa señora de la gula.
Escalón quince, de la castidad
Escalón diez y seis, de la avaricia, y también de la pobreza y desnudez de todas las cosas.
Escalón diez y siete, de la insensibilidad; conviene a saber, de la mortandad del alma, de la muerte del espíritu antes de la muerte del cuerpo.
Escalón diez y ocho, del sueño, y de la oración, y del cantar los Salmos en comunidad.
Escalón diez y nueve, de como se han de tomar y ejercitar las sagradas vigilias.
Escalón veinte, del temor pueril.
Escalón veinte y uno, de muchas maneras de vanagloria.
Escalón veinte y dos, de la soberbia.
Escalón veinte y tres, de los pensamientos horribles del espíritu de la blasfemia.
Escalón veinte y cuatro, de la mansedumbre y inocencia, no naturales, sino adquiridas; y también de la malicia.
Escalón veinte y cinco, de la altísima humildad, vencedora de todas las pasiones.
Escalón veinte y seis, de la discreción para conocer los pensamientos, los vicios y las virtudes.
Breve recapitulación de lo sobredicho.
Escalón veinte y ocho, de la sagrada quietud del cuerpo y del alma.
Escalón veinte y ocho, de la bienaventurada virtud de la oración, y de la manera que en ella asiste el hombre ante de Dios.
Escalón veinte y nueve, del cielo terrenal, que es la bienaventurada tranquilidad; y de la perfección y resurrección espiritual del alma antes de la común resurrección.
Escalón treinta, de la unión y vinculo de las tres virtudes Teologales, feb, esperanza y caridad.
Capítulo I:
Escalón primero de la renunciación y menosprecio del mundo
Convenientísima cosa es que comenzando a instruir a los siervos de Dios, hagamos principio de nuestra oración del mismo Dios: el cual como sea de infinita é incomprensible bondad, tuvo por bien de honrara todas las criaturas racionales que él crió, con dignidad de libre albedrío: entre las cuales unas se pueden llamar suyas; otras fieles y legítimos siervos; otras del todo punto inútiles; otras extranjeros y apartados de él; otras enemigos y adversarios suyos, aunque flacos.
Amigos de Dios, pensamos nos rudos ignorantes, santo varón, que propiamente se llaman aquellas intelectuales y espirituales substancias que moran con él. Siervos fieles son aquellos que sin pereza y sin cansancio obedecen su santísima voluntad. Siervos inútiles son aquellos que después de haber sido lavados con el agua del santo bautismo, no guardan lo que en él asentaron y capitularon. Extranjeros y enemigos son aquellos que están arredrados de su sancta fe. Adversarios y enemigos son los que no contentos con haber sacudido de sí el yugo de la ley de Dios, persiguen con todas sus fuerzas á los que procuran de guardarla. Y dado caso que cada linaje de estas personas requería especial tratado; mas no hace nuestro propósito tratar ahora de cada una de ella, sino solamente de aquellos que justamente merecen ser llamados fidelísimos siervos de Dios; los cuales con la fuerza potentísima de la caridad nos necesitaron tomar esta carga: por cuya obediencia, sin más examinar, extenderemos nuestra ruda mano, y tomando de la suya la pluma de la palabra divina, mojarla hemos en la tinta de la oscura, aunque clara humildad, y con ella escribiremos en sus blandos y humildes corazones, como en unas cartas, mejor decir, como en unas espirituales tablas, las palabras de Dios, para lo cual tomaremos este principio.
Primeramente presupongamos que todas las criaturas que tienen voluntad y libre albedrío, se les ofrece y propone Dios por verdadera vida, verdadera salud, sean fieles infieles, justos, injustos, religiosos, irreligiosos, viciosos, virtuosos, seculares, monjes, sabios, ignorantes, sanos enfermos, mozos viejos: y esto no de otra manera que la comunicación de la luz, y la vista del sol, y la comunicación de los tiempos que se ofrecen igualmente todos sin excepción de personas.
Y comenzando por la definiciones de algunos de estos vocablos que mas hacen nuestro propósito, decimos que irreligioso es criatura racional y mortal que por su propia voluntad huye de la vida: la cual de tal manera trata con su Criador, que siempre es como si se creyese que no es. Inicuo es aquel que violentamente tuerce el entendimiento de la ley de Dios para conformarlo con su apetito: y siendo de contrario parecer, piensa que cree la palabra de Dios. Cristiano es aquel que trabaja, cuanto es al hombre posible, por imitar Cristo; así en sus obras como en sus palabras, creyendo firmemente en la Santísima Trinidad. Amado de Dios es aquel que ordenadamente y como debe usa de todas las cosas naturales, y nunca deja de hacer todo el bien que puede. Continente es aquel que puesto en medio de las tentaciones y lazos, trabaja con todas sus fuerzas para alcanzar la paz y tranquilidad de corazón y buenas costumbres.
Monje es una orden y manera de vivir de Ángeles, estando en cuerpo mortal y sucio: monje es aquel que trae siempre los ojos del alma puestos en Dios, y hace oración en todo tiempo, lugar y negocio: monje es una perpetua contradicción y violencia de la naturaleza, y una vigilantísima infatigable guarda de los sentidos: Monje es un cuerpo casto, y una boca limpia, y un animo esclarecido con los rayos de la divina luz: monje es un animo afligido y triste, el cual trayendo siempre ante los ojos la memoria de la muerte, siempre se ejercita en la virtud.
Renunciación y desamparo del mundo es odio voluntario y negamiento de la propia naturaleza, por gozar de las cosas que son sobre naturaleza; del cual deseo (como de su propia raíz) nace este santo odio. Todos los que desamparan voluntaria y alegremente los bienes de esta presente vida, suelen hacer esto, por el deseo de la gloria advenidera, por la memoria de sus pecados, por solo amor de Dios; y si alguno esto hiciese, y no por alguna de estas causas, no seria razonable esta renunciación. Mas con todo esto, cual fuere el fin y termino de nuestra vida, tal será el premio que recibiremos de Cristo, juez y remunerador de nuestros trabajos.
El que procura de descargarse de la carga de sus pecados, trabaje por imitar los que están sobre las sepulturas llorando los muertos; y si no deje de derramar continuas y fervientes lagrimas; y gemidos profundos de lo intimo de su corazón, hasta que venga Cristo y quite la piedra del monumento (Jn 11) (que es la ceguedad y la dureza de su corazón y libre Lázaro), que es nuestro animo, de las ataduras de sus pecados, y mande los ministros (que son los Ángeles) diciéndoles: Desatadlo de las ataduras de los vicios, y dejadlo ir la quieta y bienaventurada tranquilidad.
Todos los que deseamos salir de Egipto y de la sujeción de Faraón, tenemos necesidad (después de Dios) de algún Moisés que no sea medianero para con él; el cual guiándonos por este camino con el ayuda, así de sus palabras como de sus obras y de su oración, levante por nosotros las manos Dios, para que guiados por tal capitán pasemos el mar de los pecados, y hagamos volver las espaldas Amalec, Príncipe de los vicios: porque por falta de este fueron algunos engañados; los cuales confiados en sí mismos creyeron que no tenían necesidad de guía.
Y es de notar que los que salieron de Egipto, tuvieron a Moisés por guía; mas los que huyeron de Sodoma, tuvieron para esto un Ángel que los guió. Los primeros, que son los que de Egipto salieron, son figuras de aquellos que procuran sanar las enfermedades de su alma con la cura y diligencia del medico espiritual; mas los segundos, que son los que huyeron de Sodoma, significan aquellos que estando llenos de inmundicias y torpezas corporales, desean grandemente verse libres de ella: los cuales tienen para esto necesidad de un hombre que sea semejante los Ángeles. Porque según la corrupción de las llagas, así tenemos necesidad de sapientísimo Maestro para la cura de ella.
Y verdaderamente el que vestido de esta carne desea subir al cielo, necesidad tiene de suma violencia, continuos infatigables trabajos, especialmente los principios, hasta que nuestras costumbres habituadas a los deleites, y nuestro corazón (que para el sentimiento de sus males estaba insensible) venga aficionarse Dios, y ser santificado con la castidad, mediante el atentísimo estudio y ejercicio de las lagrimas y las penitencia: porque verdaderamente trabajo, y gran trabajo, y amargura de penitencia es necesaria, especialmente para aquellos que están mal habituados, hasta que el can de nuestro animo (acostumbrado la carnicería y la gasolina de los vicios) lo hagamos amador de la contemplación y de la castidad, ayudándonos para esto la virtud de la simplicidad, y la mortificación de la ira, y una grande y discreta diligencia.
Pero con todo esto los que somos combatidos de vicios, aunque no hayamos alcanzado bastante fuerzas contra ellos, confiemos en Cristo, y con una fe viva le presentemos humildemente la flaqueza y enfermedad de nuestra alma; y sin duda alcanzaremos su favor y gracia, aunque sea sobre todo nuestro merecimiento, si con todo eso procuremos ser sumirnos perpetuamente en el abismo de la humildad. Sepan cierto los que en esta hermosura estrecha, dura y liviana batalla entran, que van meterse en un fuego, si desean inflamar su corazón con el fuego del divino amor. Y por tanto pruebe cada uno sí mismo, y de esta manera se llegue comer de este pan celestial con amargura, y beber de este suavísimo cáliz de lagrimas; porque no entre en esta gloriosa milicia para su juicio y condenación. Si es verdad que no todos los bautizados se salvan, miremos con temor y atención no corra también este mismo peligro por los que profesamos religión.
Y por esto los que desean hacer firme fundamento de virtud, todas las cosas del mundo negarán, todas las despreciarán, todas las pondrán debajo los pies, y todas las examinarán. Y para que este fundamento sea tal, ha de tener tres columnas con que sustente, que son inocencia, ayuno, y castidad. Todos los que en Cristo son niños, de esta tres cosas han de comenzar, tomando por ejemplo los que son ni dureza de corazón, ni fingimiento, ni codicia desmedida, ni vientre insaciable, ni movimientos de vicios deshonestos, como quiera que de lo uno se sigue lo otro: porque conforme la leña de los manjares así se enciende el fuego de lujuria.
Cosa es aborrecible y muy peligrosa, que el que comience con flojedad y blandura: porque suele ser este indicio manifiesto de la caída advenidera. Y por esto es cosa muy provechosa comenzar con grande animo y fervor, aunque después sea necesario remitir algo de este rigor. Porque el ánima que comenzó pelear varonilmente, y después algún tanto se debilitó y enflaqueció, muchas veces con la memoria de esta antigua virtud y diligencia, como con un estimulo y azote, es herida y provocada al bien. Por donde algunos por esta via volvieron al rigor pasado, y renovaron sus primeras alas.
Todas cuantas veces el alma se hallare fuera de sí, por haber perdido aquel bienaventurado y amable calor de la caridad, haga diligente inquisición, y mire por qué causa lo perdió: y ármese contra ella con todas sus fuerzas; pero no podrá introducirlo por otra puerta sino por aquella por donde salió. Los que por solo temor comienzan el camino de la renunciación, por ventura parecieran semejantes al incienso que se quema, que al principio huele bien, y después viene para en humo. Mas los que por solo respeto del galardón, sin otra cosa, se mueven a esto, son como piedra de atahona, que siempre anda de una manera, sin dar paso adelante, ni aprovechar mas. Pero los que dejaron el mundo por solo amor de Dios, estos luego desde el principio merecieron acrecentamiento de este fuego: el cual, como si estuviera en medio de una gran bosque, siempre va ganando tierra y entendiéndose mas.
Hay algunos que sobre ladrillos edifican piedras: y hay otros que sobre tierra levantan columnas: y hay otros que caminando pie, calentados los miembros y nervios mas ligeramente caminan. El que lee entienda lo que significa esta parábola. Los primeros que sobre ladrillos asientan piedras, son los que sobre excelentes obras de virtud se levantan la contemplación de las cosas divinas; mas porque no están bien fundados en humildad y paciencia, cuanto se levanta alguna grande tempestad, cae por falta del fundamento, que no era del todo seguro. Los segundo que sobre la tierra edifican columnas, son los que sin haber pasado por los ejercicios y trabajos de la vida monástica, quieren luego volar la vida solitaria: los cuales fácilmente los enemigos invisibles engañan , por la falta que tienen de virtud y experiencia. Los terceros son los que poco caminan tiene poca humildad debajo de obediencia: los cuales el Señor infunde el espíritu de caridad, con la cual encendidos acaba prósperamente su camino.
Y pues que somos, hermanos, llamados de Dios, que es nuestro Rey y Señor, corramos alegremente; porque si por ventura el plazo de nuestra vida fuere corto, no nos hallemos estériles y pobres la hora de la muerte, y vengamos morir de hambre. Procuremos agradar a nuestro Rey y Señor como los soldados al suyo: porque después de la profesión de esta gloriosa milicia, mas estrecha cuanta se nos ha de pedir. Temamos Dios siquiera como los hombres temen algunas bestias. Porque visto he yo algunos que querrían hurtar; los cuales no dejándolo de hacer por medio de Dios, lo dejaran por el de los perros que ladraban: de manera que los que no acabó con ellos el temor de Dios, acabó el de las bestias.
Amenos Dios siquiera como amamos los amigos. Porque también he visto muchas veces algunos que habiendo ofendido Dios, y provocándole ira con sus maldades, ningún cuidado tuvieron de recobrar su amistad: los cuales habiendo enojado algunos de sus amigos con muy pequeña ofensa, trabajaron con toda diligencia industria, y con toda afición y confesión de su culpa por reconciliarse con ellos, metiendo en esto otros terceros, y rogadores y deudos, arreciendo con esto muchas dádivas y presentes.
Aquí es de notar que en el principio de la renunciación no se obran las virtudes sin trabajo, amargura, y violencia. Mas después que comenzamos aprovechar, con muy poca tristeza ninguna las obramos. Pero después que la naturaleza está ya absorta y vencida con el favor y alegría del Espíritu Santo, entonces obramos ya con gozo, alegría, diligencia, y fervor de caridad, Cuanto son mas dignos de alabanza los que luego del principio abrazan las virtudes, y cumplen los mandamientos de Dios con devoción y alegría, tanto mas de llorar los que habiendo vivido mucho en este ejercicio, las ejercitan con trabajo y pesadumbre, si por ventura las ejercitan.
No debemos de condenar aquellas maneras de renunciación que parece haber sido hechas acaso. Porque visto he yo algunos delincuentes ir huyendo: los cuales como acaso se encontrasen con el Rey, sin buscarlo ellos, fueron recibidos en su servicio, y contados entre sus caballeros, y recibidos su mesa y palacio. Vi también algunas veces caerse descuidadamente algunos granos de trigo de la mano del sembrador; los cuales se apoderaron bien de la tierra, y vinieron después dar grande fruto: y vi también algunas ir casa del Medico por algún otro negocio, y haber acertado recibir en ella la salud que no tenían, y recobrado la vista de los ojos casi perdida. Y de esta manera acaece algunas veces ser mas firmes y estables las cosas que suceden sin nuestra voluntad, que las que de propósito se hacían.
Ninguno, considerando la muchedumbre de sus pecados, diga que es indigno de la profesión y vida de los Monjes; ni se engañe con este color y apariencia de humildad para dejar de seguir la senda estrecha de la virtud y darse a vicios; porque este es embuste del demonio, u ocasión para perseverar en los pecados: porque donde las llagas están podridas y afistuladas, así señaladamente es necesaria diligencia y destreza del sabio Medico; porque los sanos no tienen de esto tanta necesidad.
Si llamándonos un Rey mortal y terreno a su servicio y a su milicia, no hay cosa que nos detenga, ni buscamos ocasiones para excusarnos de esto: antes dejadas todas las cosas le vamos a servir y obedecer con suma alegría: miremos diligentemente no rehusemos obedecer por nuestra pereza y negligencia al Rey de Reyes, y Señor de los señores, y Dios de los dioses, que nos llama a la orden de esta milicia celestial, y después no tengamos excusa delante de aquel su terrible y espantoso tribunal.
Puede ser que el que está preso y aherrojado con los cuidados y negocios del siglo, dé algunos pasos y ande, aunque con impedimento y trabajo; porque también acaece que los que tienen grillos o cadenas en los pies andan con ellos, aunque mal y con trabajo.. El que vive en el mundo sin mujer, mas con cuidados y negocios del mundo, es semejante aquel que tiene mujer es semejante aquel que está de pies y manos aherrojado; el cual es mucho menos libre y menos señor de sí.
Oí yo una vez ciertos negligentes que viviendo en el mundo me decían: Cómo podemos, morando con nuestra mujeres, y cercados de negocios y cuidados de republica, vivir vida monástica? A los cuales yo respondí: Todo el bien que pudieres hacer, hacedlo;
no injuriéis nadie, ni digáis mentira, ni toméis lo ajeno, ni os levantéis contra nadie, ni queráis mal nadie: frecuentad las Iglesias, y los sermones, usad de misericordia, con los necesitados, no escandalicéis ni deis mal ejemplo nadie, ni seas favorecedores de bandos, ni entendáis en sustentar discordias, sino en deshacerlas; y contentaos con el uso legitimo de vuestras mujeres; porque si esto hicieres no estaréis lejos del Reino de Dios.
Apercibámonos con alegría y temor para esta gloriosa batalla, no acobardándonos ni desmayando por el temor de nuestros adversarios; pues Dios está por nuestra parte. Porque ven ellos muy bien, aunque no sean vistos de nosotros, la figura de nuestras animas: y si nos ven acobardados y medrosos, toman armas mas fuertes contra nosotros, viendo nuestra flaqueza y cobardía. Por tanto con grande animo debemos tomarlas contra ellos; porque nadie es poderoso para vencer al que alegre y animosamente pelea.
Suele usar nuestro Señor de una maravillosa dispensación con los principiantes y nuevos guerreros, templando y moderándoles las primeras batallas, porque no se vuelvan al mundo espantados de la grandeza del peligro. Por tanto gozaos siempre en el Señor en todos sus siervos: y tomad esto por señal de su llamamiento, y de la piedad y providencia paternal que tiene de vosotros. Otras veces también acaece que ese mismo Señor, cuando ve las animas fuertes en el principio, les apareja mas fuertes batallas, deseando mas temprano coronarlas. Suele el Señor esconder los hombres del siglo la dificultad de esta milicia (aunque mejor se podría por otro respeto llamar facilidad) porque si esto conociesen, no habría quien quisiese dejar el mundo. Ofrece los trabajos de tu juventud Cristo, y en la vejez te alegrarás con las riquezas de una quieta paz y tranquilidad que por ellos te darán; porque las cosas que recogimos y ganamos en la mocedad, después nos sustentan y consuelan cuando estamos flacos y debilitados en la vejez. Trabajemos los mozos ardientemente, y corramos con toda sobriedad y vigilancia; pues la muerte tan cierta todas las horas nos está aguardando. Y demás de esto tenemos enemigos perversísimos, fortísimos, astutísimos, potentísimos, invisibles, y desnudos de todos los impedimentos corporales, y que nunca duermen: los cuales teniendo fuego en las manos, trabajan con todo estudio por abrasar y quemar el templo vivo de Dios.
Ninguno cuando es mozo de oído los demonios, que suelen decir: No maltrates tu carne, porque no vengas caer en enfermedades y dolencias: porque muchas veces de esta manera, so color de discreción, hacen al hombre muy blando y piadoso para consigo. Y en esta edad apenas se halla quien del todo mortifique su carne, aunque se abstenga de muchos y delicados manjares. Porque una de las principales astucias de nuestro adversario es hacer blando y flojo el principio de nuestra profesión, para que después haga el fin semejante al principio.
Ante todas las cosas deben tener cuidado los que fielmente desean servir Cristo, que con grandísima diligencia busquen los lugares y las costumbres, la quietud y los ejercicios que entendieren ser mas acomodados su propósito y espíritu; según que el consejo de los padres espirituales, y la experiencia de sí mismo se lo dieren entender; porque no todos conviene morar en los monasterios, especialmente aquellos que son tocados del vicio de la gula y deleite en comer y beber; ni todos tampoco conviene seguir la quietud de la vida solitaria, especialmente aquellos que son inclinados ira. Mire pues cada uno diligentemente, como dicho es, el estado que mas le arma.
Porque tres maneras de estados y profesiones contiene la vida monástica. El primero es de vida solitaria que es de aquellos Monjes, que llaman Anacoretas: otro es en compañía de dos tres que viven en soledad: y el tercero es de los que sirven en la obediencia de los monasterios. Nadie pues se desvíe, como dice el Sabio (Prov. 4) de estos la diestra ni la siniestra; sino vaya por el camino real. Entre estas tres maneras de estados el de medio fue muy provechoso para muchos. Porque ay del solo (Eccl. 4), que si cayere en la tristeza espiritual, en el sueño, en la pereza, en la desconfianza, no tiene entre los hombres quien lo levante. Mas donde están ayuntados dos tres en mi nombre, dice el Señor (Mt. 18),ay estoy en medio de ellos.
Pues cuál será el fiel y prudente Monje, que guardando su fervor entero hasta el fin de la vida, persevere siempre, acrecentando cada día fuego fuego, fevor fervor, deseo deseo, y diligencia diligencia?
Anotaciones sobre el Capitulo precedente, del V.P.M.Fr Luis de Granada.
Para entendimiento de este Capitulo, Cristiano Lector, has de presuponer que según se colige de las Colaciones de los Padres, la renunciación de que en este Capitulo precedente se comenzó tratar tiene tres grados. El primero es dejar por amor de Dios todas las cosas del mundo, como el Salvador lo aconsejaba aquel mancebo del Evangelio (Mt. 9). El segundo es dejarse sí mismo; que es dejar la propia voluntad con todos los apetitos y pasiones de nuestra alma, para hacer de nosotros mismos verdadero sacrificio, por mejor decir, holocausto Dios. El tercero es que nuestro espíritu pura y enteramente se ofrezca, traslade, y junte con Dios, que es el fin de los grados pasados: porque tanto mas perfectamente se ayuntará nuestro espíritu con Dios, cuanto mas apartado estuviere de las cosas del mundo y de sí mismo. Pues del primero de estos tres grados se tratará en este primero Capitulo, y del segundo en el siguiente, que es de la mortificación de las pasiones: y del tercero se tratará consiguientemente en el Capitulo tercero: aunque en cada uno se toca algo de lo que pertenece al otro. Porque familiar cosa es este santo, como lo es todos los que escribiendo siguen el instinto y magisterio del Espíritu Santo, no tener tanta cuenta con el hilo y consecuencia de las materias, y con la trabazón de las cláusulas y sentencias, cuanto con seguir el dictamen y movimiento de este Espíritu divino que los enseña; como parece en el Autor que escribió aquel tan espiritual libro de Contemptus mundi, y en otros muchos: y lo mismo algunas veces se halla en este Autor.
En la prosecución de este Capitulo y casi de todo este libro, una se las cosas que hay mucho de notar es el rigor, y trabajo, y diligencia que este insigne Maestro pide todos los que de verdad determinan buscar Dios, especialmente los principios de su conversión, hasta deshacer los malos hábitos de la vida pasada: para que se vea claro por autoridad de tan gran varón, como no es esta empresa de flojos y regalados, sino de valientes y esforzados caballeros; conforme aquella sentencia del Salvador que dice (Mt. 11): El Reino de los cielos padece fuerza, y los esforzados son los que lo arrebatan.
Capitulo II:
Escalón segundo, de la mortificación y victoria de las pasiones y aficiones.
El que de verdad ama Dios, y el que de verdad desea gozar del Reino de los cielos, y el que de verdad se duele de sus pecados, y el que de veras está herido con la memoria de las penas del infierno y del juicio advenidero, y el que de verdad ha entrado en el temor de la muerte; este tal ninguna cosa en este mundo amará desordenadamente: no le fatigarán los cuidados del dinero, ni de la hacienda, ni de los padres, ni de los hermanos, ni de otra cosa alguna mortal y terrena: mas antes abominando y sacudiendo de sí todos estos cuidados, y aborreciendo con un santo odio su misma carne, desnudo, seguro, y ligero seguirá Cristo, levantando siempre los ojos al cielo, y esperando de hay el socorro, según la palabra del Profeta que dice[7]: Yo no me turbé siguiéndote tí , Pastor mío, nunca deseé el día del hombre; esto es, el descenso y felicidad que suelen desear los hombres.
Grandísima confusión es por cierto la de aquellos que después de su vocación (que es después de haber sido llamados, no por hombres sino por Dios) olvidados de todas estas cosas, se aplican otros cuidados que en la hora de la ultima necesidad no les puedan valer. Porque esto es lo que el Señor dijo que era volver atrás y no ser apto para el Reino de los cielos[8]. Lo cual dijo él como quien sabía muy bien cuan deleznables eran los primeros principios de nuestra profesión, y cuan fácilmente nos volveremos al siglo, si tuviéremos conversación familiar con personas del siglo. A un mancebo que le dijo[9]: Dame, Señor, licencia para ir enterrar a mi padre; respondió: Deja los muertos enterrar sus muertos.
Suelen los demonios después que hemos dejado el mundo ponernos delante algunos hombres misericordiosos y limosneros que viven en el mundo, y hacernos creer que aquellos son bienaventurados, y nosotros miserables, pues carecemos de las virtudes que aquellos tienen. Esto hacen los demonios para que so color de esta adultera y falsa humildad nos vuelvan al mundo; so permaneciéremos en la Religión, vivamos desconfiados y desconsolados en ella. Hay algunos Religiosos que con soberbia y presunción desprecian (como aquel Fariseo del Evangelio)[10] los hombres que viven en el mundo; no acordándose que está escrito[11]: El que está en pie mire por sí no caiga. Hay otros que no por soberbia, sino por huir de este despeñadero de la desconfianza, y concebir mayor esfuerzo y alegría por verse entresacados del mundo, desestiman, lo menos tienen en poco las costumbres de los que viven en él.
Mas oigamos los que tenemos en poco nuestra profesión, lo que el Señor dijo aquel mancebo que avía guardado casi todos los mandamientos[12]: Una cosa te falta; ve y vende todos tus bienes, y dalos pobres, y hazte por amor de Dios pobre y necesitado de ajena misericordia. Pues esto es propio de nuestra profesión, que tanto excede la de los que tan virtuosamente viven en el mundo como este vivía. Si deseamos correr ligera y alegremente por este camino, estimándolo en lo que él merece, miremos con atención como el Señor llamó muertos los hombres que en el mundo viven, diciendo uno de ellos[13]: Deja los muertos enterrar sus muertos.
No fueron causa las riquezas para que aquel mancebo rico dejase de recibir el Bautismo; y claramente se engañan los que piensan que por esta causa le mandaba el Señor vender su hacienda: no era esta la causa, sino querer levantarlo la alteza del estado de nuestra profesión. Y para conocer la gloria de ella debería bastar este argumento: que los que viviendo en el mundo se ejercitan en ayunos, vigilias, trabajos, y otras aflicciones semejantes, cuando vienen la vida Monástica como una oficina y escuela de virtud, no hacen caso de aquellos primeros ejercicios: presuponiendo ser muchas veces adúlteros y fingidos: y así comienzan con otros nuevos fundamentos.
Vi muchas y diversas plantas de virtudes de hombres que Vivían en el mundo, las cuales se regaban con el agua cenagosa de la vanagloria, y se cebaban con ostentación y apariencia de mundo, y se estercolaban con el estiércol de las alabanzas humanas; las cuales trasplantadas en tierra desierta y apartada de la vista y compañía de los hombres, y privadas de esta labor susodicha, luego se secaron; porque los árboles criados con este regalo no suelen dar fruto en tierra seca.
Su alguno tuviere perfecto odio al mundo, estará libre de tristeza del mundo; mas el que todavía está tocado, no estará del todo libre de esta pasión: porque cómo no se entristecerá cuando alguna vez se viere privado lo que ama? En todas las cosas tenemos necesidad de grande templanza y vigilancia: mas sobre todo nos debemos extremar en procurar esta libertad y pureza de corazón. Algunos hombres conocí en el mundo, los cuales viviendo con muchos cuidados y ocupaciones, congojas y vigilias del mundo, se escaparon de los movimientos y ardores de su propia carne: y estos mismos entrando en los Monasterios, y viviendo libres de estos cuidados, cayeron torpe y miserablemente en estos vicios.
Miremos mucho por nosotros, no nos acaezca que pensando caminar por camino estrecho y dificultoso, caminemos por camino largo y espacioso, y así vivamos engañados: angosto camino es la aflicción del vientre, la perseverancia en las vigilias, el agua por medida, y el pan por tasa, el beber la purga saludable de las ignominias y vituperios, la mortificación de nuestras propias voluntades, el sufrimiento de las ofensas, el menosprecio de nosotros mismos, la paciencia sin murmuración, el tolerar fuertemente las injurias, el no indignarse contra los que nos infaman, ni quejarse de los que nos desprecian, y bajarse humildemente los que nos condenan. Bienaventurados los que por esta via caminan, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Ninguno entra al tálamo celestial recibir la corona que recibieron los grandes santos, sino el que hubiere cumplido con la primera, y segunda, y tercera manera de renunciación; conviene saber, que primero ha de renunciar todas las cosas que están fuera de sí, como son padres, parientes, amigos, con todo lo demás. Lo segundo, ha de renunciar su propia voluntad; y lo tercero, la vanagloria que suele algunas veces acompañar la obediencia; porque este vicio mas sujetos están los que viven en compañía, que los que moran en soledad. Salid, dice el Señor por Isaías[14], del medio de ellos, y apartaos y no toquéis cosa sucia y profana. Porque quién hizo milagros, quién resucitó los muertos, quién alanzó los demonios? Estas son las insignias de los verdaderos Monjes, las cuales el mundo no merece recibir; porque si él las mereciese, superfluos serían nuestros trabajos, y la soledad de nuestro apartamiento.
Cuando después de nuestra renunciación de los demonios encienden nuestro corazón importunadamente con la memoria de nuestros padres y hermanos, entonces principalmente hemos tomar contra ellos las armas de la oración, y encender nuestro corazón con la memoria del fuego eterno, para que con ella apaguemos la llama dañosa de este otro fuego.
Los mancebos que después de haberse dado deleites y vicios de carne quieren entrar en Religión, procuren ejercitarse con toda atención y vigilancia en estos trabajos, y determinen de abstenerse de todo genero de vicios y deleites; porque no vengan tener peores lo fines que tuvieron los principios. Muchas veces el puerto (que suele ser causa de la salud) también lo es de peligros; lo cual saben muy bien los que por este mar espiritual navegan. Y es cosa miserable ver perderse los navíos en el puerto, los cuales estuvieron salvos en el medio de la mar.
Anotaciones sobre el Capitulo precedente, del V. P. M. Fr. Luis de Granada.
En este Capitulo se trata del segundo grado de la renunciación de sí mismo, que es la mortificación de los apetitos y aficiones sensuales; los cuales dicen que tienen mortificados el que de veras y de todo corazón está aficionado las cosas divinas. Y repite muchas veces esta palabra de veras para dar entender que no cualquiera grado de devoción causa este afecto, sino la verdadera, grande, y entrañable afición del amor de Dios. Porque así como una lumbre grande oscurece y ofusca otra menor, como el sol la de las estrellas; así el amor de Dios, cuando es muy grande, como fue el de los santos, anubla y oscurece todos los otros peregrinos amores.
Donde es mucho de notar que así como un peso cuanto mas sube la una balanza, tanto mas baja la otra, y al revés: así se han estos dos amores de Dios y del mundo. Porque cuanto crece el amor de Dios, tanto decrece el amor del mundo: y cuanto crece el amor del mundo, tanto decrece el de Dios. Y bienaventurado seria aquel de despedido del amor el mundo, con solo el de Dios por Dios se sustentase: porque seria como otro espiritual Jacob, quien se dio por bendición, que cojease del un pie, y del otro quedase sano[15]. Aunque no por esto piense nadie que se excluye aquí el amor y afición por los deudos, amigos, y bienhechores; porque este es natural y debido, cuanto es bien ordenado, amándolos y queriéndolos por Dios y para Dios: compadeciéndonos de sus trabajos. Pero todo esto se ha de hacer de manera que no se enrede nuestro corazón en este lazo con demasiada afición, como muchas veces acaece.
[7]Hier. 17
[8]Luc. 9
[9]Matt. 8
[10]Luc. 18
[11]1Cor. 10
[12]Matt. 20
[13]Matt. 8
[14]Isai. 52
[15]Genes. 32
Capitulo III:
Escalón tercero, que trata de la verdadera peregrinación.
Peregrinación es desamparar constantísimamente todas aquellas cosas que nos impiden el propósito y ejercicio de la piedad, que es honrar y buscar Dios. Peregrinación es un corazón vacío de toda vana confianza, sabiduría no conocida, prudencia secreta, huida del mundo, vida invisible, propósito secreto, amor del desprecio, apetito de angustias, deseo del divino amor, abundancia de caridad, aborrecimiento de la opinión de sabio de santo, y un profundo silencio de alma. Suele muchas veces al principio fatigar los siervos de Dios esta manera de vida tan ardua, y el fuego de este deseo, que es alejarse de la patria y de los suyos; el cual deseo nos provoca también querer por amor de Dios ser afligidos y despreciados.
Mas es de notar que cuanto esta peregrinación es mayor y mas loable, tanto con mayor atención se ha de examinar: porque no toda peregrinación, si superficialmente se hace, es digna de ser alabada. Porque si, como dice el Salvador[16], no hay Profeta que esté sin honra sino es entre los suyos y en su patria: miremos no se nos haga por ventura ocasión de vanagloria la peregrinación y huida de ella. Porque la peregrinación verdadera es un perfecto apartamiento de todas las cosas, con intención de que nuestro pensamiento nunca (en cuanto sea posible) se aparte de Dios. Peregrino es amador de perpetuo llanto, arraigado en las entrañas por la memoria de su Criador. Peregrino es el que despide y aparta siempre la memoria y afición de todos los suyos, en cuanto le es impedimento para ir Dios.
Cuando determinas de peregrinar y apartarte la soledad, no te detengas en el mundo, esperando llevar contigo las animas de los que están enlazados en él; porque no te saltee el enemigo en este tiempo, y te robe ese buen propósito. Porque muchos han ávido que pretendiendo llevar consigo algunos de estos perezosos y negligentes, con ellos juntamente perecieron, apagándoseles con la dilación la llama de este divino fuego y divina inspiración. Y por eso luego que sintieres en tí la esta llama y divina inspiración, corre apresuradamente; porque no sabes si se apagará tan presto, y quedaras oscuras.
No todos somos obligados salvar los otros: porque (como dice el Apóstol)[17] cada uno dará por sí razón Dios. Y en otro lugar: Tú (dice él)[18] que enseñas otros, cómo si enseñas a tí? Como si dijera: Las necesidades y obligaciones de los otros no las conocen todos; mas la suyas propias cada uno la conoce, y así es obligado acudir ellas.
Tú que determinas peregrinar, guárdate del demonio goloso y vagabundo; esto es, del que con titulo de peregrinación pretende cebar la curiosidad de nuestros sentidos y el apetito de la gula, que en diversos lugares halla diversos convites y hospederías; porque la peregrinación suele dar ocasión este demonio.
Gran cosa es haber mortificado la afición de todas las cosas perecederas; y la peregrinación en madre de esta virtud. Los que por amor de Dios andan peregrinando, han de dejar todos los afectos del siglo, y estar como muertos sus cosas; porque no parezcan por una parte apartados del mundo; y por otra que están enlazados con las aficiones de él. Los que se alejaron del siglo no querrían mas ya volver tener cuenta con el siglo; porque muchas veces lo vicios que de mucho tiempo están dormidos, fácilmente suelen despertar. Nuestra madre Eva contra su voluntad salió del paraíso; mas el Monje por la suya se desterró de su patria. Aquella fue echada fuera porque no volviese comer del árbol de la desobediencia; y este por no padecer peligro de sus parientes carnales huye como un grandísimo azote y peligro la vecindad de estos lugares del mundo; porque el fruto que no se ve con los ojos, no mueve tanto el corazón.
También querría que no ignorases otra manera de engaño que tienen estos ladrones: los cuales muchas veces nos aconsejan que no nos apartemos de los seculares, diciéndoos que mayor corona será, si viendo mujeres, y andando en medio de los lazos, vivimos limpiamente, y vencemos nuestras pasiones luchando con ellas: los cuales en ninguna manera debemos obedecer, antes hacer siempre lo contrario.
Después de haber peregrinado algunos años fuera de nuestra patria, y haber alcanzado algún poco de religión, de compunción, de abstinencia, luego los demonios comienzan combatirnos con algunos pensamientos de vanidad, incitándonos que volvamos nuestra Patria para edificación y ejemplo de todos aquellos que antes nos vieron vivir desordenadamente en el siglo. Y si por ventura tenemos algunas letras, alguna gracia en hablar, entonces ya nos aprietan fuertemente que volvamos al siglo ser Maestros y guarda dores de las animas de los otros; para que la hacienda que en el puerto adquirimos con trabajo, en el mar alto la perdamos. No imitemos la mujer de Lot[19], sino al mismo Lot; porque el alma que volviere al lugar de do salió, desvanecerse ha como sal, y quedarse ha hecha una estatua que no se mueve; porque los tales dificultosamente se vuelven Dios. Huye de Egipto, y de tal manera huye que nunca mas vuelvas él; porque los corazones que él volvieron, no gozaron de aquella quietísima y pacifica tierra de Jerusalén.
Mas con todo esto no es malo que los que al principio de su conversión dejaron la patria, y todas las cosas con ella, por conservarse en la infancia de su profesión, y cerrar la puerta todas las cosas que les podían dañar, que después de confirmados y adelantados de la virtud, y perfectamente purgados, vuelvan ella para hacer otros participantes de la salud que ellos alcanzaron. Porque aquel gran Moisés que vio Dios, y fue escogido para procurar la salud de su gente, muchos peligros pasó en Egipto, y muchas aflicciones y trabajos en este mundo por su causa. Mas vale entristecer nuestros padres, que nuestro Señor; porque este nos crió y redimió; mas aquellos muchas veces destruyeron los que amaron, y los entregaron los tormentos eternos..
Peregrino es aquel que como hombre de otra lengua, que mora en una nación extranjera entre gente que no conoce, vive solo en el conocimiento de sí mismo. Nadie piense que desamparamos nuestra patria y nuestros deudos porque los aborrezcamos (nunca Dios quiera que sea tal nuestra intención) sino huir el daño que por su parte nos puede venir. En lo cual tenemos, como en todas las otras cosas, nuestro Salvador por Maestro y ejemplo; el cual muchas veces se ausentó de la Virgen, y del Santo José, que era tenido por su Padre[20]; y siéndole dicho por algunos: Cata aquí tu Madre y tus hermanos; luego el Buen Maestro nos enseñó este santo odio y libertad de corazón, diciendo: MI Madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Aquel ten por Padre que puede y quiere trabajar contigo, y puede ayudarte descargar la carga de tus pecados: tu madre sea la compunción, la cual te lave de las mancillas y suciedades del alma: tu hermano sea el que juntamente contigo trabaja y pelea en el camino del cielo: tu mujer y compañera que de tí nunca se aparte sea la memoria de la muerte; y tus hijos muy amados sean los gemidos del corazón; y tu siervo sea tu cuerpo, y tus amigos los santos Ángeles, que a la hora de la muerte te podrán ayudar, si ahora procurares hacerlos familiares y amigos tuyos. Esta es la generación espiritual de los que buscan Dios.
El amor de Dios excluye el amor desordenado de los padres; y el que cree que estos dos amores juntos se pueden compadecer, él mismo se engaña; pues lo contradice el Salvador, diciendo[21] que nadie puede servir a dos señores. Por donde dijo él mismo en otro lugar[22]: No vine poner paz en la tierra, sino cuchillo: porque vine a apartar a los amadores de Dios de los amadores del mundo; y los terrenos y materiales de los espirituales; y los envidiosos de los humildes; porque de tal porfía y apartamiento como este se alegra el Señor cuando ve que se hace por su amor.
Y mira, ruegote, con atención, no estés secretamente tomado del amor de tus parientes, y viéndolos andar naufragando en el diluvio de las miserias y trabajos de este mundo, vayas desproveídamente socorrerlos, y perezcas juntamente en ese mismo diluvio con ellos. No tengas lastima de los padres y amigos que lloran tu salida del mundo, porque no tengas para siempre que llorar. Cuando los tales te cercaren como abejas, por mejor decir como avispas, y comenzaren hacer lamentaciones sobre tí, vuelve gran prisa, y fortalece tu corazón con la consideración de la muerte y de tus pecados, para que con un dolor despidas otro dolor. Prométenos muchas veces engañosamente los nuestros, por mejor decir, no nuestros, que a todas las cosas se harán a nuestra voluntad, y que no nos impedirán nuestros buenos propósitos ; mas esto hacen con intención de atajarnos nuestro camino, y traernos su voluntad.
Cuando nos apartaremos del mundo, sea nuestro apartamiento en los lugares mas humildes y menos públicos, y mas apartados de las consolaciones del mundo. Si fueras noble, esconde cuando pudieres, y en ninguna cosa muestres claridad y nobleza de tu linaje; porque no parezcas en las palabras uno y en las obras otro, si las palabras predican humildad, y las obras vanidad. Ninguno de tal manera peregrinó como aquel grande Patriarca, quien fue dicho[23]: Sal de tu tierra y de ente tus parientes, y de la casa de tu padre; siendo por esta via llamado andar entre gante bárbara y de lengua peregrina. Y lo que esa tan admirable peregrinación procuraron imitar algunas veces, los levantó el Señor grande gloria; aunque el verdadero humilde debe huirla y defenderse de ella con el escudo de la humildad, puesto que divinamente le sea concedida.
Cuando los demonios nos alaban de esta virtud de la peregrinación, de otra insigne virtud, luego debemos recurrir con grande atención la memoria de aquel Señor que peregrinó del cielo hasta la tierra por nosotros, y hallaremos que aunque viviésemos todos los siglos, no podríamos imitar la pureza de esta peregrinación.
Cualquiera afición desordenada de parientes no parientes, que a poco nos lleva tras sí al amor de las cosas del mundo, y nos amortigua el fuego del amor de Dios, ha de ser evitada con grandísima diligencia. Porque así como es imposible mirar con un ojo al cielo y con otro la tierra; así también lo es, estando en el cuerpo y con el animo aficionados las cosas del cielo. Con gran trabajo y fatiga se alcanza la virtud y las buenas costumbres; y puede acontecer que lo que con mucho trabajo y en mucho tiempo se alcanzó, en un punto se pierda. El que después de haber renunciado al mundo quiere vivir y conversar con los hombres del mundo, morar cerca de ellos, es cierto que ha de caer en los mismos peligros de ellos, y enlazar su corazón en los pensamientos de ellos. Y si así no se enlazare, lo menos juzgando y condenando los que sí se enlazan, él también se enlazará.
Único. De los sueños en que suelen ser tentados los principiantes
No se puede negar sino que sea imperfecto nuestro conocimiento, y lleno de toda ignorancia; porque como esta escrito; el paladar juzga la calidad de los manjares, y el oído la verdad de las sentencias[24]. De donde así como el sol descubre la flaqueza de los ojos, así las palabras declaran la rudeza de los entendimientos. Mas con todo esto la caridad nos obliga tratar cosas que exceden nuestra facultad. Pienso pues ser cosa necesaria añadir este Capitulo algo de los sueños, para que no ignoremos del todo este linaje de engaño de que usan nuestros adversarios. mas primero conviene declarar qué cosa sea sueño.
Sueño es movimiento del animo en cuerpo inmóvil; porque tal suele estar el cuerpo comúnmente cuando soñamos. Fantasía es engaño de los ojos interiores en el alma adormecida: que es cuando lo que no es se representa como si fuese, por estar impedido el uso de la razón. Fantasía es alienación del alma estando el cuerpo velando, que es cuando el alma está como fuera de sí con la aprehensión vehemente en alguna cosa. Fantasía es aprehensión imaginación que pasa presto y no permanece.
La causa porque en este lugar nos pareció tratar de los sueños es manifiesta. Porque después que dejamos por amor de Dios nuestras casas y parientes, y nos alejamos de ellos, y entregamos la peregrinación, entonces comienzan los demonios perturbarnos entre sueños, representándonos nuestros padres y parientes tristes y afligidos muertos por nuestra causa, y puestos en necesidades estrecho de muerte. Pues el que tales sueños como estos da crédito, semejante es al que corre tras de su sombra por alcanzarla.
Los demonios también, tentadores de la vanagloria, veces se hacen profetas engañosos, revelándonos entre sueños algunas cosas que ellos como astutísimos pueden conjeturar; para que viendo cumplido lo que vimos en sueños, quedemos espantados, y pensemos que ya estamos muy vecinos la gracia de los Profetas, y con esto nos ensoberbezcamos. Y muchas veces acaece por secreto juicio de Dios, que el demonio salga verdadero para con
aquellos que le dan crédito; así como sale mentiroso los que no hace caso de él. Y como él sea espíritu, ve todas las cosas que se hacen dentro de este aire; y cuando adivina que alguno ha de morir, díselo por sueños alguno de estos que son mas fáciles en creer, y así los engaña. Pero ninguna cosa futura sabe de cierta ciencia, sino por conjeturas; porque aun hasta los chicetos por esta via alguna vez suelen adivinar la muerte.
Muchas veces acaece que los demonios se transfiguran en Ángel de luz, y toman figura de mártires, y así se nos presentan entre sueños; y cuando despertamos hínchennos de alegría y soberbia: y esta es una de las señales de sus engaños; porque los buenos Ángeles antes nos representan tormentos, y juicios y apartamientos; y cuando despertamos déjanos temerosos y tristes. Y los que comienzan creer al demonio en estos sueños, después vienen ser por él engañados fuera de los sueños. Y por esto de locos y malos es dar crédito tales vanidades: mas el que ningún crédito les da, este es verdadero Filosofo: aquellos debes siempre dar crédito, que te predican pena y juicio. Y si esto te mueve desesperación, también entiende que esto viene por parte del demonio.
Anotaciones sobre el capitulo precedente, del V.P. Maestro Fr. Luis de Granada
En este capitulo se trata del tercero grado de la renunciación, que es el continuo deseo de nuestra unión de nuestra alma con Dios, para lo cual se hace el hombre peregrino y extranjero todas las cosas del mundo, no solo con el cuerpo (huyendo la patria) sino también con el animo, desterrando de si el amor desordenando de todas las cosas, para que suelto el corazón de estas cadenas, pueda sin impedimento volar Dios, y unirse con él, y reposar en él, sin que nadie le quite este reposo, ni lo despierte de este sueño. Lo cual perfectamente se hace en la gloria; mas en esta vida imperfectamente. Pues de este tercero grado de peregrinación se ha tratado en este capitulo; en el cual también se tocan muchas cosas, que aunque no sean esencialmente esta peregrinación, pero unas son causa de ella, y otras efectos, y otras partes y ramos de ella, cosas que están anejas ella. Esto dijimos porque no se maraville confunda al Lector, viendo cosas tan distintas de las cuales el titulo promete, queriéndolas violentamente reducir todas solo él.
[16]Matt. 13
[17]2Cor. 5
[18]Rom. 2
[19]Genes. 19
[20]Matth. 2
[21]Matth. 6
[22]Matth. 10
[23]Genes. 12
[24]Job. 34
Capitulo IV:
Escalón cuarto, de la bienaventurada obediencia, digna de perpetua memoria
Dicho ya de la peregrinación y menosprecio del mundo, viene ahora muy propósito tratar de la obediencia, para doctrina de los nuevos caballeros y guerreros de Cristo. Porque así como antes del fruto precede la flor; así ante toda la obediencia la peregrinación, del cuerpo de la voluntad.. Porque con estas dos virtudes, como con dos alas doradas, se levanta el alma del varón santo hasta el cielo; de la cual por ventura habló el Profeta lleno del Espíritu Santo, cuando dijo[25]: Quién me dará alas como de paloma y volaré por la vida activa; y por la contemplación y humildad descansaré?
Y no pienso que será razón pasar en silencio el habito y las armas de estos fortísimos guerreros: los cuales han de tener primeramente un escudo, que es una grande y viva fe y lealtad para con Dios, y para con el Maestro que los ejercita; para que despidiendo en todo el pensamiento de infidelidad, usen luego bien de la espada del espíritu, cortando con ella todas sus propias voluntades; y así también se vistan una loriga fuerte de mansedumbre y de paciencia; con las cuales virtudes despidan de sí todo genero de injuria y desacato, y de todas las saetas de respuestas y palabras malas. Tengan también un yelmo de salud, que es la oración espiritual, que guarde la cabeza de su alma. Y demás de esto tengan los pies no juntos, sino el uno adelante, aparejado para ejecutar la obediencia; y el otro puesto en la continua oración. Este es el habito y estas las armas de los verdaderos obedientes; ahora veamos qué cosa sea obediencia.
Obediencia es perfecta negación del alma, declarada por ejercicios y obras del cuerpo. Obediencia es perfecta negación del cuerpo, declarada con fervor y voluntad del alma. Porque para la perfecta obediencia todo es necesario que concurra, así cuerpo como alma, y todo es necesario que se niegue cuando la obediencia lo demanda. Obediencia es mortificación de los miembros en alma viva. Obediencia es obra sin vejamen, muerte voluntaria, vida sin curiosidad, puerto seguro excusa delante de Dios, menosprecio del temor de la muerte, navegación sin temor, camino que durmiendo se pasa. Obediencia es sepulcro de la propia voluntad, y resurrección de la humildad. Porque el verdadero obediente en nada resiste, en nada disciernen lo que le mandan, cuando no es malamente malo, fiándose humildemente en la discreción de su Prelado. Porque el que santamente de esta manera mortificare su alma, seguramente dará razón de sí Dios. Obediencia es resignación del propio juicio y discreción.
En el principio de este santo ejercicio, cuando se han de mortificar los miembros del cuerpo, la voluntad del alma, hay trabajo: en el medio veces hay trabajo, veces hay descanso; mas en el fin hay perfecta paz, tranquilidad, y mortificación de toda desordenada perturbación y trabajo. Entonces se halla fatigado este bienaventurado, vivo y muerto, cuando ve que hizo su propia voluntad, temiendo siempre la carga de ella.
Todos los que deseáis despojaros de lo que os impide para pasar esta carrera espiritual: todos los que deseáis poner el yugo de Cristo sobre vuestro cuello, y vuestras cargas sobre el de los otros: todos los que deseáis asentaros y escribiros en el libro de los siervos, para recibir por este asentamiento carta de horros, que es perpetua libertad: todos los que deseáis pasar nadando el gran mar de este mundo en hombros ajenos; sabed que hay para esto un camino breve, aunque áspero, (especialmente los principios) que es el estado de la obediencia: en la cual hay un principalísimo peligro, que es el amor y contentamiento de si mismo, cuando alguno le parece que es suficiente para regir y gobernar sí mismo y quien de este se escapare, sepa cierto que todas las cosas espirituales y honestas primero llegará que comience caminar. Porque obediencia es no ceder el hombre ni fiarse de si mismo hasta el fin de la vida; ni aun en las cosas que parezcan buenas sin la autoridad de su pastor.
Pues cuando por el amor del Señor determinaremos inclinar nuestra cerviz la obediencia, y fiarnos de otro, con deseo de alcanzar la verdadera humildad y salud; antes de la entrada de esta milicia ( si en nosotros hay alguna centella de juicio y discreción) debemos con grandisimo cuidado examinar el pastor que tomamos; porque no nos acaezca por ventura tomar marinero por piloto, enfermo por medico, vicioso por virtuoso; y así en lugar de puerto seguro nos metamos en un golfo tempestuoso y vengamos padecer cierto naufragio.
Mas después que hubiéremos entrado en esta carrera, ya no nos es licito juzgar nuestro buen Maestro en ninguna cosa, aunque en él hallemos algunos pequeños defectos; porque al fin es hombre como nosotros; porque si de otra manera lo hiciéremos, poco nos podrá aprovechar la obediencia.
Para esto ayuda mucho que los que quieren tener esta fe y devoción inviolable con sus Maestros, noten con diligencia sus virtudes y obras loables, y las encomienden la memoria, para que cuando los demonios les quisieren hacer perder esta fe, les tapen la boca con esta memoria. Porque cuanto estuviere esta fe mas viva en nuestro animo, tanto el cuerpo estará mas pronto para los trabajos de la obediencia. Mas el que hubiere caído en infidelidad contra su padre, téngase por caído de la virtud de la obediencia: porque todo lo que carece de fundamento de fe va mal edificado. Y por esto cuando algún pensamiento te instigare que juzgues condenes tu Prelado, no menos has de huir de él, que de un pensamiento deshonesto; ni jamás te acaezca dar lugar, ni entrada, ni principio, ni descanso esta serpiente. Habla con este dragón y dile: O perversísimo engañador, no tengo yo de juzgar mi guía, sino ella mí; no soy yo su juez, sino el mío.
Las armas de los mancebos es el canto de os salmos, el morrión son las oraciones, el lavatorio las lagrimas, como los padres determinan; mas la bienaventurada obediencia dicen que es semejante la confesión del martirio; porque en esta hace el hombre sacrificio de sí mismo. Porque el que esta sujeto a obedecer al imperio del otro, él pronuncia sentencia contra sí mismo. Y el que por amor a Dios obedece perfectamente; Aunque él le parece que no obedece sí, todavía con esto se excusa del juicio divino, y lo carga sobre su Prelado. Mas si en algunas cosas quisiere cumplir su voluntad, las cuales acaece que el Prelado también le manda, no es esta pura y verdadera obediencia. Y el Prelado hace muy bien en reprender al que así obedece; y se calla, no tengo que decir en esto mas de que él toma esta carga sobre sí.
Los que con simplicidad se sujetan al Señor, caminan perfectamente; porque no curan de examinar ni deslindar curiosamente los mandamientos de los mayores: lo cual los demonios siempre nos provocan. Ante todas las cosas conviene que solo nuestro juez confesemos nuestras culpas, y estemos aparejados para confesarlas todos, si por él así nos fuere mandado; porque las llagas publicadas y sacadas luz no vendrán corromperse y afistularse, como la harían si las tuviésemos secretas.
I. De la conversación, trato, y ejercicios maravillosos de una Comunidad regular y bien concertada.
Viniendo yo una vez a un Monasterio, vi un terrible juicio de un muy buen pastor y juez que lo gobernaba. Porque estando yo allí por algún espacio de tiempo, vi un ladrón que vino tomar el habito: al cual aquel buen pastor y sapientísimo Medico mandó que le dejasen estar e toda quietud por espacio de siete días, para que en este tiempo viese el estado y orden del Monasterio, Pasado este plazo, llamóle el Pastor a solas, y preguntóle si le parecía bien morar en aquella compañía; y como él respondiese con toda sinceridad que sí, de muy buena voluntad; quiso preguntar que males había cometido en el siglo: y com él pronta y discretamente los confesase todos; por mejor probarle, díjole el Padre: Quiero que todas estas culpas confieses en presencia de todos los Religiosos. El como verdadero penitente, y como hombre que aborrecía de corazón todas sus maldades, pospuesta toda humana vergüenza y confusión, respondió que sin duda lo haría así, y que aun en medio de la plaza de Alejandría las diría voces, si él así le pareciese. Ayuntados pues todos los Religiosos en la Iglesia ( que eran por numero doscientos y treinta) en un día de Domingo; leído el Evangelio, y acabados los divinos misterios, mandó el Padre que trajesen la Iglesia aquel reo, que en nada resistía, trajéronle pues algunos religiosos, atadas las manos atrás, y vestido de un asperísimo cilicio, y cubierta la cabeza con ceniza y disciplinándole mansamente las espaldas; y con esta aspecto tan doloroso todos quedaron espantados, y prorrumpieron en grandes lágrimas y gemidos, porque ninguno de ellos entendía lo que pasaba. Pues como él llegase las puestas de la Iglesia, mandóle aquel sagrado Padre y clementísimo juez con voz terrible que estuviese quedo, porque no eres, dijo merecedor de llegar los umbrales de esa puerta. Entonces el herido con el golpe de esta voz. La cual con grandisimo consejo y sabiduría aquel verdadero Medico había dado; porque le parecía él, como después con juramento nos afirmó, que no había oído voz de hombre, sino de un terrible trueno; y así temblando y lleno de pavor cayó en tierra postrado; y estando así cubriendo la tierra de lagrimas, aquel maravilloso Medico que todo esto ordenaba para su salud, y para dar un ejemplo y forma de verdadera humildad, mandóle que dijese en público todos los pecados que había cometido. Lo cual él dijo con grande humildad, y con grande espanto de los que presentes estaban, sin dejar de decir todas las maneras de homicidios, hechicerías, y hurtos, y otras cosas que ni es licito decir ni escribir. Y después de haberse así confesado, mandóle el Padre quitar el cabello, y recibir la compañía de los Religiosos. y maravillado yo de la sabiduría de este santo Padre, preguntéle después secretamente por qué causa había hecho y una tan extraña manera de juicio como aquella. El como verdadero medico, por dos causas, dijo, hice esto: la primera, por librar aquel penitente de la eterna confusión, lo cual así fue: porque no se levantó del suelo, Padre Juan! hasta que del todo recibió perdón de todos sus pecados. Y en esto no quiero que tengas escrúpulo ni duda porque que uno de los Religiosos que presentes estaban, me afirmó después que habían visto allí un hombre de alta y terrible estatura, el cual tenia una papel escrito en la mano, y una pluma en la otra; y cuando aquel penitente postrado en tierra confesaba un pecado, este hombre lo borraba con la pluma. Y cierto con mucha razón porque escrito está[26]: Dije: Confesaré contra mí mis pecados al Señor, y tú perdonaste la maldad de mi corazón. Lo segundo hice esto porque tengo Aquí algunos Religiosos que no han enteramente confesado todos sus pecados, los cuales con este ejemplo se moverán la confesión de ellos, sin la cual nadie puede alcanzar salud.
Otras cosas muchas admirables y dignas de memoria vi en aquella santísima congregación, y en el pastor de ella, de las cuales estoy determinado contaros algunas: porque estuve allí no poco tiempo, mirando continuamente con grande atención su manera de conversación y vida, maravillándome grandemente de ver como aquellos Ángeles de la tierra imitaban los del cielo. Porque primeramente estaban entre sí unidos con un estrechísimo vinculo de caridad; y los que es mucho mas de maravillar, amándose tanto como se amaban, no había entre ellos atrevimiento no confianza demasiada, ni soltura de palabras ociosas. y con esta trabajaban con grandisimo estudio de no escandalizarse unos otros, ni darse ocasión de mal. Y si alguno entre ellos acontecía tener algún rencor contra el otro, luego el buen pastor lo desterraba ( como hombre condenado) otro Monasterio separado para semejantes delitos. Acaeció que uno de ellos maldijo otro: al cual el santo pastor mandó que echasen fuera de la compañía, diciendo que no era razón sufrir en el Monasterio demonio visibles invisibles.
Vi yo en aquellos santos cosas grandemente provechosas y dignas de grandísima admiración. Vi una compañía de muchos, que con el vinculo de la caridad eran todos una cosa de Cristo, y todos muy ejercitados en obras de vida activa y contemplativa. Porque en tanta manera se despertaban y aguijaban los unos los otros para las cosas de Dios, que casi no tenían necesidad de ser para esto amonestados por el Padre espiritual. Para lo cual tenían ellos entre sí ciertas maneras de ejercicios y amonestaciones sus propósitos. Porque si alguna vez acaecía que algunos de ellos en ausencia del Prelado hablaban alguna palabra ociosa, dañosa, de murmuración, el hermano que esto veía, le hacia secretamente cierta señal para que mirase por sí, y moderase sus palabras. Y si por ventura el amonestado no miraba tanto en ello, entonces el otro se postraba en tierra delante de él, y luego se iba. Si algunas veces de juntaban hablar, toda la platica era hablar de la memoria de la muerte y del juicio advenidero.
No quiero pasar en silencio la virtud singular del cocinero de aquel Monasterio que allí vi. Porque mirando yo como perseverando en una continua y perpetua ocupación, estaba siempre muy recogido, y que demás de esto había alcanzado gracia de lagrimas, roguele humildemente que quisiese descubrir como había merecido esta gracia. El cual importunado con mis ruegos, en pocas palabras me respondió: Nunca pensé que servia hombres, sino Dios; y siempre me tuve por indigno de quietud y reposo: y la vista de este fuego material ,e hace siempre llorar y pensar en la acerbidad del fuego eterno.
Quiero contar otra manera de virtud singular que vi en ellos. Entendí que ni aun estando asentados la mesa cesaban de los espirituales ejercicios. Y para esto tenían ciertas señales con que unos otros secretamente se exhortaban al estudio de la oración, aun en el tiempo que comían. Y no solo hacían esto cuanto estaban la mesa, sino también cuando acaso se encontraban, cuando algunas veces se ajuntaban en uno.
Y si acaecía que uno cometiese algún defecto, si viéreis los otros hermanos pedirle con toda instancia que les diese cargo de dar cuentea de aquella culpa al Padre espiritual, y recibir la penitencia de ello. Y como aquel gran varón conociese esta piadosa contención de su discípulos, usaba de mas blanda corrección, sabiendo que el culpado era inocente, y no quería averiguar ni hacer pesquisa del autor del delito. Pues cuando entre ellos tenían lugar palabras ociosas, donaires, risas?
Si alguno de ellos acontecía estar porfiando con su hermano, el que acaso por allí pasaba se tendía sus pies, y de esta manera los amansaba. Y si por ventura supiese que algunos de ellos todavía tenían memoria de la injuria, luego lo hacia saber al Padre que después del Abad tenia cargo del Monasterio; y trabajaba con todo estudio que no se pusiese el sol sobre su ira[27]. Y si ellos todavía estuviesen endurecidos y porfiados, no les daba licencia para comer hasta que uno otro se perdonasen; y cuando esto no querían, expelíanlos del Monasterio. Era esta diligencia sin duda muy loable y digna de memoria, de cual tan grande fruto se seguía y se conocía.
Había muchos entre aquellos santos varones muy señalados y admirables en la vida activa y contemplativa, y en la discreción y humildad. Viéreis allí un terrible y celestial espectáculo; que eran unos viejos reverendos, llenos de canas, y de muy venerable presencia; los cuales estaban como unos niños aparejados para obedecer, y para discurrir una parte y otra: mereciendo grande gloria con ejercicio de humildad. Vi algunos de ellos que había cincuenta años que militaban debajo de la obediencia; los cuales como yo preguntase qué consolación, qué fruto habían alcanzado de tan grande trabajo; unos me respondían que habían por este medio llegado al abismo de la humildad, con la cual estaban libres de muchos combates del enemigo; y otros que por Aquí habían llegado perder el sentimiento en las injurias y deshonras.
Vi otros de aquellos varones, dignos de eterna memoria, con rostros de Ángeles, cubiertos de canas, haber llegado una profundísima inocencia, llena de simplicidad, alcanzaba con grande fervor de espíritu y favor de Dios; no ruda ignorante (cual es la que vemos en los viejos del siglo, que solemos llamar tontos desvariados) los cuales en lo de fuera parecían y eran mansos, blandos y agradables, alegres, y que en sus palabras y costumbres ninguna cosa tenían fingida, ni desmesurada, ni falsificada (que es cosa que en pocos se halla) y en lo de dentro estaban postrados como niños ante los pies de Dios y de sus Prelados; teniendo por otra parte el rostro de sus animas muy feroz y osado contra los enemigos.
Primero se acabarán los días de mi vida que pueda yo explicar todas las virtudes que allí vi, y aquella santidad que llegaba hasta el cielo; y por esto he tenido por mejor adornar esta doctrina con los ejemplos de sus trabajos y virtudes, por incitaros la imitación de ello, que con la bajeza de mis palabras; pues es cierto que lo que es mas bajo se adorna y resplandece con los mas alto. Mas con todo esto, primeramente os ruego que no penséis que en este proceso diré cosa fingida ni cosa que no sea verdad; pues está claro que donde hay falsedad, no puede haber utilidad: y por esto tornaremos proseguir lo que aviamos comenzado.
II. Prosigue la misma materia de la obediencia, contando diversos ejemplos.
Un Religioso llamado Isidoro, que era de los principales de Alejandría, entró en este Monasterio, y renunció el mundo pocos años ha, el cual yo allí merecí ver. Recibiéndolo pues aquel maravilloso pastor, y conjeturando por el aspecto de la persona y por otras circunstancias ser hombre áspero, intratable, soberbio, y hinchado con la vanidad del siglo, determinó de vencer la astucia de los demonios por este arte. Dijo al sobredicho: Isidoro, si verdaderamente has determinado de tomar sobre tí el yugo de Cristo, quiero que ante todas las cosas te ejercites en los trabajos de la obediencia. Al cual respondió él: Así como el hierro está sujeto las manos del herrero, así yo, Padre santísimo, me sujeto a todo lo que mandares. Pues quiero (dijo él) hermano, que estés la puerta del Monasterio, y que te derribes ante los pies de todos cuantos entran y salen, y les diga: Ruega por mí Padre, que soy pecador. El obedeció esto, como un Ángel Dios. y después de haber empleado en aquella obediencia siete años, y alcanzado por este medio una profundísima humildad y compunción, quiso el Padre, después de este ejercicio de paciencia, de que tan grande ejemplo había dado, levantarlo la compañía de los Religiosos, y honrarlo con darle ordenes, como verdaderamente merecedor de ella; mas él echando al Padre muchos rogadores, y mí también entre ellos, acabó con él que le dejase en aquel mismo lugar, como lo había hecho hasta entonces, hasta que acabase su carrera; entendiendo y significando con estas palabras, que ya su fin y el día de su vocación llegaba: y así fue; porque acabados diez días, el buen Maestro le dejó permanecer en aquel mismo lugar, y por medio de aquella sujeción ignominia pasó la gloria, y siete días después de su muerte llevó consigo el Portero del Monasterio; porque el bienaventurado varón le había prometido que si después de su muerte tuviese alguna cabida con el Señor, él negociaría como fuese su compañero perpetuo: y que esto seria muy presto; y así fue. Lo cual nos fue certísimo indicio de sus merecimientos, y su perfecta obediencia, y de su sagrada y divina humildad.
Pregunté yo este grande y esclarecido varón, cuando aun vivía, qué linaje de ejercicio tenia su alma cuando moraba la puerta? No me escondió esto aquel memorable y dulcísimo Padre, deseando aprovecharme. Al principio (dijo) hacia cuenta que estaba vendido por mis pecados; por donde con suma amargura y violencia, haciéndome gran fuerza, me derribaba los pies de todos: y apenas acabado un año, cuando hacia esto ya sin violencia y sin tristeza, esperando de Dios el galardón de mi paciencia. cumplido después otro año, de todo corazón me comencé tener por indigno de la conversación del Monasterio, y de la compañía y vista de los Padres de él, y de la participación de los divinos sacramentos. Y finalmente víneme tener por indigno de levantar los ojos y mirar nadie en la cara: por lo cual enclavados los ojos en tierra, y no menos al corazón que el cuerpo, rogaba los que entraban y salían que hiciesen oración por mí.
Estando asentados una vez la mesa, aquel grande Maestro, inclinando su sagrada boca mi oreja, me dijo: Quieres que te muestre un divino seso y prudencia en una cabeza toda blanca llenas de canas? Pues como yo le pidiese esto con toda instancia, llamó de la mesa que estaba mas cercana un Padre que se llamaba Laurencio, que había vivido en aquel Monasterio casi cuarenta y ocho años, y era el segundo Presbítero del Sagrario. El cual como viniese, y se pusiese de rodillas delante del Abad, recibió de él la bendición: mas después que se levantó, no le dijo palabra alguna, sino díjole estar así en pie ante la mesa son comer: y era entonces el principio de la comida. El estuvo de esta manera en pie, sin moverse, una grande hora y mas: tanto, que yo había ya vergüenza, y no lo asaba mira la cara: porque él era todo cano, como hombre de edad de ochenta años. Y de esta manera estuvo son hablar palabrea hasta en fin de la mesa. De la cual como nos levantásemos, mandóle al santo Abad que fuese aquel sobredicho Isidoro, y le dijese l principio del Salmo 39.
Y yo, como malicioso, no dejé de tentar aquel santo viejo después, y preguntarle qué pensaba cuando estaba allí: y él me respondió que había puesto la imagen de Cristo en su pastor: y del todo no le parecía que este mandamiento había salido de él, sino de Cristo, por lo cual ( Padre Juan!) pareciéndome que estaba no delante de la mesa de los hombres, sino ante el altar de Dios, hacía oración, y no daba entrada algún linaje de pensamiento malo contra mi pastor, por la grande caridad y sincera fe que yo tengo para con él. Porque escrito está[28]: La caridad no piensa mal. También quiero que sepas esto, Padre, que después de uno del todo se ha entregado la simplicidad inocencia, no da ya tanto lugar ni tiempo al espíritu malo contra sí.
Y cual era ese bienaventurado pastor y Padre de espirituales ovejas, tal era el Procurador del Monasterio que Dios le había dado casto y moderado como cualquier otro y manso, como muy pocos. Quiso pues una vez este gran Padre tentarlo, reprehendiéndoles para utilidad de los otros, y así mandó ( sin haber causa para ello) que o echasen de la Iglesia.
Yo ( como supiese que él era inocente de aquel crimen que el Padre le ponía) secretamente le alababa y encarecía su inocencia. A lo cual me respondió sapientísimamente, diciendo: Bien sé, Padre, que , él es inocente mas así como es cosa cruel quitar el pan de la boca del niño que se muere con hambre: así es cosa perjudicial para el Prelado y para los súbditos, si el que tiene cargo sus animas, no les procura todas las horas cuantas coronas viere que pueden merecer, ejercitándolos con injurias, ignominias, objeciones y escarnios porque en tres inconvenientes cae si esto no hace. El primero ç, que priva al súbdito devoto del merito de la paciencia. El segundo, que defrauda los otros del buen ejemplo de su virtud. El tercero ( y muy principal) que muchas veces los que parecen muy perfectos y muy sufridores de trabajos, si tiempo los dejan los Prelados sin probarlos, reprehenderlos, ejercitarlos con alguna maña, con denuestos injurias, como hombres ya acabados en la virtud, vienen por tiempo perder menoscabar aquella modestia y sufrimiento que tenían porque aunque la tierra sea buena, gruesa y fructuosa, si le falta la labor y el riego del agua ( quiero decir, el ejercicio del sufrimiento de las ignominias) suele hacerse silvestre, infructuosa, y producir espinas de pensamientos deshonestos, y de dañosa seguridad. Y sabiendo esto aquel grande Apóstol, escribe Timoteo[29] que amoneste y reprehenda a sus súbditos oportuna importunadamente.
Mas como todavía yo replicase aquel santísimo pastor, alegando la flaqueza de la edad, y también como muchos aprehendidos sin causa, se salían y descarriaban de la manada, respondió esta objeción aquel armario de sabiduría , diciendo: El alma que por amor de Dios está enlazada con vinculo de fe y de amor con su pastor, sufrirá hasta derramar la sangre, y nunca desfallecerán mayormente si antes hubiere sido espiritualmente ayudada por él en la cura de sus llagas, y regalada con los beneficios y consolaciones espirituales, acordándose de aquel que dijo[30] que ni Ángeles, ni Principados, ni Virtudes, ni otra criatura alguna nos podrá apartar de la caridad de Cristo. Mas la que no estuviere así ensalzada y fundada, y ( si decir se pude) engrudada con él. maravilla será no estar de balde en el Monasterio; porque la obediencia no es verdadera, sino fatigada.
Y ciertamente aquel grande varón no fue defraudado de su esperanza; mas antes enderezó y perfeccionó, y ofreció Cristo muchas de estas ofrendas puras y limpias. Deleitable cosa es ver y oír la sabiduría de Dios encerrada en vasos de barro. Maravillábame yo estando allí, de ver la fe y paciencia insuperable en las ignominias injurias: y veces de las persecuciones de los que de nuevo venían del siglo: las cuales sufrían, no solo de la mano del Abad, sino también de otros que eran mucho menores que él.
Y por esto para edificación mía, pregunté uno de los Religiosos que había quince años que estaba en el Monasterio, que se llamaba Abaciro, el cual señaladamente via yo ser injuriado casi de todos , y veces ser echado de la mesa por los Ministros (porque era aquel Religioso algún tanto incontinente de la lengua) decíale yo pues: Qué es esto hermano Abaciro, que te veo cada día echar de la mesa, y algunas veces acostarte sin cenar? El cual esto me respondió: Créeme Padre lo que te digo, pruébanme estos padres míos para ver si quiero ser Monje, y no lo hacen porque me quieren injuriar: y sabiendo yo ser esta la intención del padre y de todos los otros, fácilmente y sin ninguna molestia lo sufro todo. Y pensando esto he sufrido quince años, y espero sufrir mas: porque cuando entré en el Monasterio, ellos me dijeron que hasta los treinta años ellos probaban los que se dejaban del mundo. Lo cual, Padre Juan ! tengo yo por muy acertado; porque el oro no se purifica sino en la fragua. Este pues noble Abaciro, el segundo año después que vine aquel Monasterio, falleció de esta presente vida: el cual estando ya para morir dijo los Padres: Gracias doy al Señor y vosotros, Padres, que para bien de mi alma continuamente me tentastes: por la cual causa hasta ahora he vivido libre de las tentaciones del enemigo. Al cual aquel santo pastor justísimamente mandó a sepultar como Confesor de Cristo en el lugar de los santos que allí estaban sepultados.
Paréceme que haré grande agravio los amadores de la virtud, si callaré la virtud y batalla de un religioso llamado Macedonio, el cual era el primero oficial del Monasterio. Una vez pues este Religioso varón dos días antes de la fiesta de la Epifanía rogó al Abad del Monasterio le diese licencia para ir Alejandría, por causa de ciertos negocios que le eran necesarios, diciendo que él volvería entender en su oficio, y aparejar lo que convenía para la fiesta. Mas el demonio, enemigo de todos los bienes, rodeó el negocio de tal manera, que él no pudo venir para el día de aquella sagrada solemnidad. Y como el volviese un día después, el Abad le privó de su oficio, y le mandó estar en el mas bajo lugar de los novicios. Aceptó este castigo el buen ministro de paciencia, y príncipe de todos los ministros en el sufrimiento: y esto tan sin tristeza y pesadumbre, como si otro fuera el penitenciado y no él: y habiendo cumplido cuarenta días en esta penitencia, mandóle el sapientísimo padre volver su primer ligar. Y pasado un día, rogóle este Religioso quisiese volverlo dejar en la humildad de aquella ignominia, diciendo que había cometido en la ciudad un grave delito que no era para decir. Mas sabiendo el santo varón que decía esto mas por humildad que con verdad, dio lugar al honesto deseo de aquel buen trabajador: si viéreis allí aquellas venerables canas estar en el lugar y orden de los novicios, pidiendo sinceramente a todos rogasen Dios por él, diciendo que había caído en fornicación y desobediencia. Y este gran varón declaró después mí, pobre indigno, por qué causa había procurado tan de gana esta manera de humildad y de penitencia, diciendo que nunca se había sentido tan descargado de todo genero de tentaciones, y tan lleno de dulzura de la divina luz como en aquellos días. De Ángeles es no caer; mas de los hombres es caer y levantarse, después cuando esto les acaeciere: mas los demonios solamente conviene nunca levantarse después de haber caído.
Un Padre que tenía cargo de la procuración del Monasterio me contó esto. Siendo yo mancebo, y teniendo cargo de unos animales, acaeció que vine desbarar en una grave culpa de mi alma. Pues como yo tenía por costumbre no tener cosa encubierta en la cueva de mi alma, tomando por la mano la cola de la serpiente, que es el fin de la obra, luego la descubrí al Medico de llagas. El cual sonriéndose con un rostro alegre, y tocándome livianamente en el rostro, dijo: Anda hijo y ejercita tu oficio como lo hacías antes sin temor alguno: y yo, esforzado con una fe firmisima, y recobrada en pocos días la salud perdida, corría por mi camino adelante lleno de alegría y temor. Lo cual he dicho, para que por Aquí se vea claro el esfuerzo que se sigue de revelar luego nuestras llagas al Padre espiritual.
Hay en todas las ordenes de criaturas, como algunos dicen, muchos grados y diferencias. Por lo cual como en aquella compañía de Religiosos hubiese diferentes grados de aprovechamientos y espíritus, si el Padre entendía haber algunos amigos de ostentación en presencia de los seculares que venían al Monasterio, curábalos de esta manera. Hablábales palabras ásperas en presencia de ellos, y mandábalos entender en los oficios mas bajos de casas: con lo cual ellos quedaron tan curados que si algunos señores venían al Monasterio, luego huían gran prisa de la presencia de ellos: y así era alegre cosa ver como la vanagloria perseguía sí misma, huyendo la presencia de los hombres, que ella antes misma procuraba.
No quiso el Señor que me partiese de aquel Monasterio sin provisión de las oraciones de un santo y admirable varón, llamado Menna, que tenía el segundo lugar después del Abad en el regimiento del Monasterio, que falleció siete días antes que yo me partiese, después de haber vivido cincuenta años en el Monasterio, y haber servido en todos los oficios de él. Celebrando pues nosotros tres días después de su fallecimiento el acostumbrado Oficio de los Difuntos por el alma de tan grande Padre, súbitamente el lugar donde estaba su santo cuerpo fue lleno de un olor de maravillosa suavidad. Permitió pues aquel grande Padre que se descubriese el lugar donde el sagrado cuerpo yacía. Y esto hecho, vimos todos que de sus preciosísimas plantas (como de dos fuentes) manaba un ungüento suavísimo. Entonces el Padre del Monasterio volviéndose todos, dijo: Veis, hermanos, como los sudores de sus cansancios y trabajos fueron recibidos de Dios como un ungüento preciosísimo!
De este beatísimo Padre Menna nos contaban los Padres de aquel lugar muchas y grandes virtudes, entre las cuales contaban estas: que queriendo el Padre del Monasterio probar su paciencia, viniendo él una vez de fuera, y postrado ante el Abad pidiéndole la bendición (según era de costumbre) él lo dejó estar así postrado en tierra desde el principio de la noche hasta la hora de los Maitines, y aquella hora acudió darle la bendición y levantarlo del suelo, reprehendiéndole como hombre impacientísimo, y que todas las cosas hacía por vanidad y ostentación. Sabía muy bien el santo Padre cuan fuertemente él había de sufrir esto. Por lo cual quiso dar este público ejemplo para edificación de todos. Y un discípulo de este santo Menna, que sabía muy por entero los secretos de su Maestro (de que algunas veces nos daba parte) preguntándole yo curiosamente, si por ventura vencido del sueño se había dormido estando así postrado: afirmónos que estando así había rezado todo el Salterio de David.
No dejaré de entretejer en la corona de nuestra obra esta presente esmeralda. Moví yo una vez ante algunos de aquellos santísimos ancianos una cuestión de la quietud de la vida solitaria: y ellos con sereno y alegre rostro, sonriéndose, me dijeron: Nosotros, Padre Juan, como hombre terrenos escogimos instituto y manera de vivir que no se levantase mucho de la tierra, entendiendo que conforme la medida de nuestra enfermedad nos convenía escoger con fe la manera de los peligros y batallas; pareciéndonos mas seguro luchar con los hombres, que tiempos se encruelecen, y tiempo se amansan, que con los demonios, los cuales siempre contra nos están encarnizados y armados.
Otro de aquellos varones dignos de eterna memoria (como me amase mucho en el Señor, y tuviese conmigo estrecha familiaridad) con dulcísimo y alegre corazón me dio en pocas palabras una suma de toda la vida religiosa, diciendo así: Si verdaderamente (pues eres tan sabio) has bien penetrado la virtud de aquellas palabras del Apóstol que dijo[31]: Todo lo puedo en aquel que me conforta: y si juntamente con esto el Espíritu Santo ha sobrevenido en tí con el rocío de la castidad y te ha hecho sombra con la virtud de la paciencia, ciñe como varón tus lomos con el lienzo de la obediencia, levantándote de la cena de la quietud, lava con espíritu de contrición los pies de tus hermanos, por mejor decir, derríbate los pies de tus hermanos con un corazón abatido y humillado: y pon la puerta de tu corazón velas y guardas muy severas.
Trabaja también que tu alma esté siempre fija inmutable en ese cuerpo tan movedizo, y que tenga una intelectual quietud entre los movimientos y discursos de esos miembros ligeros y movibles: y (lo que es sobre todos los milagros) procura en medio de los desasosiegos estar con animo quieto y reposado. Refrena la desvariada y furiosa lengua, para que no se desmande en contradecir y porfiar: y pelea contra esta rabiosa señora setenta veces al día. Enclava en la cruz de tu alma una dura yunque, la cual martillada muchas veces con injurias, escarnios, maldiciones y denuestos, persevere siempre entera, lisa, llana, y sin moverse: desnúdate de todas tus propias voluntades, como una vestidura de confusión, y así desnudo comienza correr por la carrera de la virtud.
Vístete, lo que es muy raro y dificultoso de hallar para entrar en esta batalla, una fina loriga de viva fe: la cual ningún tiro de infidelidad pueda romper ni falsear. Detén con el freno de castidad el sentido del tacto, que desvergonzadamente se suele demandar. Reprime también con la continua meditación de la muerte la curiosidad de los ojos, para que no quieran cada hora mirar vanamente la gracia la hermosura de los cuerpos. Refrena también con el perpetuo cuidado de tí mismo la curiosidad del animo, que descuidado de sí quiere siempre condenar al prójimo: antes procura siempre de mostrarle y usar con él de toda caridad y misericordia sinceramente. Porque en esto conocerán todos, amantísimo Padre, que somos discípulos de Cristo, si ayuntados en uno nos amaremos unos otros[32].
Aquí, Aquí (me decía este buen amigo) Aquí ven estar juntamente con nosotros, y bebe cada hora escarnios y vituperios así como agua viva; porque habiendo escudriñado el santo Rey David todas cuantas cosas alegres había debajo del cielo, en cabo vino decir[33]: Mirad cuan buena cosa es y cuan alegre morar los hermanos en uno. Y si aun no hemos alcanzado este tan grande bien de paciencia y obediencia no nos queda sino que conociendo nuestra flaqueza, estemos en la soledad apartados de esta batalla, y confesemos ser bienaventurados los guerreros que pelean en ella, y roguemos Dios les dé paciencia.
Confieso que fui vencido con las palabras de este buen padre y excelentísimo maestro, el cual con la autoridad del Evangelio y de los Profetas, y mucho mas con la fuerza del amor sincerísimo había contradicho mi parecer. De donde resultó que ya sin ninguna contradicción, de buena gana diese yo la ventaja y la victoria al estado de la obediencia.
Todavía me queda por contar una muy provechosa virtud de aquellos bienaventurados, y dicha esta, como quien sale del paraíso, volveré entrar en el sal de mi inútil y desgraciada doctrina. Estando nosotros un día en la oración, vio el santo Padre ciertos Religiosos que estaban entre sí hablando, los cuales mandó poner ante la puerta de la Iglesia, aunque fuesen de los Clérigos y mas ancianos, y que por espacio de siete días se postrasen en tierra todos cuantos entrasen y saliesen por ella.
Mirando yo una vez uno de los Religiosos que estaba mas atento que los otros en el cantar de los Salmos, y que especialmente al principio de los Himnos, con la figura y semblante que mudaba, parecía que hablaba con otro, roguéle me dijese qué era lo que aquello significaba; y él , deseándome aprovechar, no me lo quiso encubrir; y así me dijo: Yo, Padre Juan, al principio del oficio divino suelo recoger con gran cuidado mi corazón y mis pensamientos, y llamándolos ante mí, les digo: Venid, adoremos y postrémonos ante Cristo nuestro Dios y nuestro Rey.
Vi también allí un Religioso que tenía cargo de mandar aparejar la comida los hermanos, el cual traía colgado de la cinta un librico pequeño, en el cual escribía cada día todos sus pensamientos, y daba cuenta de ellos su pastor. Y no solo este, mas otros muchos vi allí hacer lo mismo; porque era esto, como después supe, mandamiento de aquel santo pastor.
Echó una vez el Padre fuera de la compañía de los Religiosos uno que había maltratado de palabras otro Religioso, el cual perseveró siete días la puerta del Monasterio pidiendo húmilmente el perdón y la entrada; lo cual como supiese aquel estudioso guardador de la animas, y le dijesen que todos aquellos días no le habían dado de comer, mandóle decir que si quería morar en el Monasterio había de estar en la casa de los penitentes. Y como él aceptase esta condición, mandóle el Padre llevar aquella casa donde estaban los que hacían penitencia por sus pecados; y así se hizo.
Y porque se ha ofrecido ocasión de hacer mención de este lugar, la necesidad me obliga decir algo de él. Estaba pues este lugar apartado por espacio de una milla del Monasterio principal, y llamábase Cárcel; y así estaba, como verdadera cárcel, desnudo de toda humana consolación. No se veía allí vapor de humo, no vino, no aceite, para comer, sino solamente pan y yerbas. En este lugar mandaba encerrar el Padre todos los que después de su llamamiento habían pecado gravemente: de tal manera, que no los sacaba de allí hasta que el Señor le avisase del perdón de sus yerros. Y no estaban todos juntos, sino apartados cada uno por sí, cuando mucho de dos en dos. Habíales puesto el Padre por presidente un grande señalado varón, que se llamaba Isaac, el cual obligaba todos aquellos que su cargo estaban tener casi perpetua oración. Tenían también allí mucha abundancia de hojas de palmas, para ocuparse en algo, y desterrar la pereza de aquel santo lugar. Esta es la vida, este es el estado, y este el propósito de los que de verdad buscan la cara del Dios de Jacob. Digna cosa es por cierto maravillarnos de los trabajos de los santos; mas trabajar por imitarlos e lo que nos da salud.
III. Prosigue la doctrina de la obediencia, dando diversos avisos y documentos de ella.
Cuando siendo reprehendidos de nuestros mayores nos afligimos y congojamos, traigamos la memoria nuestros pecados; porque viendo el Señor el trabajo que él quiere que padezcamos, juntamente nos descargue de los pecados y del trabajo que padecemos, y convierta nuestro dolor en alegría. Porque según la muchedumbre de los dolores de nuestro corazón, así sus consolaciones suelen alegrar nuestras animas[34]. En este tiempo no nos olvidemos de aquel que dijo al Señor[35]: Cuantas y cuan grandes tribulaciones me distes Señor sentir: y después vuelto mí me resucitasteis y sacasteis de los abismos de la tierra donde estaba caído. Bienaventurado aquel que provocado cada día con denuestos injurias, sufre con paciencia, haciendo fuerza sí mismo: porque este tal con los Mártires se alegrará, y con los Ángeles será coronado. Bienaventurado el monje que en todas las horas del día se estima por merecedor de toda objeción y confusión, Bienaventurado el que mortificó su propia voluntad hasta el fin de la vida, y entregó todo el cargo y providencia de sí su espiritual maestro; porque este tal será colocado la diestra de aquel Señor que fue obediente hasta la muerte.
El que despide de sí la reprehensión justa injusta, la vida despidió de sí: mas el que la sufre con trabajo sin trabajo, presto alcanzará perdón de sus pecados. Representa Dios en lo intimo de tu corazón la fe y cantidad sincera que tienes con tu Padre espiritual, y él secretamente le descubrirá este afecto y amor tuyo para con él; para que de ahí adelante así te ame, y trate los negocios de tu salud con mas estudio y atención.
El que siempre está aparejado para descubrir todas las serpientes de los malos pensamientos, grande muestra de fe da de sí: mas el que las encubre en lo secreto de su corazón, mal encaminado va. Si alguno quisiere examinar la caridad y amor que tiene para con sus hermanos, mire si llora en las culpas de ellos, y si se alegra en sus gracias y aprovechamiento.
El que es porfiado en llevar su parecer adelante, aunque sea verdadero, tenga por cierto que el demonio le mueve ello; y si esto hiciere tratando con sus iguales, por ventura se enmendará con la reprehensión de los mayores. Mas si esta pertinencia tuviere contra el parecer de los sabios, ya este mal no se podrá curar con sola arte humana.
El que no es humilde en las palabras, no lo será en las obras; porque el que en lo poco es infiel, también lo será en lo mucho: y este tal no hará caso de la autoridad de los mayores: y así trabajara en vano; porque no sacará fruto, sino juicio del estado de la obediencia.
Si alguno guarda su conciencia limpia, viviendo en la sujeción de la Palabra espiritual, este tal esperará sin temor la muerte, como quien espera un sueño: por mejor decir, la vida; sabiendo que hora de la muerte no tanto pedirán cuenta él, cuanto al Padre espiritual.
Si alguno sin ser forzado por obediencia recibió algún cargo administración, y en ella después, contra lo que él esperaba, se desmandó en algo, no atribuya la causa de esta culpa quien le dio las armas, sino él que las tomó. Porque habiendo recibido armas para pelear contra los enemigos, las volvió contra sí, y se atravesó el corazón con ellas. Mas si esto hizo forzado por obediencia, declarando primero su flaqueza, no se acongoje; porque si cayere no morirá.
No se como se me había olvidado, amantísimos padres, poneros delante este suavísimo pan de virtud. Vi allí algunos obedientes en el Señor, los cuales cada día les maltrataban con deshonra, injurias, ignominias, para que cuando por otra parte fuesen injuriados de veras, estuviesen ya con esta manera de esgrima y ejercicio apercibimos para recibirlas, como acostumbrados no congojarse con ellas.
El alma que siempre piensa en la confesión de sus pecados, con este freno se aparta de ellos: porque los pecados que huimos de confesar, solemos mas fácilmente cometer, como cosa que se hace oscuras y sin temor de nadie. Cuando estando nuestro Padre ausente, lo figuramos y ponemos delante de nosotros, y hacemos cuenta que está mirando nuestra manera de conversar, de hablar, de comer, y de dormir, y huimos en todas estas cosas lo que él desagradaría, entonces creamos que de verdad hemos alcanzado una libre y sincerísima obediencia. Porque los muchachos perezosos y flojos suelen holgarse de la ausencia del maestro; la cual los diligentes industriosos suelen tener por grande daño.
Pregunté uno de aquellos muy aprobados varones, cómo la virtud de la obediencia trae consigo la humildad? A lo cual me respondió: El devoto obediente, aunque tenga don de lagrimas, y aunque resucite muertos, y aunque sea vencedor en todas las batallas, todo esto piensa que alcanzó por las oraciones de su Padre espiritual; y así queda libre de la vana hinchazón de la soberbia. Porque cómo podrá gloriarse de aquellas cosas, las cuales él cree de cierto que no alcanzó por sí, sino por la ayuda de su Padre? No tiene el solitario esta manera de socorro; y por esto mas derecho tiene contra él la vanagloria, cuando le representa que por solo su trabajo alcanzó lo que tiene. Cuando el que está debajo de obediencia se escapare de los lazos (convienen saber, de la desobediencia, y soberbia) quedará perpetuo obediente y siervo de Cristo.
Trabaja el demonio contra los obedientes: unas veces por ensuciar sus cuerpos con feos humores; otras veces por hacerlos furos de corazón, mal sufridos, secos, infructuosos, amigos de comer y beber, perezosos para la oración, tentados del sueño, cerrados de entendimiento; para que viéndose así (como gente que ningún fruto saca del instituto de la obediencia) los saque de este estado, y los haga volver atrás: y no les deja mirar, que viéndose tiempos en esta sequedad y pobreza por singular disposición de Dios, se les da un gran motivo y materia de profundísima humildad.
Muchas veces fue vencido el autor de estos engaños con sufrimiento y paciencia; mas vencido este enemigo, luego detrás de él se levanta otro con otra tentación contraria esta. Porque visto he yo muchos obedientes, devotos, alegres, abstinentes, estudiosos, y fervorosos; los cuales con el favor del Padre habían alcanzado esto, y venciendo muchas batallas; los cuales acometieron los demonios, diciéndoles que ya estaban dispuestos y hábiles para ir la soledad, por lo cual podrían llegar la cumbre de la suma y suavísima quietud. Y persuadidos con este engaño, dejando el puerto seguro, se engolfaron en alta mar, y sobreviniéndoles alguna tempestad ( como les faltaba piloto que los gobernase) miserablemente fueron tragados del sucio y salobre mar. Porque necesario es que se revuelva el mar, y se turbe, y embravezca, para que así torne lanzar en la tierra toda la materia y basura que los ríos trajeron él; y así es también necesario que sea primero por muchas tempestades ejercitado y trabajado el que del mundo entra en Religión, con los ejercicios de la vida monástica y disciplina del Padre espiritual, para que de esta manera despida de sí toda la inmundicia de pasiones y propias voluntades que del mundo trajo; y de esta manera ( si diligentemente lo miramos) hallaremos que después de estas ondas y tempestades se suele seguir grande tranquilidad y bonanza. Y pasados estos ejercicios podemos ya seguramente pasar la vida solitaria.
El que en unas cosas obedece al Padre espiritual, y en otras no, parece que es semejante aquel que unas veces pone alcohol en los ojos, y otras cal. Porque ( como está escrito)[36] si uno edifica, y otro destruye, qué hace sino trabajar en vano? No quieras hijo ( que por amor de Dios obedeces) engañarte con espíritu de soberbia, revelando tus culpas al maestro debajo de otra persona; porque no puede nadie librarse de la eterna confusión sin alguna confusión, Abre, desnuda, y descubre al medico tu llaga: manifiéstala, y no te confundas. Mía es, di, esta llaga, mía es esta herida; y la causa de ella fue, no la culpa de otro, sino la mía; nadie fue autor de ella, no hombre, no espíritu, no cuerpo, ni otra cosa tal, sino mi negligencia.
Y cuando así te confesares, has de estar en la postura del cuerpo, y en la figura del rostro, y en los pensamientos, como un reo sentenciado muerte, puestos los ojos en tierra; y si fuere posible, postrado con lagrimas ante el medico y maestro, como ante los pies de Cristo. Suelen los demonios algunas veces incitarnos que no nos confesemos, lo menos que hagamos esto en nombre de otros, como acusando otros de algún pecado: los cuales en ninguna manera conviene que obedezcamos. Si, como es cierto, la costumbre puede tanto que todas las cosas penden de ella, y se van tras ellas; sin duda muy mas poderosa será en el bien que en el mal; pues tiene un tan poderoso ayudador como es Dios.
No quieras, hijo, desfallecer con el trabajo de muchos años, hasta que halles en tu alma aquella bienaventurada quietud y paz que todos caminamos. Y si al principio te ofreciste por amor de Dios de todo corazón todo genero de ignominias, no tengas por cosa indigna confesar con rostro y animo humilde todas tus culpas tu ayudador y maestro, como si las confesases Dios; porque vi muchas veces algunos reos que con miserable habito, y con la fuerza de la vehemente confesión y suplicación ablandaron la severidad del juez, y trocaron su dureza en misericordia. Por ende aquel glorioso precursor de Cristo[37], antes que bautizase los que él venían, les pedía esta humilde confesión de sus culpas, para proveer mejor en su salud.
Y no nos maravillemos si después de esta confesión somos combatidos y tentados: porque mas vale pelear con la soberbia de la carne, que con la soberbia del espíritu. No corras luego no te muevas fácilmente cuando oyes contar la vida de los padres solitarios, que llaman Anacoretas; porque tú militas en el ejército de los Mártires; y aunque te acaezca ser herido en la batalla, no luego has de salirte del ejército de los hermanos; porque entonces principalmente tenemos necesidad de medico, cuando somos heridos. Porque el que teniendo ayudador, tropezó y cayó; si este faltara, no solo cayera, mas del todo pereciera. Cuando alguna vez de esta manera caemos, luego los demonios se aprovechan de esta ocasión, instigándonos que huyamos las ocasiones, y nos vamos la soledad; para que de esta manera añada unas heridas otras.
Cuando acaeciere que nuestro medico clara y evidentemente se excusa con ignorancia insuficiencia de sus fuerzas, entonces será necesario buscar otro; porque sin ayuda del sabio medico pocos sanan. Quién podrá negar sino que el navío regido por un buen piloto, si viniese dar en una brava tormenta, del todo pereciera, si careciera de tal gobernador?
De la obediencia, como arriba dijimos, nace la humildad, y de la humildad la tranquilidad del animo. Porque el Señor, como el Profeta dice, se acordó de nosotros en nuestra humildad, y nos libró de nuestros enemigos[38].Por donde no será inconveniente decir que de la obediencia nace la tranquilidad; pues por ella alcanza la humildad, que es madre de la tranquilidad: porque la una es principio de la otra, como Moisés de la ley. Y después la hija perfecciona a la madre: esto es, la humildad a la obediencia, como María a la Sinagoga.
Merecedores son sin duda de grande pena delante de Dios los que habiendo experimentado en sus llagas la sabiduría del medico, antes de estar perfectamente curados, lo desamparan y toman otro. No quieras, hijo, huir las manos de aquel que primero te ofreció a Dios; Porque no hallarás otro en toda la vida a quien así te renuncies, como a él. No es cosa segura al soldado bisoño entrar luego en desafío: ni tampoco al Religioso novicio, que no sabe aun por experiencia la condición de las pasiones y perturbaciones de su animo, pasarse a la soledad: porque así como aquel corre peligro en el cuerpo, así ese lo padecerá en el alma. Mas vale, (dice la Escritura)[39] estar dos juntos que no uno: y así es mejor estar el hijo juntamente con el padre, para que con su ayuda y diligencia, entre viniendo la divina gracia, pueda pelear contra la fuerza de sus pasiones y mala costumbre.
Y el que priva al discípulo de esta providencia, es como el que priva al ciego de guía, y a la manada del pastor, y al niño de la providencia de su padre, y al enfermo del medico, y al navío de gobernador; lo cual no se puede hacer sin peligro de ambas las partes. Y el que sin ayuda de padre quiere pelear contra los espíritus malos, maravilla será no venir a morir a manos de ellos.
Los que al principio de la enfermedad van a curarse a casa de los Físicos, miren la calidad de los dolores que padecen; y los que van a la casa de la obediencia, miren la humildad que tienen: porque en aquellos la disminución de los dolores es señal de mejoría; y en estos el acrecentamiento de la humildad, y del menosprecio, y reprehensión de sí mismo es indicio de salud. Séate la conciencia espejo en que mires la sujeción y obediencia que tienes: porque ella te dirá verdad.
Los que viviendo en soledad están sujetos al Padre espiritual, a solo los demonios tienen por adversarios; mas los que viven en congregación, a los hombres y a los demonios. Y aquellos primeros, como tienen al maestro siempre delante, guardan con mas cuidado sus mandamientos; mas los otros, como algunas veces los pierden de vista, mas veces los traspasan; mas con todo esto si fueren diligentes y sufridores de trabajos, suplirán esta falta con el sufrimiento de las injurias, y merecerán dobladas coronas.
Con toda guarda miremos por nosotros mismos, aunque estemos en Religión; porque muchas veces acaece perderse también las naves en el puerto, especialmente aquellas que crían dentro de sí un gusano que las suele roer: que en nosotros es el vicio de la ira. Mientras estamos debajo de la mano de nuestro maestro, con sumo silencio confesemos nuestra ignorancia: y a esto nos acostumbremos: porque el varón callado es hijo de la filosofía, y comúnmente es de mucho saber. Vi una vez un Religioso súbdito arrebatar la palabra de la boca de su maestro, dando a entender que él se lo sabía todo; y desesperó de la sujeción de este, viendo que de ella sacaba mas soberbia que humildad.
Miremos con toda vigilancia, y examinemos con toda diligencia cuando y como se ha de anteponer el ministerio de los prójimos a la oración: porque no siempre se ha esto de hacer, sino cuando la obediencia o la necesidad de la caridad lo pidiere.
Mira también atentamente, cuando estás en compañía de los otros hermanos, que no quieras parecer mas santo que ellos: porque dos males haces en eso: el uno, que turbas a ellos con esta falsa y fingida apariencia; y el otro, que tú sacas de ahí soberbia y arrogancia. Procura ser en lo interior de tu animo diligente y solicito; mas no lo muestres exteriormente con el habito, o con las palabras y señales desacostumbradas. Y esto debes hacer, aunque no seas inclinado a despreciar y tener en poco los otros: mas si eres inclinado a esto, mucho mas debes trabajar por ser en todo semejante a los hermanos, y no diferenciarte vanamente de ellos. Vi una vez un mal discípulo estar delante de los hombres vanamente gloriándose de las virtudes de su maestro; y pareciéndole que ganaba honra con la hacienda ajena, sacó de ahí deshonra; porque todos se volvieron a él, y le dieron: Pues cómo tan buen árbol produjo ramo tan infructuoso?
No pensemos haber alcanzado ya la virtud de la paciencia cuando sufrimos fuertemente las reprehensiones de nuestro Padre, sino cuando constantemente sufriremos ser reprehendidos, y aun acoceados de todos los hombres: porque al Padre sufrímoslo porque lo reverenciamos, y le somos deudores de esto por el cargo que tiene de nosotros. Bebe con suma alegría las reprehensiones y escarnios que cualquier hombre te diere beber, no de otra manera que agua de vida; porque el que esto hace, te da una saludable purga con que despides de tí todo regalo y lujuria. Porque sin duda con este brebaje nacerá en tu alma una intima y profunda castidad, y la luz hermosísima de Dios esclarecerá en tu corazón.
Ninguno descuidadamente se gloríe dentro de sí mismo, cuando viere que su vida y ejemplo es notablemente provechoso la congregación de sus hermanos; porque los ladrones están mas cerca de lo que nadie piensa. Acuérdate que dijo el Señor[40]: Después que hubieres hecho todas las cosas que os mandaren, decid: Siervos somos sin provecho, lo que estábamos obligados hacer, hicimos; y cuando delicadamente examine Dios en su juicio nuestros trabajos la hora de la muerte, se verá.
El monasterio es un cielo terrenal; y por esto tales procuremos de tener los corazones, cuales los tienen los Ángeles que en el cielo sirven Dios. Algunas veces los que están en este cielo tienen los corazones como de piedra, otras como de cera; para que los unos por esta vía huyan la soberbia, y los otros se consuelen en sus trabajos. Poco fuego basta para ablandar una cera: y un poco de ignominia que se nos ofrece, llevada con paciencia, basta algunas veces para ablandar, y endulzar y quitar toda fiereza, toda la dureza, y toda la ceguedad de un corazón. Vi una vez dos que estaban secretamente escuchando, mirando los trabajos y gemidos de un Religioso que en esto se ejercitaba, pero el uno hacía esto con deseo de imitarlo; y el otro fin de que cuando se ofreciese tiempo, desdeñase de ello en público, y retrajese al siervo de Dios de su ejercicio. En lo cual verás cuan diferentes hace nuestras obras el ojo de la intención que tenemos en ellas.
No quieras ser indiscretamente callado, porque no seas desabrido los otros con la pesadumbre de tu silencio; porque (como está escrito) tiempo hay de hablar, y tiempo de callar[41]. Ni tampoco seas refalsado en tus palabras, ni querellosos criminosos cuando algo te hacen; porque esto propio de los perturbadores de la paz y la concordia. Vi algunas veces la animas parecer con una flojedad y pesadumbre de vida, y otras por una aparente gravedad: y maravilléme de ver esta variedad en los vicios; de los cuales nos son claros y manifiestos, y otros paliados con color de virtud.
El que mora en compañía de Religiosos, algunas veces no aprovecha tanto con el canto de los Salmos, cuando con la oración secreta; porque muchas veces la tensión del canto nos impide para que no alcancemos la virtud y el entendimiento de ellos. Batalla con todas sus fuerzas, y reprime sin cesar y sin cansar la imaginación inquieta y derramada, recogiéndote dentro de tí mismo en todo tiempo, y mas en el de la oración y de los oficios divinos: puesto caso que no pida Dios los que viven debajo de obediencia, oración del todo quieta, y sin ningún estruendo de pensamientos.
No te entristezcas si cuando oras el enemigo te entra sutilmente, y como ladrón secretamente te roba la atención del alma: sino esfuérzate , y confía en Dios, si haces lo que es de tu parte, que es trabajar siempre por recoger los pensamientos ligeramente corren de un cabo otro; porque los Ángeles solamente es dado estar libre de hurtos. El que secretamente está persuadido no salir de esta batalla hasta el primer punto de la vida, aunque mil muertes de cuerpo y alma le cercasen, no es tan fácilmente combatido de pensamientos y fluctuaciones; porque esas dudas interiores, y esta infidelidad y mudanza de lugares, siempre suelen parir ocasiones de peligros, y trabajos, y guerra de pensamientos.
Los que son inclinados y fáciles andar mudando lugares, viven muy errados: porque ninguna cosa suele impedir tanto el fruto de nuestro aprovechamiento, como este linaje de mudanzas, hechas con facilidad y temeridad. Si encontrares con algún medico no conocido, con alguna oficina de medicina espiritual, mira diligentemente como un caminante curioso. y examina secretamente todo lo que allí vieres: y si hallares por medio de estos oficiales y ministros algún socorro remedio para tus enfermedades, especialmente para la hinchazón de la soberbia, que tú procuras evacuar, allégate seguramente, y véndete allí por el oro de la humildad, y haz carta de venta, firmada con la mano de la obediencia, llamando por testigos los santos Ángeles, en presencia de los cuales rompe la escritura de tu propia voluntad, para que desposeído de tí; seas de aquellos que te han de curar y mejorar. Porque si dejado este lugar y sosiego por tu propia voluntad, andas de un lugar otro, ya pierdes el fruto desde contrato. Por tanto haz cuenta que el monasterio es tu monumento sepulcro; y la memoria de él te debe amonestar que ninguno sale del monumento hasta la común resurrección de todos. Y si algunos salieron, como se hizo en la resurrección de Lázaro, piensa como después murieron: y ruega tú al Señor no te acaezca tí espiritualmente lo mismo.
Cuando los flacos y perezosos sienten que les mandan cosas graves, entonces suelen alabar la virtud de la oración; mas cuando les mandan cosas fáciles, entonces huyen de ella como de fuego.
Hay algunos que estando ocupados en algún oficio ministerio por la consolación edificación del hermano, interrumpen el oficio para acudir su necesidad espiritual, y hacen bien. Mas otros hay que hacen esto por pereza, y otros también por vanagloria, diciendo que quieren darse cosas espirituales; los cuales borran el bien que hacen, con la mala intención con que lo hacen.
IV. Prosigue la misma materia de obediencia, con diversos ejemplos y documentos
Si estás en algún linaje de vida, y ves claramente que lo ojos de tu animo están del todo sin luz y sin aprovechamiento, trabaja lo mas presto que pudieres por salir de esa manera de vida, y pasar otra mas probada. Verdad es que el malo en todo lugar es malo , así como el bueno en todo lugar es bueno; puesto caso que no deje de ayudar desayudar la condición del lugar para esto.
Palabras injuriosas y afrentosas muchas veces en el mundo fueron causa de muertes y de discordias; mas en las Religiones la gula y regalo en comer y beber fue causa del prendimiento de ella. Y si tú trabajares por sojuzgar esta rabiosa señora, en todo lugar tendrás quietud y reposo; mas si ella tuviere señorío sobre tí, en todo lugar padecerás peligro.
El Señor alumbra los ojos ciegos de los obedientes para ver las virtudes de sus Maestros; y él mismo los ciega para que no vean sus defectos. Lo contrario de lo cual hace el demonio, enemigo de todo bien. Seamos, hijos, ejemplo y forma de obediencia ; el argento vivo (que llama azogue) aunque esté debajo de cualesquier otros materiales, siempre está puro y libre de cualquier mixtura sucia; así conviene que esté siempre nuestra alma, aunque se derrame y envuelva en todos los negocios de la obediencia.
Los que son cuidadosos y solícitos en la guarda de sí mismos, miren muy bien que no juzguen los descuidados y flojos, porque no sean por esto mas gravemente condenados que ellos. Porque por eso pienso que es alabado Job de justo; porque viviendo en medio de los malos, no se halla que los juzgase. Siempre hemos de trabajar por tener el animo quieto y libre de perturbaciones; pero señaladamente cuando nos ponemos cantar y orar, porque entonces principalmente trabajan los demonios para impedir nuestra ocupación por esta via.
Aquel que sin duda merece ser tenido por verdadero ministro de Dios, que teniendo el cuerpo en la tierra, y tratando con los hombres, con el amina está en el cielo por oración. Las injurias, agravios, y menosprecios en el alma del obediente son amargas como el acíbar; mas las alabanzas, y honras, y buena reputación en los que andan caza de estas cosas son dulces como la miel; pero con todo esto el acíbar purga las heces de los malos humores; mas la miel acrecienta la cólera.
Creamos seguramente los que tienen cargo de nosotros, aunque algunas veces nos manden cosas que así prima faz parezcan ser contrarias nuestro propósito y aprovechamiento; porque entonces la fe que para con ellos tenemos se examina en la fragua de la humildad; y este es el mayor argumento de la lealtad que tenemos para con ellos, si mandándonos cosas contrarias lo que esperamos, sin escrúpulo les obedecemos.
De la obediencia, como ya dijimos, nace la humildad, y de la humildad la discreción, como alta y elegantemente lo prueba el gran Casiano en el sermón que escribió de la discreción; y por la discreción se infunde en el alma una lumbre clarísima, la cual algunas veces por especial don de Dios llega conocer y prever las cosas futuras.
Quién pues no correrá con alegre animo por este camino de la obediencia, viendo que trae consigo tanta abundancia de bienes? De esta singular virtud decía aquel excelente cantor[42]: Aparejaste, Señor, por la dulzura de tu santidad, la dulzura de tu mesa y de tu presencia en el corazón del pobre; que es el verdadero obediente y humilde. Nunca jamás en toda la vida caiga de tu memoria aquel gran siervo de Dios, que en todos diez y ocho años nunca con las orejas exteriores oyó de su Maestro estas palabras: Dios te salve el cual con las interiores cada día oía del Señor; no Dios te salve que es palabra incierta, y de futuro, sino ya eres salvo.
Algunos de los desobedientes cuando ven la facilidad y blandura del Padre Espiritual, trabajan por inclinar su voluntad lo que ellos quieren. Sepan estos pues que pierden la corona de la obediencia; porque obediencia es perfecta renunciación de la propia voluntad, y de todo este artificio y fingimiento. Hay algunos que recibido el mandamiento, cuando entienden que no es conforme al gusto intención del que lo manda, no lo quieren cumplir. Y otros hay que aunque barrunten ser otra la intención, todavía obedecen simplemente las palabras. Aquí es de ver quién de estos obedeció mas perfectamente? Y parece que aquel que no miró tanto las palabras, cuanto la voluntad intención.
No es posible que el diablo sea contrario sí mismo: y esto se persuadan los que negligentemente viven en la soledad, en el Monasterio; los cuales cuando el demonio incita mudar lugares socolor de virtud, no es porque ha mudado la voluntad, sino por engañarlos mas sutilmente. Y por eso cuando somos importunamente tentados que pasemos otro lugar, tomemos esto por indicio de nuestro aprovechamiento. Porque si allí no aprovechásemos, no seriamos tan tentados del enemigo para que salgamos de allí.
No quiero ser encubridor malo, ni disimulador inhumano, callando en este lugar lo que sería maldad callar. Juan Sobbayeta, excelente varón, y de mí muy amado, me contó cosas admirables de oír, y dignísimas de contar. Y que este varón esté libre de pasiones, y lejos de toda mentira, y así en obras como en palabras limpio, yo soy de ello buen testigo, por la experiencia que de él tengo. El pues me dijo o que se sigue.
Había en mi Monasterio, que es en Asía (porque de allí había venido este santo varón) un viejo negligentísimoy muy de destemplado. Lo cual no digo yo ahora por condenarle, sino por dar testimonio de la virtud. Tenía este pues un discípulo mozo, llamado Acacio: el cual no sé en qué manera lo hubo. Era este mozo simple de animo y voluntad; pero en el seso y en la razón prudentísimo; el cual padeció tantos trabajos con este viejo, que parecerían increíbles si los quisiese contar; porque no solo lo maltrataba con injurias, deshonras, ignominias, sino con castigo de manos casi cotidiano. Mas el mozo sufría todo esto, no como inentendible, sino como quien entendía lo que esto le importaba. Pues como yo lo viese cada día en tanta miseria, y tratado como un esclavo, encontrándome con él muchas veces le decía: Qué es esto hermano Acacio, cómo te va hoy? El luego me señalaba con el dedo un ojo cárdeno hinchado; otras veces una herida en la cerviz; y otras otra en la cabeza. Y yo sabiendo que él era obrero de paciencia, decíale: Bien está, bien está; sufre varonilmente, que al cabo verás el fruto. Habiendo pues pasado nueve años debajo de la obediencia de aquel cruel y áspero viejo, falleció de esta vida, y fue sepultado en el cementerio de los Padres; pasados cinco días después de la muerte, vino este Maestro de Acacio un gran viejo que allí moraba, y díjole: Padre, Acacio es muerto. Como esto oyese el santo viejo, respondióle: Verdaderamente, Padre, no me persuadirás eso? Dijo entonces el otro: Pues ven, y verlo has. Luego se levantó el santo viejo, y fue con él al cementerio, y dio una voz, como si hablara con él cuando estaba vivo, (el cual verdaderamente vivía en el cielo) diciendo: Hermano Acacio, por ventura eres muerto? Entonces el santo obediente, que aun después de la muerte mostraba su obediencia, respondió desde el sepulcro, diciendo: Cómo puede ser, Padre, que muera hombre dado la obediencia ? Entonces aquel viejo que poco antes se llamaba su Maestro, espantado de lo que oyó, cayó en tierra lleno de lagrimas, y pidió al Abad del Monasterio le diese licencia para edificar una celda par de aquella sepultura. Y viviendo ya allí templadamente, decía siempre los padres: Homicida soy.
Otra cosa me contó este santo varón, como quien lo contaba de otro, y no era otro, sino él mismo, como después lo averigüé. Otro mancebo fue dado por discípulo en el mismo Monasterio de Asía un Monje manso y benigno. Pues como viese el discípulo que el viejo lo honraba y trataba mansamente (que es cosa peligrosa para muchos) pensando prudentemente lo que le convenía, rogó al viejo le diese licencia para irse; lo cual fácilmente alcanzó, porque el viejo tenía otro discípulo. Partióse pues de él con una carta de favor y crédito un Monasterio que estaba en la región de Ponto; y la primera noche que entró en el Monasterio, vio en visión ciertas personas que le pedían cuenta de su vida: y después de aquel terrible y temeroso examen, diéronle entender que debía cien libras de oro. Y despertando él, y entendiendo la visión, dijo: Padre Antíoco (porque así se llamaba él) grande deuda tienes acuestas, y mucho tienes que pagar. De esta manera estuve (dijo él) tres años en el Monasterio, obedeciendo todos sin diferencia, menospreciándome todos, é injuriándome como peregrino y extranjero; porque no había allí otro Monje extranjero sino yo. Pasados tres años torné otra vez ver en sueños una persona, la cual me dijo que diez libras de toda aquella suma estaban ya pagadas. En despertando, entendí, la visión y dije: No he pagado hasta ahora mas de diez libras? pues cuándo acabaré de pagar lo que queda? Entonces dije yo mí mismo: Pobre Antíoco, necesidad tienes de sufrir mas trabajos ignominias. Entonces comencé a fingirme bobo, y tonto, sin dejar por eso de cumplir alguna cosa del cargo que tenia. Y viéndome los Padres servir en tal orden, y con tal alegría, echábanme acuestas todas las mayores cargas y trabajos del Monasterio con poca piedad. Y como yo perseverase trece años en este instituto y manera de vida, vi otra vez los que antes me habían aparecido; los cuales me dijeron que toda la deuda estaba ya pagada por entero. De donde cada vez que los Padres me trataban ásperamente, luego me acordaba de esta deuda, y así lo sufría todo con paciencia. Esta historia me contó aquel Sapientísimo Juan como en persona de otro; y por eso se puso por sobrenombre Antíoco; mas verdaderamente era él mismo; el cual rompió y borró la escritura de sus deudas con el merito de la paciencia.
Ahora quiero contar cuan grande aya sido la virtud de la discreción que este santo viejo alcanzó por el merito de su obediencia. Estando él una vez asentado en el Monasterio del santo Saba, llegáronse él tres Religiosos mozos, deseando ser discípulos suyos; los cuales, el Padre recibió en su casa con muy alegre rostro, y les hizo toda la caridad y buen tratamiento que pudo, deseando recrearlos del trabajo del camino. Pasados los tres días díjoles el viejo: Perdonadme, hermanos, porque soy un mal hombre, y no puedo recibir a ninguno de vosotros. Ellos no se escandalizaron con esto; porque conocían bien la santidad y obras del viejo. Pero como después de muchos ruegos no pudiesen acabar con él que los recibiese, postrados ante sus pies le pidieron que lo menos les diese una regla de vivir, y enseñase el lugar y como hubiesen de morar. Otorgoles esto el viejo, porque sabía que pedían esto con animo humilde y aparejado para obedecer. Y así dijo al uno de ellos: Quiere el Señor, hijo, que vivas en lugar solitario, debajo de la sujeción de algún Padre espiritual. Al otro dijo: Ve y vende tus propias voluntades, y ofrécelas a Dios, y tomando tu Cruz a cuestas vive en algún Monasterio de Religiosos, y así tendrás un tesoro guardado en el cielo. Al tercero dijo: Escribe en tu corazón y abraza perpetuamente con toda eficacia aquella palabra del Salvador que dice:[43] El que perseverare hasta la fin será salvo y si te fuere posible, ve y busca una guía y Maestro de tus ejercicios, el mas áspero y mas pesado que pudieres hallar en todo linaje de los hombres, debajo del cual persevera, bebiendo siempre reprehensiones y menosprecios como leche y miel. Al cual respondió el Religioso: Padre y si este fuere negligente, qué haré? Respondió él: Aunque lo veas fornicar, no te apartes de él sin vuelve tí mismo, y dic: Amigo, qué veniste? y luego verás deshacerse con esto la hinchazón de tu soberbia, y amansarse el furor de tu ira.
Trabajemos con todas fuerzas todos los que tenemos Dios, porque no se pegue alguna malicia, astucia, aspereza, maldad en la escuela de la virtud, por las cuales cosas se impida nuestra carrera; porque suele esto muchas veces acaecer, procurándolo así nuestro adversario. Porque los enemigos del Rey no se arman contra los labradores, marineros, personas tales, sino contra aquellos que han sido armados caballeros por el Rey, y han recibido de él el escudo, y la espada, y el arco, y la vestidura militar; contra estos tales se encruelecen, y estos procuran dañar; y por esto no debe el varón Religioso descuidarse.
Vi muchas veces algunos niños de maravillosa simplicidad y hermosura ir las escuelas estudiar, y aprender sabiduría; los cuales en lugar de esto sacaron astucia y malicia, que se les pegó de la mala compañía de los otros. El que tiene juicio, lea y entienda esto. Imposible es que los aprenden una arte con todo estudio y diligencia, no aprovechen en ella cada día: mas unos hay que conocen su aprovechamiento: y otros que por dispensación de Dios no lo conocen. Muy buen cambiador mercader es aquel que cada día por la tarde cuenta sus perdidas y sus ganancias: lo cual no se puede bien saber, si cada hora no apuntare en un memorial todas sus faltas; porque cuando esto se hace todas las horas del día, fácilmente se conoce por así toda la cuenta del día.
El loco cuando es reprehendido y condenado, afluyese y congojase por poner silencio al que le reprehende: postrado sus pies pide perdón, no por humildad, sino por ahorrar trabajo. Mas tú cuando fueres reprehendido, calla y recibe ese cautiverio de tu alma: por mejor decir, esa lumbrera de castidad; y cuando el Medico acabare de quemar, entonces humildemente le ruega que te perdone: porque en medio del fervor de la reprehensión por ventura no aceptará tu penitencia.
Los que vivimos en los Monasterios, todas las horas nos conviene pelear; pero especialmente contra dos enemigos; conviene saber, ira, y gula; porque estos dos vicios tienen mas lugar en la compañía que en la soledad. Suele el demonio los que viven en la humildad de la sujeción causar un deseo grande de las virtudes que no pueden alcanzar: y por el contrario, los que viven en soledad hace desear otras virtudes ajenas y que no pertenecen su propósito.
Examina diligentemente el animo de los malos súbditos, y hallarás en ellos un pensamiento derramado y engañado, un gran deseo de soledad, y de grandes ayunos, y de continua oración, y de sumo menosprecio del mundo, y de una perpetua memoria de la muerte, y de continua compunción, y de perfecta mortificación de la ira, y del altísimo silencio, y excelentísima castidad. Las cuales cosas les hace el demonio algunas veces desear, para que so color de este bien los haga pasar la vida solitaria, no estando aun maduros y dispuestos para ella. Por lo cual el mismo demonio les hizo desear estas cosas antes de tiempo, para que no perseverasen en la compañía del Monasterio, ni alcanzasen esto cuando fuese tiempo.
Mas por el contrario, los que viven vida solitaria, pone delante la gloria de los obedientes, el cuidado de los huéspedes y peregrinos, el amor de los hermanos, la dulzura de la conversación familiar, el servicio de los enfermos, y otras cosas que no pertenecen tanto su estado, para hacer también estos instables como los otros. Pocos sin duda son los que viven como conviene en la soledad: y solos aquellos son, que notablemente son recreados con la divina consolación para el sufrimiento de los trabajos, y para victoria de las batallas.
Para acertar escoger Maestro conviene examinar la calidad de tus pasiones inclinaciones: si te sientes inclinado lujuria y deleites de cuerpo, busca un Padre que no sepa qué cosa es tener cuenta con el vientre, y no que haga milagros, ni que esté aparejado para recibir siempre huéspedes es casa; porque no se te haga esta hospedería materia y ocasión de gula. Si eres duro de cerviz y soberbio, busca Padre ferviente y duro, no manso ni blando.
No busquemos Padres que con espíritu profético alcancen las cosas advenideras: mas principalmente los escojamos humildes, y tales que sus costumbres y habitación sea conveniente para la cura de nuestras enfermedades. Trabaja por imitar aquel justo Abaciro, de quien arriba hicimos mención; porque este es muy buen medio para obedecer prontamente, si pensares dentro de tí que el Padre que el Padre te quiere probar en todas las cosas; porque nunca en esto te engañarás.
Siendo continuamente reprehendido del Padre, si mientras mas te reprehende, mas te sientes en tu alma con él, conjetura es muy grande que el Espíritu Santo mora en tí invisiblemente, y que la virtud del altísimo te hace sombra. No te gloríes ni alegres si sufres con paciencia las ignominias; sino antes llora porque hiciste cosas dignas de ignominia, y indignaste contra tí el animo del Padre.
* Una cosa te quiero decir, de que te maravilles: y mira no dudes de ella; porque tengo Moisés por defensor de esta sentencia. Aunque sea verdad que de su naturaleza sea mayor culpa pecar contra Dios, que contra el hombre; pero de alguna manera se puede decir que es mas peligroso pecar contra el Padre espiritual, que contra Dios. Porque si provocamos Dios ira, nuestro Padre le aplacará; como hizo Moisés Dios cuando el pueblo pecó contra el mismo Dios[44]: mas si ofendemos a nuestro Padre, no tenemos quien nos reconcilie con Dios; como lo hizo el mismo Moisés, cuando contra él pecaron Datán, y Abirón[45]: los cuales perecieron por falta de reconciliador.
Miremos y examinemos con mucha atención y vigilancia qué es lo que debemos hacer en cada tiempo; porque algunas veces cuando somos reprehendidos de nuestro Pastor, nos conviene calla y sufrir alegremente; y otra veces conviene dar razón de lo que hicimos. A mí paréceme que debemos siempre callar en todas las cosas que redundan en alguna ignominia nuestra; porque entonces es tiempo de ganar: mas en las cosas que redundan en injuria de otro, conviene dar razón, por la obligación que esto nos pone el vinculo de la paz y de la caridad.
Todos aquellos que se salieron de la obediencia, te podrán muy bien declara la utilidad de ella: porque entonces pudieron muy bien conocer el cielo donde estaba, cuando se vieron fuera de él. Aquel que camina Dios, y procura alcanzar la perfecta quietud del alma, tenga por gran detrimento pasársele algún día sin sufrir alguna ignominia palabra áspera. Porque así como los árboles que son muy combatidos de grandes vientos echan siempre mas hondas las raíces; así los que están debajo de obediencia tienen las raíces de la virtud mas profunda, por los combates que siempre padecen. El que morando en soledad, y no siendo hábil para ella, conoció su inhabilidad, y se entregó la obediencia; este tal, siendo ciego, abrió los ojos, y sin trabajo vio a Cristo, estad, estad, otra vez tornó decir[46]: estad hermanos, los que corréis y los que lucháis, oyendo lo que aquel sabio de vosotros dice[47]: Así como el oro, examinó el Señor los justos en la fragua: mejor decir, en los trabajos de la vida Monástica, y recibiólos en su seno así como un perfecto holocausto.
Anotaciones sobre el capitulo precedente, del V. P. M. Fr. Luis de Granada
En este capitulo habrás notado, Cristiano Lector, cuan alto sea el estado de la obediencia, cuan segur, y de cuanto merecimiento; porque entre otras excelencias que tiene, una de ella es, como dice Santo Tomás[48]: que las obras comunes de las otras virtudes morales las hace obras de Religión, que es la mas excelente de todas ellas: porque cumplir el hombre el voto y la promesa que hizo Dios, pertenece esta soberana virtud: libra también al hombre de infinitas perplejidades y congojas; porque lo menos ya está cierto que no puede errar el hombre en obedecer: pues obedecer al hombre que está en lugar de Dios, es obedecer al mismo Dios; según aquello que el mismo dice[49]: Quien vosotros hoy, mi oye: y quien vosotros desprecia, mi desprecia. y esta certidumbre no la tiene el hombre en todas las otras obras buenas que hace, por no saber de cierto, ya que la obra sea buena, si es dado él entender en ella; porque no es de todos hacer todo lo que es bueno, especialmente cuando excede nuestras fuerzas; como es la obra de enseñar. de tener cargo de otros, &c. Por donde dice un grave Doctor que mas quería él coger pajas del suelo por obediencia, que entender en otras obras grandes por su propia voluntad.
Mas con todo esto no deben tomar de Aquí ocasión las mujeres devotas que viven en el mundo, para dar la obediencia tan estrechamente sus Padres espirituales y Confesores, que no quieren dar un paso son ellos. Porque aunque esto de suyo sea bueno, (y tales podrían ser las circunstancias, así de la edad como de los otros requisitos para esto, que fuese conveniente hacerse) mas con todo esto, si algunas de ella faltasen , podía el demonio so color de virtud hacer lo que siempre hace (cuando estas amistades son muy estrechas) que es encender con un soplo los carbones[50], y dar malos y desastrosos fines lo que se comenzó con buenos principios. Por esto nadie se debe poner en este peligro (que es muy grande y muy colorado) aunque no por esto se excluye en tomar consejo en cosas graves y escrupulosas con los Padres espirituales; porque sin este pocas cosas suceden bien.
También Aquí podrás notar una provechosísima y muy loable costumbre que tenia los Padres en aquel tiempo en que tanto florecía la disciplina de la vida Monástica, que rea probar y ejercitar los que de nuevo venían la Religión, con muchas maneras de reprehensiones, castigos, vejaciones, y trabajos. Y esto hacían , no un año ni dos, sino muchos años: con las cuales cosas ejercitaban, y hacían aprovechar en la devoción, y en el fervor del espíritu, y en la virtud de la humildad, y de la obediencia, y de la mortificación de las pasiones, y abnegación de sí mismo, y señaladamente en la paciencia, que es la que mas descubre la fineza de la virtud y de la discreción. Pluguiese Dios que esto también se platicase ahora en nuestros tiempo; porque de esta manera muy mas puro y acendrado sería lo que en las Religiones. Lo cual tanto mas convenía hacerse ahora, cuanto mas dificultoso es en estos tiempos expeler de la Religión al que ya una vez recibisteis.
Y se preguntareis qué ocasión había entonces para tantas maneras de ignominias y vejaciones como Aquí se piden; pues dice Santo Doctor que tenga el religioso por grade detrimento pasarse algún día sin sufrir algo de esto; puedes responder Aquí que en aquel tiempo una de las maneras Religiosas de vivir había, según arriba se dijo, era estar dos discípulo una, debajo de la disciplina y corrección de un Padre viejo, al cual también le servían en todos los servicios de la casa, de la manera que un siervo sirve su Señor. Por donde así como el Señor cada paso tiene ocasión para reñir, y reprender, y castigar a su siervo, por no hacer las cosas tan su voluntad; así también aquellos Maestros tenían esta misma ocasión muchas veces al día. Y así unos por la aspereza de su natural condición, y otros por ejercicio de virtud, usarían de estas ocasiones para tratar ásperamente sus discípulos. Y por ser esto cosa muy ordinaria en aquel tiempo, era necesario que nuestro autor cargase tanto la mano, encareciendo y encomendando la virtud de la paciencia; así para que el discípulo no cayese con la carga y volviera atrás, como para no perder materia de tan grande aprovechamiento com esta es. Y dado caso que en nuestros tiempos no tengan los Religiosos esta ocasión de virtud tan frecuente; mas pueden la tener los Novicios con sus Maestros, y los siervos con sus Señores, y las mujeres con sus maridos, cuando son ásperos y mal acondicionados: porque el sufrimiento de estas cosas; demás de ser de grande merecimiento, es ocasión de grandisimo aprovechamiento. Y así he visto yo por experiencia algunas mujeres casadas, que por este medio subieron un muy alto grado de perfección mas de los que nadie podrá creer.
También por la doctrina de este capitulo, y aun de todo este libro, entenderás bien cuanto ,as robusta era la virtud de aquellos tiempos que la de estos; porque ahora lo que mas se platica es tener una lagrima, un poquito de gusto de Dios, y algún poco de oración, algún otro espiritual ejercicio: y esto es lo que mas se extiende la virtud de muchos. Y aunque la oración sea tan provechosas y tan loable como es; mas no ha de ser sola, sino acompañada con el ejercicio de las otras virtudes, y especialmente con la mortificación de la propia voluntad, y de las otras pasiones: para lo cual ella principalmente sirve. porque así como para labrar el hierro no basta ablandarlo con el calor de la fragua: si no acudimos con el golpe del martillo para darle la figura que queremos; así no basta ablandar nuestro corazón con el calor de devoción, sino agudizamos con el martillo de la mortificación, para labrar en nuestra alma, y quitarle los siniestros que tiene, y figurar en ella las virtudes que ha menester.
En lo cual parece que en aquellos tiempos estuvo la disciplina de la virtud com en juventud, y que ahora está en su vejez, como en mundo que se envejece; pues entonces extendía sus manos cosas fuertes; y ahora rehúsa estas, se da menos ellas: pues vemos el día de hoy tan poco de esta mortificación en los estudiosos de la virtud, andando buscando cosas que sean de menos trabajo, y de mas gusto y deleite: por donde con mucha razón exclamó Salomón en el principio de aquel su Abecedario, diciendo[51]: Mujer fuerte quién la hallará? Fuerte para vencer la naturaleza, para domar la carne, para quebrantar la propio voluntad, para crucificar las pasiones, para romper con el mundo, para reírse de sus juicios, y confiar en los peligros, para no levantarse con las cosas prosperas, ni enflaquecerse con las adversas, y para andar siempre solicito, fervoroso y diligente en todas las cosas del servicio de Dios, y bien de los prójimos, olvidando de su propio interés: esta manera de fortaleza quien hallará? esta manera de espíritu de vida adónde está? No se halla esta mercaduría tras cantón, ni en cada tiendo, sino de muy lejos es el precio de ella. Pues esta es la manera de virtud que en aquellos tiempos se usaba, y platicaba, que en los de ahora corre menos.
[25]Psalm. 54
[26]Psalm. 31
[27]Efes. 4
[28]Cor. 13
[29]2 Tim. 4
[30]Rom. 8
[31]Filip. 4
[32]Joan. 13
[33]Psalm. 132
[34]Psalm 93
[35]Psalm 70
[36]Eccl. 34
[37]Matt. 3; Marc. 1
[38]Psalm. 135
[39]Eccl. 4
[40]Luc. 17
[41]Eccl. 3
[42]Psalm. 67
[43]Matth. 10
[44]Ejod. 32
[45]Num. 16
[46]Prov. 17
[47]Sap. 3
[48]2.2. cuaest. 140. art. 3.
[49]Luc. 10
[50]Job. 41
[51]Prov. 31
Capitulo V:
Escalón quinto, de la penitencia.
Penitencia es una manera de renovación del Santo Bautismo. Penitencia es comprador de humildad. Penitencia es repudio perpetuo de consolación corporal. Penitencia es un corazón descuidado de sí mismo por el continuo cuidado de satisfacer Dios, el cual siempre se está acusando y condenando. Penitencia es hija de la esperanza, y destierro de la desesperación. Penitencia es reo libre de confusión, por la esperanza que tiene en Dios. Penitencia es reconciliación del Señor, mediante las buenas obras contrarias los pecados. Penitencia es purificación de la conciencia. Penitencia es sufrimiento voluntario de todas las cosas que nos pueden dar pena. Penitencia es oficial de trabajos y tormentos propios. Penitencia es una fuerte aflicción del vientre, y una vehemente aflicción y dolor del alma.
Todos los que habéis ofendido Dios, venid de todas partes, y juntaos, y oíd, y contaros he cuan grandes cosas para edificación vuestra descubrió Dios mi alma. Pongamos en el primero y mas honrado lugar de esta narración las obras penitenciales de aquellos venerables trabajadores que voluntariamente tomaron estado y habito de siervos amenguados. Oigamos, miremos, y obremos los que fuera de nuestra esperanza caímos, conforme lo que viéremos en este dechado. Levantaos y asentaos los que por la culpa de vuestras maldades estáis caídos, y oíd atentamente todas mis palabras, inclinad vuestros oídos los que deseáis por verdadera conversión volveros Dios.
Pues como oyese yo, pobre y falto de virtud, que era grande y muy extraño el estado y humildad de aquellos santos penitentes que moraban en aquel Monasterio apartado, que se llamaba Cárcel, de que arriba hicimos mención, el cual estaba cerca del otro Monasterio mas principal, rogué aquel santo Padre me hiciese llevar allá, para ver lo que allí pasaba. Concedióme l esto benignamente, no queriendo entristecer mi alma en alguna cosa.
Pues como yo viniese al Monasterio, por mejor decir, la Religión de los que lloran, vi ciertamente, si es licito decir, cosas que el ojo del negligente no vio, y la oreja del descuidado no oyó, y en el corazón del perezoso no cupieron: vi, digo, palabras, ejercicios, y cosas poderosas para hacer fuerza Dios, y para inclinar su clemencia con gran presteza. Porque algunos de aquellos santos reos vi estar las noches enteras al sereno velando hasta la mañana. Y cuando eran combatidos y cargados de sueño, hacían fuerza la naturaleza, sin querer tomar descanso; antes se reprehendían y injuriaban sí mismos; y así también despertaban los otros sus compañeros, mirando al cielo dolorosamente, y pidiendo de allí el socorro con gemidos y clamores.
Otros vi que estaban en la oración atadas las manos atrás, manera de presos y reos, inclinando hacia la tierra sus rostros amarillos, decían voces que no eran dignos de levantar los ojos al cielo, ni hablar con Dios en la oración, por la confusión de su conciencia; diciendo que no hallaban ni de qué ni como hacer oración, y así ofrecían Dios sus animas calladas y enmudecidas, llenas de tinieblas y confusión, Otros vi que estaban asentados en el suelo, cubiertos de ceniza y de cilicio, escondido el rostro entre las rodillas, dando en tierra con la frente. Otros vi estar siempre hiriéndose en los pechos, los cuales parecía que arrancaban el alma del cuerpo con grandes suspiros. Entre estos había algunos que rociaban el suelo con lagrimas, y otros que miserablemente se lamentaban porque no las tenían. Muchos de ellos daban grandes alarido sobre sus animas (como se suele hacer sobre los cuerpos de los muertos) no pudiendo sufrir el angustia de su espíritu.
Otros había que bramaban en lo intimo de su corazón, reteniendo dentro de sí el sonido de los gemidos: y algunas veces no pudiendo contenerse, súbitamente reventaban dando voces. Vi allí algunos que en la figura del cuerpo, y en los pensamientos, y en las obras parecía que estaban como alienados y atónitos, y hechos como mármoles por la grandeza del dolor, cubiertos de tinieblas, y vueltos casi insensibles para todas las cosas de esta vida; los cuales habían ya sumido sus animas en el abismo de la humildad, y secado las lagrimas de los ojos con el fuego de la tristeza. Otros vi estar allí asentados en tierra, tristes, abajados los ojos, y meneando muchas veces las cabezas, y arrancado gemidos y bramidos, manera de leones, de lo intimo de su corazón.
Entre estos había algunos que llenos de esperanza, buscando la perfecta remisión de sus pecados, hacían oración. Otros con una inefable humildad se tenían por indignos de perdón, diciendo que no eran bastantes para dar cuenta de sí Dios. Unos había que pedían ser Aquí atormentados, porque en la otra vida hallasen misericordia: y otros había que cargados y quebrantados con el peso de la conciencia, decían que les bastaría ser librados de los tormentos eternos, aunque no gozasen del Reino de Dios, si esto fuera posible.
Vi allí muchas animas humildes y contritas, y con el grande peso de la penitencia inclinadas y abajadas al suelo, las cuales hablaban y decían tales palabras Dios, que pudieran con ellas mover compasión aun las mismas piedras; porque de esta manera, puestos los ojos en tierra, decían: Sabemos muy bien, sabemos que de todos los tormentos y penas somos merecedores, y con mucha razón; porque no somos bastantes para satisfacer por la muchedumbre de nuestras deudas, aunque juntásemos todo el mundo que rogase por nosotros. Y por tanto solo esto pedimos, solo esto oramos, por solo esto con toda la atención de nuestro animo, Señor, te suplicamos que no nos arguyas en tu furor, ni nos castigues con tu ira, ni nos atormentes conforme las justísimas leyes de tu juicio, sino mas blanda y misericordiosamente. Porque ya nos contentaríamos con quedar libres de aquella espantosa y terrible amenaza tuya, y de aquellos tormentos ocultos y nunca vistos ni oídos; porque no osamos pedirte que del todo seamos libres de trabajos y penas. Porque con que rostro, o con qué animo nos atreveremos a esto, habiendo quebrantado nuestra profesión, y ensuciándola después de aquel primero y misericordiosísimo perdón?
Allí por cierto, o dulcísimos amigos, allí veréis las palabras de David puestas por obra[52]: veréis unos hombres cargados de tribulaciones y miserias, y encorvados continuamente, andar tristes todos los días, echando hedor de los cuerpos ya medio podridos con el mal tratamiento que les hacían: los cuales como vivían sin cuidado de su propia carne, a veces se olvidaban de comer su pan, y otras lo juntaban con ceniza, y mezclaban el agua con gemidos. Los huesos se le habían pegado a la piel, y ellos se habían secado como heno. No oiréis entre ellos otras palabras sino estas: Ay, ay miserable de mí! miserable de mí! justamente, justamente. Perdona, Señor: perdona Señor. Y otros decían: Apiádate, apiádate, Señor. Muchos de ellos veréis allí que tenían las lenguas sacadas a fuera, a manera de perros sedientos: otros que se estaban atormentando y quemando al resistidero del sol; y otros por el contrario, que se afligían con muy recio frió. Otros había que gustaban un poquitico de agua por no secarse de sed, y con solo esto se contentaban, sin beber todo lo que les era necesario. Otros asimismo comían un poquito de pan, y arrojaban lo demás, diciendo que no eran merecedores de comer manjar de hombres, pues habían vivido como bestias.
Entre tales ejercicios qué lugar podía tener allí la risa, la palabra ociosa, la ira? el furor? Apenas sabían si entre los hombres había ira; en tanta manera el oficio de llorar había apagado en ellos la llama del furor. Dónde estaba allí la porfía? dónde el alegría desordenada? dónde la vana confianza? dónde el regalo y cuidado del cuerpo? dónde siquiera un humo de vanagloria? dónde la esperanza de deleites? dónde la memoria del vino? dónde el comer de las frutas? y el regalo de la olla cocida? y el apetito y deleites de la gula? De todas estas cosas no había allí memoria ni esperanza. Mas por ventura acongojábalos el cuidado de alguna cosa terrena? Mas por ventura entendían en juzgar allí los hechos de los hombres? Nada de esto hallaréis allí; sino todo su estudio era llamar al Señor, y sola la voz de la oración entre ellos se oía.
Unos había que hiriendo fuertemente los pechos, como si ya estuvieran las mismas puertas del cielo, decían al Señor: Ábrenos, piadoso juez, la puerta: ábrenos, ya que nosotros con nuestros pecados la cerramos. Otro decía: Muéstranos, Señor, tu rostro, y seremos salvos. Otro decía: Aparece, Señor, estos pobrecillos que están en tinieblas de muerte. Otro decía: Presto, Señor, seamos prevenidos con vuestras misericordias; porque estamos muy empobrecidos. Algunos otros decían: Por ventura el Señor tendrá por bien enviar su luz sobre nosotros? por ventura nuestra alma ha llegado ya acabar de pagar esta deuda intolerable? Por ventura volverá el Señor otra vez tener contentamiento de nosotros, le oiremos alguna vez decir los que están presos: Salid libres; y los que están asentados en el infierno de las tinieblas: Recibid luz?
Tenían la muerte siempre ante los ojos, y unos otros preguntaban y decían: Qué os parece que será, hermano? qué fin será el nuestro? qué sentencia será aquella? Por ventura nuestra oración ha podido llegar ya ante la presencia del Señor, ha sido con razón desechada y confundida de él? Y si llegó él, qué tanto pudo? cuánto le aplacó? cuánto aprovechó? cuánto obró? porque salida de cuerpos y labios tan sucios, poca fuerza había ella de tener. Por ventura los Ángeles de nuestra guarda habrán ya acercándose nosotros, están todavía lejos? Pues si ellos no se nos acercan inútil y sin fruto será todo nuestro trabajo; porque no tendrá nuestra oración ni virtud de confianza, ni alas de limpieza con que pueda llegar Dios, si los Ángeles que tiene cargo de nosotros no lo toman y se la ofrecen.
Algunas veces se preguntaban unos otros, y decían: Por ventura aprovechamos algo, hermanos? por ventura alcanzaremos lo que pedimos? por ventura nos recibirá el Señor, y nos recogerá en su seno como antes? A esto respondían los otros: Quien sabe, hermanos, como dijeron los Ninivitas[53], si el Señor revocará su sentencia, y alzará la mano de su azote de nosotros? Nosotros lo menos no dejemos de hacer lo que es de nuestra parte: si él nos abriere la puerta, bien está; y si no, bendito sea él que justamente nos la cerró. Nosotros perseveremos llamando hasta el fin de nuestra vida, para que vencido él con nuestra perseverancia, nos abra la puerta de su misericordia: porque benigno es y misericordioso. Con estas y otras semejantes palabras se despertaban incitaban al trabajo, diciendo: Corramos, hermanos, corramos; porque necesario es correr, y mucho correr; pues caímos de aquel tan alto estado de nuestra compañía. Corramos, hermanos, y no perdónenos esta sucia y mala carne, sino crucifiquémosla, pues ella primero nos crucificó. Esto es lo que aquellos bienaventurados decían y hacían.
Tenían hechos callos en las rodillas del continuo uso de la oración, los ojos estaban desfallecidos y hundidos dentro de sus cuencas, y los pelos de las cejas caídos. Las mejillas tenían embermejecidas y quemadas con el ardor de las lagrimas hervientes que por ellas corrían. Las caras estaban flacas y amarillas, y como de muertos. Los pechos tenían lastimados con los golpes que en ellos se daban; y algunos les salía la saliva de la boca mezclada con sangre. Dónde estaba allí el regalo de la cama, y la curiosidad de las vestiduras? Todo estaba roto, y sucio, y cubierto de piojos y pobreza. Qué comparación hay entre estos trabajos y los de aquellos que son Aquí atormentados de los demonios, de aquellos que lloran sobre los muertos, de los que viven en destierro, la pena de los parricidas y malhechores? Todos estos tormentos que contra su voluntad padecen los hombres, son muy pequeños, comparados con las penas voluntarias que estos santos padecían. Mas píos, hermanos, que no tengáis por fabuloso esto que Aquí decimos.
Rogaban estos santos varones algunas veces aquel gran juez, al pastor digo, del Monasterio (que era un Ángel entre hombres) que les mandase echar cadenas de hierro al cuello y las manos, y los metiese de pies en un cepo, y no los sacase de allí hasta que los llevase la sepultura.
Mas cuando se llegaba ya la muerte, era cosa terrible y lastimera verlo que allí pasaba; porque cuando veían uno estar ya para espirar, mientras tenía el juicio entero, se ponían los otros al derredor de él llorando, y con un habito y figura miserable, y muy mas tristes palabras meneaban las cabezas, y preguntaban al que partía, diciéndole: Qué es eso, hermano? cómo se hace contigo? qué dices? qué esperas? qué sospechas? alcanzaste lo que con tanto trabajo buscabas? llegaste donde deseabas? has conseguido tu esperanza? tienes firme confianza en Dios; estás aun todavía vacilando? alcanzaste verdadera libertad de espíritu? sentiste por ventura alguna luz en tu corazón; estás aun todavía lleno de tinieblas y confusión? ha sonado en tus oídos aquella voz de alegría que pedía David[54]; por ventura te parece que oyes la otra que dice: Vayan los pecadores al infierno[55]: , Atado de pies y manos echadle en las tinieblas exteriores: , Sea quitado el malo, para que no vea la gloria de Dios[56]? Qué dices, hermano? Dinos, roigámoste, para que por este medio podamos conjeturar lo que nos está aparejado: porque tu plazo ya es llegado, y nunca lo volverás mas recobrar; pero nuestra causa está pendiente.
A esto respondían unos, diciendo[57]: Bendito sea el Señor, que no permitió que cayésemos en los dientes de nuestros enemigos. Otros gimiendo, decían: Por ventura pasará nuestra alma el agua intolerable, y el encuentro de los espíritus de este aire? Lo cual decían ellos, considerando cuan incierto sea, y cuan terrible, y cuan para temer aquel divino juicio. Otros mas tristemente respondían, diciendo: Ay de aquella alma que no guardó su profesión entera y limpia; porque en esta hora entenderá lo que le está aparejado.
Pues como yo viese y oyese estas cosas, poco faltó para no caer en alguna grande desesperación, poniendo los ojos en mi regalo y negligencia, y comparándola con la aflicción de aquellos santos. Pues cual era, si pensáis, la figura y manera del lugar donde estaban. Toda era oscura, hedionda, sucia, y desgraciada: y finalmente tal merecía bien el nombre que tenía la Cárcel. De manera que la figura sola del lugar era maestra de lagrimas y de perfecta penitencia quien quiera que la mirase.
Mas sin duda las cosas que otros parecen dificultosas y imposibles, se hacen fáciles y agradables los que se acuerdan de como cayeron de la virtud y riquezas espirituales que poseían. Porque el alma que despojaba de la primera vestidura de la caridad, cayó de la esperanza que tenía de alcanzar aquella bienaventurada paz y tranquilidad, y perdió el sello de la castidad, y fue despojada de las riquezas de la gracia, y de la divina consolación, y quebrantó aquel asiento que con Dios tenía capitulado, y secó aquella hermosísima fuente de lagrimas; cuando se acuerda de tan grandes pérdidas como estas, es herida y compungida con tan extraño dolor, que no solo recibe con toda alegría y esfuerzo estos trabajos que dijimos, mas aun procura crucificarse y despedazarse con la violencia de estos ejercicios, si en ella queda alguna centella viva de verdadero temor y amor de Dios.
Y tales eran por cierto las animas de estos bienaventurados: los cuales revolviendo en su corazón la alteza de la virtud y estado de donde habían caído, Acordámonos, decían, de la felicidad de aquellos días antiguos, y de aquel fervor de espíritu con que servíamos a Dios. Y así clamaban al Señor, diciendo[58]: Dónde están aquellas antiguas misericordias tuyas, las cuales tan de verdad tuviste por bien mostrar a nuestras animas? Acuérdate, Señor, de la mengua y trabajo de tus siervos. Otro con el santo Job decía[59]: Quién me pusiese ahora en aquel estado en que yo viví los primeros días, en los cuales me guardaba Dios, cuando resplandecía la candela de su luz sobre mi corazón, y con ella andaba yo entre tinieblas! De esta manera trayendo a la memoria sus antiguas virtudes y ejercicios, lloraban como unos niños, diciendo: Dónde está aquella pureza de oración? dónde aquella confianza con que iba acompañada? dónde aquellas dulces lagrimas que ahora se nos han vuelto en amargura? dónde la esperanza de aquélla purísima y perfectísima castidad, y de aquella beatísima quietud que esperábamos alcanzar? dónde aquélla fe y lealtad para con nuestro pastor? dónde aquélla oración que hacíamos tan eficaz y tan poderosa? Perecieron todas estas cosas, y como si nunca fueran vistas, desfallecieron. Y diciendo estas cosas con grandes lamentaciones y gemidos, unos rogaban al Señor que entregase sus cuerpos todos los trabajos, para que fuesen atormentados en esta vida: otros que les diese algunas grandes enfermedades: otros que los privase de la vista de los ojos, y que quedasen hechos un espectáculo miserable todos; otros que viniesen ser toda la vida contrahechos y mendigos, con tal que fuesen librados de los tormentos eternos.
Único. Prosigue la materia de la penitencia, dando muchos documentos de ella.
Yo, Padres míos, no sé como me dejé estar muchos días entre aquellos santos penitentes; y arrebatado y suspenso en la admiración de cosas tan grandes, no me podía contener. Mas volviendo al propósito de donde salí, después de haber estado treinta días en aquel lugar, volvíme con un corazón casi para reventar al principal Monasterio; y aquel gran Padre; el cual como vio mi rostro tan demudado, y casi como atónito, entendiendo él la causa de esta mudanza, díjome:
Qué es esto Padre Juan? Viste las batallas de los que trabajan? Al aquel yo dije: Vi Padre; vi, y quedé espantado, y tengo por mas dichosos los que sí se lloran después de haber caído, que los que nunca cayeron, y no se lloran sí; pues aquellos sus caídas les fueron ocasión de una segurísima y beatísima resurrección. Así es por cierto, dijo él; y añadió mas aquella sancta y verdadera lengua.
Estaba aquí, habrá diez años, un Religioso muy solicito y diligente, y tan grande trabajador , que como yo le viese andar con tanto fervor, comencé haber miedo la envidia del demonio, y temer no tropezase en alguna piedra el que tan ligeramente corría: lo cual suele acaecer los que caminan aprisa. Y así fue como yo lo temía. Veis Aquí pues donde se viene mí, y desnúdame su herida, busca el emplasto, pide cauterio, y angustiase grandemente. y veo que el Medico no quería tratarle rigurosamente, porque la culpa era digna de misericordia, echóse en el suelo, y tomóle los pies, y regándolos con muchas lagrimas pidió que le condenase aquella cárcel, diciendo que era imposible dejar de ir ella. Para qué mas palabras? Finalmente acabó con su fuerza que la clemencia del Medico se convirtiese en dureza: que es cosa desacostumbrada y mucho para maravillar en los enfermos. Corre pues este lugar, y añádase por compañero de los que lloraban, y hácese participante de su tristeza, y herido gravemente en el corazón con el cuchillo del dolor, el cual había afilado el amor de Dios, tan grande pena recibió por haberle ofendido, que ocho días después que allí estuvo dic el espíritu al Señor. Al cual yo como merecedor de toda honra traje este Monasterio, y lo sepulté en el cementerio de los Padres. Y no faltó quien el Señor descubrió que aun no se había levantado de mis viles y sucios pies, cuando el misericordioso Señor le había perdonado. Lo cual no es mucho de maravillar; porque tomando él en su corazón aquella misma fe, esperanza y caridad de la pública pecadora, con las mismas lágrimas regó mis viles pies; con las cuales también alcanzó este mismo perdón este mismo perdón. Ya me ha acaecido ver en este mundo algunas animas sucias, que servían los amores del mundo casi hasta perder el seso; las cuales tomando ocasión de penitencia de la experiencia de este amor, trasladaron todo su amor en Dios, y abrazándole con una insaciable caridad, alcanzaron perdón de sus pecados, como aquella quien fue dicho[60]: Perdónansele muchos pecados, porque amó mucho.
Bien sé, admirables Padres, que algunos habrá quien estas cosas sobredichas parezcan increíbles, y oras dificultosas de creer, y otros que sean ocasión de desesperación; mas al varón fuerte estas cosas mas son estimulo y saetas de fuego que enciende el fervor encendido en su corazón. Otros habrá que aunque no se enciendan tanto como estos, por no ser tales como ellos, mas con todo eso conociendo Aquí su flaqueza, y confundiéndose, y avergonzándose con este ejemplo, alcanzarán el segundo lugar después de estos, y quizá los igualarán.
Mas el varón negligente no oiga estas cosas que hemos dicho; porque por ventura no deje de hacer eso poco que hace con demasiada desconfianza, y se cumpla en él lo que el Señor dijo[61]: Al que no tiene (conviene saber con alegría y prontitud de animo) eso poco que tiene le quitarán. Verdad es que los tales no solo de aquí, mas de cuantas cosas pueden toman ocasión para favorecer su negligencia.
Sepamos todos los que hemos caído en el lago de la maldad, que nunca de ahí saldremos sino sumiéremos en el abismo de la humildad, que es propio de los penitentes. Mas Aquí es de notar que una es la humildad triste de los que lloran, y otra la de los que pecan, cuando los reprehende su conciencia; y otra es la que obra Dios en el alma de los varones perfectos, que es una rica y alegre humildad. Y no curemos de explicar con palabras esta tercera manera de humildad; porque en vano trabajaremos: mas de la segunda manera de humildad suele ser indicio de sufrimiento, y la paciencia en las injurias. Algunas veces las lagrimas dan motivo la presunción que nos tiene y tiranice; y no es esto de maravillar por la ocasión que tiene en este don.
De las caídas de los hombres, y de los juicios de Dios que en esta parte hay, nadie podrá dar entera razón; porque esta materia excede toda la facultad de nuestro entendimiento. Porque algunas caídas vienen por negligencia nuestra, otras por desamparo de Dios (que con una maravillosa y sabía dispensación permite caer el hombre; como permitió caer al Príncipe de los Apóstoles) y otras hay también que vienen por castigo de Dios, merecido por nuestros pecados: mas un Padre me afirmó que las caídas que vienen por aquella piadosa providencia de Dios, en poco tiempo se restauran; porque no permitirá él que perseveremos mucho tiempo en el mal que para nuestro provecho permitió.
Todos los que caímos, trabajemos ante todas las cosas por resistir al espíritu de la tristeza desordenada; porque esta suele acudir al tiempo de la oración para impedirla, privándola de aquella nuestra primera confianza: no te turbes si cada día caes y te levantas; sino persevera varonilmente, porque el Ángel de la Guarda tendrá respecto eso, y mirará tu paciencia. Cuando la llaga está fresca y corriendo sangre, fácil es el remedio; mas la que está ya vieja y casi afistulada dificultosísimamente sana; y esto no sin gran trabajo, ni sin cauterio, hierro, y fuego. Muchas llagas hay que el tiempo hace incurables; mas Dios ninguna cosa es imposible. Antes de la caída nos hacen los demonios Dios, muy piadoso; y después de ella muy duro y riguroso.
No obedezcas al que después de la caída, haciendo tú penitencia, y ocupándote en buenas obras, por pequeñas que sean, te dice que es nada todo cuanto haces por razón de la culpa pasada: porque muchas veces acaeció que algunos pequeños servicios y presentes bastaron para mitigar la ira grande del juez; y así las buenas obras por pequeñas que sean, aplacan Dios, especialmente cuando proceden de gran caridad y humildad de corazón. El que de verdad se aflige y castiga por sus pecados, todos los días que no llora tiene perdidos, aunque en ellos por ventura haga algunas buenas obras; porque su principal intento es hacer penitencia. Ninguno de los que se afligen con lagrimas de penitencia piense luego que estará seguro al fin de la vida; porque lo que está incierto nadie lo puede tener por cierto. Concédeme, Señor, dice el Profeta[62], que sea yo refrigerado; (conviene saber, con el testimonio de la buena conciencia) antes de esta vida parta. Este testimonio está donde está el Espíritu Santo, y donde está una profunda y perfecta humildad; de lo cual nadie puede tener cierta seguridad. Mas los que sin estas dos virtudes salen de esta vida, no se engañen; porque todavía tienen que lastar.
Los que sirven al mundo no mueren con esta consolación que los buenos tienen; mas algunos hay que ejercitándose en limosna y obras de piedad, conocen el provecho de esto al fin de la jornada. El que entiende en llorar y hacer penitencia de sus pecados, debe andar tan ocupado en este negocio, que no tenga ojos para ver las lagrimas, ni las caídas, ni los negocios de otros. El perro que es mordido de alguna fiera, suele embravecerse contra ella ferocísimamente con el dolor de la herida; y así suele el verdadero penitente embravecerse contra su propia carne y contra el demonio que le hirieron: y de Aquí suele nacer el mal tratamiento y odio santo contra sí mismo.
Miremos no nos acaezca que el dejar de reprehendernos la conciencia no proceda mas de falsa confianza que de la propia inocencia. Uno de los grandes indicios que hay de estar sueltas ya las deudas, es tenerse el hombre siempre por deudor. Ni por eso es razón desconfiar porque ninguna cosa hay mayor ni igual que la misericordia de Dios; Por lo cual con sus propias manos se mata el que desespera. También es señal de diligente y solicita penitencia, si de verdad nos tuviéremos por merecedores de todas las tribulaciones que nos vinieren, así visibles como invisibles, y de muchas mas.
Después que Moisés vio Dios en la zarza, volvió Egipto (que es las tinieblas del mundo) entender en los ladrillos y obras de Faraón; mas después de esto volvió la zarza que había dejado, por mejor decir, al monte de Dios. Asimismo aquel grande Job de rico se hizo pobre; mas después de empobrecido le fueron dobladas las riquezas. Quien entendiere el misterio que Aquí está encerrado nunca jamás desesperará. La caída de los que han sido negligentes después de su llamamiento, muy peligrosa es ; porque enflaquece la esperanza de alcanzar aquella quietísima tranquilidad y paz que se halla en Dios, donde tiran todos nuestros intentos. Mas los tales por muy bien librados se tendrían, si se viesen salidos de la hoya en que cayeron.
Mira diligentemente y considera que no siempre volvemos al lugar de do salimos por el camino que salimos, sino veces por otro mas corto. Vi yo dos Religiosos que en un mismo tiempo, y una misma manera caminaban; de los cuales el uno ( aunque era viejo) trabajaba mucho; mas el otro ( que era un discípulo) llegó mas presto que él, y entró primero en el monumento de la humildad; la cual llamo monumento, porque por ella desea el verdadero humilde ser sepultado, aniquilado, y no conocido en los corazones de los hombres. Y la causa de haber este llegado mas presto, fue porque eso que hacia, hacía con mayor fervor, pureza, y diligencia. Guardémonos todos, y especialmente los que caímos, no vengamos dar en el error de Orígenes; el cual dijo que el día del juicio nuestro Señor por su misericordia había de salvar no solo los buenos, pero también los malos es muy agradable; con el cual error derogó Orígenes no solo la verdad divina, mas la rectitud de su justicia. En mi meditación ( por hablar mas claro) en mi penitencia, es razón que arda el fuego de la oración, el cual queme todo lo que fuera contrario. Finalmente por concluir esta materia, si deseas hacer verdadera penitencia, séante ejemplo y dechado, y forma de verdadera penitencia aquellos santos reos de que antes hicimos mención. Y esto te excusará el trabajo de leer muchos libros, hasta que amanezca en tu casa la luz de Cristo hijo de Dios, el cual resucité tu alma con la perfecta y estudiosa penitencia.
Anotaciones sobre el capitulo precedente, del V.P. maestro Fr. Luis de Granada
Aquí puedes muy ver, Cristiano Lector, de la manera que hacen penitencia aquellos quien Dios infundió espíritu de verdadera y perfecta penitencia, y abrió los ojos con su divina luz para ver la hermosura del mismo Dios, la fealdad del pecado, el engaño del demonio, la vanidad del mundo, el rigor del juicio divino, el terror de las penas del infierno, la excelencia de la virtud, con todo lo demás. Porque del conocimiento que Dios en el alma infunde de estas cosas, nace este grande sentimiento y penitencia.
Y aunque esto por una parte parezca increíble, considerada la flaqueza humana; por otra parte no lo es, considerada la virtud divina, y el espíritu de la penitencia verdadera. Porque si la caridad pertenece realmente y con efecto amar Dios sobre lo que se puede amar; y dolerse del pecado sobre todo lo que se puede doler (por perderse por él Dios, que así como es el mayor bien de los bienes, así perder él es el mayor mal de los males) qué mucho es tener tan grande sentimiento por un tan grande mal como este es, para quien conoce lo que es? Porque si vemos cada día los extremos que hacen algunas mujeres por muertes de sus maridos, y algunas madres por la de sus hijos, y otros por otras cosas, por las cuales vienen caer en la cama, y aun morir de pena, y veces a matarse con sus propias manos; que maravilla es que un alma que con lumbre del cielo entiende cuanto mayor bien le era Dios que todos estos bienes, y cuanto más perdió en perder este bien que en la pérdida de todos ellos, haga todos estos extremos ( si así se pueden llamar) por la pérdida de tan grande bien? Qué mucho es hacerse mas por lo que es mejor y mas amado, que por lo que tanto menos es, y menos amado? Nuestra negligencia hace parecer increíbles estas penitencias; porque de ellas de suyo no lo son.
Por Aquí también conocerás cuales sean las penitencias que hacen hoy día los Cristianos; pues tan lejos están de parecerse con estas, ni en la fuerza del dolor, ni en el rigor de la satisfacción. Mas no por eso debe nadie desconfiar y desmayar del todo viendo esto. Porque los santos en todas las cosas fueron extremados y aventajados todos los otros hombres, así en la alteza de la vida, como en la perfección de la penitencia. Por donde así como no desmayamos leyendo sus vidas; así tampoco lo debemos hacer leyendo sus penitencias; porque así como no estamos obligados de necesidad imitarlos en la perfección de lo uno, así tampoco en la de lo otro.
Mas con todo esto utilísimamente se nos proponen sus ejemplos y vidas, y el rigor de sus penitencias, para tres efectos muy principales. El primero, para que por Aquí veamos la virtud de la gracia, que en sujetos tan flacos obró tan grandes maravillas; y que así también las obraría en nosotros si nos dispusiésemos para ello. El segundo, para que nos encendamos y despertamos hacer algo de lo que en ellos vemos; pues aunque seamos flacos y para poco no nos faltaría el mismo favor ni el mismo Señor que ellos no faltó. El tercero, para que ya que no llegamos esto, lo menos siquiera nos confundamos, humillemos, y avergoncemos de ver lo que somos, y lo que hacemos, comparado con lo que ellos hicieron. La cual consideración destierra de nuestra alma toda vana hinchazón y soberbia, y acarrea la humildad, fundamento de todas las virtudes. El cual provecho es tan grande, que le falta poco para llegar al segundo; como en este mismo capitulo está dicho. Este es el fruto que debemos sacar setas lecturas, y para esto se nos proponen, y no para desmayar ni desconfiar leyéndolas.
[52]Psalm. 101
[53]Jona. 3
[54]Psalm. 50
[55]Psalm. 9
[56]Matth. 22
[57]Psalm. 123
[58]Psalm. 88
[59]Job. 29
[60]Luc. 7
[61]Luc. 19
[62]Psalm. 38
Capitulo VI:
Escalón sexto, de la memoria de la muerte.
Así como antes de la palabra precede la consideración; así antes del llanto la memoria de la muerte y de los pecados. Por lo cual guardaremos esta orden, que antes del llanto trataremos de la memoria de la muerte. Memoria de la muerte es muerte cotidiana; que es morir cada día. Memoria de la muerte es perpetuo gemido en todas las obras. Temor de la muerte es propiedad natural que nos vino por el pecado de la desobediencia. Temor vehemente de la muerte es indicio grande de no estar aun los pecados del todo perdonados. Esta manera de temor no tuvo Cristo; aunque receló la muerte, para significar en esto la condición de la naturaleza que había tomado.
Así como entre todos los manjares es muy necesario y provechoso el pan, así entre todas las maneras ahora acabamos de contar. Porque los justos de esta calidad, cada día añaden temor, y nunca cesan de esto, hasta que la misma virtud de los huesos viene consumirse; como lo significó el Profeta cuando dijo[63]: Por la continua voz de mis gemidos se me vinieron pegar los huesos la piel.
Y tengamos por cierto que este es también don de Dios como los otros; pues vemos que muchas veces pasando por las sepulturas y cuerpos de muertos, estamos duros insensibles; y otras veces estando fuera de esto, nos compungimos y enternecemos.
El que está muerto todas las cosas, este de verdad tuvo memoria de la muerte; mas el que aun todavía está demasiadamente aficionado las criaturas, no entiende fielmente en su provecho; pues el mismo se ensalza con su afición.
No quieras descubrir todos con palabras el amor que les tienes, sino ruega Dios que él secretamente se lo muestre; porque esta otra manera faltarte ha tiempo para esta significación, y también para el estudio de la compunción.
No te engañes, obrero loco, pensando que puedes reparar la perdida de un tiempo con otro; porque no basta el día de hoy para descargar perfectamente las deudas de hoy. Muy bien dijo un sabio que no se podía vivir un día bien vivido, sino pensando que es el postrero. Y los que mas es de maravillar, aun hasta los Gentiles sintieron que la suma de toda la filosofía era la meditación y ejercicio de la muerte.
[63]Psalm. 101
Capitulo VII:
Escalón séptimo, del llanto causador de la verdadera alegría.
Llanto según Dios es tristeza del alma y sentimiento del corazón afligido, el cual busca con grandisimo ardor lo que desea, y sino lo alcanza, búscalo con sumo trabajo, y va en pos de ello buscándolo con solicitud y tristeza. Pude también definirse así. Llanto es estímulo de ror, hincado por la santa tristeza en nuestro corazón para guardar de él, el cual despoja el alma de toda pasión y afición en que se puede enlazar. compunción es perpetua tormento de la conciencia, la cual mediante el humilde conocimiento de sí mismo refrigera el ardor y fuego del corazón. Compunción es olvido de sí mismo; porque por esta hubo alguno que se olvidó de comer su pan. Penitencia es voluntaria y alegre renunciación de toda consolación corporal.
La continencia y el silencio son virtudes propias de los que aprovechan en este llanto; y el no airarse y olvidarse de las injurias, de los que ya han aprovechado en él; mas de los perfectos y consumados en esto es profunda humildad del animo, deseo de ignominias, hambre voluntaria de molestias y trabajos, no condenar los que pecan, tener compasión de sus necesidades según los que pudiéremos, y mas aun de los que pudiéremos. Los primeros son dignos de ser aceptados, los segundos son dignos de ser alabados; mas aquellos son bienaventurados, que tienen hambre de aflicciones ignominias[64]: porque ellos serán hartos de aquel manjar que nunca harta.
Tú que alcanzaste la virtud del llanto, procura guardarla con todas tus fuerzas: porque sino esta muy fuertemente arraigada en el alma, suele irse y desaparecer. Y especialmente la hacen huir los desasosiegos, deleites y cuidados de las cosas de esta vida; mas sobre todo el mucho hablar y chocarrear del todo lo deshace, así como el fuego a la cera.
Atrevimiento parece lo que diré; pero no deja de tener en su manera verdad. Mas eficaz es algunas veces que el Bautismo; porque aquel lava los pecados pasados, y este preserva de los venideros, dando virtud y grande espíritu para evitarlos. Y la gracia de aquel perdemos después que en la niñez le recibimos; mas con este nos volvemos a renovar; el cual si no fuera dado a los hombres por especial don de Dios, muy pocos fueran los que se salvarán.
La tristeza y los gemidos llaman a Dios, y las lagrimas del temor llevan la embajada; mas las que proceden del amor, dicen que nuestras oraciones fueron oídas y recibidas del Señor. Así como ninguna cosa tanto arma con la humildad como el llanto; así una de las cosas que mas le contradicen es la risa desvergonzada y secular. O continente, trabaja con todas tus fuerzas por conservar esta bienaventurada y alegre tristeza de la santa compunción, y nunca ceses de trabajar en ella, hasta que purificado ya del amor de las cosas terrenas, te levante a lo alto, y te represente a Cristo.
No dejes de considerar è imprimir fuertemente en lo intimo de tu corazón aquel abismo del fuego eterno, aquellos crueles ministros, aquel severo y espantoso juez, que entonces a ningún malo perdonará, y aquel infinito caos y oscuridad del fuego infernal, y aquellas terribles cuevas y mazmorras profundas, y aquellos espantosos despeñaderos y descendidas, y aquellas horribles imágenes y figuras de los que allí están: para que si en nuestra alma han quedado algunos incentivos de lujuria, ahogados con este temor, den lugar a la limpia y perpetua castidad, y con la gracia del llanto resplandezca mas que la misma luz.
Persevera en la oración temblando, no de otra manera que el reo que está delante del juez; para que así con el habito interior como exterior mitigues la ira del Señor; porque no desprecia el alma que está como viuda y opresa llorando delante de él, importunando y fatigando con trabajos al que no los puede padecer.
Si alguno ha alcanzado las lagrimas interiores del alma, cualquier lugar le es oportuno y conveniente para llorar; mas el que tiene lagrimas exteriores, debe buscar lugares y modos convenientes para este ejercicio. Porque así como el tesoro secreto está mas guardado y mas seguro de ladrones que el que está en la plaza; así también lo está el tesoro de las gracias espirituales.
No seas semejante tú que lloras, a los que entierran los muertos; los cuales hoy lloran y mañana comen y beben sobre ellos, celebrando sus endechas; sino procura ser como los que están condenados por sentencia a cavar en las minas de los metales, que cada hora son azotados y maltratados de los que presiden sobre ellos. El que ahora llora, y luego se desmanda en riquezas y deleites, es semejante al que apedrea un perro goloso con pedazos de pan, que aunque parezca que le persigue y despide de sí, en hecho de verdad lo detiene consigo. Porque este tal parece que con el llanto despide de sí los deleites; mas no despide de verdad.
Procura siempre andar con un semblante triste; pero ese sea con modestia; porque no parezca esto ostentación de santidad. Y trabaja siempre estar atento y cuidadoso sobre la guarda de tu corazón: porque los demonios no menos temen la tristeza verdadera, que los ladrones al perro. No pensemos hermanos que somos llamados a fiestas y boda, sino a que lloramos a nosotros mismos. Algunos de los que lloran, trabajan en aquel bienaventurado tiempo por no pensar nada, en lo cual hacen mal: porque no entienden que las lagrimas que proceden sin pensamiento y atención del alma, son brutas è impropias a la criatura racional. Porque las lagrimas necesariamente han de proceder de alguna consideración y pensamiento; y el padre de esta consideración es el animo racional.
Cuando te acuestas en la cama, esta postura que en ella tienes, te sea figura del que está muerto en la sepultura: y de esta manera dormirás menos. Y cuando estuvieres comiendo a la mesa, acuérdate de la miserable suerte en que te has de ver cuando seas manjar de gusanos: y de esta manera mortificarás el apetito de los regalos. Y asimismo cuando bebieres, no te olvides de aquella encendida sed que los malos padecen entre las llamas del infierno: y así podrás mejor hacer fuerza a la naturaleza.
Cuando nuestro Padre espiritual nos ejercita con injurias, amenazas è ignominias, acordémonos de la terrible sentencia y maldición del juez eterno: y de esta manera con mansedumbre y paciencia, como un cuchillo de dos filos, degollaremos la tristeza que de allí se suele seguir. Poco a poco, según que se escribe en Job[65], crece y mengua la mar: y así con paciencia y perseverancia poco a poco van creciendo estos ejercicios de virtudes en nosotros.
Duerma contigo todas las noches la memoria del fuego eterno, y contigo también despierte: y de esta manera no tendrá señorío sobre tí la pereza al tiempo del levantar a cantar los salmos. Finalmente, hasta la misma vestidura procura que sea tal, que ella también te convide a llorar; pues ves que por esta causa se visten de luto los que lloran los muertos.
Sino lloras, llora porque no lloras: y si lloras, conoce que tienes razón de llorar; pues por tus pecados caíste de un tal alto y quieto estado, en un estado tan bajo y tan miserable. Aquel igual y rectísimo juez suele en nuestras lagrimas tener respeto a la condición de nuestra naturaleza, como la hace en todas las otras cosas: y así vi yo muy pequeñas gotas de estas derramarse con trabajo, a manera de sangre: y vi otras veces correr fuentes de ella sin trabajo: y estimé en mas la grandeza del dolor de los que lloraban, que la abundancia de sus lagrimas: y así pienso que lo estimó Dios.
No conviene a los que lloran, en cuanto tales, ocuparse en sutiles y profundas cuestiones de Teología, las cuales pertenecen a otro oficio y estado mas alto; porque esta especulación suele ser impeditiva del llanto. Porque el Teólogo es comparado al que está asentado magistralmente sobre el trono de la cátedra, empleándose en altas y grandes materias: mas el que llora es comparado al que está asentado en un muladar sobre un cilicio, haciendo penitencia de sus pecados: y por causa de esta desproporción pienso que aquel gran David, que sin duda fue doctor sapientísimo, respondió a los que le pedían cantares, diciendo[66]: Cómo cantaremos los cantares del Señor en tierra ajena? Como si dijera: Cuando estamos atentos a la consideración de nuestros vicios y miserias, no estamos para cantar el cántico de las divinas alabanzas.
Así como las criaturas unas veces se mueven de sí mismas, y otras veces reciben el movimiento de otras; así también acaece esto en la compunción: por donde cuando nos acaece que sin procurarlo ni trabajar por ello nos viene un grande llanto y compunción, aceptemos esto de buena gana, y aprovechémonos de ello; pues el Señor se nos entró por las puertas sin ser llamado, ofreciéndonos misericordiosamente esta esponja de la divina tristeza, este refrigerio de lagrimas piadosas, con la cuales se borre la escritura de nuestros pecados. Y por esto trabaja por conservar esta gracia con la lumbre de los ojos, hasta que ella se vaya de su gana; porque mucho mejor es la virtud de esta compunción, que la de aquella que nosotros alcanzamos por nuestro estudio y trabajo.
No ha alcanzado la gracia del llanto el que llora cuando quiere, sino aquel que llora las cosas que quiere: ni aun tampoco este, sino el que llora como Dios quiere. Algunas veces se mezclan las engañosas lagrimas de la vanagloria con las lagrimas que son de Dios; lo cual entonces virtuosa y prudentemente conoceremos, cuando viéremos que juntamente lloramos y tenemos malos propósitos en nuestro corazón.
La compunción, propiamente hablando, es un dolor del animo que carece de toda soberbia, y que no admite alguna consolación, pensando todas las horas en la resolución y termino de la vida, y esperando como una agua fresca la consolación de Dios, con que suele visitar a los Monjes humildes. Los que con todas sus fuerzas trabajaron por alcanzar este piadoso llanto, suelen comúnmente aborrecer su vida, como materia perpetua de dolores y trabajos; y así también aborrecen su propio cuerpo como a verdadero enemigo.
Cuando en aquellos que parece que lloran según Dios, vieres por otra parte obras o palabras de ira, o de soberbia, ten por cierto que las tales lagrimas no nacen de esta saludable compunción. Porque qué conveniencia tienen entre sí la luz y las tinieblas? Natural cosa es a la falsa y adultera compunción engendrar soberbia; mas la que es virtuosa y loable pare grande consolación. Así como el fuego enciende y consume las pajas, así las lagrimas castas consumen todas las suciedades visibles è invisibles de nuestras animas.
Determinación es de los Padres, que es muy oscura y dificultosísima de averiguar la razón y valor de las lagrimas, especialmente en los que comienzan: porque dicen proceder ellas de muchas y diversas ocasiones; conviene saber, de la condición natural del hombre, de Dios, de aflicciones y trabajos bien o mal sufridos, de la vanagloria, de fornicación, de amor, de la memoria de la muerte, y de otras muchas causas: por donde examinadas con el temor de Dios todas estas lagrimas, para ver las que nos conviene abrazar o desechar, trabajemos por alcanzar aquellas que proceden de la memoria de nuestra muerte y resolución, que son limpísimas y libres de toda engañosa sospecha; porque no hay en ellas olor de secreta soberbia; mas antes hay mortificación de ella, y aprovechamiento en el amor de Dios, y aborrecimiento del pecado, y una hermosísima y felicísima quietud, libre de todo estruendo y perturbación.
No es cosa nueva ni maravillosa que los que lloran algunas veces comiencen en buenas lagrimas y acaben en malas: mas comenzar en malas, o en naturales lagrimas, y acabar en buenas, cosa es esta singular y dignísima de alabanza. Y esta proposición entienden muy bien los que son mas inclinados a vanagloria: porque estos sabrán por experiencia cuan trabajosa cosa sea enderezar puramente a gloria de Dios lo que el amor natural de la honra tan poderosamente llama y procura para sí.
No quieras luego a los principios fiarte de la abundancia de tus lagrimas: así como no se debe fiar nadie del vino recién salido del lagar. No hay quien no conozca ser muy provechosas todas las lagrimas que derramamos según Dios; mas cuales y cuanto sean a su provecho, al tiempo de nuestra partida se sabrá.
El que continuamente llorando aprovecha en el camino de Dios, cada día tiene espirituales fiestas y banquetes: mas el que continuamente se anda en fiestas y banquetes corporales, después lo pagará en llanto perpetuo. Así como los reos no tienen en la cárcel alegría; así tampoco los Monjes tienen verdadera solemnidad en esta vida: y por ventura por esta causa aquel santo amador del llanto suspirando decía[67]: Saca, Señor, mi alma de la cárcel, para que se alegre ya en tu inefable luz.
Procura de estar dentro de tu corazón como un alto Rey, asentado en la silla de la humildad, mandando a la risa que se vaya, y váyase: y al dulce llanto que se venga, y venga: y a tu siervo[68] (o por mejor decir tirano, que es tu cuerpo) mandándole que haga lo que tú quisieres y hágalo. Si alguno trabaja por vestirse de este bienaventurado y gracioso llanto, como de una ropa de fiesta, este sabrá muy bien cual sea la espiritual risa y alegría del alma. Quién será aquel tan dichoso que aya gastado todo el tiempo de su vida tan piadosa y religiosamente en la conservación de la vida Monástica, que jamás se le aya pasado ni día, ni hora, ni momento que no aya gastado en servicio de Dios y obras religiosas, pensando siempre con mucha atención no ser posible recobrar el tiempo pasado, y gozar dos veces de un mismo día en esta vida? Bienaventurado aquel que levanta sus ojos a contemplar aquellas celestiales è intelectuales virtudes, que son los Ángeles: mas también lo será aquel, y aun estará muy lejos de caer, que riega siempre sus mejillas con lluvia de aguas vivas; y aun es cierto que por este estado pasan los hombres a aquel primero, que es de tanta felicidad.
Vi yo algunos pobre mendigos muy importunos, los cuales con algunos donaires que dijeron, inclinaron los corazones a los Reyes misericordia: y vi también algunos pobres necesitados de virtudes, los cuales, no con donaires, no palabras graciosas , sino humildes y significadoras de dolor y de confusión, arrancadas de la intimo del corazón , importunando y perseverando , vencieron aquella invisible naturaleza, la inclinaron piedad. El que se ensoberbeces con la gracia de sus lagrimas, y condena los que no las tienen, es semejante al que recibiendo armas del Emperador contra sus enemigos, usó de ella contra sí.
No tiene Dios, hermanos, necesidad de nuestras lagrimas, ni quiere que el hombre llore puramente por la angustia de su corazón, sino por la grandeza del amor que debe tener Dios, acompañado con alegría de corazón. Quita el pecado parte, y luego serán ociosas las lagrimas que por estos ojos sensibles se derraman: pues no es necesario cauterio donde no hay llagas podridas. No había lagrimas en Adán antes del pecado; como tampoco las habrá después de la general resurrección, destruido el pecado; porque entonces huirá el dolor, la tristeza y el gemido.
Vi en algunos este piadoso llanto, y vilo también en otros porque carecían de él; los cuales, aunque en hecho de verdad no carecían de él, pero así se lamentaban como si carecieran , y con esta hermosas castidad de su alma estaban mas seguros de los ladrones de la vanagloria: y estos son aquellos de quienes esta escrito[69]: El Señor hace ciegos los sabios. Porque algunas veces suelen estas lágrimas levantar los que son mas livianos: por lo cual le son quitadas por divina dispensación, para que viéndose privados de ella, las busquen con mayor diligencia, y se conozcan por miserables, y se aflijan con gemidos, dolor, y confusión de los ánimos las cuales cosas suplen seguramente la falta de las lagrimas, aunque ellos por su provecho no lo entiendan.
Hallaremos algunas veces, si diligentemente lo miramos, que los demonios pretenden hacer en nosotros una cosa para reír; conviene saber, que después de muy hartos nos resuelven en lagrimas, y cuando estamos ayunos nos secan las fuentes de los ojos, para que engañados con esto nos entreguemos a los deleites de la gula, madre de todos los vicios: viendo que cuando estamos mas hartos, estamos, al parecer, mas devotos. A los cuales en ninguna manera conviene obedecer, sino antes contradecir.
Considerando yo atentamente la naturaleza de esta sagrada compunción, me maravillo mucho de ver como lo que por una parte se llama llanto y tristeza, tiene juntamente consigo anejo gozo y alegría, así como el panal la miel. Pues qué se nos da entender con esto, sino tener por ciento que así como esta es una grande maravilla, así también es una grande misericordia y obra de Dios? porque entonces está dentro de nuestra alma un dulce deleite, con el cual Dios secretamente consuela los tristes y desconsolados por su amor.
Único
Prosigue los material del llanto
Mas porque no nos falte ocasión de este eficasísimo llanto y saludable dolor, quiero contar Aquí una dolorosa historia para edificación de las animas. Un Religioso que miraba en este lugar , llamado Estefano, deseo mucho la vida quieta y solitaria; el cual después de haber ejercitándose en los trabajos de la vida Monástica muchos años, y alcanzando gracia de lagrimas y de ayunos, con otros muchos privilegios de virtudes, edificó un celda la raíz del monté donde Elías en los tiempos pasados vio aquella divina y sagrada visión, Este Padre de tan Religiosa vida, deseando aun mayor rigor y trabajo de penitencia, pasóse de ahí otro lugar, llamado Siles, que era de los Monjes Anacoretas que viven en soledad. Y después de haber vivido con grandisimo rigor en esta manera de vida, por estar aquel lugar apartado de toda humana consolación, y fuera de todo camino, y desviado setenta millas de poblado: al fin de la vida vínose de allí, deseando morar en la primera celda de aquel sagrado monte. Tenía él allí dos discípulos muy Religiosos, de la tierra de la Palestina, que tenían en guarda la sobredicha celda. y después de haber vivido unos pocos días en ella, cayó en una enfermedad de que murió. Un día pues antes de su muerte súbitamente quedó atónito y pasmado: y teniendo los ojos abiertos miraba la una parte del lecho y la otra, y como si estuvieran allí algunos pidieran cuenta, respondía el en presencia de todos los que allí estaban, diciendo algunas veces: Así es cierto: mas por eso ayuné tantos años . Otras veces decía: No es así cierto mantis, no hice eso. Otras decía: Así es verdad, así es, mas lloré y serví tantas veces los prójimos por eso. Y otra vez decía: Verdaderamente me acusáis, así es, y no tengo que decir, sino que hay en Dios misericordia. Y era por cierto espectáculo horrible y temeroso ver aquel invisible y riguroso juicio, en el cual, lo que es aun mas para temer, le hacían cargo de los que no había hecho. Miserable de mi! que será de mi! pues aquel tan grande seguidor de soledad y quietud, en algunos de sus pecados decía que no tenía que responder; el cual había cuarenta años que era Monje, y había alcanzado la gracia de las lagrimas? Ay de mí! ay de mí! Donde estaba allí aquella voz del Profeta Ezequiel con que pudiera responder[70]: en aquel cualquier día que el pecador se convirtiere de su maldad, no tendré mas memoria de ella? Y aquella que dice[71]: En lo que te hallare, en eso te juzgaré, dice el Señor. Nada de esto pudo responder. Porque causa? Sea gloria aquel Señor que lo solo lo sabe. Algunos hubo que de verdad me afirmaron, que estando este Padre en el yermo, daba de comer un león pardo con su mano. Y siendo tal, partió de esta vida pidiéndole tan estrecha cuenta, dejándonos inciertos cual fuese su juicio, cual su termino, y cual la sentencia y determinación de su causa.
Así como la viuda después de perdido su marido, si le queda solo un hijo, descansa toda sobre él, y no tiene otro consuelo después de Dios: así el alma después de haber caído y perdido Dios por el pecado, uno de los mayores consuelos que le queda para el tiempo de su partida, son las y abstinencia. Las tales animas no requiebran curiosamente la voz cuando cantan los salmos; porque estas cosas interrumpen y partan el llanto. y si estupor este medio lo piensas alcanzar, ten por cierto que está muy lejos de tí.
Porque el llanto es un dolor cierto y fijo del animo, acompañado con fervor de espíritu; el cual es precursor de aquella beatísima quietud y tranquilidad que se halla en Dios: y en muchos este llanto aparejó el alma para Dios, y la limpió y consumió en ella todas las espinas y malezas de los vicios.
Un varón de Dios ejercitado en esta virtud me contó de sí, diciendo: Determinando yo muchas veces de trabar guerra cruel contra la vanagloria, contra la ira, y contra la gula, la virtud el llanto dentro de mí mismo secretamente me decía: No te ensalces con vanagloria, porque me iré de tí. Lo mismo me decía también en las otras tentaciones. A lo cual yo respondía: Nunca te seré desobediente hasta que me presentes Cristo.
La grandeza del llanto merece consolación , la limpieza del corazón merece lumbre de entendimiento: y esta lumbre es una secreta operación de Dios, entendida sin entenderse y vista sin verse. Esto es: lumbre iluminación es una secreta obra de Dios en el alma, mediante la cual se le da un sobrenatural conocimiento de la verdad; y dícese que es conocida sin conocerse, porque siente el hombre la eficacia de ella en su ánima, mas no sabe cierto de donde le viene; según aquello que está escrito[72]: El espíritu donde quiere sopla, y oyes su voz; mas no sabes de donde viene, donde va. Y asimismo se escribe en Job[73]: Si viniere a mí, no le veré: y si se fuere, tampoco lo entenderé.
Consolación es refrigerio del animo afligido, la cual en medio de los dolores alegra el alma dulcemente: así como se alegra en niño cuando después de haber perdido de vista a su madre la torna ver: el cual ríe y llora juntamente. Porque costumbre es de nuestro Señor cuando ve las animas afligidas y derribadas de la consideración de sus pecados, y peligros, y tentaciones, recrearlas con nuevo espíritu y aliento, y convertir las lagrimas de tristeza en lagrimas de paz y alegría.
Las lagrimas quitan el temor de la muerte, y después que un temor echó fuera otro temor, luego una clara luz de alegría viene sobre el alma, y tras de esta alegría se sigue luego la flor de la caridad; porque con estos tales dones crece esta nobilísima virtud, y juntamente con la experiencia de verse el hombre de esta manera esforzado, alegrado, y visitado de Dios; lo cual en ella es un grande incentivo de amor.
Mas con todo esto te aviso que no te fíes luego de cualquier gozo, aunque sea interior; mas antes algunas veces lo aparta de tí, como indigno, con la mano de la humildad; porque si eres fácil de recibirlo por ventura recibirás al lobo en lugar del pastor: que es al gozo del demonio por el de Dios.
No quieras apresuradamente correr a la contemplación en tiempo que no es para eso conveniente (que es cuando el es toda y obligación en que estas te llama otros ejercicio) para que después esa misma contemplación (tomada en su tiempo) perpetuamente se junte contigo con castísimo vinculo de matrimonio.
El niño cuando el principio comienza conocer su padre, recibe grande alegría cuando lo ve; mas si el por alguna causa se le ausenta, y después vuelve a él, hinchase de alegría, por ver quien tanto deseaba: y de tristeza, acordándose de cuanto tiempo careció de aquella honesta y hermosa compañía. Pues así también al alma devota se alegra con la dulce presencia y experiencia de Dios, y se entristece cuando le falta. Mas cuando después esta le es restituida, gózaze porque cobró el bien deseado; y entristécese porque ve que lo puede perder otra vez por el pecado.
También la madre del niño algunas veces de industria se esconde; y alegrase si lo ve andar solicito buscándola: y con este dolor le provoca uno nunca apartarse de ella, y quererla mas. Pues de esta manera lo hace aquella eterna sabiduría con el alma devota; de la cual algunas veces por cierta dispensación, sin culpa suya, se aparta; y viéndola entristecida y congojada por pensar que perdió esta presencia por su culpa, alégrese de verla de esta manera solicita, y visitándola después suavemente, enséñala andar de allí adelante mas cuidadosa, y poner mas cobro en esta gracia. El que tiene oídos para oír, oiga, dice el Señor[74].
El que está sentenciado muerte poco se le dará por salir vistas, ni por ordenar los andamios para ver fiestas: así también el que está todo entregado al llanto, poco de le dará por los deleites, por las ofensas que le hagan. El llanto es un cierto y perseverante dolor del alma penitente, el cual añade cada día tristezas, y dolores, que los padece la mujer que pare. Por lo cual dijo muy bien un Santo Doctor: Algunos veo estar llorando : mas si aquellas sus lagrimas saliesen de su corazón, no se moverían tan presto risa.
Justo y Santo es el Señor: el cual así como consuela los buenos solitarios y amadores de la quietud, así también consuela a los buenos súbditos amigos de obediencia. Y el que no vive como debe en cualquiera de estos dos estados, téngase por privado de esta gracia. Ten cuidado cuando estás en lo mas profundo del llanto, de ojear de tí aquel perverso can que te representa a Dios cruel y riguroso; porque si bien lo consideras, ese mismo te lo pinta muy blando y misericordioso cuando te solicita al mal.
El ejercicio de las buenas obras causa la frecuencia y continuación hace habito, y da gusto en ellas: y el que este grado de virtud ha llegado, dificultosamente cae de ella. por lo cual dijo un Doctor que comúnmente no suelen caer los perfectos súbitamente cuando caen, sino poco, descuidándose y aflojando en el fervor.
Aunque ayas subido un altísimo grado de vida, todavía lo debes tener por sospechoso, si no acompañas con tristeza y dolor. Porque conviene con duda, y es muy necesario que los que después de aquel saludable lavatorio ensuciamos nuestras animas, sacudamos la pez de nuestras manos con este fuego, ayudándonos juntamente a esto la misericordia de Dios. Vi yo en algunos el postrer donde podía llegar esta gracia del llanto; los cuales tenían tan herido y traspasado su corazón con el cuchillo del dolor, que venían echar sangre por la boca: y viendo, acordóseme del Profeta que dice[75]: Fui herido así como heno, y el corazón se me secó.
Las lagrimas que engendran el temor del divino juicio hacen al hombre temeroso, y diligente, y guardador de sí mismo: mas las que proceden de la caridad, cuando no ha llegado su perfección, son fáciles de perder, por vanagloria, por negligencia, por disolución, por demasiada seguridad, si aquel divino fuego no encendiera nuestro corazón y nos hiciere obrar con grande fervor: porque con esta manera de obrar crece la caridad. y no carece de admiración ver como lo que de su naturaleza es mas bajo, tiempos hace ventaja lo que es mas alto; conviene saber, las lagrimas del temor las del amor imperfecto.
Hay algunas maneras de vicios que secan las fuentes de las lagrimas (como son vicios de carne, juegos, risas, convites, y parlerías) y hay otras que perecen mayores males; conviene saber; los vicios espirituales (como es la soberbia, la ambición y deseo de propia alabanza) por los cuales los pecados suele muchas veces caer el hombre en vicios sucios y bestiales. Y así por la primera manera de vicios vino Lot[76] cometer incesto con sus propias hijas, provocado de los deleites de la gula y lujuria; mas por la segunda vinieron caer los Ángeles del cielo.
Grande es la astucia de nuestros enemigos, los cuales hacen que la fuentes de las virtudes sean fuentes de vicios, y las que son materia de humildad lo sean de soberbia, incitándonos usar mal de las virtudes principales (que son madres de las otras) presumiendo vanamente de ella, jactándonos y gloriándonos de ella, y haciendo de los beneficios de Dios (que eran incentivos de humildad y caridad) motivos de soberbia, vanagloria, estimación de nosotros y desprecio de los otros.
Suele la figura y disposición de los lugares mover a compunción: como son las celdas y Monasterios pobres, y puestos entre montes y breñas en lugares solitarios. De lo cual tenemos ejemplo en Elías, en San Juan Bautista, y en nuestro Salvador[77], que sin necesidad suya, por ejemplo nuestro se apartaba a los montes a orar[78]. He visto también que algunas veces en medio de las plazas y desasosiegos de las ciudades suelen acompañarnos las lagrimas; lo cual puede ser que hagan los demonios, porque viendo como no recibimos daño del estruendo y desasosiego del mundo, no temamos permanecer en él.
Una palabra basta algunas veces para perder el llanto que en mucho tiempo se recogió: y sería gran maravilla si una sola bastase para restituir lo que otra destruyó. Lo cual nos debe ser aviso para que pongamos grande cobro en lo que con tanta dificultad se alcanza, y con tanta facilidad se pierde. No seremos acusados, o hermanos, al tiempo de la cuenta por no haber hecho milagros, o por no haber tratado altas materias de Teología, ni tampoco por no haber llegado a la alteza de la contemplación; sino si por ventura no lloramos, o no nos dolemos de todo corazón después de haber pecado.
[64]Matt. 5
[65]Job. 38
[66]Psalm. 136
[67]Psalm. 141
[68]Matt. 8
[69]Luc. 8
[70]Ezech. 18
[71]Ezech. ibi.
[72]Joann. 3
[73]Job. 9
[74]Luc. 8
[75]Psalm. 101
[76]Genes. 19
[77]Matt. 14
[78]Luc. 6
Capitulo VIII:
Escalón octavo, de la perfecta mortificación de la ira, y de la mansedumbre.
Así como el fuego se apaga con el agua, así con las lagrimas se apaga la llama de la ira y del furor. Y por esto será cosa conveniente que habiendo tratado ya del llanto, tratemos ahora de la mortificación de la ira, que es efecto que se sigue de esta causa.
Mortificación perfecta de la ira es un insaciable deseo de desprecios è ignominias: así como por el contrario, la ambición es un apetito insaciable de honras y alabanzas. De manera que así como la ira es apetito de venganza; así la perfecta mortificación de la ira es victoria y señorío de la naturaleza, no haciendo caso, ni dándose nada por las injurias: la cual virtud se alcanza con grandes sudores y batallas. Mansedumbre es un estado constante è inmóvil del alma, que persevera de una misma manera entre loas vituperios y alabanza, entre la buena fama y la mala.
El principio de la mortificación de la ira consiste en cerrar la boca estando el corazón turbado: el medio, en tener también quieto el corazón con muy pequeño sentimiento de las injurias; y el fin, en tener una estable y fija tranquilidad en medio de los encuentros y soplos de los espíritus malos. Ira es deseo de hacer mal a quien nos ofendió. Furia es un arrebatado fuego y movimiento del corazón, que dura poco. Amargura de corazón es una desabrida pasión y movimiento de nuestro animo. Furor es un arrebatado fuego y movimiento del corazón, que dura poco. Amargura de corazón es una desabrida pasión y movimiento de nuestro animo. Furor es una acelerada pasión del animo, que descompone y desordena todo el hombre dentro y fuera de sí.
Así como en saliendo el sol huyen las tinieblas, así en comenzando a cundir y extenderse el suavísimo olor de la humildad, se destierra todo el furor y amargura del corazón. Algunos siendo muy sujetos a esta pasión, son muy negligentes para curarla: y no entienden la Escritura que dice[79]: En el momento de la ira está la perdición de su caída.
Así como la piedra del molino muele mas trigo en un momento que a mano se podría moler en un día, así esta furiosa pasión en un momento puede hacer mas daño que otras en mucho espacio. Así vemos también que un fuego soplado de grandes vientos hace mayor daño cuando se suelta en el campo, que otro pequeño aunque dure mas espacio. Por lo cual conviene poner gran recaudo en esta tan desaforada pasión.
También quiero que no ignoréis, hermanos míos, que algunas veces los demonios a cierto tiempo astutamente se esconden y nos dejan de tentar, para que nos descuidemos y hagamos negligentes con el ocio y falsa seguridad; para que habituándonos a esta manera de vida floja y descuidada, venga después a ser incurable nuestro mal.
Así como una piedra llena de esquinas, si se envuelve y refriega con otras piedras, viene a embotarse, y a despuntarse, y a perder aquella aspereza y filos que tenia; así también el hombre airado y áspero, si se junta con otros hombres ásperos, y vive en compañía de ellos, ha de parar en una de dos cosas; porque con el uso y ejercicio del sufrir vendrá a amansarse, y despuntarse, y perder los filos y aspereza de la ira; o si no, a lo menos buscando el remedio con huir las ocasiones del mal, esta huida le será espejo en que vea mas claro su flaqueza, y gane con esto humildad de corazón.
Furioso es un linaje de endemoniado voluntario, el cual tomado de la pasión del furor, contra su voluntad cae y se hace pedazos. Y digo contra su voluntad; porque el furor de la pasión, cuanto disminuye el uso de la razón, tanto impide la libertad de la voluntad. Ninguna cosa conviene menos a los penitentes que el furor de a ira; porque la conversión ha de ser acompañada con suma humildad: y este furor es grandisimo argumento de soberbia.
Si es cierto que el termino de la suprema humildad es no alterarse teniendo presente al que nos ofendió, sino antes amarlo con sosegado y quieto corazón; así también es cierto que el termino del furor será, si estando solos nos embravecemos con palabras, y gesto furioso contra aquel que nos ofendió.
Si es cierto que el termino de la suprema humildad es no alterarse teniendo presente al que nos ofendió, sino antes amarlo con sosegado y quieto corazón; así también es cierto que el termino del furor será, si estando solos nos embravecemos con palabras, y gesto furioso contra aquel que nos ofendió.
Si con verdad se dice que el Espíritu Santo es paz del alma[80], y la ira es la perturbación de ella; con razón también se dirá que una de las cosas que mas cierran la puerta al Espíritu Santo, y mas presto le hacen huir después de venido es esta pasión.
Como sean muchos y crueles los hijos de la ira, uno de ellos (aunque adultero y malo) ocasionalmente vino a ser provechoso. Porque vi algunos que habiéndose embravecido con la pasión de la ira, y vomitando la causa del furor que de muchos días tenían en sus entrañas concebida, acaeció curarse con que el que los había ofendido (entendida la causa de su indignación) los aplacó con penitencia, humildad, y satisfacción. Y de esta manera lo que el furor avía dañado, la virtud de la humildad y mansedumbre lo remedió, conforme a aquello que está escrito[81]: El varón airado levanta las contiendas; y el sufrido las apaga después de levantadas. Y en otro lugar[82]: La respuesta blanda amansa la ira; y las palabras duras despiertan el furor.
Vi también algunos que mostrando de fuera una aparente longanimidad y mansedumbre, tenían arraigada la memoria de la injuria en lo intimo de su corazón; los cuales tuve por peores que los que manifiestamente eran furiosos; pues así oscurecían la paloma blanca de la simplicidad y mansedumbre con esta maliciosa disimulación. Así que con suma diligencia y cuidado conviene armarnos contra esa serpiente de la ira; pues también ella tiene por ayudadora nuestra misma naturaleza, así como la serpiente de la lujuria.
Vi algunos que por estar inflamados con el furor de la ira, de puro enojo dejaban de comer; los cuales ninguna otra cosa hacían con esa desaforada abstinencia, sino añadir un veneno a otro veneno. Vi también a otros que viéndose tomados de esta pasión, tomaron de Aquí ocasión para entregarse a los deleites de la gula, por tomar con esto la consolación que no podían con la venganza; lo cual no fue otra cosa que de un despeñadero caer en otro. Y vi también a otros mas prudentes, que como sabios Médicos templaron lo uno con lo otro, tomando la refección mas moderada; ayudándose de esta natural consolación, juntamente con la razón, para despedir de sí la pasión. De donde sacaron mucho fruto para saberse de ahí adelante regir, y no entregarse a la ira. También el canto y melodía moderada de los salmos amansan el furor; como lo hacia la música de David cuando era atormentado Saúl[83]. Asimismo el deseo y gusto de las consolaciones divinas destierra del animo toda amargura y furor; así como también destierra las consolaciones y deleites sensuales; porque no menos aprovecha este gusto celestial contra el furor de la ira, que contra los deleites de la carne; de los cuales muchas veces aun el furioso no quiere gozar por conservarse en su pasión. Conviene también para esto que tengamos repartidos y ordenados nuestros tiempos, y determinado lo que en cada uno de ellos debemos hacer; para que así no halle lugar en nosotros la ociosidad y hastío de las cosas espirituales, con que se da la entrada al enemigo.
Estando yo un tiempo por cierto respeto junto a la celda de unos solitarios, oí que estaban entre sí altercando como picazas con gran furor y saña, embraveciéndose contra cierta persona que los avía ofendido, y riñendo con ella como si la tuvieran presente. A los cuales yo amonesté fiel y caritativamente, que no viviesen mas en soledad, si no querían de hombres hacerse demonios, encrueleciéndose y pudriéndose entre sí con semejantes pasiones.
Vi también otros, amigos de comer y beber, y de regalos; los cuales por otra parte parecían blandos, amorosos, y mansos de condición (como algunas veces suele acaecer a los tales) con lo cual habían alcanzado nombre de santidad. A los cuales yo por el contrario aconsejé que se pasasen a la soledad (la cual suele como con una navaja cortar todas las ocasiones de estos deleites y regalos) sino querían de criaturas racionales hacerse brutos, dándose a vicios que son propios de ellos.
Otros vi mas miserables que estos, que ni cabían en la compañía, ni en la soledad; a los cuales aconsejé que en ninguna manera se gobernasen por sí mismos; y a los Maestros de ellos benignamente amonesté que condescendiesen con ellos, dejándolos a tiempos en la compañía, y a tiempos en la soledad, y ocupándolos ya en unos ejercicios ya en otros; con tal condición, que ellos, abajada la cerviz. en todo y por todo obedeciesen a su gobernador.
El que es amigo de deleites hace daño a sí, y (cuando mucho) puede hacerlo a otro con su mal ejemplo; mas el furioso y airado, a manera de lobo, muchas veces perturba toda la manada, y revuelve toda una comunidad, hiriendo y mordiendo muchas animas. Grave cosa es estar turbado el corazón con el furor de la ira, según que se quejaba el Profeta, cuando decía[84]: Turbáronse con el furor mis ojos. Pero mas grave cosa es cuando a la turbación del corazón se añade la aspereza de las palabras[85]. Y sobre todo muy mas grave cosa es, y muy contraria a toda la monástica, y Angélica, y divina querer satisfacer con las manos al furor.
Si quieres quitar la paja del ojo del otro, o te parece a tí que la quieres quitar, no la quites con una viga en la mano, sino con otro instrumento mas delicado. Quiero decir: No quieras curar el vicio del otro con palabras injuriosas, y movimientos feos, sino con blandura y mansa reprehensión, Porque el Apóstol no dijo a su hijo Timoteo: Azota, ni hiere; sino: Arguye, ruega, y reprehende con toda paciencia y doctrina[86]. Y si fuere necesario castigo de manos, sea eso pocas veces: y aun no lo debes hacer por tí, sino por mano ajena.
Si atentamente miramos, hallaremos algunos que siendo muy sujetos a la pasión de la ira, son por otra parte muy dados a ayunos, y vigilias, y al recogimiento de la soledad; lo cual hace el demonio con grandísima astucia, a fin de que so color de penitencia y llanto los hace dar a estos ejercicios desordenadamente, para que así los melancolicen y acrecienten la materia del furor.
Si un lobo, como ya dijimos, ayudado del demonio, basta para revolver y destrozar todo un rebaño; también un Religioso muy discreto, como un vaso de óleo, ayudado del Ángel bueno, mudará la furia de la tempestad en serena tranquilidad, y pondrá el navío en salvo; y sendo de esta manera ejemplo y dechado de todos recibirá de Dios tan gran corona por esta pacificación, cuan gran castigo recibirá el otro por aquella perturbación.
El principio de este bienaventurado sufrimiento consiste en sufrir ignominias con dolor y amargura del alma; el medio en sufrirlas sin esta tristeza y amargura; y el fin en tenerlas por suma gloria y alabanza. Gózate tú en el primer grado, y alégrate mucho mas en el segundo; mas tente por dichoso y bienaventurado en el tercero; pues te alegras en el Señor.
Noté una vez una cosa miserable en los que están sujetos a la ira; la cual les procedía de una secreta soberbia de sí mismos. Porque habiéndose alguna vez airado, venían después a airarse de puro corrimiento, por verse vencidos de la ir; y maravilléme mucho de ver como estos enmendaban una caída, con otra caída; y tuve lástima de ellos, viendo como perseguían un pecado con otro pecado; y espantéme tanto de ver tan grande astucia en los demonios, que faltó poco para desesperar de mi remedio.
Si alguno viéndose cada día vencer de la soberbia, de la malicia è hipocresía, desea tomar las armas de la mansedumbre y de la paciencia contra estos vicios; este tal trabaje por entrar en la oficina de algún Monasterio, como quien entra en una casa de un batan o de una lavandería; y si perfectamente quiere ser curado, busque la compañía de los Religiosos mas riguroso y mas ásperos que hallare; para que siendo allí vejado y probado con injurias, y trabajos, y disciplinas, y pisado y acoceado de sus Prelados, quede su alma como un paño batanado y limpio de todas las inmundicias de pecados que tenia. Y no es mucho decir que las injurias y oprobios son como un laboratorio espiritual para las almas; pues aun el lenguaje común recibe que cuando hemos injuriado a uno, decimos que lo hemos muy bien enjabonado.
Una es la mortificación de la ira que procede del dolor y penitencia de los principiantes; y otra es la de los perfectos; porque la primera está atada con la virtud de las lagrimas como con un freno; mas estotra está como una serpiente degollada con un grandisimo cuchillo; que es con la tranquilidad del alma, que como Reyna y señora tiene sojuzgadas todas las pasiones.
Vi yo una vez tres Monjes que habían sido ofendidos è injuriados; de los cuales el uno reprimía la ira del corazón con el silencio de las palabras; el otro alegrábase con la ocasión que se le había dado de merecimiento, aunque se dolía de la culpa del ofensor; mas el otro no considerando otra cosa mas que el daño de su próximo, derramaba muchas lagrimas; y así era muy dulce espectáculo mirar estos tres santos obreros; al uno de los cuales movía el temor de Dios; al otro el deseo del galardón; y al otro solamente la sincera y perfecta caridad.
Así como la calentura de los cuerpos enfermos, siendo una, no procede de una sola causa, sino de muchas y diversas; así el ardor y el movimiento de la ira (y por ventura también el de las otras pasiones) procederá también de muchas causas. Y por esto no será razón señalar una sola regla para cosas tan varias.. Por lo cual doy por consejo, que cada uno ordene la medicina conforme la disposición y diligencia del enfermo. Y según esto, el primero remedio será que trabaje cada uno por entender la causa de su pasión; y conocida la causa ponga el cuchillo la raíz, y busque el remedio, así de Dios, como de los hombres; esto es del magisterio de los valores espirituales.
Pues según esto, los que desean juntamente con nosotros filosofar en esta materia, entren en una intelectual audiencia, semejante la que usa en el siglo, donde suelen los jueces examinar y sentenciar los reos; y ahí procuren inquirir las causas y efectos de estas pasiones, y el remedio de ella. Sea pues atado este tirano con las cuerdas de la mansedumbre, y azorado con el azote de la longanimidad; sea por la caridad presentado ante el tribunal de la razón, y puesto cuestión de tormento, le sean hechas estas preguntas: Dinos, loco y torpísimo tirano, los nombres de los padres que te engendraron, y los de tus malvados hijos y hijas, y también los de aquellos que te destruyen y matan. Preguntando él de esta manera, responderá así: Muchos son los que me engendran, y no es uno solo mi padre. Mis madres son vanagloria, codicia, gula, y algunas veces la fornicación. El padre que me engendró se llama fausto. Mis hijas son memoria de las injurias, enemistas, porfía y malquerencia. Los adversarios que ahora me tienen preso, son la mansedumbre, y la mortificación de la ira: y la que esta puesta en la celada contra mí, es la humildad. Mas quien sea el padre de esta, preguntadlo a ella en su lugar.
[79]Isai. 44
[80]Galat. 5
[81]Prov. 15
[82]Prov. ibi.
[83]1 Reg. 16
[84]Psalm. 6
[85]D. Aug. lib. I. de Serm. Dom. in Mont. cap. 3
[86]2 Tim. 4
Capitulo IX:
Escalón nono, de la memoria de las injurias
Con mucha razón se comparan las virtudes aquella escalera que vio Jacob[87]; y los vicios con aquella cadena que cayó de las manos de San Pedro[88]. Pues las virtudes enlazadas la una con la otra ( por razón de una casualidad y consecuencia natural que tienen entre sí) hacen una perfecta escalera que nos sube hasta el cielo; mas los vicios trabados entre sí como eslabones, por esta misma orden y consecuencia que hay en ellos, hacen una espiritual cadena que tiene los hombres presos en el pecado, y los lleva hasta el infierno. Por lo cual habiendo ya declarado como el furor tiene por hija la memoria de las injurias, es razón que tratemos ahora de ella.
Memoria de las injurias es acrecentamiento del furor, guarda de los pecados, odio de la justicia, destrucción de las virtudes, veneno del alma, gusano que siempre muerde, confusión de la oración, perdimiento de la caridad, clavo hincado en el corazón, dolor agudo, amargura voluntaria, pecado perpetuo, maldad que nunca duerme, y malicia que todas las horas se comete. Este oscuro y molestísimo vicio es de la orden de los que engendran otros vicios, y son engendrados de otros (como ya dijimos) y por eso trataremos mas brevemente de él.
El que desterró de su alma la ira, desterró también la memoria de las injurias, que procede de ella; mas si el padre estuviere vivo, nunca dejará de engendrar tales hijos. Por otra parte el que conservare la caridad desterrará la ira; mas el que quisiere sustentar enemistades, muy grandes trabajos nos obliga. La mesa y convite caritativamente ofrecido muchas veces reconcilió los desavenidos; y las dádivas y presentes ablandan el corazón. La mesa curiosamente aparejada sirve para granjear amistad; mas muchas veces por la ventana de la caridad se entró la hartura del vientre; por lo cual de tal manera hemos de procurar los bienes, que no abramos la puerta para los males.
Noté una vez que la pasión del odio fue bastante para apartar unos que estaban amancebados de muchos días; de manera que la memoria de las injurias (fuera de todo lo que se podía esperar) quebró este tan fuerte vinculo de la fornicación; y maravilléme de ver como un demonio curaba otro demonio: aunque esto mas fue por dispensación de Dios (que por todas las vías encamina nuestro bien) que por obra del demonio.
Muy lejos está la memoria de las injurias del grande, y verdadero, y natural amor; mas no lo está la fornicación; porque muchas veces este amor (aunque limpio) viene degenerar y desvarar en amor no limpio. Y por eso cuando la condición de las personas es sospechosa, siempre se sede el hombre celar aun de este amor; porque muchas veces de esta manera se caza la paloma, cuando el amor sencillo y natural viene hacerse sensual.
A quien muerde la memoria de las injurias, acuérdese de las que el demonio le ha hecho, y embravézcase contra él; y el que quiere trabar enemistades, tavelas con su cuerpo, que es un enemigo falso y engañoso, y mientras más se regala, mas nos daña. Suelen los que tienen memoria de las injurias favorecerse con la autoridad de las escrituras, torciéndolas a su sentido, y pretendiendo con ellas socolor de celo defender su mal propósito. Baste para confundir a estos la oración que el Salvador nos enseñó[89] ; la cual no podremos decir si tuviéremos memoria de las injurias.
Si después de mucho trabajo no pudieres del todo desterrar esta pasión de tu animo, a lo menos trabaja con las palabras y con el rostro por mostrar a tu enemigo que te pesa de lo hecho; para que siquiera por haber tenido esta manera de disimulación con él, ayas vergüenza de no tenerle el amor que le debes; acusándote y remordiéndote con esto la propia conciencia.
Y entonces te has de tener por libre de esa enfermedad, no cuando rogares por tu enemigo, no cuando le ofrecieres dádivas y presentes, no cuando le trajeres a comer a tu mesa; sino cuando viéndole en alguna calamidad espiritual o corporal, así te compadezcas de él, y así la sientas, como si tu mismo la padecieses.
El Monje solitario que dentro de su alma guarda la memoria de las injurias, es como un basilisco que está dentro de su cueva, el cual doquiera que va lleva consigo su ponzoña. Gran remedio es para desterrar esta memoria, la memoria de los dolores de Jesús, cuando el hombre considerando aquella tan grande clemencia y paciencia, ha vergüenza de verse tal. En el madero podrido se engendran gusanos: y muchas veces en los hombres que parecen mansos y amadores de una falsa quietud, está encerrada la ira. El que esta memoria desterró de sí, alcanzará perdón; mas el que la retiene y sustenta, indigno se hace de la divina misericordia. Muy buen medio es el trabajo y la aspereza de la vida para alcanzar perdón de los pecados; mas mucho mejor es el perdón de las injurias, porque escrito está[90]: Perdonad, y seréis perdonados.
Por donde uno de los grandes argumentos è indicios de la verdadera penitencia es el olvido de las injurias: mas el que guardando las enemistades piensa que hace penitencia, semejante es a aquel que estando durmiendo sueña que corre. Alguna vez me aconteció ver a unos que saludablemente exhortaban a otros al perdón de las injurias; y teniendo ellos también que perdonar; de tal manera se movieron y avergonzaron con sus mismas palabras, que vinieron a perdonar y a curar su propia enfermedad con el remedio de la ajena. Ninguno tenga esta ciega pasión por simple y pequeño vicio; porque muchas veces llega a alterar a los espirituales varones.
[87]Genes. 28
[88]Act. 12
[89]Matth. 6
[90]Luc. 6
Capitulo J:
Escalón décimo: de la detracción, o murmuración.
Ninguno de los que bien sienten habrá que no confiese, que de la memoria de las injurias nace la detracción. Y por eso convenientemente se ha de poner este vicio después de sus antecesores en este presente lugar.
Detracción es hija del odio, enfermedad sutil, secreta, y escondida, sanguijuela que chupa todo el jugo de la caridad, fingimiento de amor, destierro de la castidad interior del alma, corrompedora del corazón, y también de las palabras.
Así como hay algunas mujercillas que desvergonzada y públicamente son malas, y otras que secretamente cometen mayores culpas: así también acaece entre las pasiones y vicios, que unos son mas públicos y desvergonzados (como es la gula y la lujuria) y otros mas secretos y disimulados (pero mucho peores que estos) como es la hipocresía, la malicia, la tristeza mundana, la memoria de las injurias, y de la detracción de que hablamos; los cuales vicios, aunque parecen una cosa, tienen otra encubierta; porque so color de virtud y de celo encubren su veneno.
Oí una vez ciertas personas que estaban detrayendo de otras; y reprehendiéndolas yo deseo, queriendo darme satisfacción de lo que hacían, dijéronme que lo hacían por la caridad y provecho de aquel de quien detraían. yo les respondí que cesasen de aquella manera de caridad; porque no hiciesen mentiroso aquel que dijo[91]: Perseguía yo al que secretamente de su prójimo retraía. Si dices que amas al prójimo, ruega secretamente por él, y no digas mal de él; porque esta manera de caridad es muy agradable Dios.
Tú que quieres juzgar y condenar al prójimo, piensa cuan diferentes sean los juicios de Dios del de los hombres; pues ves que Judas estuvo en el coro de los Apóstoles, y el buen ladrón en el numero de los homicidas; y con todo esto en un momento se hizo tan súbita mudanza de entrambos. Si alguno quisiere vencer el espíritu de la detracción, no atribuya la culpa al que la hizo, sino al demonio que se la hizo hacer; pues este es el autor universal de todos los males. Vi uno que públicamente pecó, y secretamente hizo penitencia; y habiéndolo yo juzgado por malo, después hallé que ante Dios era inocente; pues él ya con su penitencia le había aplacado.
No tengas demasiado respeto al que delante de tí dice mal de su prójimo; antes le di: Calla hermano, porque aunque tú no hagas lo que este hace, puede ser que hagas otras cosas peores, que él por ventura no hará. Pues cómo le puedes condenar? Porque con esta sola medicina ganarás dos cosas: curarás a tí, y también al prójimo.
Entre los caminos que hay para alcanzar perdón de los pecados; este es muy breve; conviene saber, no juzgar nadie; porque verdadera es aquella sentencia que dice[92]: No queráis juzgar, y no seréis juzgados. Muy contraria es el agua al fuego: y así el juzgar al espíritu de la verdadera penitencia. Aunque veas pecar otro cuando está para espirar, no lo condenes. Algunos hay que públicamente cayeron en grandes pecados; los cuales después secretamente hicieron mayores bienes. Y por esto se engañan los que juzgan las vidas de los otros, siguiendo mas el humo que el sol: esto es, la sospecha que el claro conocimiento de la verdad. Oídme (ruégoos) los que sois malos jueces de los otros. Si es verdad (como lo es) que con el juicio que cada uno juzgare, será juzgado[93]: claro está que en las cosas que culpáremos a nuestros prójimos, en estas mismas vendremos por justo juicio de Dios a ser culpados.
La causa porque somos tan fáciles en juzgar los delitos de los otros, es porque no tenemos el cuidado que debíamos tener de llorar y enmendar los nuestros. Porque si alguno, quitado a parte el velo del amor propio, mirare diligentemente sus males, ningún pecado le fatigará mas en esta vida que este; considerando que no tiene tiempo suficiente para llorarse, aunque le quedasen cien años de vida, y aunque viese el río Jordán convertido en lagrimas manar de sus ojos. Miré atentamente la figura y naturaleza del llanto, y no hallé en él rastro de detracción ni condenación de nadie.
Los demonios procuran siempre una de dos cosas; o de hacernos pecar, o de hacernos juzgar a los que pecan; para que como los crueles homicidas con estos segundo destruyan lo primero. A lo menos señal muy cierta es de que guarda la memoria [94]
[91]Psalm. 100
[92]Luc. 6
[93]Matt. 7
[94]Luc. 7
[95]Psalm. 63
Capitulo XI:
Escalón undécimo, de la locuacidad, o demasiado hablar
Dijimos en el capitulo precedente cuan peligroso juicio es el juzgar a los prójimos, y como también alcanza parte de este vicio a los varones espirituales que juzgan á otros: aunque mas propiamente se podrá decir ser ellos juzgados y atormentados con su propia lengua. Ahora será razón declarar en pocas palabras la causa y la puerta por donde este vicio sale y entra.
Locuacidad es silla de vanagloria, por la cual ella se descubre y sale a plaza. Locuacidad es argumento cierto de poco saber, puerta de defracción, madre de las truhanerías, oficial de mentiras, perdimiento de la compunción, causadora de la pereza, precursor del sueño, destierro de la meditación, y destrucción de la guarda de sí mismo.
Mas por el contrario el silencio es madre de la oración, reparo de la distracción, examen de nuestros pensamientos, atalaya de los enemigos, incentivo de la devoción, compañero perpetuo del llanto, amigo de las lagrimas, despertador de la memoria de la muerte, pintor de los tormento eternos, inquisidor del juicio divino, causador de la sancta tristeza, enemigo de la presunción, esposo de la quietud, adversario de la ambición, acrecentamiento de la sabiduría, obrero de la meditación, aprovechamiento secreto, y secreta subida a Dios, según aquello que está escrito[96]: El varón justo asentarse ha en la soledad, y callará, porque levantará a sí sobre sí. El que conoce sus pecados enfrena su lengua; mas el que es parlero, aun no se ha conocido como se debe conocer. El estudioso amador de silencio llégase a Dios, y asiste siempre delante de él en lo secreto de su corazón; y así por él familiarmente alumbrado y enseñado.
El silencio de nuestro Salvador puso admiración y reverencia a Pilato que lo juzgaba; como dicen los Evangelistas[97]. La voz baja y callada, así como es conforme al animo humilde, así también es contraria y destruidora de la vanagloria. Una palabra dijo San Pedro [98], y lloró después de haberla dicho; porque se acordó de aquello que está escrito[99]: Yo dije: guardare mis caminos, para no pecar con mi lengua; y del otro que dijo[100]: Como el caer de lo alto, es caer de la propia lengua.
No quiero tratar mucho de esta materia, aunque las muchas astucias de este vicio me incitaban a ello. Hablando conmigo un gran varón (cuya autoridad valía mucho para conmigo) de la quietud de la vida solitaria, decía que este vicio se engendraba de una de estas cosas: conviene saber, o del mal habito o costumbre del mucho hablar (porque como la lengua sea un miembro corporal, siempre entiende en aquello en que esta habituada) o nace también de la vanagloria (que es amiga de hablar) y no menos también de la hartura del vientre; porque el mucho hablar siempre anda junto con el mucho comer.
Por donde muchos después que con trabajar refrenaron el vientre, fácilmente pudieron refrenar la lengua. El que se ocupa en la memoria de la muerte, corta las palabras demasiadas; y el que ha alcanzado la virtud del llanto, huye también del mucho hablar, como de fuego. El que ama la quietud de la soledad, cierra la boca; y el que huelga de salir en público, y tratar con los hombres, este vicio lo saca de su celda.
El que ha sentido ya el ardor de aquel altísimo y divino fuego del Espíritu Santo, así huye el trato y compañía de los hombres del siglo, como el abeja del humo. Porque así como el humo hace daño a las abejas, así la compañía de los hombres al propósito y espíritu del recogimiento. De pocos es hacer que el agua del río vaya derecha, si no tiene madre por do corra, y riberas que lo detengan; pero de muy pocos es detener la lengua y domar este monstruo tan poderoso.
[96]Tren. 3
[97]Joan. 19
[98]Matth. 26
[99]Psalm. 38
[100]Eccles. 20
Capitulo XII:
Escalón doce, de la mentira
De la piedra y el hierro saltan centellas; y de la locuacidad y parlería nacen las mentiras. Mentira es destierro de la caridad; y perjuicio es negación de Dios. Ninguno de los que bien sienten, tendrá la mentira por pequeño pecado, viendo con cuan terrible sentencia la condenó el Espíritu Santo, cuando dijo[101]: Destruirás a todos los que hablan mentira. Pues siendo esto verdad, qué será de aquellos que acrecientan maldad a su mentira, confirmándola con juramentos? Vi algunos que se gloriaban y preciaban de decir mentiras; y que a vueltas de sus palabras ociosas decían cosas para reír, y provocando con esto los oyentes a otro tanto, les hicieron perder las lagrimas y devoción que en sus animas por medio de la palabra de Dios habían concebido.
Cuando los demonios ven que comenzando uno a decir donaires, luego volvemos las espaldad y huimos, entonces pretenden enlazarnos, diciéndonos, o que no entristezcamos al hermano que habla, o que no queramos mostrarnos santos y mas espirituales que los otros. No consientas con este mal pensamiento, sino salte de ahí sin mas tardanza: porque de otra manera llevarás el corazón lleno de las imágenes y figuras de las cosas que oíste: las cuales se te representarán, è inquietarán después al tiempo de la oración. Y no te contentes con huir de ahí, sino también con religiosa severidad ataja la platica comenzada, si para eso tienes autoridad, atravesando de por medio la memoria de la muerte y del juicio divino. Y por ventura será menos mal recibir tú de esto algún poco de vanagloria, aprovechando por otra parte a los otros, que disimulando con un dañoso silencio, dar oídos a tales cosas, y hacer daño a tí y a los otros.
El fingimiento y la disimulación es madre de la mentira, y a veces también materia de ella: porque a algunos parece que no es otra cosa esta disimulación sino mentira artificiosa; la cual a veces trae consigo anejo el juramento, con que se hace mas perniciosa. El que teme a Dios, muy lejos está de toda mentira; porque trae siempre dentro de sí un juez muy entero, que es la propia conciencia que le acusa.
Así como entre las pasiones y perturbaciones del animo hay unas mas perjudiciales que otras: así también acaece esto mismo en las mentiras; porque de una manera juzgamos la mentira que se dice por temor del tormento, y de otra la que se dice sin ningún temor. Item, uno miente por alcanzar algún deleite: otro por el gusto que siente en mentir, por la costumbre que de eso tiene: otro por mover a risa los presentes: otro por calumniar o hacer daño a su prójimo. Y según esto, a veces es mas grave o mas liviana esta culpa, según la materia y calidad de ella.
Las penas que los Príncipes señalaron contra los mentirosos, sirven para desterrar la mentira: mas el ejercicio de las lagrimas y del llanto del todo la destruyen. Muchas veces so color de justa causa o necesidad nos incitan algunos a decir mentira: y lo que es perdición de nuestra alma, nos quieren hacer creer que es justicia; alegando para esto el ejemplo de Raab que fingió una mentira[102]. Y de esta manera dicen que procuran la salud de los otros con su daño propio: como quiera que diga por otra parte el Señor[103] que no aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si padece detrimento en sí mismo. No sabe el niño qué cosa es mentira, ni tampoco el alma perfectamente limpiada de toda maldad. El que está tomado del vino en todo dice la verdad, aunque no quiera: mas el que está embriagado con el vino de la compunción no sabe qué cosa es decir mentira.
[101]Psalm. 5
[102]Josue2
[103]Luc. 9
Capitulo XIII:
Escalón trece, de la accidia o pereza.
Uno de los ramos que nacen de la locuacidad y mucho hablar, es la accidia o pereza, como arriba dijimos. Y por esto convenientemente se le da este lugar en esta cadena espiritual.
Accidia es relajación del animo, muerte del espíritu, menosprecio de la vida monástica, odio de la propia profesión, Esta hace a los seglares bienaventurados, y para Dios áspero y riguroso. Para el cantar de los salmos está flaca, para la oración enferma, para el servicio de casa como de hierro, para la obra de manos diligente, y para la obediencia pesada.
El varón sujeto y obediente está lejos de la pereza, y con el ejercicio de las cosas sensibles aprovecha en las inteligibles. La vida monástica resiste a la pereza: lo cual por otra parte es tan perpetua compañera del Monje solitario, que hasta la muerte no le dejará, y todos los días que viviere le combatirá. Pasando la acidia par de la celda del solitario se sonrió y llegándose a las puertas de ella determinó hacer ahí su morada. Por la mañana en amaneciendo visita el Medico los enfermos; mas la pereza visita los Monjes al medio día.
Esta nos encomienda el recibimiento de los huéspedes, y nos incita a que hagamos limosna del trabajo de nuestras manos. Amonéstanos también visitar los enfermos alegremente, alegándonos para esto aquel dicho del Evangelio[104]: Enfermo estaba y vinisteis a mí. Dícenos que vamos a consolar los tristes y pusilánimes: y siendo ella pusilánime, nos aconseja que vamos a esforzar los que lo son. Estando en la oración nos trae a la memoria alguna cosa que nos conviene hacer; y careciendo ella de toda razón, no hay cosa que no haga por tirarnos de allí con cuerdas de razón. Todas estas obras nos aconseja, no con espíritu de caridad ni de virtud, sino para que so color de bien nos aparte de los espirituales ejercicios, por el gran trabajo y desabrimiento que recibe en ellos.
Tres horas al día acarrea este espíritu de accidia calentura y dolor de cabeza, y otros semejantes accidentes; mas cuando se llega la hora de nona, puesta ya la mesa, resucita un poco, y salta de su lugar: y cuando vuelve el tiempo de la oración, torna a enflaquecerse y sentir pesadumbre. A los que están en la oración fatiga con sueño, y con importunos bostezos les quita el verso de la boca. Los otros vicios y perturbaciones cada uno se vence con su virtud contraria: mas la accidia es muerte perpetua de toda la vida religiosa. El alma varonil y robusta levanta y resucita el espíritu muerto y caído: mas la accidia y la flojedad todas las riquezas de las virtudes destruye en un punto; pues a todos los buenos ejercicios cierra la puerta.
Como sea este uno de los siete vicios capitales, conviene que tratemos de él de manera que de todos los otros, añadiendo mas lo que ahora diré. Cuando no se llega la hora de cantar los salmos, no parece la accidia; mas al tiempo del oficio divino luego abre los ojos y resucita. En el tiempo que nos combate la accidia, entonces se descubre cuales sean aquellos caballeros esforzados que arrebatan el Reino de los cielos[105]; y apenas hay cosa que tanta materia de coronas dé al Monje. Si consideras atentamente, hallarás que este vicio cansa a los que están en pie cantando los salmos; y á los que están asentados hace que se recuesten sobre la pared, porque estén mas á su placer. Convídanos a salir de la celda, y hacer ruido o estruendo con los pie, por no poder tener el cuerpo quieto. El principal remedio contra este mal es el llanto; porque el que llora a sí mismo, no sabe qué cosa es acidia.
Atemos también este tirano con la memoria de los pecados, y azotémoslo con el trabajo de las manos, y llevémoslo arrastrando con el deseo y consideración de los bienes eternos; y estando en pie, sea por orden de juicio preguntando: Dinos, o remiso y disoluto tirano, quién es el padre que tan mal hijo engendró? quién son tus hijos? quién los que te combaten? y quién, finalmente el que te corta la cabeza? El entonces a estas preguntas responderá: Yo entre los verdaderos obedientes no tengo sobre que reclinar mi cabeza: mas moro en compañía de los que buscan la quietud de la soledad, sino viene con gran recato. Los padres que me engendraron y me dieron nombre son muchos: porque muchas veces la insensibilidad, y otras el olvido de las cosas celestiales, y otras también la demasía de los trabajos que me engendran. Mis hijos legítimos son la mudanza de los lugares que por mí se hace, la desobediencia del Padre espiritual, el olvido del juicio advenidero, y a veces también el desamparo de mi propia profesión, Mis contrarios que ahora me tienen presa son el oficio del cantar los salmos, y el trabajo de manos, y la memoria de la muerte; mas quien me corta la cabeza es la oración, acompañada con esperanza firmisima de los bienes advenideros. Mas quien sea el padre de la oración a ella lo preguntad en su lugar.
[104]Matt. 25
[105]Matt. 11
Capitulo XIV:
Escalón catorce, de la famosísima y perversa señora de la gula
Determinando tratar de la gula, necesariamente ahora mas que nunca hemos de filosofar contra nosotros mismos; porque gran maravilla seria haber hombre del todo perfectamente libre de esta señora, sino son los que están ya en la sepultura.
Gula es hipocresía y fingimiento del vientre; el cual después de harto nos hace creer que tiene necesidad de mas, y después de lleno hasta reventar dice que padece hambre. Gula es inventora de sabores y potajes, y descubridora de nuevos regalos. Cerrástele una ventana, y ella sale por otra: atajástele por una parte, rompe otra: apagaste una llama, y apagada esta resucita otra; y vencida esta veniste a ser vencido de otra. Porque como tenga este vicio tantas maneras de objetos que despiertan nuestro apetito; si te escapas de un peligro, vienes luego a dar en otro. Gula es engaño del juicio de la razón, el cual nos hace creer que tenemos necesidad de tragar todo cuanto se nos pone delante: y junto con esto se traga el hombre la templanza, la penitencia y la compasión; pues consumiéndolo el glotón, no le queda con que socorrer al prójimo. La hartura de los manjares es madre de la fornicación: y la aflicción del vientre pare la caridad. El que halaga con la mano blanda al león, por ventura lo amansará; mas el que halaga y regala el cuerpo, embravécelo contra sí. el judío se goza con el Sábado y con la fiesta: mas el Monje dado a la gula , con el Sábado y con el Domingo: que es con la fiesta y con la víspera de ella. Antes de tiempo cuentan los días que hay hasta la Pascua y muchos días antes comienzan a aparejar la comida para la fiesta. El siervo del vientre anda siempre pensando con que manjares se regalará; mas el siervo de Dios con qué gracia se enriquecerá. En viniendo el huésped a la casa, luego hierve todo en caridad con el apetito de la gula; y su propio daño dice que es consolación del prójimo.
Muchas veces acaece que pelean entre sí la gula y la vanagloria sobre el triste Monje, como sobre un esclavo que se vende en la plaza. Porque la gula le incita a que quebrante el ayuno; y la vanagloria a que no pierda crédito comiendo demasiado. Mas el Monje sabio huirá ambos vicios, y a sus tiempos casi con el uno vencerá al otro; porque no dar mal ejemplo guardará el ayuno y por conservar la naturaleza comerá con templanza.
Cuando arde el fuego de la carne castiguémosla fuertemente, y en todo lugar y tiempo guardemos abstinencia: mas después de apagado este fuego ( lo cual apenas puedo creer que esta vida pueda ser perfectamente) entonces ya puede ser mas encubierta y mas moderada nuestra abstinencia. Vi alguna vez que algunos Padres ancianos daban licencia y bendición a algunos mozos que no eran discípulos suyos, para beber vino exhortándolos a aflojar la regla de su abstinencia. A los cuales, siendo personas de autoridad y vida religiosa; y que tengan ya testimonio en el Señor, será razón obedecer moderadamente: mas si fueron flojos y negligentes, no curemos de esta licencia y bendición: mayormente si somos combatidos de los ladrones de la carne.
Cuando nuestra alma desea y procura manjares diversos y delicados, entendamos que ese apetito es suyo propio natural: y por esto es necesario velar y trabajar con toda industria, peleando con esa potentísima y astutísima engañadora; porque de otra manera levantará contra nosotros grandes batallas, y armarnos ha lazos en que caigamos.
Y para esto conviene primeramente abstenernos de todos los manjares que pueden engordar el cuerpo, y especialmente de los que son calientes; porque no echemos aceite sobre la llama. Y después de estos, de los que son mas suaves y deleitables. Si fuere posible, procuremos comer de aquel genero de viandas, que siendo ellas livianas y viles, fácilmente hinchen el estomago, como lo hacen las legumbres; para que con este hinchamiento apaguemos el apetito insaciable: y por otra parte siendo los manjares livianos y viles, sea mas fácil la digestión: para que luego podamos respirar y quedar libres del demasiado calor, como de un azote. Si miramos atentamente, hallaremos que todos los manjares humosos y vaporosos ayudan mucho con su calor a despertar en nuestros cuerpos estímulos y movimientos carnales.
Ríete de aquel espíritu malo que dice que dilates la hora de la comida después de la acostumbrada refección del Monasterio: porque demás que podrá ser esta abstinencia indiscreta, haces mal con esa singularidad, y con no andar conforme con los otros en la hora de comer al paso de la comunidad.
También es de notar que una manera de abstinencia pertenece a los inocentes, y otra a los culpados; porque aquellos no tienen mas movimientos y tentaciones de las que son menester para conocer que son hombres, y que están vestidos de carne: mas estotros hasta la muerte conviene crudamente batallar, sin admitir treguas ni concretos de paz. Mas: a aquellos principalmente es dado conservar una perpetua moderación y tranquilidad de animo, mediante la cual perseveren siempre de una manera, como si morasen en aquella altísima región del aire o del cielo, donde no llegan los torbellinos y nublados de este mundo inferior; mas a estotros conviene trabajar por aplacar a Dios con perpetua compunción y aflicción del cuerpo y del alma.
Al varón prefecto es dado vivir en alegría y consolación, y estar libre de todos los cuidados de las cosas mortales; mas al que está aun en medio de la batalla, luchar y pelear; pero al vicioso y sensual, andar de fiestas en fiestas, y de convites en convites. Los sueños de los glotones son de comidas y banquetes: mas los de los que lloran sus pecados son de juicios y de tormentos.
Prende tú con rigor el vientre, porque él no te prenda a tí, y después vengas con vergüenza y confusión a guardar la abstinencia que entonces no guardaste. Muy bien entienden esto los que miserablemente cayeron: mas los verdaderos eunucos del Evangelio[106] que son castos, no saben esto por experiencia; puesto que lo pueden saber por especulación o lumbre de Dios: circuncidemos el pecado de la lujuria con la memoria del fuego eterno; porque algunos de los que cayeron en él, por no haberlo cortado con este cuchillo, vinieron después cruelmente a cortar sus propios miembros: lo cual no fue cortar el pecado, sino doblarlo.
Si miramos en ello, hallaremos que todas nuestras pérdidas por la mayor parte nacen de este vicio de la gula. El alma del que ayuna ora con sobriedad y atención: mas la del de destemplado es llena de torpes imaginaciones y pensamientos. La hartura del vientre secó las fuentes de las lagrimas: mas si él se secare con la abstinencia, producirá fuentes de aguas. El que obedeciendo al vientre pretende vencer el espíritu de la fornicación, semejante es al que quiere apagar la llama del fuego echándole aceite. Afligido el vientre se humilla el corazón: y regalado él, se ensoberbece. vuelve los ojos sobre tí, y mírate al principio del día, y al medio día, y a la tarde antes de la refección: y por Aquí verás palpablemente la utilidad el ayuno; porque a la mañana está mas vivo el apetito vicioso de la carne; a la hora de sexta está un poco mas amortiguado: y a la puesta del sol está ya caído y humillado.
Aflige el vientre, y enfrenarse ha la lengua; porque esta también toma fuerza con la muchedumbre de los manjares, según dijimos. Pelea siempre contra el vientre, y por amor de este procura con todo estudio la templanza y sobriedad; 'porque si en esto trabajares un poco, luego el Señor será tu ayudador, y obrará juntamente contigo.
En los odres blandos y extendidos cabe mas; pero en estando apretados y arrugados cabe menos. Pues de esta manera el vientre se dilata y desarruga con la repleción è hinchamiento de los manjares, y así se hace capaz de mas: pero quien por el contrario le hace tener dieta, este lo estrecha y aprieta; y estrechado él así ya con el uso de la templanza, naturalmente se contenta con poco y ayuna. La sed sufrida con paciencia algunas veces apagó la sed: mas querer apagar la hambre con la hambre, cruel cosa es è imposible; por eso conviene que esta nuestra abstinencia sea también discreta. Si alguna vez te molestare o te venciere el apetito de la gula, dómalo con trabajos: si esto no puedes por tu flaqueza o mala disposición, pelea con oraciones y vigilias contra él.
Y si los ojos se cargaren de sueño entiende en alguna obra de mano para apartarlo de tí. Mas si no te fatigare, no lo tomes; porque estés mas desembarazado para orar. Porque no es de todos vacar a Dios puramente, y entender en obras de manos en un mismo tiempo.
También te quiero avisar que muchas veces el demonio está sobre nuestro estomago, y hace que el hombre nunca se sienta harto aunque aya comido a todo Egipto, y bebido a todo el río Nilo. Después de haber comido demasiadamente, váse el espíritu de la gula, y envía sobre nosotros el espíritu de la fornicación: y dándole cuenta de lo que deja hecho, arrebátalo (dice) y tiéntalo, y enciéndelo; porque extendido y lleno el vientre no trabajarás mucho en inflamarlo. El cual viniendo, luego se sonríe; y atándonos de pies y manos con el sueño, hace muchas veces de nosotros lo que quiere, ensuciando nuestros cuerpos y animas con imaginaciones inmundicias, y evacuaciones de sucios humores. Y es cosa digna de grande admiración ver una substancia sin cuerpo, cual es nuestro espíritu, como es amancillada y oscurecida con la fealdad de la inmundicia del cuerpo: y como des pues por la abstinencia es restituida y vuelta la delicadez de su natural condición.
Si prometiste Cristo de ir por el camino áspero y estrecho, aflige el vientre; porque si lo regalas y extiendes, ten por cierto que has quebrantado el asiento y concierto que con Dios pusiste. Está atento, y oye al Señor que dice[107]: Ancho y espacioso es el camino del vientre que lleva la perdición de la fornicación y muchos son los que caminan por él: y por el contrario, cuan angosta es la puerta, cuan estrecho el camino del ayuno, que lleva la vida de la castidad; y pocos son los que van por él.
Príncipe de los demonios es Lucifer que cayó; y Príncipe de los vicios como incentivo de todos ellos es la concupiscencia de la gula. Cuando te asientas la mesa llena de muchos manjares, apercíbete con la memoria del juicio y de la muerte; porque aun con todo esto apenas resistirás un poco la fuerza de la concupiscencia. Cuando pones el vaso en la boca para beber, acuérdate de la hiel y vinagre que se dic tu Señor, y con esto beberás con mas templanza, lo menos con gemido y conocimiento de lo poco que haces para lo que él hizo por tí. No te engañes hermano, ten por cierto que nunca será librado de Faraón, ni celebrarás la Pascua celestial, sino comiendo lechugas amargas y pan sin levadura. Las lechugas amargas es la aflicción y violencia del ayuno: y el pan cenceño y sin levadura es el animo libre de toda soberbia. Imprime en lo intimo de tu corazón aquella palabra del Salmista que dice[108]: Cuando los demonios me eran molestos, vestíame de cilicio, y humillaba mi alma con el ayuno, y lloraba en lo intimo de mi corazón.
Único. Del ayuno, contrario la gula en el mismo grado
Ayuno es violencia que se hace la naturaleza, circuncisión de todos los deleites del gusto, mortificación de los incentivos de la carne, cuchillo de malos pensamientos, libración de los sueños, limpieza de la oración, lumbre del alma, guarda del espíritu, destierro de la ceguedad, puerta de la compunción, humilde suspiro, contrición alegre, muerte de la parlería, materia de quietud, guarda de la obediencia, alivio del sueño, sanidad del cuerpo, causa de tranquilidad, perdón de pecados, entrada y deleites del paraíso. Todo esto es el ayuno, porque para todas estas cosas ayuda y dispone con su virtud: y todo esto es contraria y enemiga la gula.
Preguntémonos pues este tirano como todos los otros, y aun mucho mas que todos los otros; este digo, que es Maestro perverso de nuestros enemigos, puerta de los vicios, caída de Adán, perdimiento de Esaú, muerte de los Israelitas, deshonra de Noé, perdición de los d Gomorra, crimen de Lot, destrucción de los hijos de Helí, adalid y precursor de las inmundicias: preguntemos, digo, este, quién lo engendró, y quién sean sus hijos, y quién son los que le maltratan, y quién finalmente el que le mata.
Dinos ahora pues, tirana y violenta señora de los mortales (los cuales hiciste siervos tuyos, y cómprate con el precio de la insaciabilidad) por dónde entras en nosotros; y qué haces después de entrada, y cual es tu salida, y como escaparemos de tus manos? Entonces ella exasperada con nuestras injurias, feroz y tiránicamente responderá: Por qué me injurias siendo mis siervos y vasallos por el pecado? cómo presumís apartaros de mí, estando yo ligada con vuestra misma naturaleza en pecados concebida?
La puerta por donde entro es la calidad y sabor de los manjares, y la costumbre y obligación necesaria del comer es causa de mi insaciabilidad, y la causa de mi destemplanza es el mal habito que tengo de comer antes de tiempo, y la falta de contrición, y el olvido de la muerte.
Los nombres de mis hijos para qué los quieres saber? porque si me pusiere contarlos, multiplicarse han sobre las arenas del mar. Mas todavía os diré los nombres de los mas principales y mas queridos míos. Mi hijo primogénito es atizador de la fornicación. El segundo después de este es autor de la ceguedad y dureza de corazón. El tercero es el sueño, el mar de los pensamientos, las ondas de las pasiones sucias, y el abismo profundísimo de las secretas invenciones de torpezas, de mí también proceden, y hijos míos son.
Mis hijas son la pereza, la parlería, la confianza de si mismo, las chocarrerías y risa, la porfía, la dureza de cerviz, la desgana para oír la palabra de Dios, la insensibilidad para las cosas espirituales, la prisión del alma, las expensas y gastos excesivos y suntuosos, la hinchazón d la soberbia, la osadía y afición a las cosas del mundo. A las cuales cosas sucede oración sucia, ondas de pensamientos, y algunas veces calamidades y desastres no pensados: después de los cuales se sigue desesperación, que es el mayor mal de los males.
La memoria de los pecados es la que me hace guerra; mas no me vence: y la memoria atenta de la muerte tiene conmigo perpetua enemistad. Mas ninguna cosa hay entre los hombres que perfectamente me destruya. El que tiene dentro en su alma el Espíritu Santo, y le hace oración contra mí, inclinado él por estos ruegos, no me deja obrar viciosamente. Mas los que no han probado por experiencia la suavidad de este divino espíritu, todos estos generalmente son mis prisioneros; porque todos estos se enlazan con la suavidad de mis deleites; porque donde faltan los deleites espirituales no pueden faltar los sensuales.
Escalón quince, de la incorruptible castidad: la cual todos los mortales y corruptibles buscan con sudores y trabajos.
Oímos ahora a la insaciable gula decir que uno de sus hijos era la concupiscencia del vicio carnal. Esto podremos conocer por ejemplo de aquel viejo Adán[109], Padre nuestro; el cual si no supiera qué cosa era gula, no conociera con esta manera de concupiscencia a su mujer Eva. Y por esto los que guardan el primer mandamiento de la abstinencia, no suelen quebrantar el segundo, que vela la lujuria. Puesto caso que todavía permanecen hijos de Adán, mas un poco menores que los Ángeles: pues no son inmortales como ellos. Lo cual ordenó Dios así, porque no fuese inmortal también nuestro daño: como dice aquel gran varón, a quien la Teología dic sobrenombre, que es Nacianceno[110].
[107]Matt. 7
[108]Psalm. 34
[109]Genes. 3
[110]Vid. Greg. Nis. Oratione catechetica, cap. 8
Capitulo XV:
Escalón quince, de la castidad
Castidad es una virtud que nos hace familiares y vecinos a aquellas substancias altísimas è incorpóreas, que son los Ángeles. Castidad es alegre aposento y recamara de Cristo. Castidad es escudo celestial del corazón terreno. Castidad es abnegación de la naturaleza humana, y un maravilloso vuelo de la substancia mortal y corruptible a las substancias inmortales e incorruptibles. Casto es aquel que con un amor venció otro amor, y con el fuego del espíritu apagó el fuego de la carne. Continencia es un hombre general de todas las virtudes: porque toda virtud se puede llamar continencia y freno del vicio contrario. Perfectamente casto es aquel que ni entre sueños padece algún movimiento feo, ni mudanza de su estado. Casto es aquel que no se mueve sensual ni desordenadamente en presencia de cualesquier cuerpos y figuras.
Esta es la regla y este el fin de la perfecta y consumada castidad, (si la hay en el mundo) que con la misma simplicidad miremos los cuerpos animados que los inanimados, los racionales que los irracionales. Ninguno de los que trabajan por alcanzar esta virtud piense que por sus trabajos o industria la ha de alcanzar: porque no es posible que nadie venza su propia naturaleza; porque fuera de toda contradicción está, que lo que es menor vencido por lo que es mas.
El principio de la castidad es no consentir con los pensamientos deshonestos, y a tiempos padecer aquel flujo de humor no limpio, aunque sin imaginaciones torpes. El medio es ser algunas veces inquietado con movimientos sensuales, que proceden de la repleción de los manjares, y por esto sin imaginaciones torpes, y sin llegar el negocio a polución. Mas el fin es tener mortificados los movimientos desordenados.
No es solamente casto el que guardó limpio el lodo de esta carne; sino mucho mas el que sujetó perfectamente los miembros de este cuerpo a la voluntad del espíritu. Grande es por cierto aquel cuyo corazón con ninguna vista se altera, y el que con el amor y contemplación de la hermosura celestial vence el peligro de la vista de los ojos, abrasadora de los corazones.
El que triunfa de este vicio con la virtud de la oración es semejante al león que pelea: el cual con facilidad vence. Mas el que luchando y peleando con él lo hace huir, es semejante al que persigue su enemigo, y lo lleva de vencida. Pero el que del todo desarmó y aniquiló el ímpetu de esta pasión, aunque viva en carne, ya parece que resucitó de la sepultura.
Si es argumento cierto de la verdadera y perfecta castidad no padecer ni aun entre sueños imaginación ni inflamación del cuerpo; también será fin del vicio carnal, si velando uno padece flujo deshonesto con sola la representación de los malos pensamientos.
El que con sudores y trabajos batalla contra este adversario, es semejante al que derriba su enemigo con una honda: mas el que pelea con abstinencia y vigilias es semejante al que lo hiere con una maza. Pero el que pelea contra él con altísima humildad y perfecta mortificación de la ira, y deseo de los bienes celestiales, es semejante a aquel que mató su enemigo, y lo enterró debajo de la arena; y por arena entiendo la humildad, que de tal manera vence, que no da materia de vanagloria después de la victoria; antes deja al hombre con conocimiento de que es polvo y ceniza.
De manera que unos tienen ese tirano preso con los trabajos y peleas, otros con profunda humildad, otros con especialísima lumbre y favor del cielo: entre los cuales el primero es comparado con el lucero de la mañana: el segundo con la luna clara: el tercero con el sol de mediodía: aunque todo aquello tiene ya su conversación en el cielo. Y es de notar que cada uno de estos grados dispone para el otro ; porque así como después de la mañana sale la luz, y a la luz sucede el sol de medio día; así entre estos grados el primero dispone para el segundo, y el segundo para el tercero.
La raposa se hace dormida para cazar el pájaro: y el demonio algunas veces finge castidad de nuestro cuerpo, dejándonos a tiempos de combatir, para que con esta falsa confianza nos pongamos en peligros donde vengamos a perecer. No creas en toda tu vida al lodo de tu carne, ni te fíes de ti mismo, hasta que después de resucitado vayas a recibir a Cristo. Ni tampoco debes confiar, si por virtud de la abstinencia dejas de caer; porque tampoco comía aquel que fue derribado del cielo a los abismos.
Algunos varones doctísimos declaran de esta manera qué cosa es renunciación. Renunciación dicen que es enemistad y lucha perpetua contra el cuerpo y contra la concupiscencia de la gula.
Los principiantes que caen en el vicio de la carne, comúnmente caen por darse a deleites y buen tratamiento del cuerpo. Los medianos suelen caer, no solo por regalo de la carne, sino por la soberbia del espíritu; para que por ella conozcan su propia enfermedad y miseria . Mas los perfectos si caen, caen comúnmente por juzgar a los otros.
Algunos tuvieron por bienaventurados a los eunucos, por haber nacido tales que viviesen libres de este tirano señorío de la carne: mas yo tengo mucho mas bienaventurados aquellos que se hicieron eunucos con el trabajo y la lucha cotidiana: los cuales con el cuchillo de la razón se hicieron eunucos por el Reino de los cielos[111].
Vi algunos que cayeron, vencidos mas por la fuerza de la pasión que por voluntad: aunque no pudo faltar voluntad donde hubo culpa. Vi también otros que por su voluntad quisieron caer, y no pudieron: los cuales tengo por mas miserables que los que cada día caen; pues llegaron a tal estado, que despidiéndolos de sí el hedor del vicio, ellos no querían despedirse de él. Miserable es aquel que cayó; mas mucho mas lo es el que fue causa de que otro cayese; porque este tal lleva sobre sí la carga suya y la ajena.
No quieres vencer el espíritu de la fornicación disputando con él: porque él sabe muy bien disputar; pues ayudado de la misma naturaleza pelea contra nosotros. El que ayudándose de su propia industria presume por sí de vencer su carne, y edificare la del espíritu, en vano trabaja[112]. Porque si el Señor no destruyere la casa de la carne, y edificare la del espíritu, en vano trabaja el que con solo ayunar y velar sin presidio la quiere edificar. Presenta ante los ojos del Señor la natural enfermedad y flaqueza de su carne, reconociendo humildemente tu miseria; y así recibirás en tus entrañas el don de la castidad.
Los que andan inflamados con los ardores de la carne, tienen un perpetuo apetito de ayuntamiento corporal ; como me significó uno que esto había experimentado; el cual volviéndose después a Dios, vivió con grande continencia. Este espíritu sucio es desvergonzado, feroz, cruel, inhumano; el cual ocupando desvergonzadamente nuestro corazón, hace que el que es combatido de él padezca dolor y tormento sensible, en el cual arda como una fragua. Hace también que el hombre miserable no tema a Dios, desprecie la memoria de los tormentos eternos, aborrezca la oración, y no se mueva mas con la vista de los cuerpos de los muertos, que si fuesen piedras sin alma; y en la hora de aquella malvada obra hácelo una bestia bruta, privándole del uso de la razón con la fuerza de la concupiscencia. Y si Dios no abreviase los días desde espíritu malo (quiero decir) sino enflaqueciese sus fuerzas, no escaparían de él los que están vestidos desde la sangre, y de este barro sucio amasado con ella.
Y no es esto de maravillar; porque todas las cosas criadas naturalmente desean juntarse con sus semejantes; y así la sangre desea la sangre, y el gusano al gusano, y el cieno al cieno, y la carne también la carne; puesto caso que los Monjes que hacemos guerra la naturaleza, y procuramos alcanzar el Reino del cielo, pretendemos con artificio, diligencia, y gracia, vencer y engañar nuestro engañador.
Bienaventurados aquellos que no han experimentado este linaje de batallas; y nosotros también supliquemos humildemente Dios nos libre de este despeñadero; porque los que en él cayeron muy lejos están de la subida y descendida de aquella escala que vio Jacob. Y los tales si desean levantarse, tienen necesidad de muchos sudores, dolores, aflicciones, trabajos, hambre y sed, y suma aspereza, y pobreza de todas las cosas.
Si consideramos atentamente, hallaremos que así como en las batallas visibles no pelean todos de una manera, ni con un genero de armas, sino con muchas y diversas; así también lo hacen nuestros espirituales enemigos cuando pelean con nosotros; porque cada uno tiene su oficio, y su entrada, y su manera de pelear: que es cosa de grande admiración. Y de Aquí proceden en los tentados unas caídas sobre otras, y unas mas crueles que otras; por donde el que no se repara no hace luego penitencia en las caídas menores, presto vendrá peligrar en las mayores.
Costumbre es del demonio acometer principalmente con todo el ímpetu de malicia, y con todo estudio y arte, y con todas sus fuerzas los que están en medio de la batalla, y que viven vida monástica; trabajando con todo el ímpetu de su malignidad por derribarlos en algún vicio que no sea conforme naturaleza; de donde nace que algunos de los que así son combatidos, tratando con mujeres no son solicitados de esta pasión ( por donde se tienen ya ellos por seguros y libres de este mal) y no ven los miserables que donde hay mayor caída, no es necesaria la menor.
Porque por dos causas aquellos crueles y malaventurados homicidas (que son los demonios) suelen acometer mas principalmente por esta parte que por otra; lo uno, porque Aquí está la ocasión del vicio mas mano; y lo otro, por ser mas grave esta caída, y merecedora de mayor castigo.
Supo muy bien lo que yo ahora digo, aquel mancebo de quien se lee en las vidas de los Padres, que llegó tan alto grado de virtud, que mandaba los asnos salvajes, y los hacia servir en el monasterio los Monjes: al cual comparó el bienaventurado San Antonio un navío cargado de ricas mercaderías, y puesto en medio de la mar, cuyo fin no se sabia. Pues este mozo tan ferviente vino después caer miserablemente. Y estando él llorando su pecado, dijo unos Monjes que por allí pasaron: Decid al viejo (conviene saber, San Antonio) que ruegue Dios me quiera conceder diez días de penitencia. Oído esto lloró el santo varón, y arrancándose los cabellos de la cabeza, dijo: Una gran columna de la Iglesia ha caído hoy. Y pasados cinco días murió el sobredicho Monje.
De manera que el que primero mandaba las bestias salvajes derribado y burlado; y el que poco antes se mantenía con pan del cielo, fue después privado de este tan grande beneficio. Y cual aya sido caída, no lo quiso declarar el sapientísimo Padre Antonio; porque sabía él que era fornicación: en la cual puede uno pecar corporalmente sin tocamiento del otro cuerpo: para lo cual traemos siempre con nosotros una perpetua ocasión de muerte y de caída, especialmente en la mocedad; la cual no oso declarar por escrito, porque detiene mi pluma aquel que dijo[113]: Lo que los hombres hacen en secreto, torpe cosa es decirlo, escribirlo, y oírlo.
Y llamó muerte esta carne MIA, y no mía (amiga y enemiga MIA) pues así la llamó San Pablo, cuando dijo[114]: Desventurado de mí! quién me librará del cuerpo de esta muerte? Mas aquel gran Teólogo (de que arriba hicimos mención) la llama viciosa, esclava, y oscura como la noche; y deseaba yo saber por qué causa estos Santos le pusieron estos tales nombres. Pues si luego si ( como está ya dicho) la carne es muerte, síguese que el que venciere la carne no morirá. Mas cual será aquel que viva, y no vea esta muerte[115], quiero decir, la caída de su carne?
Cosa digna es de preguntar cual sea mayor, el que después de muerto resucitó, el que del todo nunca murió? Algunos dicen que este segundo es mas bienaventurado. Mas por los otros hace que imitan la resurrección de Cristo, que después de muerto resucitó. Y los que estos tienen por bienaventurados, parece que lo hacen por quitar ocasión de desesperar los que mueren, por mejor decir, los que de esta manera caen.
I. Prosigue la misma materia de la castidad
Costumbre es del espíritu de la fornicación pintarnos Dios clementísimo perdonador de este vicio, como tan natural los hombres: mas si miramos atentamente, hallaremos que los mismos demonios que por una parte nos hacen Dios misericordioso antes de la caída, después de ella nos lo hacen riguroso y severo. De manera que cuando nos incitan pecar, nos encarecen su clemencia; y después del pecado, su inviolable justicia, para hacernos desesperar. Y cuando con esta desesperación se junta una desordenada tristeza, de tal manera derriban nuestro corazón, que ni nos dejan conocer nuestra culpa, ni hacer penitencia de ella. Mas muerta la desesperación, luego vuelven estos tiranos engrandecernos la misma clemencia, para derribarnos en la misma culpa.
Dios es una substancia purísima, incorruptible, y sin cuerpo; y por eso convenientísimamente se deleita con la castidad, incorrupción y pureza de nuestros cuerpos. Mas por el contrario aquellos espíritus feos y sucios de alegran sumamente con el cieno de la lujuria. Y por eso pidieron al Señor que si los lanzara del cuerpo de un endemoniado, los dejase entrar en una manada de puercos que allí estaban[116]: por los cuales es figurado este cieno de este vicio.
La castidad hace al hombre en gran manera familiar Dios, y semejante él en cuanto es posible serlo. La tierra rociada con el agua es madre de dulzura, por la suavidad de los frutos que lleva; y la vida solitaria acompañada con obediencia es madre de castidad. Algunas veces aquella bienaventurada pureza de nuestro cuerpo que por medio de la soledad alcanzamos, si nos llegamos al mundo, padece peligro; mas la que procede de la obediencia, mas firme y mas segura permanece, por el ayudador que tiene en el Padre espiritual.
Vi algunas veces haber venido la soberbia hacerse ocasión de humildad, cuando conociendo el hombre con lumbre de Dios la grandeza de este mal, tomó de sí motivo para humillarse; y viendo esto acordóseme de aquel que dijo [117]: Quién conocerá los juicios de Dios, y la alteza de sus consejos? Así también por el contrarios la soberbia y fausto muchos fue causa de manifiesta caída; y esta misma caída los que quisieron aprovecharse de ella les vino ser también ocasión y motivo de humildad.
El que pretende vencer el espíritu de la fornicación comiendo y bebiendo largo, es como el que quiere apagar el fuego echándole aceite, como arriba dijimos. Mas el que con sola abstinencia le pretende vencer, es como el que quiere escaparse nado, nadando con una sola mano. Por lo cual conviene que nuestra abstinencia ande siempre acompañada con humildad; porque de otra manera nada vale.
El que se ve tentado mas fuertemente de un vicio que de todos los otros, ármese principalmente contra él; porque si este no fuere vencido, poco nos aprovechará pelear con los otros. Y después que hayamos muerto con Moisés este Gitano, luego veremos Dios en la zarza de la humildad. Siendo yo una vez tentado, sentí en mi alma una alegría sin fundamento, la cual aquel astuto lobo había despertado en mí para engañarme; y yo como niño en el saber, pensé que esto era algo; y después conocí que era engaño: y por Aquí entiendo cuan abiertos conviene que tengamos los ojos para conocer tales peligros.
Todo pecado que hace el hombre, dice el Apóstol es fuera de su cuerpo[118]: mas el pecado de la fornicación es contra su propio cuerpo; porque afea con sucios humores la misma sustancia de la carne; lo cual en los otros pecados no acaece. Mas qué quiere decir que cuando los hombres caen en los otros pecados, decimos que fueron engañados; y cuando pecan es este decimos que cayeron; y al mismo vicio llamamos lapso caída de la carne? debe ser la causa, que como el mas alto grado de la dignidad esencial del hombre sea la razón natural, la cual del todo sepulta y ahoga esta vicio, dejando por entonces al hombre hecho una bestia bruta con la fuerza del deleite, que del todo lo emborracha y empapa sus sentidos; por esto con gran razón se llama caída, pues derriba al hombre del trono de la dignidad racional en la bajeza de la naturaleza bestial.
El pez huye ligeramente del anzuelo; y así el animo amigo del deleite huye la quietud de la soledad. cuando el demonio quiere alcanzar a unos con este vicio, escudriña diligentemente las condiciones inclinaciones de las partes; pone a la centella del fuego; donde sabe mas presto se levantará la llama. Algunas veces los que son amigos de deleites son compasivos, y misericordiosos, y tiernos de corazón, y así fáciles al parecer que la compunción; y por el contrario las amadores de la castidad algunas veces son rigurosos y severos; mas ni por esto la castidad pierde su valor, ni aquel vicio su fealdad.
Un varón sapientísimo me propuso esta cuestión. Cual pecado, dice, es mas grave de todos, dejando aparte el homicidio, y la negación de Cristo? Y como yo le respondiese que la herejía; replicóme él, diciendo: Pues cómo la Iglesia Católica recibe los herejes después que han abjurado y anatemizado sus herejías comunión y participación de los sagrados misterios; y al que cayó en pecado de fornicación (aunque confiese su culpa y salga de su pecado) no le consiente por espacio de algunos años llegar estos venerables y divinos misterios; y esto hace por autoridad y ordenación de los Apóstoles? espantéme yo con esta replica, y no me atreví responder ella; aunque no dejé de entender la fealdad y gravedad de esta culpa, por la gravedad de la penitencia de ella.
Escudriñemos diligentemente, y examinemos al tiempo que cantamos los salmos y, asistimos los divinos oficios, si la suavidad y dulzura que allí algún tiempo sentimos es del Espíritu de Dios, de este espíritu malo: porque veces también allí se mezcla él. No quieras, mancebo, ser ignorante y ciego para el conocimiento de tí mismo y de tus cosas. Porque supe yo una vez, que estando unos haciendo oración por sus amigos y devotos, la memoria de ellos despertó en sus animas una centella de amor no limpio, sin entenderlo ellos: antes pensando que habían cumplido en esto la ley de la caridad.
Algunas veces acaece caer los hombres en polución con un solo tocamiento corporal; en la cual parece que ninguna cosa hay mas delicada ni mas peligrosa que este sentido del tacto. Y por eso acuérdate de aquel Religioso que cubrió su mano con un paño para tocar la de su madre; por cuyo ejemplo debes tu guardar tú tus manos de cualquier tocamiento tuyo ajeno. Ninguno (según pienso) podrá llamarse perfectamente santo, si perfectamente no hubiere sujetado el cuerpo el espíritu, en la manera que en esta vida se puede esto hacer.
Cuando estamos en la cama acostados, entonces hemos de estar mas compuestos y mas atentos Dios; porque entonces el alma casi despojada del cuerpo, lucha con los demonios; y si se hallare enlazada en algunos deleites, fácilmente desvarará y caerá. Duerma siempre contigo la memoria de la muerte, y despierte también contigo, y la devota meditación de la oración que nos enseñó Jesús; porque no hallarás ayuda mas eficaz ni mas excelente que esta para este tiempo del sueño.
Algunos piensan que la cuada de las poluciones y de los sueños deshonestos procede solamente de la repleción de los manjares; mas yo sé que algunos puestos en lo extremo de grandes enfermedades y de grandes abstinencias, padecían este mismo daño. Pregunté yo una vez un muy espiritual y discrepo Monje lo que se había de tener acerca de esto; y él me dijo lo se sigue: Hay entre sueños una efusión de humor que procede de la muchedumbre de los manjares y del regalo del cuerpo. Hay también otra que procede de soberbia, cuando por haber pasado mucho tiempo que no padecimos esta injuria, venimos tácitamente ensoberbecernos por esto. Y acaece también esto mismo, cuando juzgamos condenamos nuestros prójimos. Estos dos casos postreros pueden acaecer los enfermos, y por ventura todos tres. Y si alguno hay que por la divina gracia se halla libre de todas estas tres causas, merced es que le hace el Señor con esta manera de pureza e impasibilidad. Mas con todo esto puede uno padecer esta misma ilusión sin culpa suya, por envidia del demonio; permitiéndolo así Dios, para que por esta manera de calamidad esté mas segura y mas guardada la virtud de la humildad. Nadie quiera pensar ni tratar de día los sueños que tuvo de noche; porque esto se lo que pretenden los demonios cuando estamos durmiendo, para hacernos guerra velando.
Oigamos también otra astucia de nuestros enemigos. Así como los manjares contrarios la salud unos dañan luego de prójimo, y otros mas adelante; así lo hacen también las causas conque el demonio pretende derribar nuestras animas. Vi yo ciertos hombres que tratándose regaladamente no por eso eran luego tentados; y vi también otros, que tratando con mujeres, y comiendo con ellas, no eran luego acometidos de malos pensamientos. Los cuales engañados con esta confianza, y viviendo descuidadamente, pensando que en su celda tendrían paz y seguridad, vinieron después caer estando solos en este despeñadero.
Y cual sea este peligro que puede acaecer, así en el cuerpo como en el alma, estando solos y sin compañía, sábelos el que lo ha experimentado; mas el que no lo ha experimentado no los puede saber. Y en el tiempo de este combate suele ayudar mucho es cilicio, y la ceniza, y la perseverancia constante en las vigilias de la oración, y el deseo del pan, y la lengua seca y no harta de agua, y la habitación en las cuevas de los muertos, y sobre todas las cosas la humildad de corazón; y su fuere posible, el ayuda del Padre espiritual, del hermano solícito, que tenga canas en el seso, que para esto nos ayude. Porque maravillarme había yo, si alguno destituido de este socorro fuese poderoso para guardar la nave segura en este golfo tan peligroso: aunque [119]
II. Prosigue la misma materia de la castidad
Oíd otra arte y astucia de este engañador todos los que deseáis alcanzar y conservar la virtud de la castidad. Contóme un Padre (que había experimentado este engaño) que algunas veces el espíritu de la fornicación se escondía hasta el fin, incitando en este ínterin al Monje algunas cosas de devoción, y haciéndole derramar muchas lagrimas cuando alguna vez le acaece estar hablando con mujeres, persuadiéndole que trate con ellas indiscretamente, y les predique de la memoria de la muerte, del día del juicio, y de la virtud de la castidad: para que por ocasión de estas palabras (dichas con falsa especie de Religión) acudan las miserables al lobo como pastor, y creciendo el atrevimiento con la costumbre, venga después el triste Monje ser tentado y despeñado en este vicio. Por tanto procuremos con toda diligencia por nunca ver l fruto que no queremos gustar. Maravilla sería si alguno de nosotros se tuviese por mas robusto que aquel Profeta David[120]: el cual por no poner cobro en la vista tan feamente cayó.
están alta y tan singular la gloria y alabanza de la castidad, que algunos de los Padres se atrevieron llamarla impasibilidad; haciendo al hombre casto casi celestial y divino. Otros dijeron que después del gusto y experiencia de este vicio, era imposible llamarse uno verdaderamente casto. Mas yo (apartándome muy lejos de este parecer) digo que no solamente es posible, mas también fácil, si él quisiere ingerir al árbol silvestre y montesino en un hermoso y fructuoso olivo, convirtiéndose y juntándose con Dios por verdadera penitencia[121]. Porque si fuera virgen en el cuerpo aquel quien Dios entregó las llaves del cielo, algún color tuviera esta opinión. Por lo cual basta confundirlos este Santo, que tuvo suegra, y fue casado, y mereció recibir las llaves del Reino.
Varia es y de muchos colores esta serpiente dela fornicación: y así acomete los vírgenes, incitándolos importunamente la experiencia de este vicio; y los que ya lo han experimentado, combátelos con la memoria del deleite pasado, para que otra vez lo quieran experimentar. Y de los primeros hay muchos quien la ignorancia de este mal hace ser menos tentados; mas los que han ya pasado por él, mas crueles batallas y turbaciones padecen: aunque algunas veces acaece lo contrario.
Cuando nos levantamos de dormir pacíficos y quietos, es porque los santos Ángeles secretamente nos consuelan; lo cual señaladamente hacen cuando nos toma el sueño con mucha oración y recogimiento. También acaece levantarnos alegres del sueño por algunas visiones que soñamos; obrándolo así el demonio para nuestro engaño; pretendiendo que por esto vengamos tenernos en algo. Vi al malo (conviene saber al demonio) ensalzado y levantado, perturbado y furioso como los cedros del monte Líbano[122]; y pasé delante de él por medio de la abstinencia, y ya no era su furor tan grande; y busquelo después humillando mis pensamientos, y no se halló rastro de él; porque la abstinencia enflaquece su furia; mas la humildad del todo lo derriba.
El que venció su cuerpo venció la naturaleza; y el que venció la naturaleza; ya está hecho superior y mayor que la naturaleza; y aquel quien esto acaeció muy poco es menor que los Ángeles: porque no quiero decir nada. Gran maravilla es por cierto que una cosa material y corporal sea poderosa para combatir y vencer una substancia espiritual y sin materia, como son los demonios; pero mayor maravilla es que un hombre vestido de cuerpo, peleando con la astutísima y enemiga materia de este cuerpo, venza y haga huir los enemigos espirituales que son sin cuerpo.
Grande fue la providencia que tuvo Dios de nosotros en esta parte; el cual con la vergüenza natural (como con freno) rindió y detuvo el atrevimiento de la mujer; porque si ella de su propia voluntad acometiera al varón, grandisimo peligro corría la salvación de los hombres.
Los Padres que fueron señalados en la gracia de la discreción, dicen que una cosa es el primer ímpetu del que tienta, y otra la tardanza en el pensamiento, y otra el consentimiento, y otra la lucha, y otra el cautiverio, y otra la pasión del animo. Primer ímpetu dicen ellos que es una imagen que se representa nuestro corazón, y pasa ligeramente. Tardanza es detenimiento en mirar aquella imagen que se nos presentó, con alguna alteración, sin ella. Consentimiento es movimiento con que ya nuestro animo se inclina y aplica [123][124][125]
[111]Matth. 19
[112]Psalm. 126
[113]Efes. 4
[114]Rom. 7
[115]Psalm. 88
[116]Luc. 8
[117]Rom. 11
[118]1 Cor. 6
[119]Luc. 12
[120]2 Reg. 11
[121]Matth. 16
[122]Psalm. 35
[123]1 Cor. 4
[124]Apoc. 14
[125]Psalm. 6
[126]Psalm. 34
Capitulo XVI:
Escalón diez y seis, de la avaricia, y también de la pobreza y desnudez de todas las cosas.
Muchos doctores sapientísimos después de este tirano que hablamos suelen poner el espíritu de la avaricia, que es de mil cabezas. Y porque no hay razón que nos, siendo ignorantes, mudemos la orden de los sabios, seguiremos esta misma regla: y así diremos primero de esta enfermedad, y después del remedio de ella.
Avaricia o codicia es generación de ídolos, hija de la infidelidad, inventora de achaques, de enfermedades, profeta de la vejez, adivina de la esterilidad de la tierra, y proveedora de la hambre advenidera. El avariento es quebrantador y escarnecedor del Evangelio. El que tiene caridad reparte los dineros: mas el que dice que tiene uno y otro (conviene a saber caridad y codicia) el mismo se engaña. El que está entregado al llanto y dolor de sus pecados, no solo se olvida de la hacienda, sino también de su propio cuerpo, y cada vez que es menester lo maltrata y castiga.
No digas que por amor de los pobres allegas dineros: pues sabes que con dos cornados compró aquella viuda el Reino del cielo[127]. El varón misericordioso y el avariento se encontraron, y el postrero llamó al primero indiscreto. El que venció este vicio quitó de sí la materia de todos los cuidados: mas el que está cautivo de él, nunca hará oración que sea pura. El principio de la avaricia es pretender hacer limosna; y el fin de ella es el aborrecimiento de pobres. Mientras el hombre allega riquezas, algunas veces es misericordioso; mas después que se ve rico y lleno, aprieta las manos. Vi algunos pobres de dinero, los cuales olvidados de esta su pobreza, y conversando con los pobres de espíritu, vinieron después a hacerse verdaderamente ricos. El monje codicioso nunca está ocioso; porque cada hora está pensando aquello del Apóstol que dice[128]; El que no trabaja no coma; y lo que en otra parte dijo[129]: Estas manos ganaron de comer para mí y para todos los que estaban conmigo.
Único. De la pobreza y desnudez de todas las cosas.
Desnudez y pobreza es destierro de los cuidados, seguridad de la vida, caminante libre y desembarazado, muerte de la tristeza, y guarda de los mandamientos. El Monje desnudo es señor de todo el mundo; porque todos esos cuidados puso en Dios: y mediante la fe posee todas las cosas. No tiene necesidad de revelar los hombres sus necesidades. Todas las cosas que se le ofrecen toma como de la mano del Señor. Este obrero desnudo se hace enemigo de toda afición demasiada; y así mira las cosas que tiene como sino las tuviese; y si se pasare a la vida solitaria, todas las cosas tendrá por estiércol. Mas el que se entristece por alguna cosa transitoria, no sabe aun cual sea la verdadera desnudez. El varón desnudo hace purísima oración: mas el codicioso padece muchas imágenes en ella. Los que perseveran humildemente en la santísima sujeción, muy apartados están de codicia: porque qué cosa pueden tener propia los que su propio cuerpo ofrecieron por amor de Dios al imperio del otro? Verdad es que un solo daño padecen estos, que es estar muy prontos y aparejados para la mudanza de los lugares, que no siempre es provechosa.
Vi yo algunos Monjes que por la ocasión que tuvieron de trabajos en algún lugar alcanzaron la virtud de la paciencia: mas yo tengo por mas bienaventurados a aquellos que por amor de Dios procuraron diligentemente alcanzar esta virtud.
El que ha gustado de los bienes del cielo fácilmente desprecia los de la tierra: mas el que aun no los ha gustado alegrase con las cosas de acá. El que procura alcanzar esta desnudez, y no con el fin que debe, en dos cosas recibe agravio; pues carece de los bienes presentes y de los futuros. Guardémonos, o Monjes, no parezca que somos infieles y desconfiados que las aves: pues aquellas viven sin solicitud y sin guardar en cilleros.
Grande es aquel que por amor de Dios renunció la posesión de los dineros; mas aquel es santo que renunció su propia voluntad; porque aquel recibirá ciento tanto mas, o de bienes temporales, o de espirituales; mas el otro poseerá la vida eterna con derecho y titulo de heredero.
Nunca faltarán ondas del mar; ni ira y tristeza en el corazón del avariento. El que menospreció la materia de la avaricia, libre está de todos los ,pleitos y porfías: mas el que ama la hacienda, a veces peleará hasta la muerte sobre una aguja. La fe firme y constante en Dios, destierra los cuidados del alma: mas la memoria de la muerte aun hasta el mismo cuerpo nos hará negar por Dios. No hubo en el santo Job rastro ni humo de avaricia[130] (que es amor al dinero) por eso siendo privado de todas las cosas perseveró sin turbación.
La codicia raíz es y se llama de todos los males[131]; porque esta es la que halló las maldades, los hurtos, las envidias, las muertes, los divorcios, las enemistades, las tempestades, las memorias de las injurias, la crueldad, y finalmente todos los males. Una centella de fuego basta algunas veces para quemar todo un bosque; y una sola virtud (que es esta desnudez) basta para desterrar todos esos vicios susodichos. Y esta virtud nace del gusto de Dios, y del cuidado solicito de la cuenta que hemos de dar.
Bien sabe el que atentamente lee, que el avaricia es madre de todos los males, cuyo hijo muy principal (entre los otros) es la insensibilidad; porque tales hace ella a sus siervos, que son los avarientos: los cuales están insensibles y duros como piedras para todas las cosas de Dios. Arriba dijimos que la madre de todos los vicios es la gula; y que el hijo segundo suyo (entre los otros) era esta insensibilidad y dureza de corazón. Y pidiéndome la orden que tratase yo del hijo después de la madre, impidiómelo esta serpiente de muchas cabezas, y servidumbre de ídolos (que es la avaricia) la cual no sé porqué via tiene el tercero lugar (según definición de los Padres) en la cadena de los ocho principales vicios.
Habiendo pues ya tratado brevemente de este vicio, trataremos luego de la insensibilidad, que es, como dijimos, el segundo hijo de la gula; después de la cual trataremos del sueño, y de las vigilias, y del temor perezoso, y animado; porque estas enfermedades suelen ser propias de aquellos que de nuevo comienzan a servir a Dios.
[127]Luc. 21
[128]2 Thes. 3
[129]Act. 20
[130]Job 1
[131]1 Tim. 6
Capitulo XVII:
Escalón diez y siete, de la insensibilidad; conviene a saber, de la mortandad del alma, de la muerte del espíritu antes de la muerte del cuerpo.
Insensibilidad es carecer de todo sentimiento para las cosas de Dios, así en las fuerzas superiores como inferiores del alma, causada de una prolija mortandad y descuido, el cual viene a parar en esta insensibilidad o privación de saludable dolor: la negligencia convertida ya en habito es negligencia calificada (como si dijésemos, ético confirmado) porque cuando la negligencia de esta manera apoderó y arraigó en el alma por larga costumbre, se vino a convertir en una dureza y obstinación habitual; así como el agua de mucho tiempo helada, que se viene a hacer piedra de cristal. Esta insensibilidad es hija de la presunción, impedimento del fervor, lazo de la fortaleza, ignorancia de la compunción, puerta de la desesperación, destierro del temor de Dios, madre del olvido: el cual después de engendrado acrecienta la misma insensibilidad; y así viene la hija a hacerse madre de su propia madre.
El insensible es filosofo loco, interprete de la verdad, condenado por sí mismo, predicador contrario a sí, maestro de ver ciego. Este tal disputa de la sanidad de las llagas, y él mismo rascándose las exaspera: habla contra la enfermedad, y como cosas contrarias a la salud. Predica contra los vicios, y anda siempre envuelto en ellos; y cuando los hace, indignase contra sí, y no ha vergüenza de sus mismas palabras. Da voces, diciendo, mal hago; y no por eso dejo de perseverar en el mal. La boca predica contra el vicio, y el cuerpo lucha por alcanzarlo. A veces trata de la muerte, y de tal manera vive como sino hubiese de ser eterno. Platica de la abstinencia, y trabaja por servir al apetito de la gula.
Cuando lee las cosas del juicio advenidero comenzase a sonreír: y tratando de la huída de la vanagloria, en la misma lección se deja prender de ella. Hablando de las vigilias se espereza, y luego se deja vencer del sueño. Alaba la oración y no huye menos de ella que de un azote. Engrandece la obediencia con sumas alabanzas, y él primero que nadie la quebranta. Ensalza a los que no dejan prenderse de alguna afición del mundo, y no ha él vergüenza de contender y pelear por un pedazo de tan vil paño. Estando airado púdrese con desabrimiento, y torna a airarse por verse así desabrido: que es añadir un pecado. Cuando se ve harto arrepiéntese de haber comido; y pasado un poco de tiempo tornase a hartar de nuevo. Dice que el silencio es bienaventurado, y él alabado hablando demasiado. Encomienda la mansedumbre, y a las veces dando él esta doctrina se aira.
Cuando vuelve sobre sí y se mira, gime; y en meneando la cabeza vuelve otra vez a hacer cosas dignas de gemidos. Condena la risa, y sonriéndose trata de la virtud del llanto. Acusase algunas veces como codicioso de vanagloria, y con esta misma acusación busca la gloria. Disputa de la castidad, y mira los rostros con corazón deshonesto, y estándose en el siglo alaba mucho a los seguidores de la soledad y del desierto. Glorifica los misericordiosos, y él sacude de sí y reprehende los pobres. Siempre es acusador de sí mismo, y con todo eso no quiere volver sobre sí, porque no quiere decir, no puedo.
Vi yo muchos de estos que oyendo tratar del paso de la muerte, y del juicio eterno, derramaban lagrimas, y corriendo aun las lágrimas por los ojos corrían a la comida: y maravilléme de ver como esta perniciosa y hedionda señora, que es la gula, fortalecida con esta grande insensibilidad, pudo cautivar y prender al mismo llanto.
Mas paréceme que hasta Aquí con mi poco saber caudal he descubierto cuanto me pareció que bastaba para ver las heridas y engaños de esta endurecida, precipitada, y loca señora. Y si alguno hay que ayudado del Señor pueda con su experiencia proveer de remedio para estas heridas, no le pese de darlo. Porque yo claramente confieso en esta parte mi flaqueza, por verme fuertemente preso y tomado de esta peste. Ni aun yo pudiera por mí alcanzar sus artes y engaños, sino la hubiera preso con grande fuerza; y examinándola fuertemente, y azotándola con dos azotes, uno del temor de Dios, y otro de infatigable oración, le hiciera confesar lo que dicho tengo.
Y así esta violentísima y perversísima señora me pareció que decía estas cosas: Los que están aliados conmigo, y son ya familiares míos, viéndolos muertos, se ríen: y estando en oración, están como unas piedras duros y llenos de tinieblas; y viendo la sagrada mesa del altar, así se llegan a ella, como si llegasen a comer cualquier otro manjar. Yo cuando veo algunos compungirse y derramar lagrimas, hago burla de ellos; y el padre que me engendró me enseñó a matar todos los bienes que nacen del fervor del espíritu. Yo soy madre de la falsa, yo soy ama del sueño, yo soy amiga de la hartura, yo siendo reprehendida no me duelo, yo estoy siempre al lado de la falsa y aparente religión.
Espantado pues yo y asombrado con las palabras de esta malvada bestia, preguntábale cual fuese el nombre de su padre; respondióme ella que no tenia un solo engendrador, sino muchos de que ella procedía. A mí, dijo, la hartura me fortalece, el tiempo me hace crecer, la mala costumbre me confirma; y el que de esta estuviere preso, nunca de mí será librado, sino fuere por el brazo poderoso de Dios.
Persevera con grandes vigilias, y piensa con profundísima y perpetua consideración en el juicio de Dios, y de esta manera algún tanto me rendirás. Mira también diligentemente la ocasión de donde yo nací en tí, y pelea constantemente con esa madre que me parió. Entra muchas veces en las cuevas donde están enterrados los muertos, y haz allí ocasión, y trae siempre ante los ojos pintada la imagen de ellos, sin que jamás sea borrada de tu memoria; y si esta no dibujares dentro de tí con cincel duro del ayuno, eternalmente nunca vencerás.
Capitulo XVIII:
Escalón diez y ocho, del sueño, y de la oración, y del cantar los Salmos en comunidad.
Sueño es unión y recogimiento de las fuerzas de naturaleza, imagen de la muerte, ocio y descanso de los sentidos. Uno es el sueño, y tiene muchas ocasiones y causas de do procede: así como la concupiscencia y las otras pasiones. Porque unas veces procede de la naturaleza, otras de los manares, y otras de los demonios, y a veces también de grandes y excesivos ayunos, con los cuales fatigada la carne busca consolación por medio del sueño.
Así como los que están acostumbrados a beber mucho han de vencer poco a poco esta mala costumbre, si quisieren ser templados; así también lo han de hacer lo que están acostumbrados a mucho dormir. Y por esto a la entrada de la religión deben los principiantes pelear atentísimamente contra esta pasión; porque es cosa muy dificultosa curar la larga costumbre.
Miremos diligentemente cuando suena la señal de la trompeta celestial que nos llama a los maitines, y halláremos que juntándose los Monjes visiblemente, se juntan los demonios también invisiblemente, y unos de ellos se pónene al lado de nuestra cama cuando despertamos, y nos incitan a que reposemos otro poquito. Espera (dicen ellos) hasta que se acabe el invitatorio, y así irás a la Iglesia: otros entienden en cargarnos de sueño cuando comenzamos a entrar en la oración: otros nos acarrean entonces sin propósito algún dolor de tripas vehemente, o cosa semejante: otros nos mueven a hablar unos con otros en la Iglesia: otros representan a nuestra alma imaginaciones torpes: otros nos amonestan que como flacos nos reclinemos sobre la pared, y a veces nos hacen bostezar a menudo: otros nos mueven a risa al tiempo de la oración, para que con esto se mueva Dios a indignación contra nosotros: otros con suma presteza nos incitan a correr con los versos muy apresuradamente: y otros por el contrario a decirlos muy despacio, no por devoción sino por el deleite y suavidad que toma en el canto: otras veces pegándosenos a la boca, de tal manera la cierran, que apenas parece que se puede abrir.
Aquel que cuando ora piensa en lo intimo de su corazón que asiste delante de la presencia de Dios, estará como una columna inmóvil, y no será de ninguna de estas maneras sobredichas escarnecido del demonio. El verdadero obediente es todo esclarecido de Dios cuando se llega a la oración, y muchas veces es allí maravillosamente consolado y visitado; porque antes de la oración se apareja como un fuerte luchador para asistir a Dios, y resistir a los pensamientos desvariados; demás de que por el merito de su purísimo y perfecto ministerio está ya encendido y abrasado en su amor.
A todos es posible orar en comunidad; pero muchos hay que se hallan mejor orando con uno solo; mas la oración solitaria es de muy pocos. Cantando en el coro con la comunidad, no todas las veces te será posible ofrecer oración pura y libre de varios pensamientos. Mas para ejercicio de tu espíritu debes especular las palabras que se cantan, y orar atentamente cuando esperas que se acabe el verso del otro coro. No mezcles al tiempo de estas oraciones Canónicas obras de manos, de cualesquiera condición que sean, provechosas, o no provechosas, necesarias, o no necesarias; sino reparte a cada cosa de estas su tiempo, lo cual manifiestamente nos representó aquel Ángel que enseñó al grande Antonio, que a tiempos oraba, y a tiempos entendía en obras de manos; y trocando así los ejercicios, le declaró lo que había de hacer. La fragua declara la fineza del oro; mas la calidad de la oración atentísima descubre el estudio y la caridad de los Monjes para con Dios.
Capitulo XIX:
Escalón diez y nueve, de como se han de tomar y ejercitar las sagradas vigilias.
Entre los que están en las casas de los Reyes mortales y terrenos, unos hay que están desembarazados y libres ( quiero decir, que no tienen otro cargo ni oficio mas que asistir delante de él, como los mas principales de su casa) y otros que tienen oficio de servir en algo: como es traer en la mano las mazas o insignias de los Reyes, o el escudo, o la espada. Y es grande la diferencia que hay entre los unos y los otros: porque aquellos primeros suelen ser deudos de los Reyes, privados suyos; mas estotros son siervos y ministros de su casa. Esto pasa así en las casas de los Reyes.
Ahora veamos diligentemente de la manera que nosotros nos hayamos de asistir a nuestro Dios y Rey Soberano en las oraciones y espirituales ejercicios que se celebran en la tarde y en la media noche. Porque unís hay que en estas sagradas vigilias están del todo desembarazados y desnudos de todos los cuidados del mundo, levantando las manos puras a Dios con una perfectísima oración: otros hay que asisten delante de él en este mismo tiempo cantando Salmos: otros leen libros espirituales y devotos: otros mas flacos è imperfectos entienden en alguna obra de manos, para pelear con esto fuertemente contra el sueño: otros hay que se ejercitan en la meditación de la muerte, procurando por medio de esta consideración alcanzar compunción y dolor de sus culpas: Entre todos estos los primeros y los postreros se ocupan en vigilad y ejercicios muy agradables a Dios: los segundos, que cantan los Salmos, cumplen en esto con el instituto de la vida monástica, cuyo es propio este ejercicio: los terceros, que son los que leen y obran de manos, están en el grado mas bajo: puesto caso que Dios estima y recibe los servicios conforme a la pureza de intención y fervor de espíritu con que se le ofrecen.
El ojo que vela limpia el alma, y el sueño demasiado la embota y la ciega. El Monje velador es enemigo de la fornicación: mas el dormilón es compañero de ella. las vigilias apagan el encendimiento de la carne, y libran de las imaginaciones de los sueños. Los ojos llorosos, y el corazón tierno y atento a la guarda de sí mismo, examina prudentemente todos sus pensamientos, digiere y cuece el mantenimiento de la palabra de Dios con el calor de la meditación, mortifica y doma las pasiones, aprieta y enfrena la lengua, y ojea de sí todas las vanas imaginaciones y representaciones. El Monje velador anda pescando sus pensamientos para examinarlos y juzgarlos: los cuales con el sosiego y tranquilidad de la noche muy fácilmente puede prender y examinar. El Monje amador de Dios, así como suena la voz de la campana que llama a la oración, alegre y contento dice: Alégrate, alégrate; mas el negligente dice: Ay de mí! ay de mí!
La mesa puesta a punto declara quien sean los golosos: y el ejercicio de la oración cuales sean los amadores a Dios. Los primeros viendo la mesa puesta se regocijan con alegría : mas estotros se paran tristes. El mucho sueño es causador del olvido; mas las vigilias purgan y acrecientan la memoria de Dios. De las eras y del lagar cogen los labradores sus riquezas: mas los Monjes las suyas de las oraciones de la tarde y de la noche, y de los espirituales ejercicios. El demasiado sueño es un pesado compañero; pues quita a los negligentes la mitad de la vida, y a veces mas.
El mal Monje vela cuando está ocupado en fábulas y parlerías; y cuando llega la hora de la oración luego se le cierran los ojos. El Monje vano muéstrase muy Religioso y prudente en las palabras; mas cuando llega la hora de la lección no puede abrir los ojos de sueño. Cuando sonare la voz de aquella trompeta final resucitarán los muertos; y cuando comenzare a sonar la voz de las palabras ociosas velarán los que dormían. El tirano del sueño a veces es amigo engañoso: porque después que estamos hartos de él, vase y combátenos fuertemente con la hambre y sed. Cuando vamos a orar, dícenos que llevemos alguna obra de manos en que entender: porque la otra manera puede impedir la oración de los que velan.
Este es el primer enemigo que combate los principiantes, o para hacerlos mas negligentes al principio, o para abrir la puerta para el espíritu de la fornicación. Mientras no estuviéremos libres de este enemigo, no dejemos de cantar en compañía de los otros; porque muchas veces habremos vergüenza de dormir, temiendo los ojos de los presentes. Enemigo es de las liebres el can; y también lo es el espíritu de la vanagloria del sueño.
Acabado el día el mercader se asienta a contar sus pérdidas y ganancias; y lo mismo hace el verdadero Monje acabado el oficio delos Salmos. Abre los ojos después de la oración, y verás las cuadrillas de los demonios, los cuales como fueron de nosotros combatidos en la oración, así después de ella trabajan por engañarnos con malos pensamientos y representaciones. Está atento, y vela sobre tí, para que conozcas aquellos que suelen robar las primicias de nuestra almas, que son los demonios; los cuales en un punto roban lo que se ha ganado en mucho tiempo; y así con estos robos hacen a los Monjes andar como cangrejos, ya hacia delante, ya hacia atrás.
Acaece algunas veces entre sueños que estemos meditando las palabras de los Salmos, por la costumbre del loable ejercicio en que nos ocupamos; y otras veces acaece que estos demonios causan estos mismos sueños, para que nos ensoberbezcamos con ellos. Otro tercero linaje de sueños no quisiera yo decir sino me compelieran. El alma que cada día sin cesar piensa en las palabras de Dios, suele también entre sueños ocuparse en el mismo ejercicio. Y esto segundo se da en premio del primer trabajo, lo cual sirve para evitar las imaginaciones y sueños desvariados.
Capitulo XX:
Escalón veinte, del temor pueril.
Los que se dan a la virtud en los monasterios, no suelen ser tan combatidos del temor pueril: mas los que moran en los lugares apartados y solitarios trabajen porque no se apodere de ellos este temor, que es fruto de la vanagloria, y hijo de la infidelidad.
Temor en la pasión de niño en alma vieja y sujeta a la vanagloria; vieja (digo) en los vicios, y flaca en virtud. Temor es falta de fe cerca de los males que no vemos; porque de este conocimiento y prevención nace también este temor. Puede también definirse así: Temor es una pasión temeraria de nuestro apetito sensitivo, que entristece y desmaya nuestro corazón con la representación de los males que nos pueden acaecer. Temor es también privación de la verdadera confianza y seguridad.
El alma soberbia es esclava del temor; porque confiada en sí misma, no merece el favor y esfuerzo de Dios; y así teme el sonido y la sombra de las cosas, según que está escrito[132]: Espantarlos ha el sonido de la hoja que vuela por el aire. Los que lloran , y los que desesperan, igualmente carecen de temor: los unos, porque temiendo sus pecados no hacen caso de los otros vanos temores; los otros, porque teniendo los males por ciertos y presentes, no temen los futuros. Los temerosos muchas veces vienen a estar con esta pasión como insensibles y atónitos: y esto con mucha razón; porque como Dios sea justo, desampara los soberbios, y déjalos en sus manos, porque los otros aprehenden a humillarse por ejemplo de ellos. Todos los que son vanagloriosos, suelen ser tímidos y pusilánimes; porque en castigo de su soberbia permite Dios que sean entregados a esta tan vil pasión, que es propia de mujeres, y niños, y hombres viles; y así también es justo que los vanamente, sin tener por qué, teman. Mas no se sigue por eso que todos los que andan a desenterrar los muertos carecen de este temor, y no por eso son humildes.
No te pese de ir de noche a los lugares donde tuviste algún temor; porque si te dejas vencer de cosa tan poca, vendrá a envejecerse y acompañarte perpetuamente esta pasión tan vil y tan para reír. Y cuando a estos lugares fueres, cíñete las armas de la oración ; y cuando llegares a ellos, levanta las manos, y azota los enemigos con el nombre de Jesús; porque no hay en el cielo ni en la tierra otras armas mejores que estas. Y librado de esta peste, alaba a tu librador; porque si le fueres agradecido, él tendrá cuidado de librarte siempre. No puede uno henchir el vientre con un bocado, sino que comiendo poco a poco; y así nadie podrá súbitamente despedir de si este temor, sino poco a poco. según el llanto y el dolor de los pecados es mayor o menor, así lo es esta pasión del temor; porque el que menos llora, teme mas; y el que mas llora, menos. Y que esta pasión sea algunas veces del demonio, declararlo uno de aquellos tres amigos de Job, que se decía Elifaz, cuando dijo[133]: Pasando el espíritu delante de mí, se erizan los pelos de mi carne.
Algunas veces se estremece y teme el cuerpo, contradiciéndolo la razón; y otras veces teme consintiendo la razón en el temor, y así se comunica esta pasión de parte a parte. Cuando se estremece con este mal temor el cuerpo, contradiciéndolo la razón, cerca está la cura de esta enfermedad. Mas cuando por ser grande el dolor y contrición de nuestros pecados, estamos prontos y aparejados para recibir todos los males que nos vinieren por ellos, entonces de verdad estamos libres de esta pasión.
No es la oscuridad ni la soledad la que da armas a los demonios contra nosotros, sino la esterilidad y pobreza de nuestras animas. Algunas veces también la providencia divina permite en nosotros esta cobardía y mujeril flaqueza para cura de nuestra soberbia. El que es verdadero siervo del Señor, solo al Señor tiene temor; mas el que a este no teme, muchas veces es dejado a que tema su propia sombra. Cuando el espíritu malo invisiblemente asiste a nosotros, espantase el cuerpo; mas asistiendo el Ángel bueno, alegrase el corazón de los humildes. Por lo cual sintiendo por este afecto la presencia de su venida, corramos ligeramente a la oración; porque nuestro piadoso guardador viene a orar con nosotros, y a ayudarnos.
[132]Levit. 26
[133]Job. 4
Capitulo XXI:
Escalón veinte y uno, de muchas maneras de vanagloria
Suelen algunos Doctores, tratando de los vicios capitales, apartar la vanagloria de la soberbia, y con ella hacen ocho vicios principales; mas Gregorio Teólogo, y otros muchos Doctores con él, no ponen mas que siete, a los cuales sigo yo en esta parte. La diferencia que hay entre estos dos vicios, es la que hay entre un niño y un hombre, o entre el trigo y el pan que se hace de él: porque la vanagloria es el principio, y la soberbia es el fin. Ahora pues trataremos en este lugar del principio y fin de todos los vicios, que es la malvada soberbia y vanagloria. De as cuales el que quisiere tratar muy por extenso, será semejante al que quisiere curiosamente tratar del peso de los vientos, que seria cosa dificultosa y prolija.
Vanagloria, según su especie, es mudanza de la orden natural, corrupción de las costumbres, y descubridora de los defectos ajenos; porque el vanaglorioso muda el orden natural de las cosas, atribuyendo a la criatura lo que es propio del Criador y corrompe las costumbres; porque estraga las buenas obras que hace; con el mal fin que las hace; y anda siempre escarbando y acusando los defectos ajenos, para engrandecer a sí con el abatimiento de los otros.
Esto es vanagloria según su especie; mas según su calidad vanagloria es disipación de los trabajos, perdimiento de los sudores, derramamiento de los tesoros, precursor de la soberbia, hija de la infidelidad (pues niega a Dios lo que se la debe) tempestad del puerto (pues en las mismas buenas obras padece peligro) hormiga en la era, que aunque es pequeña, hace daño a todos los frutos y trabajos del labrador.
Espera la hormiga a que se limpie el trigo; y la vanagloria a que se haga montón de riquezas espirituales. Aquella se goza de hurtar, y esta en destruir. Alegrase el espíritu de la desesperación cuando ve multiplicarse los vicios; y la vanagloria cuando ve crecer las virtudes; la puerta del primero es la muchedumbre de las llagas; y la del segundo la riqueza de los trabajos. Mira diligentemente, y hallarás que esta malvada peste no deja al hombre hasta la muerte y hasta la sepultura; de manera que en todas cuantas cosas hay se entremete; en las vestiduras, en los ungüentos, en las pompas, y en los olores, y en todas las cosas.
Sobre todas las cosas resplandece el sol; y en todos los buenos estudios y ejercicios se alegra la vanagloria. Pongamos ejemplo. Ayuno, gloríome de esto; quebranto el ayuno porque no me tengan por abstinente, y gloríome también de ver la cautela y disimulación que en esto tengo. Si me visto bien, soy vencido de esta peste; y si me visto mal, también me glorío en la vileza de mis vestiduras. Si hablo, soy vencido; y si callo, también lo soy porque callo; de manera que como quiera que sacudiere de mí este abrojo, siempre queda una punta para arriba.
El vanaglorioso es fiel honrador de los ídolos; el cual pareciendo en algunas obras que honra y hace veneración a Dios, procura de agradar a los hombres y no a él. Todo hombre que sirve a esta vana ostentación, tenga por cierto que su ayuno será sin premio, y su oración sin fruto; porque lo uno y lo otro hace por respeto de los hombres. El Monje amigo de vanagloria en dos cosas padece daño; porque aflige su cuerpo contrabajos, y no por eso recibe galardón. Quién no se reirá del siervo de la vanagloria, que estando cantando salmos, movido por ella, unas veces se ríe, otras en presencia de todos llora? Esconde algunas vez el Señor nuestros ojos los bienes que poseemos; mas nuestro alabador, o por mejor decir, engañador, con sus alabanzas abre nuestros ojos; y abiertos estos, desvanecen todas nuestras riquezas.
El lisonjero es ministro de los demonios, adalid de la soberbia, destruidor de la compunción, derramador de los bienes, y guía ciega y descaminada; porque ( como dijo el Profeta)[134]: Pueblo mío, los que te llaman bienaventurado, esos son los que te engañan. Alta cosa es sufrir las injurias fuerte y alegremente; pero sancta cosa es y justa huir las alabanzas humanas, que son causa de nuestro daño. Vi unos que lloraban, los cuales siendo por esto alabados de otros, se airaron desordenadamente por verse alabar; y de esta manera, como los que tratan en ferias, trocaron una pasión por otra.
Nadie sabe lo que está en el hombre, sino el espíritu del hombre que está dentro de él[135], y por esto hayan vergüenza y enmudézcanse los que en el rostro nos llaman bienaventurados. Cuando vieres que tu prójimo o tu amigo te maltrata con sus palabras en presencia o en ausencia, entonces señaladamente has de mostrar tu caridad para con él, y alabarlo. Gran cosa es sacudir del alma las alabanzas de los hombres; mas mucho mayor es sacudir las de los demonios, cuando tácitamente nos alaban haciéndonos creer que somos algo.
No es aquel humilde que se abate y dice mal de sí (porque quién hay que no sufra a sí mismo?) sino aquel que maltratado y injuriado por otros, guarda para con ellos salva y entera caridad. Noté una vez que el espíritu de la vanagloria reveló a un Monje los malos pensamientos con que combatía a otro, para que oyendo el combatido de la boca del otro lo que pasaba en su corazón, lo tuviese por Profeta, y lo alabase, y predicase por bienaventurado, para que así lo ensoberbeciese, que algunas veces hasta en nuestra misma carne despierta unos súbitos tremores y titilaciones.
No des oídos a este enemigo cuando te aconseja que recibas algún Obispado, o Principado de monasterio, o algún Magisterio y oficio preeminente; porque es cosa de gran trabajo arredrar el can de tajón de la carnicería; esto es, mortificar el apetito de la propia honra y excelencia. Suele también este mismo espíritu, cuando ve algunos aprovechados en el propósito de la quietud, y en el estado de la tranquilidad y recogimiento, incitarlos a que dejado el yermo vayan al siglo, diciéndoles: Corre, ve a entender en la salud de las animas que perecen.
Así como una es la forma y color de los que nacen en Etiopía, y otra la de las estatuas de piedra; porque una procede de principios naturales, y la otra de artificiales; así una es la vanagloria de los que viven en los monasterios, y otra la de los que moran en la soledad. La primera suele adelantarse a los que vienen al monasterio, incitando los Monjes mas livianos a que salgan a recibirlos, y se tiendan a sus pies; de manera (que estando ella tan llena de soberbia) finge humildad; y a este propósito compone y endereza las costumbres, el habito, las palabras, y la manera de andar. Hablar con la voz baja y mansa, y con todo esto tiene los ojos atentos a las manos de los que vienen, a ver si tienen algo que les dar. Llámalos señores y Padres, y remediadores de su vida después de Dios. Cuando están asentados a la mesa, exhórtalos a abstinencia: y agrava mucho los defectos de los inferiores, para mostrar su celo. A los negligentes en el cantar los Salmos esfuérzalos y anímalos a cantar; y a los mudos y sin voz, acreciéntales la hermosura de la voz; y a los que están soñolientos y pesados despiértalos, y hácelos velar; todo esto a fin de agradar a los que vienen, para ganar crédito con ellos. Lisonjea al que preside en el chorro, y desea tener para sí aquella preeminencia; y mientras los huéspedes se van, llámalo padre y maestro. Alos mas honrados, alabándolos, hace soberbios; y los despreciados dice que suelen tener memoria de las injurias.
La vanagloria muchas veces a los suyos fue causa de ignominia: porque enojada contra ellos, les hizo hacer cosas con que descubriendo su vanidad y ambición, vinieron por esto a caer en grande vituperio y confusión, Esfuerzas la vanagloria por hacer a los hombres envanecerse de las gracias naturales, y de las sobrenaturales; y con estas armas derriba los miserables. Vi alguna vez que este demonio perturbó y hizo huir á otro su hermano y compañero; porque como una vez un Monje estuviese airándose contra otro, y en esta ocasión viniesen ciertos huéspedes seculares, súbitamente desistió de la ira el espíritu de la vanagloria, viendo que no podía servir a ambos espíritus; pues el uno pedía lo contrario del otro. El que se ha entregado a la vanagloria vive dos vidas; porque con el cuerpo y habito está en el monasterio, y con el espíritu y los pensamientos vive en el mundo.
Si trabajamos por alcanzar la gracia soberana, trabajemos también por gustar la gloria soberana; porque el que gustare la gloria de cielo, fácilmente despreciará la de la tierra. Y maravillarme he yo mucho si alguno la pudiese despreciar sin este gusto. Muchas veces acaece que en algún tiempo fueron destruidos y despojados por al vanagloria, entendido después y condenado este dañosos principio, y mudada la intención, acabaron con loable fin lo que habían comenzado.
El que se ensoberbece con las habilidades naturales, como es agudeza, sabiduría, lección, pronunciación, ingenio, y otras cosas que nacen con nosotros, y no se alcanzan por nuestro trabajo, este tal nunca de Dios recibirá bienes sobrenaturales; porque el que es infiel en lo poco, también lo será en lo mucho: y tal es el siervo de la vanagloria.
Muchos pretendieron a fuerza de trabajos y asperezas corporales alcanzar suma tranquilidad y riquezas de gracia, y todo su esfuerzo fue veneno, porque no entendieron los miserables que estos dones no se alcanzan con la fuerza de trabajos, sino con suma humildad: puesto caso que los trabajos acompañado con ella ayudan mucho para toda virtud; como parece por ejemplo de Daniel, y de sus compañeros. El que pretende alcanzar dones de Dios por solo trabajos, puso peligrosos fundamento a su deseo; mas el que siempre se conoce por deudor, este recibirá súbitamente riquezas de gracia no esperadas.
Mira que nunca obedezcas al demonio, cuando te aconseja que descubras tus virtudes para edificación de los oyentes; porque qué le aprovecha al hombre ganar a todo el mundo, si padece detrimento en sí mismo[136]? Ninguna cosa hay que tanto edifique los oyentes como la humildad de las costumbres, y las palabras y manera de conversación sin fingimientos y sin flojedad: y esto es a los otros ejemplo y motivo para no ensoberbecerse; y no veo yo cosa que mas parte sea para edificar los hombres que esta.
Note una vez que un religioso que tenia ojos para saber mirar las cosas, y contóme de esta manera lo que había visto: Estando yo (dijo él) una vez en compañía de otros, vinieron a mí los demonios de la soberbia y de la vanagloria, y asentándose a par de mí a un lado y a otro, uno de ellos con su dedo me tocó un lado, aconsejándome que platicase algo de la materia de la contemplación, ó diese cuenta de alguna obra que hubiese hecho estando en el yermo. Al cual como yo despidiese de mí, diciendo: Vuélvanse hacia atrás, y hayan vergüenza los que piensan mal contra mí; luego el otro que estaba al otro lado, díjome a la oreja: Alégrate porque lo has hecho bien y como gran varón, pues venciste esta desvergonzadísima de mi madre. Al cual yo muy á propósito respondí con las palabras que se siguen: Apártense luego y hayan vergüenza los que me dicen: Alégrate que bien hiciste.
Preguntando yo al mismo Padre como la vanagloria fuese principio y madre de la soberbia; respondióme así: las alabanzas envanecen y levantan el alma, y después que ella así se ha levantado, arrebatándola la soberbia, sube hasta el cielo y derríbala hasta los abismos.. Una honra hay que nos viene por parte del Señor, el cual dice[137]: Yo honro a los que me honran. Hay otra que nos viene por obra y engaño del demonio, de la cual está escrito[138] : Ay de vosotros cuando os alabaren los hombres! La primera conocerás claramente cuando estimándola por tu daño propio, la contradijeres con todas tus fuerzas, escondiendo tu virtud y modo de vivir donde quiera que te hallares. Mas la segunda conocerás cuando hicieres alguna cosa por pequeña que sea, a fin de ser visto de los hombres; porque este malvado espíritu siempre nos incita a fingir y hacer alarde de las virtudes que no hay en nosotros, alegando para esto el Evangelio que dice así[139]: Resplandezca vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Algunas veces ha acaecido que el Señor pusiese odio entre el vanaglorioso y la vanagloria, permitiendo que ella viniese á caer el hombre en alguna grande ignominia, y por eso viniese a aborrecerla.
El principio de este santo odio es guardar la boca de palabras de vanagloria, y amar la vileza é ignominia: el medio es cortar todos los ejercicios y obras de vanagloria, como son las singularidades, hipocresías, o obras tales; y el fin de él, si se puede hallar fin en el abismo, es llegar a hacer cosas en presencia de los otros que nos puedan acarrear desprecio è ignominia, con tanto que no sean escandalosas; y esto sin sentimiento y dolor: aunque este grado de perfección es de muy pocos.
Aquí es de notar que no siempre se ha de usar de una misma medicina contra esta dolencia, sino según la variedad de ella, así lo han de ser los remedios. Por esto cuando nosotros mismos llamamos la vanagloria, o cuando sin ser llamada los otros nos la ofrecen, o cuando tentamos hacer alguna cosa enderezada a vanagloria, acordémonos entonces de nuestro llamado, y de nuestra secreta y temerosa oración; y con esto nos defenderemos de la importunidad de este vicio y de su desvergüenza si con todo esto tenemos cuenta con la verdadera oración. Si esto cuenta no basta, arrebatemos ligeramente la memoria de nuestra muerte; y si con esta no vencemos, temamos siquiera la confusión è ignominia que se sigue de la misma vanagloria; porque escrito está[140]: El que se ensalzare, será humillado, no solo en el siglo advenidero, sino también en el presente.
Cuando los alabadores, o por mejor decir, los destruidores nos comenzaren a alabar, luego a la hora pongamos delante de nuestros ojos la muchedumbre de nuestros pecados, y hallarnos hemos indignos de las alabanzas que nos dan. Hay algunos que tentados de la vanagloria desean vencerla, cuyos deseos oye Dios, y concede antes que por sus oraciones se lo pidan; porgue no vengan a ensoberbecerse, creyendo que lo alcanzaron por su oración.
Los que son sencillos de corazón, no son muy tocados de este vicio; que la vanagloria es destierro de la simplicidad, y una fingida religión y conversión, Un gusano hay que después que crece le nacen alas con que vuela a lo alto: y de esta manera la vanagloria consumada pare la soberbia, que es guía, principio, y consumación de todos los males.
[134]Isai. 3
[135]1 Cor. 2
[136]Matth. 16
[137]1 Reg. 2
[138]Prov. 11
[139]Matth. 5
[140]Matth. 23
Capitulo XXII:
Escalón veinte y dos, de la soberbia.
Soberbia es negación de Dios, invención de los demonios, desperdicio de los hombres, madre de la condenación, hija de las alabanzas humanas, argumento de esterilidad espiritual, destierro de la ayuda de Dios, precursor de la locura, ministra de las caídas, materia de los pecados, fuente de ira, puerta de fingimiento, castillo de los demonios, guarda de los delitos, obradora de crueldad, riguroso inquisidor de las culpas ajenas, juez cruel de los hombres, adversario de Dios, y raíz de blasfemias.
El principio de la soberbia es el fin de la vanagloria; el medio es menosprecio de los prójimos, y la jactancia de sus virtudes, estimación de sí mismo, y odio de reprehensión, Mas el fin de ella es negación del ayuda divina, y confianza en propias fuerzas, y espíritu, y obras de demonio.
Oigamos pues atentamente todos los que deseamos librarnos de este despeñadero. Suele esta crudelísima peste tomar ocasión para criarse en nosotros del hacimiento de gracias; porque no desde luego nos incita a negar a Dios. Vi uno que con la boca daba gracias a Dios, y con el corazón se gloriaba. Testigo es de esto aquel Fariseo que dijo[141]: Dios, gracias te doy, &c. Y pues este por boca del Señor fue condenado, claro está que hubo primero soberbia, donde siguió caída: porque lo uno descubre lo otro.
Dicen algunos Filósofos que son doce las pasiones del alma que suelen traernos cuando se desmandan a cosas feas è ignominiosas; mas el amor desordenado de la propia excelencia, que es raíz de la soberbia, este solo a las veces hace tanto daño como todas las otras.
El Monje que tiene altos pensamientos, contradice fuertemente a los que le mandan; mas el que los tiene humildes, no sabe contradecir ni repugnar. Ni puede el aciprés inclinarse hasta la tierra, ni el Monje soberbio humillarse y obedecer. El hombre de alto corazón desea señorear y mandar, y por este medio se encamina su perdición: y así lo permite Dios. Si el Señor resiste a los soberbios; quien habrá misericordia con ellos? Y si todo ellos tienen el corazón sucio delante de él; quien será poderoso para limpiarlos?
La reprehensión en el soberbio es ocasión de mayor caída; y el demonio es el estimulo que los aguija; y el desamparo de Dios hace que vengan a quedar fuera de sí y perder el seso. Y los dos primeros males (que son los dos primeros grados sobredichos de la soberbia) algunas veces los pudieron curar los hombres; mas el tercero, que es negar el ayuda de Dios (como la negaron algunos herejes) él es el que lo puede curar.
El que sacude y desecha de sí la reprehensión, da a entender que está tocado de esta enfermedad: mas el que con humildad la recibe, libre parece estar de esa pestilencia. Si una criatura tan noble cayó del cielo por sola la soberbia, sin otro algún vicio sensual; razón hay para preguntar si bastará la verdadera humildad para llevar al lugar de donde la soberbia es perdimiento de los trabajos y de las riquezas de la virtud. Clamaron los soberbios, y no hubo quien los hiciese salvos[142]; y la causa fue, porque clamaron con soberbia, pues no cortaron las raíces y ocasiones de los males por los cuales oraban.
Un santísimo y discretísimo viejo reprehendió espiritualmente a un Religioso soberbio; al cual él como ciego, respondió: Perdóname, Padre, que ni me glorío vanamente, ni soy soberbio. Al cual el santo viejo respondió: Pues cómo pudieras tú descubrir mas a la clara que estabas tocado de la soberbia, sino diciendo: No soy soberbio?.
A los tales conviene mucho la devota sujeción, y un humilde y bajo instituto de vida, y lección y consideración atentísima de aquellas virtudes clarísimas de los Padres, que parecen exceder la naturaleza. Y por ventura de esta manera les quedará a estos dolientes alguna esperanza de salud.
vergüenza es ensoberbecerse el hombre con los atavíos y ornamentos de otro; y extrema locura de levantarse con los dones de Dios, y gloriarse de los bienes para que Dios te determinó antes que nacieses; pues está claro que esa no es hacienda tuya: porque cierto es que las virtudes que alcanzaste después de nacido son de Dios; así como lo es el mismo nacimiento, después del cual las alcanzaste. También las virtudes que alcanzaste con el uso de tu alma puedes llamar tuyas: pues nadie obra sin el alma, y esa también es dádiva de Dios. Asimismo las victorias que alcanzaste con el ministerio del cuerpo serán tuyas: pues el cuerpo con que trabajaste no menos es dádiva y obra de Dios, que lo es el alma. Por donde viene a concluirse , que lo es el alma. Por donde viene a concluirse que todo es de Dios.
No te tengas por seguro hasta que oigas la sentencia final; pues ves que aquel que había entrado en el tálamo, y asentándose a la mesa, fue despedido de ella, y atado de pies y manos, y echado en las tinieblas exteriores[143]. No levantes la cerviz, ni te engrandezcas, siendo (como lo eres) de barro y cieno; pues ves caídas del cielo aquellas nobles inteligencias, criadas con tanta gracia, y libres de toda materia corrupción.
Después que el demonio ha tomado el lugar en los corazones de los soberbios, comienza a aparecerse entre sueños. alguna visión, de algún Mártir, revelándoles alguno secretos, y dándoles algunas maneras de gracias, según que ellos se les figura; para que de esta manera vengan apoderarse de ellos perfectamente, y hacerles perder el seso.
Mira bien que aunque padecieses mil muertes por Cristo, no podríamos acabar de satisfacer por nuestras culpas, ni pagarle lo que le debemos. Porque otra es la sangre del Señor, y otra la del siervo; otra (digo) según la dignidad, no según la substancia. Nunca dejemos de examinarnos y juzgarnos, ni de poner los ojos en las vidas y costumbres de aquellos clarísimos Padres que resplandecieron como lumbre del cielo, examinándonos y cotejándonos con ellos; porque entonces veremos claro que no hemos llegado los primeros principios de la verdadera santidad y religión, sino que todavía vivimos como seglares.
Monje es un ojo del animo humilde y desnudo de todo levantamiento y soberbia, y un habito y figura corporal, no menos humilde y constante que el mismo animo. Monje es le que desafía los enemigos así como bestias fieras, irritándolos y provocándolos pelear, cuando ellos huyen de él, diciendo con el Profeta[144]: El Señor es mi lumbre y mi salud: quien temeré? Monje es un amino que está todo absorto y trasladado en Dios, y una perpetua tristeza de la vida; porque esta perfección debe siempre anhelar el verdadero Monje. Monje es aquel que de tal manera está aficionado en el amor de las virtudes, como los carnales y mundanos en el de sus deleites y vicios; esto es (si así se puede decir) tan tahúr en la bueno, cuanto ellos en lo malo. Monje es una luz que perpetuamente está alumbrando y esclareciendo los ojos del corazón; porque el verdadero Monje pertenece participar continuamente esta divina luz, y resplandor. Monje es un abismo de humildad, el cual sacude de sí siempre todo espíritu ajeno; esto es, todo lo que es contrario a la humildad, con la cual principalmente está él ordenado.
La soberbia y el fausto destierran siempre de sí la memoria de los pecados; porque esta es obradora de la humildad. Soberbia es una suma pobreza del alma; la cual imagina que tiene riquezas, y piensa que tiene luz estando en tinieblas. Esta abominable pestilencia no solamente no nos deja ir adelante, mas también derriba de lo alto.
El soberbio es como una manzana, la cual de fuera está sana y hermosa, y dentro está podrida. El Monje soberbio no tiene necesidad del demonio que le tiente; porque el mismo es para sí demonio, enemigo, y adversario[145]. Muy lejos están las tinieblas de la luz, y así lo está la virtud del soberbio. Hay en las animas de los soberbios palabras de blasfemia; mas en las de los humildes dones del cielos. El ladrón no querría ver el sol, ni el soberbio quiere ver los humildes y mansos. No sé de qué manera los soberbios se escondieron de sí mismos; pues teniéndose por libres de pasiones y vicios, al cabo de la jornada vinieron conocer su desnudez y pobreza. El que estuviere tocado de esta pestilencia, necesidad tiene del socorro de Dios; porque vana es la salud del hombre[146].
Halle yo una vez que esta engañadora si cabeza entró en mi corazón, traída en los hombros de su madre, que es la vanagloria: yo entonces hete las entrambas con el vinculo de la obediencia, y azotélas con el azote de la humilde sujeción y pobreza; y forcélas a que me dijesen de la manera que en mí habían entrado. Estándoles pues yo azotando, confesáronme claramente, y dijeron:
Nosotras no tenemos principio ni nacimiento, porque somos príncipes, engendradoras de todos los vicios. Quien nos hace cruel guerra es la contrición de corazón, acompañada con la sujeción. No sufrimos estar sujetas al imperio de nadie, y sobre este caso revolvimos aun el cielo. Y para decírtelo todo en una palabra, nosotras somos engendradoras y causadoras de todas las cosas contrarias a la humildad, que son innumerables. Porque todas las cosas que son favorables a ella, son contrarias a nosotras. Nosotras tuvimos lugar en el cielo; y siendo esto así podrás huir de nosotras?
Nosotras tenemos por estilo levantar tempestades y persecuciones contra los amadores de las ignominias, y de la obediencia, y de la mansedumbre: y contra los que se olvidan de las injurias, y tienen por oficio servir a las necesidades de los prójimos porque siempre incitamos a los soberbios a que persigan y menosprecien a los tales.
Nuestras hijas son las personas espirituales, que siempre caen por soberbia: y asimismo la ira, la detracción, la amargura de corazón, la vocinglerías, el furor de la blasfemia, la hipocresía, el odio, la envidia, la contradicción, la desobediencia, y el querer ser mas regido por su cabeza que por la ajena.
Una sola cosa hay en la cual desfallece todo el ímpetu de nuestras fuerzas, la cual te descubrimos puestas a cuestión de tormento. Si con entrañable afecto de tu corazón te acusares y humillares siempre delante de Dios, podrás vencernos como unas arañas. Porque (como ves de presente) el caballo de la soberbia es la vanagloria, en el cual estoy subida: mas la sancta humildad se reirá del caballo y del caballero, cantando suavísimamente aquel cántico triunfal que dice[147]: Cantemos al Señor, porque gloriosamente se ha engrandecido; pues al caballo y al caballero derribó en el mar; esto es, en el abismo de la humildad.
[141]Luc. 18
[142]Psalm. 17
[143]Matth. 22
[144]Psalm. 26
[145]2 Cor. 6
[146]Psalm. 59
[147]Ejod. 15
Capitulo XXIII:
Escalón veinte y tres, de los pensamientos horribles del espíritu de la blasfemia.
Dijimos arriba que de esta cruel raíz y madre, que es la soberbia, nace otra mas cruel y malvada hija, que es la blasfemia: y por eso conviene tratar Aquí de ella. Porque no es quien quiera este enemigo; sino el mas cruel y espantable de todos; y (lo que es mas duro) no es fácil de revelar al medico espiritual, o descubrir en la confesión, Por donde a muchos vino a ser causa de desesperación, y de consumirse y perderse toda su confianza; no de otra manera el gusano consume y corrompe el madero donde está.
Pues este espíritu malvadísimo, este muchas veces en todo tiempo, y señaladamente en el tiempo de la sagrada comunión, nos incita a blasfemar de Dios, y de los sagrados misterios que allí se administran. De donde se infiere claramente que no es nuestra alma la que habla dentro de sí aquellas malvadas è intolerables palabras, sino el demonio, enemigo de todos los buenos; el cual por eso fue derribado del cielo; porque ensoberbeciéndose allí contra Dios, habló palabras de blasfemia è injurias contra él. Porque si fuesen mías aquellas malvadas y sucias palabras; cómo se compadecería con esto recibir yo aquel don del cielo, adorándolo, y reverenciándolo? cómo podría yo juntamente maldecir y bendecir?
Muchos ha habido a quien este perversísimo engañador y destruidor de las animas hizo salir fuera de sí y perder el seso. Porque ningún pensamiento hay, como ya dijimos, mas vergonzoso, y por eso mas dificultoso de descubrir al medico espiritual. Por lo cual muchas veces vino a envejecerse con el mismo que lo tiene. Porque ninguna cosa hay que tanto fortalezca a los demonios y malos pensamientos contra nosotros, como tenerlos encubiertos, sin revelarlos al maestro de nuestra alma. Ninguno atribuya a sí la causa de estas palabras de blasfemia que habla; porque aquel Señor que es conocedor de corazones, sabe muy bien que estas invenciones y palabras no son nuestras, sino de nuestros enemigos. La embriaguez algunas veces es causa de hacer un mal recaudo: y la soberbia muchas veces es causa de estos pensamientos. Mas el que por estar tomado del vino hizo algún mal recaudo, no será castigado por lo que hizo, sino por la causa por qué lo hizo; y esto mismo acaece en la blasfemia, que algunas veces procede de l a soberbia, como ya está dicho.
Cuando